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La rueda - Amparo Dávila

Al salir de Sanborns de Niza, después de haber desayunado con una amiga mi acostumbrado jugo de naranja, café y tostadas con mantequilla, un sol tibio inundaba las calles. En mi reloj eran cerca de las nueve, y contaba aún con media hora antes de asistir a la cita con el señor Fernández. Decidí hacer un poco de tiempo mirando los aparadores. 

Me detuve frente a uno de la calle de Hamburgo que atrajo especialmente mi atención por unas preciosas bolsas de cocodrilo de excelente calidad y de modelos originales y novedosos, así carteras, cinturones, billeteras y otros muchos objetos de piel. 

En un espejo que se encontraba en interior de la tienda me vi reflejada, lo que aproveché para arreglarme un poco el cabello. Cuando me estaba retocando el peinado, llegó un joven y lo colocó a mi lado. Al sentir su mirada me di vuelta y lo contemplé frente a frente. Era un hombre joven, moreno. 

Un fuerte escalofrío me recorrió de pies a cabeza. No podía ser otra persona, nadie más, sino él. "¿E...res Mar...cos?" "Sí", escuché; pero sus labios no se movieron al hablar. Presa de una indecible angustia y de un terror indescriptible, de ese terror que entra en la vida por las puertas del alma, comencé a caminar rumbo al despacho del señor Fernández. 

Hubiera querido correr, emprender una loca y desenfrenada carrera y perderlo de vista; pero un fuerte temblor se había apoderado de todo mi cuerpo, y mis piernas apenas lograban sostenerme. Mi corazón daba tumbos golpeando sordamente. De reojo, porque no me atrevía a verlo abiertamente, lo miraba caminar junto a mí, casi pegando su cuerpo al mío. 

De pronto, al atravesar la calle, el pavimento se agrietó y caímos los dos en un negro abismo, pero no nos precipitamos de golpe hacia las profundidades sino que descendíamos como dentro de un remolino o de una fuerza centrífuga que nos envolvía y nos jalaba hacia sus entrañas. 

Allí, juntos, atraídos por aquella fuerza arrolladora e irresistible, alcanzaba a ver a Marcos a través de la escasísima claridad que aún se filtraba de la superficie. A veces veía su cuerpo completo, desnudo, esbelto y hermoso como había sido; otras, la cabeza sola, o el cuerpo mutilado; después, sólo miembros sueltos, un brazo, una pierna, una mano, dedos crispados, los ojos, la boca distorsionada por una sonrisa sarcástica. 

"No, por Dios", grité desesperada; es decir, grité dentro de mí, porque ya la voz no salía de la garganta y sólo el pensamiento nos comunicaba. "No, no quiero morir aún, déjame, tengo innumerables cosas por hacer, mi familia, mis amigos, todo lo que amo, tengo mucho, mucho que terminar en la vida, todo lo que me fue encomendado y debo cumplir antes de irme, no, no deseo, no quiero morir ahora, no estoy dispuesta todavía, déjame salir, volver a la superficie, a la luz, al sol que amo, a esas pequeñas cosas que se nos dan sin tributo, tú estás muerto desde hace tiempo ya no puedes hacer ni exigir nada, ya no tienes qué hacer aquí en la tierra, debes entenderlo, aléjate, aléjate de mí, vete al sitio que te corresponde, en donde debes estar, en donde descansarás con los que te precedieron, yo quiero vivir, vivir, hay sangre caliente corriendo por mis venas, hay tanto deseo, tantos deseos insatisfechos y dañando, exigiendo su realización, déjame seguir viviendo, por piedad, he salido hace tan poco tiempo del infierno, estoy aún en pleno purgatorio, tú lo sabes bien, no he sabido sino de torturas y dolores, angustia y soledad, antes de morir quiero conocer muchas cosas en las que he soñado siempre, países, mares, ruinas, sitios hermosos, todo lo que alimenta al espíritu, conocer también antes de morir un hombre verdadero, total, íntegro, un hombre en toda la extensión y sentido de la palabra, y no sólo fragmentos y despojos de seres humanos, aproximaciones o dolorosas caricaturas de un hombre con imágenes desleídas o terribles que desgarran el alma y las entrañas, conocer un hombre auténtico, sentir tú amor y gozarlo, comprobar que existe la ternura verdadera y sencilla, la tranquilidad, la paz del alma, la dicha burguesa y limitada de la mayoría de las gentes que van los sábados al cine y los domingos a comer al campo, quiero vivir, quiero ver otra vez el mar, el cielo, los ojos de mis niñas, no quiero, no quiero morir aún, déjame por Dios, déjame vivir... "

Y entre aquella negrura, porque la luz ya sólo era un recuerdo, yo sentía aquellos miembros fríos, desarticulados y como gelatinosos que se adherían a mi cuerpo como si fueran ventosas o sanguijuelas enloquecidas que trataban furiosamente de chuparme la vida, absorber mi ser, arrastrándome más abajo, más abajo, cada vez más abajo, sin apiadarse de mi desesperación, ni de los gritos que se transformaban en sordos ronquidos, o estertores, dentro de mi garganta. 

Entonces, sí, entonces, llegó desde muy lejos un largo timbre que cada vez iba aumentando en intensidad. Abrí los ojos y respiré honda, profundamente. Estaba empapada en sudor frío, mi corazón latía descompasado y la respiración era tan agitada como si hubiera corrido a través de la larga noche. 

"Las siete de la mañana, gracias a Dios son las siete de la mañana", me oí decir de manera casi automática, al tiempo en que experimentaba una gran alegría, la alegría de estar viva aún y no muerta, o camino hacia la muerte como en el terrible sueño recién terminado. Sí, era maravilloso el estar con vida a las siete de la mañana de un lunes de agosto y haber salido de aquel desquiciante sueño.

—Buenos días, señora, aquí está su té —dijo Juana y me acercó la taza que tomaba siempre al despertar—; pero, ¿qué le pasa? Está muy pálida, ¿se siente mal?

