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Las metamorfosis del Vampiro - Charles Baudelaire

La mujer, con toda naturalidad,
 como serpiente sobre ascuas, y deleitándose
 y frotándose los senos con las ballenas del corsé, de su boca
 de fresa exhalaba palabras impregnadas de almizcle:
 
«Tengo húmedos los labios, y conozco la ciencia
 que echa a perder en un lecho a la conciencia.
 Todos los llantos seco en mis pechos triunfantes,
 y a los viejos hago reír con risa de niños.
 ¡Para quien me ve desnuda y sin velo, yo suplo
 a la luna y al sol, al cielo y a las estrellas!
 Así es, querido sabio, tan docta soy en voluptuosidades
 cuando en mis brazos temidos aprisiono a un hombre,
 o al abandonar a los mordiscos mi busto,
 tan trémula y libertina, tan frágil y robusta soy
 que en estos colchones que de emoción se desmayan,
 ¡hasta los ángeles impotentes por mí se condenarían!».
 
Cuando de los huesos toda la médula me sacó,
 y al volverme, lánguidamente, hacia ella, para
 rendirle un beso de amor, ¡solo hallé
 un odre de flancos viscosos y llenos de pus!
 En mi frío horror, cerré los ojos, y
 al abrirlos ante una luz vivísima,
 junto a mí, en lugar del muñeco poderoso
 que parecía estar saciado de sangre, solo vi
 despojos de esqueleto en su temblor confuso,
y de allí surgían gritos como los de una veleta
o de un rótulo, en la punta de una varilla de hierro
 que balancea el viento en las noches de invierno.

Pulgarcito - Charles Perrault

Había una vez un leñador y su esposa, quienes tenían siete hijos, todos varones. El mayor apenas era un adolescente y el menor rondaba los siete años.

Ellos eran muy pobres, y sus siete hijos eran una gran fuente de problemas porque ninguno podía aún ganarse su pan. Y lo que les causaba más dificultad era que el menor era muy delicado, y difícilmente pronunciaba una palabra, lo que hacía que la gente tomara por estupidez cualquier cosa que dijera con buen sentido. Él era pequeñito, y cuando nació no era más grande que el dedo pulgar; por eso lo llamaron "Pulgarcito".

El pobre niño era el menospreciado de la familia, y siempre lo hacían a un lado. Él era, sin embargo, el más brillante y discreto de los hermanos, y si hablaba poco, oía y pensaba mucho más.

Y vino un año muy malo, y la hambruna fue tan grande para esta pobre gente, que no sabían que hacer con los chicos. Un atardecer, cuando ya ellos estaban en cama, y el leñador estaba sentado con su esposa junto a la chimenea, él le dijo, con su corazón a punto de explotar de pesar:

-"Bien sabes plenamente que no estamos en condiciones de seguir dándole alimento a nuestros hijos, y no soportaría verlos a ellos morir de hambre ante mis ojos, por lo que he resuelto perderlos en el bosque mañana, lo cual es muy fácil de hacer. Cuando estén atando los grupos de leña, nosotros sólo tendremos que correr sigilosamente y abandonarlos sin que nos vean."-

-"¡Oh no!"- gritó su esposa, -"¿Serías realmente capaz de llevarte a los chicos y perderlos?"-

En vano su esposo le presentó su situación de gran pobreza, ella no lo consentía. Ella era muy pobre, pero era su madre.

Sin embargo, habiendo considerado el inmenso pesar que sería para ella verlos morir de hambre en su presencia, ella consintió, y se fue llorando a su cama.

Pulgarcito, que estaba despierto, escuchó todo lo que conversaron, pues oyendo que hablaban de planes futuros, se levantó suavemente y se deslizó debajo del asiento de su padre, de modo que pudo oír sin que lo vieran. Luego volvió a su cama de nuevo, pero esa noche no durmió ni un instante, pensando en qué tendría que hacer. Esa mañana, él se levantó temprano, y se dirigió a la orilla del riachuelo, donde llenó sus bolsillos de pequeñas piedrecillas blancas, y regresó a casa. 

Pulgarcito nunca le contó a sus hermanos una palabra de lo que sabía. Más tarde todos salieron, y fueron a una tupida selva, donde no podían verse unos a otros ni a diez metros de distancia. El leñador comenzó a cortar madera, y los chicos a juntar los palos para hacer gavillas. Su padre y su madre, viéndolos bien ocupados en su labor, se alejaron de ellos silenciosamente y corrieron tan rápido como podían por un ventoso sendero. 

Cuando los muchachos se dieron cuenta de que estaban solos, comenzaron a gritar lo más fuerte que podían. Pulgarcito los dejaba gritar, sabiendo muy bien cómo regresar a casa de nuevo, ya que cuando venían hacia el bosque, había dejado caer a lo largo del camino las piedritas blancas que traía en su bolso. Entonces él les dijo:

-"No teman, hermanos, nuestro padre y madre nos han dejado aquí, pero yo los llevaré de nuevo a casa. Solamente síganme."-

Ellos lo siguieron, y los llevó a casa por el mismo camino por donde entraron a la floresta. Ellos no se atrevían a ingresar a la casa, sino que se quedaron afuera de la puerta para escuchar lo que sus padres pudieran comentar.

En el mismo momento que el leñador y su esposa llegaban a casa, el señor del feudo les enviaba a ellos diez coronas, que hacía tiempo le debía, y las cuales él pensaba que no volvería a ver. Esto les dio a ellos nueva vida, ya que la pobre gente se estaba muriendo de hambre. El leñador envió a su esposa donde el carnicero inmediatamente. Y como ya hacía rato que no probaban bocado, ella compró el triple de carne necesaria para una cena de dos personas. Cuando ya habían comido, la mujer dijo:

-"¡Dios mío!, ¿dónde estarán nuestros pobres niños ahora?, bien pudieran haber hecho una buena fiesta de todo lo que dejamos aquí. Fuiste tú, Guillermo, quien quisiste que se perdieran. Te dije que nos arrepentiríamos de eso. ¿Qué estarán haciendo ahora en la selva? ¡Oh, no! quizás los lobos ya los devoraron. Fuiste muy inhumano por haber perdido a los chicos."-

El leñador se llenó de total impaciencia, ya que ella repitió veinte veces que él se arrepentiría de esa acción, y que ella estaba en lo correcto. Él le pidió que dejara de hablar. El leñador estaba, quizás, más dolido que su esposa, pero ella lo importunaba tanto que no podía soportarla. Ella lloró amargamente, diciendo:

-"¡Dios mío! ¿Dónde están mis muchachos ahora, mis pobres muchachos? "-

Y una vez ella dijo eso tan alto, que los chicos que estaban tras la puerta, lo oyeron y gritaron a coro:

-"¡Aquí estamos! ¡Aquí estamos!"-

Ella corrió inmediatamente y los metió a la casa, y abrazándolos dijo:

-"Qué feliz me siento de verlos de nuevo, mis queridos muchachitos. Están muy cansados y hambrientos, y mi pobre Pedro, estás lleno de barro. Ven y déjame que te limpie."- 

Pedro era el mayor de ellos, a quien ella amaba más que al resto, porque él era pelirrojo, igual que ella.

