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Vida de los vampiros - Jorge Ibargüengoitia

El vampirismo no es enfermedad. Los vampiros son muertos que andan –explica un científico a la mitad de toda película de vampiros.

La vampirología es un conocimiento extenso. Admirable si se tiene en cuenta que es el estudio de algo que no existe. Además de ser extenso, está muy extendido: la gente común y corriente sabe más de vampiros que de los otomíes, por ejemplo.

En las películas de vampiros, los espectadores saben más de vampirología que los protagonistas, que para enterarse de lo que está pasando tienen que recurrir a un pequeño manual del siglo XVIII, o bien a un pergamino, que desenrollan con música de fondo, de preferencia de armonio. El que abre el manual o desenrolla el pergamino aprende muchas cosas, pero está casi siempre perdido, con grandes probabilidades de terminar vampirizado.

Los demás protagonistas, en cambio, no dan pie con bola, y hacen una serie de cosas que a nadie se le ocurriría hacer sabiendo que la película es de vampiros: caminar por el bosque a la media noche, entrar en los cementerios, andar jaloneando tumbas, meterse en un castillo medieval sin encender la luz, dormir con la ventana abierta, darle la espalda a unos cortinajes de brocado, colgar de la pared cuadros de difuntos dientones…

Como tenía que ocurrir con tanto descuido, alguien aparece desangrado y con los dos típicos colmillazos en el pescuezo.

La intervención de la policía en el caso es torpe y los dictámenes patéticos: se sospecha, por ejemplo, que el desangrado fue atacado por liebres.

Nunca se ha sabido de vampiros plebeyos, siempre pertenecen a las mejores familias. Han sido enterrados con leontina, gorguerra y un anillo, en un ataúd muy cómodo, en donde han pasado varios siglos. Para despertarlos basta cualquier descuido: alguien se corta y la sangre escurre hasta la cripta, o bien un tonto abre el ataúd creyendo que está lleno de joyas.

Una vez conjurado el vampiro se vuelve un engorro, que es lo que le da interés a la película, y es necesario aniquilarlo, que es lo que produce el final. Pero mientras llegamos a eso, conviene estudiar a fondo sus costumbres.

Reflexionemos por ejemplo sobre el atractivo que los vampiros, a pesar de ser feísimos, tienen sobre las mujeres. Siempre se mueven en círculos sociales repletos de guapas y a todas seducen. Gente que en la vida real sería incapaz de producirle pasión a una mosca, adquiere en la película una fascinación irresistible, debida en parte al redingote y en parte al peinado estilo Directorio. No sólo se alimentan de ellas, sino que las esclavizan, entran en sus habitaciones por la ventana, las obligan a caminar descalzas y en camisón por páramos helados, por pasadizos secretos o por pretiles y lo que es peor, quieren casarse con ellas en ceremonias heterodoxas, en las que siempre interviene un ataúd.

Pero ser vampiro tiene sus desventajas.

-Hace doscientos cuarenta años que no veo la luz del día-, dice el vampiro que vi en la última película.

Pasan el día durmiendo en el ataúd y cuando anochece salen a cenar. Debido en parte a estas limitaciones y en parte a que en su existencia anterior tuvieron buena servidumbre, siempre se las arreglaban para tener mozos fidelísimos, encargados de hacer las labores que sea necesario despachar a la luz del día, y evitar que algún entrometido llegue a la habitación y encuentre al vampiro dormido en su sepulcro.

Como todos sabemos, los vampiros no se reflejan en el espejo, ni proyectan sombra. En esto los reconocemos, porque los colmillos famosos son plegables y no los sacan más que cuando les conviene. También pueden, según parece, comer de todo y hasta beber cosas que no sean sangre humana. La vista de la cruz les hace tanto daño como el sol.

El vampirismo no es enfermedad, pero se contagia. Por esta razón es necesario aniquilar a los vampiros. No es fácil matarlos, porque como ya dijimos, ya están muertos. Sin embargo, es posible rematarlos con balas de plata –que también sirven para matar a los lobos humanos- o a martillazos, atravesándoles con una estaca el corazón.

Estos dos procedimientos para deshacer vampiros, además de ser complicadísimos, tienen el defecto de ser sangrientos. Por eso yo recomiendo, para final de película vampiresca, que al vampiro se le haga tarde y le amanezca. Puede derretirse y convertirse en un charco, puede irse cuarteando y acabar en un montoncito de tierra, puede también evaporarse, quedar en forma de mal olor y antes de desaparecer por completo puede ser percibido por un perro, y hacerlo aullar.


Orgullo - Rubem Fonseca

En varias ocasiones había oído decir que por la mente de quien está muriendo ahogado desfilan con vertiginosa rapidez los principales acontecimientos de su vida y siempre le había parecido absurda tal afirmación, hasta que un día ocurrió que estaba muriendo y mientras moría se acordó de cosas olvidadas, de la noticia del periódico según la cual en su infancia pobre él usaba zapatos agujerados, sin calcetines y se pintaba el dedo del pie para disimular el hoyo, pero él siempre había usado calcetines y zapatos sin hoyo, calcetines que su madre zurcía cuidadosamente, y se acordó del huevo de madera muy liso y suave que ella metía en los calcetines y zurcía, zurciendo todos los años de su infancia, y se acordó de que desde niño no le gustaba beber agua y si se bebía un vaso lleno se quedaba sin aire, y por eso permanecía el día entero sin beber una gota de líquido pues no tenía dinero para jugos o refrescos, y que a veces a escondidas de su madre hacía refresco con la pasta de dientes Kolynos, pero no siempre tenían pasta de dientes en su casa, y en el momento en que moría también se acordó de todas las mujeres que amó, o de casi todas, y también del piso de madera roja de una casa en la que había vivido, aunque angustiado no logró recordar qué casa era aquélla, y también del reloj de bolsillo ordinario que rompió el primer día que lo usó, y también del saco de franela azul, y del dolor que lo había hecho arrastrarse por el suelo, y del médico que decía que necesitaba hacerle una radiografía de las vías urinarias, y cuanto más lo cercaba la muerte más se mezclaban los recuerdos antiguos con los recientes, él llegando atrasado al consultorio del médico que ya estaba vestido para salir, ya hasta había permitido que se fuera la enfermera, y el médico con prisa, ansioso como alguien que va a encontrar a una novia muy deseada, mandándole que se quitara el saco, se levantara las mangas de la camisa y que se acostara en una cama metálica, explicándole que a fin de cuentas la radiografía no se tardaría mucho, sólo había que inyectar el contraste y sacar las placas, y el médico se inclinó sobre la cama para aplicar el contraste en la vena del brazo y él sintió el olor delicado de su perfume y pudo observar su corbata de bolitas, y no pasó mucho tiempo cuando empezó a sentir que la laringe se le cerraba impidiéndole respirar y él intentó alertar al médico pero no logró emitir sonido alguno y todas las reacciones vinieron a su mente, la noticia del periódico, el saco azul, el piso de madera, las mujeres, el huevo liso de madera de su madre, mientras el médico en una esquina del consultorio hablaba por teléfono en voz baja, y como sabía que se estaba muriendo golpeó en la cama de metal con fuerza, el médico se asustó y después muy nervioso sacaba los cajones de los armarios, maldiciendo, culpando a la enfermera y diciéndole a él que se calmara, que iba a ponerle una inyección antialérgica, pero no encontraba dónde estaba el maldito medicamento, y él pensó me estoy muriendo sofocado, la vida y la muerte corriendo al parejo, y consciente de que su muerte era inminente e inevitable, se acordó de las palabras de un poema, debo morir pero eso es todo lo que haré por la Muerte, pues siempre se había rehusado a tener el corazón atormentado por ella, y en ese momento en que moría no iba a dejar que ella se hiciera cargo de su alma, pues lo más que la Muerte haría de él sería un muerto, así es que pensó en la vida, en las mujeres que había conocido, en su madre zurciendo calcetines, en el huevo liso de madera, en la noticia del periódico, y golpeó con fuerza la mesa de metal, ¡bam!, ¡bam!, ¡bam!, estoy pensando en las mujeres que amé, ¡bam!, ¡bam!, ¡bam!, pensando en mi madre, y en ese momento el médico, sin saber qué hacer, atormentado y sobresaltado por los ruidosos golpes que él descargaba en la cama metálica, lo miró con gran conmiseración y tristeza, y él gritó nuevamente ¡bam!, ¡bam!, que perdonaba al médico, ¡bam!, ¡bam!, que perdonaba a todo el mundo, mientras su mente recorría velozmente las reminiscencias de la vida, y el médico, ahora entregado a su impotencia, desesperado y confundido, le quitó los zapatos y le levantó la cabeza y vio sus pies vestidos con calcetines negros, y vio en el calcetín del pie derecho un hoyo que dejaba aparecer un pedazo del dedo grande, y se acordó de cuán orgullosa era su madre y de que él también era muy orgulloso y que eso siempre había sido su ruina y su salvación, y pensó no voy a morirme aquí con un hoyo en el calcetín, no va a ser esa la imagen final que le voy a dejar al mundo, y contrajo todos los músculos del cuerpo, se curvó en la cama como un alacrán ardiendo en el fuego y en un esfuerzo brutal logró que el aire penetrara en su laringe con un ruido aterrador, y cuando el aire era expelido de sus pulmones hizo un ruido aún más bestial y horrible, y se escapó de la Muerte y ya no pensó en nada. El médico, sentado en una silla, se limpió el sudor del rostro. Él se levantó de la cama metálica y se puso los zapatos.

