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El Distante Rumor de los Motores - Algis Budrys

 
—¿Len? ¿Lenny?
El hombre de la cama vecina trataba de despertarme.
Yo descansaba en la oscuridad, con las manos cruzadas bajo la cabeza, escuchando el ruido del tránsito que pasaba frente al hospital. Aun a altas horas de la noche (y siempre era tarde cuando el hombre de la cama vecina se atrevía a hablarme), el tránsito exterior era bastante intenso, ya que la ruta atravesaba la ciudad. Esto había sido una suerte para mí, pues el practicante de la ambulancia no había conseguido parar en ningún momento el río de sangre que me brotaba de las piernas. Si hubiésemos tenido que viajar un kilómetro más, dos minutos más, me habría quedado seco como la piel de una víbora.

Pero ahora me sentía bien, relativamente: salí del choque con dos piernas menos, que se llevó el otro camión. Estaba vivo y durante la noche podía escuchar los camiones que pasaban: los larguísimos acoplados, los semirremolques, los tándems, los petroleros... Venían de la costa, de Charleston y Norfolk, iban a Nueva York... Venían de Boston, de Providence... Los manejaban amigos míos. Jack Biggs, Sam Lasovich. Tiny Morris, el hombre que había perdido el anular de la mano derecha. Ahora yo le había sacado ventaja a Tiny, sin duda.
«Te espera trabajo en la oficina del expedidor, Lenny», pensé. Se acabó el sudor; se acabaron el café insulso, las noches heladas, los ojos de papel de lija. De todas maneras, te estabas poniendo un poco viejo para la ruta. Treinta y ocho años. Claro.

—Lenny...

Cuando el vecino quería hablar, lo más que le salía era un susurro. Me pregunté si tendría miedo. Durante el día no se animaba a hablar, porque cada vez que emitía un sonido, las enfermeras le ponían una nueva inyección. Le clavaban la aguja entre dos vendas y se marchaban de prisa. A veces no acertaban con la vena y la morfina quedaba sobre la piel, adormeciendo el brazo solamente. El vecino se jactaba entonces: inclusive trataba que erraran el golpe, moviendo un poquito el brazo. A veces las enfermeras se daban cuenta, pero sólo a veces.

No necesitaba inyecciones mi vecino de cama. La inyección le quitaba el dolor y, sin el dolor y con toda la cara vendada, no podía saber si estaba vivo. Era un hombre obstinado e inteligente, que no deseaba aficionarse a la droga.

—Lenny...
—¿Hum? —dije, velando la voz.
Siempre lo hacía esperar. No quería que supiese que yo no dormía en toda la noche.
—¿Despierto?
—Ahora sí.
—Lo siento, Len.
—Está bien —dije rápidamente, porque tampoco quería que se sintiese en deuda conmigo—. No te preocupes. Ya duermo demasiado durante el día.
—Len. La fórmula para superar la velocidad de la luz es...

Y aquí comenzó a dictarme números y letras.
La noche anterior me había dado las proporciones exactas de los metales en una aleación resistente a altas temperaturas; las técnicas de fundición y colada; el proceso de endurecimiento. Y la noche antes, las características de la quilla de la nave. Escuché todo.
—¿Te grabaste eso, Lenny?
—Por supuesto.

Durante tres años yo había trabajado en un coche-comedor: era capaz de recordar cualquier cosa que me dijeran y, por complicada que fuese, repetirla en el acto. Es un truco. Uno coloca la mente en blanco, abre los oídos y entra todo: «Marchen dos tostadas de queso. Jamón y tomate, tostada de pan blanco, sin mayonesa. Tres cafés; uno negro, sin azúcar; uno liviano, con; uno mediano». Uno pasa la primera parte de la orden al encargado de los sandwiches, saca los pocillos, abre el grifo de la máquina. Tres chorritos de la jarra de leche en un pocillo, dos en otro, deja pasar el tercero. Los cafés están listos y uno borra esa parte del pedido. Las cosas importantes de la mente propia están a millones de kilómetros de distancia. El hombre de los sandwiches le pasa a uno dos rectángulos envueltos en papel, un plato con el jamón y los tomates, uno sirve a los clientes y el cerebro borra lo que resta. La información ya no sirve, ha desaparecido, mientras las cosas importantes siguen su marcha a millones de kilómetros.

Ahora yo escuchaba los acoplados que iban a Pittsburgh, Scranton, Filadelfia... Washington, Baltimore, Camden, Newark... Pasaba un camión Diesel, con acoplado chato cargado de vigas de hierro... Y entretanto, yo repetía la última parte de lo que mi vecino me había dicho.

