Entradas

Mostrando las entradas etiquetadas como felicidad

Los dos hermanos - Lev Tolstói

     Éranse dos hermanos que viajaban juntos; al mediodía decidieron tumbarse bajo unos árboles del bosque para descansar.      Cuando se despertaron, vieron cerca de ellos una piedra sobre la que se podía leer esta inscripción:      Que quien se encuentre esta piedra camine por el bosque en dirección al Oriente; en el camino encontrará un río que deberá atravesar; a la otra orilla del río verá a una osa con sus ositos; deberá coger a esos ositos y subir a la montaña sin volverse. Allí encontrará una casa en la que encontrará la felicidad.      El hermano menor le dijo entonces al mayor:      —Vayamos juntos; tal vez podamos atravesar el río, coger los oseznos, llevarlos a la casa y encontrar la felicidad los dos.      El mayor le respondió:      —Yo no iré en busca de los osos y te aconsejo que tú no lo hagas. En primer lugar porque no puede saberse de dónde procede esta inscripción...

Vida Moderna - Eduardo Wilde

  Mi querido amigo: Por fin me encuentro solo con mi sirviente y la cocinera, una señora cuadrada de este pueblo, muy entendida en política y en pasteles criollos. Ocupo una casa vacía que tiene ocho habitaciones, un gran patio enladrillado y un fondo con árboles y con barro. Tengo dos caballos de montar y uno de tiro. Mi dotación de amigos es reducida; total: dos viejos maldicientes.  He traído libros y pa­so mi vida leyendo, paseando, comiendo y dur­miendo. Esto por sí sólo constituye una buena parte de la felicidad; el complemento - ¡quién lo creyera! ­se encuentra también a mi alcance, aquí, en este pueblo solitario y en esta casa medio arruinada y desierta ¡soy completamente feliz!  Básteme decirte que nadie me invita a nada, que no hay banquetes ni óperas ni bailes y, lo que parece mitológico en mate­ria de suerte, no tengo ni un bronce ni un mármol ni un cuadro antiguo ni moderno; no tengo vajilla ni cubiertos especiales para pescado, para espárragos, para ostras, ...

Los que se alejan de Omelas - Úrsula K. Le Guin

Con un clamor de campanas que impulsó a las golondrinas a levantar el vuelo, el Festival del Verano llegaba a la ciudad de Omelas, que descollaba radiante junto al mar. En el puerto, los aparejos de los barcos destellaban con banderas. En las calles, entre las casas de rojos tejados y pintadas tapias, entre los viejos jardines donde crece el musgo y bajo los árboles de las avenidas; frente a los grandes parques y los edificios públicos desfilaba la multitud.    Decorosos ancianos con largas túnicas rígidas malva y gris;  graves y silenciosos artesanos, alegres mujeres que llevaban a sus hijos y charlaban al caminar. En otras calles, la música sonaba más veloz, un trémulo de batintines y panderetas y la gente iba bailando; la procesión era una danza. Los niños correteaban de una parte a otra y sus gritos se alzaban sobre la música y los cantos como el vuelo cruzado de las golondrinas.    Todos los desfiles serpenteaban hacia el norte de la ciudad, donde en la gra...

Tellero Bo - Theodore Sturgeon

       Nunca había visto esa tienda, y yo vivía en la misma manzana, al doblar la esquina. Incluso puedo darles las señas, si las quieren. « Tellero Bo », entre las calles Veinte y Veintiuna, en la Décima Avenida de Nueva York. Podrán encontrarla si la buscan. Además, tal vez valga la pena el rato que pierdan. Pero harán mejor no yendo. «Tellero Bo». Me atrajo. Era una tiendecilla con un letrero deteriorado por la intemperie, colgado de un saliente de hierro, un letrero que crujía melancólicamente con el viento de finales de otoño. Pasé junto a la tienda, pensando en el anillo de compromiso que llevaba en el bolsillo y que acababa de devolverme Audrey, y mi mente estaba muy alejada de cualquier tienducha. Estaba pensando que Audrey podría haber usado un término más amable que «inútil» al describirme. Y que su retorcida observación de que yo era «un incompetente psicópata constitucional» era tan impertinente como espectacular. Ella debía de haberlo leído en alguna...