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Overbooking - Luis García Jambrina

 

Se acabó. Tenía que ocurrir. Cada día son más los muertos que los vivos, y, claro está, ya no caben. Lo descubrí esta mañana, mientras me duchaba. Tenía prisa, como siempre, y no me di cuenta de que la bañera estaba ya ocupada. Lo malo es que yo vivo solo en mi propia casa.
-¿Quién diablos es usted? -le pregunté a la mujer, después de dar un respingo e intentar taparme con las cortinas del baño.
-Yo vivo aquí -me respondió ella cubriéndose los pechos con una fina capa de espuma.
-¡Cómo que vive aquí! -exclamé yo estupefacto.
-Es que allí no cabemos.
-¡Que no caben! Pero ¿dónde?
-¿Dónde va a ser? En la Gran Ciudad Purgatorio. Allí permanecemos a la espera de que nos busquen acomodo definitivo. Pero, al parecer, ya no hay sitio en ninguna parte. Así que a algunos nos han devuelto a la tierra. Han empezado por los más díscolos y protestones y por los más antiguos. Yo aterricé esta misma noche y no sabía adonde ir, hasta que me acordé de mi casa.
-De la mía, querrá decir -puntualicé yo.
-Eso depende de cómo se mire. Yo viví aquí durante mucho más tiempo que usted, hasta el mismo día de mi... desaparición. Creo que también tengo derecho.
Se había hecho tarde y no tenía muchas ganas de discutir. De modo que, al final, le permití que se quedara hasta que yo volviera del trabajo. Ella me dijo que, a cambio, podría limpiar un poco la casa, que buena falta le hacía, poner alguna lavadora y preparar la cena, para cuando llegara. Y a mí, la verdad, no me pareció mal el arreglo.
A simple vista, en la calle todo parecía normal. Pero pronto caí en la cuenta de que había mucha más gente que de ordinario. De hecho, en el metro no cabía literalmente ni un alma. Por los andenes y pasillos, los resucitados caminaban con un andar cansino, como si les faltara alguna vitamina o llevaran mucho tiempo sin dormir o sin salir de casa. Otros llamaban la atención porque iban vestidos a la moda de hace treinta años. Lo miraban todo con asombro, y, en un primer momento, parecían bastante desconcertados. Fuera de algunos detalles, tampoco eran tan distintos de nosotros, sobre todo a esas horas de la mañana.
Lo peor fue cuando salí de nuevo a la superficie. Yo trabajo en una zona de negocios y oficinas de la Administración, y, ante las puertas de los grandes edificios, se había ido concentrando una muchedumbre de resucitados muy poco amistosa. Al parecer, todos venían a reclamar sus derechos. Unos querían volver a su antiguo puesto de trabajo. Oficialmente, no habían sido despedidos; tan sólo habían estado de baja por una causa justificada, alegaban los más pertinaces. Otros solicitaban con contundencia el pago de una pensión, con sus correspondientes atrasos, o, en su defecto, una parte de la indemnización de su seguro de vida. También los había que deseaban regresar con su antigua pareja, que, a buen seguro, ya habría rehecho su vida con otra persona. Menuda papeleta, pensé, para los nuevos cónyuges. Mientras tanto, los abogados sin escrúpulos se frotaban las manos ante la perspectiva de una nueva y abundante clientela. La situación no podía ser más espantosa.
Cuanto entré en la planta de oficinas donde trabajo, mis compañeros estaban pendientes de lo que decían en la radio y la televisión, los teléfonos no paraban de sonar y, cómo no, hacía un buen rato que Internet se había colapsado. Desde el Presidente del Gobierno de la nación hasta el Portero del Edificio en el que nos encontrábamos, todos parecían desbordados por lo que estaba sucediendo. El resto de la jornada ha sido un continuo sobresalto y un ir y venir de rumores y noticias contradictorias o muy poco halagüeñas. El sistema de pensiones pronto entrará en bancarrota, y la situación de la vivienda se ha complicado mucho más todavía, si cabe. Mientras algunos muertos vivientes vuelven a recuperar sus antiguas posiciones, los vivos más desesperados empiezan a arrojarse desde las ventanas de los pisos más altos.
De camino a mi apartamento, no he podido dejar de pensar en la mujer que allí me aguardaba desde esta mañana. Es cierto que, al principio, la lividez de su piel me repugnaba un poco, pero luego he pensado que, por alguna extraña razón, todavía resultaba joven y atractiva. Nada, por lo demás, impedía que pudiéramos vivir juntos e incluso formar pareja. Y hasta hacer el amor, si nos lo proponíamos. Pero, ¿podríamos engendrar una nueva vida? ¿Habría algún tipo de impedimento físico o incompatibilidad genética? De sólo pensarlo, me han entrado escalofríos, no sé muy bien si de terror o de placer. De todas formas, una vez en casa, me he dado cuenta de que estas preguntas eran estúpidas y ociosas. Allí estaba ella, sí, pero acompañada de su legítimo esposo, que había fallecido en el mismo accidente. Basándose en no sé qué derechos póstumos adquiridos, les ha faltado tiempo para apropiarse de mi única morada. Yo he llamado, naturalmente, a la Policía, pero andan demasiado ocupados poniendo un poco de orden en las calles. ¡Que alguien haga algo, por favor!

Amanecer - Robert Bloch

En el cielo silbaron las cabezas de torpedo cargadas con explosivos, y el fragor de su paso hizo temblar la montaña.

En las profundidades de su abovedado santuario, el hombre permanecía sentado, deifico e inescrutable, enterado de todo lo que estaba sucediendo. No tenía necesidad de salir desde su refugio para contemplar el cielo.

Sabía lo que estaba sucediendo: lo supo desde aquella noche en que el Sol parpadeó y se apagó. Un anunciante, embutido en la bata blanca símbolo de las artes curativas, estaba emitiendo un importante mensaje acerca del laxante más popular del mundo: el que la mayoría de la gente prefería, el que cuatro de cada cinco médicos usaban personalmente. En medio de su elogio de aquel nuevo y sorprendente descubrimiento, hizo una pausa para advertir al auditorio que se dispusiera a escuchar un boletín especial.

Pero el boletín no llegó; un momento después, la pantalla ennegreció y rugió el trueno.

Durante toda la noche, la montaña tembló, y el hombre sentado tembló también; no por miedo al futuro, sino por miedo al presente. Esperaba aquello, por ese motivo se encontraba allí. Otros hablaron del asunto durante años. Circularon rumores, advertencias solemnes y comentarios en las tabernas. Pero los que esparcían rumores, y los que hacían advertencias, y los que comentaban en los bares, no efectuaron movimiento alguno. Se quedaron en la ciudad y sólo él había huido.

Algunos de ellos lo sabían, se quedaron para aceptar el inevitable final del mejor modo posible, y él los admiraba por su valor. Otros trataron de ignorar el futuro, y él los detestaba por su ceguera. No obstante, a todos compadecía.

Había comprobado, hace mucho tiempo, que el valor no era suficiente, y que la ignorancia no representaba la salvación. Las palabras prudentes y las palabras estúpidas son idénticas en un sentido: no detienen la tormenta. Y cuando la tormenta se acerca, lo mejor es huir.

Él se había preparado aquel refugio montañoso, a mucha altura sobre la ciudad, y estaba a salvo, y estaría a salvo durante los años siguientes. Otros hombres de igual riqueza podían haber hecho lo mismo, pero fueron demasiado listos o demasiado estúpidos para enfrentarse con la realidad. De modo que mientras ellos esparcían sus rumores y pronunciaban sus advertencias y hacían sus comentarios, él se había construido su refugio; revestido de plomo, y aprovisionado de todo lo que podía necesitar durante muchos años, incluida una generosa provisión del laxante más popular del mundo.

Por fin llegó el alba y los ecos del trueno se apagaron, y el hombre se dirigió a un refugio especial, desde el cual podía enfocar su telescopio sobre la ciudad. Miró y remiró, pero allí no había nada que ver. Nada, excepto nubes en remolino que giraban cubriendo, con su negrura, el inflamado horizonte.

