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La patrona - Roald Dahl

Billy Weaver viajó desde Londres en el tren correo, hizo un cambio en Reading y cuando llegó a Bath eran casi las nueve de la noche y la luna estaba saliendo en un cielo lleno de estrellas sobre las casas situadas frente a la entrada de la estación. Pero el aire era terriblemente frío y el viento parecía una hoja de hielo sobre sus mejillas.

—Perdóneme —dijo—, ¿existe por aquí algún hotel barato que no esté muy lejos?

—Intente en La Campana y el Dragón —contestó el mozo de estación—. Puede que le acepten. Sólo está a unos cientos de metros siguiendo esa calle, al otro lado.

Billy dio las gracias, cogió su maleta y se dispuso a andar los cientos de metros que le separaban de La Campana y el Dragón. Nunca había estado antes en Bath. No conocía a nadie allí. Pero míster Greenslade, de la oficina central en Londres, le había dicho que se trataba de una ciudad espléndida.

—Encuentra tu propio alojamiento —le había dicho—. Después, en cuanto te hayas instalado, te presentas al director de la sucursal.

Billy tenía diecisiete años. Llevaba un abrigo de color azul marino, un sombrero nuevo, flexible y marrón, y un traje nuevo, también de color marrón. Se sentía muy bien. Echó a andar con energía por la calle. Durante aquellos días estaba tratando de hacerlo todo con energía.

Había llegado a la conclusión de que la energía era la única característica común de todos los hombres de negocios con éxito. Los grandes jefes de la oficina central eran absoluta y fantásticamente enérgicos en todo momento. Eran personas asombrosas.

No había tiendas en esta amplia calle que ahora estaba recorriendo. Sólo una línea de casas altas a cada lado, todas ellas idénticas. Tenían porches y columnas y cuatro o cinco escalones que conducían a sus puertas de entrada; era evidente que, en algún otro tiempo, habían sido residencias ostentosas.

Pero ahora, incluso en la oscuridad, podía ver que la pintura de la madera de las puertas y ventanas estaba toda desconchada, y que las elegantes fachadas blancas estaban resquebrajadas y llenas de manchas, como consecuencia del descuido.

De pronto, en una ventana baja brillantemente iluminada por un farón, no más lejos de cinco metros, Billy vio un cartel impreso pegado contra el cristal de uno de los paneles superiores. Decía CAMA Y DESAYUNO. Justo debajo de la nota había un florero alto y bonito, lleno de crisantemos amarillos.

Se detuvo. Se acercó un poco más. En el interior, y a ambas partes de la ventana, colgaban unas cortinas verdes de algún tipo de tela aterciopelada. Los crisantemos tenían un aspecto maravilloso a su lado. Se dirigió directamente hacia la ventana y, a través del cristal, echó un vistazo al interior de la habitación; lo primero que vio fue un gran fuego encendido en la chimenea. Sobre la alfombra que había frente al fuego vio un pequeño y bonito perro tejonero, acurrucado y dormido, con la nariz escondida en el cuerpo.

Por lo que podía ver en la semioscuridad, la habitación estaba llena de agradables muebles. Había un piano, un gran sofá y algunos pesados sillones; en una de las esquinas, alcanzó a ver un gran papagayo, metido en una jaula. Billy se dijo a sí mismo que, en un lugar como este, los animales eran un buen signo. Después de todo, aquello tenía aspecto de ser una casa agradable y decente en la que poder quedarse. Sin duda alguna, sería mucho más cómoda que La Campana y el Dragón.

Por otra parte, una casa de huéspedes sería mucho más agradable que una pensión. Habría cerveza y juegos por las noches, una buena cantidad de gente con la que poder conversar y, probablemente, también resultaría más barata. En cierta ocasión, había pasado un par de días en una casa de huéspedes y le agradó.

Nunca había estado viviendo en una pensión y, en el fondo, sentía un ligero temor hacia ellas. El mismo nombre conjuraba en su mente imágenes de coles aguadas, patronas rapaces y un poderoso olor de arenques ahumados en la sala de estar.

Después de vacilar y pensar en todo esto durante dos o tres minutos, expuesto al frío de la noche, Billy decidió seguir andando, y dar un vistazo a La Campana y el Dragón antes de tomar una decisión. Así pues, se volvió dispuesto a marcharse.

Entonces, le sucedió algo extraño. Estaba a punto de darse la vuelta y apartarse de la ventana cuando, de repente, su vista se fijó, sintiéndose atraído de un modo muy peculiar, por la pequeña nota pegada a la ventana. CAMA Y DESAYUNO, decía. CAMA Y DESAYUNO, CAMA Y DESAYUNO, CAMA Y DESAYUNO.

Cada una de las palabras era como un gran ojo negro que le observaba a través del cristal, reteniéndole, imponiéndose a él, forzándole a permanecer donde estaba y a no separarse de aquella casa. Después, sólo se dio cuenta de que se estaba moviendo, apartándose de la ventana, para dirigirse hacia la puerta de entrada de la casa, subiendo los escalones que conducían a ella y extendiendo su mano hacia el timbre.

Apretó el timbre. Algo alejado, en una habitación trasera, escuchó su sonido, y entonces inmediatamente —debió haber sido inmediatamente porque ni siquiera le dio tiempo a apartar el dedo del timbre— se abrió la puerta y una mujer apareció en ella.

Normalmente, uno toca el timbre y suele tener que esperar medio minuto antes de que se abra la puerta. Pero esta dama era como un resorte. Apretó el botón... ¡y allí apareció ella! Aquello le dio un buen susto.

Era una mujer de cuarenta y cinco o cincuenta años, y en cuanto le vio le ofreció una cálida sonrisa de bienvenida.

—Entre, por favor —le dijo, agradablemente.

Ella se apartó un poco hacia atrás, manteniendo muy abierta la puerta de entrada, y Billy se encontró avanzando hacia el interior de la vivienda. El impulso, o más bien el deseo de seguirla hacia el interior de la casa, resultó ser extraordinariamente fuerte.

—Vi el anuncio en la ventana —dijo, deteniéndose.

—Sí, lo sé.

—Me estaba preguntando si podría alquilar una habitación.

—Todo está preparado para usted, querido —dijo la mujer.

Tenía un rostro rosado y rechoncho y unos ojos azules de mirada apacible.

—Me dirigía hacia La Campana y el Dragón —le dijo Billy—. Pero acerté a descubrir el anuncio de su ventana.

—Querido joven —dijo ella—, ¿por qué no entra? Hace mucho frío.

—¿Cuánto cobra usted?

—Cinco chelines y seis peniques por noche, incluido el desayuno.

Resultaba fantásticamente barato. Era menos de la mitad de lo que había estado dispuesto a pagar.

—Si eso resulta demasiado —añadió ella—, quizá pueda reducirlo un poco, aunque no mucho. ¿Quiere tomar un huevo en el desayuno? Los huevos resultan caros en estos momentos. Si no toma un huevo, serían seis peniques menos.

—Cinco chelines y seis peniques está bien —contestó—. Me gustaría mucho quedarme aquí.

—Sabía que le gustaría. Entre.

La mujer parecía terriblemente amable. Tenía exactamente el aspecto de la madre del mejor estudiante de la escuela que está dando la bienvenida a alguien que va a pasar allí las fiestas de Navidad. Billy se quitó el sombrero y cruzó el umbral.

—Cuélguelo ahí —dijo la mujer—, y permítame que le ayude a quitarse el abrigo.

En el vestíbulo no había ningún otro abrigo, ni sombrero. Tampoco había paraguas, ni bastones... nada.

—Lo tenemos todo para nosotros —dijo ella, sonriendo por encima de su hombro mientras le mostraba el camino hacia arriba—. Como verá, no me sucede a menudo tener el placer de recibir a un visitante en mi pequeño nido.

Billy se dijo a sí mismo que aquella mujer parecía estar ligeramente chiflada. Pero ¿quién se puede quejar por una habitación que sólo cuesta cinco chelines y seis peniques?

—Había pensado que estaba abrumada de solicitudes —dijo con amabilidad.

—¡Oh! Lo estoy, querido; lo estoy, desde luego. El problema es que suelo ser un poquitín particular y prefiero elegir a mis huéspedes... Supongo que comprende lo que quiero decir.

—¡Oh, sí, claro!

—Pero siempre estoy preparada. En esta casa, todo está siempre preparado, día y noche, para el caso de que aparezca un joven caballero aceptable. Y resulta un placer muy agradable, querido, muy agradable, cuando, de tanto en tanto, abro la puerta y me encuentro con alguien que es exactamente la persona correcta —estaba a mitad de la escalera y se detuvo, manteniendo una mano en la barandilla, volviendo su cabeza hacia él y sonriéndole con unos labios pálidos—, como usted —añadió, y sus ojos azules recorrieron lentamente todo el cuerpo de Billy, desde la cabeza a los pies, y después a la inversa.