Todos se sentaron a la mesa, y comieron con un apetito que deleitó tanto a padre y madre, a quienes les contaron lo asustados que estuvieron en el bosque, casi todos hablando al mismo tiempo. 

Y los padres estaban deleitados de ver a sus hijos una vez más. Y esta dicha perduró mientras las diez coronas se gastaban. Pero cuando ya se acabaron, ellos cayeron de nuevo en sus congojas, y decidieron volver a perder a los muchachos de nuevo. Y para estar bien seguros de hacerlo mejor, determinaron llevarlos a un lugar mucho más largo y a más profundidad dentro del bosque que antes. 

Ellos trataban de hablar de esto muy secretamente, pero fueron oídos otra vez por Pulgarcito, que trazó su plan para salir de la dificultad tal como lo había hecho la vez anterior. Pero a pesar de haberse levantado temprano para ir a recoger las piedritas, no pudo, pues las puertas estaban cerradas con doble tranca. En ese momento no supo que hacer. 

El padre les dio a cada uno un pedazo de pan para el desayuno. Pulgarcito percató que él podría usar el pan en lugar de las piedritas, tirándolo en migajas a lo largo del camino por donde deberían pasar, por lo que lo guardó en su bolso. Su padre y madre los llevaron a lo más denso y oscuro del bosque, y entonces, escapándoseles en un sendero, los dejaron allí.

Pulgarcito no se preocupó mucho por eso, ya que pensó que fácilmente encontraría la ruta de nuevo por medio de las migajas de pan que dejó caer a lo largo del recorrido. Pero se sorprendió mucho cuando no pudo encontrar ni una simple borona: los pájaros habían llegado y comido todo el pan. 

Ahora estaban en un grave problema, pues entre más intentaban salir, más profundamente se internaban en el bosque. Cayó la noche, y se levantó un fuerte viento, que los llenó de temor. Ellos se imaginaban que oían a cada lado a los lobos llegando a devorarlos. Ellos difícilmente se atrevían a hablar o voltear sus cabezas. Entonces llovió tan torrencialmente, que se empaparon hasta la piel. Sus pies resbalaban a cada paso, y caían en el barro, cubriendo sus manos con él, tanto que no sabían que hacer con ellas. 

 Pulgarcito escaló a lo alto de un árbol, para ver que descubría. Mirando alrededor,  vio una pequeña luz, como una candela, pero lejos, después del bosque. Bajó, y cuando estuvo en el suelo, no la pudo ver más, lo que lo puso muy triste. Sin embargo, habiendo caminado por un rato con sus hermanos en la dirección hacia la cual había visto la luz, él la descubrió de nuevo en cuanto salieron del bosque. 

Al fin llegaron a la casa donde brillaba la lucecita, no sin muchos temores, ya que a menudo la perdían de vista, lo que sucedía cada vez que llegaban a una depresión del terreno. Ellos tocaron a la puerta, y una buena mujer vino a abrirles.

Ella les preguntó que deseaban. Pulgarcito le dijo que eran muchachos pobres que se habían perdido en el bosque, y deseaban que por caridad les diera posada. La mujer, viéndolos a todos muy hermosos, comenzó a llorar y a decirles:

-"¡Por Dios!, pobres muchachos, ¿de dónde vienen?, ¿No saben que esta casa pertenece a un cruel ogro que come muchachos y niños?"-

-"¡Ay no!, querida señora "- contestó Pulgarcito, (a quien, junto con sus hermanos, le temblaban todos sus miembros), -"¿Qué debemos hacer? Los lobos del bosque con seguridad nos devorarán esta noche si usted no nos acoge en su casa. Así que preferiríamos que sea el caballero quien nos coma. Quizás él pueda tener piedad de nosotros si usted se lo implora"-

La esposa del ogro, que creía que podría ocultarlos de su esposo hasta la mañana, los dejó entrar, y los llevó a entibiarse a un buen fuego, ya que había un cordero entero asándose para la cena del ogro.

Cuando ellos comenzaban a entibiarse oyeron tres o cuatro golpes secos en la puerta. Era el ogro que había llegado a casa. Su esposa rápidamente los ocultó bajo la cama y fue a abrir la puerta. El ogro de inmediato preguntó si ya estaba lista la cena y el vino servido, y se sentó a la mesa. El cordero aún estaba crudo, pero así le gustaba más. El olió a derecha e izquierda, diciendo:

-"Me huele a carne fresca."-

-"Lo que te huele"- dijo su esposa, -"debe ser el ternero que acabo de matar y destazar."-

-"Me huele a carne fresca, te digo una vez más"- replicó el ogro, viendo fijamente a su esposa, -"y hay algo aquí que no comprendo."

Y pronunciando estas palabras se levantó de la mesa y se fue directamente a la cama.

-"Ah"- dijo mirando bajo la cama, -"así es cómo me engañas. No sé por qué no te he comido. Es bueno para ti que seas tan dura de carnes. Aquí está el producto de la caza, que llega muy a tiempo para entretener a tres ogros conocidos que vendrán a visitarme en uno o dos días."- 

Él los fue sacando uno a uno de debajo de la cama. Los pobres chicos cayeron sobre sus rodillas implorando perdón, pero estaban tratando con uno de los más crueles ogros, quien, lejos de tener piedad de ellos, ya los estaba devorando mentalmente, y le dijo a su esposa que ellos serían una comida delicada cuando ella haya cocinado una buena salsa.

Entonces tomó un gran cuchillo, y acercándose a los pobres chicos, lo afiló con una gran piedra de afilar que sostenía en su mano izquierda. Y ya había colgado a uno de ellos por los pies cuando su esposa le dijo:

-"¿Qué necesidad tienes de hacer eso ahora? ¿No tendrás bastante tiempo mañana?"-

-"Déjate de habladurías"- dijo el ogro, -"mis amigos comerán el más tierno"-

-"Pero tienes mucha carne ya lista"- replicó su esposa, -" hay un ternero, dos ovejas, y medio cerdo."-

-"Es cierto" dijo el ogro, -"dale a estos chicos una buena cena, para que no estén tan delgados, y ponlos en la cama"-

La buena mujer estaba muy contenta por ello, y les sirvió una buena cena. Pero ellos estaban tan asustados que no pudieron comer. 