—Bien, Lenny. Muy bien.
Supongo que estaba bien. En un coche-comedor uno se come los platos que pide demás.
—¿Alguna otra cosa?
—No. Suficiente por esta noche. Ahora voy a descansar. Tengo que dormir. Gracias.
—No hay por qué.
—No, no lo tomes a la ligera. Me estás haciendo un gran favor. Para mí es importante comunicarles estas cosas. No duraré mucho más.
—Sí que durarás.
—No, Lenny.
—Eh, vamos...
—No. Me quemé al caer. ¿Recuerdas el radical alternado en la ecuación que te di la primera noche? El campo estaba distorsionado por el sol y el generador reestructuró la...

Siguió así largo rato, pero ya no me acuerdo. Ya me había olvidado de la ecuación inicial, pero aun cuando la recordara, tendría que entenderla. Por eso digo que la repetición de esas ecuaciones era un truco. ¿Comprenden? ¿A quién le interesa recordar cuántos sandwiches tostados vendió durante el día? 

Una vez un cliente se quiso pasar de listo, me hizo su pedido en jerigonza; se lo repetí como una grabadora, sin siquiera prestarle atención.

—...así que ya ves, Lenny. No sobreviviré. Un hombre en mi estado no podría sobrevivir aun en mi tiempo y en mi lugar.
—Te equivocas. Te sacarán de esto. Aquí conocen su oficio.
—¿Lo crees de veras, Lenny? —murmuró con una risa triste.
—Por supuesto —dije.

Un vagón-tanque venía del norte. Escuché el tintineo de la cadena antiestática en el asfalto.

Mi vecino (decían) había tenido un accidente con un avión particular. Un granjero lo había visto caer, como si hubiese saltado en paracaídas. Pero aún no habían podido identificarlo, ni encontrar los restos del avión. Además, él no quería decir quién era. Las primeras dos noches que pasó en el hospital no dijo una palabra. Pero a la tercera, preguntó de pronto:

—¿Hay alguien ahí? ¿Alguien me escucha?
Entonces yo le respondí y él me preguntó cómo me llamaba y qué me ocurría. Quiso saber dónde estábamos: el pueblo y el país; y la fecha: el día, el mes y el año. Se los dije. Durante el día yo lo había visto con las vendas y a un hombre en ese estado no se le discuten las preguntas. Es bueno poder ser amable.

Era un hombre inteligente, ya lo he dicho. Hablaba un montón de idiomas, además del inglés. Durante un rato me puso a prueba en húngaro, pero lo conocía mucho mejor que yo. Hace tanto tiempo que dejé a mis viejos en Chicago...

Al día siguiente, le conté a la enfermera que había estado hablando con él. Los médicos quisieron averiguar quién era y de dónde, pero el hombre se negó a hablar. Creo que los convenció que había vuelto a entrar en coma. En realidad, no me habían creído mucho cuando les dije que él era capaz de hablar sensatamente. Después de este episodio, no les conté nada más. Si él quería hacer las cosas a su manera, tenía derecho. Aunque, como ya dije, no tardó en descubrir que si producía el menor sonido durante el día, le aplicaban una inyección. No los critico: ellos también querían mostrarse amables.
 
Tendido de espaldas, yo miraba la primera luz del alba en el cielo raso. Afuera el tránsito era más intenso. Los acoplados pasaban uno tras otro. Productos de granja, probablemente, rumbo al mercado. Lechugas, papas, naranjas, cebollas... Las estibas tableteaban y hasta se podía escuchar el chasquido de las cuerdas que sostenían los cajones.

—¡Lenny!
Esta vez le contesté en seguida.
—Lenny, la ecuación para coordinar el espacio-tiempo es...
Parecía tener prisa.
La engañosa esponja de mi cerebro absorbió la información y, cuando él pidió que la repitiera, la dejó escurrir y quedó nuevamente en seco.
—Gracias, Lenny —dijo.

Apenas se le oía. Comencé a apretar el timbre nocturno que colgaba de un cordón, sobre la cabecera de mi cama.
Al día siguiente había otro hombre en la cama de al lado. Era un cazador, un hombre joven, de Nueva York, que se había descargado una perdigonada en el muslo derecho. Pasaron dos días antes que tuviera ganas de hablar. No llegué a tratarlo mucho.

Creo que habían pasado dos o tres días desde la llegada del nuevo paciente cuando una tarde mi médico se paró junto a mi cama y retiró la sábana que me cubría los muñones. Me miró de un modo raro y dijo, como sin darle importancia:

—Eh, una cosa, Lenny... ¿Qué le parece si lo mandamos a cirugía y le sacamos un poquito más de cada una, eh?
—Que diablos, doctor. Yo también puedo olerlo. Adelante. No se preocupe.

