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El viaje - Úrsula K. Le Guin

 Mientras tragaba la substancia supo que no debía tragarla, lo supo con seguridad, de la misma manera que un conductor ve venir un camión en línea recta hacia él a 110 km/h. Repentinamente, íntimamente, finalmente. 

La garganta se le cerró, el plexo solar se le anudó como una anémona marina, pero ya era muy tarde. No te puedes permitir tener miedo. El miedo lo enreda todo, y manda a aquellos pocos infelices, un porcentaje muy pequeño, al depósito loco, a agacharse en los rincones sin decir palabra...

No hay nada que temer con excepción del temor.

Sí señor. Sí señor don Roosevelt señor.

Lo que hay que hacer es relajarse. Pensar cosas agradables. Si la violación es inevitable...

Contempló a Rich Harringer mientras abría su pequeño paquete (compuesto con precisión y envuelto higiénicamente por un par de tipos que cursaban la escuela primaria de química gracias al método americano aprobado de la empresa libre; sin duda algo ilegal pero eso no es raro en América donde tan pocas cosas son legales que hasta un niño pequeño puede ser ilegal) y tragaba el pequeño caracol amargo con gozo deliberado y ceremonioso. 

Si la violación es inevitable, relájate y goza. Una vez a la semana.

¿Pero existe algo inevitable aparte de la muerte? ¿Por qué relajarse? ¿Por qué gozar? Lucharía. No haría un mal viaje. Lucharía concienzuda y deliberadamente contra la droga, sin pánico pero con resolución, y vería quién triunfaba. 

En este rincón, LSD/alfa, 100 microgramos, con bata lisa, el Torbellino Tibetano; y en este rincón, damas y salvajes, LSD/B.A., M.A., 62 kgs., el Llorica de Sonoma, usando baúles blancos, maletas rojas y bolsas azules. ¡Dejadme ir, dejadme ir! 

Clang.

Nada sucedió.

Lewis Sidney David, el hombre sin apellido, el judeocelta, arrinconado en su esquina, miró con cautela a su alrededor. Sus tres compañeros parecían normales, aunque fuera de su alcance, estaban en foco. No tenían aura. 

Jim estaba echado en el sofá leyendo Murallas; quizá deseaba un viaje a Vietnam, o a Sacramento. 

Richard estaba adormilado, pero siempre estaba adormilado, aun cuando almorzaba gratis en el parque, y Alex estaba punteando en la guitarra. La satisfacción infinita del acorde. 

La satisfacción infinita de la cuerda. Sursum corda. Si se desplaza con una guitarra a cuestas, ¿por qué no puede sacarle alguna melodía? No. 

La irritabilidad es un síntoma de que se está perdiendo el autocontrol; suprímela. Suprime todo. ¡Censor, censor! ¡Pelea, equipo, pelea!

Lewis se levantó, observando con placer la pronta desenvoltura de sus reflejos y la perfección de su sentido del equilibrio, y llenó un vaso de agua en el vil fregadero. Pelos de barba, esputos de Colgate, manchas de óxido y restos de comida, un fregadero de perversidad. 

Un fregadero pequeño, pero mío. ¿Por qué vivía en este vertedero? ¿Por qué había pedido a Jim y a Rich y a Alex que vinieran a compartir con él sus terrones de azúcar? Ya era suficientemente piojoso como para convertirlo además en un fumadero de opio. 

Pronto estaría lleno de cuerpos inertes, de ojos que saltarían como canicas y rodarían bajo la cama para reunirse con el polvo y las ruinas que acechaban desde allí. 

Lewis llevó el vaso de agua hasta la ventana, bebió la mitad, y empezó a volcar delicadamente el resto sobre las raíces de un olivo en miniatura plantado en una maceta emparchada que valía diez centavos.

–Bebe conmigo –dijo, mirando al árbol desde más cerca; medía doce centímetros pero era muy similar a un olivo, nudoso y perdurable. 

Un bonsai. ¡Banzai! ¿Pero dónde está el satori? ¿Dónde está el significado, la mejoría, todas las figuras y los colores y los significados, la intensificación de la percepción de la realidad? ¿Cuánto tiempo necesita para actuar este maldito menjunje? 

Allí estaba su olivo. Ni menos, ni más. Insignificante, sin haber crecido. Los hombres gritan Paz, Paz, pero la paz no llega. No hay suficientes olivos debido a la explosión demográfica de la especie humana. ¿Era esto una Percepción? No, cualquier cabeza de melón podría percibir esto sin la ayuda de drogas. 

Oh, vamos, veneno, veneno, envenéname. Ven alucinación, ven para que pueda luchar contra ti, repelerte, rehusarte, perder la lucha y volverme loco, en silencio.

Como Isobel.

Por eso era que vivía en este vertedero, y por eso era que había invitado a Jim y Rich y Alex, y por eso era que se había tomado un viaje con ellos, un crucero de placer, una vacación a bordo del pintoresco Old Erewhon. 

Estaba tratando de ponerse a tono con su mujer. Lo más difícil de tener que contemplar cómo va enloqueciendo tu mujer es que no puedes seguirla. Se aleja más y más, sin mirar atrás, en un largo viaje al silencio. 

La lira enmudece y los psiquiatras también mienten. Te encuentras detrás de la pared de vidrio de tu cordura como alguien que ve un accidente desde el aeropuerto. Gritas: ¡Isobel! Ni visto ni oído. El avión se estrella en silencio. Ella no oye su nombre gritado. Tampoco le pudo hablar. 

Las paredes que ahora los separan son de ladrillo, muy sólidas, y él podía estar a su antojo en su propia casa cuerda de cristal. Tirar piedras. Tirar alfas. Tintín, crash.

LSD/alfa no te volvía loco, por supuesto. Ni siquiera te desenreda los cromosomas. Solamente te abre la puerta a las realidades más elevadas. Supuso que la esquizofrenia hacía lo mismo, pero en ella el problema era que no podías hablar, no podías comunicarte, no podías decir nada.

Jim había abandonado sus Murallas. Estaba sentado de una forma notable, inhalando. Se iba a encontrar con la realidad del modo correcto, como un lama, hombre. Era un verdadero creyente y su vida estaba ahora centrada en la experiencia del LSD/a como la de un místico religioso en su disciplina mixta. 

Sin embargo, ¿podías seguir haciéndolo una vez a la semana durante dos años? ¿A los treinta? ¿A los cuarenta y dos? ¿A los sesenta y tres? Encontrarás la vida terriblemente monótona y adversa; necesitarás un monasterio. Maitines, nonas, vísperas, silencio, muros, grandes y sólidas paredes de ladrillo. Para mantener fuera a la grosera realidad.

Vamos, alucinógeno, empieza. Alucínate, alucina. Destroza la pared de cristal. Llévame a un viaje en el que haya estado mi esposa. Persona perdida, 22 años, 1.61 m, peso 42 kg, pelo castaño, género humano, sexo femenino. Nunca fue buena caminadora. Podía alcanzarla saltando a la pata coja... No.

Llegaré hasta allí por mí mismo, dijo Lewis Sidney David. Terminó de volcar el agua en pequeños canales alrededor de las raíces del olivo y levantó la mirada hacia la ventana. 

A través del vidrio grasoso se erguía el monte Hood con sus tres mil metros de altura; un volcán que poseía la simetría serena característica de los volcanes, durmiente pero no oficialmente extinto, lleno de fuegos adormilados y rodeado por su propio clima y atmósfera, tan diferentes de aquellos que reinaban en alturas más bajas: nieve y luz despejada. 

Por eso era que vivía en este vertedero. Porque cuando mirabas a través de la ventana, veías la realidad más alta. Tres mil metros más alta.

–Maldito sea –dijo Lewis en voz alta, sintiendo que estaba a punto de percibir algo verdaderamente importante.

Pero esto lo sentía bastante a menudo y sin ayuda de productos químicos. Entretanto, allí estaba la montaña.

Entre él y la montaña se extendía una cantidad de basura, autopistas y edificios de oficinas disponibles y altos montículos y elefantes de neón que lavaban automóviles de neón con punteadas duchas de neón, y la base del monte y sus laderas inferiores estaban cubiertos por un velo de smog, así que el pico flotaba.

Lewis sintió un fuerte impulso de gritar a todo pulmón el nombre de su esposa. Pero lo reprimió, como lo venía haciendo desde hacía tres meses, cuando la había llevado en mayo al sanatorio después de la época de silencio. 

En enero, antes de que empezase el silencio, había gritado mucho, algunas veces durante todo el día, y a él el miedo le hacía llorar. Primero el llanto, luego el silencio. No sirve para nada. ¡Oh, Dios, sácame de esto! Trató de serenarse, y abandonó la lucha contra su enemigo impalpable. Imploró que todo eso terminase. Le rogó a la droga que corría por su sangre que actuase, que hiciera algo, que le permitiera gritar, o ver colores, o que lo hiciera caer sobre su mecedora... cualquier cosa.

Nada sucedió. 

Dio por terminadas sus faenas de riego y levantó la mirada hacia la habitación: era un vertedero, pero grande, con una buena vista del monte Hood. Y en los días despejados, también de la cresta dentada del monte Adams. Pero aquí nada sucedería. Esta era la antesala. Recogió su abrigo de una silla rota y salió.

Era un buen abrigo, forrado de lana de oveja y con una capucha y esas cosas; su madre y su hermana se lo habían comprado a duras penas como regalo de Navidad, haciéndole sentirse R. R. Raskolnikov. Pero hoy no iba a asesinar a ninguna anciana usurera. Ni siquiera una parodia de algocidio. 