En el rellano del segundo piso, le dijo:

—Este piso es mío.

Subieron al piso superior.

—Y este es todo de usted —dijo—. Aquí está su habitación. Espero que le guste.

Le introdujo en una habitación pequeña pero encantadora, encendiendo antes la luz.

—El sol de la mañana penetra justo por esa ventana, míster Perkins. Porque es usted míster Perkins, ¿verdad?

—No —contestó—, mi apellido es Weaver.

—Míster Weaver. ¡Qué bonito! He puesto una botella de agua caliente entre las sábanas, míster Weaver. ¡Resulta tan agradable tener una botella de agua caliente en una cama extraña entre las sábanas limpias! ¿No le parece? Además, puede encender la calefacción a gas cada vez que sienta frío.

—Gracias —dijo Billy—, muchas gracias.

Se dio cuenta de que el cobertor había sido retirado de la cama, y de que las sábanas habían sido dobladas hacia un lado, como si todo estuviera preparado para que alguien se acostara inmediatamente.

—Me siento muy contenta de que haya aparecido usted —dijo ella, mirándole muy seriamente a la cara—. Ya estaba empezando a preocuparme.

—Está bien —dijo Billy con prontitud—. No debe preocuparse por mí.

Colocó la maleta sobre la silla y comenzó a abrirla.

—¿Qué le parece una buena cena, querido? ¿Se las ha arreglado para comer algo antes de venir aquí?

—No tengo apetito, gracias —contestó—. Creo que me meteré en la cama lo antes posible porque mañana me tengo que levantar bastante pronto para presentarme en la oficina.

—Está bien. Le dejaré ahora para que pueda deshacer la maleta. Pero antes de que se acueste, ¿le importaría bajar por la sala de estar, en la planta baja, para firmar el libro? Todo el mundo tiene que hacerlo, porque así es la ley del país, y no vamos a violar ninguna ley en estos momentos, ¿verdad?

Ella hizo un ligero gesto con la mano y salió rápidamente de la habitación, cerrando la puerta.

El hecho de que aquella patrona pareciera estar un poco fuera de sus cabales no preocupó a Billy en lo más mínimo. Después de todo, no sólo era inofensiva —no tenía ninguna duda sobre ello—, sino que evidentemente era una persona amable y generosa. Supuso que probablemente habría perdido a algún hijo en la guerra, o algo similar, y nunca había podido superarlo del todo.

Así pues, unos minutos más tarde, tras haber deshecho la maleta y haberse lavado las manos, bajó a la planta baja y entró en la sala de estar. Su patrona no estaba allí, pero el fuego seguía ardiendo en la chimenea y el pequeño perro tejonero seguía durmiendo tranquilamente frente a él. La sala tenía una atmósfera maravillosamente cálida y agradable. «Soy un tipo con suerte —pensó, frotándose las manos—. Esto está pero que muy bien.»

Encontró el libro de clientes, abierto sobre el piano, así es que cogió su pluma y escribió en él su nombre y dirección. En la página únicamente había otras dos inscripciones, y, como se suele hacer siempre con los libros de clientes cuando se tiene una oportunidad, comenzó a leerlas. Una de ellas correspondía a un tal Christopher Mullholland, de Cardiff. La otra era de Gregory W. Temple, de Bristol.

«Esto sí que resulta divertido», pensó de repente. Christopher Mullholland. Le sonaba de algo.

¿Dónde diablos había escuchado antes aquel nombre tan poco usual?

¿Se trataba de un compañero de escuela? ¿Era uno de los muchos admiradores de su hermana? ¿O un amigo de su padre? No, no era nadie de ellos. Volvió a echar un vistazo al libro.

Christopher Mullholland 231 Cathedral Road, Cardiff

Gregory W. Temple 27 Sycamore Drive, Bristol.

De hecho, y ahora que lo pensaba más detenidamente, no acababa de estar seguro de que el segundo nombre no le resultara tan familiar como el primero.

—¿Gregory Temple? —se preguntó en voz alta, buscando en su memoria—. ¿Christopher Mullholland?

—Unos muchachos muy encantadores —le contestó una voz detrás de él.

Se volvió y vio a la patrona entrando en la sala, llevando en las manos una gran bandeja de plata para el té. La mantenía algo apartada de sí, frente a ella y a bastante altura, como si la bandeja fuera un par de riendas pertenecientes a un caballo retozón.

—De algún modo, esos nombres me son familiares —dijo.

—¿De verdad? Eso es muy interesante.

—Estoy casi convencido de que he escuchado esos nombres antes, en alguna parte. ¿No es algo curioso? Quizá los haya visto impresos en los periódicos. No se trataba de personas famosas en ningún sentido, ¿no cree? ¿No serían jugadores de críquet, o de fútbol, o algo así?

—Famosos —dijo ella, colocando la bandeja de té sobre una mesa baja situada frente al sofá—. ¡Oh, no! No creo que fueran famosos. Pero ambos eran increíblemente elegantes y apuestos, eso se lo puedo asegurar. Eran jóvenes, altos y apuestos, querido, exactamente como usted.

Una vez más, Billy echó un vistazo al libro.

—Mire aquí —dijo, dándose cuenta de las fechas—. Esta última entrada se hizo hace más de dos años.

—¿De verdad?

—Sí, claro. Y Christopher Mullholland, que se inscribió con anterioridad, lo hizo un año antes..., o sea hace más de tres años.

—Querido —dijo la mujer, sacudiendo la cabeza y dando un delicado y pequeño suspiro—, nunca lo habría pensado. ¡Cómo pasa el tiempo para todos nosotros! ¿Verdad, míster Wilkins?

—Mi apellido es Weaver —dijo Billy—. W-e-a-v-e-r.

—¡Oh, claro, desde luego! —exclamó ella, sentándose en el sofá—. ¡Qué tonta soy! Le pido disculpas. Me entra por un oído y me sale por el otro. Así soy yo, míster Weaver.

—¿Sabe usted algo? —dijo Billy—. Algo que resulta bastante extraordinario en todo esto.

—No, querido, no lo sé.

—Bueno, resulta que estos dos nombres —Mullholland y Temple— no sólo parezco recordarlos por separado, sino que de algún modo y de una forma muy peculiar, parece como si estuvieran relacionados en mi memoria. Como si los dos se hubieran hecho famosos por lo mismo, si es que comprende usted lo que quiero decir... como... bueno... como Dempsey y Tunney, por ejemplo, o como Churchill y Roosevelt.

—¡Qué divertido! —exclamó ella—. Pero venga ahora aquí, querido, y siéntese a mi lado, en el sofá. Le serviré una buena taza de té y un pastel de jengibre antes de que se vaya a la cama.

—No debería usted molestarse —dijo Billy—. No pretendía que hiciera nada de eso.

Se quedó de pie, junto al piano, observándola mientras ella trajinaba con las tazas y los platos. Se dio cuenta de que tenía unas manos pequeñas, blancas, que se movían con rapidez, y cuyas uñas estaban pintadas de rojo.

—Estoy casi convencido de que vi sus nombres en los periódicos —dijo Billy—. Me acordará en un momento. Estoy seguro de acordarme.

No hay nada más desesperante que algo permanezca justo en los límites exteriores de nuestra memoria, sin acabar de penetrar en ella. No obstante, al joven le disgustaba tener que abandonar el esfuerzo.

—Un minuto —dijo—, espere un minuto. Mullholland... Christopher Mullholland..., ¿no se trata del estudiante de Eton que estaba realizando un viaje por West Country y que de repente...?

—¿Leche? —preguntó ella—. ¿Quiere también azúcar?

—Sí, por favor. Y que de repente...

—¿Estudiante de Eton? —preguntó ella—. ¡Oh, no, querido! Eso no puede ser cierto porque mi míster Mullholland no era ningún estudiante de Eton cuando vino aquí. Era un graduado de Cambridge. Venga aquí ahora y siéntese a mi lado, y caliéntese un poco frente a este fuego tan estupendo. Vamos. Su té ya está preparado.

Dio unos ligeros golpes en el asiento vacío que había junto a ella, sobre el sofá, y se acomodó allí, sonriéndole a Billy y esperando que él se sentara a su lado.

Billy cruzó la habitación lentamente y se sentó en el borde del sofá. Ella colocó la taza de té frente a él, sobre la mesa.

—Aquí estamos —dijo la mujer—. ¿No le parece bonito y agradable?

