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La renta espectral - Henry James (Parte 1)

Acababa de cumplir veintidós años cuando terminé mis estudios superiores. Me encontré en plena libertad de escoger mi futura carrera, y lo hice sin mayores vacilaciones. Cierto que luego la abandoné con idéntica rapidez, lo admito, pero nunca he lamentado aquellos dos alegres años de experiencia perpleja y excitante, aunque también agradable y provechosa. 

Sentía una gran inclinación por la teología y durante ese lapso fui un admirador y lector entusiasta de las obras del doctor Channing. Esta era una teología atrayente y de exquisito sabor; parecía, al leerla, como si se ofreciera una rosa fragante desprovista de espinas. 

Más adelante, por razones íntimamente vinculadas con mi afición por la teología, decidí entrar en el Divinity School. Durante toda mi vida he procurado no perder de vista lo que hay detrás del drama humano de la vida. Por ello consideré que debía desempeñar mi papel, con pocas posibilidades de aplausos (al menos de mí mismo), en aquella apartada y tranquila casa de apacible casuística, con su respetable avenida a un lado, y su contacto con la verde campiña y los extensos terrenos de bosque al otro.

Cambridge, para los amantes de los bosques y campos, ha cambiado mucho desde aquellos días, y ya no posee aquella deliciosa mezcla de pastoral y escolástica quietud. Sí, en aquella época era un hermoso centro docente rodeado de bosques; una bella combinación de la madre Naturaleza con la diosa de la cultura. 

Lo que hoy día es Cambridge no tiene nada que ver con mi historia; sin embargo, no me cabe la menor duda de que aún existen en sus aulas esos graduados orgullosos del saber adquirido que gozan, a la llegada del verano, de las bellezas naturales próximas a ese prestigioso centro de la cultura inglesa.

Por lo que a mí respecta, no lo pasé muy mal en Cambridge. Me otorgaron una habitación en la planta baja, cuyas amplias ventanas daban a un gran patio. Apenas me alojé en ella, colgué en sus paredes unos cuadros de Overbeck y Ary Scheffer, arreglé mis libros, y los clasifiqué con sumo refinamiento, sobre las estanterías que había encima de la chimenea, y me puse a estudiar las obras de San Agustín y Plotino. 

Entre mis compañeros había dos o tres de excelentes cualidades, con los que a veces tomaba una taza de té junto al fuego de la chimenea. Después de profundos estudios, conferencias, coloquios y largas meditaciones, mientras paseaba por los bosques, mi iniciación en el aspecto clerical progresó bastante, con gran placer de mi parte.

Intimé más con uno de mis camaradas, con quien tenía gustos afines, y pasaba la mayor parte del tiempo con él. Por desgracia, adquirió un mal grave en una de sus rodillas, lo que le obligó a llevar una vida sedentaria; y como yo era un fanático enamorado de pasear por los bosques, esto se interpuso en nuestra naciente amistad. 

Yo tenía la costumbre de andar por el bosque sin más compañía que mi bastón y un libro; con estas caminatas y la lectura no necesitaba compañía alguna. A este placer podía añadir el que me proporcionaban mis ojos, pues siempre he sido un hombre observador. 

Me deleitaba fijándome en todas las cosas interesantes que encontraba durante aquellos paseos por la campiña. Sí, mis ojos y yo estábamos en excelente armonía. Tanto que, en honor a la verdad, debo admitir que precisamente gracias a esta inquietud por todo lo que me rodeaba y a mi observación inquisitiva de todas las cosas interesantes, aconteció la historia que voy a narrar.

Aunque la campiña que rodea a Cambridge es actualmente muy hermosa, lo era aún más hace treinta años. En efecto, en aquella época no existían esos chalets que hoy han inundado los prados verdes robándole parte de sus encantos naturales, sobre todo en la zona de Waltham Hills, donde las sombrías formas de aquellas villas, con sus plantas y flores extrañas, presentaban un feo contraste en yuxtaposición con el medio ambiente sencillo y rústico. 

Incluso los modestos senderos de entonces poseían esa gracia de la que carecen las numerosas carreteras modernas que hoy atraviesan los campos y bosques de la zona de Cambridge. En cuanto a las personas, tampoco se ven ahora aquellas viejecitas que hilaban pacientemente sentadas en el pórtico de sus casas, cubriendo sus venerables frentes con aquella especie de cofia tan típica de Cambridge.

Aquel invierno fue muy duro; hacía mucho frío, pero había poca nieve, y los caminos estaban seguros y firmes, lo que me permitió, por lo tanto, dar mis cotidianos paseos a través del bosque y la campiña. Una helada tarde de diciembre me encaminé hacia el vecino pueblo de Medford. 

Mientras andaba, observé los pálidos y fríos matices del cielo, semejantes al ámbar transparente, lo cual, no sé por qué, me hacía recordar la sonrisa de una hermosa mujer. Cuando ya empezaba a anochecer, llegué a un estrecho camino por el que nunca había transitado, e imaginé que por él podría acortar el trayecto de regreso a casa. Me hallaba a tres millas de distancia y se me había hecho tarde.

Así pues, eché a andar por aquella extraña senda. Cuando llevaba caminando más de diez minutos, me di cuenta de que tenía un aspecto bastante extraño: las huellas de las ruedas de los carros parecían viejas y resecas, y el silencio era impresionante. Sin embargo, un poco más abajo había una casa, por lo que deduje que aquel misterioso camino antaño debió ser una vía pública. Instantes después llegué a dicha mansión y sentí una gran curiosidad apenas me vi ante ella. 

Me detuve delante de su jardín abandonado, con una vaga mezcla de curiosidad y temor incomprensibles. Era una casa como todas las existentes por aquella zona, excepto que tenía una hermosa estructura arquitectónica dentro de su clase. 

Se hallaba situada sobre una pendiente cubierta de hierba, con un gigantesco olmo delante de su fachada anterior, y detrás un gran cobertizo de negro tejado. Era de grandes dimensiones y tenía aspecto de ser una construcción sólida. Debía ser antigua, pues al menos las maderas delicadamente grabadas de su puerta y pórtico pertenecían a ese estilo arquitectónico tan típico del siglo pasado.

A simple vista se podía observar que en su tiempo estuvo pintada de blanco, pero el paso de los años había apagado aquella blancura, que ahora presentaba una tonalidad gris, sin vida. Detrás de la casa había un grupo de manzanos, de tronco descarnado y extraño aspecto, que en aquel profundo silencio parecían árboles muertos aún sujetos a la madre tierra. 

Todas las ventanas mostraban sus bisagras enmohecidas, corroídas, y sus persianas estaban ligeramente entornadas. No había ninguna señal de vida dentro de aquella mansión; sin embargo, al aproximarme, me pareció que tenía un aire familiar, una audible elocuencia. 

