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El canario - Katherine Mansfield

¿Ves aquel clavo grande a la derecha de la puerta de entrada? Todavía me da tristeza mirarlo y, sin embargo, por nada del mundo lo quitaría. Me complazco en pensar que allí estará siempre, aun después de mi muerte. A veces oigo a los vecinos que dicen: «Antes allí debía de colgar una jaula». Y eso me consuela: así siento que no se le olvida del todo.

...No te puedes figurar cómo cantaba. Su canto no era como el de los otros canarios, y lo que te cuento no es solo imaginación mía. A menudo, desde la ventana, acostumbraba observar a la gente que se detenía en el portal a escuchar; se quedaban absortos, apoyados largo rato en la verja, junto a la planta de celinda. Supongo que eso te parecerá absurdo, pero si lo hubieses oído no te lo parecería. A mí me hacía el efecto de que cantaba canciones enteras que tenían un principio y un final.

Por ejemplo, cuando por la tarde había terminado el trabajo de la casa, y después de haberme cambiado la blusa, me sentaba aquí en la baranda a coser: él solía saltar de una percha a otra, dar golpecitos en los barrotes para llamarme la atención, beber un sorbo de agua como suelen hacer los cantantes profesionales, y luego, de repente, se ponía a cantar de un modo tan extraordinario, que yo tenía que dejar la aguja y escucharlo. 

No puedo darte idea de su canto, y a fe que me gustaría poderlo describir. Todas las tardes pasaba lo mismo, y yo sentía que comprendía cada nota de sus modulaciones.

¡Lo quería! ¡Cuánto lo quería! Quizá en este mundo no importa mucho lo que uno quiere, pero hay que querer algo. Mi casita y el jardín siempre han llenado un vacío, sin duda; pero nunca me han bastado. Las flores son muy agradecidas, pero no se interesan por nuestra vida. 

Hace tiempo quise a la estrella del atardecer. ¿Te parece una tontería? Solía sentarme en el jardín, detrás de la casa, cuando se había puesto el sol, y esperar a que la estrella saliera y brillara sobre las ramas oscuras del árbol de la goma. Entonces le murmuraba: «¿Ya estás aquí, amor mío?». Y en aquel instante parecía brillar solo para mí. Parecía que lo comprendiera...; algo que es nostalgia y, sin embargo, no lo es. 

O quizá el dolor de lo que uno echa de menos; sí, era este dolor. Pero ¿qué era lo que echaba de menos? He de agradecer lo mucho que he recibido.

...Pero, en cuanto el canario entró en mi vida, olvidé a la estrella del atardecer: ya no me hacía falta. Y aquello ocurrió de una manera extraña. Cuando el chino que vendía pájaros se detuvo delante de mi puerta y levantó la jaulita donde el canario, en vez de sacudirse como hacían los dorados pinzones, lanzó un débil y leve gorjeo, me sorprendí a mí misma diciéndole:

—¿Ya estás aquí, amor mío?

Desde aquel instante fue mío.

...Aún me asombra ahora recordar cómo él y yo compartíamos nuestras vidas. En cuanto por la mañana quitaba el paño que cubría su jaula, me saludaba con una pequeña nota soñolienta. Yo sabía que quería decirme: «¡Señora! ¡Señora!». Luego lo colgaba afuera, mientras preparaba el desayuno de mis tres muchachos pensionistas, y no lo entraba hasta que volvíamos a estar solos en casa. 

Más tarde, en cuanto terminaba de lavar los platos, empezaba una verdadera diversioncita nuestra. Solía poner una hoja de periódico en la mesa, y, cuando colocaba la jaula encima, el canario sacudía las alas desesperadamente como si no supiera lo que iba a ocurrir.

—Eres un verdadero comediante —le decía riñéndolo.

Le frotaba el plato de la jaula, lo espolvoreaba de arena limpia, llenaba de alpiste y de agua los recipientes, ponía entre los barrotes unas hojas de pamplina y medio chile. Y estoy segura de que él comprendía y sabía apreciar cada detalle de esta ceremonia. ¿Comprendes? Era, de natural, de una pulcritud exquisita. 

En su percha jamás había una mancha. Y solo viendo cómo disfrutaba bañándose se comprendía que su gran debilidad era la limpieza. Lo que yo ponía por último en la jaula era el envase en que se bañaba. Y al momento se metía en él. Primero sacudía un ala, luego la otra, después zambullía la cabeza y se remojaba las plumas del pecho. 

Toda la cocina se iba salpicando de gotas de agua, pero él no quería salir del baño. Yo solía decirle: «Es más que suficiente. Lo que quieres ahora es que te miren».

Y por fin, de un salto, salía del agua, y sosteniéndose con una pata se secaba con el pico, y al terminar se sacudía, movía las alas, ensayaba un gorjeo y levantando la cabeza... ¡Oh! No puedo ni siquiera recordarlo. Yo acostumbraba limpiar los cuchillos mientras tanto; me parecía que también los cuchillos cantaban a medida que se volvían relucientes.

...Me hacía compañía, ¿comprendes? Eso es lo que me hacía. La compañía más perfecta. Si has vivido sola, sabrás lo inapreciable que eso puede ser. Sin duda tenía también a mis tres muchachos que venían a cenar, y a veces se quedaban en casa leyendo los periódicos. 

Pero no podía suponer que ellos se interesaran en los detalles de mi vida cotidiana. ¿Por qué se iban a interesar? Yo no significaba nada para ellos: tanto es así, que una noche, en la escalera, oí que, hablando de mí, me llamaban «el adefesio». No importa. No tiene importancia, la más mínima importancia. Lo comprendo bien. Ellos son jóvenes. ¿Por qué me iba a incomodar? 

Pero me acuerdo de que aquella noche me consoló pensar que no estaba sola del todo. En cuanto los muchachos salieron, le dije a mi canario: «¿Sabes cómo la llaman a tu señora?». Y él ladeó la cabeza y me miró con su ojito reluciente, de tal forma que tuve que reírme. Parecía como si le hubiese divertido aquello.

...¿Has tenido pájaros alguna vez?... Si no has tenido nunca, quizá todo esto te parezca exagerado. La gente cree que los pájaros no tienen corazón, que son fríos, distintos de los perros y los gatos. Mi lavandera solía decirme cuando venía los lunes: «¿Por qué no tiene un fox-terrier bonito? No consuela ni acompaña un canario». No es verdad, estoy segura.

Me acuerdo de una noche que había tenido un sueño espantoso (a veces los sueños son terriblemente crueles) y, como al cabo de un rato de haberme despertado no conseguía tranquilizarme, me puse la bata y bajé a la cocina para beber un vaso de agua. Era una noche de invierno y llovía mucho. 

Supongo que aún estaba medio dormida; pero, a través de la ventana sin postigo, me parecía que la oscuridad me miraba, me espiaba. Y de pronto sentí que era insoportable no tener a nadie a quien poder decir: «He soñado un sueño horrible» o «Protégeme de la oscuridad». 

Estaba tan asustada, que incluso me tapé un momento la cara con las manos. Y luego oí un débil «¡Tui-tuí!». La jaula estaba en la mesa, y el paño que la cubría había resbalado de forma que le entraba una rayita de luz. «¡Tui-tuí!», volvía a llamar mi pequeño y querido compañero, como si dijera dulcemente: «Aquí estoy, señora mía: aquí estoy». Aquello fue tan consolador que casi me eché a llorar.

...Pero ahora se ha ido. Nunca más tendré otro pájaro, otro ser querido. ¿Cómo podría tenerlo? Cuando lo encontré tendido en la jaula, con los ojos empañados y las patitas retorcidas, cuando comprendí que nunca más lo oiría cantar, me pareció que algo moría en mí. 

