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La luna y el bastón - Zoé Valdés

No es nada fácil ser nieto de unos abuelos imposibles. Sobre todo conociendo que a los abuelos les da la chochería de la vejez con cogerles un amor irracional a los hijos de sus hijos. Como si a través de ellos pudieran alargar su existencia; afanados en aferrarse a la vida sé encaprichan en los chicos con una veneración rayana en la demencia. 

Pepe Babalú había sido criado por los padres de sus padres. Es decir por el negro Dupont y la gallega Clemencia. Las primeras palabras que escuchó Pepe Babalú, en realidad, fue una discusión muy acalorada, a grito pelado. Apenas había transcurrido una hora de su nacimiento. Clemencia deseaba bautizarlo con el nombre de José, y Dupont se negaba contrariado justificando su negativa con el hecho de que ya él había escogido el nombre de Babalú, en honor de su santo Babalú Ayé, al cual él había prometido que si su nieto nacía varón, como era el caso, pues le pondría tal nombre.

-¿Y por qué no Lázaro? -preguntó Clemencia con los brazos en jarra haciendo alusión al nombre católico del santo.
-Porque ya le prometí que sería Babalú, no voy a contradecirlo -replicó Dupont.
-¿No te das cuenta de que se burlarán de él en la escuela? José Babalú suena a predestinado.
-¿Y qué? Tal vez lo sea, puesto que nació un 17 de diciembre. -Fecha dedicada al viejito milagroso.
-No voy a permitir ese nombre, no hay más que hablar... -cortó seca Clemencia.
-¡¿Qué te has creído, vieja bruja, que eres su dueña absoluta?!
-¡Tampoco lo eres tú! Preguntémosle a la niña... Es ella quien debe decidir. ¿Verdad, hija mía, que ese nombre no te gusta? -Clemencia se dirigió a la recién parida.

Mientras los abuelos discutían, las miradas de los padres del bebé iban de un rostro al otro como en un torneo de ping-pong, sin decir ni esta boca es mía. Por fin el padre se pronunció:

-Yo desearía... en fin... no sé qué tú piensas, Dulce, creo que... A mí me gusta mucho, yo le llamaría simplemente Javier.
-¡Ah, no, Javier no se puede achicar, no podré decirle Javierito, suena bobo! -protestó la esposa-. Yo había pensado en Mauricio, era  algo que habíamos convenido de antemano.
-¿Por qué no Javier Mauricio? Además, Mauricio tampoco se puede achicar. ¿Te parece lógico llamarle «Mauricito, ven acá»? Por favor, Dulce, es lo más anodino que he oído- no estuvo de acuerdo el padre de la criatura.
-¡Qué dos nombres horribles! El mejor es José, como tu abuelo, Dulcita, hija, como mi padre, que en gloria esté.
-Yo les señalo que no sería bueno para el niño el hecho de que yo renunciara a la promesa que le hice a san Lázaro.

-Y yo insisto en que san Lázaro estará de acuerdo conmigo de que no hay por qué echarle a perder la infancia a un inocente con ese nombre tan ridículo. Además de que eso lo marca, ¡paf, religioso! Es como si a mí se me ocurriera ponerle «Cristo». 

Y tú sabes que yo soy tan creyente como tú, pero no es justo. Además, somos nosotros quienes vamos a estar lidiando con el bebé, ya que ustedes dos -dijo señalando a los padres- son científicos y apenas salen del laboratorio ese de ratones, y no llegan a la casa hasta las tantas de la noche; pues como seremos los abuelos quienes más responsabilidades tendremos con el crío, al menos debemos sentirnos a gusto, familiarizados, digo yo... En cuanto a ese nombretico de Babalú, no viene al caso, porque añado que como abuela que soy quedaré más tiempo a su cuidado, no me separaré de él. Por lo tanto, José es el nombre justo, corto, fácil, y honrará a mi padre, su bisabuelo. Dicho y hecho, se llamará José.

-José Babalú -rumió áspero Dupont. El padre salió a fumar un cigarro, y la madre se durmió extenuada. Clemencia reviró los ojos a su marido, sin embargo, aceptó esta segunda opción mascullando algo entre dientes, seguramente una maldición gallega.

De más está decir que el José se transformó muy pronto en Pepe. Y al niño no le quedó más remedio que adaptarse al estrambótico apodo, que una vez matriculado en la escuela sus condiscípulos le endilgaron, Pepe Baba, o Pepe el Baba. Es cierto que Pepe le agradaba más, pero cuando su abuelo explicaba el origen de su segundo nombre, y las razones por las cuales lo había elegido, se sentía orgulloso de llevar el nombre de un santo milagroso y venerado. 

Pero con quien más conversaba era con la abuela Clemencia, pues daba pena verla horas y horas, sentada frente a una hoguera, detrás de la casa, en el patio, hablando sola, o mejor dicho, sola no, con el fuego. Mientras eso hacía, las manos acalambradas de la anciana acariciaban una moneda de plata, arrugada y con los bordes desiguales, desgastados por el tiempo.

-Es la luna de mi tierra, hijito. Mi padre, tu bisabuelo, la arrancó del cielo para mí. Sabes, yo nací muy lejos de aquí, en Ribadavia; antes de viajar a Cuba mi madre pidió que le trajera la luna. Él fue a buscarla, a su regreso mi madre había muerto, yo acababa de nacer. Él enterró a mamá, y una semana después se montó en un barco conmigo. Llegué a La Habana con sólo algunos días de nacida, no sé cómo pude resistir el viaje. De pequeña él me hablaba mucho de la luna de su tierra, y me la mostraba, digo, me enseñaba esta moneda, y lloraba por mi madre... 

Luego, al tiempo, se enamoró y se casó aquí con otra y tuve hermanos. Pero, a solas, él y yo siempre hablábamos de allá, de la ría, del fuego, de la luna. Sacaba del bolsillo la moneda, y de pronto, en la noche brillaban dos astros por igual. Entonces a mí me dio por acurrucarme en un rincón del patio, encender un fósforo y prender las yaguas, escuchaba que el fuego me decía cosas, y yo le respondía, así pasaba horas de horas. 

La mujer de mi viejo la cogió con insultarme, con cacarear que yo estaba embrujada, que no era normal como los otros chicos. Mi padre me observaba consternado, hasta que explicó ese algo dentro de mí que yo misma no comprendía, que yo no podía saber. «Tú eres meiga, hija», dijo. A partir de entonces me dejaron tranquila, mi madrastra no fastidió más, y yo seguí cantándole al fuego, escuchándolo sobre todo.

Pepe Babalú se encantaba con esas historias. Su abuela era maga, que era la traducción que él podía hacer de meiga, y esto, claro está, lo colocaba en una posición ventajosa respecto a sus compañeros de clase. En varías ocasiones Dupont llegaba fatigado del trabajo, y al escuchar las historias que su mujer contaba al niño, iba directo a la pila del fregadero, llenaba un cubo de agua, y desde la puerta de salida al patio lo lanzaba contra las llamaradas, apagando el hechizo. Pepe Babalú observaba cariacontecido, y Clemencia hacía muecas a sus espaldas.

-No hagas caso. Es un viejo loco y resentido. Es bueno, yo le quiero, pero es muy dominante.
-¡Loca y dominante eres tú! -exclamaba el abuelo desde el interior de la casa.

