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La luna y el bastón - Zoé Valdés

No es nada fácil ser nieto de unos abuelos imposibles. Sobre todo conociendo que a los abuelos les da la chochería de la vejez con cogerles un amor irracional a los hijos de sus hijos. Como si a través de ellos pudieran alargar su existencia; afanados en aferrarse a la vida sé encaprichan en los chicos con una veneración rayana en la demencia. 

Pepe Babalú había sido criado por los padres de sus padres. Es decir por el negro Dupont y la gallega Clemencia. Las primeras palabras que escuchó Pepe Babalú, en realidad, fue una discusión muy acalorada, a grito pelado. Apenas había transcurrido una hora de su nacimiento. Clemencia deseaba bautizarlo con el nombre de José, y Dupont se negaba contrariado justificando su negativa con el hecho de que ya él había escogido el nombre de Babalú, en honor de su santo Babalú Ayé, al cual él había prometido que si su nieto nacía varón, como era el caso, pues le pondría tal nombre.

-¿Y por qué no Lázaro? -preguntó Clemencia con los brazos en jarra haciendo alusión al nombre católico del santo.
-Porque ya le prometí que sería Babalú, no voy a contradecirlo -replicó Dupont.
-¿No te das cuenta de que se burlarán de él en la escuela? José Babalú suena a predestinado.
-¿Y qué? Tal vez lo sea, puesto que nació un 17 de diciembre. -Fecha dedicada al viejito milagroso.
-No voy a permitir ese nombre, no hay más que hablar... -cortó seca Clemencia.
-¡¿Qué te has creído, vieja bruja, que eres su dueña absoluta?!
-¡Tampoco lo eres tú! Preguntémosle a la niña... Es ella quien debe decidir. ¿Verdad, hija mía, que ese nombre no te gusta? -Clemencia se dirigió a la recién parida.

Mientras los abuelos discutían, las miradas de los padres del bebé iban de un rostro al otro como en un torneo de ping-pong, sin decir ni esta boca es mía. Por fin el padre se pronunció:

-Yo desearía... en fin... no sé qué tú piensas, Dulce, creo que... A mí me gusta mucho, yo le llamaría simplemente Javier.
-¡Ah, no, Javier no se puede achicar, no podré decirle Javierito, suena bobo! -protestó la esposa-. Yo había pensado en Mauricio, era  algo que habíamos convenido de antemano.
-¿Por qué no Javier Mauricio? Además, Mauricio tampoco se puede achicar. ¿Te parece lógico llamarle «Mauricito, ven acá»? Por favor, Dulce, es lo más anodino que he oído- no estuvo de acuerdo el padre de la criatura.
-¡Qué dos nombres horribles! El mejor es José, como tu abuelo, Dulcita, hija, como mi padre, que en gloria esté.
-Yo les señalo que no sería bueno para el niño el hecho de que yo renunciara a la promesa que le hice a san Lázaro.

-Y yo insisto en que san Lázaro estará de acuerdo conmigo de que no hay por qué echarle a perder la infancia a un inocente con ese nombre tan ridículo. Además de que eso lo marca, ¡paf, religioso! Es como si a mí se me ocurriera ponerle «Cristo». 

Y tú sabes que yo soy tan creyente como tú, pero no es justo. Además, somos nosotros quienes vamos a estar lidiando con el bebé, ya que ustedes dos -dijo señalando a los padres- son científicos y apenas salen del laboratorio ese de ratones, y no llegan a la casa hasta las tantas de la noche; pues como seremos los abuelos quienes más responsabilidades tendremos con el crío, al menos debemos sentirnos a gusto, familiarizados, digo yo... En cuanto a ese nombretico de Babalú, no viene al caso, porque añado que como abuela que soy quedaré más tiempo a su cuidado, no me separaré de él. Por lo tanto, José es el nombre justo, corto, fácil, y honrará a mi padre, su bisabuelo. Dicho y hecho, se llamará José.

-José Babalú -rumió áspero Dupont. El padre salió a fumar un cigarro, y la madre se durmió extenuada. Clemencia reviró los ojos a su marido, sin embargo, aceptó esta segunda opción mascullando algo entre dientes, seguramente una maldición gallega.

