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Una revelación - Mary E. Braddon (Parte 2)

 II

—¿Quién es el coronel Desborough? —preguntó lady Chalvington, tomando la tarjeta que acababan de entregarle y examinándola con sus anteojos de oro—. ¿Lo conozco?

Non lo so, Excellenza. Es cierto que primero preguntó por el señor, y après pour Madame.

El hombre que contestó con este galimatías era un personaje muy relevante en el séquito de nuestra dama. Ella a veces lo calificaba como su homme d’affaires, otras como su maggiordomo. Era un individuo de tez oscura y aire extranjero, con el pelo negro muy brillante y bastante largo, bigote negro, ojillos inquietos y nariz aguileña. Iba muy bien vestido de traje negro, y exhibía una rutilante leontina, además de numerosos anillos en unos dedos largos y huesudos. 

Jamás hablaba en una única lengua correctamente; más bien recurría a las primeras palabras que se le pasaban por la mente y sin atender nunca a las normas gramaticales. Al contestar a lady Chalvington, la miró directamente a los ojos, y ella le devolvió la mirada, aunque con expresión interrogante.

—¿Te resulta familiar el apellido, Mary? —preguntó, dirigiéndose a su hijastra.

La señorita Chalvington levantó la vista de su labor de bordado y se quedó pensativa unos instantes.

—Me parece que sí. Guardo un vago recuerdo de un tal coronel Desborough que vino a pasar unos días con nosotros en Methwold cuando yo era pequeña —dijo—. Se portó muy bien conmigo.

—¿Crees que debería recibirle, o no? Sí; hágale subir, Texere.

El intérprete hizo una pronunciada reverencia, abandonó la sala y al cabo de un minuto anunció al coronel Desborough y lo hizo pasar a la sala. Su aspecto había mejorado considerablemente después del viaje, pero todavía conservaba un rictus de ansiedad en el rostro. Sin embargo, no había visto nada que lo alterase durante la travesía, y por lo tanto había dormido bien. 

El descanso, combinado con el aire del mar, lo habían restablecido. Tan pronto entró en la estancia, lady Chalvington pensó que jamás había visto un hombre tan atractivo. Él, por su parte, quedó apabullado por el soberbio aspecto de la dama, que se adelantó a saludarlo.

Aparentaba unos veintisiete años; una mujer hermosa, de belleza selvática, si es que podía describirse así; en su cara, los enormes ojos negros, con largas pestañas, aparecían acentuados por unas cejas negras muy marcadas; la tez era de una delicada textura y de un tono aceitunado muy pálido; la nariz, de orificios redondeados, parecía más bien africana; la boca de labios carnosos la llevaba pintada de exquisito carmín. 

Era de estatura mediana, con un cuerpo robusto, bien proporcionado. El vestido era de terciopelo carmesí ribeteado de encaje amarillo antiguo; llevaba su ondulado pelo negro recogido en la coronilla y unos diamantes lanzaban destellos en sus orejas.

—Gracias por recibirme, lady Chalvington —dijo el coronel—. Soy amigo de juventud de sir Henry, acabo de llegar de la India. Pasé por su residencia de Brook Street y me enteré de que estaba usted aquí, en Brighton. Me dicen que sir Henry está en el extranjero, aquejado de problemas de salud. No será nada serio, ¿verdad?

—¡Ah! —suspiró la dama que, con un pequeño gesto de una mano blanquísima y repleta de joyas, lo invitó a sentarse en un sofá mientras ella misma tomaba asiento, con estudiada elegancia, en una silla que había al lado—. Está muy delicado de salud, le cuesta respirar en los inviernos fríos. Inglaterra es demasiado neblinosa y húmeda para él.

—Vaya, cuánto lo siento. Y ¿regresará para primavera?

—Me temo que permanecerá ausente durante un periodo indefinido de tiempo.

—¡No me diga! —contestó el coronel asombrado—. Pero, y disculpe la pregunta, ¿cómo es que no está usted con él?

—Ese ha sido su deseo, puesto que de hacerlo no podría yo atender mis compromisos sociales.

—¿Me dará usted su dirección? Me gustaría escribirle una carta.

—Yo se la remitiré encantada en su nombre. Lo hacemos así con toda la correspondencia por deseo expreso de sir Henry.

El rostro del coronel adoptó una expresión de inusitada sorpresa. Desvió casualmente la mirada hacia la joven que estaba sentada al fondo de la estancia, detrás de lady Chalvington, y vio que esta lo miraba y negaba con la cabeza. 

Al ver que sus ojos permanecían repentinamente fijos en algún objeto, lady Chalvington se dio la vuelta de golpe, aunque solo para hallar a su hijastra diligentemente ocupada en su labor.

El coronel Desborough supo aprovechar la ocasión y, levantándose con la mano tendida, avanzó hacia la hija de su amigo.

—¿Es posible que esta sea la pequeña Mary? —dijo.

—Ya no tan pequeña —contestó la señorita Chalvington con una dulce sonrisa, al mismo tiempo que dejaba reposar una mano pequeña y fina sobre la de él—. Pero sí que se acuerda del coronel Desborough, y de cómo solía ponerse a gatas y rugir, imitando a un león, para hacerla reír.

—Eso fue cuando era joven, hace quince años —dijo él—. Tú eras apenas una niña. Digo yo que rondarías los cuatro años.

—Ahora tengo diecinueve.

—¿Escribirás pronto a tu padre? —preguntó él.

La muchacha alzó la vista y lo miró de hito en hito con unos ojos grises muy serios. ¿Qué sentimiento anidaba en ellos? ¿Era súplica?, ¿temor?, ¿duda? Aquella mirada lo desconcertó.

—Eso espero —dijo ella lanzando una mirada furibunda a su madrastra.

Él retuvo la mano de la muchacha en la suya y escudriñó aquel rostro tan pálido y desmejorado. Un leve rubor se asomó a sus mejillas. Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas. El coronel se sintió consternado y se atrevió a apretar aquella pequeña mano tan frágil que descansaba con absoluta confianza en la suya. Ante esta señal de amistad, ella regresó rápidamente a su silla y enterró la cara en su pañuelo, sollozando con gran pesar.

—Márchate a tu habitación, ¡ahora! —exclamó lady Chalvington, acercándose a ellos—. Deberías avergonzarte, ¡una jovencita de tu edad comportándose como una niña malcriada!

Mary se levantó apresuradamente y abandonó la estancia sin mediar palabra, enjugándose aún los ojos con el pañuelo. Desborough observó con interés cómo salía. Reparó en que era una chica muy alta y delgada, que caminaba muy erguida y que tenía el pelo rubio, el cual llevaba recogido en un moño en la parte posterior de una cabeza de rasgos clásicos. Llevaba un vestido gris, bastante sencillo, modesto como el de una cuáquera, lo que contrastaba de manera llamativa con el fastuoso atuendo de su madrastra.

—Parece una muchacha muy delicada —dijo él.

—Mary no es delicada. Lo aparenta por esa tez tan blanca que tiene, pero es arisca por naturaleza —replicó lady Chalvington ostensiblemente irritada por la escena que acababa de desarrollarse.

—Cuando escriba a sir Henry, menciónele mi nombre y dígale que quisiera verle cuanto antes.

—Así lo haré —contestó la dama, acercándose a la campanilla.

Consciente de que había demorado su visita hasta donde permitía la etiqueta, el coronel se retiró. En el vestíbulo encontró un lacayo y a Texere.

—¿Cuál es la dirección de sir Henry? —le preguntó abruptamente a este último, que lo saludó con una pronunciada reverencia.

Entschuldigen Sie, mein Herr; in verità non posso; je ne sais pas, Monsieur.

—¿Cuánto tiempo lleva enfermo sir Henry?

Depuis quand est-il malade… tres años. Tiene tisis.

—¿Quién se encarga de su correspondencia?

—La señora.

—¿Quién maneja sus asuntos?

—La señora.

El coronel se marchó.

—¿Qué he conseguido? —se preguntó tan pronto como se encontró en la acera de Eastern Terrace, nada más salir—. Nada. ¿Qué sucede ahí dentro? ¿De dónde se sacó a esa esposa que se maquilla la cara y los labios, y se oscurece todavía más sus ya negrísimos ojos? ¡Y esa pobre niña! ¡Con qué ojos tan implorantes me ha mirado! Hay algo en esa casa que no me acaba de encajar. Bueno, este viaje a Brighton ha resultado infructuoso. Iré a la finca familiar en Norfolk y hablaré con el administrador.

El coronel Desborough era un hombre de acción. Aquella misma noche ya estaba de regreso en Londres y tan solo un par de días después se encontraba en Norwich, desde donde partió sin demora hacia Methwold, sede de la Baronía de sir Henry Chalvington. 

A finales de noviembre el paisaje ya resultaba lo suficientemente deprimente, y el cometido al que se había encomendado le pesaba en el ánimo. ¿Dónde estaba su amigo? Sin pensárselo puso rumbo a la casa del administrador de la finca, la que recordaba situada a la entrada del parque. Por fortuna, lo encontró en casa, pero el hombre al que él buscaba había fallecido hacía mucho tiempo. El actual administrador era otro y más joven.

—Recibimos cartas de sir Henry de vez en cuando —le informó este respondiendo a las preguntas del coronel—, y siempre por medio de la señora, que es una avezada mujer de negocios. Los cheques llegan con regularidad. Pero en lo que se refiere al paradero de sir Henry, nadie lo conoce; las cartas no llevan remite alguno. El señor desea mantener en secreto su lugar de residencia.

—¿Y no le parece eso muy extraño?

—Así nos lo parece a todos por aquí, pero ¿qué le vamos a hacer?