Se convenció que tendría que bajar a la ciudad si quería ver, y efectuó los adecuados preparativos.

En primer lugar, un traje especial fabricado a base de tela aislante y láminas de plomo, difícil y costoso de obtener. El traje era un alto secreto; del tipo que sólo poseían los generales del Pentágono. No podían procurárselos a sus esposas, y tenían que robarlos para sus amantes. Pero él tenía uno. Y se lo puso.

Una plataforma móvil le ayudó a descender hasta la base de la montaña, donde había un automóvil esperándole. Lo puso en marcha, las puertas se cerraron automáticamente detrás de él, y emprendió el camino hacia la ciudad. A través de la mirilla de su casco aislante contempló la niebla amarilla, y condujo lentamente, a pesar que no encontró ningún otro vehículo ni señales de vida.

Al cabo de un rato la niebla desapareció y pudo contemplar el paisaje rural. Arboles amarillos e hierba amarilla silueteándose contra un cielo amarillo en el cual grandes nubes negras giraban y giraban.

Un cuadro de Van Gogh, se dijo a sí mismo, sabiendo que era una mentira. Ya que ninguna mano de artista había destrozado los cristales de las granjas, arrancando la pintura de las paredes de los graneros ni estrujado el cálido aliento de los rebaños que pacían en los campos, dejándolos en pie, helados, muertos.

Condujo a lo largo de la ancha carretera que desembocaba en la ciudad; una carretera que habitualmente hervía de objetos multicolores, que eran vehículos a motor. Pero no había ningún automóvil en toda la longitud de la arteria.

No los vio hasta que se acercó a los suburbios. Al doblar una curva, estuvo a punto de chocar contra varios de ellos. Y le invadió el pánico y se detuvo.

La carretera, ante él, aparecía llena de automóviles hasta donde alcanzaba la vista: una masa sólida, guardabarros contra guardabarros, dispuesta a avanzar hacia él con chirriantes ruedas.

Pero las ruedas no giraban.

Los automóviles estaban muertos. Toda la carretera era un cementerio de automóviles. El hombre cruzó el lugar a pie, inclinándose reverentemente ante los cadáveres de los Cadillac, los cadáveres de los Chevrolet, los cadáveres de los Buicks. Delante de sus ojos tenía la evidencia de unas muertes violentas; los cristales destrozados, los guardabarros aplastados, retorcidos.

Las señales de la lucha eran lastimosas de ver; aquí había un diminuto Volkswagen, aplastado entre dos poderosos Lincolns; allí, un MG había muerto debajo de las ruedas de un impresionante camión. Pero ahora todo estaba inmóvil. Los Dodges, y los Hornets, y los Ramblers…

Resultaba duro para él comprobar la tragedia que sorprendió a las personas que iban en el interior de aquellos vehículos: también estaban muertas, desde luego, pero su fallecimiento no era tan impresionante. Tal vez su pensamiento había sido afectado por la actitud de la época, en la cual un hombre tendía a ser cada vez menos identificado como un individuo, y cada vez más considerado de acuerdo con la valoración simbólica del automóvil que conducía. 
 
Cuando un desconocido conducía por la calle, rara vez se pensaba en él como en una persona; la inmediata reacción era: «Ahí va un Ford… ahí va un Pontiac… ahí va un Jaguar descapotable». Y los hombres se jactaban de sus automóviles, en vez de hacerlo de sus cualidades personales. De modo que, en cierto sentido, la muerte de los automóviles era más importante que la muerte de sus propietarios. No parecía que los seres humanos hubieran muerto en un frenético esfuerzo por huir de la ciudad; eran los automóviles los que habían efectuado un esfuerzo final para escapar, y habían fracasado.

Continuó caminando por la carretera hasta que llegó a las primeras filas de los suburbios. Allí, las huellas de la destrucción eran más evidentes. Las explosiones habían hecho su efecto. En el campo, la pintura había sido arrancada de las paredes, pero en los suburbios las paredes habían sido arrancadas de los edificios. No todas las viviendas estaban derruidas. Había muchas casas en pie, pero en su interior no se apreciaba la menor señal de vida. Los aparatos de radio y televisión estaban muertos.

Vio entorpecido su avance por montones de escombros. Al parecer, una de aquellas explosiones había afectado a aquella zona de un modo directo; su camino estaba bloqueado por un montón de los heterogéneos restos de Exurbia.

Pasó por encima o dio un rodeo alrededor de Cajas de Kleenex, cabezas artificiales que habían colgado de los escaparates de las tiendas, artículos para automóviles, arrugadas listas de compra y garabateadas notas de citas con el psiquiatra.
 
Se detuvo ante unos Grandes Almacenes, y sus pies se enredaron con los camisones de nilón, cajas de supositorios desodorantes y un montón de discos de Harry Belafonte.

Le resultaba difícil de avanzar con normalidad, ya que las calles estaban llenas de vehículos destrozados y las aceras aparecían bloqueadas por los trozos o las fachadas enteras de los edificios. Estructuras enteras fueron arrancadas de cuajo, y, en algunas casas, quedó al descubierto el interior de las habitaciones. Aparentemente, la explosión se produjo de un modo repentino, sin previo aviso, ya que había pocos cadáveres en las calles y los que se encontraban en el interior de los inmuebles parecían haber encontrado la muerte mientras desempeñaban sus ocupaciones habituales.

Continuó caminando, y evitó deliberadamente mirar los cadáveres. Pero no podía evitar verlos, y con la costumbre la repugnancia se convirtió en simple aprensión. Que luego dejó paso a la curiosidad.

Al pasar por delante del patio de recreo de una escuela, se alegró que el final se produjera sin violencia. Probablemente, una ola de gas paralizante se había extendido a través de toda aquella zona antes de la explosión.

El centro de la ciudad era una masa de obra de albañilería, formando caprichosas figuras, como diseñadas por un arquitecto demente. Aquí y allí había diminutos capullos de llama brotando desde los intersticios de enormes nubes.

El hombre vaciló, preguntándose si sería conveniente aventurarse más allá. Entonces vio la colina que servía de fondo a la ciudad, y la imponente estructura que era el nuevo Edificio Federal. Estaba allí, milagrosamente intacto, y a través de la niebla el hombre pudo ver la bandera que ondeaba todavía en su tejado. Allí podía haber vida aún, y el hombre sabía que no quedaría satisfecho si no lo comprobaba.

Pero, antes de alcanzar su objetivo, encontró otras pruebas de existencia. Mientras se movía entre los escombros se dio cuenta que no estaba sólo en aquel caos central.

Dondequiera que las llamas ardían y parpadeaban, había figuras furtivas moviéndose cerca del fuego. Para espanto suyo, se dio cuenta que estaban avivando los incendios; quemando barricadas que no podían ser apartadas de otro modo, para poder entrar y saquear en las tiendas. Algunos de los saqueadores estaban silenciosos y avergonzados, otros se mostraban petulantes; pero todos estaban condenados a muerte, definitivamente desahuciados.
 
El saber esto impidió al hombre intervenir. Que robaran y saquearan a su antojo; dentro de unas cuantas horas, o de unos cuantos días, la radiación produciría su inevitable final.