Es cierto que su abuela exageraba por momentos. Sobre todo aquella vez cuando se le metió entre ceja y ceja que su nieto asistiera a la Sociedad de Bailes Españoles, para que aprendiera a bailar la jota y la muñeira. Hasta logró convencerlo e inscribirlo, pero Pepe Babalú prefería la parte culinaria de su abuela a la parte artística, hasta que ella misma se dio cuenta de que su nieto no tenía vocación de bailarín. 

O al menos de bailarín gallego, porque lo que era meterle la cintura a un buen guaguancó, eso sí, ay, que sí sí. Bastaba que escuchara a lo lejos un toque de tambor para que su cuerpo se descoyuntara en sandungueo y sabrosura, entonces era Dupont quien sonreía masticando de medio lado el mocho de tabaco. Cuando eso sucedía, el viejo sacaba su bastón. 

Un bastón que siempre se hallaba colgado detrás de la puerta, y con él seguía el ritmo de la música, tocando acompasadamente sobre la piel de chivo del fondo de un taburete. Chivo que rompe tambó con su pellejo paga. Clemencia no podía impedir echarse a reír al contemplar a su nieto, y se ponía, a la par que él, a mover el esqueleto como cualquier cuarterona de solar. 

Al punto Dupont se levantaba del sillón, colocaba un viejo disco en el tocadiscos y tomando a su mujer por la cintura se disponían a bailar un pasodoble. Luego, cuando el disco llegaba a su fin, montaba desde la calle el sonido de los tambores, y la pareja retomaba el remeneo de la rumba de cajón. Pepe Babalú se desternillaba de la risa viéndolos descuajaringados en danza frenética.

Pero una tarde Pepe Babalú regresó de la escuela muy acongojado. Apenas contaba ocho años y una maestra había explicado que en el tiempo de la colonia los negros eran esclavos y los españoles amos, y que estos últimos daban boca abajo a los primeros, y los explotaban y hasta los mataban cruelmente. Dijo: los españoles son malos

El niño apretaba con rabia la mano de su abuela, en el camino de regreso a casa, pero por nada del mundo se atrevió a reprochar lo que pensaba. Esperó a que su abuelo volviera del trabajo, tarde en la noche, pues esa semana el anciano doblaba el turno en la tabaquería. 

Pidió a Clemencia que lo dejara sentarse en el portal con Dupont, y ella asintió, pues debía preparar un dulce, el cual necesitaba reposar toda la madrugada a la luz de la luna llena. A la terrible pregunta del niño, el abuelo respondió:

-Ésa es una manera muy fea de explicar la historia. Mañana mismo iré a hablar con esa maestra. La historia es así, fue un pasado trágico, es cierto, pero tu abuela no tiene nada que ver con eso. Su padre vino de E-paña, pero jamás maltrató a nadie, ni asesinó a nadie, más bien trabajó como una bestia. Hijo, nosotros somos un país mestizo. Indio, negro, español, chino, una sabrosa mezcolanza. ¡Qué estupidez!

Y entonces, a partir de ese día, su abuelo consiguió libros viejos de historia, o de pensadores de otras épocas, poetas del siglo pasado. Pepe Babalú pasaba mucho tiempo sumergido en la lectura. Sólo abandonaba los libros para escuchar fabulosos cuentos de meigas que narraba su abuela, o por otra parte violentas anécdotas de barracones descritas por los antepasados del abuelo.

Una noche Clemencia se puso muy mala, vomitó sangre, no quiso hablar nunca más con el fuego, desaparecieron los exquisitos dulces del fogón, los discos de gaitas o pasodobles no fueron jamás extraídos del chiforrover. El abuelo no cesaba de mesarse las pasas, es decir, el pelo duro, planchado hacia atrás. 

A Pepe Babalú apenas lo dejaban entrar en la habitación donde ella reposaba, luego fue trasladada al hospital, y pasaron varias semanas sin que pudiera verla, hasta que volvieron a traerla, pero para nada estaba curada, al contrario, oyó que su madre dijo que se encontraba peor, mucho peor. Dupont condujo a su nieto al patio; la piel del anciano parecía ceniza, las lágrimas resbalaron por sus mejillas acartonadas.

-Pepe Babalú, no sé cómo explicártelo, pero...
-Ya lo sé, abuelo. Se nos muere. Abuela me ha hablado mucho de la muerte. He aprendido a conversar con el fuego. Me dijo que cuando no esté podré comunicarme con ella a través de la candela. No debemos temer.
-¡Dupont! -escucharon reclamar desde la habitación de Clemencia. Era su voz alterada por los últimos estertores-. ¡Dupont, tráeme la luna! ¡Dupont, la luna, tráemela, por favor!
-Anda, ve, abuelo, no la dejes sola tanto rato, acompáñala.

Asombrado, Pepe Babalú vio cómo Dupont, en lugar de atravesar el pasillo y entrar en el cuarto de la anciana, siguió de largo hasta la puerta principal de la casa, descolgó el viejo bastón de madera, y se perdió por los matorrales del Bosque de La Habana. 

Era raro, pero su abuela había cesado de gritar. Pepe Babalú sintió terror de que hubiera muerto. Decidió entrar en la casa; una vez junto al lecho donde descansaba el apergaminado cuerpo de Clemencia, pudo comprobar que ella respiraba aún, parecía como si durmiera plácidamente, como si todos los dolores se hubieran esfumado de su cuerpo. 

Al rato, el adolescente sintió una presencia inquietante en la casa, se dijo que era probable que alguien ajeno se hubiera colado, tal vez ladrones. Al salir del cuarto fue enceguecido por un reflejo blanquísimo; cuando pudo reabrir los párpados, divisó no sin dificultad que la luz gigante avanzaba hacia él; detrás de aquella forma redonda y luminosa pudo descubrir la silueta de Dupont. 

Traía, nada más y nada menos, que a la luna enganchada en la empuñadura del bastón. Atravesó el umbral del cuarto de la moribunda con la luna a modo de farol. La mujer sonrió, suspiró aliviada, al instante dejó de respirar y la sonrisa se congeló para siempre en el recuerdo de Pepe Babalú.

Algunos años después murió Dupont. Pepe Babalú se hallaba en África, en Angola, en medio de un combate. De súbito le vinieron a la mente las palabras de su abuelo antes de él partir a la guerra.

-La historia por momentos es bella a pesar de ser tan terrible, Pepe Babalú, no lo olvides. Cuando andes por aquellas tierras verás algo muy importante que nos está destinado a ti y a mí; se hallará escondido dentro de un árbol. Es mi prenda, no puedo describírtela porque yo mismo no sé qué forma tiene, pero tú sentirás el deseo de poseerla, y la traerás. No dejes de hacerlo.

El joven se encontraba muy cerca de su mejor amigo, al instante vio un árbol de color rojo vino. El árbol cogió candela inesperadamente, entonces interrogó al fuego, y éste respondió con la voz de Clemencia:
-La prenda de Dupont se halla entre aquellas ramas altas. ¡Búscala!

Pepe Babalú alertó a su amigo de que debía subir al árbol; el otro le desaconsejó que lo hiciera, pues sería peligroso: un bombazo podía caer encima, además el árbol estaba ya envuelto en llamaradas. Pero el muchacho no hizo caso y trepó casi a la velocidad de una pantera. 

En una especie de nido halló un objeto extraño, como una semilla gigantesca, algo muy semejante a un coco seco, pero no lo era con exactitud, sino más bien una suerte de luna polvorienta con pelos secos, del tamaño de una calabaza enana, con tres caracoles incrustados a manera de ojos y de boca. 

