INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta Vida. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Vida. Mostrar todas las entradas

El hombre que buscaba a la Muerte - Cuento Popular

Érase una vez un hombre que se llamaba Piet Jan Clas y que era muy pero que muy curioso. Un día, oyó por casualidad decir que la Muerte era algo espantoso y terrible, y, como era tan curioso, se dijo: «Ya me gustaría a mí ver a la Muerte, a ver si es tan terrible como dicen». Y con este pensamiento se fue a casa, cogió su bastón, se caló su sombrero de tres picos y se puso en camino.

Llevaba ya mucho tiempo caminando cuando llegó a una ciudad y vio allí una zapatería llena de zapatos y a un zapatero sentado a la puerta haciendo sin parar más y más zapatos.

–Buenos días, maestro –dijo él.

El zapatero le devolvió el saludo sin levantar la vista de sus zapatos.

–¿Qué es lo que hace? –preguntó Clas.

–Ya lo ves, zapatos y más zapatos –respondió el zapatero, e hizo un agujero con la lezna y, ¡krrr!, pasó el hilo por el agujero.

–¡Pero si ya tiene muchos terminados! –dijo Clas–, ¿por qué sigue haciendo más?

–Ah, para venderlos y con el dinero dar de comer a mi mujer y a mis hijos, ¡krrr!

–Y cuando tenga suficiente dinero para que su mujer y sus hijos coman toda la vida, ¿entonces qué? –siguió preguntando Clas.

–Bueno, pues entonces que venga la Muerte y me lleve, ¡krrr! –repuso el zapatero.

–¿La Muerte? –gritó Clas sorprendido–. ¿La ha visto? Ay, maestro, hágame el favor de decirme dónde la puedo encontrar.

–No, no la he visto –se rio el zapatero–, y ojalá tarde mucho en verla.

–¿Y sabe dónde podría encontrarla? –preguntó Clas.

–Ve siempre hacia delante y sigue siempre lo que tu olfato te indique, y un día la encontrarás –respondió el zapatero.

Clas le dio las gracias por la información y, contento, siguió caminando todo el día, toda la noche y al día siguiente hasta el mediodía. Entonces se encontró a un leñador en un bosque que, aunque ya tenía el carro lleno de leña, seguía cortando más y más.

–Buenos días, hermano –dijo él.

El leñador le devolvió el saludo sin dejar de cortar leña.

–Dime, hermano –dijo Clas–, ¿qué es lo que vas a hacer con toda esa madera?

–Bah –dijo el leñador–, con ella hago haces que quemo en invierno y lo que me sobra lo vendo, y con el dinero compro pan y carne. Así me voy ganando la vida hasta el día de mi muerte.

–¿Has dicho Muerte? –interrogó Clas entonces–. ¿No sabrías por dónde anda? Me duele la barriga de las ganas que tengo de verla.

–En esto no te puedo ayudar, amigo –dijo el leñador–, pero sigue recto que seguro que la encuentras.

Clas le dio educadamente las gracias por la información y siguió y siguió, siempre derecho, hasta que llegó de nuevo a una ciudad. Acababa de llegar cuando, por la ventana de una buena casa, vio a un sastre sentado junto a la mesa, cosiendo y cosiendo, y a su alrededor había trajes por todas partes, había tantos que en las paredes no quedaba sitio ni para que se posara una mosca.

–Maestro, ¿qué hará con todos esos trajes? –preguntó Clas después de haber estado un rato mirando por la ventana, asombrado.

–Los venderé –respondió el sastre–: los de lana, en invierno; los de lino, en verano y los de algodón, en primavera y otoño.

–¿Y cuando los haya vendido todos? –preguntó Clas.

–Pues entonces coseré más –refunfuñó el sastre, enfadado por tanta pregunta– y los volveré a vender, y coseré otros y los venderé de nuevo, y así hasta que venga la Muerte.

–¿La Muerte? ¿Conoce usted a la Muerte? ¿Sabría decirme dónde puedo encontrarla? –prosiguió, curioso, Clas.

–¡Fuera de aquí!, pero ¿es que no sabes que a los sastres no nos gusta la Muerte porque nos quita los clientes? Los muertos no necesitan más traje que la mortaja.

«Qué tipo tan desagradable», pensó Clas, y siguió su camino, adelante, siempre adelante, y, cuando hubo caminado mucho otra vez, llegó a un bosque que era tan extenso y tupido que no se veía el final.

Pero Piet Jan Clas tenía tantas ganas de ver a la Muerte que se adentró en la espesura, y allí se encontró con un ermitaño con una larga barba blanca, calvo, con un grueso y tosco hábito y un rosario en la mano.

«Ah», pensó Clas, «si ese no es la Muerte, seguro que sabe dónde encontrarla», y se dirigió al ermitaño y le saludó:

–Buenos días, padre.

–Buenos días tengas, caminante.
 
–¿Qué es lo que hacéis aquí en esta soledad? Yo no podría estar tan solo.
 
–Ay –dijo el ermitaño–, me he apartado de los hombres para meditar y estar bien preparado para cuando la Muerte venga.

–Precisamente por la Muerte os quería preguntar –le interrumpió Clas–: yo querría verla una vez en mi vida. ¿Me podríais ayudar vos quizá?
 
–A la Muerte solo se la puede ver una vez en la vida –dijo el ermitaño–; pero, si sigues caminando, cada noche estarás un día más cerca.
 
Eso le gustó a Piet Jan Clas, y le dio las gracias al ermitaño de todo corazón. En cuanto perdió de vista al eremita, se dijo a sí mismo: «A esto lo llamo yo una buena respuesta; lo único es que cada día se me va a hacer demasiado largo hasta que se haga de noche. Pero yo enseguida he notado que el viejo lo sabía».

Así, siguió caminando alegremente por montañas y valles, por bosques y praderas, hasta que una tarde vio un gran palacio en la lejanía, y allí se dirigió.

Cuando llegó a la puerta, vio a una abuelita vieja vieja que estaba tan delgada que se le podían contar todos los huesos del cuerpo. Además tenía los ojos de color rojo fuego, la mandíbula caída y las mejillas hundidas, y el labio de abajo gordo y descolgado; a su espalda, una abultada joroba, y sobre la joroba, una cesta llena de botellitas y tarros de ungüento; también llevaba un gran cuchillo colgando a un lado.

«Esa tan vieja podría ser la Muerte», pensó Clas, y, acercándose a ella, se quitó el sombrero de tres picos y dijo:

–Dios esté con vos, abuelita.

–Muchas gracias, hijito mío –dijo la anciana.

–Ay, querida abuelita, ¿sois vos la Muerte? –preguntó Clas al instante.

–No, al contrario –respondió ella–, soy la Vida y curo con mis ungüentos y medicinas todos los males, heridas y enfermedades.

–¡Qué lástima! –dijo entonces Clas–, ¡me había alegrado tanto pensando que erais la Muerte! Llevo mucho tiempo viajando por montañas y valles, por bosques y praderas para buscarla, pero ¡no la encuentro en ninguna parte! ¿Podríais vos mostrarme cómo encontrarla?

–Sí, eso bien que puedo hacerlo –dijo la vieja.

–¡Ay, querida, querida abuelita, hacedlo entonces! –exclamó entusiasmado Clas–. De rodillas os lo pido, no me podríais hacer favor mayor.

–Sí, lo haré con gusto –dijo la abuelita–, pero desnúdate primero.

Entonces Clas tiró lleno de alegría el sombrero, el bastón y la blusa, y acto seguido se quitó también el resto de la ropa. Después, dijo la abuelita:

–Ahora arrodíllate y apoya la cabeza en mi regazo.

Piet Jan Clas se arrodilló y apoyó su cabeza en el regazo de la abuela, entonces la anciana cogió el afilado cuchillo y le cortó la cabeza, ¡ris, ras! Y rápidamente le dio la vuelta a la cabeza y se la volvió a poner de modo que la cara quedó mirando hacia la espalda. En ese mismo instante, Clas se puso en pie de un salto, gritando lastimeramente:

–¡Ay, ay, ay! ¡Ay, Dios! ¡Ayuda, ayuda! ¡Volved a ponerme la cabeza en su sitio!

La anciana no hizo caso de sus gritos y lo dejó dos horas enteras con la cara vuelta hacia la espalda.

–¿No querías tú ver a la Muerte? Pues mírala bien –dijo.

Luego, la vieja le volvió a cortar la cabeza y se la volvió a colocar mirando al frente, le puso un poco de ungüento en la herida y al cabo de dos minutos ni se veía la cicatriz, y Piet Jan Clas estaba tan sano como antes.

–Para ver a la Muerte solo hay que mirar detrás porque ahí, detrás de ti, está siempre desde que naces –dijo la anciana, y desapareció.

Y Piet Jan Clas volvió a su casa después de haber visto a la Muerte.

La Reunión - Historia de la Montaña de Guerrero

Fue una noche calurosa, la luna se posaba a ras del cerro.

Dicen que en aquel momento había un profundo silencio, el viento no soplaba y los grillos cesaron. Nada de ese día auguraba buenas nuevas.

Inició todo con un aullido largo y pausado, seguido de un ulular. Uno a uno se acumularon los sonidos. Eran al menos seis animales diferentes: un lobo, un búho, un murciélago, una rana, un zorro y una coneja. Se trataba de una reunión. 

Últimamente en la zona la gente se ha
bía estado volviendo más feroz con la caza y los nahuales, preocupados, concretaron una tregua para encontrar solución al problema que les acechaba.

Se sabe que en el pueblo habitan dos tipos de nahuales: los herbívoros, que llegan a ejercer como sanadores en la comunidad, ayudando a los necesitados, y los nahuales que comen carne o espíritu. 

No importa mucho la especie a la que pertenezcan, tiene que ver más con el tipo de persona a la cual esté vinculada la bestia; una pequeña rana podría pertenecer al grupo de los que comen carne, así como un lobo podría ser un herbívoro que cura a las personas de brujería.

Comenzó la junta, el Lobo inició diciendo:

—Amigos, sé que no hay nada más raro que nosotros aquí reunidos, cada uno tiene sus ocupaciones, pero lo que hoy nos concita aquí nos pone en riesgo a todos y tenemos que llegar a un acuerdo 
 
La Rana interrumpe.

—En esta situación en que te sientes amenazado vienes corriendo a hablarnos suave y tranquilo, no es más que un engaño de tu parte para salvar tu pellejo; te haces el bueno curando, pero bien que cobras caro todo lo que haces, siempre nos complicas los trabajos y casi nos dejas morir de hambre por conseguir curar a todas las personas, entiende que no todos están destinados a ser sanados.

