Deja que en tu vida entre el enigma de la lectura de lo asombroso, lo otro, lo oculto, lo que siempre acecha a un paso de tu hombro izquierdo, el escalofrío que percibiste con el rabillo del ojo.
Rincón de la Poesía: Soy - El Anima Texto medieval
El gnomo bigotudo y el caballo blanco - Cuento Ruso
En cierto reino de cierto Imperio vivía una vez un Zar. En su corte había unos arreos con jaeces de oro, y he aquí que el Zar soñó que llevaba estos arreos un caballo extraño, que no era precisamente blanco como la lana, sino brillante como la plata, y en su frente refulgía una luna.
Al despertar el Zar por la mañana, mandó lanzar un pregón por todos los países, prometiendo la mano de su hija y la mitad de su imperio a quien interpretase el sueño y descubriese el caballo. Al oír la real proclama, acudieron príncipes, boyardos y magnates de todas partes, mas por mucho que pensaron, ninguno supo interpretar el sueño y mucho menos saber el paradero del caballo blanco. Por fin se presentó un campesino viejecito de blanca barba, que dijo al Zar:
- Tu sueño no es sueño, sino la pura realidad. En ese caballo que dices haber visto ha venido esta noche un Gnomo pequeño como tu dedo pulgar y con bigotes de siete verstas de largo y tenía intención de raptar a tu hermosa hija, sacándola de la fortaleza.
- Gracias por tu interpretación, anciano. ¿Puedes decirme ahora quién es capaz de traerme ese caballo?
- Te lo diré, mi señor Zar. Tres hijos tengo de extraordinario valor. Nacieron los tres en una misma noche: el mayor, al oscurecer; el segundo, a media noche, y el tercero, a punta del alba, y por eso los llamamos Zorka, Vechorka y Polunochka. Nadie puede igualárseles en fuerza y en valor. Ahora, mi padrecito y soberano señor, manda que ellos te busquen el caballo.
- Que vayan, amigo mío, y que tomen de mi tesoro cuanto necesiten. Yo cumpliré mi palabra de Rey: al que encuentre ese caballo le daré la Zarevna y la mitad de mi imperio.
Al día siguiente muy temprano, los tres bravos hermanos, Zorka, Vechorka y Polunochka, llegaron a la corte del Zar. El primero tenía el más hermoso semblante, el segundo, las más anchas espaldas y el tercero, el más apuesto continente. Los condujeron a presencia del Zar, rezaron ante los santos inclinándose devotamente, y ante el Zar hicieron la más profunda reverencia, antes de decir:
- ¡Que nuestro soberano y Zar viva muchos años sobre la tierra! Hemos venido, no para que nos obsequies con banquetes, sino para acometer una ardua empresa, ya que estamos dispuestos a buscarte ese extraño caballo por lejos que se encuentre, ese caballo sin igual que se te apareció en sueños.
- Que la suerte os acompañe, buenos mozos, ¿Qué necesitáis para el camino?
- Nada necesitamos, ¡oh, Emperador! Pero no olvides a nuestros buenos padres. Atiéndelos en su senectud y dales lo necesario para vivir.
- Si no pedís más que eso, id en nombre de Dios. Mandaré conducir a vuestros padres a mi corte y serán mis huéspedes; comerán de lo que yo coma y beberán de lo que yo beba; se vestirán y calzarán de mi guardarropa y los colmaré de atenciones.
Los buenos mozos emprendieron su largo viaje. Uno, dos, tres días anduvieron sin ver otra cosa que el cielo azul sobre sus cabezas y la anchurosa estepa a cada lado. Por fin dejaron la estepa y penetraron en una densa selva, y se regocijaron grandemente. En un claro de la selva hallaron una cabaña diminuta y junto a ella un redil lleno de carneros.
- ¡Vaya! -se dijeron.- Por fin encontramos un lugar donde reclinar la cabeza y descansar de nuestro viaje.
Llamaron a la puerta y nadie contestó; miraron dentro y vieron que no había nadie. Entraron los tres, dispuestos a pasar la noche, rezaron las oraciones y se echaron a dormir. Al día siguiente, Zorka y Polunochka fueron a cazar por el bosque y, dijeron a Vechorka:
- Quédate y prepáranos la comida.
El hermano mayor se conformó, arregló la cabaña, fue luego al corral, escogió el carnero más gordo, lo degolló, lo limpió y lo sacó para la comida. Pero, apenas había puesto la mesa y se había sentado junto a la ventana a esperar a sus hermanos, se produjo en el bosque un ruido como de trueno, la puerta se abrió como si la arrancasen de sus goznes, y el Gnomo pequeño como el dedo pulgar y con bigotes de siete verstas de largo entró en la cabaña arrastrando los bigotes por la espalda. Miró a Vechorka desde sus espesas cejas y chilló con voz terrible:
- ¿Cómo te atreves a entrar en mi cabaña como si fueras el amo? ¿Cómo te atreves a matar a mis carneros?
Vechorka le dirigió una mirada de desprecio y sonrió diciendo:
- Habías de crecer un poco más para chillarme así. Vete y no vuelvas por aquí, si no quieres que coja una cucharada de sopa y un pellizco de pan y haga una gelatina de tus ojos.
- Ya veo que no sabes que, aunque pequeño, soy valiente como el que más -replicó el Gnomo bigotudo, que cogiendo al héroe, lo arrancó del asiento, lo arrastró de un lado a otro, le golpeó la cabeza contra la pared y lo arrojó más muerto que vivo contra el banco. Luego cogió el carnero asado, se lo comió con huesos y todo y desapareció. Al volver los hermanos preguntaron:
- ¿Qué ha pasado? ¿Por qué llevas la cabeza vendada?
A Vechorka le dio vergüenza confesar que un ser tan insignificante lo había maltratado de aquella manera y contestó a sus hermanos:
- Me entró dolor de cabeza al encender el fuego y por eso no he podido asar ni hervir nada.
Al día siguiente, Zorka y Vechorka salieron de caza, y Polunochka se quedó a preparar la comida.