Y en cuanto al ogro, se sentó de nuevo a beber, sintiéndose todo complacido de contar con qué atender a sus amigos. Bebió una docena de vasos de vino más que de costumbre, que se le subieron a la cabeza y lo obligaron a ir a la cama.

El ogro tenía siete hijas, que estaban aún jovencitas. Estas jóvenes ogresas tenían todas muy fina tez, pero todas ellas tenían pequeños ojos grises, cara redonda, nariz aguileña, una gran boca, y muy grandes y afilados dientes. Aún no eran malvadas, pero iban en camino a serlo, pues ya habían comido a pequeños niños.

Su madre ya las había acostado, a todas las siete en una misma cama, y cada una con una corona de oro sobre su cabeza. Había en la habitación otra cama del mismo tamaño, y la esposa del ogro puso a los siete muchachitos en esa cama, y luego ella misma fue a su cama.

Pulgarcito, que había observado que las hijas del ogro tenían coronas de oro sobre sus cabezas, y que estaba temeroso de que el ogro los fuera a matar esa noche, se levantó a medianoche, y tomando las gorritas de sus hermanos y la propia, fue sigilosamente donde las hijas,  y quitándole  sus coronas, les colocó las gorritas de ellos, y a sus hermanos y a él mismo, colocó las coronas de oro, de modo que el ogro los tomara a ellos como sus hijas, y a sus hijas como si fueran ellos, a quienes quería matar.

Las cosas salieron tal como las pensó, ya que el ogro, desvelándose a media noche, le incomodaba que hubiera pospuesto para la mañana lo que él pudo haber hecho temprano esa  noche, y saltó ligero de la cama y tomó su gran cuchillo.

-"Veamos"- dijo, -"cómo funcionan nuestros bribones, y no tenga así que repetir el trabajo"-

Él subió las gradas, y andando a tientas todo el camino, llegó al dormitorio de las hijas, y acercándose a la cama donde estaban los muchachos bien dormidos, menos Pulgarcito, quien se puso terriblemente asustado cuando el ogro pasó su mano sobre su cabeza, tal como lo había hecho con sus hermanos. El ogro sintió las coronas de oro y dijo:

-"Tengo que hacer un fino trabajo con todo esto, aunque cierto, bebí demasiado anoche."-

Entonces se dirigió a la cama donde dormían sus hijas, y sintiendo en sus cabezas los gorros de los chicos, dijo:

-"¡Ah!, mis queridos mozos, ¿están aquí?, vamos a trabajar descaradamente."-

Y diciendo esas palabras, sin mayor dificultad, cruelmente mató a sus siete hijas. Y bien satisfecho con lo que había hecho, regresó a su cama.

En cuanto Pulgarcito escuchó al ogro roncar, despertó a sus hermanos, y les pidió que se pusieran sus vestidos rápidamente y lo siguieran. Llegaron silenciosamente al jardín y escalaron el muro. Ellos corrieron rápido, toda la noche, temblando todo el tiempo, sin saber hacia donde dirigirse.

El ogro, cuando despertó, dijo a su esposa:

-"Ve arriba y viste a esos traviesos que llegaron anoche."-

La ogresa estaba sorprendida de aquella bondad de su esposo, sin imaginar de que manera los iba a vestir, y pensando solamente que él le había ordenado ir arriba y vestirlos, ella fue. Pero se horrorizó cuando se dio cuenta de que sus siete hijas estaban muertas.

Ahí mismo ella se desmayó, lo que sería natural en tal caso. El ogro, extrañado de que su esposa tardara tanto en hacer lo ordenado, subió para ayudarle. Él no fue menos sorprendido que su esposa ante aquel escalofriante espectáculo.

-"¡Oh! ¿Pero que he hecho?"- gritaba, -"¡Esos desgraciados pagarán por esto, e inmediatamente!"-

Él tiró un tarro de agua sobre la cara de su esposa desmayada, y volviéndola en sí, gritó:

-"¡Tráeme rápido mis botas de siete leguas, pues iré a capturarlos!"-

Salió entonces al campo, y después de correr en todas direcciones, llegó al fin al camino principal por donde estaban los muchachos, y a no más de cien pasos de la casa de sus padres. Ellos vigilaron al ogro, quien caminaba en un solo paso montaña tras montaña, y pasaba sobre anchos ríos como si fueran riachuelos. Pulgarcito, viendo un hueco en una roca cercana, escondió a sus hermanos allí, y metiéndose él también, esperaban a ver que llegaría a ser del ogro.

El ogro, que se sentía agotado con su largo e infructuoso viaje, (ya que esas botas de siete leguas exigían mucho esfuerzo a su usuario), tenía una gran necesidad de descansar, y por casualidad, se fue a sentar sobre la roca donde se habían escondido los muchachos. Y como estaba desgastado por la fatiga, quedó dormido, y al cabo de un rato empezó a roncar tan horriblemente que los pobres muchachos no estaban menos asustados que cuando tomó el cuchillo y estaba a punto de quitarles la vida. Pulgarcito no estaba tan asustado como sus hermanos, y les dijo que debían correr de una vez hacia la casa mientras el ogro dormía profundamente y que no se preocuparan por él. Ellos siguieron lo aconsejado y corrieron de inmediato hacia la casa.

Pulgarcito se acercó entonces al ogro, y suavemente le quitó las botas, y se las puso él mismo sobre sus pies. Las botas eran grandes, pero como eran botas fantásticas, tenían el don de hacerse grandes o pequeñas, de acuerdo a las piernas de quien las usara, de modo que le calzaron al pie y a la pierna como si hubieran sido hechas a la medida para él. Se dirigió entonces directamente a la casa del ogro, donde encontró a la esposa llorando amargamente por la pérdida de sus hijas asesinadas.

-"Su esposo"- dijo Pulgarcito, -"está en grave peligro, ya que ha sido capturado por una banda de ladrones, que han amenazado con matarlo si él no les entrega todo su oro y plata. Y en el  momento en que le tenían puestas sus dagas en la garganta, logró verme y me rogó que viniera y le contara a usted la condición en que se encontraba, y le dijera que me diera todo lo que tuviera de valor, sin retener una sola cosa, pues si no lo matarían sin misericordia. Y como la amenaza iba en serio, me dijo que usara las botas de siete leguas, que puede ver que llevo puestas, de modo que yo pudiera venir rápido y que así le demostraría que no es una imposición de mi parte."- 

La buena mujer, quedando grandemente atemorizada, le dio todo lo que tenía, ya que el ogro aunque comía niños, era un buen esposo. Pulgarcito, teniendo ya toda la fortuna del ogro, llegó con sus hermanos a la casa de sus padres, donde fue recibido con inmensa dicha.