Sentí un vacío en el corazón como si fuera la jaula de mi canario. Me iré resignando, seguramente: tengo que acostumbrarme. Con el tiempo todo pasa, y la gente dice que yo tengo un carácter jovial. Tienen razón. Doy gracias a Dios por habérmelo dado.

Sin embargo, a pesar de que no soy melancólica y de que no suelo dejarme llevar por los recuerdos y la tristeza, reconozco que hay algo triste en la vida. Es difícil definir lo que es. No hablo del dolor que todos conocemos, como son la enfermedad, la pobreza y la muerte, no: es otra cosa distinta. 

Está en nosotros profunda, muy profunda: forma parte de nuestro ser al modo de nuestra respiración. Aunque trabaje mucho y me canse, no tengo más que detenerme para saber que ahí está esperándome. A menudo me pregunto si todo el mundo siente eso mismo. ¿Quién lo puede saber? Pero ¿no es asombroso que, en su canto dulce y alegre, era esa tristeza, ese no sé qué lo que yo sentía?

Yo, en otra vida, fui Avestruz - Clara Obligado

Yo, en otra vida, fui avestruz. Le llamará la atención, porque aquí me ve con mi aspecto de madre de familia un poco entrada en carnes, pero eso fue hace mucho tiempo y en otro país, cuando era joven y, además, transcurrió en paralelo. Quiero decir que, al mismo tiempo, fui mujer y avestruz.

Es posible que usted no sepa bien qué es un avestruz. Pues mire, son unos animales preciosos con un cuello larguísimo, que nosotros llamamos ñandú y más científicamente Rhea americana, porque avestruz es el nombre que tienen en África. Todo esto lo busqué en la enciclopedia Vida salvaje que compré en cuotas y que traía de regalo el microondas. Me valió la pena, con el amor que le tomé a esos bichos.

A mí me encantaba correr por las pampas; las pampas, eso que sale en los folletos de viaje, donde los pastos son tan altos que llegan hasta los cuernos de las vacas y la tierra es tan plana que da la vuelta al mundo. Como le estaba diciendo, me encantaba correr sobre todo cuando caía la tarde y el cielo dibuja una franja rosa y azul alrededor de la tierra y los pájaros vuelan bajito porque regresan cansados a la laguna. No, no era peligroso; entonces no nos cazaban para hacer plumeros, eso vino mucho después.

Como le digo: éramos la mar de felices. Tal vez se esté preguntando cuándo pasó la historia, más que cómo es eso de que haya sido, al mismo tiempo, mujer y avestruz. Aquí, donde me ve, yo tengo más de cuarenta años y lo del avestruz fue hace por lo menos cien. Me trajo unos problemas terribles explicarle a mi marido que yo había vivido en otro tiempo y en otro lugar: lo del avestruz, ni siquiera lo intenté, ya sabe lo poco comprensivos que son los hombres.

Mi otro estado era fenomenal, sobre todo porque el macho de la manada cuidaba de las crías, que se llaman charitos; así que nosotras, las hembras, nos la pasábamos de miedo, todo el día picoteando por ahí, alargando el cuello y charlando entre nosotras. ¿Se imagina lo que es tener ese porte, esa elegancia, esos ojos grandes y grises, esas pestañazas? Era una preciosidad y yo, que soy tan presumida, disfrutaba como una loca. Las otras hembras, no, porque, aunque los teníamos todas iguales, yo, además, era mujer.

Un día me cazaron con las boleadoras y me llevaron a un rancho, como le dicen por allí a las casitas construidas con barro y que a los alemanes ahora les parecen tan ecológicas. Bueno, le resumo. El criollo se encariñó conmigo y después de acariciarme mucho el lomo me amansé, y me dedicaba a comer bichitos por el patio. Bichitos y todo lo que encontraba, porque ya sabe, las avestruces nos tragamos cualquier cosa.

Me encantaba sentir cómo bajaba la plata por mi cuello, hasta el buche; el hombre era soguero, y el patio estaba lleno de brillos. Perdone, tampoco sabrá lo que es ser soguero, enseguida se lo explico: es un oficio que consiste en hacer las riendas y todas esas cosas para los caballos, y él las hacía muy adornadas.

Era precioso verlo sentarse de tardecita, cuando el cielo es un remolino de nubes, y enjabonarse las manos para ponerse a trenzar. Ahí nomás, con tres hilitos de cuero atados a un árbol, el hombre sacaba un cabestro, una cincha, un bozal. Iba acariciando los tientos y haciendo nudos mientras mezclaba la plata y, justo cuando el sol se escondía, se levantaba del banquito para ponerse a pensar.

Yo no sé qué pensaría el hombre, pero frente a un sol que se pone tan rojo y con esas nubes, algo importante debía de ser. Luego se me acercaba y me decía, acariciándome las plumas, con los ojos acuosos: «Ay, mi linda avestruz, qué gauchita, mi linda avestruz».

En invierno metía la cabeza bajo sus sábanas y, como era muy cariñoso y yo estaba calentita, me hacía un lugar. Él apagaba el farol y yo apoyaba el pico contra su pecho y también sentía su calor, y el corazón de los humanos, que bombea pesado y lento. Ya sé que le parecerá extraño, pero yo dormía con el hombre.

Como le decía, además de ñandú era mujer, y me metía contentísima en su cama. Solo echaba de menos una piel sensible para sentirlo más, porque la caricia en las plumas no es suficiente. A usted se lo puedo decir: sentía la añoranza de mis pechos.

La que no estaba tan contenta era la novia, que a veces venía a visitarlo. Era una mulata fea y ordinaria, vestida de colores chillones que no pegan con los tonos tan sobrios de la pampa, y además tenía el pelo mota, los ojos como carbones y el cuello corto, así que no soportaba esos ojazos grises míos y por eso, cuando estábamos solas, me decía: «Maldita presumida, te voy a arrancar las plumas y voy a hacerme zapatos con tu piel».

Un día trató de que me comiera un cigarro encendido y el hombre se enfadó tanto que casi le pega. Yo silbaba de contenta pero, como soy tan discreta, me salí de la habitación para que se pudieran reconciliar. Y me quedé sola en el patio, con la cabeza bajo el ala, porque ojos que no ven, corazón que no siente.

Qué bonito es el campo en primavera, todo lleno de florcitas, con el cielo tan azul, los peludos agujereándolo todo, las perdices con su agudísimo reclamo, las vizcachas, los teros. Yo correteaba feliz bamboleando el cuello, abriendo mucho las alas para mantener el equilibrio, golpeando la pampa como un tambor, porque nosotras, no sé si se ha fijado, tenemos unas piernas tremendas.

A lo lejos oía llamar al macho de la manada y, qué quiere que le diga, se me despertaba el instinto, con tantos animales apareándose que había por ahí. Al fin y al cabo, era natural. Parece que al hombre le pasaba lo mismo, porque en esa época —piense que le hablo de cien años atrás— las mujeres no se entregaban sin pasar por la boda y la mulata le permitía todo, menos lo esencial, que tonta no era y quería casarse, para dejarlo después ardiendo. Y solo.

Así que una noche de luna plagada de luciérnagas, cuando las ranas croan y huele el campo a verde y a nuevo, el hombre me empezó a llamar desde la cama, primero con silbiditos, pero después con palabras y, mientras decía «mi linda avestruz, mi hembrita, qué mansita mi linda avestruz», iba dejando un lugar a su lado y apagando el farol. Aunque ya no hacía frío, va y me acaricia el lomo con sus manos grandes y curtidas y yo sin saber qué pensar, porque nunca había visto a un hombre desnudo y ahora él estaba desembarazándose de todo lo que nos separaba; y yo dudando de sus intenciones, pero al mismo tiempo me esponjaba para que encontrara la piel, y era tan dulce su peso de hombre que, mire, lo dejé hacer.

