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La prima de Vera - Zoé Valdés

Ya está aquí, repitiendo la anhelada visita anual. Llega, deposita sus valijas y en seguida la casa se llena de aromas tropicales, adelfas, jazmines, vicaria blanca, gladiolos, rosas amarillas, girasoles, acacias, orquídeas, helechos, boquitas de león, tulipanes, violetas, siemprevivas, buganvillas, y hasta marpacíficos. 

Sorprende su regocijo, la prima de Vera posee una alegría tan fuera de lo común que da miedo, lo trastoca todo como si se apoyara en una varita mágica. Cuando ríe lo hace acaparando el más mínimo espacio, ya no queda sitio para otra risa. 

Sin preocuparse de las miradas extiende los brazos hacia atrás, abre la larga cremallera a su espalda y de un tirón se saca por encima de la cabeza el vestido de seda gris con diminutos motivos floreados. 

Va hacia el refrigerador paseándose en paños menores, es decir, en blúmer y ajustador; la piel tersa y acaramelada roza los lugares más tontos, la punta de la mesa con el muslo, cuidado, te harás un morado, le digo, ella se encoge de hombros, el cubo de la basura con la rodilla derecha, al querer curiosear en el interior del congelador descansa el mentón unos segundos encima de la agarradera; está reflexionando en si toma una paletica de helado o sencillamente un puñado de hielo. 

Prepara un alto vaso color flamingo con agua y bastantes trocitos de hielo, se lo empina y bebe sedienta hasta que sus dientes chocan y mastican lo sólido con aquellas muelas intactas, sin un asomo de carie, sin un minúsculo empaste de plomo. 

Luego, por supuesto, vuelve a sonreír, la boca rojísima debido a los efectos del hielo, y hasta exclama ¡qué rico, tú! con una gracia envidiable. Se dirige a una de las maletas y extrae de ella un vestido color azul turquesa, el cual desliza por sobre su cuerpo con la maestría de una pantera. 

Nos invita, con esa pronunciación desenmascarada de eses, a dar una vueltecita por el barrio y ya su mano se ha apoderado del picaporte. La puerta ya está abierta y hechizados huimos detrás de ella.

La prima de Vera no es tan alta, pero cuando camina su falda ondea sobre las corvas con el vaivén de la eterna adolescencia desgarbada. Nos damos cuenta de que a su aparición el sol comienza a desplazar los edificios, y las aceras antes sombreadas se azulean con matices marinos. 

Se ha ido el olor a polvo antiguo y otra vez nos inunda la brisa que viene del río, o del soñado mar, anunciando peces y euforia. De las ventanas y de los balcones descuelgan piernas balancéandose al abismo de la luz. 

Miren cómo ha cambiado el mundo, señores, comenta la joven como si desembarcara de una nave espacial, como si llegara de otro planeta, si sólo viene de una isla. ¡Qué suerte que aquí hay estaciones! Por fin puedo escuchar a Vivaldi y entenderlo a plenitud. Eso dice la prima de Vera, que, como ya ustedes podrán suponer, proviene de un sitio lejano donde sólo existe el intenso y achicharrante calor. 

Abordamos una plazoleta, no hay hombre que no voltee la cabeza para gozar a la muchacha, también las mujeres la observan, unas con resentimiento, otras perplejas, las de más allá con deseo. 

Ella va muy dispuesta a la mesa engalanada con juegos de sombra y claridad tejidos por la copa de un árbol; en donde ella se pose vendrán invariablemente a revolotear las mariposas, las abejas detrás del dulce, los colibríes cazando colores. 

Pedimos café y la prima de Vera un kir porque declara que está harta de las bebidas calientes, desea probar refrescos exóticos, acariciar su paladar con sabores que, más tarde, al regreso, podrá recordar sin aburrirse. 

Intentamos preguntarle sobre la isla y se carcajea maldita, mira a ambos lados y canturrea rememorando a Panchito Riset: El cuartico está igualito que como tú lo dejaste. Luego, descarada, clava sus ojos cual pétalos de miel en la mirada de un tipo a punto de comérsela viva, susurra mientras saborea el kir: Me gusta aquél. Y lo pronuncia como si fuera la primera vez que ocurriera que le agradara un aquél. 

Ya conocemos de su fanatismo por enamorarse, de hecho es como si ella trajera esencias misteriosas embotelladas en pequeños frascos para renovar el amor. Nos decidimos a pedir noticias de su familia. ¿Y cómo anda Vera? Andar, anda con los pies, encantada de la vida, contesta cruzando los brazos sobre la mesa, de manera tal que el busto se le sube y desborda el escote. 