Apenas lo tenía todo dispuesto, se oyó en el bosque un estruendo formidable y entró en la cabaña el Gnomo, pequeño como el dedo pulgar y con bigotes de siete verstas de largo, se dirigió a Polunochka, lo zarandeó de lo lindo, y lo arrojó bajo el banco; luego devoró toda la comida y desapareció. Al volver los hermanos preguntaron:
- ¿Qué ha pasado, hermanito? ¿Por qué llevas esos trapos en la cabeza?
- Me entró dolor de cabeza al encender el fuego, hermano -contestó Polunochka,- y parecía que me iba a estallar, de modo que no pude prepararos la comida.
Al tercer día, los hermanos mayores fueron a cazar y se quedó en la cabaña Zorka, quien se dijo:
- Aquí pasa algo singular. Si mis hermanos se han quejado del calor del fuego dos días seguidos por algo será.
Se puso a arreglarlo todo sin dejar de escuchar un momento, para no estar desprevenido si alguien entraba. Cogió un carnero, lo degolló, lo asó y lo puso en la mesa. Inmediatamente se oyó un ruido como de trueno que corriera por el bosque, se abrió la puerta de la cabaña y apareció el Gnomo, pequeño como el dedo pulgar, con un bigote de siete verstas de largo.
Llevaba un haz de heno sobre la cabeza y un cubo de agua en la mano. Dejó el cubo en medio del corral, esparció el heno por el suelo y empezó a contar sus carneros. Al comprobar que le faltaba otra cabeza, montó en violenta ira y se arrojó como un loco sobre Zorka. Pero éste no era como sus hermanos. Cogió al Gnomo por los bigotes y empezó a arrastrarlo por la cabaña, dándole golpes, mientras gritaba:
Si no conoces el vado
No camines por el río.
El Gnomo se sacudió de las férreas manos de Zorka, aunque dejando las puntas de su bigote en sus puños, y se escapó a todo correr. De nada sirvió que Zorka lo persiguiese, porque se elevó en el aire como una pluma ante sus ojos y desapareció en las alturas. Zorka volvió a la cabaña y se sentó junto a la ventana a esperar a sus queridos hermanos.
Éstos se sorprendieron de hallar a su hermanito sano y salvo y con la comida preparada. Pero Zorka sacó de su cinto las puntas del bigote que había arrancado al monstruo y dijo a sus hermanos sonriendo:
- Hermanos míos, permitid que me ría del dolor de cabeza que os ha producido el fuego. Ahora se ha visto que ni en fuerza ni en valor sois compañeros dignos de mí. Voy, pues, sólo en busca del caballo prodigioso. Vosotros podéis volver a la aldea a cavar la tierra.
Se despidió de sus hermanos y prosiguió el viaje solo.
Estaba a punto de salir del bosque cuando vio una choza desvencijada de la que salían lamentos dolorosos.
- A quien me dé de comer y de beber, a ése serviré -decía el ser humano que se quejaba.
El compasivo joven se acercó a la choza y encontró a un hombre cojo y manco que no cesaba de gemir, hambriento y sediento. Zorka le dio de comer y de beber y le preguntó quién era.
- Has de saber que yo era un héroe y no valía menos que tú, pero, ¡ay! me comí uno de los carneros del Gnomo, pequeño como el dedo pulgar, y me lisió para el resto de mi vida. Pero ya que te has portado bien conmigo dándome de comer y de beber, te diré cómo podrás descubrir el paradero del caballo prodigioso.
- Dímelo, buen hombre; te lo ruego.
- Ve al río que pasa no muy lejos de aquí, coge una barca y traslada a la orilla opuesta durante un año a todos los que quieran cruzarlo; no aceptes dinero a nadie y... verás lo que sucede.
Zorka llegó al río, se hizo dueño de una barco de pasaje y durante un año condujo a la orilla opuesta a cuantos quisieron cruzarlo. Y sucedió que en cierta ocasión hubo de pasar a tres viejos peregrinos. Al llegar a la orilla los viejos desataron sus alforjas y el primero sacó un puñado de oro, el segundo una sarta de perlas puras y el tercero las piedras más preciosas.
- Toma esto para ti en pago de habernos pasado, buen mozo -dijeron los viejos.
- Nada puedo aceptar de vosotros -contestó Zorka,- porque estoy aquí cumpliendo el voto de pasar a todo el mundo sin aceptar dinero.
- ¿Entonces por qué haces esto?
- Busco al caballo prodigioso que no es blanco como la lana, sino brillante como la plata, y no lo hallo en ninguna porte; por eso me aconsejaron que hiciese de barquero y esperase los acontecimientos.
- Has hecho perfectamente, buen mozo, en cumplir fielmente tu promesa. Te daremos algo que puede serte útil en tu viaje. Aquí tienes un anillo que no tiene ningún valor. No tienes que hacer otra cosa que cambiarlo de dedo y se cumplirán todos tus deseos.
Apenas los tres ancianos prosiguieron el viaje, Zorka cambió el anillo de mano y dijo:
- ¡Quiero estar inmediatamente en los parajes donde el Gnomo pequeño como el pulgar apacienta a su caballo!
Inmediatamente lo arrebató la tempestad, y en un abrir y cerrar de ojos, se encontró en una profunda quebrada, entre peñascos gigantescos, y al extremo de la quebrada pudo divisar al Gnomo pequeño como el dedo pulgar y con bigotes de siete verstas de largo, y a su lado estaba paciendo el caballo prodigioso, no blanco como la lana, era brillante como la plata, en su frente resplandecía una luna y de su crin colgaban muchas estrellas.
- Bienvenido, joven -chilló el monstruo dirigiéndose a Zorka.- ¿Qué te trae por aquí?
- Vengo a quitarte el caballo.
- Ni tú ni nadie puede quitarme el caballo. Si lo cojo de las crines y lo llevo al borde de estos precipicios, nadie del mundo podrá arrancarlo de allí por más que se esfuerce.
- Siendo así, hagamos un trato.