El Lobo gruñe mientras le
dirige una mirada penetrante y responde:

—No me vengas con eso, yo solo he querido el bien de la gente.

—Ya, ya, ¡silencio! —exclamó el Búho—. Rana, debes comprender la situación, todos tenemos cola que nos pisen, pero también lo que ha dicho el lobo es verdadero, no podemos seguir perdiendo tiempo; todos aquí sabemos que tú te has liado con el Murciélago y el Zorro, ya no podemos seguir ocultando sus negocios, cada vez nos tienen menos respeto y nos cazan sin medida, todo porque se han cansado de perder a sus familias. ¿Qué pueden decir en su defensa? Ustedes son el motivo principal por el que estamos aquí, hace poco un pariente de la señora Coneja falleció, su humano era un chamaquito de menos de 10 años y la última vez yo desde lo alto lo miré con el Zorro.

El Zorro, exaltado, se proclamó:

—A mí no me metas en tus delirios, viejo búho, que tú no eres nadie para venir a sermonear; yo bien recuerdo que hace no mucho, para salvar la vida de un muchacho, terminaste robando la fertilidad de su madre y sin avisarle cambiaste el destino del hijo que tenía en su vientre por el de su hermano enfermo, todo para poder cobrar tu pago.

—Eso no es verdad, solo hice lo que debía hacerse, el muchacho ya estaba aquí entre los vivos, la criatura en su vientre no estaba ni prevista, la madre jamás se enteró y vive feliz viendo a su niño grande y fuerte —muy agitado explicó el Búho.

—Señor Búho, no se deje provocar, el Zorro solo busca alterarlo, tomemos esto de manera más seria, por favor —dijo la Coneja con una voz calmada.

—Tiene usted razón, señora Coneja, perdone mi comportamiento —respondió el Búho.

La coneja continúa:

—Muy bien, señora Rana y señor Zorro, el asunto aquí no es quién hace más o menos daño, lo que nos compete en este lugar es encontrar solución a todo este lío; es verdad lo que dijo el señor Búho, también me consta que han estado haciendo movimientos muy atrevidos con los humanos, ellos no son tan tontos como ustedes creen y ya se están cansando de la situación; aunque nuestros humanos intentan ocultar nuestro rastro, es evidente cuán diferentes somos. Si los citamos a ustedes es porque tienen mayor edad y experiencia dentro de sus miembros.

La Rana interrumpe sin reparo a la Coneja.

—Mire, señora Coneja, la madre naturaleza decide el rumbo de cada uno, hay humanos que nacieron para ser solo nuestra comida, hay un balance y aunque usted crea que nos estamos excediendo solo estamos tomando lo que nos corresponde, la gente enferma y en consiguiente muere, es el ciclo de la vida; nuestros ancestros han venido haciendo esto mismo desde tiempos inmemoriales, la gente normal piensa que nuestro papel es atroz y somos seres malvados, pero no hacemos otra cosa que seguir el curso.

De pronto, después de tanto silencio, se proclama el Murciélago con eco en su voz:

—Somos los enviados a cosechar la carne y lleva
rla al polvo, pues del polvo venimos y al polvo vamos.

La luna terminó de ocultarse y mientras dormían, un silencio penetrante heló los huesos de las personas del pueblo; los perros comenzaron a ladrar, una pelea de gatos se soltó de golpe, el sitio donde había sucedido aquella reunión quedó desierto, en penumbras.

Nada se resolvió aquel día, un par de verdades se lanzaron, pero todo quedó en el aire, la tregua había desaparecido y cada uno debía cuidar sus espaldas.

El barón rampante - Italo Calvino

XV

Fue por esa época que, tratando al caballero abogado, Cósimo advirtió algo extraño en su actitud, o mejor dicho, distinto de la normal, fuera más o menos extraño. Como si su aire absorto ya no se debiera a distracción, sino a una idea fija que lo dominaba. Los momentos en que se mostraba locuaz eran ahora más frecuentes, y si antes, insociable como era, nunca ponía los pies en la ciudad, ahora en cambio estaba siempre en el puerto, en los corrillos o sentado en los muelles con los viejos patrones y marineros, comentando las llegadas y las salidas de los bajeles o las fechorías de los piratas.

A cierta distancia de nuestras costas todavía veíanse avanzar los veleros de los piratas de Berbería, fastidiando nuestro comercio. Era una piratería de poca importancia, ya no como en los tiempos en que al toparse con los piratas se acababa esclavo en Túnez o Argel o se perdían nariz y orejas. Ahora, cuando los mahometanos conseguían alcanzar una tartana de Ombrosa, se llevaban la carga: barriles de bacalao, quesos holandeses, balas de algodón, y basta. A veces los nuestros eran más rápidos, se les escapaban, disparaban un tiro de espingarda contra las arboladuras del velero; y los berberiscos respondían escupiendo, con feos ademanes y chillando.

En fin, era una piratería así por las buenas, que aún existía a causa de unos créditos que los pachás de aquellos países pretendían exigir de nuestros negociantes y armadores, ya que —según su parecer— no les habían servido bien unos suministros, o que incluso los habían estafado. Y de este modo trataban de saldar cuentas poco a poco a fuerza de robos, pero al mismo tiempo continuaban las transacciones comerciales, con continuas protestas y discusiones. No había pues interés, ni por una parte ni por otra, en hacerse desaires definitivos; y la navegación estaba llena de inseguridades y riesgos, que nunca, sin embargo, degeneraban en tragedias.

La historia que ahora referiré fue narrada por Cósimo en muchas versiones distintas: me atendré a la más rica en detalles y menos ilógica. Aunque es muy cierto que mi hermano, contando sus aventuras, añadía a su antojo, yo, a falta de otras fuentes, trato siempre de atenerme al pie de la letra a lo que él decía.

Así pues, una vez Cósimo, que al hacer guardia por los incendios había cogido la costumbre de despertarse de noche, vio una luz que bajaba por el valle. La siguió, silencioso por las ramas con sus pasos de gato, y vio a Enea Silvio Carrega que caminaba muy deprisa, con el fez y la cimarra, sosteniendo una linterna.

¿Qué haría dando vueltas a esas horas el caballero abogado, que solía acostarse con las gallinas? Cósimo lo siguió. Tenía cuidado de no hacer ruido, aun sabiendo que su tío, cuando caminaba tan fervorizado, estaba como sordo y veía solo a un palmo de sus narices.

Por caminos y atajos el caballero abogado llegó hasta la orilla del mar, a un trozo de playa pedregosa, y se puso a agitar la linterna. No había luna, en el mar no se conseguía ver nada, salvo el movimiento de la espuma de las olas más próximas. Cósimo estaba sobre un pino, algo lejos de la orilla porque allí al final la vegetación raleaba y ya no era tan fácil llegar por las ramas a todas partes. El caso es que veía perfectamente al viejito con el alto fez en la costa desierta, que agitaba la linterna hacia la oscuridad del mar, y de aquella oscuridad le respondió de pronto otra luz de linterna, cercana, como si la hubiesen encendido entonces, y apareció muy veloz una pequeña embarcación con una vela cuadrada oscura y los remos, distinta de las barcas de aquí, y llegó a la orilla.

A la ondulante luz de las linternas, Cósimo vio hombres con turbante en la cabeza: unos se quedaron en la barca, manteniéndola pegada a la orilla con pequeños golpes de remo; otros bajaron, y llevaban anchos calzones abultados, y relucientes cimitarras enfiladas en la cintura. Cósimo aguzaba ojos y oídos. Su tío y aquellos berberiscos cuchicheaban entre sí, en una lengua que no se entendía, pero que a menudo parecía poderse entender, y que sin duda era la famosa lengua franca. De vez en cuando Cósimo entendía una palabra en nuestra lengua, sobre la que Enea Silvio insistía entremezclándola con otras palabras incomprensibles, y estas palabras nuestras eran nombres de naves, conocidos nombres de tartanas o bergantines pertenecientes a armadores de Ombrosa, o que iban y venían entre nuestro puerto y otros.

¡No había que esforzarse mucho para comprender qué estaba diciendo el caballero! Estaba informando a aquellos piratas de los días de llegada y de salida de las naves de Ombrosa, y de la carga que llevaban, la ruta, las armas que tenían a bordo. Ahora el viejo ya debía haber referido todo lo que sabía porque se volvió y se alejó velozmente, mientras los piratas volvían a subir a la lancha y desaparecían en el mar oscuro. Por la forma tan rápida en que se había desarrollado la conversación se comprendía que debía ser una cosa habitual. ¡Quién sabe cuánto tiempo hacía que las emboscadas berberiscas acontecían siguiendo las informaciones de nuestro tío!

Cósimo se había quedado en el pino, incapaz de separarse de allí, de la playa desierta. Soplaba viento, la ola roía las piedras, el árbol gemía en todas sus junturas y mi hermano entrechocaba los dientes, no por el frío del aire sino por el frío de la triste revelación.

He aquí que aquel viejito tímido y misterioso que nosotros de niños habíamos siempre juzgado desleal y que Cósimo creía haber aprendido poco a poco a apreciar y compadecer, resultaba ser un traidor imperdonable, un hombre ingrato que quería el mal del pueblo que lo había acogido como un desvalido tras una vida de errores... ¿Por qué? ¿Hasta tal punto lo empujaba la nostalgia de aquellas patrias y aquellas gentes donde debía haber sido, por una vez en su vida, feliz? ¿O bien era que incubaba un rencor despiadado contra este país en el que cada bocado debía saberle a humillación? Cósimo se dividía entre el impulso de correr a denunciar los manejos del espía y salvar así las cargas de nuestros negociantes, y el pensamiento del dolor que experimentaría nuestro padre, por ese afecto que inexplicablemente lo ligaba al hermanastro natural. Cósimo se imaginaba la escena: el caballero esposado en medio de los esbirros, entre dos filas de gente de Ombrosa que lo insultaban, y conducido a la plaza, le ponían la soga al cuello, lo ahorcaban... Tras la vela fúnebre a Gian dei Brughi, Cósimo se había jurado a sí mismo que no volvería a estar jamás presente en una ejecución; ¡y ahora le tocaba ser árbitro de la condena a muerte de un allegado!

