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La renta espectral - Henry James (Parte 1)

Acababa de cumplir veintidós años cuando terminé mis estudios superiores. Me encontré en plena libertad de escoger mi futura carrera, y lo hice sin mayores vacilaciones. Cierto que luego la abandoné con idéntica rapidez, lo admito, pero nunca he lamentado aquellos dos alegres años de experiencia perpleja y excitante, aunque también agradable y provechosa. 

Sentía una gran inclinación por la teología y durante ese lapso fui un admirador y lector entusiasta de las obras del doctor Channing. Esta era una teología atrayente y de exquisito sabor; parecía, al leerla, como si se ofreciera una rosa fragante desprovista de espinas. 

Más adelante, por razones íntimamente vinculadas con mi afición por la teología, decidí entrar en el Divinity School. Durante toda mi vida he procurado no perder de vista lo que hay detrás del drama humano de la vida. Por ello consideré que debía desempeñar mi papel, con pocas posibilidades de aplausos (al menos de mí mismo), en aquella apartada y tranquila casa de apacible casuística, con su respetable avenida a un lado, y su contacto con la verde campiña y los extensos terrenos de bosque al otro.

Cambridge, para los amantes de los bosques y campos, ha cambiado mucho desde aquellos días, y ya no posee aquella deliciosa mezcla de pastoral y escolástica quietud. Sí, en aquella época era un hermoso centro docente rodeado de bosques; una bella combinación de la madre Naturaleza con la diosa de la cultura. 

Lo que hoy día es Cambridge no tiene nada que ver con mi historia; sin embargo, no me cabe la menor duda de que aún existen en sus aulas esos graduados orgullosos del saber adquirido que gozan, a la llegada del verano, de las bellezas naturales próximas a ese prestigioso centro de la cultura inglesa.

Por lo que a mí respecta, no lo pasé muy mal en Cambridge. Me otorgaron una habitación en la planta baja, cuyas amplias ventanas daban a un gran patio. Apenas me alojé en ella, colgué en sus paredes unos cuadros de Overbeck y Ary Scheffer, arreglé mis libros, y los clasifiqué con sumo refinamiento, sobre las estanterías que había encima de la chimenea, y me puse a estudiar las obras de San Agustín y Plotino. 

Entre mis compañeros había dos o tres de excelentes cualidades, con los que a veces tomaba una taza de té junto al fuego de la chimenea. Después de profundos estudios, conferencias, coloquios y largas meditaciones, mientras paseaba por los bosques, mi iniciación en el aspecto clerical progresó bastante, con gran placer de mi parte.

Intimé más con uno de mis camaradas, con quien tenía gustos afines, y pasaba la mayor parte del tiempo con él. Por desgracia, adquirió un mal grave en una de sus rodillas, lo que le obligó a llevar una vida sedentaria; y como yo era un fanático enamorado de pasear por los bosques, esto se interpuso en nuestra naciente amistad. 

Yo tenía la costumbre de andar por el bosque sin más compañía que mi bastón y un libro; con estas caminatas y la lectura no necesitaba compañía alguna. A este placer podía añadir el que me proporcionaban mis ojos, pues siempre he sido un hombre observador. 

Me deleitaba fijándome en todas las cosas interesantes que encontraba durante aquellos paseos por la campiña. Sí, mis ojos y yo estábamos en excelente armonía. Tanto que, en honor a la verdad, debo admitir que precisamente gracias a esta inquietud por todo lo que me rodeaba y a mi observación inquisitiva de todas las cosas interesantes, aconteció la historia que voy a narrar.

Aunque la campiña que rodea a Cambridge es actualmente muy hermosa, lo era aún más hace treinta años. En efecto, en aquella época no existían esos chalets que hoy han inundado los prados verdes robándole parte de sus encantos naturales, sobre todo en la zona de Waltham Hills, donde las sombrías formas de aquellas villas, con sus plantas y flores extrañas, presentaban un feo contraste en yuxtaposición con el medio ambiente sencillo y rústico. 

Incluso los modestos senderos de entonces poseían esa gracia de la que carecen las numerosas carreteras modernas que hoy atraviesan los campos y bosques de la zona de Cambridge. En cuanto a las personas, tampoco se ven ahora aquellas viejecitas que hilaban pacientemente sentadas en el pórtico de sus casas, cubriendo sus venerables frentes con aquella especie de cofia tan típica de Cambridge.

Aquel invierno fue muy duro; hacía mucho frío, pero había poca nieve, y los caminos estaban seguros y firmes, lo que me permitió, por lo tanto, dar mis cotidianos paseos a través del bosque y la campiña. Una helada tarde de diciembre me encaminé hacia el vecino pueblo de Medford. 

Mientras andaba, observé los pálidos y fríos matices del cielo, semejantes al ámbar transparente, lo cual, no sé por qué, me hacía recordar la sonrisa de una hermosa mujer. Cuando ya empezaba a anochecer, llegué a un estrecho camino por el que nunca había transitado, e imaginé que por él podría acortar el trayecto de regreso a casa. Me hallaba a tres millas de distancia y se me había hecho tarde.

Así pues, eché a andar por aquella extraña senda. Cuando llevaba caminando más de diez minutos, me di cuenta de que tenía un aspecto bastante extraño: las huellas de las ruedas de los carros parecían viejas y resecas, y el silencio era impresionante. Sin embargo, un poco más abajo había una casa, por lo que deduje que aquel misterioso camino antaño debió ser una vía pública. Instantes después llegué a dicha mansión y sentí una gran curiosidad apenas me vi ante ella. 

Me detuve delante de su jardín abandonado, con una vaga mezcla de curiosidad y temor incomprensibles. Era una casa como todas las existentes por aquella zona, excepto que tenía una hermosa estructura arquitectónica dentro de su clase. 

Se hallaba situada sobre una pendiente cubierta de hierba, con un gigantesco olmo delante de su fachada anterior, y detrás un gran cobertizo de negro tejado. Era de grandes dimensiones y tenía aspecto de ser una construcción sólida. Debía ser antigua, pues al menos las maderas delicadamente grabadas de su puerta y pórtico pertenecían a ese estilo arquitectónico tan típico del siglo pasado.

A simple vista se podía observar que en su tiempo estuvo pintada de blanco, pero el paso de los años había apagado aquella blancura, que ahora presentaba una tonalidad gris, sin vida. Detrás de la casa había un grupo de manzanos, de tronco descarnado y extraño aspecto, que en aquel profundo silencio parecían árboles muertos aún sujetos a la madre tierra. 

Todas las ventanas mostraban sus bisagras enmohecidas, corroídas, y sus persianas estaban ligeramente entornadas. No había ninguna señal de vida dentro de aquella mansión; sin embargo, al aproximarme, me pareció que tenía un aire familiar, una audible elocuencia. 

Siempre he pensado en la impresión que me produjo a primera vista aquel gran edificio colonial, lo cual corrobora que la inducción puede a veces estar cerca de la adivinación, o ser análoga a ella, ya que, después de todo, no había ningún hecho que garantizase la formal percepción que hice.

Me volví y crucé el camino. Los últimos rayos rojos del sol al ponerse en el horizonte parecían hacer desaparecer la casa, reflejándose por unos instantes en lo que fuera su fachada blanca, arrancando misteriosos destellos de aquellas vetustas ventanas sobre el pórtico. Luego desapareció el rey de los astros, y el viejo edificio quedó envuelto en fantasmagóricas sombras. En este preciso instante, me dije a mí mismo: «Esta casa está encantada». 

De inmediato, sin saber por qué, creí a pies juntillas en aquella idea que me vino a la mente; idea que, por añadidura, me causó un gran placer. Y es que estaba íntimamente vinculada con el aspecto de la casa que acababa de ver y lo explicaba todo. Si me hubieran preguntado media hora antes, habría contestado, como cualquier otro hombre consagrado a los estudios de lo sobrenatural, que no existían casas encantadas. Pero fue tan fuerte la impresión, que algo en mi interior aseguraba lo acertado de mi convicción.

Cuanto más observaba aquella mansión, más profundo me parecía el secreto que ocultaban sus paredes. Me puse a dar vueltas alrededor de la misma, observando cuidadosamente cualquier detalle que pudiera corroborar esa certidumbre de que aquel edificio estaba encantado. 

