Durante
varios días, pregunté discretamente a varias personas de confianza si
conocían a un tal capitán Diamond. Ninguna de ellas había oído hablar
nunca de él. De repente caí en la cuenta de que disponía de una fuente
donde podría informarme, quizá, sobre el extraño viejecillo.
Aquella
excelente persona me había obsequiado en su mesa en numerosas
ocasiones, y solía dispensar su hospitalidad a los estudiantes, a veces
durante toda una semana. Tenía una hermana, tan bondadosa como él, de
una conversación tan amena y variada que era un verdadero placer hablar
con ella.
Era
conocida como miss Deborah, una vieja criada en el sentido más amplio
del término. Tenía el cuerpo deforme y nunca salía de su casa; se pasaba
todo el día sentada junto a la ventana, entre una jaula de pájaros y
una maceta de flores, haciendo pequeñas labores en tela —unas
misteriosas bandas y volantes—. Me constaba que era una virtuosa con la
aguja, pues sus trabajos eran pagados a muy alto precio en toda la
comarca.
Por
lo demás, era una mujer observadora en extremo, y no se le escapaba
ningún detalle de todo lo que pasaba dentro y fuera de su casa. Le
gustaba charlar con quienes le eran simpáticos. En efecto, nada le
agradaba más que el que una persona —sobre todo si era un estudiante de
teología— se sentara a su lado junto a la ventana y conversara con ella
durante veinte minutos.
«¿Y
qué, amigo mío, cuál es la última monstruosidad en crítica sobre los
textos bíblicos?», acostumbraba decir siempre esta buena señora, pues se
horrorizaba al comprobar que aquella época se caracterizaba por su
extremado racionalismo. Pero, en su fuero interno, aquella excelente
dama era un auténtico filósofo, y me constaba que era más racionalista
que cualquiera de nosotros.
Estaba seguro de que, si se lo hubiera
propuesto, habría planteado más de una pregunta a problemas a los que, a
la mayoría de los estudiantes de teología, nos habría costado trabajo
responder. Desde su ventana se dominaba todo el pueblo, o más bien todo
el campo. Se enteraba de todo lo que pasaba mientras cosía junto a su
soleada ventana, hamacándose en una pequeña mecedora.
Era la primera en
enterarse de cualquier cosa y la última en olvidarla. Conocía todos los
chismorreos del pueblo y sabía muchas cosas de gente que nunca había
visto siquiera. Cuando en cierta ocasión le pregunté cómo sabía tantas
cosas, me contestó: «¡Oh, es que estoy siempre mirando!»
—Solo
tiene usted que observar detenidamente todo lo que sucede a su
alrededor —me dijo—, y con ello ya tiene bastante, no importa dónde se
encuentre. La única cosa que necesita es tener algo con qué comenzar; lo
demás ya viene rodando; una cosa conduce a otra, y todo está vinculado.
Enciérreme usted en una habitación oscura, y a la media hora podré
decirle cuáles son las partes más oscuras de la misma. Y después de
esto, soy capaz de indicarle, si me da tiempo, lo que cenará esta noche
el presidente de los Estados Unidos de América.
En cierta ocasión, con el fin de halagarla, hice el siguiente comentario:
—Sus observaciones son tan finas como sus agujas, y sus conclusiones tan hermosas como sus bordados.
Inútil
decir que miss Deborah conocía la historia del capitán Diamond. Se
había hablado mucho de él hacía ya bastantes años, pero el capitán
sobrevivió al escándalo en que se vio envuelto su nombre.
—¿Qué escándalo fue ese? —le pregunté.
—Mató a su hija.
—¿Mató a su propia hija? —exclamé horrorizado—. ¿Cómo lo hizo?
—¡Oh,
no fue con una pistola, ni con un puñal, ni con una dosis de arsénico!
La mató con su lengua. ¡Ya conoce usted lo que es la lengua de un humano! El capitán Diamond la imprecó con algún horrible juramento... y
pocos días después, moría su hija.