—No, estoy bien, sólo que tuve una pesadilla, una horrible pesadilla, pero gracias a Dios terminó. ¿Ha llamado alguien por teléfono?

—La señorita Teresa llamó anoche, antes de que usted llegara, para recordarle que van a desayunar juntas.

Tomé el té y me metí a la regadera. Con el agua aliente cedió la tensión de los músculos y, después de frotarme el cuerpo con mi colonia favorita, me sentí tan bien como si hubiera tenido un buen descanso. Me vestí y arreglé cuidadosamente pues tenía que ver a varias personas después de desayunar con mi amiga Teresa.

El cielo estaba limpio, con un azul increíble cuando salí de casa, cerca de las ocho. Con gran desencanto, al sacar el automóvil me di cuenta que éste tenía una llanta completamente baja, "siempre tienen que suceder estas cosas cuando uno lleva prisa", y me dispuse a buscar un taxi, bastante contrariada, sabiendo que a esa hora es casi un milagro encontrar uno. 

Teresa ya habría llegado, sin duda alguna, porque las dos gustábamos de la puntualidad. Como lo temía no logré conseguir ningún taxi y tuve que tomar dos camiones para llegar hasta Sanborns de Niza donde me esperaba mi amiga. 

Cuando por fin logré llegar ella ya había empezado a desayunar. Entraba a su trabajo a las nueve y sólo faltaba media hora. Me tranquilizó encontrarla comiendo tranquilamente, y comencé a contarle mis contratiempos.

—Pero, ¿qué vas a desayunar ahora? —preguntó interrumpiendo mi relato y sonriéndose porque de sobra sabía que nunca varío mi desayuno.

—Lo mismo de siempre.

—No cabe duda de que comes como un pajarito. Yo no me explico cómo puedes vivir y trabajar con esa alimentación —decía mientras devoraba sus huevos con tocino y frijoles refritos, y yo bebía lentamente mi café, después de haber tomado el jugo de naranja y untaba una tostada con mantequilla.

—No me vas a creer si te cuento que Elvira ya se va a casar.

—¿Es en serio, o estás bromeando? —le pregunté.

—No, no, te lo digo en serio, ya avisó que trabaja sólo hasta el día último.

—¿Y cómo le hizo?

—Todo el mundo dice que es un milagro patentado, con esa cara y ese cuerpo —y se sirvió otra taza de café.

—Además, es una tremenda enredosa. Yo siempre le saco la vuelta.

—Y como tú todo el mundo. La que está que se muere de rabia es la Güera. ¿Te acuerdas de las apuestas que hizo con todo el mundo?

Y así, entre comentarios de la última película, de la barata del Palacio de Hierro, de la carta de Luis Mario, de los zapatos de Pertegaz que son un verdadero primor y tan cómodos, y quedando en vernos el sábado a las siete de la noche para ir a la exposición de pintura francesa, Teresa se fue corriendo a los cinco para las nueve y yo todavía me fumé otro cigarrillo, con toda calma.

Al salir de Sanborns, un sol tibio bañaba las calles. En mi reloj eran las nueve, y yo contaba aún con media hora antes de asistir a la cita con don Manuel Fernández. Decidí hacer un poco de tiempo mirando los aparadores. Me detuve frente a uno de la calle de Hamburgo que atrajo especialmente mi atención por unas preciosas bolsas de cocodrilo, de excelente calidad y modelos originales y muy novedosos, así como carteras, cinturones, billeteras y otros muchos objetos de piel. 

En un espejo, que se encontraba en el interior de la tienda, me vi reflejada, lo cual aproveché para arreglarme un poco el cabello. Cuando estaba retocando mi peinado llegó un joven y se colocó a mi lado "Al sentir su mirada me di vuelta y lo contemplé frente a frente. Era un hombre joven, moreno. Un fuerte escalofrío me recorrió de pies a cabeza. No podía ser otra persona, nadie más, sino él. Pero, ¿usted no es Marcos, verdad...?

La bella durmiente del bosque - Charles Perrault

Había una vez un rey y una reina que estaban tan afligidos por no tener hijos, tan afligidos que no hay palabras para expresarlo. Fueron a todas las aguas termales del mundo; votos, peregrinaciones, pequeñas devociones, todo se ensayó sin resultado.

Al fin, sin embargo, la reina quedó encinta y dio a luz una hija. Se hizo un hermoso bautizo; fueron madrinas de la princesita todas las hadas que pudieron encontrarse en la región (eran siete) para que cada una de ellas, al concederle un don, como era la costumbre de las hadas en aquel tiempo, colmara a la princesa de todas las perfecciones imaginables.

Después de las ceremonias del bautizo, todos los invitados volvieron al palacio del rey, donde había un gran festín para las hadas. Delante de cada una de ellas habían colocado un magnífico juego de cubiertos en un estuche de oro macizo, donde había una cuchara, un tenedor y un cuchillo de oro fino, adornado con diamantes y rubíes. Cuando cada cual se estaba sentando a la mesa, vieron entrar a una hada muy vieja que no había sido invitada porque hacia más de cincuenta años que no salía de una torre y la creían muerta o hechizada.

El rey le hizo poner un cubierto, pero no había forma de darle un estuche de oro macizo como a las otras, pues sólo se habían mandado a hacer siete, para las siete hadas. La vieja creyó que la despreciaban y murmuró entre dientes algunas amenazas. Una de las hadas jóvenes que se hallaba cerca la escuchó y pensando que pudiera hacerle algún don enojoso a la princesita, fue, apenas se levantaron de la mesa, a esconderse tras la cortina, a fin de hablar la última y poder así reparar en lo posible el mal que la vieja hubiese hecho.

