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Terror en el espacio (Capítulo 1) - Leigh Brackett

Capítulo 1 

Lundy conducía con sus propias manos el convertible aeroespacial. Lo había estado haciendo durante mucho tiempo. Tanto tiempo, que la mitad inferior de su cuerpo estaba dormida e insensible hasta las puntas de los pies y la mitad superior aún más insensible, con excepción de dos dolores separados peores que los que produce un flemón: uno alojado en su espalda y el otro en la cabeza.

Los jirones de nubes desgarradas y arrancadas de la espesa atmósfera venusiana color gris perla, pasaban rápidamente junto a la veloz aeronave. Los reactores palpitaban y zumbaban, mientras los instrumentos se movían desordenadamente bajo el influjo de las corrientes magnéticas que hacen de la atmósfera venusiana la pesadilla de los pilotos.

Jackie Smith seguía frío y envarado en el asiento del copiloto. A través de la portezuela cerrada que tenía a sus espaldas y que comunicaba con la minúscula cabina interior, Lundy oía gritar y debatirse a Farrell.

Hacía rato que gritaba. Desde que la inyección de avertina que le puso Lundy cuando lo subieron a bordo dejó de surtir efecto. Se debatía chillando e intentando librarse de las correas, profiriendo roncas exclamaciones que nada significaban.

Luchaba y se debatía a causa de aquello.

En algún lugar dentro de Lundy, dentro del arrugado y sudoroso uniforme negro de la Sección Especial de la Policía de los Tres Mundos, dentro del metro sesenta y cinco de gruesos y acerados músculos que este uniforme recubría, había un nudo. Un nudo muy grande, y muy frío también a pesar del sofocante calor que reinaba en la cabina, y además tenía la mala costumbre de contraerse de vez en cuando, haciendo que Lundy se estremeciese y sudase copiosamente, como si le hubiesen pinchado.

A Lundy no le gustaba tener aquel nudo frío en el estómago, pues eso significaba que tenía miedo. Había tenido miedo muchas otras veces, y no se avergonzaba de ello. Pero en aquellos momentos necesitaba apelar a toda su inteligencia y valor para devolver aquéllo a su cuartel general de Vhia, y no deseaba tener que luchar también consigo mismo.

El miedo puede hacer las cosas muy difíciles. Puede debilitarnos cuando necesitamos ser más fuertes, si queremos salvar nuestra vida. Y en este caso se trataba de su vida y la de sus dos compañeros.

Lundy confiaba en poder dominar su miedo, y también su cansancio... porque aquello permanecía agazapado en la pequeña arquita guardada en la caja fuerte, esperando que alguien se desmoronase.

Farrell se había desmoronado completamente, desde luego, pero estaba firmemente sujeto. Jackie Smith había empezado a mostrar signos de desmoralización antes de desvanecerse, y por ello Lundy tenía una mano puesta sobre la jeringuilla hipodérmica cargada con anestésico que pendía a un lado de su asiento. Y Lundy pensaba:
«Lo peor de todo es que no se sabe cuando empieza a actuar en nosotros. No existen precedentes, o si existen nosotros los desconocemos. Quizás ahora mismo, las indicaciones que veo en estas esferas sean completamente falsas...»

Por debajo de ellos, podía atisbar de vez en cuando pequeñas extensiones de océano entre los jirones de niebla gris. Las aguas negras, inmóviles, sin mareas ni oleajes del planeta Venus, que ocultan innumerables secretos de su vida pretérita.

Lo que veía no era de ninguna utilidad para Lundy. Le era imposible calcular su rumbo... podía hallarse sobre un punto cualquiera del océano. Esperaba que los motores seguirían funcionando con regularidad, o de lo contrario todos se darían un buen baño, en la inmensa extensión de aguas negras y tranquilas.

Farrell seguía gritando. Parecía tener la garganta blindada. Chillaba y se debatía para libertarse de sus ligaduras, porque aquello estaba encerrado y pedía socorro.

–Tengo frío –dijo Smith–. Oye, enanito.

Lundy volvió la cabeza. Por lo general mostraba una cara redonda, fresca y vivaracha, en la que brillaban unos ojos obscuros y una sonrisa juvenil que dejaba al descubierto sus dientes blanquísimos. En aquellos momentos, su aspecto era más bien el de una basura que el camarero hubiese sacado con la escoba de debajo una mesa a las cuatro de la madrugada, del día de año nuevo.

–Tienes frío, ¿eh? –dijo con voz ronca, pasándose la lengua por los labios empapados de sudor–. ¡Tanto mejor! Eso es lo que necesitamos.

Jackie Smith se movió un poco, gruñó y trató de incorporarse. Su guerrera negra estaba entreabierta, mostrando los vendajes blancos que le cruzaban el pecho, y tenía la mano izquierda sobre el extremo roto de la cremallera que cerraba la guerrera. Era un hombre corpulento y no mayor que Lundy, de facciones prominentes y feas, unos cabellos ásperos y claros y una tez que parecía cuero reseco.

–En Mercurio, donde nací –dijo– el clima es adecuado para los seres humanos. Vosotros, los pisaverdes del Viejo Mundo... –se interrumpía, palideciendo bajo su piel curtida, y dijo con los dientes muy apretados–: ¡Vaya! Veo que Farrell se ha ocupado a conciencia de mí.
–Te salvarás –le dijo Lundy, tratando de no pensar en lo cerca que él y Smith estuvieron de la muerte. Farrell había luchado como un demonio cuando lo descubrieron en una aldea indígena, situada en lo más alto de los Montes de la Nube Blanca.

