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Los dos hermanos - Lev Tolstói

     Éranse dos hermanos que viajaban juntos; al mediodía decidieron tumbarse bajo unos árboles del bosque para descansar.
     Cuando se despertaron, vieron cerca de ellos una piedra sobre la que se podía leer esta inscripción:
     Que quien se encuentre esta piedra camine por el bosque en dirección al Oriente; en el camino encontrará un río que deberá atravesar; a la otra orilla del río verá a una osa con sus ositos; deberá coger a esos ositos y subir a la montaña sin volverse. Allí encontrará una casa en la que encontrará la felicidad.
     El hermano menor le dijo entonces al mayor:
     —Vayamos juntos; tal vez podamos atravesar el río, coger los oseznos, llevarlos a la casa y encontrar la felicidad los dos.
     El mayor le respondió:
     —Yo no iré en busca de los osos y te aconsejo que tú no lo hagas. En primer lugar porque no puede saberse de dónde procede esta inscripción, que puede ser una trampa para los viajeros. En segundo lugar porque es muy probable que la hayamos leído mal y, en tercer lugar porque, aun admitiendo que todo sea verdad, pasaremos la noche en el bosque, no seremos capaces de hallar el río y nos perderemos. Y aun cuando lo hallásemos, ¿podríamos atravesarlo? Quizá sea demasiado ancho y la corriente muy rápida. Pero imagina que logremos pasarlo, ¿crees que será sencillo apoderarse de los ositos? La madre nos devorará. Por otra parte, aunque fuésemos capaces de apoderarnos de los oseznos, no nos sería posible escapar sin un descanso para escalar después la montaña. Por último, aquí no se especifica qué clase de dicha es la que podemos encontrar en aquella casa; puede ser una dicha inútil.
     El otro hermano replicó:
     —No soy de tu misma opinión. Eso no se escribió en la piedra sin un objeto, y el sentido de esa inscripción está muy claro y preciso. Y no correremos un gran peligro. Si no vamos nosotros, otro descubrirá la piedra y encontrará la felicidad que se nos brinda a nosotros ahora. Por otra parte, lo fácil no es agradable. Y yo no quiero pasar por un cobarde.
     Entonces habló el hermano mayor:
     —Conoces el proverbio —le dijo—, aquel que advierte: Quien todo lo quiere, todo lo pierde. O el otro que dice: Más vale pájaro en mano que ciento volando.
     El menor le replicó:
     —Y yo he oído decir: Quien teme a la hoja, no tendrá madera. Y aún más claro: Bajo la piedra inmóvil, no corre el agua. Pero ya es tarde y debo partir.
     El hermano menor se marchó y el mayor no quiso seguirlo.
     Un poco más lejos, en medio del bosque, el menor encontró el río, lo atravesó y junto a la orilla del otro lado vio a una osa que dormía; cogió a sus oseznos y echó a correr enseguida, sin detenerse, en dirección a la montaña.
     Nada más llegar a la cima, una multitud de personas salió a su encuentro, y lo llevó a la ciudad, donde fue proclamado zar.
     Reinó durante cinco años. Al sexto, otro soberano más fuerte que él le declaró la guerra, conquistó su ciudad y lo expulsó de allí.
Entonces el hermano menor anduvo por los caminos de nuevo hasta llegar a la casa de su hermano mayor.
     Este vivía pacíficamente en el campo, sin ninguna riqueza, pero sin que nada le faltara.
     Ambos fueron muy dichosos mientras se contaban sus vidas.
     —Ya ves —dijo el mayor— que estaba en lo cierto. Por mi parte, vivo y he vivido siempre sin preocupaciones. Tú, aunque fuiste zar, mira lo que te ha ocurrido.
     El menor le respondió:
     No lamento mis aventuras en el bosque, ni haber sido zar, ni siquiera haber sido destronado. Es cierto que ahora estoy mal, pero para embellecer mi vejez tengo un corazón lleno de recuerdos hermosos, mientras que tú no cuentas con nada.

Vida Moderna - Eduardo Wilde

 Mi querido amigo:

Por fin me encuentro solo con mi sirviente y la cocinera, una señora cuadrada de este pueblo, muy entendida en política y en pasteles criollos.

Ocupo una casa vacía que tiene ocho habitaciones, un gran patio enladrillado y un fondo con árboles y con barro. Tengo dos caballos de montar y uno de tiro. Mi dotación de amigos es reducida; total: dos viejos maldicientes. 

He traído libros y pa­so mi vida leyendo, paseando, comiendo y dur­miendo. Esto por sí sólo constituye una buena parte de la felicidad; el complemento - ¡quién lo creyera! ­se encuentra también a mi alcance, aquí, en este pueblo solitario y en esta casa medio arruinada y desierta ¡soy completamente feliz! 

Básteme decirte que nadie me invita a nada, que no hay banquetes ni óperas ni bailes y, lo que parece mitológico en mate­ria de suerte, no tengo ni un bronce ni un mármol ni un cuadro antiguo ni moderno; no tengo vajilla ni cubiertos especiales para pescado, para espárragos, para ostras, para ensalada y para postres; ni centros de mesa que me impida ver a los de enfrente; ni vasos de diferentes colores; ni sala ni antesala ni es­critorio ni alcoba ni cuarto de espera; todo es todo. 

Duermo y como en cualquier parte. El caballo de montar entra a saciar su sed al cuarto de baño, en la tina, antes que yo me bañe, con recomendación es­pecial de no beber de a poquitos, ni dejar gotear en la bañera el sobrante del agua que le queda en el hocico.

Recuerdo que cuando era niño conocí un señor viejo, hombre importante, acomodado, instruido y muy culto. Pues el viejo no tenía en su cuarto de recibo sino seis sillas, una mesa grande con pies torneados, gruesos y groseros, cubierta con una colcha usada, sobre la que estaba el tintero de plomo con tres agujeros en que permanecían a pique tres plumas de pato o ganso. 

Había además papeles, libros, tabaqueras, anteojos y naipes. De noche se reunían allí los hombres más notables del pueblo: el cura, el corregidor, el juez de letras, el tendero y otros ilustres habitantes. Allí se hablaba de la política, de la patria, de la moral y de filosofía, tópicos que ya no se usan. 

Concluida la tertulia el viejo se retiraba a su dormitorio en el que no había sino una cama pobre, una mesita ética, una silla de baqueta, un candelero de bronce con vela de sebo, una percha inclinada como la torre de Pisa, que se ladeaba más cuando colgaban en ella la capa de su dueño y, por todo adorno en las paredes, una imagen de San Roque, abogado de los perros.

A pesar de esta ausencia de mobiliario que escandalizaría hoy al más pobre estudiante, el viejo era muy considerado, muy respetado y vivía muy feliz; nada le faltaba.

¡Dime ahora lo que sería de cualquiera de nues­tros contemporáneos en tal desnudez! Cuando me doy cuenta de lo estúpido que somos, me da gana de matarme.

Por eso me gusta el poeta Guido Spano.

La semana pasada lo encuentro en la calle y le digo:

-¿Cómo le va? tanto tiempo que no lo veo; ¡usted habrá hecho también negocios!

-No -me contestó-, soy el hombre más feliz de la tierra; me sobra casa, me sobra cama, me sobra ropa, me sobra comida y me sobra tiempo; ¡no tengo reloj y no se me importa un comino de las horas!

Con tamaña filosofía ¡cómo no había de estar ese hombre contento!

En una ocasión me acuerdo haberlo visto en cama enfermo de reumatismo y tocando la flauta con un pequeño atril y un papel de música por de­lante. Nunca he sentido mayor envidia por el ca­rácter de hombre alguno.

A mí también, aquí en Río IV, me sobra todo, pero no tengo flauta, ni atril, ni sé música.

¿Sabes por qué me he venido? Por huir de mi casa donde no podía dar un paso sin romperme la crisma contra algún objeto de arte. La sala parecía un bazar, la antesala ídem, el escritorio, ¡no se diga!, el dormitorio o los veinte dormitorios, la despensa, los pasadizos y hasta la cocina estaban repletos de cuanto Dios crió. 

No había número de sirvientes que diera abasto. La luz no entraba en las piezas por causa de las cortinas; yo no podía sentarme en un sillón sin hundirme hasta el pescuezo en los elásti­cos; el aire no circulaba por culpa de los biombos, de las estatuas, de los jarrones y de la grandísima madre que los dio a luz. 

No podía comer; la comida duraba dos horas porque el sirviente no dejaba usar los cubiertos que tenía a la mano, sino los especiales para cada plato. Aquí como aceitunas con cuchara, porque me da la gana, y nadie me dice nada ni me creo deshonrado.

Mira, ¡no sabes la delicia que es vivir sin bronces! No te puedes imaginar cómo los aborrezco. Me han amargado la vida y me han hecho tomarle odio. Cuando era pobre, admiraba a Gladstone; me exta­siaba ante la Venus de Milo; me entusiasmaba por Apolo y me pasaba las horas mirando el cuadro de la Virgen de la Silla.

Ahora no puedo pensar en tales personajes sin encolerizarme. ¡Cómo no! Casi me saqué un ojo una noche que entré a oscuras a mi escritorio, contra el busto de Gladstone. Otro día la Venus de Milo me hizo un moretón que todavía me duele; me alegré de que tuviera el brazo roto. Después, por impedir que se cayera la Mascota, me disloqué un dedo en la silla de Napoleón en Santa Elena, un bronce pesadísimo, y casi me caí enredado en un tapiz del Japón.

Luego, todos los días tenía disgustos con los sirvientes.

Cada día había alguna escena entre ellos y los adornos de la casa.

-Señora - decía la mucama -, Francisco le ha roto un dedo a Fidias.

-¿Cómo ha hecho usted eso Francisco?

-Señora; si ese Fidias es muy malo de sacudir.

Otra vez dejaba Fidias de ser maltratado y apa­recía el busto de Praxíteles sin nariz. Francisco se la había echado abajo de un plumerazo; o bien le to­caba el turno a Mercurio, que se quedaba cojo de algún porrazo. Ya sabes que Mercurio tiene un pie en el aire.

Bismarck, el rey Guillermo y Moltke, en barro pintado, se han escapado hasta ahora casi ilesos, gracias a que su pequeña estatura les permite escon­derse tras del reloj de la sala. Pero un gran elefante de porcelana cargado de una torre, pierde cada ocho días la trompa que le vuelven a pegar con goma.

Otro día, se le ocurre al mismo Francisco limpiar con kerosene el cuadro del Descendimiento.

En fin, he pasado estos últimos años en cuidar jarrones, cortinas, cuadros, relojes, candelabros, arañas, bronces y mármoles, y en echar gallegos la calle con plumero y todo para que vayan a romperle las narices a su abuela.

No te puedes imaginar los tormentos que he su­frido con mis objetos de arte; bástame decirte que muchas veces al volver a mi casa he deseado, en el fondo de mi alma, encontrarla quemada y hallar fundidos en un solo lingote a Cavour, a la casta Su­sana, al Papa Pío nono, a madama Recamier y otros bronces notables de mi terrible colección.

¿Y las flores, las macetas, los ramos, los árboles enteros que mandan a casa y que la señora coloca en mi estudio como si tal cosa? El patio es un bosque; creo que hay en él toda la flora y fauna argentinas: leones, tigres y millones de sabandijas. 

Los cactus no me dejan ir a mi cuarto, me enredo en los hele­chos y unos malditos arbustos que hay con puntas y que están ahora de moda, tienen obstruida la puerta del comedor al cual no se puede entrar sin careta, a menos de exponerse a perder un ojo. Ya estuve a punto de quedarme tuerto, a causa de un alisum espinosum.

Mire Juan -le dije al portero-: al primero que venga aquí con árboles, con bronces o con vasijas de loza, péguele un balazo. Ya no hay donde poner nada. Para pasar de una pieza a otra es necesario volar. 