Entretanto, las hadas comenzaron a conceder sus dones a la princesita. La primera le otorgó el don de ser la persona más bella del mundo, la siguiente el de tener el alma de un ángel, la tercera el de poseer una gracia admirable en todo lo que hiciera, la cuarta el de bailar a las mil maravillas, la quinta el de cantar como un ruiseñor, y la sexta el de tocar toda clase de instrumentos musicales a la perfección. Llegado el turno de la vieja hada, ésta dijo, meneando la cabeza, más por despecho que por vejez, que la princesa se pincharía la mano con un huso, lo que le causaría la muerte.

Este don terrible hizo temblar a todos los asistentes y no hubo nadie que no llorara. En ese momento, el hada joven salió de su escondite y en voz alta pronunció estas palabras:

—Tranquilizaos, rey y reina, vuestra hija no morirá; es verdad que no tengo poder suficiente para deshacer por completo lo que mi antecesora ha hecho. La princesa se clavará la mano con un huso; pero en vez de morir, sólo caerá en un sueño profundo que durará cien años, al cabo de los cuales el hijo de un rey llegará a despertarla.

Para tratar de evitar la desgracia anunciada por la anciana, el rey hizo publicar de inmediato un edicto, mediante el cual bajo pena de muerte, prohibía a toda persona hilar con huso y conservar husos en casa.

Pasaron quince o dieciséis años. Un día en que el rey y la reina habían ido a una de sus mansiones de recreo, sucedió que la joven princesa, correteando por el castillo, subiendo de cuarto en cuarto, llegó a lo alto de un torreón, a una pequeña buhardilla donde una anciana estaba sola hilando su copo. Esta buena mujer no había oído hablar de las prohibiciones del rey para hilar en huso.

—¿Qué hacéis aquí, buena mujer? —dijo la princesa. Estoy hilando, mi bella niña, le respondió la anciana, que no la conocía.

—¡Ah! qué lindo es, replicó la princesa, ¿cómo lo hacéis? Dadme, a ver si yo también puedo.

No hizo más que coger el huso, y siendo muy viva y un poco atolondrada, aparte de que la decisión de las hadas así lo habían dispuesto, cuando se clavó la mano con él y cayó desmayada.

La buena anciana, muy confundida, clama socorro. Llegan de todos lados, echan agua al rostro de la princesa, la desabrochan, le golpean las manos, le frotan las sienes con agua de la reina de Hungría; pero nada la reanima.

Entonces el rey, que acababa de regresar al palacio y había subido al sentir el alboroto, se acordó de la predicción de las hadas, y pensando que esto tenía que suceder ya que ellas lo habían dicho, hizo poner a la princesa en el aposento más hermoso del palacio, sobre una cama bordada en oro y plata. Se veía tan bella que parecía un ángel, pues el desmayo no le había quitado sus vivos colores: sus mejillas eran encarnadas y sus labios como el coral; sólo tenía los ojos cerrados, pero se la oía respirar suavemente, lo que demostraba que no estaba muerta. El rey ordenó que la dejaran dormir en reposo, hasta que llegase su hora de despertar.

El hada buena que le había salvado la vida, al hacer que durmiera cien años, se hallaba en el reino de Mataquin, a doce mil leguas de allí, cuando ocurrió el accidente de la princesa; pero en un instante recibió la noticia traída por un enanito que tenía botas de siete leguas (eran unas botas que recorrían siete leguas en cada paso). El hada partió de inmediato, y al cabo de una hora la vieron llegar en un carro de fuego tirado por dragones.

El rey la fue a recibir dándole la mano a la bajada del carro. Ella aprobó todo lo que él había hecho; pero como era muy previsora, pensó que cuando la princesa llegara a despertar, se sentiría muy confundida al verse sola en este viejo palacio.

Hizo lo siguiente: tocó con su varita todo lo que había en el castillo (salvo al rey y a la reina), ayas, damas de honor, mucamas, gentilhombres, oficiales, mayordomos, cocineros, tocó también todos los caballos que estaban en las caballerizas, con los palafreneros, los grandes perros de gallinero, y la pequeña Puf, la perrita de la princesa que estaba junto a ella sobre el lecho. Junto con tocarlos, se durmieron todos, para que despertaran al mismo tiempo que su ama, a fin de que estuviesen todos listos para atenderla llegado el momento; hasta los asadores, que estaban al fuego con perdices y faisanes, se durmieron, y también el fuego. Todo esto se hizo en un instante: las hadas no tardaban en realizar su tarea.

Entonces el rey y la reina luego de besar a su querida hija, sin que ella despertara, salieron del castillo e hicieron publicar prohibiciones de acercarse a él a quienquiera que fuese en todo el mundo. Estas prohibiciones no eran necesarias, pues en un cuarto de hora creció alrededor del parque tal cantidad de árboles grandes y pequeños, de zarzas y espinas entrelazadas unas con otras, que ni hombre ni bestia habría podido pasar; de modo que ya no se divisaba, sino lo alto de las torres del castillo y esto sólo de muy lejos. Nadie dudó de que esto fuese también obra del hada para que la princesa, mientras durmiera, no tuviera nada que temer de los curiosos.

Al cabo de cien años, el hijo de un rey que gobernaba en ese momento y que no era de la familia de la princesa dormida, andando de caza por esos lados, preguntó qué eran esas torres que divisaba por encima de un gran bosque muy espeso; cada cual le respondió según lo que había oído hablar. Unos decían que era un viejo castillo poblado de fantasmas; otros, que todos los brujos de la región celebraban allí sus reuniones. La opinión más corriente era que en ese lugar vivía un ogro y llevaba allí a cuanto niño podía atrapar, para comérselo a gusto y sin que pudieran seguirlo, teniendo él solamente el poder para hacerse un camino a través del bosque. El príncipe no sabía qué creer, hasta que un viejo campesino tomó la palabra y le dijo:

—Príncipe, hace más de cincuenta años le oí decir a mi padre que había en ese castillo una princesa, la más bella del mundo; que dormiría durante cien años y sería despertada por el hijo de un rey a quien ella estaba destinada.

