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Navidad en Ganímedes - Isaac Asimov

 

Olaf Johnson canturreaba entre dientes mientras sus ojos azules observaban soñadores el impresionante abeto situado en un rincón de la biblioteca. Aunque ésta era la estancia más amplia de la Base, a Olaf no le parecía demasiado espaciosa en aquella ocasión. Se inclinó con entusiasmo sobre la enorme canasta que tenía a su lado y extrajo el primer rollo de papel verde y rojo.

No se detuvo a reflexionar sobre el repentino impulso sentimental que se había apoderado de la Productos Ganimedinos, S. A., para enviar a la Base una colección completa de adornos navideños. Olaf se hallaba bien preparado para desempeñar el trabajo que se había impuesto como decorador en jefe de los temas navideños; este cargo le colmaba de satisfacción.

De repente frunció el entrecejo y masculló una maldición. La lámpara que convocaba Asamblea General empezó a lanzar destellos histéricamente. Con expresión contrariada dejó a un lado el martillo, que ya había levantado, así como el rollo de papel; se arrancó unas cuantas lentejuelas del cabello y se dirigió al departamento de los oficiales.

El comandante Scott Pelham estaba arrellanado en el sillón presidencial cuando entró Olaf. Sus dedos rechonchos tamborileaban sin ritmo sobre el cristal que cubría la parte superior de la mesa. Olaf sostuvo sin temor la mirada colérica del comandante, ya que en su departamento no había ocurrido ninguna anomalía en veinte circunvoluciones ganimedinas.

Un grupo de hombres llenó con presteza el aposento y la mirada de Pelham se endureció mientras los contaba uno a uno inquisitivamente.

–Ya estamos todos aquí –exclamó–. ¡Muchachos! Nos enfrentamos con una crisis.

Se percibió un vago movimiento. Los ojos de Olaf miraron al techo y se sintió aliviado. Por término medio, en cada circunvolución completa se originaba una crisis en la Base. Generalmente surgía al producirse un alza repentina en el cupo de oxita, o bien cuando era inferior la calidad del último lote de hojas de karen. Sin embargo, las palabras siguientes le dejaron sin aliento.

–En relación con la crisis tengo que hacer una pregunta.

La voz de Pelham tenia un profundo timbre de barítono, salpicado de estridencias, cuando estaba colérico.

–¿Qué cochino y estúpido perturbador ha contado historias de hadas a esos revoltosos astruces?

Olaf carraspeó nervioso, con lo que se convirtió en el centro de la atención general. Le oscilaba la nuez presa de repentina alarma, se le arrugó la frente como cartón mojado; temblaba.

–Yo... yo... –tartamudeó; hubo un momentáneo silencio, sus largos dedos hacían desatinados ademanes suplicantes–. Sí... quiero decir que estuve allí después que las últimas entregas de hojas de karen... ya que los astruces se movían con lentitud y...

La voz de Pelham adquirió un tono de falsa dulzura. Sonrió.

–¿Les habló a los nativos de Santa Claus, Olaf?

La sonrisa parecía insólita al igual que la mirada lobuna que lanzaba de reojo y Olaf quedó anonadado. Asintió convulsivamente.

–Oh, ¿si? ¿Habló con ellos? Vaya, vaya, les habló de San Nicolás. Viene en un trineo volando por los aires con un tiro de ocho renos, ¿eh?

–Sí, en efecto. ¿No es verdad? –inquirió inadecuadamente Olaf.

–Y dibujó los renos para demostrar que no se trataba de un error. Y que él tiene una gran barba blanca y sus ropas son encarnadas con cenefas albinas.

–Si, señor, tiene razón –contestó Olaf estupefacto.

–Y lleva un gran saco atestado de regalos para los niños buenos, los deja caer por la chimenea y los pone dentro de los calcetines y medias.

–Exacto.

–También les dijo que está a punto de llegar. Una circunvalación más y vendrá a visitarnos.

Olaf sonrió débilmente.

–Si, mi comandante. Quería decírselo; estoy montando el árbol y...

–¡Cállese! –el comandante respiraba agitado y sibilante–, ¿sabe lo que se han imaginado esos astruces?

–No, mi comandante.

Pelham inclinó el torso sobre la mesa en dirección a Olaf y gritó:

–Quieren que Santa Claus los visite.

Se oyeron algunas risas que al punto se convirtieron en toses ahogadas ante la encolerizada mirada del comandante.

–Y si Santa Claus no los visita dejarán de trabajar –repitió–. Se producirá una huelga.

Después de estas palabras ya no se oyeron risas, ni toses contenidas, ni nada por el estilo. Si había cruzado otro pensamiento por las mentes del grupo, éste no llegó a manifestarse. Olaf expresó la idea que estaba en el ánimo de todos:

–¿Y cómo va la cuota?

–¿Que cómo va la cuota? –gruñó Pelham–. ¿Tengo que dibujarles un gráfico? Productos ganimedinos tiene que obtener cien toneladas de wolframita, ochenta toneladas de hojas de karen y cincuenta toneladas de oxita por año, o de lo contrario perderá la concesión. Supongo que ninguno de ustedes lo ignora. Se da la circunstancia que al año terminará dentro de dos circunvoluciones ganimedinas y la producción sufre un déficit del cinco por ciento con arreglo al plan establecido.

Se produjo un silencio sepulcral. Pelham prosiguió:

–Y los nativos no trabajarán si no viene Santa Claus. No habrá trabajo, ni cuota, ni concesión, ni empleos. Cuando la Compañía pierda sus derechos, perderemos los empleos mejor pagados de la organización. Adiós, muchachos... buena suerte... a menos...

Hizo una pausa y mirando fijamente a Olaf añadió:

–A menos que antes de terminar la próxima circunvolución tengamos un trineo volador, ocho renos y un Santa Claus y por las manchas cósmicas de los anillos de Saturno, lo conseguiremos; especialmente un Santa Claus.

Diez rostros palidecieron mortalmente.

–¿Tiene algún plan, mi comandante? –graznó alguien con voz trémula.

–Sí, desde luego que lo tengo –estiró las piernas y se recostó en el sillón.

Un repentino sudor frío se apoderó de Olaf Johnson al notar, cual dedo acusador, las miradas fijas de todos los presentes.

–Cuanto lo siento, mi comandante –murmuró con voz ahogada.

Pero el dedo acusador permanecía inmóvil.

Pelham penetró con paso firme en la antesala. Se despojó de la careta de oxígeno y de los fríos cilindros conectados a ella. Arrojó a un lado, una tras otra, gruesas prendas de lana y, al fin, con un suspiro de preocupación, se quitó a tirones un par de botas espaciales que le llegaban hasta las rodillas.

Sim Pierce interrumpió el cuidadoso examen de la última partida de hojas de karen y lanzó desde detrás de sus lentes una mirada esperanzadora.

–¿Qué hay? –preguntó.

Pelham se encogió de hombros.

–Les prometí la visita de Santa Claus. ¿Qué podía hacer? También les he doblado la ración de azúcar y de momento están trabajando.

Pierce agitó una enorme hoja de karen con cierto énfasis, mientras decía:

–¿Quiere decir hasta el día en que deba aparecer el prometido San Nicolás? En mi vida he oído cosa más tonta. No se podrá llevar a cabo. No habrá Santa Claus.

–Diga eso a los astruces –Pelham se hundió en una butaca y sus rasgos adquirieron una expresión pétrea–. ¿Qué hace Benson?

–¿Cree que podrá equipar ese dichoso trineo? –Pierce examinó una hoja al trasluz con aire crítico–. Mi opinión es que está chiflado. El viejo aguilucho ha descendido al sótano esta mañana y desde entonces está allí. Lo único que sé es que ha desmontado el disociador eléctrico. Si sucede algo anormal, nos quedaremos sin oxígeno.

–Bien –Pelham se incorporó con dificultad–. Por mi parte ojalá nos asfixiemos. Seria la manera más fácil de salir de este atolladero. Me voy abajo.

Salió presuroso y cerró la puerta de golpe.

En el sótano miró a su alrededor aturdido. Diseminadas por todos los sitios brillaban numerosas piezas de acero cromado. Pasó un buen rato tratando de reconocer las partes que el día anterior constituían una compacta maquinaria, un electro-disociador perfectamente montado. En el centro, en contraste anacrónico, había un polvoriento trineo de madera, con las palas encarnadas y deslucidas; Se oían martillazos procedentes de su interior.

–¡Eh, Benson! –gritó Pelham.

Un rostro tiznado y sudoroso se asomó bajo el trineo y un chorro de tabaco salió disparado hacia la inseparable escupidera del ingeniero.