En la escalinata se cruzó con los pintores y estucadores, con sus cubos y escaleras. Eran tres, e iban a pintar su habitación, pacíficos, con el rostro fresco; hombres de cuarenta y cincuenta años. Pobres desgraciados, ¿qué harían con el fregadero? ¿Y con los tres drogados, Rich y Jim y Alex, que con el azúcar habían tomado la leche del Paraíso? 

¿Y con sus apuntes sobre LeNotre, Olmsted y McLaren, con sus cinco kilos de fotografías de la arquitectura doméstica japonesa, y con su pizarra y sus aparejos de pesca, sus Obras completas de Theodore Sturgeon encuadernadas en sensacional cartón, el óleo de dos metros por tres de un desnudo atáxico pintado por un amigo cuya compañía de selfcrédito le había embargado las obras, la guitarra de Alex, el olivo, el polvo, y los ojos de debajo de la cama? 

Eso era asunto de ellos. Bajó las escaleras de la casa de huéspedes que hedía a gato viejo, y oyó cómo retumbaban cordialmente sus botas de excursión. Y sintió que todo esto ya había sucedido alguna vez.

Salir de la ciudad le tomó bastante tiempo. Dado que era obvio que los transportes públicos estaban prohibidos para un hombre en su estado, no pudo subir al autobús de Gresham que le habría ahorrado mucho tiempo, llevándolo a través de los suburbios y bajando en la mitad del trayecto. 

Pero tenía mucho tiempo. Podía contar con que el atardecer veraniego prolongaría la iluminación. Los crepúsculos de las latitudes que se hallan entre el trópico y el polo son dulces y benignos en cuanto a longitud, sin la monotonía ecuatorial, sin los extremos polares, sino con inviernos de largas sombras y veranos de largos atardeceres: degradaciones y ajustes de la claridad, ocios y sutilezas de la luz. 

Por los verdes parques de Portland y por largas calles laterales correteaban niños, jugando todos ellos en la ciudad un solo juego: el juego de la Juventud. Alguna que otra vez se veía un chico solitario, jugando a la Soledad, en busca de más altos riesgos. Niños hay que son tahúres natos. La basura se amontonaba en las canaletas y un viento cálido la movía a ratos. 

Desde la ciudad se oía un sonido lejano, fuerte y triste, similar al que producían leones rugiendo en sus jaulas, caminando y azotando sus flancos dorados con rabos borlados de oro, rugiendo sin parar. El Sol se puso en algún lugar al oeste de los tejados, pero en las lejanas alturas de la montaña ardía aún un fuego blanco. 

A medida que Lewis dejaba las últimas casas de la ciudad y se adentraba en tierras agradables, montañosas y bien labradas, el viento empezó a oler a tierra húmeda, fría, compuesta, como lo hace cuando cae la noche; y pasando Sandy, la obscuridad invadía los bosques que se alzaban en las laderas que atravesaba. 

Tenía mucho tiempo. Arriba se alzaba el pico, blanco, con un leve tono albaricoque bajo la luz del Sol. Mientras escalaba el largo y empinado camino, al salir de los bosques desembocaba una y otra vez en golfos de claridad amarillenta. Prosiguió hasta que pudo ver por encima de los bosques y por encima de la obscuridad, en las cumbres donde sólo había nieve y piedra y aire y la amplia, clara, perdurable luz.

Pero estaba solo.

Eso no estaba bien. Cuando había sucedido aquello no fue estando solo. Se tenía que encontrar con... Había estado con... ¿Dónde?

Ni esquíes ni trineo ni botas para la nieve ni siquiera una cámara de aire. Si hubiese sido el encargado de este paisaje, Dios, habría hecho un sendero por aquí. 

¿Sacrificar la grandeza en aras de la comodidad? Bueno, tan sólo un senderillo. No hará ningún daño, solamente una leve rajadura en la Campana de la Libertad, una pequeña gotera en el dique, una espoleta de la granada, un capricho del cerebro... 

Oh mi muchacha loca, mi amor silencioso, mi esposa, a la que vendí a un manicomio porque no escuchabas mi charla, ¡Isobel, ven a salvarme de ti misma! He trepado a tu zaga todos los senderos y ahora me encuentro aquí, solo. No hay dónde ir.

La luz se extinguió y el blanco de la nieve se ensombreció. En el este, sobre bosques y praderas interminables y obscurecientes y lagos claros enmarcados por colinas, resplandecía Saturno, brillante y saturnino.

Lewis no sabía dónde estaba el refugio; en algún lugar después de los bosques. Pero él tenía los bosques debajo, y no iba a descender. A las alturas. ¡Más alto, más alto! Un joven que llevaba a través del hielo y de la nieve una pancarta con este extraño lema:

AYUDA AYUDA SOY UN PRISIONERO DE LA REALIDAD MÁS ALTA.

Escaló. Desgreñado, escaló crestas que no habían sido escaladas, y mientras escalaba lloraba. Las lágrimas se arrastraban por su rostro y él se arrastraba por el rostro de la montaña.

Al atardecer los lugares muy altos son terribles, solitarios. La luz no lo esperó más. Ya no le quedaba mucho tiempo. Se había quedado sin tiempo. Cuando desviaba la vista de la planicie empinada, las estrellas aparecían y lo miraban a los ojos desde los golfos de obscuridad. 

A cada lado tenía un vacío, en el que brillaban unas pocas estrellas. Pero la nieve mantenía su propia luz fría, y siguió trepando. Recordó el sendero cuando lo vio. 

Dios o el Estado o él mismo había puesto un sendero en la montaña, después de todo. Giró a la derecha y se equivocó. Giró a la izquierda y permaneció quieto. No sabía a dónde ir. Temblando de frío y de miedo gritó a la cumbre blanco muerte y a los lugares negros el nombre de su esposa:

–¡Isobel!

Ella apareció en el sendero, entre las tinieblas.

–Empezabas a preocuparme, Lewis.

–Llegué más lejos de lo que había pensado –dijo Lewis.

–La luz permanece tanto tiempo aquí que piensas que seguirá eternamente...

–Así es. Siento haberte preocupado.

–Oh, no estaba preocupada. Tú sabes. Solitaria. Pensé que quizá tu pierna te había hecho retrasar. Un hermoso paseo, ¿verdad?

–Espectacular.

–Llévame mañana.

–¿No te has divertido esquiando?

Ella sacudió la cabeza.

–No. Al no estar tú, no –murmuró avergonzada.

Giraron a la izquierda, con lentitud. Lewis aún cojeaba ligeramente a causa del tendón desgarrado que le había impedido esquiar los últimos días, y había obscurecido y no tenían ninguna prisa. Iban de la mano. 

Nieve, luz estelar, quietud. Fuego bajo los pies, obscuridad en derredor; delante, la luz del fuego, cerveza, un lecho. Cada cosa en su momento. Algunos, tahúres natos, siempre elegirán vivir junto a un volcán.

–Cuando estaba en el sanatorio –dijo Isobel deteniéndose, y haciendo que él también se detuviera y ya no se oyó siquiera el ruido de sus botas sobre la nieve seca, ningún otro sonido que no fuese el sonido suave de aquella bendita voz–, tenía un sueño como este. Terriblemente parecido a este. Fue... el sueño más importante que he tenido. A pesar de que no puedo recordarlo con claridad. Nunca pude, ni siquiera durante las terapias. Pero era como esto. Este silencio. Este estar en las alturas. El silencio sobre todo... sobre todo. Reinaba un silencio tal que si yo decía algo, tú lo oías. Eso lo sabía, estaba segura. Y creo que durante el sueño dije tu nombre, y tú podías oírme... Me contestabas.

–Di mi nombre –susurró Lewis.

Ella se volvió y lo miró. No se oía sonido alguno en las montañas o entre las estrellas. Lo dijo.

Lewis contestó diciendo el de ella, y luego la abrazó; ambos temblaban.

–Hace frío, hace frío, tenemos que continuar –y prosiguieron, sobre la cuerda floja tendida entre los fuegos externos e internos.

–Mira aquella estrella enorme.

–Planeta. Saturno, el Padre Tiempo.

–Se comió a sus niños, ¿no es así?

–A todos menos a uno –respondió Lewis.

Delante, al pie de un declive, vieron bajo la luz gris de las estrellas la mole de la cabaña alta, las torres del montacargas, borrosas y esfumadas, y la vasta extensión de las pistas.

Tenía las manos frías y por un momento se sacó los guantes para frotarse una con otra, pero esto le resultó difícil a causa del vaso de agua que estaba sosteniendo. Terminó de verter el agua en los pequeños canales alrededor de las raíces del olivo y colocó el vaso al lado del florero emparchado. 

Pero había algo que se le estaba quedando en la mano, plegado dentro de la palma como una anotación para trampear en un examen final de francés, que je fusse, que tu fusses, qu'il fût, pequeña y pegoteada de sudor. 

Abrió la mano y estudió el objeto durante un momento. Un mensaje. ¿De quién y para quién? De la tumba, al vientre. Un pequeño envoltorio cerrado que contenía azúcar empapada en 100 mg de LSD/a.

¿Cerrado?

Recordó, en orden y con exactitud, cómo lo había abierto, cómo había ingerido la substancia, degustado su sabor. También recordó con el mismo orden y exactitud dónde había estado hasta el momento y supo que aún no había estado allí.

Se inclinó sobre Jim, que en ese instante exhalaba la bocanada que había inhalado mientras Lewis comenzaba a regar el olivo. Suave y diestramente guardó el paquete en el bolsillo del abrigo de Jim.

–¿No vienes? –preguntó Jim, sonriendo.

Lewis sacudió la cabeza.

–Gallina –murmuró Jim; sería difícil explicarle que ya había regresado del viaje que no había hecho; además, Jim no le escucharía, estaba allí donde las personas no oyen ni pueden contestar, amurallado.

