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La palabra que libera - Úrsula K. Le Guin

 ¿Dónde estaba? El suelo era duro y fangoso, el aire negro y apestoso, y aquello era todo lo que había. Excepto el dolor de cabeza. Tendido de plano sobre el frío y húmedo suelo, Festín gimió y dijo:

–¡Báculo!

Cuando su báculo de brujo hecho en madera de aliso no acudió a su mano, supo que estaba en peligro. Se sentó, y al no poder recurrir a su báculo para que le diese la luz apropiada, encendió una chispa entre el índice y el pulgar, murmurando cierta Palabra. Una centelleante bola de fuego azulado saltó de la chispa y rodó débilmente a través del aire, chisporroteando.

–Arriba –dijo Festin.

Y la bola de fuego zigzagueó hacia arriba hasta iluminar una trampilla abovedada muy por encima de él, tan alta que Festin, al proyectarse al interior de la bola de fuego momentáneamente, vio su propia cara doce metros más abajo como un pálido punto entre las tinieblas. La luz no producía reflejos en las húmedas paredes; estaban entretejidas a partir de la noche, por medios mágicos. Volvió a su cuerpo y dijo:

–Fuera.

La bola murió. Festin se sentó en las tinieblas haciendo crujir los nudillos.

Debían de haberle hechizado desde detrás, por sorpresa; lo último que recordaba era que había estado caminando a través de sus bosques, al atardecer, hablando con los árboles.

Últimamente, en aquellos años solitarios de la mitad de su vida, se había sentido agobiado por un sentimiento de fuerza desperdiciado, sin usar; por eso, necesitando aprender lo que era paciencia, había abandonado las ciudades y se había ido a conversar con los árboles, especialmente con los robles, castaños y alisos, cuyas raíces están en profunda comunicación con las corrientes de agua. 

Hacía seis meses que no hablaba con un ser humano. Había estado ocupado con los elementos esenciales, sin lanzar hechizos, sin molestar a nadie. ¿Quién podía haberle encantado y encerrado en aquel pozo apestoso?

–¿Quién? –preguntó a las paredes; y, lentamente, un nombre llegó hasta él y le embistió como una gruesa gota negra que rezumase de poros de piedra y esporas de hongos–: Voll.

Por un momento, Festin sintió un sudor frío.

Hacía mucho tiempo que había oído hablar por primera vez de Voll el Funesto, de quien se decía que era más que un brujo pero menos que un hombre; que pasaba de isla en isla de la Región Exterior, deshaciendo el trabajo de los Antiguos, esclavizando a los hombres, devastando bosques y expoliando los campos, y sellando en tumbas subterráneas a cualquier brujo o mago que se atreviese a combatir con él.

Los refugiados de las islas destruidas contaban siempre la misma leyenda, que había llegado al atardecer en un viento obscuro por encima del mar. Sus esclavos le seguían en naves; eso lo habían visto. Pero nadie había visto al propio Voll... Había muchos hombres y criaturas del mal campando por las Islas, y Festín, un joven brujo ocupado con su entrenamiento, no había prestado mucha atención a los cuentos sobre Voll el Funesto. «Puedo proteger esta isla», había pensado, conociendo su todavía no probado poder, y había vuelto a sus robles y alisos, al sonido del viento en sus hojas, al ritmo del crecimiento en sus redondos troncos, ramas y ramitas, al sabor de la luz del Sol sobre las hojas, o a las obscuras aguas subterráneas fluyendo entre las raíces. ¿Dónde estarían ahora los árboles, sus viejos compañeros? ¿Habría destruido Voll el bosque?

Despierto al fin y puesto de pie, Festin hizo dos amplios movimientos con manos rígidas, gritando en voz alta un Nombre capaz de romper todas las cerraduras y abrir cualquier puerta hecha por el hombre. Pero aquellas paredes impregnadas de noche y del nombre de su creador no escuchaban, no oían. 

El nombre levantó ecos, que volvieron hacia Festin, resonando en sus oídos y haciéndole caer de rodillas y ocultar la cabeza entre los brazos hasta que los ecos murieron en las bóvedas que había sobre él. Entonces, todavía temblando, se sentó, meditabundo.

Estaban en lo cierto; Voll era fuerte. En su propio terreno, en el calabozo construido con sus propios hechizos, su magia resistiría cualquier ataque directo; y la fuerza de Festin no era ni la mitad de la que hubiese tenido de no haber perdido su báculo. Pero ni siquiera su captor podía arrebatarle sus poderes, relativos sólo a sí mismo, de Proyección y Transformación. Y así, tras frotarse la ahora doblemente dolorida cabeza, se transformó. Suavemente, su cuerpo se disolvió en una nube de fina bruma.

Perezosa, rastrera, la bruma se elevó del suelo, derivando sobre las fangosas paredes hasta que encontró, donde la cueva se hacía pared, una grieta fina como un cabello. A su través, gotita a gotita, se filtró. Había logrado pasar casi por completo, cuando un viento ardiente como la ráfaga de un horno le golpeó, dispersando las gotas de bruma, secándolas. 

Precipitadamente, la bruma retrocedió de nuevo hacia la cueva, bajando en espirales hasta el suelo, donde tomó de nuevo la forma de Festin, que apareció jadeando. La transformación es una característica emocional de los brujos introvertidos del tipo de Festin; cuando a esa característica se añade el shock de enfrentarse a una muerte inhumana en la forma asumida por uno, la experiencia deviene espantosa.

Festin estuvo por unos momentos simplemente respirando. Estaba irritado consigo mismo. Después de todo, había sido una estupidez intentar escapar como bruma. Hasta un loco se sabría ese truco. Probablemente, Voll había dejado fuera un viento caliente al acecho. Festin se convirtió en un pequeño murciélago negro y voló hacia el techo, donde se transformó en una ligera corriente de aire puro, que se filtró a través de la grieta.

Esa vez consiguió salir, y estaba soplando suavemente a través del vestíbulo en dirección a una ventana, cuando una aguda sensación de peligro le obligó a transformarse rápidamente, adquiriendo la primera forma pequeña y coherente que llegó a su mente... un anillo de oro. Lo hizo justo a tiempo. 

El huracán de aire ártico que habría dispersado su forma aérea como un caos irreconstruible simplemente enfrió un poco su forma de anillo. Mientras pasaba la tormenta permaneció sobre el pavimento de mármol, preguntándose qué forma debería adoptar para atravesar la ventana más rápidamente.

Empezó a moverse demasiado tarde. Un gigantesco troll de rostro inexpresivo avanzaba a largas zancadas por la habitación; se detuvo, recogió el anillo, que rodaba con rapidez, y lo levantó con una enorme mano como de piedra caliza. El troll avanzó hasta la trampilla, descorrió el cerrojo de hierro y murmurando un encantamiento arrojó a Festin a las tinieblas. Descendió a plomo doce metros y aterrizó sobre el suelo de piedra... con un diñe.

Reasumiendo su verdadera forma, se sentó, frotándose dolorosamente un codo herido. Demasiadas transformaciones para un estómago vacío. Deseó ardiente y amargamente tener su báculo, con el que podría haberse procurado algo para comer. Sin él, aunque pudiese cambiar de forma y ejercer determinados hechizos y poderes, no podía transformar o proveerse de ninguna cosa material... ni luces ni chuletas de cordero.