–¿Cómo grita de esta manera? –se quejó Benson–. Estoy haciendo un trabajo delicado.

–¿Qué diablos es éste fantástico artificio?

–Un trineo volante. Una idea mía –el fuego del entusiasmo brilló en los húmedos ojos de Benson y mientras hablaba le surgía por la comisura de los labios la espuma del tabaco–. El trineo lo trajeron aquí en los viejos tiempos, cuando se creía que Ganímedes estaba cubierto de nieve como otros satélites de Júpiter. Todo cuánto tengo que hacer es adaptar en el fondo unos cuantos gravo-repulsores del disociador, con lo cual el trineo se hará antigravitatorio al conectar la corriente. Los compresores harán el resto.

El comandante se mordió el labio inferior dubitativo.

–¿Y funcionará?

–Por supuesto. Mucha gente ha pensado aplicar los repulsores a los viajes aéreos, pero resultan ineficaces en los campos de gran gravitación. En Ganímedes, con un tercio de gravitación y una presión atmosférica muy leve, un chiquillo podría manejarlo, incluso Johnson, aunque no lamentaría si cayera y se rompiera su maldito cuello.

–Muy bien, mire. Tenemos grandes cantidades de esa madera purpúrea aborigen. Póngase en contacto con Fim y dígale que coloque el trineo en una plataforma construida con este material. Tiene que medir unos seis metros de largo con una baranda alrededor de la parte que sobresalga.

Benson escupió y frunció el ceño bajo los espesos cabellos que le llegaban hasta los ojos.

–¿Cuál es su idea, comandante? –inquirió.

Inmediatamente se dejaron oír las risotadas de Pelham como ásperos ladridos.

–Esos astruces esperan ver los renos y los verán. Estos animales tendrán que ir montados en algo, ¿no es eso?

–Cierto... pero en Ganímedes no hay renos.

El comandante Pelham, que ya se marchaba, se detuvo un momento. Contrajo los párpados con desagrado como hacía siempre que pensaba en Olaf Johnson.

–Olaf ha salido a cazar ocho zambúes. Tienen cuatro patas, cabeza en un extremo y cola en el otro. Esto es suficiente para los astruces.

El viejo ingeniero rumió este informe y rió entre dientes de mala gana.

–Bien, me agrada la tonta distracción de su trabajo.

–A mí también –gritó Pelham.

Se alejó majestuosamente mientras Benson, mirándolo de reojo, desaparecía bajo el trineo.

La descripción que había hecho el comandante de un zambú era concisa y exacta, pero omitió detalles interesantes. Por una parte, el zambú tiene una cola larga, un hocico flexible, dos orejas que ondean elegantemente de atrás hacia adelante. Tiene dos ojos purpúreos y emotivos. 

Los machos están dotados de espinas de color carmesí, plegables a voluntad, que se extienden a lo largo de la columna vertebral y al parecer este ornamento es muy apreciado por las hembras de esta especie. Todo esto, combinado con una cola cubierta de escamas y un cerebro nada mediocre tendrán ustedes un zambú, o al menos lo tienen si logran capturarlo.

Precisamente, éste era el pensamiento que se le ocurrió a Olaf Johnson, al descender con cautela por una eminencia rocosa aproximándose a un rebaño de veinticinco zambúes que pastaban entre los desperdigados matorrales de una zona arenosa. Los ejemplares más próximos observaban cómo se acercaba Olaf, quien ofrecía un grotesco aspecto enfundado en pieles y con la careta de oxígeno conectada a la nariz. Como sea que los zambúes carecen de enemigos naturales se contentaban con mirar aquella extraña figura con ojos lánguidos y reprobatorios y volvieron a ronzar su provechosa pitanza.

Las nociones de Olaf respecto a la caza mayor eran incompletas. Rebuscó en los bolsillos un terrón de azúcar y cortándolo exclamó:

–Pss... Pss... michito... pss... pss... michito...

Las orejas del zambú más próximo se crisparon con desagrado. Olaf se acercó más con el terrón de azúcar en alto:

–Ven aquí, currito, ven aquí...

El zambú vio la golosina y puso los ojos en blanco.

Movió el hocico arrojando el último bocado de vegetación y avanzó olfateando con el cuello estirado. Después golpeó la palma extendida con un rápido y experto movimiento, llevándose el terrón a la boca. La otra mano de Olaf bajó rápida, pero se encontró con el vacío.

Con expresión desengañada sacó otra pieza del bolsillo:

–Ven aquí, príncipe. Acércate, Fido...

El zambú emitió un gruñido tremolante en las profundidades de su garganta. Era una manifestación placentera. Evidentemente aquel extraño monstruo que tenía ante él, después de haberse vuelto loco, se proponía alimentarlo para siempre con aquellos bocados concentrados y suculentos. Se lo arrebató de nuevo y retrocedió con la misma rapidez que la vez anterior. Pero en esta ocasión Olaf lo sujetaba con firmeza, pero el zambú también le había cazado medio dedo.

El alarido que dio Olaf denotaba que éste carecía en cierto modo de la impasibilidad necesaria requerida en tales circunstancias. Sin embargo, un mordisco que hace daño a través de espesos guantes, por supuesto, no deja de ser un mordisco.

Se abalanzó osadamente sobre el animal. Había ciertas cosas que alteraban la sangre de Johnson y el antiguo espíritu de los vikingos resurgía en él. Precisamente una de estas cosas era el que alguien o algo le mordiera un dedo, y mucho más si este alguien o algo era un ser extraterrestre.

Los ojos del zambú observaban indecisos mientras retrocedía. Ya no le ofrecían más terrones blancos y no sabía con seguridad lo que sucedería a continuación. La incertidumbre se desvaneció con rapidez inesperada cuando dos manos enguantadas se apoderaron de sus orejas y empezaron a zarandearlas. Lanzó un agudo gañido y arremetió brioso.

Los zambúes están dotados de cierta dignidad. Les desagrada que les tiren de las orejas, particularmente cuando otros zambúes, incluyendo algunas hembras, forman un corro y miran expectantes.

El terrícola cayó de espaldas y durante un rato estuvo en esta posición. Mientras tanto el zambú se alejó unos cuantos pasos y caballerosamente permitió que Johnson se pusiera en pie.

La vieja sangre delos vikingos alcanzó un grado más alto de efervescencia en Olaf. Se restregó la parte dolorida y saltó, olvidándose de las leyes de gravitación ganimedinas. Se desplazó por el aire a un metro de altura sobre la espalda del zambú.

Asomó el miedo en los ojos del animal al observar a Olaf. El salto había sido imponente, pero al mismo tiempo también se notaba en sus órganos visuales cierta confusión. Parecía que aquella maniobra carecía de propósito.

Olaf volvió a caer de espaldas sobre los cilindros al igual que la vez anterior. Empezaba a sentirse desconcertado. Los sonidos que emitían los espectadores denotaban palpablemente su condición de risitas burlonas.

–Risitas, ¿eh? –masculló amargado–; todavía no ha empezado la lucha.

Se acercó al animal lenta y cautelosamente. Dio un rodeo, examinando el punto más conveniente para lanzar el ataque. El zambú hizo lo mismo. Olaf simuló un falso ataque. Su oponente se agachó. A continuación, este último se volvió de espaldas y Olaf se agachó a su vez.

El seco y agresivo ronquido que salía de la garganta del zambú no parecía estar en consonancia con el espíritu fraternal que generalmente reina durante la época navideña y esta actitud irreverente le recordaba a Olaf algo así como un sacrilegio.

De pronto se oyó un silbido. Olaf sintió un repentino calor en la cabeza detrás de las oreja izquierda. Esta vez dio una vuelta en el aire y cayó de nuca. Los asistentes al espectáculo prorrumpieron en un clamor que parecía un relincho de satisfacción y el zambú movió la cola triunfalmente.

Olaf se sobrepuso a la impresión de estar flotando en un espacio infinito tachonado de estrellas y se incorporó vacilante.

–¡Protesto! –exclamó–. El ataque con la cola es juego sucio.

Saltó hacia atrás esquivando otro coletazo y acto seguido se lanzó hacia la parte inferior del animal y, atrapándole las patas, con fuerza, le obligó a dar con el espinazo en el suelo. El zambú lanzó un gañido de indignación.

Ahora la lucha había entrado en una fase en la que los músculos terrícolas y ganimedianos jugaban un papel decisivo. Olaf se manifestó como un hombre de fuerza bruta. Luchó con denuedo y por último se lo cargó a la espalda y el animal se sintió zarandeado e impotente.