El gato y el ratón hacen vida en común - Hermanos Grimm

Un gato había trabado conocimiento con un ratón, y tales protestas le hizo de cariño y amistad que, al fin, el ratoncito se avino a poner casa con él y hacer vida en común.

—Pero tenemos que pensar en el invierno, pues de otro modo pasaremos hambre —dijo el gato—. Tú, ratoncillo, no puedes aventurarte por todas partes; al fin caerías en alguna ratonera.

Siguiendo, pues, aquel previsor consejo, compraron un pucherito lleno de manteca. Pero luego se presentó el problema de dónde lo guardarían, hasta que, tras larga reflexión, propuso el gato:

—Mira, el mejor lugar es la iglesia. Allí nadie se atreve a robar nada. Lo esconderemos debajo del altar y no lo tocaremos hasta que sea necesario.

Así, el pucherito fue puesto a buen recaudo. Pero no había transcurrido mucho tiempo cuando, cierto día, el gato sintió ganas de probar la golosina y dijo al ratón:

—Oye, ratoncito, una prima mía me ha hecho padrino de su hijo; acaba de nacerle un pequeñuelo de piel blanca con manchas pardas, y quiere que yo lo lleve a la pila bautismal. Así es que hoy tengo que marcharme; cuida tú de la casa.

—Muy bien —respondió el ratón— vete en nombre de Dios y si te dan algo bueno para comer, acuérdate de mí. También yo chuparía a gusto un poco del vinillo de la fiesta.

Pero todo era mentira; ni el gato tenía prima alguna ni lo habían hecho padrino de nadie. Fuese directamente a la iglesia, se deslizó hasta el puchero de grasa, se puso a lamerlo y se zampó toda la capa exterior. Aprovechó luego la ocasión para darse un paseíto por los tejados de la ciudad; después se tendió al sol, relamiéndose los bigotes cada vez que se acordaba de la sabrosa olla. No regresó a casa hasta el anochecer.

—Bien, ya estás de vuelta —dijo el ratón—; a buen seguro que has pasado un buen día.

—No estuvo mal —respondió el gato.

—¿Y qué nombre le habéis puesto al pequeñuelo? —inquirió el ratón.

—«Empezado» —repuso el gato secamente.

—¿«Empezado»? —exclamó su compañero—. ¡Vaya nombre raro y estrambótico! ¿Es corriente en vuestra familia?

—¿Qué le encuentras de particular? —replicó el gato—. No es peor que «Robamigas», como se llaman tus padres.

Poco después le vino al gato otro antojo, y dijo al ratón:

—Tendrás que volver a hacerme el favor de cuidar de casa, pues otra vez me piden que sea padrino, y como el pequeño ha nacido con una faja blanca en torno al cuello, no puedo negarme.

El bonachón del ratoncito se mostró conforme, y el gato rodeando sigilosamente la muralla de la ciudad hasta llegar a la iglesia, se comió la mitad del contenido del puchero.

—Nada sabe tan bien —díjose para sus adentros— como lo que uno mismo se come.

Y quedó la mar de satisfecho con la faena del día.

Al llegar a casa preguntóle el ratón:

—¿Cómo le habéis puesto esta vez al pequeño?

—«Mitad» —contestó el gato.

—¿«Mitad»? ¡Qué ocurrencia! En mi vida había oído semejante nombre; apuesto a que no está en el calendario.

No transcurrió mucho tiempo antes de que al gato se le hiciese de nuevo la boca agua pensando en la manteca.

—Las cosas buenas van siempre de tres en tres —dijo al ratón—. Otra vez he de actuar de padrino; en esta ocasión, el pequeño es negro del todo, sólo tiene las patitas blancas; aparte de ellas, ni un pelo blanco en todo el cuerpo. Esto ocurre con muy poca frecuencia. No te importa que vaya, ¿verdad?

—¡«Empezado», «Mitad»! —contestó el ratón—. Estos nombres me dan mucho que pensar.

—Como estás todo el día en casa, con tu levitón gris y tu larga trenza —dijo el gato—, claro, coges manías. Estas cavilaciones te vienen del no salir nunca.

Durante la ausencia de su compañero, el ratón se dedicó a ordenar la casita y dejarla como la plata, mientras el glotón se zampaba el resto de la grasa del puchero.

—Es bien verdad que uno no está tranquilo hasta que lo ha limpiado todo —díjose.

Y, ahíto como un tonel, no volvió a casa hasta bien entrada la noche.

Al ratón le faltó tiempo para preguntarle qué nombre habían dado al tercer gatito.

—Seguramente no te gustará tampoco —dijo el gato—. Se llama «Terminado».

—¡«Terminado»! —exclamó el ratón—. Éste sí que es el nombre más estrafalario de todos. Jamás lo vi escrito en letra impresa. ¡«Terminado»! ¿Qué diablos querrá decir?

Y, meneando la cabeza, se hizo un ovillo y se echó a dormir.

Ya no volvieron a invitar al gato a ser padrino, hasta que, llegado el invierno y escaseando la pitanza, pues nada se encontraba por las calles, el ratón acordóse de sus provisiones de reserva.

—Anda, gato, vamos a buscar el puchero de manteca que guardamos; ahora nos vendrá de perlas.

—Sí —respondió el gato—, te sabrá como cuando sacas la lengua por la ventana.

Salieron, pues, y al llegar al escondrijo, allí estaba el puchero, en efecto, pero vacío.

—¡Ay! —clamó el ratón—. Ahora lo comprendo todo; ahora veo claramente lo buen amigo que eres. Te lo comiste todo cuando me decías que ibas de padrino: primero «empezado», luego «mitad», luego…

—¿Vas a callarte? —gritó el gato—. ¡Si añades una palabra más, te devoro!

—… «terminado» —tenía ya el pobre ratón en la lengua.

No pudo aguantar la palabra y, apenas la hubo soltado, el gato pegó un brinco y, agarrándolo, se lo tragó de un bocado.

Así van las cosas de este mundo.

El mal - Silvina Ocampo

Una noche rodearon la cama contigua con biombos. Alguien explicó a Efrén que su vecino estaba agonizando. 
 
Ese vecino perverso no sólo le había robado la manzana que estaba sobre la mesa de luz, sino el derecho a gozar de la protección de esos biombos, en cuya otra faz había seguramente pintadas flores y figuras de querubes. 
 
Esta circunstancia oscureció la alegría de Efrén. Asimismo, con sábanas y frazadas para cubrirse, estaba en el paraíso. Veía de soslayo la luz rosada de los ventanales. De vez en cuando le daban de beber; tenía conciencia del alba, de la mañana, del día, de la tarde y de la noche, aunque las persianas estuvieran cerradas y que ningún reloj le anunciara la hora. 
 
Cuando estaba sano solía comer con tanta rapidez que todos los alimentos tenían el mismo sabor. Ahora, reconocía la diferencia que hay hasta en los gustos de una naranja y de una mandarina. Apreciaba cada ruido que oía en la calle o en el edificio, las voces y los gritos, el ruido de las cañerías, de los ascensores, de los automóviles, de los coches de caballos que pasaban. 
 
Cuando sentía necesidad de orinar tocaba el timbre; mágicamente aparecía una mujer, con blancura de estatua, trayendo un florero de vidrio que era una suerte de reliquia y esa misma mujer, con ojos etruscos y uñas de rubí, le ponía enemas o lo pinchaba con una aguja como si cosiera un género precioso. 
 
Una caja de música no era tan musical, el pecho de una santa o de un ángel tan buenos como la almohada donde recostaba la cabeza. Cosquilleos agradables le corrían por la nuca, bajaban por la columna vertebral a las rodillas. Pensaba: era la primera vez que podía pensar: "Qué precio tiene un cuerpo. Vivimos como si no valiera nada, imponiéndole sacrificios hasta que revienta. La enfermedad es una lección de anatomía." 
 
Soñaba: era la primera vez que podía soñar. Juegos de billar, una pipa, el diario leído minuciosamente, viajes breves, mujeres que le sonreían en un cinematógrafo, una corbata roja, lo deleitaban. En sus delirios tenía presencias del futuro; las visitas de los domingos, que se enteraron de su don, acudían al
hospital para acercarse a su cama y oír las predicciones.
 
Advirtió que los biombos no rodeaban la cama del vecino, sino la suya, y quedó complacido.  Los pies ya no le dolían de tanto caminar, ni la cintura de tanto estar agachado, ni el estómago de pasar tanta hambre. Divisaba el patio con palmeras y palomas, en cada ventanal.

El tiempo no pasaba porque la felicidad es eterna.

Los médicos dijeron que iban a salvarlo. Retiraron los biombos con flores y querubes. A su juicio, los médicos eran bribones. Saben dónde se aloja la enfermedad y la manejan a su gusto. El organismo tal vez oye los diálogos que rodean la cama de un enfermo. Efrén tuvo pesadillas por culpa de esos diálogos.
 
Soñó que para ir al trabajo tomaba un colectivo y después de sentarse advertía que el colectivo no tenía ruedas, que bajaba del colectivo y tomaba otro que no tenía motor y así sucesivamente hasta que se hacía de noche.
 
Soñó que estaba en la peletería, cosiendo pieles; las pieles se movían, gruñían. Al cabo de un rato, en el cuarto donde trabajaba, varias fieras, con aliento inmundo, le mordían los tobillos y las manos. Al cabo de un rato, las fieras hablaban entre ellas. El no entendía lo que decían porque hablaban en un extraño idioma. Comprendía finalmente que iban a devorarlo.
 
