Éranse dos hermanos que viajaban juntos; al mediodía decidieron tumbarse bajo unos árboles del bosque para descansar.
Cuando se despertaron, vieron cerca de ellos una piedra sobre la que se podía leer esta inscripción:
Que quien se encuentre esta piedra camine por el bosque en dirección al Oriente; en el camino encontrará un río que deberá atravesar; a la otra orilla del río verá a una osa con sus ositos; deberá coger a esos ositos y subir a la montaña sin volverse. Allí encontrará una casa en la que encontrará la felicidad.
El hermano menor le dijo entonces al mayor:
—Vayamos juntos; tal vez podamos atravesar el río, coger los oseznos, llevarlos a la casa y encontrar la felicidad los dos.
El mayor le respondió:
—Yo no iré en busca de los osos y te aconsejo que tú no lo hagas. En primer lugar porque no puede saberse de dónde procede esta inscripción, que puede ser una trampa para los viajeros. En segundo lugar porque es muy probable que la hayamos leído mal y, en tercer lugar porque, aun admitiendo que todo sea verdad, pasaremos la noche en el bosque, no seremos capaces de hallar el río y nos perderemos. Y aun cuando lo hallásemos, ¿podríamos atravesarlo? Quizá sea demasiado ancho y la corriente muy rápida. Pero imagina que logremos pasarlo, ¿crees que será sencillo apoderarse de los ositos? La madre nos devorará. Por otra parte, aunque fuésemos capaces de apoderarnos de los oseznos, no nos sería posible escapar sin un descanso para escalar después la montaña. Por último, aquí no se especifica qué clase de dicha es la que podemos encontrar en aquella casa; puede ser una dicha inútil.
El otro hermano replicó:
—No soy de tu misma opinión. Eso no se escribió en la piedra sin un objeto, y el sentido de esa inscripción está muy claro y preciso. Y no correremos un gran peligro. Si no vamos nosotros, otro descubrirá la piedra y encontrará la felicidad que se nos brinda a nosotros ahora. Por otra parte, lo fácil no es agradable. Y yo no quiero pasar por un cobarde.
Entonces habló el hermano mayor:
—Conoces el proverbio —le dijo—, aquel que advierte: Quien todo lo quiere, todo lo pierde. O el otro que dice: Más vale pájaro en mano que ciento volando.
El menor le replicó:
—Y yo he oído decir: Quien teme a la hoja, no tendrá madera. Y aún más claro: Bajo la piedra inmóvil, no corre el agua. Pero ya es tarde y debo partir.
El hermano menor se marchó y el mayor no quiso seguirlo.
Un poco más lejos, en medio del bosque, el menor encontró el río, lo atravesó y junto a la orilla del otro lado vio a una osa que dormía; cogió a sus oseznos y echó a correr enseguida, sin detenerse, en dirección a la montaña.
Nada más llegar a la cima, una multitud de personas salió a su encuentro, y lo llevó a la ciudad, donde fue proclamado zar.
Reinó durante cinco años. Al sexto, otro soberano más fuerte que él le declaró la guerra, conquistó su ciudad y lo expulsó de allí.
Entonces el hermano menor anduvo por los caminos de nuevo hasta llegar a la casa de su hermano mayor.
Este vivía pacíficamente en el campo, sin ninguna riqueza, pero sin que nada le faltara.
Ambos fueron muy dichosos mientras se contaban sus vidas.
—Ya ves —dijo el mayor— que estaba en lo cierto. Por mi parte, vivo y he vivido siempre sin preocupaciones. Tú, aunque fuiste zar, mira lo que te ha ocurrido.
El menor le respondió:
No lamento mis aventuras en el bosque, ni haber sido zar, ni siquiera haber sido destronado. Es cierto que ahora estoy mal, pero para embellecer mi vejez tengo un corazón lleno de recuerdos hermosos, mientras que tú no cuentas con nada.
Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
Los dos hermanos - Lev Tolstói
El arpa Mágica - Cuento Ruso
Lejos, más allá de los mares azules, de los abismos de fuego, en las tierras de la ilusión, rodeada de hermosos prados, se levantaba una ciudad gobernada por el Zar Umnaya Golova (el sabio) con su Zarina.
Indescriptible fue su alegría cuando les nació una hija, una encantadora Zarevna a quien pusieron por nombre Neotsienaya (la inapreciable) y aun más se alegraron cuando al cabo de un año tuvieron otra hija no menos encantadora a quien llamaron Zarevna Beztsienaya (la sin precio).
En su alegría, el Zar Umnaya Golova quiso celebrar tan fausto acontecimiento con festines en que comió y bebió y se regocijó hasta que vio satisfecho su corazón. Hizo servir a sus generales y cortesanos trescientos cubos de aguamiel para que brindasen y durante tres días corrieron arroyos de cerveza por todo su reino. Todo el que quería beber podía hacerlo en abundancia.
Y cuando se acabaron los festines y regocijos, el Zar Umnaya Golova empezó a preocuparse, pensando en la mejor manera de criar y educar a sus queridas hijas para que llevasen con dignidad sus coronas de oro.
Grandes fueron las precauciones que tomó el Zar con las princesas. Habían de comer con cucharas de oro, habían de dormir en edredones de pluma, se habían de tapar con cobertores de piel de marta y tres doncellas habían de turnarse para espantar las moscas mientras las Zarevnas dormían.
El Zar ordenó a las doncellas que nunca entrase el sol con sus ardientes rayos en la habitación de sus hijas y que nunca cayese sobre ellas el rocío fresco de la mañana, ni el viento les soplase en una de sus travesuras. Para custodia y protección de sus hijas las rodeó de setenta y siete niñeras y setenta y siete guardianes siguiendo los consejos de cierto sabio.
El Zar Umnaya Golova y la Zarina y sus dos hijas vivían juntos y prosperaban. No sé cuantos años transcurrieron, el caso es que las Zarevnas crecieron y se llenaron de hermosura, y empezaron a acudir a la corte los pretendientes.