Respondió vociferante y trató de demostrar sus objeciones con un coletazo bien administrado. Pero estaba situado con desventaja y la cola pasó silbando inofensiva sobre la cabeza de Olaf.

Los otros zambúes dejaron paso libre al vencedor con triste expresión en sus semblantes. Evidentemente eran muy buenos amigos del animal capturado y les era desagradable en extremo que hubiera perdido el combate. Volvieron a su quehacer gastronómico con resignación filosófica, completamente convencidos que todo era obra del destino.

Al otro lado de la prominencia rocosa, Olaf Había habilitado una cueva. Se desarrolló una breve y confusa lucha antes que Olaf lograra hacer entrar en razón al zambú. Una cuerda anudada concienzudamente fue el auxiliar más eficaz para mantenerlo quieto.

Pocas horas después cuando ya tenía en su poder los ocho zambúes, poseía una técnica depurada que sólo se adquiere tras larga experiencia. Podía haber dado a los cow-boys valiosos consejos sobre la forma de derribar cuadrúpedos recalcitrantes. También podía haber dado unas cuantas lecciones a los estibadores terrícolas, sobre maldiciones y juramentos simples y compuestos.

Era el día de Nochebuena y en la Base ganimedina reinaba un ruido ensordecedor y un confuso acaloramiento, como si se hubiera puesto en marcha un nuevo ingenio para registrar toda clase de sonidos. Alrededor del viejo trineo situado sobre una enorme plataforma de madera purpúrea, cinco terrícolas libraban una verdadera batalla con un zambú.

El zambú posee opiniones concretas en relación con muchas cosas y uno de sus más tenaces principios es que no va adonde no quiere ir. Esto lo demostraba palpablemente sacudiendo la cabeza, la cola, las cuatro patas, las tres espinas, en todas las direcciones y con todas sus fuerzas.

Pero los terrícolas insistieron y no con gran delicadeza. A pesar de sus angustiosos alaridos el animal, fue elevado hasta la plataforma, colocado en el lugar correspondiente y enjaezado sin remedio ni esperanza.

–Muy bien –gritó Peter Benson–. Traigan la botella.

Sujetando el hocico con una mano, Benson agitó la botella con la otra. El zambú temblaba de ansiedad y emitió temblorosos gañidos. Benson introdujo el líquido en la garganta del animal. Se oyó un gorgoteo y después un gruñido comprensivo. El animal estiró el cuello en demanda de otro trago.

–Nuestro mejor coñac –suspiró Benson.

Hubiera terminado la botella, pero la dejó cuando estaba por la mitad. Los ojos del zambú giraron rápidamente en sus cuencas; parecía como si intentara bromear. Sin embargo, esta actitud no duró mucho tiempo, pues el metabolismo ganimedino queda afectado por el alcohol casi de inmediato. Los músculos se le contrajeron con la rigidez propia de la borrachera e hipando sonoramente se desplomó.

–Traer al siguiente –exclamó Benson.

Al cabo de una hora los ocho zambúes no eran más que estatuas catalépticas. Les ligaron a sus cabezas palas en horquilla a guisa de astas.. Producían un efecto tosco e inexacto, pero apto para el fin deseado.

En el preciso momento en que Benson abría la boca para preguntar dónde estaba Olaf Johnson, el benemérito personaje apareció entre los brazos de tres camaradas y fue conducido a la plataforma tan envarado como cualquier zambú después de la lucha. No obstante, articuló sus objeciones con la mayor claridad.

–Yo no voy a ninguna parte con este atuendo. ¿Me oye...?

En realidad había motivos para quejarse. Olaf nunca había sido atractivo, ni en sus mejores momentos, pero su condición actual era una mezcolanza entre una pesadilla de zambúes y una concepción patriarcal de Picasso.

Llevaba los atavíos tradicionales de Santa Claus. Estos eran encarnados, tanto como podía permitir el papel de seda cosido a su capa espacial. El “armiño” era tan blanco como el algodón en rama; precisamente esto es lo que era. Su barba ondeaba libremente, hecha de más algodón en rama, enganchada a un lienzo que le llegaba de oreja a oreja.

Con tales aditamentos debajo y la nariz de oxígeno encima hasta la persona de ánimo más templado hubiera rehuido su mirada.

A Olaf no le habían mostrado un espejo para mirarse, pero lo que podía ver de él mismo y lo que su instinto le decía, le postraba en tal estado que la caída de un rayo fulminante la hubiera saludado con alivio.

Entre gritos y espasmos fue izado al trineo. Intervinieron otros, ayudando vigorosamente hasta que de Olaf, no quedó más que una masa retorcida de la que salían voces ahogadas.

–Dejadme –mascullaba–, dejadme –y atacaba uno a uno.

Hizo un pequeño amago para demostrar su osadía, pero cayeron sobre él numerosas manos que lo atenazaron, impidiéndole mover un dedo.

–¡Entre! –ordenó Benson.

–¡Váyase al infierno! –rugió Olaf entrecortadamente–. No quiero entrar en un artefacto patentado para un suicidio inmediato. Se puede llevar a su sanguinario trineo volante y...

–¡Oiga! –interrumpió Benson–. El comandante Pelham le está esperando al otro lado. Lo despellejará vivo si no está allí dentro de media hora.

–El comandante Pelham puede entrar en el trineo a mi lado y...

–Piense en su empleo. Piense en sus ciento cincuenta dólares semanales. Piense en Hilda allá en la Tierra que no se casará con usted si pierde el empleo.. Piense en todo eso.

Johnson pensó en aquello confusamente; pensó alguna cosa más y penetró en el trineo. Aseguró el saco con correas y puso en marcha el gravo-repulsor. Abrió el propulsor a chorro lanzando una horrible maldición.

El trineo arrancó impetuoso y Olaf no salió despedido hacia atrás por encima del artilugio, por verdadero milagro.

Se aferró a los pasadores y observó cómo las colinas circundantes subían y bajaban según los picados y rizos del inseguro trineo.

Sopló el viento y las ondulaciones se hicieron más sensibles. Cuando Júpiter apareció, su luz amarillenta iluminó todos los picos y abismos del accidentado terreno hacia cada uno de los cuales parecía dirigirse el trineo y cuando el gigantesco planeta se había alejado por completo de la línea del horizonte, la maldición de la bebida, que sale de los organismos ganimedinos, con la misma rapidez que entra, comenzó a alejarse de los zambúes.

El zambú zaguero fue el primero en despertar; se relamió la cavidad bucal, dio un respingo y desvaneció el maléfico influjo del alcohol. Después de haber tomado esta decisión, examinó lánguidamente lo que tenía a su alrededor. No le causó una impresión inmediata, Gradualmente se fue dando cuenta del hecho incontrastable de que el suelo que pisaba, cualquIera que fuere, no era el terreno firme de Ganímedes, Se inclinaba, se movía, lo cual era muy extraño.

Aunque hubiera atribuido este balanceo a su reciente orgía, no por ello dejó de mirar por debajo del barandal al cual estaba amarrado. Los zambúes jamás han muerto de ataque cardíaco, según consta en los registros sanitarios, pero éste, cuando miró abajo de sus patas estuvo a punto de romper la tradición.

El angustioso chillido de horror y desesperación que lanzó, hizo recobrar el conocimiento a los demás, cuyas cabezas, aunque doloridas, habían recobrado la conciencia.

Durante un buen rato se desarrolló una torpe, cacareante y confusa conversación, ya que los animales trataban de echar fuera de la cabeza el dolor e introducir en ella los hechos. Lograron conseguir ambos propósitos y organizaron una estampida. No era propiamente una estampida, puesto que estaban estrechamente atados. Pero si exceptuamos el detalle de su situación forzada, hicieron todos los movimientos del galope tendido. Y el trineo se volvió loco.

Olaf se cogió la barba un segundo antes de dejarla ondear libremente.

–¡Eh! –gritó,

Era tanto como sisear a un huracán.

El trineo pataleaba, saltaba y bailaba un tango histérico. Era presa de repentinos arrebatos y parecía dispuesto a estrellar su cerebro de madera contra la corteza de Ganímedes. Entretanto Olaf, a la vez que renegaba, juraba y lloraba, accionaba los propulsores a chorro.

Ganímedes daba vueltas y Júpiter se mostraba como una mancha borrosa. Quizá la bailotearte panorámica de Júpiter fue lo que indujo a los zambúes a comportarse con más formalidad. Parecía que ya les había pasado el malestar de la borrachera. Sea como fuere, cesaron de moverse, se dirigieron los unos a los otros sublimes discursos de despedida, confesaron sus pecados y esperaron la muerte.