Lundy aún recordaba con horror lo sucedido.
A Lundy no le importaba entendérselas con matones o andar a tortas con los peores rufianes. Pero Farrell no era de ésos. Sólo era un buen muchacho que cayó en las redes de alguien mucho más fuerte que él.

Un buen muchacho, enamorado con locura de alguien inexistente. Un muchacho decente y trabajador, con esposa y dos hijos, que perdió la chaveta, el alma y el corazón por un ser del espacio, hasta el punto que estaba dispuesto a matar para protegerlo.
«¡Qué diablos!», pensó Lundy, cansado y furioso. «¿No dejará nunca de chillar?»

Los reactores rugían poderosos. Los grises jirones de niebla pasaban con rapidez junto a la nave. Jackie Smith permanecía sentado, muy rígido, con los ojos cerrados, los labios pálidos y respirando entrecortadamente. Y aún faltaba mucho para llegar a Vhia.

Tal vez más de lo que él suponía. Quizás ni siquiera se dirigía hacia Vhia. Quizá aquello ejercía su influjo sobre él, y nunca lo sabría hasta que su aparato se estrellase.

El frío nudo se apretó aún más en su estómago, como la helada hoja de un cuchillo clavado en su carne.

Lundy lanzó una maldición. Sí se dejaba llevar por aquella clase de pensamientos, se iría de cabeza al infierno.

Pero no podía dejar de pensar en aquello. En el ser que había apresado gracias a una red especial de apretadas mallas metálicas. Echó aquella red sin mirar sobre algo que Farrell estaba contemplando. El ser que había metido a la fuerza en el cofre de glasita, cubriéndolo con una tela negra porque le habían advertido que no lo mirase.

A Lundy le cosquilleaban y le ardían aún las manos, de una manera que no era desagradable. Todavía le parecía notar aquel pequeño ser debatiéndose desesperadamente para escapar, cubierto por la red. Le pareció de una forma vagamente cilíndrica y terriblemente vivo.

Aquello era vida. Vida del espacio interplanetario, que salió de una nube de polvo cósmico atraída por la fuerza de gravedad de Venus. Desde que Venus atravesó aquella nube, se desencadenó una extraña oleada de locura en todo el planeta. Una locura como la que hizo su víctima de Farrell, que causó muertes y cosas aún peores.

Los hombres de ciencia tenían algunas teorías acerca de lo que podía ser aquella vida del espacio. Tuvieron la suerte de descubrir el cadáver de uno de aquellos seres, y circulaban varios rumores acerca de una substancia de apariencia cristalina que en realidad no era cristal, de unos ocho centímetros de longitud y magníficamente cincelada y estriada, provista además de unos pequeños y extrañísimos instrumentos cuyo uso nadie supo discernir.

Pero el cadáver de aquel ser no les sirvió de gran cosa. Tenían que apresar a uno vivo, si querían descubrir el secreto de su existencia y hallar el medio de terminar con lo que los telecomentadores habían denominado «La locura del más allá», o «El hechizo del vampiro».

Sin embargo, una cosa acerca de estos seres era del dominio general. Sus víctimas enloquecían de pronto, y en su demencia afirmaban que habían encontrado a la mujer soñada o el ideal último de la feminidad. Sólo podían verla ellos, pero esto les dejaba sin cuidado. Ellos la veían, y para ellos les bastaba con ver a... Ella. Y los ojos de ésta aparecían siempre velados.

Ella constituía un verdadero rompecabezas, y estaba mucho más allá de la hipnosis y del dominio de las fuerzas de la mente. Por esta razón no se había conseguido nunca apresar con vida a Ella, o a Aquello. Esto solamente se consiguió cuando Lundy y Smith, contando con todo el asesoramiento científico de la Policía Espacial, consiguieron localizar a Farrell y apoderarse del misterioso ser que lo tenía hechizado.

Desde luego, lo consiguieron por pura casualidad, por una suerte increíble. Lundy movió su dolorida cabeza tratando de librarse de la tortícolis, parpadeó para librarse del sudor que penetraba en sus ojos inyectados en sangre, y deseó ardientemente encontrarse en su casa y acostado.
Jackie Smith observó de pronto:
–Enanito, tengo frío. Dame una manta.
Lundy le miró. Sus claros ojos verdes estaban entreabiertos, pero su mirada estaba perdida en el vacío. Temblaba como un azogado.
–No puedo dejar los mandos, Jackie.
–Tonterías. Aún tengo una mano útil. Todavía puedo pilotar esta lata de conservas durante unos momentos.

Lundy refunfuñó. Sabía que Smith no bromeaba al afirmar que tenía frío. Las temperaturas que reinaban en Mercurio hacían que los hombres pertenecientes a la primera generación de colonizadores, fuesen sensibles a todas las temperaturas inferiores a la de un horno eléctrico. Además de la herida, Smith podía contraer una pulmonía si no le abrigaban convenientemente.
–Muy bien –Lundy tendió la mano para cerrar el interruptor señalado con una A. –Pero dejaré que Miguelito se encargue de dirigir el vuelo. Probablemente no durará más de cinco minutos antes de estallar.

Miguelito, el piloto automático, se convertía en una verdadera nulidad cuando se trataba de volar por la atmósfera de Venus. La constante compensación magnética calentaba las bobinas del robot hasta tal punto, que era cuestión de minutos que éstas se fundiesen.

Lundy se dijo que después de todo era agradable saber que aún había un par de cosas que los hombres podían hacer mejor que las máquinas.