–Paciencia –se aconsejó Festin a sí mismo.

Cuando hubo recuperado el aliento, disolvió su cuerpo en la infinita delicadeza de aceites volátiles, convirtiéndose en el aroma de una chuleta de cordero frita. Nuevamente, derivó hacia la grieta. El acechante troll inhaló sospechoso, pero Festin ya se había convertido en un halcón y aleteaba en dirección a la ventana. El troll arremetió contra él, falló por escasos metros, y con voz despiadada dijo:

–¡El halcón, atrapad el halcón!

Mientras descendía en picado desde el castillo encantado hasta el bosque que se extendía obscuro hacia el oeste, la luz del Sol y el reflejo del mar le deslumhraron. Festín cortaba el aire corno una flecha. Pero una flecha más rápida chocó con él. Gritando, cayó. Sol, mar y torres giraron a su alrededor y desaparecieron.


Despertó nuevamente en el húmedo y malsano suelo del calabozo, con las manos, el cabello, y los labios mojados con su propia sangre. La flecha se había clavado en el ala del halcón, en el hombro del hombre. Se mantuvo inmóvil, y murmuró un hechizo para cerrar la herida. Al cabo de un rato pudo sentarse y rememorar un hechizo más largo y poderoso de curación. 

Pero había perdido mucha sangre y, con ella, poder. Un frío helado se había apoderado de la médula de sus huesos, que ni siquiera el hechizo de curación podía calentar. Sus ojos estaban sumidos en las tinieblas, incluso cuando recurrió a la bola de fuego e iluminó el aire hediondo: la misma bruma tenebrosa que había podido ver cerniéndose sobre su bosque y las pequeñas aldeas de su territorio.

Debía proteger aquella tierra.

No podría volver a intentar escapar directamente. Estaba demasiado débil y cansado. Confiando excesivamente en su poder, había perdido su fuerza. Cualquiera que fuese la forma que adoptase a partir de entonces, ésta compartiría su debilidad, y sería atrapada.

Temblando a causa del frío, se acuclilló, dejando que la bola de fuego chisporroteara con una última bocanada de metano... el gas de los pantanos. El olor le permitió ver con el ojo de la mente los pantanos que se extendían desde el bosque amurallando el mar, sus amados pantanos donde ningún hombre acudía, donde en otoño los cisnes volaban alineados, donde, entre tranquilos pozos y cañaverales, corrían hacia el mar rápidos y silenciosos riachuelos. Oh, poder ser un pez en una de esas corrientes; o mejor aún, estar más lejos, corriente arriba, cerca de los manantiales, en el bosque, a la sombra de los árboles, en el claro remanso bajo las raíces de un aliso, descansando y oculto...

Era una gran magia. Festín no la había practicado más de lo que lo hace cualquier hombre que, en el exilio, o viéndose en peligro, anhela la tierra o las aguas de su hogar, imaginando la vista desde el umbral de su casa, la mesa en la que comía, las ramas que se veían a través de la habitación en que solía dormir. 

Sólo en sueños conseguían los grandes magos realizar la magia de volver al hogar. Pero Festín, con el frío saliéndole de la médula e inundando nervios y venas, permaneció de pie entre las negras paredes, reuniendo su poder hasta que brilló como una candela en la obscuridad de su carne, y empezó a actuar con una magia, grande y silenciosa.

 

Los muros desaparecieron. Estaba en la tierra, con rocas y vetas de granito por huesos, aguas subterráneas por sangre, raíces por nervios. Como un gusano ciego, se movió a través de la tierra hacia el oeste, lentamente, con tinieblas por delante y por detrás. Toda la frialdad del subsuelo fluyó a lo largo de su espalda y de su vientre, una irresistible e inagotable caricia. Saboreó el agua con los costados, su lenta corriente; con ojos sin párpados vio ante él el profundo pozo marrón entre las grandes y nudosas raíces de un aliso. Se precipitó hacia delante, plateado, hacia las sombras. Estaba libre. Estaba en su hogar.

El agua brotaba intemporal de su clara fuente. Se quedó en la arena del fondo del remanso, dejando que el agua le acariciase, mucho más poderosa que cualquier hechizo de encantamiento, apaciguando su herida y con su frescura alejando el desolador frío que había penetrado en él. Mientras descansaba, sintió y oyó una sacudida y un temblor en la tierra. ¿Quién caminaba por su bosque? Demasiado fatigado para cambiar de forma, escondió el brillante cuerpo de trucha bajo el arco de las raíces del aliso, y se puso al acecho.

Grandes dedos grises tantearon en el agua, agitando la arena. A través de la palidez del agua, caras vagas, ojos en blanco surgieron y se desvanecieron, reaparecieron. Redes y manos buscaron a tientas, desaparecieron y volvieron a aparecer; le agarraron y le mantuvieron retorciéndose en el aire. Luchó para recobrar su propia forma, pero no pudo; su propio hechizo para regresar al hogar le encadenaba. Se agitó en la red, boqueando en el seco, brillante y terrible aire, sofocándose. La agonía continuó, y no supo nada más allá de ella.

Al cabo de mucho tiempo, poco a poco empezó a darse cuenta de que estaba de nuevo en su forma humana; por su garganta obligaban a bajar un líquido agrio y picante. Tras otro lapso de tiempo, se encontró tirado boca abajo sobre el suelo mojado y pestilente de la cueva. Estaba otra vez en poder de su enemigo. Y aunque podía respirar de nuevo, no estaba muy lejos de la muerte.

El frío le atravesaba; y los trolls, servidores de Voll, habían aplastado el frágil cuerpo de trucha, pues cuando se movió, la caja torácica y un antebrazo le dieron un navajazo de dolor. Roto y sin fuerza, se hundió en el fondo del pozo de la noche. No tenía poder para cambiar de forma; no saldría de allí de aquel modo, pero había otro.

Permaneciendo inmóvil, y casi, pero no totalmente, fuera del alcance del dolor, Festín pensó:

«¿Por qué no me ha matado? ¿Por qué quiere mantenerme con vida?

»¿Por qué nunca ha sido visto? ¿Con qué ojos se le puede ver, sobre qué tierra caminará?

»Me teme, aunque no me queden fuerzas.

»Dicen que todos los brujos y hombres poderosos que ha vencido viven encerrados en tumbas como ésta, viven año tras año intentando liberarse...

»Pero ¿y si uno elige no vivir?»

Así, Festín hizo su elección. Su último pensamiento fue:

«Si estoy equivocado, los hombres pensarán que fui un cobarde.»

Pero no se retrasó con aquel pensamiento. Girando la cabeza ligeramente hacia un lado, cerró los ojos, hizo una última inspiración profunda y susurró la palabra que libera, la que sólo se pronuncia una vez.

No hubo transformación. No hubo cambio. Su cuerpo, las largas piernas y brazos, las hábiles manos, los ojos que se habían deleitado mirando árboles y corrientes, permanecieron sin cambio, tranquilos, perfectamente tranquilos y llenos de frío. Pero las paredes desaparecieron. La cueva construida con magia desapareció, y las salas y torres; y el bosque, y el mar, y el cielo del atardecer. Desaparecieron, y Festín se dirigió lentamente hacia la lejana pendiente de la colina de la existencia, bajo nuevas estrellas.