Al punto tararea una canción que no hemos escuchado en la radio, ni en la tele, ni en ninguna parte, una de esas de vulgar contenido y de contagiosa melodía, de las que invitan a menearse desde los hombros pasando por la cintura, regodeándose en la pelvis y afincándose en las nalgas, para enseguida recorrer los muslos, las pantorrillas, teniendo su cumbre en los pies, y de los pies reinicia su ascensión hacia la boca, los ojos, emborrachando así a la mente. 

Uno de nosotros vuelve a la carga con el interrogatorio. ¿Cómo te llamas? Apareces y desapareces y nunca has dicho tu verdadero nombre. Cielito, soy la prima de Vera, ¿no basta? Qué manía de preguntadera tienen ustedes, debe de ser el frío. El exceso mata el goce, aprovéchenme ahora porque en cuanto venga el calor me largo. ¡Ay, qué delicia de tiempo! 

Quedamos mudos, pensando que pasaremos otro abril y otro mayo encantados con la exuberancia de la prima de Vera, quien no tiene necesidad de decir su nombre para que ustedes sospechen de quién se trata. 

Al marcharse, con ella se irá la inspiración; nos prepararemos para otro huésped, quien no es el primo de nadie, sino un chiquito jodedor y sudoroso que obliga a retirarse a las playas, a burlarnos de los peces de colores y que responde al mote de Ver-Ano.

La luna y el bastón - Zoé Valdés

No es nada fácil ser nieto de unos abuelos imposibles. Sobre todo conociendo que a los abuelos les da la chochería de la vejez con cogerles un amor irracional a los hijos de sus hijos. Como si a través de ellos pudieran alargar su existencia; afanados en aferrarse a la vida sé encaprichan en los chicos con una veneración rayana en la demencia. 

Pepe Babalú había sido criado por los padres de sus padres. Es decir por el negro Dupont y la gallega Clemencia. Las primeras palabras que escuchó Pepe Babalú, en realidad, fue una discusión muy acalorada, a grito pelado. Apenas había transcurrido una hora de su nacimiento. Clemencia deseaba bautizarlo con el nombre de José, y Dupont se negaba contrariado justificando su negativa con el hecho de que ya él había escogido el nombre de Babalú, en honor de su santo Babalú Ayé, al cual él había prometido que si su nieto nacía varón, como era el caso, pues le pondría tal nombre.

-¿Y por qué no Lázaro? -preguntó Clemencia con los brazos en jarra haciendo alusión al nombre católico del santo.
-Porque ya le prometí que sería Babalú, no voy a contradecirlo -replicó Dupont.
-¿No te das cuenta de que se burlarán de él en la escuela? José Babalú suena a predestinado.
-¿Y qué? Tal vez lo sea, puesto que nació un 17 de diciembre. -Fecha dedicada al viejito milagroso.
-No voy a permitir ese nombre, no hay más que hablar... -cortó seca Clemencia.
-¡¿Qué te has creído, vieja bruja, que eres su dueña absoluta?!
-¡Tampoco lo eres tú! Preguntémosle a la niña... Es ella quien debe decidir. ¿Verdad, hija mía, que ese nombre no te gusta? -Clemencia se dirigió a la recién parida.

Mientras los abuelos discutían, las miradas de los padres del bebé iban de un rostro al otro como en un torneo de ping-pong, sin decir ni esta boca es mía. Por fin el padre se pronunció:

-Yo desearía... en fin... no sé qué tú piensas, Dulce, creo que... A mí me gusta mucho, yo le llamaría simplemente Javier.
-¡Ah, no, Javier no se puede achicar, no podré decirle Javierito, suena bobo! -protestó la esposa-. Yo había pensado en Mauricio, era  algo que habíamos convenido de antemano.
-¿Por qué no Javier Mauricio? Además, Mauricio tampoco se puede achicar. ¿Te parece lógico llamarle «Mauricito, ven acá»? Por favor, Dulce, es lo más anodino que he oído- no estuvo de acuerdo el padre de la criatura.
-¡Qué dos nombres horribles! El mejor es José, como tu abuelo, Dulcita, hija, como mi padre, que en gloria esté.
-Yo les señalo que no sería bueno para el niño el hecho de que yo renunciara a la promesa que le hice a san Lázaro.