Durante toda la noche se atormentó con ese pensamiento, y continuó durante todo el día siguiente, pasando furiosamente de una rama a otra, pateando, levantándose con los brazos, dejándose deslizar por los troncos, como siempre hacía cuando era presa de una preocupación. Finalmente, tomó la decisión: escogería un camino intermedio: asustar a los piratas y al tío, a fin de conseguir que interrumpieran su malvada relación sin necesidad de que interviniese la justicia. Se apostaría en aquel pino por la noche, con tres o cuatro fusiles cargados (ya se había hecho con todo un arsenal, para las diferentes necesidades de la caza); cuando el caballero se encontrara con los piratas, empezaría a disparar tiro tras tiro haciendo silbar las balas sobre sus cabezas. Al oír aquellas descargas, piratas y tío escaparían cada uno por su cuenta. Y el caballero, que no era ciertamente un hombre audaz, con la sospecha de haber sido reconocido y con la certeza de que ya se vigilaban aquellas citas de la playa, se guardaría mucho de volver a aproximarse a las tripulaciones mahometanas.

En efecto, Cósimo, con los fusiles apuntados, esperó en el pino un par de noches. Y no pasó nada.

A la tercera noche, aparece el viejito del fez que trotaba tropezando en las piedras de la orilla; tras hacer señales con la linterna fondeaba la barca de los marineros con turbante.

Cósimo estaba preparado con el dedo en el gatillo, pero no disparó. Porque esta vez todo era distinto. Después de una breve conversación, dos de los piratas que estaban en la orilla hicieron una señal a la barca, y los otros empezaron a descargar cosas: barriles, cajas, balas, sacos, damajuanas, angarillas llenas de quesos. No había una sola barca, había muchas, todas cargadas, y una hilera de porteadores con turbante apareció por la playa, precedida por nuestro tío natural que los guiaba con su carrerita vacilante, hasta una gruta entre las peñas. Allí los moros depositaron todas aquellas mercancías, sin duda fruto de sus últimas piraterías.

¿Por qué los traían a la orilla? Fue fácil, después, reconstruir lo ocurrido: como el velero berberisco tenía que echar ancla en uno de nuestros puertos (para algún asunto legal, de los que siempre se producían entre ellos y nosotros en medio de los actos de rapiña), y como tenía que sujetarse al registro aduanero, había que esconder las mercancías robadas en un lugar seguro, para después recogerlas al regreso. Así la nave también habría dado pruebas de que era ajena a los últimos robos y consolidaría las normales relaciones comerciales con el país.

Todos estos manejos se supieron claramente después. De momento Cósimo no se entretuvo en plantearse preguntas. Había un tesoro de piratas escondido en una gruta, los piratas volvían a subir a las barcas y lo dejaban allí: había que apoderarse de él lo más pronto posible. Durante un momento mi hermano pensó en ir a despertar a los comerciantes de Ombrosa que debían de ser los legítimos propietarios de las mercancías. Pero enseguida se acordó de sus amigos carboneros que pasaban hambre en el bosque con sus familias. No lo dudó: corrió por las ramas hacia los lugares donde, en torno a las grises plazuelas de tierra apisonada, los bergamascos dormían en toscas cabañas.

—¡Pronto! ¡Venid todos! ¡He descubierto el tesoro de los piratas!

Bajo las cortinas y el follaje de las cabañas se oyeron resoplidos, toses, maldiciones, y finalmente exclamaciones de asombro, preguntas:

—¿Oro? ¿Plata?

—No lo he visto muy bien... —dijo Cósimo—. ¡Por el olor, diría que hay gran cantidad de bacalao curado y de queso de oveja!

Ante estas palabras, se levantaron todos los hombres del bosque. Quien tenía escopetas cogía escopetas, los demás hachetas, asadores, palas, pero sobre todo se llevaron consigo recipientes para meter las cosas, hasta las deformadas cestas del carbón y los negros sacos. Arrancó una gran procesión —«¡Hurra! ¡Arre!»—, incluso las mujeres bajaban con cestas vacías a la cabeza, y los niños encapuchados con sacos, sosteniendo las antorchas. Cósimo los precedía de pino de bosque en olivo, de olivo en pino marítimo.

Ya estaban a punto de doblar por el espolón de rocas detrás del cual se abría la gruta, cuando en la cima de una retorcida higuera apareció la blanca sombra de un pirata, alzó la cimitarra y aulló la voz de alarma. Cósimo en pocos saltos estuvo en una rama encima de él y le asestó la espada en los riñones, hasta que aquel se echó abajo por el acantilado.

En la gruta había una reunión de jefes piratas. (Cósimo, antes, con el ir y venir de la descarga, no había advertido que se habían quedado allí.) Oyen el grito del centinela, salen y se ven rodeados por aquella horda de hombres y mujeres con el rostro sucio de hollín, encapuchados con sacos y armados de palas. Alzan las cimitarras y se lanzan para abrirse paso. —«¡Hurra! ¡Arre! — ¡Inshallah!»— Comenzó la batalla.

Los carboneros eran más, pero los piratas iban mejor armados. Por lo que sabemos para luchar contra las cimitarras no hay nada mejor que las palas. ¡Dang! ¡Dang!, y aquellas hojas de Marruecos se retiraban todas dentadas. Las escopetas, en cambio, tronaban y humeaban y después nada más. También algunos de los piratas (oficiales, se ve) tenían fusiles muy bonitos en apariencia, todos damascados; pero en la gruta los pedernales habían cogido humedad y no salía el tiro. Los carboneros más despabilados trataban de aturdir a los oficiales piratas con golpes de pala en la cabeza para quitarles sus fusiles. Pero con aquellos turbantes, a los berberiscos cada golpe les llegaba amortiguado como a través de un cojín; era mejor dar rodillazos en el estómago, porque llevaban desnudo el ombligo.

En vista de que lo único que no faltaba eran piedras, los carboneros empezaron a tirar pedradas. Los moros, entonces, a pedradas también. Con las piedras, finalmente, la batalla tomó un aspecto más ordenado, pero como los carboneros tendían a entrar en la gruta, cada vez más atraídos por el olor de bacalao que emanaba de ella, y los berberiscos tendían a escapar hacia la chalupa que había quedado en la orilla, entre las dos partes faltaban grandes razones para enfrentarse.

En cierto momento, por parte bergamasca se produjo un asalto que les abrió la entrada de la gruta. Por parte mahometana aún resistían bajo una granizada de pedradas, cuando vieron que el camino hacia el mar estaba libre. ¿Para qué resistían, pues? Mejor izar la vela e irse.

Alcanzada la navecilla, tres piratas, todos nobles oficiales, soltaron la vela. Con un salto desde un pino próximo a la orilla, Cósimo se lanzó al mástil, se agarró al durmiente de la verga, y allí arriba, sujetándose con las rodillas desenvainó la espada. Los tres piratas alzaron las cimitarras. Mi hermano, con sablazos a diestra y siniestra, los tenía en jaque a los tres. La barca, todavía atracada, se inclinaba ora a un lado ora a otro. Salió la luna en ese momento y relampaguearon la espada dada por el barón a su hijo y las hojas mahometanas. Mi hermano se deslizó por el palo y hundió la espada en el pecho de un pirata que cayó por la borda. Rápido como una lagartija, volvió a subir defendiéndose con dos quites de los sablazos de los otros, luego volvió a dejarse caer y traspasó al segundo, subió de nuevo, tuvo una breve escaramuza con el tercero y con otro de sus deslizamientos lo atravesó.

Los tres oficiales mahometanos estaban tendidos medio en el agua medio fuera con la barba llena de algas. Los otros piratas, en la entrada de la gruta, estaban desfallecidos por las pedradas y golpes de pala. Cósimo, todavía encaramado al árbol de la barca, miraba triunfante alrededor, cuando de la gruta salió disparado, furioso como un gato con fuego en la cola, el caballero abogado, que había estado escondido allí hasta entonces. Corrió por la playa con la cabeza gacha, dio un empujón a la barca separándola de la orilla, saltó a ella y agarrando los remos se puso a moverlos con todas sus fuerzas, bogando mar adentro.

—¡Caballero! ¿Qué hacéis? ¿Estáis loco? —decía Cósimo agarrado a la verga—. ¡Volved a la orilla! ¿Adónde vamos?

Pero nada. Estaba claro que Enea Silvio Carrega quería llegar hasta las naves piratas para ponerse a salvo. Ahora su felonía estaba irremediablemente descubierta y si se quedaba en la orilla acabaría sin duda en el patíbulo. De modo que remaba y remaba, y Cósimo, aunque todavía se hallaba con la espada desenvainada en la mano y el viejo estaba desarmado y era débil, no sabía qué hacer. En el fondo, ser violento con su tío le disgustaba, y además para alcanzarlo habría tenido que bajar del palo, y la pregunta de si bajar a una barca equivalía a bajar al suelo o de si ya no había derogado sus leyes interiores al saltar de un árbol con raíces a un árbol de nave, era demasiado complicada para formulársela en ese momento. O sea que no hacía nada; se había acomodado en la verga, una pierna a un lado y otra al otro del palo, y se alejaba sobre las olas, mientras un leve viento henchía la vela, y el viejo no dejaba de remar.

Oyó un ladrido. Tuvo un estremecimiento de gozo. El perro Óptimo Máximo, al que durante la batalla había perdido de vista, estaba allí acurrucado en el fondo de la barca, y meneaba el rabo como si nada ocurriese. Luego, pues, reflexionó Cósimo, no había por qué desanimarse tanto: estaba en familia, con su tío, con su perro, iba en barca, lo que después de tantos años de vida arbórea era una distracción placentera.

Había luna en el mar. El viejo estaba ya cansado. Remaba con dificultad, y lloraba, y empezó a decir:

—Ah, Zaira... Ah, Alá, Alá, Zaira... Ah, Zaira, inshallah...

—o sea que, inexplicablemente, hablaba en turco, y repetía y repetía entre sollozos este nombre de mujer, que Cósimo nunca había oído.

—¿Qué decís, caballero? ¿Qué os pasa? ¿Adónde vamos? —preguntaba.

—Zaira... Ah, Zaira... Alá, Alá —se quejaba el viejo.

—¿Quién es Zaira, caballero? ¿Os creéis que vais junto a Zaira por aquí?

Y Enea Silvio Carrega decía que sí con la cabeza, y hablaba turco entre lágrimas, y le gritaba a la luna ese nombre.