Ya se disponía a descender del árbol cuando divisó, allá abajo, el cuerpo destrozado de su compañero, su mejor amigo. De regreso a casa supo que Dupont había fallecido aproximadamente en el mismo momento en que él se había apoderado de la prenda.

En todos esos detalles piensa Pepe Babalú, y se le atraganta el buche de llanto en la garganta. Introduce su mano en el maletín, acaricia aquel amuleto africano, vuelve a cerrar el equipaje. Por la ventanilla del avión que ahora lo conduce a España, distingue la luna llena viajando junto a él, tan desigual en su redondez como esa moneda con la que juguetean sus dedos, su único dinero. 

Queda embelesado con la visión del astro, mientras cree escuchar lejana la voz de Clemencia leyendo en gallego versos de Rosalía de Castro, aclarando que ella había nacido junto a una ría, es decir un río hembra, que no es lo mismo, aunque se escriba casi igual. Y el hombre se pregunta qué dirá aquella gente cuando lo vean aparecer, a él, un mulato de ojos claros, chapurreando el gallego aprendido con abuela Clemencia. ¿Cómo serán sus primos terceros, hijos a su vez de los primos de su abuela? A juzgar por las cartas parecen simpáticos. Incluso ansiosos por conocerlo.

La tenebrosa casa de los Oidores

 A mediados del siglo xvi, existía un edificio de dos pisos en el centro de la Nueva España, sobre la acera oriente de la actual calle de Bolívar. Su aspecto, frío y lúgubre, correspondía con sus funciones: era el albergue de los oidores, temidos funcionarios del Santo Oficio.

Día con día, los oidores se reunían en este sitio para acordar los castigos que impondrían a los herejes, brujos y relapsos (Que reincide en un pecado del que ya había hecho penitencia o en una herejía a la que había renunciado).

Alrededor de la mesa, sus mentes enfermizas trabajaban sin parar, deseosos de imponer tortura a quienes profesaban una religión contraria a la católica, como los llamados “judaizantes”, o que practicaban métodos curativos que eran calificados invariablemente de “brujerías”.

El Santo Oficio perseguía a cualquiera que “amenazara la fe”, incluyendo especialmente a aquéllos que habían logrado hacerse de fortuna y bienes, todo lo cual terminaba en manos del clero; ya fuera que el condenado, encontrado culpable, fuera ejecutado, o bien si éste consiguiera la absolución, cuyo favor era obtenido una vez que aceptara “donar” sus riquezas al clero, con tal de salvarse.

Entre los funcionarios destacaba el oidor Pedro de Montoya, por su dureza y sadismo. Su fama había llegado hasta la Península, donde se recomendaba a quienes viajarían próximamente a la Nueva España, se cuidasen de él.

Durante su gestión, muchas personas murieron por decisión suya, en forma cruel, y despojados de su fortuna. El descontento de la población cada vez era mayor; las críticas hacia los oidores y hacia Pedro de Montoya en especial fueron tantas, que el virrey, Don Luis de Velasco II, temió desórdenes mayores.

Así, por real mandato, el virrey ordenó una investigación y posteriormente, la clausura del edificio de los oidores. Cerró sus puertas al fin “la casa del odio”, como se le llamaba en ese tiempo.

A partir de entonces, la existencia del oidor Montoya fue en declive. Las autoridades ordenaron su destitución, y como castigo, el Virrey decidió que sus bienes y capital pasarían al clero y al rey por partes iguales.

Montoya se había transformado en un hombre pobre, que vivía escondido para evitar la venganza de las familias de aquéllos a quienes había mandado matar. Cuéntase que murió en la más lastimosa de las miserias, y fue sepultado en una fosa común.

La casa de los oidores permaneció cerrada, en completo abandono, hasta que, en el año de 1711, se alojaron provisionalmente en ella los misioneros del Espíritu Santo, dada la incapacidad del cercano convento de San Francisco. He aquí donde empieza la leyenda.

Desde la mañana en que se trasladaron, los frailes se ocuparon en limpiar el polvo, las telarañas y basuras acumuladas en tanto tiempo. Acomodaron sus camastros de madera en corredores, habitaciones y salones. Así les dio la noche.

Fray Tobías, Fray Peredo, Fray Domingo, y el joven religioso Antonio de Fragoso, ocuparon el gran salón de los oidores. Instalaron sus camastros, uno junto al otro. Detrás de éstos se alzaban las cajas de gruesa madera, que en su tiempo archivaron los dictámenes emitidos por los funcionarios del Santo Oficio. Al frente, a unos cinco metros, se encontraba la mesa de reunión de los oidores.

Dispuestos a descansar después de la ardua jornada, uno de ellos bostezaba, el otro leía la Biblia, uno más reposaba, cuando Fray Tobías ordenó:

—Hermanos, tratemos de descansar. Mañana nos aguarda un día de mucha actividad.

—Tenéis razón. Apagad vuestras velas, y que Dios vele vuestro sueño, hermanos. —Dijo Fray Peredo.

No había transcurrido mucho tiempo de haberse apagado las velas; los frailes dormían tranquilamente cuando un ruido extraño los despertó.

—Hermanos... Hermanos... ¿Escucháis esos ruidos?

—Sí, desde hace un rato.

—¿Qué creéis que sea, hermano?

—No lo sé, me parece crujir de madera.

—Como si alguien caminara en el salón.

Los ruidos, fuertes, pero lejanos al principio, empezaron a hacerse más cercanos, más firmes, como si de una marcha de soldados se tratara.

—¡Hermanos, los ruidos se acercan!

—¡Encomendaos a Dios, mientras yo enciendo una luz!

—¡Alabado sea el Señor Sacramentado... ¡¡Ay!!

—¿Qué os sucede? ¡Por el amor de Dios! —apremió Fray Domingo, tomando una vela que apenas alumbraba.

—¡Algo ha pasado sobre mis pies! ¡Alumbrad aquí, Fray Domingo!

—Encended todos vuestras velas —Ordenó Fray Domingo.

—Pronto, aún lo siento cerca de mí... Por piedad...

Al encender al fin las velas y alumbrar con ellas, descubrieron ratas, una gran cantidad de ellas, que al momento corrieron en todas direcciones, asustadas con la luz.

—Ah, son ratas. Vienen tras el pan con queso que guarda Fray Peredo bajo su almohada. Volved ya a vuestras camas. Estos roedores no nos harán ningún daño.

Con la oscuridad, las ratas volvieron a salir; rodearon otra vez los camastros, chillando y carcomiendo madera, como antes. De repente, huyeron, se dispersaron hacia todas partes, como si algo las asustase. Entonces vino un silencio absoluto, inquietante, que antecedía algo, que presagiaba algo. Un ruido diferente inundó la sala, no era el mismo que se había escuchado.

Fray Peredo fue el primero que se levantó:

—Hermanos, ese ruido no es de ratas. Oigo como si alguien se sentara en uno de los sillones.

—¿En los sillones que ocuparon los oidores? —preguntó asustado el joven Antonio de Fragoso.

—¡Encended la luz, que mi mano tiembla sin poder hacerlo! —Dijo Fray Tobías.

Fray Domingo encendió su vela; adelantó unos pasos hacia el salón, que se le hacía interminable, y dirigió la débil luz hacia éste. Recorrió la mesa, los sillones de cuero y terciopelo, y, al detenerse en uno de los sillones, el más grande y elegante, descubrió la horrible figura: una rata enorme, sentada en cuclillas, con las manos extendidas hacia el frente, y unos ojos pequeños y brillantes, que le miraban con una expresión inteligente y siniestra.