Pero el Zar no tenía prisa en casar a sus hijas. Pensaba que a un pretendiente predestinado no se le puede evitar ni en un caballo veloz, pero al que no está predestinado no se le puede mantener alejado ni con triple cadena de hierro, y mientras así estaba pensando y ponderando el asunto, le sorprendió un alboroto que puso en conmoción todo el palacio. En el patio se produjo un ruido de gente que corría de un lado a otro. Las doncellas de fuera gritaban, las de dentro chillaban y los guardianes rugían con toda su alma.
El Zar Umnaya Golova salió corriendo a preguntar:
- ¿Qué ha sucedido?
Los setenta y siete guardianes y las setenta y siete damas de compañía cayeron a sus pies gritando:
- ¡Somos culpables! ¡He aquí que las Zarevnas Neotsienaya y Beztsienaya han sido arrebatadas por una ventolera!
Había sucedido una cosa extraña. Las Zarevnas bajaron al jardín imperial a coger unas flores y a comer unas manzanas. De pronto se vio sobre ellas una nube negra que nadie podría decir de dónde venía, sopló con fuerza en los ojos de las mujeres y de los hombres que acompañaban a las princesas y cuando acabaron de restregárselos, las princesas habían desaparecido y no quedaba nada que los ojos pudieran ver ni que los oídos pudieran oír. El Zar Umnaya Golova montó en cólera:
- ¡Os entregaré a todos a una muerte horrible! -gritó.- Moriréis de hambre en las mazmorras. Mandaré que os claven en las puertas. ¡Cómo! ¿Setenta y siete mujeres y setenta y siete hombres no habéis sido bastantes para cuidar de dos Zarevnas?
El Zar estaba triste y afligido, y no comía ni bebía ni dormía; todo le apenaba y era una carga para él; en la corte ya no se celebraban banquetes ni sonaban las notas del violín y de la flauta. Sólo la tristeza y el dolor reinaban en el palacio, acompañados de un silencio ominoso.
Pero pasó el tiempo y con él la melancolía. La vida del hombre es variada como un tapiz bordado de flores oscuras y encendidas. El tiempo siguió andando y a su tiempo nació otro hijo del Zar, pero no mujer, sino varón, y el Zar Umnaya Golova se regocijó grandemente. Llamó a su hijo, Iván y lo rodeó de criados, de maestros, de sabios y de valientes guerreros.
Y el Zarevitz Iván crecía, crecía como crece la masa bien batida cuando se le pone buena levadura. Se le veía crecer de día en día y hasta de hora en hora, y llegó a ser pronto un mozo de extraordinaria belleza y apostura. Sólo una cosa oprimía el corazón de su padre el Zar.
El Zarevitz Iván era bueno y hermoso, pero no tenía valor heroico ni demostraba aficiones belicosas. A sus compañeros ni les cortaba la cabeza ni les quebraba los brazos y piernas, no gustaba de jugar con lanzas ni con armas damasquinas ni espadas de templado acero; no pasaba revista a sus formidables batallones ni mantenía conversación con los generales.
Bueno y hermoso era el Zarevitz. Admiraba a todo el mundo con su sabiduría y su ingenio, pero no más se complacía en tocar el arpa que no necesitaba arpista. Y de tal manera tocaba el Zarevitz Iván, que, al escucharlo, todo el mundo olvidaba todo lo demás. Apenas ponía los dedos en las cuerdas, sacaban éstas tales sonidos, que el auditorio quedaba como embelesado por la melodía y aun los cojos se echaban a bailar de gozo. Eran canciones maravillosas, pero no colmaban el tesoro del Zar ni defendían sus dominios ni destruían a sus enemigos.
Y un día el Zar Umnaya Golova mandó que el Zarevitz compareciese ante su trono y le habló de esta manera:
- Mi querido hijo, eres bueno y hermoso y estoy muy contento de ti. Pero una cosa me duele. No veo en ti el valor de un guerrero ni la destreza de un adalid. No te gusta el chocar de las lanzas ni te atraen las espadas de templado acero. Pero piensa que yo soy viejo y tenemos feroces enemigos que traen la guerra a nuestro país, matarán a nuestros boyardos y guerreros, y a mí y a la Zarina se nos llevará en cautiverio, si tú no sabes defendernos.
El Zarevitz Iván escuchó en silencio las palabras del Zar Umnaya Golova y luego contestó:
- ¡Querido Zar Emperador y Padre! No por la fuerza sino por la astucia se toman las ciudades, no rompiendo lanzas sino poniendo a prueba mi sagacidad saldré victorioso de mis enemigos. ¡Mira! Dicen que a mis dos hermanas se las llevó el viento sin dejar rastro, como si las hubiera cubierto de nieve.
Llama a todos tus príncipes, tus héroes, tus fornidos generales, y ordénales que vayan en busca de mis hermanas, las Zarevnas. Que lleven sus espadas damasquinas, sus lanzas de hierro, sus veloces flechas y sus innumerables soldados, y si alguno de ellos te hace este servicio, dale mi imperio y ponme a sus órdenes como marmitón para limpiarle los platos y como bufón para divertirle.
Pero si ninguno de ellos puede hacerte este servicio, confíamelo a mí y verás que mi inteligencia y mi ingenio son más agudos que una hoja damasquina y más fuertes que una lanza de acero.
Las palabras del Zarevitz agradaron al Zar. Llamó a sus boyardos, a sus generales y a sus fuertes y poderosos campeones y les dijo:
- ¿Hay alguno entre vosotros, mis boyardos, mis guerreros, mis fuertes y poderosos campeones, que se sienta lo bastante héroe para ir a buscar a mis hijas? Al que las traiga le permitiré elegir a la que más le guste para esposa, y con ella le daré la mitad de mi imperio.