—¿Qué hizo su hija?
—Recibió
en su casa a un joven que la amaba —contestó miss Deborah bajando la
voz—, y a quien su padre había prohibido la entrada.
—¿La
casa? —murmuré—. ¡Ah, sí! Esa casa que está en las afueras del pueblo, a
dos o tres millas de aquí, en el cruce solitario de un camino.
Miss Deborah levantó inmediatamente sus ojos, mientras cortaba el hilo con sus dientes.
—¿Conoce usted esa casa? —preguntó.
—Un poco —repuse—. La he visto. Pero quiero que me cuente más cosas.
Mas al oír mis palabras, miss Deborah adoptó un mutismo muy impropio en ella, una mujer tan charlatana.
—¿Me promete que no me calificará de supersticiosa si le digo una cosa? —dijo miss Deborah.
—¿Supersticiosa usted? Vamos, por Dios, es la persona más sensata que he conocido en toda mi vida.
—Pues
bien, cada paño tiene su descosido, y cada aguja su grano de moho. Si
he de ser sincera, no me gusta hablar de esa casa; no, no me gusta.
—Hágalo, por favor —respondí—; no puede imaginarse lo mucho que ha excitado mi curiosidad.
—Sí, ya lo veo, no hace falta que me lo diga, pero me pone nerviosa referirme a este tema.
—¿Qué daño puede hacerle el hablar de una cosa como esta? —contesté, animándola a proseguir.
—A una amiga mía le hizo mucho daño —respondió miss Deborah, moviendo la cabeza.
—¿Qué hizo su amiga?
—Me
contó el secreto del capitán Diamond, quien le había advertido que no
se lo dijera a nadie. El capitán estimaba mucho a esta amiga mía y por
ello le hizo aquella confidencia. Le previno que si lo divulgaba,
desobedeciendo su advertencia, algo horriblemente espantoso le
sucedería.
—¿Y qué le pasó a su amiga?
—Murió.
—Todos somos mortales, mi querida amiga. ¿Acaso le hizo ella alguna promesa?
—Mi
amiga no se tomó en serio las palabras del capitán, no creyó en ellas.
Me contó toda la historia con pelos y detalles, y tres días después se
le inflamaron los pulmones. Un mes después, aquí, junto a esta misma
ventana, le cosí la mortaja. Desde entonces, no he vuelto a referirme a
esa historia.
—¿Era una historia muy extraña? —pregunté.
—Sí,
era muy extraña, muy misteriosa, pero, a la vez, algo ridícula. Sí, se
trataba de un relato que hacía reír y estremecerse al mismo tiempo. Pero
no pienso decirle nada. Estoy segura de que, si se la contara, me
pincharía con la aguja en un dedo y a la semana siguiente moriría de
tétanos.
Al
oír sus palabras, consideré que no debía insistir más, me despedí de
ella y me marché. Pero cada dos o tres días venía a visitarla después de
la comida de mediodía, y me sentaba junto a su mecedora. No hice más
alusiones al capitán Diamond, limitándome a cortar trocitos de tela con
sus tijeras. Hasta que un día, miss Deborah me dijo que tenía mal
aspecto y que estaba muy pálido, preguntándome si me encontraba enfermo.
—Sí,
lo estoy: me estoy muriendo de curiosidad —repuse, con cierta astucia—.
He perdido por completo el apetito, y hoy aún no he comido.
—Pues acuérdese de la esposa de Barba Azul —dijo, con cierta ironía en sus palabras.
Como
miss Deborah permanecía callada, me levanté con aire melodramático y me
dirigí hacia la salida, dándole las buenas tardes. Pero al abrir la
puerta, la señora me llamó e indicó con un gesto la silla que acababa de
abandonar.
—Nunca
he tenido un corazón duro —dijo—. Vamos, siéntese y le contaré toda la
historia. Y de este modo, si hay que morir, lo haremos los dos juntos.