Sobre esta Zaira, la mente de Cósimo empezó enseguida a cavilar. Quizá estaba a punto de desvelársele el secreto más profundo de aquel hombre esquivo y misterioso. Si el caballero, al dirigirse a la nave pirata, pretendía alcanzar a esta Zaira, debía pues tratarse de una mujer que estaba allá, en aquellos países otomanos. Quizá toda su vida había estado dominada por la nostalgia de esta mujer, quizá era ella la imagen de felicidad perdida que él perseguía criando abejas o proyectando canales. Quizá era una amante, una esposa que había tenido allá abajo, en los jardines de aquellos países de ultramar, o, más verosímilmente, una hija, una hija suya que no veía desde niña. A fin de dar con ella debía haber intentado durante años relacionarse con alguna de las naves turcas o moriscas que iban a parar a nuestros puertos, y finalmente debían haberle dado noticias suyas. Quizá había sabido que era esclava, y para rescatarla le habían propuesto informarles sobre los viajes de las tartanas de Ombrosa. O bien era el precio que tenía que pagar para ser admitido entre ellos y embarcarse para el país de Zaira.

Ahora, desenmascarada su intriga, se veía constreñido a huir de Ombrosa, y aquellos berberiscos ya no podían negarse a llevarlo consigo y conducirlo junto a ella. En sus palabras jadeantes y entrecortadas se mezclaban acentos de esperanza, de súplica, e incluso de miedo: miedo de que todavía no fuese esta la ocasión, de que todavía alguna desgracia tuviera que separarlo del ser querido.

Ya no conseguía dar impulso con los remos, cuando se acercó una sombra, otra lancha berberisca. Quizá desde la nave habían oído el ruido de la batalla en la orilla, y mandaban exploradores.

Cósimo resbaló hasta la mitad del palo, para que lo ocultase la vela. El viejo, en cambio, comenzó a gritar en lengua franca que lo recogieran, que lo llevasen a la nave, y extendía los brazos. Fue oído, en efecto: dos jenízaros con turbante, en cuanto estuvo al alcance de la mano, lo agarraron por los hombros, lo levantaron ligero como era, y lo arrastraron a su barca. Aquella en la que estaba Cósimo, de rebote fue apartada, la vela cogió viento, y así mi hermano, que ya se veía muerto, se salvó de ser descubierto.

Alejándose con el viento, a Cósimo le llegaban de la lancha pirata voces como de un altercado. Una palabra, dicha por los moros, que sonó parecida a «¡Marrano!», y la voz del viejo que se oía repetir como un idiota: «¡Ah, Zaira!», no dejaban lugar a dudas sobre la acogida que le habían dispensado al caballero. Sin duda lo consideraban responsable de la emboscada de la gruta, de la pérdida del botín, de la muerte de los suyos; lo acusaban de haberlos traicionado... Se oyó un grito, una zambullida, después silencio; a Cósimo le vino el recuerdo, nítido como si lo oyera, de la voz de su padre cuando gritaba: «¡Enea Silvio! ¡Enea Silvio!», persiguiendo a su hermano natural por el campo; y escondió el rostro en la vela.

Volvió a subir a la verga, para ver adónde estaba yendo la barca. Algo flotaba en medio del mar como transportado por una corriente: un objeto, una especie de boya, pero una boya con cola... Le dio de lleno un rayo de luna, y vio que no era un objeto sino una cabeza, una cabeza con un fez con borla, y reconoció el rostro vuelto al revés del caballero abogado que miraba con su habitual aire asustado, la boca abierta, y de la barba para abajo todo el resto estaba en el agua y no se veía, y Cósimo gritó:

—¡Caballero! ¡Caballero! ¿Qué hacéis? ¿Por qué no subís? ¡Agarraos a la barca! ¡Ahora os ayudo a subir! ¡Caballero!

Pero su tío no respondía: flotaba, flotaba, mirando hacia arriba con aquel ojo aterrado que parecía que no viese nada. Y Cósimo dijo:

—¡Venga, Óptimo Máximo! ¡Tírate al agua! ¡Coge al caballero por el cogote! ¡Sálvalo! ¡Sálvalo!

El perro obediente se zambulló, trató de aferrar por el cogote al viejo, no lo consiguió, lo cogió por la barba.

—¡He dicho por el cogote, Óptimo Máximo! —insistió Cósimo, pero el perro levantó la cabeza por la barba y la empujó hasta el borde de la barca, y se vio que de cogote ya no había, no había ni cuerpo ni nada, había solo una cabeza, la cabeza de Enea Silvio Carrega cortada de un golpe de cimitarra.

El monje negro - Anton Chéjov (Parte 1)

1

Andrei Vasilievich Kovrin, Magíster, estaba agotado, tenía los nervios deshechos. No hacía nada por seguir el tratamiento médico. Algunas veces, mientras tomaba una copa con su amigo el doctor, este le aconsejaba pasar una temporada en el campo, mejor dicho, toda la primavera y el verano, pero Andrei nunca le hacía caso. Pocos días después, recibió una extensa carta de Tania Pesotski, que le invitaba a pasar unos días en la casa de su padre en Borisovka. Kovrin decidió ir.

Pero antes de hacerlo –era el mes de abril– se marchó a su tierra nativa, Kovrinka, y pasó allí tres semanas en absoluta soledad. Cuando llegó el buen tiempo, se dirigió a la casa de campo de su antiguo tutor y pariente, Pesotski, el famoso horticultor ruso. Desde Kovrinka a Borisovka había una distancia de unos setenta y cuatro kilómetros, y el viaje en la magnífica y cómoda calesa a lo largo de aquellos caminos, tan excelentes durante la primavera, prometía ser muy placentero.

La casa de Pesotski, en Borisovka, era muy grande, con una fachada repleta de columnas y adornada con esculturas de leones, a las que se les estaba cayendo el estuco. En la entrada principal había un sirviente de librea. El viejo parque, lúgubre y oscuro, era de estilo inglés, y se extendía desde la mansión hasta el río en una distancia de un kilómetro, donde terminaba en un talud arcilloso cubierto de pinos, cuyas raíces desnudas parecían garras peludas. 

Más abajo se deslizaba un arroyuelo solitario, y el murmullo de sus aguas rivalizaba con el trinar de los pájaros. En una palabra, todo invitaba al visitante a sentarse y escribir una balada. Pero los jardines y los huertos, que junto con los viveros ocupaban una extensión de unos ochenta acres, inspiraban sensaciones muy distintas. Incluso durante el mal tiempo eran esplendorosos y alegres. Aquellas hermosas rosas, los lirios, camelias, tulipanes y tantas plantas floridas de toda clase y colores nunca habían sido contempladas por los ojos de Kovrin. 

La primavera acababa de comenzar, y las variedades de flores exóticas aún estaban protegidas por campanas de cristal, pero a simple vista se veía que pronto brotarían por todas partes, formando un imperio de delicadas sombras. Pero lo más encantador de todo este esplendoroso cuadro era contemplar, en las primeras horas de la mañana, las gotas cristalinas de rocío sobre los pétalos y hojas de aquella exuberante vegetación.

Durante su infancia la parte decorativa del jardín, llamada despectivamente por Pesotski «el estercolero», había producido en Kovrin una impresión fabulosa. ¡Cuántos milagros de arte, cuántas estudiadas monstruosidades, cuántas burlas de la Naturaleza! Los espalderos de árboles frutales, ese peral que parecía un álamo de forma piramidal, aquellas encinas y tilos de abundante follaje, las bóvedas formadas por los manzanos, todo tenía el sello característico del dominio de la floricultura de que hacía gala su amigo Pesotski; incluso en los ciruelos estaba grabada la fecha 1862, para conmemorar el año en que su amigo se consagró al arte del cultivo de plantas y flores. 

Había también unas hileras de árboles erectos, simétricos, cuyos troncos se alzaban verticales como palmeras, pero que, vistos de cerca, resultaban ser árboles vulgares. Pero lo que más alegría y vida daba a los jardines y huertos era el constante quehacer de los jardineros de Pesotski. Desde el alba hasta la puesta del sol, aquellos hombres parecían infatigables y activas hormigas, trabajando entre los árboles, arbustos y planteles, unos regando, otros excavando la tierra, otros sembrando.

Kovrin llegó a Borisovka a las nueve. Encontró a Tania y a su padre muy alarmados. Aquella noche clara y estrellada predecía que habría una helada, y el jefe de los jardineros, Iván Karlich, se había ido al pueblo, por lo que no tenían a ningún responsable en quien confiar. Durante la cena sólo se habló de la inminente helada; y se decidió que Tania no se acostaría, sino que permanecería despierta hasta la una de la madrugada. Iría a inspeccionar los jardines para ver si todo estaba en orden, mientras que Igor Semionovich, por su parte, se levantaría a las tres de la madrugada o quizá aún más temprano.

Kovrin estuvo con Tania toda la noche, y al llegar las doce, la acompañó al jardín. El aire tenía un olor muy fuerte, como si estuviera ardiendo. En el huerto más grande, llamado «huerta comercial», ya que cada año producía millares de rublos de beneficios a Igor Semionovich, había una fina y negra capa de estiércol que cubría todas las hojas jóvenes, con el fin de salvar las plantas. 

Los árboles estaban alineados como jugadores de ajedrez en rectas hileras, como filas de soldados; y esta pedante regularidad, junto con el peso de la uniformidad, hacía parecer monótono y fastidioso al jardín. Kovrin y Tania se movían de un lado para otro, arriba y abajo, por los senderos y por todos los vericuetos del jardín, comprobando el buen estado del estiércol, las pajas y las coberturas de parihuelas. 

En raras ocasiones se encontraron con los trabajadores, que se movían como sombras entre aquella humareda. Sólo los cerezos, los ciruelos y algunos manzanos estaban floreciendo, pero el jardín entero se hallaba envuelto en aquella densa humareda producida por el estiércol fermentado, causa por la cual Kovrin sólo se halló en condiciones de poder respirar aire puro al llegar a los viveros.

–Me acuerdo de que, cuando era niño –dijo Kovrin–, siempre me hacía estornudar el humo, pero no comprendo cómo puede salvar a las plantas de la helada.

–El humo es un buen sustituto cuando no hay nubes –respondió Tania.

–¿Para qué quiere las nubes?

–Cuando el tiempo es nuboso y suave no se producen las heladas mañaneras.

–¿Es cierto eso?

Kovrin se echó a reír y cogió de la mano a Tania. Su rostro serio, frío; sus finas y negras cejas; el rígido cuello de su chaqueta, que le dificultaba girar la cabeza; su vestido bien arropado para defenderse del helado rocío; y toda su figura, esbelta y ligera le agradaban mucho.