Miré a través de todos los boquetes existentes en sus paredes, sintiendo una pueril satisfacción al poner mi mano sobre el pomo de la puerta y hacerlo girar con suavidad. ¿Qué hubiera hecho si se hubiera abierto? ¿Me habría atrevido a penetrar en aquella silenciosa obscuridad? Por fortuna, mi audacia se vio frenada: la puerta era extremadamente sólida e incluso me fue imposible empujarla unos milímetros. Al fin me alejé de ella, pero volviendo la mirada con insistencia. Luego eché a andar y después de un largo trayecto alcancé el camino principal.

A cierta distancia de donde había visto aquella vetusta y misteriosa mansión se encontraba una magnífica y confortable casita de recreo, que hacía más patente a mis ojos la diferencia existente entre una casa normal y otra embrujada. 

Esta casita de recreo estaba recién pintada de blanco y su amplio y vistoso porche estaba cubierto de una hermosa cristalera color verde botella. Había un coche de caballos a la puerta de aquella casa, con dos personas que parecían estar despidiéndose de los dueños de la misma en aquel momento. 

Al acercarme más a ella, pude ver a través de sus ventanas sin cortinas una salita de estar en cuya mesa estaban colocadas las tazas de té con el que probablemente habrían obsequiado a aquellos visitantes. La señora de la casa había acompañado a sus huéspedes hasta la puerta, y cuando estos partieron en el coche les saludó durante unos instantes con la mano; tiempo suficiente para que yo pudiera observar a esas personas. 

Aquella señora era una mujer joven, de ojos muy negros, y estuve a punto de acercarme y hablar con ella. Mas luego cambié de idea, me detuve ante ella y le pregunté, después de saludarla con cortesía:

—¿Me podría decir a quién pertenece la casa que está allí abajo, junto al camino, aproximadamente a una milla de aquí?

La mujer pareció sorprendida por un instante; se sonrojó y contestó:

—Los hombres de esta tierra nunca bajan por este camino.

—Utilizando esa senda se ahorra mucho tiempo y distancia para ir al pueblo de Medford —respondí—, y no dudo que los hombres de este lugar no sean prácticos como todos los buenos campesinos.

—Es posible que al no ir por ese camino se tarde más en llegar al pueblo —dijo la mujer—, pero nadie lo utiliza por nada del mundo.

Era interesante la respuesta de aquella señora, es decir, bastante extraña. Un buen norteamericano, con el sentido tan práctico que posee, debía tener muy poderosas razones para perder tiempo utilizando un camino más largo. Por ello volví a preguntar:

—Pero, dígame, ¿ha estado alguna vez en esa casa?

—No, nunca la he visto.

—¿A quién pertenece? —insistí.

La mujer se echó a reír y miró hacia otro lado, cual si temiera que un extranjero interpretara sus palabras como fruto de una campesina supersticiosa.

—Supongo que pertenecerá —repuso— a los que viven en ella.

—¿Pretende decir que esa casa está habitada? —dije—. Sin embargo, está completamente cerrada.

—Eso no significa nada —me respondió con cierta ironía—, pues nunca nadie entra ni sale de allí, por lo que no veo ninguna diferencia.

Acto seguido intentó marcharse, pero la retuve respetuosamente por el brazo.

—¿Quiere decir que esa casa está encantada? —pregunté.

La mujer se asustó, se llevó los dedos a sus labios ruborizándose, y entró con rapidez a su casa para correr las cortinas de las ventanas.

Durante muchos días estuve pensando en aquella aventura, reservándome el placer de guardarla para mí solo. Si la casa no estaba encantada era una tontería de mi parte el excitar en vano mi imaginación, y si lo estaba, resultaba agradable vaciar la copa del horror sin dejar que nadie la probara. 

Desde luego, decidí regresar a ese camino, y una semana más tarde —era el último día del año— volví sobre mis pasos a aquel lugar. Me acerqué a la casa por una dirección opuesta a la que utilicé la primera vez, y llegué a la misma hora que entonces. 

La luz era cada vez menor a la caída del sol, y el cielo bajo y gris; el viento soplaba con fuerza barriendo la arena reseca del jardín y haciendo estremecer las hojas de los árboles. Allí estaba la casa, delante de mis ojos, como queriendo defenderse del crudo invierno en su siniestro hermetismo, envuelta en su halo de misterio.

Si en aquel instante se hubieran abierto sus puertas, no habría dudado en penetrar en ella y dejar que sus paredes me atraparan. ¿Quiénes serían los misteriosos propietarios que había mencionado aquella mujer? ¿Qué se había visto u oído en aquella casa? ¿Qué cosas se contaban de ella? ¿Existía alguna leyenda o algún hecho verídico en relación a la misma? 

La puerta seguía tan firme y resistente como la primera vez, y todos mis intentos por abrirla resultaron en vano. Ninguna de las ventanas cedió a mis furiosos puñetazos, y ningún rostro misterioso se asomó a ellas. Desesperado, di numerosos golpes con el pesado y mohoso picaporte, pero solo conseguí que aquellos ruidos resonaran con espantoso eco en la mansión vacía.

No sé lo que habría hecho a continuación de no haber percibido que por el mismo camino por donde yo había bajado antes avanzaba ahora una persona solitaria. Pensé que haría el ridículo si me viera en aquella extraña actitud, y por mi mente pasó la idea de refugiarme entre los arbustos del jardín, cosa que hice de inmediato. Instantes después observé que el recién llegado avanzaba recto hacia la casa. 

Era un hombre de baja estatura, de avanzada edad y con el aspecto más extraño que jamás he visto en mi vida. Iba envuelto en una larga capa de corte militar y avanzaba penosamente apoyándose en un bastón nudoso, mas con aire decidido y resuelto. Después de caminar durante unos minutos, se detuvo ante la casa. 

La contempló con detenimiento, observando todos sus detalles, como si estuviera contando todas las ventanas o tratando de localizar una marca o señal determinada. Después se quitó el sombrero y se inclinó suave y solemnemente, como si estuviera llevando a cabo un acto de obediencia o respeto.

Dada la posición del viejo, me fue más fácil observarle. Se trataba, como ya dije antes, de un anciano de baja estatura, mas era difícil afirmar si pertenecía a este mundo o al otro. Su cabeza me hizo recordar vagamente a las pinturas de Andrew Jackson. 

Tenía cabellos grises, pero tiesos como los pelos de un cepillo, y su rostro, cuya piel era como un pergamino egipcio, estaba pálido. Sus ojos brillaban intensamente bajo la sombra de unas pobladas cejas que, cosa curiosa, habían permanecido negras. Sus facciones, lo mismo que la capa que llevaba, parecían pertenecer a un militar retirado de modesto rango, pero ello no obstaba para darle el aspecto de una persona autoritaria, fría, excéntrica y grotesca. 

Cuando terminó su salutación, avanzó hacia el portal, se detuvo, revolvió los bolsillos de su raída capa y sacó una llave. Introdujo esta en la cerradura y la hizo girar. Mas la puerta no se abrió de inmediato. El anciano meneó la cabeza, aplicó el oído a la madera y luego miró en dirección al misterioso camino. 

Satisfecho o tranquilizado, apoyó su hombro contra la hoja, empujó firmemente y, por fin, esta se abrió dejando ver una negra obscuridad tras ella. Volvió a detenerse en el umbral, se quitó el sombrero e hizo otra reverencia. Luego penetró en la casa y cerró la puerta tras de sí.

¿Quién demonios era este hombre y qué hacía en aquel lugar? Parecía uno de esos personajes sacados de un cuento de Hoffmann. ¿Era un espectro o un ser de carne y hueso? ¿Un inquilino de la casa o un visitante amigo del propietario de la mansión? Por lo demás, ¿qué significaban aquellas reverencias y qué pretendía hacer en la profunda obscuridad de la casa? 

Salí de mi escondrijo y me encaminé a una de las ventanas, espiando a través de ella. Luego me dirigí, una por una, a las otras, observando que durante el intervalo que empleaba en pasar entre ellas se hacía visible un rayo de luz entre las hendiduras de las persianas. 

Era obvio que el anciano intentaba encender todas las luces posibles. ¿Acaso iba a dar una fiesta? ¿Una reunión de fantasmas? Mi curiosidad aumentó aún más, pero nada podía hacer por satisfacerla. Por un instante quise acercarme a la puerta y golpear en ella, pero desistí inmediatamente, e intenté hallar la forma de romper el maleficio de aquella mansión, si es que en realidad lo tenía. 

