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El secreto de la estrella Azul - Marion Zimmer Bradley

Una noche en Santuario, cuando las calles exhiben el falso glamour de la luz plateada de la luna llena de modo que las ruinas parecen torres encantadas y las calles y plazas oscuras islas de misterio, el mago mercenario Lythande sale en busca de aventuras.

Lythande acababa de llegar —si es que las enigmáticas idas y venidas de un mago pueden describirse con estas palabras prosaicas— de escoltar una caravana en su viaje por los Páramos Grises hasta Twand. 

En cierto lugar de los Páramos, una manada de ratas del desierto —ratas de dos patas con dientes de acero envenenado— habían asaltado la caravana, sin saber que gozaba de la protección de la magia, y los roedores habían acabado luchando contra unos esqueletos escurridizos que escupían llamas por los ojos, desplegados alrededor de un mago de gran estatura que exhibía una estrella azul entre sus ojos centelleantes, una estrella que arrojaba rayos de un fuego gélido y paralizante. 

De tal modo que las ratas del desierto habían acabado huyendo a todo correr, y ya no pararon hasta que llegaron a Aurvesh, y los relatos que contaron allí no causaron a Lythande daño alguno salvo en los oídos de los piadosos.

Por lo tanto ahora había oro en los bolsillos de la túnica larga y oscura del mago, o tal vez oculto en cualquier otra morada que albergara a Lythande. Pues, a fin de cuentas, al jefe de la caravana casi le inspiraban más temor los poderes de Lythande que los bandidos, una circunstancia que había incrementado la generosidad con la que había recompensado al mago. 

Como tenía por costumbre, Lythande no sonreía ni fruncía el ceño, pero unos días después comentó a Myrtis, la propietaria de la Casa Afrodisia, en la calle de las Linternas Rojas, que, si bien la brujería era una habilidad útil y llena de delicias estéticas para la contemplación del filósofo, por sí misma no ponía las habichuelas en la mesa.

Un comentario curioso al que Myrtis estuvo dando vueltas en la cabeza mientras guardaba la onza de oro que Lythande le había entregado en consideración por un secreto que compartían desde hacía muchos años. Le parecía curioso que Lythande hablara de habichuelas en la mesa cuando nadie, salvo ella misma, había visto jamás que un bocado de comida o una gota de bebida cruzaran los labios del mago desde que la estrella azul adornaba su frente alta y estrecha. 

Tampoco mujer alguna del barrio había sido capaz de alardear de que el extraordinario mago le había pagado por sus favores, ni de imaginarse cómo debía de comportarse un mago como él en una situación así, cuando reducidos a carne y huesos todos los hombres eran iguales.

Tal vez Myrtis podría explicarlo si quisiera; eso pensaban algunas chicas cuando, como ocurría a veces, Lythande entraba en la Casa Afrodisia y se encerraba con la propietaria durante un largo rato, o incluso, aunque en raras ocasiones, durante toda la noche. 

Se decía, a propósito de Lythande, que la misma Casa Afrodisia había sido un obsequio que Myrtis había recibido de manos del mago después de una célebre aventura sobre la que todavía se cuchicheaba en el bazar y en la que estaban involucrados un mago malvado, dos comerciantes de caballos, un jefe de caravana y un puñado variopinto de matones que se vanagloriaban de no haber pagado una moneda de oro por una mujer en su vida y que consideraban divertido estafar a una honrada mujer trabajadora. 

A ninguno de ellos se le volvió a ver el pelo —o lo que quedara de ellos— por Santuario, y Myrtis empezó a presumir de que nunca más habría de derramar una gota de sudor para ganarse la vida, ni complacer a un hombre, y reclamó el privilegio de una madame de disponer de una cama para ella sola.

Y entonces también, pensaban las chicas, un mago de la talla de Lythande podría haber reclamado a las mujeres más hermosas desde Santuario hasta las montañas que se levantaban más allá de Ilsig; no solo las cortesanas, sino también las princesas, las damas y sacerdotisas se habrían entregado a Lythande. 

No había duda de que Myrtis había sido hermosa en su juventud; de hecho alardeaba con frecuencia de los príncipes, magos y viajeros que habían pagado grandes sumas de dinero por su amor. 

Todavía era hermosa (y por supuesto había quienes decían que Lythande no pagaba por ella, que al contrario, que era Myrtis quien pagaba al mago grandes sumas para que por obra de su poderosa magia su belleza resistiera el paso de los años), pero su cabello había encanecido y ella no se molestaba en teñírselo con henna ni con tinte de oro procedente de Tyrisis-más-allá-del-mar.

Pero si Myrtis no era la mujer que sabía cómo se comportaba Lythande en la más elemental de las situaciones, en ese caso no había otra mujer en Santuario que pudiera decirlo. También se rumoreaba que Lythande invocaba demonios femeninos de los Páramos Grises para copular lascivamente con ellos, y desde luego no era el primer mago ni sería el último sobre el que se hiciera tal afirmación.

Esa noche, sin embargo, Lythande no buscaba comida, bebida ni las delicias de los juegos amorosos. A pesar de que el mago frecuentaba las tabernas, ningún hombre había visto jamás que una gota de cerveza, aguamiel o aguardiente traspasara la barrera de sus labios. 

Lythande enfiló por el margen más alejado del bazar, bordeando la vetusta fachada del Palacio del Gobernador, manteniéndose en las sombras casi como lanzando un desafío a los asaltantes y atracadores. Su amor por las sombras provocaba las habladurías de la gente de la ciudad sobre su capacidad para aparecer y desaparecer en el aire.

Alto y delgado —de una estatura superior a la de un hombre alto y de una delgadez extrema—, Lythande exhibía el tatuaje con la forma de una estrella azul de maestro en magia encima de las cejas finas y arqueadas, e iba vestido con una túnica larga y con capucha que se fundía con las sombras. 

En cuanto a su rostro recién afeitado, o imberbe, nadie —que se recuerde— se había acercado lo suficiente a él como para poder afirmar que se trataba del capricho de un afeminado o de la ausencia absoluta de barba de un bicho raro.

El cabello oculto bajo la capucha era largo y abundante como el de una mujer, aunque canoso como ninguna fémina de aquella ciudad de rameras se habría permitido lucirlo.

Lythande continuó con rápidas zancadas en paralelo a una pared tomada por las sombras y entró por una puerta abierta sobre la que se había clavado la sandalia de Thufir, dios de los peregrinos, como reclamo de la buena suerte. 

Sin embargo, sus pasos eran tan ligeros y su túnica con capucha hasta tal punto se fundía con las sombras que cualquier testigo ocular de su entrada habría jurado después, totalmente convencido, que lo había visto aparecer del aire, protegido por conjuros, o de una capa que concedía la invisibilidad.

Un grupo de hombres en torno a la chimenea entrechocaban estruendosamente sus jarras al ritmo de una escandalosa canción de taberna que alguien acompañaba con un maltrecho laúd metálico, del que Lythande sabía que pertenecía al dueño de la taberna y que cualquier cliente podía tomar prestado. 

El músico resultó ser un joven vestido con las galas de un petimetre hechas harapos, destrozadas y rajadas por las contingencias de los caminos, que permanecía sentado perezosamente con las piernas cruzadas; y cuando la escandalosa canción llegó a su fin, la empalmó con otra, esta vez una lenta canción de amor perteneciente a otro tiempo y a otro lugar. 

Lythande conocía la canción; la había oído hacía más años de los que podía recordar, cuando el mago Lythande respondía a otro nombre y apenas si había tenido contacto con la brujería. Cuando la canción acabó, Lythande salió de las sombras y la estrella azul en el centro de su frente alta brilló a imagen y semejanza del fuego de la chimenea.

Brotaron unos leves murmullos en la taberna a pesar de que la clientela no estaba desacostumbrada a las idas y venidas inadvertidas de Lythande. El joven del laúd alzó unos ojos prodigiosamente azules debajo del ensortijado cabello negro que le caía sobre la frente. 

Era un muchacho delgado y ágil, y Lythande se fijó en el estoque que llevaba en un costado y que parecía cuidado con mimo, y en el amuleto, con la forma de una serpiente enroscada, que le colgaba del cuello.

—¿Quién eres tú, que tienes la costumbre de aparecer y desaparecer en el aire de esta manera?

—Alguien que te felicita por tus buenas aptitudes musicales. —Lythande arrojó una moneda al tabernero—. ¿Quieres tomar un trago?

—Un juglar nunca rechaza una invitación como esa. Cantar es un trabajo que lo deja a uno seco. —Pero cuando le sirvieron la bebida, preguntó—: ¿No vas a beber conmigo?

—Nadie ha visto comer o beber a Lythande jamás —masculló uno de los hombres que los rodeaban.

—Bueno, pues yo me tomo eso como un feo —protestó el joven juglar—. Compartir un trago con los camaradas es una cosa, ¡pero no soy un sirviente que cante por dinero o para beber a menos que obedezca a una muestra de amistad!

Lythande se encogió de hombros y la estrella azul de su frente alta empezó a brillar con una luz azul. Los clientes de la taberna retrocedieron, pues cuando un mago con una estrella azul se enfadaba, los que estaban cerca de él hacían bien apartándose de su camino. El juglar dejó el laúd para que no lo estorbara en el caso de que tuviera que levantarse de un brinco. 

Lythande supo, por la lentitud y la prudencia de los movimientos del juglar, que este ya había compartido una buena cantidad de tragos con sus camaradas ocasionales. La mano del juglar, no obstante, no se dirigió a la empuñadura de su espada, sino que se cerró alrededor del amuleto en forma de serpiente.

—Nunca he conocido hombre alguno como tú —señaló el juglar en un tono comedido.

Lythande notó en su interior el cosquilleo nervioso que advertía a un mago de que estaba asistiendo a un encantamiento, y rápidamente se aventuró a conjeturar que aquel amuleto era de esos que no protegían a su portador a menos que este enunciara una serie de afirmaciones ciertas —normalmente tres o cuatro— sobre su agresor o enemigo. A pesar de la desconfianza que le despertó la situación, a Lythande también le hizo gracia.

—Cierto. Y nunca conocerás a hombre alguno como yo en todos los años que deseo que vivas, juglar.

El juglar reparó, más allá del resplandor furioso de la estrella, en la mueca de burla cómplice en la boca ligeramente fruncida de Lythande.