No teníamos mucho de qué hablar. Me puse a pensar en Peoria, Illinois, que era un lugar más divertido que ahora (para los camioneros, quiero decir). Y en Saint Louis y en Corpus Christi. Ya no me gustaba la costa este. Y tampoco Sacramento, Seattle, Fairbanks y esa larga y desdichada carretera de Alcan...

En la mitad de la noche seguía acordándome. Aún se escuchaban los acoplados en la ruta, pero lo que yo realmente oía era el ruido de un Cummins en una de esas largas pendientes en caracol de los Rocallosos, hasta que de pronto volví la cabeza y le dije a mi nuevo vecino:

—¡Eh, usted! ¡Amigo! ¿Está despierto?
Lo escuché gruñir.
—¿Qué?
Parecía fastidiado. Pero me oía.

—¿Alguna vez ha manejado? Quiero decir, ¿alguna vez atravesó Nueva Jersey en automóvil? Bueno, mire, si necesita neumáticos o una batería y quiere comprarla con descuento, pare en la estación de servicio La Amistad de Jeffrey, que está en la ruta 22 de Darlington, y les dice que lo manda Lenny Kovacs. Tenga cuidado al salir del pueblo, en verano: hay un puesto secreto de control de velocidad... Y si quiere comer bien, vaya al restaurante Strand, frente a la estación de servicio. Pero si va para otro lado, hacia Nueva Inglaterra, tome la carretera de Boston y se para en... ¡Eh, amigo! ¿Me escucha?

El ojo del amo - Italo Calvino

-El ojo del amo -le dijo su padre, señalándose un ojo, un ojo viejo entre los párpados ajados, sin pestañas, redondo como el ojo de un pájaro-, el ojo del amo engorda el caballo.

-Sí -dijo el hijo y siguió sentado en el borde de la mesa tosca, a la sombra de la gran higuera.

-Entonces -dijo el padre, siempre con el dedo debajo del ojo-, ve a los trigales y vigila la siega.

El hijo tenía las manos hundidas en los bolsillos, un soplo de viento le agitaba la espalda de la camisa de mangas cortas.
-Voy -decía, y no se movía.

Las gallinas picoteaban los restos de un higo aplastado en el suelo.

Viendo a su hijo abandonado a la indolencia como una caña al viento, el viejo sentía que su furia iba multiplicándose: sacaba a rastras unos sacos del depósito, mezclaba abonos, asestaba órdenes e imprecaciones a los hombres agachados, amenazaba al perro encadenado que gañía bajo una nube de moscas. 

El hijo del patrón no se movía ni sacaba las manos de los bolsillos, seguía con la mirada clavada en el suelo y los labios como silbando, como desaprobando semejante despilfarro de fuerzas.
-El ojo del amo -dijo el viejo.
-Voy -respondió el hijo y se alejó sin prisa.

Caminaba por el sendero de la viña, las manos en los bolsillos, sin levantar demasiado los tacones. El padre se quedó mirándolo un momento, plantado debajo de la higuera con las piernas separadas, las grandes manos anudadas a la espalda: varias veces estuvo a punto de gritarle algo, pero se quedó callado y se puso a mezclar de nuevo puñados de abono.

Una vez más el hijo iba viendo los colores del valle, escuchando el zumbido de los abejorros en los árboles frutales. Cada vez que regresaba a sus pagos, después de languidecer seis meses en ciudades lejanas, redescubría el aire y el alto silencio de su tierra como en un recuerdo de infancia olvidado y al mismo tiempo con remordimiento. 

Cada vez que venía a su tierra se quedaba como en espera de un milagro: volveré y esta vez todo tendrá un sentido, el verde que se va atenuando en franjas por el valle de mis tierras, los gestos siempre iguales de los hombres que trabajan, el crecimiento de cada planta, de cada rama; la pasión de esta tierra se adueñará de mí, como se adueñó de mi padre, hasta no poder despegarme de aquí.

En algunos bancales el trigo crecía a duras penas en la pendiente pedregosa, rectángulo amarillo en medio del gris de las tierras yermas, y dos cipreses negros, uno arriba y otro abajo, que parecían montar guardia. 

En el trigal estaban los hombres y las hoces moviéndose; el amarillo iba desapareciendo poco a poco como borrado, y abajo reaparecía el gris. El hijo del patrón, con una brizna de hierba entre los dientes, subía por atajos la pendiente desnuda: desde los trigales los hombres ya lo habían visto subir y comentaban su llegada. 