Los boyardos, los generales, los campeones se miraron entre sí, escondiéndose el uno tras el otro, y ninguno de ellos osó contestar. Entonces, el Zarevitz Iván se inclinó ante su padre y dijo:
- ¡Mi querido padre y emperador! Si nadie se presta a hacerte tan pequeño servicio, dame tu bendición y partiré en busca de mis hermanas, sin que me prometas ningún galardón que me sirva de estimulo.
- ¡Perfectamente! -contestó el Zar Umnaya Golova.- Yo te bendigo. Llévate, además de mi bendición, plata, oro y piedras preciosas, y si necesitas soldados, toma cien mil jinetes y cien mil infantes.
- No me hace falta ni plato ni oro, ni jinetes ni infantes, ni el caballo del campeón ni su espada ni su lanza. Me llevaré la melodioso arpa que toca sola y nada más. Y tú, mi Zar soberano, espérame tres años, y si en el transcurso del cuarto no llego, elige mi sucesor.
Entonces, el Zarevitz Ivan recibió la bendición de su padre, oral y por escrito, se encomendó a Dios, se puso el arpa bajo el brazo y emprendió el camino en dirección adonde sus ojos lo guiaron. ¿Dónde había de ir en busca de sus hermanas? Fue cerca y fue lejos, para arriba y para abajo. La historia de sus andanzas pronto está contada, pero no tan pronto se hace como se dice.
El Zarevitz Iván caminaba siempre hacia delante, anda que andarás, anda que andarás, y mientras viajaba tocaba el arpa. Apenas rompía el día se levantaba y reanudaba la marcha, adelante, siempre adelante; al caer la noche se acostaba en el césped bajo el inmenso techo del cielo brillante de estrellas. Y por fin llegó a una espesa selva.
El Zarevitz Iván oyó enormes crujidos en lo más espeso de esta selva, como si alguien aplastase los árboles: tan grande era el ruido que se oía.
- ¿Qué será? -pensó.- Sea lo que fuere, nadie puede morir dos veces.
Y sus ojos se abrieron de horror al ver a dos demonios de la selva que estaban peleándose. El uno descargaba sobre el otro una encina arrancada de cuajo, mientras éste se servía como de arma hiriente de un pino de diez metros de largo, y los dos se acometían con toda su diabólica fiereza.
El Zarevitz Iván se les acercó con el arpa y empezó a tocar una danza. Los demonios dejaron la pelea al momento y se pusieron a ejecutar una danza diabólica que pronto se convirtió en un zapateado tan entusiasta y formidable, que hasta el firmamento se estremecía. Tanto y tanto bailaron, que al fin se les debilitaron las piernas y cayeron rodando por el suelo. Entonces, el Zarevitz les habló así:
- Vamos a ver: ¿por qué reñíais? Sois demonios de la selva y hacéis tonterías como si fueseis simples mortales. ¡Y eso, hijos míos, no está bien!
Entonces, uno de los demonios le dijo:
- ¿Cómo no hemos de reñir? ¡Atiende y juzga entre nosotros! Caminábamos juntos y hemos encontrado una cosa. Yo he dicho: "esto es mío", pero éste ha dicho "esto es mío". Hemos tratado de dividirlo y no hemos podido.
- ¿Y qué encontrasteis? -preguntó el Zarevitz Iván.
- Un pequeño mantel con pan y sal, unas botas que andan solas y un gorro invisible. ¿Quieres comer y beber? Pues extiende el mantel y doce jóvenes y doce doncellas te servirán aguamiel y todos los manjares que quieras. Y si alguien te persigue, no tienes más que ponerte las botas que andan solas y andarás siete verstas de un solo tranco. ¿Qué siete? más de catorce verstas puedes andar de un solo tranco, de modo que ni un pájaro puede volar más rápido ni el viento puede alcanzarte. Y si te amenaza algún peligro inevitable, te pones el gorro invisible y desapareces por completo, de modo que ni los perros pueden olerte.
- ¡No sé por qué habéis de reñir por tan poca cosa! ¿Queréis que yo sea juez en este pleito?
Los demonios de la selva accedieron y el Zarevitz Iván les dijo:
- ¡Bueno! Corred hasta el sendero que pasa junto al bosque y el primero que llegue se llevará el mantel, las botas y el gorro.
- ¡Caramba! -exclamaron los demonios. ¡Eso es hablar con sentido común! Tú guarda el tesoro y nosotros correremos.
Echaron a correr a cuál podía más, de modo que sólo se les veían los talones, hasta que desaparecieron entre los árboles. Pero el Zarevitz Iván no esperó su regreso. Se calzó las botas, se encasquetó el gorro, y con el mantel bajo el brazo se disipó como el humo. Los demonios de la selva volvieron corriendo y no pudieron hallar el lugar donde el Zarevitz había de esperarles.
Entretanto, Iván el Zarevitz, a grandes zancadas salió del bosque y vio correr a los demonios por delante y por detrás de él, tratando inútilmente de descubrirlo por el olfato, hasta que empezaron a retorcerse las manos desesperadamente.
Iván el Zarevitz continuó su viaje a grandes trancos hasta que salió a campo llano. Ante él se abrían tres caminos y en la encrucijada se movía una choza dando vueltas sobre su pata de gallina.
- ¡Izbuchka! ¡Izbuchka! -le dijo el Zarevitz. ¡Vuélvete de espalda al bosque y de cara a mí!
Entonces el Zarevitz penetró en la choza y dentro estaba Baba Yaga(*) pata de hueso.
- ¡Uf! ¡uf! ¡uf! -dijo Baba Yaga.- Hasta hoy, un ruso era algo que mis ojos no habían visto y que mis oídos no habían oído, y ahora se aparece uno ante mis propios ojos! ¿A qué has venido, buen joven?
- ¡Oh, abuela despiadada! -le dijo el Zarevitz Iván.- Lo primero que habrías de hacer es alimentarme bien; después pregunta lo que quieras.
Baba Yoga se levantó en un abrir y cerrar de ojos, encendió su pequeña estufa, alimentó bien a Iván el Zarevitz y luego le preguntó:
- ¿Adónde vas, buen joven, y cuál es tu camino?