Nadie se interpuso en su paso. Tal vez el casco y el traje protectores parecían un uniforme oficial. Continuó caminando y vio:

En el interior de una tienda de bebidas, un hombre descalzo, que llevaba un abrigo de visón, entregando botellas a una brigada formada por cuatro chiquillos…
 
Una anciana de pie junto a la derruida caja fuerte de un Banco, metiendo fajos de billetes en un saco. En un rincón yacía el cadáver de una mujer de pelo blanco, abrazada a un montón de monedas…

Un soldado y una mujer con el brazalete de la Cruz Roja, transportando una camilla hacia la bloqueada entrada de una iglesia parcialmente derruida. Imposibilitados de entrar, el soldado dio un puntapié a una de las ventanas laterales y por ella introdujeron la camilla…

Una mujer con el rostro de una modelo de Vogue, tendida en la calle. Al parecer, había sido sorprendida por la explosión mientras respondía a la llamada del deber, ya que una mano delgada, aristocrática, agarraba todavía el cordón de su caja de sombreros…

Un hombre delgado, saliendo de la tienda de un prestamista y cargado con una enorme tuba. Desapareció momentáneamente en una carnicería y volvió a salir, con la trompa de su tuba llena de salchichas…

Unos estudios de radio, casi destruidos, con su sala de sonido decorada con los carteles de las quince variedades distintas de los Cigarrillos Preferidos por los Norteamericanos, y de las veinte marcas de la Cerveza Preferida por los Norteamericanos…

Una mujer sentada en la calle, llorando sobre el cadáver de un gatito…

Un autobús aplastado contra un pared; los pasajeros empujándose para salir, incluso en el rigor mortis…

Los cuartos traseros de un león de piedra delante de lo que fue la Biblioteca Pública; en la escalinata de la entrada, el cadáver de una anciana cuya bolsa de la compra se había desparramado por el suelo, junto a ella: dos novelas policiacas, un ejemplar de Peyton Place, y el último número del Reader´s Digest…

Un chiquillo que empuñaba una pistola de juguete y disparaba contra su hermanita, gritando: «¡Bang! ¡Estás muerta!»
 
(Y lo estaba).

El hombre caminaba lentamente ahora, entorpecido por obstáculos materiales y espirituales. Se acercó al edificio de la colina dando un rodeo; evitando la repugnancia, la curiosidad morbosa, la piedad inútil, el horror indescriptible…

Sabía que había otros hombres allí, en el corazón de la ciudad, algunos entregados a actos de misericordia, otros a heroicos actos de pillaje. Pero él los ignoraba a todos, ya que todos estaban muertos. La misericordia carecía ya de significado, y no había posibilidad de rescate de las radiaciones. Algunos de los que pasaban junto a él le llamaban; pero él continuaba su camino haciendo oídos sordos, sabiendo que sus palabras eran simples estertores de moribundos.

Pero, de pronto, mientras trepaba por la ladera de la colina, notó que estaba llorando. Las lágrimas, cálidas y salobres, descendieron por sus mejillas y empañaron la superficie interior de su casco, de modo que ya no pudo ver nada con claridad. Y así fue como salió del círculo interior; del círculo interior de la ciudad, el círculo interior del infierno de Dante.

Sus lágrimas cesaron de fluir y su visión se aclaró. Delante de él se erguía la impresionante mole del Edificio Federal, intacto… o casi.

A medida que se acercaba a la enorme escalinata principal observó que había evidentes señales de cuarteamiento y de corrosión sobre la superficie de la estructura. La explosión sólo dañó directamente a las esculturas que adornaban el gran arco que daba acceso al edificio; las estatuas simbólicas fueron arrancadas de sus pedestales y estaban en el suelo, destrozadas. El hombre las contempló sin ocultar cierto asombro.

Luego penetró en el interior del edificio. Los centinelas continuaban montando guardia, pero ninguno de ellos le impidió el paso, probablemente porque llevaba un traje protector todavía más complicado e impresionante que los suyos.

En el interior del edificio, un pequeño ejército de funcionarios de poca categoría y de oficiales de alta graduación hormigueaba por los pasillos, subía y bajaba las escaleras. No había ascensores, desde luego: habían cesado de funcionar cuando se cortó la energía eléctrica. Pero el hombre podía subir a pie.

Sentía deseos de subir, ya que para eso había ido allí. Deseaba contemplar la ciudad desde las alturas del edificio. Embutido en su traje protector, parecía un autómata, y como un autómata subió escalera tras escalera hasta que llegó al piso más alto.

Pero allí no había ventanas, únicamente oficinas rodeadas de paredes. Avanzó por un largo pasillo hasta llegar al final. Allí se abría un gran cubículo cuadrado iluminado por la claridad que penetraba a través de la pared de cristal del fondo.

Un hombre estaba sentado ante un escritorio, empuñando un receptor telefónico y maldiciendo en voz baja. Miró con curiosidad al intruso, observó el uniforme aislante, y volvió a sus maldiciones.

De modo que era posible acercarse a la pared del fondo y contemplar la gran ciudad. Mejor dicho, el enorme cráter donde estuvo asentada la gran ciudad.

La noche se mezclaba con el apagado resplandor del horizonte, pero allí no había oscuridad. Las pequeñas bombas incendiarias habían ido extendiendo el fuego, al parecer empujado por el viento, y ahora el hombre contemplaba un inmenso océano de llamas. 
 
Todo estaba envuelto en unas inmensas olas rojizas. Mientras contemplaba aquel espectáculo, las lágrimas acudieron de nuevo a sus ojos, aunque sabía que no habría lágrimas suficientes para apagar aquellos incendios.

Se volvió hacia el hombre sentado ante el escritorio, notando por primera vez que llevaba uno de los uniformes reservados para los generales.

Por lo tanto, debía ser el comandante en jefe. Sí, ahora estaba seguro de ello ya que, alrededor del escritorio, el suelo estaba inundado de papeles. Tal vez eran mapas anticuados, tal vez eran tratados anticuados. Poco importaba ya lo que pudieran ser.

Detrás del escritorio, colgado de la pared, había otro mapa, y este importaba mucho. Estaba literalmente cubierto de banderitas negras y rojas, y al hombre le costó muy poco descifrar su significado. Las banderitas rojas significaban destrucción, ya que una de ellas se encontraba clavada sobre el nombre de aquella ciudad. Y había una sobre Nueva York, una sobre Chicago, Detroit, Los Angeles… sobre todos y cada uno de los centros importantes.

Miró al general, y finalmente fluyeron las palabras.

–Debe ser terrible.

–Sí, terrible -dijo el general.

–Millones y millones de muertos.
 
–Muertos.

–Las ciudades destruidas, el aire envenenado, y ninguna posibilidad de escape. Ninguna posibilidad de escape a ninguna parte del mundo.

–Ninguna posibilidad.

El hombre se volvió hacia la ventana y contempló el Infierno una vez más. Pensando: Este es el fin del mundo.
 
Miró de nuevo al general, y suspiró.

–Pensar que hemos sido derrotados -susurró.

El resplandor rojo creció, y a su luz vio el rostro del general, exultante de alegría.

–¿Qué está diciendo, hombre? – dijo orgullosamente el general, mientras las llamas crecían y crecían-. ¡Hemos ganado!

Yo anduve con un zombi - Inez Wallace

    Haití, esa oscura y misteriosa isla, en la que han surgido figuras tan increíbles como Christophe —el Napoleón negro—, de fama mundial; donde los ritos del vudú unen al hombre con lo sobrenatural de tal forma que escapa al entendimiento... Haití nos ofrece aún otro fenómeno que confunde a los grandes pensadores y científicos de nuestros días.

Cuando visité la isla por primera vez y escuché las historias que voy a relatar, me negué a creerlas.

No culparé a nadie por dudar al término de este relato. Pero hoy en día, expresado fríamente en los libros de leyes de la República, se reconoce oficialmente la existencia de una práctica de magia metafísica, posiblemente la más repugnante que se pueda imaginar.

El artículo 249 del Código Penal de Haití, establece lo siguiente: “Se calificará de intento de asesinato el empleo de sustancias químicas contra cualquier persona a la que, sin causarle la muerte, se le produzca un coma letárgico más o menos profundo. Si, después de haberle administrado tales sustancias, la persona fuera enterrada, el hecho será considerado asesinato, sin tenerse en cuenta el resultado que se derive de ello”.

Sencillamente: es asesinato enterrar a una persona como si estuviera muerta, y posteriormente sacar su cuerpo para que viva otra vez (al margen de cualquier resultado).

Y se promulgó esta ley porque se ha comprobado una y otra vez que las artes misteriosas de la población negra de Haití han conseguido que los muertos salgan de sus tumbas y lleven una existencia de esclavos sin alma, moviéndose como cuerpos sin inteligencia individual.

Estos cadáveres vivientes son llamados zombis.

No son espíritus o fantasmas espectrales, sino cuerpos de carne y hueso que han muerto, pero se mueven todavía, andan, trabajan y, algunas veces, hasta hablan.