-Y yo insisto en que san Lázaro estará de acuerdo conmigo de que no hay por qué echarle a perder la infancia a un inocente con ese nombre tan ridículo. Además de que eso lo marca, ¡paf, religioso! Es como si a mí se me ocurriera ponerle «Cristo». 

Y tú sabes que yo soy tan creyente como tú, pero no es justo. Además, somos nosotros quienes vamos a estar lidiando con el bebé, ya que ustedes dos -dijo señalando a los padres- son científicos y apenas salen del laboratorio ese de ratones, y no llegan a la casa hasta las tantas de la noche; pues como seremos los abuelos quienes más responsabilidades tendremos con el crío, al menos debemos sentirnos a gusto, familiarizados, digo yo... En cuanto a ese nombretico de Babalú, no viene al caso, porque añado que como abuela que soy quedaré más tiempo a su cuidado, no me separaré de él. Por lo tanto, José es el nombre justo, corto, fácil, y honrará a mi padre, su bisabuelo. Dicho y hecho, se llamará José.

-José Babalú -rumió áspero Dupont. El padre salió a fumar un cigarro, y la madre se durmió extenuada. Clemencia reviró los ojos a su marido, sin embargo, aceptó esta segunda opción mascullando algo entre dientes, seguramente una maldición gallega.

De más está decir que el José se transformó muy pronto en Pepe. Y al niño no le quedó más remedio que adaptarse al estrambótico apodo, que una vez matriculado en la escuela sus condiscípulos le endilgaron, Pepe Baba, o Pepe el Baba. Es cierto que Pepe le agradaba más, pero cuando su abuelo explicaba el origen de su segundo nombre, y las razones por las cuales lo había elegido, se sentía orgulloso de llevar el nombre de un santo milagroso y venerado. 

Pero con quien más conversaba era con la abuela Clemencia, pues daba pena verla horas y horas, sentada frente a una hoguera, detrás de la casa, en el patio, hablando sola, o mejor dicho, sola no, con el fuego. Mientras eso hacía, las manos acalambradas de la anciana acariciaban una moneda de plata, arrugada y con los bordes desiguales, desgastados por el tiempo.

-Es la luna de mi tierra, hijito. Mi padre, tu bisabuelo, la arrancó del cielo para mí. Sabes, yo nací muy lejos de aquí, en Ribadavia; antes de viajar a Cuba mi madre pidió que le trajera la luna. Él fue a buscarla, a su regreso mi madre había muerto, yo acababa de nacer. Él enterró a mamá, y una semana después se montó en un barco conmigo. Llegué a La Habana con sólo algunos días de nacida, no sé cómo pude resistir el viaje. De pequeña él me hablaba mucho de la luna de su tierra, y me la mostraba, digo, me enseñaba esta moneda, y lloraba por mi madre... 

Luego, al tiempo, se enamoró y se casó aquí con otra y tuve hermanos. Pero, a solas, él y yo siempre hablábamos de allá, de la ría, del fuego, de la luna. Sacaba del bolsillo la moneda, y de pronto, en la noche brillaban dos astros por igual. Entonces a mí me dio por acurrucarme en un rincón del patio, encender un fósforo y prender las yaguas, escuchaba que el fuego me decía cosas, y yo le respondía, así pasaba horas de horas. 

La mujer de mi viejo la cogió con insultarme, con cacarear que yo estaba embrujada, que no era normal como los otros chicos. Mi padre me observaba consternado, hasta que explicó ese algo dentro de mí que yo misma no comprendía, que yo no podía saber. «Tú eres meiga, hija», dijo. A partir de entonces me dejaron tranquila, mi madrastra no fastidió más, y yo seguí cantándole al fuego, escuchándolo sobre todo.

Pepe Babalú se encantaba con esas historias. Su abuela era maga, que era la traducción que él podía hacer de meiga, y esto, claro está, lo colocaba en una posición ventajosa respecto a sus compañeros de clase. En varías ocasiones Dupont llegaba fatigado del trabajo, y al escuchar las historias que su mujer contaba al niño, iba directo a la pila del fregadero, llenaba un cubo de agua, y desde la puerta de salida al patio lo lanzaba contra las llamaradas, apagando el hechizo. Pepe Babalú observaba cariacontecido, y Clemencia hacía muecas a sus espaldas.

-No hagas caso. Es un viejo loco y resentido. Es bueno, yo le quiero, pero es muy dominante.
-¡Loca y dominante eres tú! -exclamaba el abuelo desde el interior de la casa.