Uno de mis amigos, muy aficionado a los adornos, ha tenido que alquilar una barraca para depositar sus estatuas y sus cuadros. Yo tengo una estatua de la caridad que es el terror de cuantos me visitan; no sé qué arte tiene para hacer que tropiecen con ella. 

En casa de otro amigo se perdió hace poco una criatura que había ido con su mamá. Cuando ésta quiso retirarse se buscó al niño en todas partes sin hallarlo; al fin se oyó un llanto lastimero que pa­recía venir del techo y voces que decían: ¡aquí estoy! ¡aquí estoy! El pobre niño se había metido en un rincón del que no podía salir porque le cerraban el paso un chifonier, dos biombos, una ánfora de no sé donde, los doce Pares de Francia, ocho caballeros cruzados, un camello y Demóstenes de tamaño na­tural, en zinc bronceado.

¡Vaya usted a limpiar una casa así! Lo primero que se me ocurre al entrar a un salón moderno es pensar en un buen remate o en un terremoto que simplifique la vida.

Tengo intención de pasar aquí una temporada, y estaría del todo contento si no fuera la espantosa expectativa de volver a mi bazar. Algunas noches sueño con mis estatuas y creo que, sabiendo ellas el odio que les tengo, me pagan en la misma moneda y me atacan en mi cama. 

Hasta he pensado alguna vez en fingirme loco y arrojar a la calle por la ventana los bustos de los hombres más célebres, los cua­dros, las macetas, las arañas y los espejos. En fin, tengo un consuelo: no ocurre casamiento, cumplea­ños o bautismo en casa de amigos, que no me proporcione el placer de soltarle al beneficiado algún león de alabastro, un oso de bronce o los gladiado­res de hierro antiguo. ¡A incomodar a otra parte y allá se las avenga el novio, el bautizado o el que festeja un aniversario!

Excuso decirte que cuando un sirviente torpe echa abajo un armario lleno de loza y cristales, no quepo en mi de contento.

Escríbeme pronto y no te olvides de comuni­carme en el acto, si por acaso quiebra la casa de La­coste o la de algún otro bandolero de su estirpe.

Te recomiendo, además, que si puedes hacerme robar durante mi ausencia algunos pedestales con sus correspondientes bustos, varios cuadros y todos los muebles de mi escritorio, no dejes de hacerlo.

Sobre todo, por favor, hazme sustraer las pal­meras que obstruyen los pasadizos y el alisum espi­nosum que está en la puerta del comedor y al cual profeso la más corrosiva ojeriza.

En el último caso puedes recurrir al incendio. ¡Te autorizo! Tu amigo,

BALDOMERO TAPIOCA

 

 

P. D. Si el día 1 ° de Año me mandan tarjetas de felicitación, cartas o telegramas, toma todo ello del escritorio, haz un paquete y mándalo a Francia, diri­gido al presidente Carnot, con una carta insultante, diciéndole que su nación tiene la culpa de que, a más de todas las mortificaciones criollas que so­portamos, tengamos todavía que aguantar la moda francesa de las felicitaciones del año nuevo.

Los que se alejan de Omelas - Úrsula K. Le Guin

Con un clamor de campanas que impulsó a las golondrinas a levantar el vuelo, el Festival del Verano llegaba a la ciudad de Omelas, que descollaba radiante junto al mar. En el puerto, los aparejos de los barcos destellaban con banderas. En las calles, entre las casas de rojos tejados y pintadas tapias, entre los viejos jardines donde crece el musgo y bajo los árboles de las avenidas; frente a los grandes parques y los edificios públicos desfilaba la multitud.   

Decorosos ancianos con largas túnicas rígidas malva y gris;  graves y silenciosos artesanos, alegres mujeres que llevaban a sus hijos y charlaban al caminar. En otras calles, la música sonaba más veloz, un trémulo de batintines y panderetas y la gente iba bailando; la procesión era una danza. Los niños correteaban de una parte a otra y sus gritos se alzaban sobre la música y los cantos como el vuelo cruzado de las golondrinas.   

Todos los desfiles serpenteaban hacia el norte de la ciudad, donde en la gran vega llamada Verdes Campos, chicos y chicas, desnudos en el luminoso aire, con los pies, los tobillos y los largos y ágiles brazos salpicados de lodo ejercitaban a sus inquietos  caballos antes de la carrera. Los caballos no llevaban ningún tipo de pertrecho, sólo un ronzal sin bocado. Las crines trenzadas con cordones de plata, oro y verde. Resoplaban por los dilatados ollares, hacían cabriolas y se engallaban. Al ser el caballo el único animal que había adoptado nuestras ceremonias como propias, se hallaba muy excitado. 

A lo lejos, por el norte y el oeste, las montañas se alzaban sobre la bahía de Omelas casi envolviéndola. El aire de la mañana era tan límpido que la nieve, coronado aún los Ocho Picos, despedía reflejos oro y blanco a través de las millas de aire iluminado por el sol, bajo el azul profundo del cielo.

Soplaba el suficiente viento como  para que  los gallardetes que marcaban el curso de la carrera ondearan y chasquearan de vez en cuando. En el silencio verde de la amplia vega se oía la música que  recorría las calles de la ciudad, y de todas partes y acercándose siempre, una alegre fragancia de aire que de vez en cuando se acumulaba y estallaba con el gozoso repique de las campanas.

¡Gozoso! ¿Cómo se puede explicar el gozo? ¿cómo describir a los habitantes de Omelas?

No eran personas simples, aunque si felices. Pero no pronunciaremos mas palabras de alabanza. Todas las sonrisas se han vuelto arcaicas. Al proceder a una descripción como ésta, uno tiende a hacer ciertas suposiciones, a dar la impresión de que busca un rey montado en un espléndido corcel y rodeado de nobles caballeros, o quizás en una litera dorada conducida por altos y musculosos esclavos. Pero no había rey. No usaban espadas ni poseían esclavos. No eran bárbaros. Desconozco las reglas y leyes de su sociedad pero sospecho que eran singularmente escasas. 

Al igual que se regían sin monarquía ni esclavitud, tampoco  necesitaban la bolsa de valores, la publicidad, la policía secreta y la bomba. Sin embargo, repito que no era un pueblo simple; nada de dulces pastores, nobles salvajes ni blandos utópicos, ni menos complejos que nosotros. El mal estriba en que nosotros poseemos malos hábitos, animados por pedantes y sofisticados empeñados en considerara la felicidad como algo estúpido. 

Sólo el dolor es intelectual. Sólo el mal es interesante. Es la traición del artista: la negativa a admitir la banalidad del mal y el terrible fastidio del dolor. Si no puedes morder no enseñes los dientes. Si duele, vuelve a dar. Pero alabar el desespero es condenar el deleite; aceptar la violencia es perder la libertad para todo lo demás. 

Nosotros casi la hemos perdido; ya no podemos describir la felicidad de un hombre ni manifestar una alegría. ¿Cómo definir al pueblo de Omelas? No eran cándidos ni niños felices - aunque a decir verdad, sus hijos si lo eran - sino adultos maduros, inteligentes, apasionados, cuya vida no era desventurada. ¡Oh milagro!   Mas, ¡ojalá supiera explicarlo mejor y convencerles! Omelas produce la impresión según mis palabras, de un país de un cuento de hadas: érase una vez hace mucho tiempo. 

Quizá fuera mejor que se lo imaginaran según su propia fantasía, teniendo en cuenta que me pondría a la altura de las circunstancias, pues lo que si es cierto es que no puedo armonizar con todos. Por ejemplo, ¿qué pasaba con la tecnología? Creo que no había coches ni helicópteros ni en las calles ni por encima de ellas, como lógica consecuencia de que el pueblo de Omelas era feliz. La felicidad se basa en una justa discriminación de lo que es necesario, de lo que no es ni necesario ni destructivo y de lo que es destructivo. 

Sin embargo, en la categoría intermedia - la de lo innecesario pero no destructivo, la del confort, lujo, exuberancia, etc. -, podían perfectamente poseer calefacción central, ferrocarriles subterráneos, máquinas lavadoras y toda clase de maravillosos ingenios que aún no se han inventado aquí; fuentes luminosas flotantes, poder energético, una cura para los catarros comunes o nada de eso; no importa, como lo prefieran.

Me inclino a pensar que las personas que han estado viniendo a Omelas desde todos los puntos de la costa durante estos últimos días antes del Festival, lo hicieron en pequeños trenes muy rápidos y en tranvías de dos pisos, y que la estación de ferrocarriles de Omelas es el edificio más bello de la ciudad, aunque más sencillo que el magnífico Mercado Agrícola. 

Pero aún, concediendo que hubiera trenes, temo que, hasta ahora, Omelas produzca en algunos de mis lectores la impresión de una ciudad gazmoña y cursilona. Sonrisas, campanas, desfiles caballos, garambainas. En tal caso, agreguen una orgía. Si les sirve una orgía no vacilen. No obstante, no le pongamos templo que, con hermosos sacerdotes y sacerdotisas desnudos, casi en éxtasis, se hallen dispuestos a copular con quien sea, hombre o mujer, amante o extraño, por el deseo de unión con la profunda divinidad de la sangre, aunque ésa fue mi primera idea. 

Pero sería mejor no levantar templos en Omelas, por lo menos templos habitados. Religión, sí. Clero, no. Por supuesto, los hermosos desnudos pueden deambular ofreciéndose como divinos suflés al hambriento del éxtasis de la carne. Que se incorporen a los desfiles. Que repiquen las panderetas sobre las cópulas y la gloria del deseo se proclame sobre los batintines y (un punto muy importante) que los vástagos de esos deliciosos rituales sean amados y atendidos por todos.  

Sé que en Omelas hay algo que nadie considera delito. Pero, ¿Que puede ser? Al principio pensé si no serían las drogas, pero eso es puritanismo. Para los que les gusta, la tenue y persistente fragancia del drooz perfuma las calles de la ciudad; el drooz, que al principio otorga una gran lucidez mental y fuerza a los miembros, y finalmente maravillosas visiones con las que penetras en los misterios y secretos más profundos del universo a la vez que excita el placer del sexo hasta lo indecible; y no crea hábito.   

En cuanto a los gustos más modestos, creo que debería ser la cerveza. ¿Qué otra cosa incumbe a la jubilosa ciudad? Sin dudad, la sensación de la victoria, la evocación del valor. Sin embargo, si suprimimos al clero, procedamos igual con los soldados. El júbilo que se erige sobre crímenes impunes no es verdadero júbilo; nunca lo será; es horrendo e inútil. Una satisfacción ilimitada y generosa, un magnífico triunfo que se experimenta no contra un enemigo de fuera, sino por la comunión de las almas más delicadas y hermosas de todos los hombres y el esplendor del verano del mundo es lo que inunda el corazón de los habitantes de Omelas y la victoria que celebran es la de la vida. En realidad, no creo que necesiten drogarse.

Casi todos los desfiles habían llegado ya a los Verdes Campos. Un delicioso aroma de manjares surge de las tiendas rojas y azules de los abastecedores. Las caras de los niños pequeños están llenas de graciosos pringues; en la afable barba gris de un hombre, se han enredado unas cuantas migas de un rico pastel. 

Los muchachos y muchachas han montado en sus caballos y comienzan a agruparse en la línea de salida. Una anciana, pequeña, gorda y sonriente, distribuye flores que saca de una cesta y un joven alto las prende en su cabello. Un niño de nueve o diez años se sienta al borde de la multitud, solo, jugando con una flauta de madera. La gente se detienes a escuchar y sonríe, pero no le hablan pues nunca deja de tocar ni tampoco los ve; sus ojos negros están totalmente absortos en la dulce y tenue magia de la melodía.

Termina y lentamente alza las manos sosteniendo la flauta de madera.

