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El mejor amigo de un muchacho - Isaac Asimov

—Querida, ¿dónde está Jimmy? —preguntó el señor Anderson.

—Afuera, en el cráter —dijo la señora Anderson—. No te preocupes por él. Está con Robutt... ¿Ha llegado ya?

—Sí. Está pasando las pruebas en la estación de cohetes. Te juro que me ha costado mucho contenerme y no ir a verlo. No he visto ninguno desde que abandoné la Tierra hace ya quince años..., dejando aparte los de las películas, claro.

—Jimmy nunca ha visto ninguno —dijo la señora Anderson.

—Porque nació en la Luna y no puede visitar la Tierra. Por eso hice traer uno aquí. Creo que es el primero que viene a la Luna.

—Sí, su precio lo demuestra —dijo la señora Anderson lanzando un suave suspiro.

—Mantener a Robutt tampoco resulta barato, querida —dijo el señor Anderson.

Jimmy estaba en el cráter, tal y como había dicho su madre. En la Tierra le habrían considerado delgado, pero estaba bastante alto para sus diez años de edad. Sus brazos y sus piernas eran largos y ágiles. El traje espacial que llevaba hacía que pareciese más robusto y pesado, pero Jimmy sabía arreglárselas en la débil gravedad lunar como ningún terrestre podría hacerlo nunca. Cuando Jimmy tensaba las piernas y daba su salto de canguro, su padre siempre acababa quedándose atrás.

El lado exterior del cráter iba bajando en dirección sur y la Tierra —que se hallaba bastante baja en el cielo meridional, el lugar donde estaba siempre vista desde Ciudad Lunar—, ya casi había entrado en la fase de llena, por lo que toda la ladera del cráter quedaba bañada por su claridad.

La pendiente no era muy empinada, y ni tan siquiera el peso del traje espacial podía impedir que Jimmy se moviera con gráciles saltos que le hacían flotar y creaban la impresión de que no había ninguna gravedad contra la que luchar.

—¡Vamos, Robutt! —gritó Jimmy.

Robutt le oyó a través de la radio, ladró y echó a correr detrás de él.

Jimmy era un experto, pero ni tan siquiera él podía competir con las cuatro patas y los tendones de Robutt, que además no necesitaba traje espacial. Robutt saltó por encima de la cabeza de Jimmy, dio una voltereta y terminó posándose casi debajo de sus pies.

—No hagas tonterías, Robutt, y quédate allí donde pueda verte —le ordenó Jimmy.

Robutt volvió a ladrar, ahora con el ladrido especial que significaba «Sí».

—No confío en ti, tunante —exclamó Jimmy.

Dio un último salto que lo llevó por encima del curvado borde superior de la pared del cráter y le hizo descender hacia la ladera inferior.

La Tierra se hundió detrás del borde de la pared del cráter, y la oscuridad cegadora y amistosa que eliminaba toda diferencia entre el suelo y el espacio envolvió a Jimmy. La única claridad visible era la emitida por las estrellas.

En realidad, Jimmy no tenía permitido jugar en el lado oscuro de la pared del cráter. Los adultos decían que era peligroso, pero lo decían porque nunca habían estado allí. El suelo era liso y crujiente, y Jimmy conocía la situación exacta de cada una de las escasas piedras que había en él.

Y, además, ¿qué podía haber de peligroso en correr a través de la oscuridad cuando la silueta resplandeciente de Robutt le acompañaba ladrando y saltando a su alrededor? El radar de Robutt podía decirle dónde estaba y dónde estaba Jimmy aunque no hubiera luz. 
 
Mientras Robutt estuviera con él para advertirle cuando se acercaba demasiado a una roca, saltar sobre él demostrándole lo mucho que le quería o gemir en voz baja y asustada cuando Jimmy se ocultaba detrás de una roca, aunque Robutt supiera todo el rato dónde estaba, Jimmy jamás podría sufrir ningún daño. 
 
En una ocasión Jimmy se acostó sobre el suelo, se puso muy rígido y fingió estar herido, y Robutt activó la alarma de la radio haciendo acudir a un grupo de rescate de Ciudad Lunar. El padre de Jimmy castigó la pequeña travesura con una buena reprimenda, y Jimmy nunca había vuelto a hacer algo semejante.

La voz de su padre le llegó por la frecuencia privada justo cuando estaba recordando aquello.

—Jimmy, vuelve a casa. Tengo que decirte algo.

Jimmy se había quitado el traje espacial y se había lavado concienzudamente después de entrar en casa; e incluso Robutt había sido meticulosamente rociado, lo cual le encantaba. Robutt estaba inmóvil sobre sus cuatro patas con su pequeño cuerpo de no más de treinta centímetros de longitud estremeciéndose y lanzando algún que otro destello metálico, y su cabecita desprovista de boca con dos ojos enormes que parecían cuentas de cristal y la diminuta protuberancia donde se hallaba alojado el cerebro no dejó de lanzar débiles ladridos hasta que el señor Anderson abrió la boca.

—Tranquilo, Robutt —dijo el señor Anderson, y sonrió—. Bien, Jimmy, tenemos algo para ti. Ahora se encuentra en la estación de cohetes, pero mañana ya habrá pasado todas las pruebas y lo tendremos en casa. Creo que ya puedo decírtelo.

—¿Algo de la Tierra, papi?

—Es un perro de la Tierra, hijo, un perro de verdad..., un cachorro de terrier escocés para ser exactos. El primer perro de la Luna... Ya no necesitarás más a Robutt. No podemos tenerlos a los dos, ¿sabes? Se lo regalaremos a algún niño. —El señor Anderson parecía estar esperando a que Jimmy dijera algo, pero al ver que no abría la boca siguió hablando—. Ya sabes lo que es un perro, Jimmy. Es de verdad, está vivo... Robutt no es más que una imitación mecánica, una copia de robot.

Jimmy frunció el ceño.

—Robutt no es una imitación, papi. Es mi perro.

—No es un perro de verdad, Jimmy. Robutt tiene un cerebro positrónico muy sencillo y está hecho de acero y circuitos. No está vivo.

—Hace todo lo que yo quiero que haga, papi. Me entiende. Te aseguro que está vivo.

—No, hijo. Robutt no es más que una máquina. Está programado para que actúe de esa forma. Un perro es algo vivo. En cuanto tengas al perro ya no querrás a Robutt.

—El perro necesitará un traje espacial, ¿verdad?

—Sí, naturalmente, pero creo que será dinero bien invertido y muy pronto se habrá acostumbrado a él... Y cuando esté en la ciudad no lo necesitará, claro. Cuando lo tengamos en casa enseguida notarás la diferencia.

Jimmy miró a Robutt. El perro robot había empezado a lanzar unos gemidos muy débiles, como si estuviera asustado. Jimmy extendió los brazos hacia él y Robutt salvó la distancia que le separaba de ellos de un solo salto.

—¿Y qué diferencia hay entre Robutt y el perro? —preguntó Jimmy.

—Es difícil de explicar —dijo el señor Anderson—, pero lo comprenderás en cuanto lo veas. El perro te querrá de verdad, Jimmy. Robutt sólo está programado para actuar como si te quisiera, ¿entiendes?

—Pero papi... No sabemos qué hay dentro del perro ni cuáles son sus sentimientos. Puede que también finja.