Siempre he pensado en la impresión que me produjo a primera vista aquel gran edificio colonial, lo cual corrobora que la inducción puede a veces estar cerca de la adivinación, o ser análoga a ella, ya que, después de todo, no había ningún hecho que garantizase la formal percepción que hice.

Me volví y crucé el camino. Los últimos rayos rojos del sol al ponerse en el horizonte parecían hacer desaparecer la casa, reflejándose por unos instantes en lo que fuera su fachada blanca, arrancando misteriosos destellos de aquellas vetustas ventanas sobre el pórtico. Luego desapareció el rey de los astros, y el viejo edificio quedó envuelto en fantasmagóricas sombras. En este preciso instante, me dije a mí mismo: «Esta casa está encantada». 

De inmediato, sin saber por qué, creí a pies juntillas en aquella idea que me vino a la mente; idea que, por añadidura, me causó un gran placer. Y es que estaba íntimamente vinculada con el aspecto de la casa que acababa de ver y lo explicaba todo. Si me hubieran preguntado media hora antes, habría contestado, como cualquier otro hombre consagrado a los estudios de lo sobrenatural, que no existían casas encantadas. Pero fue tan fuerte la impresión, que algo en mi interior aseguraba lo acertado de mi convicción.

Cuanto más observaba aquella mansión, más profundo me parecía el secreto que ocultaban sus paredes. Me puse a dar vueltas alrededor de la misma, observando cuidadosamente cualquier detalle que pudiera corroborar esa certidumbre de que aquel edificio estaba encantado. 

Miré a través de todos los boquetes existentes en sus paredes, sintiendo una pueril satisfacción al poner mi mano sobre el pomo de la puerta y hacerlo girar con suavidad. ¿Qué hubiera hecho si se hubiera abierto? ¿Me habría atrevido a penetrar en aquella silenciosa obscuridad? Por fortuna, mi audacia se vio frenada: la puerta era extremadamente sólida e incluso me fue imposible empujarla unos milímetros. Al fin me alejé de ella, pero volviendo la mirada con insistencia. Luego eché a andar y después de un largo trayecto alcancé el camino principal.

A cierta distancia de donde había visto aquella vetusta y misteriosa mansión se encontraba una magnífica y confortable casita de recreo, que hacía más patente a mis ojos la diferencia existente entre una casa normal y otra embrujada. 

Esta casita de recreo estaba recién pintada de blanco y su amplio y vistoso porche estaba cubierto de una hermosa cristalera color verde botella. Había un coche de caballos a la puerta de aquella casa, con dos personas que parecían estar despidiéndose de los dueños de la misma en aquel momento. 

Al acercarme más a ella, pude ver a través de sus ventanas sin cortinas una salita de estar en cuya mesa estaban colocadas las tazas de té con el que probablemente habrían obsequiado a aquellos visitantes. La señora de la casa había acompañado a sus huéspedes hasta la puerta, y cuando estos partieron en el coche les saludó durante unos instantes con la mano; tiempo suficiente para que yo pudiera observar a esas personas. 

Aquella señora era una mujer joven, de ojos muy negros, y estuve a punto de acercarme y hablar con ella. Mas luego cambié de idea, me detuve ante ella y le pregunté, después de saludarla con cortesía:

—¿Me podría decir a quién pertenece la casa que está allí abajo, junto al camino, aproximadamente a una milla de aquí?

La mujer pareció sorprendida por un instante; se sonrojó y contestó:

—Los hombres de esta tierra nunca bajan por este camino.

—Utilizando esa senda se ahorra mucho tiempo y distancia para ir al pueblo de Medford —respondí—, y no dudo que los hombres de este lugar no sean prácticos como todos los buenos campesinos.

—Es posible que al no ir por ese camino se tarde más en llegar al pueblo —dijo la mujer—, pero nadie lo utiliza por nada del mundo.

Era interesante la respuesta de aquella señora, es decir, bastante extraña. Un buen norteamericano, con el sentido tan práctico que posee, debía tener muy poderosas razones para perder tiempo utilizando un camino más largo. Por ello volví a preguntar:

—Pero, dígame, ¿ha estado alguna vez en esa casa?

—No, nunca la he visto.

—¿A quién pertenece? —insistí.

La mujer se echó a reír y miró hacia otro lado, cual si temiera que un extranjero interpretara sus palabras como fruto de una campesina supersticiosa.

—Supongo que pertenecerá —repuso— a los que viven en ella.

—¿Pretende decir que esa casa está habitada? —dije—. Sin embargo, está completamente cerrada.

—Eso no significa nada —me respondió con cierta ironía—, pues nunca nadie entra ni sale de allí, por lo que no veo ninguna diferencia.

Acto seguido intentó marcharse, pero la retuve respetuosamente por el brazo.

—¿Quiere decir que esa casa está encantada? —pregunté.

La mujer se asustó, se llevó los dedos a sus labios ruborizándose, y entró con rapidez a su casa para correr las cortinas de las ventanas.

Durante muchos días estuve pensando en aquella aventura, reservándome el placer de guardarla para mí solo. Si la casa no estaba encantada era una tontería de mi parte el excitar en vano mi imaginación, y si lo estaba, resultaba agradable vaciar la copa del horror sin dejar que nadie la probara. 

Desde luego, decidí regresar a ese camino, y una semana más tarde —era el último día del año— volví sobre mis pasos a aquel lugar. Me acerqué a la casa por una dirección opuesta a la que utilicé la primera vez, y llegué a la misma hora que entonces. 

La luz era cada vez menor a la caída del sol, y el cielo bajo y gris; el viento soplaba con fuerza barriendo la arena reseca del jardín y haciendo estremecer las hojas de los árboles. Allí estaba la casa, delante de mis ojos, como queriendo defenderse del crudo invierno en su siniestro hermetismo, envuelta en su halo de misterio.

Si en aquel instante se hubieran abierto sus puertas, no habría dudado en penetrar en ella y dejar que sus paredes me atraparan. ¿Quiénes serían los misteriosos propietarios que había mencionado aquella mujer? ¿Qué se había visto u oído en aquella casa? ¿Qué cosas se contaban de ella? ¿Existía alguna leyenda o algún hecho verídico en relación a la misma? 

La puerta seguía tan firme y resistente como la primera vez, y todos mis intentos por abrirla resultaron en vano. Ninguna de las ventanas cedió a mis furiosos puñetazos, y ningún rostro misterioso se asomó a ellas. Desesperado, di numerosos golpes con el pesado y mohoso picaporte, pero solo conseguí que aquellos ruidos resonaran con espantoso eco en la mansión vacía.