En vida había tenido gran poder; allí no lo había olvidado. Como la llama de una vela, se movió en las tinieblas de aquella amplia tierra. Y, recordando, pronunció el nombre de su enemigo:

–¡Voll!

Llamado, incapaz de resistir, Voll se acercó a él, un denso y pálido espectro bajo la luz de las estrellas. Festín se acercó, y el otro se acobardó y gritó como si estuviera ardiendo. Festin le siguió cuando huyó, le siguió de cerca. Recorrieron un largo camino, sobre corrientes de lava seca de extintos volcanes, que recortaban sus conos contra las estrellas sin nombre; sobre los contrafuertes de las silenciosas colinas, a través de valles de corta hierba negra, atravesando ciudades o bajando por sus callejas obscuras entre casas por cuyas ventanas no miraba cara alguna. Las estrellas colgaban del cielo; ninguna descendía, ninguna se levantaba. No hubo cambios. Ningún día llegó. Pero ellos continuaron, Festin siempre siguiendo los pasos del otro, hacia el lugar por donde en un tiempo corrió un río, mucho tiempo antes: un río de las tierras vivientes. En el seco lecho, entre los cantos rodados, yacía un cuerpo muerto: el de un hombre viejo, desnudo, ojos mates mirando fijamente las estrellas, a las que la muerte no afecta.

–Entra –dijo Festin.

La sombra de Voll lloriqueó, pero Festin se acercó más. Voll retrocedió, se detuvo, y penetró por la boca abierta de su propio cuerpo muerto.

El cadáver se desvaneció de inmediato. Sin marcas, inmaculados, los secos cantos rodados centellearon bajo la luz estelar. Festin estuvo allí de pie un rato, luego se sentó a descansar sobre unas grandes rocas. A descansar, no a dormir; debería montar guardia hasta que el cuerpo de Voll, devuelto a su tumba, se convirtiera en polvo, y desapareciera todo su maléfico poder, esparcido por el viento y arrastrado por la lluvia hasta el mar. 

Debería vigilar aquel lugar, donde una vez la muerte había encontrado el camino de regreso al otro mundo. Paciente, infinitamente paciente, Festin esperó entre las rocas por las que ningún río volverá a correr, en el corazón del país donde no hay costas. Las estrellas permanecían fijas sobre él; y mientras las miraba, lenta, muy lentamente, empezó a olvidar la voz de las corrientes y el sonido de la lluvia sobre las hojas del bosque de la vida.

Cosas - Úrsula K. Le Guin

En la playa, miraba a lo lejos, más allá de las largas líneas de espuma, donde estaban las islas, o donde se adivinaban.

–Allí –le dijo al mar–, allí está mi reino.

El mar le dijo lo que dice el mar a todo el Mundo. A medida que avanzaba la tarde desde detrás de su espalda, por encima del agua, las líneas de espuma palidecieron y amainó el viento, y al oeste, muy lejos, brilló una estrella, quizá, quizá una luz, o su deseo de una luz.

Avanzado el crepúsculo, volvió a subir los escalones de piedra de su pueblo. Las tiendas y casas de sus vecinos estaban vacías, desocupadas; todo había sido recogido apresuradamente en preparación del final. Casi todo el Mundo estaba allá arriba, en Heights Hall, con los plañideros, o allá abajo, en los campos, con los iracundos. 

Pero Lif no había podido recoger y vaciar su casa; sus mercancías y pertenencias pesaban demasiado para tirarlas, eran demasiado duras para romperlas, y eran imposibles de quemar. Sólo los siglos podían destruirlas. Allí donde habían sido amontonadas o arrojadas formaban lo que habría podido ser, o parecía ser, o podía ser, una ciudad. Por ello, Lif no había intentado deshacerse de sus cosas. 

Su patio estaba aún lleno de pilas y montones de ladrillos, hechos por él mismo. El horno estaba frío pero dispuesto, los barriles de arcilla, de mortero seco y de cal, los capachos y carretillas de su oficio, todo estaba allí. Un hombre de Scriveners Lane le había preguntado, con una sonrisa burlona:

–¿Vas a levantar una pared de ladrillo para esconderte detrás cuando llegue el final?

Otro vecino, que subía a Heights Hall, se quedó unos momentos mirando aquellos montones y pilas de ladrillos bien formados y bien cocidos, que adquirían todos un suave color dorado rojizo en el oro del Sol de la tarde, y exclamó después con un suspiro, sintiendo un peso en el corazón:

–¡Cosas, cosas! ¡Libérate de las cosas, Lif, de ese peso que te arrastra hacia abajo! ¡Ven con nosotros, por encima de ese Mundo que se acaba!

Lif sonrió, confuso, mientras tomaba un ladrillo de un montón y lo colocaba en su lugar, en una pila. Cuando hubieron pasado todos, él no había subido a Heights Hall ni había salido para ayudarles a arrasar los campos y a matar a los animales, sino que había bajado a la playa, al final de aquel Mundo que terminaba, más allá del cual sólo había agua. 

Ahora, otra vez en la fábrica de ladrillos, con el olor a sal en la ropa y la cara caliente por el viento del mar, seguía sin sentir la desesperación riente y destructora de los iracundos, ni la creciente y llorosa desesperación de los comulgantes de los Heights; se sentía vacío; sentía hambre. Era un hombre bajo y pesado; el viento del mar, en el límite del Mundo, había soplado sobre él durante toda la tarde sin moverle en absoluto.

–¡Hola, Lif! –exclamó la viuda de Weavers Lane, una callejuela que cruzaba la calle de él algunas casas más abajo–. Te he visto subir por la calle. No he visto pasar a nadie más desde la puesta del Sol. Todo está más silencioso que... –no acabó la frase, pero siguió hablando–. ¿Has cenado? Estoy a punto de sacar el asado del horno, y el crío y yo no podremos acabarnos la carne antes de que llegue el final. Y me duele que se desperdicie una carne tan buena.

–Ah, pues muchas gracias –dijo Lif, volviendo a ponerse el abrigo.

Bajaron los dos por Masons Lane hacia Weavers Lane, atravesando la obscuridad y el viento que barría las empinadas calles. En la casa iluminada de la viuda, Lif jugó con el pequeño, el último niño que había nacido en el pueblo, un crío gordito que empezaba a tenerse en pie. Lif le puso en pie, y el niño se echó a reír y se cayó, mientras la viuda ponía pan y carne caliente en la mesa de gruesa caña. Se sentaron a comer los tres; el niño roía con cuatro dientes un pedazo de pan duro.

–¿Cómo es que no estás en la colina, ni en los campos? –preguntó Lif.

Y la viuda le respondió, como si la respuesta fuese suficiente para ella:

–Es que yo tengo al niño.

Lif echó una mirada a la casita que había construido el esposo de la mujer, que había sido albañil suyo.

–¡Qué buena está esta carne! –exclamó–. No comía carne desde el año pasado, no recuerdo el día.

–Sí, claro. Ya no se construyen casas.

–Ni una –dijo él–. Ni una pared, ni un gallinero, ni reparaciones siquiera. Y tú, ¿sigues tejiendo alguna cosa?