- Con mucho gusto. No me importa negociar contigo. Si me traes la hija de tu Zar podrás llevarte caballo.
- Trato hecho -dijo Zorka, y empezó a reflexionar cómo sacaría mejor partido de la situación. Cambió el anillo de dedo y dijo:
- Quiero que la hermosa Zarevna comparezca inmediatamente ante mí.
En un santiamén la Zarevna se apareció ante él pálida y temblorosa, y arrojándose a sus pies le imploró:
- Buen joven, ¿por qué me has arrancado del lado de mi padre? ¡Ten piedad de mi tierna juventud!
Pero Zorka le susurró:
- Quiero sacar ventaja de ese monstruo. Le haré creer que te cambio por el caballo y que te dejo con él para que seas su mujer; pero toma este anillo y cuando quieras volver a casa no tienes más que cambiártelo de dedo y decir: "Quiero transformarme en alfiler y clavarme en la solapa de Zorka", y verás lo que sucede.
Y sucedió tal como Zorka dijo. Entregó la Zarevna al monstruo a cambio del caballo prodigioso, enjaezó el animal, lo montó y se alejó de allí al galope; pero el Gnomo pequeño como el dedo pulgar corrió tras él riendo y gritándole:
- ¡Está bien, buen mozo, has cambiado una hermosa doncella por un caballo!
Apenas se había alejado Zorka dos o tres verstas, sintió que algo se le clavaba en la solapa. Se llevó la mano allí, y efectivamente, encontró un alfiler. Lo arrojó al suelo y ante él apareció una hermosa doncella que lloraba suplicándole que la volviese a casa de su querido padre. Zorka la sentó a su lado y se alejó galopando como sólo los héroes saben galopar. Llegó a la corte y encontró al Zar de muy mal humor.
- No me causa ninguna alegría, buen mozo, que me hayas servido tan fielmente, ni quiero yo el caballo que has ido a buscarme ni te recompensaré conforme a tus méritos.
- ¿Y por qué, mi querido padre el Zar?
- Porque, amigo mío, mi hija se ha marchado sin mi consentimiento.
- Ruégote, mi soberano señor y Zar, que no gastes esas bromas conmigo: la Zarevna acaba de darme la bienvenida en el patio de armas.
El Zar corrió enseguida el patio de armas, donde encontró a su hija. La abrazó y la condujo al lado del joven.
- Aquí está tu recompensa y mi alegría.
Y el Zar tomó el caballo y dio su hija a Zorka por mujer y la mitad de su imperio, según promesa. Y Zorka aun vive con su mujer a quien ama más cada día y goza de su buena fortuna sin vanas ostentaciones ni jactancias.
Algo mío - Sivela Tanit
La lectura, para mí, significó abrir una dimensión nueva y espectacular, la vida adquiría sentido y un motivo.
Siempre leía lo que caía en mis manos, como suele suceder mi primer acercamiento fue con la biblioteca de mi casa, recuerdo los cuentos que venían en los libros de la escuela, mi mamá me compró una enciclopedia para niños permeada de muchas historias, cuentos, poemas, resúmenes de novelas y artículos de conocimiento en general.
Más adelante, estando en secundaria comencé a leer cosas que les encargaron a mis hermanos mayores de cuando cursaron su secundaria o preparatoria, como “Corazón: Diario de un niño” escrita por Edmundo de Amicis; “María” de Jorge Isaacs; “Las dos caras de la moneda” del autor Ellery Queen; “Un mundo feliz” novela del escritor Aldous Huxley, entre otras.
El acercamiento con cada uno de esas novelas me dio una perspectiva diferente de lo que se podía crear. Debo confesar que en ese entonces no tenía la capacidad de entender la lectura en una primera leída, tuve que hacerlo lento, repetir hojas y consultar muchas veces el diccionario, pero todo ello me ayudó a entender y a crecer como lectora, me hizo madurar en mi capacidad interpretativa y en mi nivel de ortografía y redacción.
En la preparatoria, ya conocía el género de los ensayos con Octavio Paz y su famoso “Laberinto de la Soledad” y tuve el privilegio de leer su primera versión, antes de que televisa le diera un contrato y él aligerara la carga critica de su obra, leí partes de “Don Quijote de la Mancha” escrita por Miguel de Cervantes Saavedra, me adentré con “El principito” de Antoine de Saint-Exupéry. Conocí autores mexicanos como José Emilio Pacheco, Carlos Fuentes, Ricardo Garibay, Armando Ramírez, Rosario Castellanos, entre otros.
La profesión que tomé me alejó un poco de la literatura, pero nunca la olvidé.
Leer me hace libre y me hace soportable la rudeza de la vida.
Cuando ya comencé a trabajar me pagué cursos que me acunaron en lo que más me gustaba: leer, disfrutar y también comencé a desarrollar un gusto por el género fantástico, (horror, policíaco, ciencia ficción) y las novelas biográficas.
Gozaba tanto con lo que leía y descubría, cada vez que un cuento o novela se abría ante mí con sus giros en el final, que yo deseaba poderlo compartir con todos, quería que los demás sintieran como su corazón se aceleraba o se detenía, como las neuronas del cerebro explotaban al descubrir un final que no se esperaba, la emoción de la sorpresa que esperaba al protagonista y a uno como lector, entonces, llena de esperanza, hice un blog.
En este blog comencé a subir los cuentos que amaba, los que me sorprendían, mis favoritos o los que me habían cautivado. Al día de hoy, han pasado 12 años y siguiendo la vida, he logrado hacer una pequeñísima biblioteca, siempre con el afán de alcanzar a los amantes de la lectura como yo, o por lo menos atrapar a algún curioso y que descubra que sí le gustan y continúe en el camino.
Sin embargo todo evoluciona y todo cambia, cada vez observo que todo se aleja de la lectura de calidad y se busca lo simple, lo que no hace pensar, lo que entretiene y mantiene a la mente como una sopa aguada.
Y me entristece.
Este es mi blog, que ofrece historias alternas a la realidad, que da la oportunidad de hacerte soñar y sorprenderte. La contribución de mi blog, es para hacerte pensar y crecer.