En breves palabras me contó lo que sabía del secreto del capitán Diamond.
—Era
un hombre muy duro, y aunque amaba con locura a su hija, su voluntad
era ley. Había escogido un marido para ella, comunicándole su elección.
Su madre había muerto, y ambos vivían solos en aquella casa, que había
aportado como dote su difunta esposa; el capitán no tenía un céntimo.
Después de casarse, ambos se vinieron a vivir a esa mansión, y el
capitán se dedicó a sus tierras.
El pobre enamorado de su hija era un
joven de Boston, con un bigote de puntas. Una tarde llegó de improviso
el capitán y los encontró juntos; con feos modales expulsó al joven de
la casa y luego imprecó a la pobre chica con un terrible juramento. Pero
el joven se volvió y le gritó al capitán que su hija era su esposa.
Luego, dirigiéndose a ella, le exigió que corroborara lo que acababa de
decir, pero la joven, aterrorizada, dijo que no era cierto. Entonces el
capitán, enfurecióse más aún, repitió su maldición, la echó de la casa y
la repudió para siempre. Luego el capitán se marchó del lugar.
Cuando
regresó unas horas más tarde, encontró su hogar vacío. Sobre la mesa
había una nota del joven enamorado, la que le decía que había matado a
su hija, repetía una vez más que era su esposa y que se había reservado
el derecho de enterrarla él mismo, por lo que se había llevado su cuerpo
en un calesín.
El capitán Diamond escribió una carta diciéndole que no
creía que su hija estuviera muerta, pero que de todos modos, para él, sí
lo estaba. Una semana más tarde, a eso de la medianoche, el capitán vio
el fantasma. Supongo que entonces se convenció de su muerte. El
espíritu reapareció varias veces, y, finalmente, frecuentó con
regularidad la mansión. Esto amargó la vida del capitán, y la pasión que
siempre había sentido por su hija dio paso a una gran pesadumbre y
profunda aflicción.
Al fin decidió abandonar el lugar, tratando de
alquilarlo o venderlo, pero como la historia se había hecho del dominio
público y algunas personas sostenían que habían visto al fantasma de su
hija, y otras historias a cada cual más tétrica, nadie se atrevió a
cerrar trato.
Aquella casa, junto con las tierras, eran los únicos
bienes que poseía el capitán, por lo que, si no podía venderlos ni
alquilarlos, como tampoco habitar en ellos, no le quedaba otra
alternativa que vivir de las limosnas.
Pero
el fantasma de su hija no tuvo piedad de su padre, igual que él nunca
la tuvo de ella y de su enamorado. Durante seis meses el capitán ocupó
aquella casa mortificado por las frecuentes visitas del espectro de su
hija, pero al fin ya no pudo soportarlo más. Cogió su vieja capa azul,
recogió las cosas más imprescindibles y decidió acabar sus días
mendigando su pan. Cuando se disponía a abandonar la casa, el fantasma
de su hija cedió y le hizo una proposición.
«Déjame la casa —dijo—; la
he marcado con las tristes huellas de mi desgraciado destino. Márchate y
vete a vivir a otro sitio. Mas para que tengas dinero con el cual
subsistir, yo seré tu inquilina, dado que nadie se atreve a serlo, y te
pagaré una renta por su alquiler». ¡Una renta espectral! Entonces el
fantasma fijó una cantidad. El anciano la aprobó, y cada trimestre va a
la casa a recogerla.
Me
eché a reír al escuchar este relato, mas también debo confesar que me
estremecí, ya que aquello corroboraba lo que había observado con mis
propios ojos. ¿Acaso no había sido testigo de aquellas visitas
trimestrales del capitán Diamond?
Desde luego, yo no había visto al
espectral inquilino contar el dinero y entregárselo a su padre, pero sí
había visto cómo el anciano, al salir de la casa, ocultaba una bolsa de
dinero en uno de los bolsillos de su raída capa azul. No dije nada de
todo esto a miss Deborah, ya que temía que, de hacerlo, se horrorizaría.