–Sí; hay personas que quieren tener ropa nueva hasta el final. Esta carne se la he comprado a los iracundos, que mataron a todos los animales de mi señor, y la he pagado con el dinero que me dieron por una pieza de lienzo fino que tejí para la hija de mi señor, para un vestido que quiere llevar el último día... –emitió una leve exclamación de burla, y de comprensión también, y continuó–: Pero ya no hay lino, ni apenas lana. Nada que hilar, nada que tejer. Los campos quemados y los rebaños muertos.

–Sí –dijo Lif, mientras comía la sabrosa carne asada–. Son malos tiempos. Los peores.

–Y ahora que los campos están quemados –continuó la viuda–, ¿de dónde saldrá el pan? Y ahora que están envenenando los pozos, ¿de dónde saldrá el agua? Ah, pero estoy hablando como una plañidera... Sírvete, Lif. El cordero de primavera es la mejor carne del Mundo, como decía siempre mi marido; hasta que llegaba el otoño, y entonces decía que la mejor carne del Mundo es el cerdo asado. Vamos, sírvete una buena tajada.

Aquella noche, en su casita de la fábrica de ladrillos, Lif tuvo un sueño. Él solía dormir tan quieto como los propios ladrillos, pero aquella noche surcó las aguas del mar y fue hacia las islas. Y, cuando despertó, las islas no eran ya un deseo ni una intuición: como una estrella cuando se debilita la luz del día, se habían convertido en una certeza, las conocía. Pero, ¿qué era, en su sueño, lo que le había llevado por encima del agua? No había volado, ni había caminado, ni había ido por debajo del agua, como los peces; pero había cruzado las llanuras verdes y grises del mar, y sus montecillos movidos por el viento, hasta llegar a las islas, y una vez allí había oído voces, había visto luces de pueblos.

Se puso a pensar en cómo podía un hombre moverse por encima del agua. Pensó en cómo flota la hierba en los ríos, y vio que se podía hacer una especie de alfombra de cañas, echarse en ella e impulsarse con los brazos. Pero los grandes cañaverales humeaban aún junto al río, y los montones de juncos que tenía el cestero habían sido quemados. 

En su sueño, había visto en las islas unas cañas o hierbas de unos quince metros de altura, cuyos tallos de color pardo eran más gruesos de lo que podían abarcar sus brazos, y un mundo de hojas verdes que se extendía hacia el Sol desde las mil ramas ascendentes. Sobre aquellos tallos podía un hombre desplazarse por encima del mar. Pero en su país no crecían ni habían crecido nunca plantas como aquéllas, aunque en Heights Hall había un cuchillo cuyo mango era de un material marrón y opaco del que se decía que procedía de una planta que crecía en algún otro país y que se llamaba madera. Pero él no podía cabalgar por el mar rugiente montado en el mango de un cuchillo.

Tal vez los pellejos de animales, engrasados, pudiesen flotar; pero los curtidores llevaban varias semanas sin trabajar, y no había pellejos en venta. Decidió dejar de buscar la ayuda de otros. Aquella mañana blanca y ventosa, llevó a la playa su carretilla y su capacho más grande, y los dejó en la quieta superficie del agua de una laguna. Vio que flotaban, pero, cuando apoyó en ellos una mano, se inclinaron, se llenaron de agua y se hundieron. Pensó que aquellos objetos eran demasiado ligeros.

Volvió al acantilado y a su casa. Cargó la carretilla de inútiles y bien hechos ladrillos, y los llevó a la playa. Como habían nacido tan pocos niños en los últimos años, no se vio rodeado de ninguna curiosidad infantil que le preguntase qué estaba haciendo, aunque uno o dos iracundos, aturdidos aún por la orgía destructiva de la noche anterior, le miraron de soslayo desde un obscuro portal, a través del aire luminoso. 

Pasó todo el día bajando a la playa ladrillos y los elementos necesarios para el mortero, y a la mañana siguiente, aunque no había vuelto a tener aquel sueño, empezó a colocar sus ladrillos en la playa de marzo, barrida por las ráfagas de viento, con lluvia y arena disponibles en grandes cantidades para endurecer el cemento. 

Construyó una pequeña cúpula de ladrillo, ovalada, con los extremos puntiagudos, parecida a un pez, hecha de una sola hilada de ladrillos hábilmente dispuestos en espiral. Si una taza o una carretilla llenas de aire podían flotar, ¿por qué no podía flotar una cúpula de ladrillo? Y, además, sería resistente. Pero, cuando hubo fraguado el mortero, y cuando Lif, forzando su ancha espalda, volcó la cúpula y la empujó hasta la espuma blanca de los rompientes, se hundió más y más en la arena mojada, como una almeja o un mosquito de agua. Las olas la llenaron, y volvieron a llenarla cuando él la vació inclinándola, y por fin la atrapó una oleada verde en su poderosa resaca blanca, la volcó, la desintegró en sus ladrillos elementales y hundió éstos en la agitada arena.

Lif se quedó mojado hasta el cuello y enjugándose el rocío salado de los ojos. Al oeste, sobre el mar, no se veía otra cosa que restos de algas y unas nubes de lluvia. Pero las islas estaban allí. Lif las conocía, con sus grandes hierbas que tenían diez veces la altura de un hombre, sus solitarios campos dorados barridos por el viento del mar, sus pueblos blancos, sus colinas coronadas de blanco por encima del mar, y las voces de los pastores en las colinas.

–Yo soy ladrillero, y esto de flotar en el agua no es lo mío –dijo Lif, cuando hubo considerado su estupidez desde todos los puntos de vista.

Y, obstinadamente, salió del agua, subió por el camino del acantilado y por las calles mojadas de lluvia, para ir a buscar otra carretilla de ladrillos.

Libre, por primera vez en una semana, de su absurdo deseo de desplazarse por el agua, se dio cuenta de que Leather Street parecía desierta. La tenería estaba vacía; sólo había basura. Las tiendas de los artesanos eran como una hilera de pequeñas bocas abiertas y negras, y, encima de ellas, las ventanas de los dormitorios estaban ciegas. Al final de la calle, un anciano zapatero remendón quemaba, dando lugar a un hedor terrible, un pequeño montón de zapatos nuevos, sin usar. Junto a él esperaba un asno, ensillado, que sacudía las orejas al percibir el pestilente humo.

Lif siguió su camino y cargó de ladrillos la carretilla. Esta vez, cuando bajaba con ella, frenando su peso en las pendientes, usando toda la fuerza de sus hombros para equilibrar su avance por el tortuoso sendero del acantilado que llevaba a la playa, le siguieron dos de sus convecinos. A éstos se sumaron dos o tres más de Scriveners Lane, y otros varios de las calles que rodeaban la plaza del mercado, de modo que, cuando se enderezó, con la espuma del mar siseando sobre sus negros pies desnudos y un sudor frío en la cara, había un grupo numeroso de personas a lo largo del profundo surco que había hecho la carretilla en la arena. Tenían el aspecto perezoso y apático de los iracundos. Lif no les prestó atención, aunque se dio cuenta de que en lo alto del acantilado estaba la viuda de Weavers Lane observando la escena con expresión asustada.