–¡Santo cielo, cuánto ha crecido esta criatura! –dijo Kovrin–. La última vez que estuve aquí, hace unos cinco años, era usted aún una niña. Era delgada, de piernas largas y desaliñada, y yo siempre me estaba metiendo con usted. ¡Cuánto cambió en cinco años!

–Sí, cinco años –repitió Tania–. ¡Muchas cosas han pasado desde entonces! Dígame con sinceridad, Andrei –continuó ella, mirándole burlonamente–, ¿cree que durante todos estos cinco años se ha olvidado de nosotros? No sé cómo me he atrevido a hacerle esta pregunta. Además, después de todo, usted es un hombre libre de hacer lo que quiera, de llevar la vida que desee. Sí, tiene que ser de este modo; es natural. Pero, de todas formas, quiero que sepa una cosa: hayan cambiado o no sus relaciones con mi familia con el paso de los años, en esta casa se le considera como un miembro más. Tenemos derecho a ello.

–Estoy completamente convencido de que así me consideran, Tania –respondió Kovrin.

–¿Palabra de honor?

–Palabra de honor.

–Antes me di cuenta de que se sorprendió al ver tantas fotografías suyas en nuestro hogar –prosiguió Tania–. Sin embargo, bien sabe cuánto le adora mi padre, cuánto le estima. Usted es un erudito, no un hombre vulgar y corriente. Sí, se ha labrado una brillante carrera. Pues bien, mi padre cree que a él le debe usted su triunfo. ¡Deje que siga creyéndolo!

Empezaba a amanecer. Cambió la tonalidad del cielo, y el follaje y las nubes comenzaron a mostrarse cada vez más claros. Los ruiseñores empezaron a cantar y procedente de los campos llegó el grito de las codornices.

–Ya es hora de irnos a la cama –dijo Tania–. Además, también hace mucho frío.

Luego se acercó a Kovrin, le cogió la mano y dijo:

–Gracias, Andrei, por haber venido. En este lugar no estamos acostumbrados a los grandes sucesos. Aquí la vida transcurre apacible y monótonamente, sin ningún acontecimiento descollante. Siempre los jardines, sólo los jardines y nada más que jardines. Sí, una existencia muy monótona. Bosques, madera, camuesas, cardos lecheros, esquejes, podar, hacer injertos, trasplantar... Toda nuestra vida se limita a esto, ni siquiera soñamos con otra cosa que no sea manzanas y peras. Desde luego, todo esto es muy útil y muy bueno, pero algunas veces no puedo resistir la tentación de desear un cambio en mi vida. Recuerdo aquella época en que usted solía visitarnos, cuando venía a pasar aquí las vacaciones, cómo cambiaba toda la casa; parecía más fresca, más alegre, como si alguien hubiese quitado las telas que cubrían los muebles. Yo era entonces una niña, pero comprendía...

Tania siguió hablando durante cierto tiempo, expresando sus sentimientos y recuerdos. De repente a la mente de Kovrin vino la idea de que era muy posible que durante aquel verano se sentiría tan atraído hacia aquella criatura vivaraz y parlanchina, que podía llegar a enamorarse de ella. Dadas las circunstancias, nada más natural y posible. Aquel pensamiento le agradó y divirtió, y mientras dirigía su mirada hacia Tania, a su mente acudieron aquellos versos de Pushkin:


                        Oniegin, no ocultaré
                   que amo a Tatiana locamente


Cuando llegaron a la mansión, Igor Semionovich ya se había levantado. Kovrin no sentía ningún deseo de dormir; se puso a hablar con el anciano, y volvió con él al jardín. Igor Semionovich era alto, ancho de hombros y grueso. Padecía de dificultad respiratoria, y sin embargo, caminaba a un paso tan rápido, que era difícil seguirle de cerca. La expresión de su rostro era siempre la de un hombre preocupado, como si pensase que de retrasarse un minuto en hacer las cosas, todo el mundo se vendría abajo.

–Y ahora, hermano, le voy a revelar un misterio –dijo Igor, deteniéndose para recuperar el aliento–. En la superficie de la tierra, como puede ver, hay escarcha, está helada, pero eleve el termómetro unas yardas y verá que hay calor... ¿A qué se debe este misterio?

–Confieso que no lo sé –dijo Kovrin, riendo.

–¡No! Usted no puede saberlo todo. El cerebro más privilegiado de todo el mundo no puede comprender todo. ¿Todavía sigue estudiando filosofía?

–Sí –respondió Kovrin–; siempre estoy estudiando filosofía y psicología.

–¿Y no se aburre?

–Al contrario, no puedo vivir sin ello.

–Alabado sea Dios –respondió Semionovich, mientras se retorcía las puntas de su poblado bigote–. Alabado sea Dios; sí, todo eso le será útil en la vida... Me alegro mucho, hermano, muchísimo...

De repente se calló y se puso a escuchar. Sus facciones se endurecieron, echó a correr por el sendero y pronto desapareció entre los árboles, en medio de una nube de polvo y arena.

–¿Quién ha sido el que ha trabado este caballo al árbol? –gritó con voz desesperada–. ¿Quién de ustedes, ladrones y asesinos, se atrevió a atar este caballo al manzano? ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Arruinado, destruido, estropeado! ¡El jardín está arruinado, el jardín está destruido! ¡Oh, Dios mío!

Cuando regresó junto a Kovrin, su rostro reflejaba una expresión de lástima e impotencia.

–¿Qué se puede hacer con esta clase de gente? –le preguntó a Kovrin con voz quejumbrosa, mientras se retorcía las manos–. Anoche Stepka trajo una carga de abono y dejó atado al pobre animal al árbol. Y lo ató con tanta fuerza que ha producido unos daños irreparables en la corteza del manzano. ¿Qué se puede hacer con hombres de esta calaña? Acabo de hablarle y se ha limitado a bajar los ojos a tierra, igual que un estúpido. ¡Este miserable debería ser ahorcado!

Cuando al fin se calmó, abrazó a Kovrin y le besó en la mejilla.

–Bueno, ¡bendito sea Dios...! ¡Bendito sea Dios! –murmuró–. Me alegro de que haya llegado, hermano Kovrin. No tengo palabras para expresarle lo contento que estoy porque vino a vernos, gracias.

Luego, con la misma expresión ansiosa, y caminando con paso rápido, se puso a dar vueltas por todo el jardín, enseñando a Kovrin los naranjos, los viveros de temperatura constante, los cobertizos y dos colmenas a las que describió como el milagro del siglo.

A medida que caminaban, el sol empezó a despuntar, iluminando el jardín y calentando la tierra y el aire. Cuando Kovrin pensó que si aquel hermoso sol se mostraba ya a principios de la primavera, dedujo los numerosos días soleados y felices que le esperaban durante todo un largo verano. Y de repente experimentó la misma alegría y felicidad que sintiera durante su infancia en aquel jardín. 

Entonces se sintió dominado por una profunda emoción y abrazó al anciano, besándole con ternura. Ambos se dirigieron a la casa y tomaron té en antiguas tazas de porcelana de China, además de galletas y crema; y esto también le recordó a Kovrin sus días de infancia y juventud. Durante aquel pequeño ágape, las reminiscencias brotaron en la mente de ambos hombres, y un sentimiento de intensa felicidad inundó sus corazones.

Esperó a que Tania se despertase, y después de tomar café con ella, se fue a pasear al jardín. Luego se dirigió a su habitación y se puso a trabajar. Leyó con atención, tomando notas de todo lo que creía importante. Sólo levantaba la vista cuando creía sentir la necesidad de mirar a través de la ventana o contemplar las rosas, frescas aún por el rocío, colocadas en un florero sobre su mesa. Kovrin creyó sentir por un instante que todas las venas de su cuerpo temblaban de alegría.

II

Pero en el campo, Kovrin siguió con aquella nerviosa e intranquila vida que había llevado en la ciudad. Leía y escribía mucho, estudió lengua italiana, y cuando salía a dar un paseo, al rato ya pensaba en regresar y ponerse a trabajar. Dormía tan poco que todo el mundo en la casa estaba desconcertado; si alguna vez, por pura casualidad, descansaba media hora durante el día, por la noche no podía hacerlo. Sin embargo, al día siguiente de estas involuntarias vigilias, se sentía alegre y dinámico.

Hablaba mucho, bebía vino y fumaba caros puros. A menudo, casi todos los días, algunas muchachas de las casas de los alrededores venían a la mansión de Vasilievich, tocaban el piano con Tania y cantaban. Algunas veces también venía un vecino, un hombre joven, quien tocaba muy bien el violín. Kovrin oía con agrado su música y canciones, pero había llegado a un extremo en que todo aquello le abrumaba; tanto, que algunas veces sus ojos se cerraban involuntariamente, adormilándose.

Una tarde, después de la hora del té, se sentó en la terraza para dedicarse a la lectura. Mientras, en el salón, Tania, una amiga soprano, otra contralto y el ya citado violinista, ensayaban la conocida serenata de Braga. Kovrin atendió a la letra, y aunque esta era en ruso, no logró entender su significado. Al final dejó el libro, se puso a escuchar con atención y logró comprenderla. 

Una chica de imaginación febril oyó durante la noche unos sonidos misteriosos en su jardín; un sonido tan maravilloso y extraño que se vio forzada a admitir su armonía y «santidad», que para nosotros los mortales son incomprensibles; luego aquellos sones se elevaron al cielo, desapareciendo. Kovrin despertó. Se dirigió al salón y luego al vestíbulo, donde comenzó a pasearse.

Cuando cesó la música, cogió de la mano a Tania y la llevó a la terraza.

–Durante todo el día –le dijo Kovrin– he tenido metida en la cabeza una extraña leyenda. No sé si la he leído o se la he escuchado contar a alguien; no lo recuerdo. Se trata de una leyenda muy curiosa, aunque no muy coherente. Antes de contársela, quiero advertirle de que no está muy clara. Hace mil años, un monje, vestido de negro, erraba por unos parajes solitarios, no sé si en Siria o en Arabia. A unas millas de distancia de aquel lugar unos pescadores vieron a otro monje negro caminando lentamente sobre la superficie del agua de un lago. El segundo monje era un espejismo. 