Soñó que tenía hambre. No había nada que comer; entonces sacaba del bolsillo un trozo de pan tan viejo que no podía morderlo con los dientes; lo remojaba en agua, pero continuaba igual; finalmente, cuando lo mordía, sus dientes quedaban dentro del único pan que había conseguido para alimentarse. 
 
El camino hacia la salud, hacia la vida, era ése.
 
El organismo de Efrén, que era fuerte y astuto, buscó un lugar en sus entrañas para esconder el mal. Ese mal era una fortuna: con subterfugios, encontró manera de conservarlo el mayor tiempo posible. De ese modo Efrén durante unos días, con el sentimiento de culpa que inspira siempre el engaño, volvió a ser feliz. La hermana de caridad le hablaba de sus hijos y de su mujer, inútilmente. Para él, ellos estaban dentro de la libreta del pan o de la carne. Tenían precio. Costaban cada día más.
 
Sudó, se agachó, sufrió, lloró, caminó leguas y leguas para conseguir la tranquilidad que ahora querían arrebatarle. 

Cuento del Sepulturero - Lastenia Larriva de Llona

 — ¿La muerte es un bien?

— ¿La muerte es un mal?

— La muerte es el peor de los males.

— ¿Para quién? ¿Para el que muere? ¿Para los que sobreviven?

— Para el que deja por siempre esta vida, que por mucho que en contra de ella se diga es siempre amable.

— Para los que aquí se quedan, si el que ha muerto era muy amado de ellos.

— De la muerte del ser más querido se consuelan todos, más pronto o más tarde.

— Es sabia ley de la naturaleza.

— Sin embargo, se dan casos…

— Cuando existe o sobreviene un desequilibrio mental, las personas de cerebro bien organizado se consuelan siempre.

— ¿Es eso un elogio o un reproche?

— Ni una ni otra cosa. Es simplemente hacer constar un hecho.

— ¿No cree usted que hay muchas personas que desearían ardientemente que resucitaran sus deudos, a ser esto posible?

— No, no lo creo.

— ¡Escéptico!

— ¡Este hombre es terrible!

— Desengáñense ustedes: bien están los muertos en sus tumbas.

— ¿Se ha muerto usted alguna vez?

— Todavía no, pero para cuando llegue el caso no quiero resucitar. Afortunadamente, no anda ya Nuestro Señor por el mundo, pues no desearía ser un nuevo Lázaro.

— Sin embargo, lo que por lo general se observa es que se elogia a todos los muertos hasta la exageración.

— Signo de cobardía social; de la debilidad humana, en general. Además, por malos que hayan sido con nosotros los que ya no existen, puesto que la muerte nos vengó de ellos, ya
nada nos cuesta el elogiarlos. ¡Si a tan poca costa nos hubiéramos de librar de todos nuestros enemigos, no se cansaría nuestra lengua de cantar sus alabanzas en hiperbólicas necrologías!
Y, a propósito, sé un cuentecillo.

— ¡Pues a contarlo, a contarlo!

— Escuchadme.

Todos los que de sobremesa sostenían esta conversación filosófico-psicológica y que habían escuchado con creciente interés a aquel de ellos que con sus apreciaciones daba muestra de mayor pesimismo, le miraron con curiosidad, y se le aproximaron, dispuestos a no perder una sílaba del relato que ya parecía palpitar en sus labios. 

Él, sin disimular esa satisfacción que produce siempre en el ánimo del que habla tener atento auditorio, comenzó así:

— El sepulturero de mi pueblo era un ser original. Ejercía su lúgubre oficio desde antes de que yo naciera y, a pesar de dicho oficio y de las rarezas de su carácter, que eran inofensivas, todos le querían en el lugar. Era yo, de chiquillo, uno de sus predilectos amigos, tal vez porque me hallaba siempre dispuesto a escuchar sus extrañas historias, que a menudo tenían origen en las alucinaciones que padecía.

Era un hombre que, en medio de sus extravagancias, no carecía de cierta cultura y, por lo tanto, no pude explicarme nunca, ni me explico hoy mismo, el porqué había elegido, o
aceptado el poco envidiable empleo que desempeñaba. Indudablemente era esta una prueba de que su cerebro no era normal.

Ya he dicho que sus cuentos me divertían, y, después de mis largos paseos, solía entrar a hacerle compañía por un buen rato en esa silenciosa ciudad de que era guardián.

En una hermosa tarde —era ya yo un adolescente—, sentados ambos sobre una tumba, a la sombra de los cipreses y de cara al sol poniente, cuyos rayos ya casi horizontales doraban
las enhiestas cimas de esos árboles amigos y compañeros de los muertos, me contó la macabra escena que había presenciado la noche anterior, y, aunque comprendí yo que era solo producto de su imaginación enfermiza, me causó su relato tan honda impresión que jamás se ha borrado de mi memoria.

Debo advertiros, antes de dejarle a él la palabra, que Lorenzo —este era su nombre— estaba tan familiarizado con sus muertos, que solía dormir entre ellos, ya junto a una sepultura, ya junto a otra, en cualquiera de las fúnebres avenidas en que le tomaba la hora del descanso.

Y ahora, oíd su historia que, como os he dicho ya, tengo tan presente, que creo podré repetírosla sin quitar ni añadir palabra.

— ¡Día muy agitado fue el de ayer, como que estuvimos a dos de noviembre. La noche, sobre todo la noche, ha sido terrible para mí.

Así comenzó él. Yo le invité a que siguiera y no volví a interrumpirle hasta que concluyó.

— Las visitas que habían recibido mis huéspedes —prosiguió, refiriéndose a los muertos— los tenían inquietos y malhumorados. Su reposo había sido turbado y no podían recuperarlo.
Las protestas de cariño eterno que a través de la losa sepulcral habían escuchado de parientes y amigos, [así como] las lágrimas que se habían filtrado por los intersticios de las lápidas, habían hecho renacer en ellos el deseo de la vida y de aquí que prorrumpieran en clamorosos ayes y que los más ardientes ruegos al Todopoderoso turbaran el acostumbrado silencio de estos lugares.

Al principio hablaban y se quejaban cada uno aisladamente dentro de su tumba, después comenzaron a comunicar sus impresiones.

Primero fueron monólogos, en seguida diálogos.

— ¡Mis pobres hijos! ¡Cuánto han llorado hoy! ¡Y que no me sea permitido ir a enjugar su llanto!

— ¡Mi mujer! ¡Mi inconsolable esposa! ¡Si el Señor me concediera la gracia de que fuera a hacerle una visita!

— Yo no tenía más que a mi hija —gritaba una voz femenina—. Solas, desamparadas, trabajábamos juntas para vivir. ¿Qué será de ella desde que le falto? ¡Señor, Señor, muy cruel ha sido tu decreto! ¡Haz que vuelva a la vida, para el consuelo de la hija de mis entrañas!

— Vosotros todos habéis cumplido vuestra misión en la tierra —sollozaba otra voz de mujer—, pero yo, ¡yo que he muerto a los dieciocho años!... ¡Yo que he dejado a mi novio en la más horrible desesperación!... ¡Yo soy la que tengo el derecho de reclamar unos años más de existencia!

— Todos queremos volver a la vida.

— Todos.

— Todos —gritaron muchas voces a la vez.

El Ángel de la Muerte, ese bello Ángel de la Muerte que se yergue sobre su hermoso pedestal en medio de la gran avenida, se volvió lentamente hacia los sepulcros de donde salían las quejas. Separó de sus labios el dedo que sobre ellos tiene la actitud de imponer silencio, y se oyeron estas frases solemnes, que resonaron con eco pavoroso en medio de la noche, en la fúnebre mansión:

— El Dios de la Eternidad, el Dios uno y trino, permite volver a tomar la forma humana a todos los que así lo deseen, pero a condición de que solo permanecerán bajo ella los que sean
bien recibidos por sus deudos. Los demás volverán aquí, para caer de nuevo en sus sepulcros.
La prueba ha de hacerse esta misma noche. Levantaos y andad.

Se hizo otra vez el silencio y recobró el Ángel de piedra su inmovilidad acostumbrada.

Comenzaron a abrirse los sepulcros.

En sus bocas tenebrosas fueron apareciendo sus habitantes. Despojándose rápidamente del sudario, los esqueletos tomaban sus antiguas formas.

En este momento asomó la luna su faz plateada por entre los altos cipreses. Su luz pálida y misteriosa fue a reflejarse sobre el mármol de las tumbas, dándoles un aspecto fantástico.
De esta salía un viejo de figura venerable; de la de más allá, un hombre en la fuerza de la edad, gallardo y simpático. Ya aparecía una anciana caduca; ya una bellísima adolescente. Y
también figuras repelentes, hombres y mujeres marcados con el sello de los vicios y de las pasiones más repugnantes. Vi a uno, sobre todo, un mocetón, hasta de unos veinticinco años,
con la fisonomía más repulsiva que darse pueda. Tenía una expresión bestial, si expresión puede llamarse a la revelación, por medio de innobles gestos, de los más perversos instintos
de que es capaz el alma humana. Había sido un beodo consuetudinario, un ebrio impulsivo que maltrataba a diario a su propia madre y que, tal vez en castigo de su infame conducta, fue asesinado una noche en una orgía.

Todos en larga hilera, en no interrumpida procesión, caminando con cierta rigidez cadavérica, comenzaron a desfilar por delante del Ángel de la Muerte, y a cada paso que daban iba aumentando su número.