Como si ese breve y reservado silencio fuese una señal, se oye de pronto el toque de una corneta que surge del pabellón junto a la línea de partida: imperioso, melancólico, penetrante. Los caballos se alzan sobre sus esbeltas patas traseras y algunos relinchan como respuesta. Con semblante  sereno, los jóvenes jinetes acarician el cuello de sus monturas y las calman susurrando: <<Tranquilo, tranquilo, no te preocupes, todo saldrá bien, mi beldad, mi ilusión…>>  Ocupan sus puestos en la línea de salida. A lo largo de la pista, los espectadores son como un campo de hierba y flores al viento. El Festival de Verano ha comenzado.

¿Lo creen? ¿Aceptan el festival, la ciudad, la alegría? ¿No? Entonces, permítanme que lo describa una vez más.

En el subsuelo de uno de los hermosos edificios públicos de Omelas, o tal vez en el sótano de una de sus espaciosas casas particulares hay un lóbrego cuartucho. Tiene una puerta cerrada con llave y carece de ventanas. Una tenue luz se filtra polvorienta entre las rendijas de la carcomida madera y que procede de un ventanuco cubierto de telarañas de algún lugar del otro lado del sótano.   

En un ángulo del cuchitril un par de fregonas, con las bayetas tiesas, pestilentes, llenas de grumos, están junto a un balde oxidado. El suelo está sucio, pegajoso como es habitual en un sótano abandonado. El cuarto tiene tres pies de largo por dos de ancho: un simple armario para guardar las escobas y los enseres en desuso. 

En el cuarto hay un niño sentado. Podría ser un niño o una niña. Aparenta unos seis años pero en realidad tiene casi diez. Es retrasado mental. Tal vez nació anormal o se ha vuelto imbécil por el miedo, la desnutrición y el abandono.  Se hurga la nariz y de vez en cuando se manoseo los dedos de los pies o los genitales mientras se sienta encorvado en el rincón más alejado del balde y de las bayetas. Les tiene miedo. Las encuentra horribles. Cierra los ojos pero sabe que las fregonas siguen ahí, erguidas, y la puerta esta cerrada y nadie acudirá. 

La puerta siempre esta cerrada y nunca viene nadie salvo en ciertas ocasiones - la criatura no tiene noción del tiempo y los intervalos - en que la puerta cruje espantosamente, se abre y asoma una o varías personas. Entra una sola y de un puntapié  le obliga a levantarse. Los otros jamás se le acercan sino que lo observan con ojos de horror y asco. La escudilla de comida y el jarro de agua se llenan rápidamente, se cierra la puerta, los ojos desaparecen.

La gente que está en la puerta nunca habla pero  el niño, que no siempre ha vivido en el cuarto de los trastos y recuerda la luz del sol y la voz de su madre, a veces habla: <<Por favor, sáquenme de aquí. Seré bueno.>> Jamás le responden. Por las noches el niño gritaba pidiendo auxilio, gritaba muchísimo, pero ahora se limita a un débil quejido y cada vez habla menos. 

Está tan flaco que las piernas carecen de pantorrillas y tiene el vientre hinchado; solo se alimenta una vez al día con media escudilla de gachas con sebo. Va desnudo. Las nalgas y muslos son una masa de dolorosas llagas pues continuamente está sentado sobre su propio excremento.

Todos saben que existe, todo el pueblo de Omelas. Algunos han ido a verlo, otros se  contentan únicamente con saber que está allí. Todos saben que tiene que estar. Algunos comprenden la razón, otros no pero ninguno ignora que su felicidad, la belleza de su pueblo, la ternura de sus amigos, la salud de sus hijos, la sabiduría de sus becarios, la habilidad de sus artesanos, incluso la abundancia de sus cosechas o el esplendor de su cielo dependen por completo de la abominable miseria de ese niño.

Se lo explican a los niños de ocho a diez años, siempre que estén capacitados para comprender, y casi todos los que van a verle son adolescentes, aunque con cierta frecuencia también un adulto acude y vuelve para ver al niño. Por muy bien que se lo expliquen, al verlo experimentan un asco que habían creído superar. 

A pesar de todas las explicaciones se les advierte furiosos, ultrajados, impotentes. Quisieran hacer algo por el niño, pero todo es inútil. ¡Qué hermoso sería si sacaran al sol a esa criatura, la limpiaran, le dieran de comer, la cuidasen. ¡Pero si alguien lo hiciera, ese día y a esa hora, toda la prosperidad, la belleza y la dicha de Omelas quedarían destruidas.

Esas son las condiciones. Cambiar todo el bienestar y la armonía de cada vida de Omelas por esa sola y pequeña rehabilitación: acabar con la felicidad de millares a cambio de la posibilidad de hacer feliz a uno: pero eso sería, por supuesto, reconocer la culpa, admitir el delito.

Las condiciones son estrictas y terminantes; no debe dirigirse al niño una sola palabra amable.

A veces los jóvenes regresan a sus casas llorando o con una furia sin lágrimas cuando han vista al niño y se han enfrentado a esa terrible paradoja. Tal vez meditan sobre ello, semanas y años, pero a medida que transcurre el tiempo comienzan a darse cuenta de que aunque soltaran al niño, de poco le serviría su libertad; sin duda, una ligera, vaga satisfacción por el cuidado humano y el alimento, pero muy poco mas. 

Se halla demasiado degradado e imbécil para comprender la auténtica felicidad. Ha estado asustado demasiado tiempo para librarse del miedo. Sus costumbres son demasiado zafias e inciviles para que responda al trato humano. En efecto, después de tanto tiempo probablemente se sentiría  infortunado sin los muros que lo protegen, sin la oscuridad para sus ojos, sin el propio excremento para sentarse.

Sus lágrimas, ante la amarga injusticia, secan cuando empiezan a percibir la terrible justicia de la realidad y acaban aceptándola. Sin embargo, tal vez sus lágrimas y su rabia, el intento de su generosidad y la aceptación de su propia impotencia son la verdadera causa del esplendor de sus vidas. Su felicidad no es vacua e irresponsable. Saben que ellos, como el niño, no son libres. Conocen la compasión. 

La existencia del niño y el conocimiento de esa existencia hacen posible la elegancia de su arquitectura, el patetismo de su música, la profundidad de su ciencia. A causa del niño son tan amables con los niños. Saben que si ese desdichado no lloriquease en la oscuridad, el otro, el flautista, no tocaría esa alegre música mientras los jóvenes jinetes se ponen en filas sobre sus beldades para la carrera que se celebra la primera mañana de estío.

¿Que piensan ahora de ellos?   ¿No son más dignos de crédito? Pero todavía tengo algo más que contarles, y esto es totalmente increíble.

A veces, un adolescente, chico o chica que va a ver al niño, no regresa a su casa para llorar o enfurecerse, no , en realidad no vuelve más a su hogar. Otras, un hombre o mujer de mas edad cae en un mutismo absoluto durante unos días.  Bajan a la calle, caminan solos y cruzan sin vacilar las hermosas puertas de Omelas. 

Siguen andando por las tierras de labrantío. Cada uno va solo, chico o chica, hombre o mujer. Anochece; el caminante pasa por las calles de la ciudad, ante las casas de ventanas iluminadas, y penetra en la oscuridad de los campos. Siempre solos, se dirigen al Oeste o al Norte, hacia las montañas. Prosiguen. Abandonan Omelas, siempre adelante, y no vuelven. 

El lugar adonde van es aún menos imaginable para nosotros que la ciudad de la felicidad. No puedo describirlo, en absoluto. Es posible que no exista. Pero parece que saben muy bien adónde se dirigen los que se alejan de Omelas.

Tellero Bo - Theodore Sturgeon

     Nunca había visto esa tienda, y yo vivía en la misma manzana, al doblar la esquina. Incluso puedo darles las señas, si las quieren. «Tellero Bo», entre las calles Veinte y Veintiuna, en la Décima Avenida de Nueva York. Podrán encontrarla si la buscan. Además, tal vez valga la pena el rato que pierdan.

Pero harán mejor no yendo.

«Tellero Bo». Me atrajo. Era una tiendecilla con un letrero deteriorado por la intemperie, colgado de un saliente de hierro, un letrero que crujía melancólicamente con el viento de finales de otoño. Pasé junto a la tienda, pensando en el anillo de compromiso que llevaba en el bolsillo y que acababa de devolverme Audrey, y mi mente estaba muy alejada de cualquier tienducha. Estaba pensando que Audrey podría haber usado un término más amable que «inútil» al describirme. Y que su retorcida observación de que yo era «un incompetente psicópata constitucional» era tan impertinente como espectacular. Ella debía de haberlo leído en alguna parte, compensada como estaba esa observación por «¡Y yo no me casaría contigo aunque fueras el último hombre de la Tierra!», que es una frase notablemente gastada.

—¡Tellero Bo! —murmuré, y luego me detuve, preguntándome dónde había visto esas curiosas sílabas con las que me expresaba.

Las había visto en el letrero, claro, y habían atraído mi atención. «¿Qué puede ser esa tienda?», me pregunté. Yo mismo repliqué prontamente: «Ni idea. Vuelve y echa un vistazo». Y eso hice, desande la acera este de la Décima Avenida, pensando qué clase de hombre sería el propietario de un establecimiento así y a qué negocio se dedicaba. El segundo punto me lo aclaró un letrero del escaparate, simplemente oscurecido por el polvo y las cenizas de aparentes siglos, que decía:

 

VENDEMOS BOTELLAS

 

Había otra línea con letras más pequeñas. Froté el incrustado vidrio con la manga y finalmente logré ver:

 

Esto mismo:

Con cosas dentro.

VENDEMOS BOTELLAS Con cosas dentro.

 

Bien, por supuesto, entré. A veces hay cosas deliciosas dentro de las botellas, y tal como me encontraba yo, podía soportar algo que fuera un poco delicioso.

—¡Ciérrela! —chilló una voz cuando empujé la puerta.

La voz provenía de un reluciente huevo que flotaba detrás del mostrador. Al observarlo vi que no era un huevo, sino la calva cabeza de un viejo aferrado al borde del mostrador, con su flacucho cuerpo empujado por la suave corriente que se colaba por la abierta puerta, como si estuviera hecho de burbujas. Un poco sorprendido, cerré la puerta con el tacón. El viejo cayó de bruces al instante, y se puso trabajosamente en pie, sonriendo.

—Ah, me alegra verle otra vez —dijo con áspero tono.

Creo que también sus cuerdas bucales estaban oxidadas. Todo lo que había allí lo estaba. Cuando se cerró la puerta me sentí como si estuviera dentro de un gran cerebro oxidado que acababa de cerrar los ojos. Oh, sí, había bastante luz. Pero no se trataba de la luz de la lámpara, ni de luz diurna. Era... igual que la luz reflejada por las mejillas de gente pálida. No puedo decir que me gustara mucho.

—¿Por qué dice «otra vez» —pregunté irritado—. Usted no me ha visto nunca.

—Le he visto al entrar. Caí, me levanté y le vi otra vez —se evadió el viejo, y rebosaba de alegría—. ¿Qué puedo hacer por usted?

—Oh —dije yo—. Bien, he visto su letrero. ¿Qué tiene en una botella que me pueda gustar?

—¿Qué desea?

—¿Qué tiene?

El viejo inició un aflautado cántico. Todavía lo recuerdo, palabra por palabra.

 

Por medio billete, un poco de suerte

o una botella de buena estrella

o un frasco de alegría, o Myrna Loy

para almorzar con excelente ternera.

 

Sírvase un vaso de esta vieja jarra

y nunca con la lluvia se mojará.

Botellas de sonrisas y para ganar carreras

y lociones con las que los dolores calmará.

 

Botellas de duendes y frescos gorgojos

de un marque ningún hombre ha visto

y la savia de la siringa de Pan

y un elixir con que el miedo disipo.

 

Con el cuerno en polvo de un unicornio

podrá conseguir buena compañía,

magníficas influencias, un buen empleo...