Introdujo la carretilla en el mar hasta que el agua le llegó al pecho, y volcó los ladrillos. Volvió a la playa corriendo, ayudado por una gran ola, con la carretilla llena de espuma.

Algunos de los iracundos se alejaban ya. Un hombre alto del grupo de Scriveners Lane le dijo con una sonrisita:

–Oye, ¿por qué no los tiras desde lo alto del acantilado?

–Si lo hiciese así, caerían en la arena –respondió Lif.

–Y tú lo que quieres es ahogarlos. Muy bien. Había quien pensaba que querías construir algo ahí abajo, y querían convertirte en cemento. Deja los ladrillos mojados y tranquilos, amigo.

Sonriendo, el hombre se alejó, y Lif echó a andar por el sendero para ir a buscar otra carga de ladrillos.

–Ven a cenar con nosotros, Lif –le dijo la viuda en lo alto del acantilado.

Parecía preocupada, y apretaba al bebé contra ella para protegerlo del viento.

–Vendré –dijo él–, y traeré una hogaza. Guardé unas cuantas antes de que se marchasen los panaderos.

Lif sonrió, pero ella no. Cuando subían juntos por las callejuelas, la viuda le preguntó:

–¿Estás echando los ladrillos al mar, Lif?

Él se rió de buena gana y le contestó que sí.

Ella mostró entonces una expresión que habría podido ser de alivio y que habría podido ser de tristeza; pero durante la cena en la casa iluminada estuvo tranquila y amable como siempre, y comieron alegremente pan seco y queso.

Al día siguiente, Lif siguió bajando ladrillos a la playa, una carga tras otra, y, si los iracundos le observaban, le creyeron ocupado en la misma tarea que ellos. La pendiente de la arena era gradual, así que podía seguir construyendo sin trabajar siquiera por encima del agua. Había empezado con la marea baja, de modo que su obra no quedase nunca al descubierto. Durante la marea alta el trabajo era difícil, pero él no lo abandonaba. Volcaba los ladrillos y se esforzaba después por disponerlos en hiladas, mientras el mar le hervía en la cara y atronaba por encima de su cabeza. 

Al atardecer, bajó al mar unas largas barras de hierro y apuntaló lo que había construido, pues una contracorriente tendía a socavar su carretera a unos dos metros y medio del principio. Se aseguró de que incluso los extremos de las barras quedasen ocultos por el agua durante la marea baja, de modo que ningún iracundo pudiese sospechar que se estaba llevando a cabo un acto de afirmación. Dos ancianos que venían de llorar en Heights Hall pasaron junto a él cuando subía, empujando ruidosamente la carretilla vacía por las callejuelas de piedra envueltas en el crepúsculo, y sonrieron gravemente al verle.

–Es bueno liberarse de las cosas –dijo en voz baja uno de los dos.

El otro asintió.

Al día siguiente, aunque no había vuelto a soñar con las islas, Lif siguió construyendo su carretera. A medida que avanzaba, era mayor el declive de la arena. Su método consistía ahora en subirse al extremo de lo que había construido, volcar desde allí la carretilla cuidadosamente cargada, y después tirarse al agua y seguir trabajando, con dificultad, saliendo a flote e impulsándose hacia el fondo, para nivelar los ladrillos y encajarlos entre las barras que había colocado previamente y después volvía a subir por la arena gris, por el acantilado y por las tranquilas callejuelas, empujando la ruidosa carretilla, a buscar otra carga de ladrillos.

Un día de aquella semana, la viuda fue a verle al ladrillar y le dijo:

–Déjame tirarlos yo por el acantilado; así te ahorrarás un trecho del camino.

–Cargar la carretilla es un trabajo pesado –dijo él.

–No importa.

–Muy bien, hazlo si quieres. Pero los ladrillos pesan mucho. No cargues demasiados. Te daré la carretilla pequeña. Y puedes sentar al niño encima de la carga y darle un paseo.

Ella le ayudó, pues, de vez en cuando, durante unos días de tiempo gris y suave, niebla por la mañana, mar y cielo claros toda la tarde, y floridas las hierbas que crecían en las grietas del acantilado; no quedaba nada más que pudiese florecer.

El camino tenía ya muchos metros de longitud, y Lif había tenido que aprender una habilidad que no había aprendido nadie más, que él supiera, excepto los peces. Podía flotar en el agua y moverse por encima o por debajo de ella, sin apoyarse en el fondo con los pies ni con las manos.

Nunca había oído decir que un hombre pudiese hacer aquello; pero no pensó mucho en el asunto, por lo muy ocupado que estaba todo el día con sus ladrillos, rodeado de espuma, de burbujas de aire rodeadas de agua, o de gotas de agua rodeadas de aire, y la niebla, y la lluvia de abril, una confusión de elementos. A veces se sentía feliz en aquel Mundo irrespirable, sombrío y verde, luchando con los ladrillos, que se mostraban extrañamente rebeldes e ingrávidos, entre los bancos de pececillos que le miraban, y sólo la necesidad de respirar le hacía salir, jadeando, al aire cargado de rocío.

Trabajaba durante todo el día, gateando por la arena para recoger los ladrillos que le arrojaba su fiel ayudante desde el acantilado, los cargaba en la carretilla y los llevaba por el camino que construía, que quedaba a medio metro por debajo del nivel del mar durante la marea baja, y a un metro o metro y medio durante la marea alta, los dejaba caer cuando llegaba al extremo, se tiraba al agua y seguía construyendo; después volvía a la playa a buscar otra carga. 

No subía al pueblo hasta el anochecer, agotado, con la piel y los ojos irritados por la sal, hambriento como un tiburón, para compartir con la viuda y con el pequeño la comida que hubiese. Últimamente, aunque la primavera avanzaba con sus suaves, largas, tibias tardes, el pueblo estaba muy obscuro y silencioso.

Una noche en que Lif se dio cuenta de esto porque no estaba demasiado cansado, hablaron de ello, y la viuda dijo:

–Ah, es que ya se han ido todos, creo.

–¿Todos? Y, ¿a dónde han ido?

Ella se encogió de hombros. Alzó sus ojos obscuros hacia los de él, que estaba sentado frente a ella, y le miró unos momentos a través del silencio iluminado.

–¿A dónde lleva tu camino de ladrillos, Lif?

Él calló un momento.

–A las islas –le respondió por fin.

Y después se echó a reír y la miró a los ojos.

Ella no se rió; se limitó a decir:

–¿Están allí esas islas? ¿Es verdad, pues, que existen?

Miró a su hijito que dormía, y miró, por la puerta abierta, la obscuridad de la primavera, la obscuridad tibia que llenaba las calles por las que no andaba nadie y las estancias en las que no vivía nadie. Después volvió a mirar a Lif, y le dijo:

–Lif, no quedan muchos ladrillos. Sólo unos centenares. Tendrás que hacer más.

Y se echó a llorar quedamente.

–¡Santo Dios! –exclamó Lif, pensando en su camino sumergido que tenía treinta y cinco metros de longitud, y en el mar que se extendía veinte mil kilómetros más allá–. ¡Pues iré a las islas nadando! Pero no llores, querida. ¿Crees que os dejaría aquí solos, a ti y al pequeño? Después de todos los ladrillos que has estado a punto de tirarme a la cabeza, después de todas las hierbas extrañas y los moluscos que has encontrado para que comiésemos, después de tu mesa, del fuego de tu hogar, de tu cama y de tu risa, ¿crees que podría dejarte cuando lloras? Anda, no llores más. Déjame pensar en alguna manera de llegar a las islas, los tres juntos.