—Y yo no te deseo ningún mal —dijo el juglar soltándose el amuleto—. Y tú tampoco a mí. Y también estas son afirmaciones ciertas, ¿verdad, mago? Con lo que ponemos el punto final a este asunto. Tal vez no exista otro hombre como tú, pero no eres el único mago que he conocido en Santuario con una estrella tatuada en la frente.

La estrella azul refulgió con intensidad, pero esta vez no se debió al juglar. Tanto él como Lythande lo sabían. La multitud que los rodeaba había recordado misteriosamente que tenía asuntos pendientes en otro sitio. El juglar recorrió con la mirada los bancos vacíos.

—Al parecer tendré que ir a otro lugar para ganarme la cena con mis canciones.

—No pretendía ofenderte cuando rechacé tu invitación de tomar un trago juntos —señaló Lythande—. El voto de un mago no se puede dejar a un lado como un laúd. Sin embargo me gustaría invitarte a una cena abundante y bien regada sin que te sientas herido en tu dignidad, a cambio de tu servicio como amigo.

—Tal es la costumbre en mi país. Cappen Varra te lo agradece, mago.

—¡Tabernero! ¡Sírvele lo mejor de tu cocina y todo lo que pueda beber esta noche a mi invitado!

—Después de una invitación tan generosa, no discutiré los pormenores de mi servicio —dijo Cappen Varra, y se lanzó a dar buena cuenta de los platos humeantes que le pusieron delante.

Mientras el juglar comía, Lythande sacó de los pliegues de su túnica una pequeña bolsa que contenía unas hierbas que despedían una fragancia dulce, las envolvió con una hoja azul y encendió el cigarrillo con un toquecito con el dedo anular. Lanzó una bocanada de humo dulce y grisáceo.

—En cuanto al servicio que te pido a cambio, no es gran cosa. Cuéntame todo lo que sepas de ese otro mago con la estrella azul. No conozco a ningún miembro de mi orden al sur de Azehur, y me gustaría asegurarme de que no fue a mí a quien viste, ni a mi espectro.

Cappen Varra sorbió el tuétano de un hueso y se limpió con esmero los dedos en el mantelito debajo de los platos. Y antes de responder dio un bocado a un fruto de jengibre.

—No fue a ti, mago, ni a tu estela ni a tu doble espectral, a quien vi. El que yo vi era mucho más ancho de espaldas y no llevaba espada, sino dos dagas ceñidas a las caderas. Tenía la barba negra y a su mano izquierda le faltaban tres dedos.

—¡Por Iles el de los Mil Ojos! ¡Rabben el Mediamano, aquí, en Santuario! ¿Dónde lo viste, juglar?

—Lo vi deambulando por el bazar, pero no compró nada que yo viera. Y luego lo volví a ver en la calle de las Linternas Rojas, hablando con una mujer. ¿Qué servicio requieres de mí, mago?

—Ya lo has cumplido.

Lythande pagó al tabernero con plata —tanta que el hosco propietario de la taberna temió que la capa de Shalpa lo cubriera en cuanto se fuera— y dejó otra moneda, esta de oro, junto al laúd de la taberna.

—Recupera tu arpa. Esto no hace justicia a tu voz.

Pero cuando el juglar levantó la cabeza para darle las gracias, el mago ya había desaparecido en las sombras; se guardó el oro en el bolsillo y preguntó:

—¿Cómo lo ha sabido? ¿Y por dónde ha salido?

—Solo Shalpa el rápido lo sabe —respondió el tabernero—. ¡Para mí que ha salido volando por el conducto de la chimenea! Ese ya tiene su capa y no necesita la de Shalpa. Ha pagado todo lo que quieras beber, muy señor mío, así que dime, ¿qué te pongo?

Y Cappen Varra procedió a emborracharse, ya que eso era lo más sensato que podía hacerse cuando uno se enredaba sin saberlo en los asuntos privados de un mago.

Ya en la calle, Lythande se tomó un momento para reflexionar. En Rabben el Mediamano no tenía un amigo; sin embargo no había razón alguna para que su presencia en Santuario tuviera algo que ver con Lythande o con una venganza personal. 

Si estuviera allí por un asunto relacionado con la orden de la Estrella Azul, si Lythande hubiera de ayudarlo en algún tema, o si el Mediamano hubiera sido enviado con la misión de convocar a todos los miembros de la orden, la estrella que ambos llevaban tatuada los habría avisado.

No obstante no pasaba nada por asegurarse. El mago caminó raudo hasta la hilera de viejas caballerizas que quedaba detrás del Palacio del Gobernador. Lo silencioso y lo recóndito del lugar resultaban propicios para la magia. 

Lythande se deslizó por uno de los minúsculos callejones laterales y levantó su capa de mago hasta que la oscuridad fue absoluta, y fue retirándose lentamente en el silencio hasta que el vacío conquistó el mundo... un vacío absoluto excepto por la estrella azul que brillaba en su frente. Lythande recordó cómo había adquirido la estrella y a qué coste: el precio que un maestro debía pagar a cambio del poder.

El resplandor azul ganó intensidad y explotó en haces multicolor palpitantes y brillantes, hasta que Lythande quedó bañado por su luz. Y allí, en el Lugar Que No Existe, sentado en un trono que parecía tallado en zafiro, se encontraba el Señor de la Estrella.

—Bienvenido, estrella hermana, hijo de las estrellas, shyryu. —El término afectuoso podía significar «camarada», «hermano», «hermana», «querido», «par», «peregrino»; su traducción literal es «el que comparte la luz de las estrellas»—. ¿Qué te trae al Palacio de los Peregrinos desde tan lejos esta noche?

—La necesidad de conocimiento, hermano de estrella. ¿Han enviado a alguien a buscarme en Santuario?

—La respuesta es no, shyryu. Todo está bien en el Templo de los Hermanos de estrella. Todavía no has sido convocado; el momento no ha llegado aún.

Todos los maestros de la Estrella Azul lo sabían; era uno de los precios que se pagaban por el poder. Cuando llegara el final del mundo, cuando todas las actividades de la humanidad y de los mortales hubieran sucumbido, el último reducto contra el ataque del Caos sería el Templo de la Estrella; y entonces el Señor de la Estrella convocaría en el Lugar Que No Es a los Maestros Peregrinos desperdigados por los rincones más remotos del mundo para que combatieran el Caos con toda la fuerza de su magia. Pero hasta que ese día llegara, gozaban de una libertad absoluta para fortalecer sus poderes.

—Todavía no ha llegado el momento —repitió en un tono tranquilizador el Señor de la Estrella—. Eres libre de moverte a tu antojo por el mundo.

El resplandor azul se atenuó y Lythande permaneció donde estaba, temblando. Por lo tanto, Rabben no había sido enviado para convocarlos para la reunión final. Sin embargo, tal vez el final y el Caos llegarían para Lythande antes del momento señalado si Rabben el Mediamano obtenía lo que se proponía.

«Se trató de una buena prueba de fuerza, ordenada por nuestros señores. Rabben, no deberías estar resentido conmigo...».

La presencia de Rabben en Santuario no tenía por qué tener algo que ver con Lythande. Podría encontrarse en la ciudad por motivos legítimos... si es que se podía calificar de legítimo algo relacionado con él. 

Solo el último día antes del fin del mundo habían jurado todos los Maestros Peregrinos luchar en el bando de la Ley contra el Caos. Y Rabben había optado por no practicarlo antes de que llegara ese momento.

Había que tomar precauciones. Lythande sabía que Rabben estaba cerca...

Al sureste del Palacio del Gobernador hay un pequeño parque triangular, al otro lado de la avenida de los Templos. Durante el día, los caminos cubiertos de grava y los recodos con arbustos están tomados por predicadores y sacerdotes que consideran insuficientes la adoración y las ofrendas; y por la noche el lugar se convierte en el reino de mujeres que no veneran a ninguna deidad salvo a La de la bolsa llena y el vientre vacío. Por ambos motivos el lugar es conocido, irónicamente, con el nombre de la Promesa del Cielo. En Santuario, como en cualquier otro lugar, es bien sabido que aquellos que prometen no siempre cumplen.

Lythande, que no tenía por costumbre frecuentar mujeres ni sacerdotes, no solía pisar el parque, que ahora parecía desierto. Los vientos molestos habían empezado a soplar, y azotaban arbustos y matorrales dotándolos de sorprendentes formas bestiales que ejecutaban actos poco naturales. 

Y gimiendo de una manera extraña alrededor de los muros y los aleros de los tejados de los templos al otro lado de la calle, el viento del que se afirmaba en Santuario que era el gemido de Azyuna en la cama de Vashanka. Lythande avanzó rápidamente, bordeando la penumbra de los caminos. Y entonces sonó el grito desgarrador de una mujer.

Desde las sombras, Lythande vislumbró la forma de una muchacha con el vestido raído y hecho jirones; iba descalza y le sangraba la oreja de cuyo lóbulo le habían arrancado un valioso pendiente. Estaba forcejeando para zafarse de los brazos de hierro de un hombre musculoso y corpulento de barba negra, y lo primero que vio Lythande fue la mano que aferraba la muñeca delgada y huesuda de la muchacha: le faltaban dos dedos completos y tenía otro seccionado a la altura del primer cartílago. Solo entonces —cuando ya era absolutamente innecesario— vio Lythande la estrella azul entre las pobladas cejas negras ¡y los felinos ojos amarillos de Rabben el Mediamano!

Lythande lo conocía desde hacía mucho tiempo, del Templo de la Estrella. Incluso entonces, Rabben ya era un depravado de una lascivia bien conocida. ¿Por qué, se preguntó Lythande, sus señores no le pedían que renunciara a su lascivia a cambio de sus poderes? Lythande apretó los labios con amargura; tan célebre era la lascivia de Rabben que si renunciaba a ella todo el mundo conocería el secreto de su poder.

Los poderes de un maestro de la Estrella Azul dependían de un secreto. Del mismo modo que en la antigua leyenda del gigante que guardaba su corazón en un lugar secreto fuera de su cuerpo y, junto con él, su inmortalidad, los maestros de la Estrella Azul depositaban toda su fuerza psíquica en un único secreto, y quien descubría ese secreto absorbía los poderes del maestro. De modo que el secreto de Rabben debía de ser otro... Lythande no se entretuvo especulando sobre ello.