¡A precio de ganga, hoy es su día!

 

—¡Alto, un momento! —espeté—. ¿Pretende decir que vende sangre de dragón, tinta de la pluma del fraile Bacon y todo ese galimatías?

El viejo asintió rápidamente y una sonrisa llenó su increíble cara.

—¿Artículos genuinos? —proseguí.

Él continuó asintiendo. Le miré un momento.

—¿Pretende seguir así, con los dientes fuera de la boca y su pelada cara delante de mí, diciéndome que hoy y ahora, en esta ciudad y a plena luz del día, vende esa basura? ¿Y espera que yo... yo, un instruido intelectual...?

—Usted es muy estúpido, y doblemente pomposo —dijo serenamente el viejo.

Le miré ferozmente y alargué la mano hacia el pomo de la puerta..., y ahí me quedé paralizado. Y lo digo en serio. Porque el viejo sacó de pronto un viejo pulverizador y me roció dos veces cuando yo daba media vuelta. Y que me muera si no digo la verdad, ¡no podía moverme! Podía maldecir, eso sí, y vaya si lo hice.

El propietario saltó el mostrador y corrió hacia mí. Debía de haber estado de pie sobre una caja, porque vi que apenas medía un metro de estatura. Se agarró a los faldones de mi frac, trepó por mi espalda y se deslizó por mi brazo, que estaba extendido hacia la puerta. Se sentó en mi muñeca, hizo oscilar sus pies y se rió de mí. Por lo que yo notaba, el viejo no pesaba absolutamente nada.

Cuando agoté mi irreverencia (me enorgullezco de no repetir jamás una frase insultante), el viejo dijo:

—¿Prueba eso algo para usted, mi engreído y tonto amigo? Eso era el aceite esencial del cabello de las Gorgonas. Y hasta que no le dé un antídoto, ¡permanecerá aquí a partir de ahora hasta dentro de una semana, hasta el máximo martes!

—¡Sáqueme de aquí —rugí— o le soplaré tan fuerte que perderá los sesos por los poros de los pies!

El viejo se echó a reír.

Traté de librarme otra vez y no pude. Parecía que mi epidermis se había convertido en acero al carbono. Empecé a maldecir de nuevo, pero desistí por desesperación.

—Tiene un alto concepto de su persona —dijo el propietario de Tellero Bo—. ¡Mírese! Vaya, yo no lo contrataría para que me lavara el escaparate. Usted espera casarse con una mujer acostumbrada al mínimo bienestar animal y después se disgusta porque ella le rechaza. ¿Por qué le rechaza ella? Porque usted jamás conseguirá un empleo. Usted es un inútil. Un holgazán. Je, je! Y tiene el descaro de ir por ahí poniendo a la gente en su sitio. Bien, si yo estuviera en su situación pediría educadamente que me soltaran y luego comprobaría si alguna persona de esta tienda tiene la bondad de venderme una botella llena de algo que sirva de ayuda.

Jamás me excuso con nadie, nunca doy un paso atrás y no acepto una sola patraña de simples comerciantes. Pero este caso era distinto. Jamás me habían petrificado, ni me habían echado en cara tantas verdades irritantes. Me calmé.

—Vale, vale, suélteme pues. Compraré algo.

—Su tono es malhumorado —dijo muy complacido mientras caía suavemente al suelo y preparaba su pulverizador—. Tiene que decir, «Por favor, se lo suplico».

—Se lo suplico —dije, casi asfixiado por la humillación.

El viejo volvió al mostrador y regresó con unos polvos envueltos que me dio a oler. A los pocos instantes empecé a sudar, y mis extremidades perdieron la rigidez con tanta rapidez que estuve a punto de caer. Habría estado tumbado de espaldas si el viejo no me hubiera llevado solícitamente hasta una silla. Mientras la fuerza volvía poco a poco a mis conmocionados tejidos, pensé que podía aplastar la nariz de aquel diablillo por haberme hecho esa jugarreta. Pero un algo extraño me detuvo..., extraño porque nunca había tenido esa experiencia. Era simplemente la idea de que, en cuanto saliera de la tienda, estaría de acuerdo con el viejo por tener tan pobre opinión de mi persona.

Él no estaba preocupado. Tras frotarse las manos animadamente, volvió a sus estantes.

—Bien, veamos... ¿Qué será lo mejor para usted, me pregunto? Hum... Éxito es algo que no puede justificar. ¿Dinero? No sabe cómo gastarlo. ¿Un buen empleo? No está capacitado para ninguno.

Volvió sus apacibles ojos hacia mí y meneó la cabeza.

—Triste caso. Qué pena, qué pena.

Yo no sabía dónde meterme.

—¿Una compañera perfecta? Nanay. Usted es demasiado estúpido para reconocer la perfección, demasiado vanidoso para apreciarla. No creo que yo pueda... ¡Espere!

Cogió rápidamente cuatro o cinco botellas y potes de la infinidad de estanterías y desapareció en alguna parte de los oscuros escondrijos de la tienda. De inmediato oí ruido de violenta actividad. Tintineos y suaves estrépitos. Agitar de líquidos. El rápido y susurrante chirrido de un mortero y su mano. El fangoso sonido de un líquido añadido a un ingrediente seco sin dejar de revolverlo. Y por fin, tras un silencio bastante prolongado, el gorgoteo de un líquido al entrar en una botella a través de un embudo con filtro. El propietario de la tienda reapareció con aire de triunfo con una pequeña botella sin etiqueta.

—¡Esto servirá! —dijo muy alegre.

—¿Para qué?

—¡Hombre, para curarle!

—Curar... —Mi pomposa actitud, como decía Audrey, se había recuperado mientras el viejo preparaba la mezcla—. ¿Por qué habla de curar? ¡No tengo nada!

—Mi querido niñito —dijo ofensivamente el propietario—. Algo debe tener, ciertamente. ¿Es feliz? ¿Alguna vez ha sido feliz? No. Bien, yo arreglaré todo eso. Es decir, le ofrezco el punto de partida que usted precisa. Como cualquier otra cura, requiere su cooperación.

»Va por mal camino, joven amigo. Padece lo que en la profesión se denomina metempsicosis retrogresiva del ego en su forma más maligna. Incapacitado constitucional para tener un empleo. Sociófago total. No me gusta. Usted no gusta a nadie.

—¿Q-qué pretende hacer? —tartamudeé, con la sensación de hallarme en una zona sometida a intenso bombardeo.

El viejo me tendió la botella.

—Vuelva a casa. Métase solo en una habitación, cuanto más pequeña mejor. Beba esto, en la misma botella. Aguarde acontecimientos. Eso es todo.

—Pero..., ¿de qué me servirá eso?

—A usted de nada. Será de gran utilidad para su persona. Tanta utilidad como usted quiera. Pero escúcheme bien. Mientras lo use para mejorar, todo irá bien. Úselo para satisfacer sus deseos, como base para alardear, o para vengarse, y sufrirá enormemente. Recuérdelo.

—Pero ¿qué es esto? ¿Cómo...?

—Estoy vendiéndole un talento. Usted no tiene ninguno ahora. Cuando descubra qué clase de talento es, dependerá de usted usarlo en provecho propio. Ahora, váyase. Continúa sin gustarme.

—¿Qué le debo? —murmuré, totalmente derrotado.

—La botella contiene el precio. Usted no pagará un centavo a menos que no siga mis instrucciones. Ahora va a marcharse..., ¿o debo destapar una botella de jinn? Y no me refiero a ginebra...

—Me iré —dije. Había visto algo que se agitaba en las profundidades de un garrafón, en un extremo del mostrador, y no me gustaba un pelo—. Adiós.

—Osadi —contestó él.

Salí, seguí la Décima Avenida, me metí por la calle Veinte y en ningún momento volví la vista atrás. Y por muchas razones me arrepiento ahora de no haberlo hecho, porque había algo muy extraño, sin duda alguna, en Tellero Bo, en aquella tienda.

No me calmé hasta que volví a casa. Pero en cuanto tuve una taza de café italiano en el estómago me sentí mejor. Finalmente, me mostré escéptico respecto al incidente. En realidad sentía la tentación de burlarme. Pero curiosamente no quería burlarme en voz demasiado alta. Observé la botella con cierto desdén, y el vidrio tenía un algo que parecía devolverme la mirada. La olí y la tiré detrás de unos viejos sombreros, en el estante superior del armario, y luego me senté para relajarme. Puse los pies en el pomo de la puerta y me deslicé en el sillón hasta quedar apoyado en los omoplatos. Y como afirma el viejo dicho, «A veces me acomodo y pienso, y a veces sólo me acomodo». Lo primero es bastante fácil, y es lo que incluso un perfecto haragán debe hacer antes de llegar al segundo y más dichoso estado. Cuesta años de práctica relajarse lo suficiente para llegar a ese «sólo me acomodo». Yo lo hago desde hace tiempo.

Pero cuando estaba a punto de introducirme en el estado vegetal, algo me irritó. Me esforcé en ignorarlo. Manifesté una inhumana falta de curiosidad, pero la irritación persistió. Una ligera presión en el codo, en el punto donde tocaba el brazo del sillón. Me vi en el desagradable aprieto de tener que concentrarme en ello; y sabiendo que concentrarme en algo era lo menos deseable posible. Desistí finalmente, y tras un profundo suspiro abrí los ojos y eché un vistazo.

Era la botella.

Me restregué los ojos y volví a mirar, pero la botella continuaba allí. La puerta del armario estaba abierta tal como yo la había dejado, y el estante quedaba casi encima de mí. Debía de haberse caído. Creyendo que si la maldita botella estaba en el suelo no podría caer más, la aparté del brazo del sillón con mi codo.

Rebotó. Rebotó con una precisión tan asombrosa que cayó exactamente en el mismo punto de partida: en el brazo del sillón, junto a mi codo. Sorprendido, la empujé violentamente. En esta ocasión la empujé con fuerza suficiente para lanzarla contra la pared, donde rebotó. De ahí fue al estante de la mesita y acabó en el brazo del sillón..., acogedoramente apoyada en mi hombro. Agitado por los rebotes, el tapón saltó y quedó en mi regazo. Y así quedé yo, respirando las emanaciones agridulces de su contenido, sintiéndome infernalmente asustado y ridículo.

Cogí la botella y la olí. Había olido lo mismo en alguna otra parte... ¿Dónde?... Ah..., oh, sí, el rimel que usan las chinas de los cabarets baratos de San Francisco. El líquido era oscuro, negro ahumado. Lo probé cautelosamente. No era malo. Si no era alcohólico, el viejo de la tienda había descubierto un maldito sustituto del alcohol, muy bueno. Con el segundo sorbo me gustó y con el tercero disfruté y no hubo cuarto porque por entonces la botellita estaba vacía. Entonces fue cuando recordé qué era aquel ingrediente oscuro de olor tan curioso. Una hierba usada por los orientales para ver seres sobrenaturales. ¡Necia superstición!

Y luego el líquido que me había tomado, cálido y agradable en mi estómago, se transformó en producto efervescente. Después creo que se hinchó. Traté de incorporarme y no pude. La habitación pareció desintegrarse y lanzar contra mí sus pedazos, y me desmayé.

Nunca despierten como desperté yo. Por su bien, tengan cuidado con estas cosas. No les deseo que salgan de un mal sueño, miren alrededor y vean cosas revoloteando, flotando, volando, reptando y arrastrándose junto a ustedes; abultadas criaturas sangrando, diáfanos seres sin patas, pizcas y fragmentos de pálida anatomía humana. Terrorífico. Una mano humana flotando a pocos centímetros de mi nariz; y con mi jadeo de sorpresa se alejó de mí, con los dedos agitándose con el removido aire de mi aliento. Algo con venas y bulboso saltó desde debajo del sillón y rodó por el suelo. Oí un golpecito, y al levantar la cabeza vi unas fauces no unidas a cara alguna con los dientes rechinando. Creo que perdí la calma y grité un poco. Sé que volví a perder el conocimiento.