Así fue como perdí la virginidad. Por eso no se lo he contado a mi marido, ya sabe lo celoso que es. Que haya vivido en otro siglo y en otro país eso, en el fondo, le gusta: dice que da cultura.


Vida de los vampiros - Jorge Ibargüengoitia

El vampirismo no es enfermedad. Los vampiros son muertos que andan –explica un científico a la mitad de toda película de vampiros.

La vampirología es un conocimiento extenso. Admirable si se tiene en cuenta que es el estudio de algo que no existe. Además de ser extenso, está muy extendido: la gente común y corriente sabe más de vampiros que de los otomíes, por ejemplo.

En las películas de vampiros, los espectadores saben más de vampirología que los protagonistas, que para enterarse de lo que está pasando tienen que recurrir a un pequeño manual del siglo XVIII, o bien a un pergamino, que desenrollan con música de fondo, de preferencia de armonio. El que abre el manual o desenrolla el pergamino aprende muchas cosas, pero está casi siempre perdido, con grandes probabilidades de terminar vampirizado.

Los demás protagonistas, en cambio, no dan pie con bola, y hacen una serie de cosas que a nadie se le ocurriría hacer sabiendo que la película es de vampiros: caminar por el bosque a la media noche, entrar en los cementerios, andar jaloneando tumbas, meterse en un castillo medieval sin encender la luz, dormir con la ventana abierta, darle la espalda a unos cortinajes de brocado, colgar de la pared cuadros de difuntos dientones…

Como tenía que ocurrir con tanto descuido, alguien aparece desangrado y con los dos típicos colmillazos en el pescuezo.

La intervención de la policía en el caso es torpe y los dictámenes patéticos: se sospecha, por ejemplo, que el desangrado fue atacado por liebres.

Nunca se ha sabido de vampiros plebeyos, siempre pertenecen a las mejores familias. Han sido enterrados con leontina, gorguerra y un anillo, en un ataúd muy cómodo, en donde han pasado varios siglos. Para despertarlos basta cualquier descuido: alguien se corta y la sangre escurre hasta la cripta, o bien un tonto abre el ataúd creyendo que está lleno de joyas.

Una vez conjurado el vampiro se vuelve un engorro, que es lo que le da interés a la película, y es necesario aniquilarlo, que es lo que produce el final. Pero mientras llegamos a eso, conviene estudiar a fondo sus costumbres.

Reflexionemos por ejemplo sobre el atractivo que los vampiros, a pesar de ser feísimos, tienen sobre las mujeres. Siempre se mueven en círculos sociales repletos de guapas y a todas seducen. Gente que en la vida real sería incapaz de producirle pasión a una mosca, adquiere en la película una fascinación irresistible, debida en parte al redingote y en parte al peinado estilo Directorio. No sólo se alimentan de ellas, sino que las esclavizan, entran en sus habitaciones por la ventana, las obligan a caminar descalzas y en camisón por páramos helados, por pasadizos secretos o por pretiles y lo que es peor, quieren casarse con ellas en ceremonias heterodoxas, en las que siempre interviene un ataúd.

Pero ser vampiro tiene sus desventajas.

-Hace doscientos cuarenta años que no veo la luz del día-, dice el vampiro que vi en la última película.

Pasan el día durmiendo en el ataúd y cuando anochece salen a cenar. Debido en parte a estas limitaciones y en parte a que en su existencia anterior tuvieron buena servidumbre, siempre se las arreglaban para tener mozos fidelísimos, encargados de hacer las labores que sea necesario despachar a la luz del día, y evitar que algún entrometido llegue a la habitación y encuentre al vampiro dormido en su sepulcro.

Como todos sabemos, los vampiros no se reflejan en el espejo, ni proyectan sombra. En esto los reconocemos, porque los colmillos famosos son plegables y no los sacan más que cuando les conviene. También pueden, según parece, comer de todo y hasta beber cosas que no sean sangre humana. La vista de la cruz les hace tanto daño como el sol.

El vampirismo no es enfermedad, pero se contagia. Por esta razón es necesario aniquilar a los vampiros. No es fácil matarlos, porque como ya dijimos, ya están muertos. Sin embargo, es posible rematarlos con balas de plata –que también sirven para matar a los lobos humanos- o a martillazos, atravesándoles con una estaca el corazón.

Estos dos procedimientos para deshacer vampiros, además de ser complicadísimos, tienen el defecto de ser sangrientos. Por eso yo recomiendo, para final de película vampiresca, que al vampiro se le haga tarde y le amanezca. Puede derretirse y convertirse en un charco, puede irse cuarteando y acabar en un montoncito de tierra, puede también evaporarse, quedar en forma de mal olor y antes de desaparecer por completo puede ser percibido por un perro, y hacerlo aullar.


Orgullo - Rubem Fonseca

En varias ocasiones había oído decir que por la mente de quien está muriendo ahogado desfilan con vertiginosa rapidez los principales acontecimientos de su vida y siempre le había parecido absurda tal afirmación, hasta que un día ocurrió que estaba muriendo y mientras moría se acordó de cosas olvidadas, de la noticia del periódico según la cual en su infancia pobre él usaba zapatos agujerados, sin calcetines y se pintaba el dedo del pie para disimular el hoyo, pero él siempre había usado calcetines y zapatos sin hoyo, calcetines que su madre zurcía cuidadosamente, y se acordó del huevo de madera muy liso y suave que ella metía en los calcetines y zurcía, zurciendo todos los años de su infancia, y se acordó de que desde niño no le gustaba beber agua y si se bebía un vaso lleno se quedaba sin aire, y por eso permanecía el día entero sin beber una gota de líquido pues no tenía dinero para jugos o refrescos, y que a veces a escondidas de su madre hacía refresco con la pasta de dientes Kolynos, pero no siempre tenían pasta de dientes en su casa, y en el momento en que moría también se acordó de todas las mujeres que amó, o de casi todas, y también del piso de madera roja de una casa en la que había vivido, aunque angustiado no logró recordar qué casa era aquélla, y también del reloj de bolsillo ordinario que rompió el primer día que lo usó, y también del saco de franela azul, y del dolor que lo había hecho arrastrarse por el suelo, y del médico que decía que necesitaba hacerle una radiografía de las vías urinarias, y cuanto más lo cercaba la muerte más se mezclaban los recuerdos antiguos con los recientes, él llegando atrasado al consultorio del médico que ya estaba vestido para salir, ya hasta había permitido que se fuera la enfermera, y el médico con prisa, ansioso como alguien que va a encontrar a una novia muy deseada, mandándole que se quitara el saco, se levantara las mangas de la camisa y que se acostara en una cama metálica, explicándole que a fin de cuentas la radiografía no se tardaría mucho, sólo había que inyectar el contraste y sacar las placas, y el médico se inclinó sobre la cama para aplicar el contraste en la vena del brazo y él sintió el olor delicado de su perfume y pudo observar su corbata de bolitas, y no pasó mucho tiempo cuando empezó a sentir que la laringe se le cerraba impidiéndole respirar y él intentó alertar al médico pero no logró emitir sonido alguno y todas las reacciones vinieron a su mente, la noticia del periódico, el saco azul, el piso de madera, las mujeres, el huevo liso de madera de su madre, mientras el médico en una esquina del consultorio hablaba por teléfono en voz baja, y como sabía que se estaba muriendo golpeó en la cama de metal con fuerza, el médico se asustó y después muy nervioso sacaba los cajones de los armarios, maldiciendo, culpando a la enfermera y diciéndole a él que se calmara, que iba a ponerle una inyección antialérgica, pero no encontraba dónde estaba el maldito medicamento, y él pensó me estoy muriendo sofocado, la vida y la muerte corriendo al parejo, y consciente de que su muerte era inminente e inevitable, se acordó de las palabras de un poema, debo morir pero eso es todo lo que haré por la Muerte, pues siempre se había rehusado a tener el corazón atormentado por ella, y en ese momento en que moría no iba a dejar que ella se hiciera cargo de su alma, pues lo más que la Muerte haría de él sería un muerto, así es que pensó en la vida, en las mujeres que había conocido, en su madre zurciendo calcetines, en el huevo liso de madera, en la noticia del periódico, y golpeó con fuerza la mesa de metal, ¡bam!, ¡bam!, ¡bam!, estoy pensando en las mujeres que amé, ¡bam!, ¡bam!, ¡bam!, pensando en mi madre, y en ese momento el médico, sin saber qué hacer, atormentado y sobresaltado por los ruidosos golpes que él descargaba en la cama metálica, lo miró con gran conmiseración y tristeza, y él gritó nuevamente ¡bam!, ¡bam!, que perdonaba al médico, ¡bam!, ¡bam!, que perdonaba a todo el mundo, mientras su mente recorría velozmente las reminiscencias de la vida, y el médico, ahora entregado a su impotencia, desesperado y confundido, le quitó los zapatos y le levantó la cabeza y vio sus pies vestidos con calcetines negros, y vio en el calcetín del pie derecho un hoyo que dejaba aparecer un pedazo del dedo grande, y se acordó de cuán orgullosa era su madre y de que él también era muy orgulloso y que eso siempre había sido su ruina y su salvación, y pensó no voy a morirme aquí con un hoyo en el calcetín, no va a ser esa la imagen final que le voy a dejar al mundo, y contrajo todos los músculos del cuerpo, se curvó en la cama como un alacrán ardiendo en el fuego y en un esfuerzo brutal logró que el aire penetrara en su laringe con un ruido aterrador, y cuando el aire era expelido de sus pulmones hizo un ruido aún más bestial y horrible, y se escapó de la Muerte y ya no pensó en nada. El médico, sentado en una silla, se limpió el sudor del rostro. Él se levantó de la cama metálica y se puso los zapatos.