—¡Mirad! ¡Qué rata tan horrible!

—¡Nos clava sus ojos diabólicos! Fray Domingo, ¡Ahuyentadla!

Fray Domingo acercó la luz al animal, pero éste no se movió. Fray Tobías, sacando valor, le lanzó una de sus alpargatas (Calzado de tela con suela de esparto, cáñamo o caucho), pero la rata continuó en el mismo sitio. Después, Fray Peredo le arrojó un jarro de agua con vino. El animal seguía impasible, hasta que Fray Antonio de Fragoso le arrojó un libro, que rozó al animal. La rata dio un chillido agudo, espantoso. Saltó de la silla y corrió, a unos pasos del salón, para trepar en seguida por una cuerda, donde desapareció.

Los frailes acercaron sus velas al lugar.

—¿Qué indicará esta cuerda?

—No lo sé, pero la rata ha subido por aquí.

—¿Hasta dónde terminará?

—Lo ignoro, pero donde termine, estará este horrible animal y su nido.

—Volvamos a nuestras camas. Fray Fragoso, levantad vuestro libro. —Ordenó Fray Domingo.

Fray Peredo lo recogió en lugar del joven religioso, mas cuando esto hacía, Fray Fragoso lo observó, se acercó a tomar el libro.

—¡Aguardad, hermano! ¡Mirad! Ahora sé por qué vosotros errasteis y yo no. ¡Alabado sea Dios! ¡Es el libro de San Mateo!

—¿Qué pensáis de esto, Fray Domingo? —Señaló Fray Peredo.

—¡Que sólo un objeto sagrado pudo hacer huir a ese animal que... quizá provenga del infierno!

—¡Ampáranos, Señor!

El trabajo y la claridad del día siguiente, consiguió aligerar el ánimo de los frailes, y hacerles olvidar la vivencia de la noche pasada.

Un fraile que limpiaba los muros, llamó la atención a los otros sobre una inscripción, encerrada en un marco bellamente dibujado:

—¡Mirad, he descubierto una sentencia escrita en el muro!

Ésta decía: Nolo mortem impii, sed ut comvertatur vivel.

Poco después, el mismo fraile señalaba otra inscripción, esta vez escrita en castellano. Atraído por la inquietud del grupo de frailes que se congregaron ante ésta, Fray Azpeitia, anciano superior de la congregación, leyó:

“Aquel de nosotros que se haya excedido en la aplicación de castigos, castigado será también. La campana del perdón no tocará hasta que su alma sea purificada”.

Los padres preguntaron por el significado de la sentencia. Y para responderlo, Fray Azpeitia los condujo hasta el salón de los oidores, en cuyo extremo colgaba una cuerda.

—¿Veis esta cuerda? Sabéis que con ella se hace tañer la campana del perdón.

Al mirarla, Fray Domingo palideció, pensó, para sus adentros: “¡Alabado sea Dios, es la misma por donde anoche subió la rata!”. Entonces, preguntó a Fray Azpeitia:

—¿La campana del perdón? No la conozco, padre.

—La tocaban los oidores cuando el reo, condenado al cadalso, era perdonado. Su sonido se escuchaba hasta el edificio de la Santa Inquisición.

—¿Y alguien fue salvado por esta campana, Fray Azpeitia?

—Sí, al sonar once veces la campana, algunas almas se salvaron.

Llegada la noche, volvió la inquietud de los cuatro frailes que se alojaban en el salón de los oidores. No fue un temor infundado, porque otra vez se escucharon los ruidos. Las ratas volvieron a poblar el lugar, a rodear los camastros, lanzando pequeños chillidos. Pero poco tiempo estuvieron, volvieron a huir, como la noche anterior, y entonces sobrevino el silencio.

Los frailes se levantaron, vela en mano, y acudieron al salón, en cuyo sillón principal se encontraba, otra vez, la rata gigantesca. Los miraba con sus ojillos brillantes, siniestros, que parecían los de un ser humano. A pesar de ello, controlaron su miedo. Fray Domingo les mostró un balde con agua bendita.

—¡Mirad! ¡La ahuyentaré con ella!

Mas en cuanto se acercó a la rata, ésta huyó despavorida.

Casi al instante, las ratas volvieron a salir. Los religiosos se calmaron al verlas, en su presencia vieron la señal de que todo entraba en un estado de normalidad.

El tercer día transcurrió entre las actividades de limpieza de la gran casa. Llegada la noche, el cansancio y el hambre daba lugar a una merecida tregua, era la hora de la cena.

—Fray Fragoso ¿No bajáis al refectorio?

—No. Creo que he comido demasiado queso y pan con aceite.

—En ese caso, me comeré vuestra cena.

Los tres frailes dejaron al joven religioso, entretenido en la lectura de su libro de dialéctica. Por corto tiempo permaneció así, luego se levantó, quizá había comido demasiado, y no podía concentrarse por completo cuando esto sucedía.

Caminó un poco, y al volverse a sentar, tuvo un pensamiento singular. ¡Estaba sentado frente a la mesa de los oidores, frente a ese sillón extraño! ¿Por qué había ido allí? Seguramente se había distraído. Al momento, tuvo el impulso de levantarse. Pero el sillón era cómodo, las velas daban bastante luz en ese lugar, y más importante aún, tenía la inquietud de seguir estudiando, empeñado como era en el estudio de la filosofía y la teología. Retomó la lectura, pero entonces, escuchó un ruido.

Era un ruido familiar, las ratas entraban al salón, en tropel; se disgregaban por el lugar donde él se encontraba. Acostumbrado como estaba ya a su presencia, no hizo caso, y continuó leyendo. De pronto, las ratas saltaron, chillaron, salieron huyendo.

Fray Fragoso, sin darle importancia al hecho, continuó su lectura; el silencio era cada vez más hondo, propicio a sus razonamientos filosóficos. Luego, volvió a escuchar otro ruido.

—Qué extraño... parece que alguien hubiera entrado en el salón. ¿Será otro fraile que se ha quedado sin cenar?

Sin quitar la vista de su libro, continuó leyendo, al no escuchar nada más. Mas otro pensamiento lo inquietó:

—Siento la presencia de alguien, de algo que quiere llamar mi atención.

No quería levantar los ojos del libro, sentía una fuerza extraña, magnética que lo obligaba, que lo atraía; los escalofríos recorrían su cuerpo, sus ojos se nublaban, ya no veía las pequeñas letras. No pudo más, y al levantar los ojos, descubrió la horrible visión:

—¡Alabado Dios! ¡El fantasma de un oidor!

Sentado en el sillón, un ser vestido a la usanza antigua, de extrema delgadez, cuya calvicie resaltaba un gesto duro y una mirada plena de brillo y de cinismo, no dejaba de mirarlo.

Presa de miedo, Fray Fragoso se lanzó escaleras abajo.

—¡Le he visto! ¡Os juro en nombre de Dios que le he visto!

—¡Calmaos, hermano! ¿Qué os sucede?

—Un fantasma... el fantasma de un oidor sentado en su sillón. ¿Y sabéis, hermanos? ¡Se parece a la rata!

—¿Cuál rata? —Preguntó Fray Azpeitia.