–Buen viaje –dijo Lewis.

Cogió el impermeable (de popelín sucio, espera... nada de forro de lana), bajó las escaleras y salió a la calle. El verano terminaba, la estación estaba cambiando. Llovía pero aún no había obscurecido, y el viento urbano soplaba fuertes bocanadas frías que traían el olor de la tierra húmeda y de los bosques y de la noche.

Catwings - Úrsula K. Le Guin

 La señora Juana Rayas no podía explicar por qué tenían alas sus cuatro hijos.

—Supongo que el padre fue uno de esos que vuelan mucho de noche —dijo un vecino y se rió con voz burlona, mientras revolvía el volquete.

—Tal vez tienen alas porque, antes de que nacieran, yo soñé que sabía volar, que podía escaparme volando de este barrio —dijo la señora Juana Rayas—. Thelma, tienes la cara sucia; lávate. Rogelio, deja de golpear a Jaime. Jacinta, cuando ronroneas tienes que cerrar un poco los ojos y acariciarme con las patas delanteras; sí, así está mejor. ¿Cómo está la leche esta mañana?

—Muy buena, mamá, gracias —le contestaron los cuatro con alegría.

 Eran buenos hijos y estaban muy bien criados. Pero aunque no lo decía, la señora Rayas estaba muy preocupada por ellos. En realidad vivían en un barrio terrible, que estaba empeorando.

Ruedas de autos y de camiones que pasaban todo el día, basura y más basura en las calles, perros hambrientos, infinidad de zapatos y botas que caminaban, pisaban, pateaban, ningún lugar seguro y tranquilo y cada vez menos para comer.

 La mayoría de los gorriones se había mudado a otros sitios. Las ratas eran feroces y peligrosas; los ratones, astutos y esqueléticos.

Así que las alas de sus hijos eran la menor preocupación de la señora Rayas. Lavaba esas pequeñas alas todos los días y también las caras y las patas y las colas de sus hijos, y de vez en cuando se hacía preguntas sobre las alas pero tenía demasiado trabajo buscando comida y criando a la familia como para pensar mucho en las cosas que no entendía.

Sin embargo, cuando el perro grande persiguió a la pequeña Jacinta, la arrinconó detrás de la basura y se lanzó contra ella con las mandíbulas abiertas y pobladas de dientes blancos, y Jacinta, con un solo maullido desesperado voló y pasó por encima de la cabeza del perro y aterrizó en un tejado, la señora Rayas entendió.

El perro se fue gruñendo con la cola entre las patas.

—Baja ahora, Jacinta —llamó la madre—. Bajen, chicos. Vengan por favor. Quiero hablar con todos.

 Los cuatro gatitos bajaron hacia el volquete. Jacinta seguía temblando. Los otros ronronearon y se frotaron contra ella hasta que se calmó, y entonces la señora Rayas dijo:

—Chicos, antes de que ustedes nacieran tuve un sueño, y ahora entiendo lo que quiere decir. Éste no es un buen lugar para crecer, y ustedes tienen alas para escaparse volando a otra parte. Yo quiero que lo hagan. Sé que estuvieron practicando. Vi a Jaime volando por encima del callejón anoche, y sí, te vi a ti zambulléndote en picada, Rogelio. Creo que ya están preparados. Quiero que cenen y se vayan muy lejos.

—Pero mamá... —dijo Thelma y se puso a llorar.

—Yo no quiero irme —dijo la señora Rayas—. Yo trabajo aquí. El señor Tomás Gatazo me propuso matrimonio anoche y pienso aceptarlo. No quiero que ustedes, chicos, estén cerca.

Todos los chicos lloraron pero sabían que así debe ser en las familias de los gatos. También se sentían orgullosos de que su madre pensara que ya podían cuidarse solos. Así que cenaron todos juntos del tacho de basura que había tirado el perro. Después, Thelma, Rogelio, Jaime y Jacinta ronronearon sus adioses a su mamá y uno tras otro desplegaron las alas y volaron hacia arriba, por encima del callejón, por encima de los techos, lejos.

La señora Juana Rayas los miró marcharse. Tenía el corazón lleno de miedo y de orgullo.

—Son chicos increíbles, Juana —dijo el señor Tomás Gatazo con su voz suave, profunda.

—Los que vamos a tener juntos también van a ser increíbles, Tomás —dijo la señora Rayas.

Thelma, Rogelio, Jaime y Jacinta volaban y veían abajo los techos y las calles de la ciudad, kilómetro tras kilómetro.

Una paloma vino, se acercó y voló con ellos, mirándolos nerviosa, de vez en cuando, con el ojo chiquito, redondo.

—¿Qué clase de pájaros son ustedes, eh? —preguntó finalmente.

—Palomas pasajeras —dijo Jaime con rapidez.

Jacinta maulló de risa.

La paloma saltó en el aire, la miró con los ojos muy abiertos, después se volvió y se alejó volando en una curva grande y rápida.

—Ojalá pudiera volar así —dijo Rogelio.

—Las palomas son muy tontas —musitó Jaime.

—Pero a mí me duelen las alas —dijo Rogelio, y Thelma agregó:

—A mí también. Aterricemos en alguna parte y descansemos un rato.

La pequeña Jacinta ya estaba bajando en picada hacia el tejado inclinado de una iglesia.

Se aferraron a las estatuas del techo y tomaron un poco de agua de las canaletas.

—Aquí estoy, sentada en la rama del gatopájaro —cantó Jacinta, que se había posado sobre una de las puntas.

—Allá parece diferente —dijo Thelma, señalando con el hocico hacia el oeste—. Parece más suave.

Todos miraron con ansias hacia ese lugar, pero los gatos no ven bien a la distancia.

—Bueno, si es diferente, probemos por ahí —dijo Jaime y salieron volando otra vez. No podían volar sin cansarse; no volaban con facilidad, como las palomas. La señora Rayas siempre se había ocupado de que comieran muy bien y estaban bastante rellenitos, así que tenían que agitar mucho las alas para mantener ese peso por encima del suelo.

Habían aprendido a planear sin agitar las alas, dejando que el viento los sostuviera, aunque para Jacinta era difícil y se tambaleaba mucho cuando lo hacía.

     Después de una hora, aterrizaron en el techo de una fábrica enorme y aunque el aire olía muy mal, durmieron allí por un rato apilados en una suave montañita. Después, cuando cayó la noche, se dieron cuenta de que tenían mucha hambre porque nada abre tanto el apetito como volar. Apenas se despertaron, salieron volando de nuevo.

El sol desapareció. Las luces de la ciudad llegaron hasta ellos; largos hilos y cadenas de luces que se extendían hacia la oscuridad. Hacia esa oscuridad volaron, y cuando abajo y alrededor sólo quedó una luz que parpadeaba sobre la colina, descendieron suavemente desde el aire y aterrizaron en el suelo.

Un suelo suave, extraño. El único suelo que ellos conocían era el pavimento, el asfalto, el cemento. Lo que tocaban era todo nuevo: polvo, tierra, hojas muertas, pasto, ramitas, hongos, gusanos. Y tenía un olor muy pero muy interesante. Un arroyuelo corría cerca. Oyeron la canción del agua y fueron a beber porque tenían mucha sed. Cuando terminó, Rogelio se quedó acurrucado en la orilla con el hocico casi en el agua y los ojos muy abiertos, mirando.

—¿Qué es eso que hay en el agua? —susurró.

Los otros se le acercaron y miraron. Lo único que distinguían era algo que se movía, a la luz de las estrellas, un parpadeo plateado, un brillo. La garra de Rogelio salió disparada...

—Creo que es la cena —dijo.

Después de cenar, se acurrucaron juntos otra vez bajo un arbusto y se durmieron. Pero cada tanto, primero Thelma, después Rogelio, luego Jaime y por último la pequeña Jacinta, levantaban la cabeza, abrían un ojo, escuchaban un momento, siempre en guardia. Sabían que estaban en un lugar mucho mejor que el callejón, pero también sabían que todo lugar es peligroso, sea uno pez o gato. Incluso si uno es un gato con alas.

 —Es totalmente injusto —chilló el tordo.

—¡Injusto! —estuvo de acuerdo el pinzón.

—¡Intolerable! —aulló la urraca.

—No veo por qué —dijo el ratón—. Ustedes siempre tuvieron alas. Ahora las tienen ellos. Yo no veo nada injusto.

Los peces del arroyo no dijeron nada. Los peces nunca hablan. Hay muy poca gente que sepa lo que piensan los peces sobre la injusticia o sobre cualquier otra cosa.

—Yo estaba trayendo una ramita al nido esta mañana y un gato, sí, un gato voló hacia abajo, un gato voló hacia abajo desde la Casa Roble, y sonrió en el aire —dijo el tordo y todos los otros pájaros cantores exclamaron:

—¡Impresionante! ¡Nunca se vio nada igual! ¡No está permitido!

—¿Por qué no cavan algunos túneles? —dijo el ratón y se fue al trotecito.

Los pájaros tenían que aprender a convivir con los gatitos voladores. En realidad, la mayor parte de los pájaros estaba más asustada y furiosa que en peligro, pues volaban mucho mejor que Rogelio, Thelma, Jacinta y Jaime.

Las plumas de los pájaros nunca se enredaban en las ramas de los pinos.

Los pájaros nunca se golpeaban contra los troncos de los árboles y, cuando los perseguían, podían escaparse volando más rápido o con alguna otra pirueta evasiva.

Pero estaban alarmados por sus hijitos y tenían razón. En esa época del año, muchos pájaros tenían huevos en los nidos; cuando se abriera el cascarón de los polluelos, ¿cómo harían los pájaros para salvar a sus pichones de los gatos que volaban y podían posarse en las ramas más finas o entre las hojas más tupidas de los árboles?