De más está decir que el José se transformó muy pronto en Pepe. Y al niño no le quedó más remedio que adaptarse al estrambótico apodo, que una vez matriculado en la escuela sus condiscípulos le endilgaron, Pepe Baba, o Pepe el Baba. Es cierto que Pepe le agradaba más, pero cuando su abuelo explicaba el origen de su segundo nombre, y las razones por las cuales lo había elegido, se sentía orgulloso de llevar el nombre de un santo milagroso y venerado. 

Pero con quien más conversaba era con la abuela Clemencia, pues daba pena verla horas y horas, sentada frente a una hoguera, detrás de la casa, en el patio, hablando sola, o mejor dicho, sola no, con el fuego. Mientras eso hacía, las manos acalambradas de la anciana acariciaban una moneda de plata, arrugada y con los bordes desiguales, desgastados por el tiempo.

-Es la luna de mi tierra, hijito. Mi padre, tu bisabuelo, la arrancó del cielo para mí. Sabes, yo nací muy lejos de aquí, en Ribadavia; antes de viajar a Cuba mi madre pidió que le trajera la luna. Él fue a buscarla, a su regreso mi madre había muerto, yo acababa de nacer. Él enterró a mamá, y una semana después se montó en un barco conmigo. Llegué a La Habana con sólo algunos días de nacida, no sé cómo pude resistir el viaje. De pequeña él me hablaba mucho de la luna de su tierra, y me la mostraba, digo, me enseñaba esta moneda, y lloraba por mi madre... 

Luego, al tiempo, se enamoró y se casó aquí con otra y tuve hermanos. Pero, a solas, él y yo siempre hablábamos de allá, de la ría, del fuego, de la luna. Sacaba del bolsillo la moneda, y de pronto, en la noche brillaban dos astros por igual. Entonces a mí me dio por acurrucarme en un rincón del patio, encender un fósforo y prender las yaguas, escuchaba que el fuego me decía cosas, y yo le respondía, así pasaba horas de horas. 

La mujer de mi viejo la cogió con insultarme, con cacarear que yo estaba embrujada, que no era normal como los otros chicos. Mi padre me observaba consternado, hasta que explicó ese algo dentro de mí que yo misma no comprendía, que yo no podía saber. «Tú eres meiga, hija», dijo. A partir de entonces me dejaron tranquila, mi madrastra no fastidió más, y yo seguí cantándole al fuego, escuchándolo sobre todo.

Pepe Babalú se encantaba con esas historias. Su abuela era maga, que era la traducción que él podía hacer de meiga, y esto, claro está, lo colocaba en una posición ventajosa respecto a sus compañeros de clase. En varías ocasiones Dupont llegaba fatigado del trabajo, y al escuchar las historias que su mujer contaba al niño, iba directo a la pila del fregadero, llenaba un cubo de agua, y desde la puerta de salida al patio lo lanzaba contra las llamaradas, apagando el hechizo. Pepe Babalú observaba cariacontecido, y Clemencia hacía muecas a sus espaldas.

-No hagas caso. Es un viejo loco y resentido. Es bueno, yo le quiero, pero es muy dominante.
-¡Loca y dominante eres tú! -exclamaba el abuelo desde el interior de la casa.

Es cierto que su abuela exageraba por momentos. Sobre todo aquella vez cuando se le metió entre ceja y ceja que su nieto asistiera a la Sociedad de Bailes Españoles, para que aprendiera a bailar la jota y la muñeira. Hasta logró convencerlo e inscribirlo, pero Pepe Babalú prefería la parte culinaria de su abuela a la parte artística, hasta que ella misma se dio cuenta de que su nieto no tenía vocación de bailarín. 

O al menos de bailarín gallego, porque lo que era meterle la cintura a un buen guaguancó, eso sí, ay, que sí sí. Bastaba que escuchara a lo lejos un toque de tambor para que su cuerpo se descoyuntara en sandungueo y sabrosura, entonces era Dupont quien sonreía masticando de medio lado el mocho de tabaco. Cuando eso sucedía, el viejo sacaba su bastón. 

Un bastón que siempre se hallaba colgado detrás de la puerta, y con él seguía el ritmo de la música, tocando acompasadamente sobre la piel de chivo del fondo de un taburete. Chivo que rompe tambó con su pellejo paga. Clemencia no podía impedir echarse a reír al contemplar a su nieto, y se ponía, a la par que él, a mover el esqueleto como cualquier cuarterona de solar. 