-Tenga usted en cuenta que las leyendas prescinden de las leyes de la óptica, como es lógico, y escuche lo que viene a continuación. Del primer espejismo se produjo otro espejismo; del segundo espejismo se produjo un tercero, de forma que la imagen del Monje Negro se refleja eternamente desde un estrato de la atmósfera a otro. En cierta ocasión fue visto en África, luego en la India, en otra ocasión en España, luego en el extremo norte. Al fin, se eclipsó de la atmósfera de la Tierra, pero nunca se presentaron las condiciones necesarias como para que desapareciera del todo. 

-Quizá hoy sea visto en Marte o en la constelación de la Cruz del Sur. Ahora bien, la esencia de todo esto, su verdadero meollo, por emplear esta palabra vulgar, radica en una profecía que sostiene que exactamente mil años después de que el monje se retirara a aquellos parajes desiertos, el espejismo volverá a ser captado en la atmósfera de la Tierra y se mostrará a todos los hombres del mundo. Este plazo de mil años, según mis cálculos, está a punto de expirar. Según la leyenda, debemos ver al Monje Negro hoy o mañana.

–Es una historia muy extraña –dijo Tania, a quien no le había agradado.

–Pero lo más sorprendente de todo –dijo Kovrin riéndose– es que no recuerdo cómo esta leyenda se me ha metido en la cabeza. ¿La he leído? ¿Me la han contado? ¿Se trata simplemente de un sueño? No lo sé. Pero me interesa. Durante todo el día no he podido pensar en otra cosa; la tengo clavada en la mente.

Kovrin se despidió de Tania, quien regresó al salón, y salió de la casa para pasear por entre los planteles de flores del jardín, meditando sobre aquella extraña leyenda. El sol acababa de ponerse. Las flores recién regadas emanaban un fuerte y delicado aroma. En la mansión, la música había comenzado a sonar de nuevo, y a la distancia, el violín parecía producir el efecto de una voz humana. Mientras forzaba su memoria para recordar cómo había llegado a conocer aquella leyenda, Kovrin, ensimismado, paseaba por el parque, sin darse cuenta de que caminaba en dirección a la orilla del riachuelo.

Descendió por un sendero repleto de raíces al descubierto, espantando las agachadizas y poniendo en fuga a dos patos. En las ramas oscuras de los pinos se reflejaban los últimos rayos del sol. Kovrin pasó al otro lado del riachuelo. Ahora, delante de él, se extendía un hermoso y extenso campo cubierto de centeno. En todo lo que alcanzaba su vista no se veía un alma viviente; y le pareció que aquel sendero debía conducirle a una región enigmática e inexplorada donde aún quedaba el resplandor del sol.

«¡Qué lugar más tranquilo y bucólico! –pensó para sí–. Tengo la impresión de que en este instante todo el mundo me contempla desde arriba, esperando que yo descubra algo importante.»

Una ráfaga de aire dobló los tallos verdes de los centenos. De nuevo sopló el viento, pero esta vez con más fuerza, rivalizando con el suave murmullo de las hojas de los pinos. Kovrin se detuvo asombrado. En el horizonte, como un ciclón o una tromba de agua, algo negro, alto, se elevó del suelo. Sus formas eran indefinidas; pero, después de fijarse con atención en aquella cosa tan extraña, Kovrin se dio cuenta de que no estaba fija al suelo, sino que se movía a una velocidad increíble, en dirección a él. 

Y a medida que se acercaba, se hacía cada vez más y más pequeña. Involuntariamente, Kovrin se echó a un lado del sendero para dejarla pasar. Pasó ante él un monje vestido de negro, de cabellos grises y cejas negras, con las manos cruzadas sobre el pecho. Caminaba sobre el duro suelo con los pies descalzos. Una vez que se hubo alejado unos veinte metros, el monje volvió el rostro hacia Kovrin, le hizo una señal con la cabeza, y le sonrió con bondad. Su rostro delgado estaba pálido como la cera. Luego, a medida que se alejaba, empezó a aumentar de tamaño, cruzó el río caminando sin hundirse sobre su superficie, y atravesó sin ruido alguno el muro de piedra caliza, desapareciendo como el humo.

–Ahora comprendo –dijo Kovrin para sí– que la leyenda tenía su fundamento.

Regresó a la casa sin intentar siquiera explicarse este extraño fenómeno, pero vanagloriándose de haber visto no sólo sus ropas negras, sino su fino y pálido rostro, y la fija mirada de sus ojos.

En el parque y en los jardines de la mansión, los visitantes se paseaban tranquilamente; en el interior la música seguía sonando. De modo que sólo él había visto al Monje Negro. Sintió un inmenso deseo de contar a Tania y a Igor Semionovich lo que había visto con sus propios ojos, pero desistió al pensar que lo interpretarían como una alucinación. 

Se unió a aquella alegre compañía, rió, bebió y bailó una mazurca dominado por una inmensa alegría interna. Pero lo más curioso de todo fue que tanto Tania como los demás invitados creyeron ver en su rostro una expresión de éxtasis, lo que encontraron muy divertido.

III

Cuando terminó la cena y todos se hubieron marchado, subió a su habitación y se echó en el diván. Había decidido reflexionar sobre el monje, aclarar aquel extraño misterio; mas en aquel instante, Tania entró en su habitación, interrumpiendo sus proyectos.

–Aquí te traigo, Andrei –le dijo Tania–, los artículos de mi padre... Son muy interesantes. Mi padre escribe muy bien.

–¡Espléndida idea! –exclamó Igor Semionovich, que entró tras ella en la habitación de Kovrin–. Ahora bien, no le haga caso a esta bella muchacha. Aunque puede leerlos si desea dormirse: constituyen un espléndido soporífero.

–Pues según mi opinión –respondió Tania–, estos artículos son magníficos. Le agradeceré, querido Andrei, que los lea, y luego convenza a mi padre para que escriba con más frecuencia. Es capaz de escribir un tratado entero de jardinería.

Igor Semionovich se echó a reír, pero luego se disculpó amablemente, alabó las cualidades de su viejo amigo y dando la razón a su hija:

–Si desea leer esos artículos, querido Andrei –dijo Igor–, le aconsejo que comience con los documentos sobre Gauche y los artículos rusos, pues de otro modo no podrá entenderlos. Antes de precipitarse en valorar mis palabras, le aconsejo que las sopese detenidamente. Aunque no creo que le interesen. Bueno, ya es hora de irse a la cama, querida Tania, pues anoche dormiste muy poco.

Tania salió de la habitación. Igor Semionovich se sentó en un extremo del sofá y exclamó:

–Ah, hermano mío... Ve que escribo artículos, y exhibo en exposiciones e incluso a veces gano medallas... Pesotski, dicen ellos, tiene unas manzanas tan gordas como su cabeza; Pesotski ha hecho una gran fortuna con sus jardines y huertas... En una palabra: «Kochubei es rico y glorioso». Pero mucho me agradaría preguntarle cuál será el final de todo esto. No se trata de mis jardines y viveros; ya sé que son espléndidos, auténticos modelos entre todos los de la región. Aunque también debo confesar que me siento orgulloso de que sean en realidad una institución completa de gran importancia política, y otro paso hacia una nueva era en la agricultura rusa, como asimismo en su industria. Pero todo esto, ¿para qué? ¿Con qué fin? ¿Cuál es la meta final de una vida consagrada a mejorar la agricultura, las flores, las plantas, todo lo relacionado con la tierra?

–Esa pregunta tiene una respuesta muy fácil.

–No me refiero a ese sentido. Lo que quiero saber es qué ocurrirá con mis jardines el día en que muera. Tal como están las cosas, puedo asegurarle que todo se vendría abajo si algún día yo faltara. El secreto no radica en que los jardines son grandes y en que tengo muchos trabajadores bajo mis órdenes, sino en el hecho de que adoro el trabajo, ¿me comprende? Lo quiero quizá más que a mí mismo. ¡Míreme! Trabajo desde que sale el sol hasta que se pone. Todo lo hago con mis propias manos. Siembro, trasplanto, riego, hago injertos, todo está hecho por mí. Cuando alguien trata de ayudarme me siento celoso, y me vuelvo irritable hasta el extremo de parecerle rudo a muchas personas. 

-El verdadero secreto radica en el amor, en el ojo del amo que engorda al caballo, y en estar pendiente de todo y de todos. Por eso, cuando voy a visitar a un amigo y charlamos media hora ante un buen vaso de vino, mi imaginación está en los jardines, y temo que algo pueda sucederles durante mi ausencia. Suponga que me muero mañana, ¿quién se ocupará de todo esto?, ¿quién hará el trabajo? ¿Los jefes jardineros? ¿Los trabajadores? Puede usted creerme si le digo, mi querido amigo, que todas mis preocupaciones no se centran en estas personas, sino en la idea de que esto vaya a manos extrañas el día en que yo muera.

–Pero, mi querido amigo –respondió Kovrin–, está Tania; supongo que no desconfiará de ella. Ella ama y sabe llevar esta clase de trabajo.

–Sí, Tania ama y comprende este trabajo; sabe llevarlo mejor que un ingeniero agrónomo del Ministerio de Agricultura. Si después de mi muerte yo estuviera seguro de que todo iría a parar a sus manos, de que ella sola sería la dueña y directora de todo esto, no me importaría nada, moriría a gusto. Pero suponga por un momento –Dios no lo quiera– que se casa. He aquí lo que me atormenta y mortifica, lo que me hace pasar las noches sin pegar los ojos. Porque al casarse, lo lógico es que tenga hijos y que se preocupe más de ellos que de los jardines y viveros. Eso es lo malo. Pero hay algo que temo más aún: que se case con uno de esos individuos que van en busca de una buena dote, que no tienen escrúpulos y gastan el dinero a manos llenas, y que al cabo de un año se haya ido al diablo lo que tanto me ha costado ganar durante años de sacrificio y trabajo. En un negocio como este, una mujer es el azote de Dios.

Igor Semionovich permaneció callado durante unos instantes, moviendo la cabeza de arriba abajo repetidas veces. Luego continuó:

–Quizá me considere usted un egoísta, pero no quiero que Tania se case. Me da miedo. ¿Se ha fijado en esos jóvenes que acuden constantemente a esta casa a visitarla, bajo la excusa de organizar veladas musicales? Todos vienen a lo mismo: a pescar una buena dote. Sobre todo está ese joven del violín, que no le quita la vista de encima. Pero tampoco yo se la quito a él. Me consta que Tania nunca se casaría con él, pero no puedo remediarlo, desconfío mucho... En resumen, hermano, soy un hombre de carácter, y sé lo que debo hacer.

Igor Semionovich se levantó y paseó por la habitación. Se veía que tenía algo muy importante que decir, algo muy serio, pero, por lo visto, no encontraba las palabras exactas para expresarlo.