La chica gritaba con desesperación mientras Rabben la tiraba de la muñeca. Cuando la estrella del mago empezó a brillar, la muchacha se tapó los ojos con la mano libre para protegérselos del resplandor. Lythande emergió de las sombras aún no plenamente convencido de intervenir.

—¡Por Shipri la Madre de Todo, suelta a esa mujer! —espetó Lythande con el chorro de voz que en el patio de la Estrella Azul había llevado a los aprendices de mago a llamarlo «juglar» en vez de «mago».

Rabben giró en redondo.

—¡Por el noningentésimo nonagésimo noveno ojo de Iles! ¡Lythande!

—¿Es que no hay suficientes mujeres en la calle de las Linternas Rojas como para que tengas que maltratar a una niña en la calle de los Templos?

Lythande había visto lo joven que era la chica, sus bracitos delgados, sus piernas y sus tobillos infantiles y los pechos todavía incipientes debajo de la túnica sucia y raída.

Rabben miró a Lythande y soltó un gruñido.

—Siempre has sido un remilgado, shyryu. Ninguna mujer viene aquí a menos que se venda. ¿Acaso la quieres para ti? ¿Ya te has hartado de tu madame gorda de la Casa Afrodisia?

—¡Ni se te ocurra mencionar su nombre, shyryu!

—¿Tanto te importa el honor de una ramera?

—Suelta a la chica —replicó ignorando el comentario de Rabben—, o tendrás que vértelas conmigo.

La estrella de Rabben empezó a lanzar rayos; el mago arrojó a un lado a la chica, que cayó como un peso muerto al pavimento, donde permaneció tendida inmóvil.

—Esperará ahí hasta que tú y yo hayamos acabado. ¿Pensaste que podría huir mientras nosotros luchábamos? Ahora que pienso, nunca te he visto con una mujer, Lythande... ¿Es ese tu secreto, Lythande? ¿No puedes satisfacer a las mujeres?

Lythande se mantuvo imperturbable. Sin embargo, independientemente del precio que hubiera de pagar, no podía permitir que Rabben continuara por ese camino.

—Tal vez a ti te guste copular como un animal en las calles de Santuario, Rabben, pero yo no soy tú. ¿Vas a dejar que la chica se marche o prefieres luchar?

—Tal vez debería dejártela a ti. Lo nunca visto. ¡Lythande involucrado en una pelea callejera por una mujer! ¡Ya ves! ¡Conozco perfectamente tus hábitos, Lythande!

«¡Por la maldición de Vashanka! ¡Ahora no me queda otra que luchar para salvar a la chica!».

El estoque de Lythande salió con un chasquido de la funda y atacó a Rabben como por propia voluntad.

—¡Ja! ¿Crees que Rabben resuelve sus reyertas callejeras con la espada como un vulgar mercenario?

La punta de la espada de Lythande explotó en el resplandor azul de la estrella y se transfiguró en una serpiente brillante, que se torció hacia atrás y rebasó la empuñadura vertiendo veneno por los colmillos mientras trataba de enroscarse alrededor del puño de Lythande. 

También la estrella de Lythande empezó a refulgir, y la espada se transformó de nuevo en acero, aunque quedó retorcida e inservible, con la forma de la serpiente enroscada hacia la funda. Encolerizado, Lythande soltó el trozo inútil de acero y arrojó una lluvia de fuego que salió chisporroteando en dirección a Rabben. 

El corpulento maestro se envolvió rápidamente en una nube de niebla y el chorro de fuego se extinguió. Lythande advirtió mediante un sentido que escapaba a la conciencia que empezaba a congregarse una multitud en torno a ellos; no ocurría dos veces en la vida que dos maestros de la Estrella Azul libraran una batalla de conjuros en las calles de Santuario. El resplandor de las estrellas que refulgían en las frentes de los magos echaba chispas en todas las direcciones.

Arrastradas por un viento aullante aparecieron unas pequeñas antorchas voraces cuyas llamas titilantes azotaron a Lythande y desaparecieron en cuanto tocaron la figura alta del mago. Entonces un violento torbellino agitó los árboles, arrancó las hojas de las ramas y fustigó a Rabben hasta derribarlo sobre las rodillas. Lythande empezaba a aburrirse; había que acabar de una vez. 

Ni uno solo de los espectadores que presenciaban la lucha con los ojos como platos supo decir después qué había ocurrido, pero Rabben se fue encorvando muy lentamente, centímetro a centímetro, hasta que hincó las rodillas en el suelo, se puso luego a cuatro patas y a continuación, tendido bocabajo, con la cara pegada al suelo, cada vez más apretada contra él y moviendo adelante y atrás la cabeza fuertemente estrujada contra la tierra.

Lythande acudió junto a la chica y la levantó. Ella miró con incredulidad al fornido hechicero que estaba estrujando su barba negra contra la tierra.

—¿Qué ha...?

—No te preocupes... Vámonos de aquí. El conjuro no lo entretendrá demasiado, y cuando se levante estará furioso —dijo Lythande con un leve tono de burla en la voz.

La chica no necesitaba una explicación viendo a Rabben con la barba y la estrella azul cubiertos de tierra y de polvo...

La muchacha salió disparada siguiendo la estela de la túnica del mago. Cuando estuvieron bien lejos de la Promesa del Cielo, Lythande se detuvo con tanta brusquedad que la muchacha se estampó contra él.

—Dime, ¿quién eres?

—Me llamo Bercy. ¿Y usted?

—Un mago no dice su nombre a la ligera. En Santuario me llaman Lythande.

El mago examinó a la muchacha y se dio cuenta, con una punzada, de que debajo de la tierra y del cabello desgreñado se escondía una chica muy guapa y muy joven.

—Puedes irte, Bercy. No volverá a ponerte la mano encima. Le he vencido limpiamente en el duelo.

La chica se arrojó a la espalda de Lythande y se aferró a él.

—¡No me dejes sola! —suplicó la muchacha, agarrándose al mago, con los ojos rebosantes de adoración.

Lythande la miró con el ceño fruncido.

Predecible, por supuesto. Bercy creía —¿y quién en Santuario no lo habría hecho?— que la chica era el premio para quien ganara el duelo, de modo que ella estaba preparada para entregarse al vencedor. Lythande hizo un gesto de protesta.—No...

La muchacha entornó los ojos en un gesto de compasión.

—¿Entonces es cierto lo que Rabben dijo...? ¿Que su secreto es que está privado de virilidad?

Sin embargo, detrás de la compasión se advertía un leve matiz de entusiasmo. ¡Menudo chisme! ¡Vaya cotilleo sabroso para chismorrear en las calles de las Mujeres!

—Baja la voz. —La mirada que le lanzó Lythande no admitía discusión—. Ven conmigo.

La chica siguió al mago por las calles sinuosas que conducían a la calle de las Linternas Rojas. Lythande caminaba con pasos firmes y seguros. Pasaron por delante de la Casa de las Sirenas, donde —según se decía— podían encontrarse delicias tan exóticas como la que prometía su nombre; y de la Casa de los Látigos, evitada por todo el mundo excepto por aquellos que se negaban a ir a otro lado; y, finalmente, bajo el rostro de la Dama Verde, como era venerada en los lugares más remotos y al otro lado del Ranke, la Casa Afrodisia.

Bercy contempló con los ojos como platos el vestíbulo con columnas, el resplandor de un centenar de faroles, las mujeres vestidas exquisitamente que aguardaban a que las llamaran apoltronadas sobre cojines. 

Todas ellas lucían elegantes vestidos y joyas —Myrtis conocía su negocio y la mejor manera de presentar su producto—, y a Lythande no se le escapó que la mirada de la harapienta Bercy era de envidia; probablemente la muchacha había estado vendiéndose en el bazar por un puñado de monedas de cobre o por una hogaza de pan desde que había tenido la edad para hacerlo. 

Sin embargo, de algún modo, como las flores que cubren un estercolero, conservaba una belleza exquisita y lozana, toda dorada y blanca, como una flor. A pesar de la ropa raída y el cuerpo esquelético, la muchacha había llegado al corazón de Lythande.

—Bercy, ¿has comido hoy?

—No, mi señor.

Lythande llamó al eunuco gigantón Jiro, quien se encargaba de acompañar a los clientes que gozaban de favoritismo a las cámaras de las mujeres que habían escogido y de echar a la calle a los borrachos y a los groseros. 

El eunuco apareció con su enorme panza, desnudo salvo por un escueto taparrabos y con una docena de aros prendidos de una oreja. Una vez había tenido una amante que se dedicaba a la venta de anillos y lo había utilizado para exhibir el género.

—¿En qué podemos servir al mago Lythande?

Las mujeres repantigadas en los sofás y en los cojines cuchicheaban entre sí sorprendidas y consternadas, y Lythande casi podía oír sus pensamientos:

«Ninguna de nosotras ha sido capaz de atraer o de seducir al gran mago, ¿y ahora se ha encaprichado de esta muchacha de la calle harapienta?».

—¿Puedo ver a madame Myrtis, Jiro?

—Está durmiendo, oh, gran mago, pero ha dejado la orden de que la despertáramos a cualquier hora si era usted quien preguntaba por ella. ¿Esto de aquí... —ningún ser vivo puede alcanzar las cotas de desdén del jefe de los eunucos de un burdel de moda—... es suyo, señor Lythande? ¿O es un regalo para la madame?

—Ambas cosas, quizá. Dale algo de comer y búscale un lugar para pasar la noche.

—¿Y un baño, mago? ¡Lleva encima pulgas suficientes para infestar todos los cojines de una habitación!

—Sí, claro, también un baño femenino con esencias y aceites —dijo Lythande—, y algo que semeje un vestido completo.

—Yo me encargo —afirmó Jiro con satisfacción.

Bercy miró a Lythande con ojos asustados, pero obedeció al mago cuando este le indicó que acompañara a Jiro. Cuando el eunuco se la llevó, Lythande vio a Myrtis parada en la puerta. Era una mujer entrada en carnes, ya no joven, aunque poseía la belleza gélida de un hechizo. Envueltos por unas facciones perfectamente conjuradas, sus ojos expresaron calidez y afecto cuando sonrió a Lythande.

—Amor, no esperaba verte aquí. ¿Es tuya? —Sacudió la cabeza hacia la puerta que acababa de atravesar Jiro con la atemorizada Bercy—. Seguramente se escapará cuando le quites los ojos de encima, ya lo sabes, ¿no?

—Ojalá, Myrtis. Pero me temo que no tendré esa suerte.