Sabía lo que los hombres pensaban de él: el viejo será loco pero su hijo es tonto.
-Buenas -le dijo U Pé al verlo llegar.
-Buenas -dijo el hijo del patrón.
-Buenas -dijeron los otros.
Y el hijo del patrón respondió:
-Buenas.
Bien: todo lo que tenían que decirse estaba dicho. El hijo del patrón se sentó en el borde de un bancal, las manos en los bolsillos.
-Buenas -dijo una voz desde el bancal de más arriba: era Franceschina que estaba espigando. Él dijo una vez más:
-Buenas.

Los hombres segaban en silencio. U Pé era un viejo de piel amarilla que le caía arrugada sobre los huesos. U Qué era de edad mediana, velludo y achaparrado; Nanín era joven, un pelirrojo desgarbado: el sudor le pegaba la camiseta y una parte de la espalda desnuda aparecía y desaparecía con cada movimiento de la hoz. 

La vieja Girumina espigaba, acuclillada en el suelo como una gran gallina negra. Franceschina estaba en el bancal más alto y cantaba una canción de la radio. Cada vez que se agachaba se le descubrían las piernas hasta las corvas.

Al hijo del patrón le daba vergüenza estar allí haciendo de vigilante, erguido como un ciprés, ocioso en medio de los que trabajaban. «Ahora», pensaba, «digo que me den un momento una hoz y pruebo un poco.» Pero seguía callado y quieto mirando el terreno erizado de tallos amarillos y duros de espigas cortadas. 

De todos modos no sería capaz de manejar la hoz y haría un triste papel. Espigar: eso sí podía hacerlo, un trabajo de mujeres. Se agachó, recogió dos espigas, las arrojó en el mandil negro de la vieja Girumina.
-Cuidado con pisotear donde todavía no he espigado -dijo la vieja.
El hijo del patrón se sentó de nuevo en el borde, mordisqueando una brizna de paja.
-¿Más que el año pasado, este año? -preguntó.
-Menos -dijo U Qué-, cada año menos.
-Fue- dijo U Pé- la helada de febrero. ¿Se acuerda de la helada de febrero?
-Sí -dijo el hijo del patrón. Pero no se acordaba.
-Fue -dijo la vieja Girumina- el granizo de marzo. En marzo, ¿se acuerda?
-Cayó granizo -dijo el hijo del patrón, mintiendo siempre.
-Para mí -dijo Nanín- fue la sequía de abril. ¿Recuerda qué sequía?
-Todo abril -dijo el hijo del patrón. No se acordaba de nada.

Ahora los hombres habían empezado a discutir de la lluvia y el hielo y la sequía: el hijo del patrón estaba fuera de todo ello, separado de las vicisitudes de la tierra. El ojo del amo. Él era sólo un ojo. Pero, ¿para qué sirve un ojo, un ojo solo, separado de todo? Ni siquiera ve. Claro que si su padre hubiera estado allí habría cubierto a los hombres de insultos, habría encontrado el trabajo mal hecho, lento, la cosecha arruinada. 

Casi se sentía la necesidad de los gritos de su padre por aquellos bancales, como cuando se ve a alguien que dispara y se siente la necesidad del estallido en los tímpanos. Él no les gritaría nunca a los hombres, y los hombres lo sabían, por eso seguían trabajando sin darse prisa. 

Sin embargo, era seguro que preferían a su padre, su padre que los hacía sudar, su padre que hacía plantar y recoger el grano en aquellas cuestas para cabras, su padre que era uno de ellos. Él no, él era un extraño que comía gracias al trabajo de ellos, sabía que lo despreciaban, tal vez lo odiaban.


Ahora los hombres reanudaban una conversación iniciada antes de que él llegara, sobre una mujer del valle.
-Eso decían -dijo la vieja Girumina-, con el párroco.
-Sí, sí -dijo U Pé-. El párroco le dijo: Si vienes te doy dos liras.
-¿Dos liras? -preguntó Nanín.
-Dos liras -dijo U Pé.
-De las de entonces -dijo U Qué.
-¿Cuánto serían hoy dos liras de entonces? -preguntó Nanín.
-No poco -dijo U Qué.
-Caray -dijo Nanín.

Todos reían de la historia de la mujer; el hijo del patrón también sonrió, pero no entendía bien el sentido de esas historias, amores de mujeres huesudas y bigotudas y vestidas de negro.