Es cierto que su abuela exageraba por momentos. Sobre todo aquella vez cuando se le metió entre ceja y ceja que su nieto asistiera a la Sociedad de Bailes Españoles, para que aprendiera a bailar la jota y la muñeira. Hasta logró convencerlo e inscribirlo, pero Pepe Babalú prefería la parte culinaria de su abuela a la parte artística, hasta que ella misma se dio cuenta de que su nieto no tenía vocación de bailarín. 

O al menos de bailarín gallego, porque lo que era meterle la cintura a un buen guaguancó, eso sí, ay, que sí sí. Bastaba que escuchara a lo lejos un toque de tambor para que su cuerpo se descoyuntara en sandungueo y sabrosura, entonces era Dupont quien sonreía masticando de medio lado el mocho de tabaco. Cuando eso sucedía, el viejo sacaba su bastón. 

Un bastón que siempre se hallaba colgado detrás de la puerta, y con él seguía el ritmo de la música, tocando acompasadamente sobre la piel de chivo del fondo de un taburete. Chivo que rompe tambó con su pellejo paga. Clemencia no podía impedir echarse a reír al contemplar a su nieto, y se ponía, a la par que él, a mover el esqueleto como cualquier cuarterona de solar. 

Al punto Dupont se levantaba del sillón, colocaba un viejo disco en el tocadiscos y tomando a su mujer por la cintura se disponían a bailar un pasodoble. Luego, cuando el disco llegaba a su fin, montaba desde la calle el sonido de los tambores, y la pareja retomaba el remeneo de la rumba de cajón. Pepe Babalú se desternillaba de la risa viéndolos descuajaringados en danza frenética.

Pero una tarde Pepe Babalú regresó de la escuela muy acongojado. Apenas contaba ocho años y una maestra había explicado que en el tiempo de la colonia los negros eran esclavos y los españoles amos, y que estos últimos daban boca abajo a los primeros, y los explotaban y hasta los mataban cruelmente. Dijo: los españoles son malos

El niño apretaba con rabia la mano de su abuela, en el camino de regreso a casa, pero por nada del mundo se atrevió a reprochar lo que pensaba. Esperó a que su abuelo volviera del trabajo, tarde en la noche, pues esa semana el anciano doblaba el turno en la tabaquería. 

Pidió a Clemencia que lo dejara sentarse en el portal con Dupont, y ella asintió, pues debía preparar un dulce, el cual necesitaba reposar toda la madrugada a la luz de la luna llena. A la terrible pregunta del niño, el abuelo respondió:

-Ésa es una manera muy fea de explicar la historia. Mañana mismo iré a hablar con esa maestra. La historia es así, fue un pasado trágico, es cierto, pero tu abuela no tiene nada que ver con eso. Su padre vino de E-paña, pero jamás maltrató a nadie, ni asesinó a nadie, más bien trabajó como una bestia. Hijo, nosotros somos un país mestizo. Indio, negro, español, chino, una sabrosa mezcolanza. ¡Qué estupidez!

Y entonces, a partir de ese día, su abuelo consiguió libros viejos de historia, o de pensadores de otras épocas, poetas del siglo pasado. Pepe Babalú pasaba mucho tiempo sumergido en la lectura. Sólo abandonaba los libros para escuchar fabulosos cuentos de meigas que narraba su abuela, o por otra parte violentas anécdotas de barracones descritas por los antepasados del abuelo.

Una noche Clemencia se puso muy mala, vomitó sangre, no quiso hablar nunca más con el fuego, desaparecieron los exquisitos dulces del fogón, los discos de gaitas o pasodobles no fueron jamás extraídos del chiforrover. El abuelo no cesaba de mesarse las pasas, es decir, el pelo duro, planchado hacia atrás. 

A Pepe Babalú apenas lo dejaban entrar en la habitación donde ella reposaba, luego fue trasladada al hospital, y pasaron varias semanas sin que pudiera verla, hasta que volvieron a traerla, pero para nada estaba curada, al contrario, oyó que su madre dijo que se encontraba peor, mucho peor. Dupont condujo a su nieto al patio; la piel del anciano parecía ceniza, las lágrimas resbalaron por sus mejillas acartonadas.