Al punto Dupont se levantaba del sillón, colocaba un viejo disco en el tocadiscos y tomando a su mujer por la cintura se disponían a bailar un pasodoble. Luego, cuando el disco llegaba a su fin, montaba desde la calle el sonido de los tambores, y la pareja retomaba el remeneo de la rumba de cajón. Pepe Babalú se desternillaba de la risa viéndolos descuajaringados en danza frenética.

Pero una tarde Pepe Babalú regresó de la escuela muy acongojado. Apenas contaba ocho años y una maestra había explicado que en el tiempo de la colonia los negros eran esclavos y los españoles amos, y que estos últimos daban boca abajo a los primeros, y los explotaban y hasta los mataban cruelmente. Dijo: los españoles son malos

El niño apretaba con rabia la mano de su abuela, en el camino de regreso a casa, pero por nada del mundo se atrevió a reprochar lo que pensaba. Esperó a que su abuelo volviera del trabajo, tarde en la noche, pues esa semana el anciano doblaba el turno en la tabaquería. 

Pidió a Clemencia que lo dejara sentarse en el portal con Dupont, y ella asintió, pues debía preparar un dulce, el cual necesitaba reposar toda la madrugada a la luz de la luna llena. A la terrible pregunta del niño, el abuelo respondió:

-Ésa es una manera muy fea de explicar la historia. Mañana mismo iré a hablar con esa maestra. La historia es así, fue un pasado trágico, es cierto, pero tu abuela no tiene nada que ver con eso. Su padre vino de E-paña, pero jamás maltrató a nadie, ni asesinó a nadie, más bien trabajó como una bestia. Hijo, nosotros somos un país mestizo. Indio, negro, español, chino, una sabrosa mezcolanza. ¡Qué estupidez!

Y entonces, a partir de ese día, su abuelo consiguió libros viejos de historia, o de pensadores de otras épocas, poetas del siglo pasado. Pepe Babalú pasaba mucho tiempo sumergido en la lectura. Sólo abandonaba los libros para escuchar fabulosos cuentos de meigas que narraba su abuela, o por otra parte violentas anécdotas de barracones descritas por los antepasados del abuelo.

Una noche Clemencia se puso muy mala, vomitó sangre, no quiso hablar nunca más con el fuego, desaparecieron los exquisitos dulces del fogón, los discos de gaitas o pasodobles no fueron jamás extraídos del chiforrover. El abuelo no cesaba de mesarse las pasas, es decir, el pelo duro, planchado hacia atrás. 

A Pepe Babalú apenas lo dejaban entrar en la habitación donde ella reposaba, luego fue trasladada al hospital, y pasaron varias semanas sin que pudiera verla, hasta que volvieron a traerla, pero para nada estaba curada, al contrario, oyó que su madre dijo que se encontraba peor, mucho peor. Dupont condujo a su nieto al patio; la piel del anciano parecía ceniza, las lágrimas resbalaron por sus mejillas acartonadas.

-Pepe Babalú, no sé cómo explicártelo, pero...
-Ya lo sé, abuelo. Se nos muere. Abuela me ha hablado mucho de la muerte. He aprendido a conversar con el fuego. Me dijo que cuando no esté podré comunicarme con ella a través de la candela. No debemos temer.
-¡Dupont! -escucharon reclamar desde la habitación de Clemencia. Era su voz alterada por los últimos estertores-. ¡Dupont, tráeme la luna! ¡Dupont, la luna, tráemela, por favor!
-Anda, ve, abuelo, no la dejes sola tanto rato, acompáñala.

Asombrado, Pepe Babalú vio cómo Dupont, en lugar de atravesar el pasillo y entrar en el cuarto de la anciana, siguió de largo hasta la puerta principal de la casa, descolgó el viejo bastón de madera, y se perdió por los matorrales del Bosque de La Habana. 

Era raro, pero su abuela había cesado de gritar. Pepe Babalú sintió terror de que hubiera muerto. Decidió entrar en la casa; una vez junto al lecho donde descansaba el apergaminado cuerpo de Clemencia, pudo comprobar que ella respiraba aún, parecía como si durmiera plácidamente, como si todos los dolores se hubieran esfumado de su cuerpo. 

Al rato, el adolescente sintió una presencia inquietante en la casa, se dijo que era probable que alguien ajeno se hubiera colado, tal vez ladrones. Al salir del cuarto fue enceguecido por un reflejo blanquísimo; cuando pudo reabrir los párpados, divisó no sin dificultad que la luz gigante avanzaba hacia él; detrás de aquella forma redonda y luminosa pudo descubrir la silueta de Dupont. 