El señor Anderson frunció el ceño.

—Jimmy, te aseguro que en cuanto hayas experimentado el amor de una criatura viva notarás la diferencia.

Jimmy estrechó a Robutt en sus brazos. El niño también tenía el ceño fruncido, y la expresión desesperada de su rostro indicaba que no estaba dispuesto a cambiar de opinión.

—Pero si los dos se portan igual conmigo, entonces tanto da que sea un perro de verdad o un perro robot —dijo Jimmy—. ¿Y lo que yo siento? Quiero a Robutt, y eso es lo que importa.

Y el pequeño robot, que nunca se había sentido abrazado con tanta fuerza en toda su existencia, lanzó una serie de ladridos estridentes..., ladridos de pura felicidad.

Más allá del muro del sueño - H. P. Lovecraft

 «Entonces, el sueño se desplegó ante mí».

SHAKESPEARE

 

Con frecuencia me he preguntado si el común de los mortales se habrá parado alguna vez a considerar la enorme importancia de ciertos sueños, así como a pensar acerca del oscuro mundo al que pertenecen. 

Aunque la mayoría de nuestras visiones nocturnas resultan quizás poco más que débiles y fantásticos reflejos de nuestras experiencias de vigilia —a pesar de Freud y su pueril simbolismo—, existen no obstante algunos sueños cuyo carácter etéreo y no mundano no permite una interpretación ordinaria, y cuyos efectos vagamente excitantes e inquietantes sugieren posibles ojeadas fugaces a una esfera de existencia mental no menos importante que la vida física, aunque separada de esta por una barrera infranqueable. 

Mi experiencia no me permite dudar que el hombre, al perder su conciencia terrena, se ve de hecho albergado en otra vida incorpórea, de naturaleza distinta y alejada a la existencia que conocemos, y de la que solo los recuerdos más leves y difusos se conservan tras el despertar. 

De estas memorias turbias y fragmentarias es mucho lo que podemos deducir, aun cuando probar bien poco. Podemos suponer que en la vida onírica, la materia y la vida, tal como se conocen tales cosas en la tierra, no resultan necesariamente constantes, y que el tiempo y el espacio no existen tal como lo entienden nuestros cuerpos de vigilia. 

A veces creo que esta vida menos material es nuestra existencia real, y que nuestra vana estancia sobre el globo terráqueo resulta en sí misma un fenómeno secundario o meramente virtual.

Fue tras un ensueño juvenil colmado de especulaciones de tal clase, al despertar una tarde del invierno de 1900-1901, cuando ingresó en la institución psiquiátrica en la que yo servía como interno, un hombre cuyo caso me ha vuelto a la cabeza una y otra vez. 

Su nombre, según consta en el registro, era Joe Slater, o Slaader, y su aspecto resultaba el del típico habitante de la zona de la montaña Catskill; uno de esos vástagos extraños y repelentes de los primitivos pobladores campesinos, cuyo establecimiento durante tres siglos en esa zona montañosa y poco transitada les ha sumido en una especie de bárbara decadencia, en vez de avanzar al compás de sus iguales, más afortunados, asentados en distritos más populosos. 

Entre esa gente peculiar, que se corresponde con exactitud a los decadentes elementos de la «basura blanca» del Sur, no existen ley ni moral, y su nivel intelectual se halla probablemente por debajo del de cualquier otro grupo de la población nativa americana.

Joe Slater, que llegó a la institución bajo la atenta vigilancia de cuatro policías estatales, y que era descrito como de un carácter sumamente peligroso, no dio, sin embargo, muestras de tal peligrosidad la primera vez que lo vi. 

Aunque muy por encima de la talla media y de fornida constitución, mostraba una absurda apariencia de estupidez inofensiva debido a la mirada de sus ojillos acuosos de azul pálido y somnoliento, su rala, desatendida y jamás afeitada mata de barba amarillenta, y la apatía con que colgaba su grueso labio inferior. Se desconocía su edad, ya que entre su gente no hay registros familiares o lazos estables; pero por su calvicie frontal y por el mal estado de su dentadura, el cirujano le inscribió como hombre de unos cuarenta.

Por los documentos médicos y jurídicos supimos cuanto había recopilado sobre su caso. Este hombre, vagabundo, cazador y trampero, siempre había resultado un extraño a ojos de sus primitivos paisanos. 

Habitualmente solía dormir durante las noches más de lo normal, y tras el despertar acostumbraba a pronunciar palabras desconocidas en una forma tan extraña como para inspirar miedo aun en los corazones de aquella chusma sin imaginación. 

No es que su forma de hablar resultase totalmente insólita, ya que no hablaba sino en la decadente jerga de su entorno; pero el tono y el tenor de sus expresiones poseían una cualidad de misterioso exotismo, y nadie era capaz de escucharlas sin sentir aprensión. 

Él mismo se veía tan aterrado y confuso como su auditorio, y una hora después de despertar había olvidado todo lo dicho, o al menos qué le había llevado a decirlo, volviendo a la bovina y medio amigable normalidad del resto de los montañeses.

Según envejecía Slater, al parecer, sus aberraciones matutinas fueron aumentando en frecuencia e intensidad, hasta que alrededor de un mes antes de su ingreso en la institución se desencadenó la estremecedora tragedia que había llevado a su arresto por parte de las autoridades. 

Un día, alrededor del mediodía, tras un profundo sueño en el que se había sumido tras una borrachera de whisky, en torno a las cinco de la tarde anterior, el hombre se había levantado con gran brusquedad, prorrumpiendo en aullidos tan terribles y ultraterrenos que atrajeron hasta su cabaña a varios vecinos… una sucia pocilga donde moraba con una familia tan impresentable como él mismo. 

Abalanzándose hacia el exterior, a la nieve, había alzado los brazos para comenzar una serie de saltos hacia el aire, al tiempo que vociferaba su decisión de alcanzar alguna «gran, gran cabaña con resplandores en techo y muros y suelos, y la sonora y extraña música de allá a lo lejos». 

Cuando dos hombres de respetable tamaño intentaron contenerlo, se había debatido con furia y fuerza maníaca, gritando su deseo y su necesidad de encontrar y matar a cierto «ser que brilla, se estremece y ríe». Al fin, tras derribar de momento a uno de quienes le sujetaban con un súbito golpe, se había lanzado sobre el otro en una demoníaca explosión de sed de sangre, vociferando infernalmente que «saltaría alto en el aire y se abriría paso a sangre y fuego entre quienes intentaran detenerlo». 

Familia y vecinos huyeron entonces presos del pánico y, cuando los más valientes regresaron, Slater se había ido, dejando tras de sí una pulpa irreconocible del que fuera un hombre vivo una hora antes. Ningún montañés había osado perseguirlo, y probablemente hubieran acogido con agrado su muerte en el frío; pero cuando varias mañanas más tarde oyeron sus gritos en un barranco lejano, comprendieron que se las había ingeniado de alguna forma para sobrevivir, y que era necesario neutralizarlo de una u otra forma. 

Entonces habían formado una patrulla armada de busca, cuyo propósito (fuera el que fuese) acabó convirtiéndose en pelotón del sheriff cuando uno de los pocas veces bien recibidos policías del estado descubrió casualmente a los buscadores, los interrogó y finalmente se unió a ellos.