Se levantó, y le pareció como sí hubiese estado enmoheciéndose al aire libre durante cuatrocientos años. Smith no volvió la cabeza. Lundy le gruñó:
–¡La próxima vez, hijito, ponte ropa interior de lana y déjame tranquilo!

Tras decir estas palabras notó que el nudo se apretaba en su estómago. Un sudor frío cubrió su cuerpo y una oleada de fuego recorrió sus nervios.

Farrell había dejado de gritar.

Reinó silencio en la nave. Nada lo rasgó. El fragor de los cohetes era ajeno a aquel silencio. Incluso la respiración jadeante de Jackie Smith cesó. Lundy se dirigió lentamente hacia la portezuela.

Apenas había dado dos pasos, cuando ésta se abrió. Lundy se detuvo, presa de súbita inmovilidad.

En el umbral se erguía Farrell. Farrell, un hombre bueno y honrado a carta cabal, con mujer y dos hijos. Su rostro era el mismo de siempre, pero los ojos que brillaban en él aparecían enajenados. No eran ni siquiera humanos.

Lundy le había atado por el pecho, la cintura, las piernas y los pies a la litera con cuatro fuertes correas. El cuerpo de Farrell mostraba las señales de las mismas. Se le habían clavado en su carne, en sus músculos y tendones, hasta mostrar sus desnudas costillas. Estaba cubierto de sangre, pero esto a él no parecía importarle.
–He roto las correas –dijo, dirigiendo una sonrisa a Lundy–. Ella me llamó y rompí las correas.

Hizo ademán de dirigirse hacia el cofre que se hallaba en un ángulo de la cabina. Lundy se esforzó por salir de la nube negra y fría que lo atenazaba y consiguió mover los pies.
Jackie Smith le dijo con voz queda:
–Quieto, enanito. A ella no le gusta estar encerrada en el cofre. Tiene frío y quiere salir.

Lundy le miró por encima del hombro. Smith se había vuelto a medias en su asiento y empuñaba la pistola hipodérmica, que había tomado de la funda colgada en el respaldo del asiento del piloto. Sus claros ojos verdes tenían un brillo distante y soñador, pero Lundy no se fiaba en absoluto de ello.
Sin la menor inflexión en su voz, dijo:
–Tú la has visto.
–No. La he... oído.
Los gruesos labios de Smith se plegaron en un extraño rictus. Su respiración se hizo ronca y sibilante.

Farrell se arrodilló junto al cofre. Poniendo sus manos sobre su superficie lisa y brillante, se volvió hacía Lundy. Éste vio que estaba llorando.
–Ábrelo. Tienes que abrirlo. Ella quiere salir. Está asustada la pobrecita.
Jackie Smith levantó imperceptiblemente la pistola.
–Ábrelo, enanito –susurró–. Ella tiene frío, ahí dentro.
Lundy no se movió. El sudor corría a raudales por su cuerpo y a pesar de ello tenía frío. Sin más, respondió con lengua estropajosa.
–No. Tiene calor. Allí dentro no puede respirar. Tiene calor.
Entonces levantó la cabeza con gesto convulsivo y gritó. Se volvió para enfrentarse con Smith, y con paso inseguro pero rápido se dirigió hacia él.
Las feas facciones de Smith se contrajeron como si fuese a llorar.
–¡Vamos, enanito! Mira que no quiero disparar contra ti. Abre el cofre.
Lundy, con un hilo de voz, dijo:
–Eres un pobre estúpido.
Y siguió avanzando.
Smith oprimió el gatillo.

Las agujas hipodérmicas cargadas de anestésico se clavaron en el pecho de Lundy. No dolían mucho. Sólo un pequeño pinchazo. El siguió avanzando, llevado por su impulso inicial.
A sus espaldas, Farrell gimió como un cachorro y se tendió sobre el cofrecito. Ya no volvió a moverse. Lundy cayó de rodillas y siguió avanzando a gatas y como en sueños hacia los mandos. Jackie Smith le contemplaba con mirada turbia.
Súbitamente, el piloto automático estalló.

Del cuadro de mandos surgió una llamarada azul. Su brillo cegador y el calor intenso hicieron caer a Lundy de espaldas. La cabina se llenó de silbidos, aullidos y empezó a girar locamente, mientras el convertible bailaba como una hoja en brazos del huracán. El mecanismo automático de seguridad apagó los cohetes.
La aeronave empezó a caer.

Smith balbuceaba palabras incoherentes, entre las que sólo se entendía Ella y plegó su asiento. Lundy se frotó la cara con la mano. Sus facciones eran borrosas y estúpidas. Sus ojos negros no tenían ninguna expresión.

Empezó a arrastrarse sobre el suelo bamboleante en dirección al cofre.

La proa de la nave rasgaba las nubes, y de pronto apareció una gran extensión líquida. Un mar negro y tranquilo, sin oleaje, sembrada de islitas flotantes de sargazos que se movían y agitaban con vida propia.
Unas aguas negras que ascendían a su encuentro.

Lundy no las miró. Se arrastró sobre la sangre de Farrell empujándolo hacia la pared de la cabina, y empezó a rascar la brillante puerta, gimiendo como un perro al que no dejan entrar en casa.

La nave chocó con el agua a terrible velocidad. El impacto levantó oleadas de espuma, que brilló con una blancura cegadora sobre aquel negro mar.

El agua levantada por el impacto cayó, y los círculos concéntricos se fueran alejando y terminaron por borrarse.

Las islas verdinegras de sargazos se desplazaron lentamente sobre el lugar de la caída. Una bandada de pequeños dragones marinos agitó sus alas de pedrería para abatirse sobre las peces, y ninguno de aquellos seres demostró el menor interés por la suerte de la nave voladora que se hundía hasta. las profundidades.