Pero él sabía que, para un ladrillero, no había ninguna manera. Había hecho lo que había podido. Lo que había podido hacer llegaba a treinta y cinco metros de la playa.

–¿Tú crees...? –preguntó Lif al cabo de un buen rato, durante el cual ella recogió la mesa y lavó los platos en agua del pozo, que volvía a salir limpia ahora que los iracundos se habían ido hacía días–. ¿Tú crees que esto... puede ser...? –le costaba decirlo, pero ella le escuchaba en silencio, y hubo de decirlo–: ¿Tú crees que esto es el fin?

Silencio. En la única habitación iluminada y en todas las obscuras habitaciones y calles, en los campos quemados y en las tierras asoladas, silencio. Por encima de ellos, en la colina, en Heights Hall, silencio. Un aire silencioso, un cielo silencioso, silencio en todos los lugares, silencio continuado, ninguna respuesta. Excepto el sonido lejano del mar, y, muy leve aunque más cercana, la respiración de un niño dormido.

–No –respondió la mujer.

Se sentó frente a él y apoyó las manos en la mesa, unas manos hermosas tan obscuras como la tierra, las palmas como el marfil.

–No –dijo la mujer–. El fin será el fin. Esto sólo es la espera.

–Entonces, ¿por qué estamos aquí todavía... los tres solos?

–Bueno... –respondió ella–, tú tenías tus cosas... tus ladrillos... y yo tenía al niño...

–Tenemos que irnos mañana –dijo él al cabo de unos momentos.

Ella asintió con un gesto.

Se levantaron antes del amanecer. No quedaba nada para comer, de modo que, cuando ella hubo guardado en una bolsa unas pocas ropas para el bebé y se hubo puesto su cálido abrigo de cuero, y él una gruesa capa que había sido del esposo de ella, dejaron la casita y salieron a la luz pálida y fría de las calles desiertas.

Bajaron hacia la playa. Él iba delante y ella le seguía, llevando al niño soñoliento en un pliegue del abrigo. Lif no se volvió ni hacia la carretera que llevaba al norte por la costa ni hacia la carretera del sur, sino que pasó junto a la plaza del mercado, llegó al acantilado y bajó por el rocoso sendero hasta la playa. Ella le siguió, y ninguno de los dos dijo nada. Cuando llegaron al borde del agua, él se volvió.

–Os sostendré en el agua tanto tiempo como pueda –dijo.

Ella asintió, y dijo quedamente:

–Iremos por el camino que has construido, hasta donde llegue.

Lif le tomó la mano libre, y entraron en el agua. Estaba muy fría, y la fría luz del este, detrás de ellos, brillaba en las líneas de espuma que siseaban en la arena. Cuando subieron al principio del camino, sintieron los ladrillos firmes bajo sus pies, y el niño quedó dormido en el hombro de su madre, en un pliegue de su abrigo.

A medida que avanzaban, el embate de las olas se hizo más fuerte. Subía la marea. El agua mojó sus ropas, heló sus carnes, empapó sus cabellos y sus caras. Llegaron al final del largo trabajo de Lif. Detrás de ellos quedaba la playa, a poca distancia, la arena obscura al pie del acantilado, por encima del cual estaba el cielo silencioso, que se iba aclarando. A su alrededor estaban el agua y la espuma turbulenta. Ante ellos estaban el agua intranquila, el gran abismo, el vacío.

Una oleada les golpeó en su avance hacia la playa, y se tambalearon; el niño, sobresaltado por el duro bofetón del mar, se despertó y se echó a llorar, un débil gemido en el largo, frío, siseante murmullo del mar, que decía siempre la misma cosa.

–¡Oh, no puedo! –exclamó la madre.

Pero se aferró a la mano del hombre y se colocó a su lado.

Cuando Lif levantaba la cabeza para dar el último paso desde aquel camino a ninguna playa, vio, al oeste, la silueta que cabalgaba en el agua, la luz que saltaba, el parpadeo blanco como el pecho de una golondrina que refleja la luz del amanecer. Le pareció que sonaban unas voces por encima de la voz del mar.

–¿Qué es eso? –le preguntó la mujer.

Pero ella inclinaba la cabeza sobre su hijo, intentando acallar el débil gemido que desafiaba al vasto balbuceo del mar. Lif se quedó inmóvil y vio la blancura de la vela, la luz que saltaba por encima de las olas, que saltaba hacia ellos y hacia la luz más grande que aumentaba detrás de ellos.

–¡Esperad! ¡Esperad!

La llamada salió de la forma que cabalgaba por las olas grises y bailaba sobre la espuma. Las voces sonaban muy dulces, y, cuando la vela se inclinó, blanca, hacia él, vio las caras y los brazos que se tendían hacia él, y les oyó decir:

–¡Venid, subid a la barca, venid con nosotros a las islas!

–Agárrate bien –le dijo suavemente a la mujer, y dieron el último paso. 

La dirección de la carretera - Úrsula K. Le Guin

    Antes no eran tan exigentes. Nunca nos hacían ir más aprisa que al galope, y aún eso era raro; la mayor parte de las veces se contentaban con un pequeño trote saltarín. Y cuando uno de ellos iba a pie, era un auténtico placer acercársele. Me daba tiempo de realizar toda la acción con auténtico estilo. Le veía hacer como que movía sus piernas y sus brazos según sus costumbres, mientras miraba la carretera, o incluso los campos que atravesaba, o hasta mirándome directamente: entonces me acercaba a él regularmente pero con mucha lentitud, aumentando de tamaño sin cesar, sincronizando a la perfección la velocidad de aproximación y la velocidad de crecimiento, de tal modo que, en el mismo momento en que, tras no haber sido más que una minúscula mota, había adquirido toda mi estatura –veinte metros por aquella época–, me alzaba ante él, inmenso, dominándolo, cubriéndolo con mi sombra. Y sin embargo él no manifestaba ningún temor. Ni siquiera los niños me temían, aunque a menudo no dejaban de mirarme mientras yo pasaba cerca de ellos, para empezar a decrecer a continuación.

    Ocurría a veces que, en una cálida tarde, uno de los adultos me detenía justo en el lugar donde nos encontrábamos, y se sentaba, su espalda contra la mía, durante una hora o más. Yo no veía en ello el menor inconveniente. Tengo una excelente colina, un buen suelo, un buen viento, una hermosa vista; ¿por qué iba a molestarme el permanecer inmóvil durante una hora o toda una tarde?    

    Después de todo, la inmovilidad no es más que relativa. Basta con mirar al Sol para darse cuenta de la velocidad en que todo se desplaza; y además uno no deja de crecer... sobre todo en verano. En cualquier caso me emocionaba el verles confiar así en mí, dejarme que me apoyara en sus pequeñas espaldas cálidas, y dormirse profundamente entre mis pies. Me gustaban. Es raro que nos hayan caído en gracia como los pájaros; pero realmente los prefería a las ardillas.