Billy empezó a remover el azúcar del té. Ella hizo lo mismo. Durante medio minuto, ninguno de ellos dijo una sola palabra. Pero Billy sabía que ella le estaba mirando. Su cuerpo estaba medio doblado hacia el de él y podía sentir sus ojos, descansando sobre su rostro, observándole sobre el borde de la taza de té. De vez en cuando captaba un olorcillo peculiar que parecía emanar directamente de la mujer. No era un olor desagradable y le hizo recordar... bueno, no estaba completamente seguro de lo que aquel olor le recordaba. ¿Nueces en escabeche? ¿Cuero nuevo? ¿O se trataba más bien del olor habitual en los pasillos de un hospital?

—Míster Mullholland era un gran bebedor de té —dijo ella al cabo de un rato—. Nunca en mi vida he conocido a nadie que bebiera tanto té como el querido y dulce míster Mullholland.

—Supongo que se marchó de aquí hace poco tiempo —dijo Billy.

Su mente todavía estaba preguntándose de qué conocía aquellos dos nombres. Ahora estaba seguro de que los había visto publicados en los periódicos... en los titulares.

—¿Marcharse? —preguntó ella elevando las cejas—. Pero, querido, él nunca se marchó. Todavía está aquí. Míster Temple también está aquí. Están en el cuarto piso, los dos juntos.

Billy dejó lentamente su taza de té sobre la mesa y miró fijamente a su patrona. Ella le sonrió y entonces puso una de sus manos blancas sobre la rodilla del joven, dándole unas amistosas palmaditas.

—¿Cuántos años tiene usted, querido? —preguntó.

—Diecisiete.

—¡Diecisiete! —exclamó—. ¡Oh, es la edad perfecta! Míster Mullholland también tenía diecisiete años. Pero creo que era un poco más bajo que usted; en realidad, estoy segura de que lo era y sus dientes no eran tan blancos como los suyos. Tiene usted los dientes más bonitos que he visto, míster Weaver, ¿lo sabía?

—No son tan buenos como aparentan —dijo Billy—. Han sido simplemente reforzados por la parte de atrás.

—Míster Temple, desde luego, tenía unos cuantos años más —dijo ella, ignorando su observación—. Tenía veintiocho años. Y sin embargo, nunca lo hubiera supuesto si él mismo no me lo hubiera dicho. Nunca lo habría imaginado. No había un solo defecto en todo su cuerpo.

—¿Un qué? —preguntó Billy.

—Su piel era exactamente como la de un niño pequeño.

Hubo un momento de silencio. Billy cogió su taza de té y bebió otro sorbo; después, volvió a dejarla sobre el plato. Esperó a que ella dijera algo más, pero la mujer parecía haber caído en otro de sus largos silencios. Se quedó allí, sentado, mirando frente a él, hacia la esquina más alejada de la habitación, mordiéndose el labio inferior.

—Ese papagayo —dijo él por fin—, ¿sabe usted algo? Me dejó completamente perplejo la primera vez que le vi a través de la ventana. Podría haber jurado que estaba vivo.

—No, ya no lo está.

—Resulta terriblemente inteligente la forma como se ha hecho —dijo—. No parece estar muerto. ¿Quién lo hizo?

—Yo misma.

—¿Usted?

—Desde luego —contestó ella—. ¿Ha visto también a mi pequeño «Basil»?

Indicó con la mirada hacia el pequeño perro tejonero acurrucado cómodamente frente al fuego. Billy lo miró. Y, de repente, se dio cuenta de que el animal se había mantenido durante todo el tiempo tan silencioso y tan inmóvil como el papagayo. Extendió una mano y le tocó suavemente en el lomo. Estaba duro y frío y cuando apartó el pelo con sus dedos, pudo ver la piel debajo, de un color grisáceo, seca, y perfectamente conservada.

—¡Dios mío! —exclamó—. Es absolutamente fascinante.

Apartó la mirada del perro y se quedó mirando con una profunda admiración a la mujer sentada junto a él en el sofá.

—Debe ser terriblemente difícil hacer una cosa así.

—En absoluto —dijo ella—. Diseco a todos mis animales domésticos cuando les llega el momento. ¿Quiere usted tomar otra taza de té?

—No, gracias —contestó Billy.

El té tenía un ligero gusto a almendras amargas y no sentía el menor interés de seguir bebiéndolo.

—Firmó usted en el libro, ¿verdad?

—¡Oh, sí!

—Eso está bien, porque más adelante, si me olvido de cómo se llama usted, siempre puedo comprobarlo en el libro. Eso es lo que hago casi todos los días con míster Mullholland y con míster..., míster...

—Temple —dijo Billy—, Gregory Temple. Permítame una pregunta: ¿no ha tenido ningún otro cliente durante los dos o tres últimos años?

Levantando mucho su taza de té con una mano, e inclinando ligeramente su cabeza hacia la izquierda, ella le miró desde las esquinas de sus ojos y le ofreció otra suave y amable sonrisa.

—No, querido —contestó—. Sólo usted.

Cuentos del Club de los Casados Negros - David Langford

—Caballeros, creo que quizá yo tenga la solución a su problema —murmuró con voz humilde Isaac, el mayordomo, mientras servía el brandy.

—¡Es imposible! —jadeó Movias—. Esto no es más que un truco para impedirme que recite mi condensación del Diccionario de Johnson en verso libre.

—Continúa, Isaac —dijo Savimo—. No hagas caso de ese pesado.

—Gracias, señor. En primer lugar, enseguida me di cuenta de que el difunto doctor Osmavi era, evidentemente, un caballero muy erudito.

—¿Y qué pruebas tienes de eso? —preguntó Movias.

—Señor, el que en su apartamento estuviera presente La tabla periódica de Primo Levi. En otras palabras…, un libro.

—¡Por… supuesto!

—Bien, caballeros, ya sabemos que el Departamento de Policía de Nueva York examinó ese libro de la forma más concienzuda posible, buscando el código secreto que, según las últimas palabras del doctor Osmavi, debía encontrarse «en el libro». Buscaron por entre todas las páginas; hurgaron en el lomo y despegaron las tapas. Pero no se les ocurrió tomar en consideración la posibilidad de que, debido a su mentalidad erudita y cultivada, el doctor Osmavi podía haber pronunciado sus últimas palabras indicando no alguna tirilla de papel, sino ¡un mensaje realmente escrito en el libro!

—¡Dios mío! —dijo Movias.

—De hecho, sugiero que el código secreto, lo único que puede evitar la Tercera Guerra Mundial e impedir la invasión trantoriana, se encuentra… escrito a mano en uno de los márgenes.

—Isaac, esto es increíble —dijo Savimo sin perder la compostura—. Sin embargo, sigue sin servirnos de nada. No sabemos en qué margen mirar… o en qué página. Hay docenas de posibilidades. —Y contempló con expresión lúgubre el delgado volumen que yacía sobre la mesa del comedor.

—Con todos mis respetos, señor, creo que sí lo sabemos. Un hombre tan meticuloso como el doctor Osmavi debió inventarse indudablemente algún truco memorístico particular, algo capaz de asegurar que el número de la página no se le iría jamás de la cabeza. Y, caballeros, estoy seguro de que recordarán el informe policial según el cual el doctor Osmavi balbuceó una escena de Shakespeare durante sus delirios finales.

—¿Y qué? —gritó Movias con cara de pocos amigos.

—Señor, ¿se me permite sugerir que el único discurso shakesperiano que un policía sería capaz de reconocer es el famoso soliloquio de Hamlet? Dado que yo mismo soy existencialista en mis ratos libres, me he aprendido de memoria todo el pasaje. Ser o no ser…

—¡Ya lo tengo! —gritó Movias, golpeando la mesa con el puño y haciendo saltar las copas de brandy—. En esa frase hay dos letras E… ¡Eso quiere decir que el código estará en la segunda página! —Abrió el libro de un manotazo… y en su rostro brilló la más terrible decepción.

—Señor, dado que en un libro moderno el texto empieza normalmente en la página número tres, podemos eliminar esa posibilidad. El título del libro, junto con el hecho de que el doctor Osmavi estuviera licenciado en química, sugiere otra interpretación. Caballeros, el que haya dos letras E nos indica que en realidad debemos buscar la segunda letra del alfabeto, que es la B, y si a esa B le unimos la E, tendremos, naturalmente, el símbolo químico del berilio, el cuarto elemento de la tabla periódica. ¿Puedo sugerirles que examinen la cuarta página?