-Pepe Babalú, no sé cómo explicártelo, pero...
-Ya lo sé, abuelo. Se nos muere. Abuela me ha hablado mucho de la muerte. He aprendido a conversar con el fuego. Me dijo que cuando no esté podré comunicarme con ella a través de la candela. No debemos temer.
-¡Dupont! -escucharon reclamar desde la habitación de Clemencia. Era su voz alterada por los últimos estertores-. ¡Dupont, tráeme la luna! ¡Dupont, la luna, tráemela, por favor!
-Anda, ve, abuelo, no la dejes sola tanto rato, acompáñala.

Asombrado, Pepe Babalú vio cómo Dupont, en lugar de atravesar el pasillo y entrar en el cuarto de la anciana, siguió de largo hasta la puerta principal de la casa, descolgó el viejo bastón de madera, y se perdió por los matorrales del Bosque de La Habana. 

Era raro, pero su abuela había cesado de gritar. Pepe Babalú sintió terror de que hubiera muerto. Decidió entrar en la casa; una vez junto al lecho donde descansaba el apergaminado cuerpo de Clemencia, pudo comprobar que ella respiraba aún, parecía como si durmiera plácidamente, como si todos los dolores se hubieran esfumado de su cuerpo. 

Al rato, el adolescente sintió una presencia inquietante en la casa, se dijo que era probable que alguien ajeno se hubiera colado, tal vez ladrones. Al salir del cuarto fue enceguecido por un reflejo blanquísimo; cuando pudo reabrir los párpados, divisó no sin dificultad que la luz gigante avanzaba hacia él; detrás de aquella forma redonda y luminosa pudo descubrir la silueta de Dupont. 

Traía, nada más y nada menos, que a la luna enganchada en la empuñadura del bastón. Atravesó el umbral del cuarto de la moribunda con la luna a modo de farol. La mujer sonrió, suspiró aliviada, al instante dejó de respirar y la sonrisa se congeló para siempre en el recuerdo de Pepe Babalú.

Algunos años después murió Dupont. Pepe Babalú se hallaba en África, en Angola, en medio de un combate. De súbito le vinieron a la mente las palabras de su abuelo antes de él partir a la guerra.

-La historia por momentos es bella a pesar de ser tan terrible, Pepe Babalú, no lo olvides. Cuando andes por aquellas tierras verás algo muy importante que nos está destinado a ti y a mí; se hallará escondido dentro de un árbol. Es mi prenda, no puedo describírtela porque yo mismo no sé qué forma tiene, pero tú sentirás el deseo de poseerla, y la traerás. No dejes de hacerlo.

El joven se encontraba muy cerca de su mejor amigo, al instante vio un árbol de color rojo vino. El árbol cogió candela inesperadamente, entonces interrogó al fuego, y éste respondió con la voz de Clemencia:
-La prenda de Dupont se halla entre aquellas ramas altas. ¡Búscala!

Pepe Babalú alertó a su amigo de que debía subir al árbol; el otro le desaconsejó que lo hiciera, pues sería peligroso: un bombazo podía caer encima, además el árbol estaba ya envuelto en llamaradas. Pero el muchacho no hizo caso y trepó casi a la velocidad de una pantera. 

En una especie de nido halló un objeto extraño, como una semilla gigantesca, algo muy semejante a un coco seco, pero no lo era con exactitud, sino más bien una suerte de luna polvorienta con pelos secos, del tamaño de una calabaza enana, con tres caracoles incrustados a manera de ojos y de boca. 

Ya se disponía a descender del árbol cuando divisó, allá abajo, el cuerpo destrozado de su compañero, su mejor amigo. De regreso a casa supo que Dupont había fallecido aproximadamente en el mismo momento en que él se había apoderado de la prenda.

En todos esos detalles piensa Pepe Babalú, y se le atraganta el buche de llanto en la garganta. Introduce su mano en el maletín, acaricia aquel amuleto africano, vuelve a cerrar el equipaje. Por la ventanilla del avión que ahora lo conduce a España, distingue la luna llena viajando junto a él, tan desigual en su redondez como esa moneda con la que juguetean sus dedos, su único dinero. 

Queda embelesado con la visión del astro, mientras cree escuchar lejana la voz de Clemencia leyendo en gallego versos de Rosalía de Castro, aclarando que ella había nacido junto a una ría, es decir un río hembra, que no es lo mismo, aunque se escriba casi igual. Y el hombre se pregunta qué dirá aquella gente cuando lo vean aparecer, a él, un mulato de ojos claros, chapurreando el gallego aprendido con abuela Clemencia. ¿Cómo serán sus primos terceros, hijos a su vez de los primos de su abuela? A juzgar por las cartas parecen simpáticos. Incluso ansiosos por conocerlo.