- Voy en busca de mis hermanas, la Zarevna Neotsienaya y la Zarevna Beztsienaya. Y ahora, querida abuelita, dime, si lo sabes, qué camino he de tomar y dónde las encontraré.
- ¡Sé dónde vive la Zarevna Neotsienaya! -dijo Baba Yaga.- Has de tomar el camino de en medio, si quieres llegar hasta ella; pero vive en el palacio de piedra blanca de su marido, el Monstruo de la Selva. El camino es tan largo como malo y aunque llegaras al palacio de nada te valdría, pues el Monstruo de la Selva te devorará.
- Bien, abuelita, tal vez se quede con las ganas. ¡Un ruso es un mal hueso y Dios no querrá dárselo a comer a un cerdo como ése! ¡Hasta la vista y gracias por tu pan y por tu sal!
El Zarevitz se alejó de la choza y he aquí que en medio de la llanura se destacó blanco y deslumbrante el palacio de piedra del Monstruo de la Selva. Iván se acercó y se encaminó a la puerta, y en la puerta halló un diablillo que le dijo:
- ¡No se puede pasar!
- ¡Abre amigo -replicó Iván el Zarevitz,- y te daré un trago de vodka!
El diablillo se bebió la vodka, mas no por eso abrió la puerta. Entonces Iván el Zarevitz dio la vuelta al palacio y resolvió subir por la pared.
Empezó a trepar, bien ajeno a la trampa en que iba a caer, pues en lo alto de las paredes habían extendido unos alambres, y apenas tocó el Zarevitz con el pie uno de estos alambres, todas las campanillas se pusieron a tocar. Iván el Zarevitz miró a ver si venía alguien y, en efecto, su hermana la Zarevna Neotsienaya salió a la galería y dijo, sorprendida:
- ¿Pero eres tú, mi querido hermano, Iván el Zarevitz?
Y los dos hermanos se abrazaron cariñosamente.
- ¿Dónde te esconderé para que el Monstruo de la Selva no te vea? -dijo la Zarevna.- Porque sin duda se presentará enseguida.
- No sé dónde, pues no soy un alfiler,
Y aun estaban hablando, cuando se produjo un ruido como de tempestad que hizo retemblar el palacio, y apareció el Monstruo de la Selva; pero Iván el Zarevitz se puso el gorro mágico y se hizo invisible. Y el Monstruo de la Selva dijo:
- ¿Quién te ha venido a ver trepando por el muro?
- No me ha venido a ver nadie -contestó la Zarevna Neotsienaya,- pero tal vez los gorriones han pasado volando y habrán tocado los alambres con las alas.
- ¡Buenos gorriones! ¡Me parece que huelo carne de ruso!
- ¡Qué antojos te dan! ¡No haces más que correr por el mundo oliendo carne humana y aun querrías olerla en tu palacio!
- No te disgustes, Zarevna Neotsienaya, no quiero turbar tu felicidad; pero tengo hambre y me gustaría comerme a este desconocido -dijo el Monstruo de la Selva. Pero Iván el Zarevitz se quitó el gorro invisible e inclinándose ante el hambriento, dijo:
- ¿Para qué me quieres comer? ¿No ves que soy un hueso duro que se te indigestaría? Será preferible que me permitas obsequiarte con un almuerzo como nunca en tu vida lo has comido. ¡Sólo has de ir con cuidado de no tragarte la lengua!
Y esto dicho, extendió el mantel y al momento aparecieron los doce mancebos y las doce damiselas que sirvieron al Monstruo de la Selva todos los manjares que apetecía. El Monstruo lo devoraba todo sin descanso. Luego bebió y volvió a tragar hasta que se hartó tanto, que no pudo moverse del puesto y allí mismo se quedó dormido.
- Hasta la vista, mi querida hermana -dijo entonces el Zarevitz Iván;- pero antes dime: ¿sabes dónde vive nuestra hermana la Zarevna Beztsienaya?
- Lo sé -contestó la Zarevna Neotsienaya. Para llegar a ella has de atravesar el gran Océano, pues vive en el vórtice con su esposo el Monstruo del Mar; el camino es muy penoso. ¡Has de nadar mucho, muchísimo, y si llegas, de nada te servirá, porque te devorará el monstruo!
- Bueno -dijo el Zarevitz Iván,- tal vez trate de hincarme el diente, pero se convencerá de que soy un bocado muy difícil de tragar. ¡Hasta la vista, hermana!
Iván el Zarevitz se alejó a grandes zancadas y llegó al gran Océano. En la orilla había una embarcación como las que usan los rusos para pescar, los obenques y aparejos eran de recio esparto y las velas de un fino tejido de fibras; las mismas maderas de la nave no estaban unidas con clavos sino sujetas con corteza de abedul. En esta embarcación, los marineros se apercibían a darse a la mar con rumbo a la isla de Roca Salada.
- ¿Queréis llevarme con vosotros? -les pidió el Zarevitz Iván.- No os pagaré el pasaje, pero os contaré tales cuentos, que no notaréis las fatigas del viaje.
La tripulación accedió y partieron, navegando más allá de la isla Roca Salada. El Zarevitz contaba cuentos y la navegación transcurría del modo más agradable para los marineros. De pronto, cuando menos lo esperaban, se levantó una tempestad, retumbó el trueno y la nave empezó a zozobrar.
- ¡Ay! exclamó la tripulación.- ¡En mala hora escuchamos a este excelente narrador! ¡Ya no volveremos a ver a nuestras queridas familias, sino que descenderemos al fondo voraginoso del Océano! No nos queda otro remedio que pagar tributo al Monstruo del Mar. ¡Echemos suertes y así descubriremos al culpable!
Echaron suertes y le tocó al Zarevitz Iván.
- ¡Me resigno a la suerte que me ha tocado, hermanos! -dijo el Zarevitz Iván.- Os agradezco el pan y la sal que me habéis dado. ¡Adiós, y no volváis a pensar más en mí!