No espero que nadie lo tome, no espero que nadie lo lea.
Esto es algo mío y lo comparto con gusto.
El espectro de la bruja
Hace unos treinta años, en el mes de mayo, despertaron a medianoche a un clérigo católico que vivía en Rathdowney, en Queen’s County, para que atendiese a un moribundo en una zona remota de la parroquia. El sacerdote obedeció sin rechistar, y, una vez administrada la extremaunción al pecador moribundo, lo vio abandonar este mundo antes salir de la cabaña. Como todavía era de noche, el hombre que había ido a llamar al sacerdote se ofreció ahora a acompañarlo a su casa, pero este rechazó el ofrecimiento y emprendió el viaje solo. La luz grisácea del alba empezó a asomar por encima de las montañas. El buen sacerdote estaba profundamente cautivado por la belleza de la escena, y siguió avanzando con su caballo, observando ahora con atención todo lo que lo rodeaba y soltando latigazos a los murciélagos y a las bonitas moscas nocturnas que se cruzaban revoloteando de vez en cuando en su solitario camino. Enfrascado en esta distracción prosiguió su viaje lentamente, hasta que el amanecer cada vez más próximo empezó a permitirle distinguir los objetos perfectamente, y entonces se apeó de su caballo, soltó las riendas, sacó el breviario de su bolsillo y se puso a leer su «oficio matutino» mientras caminaba sin prisa.
No había avanzado mucho cuando advirtió que su caballo, un animal muy brioso, parecía querer detenerse en mitad del camino y miraba fijamente un campo en el que pastaban tres o cuatro vacas. No obstante, él no prestó demasiada atención a esta circunstancia y siguió caminando un poco más, cuando el caballo de pronto corcoveó violentamente y trató de soltarse. El sacerdote logró dominarlo con gran dificultad y, al observarlo más de cerca, se dio cuenta de que temblaba y sudaba copiosamente. El animal se tranquilizó entonces, pero se negó a moverse de donde estaba, y ni las amenazas ni las súplicas pudieron inducirlo a continuar. El sacerdote no salía de su asombro, pero, como recordaba haber oído a menudo que una forma de obligar a un caballo asustado a seguir trabajando era vendarle los ojos, sacó su pañuelo y se lo ató en la cabeza. A continuación se montó y, pegándole con suavidad, el caballo prosiguió su camino sin oponer resistencia, pero aún sudando y temblando incontrolablemente. No habían avanzado mucho cuando llegaron a un estrecho camino de herradura, flanqueado por setos altos y tupidos, que comunicaba el camino principal con el campo en el que pastaban las vacas. El sacerdote miró por casualidad al sendero y vio un espectáculo que le heló la sangre. Las piernas de un hombre, sin tronco ni cabeza, venían trotando hacia ellos. El buen sacerdote se asustó mucho, pero, siendo un hombre de gran coraje, decidió que, pasase lo que pasase, esperaría y haría frente a aquel singular espectro. Así pues, se quedó parado, y lo mismo hizo la acéfala aparición, como si le diera miedo acercarse a él. El sacerdote, al ver esto, reculó un poco, alejándose de la entrada al sendero, y el fantasma se puso en marcha de nuevo. No tardó en llegar al camino, y el sacerdote tuvo entonces la oportunidad de observarlo minuciosamente. Iba con unos bombachos de gamuza amarillos, bien sujetos a la altura de las rodillas con unas cintas verdes, pero no llevaba ni zapatos ni calcetines, y sus piernas estaban cubiertas de pelo largo y rojo, y empapadas de agua, sangre y barro, resultado, al parecer, del roce con los espinosos setos. El sacerdote, aunque muy asustado, sintió deseos de estudiar al fantasma, y con este propósito echó mano de todo su aplomo para atreverse a hablarle. El fantasma iba ahora un poco adelantado, siguiendo su marcha con el mismo trote ligero, así que el sacerdote espoleó a su caballo hasta que lo alcanzó, y entonces le dijo:
—¡Hola, amigo! ¿Quién eres, y adónde vas tan temprano?
El horrible espectro no respondió, pero lanzó un gruñido feroz y sobrehumano, algo así como «Ja».
—Una mañana estupenda para que los fantasmas salgan a pasear —insistió el sacerdote.
Otro «Ja» por respuesta.
—¿Por qué no dices nada?
—Ja.
—No pareces muy inclinado a hablar hoy.
—Ja —otra vez.
El buen hombre empezó a irritarse ante el obstinado silencio de su misterioso acompañante, y le dijo, un tanto enfadado:
—Por todos los santos, te ordeno que me respondas: ¿quién eres, y a dónde te diriges?
Por toda respuesta, obtuvo un «Ja» más alto y furioso que los anteriores.
—Tal vez —dijo el sacerdote— probar mi látigo te vuelva más comunicativo. —Y acto seguido le asestó un fuerte golpe en el trasero.
El fantasma lanzó un grito salvaje y sobrenatural y cayó hacia delante, y cuál no sería la sorpresa del sacerdote al percatarse de que el suelo se había cubierto de leche. Se quedó mudo de asombro; el fantasma, tumbado en tierra, siguió soltando grandes cantidades de leche por todas partes; al sacerdote le daba vueltas la cabeza y se le nubló la vista; se sumió en un estupor que duró varios minutos y, cuando se recuperó, el aterrador espectro había desaparecido, y en su lugar vio tirado en el camino, y medio sumergido en leche, el cuerpo de Sarah Kennedy, una anciana del vecindario conocida desde hacía mucho tiempo en el distrito por practicar la brujería y la superstición. Ahora se descubría que, con ayuda infernal, había adoptado aquella forma monstruosa y se había dedicado toda esa mañana a succionar la leche a las vacas del pueblo. Si un volcán hubiera entrado en erupción entre sus pies, el hombre no se habría sorprendido tanto; se quedó un rato mirando en atónito silencio mientras la anciana gemía y se retorcía convulsivamente.