Al tercer día hallaron inconsciente a Slater en el hueco de un árbol y lo condujeron a la cárcel más próxima, donde alienistas de Albany lo examinaron apenas recuperó el sentido. Él les contó una historia muy sencilla. Había, dijo, ido a dormir una tarde, hacia el anochecer, tras ingerir gran cantidad de licor. 

Se había despertado para descubrirse plantado, con las manos ensangrentadas, en la nieve ante su cabaña, el cadáver mutilado de su vecino Peter Sladen a los pies. Espantado, había huido a los bosques en un vano esfuerzo para escapar a la imagen de lo que debía tratarse de su propio crimen. 

Aparte de eso no parecía saber nada, sin que el experto examen de sus interrogadores pudiera suministrar hechos adicionales. Esa noche Slater durmió tranquilo y despertó a la mañana siguiente sin otros rasgos particulares que cierta alteración del gesto. 

El doctor Barnard, que mantenía en observación al paciente, creyó descubrir en sus ojos azul pálido cierto brillo de peculiar cualidad, y en los labios fláccidos una tirantez real, aunque casi imperceptible, como de inteligente determinación. Pero al ser interrogado, Slater se refugió en la vacuidad habitual de los montañeses, y tan solo abundaba en lo ya dicho el día anterior.

La tercera mañana tuvo lugar el primero de los ataques mentales del hombre. Tras algunas muestras de intranquilidad durante el sueño, estalló en un ataque tan terrible que se necesitó la fuerza combinada de cuatro hombres para embutirle una camisa de fuerza. 

Los alienistas escucharon con suma atención sus palabras, ya que su curiosidad se veía aguzada hasta un alto grado a través de las sugestivas, aunque en su mayor parte contradictorias e incoherentes, historias de familia y vecinos. Slater deliró alrededor de unos quince minutos, balbuciendo en su dialecto campesino acerca de grandes edificios de luz, océanos de espacio, extrañas músicas y montañas sombrías y valles. 

Pero sobre todo se explayó acerca de alguna entidad misteriosa y brillante que se estremecía, reía y burlaba de él. Esta vasta, vaga entidad, parecía haberle infligido un daño terrible, y su deseo supremo residía en matarla en venganza triunfante. Para lograrlo, decía, debía remontarse a través de abismos de vacío; abrasando cuantos obstáculos se interpusieran a su paso. Ese era su discurso, hasta que cesó de la forma más abrupta. 

El fuego de la locura se esfumó de sus ojos, y con asombro turbio observó a sus interrogadores y les preguntó por qué estaba atado. El doctor Barnard le retiró el arnés de cuero y no se lo colocó hasta la noche, cuando consiguió convencer a Slater de que lo aceptara por propia voluntad, por su propio bien. El hombre ya había admitido que a veces hablaba de forma extraña, aunque no sabía por qué.

En el transcurso de una semana se desencadenaron otros dos ataques, aunque los doctores aprendieron muy poco de ellos. Especularon ampliamente sobre la fuente de las visiones de Slater, ya que, no sabiendo leer ni escribir, y aparentemente nunca habiendo escuchado leyendas o cuentos de hadas, su prodigiosa imaginería resultaba inexplicable. Que no procedía de ningún mito o leyenda quedaba especialmente de manifiesto por el hecho de que aquel desdichado lunático se expresaba acerca de sí mismo tan solo en su sencillo lenguaje. 

Desvariaba sobre cosas que ni entendía ni podía interpretar; cosas que pretendía haber experimentado, pero que no podía haber aprendido a través de cualquier narración normal o coherente. 

Pronto, los alienistas decidieron que en esos sueños anormales residía la clave del problema; sueños tan vívidos que durante ciertos lapsos de tiempo podían dominar por completo a la mente despierta de ese ser humano, básicamente inferior. Slater fue enjuiciado por homicidio, siguiendo las debidas formalidades, absuelto gracias a su locura y recluido en la institución donde yo prestaba mis modestos servicios.

Ya he admitido ser un incansable especulador sobre la vida onírica, y por eso puede juzgarse con qué impaciencia me lancé al estudio del nuevo paciente apenas tuve pleno conocimiento de los hechos que rodeaban al caso. Parecía sentir alguna simpatía hacia mí, despertada sin duda por el interés, que yo no podía ocultar, así como por el modo amable en que yo lo interrogaba. 

Aunque nunca llegó a reconocerme en el transcurso de sus ataques, en los que yo me veía suspendido sin aliento sobre sus caóticas aunque cósmicas descripciones de su mundo, me reconocía en sus horas tranquilas, cuando podía sentarse junto a su ventana barrada tejiendo cestos de paja y sauce, y quizás añorando una libertad en las montañas que nunca recobraría. Su familia jamás intentó verlo; seguramente habían ya hallado otro cabeza de familia temporal, según las costumbres de esos degenerados montañeses.

Poco a poco comencé a sentir una subyugante admiración por las locas y fantásticas creaciones de Joe Slater. En sí mismo, el personaje era patéticamente inferior, tanto en intelecto como en forma de expresarse; pero sus rutilantes y titánicas visiones, aun cuando descritas en una jerga bárbara y deslabazada, eran sin duda algo que tan solo una mente superior o incluso excepcional podía concebir. 

¿Cómo, me preguntaba a menudo, podía la estulta imaginación de un degenerado de Catskill conjurar visiones cuya sola existencia indicaba la presencia de una chispa oculta de genialidad? ¿Cómo podía aquel gañán de las Chimbambas hacerse siquiera idea de esas regiones resplandecientes de brillos y espacios sobrehumanos sobre los que Slater divagaba durante sus furiosos delirios? 

Cada vez más iba haciéndome a la idea de que, en el penoso individuo que se acurrucaba ante mis ojos, se albergaba el núcleo trastornado de algo que trascendía mi comprensión, algo que se hallaba definitivamente más allá de la comprensión de mis colegas médicos y científicos, más experimentados pero menos imaginativos.

Y a pesar de todo yo no lograba obtener nada definitivo del personaje. El resultado de toda mi investigación residía en que, en un estado de vida onírica semiincorpórea, Slater vagabundeaba o flotaba a través de resplandecientes y prodigiosos valles, praderas, jardines, ciudades y palacios de luz; en una región prohibida y desconocida para el hombre. 

Que allí ya no era un labriego y un degenerado, sino una criatura de vida importante y activa; moviéndose orgullosa y dominante, y tan solo preocupada por cierto enemigo mortal que parecía tratarse de un ser de estructura visible aunque etérea, y que no parecía tener forma humana, ya que Slater jamás se refería a él como hombre, sino como un ser. 

El ser había causado a Slater algún daño odioso, aunque no formulado, del que el maníaco (si de un maníaco se trataba) había jurado vengarse. Por la forma en que Slater se refería a sus relaciones, apostaría a que él mismo y el ser luminoso se habían encontrado en igualdad de condiciones; que en esa existencia onírica el hombre era un ser luminoso de la misma estirpe que su enemigo. Esta impresión se sustentaba en las frecuentes referencias a vuelos por el espacio y a calcinar cuanto se opusiera a su avance. 

Sin embargo, tales conceptos eran formulados mediante rústicas palabras, completamente inadecuadas para expresarlos, algo que me hizo colegir que, si un mundo onírico existía realmente, el lenguaje oral no constituía el medio de transmisión de las ideas. 