Movias pasó la página, y todos los Casados Negros lanzaron una exclamación de sorpresa al ver unas grandes letras mayúsculas escritas con tinta fosforescente de color verde en el margen. Movias leyó en voz alta lo que decían: «LA PALABRA CLAVE ES EVALCARBALAP».

—¡Isaac, esto es asombroso!

—Siempre me esfuerzo por servirles lo mejor posible, señor.

Pero ahora le tocaba a Savimo mostrarse insatisfecho.

—Tus deducciones parecen sólidas, Isaac…, pero, aunque hayas logrado dar con la verdad por pura suerte, tu lógica no es a prueba de bomba ni mucho menos. Diste por sentado que Osmavi era un hombre amante de la literatura basándote tan sólo en ese libro. Pero, ¿y suponiendo que el libro hubiera pertenecido a Vamsoi, el escritor, que compartía el apartamento con él?

Isaac sonrió.

—Señor, eliminé a Vamsoi dado que las pruebas demuestran que no es un auténtico escritor y, por lo tanto, es altamente improbable que posea libros. Recordarán que la policía registró el «despacho» de Vamsoi, y que nos proporcionó un inventario completo de su contenido. En ese inventario había dos omisiones muy significativas. Si se me permite volver a leer esa lista…

—No, no —se apresuró a decir Movias—. La recordamos perfectamente.

—Entonces, señor, estoy seguro de que no se les habrá pasado por alto la ausencia de dos artículos que son indudablemente esenciales en la parafernalia de un escritor.

—¿Una mesa, una silla, una máquina de escribir? —propuso Savimo—. ¿Revistas porno? ¿Una ventana por la que mirar? ¿Unos pantalones?

—Todos esos objetos estaban presentes en la lista, caballeros. Pero, ¿quién puede creer que en el despacho de un auténtico autor con un ego dotado de una salud normal no vaya a haber… un esbozo de autobiografía, o un espejo?

El Distante Rumor de los Motores - Algis Budrys

 
—¿Len? ¿Lenny?
El hombre de la cama vecina trataba de despertarme.
Yo descansaba en la oscuridad, con las manos cruzadas bajo la cabeza, escuchando el ruido del tránsito que pasaba frente al hospital. Aun a altas horas de la noche (y siempre era tarde cuando el hombre de la cama vecina se atrevía a hablarme), el tránsito exterior era bastante intenso, ya que la ruta atravesaba la ciudad. Esto había sido una suerte para mí, pues el practicante de la ambulancia no había conseguido parar en ningún momento el río de sangre que me brotaba de las piernas. Si hubiésemos tenido que viajar un kilómetro más, dos minutos más, me habría quedado seco como la piel de una víbora.

Pero ahora me sentía bien, relativamente: salí del choque con dos piernas menos, que se llevó el otro camión. Estaba vivo y durante la noche podía escuchar los camiones que pasaban: los larguísimos acoplados, los semirremolques, los tándems, los petroleros... Venían de la costa, de Charleston y Norfolk, iban a Nueva York... Venían de Boston, de Providence... Los manejaban amigos míos. Jack Biggs, Sam Lasovich. Tiny Morris, el hombre que había perdido el anular de la mano derecha. Ahora yo le había sacado ventaja a Tiny, sin duda.
«Te espera trabajo en la oficina del expedidor, Lenny», pensé. Se acabó el sudor; se acabaron el café insulso, las noches heladas, los ojos de papel de lija. De todas maneras, te estabas poniendo un poco viejo para la ruta. Treinta y ocho años. Claro.

—Lenny...

Cuando el vecino quería hablar, lo más que le salía era un susurro. Me pregunté si tendría miedo. Durante el día no se animaba a hablar, porque cada vez que emitía un sonido, las enfermeras le ponían una nueva inyección. Le clavaban la aguja entre dos vendas y se marchaban de prisa. A veces no acertaban con la vena y la morfina quedaba sobre la piel, adormeciendo el brazo solamente. El vecino se jactaba entonces: inclusive trataba que erraran el golpe, moviendo un poquito el brazo. A veces las enfermeras se daban cuenta, pero sólo a veces.

No necesitaba inyecciones mi vecino de cama. La inyección le quitaba el dolor y, sin el dolor y con toda la cara vendada, no podía saber si estaba vivo. Era un hombre obstinado e inteligente, que no deseaba aficionarse a la droga.

—Lenny...
—¿Hum? —dije, velando la voz.
Siempre lo hacía esperar. No quería que supiese que yo no dormía en toda la noche.
—¿Despierto?
—Ahora sí.
—Lo siento, Len.
—Está bien —dije rápidamente, porque tampoco quería que se sintiese en deuda conmigo—. No te preocupes. Ya duermo demasiado durante el día.
—Len. La fórmula para superar la velocidad de la luz es...

Y aquí comenzó a dictarme números y letras.
La noche anterior me había dado las proporciones exactas de los metales en una aleación resistente a altas temperaturas; las técnicas de fundición y colada; el proceso de endurecimiento. Y la noche antes, las características de la quilla de la nave. Escuché todo.
—¿Te grabaste eso, Lenny?
—Por supuesto.

Durante tres años yo había trabajado en un coche-comedor: era capaz de recordar cualquier cosa que me dijeran y, por complicada que fuese, repetirla en el acto. Es un truco. Uno coloca la mente en blanco, abre los oídos y entra todo: «Marchen dos tostadas de queso. Jamón y tomate, tostada de pan blanco, sin mayonesa. Tres cafés; uno negro, sin azúcar; uno liviano, con; uno mediano». Uno pasa la primera parte de la orden al encargado de los sandwiches, saca los pocillos, abre el grifo de la máquina. Tres chorritos de la jarra de leche en un pocillo, dos en otro, deja pasar el tercero. Los cafés están listos y uno borra esa parte del pedido. Las cosas importantes de la mente propia están a millones de kilómetros de distancia. El hombre de los sandwiches le pasa a uno dos rectángulos envueltos en papel, un plato con el jamón y los tomates, uno sirve a los clientes y el cerebro borra lo que resta. La información ya no sirve, ha desaparecido, mientras las cosas importantes siguen su marcha a millones de kilómetros.

Ahora yo escuchaba los acoplados que iban a Pittsburgh, Scranton, Filadelfia... Washington, Baltimore, Camden, Newark... Pasaba un camión Diesel, con acoplado chato cargado de vigas de hierro... Y entretanto, yo repetía la última parte de lo que mi vecino me había dicho.

—Bien, Lenny. Muy bien.
Supongo que estaba bien. En un coche-comedor uno se come los platos que pide demás.
—¿Alguna otra cosa?
—No. Suficiente por esta noche. Ahora voy a descansar. Tengo que dormir. Gracias.
—No hay por qué.
—No, no lo tomes a la ligera. Me estás haciendo un gran favor. Para mí es importante comunicarles estas cosas. No duraré mucho más.
—Sí que durarás.
—No, Lenny.
—Eh, vamos...
—No. Me quemé al caer. ¿Recuerdas el radical alternado en la ecuación que te di la primera noche? El campo estaba distorsionado por el sol y el generador reestructuró la...

Siguió así largo rato, pero ya no me acuerdo. Ya me había olvidado de la ecuación inicial, pero aun cuando la recordara, tendría que entenderla. Por eso digo que la repetición de esas ecuaciones era un truco. ¿Comprenden? ¿A quién le interesa recordar cuántos sandwiches tostados vendió durante el día? 

Una vez un cliente se quiso pasar de listo, me hizo su pedido en jerigonza; se lo repetí como una grabadora, sin siquiera prestarle atención.

—...así que ya ves, Lenny. No sobreviviré. Un hombre en mi estado no podría sobrevivir aun en mi tiempo y en mi lugar.
—Te equivocas. Te sacarán de esto. Aquí conocen su oficio.
—¿Lo crees de veras, Lenny? —murmuró con una risa triste.
—Por supuesto —dije.

Un vagón-tanque venía del norte. Escuché el tintineo de la cadena antiestática en el asfalto.

Mi vecino (decían) había tenido un accidente con un avión particular. Un granjero lo había visto caer, como si hubiese saltado en paracaídas. Pero aún no habían podido identificarlo, ni encontrar los restos del avión. Además, él no quería decir quién era. Las primeras dos noches que pasó en el hospital no dijo una palabra. Pero a la tercera, preguntó de pronto:

—¿Hay alguien ahí? ¿Alguien me escucha?
Entonces yo le respondí y él me preguntó cómo me llamaba y qué me ocurría. Quiso saber dónde estábamos: el pueblo y el país; y la fecha: el día, el mes y el año. Se los dije. Durante el día yo lo había visto con las vendas y a un hombre en ese estado no se le discuten las preguntas. Es bueno poder ser amable.