Al escuchar este discurso, el joven príncipe se sintió enardecido; creyó sin vacilar que él pondría fin a tan hermosa aventura; e impulsado por el amor y la gloria, resolvió investigar al instante de qué se trataba.

Apenas avanzó hacia el bosque, esos enormes árboles, aquellas zarzas y espinas se apartaron solos para dejarlo pasar: caminó hacia el castillo que veía al final de una gran avenida adonde penetró, pero, ante su extrañeza, vio que ninguna de esas gentes había podido seguirlo porque los árboles se habían cerrado tras él. Continuó sin embargo su camino: un príncipe joven y enamorado es siempre valiente.

Llegó a un gran patio de entrada donde todo lo que apareció ante su vista era para helarlo de temor. Reinaba un silencio espantoso, por todas partes se presentaba la imagen de la muerte, era una de cuerpos tendidos de hombres y animales, que parecían muertos. Pero se dio cuenta, por la nariz granujienta y la cara rubicunda de los guardias, que sólo estaban dormidos, y sus jarras, donde aún quedaban unas gotas de vino, mostraban a las claras que se habían dormido bebiendo.

Atraviesa un gran patio pavimentado de mármol, sube por la escalera, llega a la sala de los guardias que estaban formados en hilera, la carabina al hombro, roncando a más y mejor. Atraviesa varias cámaras llenas de caballeros y damas, todos durmiendo, unos de pie, otros sentados; entra en un cuarto todo dorado, donde ve sobre una cama cuyas cortinas estaban abiertas, el más bello espectáculo que jamás imaginara: una princesa que parecía tener quince o dieciséis años cuyo brillo resplandeciente tenía algo luminoso y divino.

Se acercó temblando y en actitud de admiración se arrodilló junto a ella. Entonces, como había llegado el término del hechizo, la princesa despertó; y mirándolo con ojos más tiernos de lo que una primera vista parecía permitir:

—¿Sois vos, príncipe mío? —le dijo ella— bastante os habéis hecho esperar.

El príncipe, atraído por estas palabras y más aún por la forma en que habían sido dichas, no sabía cómo demostrarle su alegría y gratitud; le aseguró que la amaba más que a sí mismo. Sus discursos fueron inhábiles; por ello gustaron más; poca elocuencia, mucho amor, con eso se llega lejos. Estaba más confundido que ella, y no era para menos; la princesa había tenido tiempo de soñar con lo que le diría, pues parece (aunque la historia no lo dice) que el hada buena, durante tan prolongado letargo, le había procurado el placer de tener sueños agradables. En fin, hacía cuatro horas que hablaban y no habían conversado ni de la mitad de las cosas que tenían que decirse.

Entretanto, el palacio entero se había despertado junto con la princesa; todos se disponían a cumplir con su tarea, y como no todos estaban enamorados, ya se morían de hambre; la dama de honor, apremiada como los demás, le anunció a la princesa que la cena estaba servida. El príncipe ayudó a la princesa a levantarse y vio que estaba toda vestida, y con gran magnificencia; pero se abstuvo de decirle que sus ropas eran de otra época y que todavía usaba gorguera; no por eso se veía menos hermosa.

Pasaron a un salón de espejos y allí cenaron, atendido por los servidores de la princesa; violines y oboes interpretaron piezas antiguas pero excelentes, que ya no se tocaban desde hacía casi cien años; y después de la cena, sin pérdida de tiempo, el capellán los casó en la capilla del castillo, y la dama de honor les cerró las cortinas: durmieron poco, la princesa no lo necesitaba mucho, y el príncipe la dejó por la mañana temprano para regresar a la ciudad, donde su padre debía estar preocupado por él.

El príncipe le dijo que estando de caza se había perdido en el bosque y que había pasado la noche en la choza de un carbonero quien le había dado de comer queso y pan negro. El rey: su padre, que era un buen hombre, le creyó pero su madre no quedó muy convencida, y al ver que iba casi todos los días a cazar y que siempre tenía una excusa a mano cuando pasaba dos o tres noches afuera, ya no dudó que se trataba de algún amorío; pues vivió más de dos años enteros con la princesa y tuvieron dos hijos siendo la mayor una niña cuyo nombre era Aurora, y el segundo un varón a quien llamaron el Día porque parecía aún más bello que su hermana.

La reina le dijo una y otra vez a su hijo para hacerlo confesar, que había que darse gusto en la vida, pero él no se atrevió nunca a confiarle su secreto; aunque la quería, le temía, pues era de la raza de los ogros, y el rey se había casado con ella por sus riquezas; en la corte se rumoreaba incluso que tenía inclinaciones de ogro, y que al ver pasar niños, le costaba un mundo dominarse para no abalanzarse sobre ellos; de modo que el príncipe nunca quiso decirle nada.

Mas, cuando murió el rey, al cabo de dos años, y él se sintió el amo, declaró públicamente su matrimonio y con gran ceremonia fue a buscar a su mujer al castillo. Se le hizo un recibimiento magnífico en la capital a donde ella entró acompañada de sus dos hijos.

Algún tiempo después, el rey fue a hacer la guerra contra el emperador Cantalabutte, su vecino. Encargó la regencia del reino a su madre, recomendándole mucho que cuidara a su mujer y a sus hijos. Debía estar en la guerra durante todo el verano, y apenas partió, la reina madre envió a su nuera y sus hijos a una casa de campo en el bosque para poder satisfacer más fácilmente sus horribles deseos. Fue allí algunos días más tarde y le dijo una noche a su mayordomo.

—Mañana para la cena quiero comerme a la pequeña Aurora.

—¡Ay! señora, dijo el mayordomo.

—¡Lo quiero!, dijo la reina (y lo dijo en un tono de ogresa que desea comer carne fresca), y deseo comérmela con salsa, Robert.