El gato y el ratón hacen vida en común - Hermanos Grimm

Un gato había trabado conocimiento con un ratón, y tales protestas le hizo de cariño y amistad que, al fin, el ratoncito se avino a poner casa con él y hacer vida en común.

—Pero tenemos que pensar en el invierno, pues de otro modo pasaremos hambre —dijo el gato—. Tú, ratoncillo, no puedes aventurarte por todas partes; al fin caerías en alguna ratonera.

Siguiendo, pues, aquel previsor consejo, compraron un pucherito lleno de manteca. Pero luego se presentó el problema de dónde lo guardarían, hasta que, tras larga reflexión, propuso el gato:

—Mira, el mejor lugar es la iglesia. Allí nadie se atreve a robar nada. Lo esconderemos debajo del altar y no lo tocaremos hasta que sea necesario.

Así, el pucherito fue puesto a buen recaudo. Pero no había transcurrido mucho tiempo cuando, cierto día, el gato sintió ganas de probar la golosina y dijo al ratón:

—Oye, ratoncito, una prima mía me ha hecho padrino de su hijo; acaba de nacerle un pequeñuelo de piel blanca con manchas pardas, y quiere que yo lo lleve a la pila bautismal. Así es que hoy tengo que marcharme; cuida tú de la casa.

—Muy bien —respondió el ratón— vete en nombre de Dios y si te dan algo bueno para comer, acuérdate de mí. También yo chuparía a gusto un poco del vinillo de la fiesta.

Pero todo era mentira; ni el gato tenía prima alguna ni lo habían hecho padrino de nadie. Fuese directamente a la iglesia, se deslizó hasta el puchero de grasa, se puso a lamerlo y se zampó toda la capa exterior. Aprovechó luego la ocasión para darse un paseíto por los tejados de la ciudad; después se tendió al sol, relamiéndose los bigotes cada vez que se acordaba de la sabrosa olla. No regresó a casa hasta el anochecer.

—Bien, ya estás de vuelta —dijo el ratón—; a buen seguro que has pasado un buen día.

—No estuvo mal —respondió el gato.

—¿Y qué nombre le habéis puesto al pequeñuelo? —inquirió el ratón.

—«Empezado» —repuso el gato secamente.

—¿«Empezado»? —exclamó su compañero—. ¡Vaya nombre raro y estrambótico! ¿Es corriente en vuestra familia?

—¿Qué le encuentras de particular? —replicó el gato—. No es peor que «Robamigas», como se llaman tus padres.

Poco después le vino al gato otro antojo, y dijo al ratón:

—Tendrás que volver a hacerme el favor de cuidar de casa, pues otra vez me piden que sea padrino, y como el pequeño ha nacido con una faja blanca en torno al cuello, no puedo negarme.

El bonachón del ratoncito se mostró conforme, y el gato rodeando sigilosamente la muralla de la ciudad hasta llegar a la iglesia, se comió la mitad del contenido del puchero.

—Nada sabe tan bien —díjose para sus adentros— como lo que uno mismo se come.

Y quedó la mar de satisfecho con la faena del día.

Al llegar a casa preguntóle el ratón:

—¿Cómo le habéis puesto esta vez al pequeño?

—«Mitad» —contestó el gato.

—¿«Mitad»? ¡Qué ocurrencia! En mi vida había oído semejante nombre; apuesto a que no está en el calendario.

No transcurrió mucho tiempo antes de que al gato se le hiciese de nuevo la boca agua pensando en la manteca.

—Las cosas buenas van siempre de tres en tres —dijo al ratón—. Otra vez he de actuar de padrino; en esta ocasión, el pequeño es negro del todo, sólo tiene las patitas blancas; aparte de ellas, ni un pelo blanco en todo el cuerpo. Esto ocurre con muy poca frecuencia. No te importa que vaya, ¿verdad?

—¡«Empezado», «Mitad»! —contestó el ratón—. Estos nombres me dan mucho que pensar.

—Como estás todo el día en casa, con tu levitón gris y tu larga trenza —dijo el gato—, claro, coges manías. Estas cavilaciones te vienen del no salir nunca.

Durante la ausencia de su compañero, el ratón se dedicó a ordenar la casita y dejarla como la plata, mientras el glotón se zampaba el resto de la grasa del puchero.

—Es bien verdad que uno no está tranquilo hasta que lo ha limpiado todo —díjose.

Y, ahíto como un tonel, no volvió a casa hasta bien entrada la noche.

Al ratón le faltó tiempo para preguntarle qué nombre habían dado al tercer gatito.

—Seguramente no te gustará tampoco —dijo el gato—. Se llama «Terminado».

—¡«Terminado»! —exclamó el ratón—. Éste sí que es el nombre más estrafalario de todos. Jamás lo vi escrito en letra impresa. ¡«Terminado»! ¿Qué diablos querrá decir?

Y, meneando la cabeza, se hizo un ovillo y se echó a dormir.

Ya no volvieron a invitar al gato a ser padrino, hasta que, llegado el invierno y escaseando la pitanza, pues nada se encontraba por las calles, el ratón acordóse de sus provisiones de reserva.

—Anda, gato, vamos a buscar el puchero de manteca que guardamos; ahora nos vendrá de perlas.

—Sí —respondió el gato—, te sabrá como cuando sacas la lengua por la ventana.

Salieron, pues, y al llegar al escondrijo, allí estaba el puchero, en efecto, pero vacío.