Entonces cogió las botas que andaban solas, el mantel prodigioso, el gorro invisible, y el arpa que tocaba por sí misma, y los marineros levantaron al joven y lo arrojaron a los torbellinos de la vorágine. Enseguida se calmó el mar, la nave siguió su curso y el Zarevitz Iván descendió como una llave al fondo, y se encontró en los mismos salones del magnífico palacio del Monstruo del Mar. Este ocupaba el trono al lado de la Zarevna Beztsienaya, y el Monstruo del Mar dijo:
- ¡Hace mucho tiempo que no como carne cruda y mira por dónde se viene a las manos! ¡Salud, amigo! Acércate y veré si empiezo por los pies o por la cabeza.
Entonces el Zarevitz Iván dijo que era el hermano de la Zarevna Beztsienaya, y que entre la buena gente no existía la mala costumbre de comerse unos a otros.
- ¡Eso es demasiada insolencia! -chilló el Monstruo del Mar.- ¿Cómo se atreve a obligarnos a que aceptemos las costumbres de otra gente?
Iván el Zarevitz vio que el asunto presentaba mal cariz, y cogiendo el arpa prodigiosa empezó a tocar un aire tan melancólico, que el Monstruo del Mar puso una cara amarga y empezó a lanzar suspiros que parecían martillazos sobre un yunque, y lloró y se quejó como si se hubiera tragado una aguja, y cuando el Zarevitz Iván entonó la canción que empieza: "Que dé vuelta a la mesa la copa de la alegría", hasta las salas pusieron los brazos en jarras y se echaron a bailar.
El Monstruo del Mar daba tales vueltas, que no tenía espacio suficiente, taconeaba, castañeteaba con los dedos, hacía tales visajes, girando los ojos, que todos los peces se agruparon para verlo y por poco se mueren de risa. El Monstruo del Mar se divirtió a más no poder y por fin dijo.
- Hubiera sido un pecado devorar a este joven. Quédate aquí, serás nuestro huésped y vivirás con nosotros. ¿Quieres? ¡Tenemos toda clase de arenques, esturiones, besugos y percas! ¡Siéntate a la mesa, come, bebe y alégrate, mi querido huésped!
El Zarevitz Iván se sentó pues, con su hermana y el Monstruo del Mar y los tres comieron, bebieron y se alegraron. Una ballena ejecutó una danza alemana, los arenques cantaron dulces melodías y las carpas tocaron varios instrumentos. Después de la comida, el Monstruo del Mar se fue a dormir y la Zarevna Beztsienaya dijo:
- Querido hermano, ¡qué contenta estoy de tenerte por huésped! ¡Pero ay! ¡que no durará mucho mi alegría! Cuando se despierte el Monstruo del Mar te devorará si está de mal humor.
- Dime, hermanita: ¿cómo puedo salvar a mi hermana Neotsienaya del Monstruo de la Selva y a ti del Monstruo del Mar?
- Si quieres, puedes probarlo; pero te prevengo que es algo muy difícil. Al otro lado del gran Océano hay un imperio donde reina, no un Zar, sino una Zaresa llamada Zardoncella. Si puedes llegar hasta allí y entrar en su jardín cercado, la Zardoncella te tomaría por consorte, y sólo ella puede librarnos y devolvernos a nuestros padres. Pero lo malo es que tiene una guardia muy severa y que no permite a nadie cruzar la orilla, una guardia muy pertrechada de cañones y lanzas, y de cada lanza cuelga una cabeza perteneciente a cada uno de los pretendientes que fueron a cortejar a la Zardoncella. Zares, zarevitches, reyes, príncipes, guerreros poderosos fueron con sus ejércitos y con sus naves y no pudieron cumplir sus propósitos; todos dejaron la cabeza en la punta de una lanza.
- No importa -dijo el Zarevitz Iván.- ¿Por qué temer? Los designios de la Providencia son terribles, y la misericordia de Dios es infinita. Dime cómo se llega a los dominios de la Zardoncella.
- Es una temeridad emprender ese viaje. No obstante voy a darte mi apreciado esturión. Él te llevará sobre sus lomos y mi pez espada, con su nariz larga, correrá ante vosotros mostrándoos el camino.
Los hermanos se despidieron y el Zarevitz Iván a caballo sobre el esturión, emprendió el viaje siguiendo al veloz pez espada. Llegaron a un paraje poblado de cangrejos que saludaron al Zarevitz Iván con sus bigotes y tocaron los tambores con sus pinzas para que los pececillos se apartasen del paso. Pero el mar no es lo mismo que la tierra enjuta. Allí no había ni hierbas ni arbustos donde agarrarse, el camino era resbaladizo, tan resbaladizo como la grasa, y el Zarevitz Iván se iba deslizando, deslizando. Entonces se puso el gorro invisible y vio que los guardianes de la Zardoncella abrían unos ojos desmesurados y miraban lejos, sin ver lo que sucedía ante sus mismos narices, y siguieron afilando sus espadas y aguzando sus lanzas. Llegó a la orilla sin contratiempo, el esturión lo dejó en el muelle, y despidiéndose de él con una reverencia, se volvió al agua. El Zarevitz Iván atravesó por entre la guardia con paso firme y penetró en el jardín prohibido corno si fuera el amo y señor, se paseó por los senderos que serpenteaban entre frutales y comió de las manzanas sabrosísimas y transparentes que allí se criaban.
El Zarevitz parecía encantado y como perdido en aquel jardín delicioso, hasta que vio veinte palomas blancas que volaban en dirección a un estanque. Apenas se posaron en tierra se transformaron en otras tantas doncellas hermosas como los estrellas del cielo y de tez tan fina y blanca como la leche, y entre ellas se paseaba la Zardoncella como un pavo real, diciendo:
- ¡Qué calor hace, amigas! ¡El sol arde como un horno! Tomemos un baño, que aquí nadie puede vernos. Es tan numerosa la guardia que vigila la costa, que ni una mosca podría pasar sin ser observada.