No sé lo que habría hecho a continuación de no haber percibido que por el mismo camino por donde yo había bajado antes avanzaba ahora una persona solitaria. Pensé que haría el ridículo si me viera en aquella extraña actitud, y por mi mente pasó la idea de refugiarme entre los arbustos del jardín, cosa que hice de inmediato. Instantes después observé que el recién llegado avanzaba recto hacia la casa. 

Era un hombre de baja estatura, de avanzada edad y con el aspecto más extraño que jamás he visto en mi vida. Iba envuelto en una larga capa de corte militar y avanzaba penosamente apoyándose en un bastón nudoso, mas con aire decidido y resuelto. Después de caminar durante unos minutos, se detuvo ante la casa. 

La contempló con detenimiento, observando todos sus detalles, como si estuviera contando todas las ventanas o tratando de localizar una marca o señal determinada. Después se quitó el sombrero y se inclinó suave y solemnemente, como si estuviera llevando a cabo un acto de obediencia o respeto.

Dada la posición del viejo, me fue más fácil observarle. Se trataba, como ya dije antes, de un anciano de baja estatura, mas era difícil afirmar si pertenecía a este mundo o al otro. Su cabeza me hizo recordar vagamente a las pinturas de Andrew Jackson. 

Tenía cabellos grises, pero tiesos como los pelos de un cepillo, y su rostro, cuya piel era como un pergamino egipcio, estaba pálido. Sus ojos brillaban intensamente bajo la sombra de unas pobladas cejas que, cosa curiosa, habían permanecido negras. Sus facciones, lo mismo que la capa que llevaba, parecían pertenecer a un militar retirado de modesto rango, pero ello no obstaba para darle el aspecto de una persona autoritaria, fría, excéntrica y grotesca. 

Cuando terminó su salutación, avanzó hacia el portal, se detuvo, revolvió los bolsillos de su raída capa y sacó una llave. Introdujo esta en la cerradura y la hizo girar. Mas la puerta no se abrió de inmediato. El anciano meneó la cabeza, aplicó el oído a la madera y luego miró en dirección al misterioso camino. 

Satisfecho o tranquilizado, apoyó su hombro contra la hoja, empujó firmemente y, por fin, esta se abrió dejando ver una negra obscuridad tras ella. Volvió a detenerse en el umbral, se quitó el sombrero e hizo otra reverencia. Luego penetró en la casa y cerró la puerta tras de sí.

¿Quién demonios era este hombre y qué hacía en aquel lugar? Parecía uno de esos personajes sacados de un cuento de Hoffmann. ¿Era un espectro o un ser de carne y hueso? ¿Un inquilino de la casa o un visitante amigo del propietario de la mansión? Por lo demás, ¿qué significaban aquellas reverencias y qué pretendía hacer en la profunda obscuridad de la casa? 

Salí de mi escondrijo y me encaminé a una de las ventanas, espiando a través de ella. Luego me dirigí, una por una, a las otras, observando que durante el intervalo que empleaba en pasar entre ellas se hacía visible un rayo de luz entre las hendiduras de las persianas. 

Era obvio que el anciano intentaba encender todas las luces posibles. ¿Acaso iba a dar una fiesta? ¿Una reunión de fantasmas? Mi curiosidad aumentó aún más, pero nada podía hacer por satisfacerla. Por un instante quise acercarme a la puerta y golpear en ella, pero desistí inmediatamente, e intenté hallar la forma de romper el maleficio de aquella mansión, si es que en realidad lo tenía. 

Acto seguido me puse a dar vueltas alrededor de la casa tratando de abrir alguna de las ventanas bajas. Al principio no pude lograrlo, pero al fin di con una que no me opuso ninguna resistencia. Comprendía perfectamente que había un riesgo en lo que estaba haciendo, pues no solo me exponía a ser visto, sino a ver algo que no debía... Pero la curiosidad, como dije antes, se había transformado en inspiración, y el peligro era demasiado agradable.

A través de las hendiduras de las persianas pude ver una habitación iluminada por dos cirios colocados en candelabros de bronce sobre el manto de la chimenea. Parecía ser una especie de salón privado y conservaba todo su mobiliario, consistente en divanes, sillones, mesas y cornucopias pasados de moda, muy antiguos. 

Pero aunque aquella estancia estaba amueblada, tenía un extraño aire de estar deshabitada. Desde mi posición no podía verlo todo, por lo que no me di cuenta de que a mi derecha había una puerta plegable. Estaba ligeramente abierta, y la luz del cuarto adyacente se filtraba a través de ella. 

Permanecí inmóvil durante unos minutos, pero al final comprobé que la habitación estaba vacía. Luego percibí que una sombra alargada se proyectaba en el muro situado frente a la puerta plegable. Era alta y grotesca. Daba la impresión de corresponder a una persona personalizada sentada de perfil, completamente inmóvil. Creí reconocer en ella la nariz arqueada de mi pequeño viejecillo. Había una extraña sensación de quietud en su postura; parecía estar sentado y observar algo con atención. Estuve largo rato contemplando la susodicha sombra, pero nunca se movía.

Al fin, cuando mi paciencia ya empezaba a agotarse, se movió con lentitud, se elevó y su primitiva forma desapareció. No sé lo que hubiese sucedido luego, pues instintivamente cerré las persianas por donde contemplaba aquel extraño espectáculo. ¿Fue por delicadeza? ¿O por pusilanimidad? No podría asegurarlo. No obstante, me quedé en aquel sitio confiado en que mi extraño viejecillo reaparecería. 

No me equivoqué: el anciano volvió a salir, mirando de la misma manera que antes y haciendo idénticas inclinaciones y reverencias. (La luz que hasta entonces había observado desapareció de las ventanas). El viejecillo, luego de efectuar su pequeña ceremonia, se encaminó por donde había venido. 

Durante unos instantes tuve la intención de dirigirme a él, pero me contuve y dejé que desapareciera en un recodo del misterioso camino. Quizá se pensará que fue una delicadeza de mi parte, pero, en el fondo, creo que no tuve valor para detenerlo y hablar con él. Incluso consideré que aquel anciano tenía derecho a no ser observado, aunque, por otro lado, yo también tenía el derecho de poder fijarme en todo lo que quisiera, máxime si tenemos en cuenta que aquel individuo parecía más bien un fantasma que una persona normal y corriente. 

Al fin me alejé por el camino opuesto al que él había tomado, no sin sentir la tentación, algo tardía, de seguirle a cierta distancia y ver adónde se dirigía, aunque esto también me pareció una falta de delicadeza. Por lo demás, he de confesar que estaba tan entusiasmado con mi pequeña aventura que deseaba paladearla poco a poco, arrancando hoja por hoja de la margarita, como vulgarmente suele decirse.