Era un hombre inteligente, ya lo he dicho. Hablaba un montón de idiomas, además del inglés. Durante un rato me puso a prueba en húngaro, pero lo conocía mucho mejor que yo. Hace tanto tiempo que dejé a mis viejos en Chicago...

Al día siguiente, le conté a la enfermera que había estado hablando con él. Los médicos quisieron averiguar quién era y de dónde, pero el hombre se negó a hablar. Creo que los convenció que había vuelto a entrar en coma. En realidad, no me habían creído mucho cuando les dije que él era capaz de hablar sensatamente. Después de este episodio, no les conté nada más. Si él quería hacer las cosas a su manera, tenía derecho. Aunque, como ya dije, no tardó en descubrir que si producía el menor sonido durante el día, le aplicaban una inyección. No los critico: ellos también querían mostrarse amables.
 
Tendido de espaldas, yo miraba la primera luz del alba en el cielo raso. Afuera el tránsito era más intenso. Los acoplados pasaban uno tras otro. Productos de granja, probablemente, rumbo al mercado. Lechugas, papas, naranjas, cebollas... Las estibas tableteaban y hasta se podía escuchar el chasquido de las cuerdas que sostenían los cajones.

—¡Lenny!
Esta vez le contesté en seguida.
—Lenny, la ecuación para coordinar el espacio-tiempo es...
Parecía tener prisa.
La engañosa esponja de mi cerebro absorbió la información y, cuando él pidió que la repitiera, la dejó escurrir y quedó nuevamente en seco.
—Gracias, Lenny —dijo.

Apenas se le oía. Comencé a apretar el timbre nocturno que colgaba de un cordón, sobre la cabecera de mi cama.
Al día siguiente había otro hombre en la cama de al lado. Era un cazador, un hombre joven, de Nueva York, que se había descargado una perdigonada en el muslo derecho. Pasaron dos días antes que tuviera ganas de hablar. No llegué a tratarlo mucho.

Creo que habían pasado dos o tres días desde la llegada del nuevo paciente cuando una tarde mi médico se paró junto a mi cama y retiró la sábana que me cubría los muñones. Me miró de un modo raro y dijo, como sin darle importancia:

—Eh, una cosa, Lenny... ¿Qué le parece si lo mandamos a cirugía y le sacamos un poquito más de cada una, eh?
—Que diablos, doctor. Yo también puedo olerlo. Adelante. No se preocupe.

No teníamos mucho de qué hablar. Me puse a pensar en Peoria, Illinois, que era un lugar más divertido que ahora (para los camioneros, quiero decir). Y en Saint Louis y en Corpus Christi. Ya no me gustaba la costa este. Y tampoco Sacramento, Seattle, Fairbanks y esa larga y desdichada carretera de Alcan...

En la mitad de la noche seguía acordándome. Aún se escuchaban los acoplados en la ruta, pero lo que yo realmente oía era el ruido de un Cummins en una de esas largas pendientes en caracol de los Rocallosos, hasta que de pronto volví la cabeza y le dije a mi nuevo vecino:

—¡Eh, usted! ¡Amigo! ¿Está despierto?
Lo escuché gruñir.
—¿Qué?
Parecía fastidiado. Pero me oía.

—¿Alguna vez ha manejado? Quiero decir, ¿alguna vez atravesó Nueva Jersey en automóvil? Bueno, mire, si necesita neumáticos o una batería y quiere comprarla con descuento, pare en la estación de servicio La Amistad de Jeffrey, que está en la ruta 22 de Darlington, y les dice que lo manda Lenny Kovacs. Tenga cuidado al salir del pueblo, en verano: hay un puesto secreto de control de velocidad... Y si quiere comer bien, vaya al restaurante Strand, frente a la estación de servicio. Pero si va para otro lado, hacia Nueva Inglaterra, tome la carretera de Boston y se para en... ¡Eh, amigo! ¿Me escucha?

Ejércitos - Eduardo Vaquerizo

 Se levantó del barro luchando contra la viscosidad, temblándole las rodillas, resbalando una y otra vez sobre la arcilla empapada de una pequeña ladera rodeada de pinos. Se miró el cuerpo. Estaba cubierto por una complicada cota de cuero curtido y remachado en hierro. La suciedad opacaba el metal de los clavos. Hacia calor. La luz de lo alto,  en el cielo grisáceo, le dañaba los ojos haciéndole parpadear.

No tenía idea ninguna en su mente, solo remolinos de emociones apenas formuladas qué giraban caóticamente sin lograr asirse a nada. Notó un tirón en el pelo y se tocó una enorme costra de sangre semicoagulada en una sien. Nada mas hacerlo fue consciente del intenso latido de dolor que le sacudía todo ese costado de la cabeza.  Estaba herido.

A su lado había un largo objeto de metal. Sin saber porque, lo cogió y comenzó a andar. El cielo le deslumbraba con su intensa palidez lechosa. Debía ser poco más de mediodía. Los pinos goteaban agua y de vez en cuando alguna ráfaga de aire removía olores a tierra mojada, a aliaga y a algo mas que no conseguía identificar. 

Caminó entre los árboles aún con paso inseguro. Un poco mas abajo había robles, cerca cantaba un arrollo. Se aproximó al agua y metió la cabeza dentro intentando matar el latido de dolor que le torturaba. El agua estaba fría, sintió el golpe helado en el rostro subir hasta la nuca. El tirón de la corriente jugaba con su pelo, le acariciaba las mejillas como con dedos de acero afilado. Sacó la cabeza del agua notando como la sangre le acudía a la piel para calentarla y descubrió que tenía la boca pastosa, como anegada de polvo. Bebió largamente, directamente de la corriente.

Se sentó en una peña y poco a poco el remolino que era su mente empezó a dar señales de querer parar. Y casi fue peor, pues cuando las hilachas de incoherencia dejaron de moverse descubrió que no había nada detrás de ellas, no recordaba quién era, como se llamaba, donde estaba y porque. 

Todavía tenía aquella pieza de hierro agarrada en la mano, sujeta por un mango cubierto de algo blando y de fácil agarre. "Espada" era su nombre. La blandió un par de veces en un gesto que su cuerpo reconocía como habitual. Recorrió la hoja buscando inscripciones. No tenía ninguna. Era una delgada lámina de acero muy afilado, anónima y letal. Se tocó la sien herida, aturdido, mientras un pájaro carpintero repiqueteaba en la lejanía. 

Tras un rato de reposo, comenzó a andar  siguiendo el arroyuelo, sin ninguna idea fija, con la mirada todavía errabunda sobre aquel paisaje que no recordaba. En un par de kilómetros el arroyo dejó atrás peñas y abruptas pendientes y se fue engrosando hasta terminar en una presa artificial, un remanso de agua rodeado de pinos y rocas sobre el que volaban las aves rozando con sus picos las aguas. Rodeó aquella masa acuática sintiendo que conocía aquello, pero sin poder recordar nada más. Se paralizó cuando escuchó un rebufo detrás de unas rocas. Se acercó lentamente, intentando no hacer ruido, hasta asomar la cabeza por encima de la peña.

Se extendía entre rocas y árboles un claro cubierto de hierba rala. El caballo piafaba mascando la hierba que crecía entre los cadáveres. Había cientos de ellos, ensartados en lanzas, cubiertos de sangre, con miembros, ojos y tripas arrancadas, despojos teñidos de rojo. Algunos tordos y cornejas volaban de aquí para allá pellizcando carne de donde podían.

Se sentó sobre la peña mirando aquella escabechina, tocándose la sien que ya no sangraba, intentando hacer acudir a su cabeza palabras que explicasen aquello.

Bajó de la peña y camino por el pequeño calvero espantando a los pájaros y al caballo. Los cadáveres descansaban en las mismas posturas en que habían caído. Ni uno solo de ellos estaba libre de terribles heridas, cabezas aplastadas, pechos hendidos, chuzos clavados en ojos. 

Había dos uniformes diferentes entre los caídos, uno de los cuales era igual a las ropas que vestía. Los otros estaban construidos mezclando cuero sin teñir y terciopelo rojo. No vio pendones, ni insignias en los pechos. ¿Tendría que haberlos?

Se detuvo delante de una de aquellas caras estragadas. Casi era como un dolor físico. Se sujeto la cabeza acariciando la herida en la  sien con dedos nerviosos. Aquel rostro... era algo conocido, movimiento, gritos, dolor... recordaba apenas un trazo luminoso, un rostro inidentificable y luego la oscuridad. 