- ¿Que no puede pasar una mosca? Ved qué mosca tan grande ha pasado inadvertida para tu guardia -dijo el Zarevitz Iván, quitándose el gorro invisible e inclinándose ante la Zardoncella.
La Zardoncella y sus compañeras, como hacen las muchachas sorprendidas en la intimidad, se pusieron a chillar y hubieran emprendido veloz carrera; pero estaban tan aturdidas, que no acertaron más que a mirar al joven como quien no quiere, con el disimulo que les permitía su confusión.
- Zardoncella y amables damiselas -dijo el Zarevitz Iván,- ¿qué teméis de mí? No soy un oso que venga a morderos, y a ninguna de vosotros arrebataré el corazón contra su voluntad; pero si está aquí la novia que el cielo me tiene destinada, ha de saber que yo soy su prometido.
La Zardoncella, encarnada como una amapola, alargó su blanca mano al Zarevitz Iván y dijo:
- ¡Salud, bondadoso joven! Ignoro si eres zar, zarevitz, rey o príncipe; pero ya que te presentas de tan cortés manera, te consideraremos nuestro huésped y te trataremos como a un buen amigo. Muchos pretendientes han venido con el propósito de arrebatar mi corazón con violencia, cosa imposible desde que el mundo es mundo. ¡Ven a mis salones de piedra blanca y a mis aposentos de cristal!
Toda la nación se enteró al momento de que su Zarevna, la Zardoncella, había tomado un novio de su propia voluntad y acudieron en bandadas los jóvenes y los ancianos o celebrar el acontecimiento con gran regocijo. La Zardoncella ordenó que se abriesen sus reales bodegas a todos los concurrentes y que se les permitiera tocar tambores, guitarras y violines, y al día siguiente se celebraron grandes fiestas y conciertos durante el banquete de la boda. Tres días duraron los festines y tres semanas las fiestas y regocijos, y entonces el Zarevitz Iván habló a su consorte de librar a sus hermanas del poder del Monstruo de la Selva y del Monstruo del Mar.
- Mi querido esposo, Iván el Zarevitz -le dijo ella,- ¿qué no haría yo por ti? Manda a buscar a mi magistrado el erizo y a mi escribano el gorrión y que envíen ucases al Monstruo de la Selva y al Monstruo del Mar ordenándoles que dejen en libertad a las hermanas del Zarevitz Iván, si no quieren que los haga prender y los condene a una muerte horrible.
El magistrado erizo y el escribano gorrión redactaron los ucases y los mandaron por mensajeros. El Monstruo de la Selva y el Monstruo del Mar no pudieron oponerse y dejaron en libertad a la Zarevna Neotsienaya y a la Zarevna Beztsienaya. Y el Zarevitz Iván escribió a su padre el Zar Umnaya Golova, la siguiente carta:
"Ya ves, oh, Soberano Zar, que no sólo con la fuerza y el valor sino con astucia e ingenio pueden vencerse todas las dificultades, y el arpa mágica es a veces más útil que una hoja damasquina, aunque de nada serviría si quisiera uno hacerla tocar a latigazos. Ven a verme, querido padre, y sé mi huésped, y viviré contigo y con mi esposa y mis hermanas. Ya tengo preparado un gran banquete para celebrar tu llegada, y deseo que vivas muchos años".
Y el Zarevitz Iván pasó una vida feliz, rica y próspera. Vivió muchos años y su reinado fue glorioso. En cierta ocasión yo fui su huésped y me trató a cuerpo de rey.
El gnomo bigotudo y el caballo blanco - Cuento Ruso
En cierto reino de cierto Imperio vivía una vez un Zar. En su corte había unos arreos con jaeces de oro, y he aquí que el Zar soñó que llevaba estos arreos un caballo extraño, que no era precisamente blanco como la lana, sino brillante como la plata, y en su frente refulgía una luna.
Al despertar el Zar por la mañana, mandó lanzar un pregón por todos los países, prometiendo la mano de su hija y la mitad de su imperio a quien interpretase el sueño y descubriese el caballo. Al oír la real proclama, acudieron príncipes, boyardos y magnates de todas partes, mas por mucho que pensaron, ninguno supo interpretar el sueño y mucho menos saber el paradero del caballo blanco. Por fin se presentó un campesino viejecito de blanca barba, que dijo al Zar:
- Tu sueño no es sueño, sino la pura realidad. En ese caballo que dices haber visto ha venido esta noche un Gnomo pequeño como tu dedo pulgar y con bigotes de siete verstas de largo y tenía intención de raptar a tu hermosa hija, sacándola de la fortaleza.
- Gracias por tu interpretación, anciano. ¿Puedes decirme ahora quién es capaz de traerme ese caballo?
- Te lo diré, mi señor Zar. Tres hijos tengo de extraordinario valor. Nacieron los tres en una misma noche: el mayor, al oscurecer; el segundo, a media noche, y el tercero, a punta del alba, y por eso los llamamos Zorka, Vechorka y Polunochka. Nadie puede igualárseles en fuerza y en valor. Ahora, mi padrecito y soberano señor, manda que ellos te busquen el caballo.
- Que vayan, amigo mío, y que tomen de mi tesoro cuanto necesiten. Yo cumpliré mi palabra de Rey: al que encuentre ese caballo le daré la Zarevna y la mitad de mi imperio.
Al día siguiente muy temprano, los tres bravos hermanos, Zorka, Vechorka y Polunochka, llegaron a la corte del Zar. El primero tenía el más hermoso semblante, el segundo, las más anchas espaldas y el tercero, el más apuesto continente. Los condujeron a presencia del Zar, rezaron ante los santos inclinándose devotamente, y ante el Zar hicieron la más profunda reverencia, antes de decir:
- ¡Que nuestro soberano y Zar viva muchos años sobre la tierra! Hemos venido, no para que nos obsequies con banquetes, sino para acometer una ardua empresa, ya que estamos dispuestos a buscarte ese extraño caballo por lejos que se encuentre, ese caballo sin igual que se te apareció en sueños.