—Hábleme de lady Chalvington —dijo el coronel—, ¿quién es exactamente? ¿A qué se dedica? Yo conocí a su primera esposa…

—Sobre quién es la dama, solo puedo decirle que era condesa de Acluna; viuda, medio extranjera y de origen sudamericano, que yo sepa. Sir Henry se casó con ella hace tres o cuatro años, en París. Es una mujer de una elegancia exquisita. Y en cuanto a qué se dedica, puedo asegurarle que da las mejores fiestas de Londres, y que sin duda es la mujer de moda.

—Pero ¿realmente asiste la gente a sus recepciones?

—Suplican para conseguir una invitación. Pero yo sé que a sir Henry no le gustaba estar en compañía. Hay quien piensa que esa es la razón por la que prefiere vivir retirado en el extranjero.

—¿Y qué me dice de la señorita Chalvington? —preguntó Desborough.

—Ella y la señora no se llevan demasiado bien. A la señorita Chalvington le encanta alojarse aquí. La señora, sin embargo, detesta la campiña.

El coronel Desborough lo miró con el semblante muy serio.

—¿Cuánto hace que sir Henry se marchó de Inglaterra?

—Ocho meses. La señora y él viajaron juntos a Engadine, y parece ser que el señor no consideró conveniente regresar. ¿Le gustaría pasarse por la casa, señor?

—Sí, me encantaría volver a echarle un vistazo a esas viejas habitaciones. Pero recuerdo a la perfección un atajo hasta allí a través del parque. No hace falta que se moleste en acompañarme.

Methwold era un viejo caserón isabelino rodeado de árboles y más allá de cuyo parque se extendía una zona boscosa. Era el elemento central de una extensa propiedad. ¡Y qué familiar le resultaba! El ama de llaves recibió al coronel con sumo placer y le enseñó la mansión. 

¡Qué bien la recordaba! Y, sin embargo, se le antojó más oscura y pequeña que cuando era joven. ¿Qué había sido de aquellos dos muchachos vehementes que corrían por sus pasillos? ¿Qué de los dos cadetes recién licenciados en Sandhurst? ¡Ay! Uno de ellos era ahora un hombre serio tostado por el sol de la India y el otro…, ¿dónde estaba el otro?

El coronel entró por último a la galería de retratos, que ocupaba un ala que corría todo a lo largo del edificio. Colgada en la pared estaba la imagen de sir Henry cuando era un agraciado niño de siete años, pintada por Harlstone. Y también otro retrato suyo, ya de joven y vestido de uniforme, obra de Richmond. 

Entristecido por los recuerdos del pasado, Desborough les dio la espalda y, al punto, quedó paralizado. Su amigo estaba allí de pie, a unos pasos de donde él se encontraba. Lo vio con absoluta claridad, parecía muy serio y entristecido, y en el pelo se le adivinaban ya algunas canas. Esta vez la impresión fue demasiado fuerte para el coronel, que se dejó caer en un sillón, completamente superado por la escena.

—Usted no está bien, señor —exclamó el ama de llaves—. Ver este viejo lugar otra vez le ha afectado.

Se marchó a toda prisa y regresó con un poco de agua y una pequeña licorera de brandy. Una vez recompuesto, el coronel no se marchó de Methwold sin someter antes al ama de llaves a un breve interrogatorio.

—No, sir Henry no estaba fuerte… tenía algo del corazón —dijo—. Había abandonado la caza y le molestaba recibir tantas visitas, que era lo que más le gustaba a mi señora, puesto que cantaba de maravilla y actuaba en pequeñas obras de teatro particulares. El mes de marzo pasado dejaron aquí a la señorita Chalvington y viajaron al continente. 

Ella regresó sola, con ese intérprete suyo, que aquí no cayó nada bien; es más, el señor Groves, nuestro mayordomo, se despidió al instante. ¿Me pregunta qué aspecto tenía el amo cuando se marchó, señor? Pues, le diré que aparentaba más edad de la que tenía, estaba flaquísimo y, ¡caramba!, el pelo se le había cubierto todo de canas.

Oído esto, el coronel Desborough se despidió. ¿Qué podía hacer? Regresar a Londres. Esta vez para visitar al abogado de la familia en su despacho de Bedford Row.

A la mañana siguiente se presentó en el despacho de dicho caballero. Sí, el señor Bruce lo recibiría cinco minutos, si se trataba de un asunto privado.

—Muy señor mío —dijo el abogado—, sé tanto sobre el paradero de sir Henry Chalvington como usted. Supongo que esta rara ventolera de ocultarse no es más que una excentricidad. Y yo acepto las cosas como me vienen dadas. Remito las cuentas a lady Chalvington, y ella, a su vez, me hace llegar las minutas y los cheques de sir Henry debidamente firmados por él. Está todo perfectamente correcto, pero aun así ¡desearía que regresara a casa!

—Debo tener noticias directas de él y las tendré —dijo el coronel—; para mí es de extrema importancia. Pienso ofrecer una recompensa a cambio de cualquier información acerca de su paradero actual o a quien pueda darme noticias suyas.

—Vamos, vamos, señor mío, ¿sinceramente cree necesario llegar a esos extremos? Espere y ya verá cómo sir Henry sale de su escondrijo por voluntad propia.

—No puedo esperar. Ofreceré una recompensa de quinientas libras.

Antes de llevar a efecto su propósito, se trasladó rápidamente a Brighton una vez más con la esperanza de entrevistarse de nuevo con lady Chalvington, pero en esta ocasión le fue denegado el acceso, ya que la dama se encontraba atendiendo otro compromiso.

Y a la señorita Chalvington, ¿podía verla a ella? No, la joven no recibía visitas. Pero el coronel no se dio por vencido. Ya avanzada la tarde volvió a presentarse en la casa de Eastern Terrace. Esta vez lady Chalvington había salido, cosa que era verdad.

Escribió un breve mensaje en su tarjeta de visita dirigido a la señorita Chalvington: «Le ruego que me reciba».

La depositó, junto con una libra de oro, en la mano del sorprendido Thomas, puesto que Texere estaba fuera con el carruaje.

—Subiré su tarjeta, señor —dijo el lacayo—, pero mi señora no permite a la señorita Chalvington recibir visitas jamás.

—Inténtelo de todos modos, mi querido amigo.

Thomas vaciló, pero finalmente hizo pasar al coronel a una pequeña estancia donde se guardaban sombreros, paraguas y mantas de carruaje, y cerró la puerta cautelosamente tras de él.

Al cabo de un rato, unos pasos ligeros y rápidos bajaron las escaleras y la señorita Chalvington entró en el cuartito. Parecía asustada y nerviosa.

—No debe entretenerme demasiado tiempo —dijo en voz baja—. Lady Chalvington podría regresar en cualquier momento; se pondrá furiosa.

—¡La temes!

—Es mi carcelera. ¡Soy su prisionera a todos los efectos!

—¿Y tu padre?

—¡Oh, coronel Desborough! Encuéntrelo, se lo imploro; por su vieja amistad, ¡tiene que dar con él! Nunca me escribe a mí, solo a ella. ¡Hace ocho meses que no lo veo! ¡Y me quería como el mejor de los padres!

—¿Acaso ella se queda con tus cartas?

A la joven le temblaba todo el cuerpo y miraba con nerviosismo hacia la puerta.

—¿Por qué querría interceptar tu correspondencia? ¿Por qué te tiene encerrada? —preguntó él.

—Porque me odia. Oh, coronel Desborough, estoy tan preocupada por mi padre… No sé qué pensar.

—Mi querida muchacha —dijo el coronel acariciándole el pelo del mismo modo que lo hiciera cuando ella no era más que una niña—, por supuesto que daré con tu padre, te lo prometo solemnemente. Pero ¿quién es esta mujer?

La señorita Chalvington se estremeció con un escalofrío.

—Es una mujer temible, una mujer cuya compañía debe uno rehuir a toda costa. Una mujer sin escrúpulos…, un lobo con piel de cordero. Y ahora, ¡márchese, por el amor de Dios, márchese!

—Sí —dijo el coronel con amargura—. Pronto regresaré para liberarte. ¡Pero antes pienso resolver este misterio!


(CONTINUARÁ...)

Una revelación - Mary E. Braddon (Parte 1)

 I

—Y esta determinación suya de marcharse a Inglaterra ¿no es un poco repentina?

—Lo es —contestó el coronel Desborough—. Y son tantos los años que llevo en la India que es probable que en mi propio país no consiga sentirme tan en casa como aquí. Y llevo tantos años en la India que quizá la sienta más hogar que mi propio país. Pero un viaje por mar me vendrá bien, eso dicen los médicos. De un tiempo a esta parte no me encuentro nada bien.

—Es cierto que le he visto desmejorado, y que también parecía muy deprimido. ¿Le sucede algo? Y disculpe la pregunta.

—Mi estimado Breakspear, nuestra amistad justifica una pregunta tan natural. En efecto, sí que me sucede algo, y no es bueno, nada bueno. Salvo a mis dos médicos, no he mencionado a nadie la causa de mi mala salud y de mi abatimiento; pero, como el Jumna parte la semana que viene y quizá no volvamos a vernos nunca más, se la confiaré a usted.

—Ahí está ese pesimismo de nuevo. Por supuesto que nos volveremos a ver, y espero que tenga esposa para entonces. Debiera usted casarse, Desborough; lleva solo demasiado tiempo.

—No —contestó el coronel—. Estoy a punto de cumplir los cuarenta y, en mi opinión, es difícil que a esas alturas de la vida pueda uno cambiar ya de costumbres o de ideas. Una esposa de mi edad se encontraría en la misma situación… chocaríamos. Y una más joven me importunaría. Pero dejemos lo del matrimonio, es una cuestión sobre la que no merece la pena discutir.

—Bien, pues entonces volvamos a la causa de su afección.

—¿Recuerda nuestra expedición a las montañas y la cacería del tigre?

—Sí, claro, hace solo cinco meses; estaba usted muy bien por entonces… Con el ánimo por las nubes, lo recuerdo.