Aquella cara, por otro lado vulgar, le producía malestar físico. A pesar de él se obligó a mirarla, intentando descifrar en el jeroglífico de sus rasgos la razón de su turbación. El rostro ancho de mandíbulas, con una sombra de espesa barba, de nariz corta, los pómulos elevados y las cejas pobladas, le devolvía su ensangrentada y silenciosa mirada sin poder responder a sus preguntas.

Un sonido como un trueno lejano, muy tenue aún, le extrajo de su concentración. Miró al cielo sin saber porque. Sintió miedo y corrió al bosque a esconderse en la espesura. Al poco un gran objeto de metal y cristal resoplando y manteniéndose en el aire sin ayuda de nada visible, se detuvo sobre el claro.   

Intentaba recordar pero no conseguía adivinar que era aquello, solo tenía la sensación de que no era peligroso, sin embargo permaneció oculto. El objeto bajo hasta el suelo y se poso sobre unas patas flexibles. Enseguida se abrieron unas puertas y de ellas salieron cuatro cilindros pintados de blanco moviéndose sobre largas patas metálicas como de araña. En el centro del cuerpo tenían estarcida una gran cruz roja.

Las patas delanteras de las arañas terminaban en garras. Usándolas extrajeron cajas de metal de la parte de atrás de la máquina y metódicamente introdujeron en ellas toda la carne que se pudría en el calvero, cada caja para un hombre, algunas veces procurando que no se olvidase en el terreno ningún miembro.

Cuando acabaron, las cuatro arañas blancas se internaron en el bosque moviéndose rápidamente con sus ocho patas articuladas apenas haciendo ruido sobre la pinaza. Una de ellas avanzó en su dirección. No era miedo, ya no, sino urgencia lo que le hizo subirse al pino. La araña pasó a su lado, evidentemente buscando mas cadáveres. Al rato volvieron arrastrando un par mas de cuerpos, que metieron en cajas. 

Sin transición ninguna, las arañas, el aparato y su estruendo desaparecieron dejando el claro vacío, extraño sin el ruido atronador y el aire levantado. Camino por el desierto prado sin meta clara. Quedaban apenas jirones de tela, charcos oscuros, armas corroídas. Levanto del suelo un puñal teñido de orín. Hubiera jurado que poco antes aquel acero relucía.

Caminó sin rumbo a través del bosque, intentando no pensar. Si lo hacía, el dolor de la sien volvía.  Las luces del mediodía oscilaban desde el tamiz de las hojas. Algunas chicharras cantaban desde peñascos recalentados y se cruzo con un lagarto que le hizo dar un respingo.

Pronto advirtió que estaba  siguiendo inconscientemente el curso del río cuya agua fluyó más calma, apenas rompiendo en espuma. Algún que otro marjal anunciaba agua estancada. Repentinamente los árboles desaparecieron y el valle se abrió a una ancha zona de praderas y matorrales. 

Al lado del rio se erguía una casa de piedra. Caminó con mas cautela. No se veía a nadie. La casa tenía grandes ventanales de madera y una terraza que daba a las montañas. Estaba construida de grandes bloques superpuestos sin necesidad de argamasa. Se acerco lentamente — La puerta de la terraza parecía abierta — conteniendo la respiración... nada, no se escuchaba nada.

— ¡UHHHH!

Alguien le había puesto la mano en el hombro. Automáticamente su cuerpo desenvainó el acero y lanzó un tajo hacia atrás. Noto como algo grande se movía deprisa esquivándole.

— Ehhh, que no es para tanto. Tanto, tanto, tanto.. . tanto tiempo perdido, lejos, ayer vi una mariposa y la mariposa a mí. Que terror, que pánico, ¿qué mariposa si no existen mas que ellas?

Detrás de él le miraba una extraña parodia de ser humano. Unos ojillos negros y brillantes perdidos en una mata de pelo, una maraña donde se confundían cejas, bigote, barba y melena. El inmenso pecho lo tenía ceñido de borrego sujeto por hebillas de madera, y un tabardo cubriéndole las piernas, anchas como columnas.

— Soy Iogo y me has cortado. Quizás tendría que matarte. JA, JA, JA, JA, JA. Que chiste, que me muero de risa. JA, JA

Se estaba poniendo colorado por el esfuerzo. Cayó al suelo sujetándose las tripas, con la mandíbula excesivamente distendida mostrando una perfecta y amenazadora dentadura. Tenía un corte no muy profundo en un brazo, pero que sangraba profusamente regando el suelo al ritmo de sus espasmos de risa. 

Al cabo de un minuto pareció calmarse. Le miró con los ojos muy abiertos y después entró a la casa. Tardo apenas un instante en volver con dos taburetes y un atado que desplegó mostrando un queso, pan  y una bota de vino. Se sentó en uno de los taburetes apoyando la espalda en la casa y comenzó a comer a la sombra mirando hacia las montañas y bebiendo vino con generosidad.

Se sentó en el otro taburete y solo después descubrió que estaba realmente cansado y hambriento. La situación le pareció irreal, pero por otra parte todo se lo parecía, así que decidió dejar de preguntarse cosas y comer.

Cuando el queso iba promediado el barbudo habló

— Esta noche lloverá. Tus amigos no podrán jugar. Quédate conmigo, en mi casa, que es de todos.

— ¿Mis amigos?

— Negro eres, negro llevas en el cuerpo, los rojos te buscaran, los negros te vengaran, los rojos te buscaran, los negros te vengaran, los rojos te buscaran, los negros te vengaran, los rojos te buscaran, los negros te vengaran. Y así hasta el final.

Transcurrió un rato de deglutir en silencio. La larga cicatriz en el brazo del hombre tenía un aspecto rojo oscuro, cubierta de coágulos grandes y ya duros. Le pareció fascinante mirarla, ver como seguía el contorno de los músculos de debajo de la piel.

 

— Yo... no te envidió, todo el día por ahí, a caballo, o sin caballo, esperando una flecha o una espada, o una maza, o una roca en la cabeza. Aburrido. Sin embargo yo aquí, lejos de la ciudad,  de sus médicos hurgamentes. Feliz. JE, JE, JE.

Entro los dos acabaron con el queso y el vino. Aquel hombretón volvió a desaparecer dentro de la casa y a aparecer con dos hamacas. Sin esperar a nadie, se tendió sobre una e inmediatamente estaba durmiendo profundamente.

Lo miró, aquel corpachón henchido de queso y vino, oscilando con profundas respiraciones. Y porque no. También se tumbó.

Oscuridad, un destello de hielo, un golpe, la necesidad de agarrarse, el suelo que venía corriendo y al final se abría en millones de flores microscópicas, una blanda cama de abrazos, de pieles rozadas, relámpagos sedosos que se deshacían en  olas nerviosas, ondulaciones carnosas que nacían de sus nervios y dominaban el paisaje de su cuerpo. ¿Esto es la muerte? Que dulce. ¿Pero es la gran muerte, o solo una mas, una vulgar, de esas producidas en serie en las micrococinas de los muchos dioses?

Volvió nadando del océano desconocido, pero en el fondo, junto a las algas, los sentimientos de muchos brazos y las conchas rellenas de negritud, también se quedaron las palabras.

 Se despertó con la agradable sensación de que todo estaba en su sitio. Abrió los ojos y vio una techumbre de madera, un nido de golondrinas en un rincón del tejadillo. Afuera el sol calentaba todavía con furia, el aire era un fluido de brillo resplandeciente, la brisa de la montaña refrescaba su cuerpo y las chicharras cantaban. 

Para confirmar su sensación placentera buscó las palabras, el sitio, el tiempo, su nombre. No había nada, sólo angustia, mudez. Se irguió de golpe. El hombretón no estaba. Un golpe sordo y un salpicar monstruoso le hicieron volver la vista. Iogo estaba bañándose desnudo en una piscina formada por un remanso del río.

Recordó su anterior experiencia con el agua del río y su mano fue automáticamente  a la sien. No había ya herida, solo suciedad pegajosa, ninguna cicatriz ni abultamiento. Algo le recordó su sueño El océano de vida

Hacia calor, mucho, y la pesada cota le estorbaba. Se la quitó, también las botas y los pantalones de piel. Al dejar en el suelo la espada miro al brazo de Iogo. No tenía ya vestigio ninguno de la herida.

El agua estaba meramente fría, no helada. Se sumergió y dio un par de brazadas para entrar en calor. Sin transición, como si siempre hubiesen estado allí, emergió del agua y contemplo a aquellos hombres a caballo que lo miraban desde la orilla. Vestían  uniformes rojos, y miraban impasibles desde lo alto de sus monturas. Pensó rápidamente en su ropa, estaba entre unas matas, oculta a su vista.