- Que la suerte os acompañe, buenos mozos, ¿Qué necesitáis para el camino?
- Nada necesitamos, ¡oh, Emperador! Pero no olvides a nuestros buenos padres. Atiéndelos en su senectud y dales lo necesario para vivir.
- Si no pedís más que eso, id en nombre de Dios. Mandaré conducir a vuestros padres a mi corte y serán mis huéspedes; comerán de lo que yo coma y beberán de lo que yo beba; se vestirán y calzarán de mi guardarropa y los colmaré de atenciones.
Los buenos mozos emprendieron su largo viaje. Uno, dos, tres días anduvieron sin ver otra cosa que el cielo azul sobre sus cabezas y la anchurosa estepa a cada lado. Por fin dejaron la estepa y penetraron en una densa selva, y se regocijaron grandemente. En un claro de la selva hallaron una cabaña diminuta y junto a ella un redil lleno de carneros.
- ¡Vaya! -se dijeron.- Por fin encontramos un lugar donde reclinar la cabeza y descansar de nuestro viaje.
Llamaron a la puerta y nadie contestó; miraron dentro y vieron que no había nadie. Entraron los tres, dispuestos a pasar la noche, rezaron las oraciones y se echaron a dormir. Al día siguiente, Zorka y Polunochka fueron a cazar por el bosque y, dijeron a Vechorka:
- Quédate y prepáranos la comida.
El hermano mayor se conformó, arregló la cabaña, fue luego al corral, escogió el carnero más gordo, lo degolló, lo limpió y lo sacó para la comida. Pero, apenas había puesto la mesa y se había sentado junto a la ventana a esperar a sus hermanos, se produjo en el bosque un ruido como de trueno, la puerta se abrió como si la arrancasen de sus goznes, y el Gnomo pequeño como el dedo pulgar y con bigotes de siete verstas de largo entró en la cabaña arrastrando los bigotes por la espalda. Miró a Vechorka desde sus espesas cejas y chilló con voz terrible:
- ¿Cómo te atreves a entrar en mi cabaña como si fueras el amo? ¿Cómo te atreves a matar a mis carneros?
Vechorka le dirigió una mirada de desprecio y sonrió diciendo:
- Habías de crecer un poco más para chillarme así. Vete y no vuelvas por aquí, si no quieres que coja una cucharada de sopa y un pellizco de pan y haga una gelatina de tus ojos.
- Ya veo que no sabes que, aunque pequeño, soy valiente como el que más -replicó el Gnomo bigotudo, que cogiendo al héroe, lo arrancó del asiento, lo arrastró de un lado a otro, le golpeó la cabeza contra la pared y lo arrojó más muerto que vivo contra el banco. Luego cogió el carnero asado, se lo comió con huesos y todo y desapareció. Al volver los hermanos preguntaron:
- ¿Qué ha pasado? ¿Por qué llevas la cabeza vendada?
A Vechorka le dio vergüenza confesar que un ser tan insignificante lo había maltratado de aquella manera y contestó a sus hermanos:
- Me entró dolor de cabeza al encender el fuego y por eso no he podido asar ni hervir nada.
Al día siguiente, Zorka y Vechorka salieron de caza, y Polunochka se quedó a preparar la comida.
Apenas lo tenía todo dispuesto, se oyó en el bosque un estruendo formidable y entró en la cabaña el Gnomo, pequeño como el dedo pulgar y con bigotes de siete verstas de largo, se dirigió a Polunochka, lo zarandeó de lo lindo, y lo arrojó bajo el banco; luego devoró toda la comida y desapareció. Al volver los hermanos preguntaron:
- ¿Qué ha pasado, hermanito? ¿Por qué llevas esos trapos en la cabeza?
- Me entró dolor de cabeza al encender el fuego, hermano -contestó Polunochka,- y parecía que me iba a estallar, de modo que no pude prepararos la comida.
Al tercer día, los hermanos mayores fueron a cazar y se quedó en la cabaña Zorka, quien se dijo:
- Aquí pasa algo singular. Si mis hermanos se han quejado del calor del fuego dos días seguidos por algo será.
Se puso a arreglarlo todo sin dejar de escuchar un momento, para no estar desprevenido si alguien entraba. Cogió un carnero, lo degolló, lo asó y lo puso en la mesa. Inmediatamente se oyó un ruido como de trueno que corriera por el bosque, se abrió la puerta de la cabaña y apareció el Gnomo, pequeño como el dedo pulgar, con un bigote de siete verstas de largo.
Llevaba un haz de heno sobre la cabeza y un cubo de agua en la mano. Dejó el cubo en medio del corral, esparció el heno por el suelo y empezó a contar sus carneros. Al comprobar que le faltaba otra cabeza, montó en violenta ira y se arrojó como un loco sobre Zorka. Pero éste no era como sus hermanos. Cogió al Gnomo por los bigotes y empezó a arrastrarlo por la cabaña, dándole golpes, mientras gritaba:
Si no conoces el vado
No camines por el río.
El Gnomo se sacudió de las férreas manos de Zorka, aunque dejando las puntas de su bigote en sus puños, y se escapó a todo correr. De nada sirvió que Zorka lo persiguiese, porque se elevó en el aire como una pluma ante sus ojos y desapareció en las alturas. Zorka volvió a la cabaña y se sentó junto a la ventana a esperar a sus queridos hermanos.
Éstos se sorprendieron de hallar a su hermanito sano y salvo y con la comida preparada. Pero Zorka sacó de su cinto las puntas del bigote que había arrancado al monstruo y dijo a sus hermanos sonriendo:
- Hermanos míos, permitid que me ría del dolor de cabeza que os ha producido el fuego. Ahora se ha visto que ni en fuerza ni en valor sois compañeros dignos de mí. Voy, pues, sólo en busca del caballo prodigioso. Vosotros podéis volver a la aldea a cavar la tierra.