Cuando desperté de nuevo (quizás fue horas después, porque era de día y tanto el despertador como el reloj de pulsera se habían parado) las cosas habían mejorado ligeramente. Oh, sí, había algunos horrores. Pero curiosamente ya no me preocupaban tanto. Estaba prácticamente convencido de haberme vuelto loco. Y puesto que tenía esa convicción, ¿por qué preocuparse? No lo sé, debió de ser uno de los ingredientes de la botella el que me calmó. Sentí curiosidad y excitación, y nada más. Miré la habitación, y casi me gustó lo que vi.

¡Las paredes eran verdes! El descolorido papel de la pared se había transformado en algo pasmosamente bello. Las paredes estaban cubiertas de musgo, eso parecía; pero jamás un musgo así había crecido para que lo vieran unos ojos de hombre. Era alargado y espeso, y tenía un ligero movimiento perpetuo, no el movimiento provocado por una brisa, sino el del crecimiento. Fascinado, me acerqué y lo miré atentamente. Crecía, sí, con la rápida magia que conduce de la espora a la vesícula de aire, de ahí a la raíz y nueva formación de esporas. Y la veloz magia del desarrollo era una simple parte del mágico conjunto, porque jamás ha existido ese color verde. Extendí la mano para tocar y acariciar la pared, pero sólo noté el papel. Mas cuando apreté los dedos, sentí el ligero contacto en la palma de mi mano, el peso de veinte rayos de sol, la blanda elasticidad de una oscuridad negra como el azabache en un lugar cerrado. La sensación fue de exquisito éxtasis, y nunca he sido más feliz que en aquel momento.

Alrededor de los zócalos había menudos y níveos hongos, y el suelo era de hierba. En la parte de la puerta del armario que tenía las bisagras se alzaba una maraña de enredaderas en flor, y los pétalos tenían coloridos indescriptibles. Me sentí como si hubiera estado ciego hasta entonces, y también sordo, porque pude oír los susurros de unos nebulosos insectos rojos entre las hojas y el constante murmullo del crecimiento. Me rodeaba por completo un mundo nuevo y maravilloso, tan delicado que el viento levantado por mis movimientos arrancaba pétalos de las flores, un mundo tan real y natural que desafiaba su propia incredibilidad. Anonadado, di vueltas y más vueltas, corrí de pared en pared, miré debajo de mis viejos muebles, en mis viejos libros. Y en todas partes encontré cosas nuevas y más prodigiosamente hermosas. Mientras estaba tumbado observando los brotes de la cama, donde había anidado una colonia de lagartos brillantes como joyas, oí los sollozos.

Era un llanto joven y quejumbroso, y no tenía derecho a estar en mi habitación, donde abundaba la felicidad. Me levanté y miré alrededor, y allí, en un rincón, estaba la translúcida silueta de una niña. Estaba apoyada en la pared. Sus delgadas piernas estaban cruzadas ante ella, sostenía tristemente en una mano la pata de un deshilachado elefante de trapo y con la otra mano ocultaba sus lloros. Su cabello era largo y oscuro, y le caía por encima de cara y hombros.

—¿Qué pasa, pequeña? —pregunté—. Odio oír llorar a un niño de esa forma.

La niña interrumpió un sollozo y se apartó el pelo de los ojos, y miró más allá de donde yo estaba, toda ella era espanto, piel olivácea e hinchados ojazos de color lila.

—¡Oh! —chilló.

—¿Qué pasa? —repetí—. ¿Por qué lloras?

La niña apretó el elefante contra su pecho en un gesto defensivo.

—¿Dónde estás? —gimoteó.

—Delante mismo de ti -—dije sorprendido—. ¿No me ves?

Ella sacudió la cabeza.

—Estoy asustada. ¿Quién eres?

—No pienso hacerte daño. Te he oído llorar y quería ver si podía ayudarte. ¿No puedes verme?

—No —musitó la pequeña—. ¿Eres un ángel?

Me eché a reír.

—¡Naturalmente que no!

Me acerqué y le puse una mano en el hombro. La mano atravesó su cuerpo y la niña se sobresaltó y se encogió, y dio un grito.

—Lo siento —me apresuré a decir—. No pretendía... ¿No puedes verme? Yo te veo.

Ella sacudió la cabeza otra vez.

—Creo que eres un fantasma—me dijo.

—¡No me digas! —repuse—. ¿Y quién eres tú?

—Soy Ginny —dijo la pequeña—. Tengo que estar aquí, y no puedo jugar con nadie.

Parpadeó, y barrunté más lágrimas.

—¿De dónde has venido? —pregunté.

—Vine aquí con mi madre —dijo ella—. Hemos vivido en muchísimas pensiones como esta. Mi madre fregaba suelos en oficinas. Pero aquí es donde me puse tan enferma. Estuve enferma mucho tiempo. Entonces un día me levanté de la cama y llegué aquí, pero cuando miré atrás yo seguía en la cama. Fue muy raro. Vinieron unos hombres y pusieron a la Ginny que estaba en la cama en una camilla y se la llevaron, a mí, fuera. Al cabo de un rato mamá también se fue. Ella lloró mucho antes de irse, y cuando la llamé no me oyó. Ella no ha vuelto, y yo tengo que estar aquí.

—¿Por qué?

—Oh, tengo que estar. No..., no sé por qué. Tengo..., tengo que estar aquí.

—¿Y qué haces?

—Estoy aquí y pienso cosas. Una señora vivía aquí, y tenía un niña igual que yo. Las dos jugábamos juntas hasta que la señora nos vio un día. La señora se puso escandalosa. Dijo a su hija que estaba poseída. La niña me gritó: «¡Ginny! ¡Ginny! ¡Dile a mamá que estás aquí!». Y yo lo intenté, pero la señora no me veía. Luego la señora se asustó y cogió a su hija y lloró y yo sentí pena. Me vine corriendo aquí y me escondí y pasaron unos días y la otra niña me olvidó, creo. Se fueron —terminó la pequeña con patética conclusión.

Me impresioné.

—¿Qué será de ti, Ginny?

—No lo sé —dijo ella, y su voz reflejaba preocupación—. Supongo que me quedaré aquí y esperaré que vuelva mi mamá. Llevo mucho tiempo aquí. Y creo que me lo merezco.

—¿Por qué, guapa?

Ella se miró los zapatos con aire culpable.

—Me sentí muy mal cuando estaba enferma, y no lo aguantaba. Me levanté de la cama antes de tiempo. Tenía que haberme quedado acostada. Por eso me fui. Pero mamá volverá, ya lo verás.

—Naturalmente que volverá —murmuré. Tenía un nudo en la garganta—. Tómatelo con calma, pequeña. Cuando quieras hablar con alguien, grita. Yo hablaré contigo siempre que esté por aquí.

Ella sonrió, y fue muy bonito ver esa sonrisa. ¡Qué mala pasada para una niña! Cogí mi sombrero y salí.

Afuera las cosas estaban igual que en la habitación. Los corredores y las alfombrillas llenas de polvo de la escalera tenían nuevos recubrimientos de brillante y casi intangible follaje. Ya no había oscuridad, porque todas las hojas tenían una pálida luz propia. De tanto en tanto vi cosas no tan bonitas. Había un ser que se reía tontamente e iba de un lado a otro en el rellano del tercer piso. Era un poco borroso, pero se parecía mucho a Erogan Cabeza de Barril, un pobre diablo irlandés que cometió un robo en un almacén hacía cosa de un año y tuvo la mala suerte de matarse con su pistola. No lo lamenté.

En el primer piso, en el escalón inferior, vi dos jóvenes sentados. La chica apoyaba la cabeza en el hombro de su compañero, y él la abrazaba, y vi la barandilla a través de sus cuerpos. Me detuve para escuchar. Sus voces eran tenues, y parecían venir de muy lejos.

—Hay una sola salida—dijo él.

—¡No hables así, Tommy!

—¿Qué otra cosa podemos hacer? Hace tres años que te amo, y todavía no podemos casarnos. Sin dinero, sin esperanza..., nada. Sue, si lo hacemos, sé que siempre estaremos juntos. Siempre y siempre...

Al cabo de largo rato ella contestó:

—De acuerdo, Tommy. Consigue una pistola, como has dicho.

—De pronto la chica se apretó al joven—. Oh, Tommy, ¿estás seguro de que siempre estaremos juntos como ahora?

—Siempre —musitó él, y la besó—. Como ahora.

Luego hubo un prolongado silencio y ninguno de los dos se movió. De repente los vi otra vez como al principio.

—Hay una sola salida—dijo él.

—¡No hables así, Tommy!

—¿Qué otra cosa podemos hacer? Hace tres años que te amo...

La conversación continuó así, una y otra vez.

Me sentía muy mal. Salí a la calle.

La verdad empezaba a traslucirse en mi cabeza. El hombre de la tienda lo había denominado «talento». Yo no podía estar loco, ¿no? No me sentía como un loco. La poción de la botella había abierto mis ojos a un nuevo mundo. ¿Qué mundo era aquel?

Un mundo poblado de espíritus. Allí estaban, los fantasmas de los cuentos, los aparecidos regulares, pobres almas condenadas..., todos los accesorios de una fantasía sobrenatural, incluso la vegetación que crecía en ella. Eso era perfectamente lógico: árboles, pájaros, hongos, flores... Un mundo fantasma en un mundo tal como lo conocemos, y un mundo tal como lo conocemos debe tener vegetación. Sí, yo veía a los fantasmas. ¡Pero ellos no podían verme!

Muy bien. ¿Qué podía sacar en claro? No podía hablar ni escribir de ello porque nadie me creería. Y además, tenía esta noticia en exclusiva, por lo que yo sabía. ¿Por qué dar una tajada a mucha otra gente?

Pero ¿qué tajada?

No, a menos que pudiera recibir ayuda de alguna parte, no había porcentaje alguno para mí que yo viera. Y entonces, seis días después de tomar aquel trago, recordé el único lugar donde podía recibir ayuda.

¡Tellero Bo!

Me hallaba en la Sexta Avenida en ese momento, tratando de encontrar algo barato que pudiera gustar a Ginny. La niña no podía tocar nada que yo le comprara, pero disfrutaba mirando cosas: libros con grabados y similares. Tras comprarle un librito con fotografías de trenes a partir del «De Witt Clinton», le pregunté qué trenes se parecían a los que ella había visto, y así averigüé aproximadamente cuánto tiempo llevaba allí la pequeña. Casi dieciocho años. En fin, tuve la brillante idea y me dirigí hacia la Décima Avenida y Tellero Bo. Iba a preguntar al viejo, él me respondería. Y cuando llegué a la Calle Veintiuna me detuve y miré fijamente el panorama. Ante mí tenía una lisa pared. En toda esa parte de la manzana no había gente. No había ni rastro de una tienda.

Permanecí allí dos minutos largos sin atreverme a pensar. Luego me dirigí hacia la Calle Veinte y seguí por la Veintiuna. Después regresé. Ninguna tienda. Había terminado sin respuesta a mi pregunta: ¿qué iba a hacer yo con ese «talento» ?

Estaba hablando con Ginny una tarde sobre esto y lo de más allá cuando una pierna humana, de la rodilla hacia abajo, completa y abultada, pasó flotando entre los dos. Retrocedí de espanto, pero Ginny empujó suavemente la pierna con una mano. La pierna se inclinó con el contacto y se dirigió hacia la ventana, un poco abierta por la parte inferior. La pierna flotó hacia la rendija y fue succionada como una nube de humo de cigarrillo, volviendo a formarse al otro lado. Rebotó un momento en el vidrio y se alejó como un globo.

—¡Santo cielo! —dije jadeando—. ¿Qué era eso?