Durante algún tiempo aspiré el misterioso perfume de esta flor, ya que su aroma me había fascinado. Proseguí mi marcha y volví a pasar por delante de la casita de recreo existente en el cruce de caminos, pero no vi a la mujer supersticiosa ni al viejecillo, ni a ningún ser de este mundo ni del otro. 

Tuve sumo cuidado de que nadie me avistara, ya que, a mi juicio, un buen observador debe pasar desapercibido hasta el momento en que descubre lo que tenía por misión averiguar. Así pues, me quedé con la expectativa de volver a encontrarme con aquel viejecillo algún día, en algún lugar. 

Pero a medida que pasaba el tiempo y el anciano no aparecía por ninguna parte, acabé por perder toda esperanza de verlo. Sin embargo, tenía la corazonada de que debía vivir en aquella vecindad, máxime si tenemos en cuenta que había hecho su peregrinaje a la misteriosa mansión a pie, tratándose de un hombre de avanzada edad. 

De haber vivido a mucha distancia, seguramente habría viajado en alguno de esos viejos y destartalados coches de caballos que se utilizaban durante el siglo pasado; un vehículo tan venerable y grotesco como él mismo.

Un día me dirigí paseando al cementerio de Mount Auburn, un lugar que durante mi infancia poseía un encanto místico del que hoy carece, dadas las reformas modernas efectuadas en él. Contenía más arces y abedules que cipreses y sauces. No parecía una ciudad de los muertos, sino más bien otro pueblo de la comarca, donde todo el mundo podía penetrar y perturbar el sagrado descanso de sus habitantes fallecidos. 

Aquel día despertaba la primavera, ya que días antes había acabado el invierno, y el suelo desprendía ese olor tan grato de tierra fresca y lozana. El sol se hallaba cubierto por un cúmulo de ligeras nubes, pero calentaba algo. Anduve por los caminillos del cementerio, hasta que de pronto, al llegar a un recodo, percibí una extraña figura sentada en un banco contra una valla tapizada de madreselvas silvestres.

Aquella persona me era familiar, la había visto en alguna parte. Aunque estaba de espaldas a mí, comprendí quién era al observar su raída capa. Sí, no estaba equivocado: se trataba del extraño viejecillo que visitó la casa encantada. Allí se me presentaba la oportunidad que tanto había anhelado: la de acercarme a él y hablarle. Di un rodeo y me acerqué a él de frente. 

El anciano me vio al final del sendero, pero permaneció inmóvil, con las manos apoyadas en el pomo de su bastón; mas cuando se percató de que me dirigía hacia él, me miró con aquellos ojos penetrantes bajo sus negras cejas. A cierta distancia, estas cejas tan obscuras daban una extraña sensación; tanto que fue lo único que observé en su rostro. A medida que me acercaba a él, comprendí que se trataba de un pobre anciano inofensivo, un viejo gentleman.

Me detuve ante él, le saludé con cortesía y le pedí permiso para sentarme en el mismo banco que él. Aprobó mi petición con un gesto mudo pleno de dignidad, y me acomodé a su lado. En esta postura podía observarle de reojo con todo detalle. Comprobé que a la luz del sol era un ser mucho más extraño que cuando lo vi bajo la pálida luna aquella noche en la casa encantada. 

Los rasgos de su rostro eran tan rígidos como si hubieran sido esculpidos en roca granítica por un hábil artista. Sus ojos tenían una mirada llameante, su nariz era espantosa y su boca estaba herméticamente cerrada, como una vieja concha marina. Sin embargo, pensé que, a pesar de todos estos siniestros detalles personales, se trataba de un anciano y apacible caballero. 

Habría apostado que se hubiera alegrado de poder sonreírme, pero, evidentemente, sus rasgos faciales no se lo permitían: habían adoptado aquella rigidez hacía ya muchos años, y era muy tarde para suavizarlos, por mucho interés que pusiera en intentarlo. Me pregunté si se trataría de un anciano demente, pero pronto deseché esa idea, ya que no tenía aspecto de serlo. 

Lo que en realidad reflejaba su rostro era una profunda y gris tristeza; quizá su corazón estuviera roto, mas su cerebro permanecía intacto. Las ropas que llevaba estaban raídas, pero limpias, y su vieja capa azul había sido cepillada durante más de medio siglo.

Me apresuré en hacer ciertas observaciones sobre el hermoso día de primavera que teníamos, y el anciano me contestó, con voz gentil y suave, que me extrañó ver partir de sus rígidos labios:

—Este es un lugar muy apacible.

—A mí me gusta mucho pasear por este cementerio —repuse rápidamente, al intuir que aquel era el punto flaco del anciano.

Di en el clavo, pues el viejecillo se volvió hacia mí y dijo entusiasmado, con cierto aire de gravedad:

—Sí, es muy agradable pasear por este lugar. Hágalo mientras pueda, pues algún día se encontrará en una de esas tumbas, quieto, sin poder moverse.

—Es cierto —le respondí—; pero, según algunos científicos, hay personas que pueden caminar y pasearse después del día de su muerte.

Hasta entonces el anciano me había estado mirando a los ojos mientras yo hablaba, mas al decirle esta última frase, apartó repentinamente la vista, como si hubiese pronunciado una blasfemia.

—¿No me oyó? —le dije con amabilidad.

El anciano siguió mirando hacia otro lado, como si no le interesara mi conversación.

—Como le decía, algunas personas pueden caminar después de muertas —insistí.

Entonces el anciano se volvió de pronto hacia mí y repuso con fiereza:

—Usted no cree en eso que me está diciendo.

—¿Cómo puede usted saber, querido señor, que yo no creo en esas cosas? —le respondí.

—Porque es joven y alocado —me respondió en un tono que, lejos de parecer duro, más bien parecía propio de una persona que está de vuelta de muchas cosas de la vida y habla con conocimiento de causa, consciente de su experiencia, de lo comprobado por sí mismo a lo largo de muchos años de existencia.

—Admito que soy joven —le contesté—; pero no creo que esté loco. Si dijera que creo en los fantasmas, mucha gente estaría de mi lado.

—La mayoría de la gente está loca —respondió el anciano mientras clavaba su mirada en mi rostro.

Dejé el tema en el aire y me puse a hablar de otras cosas. El anciano parecía haberse puesto en guardia, me miraba desafiante y solo hacía breves observaciones y secos comentarios sobre todo lo que le decía. Pero, a pesar de todo, yo estaba seguro de que le había agradado nuestro encuentro, y que, a sus ojos, este había sido un incidente social de cierta importancia. 