El trineo se estabilizó y Olaf recobró el aliento que volvió a perder de nuevo ante un curioso espectáculo: hacia arriba veía las colinas y el sólido terreno ganimedino y por debajo el obscuro cielo y la abultada figura de Júpiter.

Al ver todo esto, él también hizo las paces con la eternidad y esperó el fin.

Unos cincuenta astruces se habían agrupado en una construcción de poca altura hecha de madera purpúrea, que llamaban salón de reunión. En un sucio Banco de honor de esta estancia fétida y obscurecida por el humo de las antorchas, estaban sentados el comandante Pelham y cinco de sus hombres. Ante ellos se pavoneaba el astrúz más desaliñado de todos inflando su enorme tórax con rítmicos y explosivos sonidos. Se detuvo un momento y señaló hacia una abertura en el techo.

–Mira –graznó–. Chimenea. Nosotros hacer, entrar Sannicaus.

Pelham asintió con un gruñido. El astrúz cloqueó placentero. Señaló los pequeños sacos de hierba tejida que colgaban de las paredes:

–Mirar, calcetines, medias, Sannicaus poner regalos.

–Sí –admitió Pelham sin entusiasmo– chimenea y calcetines. Muy bonito.

Torció la boca en dirección a Sim Pierce, que estaba sentado a su lado y murmuró entre dientes:

–Si estoy media hora más en esta escombrería, me moriré. ¿Cuando llegará ese tonto?

Pierce se movió incómodamente.

–Escuche, he realizado algunos cálculos. Estamos a salvo en todo menos en las hojas de karen, en las que aún llevamos cuatro toneladas de déficit. Si logramos resolver este estúpido asunto dentro de una hora, podremos empezar un nuevo período y hacer que los astruces trabajen el doble –se echó hacia atrás y continuó–. Sí, creo que lo podremos conseguir.

–Poco más o menos –replicó Pelham sombríamente–. Y eso si llega Johnson y no nos pone en otro aprieto.

El astrúz hablaba de nuevo, pues a sus congéneres les agrada charlar:

–Todos los años Kissmess –no sabía pronunciar Christmas–, Kissmess bonito, todo el Mundo amigos. Astruz querer Kissmess. Vosotros gustar Kissmess.

–Sí, es muy bonito –refunfuñó Pelham cortésmente–. Paz en Ganímedes y buena voluntad para los hombres, especialmente para aquéllos como Johnson. ¿Dónde diablos está ese idiota?

Cogió otro berrinche mientras el astrúz saltaba unas cuantas veces de arriba a abajo de manera calculada, evidentemente para ejercitarse. Continuó saltando variando el ritmo con aburridos pasos de baile. 

Los puños de Pelham se crispaban de una manera extraña. Unos excitados graznidos que provenían de un agujero en la pared, dignificado con el nombre de ventana, contuvieron a Pelham de hacer una matanza de nativos.

Los astruces se agruparon en enjambres y los terrícolas lucharon por hallar un punto dominante.

Al fondo de la gran bola amarillenta de Júpiter, rugió un trineo volante tirado por ocho renos. Era muy pequeñito, pero no cabía duda; era Santa Claus que llegaba.

Al parecer algo funcionaba mal. El trineo, los renos y todo el conjunto, descendían a una velocidad terrible, pero volaban invertidos.

Los astruces se dispersaron en medio de una cacofonía de granizados.

–¡Sannicaus! ¡Sannicaus! ¡Sannicaus!

Salieron trepando por las ventanas como una fila de estropajos locos en movimiento.. Pelham y sus hombres alcanzaron el exterior por una puerta de poca altura.

El trineo se aproximaba, se hacía más grande, daba bandazos de un lado a otro y vibraba como una rueda descentrada en vuelo. Olaf Johnson era una pequeña figura que se asía perfectamente al trineo con ambas manos.

Pelham gritaba desaforadamente, incoherente y se atragantaba cada vez que se le olvidaba respirar a través de la careta nasal en la fina atmósfera ganimedina.

De pronto se detuvo y miró fijamente con horror. El trineo seguía descendiendo veloz y ya casi se veía de tamaño natural. Si hubiera sido una flecha disparada por Guillermo Tell, no hubiera apuntado, entre ceja y ceja de Pelham, con más precisión.

–Todo el Mundo a tierra –chilló mientras se dejaba caer.

La ráfaga de viento que dejó el trineo al pasar de largo restalló penetrante contra su rostro. La voz de Olaf se oyó durante un instante chillona y confusa. Los compresores de aire dejaron una estela de vapor. Pelham temblaba en el helado suelo de Ganímedes.

Poco después se levantó lentamente, sacudiendo las rodillas como una hula hawaina. Los astruces que se habían dispersado, antes de que se les echara encima el vehículo aéreo, se agruparon de nuevo. 

A lo lejos el trineo giraba dando media vuelta. Pelham seguía los revoloteos y bandazos del artefacto desde que empezó a cambiar de dirección. Cabeceó e inclinándose a un lado, enfiló hacia la base y ganó velocidad.

En el interior del trineo Olaf trabajaba como un demonio. Con las piernas ampliamente abiertas balanceaba con desesperación el peso de su cuerpo. Sudaba y maldecía mientras intentaba con todas sus fuerzas evitar la panorámica de Júpiter “hacia abajo”, y esto producía en el trineo oscilaciones más y más violentas.

Los bamboleos alcanzaban ahora un ángulo de 180”, y Olaf sintió que su estómago le presentaba enérgicas reclamaciones.

Conteniendo el aliento apoyó todo el peso de su cuerpo sobre el pie derecho y el trineo se balanceó con más amplitud que nunca. En el punto más pronunciado de este vaivén desconectó el gravo-repulsor y la débil fuerza gravitatoria de Ganímedes Sacudió el trineo obligándole a descender. Como es natural, al ser el vehículo más pesado por el fondo, debido a la masa metálica del gravo-propulsor, adquirió la posición normal en tanto descendía.

Pero esto le causó muy poco alivio al comandante Pelham ya que, una vez más, el trineo apuntaba directamente hacia su persona.

–Cuerpo a tierra –vociferó, y de nuevo se lanzó al suelo.

El trineo silbó sobre su cabeza, crujió al tropezar contra una peña, hizo un salto dé cinco metros y se paró en seco con un chasquido. Olaf salió despedido por la baranda.

Había llegado Santa Claus.

Con un profundo y tembloroso suspiro, Olaf se ajustó el saco sobre la espalda, se recompuso la barba y acarició la cabeza a uno de los sufridos y silenciosos zambúes. Podía haber sobrevenido la muerte; en verdad, Olaf no la había afrontado con serenidad, pero ahora estaba dispuesto a morir, pisando tierra firme, con nobleza, como un Johnson.

Dentro de la cabaña en la que los astruces se habían aglomerado, una vez más, un golpe en el tejado anunció la llegada del saco de los regalos de Santa Claus y un segundo batacazo la llegada del santo. Una figura espantosa apareció a través del agujero provisional.

–¡Felices Navidades! –farfulló, dejándose caer por el orificio.

Olaf fue a parar encima de los cilindros de oxígeno, como de costumbre y después los colocó en el sitio habitual.

Los astruces saltaban de arriba a abajo como pelotas de goma.

Olaf se dirigió cojeando ostensiblemente al primer calcetín y depositó una pequeña esfera deslumbrante y policromada que extrajo del saco, una de las muchas bolas que originalmente habían sido proyectadas para adornar los árboles navideños. Una a una las fue dejando en todos los saquitos disponibles.

Después de haber realizado su tarea, se sentó en cuclillas completamente agotado y siguió las sucesivas escenas con ojos vidriosos e inseguros. La jovialidad y las carcajadas de buen humor, tradición característica de la festividad de Santa Claus, estuvieron completamente ausentes en esta ocasión.

Pero la ausencia de alegría la compensaron los astruces con su extraño embelesamiento. Hasta que Olaf, entregó la última bola guardaron silencio y permanecieron sentados. Pero cuando se acabó el reparto, el aire se enrareció bajo la tensión de estridencias discordantes. En menos de un segundo la mano de cada astrúz contenía una bola.

Charlaban entre ellos violentamente y asían las bolas con cuidado, protegiéndolas con el pecho. Después las comparaban unas con otras y formaban grupos para contemplar las más llamativas.

El astrúz más desaseado se acercó a Pelharn y lo cogió por las solapas.

–Sannícaus, bueno –cacareó–. Mira, dejar huevos. Observó reverentemente su esfera y agregó:

–Ser más bonitos que huevos astruces. Ser huevos Sannícaus, ¿eh?

Con su dedo pellejudo pinchó el estómago de Pelham.

–¡No! –aulló Pelham impetuosamente–. ¡Infiernos, no...!