    En aquel tiempo los caballos trabajaban para ellos, lo cual constituía para mí un agrado suplementario. Me gustaba particularmente el galope corto, en el que me volví muy hábil. Aquel movimiento de elevación rítmica que acompaña al crecimiento o disminución les confiere una apariencia de oscilación y de caída que es casi la del vuelo. 

    El galope era menos agradable, con su sincopado martilleo; me sentía agitado como un árbol joven en la tormenta. Además, el placer de acercarme y crecer lentamente hasta parecer gigantesco, y luego alejarme y decrecer también lentamente, quedaba suprimido por el galope. Había que hacerlo todo brutalmente, tacatac, tacatac, y tanto el hombre como su montura estaban tan absortos por este ejercicio que ni siquiera levantaban los ojos hacia mí. Hay que admitir de todos modos que los casos eran raros. Después de todo, el caballo es mortal y, como todas las criaturas sin raíces, fatigable; los hombres evitaban pues cansar a sus caballos, salvo casos de urgencia; los casos de urgencia, aparentemente, no eran tampoco tan frecuentes en aquella época.

    No he galopado desde hace mucho tiempo, y a decir verdad me gustaría hacerlo. Bien pensado, aquel ejercicio tenía algo de tonificante.

    La primera vez que vi un automóvil, lo recuerdo aún, lo tomé, como la mayor parte de nosotros, por un ser mortal una especie de criatura sin raíces a la que no conocía. Sentí un cierto sobrecogimiento ya que, con ciento treinta y dos años de edad, creía conocer a toda la fauna local. Pero una novedad, por fútil que sea, siempre es algo interesante, así que lo observé con atención. Me acerqué a buena marcha, la de un galope corto, pero adoptando un ritmo distinto, adaptado al aspecto falto dé gracia de aquella cosa: un ritmo inconfortable, el de un ser rodante, sofocante, trepidante, agitado por sobresaltos. Pero no, no se trataba de ningún ser mortal, libre o cautivo, con o sin raíces, y me di cuenta de ello en menos de dos minutos, antes de haber alcanzado el tamaño de treinta centímetros. Era un objeto fabricado, como aquellas carretas a las que se ataban los caballos. Lo hallé tan mal hecho que estimé imposible que regresara cuando lo vi desaparecer tras la cima de West Hill, y esperé de todo corazón no volver a verlo nunca más, pues no podía soportar su marcha dura y contrastada.

    Pero la cosa adoptó un horario regular, al que me vi obligado a doblegarme. Todos los días, a las cuatro, debía aproximarme a él mientras aparecía al oeste con su rítmico tartamudeo, tenía que crecer, erguirme en toda mi altura, y encogerme de nuevo luego. Después, a las cinco, debía ir una vez más a su encuentro trotando como un gazapo pese a mis veinte metros de altura, mientras llegaba por el este dando sus traqueteantes zancadas, impaciente porque aquel horrible pequeño monstruo desapareciera por el horizonte, a fin de poder descansar y relajar mis miembros al viento del atardecer.

    Siempre había dos personas en el vehículo: un joven macho al volante, y tras él, una vieja hembra de mirada arisca medio sepultada entre mantas. Nunca les oí hablarse. Y sin embargo por aquel tiempo sorprendí varias conversaciones en la carretera. La máquina iba descubierta, pero el enorme ruido que hacía cubría el de todas las voces, incluso la del gorrión cantor que yo albergaba aquel año. Odiaba aquel ruido casi tanto como la bamboleante marcha del vehículo.

    Soy de una familia que se respeta y mantiene sus rígidos principios. La divisa de los robles es: «Me rompo, pero no me doblego»; y me veo obligado a observarla. Lo que me hacía sufrir, entiendan, no era puramente la vanidad personal, sino el orgullo familiar, el hecho de que un simple objeto fabricado me obligara a saltar y a bambolearme de aquel modo.

    Los manzanos de la huerta, en la parte baja de la colina, no parecían verse tan afectados; pero son árboles domesticados. Sus genes han sido manipulados desde hace siglos. Además, son criaturas gregarias; ningún árbol frutal es realmente capaz de formular una opinión personal.

    Yo guardaba para mí mi propia opinión.

    Pero cuando el automóvil dejó de envenenarnos me alegré sobremanera. No apareció en absoluto durante todo un mes, durante el cual tuve el placer de andar hacia los hombres y trotar hacia los caballos, yendo incluso a dar saltitos al encuentro de un bebé en brazos de su madre, esforzándome, sin éxito, en ofrecerle una imagen nítida.

    Al mes siguiente –septiembre, unos pocos días después de la partida de las golondrinas– apareció otra máquina. Nos arrastró de pronto, a mí, a nuestra colina, a la huerta, a los campos, al techo de la granja, en su carrera de este a oeste, dando saltitos, bamboleándose, petardeando; mi velocidad era superior a la del galope, y jamás me había desplazado tan rápidamente. Apenas tuve tiempo de parecer gigantesco cuando ya tuve que empezar a encogerme.

    Y a la mañana siguiente vino otra máquina.

    Cada año, cada semana, cada día, la especie se extendía. Llegaron a convertirse en un elemento importante de nuestro Orden Natural. Las carreteras eran levantadas y luego rehechas, ampliadas, con una detestable superficie plana como la huella de un caracol, sin roderas, sin charcos, sin piedras, sin flores, sin sombras. ¿Dónde estaban todos esos pequeños seres sin raíces que antes recorrían la carretera, saltamontes, hormigas, sapos, ratones, zorros y tantos otros, demasiado pequeños la mayor parte de ellos como para que yo acudiera a su encuentro puesto que no llegaban a verme realmente? Los más prudentes evitaban ahora la carretera, los otros se dejaban aplastar. ¡Cuántos conejos he visto morir así a mis pies! Doy gracias a Dios de ser un roble, ya que puedo verme arrancado por el viento, desenraizado, podado o aserrado, pero al menos no podré, bajo ninguna circunstancia, verme aplastado en la carretera.

    La presencia simultánea de un gran número de vehículos en la carretera exigió de mí un nivel superior de actuación. Era tan solo un arbolillo cuya copa apenas rebasaba las hierbas silvestres cuando aprendí a ir en dos direcciones al mismo tiempo. Conseguí ese logro elemental sin pensar realmente en él, bajo la simple presión de las circunstancias, la primera vez que vi a un peatón al este frente a un jinete que venía del oeste. Tenía que ir en dos direcciones a la vez, y lo conseguí. Supongo que para nosotros los árboles esto es la base del arte. Estaba nervioso, pero conseguí pasar cerca del jinete, luego alejarme de él mientras me encogía trotando hacia el peatón, al cual no alcancé hasta después de haber sido perdido de vista por el jinete... por aquel tiempo no tenía que aparecer aún gigantesco. Estaba orgulloso de mí, siendo aún muy joven, orgulloso de mi hazaña; pero de hecho es menos difícil de lo que parece. Desde entonces, por supuesto, repetí la operación un incalculable número de veces, y ni siquiera le daba importancia; lo hacía incluso en sueños.      