¿Podría ser que el alma del durmiente que habitaba ese cuerpo inferior luchase desesperadamente tratando de decir cosas que la simple y titubeante lengua de la torpeza no podía proferir? ¿Estaría quizás frente a emanaciones intelectuales capaces de explicar el misterio, a condición de ser capaz de aprender a descubrirlas y leer en ellas? 

No comenté tales cosas con los viejos médicos, ya que la madurez resulta escéptica, cínica y mal predispuesta a las nuevas ideas. Además, el director de la institución últimamente me había llamado la atención, con sus maneras paternales, acerca de que yo estaba trabajando demasiado y que mi mente necesitaba algún reposo.

Yo había sostenido durante largo tiempo la creencia de que el pensamiento humano consiste básicamente en movimientos atómicos y moleculares, transformables en ondas etéreas de energía radiante, tales como el calor, la luz y la electricidad.

Tal creencia me había llevado muy pronto a contemplar la posibilidad de comunicación telepática o mental a través de aparatos adecuados, y en mis días de universidad había preparado un juego de instrumentos de transmisión y recepción, parecidos en cierta forma a los aparatosos mecanismos utilizados por la telegrafía sin hilos durante aquel tosco periodo previo a la radio. 

Los había probado con un compañero de estudios, pero, al no lograr resultado alguno, pronto los había arrinconado, en compañía de otras extravagancias científicas, con miras a su posible uso futuro. 

Ahora, llevado de mi intenso deseo de penetrar en la vida onírica de Joe Slater, acudí de nuevo a dichos instrumentos y empleé algunos días poniéndolos a punto. En cuanto estuvieron operativos de nuevo, no perdí oportunidad de probarlos. 

A cada ataque de violencia en Slater, acoplaba el transmisor a su frente y el receptor a la mía, realizando delicados ajustes para varias e hipotéticas longitudes de onda de la energía intelectual. Yo tenía muy poca idea de en qué forma las impresiones mentales, de tener lugar la comunicación, despertarían respuesta inteligente en mi cerebro; pero poseía la certeza de que podría detectarlas e interpretarlas. Así que proseguí con mis experimentos, aunque sin informar a nadie de su naturaleza.

Finalmente, todo ocurrió el 21 de febrero de 1901. Años después, mirando atrás, comprendo cuán irreal puede parecer, y a veces me pregunto a medias si el anciano doctor Fenton no tendría razón al achacar todo a mi imaginación sobreexcitada. 

Recuerdo que escuchó con gran amabilidad y paciencia cuanto le conté, pero acto seguido me suministró unos sedantes y dispuso para mí unas vacaciones de medio año que inicié a la semana siguiente. Aquella fatídica noche yo me encontraba agitado y perturbado en grado sumo, ya que, a pesar del excelente trato dispensado, Joe Slater agonizaba sin remisión. 

Quizás se trataba de la perdida libertad de montañés, o quizás el desorden de su cerebro se había vuelto excesivamente acusado para su organismo, perezoso en demasía; en todo caso, la llama de la vida se apagaba en aquel cuerpo degradado. Hacia el final se encontraba adormecido y, al caer la oscuridad, se sumió en un sueño inquieto. 

No le puse camisa de fuerza, tal como solía hacer cuando él iba a dormir, ya que veía que se encontraba demasiado débil como para resultar peligroso, aun si recaía en el desorden mental otra vez antes de expirar. Pero coloqué en su cabeza y la mía los dos terminales de mi «radio cósmica»; buscando, contra cualquier esperanza, lograr un primer y último mensaje del mundo onírico en el escaso tiempo que restaba. 

Con nosotros, en la celda, se encontraba un enfermero; un tipo mediocre que no comprendía el propósito del aparato, ni pensó en cuestionarse mis movimientos. Con el pasar de las horas, vi cómo su cabeza se vencía desmayadamente en el sueño, pero no lo molesté. Yo mismo, acunado por la rítmica respiración del sano y del agonizante, debí comenzar a cabecear poco después.

El sonido de una melodía lírica y extraña fue lo que me despabiló. Acordes, vibraciones y éxtasis armónicos resonaban apasionados por doquier mientras ante mi mirada hechizada se abría el formidable espectáculo de la belleza suprema. Muros, columnas y arquitrabes de fuego viviente llameaban refulgentes en torno al sitio en el que me parecía flotar por los aires, remontándose hasta una bóveda inconmensurablemente alta, de indescriptible esplendor. 

Entremezclado en ese despliegue de espléndida magnificencia, o más bien suplantándolo a veces en una calidoscópica rotación, había destellos de amplias llanuras y valles encantadores, altas montañas y grutas sugerentes, dotados con cualquier adorable atributo de imaginería que mis ojos deslumbrados pudieran concebir, aunque modelado por completo en alguna materia reluciente, etérea, plástica, cuya consistencia parecía tan espiritual como material. 

Según observaba, descubrí que la clave de esta encantadora metamorfosis se hallaba en mi propio cerebro, ya que cada panorama que aparecía ante mí era el que mi voluble mente deseaba contemplar. En estos jardines elíseos yo no resultaba un extraño, ya que cada imagen y sonido me resultaba familiar, tal como fuera durante incontables eones de eternidad en el pasado, tal como sería durante las eternidades del porvenir.

Luego, el aura resplandeciente de mi hermano en la luz se me allegó y mantuvo un coloquio conmigo, alma con alma, en silencio y perfecta comunión de pensamientos. Aquella hora era la de un próximo triunfo, ya que, ¿no iba mi compañero a escapar al fin de una degradante esclavitud transitoria, escapar por siempre y prepararse a perseguir al maldito opresor incluso hasta los supernos campos del éter, sobre los que lanzaría una incendiaria venganza cósmica que haría estremecer a las esferas? 

Flotamos así durante un tiempo, hasta que noté cierta turbiedad y desvanecimiento en los objetos circundantes, como si alguna fuerza me reclamase hacia la tierra… el lugar al que menos deseaba yo ir. El ser cercano a mí parecía sentir asimismo algún cambio, ya que gradualmente llevó su discurso a una conclusión, y él mismo se preparó para abandonar el lugar, esfumándose ante mis ojos de forma algo menos rápida que los demás objetos. 

Cambiamos unos pocos pensamientos más y supe que el ser luminoso y yo éramos reclamados por nuestras ataduras, aunque aquella sería la última vez para mi hermano en la luz. El doliente cascarón planetario hallaría su fin en menos de una hora y mi compañero se vería libre para perseguir al opresor a través de la Vía Láctea y más allá de las últimas estrellas, hasta los mismos confines del universo.

Un choque muy definido separa mi última impresión sobre la evanescente escena de luz de mi despertar repentino y algo avergonzado, así como de mi levantamiento de la silla al ver que la agonizante figura del camastro se removía inquieta. Joe Slater, de hecho, se despertaba, aunque probablemente por última vez. 

Al observarlo más detenidamente, vi que en la superficie de sus mejillas brillaban manchas de color que antes no tenía. Los labios, también, se veían diferentes, firmemente apretados por la fuerza de un carácter más decidido que el que poseyera Slater. 