—Y esa fue la última vez que lo estuve —replicó Desborough apesadumbrado—. Como sabe, le seguimos el rastro a nuestra pieza hasta lo más profundo de la jungla, y allí lo matamos. Al regresar, había una luna llena que lo iluminaba todo como si fuera de día. Yo iba a la cabeza mientras avanzábamos en fila india por la angosta senda. Por delante todo aparecía despejado; solitario, de hecho. De repente, divisé a escasos pasos de donde me encontraba la figura de un viejo amigo a quien no había visto y en quien no había vuelto a pensar en muchos años; y, sin embargo, allí estaba, de pie en medio del sendero. Levantó un brazo e hizo un gesto para que me acercase.

—Por fuerza tuvo que ser una sombra —observó prudente el mayor Breakspear, advirtiendo la palidez y el nerviosismo que se habían ido apoderando de Desborough mientras hablaba.

—Lo mismo pensé yo entonces, estaba convencido de que la visión no era más que una jugarreta de la memoria. Pues bien, deseché de mi cabeza el asunto; pero —y bajó la voz—, una noche o dos después, mientras me miraba en el espejo del tocador, lo vi justo a mi espalda, de pie en mitad de la habitación. Volvió a hacerme un gesto, invitándome a que lo siguiera. Lo más extraño de todo es que, aunque lo reconocí a la perfección, ya no era un hombre joven, como cuando lo vi por última vez, sino que tenía el pelo y la barba grises como el acero, y su aspecto era el que indudablemente tendría si hubieran pasado quince años.

—Pura imaginación —dijo el mayor—. ¿Y ha experimentado alguna otra reaparición de este… fenómeno?

—¡¿Alguna reaparición, dice usted?! Ojalá pudiera decir que no. Le veo con frecuencia y en los momentos más inesperados…, y no siempre por la noche, aunque sí que generalmente plantado entre las sombras, como en esa hornacina de ahí, por ejemplo. —Y lanzó una mirada nerviosa hacia el hueco mientras hablaba—. No soy supersticioso, y nunca he creído en las manifestaciones espectrales. He luchado en batallas y he sido testigo de los horrores de un asedio prolongado, pero he de confesar que no hay nada que me haya sobrecogido tanto como esta aparición.

—Es muy extraño, desde luego; y dice usted que ni siquiera había pensado en su amigo recientemente —observó el mayor Breakspear.

—Para nada. Es tres años mayor que yo; coincidimos en las academias de Rugby y de Sandhurst. A la muerte de su padre, heredó el título de baronet y se casó. Yo me vine a la India a los dieciocho años, y solo regresé a casa de permiso cumplidos los veinticuatro. Supe que mi viejo compañero de academia se había quedado viudo y que tenía una niña pequeña. Eso fue hace quince años. Mantuvimos alguna correspondencia, pero no he tenido noticias suyas ni he pensado en él durante los últimos diez. Bueno sí, hace dos o tres años leí en The Times que había contraído nupcias por segunda vez. Y ahora se diría que estoy poseído por él; cuando duermo sueño con él, y al despertar me lo encuentro ahí de pie, en mitad de la habitación. La cuestión es, Breakspear, ¿estoy loco?

El mayor Breakspear, notando el estado de extrema agitación en el que se encontraba su camarada, le apoyó una mano amiga sobre el hombro.

—No, no —dijo—, no lo piense ni por un instante; es un desequilibrio fisiológico, solo eso.

—En Demonología y brujería, sir Walter Scott se hace eco de la historia de un caballero, miembro de las más altas instancias de la administración de justicia, a quien rondaba de forma pertinaz una presencia imaginaria y que, de hecho, acabó consumiéndose y muriendo por tan terrible experiencia. Puede que a la larga yo corra la misma suerte. Mi raciocinio no está capacitado para combatir los efectos de lo que o bien es una realidad o bien un producto de una mente enferma.

El mayor Breakspear contempló a su amigo atentamente, reparando en lo mucho que se había consumido aquel cuerpo antaño fornido, y en cuán demacrada estaba su cara, antes apuesta y franca. Desborough había destacado como uno de los hombres con mejor planta del ejército, con su más de metro ochenta de estatura, un espléndido físico, ágil y activo, una pose elegante y erguida y la cabeza siempre firme y echada hacia atrás; tenía un fino rostro sajón, rasgos clásicos, una tez sana (muy bronceada por el sol), ojos azules y el pelo rubio oscuro. A sus treinta y ocho años era mucho más atractivo que un buen número de hombres más jóvenes que él.

—La travesía calmará sus nervios y le fortalecerá —acertó a decir Breakspear—. Le aconsejo que parta con la mayor premura posible.

Después de que el mayor se marchara, el coronel Desborough empezó a pasearse por la habitación, sumido en sus pensamientos.

—No, no —se dijo a sí mismo—, no estoy loco, pero estoy decidido a resolver este misterio. Iré a ver a Henry Chalvington. Si me marcho a Inglaterra no es solo por mi estado de salud. —Entonces hizo pasar a su edecán—. ¿Ha decidido ya si me acompañará o no, Blencoe?

Blencoe, un hombre atractivo de unos treinta años, le hizo el saludo militar.

—Iría con usted hasta el fin del mundo, coronel, pero… no a Inglaterra.

—Supongo que, al igual que me ocurre a mí, no le une a usted ningún lazo con nuestro país.

—Al contrario, señor, tengo uno y con ese me basta… ¡una esposa!

El coronel no pudo reprimir una carcajada.

—¡Me sorprende usted! —dijo—. No tenía ni idea de que fuera un hombre casado.

—Aquí nadie lo sabe, coronel; es más, si me alisté en el ejército fue para esconderme y huir de ella. Blencoe no es mi verdadero nombre. Llevo aquí seis años, un tiempo que dista mucho de ser suficiente para haber alterado mi aspecto físico. Si me cruzara con mi esposa, aún me reconocería.

—Entonces viajaré sin asistente y contrataré uno cuando llegue a Londres. De haber aceptado acompañarme, le aseguro que no habría sido en balde. Su formación es excelente. —De hecho, Blencoe ocupaba un puesto de ayudante en la oficina del tesorero—. Podría haberme leído, y escribir al dictado durante el viaje, puesto que no me encuentro con fuerzas para ello.

El joven lanzó una mirada apesadumbrada al coronel.

—Si pudiera estar seguro de que no fuera a encontrarme con ella. Verá, señor. Yo estaba empleado de pasante en un despacho de abogados y un mal día me casé con esa mujer. Mi padre, que era metodista y, por tanto, un hombre muy estricto, me echó de casa. Empecé a trasnochar y mi jefe me despidió. Probé en el teatro, pero descubrí que no sabía actuar. Corrí un tupido velo sobre las idas y venidas de mi amada esposa. Salí huyendo y aquí estoy.

—No podría haber sido más gráfico y sucinto. Ya veo que no tiene usted ningún aliciente para viajar a Inglaterra.

—Al contrario, coronel, hay dos alicientes de peso. El primero es su compañía, señor, puesto que es usted un caballero; ha sido generoso conmigo y en más de una ocasión ha tenido la enorme bondad de alabar mi formación, que posiblemente habría sido mejor de no haberme comportado como un cabeza loca. El otro aliciente —prosiguió Blencoe, que bajó la cabeza para ocultar un brillo delator en sus ojos— es volver a ver el rostro de mi madre, si es que vive. De modo que creo que me arriesgaré, señor, y le acompañaré.

No había un hombre más valiente al servicio de Su Majestad que el coronel Desborough. Era inteligente, y sentía tanta devoción por la vida militar que, a pesar de disponer de una importante fortuna, heredada tras la muerte de un hermano mayor, había permanecido en la India y, hasta el momento, vivido con la sencillez de un hombre de recursos muy modestos. 

No sabía determinar con exactitud si su deficiente estado de salud se debía a una estancia demasiado prolongada en aquel clima tan caluroso o si, por el contrario, debía achacarla a otras causas; él siempre se había mofado de los cuentos de fantasmas, pues consideraba impropio de un hombre sensato tomarlos en consideración y mucho menos creer en ellos. 

Por eso opinaba que las frecuentes e inesperadas apariciones de este viejo amigo solo podían ser producto de una imaginación enferma. No obstante, era tan mayúscula la impresión que estas le habían causado que ahora iba a embarcarse rumbo a Inglaterra con el fin de llegar al fondo de aquel extraño suceso.

—Se trata de una afección mental —se dijo con pesimismo—; una semana llevo harto entretenido con los preparativos para el viaje y las despedidas de mis amistades, y mi estado de ánimo ha experimentado una notable mejoría, he desviado mis pensamientos hacia otros derroteros y, por tanto, esta pesadilla de mi imaginación ha cesado; un cambio de aires la curará.

En total contradicción con esta teoría, coincidiendo con un momento en el que se encontraba más alegre que nunca, puesto que regresaba de compartir una cena con un puñado de amigos la víspera de su partida, sucedió que al abrir la puerta de su dormitorio vio con absoluta claridad a sir Henry Chalvington bajo la luz de un rayo de luna que se colaba por la galería. 

Mientras entraba, la figura pareció retroceder ante su presencia hasta que finalmente se esfumó a través de la ventana abierta. La siguió hasta la terraza de su bungaló, delante de la cual un centinela hacía su ronda.

—¿Ha pasado alguien por aquí? —preguntó el coronel.

—Ni un alma desde que estoy de servicio, señor —contestó el soldado, presentando armas.

(CONTINUARÁ....)

Dilvish, El Maldito - Roger Zelazny (Parte 1)

Dilvish había salido hacía tres días de Golgrinn, donde había trabajado dos semanas con el equipo que reparaba los muros de la ciudad, dañados durante el infructuoso cerco de una banda de proscritos. 

Había sido una tarea dura y polvorienta, pero los trabajadores disfrutaban de buena comida, y él había ganado suficientes monedas para llenar la bolsa después de casi duplicar el importe de sus pagas jugando en la taberna. 