 A Lechuza le llevó un tiempo entender eso. Lechuza no piensa rápido. Bien tarde en la primavera, una noche, cuando estaba mirando con cariño a sus dos nuevas lechucitas, vio a Jaime volando cerca, cazando murciélagos. Y pensó lentamente:

—Esto no va...

 Y abrió con suavidad sus grandes alas grises y voló en silencio detrás de Jaime, con las garras abiertas.

Los gatitos voladores habían anidado en un agujero del tronco de un viejo roble, por encima del nivel del coyote y el zorro, un agujero demasiado pequeño para que pudieran entrar los mapaches. Thelma y Jacinta estaban lavándose el cuello y hablando de las aventuras del día cuando oyeron un llantito lastimoso al pie del árbol.

—¡Jaime! —exclamó Jacinta.

Él estaba acurrucado entre los arbustos, todo lastimado, todo sangrante; arrastraba una de las alas por el suelo.

—Fue Lechuza —dijo cuando sus hermanas lo ayudaron a subir despacio por el tronco del árbol hasta el agujero que era su hogar—. Me escapé justo a tiempo. Ella me atrapó pero yo la arañé y tuvo que soltarme durante un momento.

Y justo en ese instante, llegó Rogelio y se metió a tropezones en el nido con los ojos redondos y negros y llenos de miedo.

—¡Me persigue! —exclamó—. ¡Lechuza!

 Todos lavaron las heridas de Jaime hasta que se durmió.

—Ahora sabemos cómo se sienten los pájaros chiquitos —dijo Thelma, con amargura.

—¿Qué va a hacer Jaime? —susurró Jacinta—. ¿Podrá volar de nuevo alguna vez?

—Será mejor que no vuele nunca —dijo una voz suave, grande, del otro lado de la puerta. Lechuza estaba sentada ahí, esperando.

 Los gatitos se miraron unos a otros. No dijeron ni una sola palabra hasta que llegó la mañana.

Apenas salió el sol, Thelma se asomó afuera. Lechuza ya no estaba.

—Pero va a volver esta noche —dijo Thelma.

Desde ese día, tuvieron que cazar de día y esconderse en el nido toda la noche porque Lechuza piensa despacio pero piensa mucho.

Jaime estuvo enfermo muchos días. No podía cazar. Cuando se recuperó, estaba muy flaco y no podía volar mucho porque el ala izquierda le había quedado dura y lastimada.

Nunca se quejaba. Se quedaba sentado horas junto al arroyo, con las alas plegadas, pescando. Los peces tampoco se quejaron. Los peces nunca se quejan.

Una noche a principios del verano, los gatitos estaban todos acurrucados en su agujero, cansados y algo tristes. Una familia de mapaches discutía en voz muy alta en el árbol de al lado. Thelma no había encontrado nada para comer en todo el día, excepto una musaraña que le había provocado una gran indigestión. 

Un coyote le había robado a Rogelio el ratón de campo que había estado a punto de cazar esa tarde. La pesca de Jaime tampoco había sido buena. La Lechuza seguía volando junto a ellos con alas silenciosas, sin decir nada.

Dos mapaches jóvenes del árbol de al lado habían empezado a pelearse y se insultaban y se gritaban. Los otros mapaches continuaron la pelea y chillaron y se arañaron y se dijeron palabras fuertes.

—Me siento otra vez en el viejo callejón —hizo notar Jaime.

 —¿Te acuerdas de los Zapatos? —preguntó Jacinta, con voz soñadora. Estaba bastante regordeta, tal vez porque era tan chiquita. Su hermana y sus hermanos se habían puesto flacos y desprolijos.

—Sí —dijo Jaime—. A mí me corrió un Zapatos una vez.

—¿Te acuerdas de las Manos? —preguntó Rogelio.

—Sí —dijo Thelma—. Una Manos me agarró una vez. Cuando yo era muy chiquita.

—¿Y qué te hizo... la Manos? —preguntó Jacinta.

—Me apretó. Me dolía. Y la Manos gritaba: "¡Alas! ¡Alas! ¡Tiene Alas!", gritaba siempre eso con una voz muy tonta. Y me apretaba.

—¿Y qué hiciste?

—La mordí —dijo Thelma, con cierto orgullo—. La mordí y me soltó y yo corrí otra vez hacia mamá, detrás del volquete. Entonces todavía no sabía volar.

—Yo vi una hoy —dijo Jacinta.

—¿Una qué? ¿Una Manos? ¿Un Zapatos? —dijo Thelma.

—¿Un ser humano? —dijo Jaime.

—¿Un ser humano? —dijo Rogelio.

—Sí —dijo Jacinta—. Y sé que la cosa también me vio a mí.

—¿Te persiguió?

—¿Te pateó?

—¿Te tiró cosas?

—No. Solamente se quedó ahí y me miró volar. Y se le pusieron los ojos redondos, como los nuestros.

 —Mamá decía siempre que si uno encontraba una clase buena de Manos, nunca tendría que cazar de nuevo. Pero si encontraba una mala, sería peor que encontrarse con muchos perros, eso decía —hizo notar Thelma, pensativa.

—Creo que éste es el tipo correcto —dijo Jacinta.

—¿Y cómo lo sabes? —preguntó Rogelio, con una voz que sonaba parecida a la de su madre.

—Porque corrió y volvió con un plato lleno de cena —dijo Jacinta—. Y lo puso en ese tronco cortado grande que hay al borde del campo, el campo donde asustamos a las vacas ese día, ya sabes. Y después se alejó bastante y se quedó ahí, y lo único que hacía era mirarme. Así que yo volé y me comí la cena. Era una cena interesante. Como la que a veces teníamos en el callejón, pero más fresca. Y —agregó Jacinta, que sonaba como su madre—, yo pienso volver ahí mañana y ver qué hay en el tronco.

—Ten cuidado, Jacinta Rayas —dijo Thelma, que sonaba todavía más como su madre.

     Al día siguiente, cuando Jacinta fue al gran tronco cortado al borde del campo de pastoreo de las vacas, en un vuelo muy bajo y muy cuidadoso, encontró un plato de lata con pedacitos de carne y alimento para gatos esperándola. 

    La nena de la granja que estaba más allá de la colina también la esperaba, sentada a unos veinte metros del tronco cortado, muy quieta. Se llamaba Susana Marón y tenía ocho años. Vio cómo Jacinta salía volando del bosque, flotaba como un picaflor gordo sobre el tronco, después se posaba, plegaba las alas con cuidado y comía. Susana Marón retuvo el aliento. Se le pusieron los ojos redondos.

Al día siguiente, cuando Jacinta y Rogelio salieron volando del bosque y revolotearon sobre el tronco cortado con mucha cautela, Susana estaba sentada a unos quince metros y junto a ella estaba su hermano de doce años, Javier, que no le había creído ni una sola palabra ese cuento de los gatos que volaban. Ahora también él tenía los ojos perfectamente redondos y retenía el aliento.

Jacinta y Rogelio bajaron a comer.

—No dijiste que eran dos —susurró Javier en el oído de su hermana.

Jacinta y Rogelio estaban sentados sobre el tronco lamiéndose los bigotes después de comer.

—No dijiste que eran dos —le susurró Rogelio a su hermana.

—¡No sabía! —dijeron las dos hermanas en un susurro—. Ayer había uno. Pero son lindos, ¿no?

 Al día siguiente, Javier y Susana pusieron dos platos de lata sobre el tronco y se sentaron a unos diez pasos, en el pasto, a esperar.

Jacinta vino volando con valentía desde el bosque y aterrizó sobre el tronco. Rogelio la seguía. Después...

—Ah, mira —susurró Susana.

Después, llegó Thelma, que volaba muy despacio, con una expresión de disgusto en la cara. Y al final...

—¡Mira, mira! —susurró Susana.

Al final, llegó Jaime, volando bajo y mal. Aleteó sobre el tronco, aterrizó encima y empezó a comer. Y comió y comió y comió. Hasta le gruñó una vez a Thelma, que inmediatamente se fue al otro plato.

Los dos chicos miraron a los cuatro gatos con alas.

Jacinta, que ya estaba llena, se lavó la cara y miró a los chicos.

Thelma terminó el último pedacito de alimento para gatos, se lavó la mano izquierda y miró a los chicos.

De pronto, levantó vuelo desde el tronco y fue directamente hacia ellos.

Los dos chicos se agacharon cuando la gata les pasó por encima.

Ella dio una vuelta en el aire sobre las dos cabezas y después volvió al tronco.

—Una prueba —explicó a Jacinta, Jaime y Rogelio.

—Si lo hace de nuevo —dijo Javier a Susana—, no la atrapes. Eso la asustaría.

 —¿Crees que soy estúpida? —le siseó Susana.

Se quedaron sentados, muy quietos. Los gatos también se quedaron sentados, no se movían. Las vacas comían pasto muy cerca. El sol brillaba.

—Mish —dijo Susana con una voz suave, aguda—. Mish, miiiisssh, mish, mish, gatito, mishito con alas, gatito con alas, alagato...

Jacinta saltó del tronco al aire, dio una vuelta entera boca abajo por encima de Susana y aterrizó sobre su hombro. Se sentó ahí, se aferró con fuerza y ronroneó en la oreja de Susana.

—Yo nunca, nunca, nunca te voy a atrapar ni ponerte en una jaula ni hacerte nada que tú no quieras que te haga —le dijo Susana a Jacinta—. Te lo prometo. Javier, tú también.

—Rrr —dijo Jacinta.