Finalmente, todo el rostro fue tensándose, y la cabeza giró intranquila, con los ojos cerrados. No desperté al enfermero, sino que reajusté el dispositivo de cabeza, ligeramente desajustado, de mi «radio» telepática, intentando captar cualquier mensaje de partida que pudiera emitir el soñador. Todo a un tiempo, la cabeza giró bruscamente hacia mí y los ojos se abrieron de repente, causándome un gran desasosiego al contemplarlo. 

El hombre que fuera Joe Slater, el degenerado de Catskill, me miraba ahora con ojos luminosos, abiertos de par en par; ojos cuyo azul parecía haberse tornado en más profundo. No resultaban visibles ni manía ni degeneración alguna en tal mirada, y supe sin duda alguna que estaba frente a un rostro tras el que subyacía una mente activa y de primer orden.

En tal tesitura, mi cerebro comenzó a abrirse a una lenta influencia externa que operaba sobre mí. Cerré los ojos para concentrar más mis pensamientos y me vi recompensado por el conocimiento real de que el mensaje mental, por tanto tiempo esperado, llegaba por fin. 

Cada idea transmitida se formaba con rapidez en mi mente y, aun cuando no se utilizaba ningún idioma actual, mi habitual asociación de conceptos y expresiones resultaba tan grande que me parecía recibir el mensaje en inglés vulgar.

Joe Slater está muerto —así me llegó la impactante voz, o el agente de más allá del muro del sueño. Con los ojos abiertos busqué el lecho del dolor, lleno de miedo inexplicable; pero los ojos azules aún me contemplaban calmosos, y las facciones todavía mostraban una inteligencia animada—. Está mejor muerto, ya que no era adecuado para albergar la activa inteligencia de una entidad cósmica. 

Su tosco cuerpo no podía sobrellevar los ajustes necesarios entre la vida etérea y planetaria. Era mucho más que un animal, mucho menos que un hombre, aunque gracias a sus defectos has llegado a descubrirme, ya que, en verdad, las almas cósmicas y planetarias no debieran nunca llegar a encontrarse. 

Fue mi tormento y mi prisión durante cuarenta y dos de vuestros años terrestres. Yo soy una entidad igual a la que tú mismo asumes en la libertad que da el sueño sin sueños. Soy tu hermano de luz y he flotado contigo por los valles resplandecientes. No me está permitido hablarle a tu ser terrestre despierto acerca de tu ser real, pero somos vagabundos de los amplios espacios y viajeros por multitud de eras. 

El año próximo quizás esté morando en el oscuro Egipto que tú llamas antiguo, o en el cruel imperio de Tsan-Chan que se alzará dentro de tres mil años. Tú y yo hemos ido a la deriva entre los mundos que danzan en torno al rojo Arturo y habitado los cuerpos de los filósofos insectoides que se arrastran altaneros sobre la cuarta luna de Júpiter. ¡Cuán pequeño es el conocimiento del ser terrestre sobre la vida y su amplitud! ¡Cuán pequeño debe ser, asimismo, para garantizar su propia tranquilidad! 

Del opresor no puedo hablar. Vosotros, en la Tierra, habéis notado inconscientemente su lejana presencia… vosotros, que sin conocimiento, despreocupados, disteis a su parpadeante faro el nombre de Algoz la estrella del demonio. Es para hallar y vencer al opresor que me he esforzado en vano durante eones, retenido por ataduras corpóreas. 

Esta noche partiré como una Némesis, llevando justa y ardiente venganza cataclísmica. Contémplame en el cielo próximo a la estrella del demonio. No puedo hablar mucho más, ya que el cuerpo de Joe Slater se está volviendo frío y rígido, y el grosero cerebro cesa de vibrar como yo deseo. 

Has sido mi hermano en el cosmos; has sido mi único amigo en este planeta —la única alma en sentirme y buscarme dentro de la repelente forma que yace en este camastro. Volveremos a encontrarnos… quizás en las resplandecientes brumas de la Espada de Orión, quizás en una desierta meseta del Asia prehistórica. Quizás en un sueño esta misma noche, imposible de recordar; quizás en otra forma, en los eones por venir, cuando el sistema solar ya no exista.

En este momento, las ondas mentales cesaron bruscamente y los pálidos ojos del soñador —¿o debo decir el muerto?— comenzaron a vidriarse como los de un pez. Medio sumido en estupor, me acerqué al camastro y tomé su muñeca, pero la descubrí fría, rígida, sin pulso. Las fláccidas mejillas volvieron a palidecer, y los labios tensos se abrieron, descubriendo la repugnante dentadura podrida del degenerado Joe Slater. Me estremecí, pasé una manta sobre aquella cara espantosa y desperté al enfermero. Luego abandoné la celda y volví en silencio a mi cuarto. Necesitaba imperiosa e inexplicablemente dormir un sueño cuyos sueños no debo recordar.

¿El clímax? ¿Qué sencillo relato científico puede alardear de tal efecto retórico? Sencillamente he consignado algunos hechos que yo creo reales, permitiéndoos interpretarlos a vuestro antojo. Como ya he admitido, mi superior, el viejo doctor Fenton, niega la realidad de cuanto he dicho. Afirma que me hallaba colapsado por la tensión nerviosa y sumamente necesitado de las largas vacaciones con sueldo completo que tan generosamente me concedió. 

Jura por su honor profesional que Joe Slater no era sino un paranoico incurable, cuyas fantásticas concepciones debían proceder de la tosca herencia de cuentos populares que circulan aún en la más decadente de las comunidades. 

Todo eso dice… aunque no puedo olvidar lo visto en el cielo tras la noche de Slater. Para evitar que me creáis un testigo parcial, será otra pluma la que de este último testimonio, que quizás pueda suplir el clímax que esperabais. Reseñaré el siguiente informe sobre la estrella Nova Persei, extraído de las notas de esa eminente autoridad astronómica, el profesor Garrett P Serviss.

«El día 22 de febrero de 1901, una nueva y maravillosa estrella fue descubierta por el doctor Anderson, de Edimburgo, no lejos de Algol. Ningún astro era antes visible en ese lugar. En veinticuatro horas, la desconocida había alcanzado brillo suficiente como para opacar Capella. En una semana o dos había aminorado visiblemente, y con el paso de unos pocos meses apenas era visible a simple vista».

 

Terror en el espacio (Capítulo 5) - Leigh Brackett

Capítulo 5

 
El tembloroso Lundy empezó a sudar copiosamente. Cerró los ojos para no ver. Pero era inútil: la veía igualmente. No podía dejar de verla. Trató de luchar mentalmente, pero estaba muy cansado...

Ella estaba oculta casi por completo bajo su propia cabellera, negra como la noche y brillante como un rayo de luna y tornasolada como el pecho de un colibrí. Una cabellera de ensueño. Una cabellera con la que se hubiera estrangulado muy gustoso.

Ella levantó lentamente la cabeza, apartando de su cara aquel velo de cálidas tinieblas. Tenía los ojos ocultos por espesas y sedosas pestañas. Tendió ambas manos hacia Lundy, como una niña implorante.

Pero no era una niña. Era una mujer, desnuda como una perla y tan encantadora que Lundy sollozó, presa de un éxtasis tembloroso.
–No –dijo roncamente–. No. ¡No!

Ella le tendió los brazos implorando que la liberase, sin moverse.