Sin duda alguna, se trataba de una persona solitaria, y tenía muy pocas oportunidades de poder hablar con alguien. Había tenido graves problemas que le distanciaron del mundo, aislándolo, haciéndole refugiarse en su mundo interior. Pero la armonía dentro de su anticuado espíritu no se encontraba rota, y yo estaba seguro de que aún pensaba que podía hacerla vibrar ardientemente. Al fin, se decidió a preguntarme sobre mi persona, inquiriendo si yo era un estudiante.

—Soy estudiante de ciencias divinas —respondí.

—¿Ciencias divinas?

—De teología. Estudio para sacerdote.

Al decirle esto, el viejecillo me miró con peculiar intensidad.

—Pues entonces, mi joven amigo, permítame que le diga que existen muchísimas cosas que tiene que aprender, sí, muchas cosas que ignora.

—Siempre he tenido ansias de aprender y de conocer cosas que me están vedadas —repuse—. Pero, por favor, ¿a qué se refiere?

El anciano me miró de nuevo, pero, sin hacer caso de mi pregunta, dijo:

—Me gusta usted, me agrada su forma de hablar. Estoy seguro de que es un buen muchacho.

—Al menos creo serlo, o pretendo serlo —le respondí—, aunque hay momentos en que creo dejar de serlo.

—Pues pienso que tiene una mente muy despierta, y que se preocupa por aprender, por tener inquietudes, por observar todo lo que le rodea.

—¿Quiere decir que ya no piensa que soy un joven alocado como dijo antes? —le respondí.

—Me revientan las personas que niegan a los difuntos el poder de regresar —me contestó, mientras golpeaba furiosamente el suelo con su bastón—. Todos son unos locos, auténticos locos.

Guardé silencio durante unos instantes. Luego le pregunté de sopetón:

—Estoy seguro de que usted ha visto un fantasma.

—Está en lo cierto, mi joven amigo —respondió con mucha dignidad en su expresión—. Por lo que a mí respecta, no se trata de hechos corroborados por frías teorías; no necesito leer libros antiguos para aprender en qué debo creer. ¡Yo sé! ¡Con estos ojos que ve, yo he contemplado el espíritu de un muerto tan cerca de mí como lo está usted ahora!

Mientras decía estas palabras, los ojos del viejecillo parecían estar fijos en algo misterioso, invisible para mí. Sus palabras me impresionaron tanto, que me vi obligado a insistir en mis preguntas.

—¿Y se asustó usted?

—Soy un viejo soldado —repuso ofendido—, y no le temo a nada.

—¿En qué época fue usted soldado? —inquirí.

El viejecillo me miró con aire confuso, por lo que supuse que me había excedido haciéndole tantas preguntas.

—Discúlpeme, no puedo entrar en detalles personales —me contestó—. Ya he hablado más de lo que debía; no puedo tolerar el que se opine a la ligera de un tema tan importante como este. ¡Pero nunca olvide que en cierta ocasión conversó con un anciano honesto que le dijo, jurándoselo por su honor, que había visto un fantasma!

Acto violentamente se levantó con brusquedad, como si hubiese pensado que había hablado demasiado. Quizá su actitud obedeciera a timidez, a su carácter reservado o, simplemente, al temor de que pudiera reírme de sus palabras. 

Consideré todo esto; por otro lado, también admití la posibilidad de que, como todas las personas de edad avanzada, su lengua y su mente estaban endurecidas por la atrofia producida en tantos años de soledad. 

Tampoco podía descartar la idea de que pensase que se había excedido en la conversación, cosa muy lógica en cualquier persona al hablar con un desconocido. Era evidente que yo no debía insistir, dada su actitud. Al menos, siempre me quedaría la esperanza de volver a verle en otra ocasión.

—Como deseo que sepa quién es el anciano que le ha dicho estas palabras, que a usted le parecerán extrañas —volvió a tomar la palabra el anciano de la capa azul—, permítame presentarme: soy el capitán Diamond, señor. Tengo muchos años de servicio sobre mis espaldas.

—Confío en que tendré el placer de volver a encontrarlo —repuse cortésmente.

—Yo también lo espero —me respondió; y tomando el bastón con firmeza, se levantó y se alejó.

 

(CONTINUARÁ...) 


El problema de la señora Blynn, el problema del mundo - Patricia Highsmith

La señora Palmer se estaba muriendo; ni a ella ni a ninguna otra persona de la casa le cabía la menor duda al respecto. Los habitantes de la casa habían pasado de ser dos —la señora Palmer y Elsie, la doncella— a ser cuatro en los diez últimos días. 

La hija de Elsie, Liza, que tenía 14 años, había acudido a ayudar a su madre y se había llevado a su peludo perro pastor, Princy, que para la señora Palmer era el cuarto habitante de la casa. Liza se pasaba la mayor parte del tiempo trabajando en la cocina y dormía en la pequeña habitación de techo bajo con dos literas, situada tan solo unos escalones más abajo de la habitación de la señora Palmer. 

La casa era pequeña: un saloncito, comedor y cocina en la planta baja, y arriba, el dormitorio de la señora Palmer, el cuarto de las literas y un cuartito donde dormía Elsie. Todos los techos eran bajos y las puertas y el techo de la escalera aún más bajos, de modo que uno tenía que agachar la cabeza constantemente.

La señora Palmer pensó que ya no tendría que seguir agachando la cabeza mucho tiempo, ya que solo se levantaba dos veces al día, con su bata color lavanda ceñida al cuerpo contra el frío, camino del cuarto de baño. Tenía leucemia. No sufría ningún dolor, pero estaba terriblemente débil. Tenía sesenta y un años. 

Su hijo Gregory, oficial de la RAF, estaba destacado en Oriente Próximo. Tal vez llegaría a tiempo y tal vez no. La señora Palmer, de forma deliberada, no le había mandado un telegrama urgente, pues no quería molestarle ni importunarle; y en su telegrama de respuesta, él había dicho simplemente que haría lo posible por conseguir un permiso e ir a verla, y que le comunicaría la fecha exacta de su llegada. 

Su propio telegrama había sido cobarde, pensó la señora Palmer. ¿Por qué no había tenido el valor de decirle claramente: «Me estoy muriendo, no creo que dure más de una semana. ¿Puedes venir a verme?»?

¡Señora Palmer! ―Elsie asomó la cabeza por la puerta, con una mano enharinada apoyada en el quicio―. ¿A qué hora ha dicho hoy la señora Blynn: a las cuatro y media o a las cinco y media?

La señora Palmer no lo sabía, y le parecía que no tenía ninguna importancia.

―Creo que a las cinco y media.

Elsie asintió preocupada, pensando en qué serviría con el té si era a las cinco y media y no a las cuatro y media. El té de las cinco y media podía ser menos sustancioso, porque la señora Blynn ya habría tomado un té en otra parte.

―¿Quiere que le traiga algo, señora Palmer? ―preguntó en un tono dulce, con sincera preocupación.