El gobierno prefiere decir que se trata de gente drogada, enterrada y desenterrada. Pero pasa el tiempo y no queda más remedio que admitir la existencia de los zombis como una realidad.

Cuando oí hablar de ellos por primera vez, cada palabra que escuchaba me provocaba una sonrisa de incredulidad. Después he llegado a considerar la misteriosa leyenda de los zombis (los muertos sacados de sus tumbas y obligados a trabajar para los vivos) como algo más que una leyenda.

Creo —porque lo he sabido a través de fuentes incuestionables— que han ocurrido estas cosas y que siguen ocurriendo hoy día, a no muchas millas de nuestros supercivilizados Estados Unidos, en la mágica y misteriosa isla de Haití. He escuchado fantásticos relatos de hombres y mujeres blancos, de cuya palabra no puedo dudar, y he leído aún más en cierto libro sobre los zombis.

¿Qué poder psíquico hace posible que estos cuerpos muertos se muevan, actúen, caminen y bailen como si estuvieran vivos? Y, ¿qué superpoder puede hacer incluso que hablen en algunas ocasiones?

Desde la misteriosa isla de Haití llegan muchas otras historias de lo oculto, místicos relatos sobre vudú, magia negra, hechizos, maldiciones y magnetismo animal.

En los oscuros anales de esta misteriosa isla aparecen extraños ritos vudú, y el culto al negro macho cabrío y a la blanca cabra florece hasta en las ciudades más populosas de Haití. El vuduísmo está prohibido por la ley, pero incluso los emperadores negros de la isla lo han practicado y temido.

Pero el fenómeno que los nativos temen en mayor grado (y no sólo los ignorantes nativos corrientes, sino negros cultivados e incluso doctores del vudú, que creen ser todopoderosos) es el terrorífico zombi.

Porque el zombi y la magia sobrenatural que en él subyace, están más allá aún del entendimiento de los doctores del vudú, con todos sus negros ritos.

Y este miedo supersticioso al zombi y todo cuanto se relaciona con estas personas muertas está plenamente justificado.

Los haitianos mantienen que actualmente hay zombis trabajando en los campos de caña, alrededor de las solitarias mansiones de la isla, y algunos dicen que estos misteriosos trabajadores muertos existen también en las ciudades más pobladas. 

Uno puede reconocerlos porque, excepto en raras circunstancias, nunca hablan y siempre miran al frente fijamente. Si no se está seguro, podemos cerciorarnos ofreciendo al sospechoso algo de comida salada, “porque el zombi no puede probar la sal”, e inmediatamente sabrá que está muerto, haciendo regresar su cuerpo viviente a la tumba, no importa dónde esté ésta, ¡y nadie podrá detenerlo!

No hace muchos años, cerca del famoso Port—au—Prince, ocurrió un incidente que inmediatamente me recordó a los zombis. Un hombre blanco, que estaba pasando una mala racha y había llegado a Haití con el nombre de George MacDonough, se enamoró de una joven nativa de color, finalizando su amor por ella cuando una muchacha blanca se enamoró a su vez de él. Así fue como abandonó a Gramercie por Dorothy Wilson, y se casó con ella.

Pero no había terminado aún con Gramercie, cuyos feroces y primitivos celos resultaron algo que era mejor evitar. No llevaba aún un año de casado, cuando su joven esposa cayó misteriosamente enferma y murió. Dos noches después de su entierro se descubrió que su tumba había sido removida, pero no de una forma tan evidente como para justificar una investigación.

Seis meses después, una misteriosa historia comenzó a propagarse por Port—au—Prince. Se decía que en las horripilantes y mágicas laderas de Morne—au—Diable, próximas a la frontera dominicana, había un grupo de esclavos formado por zombis. El rumor corrió y corrió, y de pronto un nuevo misterio se unió a aquella historia, cuando se supo que había una mujer blanca trabajando en el campo de caña. George MacDonough oyó la historia, al igual que otros muchos colonos americanos.

Como sus compañeros, se rió al principio. Pero luego empezó a pensar en la tumba profanada de su esposa. En su momento aquel hecho no le había sugerido nada, pero ahora, ¿tendría alguna relación con estos rumores? Se asustó, dominado por los nervios, al recordar que la vengativa Gramercie era del mismo distrito del que procedía la fantástica historia.

Movido por un repentino impulso, se dirigió al interior, hacia Morne—au—Diable, llevando con él un fiel guía negro y dos amigos. Partió por la noche, en secreto, sin que se trasluciera nada de la expedición. Su llegada al campo de caña de Gramercie resultó una completa sorpresa para su antigua novia morena.

Pero la terrible escena que presenció en aquellos campos introdujo  la locura en su corazón, y Gramercie huyó aullando de terror hacia la selva, tratando de escapar a su venganza. “Porque en los campos, trabajando con los esclavos negros, ¡se hallaba el cadáver de la esposa de George MacDonough!” Antes de su llegada, Gramercie, oculta por las altas cañas, había estado haciendo extraños pases en el aire.

Cuando se dirigió hacia su esposa, los azules ojos de ésta le miraron sin comprender, sin reconocerle. Y al ver que sus repetidos gritos no conseguían respuesta alguna de ella, acabó por entender. A la caída de la noche llevó consigo su cuerpo de muerto—viviente a casa. Y de nuevo, al anochecer, al cementerio. Abrió su tumba y le dio a comer sal, viendo cómo caía a sus pies, ahora ya realmente muerta.

Después, George MacDonough inició la búsqueda de Gramercie, pero ya era demasiado tarde para poder vengarse él mismo, porque los nativos temen a los zombis y a quienes les obligan a trabajar más que al hombre blanco, y enterados del crimen, antes de que MacDonough pudiera llegar a Morne—au—Diable para matar a la bruja que había utilizado con su poder el cuerpo de su esposa muerta, ellos mismos —su propia gente— la habían asesinado brutalmente.

           . . . . . . . . . .

 Un hombre de edad, al que llamaré mayor Hemingway, me dijo que cualquier blanco que haya vivido en Haití, relacionándose con la misteriosa vida de los nativos, dudaría mucho antes de decidirse a negar la existencia de los zombis.

—¿Sabe? —me dijo—, una vez que se está fuera de Haití, todas estas cosas vuelven a uno. Para quien nunca ha estado allí, todo resulta demasiado increíble. La mayoría de la gente tiene un miedo ancestral al vudú, porque ha sido practicado incluso aquí, en el Sur de los Estados Unidos. Aunque esto de los zombis parece más difícil de creer, pero existen, lo sé.

Y me relató la siguiente historia:

“Una vez, durante una sublevación nativa, estaba yo instalado en el distrito de Morne—au—Diable (un territorio montañoso donde los nativos son tan ignorantes y supersticiosos como sólo los negros pueden llegar a serlo, y donde florece el vudú.) Una noche, una bonita muchacha negra vino a pedirme que la ayudara.

Parece ser que dos semanas antes su hermano había muerto y había sido enterrado, pero ahora ella pretendía haberlo visto trabajando en la casa de un tal Ti Michel, un pequeño granjero que vivía no muy lejos de donde yo me había instalado.

Había oído hablar de los hechizos y maleficios del vudú, habiendo llegado a creer en ellos, pero esto era algo nuevo para mí.

Yo le dije:

—¿Qué puedo hacer?

Ella sonrió misteriosamente y me alargó un paquete de azúcar cande (una clase de mezcla parecida al caramelo.)

—Mañana —dijo—, vaya donde Ti Michel. En los campos verá hombres trabajando la caña. Los hombres estarán mirando fijamente al frente, con la mirada vacía, sin hablar. Deles el azúcar cande.

—¿Qué bien les puede hacer el cande?

—Déselo y verá. El cande encubre sal.

Bueno, ya se había despertado mi curiosidad lo suficiente para hacer lo que me pedía, y lo hice. Al día siguiente di una vuelta por la hacienda del viejo Ti Michel y descubrí que éste me miraba con gran suspicacia. Miré un poco a mi alrededor y finalmente recorrí sus campos de caña. Durante todo el tiempo él me observaba como lo hace el gato con el ratón. Me acerqué a la fila de hombres que cavaban, y él vino tras de mí.