Lundy se arrancó la red del cinto y la tiró sobre el altar de piedra. Levantándose, se dirigió cautelosamente hacia la puerta, pero ante ella las voraces rayas seguían acechando. Volvió a sentarse en el rincón mas alejado de los dos sitios que pudo hallar, y tomó un poco de bencedrina.

Esto constituyó un craso error. Había alcanzado ya casi el limite de saturación. La droga se le subió a la cabeza. Se sintió incapaz de luchar contra ella, de desoír sus ruegos. Ella se arrodilló sobre el altar tendiéndole los brazos, mientras un rayo de luz dorada la iluminaba como si se hallase en el interior de un templo.
–Abre los ojos –le suplicó Lundy–. Abre los ojos y mírame.
«Suéltame. ¡Suéltame!»

Aquella criatura hablaba a Lundy de una libertad que éste desconocía, la libertad del espacio interplanetario, con toda la Vía Láctea como campo de juegos, sin nada que constituyese una traba o un estorbo. Y con aquella añoranza se mezclaba el temor. Un pánico ciego, cerval...
–¡No! –gritó Lundy.

La mente de éste se ofuscó. De pronto se halló ante el altar, desatando la red con dedos temblorosos.

Se apartó tropezando y regresó tambaleándose a su rincón. Temblaba de pies a cabeza como un perro asustado.
–¿Por qué tienes que hacerlo? ¿Por qué tienes que torturarme y volverme loco por algo imposible... por algo que me matará? Igual haces con todos.
«¿Torturar? ¿Locura? ¿Matar? No entiendo. Todos me rinden culto. Es muy agradable sentirse objeto de un culto.»
–¿Agradable? –vociferó Lundy, casi sin darse cuenta–. ¿Agradable, dices? De modo que matas a un buen hombre como Farrell y ahogas a Jackie Smith...
«¿Matar? Espera... piensa de nuevo esta palabra...»

Algo en el interior de Lundy se volvió frío y quieto, conteniendo el aliento. Le envió de nuevo aquel pensamiento. Muerte. Final. Silencio. Tinieblas...

La pequeña figura resplandeciente que se erguía sobre el altar de piedra negra se postró de nuevo de hinojos, y su aspecto fue más triste que el grito de un ave marina en el crepúsculo.
«Así estaré yo pronto. Así estaremos todos nosotros. ¿Porqué este planeta nos arrebató al espacio? El peso, la gravedad y la presión nos oprimen y nos aplastan, y no podemos liberarnos. En el espacio no existía la muerte, pero aquí moriremos...»

Lundy permanecía absolutamente inmóvil, mientras la sangre tamborileaba en sus sienes.
–¿Quieres decir que tú y todos tus semejantes del espacio vais en camino de morir? ¿Que... que esta ola de locura cesará por si misma?
«Pronto. Muy pronto. ¡En el Espacio no existía la muerte. ¡Ni el dolor! No los conocíamos. Aquí todo era nuevo, queríamos saborearlo todo, jugar con todo. No sabíamos...»
–¡Es espantoso! –exclamó Lundy, y miró a los monstruos que trataban de forzar la puerta de piedra. Luego se sentó.
«Tu también morirás.»

Lundy alzo lentamente la cabeza. Sus ojos tenían un terrible brillo.
–Te gusta que te rindan culto –murmuró–. ¿Te gustaría que te rindiesen culto después de tu muerte? ¿Te gustaría que te recordasen siempre como algo bueno y hermoso... como una diosa?
«Esto sería preferible a caer en el olvido.»
–¿Harás entonces lo que yo te pida? Si quieres, puedes salvarme la vida. Puedes salvar la vida de muchos de esos pequeños seres vegetales. Yo me ocuparé de que todos conozcan tu verdadera historia. Ahora te odian y te temen, pero después de esto te amarán y te reverenciarán.
«¿Quieres librarme de esta red?»
–Lo haré si antes me prometes hacer lo que te pido.
«Si he de morir, profiero hacerlo libre de esta red.»

La pequeña figura tembló y se echó hacia atrás el velo de su cabellera, negra como ala de cuervo.
«Apresúrate. Dime que...»
–Aparta a esos monstruos de la puerta. Llévatelos, con todos los que merodean por la ciudad, hasta el fuego de la montaña, donde perecerán.
«Me reverenciarán. Vale más esto que morir en una red. Te lo prometo.»

Lundy se levantó y se dirigió hacia el altar. Caminaba con paso incierto. Le temblaban las manos al desatar la red. El sudor le corría a raudales por el rostro, metiéndosele en los ojos. Quizás ella no mantendría su promesa. Quizás ella...

La red se abrió. Ella se irguió sobre sus piececitos sonrosados. Lentamente, como un jirón de niebla arrastrado por la brisa. Levantó la cabeza y sonrió. Tenía la boca roja y carnosa, los dientes eran dos ristras de níveas perlas. Sus pestañas bajas tenían sombras débilmente azuladas.

Empezó a crecer bajo el rayo de áurea luz, como una columna de niebla alzándose hacia el sol. El corazón de Lundy cesó de latir. El claro brillo de su tez, la armoniosa línea de su garganta y de su seno joven, la suave y modelada curva de su cadera y de su flanco...
«Tú también me rindes culto...»

Lundy dio dos pasos vacilantes hacia atrás.
–Te rindo culto... te adoro –susurró–. Déjame ver tus ojos.
Ella le sonrió y volvió la cabeza. Descendió del pétreo altar, y pasó flotando junto a él en las negras aguas. Estaba hecha de la materia de los sueños, sin peso ni substancia, pero era más deseable y atractiva que todas las mujeres que Lundy había conocido en su vida o visto en sus sueños.

El la siguió, tambaleándose. Trató de asirla.
–¡Abre los ojos! ¡Te lo ruego, ábrelos!

Ella siguió flotando y pasó por la puerta de piedra entreabierta. Las feroces rayas no la vieron. Unicamente veían a Lundy que avanzaba hacia ellas.
–¡Abre los ojos!

Ella se volvió entonces, en el preciso instante en que Lundy iba a precipitarse a una muerte cierta en la sala contigua. Lundy se detuvo, y vio cómo ella alzaba sus largas pestañas.

Lanzó un solo grito penetrante, y cayó de bruces sobre el piso de piedra negra.

Nunca supo cuánto tiempo permaneció allí postrado. Debió de ser mucho tiempo, porque cuando volvió en si apenas le quedaba el oxígeno suficiente para alcanzar la costa. Las rayas vegetales habían desaparecido.

Pero aquel tiempo fue una eternidad para Lundy... una eternidad de la que salió con el cabello canoso, amargas arrugas en torno a su boca, y una tristeza que jamás dejó su mirada.

Su sueño fue fugaz. Duró un breve instante, para verse ensombrecido al punto por la muerte. Tenía el cerebro embotado por las drogas y cansado, y no sentía las cosas con la suficiente fuerza y claridad. Eso fue lo que le salvó.

Pero ya sabía lo que vio Jackie Smith antes de ahogarse. Sabía lo que había hecho enloquecer para siempre a tantos hombres, cuando veían los ojos de su sueño, y al verlos, lo destruían.

Porque tras aquellas largas y sedosas pestañas, no había... nada.