―No, gracias, Elsie, estoy bien. ―La señora Palmer suspiró cuando Elsie volvió a cerrar la puerta. Elsie era voluntariosa, pero no inteligente. La señora Palmer no podía hablar con ella, y aunque no pretendía hablar de cosas íntimas con ella, sí le habría gustado tener la sensación de que podía hablar con alguien en la casa si lo deseaba.

La señora Palmer no tenía amigos íntimos en el pueblo, porque solo llevaba un mes allí. Se dirigía a Escocia cuando la invadió otra vez aquella debilidad y se desmayó en el andén de la estación de Ipswich. Un largo viaje a Escocia en tren o incluso en avión pareció entonces totalmente fuera de lugar, de modo que, siguiendo las indicaciones de un médico desconocido, la señora Palmer había cogido un taxi y se había desplazado a un pueblo de la costa este llamado Eamington, donde, según el propio médico, había una enfermera que visitaba a domicilio, y donde el aire era espléndido y vigorizante. 

Obviamente, el médico había pensado que solo necesitaba descansar unas semanas y que luego se recuperaría, pero la señora Palmer tenía la premonición de que eso no era verdad.

Los primeros días se había encontrado mejor en aquel pueblo pequeño y tranquilo; había visto la casita llamada Sea Maiden («Doncella del Mar») y la había alquilado enseguida, pero la racha de energía había durado poco. Ya en Sea Maiden había vuelto a desmayarse y tenía la sensación de que Elsie e incluso otras personas que habían conocido, como el señor Frowley, el agente inmobiliario, tomaban a mal su faiblesse

Ella no solo era una extraña que había venido a molestarles, a pedirles cosas, sino que su recaída ponía en cuestión los poderes curativos del aire de Eamington, que, en aquel momento, consistía básicamente en vientos de tormenta que azotaban día y noche desde el noreste, arrancando los botones de los abrigos y cubriendo todas las ventanas de las casas costeras de una película opaca de sal y rociaduras del mar.

La señora Palmer sentía convertirse en una carga, pero por lo menos podía pagarlo, pensó. Había alquilado una casa de campo bastante desvencijada que, de lo contrario, habría estado vacía todo el invierno, pues ya era principios de febrero. 

Había contratado a Elsie, ofreciéndole un salario por encima de lo habitual en Eamington, le pagaba a la señora Blynn una guinea por una visita de media hora (y la mayor parte de aquella media hora se consumía con el té) y pronto daría trabajo a la funeraria, al sacristán y tal vez también a la floristería. Además, había pagado por adelantado el alquiler de marzo.

Al oír unos pasos rápidos en el pavimento, en un momento de calma del rugido del viento, la señora Palmer se incorporó un poco en la cama. Llegaba la señora Blynn. Un ansioso ceño transformó la fina piel de la frente de la señora Palmer, pero ella sonrió cortésmente, con una cortesía anticipada. Cogió el espejo de mango largo que había en la mesita de noche. Su cara grisácea había dejado de impresionarla o avergonzarla. 

La edad era la edad, la muerte era la muerte, y aunque no era guapa, seguía sintiendo el impulso de hacer lo que pudiera por parecer más agradable al mundo. Se arregló un poco el pelo, se humedeció los labios, esbozó una leve sonrisa, equilibró los hombros del camisón y se acercó más su rebeca rosa. Su palidez le volvía los ojos aún más azules. Ese era un pensamiento agradable.

Elsie llamó a la puerta y la abrió al mismo tiempo.

―La señora Blynn, señora.

―Buenas tardes, señora Palmer ―dijo la señora Blynn, bajando los dos escalones desde el umbral a la habitación de la señora Palmer. Era una mujer corpulenta, con el pelo rubio oscuro y de altura mediana, de unos cuarenta y cinco años, y llevaba su habitual traje de dos piezas, grueso y negro, con un broche rosa en forma de flor sobre el pecho izquierdo, los labios pintados de rosa pálido y tacones bastante altos. 

Como muchas mujeres de Eamington, era viuda de marino, y había empezado a trabajar de enfermera después de los cuarenta. En el pueblo la consideraban una mujer enérgica que hacía su trabajo eficazmente―. ¿Cómo se encuentra esta tarde?

―Buenas tardes. Digamos que bien, dentro de lo que cabe ―dijo la señora Palmer, haciendo un esfuerzo para mostrarse animosa. Ya estaba soltando las sábanas remetidas, preparándose para apartarlas del todo y que la enfermera le pusiera su inyección diaria.

Pero la señora Blynn permanecía de pie con una sonrisa ausente en medio de la habitación, con las manos puestas hacia atrás en las caderas, examinando las paredes y mirando por la ventana. La señora Blynn había vivido en aquella casa con su marido en otro tiempo, durante los seis primeros meses de matrimonio, y todos los días hacía algún comentario al respecto. 

Su marido había sido capitán de un barco mercante y había muerto diez años atrás al colisionar con un barco sueco solo a cincuenta millas de Eamington. La señora Blynn nunca había vuelto a casarse. Elsie decía que su casa estaba llena de fotografías del capitán en uniforme y de su barco.

―Sí, es una casita maravillosa ―dijo la señora Blynn―, aunque esté expuesta al viento. ―Miró a la señora Palmer con ojos brillantes, como diciendo: «Bueno, y ahora vamos a poner esa inyección a ver si se pone bien de una vez, ¿de acuerdo?».

Pero su expresión cambió al instante. Hurgó en su bolso negro en busca de la jeringa y el frasco de claro fluido que no serviría de nada. Su boca perdió la sonrisa y se curvó hacia abajo, y se acentuaron las arrugas en las comisuras. Cuando se concentraba en el descarnado cuerpo de la señora Palmer, sus ojos verde grisáceo se volvían vidriosos, como si no viera nada ni necesitara ver nada: aquel era su oficio y ella sabía cómo hacerlo. La señora Palmer era un objeto que pagaba una guinea por la visita. El objeto iba a morir. La señora Blynn se volvía apática, como si ni siquiera la pérdida de la guinea diaria en tres u ocho días le importara tampoco.

A la señora Palmer no le importaban en absoluto las guineas, pero en vista del hecho de que pronto iba a dejar este mundo, le hubiera gustado que la señora Blynn mostrara algún rasgo humano, como el deseo de prolongar las guineas de sus visitas. Los ojos de la señora Blynn seguían vidriosos, incluso cuando miró hacia la puerta para ver si llegaba Elsie con el té. 

Ocasionalmente, el suelo de madera del vestíbulo crujía por el calor o por la ausencia del mismo, y también crujía cuando alguien andaba cerca de la puerta. Aquel día le dolió la inyección, pero la señora Palmer aguantó sin rechistar. En realidad, no era nada y sonrió ante su insignificancia.