Ginny se echó a reír.

—Oh, una de las Cosas que siempre están volando por aquí. ¿Te has asustado? Yo me asustaba también, pero he visto tantas que ya no me preocupo. Por eso no me tocan.

—Pero, en nombre de todas esas cosas desagradables, ¿qué son esas Cosas?

—Partes. —Ginny era toda ella infantil savoir faire.

—¿Partes de qué?

—De gente, tonto. Es una clase de juego, creo yo. Mira, si alguien se hace daño y pierde algo..., un dedo, una oreja o algo..., bueno, la oreja..., la parte de dentro, quiero decir, como yo que estaba dentro de la Ginny que se llevaron de aquí... Bueno, pues esa parte regresa al último lugar donde ha vivido la persona que era su propietaria. Luego vuelve al lugar anterior a ése, y siempre así. No va muy de prisa. Después, cuando sucede algo a una persona entera, la parte de dentro va en busca del resto de ella. Recoge trozo por trocito... ¡Mira!

La pequeña extendió sus diáfanos dedos pulgar e índice y cogió un trozo de telaraña en el aire.

Me agaché y observé atentamente. Era un fragmento de semitransparente piel humana, acanalada y verticilada.

—Alguien debió de hacerse un corte en un dedo —dijo Ginny con suma naturalidad— mientras vivía en esta habitación. Cuando a alguien le pasa algo... ¡Ya lo ves! La persona volverá a buscarlo.

—¡Cielo santo! —exclamé—. ¿Y esto le pasa a todo el mundo?

—No lo sé. Alguna gente tiene que quedarse donde está... como yo. Pero creo que si no has hecho nada para merecer estar quieto en un sitio, tienes que ir por todas partes buscando lo que perdiste.

Había pensado en cosas más agradables durante mi vida.

Durante varios días observé un fantasma gris que revoloteaba de parte a parte del bloque. Siempre estaba en la calle, nunca dentro. Gimoteaba constantemente. Era, o había sido, un hombrecillo inofensivo, de esa clase de hombres que llevan bombín y cuello muy almidonado. Él no me prestó atención; ningún fantasma se fijaba en mí, porque al parecer yo era invisible para ellos. Pero le veía tan a menudo que a los pocos días comprendí que iba a echarle de menos si se iba. Decidí charlar con él en cuanto volviera a verle.

Salí de la casa una mañana y paseé unos minutos delante de los escalones de entrada. Sí, a través de los restos flotantes de mi nuevo, sobrenatural y coexistente mundo llegó la fina silueta del espectro observado por mí, su cara de conejo retorcida, sus ojos hundidos y tristes, su frac y su chaleco a rayas, inmaculadas. Fui tras él.

—¡Eh! —grité.

Él se sobresaltó violentamente y habría echado a correr, estoy seguro, de haber sabido de donde provenía mi voz.

—Cálmese, amigo —le dije—. No quiero hacerle daño.

—¿Quién es usted?

—No me conocería aunque se lo dijese —repuse—. Bueno, deje de temblar y hábleme de usted.

Se sacó su cara de espectro con un espectral pañuelo, y después manoseó nerviosamente un mondadientes de oro.

—¡Válgame Dios! —dijo—. Nadie ha hablado conmigo desde hace años. No estoy en mis cabales, comprenda.

—Entiendo —dije—. Bueno, tómelo con calma. Por casualidad le he visto vagar por aquí últimamente. Sentía curiosidad. ¿Busca a alguien?

—Oh, no —contestó. Puesto que tenía la oportunidad de hablar de sus problemas, el espectro olvidó su miedo a la misteriosa voz de ninguna parte que había trabado conversación con él—. Estoy buscando mi casa.

—Hum —dije yo—. ¿Hace mucho tiempo que busca?

—Oh, sí. —Su nariz se agitó—. Salí a trabajar una mañana hace mucho tiempo, y al bajar del transbordador me detuve un momento para mirar las obras del ferrocarril elevado tan novedoso que estaban construyendo cerca. De pronto hubo un ruido muy fuerte... ¡Dios mío! Fue terrible... y lo siguiente que supe es que yo estaba al otro lado de la acera, ¡mirando a un hombre idéntico a mí! Había caído una viga y... ¡Dios mío! —Se enjugó el sudor otra vez—. Desde entonces he estado buscando. No encuentro a alguien que sepa dónde vivía yo, y no entiendo por qué hay cosas flotando por todas partes, y jamás pensé que llegaría un día en que la hierba creciera en la parte baja de Broadway... Oh, es terrible.

El espectro se echó a llorar.

Sentí pena por él. Era fácil saber qué había pasado. ¡La conmoción fue tan fuerte que hasta el espíritu de aquel hombre sufría amnesia! Pobre diablillo... Hasta que estuviera íntegro, no encontraría descanso. El tema me interesó. ¿Podía reaccionar un fantasma con los usuales remedios de la amnesia? Si era así, ¿qué sería de él después?

—¿Dice que bajó de un transbordador?

—Sí.

—En ese caso usted debía de vivir en la isla... ¡En Staten Island, al otro lado de la bahía!

—¿Lo cree realmente? —Miró fijamente a través de mi cuerpo, atónito y esperanzado.

—¡Naturalmente! Dígame, ¿le parecería bien que le acompañara? Es posible que entre los dos localicemos su casa.

—¡Oh, eso sería espléndido! Pero... ¡Oh, Dios mío! ¿Qué dirá mi esposa?

Sonreí.

—Ella querrá saber dónde ha estado usted. En fin, ella se alegrará de verle, supongo. Vamos, pongámonos en marcha.

Le di un empujón en dirección al metro y eché a andar junto a él. De vez en cuando algún transeúnte me lanzaba una mirada por caminar con una mano extendida ante mí y hablar solo. Eso no me preocupó demasiado, porque los habitantes del mundo del espectro chillaban y se reían tontamente cuando le veían hacer prácticamente lo mismo. Entre todos los seres humanos, sólo yo era invisible para los fantasmas, y el fantasmilla del bombín se sonrojó de vergüenza hasta tal punto que creí que iba a reventar.

Saltamos a un metro (una nueva experiencia para él, deduje) y nos dirigimos a South Ferry. La red de metros de Nueva York es un lugar muy desagradable para una persona dotada como yo. Todos los seres que disfrutan acechando en la oscuridad están ahí, y abundan los restos despedazados de hombres. A partir de aquel día usé el autobús.

Subimos a un transbordador sin más demora. El fantasmilla gris lo pasó muy bien en el viaje. Me hizo preguntas sobre los barcos del puerto y sus banderas, y se maravilló al ver la escasez de embarcaciones a vela. Hizo un gesto despectivo tras observar la Estatua de la Libertad; la última vez que la había visto, explicó, todavía tenía el color original, bronceado oro, antes de perder la pátina. Gracias a esto determiné que el espectro debía de haber nacido poco antes de 1880: ¡debía de llevar más de sesenta años buscando su casa!

Bajamos en la isla, y a partir de aquí dejé que el fantasma tomara la iniciativa. Al llegar a la cima de Fort HUÍ, él dijo de repente:

—Me llamo John Quigg. ¡Vivo en el 45 de la Cuarta Avenida!

Jamás he visto a una persona tan contenta como el espectro con su descubrimiento. Y a partir de aquí todo fue fácil. Él dobló a la izquierda por segunda vez, siguió recto dos manzanas y tomó la calle de la derecha. Observé (él no) que esa calle se llamaba «Winter Avenue». Y recordé vagamente que las calles de aquel barrio habían sido numeradas hacía años.

El espectro caminó animadamente colina arriba hasta que de pronto se detuvo y volvió la cabeza, vacilante.

—Y digo yo, ¿todavía está conmigo? —preguntó.

—Todavía aquí—dije.

—Ahora estoy bien. No puedo expresarle cuánto aprecio lo que ha hecho. ¿Hay algo que pueda hacer por usted?

Medité.

—Difícilmente. Somos de distintas épocas, ¿sabe? Las cosas cambian.

El fantasma observó, no sin cierto aire patético, el nuevo bloque de pisos de la esquina y asintió.

—Creo saber lo que me pasó —dijo en voz baja—. Pero supongo que no hay problema... Hice testamento, y los chicos eran mayores. —Suspiró—. Pero de no haber sido por usted aún estaría vagando por todo Manhattan. Veamos... ¡Ah! ¡Venga conmigo!

De pronto echó a correr. Le seguí tan de prisa como pude. Casi en la cima de la colina había un enorme caserón con tejas de madera, con una estúpida cúpula y totalmente falto de pintura. Estaba sucio y derruido, y al verlo la cara del hombrecito se crispó tristemente. Tragó saliva, se metió por una brecha de la cerca y se acercó al caserón. Tras buscar por todas partes de la crecida hierba, localizó una piedra muy hundida en la maleza.

—Aquí es —dijo—. Excave debajo de la piedra. No hay mención de esto en mi testamento, aparte de una pequeña asignación para pagar el alquiler de la caja. Sí, una caja de seguridad, y la llave y los poderes legales están debajo de esa piedra. Yo la oculté —se rió nerviosamente— una noche, para que no la viera mi esposa, y no tuve oportunidad alguna de explicárselo. Puede quedarse con cualquier cosa que le sirva.

Se volvió hacia la casa, irguió los hombros y marchó hacia la puerta lateral, que se abrió de golpe para dejarle pasar con una apropiada ráfaga de viento. Agucé el oído un instante y después sonreí al escuchar la diatriba que estalló. El viejo Quigg tuvo que aguantar una bronca de padre y muy señor mío por parte de su esposa, ¡que había estado esperándole más de sesenta años! Fue un amargo torrente de insultos, aunque..., bien, ella debía de amarle. La mujer no podía abandonar la casa hasta estar «completa», suponiendo que la teoría de Ginny fuera correcta, y en realidad no podía estar completa hasta que su marido regresara al hogar. El caso me divirtió. ¡La pareja iba a estar bien a partir de ahora!

Encontré una vieja palanca en el camino de entrada y acometí la tierra que rodeaba la piedra. Me costó bastante y me magullé las manos, pero al cabo de un rato arranqué la piedra y pude excavar. Cierto, había una grasienta bolsa de seda debajo. La saqué y con sumo cuidado desaté las cuerdas. Dentro había una llave y una carta dirigida a un banco neoyorquino; la carta sólo hablaba del «portador» y autorizaba al uso de la llave. Me eché a reír. El sumiso y apacible John Quigg, estaba seguro, había puesto aparte unos «ahorros». Con un plan de esa clase, un hombre podía poner pies en polvorosa sin dejar rastro. ¡El muy sinvergüenza! Jamás sabré qué tenía debajo de la manga aquel hombrecillo, pero apuesto a que estaba implicada una mujer. ¡Y que incluso la mencionaría en su testamento! Ah, bien..., ¡yo le reprendería!

No me costó mucho encontrar el banco. Tuve ciertas dificultades para llegar a las cajas de seguridad, porque perdieron mucho tiempo buscando la mía en los viejos archivos. Pero finalmente se aclaró el papeleo, y fui orgulloso poseedor de poco menos de ocho mil dólares en billetes pequeños... ¡y ni uno solo descolorido!

Bien, a partir de aquel momento me establecí bien. ¿Qué hice? Primero compré ropa y a continuación empecé a preocuparme de mí mismo. Fui por todas partes y acabé conociendo mucha gente, y cuantos más individuos conocía tanto más me iba dando cuenta de que eran unos bobos supersticiosos. No podía culpar a nadie por esquivar una escalera donde se agazapaba un genuino basilisco, naturalmente, pero, ¡qué demonios, ni debajo de una escalera entre mil hay bestias! En fin, mi pregunta estaba respondida. Gasté dos mil dólares en un elegante despacho con cortinas y tenue luz indirecta, instalé un teléfono y puse un sencillo letrerito en la puerta: Consejero Psíquico. Y, vaya, me fue muy bien.