Entonces, de repente, le llamó su hijo desde otra parte del campo, porque tenía problemas con uno de los trabajadores, y yo me quedé a no más de tres metros de dos hombres y tres mujeres que estaban trabajando. Rápidamente me dirigí a ellos, les hablé, les toqué. No me contestaron, pero se enderezaron cuando les toqué.

¡Nunca olvidaré sus ojos! Era como si mirasen el interior de un viejo pozo en medio de la noche, ¿entiende lo que quiero decir?

Bueno, les di el azúcar cande, lo tomaron y empezaron a chuparlo. Entonces llegó Ti Michel corriendo hacia mí; había visto que estaba dando algo a sus trabajadores y empezó a chillar:

—¿Qué les ha dado? ¿Qué les ha dado?

No tuve la oportunidad de responder. De repente, aquellos trabajadores lanzaron un grito horrible, arrojaron sus herramientas y se volvieron rápidos hacia la pequeña ciudad cerca de la cual estaba yo instalado, comenzando a marchar en fila de a uno fuera del campo. 

Ti Michel me miró sólo durante un instante; después empezó a correr en dirección contraria. Nunca se le volvió a ver, pero dos semanas más tarde alguien comentó que habían encontrado una camisa manchada de sangre identificada como suya. Estos nativos tienen su propia forma de encargarse de la gente como Ti Michel.

Bueno, yo estaba muy interesado en los zombis, así que los seguí. Llegaron a la ciudad; la gente chillaba y corría por todas partes. Algunos corrieron en dirección al cementerio, hacia el cual iban ahora los zombis tan rápidos como podían.

No los pude alcanzar; los perdí. Cuando llegué al cementerio, vi un grupo de negros medio histéricos cavando frenéticamente en cinco tumbas, y cerca de los túmulos descubrí unos montones informes, negros. (¡Ahora, afortunadamente, los zombis ya estaban muertos!).

No espero que lo crean, pero yo lo vi.”

. . . . . . . . . .

 La historia de los bailarines zombis de Port—au—Prince es interesante desde el punto de vista de que arroja alguna luz sobre los terribles ritos mágicos concernientes a la vuelta desde la tumba de los muertos para trabajar en los campos de caña.

Una mujer negra llamada Bretéche llevaba un local donde se daban exhibiciones de baile, a muy poca distancia de Port—au—Prince. De educación bastante esmerada, era conocida por haber estado relacionada con los escenarios desde su infancia, y porque durante cierto tiempo la gente blanca había frecuentado su establecimiento.

Ahora ya sólo acudía el elemento negro, y ella se convirtió en noticia por su audacia, pues no se le ocurrió otra cosa que revelar los ritos secretos del vudú en el escenario. De pronto comenzó a circular un rumor: “ ¡La Bretéche tiene zombis bailando para ella!”

Una investigación oficial reveló la existencia en su casa de siete figuras misteriosas que bailaban a sus órdenes, siguiendo cada inflexión de su voz, pero sin ninguna respuesta emocional, moviéndose sólo de manera automática. Jamás se había oído hablar a alguno de los extraños bailarines. La Bretéche fue llamada a declarar.

A todas las preguntas que se le hicieron respondió no haber cometido asesinato, puesto que sus bailarines ya estaban muertos. Dijo que sus bailarines habían sido enterrados y que ella los había desenterrado para ayudarles, y ahora ellos la ayudaban a ella.

—¿Qué hizo usted?

—Primero hice una figura de barro, así... —Y les mostró de forma rudimentaria cómo la había hecho. Una figura de barro parecida a un hombre—: así... —Y levantó y sostuvo una imaginaria figura de barro, empezando a darle aliento, susurrando a la vez una curiosa especie de ritual.

Luego miró hacia arriba y dijo:

—Después dije: baila, y ellos bailaron para mí.

Los blancos cultos admiten la existencia de los zombis, igual que lo hace el gobierno. No obstante, éste teme implicarse en cualquier explicación de origen psíquico. En otras palabras, el gobierno de Haití dice: “¿Zombis? Sí, existen; pero no podemos dar una explicación. Forman parte del misterio de Haití.”

Una respuesta oficial, en efecto. Pero no puede convencerme de que no hay realmente muertos vivientes trabajando en los campos de caña de Haití.

Benzulul - Eraclio Zepeda

  

Mientras avanzaba por la vereda, una parte de su cuerpo se iba quedando en las marcas de sus huellas. Podría haberse quedado ciego de pronto (por una brujería de la nana Porfiria, o por un mal aire, o por el vuelo maligno de una mariposa negra), y a pesar de ello, seguir el camino hasta el pueblo sin extraviarse. No había una hiedra que no conociera; ni el pino quemado y roto por la piedra del rayo, ni el nido de la nauyaca, habían escapado al encuentro de sus ojos.

El estar caminando era su vida. Juan Rodríguez Benzulul conocía de memoria todos estos rumbos. Veintidós años de marcar los pasos en esta vereda; dejar su seña en el polvo o en el lodo, según la época.

—Cuando asomó el gobierno pa’ dar las tierras ya, cuanto hay, entendía yo de veredas. Cuando, en después, las volvieron a quitar, ya no había quien supiera más que yo.

No había cerro, no había cerco, potrero, milpa o llano, que no tomara, en el recuerdo de Benzulul, la forma de un suceso.

 

En estos lomeríos hay de todo. Todo es testigo de algo. Desde que yo era de este tamaño, ya eran sabidos de ocurrencias estos lados.

 

La misma caminata. Siempre el mismo rumbo. De Tenejapa al aserradero, del aserradero para Tenejapa. Las mismas señas. Los mismos pinos. En este árbol colgaron al Martín Tzotzoc para que no le fuera a comer el ansia, y empezara a contar cómo fue que los Salvatierra se robaron aquel torote grande, semental fino, propiedad del ejido. Este árbol, sí, este mismo, fue el final de Martín Tzotzoc.

 

El camino lo ve todo lo que pasa. Y el que vive en el camino sabe mucho. Yo averiguo cada huella, cada casa, cada bestia, cada muerte. Eso sí, por nada Platico lo que encuentro. Es de mucho peligro. Capaz quedo en algún roble Igual que un judas, pa’ alegración de los zopilotes. El Martín Tzotzoc tuvo mala suerte. ¡Si no va a ser mala suerte irse a topar con un trabajo de los Salvatierra! Todo lo vio. Desde que se lo pusieron al toro la gaza, hasta que se lo fueron llevando jalandito. Luego, el Encarnación Salvatierra regresó para borrar las señas, y allí se lo encontró. El Martín dijo que no iba a decir nada pero el Encarnación no muy le quiso hacer caso, ¡No más se lo pepenó del pescuezo y se lo llevó pa’l roble! Allí lo encontraron columpiándose, con un mosquero que ni dejaba echar la bendición siquiera. Mala suerte del Martín Tzotzoc. Yo desde ese ínter, me hice la obligación de no decir nada.

 

Para llegar a Tenejapa es menester cruzar el arroyo que baja del cerro con el agua siempre fría. Benzulul llenaba diariamente el tecomate en este arroyo para conservar, aun dentro de su choza, el olor a montañas. Ya a estas horas, por ahí de las seis de la tarde el agua se enfría más todavía. No es que sea noche cerrada, al contrario, todavía hay mucha luz; el sol aún marca una larga sombra que nace en el talón de los caminantes.

 

El río tá fresco siempre. Siempre canta. Siempre camina. Mucho sabe el río. Pero no dice nada. Por eso tá fresco. Es mejor no meterse en parcela cercada. No cuenta lo que ve. Por eso tá fresco. Por eso no muere nunca. Todo lo guarda en el fondo. Cuando hay un ocurrido, lo convierte en piedrita redonda y se lo guarda en el fondo. Allí lo tiene y no lo dice. Por eso tá fresco. Las piedrillas tán siempre guardadas y allí van creciendo. Son huevos de montaña. Cuando es el tiempo acabalado, se hacen piedrotas pa lavar ropa o pa jimbarse de cabeza al río. Después crecen más y se van a donde falte un cerro, y el río tá siempre fresco. Es mejor guardar lo que se ve. No contarlo.