— Buen baño. — Hablaba el mas alto de ellos, sin sonreír ni lo más mínimo.

— Buen baño, año, paño.— respondió Iogo entre grandes risotadas y un gran aspaviento de agua y espuma.

— No nos importaría refrescarnos, pero de momento solo pararemos unos instantes. ¿quiénes sois?

  Turistas de ciudad, gente del campo, eremitas, nadie.

Como sin darles importancia Iogo salió del agua, y se tendió en una peña a secarse. No supo que hacer, solo miraba los uniformes rojos, los tabardos tendidos sobre las pieles de los bayos y las grandes espadas, los arcos. Nadie hablaba, parecían cansados, aburridos. 

Solo el hombre que había hablado conservaba una determinación oculta, una mirada penetrante constantemente sobre él. Se dio cuenta en ese momento que no le había quitado ojo desde que llegaran. Quizás sospechasen. Sospechar, ¿el que?, ¿Quién era? ¿Los negros eran los suyos? ¿Lo matarían solo como precaución?  ¿Le valdrían sus explicaciones de que no recordaba nada? Una furia fría,  un fluido medio congelado que se derramaba de su corazón, le inundo. Apretó los puños y la mandíbula sin saber muy bien contra qué dirigir su rabia.

Al final salió del agua el también y se tendió en la piedra caliente, con la cara al sol. Le costo cerrar los ojos, esperaba en cada momento el sonido de una espada cortando el aire. Al final solo escuchó los cascos hendiendo las piedras. 

En ese momento de silencio, antes de escuchar la retirada, había logrado focalizar un movimiento, gritos, el recuerdo de un golpe, una honda invasión de dolor dentro de su cabeza y .... la nada. Se incorporó luchando contra el resplandor del sol, intentando reconocer la zona. Solo una rama tronchada y algunas bostas indicaban por donde se habían marchado. Se vistió y siguió ese camino. Iogo ni siquiera había despertado de su segunda siesta. 

 Reía por dentro mientras descendía por una torrentera, procurando no erguirse y no hacer mucho ruido. Se sentía bien físicamente, perfectamente capaz de moverse ágilmente por entre jaras y zarzas, siguiendo a distancia a los hombres a caballo. No sabía porque los seguía, no recordaba motivos, palabras que le justificasen. Pero lo que si reconocía era el placer de la caza, el ansía con la que sostenía el pomo de la  espada.

Aquellos hombres se detuvieron al anochecer, en un calvero en el que había una gran peña en el centro y una fuente a su vera. Los contó, veinte. Muchos para él solo. Desde lejos observó como desmontaban y se tendían a descansar. De las mochilas y bolsillos sacaron unas pequeñas cajas marrones y verdes. Algunos las colocaron cuidadosamente sobre el suelo y las activaron. Un resplandor tenue y azul salía de las cajas y se extendía por el suelo como un breve niebla a un palmo del terreno. 

Vio como alguno de ellos se sentaba encima y como la niebla cedía y se acomodaba a su cuerpo. No se sorprendió, podía imaginarse encima de uno de aquellos artefactos e incluso evocar su mullidez. Sin embargo no sabía su nombre. 

Encendieron algo parecido a un fuego, una llama amarilla y amplia que salía de otra de aquellas cajitas. Aquella llama rompió la penumbra del anochecer y el relente húmedo del bosque, aunque no llegó hasta donde él estaba. Contempló como colocaban centinelas y empezó a sentirse incomodo y frío sobre la rama en que estaba encaramado.

Su ánimo también se había enfriado. Había muchas preguntas rondándole la cabeza y ese impulso que le hubiera llevado a atacar a aquellos hombres de los que nada sabía, se estaba desvaneciendo con rapidez. Justo cuando estaba empezando a desplazarse para buscar un buen sitio donde pasar la noche, bruscamente  un cono de luz blanca iluminó el claro. Era el ruido que ya conocía, ese trueno continuo y el aire desplazado y removiendo la quietud del bosque. 

El vehículo se poso con delicadeza en el escaso sitio que le quedaba libre entre los petates. De él salieron varios hombres con vestiduras rojas que fueron recibidos con calurosos abrazos y risas.

No vio a las  arañas por ningún sitio, y tras ver que los saludos y las conversaciones en voz alta disminuían y que los centinelas empezaban a ejercer su función, decidió buscarse un lecho nocturno. Se hizo una cama de brezos debajo de una peña, un sitio recogido y a resguardo de miradas y posibles lluvias. 

Dentro de su refugio la cabeza era de nuevo un remolino, sabía que dentro de él estaban todavía las piezas, solo tenía que encontrarlas, fácil sino le rehuyesen corriendo por laberintos de ideas y sensaciones. Cuanto más ímpetu ponía en encontrarlas más difícil era. Pronto las espirales de significados que se perseguían dejaron de importarle y con el sueño se hicieron difusas, lejanas.

La oscuridad le recubría. Él era la oscuridad, negritud de noes invadiendo el espacio, comiéndoselo para construir infinitas parcelas de nada, concentrados universos de ceros tan grandes como galaxias. Y en ese instante enorme apareció un movimiento peristáltico, el terciopelo negro de la nada se ondulaba, torcía su materia creando pliegues que lo extraían de su esencia, lo devolvían... ¿a dónde? ¿Al ruido de metal, al grito, al relámpago de dolor?

Era de noche aún. La luna estaba alta entre las ramas. Se arrebujó aún más en su cota mientras sentía como su cuerpo temblaba un poco. El silencio del bosque no era total. Ululaba alguna ave lejana, y un ábrego desagradable enfriaba a la par que removía las hojas de robles y brezos. Y había algo más. Moviéndose como pedazos de niebla, lentos y silenciosos, hombres anónimos resbalaban por la noche, pálidos brillos de acero traspasaban como lanzazos de luz el tejido de la oscuridad del bosque. 

Se levantó cautelosamente oteando alrededor. No vió a nadie, pero los sentía, apenas un susurro allí, un roce mas allá. Sin pensarlo comenzó a avanzar semiagachado como alguien acostumbrado al acecho, sumergido en sombras tan densas como la nada y esquivando pozos de delatora claridad  lunar.

Eran una docena, no mas, y caminaban delante de él apenas pisando la hojarasca, las caras y las armas oscurecidas de barro. De nuevo se adueñó  de él un goce profundo incapaz de ser opacado por pensamientos; acechaba a los acechantes y hasta la última fibra de su cuerpo disfrutaba con el juego del ocultarse, del silencio y los amagos de luz y sombra.

Sin previo aviso la silueta del un hombre se interpuso en su camino. Su puño cerrado  y sosteniendo la espada se quedó elevado, tenso para descargar una tremenda fuerza. En la oscuridad plateada del bosque le apuntaba una ballesta de hoja ancha, con el cranequín tensado al máximo. Se detuvo, al igual que lo hizo el otro hombre, ambos boquiabiertos, detenidos en la tensión previa a la violencia del golpe y el disparo. 

Recordaba esas facciones, esa cara llana, excesivamente lampiña, la nariz grande y los ojos muy juntos. No podía bajar el puño y al parecer él tampoco podía disparar. El otro rompió la inmovilidad a la vez que una ancha sonrisa le iluminaba el rostro. Soltó la ballesta y después lanzó sobre él unos brazos enormes, fuertes, que le estrujaron con cariño. 

Sin saber porque se sintió bien, muy bien, como si estuviese regresando a su casa, una casa que no recordaba en un mundo que no comprendía. El otro —que ahora veía era rubio— bajo la capucha e intentó hablarle con tan poco volumen que casi no le entendió.

— Cuanto tiempo, cuanto tiempo... menudo golpe te dieron, tardaste mucho en volver. Creíamos que lo habías dejado, y la verdad, nos haces falta, ya sabes, después de la última batalla somos menos, menos que nunca. Es el mejor momento, ahora podemos igualar el tanteo.

Con un gesto de simpatía e ímpetu le indicó que siguieran avanzando. Se sentía tan feliz que asintió en silencio y continuó moviéndose en medio del laberinto de ramas, oscuridad y esquiva luz lunar. Se acercaban al sitio donde los hombres vestidos de rojo habían acampado y dormían en sus extrañas camas. El rubio le hizo un gesto para que se detuviese, y luego señalo hacia arriba. Le costó trabajo al principio, pero al rato distinguió la silueta  de un hombre subido en una alta rama. Era un centinela.

—Toma, dispara tú, que siempre has tenido mejor puntería.