Era el éxodo de los muertos.

Pronto se perdieron por las calles que hacia afuera de esta triste mansión conducen.
Atónito yo, ante semejante despoblamiento, alcé los ojos asombrados hacia el Ángel de la Muerte, autor inmediato del desconcierto.

Volvieron a moverse sus labios pétreos.

— No tardarán en regresar a este recinto —dijo, contestando a mi muda interrogación— porque no hallarán quien los reciba de buena voluntad.

— ¿Y todos esos que vienen a llorar ante sus tumbas, todos esos que traen flores y tarjetas? —me atreví a preguntar— ¿Mienten todos? ¿Fingen un dolor que no sienten?

— Sobre eso habría mucho que decir. Algunos lo sienten verdaderamente, otros no. Pero entre estos últimos se encuentran muchos a quienes no puede tachárseles de hipócritas, sin embargo. Maridos y mujeres hay que muestran un gran dolor por la muerte de sus respectivos cónyuges, y este sentimiento que aparentan no es una hipocresía sino una generosidad que va más allá de la tumba. Fueron infelices en su matrimonio y no quieren confesarlo después de muerto aquel o aquella que fue su verdugo, sino que siguen ocultándolo, como lo ocultaron mientras vivió. Es una especie de pudor y, como tal, digno de respeto.

A la verdad —continuó diciendo el sepulturero—, no sé si todo esto me lo dijo real y efectivamente el Ángel de la Muerte o me lo sugirió mi propia imaginación —extraordinariamente exaltada en esos momentos por las excepcionales circunstancias—, pero el hecho es que yo obtuve la respuesta a mis dudas de un modo claro y preciso.

Vibraban aún en mis oídos las últimas frases de ella, cuando vi que avanzaba hacia nosotros el mismo compacto grupo de personas que había salido del cementerio pocos momentos
antes. Ya estaba de regreso.

A la cabeza del grupo venía el anciano y caminaba con tal celeridad, que claramente demostraba que más prisa tenía por volver a su antiguo reposo, que la que había tenido por abandonarlo.

— ¡He visto a mis hijos! —gritaba—. Desde que yo falto, se han casado los tres. Se repartieron mi fortuna, y cada cual vive feliz. He ido a las tres casas y los he visto sin que me vieran ellos.
No me rechazarían, probablemente, pero no les hago falta. Sus mujeres, que no me han conocido, no tienen por qué amarme. A sus hijos, que no me han visto jamás, tal vez les
inspiraría miedo mi semblante adusto y lleno de arrugas. He regresado presuroso: bien me estoy en mi tumba.

— Yo he visto a mi mujer —dijo el que seguía, que era el apuesto joven—. ¡Ojalá no hubiera salido de mi ataúd! No vive ahora con el lujo a que yo la tenía acostumbrada. En un humilde cuarto estaba y todos nuestros hijos dormían apaciblemente en la misma estancia.
Ella velaba y cosía. De cuando en cuando caía de sus cansados ojos una lágrima que iba a perderse en la tela en que trabajaban sus enflaquecidas manos. Pensé que lloraba por mí y ya iba a revelarle mi presencia cuando por su frente blanca y pura como su conciencia, vi pasar sus pensamientos y he aquí lo que en ellos leí:

— ¡Déjame llorar de gratitud, Dios mío! Mucho amé a mi Alfonso, mucho sentí su muerte, pero hoy comprendo tu misericordia infinita al decretarla y te doy gracias desde lo íntimo de mi alma. Ahora me doy cuenta de que se hallaba él al borde de horrible abismo, del abismo de los vicios, y de que allí se habría sepultado irremisiblemente a haber vivido algún tiempo más, y mis pobres e inocentes hijos, que hoy veneran su memoria, habrían quedado deshonrados y aún, quizás, hubieran seguido sus funestos ejemplos. ¡Gracias, Señor, gracias! Mucho le amé, pero tu sabiduría admiro y tu misericordia alabo!

Y de un salto, se hundió de nuevo el mozo en su abierto sepulcro.

— ¡Es más dichosa que cuando yo vivía! —venía diciendo la viejecita, entre sollozos desgarradores—. ¿Cómo no adiviné que se sacrificaba por mí? ¡Se ha casado! Estaba enamorada desde que yo existía, pero ocultaba su amor por no  abandonarme, ni despertar los celos de mi cariño. Su marido es pobre, pero la hace dichosa. ¿Para qué había de presentármele? No me necesita. Vuelvo a ponerme mi sudario.

— ¡A la tumba! ¡A la tumba! —gritaba la bella adolescente, que en pos de los otros venía—. Creí encontrar desesperado a mi novio —prosiguió vertiendo abundantes lágrimas—, a mi
novio, que aseguraba morirse si yo le faltaba, ¡y le encuentro jurando amor eterno a su nueva futura! ¡A la tumba!

— ¿Así es que volvéis completos? —preguntó con su voz grave, pero en la que se advertía cierto acento irónico, el Ángel de la Muerte.

— No todos: se ha quedado uno —contestó el último de los del grupo que había emigrado de esta mansión de la paz.

— ¿Cuál?

— Santiago, aquel que fue asesinado en una orgía: el que golpeaba a su madre.

— ¿Y quién le recibió?

— Ella. Apenas le vio, se abalanzó hacia él, abrazándolo tan fuertemente que no habría sido posible arrancarle de sus brazos. Ni él lo pretendió. ¡Hay diferencia entre el duro y frío
ataúd y los amorosos brazos de una madre!

Calló Lorenzo, y yo callo también —concluyó el narrador—. ¿No os parece que tuve razón al deciros que solo los que tienen madre pueden resucitar?

 

Abrió los ojos - Juan Ramón Jiménez

Abrió los ojos. (Había estado tirado en su butaca toda la mañana fea, durmiendo su largo, desesperado hastío.) 

Las cuatro paredes de su cuarto estaban oscuras de tanto deslumbre. Una ventanita cuadrada cortaba el cuadro resplandeciente. 

Un cielo azul limpio, casas radiantes de sol y sombra, una plaza llena de gentes gritando y corriendo. 

"Ésa es la Vida, sal", le dijeron seres oscuros por dentro de su sangre. Y se tiró por la ventana.

Vida Moderna - Eduardo Wilde

 Mi querido amigo:

Por fin me encuentro solo con mi sirviente y la cocinera, una señora cuadrada de este pueblo, muy entendida en política y en pasteles criollos.

Ocupo una casa vacía que tiene ocho habitaciones, un gran patio enladrillado y un fondo con árboles y con barro. Tengo dos caballos de montar y uno de tiro. Mi dotación de amigos es reducida; total: dos viejos maldicientes. 

He traído libros y pa­so mi vida leyendo, paseando, comiendo y dur­miendo. Esto por sí sólo constituye una buena parte de la felicidad; el complemento - ¡quién lo creyera! ­se encuentra también a mi alcance, aquí, en este pueblo solitario y en esta casa medio arruinada y desierta ¡soy completamente feliz! 

Básteme decirte que nadie me invita a nada, que no hay banquetes ni óperas ni bailes y, lo que parece mitológico en mate­ria de suerte, no tengo ni un bronce ni un mármol ni un cuadro antiguo ni moderno; no tengo vajilla ni cubiertos especiales para pescado, para espárragos, para ostras, para ensalada y para postres; ni centros de mesa que me impida ver a los de enfrente; ni vasos de diferentes colores; ni sala ni antesala ni es­critorio ni alcoba ni cuarto de espera; todo es todo. 

Duermo y como en cualquier parte. El caballo de montar entra a saciar su sed al cuarto de baño, en la tina, antes que yo me bañe, con recomendación es­pecial de no beber de a poquitos, ni dejar gotear en la bañera el sobrante del agua que le queda en el hocico.

Recuerdo que cuando era niño conocí un señor viejo, hombre importante, acomodado, instruido y muy culto. Pues el viejo no tenía en su cuarto de recibo sino seis sillas, una mesa grande con pies torneados, gruesos y groseros, cubierta con una colcha usada, sobre la que estaba el tintero de plomo con tres agujeros en que permanecían a pique tres plumas de pato o ganso. 

Había además papeles, libros, tabaqueras, anteojos y naipes. De noche se reunían allí los hombres más notables del pueblo: el cura, el corregidor, el juez de letras, el tendero y otros ilustres habitantes. Allí se hablaba de la política, de la patria, de la moral y de filosofía, tópicos que ya no se usan. 

Concluida la tertulia el viejo se retiraba a su dormitorio en el que no había sino una cama pobre, una mesita ética, una silla de baqueta, un candelero de bronce con vela de sebo, una percha inclinada como la torre de Pisa, que se ladeaba más cuando colgaban en ella la capa de su dueño y, por todo adorno en las paredes, una imagen de San Roque, abogado de los perros.

A pesar de esta ausencia de mobiliario que escandalizaría hoy al más pobre estudiante, el viejo era muy considerado, muy respetado y vivía muy feliz; nada le faltaba.

¡Dime ahora lo que sería de cualquiera de nues­tros contemporáneos en tal desnudez! Cuando me doy cuenta de lo estúpido que somos, me da gana de matarme.

Por eso me gusta el poeta Guido Spano.

La semana pasada lo encuentro en la calle y le digo:

-¿Cómo le va? tanto tiempo que no lo veo; ¡usted habrá hecho también negocios!