 

Se lavó las piernas en el arroyo. Le agradaba sentir cómo se hundían los pies en las hojas sepultadas en el fondo. Piedras y hojas y agua; de allí nace todo –decía la nana Porfiria.

 

La nana Porfiria sabe mucho. Pero es igual que el río. Tampoco dice nada. No muy habla de todo lo que tiene alzado en su tapanco. Hartos envoltorios tiene. Allá los deja. Dice que son almas. Cosas del diablo. Por eso es mejor que se queden allí.

 

La nana dice que uno es como los duraznos. Tenemos semilla en el centro. Es bueno cuidar la semilla. Por eso tenemos cotón y carne y huesos. Pa cuidar la semilla. "Pero lo más mejor pa cuidarla es el nombre", dice. Eso es lo más mejor. El nombre da juerza. Si tenés un nombre galán.. galana es la semilla. Si tenés nombre cualquier cosa.. tás fregado. Y eso es lo que más me amuela. Benzulul no sirve pa guardar semilla.

 

Se quedó sentado en la orilla del arroyo, para que el agua siguiera calzándole con una larga bota clara. Con la cabeza sobre las rodillas, Juan Rodríguez Benzulul recordaba.

Su padre, el José Rodríguez Chejel, se fue un día, hace tiempo, a trabajar a las fincas de café. No volvió nunca. Agarró el rumbo hace veinte años. Apenas si conservaba, como una sombra, igual que un ruido, el recuerdo de su padre. Ya ni se le esperaba. Hasta la vieja Trinidad, la madre, cuando murió, ya había perdido toda esperanza. Tal vez el José Rodríguez Chejel había hecho algo malo y los patrones lo ajusticiaron. Ya ni se le esperaba.

 

Si el tata hubiera tenido buen nombre, seguro que regresa. Pero ya dije: Benzulul, o Chejel no es garantía. Por allá se quedó con la semilla podrida. También mi nana Trinidad no tuvo buena defensa. Se murió de hambre cuando estuve preso. Fue cuando me llevaron por una confundida. También por ser sólo Benzulul. ¡A que al Encarnación Salvatierra no se lo confunden! Cuando se dieron cuenta que yo no era el criminal que decían, me dejaron regresar. ¡Ya cuanto hay la habían enterrado a la nana Trinidad! No tuvo nombre tampoco. Y cuando es así, la semilla se seca. Algún día yo también voy a quedar con el centro hecho mierda.

Y desde siempre ha sido así. El que tiene buen nombre de ladino, nombre de razón, ese tá seguro. Ese hace lo que quiere y siempre tá contento. Pero eso de llamarse Benzulul, o Tzotzoc, o Chejel tá jodido.

Aquí lo veo mi cara retratada en el agua. Sé que Soy de por estos lados. Todo lo dice: el sombrero, la faja, la facha. Pero si yo dijera: AQUI TA ENCARNACIÓN SALVATIERRA, todos me vendrían a saludar, y ya no se están fijando si vengo a pie, o vengo montado, o si tengo escopeta, o si mato. Nada. Pero si digo: AQUI TA JUAN RODRIGUEZ BENZULUL, la cosa se empieza a descomponer. No falta quien me dé una jaloneada, o tal vez me dan una patada, o me meten a la cárcel o de plano me dejan colgado como al Martín, con la semilla hediendo y lleno del mosquero verde.

 

De un salto se puso en pie y continuó el camino. La luz se iba haciendo a cada paso más extraña. Ya no se podía ver al pino que se destaca arriba del cerro. Las luciérnagas se encendieron y fueron a rondar los matorrales.

 

El Encarnación Salvatierra tá seguro. Lo tiene su nombre, brilloso como una luciérnaga. Todos averiguan que tiene semilla grande nomás de oír: Encarnación Salvatierra. Hace maldá y es respetado. Mata gente y nadie lo agarra. Roba muchacha y no lo corretean. Toma trago, echa bala y nomás se ríen y todos se contentan. Por estos rumbos sólo los endiablados tienen la semilla a salvo. Pero ahí tá el nombrón que los cuida y los encamina. En cambio uno, por andar de cumplido y derecho tiene que estar todo lleno de enfermedá, con la barriga inflada de hambre, con los ojos amarillos por la terciana; lo meten a la cárcel y cuando lo sueltan ya tá muerta la nana Trinidad, ¡Pa que putas! Ahí tá el Martín Tzotzoc: nunca mató, nunca robó, no llevó muchacha; nunca se metió en argüendes. ¿Y pa qué? Sólo pa quedar guindado de ese roble con los ojos chiboludos como de pescado y los dedos todos morroñosos: del coraje, digo yo. Los que tienen el nombre hagan maldá, hagan pecado, todo les sale bien, todo les trae cuenta.

 

Con el machete bajo del brazo, listo, por si asoma alguien, por si sale culebra, por si hay ganas de hacer leña, Juan Rodríguez Benzulul iba pensando.

Por el cerro de la derecha, las nubes, ya prietas en la noche, tomaron, lentamente, una claridad sencilla. Las sombras se extendieron nuevamente a las pies de Benzulul.

 

Me gusta cuando hay luna. Se ven cosas en el camino. La claridad saca animales. Los conejos se sientan abajo de los pinos pa ver al tata conejo que tá en la cara de la llena. Se fue a visitarla una noche y allá se quedó sentado. Los venados también asoman. Les gusta creer que la luna es una lámpara que no encandila, que no mata. Cuando la ven entre las ramas del ocote parece una castaña colgada.

Cuando hay luna  las cosas cambian. El camino cambia. Uno cambia. Asoman cosas del fondo de ríos. (Tal vez las piedras que van a convertirse en montañas). También asoman muertos. Muertos que como el Martín, como mi tata y mi nana, que, como yo, no tuvieron nombre. Lo andan buscando pa cubrir la semilla. A mi no me gusta encontrar espantos. Pero la luna los trae al camino y el caminos es de todos.

Las sombras bailaban con el viento. El viento hacía una flauta con las ramas de los árboles. Los árboles se hacían más altos, anuncia aparecidos al camino.

Los perros miran a los muertos. Cuando un cristiano se pone cheles de perro mira a los muertos. Yo quise ponérmelos pa ver al tata, pa ver a la nana. Pero el perro se murió y ya no se puede. Los muertos sin nombre ya no guardan la semilla, dice la nana Porfiria, pero tienen que llevar hojas pa envolverla. Se les la semilla cuando  mueren, pero tienen la obligación de buscarla. En la noche con la luna es cuando buscan las hojas... Los que tienen nombre se quedan con la semilla en su lugar. Cuando yo muera voy a seguir caminando este camino: Juan Rodríguez Benzulul no dejará el camino. ¿Si consigo un nombre todo cambia! Encarnación Salvatierra va  a morir sabroso. No va a aparecer en la noche. No va a espantar. No va a llorar. Tiene nombre.

 

En una vuelta de la vereda aparecieron de pronto las luces de Tenejapa. Se destacaban en la noche, igual que ojos de tigre, los quinqués de Tenejapa.

Benzulul no temía al camino. No podía tener miedo de la tierra que conocía sus pasos. Su cuerpo había quedado, poco a poco, sembrado en el camino. Primero, sólo el sudor, después sus huellas, después sus palabras. Después todo él. Benzulul no temía al camino pero sintió alegría de llegar al pueblo. Las noches de luna le ponían sobre aviso.

 

Ya dije que me gusta la claridad de la luna. Pero siempre como que me entra un frío por los ojos. Cosas de muertos.

 

Sólo faltaba rodear la alambrada del panteón para llegar a las primeras casas. Las tumbas, blancas, solas, quietas, se cubrían de lunares con las sombras del ciprés. Benzulul apresuró el paso.