Ni siquiera el propio Lundy, tendido y frío en la cabina estanca, oprimiendo con su cuerpo el cofrecillo, mientras las lágrimas y el sudor se secaban en sus mejillas recubiertas de una barba incipiente.

(CONTINUARA...) 

El Distante Rumor de los Motores - Algis Budrys

 
—¿Len? ¿Lenny?
El hombre de la cama vecina trataba de despertarme.
Yo descansaba en la oscuridad, con las manos cruzadas bajo la cabeza, escuchando el ruido del tránsito que pasaba frente al hospital. Aun a altas horas de la noche (y siempre era tarde cuando el hombre de la cama vecina se atrevía a hablarme), el tránsito exterior era bastante intenso, ya que la ruta atravesaba la ciudad. Esto había sido una suerte para mí, pues el practicante de la ambulancia no había conseguido parar en ningún momento el río de sangre que me brotaba de las piernas. Si hubiésemos tenido que viajar un kilómetro más, dos minutos más, me habría quedado seco como la piel de una víbora.

Pero ahora me sentía bien, relativamente: salí del choque con dos piernas menos, que se llevó el otro camión. Estaba vivo y durante la noche podía escuchar los camiones que pasaban: los larguísimos acoplados, los semirremolques, los tándems, los petroleros... Venían de la costa, de Charleston y Norfolk, iban a Nueva York... Venían de Boston, de Providence... Los manejaban amigos míos. Jack Biggs, Sam Lasovich. Tiny Morris, el hombre que había perdido el anular de la mano derecha. Ahora yo le había sacado ventaja a Tiny, sin duda.
«Te espera trabajo en la oficina del expedidor, Lenny», pensé. Se acabó el sudor; se acabaron el café insulso, las noches heladas, los ojos de papel de lija. De todas maneras, te estabas poniendo un poco viejo para la ruta. Treinta y ocho años. Claro.

—Lenny...

Cuando el vecino quería hablar, lo más que le salía era un susurro. Me pregunté si tendría miedo. Durante el día no se animaba a hablar, porque cada vez que emitía un sonido, las enfermeras le ponían una nueva inyección. Le clavaban la aguja entre dos vendas y se marchaban de prisa. A veces no acertaban con la vena y la morfina quedaba sobre la piel, adormeciendo el brazo solamente. El vecino se jactaba entonces: inclusive trataba que erraran el golpe, moviendo un poquito el brazo. A veces las enfermeras se daban cuenta, pero sólo a veces.

No necesitaba inyecciones mi vecino de cama. La inyección le quitaba el dolor y, sin el dolor y con toda la cara vendada, no podía saber si estaba vivo. Era un hombre obstinado e inteligente, que no deseaba aficionarse a la droga.

—Lenny...
—¿Hum? —dije, velando la voz.
Siempre lo hacía esperar. No quería que supiese que yo no dormía en toda la noche.
—¿Despierto?
—Ahora sí.
—Lo siento, Len.
—Está bien —dije rápidamente, porque tampoco quería que se sintiese en deuda conmigo—. No te preocupes. Ya duermo demasiado durante el día.
—Len. La fórmula para superar la velocidad de la luz es...

Y aquí comenzó a dictarme números y letras.
La noche anterior me había dado las proporciones exactas de los metales en una aleación resistente a altas temperaturas; las técnicas de fundición y colada; el proceso de endurecimiento. Y la noche antes, las características de la quilla de la nave. Escuché todo.
—¿Te grabaste eso, Lenny?
—Por supuesto.

Durante tres años yo había trabajado en un coche-comedor: era capaz de recordar cualquier cosa que me dijeran y, por complicada que fuese, repetirla en el acto. Es un truco. Uno coloca la mente en blanco, abre los oídos y entra todo: «Marchen dos tostadas de queso. Jamón y tomate, tostada de pan blanco, sin mayonesa. Tres cafés; uno negro, sin azúcar; uno liviano, con; uno mediano». Uno pasa la primera parte de la orden al encargado de los sandwiches, saca los pocillos, abre el grifo de la máquina. Tres chorritos de la jarra de leche en un pocillo, dos en otro, deja pasar el tercero. Los cafés están listos y uno borra esa parte del pedido. Las cosas importantes de la mente propia están a millones de kilómetros de distancia. El hombre de los sandwiches le pasa a uno dos rectángulos envueltos en papel, un plato con el jamón y los tomates, uno sirve a los clientes y el cerebro borra lo que resta. La información ya no sirve, ha desaparecido, mientras las cosas importantes siguen su marcha a millones de kilómetros.

Ahora yo escuchaba los acoplados que iban a Pittsburgh, Scranton, Filadelfia... Washington, Baltimore, Camden, Newark... Pasaba un camión Diesel, con acoplado chato cargado de vigas de hierro... Y entretanto, yo repetía la última parte de lo que mi vecino me había dicho.

—Bien, Lenny. Muy bien.
Supongo que estaba bien. En un coche-comedor uno se come los platos que pide demás.
—¿Alguna otra cosa?
—No. Suficiente por esta noche. Ahora voy a descansar. Tengo que dormir. Gracias.
—No hay por qué.
—No, no lo tomes a la ligera. Me estás haciendo un gran favor. Para mí es importante comunicarles estas cosas. No duraré mucho más.
—Sí que durarás.
—No, Lenny.
—Eh, vamos...
—No. Me quemé al caer. ¿Recuerdas el radical alternado en la ecuación que te di la primera noche? El campo estaba distorsionado por el sol y el generador reestructuró la...