—Yo también te lo prometo. Y nunca le vamos a contar esto a nadie —dijo Javier casi con ferocidad—. ¡Nunca! Porque... ya sabes cómo es la gente. Si la gente los ve...

—Lo prometo —dijo Susana, y ella y Javier se dieron la mano para sellar la promesa.

Rogelio voló con gracia y aterrizó en el hombro de Javier.

—Rrrr —dijo Rogelio.

—Podrían vivir en el viejo granero —dijo Susana—. Ahí nunca entra nadie. Solamente nosotros. Y está ese palomar cerca del techo, con todos esos agujeros en la pared por donde entraban y salían las palomas.

—Podemos llevar paja ahí arriba y hacerles un buen lugar para dormir.

—Rrrr —dijo Rogelio. 

Con suavidad, con dulzura, Javier levantó la mano y acarició a Rogelio entre las alas.

—Aaah —dijo Jaime, que estaba mirando. Saltó del tronco y fue trotanto hacia los chicos. Se sentó cerca de los zapatos de Susana. Con suavidad, con dulzura, Susana se estiró y acarició a Jaime bajo el mentón y entre las orejas.

—Rrrr —dijo Jaime y babeó un poco el zapato de Susana.

—¡Ah, bueno! —dijo Thelma, que había terminado con lo que quedaba de la carne fría. Se alzó por el aire, voló con gran dignidad, se sentó en la falda de Javier y dijo:

—Rrr, rrr, rrr.

—Ah, Javier —susurró Susana—, tienen las alas tan suaves...

—Ah, Jaime —susurró Jacinta—, tienen las manos tan dulces.

Los que se alejan de Omelas - Úrsula K. Le Guin

Con un clamor de campanas que impulsó a las golondrinas a levantar el vuelo, el Festival del Verano llegaba a la ciudad de Omelas, que descollaba radiante junto al mar. En el puerto, los aparejos de los barcos destellaban con banderas. En las calles, entre las casas de rojos tejados y pintadas tapias, entre los viejos jardines donde crece el musgo y bajo los árboles de las avenidas; frente a los grandes parques y los edificios públicos desfilaba la multitud.   

Decorosos ancianos con largas túnicas rígidas malva y gris;  graves y silenciosos artesanos, alegres mujeres que llevaban a sus hijos y charlaban al caminar. En otras calles, la música sonaba más veloz, un trémulo de batintines y panderetas y la gente iba bailando; la procesión era una danza. Los niños correteaban de una parte a otra y sus gritos se alzaban sobre la música y los cantos como el vuelo cruzado de las golondrinas.   

Todos los desfiles serpenteaban hacia el norte de la ciudad, donde en la gran vega llamada Verdes Campos, chicos y chicas, desnudos en el luminoso aire, con los pies, los tobillos y los largos y ágiles brazos salpicados de lodo ejercitaban a sus inquietos  caballos antes de la carrera. Los caballos no llevaban ningún tipo de pertrecho, sólo un ronzal sin bocado. Las crines trenzadas con cordones de plata, oro y verde. Resoplaban por los dilatados ollares, hacían cabriolas y se engallaban. Al ser el caballo el único animal que había adoptado nuestras ceremonias como propias, se hallaba muy excitado. 

A lo lejos, por el norte y el oeste, las montañas se alzaban sobre la bahía de Omelas casi envolviéndola. El aire de la mañana era tan límpido que la nieve, coronado aún los Ocho Picos, despedía reflejos oro y blanco a través de las millas de aire iluminado por el sol, bajo el azul profundo del cielo.

Soplaba el suficiente viento como  para que  los gallardetes que marcaban el curso de la carrera ondearan y chasquearan de vez en cuando. En el silencio verde de la amplia vega se oía la música que  recorría las calles de la ciudad, y de todas partes y acercándose siempre, una alegre fragancia de aire que de vez en cuando se acumulaba y estallaba con el gozoso repique de las campanas.

¡Gozoso! ¿Cómo se puede explicar el gozo? ¿cómo describir a los habitantes de Omelas?

No eran personas simples, aunque si felices. Pero no pronunciaremos mas palabras de alabanza. Todas las sonrisas se han vuelto arcaicas. Al proceder a una descripción como ésta, uno tiende a hacer ciertas suposiciones, a dar la impresión de que busca un rey montado en un espléndido corcel y rodeado de nobles caballeros, o quizás en una litera dorada conducida por altos y musculosos esclavos. Pero no había rey. No usaban espadas ni poseían esclavos. No eran bárbaros. Desconozco las reglas y leyes de su sociedad pero sospecho que eran singularmente escasas. 

Al igual que se regían sin monarquía ni esclavitud, tampoco  necesitaban la bolsa de valores, la publicidad, la policía secreta y la bomba. Sin embargo, repito que no era un pueblo simple; nada de dulces pastores, nobles salvajes ni blandos utópicos, ni menos complejos que nosotros. El mal estriba en que nosotros poseemos malos hábitos, animados por pedantes y sofisticados empeñados en considerara la felicidad como algo estúpido. 

Sólo el dolor es intelectual. Sólo el mal es interesante. Es la traición del artista: la negativa a admitir la banalidad del mal y el terrible fastidio del dolor. Si no puedes morder no enseñes los dientes. Si duele, vuelve a dar. Pero alabar el desespero es condenar el deleite; aceptar la violencia es perder la libertad para todo lo demás. 

Nosotros casi la hemos perdido; ya no podemos describir la felicidad de un hombre ni manifestar una alegría. ¿Cómo definir al pueblo de Omelas? No eran cándidos ni niños felices - aunque a decir verdad, sus hijos si lo eran - sino adultos maduros, inteligentes, apasionados, cuya vida no era desventurada. ¡Oh milagro!   Mas, ¡ojalá supiera explicarlo mejor y convencerles! Omelas produce la impresión según mis palabras, de un país de un cuento de hadas: érase una vez hace mucho tiempo. 

Quizá fuera mejor que se lo imaginaran según su propia fantasía, teniendo en cuenta que me pondría a la altura de las circunstancias, pues lo que si es cierto es que no puedo armonizar con todos. Por ejemplo, ¿qué pasaba con la tecnología? Creo que no había coches ni helicópteros ni en las calles ni por encima de ellas, como lógica consecuencia de que el pueblo de Omelas era feliz. La felicidad se basa en una justa discriminación de lo que es necesario, de lo que no es ni necesario ni destructivo y de lo que es destructivo. 

Sin embargo, en la categoría intermedia - la de lo innecesario pero no destructivo, la del confort, lujo, exuberancia, etc. -, podían perfectamente poseer calefacción central, ferrocarriles subterráneos, máquinas lavadoras y toda clase de maravillosos ingenios que aún no se han inventado aquí; fuentes luminosas flotantes, poder energético, una cura para los catarros comunes o nada de eso; no importa, como lo prefieran.

Me inclino a pensar que las personas que han estado viniendo a Omelas desde todos los puntos de la costa durante estos últimos días antes del Festival, lo hicieron en pequeños trenes muy rápidos y en tranvías de dos pisos, y que la estación de ferrocarriles de Omelas es el edificio más bello de la ciudad, aunque más sencillo que el magnífico Mercado Agrícola. 

Pero aún, concediendo que hubiera trenes, temo que, hasta ahora, Omelas produzca en algunos de mis lectores la impresión de una ciudad gazmoña y cursilona. Sonrisas, campanas, desfiles caballos, garambainas. En tal caso, agreguen una orgía. Si les sirve una orgía no vacilen. No obstante, no le pongamos templo que, con hermosos sacerdotes y sacerdotisas desnudos, casi en éxtasis, se hallen dispuestos a copular con quien sea, hombre o mujer, amante o extraño, por el deseo de unión con la profunda divinidad de la sangre, aunque ésa fue mi primera idea. 

Pero sería mejor no levantar templos en Omelas, por lo menos templos habitados. Religión, sí. Clero, no. Por supuesto, los hermosos desnudos pueden deambular ofreciéndose como divinos suflés al hambriento del éxtasis de la carne. Que se incorporen a los desfiles. Que repiquen las panderetas sobre las cópulas y la gloria del deseo se proclame sobre los batintines y (un punto muy importante) que los vástagos de esos deliciosos rituales sean amados y atendidos por todos.  

Sé que en Omelas hay algo que nadie considera delito. Pero, ¿Que puede ser? Al principio pensé si no serían las drogas, pero eso es puritanismo. Para los que les gusta, la tenue y persistente fragancia del drooz perfuma las calles de la ciudad; el drooz, que al principio otorga una gran lucidez mental y fuerza a los miembros, y finalmente maravillosas visiones con las que penetras en los misterios y secretos más profundos del universo a la vez que excita el placer del sexo hasta lo indecible; y no crea hábito.   

En cuanto a los gustos más modestos, creo que debería ser la cerveza. ¿Qué otra cosa incumbe a la jubilosa ciudad? Sin dudad, la sensación de la victoria, la evocación del valor. Sin embargo, si suprimimos al clero, procedamos igual con los soldados. El júbilo que se erige sobre crímenes impunes no es verdadero júbilo; nunca lo será; es horrendo e inútil. Una satisfacción ilimitada y generosa, un magnífico triunfo que se experimenta no contra un enemigo de fuera, sino por la comunión de las almas más delicadas y hermosas de todos los hombres y el esplendor del verano del mundo es lo que inunda el corazón de los habitantes de Omelas y la victoria que celebran es la de la vida. En realidad, no creo que necesiten drogarse.

Casi todos los desfiles habían llegado ya a los Verdes Campos. Un delicioso aroma de manjares surge de las tiendas rojas y azules de los abastecedores. Las caras de los niños pequeños están llenas de graciosos pringues; en la afable barba gris de un hombre, se han enredado unas cuantas migas de un rico pastel. 