—Será mejor que me cuentes toda la historia —dijo Myrtis.

Lythande le relató de una manera breve y sucinta todo el episodio.

—¡Y como te rías, Myrtis, retiraré mi conjuro y volverás a tener el pelo gris y la cara llena de arrugas para mofa de Santuario!

Myrtis, sin embargo, hacía demasiado tiempo que conocía a Lythande como para tomarse en serio su amenaza.

—¡De modo que la doncella que has rescatado arde en deseos por el amor de Lythande! —Rió entre dientes—. ¡Suena exactamente igual que una vieja balada!

—¿Qué voy a hacer, Myrtis? ¡Por los pezones de Shipri la Madre de Todo, me enfrento a un dilema!

—Confía en ella y explícale por qué es imposible el amor entre ustedes —respondió Myrtis.

Lythande frunció el ceño.

—Tú conoces mi secreto porque no tuve otra opción; me conociste antes de que adquiriera mis poderes o llevara la estrella azul...

—Y antes de que yo me hiciera ramera —aseveró Myrtis.

—Pero si provoco que esta chica se sienta estúpida por quererme, me odiará en la misma medida que me ama. Y no puedo compartir mi secreto con alguien a quien no pueda confiar mi vida y mis poderes. Todo lo que tengo es tuyo, Myrtis, por el pasado que compartimos. Incluidos mis poderes si alguna vez los necesitaras. Pero no puedo confiar todo eso a esa muchacha.

—Aun así está en deuda contigo por haberla rescatado de las garras de Rabben.

—Pensaré en ello —dijo Lythande—. Y ahora, apresúrate y tráeme algo de comer. Tengo un hambre y una sed que me muero.

Lythande se aisló en una habitación privada y comió y bebió servido personalmente por Myrtis.

—Yo nunca podría haber hecho tu voto... comer y beber sin ser visto por hombre alguno —dijo la madame.

—Si desearas tener el poder de un mago serías capaz de mantener tu promesa —respondió Lythande—. Ya rara vez siento la tentación de romperla. Solo temo quebrantarla sin darme cuenta. No puedo beber en las tabernas por si acaso entre las mujeres hubiera alguno de esos hombres extraños que hallan divertido vestirse con ropas femeninas. Por esa misma razón tampoco como ni bebo aquí en presencia de tus mujeres. Todo el poder depende de los votos y del secreto.

—En ese caso no puedo ayudarte —dijo Myrtis—. Ya que no quieres contarle la verdad a la chica, dile que juraste vivir sin mujeres.

—Tal vez lo haga —repuso Lythande, que acabó de comer con el rostro fruncido.

Pasado un rato, Bercy fue conducida a la habitación. Llegó con los ojos como platos, embelesada con el elegante vestido que le habían dado y el cabello recién lavado, que se le rizaba ligeramente alrededor de la cara sonrosada. De todo su cuerpo emanaba la fragancia dulce de los aceites de baño y los perfumes.

—En este sitio las chicas llevan una ropa tan bonita, ¡y una de ellas me ha dicho que podían comer dos veces al día si querían! ¿No le parece que soy lo suficientemente bonita como para que madame Myrtis deje que me quede?

—Si así lo deseas. Eres la más bonita de todas.

—Preferiría ser suya, mago —dijo Bercy con deseo, y volvió a arrojarse sobre Lythande. Se aferró al rostro demacrado del mago y tiró de él para acercárselo al suyo.

Lythande, quien rara vez tocaba algo con vida, la sujetó con suavidad, haciendo un esfuerzo para no revelar su consternación.

—Bercy, pequeña, solo es un capricho. Se te pasará.

—No —respondió sollozando la muchacha—. ¡Le amo! ¡Solo le quiero a usted!

Y entonces, de un modo inconfundible, Lythande notó ese ligero hormigueo de advertencia en su sistema nervioso, ese aviso en forma de estremecimiento que lo alertaba: «Hay un conjuro en marcha». El objetivo del encantamiento no era Lythande —en este caso podría haberlo contrarrestado—, sino otro espacio de la habitación.

«¿Aquí, en la Casa Afrodisia?». Lythande sabía que podía confiar a Myrtis su vida, su reputación, su fortuna, incluso sus poderes mágicos de la Estrella Azul. Ya lo había demostrado anteriormente. Además, en el caso de que la madame hubiera cambiado hasta el punto de ser capaz de traicionarlo, Lythande lo habría advertido en su aura cuando estaban juntos.

Eso solo dejaba a la muchacha, que continuaba asida a él y gimoteando.

—¡Moriré si no me ama! ¡Moriré! ¡Dígame que no es cierto, Lythande, que es usted incapaz de amar! ¡Dígame que es una burda mentira que los magos están castrados, que son incapaces de amar a las mujeres...!

—Sin duda es una burda mentira —afirmó Lythande con el gesto serio—. Te aseguro solemnemente que nunca me han castrado.

Sin embargo, Lythande notó un cosquilleo en los nervios mientras hablaba. Un mago podía mentir, y la mayoría de ellos lo hacía. Lythande siempre estaba dispuesto a mentir como cualquier otro, siempre por una buena causa, pero la ley de la Estrella Azul establecía lo siguiente: cuando se le realizara una pregunta directa relacionada con el secreto, el maestro no podía responder con una mentira directa. Y Bercy, en su inconsciencia, estaba a una sola pregunta de la cuestión fatídica sobre su secreto.

Con un esfuerzo descomunal, la magia de Lythande arrancó las costuras del mismísimo Tiempo. La chica se quedó petrificada, ajena al discurrir de los segundos, y Lythande se apartó de ella la distancia necesaria para estudiar su aura. Y en efecto, entre las trazas de su campo vibratorio se vislumbraba la sombra de una Estrella Azul, la de Rabben, dominando la voluntad de la chica.

Rabben. Rabben el Mediamano. Él había depositado su voluntad en la chica; él había ideado y organizado toda la trama, incluida la escena en la que la muchacha necesitaba ayuda; encantar a la muchacha para atraer a Lythande y hechizarlo.

La ley de la Estrella Azul prohibía a un maestro de la Estrella matar a otro, ya que todos serían necesarios para luchar hombro con hombro contra el Caos el día del fin del mundo. Sin embargo, si un maestro podía arrancarle el secreto de su poder a otro... entonces el mago que había perdido sus poderes ya no era necesario para el combate contra el Caos y podía ser asesinado.

¿Qué podía hacer ahora? ¿Matar a la chica? Rabben también tomaría eso como una respuesta. El encantamiento que dominaba a Bercy la volvía irresistible para cualquier hombre. Si Lythande la dejaba marchar intacta, Rabben sabría que el secreto de Lythande descansaba en esa área y no cejaría en sus intentos por descubrirlo. 

En el caso de que Lythande no sucumbiera a los efectos de este conjuro sexual que hacía irresistible a Bercy, significaría que era un eunuco, o un homosexual o... Lythande empezó a sudar y no se atrevió a seguir tirando de ese hilo. Su secreto solo estaría a salvo mientras no le preguntaran. Su aura nunca lo delataría; pero una sola pregunta y todo habría acabado.

«Debería matarla —pensó Lythande—. Ya no estoy luchando solo por conservar mis poderes, también por mi secreto y mi vida. Sin duda, una vez que perdiera mi magia, Rabben no perdería un segundo en acabar conmigo como venganza por la pérdida de la mitad de la mano».

La muchacha seguía inmóvil, en trance. ¡Qué fácil sería matarla! Pero entonces Lythande recordó un antiguo cuento de hadas que tal vez podría utilizar para salvaguardar el secreto de la Estrella.

La luz parpadeó mientras el Tiempo regresaba a la cámara. Bercy seguía aferrada a él y gimoteando, ajena al lapso de tiempo detenido; Lythande ya había decidido lo que haría, y la muchacha notó que el mago la envolvía con sus brazos y la besaba en la boca anhelante.

—¡Tiene que amarme! ¡Moriré si no! —exclamó sollozando Bercy.

—Te haré mía —afirmó Lythande en un tono suavemente neutro y muy dulce—, pero incluso un mago es vulnerable en el amor, así que debo tomar algunas precauciones. Hay que preparar un lugar sin más luz ni sonido que los que yo aporte con mi magia; y tú has de jurar que no intentarás verme ni tocarme excepto por medio de esa luz mágica. ¿Lo juras por la Madre de Todo, Bercy? Si lo juras te amaré como nunca ninguna mujer ha sido amada jamás.

—Lo juro —respondió temblando la muchacha.

Lythande sintió una compasión infinita por Bercy, a quien Rabben había utilizado de un modo tan despiadado. Tanto, que ahora ella ardía viva en su amor —insatisfecho y provocado por el conjuro— por el mago y era prisionera de su pasión por Lythande. «Si me hubiera amado sin que mediara un conjuro, yo también podría haberla amado», pensó Lythande con amargura.

«¡Entonces podría haberle confiado mi secreto! Pero Bercy solo es un instrumento de Rabben; su amor por mí es obra suya, y en él no hay nada de su voluntad... ni de realidad...». De modo que todo lo que pasara entre ellos a partir de ese momento solo sería una pantomima representada para Rabben.

—Lo prepararé todo con mi magia.

Lythande salió de la cámara y pidió a Myrtis todo lo que necesitaba. La mujer se echó a reír, pero un mero vistazo al semblante sombrío de Lythande le cortó la risa de cuajo. Conocía al mago desde mucho antes de que le colocaran la Estrella Azul entre los ojos y guardaba el secreto de Lythande por el amor que le profesaba, así que le rompía el corazón verlo presa de tanto sufrimiento.

—Lo tendrás todo listo —dijo la madame—. Le echaré una droga en el vino para debilitar su voluntad, así te será más sencillo hechizarla.

—Rabben ya lo hizo por nosotros cuando utilizó el conjuro para que se enamorara de mí —dijo Lythande con un horrible poso de amargura en la voz.

—¿Habrías preferido que fuera de otro modo? —preguntó Myrtis, vacilante.

—¡Todos los dioses de Santuario están riéndose de mí! ¡Madre de Todo, ayúdame! Preferiría que fuera de otro modo. Podría amarla si no fuera un instrumento de Rabben.

Cuando todo estuvo listo, Lythande entró en la habitación oscura. No había más luz que la luz de la Estrella Azul. La muchacha estaba tumbada en la cama y levantó los brazos hacia el mago con un aire de abandono exaltado.