Hay mucha gente que no está de acuerdo con el relato de esta acción de Pulgarcito, y suponen que él nunca le quitó del todo la fortuna al ogro, y que solamente pensó que sería de suficiente justicia tomar las botas de siete leguas, porque él las usaba únicamente para perseguir niños. 

Estos folkloristas  afirman estar muy seguros de eso, porque dicen que han comido y bebido a menudo en la casa del leñador. Ellos declaran que cuando Pulgarcito tomó las botas del ogro, fue a la Corte, donde se enteró de que había problemas en cierto ejército, que se encontraba a doscientas leguas de allí, y que estaban ansiosos por saber del éxito de la batalla. Él fue, dicen ellos, a donde el rey, y le dijo que si quería, el podría traerle noticias al respecto antes del anochecer.

El rey le prometió una gran cantidad de dinero si tenía éxito. Pulgarcito regresó esa misma noche con las noticias, y esta primera expedición causó que fuera conocido, y ganó tanto dinero como quiso, ya que el rey le pagaba muy bien por llevar sus órdenes al ejército. Muchas damas lo contrataban para enviar sus mensajes, con quienes ganó mucho dinero también. Después de algún tiempo de llevar el negocio de mensajero y ganar con ello una gran fortuna, fue a casa de sus padres, y es imposible expresar la felicidad de su familia. Él colocó a todos sus hermanos en circunstancias muy confortables, compró propiedades para sus padres y hermanos, y con eso los asentó muy firmemente en el mundo, mientras que él continuó su camino exitosamente.

La chica más guapa de la ciudad - Charles Bukowski

 Cass era la más joven y la más guapa de cinco hermanas. Cass era la chica más guapa de la ciudad. Medio india, con un cuerpo flexible y extraño, un cuerpo fiero y serpentino y ojos a juego. Cass era fuego móvil y fluido. Era como un espíritu embutido en una forma incapaz de contenerlo. Su pelo era negro y largo y sedoso y se movía y se retorcía igual que su cuerpo. Cass estaba siempre muy alegre o muy deprimida. Para ella no había término medio. Algunos decía que estaba loca. Lo decían los tontos. Los tontos no podían entender a Cass. A los hombres les parecía simplemente una maquina sexual y no se preocupaban de si estaba loca o no. Y Cass bailaba y coqueteaba y besaba a los hombres pero, salvo un caso o dos, cuando llegaba la hora de hacerlo, Cass se evadía de algún modo, los eludía.

Sus hermanas la acusaban de desperdiciar su belleza, de no utilizar lo bastante su inteligencia, pero Cass poseía inteligencia y espíritu; pintaba, bailaba, cantaba, hacía objetos de arcilla, y cuando la gente estaba herida, en el espíritu o en la carne, a Cass le daba una pena tremenda. Su mente era distinta y nada más; sencillamente, no era práctica. Sus hermanas la envidiaban porque atraía a sus hombres, y andaban rabiosísimas porque creían que no las sacaba todo el partido posible. Tenía la costumbre de ser buena y amable con los feos; los hombres considerados guapos le repugnaban: "No tienen agallas -decía ella-. No tienen nervio. Confían siempre en sus orejitas perfectas y en sus narices torneadas... todo fachada y nada dentro..." Tenía un carácter rayando la locura; Un carácter que algunos calificaban de locura.

Su padre había muerto del alcohol y su madre se había largado dejando solas a las chicas. Las chicas se fueron con una pariente que las metió en un colegio de monjas. El colegio había sido un lugar triste, más para Cass que para sus hermanas. Las chicas envidaban a Cass y Cass se peleó con casi todas. Tenía señales de cuchilladas por todo el brazo izquierdo, de defenderse en dos peleas. Tenía también una cicatriz imborrable que le cruzaba la mejilla izquierda; pero la cicatriz, en vez de disminuir su belleza, parecía por el contrarío, realzarla.

Yo la conocí en el bar West End unas noches después de que la soltaran del convento. Al ser la más joven, fue la última hermana que soltaron. Sencillamente entró y se sentó a mi lado. Yo quizá sea el hombre más feo de la ciudad, y puede que esto tuviera algo que ver con el asunto.

- ¿Tomas algo?
- Claro, ¿Por qué no?

No creo que hubiese nada especial en nuestra conversación esa noche, era sólo el sentimiento que Cass transmitía. Me había elegido y no había más. Ninguna presión, Le gustó la bebida y bebió mucho. No parecía tener edad, pero de todos modos le sirvieron. Quizás hubiese falsificado el carnet de identidad, no sé. En fin, lo cierto es que cada vez que volvía del retrete y se sentaba a mi lado yo sentía cierto orgullo. No sólo era la mujer más bella de la ciudad, sino también una de las más bellas que yo había visto en mi vida. Le eché el brazo a la cintura y la besé una vez.

- ¿Crees que soy bonita?- preguntó.
- Sé, desde luego. Pero hay algo más... algo más que tu apariencia...
- La gente anda siempre acusándome de ser bonita. ¿Crees de veras que soy bonita?
- Bonita no es la palabra, no te hace justicia.

Buscó en su bolso. Creía que buscaba el pañuelo. Sacó un alfiler de sombrero muy largo. Antes de que pudiese impedírselo, se había atravesado la nariz con él, de lado a lado, justo sobre las ventanillas. Sentía repugnancia y horror.

Ella me miró y se echó a reír.

- ¿Crees ahora que soy bonita? ¿Qué piensas ahora, eh?

Saqué el alfiler y puse mi pañuelo sobre la herida. Algunas personas, incluido el encargado, habían observado la escena. El encargado se acercó.