Fray Domingo aclaró:

—Una rata gigantesca ronda en nuestro salón, padre. Pero creo que Fray Fragoso se ha sugestionado, cree que las ratas son fantasmas o los fantasmas son...

—¡Os aseguro, fray Domingo, que el fantasma de ese oidor tenía el mismo rostro que la rata!

—Bah, figuraciones vuestras. ¡Volvamos todos al salón! —Ordenó Fray Domingo.

Los cuatro frailes regresaron al salón y Fray Domingo trató de calmar los ánimos del joven. Recorrieron la estancia, todo se veía en calma. Fray Domingo ordenó se acostasen a descansar.

Al día siguiente, la luz matinal alejó los temores. Los religiosos casi acababan de instalarse; terminaban de quitar los cuadros e imágenes de los oidores. Con el apoyo de unas escaleras, Fray Fragoso se hallaba ante el último cuadro de la galería situada en esa ala de la casa.

Sin embargo, al descolgar el cuadro, sintió un terrible escalofrío. Debajo de la capa de polvo que cubría el cuadro, brillaron unos ojos siniestros. Fray Fragoso soltó el cuadro, que cayó en el suelo.

—¡Dios me ampare! ¡Es el oidor que vi!

Con los gritos, sus compañeros de dormitorio se acercaron.

—¿Qué os sucede?

—¡Mirad! ¡Ese es el oidor cuyo fantasma vi anoche, sentado en el sillón!

—¡Tiene un rostro ratonil y ojos demoníacos!

—¡Idénticos a los de la rata que hace huir a las demás!

—¡Dios mío! ¿Creéis que esa rata encarne el alma del oidor?

La conversación se interrumpió cuando un fraile, que limpiaba el cuadro en tanto escuchaba, lo mostró, libre de polvo.

—Mirad, si estoy en lo cierto, es el oidor Pedro de Montoya.

Fray Peredo agregó:

—Dicen que fue uno de los más crueles en la aplicación de castigos en las cámaras de tortura. ¿Qué pensáis de todo esto Fray Domingo? Vos sois el más viejo y sabio de nosotros.

—Pienso que el alma de ese desdichado anda penando la crueldad que mostró en vida, y busca su perdón.

—¿Y creéis que lo alcance?

—Creo que nosotros tenemos el deber de hacer que lo logre. Y será esta misma noche. Vosotros seréis testigos. —Señaló determinante Fray Domingo.

Fue el día más largo en la vida de los cuatro frailes, pero su término llegó y al fin, cerca de la medianoche, los frailes supieron que era el momento. Las ratas salieron, merodearon, y pronto huyeron, dando chillidos espantosos.

Desde sus camastros, de pie, los frailes esperaban. Llegó el silencio y tras él, en el sillón principal de los oidores, apareció una luz, que semejaba gasas delgadísimas que se disolvían; tras ella, tomó forma una silueta, cuyo contorno se iluminaba vivamente, lo mismo que dos puntos al centro del rostro que no se veía. Lentamente, tras la luz más tenue, el espectro se dejó ver por entero. Sentado con majestad, la cabeza levantada al frente, su calva brillante, los ojos firmes, y la boca, apenas una línea acostumbrada a la ironía, creó una mueca en su intento por suavizar su expresión.

Entonces se dejó escuchar una voz ronca, hueca, cuyas cuerdas vocales se articulaban con dificultad, como si estuvieran enmohecidas.

—Os agradezco vuestra ayuda generosa, para mi alma, atormentada en los confines infernales...

Fray Domingo, sobreponiéndose a su miedo, preguntó:

—¿Penáis por el exceso de crueldad que mostrasteis al aplicar los castigos a gente inocente?

—Mayor castigo vengo sufriendo desde que mi alma abandonó su envoltura carnal.

—Decid: ¿Cómo podremos liberaros del penar?

—Haced una procesión con el Santísimo... Orad por mi alma hasta que hagáis sonar la campana del perdón.

—Os lo prometo en nombre de esta comunidad. Retiraos ahora, y aguardad el veredicto del Señor.

Cuenta la leyenda que el horrible fantasma se diluyó entre las sombras y en su lugar quedó una rata, la enorme rata, que escapó, al tiempo que Fray Tobías y Fray Antonio de Fragoso se desmayaban.

Muy temprano, al día siguiente, Fray Antonio enteró de lo sucedido a Fray Azpeitia, padre superior de la congregación. Luego de escucharlo, Fray Azpeitia decidió atender la petición del muerto.

—Pasado mañana, viernes, se hará la primera procesión para salvar a esa alma.

Durante tres viernes seguidos, se celebró la procesión en voto del alma del oidor Montoya. Así, también, después de los maitines, la congregación se entregó a la oración, en solicitud del perdón para el alma en pena. Una noche, por fin...

—¡Escuchad, hermanos! ¡La campana del perdón está tañendo!

—¡Bendito sea Dios que nos ha escuchado! ¡Irá a su descanso el alma del oidor Montoya!

Impulsados por la curiosidad, los frailes acudieron al lugar donde ésta se encontraba, pero se llevaron una sorpresa: la rata gigantesca subía por la cuerda, y tras ella, subían las ratas rápidamente, atropellándose, mordiéndole las patas, en una persecución encarnizada, que hacía sonar la campana con su movimiento.

—¡Mirad quien hace sonar la campana del perdón!

—¡Las ratas!

—Parece que la persiguen... ¡Mirad! ¡Se pierde más allá del techo! ¿Hacia dónde irán, Fray Domingo?

—No tratéis de averiguar cosas del Arcano.

Los frailes oraron esa noche, la última en que se sintió el temor en la casa de los oidores. Huyeron los roedores desde entonces, y no se volvió a aparecer la rata gigantesca, ni el fantasma del oidor Pedro de Montoya, según cuenta la leyenda.

Los cabellos del diablo

 En la segunda década del siglo xvii, la ciudad capital de la Nueva España conoció un suceso que cubrió de pavor a todos los que lo conocieron, por su naturaleza sobrenatural y escalofriante.

El hecho ocurrió en la calle de “la buena muerte”, hoy quinta de San Jerónimo, pero vayamos al inicio de esta leyenda, ubiquémonos en el día 12 de febrero de 1728, cuando todo empezó.

Recién desembarcado de España, Don Cristóbal Arias de Velázquez se encontraba en el despacho de un prominente notario, quien lo ponía al tanto de la cuantiosa fortuna que le heredara su padre, muerto recientemente.

Luego de felicitarlo, el notario preguntó al joven si había quedado en buenos términos con su padre. Extrañado, Don Cristóbal contestó afirmativamente, a lo que el notario agregó en seguida, que el testamento contenía una disposición extraña. Señalaba que para poder entrar en posesión de sus bienes, Don Cristóbal debía vivir por corto tiempo en la casona que habitaron sus tías, las que en vida se llamaron Anunciación y Brígida.

El muchacho no pareció contrariarse ante esta noticia, a lo que el notario agregó:

Creo mi deber deciros que sobre esta casona corren horribles consejas. Cierto, la casa hermosa es, tiene una gran bóveda donde podréis guardar vuestro oro y vuestros mejores vinos, pero...

Id al grano ya, señor notario.

Os aconsejaría no vivir allí sin servidumbre, y hacer algo por alejar los espectros y fantasmas que dicen, habitan ahí. Dícese que hay “cosas” en esa casona, que causan pavura y muerte. La gente comenta que está maldita.

Vaya que sois supersticiosos y amantes de lo macabro, ustedes los novohispanos. Os habéis contagiado de los indios.