—Sarah —dijo él por fin—, llevo tiempo advirtiéndote de que te arrepentirías de tu comportamiento perverso, pero has hecho oídos sordos a todas mis súplicas; y ahora, condenada mujer, te sorprendo en plena fechoría.
—Oh, padre, padre —gritó la pobre anciana—, ¿no puede hacer nada para salvarme? Estoy perdida; el infierno se ha abierto para mí y legiones de diablos me rodean en este momento, esperando para llevar mi alma a la perdición.
El sacerdote no tuvo fuerzas para responder; el sufrimiento de la desdichada bruja se acentuó; su cuerpo se hinchó hasta adquirir un tamaño enorme; sus ojos se encendieron como el fuego, su rostro se oscureció como la noche, todo su cuerpo se retorció de mil formas distintas; sus gritos eran espantosos, se le hundió la cara, se le cerraron los ojos, y al cabo de unos minutos expiró en medio del más penoso tormento.
El sacerdote siguió su camino, deteniéndose en la primera casa que encontró para dar noticia del extraño suceso. Los restos de Sarah Kennedy se trasladaron a su propio chozo, situado en la linde de un pequeño bosque no muy lejos de allí. Llevaba viviendo en aquella zona muchos años, pero seguía siendo una forastera, y nadie sabía de dónde procedía. No tenía ningún familiar en aquel lugar más que una hija, ya entrada en años, que vivía con ella. Poseía una vaca, pero vendía más mantequilla, según decían, que cualquier granjero de la región, y la sospecha general era que la conseguía por medios diabólicos, pues ella nunca había ocultado sus amplios conocimientos de brujería y hechicería. Profesaba la religión católica romana, pero nunca había comulgado con las prácticas impuestas por dicha iglesia; por lo tanto, se les negó a sus restos cristiana sepultura, y fueron enterrados en una mina de arena próxima a su chozo.
La noche del entierro la gente de la aldea se reunió y quemó el chozo. Su hija huyó y nunca más volvió.
La chica más guapa de la ciudad - Charles Bukowski
Cass era la más joven y la más guapa de cinco hermanas. Cass era la chica más guapa de la ciudad. Medio india, con un cuerpo flexible y extraño, un cuerpo fiero y serpentino y ojos a juego. Cass era fuego móvil y fluido. Era como un espíritu embutido en una forma incapaz de contenerlo. Su pelo era negro y largo y sedoso y se movía y se retorcía igual que su cuerpo. Cass estaba siempre muy alegre o muy deprimida. Para ella no había término medio. Algunos decía que estaba loca. Lo decían los tontos. Los tontos no podían entender a Cass. A los hombres les parecía simplemente una maquina sexual y no se preocupaban de si estaba loca o no. Y Cass bailaba y coqueteaba y besaba a los hombres pero, salvo un caso o dos, cuando llegaba la hora de hacerlo, Cass se evadía de algún modo, los eludía.
Sus hermanas la acusaban de desperdiciar su belleza, de no utilizar lo bastante su inteligencia, pero Cass poseía inteligencia y espíritu; pintaba, bailaba, cantaba, hacía objetos de arcilla, y cuando la gente estaba herida, en el espíritu o en la carne, a Cass le daba una pena tremenda. Su mente era distinta y nada más; sencillamente, no era práctica. Sus hermanas la envidiaban porque atraía a sus hombres, y andaban rabiosísimas porque creían que no las sacaba todo el partido posible. Tenía la costumbre de ser buena y amable con los feos; los hombres considerados guapos le repugnaban: "No tienen agallas -decía ella-. No tienen nervio. Confían siempre en sus orejitas perfectas y en sus narices torneadas... todo fachada y nada dentro..." Tenía un carácter rayando la locura; Un carácter que algunos calificaban de locura.
Su padre había muerto del alcohol y su madre se había largado dejando solas a las chicas. Las chicas se fueron con una pariente que las metió en un colegio de monjas. El colegio había sido un lugar triste, más para Cass que para sus hermanas. Las chicas envidaban a Cass y Cass se peleó con casi todas. Tenía señales de cuchilladas por todo el brazo izquierdo, de defenderse en dos peleas. Tenía también una cicatriz imborrable que le cruzaba la mejilla izquierda; pero la cicatriz, en vez de disminuir su belleza, parecía por el contrarío, realzarla.
Yo la conocí en el bar West End unas noches después de que la soltaran del convento. Al ser la más joven, fue la última hermana que soltaron. Sencillamente entró y se sentó a mi lado. Yo quizá sea el hombre más feo de la ciudad, y puede que esto tuviera algo que ver con el asunto.
- ¿Tomas algo?
- Claro, ¿Por qué no?
No creo que hubiese nada especial en nuestra conversación esa noche, era sólo el sentimiento que Cass transmitía. Me había elegido y no había más. Ninguna presión, Le gustó la bebida y bebió mucho. No parecía tener edad, pero de todos modos le sirvieron. Quizás hubiese falsificado el carnet de identidad, no sé. En fin, lo cierto es que cada vez que volvía del retrete y se sentaba a mi lado yo sentía cierto orgullo. No sólo era la mujer más bella de la ciudad, sino también una de las más bellas que yo había visto en mi vida. Le eché el brazo a la cintura y la besé una vez.
- ¿Crees que soy bonita?- preguntó.
- Sé, desde luego. Pero hay algo más... algo más que tu apariencia...
- La gente anda siempre acusándome de ser bonita. ¿Crees de veras que soy
bonita?
- Bonita no es la palabra, no te hace justicia.
Buscó en su bolso. Creía que buscaba el pañuelo. Sacó un alfiler de sombrero muy largo. Antes de que pudiese impedírselo, se había atravesado la nariz con él, de lado a lado, justo sobre las ventanillas. Sentía repugnancia y horror.
Ella me miró y se echó a reír.
- ¿Crees ahora que soy bonita? ¿Qué piensas ahora, eh?
Saqué el alfiler y puse mi pañuelo sobre la herida. Algunas personas, incluido el encargado, habían observado la escena. El encargado se acercó.