Se despidió de sus hermanos y prosiguió el viaje solo.
Estaba a punto de salir del bosque cuando vio una choza desvencijada de la que salían lamentos dolorosos.
- A quien me dé de comer y de beber, a ése serviré -decía el ser humano que se quejaba.
El compasivo joven se acercó a la choza y encontró a un hombre cojo y manco que no cesaba de gemir, hambriento y sediento. Zorka le dio de comer y de beber y le preguntó quién era.
- Has de saber que yo era un héroe y no valía menos que tú, pero, ¡ay! me comí uno de los carneros del Gnomo, pequeño como el dedo pulgar, y me lisió para el resto de mi vida. Pero ya que te has portado bien conmigo dándome de comer y de beber, te diré cómo podrás descubrir el paradero del caballo prodigioso.
- Dímelo, buen hombre; te lo ruego.
- Ve al río que pasa no muy lejos de aquí, coge una barca y traslada a la orilla opuesta durante un año a todos los que quieran cruzarlo; no aceptes dinero a nadie y... verás lo que sucede.
Zorka llegó al río, se hizo dueño de una barco de pasaje y durante un año condujo a la orilla opuesta a cuantos quisieron cruzarlo. Y sucedió que en cierta ocasión hubo de pasar a tres viejos peregrinos. Al llegar a la orilla los viejos desataron sus alforjas y el primero sacó un puñado de oro, el segundo una sarta de perlas puras y el tercero las piedras más preciosas.
- Toma esto para ti en pago de habernos pasado, buen mozo -dijeron los viejos.
- Nada puedo aceptar de vosotros -contestó Zorka,- porque estoy aquí cumpliendo el voto de pasar a todo el mundo sin aceptar dinero.
- ¿Entonces por qué haces esto?
- Busco al caballo prodigioso que no es blanco como la lana, sino brillante como la plata, y no lo hallo en ninguna porte; por eso me aconsejaron que hiciese de barquero y esperase los acontecimientos.
- Has hecho perfectamente, buen mozo, en cumplir fielmente tu promesa. Te daremos algo que puede serte útil en tu viaje. Aquí tienes un anillo que no tiene ningún valor. No tienes que hacer otra cosa que cambiarlo de dedo y se cumplirán todos tus deseos.
Apenas los tres ancianos prosiguieron el viaje, Zorka cambió el anillo de mano y dijo:
- ¡Quiero estar inmediatamente en los parajes donde el Gnomo pequeño como el pulgar apacienta a su caballo!
Inmediatamente lo arrebató la tempestad, y en un abrir y cerrar de ojos, se encontró en una profunda quebrada, entre peñascos gigantescos, y al extremo de la quebrada pudo divisar al Gnomo pequeño como el dedo pulgar y con bigotes de siete verstas de largo, y a su lado estaba paciendo el caballo prodigioso, no blanco como la lana, era brillante como la plata, en su frente resplandecía una luna y de su crin colgaban muchas estrellas.
- Bienvenido, joven -chilló el monstruo dirigiéndose a Zorka.- ¿Qué te trae por aquí?
- Vengo a quitarte el caballo.
- Ni tú ni nadie puede quitarme el caballo. Si lo cojo de las crines y lo llevo al borde de estos precipicios, nadie del mundo podrá arrancarlo de allí por más que se esfuerce.
- Siendo así, hagamos un trato.
- Con mucho gusto. No me importa negociar contigo. Si me traes la hija de tu Zar podrás llevarte caballo.
- Trato hecho -dijo Zorka, y empezó a reflexionar cómo sacaría mejor partido de la situación. Cambió el anillo de dedo y dijo:
- Quiero que la hermosa Zarevna comparezca inmediatamente ante mí.
En un santiamén la Zarevna se apareció ante él pálida y temblorosa, y arrojándose a sus pies le imploró:
- Buen joven, ¿por qué me has arrancado del lado de mi padre? ¡Ten piedad de mi tierna juventud!
Pero Zorka le susurró:
- Quiero sacar ventaja de ese monstruo. Le haré creer que te cambio por el caballo y que te dejo con él para que seas su mujer; pero toma este anillo y cuando quieras volver a casa no tienes más que cambiártelo de dedo y decir: "Quiero transformarme en alfiler y clavarme en la solapa de Zorka", y verás lo que sucede.
Y sucedió tal como Zorka dijo. Entregó la Zarevna al monstruo a cambio del caballo prodigioso, enjaezó el animal, lo montó y se alejó de allí al galope; pero el Gnomo pequeño como el dedo pulgar corrió tras él riendo y gritándole:
- ¡Está bien, buen mozo, has cambiado una hermosa doncella por un caballo!
Apenas se había alejado Zorka dos o tres verstas, sintió que algo se le clavaba en la solapa. Se llevó la mano allí, y efectivamente, encontró un alfiler. Lo arrojó al suelo y ante él apareció una hermosa doncella que lloraba suplicándole que la volviese a casa de su querido padre. Zorka la sentó a su lado y se alejó galopando como sólo los héroes saben galopar. Llegó a la corte y encontró al Zar de muy mal humor.
- No me causa ninguna alegría, buen mozo, que me hayas servido tan fielmente, ni quiero yo el caballo que has ido a buscarme ni te recompensaré conforme a tus méritos.
- ¿Y por qué, mi querido padre el Zar?
- Porque, amigo mío, mi hija se ha marchado sin mi consentimiento.
- Ruégote, mi soberano señor y Zar, que no gastes esas bromas conmigo: la Zarevna acaba de darme la bienvenida en el patio de armas.
El Zar corrió enseguida el patio de armas, donde encontró a su hija. La abrazó y la condujo al lado del joven.
- Aquí está tu recompensa y mi alegría.
Y el Zar tomó el caballo y dio su hija a Zorka por mujer y la mitad de su imperio, según promesa. Y Zorka aun vive con su mujer a quien ama más cada día y goza de su buena fortuna sin vanas ostentaciones ni jactancias.