Don Cristóbal se puso de pie, un tanto molesto. Pidió al notario las llaves de la casa, y el favor de conseguirle servidumbre adecuada. Había dispuesto pasar una noche más en el mesón donde se hallaba alojado, a fin de leer el testamento detenidamente y mudarse temprano, al otro día.

Hasta la noche siguiente, el joven español pudo terminar las diligencias necesarias para su traslado. Camino a su nueva casa, lo acompañaba el criado que le había contratado el notario, así como un caballero, amigo de su padre, para mostrarle la calle y la casa.

Las pisadas de los hombres sonaban huecas en la calle, solitaria y lúgubre cuando, de pronto, se escuchó el tañido de una pequeña campana tocada por una persona que esperaba, afuera de una puerta.

Extrañado, Don Cristóbal preguntó al caballero:

—¿Qué significan esas campanadas?

Son esas gentes, que vienen en busca de un confesor.

—¿Un confesor a estas horas?

La muerte no tiene hora fija, y son los padres camilos los que confiesan a altas horas de la noche. Debido a esto, esta calle donde vais a vivir, es conocida como “calle de la buena muerte”.

En efecto, el convento se encontraba a unos pasos de la vieja casona, por lo que, una vez que llegaron a ésta, el joven respondió en tono de broma:

Si es así, menos temores tendré, caballero. ¡Buenas noches!

Tarde era ya para recorrer la casona, cuyo aspecto, a simple vista, sólo denotaba el abandono y el vacío natural de una casa deshabitada por mucho tiempo. El joven Arias de Velázquez, práctico como era, ordenó al criado que llevase sus baúles a la habitación que encontró más cómoda, e instalado en la biblioteca, pidió que se le trajese una botella de vino. Éste se hallaba nervioso, inseguro, daba vueltas sin atreverse a salir. Al fin regresó, y resuelto le dijo:

Caballero, si no deseáis otra cosa, os ruego vuestra venia para retirarme.

—¡Cómo! ¡Os pedí una botella de vino! Luego podéis marcharos a dormir.

Perdone el señor amo, pero el vino está en la bodega...

—¿Y tenéis miedo de bajar por ella?

Tengo miedo de todo esto, caballero. De no ser porque respeto al señor notario, no habría venido a serviros. Debéis saber, señor amo, que se dicen muchas cosas de esta casa...

Lo sé, lo sé bien, pardiez. Ahora, largaos a dormir y dejadme en paz. ¡Yo iré por el vino!

Poco tiempo después, Don Cristóbal abandonó la biblioteca. Recorrió una amplia estancia donde se hallaba la sala, y después de atravesar un largo pasillo que conducía a la cocina, abrió una puerta en el fondo de ésta, que cedió sin mucho esfuerzo. Luego, descendió por unas escaleras que conducían a las bodegas y sótanos de la casa.

El polvo y las telarañas lo cubrían todo, las cavas, los estantes, las botellas. La madera desprendía un olor pestilente, a humedad guardada por mucho tiempo. Iluminado por el candelabro que llevaba, el joven, sin embargo, sólo se ocupaba en la inspección de las cavas, hasta que descubrió, entre varias botellas dispuestas en fila, una que le pareció de buen aspecto.

Ah, esta botella tiene cara de ser muy vieja. Por nada del mundo me perdería saborear uno de estos caldos añejos.

Don Cristóbal tomó la botella, envuelta en telarañas; leía la etiqueta con curiosidad cuando, de repente, sintió que el peso de un cuerpo pequeño caía en su mano al tiempo que le rasguñaban unas uñas minúsculas; al instante, vio una rata larga y flaca, que saltó en estampida en el mismo instante en que él se la sacudía, espantado.

—¡Bah!, huís de mí cuando yo soy el asustado. Dijo, recobrando el aliento.

De vuelta a la biblioteca, el joven saboreaba el vino, cuya factura era excelente, como había imaginado. A pesar de lo avanzado de la noche, no tenía sueño, pero sobre todo, deseaba leer con calma el testamento de su padre, inquieto por enterarse de los innumerables bienes que habría de administrar en poco lapso.

¡Cuánto esfuerzo debió costarle la fortuna que logró acumular el viejo! Pensaba el muchacho con orgullo. Él haría lo mismo, trabajaría con empeño e incluso procuraría acrecentarla, pues se sentía sinceramente honrado de haber sido heredado. Sin embargo, esa cláusula... ¿por qué habrá querido su padre que viviese ahí?

Su pensamiento hizo que fijara su atención en el lugar donde se encontraba. Hizo a un lado el documento, se recargó en el asiento, y hasta entonces sintió la inmensa soledad de la casa. Las velas se hallaban consumidas más de la mitad, de manera que sólo se iluminaba el escritorio donde él se encontraba.

Quizá ya habrían transcurrido dos horas o más, no se había dado cuenta, atareado como estaba. Sentíase cansado ya, el vino había dado a su sangre un suave sopor; lo hacía ver el lúgubre ambiente con el ánimo y el arrojo de su juventud. Tenía la intención de levantarse cuando, repentinamente, sintió que algo a sus pies, detrás de él, se deslizaba suavemente.

Debe ser un gato. ¡Magnífico! Así hará un festín con esos ratones repugnantes.

Pero al estirar la mano y tocar aquello que se detuvo por un memento, sintió un terror espantoso que lo hizo gritar y saltar de su asiento. Las velas cayeron al suelo con estrépito y ahí, en medio de las chispas y la oscuridad vio una maraña de pelos inmensos extendidos por el suelo, que al incorporarse, mostraron un cráneo, cuyas cuencas se fijaban en él, duras como la mandíbula, que se cerraba fuertemente. El cráneo se movía, lo mismo que el bulto largo y delgado, que se deslizaba apoyado en las manos descarnadas.

—¡No! ¿Qué es esto? ¡Santo Dios!

Don Cristóbal salió de la casa, enloquecido. Cuenta la leyenda que corrió sin rumbo fijo hasta que al fin se encontró con la ronda.

—¡Auxiliadme! ¡A mí, en nombre de Dios!

—¿Qué os sucede, caballero? ¡Hablad! ¡Estáis pálido como un muerto, tembláis como azogado!

Los rondines lo alumbraban con sus farolas, uno de ellos le tocó el brazo para calmarlo, pero Don Cristóbal no dejaba de sesear, sin poder articular palabra. Al fin, logró decir:

—¡Ha sido algo horrible...! No puedo revelaros ahora... Decidme, os ruego me indiquéis, dónde queda la casa del notario de Güitrón... No conozco la ciudad.

El jefe de rondines ordenó a uno de ellos que acompañara al joven. Ya en casa del notario, éste le ofreció una copa de aguardiente, que pudo apaciguar sus nervios. El notario, sumamente intrigado, quiso saber qué le había pasado. Pero éste, cortante, alegaba haber visto “algo terrible” y nada más. Pero el notario insistió:

—¿Qué cosa visteis, caballero? ¡Precisad!

No os lo puedo explicar. Era una “cosa” como cubierta de pelos...

—¡Dios santo! ¿Queréis decir, cabellos?

—¡Sí! ¡Eso es! Algo como... cabellos enmarañados en algo sin forma, ¡crines que caminaban!

Al escucharlo, el anciano palideció, a lo que Don Cristóbal le urgió:

—¿Sabéis algo de eso espantoso? ¡Hablad!