Siguió así largo rato, pero ya no me acuerdo. Ya me había olvidado de la ecuación inicial, pero aun cuando la recordara, tendría que entenderla. Por eso digo que la repetición de esas ecuaciones era un truco. ¿Comprenden? ¿A quién le interesa recordar cuántos sandwiches tostados vendió durante el día? 

Una vez un cliente se quiso pasar de listo, me hizo su pedido en jerigonza; se lo repetí como una grabadora, sin siquiera prestarle atención.

—...así que ya ves, Lenny. No sobreviviré. Un hombre en mi estado no podría sobrevivir aun en mi tiempo y en mi lugar.
—Te equivocas. Te sacarán de esto. Aquí conocen su oficio.
—¿Lo crees de veras, Lenny? —murmuró con una risa triste.
—Por supuesto —dije.

Un vagón-tanque venía del norte. Escuché el tintineo de la cadena antiestática en el asfalto.

Mi vecino (decían) había tenido un accidente con un avión particular. Un granjero lo había visto caer, como si hubiese saltado en paracaídas. Pero aún no habían podido identificarlo, ni encontrar los restos del avión. Además, él no quería decir quién era. Las primeras dos noches que pasó en el hospital no dijo una palabra. Pero a la tercera, preguntó de pronto:

—¿Hay alguien ahí? ¿Alguien me escucha?
Entonces yo le respondí y él me preguntó cómo me llamaba y qué me ocurría. Quiso saber dónde estábamos: el pueblo y el país; y la fecha: el día, el mes y el año. Se los dije. Durante el día yo lo había visto con las vendas y a un hombre en ese estado no se le discuten las preguntas. Es bueno poder ser amable.

Era un hombre inteligente, ya lo he dicho. Hablaba un montón de idiomas, además del inglés. Durante un rato me puso a prueba en húngaro, pero lo conocía mucho mejor que yo. Hace tanto tiempo que dejé a mis viejos en Chicago...

Al día siguiente, le conté a la enfermera que había estado hablando con él. Los médicos quisieron averiguar quién era y de dónde, pero el hombre se negó a hablar. Creo que los convenció que había vuelto a entrar en coma. En realidad, no me habían creído mucho cuando les dije que él era capaz de hablar sensatamente. Después de este episodio, no les conté nada más. Si él quería hacer las cosas a su manera, tenía derecho. Aunque, como ya dije, no tardó en descubrir que si producía el menor sonido durante el día, le aplicaban una inyección. No los critico: ellos también querían mostrarse amables.
 
Tendido de espaldas, yo miraba la primera luz del alba en el cielo raso. Afuera el tránsito era más intenso. Los acoplados pasaban uno tras otro. Productos de granja, probablemente, rumbo al mercado. Lechugas, papas, naranjas, cebollas... Las estibas tableteaban y hasta se podía escuchar el chasquido de las cuerdas que sostenían los cajones.

—¡Lenny!
Esta vez le contesté en seguida.
—Lenny, la ecuación para coordinar el espacio-tiempo es...
Parecía tener prisa.
La engañosa esponja de mi cerebro absorbió la información y, cuando él pidió que la repitiera, la dejó escurrir y quedó nuevamente en seco.
—Gracias, Lenny —dijo.

Apenas se le oía. Comencé a apretar el timbre nocturno que colgaba de un cordón, sobre la cabecera de mi cama.
Al día siguiente había otro hombre en la cama de al lado. Era un cazador, un hombre joven, de Nueva York, que se había descargado una perdigonada en el muslo derecho. Pasaron dos días antes que tuviera ganas de hablar. No llegué a tratarlo mucho.

Creo que habían pasado dos o tres días desde la llegada del nuevo paciente cuando una tarde mi médico se paró junto a mi cama y retiró la sábana que me cubría los muñones. Me miró de un modo raro y dijo, como sin darle importancia:

—Eh, una cosa, Lenny... ¿Qué le parece si lo mandamos a cirugía y le sacamos un poquito más de cada una, eh?
—Que diablos, doctor. Yo también puedo olerlo. Adelante. No se preocupe.

No teníamos mucho de qué hablar. Me puse a pensar en Peoria, Illinois, que era un lugar más divertido que ahora (para los camioneros, quiero decir). Y en Saint Louis y en Corpus Christi. Ya no me gustaba la costa este. Y tampoco Sacramento, Seattle, Fairbanks y esa larga y desdichada carretera de Alcan...

En la mitad de la noche seguía acordándome. Aún se escuchaban los acoplados en la ruta, pero lo que yo realmente oía era el ruido de un Cummins en una de esas largas pendientes en caracol de los Rocallosos, hasta que de pronto volví la cabeza y le dije a mi nuevo vecino:

—¡Eh, usted! ¡Amigo! ¿Está despierto?
Lo escuché gruñir.
—¿Qué?
Parecía fastidiado. Pero me oía.

—¿Alguna vez ha manejado? Quiero decir, ¿alguna vez atravesó Nueva Jersey en automóvil? Bueno, mire, si necesita neumáticos o una batería y quiere comprarla con descuento, pare en la estación de servicio La Amistad de Jeffrey, que está en la ruta 22 de Darlington, y les dice que lo manda Lenny Kovacs. Tenga cuidado al salir del pueblo, en verano: hay un puesto secreto de control de velocidad... Y si quiere comer bien, vaya al restaurante Strand, frente a la estación de servicio. Pero si va para otro lado, hacia Nueva Inglaterra, tome la carretera de Boston y se para en... ¡Eh, amigo! ¿Me escucha?