-No -me contestó-, soy el hombre más feliz de la tierra; me sobra casa, me sobra cama, me sobra ropa, me sobra comida y me sobra tiempo; ¡no tengo reloj y no se me importa un comino de las horas!

Con tamaña filosofía ¡cómo no había de estar ese hombre contento!

En una ocasión me acuerdo haberlo visto en cama enfermo de reumatismo y tocando la flauta con un pequeño atril y un papel de música por de­lante. Nunca he sentido mayor envidia por el ca­rácter de hombre alguno.

A mí también, aquí en Río IV, me sobra todo, pero no tengo flauta, ni atril, ni sé música.

¿Sabes por qué me he venido? Por huir de mi casa donde no podía dar un paso sin romperme la crisma contra algún objeto de arte. La sala parecía un bazar, la antesala ídem, el escritorio, ¡no se diga!, el dormitorio o los veinte dormitorios, la despensa, los pasadizos y hasta la cocina estaban repletos de cuanto Dios crió. 

No había número de sirvientes que diera abasto. La luz no entraba en las piezas por causa de las cortinas; yo no podía sentarme en un sillón sin hundirme hasta el pescuezo en los elásti­cos; el aire no circulaba por culpa de los biombos, de las estatuas, de los jarrones y de la grandísima madre que los dio a luz. 

No podía comer; la comida duraba dos horas porque el sirviente no dejaba usar los cubiertos que tenía a la mano, sino los especiales para cada plato. Aquí como aceitunas con cuchara, porque me da la gana, y nadie me dice nada ni me creo deshonrado.

Mira, ¡no sabes la delicia que es vivir sin bronces! No te puedes imaginar cómo los aborrezco. Me han amargado la vida y me han hecho tomarle odio. Cuando era pobre, admiraba a Gladstone; me exta­siaba ante la Venus de Milo; me entusiasmaba por Apolo y me pasaba las horas mirando el cuadro de la Virgen de la Silla.

Ahora no puedo pensar en tales personajes sin encolerizarme. ¡Cómo no! Casi me saqué un ojo una noche que entré a oscuras a mi escritorio, contra el busto de Gladstone. Otro día la Venus de Milo me hizo un moretón que todavía me duele; me alegré de que tuviera el brazo roto. Después, por impedir que se cayera la Mascota, me disloqué un dedo en la silla de Napoleón en Santa Elena, un bronce pesadísimo, y casi me caí enredado en un tapiz del Japón.

Luego, todos los días tenía disgustos con los sirvientes.

Cada día había alguna escena entre ellos y los adornos de la casa.

-Señora - decía la mucama -, Francisco le ha roto un dedo a Fidias.

-¿Cómo ha hecho usted eso Francisco?

-Señora; si ese Fidias es muy malo de sacudir.

Otra vez dejaba Fidias de ser maltratado y apa­recía el busto de Praxíteles sin nariz. Francisco se la había echado abajo de un plumerazo; o bien le to­caba el turno a Mercurio, que se quedaba cojo de algún porrazo. Ya sabes que Mercurio tiene un pie en el aire.

Bismarck, el rey Guillermo y Moltke, en barro pintado, se han escapado hasta ahora casi ilesos, gracias a que su pequeña estatura les permite escon­derse tras del reloj de la sala. Pero un gran elefante de porcelana cargado de una torre, pierde cada ocho días la trompa que le vuelven a pegar con goma.

Otro día, se le ocurre al mismo Francisco limpiar con kerosene el cuadro del Descendimiento.

En fin, he pasado estos últimos años en cuidar jarrones, cortinas, cuadros, relojes, candelabros, arañas, bronces y mármoles, y en echar gallegos la calle con plumero y todo para que vayan a romperle las narices a su abuela.

No te puedes imaginar los tormentos que he su­frido con mis objetos de arte; bástame decirte que muchas veces al volver a mi casa he deseado, en el fondo de mi alma, encontrarla quemada y hallar fundidos en un solo lingote a Cavour, a la casta Su­sana, al Papa Pío nono, a madama Recamier y otros bronces notables de mi terrible colección.

¿Y las flores, las macetas, los ramos, los árboles enteros que mandan a casa y que la señora coloca en mi estudio como si tal cosa? El patio es un bosque; creo que hay en él toda la flora y fauna argentinas: leones, tigres y millones de sabandijas. 

Los cactus no me dejan ir a mi cuarto, me enredo en los hele­chos y unos malditos arbustos que hay con puntas y que están ahora de moda, tienen obstruida la puerta del comedor al cual no se puede entrar sin careta, a menos de exponerse a perder un ojo. Ya estuve a punto de quedarme tuerto, a causa de un alisum espinosum.

Mire Juan -le dije al portero-: al primero que venga aquí con árboles, con bronces o con vasijas de loza, péguele un balazo. Ya no hay donde poner nada. Para pasar de una pieza a otra es necesario volar. 

Uno de mis amigos, muy aficionado a los adornos, ha tenido que alquilar una barraca para depositar sus estatuas y sus cuadros. Yo tengo una estatua de la caridad que es el terror de cuantos me visitan; no sé qué arte tiene para hacer que tropiecen con ella. 

En casa de otro amigo se perdió hace poco una criatura que había ido con su mamá. Cuando ésta quiso retirarse se buscó al niño en todas partes sin hallarlo; al fin se oyó un llanto lastimero que pa­recía venir del techo y voces que decían: ¡aquí estoy! ¡aquí estoy! El pobre niño se había metido en un rincón del que no podía salir porque le cerraban el paso un chifonier, dos biombos, una ánfora de no sé donde, los doce Pares de Francia, ocho caballeros cruzados, un camello y Demóstenes de tamaño na­tural, en zinc bronceado.

¡Vaya usted a limpiar una casa así! Lo primero que se me ocurre al entrar a un salón moderno es pensar en un buen remate o en un terremoto que simplifique la vida.

Tengo intención de pasar aquí una temporada, y estaría del todo contento si no fuera la espantosa expectativa de volver a mi bazar. Algunas noches sueño con mis estatuas y creo que, sabiendo ellas el odio que les tengo, me pagan en la misma moneda y me atacan en mi cama. 

Hasta he pensado alguna vez en fingirme loco y arrojar a la calle por la ventana los bustos de los hombres más célebres, los cua­dros, las macetas, las arañas y los espejos. En fin, tengo un consuelo: no ocurre casamiento, cumplea­ños o bautismo en casa de amigos, que no me proporcione el placer de soltarle al beneficiado algún león de alabastro, un oso de bronce o los gladiado­res de hierro antiguo. ¡A incomodar a otra parte y allá se las avenga el novio, el bautizado o el que festeja un aniversario!

Excuso decirte que cuando un sirviente torpe echa abajo un armario lleno de loza y cristales, no quepo en mi de contento.

Escríbeme pronto y no te olvides de comuni­carme en el acto, si por acaso quiebra la casa de La­coste o la de algún otro bandolero de su estirpe.

Te recomiendo, además, que si puedes hacerme robar durante mi ausencia algunos pedestales con sus correspondientes bustos, varios cuadros y todos los muebles de mi escritorio, no dejes de hacerlo.

Sobre todo, por favor, hazme sustraer las pal­meras que obstruyen los pasadizos y el alisum espi­nosum que está en la puerta del comedor y al cual profeso la más corrosiva ojeriza.

En el último caso puedes recurrir al incendio. ¡Te autorizo! Tu amigo,

BALDOMERO TAPIOCA

 

 

P. D. Si el día 1 ° de Año me mandan tarjetas de felicitación, cartas o telegramas, toma todo ello del escritorio, haz un paquete y mándalo a Francia, diri­gido al presidente Carnot, con una carta insultante, diciéndole que su nación tiene la culpa de que, a más de todas las mortificaciones criollas que so­portamos, tengamos todavía que aguantar la moda francesa de las felicitaciones del año nuevo.

La piedra de las estrellas - Valentina Zuravleva

    Hace cinco siglos, un meteorito cayó cerca de la ciudad de Ensisheim, en el Alto Rin. Para que el cielo no volviera a llevárselo lo ataron con cadenas al muro de la iglesia. Un hábil artesano grabó en él estas palabras: «a propósito de esta piedra, son numerosos los que saben mucho, todos saben algo, pero nadie sabe lo suficiente».

Cuando pienso en el meteorito de Pamir, acuden involuntariamente a mi recuerdo aquellas palabras. A propósito de él, yo sé mucho; sin duda más que cualquier otra persona. Pero estoy lejos de saberlo todo. Sin embargo, me acuerdo perfectamente de lo esencial. Tan perfectamente como si datara de ayer.

Hace seis meses, los periódicos anunciaron la caída de un meteorito en el Pamir. Aquella breve información, apenas media docena de líneas, retuvo inmediatamente mi atención.
Tal vez penséis: ¿qué podía haber de interesante en un meteorito para un bioquímico? 

Debo aclarar que los bioquímicos siguen con mucha atención todo lo que concierne a los meteoritos. En los fragmentos de esas «piedras celestes» buscamos el secreto de la aparición de la vida sobre la Tierra. Para ser menos romántico y más concreto, digamos que estudiamos los hidrocarburos contenidos en los meteoritos.

Un poco más tarde, el meteorito del Pamir fue objeto de una segunda información. Una expedición lo había descubierto a cuatro mil metros de altitud, y un helicóptero pudo descolgarlo de aquella percha. Se trataba, se decía, de un bloque de piedra de casi tres metros de longitud que pesaba más de cuatro toneladas.