Acto seguido me puse a dar vueltas alrededor de la casa tratando de abrir alguna de las ventanas bajas. Al principio no pude lograrlo, pero al fin di con una que no me opuso ninguna resistencia. Comprendía perfectamente que había un riesgo en lo que estaba haciendo, pues no solo me exponía a ser visto, sino a ver algo que no debía... Pero la curiosidad, como dije antes, se había transformado en inspiración, y el peligro era demasiado agradable.

A través de las hendiduras de las persianas pude ver una habitación iluminada por dos cirios colocados en candelabros de bronce sobre el manto de la chimenea. Parecía ser una especie de salón privado y conservaba todo su mobiliario, consistente en divanes, sillones, mesas y cornucopias pasados de moda, muy antiguos. 

Pero aunque aquella estancia estaba amueblada, tenía un extraño aire de estar deshabitada. Desde mi posición no podía verlo todo, por lo que no me di cuenta de que a mi derecha había una puerta plegable. Estaba ligeramente abierta, y la luz del cuarto adyacente se filtraba a través de ella. 

Permanecí inmóvil durante unos minutos, pero al final comprobé que la habitación estaba vacía. Luego percibí que una sombra alargada se proyectaba en el muro situado frente a la puerta plegable. Era alta y grotesca. Daba la impresión de corresponder a una persona personalizada sentada de perfil, completamente inmóvil. Creí reconocer en ella la nariz arqueada de mi pequeño viejecillo. Había una extraña sensación de quietud en su postura; parecía estar sentado y observar algo con atención. Estuve largo rato contemplando la susodicha sombra, pero nunca se movía.

Al fin, cuando mi paciencia ya empezaba a agotarse, se movió con lentitud, se elevó y su primitiva forma desapareció. No sé lo que hubiese sucedido luego, pues instintivamente cerré las persianas por donde contemplaba aquel extraño espectáculo. ¿Fue por delicadeza? ¿O por pusilanimidad? No podría asegurarlo. No obstante, me quedé en aquel sitio confiado en que mi extraño viejecillo reaparecería. 

No me equivoqué: el anciano volvió a salir, mirando de la misma manera que antes y haciendo idénticas inclinaciones y reverencias. (La luz que hasta entonces había observado desapareció de las ventanas). El viejecillo, luego de efectuar su pequeña ceremonia, se encaminó por donde había venido. 

Durante unos instantes tuve la intención de dirigirme a él, pero me contuve y dejé que desapareciera en un recodo del misterioso camino. Quizá se pensará que fue una delicadeza de mi parte, pero, en el fondo, creo que no tuve valor para detenerlo y hablar con él. Incluso consideré que aquel anciano tenía derecho a no ser observado, aunque, por otro lado, yo también tenía el derecho de poder fijarme en todo lo que quisiera, máxime si tenemos en cuenta que aquel individuo parecía más bien un fantasma que una persona normal y corriente. 

Al fin me alejé por el camino opuesto al que él había tomado, no sin sentir la tentación, algo tardía, de seguirle a cierta distancia y ver adónde se dirigía, aunque esto también me pareció una falta de delicadeza. Por lo demás, he de confesar que estaba tan entusiasmado con mi pequeña aventura que deseaba paladearla poco a poco, arrancando hoja por hoja de la margarita, como vulgarmente suele decirse.

Durante algún tiempo aspiré el misterioso perfume de esta flor, ya que su aroma me había fascinado. Proseguí mi marcha y volví a pasar por delante de la casita de recreo existente en el cruce de caminos, pero no vi a la mujer supersticiosa ni al viejecillo, ni a ningún ser de este mundo ni del otro. 

Tuve sumo cuidado de que nadie me avistara, ya que, a mi juicio, un buen observador debe pasar desapercibido hasta el momento en que descubre lo que tenía por misión averiguar. Así pues, me quedé con la expectativa de volver a encontrarme con aquel viejecillo algún día, en algún lugar. 

Pero a medida que pasaba el tiempo y el anciano no aparecía por ninguna parte, acabé por perder toda esperanza de verlo. Sin embargo, tenía la corazonada de que debía vivir en aquella vecindad, máxime si tenemos en cuenta que había hecho su peregrinaje a la misteriosa mansión a pie, tratándose de un hombre de avanzada edad. 

De haber vivido a mucha distancia, seguramente habría viajado en alguno de esos viejos y destartalados coches de caballos que se utilizaban durante el siglo pasado; un vehículo tan venerable y grotesco como él mismo.

Un día me dirigí paseando al cementerio de Mount Auburn, un lugar que durante mi infancia poseía un encanto místico del que hoy carece, dadas las reformas modernas efectuadas en él. Contenía más arces y abedules que cipreses y sauces. No parecía una ciudad de los muertos, sino más bien otro pueblo de la comarca, donde todo el mundo podía penetrar y perturbar el sagrado descanso de sus habitantes fallecidos. 

Aquel día despertaba la primavera, ya que días antes había acabado el invierno, y el suelo desprendía ese olor tan grato de tierra fresca y lozana. El sol se hallaba cubierto por un cúmulo de ligeras nubes, pero calentaba algo. Anduve por los caminillos del cementerio, hasta que de pronto, al llegar a un recodo, percibí una extraña figura sentada en un banco contra una valla tapizada de madreselvas silvestres.

Aquella persona me era familiar, la había visto en alguna parte. Aunque estaba de espaldas a mí, comprendí quién era al observar su raída capa. Sí, no estaba equivocado: se trataba del extraño viejecillo que visitó la casa encantada. Allí se me presentaba la oportunidad que tanto había anhelado: la de acercarme a él y hablarle. Di un rodeo y me acerqué a él de frente. 

El anciano me vio al final del sendero, pero permaneció inmóvil, con las manos apoyadas en el pomo de su bastón; mas cuando se percató de que me dirigía hacia él, me miró con aquellos ojos penetrantes bajo sus negras cejas. A cierta distancia, estas cejas tan obscuras daban una extraña sensación; tanto que fue lo único que observé en su rostro. A medida que me acercaba a él, comprendí que se trataba de un pobre anciano inofensivo, un viejo gentleman.

Me detuve ante él, le saludé con cortesía y le pedí permiso para sentarme en el mismo banco que él. Aprobó mi petición con un gesto mudo pleno de dignidad, y me acomodé a su lado. En esta postura podía observarle de reojo con todo detalle. Comprobé que a la luz del sol era un ser mucho más extraño que cuando lo vi bajo la pálida luna aquella noche en la casa encantada. 

Los rasgos de su rostro eran tan rígidos como si hubieran sido esculpidos en roca granítica por un hábil artista. Sus ojos tenían una mirada llameante, su nariz era espantosa y su boca estaba herméticamente cerrada, como una vieja concha marina. Sin embargo, pensé que, a pesar de todos estos siniestros detalles personales, se trataba de un anciano y apacible caballero. 

Habría apostado que se hubiera alegrado de poder sonreírme, pero, evidentemente, sus rasgos faciales no se lo permitían: habían adoptado aquella rigidez hacía ya muchos años, y era muy tarde para suavizarlos, por mucho interés que pusiera en intentarlo. Me pregunté si se trataría de un anciano demente, pero pronto deseché esa idea, ya que no tenía aspecto de serlo. 

Lo que en realidad reflejaba su rostro era una profunda y gris tristeza; quizá su corazón estuviera roto, mas su cerebro permanecía intacto. Las ropas que llevaba estaban raídas, pero limpias, y su vieja capa azul había sido cepillada durante más de medio siglo.

Me apresuré en hacer ciertas observaciones sobre el hermoso día de primavera que teníamos, y el anciano me contestó, con voz gentil y suave, que me extrañó ver partir de sus rígidos labios:

—Este es un lugar muy apacible.

—A mí me gusta mucho pasear por este cementerio —repuse rápidamente, al intuir que aquel era el punto flaco del anciano.

Di en el clavo, pues el viejecillo se volvió hacia mí y dijo entusiasmado, con cierto aire de gravedad:

—Sí, es muy agradable pasear por este lugar. Hágalo mientras pueda, pues algún día se encontrará en una de esas tumbas, quieto, sin poder moverse.

—Es cierto —le respondí—; pero, según algunos científicos, hay personas que pueden caminar y pasearse después del día de su muerte.

Hasta entonces el anciano me había estado mirando a los ojos mientras yo hablaba, mas al decirle esta última frase, apartó repentinamente la vista, como si hubiese pronunciado una blasfemia.