-Mira -dijo a Cass-, si vuelves a hacer eso te echo. Aquí no necesitamos tus exhibiciones.
- ¡Vete a la mierda, amigo! -dijo ella.
- Será mejor que la controles -me dijo el encargado.
- No te preocupes -dije yo.
- Es mi nariz -dijo Cass-, puedo hacer lo que querrá con ella
- No -dije-, a mí me duele.
- ¿Quieres decir que te duele a ti cuando me clavo un alfiler en la nariz?
- Sí, me duele, de veras.
- De acuerdo, no lo volveré a hacer. Animo

Me besó, pero como riéndose un poco en medio del beso y sin soltar el pañuelo de la nariz. Cuando cerraron nos fuimos a donde yo vivía. Tenía un poco de cerveza y nos sentamos a charlar. Fue entonces cuando pude apreciar que era una persona que rebosaba bondad y cariño. Se entregaba sin saberlo. Al mismo tiempo, retrocedía a zonas de descontrol e incoherencia. Esquizoide. Una esquizo hermosa y espiritual. Quizás algún hombre, algo acabase destruyéndola para siempre. Esperaba no ser yo.
Nos fuimos a la cama y cuando apagué las luces me preguntó:
- ¿Cuándo quieres hacerlo, ahora o por la mañana?
- Por la mañana -dije, y me di la vuelta.

Por la mañana me levanté, hice un par cafés y le llevé uno a la cama.
Se echó a reír.

- Eres el primer hombre que conozco que ha querido hacerlo por la noche.
- No hay problema -dije-. En realidad no tenemos por que hacerlo.
- No, espera, ahora quiero yo. Déjame que me refresque un poco.

Se fue al baño. Salió enseguida, realmente maravillosa, largo pelo negro resplandeciente, ojos y labios resplandeciente, toda resplandor... Se desperezó sosegadamente, buena cosa. Se metió en la cama.

- Ven, amor.

Fui.

Besaba con abandono, pero sin prisa. Dejé que mis manos recorriesen su cuerpo. Acariciasen su pelo. La monté. Su carne era cálida y prieta. Empecé a moverme despacio y queriendo que durara. Ella me miraba a los ojos.

- ¿Cómo te llamas? -pregunté.
- ¿Qué diablos importa? -preguntó ella.

Solté una carcajada y seguí. Después se vistió y la llevé en coche al bar, pero era difícil olvidarla. Yo no trabajaba y dormí hasta las dos y luego me levanté y leí el periódico. Cuando estaba en la bañera, entro ella con una hoja: una oreja de elefante.

- Sabía que estabas en la bañera -dijo-, así que te traje algo para tapar esa cosa, hijo de la naturaleza.

Y me echó encima, en la bañera, la hoja de elefante.

- ¿Cómo sabías que estaba en la bañera?
- Lo sabía.

Cass llegaba casi todos los días cuando yo estaba en la bañera. No era siempre la misma hora, pero raras veces fallaba, y traía la hoja de elefante. Y luego hacíamos el amor.

Telefoneo una o dos noches y tuve que sacarla de la cárcel por borrachera y pelea pagando la fianza.

- Esos hijos de puta - decía-, sólo porque te pagan unas copas creen que pueden echarte mano a las bragas.
- La culpa la tienes tú por aceptar la copa
- Yo creía que se interesaba por mí, no sólo por mi cuerpo.
- A mí me interesas tú y tu cuerpo. Pero dudo que la mayoría de los hombres puedan ver más allá de tu cuerpo.

Dejé la ciudad y estuve fuera seis meses, anduve vagabundeando; volví. No había olvidado a Cass ni un momento, pero habíamos tenido algún tipo de discusión y además yo tenía ganas de ponerme en marcha, y cuando volví pensé que se habría ido; pero no llevaba sentado treinta minutos en el West End cuando ella llegó y se sentó a mi lado.

- Vaya, cabrón, has vuelto.

Pedí un trago para ella. Luego la miré. Llevaba un vestido de cuello alto. Nuca la había visto así. Y debajo de cada ojo, clavado, llevaba un alfiler de cabeza de cristal. Sólo se podían ver las cabezas de los alfileres, pero los alfileres estaban clavados.

- Maldita sea, aún sigues intentando destruir tu belleza....
- No, no seas tonto, es la moda.
- Estas chiflada.
- Te he echado de menos -dijo
- ¿Hay otro?
- No, no hay ninguno. Solo tú. Pero ahora hago la vida. Cobro diez billetes. Pero para ti es gratis.
- Sácate esos alfileres.
- No, es la moda.
- Me hace muy desgraciado.
- ¿Estás seguro?
- Sí, mierda, estoy seguro.

Se sacó lentamente los alfileres y los guardo en el bolso.

- Porque la gente cree que es todo lo que tengo. La belleza no es nada. La belleza no permanece. No sabes la suerte que tienes siendo feo, porque si le agradas a alguien sabes que es por otra cosa.
- Vale -dije-, tengo mucha suerte.
- No quiero decir que seas feo. Sólo que la gente cree que lo eres. Tienes una cara fascinante.
- Gracias.

Tomamos otra copa.

- ¿Qué andas haciendo? -preguntó.
- Nada. No soy capaz de apegarme a nada. Nada me interesa.
- A mí tampoco. Si fueses mujer podrías ser puta.
- No creo que quisiera establecer un contacto tan íntimo con tantos extraños. Debe ser un fastidio.
- Tienes razón, es fastidioso, todo es fastidioso

Salimos juntos, por la calle, la gente aún miraba a Cass. Aún era una mujer hermosa, quizá más que nunca.

Fuimos a casa y abrir una botella de vino y hablamos. A Cass y a mí, siempre nos era fácil hablar. Ella hablaba un rato yo escuchaba y luego hablaba yo. Nuestra conversación fluía fácil sin tensión. Era como si descubriésemos secretos juntos. Cuando descubríamos uno bueno, Cass se reía con aquella risa... de aquella manera que sólo ella podía reírse. Era como el gozo del fuego. Y durante la charla nos besábamos y nos arrimábamos. Nos pusimos muy calientes y decidimos irnos a la cama. Fue entonces cuando Cass se quito aquel vestido del cuello alto y lo vi... Vi la mellada y horrible cicatriz que le cruzaba el cuello. Era grande y ancha.

- Maldita sea, condenada, ¿Qué has hecho? -dije desde la cama
- Lo intenté con una botella rota una noche. ¿Ya no te gusto? ¿Soy bonita aún?

La arrastré a la cama y la besé. Me empujo y se echo a reír:

- Algunos me pagan los diez y luego, cuando me desvisto no quieren hacerlo. Yo me quedo los diez. Es muy divertido.
- Sí -dije-, no puedo parar de reír... Cass, zorra, te amo... deja de destruirte; eres la mujer con más vida que conozco.

Volvimos a besarnos. Cass lloraba en silencio. Sentí las lágrimas. Sentí aquel pelo largo y negro tendido bajo mí como una bandera de muerte. Disfrutamos e hicimos un amor lento y sombrío y maravilloso.