Los muchachos y muchachas han montado en sus caballos y comienzan a agruparse en la línea de salida. Una anciana, pequeña, gorda y sonriente, distribuye flores que saca de una cesta y un joven alto las prende en su cabello. Un niño de nueve o diez años se sienta al borde de la multitud, solo, jugando con una flauta de madera. La gente se detienes a escuchar y sonríe, pero no le hablan pues nunca deja de tocar ni tampoco los ve; sus ojos negros están totalmente absortos en la dulce y tenue magia de la melodía.

Termina y lentamente alza las manos sosteniendo la flauta de madera.

Como si ese breve y reservado silencio fuese una señal, se oye de pronto el toque de una corneta que surge del pabellón junto a la línea de partida: imperioso, melancólico, penetrante. Los caballos se alzan sobre sus esbeltas patas traseras y algunos relinchan como respuesta. Con semblante  sereno, los jóvenes jinetes acarician el cuello de sus monturas y las calman susurrando: <<Tranquilo, tranquilo, no te preocupes, todo saldrá bien, mi beldad, mi ilusión…>>  Ocupan sus puestos en la línea de salida. A lo largo de la pista, los espectadores son como un campo de hierba y flores al viento. El Festival de Verano ha comenzado.

¿Lo creen? ¿Aceptan el festival, la ciudad, la alegría? ¿No? Entonces, permítanme que lo describa una vez más.

En el subsuelo de uno de los hermosos edificios públicos de Omelas, o tal vez en el sótano de una de sus espaciosas casas particulares hay un lóbrego cuartucho. Tiene una puerta cerrada con llave y carece de ventanas. Una tenue luz se filtra polvorienta entre las rendijas de la carcomida madera y que procede de un ventanuco cubierto de telarañas de algún lugar del otro lado del sótano.   

En un ángulo del cuchitril un par de fregonas, con las bayetas tiesas, pestilentes, llenas de grumos, están junto a un balde oxidado. El suelo está sucio, pegajoso como es habitual en un sótano abandonado. El cuarto tiene tres pies de largo por dos de ancho: un simple armario para guardar las escobas y los enseres en desuso. 

En el cuarto hay un niño sentado. Podría ser un niño o una niña. Aparenta unos seis años pero en realidad tiene casi diez. Es retrasado mental. Tal vez nació anormal o se ha vuelto imbécil por el miedo, la desnutrición y el abandono.  Se hurga la nariz y de vez en cuando se manoseo los dedos de los pies o los genitales mientras se sienta encorvado en el rincón más alejado del balde y de las bayetas. Les tiene miedo. Las encuentra horribles. Cierra los ojos pero sabe que las fregonas siguen ahí, erguidas, y la puerta esta cerrada y nadie acudirá. 

La puerta siempre esta cerrada y nunca viene nadie salvo en ciertas ocasiones - la criatura no tiene noción del tiempo y los intervalos - en que la puerta cruje espantosamente, se abre y asoma una o varías personas. Entra una sola y de un puntapié  le obliga a levantarse. Los otros jamás se le acercan sino que lo observan con ojos de horror y asco. La escudilla de comida y el jarro de agua se llenan rápidamente, se cierra la puerta, los ojos desaparecen.

La gente que está en la puerta nunca habla pero  el niño, que no siempre ha vivido en el cuarto de los trastos y recuerda la luz del sol y la voz de su madre, a veces habla: <<Por favor, sáquenme de aquí. Seré bueno.>> Jamás le responden. Por las noches el niño gritaba pidiendo auxilio, gritaba muchísimo, pero ahora se limita a un débil quejido y cada vez habla menos. 

Está tan flaco que las piernas carecen de pantorrillas y tiene el vientre hinchado; solo se alimenta una vez al día con media escudilla de gachas con sebo. Va desnudo. Las nalgas y muslos son una masa de dolorosas llagas pues continuamente está sentado sobre su propio excremento.

Todos saben que existe, todo el pueblo de Omelas. Algunos han ido a verlo, otros se  contentan únicamente con saber que está allí. Todos saben que tiene que estar. Algunos comprenden la razón, otros no pero ninguno ignora que su felicidad, la belleza de su pueblo, la ternura de sus amigos, la salud de sus hijos, la sabiduría de sus becarios, la habilidad de sus artesanos, incluso la abundancia de sus cosechas o el esplendor de su cielo dependen por completo de la abominable miseria de ese niño.

Se lo explican a los niños de ocho a diez años, siempre que estén capacitados para comprender, y casi todos los que van a verle son adolescentes, aunque con cierta frecuencia también un adulto acude y vuelve para ver al niño. Por muy bien que se lo expliquen, al verlo experimentan un asco que habían creído superar. 

A pesar de todas las explicaciones se les advierte furiosos, ultrajados, impotentes. Quisieran hacer algo por el niño, pero todo es inútil. ¡Qué hermoso sería si sacaran al sol a esa criatura, la limpiaran, le dieran de comer, la cuidasen. ¡Pero si alguien lo hiciera, ese día y a esa hora, toda la prosperidad, la belleza y la dicha de Omelas quedarían destruidas.

Esas son las condiciones. Cambiar todo el bienestar y la armonía de cada vida de Omelas por esa sola y pequeña rehabilitación: acabar con la felicidad de millares a cambio de la posibilidad de hacer feliz a uno: pero eso sería, por supuesto, reconocer la culpa, admitir el delito.

Las condiciones son estrictas y terminantes; no debe dirigirse al niño una sola palabra amable.

A veces los jóvenes regresan a sus casas llorando o con una furia sin lágrimas cuando han vista al niño y se han enfrentado a esa terrible paradoja. Tal vez meditan sobre ello, semanas y años, pero a medida que transcurre el tiempo comienzan a darse cuenta de que aunque soltaran al niño, de poco le serviría su libertad; sin duda, una ligera, vaga satisfacción por el cuidado humano y el alimento, pero muy poco mas. 

Se halla demasiado degradado e imbécil para comprender la auténtica felicidad. Ha estado asustado demasiado tiempo para librarse del miedo. Sus costumbres son demasiado zafias e inciviles para que responda al trato humano. En efecto, después de tanto tiempo probablemente se sentiría  infortunado sin los muros que lo protegen, sin la oscuridad para sus ojos, sin el propio excremento para sentarse.

Sus lágrimas, ante la amarga injusticia, secan cuando empiezan a percibir la terrible justicia de la realidad y acaban aceptándola. Sin embargo, tal vez sus lágrimas y su rabia, el intento de su generosidad y la aceptación de su propia impotencia son la verdadera causa del esplendor de sus vidas. Su felicidad no es vacua e irresponsable. Saben que ellos, como el niño, no son libres. Conocen la compasión. 

La existencia del niño y el conocimiento de esa existencia hacen posible la elegancia de su arquitectura, el patetismo de su música, la profundidad de su ciencia. A causa del niño son tan amables con los niños. Saben que si ese desdichado no lloriquease en la oscuridad, el otro, el flautista, no tocaría esa alegre música mientras los jóvenes jinetes se ponen en filas sobre sus beldades para la carrera que se celebra la primera mañana de estío.

¿Que piensan ahora de ellos?   ¿No son más dignos de crédito? Pero todavía tengo algo más que contarles, y esto es totalmente increíble.

A veces, un adolescente, chico o chica que va a ver al niño, no regresa a su casa para llorar o enfurecerse, no , en realidad no vuelve más a su hogar. Otras, un hombre o mujer de mas edad cae en un mutismo absoluto durante unos días.  Bajan a la calle, caminan solos y cruzan sin vacilar las hermosas puertas de Omelas. 

Siguen andando por las tierras de labrantío. Cada uno va solo, chico o chica, hombre o mujer. Anochece; el caminante pasa por las calles de la ciudad, ante las casas de ventanas iluminadas, y penetra en la oscuridad de los campos. Siempre solos, se dirigen al Oeste o al Norte, hacia las montañas. Prosiguen. Abandonan Omelas, siempre adelante, y no vuelven. 

El lugar adonde van es aún menos imaginable para nosotros que la ciudad de la felicidad. No puedo describirlo, en absoluto. Es posible que no exista. Pero parece que saben muy bien adónde se dirigen los que se alejan de Omelas.

La caja en la obscuridad - Úrsula K. Le Guin

Un niño pequeño caminaba por la arena suave de la orilla del mar sin dejar huellas. Las gaviotas chillaban en el cielo luminoso y sin Sol, las truchas saltaban en el océano sin sal. 

En el horizonte lejano apareció por un momento la serpiente marina, formando siete arcos enormes, y luego, con un bramido, se sumergió. El niño silbó, pero la serpiente marina, ocupada en la caza de ballenas, no volvió a emerger. 

Caminó sin echar sombra ni dejar huellas sobre la arena extendida entre los acantilados y el mar, frente al que se erguía un promontorio con césped sobre el que una choza se sostenía sobre sus cuatro patas. Mientras subía por un sendero al acantilado, la choza brincó y se frotó las patas delanteras como lo hubiese hecho un abogado o una mosca; pero las manecillas del reloj que había en su interior no se movieron nunca.

–¿Qué es lo que llevas allí, Dick? –le preguntó su madre mientras agregaba perejil y una pizca de pimienta en el guiso de conejo que hervía en un alambique.

–Una caja, mamá.

–¿Dónde la encontraste?

El familiar de mamá saltó desde las vigas adornadas por guirnaldas de cebolla, y mientras le rodeaba el cuello como una piel de zorro dijo:

–En la orilla del mar.

–Sí... –asintió Dick–. El mar la rechazó.

El familiar ronroneó y no dijo nada.