—¿No me oyó? —le dije con amabilidad.

El anciano siguió mirando hacia otro lado, como si no le interesara mi conversación.

—Como le decía, algunas personas pueden caminar después de muertas —insistí.

Entonces el anciano se volvió de pronto hacia mí y repuso con fiereza:

—Usted no cree en eso que me está diciendo.

—¿Cómo puede usted saber, querido señor, que yo no creo en esas cosas? —le respondí.

—Porque es joven y alocado —me respondió en un tono que, lejos de parecer duro, más bien parecía propio de una persona que está de vuelta de muchas cosas de la vida y habla con conocimiento de causa, consciente de su experiencia, de lo comprobado por sí mismo a lo largo de muchos años de existencia.

—Admito que soy joven —le contesté—; pero no creo que esté loco. Si dijera que creo en los fantasmas, mucha gente estaría de mi lado.

—La mayoría de la gente está loca —respondió el anciano mientras clavaba su mirada en mi rostro.

Dejé el tema en el aire y me puse a hablar de otras cosas. El anciano parecía haberse puesto en guardia, me miraba desafiante y solo hacía breves observaciones y secos comentarios sobre todo lo que le decía. Pero, a pesar de todo, yo estaba seguro de que le había agradado nuestro encuentro, y que, a sus ojos, este había sido un incidente social de cierta importancia. 

Sin duda alguna, se trataba de una persona solitaria, y tenía muy pocas oportunidades de poder hablar con alguien. Había tenido graves problemas que le distanciaron del mundo, aislándolo, haciéndole refugiarse en su mundo interior. Pero la armonía dentro de su anticuado espíritu no se encontraba rota, y yo estaba seguro de que aún pensaba que podía hacerla vibrar ardientemente. Al fin, se decidió a preguntarme sobre mi persona, inquiriendo si yo era un estudiante.

—Soy estudiante de ciencias divinas —respondí.

—¿Ciencias divinas?

—De teología. Estudio para sacerdote.

Al decirle esto, el viejecillo me miró con peculiar intensidad.

—Pues entonces, mi joven amigo, permítame que le diga que existen muchísimas cosas que tiene que aprender, sí, muchas cosas que ignora.

—Siempre he tenido ansias de aprender y de conocer cosas que me están vedadas —repuse—. Pero, por favor, ¿a qué se refiere?

El anciano me miró de nuevo, pero, sin hacer caso de mi pregunta, dijo:

—Me gusta usted, me agrada su forma de hablar. Estoy seguro de que es un buen muchacho.

—Al menos creo serlo, o pretendo serlo —le respondí—, aunque hay momentos en que creo dejar de serlo.

—Pues pienso que tiene una mente muy despierta, y que se preocupa por aprender, por tener inquietudes, por observar todo lo que le rodea.

—¿Quiere decir que ya no piensa que soy un joven alocado como dijo antes? —le respondí.

—Me revientan las personas que niegan a los difuntos el poder de regresar —me contestó, mientras golpeaba furiosamente el suelo con su bastón—. Todos son unos locos, auténticos locos.

Guardé silencio durante unos instantes. Luego le pregunté de sopetón:

—Estoy seguro de que usted ha visto un fantasma.

—Está en lo cierto, mi joven amigo —respondió con mucha dignidad en su expresión—. Por lo que a mí respecta, no se trata de hechos corroborados por frías teorías; no necesito leer libros antiguos para aprender en qué debo creer. ¡Yo sé! ¡Con estos ojos que ve, yo he contemplado el espíritu de un muerto tan cerca de mí como lo está usted ahora!

Mientras decía estas palabras, los ojos del viejecillo parecían estar fijos en algo misterioso, invisible para mí. Sus palabras me impresionaron tanto, que me vi obligado a insistir en mis preguntas.

—¿Y se asustó usted?

—Soy un viejo soldado —repuso ofendido—, y no le temo a nada.

—¿En qué época fue usted soldado? —inquirí.

El viejecillo me miró con aire confuso, por lo que supuse que me había excedido haciéndole tantas preguntas.

—Discúlpeme, no puedo entrar en detalles personales —me contestó—. Ya he hablado más de lo que debía; no puedo tolerar el que se opine a la ligera de un tema tan importante como este. ¡Pero nunca olvide que en cierta ocasión conversó con un anciano honesto que le dijo, jurándoselo por su honor, que había visto un fantasma!

Acto violentamente se levantó con brusquedad, como si hubiese pensado que había hablado demasiado. Quizá su actitud obedeciera a timidez, a su carácter reservado o, simplemente, al temor de que pudiera reírme de sus palabras. 

Consideré todo esto; por otro lado, también admití la posibilidad de que, como todas las personas de edad avanzada, su lengua y su mente estaban endurecidas por la atrofia producida en tantos años de soledad. 

Tampoco podía descartar la idea de que pensase que se había excedido en la conversación, cosa muy lógica en cualquier persona al hablar con un desconocido. Era evidente que yo no debía insistir, dada su actitud. Al menos, siempre me quedaría la esperanza de volver a verle en otra ocasión.

—Como deseo que sepa quién es el anciano que le ha dicho estas palabras, que a usted le parecerán extrañas —volvió a tomar la palabra el anciano de la capa azul—, permítame presentarme: soy el capitán Diamond, señor. Tengo muchos años de servicio sobre mis espaldas.

—Confío en que tendré el placer de volver a encontrarlo —repuse cortésmente.

—Yo también lo espero —me respondió; y tomando el bastón con firmeza, se levantó y se alejó.

 

(CONTINUARÁ...) 


Overbooking - Luis García Jambrina

 

Se acabó. Tenía que ocurrir. Cada día son más los muertos que los vivos, y, claro está, ya no caben. Lo descubrí esta mañana, mientras me duchaba. Tenía prisa, como siempre, y no me di cuenta de que la bañera estaba ya ocupada. Lo malo es que yo vivo solo en mi propia casa.
-¿Quién diablos es usted? -le pregunté a la mujer, después de dar un respingo e intentar taparme con las cortinas del baño.
-Yo vivo aquí -me respondió ella cubriéndose los pechos con una fina capa de espuma.
-¡Cómo que vive aquí! -exclamé yo estupefacto.
-Es que allí no cabemos.
-¡Que no caben! Pero ¿dónde?
-¿Dónde va a ser? En la Gran Ciudad Purgatorio. Allí permanecemos a la espera de que nos busquen acomodo definitivo. Pero, al parecer, ya no hay sitio en ninguna parte. Así que a algunos nos han devuelto a la tierra. Han empezado por los más díscolos y protestones y por los más antiguos. Yo aterricé esta misma noche y no sabía adonde ir, hasta que me acordé de mi casa.
-De la mía, querrá decir -puntualicé yo.
-Eso depende de cómo se mire. Yo viví aquí durante mucho más tiempo que usted, hasta el mismo día de mi... desaparición. Creo que también tengo derecho.
Se había hecho tarde y no tenía muchas ganas de discutir. De modo que, al final, le permití que se quedara hasta que yo volviera del trabajo. Ella me dijo que, a cambio, podría limpiar un poco la casa, que buena falta le hacía, poner alguna lavadora y preparar la cena, para cuando llegara. Y a mí, la verdad, no me pareció mal el arreglo.
A simple vista, en la calle todo parecía normal. Pero pronto caí en la cuenta de que había mucha más gente que de ordinario. De hecho, en el metro no cabía literalmente ni un alma. Por los andenes y pasillos, los resucitados caminaban con un andar cansino, como si les faltara alguna vitamina o llevaran mucho tiempo sin dormir o sin salir de casa. Otros llamaban la atención porque iban vestidos a la moda de hace treinta años. Lo miraban todo con asombro, y, en un primer momento, parecían bastante desconcertados. Fuera de algunos detalles, tampoco eran tan distintos de nosotros, sobre todo a esas horas de la mañana.
Lo peor fue cuando salí de nuevo a la superficie. Yo trabajo en una zona de negocios y oficinas de la Administración, y, ante las puertas de los grandes edificios, se había ido concentrando una muchedumbre de resucitados muy poco amistosa. Al parecer, todos venían a reclamar sus derechos. Unos querían volver a su antiguo puesto de trabajo. Oficialmente, no habían sido despedidos; tan sólo habían estado de baja por una causa justificada, alegaban los más pertinaces. Otros solicitaban con contundencia el pago de una pensión, con sus correspondientes atrasos, o, en su defecto, una parte de la indemnización de su seguro de vida. También los había que deseaban regresar con su antigua pareja, que, a buen seguro, ya habría rehecho su vida con otra persona. Menuda papeleta, pensé, para los nuevos cónyuges. Mientras tanto, los abogados sin escrúpulos se frotaban las manos ante la perspectiva de una nueva y abundante clientela. La situación no podía ser más espantosa.
Cuanto entré en la planta de oficinas donde trabajo, mis compañeros estaban pendientes de lo que decían en la radio y la televisión, los teléfonos no paraban de sonar y, cómo no, hacía un buen rato que Internet se había colapsado. Desde el Presidente del Gobierno de la nación hasta el Portero del Edificio en el que nos encontrábamos, todos parecían desbordados por lo que estaba sucediendo. El resto de la jornada ha sido un continuo sobresalto y un ir y venir de rumores y noticias contradictorias o muy poco halagüeñas. El sistema de pensiones pronto entrará en bancarrota, y la situación de la vivienda se ha complicado mucho más todavía, si cabe. Mientras algunos muertos vivientes vuelven a recuperar sus antiguas posiciones, los vivos más desesperados empiezan a arrojarse desde las ventanas de los pisos más altos.
De camino a mi apartamento, no he podido dejar de pensar en la mujer que allí me aguardaba desde esta mañana. Es cierto que, al principio, la lividez de su piel me repugnaba un poco, pero luego he pensado que, por alguna extraña razón, todavía resultaba joven y atractiva. Nada, por lo demás, impedía que pudiéramos vivir juntos e incluso formar pareja. Y hasta hacer el amor, si nos lo proponíamos. Pero, ¿podríamos engendrar una nueva vida? ¿Habría algún tipo de impedimento físico o incompatibilidad genética? De sólo pensarlo, me han entrado escalofríos, no sé muy bien si de terror o de placer. De todas formas, una vez en casa, me he dado cuenta de que estas preguntas eran estúpidas y ociosas. Allí estaba ella, sí, pero acompañada de su legítimo esposo, que había fallecido en el mismo accidente. Basándose en no sé qué derechos póstumos adquiridos, les ha faltado tiempo para apropiarse de mi única morada. Yo he llamado, naturalmente, a la Policía, pero andan demasiado ocupados poniendo un poco de orden en las calles. ¡Que alguien haga algo, por favor!