Por la mañana, Cass estaba levantada haciendo el desayuno. Parecía muy tranquila y feliz. Cantaba. Yo me quedé en la cama gozando su felicidad. Por fin, vino y me zarandeó.

- ¡Arriba, cabrón! ¡Chapúzate con agua fría la cara y la polla y ven a disfrutar del banquete!

Ese día la llevé en coche a la playa. No era un día de fiesta y aún no era verano, todo estaba espléndidamente desierto. Vagabundos playeros en andrajos dormían en la arena. Había otros sentados en bancos de piedra compartiendo una botella solitaria. Las gaviotas revoloteaban, estúpidas pero distraídas. Ancianas de setenta y ochenta, sentadas en los bancos, discutiendo ventas de fincas dejadas por maridos asesinados mucho tiempo atrás por la angustia y la estupidez de la supervivencia. Había paz en el aire y paseamos y estuvimos tumbados por allí y no hablamos muchos. Era agradable simplemente estar juntos. Compré bocadillos, patatas fritas y bebidas y nos sentamos a beber en la arena. Luego abracé a Cass y dormimos así abrazados un rato. Era mejor que hacer el amor. Era como fluir juntos sin tensión. Luego volvimos a casa en mi coche y preparé la cena. Después de cenar, sugerí a Cass en mi coche y preparé la cena. Después de cenar, sugerí a Cass que viviésemos juntos. Se quedó mucho rato mirándome y luego dijo lentamente "NO". La llevé de nuevo al bar, le pagué una copa y me fui.

Al día siguiente, encontré un trabajo como empaquetador en una fabrica y trabajé todo lo que quedaba de semana. Estaba demasiado cansado para andar mucho por ahí, pero el viernes por la noche me acerqué al West End. Me senté y esperé a Cass. Pasaron horas. Cuando estaba ya bastante borracho, me dio el encargado.

- Siento lo de tu amiga.
- ¿El qué? -pregunté.
- Lo siento. ¿No lo sabías?
- No
- Suicidio, la enterraron ayer
- ¿Enterrada? -pregunté. Parecía como si fuese a aparecer en la puerta de un momento a otro. ¿Cómo podía haber muerto?
- La enterraron las hermanas
- ¿Un suicidio? ¿Cómo fue?
- Se cortó el cuello.
- Ya. Dame otro trago.

Estuve bebiendo allí hasta que cerraron. Cass, la más bella de las cinco hermanas, la chica más guapa de la ciudad. Conseguí conducir hasta casa sin poder dejar de pensar que debería haber insistido en que se quedara conmigo en vez de aceptar aquel "NO". Todo en ella había indicado que le pasaba algo. Yo sencillamente había sido demasiado insensible, demasiado despreocupado. Me merecía mi muerte y la de ella. Era un perro. No, ¿Por qué acusar a los perros? Me levanté, busqué una botella de vino, bebí lúgubremente. Cass, la chica más guapa de la ciudad muerta a los veinte años.

Fuera, alguien tocaba la bocina de un coche. Unos bocinazos escandalosos, persistentes. Dejé la botella y aullé "¡MALDITO SEAS, CONDENADO HIJO DE PUTA, CALLATE YA!".

Y seguía avanzando la noche y yo nada podía hacer.

Caperucita Roja - Charles Perrault

 Había una vez una niñita en un pueblo, la más bonita que jamás se hubiera visto; su madre estaba enloquecida con ella y su abuela mucho más todavía. Esta buena mujer le había mandado hacer una caperucita roja y le sentaba tanto que todos la llamaban Caperucita Roja.

Un día su madre, habiendo cocinado unas tortas, le dijo.

—Anda a ver cómo está tu abuela, pues me dicen que ha estado enferma; llévale una torta y este tarrito de mantequilla.

Caperucita Roja partió en seguida a ver a su abuela que vivía en otro pueblo. Al pasar por un bosque, se encontró con el compadre lobo, que tuvo muchas ganas de comérsela, pero no se atrevió porque unos leñadores andaban por ahí cerca. Él le preguntó a dónde iba. La pobre niña, que no sabía que era peligroso detenerse a hablar con un lobo, le dijo:

—Voy a ver a mi abuela, y le llevo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.

—¿Vive muy lejos?, le dijo el lobo.

—¡Oh, sí!, dijo Caperucita Roja, más allá del molino que se ve allá lejos, en la primera casita del pueblo.

—Pues bien, dijo el lobo, yo también quiero ir a verla; yo iré por este camino, y tú por aquél, y veremos quién llega primero.

El lobo partió corriendo a toda velocidad por el camino que era más corto y la niña se fue por el más largo entreteniéndose en coger avellanas, en correr tras las mariposas y en hacer ramos con las florecillas que encontraba. Poco tardó el lobo en llegar a casa de la abuela; golpea: Toc, toc.

—¿Quién es?

—Es su nieta, Caperucita Roja, dijo el lobo, disfrazando la voz, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.

La cándida abuela, que estaba en cama porque no se sentía bien, le gritó:

—Tira la aldaba y el cerrojo caerá.

El lobo tiró la aldaba, y la puerta se abrió. Se abalanzó sobre la buena mujer y la devoró en un santiamén, pues hacía más de tres días que no comía. En seguida cerró la puerta y fue a acostarse en el lecho de la abuela, esperando a Caperucita Roja quien, un rato después, llegó a golpear la puerta: Toc, toc.

—¿Quién es?

Caperucita Roja, al oír la ronca voz del lobo, primero se asustó, pero creyendo que su abuela estaba resfriada, contestó:

—Es su nieta, Caperucita Roja, le traigo una torta y un tarrito de mantequilla que mi madre le envía.

El lobo le gritó, suavizando un poco la voz:

—Tira la aldaba y el cerrojo caerá.

Caperucita Roja tiró la aldaba y la puerta se abrió. Viéndola entrar, el lobo le dijo, mientras se escondía en la cama bajo la frazada:

—Deja la torta y el tarrito de mantequilla en la repisa y ven a acostarte conmigo.

Caperucita Roja se desviste y se mete a la cama y quedó muy asombrada al ver la forma de su abuela en camisa de dormir. Ella le dijo:

—Abuela, ¡qué brazos tan grandes tienes!

—Es para abrazarte mejor, hija mía.

—Abuela, ¡qué piernas tan grandes tiene!

—Es para correr mejor, hija mía.

Abuela, ¡qué orejas tan grandes tiene!

—Es para oír mejor, hija mía.

—Abuela, ¡que ojos tan grandes tiene!

—Es para ver mejor, hija mía.

—Abuela, ¡qué dientes tan grandes tiene!

—¡Para comerte mejor!