–¿Y qué tiene dentro? –la bruja se volvió para mirar la cara redonda de su hijo–. ¿Qué tiene dentro? –repitió.

–Obscuridad.

–¿Sí? Déjame ver –cuando se inclinó para mirar, el familiar, sin dejar de ronronear, cerró los ojos; el niño apretó la caja contra el pecho y levantó muy cuidadosamente la tapa apenas un par de centímetros–. Tienes razón –dijo su madre–. Ahora guárdala, no permitas que ande rodando por allí. Me pregunto qué habrá sido de la llave. Ve a lavarte las manos. ¡Mesa, ponte!

Y mientras el niño maniobraba la pesada bomba de agua del patio y se mojaba la cara y las manos, la choza resonaba con el estruendo de los platos y cubiertos que hacían su aparición. Después de la comida, mientras mamá dormía su siesta matutina, Dick cogió del estante de los tesoros la caja blanqueada por el agua e incrustada de arena y se fue con ella por las dunas, lejos del mar. El familiar negro iba pegado a sus talones y trotaba pacientemente por la arena y el césped áspero; era su única sombra.

 

En la cúspide del desfiladero el príncipe Rikard se volvió sobre la silla de montar para contemplar, más allá de los pendones y penachos de su ejército, más allá del largo camino descendente, los muros fortificados de la ciudad de su padre. Bajo el cielo sin Sol, resplandecía débilmente en la planicie, tan frágil y sin sombra como una perla. Al verla, supo que nunca podría ser tomada, y su corazón cantó de orgullo. Dio a sus capitanes la orden de marcha ligera y espoleó su caballo, que se encabritó y salió a galope mientras el grifo planeaba y chillaba en lo alto. 

Atormentaba al caballo blanco lanzándose hacia él en picado abriendo y cerrando el pico y elevándose justo a tiempo; el caballo, que no llevaba freno, amagaba furiosas dentelladas a la cola escamosa o se erguía intentando golpearla con sus cascos de plata. El grifo cacareaba y rugía, volaba sobre las dunas y luego, con un chillido, recomenzaba el juego. Rikard, temiendo que se cansase antes de la batalla, acabó por atraillarlo, y entonces el animal voló serenamente a su lado, ronroneando y gorjeando.

El mar se extendía por delante de él; en algún lugar allende los acantilados se escondían las tropas enemigas que acaudillaba su hermano. El camino descendía sinuoso, la arena cada vez más blanda; el mar, ya a la derecha ya a la izquierda, aparecía más y más cercano. El camino terminaba bruscamente; el caballo saltó los tres metros de la pendiente y siguió galopando por la playa. Al salir de las dunas, Rikard vio una larga fila de hombres en la playa, y detrás, tres naves de negra proa. 

Sus hombres venían saltando la pendiente, pululaban en las dunas; las banderas azules flameaban en el viento marino, las voces sonaban débiles por el ruido del mar. Sin parlamentar ni advertirse mutuamente, ambos ejércitos se encontraron, espada contra espada, hombre contra hombre. 

El grifo se remontó con un estridente chillido, y al hacerlo arrancó la traílla de la mano de Rikard; luego, con el pico y las garras extendidos como los de un halcón, se lanzó sobre un hombre alto de gris, el jefe enemigo. Pero la espada del hombre alto ya estaba fuera de la vaina. Y mientras el pico de acero mordió el hombro tratando de llegar a la garganta, la espada de acero punzó arriba y abajo y tajeó la barriga del grifo, que se dobló en el aire, volteó con un golpe de su gran ala al hombre, cayó gritando y ennegreció la arena con su sangre. 

El hombre se levantó tambaleándose y le cortó la cabeza y las alas, y medio enceguecido por la sangre y la arena, se volvió en el preciso instante en que Rikard le caía encima. Sin pronunciar palabra, levantó la espada humeante para rechazar el ataque. Trató de herir las patas del caballo, pero le era imposible porque el animal retrocedía y se encabritaba y lo embestía, mientras que la espada de Rikard lo atacaba desde arriba. 

El hombre alto levantó la espada una vez más, arremetió y recibió en pleno rostro el zumbante tajo del arma de su hermano. Se desplomó en silencio. Sobre su cuerpo cayó una llovizna de la arena marrón desprendida de los cascos del caballo cuando Rikard lo espoleó y dirigió al centro de la lucha. 

Los atacantes pelearon tenazmente pero cada vez había menos de ellos, y los pocos que quedaban iban siendo obligados a retroceder paso a paso hacia el mar. Cuando sólo quedaba un grupo de más o menos veinte, se rindieron y corrieron hacia sus barcos con desesperación, los empujaron en el agua, se encaramaron en ellos. 

Rikard gritó a sus hombres. Se le acercaron por la arena, a través de cadáveres cortajeados. Los malheridos trataron de arrastrarse hacia él sobre sus manos y rodillas. Todos los que podían caminar se reunieron en fila en una hondonada detrás de la duna donde se erguía Rikard. A sus espaldas, los tres barcos negros descansaban inmóviles en alta mar.

Rikard se sentó a solas entre el áspero césped de la cima de la duna. Inclinó la cabeza y se cubrió el rostro con las manos. Cerca estaba el caballo blanco, inmóvil como un caballo de piedra. Por debajo estaban sus hombres, en silencio. Detrás, en la playa, cercano al cuerpo del grifo, yacía el hombre alto con el rostro cubierto de sangre y los demás muertos descansaban contemplando el cielo donde no brillaba ningún Sol. 

Sopló una ráfaga de viento. Rikard levantó el rostro; aunque joven, era torvo e inflexible. Hizo una señal a sus capitanes, subió de un salto a su montura y regresó al trote hacia la ciudad a través de las dunas, sin esperar a ver cómo las naves negras se dirigían hacia la playa donde las abordarían sus soldados, o cómo sus propios hombres formaban fila y marchaban a sus espaldas. 

Cuando el grifo planeó y chilló en las alturas, levantó el brazo y frunció el ceño ante la gran criatura que trataba de posarse en su muñeca enguantada y que agitaba las alas y chillaba como un gato.

–¡Grifo inútil –le dijo–, gallina, vete a tu gallinero!

El monstruo gritó al ser insultado y flotó en dirección este hacia la ciudad. Detrás del príncipe, su ejército serpenteaba, atravesando las colinas sin dejar huella. Las naves negras, con las velas desplegadas, se destacaban claramente en el mar. En la proa de la primera se erguía un hombre alto, malcarado, de gris.

Rikard tomó un camino más fácil, y no pasó muy lejos de la choza de cuatro patas que se alzaba en el promontorio. La bruja, de pie en el umbral, lo saludó. Galopó a encontrarla, frenó ante el portón del pequeño patio y la miró. Era obscura y brillante como el carbón, sus cabellos negros se agitaban al viento marino. Ella lo contempló, armado de blanco sobre un caballo blanco.

–Príncipe –le dijo–, otra vez irás a pelear más de lo prudente...

Rikard se rió.

–¿Qué iba a hacer? ¿Permitir que mi hermano acosara la ciudad?

–Sí. Permíteselo. Ningún hombre puede tomar la ciudad.

–Lo sé. Pero mi padre el rey lo ha desterrado, no debe siquiera pisar nuestras costas. Soy soldado de mi padre y lucho cuando me lo ordena.

La bruja miró el mar y luego, de nuevo al joven príncipe; su rostro obscuro se afiló, nariz y mentón se hicieron puntiagudos como los de una vieja, los ojos relampagueantes.

–Sirve y sé servido –dijo–, gobierna y sé gobernado. Tu hermano no eligió ni servir ni gobernar... Escucha, príncipe: cuídate –el rostro joven volvió a ser cálido y bello–. Esta mañana el mar trae regalos, el viento sopla, los cristales se rompen. Cuídate.

Rikard se inclinó solemnemente, agradeciendo. Hizo girar su cabalgadura y alejarse, blanca como una gaviota sobre la suave curva de las dunas.

La bruja regresó a su choza mirando aquí y allá los rincones de su única habitación para comprobar si todo estaba en su sitio: murciélagos, cebollas, calderos, alfombras, escoba, esteliones, bolas de cristal (trizadas), la delgada luna creciente colgaba de la chimenea, los Libros, el familiar... Volvió a mirar, luego salió de la choza y llamó:

–¡Dick! –el viento del oeste estaba soplando frío y hacía que la gruesa hierba se doblara–. ¡Dick...! ¡Minino, minino, minino! –pero el viento le arrebató la voz, la desgarró en pedazos y la alejó con un soplido; chasqueó con los dedos y la escoba apareció volando en la puerta, horizontal y a setenta centímetros del suelo mientras la choza temblaba y saltaba de nervios–. ¡Ciérrate! –la puerta se cerró obedientemente al sonido de un nuevo chasquido; la bruja montó en la escoba y despegó con un largo planeo sobre la playa, rumbo al sur; de vez en cuando gritaba–: ¡Dick...! ¡Aquí, minino minino minino!

El joven príncipe caminaba en grupo con sus hombres. Cuando llegaron al desfiladero y pudo ver a sus pies la ciudad en la planicie, sintió que tironeaban de su capa.

–Príncipe...

Un niño pequeño, tan pequeño que aún era gordo y mofletudo, lo miraba asustado mientras sostenía una caja estropeada y arenosa. Un gato sonriente se había sentado a su lado.

–El mar ha traído esto... Es para el príncipe del lugar –explicó el niño–, sé que lo es... Por favor, ¡ténlo!

–¿Qué tiene dentro?

–Obscuridad, señor.

Rikard cogió la caja y tras una ligera vacilación la abrió un poco, sólo una rendija.

–Dentro está pintada de negro –dijo el príncipe con un gesto adusto.

–No, príncipe, de verdad que no. ¡Ábrela más!