—¡Ven conmigo! ¡Ven conmigo, amor mío!

—Enseguida —respondió Lythande, sentándose a su lado. Le acarició el cabello con una ternura que ni siquiera Myrtis habría sospechado que poseía—. Te cantaré una canción de amor de mi lejana patria.

Ella se estremeció de placer.

—¡Todo lo que venga de ti está bien, amor mío, mago mío!

Lythande sintió el vacío provocado por la desesperación absoluta. La muchacha era hermosa y estaba enamorada. Yacía tendida sobre la cama preparada para ambos, y sin embargo los separaba la vastedad del mundo. No se veía capaz de soportarlo.

Lythande cantó con su voz profunda y hermosa, una voz más encantadora que cualquier conjuro:

Ya se ha consumido la mitad de la noche; y la corona de la luna

Se desvanece, y ahora la corona de las estrellas palidece;

El cielo acepta a regañadientes la llegada de la mañana;

Yo sigo tendido solo.

Te amaré como ninguna mujer ha sido amada nunca.

Lythande reparó en las lágrimas en las mejillas de Bercy.

Entre la muchacha acostada en la cama y la figura inmóvil del mago, y mientras la túnica de Lythande caía pesadamente al suelo, empezó a cobrar forma un espectro; un espectro que en un primer momento pareció el doble de Lythande, alto y enjuto, con los ojos brillantes, con una estrella entre las cejas y un cuerpo pálido y sin cicatrices. 

Tenía la forma del mago, pero el espectro poseía una virilidad imponente, y avanzó hacia la mujer que lo esperaba inmóvil. La muchacha estaba cegada por su libido, atrapada, poseída, hechizada. Lythande le permitió ver la imagen fugazmente; ella no podía ver al verdadero Lythande que estaba detrás. Entonces, cuando Bercy cerró los ojos extasiada al notar el contacto del mago, este le acarició delicadamente los párpados con los dedos.

—¡Verás... lo que te pida que veas!

—¡Oirás... lo que te pida que oigas!

—¡Sentirás... solo lo que te pida que sientas, Bercy!

Y a partir de ese momento, Bercy quedó sometida al conjuro del espectro. Con indiferencia, sin inmutarse, Lythande observó cómo se cerraban los labios de la muchacha apretados contra el vacío y besaban unos labios invisibles; Lythande sabía en todo momento qué estaba tocándole y acariciándole. 

Cautivada y embelesada por la ilusión, que la llevó una y otra vez hasta las cimas del éxtasis, la muchacha soltó finalmente un grito de liberación. Solo para Lythande aquel grito sonó amargo, pues no iba dirigido a él, sino al espectro que la poseía.

Bercy quedó tendida en la cama, casi inconsciente, saciada, y Lythande la observó con dolor. Cuando la chica volvió a abrir los ojos, el mago estaba contemplándola con el gesto apesadumbrado.

Bercy tendió lánguidamente hacia él sus brazos.

—Es cierto, amor, me has amado como ninguna mujer había sido amada jamás.

Por primera y última vez, Lythande se inclinó hacia ella y apretó sus labios contra los de la muchacha en un beso largo y de una inmensa ternura.

—Duerme, querida.

Y cuando ella se sumió en un sueño extático y exhausto, Lythande rompió a llorar.

Mucho antes de que la chica se despertara, Lythande se levantó y se preparó en la pequeña cámara de Myrtis para emprender un viaje.

—El conjuro se mantendrá. Irá corriendo a Rabben con la historia... la historia de Lythande, ¡el amante sin parangón! Lythande, ¡el de la virilidad inagotable! ¡Capaz de amar a una doncella hasta agotarle las energías! —La amargura teñía de aspereza la voz profunda de Lythande.

—Y mucho antes de que regreses a Santuario, cuando los efectos del conjuro hayan desaparecido, ya te habrá olvidado en los brazos de muchos otros amantes —afirmó Myrtis—. Sería mejor y más seguro que así fuera.

—Cierto —dijo Lythande, aunque añadió con la voz quebrada—: Cuida de ella, Myrtis. Trátala con cariño.

—Lo haré. Te lo prometo, Lythande.

—Ojalá hubiera podido amarme sin más...

El mago se derrumbó y volvió a llorar brevemente. Myrtis apartó la mirada, desagarrada por el dolor. No sabía cómo consolar a Lythande.

—¡Ojalá hubiera podido amarme por lo que soy, sin el conjuro de Rabben de por medio! ¡Amarme sin fingimientos! Pero temía no poder dominar el conjuro obrado en ella por Rabben... ni confiar en que no me traicionara cuando supiera que...

Myrtis rodeó tiernamente a Lythande con sus brazos rellenitos.

—¿Te arrepientes?

La pregunta era ambigua. Podría haber significado «¿Te arrepientes de no haber matado a la chica?», o «¿Te arrepientes de la promesa y del secreto que habrán de acompañarte hasta el día del fin del mundo?». Lythande prefirió responder a la segunda interpretación:

—¿Si mi arrepiento? Llegará un día en que tendré que luchar contra el Caos junto al resto de mi orden. Al lado de Rabben incluso, si no lo matan antes. Y solo eso debe justificar mi existencia y mi secreto. Sin embargo, ahora tengo que marcharme de Santuario, y quién sabe cuándo los avatares de la vida me traerán de nuevo a esta dirección. Dame un beso de despedida, hermana.

Myrtis se puso de puntillas y sus labios se fundieron con los de Lythande.

—Hasta que volvamos a vernos, Lythande —se despidió la madame—. Que Ella te asista y cuide de ti eternamente. Adiós, mi querida hermana.

La maga Lythande se ciñó entonces la espada y abandonó la ciudad de Santuario sin ser vista ni oída cuando empezaba a despuntar el alba. Y en su frente, el brillo de la Estrella Azul empezó a atenuarse por la aparición del sol. Ni una sola vez volvió la vista atrás.

Chocolate negro - Mercedes Abad

Pongamos que la señora Alondra es una mujer de cerca de cincuenta años. Pongamos que la vida no la ha tratado ni muy bien ni muy mal y que está tan satisfactoriamente casada como puede estarlo una persona después de una secuencia ininterrumpida de veinticinco años de matrimonio. Pongamos que los 2,2 hijos con que la señora Alondra ha contribuido a la reproducción de la especie hace ya tiempo que se abren camino por la vida apartando a codazos a los hijos de mujeres muy parecidas a la señora Alondra. Pongamos que ya no hay el menor atisbo de sorpresa o de desorden o de locura en la vida de la señora Alondra. Pongamos que su vida está estancada en una prórroga, en una especie de prolongación inerte y repetitiva de la partida que, en realidad, concluyó hace rato. Pongamos que la señora Alondra no se formula las cosas de este modo, ni de ningún otro en realidad. Pongamos que a menudo es presa de un profundo desasosiego cuya causa ignora. Pongamos que para combatir esa sensación opresiva toma a menudo chocolate negro, muy amargo.

Pongamos también que la señora Alondra tiene una amiga íntima llamada señora Paloma y cuyas circunstancias vitales, incluida la afición por el chocolate negro, muy amargo, son en lo fundamental muy parecidas a las de la señora Alondra. Pongamos que en el curso del tiempo las dos mujeres han establecido la costumbre de comer juntas una vez al mes. Pongamos también que ninguna de las dos mujeres sería capaz de explicar por qué durante todo ese tiempo han mantenido en secreto sus encuentros mensuales, ocultándoselos en particular a sus maridos, cuando en realidad no hay en esas comidas entre dos viejas amigas nada susceptible de ser ocultado. Pongamos que, en cualquier caso, el hecho de que sus encuentros sean secretos les proporciona a ambas mujeres una extraña y perturbadora sensación de libertad y transgresión, como si hubieran logrado arañarle a su vida una minúscula esfera íntima que les proporciona atisbos de una realidad menos estrecha y mejor ventilada, aunque ellas jamás se lo han formulado de ese modo.

Pongamos que en el curso de una de esas comidas a la señora Alondra se le ocurre de pronto, en una inspiración tan casual como inexplicable, contarle a la señora Paloma que tiene un amante. Pongamos que es la primera mentira que le cuenta a su amiga. Pongamos que, no bien ha soltado su embuste, la señora Alondra se siente tan perpleja como avergonzada y durante unos instantes está a punto de desmentirlo de inmediato. Pero en vista del interés que su mentira ha despertado de pronto en la señora Paloma, decide seguir tirando del hilo de su ficción y la dota de textura y verosimilitud mediante la invención de una serie de extraordinarios pormenores. Pongamos que, al término de esa comida, la señora Alondra ha compuesto el retrato de un hombre espléndido y ha pergeñado algunas de las líneas maestras de una hermosa historia de amor. Pongamos también que esta ficción surte el curioso efecto de imprimirle un nuevo tono, marcadamente más luminoso, a la vida de la señora Alondra. Pongamos que el desasosiego que tan a menudo se apoderaba de su ánimo entra en fase de remisión. Pongamos también que sigue alimentando su ficción no solo cuando se encuentra con la señora Paloma, sino también a solas. Pongamos que ya casi nunca toma chocolate negro, muy amargo.

Pongamos que la señora Paloma nunca ha tenido un amante ni nunca ha contemplado la posibilidad de tenerlo. Pongamos que a raíz de la comida en la que su amiga le contó que tenía un amante la señora Paloma empieza a tomar dosis mucho más altas que antes de chocolate negro, muy amargo. Pongamos que desde entonces una extraña jauría de pensamientos disparatados, enfurecidos e indomeñables le aúllan en el cerebro noche y día. Pongamos que trata de amordazar a esos perros aulladores sin resultados apreciables. Pongamos que lo que le aúllan los perros noche y día es que su vida está vacía, que se halla en un punto muerto, y que todo, o por lo menos lo mejor, se acabó ya tiempo atrás. Pongamos que después de cierto tiempo conoce a un hombre, que ni le gusta mucho ni le disgusta, y lo convierte en su amante. Pongamos también que, comparado con lo que sabe del amante de la señora Alondra, su propio amante se le antoja ligeramente decepcionante.

Pongamos que cuando la señora Paloma le confiesa que ella también tiene un amante, la señora Alondra no piensa ni por un momento en la posibilidad de que el amante de su amiga sea un hombre real. Pongamos que la señora Paloma omite comunicarle a su amiga su leve decepción. Pongamos también que la señora Alondra se alegre sinceramente de que la señora Paloma se haya decidido a seguir su ejemplo, pues no duda de que así la vida de su amiga experimentará la sensible mejoría que se produjo en la suya desde el momento en que tuvo la curiosa y feliz ocurrencia de inventarse un amante.