-Mira -dijo a Cass-, si vuelves a hacer eso te echo.
Aquí no necesitamos tus exhibiciones.
- ¡Vete a la mierda, amigo! -dijo ella.
- Será mejor que la controles -me dijo el encargado.
- No te preocupes -dije yo.
- Es mi nariz -dijo Cass-, puedo hacer lo que querrá con ella
- No -dije-, a mí me duele.
- ¿Quieres decir que te duele a ti cuando me clavo un alfiler en la nariz?
- Sí, me duele, de veras.
- De acuerdo, no lo volveré a hacer. Animo
Me besó, pero como riéndose un poco en medio del beso
y sin soltar el pañuelo de la nariz. Cuando cerraron nos fuimos a donde yo
vivía. Tenía un poco de cerveza y nos sentamos a charlar. Fue entonces cuando
pude apreciar que era una persona que rebosaba bondad y cariño. Se entregaba
sin saberlo. Al mismo tiempo, retrocedía a zonas de descontrol e incoherencia.
Esquizoide. Una esquizo hermosa y espiritual. Quizás algún hombre, algo acabase
destruyéndola para siempre. Esperaba no ser yo.
Nos fuimos a la cama y cuando apagué las luces me preguntó:
- ¿Cuándo quieres hacerlo, ahora o por la mañana?
- Por la mañana -dije, y me di la vuelta.
Por la mañana me levanté, hice un par cafés y le llevé
uno a la cama.
Se echó a reír.
- Eres el primer hombre que conozco que ha querido
hacerlo por la noche.
- No hay problema -dije-. En realidad no tenemos por que hacerlo.
- No, espera, ahora quiero yo. Déjame que me refresque un poco.
Se fue al baño. Salió enseguida, realmente maravillosa, largo pelo negro resplandeciente, ojos y labios resplandeciente, toda resplandor... Se desperezó sosegadamente, buena cosa. Se metió en la cama.
- Ven, amor.
Fui.
Besaba con abandono, pero sin prisa. Dejé que mis manos recorriesen su cuerpo. Acariciasen su pelo. La monté. Su carne era cálida y prieta. Empecé a moverme despacio y queriendo que durara. Ella me miraba a los ojos.
- ¿Cómo te llamas? -pregunté.
- ¿Qué diablos importa? -preguntó ella.
Solté una carcajada y seguí. Después se vistió y la llevé en coche al bar, pero era difícil olvidarla. Yo no trabajaba y dormí hasta las dos y luego me levanté y leí el periódico. Cuando estaba en la bañera, entro ella con una hoja: una oreja de elefante.
- Sabía que estabas en la bañera -dijo-, así que te traje algo para tapar esa cosa, hijo de la naturaleza.
Y me echó encima, en la bañera, la hoja de elefante.
- ¿Cómo sabías que estaba en la bañera?
- Lo sabía.
Cass llegaba casi todos los días cuando yo estaba en la bañera. No era siempre la misma hora, pero raras veces fallaba, y traía la hoja de elefante. Y luego hacíamos el amor.
Telefoneo una o dos noches y tuve que sacarla de la cárcel por borrachera y pelea pagando la fianza.
- Esos hijos de puta - decía-, sólo porque te pagan
unas copas creen que pueden echarte mano a las bragas.
- La culpa la tienes tú por aceptar la copa
- Yo creía que se interesaba por mí, no sólo por mi cuerpo.
- A mí me interesas tú y tu cuerpo. Pero dudo que la mayoría de los hombres
puedan ver más allá de tu cuerpo.
Dejé la ciudad y estuve fuera seis meses, anduve vagabundeando; volví. No había olvidado a Cass ni un momento, pero habíamos tenido algún tipo de discusión y además yo tenía ganas de ponerme en marcha, y cuando volví pensé que se habría ido; pero no llevaba sentado treinta minutos en el West End cuando ella llegó y se sentó a mi lado.
- Vaya, cabrón, has vuelto.
Pedí un trago para ella. Luego la miré. Llevaba un vestido de cuello alto. Nuca la había visto así. Y debajo de cada ojo, clavado, llevaba un alfiler de cabeza de cristal. Sólo se podían ver las cabezas de los alfileres, pero los alfileres estaban clavados.
- Maldita sea, aún sigues intentando destruir tu
belleza....
- No, no seas tonto, es la moda.
- Estas chiflada.
- Te he echado de menos -dijo
- ¿Hay otro?
- No, no hay ninguno. Solo tú. Pero ahora hago la vida. Cobro diez billetes.
Pero para ti es gratis.
- Sácate esos alfileres.
- No, es la moda.
- Me hace muy desgraciado.
- ¿Estás seguro?
- Sí, mierda, estoy seguro.
Se sacó lentamente los alfileres y los guardo en el bolso.
- Porque la gente cree que es todo lo que tengo. La
belleza no es nada. La belleza no permanece. No sabes la suerte que tienes
siendo feo, porque si le agradas a alguien sabes que es por otra cosa.
- Vale -dije-, tengo mucha suerte.
- No quiero decir que seas feo. Sólo que la gente cree que lo eres. Tienes una
cara fascinante.
- Gracias.
Tomamos otra copa.
- ¿Qué andas haciendo? -preguntó.
- Nada. No soy capaz de apegarme a nada. Nada me interesa.
- A mí tampoco. Si fueses mujer podrías ser puta.
- No creo que quisiera establecer un contacto tan íntimo con tantos extraños.
Debe ser un fastidio.
- Tienes razón, es fastidioso, todo es fastidioso
Salimos juntos, por la calle, la gente aún miraba a Cass. Aún era una mujer hermosa, quizá más que nunca.
Fuimos a casa y abrir una botella de vino y hablamos. A Cass y a mí, siempre nos era fácil hablar. Ella hablaba un rato yo escuchaba y luego hablaba yo. Nuestra conversación fluía fácil sin tensión. Era como si descubriésemos secretos juntos. Cuando descubríamos uno bueno, Cass se reía con aquella risa... de aquella manera que sólo ella podía reírse. Era como el gozo del fuego. Y durante la charla nos besábamos y nos arrimábamos. Nos pusimos muy calientes y decidimos irnos a la cama. Fue entonces cuando Cass se quito aquel vestido del cuello alto y lo vi... Vi la mellada y horrible cicatriz que le cruzaba el cuello. Era grande y ancha.