Con provisiones en sus alforjas, Dilvish se dirigía hacia el sur en un soleado atardecer, recorriendo un territorio montañoso y arbolado en dirección a las montañas Kannai. 

Siempre hacia las Kannai a partir de entonces. Dilvish había planeado ese rumbo hacía un mes, cuando el poeta y adivino ciego, Olgric, le dijo que encontraría allí lo que buscaba. En un viejo castillo que algunos llamaban Eterno...

Cabalgando sin dejar de pensar en ello, Dilvish pasó un recodo y vio su camino obstruido por un hombre que blandía una espada.

—¡Viajero, ten las riendas! —gritó el desconocido—. ¡Voy a quedarme con tu bolsa!

Dilvish miró rápidamente a ambos lados del camino. El hombre parecía no tener compañeros.

—¡Eso ya lo veremos! —dijo acto seguido, y desenvainó su espada.

Su enorme montura negra no aflojó el paso, sino que se dirigió directamente hacia el desconocido. Cuando la mirada de este se posó en el pulido costado de Black, el asaltante se apartó de un brinco y lanzó un tajo a Dilvish.

Dilvish paró el golpe pero no lo devolvió.

—Un aficionado. No te detengas —dijo a Black—. Que derroche su sangre con otro.

Detrás, el salteador lanzó el arma al suelo.

—¡Mierda! —exclamó—. ¿Por qué no has atacado?

—Detente, Black —dijo Dilvish.

Black se detuvo, y Dilvish se volvió y miró hacia atrás.

—Perdóname. Pero has despertado mi curiosidad —dijo—. ¿Querías que te diera un tajo?

—¡Cualquier viajero decente me habría atacado!

Dilvish meneó la cabeza.

—Creo que precisas más instrucción en los principios del latrocinio armado —dijo—. La idea es enriquecerse a expensas de otros sin sufrir daños personales. Si tiene que haber daños, debe sufrirlos el otro bando.

—Eso ya lo veremos —dijo el desconocido. Un fulgor de astucia apareció en sus ojos. Después se agachó rápidamente y recogió la espada. Se abalanzó hacia Dilvish, blandiendo en alto el arma.

Sin haber envainado su espada, Dilvish se limitó a esperar. Cuando el otro atacó, dio un fuerte golpe. La espada voló de la mano del salteador y cayó en el camino a varios pasos de distancia.

Dilvish desmontó de inmediato y corrió. Puso un pie sobre el arma antes de que el otro pudiera recogerla.

—¡Has vuelto a hacerlo! ¡Maldita sea! ¡Has vuelto a hacerlo! —Los ojos del hombre se habían humedecido—. ¿Por qué no has respondido?

De pronto se abalanzó hacia adelante y trató de empalarse en la hoja de Dilvish.

Dilvish apartó la punta y cogió por el hombro al desconocido. Era un hombrecillo con una barba oscura y estrecha y ojos negros, y llevaba un aro de plata en la oreja izquierda. Visto de cerca era más viejo que al principio, con una red de arrugas alrededor de los ojos.

—Si necesitas algunas monedas o un trozo de pan —dijo Dilvish— yo te lo daré. No me gusta ver tanta desesperación... y además estúpida, la verdad sea dicha.

—¡No me interesa! —exclamó el otro.

Dilvish apretó su presa, ya que el desconocido había empezado a debatirse.

—Bien, ¿qué es lo que pretendes, pues?

—¡Quería que me mataras!

Dilvish suspiró.

—Lo siento, pero no te complaceré. Soy muy escrupuloso con la gente que mato. No me gusta que me fuercen a hacer esta clase de cosas.

—¡Suéltame, pues!

—No pienso seguir con este juego. Si estás tan ansioso de morir, ¿por qué no lo haces tú mismo?

—Soy cobarde para eso. He querido hacerlo varias veces, pero el valor me falla siempre.

—Tengo la impresión de que debería haber seguido cabalgando —dijo Dilvish.

Black, que se había aproximado y estaba examinando atentamente al hombrecillo, asintió.

—Sí —dijo en un siseo—. Déjalo sin sentido y sigamos nuestro camino. Hay algo extraño aquí. Un sentido que había olvidado poseer está empezando a funcionar.

—Habla... —dijo en voz baja el hombrecillo.

Dilvish alzó el puño, se detuvo después.

—No será nocivo escuchar su historia —dijo.

—Ha sido la curiosidad lo que te ha hecho detenerte —le recordó Black—. Triunfa sobre ella esta vez. Golpéalo y abandónalo al destino que se merezca.

Pero Dilvish vaciló ante el cenagal de una victoria moral. Meneó la cabeza.

—Quiero saber —afirmó.

—Maldita curiosidad de mono —dijo Black—. ¿De qué puede servirte ese conocimiento?

—Si es por eso, ¿qué daño puede causarme?

—Podría especular durante horas, pero no lo haré.

—Habla —repitió el hombrecillo.

—¿Por qué no haces tú lo mismo? —dijo Dilvish—. Explícame por qué estás tan ansioso de morir.

—Tengo un problema tan terrible que esa es la única salida.

—Tengo la sensación de que además es una larga historia —comentó Black.

—Moderadamente larga —dijo el hombrecillo.

—En ese caso, es hora de cenar —dijo Dilvish, y extendió la mano hacia una alforja. Aflojó su presa sobre el hombro del salteador—. ¿Me acompañas? —le preguntó.

—No tengo hambre.

—Es mejor morir con el estómago lleno, diría yo.

—Quizá tengas razón. Llámame Fly —dijo el hombrecillo.

—Curioso nombre.

—Escalo paredes. —Fly se frotó el hombro—. Entro en los lugares más infernales.

Dilvish envainó la espada y sacó carne, pan y una bota de vino de la alforja. Black se situó sobre la caída arma de Fly.

—Dilvish —dijo Black—, hay algo que no es normal en este lugar.

Dilvish avanzó hacia un pequeño claro junto al camino, llevando la comida. Miró a Fly.

—¿Puedes ilustrarnos al respecto? —inquirió.

Fly asintió.

—No hay problema —dijo—. Se han retirado. Están confundidos por ti y por eso... —señaló a Black—. Pero no puedo esquivarlos eternamente.

—¿Quiénes son?

Fly sacudió la cabeza y tomó asiento en el suelo.

—Será más comprensible si me dejas explicarlo tal como sucedió.

Dilvish cortó la comida con su daga, partiéndola. Abrió la bota.

—Prosigue.

—Robo cosas —empezó Fly—. Oh, no como lo he intentado contigo. Nunca a punta de espada. Voy a un sitio y averiguo qué objetos valiosos guardan allí. Pienso cómo conseguirlos. Me voy deprisa después y me desembarazo de las cosas a buena distancia de los lugares donde las conseguí. A veces me pagan para robar un objeto particular. Otras veces actúo por cuenta propia.

—Arriesgada forma de vida —comentó Black, acercándose—. Me sorprende que haya durado tanto.

Fly se encogió de hombros.

—Es un medio de vida —dijo.

Hubo un susurro en los árboles, como de un cuerpo enorme que recorría la maleza. Fly se puso en pie de un salto y miró en esa dirección. Permaneció observando un rato, pero el ruido no se repitió. Se alejó unos pasos después, metió la mano en...

—¿La tierra fantasma? —preguntó Dilvish mientras una extraña depresión brotaba en la tierra al otro lado de los árboles, triangular y con pequeños agujeros a lo largo de la base—. ¿Qué es eso de la tierra fantasma?

Fly comió más deprisa, masticó y tragó, se atiborró.

—Otro plano de existencia —logró decir con la boca llena de pan— contiguo a este, eso dicen. Se entrelaza con el nuestro en diversos puntos. Fluctúa un poco. Es el reino de Cabolus, en cierto sentido. Lo atraviesa cuando hace recados para otros. Lleno de asquerosas presencias, aunque dejan en paz a los sacerdotes... incluso aceptan órdenes de estos, con cierta persuasión, eso dicen. Los sonámbulos se introducen en esa tierra y aprenden muchas cosas. Y pueden ver nuestro mundo desde allí. Deben haberme localizado de esa forma...

Dilvish vio formarse otra huella, aparte de la primera.

—Los seres de ese plano ¿pueden manifestarse en este? —preguntó.

Fly asintió.

—El viejo sacerdote Inrigen lo hizo. Apareció ante mí en el camino y me ordenó devolver el cinto.

—¿Y...?

—Yo sabía que me matarían si lo hacía, y él dijo que enviarían a las bestias fantasmas en mi busca si no lo hacía. En cualquier caso, yo perdía.

—Por eso decidiste que era mejor desaparecer rápidamente.

—No al principio. Pensé que podía huir. Mira, fueron los sacerdotes de Salbacus los que me pagaron para conseguir el cinto, para dar predominio a su dios. De haber podido llegar hasta ellos, me habrían protegido. En cuanto hubieran tenido el cinto, habrían emprendido la guerra con Kallusan. Hay partidas que se dirigen hacia aquí para encontrarme y luego continuar hacia Kallusan en cuanto Salbacus se ponga el cinto. Pero aún no han llegado y las bestias me han alcanzado. Sé que ahora no puedo conseguirlo, y que van a matarme de una forma horrible.

—¿Cómo sabes que te han localizado si son seres inmateriales?

—El poseedor del cinto ve en ese plano.

—En ese caso sugiero que mires hacia allí —dijo Dilvish, señalando el lugar del suelo donde acababan de aparecer otras dos peculiares huellas— y me digas si ves algo especial.

Fly dio media vuelta bruscamente. Casi al momento alzó el cinto como si fuera un escudo.

—¡Atrás! —gritó—. ¡En nombre de Cabolus! ¡Os lo ordeno!

Se formó otra huella, más cerca.

—¿Y si renunciaras al cinto? —preguntó Dilvish, disponiendo la espada en su mano—. ¿Y si lo tiraras?

—De nada serviría —respondió Fly—. Les han ordenado que busquen también al poseedor del cinto.