Pero el astrúz no le escuchaba. Ocultó la bola en las profundidades de su plumaje y continuó:

–Colores bonitos. ¿Cuánto tiempo tardar salir pequeños Sannícaus? ¿Qué comer pequeños Sannícaus?... Nosotros enseñar ser vivos inteligentes, como astruces.

Pierce agarró el brazo del comandante Pelham.

–No discuta con ellos –susurró frenético–. ¿Qué importa si ellos creen que esas bolas son huevos de Santa Claus? ¡Mire! Si trabajamos como locos, podremos alcanzar la cuota. Que empiecen a trabajar.

–Lleva razón –admitió Pelham.

Se dirigió al astrúz:

–Dígales a todos que se preparen.

Hablaba con claridad y en voz alta.

–Ahora a trabajar, ¿me comprenden? ¡Venga!, de prisa, de prisa...

Hacía ademanes con los brazos. El desastrado astrúz se detuvo de repente y dijo con calma:

–Nosotros trabajar, pero Johnson decir Kissmess y venir todos los años.

–¿No tenéis bastante con un Christmas? –masculló Pelham.

–¡No! –graznó el astrúz–, nosotros querer Sannicaus año próximo. Traer más huevos. Más otro año. Y otro, y otro, más huevos. Más pequeños Sannicaus. Si Sannicaus no venir, nosotros no trabajar.

–Hay mucho tiempo por delante. Ya hablaremos entonces. O nos volveremos todos locos o los astruces habrán olvidado la fiesta.

Pierce abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir, la cerró de nuevo, la abrió otra vez y finalmente consiguió hablar:

–Comandante, quieren que venga todos los años.

–Yo lo sé, pero el año próximo no se acordarán.

–Pero, no comprende... Un año para ellos es una revolución completa alrededor de Júpiter. Esto significa una semana y tres horas del tiempo terrestre. ¡Quieren que Santa Claus venga todas las semanas!

–¡Todas las semanas! –rugió Pelham–. Johnson les dijo...

Durante unos instantes le pareció que todo eran chispas dando saltos mortales. Se quedó sin respiración y automáticamente sus ojos buscaron a Olaf.

Olaf se quedó frío hasta el tuétano. Se levantó sobrecogido y se deslizó hacia la puerta. Se detuvo cuando estaba en el umbral; de repente recordó la tradición.

Con la barba semidesprendida graznó:

–¡Felices Navidades y buenas noches a todos!

Corrió hacia el trineo como si todos los diablos le pisaran los talones. No eran los diablos, era el comandante Scott Pelham.

 

                                    FIN 

 

“Astruz” es un diminutivo de avestruz y a este animal se parecían los nativos de Ganímedes, si bien hay que considerar que tienen el cuello más corto la cabeza más grande y su plumaje parece que de un momento a otro vaya a desprenderse de raíz. Hay qué añadir a su retrato un par de brazos, flacos y huesudos, provistos de tres dedos rechonchos. Saben inglés, pero cuando uno los oye, preferiría que no lo hablaran. 

Transbordador a la luna - Kurt Mahr

 —¡Eh, Dick! Tienes aún veinte minutos —dijo la seca voz del amplificador.

—Entendido —repuso Dick sin interés.

«Los últimos veinte minutos son siempre los peo­res», pensó luego. Miró a través del grueso vidrio de la ventana y vio las extremidades de la estación es­pacial, semejantes a patas de araña y de un blanco cegador a la luz del Sol, en contraste con la oscuridad del vacío. Escondido entre la maraña de metálica filigrana se hallaba el vehículo que debería ocupar veinte minutos más tarde.

Richard McHenry, jefe de los pilotos de pruebas de United Aerospace Industries, nacido el 24 de ju­nio de 1963 en Spokane, estado de Washington, de treinta y seis años de edad y poseedor de diversas condecoraciones y diplomas por su valor civil y por sus esfuerzos en favor del progreso, así como de una serie de marcas de velocidad en diferentes apa­ratos de la navegación aérea y espacial, el hombre al que nada podía asustar, como creían sus colabora­dores, tenía miedo.

Y ese miedo no era nada nuevo para él. Lo sen­tía cada vez que le esperaba un despegue difícil. Te­nía entonces la impresión que unas mariposas revoloteaban en su estómago, según la frase emplea­da con frecuencia por los de su profesión. Era algo así como fiebre de candilejas. Hoy, más fuerte que nunca. Richard McHenry trató de vencer el nerviosismo revisando una vez más todo el equipo. 

El tra­je espacial, compuesto de varias capas entre las que había aceite, era perfecto. Funcionaba el acondicio­namiento de aire. El sudor y la humedad producida por el aliento eran eliminados sistemáticamente. Las conexiones con el dispositivo de radio, que trans­mitían datos como presión arterial, temperatura del cuerpo, pulso y demás, se encontraban firmes en sus cajas. Sólo necesitaba establecer el contacto y ponerse el casco, con lo que estaría a punto.

El cronómetro indicó que todavía le quedaban doce minutos. Flotó a través de la pequeña estancia que durante las últimas horas le había servido de cabina de adaptación y se sentó frente al escritorio en el que se hallaban sujetos los papeles que conte­nían los principales datos referentes al vuelo de prueba. McHenry repasó de nuevo los números, que prácticamente sabía de memoria, e intentó imagi­narse la importancia y envergadura de la empresa.

El nuevo transbordador, pequeño vehículo muy comercial, debía dar renovado impulso a la selenología, que por falta de dinero, había estado parali­zada durante más de dos decenios. El transborda­dor a la Luna, una veloz nave para la que la dis­tancia entre la estación y el satélite era sólo una excursión insignificante, un producto de la más mo­derna tecnología, provisto de un propulsor nuclear que, bajo una carga normal, hacía posibles acele­raciones continuas de hasta 10 g... 

Ingenio que, desde luego, podía emplearse una y otra vez, que dispo­nía de un mecanismo de dirección totalmente automático, accionado por una computadora; con vuelo ininterrumpido a la Luna, sin pérdida de tiempo a causa de las molestas órbitas lunares, etcétera, et­cétera... Era un aparato que aquel día proporciona­ría a Richard McHenry una nueva marca: la marca de velocidad absoluta. 

En el punto de conmutación —allí donde el vector del mecanismo impulsor gi­raba ciento ochenta grados y el vehículo empezaba a frenar— la velocidad alcanzaría más de ciento no­venta kilómetros por segundo, unas ocho veces más de lo conseguido en vuelo por el hombre mas rá­pido del mundo, que era el propio Richard Mc­Henry.

Naturalmente, a Dick le entusiasmaban estas co­sas. Además, conocía el transbordador de memoria, tanto por dentro como por fuera. Al fin y al cabo, los hombres de UAI no ponían en manos de cual­quiera una astronave nueva y le decían: «Anda, aquí tienes esto. ¡A ver qué sacas del aparato!»

No, él había efectuado muchas pruebas con el transbordador; salidas por los alrededores de la es­tación interplanetaria, alcanzando en ellas veloci­dades de hasta veinte kilómetros por segundo.

Pero nada más. El gran día era hoy. El día en que se iba a demostrar a la Humanidad que, en caso ne­cesario —y por un precio económico—, podía lle­garse en setenta minutos desde la base hasta la Luna.

«Dos minutos todavía, Dick —dijo la voz del am­plificador—. Creo que ya debieras ponerte en ca­mino.»

El vuelo de prueba era una empresa de la indus­tria privada. En consecuencia, no había comité de despedida, cámaras de televisión ni aglomeraciones. Sólo habían acudido al lugar del despegue varios miembros de la casa, compañeros de profesión que lo hacían por amistad. Éstos pasaron flotando jun­to a Dick por el largo túnel flexible que unía la es­tación interplanetaria con el transbordador. El tú­nel carecía de ventanas, y Dick ya no volvió a ver su vehículo por fuera.

El interior del transbordador estaba lleno de aceite, igual que los espacios entre las diversas ca­pas de su traje. Era ése el nuevo sistema. Todo —el piloto, los instrumentos, el lastre y la carga útil— iba envuelto en aceite. Con ello se pretendía reducir el tremendo efecto de la presión que se ori­ginaba en aceleraciones de hasta 10 g. 

El prin­cipio funcionaba bien. Había sido probado con su­ficiente frecuencia en centrífugas y también a bordo del aparato. Tanto la carga orgánica como la inor­gánica soportaba más fácilmente una presión de 10 g, gracias al aceite, que una tercera parte de ese valor en la atmósfera artificial de la nave espacial corriente.