—¡Ay! —clamó el ratón—. Ahora lo comprendo todo; ahora veo claramente lo buen amigo que eres. Te lo comiste todo cuando me decías que ibas de padrino: primero «empezado», luego «mitad», luego…

—¿Vas a callarte? —gritó el gato—. ¡Si añades una palabra más, te devoro!

—… «terminado» —tenía ya el pobre ratón en la lengua.

No pudo aguantar la palabra y, apenas la hubo soltado, el gato pegó un brinco y, agarrándolo, se lo tragó de un bocado.

Así van las cosas de este mundo.

El mal - Silvina Ocampo

Una noche rodearon la cama contigua con biombos. Alguien explicó a Efrén que su vecino estaba agonizando. 
 
Ese vecino perverso no sólo le había robado la manzana que estaba sobre la mesa de luz, sino el derecho a gozar de la protección de esos biombos, en cuya otra faz había seguramente pintadas flores y figuras de querubes. 
 
Esta circunstancia oscureció la alegría de Efrén. Asimismo, con sábanas y frazadas para cubrirse, estaba en el paraíso. Veía de soslayo la luz rosada de los ventanales. De vez en cuando le daban de beber; tenía conciencia del alba, de la mañana, del día, de la tarde y de la noche, aunque las persianas estuvieran cerradas y que ningún reloj le anunciara la hora. 
 
Cuando estaba sano solía comer con tanta rapidez que todos los alimentos tenían el mismo sabor. Ahora, reconocía la diferencia que hay hasta en los gustos de una naranja y de una mandarina. Apreciaba cada ruido que oía en la calle o en el edificio, las voces y los gritos, el ruido de las cañerías, de los ascensores, de los automóviles, de los coches de caballos que pasaban. 
 
Cuando sentía necesidad de orinar tocaba el timbre; mágicamente aparecía una mujer, con blancura de estatua, trayendo un florero de vidrio que era una suerte de reliquia y esa misma mujer, con ojos etruscos y uñas de rubí, le ponía enemas o lo pinchaba con una aguja como si cosiera un género precioso. 
 
Una caja de música no era tan musical, el pecho de una santa o de un ángel tan buenos como la almohada donde recostaba la cabeza. Cosquilleos agradables le corrían por la nuca, bajaban por la columna vertebral a las rodillas. Pensaba: era la primera vez que podía pensar: "Qué precio tiene un cuerpo. Vivimos como si no valiera nada, imponiéndole sacrificios hasta que revienta. La enfermedad es una lección de anatomía." 
 
Soñaba: era la primera vez que podía soñar. Juegos de billar, una pipa, el diario leído minuciosamente, viajes breves, mujeres que le sonreían en un cinematógrafo, una corbata roja, lo deleitaban. En sus delirios tenía presencias del futuro; las visitas de los domingos, que se enteraron de su don, acudían al
hospital para acercarse a su cama y oír las predicciones.
 
Advirtió que los biombos no rodeaban la cama del vecino, sino la suya, y quedó complacido.  Los pies ya no le dolían de tanto caminar, ni la cintura de tanto estar agachado, ni el estómago de pasar tanta hambre. Divisaba el patio con palmeras y palomas, en cada ventanal.

El tiempo no pasaba porque la felicidad es eterna.

Los médicos dijeron que iban a salvarlo. Retiraron los biombos con flores y querubes. A su juicio, los médicos eran bribones. Saben dónde se aloja la enfermedad y la manejan a su gusto. El organismo tal vez oye los diálogos que rodean la cama de un enfermo. Efrén tuvo pesadillas por culpa de esos diálogos.
 
Soñó que para ir al trabajo tomaba un colectivo y después de sentarse advertía que el colectivo no tenía ruedas, que bajaba del colectivo y tomaba otro que no tenía motor y así sucesivamente hasta que se hacía de noche.
 
Soñó que estaba en la peletería, cosiendo pieles; las pieles se movían, gruñían. Al cabo de un rato, en el cuarto donde trabajaba, varias fieras, con aliento inmundo, le mordían los tobillos y las manos. Al cabo de un rato, las fieras hablaban entre ellas. El no entendía lo que decían porque hablaban en un extraño idioma. Comprendía finalmente que iban a devorarlo.
 
Soñó que tenía hambre. No había nada que comer; entonces sacaba del bolsillo un trozo de pan tan viejo que no podía morderlo con los dientes; lo remojaba en agua, pero continuaba igual; finalmente, cuando lo mordía, sus dientes quedaban dentro del único pan que había conseguido para alimentarse. 
 
El camino hacia la salud, hacia la vida, era ése.
 
El organismo de Efrén, que era fuerte y astuto, buscó un lugar en sus entrañas para esconder el mal. Ese mal era una fortuna: con subterfugios, encontró manera de conservarlo el mayor tiempo posible. De ese modo Efrén durante unos días, con el sentimiento de culpa que inspira siempre el engaño, volvió a ser feliz. La hermana de caridad le hablaba de sus hijos y de su mujer, inútilmente. Para él, ellos estaban dentro de la libreta del pan o de la carne. Tenían precio. Costaban cada día más.
 
Sudó, se agachó, sufrió, lloró, caminó leguas y leguas para conseguir la tranquilidad que ahora querían arrebatarle. 

Cuento del Sepulturero - Lastenia Larriva de Llona

 — ¿La muerte es un bien?

— ¿La muerte es un mal?

— La muerte es el peor de los males.

— ¿Para quién? ¿Para el que muere? ¿Para los que sobreviven?

— Para el que deja por siempre esta vida, que por mucho que en contra de ella se diga es siempre amable.

— Para los que aquí se quedan, si el que ha muerto era muy amado de ellos.

— De la muerte del ser más querido se consuelan todos, más pronto o más tarde.

— Es sabia ley de la naturaleza.

— Sin embargo, se dan casos…

— Cuando existe o sobreviene un desequilibrio mental, las personas de cerebro bien organizado se consuelan siempre.

— ¿Es eso un elogio o un reproche?

— Ni una ni otra cosa. Es simplemente hacer constar un hecho.

— ¿No cree usted que hay muchas personas que desearían ardientemente que resucitaran sus deudos, a ser esto posible?

— No, no lo creo.

— ¡Escéptico!

— ¡Este hombre es terrible!

— Desengáñense ustedes: bien están los muertos en sus tumbas.

— ¿Se ha muerto usted alguna vez?

— Todavía no, pero para cuando llegue el caso no quiero resucitar. Afortunadamente, no anda ya Nuestro Señor por el mundo, pues no desearía ser un nuevo Lázaro.

— Sin embargo, lo que por lo general se observa es que se elogia a todos los muertos hasta la exageración.

— Signo de cobardía social; de la debilidad humana, en general. Además, por malos que hayan sido con nosotros los que ya no existen, puesto que la muerte nos vengó de ellos, ya
nada nos cuesta el elogiarlos. ¡Si a tan poca costa nos hubiéramos de librar de todos nuestros enemigos, no se cansaría nuestra lengua de cantar sus alabanzas en hiperbólicas necrologías!
Y, a propósito, sé un cuentecillo.

— ¡Pues a contarlo, a contarlo!

— Escuchadme.

Todos los que de sobremesa sostenían esta conversación filosófico-psicológica y que habían escuchado con creciente interés a aquel de ellos que con sus apreciaciones daba muestra de mayor pesimismo, le miraron con curiosidad, y se le aproximaron, dispuestos a no perder una sílaba del relato que ya parecía palpitar en sus labios. 

Él, sin disimular esa satisfacción que produce siempre en el ánimo del que habla tener atento auditorio, comenzó así:

— El sepulturero de mi pueblo era un ser original. Ejercía su lúgubre oficio desde antes de que yo naciera y, a pesar de dicho oficio y de las rarezas de su carácter, que eran inofensivas, todos le querían en el lugar. Era yo, de chiquillo, uno de sus predilectos amigos, tal vez porque me hallaba siempre dispuesto a escuchar sus extrañas historias, que a menudo tenían origen en las alucinaciones que padecía.