Así pues, decidí esperar a resolver todo este misterioso asunto, y
luego tener el placer personal de relatárselo todo a la anciana señora.
—¿No tenía más bienes el capitán? —pregunté—. Otros medios de subsistencia, quiero decir.
—Nada
en absoluto. No contaba con nada, absolutamente nada, excepto la renta
que paga el espectro de su hija. ¡Una casa embrujada, habitada por un
fantasma, es una propiedad de mucho valor!
—¿Con qué clase de moneda —pregunté sonriéndome— paga el fantasma?
—Con
auténticas monedas de oro y plata de los Estados Unidos. Este dinero
solo tiene una peculiaridad: está acuñado en una fecha anterior a la
muerte de su hija. Como verá —prosiguió miss Deborah—, es una extraña
mezcla de materia y espíritu.
—¿Es dadivoso el fantasma? ¿Es muy alta la renta que le paga al capitán?
—No
lo sé; debe ser una buena cantidad, ya que el capitán Diamond vive con
holgura, tiene una casita al borde del río con un jardín en la parte
posterior, fuma todas las pipas que quiere y nunca le faltan unos
chelines para tomarse sus buenas jarras de cerveza. En ese lugar está
pasando los años que le restan de vida, con una sirvienta negra que hace
las faenas hogareñas.
Hace algunos años acostumbraba visitar con
frecuencia el pueblo, donde era una persona conocida por todo el mundo,
pese a que la mayoría de la gente conocía su triste leyenda. Pero
últimamente se encerró en su casita, como un caracol en su concha, y
allí pasa los días, sentado junto a la chimenea, olvidado por todos los
habitantes del pueblo. Pero creo que su conducta presente obedece más
bien a que ya ha entrado en esa edad de la chochería, a la que todos
llegaremos cuando tengamos sus años.
En lo que respecta a sus facultades
físicas, estoy convencida de que aún tiene la suficiente agilidad y
fuerza como para caminar hasta su vieja mansión y recoger, cada
trimestre, la renta del fantasma. Aunque también es cierto, según creo
recordar, que una de las condiciones que el espectro de su hija le
impuso, el día que llegaron a aquel acuerdo, era que debía ir
personalmente a recoger el dinero.
Aquella
confesión por parte de la anciana señora no nos trajo ninguna
desgracia. Los días pasaban y miss Deborah continuaba junto a su soleada
ventana, cosiendo y chismorreando, sin que le acaeciera ningún maléfico
percance.
A mí tampoco me ocurrió cosa alguna por haber oído aquel
secreto, pues seguí con mi vida usual sin que nada misterioso y dañino
me sucediera. Volví a visitar el cementerio más de una vez, pero siempre
me llevaba la desilusión de no encontrar al viejo capitán Diamond.
Sin
embargo, al final una idea luminosa cruzó por mi mente, fruto de mis
observaciones: el anciano acostumbraba ir a recoger su renta al fin de
cada trimestre. Y como la vez que le vi fue el 31 de diciembre, estaba
seguro de que la próxima sería el último día de marzo. Esa fecha estaba
ya cercana.
Cumplido
el término, me dirigí a la vieja mansión y me oculté entre los
arbustos, esperando verle aparecer de un momento a otro. Había escogido
la hora del crepúsculo, ya que aquella fue la oportunidad en que lo vi
llegar la primera vez. No me equivoqué en mis suposiciones.
Llevaba ya
cierto tiempo esperando, cuando de repente se presentó de la misma
manera que la primera vez que le vi. Avanzó hacia la casa con idénticas
precauciones, se detuvo ante la puerta, hizo las reverencias, y luego
penetró en el interior.