Mis clientes eran en su mayoría de las capas altas, porque yo cobraba caro. En general no era difícil ponerse en contacto con los parientes de un muerto, que era lo que ellos deseaban usualmente. Casi todos los fantasmas están locos por ponerse en contacto con este mundo, ésa es la verdad. Ésa es una de las razones de que prácticamente cualquier persona pueda ser médium si pone en ello el suficiente empeño. Dios sabe que no cuesta mucho ponerse en contacto con el espíritu medio. Algunos, por supuesto, no eran asequibles. Si un hombre lleva una vida bastante recta, y estira la pata sin dejar cabos sueltos, queda libre. Nunca averigüé adonde van esos espíritus libres. Lo único que supe es que era imposible ponerse en contacto con ellos. Pero la gran mayoría de individuos debe volver y atar esos cabos sueltos después de la muerte: corregir algún errorcillo aquí, ayudar a cierta persona a la que habían molestado, lavar algunos trapos sucios... De ahí viene la misma suerte, creo. No se consigue algo con nada.

Si tienes buena suerte, es porque así lo dispone alguien que te hizo una cochinada en el pasado, o que se portó mal con tu padre, con tu abuelo o con tu tío abuelo Julius. Todo se arregla a la larga, y hasta que no se arregla, una pobre alma vaga por la tierra intentando hacer algo al respecto. Media humanidad va por ahí refunfuñando por su mala suerte. ¡Si usted y usted y usted supieran tan sólo cuántos poderes están implorando la oportunidad de ayudarles si ustedes lo consienten! Y si lo consienten, contribuirán a despejar la confusión en que ellos convirtieron sus vidas aquí, y les darán libertad para ir al lugar adonde van cuando han arreglado todo. La próxima vez que usted se halle en un aprieto, márchese a cualquier parte, solo, y abra su mente a estas criaturas. Ellos intervendrán y le llevarán por el buen camino, si usted consigue renunciar a su presunción y a su errónea confianza en su propio juicio.

Tenía un par de espectrales secuaces para hacer recados. El primero, un ex asesino llamado Rachuba el Tuerto era la aparición más rápida que he conocido cuando se trataba de localizar a un anhelado antepasado. Y luego estaba el profesor Grafe, un profesor de ciencias sociales con cara de rana que había malversado un fondo de caridad antes de caer en el Hudson cuando trataba de huir. Era capaz de rastrear las genealogías más tortuosas en sólo unos segundos, y deducir el paradero más probable del espíritu de un pariente desaparecido. Esta pareja era la única fuerza laboral que yo podía usar, y aunque cada vez que ayudaban a uno de mis clientes se acercaban más a la libertad, ambos estaban tan enmarañados con sus desordenadas vidas que yo estaba seguro de contar con sus servicios durante años.

¿Pero creen que iba a estar satisfecho haciendo dinero mano sobre mano sin luchar realmente por conseguirlo? Oh, no. No yo. No, yo tenía que divertirme de lo lindo. Tenía que meditar los acontecimientos de los últimos meses, y tenía que ponerme dramático con aquella estrafalaria de Audrey, que en realidad no era digna de mi preocupación. No bastaba haber demostrado a Audrey que estaba equivocada al decir que yo nunca valdría nada. Y no estaba contento cuando pensaba en la pandilla. Tenía que demostrarles quién era yo.

Incluso recordé lo que me dijo el hombrecillo de Tellero Bo sobre el uso de mi «talento» para alardear o vengarme. Pero supuse que yo aventajaba a todo el mundo. Engreído, eso era yo. Bien, podía mandar a uno de mis espectrales secuaces en un momento dado y averiguar con exactitud qué había hecho alguien hacía tres horas, cualquier día. Con la sombra del profesor junto a mí, podía anular cualquier afirmación improbable y ofrecer razones lógicas e inmediatas por hacer tal cosa. Nadie podía decirme nada, y yo podía vencer en discusión a cualquiera, maniobrar mejor, ser más listo. Yo era todo un tipo. Me puse a pensar: «¿Qué utilidad tiene estar tan bien si la pandilla del West Side no sabe ni una palabra?». Y: «¡Chico, ese imbécil que es Risueño Sam reventaría si me viera flotar por Broadway con mi nuevo coche de seis mil dólares!». Y: «¡Pensar en el tiempo y las lágrimas que perdí con una boba como Audrey!». En otras palabras, estaba tropezando con un complejo de inferioridad. Actué como un tonto de remate, y lo era. Fui al West Side.

Era un frígida noche de finales de invierno. Me había afanado para vestirme y limpiar el coche, de forma que los dos estuviéramos brillantes y relucientes y deslumbráramos a más de un par de ojos. Qué pena que no abrillantara un poco mi cerebro.

Llegué al salón de billar de Casey, poniendo cuidado en hacerlo demasiado de prisa, y me concentré en los chirridos de las llantas y el estremecedor rugido del motor de veinticuatro cilindros antes de quitar el contacto. No me apresuré a salir del coche, además. Me recosté y encendí un puro de medio dólar. Luego me arreglé el sombrero de forma que quedara ladeado y toqué la bocina, obligándola a tocar «Tuxedo Junction» durante cuarenta y ocho segundos. Después miré hacia la sala de billar.

Bien, durante un instante me arrepentí de haber ido, si aquel era el efecto que mi vuelta al redil iba a causar. Y a parar de ese momento me olvidé de todo excepto de cómo iba a salir de allí.

Había dos figuras agazapadas en la reluciente entrada del salón de billar. El local se hallaba en una esquina de una callejuela, tan corta que el ayuntamiento había recurrido al salón de billar, una vieja institución, para el suministro de luz. Tras observar atentamente reconocí una de las recortadas siluetas como la de Risueño Sam. Y el otro era Fred Bellew. Ellos sólo me miraron, no se movieron, no dijeron nada.

—¡Eh, pequeños! —dije, y en ese momento noté que a lo largo de las oscurecidas paredes que flanqueaban la brillante entrada estaban todos ellos: la horda entera. Aquello no me gustó nada.

—Hola—dijo tranquilamente Fred.

Sabía que a él no iba a gustarle mi exhibición. No esperaba que a ninguno de ellos le gustara, por supuesto, pero el disgusto de Fred derivaba de su aversión y el de los otros de su resentimiento, y por primera vez me sentí un poco despreciable. Salí de mi cochazo y les dejé echar una ojeada a mi elegante plumaje.

—¡Vaya bombón! —se burló Sam, y lo dijo muy claramente.

Otros contuvieron la risa.

—¡Fiu-fiu! —fue el agudo sonido que brotó de la oscuridad del local.

Me acerqué a Sam y sonreí. No tenía ganas de hacerlo.

—Hace tanto tiempo que no te veo que había olvidado lo sinvergüenza que eres —dije—. ¿Qué tal?

—Voy tirando —repuso él, y añadió ofensivamente—: Todavía trabajo para ganarme la vida.

El murmullo que recorrió el gentío me indicó que el acto más inteligente posible era meterme en mi reluciente automóvil nuevo y poner pies en polvorosa. Me quedé.

—Muy listo, ¿eh? —dije débilmente.

Habían estado bebiendo, observé. Todos. De pronto me encontraba en apuros. Sam se metió las manos en los bolsillos y me miró despectivamente. Era el único hombre bajito que podía hacerme eso.

—Será mejor que vuelvas con tus bolas de cristal, farsante —dijo tras un tenso silencio—. Nos gustan los tipos que sudan. Y hasta nos gustan los tipos que se dedican a estafar, si lo hacen porque son más listos o más duros que el prójimo. Pero suerte y palique no bastan. ¡Largo!

Miré alrededor, impotente. Estaba consiguiendo lo que había buscado. De todas formas, ¿qué esperaba yo? ¿Que aquellos tipos se apelotonaran junto a mí y me estrecharan la mano por actuar así?

Apenas se movieron, pero de pronto todos me rodearon. Si yo no pensaba algo rápidamente, me lincharían. Y cuando aquella pandilla atacaba a alguien, lo hacía simplemente bien. Respiré profundamente.

—No estoy pidiéndote nada, Sam. Nada. Eso significa consejo, ¿comprendes?

—¿Has encontrado la horma de tu zapato? —dijo, colérico—. Tú y tus tonterías. Hemos oído hablar de ti. ¡Embaucando a viudas por cincuenta dólares la consulta para que hablen con sus «queridos muertos»! ¡Investigador psi-ki-ko! ¡Vaya carrera! ¡Venga, lárgate!

Tenía algo adonde agarrarme en ese momento.

—Un farsante, ¿en? Apuesto lo que quieras a que te presento un fantasma que te pondría los pelos de punta, si es que tienes el valor suficiente para ir adonde yo te diga.

—¿Ah, sí? Vaya chiste. ¡Escuchadlo, pandilla! —Se echó a reír. Luego siguió mirándome y siguió hablando por una comisura de sus labios—. Muy bien, tú lo has querido. Venga, ricachón. Acepto la apuesta. Fred será depositario de las apuestas. ¿Qué te parece diez de tus piojosos billetes por cada uno de los míos? Toma, Fred... guarda estos diez dólares.

—Te ofrezco veinte contra uno —dije casi histéricamente—. Y te llevaré a un lugar donde te toparás con el fantasma más vulgar y más vil de que hayas tenido noticia.

Los presentes rugieron. Sam rió con ellos, pero no trató de echarse atrás. Con cualquier miembro de aquella pandilla, una apuesta era una apuesta. Él me había provocado, había establecido las apuestas y estaba obligado. Yo me limité a asentir y puse doscientos dólares en la mano de Fred Bellew. Éste y Sam subieron al coche, y en el momento de la partida el Risueño sacó la cabeza y agitó la mano.

—¡Os veré en el infierno, chicos! —dijo— ¡Voy a evocar un fantasma y uno de los dos matará del susto al otro!

Toqué la bocina para no oír los vítores y burras de la acera y salí de allí. Di la vuelta y me dirigí fuera del centro.

—¿Adonde? —preguntó Fred al cabo de un rato.

—No te vayas —dije, sin saber adonde.

Debe de haber algún sitio no lejos de aquí donde pueda encontrar un espectro adecuado, pensé, uno que haga desistir a Sam y me reconcilie con los chicos. Abrí el compartimento del tablero y dejé salir a Ikey. Ikey era un diablillo un poco torcido que se pilló la cola entre dos planchas de acero cuando montaba en el coche, y tenía que estar allí hasta que redujeran a chatarra el vehículo.

—Hola, Ike —musité.

El diablillo me miró. El resplandor de la luz del compartimento se reflejó rojamente en sus brillantes ojillos.

—Llama al profesor, por favor. No quiero llamarlo a gritos porque esos primos del asiento trasero me oirían. No podrán oírte a ti.

—De acuerdo, jefe —dijo él.

Y tras llevarse los dedos a los labios, emitió un agudo chillido capaz de helar la sangre.

Eran las letras de identificación del profe, por así decirlo. El viejo voló por delante del coche, dio media vuelta y se deslizó junto a mí por la ventanilla, que yo había abierto un poco.

—Dios mío —dijo jadeante—. Ojalá no me hubiera citado en un lugar que viaja con tan alto grado de celeridad. Me agoté para darle alcance.

—No me venga con ésas, profesor —musité—. Usted puede alcanzar a un avión estratosférico si se lo propone. Escuche, tengo un tipo ahí detrás que quiere que un fantasma le dé un buen susto. ¿Sabe de alguno por aquí cerca?

El profesor se puso sus espectrales quevedos.

—Vaya, sí. ¿Recuerda que le hablé de la casa Wolfmeyer?

—¡Santo cielo!... Él es francamente malo.

—Servirá para su objetivo admirablemente. Pero no me pida que le acompañe. Ninguno de nosotros se relaciona con Wolfmeyer. Y por el amor de Dios, tenga cuidado.