Traía, nada más y nada menos, que a la luna enganchada en la empuñadura del bastón. Atravesó el umbral del cuarto de la moribunda con la luna a modo de farol. La mujer sonrió, suspiró aliviada, al instante dejó de respirar y la sonrisa se congeló para siempre en el recuerdo de Pepe Babalú.

Algunos años después murió Dupont. Pepe Babalú se hallaba en África, en Angola, en medio de un combate. De súbito le vinieron a la mente las palabras de su abuelo antes de él partir a la guerra.

-La historia por momentos es bella a pesar de ser tan terrible, Pepe Babalú, no lo olvides. Cuando andes por aquellas tierras verás algo muy importante que nos está destinado a ti y a mí; se hallará escondido dentro de un árbol. Es mi prenda, no puedo describírtela porque yo mismo no sé qué forma tiene, pero tú sentirás el deseo de poseerla, y la traerás. No dejes de hacerlo.

El joven se encontraba muy cerca de su mejor amigo, al instante vio un árbol de color rojo vino. El árbol cogió candela inesperadamente, entonces interrogó al fuego, y éste respondió con la voz de Clemencia:
-La prenda de Dupont se halla entre aquellas ramas altas. ¡Búscala!

Pepe Babalú alertó a su amigo de que debía subir al árbol; el otro le desaconsejó que lo hiciera, pues sería peligroso: un bombazo podía caer encima, además el árbol estaba ya envuelto en llamaradas. Pero el muchacho no hizo caso y trepó casi a la velocidad de una pantera. 

En una especie de nido halló un objeto extraño, como una semilla gigantesca, algo muy semejante a un coco seco, pero no lo era con exactitud, sino más bien una suerte de luna polvorienta con pelos secos, del tamaño de una calabaza enana, con tres caracoles incrustados a manera de ojos y de boca. 

Ya se disponía a descender del árbol cuando divisó, allá abajo, el cuerpo destrozado de su compañero, su mejor amigo. De regreso a casa supo que Dupont había fallecido aproximadamente en el mismo momento en que él se había apoderado de la prenda.

En todos esos detalles piensa Pepe Babalú, y se le atraganta el buche de llanto en la garganta. Introduce su mano en el maletín, acaricia aquel amuleto africano, vuelve a cerrar el equipaje. Por la ventanilla del avión que ahora lo conduce a España, distingue la luna llena viajando junto a él, tan desigual en su redondez como esa moneda con la que juguetean sus dedos, su único dinero. 

Queda embelesado con la visión del astro, mientras cree escuchar lejana la voz de Clemencia leyendo en gallego versos de Rosalía de Castro, aclarando que ella había nacido junto a una ría, es decir un río hembra, que no es lo mismo, aunque se escriba casi igual. Y el hombre se pregunta qué dirá aquella gente cuando lo vean aparecer, a él, un mulato de ojos claros, chapurreando el gallego aprendido con abuela Clemencia. ¿Cómo serán sus primos terceros, hijos a su vez de los primos de su abuela? A juzgar por las cartas parecen simpáticos. Incluso ansiosos por conocerlo.

Yo anduve con un zombi - Inez Wallace

    Haití, esa oscura y misteriosa isla, en la que han surgido figuras tan increíbles como Christophe —el Napoleón negro—, de fama mundial; donde los ritos del vudú unen al hombre con lo sobrenatural de tal forma que escapa al entendimiento... Haití nos ofrece aún otro fenómeno que confunde a los grandes pensadores y científicos de nuestros días.

Cuando visité la isla por primera vez y escuché las historias que voy a relatar, me negué a creerlas.

No culparé a nadie por dudar al término de este relato. Pero hoy en día, expresado fríamente en los libros de leyes de la República, se reconoce oficialmente la existencia de una práctica de magia metafísica, posiblemente la más repugnante que se pueda imaginar.

El artículo 249 del Código Penal de Haití, establece lo siguiente: “Se calificará de intento de asesinato el empleo de sustancias químicas contra cualquier persona a la que, sin causarle la muerte, se le produzca un coma letárgico más o menos profundo. Si, después de haberle administrado tales sustancias, la persona fuera enterrada, el hecho será considerado asesinato, sin tenerse en cuenta el resultado que se derive de ello”.