–Le quiero y le aprecio mucho –prosiguió Igor– y por ello creo que debo hablarle francamente y sin rodeos. En cualquier asunto de suma gravedad o importancia, siempre acostumbro decir lo que pienso, huyendo de toda mistificación. Por consiguiente, debo decirle que es usted el único hombre con el que no me importaría que Tania se casara. Es inteligente, tiene buen corazón, y me consta que no consentirá que todo esto que he labrado con mis propias manos se malogre estérilmente. Más aún, le quiero como si fuera mi propio hijo, y estoy orgulloso de usted. De modo que si usted y Tania... empezaran un romance amoroso que acabara en matrimonio, créame que merecería todas mis bendiciones. Sí, me consideraría el hombre más feliz del mundo. Se lo digo en la cara, sin rodeos, como corresponde a un hombre honrado.

Kovrin sonrió. Igor Semionovich abrió la puerta y se dispuso a abandonar la habitación, pero se detuvo en el umbral:

–Y si usted y Tania llegasen a tener un hijo, haría de él el mejor horticultor. Pero esto, de momento, es una mera hipótesis. Buenas noches.

Cuando Kovrin quedó solo, se instaló cómodamente en un sillón y se puso a leer los artículos de su huésped. El primero de ellos se titulaba "Cultivo intermedio", el segundo, "Unas cuantas palabras en respuesta a las observaciones del señor Z... sobre el tratamiento de las tierras de jardín", y el tercero, "Más sobre los injertos". Los demás artículos venían a ser lo mismo. Pero todos reflejaban desazón e irritabilidad. Incluso una simple hoja con el mero título pacífico "Los manzanos rusos" exhalaba irritabilidad. 

Igor Semionovich comenzaba este trabajo con las palabras «Audi alteram partem», y lo finalizaba con estas otras: «Sapienti sat»; pero entre las dos pacíficas frases latinas se desgranaba un torrente de palabras agrias, dirigidas contra «la aprendida ignorancia de nuestros modernos horticultores que observan a la madre Naturaleza desde sus sillones en la Academia de Ciencias Naturales», y contra el señor Gauche «cuya fama está basada en la admiración de los profanos en la materia de agricultura y dilettanti». También había un párrafo en el que Igor censuraba a aquella gente por castigar a un pobre muerto de hambre a causa de robar unas cuantas frutas en un huerto, destrozando sus espaldas a latigazos.

–Admito que estos artículos son muy buenos –dijo Kovrin para sí–, incluso excelentes, pero también veo que revelan a su autor como un hombre de temperamento duro y de lanza en ristre. Supongo que será igual en todas partes; en todas las carreras, los hombres de ideas geniales son siempre personas muy nerviosas, y víctimas de esta especie de exaltada sensibilidad. Supongo que tiene que ser así.

Pensó en Tania, tan orgullosa de los artículos de su padre, y luego en Igor Semionovich. Tania, pequeña, pálida, ligera, con sus clavículas visibles, con aquellos ojazos tan grandes que parecían estar siempre escudriñando algo. Igor Semionovich, con sus apresurados y pequeños pasos. Volvió a pensar en Tania, tan inclinada a hablar constantemente, tan amante de dialogar y discutir con todos, siempre acompañando la más insignificante frase con gestos y gesticulaciones. En cuanto a si era nerviosa, pues sí, estaba seguro de que lo era en grado sumo.

Kovrin se puso a leer otra vez, pero como no se enteraba de nada de lo que se exponía en aquellos artículos de Semionovich, los tiró al suelo. Aún perduraba en todo su ser la agradable emoción con que había bailado la mazurca y oído aquella música. Todo ello hizo acudir a su mente numerosos pensamientos. Meditó sobre lo que le había ocurrido en el campo de centeno. Si él había visto a solas aquel extraño y misterioso monje, debería estar enloquecido o enfermo, al punto de llegar a padecer alucinaciones. Aquel pensamiento le espantó, pero no por mucho tiempo.

Se sentó en el diván y apoyó la cabeza en sus manos, y se dispuso a gozar pensando en el extraño suceso del que había sido testigo durante la tarde. No podía comprenderlo, pero todo su ser se llenó de gozo. Se levantó y dio algunos pasos por su habitación, disponiéndose a iniciar su trabajo. Pero lo que leía en los libros ya no le satisfacía. Ahora sólo deseaba pensar en algo inmenso, vasto, infinito. Después, Kovrin se desnudó y se acostó, pensando que haría bien en descansar después de las emociones sentidas durante el día. Cuando al final oyó a Igor Semionovich dirigirse a trabajar al jardín, llamó a un criado y le ordenó que trajera una botella de vino. Bebió varios vasos; el vino le atontó y se quedó dormido. 


IV

Igor Semionovich y Tania discutían con frecuencia y se decían uno al otro duras palabras. Aquella mañana habían tenido un altercado, y Tania, después de haber estado llorando, se refugió en su habitación y se negó a bajar a desayunar y a almorzar. Pero Igor era testarudo. Al principio no hizo ningún caso de la conducta de su hija y se marchó con aire digno y solemne, como queriendo dar a entender a todo el mundo que era un hombre de ideas fijas, y que para él la justicia y el orden eran lo primero en la vida, lo más importante de todo. Pero Igor era incapaz de mantener aquella actitud durante mucho tiempo, pues idolatraba a Tania.

No comió nada a la hora de cenar y, durante todo el día, su mente había estado torturada por aquel suceso. Al final no pudo aguantar más y, después de un profundo «¡Dios mío!» que le brotó de lo más hondo de su corazón, se dirigió a la habitación de Tania y golpeó con suavidad la puerta, mientras gritaba con toda dulzura, casi tímidamente:

–¡Tania! ¡Tania!

A través de la puerta llegó una voz llorosa, pero firme y decidida:

–¡Déjame en paz...!, te lo ruego.

Los incidentes sentimentales entre padre e hija repercutían no sólo entre los habitantes de la casa, sino incluso entre todos los trabajadores de las plantaciones. Kovrin, como era usual en él, permaneció enfrascado en su trabajo, pero al final no pudo soportar más la situación y decidió intervenir como mediador entre padre e hija, y dispersar aquella nube negra que se había interpuesto entre ambos seres, tan queridos para él. Sin dudarlo un instante más, se dirigió a la puerta de Tania, la golpeó y fue recibido.

–Vamos, vamos, querida Tania, esto no está bien –empezó a decir en broma, pero dulcemente, mientras contemplaba aquel rostro femenino cubierto de lágrimas–. No es para tanto. Después de todo, son discusiones que se presentan todos los días, en todas las casas. Vamos, querida Tania, hay que saber perdonar. ¿De acuerdo?

–Es que usted no sabe cuánto me tortura –y al decir esto, una lluvia de lágrimas brotó de sus hermosos y grandes ojazos–. Siempre me está atormentando –continuó, mientras se retorcía las manos–. Nunca he dicho nada que pudiera ofenderle. En este caso, sólo me limité a decir que era innecesario mantener tantos trabajadores, pues resultaba un gasto que se podía evitar con facilidad. Me limité simplemente a decir que lo que había que hacer era contratar trabajadores por horas. Usted sabe que esos hombres no han hecho nada durante toda la semana. Yo... lo único que le dije fue esto. Y entonces se puso a gritarme como un energúmeno, diciéndome un montón de cosas, todas ofensivas, profundamente insultantes. Y todo por nada.

–Bueno, no hay que preocuparse por eso –trató de calmarla Kovrin–. Ha estado gritando, chillando, llorando, pataleando: ya es suficiente, ¿no le parece? No puede seguir así todo el día, no sería justo. Sabe que su padre, más que quererla, la adora, la idolatra.

–Mi padre ha arruinado toda mi vida –dijo Tania entre sollozos–. Durante toda mi existencia sólo he oído insultos de sus labios, y sufrido afrenta tras afrenta. Mi padre me considera como algo superfluo en su propia casa. ¡Pues que se quede con su casa! Mañana me marcho de ella. Él es el único responsable de mi marcha. Sí, mañana me iré de este lugar y me pondré a estudiar para luego conseguir un empleo. ¡Que se quede con su dichosa casa!

–Vamos, Tania, vamos, no se ponga así –dijo Kovrin–. Vamos, deje de llorar. Le diré lo que pienso: tanto el uno como el otro son irritables, impulsivos y, si quiere que le diga toda la verdad, los dos están equivocados; sí, los dos, pues exageran las cosas más nimias. Vamos, ya me encargaré yo de que hagan las paces.

Durante todo este tiempo, Kovrin estuvo hablando con un tono persuasivo y suave, pero Tania seguía llorando, encogiéndose de hombros ante todo lo que él le decía, y retorciéndose las manos como si hubiera sufrido un verdadero infortunio. Kovrin trató de hacerle comprender que exageraba la cosa más de lo que debía. Le parecía mentira que por una cosa tan banal aquella criatura quisiera amargarse todo el día y quizá toda su existencia. 
 
Mientras la consolaba, pensó que excepto Tania y su padre, no había nadie en el mundo que le quisiera tanto; y que de no haber sido por ellos, él, que había quedado huérfano durante su tierna infancia, habría pasado el resto de su existencia sin una caricia, sin palabras de consuelo, y sin ese cariño que sólo pueden dar las personas que son de nuestra misma sangre. 
 
Pero también percibió que sus desequilibrados e irritados nervios estaban reaccionando como magnetos a los gritos y sollozos de aquella testaruda muchacha. Se dio cuenta de que nunca podría amar a una mujer robusta y saludable, fresca y sonrosada; pero le conmovía aquella Tania pálida, débil y desgraciada.

Kovrin sentía un gran placer al contemplar sus cabellos sedosos y sus redondeados hombros. Se acercó más a ella y le apretó la mano, mientras con su pañuelo enjugaba las lágrimas que se deslizaban por las sonrosadas mejillas. Por fin, Tania dejó de llorar. Pero siguió quejándose de su padre, censurando su conducta hacia ella, lamentándose de la vida que llevaba en aquella casa, tratando de que Kovrin comprendiese la situación en que se hallaba. 
 
Luego, poco a poco, empezó a sonreír, mientras afirmaba solemnemente que Dios la había castigado dándole aquel carácter tan impulsivo. Y al fin se echó a reír como una loca, se calificó a sí misma de atolondrada e inconsecuente y salió corriendo de la habitación.