Rincón de la poesía: Fantasmas - Sivela Tanit

Los fantasmas llegan para susurrar al oído los secretos del viento.

Hoy abandono mi cuerpo a sus palabras.

El recuerdo invade mi cabello con la caricia de tus manos, ellas ya no bajan a mi cuerpo.

Hoy el fantasma del infinito muestra su sabia cara de silencio.

Olvidarte no es mi destino… giro alrededor de los sonidos de tu voz.

Una y otra vez los fantasmas apuñalan mi corazón.

Hoy muere tu cariño por mí. Me ordenaste vivir lejos de ti.

Abriste el camino de los fantasmas adoloridos que susurran secretos en el viento.

Giro en el ciclo infinito…

 

Una gota de sangre de dragón - Philip Latham

 1

Fue un domingo de octubre por la mañana cuando Bob y Dagny empezaron a discutir sobre fantasmas. Mucho antes, por acuerdo mutuo, am­bos habían decidido que cualquier mención del ocultismo o lo sobrenatural era estrictamente tabú. Bob fue quien inició la conversación, aunque en aquel momento nada se hallaba más lejos de su mente. Lo que intentaba hacer era seguir un partido de rugby por medio de un televisor que, resueltamente, se negaba a funcionar.

–Es el tercero, y tanto para los Rams, faltan­do solamente cincuenta segundos –anunció el locutor–. Los Redskin dominan por doce a siete. Un tanto de campo no les ayudará. La pelota la recoge...

–¡Maldición!

Bob saltó de su asiento y empezó a mover frenéticamente los mandos del aparato. No sirvió de nada. Las figuras de la pantalla se confundían en una mancha borrosa. Por fin, cerró el televisor, sumamente disgustado, se acercó a la ventana y se quedó contemplando el panorama envuelto en polvo.

–Creo que va a soplar el Santana –comentó.

–¿Ha terminado el partido? –preguntó Dag­ny, tomando café de una bandeja que tenía al lado y hojeando distraídamente el periódico.

Bob había acostumbrado a su esposa a desayunar en la cama durante su luna de miel, siete años atrás.

–Ha terminado para mí –gruñó Bob, quitán­dose la camisa y abanicándose con la sección de sociedad del periódico.

Dagny volvió a reclinar la cabeza en la almo­hada, fría y serena, con su tenue camisón, las manos cruzadas tras la nuca y los dedos enterra­dos en su dorada cabellera.

Est-ce qu'elle était victorieuse, ton equipe? –preguntó, expresándose en francés.

Aunque nacida en Rusia, había pasado la ju­ventud en París trabajando como actriz profesio­nal. Debido a esto había contraído la costumbre de introducir en la conversación citas o párrafos de los personajes que había interpretado. No se trataba de una nota de afectación, puesto que lo hacía sin darse cuenta.

–No sé quién gana –rezongó Bob–. Supon­go que el televisor.

–Comment cela?

–Cada jugador tenía un fantasma. Y el fan­tasma de cada jugador, otro. Es difícil seguir un partido con sesenta y seis espectros en el campo, sin contar los oficiales.

Dagny le estudió con la misma expresión re­trospectiva con que su cautelosa gata, «Margari­ta», observaba las curiosas manías del homo sa­piens.

–Has tenido suerte –manifestó Dagny.

–¿Por qué?

–La gente no suele ver fantasmas.

–A mí me parece que llevo toda la vida oyen­do decir a la gente que ve fantasmas. El otro día leí el caso de un tipo de West Point que afirmaba haber visto el fantasma de un viejo soldado sur­giendo de la pared. Y juraba que era verdad.

Vraiment?

–Varios tipos listos intentaron atraparlo. Colocaron cámaras infrarrojas, fotocélulas, magnetó­fonos... Claro, el viejo soldado no asomó ni una de sus patillas.

Naturellement.

–¿Por qué?

–Los fantasmas son muy tímidos. En las ca­sas encantadas se oyen ratas, se ven sombras... se sienten ráfagas de aire frío... Pero nunca se ven fantasmas... no. Siempre aparecen cuando uno menos lo espera. Nunca cuando se les busca.

–Tú debes saberlo. –Bob se encogió de hom­bros–. Es tu especialidad.

La señora Dagny Archer, como Bruja oficial del estado de California, era la autoridad consti­tuida en todos los asuntos de la mystique. Bob, o el doctor Robert Archer, como astrónomo del ob­servatorio de Monte Elsinore, también ostentaba ciertas opiniones sobre astrología, aunque carecía de un vocabulario vigoroso para expresarlas. 

En resumen, afirmaba que toda la astrología había que consignarla al reino de Tauro, el Toro. Sin embargo, sus puntos de vista contradictorios ja­más habían empañado sus relaciones conyugales. Marido y mujer convivían en una perfecta armonía mediante el simple método de ignorar el tema.

Pero los fantasmas de West Point y los parti­dos de fútbol fueron algo que se salió de la regla general.

–Dagny, ¿crees honradamente en los fantas­mas? –quiso saber Bob.

Cela dépend... –Dagny calló de repente–„ ¿Tanto te interesa?

–Oh, tal vez un poco –confesó Bob–. Me pregunto por qué esos chicos de West Point no captaron ni siquiera una sombra con sus apara­tos electrónicos. Es casi lo mismo que hago yo. No en busca de fantasmas se apresuró a aclarar– sino tratando de descubrir por qué un espectrofotómetro de nuevo modelo, altamente sensible, no da el menor resultado. Esta es la misión que acaban de encomendarme.

–¿Te llevará mucho tiempo?

–Oh, tal vez dos semanas.

–¡Dos semanas sola!

–No es necesario. Puedes acompañarme.

Acompañar a Bob al observatorio de Monte Elsinore había, sido delicioso en otros tiempos. Pero la novedad no lo era ya. En lo que se refería a acompañar a Bob, lo mismo se hubiese podido quedar en casa. Bob trabajaba durante toda la noche, dormía toda la mañana y pasaba casi toda la tarde intentando averiguar qué iba mal en el observatorio. 