Franceschina también llegaría a ser así. Ahora espigaba en el bancal más alto, cantando una canción de la radio, y cada vez que se agachaba la falda se le subía más, descubriendo la piel blanca de las corvas.


-Franceschina -le gritó Nanín-, ¿irías con un cura por dos liras?
Franceschina estaba de pie en el bancal, con el manojo de espigas apretado contra el pecho.
-¿Dos mil? -gritó.
-Caray, dice dos mil-dijo Nanín a los otros, perplejo.
-Yo no voy ni con curas ni con «civiles» -gritó Franceschina.
-Con militares, ¿sí? -gritó U Qué.
-Ni con militares -contestó y se puso a recoger espigas de nuevo.
-Tiene buenas piernas la Franceschina -dijo Nanín, mirándoselas.
Los otros las miraron y estuvieron de acuerdo.
-Buenas y rectas -dijeron.

El hijo del patrón las miró como si no las hubiera visto antes e hizo un gesto de asentimiento. Pero sabía que no eran bonitas, con sus músculos duros y velludos.


-¿Cuándo haces el servicio militar, Nanín? -dijo Girumina.
-Hostia, depende de que quieran examinar otra vez a los eximidos -dijo Nanín-. Si la guerra no termina, me llamarán a mí también, con mi insuficiencia torácica.
-¿Es cierto que Norteamérica ha entrado en la guerra? -preguntó U Qué al hijo del patrón.
-Norteamérica -dijo el hijo del patrón. Tal vez ahora podría decir algo-. Norteamérica y Japón- dijo y se calló. ¿Qué más podía decir?
-¿Quién es más fuerte: Norteamérica o Japón?
-Los dos son fuertes -dijo el hijo del patrón.
-¿Es fuerte Inglaterra?
-Eh, sí, también es fuerte.
-¿Y Rusia?
-Rusia también es fuerte.
-¿Alemania?
-Alemania también.
-¿Y nosotros?
-Será una guerra larga -dijo el hijo del patrón-. Una guerra larga.
-Cuando la otra guerra -dijo U Pé-, había en el bosque una cueva con diez desertores-. Y señaló arriba, en dirección de los pinos.
-Si dura un poco más -dijo Nanín- yo digo que nosotros también terminaremos metidos en las cuevas.
-Bah -dijo U Qué-, quién sabe cómo irá a terminar.
-Todas las guerras terminan así: al que le toca, le toca.
-Al que le toca le toca -repitieron los otros.

El hijo del patrón empezó a subir por los bancales mordisqueando la brizna de paja hasta llegar a Franceschina. Le miraba la piel blanca de las corvas cuando se inclinaba a recoger las espigas. Tal vez con ella sería más fácil; se imaginaría que le hacía la corte.


-¿Vas alguna vez a la ciudad, Franceschina? -le preguntó. Era un modo estúpido de iniciar una conversación.
-A veces bajo los domingos por la tarde. Si hay feria, vamos a la feria, si no, al cine.
Había dejado de trabajar. No era eso lo que él quería; ¡si su padre lo viera! En vez de montar la guardia, hacía hablar a las mujeres que trabajaban.


-¿Te gusta ir a la ciudad?
-Sí, me gusta. Pero en el fondo, por la noche, cuando vuelves, qué te ha quedado. El lunes, vuelta a empezar, y te fue como te fue.
-Claro -dijo él mordiendo la brizna.
Ahora había que dejarla en paz, si no, no volvería a trabajar. Dio media vuelta y bajó.

En los bancales de abajo los hombres casi habían terminado y Nanín envolvía las gavillas en lonas para bajarlas cargadas sobre las espaldas. El mar altísimo con respecto a las colinas empezaba a teñirse de violeta del lado del ocaso. El hijo del patrón miraba su tierra, pura piedra y paja dura, y comprendía que él le sería siempre desesperadamente ajeno. 

La cena - Alfonso Reyes

La cena, que recrea y enamora.
San Juan de la Cruz

Tuve que correr a través de calles desconocidas. El término de mi marcha parecía correr delante de mis pasos, y la hora de la cita palpitaba ya en los relojes públicos. Las calles estaban solas. Serpientes de focos eléctricos bailaban delante de mis ojos. A cada instante surgían glorietas circulares, sembrados arriates, cuya verdura, a la luz artificial de la noche, cobraba una elegancia irreal. Creo haber visto multitud de torres —no sé si en las casas, si en las glorietas— que ostentaban a los cuatro vientos, por una iluminación interior, cuatro redondas esferas de reloj.