Una luz apareció en cada rendija de las
persianas, y, una vez más, volví a abrir aquella ventana baja, tal como
lo hiciera antes. De nuevo contemplé la gran sombra reflejada en la
pared, inmóvil, solemne. Pero no vi nada más. Al fin, el hombre
reapareció, hizo las reverencias de siempre, y desapareció en el oscuro
camino, mientras yo permanecía escondido.
Un
día, pasado ya un mes desde este incidente, volví a encontrarme con el
capitán Diamond en el cementerio de Mount Auburn. El aire estaba
saturado del característico aroma primaveral; los pájaros habían
regresado y piaban en las ramas de los árboles en flor, mientras el
suave viento del oeste murmuraba entre las hojas de los arbustos.
El
anciano capitán se hallaba sentado en un banco, de cara al sol, envuelto
en su vieja capa azul, y apenas me acerqué a él, me reconoció de
inmediato. Me recibió con un gesto de cabeza idéntico al que se da al
verdugo para que decapite a un reo, pero, en el fondo, intuí que se
alegraba de volver a encontrarme.
—He
venido muchas veces por aquí con el fin de poder verle —dije después de
saludar cortésmente—. ¿No frecuenta usted este lugar?
—¿Qué desea de mí? —preguntó.
—Gozar
del placer de su amena conversación —repuse con dulzura, al darme
cuenta del tono de su voz—. Fue tan grato oírle la última vez que nos
vimos, que siempre he guardado la esperanza de volver a encontrarle.
—¿Le pareció divertida mi conversación?
—Interesante, muy interesante.
—¿No pensó que era un viejo chiflado?
—¿Chiflado...? Mi querido señor, permítame que proteste por esa idea descabellada que...
—Soy
el hombre más cuerdo del mundo —repuso el viejo capitán Diamond—. Ya sé
que esto es lo que suelen decir todos los locos, pero, por suerte o por
desgracia, no pueden probarlo. ¡Yo, sí puedo!
—Le
creo —respondí con aire de persona plenamente convencida de lo que le
dicen—. Pero me gustaría saber cómo se demuestra tal cosa.
Permaneció silencioso durante un instante.
—Se
lo diré. Una vez cometí, sin intención, un crimen, un gran crimen.
Ahora estoy pagando la penitencia a la que he consagrado lo que me resta
de vida. Pero no escondo la cara, hago frente a la realidad de las
cosas de la vida. No me he desentendido de mi delito, no lo he apartado
de mi mente, ni he tratado de huir. La penitencia es terrible, pero la
he aceptado tal como es. ¡He sido un verdadero filósofo!
Si fuese
católico, me habría metido a monje y habría pasado el resto de mi vida
haciendo penitencia y orando; mas esto no es un castigo, sino una
evasión; esto es huir de la dura y cruel realidad. Podía haberme pegado
un tiro en la cabeza y hacer pedazos mi cerebro, o torturarme hasta
enloquecer. No lo hice, ni lo haré.
Sé enfrentarme a los hechos y
aceptar sus consecuencias. Y estas, en mi caso, son horrorosas. Pero las
he aceptado hasta el día de hoy, y las admitiré hasta mi muerte. Esto
es lo que debo hacer. Por lo menos así lo considero. Es muy lógico.
—Admirablemente lógico —le respondí—. Pero despierta mi curiosidad y mi compasión.
—Sobre todo su compasión, ¿no es así? —dijo el viejo capitán—. Sí, ya lo veo en su mirada.
—Perdóneme,
pero es comprensible mi postura: si supiera con exactitud qué es lo que
le hace sufrir a lo mejor ya no le compadecería.
—Se
lo agradezco mucho, pero no necesito su piedad; no me serviría de nada.
Y ahora le voy a decir una cosa, pero no por mi bien, sino por el suyo.
Sí, no ponga usted esa cara, pues le hablo con mucha seriedad.
El
anciano hizo una pausa y miró alrededor suyo, como si temiera que
alguien estuviera escuchando. Esperé ansiosamente su revelación, pero me
desilusionó.