Sencillamente: es asesinato enterrar a una persona como si estuviera muerta, y posteriormente sacar su cuerpo para que viva otra vez (al margen de cualquier resultado).

Y se promulgó esta ley porque se ha comprobado una y otra vez que las artes misteriosas de la población negra de Haití han conseguido que los muertos salgan de sus tumbas y lleven una existencia de esclavos sin alma, moviéndose como cuerpos sin inteligencia individual.

Estos cadáveres vivientes son llamados zombis.

No son espíritus o fantasmas espectrales, sino cuerpos de carne y hueso que han muerto, pero se mueven todavía, andan, trabajan y, algunas veces, hasta hablan.

El gobierno prefiere decir que se trata de gente drogada, enterrada y desenterrada. Pero pasa el tiempo y no queda más remedio que admitir la existencia de los zombis como una realidad.

Cuando oí hablar de ellos por primera vez, cada palabra que escuchaba me provocaba una sonrisa de incredulidad. Después he llegado a considerar la misteriosa leyenda de los zombis (los muertos sacados de sus tumbas y obligados a trabajar para los vivos) como algo más que una leyenda.

Creo —porque lo he sabido a través de fuentes incuestionables— que han ocurrido estas cosas y que siguen ocurriendo hoy día, a no muchas millas de nuestros supercivilizados Estados Unidos, en la mágica y misteriosa isla de Haití. He escuchado fantásticos relatos de hombres y mujeres blancos, de cuya palabra no puedo dudar, y he leído aún más en cierto libro sobre los zombis.

¿Qué poder psíquico hace posible que estos cuerpos muertos se muevan, actúen, caminen y bailen como si estuvieran vivos? Y, ¿qué superpoder puede hacer incluso que hablen en algunas ocasiones?

Desde la misteriosa isla de Haití llegan muchas otras historias de lo oculto, místicos relatos sobre vudú, magia negra, hechizos, maldiciones y magnetismo animal.

En los oscuros anales de esta misteriosa isla aparecen extraños ritos vudú, y el culto al negro macho cabrío y a la blanca cabra florece hasta en las ciudades más populosas de Haití. El vuduísmo está prohibido por la ley, pero incluso los emperadores negros de la isla lo han practicado y temido.

Pero el fenómeno que los nativos temen en mayor grado (y no sólo los ignorantes nativos corrientes, sino negros cultivados e incluso doctores del vudú, que creen ser todopoderosos) es el terrorífico zombi.

Porque el zombi y la magia sobrenatural que en él subyace, están más allá aún del entendimiento de los doctores del vudú, con todos sus negros ritos.

Y este miedo supersticioso al zombi y todo cuanto se relaciona con estas personas muertas está plenamente justificado.

Los haitianos mantienen que actualmente hay zombis trabajando en los campos de caña, alrededor de las solitarias mansiones de la isla, y algunos dicen que estos misteriosos trabajadores muertos existen también en las ciudades más pobladas. 

Uno puede reconocerlos porque, excepto en raras circunstancias, nunca hablan y siempre miran al frente fijamente. Si no se está seguro, podemos cerciorarnos ofreciendo al sospechoso algo de comida salada, “porque el zombi no puede probar la sal”, e inmediatamente sabrá que está muerto, haciendo regresar su cuerpo viviente a la tumba, no importa dónde esté ésta, ¡y nadie podrá detenerlo!

No hace muchos años, cerca del famoso Port—au—Prince, ocurrió un incidente que inmediatamente me recordó a los zombis. Un hombre blanco, que estaba pasando una mala racha y había llegado a Haití con el nombre de George MacDonough, se enamoró de una joven nativa de color, finalizando su amor por ella cuando una muchacha blanca se enamoró a su vez de él. Así fue como abandonó a Gramercie por Dorothy Wilson, y se casó con ella.

Pero no había terminado aún con Gramercie, cuyos feroces y primitivos celos resultaron algo que era mejor evitar. No llevaba aún un año de casado, cuando su joven esposa cayó misteriosamente enferma y murió. Dos noches después de su entierro se descubrió que su tumba había sido removida, pero no de una forma tan evidente como para justificar una investigación.

Seis meses después, una misteriosa historia comenzó a propagarse por Port—au—Prince. Se decía que en las horripilantes y mágicas laderas de Morne—au—Diable, próximas a la frontera dominicana, había un grupo de esclavos formado por zombis. El rumor corrió y corrió, y de pronto un nuevo misterio se unió a aquella historia, cuando se supo que había una mujer blanca trabajando en el campo de caña. George MacDonough oyó la historia, al igual que otros muchos colonos americanos.