El pobre hombre, sabiendo que no podía burlarse de una ogresa, tomó su enorme cuchillo y subió al cuarto de la pequeña Aurora; ella tenía entonces cuatro años y saltando y corriendo se echó a su cuello pidiéndole caramelos. El se puso a llorar, el cuchillo se le cayó de las manos, y se fue al corral a degollar un corderito, cocinándolo con una salsa tan buena que su ama le aseguró que nunca había comido algo tan sabroso. Al mismo tiempo llevó a la pequeña Aurora donde su mujer para que la escondiera en una pieza que ella tenía al fondo del corral.

Ocho días después, la malvada reina le dijo a su mayordomo:

—Para cenar quiero al pequeño Día.

El no contestó, habiendo resuelto engañarla como la primera vez. Fue a buscar al niño y lo encontró, florete en la mano, practicando esgrima con un mono muy grande, aunque sólo tenía tres años. Lo llevó donde su mujer, quien lo escondió junto con Aurora, y en vez del pequeño Día, sirvió un cabrito muy tierno que la ogresa encontró delicioso.

Hasta aquí la cosa había marchado bien; pero una tarde, esta reina perversa le dijo al mayordomo:

—Quiero comerme a la reina con la misma salsa que sus hijos.

Esta vez el pobre mayordomo perdió la esperanza de poder engañarla nuevamente. La joven reina tenía más de 20 años, sin contar los cien que había dormido: aunque hermosa y blanca su piel era algo dura; ¿y cómo encontrar en el corral un animal tan duro? Decidió entonces, para salvar su vida, degollar a la reina, y subió a sus aposentos con la intención de terminar de una vez. Tratando de sentir furor y con el puñal en la mano, entró a la habitación de la reina. Sin embargo no quiso sorprendería y en forma respetuosa le comunicó la orden que había recibido de la reina madre.

—Cumplid con vuestro deber, le dijo ella, tendiendo su cuello; ejecutad la orden que os han dado; iré a reunirme con mis hijos, mis pobres hijos tan queridos (pues ella los creía muertos desde que los había sacado de su lado sin decirle nada).

—No, no, señora, le respondió el pobre mayordomo, enternecido, no moriréis, y tampoco dejaréis de reuniros con vuestros queridos hijos, pero será en mi casa donde los tengo escondidos, y otra vez engañaré a la reina, haciéndole comer una cierva en lugar vuestro.

La llevó en seguida al cuarto de su mujer y dejando que la reina abrazara a sus hijos y llorara con ellos, fue a preparar una cierva que la reina comió para la cena, con el mismo apetito que si hubiera sido la joven reina. Se sentía muy satisfecha con su crueldad, preparándose para contarle al rey, a su regreso, que los lobos rabiosos se habían comido a la reina su mujer y a sus dos hijos.

Una noche en que como de costumbre rondaba por los patios y corrales del castillo para olfatear alguna carne fresca, oyó en una sala de la planta baja al pequeño Día que lloraba porque su madre quería pegarle por portarse mal, y escuchó también a la pequeña Aurora que pedía perdón por su hermano.

La ogresa reconoció la voz de la reina y de sus hijos, y furiosa por haber sido engañada, a primera hora de la mañana siguiente, ordenó con una voz espantosa que hacía temblar a todo el mundo, que pusieran al medio del patio una gran cuba haciéndola llenar con sapos, víboras, culebras y serpientes, para echar en ella a la reina y sus niños, al mayordomo, su mujer y su criado; había dado la orden de traerlos con las manos atadas a la espalda.

Ahí estaban, y los verdugos se preparaban para echarlos a la cuba, cuando el rey, a quien no esperaban tan pronto, entró a caballo en el patio; había viajado por la posta, y preguntó atónito qué significaba ese horrible espectáculo. Nadie se atrevía a decírselo, cuando de pronto la ogresa, enfurecida al mirar lo que veía, se tiró de cabeza dentro de la cuba y en un instante fue devorada por las viles bestias que ella había mandado poner.

El rey no dejó de afligirse: era su madre, pero se consoló muy pronto con su bella esposa y sus queridos hijos.

Cada cual su botella - John Collier

 Franklin Fletcher soñaba en el lujo en forma de pieles de tigre y mujeres hermosas. En caso necesario estaba dispuesto a prescindir de las pieles de tigre. Por desgracia, las mujeres hermosas parecían igualmente raras e inaccesibles. En su despacho y en la pensión donde se alojaba, las chicas eran ratones, o gatunas, o coquetonas, o habían leído insuficientemente los anuncios. Franklin no conocía otras. A los treinta y cinco años renunció, y decidió que debía consolarse con un hobby, que es un muy miserable segundo premio.

Merodeó por raros rincones de la ciudad, observó los escaparates de anticuarios y quincalleros, se preguntó qué demonios podía coleccionar. Llegó a una pobre tienda, de un pobre callejón, en cuyo polvoriento escaparate había un solo objeto: un barco de aparejo complejo metido en una botella. Sintiéndose más bien así él mismo, Franklin decidió entrar y preguntar el precio.

La tienda era pequeña y estaba medio vacía. Viejas estanterías se alineaban en las paredes, y estas estanterías tenían una gran cantidad de botellas, de todos tipos y tamaños, que contenían diversos objetos únicamente interesantes porque estaban embotellados. Mientras Franklin continuaba mirando, se abrió una puertecilla y por ella salió el propietario arrastrando los pies, un acartonado anciano con un elegante sombrero que parecía moderadamente sorprendido y complacido por tener un cliente.

Enseñó a Franklin ramilletes, aves del paraíso, la Batalla de Gettysburg, jardines japoneses en miniatura e incluso una cabeza humana contraída, todo ello en botellas tapadas.

—¿Y qué son esas cosas —preguntó Frank—, las del estante de abajo?

—Ahí no hay mucho que mirar —dijo el anciano—. Mucha gente opina que son cosas absurdas. Personalmente, me gustan.