Además, aquello no era un oasis ais­lado en plena naturaleza. Había que llevar a cabo una meditación trascendental en medio de los chi­llidos de jóvenes extraviados, el estallido de las latas de cerveza al abrirse y el clamor de los fo­tógrafos aficionados que intentaban retratar a papá y mamá con un ciervo en medio.

–Robert, para ti está muy bien el observato­rio. Allí tienes tu trabajo. En cuanto a mí, en lo alto de la montaña las estrellas no están más cerca.

–¿Quién dijo nada de subir a la cumbre?

Mais non!

–Esta vez se trata de bajar.

¿Quieres decir... a bas? Comme le soleil?

–Bueno, no exactamente. El observatorio de Monte Elsinore se halla a más de dos mil metros sobre el nivel del mar. Este observatorio está más bajo que el nivel del mar.

–¿Más bajo? Sous-marin? Non! Non! Non!

–No temas –rió Bob–. No necesitarás tu equipo submarinista ni el tubo respirador. Mira, un tipo con pasta dejó a la institución un puñado de dinero para que establecieran un observatorio a la memoria de su esposa. Con una sola condi­ción: el observatorio debía erigirse en el Valle de la Muerte. Su difunta esposa adoraba el Valle de la Muerte. Y el observatorio está en el Valle de la Muerte.

La Valide de la Mort.

–En realidad, fue una buena idea. Ha resul­tado ser un lugar ideal para la nueva cámara gran angular. Los instrumentos solamente habrán cos­tado casi un millón.

–¡Qué honor trabajar con una cámara así!

–¿Honor? ¡Y un cuerno! Probablemente me han confiado esta misión porque nadie la ha acep­tado. Un maquinista y yo seremos los esclavos de allí, tan esclavos como los mecánicos de un garaje.

Se quedó pensativo.

–Creo que te gustará el desierto, Dagny –aña­dió–. Posee una fascinación especial. Es casi co­mo vivir en otra dimensión.

Volvió a reír.

–Una cosa es segura –continuó–. La vivien­da es magnífica. Aquel individuo estaba casado con una mujer de tu misma edad. Falleció de re­pente... Oh, era una auténtica belleza. Y él dise­ñó la vivienda tal como pensaba que a ella le ha­bría gustado. Aire acondicionado, piscina con temperatura controlada... un cuarto de baño que haría palidecer de envidia a Cleopatra... Hay una pareja que se ocupa de los quehaceres domésti­cos. Sí, aquel ricachón tenía ideas más grandes que el emperador mogol que edificó el Taj Mahal.

Merveilleux...

–Entonces, ¿me acompañarás?

–Te acompañaré.

–Ah, me alegro.

En la voz de Bob había un fervor inusitado. No era que le faltara temperamento, ni impacien­cia, resentimiento o cólera. Pero casi nunca de­mostraba tanto entusiasmo y ternura. Y no eran fingidos. Dagny, en su calidad de actriz, sabía detectar el fingimiento al instante.

–¡Robert, tanta passion! Estás interpretando a Troilo, siendo yo Criseida. Pero... ¿en qué po­dría ayudarte? Ir allí es tu misión, pero yo... –Es posible que sea mi última misión. –¿La última? –Tal vez.

El viento de Santana soplaba más fuerte. Bob dio la vuelta a la habitación, cerrando puertas y ventanas antes de volver al lado de Dagny.

–El año próximo, por primera vez, el gobier­no quiere imponerle un impuesto a la institución. Hay miles de millones de dólares en iglesias, or­ganizaciones de beneficencia y de investigación como, la que sostiene al observatorio. Durante años hemos estado trabajando con un presupues­to cada vez más apretado.

Bob hizo una pequeña pausa, mirando fija­mente a su esposa.

–Con este nuevo impuesto tendremos que ha­cer economías. ¿Cómo? Bueno, una consistirá en reducir el personal.

–Pero no te referirás a... –Exacto, me refiero a mí. Es mejor mirar las cosas de frente. No soy ninguna lumbrera entre el personal. Nunca he duplicado el tamaño del universo. Nunca he descubierto un «efecto» que lleve mi nombre. Nunca he registrado un pul­sar que enviara un mensaje con palabras de cua­tro letras...

Atrajo a Dagny hacia sí.

–No creas que no lo he intentado. Bueno, hace unos meses pensé haber hallado algo estupendo. Sí, hace unos meses me sentí interesado por esa supergigante roja, la Omicron Ceti. –Ya. Mira... «Mira la maravillosa...» –Es una variable de período largo, con un ci­clo de luz de once meses, por término medio.

Pero tuvo una variación de dos meses. Imposible predecir cuál será su máximo o su mínimo. La estrella probablemente se hincha y contrae como un globo gigante.

»Vi algo que pensé podía ser una pista res­pecto a su periodicidad. Algo importante, si es­taba en lo cierto. Deliberadamente, busqué publi­cidad. Anticipé que el próximo máximo tendría lugar entre el 1 y el 3 de noviembre. Bien, esto se publicó.

Bob miró el paisaje borroso a causa del pol­vo levantado por el viento.

–El otro, día hablé con MacGuire. Es un tipo que se dedica a las estrellas variables y tiene su atención concentrada en Mira.

–Lo conozco.

–Y dice que Mira tiene magnitud nueve. Es decir, que continúa en el mínimo.

–Todavía estamos en octubre.

–Es inútil. –Bob sacudió la cabeza–. Esa estrella no puede llegar a su máximo en dos se­manas. El científico no es como el cirujano que diagnostica una operación. El científico ha de tener la boca cerrada hasta que esté seguro de un hecho. Y yo... cometí una tontería. Carezco de cerebro, eso es todo.

El camisón de Dagny le había resbalado por el hombro, dejando al descubierto parte de su bus­to. No hizo ningún esfuerzo por subírselo.

–Oh, Robert, anímate... ¡Pobre Mira! Es tan obscura y deprimente... Eh bien! –chascó los de­dos–. Esto no es el fin del mundo.

–No, no es el fin del mundo. Pero puede ser el fin de mi trabajo.

Pasó los dedos por el hombro de su esposa.

–Mira es tan fascinante como una mujer... Bueno, debería decir el sistema Mira, porque tie­ne un pequeño compañero tan pálido como un fantasma.

De pronto, sopló una fortísima ráfaga de vien­to que hizo estremecer toda la casa.

–Robert –exclamó Dagny–, tenemos por de­lante dos semanas maravillosas, lejos de este odioso mundo de miseria y engaño. –Dejó de lado el periódico con gesto desdeñoso–. Fingire­mos que no existe. Viviremos como el cereus noc­turno, que florece al anochecer y se mustia al alba. Es preferible una hora de éxtasis que una vida de tareas horribles.

Se unieron en estrecho abrazo, sin prestar oído a los lamentos del viento.

 2

El conductor frenó al lado de un mojón.

–El punto más bajo del continente america­no –anunció–. Noventa metros bajo el nivel del mar.

El termómetro del coche señalaba los 41 °C. Dagny se preguntó cuál sería la temperatura ex­terior, con aquel sol abrasador.

Empezaba a experimentar ya la fascinación del desierto. La llanura parda y las relucientes mon­tañas. Las masas de nubes en lo alto. Y el espan­toso silencio.

–No se mueve nada. Aquí no hay vida.

El conductor sonrió torvamente.

–No lo crea. En el desierto hay mucha vida. Pero es invisible... subterránea.

Continuaron en silencio. Toda conversación parecía fuera de lugar en aquel ambiente. De pronto, doblaron una curva y Dagny no pudo re­primir un grito de delicia.

El auto estaba ascendiendo por una senda que conducía a una casita baja y curvada: su hogar para aquella quincena. La Ciudad Esmeralda de Oz en un paraje pardo y gris. En el umbral esta­ban un hombre y una mujer de edad madura, sonrientes. El hombre casi corrió por un sendero sinuoso en dirección al coche.

–Yo llevaré el equipaje. Ustedes huyan de este calor –dijo–. A esta hora del día, el sol es peor que un monstruo gila.

A medio camino de la casa, Dagny se detuvo involuntariamente delante de una placa de bron­ce rodeada por cactos florecidos.

 

Aquí yace Milena,

que en su breve existencia

fue la  más adorable de las mujeres.

 

Dagny recordó las palabras del conductor: «En el desierto hay mucha vida. Pero es invisi­ble... subterránea.»