Apareció otra huella, más cerca.

Fly volvió la cabeza de pronto y miró fijamente a Dilvish. Se humedeció los labios, miró otra vez hacia las huellas.

—¡Mirad! —gritó súbitamente—. ¡Entrego el cinto a este hombre! ¡Se lo entrego! ¡Es suyo ahora!

Lo lanzó a Dilvish y el cinto cayó en el hombro de este. De inmediato creyó estar contemplando el mundo a través de una neblina crepuscular. Y luego, en el centro de la arboleda...

Ruidosamente, la forma de Black se interpuso entre Dilvish y la visión. Dilvish oyó los espantosos chillidos de Fly junto a ruidos de trituración, masticación y sonidos de movimiento.

Tras levantarse, tiró el cinto al suelo y miró por encima del cuerpo de Black. Fly yacía en tierra, y le faltaba el brazo izquierdo. Mientras Dilvish miraba, el brazo derecho, el hombro y una porción del pecho se esfumaron tras otro ruido de masticación; la sangre oscureció la tierra entre unos nuevos sonidos repugnantes.

—¡Pongamos pies en polvorosa! —dijo Black—. ¡Esa criatura es enorme!

—¿La ves?

—Vagamente, ahora que funciono en el nivel adecuado. ¡Monta!

Dilvish obedeció. Mientras lo hacía, la cabeza, el cuello y el resto del pecho de Fly desaparecieron.

Black dio media vuelta, en el mismo instante que cuatro hombres a caballo y con las espadas desenvainadas entraban en la arboleda para impedirle el paso.

—¡Por Salbacus! —gritó el primero, embistiendo a Dilvish con el arma en alto.

—¡El cinto! —exclamó otro, siguiéndole.

Los otros dos se dispusieron a tomar posiciones laterales. Black cargó contra el primer jinete y Dilvish hizo una finta y atacó, alcanzándolo en el vientre. Al segundo jinete lo hirió en el cuello con la punta de su espada.

Black se encabritó después, y sus cascos metálicos golpearon al tercer jinete. Dilvish oyó caer a jinete y caballo mientras se volvía para parar un golpe del restante caballero. Su ataque fue parado. Atacó de nuevo con el mismo resultado.

—Entregadme el cinto y salvaréis la vida —dijo el jinete.

—No lo tengo. Está en el suelo. Más atrás —respondió Dilvish.

El desconocido volvió la cabeza y Dilvish se la arrancó de los hombros. Black dio media vuelta y se empinó, lanzando fuego por la boca y el hocico.

Una enorme flor de fuego se desplegó ante él. Se produjo un siseo que creció hasta convertirse en un silbido y estalló en una serie de pitidos que cesaron después, como si algo retrocediera en el bosque.

Cuando las llamas y sus imágenes consecutivas desaparecieron, Dilvish vio que sólo quedaba el pie derecho de Fly en el lugar empapado de sangre donde había caído, que gran número de marcas triangulares estaban impresas alrededor del charco y que un rastro de esas marcas se perdía entre los árboles.

Dilvish oyó una risa en el suelo. El hombre al que había herido en el vientre estaba sentado, encogido, agarrándose las entrañas. Pero sus ojos estaban alzados y en su semblante aparecía una tensa mueca.

—¡Oh, fantástico, fantástico! —dijo—. Arrojar fuego para ahuyentarlos. Matarnos a todos.

Después movió la pierna y bajó la mano para coger algo. Un objeto centelleó, y el moribundo alzó la mano. Dilvish vio que el herido había estado sentado encima del cinto, que en ese momento aferraba con fuerza y sostenía ante él, con la cara empapada de sudor.

—¡Pero los míos vendrán a por él! ¡Los sacerdotes de Salbacus están atentos! ¡Huid! ¡Las bestias volverán, os seguirán aunque el día decaiga! Coged el cinto de la mano de un muerto si os atrevéis... ¡Y os ganaréis mi maldición! ¡Será nuestro a pesar de todo! Mis compañeros celebrarán un festín en Kallusan dentro de poco, ¡y harán arder la ciudad antes de terminar! ¡Huid, maldito seáis! ¡Que Salbacus os maldiga y que se me lleve ahora!

El desconocido se desplomó, con el brazo extendido ante él.

—No ha sido un mal discurso de despedida —observó—. Contiene todos los elementos clásicos: la amenaza, la maldición, la correspondiente bravata, la invocación de la deidad...

—Magnífico —reconoció Dilvish—. Pero si guardas la crítica literaria para más tarde, me gustaría saber algo más práctico: ¿acabas de hacer retroceder a una criatura invisible de solidez suficiente para devorar a Fly?

—Lo ha devorado casi por completo.

—¿Volverá?

—Probablemente.

—¿Para buscarme, o para coger el cinto?

—Para buscarte, sí. No creo que su naturaleza le permita coger el cinto. Ese cinto parece coexistir aquí y en el plano fantasma, y creo que su contacto sería doloroso, si no fatal, para los habitantes de ese lugar. Se trata de un nexo de peculiares energías.

—En ese caso yo estaría en mejores condiciones cogiendo el cinto que abandonándolo. Podría ofrecerme un poco de protección.

—Sí, eso es cierto. Pero también te convertiría en objeto de caza para las tropas sulváreas.

—¿Cuánto tenemos que huir para librarnos de las bestias fantasmas?

—No sabría decirlo. Tal vez puedan perseguirte prácticamente a cualquier parte.

—Eso no me deja mucha elección, entonces.

—Creo que no.

Dilvish suspiró y desmontó.

—De acuerdo. Llevaremos esto a Kallusan, explicaremos lo sucedido y lo entregaremos a los sacerdotes de Cabolus. Esperando que nos den oportunidad de explicarlo, claro está.

Recogió el cinto fantasma.

—Qué demonios —dijo, se lo puso a la cintura y lo ató.

Miró hacia arriba y se tambaleó. Extendió una mano.

—¿Qué ocurre? —preguntó Black.

El mundo estaba lleno de una luz plateada que se filtraba a través de una nebulosa calina. Y no tenía los mismos rasgos que hasta entonces. Dilvish seguía viendo la arboleda, los cadáveres, a Black y los árboles del borde del claro. 

Pero también había árboles donde él no recordaba haber visto ninguno: ejemplares delgados y oscuros, uno de ellos alzado entre Black y él. El terreno parecía más elevado, aparte de eso, con su visión doble, como si él se hallara hundido hasta la rodilla en un montecillo gris. 

El horizonte estaba oculto por las brumas. Había una roca negra a la izquierda. Detrás de ella formas como dibujadas al carbón parecían agitarse en la penumbra. Dilvish extendió el brazo hacia el árbol fantasma que había a su derecha. Lo notó, pero su mano lo atravesó, como si fuera agua en movimiento y sin salpicaduras. Estaba frío.

Black repitió su pregunta.

—Estoy viendo doble... nuestro mundo, y supongo que ese otro plano mencionado por Fly —replicó Dilvish.

Desató el cinto y se lo quitó. Nada cambió.

—No desaparece —dijo.

—Todavía sostienes el cinto. Mételo en la alforja y monta. Será mejor que nos movamos.

Dilvish obedeció.

—Todo igual —dijo.

—La proximidad, en ese caso —replicó Black.

—¿Te afecta a ti, ahora que lo llevas encima?

—Así sería si yo lo permitiera. No obstante, estoy bloqueando ese plano. No puedo permitirme el riesgo de correr con una visión doble. Pero mientras continuamos echaré un vistazo de vez en cuando.

Black empezó a moverse en la dirección donde según Fly se hallaba Kallusan, y se adentró en una parte del bosque sin caminos.

—Será mejor que consultes tu mapa para ir a Kallusan —dijo—. Busca la ruta preferible.

Dilvish apartó la mirada de la vertiginosa escena y sacó el mapa de un bolsillo de la otra alforja.

—Ve en línea recta —dijo— hasta que llegues al camino por donde vinimos, más allá del recodo. Será más fácil si retrocedemos un poco. Llegaremos a una parte de campiña más despejada.

—De acuerdo.

Black dio media vuelta. Al poco rato encontraron el camino. En ese momento Dilvish pensó que estaba lejos e iluminado a media luz. Se dio cuenta de que se agachaba para evitar ramas que no eran más que brisas en su cara. 

Cada vez era más difícil mantener separados los dos mundos. Trató de cerrar los ojos un rato, pero en seguida le asqueó el vértigo que ello producía.

—No hay ninguna forma de que tapes la visión para mí, ¿me equivoco? —dijo mientras atravesaban al galope lo que parecía un sólido peñasco, con sensaciones idénticas a las de cruzar un túnel de hielo.

—Lo siento —respondió Black—. Esa habilidad no parece ser transferible.

Dilvish maldijo y continuó agachado. Al cabo de un rato, llegaron a una bifurcación del camino que habían pasado con anterioridad y siguieron por la senda de la izquierda: bien señalada, bastante llana y descendiendo ligeramente. 

 

(CONTINUARÁ...) 


La renta espectral - Henry James (Parte 1)

Acababa de cumplir veintidós años cuando terminé mis estudios superiores. Me encontré en plena libertad de escoger mi futura carrera, y lo hice sin mayores vacilaciones. Cierto que luego la abandoné con idéntica rapidez, lo admito, pero nunca he lamentado aquellos dos alegres años de experiencia perpleja y excitante, aunque también agradable y provechosa. 

Sentía una gran inclinación por la teología y durante ese lapso fui un admirador y lector entusiasta de las obras del doctor Channing. Esta era una teología atrayente y de exquisito sabor; parecía, al leerla, como si se ofreciera una rosa fragante desprovista de espinas. 

Más adelante, por razones íntimamente vinculadas con mi afición por la teología, decidí entrar en el Divinity School. Durante toda mi vida he procurado no perder de vista lo que hay detrás del drama humano de la vida. Por ello consideré que debía desempeñar mi papel, con pocas posibilidades de aplausos (al menos de mí mismo), en aquella apartada y tranquila casa de apacible casuística, con su respetable avenida a un lado, y su contacto con la verde campiña y los extensos terrenos de bosque al otro.