Era un hombre que, en medio de sus extravagancias, no carecía de cierta cultura y, por lo tanto, no pude explicarme nunca, ni me explico hoy mismo, el porqué había elegido, o
aceptado el poco envidiable empleo que desempeñaba. Indudablemente era esta una prueba de que su cerebro no era normal.

Ya he dicho que sus cuentos me divertían, y, después de mis largos paseos, solía entrar a hacerle compañía por un buen rato en esa silenciosa ciudad de que era guardián.

En una hermosa tarde —era ya yo un adolescente—, sentados ambos sobre una tumba, a la sombra de los cipreses y de cara al sol poniente, cuyos rayos ya casi horizontales doraban
las enhiestas cimas de esos árboles amigos y compañeros de los muertos, me contó la macabra escena que había presenciado la noche anterior, y, aunque comprendí yo que era solo producto de su imaginación enfermiza, me causó su relato tan honda impresión que jamás se ha borrado de mi memoria.

Debo advertiros, antes de dejarle a él la palabra, que Lorenzo —este era su nombre— estaba tan familiarizado con sus muertos, que solía dormir entre ellos, ya junto a una sepultura, ya junto a otra, en cualquiera de las fúnebres avenidas en que le tomaba la hora del descanso.

Y ahora, oíd su historia que, como os he dicho ya, tengo tan presente, que creo podré repetírosla sin quitar ni añadir palabra.

— ¡Día muy agitado fue el de ayer, como que estuvimos a dos de noviembre. La noche, sobre todo la noche, ha sido terrible para mí.

Así comenzó él. Yo le invité a que siguiera y no volví a interrumpirle hasta que concluyó.

— Las visitas que habían recibido mis huéspedes —prosiguió, refiriéndose a los muertos— los tenían inquietos y malhumorados. Su reposo había sido turbado y no podían recuperarlo.
Las protestas de cariño eterno que a través de la losa sepulcral habían escuchado de parientes y amigos, [así como] las lágrimas que se habían filtrado por los intersticios de las lápidas, habían hecho renacer en ellos el deseo de la vida y de aquí que prorrumpieran en clamorosos ayes y que los más ardientes ruegos al Todopoderoso turbaran el acostumbrado silencio de estos lugares.

Al principio hablaban y se quejaban cada uno aisladamente dentro de su tumba, después comenzaron a comunicar sus impresiones.

Primero fueron monólogos, en seguida diálogos.

— ¡Mis pobres hijos! ¡Cuánto han llorado hoy! ¡Y que no me sea permitido ir a enjugar su llanto!

— ¡Mi mujer! ¡Mi inconsolable esposa! ¡Si el Señor me concediera la gracia de que fuera a hacerle una visita!

— Yo no tenía más que a mi hija —gritaba una voz femenina—. Solas, desamparadas, trabajábamos juntas para vivir. ¿Qué será de ella desde que le falto? ¡Señor, Señor, muy cruel ha sido tu decreto! ¡Haz que vuelva a la vida, para el consuelo de la hija de mis entrañas!

— Vosotros todos habéis cumplido vuestra misión en la tierra —sollozaba otra voz de mujer—, pero yo, ¡yo que he muerto a los dieciocho años!... ¡Yo que he dejado a mi novio en la más horrible desesperación!... ¡Yo soy la que tengo el derecho de reclamar unos años más de existencia!

— Todos queremos volver a la vida.

— Todos.

— Todos —gritaron muchas voces a la vez.

El Ángel de la Muerte, ese bello Ángel de la Muerte que se yergue sobre su hermoso pedestal en medio de la gran avenida, se volvió lentamente hacia los sepulcros de donde salían las quejas. Separó de sus labios el dedo que sobre ellos tiene la actitud de imponer silencio, y se oyeron estas frases solemnes, que resonaron con eco pavoroso en medio de la noche, en la fúnebre mansión:

— El Dios de la Eternidad, el Dios uno y trino, permite volver a tomar la forma humana a todos los que así lo deseen, pero a condición de que solo permanecerán bajo ella los que sean
bien recibidos por sus deudos. Los demás volverán aquí, para caer de nuevo en sus sepulcros.
La prueba ha de hacerse esta misma noche. Levantaos y andad.

Se hizo otra vez el silencio y recobró el Ángel de piedra su inmovilidad acostumbrada.

Comenzaron a abrirse los sepulcros.

En sus bocas tenebrosas fueron apareciendo sus habitantes. Despojándose rápidamente del sudario, los esqueletos tomaban sus antiguas formas.

En este momento asomó la luna su faz plateada por entre los altos cipreses. Su luz pálida y misteriosa fue a reflejarse sobre el mármol de las tumbas, dándoles un aspecto fantástico.
De esta salía un viejo de figura venerable; de la de más allá, un hombre en la fuerza de la edad, gallardo y simpático. Ya aparecía una anciana caduca; ya una bellísima adolescente. Y
también figuras repelentes, hombres y mujeres marcados con el sello de los vicios y de las pasiones más repugnantes. Vi a uno, sobre todo, un mocetón, hasta de unos veinticinco años,
con la fisonomía más repulsiva que darse pueda. Tenía una expresión bestial, si expresión puede llamarse a la revelación, por medio de innobles gestos, de los más perversos instintos
de que es capaz el alma humana. Había sido un beodo consuetudinario, un ebrio impulsivo que maltrataba a diario a su propia madre y que, tal vez en castigo de su infame conducta, fue asesinado una noche en una orgía.

Todos en larga hilera, en no interrumpida procesión, caminando con cierta rigidez cadavérica, comenzaron a desfilar por delante del Ángel de la Muerte, y a cada paso que daban iba aumentando su número.

Era el éxodo de los muertos.

Pronto se perdieron por las calles que hacia afuera de esta triste mansión conducen.
Atónito yo, ante semejante despoblamiento, alcé los ojos asombrados hacia el Ángel de la Muerte, autor inmediato del desconcierto.

Volvieron a moverse sus labios pétreos.

— No tardarán en regresar a este recinto —dijo, contestando a mi muda interrogación— porque no hallarán quien los reciba de buena voluntad.

— ¿Y todos esos que vienen a llorar ante sus tumbas, todos esos que traen flores y tarjetas? —me atreví a preguntar— ¿Mienten todos? ¿Fingen un dolor que no sienten?

— Sobre eso habría mucho que decir. Algunos lo sienten verdaderamente, otros no. Pero entre estos últimos se encuentran muchos a quienes no puede tachárseles de hipócritas, sin embargo. Maridos y mujeres hay que muestran un gran dolor por la muerte de sus respectivos cónyuges, y este sentimiento que aparentan no es una hipocresía sino una generosidad que va más allá de la tumba. Fueron infelices en su matrimonio y no quieren confesarlo después de muerto aquel o aquella que fue su verdugo, sino que siguen ocultándolo, como lo ocultaron mientras vivió. Es una especie de pudor y, como tal, digno de respeto.

A la verdad —continuó diciendo el sepulturero—, no sé si todo esto me lo dijo real y efectivamente el Ángel de la Muerte o me lo sugirió mi propia imaginación —extraordinariamente exaltada en esos momentos por las excepcionales circunstancias—, pero el hecho es que yo obtuve la respuesta a mis dudas de un modo claro y preciso.

Vibraban aún en mis oídos las últimas frases de ella, cuando vi que avanzaba hacia nosotros el mismo compacto grupo de personas que había salido del cementerio pocos momentos
antes. Ya estaba de regreso.