―Hoy ha salido un poco el sol, ¿verdad? ―dijo.

―¿Ah, sí? ―La señora Blynn extrajo la aguja.

―Hacia las once de la mañana, me he fijado. ―Débilmente hizo un gesto con el brazo señalando hacia la ventana que quedaba tras ella.

―Pues ya era hora ―respondió la señora Blynn, guardando su instrumental en el bolso―. Dios mío, y también viene bien un poco de fuego. ―Había cerrado el bolso y se frotaba las manos, acercándose a la chimenea.

Princy estaba echado ante el fuego cuan largo era, como si fuese una alfombra de pelo largo enrollada. La señora Palmer intentó pensar en algo agradable que decir sobre el marido de la señora Blynn, su época en aquella casa, el pueblo, lo que fuera. Pero solo podía pensar en que la vida de la señora Blynn debía de haber sido muy solitaria desde la muerte de su marido. No habían tenido hijos. Según Elsie, la señora Blynn adoraba a su marido y estaba orgullosa de no haber vuelto a casarse.

―¿Tiene muchos pacientes en esta época del año? ―preguntó.

―Oh, sí. Como siempre ―contestó la señora Blynn, todavía frente al fuego y frotándose las manos.

«¿Quién?», se preguntó la señora Palmer. «Háblame de ellos». Esperó, respirando suavemente. Elsie llamó una vez, golpeando con un canto de la bandeja en la puerta.

―Pase, Elsie ―dijeron las dos a la vez, la señora Blynn un poco más alto.

―Aquí tienen ―dijo Elsie, poniendo la bandeja sobre una banqueta formada por dos sólidos almohadones color verde oliva, apilados uno sobre otro. Por el lado de uno de los bollitos chorreó mantequilla derretida, que cayó sobre el plato y empezó a solidificarse mientras Elsie servía el té.

Elsie le tendió a la señora Palmer una taza de té con tres terrones de azúcar, pero sin bollo, porque la señora Blynn decía que eran demasiado indigestos para ella. A la señora Palmer no le importaba. De todas formas apreciaba la visión de los bollitos bien untados de mantequilla, y de gente sana como la señora Blynn comiéndoselos. Le ofrecieron una galleta de jengibre y la rechazó.

La señora Blynn habló brevemente con Elsie de las cañerías de su casa y de alguna oferta que había aquella semana en la carnicería, mientras Elsie permanecía de pie con los brazos cruzados, apoyada en el marco de la puerta, dejando pasar una corriente de aire frío hacia la señora Palmer. Elsie anotaba mentalmente toda la información de la señora Blynn sobre precios. Ahora era la salsa de tomate de la tienda de dietética, que estaba de oferta aquella semana.

―Llámeme si necesita algo ―dijo Elsie como de costumbre, agachando la cabeza para salir.

La señora Blynn estaba absorta en sus bollos, inclinada para que la mantequilla que chorreaba cayera al suelo y no en su falda. La señora Palmer se estremeció y se tapó más.

―¿Va a venir su hijo? ―preguntó la señora Blynn en voz alta y clara, mirando directamente a la señora Palmer.

La señora Palmer no sabía lo que Elsie le habría contado a la señora Blynn. Ella le había dicho a Elsie que su hijo tal vez viniera, eso era todo.

―Aún no lo sé. Supongo que está esperando a decirme la fecha exacta... o para comprobar si puede o no. Ya sabe cómo son las cosas en las Fuerzas Aéreas.

―Humm ―dijo la señora Blynn a través de un bollo, como si por supuesto tuviera que saberlo, ya que su marido había sido militar―. Si no me equivoco, es su único hijo y heredero.

―El único ―contestó la señora Palmer.

―¿Está casado?

―Sí. ―Y anticipándose a la siguiente pregunta―: Tiene una hija, pero aún es muy pequeña.

Los ojos de la señora Blynn vagaron hacia la mesita de noche de la señora Palmer y, de pronto, esta se dio cuenta de que estaba observando... su broche de amatista. La señora Palmer lo había llevado en su rebeca unos días, hasta que se había encontrado tan mal que el broche ya no la animaba, e incluso había empezado a verlo cursi, por lo que había acabado quitándoselo.

―Es un broche muy bonito ―dijo la señora Blynn.

―Sí. Me lo regaló mi marido hace años.

La señora Blynn se acercó a mirarlo, pero no lo tocó. La amatista rectangular estaba engarzada en diminutos brillantes. Se quedó allí de pie, mirándolo con ojos atentos y saltones.

―Supongo que se lo dejará a su hijo... o a su mujer.

La señora Palmer enrojeció, incómoda o disgustada. La verdad era que no había pensado a quién se lo iba a dejar.

―Supongo que mi hijo se lo quedará todo, como mi heredero.

―Espero que su mujer sepa apreciarlo ―dijo la señora Blynn con una sonrisa, dándose la vuelta para dejar la taza de té en el platillo.

Luego, la señora Palmer cayó en la cuenta de que la señora Blynn llevaba días mirando aquel broche, cada vez que sus ojos se desviaban hacia la mesilla de noche. Cuando se marchó la señora Blynn, la señora Palmer cogió el broche y lo guardó en la palma de su mano, con actitud protectora. Su joyero estaba en el otro extremo de la habitación. En aquel momento entró Elsie.

―Elsie, ¿le importaría pasarme esa caja azul de ahí? ―le dijo la señora Palmer.

―Claro, señora ―contestó Elsie, desviándose desde la bandeja del té hacia la caja que había sobre la estantería―. ¿Esta?

Sí, gracias. ―La señora Palmer la cogió, levantó la tapa y guardó el broche junto al collar de perlas. No tenía muchas joyas, tal vez diez u once piezas, pero cada una evocaba una ocasión especial de su vida, un periodo especial, y las apreciaba todas. Observó el perfil romo y sincero de Elsie, que se inclinaba sobre la bandeja, ordenándolo todo para poder llevárselo en un solo viaje.

―Esta señora Blynn ―dijo Elsie, negando con la cabeza y sin mirar a la señora Palmer―. Me ha preguntado si creía que su hijo vendría. ¿Y cómo voy a saberlo yo? Le dije que sí, que yo suponía que sí. ―Estaba de pie con la bandeja, mirando a la señora Palmer y sonriendo tímidamente, como si hubiera hablado demasiado―. El problema de la señora Blynn es que siempre está metiendo la nariz en todo, si me perdona la expresión. Siempre está haciendo preguntas, ¿sabe?

La señora Palmer asintió, sintiéndose demasiado débil en aquel momento como para hacer un comentario. Tampoco tenía nada que decir. Pensó que Elsie había pasado junto al broche de amatista durante días y nunca lo había mencionado ni tocado, seguramente ni siquiera se había fijado en él. De pronto comprendió que prefería de largo a Elsie que a la señora Blynn.