Como sus compañeros, se rió al principio. Pero luego empezó a pensar en la tumba profanada de su esposa. En su momento aquel hecho no le había sugerido nada, pero ahora, ¿tendría alguna relación con estos rumores? Se asustó, dominado por los nervios, al recordar que la vengativa Gramercie era del mismo distrito del que procedía la fantástica historia.

Movido por un repentino impulso, se dirigió al interior, hacia Morne—au—Diable, llevando con él un fiel guía negro y dos amigos. Partió por la noche, en secreto, sin que se trasluciera nada de la expedición. Su llegada al campo de caña de Gramercie resultó una completa sorpresa para su antigua novia morena.

Pero la terrible escena que presenció en aquellos campos introdujo  la locura en su corazón, y Gramercie huyó aullando de terror hacia la selva, tratando de escapar a su venganza. “Porque en los campos, trabajando con los esclavos negros, ¡se hallaba el cadáver de la esposa de George MacDonough!” Antes de su llegada, Gramercie, oculta por las altas cañas, había estado haciendo extraños pases en el aire.

Cuando se dirigió hacia su esposa, los azules ojos de ésta le miraron sin comprender, sin reconocerle. Y al ver que sus repetidos gritos no conseguían respuesta alguna de ella, acabó por entender. A la caída de la noche llevó consigo su cuerpo de muerto—viviente a casa. Y de nuevo, al anochecer, al cementerio. Abrió su tumba y le dio a comer sal, viendo cómo caía a sus pies, ahora ya realmente muerta.

Después, George MacDonough inició la búsqueda de Gramercie, pero ya era demasiado tarde para poder vengarse él mismo, porque los nativos temen a los zombis y a quienes les obligan a trabajar más que al hombre blanco, y enterados del crimen, antes de que MacDonough pudiera llegar a Morne—au—Diable para matar a la bruja que había utilizado con su poder el cuerpo de su esposa muerta, ellos mismos —su propia gente— la habían asesinado brutalmente.

           . . . . . . . . . .

 Un hombre de edad, al que llamaré mayor Hemingway, me dijo que cualquier blanco que haya vivido en Haití, relacionándose con la misteriosa vida de los nativos, dudaría mucho antes de decidirse a negar la existencia de los zombis.

—¿Sabe? —me dijo—, una vez que se está fuera de Haití, todas estas cosas vuelven a uno. Para quien nunca ha estado allí, todo resulta demasiado increíble. La mayoría de la gente tiene un miedo ancestral al vudú, porque ha sido practicado incluso aquí, en el Sur de los Estados Unidos. Aunque esto de los zombis parece más difícil de creer, pero existen, lo sé.

Y me relató la siguiente historia:

“Una vez, durante una sublevación nativa, estaba yo instalado en el distrito de Morne—au—Diable (un territorio montañoso donde los nativos son tan ignorantes y supersticiosos como sólo los negros pueden llegar a serlo, y donde florece el vudú.) Una noche, una bonita muchacha negra vino a pedirme que la ayudara.

Parece ser que dos semanas antes su hermano había muerto y había sido enterrado, pero ahora ella pretendía haberlo visto trabajando en la casa de un tal Ti Michel, un pequeño granjero que vivía no muy lejos de donde yo me había instalado.

Había oído hablar de los hechizos y maleficios del vudú, habiendo llegado a creer en ellos, pero esto era algo nuevo para mí.

Yo le dije:

—¿Qué puedo hacer?

Ella sonrió misteriosamente y me alargó un paquete de azúcar cande (una clase de mezcla parecida al caramelo.)

—Mañana —dijo—, vaya donde Ti Michel. En los campos verá hombres trabajando la caña. Los hombres estarán mirando fijamente al frente, con la mirada vacía, sin hablar. Deles el azúcar cande.

—¿Qué bien les puede hacer el cande?

—Déselo y verá. El cande encubre sal.

Bueno, ya se había despertado mi curiosidad lo suficiente para hacer lo que me pedía, y lo hice. Al día siguiente di una vuelta por la hacienda del viejo Ti Michel y descubrí que éste me miraba con gran suspicacia. Miré un poco a mi alrededor y finalmente recorrí sus campos de caña. Durante todo el tiempo él me observaba como lo hace el gato con el ratón. Me acerqué a la fila de hombres que cavaban, y él vino tras de mí.