Sacó algunas muestras de la polvorienta oscuridad. Una botella parecía no contener nada aparte de una reseca mosca, otras contenían quizá cerdas de caballo o pajas, o meros manojos del cielo sabe qué. Algunas botellas parecían estar llenas de opalescente humo.

—Son —explicó el anciano— diversos tipos de genios, jinns, sibilas, demonios y cosas por el estilo. Algunos, creo, es muy difícil meterlos en una botella, más difícil que meter un barco con todo su aparejo.

—¡Oh, vamos! ¡Esto es Nueva York! —dijo Frank.

—Tanto mayor motivo para esperar que haya embotellados los más extraordinarios genios —dijo el anciano—. Se lo enseñaré. Aguarde un momento. El tapón está un poco duro.

—¿Pretende decir que hay uno ahí dentro? —repuso Frank—. ¿Y va a soltarlo?

—¿Por qué no? —replicó el viejo, que había desistido de sus esfuerzos y sostenía la botella junto a la luz—. Este... ¡Santo cielo! \Porque no, ciertamente! Mis ojos cada vez están más débiles. Casi he destapado una botella que no debo destapar. ¡Un cliente muy desagradable, ése! ¡Válgame Dios! Es una suerte que no haya sacado ese tapón. Será mejor que lo vuelva a poner en el estante. Debo recordar que está abajo a la derecha. Le pondré una etiqueta uno de estos días. Aquí tengo algo más inofensivo.

—¿Qué hay dentro? —preguntó Frank.

—Se supone que es la mujer más bella del mundo —dijo el viejo—. Está muy bien, si es que le gusta esa clase de cosas. Yo nunca me he molestado en destaparla. Buscaré algo más interesante.

—Bueno, desde un punto de vista científico —dijo Frank—, yo...

—La ciencia no es todo —dijo el anciano—. Mire esto. —Levantó una botella que contenía un objeto minúsculo, momificado, con aspecto de insecto, apenas visible entre el mugre—. Pegue la oreja a la botella.

Frank así lo hizo. Y pronunciadas con una especie de silbido nada similar a una voz, escuchó las palabras:

—Louisiana Lad, Saratoga, cuatro con quince. Louisiana Lad, Saratoga, cuatro con quince —repetía sin cesar la «voz».

—¿Qué diablos es eso? —preguntó Frank.

—Eso es la Sibila de Cumas original —contestó el viejo—. Muy interesante. Ella está interesándose por las carreras de caballos.

—Muy interesante —dijo Frank—. De todas formas, me gustaría ver esa otra botella. Adoro la belleza.

—Es un poco artista, ¿eh? —dijo el viejo—. Créame, lo que usted necesita en realidad es un tipo bueno, de aptitudes variadas, serviciable. Aquí tengo uno, por ejemplo. Le recomiendo a este personajillo por experiencia personal. Él es práctico. Puede resolverle cualquier problema.

—Bueno, siendo así —dijo Frank—, ¿por qué no ha conseguido usted un palacio, pieles de tigre y todo eso?

—Tuve todo eso —dijo el anciano—. Y él lo arregló. Sí, esta fue mi primera botella. El resto llegó gracias a él. En primer lugar conseguí un palacio, cuadros, esculturas, esclavos.

Y, como ha dicho usted, pieles de tigre. Le ordené que pusiera a Cleopatra en una de ellas.

—¿Cómo era ella? —exclamó Frank.

—Estaba bien —repuso el anciano—, si es que le gusta ese tipo de cosas. Yo me aburrí. Pensé, «Lo que me gustaría de verdad es una tiendecita, con toda clase de cosas metidas en botellas». Y por eso le ordené que me complaciera. Él me consiguió la sibila. Él me consiguió ese tipo feroz. De hecho, él me consiguió todo.

—¿Y ahora está él ahí dentro? —preguntó Frank.

—Sí. Está dentro —dijo el viejo—. Escúchelo.

Frank apretó la oreja a la botella. Y pronunciado en quejumbrosos tonos, oyó:

—Déjeme salir. Déjeme salir. Por favor, déjeme salir. Haré lo que sea. Déjeme salir. Soy inofensivo. Por favor, déjeme salir. Sólo un ratito. Déjeme salir. Haré lo que sea. Por favor...

Frank miró al anciano.

—Él está ahí, sí—dijo—. Está ahí.

—Naturalmente que está ahí —dijo el viejo—. Yo no le vendería una botella vacía. ¿Por quién me toma? De hecho, yo no vendería nunca esta botella, por razones sentimentales, pero ya hace muchos años que tengo la tienda y usted es mi primer cliente.

Frank volvió a poner la oreja en la botella.

—Déjeme salir. Déjeme salir. Oh, por favor, déjeme salir. Haré...

—¡Dios mío! —exclamó Frank, nervioso—. ¿Está así siempre?

—Muy probablemente —dijo el anciano—. No puedo decir que yo presto atención. Prefiero la radio.

—Parece más bien duro para él —dijo comprensivamente Frank.

—Tal vez —repuso el viejo—. A la gente no parece gustarle las botellas. A mí, sí. Me fascinan. Por ejemplo...

—Dígame —le interrumpió Frank—, ¿es él realmente inofensivo?

—Oh, sí —contestó el anciano—. Válgame Dios, sí. Hay quien dice que esa gente es engañosa..., sangre oriental y todo eso... Pero no opino igual. Solía dejarlo salir. Él hacía sus cosas y volvía a la botella. Debo decirlo, es muy eficiente.

—¿Podría conseguirme cualquier cosa?

—Absolutamente cualquier cosa.

—¿Y cuánto quiere por él? —preguntó Frank.

—Oh, no lo sé —dijo el anciano—. Diez millones de dólares, tal vez.

—¡Caramba! No tengo tanto. De todas formas, si él es tan bueno con usted afirma, quizá consiga el dinero mediante un préstamo.

—No se preocupe. Digamos que cinco dólares está bien. Tengo todo cuanto quiero, esa es la verdad. ¿Se lo envuelvo?