- Maldita sea, condenada, ¿Qué has hecho? -dije desde
la cama
- Lo intenté con una botella rota una noche. ¿Ya no te gusto? ¿Soy bonita aún?
La arrastré a la cama y la besé. Me empujo y se echo a reír:
- Algunos me pagan los diez y luego, cuando me
desvisto no quieren hacerlo. Yo me quedo los diez. Es muy divertido.
- Sí -dije-, no puedo parar de reír... Cass, zorra, te amo... deja de
destruirte; eres la mujer con más vida que conozco.
Volvimos a besarnos. Cass lloraba en silencio. Sentí las lágrimas. Sentí aquel pelo largo y negro tendido bajo mí como una bandera de muerte. Disfrutamos e hicimos un amor lento y sombrío y maravilloso.
Por la mañana, Cass estaba levantada haciendo el desayuno. Parecía muy tranquila y feliz. Cantaba. Yo me quedé en la cama gozando su felicidad. Por fin, vino y me zarandeó.
- ¡Arriba, cabrón! ¡Chapúzate con agua fría la cara y la polla y ven a disfrutar del banquete!
Ese día la llevé en coche a la playa. No era un día de fiesta y aún no era verano, todo estaba espléndidamente desierto. Vagabundos playeros en andrajos dormían en la arena. Había otros sentados en bancos de piedra compartiendo una botella solitaria. Las gaviotas revoloteaban, estúpidas pero distraídas. Ancianas de setenta y ochenta, sentadas en los bancos, discutiendo ventas de fincas dejadas por maridos asesinados mucho tiempo atrás por la angustia y la estupidez de la supervivencia. Había paz en el aire y paseamos y estuvimos tumbados por allí y no hablamos muchos. Era agradable simplemente estar juntos. Compré bocadillos, patatas fritas y bebidas y nos sentamos a beber en la arena. Luego abracé a Cass y dormimos así abrazados un rato. Era mejor que hacer el amor. Era como fluir juntos sin tensión. Luego volvimos a casa en mi coche y preparé la cena. Después de cenar, sugerí a Cass en mi coche y preparé la cena. Después de cenar, sugerí a Cass que viviésemos juntos. Se quedó mucho rato mirándome y luego dijo lentamente "NO". La llevé de nuevo al bar, le pagué una copa y me fui.
Al día siguiente, encontré un trabajo como empaquetador en una fabrica y trabajé todo lo que quedaba de semana. Estaba demasiado cansado para andar mucho por ahí, pero el viernes por la noche me acerqué al West End. Me senté y esperé a Cass. Pasaron horas. Cuando estaba ya bastante borracho, me dio el encargado.
- Siento lo de tu amiga.
- ¿El qué? -pregunté.
- Lo siento. ¿No lo sabías?
- No
- Suicidio, la enterraron ayer
- ¿Enterrada? -pregunté. Parecía como si fuese a aparecer en la puerta de un
momento a otro. ¿Cómo podía haber muerto?
- La enterraron las hermanas
- ¿Un suicidio? ¿Cómo fue?
- Se cortó el cuello.
- Ya. Dame otro trago.
Estuve bebiendo allí hasta que cerraron. Cass, la más bella de las cinco hermanas, la chica más guapa de la ciudad. Conseguí conducir hasta casa sin poder dejar de pensar que debería haber insistido en que se quedara conmigo en vez de aceptar aquel "NO". Todo en ella había indicado que le pasaba algo. Yo sencillamente había sido demasiado insensible, demasiado despreocupado. Me merecía mi muerte y la de ella. Era un perro. No, ¿Por qué acusar a los perros? Me levanté, busqué una botella de vino, bebí lúgubremente. Cass, la chica más guapa de la ciudad muerta a los veinte años.
Fuera, alguien tocaba la bocina de un coche. Unos bocinazos escandalosos, persistentes. Dejé la botella y aullé "¡MALDITO SEAS, CONDENADO HIJO DE PUTA, CALLATE YA!".
Y seguía avanzando la noche y yo nada podía hacer.
Magia negra - Jessie Adelaide Middleton
La dama que tan amablemente ha corroborado esta historia con su experiencia personal tenía una prima que se casó con un oficial del ejército indio y se marchó a la India en torno al año 19… Puesto que no tengo permiso para dar sus nombres, aunque me hayan permitido utilizar su historia, los llamaré el capitán y la señora Ross. Esta última tenía el pelo cobrizo, lo que despierta gran admiración entre las razas nativas.
Al llegar a Calcuta, se dirigieron al norte, donde el capitán Ross estaba destinado, y la señora Ross, que visitaba la India por primera vez, se quedó maravillada con todo lo que vio.
Cuando llegaron a su bungaló, la señora Ross reparó en un viejo nativo que estaba de cuclillas en el exterior de la casa. Se trataba de un anciano con una apariencia especialmente repulsiva: sucio, andrajoso y de aspecto malvado, el cual, aunque saludó a la memsahib con una humilde reverencia, le dirigió una mirada siniestra que la hizo estremecerse.
Le preguntó a su marido por él, contándole lo que había pasado, y el capitán Ross le respondió con despreocupación:
—Oh, lleva aquí siglos; nadie le presta atención.
—Pero no me gusta el aspecto que tiene —insistió su mujer—. ¿No puedes hacer que se vaya?
—La verdad es que no —respondió el capitán Ross, riéndose—. No conviene ofender a estas personas. Es un tipo muy importante a su manera… Es decir, a los ojos de los nativos. Dicen que es un sabio, y todos le tienen miedo.