Terror en el espacio (Capítulo 4) - Leigh Brackett

Capítulo 4

Lundy les vio desde muy lejos. Por un momento no quiso dar crédito a sus ojos, tomándolos por sombras arrojadas por los destellos de luz que surgían de la fisura. Se apoyó en la pared de un edificio y se dedicó a observarlos.

Los observó mientras la corriente impetuosa los impelía hacia él. No se movió entonces. Sólo abrió afanosamente la boca tratando de respirar.

Recordaban vagamente las rayas gigantes que él había visto en la Tierra, con la diferencia de que éstas eran plantas. 

Grandes y esbeltos bulbos vegetales con sus hojas extendidas como alas para aprovechar la fuerza de la corriente. Su largos cuerpos en forma de lágrima terminaban en un reborde semejante a una cola de pez que hacía las veces de timón. En lugar de brazos tenían una especie de tentáculos.

Su color era rojo pardusco obscuro, el color de la sangre seca. El áureo resplandor de la fisura prestaba un extraño brillo a sus fríos ojos. Mostraba asimismo sus bocas redondas revestidas de agudas espinas, y las mortíferas ventosas que cubrían la parte interior de sus enormes tentáculos.

Aquellos brazos eran lo suficientemente largos y fuertes para desgarrar la tela de su escafandra. Lundy no sabía sí aquellos seres comían carne, pero esto poco importaba. Una vez uno de aquellos tentáculos le hubiese golpeado, de nada le serviría ya saberlo.

La red que contenía a ella se alejaba de él, y los otros se acercaban cada vez más. Aunque hubiese deseado renunciar entonces a su misión, no había ningún sitio para ocultarse en aquellos edificios arruinados y sin puertas.

Lundy llenó su traje de oxígeno, hinchándolo y confundiéndose con los seres que aquella negra corriente arrastraba hacia los infiernos.

La corriente le arrastró como una burbuja entre los muertos torreones, pero no con la suficiente celeridad. No llevaba bastante delantera a las algas caníbales. Trató de nadar, para aumentar su velocidad, pero aquello era como si un bote de remos quisiese competir con una flotilla de lanchas rápidas a plena marcha.

Ante él distinguía el grupo de hombrecillos vegetales. No habían cambiado de posición. Daban volteretas en el agua, y perdían lastimosamente el tiempo en correrías sin sentido, por lo que Lundy consiguió fácilmente darles alcance.

Pero no corría lo bastante. Lo peor era que no sabría qué hacer cuando los alcanzase. La red estaba en el centro del enjambre de hombrecillos, y éstos no le permitirían llegar hasta ella. Y aunque consiguiese arrebatársela, ¿de qué le serviría? Los hombrecillos-alga se irían igualmente tras ella, pues se hallaban tan ofuscados que no se daban cuenta de la proximidad de sus terribles enemigos.

A menos que...
Se le ocurrió a Lundy de repente. Una esperanza, una solución. Se le ocurrió claramente cuando el alga que iba delante le dio alcance y le abrazó con sus alas de hoja, estrechándole fuertemente.

Lundy lanzó un aullido de terror animal y pataleó desesperadamente, inyectando más aire en su traje. Ascendió con rapidez y las alas rozaron sus botas, pero no consiguieron apresarle. Volviéndose, Lundy descargó su pistola desintegradora contra el terrible ser, alcanzándole de pleno entre los ojos.

La voraz criatura empezó a debatirse, mientras caía desordenadamente, como un ave herida. Las que venían detrás chocaron con ella, y se detuvieron para devorarla. Muy pronto una docena de ellas se entrelazaban en lucha mortal, peleándose como una bandada de gaviotas por un pez. Lundy nadó furiosamente, maldiciendo su engorroso traje.

Pero muchas de las gigantescas rayas vegetales no se detuvieron, y las otras no estarían paradas por mucho tiempo Lundy movía brazos y piernas, fatigándose y sudando Estaba medio muerto de miedo. Le parecía vivir una pesadilla, en la que son vanos todos los esfuerzos por avanzar.

La corriente parecía ser más rápida allá arriba. Reunió todos sus pensamientos en un apretado haz, que arrojo hacia el corazón del grupo de hombrecillos-planta, tratando de alcanzar el ser encerrado en la red.
«Puedo libertarte. Soy el único que puede hacerlo.»

Una voz le respondió en el interior de su cerebro. Era la voz que había oído ya una vez en el interior de la cabina de la nave voladora hundida. Una voz tan dulce y tenue como la flauta de Pan que resonaba en las umbrías de la Arcadia.
«Lo sé. Mis pensamientos se han cruzado con los tuyos...»

Aquella voz de elfo se interrumpió de pronto, como si experimentase un acceso de dolor. Muy débilmente, Lundy oyó:
«¡Qué peso! ¡Qué peso! Me cuesta moverme...»

Un desesperado anhelo por algo que él no podía comprender atravesó la mente de Lundy como el grito de un niño asustado. Y entonces el enjambre de hombrecillos vegetales se abrió y se dispersó como barrido por un huracán.

Lundy contempló como todos se despertaban de su sueño.

Ella había desaparecido, y los pequeños hombrecillos verdes no sabían por qué estaban allí ni qué hacían. Tenían el recuerdo conmovedor de una belleza inalcanzable, y eso era todo. Se sentían perdidos y asustados.

Y entonces vieron a los otros.

Fue como si les hubiesen asestado un tremendo golpe. Permanecieron inmóviles, dejándose llevar por la corriente, con sus ojos dorados muy abiertos y sorprendidos. Sus brillantes pétalos se plegaron sobre sí mismos y desaparecieron, y sus verdes cuerpos adquirieron un color casi negro.

Las rayas vegetales desplegaron sus alas y se abalanzaron sobre ellos como grandes pájaros negros. Y más allá, bajo el opaco brillo dorado, Lundy distinguió los distantes edificios de la colonia. Algunas de las puertas aún estaban abiertas, y frente a ellas esperaban grupos de diminutas figurillas.

Lundy aún conservaba cierta ventaja sobre las primeras rayas. Se apoderó de la red flotante y se la sujetó al cinto, para dirigirse luego con torpes movimientos hacia una torre en ruinas que se alzaba a su derecha.

Dio una perentoria orden telepática a los hombrecillos vegetales, tratando de obligarles a volverse y emprender la huida, asegurándoles al propio tiempo que él plantaría cara a los otros. Los pobrecillos estaban demasiado asustados para entenderle. Casi llorando, él los apostrofó. Al tercer intento consiguió hacerse comprender y entonces todos huyeron apresuradamente, con toda la velocidad que les fue posible.
Lundy, entre tanto, se había hecho fuerte entre las ruinas para hacer frente a sus primeros atacantes.

Empuñaba una pistola en cada mano y redujo a cenizas a muchas de las feroces rayas. Las aguas que le rodeaban pronto estuvieron llenas de cuerpos que se agitaban convulsivamente, y de vivos que devoraban a los muertos o se peleaban entre sí. Pero no podía detenerlas a todas, y algunas rayas llegaron hasta él.

Casi sin volver la cabeza podía ver las enormes siluetas rojas semejantes a grandes pájaros que se abatían sobre los moribundos, para envolverías en sus anchas alas, y permanecer luego quietas en el centro de la corriente, entregadas a su espantoso festín.