La dirección de la carretera - Úrsula K. Le Guin

    Antes no eran tan exigentes. Nunca nos hacían ir más aprisa que al galope, y aún eso era raro; la mayor parte de las veces se contentaban con un pequeño trote saltarín. Y cuando uno de ellos iba a pie, era un auténtico placer acercársele. Me daba tiempo de realizar toda la acción con auténtico estilo. Le veía hacer como que movía sus piernas y sus brazos según sus costumbres, mientras miraba la carretera, o incluso los campos que atravesaba, o hasta mirándome directamente: entonces me acercaba a él regularmente pero con mucha lentitud, aumentando de tamaño sin cesar, sincronizando a la perfección la velocidad de aproximación y la velocidad de crecimiento, de tal modo que, en el mismo momento en que, tras no haber sido más que una minúscula mota, había adquirido toda mi estatura –veinte metros por aquella época–, me alzaba ante él, inmenso, dominándolo, cubriéndolo con mi sombra. Y sin embargo él no manifestaba ningún temor. Ni siquiera los niños me temían, aunque a menudo no dejaban de mirarme mientras yo pasaba cerca de ellos, para empezar a decrecer a continuación.

    Ocurría a veces que, en una cálida tarde, uno de los adultos me detenía justo en el lugar donde nos encontrábamos, y se sentaba, su espalda contra la mía, durante una hora o más. Yo no veía en ello el menor inconveniente. Tengo una excelente colina, un buen suelo, un buen viento, una hermosa vista; ¿por qué iba a molestarme el permanecer inmóvil durante una hora o toda una tarde?    

    Después de todo, la inmovilidad no es más que relativa. Basta con mirar al Sol para darse cuenta de la velocidad en que todo se desplaza; y además uno no deja de crecer... sobre todo en verano. En cualquier caso me emocionaba el verles confiar así en mí, dejarme que me apoyara en sus pequeñas espaldas cálidas, y dormirse profundamente entre mis pies. Me gustaban. Es raro que nos hayan caído en gracia como los pájaros; pero realmente los prefería a las ardillas.

    En aquel tiempo los caballos trabajaban para ellos, lo cual constituía para mí un agrado suplementario. Me gustaba particularmente el galope corto, en el que me volví muy hábil. Aquel movimiento de elevación rítmica que acompaña al crecimiento o disminución les confiere una apariencia de oscilación y de caída que es casi la del vuelo. 

    El galope era menos agradable, con su sincopado martilleo; me sentía agitado como un árbol joven en la tormenta. Además, el placer de acercarme y crecer lentamente hasta parecer gigantesco, y luego alejarme y decrecer también lentamente, quedaba suprimido por el galope. Había que hacerlo todo brutalmente, tacatac, tacatac, y tanto el hombre como su montura estaban tan absortos por este ejercicio que ni siquiera levantaban los ojos hacia mí. Hay que admitir de todos modos que los casos eran raros. Después de todo, el caballo es mortal y, como todas las criaturas sin raíces, fatigable; los hombres evitaban pues cansar a sus caballos, salvo casos de urgencia; los casos de urgencia, aparentemente, no eran tampoco tan frecuentes en aquella época.

    No he galopado desde hace mucho tiempo, y a decir verdad me gustaría hacerlo. Bien pensado, aquel ejercicio tenía algo de tonificante.

    La primera vez que vi un automóvil, lo recuerdo aún, lo tomé, como la mayor parte de nosotros, por un ser mortal una especie de criatura sin raíces a la que no conocía. Sentí un cierto sobrecogimiento ya que, con ciento treinta y dos años de edad, creía conocer a toda la fauna local. Pero una novedad, por fútil que sea, siempre es algo interesante, así que lo observé con atención. Me acerqué a buena marcha, la de un galope corto, pero adoptando un ritmo distinto, adaptado al aspecto falto dé gracia de aquella cosa: un ritmo inconfortable, el de un ser rodante, sofocante, trepidante, agitado por sobresaltos. Pero no, no se trataba de ningún ser mortal, libre o cautivo, con o sin raíces, y me di cuenta de ello en menos de dos minutos, antes de haber alcanzado el tamaño de treinta centímetros. Era un objeto fabricado, como aquellas carretas a las que se ataban los caballos. Lo hallé tan mal hecho que estimé imposible que regresara cuando lo vi desaparecer tras la cima de West Hill, y esperé de todo corazón no volver a verlo nunca más, pues no podía soportar su marcha dura y contrastada.

    Pero la cosa adoptó un horario regular, al que me vi obligado a doblegarme. Todos los días, a las cuatro, debía aproximarme a él mientras aparecía al oeste con su rítmico tartamudeo, tenía que crecer, erguirme en toda mi altura, y encogerme de nuevo luego. Después, a las cinco, debía ir una vez más a su encuentro trotando como un gazapo pese a mis veinte metros de altura, mientras llegaba por el este dando sus traqueteantes zancadas, impaciente porque aquel horrible pequeño monstruo desapareciera por el horizonte, a fin de poder descansar y relajar mis miembros al viento del atardecer.

    Siempre había dos personas en el vehículo: un joven macho al volante, y tras él, una vieja hembra de mirada arisca medio sepultada entre mantas. Nunca les oí hablarse. Y sin embargo por aquel tiempo sorprendí varias conversaciones en la carretera. La máquina iba descubierta, pero el enorme ruido que hacía cubría el de todas las voces, incluso la del gorrión cantor que yo albergaba aquel año. Odiaba aquel ruido casi tanto como la bamboleante marcha del vehículo.