Cambridge, para los amantes de los bosques y campos, ha cambiado mucho desde aquellos días, y ya no posee aquella deliciosa mezcla de pastoral y escolástica quietud. Sí, en aquella época era un hermoso centro docente rodeado de bosques; una bella combinación de la madre Naturaleza con la diosa de la cultura. 

Lo que hoy día es Cambridge no tiene nada que ver con mi historia; sin embargo, no me cabe la menor duda de que aún existen en sus aulas esos graduados orgullosos del saber adquirido que gozan, a la llegada del verano, de las bellezas naturales próximas a ese prestigioso centro de la cultura inglesa.

Por lo que a mí respecta, no lo pasé muy mal en Cambridge. Me otorgaron una habitación en la planta baja, cuyas amplias ventanas daban a un gran patio. Apenas me alojé en ella, colgué en sus paredes unos cuadros de Overbeck y Ary Scheffer, arreglé mis libros, y los clasifiqué con sumo refinamiento, sobre las estanterías que había encima de la chimenea, y me puse a estudiar las obras de San Agustín y Plotino. 

Entre mis compañeros había dos o tres de excelentes cualidades, con los que a veces tomaba una taza de té junto al fuego de la chimenea. Después de profundos estudios, conferencias, coloquios y largas meditaciones, mientras paseaba por los bosques, mi iniciación en el aspecto clerical progresó bastante, con gran placer de mi parte.

Intimé más con uno de mis camaradas, con quien tenía gustos afines, y pasaba la mayor parte del tiempo con él. Por desgracia, adquirió un mal grave en una de sus rodillas, lo que le obligó a llevar una vida sedentaria; y como yo era un fanático enamorado de pasear por los bosques, esto se interpuso en nuestra naciente amistad. 

Yo tenía la costumbre de andar por el bosque sin más compañía que mi bastón y un libro; con estas caminatas y la lectura no necesitaba compañía alguna. A este placer podía añadir el que me proporcionaban mis ojos, pues siempre he sido un hombre observador. 

Me deleitaba fijándome en todas las cosas interesantes que encontraba durante aquellos paseos por la campiña. Sí, mis ojos y yo estábamos en excelente armonía. Tanto que, en honor a la verdad, debo admitir que precisamente gracias a esta inquietud por todo lo que me rodeaba y a mi observación inquisitiva de todas las cosas interesantes, aconteció la historia que voy a narrar.

Aunque la campiña que rodea a Cambridge es actualmente muy hermosa, lo era aún más hace treinta años. En efecto, en aquella época no existían esos chalets que hoy han inundado los prados verdes robándole parte de sus encantos naturales, sobre todo en la zona de Waltham Hills, donde las sombrías formas de aquellas villas, con sus plantas y flores extrañas, presentaban un feo contraste en yuxtaposición con el medio ambiente sencillo y rústico. 

Incluso los modestos senderos de entonces poseían esa gracia de la que carecen las numerosas carreteras modernas que hoy atraviesan los campos y bosques de la zona de Cambridge. En cuanto a las personas, tampoco se ven ahora aquellas viejecitas que hilaban pacientemente sentadas en el pórtico de sus casas, cubriendo sus venerables frentes con aquella especie de cofia tan típica de Cambridge.

Aquel invierno fue muy duro; hacía mucho frío, pero había poca nieve, y los caminos estaban seguros y firmes, lo que me permitió, por lo tanto, dar mis cotidianos paseos a través del bosque y la campiña. Una helada tarde de diciembre me encaminé hacia el vecino pueblo de Medford. 

Mientras andaba, observé los pálidos y fríos matices del cielo, semejantes al ámbar transparente, lo cual, no sé por qué, me hacía recordar la sonrisa de una hermosa mujer. Cuando ya empezaba a anochecer, llegué a un estrecho camino por el que nunca había transitado, e imaginé que por él podría acortar el trayecto de regreso a casa. Me hallaba a tres millas de distancia y se me había hecho tarde.

Así pues, eché a andar por aquella extraña senda. Cuando llevaba caminando más de diez minutos, me di cuenta de que tenía un aspecto bastante extraño: las huellas de las ruedas de los carros parecían viejas y resecas, y el silencio era impresionante. Sin embargo, un poco más abajo había una casa, por lo que deduje que aquel misterioso camino antaño debió ser una vía pública. Instantes después llegué a dicha mansión y sentí una gran curiosidad apenas me vi ante ella. 

Me detuve delante de su jardín abandonado, con una vaga mezcla de curiosidad y temor incomprensibles. Era una casa como todas las existentes por aquella zona, excepto que tenía una hermosa estructura arquitectónica dentro de su clase. 

Se hallaba situada sobre una pendiente cubierta de hierba, con un gigantesco olmo delante de su fachada anterior, y detrás un gran cobertizo de negro tejado. Era de grandes dimensiones y tenía aspecto de ser una construcción sólida. Debía ser antigua, pues al menos las maderas delicadamente grabadas de su puerta y pórtico pertenecían a ese estilo arquitectónico tan típico del siglo pasado.

A simple vista se podía observar que en su tiempo estuvo pintada de blanco, pero el paso de los años había apagado aquella blancura, que ahora presentaba una tonalidad gris, sin vida. Detrás de la casa había un grupo de manzanos, de tronco descarnado y extraño aspecto, que en aquel profundo silencio parecían árboles muertos aún sujetos a la madre tierra. 

Todas las ventanas mostraban sus bisagras enmohecidas, corroídas, y sus persianas estaban ligeramente entornadas. No había ninguna señal de vida dentro de aquella mansión; sin embargo, al aproximarme, me pareció que tenía un aire familiar, una audible elocuencia. 

Siempre he pensado en la impresión que me produjo a primera vista aquel gran edificio colonial, lo cual corrobora que la inducción puede a veces estar cerca de la adivinación, o ser análoga a ella, ya que, después de todo, no había ningún hecho que garantizase la formal percepción que hice.

Me volví y crucé el camino. Los últimos rayos rojos del sol al ponerse en el horizonte parecían hacer desaparecer la casa, reflejándose por unos instantes en lo que fuera su fachada blanca, arrancando misteriosos destellos de aquellas vetustas ventanas sobre el pórtico. Luego desapareció el rey de los astros, y el viejo edificio quedó envuelto en fantasmagóricas sombras. En este preciso instante, me dije a mí mismo: «Esta casa está encantada». 

De inmediato, sin saber por qué, creí a pies juntillas en aquella idea que me vino a la mente; idea que, por añadidura, me causó un gran placer. Y es que estaba íntimamente vinculada con el aspecto de la casa que acababa de ver y lo explicaba todo. Si me hubieran preguntado media hora antes, habría contestado, como cualquier otro hombre consagrado a los estudios de lo sobrenatural, que no existían casas encantadas. Pero fue tan fuerte la impresión, que algo en mi interior aseguraba lo acertado de mi convicción.

Cuanto más observaba aquella mansión, más profundo me parecía el secreto que ocultaban sus paredes. Me puse a dar vueltas alrededor de la misma, observando cuidadosamente cualquier detalle que pudiera corroborar esa certidumbre de que aquel edificio estaba encantado. 

Miré a través de todos los boquetes existentes en sus paredes, sintiendo una pueril satisfacción al poner mi mano sobre el pomo de la puerta y hacerlo girar con suavidad. ¿Qué hubiera hecho si se hubiera abierto? ¿Me habría atrevido a penetrar en aquella silenciosa obscuridad? Por fortuna, mi audacia se vio frenada: la puerta era extremadamente sólida e incluso me fue imposible empujarla unos milímetros. Al fin me alejé de ella, pero volviendo la mirada con insistencia. Luego eché a andar y después de un largo trayecto alcancé el camino principal.

A cierta distancia de donde había visto aquella vetusta y misteriosa mansión se encontraba una magnífica y confortable casita de recreo, que hacía más patente a mis ojos la diferencia existente entre una casa normal y otra embrujada. 

Esta casita de recreo estaba recién pintada de blanco y su amplio y vistoso porche estaba cubierto de una hermosa cristalera color verde botella. Había un coche de caballos a la puerta de aquella casa, con dos personas que parecían estar despidiéndose de los dueños de la misma en aquel momento. 

Al acercarme más a ella, pude ver a través de sus ventanas sin cortinas una salita de estar en cuya mesa estaban colocadas las tazas de té con el que probablemente habrían obsequiado a aquellos visitantes. La señora de la casa había acompañado a sus huéspedes hasta la puerta, y cuando estos partieron en el coche les saludó durante unos instantes con la mano; tiempo suficiente para que yo pudiera observar a esas personas. 

Aquella señora era una mujer joven, de ojos muy negros, y estuve a punto de acercarme y hablar con ella. Mas luego cambié de idea, me detuve ante ella y le pregunté, después de saludarla con cortesía:

—¿Me podría decir a quién pertenece la casa que está allí abajo, junto al camino, aproximadamente a una milla de aquí?

La mujer pareció sorprendida por un instante; se sonrojó y contestó:

—Los hombres de esta tierra nunca bajan por este camino.

—Utilizando esa senda se ahorra mucho tiempo y distancia para ir al pueblo de Medford —respondí—, y no dudo que los hombres de este lugar no sean prácticos como todos los buenos campesinos.

—Es posible que al no ir por ese camino se tarde más en llegar al pueblo —dijo la mujer—, pero nadie lo utiliza por nada del mundo.

Era interesante la respuesta de aquella señora, es decir, bastante extraña. Un buen norteamericano, con el sentido tan práctico que posee, debía tener muy poderosas razones para perder tiempo utilizando un camino más largo. Por ello volví a preguntar:

—Pero, dígame, ¿ha estado alguna vez en esa casa?