El casco de Dick fue cerrado cuidadosamente, y el piloto penetró en la esclusa. La mampara se cerró tras él. Pronto empezó a fluir el aceite y a subir a su alrededor. En cuanto estuvo llena la esclusa, la escotilla interior se abrió de manera automática. Dick fue avanzando en medio de aquella masa vis­cosa y densa. Tenía ya alguna práctica en ello y sa­bía cómo actuar. Llegó por fin al asiento y se sujetó. En el cuadro de mandos se encendieron, como de costumbre, las luces de control. Todo estaba a pun­to. Los instrumentos, listos para su puesta en mar­cha, y el aceite del transbordador no formaba ni una sola burbuja.

—Todo en orden —dijo Richard McHenry a tra­vés del micrófono instalado en su casco,

—Todo menos tú —repuso una voz amable, la del médico Bob Phillips—. ¿Qué te ocurre? ¿Estás nervioso? ¡Tienes ciento treinta pulsaciones!

Dick soltó una risa forzada.

—¿Viajaste alguna vez con un cubo de fuego de­bajo del trasero? —bromeó.

—Bueno, muchacho, no te pongas agresivo. Si tú te encuentras bien, no tenemos por qué preocu­parnos.

—¡Claro que estoy bien! —confirmó Dick.

—En tal caso, ¡adelante!

Entonces se oyó otra voz. La de Karl Wetzstein, el jefe de vuelos. Hablaba éste un inglés duro, con acento alemán.

—¡Treinta segundos!

Dick comprobó la movilidad de sus brazos y mu­ñecas. El transbordador iba dirigido de forma com­pletamente automática. Sólo era necesaria la inter­vención del piloto si uno de los componentes fallaba. McHenry llevaba unos extraños guantes cuyos dedos eran tan anchos como media mano. También los in­terruptores y botones del tablero de mandos eran de tamaño muy superior al normal. Si Dick apretaba los dedos unos contra otros y movía la mano hacia delante como un palanca, ofreciendo así al pegajoso aceite un mínimo radio de acción, podía valerse bas­tante bien.

—¡Faltan quince! —dijo Wetzstein.

Dick levantó la vista. Encima de él flotaba una gran pantalla en el aceite, y en ella apareció en el acto el revestimiento exterior de la estación con sus numerosos miembros. El aceite estaba perfectamen­te limpio de residuos y formaba un líquido cristali­no y transparente. Dick vio la pantalla con tanta claridad como si estuviera sentado delante del tele­visor en su propia casa.

Wetzstein contó los segundos que pasaban. Cuan­do llegó al número cero se produjo una fuerte sa­cudida. El piloto se sintió apretado contra el res­paldo de su sillón, igualmente relleno de aceite. La imagen de la estación interplanetaria desapareció como si la hubiesen borrado, y la pantalla mostró el fondo negro del vacío, salpicado de estrellas.

—Buen despegue —comentó la voz de Karl Wetzs­tein, cuya serena objetividad resultaba tranquilizan­te por dar la sensación que no había nada de par­ticular en el vuelo.

—Aceleración y vectores, todo normal. ¡Magní­fica salida, Dick!

—Bien —contestó Richard McHenry, sin dejar de observar el acelerómetro.

De momento, los motores luchaban todavía con­tra casi 1 g de aumento de la aceleración de la gra­vedad. Sin embargo, a medida que el transbordador se alejaba de la estación en dirección a la Luna, se aflojaba la garra con que la Tierra intentaba su­jetar el vehículo. La aceleración que Dick vio marcada en el instrumento de medición era un valor manipulado: aceleración según rendimiento del me­canismo propulsor, menos la aceleración de la gra­vedad. Es decir: el verdadero aumento de su veloci­dad con respecto a la Luna.

—Más treinta segundos —se hizo oír Wetzstein de nuevo—. R apenas llega a cuarenta y dos mil. R punto está en nueve-dos-ocho-cero. ¡Formidable, mu­chacho!

El nudo que parecía haberse formado en el estó­mago de Richard McHenry empezó a aflojarse. Todo marchaba a las mil maravillas. Ya no tenía por qué preocuparse. La máquina calculadora pilotaba la pe­queña nave espacial con fantástica seguridad. Dick se permitió descansar. En algo menos de una hora, el transbordador se posaría sobre la superficie lunar con la suavidad de una hoja de árbol.

Pasaban los segundos —tictac, tictac— y eran como cadenitas que constituían un minuto y otro... McHenry, acostumbrado ya a la presión, no sentía molestia. Su velocidad aumentaba en cien metros por segundo, aproximadamente. Era el hombre más rápido en el espacio. Echó una mirada a la pantalla. Por la derecha comenzaba a penetrar en el área vi­sual el perfecto disco de la Luna. ¡Ya era hora! Ten­dría que ocupar aproximadamente el centro de la pantalla y sobresalir por los bordes cuando él se dis­pusiera a alunizar.

Richard McHenry se entretuvo con cosas rutina­rias, aunque sabía que carecían de importancia. De haberse producido una desviación digna de tener en cuenta, Wetzstein o Phillips se lo hubieran comuni­cado. Los hombres de la estación interplanetaria se preocupaban mucho más que él de su propio bien­estar. Temperatura interior del traje: 23 grados. Pre­sión interior del equipo: 3,8 atmósferas. Humedad relativa: 57 por ciento. Todo conforme. El traje pro­tector funcionaba como debía. 

Un cuarto de hora después del despegue, el transbordador avanzaba hacia la Luna a una velocidad de casi noventa kiló­metros por segundo, y ahora, transcurridos treinta minutos, había doblado sobradamente la marca. En el interior del vehículo todo seguía en orden. Richard esperaba el aviso del jefe de vuelo. Sólo unos se­gundos podían faltar para el punto de contacto. En­tre las fases de aceleración y freno se intercalaban algunos instantes de vuelo por inercia. 

Ese período de tiempo era necesario para que el asiento del pi­loto pudiera girar ciento ochenta grados. Porque el transbordador llevaba motopropulsores de eyección en ambos extremos. Con ello se evitaba la compli­cada vuelta del fuselaje, que fuera tradición de la navegación espacial desde un principio. La fase de inercia tenía una duración exacta de 14,35 segundos. Así de minuciosos eran todos los cálculos efectuados para el vuelo a la Luna del transbordador, ya que la tremenda velocidad exigía que cada maniobra se efectuara en el momento previsto, con una tolerancia de no más de algunas centésimas de segundo. Cualquier error podía provocar una catástrofe.

—Punto de conmutación menos treinta segundos, Dick —anunció Karl Wetzstein—. ¿Cómo te encuen­tras?

—Mareado por la velocidad —intentó bromear Mc­Henry.

—Así me gusta —rió el director de vuelo—. Fal­tan quince segundos.

Exactamente quince segundos después cesó la presión. Callaron los motores. El sillón empezó a girar y, en nueve segundos y medio, describió una rotación de 180 grados. La consola y el tablero de mandos iban sujetos al asiento y dieron también la vuelta.

—..., tres..., dos..., uno... —contó Karl Wetzstein.

Y, de pronto, una voz ahogada. Un grito. Richard McHenry supo en seguida lo que había ocurrido: fallaba el sistema de freno. El transbordador seguía volando por inercia. En el receptor hubo crujidos y zumbidos. Dick se imaginó a los hombres de la es­tación espacial. Wetzstein habría desconectado el micrófono para que no llegaran hasta él las excla­maciones de angustia y le preocuparan todavía más. ¡Pobre Karl! Siempre pensaba en todo.

Entonces, como si le arrancaran un velo de los ojos, McHenry se dio cuenta del peligro que corría. El vehículo se acercaba a la Luna a una velocidad de más de 190 kilómetros por segundo. La redondez del satélite parecía hincharse y crecer continuamente en la pantalla, como si fuera a arrojarse sobre el pe­queño e indefenso transbordador. De sobra sabía el piloto que, si no sucedía algo inmediatamente, en poco más de un cuarto de hora se estrellaría contra la superficie lunar.

El receptor cobró nueva vida con un crujido.

—Dick, tenemos un problema —explicó la voz serena de Wetzstein—, pero no hay motivo de te­mor. El diagnóstico indica que hay un conmutador defec­tuoso en la computadora de a bordo —prosiguió Wetzstein—. El conmutador puede ser sustituido mediante una interrupción manual. Ahora te leeré una lista de posibilidades. Cada vez que...

—No creo que tengamos tanto tiempo —le cortó Richard—. ¿Qué te parece si activo las toberas de mando y paso de largo junto a la Luna?

—Eso significaría un fallo de la empresa —con­testó Wetzstein en seguida—. Te digo que no es tan crítica la situación.