    Soy de una familia que se respeta y mantiene sus rígidos principios. La divisa de los robles es: «Me rompo, pero no me doblego»; y me veo obligado a observarla. Lo que me hacía sufrir, entiendan, no era puramente la vanidad personal, sino el orgullo familiar, el hecho de que un simple objeto fabricado me obligara a saltar y a bambolearme de aquel modo.

    Los manzanos de la huerta, en la parte baja de la colina, no parecían verse tan afectados; pero son árboles domesticados. Sus genes han sido manipulados desde hace siglos. Además, son criaturas gregarias; ningún árbol frutal es realmente capaz de formular una opinión personal.

    Yo guardaba para mí mi propia opinión.

    Pero cuando el automóvil dejó de envenenarnos me alegré sobremanera. No apareció en absoluto durante todo un mes, durante el cual tuve el placer de andar hacia los hombres y trotar hacia los caballos, yendo incluso a dar saltitos al encuentro de un bebé en brazos de su madre, esforzándome, sin éxito, en ofrecerle una imagen nítida.

    Al mes siguiente –septiembre, unos pocos días después de la partida de las golondrinas– apareció otra máquina. Nos arrastró de pronto, a mí, a nuestra colina, a la huerta, a los campos, al techo de la granja, en su carrera de este a oeste, dando saltitos, bamboleándose, petardeando; mi velocidad era superior a la del galope, y jamás me había desplazado tan rápidamente. Apenas tuve tiempo de parecer gigantesco cuando ya tuve que empezar a encogerme.

    Y a la mañana siguiente vino otra máquina.

    Cada año, cada semana, cada día, la especie se extendía. Llegaron a convertirse en un elemento importante de nuestro Orden Natural. Las carreteras eran levantadas y luego rehechas, ampliadas, con una detestable superficie plana como la huella de un caracol, sin roderas, sin charcos, sin piedras, sin flores, sin sombras. ¿Dónde estaban todos esos pequeños seres sin raíces que antes recorrían la carretera, saltamontes, hormigas, sapos, ratones, zorros y tantos otros, demasiado pequeños la mayor parte de ellos como para que yo acudiera a su encuentro puesto que no llegaban a verme realmente? Los más prudentes evitaban ahora la carretera, los otros se dejaban aplastar. ¡Cuántos conejos he visto morir así a mis pies! Doy gracias a Dios de ser un roble, ya que puedo verme arrancado por el viento, desenraizado, podado o aserrado, pero al menos no podré, bajo ninguna circunstancia, verme aplastado en la carretera.

    La presencia simultánea de un gran número de vehículos en la carretera exigió de mí un nivel superior de actuación. Era tan solo un arbolillo cuya copa apenas rebasaba las hierbas silvestres cuando aprendí a ir en dos direcciones al mismo tiempo. Conseguí ese logro elemental sin pensar realmente en él, bajo la simple presión de las circunstancias, la primera vez que vi a un peatón al este frente a un jinete que venía del oeste. Tenía que ir en dos direcciones a la vez, y lo conseguí. Supongo que para nosotros los árboles esto es la base del arte. Estaba nervioso, pero conseguí pasar cerca del jinete, luego alejarme de él mientras me encogía trotando hacia el peatón, al cual no alcancé hasta después de haber sido perdido de vista por el jinete... por aquel tiempo no tenía que aparecer aún gigantesco. Estaba orgulloso de mí, siendo aún muy joven, orgulloso de mi hazaña; pero de hecho es menos difícil de lo que parece. Desde entonces, por supuesto, repetí la operación un incalculable número de veces, y ni siquiera le daba importancia; lo hacía incluso en sueños.      

    ¿Pero han pensado ustedes en el increíble esfuerzo que realiza un árbol cuando debe, por un lado, agrandarse simultáneamente a velocidades ligeramente distintas, y al mismo tiempo encogerse para otros vehículos que avanzan en sentido contrario, unos cuarenta a la vez en cada sentido, sin olvidarse de erguirse con toda su altura en el momento preciso para cada uno de ellos? ¿Y hacer esto minuto tras minuto, hora tras hora, desde el amanecer hasta la caída de la noche e incluso más tarde?

    Puesto que mi carretera se volvió muy frecuentada; la circulación era casi incesante. No dejaba un instante de reposo. Se habían acabado los bamboleos sincopados, pero cada vez debía ser más rápido: crecer a toda velocidad, erguirme en toda mi altura en una fracción de segundo, y decrecer con la misma precipitación, sin poder gozar con ello, y sin descanso, una y otra y otra vez.

    Muy raros eran los conductores que se dignaban dirigirme una ojeada, por breve que fuera. De hecho, parecían no ver nada. Se contentaban con mirar fijamente la carretera ante ellos. Tenían la ilusión, al parecer, de ir a alguna parte. Miraban, a través de unos espejitos fijados a la parte delantera de sus vehículos, hacia la parte de carretera que acababan de recorrer, y luego volvían a clavar sus ojos camino adelante. Yo había supuesto que solo los escarabajos se hacían esta falsa idea del Progreso. En efecto, no dejan de precipitarse en todos sentidos sin levantar nunca los ojos. Siempre había tenido una pobre opinión de esas pequeñas criaturas. Pero al menos ellas me dejaban en paz.

