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La luna y el bastón - Zoé Valdés

No es nada fácil ser nieto de unos abuelos imposibles. Sobre todo conociendo que a los abuelos les da la chochería de la vejez con cogerles un amor irracional a los hijos de sus hijos. Como si a través de ellos pudieran alargar su existencia; afanados en aferrarse a la vida sé encaprichan en los chicos con una veneración rayana en la demencia.  Pepe Babalú había sido criado por los padres de sus padres. Es decir por el negro Dupont y la gallega Clemencia. Las primeras palabras que escuchó Pepe Babalú, en realidad, fue una discusión muy acalorada, a grito pelado. Apenas había transcurrido una hora de su nacimiento. Clemencia deseaba bautizarlo con el nombre de José, y Dupont se negaba contrariado justificando su negativa con el hecho de que ya él había escogido el nombre de Babalú, en honor de su santo Babalú Ayé, al cual él había prometido que si su nieto nacía varón, como era el caso, pues le pondría tal nombre. -¿Y por qué no Lázaro? -preguntó Clemencia con los brazos en jarra ...

La tenebrosa casa de los Oidores

  A mediados del siglo xvi , existía un edificio de dos pisos en el centro de la Nueva España, sobre la acera oriente de la actual calle de Bolívar. Su aspecto, frío y lúgubre, correspondía con sus funciones: era el albergue de los oidores, temidos funcionarios del Santo Oficio. Día con día, los oidores se reunían en este sitio para acordar los castigos que impondrían a los herejes, brujos y relapsos ( Que reincide en un pecado del que ya había hecho penitencia o en una herejía a la que había renunciado). Alrededor de la mesa, sus mentes enfermizas trabajaban sin parar, deseosos de imponer tortura a quienes profesaban una religión contraria a la católica, como los llamados “judaizantes”, o que practicaban métodos curativos que eran calificados invariablemente de “brujerías”. El Santo Oficio perseguía a cualquiera que “amenazara la fe”, incluyendo especialmente a aquéllos que habían logrado hacerse de fortuna y bienes, todo lo cual terminaba en manos del clero; ya fuera que el...

Los cabellos del diablo

  En la segunda d é cada del siglo xvii , la ciudad capital de la Nueva Espa ñ a conoci ó un suceso que cubri ó de pavor a todos los que lo conocieron, por su naturaleza sobrenatural y escalofriante. El hecho ocurri ó en la calle de “la buena muerte”, hoy quinta de San Jer ó nimo, pero vayamos al inicio de esta leyenda, ubiqu é monos en el d í a 12 de febrero de 1728, cuando todo empez ó . Reci é n desembarcado de Espa ñ a, Don Crist ó bal Arias de Vel á zquez se encontraba en el despacho de un prominente notario, quien lo pon í a al tanto de la cuantiosa fortuna que le heredara su padre, muerto recientemente. Luego de felicitarlo, el notario pregunt ó al joven si hab í a quedado en buenos t é rminos con su padre. Extra ñ ado, Don Crist ó bal contest ó afirmativamente, a lo que el notario agreg ó en seguida, que el testamento conten í a una disposici ó n extra ñ a. Se ñ alaba que para poder entrar en posesi ó n de sus bienes, Don Crist ó bal deb í a vivir por corto tiemp...