—No, nunca la he visto.

—¿A quién pertenece? —insistí.

La mujer se echó a reír y miró hacia otro lado, cual si temiera que un extranjero interpretara sus palabras como fruto de una campesina supersticiosa.

—Supongo que pertenecerá —repuso— a los que viven en ella.

—¿Pretende decir que esa casa está habitada? —dije—. Sin embargo, está completamente cerrada.

—Eso no significa nada —me respondió con cierta ironía—, pues nunca nadie entra ni sale de allí, por lo que no veo ninguna diferencia.

Acto seguido intentó marcharse, pero la retuve respetuosamente por el brazo.

—¿Quiere decir que esa casa está encantada? —pregunté.

La mujer se asustó, se llevó los dedos a sus labios ruborizándose, y entró con rapidez a su casa para correr las cortinas de las ventanas.

Durante muchos días estuve pensando en aquella aventura, reservándome el placer de guardarla para mí solo. Si la casa no estaba encantada era una tontería de mi parte el excitar en vano mi imaginación, y si lo estaba, resultaba agradable vaciar la copa del horror sin dejar que nadie la probara. 

Desde luego, decidí regresar a ese camino, y una semana más tarde —era el último día del año— volví sobre mis pasos a aquel lugar. Me acerqué a la casa por una dirección opuesta a la que utilicé la primera vez, y llegué a la misma hora que entonces. 

La luz era cada vez menor a la caída del sol, y el cielo bajo y gris; el viento soplaba con fuerza barriendo la arena reseca del jardín y haciendo estremecer las hojas de los árboles. Allí estaba la casa, delante de mis ojos, como queriendo defenderse del crudo invierno en su siniestro hermetismo, envuelta en su halo de misterio.

Si en aquel instante se hubieran abierto sus puertas, no habría dudado en penetrar en ella y dejar que sus paredes me atraparan. ¿Quiénes serían los misteriosos propietarios que había mencionado aquella mujer? ¿Qué se había visto u oído en aquella casa? ¿Qué cosas se contaban de ella? ¿Existía alguna leyenda o algún hecho verídico en relación a la misma? 

La puerta seguía tan firme y resistente como la primera vez, y todos mis intentos por abrirla resultaron en vano. Ninguna de las ventanas cedió a mis furiosos puñetazos, y ningún rostro misterioso se asomó a ellas. Desesperado, di numerosos golpes con el pesado y mohoso picaporte, pero solo conseguí que aquellos ruidos resonaran con espantoso eco en la mansión vacía.

No sé lo que habría hecho a continuación de no haber percibido que por el mismo camino por donde yo había bajado antes avanzaba ahora una persona solitaria. Pensé que haría el ridículo si me viera en aquella extraña actitud, y por mi mente pasó la idea de refugiarme entre los arbustos del jardín, cosa que hice de inmediato. Instantes después observé que el recién llegado avanzaba recto hacia la casa. 

Era un hombre de baja estatura, de avanzada edad y con el aspecto más extraño que jamás he visto en mi vida. Iba envuelto en una larga capa de corte militar y avanzaba penosamente apoyándose en un bastón nudoso, mas con aire decidido y resuelto. Después de caminar durante unos minutos, se detuvo ante la casa. 

La contempló con detenimiento, observando todos sus detalles, como si estuviera contando todas las ventanas o tratando de localizar una marca o señal determinada. Después se quitó el sombrero y se inclinó suave y solemnemente, como si estuviera llevando a cabo un acto de obediencia o respeto.

Dada la posición del viejo, me fue más fácil observarle. Se trataba, como ya dije antes, de un anciano de baja estatura, mas era difícil afirmar si pertenecía a este mundo o al otro. Su cabeza me hizo recordar vagamente a las pinturas de Andrew Jackson. 

Tenía cabellos grises, pero tiesos como los pelos de un cepillo, y su rostro, cuya piel era como un pergamino egipcio, estaba pálido. Sus ojos brillaban intensamente bajo la sombra de unas pobladas cejas que, cosa curiosa, habían permanecido negras. Sus facciones, lo mismo que la capa que llevaba, parecían pertenecer a un militar retirado de modesto rango, pero ello no obstaba para darle el aspecto de una persona autoritaria, fría, excéntrica y grotesca. 

Cuando terminó su salutación, avanzó hacia el portal, se detuvo, revolvió los bolsillos de su raída capa y sacó una llave. Introdujo esta en la cerradura y la hizo girar. Mas la puerta no se abrió de inmediato. El anciano meneó la cabeza, aplicó el oído a la madera y luego miró en dirección al misterioso camino. 

Satisfecho o tranquilizado, apoyó su hombro contra la hoja, empujó firmemente y, por fin, esta se abrió dejando ver una negra obscuridad tras ella. Volvió a detenerse en el umbral, se quitó el sombrero e hizo otra reverencia. Luego penetró en la casa y cerró la puerta tras de sí.

¿Quién demonios era este hombre y qué hacía en aquel lugar? Parecía uno de esos personajes sacados de un cuento de Hoffmann. ¿Era un espectro o un ser de carne y hueso? ¿Un inquilino de la casa o un visitante amigo del propietario de la mansión? Por lo demás, ¿qué significaban aquellas reverencias y qué pretendía hacer en la profunda obscuridad de la casa? 

Salí de mi escondrijo y me encaminé a una de las ventanas, espiando a través de ella. Luego me dirigí, una por una, a las otras, observando que durante el intervalo que empleaba en pasar entre ellas se hacía visible un rayo de luz entre las hendiduras de las persianas. 

Era obvio que el anciano intentaba encender todas las luces posibles. ¿Acaso iba a dar una fiesta? ¿Una reunión de fantasmas? Mi curiosidad aumentó aún más, pero nada podía hacer por satisfacerla. Por un instante quise acercarme a la puerta y golpear en ella, pero desistí inmediatamente, e intenté hallar la forma de romper el maleficio de aquella mansión, si es que en realidad lo tenía. 

Acto seguido me puse a dar vueltas alrededor de la casa tratando de abrir alguna de las ventanas bajas. Al principio no pude lograrlo, pero al fin di con una que no me opuso ninguna resistencia. Comprendía perfectamente que había un riesgo en lo que estaba haciendo, pues no solo me exponía a ser visto, sino a ver algo que no debía... Pero la curiosidad, como dije antes, se había transformado en inspiración, y el peligro era demasiado agradable.

A través de las hendiduras de las persianas pude ver una habitación iluminada por dos cirios colocados en candelabros de bronce sobre el manto de la chimenea. Parecía ser una especie de salón privado y conservaba todo su mobiliario, consistente en divanes, sillones, mesas y cornucopias pasados de moda, muy antiguos. 

Pero aunque aquella estancia estaba amueblada, tenía un extraño aire de estar deshabitada. Desde mi posición no podía verlo todo, por lo que no me di cuenta de que a mi derecha había una puerta plegable. Estaba ligeramente abierta, y la luz del cuarto adyacente se filtraba a través de ella. 

Permanecí inmóvil durante unos minutos, pero al final comprobé que la habitación estaba vacía. Luego percibí que una sombra alargada se proyectaba en el muro situado frente a la puerta plegable. Era alta y grotesca. Daba la impresión de corresponder a una persona personalizada sentada de perfil, completamente inmóvil. Creí reconocer en ella la nariz arqueada de mi pequeño viejecillo. Había una extraña sensación de quietud en su postura; parecía estar sentado y observar algo con atención. Estuve largo rato contemplando la susodicha sombra, pero nunca se movía.

Al fin, cuando mi paciencia ya empezaba a agotarse, se movió con lentitud, se elevó y su primitiva forma desapareció. No sé lo que hubiese sucedido luego, pues instintivamente cerré las persianas por donde contemplaba aquel extraño espectáculo. ¿Fue por delicadeza? ¿O por pusilanimidad? No podría asegurarlo. No obstante, me quedé en aquel sitio confiado en que mi extraño viejecillo reaparecería. 

No me equivoqué: el anciano volvió a salir, mirando de la misma manera que antes y haciendo idénticas inclinaciones y reverencias. (La luz que hasta entonces había observado desapareció de las ventanas). El viejecillo, luego de efectuar su pequeña ceremonia, se encaminó por donde había venido. 

Durante unos instantes tuve la intención de dirigirme a él, pero me contuve y dejé que desapareciera en un recodo del misterioso camino. Quizá se pensará que fue una delicadeza de mi parte, pero, en el fondo, creo que no tuve valor para detenerlo y hablar con él. Incluso consideré que aquel anciano tenía derecho a no ser observado, aunque, por otro lado, yo también tenía el derecho de poder fijarme en todo lo que quisiera, máxime si tenemos en cuenta que aquel individuo parecía más bien un fantasma que una persona normal y corriente. 

Al fin me alejé por el camino opuesto al que él había tomado, no sin sentir la tentación, algo tardía, de seguirle a cierta distancia y ver adónde se dirigía, aunque esto también me pareció una falta de delicadeza. Por lo demás, he de confesar que estaba tan entusiasmado con mi pequeña aventura que deseaba paladearla poco a poco, arrancando hoja por hoja de la margarita, como vulgarmente suele decirse.

Durante algún tiempo aspiré el misterioso perfume de esta flor, ya que su aroma me había fascinado. Proseguí mi marcha y volví a pasar por delante de la casita de recreo existente en el cruce de caminos, pero no vi a la mujer supersticiosa ni al viejecillo, ni a ningún ser de este mundo ni del otro. 

Tuve sumo cuidado de que nadie me avistara, ya que, a mi juicio, un buen observador debe pasar desapercibido hasta el momento en que descubre lo que tenía por misión averiguar. Así pues, me quedé con la expectativa de volver a encontrarme con aquel viejecillo algún día, en algún lugar. 