Frank pagó los cinco dólares y se apresuró a volver a casa con la preciosa botella, aterrorizado, temiendo que se rompiera. En cuanto estuvo en su habitación quitó el tapón. Del interior fluyó una prodigiosa cantidad de sucio humo, que de inmediato se solidificó hasta formar la figura de un grueso y rollizo oriental de dos metros de altura, con bultos de grasa, nariz ganchuda, un blanco perverso en sus ojos, enorme mentón partido: en conjunto igual que un productor cinematográfico, pero más voluminoso. Frank, haciendo desesperados esfuerzos por decir algo, pidió shashlik, pinchos morunos y pastas turcas. Todo llegó al momento.

Frank, tras recobrar el equilibrio, notó que las modestas ofrendas eran de excelente calidad, y que estaban dispuestas en platos de oro sólido, con soberbios grabados y pulidos hasta alcanzar una deslumbrante brillantez. Gracias a pequeños detalles de este tipo puede reconocerse a un criado de primera categoría. Frank estaba complacido, pero refrenó su entusiasmo.

—Los platos de oro están muy bien -—dijo—. Pero vamos al grano. Me gustaría un palacio.

—Oír es obedecer —dijo el moreno criado.

—Deberá ser de tamaño adecuado —continuó Frank—, con una situación adecuada, muebles adecuados, cuadros adecuados, esculturas adecuadas, tapices y todo eso. Me gustaría que hubiera allí un buen número de pieles de tigre. Soy muy aficionado a las pieles de tigre.

—Allí estarán —dijo el esclavo.

—Soy un poco artista —añadió Frank—, como observó tu antiguo amo. Mi arte, por así decirlo, exige la presencia, sobre esas pieles de tigre, de varias mujeres jóvenes, rubias, morenas, pequeñas y bien proporcionadas, con una figura digna de Juno, lánguidas, vivaces, todas hermosas, y no es preciso que vayan excesivamente vestidas. Odio el exceso de ropa. Es vulgar. ¿Tienes eso?

—Lo tengo —dijo el jinn.

—Entonces quiero tenerlo yo —dijo Frank.

—Condesciende sólo en cerrar tus ojos durante el lapsus de un minuto —solicitó el siervo—, y al abrirlos te encontrarás rodeado por los agradables objetos que has descrito.

—De acuerdo —dijo Frank—. ¡Pero ningún truco, cuidado!

Cerró los ojos tal como le habían pedido. Un sonido grave, un silbido, un zumbido musical brotó y le envolvió. Al final del minuto Frank miró a su alrededor. Allí estaban los arcos, columnas, estatuas, tapices, etc., del palacio más exquisito imaginable, y en todas partes hacia donde dirigió la mirada vio una piel de tigre, y sobre cada piel de tigre había una joven reclinada, de soberbia belleza y ciertamente sin vulgar exceso de ropa.

Nuestro buen Frank quedó, para expresarlo suavemente, extasiado. Fue corriendo de un lado a otro igual que una abeja en una floristería. En todas partes fue recibido con dulces sonrisas indescriptibles, y con miradas de franca o velada simpatía. Sonrojos y párpados caídos. La llameante faz del ardor. Un hombro vuelto, pero en absoluto un hombro frío. Brazos abiertos, ¡y qué brazos! Amor disimulado, pero en vano. Amor triunfante.

—Debo afirmar —dijo Frank posteriormente— que he pasado una tarde realmente deliciosa. He disfrutado de cabo a rabo.

—En ese caso —dijo el jinn, que en ese momento estaba sirviendo la cena—, ¿puedo implorar el favor de que se me permita ser su mayordomo, y el responsable general de sus placeres, en lugar de volver a esa abominable botella?

—No veo por qué no —contestó Frank—. Parece bastante duro que, después de haber dispuesto todo esto, vuelvas a estar apretujado en la botella. Muy bien, serás mi mayordomo, pero entiende esto: sea cual sea el trato, deseo que nunca entres en una habitación sin llamar primero. Y sobre todo, ninguna jugarreta.

El jinn, tras una zalamera sonrisa de gratitud, se retiró y Frank no tardó en retirarse a su harén, donde pasó la noche tan agradablemente como había pasado la tarde.

Transcurrieron varias semanas totalmente repletas de estos amenos pasatiempos, hasta que Frank, en obediencia a la ley que ni siquiera los jinns más eficaces pueden ignorar, empezó a sentirse cada vez más raro, un poco hastiado, un poco inclinado a criticar y señalar errores.

—Estas criaturas son jóvenes y bonitas —le dijo a su jinn—, si a uno le gusta ese tipo de cosas, pero supongo que difícilmente pueden ser de primera clase, o yo estaría más interesado por ellas. Yo, bien mirado, soy un experto. Nada puede complacerme salvo lo mejor. Llévatelas. Recoge todas las pieles de tigre excepto una.

—Así se hará—dijo el jinn—. Observa, está hecho.

—Y en esa piel de tigre restante —dijo Frank—, ponme a la misma Cleopatra.

Un instante después, Cleopatra estaba allí, con un aspecto, hay que admitirlo, absolutamente soberbio.

—¡Hola! —dijo ella—. ¡Aquí estoy, otra vez en una piel de tigre!

—¿Otra vez? —gritó Frank, que de pronto recordó al viejo de la tienda—. ¡Venga! Llévatela. Tráeme a Helena de Troya.

Un instante después, Helena de Troya estaba allí.

—¡Hola! —dijo ella—. ¡Aquí estoy, otra vez en una piel de tigre!

—¿Otra vez? —gritó Frank—. ¡Maldito sea aquel viejo! Llévatela. Tráeme a la reina Ginebra.

Ginebra dijo exactamente lo mismo. Igual que madame de Pompadour, lady Hamilton y el resto de famosas bellezas que Frank logró imaginar.