Y diciendo estas palabras, este lobo malo se abalanzó sobre Caperucita Roja y se la comió.

Riquet el del Copete - Charles Perrault

Había una vez una reina que dio a luz un hijo tan feo y tan contrahecho que mucho se dudó si tendría forma humana. Un hada, que asistió a su nacimiento, aseguró que el niño no dejaría de tener gracia pues sería muy inteligente y; agregó que en virtud del don que acababa de concederle, él podría darle tanta inteligencia como la propia a la persona que más quisiera.

Todo esto consoló un poco a la pobre reina que estaba muy afligida por haber echado al mundo un bebé tan feo. Es cierto que este niño, no bien empezó a hablar, decía mil cosas lindas, y había en todos sus actos algo tan espiritual que irradiaba encanto. Olvidaba decir que vino al mundo con un copete de pelo en la cabeza, así es que lo llamaron Riquet-el-del-Copete, pues Riquet era el nombre de familia.

Al cabo de siete u ocho años, la reina de un reino vecino dio a luz dos hijas. La primera que llegó al mundo era más bella que el día; la reina se sintió tan contenta que llegaron a temer que esta inmensa alegría le hiciera mal. Se hallaba presente la misma hada que había asistido al nacimiento del pequeño Riquet-el-del-Copete, y para moderar la alegría de la reina le declaró que esta princesita no tendría inteligencia, que sería tan estúpida como hermosa. Esto mortificó mucho a la reina; pero algunos momentos después tuvo una pena mucho mayor pues la segunda hija que dio a luz resultó extremadamente fea.

—No debéis afligiros, señora, le dijo el hada; vuestra hija, tendrá una compensación: estará dotada de tanta inteligencia que casi no se notará su falta de belleza.

—Dios lo quiera, contestó la reina; pero, ¿no había forma de darle un poco de inteligencia a la mayor que es tan hermosa?

—No tengo ningún poder, señora, en cuanto a la inteligencia, pero puedo todo por el lado de la belleza; y como nada dejaría yo de hacer por vuestra satisfacción, le otorgaré el don de volver hermosa a la persona que le guste.

A medida que las princesas fueron creciendo, sus perfecciones crecieron con ellas y por doquier no se hablaba más que de la belleza de la mayor y de la inteligencia de la menor. Es cierto que también sus defectos aumentaron mucho con la edad. La menor se ponía cada día más fea, y la mayor cada vez más estúpida. O no contestaba lo que le preguntaban, o decía una tontería. Era además tan torpe que no habría podido colocar cuatro porcelanas en el borde de una chimenea sin quebrar una, ni beber un vaso de agua sin derramar la mitad en sus vestidos.

Aunque la belleza sea una gran ventaja para una joven, la menor, sin embargo, se destacaba casi siempre sobre su hermana en las reuniones. Al principio, todos se acercaban a la mayor para verla y admirarla, pero muy pronto iban al lado de la más inteligente, para escucharla decir mil cosas ingeniosas; y era motivo de asombro ver que en menos de un cuarto de hora la mayor no tenía ya a nadie a su lado y que todo el mundo estaba rodeando a la menor. La mayor, aunque era bastante tonta, se dio cuenta, y habría dado sin pena toda su belleza por tener la mitad del ingenio de su hermana.

La reina, aunque era muy prudente, no podía a veces dejar de reprocharle su tontera, con lo que esta pobre princesa casi se moría de pena. Un día que se había refugiado en un bosque para desahogar su desgracia, vio acercarse a un hombre bajito, muy feo y de aspecto desagradable, pero ricamente vestido. Era el joven príncipe Riquet-el-del-Copete que, habiéndose enamorado de ella por sus retratos que circulaban profusamente, había partido del reino de su padre para tener el placer de verla y de hablar con ella.

Encantado de encontrarla así, completamente sola, la abordó con todo el respeto y cortesía imaginables.

Habiendo observado, luego de decirle las amabilidades de rigor, que ella estaba bastante melancólica, él le dijo:

—No comprendo, señora, cómo una persona tan bella como vos, podéis estar tan triste como parecéis; pues, aunque pueda vanagloriarme de haber visto una infinidad de personas hermosas, debo decir que jamás he visto a alguien cuya belleza se acerque a la vuestra.

—Vos lo decís complacido, señor, contestó la princesa, y no siguió hablando.

—La belleza, replicó Riquet-el-del-Copete, es una ventaja tan grande que compensa todo lo demás; y cuando se tiene, no veo que haya nada capaz de afligirnos.

—Preferiría, dijo la princesa, ser tan fea como vos y tener inteligencia, que tener tanta belleza como yo y ser tan estúpida como soy.

—Nada hay, señora, que denote más inteligencia que creer que no se tiene, y es de la naturaleza misma de este bien que mientras más se tiene, menos se cree tener.

—No se nada de eso, dijo la princesa, pero sí sé que soy muy tonta, y de ahí viene esta pena que me mata.

—Si es sólo eso lo que os aflige, puedo fácilmente poner fin a vuestro dolor.

—¿Y cómo lo haréis? dijo la princesa.

—Tengo el poder, señora, dijo Riquet-el-del-Copete, de otorgar cuanta inteligencia es posible a la persona que más llegue a amar, y como sois vos, señora, esa persona, de vos dependerá que tengáis tanto ingenio como se puede tener, si consentís en casaros conmigo.

La princesa quedó atónita y no contestó nada.

—Veo, dijo Riquet-el-del-Copete, que esta proposición os causa pena, y no me extraña; pero os doy un año entero para decidiros.

La princesa tenía tan poca inteligencia, y a la vez tantos deseos de tenerla, que se imaginó que el término del año no llegaría nunca; de modo que aceptó la proposición que se le hacía.

Tan pronto como prometiera a Riquet-el-del-Copete que se casaría con él dentro de un año exactamente, se sintió como otra persona; le resultó increíblemente fácil decir todo lo que quería y decirlo de una manera fina, suelta y natural. Desde ese mismo instante inició con Riquet-el-del-Copete una conversación graciosa y sostenida, en que se lució tanto que Riquet-el-del-Copete pensó que le había dado más inteligencia de la que había reservado para sí mismo.

Cuando ella regresó al palacio, en la corte no sabían qué pensar de este cambio tan repentino y extraordinario, ya que por todas las sandeces que se le habían oído anteriormente, se le escuchaban ahora otras tantas cosas sensatas y sumamente ingeniosas. Toda la corte se alegró a más no poder; sólo la menor no estaba muy contenta pues, no teniendo ya sobre su hermana la ventaja de la inteligencia, a su lado no parecía ahora más que un bicho desagradable. El rey tomaba en cuenta sus opiniones y aun a veces celebraba el consejo en sus aposentos.