Bailarina de vientre y vómito - Zoé Valdés

    Había dejado a la niña en la carpa de los elefantes junto a otros niños y al cuidado de unos amigos. Caminé por las desiertas callejuelas, cubiertas de polvo reseco; de vez en cuando tropezaba con mujeres temerosas acompañadas de sus vástagos, envueltas en trapajos negros y veladas también con calurosas telas prietas.

    Entré en una casucha cuya puerta era únicamente una pesada cortina de raído damasco. En el interior reinaba la penumbra y un tufillo maloliente a grasa vieja y a yerba quemada. Regados por los rincones avizoré innumerables cojines, también polvorientos y destripados; encima de ellos descansaban hombres cejijuntos con turbantes, quienes me miraron con una mezcla de desasosiego y desprecio. En un pequeño salón central, con piso de tierra, un joven acomodó su raro instrumento musical. De inmediato el recinto se colmó de una melodía semejante a la de los cuentos de princesas árabes.      

    Ella surgió, precedida de una humareda infernal, vestía pantalones bombachos anudados con pulseras a los tobillos, muy bajos a nivel de las caderas, mostrando el ombligo, dentro del cual brillaba una falsa perla negra. Los pechos tapados con una blusa de gasa que transparentaba la desnudez de los brazos, no así la de los pezones, escondidos éstos por una chaquetica tipo torero enguatada y bordada con  espejitos.  

    Llevaba  la cabeza adornada con una diadema barata, de la cual salía un velo tapándole el rostro, salvo los ojos delineados en kohol, de una negrura tan brillante como la perla. Inició la danza del vientre. Puro turismo, me dije; sin embargo, era perfecta, añadiría que más delicada que lujuriosa. Sus ojos se posaron extrañados en mí; sin embargo, no paró de bailar. 

    Al rato, los hombres perdieron el interés por su presencia y continuaron con sus discretas conversaciones masculinas.  Entonces ella aprovechó y fue aproximándose a mí, mientras daba vueltas y más vueltas, sin dejar de temblequear su vientre, no su cintura. Primero me hizo un guiño cómplice, que yo correspondí no sin miedo, pero para que se sintiera en confianza y no fuera peor. Poco después se acercó aún más, pegada a mí considerablemente, y murmuró en perfecto cubano:

     -Creo que nos hemos visto antes.
    -¿Dónde? -inquirí insegura.
    -Allá, en La Habana -respondió con los dientes apretados en una fingida sonrisa inocente.
    -Ah, bueno, claro.
    No podía comentar otra cosa.
    -Soy Maritza, la de la calle San Juan de Dios, la bailarina del Parisién.
    -¡Nooo! -exclamé y al punto contuve mi sorpresa, pues ya dos fumadores de opio indagaban con una guapería fuera de lo común por estos lares.
    -No puedo contarte ahora, es una larga historia -susurró dejándome con los ojos botados semejantes a los de La Máscara de Jim Carrey.

    Escapó al centro del churrupiero salón y por unos minutos cambió el vaivén de su vientre por un remeneo de cintura a lo rumbera de carnaval de antaño, duró muy pocos instantes, cosa de probar que no mentía. Pellizqué mi antebrazo, restregué mis párpados, ella continuaba allí, batuqueando las caderas en un guaguancó a ritmo de cítara y flauta. 

    Luego recuperó su presteza y prestancia de diosa esmerada. La melodía cesó de súbito y ella desapareció en una nube apestosa a estiércol de bestia sagrada. Me apresuré al exterior, busqué detrás de la casucha, a un lado y a otro, investigué en aledañas tiendas de bisutería: nadie la había visto, nadie la conocía, como si se hubiera evaporado, o jamás hubiera existido. Regresé por la calle principal, donde volví a toparme con mujeres cerradas en negro acompañadas de sus hijos, haciendo el trayecto a la inversa. 

    En la carpa de los elefantes esperaban mis amigos. La niña montaba encima de uno de los paquidermos, risueña y turística, llamándome mamita, ven, te voy a presentar a Dumbo; tan occidental en su inocencia que sufrí un vahído al descubrir mi confusión con las referencias. Recordé, o tuve una visión, vi a aquella joven bailando, alegre, en una tarima de un lujoso cabaret del Vedado; idéntica mirada de la bailarina del vientre; una rumbera sabrosona transformada en princesa oriental. ¿En princesa?