El notario de Güitrón conocía la historia, el origen de aquel terrible ser que moraba en la casona. Y así, entre sorbo y sorbo de aguardiente, fue revelando el secreto.

Muchos años atrás, la casona mostraba un aspecto muy diferente. En las mañanas, el paisaje común en la calle de “la buena muerte”, era la presencia de los padres camilos, yendo y viniendo con sus afanes religiosos, y la de doña Anunciación, que solía sentarse junto a la ventana de su casa, para recibir las primicias del sol de la mañana, y peinar su larga y negra cabellera.

No era una mujer de gran belleza recordaba el notario de Güitrón pero llamaba la atención por su hermoso cabello, que causaba la admiración de los caminantes. Los hombres quedaban cautivos, mientras que en las mujeres, provocaba envidia y admiración. Decíase, con justa razón, que era el más largo y hermoso cabello de la Nueva España.

Esta apreciación y la escena cotidiana que así lo corroboraba, provocaba la envidia y el coraje de Doña Brígida, mujer de mayor edad que doña Anunciación, y media hermana de ésta, cuyos rasgos duros, acentuados por un carácter seco y hosco, habían alejado a cualquier posible pretendiente desde su juventud. Las dos mujeres vivían acompañadas de una “ama” negra, doncella de Doña Anunciación, en tanto que el hermano de éstas, y padre de Don Cristóbal, vivía cerca de ahí, en la calle de Arsinas.

Una de tantas mañanas, doña Brígida mascullaba su coraje, mientras veía a su hermana saludar amablemente a un conocido. “Maldita, otra vez os exhibís ante los viandantes. Una de estas noches os cortaré vuestro pelo. ¡Ah, si pudiera dejaros sin pelo para siempre!” Pensaba Doña Brígida.

Su expresión debió ser tan evidente, que el ama se le acercó:

Ah, señora... Bien que admiráis el pelo de mi amita. Lo desearíais para vuestra cabeza ¿No es verdad?

Callad, negra tonta.

Sonriendo con disimulado gusto, la “ama” se acercó en seguida a la muchacha.

Vamos, amita. Está lista ya el agua de verbena para lavar vuestro pelo.

Fue entonces cuando a Doña Brígida se le ocurrió la idea, que mejor no hubiera tenido. Decidida, con la obsesión de acabar con el orgullo de su media hermana, salió de su casa. Anduvo por las calles más populosas de la ciudad, donde no le conocían, hasta que una persona le indicó cómo llegar a la casa de una bruja.

Ahí, una anciana señora le dio la solución:

Mezclad esta yerba con la verbena que usa para lavar su pelo. Y ¡Cuidaos que no os sorprendan!

—¿Morirá su cabello? Dijo ansiosa, doña Brígida.

Sí, señora. Desde su raíz morirá, y jamás volverá a crecerle. ¡Os lo aseguro!

Días más tarde, doña Anunciación vio con extrañeza cómo quedaban prendados a su peine una gran cantidad de cabellos. Volvió a peinarse con mucho tiento, y de nuevo, una madeja se desprendió. ¡Se le estaba cayendo todo! Pensó que alguna enfermedad desconocida le habría atacado. Entonces, llamó desesperada a su doncella. Al ver lo sucedido, la sirvienta le dijo, asustada:

—¡Jesús, María y José! ¡Os han embrujado, mi niña!

—¿Qué decís, Carina?

Os han hecho mal de ojo a vuestro pelo. ¡Quedaréis sin nada, amita!

—¡Ay Carina! ¡Si pierdo mi pelo, yo perderé también mi vida!

—¡Y yo también moriría con mi niña del alma!

Tal sucedió al poco tiempo. Cuando Doña Anunciación quedó calva por completo, murió de tristeza. Y días después le siguió la negra Carina, quien fue enterrada a un lado del sepulcro de Doña Anunciación, por voluntad de ésta.

Sin embargo, cuando la doncella Carina agonizaba, no dejó de apreciar la alegría que embargaba a Doña Brígida. Con su voz ronca y gruesa, le lanzó una amenaza:

Sé bien que vos causasteis la desgracia de mi ama. ¡Maldita seáis! Yo, que soy creyente, he invocado al diablo para que os cause males mayores. ¡Os saldrá tanto pelo que os volveréis loca, y tendréis la muerte más horrible!

Doña Brígida esbozaba una sonrisa burlona, incrédula, que ninguna mella hizo en su ánimo. Mas asegura la extraña leyenda que, días más tarde, la mujer advirtió que su cabello le crecía en abundancia.

Frente al espejo de su tocador, no dejaba de admirarlo y peinarlo. ¡Qué cambio tan benigno! De un cabello delgado y quebradizo, mezclado con gruesas y duras canas que le obligaban a atarlo en un chongo, ahora poseía una larga cabellera. Negra y brillante, le caía graciosamente hasta la espalda.

Le dio por peinarlo junto a la ventana que daba a la calle, en el mismo lugar donde solía sentarse Doña Anunciación. La gente apenas inclinaba la cabeza ante su vista, pero a Doña Brígida no le importaba en absoluto. Notaba con placer cómo noche a noche le crecía el cabello, cada vez más largo y hermoso, sin necesidad de verbena alguna.

Su nueva sirvienta, mujer tímida y callada, al fin se atrevió a preguntarle, después de dos meses de estar en su servicio:

Mi ama ¿Por qué os crece tan rápidamente vuestro pelo?

Doña Brígida se quedó callada. No pensó en la maldición de la negra Carina; recordó más bien a su hermana. Entonces, respondió, satisfecha:

Mi hermana tenía el cabello como el mío... Es un rasgo de familia.

Esa noche, Doña Brígida descansaba ya en su cama, como siempre. Mas no era una noche común, el cielo estaba muy oscuro, las nubes cargadas, los rayos aparecían repentinos. De pronto, estalló la tormenta.

Se dice que fue entonces cuando los cabellos de Doña Brígida parecieron cobrar vida. Como serpientes, sus cabellos se alzaron; tal parecía que el viento, furioso, hubiera entrado en la alcoba y por ello se movieran, pero no, la ventana se hallaba cerrada. Los cabellos parecían danzar, ajenos a la mujer dormida. En medio de esa danza, comenzaron a buscarle el cuello, a enredarse, como víboras negras y anilladas, con más fuerza cada vez, hasta que aprisionaron su cuello por completo.

Al sentir la presión en su garganta, la mujer despertó gritando. Acudió la sirvienta de inmediato.

—¡Señora! ¿Qué os sucede?

—¡Tuve una horrible pesadilla! ¡Soñé que mis cabellos me estrangulaban como serpientes! Y al despertar, tenía los cabellos... ¡Oh Dios! dijo mirándose ¡Ved! ¡Aún tengo los cabellos enredados en mi cuello!

La sirvienta retiró los cabellos de su cuello, que, si bien ya no continuaban fuertemente sujetos, resistían el desanudo, como si, dueños de una voluntad truncada, se aferraran a permanecer ahí, para seguir en algún momento su propósito. Extrañada y temerosa, le dijo entonces:

Cuidad de ellos, Señora. ¿Vos no sabéis que en las noches de tormenta, los cabellos de la gente y de los animales cobran vida?

—¿Qué estáis diciendo, insensata?

Lo que dicen los ancianos, señora. ¡Cuidaos de vuestros cabellos en las noches de tormenta! ¡Los tenéis muy largos!