 

Aquí adelantito, a mano derecha.. tá enterrado el Martín. A ladito tá la nana. Ahora deben andar buscando nombres. Pobre Martín. Pobre la nana.

 

Ya para llegar al palo de encino, que separa la vereda de la alambrada, esa misma encina que guarda zopilotes y cuervos en la tarde, Benzulul escuchó pasos.

Se arrastraban sobre la hierba del panteón. Oyó su nombre.

Apresuró el paso y sintió que un miedo espeso le agarraba el pecho.

—Juan, Juan; Juan Rodríguez Benzulul. Juan Esperáme —volvió a oír.

Quiso voltear pero le ganó el miedo. Sintió cIarito que la espalda se le abría en un gran surco frío. Las piernas se cubrieron de un vibrar como de hormigas. Los dedos de las manos se le pusieron tiesos y empuñó  el machete.

—Juan. Hijo, esperáme.

La voz venía de por aquí cerquita nada más. Por la tumba del Martín; o tal vez por la tumba de la nana.

—Juan. Paráte por vida tuyita.

—La nariz se le cubrió de sudor frío. El miedo le punzaba las tetillas.

— Juan. Hijo. . .

No supo cuándo empezó a correr. Los cuervos aletearon en las ramas de la encina cuando él  pasó corriendo.

—Juan. ..

Sofocado, sudoroso, Benzulul no se detuvo, sino mucho después de cruzar las primeras casas.

—Ave María —dijo al detenerse a Ia puerta de su jacal.

A las siete de la noche ya no hay nada en Tenejapa, sólo el silencio. A veces se deja llegar un grito que avisa la alegría o el dolor de un hombre. Después nada. Sólo el silencio. Algún perro ladra inexplicablemente —a los fantasmas, a los aparecidos—, dicen. Después nada. Sólo el silencio.

Benzulul se dejó caer pesadamente en un banquillo. Recorrió su choza con la vista. Todo estaba igual. Todo en su sitio. Nada faltaba.

Sólo el nombre, se dijo.

Se quitó el gran sombrero de palma, y lo arrojó, cansado, sobre un cofre.

—Los muertos tan saliendo. Buscan hojas pa la semilla.

Hundió sus dedos en el cabello despeinado y grueso. Se pasó la palma de la mano por la frente estrecha.

Sería el Martín. Tal vez fue mi nana; hasta me dijo: hijito. Pero el vivo es vivo y el muerto es muerto, manque naiden, ninguno tenga nombre.

Bebió un largo buche de agua en su tecomate. Hizo gárgaras y lo escupió sonoramente sobre el suelo. Una pequeña polvareda se levantó del piso de tierra. Las gotas quedaron clavadas firmemente.

— El Encarnación Salvatierra no hubiera salido huyendo. El lo tiene su nombre que lo respalda. No necesita de nada. Pero yo sí corrí. Yo soy Benzulul. El es el Encarnación Salvatiera. ¡Me lleva el carajo!

—Se levantó para prender el rescoldo. El café y el frijol y el maíz, esperaban al lado. Es hora del estómago.

—Colocaba los leños entre las tres piedras negras, cuando sonaron golpes en la puerta. Se irguió rápidamente. De nuevo el hormiguear de las piernas.

—¿Qué. . .? —preguntó apagadamente.

—Abríme hijo.

Retrocedió hasta tocar con la gruesa espalda la pared del fondo.

No decía nada. Así se estuvo con el muro moldeándole la espalda. Los ojos negros abiertos hasta el dolor. La boca firmemente cerrada.

La puerta se abrió lentamente.

—¿Qué tenés hijo? Tas de mala cara. ¿Cómo te consentís?

Así dijo la Porfiria entrando al jacal. Al asentar el pie derecho, las arrugas de su rostro dibujaban una mueca de malestar. Sus blancas greñas, sucias de lodo, el envoltorio de la falda raída y magras sus viejas carnes; la Porfiria observó largamente todos los objetos, todos los pomos, todas las cosas del jacal, todo el miedo de Benzulul.

—Sos vos, nana Porfiria. Sentáte. ¿Qué querés?

La vieja se dejó caer al suelo. Depositó cuidadosamente, a un lado, un paquetito cubierto con un paliacate. Se mojó con saliva. un dedo y lo untó trabajosamente en el talón del pie derecho.

—Te hablé hace rato, hijo. Por el camposanto. Vos aliste juyendo.

—No te oyí, nana —Benzulul se acercó al rescoldo y colocó los leños.

—Te hablaba pa que me ayudaras a caminar. Lo lastimé este pie con una espina de cuernito. Estaba buscando huesos de costía pa una limpia que me encargó el Eusebio. Luego lo sentí el dolor. Te vi pasar y te hablé. Me dolía el pie. Pero vos te juyiste.

—No te oyí, nana.

—Hasta los muertos me oyeron hijo. ¿Por qué tenés miedo?

—No sé. Me cundió de pronto.

—Sos miedoso.

— A veces. Cuando hay luna. Cuando hay frío. Cuando hay muertos.

—Dejá los muertos en paz. Preocupáte de los vivos. Ese es el peligro. Los muertos viven. Los vivos matan. La noche es larga, dura. Hay frío. Hay dolor. Hay gritos. Cuando asoma la madrugada, siempre hay nuevos muertos.

—También los muertos salen a buscar las hojas, nana. Vos me lo contaste.

—Así es, pues. Buscan sus hojas, frescas y mojadas pa envolver la semilla, Cuando falta el apelativo, se ponen las hojas. Así es.

—Yo no tengo nombre juerte. Cuando muera voy a salir buscando las hojas. . .

—Vas.

Benzulul puso el jarro del café al fuego y calentó las tortillas.

—No me siento juerte con mi nombre, nana. Es como ser caballo sin dueño. No es nada. Me siento con miedo. Se me sale el miedo de entre la ropa. Por eso nunca hago nada. Nunca platico. Nunca cuento lo que veo. Sé que no tengo defensa.

—Vos has sido siempre como conejo. No hacés nada. Todo te da calofrío. Sólo en el camino te sentís a gusto. Es lo único que sabés hacer. No querés tener nada. Ni siquiera has probado una mujer. Ni querés hijos. Se te murió el perro y no buscaste otro.

—Si no tengo nombre, ¿pá qué voy a hacer hijos? Luego también ellos, cuando se mueran, van a andar buscando las hojas. Y el perro no más tá avisando que hay un alma cerquita.

—El nombre no sólo es el ruido. No sólo es un cuero de vaca que te escuende. El nombre es como un cofrecito. Guarda mucho. Tá lleno. Son espíritus que te cuidan. Da juerzas. Da sangre. Según el nombre es el chulel que te cuida.

—Yo no tengo chulel, nana.

— Tenés; pero es chiquitío.

—Tenga —le alargó a la nana un poco de café y una tortilla.

—El chulel es como un jabalí. Corretea, gruñe, da miedo. Pero si le metés el cuchío se queda quieto, y es tuyo, y te lo podés llevar. Vos llevás uno. Si querés un jabalí más grande, nomás lo escogés y le enterrás el cuchío otra cuenta. ¿Me entendés?

—No, nana.

—Fijáte. El nombre se te metió en el cuerpo y te puso su nahual, con la sangre que sacó la Trinidad cuando te parió. Te tocó Benzulul. Si no querés ese lo podés cambiar. Te sacás el Benzulul con un poco de sangre. Luego lo metés al otro, el que querás. El chulel te cuida como si desde siempre hubiera estado contigo.

Benzulul se quedó en silencio. Bebió lentamente el café. La nana volvió a poner saliva en la herida de la espina.

—Quiero ser Encarnación Salvatierra. Es juerte. Es jodido. Es bravo. Quiero ser como el Encarnación, nana.

—Bueno. Lo serás el Encarnación. Sacá el cuchío. Poné el copal en la lumbre.

La nana se rascó las piernas y dibujó una sonrisa.  Benzulul se levantó.

—Voy a ser igual que el otro  Encarnación nana? ¿Voy a ser juerte? ¿Voy a meter miedo  ¿Voy a estar lleno de paga? ¿Voy a llevar mujer? ¿Voy a contar todo lo que he visto en el camino?