Instantes después, Kovrin se dirigió al jardín. Igor Semionovich y Tania, como si nada hubiese pasado, paseaban abrazados por el césped, comiendo pan de centeno y sal. Ambos tenían mucha hambre.

Satisfecho por su papel de intermediario pacificador, Kovrin se dirigió al parque. Mientras se hallaba sentado en un banco, oyó el ruido de un carricoche y la risa de una mujer. De inmediato pensó que aquello significaba que llegaban nuevos visitantes. 
 
Las sombras cubrieron el jardín, y a lo lejos se podía oír algo confusamente la música de un violín, las risas de las mujeres y el alborozado jolgorio de los jóvenes participantes en aquella fiesta. Estos detalles le hicieron recordar al Monje Negro, pues fue en idénticas circunstancias cuando lo vio por primera vez. ¿A qué país, a qué planeta, habría ido aquel absurdo efecto óptico?

Trató de acordarse de aquella vez en que lo vio en el campo de centeno, detrás de los pinos situados en ese instante frente a él. De repente, y precisamente de los mismos pinos, emergió un hombre de mediana estatura, que caminaba lentamente sin hacer el más mínimo ruido. Sus cabellos grises estaban descubiertos, iba vestido de negro y tenía los pies descalzos como un mendigo. Su pálido y cadavérico rostro estaba cubierto de manchas negras. 
 
Después de saludarle con una gentil inclinación de cabeza, el extranjero o mendigo se dirigió al banco y se sentó en él. Kovrin se dio cuenta de inmediato de que era el Monje Negro. Durante un instante ambos se miraron; Kovrin, asombrado, pero el monje bondadosamente, aunque con una expresión taimada y astuta en su rostro.

–Pero si es un espejismo –dijo Kovrin–, ¿cómo es que está aquí, y cómo se sienta en este banco? Esto no está de acuerdo con la leyenda.

–Es lo mismo –respondió el monje con tono suave, volviendo su rostro hacia Kovrin–. La leyenda, el espejismo, yo mismo, todo no es más que el fruto de su imaginación exaltada. Yo soy un fantasma.

–¿Es decir –respondió Kovrin– que no existe?

–Piense lo que quiera –respondió el monje, sonriendo burlonamente–. Yo existo en su imaginación, y dado que su imaginación forma parte de la Naturaleza, es evidente que yo debo existir en la Naturaleza.

–Veo que su rostro demuestra inteligencia y distinción –dijo Kovrin–. Sin embargo, tengo la extraña impresión de que usted ha vivido más de mil años. No creía que mi imaginación fuera capaz de crear tal fenómeno. ¿Por qué me mira con tanto arrobamiento? ¿Acaso está satisfecho de haberme encontrado? ¿Le agrada mi persona?

–Sí; ya que es uno de los pocos a los que se puede llamar con toda justicia «un elegido de Dios». Usted siempre sirve y obedece a la verdad eterna. Sus pensamientos, sus intenciones, su elevada formación científica, su vida entera están marcados con el sello de la divinidad, una impronta celestial. Estas características están reservadas a lo racional y hermoso, es decir, al Eterno.

–Se refiere usted a la verdad eterna. Por consiguiente, ¿puede ser accesible y necesaria la verdad eterna para los hombres si no existe la vida eterna?

–Existe una vida eterna –respondió el monje.

–Por la forma en que me habla veo que cree en la inmortalidad de los hombres.

–Desde luego. A vosotros, los hombres, os espera un maravilloso y grandioso futuro. Y cuantos más hombres como usted tenga el mundo, más pronto llegará. Sin ustedes, ministros de los más altos principios, que viven libre y honradamente, la humanidad no sería nada; desarrollándose en su orden natural, debería esperar el fin de su vida terrena. 
 
-Pero usted ha acelerado en miles de años la llegada de este maravilloso futuro existente dentro del reino de la eterna verdad: y este es el grandioso servicio que ha sabido llevar a cabo. Usted lleva dentro de su ser aquella bendición de Dios que descansa sobre la gente buena, sobre los hombres de corazón limpio y puro.

–¿Y cuál es el objetivo de la vida eterna? –preguntó cada vez más intrigado Kovrin.

–El mismo que el de toda vida. La verdadera felicidad radica en el conocimiento, y la vida eterna presenta innumerables e inextinguibles fuentes de conocimientos. Fue en este sentido que Jesucristo dijo: «En la casa de mi Padre existen muchas moradas...»

–No puede hacerse una idea –respondió Kovrin– de la alegría tan grande que siento al oírle decir esas hermosas palabras.

–Me congratulo de ello.

–Sin embargo –respondió Kovrin– tengo la plena certeza de que apenas se marche, me veré atormentado por la incertidumbre en cuanto a su realidad. Usted es un fantasma, una alucinación. ¿Quiere decir que estoy físicamente enfermo, que mi estado no es normal?

–¿Y qué si lo está? Eso no debe preocuparle. Usted está enfermo porque ha sometido a una tensión excesiva sus poderes, porque ha ofrendado su salud en sacrificio a una idea, y está cerca el día en que sacrificará no solamente esto, sino también su vida. ¿Qué más puede desear? Es a lo que aspira todo ser noble y puro.

–Pero si estoy físicamente enfermo, ¿cómo puedo confiar en mí mismo?

–¿Y cómo sabe que todos los hombres geniales en quienes ha creído todo el mundo no han visto también visiones? Ser un genio es análogo a la demencia. Créame, las personas saludables y normales no son más que hombres ordinarios, vulgares, corrientes; un rebaño de ganado. Los temores a las enfermedades nerviosas, agotamiento y decrepitud sólo pueden tenerlos aquellos cuyos ideales en esta vida se basan en el presente; ese es el rebaño.

–Sin embargo –dijo Kovrin–, los romanos tenían por ideal aquello de mens sana in corpore sano.

–Todo lo que dijeron los romanos y los griegos no era verdad. Exaltaciones, aspiraciones, excitaciones, éxtasis, todas esas cosas que distinguen a los profetas, poetas y mártires de los hombres ordinarios, son incompatibles con la vida animal, es decir, con la salud física. Se lo repito, si quiere ser un hombre saludable y normal únase al rebaño.

–¡Qué extraño es que usted repita ahora cosas que yo pensé en tantas ocasiones! –dijo Kovrin–. Parece como si me hubiera estado espiando y hubiera llegado a enterarse de mis pensamientos secretos. Pero no hablemos de mí. ¿Qué me quiso decir con las palabras «verdad eterna»?

El monje no respondió. Kovrin le miró, pero no pudo ver su rostro. Sus formas se nublaron y desaparecieron; su cabeza y sus brazos se esfumaron; su cuerpo empezó a hacerse difuso, y llegó finalmente a confundirse con las sombras del crepúsculo.

–La alucinación se ha marchado –dijo riéndose Kovrin–. Es una verdadera lástima.

Volvió a la mansión, feliz y satisfecho. Lo que le había dicho el Monje Negro no sólo había halagado su amor propio, sino su espíritu, y todo su ser. ¡Qué ideal más glorioso era ser el elegido, ser ministro de la verdad eterna, poder formar en las filas de aquellos que se apresuraron durante cientos de años en entrar en el reino de Cristo, de aquellos que se sacrificaron para que la Humanidad fuese mejor, y se viera libre de pecado y de sufrimientos, el consagrarlo todo a un ideal, juventud, fuerza, salud, ¡morir por el bienestar de todos! 
 
Y cuando le vino a la mente su pasado, una vida casta y pura, consagrada completamente al trabajo, recordó todo lo que había aprendido y lo que había enseñado y, al final, tuvo que admitir que lo que le había dicho el Monje Negro no era más que la pura verdad. No, el monje aquel no había exagerado nada.

Atravesando el parque, corriendo a su encuentro, se acercaba Tania. Llevaba un vestido distinto al que le había visto la última vez.

–¿Ya regresó? –le gritó entusiasmada, pero con cierto asombro en su cristalina voz–. Estuvimos buscándole por todas partes... ¿Pero qué le ha ocurrido? –preguntó sorprendida, mirándole fijamente a los ojos, unos ojos en los que había un extraño y misterioso reflejo–. Le encuentro muy extraño.

–Estoy muy satisfecho, querida Tania –repuso Kovrin, mientras le ponía una mano sobre los hombros–. Bueno, en realidad, estoy más que satisfecho: ¡soy feliz! Tania, no encuentro las palabras exactas para decirte lo muy querida que eres para mí. Sí, Tania, estoy muy satisfecho; no puedes hacerte una idea de ello.

Besó ardorosamente sus manos, y continuó:

–Acabo de vivir los momentos más maravillosos, más felices, más encantadores de toda mi vida; algo que es imposible que pueda sucederle a un hombre sobre esta superficie terráquea... Pero no te lo puedo contar todo, ya que me tomarías por un loco, o te negarías a creerme. Deja que te hable de tu persona. Tania, te quiero. No sabes durante cuánto tiempo te he querido. El estar cerca de ti, el verte diez veces al día, ha llegado a convertirse en una necesidad para mí. No sé cómo voy a poder vivir sin ti cuando regrese a casa.

–No te creo –respondió Tania–. Estoy segura de que te olvidarás de nosotros a los dos días. Somos gente modesta, y tú eres un gran hombre.

–Estoy hablando en serio, Tania –le contestó Kovrin–. ¡Te llevaré conmigo! ¿Qué me contestas? ¿Vendrás conmigo? ¿Serás mía?

–¿Pero qué tonterías estás diciendo, Andrei? –dijo Tania, tratando de reír. Pero la risa no brotó de sus labios; en su lugar, se ruborizó. Empezó a respirar aceleradamente, y luego se puso a caminar con paso rápido por el parque–. No pienso, nunca he pensado en esto, nunca pensé que podría ocurrir esto –continuó Tania, juntando las manos como en un acto de desesperación.

Kovrin se acercó más a ella, y con aquella misma expresión extraña en su rostro, trató de convencerla, diciéndole apasionadamente:

–Yo anhelo un amor que tome posesión de todo mi ser, de toda mi alma; ¡y ese amor sólo tú puedes dármelo. ¡Soy feliz! ¡Cuán feliz soy!

Tania estaba asombrada y confusa, y no sabía qué decir. Fue tanta la emoción que le produjeron las palabras de Kovrin que parecía haber envejecido diez años. Pero Kovrin la vio más hermosa que nunca, y, arrastrado por la pasión que le dominaba, gritó como en éxtasis:

–¡Qué hermosa eres, querida Tania!

 
(CONTINUARÁ...)