A la cabeza del grupo venía el anciano y caminaba con tal celeridad, que claramente demostraba que más prisa tenía por volver a su antiguo reposo, que la que había tenido por abandonarlo.

— ¡He visto a mis hijos! —gritaba—. Desde que yo falto, se han casado los tres. Se repartieron mi fortuna, y cada cual vive feliz. He ido a las tres casas y los he visto sin que me vieran ellos.
No me rechazarían, probablemente, pero no les hago falta. Sus mujeres, que no me han conocido, no tienen por qué amarme. A sus hijos, que no me han visto jamás, tal vez les
inspiraría miedo mi semblante adusto y lleno de arrugas. He regresado presuroso: bien me estoy en mi tumba.

— Yo he visto a mi mujer —dijo el que seguía, que era el apuesto joven—. ¡Ojalá no hubiera salido de mi ataúd! No vive ahora con el lujo a que yo la tenía acostumbrada. En un humilde cuarto estaba y todos nuestros hijos dormían apaciblemente en la misma estancia.
Ella velaba y cosía. De cuando en cuando caía de sus cansados ojos una lágrima que iba a perderse en la tela en que trabajaban sus enflaquecidas manos. Pensé que lloraba por mí y ya iba a revelarle mi presencia cuando por su frente blanca y pura como su conciencia, vi pasar sus pensamientos y he aquí lo que en ellos leí:

— ¡Déjame llorar de gratitud, Dios mío! Mucho amé a mi Alfonso, mucho sentí su muerte, pero hoy comprendo tu misericordia infinita al decretarla y te doy gracias desde lo íntimo de mi alma. Ahora me doy cuenta de que se hallaba él al borde de horrible abismo, del abismo de los vicios, y de que allí se habría sepultado irremisiblemente a haber vivido algún tiempo más, y mis pobres e inocentes hijos, que hoy veneran su memoria, habrían quedado deshonrados y aún, quizás, hubieran seguido sus funestos ejemplos. ¡Gracias, Señor, gracias! Mucho le amé, pero tu sabiduría admiro y tu misericordia alabo!

Y de un salto, se hundió de nuevo el mozo en su abierto sepulcro.

— ¡Es más dichosa que cuando yo vivía! —venía diciendo la viejecita, entre sollozos desgarradores—. ¿Cómo no adiviné que se sacrificaba por mí? ¡Se ha casado! Estaba enamorada desde que yo existía, pero ocultaba su amor por no  abandonarme, ni despertar los celos de mi cariño. Su marido es pobre, pero la hace dichosa. ¿Para qué había de presentármele? No me necesita. Vuelvo a ponerme mi sudario.

— ¡A la tumba! ¡A la tumba! —gritaba la bella adolescente, que en pos de los otros venía—. Creí encontrar desesperado a mi novio —prosiguió vertiendo abundantes lágrimas—, a mi
novio, que aseguraba morirse si yo le faltaba, ¡y le encuentro jurando amor eterno a su nueva futura! ¡A la tumba!

— ¿Así es que volvéis completos? —preguntó con su voz grave, pero en la que se advertía cierto acento irónico, el Ángel de la Muerte.

— No todos: se ha quedado uno —contestó el último de los del grupo que había emigrado de esta mansión de la paz.

— ¿Cuál?

— Santiago, aquel que fue asesinado en una orgía: el que golpeaba a su madre.

— ¿Y quién le recibió?

— Ella. Apenas le vio, se abalanzó hacia él, abrazándolo tan fuertemente que no habría sido posible arrancarle de sus brazos. Ni él lo pretendió. ¡Hay diferencia entre el duro y frío
ataúd y los amorosos brazos de una madre!

Calló Lorenzo, y yo callo también —concluyó el narrador—. ¿No os parece que tuve razón al deciros que solo los que tienen madre pueden resucitar?

 

Abrió los ojos - Juan Ramón Jiménez

Abrió los ojos. (Había estado tirado en su butaca toda la mañana fea, durmiendo su largo, desesperado hastío.) 

Las cuatro paredes de su cuarto estaban oscuras de tanto deslumbre. Una ventanita cuadrada cortaba el cuadro resplandeciente. 

Un cielo azul limpio, casas radiantes de sol y sombra, una plaza llena de gentes gritando y corriendo. 

"Ésa es la Vida, sal", le dijeron seres oscuros por dentro de su sangre. Y se tiró por la ventana.

Vida Moderna - Eduardo Wilde

 Mi querido amigo:

Por fin me encuentro solo con mi sirviente y la cocinera, una señora cuadrada de este pueblo, muy entendida en política y en pasteles criollos.

Ocupo una casa vacía que tiene ocho habitaciones, un gran patio enladrillado y un fondo con árboles y con barro. Tengo dos caballos de montar y uno de tiro. Mi dotación de amigos es reducida; total: dos viejos maldicientes. 

He traído libros y pa­so mi vida leyendo, paseando, comiendo y dur­miendo. Esto por sí sólo constituye una buena parte de la felicidad; el complemento - ¡quién lo creyera! ­se encuentra también a mi alcance, aquí, en este pueblo solitario y en esta casa medio arruinada y desierta ¡soy completamente feliz! 

Básteme decirte que nadie me invita a nada, que no hay banquetes ni óperas ni bailes y, lo que parece mitológico en mate­ria de suerte, no tengo ni un bronce ni un mármol ni un cuadro antiguo ni moderno; no tengo vajilla ni cubiertos especiales para pescado, para espárragos, para ostras, para ensalada y para postres; ni centros de mesa que me impida ver a los de enfrente; ni vasos de diferentes colores; ni sala ni antesala ni es­critorio ni alcoba ni cuarto de espera; todo es todo. 

Duermo y como en cualquier parte. El caballo de montar entra a saciar su sed al cuarto de baño, en la tina, antes que yo me bañe, con recomendación es­pecial de no beber de a poquitos, ni dejar gotear en la bañera el sobrante del agua que le queda en el hocico.

Recuerdo que cuando era niño conocí un señor viejo, hombre importante, acomodado, instruido y muy culto. Pues el viejo no tenía en su cuarto de recibo sino seis sillas, una mesa grande con pies torneados, gruesos y groseros, cubierta con una colcha usada, sobre la que estaba el tintero de plomo con tres agujeros en que permanecían a pique tres plumas de pato o ganso. 

Había además papeles, libros, tabaqueras, anteojos y naipes. De noche se reunían allí los hombres más notables del pueblo: el cura, el corregidor, el juez de letras, el tendero y otros ilustres habitantes. Allí se hablaba de la política, de la patria, de la moral y de filosofía, tópicos que ya no se usan. 

Concluida la tertulia el viejo se retiraba a su dormitorio en el que no había sino una cama pobre, una mesita ética, una silla de baqueta, un candelero de bronce con vela de sebo, una percha inclinada como la torre de Pisa, que se ladeaba más cuando colgaban en ella la capa de su dueño y, por todo adorno en las paredes, una imagen de San Roque, abogado de los perros.

A pesar de esta ausencia de mobiliario que escandalizaría hoy al más pobre estudiante, el viejo era muy considerado, muy respetado y vivía muy feliz; nada le faltaba.

¡Dime ahora lo que sería de cualquiera de nues­tros contemporáneos en tal desnudez! Cuando me doy cuenta de lo estúpido que somos, me da gana de matarme.

Por eso me gusta el poeta Guido Spano.

La semana pasada lo encuentro en la calle y le digo:

-¿Cómo le va? tanto tiempo que no lo veo; ¡usted habrá hecho también negocios!

-No -me contestó-, soy el hombre más feliz de la tierra; me sobra casa, me sobra cama, me sobra ropa, me sobra comida y me sobra tiempo; ¡no tengo reloj y no se me importa un comino de las horas!