Habiéndose difundido la noticia de este cambio, todos los jóvenes príncipes de los reinos vecinos se esforzaban por hacerse amar, y casi todos la pidieron en matrimonio; pero ella encontraba que ninguno tenía inteligencia suficiente y los escuchaba a todos sin comprometerse. Sin embargo, se presentó un pretendiente tan poderoso, tan rico, tan genial y tan apuesto que no pudo refrenar una inclinación hacia él. Al notarlo, su padre le dijo que ella sería dueña de elegir a su esposo y no tenía más que declararse. Pero como mientras más inteligencia se tiene más cuesta tomar una resolución definitiva en esta materia, ella luego de agradecer a su padre, le pidió un tiempo para reflexionar.

Fue casualmente a pasear por el mismo bosque donde había encontrado a Riquet-el-del-Copete, a fin de meditar con tranquilidad sobre lo que haría. Mientras se paseaba, hundida en sus pensamientos, oyó un ruido sordo bajo sus pies, como de gente que va y viene y está en actividad. Escuchando con atención, oyó que alguien decía: "Tráeme esa marmita"; otro: "Dame esa caldera"; y el otro: "Echa leña a ese fuego". En ese momento la tierra se abrió, y pudo ver, bajo sus pies, una especie de enorme cocina llena de cocineros, pinches y toda clase de servidores como para preparar un magnífico festín. Salió de allí un grupo de unos veinte encargados de las carnes que fueron a instalarse en un camino del bosque alrededor de un largo mesón quienes, tocino en mano y cola de zorro en la oreja, se pusieron a trabajar rítmicamente al son de una armoniosa canción.

La princesa, asombrada ante tal espectáculo, les preguntó para quién estaban trabajando.

—Es, contestó el que parecía el jefe, para el príncipe Riquet-el-del-Copete, cuyas bodas se celebrarán mañana.

La princesa, más asombrada aún, y recordando de pronto que ese día se cumplía un año en que había prometido casarse con el príncipe Riquet-el-del-Copete, casi se cayó de espaldas. No lo recordaba porque, cuando hizo tal promesa, era estúpida, y al recibir la inteligencia que el príncipe le diera, había olvidado todas sus tonterías.

No había alcanzado a caminar treinta pasos continuando su paseo, cuando Riquet-el-del-Copete se presentó ante ella, elegante, magnífico, como un príncipe que se va a casar.

—Aquí me veis, señora, dijo él, puntual para cumplir con mi palabra, y no dudo que vos estéis aquí para cumplir con la vuestra y, al concederme vuestra mano, hacerme el más feliz de los hombres,

—Os confieso francamente, respondió la princesa, que aún no he tomado una resolución al respecto, y no creo que jamás pueda tomarla en, el sentido que vos deseáis.

—Me sorprendéis, señora, le dijo Riquet-el-del-Copete.

—Pues eso creo, replicó la princesa, y seguramente si tuviera que habérmelas con un patán, un hombre sin finura, estaría harto confundida. Una, princesa no tiene más que una palabra, me diría él, y os casaréis conmigo puesto que así lo prometisteis. Pero como el que está hablando conmigo es el hombre más inteligente del mundo, estoy segura que atenderá razones. Vos sabéis que cuando yo era sólo una tonta, no pude resolverme a aceptaros como esposo; ¿cómo queréis que teniendo la lucidez que vos me habéis otorgado, que me ha hecho aún más exigente respecto a las personas, tome hoy una resolución que no pude tomar en aquella época? Si pensabais casaros conmigo de todos modos, habéis hecho mal en quitarme mi simpleza y permitirme ver más claro que antes.

—Puesto que un hombre sin genio, respondió Riquet-el-del-Copete, estaría en su derecho, según acabáis de decir, al reprocharos vuestra falta de palabra, ¿por qué queréis, señora; que no haga uno de él, yo también, en algo que significa toda la dicha de mi vida? ¿Es acaso razonable que las personas dotadas de inteligencia estén en peor condición que los que no la tienen? ¿Podéis pretenderlo, vos que tenéis tanta y que tanto deseasteis tenerla? Pero vamos a los hechos, por favor. ¿Aparte de mi fealdad, hay alguna cosa en mí que os desagrade? ¿Os disguste mi origen, mi carácter, mis modales?

—De ningún modo, contestó la princesa, me agrada en vos todo lo que acabáis de decir.

—Si es así, replicó Riquet-el-del-Copete, seré feliz, ya que vos podéis hacer de mí el más atrayente de los hombres.

—¿Cómo puedo hacerlo? le dijo la princesa.

—Ello es posible, contestó Riquet-el-del-Copete, si me amáis lo suficiente como para desear que así sea; y para que no dudéis, señora, habéis de saber que la misma hada que al nacer yo, me otorgó el don de hacer inteligente a la persona que yo quisiera, os hizo a vos el don de darle belleza al hombre que habréis de amar si quisierais concederle tal favor.

—Si es así, dijo la princesa, deseo con toda mi alma que os convirtáis en el príncipe más hermoso y más atractivo del mundo; y os hago este don en la medida en que soy capaz.

Apenas la princesa hubo pronunciado estas palabras, Riquet-el-del-Copete pareció antes sus ojos el hombre más hermoso, más apuesto y más agradable que jamás hubiera visto. Algunos aseguran que no fue el hechizo del hada, sino el amor lo que operó esta metamorfosis. Dicen que la princesa, habiendo reflexionado sobre la perseverancia de su amante, sobre su discreción y todas las buenas cualidades de su alma y de su espíritu, ya no vio la deformidad de su cuerpo, ni la fealdad de su rostro; que su joroba ya no le pareció sino la postura de un hombre que se da importancia, y su cojera tan notoria hasta entonces a los ojos de ella, la veía ahora como un ademán que sus ojos bizcos le parecían aún más penetrantes, en cuya alteración veía ella el signo de un violento exceso de amor y, por último, que su gruesa nariz enrojecida tenía algo de heroico y marcial.

Comoquiera que fuese, la princesa le prometió en el acto que se casaría con él, siempre que obtuviera el consentimiento del rey su padre.

El rey, sabiendo que su hija sentía gran estimación por Riquet-el-del-Copete, a quien, por lo demás, él consideraba un príncipe muy inteligente y muy sabio, lo recibió complacido como yerno.

Al día siguiente mismo se celebraron las bodas, tal como Riquet-el-del-Copete lo tenía previsto y de acuerdo a las órdenes que había impartido con mucha anticipación.