Pongamos que en su siguiente encuentro, la señora Alondra se sorprende al descubrir que la señora Paloma no parece particularmente contenta. Pongamos que la señora Paloma se muestra renuente a hablar de su propia aventura y que, en cambio, le pide a la señora Alondra detalles significativos de la personalidad de su amante y del curso que toma su relación. Pongamos que a la señora Alondra le da por pensar, claro que solo es una mera sospecha carente de fundamentos, que acaso la señora Paloma no esté demasiado satisfecha de su amante.

Pongamos que al término de la comida las dos amigas piden, como acostumbran a hacerlo siempre, chocolate negro, muy amargo. Pongamos que la señora Alondra apenas si lo prueba. Pongamos también que la señora Paloma se da un auténtico atracón de chocolate negro, muy amargo. Pongamos que precisamente mientras observa a su amiga comer con voraz ansiedad el chocolate negro, muy amargo, la señora Alondra comprende que la señora Paloma se ha inventado un amante equivocado y que el suyo, desde luego, es mucho más competente.


La renta espectral - Henry James (Parte 2)

Durante varios días, pregunté discretamente a varias personas de confianza si conocían a un tal capitán Diamond. Ninguna de ellas había oído hablar nunca de él. De repente caí en la cuenta de que disponía de una fuente donde podría informarme, quizá, sobre el extraño viejecillo. 

Aquella excelente persona me había obsequiado en su mesa en numerosas ocasiones, y solía dispensar su hospitalidad a los estudiantes, a veces durante toda una semana. Tenía una hermana, tan bondadosa como él, de una conversación tan amena y variada que era un verdadero placer hablar con ella. 

Era conocida como miss Deborah, una vieja criada en el sentido más amplio del término. Tenía el cuerpo deforme y nunca salía de su casa; se pasaba todo el día sentada junto a la ventana, entre una jaula de pájaros y una maceta de flores, haciendo pequeñas labores en tela —unas misteriosas bandas y volantes—. Me constaba que era una virtuosa con la aguja, pues sus trabajos eran pagados a muy alto precio en toda la comarca. 

Por lo demás, era una mujer observadora en extremo, y no se le escapaba ningún detalle de todo lo que pasaba dentro y fuera de su casa. Le gustaba charlar con quienes le eran simpáticos. En efecto, nada le agradaba más que el que una persona —sobre todo si era un estudiante de teología— se sentara a su lado junto a la ventana y conversara con ella durante veinte minutos.

«¿Y qué, amigo mío, cuál es la última monstruosidad en crítica sobre los textos bíblicos?», acostumbraba decir siempre esta buena señora, pues se horrorizaba al comprobar que aquella época se caracterizaba por su extremado racionalismo. Pero, en su fuero interno, aquella excelente dama era un auténtico filósofo, y me constaba que era más racionalista que cualquiera de nosotros. 

Estaba seguro de que, si se lo hubiera propuesto, habría planteado más de una pregunta a problemas a los que, a la mayoría de los estudiantes de teología, nos habría costado trabajo responder. Desde su ventana se dominaba todo el pueblo, o más bien todo el campo. Se enteraba de todo lo que pasaba mientras cosía junto a su soleada ventana, hamacándose en una pequeña mecedora. 

Era la primera en enterarse de cualquier cosa y la última en olvidarla. Conocía todos los chismorreos del pueblo y sabía muchas cosas de gente que nunca había visto siquiera. Cuando en cierta ocasión le pregunté cómo sabía tantas cosas, me contestó: «¡Oh, es que estoy siempre mirando!»

—Solo tiene usted que observar detenidamente todo lo que sucede a su alrededor —me dijo—, y con ello ya tiene bastante, no importa dónde se encuentre. La única cosa que necesita es tener algo con qué comenzar; lo demás ya viene rodando; una cosa conduce a otra, y todo está vinculado. Enciérreme usted en una habitación oscura, y a la media hora podré decirle cuáles son las partes más oscuras de la misma. Y después de esto, soy capaz de indicarle, si me da tiempo, lo que cenará esta noche el presidente de los Estados Unidos de América.

En cierta ocasión, con el fin de halagarla, hice el siguiente comentario:

—Sus observaciones son tan finas como sus agujas, y sus conclusiones tan hermosas como sus bordados.

Inútil decir que miss Deborah conocía la historia del capitán Diamond. Se había hablado mucho de él hacía ya bastantes años, pero el capitán sobrevivió al escándalo en que se vio envuelto su nombre.

—¿Qué escándalo fue ese? —le pregunté.

—Mató a su hija.

—¿Mató a su propia hija? —exclamé horrorizado—. ¿Cómo lo hizo?

—¡Oh, no fue con una pistola, ni con un puñal, ni con una dosis de arsénico! La mató con su lengua. ¡Ya conoce usted lo que es la lengua de un humano! El capitán Diamond la imprecó con algún horrible juramento... y pocos días después, moría su hija.

—¿Qué hizo su hija?

—Recibió en su casa a un joven que la amaba —contestó miss Deborah bajando la voz—, y a quien su padre había prohibido la entrada.

—¿La casa? —murmuré—. ¡Ah, sí! Esa casa que está en las afueras del pueblo, a dos o tres millas de aquí, en el cruce solitario de un camino.

Miss Deborah levantó inmediatamente sus ojos, mientras cortaba el hilo con sus dientes.

—¿Conoce usted esa casa? —preguntó.

—Un poco —repuse—. La he visto. Pero quiero que me cuente más cosas.

Mas al oír mis palabras, miss Deborah adoptó un mutismo muy impropio en ella, una mujer tan charlatana.

—¿Me promete que no me calificará de supersticiosa si le digo una cosa? —dijo miss Deborah.

—¿Supersticiosa usted? Vamos, por Dios, es la persona más sensata que he conocido en toda mi vida.

—Pues bien, cada paño tiene su descosido, y cada aguja su grano de moho. Si he de ser sincera, no me gusta hablar de esa casa; no, no me gusta.

—Hágalo, por favor —respondí—; no puede imaginarse lo mucho que ha excitado mi curiosidad.

—Sí, ya lo veo, no hace falta que me lo diga, pero me pone nerviosa referirme a este tema.

—¿Qué daño puede hacerle el hablar de una cosa como esta? —contesté, animándola a proseguir.

—A una amiga mía le hizo mucho daño —respondió miss Deborah, moviendo la cabeza.

—¿Qué hizo su amiga?

—Me contó el secreto del capitán Diamond, quien le había advertido que no se lo dijera a nadie. El capitán estimaba mucho a esta amiga mía y por ello le hizo aquella confidencia. Le previno que si lo divulgaba, desobedeciendo su advertencia, algo horriblemente espantoso le sucedería.

—¿Y qué le pasó a su amiga?

—Murió.

—Todos somos mortales, mi querida amiga. ¿Acaso le hizo ella alguna promesa?

—Mi amiga no se tomó en serio las palabras del capitán, no creyó en ellas. Me contó toda la historia con pelos y detalles, y tres días después se le inflamaron los pulmones. Un mes después, aquí, junto a esta misma ventana, le cosí la mortaja. Desde entonces, no he vuelto a referirme a esa historia.

—¿Era una historia muy extraña? —pregunté.

—Sí, era muy extraña, muy misteriosa, pero, a la vez, algo ridícula. Sí, se trataba de un relato que hacía reír y estremecerse al mismo tiempo. Pero no pienso decirle nada. Estoy segura de que, si se la contara, me pincharía con la aguja en un dedo y a la semana siguiente moriría de tétanos.

Al oír sus palabras, consideré que no debía insistir más, me despedí de ella y me marché. Pero cada dos o tres días venía a visitarla después de la comida de mediodía, y me sentaba junto a su mecedora. No hice más alusiones al capitán Diamond, limitándome a cortar trocitos de tela con sus tijeras. Hasta que un día, miss Deborah me dijo que tenía mal aspecto y que estaba muy pálido, preguntándome si me encontraba enfermo.

—Sí, lo estoy: me estoy muriendo de curiosidad —repuse, con cierta astucia—. He perdido por completo el apetito, y hoy aún no he comido.

—Pues acuérdese de la esposa de Barba Azul —dijo, con cierta ironía en sus palabras.

Como miss Deborah permanecía callada, me levanté con aire melodramático y me dirigí hacia la salida, dándole las buenas tardes. Pero al abrir la puerta, la señora me llamó e indicó con un gesto la silla que acababa de abandonar.

—Nunca he tenido un corazón duro —dijo—. Vamos, siéntese y le contaré toda la historia. Y de este modo, si hay que morir, lo haremos los dos juntos.

En breves palabras me contó lo que sabía del secreto del capitán Diamond.

—Era un hombre muy duro, y aunque amaba con locura a su hija, su voluntad era ley. Había escogido un marido para ella, comunicándole su elección. Su madre había muerto, y ambos vivían solos en aquella casa, que había aportado como dote su difunta esposa; el capitán no tenía un céntimo. Después de casarse, ambos se vinieron a vivir a esa mansión, y el capitán se dedicó a sus tierras. 

El pobre enamorado de su hija era un joven de Boston, con un bigote de puntas. Una tarde llegó de improviso el capitán y los encontró juntos; con feos modales expulsó al joven de la casa y luego imprecó a la pobre chica con un terrible juramento. Pero el joven se volvió y le gritó al capitán que su hija era su esposa. 

Luego, dirigiéndose a ella, le exigió que corroborara lo que acababa de decir, pero la joven, aterrorizada, dijo que no era cierto. Entonces el capitán, enfurecióse más aún, repitió su maldición, la echó de la casa y la repudió para siempre. Luego el capitán se marchó del lugar.

Cuando regresó unas horas más tarde, encontró su hogar vacío. Sobre la mesa había una nota del joven enamorado, la que le decía que había matado a su hija, repetía una vez más que era su esposa y que se había reservado el derecho de enterrarla él mismo, por lo que se había llevado su cuerpo en un calesín. 