—Entendido —confirmó McHenry, si bien en el fondo de su conciencia surgió la duda respecto a que el jefe de vuelo diera más importancia al riesgo de fracaso que a la seguridad del piloto.

—Así pues, conexión uno —dijo Wetzstein—. Acu­mulador nuclear, segundo sector, ¡fuera!

—Acumulador nuclear, segundo sector, ¡fuera! —repitió McHenry tras efectuar la maniobra.

—Posible la conexión manual. ¡Ahora!

—Posible la conexión manual. ¡Ahora!

Richard McHenry realizó seis operaciones en to­tal. Entonces agregó Wetzstein:

—Recuéstate y descansa, chico. El resto lo hare­mos nosotros desde aquí. La presión resultará un poco más pesada de soportar. Para disminuir la en­demoniada marcha que llevas, debemos subir pro­visionalmente hasta los veinte grados.

McHenry tensó los músculos en espera de los efectos de freno. Pasaron unos segundos. Como un relámpago surcó la mente del piloto una sospecha. ¿Y si no era el conmutador lo que fallaba...?

Voces agitadas en el receptor. ¿Cuánto tiempo había transcurrido desde las manipulaciones? ¿Cuán­tos minutos había perdido inútilmente? ¿A qué dis­tancia se hallaba aún de la Luna? La gigantesca bola grisácea parecía mirarle burlona desde la pantalla. Alguien gritó:

—¡Eso no puede continuar, porque se va a...!

El resto fue un murmullo. Una mano debió tapar la boca al imprudente. Inmediatamente se oyó la voz de Karl Wetzstein:

—Activamos las toberas de mando, Dick. Verás que la nave pasa de largo junto a la Luna. Desde donde tú estás, a la derecha... Luego volveremos a hablar.

Ni una palabra sobre el conmutador defectuoso que, apaentemente, había sido superado con ayuda de las seis operaciones a mano. Ni una palabra, tampoco, sobre el hecho que la maniobra de desviación llegaba demasiado tarde. El transbordador no estaba preparado para efectuar rápidos cambios de ruta. 

Sus especialidades eran la aceleración y el freno, pe­ro nadie había hablado jamás de cambios de rumbo. Esta capacidad no necesitaba estar muy desarro­llada mientras el aparato volara de acuerdo a un plan. Además, existía un proyecto para vender el transbordador a instituciones oficiales y científicas, y en semejante caso se hablaba de las ventajas del ingenio; no de sus posibles puntos débiles.

El miedo se apoderó de Richard McHenry. Con los ojos clavados en la pantalla, intentó captar el movimiento que debía hacerse visible en cuanto co­menzaran a trabajar las toberas de mando. La Luna ya no era un disco. Ahora llenaba por completo la pantalla y se había convertido en un infernal paisaje de roca gris, blanca luz y negras sombras. 

La mirada del piloto se posó en un prominente cráter y creyó comprobar que el vehículo se movía hacia un lado. Pero lo hacía demasiado despacio. La circunferencia de la enorme boca aumentaba con mayor rapidez que aquella con la que se producía su cambio de posi­ción.

Las ideas se confundieron en la mente de Richard McHenry. Con frecuencia se había visto cerca de la muerte, pero nunca de modo tan irremediable. El conocimiento le fallaba. El miedo a morir parecía hacer un nudo en su cerebro. El hombre no supo ya qué veía, y perdió la noción del paso del tiempo. La desgarrada superficie lunar se le antojó una ho­rrible mueca de la parca. 

Su interior se rebelaba contra la despiadada suerte que le condenaba a es­trellarse contra aquel cuerpo celeste sin vida..., y a la máxima velocidad alcanzada jamás por una as­tronave tripulada. McHenry empezó a gritar. Chilla­ba con tanta fuerza, que los oídos le retumbaban en la estrechez del casco. 

Vio cómo se desparramaban los detalles del suelo de la Luna, escurriéndose hacia todos lados como si tuvieran prisa en abandonar el lugar del choque. El piloto se mordió la lengua y notó el sabor salado de la sangre...

En aquel instante de supremo terror saltó una chispa en alguna parte del martirizado cerebro de McHenry. Acababa de romperse un puente sobre el que hasta entonces se habían movido ordenadamente sus pensamientos e impresiones...

Y de súbito se produjo en la existencia de Richard McHenry una drástica transformación.

Estaba apoyado en el mostrador de un pequeño bar. No conocía el establecimiento ni a la gente que había en él. Tenía un vaso delante. Lo tomó asom­brado y bebió un trago. Whisky de centeno con jen­gibre, como siempre. Estaba tan atónito que fue incapaz de formular pensamiento alguno durante unos instantes. Simplemente permaneció sentado, con la mirada fija que no veía nada.

Se había estrellado contra la Luna, ¿no? El trans­bordador no había podido ser frenado. Vehículo y cadáver se encontrarían en cualquier parte entre Lassell y Guericke, al nordeste del Mare Nubium. ¿Era aquello el reino de los muertos? ¿El bar y su dueño, un hombre en mangas de camisa? ¿Con el te­levisor al fondo? ¿Y con todos los demás clientes?

¿O había sido sólo un sueño? Quizá todavía es­taba soñando... ¿Pudo ser producto de su calentu­rienta fantasía ese vuelo de prueba en el transborda­dor? O tal vez se había realizado un milagro. Una fuerza desconocida le había arrancado del aparato en el último momento, trasladándole al bar... Que justamente fuera esta idea la que le pareció más admisible, demuestra cuál era el estado mental de Richard McHenry. 

Sí, el destino le había hecho un regalo. La vida. Pero no debía hablar sobre ello. Ni siquiera pensar en semejante misterio. De otro mo­do, el destino se cansaría de él y le arrebataría lo que con tan imponente generosidad le había concedido. Era como el niño del cuento, al que un hada regaló una jarra de leche que nunca se vaciaría, mientras no contara cómo se había convertido en dueño de tan maravillosa vasija. 

El pequeño resis­tió la tentación durante un par de días, pero luego fue incapaz de negar la respuesta a las curiosas preguntas. Explicó la historia y, cuando de nuevo quiso servirse leche de la jarra, la halló vacía.

Tenía que procurar pasar inadvertido. Y sobre todo averiguar dónde había ido a parar. Una rá­pida mirada al calendario colgado junto al televisor le causó el primer susto. El 13 de septiembre de 1999. El día en que debía tener lugar el vuelo de prueba a la Luna. El reloj de su muñeca marcaba la una y cuarenta y cuatro. Pero no debía funcionar bien, ya que el de la pared señalaba las nueve y quince. 

McHenry dedicó su atención al televisor. Nada le aclaró el documental que proyectaban. Sólo un cuar­to de hora más tarde hubo una interrupción del programa. Apareció en la pantalla el multicolor pavo real de la National Broadcasting Corporation, y la voz de un locutor invisible anunció:

«Aquí canal cinco, WFLC, Florence, Carolina del Sur. Son las veintiuna treinta.»

A continuación dio comienzo un nuevo programa, que no interesó a Richard McHenry. Éste vació su vaso y pagó. El hombre del bar dijo:

—¡Buen viaje, señor! ¿Está seguro que podrá llegar esta misma noche a Florida?

Sin pensarlo apenas, Richard McHenry hizo un gesto con la mano.

—¡Claro que sí! —repuso con voz firme—. Sólo hay unos centenares de millas, y además estoy per­fectamente sereno.

El camarero esbozó una risita. McHenry saludó y salió al exterior. Un aire húmedo y caliente le dio en la cara. De pronto, el piloto comprendió que la pregunta del hombre era más significativa de lo que de momento había creído. Sabía que él se diri­gía a Florida. ¿Quién se lo había dicho? 

Hasta la hora de pagar, Richard no había cruzado palabra alguna con él. Además, ni él mismo sabía cuál era su destino. Recordó los primeros segundos de su... —¿cómo decirlo...?—, de su aparición, cuando se en­contró de repente en un taburete de bar, en vez de continuar en la cabina llena de aceite del transborda­dor. Nadie se había extrañado de verle allí. 

Al menos no recordaba que nadie hubiese mostrado sorpresa ¿Qué explicación tenía eso? Sólo una: que durante todo el rato hubo seguramente un segundo Richard McHenry a su lado o, mejor dicho, en su lugar. Un segundo Richard que en algún momento había en­trado en el bar como un cliente completamente nor­mal, sentándose ante el mostrador.

Y ese hombre, el doble de McHenry, debió hablar con el encargado o propietario del local, y a lo largo de la conversación le habría dicho que aquella mis­ma noche pensaba llegar a Florida. Hasta ese punto la cosa era bastante lógica. Pero había una dificultad. ¿Qué había sido del doble al presentarse el ver­dadero Richard McHenry?