    Confieso que a veces, en esas benditas noches tenebrosas en las que mi copa no era plateada por la Luna, o mis ramas no ocultaban las estrellas, en esas noches en las que podía tomarse un descanso, pensaba seriamente en sustraerme a las obligaciones de nuestro Orden Natural: en dejar de desplazarme. No, no seriamente. Tan solo a medias. Puro cansancio. Si el más pequeño imbécil de retoño de sauce, al pie de la colina, aceptaba sus responsabilidades, saltaba, se movía, aceleraba, crecía y disminuía por cada coche que pasaba por la carretera, ¿cómo podría no hacerlo yo, un roble? Nobleza obliga. Y creo poder decir que nunca he dejado caer un glande que no conozca su deber.

    Hace pues cincuenta o sesenta años que me erijo en defensor del Orden Natural, y que mantengo a las criaturas humanas en su ilusión de ir a alguna parte. Y lo hago de buen grado. Pero me ha ocurrido algo horrible, contra lo cual debo elevar una solemne protesta.

    Puedo ir perfectamente en dos direcciones a la vez; puedo muy bien crecer y decrecer simultáneamente; puedo moverme sin problemas, incluso a la desagradable velocidad de cien o ciento veinte kilómetros por hora. Estoy dispuesto a proseguir todo esto hasta el día en que un hacha, una sierra o un bulldozer me derribe. Ese es mi destino. Pero a lo que reniego con mis últimas energías es a volverme eterno.

    La eternidad no es mi destino. Soy un roble, ni más, ni menos. Tengo mis deberes, y los cumplo; tengo mis recompensas, y sé apreciarlas, aunque lamente que cada vez se hagan más raras, puesto que los pájaros son menos numerosos y los vientos se están volviendo mefíticos. Pero, sea cual pueda ser mi longevidad, tengo derecho a dejar de ser. La mortalidad es mi privilegio. Y he perdido este privilegio.

    Lo perdí hace un año, en un día lluvioso del mes de marzo.

    Los coches, como siempre, surgían por la carretera en ambos sentidos, cubriéndola con sus rápidas carreras. Yo estaba tan ocupado en moverme como un bólido, crecer, erguirme en toda mi altura, decrecer, y el día desaparecía tan aprisa, que apenas tuve tiempo de ver lo que ocurría. El conductor de uno de los coches debía estimar que su necesidad de ir a algún sitio presentaba un carácter de urgencia excepcional; por ese motivo intentó situar su vehículo delante del que lo precedía. Para efectuar esta maniobra hay que desviarse un momento de la Dirección de la Carretera girando hacia el lado encargado de hacer circular a los coches en el otro sentido (y debo decir que admiro enormemente las capacidades de la carretera, ya que no es fácil efectuar tales maniobras cuando no se es más que un simple objeto fabricado y no un ser vivo). 

    Pero en aquel momento otro coche llegaba en sentido contrario, y se encontró frente a frente con el del conductor apresurado. Y la carretera no pudo hacer nada para salvar la situación, puesto que estaba demasiado cargada. Para evitar golpear al coche que le hacía frente, el vehículo con prisas contravino absolutamente todas las reglas de la Dirección de la Carretera con una conversión de noventa grados, lo cual me obligó a saltar directamente sobre él. No tenía otra elección. Tuve que lanzarme sobre él a ciento cuarenta kilómetros por hora. Me erguí en toda mi altura, haciéndome más grande, más gigantesco que nunca antes. Luego percuté contra el vehículo.

    Perdí una considerable porción de corteza y, lo que es peor, una buena capa de cámbium; pero para un árbol de veintidós metros de alto y cerca de tres metros de circunferencia en el punto del impacto eso no resultaba demasiado grave. Mis ramas temblaron por el choque hasta el punto de hacer caer un nido de petirrojos del año anterior, y sentí una tal sacudida que lancé un gemido. Jamás en mi vida había hablado tan fuerte.

    El coche lanzó un grito desgarrador, roto, aplastado por el golpe que yo le había dado. Su parte trasera apenas recibió daño, pero toda su parte delantera era un auténtico acordeón, con retorcimientos propios de una raíz vieja sobre los cuales caía una lluvia de pequeños trocitos de brillante plancha.

    El conductor no tuvo tiempo de pronunciar ni una palabra. Lo maté instantáneamente.

    No es contra esto contra lo que protesto. No podía hacer otra cosa más que matarlo. Era inevitable, de modo que todo lamento posterior es superfluo. Contra lo que me rebelo, lo que no puedo soportar más, es esto: cuando yo saltaba sobre él, él me vio. En el último momento, levantó los ojos. Me vio como jamás nadie me había visto, ni siquiera un niño, ni siquiera en los tiempos en que la gente miraba aún a su alrededor. Me vio enteramente, y quizá yo sea la única cosa que él hubiera visto jamás en toda su vida.

    Me vio bajo los atisbos de la eternidad. Me confundió con la eternidad. Y puesto que murió en el momento mismo en que su visión le engañaba, puesto que nada puede modificarla, estoy cautivo por toda la eternidad.

    Esto me resulta insoportable. No puedo hacerme cómplice de tamaña ilusión. Las criaturas humanas no quieren comprender la Relatividad; muy bien, pero que comprendan la Relación.

    Si el Orden Natural lo exige, yo mataré a los conductores de coches, aunque esto no forme parte de las obligaciones normales que incumben a un roble. Pero es injusto imponerme no solo el papel de asesino, sino también el de la muerte. Puesto que yo no soy la muerte. Yo soy la vida; soy mortal.

    Si quieren ver la muerte con sus propios ojos, es su problema, no el mío. Yo no quiero ser para ellos la eternidad. Que no cuenten con los árboles para encontrar en ellos la imagen de la muerte. Que la busquen más bien en los ojos de sus semejantes.