Con tamaña filosofía ¡cómo no había de estar ese hombre contento!

En una ocasión me acuerdo haberlo visto en cama enfermo de reumatismo y tocando la flauta con un pequeño atril y un papel de música por de­lante. Nunca he sentido mayor envidia por el ca­rácter de hombre alguno.

A mí también, aquí en Río IV, me sobra todo, pero no tengo flauta, ni atril, ni sé música.

¿Sabes por qué me he venido? Por huir de mi casa donde no podía dar un paso sin romperme la crisma contra algún objeto de arte. La sala parecía un bazar, la antesala ídem, el escritorio, ¡no se diga!, el dormitorio o los veinte dormitorios, la despensa, los pasadizos y hasta la cocina estaban repletos de cuanto Dios crió. 

No había número de sirvientes que diera abasto. La luz no entraba en las piezas por causa de las cortinas; yo no podía sentarme en un sillón sin hundirme hasta el pescuezo en los elásti­cos; el aire no circulaba por culpa de los biombos, de las estatuas, de los jarrones y de la grandísima madre que los dio a luz. 

No podía comer; la comida duraba dos horas porque el sirviente no dejaba usar los cubiertos que tenía a la mano, sino los especiales para cada plato. Aquí como aceitunas con cuchara, porque me da la gana, y nadie me dice nada ni me creo deshonrado.

Mira, ¡no sabes la delicia que es vivir sin bronces! No te puedes imaginar cómo los aborrezco. Me han amargado la vida y me han hecho tomarle odio. Cuando era pobre, admiraba a Gladstone; me exta­siaba ante la Venus de Milo; me entusiasmaba por Apolo y me pasaba las horas mirando el cuadro de la Virgen de la Silla.

Ahora no puedo pensar en tales personajes sin encolerizarme. ¡Cómo no! Casi me saqué un ojo una noche que entré a oscuras a mi escritorio, contra el busto de Gladstone. Otro día la Venus de Milo me hizo un moretón que todavía me duele; me alegré de que tuviera el brazo roto. Después, por impedir que se cayera la Mascota, me disloqué un dedo en la silla de Napoleón en Santa Elena, un bronce pesadísimo, y casi me caí enredado en un tapiz del Japón.

Luego, todos los días tenía disgustos con los sirvientes.

Cada día había alguna escena entre ellos y los adornos de la casa.

-Señora - decía la mucama -, Francisco le ha roto un dedo a Fidias.

-¿Cómo ha hecho usted eso Francisco?

-Señora; si ese Fidias es muy malo de sacudir.

Otra vez dejaba Fidias de ser maltratado y apa­recía el busto de Praxíteles sin nariz. Francisco se la había echado abajo de un plumerazo; o bien le to­caba el turno a Mercurio, que se quedaba cojo de algún porrazo. Ya sabes que Mercurio tiene un pie en el aire.

Bismarck, el rey Guillermo y Moltke, en barro pintado, se han escapado hasta ahora casi ilesos, gracias a que su pequeña estatura les permite escon­derse tras del reloj de la sala. Pero un gran elefante de porcelana cargado de una torre, pierde cada ocho días la trompa que le vuelven a pegar con goma.

Otro día, se le ocurre al mismo Francisco limpiar con kerosene el cuadro del Descendimiento.

En fin, he pasado estos últimos años en cuidar jarrones, cortinas, cuadros, relojes, candelabros, arañas, bronces y mármoles, y en echar gallegos la calle con plumero y todo para que vayan a romperle las narices a su abuela.

No te puedes imaginar los tormentos que he su­frido con mis objetos de arte; bástame decirte que muchas veces al volver a mi casa he deseado, en el fondo de mi alma, encontrarla quemada y hallar fundidos en un solo lingote a Cavour, a la casta Su­sana, al Papa Pío nono, a madama Recamier y otros bronces notables de mi terrible colección.

¿Y las flores, las macetas, los ramos, los árboles enteros que mandan a casa y que la señora coloca en mi estudio como si tal cosa? El patio es un bosque; creo que hay en él toda la flora y fauna argentinas: leones, tigres y millones de sabandijas. 

Los cactus no me dejan ir a mi cuarto, me enredo en los hele­chos y unos malditos arbustos que hay con puntas y que están ahora de moda, tienen obstruida la puerta del comedor al cual no se puede entrar sin careta, a menos de exponerse a perder un ojo. Ya estuve a punto de quedarme tuerto, a causa de un alisum espinosum.

Mire Juan -le dije al portero-: al primero que venga aquí con árboles, con bronces o con vasijas de loza, péguele un balazo. Ya no hay donde poner nada. Para pasar de una pieza a otra es necesario volar. 

Uno de mis amigos, muy aficionado a los adornos, ha tenido que alquilar una barraca para depositar sus estatuas y sus cuadros. Yo tengo una estatua de la caridad que es el terror de cuantos me visitan; no sé qué arte tiene para hacer que tropiecen con ella. 

En casa de otro amigo se perdió hace poco una criatura que había ido con su mamá. Cuando ésta quiso retirarse se buscó al niño en todas partes sin hallarlo; al fin se oyó un llanto lastimero que pa­recía venir del techo y voces que decían: ¡aquí estoy! ¡aquí estoy! El pobre niño se había metido en un rincón del que no podía salir porque le cerraban el paso un chifonier, dos biombos, una ánfora de no sé donde, los doce Pares de Francia, ocho caballeros cruzados, un camello y Demóstenes de tamaño na­tural, en zinc bronceado.

¡Vaya usted a limpiar una casa así! Lo primero que se me ocurre al entrar a un salón moderno es pensar en un buen remate o en un terremoto que simplifique la vida.

Tengo intención de pasar aquí una temporada, y estaría del todo contento si no fuera la espantosa expectativa de volver a mi bazar. Algunas noches sueño con mis estatuas y creo que, sabiendo ellas el odio que les tengo, me pagan en la misma moneda y me atacan en mi cama. 

Hasta he pensado alguna vez en fingirme loco y arrojar a la calle por la ventana los bustos de los hombres más célebres, los cua­dros, las macetas, las arañas y los espejos. En fin, tengo un consuelo: no ocurre casamiento, cumplea­ños o bautismo en casa de amigos, que no me proporcione el placer de soltarle al beneficiado algún león de alabastro, un oso de bronce o los gladiado­res de hierro antiguo. ¡A incomodar a otra parte y allá se las avenga el novio, el bautizado o el que festeja un aniversario!

Excuso decirte que cuando un sirviente torpe echa abajo un armario lleno de loza y cristales, no quepo en mi de contento.

Escríbeme pronto y no te olvides de comuni­carme en el acto, si por acaso quiebra la casa de La­coste o la de algún otro bandolero de su estirpe.

Te recomiendo, además, que si puedes hacerme robar durante mi ausencia algunos pedestales con sus correspondientes bustos, varios cuadros y todos los muebles de mi escritorio, no dejes de hacerlo.

Sobre todo, por favor, hazme sustraer las pal­meras que obstruyen los pasadizos y el alisum espi­nosum que está en la puerta del comedor y al cual profeso la más corrosiva ojeriza.

En el último caso puedes recurrir al incendio. ¡Te autorizo! Tu amigo,

BALDOMERO TAPIOCA

 

 

P. D. Si el día 1 ° de Año me mandan tarjetas de felicitación, cartas o telegramas, toma todo ello del escritorio, haz un paquete y mándalo a Francia, diri­gido al presidente Carnot, con una carta insultante, diciéndole que su nación tiene la culpa de que, a más de todas las mortificaciones criollas que so­portamos, tengamos todavía que aguantar la moda francesa de las felicitaciones del año nuevo.