—¿Sigue usted estudiando teología?
—Sí, claro que sí —repuse en un tono de voz que reflejaba mi desencanto—. Es una cosa que no se puede aprender en seis meses.
—Yo
pienso lo contrario —respondió—, ya que he observado que solo confía en
lo que dicen los libros. Hay un refrán que dice: «Un grano de
experiencia vale más que una tonelada de conceptos». ¿Conoce usted este
adagio? Yo soy un gran teólogo.
—Ah, veo que ha tenido experiencias en el terreno teológico —contesté con amable sonrisa.
—Usted
habrá leído mucho sobre la inmortalidad del alma, y ha estudiado las
teorías de Jonathan Edwards y del doctor Hopkins sobre este mismo tema,
llegando a la conclusión, después de analizar capítulo por capítulo, de
que todo ello es cierto. Pero esto lo sabe usted porque lo ha leído en
los libros. ¡Pero yo lo he visto con estos ojos; lo he tocado con estas
manos!
Al
llegar a este punto de la conversación, el capitán Diamond elevó de
repente sus viejos y nudosos puños y los chocó con violencia el uno
contra el otro. Luego, más calmado, prosiguió hablándome.
—Esto
es mucho mejor que las teorías, mas he pagado un precio muy alto por
saberlo. Sí, hace bien en aprenderlo en los libros; evidentemente, es lo
mejor. Es usted un chico muy bueno, y estoy seguro, hijo mío, de que
nunca tendrá un crimen sobre sus espaldas.
Le
contesté, con cierta fatuidad juvenil, que, como todo ser humano,
tendría mis pasiones, mis flaquezas, pero que estaba convencido de que
nunca llegaría a cometer un crimen, máxime si estudiaba teología.
—Lo
creo —me respondió—, pues tiene un carácter muy bueno. Yo también lo
tengo ahora. Pero hubo una época de mi vida en que fui un hombre muy
brutal; sí, muy brutal. Creo que tengo el deber de decirle que existe
mucha maldad en este mundo. ¡Maté a mi propia hija!
—¿Que mató a su propia hija?
—La
hundí en la madre tierra de un golpe y allí la dejé morir. Pero no
pudieron ahorcarme porque no la golpeé con mi mano. La maté con
horribles y condenables palabras. Los jueces no podían ahorcarme por
esto. ¡Estas son las leyes maravillosas de nuestra amada patria! Pues
bien, mi querido amigo, yo puedo garantizar que el alma es inmortal en
lo que respecta a mi hija. Tenemos una cita para encontrarnos cuatro
veces al año, aunque el resto del tiempo no la veo.
—¿Nunca le ha perdonado?
—Lo
ha hecho de la misma manera en que perdonan los ángeles. Y esto es lo
que más me tortura y enloquece. Siempre me mira con ojos tiernos y
dulces, como un angelito de los cielos. Preferiría que me clavase un
cuchillo en el corazón a soportar esta tortura. Dios mío. Dios mío.
Y
al decir estas palabras, el capitán Diamond inclinó la cabeza sobre su
bastón, profundamente abatido, apoyando la frente sobre las manos
cruzadas.
Aquella
escena me impresionó y emocionó, y sentí una imperiosa necesidad de
hacer más inquisiciones sobre su triste situación. Antes de que pudiera
formular las preguntas que bullían en mi cerebro, el capitán se levantó,
y se puso su vieja capa raída. Era evidente que no estaba acostumbrado a
desahogarse con nadie, ni a confesar aquellos penosos recuerdos que día
y noche mortificaban su alma. Ello me hizo sentir una gran lástima por
el pobre anciano.
—Perdóneme
—dijo—, pero ahora tengo que marcharme, es decir, arrastrarme con este
bastón por ese duro camino de la vida que aún me queda por recorrer.
—¿Puedo confiar —pregunté, inquieto— en que nos volveremos a ver en este lugar?