Yo corría, azuzado por un sentimiento supersticioso de la hora. Si las nueve campanadas, me dije, me sorprenden sin tener la mano sobre la aldaba de la puerta, algo funesto acontecerá. Y corría frenéticamente, mientras recordaba haber corrido a igual hora por aquel sitio y con un anhelo semejante. ¿Cuándo?

Al fin los deleites de aquella falsa recordación me absorbieron de manera que volví a mi paso normal sin darme cuenta. De cuando en cuando, desde las intermitencias de mi meditación, veía que me hallaba en otro sitio, y que se desarrollaban ante mí nuevas perspectivas de focos, de placetas sembradas, de relojes iluminados… No sé cuánto tiempo transcurrió, en tanto que yo dormía en el mareo de mi respiración agitada.

De pronto, nueve campanadas sonoras resbalaron con metálico frío sobre mi epidermis. Mis ojos, en la última esperanza, cayeron sobre la puerta más cercana: aquél era el término.

Entonces, para disponer mi ánimo, retrocedí hacia los motivos de mi presencia en aquel lugar. Por la mañana, el correo me había llevado una esquela breve y sugestiva. En el ángulo del papel se leían, manuscritas, las señas de una casa. La fecha era del día anterior. La carta decía solamente:

«Doña Magdalena y su hija Amalia esperan a usted a cenar mañana, a las nueve de la noche. ¡Ah, si no faltara!...»

Ni una letra más.

Yo siempre consiento en las experiencias de lo imprevisto. El caso, además, ofrecía singular atractivo: el tono, familiar y respetuoso a la vez, con que el anónimo designaba a aquellas señoras desconocidas; la ponderación: «¡Ah, si no faltara!...», tan vaga y tan sentimental, que parecía suspendida sobre un abismo de confesiones, todo contribuyó a decidirme. Y acudí, con el ansia de una emoción informulable. Cuando, a veces, en mis pesadillas, evoco aquella noche fantástica (cuya fantasía está hecha de cosas cotidianas y cuyo equívoco misterio crece sobre la humilde raíz de lo posible), paréceme jadear a través de avenidas de relojes y torreones, solemnes como esfinges de la calzada de algún templo egipcio.

La puerta se abrió. Yo estaba vuelto a la calle y vi, de súbito, caer sobre el suelo un cuadro de luz que arrojaba, junto a mi sombra, la sombra de una mujer desconocida.

Volvíme: con la luz por la espalda y sobre mis ojos deslumbrados, aquella mujer no era para mí más que una silueta, donde mi imaginación pudo pintar varios ensayos de fisonomía, sin que ninguno correspondiera al contorno, en tanto que balbuceaba yo algunos saludos y explicaciones.

—Pase usted, Alfonso.

Y pasé, asombrado de oírme llamar como en mi casa. Fue una decepción el vestíbulo. Sobre las palabras románticas de la esquela (a mí, al menos, me parecían románticas), había yo fundado la esperanza de encontrarme con una antigua casa, llena de tapices, de viejos retratos y de grandes sillones; una antigua casa sin estilo, pero llena de respetabilidad. A cambio de esto, me encontré con un vestíbulo diminuto y con una escalerilla frágil, sin elegancia; lo cual más bien prometía dimensiones modernas y estrechas en el resto de la casa. El piso era de madera encerada; los raros muebles tenían aquel lujo frío de las cosas de Nueva York, y en el muro, tapizado de verde claro, gesticulaban, como imperdonable signo de trivialidad, dos o tres máscaras japonesas. Hasta llegué a dudar… Pero alcé la vista y quedé tranquilo: ante mí, vestida de negro, esbelta, digna, la mujer que acudió a introducirme me señalaba la puerta del salón. Su silueta se había colorado ya de facciones; su cara me habría resultado insignificante, a no ser por una expresión marcada de piedad; sus cabellos castaños, algo flojos en el peinado, acabaron de precipitar una extraña convicción en mi mente: todo aquel ser me pareció plegarse y formarse a las sugestiones de un nombre.

—¿Amalia?— pregunté.

—Sí—. Y me pareció que yo mismo me contestaba.

El salón, como lo había imaginado, era pequeño. Mas el decorado, respondiendo a mis anhelos, chocaba notoriamente con el del vestíbulo. Allí estaban los tapices y las grandes sillas respetables, la piel de oso al suelo, el espejo, la chimenea, los jarrones; el piano de candeleros lleno de fotografías y estatuillas —el piano en que nadie toca—, y, junto al estrado principal, el caballete con un retrato amplificado y manifiestamente alterado: el de un señor de barba partida y boca grosera.