Con cuidado, Rikard levantó cinco centímetros más y espió, luego cerró rápidamente mientras el niño decía:

–No permitas que el viento la esparza, príncipe.

–Se la llevaré al rey.

–Pero es para ti, señor...

–Todos los regalos del mar pertenecen al rey. Pero te lo agradezco, niño –se miraron un momento, el niño pequeño y redondo y el joven recio y espléndido; luego Rikard se volvió y continuó su camino, mientras Dick, silencioso e inconsolable, vagaba por las colinas.

La voz de la madre se oyó muy lejana en el sur. El niño trató de responder, pero el viento dirigía su grito a la Tierra. El familiar no estaba allí.

 

Las puertas de bronce de la ciudad giraron sobre sus goznes y se abrieron ante el ejército que se aproximaba. Los mastines ladraron, los guardianes presentaron armas, la gente se inclinó cuando Rikard pasó galopando con estruendo por las calles de mármol que conducían al palacio. 

Al entrar, dirigió una mirada al gran reloj de bronce del campanario, la más alta de las nueve torres blancas del palacio. Las manecillas inmóviles indicaban que faltaban diez minutos para las diez.

El rey lo esperaba en la Sala de Audiencia; era un hombre coronado de acero, de cabellos grises y aspecto feroz, que apretaba entre los puños las cabezas de las dos quimeras que formaban los brazos del trono. Rikard se arrodilló y narró el éxito de su incursión con la cabeza inclinada y sin levantar la mirada ni una sola vez.

–El Desterrado murió junto a la mayor parte de sus hombres; el resto huyó en las naves.

La voz que le respondió era cual una puerta de acero que gira sobre bisagras nuevas.

–Bien hecho, príncipe.

–Te traigo un regalo del mar, Señor –siempre con la cabeza inclinada, Rikard alzó la caja de madera.

–Esto me pertenece –dijo el anciano rey con tanta brusquedad que Rikard levantó la mirada por un segundo para ver los dientes desnudos de las quimeras y los ojos relampagueantes del rey.

–Por eso mismo te lo he traído, Señor.

–¡Esto me pertenece...! ¡Yo se lo di al mar, yo con mis propias manos! Y el mar escupe mi regalo –un largo silencio; el rey habló luego con más suavidad–. Bien, guárdatelo, príncipe. El mar no lo quiere, yo tampoco. Está en tus manos. Guárdala, bien cerrada. ¡Guárdala bien cerrada, príncipe!

Rikard, siempre arrodillado, se inclinó aún más en demostración de gratitud y consentimiento, luego se levantó y retrocedió de espaldas a través de la larga sala sin alzar la cabeza. 

Cuando volvió a entrar en la antesala resplandeciente, los nobles y los oficiales se reunieron a su alrededor para preguntarle sobre la batalla, reír, beber y charlar como de costumbre. Pasó entre ellos sin mirarlos ni hablarles y se retiró a solas a sus aposentos privados, llevando con cuidado la caja entre las manos. 

Cada una de las paredes de su habitación luminosa y carente de sombras y ventanas estaba decorada con estucos de oro incrustado de topacios, ópalos, cristales y la más brillante de todas las joyas: velas encendidas, inmóviles en sus candelabros dorados. 

Colocó la caja sobre una mesa de vidrio, arrojó su capa, se desembarazó del cinturón en el que colgaba su espada, y se sentó suspirando. El grifo apareció en el dormitorio al galope, raspando el suelo de mosaico con las garras, apoyó la cabeza sobre las rodillas del príncipe a la espera de que le rascase la crin plumosa. También un gato negro y bruñido rondaba por la habitación; Rikard no le prestó atención. 

El palacio estaba repleto de animales: gatos, lebreles, simios, ardillas, cachorros de hipogrifo, ratones blancos, tigres... Todas las damas tenían su unicornio, todos los cortesanos su docena de mascotas. 

El príncipe sólo poseía una: el grifo que siempre luchaba por él, su único amigo indiscutible. Mientras rascaba la crin del animal, a menudo bajaba la vista para encontrarse con la mirada dorada y amorosa de sus ojos redondos, que también se dirigían de vez en cuando a la caja que descansaba sobre la mesa. No había llave para cerrarla.

Desde una habitación lejana llegaba una música suave, un entrelazamiento continuo de notas semejante al rumor de una fuente.

Rikard se volvió para mirar el reloj que descansaba sobre la repisa de la chimenea, una ornamentada pieza enmarcada de oro y esmalte azul. Faltaban diez minutos para las diez: la hora de levantarse y ceñirse la espada, llamar a sus hombres e ir a la batalla. 

El Desterrado volvía, decidido a tomar la ciudad y reclamar su derecho al trono, su herencia; había que obligar a sus negras naves a retirarse al mar. Los hermanos debían pelear, y uno debía morir, y la ciudad, salvarse. Rikard se levantó y el grifo saltó de inmediato, azotando el aire con su cola, preparado para la lucha.

–Está bien, vamos –dijo Rikard; su voz era fría.

Cogió la espada en la vaina incrustada de perlas y se la enhebilló, y el grifo gimoteó de excitación y frotó el pico contra la mano de su amo, que no le correspondió, triste y cansado como estaba. Y anhelante, de... ¿qué? De escuchar la música que había cesado, hablar una vez con su hermano antes de luchar... No, no lo sabía. Heredero y defensor, debía obedecer. 

Se colocó en la cabeza el casco de plata y se volvió para recoger su capa, arrojada sobre una silla. La vaina perlada que colgaba de su cinturón golpeó algo detrás de él; se volvió y vio la caja, que yacía abierta en el suelo. Se agachó y la recogió, y la obscuridad le cubrió las manos.

El grifo retrocedió con un gemido. Alto y cubierto por su armadura blanca, los cabellos rubios, coronado de plata en la habitación resplandeciente y sin sombras, Rikard sostenía la caja abierta y contemplaba la densa obscuridad que se escurría del interior. El cuerpo, las manos, se cubrían de ella. Permaneció quieto. Luego levantó la caja con lentitud, por encima de su cabeza, y la dio vuelta.

La obscuridad se derramó sobre el rostro de Rikard, quien miró en torno pues la música lejana se había detenido y todo estaba en completo silencio. Las velas ardían, y ocasionales motas de luz ponían manchas doradas y reflejos violetas en el cielorraso y en las paredes. Pero todos los rincones estaban obscuros, detrás de cada silla acechaba la obscuridad, y cuando Rikard volvió la cabeza su sombra saltó a lo largo de la pared. 

Entonces se movió con rapidez y se le cayó la caja; en uno de los rincones negros había visto el resplandor rojizo de dos grandes ojos... El grifo, por supuesto. Rikard extendió la mano y le habló. El animal no se movió, pero emitió un extraño chillido metálico.

–¡Vamos! ¿Estás asustado en la obscuridad? –le dijo, y de pronto el mismo Rikard se asustó; desenvainó la espada, nada se movió.

Retrocedió un paso hacia la puerta, y el monstruo saltó.

Rikard vio las alas negras contra el cielorraso, el pico de acero, las garras; la mole le cayó encima antes de haber podido lanzarle una estocada. Forcejeó mientras el gran pico le mordía el cuello y las garras laceraban los brazos y el pecho; forcejeó hasta que pudo liberar el brazo que sostenía la espada y así comenzar a cortar, retirar el arma y volver a cortar... el segundo golpe partió a medias el pescuezo del grifo, que cayó en contorsiones en las sombras entre astillas de vidrio. Por último, yació inmóvil.

La espada de Rikard cayó al suelo con estruendo. Tenía las manos pegajosas por su propia sangre y apenas podía ver; el aleteo del grifo había apagado o volteado todas las velas menos una. A tientas buscó una silla y se sentó. Al cabo de un minuto hizo lo que había hecho en la duna después de la batalla: inclinó la cabeza –la respiración entrecortada– y escondió el rostro entre las manos. Reinaba un completo silencio.

La única vela vaciló en su candelabro, reflejada débilmente en un ramillete de topacios que adornaba la pared. Rikard levantó la cabeza.

El grifo yacía inmóvil; su sangre formaba un charco negro como la primera obscuridad derramada fuera de la caja. El pico de acero estaba abierto, los ojos también, como dos piedras rojas.

–Está muerto –dijo una vocecilla suave, y el gato de la bruja se aproximó, evitando cuidadosamente los fragmentos de la destrozada mesa–. De una vez por todas, ¡escucha, príncipe! –el gato se sentó y enroscó pulcramente el rabo en sus patas.

Rikard permaneció inmóvil, sin expresión, hasta que un repentino sonido lo sobresaltó; un ligero y cercano ¡ting! En lo alto de la torre estaba sonando una campanada sorda y colosal que retumbó en la piedra del suelo, en sus oídos, en su sangre. Los relojes estaban dando las diez.

Alguien aporreó la puerta, y los corredores del palacio devolvieron el eco de gritos mezclado con las últimas y estruendosas campanadas, chillidos de animales asustados, voces, órdenes.

–Llegarás tarde a la batalla, príncipe –dijo el gato.

Rikard buscó su espada a tientas entre sombras y sangre, la envainó, se cubrió con la capa y se dirigió a la puerta.

–Hoy habrá tarde –dijo el gato–, y crepúsculo, y caerá la noche. Entonces uno de vosotros regresará a la ciudad, tú o tu hermano. Pero solamente uno de vosotros, príncipe.

Rikard estaba callado. Preguntó:

–¿Brilla ahora el sol, fuera?

–Sí, está brillando.

–Bueno, entonces vale la pena –dijo el joven, que avanzó hacia el tumulto y el pánico de los salones soleados, con su sombra pegada tras él.