—Mi
joven amigo, tenga en cuenta que soy un anciano decrépito y sin
fuerzas. Este sitio está muy lejos de mi residencia. Debo reservar mi
energía para ir a otro lugar. A veces me paso semanas enteras sentado
junto a la chimenea, fumando mi pipa en un viejo aunque confortable
sillón. Pero me gustaría volverle a ver.
Al llegar a este punto el viejecillo enmudeció, me dirigió una mirada fría y bondadosa al mismo tiempo, y añadió, emocionado:
—Algún
día, quizá, me encontraré en condiciones de poner mi mano sobre el
hombro de un joven honesto y decente como usted... Si un hombre es capaz
de tener un amigo, ello significa que ha ganado algo, que ha hecho una
gran conquista. ¿Cuál es su nombre?
Tenía yo en mi bolsillo un libro pequeño, los Pensamientos de Pascal, en cuya contraportada estaban escritos mi nombre y mi dirección. Lo saqué y se lo entregué a mi viejo amigo.
—Le
ruego que acepte este libro. Es una de las obras que más me han gustado
de todas las que he leído. Su lectura le dirá algo sobre mí.
El anciano capitán lo cogió, lo hojeó con lentitud, y luego me miró a los ojos, mientras decía:
—No
soy un gran lector, pero no puedo rechazar el primer regalo que he
recibido desde que me ocurrió aquella tragedia... Es probable que este
sea el último obsequio que reciba en lo que me queda de vida. Gracias,
mi joven amigo; no sabe cuánto se lo agradezco.
Y echó a andar con mi pequeño libro en sus manos.
Durante
muchos días estuve sin verlo, imaginándolo sentado junto a la chimenea
en su viejo sillón, con su pipa en la boca y leyendo mi librito. Al
final se presentó la oportunidad de volver a encontrarme con él, ya que
era el último día de junio, es decir, el término de otro trimestre, y,
con toda seguridad, iría a la vieja mansión a recoger la renta del
espectro.
Durante el mes de junio, el sol tarda mucho en ocultarse, por
lo que estaba impaciente. Por fin, hacia la hora del crepúsculo de un
hermoso día de verano, me dirigí hacia la casa del capitán Diamond. Todo
era verde alrededor de la mansión antigua, excepto el marchito jardín
en la parte posterior. Mas aquellas tristeza y soledad en que estaba
envuelta cuando la vi por primera vez bajo un cielo gris y frío de
diciembre continuaban allí.
Cuando me acerqué a la casa, comprobé que
había fallado en mis propósitos, pues tenía pensado llegar antes que el
capitán y rogarle que me dejara entrar con él. Esta vez el anciano se me
había adelantado y ya se veía luz a través de las rendijas de las
ventanas. Consideré incorrecto molestarle penetrando furtivamente por
aquella ventana baja, por lo que decidí esperar a que saliera de la
mansión. Al cabo de unos instantes se apagaron todas las luces, se abrió
la puerta y apareció el capitán Diamond.
Aquella tarde no hizo ninguna
reverencia al salir de la casa, por la sencilla razón de que, cuando se
disponía a hacerlo, vio a su joven amigo plantado ante la puerta de la
mansión, en actitud correcta pero firme y decidida. Se detuvo en seco,
me miró, y esta vez su rostro de mal cariz estuvo en consonancia con la
imprevista situación.
—Sabía que estaba usted aquí —me dijo—. Vine a propósito.
El capitán parecía abatido, desilusionado, y miraba alrededor de la casa como si temiera algo.
—Le
pido perdón —dije— si he pecado de atrevimiento, pero fue usted mismo,
como recordará, quien me alentó con sus palabras y sus teorías.
—¿Cómo sabía que estaba aquí?
—Pura
deducción. Usted me contó una mitad de su historia y yo adiviné la
otra. Soy una persona muy observadora, y me di cuenta de las extrañas
características de esta casa en cierta ocasión que pasé por aquí. Sí, me
pareció una mansión encantada, que encerraba algún misterio, quiero
decir. Cuando me dijo que había visto unos espíritus, deduje que solo
podría haber sido en este extraño lugar.