Dentro de la casa, el aguijón del aire acondi­cionado pareció pincharle la piel. Sin embargo, aquella sensación no tardó en desaparecer. Bob no había exagerado. La casa era como la idea de un director cinematográfico de un observatorio astronómico.

Al anochecer se bañaron en la piscina, luego se cambiaron de ropa y tomaron asiento para contemplar los cambiantes matices del paisaje. Las cúpulas del observatorio donde Bob trabaja­ría eran apenas visibles a la luz crepuscular. Las montañas bajas, los promontorios dorados a la luz del día, mostraban a la sazón un rojo obscuro.

Dagny tomó un refresco. Bob fumó y se sir­vió un martini.

–Estas colinas presentan un color carmesí especial –observó Bob–. Como el de Mira en su mínimo de luz.

–La sangre del dragón –musitó Dagny.

–Una estrella como una gota de sangre de dragón –asintió Bob–. ¿Por qué no, en una es­trella de Cetus, el monstruoso marino?

El aire se iba enfriando. Las nubes de la tar­de habían desaparecido en el crepúsculo.

–Dagny –murmuró Bob–, después de ce­nar, cuando ya será de noche, quiero que veas el cielo como lo veía la gente hace miles de años. Antes de que se inventase la contaminación y otros adelantos.

Una vez despejada la mesa, se sentaron en el salón con las luces apagadas durante media hora; después cogieron prendas de abrigo y salieron otra vez a la piscina. No había luna. El cielo esta­ba tan atestado de estrellas que las constelacio­nes apenas podían reconocerse. Sin embargo, el cielo no era negro sino que parecía iluminado por un resplandor azulíneo.

–Rozando las montañas está la Osa Mayor. Casiopea al otro lado. De modo que la estrella de en medio es la Polar. Bien, ya estamos orien­tados. Las Pléyades y Aldebarán están ascendien­do por Oriente, y Vega y el Cisne se ponen a nuestra derecha.

Asió a Dagny del brazo.

–Echa un vistazo a aquella franja que se ve a través de Casiopea.

–¡La Vía Láctea!

–Exacto. Hoy día hay personas, y no pocas, que nunca la han visto.

–Es la autopista bordeada por los relucientes palacios de los dioses.

–Seguro, todas las luces están encendidas –comentó Bob–. Allá arriba no hay crisis de energía eléctrica.

Prestó atención a una zona obscurecida del sudeste.

–Fíjate por un minuto en los dioses, ¿quieres? Deseo que compruebes una cosa.

Bob se dirigió a un pequeño telescopio mon­tado sobre la barandilla, y tras enfocarlo en una brillante estrella, empezó a recorrer la zona de Cetus. Finalmente, captó el objeto que quería y pasó unos minutos estudiándolo con la máxima atención. Después, giró el aparato a un lado y se acercó a Dagny.

–¡Maldita Mira! –gruñó–. A mí me parece más débil en vez de más brillante.

Dagny estaba atenta a otro punto del espacio.

–Robert, creo que hay una nube en Piscis –exclamó.

Bob siguió la dirección de su mirada, movien­do lentamente la cabeza atrás y adelante, tratan­do de divisar la nube indicada por su esposa.

–¡Sí, allí está! –proclamó de pronto–. Diantre, parece lluvia.

–A mí no me parece una nube de lluvia.

–Tiene una forma ovalada. –Bob estudió la nube unos instantes–. Tengo una idea, intenta fijar su posición entre las estrellas y volveremos a buscarla mañana por la noche.

Aguardó unos minutos mientras Dagny obede­cía. Las estrellas de Piscis son débiles y están muy separadas entre sí.

Finalmente, ella volvió la cabeza.

–¿Listo? –inquirió Bob.

–Creo que sí.

–Entonces, basta por hoy de observaciones. Vámonos adentro y nos sentaremos junto al fue­go, tratando de olvidarnos de mi trabajo y de Mira.

 3

Eran casi las diez cuando se despertó Dagny.

Durante algún tiempo continuó dormitando, dis­frutando del lujo que la rodeaba. Debajo de la almohada halló una nota:

 

«Mon Ange: He desayunado a las siete. Huevos y tocino de Canadá. Estaré en el observatorio todo el día. Volveré al ano­checer. Amor y besos.

                                                                              «ROBERT»

 

Después de leer varias veces la nota, la joven reunió toda su fuerza de voluntad para levantar­se y pasar al cuarto de baño. No era un baño, en realidad, sino un salón destinado a realzar la femineidad de las mujeres. Bueno, no de cual­quier mujer, sino de una especial. Aquel cuarto de baño parecía embrujado por la personalidad de tal mujer.

Lámparas que en tiempos pretéritos pronto habrían ido a parar a una hoguera. Sólo el diablo hubiese podido conjurar una hidrología de dise­ño tan hábil. Una alfombra tremendamente grue­sa y suave. Las paredes y los cortinajes resplan­decían con la exótica flora del desierto. 

Ir al cuarto de baño en tal ambiente no era en abso­luto asunto de una necesidad corporal. Era más bien como penetrar en los paisajes soñados por Henri Rousseau, pero vagamente amenazados por serpientes y algún que otro gato montes.

Dagny utilizó la ducha, pero prefirió peinarse y maquillarse en el dormitorio. Una vez conclui­do tan importante ritual, tomó su desayuno (o almuerzo) en una bandeja, con un cacto orquí­dea de color escarlata a un lado.

Después hojeó diversos libros que había lleva­do consigo, pero la lectura no le interesó y dejó los volúmenes de lado. Intentó recopilar su ho­róscopo, mas era difícil interpretar el resultado, que singularmente parecía carecer de significado. 

Finalmente, abandonó todo fingimiento de traba­jar, colocó un disco de Tchaikowsky en el toca­discos y se tendió sobre unos almohadones, al lado de la ventana.

Durante largo rato, sus ojos se fijaron en el mojón del sendero del jardín. Luego, su mirada se concentró en las nubes y sus sombras, que vagaban perezosamente sobre la llanura.

Dagny, usualmente tan alerta, sentíase domina­da por una sensación apática. Para su tempera­mento eslavo, la música de Tchaikowsky era un somnífero. Estaba paseando por una selva de cac­tos monstruosos, con ramas grotescamente retor­cidas. 

El rostro de Robert la contemplaba por en­tre las flores de la copa, pero no sonreía, sino que la miraba con ojos tristes, ansiosos. Inten­taba decirle algo, mas ella no conseguía captar sus palabras. Tras acercarse más, el rostro de Robert se desvaneció entre las flores del cacto, reapareciendo después para repetir innumerables veces sus palabras. Dagny corrió afanosamente de una planta a otra, pero no vio más a su es­poso...

–Dagny...

Efectivamente, Robert la estaba contemplando, pero esta vez era un Robert real, con un rostro sólido, sustancial. Dagny se incorporó, confusa. Un momento antes era mediodía. Ahora se había puesto el sol y las montañas se bañaban en la sangre del dragón. Había transcurrido un día en­tero sin hacer nada.

–Temo que este desierto será mi ruina –co­mentó Dagny, echándose el cabello hacia atrás–. Tiene una gran fascinación... como un embrujo.

–Lo sé –asintió él–. Yo experimenté lo mismo.

–¿Cansado? –se interesó ella, después de una leve pausa.

–Un poco. Pero estamos progresando.

Parecía no estar muy satisfecho a pesar de sus palabras.

–Creo que hay martinis...

–Yo los prepararé.

 4

Bob apuró el segundo vaso.

–Es una cosa extraña la electrónica –obser­vó–. Atornillas cualquier aparato en una tahona, por ejemplo, y funciona bien. Después te dedicas a algo más importante. Compones una joya elec­trónica. Bien, ¿cuál es el resultado? Sencillamen­te, que no marcha. Todo son fallos.

Repitieron el rito de la noche anterior. Bob echó una ojeada en dirección a Cetus y se encogió de hombros. Luego se acercó a Dagny.

–¿Qué tal la nube?

–Sigue allí.

Esta vez, Bob no tuvo la menor dificultad en localizar el débil óvalo de Piscis.

–Hum, tienes razón. Tal vez se ha movido un poco al este.

–Robert, me decepcionas. Estás bromeando.

–¿Bromeando yo? En mi vida he hablado con más seriedad.

Dagny se sentó en una butaca.

–No diré nada más hasta que me lo cuentes.