El capitán Diamond escribió una carta diciéndole que no creía que su hija estuviera muerta, pero que de todos modos, para él, sí lo estaba. Una semana más tarde, a eso de la medianoche, el capitán vio el fantasma. Supongo que entonces se convenció de su muerte. El espíritu reapareció varias veces, y, finalmente, frecuentó con regularidad la mansión. Esto amargó la vida del capitán, y la pasión que siempre había sentido por su hija dio paso a una gran pesadumbre y profunda aflicción. 

Al fin decidió abandonar el lugar, tratando de alquilarlo o venderlo, pero como la historia se había hecho del dominio público y algunas personas sostenían que habían visto al fantasma de su hija, y otras historias a cada cual más tétrica, nadie se atrevió a cerrar trato. 

Aquella casa, junto con las tierras, eran los únicos bienes que poseía el capitán, por lo que, si no podía venderlos ni alquilarlos, como tampoco habitar en ellos, no le quedaba otra alternativa que vivir de las limosnas.

Pero el fantasma de su hija no tuvo piedad de su padre, igual que él nunca la tuvo de ella y de su enamorado. Durante seis meses el capitán ocupó aquella casa mortificado por las frecuentes visitas del espectro de su hija, pero al fin ya no pudo soportarlo más. Cogió su vieja capa azul, recogió las cosas más imprescindibles y decidió acabar sus días mendigando su pan. Cuando se disponía a abandonar la casa, el fantasma de su hija cedió y le hizo una proposición. 

«Déjame la casa —dijo—; la he marcado con las tristes huellas de mi desgraciado destino. Márchate y vete a vivir a otro sitio. Mas para que tengas dinero con el cual subsistir, yo seré tu inquilina, dado que nadie se atreve a serlo, y te pagaré una renta por su alquiler». ¡Una renta espectral! Entonces el fantasma fijó una cantidad. El anciano la aprobó, y cada trimestre va a la casa a recogerla.

Me eché a reír al escuchar este relato, mas también debo confesar que me estremecí, ya que aquello corroboraba lo que había observado con mis propios ojos. ¿Acaso no había sido testigo de aquellas visitas trimestrales del capitán Diamond? 

Desde luego, yo no había visto al espectral inquilino contar el dinero y entregárselo a su padre, pero sí había visto cómo el anciano, al salir de la casa, ocultaba una bolsa de dinero en uno de los bolsillos de su raída capa azul. No dije nada de todo esto a miss Deborah, ya que temía que, de hacerlo, se horrorizaría. Así pues, decidí esperar a resolver todo este misterioso asunto, y luego tener el placer personal de relatárselo todo a la anciana señora.

—¿No tenía más bienes el capitán? —pregunté—. Otros medios de subsistencia, quiero decir.

—Nada en absoluto. No contaba con nada, absolutamente nada, excepto la renta que paga el espectro de su hija. ¡Una casa embrujada, habitada por un fantasma, es una propiedad de mucho valor!

—¿Con qué clase de moneda —pregunté sonriéndome— paga el fantasma?

—Con auténticas monedas de oro y plata de los Estados Unidos. Este dinero solo tiene una peculiaridad: está acuñado en una fecha anterior a la muerte de su hija. Como verá —prosiguió miss Deborah—, es una extraña mezcla de materia y espíritu.

—¿Es dadivoso el fantasma? ¿Es muy alta la renta que le paga al capitán?

—No lo sé; debe ser una buena cantidad, ya que el capitán Diamond vive con holgura, tiene una casita al borde del río con un jardín en la parte posterior, fuma todas las pipas que quiere y nunca le faltan unos chelines para tomarse sus buenas jarras de cerveza. En ese lugar está pasando los años que le restan de vida, con una sirvienta negra que hace las faenas hogareñas. 

Hace algunos años acostumbraba visitar con frecuencia el pueblo, donde era una persona conocida por todo el mundo, pese a que la mayoría de la gente conocía su triste leyenda. Pero últimamente se encerró en su casita, como un caracol en su concha, y allí pasa los días, sentado junto a la chimenea, olvidado por todos los habitantes del pueblo. Pero creo que su conducta presente obedece más bien a que ya ha entrado en esa edad de la chochería, a la que todos llegaremos cuando tengamos sus años. 

En lo que respecta a sus facultades físicas, estoy convencida de que aún tiene la suficiente agilidad y fuerza como para caminar hasta su vieja mansión y recoger, cada trimestre, la renta del fantasma. Aunque también es cierto, según creo recordar, que una de las condiciones que el espectro de su hija le impuso, el día que llegaron a aquel acuerdo, era que debía ir personalmente a recoger el dinero.

Aquella confesión por parte de la anciana señora no nos trajo ninguna desgracia. Los días pasaban y miss Deborah continuaba junto a su soleada ventana, cosiendo y chismorreando, sin que le acaeciera ningún maléfico percance. 

A mí tampoco me ocurrió cosa alguna por haber oído aquel secreto, pues seguí con mi vida usual sin que nada misterioso y dañino me sucediera. Volví a visitar el cementerio más de una vez, pero siempre me llevaba la desilusión de no encontrar al viejo capitán Diamond. 

Sin embargo, al final una idea luminosa cruzó por mi mente, fruto de mis observaciones: el anciano acostumbraba ir a recoger su renta al fin de cada trimestre. Y como la vez que le vi fue el 31 de diciembre, estaba seguro de que la próxima sería el último día de marzo. Esa fecha estaba ya cercana.

Cumplido el término, me dirigí a la vieja mansión y me oculté entre los arbustos, esperando verle aparecer de un momento a otro. Había escogido la hora del crepúsculo, ya que aquella fue la oportunidad en que lo vi llegar la primera vez. No me equivoqué en mis suposiciones. 

Llevaba ya cierto tiempo esperando, cuando de repente se presentó de la misma manera que la primera vez que le vi. Avanzó hacia la casa con idénticas precauciones, se detuvo ante la puerta, hizo las reverencias, y luego penetró en el interior. 

Una luz apareció en cada rendija de las persianas, y, una vez más, volví a abrir aquella ventana baja, tal como lo hiciera antes. De nuevo contemplé la gran sombra reflejada en la pared, inmóvil, solemne. Pero no vi nada más. Al fin, el hombre reapareció, hizo las reverencias de siempre, y desapareció en el oscuro camino, mientras yo permanecía escondido.

Un día, pasado ya un mes desde este incidente, volví a encontrarme con el capitán Diamond en el cementerio de Mount Auburn. El aire estaba saturado del característico aroma primaveral; los pájaros habían regresado y piaban en las ramas de los árboles en flor, mientras el suave viento del oeste murmuraba entre las hojas de los arbustos. 

El anciano capitán se hallaba sentado en un banco, de cara al sol, envuelto en su vieja capa azul, y apenas me acerqué a él, me reconoció de inmediato. Me recibió con un gesto de cabeza idéntico al que se da al verdugo para que decapite a un reo, pero, en el fondo, intuí que se alegraba de volver a encontrarme.

—He venido muchas veces por aquí con el fin de poder verle —dije después de saludar cortésmente—. ¿No frecuenta usted este lugar?

—¿Qué desea de mí? —preguntó.

—Gozar del placer de su amena conversación —repuse con dulzura, al darme cuenta del tono de su voz—. Fue tan grato oírle la última vez que nos vimos, que siempre he guardado la esperanza de volver a encontrarle.

—¿Le pareció divertida mi conversación?

—Interesante, muy interesante.

—¿No pensó que era un viejo chiflado?

—¿Chiflado...? Mi querido señor, permítame que proteste por esa idea descabellada que...

—Soy el hombre más cuerdo del mundo —repuso el viejo capitán Diamond—. Ya sé que esto es lo que suelen decir todos los locos, pero, por suerte o por desgracia, no pueden probarlo. ¡Yo, sí puedo!

—Le creo —respondí con aire de persona plenamente convencida de lo que le dicen—. Pero me gustaría saber cómo se demuestra tal cosa.

Permaneció silencioso durante un instante.

—Se lo diré. Una vez cometí, sin intención, un crimen, un gran crimen. Ahora estoy pagando la penitencia a la que he consagrado lo que me resta de vida. Pero no escondo la cara, hago frente a la realidad de las cosas de la vida. No me he desentendido de mi delito, no lo he apartado de mi mente, ni he tratado de huir. La penitencia es terrible, pero la he aceptado tal como es. ¡He sido un verdadero filósofo! 

Si fuese católico, me habría metido a monje y habría pasado el resto de mi vida haciendo penitencia y orando; mas esto no es un castigo, sino una evasión; esto es huir de la dura y cruel realidad. Podía haberme pegado un tiro en la cabeza y hacer pedazos mi cerebro, o torturarme hasta enloquecer. No lo hice, ni lo haré. 

Sé enfrentarme a los hechos y aceptar sus consecuencias. Y estas, en mi caso, son horrorosas. Pero las he aceptado hasta el día de hoy, y las admitiré hasta mi muerte. Esto es lo que debo hacer. Por lo menos así lo considero. Es muy lógico.

—Admirablemente lógico —le respondí—. Pero despierta mi curiosidad y mi compasión.

—Sobre todo su compasión, ¿no es así? —dijo el viejo capitán—. Sí, ya lo veo en su mirada.

—Perdóneme, pero es comprensible mi postura: si supiera con exactitud qué es lo que le hace sufrir a lo mejor ya no le compadecería.

—Se lo agradezco mucho, pero no necesito su piedad; no me serviría de nada. Y ahora le voy a decir una cosa, pero no por mi bien, sino por el suyo. Sí, no ponga usted esa cara, pues le hablo con mucha seriedad.

El anciano hizo una pausa y miró alrededor suyo, como si temiera que alguien estuviera escuchando. Esperé ansiosamente su revelación, pero me desilusionó.

—¿Sigue usted estudiando teología?

—Sí, claro que sí —repuse en un tono de voz que reflejaba mi desencanto—. Es una cosa que no se puede aprender en seis meses.

—Yo pienso lo contrario —respondió—, ya que he observado que solo confía en lo que dicen los libros. Hay un refrán que dice: «Un grano de experiencia vale más que una tonelada de conceptos». ¿Conoce usted este adagio? Yo soy un gran teólogo.

—Ah, veo que ha tenido experiencias en el terreno teológico —contesté con amable sonrisa.

—Usted habrá leído mucho sobre la inmortalidad del alma, y ha estudiado las teorías de Jonathan Edwards y del doctor Hopkins sobre este mismo tema, llegando a la conclusión, después de analizar capítulo por capítulo, de que todo ello es cierto. Pero esto lo sabe usted porque lo ha leído en los libros. ¡Pero yo lo he visto con estos ojos; lo he tocado con estas manos!