Doña Magdalena, que ya me esperaba instalada en un sillón rojo, vestía también de negro y llevaba al pecho una de aquellas joyas gruesísimas de nuestros padres: una bola de vidrio con un retrato interior, ceñida por un anillo de oro. El misterio del parecido familiar se apoderó de mí. Mis ojos iban, inconscientemente, de doña Magdalena a Amalia, y del retrato a Amalia. Doña Magdalena, que lo notó, ayudó mis investigaciones con alguna exégesis oportuna.

Lo más adecuado hubiera sido sentirme incómodo, manifestarme sorprendido, provocar una explicación. Pero doña Magdalena y su hija Amalia me hipnotizaron, desde los primeros instantes, con sus miradas paralelas. Doña Magdalena era una mujer de sesenta años; así es que consistió en dejar a su hija los cuidados de la iniciación. Amalia charlaba; doña Magdalena me miraba; yo estaba entregado a mi ventura.

A la madre tocó —es de rigor— recordarnos que era ya tiempo de cenar. En el comedor la charla se hizo más general y corriente. Yo acabé por convencerme de que aquellas señoras no habían querido más que convidarme a cenar, y a la segunda copa de Chablis me sentí sumido en un perfecto egoísmo del cuerpo lleno de generosidades espirituales. Charlé, reí y desarrollé todo mi ingenio, tratando interiormente de disimularme la irregularidad de mi situación. Hasta aquel instante las señoras habían procurado parecerme simpáticas; desde entonces sentí que había comenzado yo mismo a serles agradable.

El aire piadoso de la cara de Amalia se propagaba, por momentos, a la cara de la madre. La satisfacción, enteramente fisiológica, del rostro de doña Magdalena descendía, a veces, al de su hija. Parecía que estos dos motivos flotasen en el ambiente, volando de una cara a la otra.

Nunca sospeché los agrados de aquella conversación. Aunque ella sugería, vagamente, no sé qué evocaciones de Sudermann, con frecuentes rondas al difícil campo de las responsabilidades domésticas y —como era natural en mujeres de espíritu fuerte— súbitos relámpagos ibsenianos, yo me sentía tan a mi gusto como en casa de alguna tía viuda y junto a alguna prima, amiga de la infancia, que ha comenzado a ser solterona.

Al principio, la conversación giró toda sobre cuestiones comerciales, económicas, en que las dos mujeres parecían complacerse. No hay asunto mejor que éste cuando se nos invita a la mesa en alguna casa donde no somos de confianza.

Después, las cosas siguieron de otro modo. Todas las frases comenzaron a volar como en redor de alguna lejana petición. Todas tendían a un término que yo mismo no sospechaba. En el rostro de Amalia apareció, al fin, una sonrisa aguda, inquietante. Comenzó visiblemente a combatir contra alguna interna tentación. Su boca palpitaba, a veces, con el ansia de las palabras, y acababa siempre por suspirar. Sus ojos se dilataban de pronto, fijándose con tal expresión de espanto o abandono en la pared que quedaba a mis espaldas, que más de una vez, asombrado, volví el rostro yo mismo. Pero Amalia no parecía consciente del daño que me ocasionaba. Continuaba con sus sonrisas, sus asombros y sus suspiros, en tanto que yo me estremecía cada vez que sus ojos miraban por sobre mi cabeza.

Al fin, se entabló, entre Amalia y doña Magdalena, un verdadero coloquio de suspiros. Yo estaba ya desazonado. Hacia el centro de la mesa, y, por cierto, tan baja que era una constante incomodidad, colgaba la lámpara de dos luces. Y sobre los muros se proyectaban las sombras desteñidas de las dos mujeres, en tal forma que no era posible fijar la correspondencia de las sombras con las personas. Me invadió una intensa depresión, y un principio de aburrimiento se fue apoderando de mí. De lo que vino a sacarme esta invitación insospechada:

—Vamos al jardín.

Esta nueva perspectiva me hizo recobrar mis espíritus. Condujéronme a través de un cuarto cuyo aseo y sobriedad hacia pensar en los hospitales. En la oscuridad de la noche pude adivinar un jardincillo breve y artificial, como el de un camposanto.

Nos sentamos bajo el emparrado. Las señoras comenzaron a decirme los nombres de las flores que yo no veía, dándose el cruel deleite de interrogarme después sobre sus recientes enseñanzas. Mi imaginación, destemplada por una experiencia tan larga de excentricidades, no hallaba reposo. Apenas me dejaba escuchar y casi no me permitía contestar. Las señoras sonreían ya (yo lo adivinaba) con pleno conocimiento de mi estado. Comencé a confundir sus palabras con mi fantasía. Sus explicaciones botánicas, hoy que las recuerdo, me parecen monstruosas como un delirio: creo haberles oído hablar de flores que muerden y de flores que besan; de tallos que se arrancan a su raíz y os trepan, como serpientes, hasta el cuello.