—No me extraña que ese viejo fuera un viejo tan enormemente arrugado —comentó—. ¡Viejo vicioso! ¡Viejo demonio! Se ha llevado la plata de toda la cubertería. Llámame celoso si quieres, pero yo no pienso desempeñar un papel secundario al lado de ese bribón, de ese viejo asqueroso. ¿Dónde puedo encontrar una criatura perfecta, digna de los abrazos de un hombre tan experto como yo?

—Si se digna en dejar ese problema en mis manos —dijo el jinn—, permítame recordarle que en aquella tienda había una botellita que mi anterior amo nunca había abierto, porque yo se la proporcioné cuando él había perdido el interés en asuntos de esta clase. Sin embargo, esa botella es famosa por contener a la mujer más bella del mundo entero.

—¡Tienes razón! —exclamó Frank—. Consígueme esa botella sin demora.

Al cabo de unos segundos la botella estaba ante él.

—Puedes tomarte la tarde libre —dijo Frank al jinn.

—Gracias —repuso el jinn—. Iré a ver a mi familia de Arabia. No la he visto desde hace mucho tiempo.

Y dicho esto hizo una reverencia y se fue. Frank centró su atención en la botella, que no tardó mucho en abrir.

De ella surgió la mujer más hermosa que puede imaginarse. Cleopatra y las demás eran brujas desaliñadas comparadas con ella.

—¿Dónde estoy? —preguntó la bella—. ¿Qué palacio tan hermoso es éste? ¿Qué hago en una piel de tigre? ¿Quién es este apuesto y joven príncipe?

—¡Soy yo! —exclamó Frank, embelesado—. ¡Soy yo!

La tarde pasó igual que un instante en el paraíso. Antes de que Frank se diera cuenta, el jinn había vuelto, dispuesto a servir la cena. Frank tenía que cenar con su encantadora amiga, porque esta vez se trataba de amor, el auténtico amor. Los maliciosos ojos del jinn, que entró con las viandas, se desorbitaron al contemplar tanta belleza.

Sucedió que Frank, todo él amor y desasosiego, salió corriendo al jardín entre bocado y bocado, para coger una rosa para su amada. El jinn, con el pretexto de servir vino a la bella, se puso muy cerca de la mujer.

—No sé si me recuerdas —dijo en un susurro—. Yo estaba en la botella más próxima a la tuya. A menudo te admiraba a través del vidrio.

—Oh, sí—dijo ella—. Te recuerdo perfectamente.

En ese momento volvió Frank. El jinn no podía seguir hablando, pero fue de un lado a otro de la sala, inflando su monstruoso pecho y haciendo gala de sus rollizos y morenos músculos.

—No debes temerle —dijo Frank—. Sólo es un jinn. No le prestes atención. Dime que me amas de verdad.

—Naturalmente que sí—dijo ella.

—Bueno, dilo—repuso Frank—. ¿Por qué no lo dices?

—Lo he dicho —contestó ella—. Naturalmente que sí. ¿No acabo de decirlo?

Esta vaga y evasiva réplica oscureció la felicidad de Frank, como si una nube hubiera tapado el sol. La duda brotó en su mente y destrozó por completo momentos de exquisito embeleso.

—¿En quién estás pensando? —preguntó Frank.

—No lo sé —replicó ella.

—Bien, tendrías que saberlo —afirmó él, y empezó una discusión.

En un par de ocasiones Frank incluso ordenó a la bella que volviera a la botella. Ella obedeció con una sonrisa maliciosa y reservada.

—¿Por qué sonríe de esa forma? —le preguntó Frank al jinn, confiándole su angustia.

—No puedo asegurarlo —replicó el jinn—. A menos que ella tenga un amante oculto ahí dentro...

—¿Será posible? —exclamó Frank, consternado.

—Es sorprendente cuánto espacio hay en una de esas botellas —dijo el jinn.

—¡Sal! —gritó Frank—. ¡Sal ahora mismo!

Su encantadora amiga surgió obediente.

—¿Hay alguien más en esa botella? —chilló Frank.

—¿Cómo iba a haber alguien? —preguntó ella, con una mirada de inocencia más bien exagerada.

—Dame una respuesta clara —dijo él—. Responde sí o no.

—Sí o no —replicó ella enloquecedoramente.

—¡Embustera, estás engañándome, ramera de poca monta! —exclamó Frank—. Entraré ahí dentro y lo averiguaré personalmente. Si encuentro a otro hombre, ¡que Dios os ayude a los dos!

Dicho esto, y mediante un intenso esfuerzo de voluntad, Frank entró fluidamente en la botella. Miró por todas partes: no había nadie. De repente escuchó un sonido en lo alto. Levantó los ojos, y el tapón estaba introduciéndose.

—¿Qué estáis haciendo? —gritó Frank.

—Estamos poniendo el tapón —contestó el jinn.

Frank maldijo, suplicó, rogó e imploró.

—¡Déjame salir! —chilló—. Déjame salir. Por favor, déjame salir. Déjame salir. Haré lo que sea. Déjame salir, déjame.

El jinn, no obstante, tenía otros asuntos que atender. Frank sufrió la infinita mortificación de contemplar esos otros asuntos a través de las cristalinas paredes de su prisión. Al día siguiente notó que ascendía, que surcaba el aire velozmente y que le depositaban en la sucia tiendecilla, con las demás botellas, sin que nadie hubiera descubierto la falta de la suya.

Allí permaneció un interminable período, cubierto de polvo de pies a cabeza y frenético y rabioso al pensar lo que estaría pasando en su exquisito palacio entre su jinn y su infiel amada. Finalmente, un grupo de marineros llegó por casualidad a la tienda y, al oír que aquella botella contenía a la mujer más bella del mundo, la compraron mediante suscripción colectiva de la tripulación. Al destapar la botella en alta mar y descubrir que allí sólo estaba el pobre Frank, su desengaño no conoció límites y usaron al desgraciado con extrema atrocidad.