En un primer momento no supo que hacer con la ballesta, luego sus dedos encontraron el lugar apropiado, la madera y el metal se amoldaban a sus manos. Cargo el cranequín apoyando el pie en el estribo y tirando de la cuerda. Después colocó el dardo y apunto cuidadosamente a la silueta. Sabía que apenas tendría parábola y que el viento no influiría. Aún así se fijó bien en que dirección se movían las ramas. 

Cuando sintió estabilizada la ballesta, tensó lentamente el dedo índice esperando que el gatillo saltase el resorte. Como una exhalación el dardo cruzó el silencio del bosque y la silueta cayó al suelo apenas sin ruido. Continuaron avanzando en silencio. Podía ver a los otros, manchas negras en medio del suave resplandor lunar. Avistaron el campamento enseguida. 

Todo estaba en silencio, el  pequeño fuego, desgastado ya, apenas iluminaba con un resplandor rojizo los cuerpos tendidos, bultos informes que agitaban los pechos en la profundidad del sueño. Notaba como le sudaban las palmas y se las secaba continuamente para conseguir un mejor agarre de la espada. 

Esperaron unos instantes interminables. Miro a su amigo, el rubio del que no se acordaba ni del nombre y este le devolvió la mirada, y había excitación en ella. Semiagachado sus hombros estaban encorvados por la tensión. En esos momentos, mirando al claro, de nuevo cruzó por su visión una espesa línea de movimiento, un cegador resplandor y luego la nada. Había sido un golpe lo que le derribase, un golpe en la cabeza. Él pertenecía a aquella hueste de soldados, solo que no lo recordaba, no recordaba nada.

Alguien gritó y todos se abalanzaron sobre el claro. Las espadas y mazas bajaron inmisericordes destrozando huesos, cortando carne.  Algunos de los de bermellón lograron despertar y blandir sus armas, y se debatían estupefactos, recién salidos del sueño. Perdió al rubio, y desde ese momento, abandonado a sus propios recursos, fue su cuerpo el que tomo las riendas, manejando la espada, esquivando golpes, tajando a diestra y siniestra.

Al poco el combate se encarnizó. El grueso del campamento estaba unos metros mas allá, lejos del primer ataque. Alguien había calculado mal la posición y el grueso del enemigo se estaba recuperando de la sorpresa y contraatacando. Los hombres combatían en la oscuridad, se escuchaban gritos, sonaban los metales al chocar y las cuerdas de las ballestas al soltar los dardos.

En un momento dado se vio frente a un contendiente mas bajo que él pero armado de un pesado espadón que manejaba con imposible habilidad. Repelía sus golpes haciéndolos resbalar sobre el metal y lanzaba amplias circunferencias de muerte que era muy difícil escapar, y mucho menos parar dada la inercia de aquella enorme espada. 

Una vez mas le pareció que aquella situación no era nueva, solo cambiaban las circunstancias. El ardor de la lucha sacó de su cabeza toda pregunta y se aplicó en buscar huecos donde hender con rapidez aprovechando la agilidad de su arma. Resoplaban los dos, revolviéndose entre penachos de vaho que salían de sus gargantas, cambiando mandobles, ataques y fintas que parecían puñados de luz plateada. 

Estuvo apunto de resultar alcanzado por dos o tres molinetes de su contrincante antes que lograse al fin meter el montante en una estocada terrible, directa al pecho, que entró traspasando el pulmón y saliendo por la espalda.

Escucho el sonido agónico del otro mientras caía de rodillas y desensartaba la espada. Repentinamente un resplandor amarillento se extendió como por el bosque oscurecido. Se protegió los ojos como pudo. La luz cambió la escena brutalmente. 

La sangre que teñía su espada ya no era negra sino roja, así como la que goteaba de la boca de su enemigo que se negaba tercamente a caer al suelo a pesar que no podía respirar por tener el pulmón perforado. Pero lo que le paralizó fue la cara del otro. Recordaba esos rasgos, la mandíbula ancha, la nariz pequeña, las cejas espesas. 

Era la misma cara del cadáver que había visto tendido en el campo, con la garganta abierta hasta casi cercenarle el cuello, y era el mismo rostro, el resplandor borroso, lo último que vió antes de que la oscuridad le atrapase con sus fauces de negrura.

Por fin aquel hombre cayo de bruces, todavía removiéndose un poco y pudo levantar la cara, llena de extrañeza, para mirar el nuevo bosque que había nacido del resplandor.  Los hombres habían dejado caer flácidas sus armas al costado y se movían acercándose a la fuente de aquel resplandor. Escuchó el sonido de aire removido, el zumbido, esta vez mas leve. 

Los hombres ya no luchaban, solo sostenían sus armas colgando de los brazos y miraban hacia una plataforma elevada que se mecía suavemente. Las luces provenían de ella. Subido a la plataforma y sujeto a la barandilla había un hombre vestido de negro, sin armas, con unas ropas del todo distintas a las que llevaban los demás. Cuando habló lo hizo con una voz que tronaba entre los árboles.

— Se interrumpe aquí el partido. Hay una alegación comprobada sobre el uso de técnicas prohibidas.

Se elevó un murmullo de desaprobación entre los hombres. La lucha había cesado, quedaron esparcidos por el suelo multitud de cadáveres de ambos bandos. Todavía estaba bajo el efecto del shock, del resucitado vuelto a morir, de ese flash, el rostro borroso, la espada describiendo un arco de acero hacía él. 

La desorientación iba mas allá de algo mental, la sentía como algo físico,  una cadena que ataba su mente impidiéndole comprender aquello. Como en una consecuencia lógica, la furia llegó después, arrasadora, arrastrando tras ella los últimos intentos de comprender. Se abalanzó sobre el primero que paso cerca de él y le corto el estómago con un rápido movimiento del arma. 

El hombre se fue al suelo sujetándose las tripas. Siguió atacando, fintando, corriendo, matando con velocidad porque los hombres no respondían a sus ataques, hasta que un pequeño dardo que zumbaba como una abeja se abalanzó sobre su cuello y una vez mas la realidad se espeso en grumos negrura a su alrededor.

 

Nada, se la escucha rugir como en una tormenta marina, nada. Negrura infinita, sin sueños, vacío. ¿Qué queda? Algunos pedazos sueltos, imágenes, tactos, sonidos, olores, azulejos rotos y flotando en el mar de esta noche interior.

Salió del sueño flotando en posición horizontal. Estaba en una habitación de suaves formas, pliegues de blancura y de azul pastel que se movían como agitados por un viento inexistente. No había líneas rectas en aquella sala, toda la geometría variaba como a impulsos de extrañas ondas líquidas. Un ventanal aproximadamente ovalado daba a un jardín exterior iluminado por el sol.

No vio al hombre hasta que se fijo muy bien. Vestía de un color claro que se confundía con las paredes. Además su cara, su actitud, todo era muy habitual, le daba tanta confianza que costaba percibirlo.

— Buenos días

— Buee.. ¿Dónde estoy?¿quién es usted?

—Todo a su tiempo. Le informo rápidamente: ha sufrido un accidente jugando a Gesta del que su fauna de bioprotección no le ha logrado sacar con el cerebro completo. Si mantuviese esa parte de la memoria sabría que ahora es un desmemo.

— Como ha podido ocurrir eso.

El hombre se levantó con exquisitos ademanes y cruzó hasta la ventana que daba al jardín.

— Ocurre con frecuencia en ese juego. Una fractura de cráneo, el cerebro queda expuesto y se pierde sobre el terreno, o se lo come algún animal... pueden suceder muchas cosas.

El enfermo se levantó sacudiendo la cabeza, intentando comprender.

Le contaré como suponemos que sucedió. Usted cayó muerto por un golpe del otro equipo y quedo tendido lejos del área donde estaba la mayor parte de los muertos. A los otros los recogieron las unidades medicas y se recuperaron bajo condiciones controladas. A usted lo revivió su fauna de bioprotección,  ya sin memoria claro.

— ¿Qué es eso de la fauna de bioprotección?

 

— Sus nanoreparadores que constantemente están chequeando el funcionamiento de sus células.

Sentado en la cama, mirando hacia aquel hombre, intentaba asimilar sus palabras. Muerto, vuelto a revivir, el juego de gesta...

— Será duro volver a aprender tantas cosas de nuevo, pero piense que ha tenido suerte, hay casos de personas recuperadas que no saben ni andar. Volveré luego para seguir charlando.

Observó como aquel hombre salía de la habitación por una puerta que más parecía un pliegue de tela.

Se levantó caminando descalzo por el suelo elástico hasta pararse en la ventana que daba al jardín. Afuera crecían las plantas, se movían los transportes, edificios, inmensas torres que rivalizaban en tamaño y altura con las mismas nubes, se alzaban como los árboles de un bosque megalítico.

¡Tanto que aprender!