Por supuesto, la señora Ross no dijo una palabra más, pues lo último que deseaba era hacer algo que pudiera molestar a su marido. El anciano iba todos los días y se sentaba en la cancela. Cada vez que ella pasaba por su lado, él le hacía una respetuosa reverencia, pero también la miraba de una forma horrible. No cabía duda de que se había dado cuenta desde el principio de que a ella le desagradaba y que lo quería lejos del bungaló.
Al cabo de unas semanas, su marido tuvo que marcharse por obligaciones del servicio, y antes de partir le recomendó a su mujer que no se acercase a los bazares nativos; pero la señora Ross, por extraño que parezca, tenía un deseo irrefrenable de ir a la parte nativa de la ciudad. Sufría un persistente dolor de cabeza, y no dejaba de pensar un momento en que no quería quedarse en el bungaló. Hablaba de esto con su marido una y otra vez.
—¡Lo único que quiero es salir! —se lamentaba ella; y él la tranquilizaba diciéndole que solo eran «nervios» y que disfrutaría de un cambio de aires en cuanto le fuera posible organizarlo.
Un día, la señora Ross estaba sentada en la veranda, cuando sintió que había alguien cerca. Echó un vistazo y se quedó helada al ver que detrás de ella, muy cerca, estaba el viejo nativo, mirándola fijamente con expresión malévola. El capitán Ross seguía fuera, y, a excepción de los criados nativos, no había nadie lo bastante cerca para oír una llamada suya. Los nervios se apoderaron de ella, pero, armándose de valor, se levantó y se encaró al hombre para ordenarle con severidad que se marchara de inmediato.
Él no hizo el menor amago de moverse; bien al contrario, siguió mirándola con la misma expresión malvada que ella ya había percibido. Le ordenó por segunda vez que se fuera, amenazándolo con pedir a los criados que lo echasen. Estaba ya a punto de llamarlos cuando él dijo, muy despacio y con voz imponente:
—No marchar hasta tener un pelo de su cabeza.
Sus ojos tenían un poder muy peculiar, y la señora Ross estaba demasiado asustada para moverse o pedir ayuda. La había inmovilizado como inmoviliza un gato a un ratón bajo su pezuña, y comprendió que debía evitar a toda costa dar muestras de cobardía.
—Está bien —dijo, con toda la amabilidad de la que fue capaz—. Si quiere un pelo, se lo daré. Iré a soltármelo y le traeré uno.
La dejó marchar con tanta tranquilidad que a la señora Ross le asaltó la horrible sospecha de que los criados tal vez estuvieran conchabados con él. Era nueva en la India, y había leído historias aterradoras de traiciones de nativos; así pues, en lugar de dar la voz de alarma, fue a su habitación y se sentó a reflexionar.
«¿Qué voy a hacer? —pensaba angustiada—. No voy a darle el pelo. Lo quiere con algún propósito diabólico. No puedo ponerme bajo su poder. ¿Qué haré?».
Mientras le daba vueltas a lo que podía hacer, su mirada se encontró de pronto con una esterilla que había en el suelo, al lado de su cama. Era un regalo de bodas, y estaba tejida con pelo. Al punto pensó: «¡Ya lo tengo! Le daré un pelo de la esterilla. Se parece lo suficiente al mío para dar el pego». Se agachó y extrajo con mucho cuidado un pelo largo de la esterilla; a continuación, tocó la campanilla, y, cuando el criado respondió, le dio el pelo y le dijo que se lo diera al anciano de la veranda.
El criado, visiblemente horrorizado por la idea, se resistió.
—No debe dar pelo —dijo—. Él no debe tener pelo.
—Haga lo que le digo —insistió la señora Ross. Y el nativo se retiró.
Al cabo de un momento volvió y le dijo que el anciano se había ido.
La señora Ross soltó un profundo suspiro de alivio.
Cuando el capitán Ross llegó a casa aquella tarde, su esposa le contó lo ocurrido, y él montó en cólera y reprendió con dureza a los criados por haber permitido que el viejo hindú accediera a la veranda. A ella le dijo que había hecho muy bien, y que lo mejor sería olvidarse del asunto.
Una noche, en torno a una semana después, estaban los dos sentados en el comedor después de cenar. Eran alrededor de las once. El capitán Ross estaba fumando, y la señora Ross, sentada en un sillón. Los criados habían traído café y se habían retirado a sus habitaciones. El capitán Ross estaba fumándose un cigarrillo y removiendo lentamente el café, preocupado por su esposa, que se había sentido muy enferma durante toda la cena. No tenía la menor idea de lo que le ocurría, pues no la había visto nunca así. De pronto, separó su silla de la mesa, y su marido la vio ponerse en pie muy despacio, dar un paso hacia la ventana, extender los brazos, mecerse con flojedad y gemir débilmente.
En ese preciso instante, oyó un ruido en su habitación, justo encima de ellos: una especie de ¡flap, flap, flap! apagado que parecía desplazarse por el suelo. Miró a su mujer, y la vio alzar la vista sobresaltada.
Cogió el revólver que tenía a mano, se levantó de un salto y escuchó. El ruido continuaba: ¡flap, flap, flap! Fue hasta la puerta y la abrió con suavidad. El ruido fue volviéndose cada vez más nítido. Al poco lo oyó subiendo los últimos peldaños de la escalera, y bajándolos después: ¡flap, flap, flap!
El capitán Ross salió corriendo al pasillo, y en la penumbra vio algo que subía las escaleras. Disparó al punto del que provenía el ruido, pero siguió oyéndose. Disparó una segunda vez, e incluso una tercera. A pesar de todo, el ruido continuó por la veranda, y lo oyó atravesando el jardín.
El ruido de los disparos despertó a los criados, que entraron precipitadamente con velas. La señora Ross salió a tientas y tambaleándose a la veranda, y su marido se precipitó en pos del supuesto ladrón, pero, para su sorpresa, no había nadie allí.
Mientras miraban, su mujer emitió una fuerte exclamación y lo agarró del brazo.
—¡Dios mío! —gritó—. ¡Fíjate en eso!
La esterilla china de su dormitorio, con tres agujeros quemados por donde las balas la habían atravesado, estaba en ese momento cruzando el jardín.