Pero a medida que pasaba el tiempo y el anciano no aparecía por ninguna parte, acabé por perder toda esperanza de verlo. Sin embargo, tenía la corazonada de que debía vivir en aquella vecindad, máxime si tenemos en cuenta que había hecho su peregrinaje a la misteriosa mansión a pie, tratándose de un hombre de avanzada edad. 

De haber vivido a mucha distancia, seguramente habría viajado en alguno de esos viejos y destartalados coches de caballos que se utilizaban durante el siglo pasado; un vehículo tan venerable y grotesco como él mismo.

Un día me dirigí paseando al cementerio de Mount Auburn, un lugar que durante mi infancia poseía un encanto místico del que hoy carece, dadas las reformas modernas efectuadas en él. Contenía más arces y abedules que cipreses y sauces. No parecía una ciudad de los muertos, sino más bien otro pueblo de la comarca, donde todo el mundo podía penetrar y perturbar el sagrado descanso de sus habitantes fallecidos. 

Aquel día despertaba la primavera, ya que días antes había acabado el invierno, y el suelo desprendía ese olor tan grato de tierra fresca y lozana. El sol se hallaba cubierto por un cúmulo de ligeras nubes, pero calentaba algo. Anduve por los caminillos del cementerio, hasta que de pronto, al llegar a un recodo, percibí una extraña figura sentada en un banco contra una valla tapizada de madreselvas silvestres.

Aquella persona me era familiar, la había visto en alguna parte. Aunque estaba de espaldas a mí, comprendí quién era al observar su raída capa. Sí, no estaba equivocado: se trataba del extraño viejecillo que visitó la casa encantada. Allí se me presentaba la oportunidad que tanto había anhelado: la de acercarme a él y hablarle. Di un rodeo y me acerqué a él de frente. 

El anciano me vio al final del sendero, pero permaneció inmóvil, con las manos apoyadas en el pomo de su bastón; mas cuando se percató de que me dirigía hacia él, me miró con aquellos ojos penetrantes bajo sus negras cejas. A cierta distancia, estas cejas tan obscuras daban una extraña sensación; tanto que fue lo único que observé en su rostro. A medida que me acercaba a él, comprendí que se trataba de un pobre anciano inofensivo, un viejo gentleman.

Me detuve ante él, le saludé con cortesía y le pedí permiso para sentarme en el mismo banco que él. Aprobó mi petición con un gesto mudo pleno de dignidad, y me acomodé a su lado. En esta postura podía observarle de reojo con todo detalle. Comprobé que a la luz del sol era un ser mucho más extraño que cuando lo vi bajo la pálida luna aquella noche en la casa encantada. 

Los rasgos de su rostro eran tan rígidos como si hubieran sido esculpidos en roca granítica por un hábil artista. Sus ojos tenían una mirada llameante, su nariz era espantosa y su boca estaba herméticamente cerrada, como una vieja concha marina. Sin embargo, pensé que, a pesar de todos estos siniestros detalles personales, se trataba de un anciano y apacible caballero. 

Habría apostado que se hubiera alegrado de poder sonreírme, pero, evidentemente, sus rasgos faciales no se lo permitían: habían adoptado aquella rigidez hacía ya muchos años, y era muy tarde para suavizarlos, por mucho interés que pusiera en intentarlo. Me pregunté si se trataría de un anciano demente, pero pronto deseché esa idea, ya que no tenía aspecto de serlo. 

Lo que en realidad reflejaba su rostro era una profunda y gris tristeza; quizá su corazón estuviera roto, mas su cerebro permanecía intacto. Las ropas que llevaba estaban raídas, pero limpias, y su vieja capa azul había sido cepillada durante más de medio siglo.

Me apresuré en hacer ciertas observaciones sobre el hermoso día de primavera que teníamos, y el anciano me contestó, con voz gentil y suave, que me extrañó ver partir de sus rígidos labios:

—Este es un lugar muy apacible.

—A mí me gusta mucho pasear por este cementerio —repuse rápidamente, al intuir que aquel era el punto flaco del anciano.

Di en el clavo, pues el viejecillo se volvió hacia mí y dijo entusiasmado, con cierto aire de gravedad:

—Sí, es muy agradable pasear por este lugar. Hágalo mientras pueda, pues algún día se encontrará en una de esas tumbas, quieto, sin poder moverse.

—Es cierto —le respondí—; pero, según algunos científicos, hay personas que pueden caminar y pasearse después del día de su muerte.

Hasta entonces el anciano me había estado mirando a los ojos mientras yo hablaba, mas al decirle esta última frase, apartó repentinamente la vista, como si hubiese pronunciado una blasfemia.

—¿No me oyó? —le dije con amabilidad.

El anciano siguió mirando hacia otro lado, como si no le interesara mi conversación.

—Como le decía, algunas personas pueden caminar después de muertas —insistí.

Entonces el anciano se volvió de pronto hacia mí y repuso con fiereza:

—Usted no cree en eso que me está diciendo.

—¿Cómo puede usted saber, querido señor, que yo no creo en esas cosas? —le respondí.

—Porque es joven y alocado —me respondió en un tono que, lejos de parecer duro, más bien parecía propio de una persona que está de vuelta de muchas cosas de la vida y habla con conocimiento de causa, consciente de su experiencia, de lo comprobado por sí mismo a lo largo de muchos años de existencia.

—Admito que soy joven —le contesté—; pero no creo que esté loco. Si dijera que creo en los fantasmas, mucha gente estaría de mi lado.

—La mayoría de la gente está loca —respondió el anciano mientras clavaba su mirada en mi rostro.

Dejé el tema en el aire y me puse a hablar de otras cosas. El anciano parecía haberse puesto en guardia, me miraba desafiante y solo hacía breves observaciones y secos comentarios sobre todo lo que le decía. Pero, a pesar de todo, yo estaba seguro de que le había agradado nuestro encuentro, y que, a sus ojos, este había sido un incidente social de cierta importancia. 

Sin duda alguna, se trataba de una persona solitaria, y tenía muy pocas oportunidades de poder hablar con alguien. Había tenido graves problemas que le distanciaron del mundo, aislándolo, haciéndole refugiarse en su mundo interior. Pero la armonía dentro de su anticuado espíritu no se encontraba rota, y yo estaba seguro de que aún pensaba que podía hacerla vibrar ardientemente. Al fin, se decidió a preguntarme sobre mi persona, inquiriendo si yo era un estudiante.

—Soy estudiante de ciencias divinas —respondí.

—¿Ciencias divinas?

—De teología. Estudio para sacerdote.

Al decirle esto, el viejecillo me miró con peculiar intensidad.

—Pues entonces, mi joven amigo, permítame que le diga que existen muchísimas cosas que tiene que aprender, sí, muchas cosas que ignora.

—Siempre he tenido ansias de aprender y de conocer cosas que me están vedadas —repuse—. Pero, por favor, ¿a qué se refiere?

El anciano me miró de nuevo, pero, sin hacer caso de mi pregunta, dijo:

—Me gusta usted, me agrada su forma de hablar. Estoy seguro de que es un buen muchacho.

—Al menos creo serlo, o pretendo serlo —le respondí—, aunque hay momentos en que creo dejar de serlo.

—Pues pienso que tiene una mente muy despierta, y que se preocupa por aprender, por tener inquietudes, por observar todo lo que le rodea.

—¿Quiere decir que ya no piensa que soy un joven alocado como dijo antes? —le respondí.

—Me revientan las personas que niegan a los difuntos el poder de regresar —me contestó, mientras golpeaba furiosamente el suelo con su bastón—. Todos son unos locos, auténticos locos.

Guardé silencio durante unos instantes. Luego le pregunté de sopetón:

—Estoy seguro de que usted ha visto un fantasma.

—Está en lo cierto, mi joven amigo —respondió con mucha dignidad en su expresión—. Por lo que a mí respecta, no se trata de hechos corroborados por frías teorías; no necesito leer libros antiguos para aprender en qué debo creer. ¡Yo sé! ¡Con estos ojos que ve, yo he contemplado el espíritu de un muerto tan cerca de mí como lo está usted ahora!

Mientras decía estas palabras, los ojos del viejecillo parecían estar fijos en algo misterioso, invisible para mí. Sus palabras me impresionaron tanto, que me vi obligado a insistir en mis preguntas.

—¿Y se asustó usted?

—Soy un viejo soldado —repuso ofendido—, y no le temo a nada.

—¿En qué época fue usted soldado? —inquirí.

El viejecillo me miró con aire confuso, por lo que supuse que me había excedido haciéndole tantas preguntas.

—Discúlpeme, no puedo entrar en detalles personales —me contestó—. Ya he hablado más de lo que debía; no puedo tolerar el que se opine a la ligera de un tema tan importante como este. ¡Pero nunca olvide que en cierta ocasión conversó con un anciano honesto que le dijo, jurándoselo por su honor, que había visto un fantasma!

Acto violentamente se levantó con brusquedad, como si hubiese pensado que había hablado demasiado. Quizá su actitud obedeciera a timidez, a su carácter reservado o, simplemente, al temor de que pudiera reírme de sus palabras. 

Consideré todo esto; por otro lado, también admití la posibilidad de que, como todas las personas de edad avanzada, su lengua y su mente estaban endurecidas por la atrofia producida en tantos años de soledad. 

Tampoco podía descartar la idea de que pensase que se había excedido en la conversación, cosa muy lógica en cualquier persona al hablar con un desconocido. Era evidente que yo no debía insistir, dada su actitud. Al menos, siempre me quedaría la esperanza de volver a verle en otra ocasión.

—Como deseo que sepa quién es el anciano que le ha dicho estas palabras, que a usted le parecerán extrañas —volvió a tomar la palabra el anciano de la capa azul—, permítame presentarme: soy el capitán Diamond, señor. Tengo muchos años de servicio sobre mis espaldas.

—Confío en que tendré el placer de volver a encontrarlo —repuse cortésmente.

—Yo también lo espero —me respondió; y tomando el bastón con firmeza, se levantó y se alejó.

 

(CONTINUARÁ...)