Al leerlo, pensé que al día siguiente tendría que llamar por teléfono a Nikonov. En aquel preciso instante –a veces se producen esas coincidencias– resonó el timbre del teléfono. Empuñé el receptor. Era Nikonov.

Debo decir ante todo que, desde su época de escolar, Nikonov se ha distinguido siempre por su sangre fría y su placidez. Nunca –y hace casi medio siglo que nos conocemos– le había visto emocionado o alterado. Pero en aquella ocasión, por su voz entrecortada y febril, por sus palabras deshilvanadas, comprendí que sucedía algo extraordinario.

De aquel torrente de palabras retuve una cosa: tenía que dirigirme inmediatamente, con la mayor rapidez posible, al Instituto de Astrofísica.

Tomé un taxi.

El vehículo rodó por las calles desiertas, en cuyo espejo de asfalto se reflejaban los anuncios luminosos. Llovía. Pensé en los que no duermen a aquella hora tardía. En los que, inclinados sobre sus microscopios, sobre el frágil cristal de sus probetas, sobre sus páginas cubiertas de fórmulas, buscan lo nuevo. Pensé en el asombroso destino de los descubrimientos: desconocidos hoy de todos, mañana irrumpen en la vida, la cambian, la modifican.

Las ventanas del Instituto aparecían iluminadas. Sin saber por qué, pensé inmediatamente que la causa era el meteorito del Pamir. Pero, ¿qué podía tener de particular, de extraordinario, aquel meteorito?

El Instituto parecía una colmena excitada. Los colaboradores corrían de un lado a otro, atareados y preocupados; por las puertas entreabiertas surgía el sonido de voces excitadas.

Nikonov me esperaba en su despacho. He de admitir que entonces no había concedido una importancia especial a lo que ocurría. Los científicos nos inclinamos a veces a exagerar nuestros éxitos y nuestros sinsabores. Cuando, después de prolongados experimentos, consigo una reacción, siento también deseos de despertar a todo Moscú.

Pero, Nikonov... Había que conocerle para comprender hasta qué punto estaba excitado.
Sin contestar a mi saludo, me apretó fuertemente la mano.
Y aquel apretón de manos rápido, nervioso, me comunicó su emoción.
–¿Se trata del meteorito del Pamir? –pregunté, adivinando ya la respuesta.
–Sí –respondió.

Nikonov cogió un paquete de fotografías y las desplegó en abanico delante de mí. Eran fotografías del meteorito. Las examiné, esperando ver... Naturalmente no sabía lo que iba a ver. Pero estaba convencido de que se trataba de algo sensacional.

Quedé asombrado, pues, al comprobar que el meteorito era semejante a las docenas de ellos que había podido ver al natural o en fotografía. Un bloque de piedra en forma de cohete, de superficie porosa, y nada más.

Devolví las fotografías a Nikonov, el cual sacudió la cabeza y dijo, con voz ronca que no era la suya:
–No es un meteorito. Bajo el caparazón de piedra hay un cilindro metálico... con un ser vivo en su interior.
 
Ahora, cuando rememoro los acontecimientos de aquella noche, me parece raro que, durante un largo instante, fuera incapaz de comprender a Nikonov. Sin embargo, todo era muy simple. Pero precisamente por esto el asunto producía una impresión de inverosimilitud, de irrealidad, impidiéndome comprender inmediatamente a Nikonov.

El meteorito era una nave cósmica. La envoltura de piedra, que tenía unos siete centímetros de espesor, recubría un cilindro de metal obscuro, muy denso. Nikonov opinaba (y su opinión quedó confirmada más tarde) que la envoltura en cuestión estaba destinada a proteger al cilindro de los meteoritos y de un peligroso recalentamiento. El aspecto poroso de su superficie procedía de los choques con los micrometeoritos. Sus huellas, muy numerosas, demostraban que el ingenio había estado volando por espacio de muchos años.

–Si el cilindro fuera macizo –dijo Nikonov–, pesaría al menos veinte toneladas. Pero, sin la envoltura de piedra, su peso es ligeramente superior a las dos toneladas. En tres lugares, unos hilos muy finos salen del cilindro. Están rotos.

Evidentemente, en el momento de la caída se desprendieron unos aparatos que se encontraban en la parte exterior del cilindro. El galvanómetro, conectado a esos hilos, ha revelado unos leves impulsos eléctricos...

–Pero, ¿por qué tiene que tratarse necesariamente de un ser vivo? –repliqué–. En el interior del cilindro puede haber unos aparatos automáticos.
–Descartado –respondió Nikonov–. Da golpes.
No lo entendí.
–¿Qué es lo que da golpes?
–El que está dentro del cilindro –la voz de Nikonov tembló–. Cuando alguien se acerca, empieza a dar golpes. Puede ver. Ignoro cómo, pero puede ver.
Resonó el timbre del teléfono. Nikonov cogió el receptor y observé que una sombra cruzaba por su rostro.
–Han sondeado el cilindro –me dijo, soltando el receptor–. Su pared no alcanza los veinte milímetros de espesor. En el interior no hay metal.

En aquel momento se me ocurrió la objeción más lógica. El cilindro no era tan grande. ¿Cómo podían caber en él unos seres vivos? No sólo necesitaban espacio, sino también víveres, agua, dispositivos para el mantenimiento de una temperatura constante, para renovar el aire. ¿Cómo introducir todo aquello en un cilindro de menos de tres metros de longitud y unos sesenta centímetros de diámetro?

Nikonov me escuchó y dijo:
–Dentro de un cuarto de hora iremos a verlo. Espero a alguien. De momento, están colocando el cilindro en una cámara hermética.
–De todos modos, tienes que admitir que esa versión del ser vivo no es realista. No puede haber hombres en el cilindro.
–¿Hombres? ¿Qué entiendes tú por eso?
–Bueno, seres pensantes.
–¿Con unos brazos y unas piernas?
Por primera vez aquella noche, Nikonov sonrió.
–Sin duda –contesté.
–No los hay en la nave –dijo Nikonov–. Contiene seres pensantes, pero resulta difícil saber cómo son.

Yo no podía estar de acuerdo con él. Bastaba recordar cómo imaginaban los europeos, antes de los grandes descubrimientos geográficos, a los habitantes de los países desconocidos: hombres de seis brazos o con la cabeza de perro, enanos y gigantes... Y luego se comprobó que en Australia, en América y en Nueva Zelanda, los hombres eran semejantes a los de Europa.

–Las condiciones de vida idénticas, las leyes generales de la evolución, desembocan en los mismos resultados.
–¿Las leyes generales de la evolución? –inquirió Nikonov–. Pueden admitirse hasta cierto punto. Pero, ¿de dónde sacas las condiciones de vida idénticas?

Me expliqué: la existencia y el desarrollo de las formas superiores de las proteínas sólo son concebibles dentro de unos límites bastante restringidos de temperatura, de presión, de irradiación. De lo cual puede inferirse que el mundo orgánico evoluciona siguiendo unos caminos parecidos.

–Querido amigo –dijo Nikonov–, eres académico y un bioquímico eminente, la mayor autoridad en materia de síntesis bioquímica. Cuando hablas de las síntesis de las proteínas, estoy completamente de acuerdo contigo. Pero el que sabe fabricar ladrillos no es necesariamente experto en arquitectura. Y no lo tomes a mal.

¿Cómo podía tomarlo a mal? A decir verdad, nunca había reflexionado seriamente en la evolución del mundo orgánico en los otros planetas. No era mi especialidad.

–Las ideas que en la Edad Media proliferaban acerca de los hombres con cabeza de perro eran absurdas, efectivamente –continuó Nikonov–. Pero en la Tierra, si se exceptúa el clima, las condiciones de vida son muy parecidas. Por otra parte, cuando cambian las condiciones, cambia el hombre. En América del Sur, en los Andes peruanos, hay una tribu india que vive a 3.500 metros de altitud. Sus miembros son de baja estatura, y su peso medio es de cincuenta kilogramos, pero el volumen de su caja torácica y de sus pulmones es superior en un 50% al de los europeos.

»Como puedes ver, su organismo está adaptado a las condiciones de vida en una atmósfera enrarecida, a costa de una notable modificación del aspecto exterior. Ahora, reflexiona un poco en las considerables diferencias que pueden existir entre las condiciones de vida en la Tierra y en los otros planetas. Tomemos la gravedad, por ejemplo. No sé por qué la has olvidado. 

En Mercurio, la gravedad es cuatro veces menor que en la Tierra. Si ese planeta estuviera habitado, es poco probable que sus habitantes necesitaran unos miembros inferiores tan desarrollados como los nuestros. En cambio, en Júpiter la gravedad es mucho mayor que en nuestro planeta. En tales condiciones, es muy probable que la evolución de los vertebrados no haya desembocado en la postura vertical...

Había una brecha en el razonamiento de Nikonov, y me dispuse a explotarla.
–Querido amigo –dije–, eres profesor, eres un astrofísico eminente, la mayor autoridad en el campo del análisis espectral de la atmósfera de las estrellas. Cuando hablas de los planetas, estoy completamente de acuerdo contigo. Pero, el que sabe fabricar ladrillos... Resumiendo, olvidas que las manos tienen que estar libres. Sin ello, el trabajo que ha formado al hombre resultaría imposible. Y, con la postura horizontal, los cuatro miembros sirven como puntos de apoyo.

–Desde luego. Pero, ¿por qué cuatro? ¿Acaso existe un límite?
–Entonces, ¿volvemos a los hombres de seis brazos?
–En los planetas donde la gravedad es muy intensa, ese es sin duda el camino que seguiría la evolución de los vertebrados. Pero, además de la gravedad, existen otros factores. 