Al llegar a este punto de la conversación, el capitán Diamond elevó de repente sus viejos y nudosos puños y los chocó con violencia el uno contra el otro. Luego, más calmado, prosiguió hablándome.

—Esto es mucho mejor que las teorías, mas he pagado un precio muy alto por saberlo. Sí, hace bien en aprenderlo en los libros; evidentemente, es lo mejor. Es usted un chico muy bueno, y estoy seguro, hijo mío, de que nunca tendrá un crimen sobre sus espaldas.

Le contesté, con cierta fatuidad juvenil, que, como todo ser humano, tendría mis pasiones, mis flaquezas, pero que estaba convencido de que nunca llegaría a cometer un crimen, máxime si estudiaba teología.

—Lo creo —me respondió—, pues tiene un carácter muy bueno. Yo también lo tengo ahora. Pero hubo una época de mi vida en que fui un hombre muy brutal; sí, muy brutal. Creo que tengo el deber de decirle que existe mucha maldad en este mundo. ¡Maté a mi propia hija!

—¿Que mató a su propia hija?

—La hundí en la madre tierra de un golpe y allí la dejé morir. Pero no pudieron ahorcarme porque no la golpeé con mi mano. La maté con horribles y condenables palabras. Los jueces no podían ahorcarme por esto. ¡Estas son las leyes maravillosas de nuestra amada patria! Pues bien, mi querido amigo, yo puedo garantizar que el alma es inmortal en lo que respecta a mi hija. Tenemos una cita para encontrarnos cuatro veces al año, aunque el resto del tiempo no la veo.

—¿Nunca le ha perdonado?

—Lo ha hecho de la misma manera en que perdonan los ángeles. Y esto es lo que más me tortura y enloquece. Siempre me mira con ojos tiernos y dulces, como un angelito de los cielos. Preferiría que me clavase un cuchillo en el corazón a soportar esta tortura. Dios mío. Dios mío.

Y al decir estas palabras, el capitán Diamond inclinó la cabeza sobre su bastón, profundamente abatido, apoyando la frente sobre las manos cruzadas.

Aquella escena me impresionó y emocionó, y sentí una imperiosa necesidad de hacer más inquisiciones sobre su triste situación. Antes de que pudiera formular las preguntas que bullían en mi cerebro, el capitán se levantó, y se puso su vieja capa raída. Era evidente que no estaba acostumbrado a desahogarse con nadie, ni a confesar aquellos penosos recuerdos que día y noche mortificaban su alma. Ello me hizo sentir una gran lástima por el pobre anciano.

—Perdóneme —dijo—, pero ahora tengo que marcharme, es decir, arrastrarme con este bastón por ese duro camino de la vida que aún me queda por recorrer.

—¿Puedo confiar —pregunté, inquieto— en que nos volveremos a ver en este lugar?

—Mi joven amigo, tenga en cuenta que soy un anciano decrépito y sin fuerzas. Este sitio está muy lejos de mi residencia. Debo reservar mi energía para ir a otro lugar. A veces me paso semanas enteras sentado junto a la chimenea, fumando mi pipa en un viejo aunque confortable sillón. Pero me gustaría volverle a ver.

Al llegar a este punto el viejecillo enmudeció, me dirigió una mirada fría y bondadosa al mismo tiempo, y añadió, emocionado:

—Algún día, quizá, me encontraré en condiciones de poner mi mano sobre el hombro de un joven honesto y decente como usted... Si un hombre es capaz de tener un amigo, ello significa que ha ganado algo, que ha hecho una gran conquista. ¿Cuál es su nombre?

Tenía yo en mi bolsillo un libro pequeño, los Pensamientos de Pascal, en cuya contraportada estaban escritos mi nombre y mi dirección. Lo saqué y se lo entregué a mi viejo amigo.

—Le ruego que acepte este libro. Es una de las obras que más me han gustado de todas las que he leído. Su lectura le dirá algo sobre mí.

El anciano capitán lo cogió, lo hojeó con lentitud, y luego me miró a los ojos, mientras decía:

—No soy un gran lector, pero no puedo rechazar el primer regalo que he recibido desde que me ocurrió aquella tragedia... Es probable que este sea el último obsequio que reciba en lo que me queda de vida. Gracias, mi joven amigo; no sabe cuánto se lo agradezco.

Y echó a andar con mi pequeño libro en sus manos.

Durante muchos días estuve sin verlo, imaginándolo sentado junto a la chimenea en su viejo sillón, con su pipa en la boca y leyendo mi librito. Al final se presentó la oportunidad de volver a encontrarme con él, ya que era el último día de junio, es decir, el término de otro trimestre, y, con toda seguridad, iría a la vieja mansión a recoger la renta del espectro. 

Durante el mes de junio, el sol tarda mucho en ocultarse, por lo que estaba impaciente. Por fin, hacia la hora del crepúsculo de un hermoso día de verano, me dirigí hacia la casa del capitán Diamond. Todo era verde alrededor de la mansión antigua, excepto el marchito jardín en la parte posterior. Mas aquellas tristeza y soledad en que estaba envuelta cuando la vi por primera vez bajo un cielo gris y frío de diciembre continuaban allí. 

Cuando me acerqué a la casa, comprobé que había fallado en mis propósitos, pues tenía pensado llegar antes que el capitán y rogarle que me dejara entrar con él. Esta vez el anciano se me había adelantado y ya se veía luz a través de las rendijas de las ventanas. Consideré incorrecto molestarle penetrando furtivamente por aquella ventana baja, por lo que decidí esperar a que saliera de la mansión. Al cabo de unos instantes se apagaron todas las luces, se abrió la puerta y apareció el capitán Diamond. 

Aquella tarde no hizo ninguna reverencia al salir de la casa, por la sencilla razón de que, cuando se disponía a hacerlo, vio a su joven amigo plantado ante la puerta de la mansión, en actitud correcta pero firme y decidida. Se detuvo en seco, me miró, y esta vez su rostro de mal cariz estuvo en consonancia con la imprevista situación.

—Sabía que estaba usted aquí —me dijo—. Vine a propósito.

El capitán parecía abatido, desilusionado, y miraba alrededor de la casa como si temiera algo.

—Le pido perdón —dije— si he pecado de atrevimiento, pero fue usted mismo, como recordará, quien me alentó con sus palabras y sus teorías.

—¿Cómo sabía que estaba aquí?

—Pura deducción. Usted me contó una mitad de su historia y yo adiviné la otra. Soy una persona muy observadora, y me di cuenta de las extrañas características de esta casa en cierta ocasión que pasé por aquí. Sí, me pareció una mansión encantada, que encerraba algún misterio, quiero decir. Cuando me dijo que había visto unos espíritus, deduje que solo podría haber sido en este extraño lugar.

—Ya veo que es un joven muy inteligente. ¿Anda qué le trae por aquí?

Debía eludir esta pregunta.

—Pues verá usted. Acostumbro venir muy a menudo por este lugar. Me gusta contemplar la misteriosa y antigua mansión. En una palabra, me fascina.

—Pues yo no veo nada de agradable en esta casa —dijo, mientras se volvía y contemplaba la parte exterior del edificio.

Era evidente que al capitán le era indiferente la apariencia exterior de la morada, a pesar de su aire misterioso. Esta extraña actitud suya, considerando que en aquel momento nos encontrábamos en casi plena oscuridad, hizo que yo sintiera vagos escrúpulos y cierta aprensión.

—Estaba ilusionado con ver el interior de esta casa. Pensé que lo encontraría aquí y que me dejaría entrar. Siempre he conservado la esperanza de poder ver lo mismo que usted.

El anciano pareció alarmarse al oír mis palabras, pero su rostro permaneció rígido, inmutable. Luego me puso una mano en el hombro, diciendo:

—¿Sabe acaso lo que yo veo?

—¿Cómo podría saberlo? La única forma de comprobar las cosas es, como usted ya dijo en cierta ocasión, mediante la experiencia... Deseo tener esa experiencia. Por favor, abra la puerta y déjeme entrar.

Los ojos del capitán Diamond brillaron bajo sus tupidas cejas negras, y después de contener la respiración por unos segundos, intentó disculparse por no poder complacerme. Luego se echó a reír, y su rostro adoptó una forma grotesca, como si se hubiera vuelto loco.

—¿Dejarle que entre en la casa? ¿Conmigo? Mi querido y joven amigo, no entraría en esa casa antes del tiempo que tengo concertado con el espectro de mi hija ni por una suma mil veces mayor a la que ella me da cada trimestre. Yo convine con el espíritu de mi hija que solo vendría a recoger la renta cuatro veces al año, al final de cada trimestre; solo en esas oportunidades.

Acto seguido, el anciano capitán Diamond metió la mano en uno de los bolsillos del raído manto y me enseñó un montoncito de monedas, envuelto en la punta de un viejo pañuelo de seda.

—Es muy pequeña la cantidad de dinero que me entrega, pero no deseo más, si para ello tengo que entrar de nuevo en la casa.

—La primera vez que tuve el honor de hablar con usted —le contesté rápidamente—, me dijo que la cosa no era tan terrible.

—Tampoco lo digo ahora —respondió enfurecido el capitán—; pero es muy desagradable.

La forma en que pronunció este adjetivo me hizo dudar. Mientras meditaba, oí como un murmullo en una de las persianas, acompañado de un tenue movimiento. Levanté la cabeza en el acto, pero no vi nada; todo seguía inmóvil y silencioso. El capitán, mientras tanto, también había estado reflexionando. De repente, se volvió hacia mí, e indicándome la casa dijo:

—Lo he pensado mejor: si desea entrar solo, puede hacerlo.

—¿Me esperará aquí?

—Sí; no creo que tarde mucho en salir.

—Pero es que la casa está completamente a oscuras. Usted llevaba una luz cuando entró.

El capitán Diamond introdujo la mano en uno de los bolsillos de la capa y, después de hurgar durante unos instantes, sacó algunos fósforos y me dijo:

—Tome esto. Cuando entre, encontrará dos candelabros con cirios sobre la mesa del vestíbulo. Enciéndalos, cójalos en la mano y... ¡adelante!

—¿Andó adónde me dirijo?

—A cualquier parte..., a todas partes. Ya se encargará el espectro de encontrarle.

 

 

(CONTINUARÁ...)