—Ya veo que es un joven muy inteligente. ¿Anda qué le trae por aquí?
Debía eludir esta pregunta.
—Pues
verá usted. Acostumbro venir muy a menudo por este lugar. Me gusta
contemplar la misteriosa y antigua mansión. En una palabra, me fascina.
—Pues yo no veo nada de agradable en esta casa —dijo, mientras se volvía y contemplaba la parte exterior del edificio.
Era
evidente que al capitán le era indiferente la apariencia exterior de la
morada, a pesar de su aire misterioso. Esta extraña actitud suya,
considerando que en aquel momento nos encontrábamos en casi plena
oscuridad, hizo que yo sintiera vagos escrúpulos y cierta aprensión.
—Estaba
ilusionado con ver el interior de esta casa. Pensé que lo encontraría
aquí y que me dejaría entrar. Siempre he conservado la esperanza de
poder ver lo mismo que usted.
El
anciano pareció alarmarse al oír mis palabras, pero su rostro
permaneció rígido, inmutable. Luego me puso una mano en el hombro,
diciendo:
—¿Sabe acaso lo que yo veo?
—¿Cómo
podría saberlo? La única forma de comprobar las cosas es, como usted ya
dijo en cierta ocasión, mediante la experiencia... Deseo tener esa
experiencia. Por favor, abra la puerta y déjeme entrar.
Los
ojos del capitán Diamond brillaron bajo sus tupidas cejas negras, y
después de contener la respiración por unos segundos, intentó
disculparse por no poder complacerme. Luego se echó a reír, y su rostro
adoptó una forma grotesca, como si se hubiera vuelto loco.
—¿Dejarle
que entre en la casa? ¿Conmigo? Mi querido y joven amigo, no entraría
en esa casa antes del tiempo que tengo concertado con el espectro de mi
hija ni por una suma mil veces mayor a la que ella me da cada trimestre.
Yo convine con el espíritu de mi hija que solo vendría a recoger la
renta cuatro veces al año, al final de cada trimestre; solo en esas
oportunidades.
Acto
seguido, el anciano capitán Diamond metió la mano en uno de los
bolsillos del raído manto y me enseñó un montoncito de monedas, envuelto
en la punta de un viejo pañuelo de seda.
—Es muy pequeña la cantidad de dinero que me entrega, pero no deseo más, si para ello tengo que entrar de nuevo en la casa.
—La primera vez que tuve el honor de hablar con usted —le contesté rápidamente—, me dijo que la cosa no era tan terrible.
—Tampoco lo digo ahora —respondió enfurecido el capitán—; pero es muy desagradable.
La
forma en que pronunció este adjetivo me hizo dudar. Mientras meditaba,
oí como un murmullo en una de las persianas, acompañado de un tenue
movimiento. Levanté la cabeza en el acto, pero no vi nada; todo seguía
inmóvil y silencioso. El capitán, mientras tanto, también había estado
reflexionando. De repente, se volvió hacia mí, e indicándome la casa
dijo:
—Lo he pensado mejor: si desea entrar solo, puede hacerlo.
—¿Me esperará aquí?
—Sí; no creo que tarde mucho en salir.
—Pero es que la casa está completamente a oscuras. Usted llevaba una luz cuando entró.
El
capitán Diamond introdujo la mano en uno de los bolsillos de la capa y,
después de hurgar durante unos instantes, sacó algunos fósforos y me
dijo:
—Tome
esto. Cuando entre, encontrará dos candelabros con cirios sobre la mesa
del vestíbulo. Enciéndalos, cójalos en la mano y... ¡adelante!
—¿Andó adónde me dirijo?
—A cualquier parte..., a todas partes. Ya se encargará el espectro de encontrarle.
(CONTINUARÁ...)