Entre tanto, la algas femeninas mantenían abiertas las puertas de sus casas. Así esperaron hasta que el último de sus compañeros regresó, y entonces cerraron las puertas de oro en las narices romas de las feroces rayas. Sólo perecieron unos pocos de los hombrecillos verdes. Solamente unas cuantas viudas tendrían que ocultar sus pétalos y llevar su azul grisáceo de luto. Lundy se alegró de ello.

Más valía que Lundy se alegrase de algo, porque uno de aquellos feroces seres había hecho presa sobre los hombros del terrestre. Las voraces algas habían conseguido descubrir finalmente a su atacante. Además, Lundy era entonces la única presa visible.

Se reunieron para dar el asalto final, después de describir una apretada curva en las negras aguas. Lundy consiguió aniquilar a dos más antes de que una de sus pistolas se quedase sin carga. Poco después, la otra se encasquilló.

Lundy, solo en la torre arruinada, veía cómo la muerte giraba en círculos a su alrededor. Y entonces le habló de nuevo la dulce voz del ello encerrado en la red:
«Suéltame. ¡Suéltame!»

Lundy apretó fuertemente las mandíbulas y tomó la única alternativa que le quedaba. Deshinchó su traje y saltó, para hundirse en las negras profundidades del edificio en ruinas.
Las rayas plegaron sus alas como un pájaro al caer como una piedra y descendieron tras él, impeliéndose con enérgicos coletazos.

Por las hendiduras de los muros y por las ventanas penetraban destellos intermitentes. Lundy descendió largo rato. No necesitaba escaleras. Además, los terremotos habían hundido casi todos los pisos.

Las rayas le seguían implacablemente. Sus largos cuerpos sinuosos eran tan ágiles como el de un tiburón, y avanzaban con celeridad increíble.

Y la vocecilla no cesaba de gritar en su mente, pidiéndole que la soltase.

Así llegó Lundy al fondo.

Le rodeaban allí unos muros solidísimos, y reinaba una profunda obscuridad. Se hallaba en un lugar lleno de ruinas y cascotes. Avanzó a tientas. La luz del casco se había averiado, y además tampoco la hubiera utilizado para no atraer a sus perseguidores.

Notaba la presencia de éstos, girando veloces a su alrededor. Echó a correr sin rumbo determinado y tropezando en las piedras. Por tres veces le rozaron unos grandes cuerpos musculosos, derribándole, pero no pudieron apresarle en la obscuridad, porque chocaban entre sí y se confundían.

Lundy cayó de pronto en una gran sala, contigua a la estancia en que se hallaba y a un nivel algo inferior al de ésta. Apenas recibió daño en la caída. Las áureas puertas se abrían hacia las aguas libres, y reinaba bastante claridad.

Bastante claridad para que Lundy viese algunas cabezas de rayas que trataban de entrar, y también bastante para que éstas viesen a Lundy.
La vocecilla insistía:
«¡Suéltame ¡Suéltame!»

A Lundy no le quedaba aliento para maldecir. Volviéndose, echó a correr, pero las rayas movieron lánguidamente sus colas y le alcanzaron antes de que hubiese podido recorrer diez metros. Hubiérase dicho que se reían de él.

Lo único que salvó de momento a Lundy fue que cuando desplegaron sus grandes alas para envolverle en ellas, chocaron con las que venía del otro lado. Esto las detuvo por unos segundos. Aunque ello bastó para que Lundy viese la puerta.

Era una portezuela de piedra negra sin ningún ornamento, que permanecía entreabierta sobre sus goznes de oro, a unos tres metros de distancia.

Lundy se precipitó hacia ella. Esquivó una enorme ala que se abatía sobre él, dio un tremendo salto que casi partió su espinazo, y asió el borde de la puerta con ambas manos, tirando frenéticamente de él.

El extremo de un tentáculo chocó contra sus pies. Sus botas con suela de plomo golpearon el suelo, y por un momento pensó que le habían roto las piernas. Pero la onda líquida creada por el golpe le ayudó a introducirse por la estrecha abertura.

Media docena de romas cabezas parduscas trataron de introducirse tras él, sin conseguirlo. Lundy se hallaba a gatas, tratando de recuperar su aliento, pero le parecía como si su pecho soportara el peso de un torreón de piedra. Además, su vista se debilitaba.

Avanzó a rastras hasta arrimar su hombro a la puerta, empujándola con fuerza para cerrarla. Pero la puerta no se movió. La construcción se había movido, atascando para siempre la puerta en sus goznes. Ni siquiera las poderosas rayas podían abrirla.

Pero a pesar de ello, seguían forcejeando. Lundy se arrastró lejos de allí. Al poco rato parte de aquel peso que oprimía su pecho desapareció, y recuperó la visión.

Un rayo de luz dorada, que brillaba y se apagaba intermitentemente, entraba por una grieta situada a unos diez metros sobre su cabeza. Era una pequeña hendidura, por la que ni siquiera hubiera podido pasar un niño. En la estancia no había más abertura que aquélla y la puerta.

Era una habitación de reducidas dimensiones. Sus paredes de piedra eran completamente negras, sin adornos ni relieves, con excepción de la pared del fondo.

Ante ésta se alzaba un bloque cuadrado de azabache, de unos dos metros y medio de largo por poco más de un metro de ancho, ahuecado de manera peculiar, que hacía pensar en algo muy poco agradable. Sobre él lucía con un rojo resplandor, que parecía preludiar el fuego del infierno, un solo y enorme rubí, engarzado en la piedra.

Lundy había visto cámaras parecidas en antiguas ciudades que aún se hallaban en tierra firme. Allí era donde antaño se sacrificaban a los hombres que habían pecado contra sus semejantes o contra los dioses.

Lundy echó una mirada hacia los voraces monstruos que trataban de abrir más la puerta atrancada, y se rió, a pesar de que la situación no tenía nada de divertida. Después de disparar su último tiro, se sentó.

Aquellos monstruos terminarían sin duda por cansarse y se marcharían. Pero si no se iban dentro de pocos minutos, poco importaría que se quedasen. El oxígeno de Lundy se estaba acabando, y aún le faltaba mucho para llegar a la costa.
La vocecilla de la red gritó:
«¡Suéltame!»
–Vete al infierno –gritó Lundy. Se sentía muy cansado. Tan cansado que poco le importaba ya vivir o morir.
Se aseguró de que la red seguía bien sujeta al cinto, y el nudo que la cerraba bien apretado.
–Si vivo, irás a Vhia conmigo. Y si muero... bueno, ya no podrás hacer más daño a nadie. Habrá un diablo menos suelto en Venus.
«¡Quiero ser libre. ¡Suéltame, suéltame! Este peso agobiante.»
–Sí, claro. Quieres ser libre para volver locos a hombres como Farrell, y obligarles a abandonar sus mujeres e hijos para seguirte. Quieres ser libre para matar... –miró la red con ojos abotagados–. Jackie Smith era amigo mío ¿Y tú crees que podrás obligarme a que te suelte con tus artimañas?

Entonces la vio.

A través de la red, como si la apretada malla metálica fuese celofan. La tenía acurrucada sobre sus rodillas, un ser diminuto de apenas medio metro de estatura, doblado sobre sus piernas. La curva de su espalda parecía esculpida por un ángel en un pedazo de cálida nube rosada, nacarada...

(CONTINUARA...)