La oscuridad, el cansancio, la cena, el Chablis, la conversación misteriosa sobre flores que yo no veía (y aun creo que no las había en aquel raquítico jardín), todo me fue convidando al sueño; y me quedé dormido sobre el banco, bajo el emparrado.

—¡Pobre capitán! —oí decir cuando abrí los ojos—. Lleno de ilusiones marchó a Europa. Para él se apagó la luz.

En mi alrededor reinaba la misma oscuridad. Un vientecillo tibio hacía vibrar el emparrado. Doña Magdalena y Amalia conversaban junto a mí, resignadas a tolerar mi mutismo. Me pareció que habían trocado los asientos durante mi breve sueño; eso me pareció…

—Era capitán de Artillería —me dijo Amalia—; joven y apuesto si los hay.

Su voz temblaba.

Y en aquel punto sucedió algo que en otras circunstancias me habría parecido natural, pero entonces me sobresaltó y trajo a mis labios mi corazón. Las señoras, hasta entonces, sólo me habían sido perceptibles por el rumor de su charla y de su presencia. En aquel instante alguien abrió una ventana en la casa, y la luz vino a caer, inesperada, sobre los rostros de las mujeres. Y —¡oh cielos!— los vi iluminarse de pronto, autonómicos, suspensos en el aire —perdidas las ropas negras en la oscuridad del jardín— y con la expresión de piedad grabada hasta la dureza en los rasgos. Eran como las caras iluminadas en los cuadros de Echave el Viejo, astros enormes y fantásticos.

Salté sobre mis pies sin poder dominarme ya.

—Espere usted —gritó entonces doña Magdalena—; aún falta lo más terrible.

Y luego, dirigiéndose a Amalia: —Hija mía, continúa; este caballero no puede dejarnos ahora y marcharse sin oírlo todo.

—Y bien —dijo Amalia—: el capitán se fue a Europa. Pasó de noche por París, por la mucha urgencia de llegar a Berlín. Pero todo su anhelo era conocer París. En Alemania tenía que hacer no sé qué estudios en cierta fábrica de cañones… Al día siguiente de llegado, perdió la vista en la explosión de una caldera.

Yo estaba loco. Quise preguntar; ¿qué preguntaría? Quise hablar; ¿qué diría? ¿Qué había sucedido junto a mí? ¿Para qué me habían convidado?

La ventana volvió a cerrarse, y los rostros de las mujeres volvieron a desaparecer. La voz de la hija resonó:

—¡Ay! Entonces, y sólo entonces, fue llevado a París. ¡A París, que había sido todo su anhelo! Figúrese usted que pasó bajo el Arco de la Estrella: pasó ciego bajo el Arco de la Estrella, adivinándolo todo a su alrededor… Pero usted le hablará de París, ¿verdad? Le hablará del París que él no pudo ver. ¡Le hará tanto bien!

(«¡Ah, si no faltara!»… «¡Le hará tanto bien!»)

Y entonces me arrastraron a la sala, llevándome por los brazos como a un inválido. A mis pies se habían enredado las guías vegetales del jardín; había hojas sobre mi cabeza.

—Helo aquí —me dijeron mostrándome un retrato. Era un militar. Llevaba un casco guerrero, una capa blanca, y los galones plateados en las mangas y en las presillas como tres toques de clarín. Sus hermosos ojos, bajo las alas perfectas de las cejas, tenían un imperio singular. Miré a las señoras: las dos sonreían como en el desahogo de la misión cumplida. Contemplé de nuevo el retrato; me vi yo mismo en el espejo; verifiqué la semejanza: yo era como una caricatura de aquel retrato. El retrato tenía una dedicatoria y una firma. La letra era la misma de la esquela anónima recibida por la mañana.

El retrato había caído de mis manos, y las dos señoras me miraban con una cómica piedad. Algo sonó en mis oídos como una araña de cristal que se estrellara contra el suelo.

Y corrí, a través de calles desconocidas. Bailaban los focos delante de mis ojos. Los relojes de los torreones me espiaban, congestionados de luz… ¡Oh, cielos! Cuando alcancé, jadeante, la tabla familiar de mi puerta, nueve sonoras campanadas estremecían la noche.

Sobre mi cabeza había hojas; en mi ojal, una florecilla modesta que yo no corté.