―El problema de la señora Blynn... Tiene buenas intenciones, pero... ―Elsie hizo tambalearse y tintinear la bandeja en su esfuerzo por encogerse de hombros―. Es una lástima. Todo el mundo lo dice ―concluyó, como si aquello le resumiera todo, y se dirigió a la puerta ya abierta―. Con el té, por ejemplo. Siempre hay que comprarle esto y aquello, como si fuera una gran señora o algo así. Me lo dice un día antes. No entiendo por qué no trae ella misma lo que quiere de la panadería de vez en cuando. Ya sabe lo que quiero decir.

La señora Palmer asintió. Supuso que sí lo sabía. La señora Blynn era como una de las antiguas niñeras de Gregory. Como una divorciada que su marido y ella habían conocido en Londres. En realidad, se parecía a mucha gente.

La señora Palmer murió dos días más tarde. Fue un día en que la señora Blynn entró y salió de la casa seis u ocho veces. Por la mañana había llegado un telegrama de Gregory, diciendo que por fin había conseguido un permiso y que saldría en cuestión de horas y aterrizaría en un aeropuerto militar cerca de Eamington. 

La señora Palmer no sabía si llegaría a verle o no; no podía valorar con tanta precisión hasta cuándo durarían sus fuerzas. La señora Blynn le tomaba la temperatura y el pulso con frecuencia, luego giraba sobre un pie en la habitación, mirando a su alrededor como si estuviera sola y sumida en sus pensamientos. Tenía una mirada inexpresivamente agradable y sus mejillas frescas y satinadas irradiaban salud.

―Su hijo vendrá hoy ―había dicho, medio preguntándolo, la señora Blynn en una de sus visitas.

―Sí ―contestó la señora Palmer.

Ya empezaba a oscurecer, aunque solo eran las cuatro de la tarde. Aquellas fueron las últimas palabras claras que intercambió con alguien, porque después se sumió en una especie de ensoñación. 

Veía a la señora Blynn mirando la cajita azul de la estantería, mirándola fijamente incluso mientras sacudía el termómetro. La señora Palmer llamó a Elsie e hizo que le acercara la caja. La señora Blynn ya no estaba en la habitación.

―Esto es para mi hijo, cuando llegue ―dijo la señora Palmer―. Todo. Cada una de las piezas. ¿Entendido? Está todo escrito... ―Pero aunque estuviera todo detallado, una pieza suelta como el broche de amatista podía extraviarse y tal vez Gregory nunca hiciera nada al respecto, tal vez ni siquiera lo echaría en falta, o tal vez pensaría que ella lo había perdido en alguna parte durante las últimas semanas y no lo había comunicado. 

Gregory era así. Luego la señora Palmer sonrió para sí, y también se regañó un poco. «No puedes llevártelo contigo». Aquello era una verdad como un templo, y la gente que lo intentaba era despreciable y bastante absurda―. ¡Elsie, esto es para usted! ―dijo la señora Palmer y le tendió a Elsie el broche de amatista.

―¡Oh, señora Palmer! ¡Oh no, no puedo aceptar algo así! ―dijo Elsie; y no solo no lo cogió sino que incluso retrocedió un paso.

―Ha sido muy buena conmigo ―dijo la señora Palmer. Estaba muy cansada y su brazo cayó sobre la cama―. Está bien ―murmuró, al ver que era inútil.

Su hijo llegó a las seis de aquella tarde, se sentó al borde de su cama, le cogió la mano y le besó la frente. Pero cuando se murió, la señora Blynn estaba más cerca, inclinándose sobre ella con su ancha cara lisa y aterciopelada y sus ojos verde grisáceo, tan inexpresivos como los de un fantástico reptil. 

La señora Blynn continuó hasta el final diciendo cosas animosas y concluyentes como: «Ahora respira bien. Eso es...» o «No hace mucho frío, ¿verdad? Bien...».

Un poco antes, alguien había mencionado la posibilidad de llamar a un sacerdote, pero Gregory y la señora Palmer lo habían rechazado. De modo que fueron los ojos de la señora Blynn lo último que vio cuando la vida la abandonaba. La señora Blynn, tan autoritaria, fuerte y eficaz que uno podría haberla tomado por el propio Dios. 

Sobre todo porque cuando la señora Palmer miró a su hijo, realmente no lo vio; solo distinguió una vaga y pálida figura en la esquina, alto y erguido, con una mancha oscura arriba que debía de ser su pelo. Él la estaba mirando, pero ella ya estaba demasiado débil como para llamarle.

De todas formas, la señora Blynn había hecho que todos se apartaran. Elsie también estaba de pie apoyada en la puerta cerrada, dispuesta a salir corriendo por lo que hiciere falta, dispuesta a obedecer a cualquier petición. Cerca de ella estaba la pequeña figura de Liza, que ocasionalmente susurraba algo y era acallada por su madre.

En un instante, la señora Palmer vio toda su vida —su despreocupada niñez y su juventud, su matrimonio feliz, la sombra de la muerte de su otro hijo a los diez años, el impacto de la muerte de su marido ocho años atrás—, pero en conjunto había sido una vida feliz, pensó, aunque le hubiera gustado tener mejor carácter, más puro, no haber mostrado nunca mal genio o egoísmo, por ejemplo. 

Todo formaba ya parte del pasado, pero lo que quedaba era una sensación de que ella había sido imperfecta, inadecuada, como lo era ahora la presencia de la señora Blynn, como la débil sonrisa de la señora Blynn, inadecuada para el momento y la ocasión. La señora Blynn no lo entendía. Ni siquiera la conocía. En cierto modo, la señora Blynn no podía comprender la buena voluntad.

«Ese era el error, el error de la propia vida. La vida es un largo fracaso de comprensión», pensó la señora Palmer, «una larga y falsa cerrazón del corazón».

La señora Palmer tenía el broche de amatista en la mano izquierda cerrada. Horas atrás, en algún momento de la tarde, lo había cogido con la idea de preservarlo, pero ahora se daba cuenta de que había sido absurdo. También había querido dárselo a Gregory directamente y se le había olvidado. 

Su mano cerrada se levantó dos o tres centímetros, sus labios se movieron, pero no salió de ellos ningún sonido. Quería dárselo a la señora Blynn: un gesto positivo y generoso que todavía podía compensar aquella esencia de incomprensión, pensó, pero ya no tenía fuerzas para realizar su voluntad, y aquello también era como la vida: todo llegaba un poco demasiado tarde. 

Los párpados de la señora Palmer se cerraron ante la visión de los vidriosos y atentos ojos de la señora Blynn.