—Vas hijo.

—Aquí tá el cuchío. Aquí tá el copal. Aquí tá Benzulul nana.

—Dame el brazo hijo. Persináte. Poné el copal. Aguantáte, pues. Virgen de la Muerte, Virgen del Dolor, San José del Grito, San Pablo de la Juerza...

—La luna se perdió en un pinar de nubes. Tenejapa quedó a oscuras. Benzulul cayó en las sombras.

 

Los hermanos Salvatierra venían entrando al pueblo. Altos, morenos; musculosas manos guían las riendas de los caballos fogosos.

—Vamos a celebrar, Encarnación.

—Vamos. Nadie va a decir que el Encarnación Salvatierra es mal hermano. Y pa que veas, Joaquín, no sólo a vos invito, que también se vengan los acompañantes. Ya lo saben: primero el deber después el placer. Ya lo tronamos al marido de la Rosa. Ya voy a poder dormir tranquilo con la Rosa. Ahora a celebrar.

—Este Encarnación es un diablo. Mirá que echarse así nada más al Domingo pa quedarse con la hembra. Este Encarnación siempre tan ocurrente.

—Vanós pá la casa del Chema. Tiene trago.

—Vanós.

Desmontaron frente a la puerta de la cantina. Encarnación llamó, tocando con sus grandes manos.

—Abrí vos, Chema. Aquí está Encarnación Salvatierra.

Un silencio, roto únicamente por un ronco ladrido, contestó a los hombres.

—Abrí rápido, pues; no vaya a ser que te cuelgue de los huevos.

—Este Encarnación es ocurrente.

La puerta rechinó al abrirse. El Chema, abotonándose los pantalones les hizo el saludo.

—Pasa, hermano. Pasen, señores. Aquí es la casa de los amigos de Encarnación.

—Pa dentro pues.

Ruidosamente el grupo entró a la cantina.

—Siéntense muchachos. Yo, el Encarnación Salvatierra, invito la botella. Pero cuidadito y no se la acaban porque los capo.

—Este Encarnación tan ocurrente.

La botella fue puesta en la mesa.

—Bonita luna hay esta noche, Encarnación.

—Había. Ya se metió en el nuberío. Capaz llueve.

—La indiada está resentida contigo, Encarnación. Los oyí ahora. Están bravos por la ahorcada del Martín Tzotzoc.

— A qué Chema tan blandito. Agradecido debe haber quedado el indio. Eso de quitarse de penas, así de ramplón, sin que cueste nada, no cualquiera tiene la suerte de probarlo.

Una risotada interrumpió la libación.

—Este Encarnación siempre tan ocurrente.

Un relámpago quebró la noche, y los perros aullaron en todo Tenejapa.

—Oye Chema: Tá buena la Rosa, o no tá buena.

— Está buena.

—Pos ya sólo abre las patas pa mí, Chema.

—Este Encarnación siempre tan ocurrente.

—Oí Encarnación —terció el Joaquín Salvatierra— a ver si a ésta le sacás cría. Hay que ir haciendo hijos.

—Qué va, Joaquín. Pá qué. Entre más Salvatierras haya, peor pa nosotros. Como que se debilita la juerza  del nombre y aluego no es garantía.

—Este Encarnación tan ocurrente.

 

El primer gallo anunció la hora. Los fogones empezaron a encenderse. Algunos  jacales dejaban escapar ya el humo por los resquicios del techo.

La campana sonó con la primera luz.

Los grupos de mujeres avanzaron hacia el molino.

Los hombres iniciaron la marcha hacia las milpas.

Las viejas se dirigieron a la primera misa.

El Encarnación, el Joaquín y los acompañantes salieron de la casa del Chema.

Se oyeron los últimos mugidos de la ordeña.

La Porfiria abandonó el jacal de Benzulul.

 

Ese día, Juan Rodríguez Benzulul, amaneció distinto. Tenía alegría. Estaba contento. Se notaba fuerte. Más diablo.

—Ahora tengo chulel. La semilla tá salvada. Ya no voy a salir a buscar hojitas así que me muera. Ya no hay Benzulul miedoso. Ya no hay Juan que no dice lo que pasó en el camino. Benzulul se fue con la luna, como el tata conejo. Ahora soy el Encarnación.

Ese día se quedó en el pueblo. Ese día no fue al aserradero.

Hombre con nombre tiene chulel galán. Hombre con chulel se manda solo. Hombre que se manda solo no tiene patrón.

Salió a la calle, y todo Tenejapa vio que el Benzulul  era distinto, que el Benzulul había cambiado.

Se encontró con la Lupe y le propuso que se fueran juntos para el monte.

Le habló al Salvador Pérez Bolón y le quitó su dinero.

Bebió trago y gritó su fuerza.

—Aquí naiden tiene miedo.

A todos les dijo:

—Aquistá  Encarnación Salvatierra.

Y todos le vieron con desconfianza.

—Aquí se va a decir todo lo que el camino sabe —gritó—, Encarnación Salvatierra no tiene miedo. Encarnación Salvatierra dice todo lo ve. No escuende nada.

Y dijo todo lo que sabía. Lo que averiguó en el llano. Lo que vio en el río. Lo que le confiaron los rastros. Lo que la loma oculta. Todo lo dijo el Benzulul. Lo que siempre tuvo en el fondo, como piedritas redondas, lo fue dejando salir con fuerza.

—Es la acabalación del tiempo —gritaba—, ya las piedras son cerros y a los cerros naiden los detiene.

Los hombres miraron fijamente, asombrados, al Benzulul.

No miren a los ojos porque se mueren amenazó.

—Es ocurrente el Encarnación —dijo alguien en voz baja.

Todos supieron que era el Encarnación Salvatierra.

Tanto lo dijo, tanto lo oyeron, que se lo fueron a contar al  otro Encarnación.

Todo día Benzulul anunció su nuevo nombre. Quiso que todos conocieran que tenía pantalones. Que supieran que llevaba mágico cuidándole los pasos.

Todo el día lo anduvo gritando. Todos lo supieron.

Tanto lo dijo, tanto lo oyeron, que se lo fueron a contar al otro Encarnación.

La noche enfrió las piedras de Tenejapa. El camino estuvo triste. Las lomas, los árboles, las encinas y los conejos conocieron otro suceso aquella noche.

—Abrí Chema, o te capo.

—Este Encarnación siempre tan ocurrente.

La botella llenó las gargantas de los Salvatierra y de los acompañantes.

—Oí vos Encarnación. ¿A quién colgaste hoy en la tardecita? Me llegó el rumor.

—¡Ah que gente tan chismosa! No pueden ver una cosita de nada porque luego luego él echar argüende.

—Cosita de nada. Ocurrente siempre el Encarnación.

—Fue al Benzulul que te colgaste, ¿verdad?

—No vayas a creer que lo ahorqué. Nomás lo colgué de los brazos. Fue que el muy maldecido me andaba robando el nombre. Y así uno se queda sin defensa. Si me hubiera robado un caballo, o un toro, o hasta la misma Rosa, tal vez ni le hubiera dicho nada. Me hubiera caído en gracia que se estuviera haciendo el macho. Pero quiso robar el nombre. Andaba diciendo que él era el Encarnación y eso no lo permito. A naiden se lo consiento.

—Bien dicho, hermano. Bien dicho.

—Por eso fue que me lo llevé pal camino. Al mismo roble que ya me conoce. Desde que lo saqué del pueblo empezó la aburrición. Que si él era respetuoso. Que si él no contaba no sé qué cosas. En fin, una bola de sonseras. Al fin se puso a chillar como una vieja. Harto chillaba. Por eso como que me empezó a entrar la lástima. Ya por no dejar, nomás me lo colgué, pero no pa ahorcarlo, de los brazos lo guindé nomás, pero luego me puse a pensar que a lo mejor seguía con las ganas de perjudicarme la defensa. Saqué el cuchillo y le arranqué la lengua para que no me ande robando el nombre. Allá lo dejé.

—Este Encarnación siempre tan ocurrente.