El estado de la superficie del planeta, por ejemplo, tiene una enorme importancia. Si la Tierra estuviera cubierta de un modo permanente y total por el océano, la evolución del mundo animal hubiese sido muy distinta.
–¡Seríamos sirenas! –ironicé.

–Tal vez –replicó Nikonov, imperturbable–. La vida en el océano evoluciona sin cesar, aunque más lentamente que en tierra firme. Lo que debe ser común a todos los seres dotados de razón, habiten donde habiten, es un cerebro desarrollado, un sistema nervioso complejo, unos órganos para trabajar y para desplazarse que estén adaptados al medio ambiente.


–Sin embargo –dije, sin querer darme por vencido–, no está descartado que en planetas semejantes a la Tierra vivan unos seres racionales semejantes a los hombres.
–No, no está descartado –convino Nikonov–, pero es poco verosímil. Has omitido otro factor importante: el tiempo. El aspecto del hombre no es algo constante. 

Hace diez millones de años, nuestros antepasados tenían una cola y una facies alargada. ¿Y qué aspecto tendremos dentro de diez millones de años? Es absurdo pensar que siempre seremos como ahora. Tú hablas de los planetas de la misma naturaleza. Existen, indiscutiblemente. Pero es muy poco probable que la evolución de los seres pensantes coincida en ellos en el tiempo. 

En una palabra, amigo mío, Shakespeare tenía mucha razón cuando puso en boca de Hamlet aquellas famosas palabras: «Hay más cosas en el cielo y en la Tierra, Horacio, de las que sueña tu filosofía».

Me resulta difícil, al cabo de tanto tiempo, recordar con exactitud los términos de aquella conversación con Nikonov. Tanto más por cuanto nos interrumpían continuamente: resonaban los timbres de los teléfonos, los colaboradores entraban y salían del despacho, el propio Nikonov consultaba su reloj cada diez minutos... Pero la conversación en sí me parece memorable. Nuestras hipótesis eran atrevidas, pero la realidad resultó serlo mucho más.

Ahora, todo me parece sencillo. Si la nave, procedente de otro sistema planetario, había podido cruzar las inmensidades del Cosmos, era porque en su planeta de origen el Saber estaba más adelantado de lo que podíamos imaginar. Esta sola circunstancia debió estimularnos a no extraer conclusiones precipitadas...

Nuestra conversación fue interrumpida definitivamente por la llegada del académico Ashtakov, especialista en medicina astronáutica.
Con gran asombro por mi parte, lo primero que preguntó Ashtakov fue:
–¿Qué clase de motor utilizan?
Me reproché inmediatamente no haber pensado en el motor. La respuesta hubiese permitido aclarar numerosos extremos: el nivel de evolución de los recién llegados, la duración de su viaje por el Cosmos, la distancia recorrida, la aceleración que podían soportar...
–No hay ningún motor –respondió Nikonov–. Debajo del caparazón de piedra hay un cilindro metálico completamente liso.
–¡Ah! –exclamó Astakhov; Meditó unos instantes, mientras su rostro reflejaba el mayor de los asombros–. Entonces... eso significa que poseen un motor antigravitacional. Han dominado la gravitación.
–Probablemente –asintió Nikonov–. Esa es también mi opinión.
–¿Cómo? –inquirí–. ¿Es posible controlarla?
–En principio, sí, indiscutiblemente –respondió Nikonov–. No existe en la naturaleza una fuerza que el hombre no pueda dominar, tarde o temprano. Es una cuestión de tiempo. Pero hay que reconocer que, de momento, sabemos muy poco acerca de la gravitación. 

Conocemos la ley de Newton: dos cuerpos cualesquiera se atraen mutuamente en razón directa de sus masas y en razón inversa del cuadrado de sus distancias. Sabemos, aunque de un modo puramente teórico, que la fuerza de atracción se difunde a la velocidad de la luz. Pero ignoramos de dónde procede esa fuerza y cuál es su naturaleza.

Volvió a sonar el timbre del teléfono; Nikonov cogió el receptor y, tras escuchar unos segundos, dijo:
–En seguida vamos para allá.
Luego añadió, dirigiéndose a nosotros:
–Nos esperan.
Salimos al pasillo.
–Algunos físicos opinan –continuó Nikonov– que todos los cuerpos contienen unas partículas de gravitación: los gravitones. Yo no estoy muy convencido de que esa hipótesis sea cierta. Pero, si lo fuera, las dimensiones de los gravitones tendrían que ser tan reducidas en relación con los de los núcleos atómicos, como las de estos últimos lo son comparados con los cuerpos ordinarios. Y la concentración de la energía tendría que ser en ellos incomparablemente más elevada que en el núcleo del átomo.

Descendimos por una escalera de caracol, muy empinada, que conducía al sótano del Instituto. Al final de un angosto pasillo, un grupo de colaboradores nos esperaba delante de una puerta de acero. Alguien puso un motor en marcha y la puerta se abrió lentamente.

Vi por primera vez la nave cósmica. 

Reposaba horizontalmente sobre dos puntos de apoyo. Era un cilindro de metal obscuro y de superficie muy lisa. La envoltura de piedra, que se había agrietado por diversos lugares en el momento de la caída, había sido desprendida del cilindro, de uno de cuyos extremos colgaban tres cables muy finos.

Nikonov, que se encontraba más cerca, avanzó un par de pasos: inmediatamente percibimos unos golpes. En el interior del cilindro alguien emitía unos raros sonidos que no recordaban en nada el ritmo de una máquina. Se me ocurrió la idea de que la nave no contenía necesariamente unos hombres: nosotros situamos en nuestros cohetes experimentales monos, perros, conejos...

Nikonov se alejó en dirección a la puerta y los golpes cesaron. En medio del silencio que se había establecido, se oía claramente la penosa respiración de uno de los presentes, sin duda acatarrado.

No sé lo que pensaban los demás, pero en lo que a mí respecta ni siquiera se me ocurrió la idea de que acababa de abrirse una nueva era para la ciencia. Lo comprendí más tarde, y la escena que acabo de evocar se fijó entonces para siempre en mi memoria: una pequeña estancia de techo bajo inundada de luz; en el centro, el obscuro cilindro, liso y brillante; cerca de la puerta, un grupo de hombres profundamente emocionados, con los rostros contraídos por la tensión...

Pusimos manos a la obra. Los ingenieros tenían que determinar lo que había dentro del cilindro. Astakhov y yo estábamos encargados de asegurar una doble protección biológica: la de los pasajeros de la nave cósmica contra las bacterias terrestres, y la del personal contra las bacterias que podía contener el cilindro.

Me resultaría difícil explicar cómo realizaban su tarea los ingenieros. Me faltó tiempo para fijarme en su trabajo. Sólo recuerdo que sondearon el cilindro con ultrasonidos y con rayos gamma. Tras prolongadas discusiones (no era fácil ponerse de acuerdo con Astakhov, a causa de su sordera), convinimos en proceder a abrir el cilindro con la ayuda de «brazos mecánicos» teledirigidos. 

Antes, la cámara hermética en la que se encontraba el cilindro tenía que ser desinfectada con potentes rayos ultravioleta.

Nos apresuramos. A dos pasos de nosotros un ser viviente moría y teníamos que acudir en su ayuda.
Hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance.

Armados de un pico termonuclear, los «brazos mecánicos cortaron el metal con mil precauciones, abriendo el acceso a los aparatos de la nave cósmica. A través de las angostas rendijas encristaladas, practicadas en el muro de hormigón, observamos los gestos impecablemente precisos de aquellos enormes «brazos mecánicos». Lentamente, centímetro a centímetro, el chorro de fuego mordía el metal desconocido. Luego, los «brazos mecánicos» asieron la base del cilindro, que se despegó.

La nave cósmica no contenía ningún ser vivo. Pero había en él materia viviente. Un gigantesco cerebro palpitante, situado en el centro del cilindro.

Cuando digo «cerebro» hablo en términos convencionales. En el primer momento, lo que vi me pareció la réplica exacta, aunque considerablemente aumentada, de un cerebro humano. Pero, al mirarlo con más atención, comprendí mi error. Era únicamente un fragmento de cerebro. Más tarde descubrimos que estaba desprovisto de todos los centros que gobiernan los sentimientos y los instintos. Además, sólo incluía algunos de los centros «pensantes» de un cerebro normal, aumentados decenas de veces.

Para dar una definición exacta, habría que decir que era una «neuro-calculadora», o sea, una máquina de calcular en la cual los diodos y los triodos estaban reemplazados por células vivas de materia cerebral. Y –hecho fundamental– de materia cerebral sintética. Lo adiviné inmediatamente por múltiples detalles. Más tarde, aquella hipótesis se confirmó.

En alguna parte, sobre un planeta desconocido, la ciencia está mucho más desarrollada que en la Tierra. En tanto que nosotros apenas llegamos a sintetizar parcelas de las moléculas más simples de albúmina, allí saben sintetizar ya las formas superiores de la materia orgánica. Este es también el objetivo de nuestra bioquímica, pero, ¡cuán lejos estamos de él!

He de reconocer que lo que descubrimos en la nave cósmica fue para todos nosotros una gran sorpresa. El único que no dio la menor muestra de asombro fue Astakhov. Fue también el primero en hablar.