    ¿Pero han pensado ustedes en el increíble esfuerzo que realiza un árbol cuando debe, por un lado, agrandarse simultáneamente a velocidades ligeramente distintas, y al mismo tiempo encogerse para otros vehículos que avanzan en sentido contrario, unos cuarenta a la vez en cada sentido, sin olvidarse de erguirse con toda su altura en el momento preciso para cada uno de ellos? ¿Y hacer esto minuto tras minuto, hora tras hora, desde el amanecer hasta la caída de la noche e incluso más tarde?

    Puesto que mi carretera se volvió muy frecuentada; la circulación era casi incesante. No dejaba un instante de reposo. Se habían acabado los bamboleos sincopados, pero cada vez debía ser más rápido: crecer a toda velocidad, erguirme en toda mi altura en una fracción de segundo, y decrecer con la misma precipitación, sin poder gozar con ello, y sin descanso, una y otra y otra vez.

    Muy raros eran los conductores que se dignaban dirigirme una ojeada, por breve que fuera. De hecho, parecían no ver nada. Se contentaban con mirar fijamente la carretera ante ellos. Tenían la ilusión, al parecer, de ir a alguna parte. Miraban, a través de unos espejitos fijados a la parte delantera de sus vehículos, hacia la parte de carretera que acababan de recorrer, y luego volvían a clavar sus ojos camino adelante. Yo había supuesto que solo los escarabajos se hacían esta falsa idea del Progreso. En efecto, no dejan de precipitarse en todos sentidos sin levantar nunca los ojos. Siempre había tenido una pobre opinión de esas pequeñas criaturas. Pero al menos ellas me dejaban en paz.

    Confieso que a veces, en esas benditas noches tenebrosas en las que mi copa no era plateada por la Luna, o mis ramas no ocultaban las estrellas, en esas noches en las que podía tomarse un descanso, pensaba seriamente en sustraerme a las obligaciones de nuestro Orden Natural: en dejar de desplazarme. No, no seriamente. Tan solo a medias. Puro cansancio. Si el más pequeño imbécil de retoño de sauce, al pie de la colina, aceptaba sus responsabilidades, saltaba, se movía, aceleraba, crecía y disminuía por cada coche que pasaba por la carretera, ¿cómo podría no hacerlo yo, un roble? Nobleza obliga. Y creo poder decir que nunca he dejado caer un glande que no conozca su deber.

    Hace pues cincuenta o sesenta años que me erijo en defensor del Orden Natural, y que mantengo a las criaturas humanas en su ilusión de ir a alguna parte. Y lo hago de buen grado. Pero me ha ocurrido algo horrible, contra lo cual debo elevar una solemne protesta.

    Puedo ir perfectamente en dos direcciones a la vez; puedo muy bien crecer y decrecer simultáneamente; puedo moverme sin problemas, incluso a la desagradable velocidad de cien o ciento veinte kilómetros por hora. Estoy dispuesto a proseguir todo esto hasta el día en que un hacha, una sierra o un bulldozer me derribe. Ese es mi destino. Pero a lo que reniego con mis últimas energías es a volverme eterno.

    La eternidad no es mi destino. Soy un roble, ni más, ni menos. Tengo mis deberes, y los cumplo; tengo mis recompensas, y sé apreciarlas, aunque lamente que cada vez se hagan más raras, puesto que los pájaros son menos numerosos y los vientos se están volviendo mefíticos. Pero, sea cual pueda ser mi longevidad, tengo derecho a dejar de ser. La mortalidad es mi privilegio. Y he perdido este privilegio.

    Lo perdí hace un año, en un día lluvioso del mes de marzo.

    Los coches, como siempre, surgían por la carretera en ambos sentidos, cubriéndola con sus rápidas carreras. Yo estaba tan ocupado en moverme como un bólido, crecer, erguirme en toda mi altura, decrecer, y el día desaparecía tan aprisa, que apenas tuve tiempo de ver lo que ocurría. El conductor de uno de los coches debía estimar que su necesidad de ir a algún sitio presentaba un carácter de urgencia excepcional; por ese motivo intentó situar su vehículo delante del que lo precedía. Para efectuar esta maniobra hay que desviarse un momento de la Dirección de la Carretera girando hacia el lado encargado de hacer circular a los coches en el otro sentido (y debo decir que admiro enormemente las capacidades de la carretera, ya que no es fácil efectuar tales maniobras cuando no se es más que un simple objeto fabricado y no un ser vivo). 

    Pero en aquel momento otro coche llegaba en sentido contrario, y se encontró frente a frente con el del conductor apresurado. Y la carretera no pudo hacer nada para salvar la situación, puesto que estaba demasiado cargada. Para evitar golpear al coche que le hacía frente, el vehículo con prisas contravino absolutamente todas las reglas de la Dirección de la Carretera con una conversión de noventa grados, lo cual me obligó a saltar directamente sobre él. No tenía otra elección. Tuve que lanzarme sobre él a ciento cuarenta kilómetros por hora. Me erguí en toda mi altura, haciéndome más grande, más gigantesco que nunca antes. Luego percuté contra el vehículo.

    Perdí una considerable porción de corteza y, lo que es peor, una buena capa de cámbium; pero para un árbol de veintidós metros de alto y cerca de tres metros de circunferencia en el punto del impacto eso no resultaba demasiado grave. Mis ramas temblaron por el choque hasta el punto de hacer caer un nido de petirrojos del año anterior, y sentí una tal sacudida que lancé un gemido. Jamás en mi vida había hablado tan fuerte.

    El coche lanzó un grito desgarrador, roto, aplastado por el golpe que yo le había dado. Su parte trasera apenas recibió daño, pero toda su parte delantera era un auténtico acordeón, con retorcimientos propios de una raíz vieja sobre los cuales caía una lluvia de pequeños trocitos de brillante plancha.

    El conductor no tuvo tiempo de pronunciar ni una palabra. Lo maté instantáneamente.

    No es contra esto contra lo que protesto. No podía hacer otra cosa más que matarlo. Era inevitable, de modo que todo lamento posterior es superfluo. Contra lo que me rebelo, lo que no puedo soportar más, es esto: cuando yo saltaba sobre él, él me vio. En el último momento, levantó los ojos. Me vio como jamás nadie me había visto, ni siquiera un niño, ni siquiera en los tiempos en que la gente miraba aún a su alrededor. Me vio enteramente, y quizá yo sea la única cosa que él hubiera visto jamás en toda su vida.

    Me vio bajo los atisbos de la eternidad. Me confundió con la eternidad. Y puesto que murió en el momento mismo en que su visión le engañaba, puesto que nada puede modificarla, estoy cautivo por toda la eternidad.

    Esto me resulta insoportable. No puedo hacerme cómplice de tamaña ilusión. Las criaturas humanas no quieren comprender la Relatividad; muy bien, pero que comprendan la Relación.

    Si el Orden Natural lo exige, yo mataré a los conductores de coches, aunque esto no forme parte de las obligaciones normales que incumben a un roble. Pero es injusto imponerme no solo el papel de asesino, sino también el de la muerte. Puesto que yo no soy la muerte. Yo soy la vida; soy mortal.

    Si quieren ver la muerte con sus propios ojos, es su problema, no el mío. Yo no quiero ser para ellos la eternidad. Que no cuenten con los árboles para encontrar en ellos la imagen de la muerte. Que la busquen más bien en los ojos de sus semejantes.