—Supongo que podré arreglármelas. ¿Dónde está eso?

El profesor me dio instrucciones concretas, me deseó buenas noches y se fue. Yo quedé un poco sorprendido. El profesor viajaba conmigo muchas veces, y nunca le había visto rechazar una oportunidad de ver nuevos escenarios. Resté importancia al detalle y proseguí mi camino. Creo que fui así de tonto.

Salí de la ciudad y continué por el campo hasta cierta vieja granja. Wolfmeyer, alemán de Pennsylvania, se había ahorcado allí. Había sido, y era, un tipo vicioso. En vez de portarse bien, era un rebelde. Wolfmeyer sabía perfectamente que, a menos que hiciera mucho bien para compensar el mal que había causado, permanecería donde estaba el resto de la eternidad. Eso no parecía preocuparle mucho. Su carácter hosco lo había convertido en un fantasma francamente malo. Ocho personas habían muerto en esa casa desde que el viejo se pudrió en la cuerda. Tres eran inquilinos que habían alquilado la casa, otros tres vagabundos y los dos restantes investigadores psíquicos. Todos se ahorcaron. Así actuaba Wolfmeyer. Creo que disfrutaba realmente siendo un espectro. En cualquier caso era muy concienzudo en su trabajo.

Yo no quería causar daño alguno a Risueño Sam. Sólo deseaba darle una lección. ¡Y lean lo que sucedió!

Llegamos a la casa poco antes de la medianoche. Nadie había hablado demasiado, aparte de que yo hablé a Fred y Sam de Wolfmeyer, y expliqué con bastante claridad qué se podía esperar de él. Los dos se rieron mucho, así que me callé y seguí conduciendo. El siguiente fragmento de conversación provino de Fred, que determinó las condiciones de la apuesta. Para ganar, Sam debía permanecer en la casa hasta el amanecer. No debía pedir ayuda, no podía salir. Debía llevar un rollo de cuerda, hacer un lazo en un extremo y atar el otro en la «Viga de Wolfmeyer», es decir, la gran viga de madera de roble en la que el viejo se había ahorcado (y otras ocho personas tras él). Eso era aumentar la tentación para que Wolfmeyer se ocupara de Risueño Sam, y fue idea mía. Yo debía entrar con Sam, para vigilarle en caso de que el juego fuera demasiado peligroso. Fred se quedaría en el coche a cien metros de distancia, en la carretera, y aguardaría.

Aparqué el automóvil a la distancia acordada y Sam y yo salimos. Sam llevaba al hombro la cuerda, con el lazo hecho ya. Fred se había apagado notablemente, y su expresión era de suma seriedad.

—Creo que no me gusta esto —dijo él mientras miraba la casa, que parecía dar la espalda a la carretera, un ser maligno sumido en sus pensamientos.

—¿Y bien, Sam? —dije yo—. ¿Quieres dejarlo ahora y dar por terminada la apuesta?

Sam siguió la dirección de la mirada de Fred. El aspecto del lugar era deprimente sin duda, y el alcohol que había bebido el Risueño se había disipado. Sam pensó un momento, luego se encogió de hombros y sonrió. Tuve que admirar a aquella rata.

—¡Demonios, seguiré hasta el final! No podrás engañarme con el escenario, farsante.

—¡No creo que sea un farsante, Sam! —gritó sorprendentemente Fred.

La resistencia aumentó la terquedad de Sam, aunque deduje por su expresión que el tipo no era tan tonto.

—Vamos, farsante —dijo él, y se alejó de la carretera.

Entramos en la casa por la puerta de una bodega, cuyo suelo ascendía hasta una ventana del primer piso. Saqué una linterna e iluminé el camino hasta la viga. Sólo era una de las muchas que se complacían en convertir el sonido de nuestros pasos en risueños susurros que recorrían habitaciones y pasillos y no se apagaban nunca. Bajo la famosa viga de madera, el suelo estaba manchado de sangre.

Ayudé a Sam a colocar la cuerda, y luego apagué la linterna. La situación debió de ser difícil para él a partir de entonces. A mí no me preocupaba, porque podía ver cualquier cosa que se acercara antes de que se echara sobre mí, y además, ningún fantasma podía verme. Y no sólo eso. Para mí, paredes, suelos y techos estaban iluminados por el fosforescente resplandor de múltiples tonalidades de las omnipresentes placas espectrales. Dado su sobrenatural efecto, deseé que Sam pudiera ver los espectrales mohos alimentándose vorazmente con la sangre que había bajo la viga.

Sam respiraba ya con dificultad, pero yo sabía que era preciso algo más que oscuridad y silencio para fastidiarle. Sam tendría que estar solo, y entonces recibiría una visita o algo parecido.

—Adiós, chico —dije yo mientras le daba una palmada en el hombro.

Di media vuelta y salí de la habitación.

Me preocupé de que me oyera salir de la casa y luego volví a entrar en silencio. Era sin lugar a dudas el lugar más abandonado que he visto. Incluso los fantasmas lo evitaban, a excepción, como es lógico, de Wolfmeyer. Sólo había exuberante vegetación, invisible para todos excepto para mí, y el profundo silencio con los murmullos de la respiración de Sam. Al cabo de diez minutos supe con certeza que Risueño Sam tenía más valor que el que yo le atribuía. Había que asustarle. Él no podía asustarse, ni se asustaría, por las buenas.

Me acurruqué en las paredes de una habitación contigua y me puse cómodo. Supuse que Wolfmeyer aparecería pronto. Y confiaba ardientemente en poder detener al fantasma antes de que fuera demasiado lejos. Absurdo que el juego fuera algo más que una buena lección para un sabelotodo. Yo me sentía muy complacido, y estaba totalmente desprevenido para lo que sucedió.

Estaba mirando la puerta opuesta cuando noté que desde hacía algunos segundos había allí un palidísimo fulgor. El brillo aumentó mientras yo lo observaba, aumentó y fluctuó con suavidad. Era verde, ese verde de las cosas mohosas y putrefactas. E iba acompañado de un hedor sutilmente inquietante. El olor de carne tan muerta que ha dejado de ser olorosa. Era sumamente horrible, y yo, francamente, me asusté tanto que perdí los estribos. Pasaron unos instantes antes de que la consoladora idea de mi invulnerabilidad volviera a mi mente, y me acurruqué más cerca de la pared y observé.

Y apareció Wolfmeyer.

El suyo era el espectro de un hombre viejo, muy viejo. Llevaba una suelta e inmunda vestidura, y sus desnudos brazos, extendidos ante él, eran largos y fuertes. Su cabeza, con el enmarañado cabello y la barba, temblaba sobre un cuello roto y destrozado igual que la hoja de un cuchillo recién clavado en blanda madera. Sus lentos pasos al cruzar la habitación prolongaban el temblor de la cabeza. Sus ojos estaban encendidos; eran rojos, con llamas de color verde oscuro enterradas en ellos. Sus dientes caninos se habían alargado hasta formar romos colmillos amarillentos, columnas que soportaban su torcida sonrisa. El pútrido fulgor verde era un horrendo halo que le rodeaba. Wolfmeyer era un ser brillante y diabólico.

Pasó junto a mí totalmente inconsciente de mi presencia y se detuvo ante la puerta de la habitación donde Sam aguardaba junto a la cuerda. Permaneció en el umbral, con las garras extendidas, y el temblor de su cabeza fue cesando poco a poco. Miró fijamente a Sam y de pronto abrió su boca y aulló. Fue un sonido apagado y siniestro, como surgido de la garganta de un lejano perro, y aunque yo no podía ver el interior de la habitación, supe que Sam había vuelto la cabeza bruscamente y estaba contemplando al espíritu. Wolfmeyer alzó un poco los brazos, pareció tambalearse, y después entró en la habitación.

Arranqué mi cuerpo del pavoroso terror que me dominaba y me puse en pie. Si no actuaba rápido...

Tras acercarme a la puerta de puntillas, me detuve el tiempo suficiente para ver que Wolfmeyer agitaba erráticamente los brazos por encima de su cabeza. El movimiento alborotó su rúnica y su silueta vibró verdosamente. Vi que Sam estaba de pie, con los ojos desorbitados, tambaleándose hacia atrás, hacia la cuerda. Se Agarró el cuello, abrió la boca y no emitió sonido alguno. Su cabeza se inclinó, su cuello se dobló, su crispada cara miró al techo mientras sus piernas huían del fantasma, hacia el lazo ya preparado. Y en ese momento me puse junto a un hombro de Wolfmeyer, apoyé los labios en su oreja y dije:

—¡Buuuu!

Casi me eché a reír. Wolfmeyer chilló, dio un salto de tres metros y, sin detenerse para mirar alrededor, huyó apresuradamente de la habitación, con tanta prisa que sólo era una mancha. ¡Un espectro francamente asustado!

Al mismo tiempo Risueño Sam se irguió, con expresión relajada y aliviada, y se sentó junto a la cuerda produciendo un sordo ruido. Fue casi la mejor visión que jamás he deseado ver. Quedó sentado, con la cara empapada de frío sudor, las manos entre las rodillas, la mirada fija en sus pies.

—¡Eso te enseñará! —exclamé muy alegre, y me acerqué a él—. ¡Paga, escoria, y me da igual que te mueras de hambre por esta semana!

Sam no se movía. Supuse que estaba muy conmocionado.

—¡Vamos! —dije—. ¡Recóbrate, hombre! ¿No has visto bastante? Ese tipo viejo puede volver en cualquier momento. ¡De pie!

Sam no se movió.

—¡Sam!

No se movió.

—¡Sam!

Le cogí de los hombros. Sam cayó de costado y permaneció inmóvil. Estaba bien muerto.

No hice nada y durante un rato no abrí la boca. Luego me arrodillé junto a él.

—Eh, Sam —dije desesperanzado—. Sam... ¡Basta ya, hombre!

Al cabo de un minuto me levanté lentamente y me dirigí hacia la puerta. Había dado tres pasos cuando me detuve. ¡Pasaba algo raro! Me froté los ojos. Sí... ¡cada vez había más oscuridad! La vaga luminiscencia de enredaderas y flores del mundo fantasma se apagaba, desaparecía, desaparecía...

¡Pero eso no había pasado antes!

No importaba, pensé desesperado. Está sucediendo ahora, sí. ¡Tengo que salir de aquí!

¿Lo ven? Ya lo ven. Fue el líquido, el maldito líquido de Tellero Bo. ¡El efecto estaba disipándose! Al morir Sam, el líquido... ¡el líquido dejó de producirme efecto! ¿Era eso lo que tenía que pagar por la botella? ¿Era eso lo que iba a pasar si usaba la poción para vengarme?

La luz casi se había extinguido... y acabó extinguiéndose. No podía ver nada aparte de una puerta. ¿Por qué podía ver la puerta? ¿Qué era aquella luz de color verde claro que llenaba el polvoriento marco?

¡Wolfmeyer! ¡Tengo que salir de aquí!

Ya no podía ver a los fantasmas. Ellos me veían a mí. Eché a correr. Crucé como un rayo la oscura habitación y choqué con la pared opuesta. Me aparté dando tumbos, con sangre entre los dedos que me llevé bruscamente a la cara. Corrí de nuevo. Otra pared me aporreó. ¿Dónde estaba la otra puerta? Seguí corriendo, y de nuevo topé con pared. Chillé y continué corriendo. Tropecé con el cadáver de Sam. Mi cabeza se introdujo en el lazo. La cuerda apretó mi gaznate y mi cuello se partió con un doloroso crunch. Forcejeé medio minuto, y finalmente quedé colgado.

Bien muerto, yo. Wolfmeyer no dejó de reír.

Fred nos encontró por la mañana. Se llevó nuestros cadáveres en el coche. Ahora tengo que permanecer aquí y vagar por este maldito caserón. Yo y Wolfmeyer.