–¡Ah! –exclamó–. ¡Lo que yo había predicho! Recuerden lo que escribí hace un par de años... Las distancias entre las galaxias son infranqueables para el hombre. Ese viaje sólo puede ser realizado por una nave de mando automático. ¡Au-to-má-ti-co! Pero, ¿de qué tipo? ¿Máquinas electrónicas? ¡No, y no! Es demasiado difícil, casi imposible de realizar. ¡No! Es necesario el sistema más perfeccionado: un cerebro... Escribí eso hace dos años. Y algunos bioquímicos lo tildaron de fantástico. Escribí: para los viajes entre las galaxias se necesitan bio-autómatas, capaces de regenerar sus células...

Lo que decía Astakhov era verdad. Dos años antes había publicado un artículo exponiendo aquellas ideas. Y yo fui uno de los que las consideraron demasiado fantásticas. Sin embargo, los hechos le daban la razón. Había predicho, con notable anticipación, la síntesis de la materia cerebral, aquella forma superior de la materia.

Por regla general, los especialistas no prevén demasiado bien el futuro. Se acostumbran a las cosas en las cuales trabajan hoy. Piensan: hoy hay automóviles, por lo tanto, dentro de cien años habrá también automóviles, con la diferencia de que serán más rápidos. Hay aviones, por lo tanto habrá aviones, pero volarán más aprisa. Por desgracia, todas esas previsiones no sirven de mucho...

A veces, lo nuevo parece increíble, inverosímil, imposible. Y, sin embargo, nace. Heinrich Hertz, que fue el primero en estudiar las oscilaciones electromagnéticas, negaba en su época la posibilidad de desarrollar la telegrafía sin hilos. Y unos años más tarde, Popov inventó la radio.

No, yo no había creído en lo que escribió Astakhov. Para crear bio-autómatas, hay que resolver unos problemas sumamente complejos: sintetizar las formas superiores de la materia biológica; aprender a controlar los procesos bio-electrónicos; obligar a la materia viviente y a la materia inerte a trabajar conjuntamente... Todo eso me parecía demasiado fantástico. 

Pero lo nuevo, aunque creado por los hombres de otro planeta, hacía irrupción en nuestra vida, confirmando aquella gran verdad de que no pueden existir límites para el progreso de la ciencia. Nosotros no conocíamos la composición de la atmósfera en el interior del cilindro. Ignorábamos también cómo repercutiría en el cerebro artificial el paso a la atmósfera terrestre.

Cada uno de nosotros estaba clavado a su puesto, junto a los compresores, a los aparatos, a los balones de gas. Todo estaba preparado para modificar lo más rápidamente posible la composición de la atmósfera en la cámara hermética. 

Pero, apenas se abrió el cilindro, los aparatos señalaron que la atmósfera en el interior de la nave cósmica estaba compuesta de una quinta parte de oxígeno y de cuatro quintas partes de helio, en tanto que la presión era superior en una décima parte a la de la Tierra. El cerebro seguía palpitando; un poco más aprisa, quizás.

Los compresores aullaron, elevando la presión en la cámara. La primera fase de trabajo había sido completada con éxito.
Subí al despacho de Nikonov, arrastré un sillón hasta la ventana y levanté un visillo. Fuera, las luces de la ciudad iban encendiéndose, expulsando las tinieblas. Era la segunda noche, pero me parecía que sólo hacía unas horas que había llegado al Instituto.

De modo que la atmósfera del ingenio cósmico contenía un veinte por ciento de oxígeno, lo mismo que la atmósfera terrestre. ¿Era una casualidad? No. Con esa concentración, precisamente, la hemoglobina de la sangre se satura completamente de oxígeno. Por lo tanto, la nave cósmica tenía que incluir un sistema circulatorio. La muerte de una parte del cerebro acarrearía fatalmente la muerte del conjunto.

Me precipité hacia el sótano.

Al rememorar ahora nuestras tentativas para salvar el cerebro artificial, vuelvo a experimentar el sentimiento de impotencia y de amargura que nos invadió entonces.
¿Qué podíamos hacer?

Aquel cerebro creado por los hombres de otro planeta, estaba muriendo. Su parte inferior aparecía reseca y ennegrecida. Sólo en la parte superior quedaba un poco de materia palpitante. Cuando alguien se acercaba, las pulsaciones se hacían febriles, como si el cerebro pidiera ayuda.

Habíamos descubierto rápidamente cómo funcionaba el sistema que proporcionaba el oxígeno. Tal como había supuesto, aquella respiración se producía por medio del hema, una combinación química semejante a la hemoglobina. 

También habíamos comprendido fácilmente cómo funcionaban los otros dispositivos que alimentaban al cerebro y absorbían el gas carbónico.

Pero no podíamos evitar la muerte de las células del cerebro. En alguna parte, sobre un planeta desconocido, unos seres racionales habían sintetizado la materia cerebral, la más perfectamente organizada. Habían sabido enviar su cerebro artificial a las profundidades del Cosmos. Sin duda alguna, las células de aquel cerebro habían registrado múltiples secretos del Universo. Pero nosotros no podíamos enterarnos de ellos. El cerebro moría.

Utilizamos todos los medios de que disponíamos, desde los antibióticos hasta la intervención quirúrgica. Inútilmente.
En mi calidad de presidente del comité especial de la Academia de Ciencias, pregunté una vez más a mis colegas si habíamos hecho todo lo que estaba a nuestro alcance.
Nos encontrábamos en la pequeña sala de conferencias del Instituto. Estaba amaneciendo. Los sabios se habían sentado y permanecían silenciosos, rendidos de fatiga.

Nikonov se pasó la mano por el rostro y respondió con voz ronca:
–Todo.
Los otros asintieron.

Durante seis días, mientras vivieron las últimas células del cerebro, nos relevamos junto a él, sin interrumpir por un solo instante las observaciones. Resulta difícil enumerar todo lo que aprendimos. Pero lo más interesante fue el descubrimiento de la substancia utilizada para proteger los tejidos vivientes contra las radiaciones.

La nave cósmica tenía un casco relativamente delgado que los rayos cósmicos traspasaban con facilidad. Esta circunstancia nos impulsó, desde el primer momento, a buscar en las células del bio-autómata una substancia protectora. Y la encontramos. Una concentración ínfima de esa substancia sensibiliza al organismo contra las dosis más elevadas de radiaciones. 

En adelante, podríamos simplificar considerablemente la construcción de las naves cósmicas. Ya no sería necesario colocar los reactores atómicos detrás de pesadas pantallas protectoras, lo cual nos acercaba extraordinariamente a la era de las naves estelares atómicas.

El sistema de regeneración del oxígeno resultó también muy interesante. Durante años enteros, una colonia de algas desconocidas en la Tierra y que pesaban menos de un kilogramo habían absorbido regularmente el gas carbónico y desprendido el oxígeno que el cerebro necesitaba.
Hablo de los descubrimientos biológicos. Pero los realizados por los ingenieros serán todavía más importantes, sin duda. 

Tal como creía Astakhov, la nave cósmica llevaba un motor antigravitacional. No estoy en condiciones de entrar en detalles técnicos acerca de su construcción, pero puedo afirmar una cosa: los físicos tendrán que revisar a fondo sus conceptos sobre la naturaleza de la gravitación. La era de la técnica atómica dejará paso, probablemente, a la era de la técnica antigravitacional. Gracias a ella, los hombres controlarán energías y velocidades actualmente inconcebibles.

Los análisis nos revelaron que el casco de la nave estaba construido con una aleación de titanio y de berilio. Pero, a diferencia de las aleaciones ordinarias, estaba constituida por un solo cristal. Nuestros metales son, por así decirlo, una mezcla de cristales. Cada uno de los cristales, por separado, es sólido. Pero están unidos muy débilmente entre ellos. El metal del futuro estará formado por un solo cristal, muy sólido. Al modificar la red cristálica, será posible modificar sus propiedades ópticas, su resistencia, su conductibilidad.

Y, sin embargo, el descubrimiento más importante –hasta ahora no ha sido aún descifrado– se refiere al cerebro artificial de la nave cósmica. Los tres cables que colgaban del cilindro estaban conectados efectivamente con él por medio de un sistema bastante complicado. Gracias a ellos, durante seis días unos oscilógrafos muy sensibles pudieron registrar las corrientes del bio-autómata. 

No se parecían en nada a las biocorrientes del cerebro humano. Y pusieron de relieve toda la diferencia existente entre el cerebro artificial y un verdadero cerebro. En efecto, el cerebro de la nave cósmica no era más que una instalación cibernética en la cual unas células vivas desempeñaban el papel de lámparas. A pesar de toda su complejidad, era incomparablemente más simple, más especializado, por así decirlo, que el cerebro humano.

En seis días, se registraron millares de metros de oscilogramas. ¿Conseguiremos descifrarlos? ¿Qué nos revelarán? Tal vez la historia del viaje a través del Cosmos.
De momento, a propósito de esa piedra caída de las estrellas, son numerosos los que saben mucho, todos saben algo, pero nadie sabe lo suficiente. Sin embargo, llegará el día en que queden desvelados sus últimos secretos.

Y entonces, unos mensajeros terrestres, unas naves provistas de un motor antigravitacional, remontarán el vuelo hacia las inmensidades sin límites del Universo.
No serán conducidas por hombres. La vida humana es corta y el Universo infinito.

Serán conducidas por unos bio-autómatas. Las naves del futuro, después de millares de años de viaje, después de haber penetrado en las lejanas galaxias, regresarán a la Tierra, portadoras de la llama inextinguible del Saber.