–Bueno, tal vez sí bromeaba –admitió Bob–. Dagny, querida, has hecho un descubrimiento.

–¿Un verdadero descubrimiento?

Bob asintió.

–Has redescubierto el gegenschein.

–¿El gegenschein?

Dagny hablaba media docena de idiomas. Pero esta expresión la había sorprendido.

¿Gegenschein? ¿Te refieres a un contraluz?

–Llámalo así si gustas. O «contrarresplandor», porque siempre está exactamente opuesto a la po­sición del sol.

–¡Entonces, tú lo sabías! –gritó Dagny–. ¡Lo supiste desde el primer instante!

–Todos los astrónomos están enterados del efecto gegenschein, aunque muy pocos logran ver­lo. Ha sido descubierto cuatro veces, desde 1853. Tú has tenido el honor de ser el número cinco.

–¿Y qué es?

–Nadie lo sabe.

–¿Está muy lejos?

–Tampoco se sabe. Tal vez un millón de kiló­metros, o algo menos.

–¿Tienes alguna teoría?

–Oh, seguro, siempre hay teorías para todo. ¿Qué es el gegenschein? Bueno, un puñado de cha­tarra, o la línea de partículas tierra-sol. Una solu­ción especial del problema de tres cuerpos. Forma parte de la luz zodiacal. Es una cola gaseosa que surge de la tierra como la de un cometa. Y varías otras teorías por el estilo. Elige la que más te guste.

Suspiró profundamente.

–El problema de todas estas brillantes inter­pretaciones es poder hallar una concentración su­ficiente de partículas que sean la razón del brillo observado. Según todas ellas, ese resplandor de­bería ser más tenue.

Dagny se hallaba visiblemente turbada.

–¿Por qué no había oído hablar nunca de ese efecto gegenschein?

–No lo sé. Nunca fue un secreto. En realidad, se ha investigado bastante.

Bob frunció el ceño antes de proseguir.

–Es enloquecedor que haya un objeto grande, tan cerca de la Tierra, visible a simple vista, y se­pamos tan poco del mismo.

–Esto trastornará todos los conceptos astro­lógicos –declaró Dagny–. He de comunicar está información a la sociedad al instante.

–Hazlo –asintió Bob–. Cuéntalo todo.

 5

A partir de entonces, todas las noches se dedi­caron a contemplar el movimiento del gegens­chein. Bob echaba también todas las noches una ojeada a Cetus, daba media vuelta y se reunía con su mujer.

–Fue una suerte que viniésemos aquí en octu­bre –manifestó una noche–. En estos días del mes no hay luna y el cielo está vacío. El gengenschein resulta invisible cuando está en la Vía Lác­tea.

–Robert...

–¿Sí?

–He forjado mi propia hipótesis respecto a este efecto.

–¡Bravo! –aplaudió Bob–. Oigámoslo.

–¿No te reirás?

–Te lo juro.

–Bien... creo que es el lugar adonde van nues­tros espíritus después de la muerte. El efecto gegenschein es la luz del sol reflejada por los án­geles.

Bob tuvo que reflexionar en esta idea unos instantes antes de dar su opinión.

–No estoy preparado para hablar a la ligera respecto a la dinámica de esta situación –replicó cautamente–. Yo diría que el principal mérito de tu hipótesis angelical consiste en que explicaría la gran cantidad de luz diseminada. Lo malo de las demás hipótesis es que le conceden al efecto gegenschein una densidad terriblemente tenue. Demasiado tenue, en realidad.

Oh! N'est-ce que cela? ¡Entonces no hay pro­blema!

–Pero debe de haber miles de millones de muertos, muchos más que vivos. Tus fantasmas estarían allí apretujados como sardinas en lata.

–Pero los fantasmas se diseminan... se des­vanecen. Son ilimitados pero infinitos. Los fantas­mas se desgastan al cabo de algún tiempo. ¿No lo sabías? ¿Dónde están los fantasmas de ante­ayer? ¿De los antiguos griegos y romanos? ¿Los ha visto alguien? No. Un fantasma apenas dura un siglo.

–Hum... Es posible.

Estuvieron sentados hasta medianoche, casi sin hablar, sumidos en sus pensamientos. Cuando Bob despertó de su ensueño, Piscis y Cetus cru­zaban el meridiano.

–Tal vez será mejor que entremos –dijo con voz fatigada y desconsolada–. Echa otro vistazo a tu isla de ángeles. Ya no la verás mucho.

–¿No?

–Nos iremos pronto de aquí. El trabajo con la cámara está casi terminado.

Se dirigieron a la casa a lo largo de la piscina.

–Es raro cómo funciona la mente –murmuró Bob–. Tu idea del efecto gegenschein no difiere mucho de la mía. Desde que lo observé hace unos años, siempre me lo imaginé como el compañero fantasmal de la Tierra en el espacio. No puedo ahuyentar esta idea. Sí, el efecto gegenschein no puede separarse de la Tierra. Siempre está ahí, como embrujándonos, aunque dejándose ver en muy contadas ocasiones.

Se detuvo al llegar a la puerta y miró distraí­damente por encima del hombro. De pronto se puso rígido, respirando afanosamente.

–¡Dios mío! ¡Creo que es Mira!

–¿Mira? ¿Dónde?

–Allá abajo... al sur... al sur del efecto ge­genschein. Juraría que no estaba allí cuando sa­limos a la terraza.

Toda la fatiga de unos momentos antes había desaparecido. Corrió al telescopio y lo enfocó ha­cia la estrella.

–¡Sí, es ella! –proclamó–. Conozco el cam­po estrellado en torno a Mira mejor que mi cara.

Vaciló unos instantes, luchando consigo mis­mo.

–MacGuire debe saberlo. He de intentarlo al menos.

–¿Vas a decírselo?

–¿Decírselo? Cielos, si ha estado trabajando en esto horas y horas.

Por algún motivo ignorado, a Bob le costó más ponerse en comunicación con el Monte Elsinore que con Shanghai.

–Sí, señorita, estoy aguardando. Sí, llevo ya diez minutos... Quiero hablar con el doctor Mac­Guire, del observatorio de Monte Elsinore. Dígale que llama Bob Archer. Me conoce... ¿Que no pue­de...? No me importa, aunque tenga una hemorra­gia de muerte. ¡Por favor, localícele!

Otra larga espera. Finalmente, la respuesta al otro extremo de la línea.

–¿MacGuire...? Aquí Bob Archer. Oye... ¿qué le pasa a Mira...? ¿Sí...? ¿Sí...? Lo mismo que sospechaba... ¿Estás seguro...? Gracias.

Bob colgó y se sentó al lado de Dagny, miran­do el fuego de la chimenea con ojos velados por la emoción.

–MacGuire dice que Mira estaba a 3,8 hacia las nueve y va en aumento. No le sorprendería que llegase a la magnitud 2. Uno de los máximos más brillantes de su historia.

Dagny estaba entusiasmada.

–¡Oh, Robert, me alegro tanto por ti!

Bob calló.

–¡Esto les dará una lección! ¡Tú tenías razón! –prosiguió ella.

Bob sacudió lentamente la cabeza.

–No. Estaba equivocado.

–¿Equivocado?

–Claro. Pronostiqué que Mira brillaría mucho más. Pero en cambio, está en un mínimo.

–Pero...

–Es el pequeño compañero de Mira el que ha destellado. Mira es el fantasma azul pálido.

–¡Oh...!

–MacGuire afirma que se trata de un tipo nuevo de estrella. Lo que él denomina una nova hirviente.

Dagny esbozó un gesto de impaciencia.

–Oh, llámalo como quieras. Quelle difference? Dijiste que Mira brillaría y está brillando.

Bob se hundió más entre los almohadones del diván.

–Lo siento. En la ciencia no es posible el en­gaño. En la ciencia una cosa es verdad o mentira. Y si una cosa es mentira, es mentira. Si es ver­dad, es la cosa más verdadera del mundo –se echó a reír–. ¿Pero quién iba a suponer que el pequeño fantasma de Mira...?

Su voz se extinguió, contemplando sin ver las brasas del hogar.

–En todas partes hay fantasmas –murmuró Dagny–. Tantos como granos de arena en el mar. Cada vez que hojeo un periódico, creo ver fantas­mas arrastrándose por entre las líneas.

Descansó la cabeza sobre el hombro de Bob.

–Te quiero, Robert –musitó.