Corría entonces agosto, mes de lluvias tormentosas. Por ello, y aceptado por Doña Brígida, la criada sujetó sus cabellos a los barrotes de la cabecera de la cama. Hubo que dividirlo en dos tantos, amarrando cada uno a un barrote, mas no convencida con el remedio, ató una cinta gruesa sobre los nudos ya hechos.

Le fue difícil acomodarse a Doña Brígida en esta posición, empero que la almohada, grande y firme, le permitía descansar la cabeza y el tronco. Temía a la tormenta que repetiría esa noche, como se vislumbraba y se había pronosticado; a sus descargas eléctricas, que ella asociaba con el extraño comportamiento de su cabellera y con sus “pesadillas”, como se empeñaba en calificar a lo sucedido. Cierto, no estaba segura de que sólo fueran eso... Pero aceptar su miedo, su terror, era tanto como darse por vencida y permitir que esas fuerzas extrañas la dominaran por entero.

Al fin, después de un lapso incontable en que no supo si estuvo dormida o despierta, llegó la madrugada y con ella, otra tormenta. Esta vez, el cristal del ventanal retumbó con enorme fuerza, el viento lanzaba bufidos terroríficos, las cortinas se alzaban, espantadas por el viento que se colaba por los intersticios.

Mas, en el momento en que un gran rayo apareció en el firmamento, y la escasa luz de la vela se extinguía, su cabello se soltó de los amarres, volvió a tomar vida. Ella, que despertó con el retumbo del rayo, lo vio todo esta vez: las serpientes negras se elevaron para acometer la embestida; rodearon su cuello, empezaron a hacer círculos, cada vez con mayor rapidez y frenesí, hasta iniciar la asfixia.

Doña Brígida, impulsada por la fuerza del instinto, jaló los cabellos de su cuello, que ya empezaban a ahogarla. Tambaleante, como pudo, llegó hasta un mueble, sacó unas tijeras, y peleando con las hebras malditas, cortó en muchos pedazos la cabellera.

El embrujo cesó, pero Doña Brígida ya no estuvo tranquila. Se cuidó de no decir a su criada o a su hermano, sobre lo que le había sucedido. Cubrió su cabeza con un mantón y así permaneció por varios días, temerosa de sentir y de ver su cabello otra vez.

Sucedió entonces que una noche, cuando se iba a acostar, estalló otra tormenta. Doña Brígida se quedó de pie frente al espejo, indecisa; a pesar del mantón, sentía mayor peso en su cabello, pero no quería tocarlo. Más fuerte fue su voluntad, su caprichosa naturaleza.

—¡Que llueva y que caigan rayos y centellas! ¡Ya no temo a mi pelo! dijo en voz alta, quitándose el mantón.

Pero al descubrirse la cabeza, un grito de espanto salió de su garganta.

—¡Pelo! ¡Más grande que antes!

Al instante el cabello, largo hasta la cintura, se elevó por encima de su cabeza. En hebras gruesas se dividió; éstas se juntaron en la coronilla, luego descendieron, buscaron la garganta de la mujer, en ella se enredaron con interminables vueltas, por el placer diabólico de sentir las venas hinchadas, por escuchar sus gritos, sus gemidos, que la tormenta se encargó de callar.

Al día siguiente, la sirvienta la encontró muerta, al parecer ahorcada por su abundante y hermosa cabellera. Un rictus de locura se plasmaba en su rostro, tal como había augurado la vieja Carina.

El notario de Güitrón terminó su relato.

Dice la conseja que así murió la media hermana de vuestra tía Anunciación. En cuanto a vuestro padre, después de sepultarla decidió enclaustrarse hasta su muerte, quizá por la pena de enterarse cuánto se decía de Doña Brígida.

El joven había escuchado con atención el relato, empero, alegó:

Aún no entiendo cómo puede asociarse esa maldición, con la “cosa” que vi en el suelo.

Pienso que fue el fantasma de vuestra tía Brígida.

No puede ser... os repito que no iba erecto. ¡ Era algo que se arrastraba! ¡Como un gusano velludo!

Siendo así, no sabría cómo explicaros el suceso.

Me inclino a creer que fui víctima de una alucinación, ¡De un terror imbécil! Perdí los estribos, de seguro fue algún animal, nada de fantasmas ni de increíbles cabellos asesinos.

—¡Os aconsejo no volver! El criado vino a avisarme que se iría. Quedaos en mi casa, Don Cristóbal, y mañana podréis iros a la casa de vuestras tías, o a otra, y seguir tranquilamente lo que dispone el testamento de vuestro padre.

Por cierto, señor notario: mi padre ordenó que se exhumen los restos de la tía Anunciación para llevarlo a España. Os pido hagáis lo propio.

Así se hará.

Don Cristóbal hizo caso de la recomendación del notario. Prudente, se instaló en su casa sin hacer caso ya de la cláusula establecida por su padre. Una noche en esa casa le fue suficiente para dar por cumplido su mandato.

Días más tarde, se dispuso a exhumar los restos de su tía. Hallábanse en el cementerio el notario, Don Cristóbal, y un fraile, encargado de realizar la ceremonia fúnebre.

Tres sepultureros abrieron la tumba. A fin de extraer el féretro, cavaron con las palas, a una distancia aproximada de un metro bajo tierra, cuando, de pronto, exhalaron un grito de terror que atrajo a los hombres.

El Fraile fue el primero que lo vio:

—¡Dios bendito! ¿A qué ser diabólico y maldito dieron sepultura aquí?

La tumba, abierta, se hallaba totalmente cubierta por cabellos, apenas revueltos con la tierra. Negros y hermosos, resplandecían a la luz del sol. Don Cristóbal los vio, los reconoció, eran los mismos cabellos del espantoso ser que vio en la casona. Se le reveló el cráneo que los sostenía, el bulto mortuorio arrastrándose, pero, no podía ser el mismo. Nervioso, molesto, preguntó al notario:

—¿No os dije que sacaríamos los restos de mi tía Anunciación?

—Hay un error, caballeros. —Dijo un hombre que en ese momento se acercó al grupo.

—Soy el encargado de este cementerio, y os puedo asegurar que la tumba de Doña Anunciación está más allá —dijo, señalando a un sepulcro cercano.

—Mirad bien, la inscripción de la lápida.

Los sepultureros se alejaron cuando el encargado se acercó a la tumba; entre el susto, sabían que recibirían un regaño por haber omitido que la inscripción se hallaba borrada, presurosos por terminar su labor.

Pero el hombre ni siquiera llegó hasta la lápida, pues antes se encontró con la tumba.

—¡Dios santo! ¿Qué es esto?

Sólo el altísimo puede explicarlo, señor encargado. Retirémonos ya, vayamos con el Santo Oficio, este es asunto que debe conocer.

Dice la leyenda que el Santo Oficio tomó cuenta del suceso, y con el ritual establecido en sus leyes, se exorcizó en la tumba, al ser monstruoso que allí moraba.

Se levantaron actas ante el Santo Oficio, que suscribieron quienes fueron testigos de este suceso.

Don Cristóbal Arias de Velázquez decidió vender toda su heredad. Y de la casa, liquidó muebles, cuadros, y demás objetos de valor, pero no ésta, que a falta de comprador quedó deshabitada por muchos años.

Con los restos de la tía Anunciación se embarcó a España, donde murió de anciano. Siempre tuvo presente la macabra experiencia de su juventud, pero nunca aceptó haber visto lo que la gente en la Nueva España llamó “los cabellos del diablo”.