Entonces, de repente, le llamó su hijo desde otra parte del campo, porque tenía problemas con uno de los trabajadores, y yo me quedé a no más de tres metros de dos hombres y tres mujeres que estaban trabajando. Rápidamente me dirigí a ellos, les hablé, les toqué. No me contestaron, pero se enderezaron cuando les toqué.

¡Nunca olvidaré sus ojos! Era como si mirasen el interior de un viejo pozo en medio de la noche, ¿entiende lo que quiero decir?

Bueno, les di el azúcar cande, lo tomaron y empezaron a chuparlo. Entonces llegó Ti Michel corriendo hacia mí; había visto que estaba dando algo a sus trabajadores y empezó a chillar:

—¿Qué les ha dado? ¿Qué les ha dado?

No tuve la oportunidad de responder. De repente, aquellos trabajadores lanzaron un grito horrible, arrojaron sus herramientas y se volvieron rápidos hacia la pequeña ciudad cerca de la cual estaba yo instalado, comenzando a marchar en fila de a uno fuera del campo. 

Ti Michel me miró sólo durante un instante; después empezó a correr en dirección contraria. Nunca se le volvió a ver, pero dos semanas más tarde alguien comentó que habían encontrado una camisa manchada de sangre identificada como suya. Estos nativos tienen su propia forma de encargarse de la gente como Ti Michel.

Bueno, yo estaba muy interesado en los zombis, así que los seguí. Llegaron a la ciudad; la gente chillaba y corría por todas partes. Algunos corrieron en dirección al cementerio, hacia el cual iban ahora los zombis tan rápidos como podían.

No los pude alcanzar; los perdí. Cuando llegué al cementerio, vi un grupo de negros medio histéricos cavando frenéticamente en cinco tumbas, y cerca de los túmulos descubrí unos montones informes, negros. (¡Ahora, afortunadamente, los zombis ya estaban muertos!).

No espero que lo crean, pero yo lo vi.”

. . . . . . . . . .

 La historia de los bailarines zombis de Port—au—Prince es interesante desde el punto de vista de que arroja alguna luz sobre los terribles ritos mágicos concernientes a la vuelta desde la tumba de los muertos para trabajar en los campos de caña.

Una mujer negra llamada Bretéche llevaba un local donde se daban exhibiciones de baile, a muy poca distancia de Port—au—Prince. De educación bastante esmerada, era conocida por haber estado relacionada con los escenarios desde su infancia, y porque durante cierto tiempo la gente blanca había frecuentado su establecimiento.

Ahora ya sólo acudía el elemento negro, y ella se convirtió en noticia por su audacia, pues no se le ocurrió otra cosa que revelar los ritos secretos del vudú en el escenario. De pronto comenzó a circular un rumor: “ ¡La Bretéche tiene zombis bailando para ella!”

Una investigación oficial reveló la existencia en su casa de siete figuras misteriosas que bailaban a sus órdenes, siguiendo cada inflexión de su voz, pero sin ninguna respuesta emocional, moviéndose sólo de manera automática. Jamás se había oído hablar a alguno de los extraños bailarines. La Bretéche fue llamada a declarar.

A todas las preguntas que se le hicieron respondió no haber cometido asesinato, puesto que sus bailarines ya estaban muertos. Dijo que sus bailarines habían sido enterrados y que ella los había desenterrado para ayudarles, y ahora ellos la ayudaban a ella.

—¿Qué hizo usted?

—Primero hice una figura de barro, así... —Y les mostró de forma rudimentaria cómo la había hecho. Una figura de barro parecida a un hombre—: así... —Y levantó y sostuvo una imaginaria figura de barro, empezando a darle aliento, susurrando a la vez una curiosa especie de ritual.

Luego miró hacia arriba y dijo:

—Después dije: baila, y ellos bailaron para mí.

Los blancos cultos admiten la existencia de los zombis, igual que lo hace el gobierno. No obstante, éste teme implicarse en cualquier explicación de origen psíquico. En otras palabras, el gobierno de Haití dice: “¿Zombis? Sí, existen; pero no podemos dar una explicación. Forman parte del misterio de Haití.”

Una respuesta oficial, en efecto. Pero no puede convencerme de que no hay realmente muertos vivientes trabajando en los campos de caña de Haití.