Delante del bar se extendía un estacionamiento. Ri­chard buscó en el bolsillo derecho de su pantalón y halló las llaves que allí solía llevar. Ford Motor Company, Lincoln. Continuó adelante y, ya desde le­jos, descubrió su «Mark 8» de color azul turquesa, modelo descapotable; el mismo automóvil que con­dujera hasta el momento de volar a la estación in­terplanetaria para entrenarse de cara al vuelo de prueba en el transbordador. Incluso el número de matrícula era exacto: 19 WW-23146, Florida, Sunshine State, 1999 a 2000.

McHenry entró en el coche. Las llaves encajaban. El motor se puso en marcha con un zumbido. Ri­chard accionó la palanca que hacía subir la capota. Con cuidado abandonó el lugar de estacionamiento y enfiló la carretera. Minutos después vio un indicador: «Interstate 95, South». Siguió aquel camino y llegó a la autopista. Graduó el cruisomatic a 75 millas por hora y, en adelante, sólo tuvo que ocuparse del volante. Conectó la radio y dejó que una suave música ligera, interrumpida por anuncios, in­vadiera el vehículo. Tenía mucho en que pensar.

Los razonamientos que se hacía se acercaban de manera asombrosa, en muchos puntos, a las leyes naturales que, siglos más tarde, había de establecer e interpretar la cronosofía. Parte de estas reflexiones pasó a la posterioridad en forma de correspondencia mantenida meses después entre Richard McHenry y su más íntimo amigo, y constituyen hoy lectura obligada para todo estudiante de cronosofía.

El piloto pensó que no podía haber un solo nivel de existencia, sino varios. En sus cartas empleaba esta misma expresión. La cronosofía usa, por el contrario, el concepto de condiciones universales o, simplemente, universos. McHenry llegó a la conclu­sión que, por lo general, la vida de una persona se desarrolla en una única esfera de existencia. No así en su caso. 

La tremenda presión psíquica de los momentos anteriores al choque del transbordador contra la superficie lunar le había arrancado, por lo visto, del nivel acostumbrado para lanzarle a otro muy distinto: aquel en que Richard, en vez de pre­pararse para el peligroso vuelo en la estación espa­cial, permanecía sentado en un bar de Florence, localidad de Carolina del Sur, con el propósito de trasladarse aquella misma noche a Florida.

Pero la hipótesis de los diversos niveles de exis­tencia no explicaba la presencia de otro McHenry, del doble que estuvo en el bar antes que el auténtico y conversó con el dueño. Más lógico era pensar (que el doble debía ser trasladado a su vez a otra esfera, al presentarse el verdadero McHenry. Eso demostraría la existencia de una reacción en cadena según la cual, en cada nivel, un McHenry ya apare­cido era, irremisiblemente, expulsado por otro. Y uno tenía que ser, por fin, el condenado a pilotar el transbordador y estrellarse contra la Luna...

Esta idea produjo remordimientos de conciencia a Richard McHenry. Si su teoría era cierta, él era responsable —voluntaria o involuntariamente— del hecho que otro McHenry hubiese perdido la vida. Desde luego, Richard no se habría hecho semejantes reproches si hubiera conocido las leyes de la cronosofía. Porque su hipótesis era equivocada en ese punto. No existía ninguna reacción en cadena en cu­yo transcurso los McHenry se arrojaran mutuamen­te de las esferas existenciales. 

Sólo tenemos un sin­número de posibles condiciones universales, en cuya totalidad se hallan realizados los acontecimientos y las circunstancias imaginables. Hay, entonces, un gran número de universos en los que un McHenry se es­trella en su transbordador contra la Luna. Y exis­te casi el mismo número de circunstancias en las que un Richard McHenry se encuentra de pronto sentado en un bar desconocido y recuerda que, se­gundos antes, estaba a punto de aplastarse contra la superficie del satélite. 

Según las leyes de la cronosofía, no debe preguntarse por el «antes». Para el hom­bre sólo resultan esenciales las condiciones univer­sales que su razón le permite comprender. La inves­tigación de otras circunstancias escapa incluso a la lógica más desarrollada.

Poco después de las once, la emisora que Richard McHenry había tenido puesta hasta entonces inte­rrumpió su programa para dar paso a una voz mas­culina evidentemente impresionada:

«Estimados radioescuchas: Trasmitimos un bo­letín que acabamos de recibir. Como quizá ya sepan, se proyectaba probar en estos días, de manera ya definitiva, el nuevo transbordador lunar construido por el consorcio United Aerospace Industries. La estación espacial nos comunica que el primer vuelo de prueba ha dado comienzo hace media hora, apro­ximadamente. La nave lleva sólo un piloto a bordo y todo parece indicar que este hombre lucha con serias dificultades. Establecemos conexión con la estación interplanetaria.»

Hubo una breve pausa. Desconcertado, McHenry observó que era exactamente la misma hora en que, después de la vuelta dada por el asiento del piloto, había esperado que los frenos empezaran a funcionar. Lo había olvidado. Las reflexiones sobre los niveles de existencia le distrajeron.

A través de la radio surgió ahora, envuelta en factores perturbadores, la voz de un técnico de la estación espacial:

«Habla Jeff Cooper en nombre de UAL. El trans­bordador despegó hoy, a las veintidós horas treinta y ocho minutos según el horario Este de verano, en dirección a la Luna en su primer vuelo de prueba. La distancia de aproximadamente ciento noventa mil kilómetros que separa la estación del punto de conmutación, es decir, del punto en que hay que pasar de la aceleración positiva a la negativa, fue cubierta en treinta y dos minutos. 

Un fallo impidió que se pusiera en marcha el dispositivo de freno y, en es­tos momentos, el vehículo avanza a gran velocidad, por inercia, contra nuestro satélite. El equipo diri­gido por Karl Wetzstein, director de vuelo, trabaja febrilmente para descubrir el fallo y hacer posible el alunizaje seguro de la nave. Dentro de escasos minutos... ¡Un momento, señores, recibo más infor­mación!»

Se oyeron unos murmullos. Al cabo de pocos se­gundos volvió a oírse la voz del locutor, ahora francamente dominada por la angustia.

«Acaban de comunicarme que el fallo no se debe a un conmutador defectuoso situado en la computadora de a bordo. Dicho conmutador ha sido sustituido manualmente, pero los frenos siguen sin responder. Por desgracia, el tiempo perdido con los desesperados intentos es demasiado, por lo que, dada la velocidad del vehícu­lo, existen pocas esperanzas de salvación para la nave. Hay que contar, entonces, con que el transborda­dor se estrelle con su piloto Rich... ¡Un instante, señores, vuelven a interrumpirme!»

Y, apartando el micrófono: «¿Qué hay ahora?»

Un silencio, murmullos ahogados y luego, durante varios segundos, nada. Por último volvió la voz del locutor, solemne y patética:

«Señoras y caballeros, debo tristemente informarles que la nave se ha estrellado hace unos momentos contra la superficie de la Luna. Les habla Jeff Cooper. Me despido de ustedes y devuelvo la conexión a la emisora.»

El hombre de la radio había esperado que le dieran la entrada. Estaba preparado. Los oyentes no debían tener ocasión de reflexionar sobre el accidente. Era imprescindible que antes conocieran la opinión de los técnicos.

«Aquí radio WBOR, Riceboro, Georgia. Estimados radioescuchas: la catástrofe que acaba de producirse en la Luna nos ha conmovido profundamente a todos. Intentamos imaginar lo sucedido, pero temo que ustedes, como yo, no posean conocimientos técnicos suficientes para explicarse la desgracia. Por lo tanto paso el micrófono a nuestro experto en vuelos espaciales, el doctor Milton Kuhn, quien...

Richard McHenry desconectó el aparato. Las palabras del locutor seguían sonando en sus oídos y confirmaban la sospecha que ya le había asaltado a bordo del transbordador: que a los hombres encargados de preparar el viaje les importaba más el éxito de su cometido que la seguridad del piloto de pruebas.

Jeff Cooper había hablado de las pocas esperanzas de salvación para la nave. ¡No para el piloto sino para la nave! También había dicho que era de temer que el transbordador se estrellara con su piloto. ¡No que se estrellara el piloto con el transbordador! Y luego la noticia del choque del vehículo contra la superficie lunar. Ni una palabra más sobre el piloto de pruebas que forzosamente había perdido la vida...

El solitario automovilista sintió una ira incontenible. ¡Al diablo merecía ser enviada toda aquella camarilla maldita, que sólo pensaba en el triunfo de la técnica y no daba valor alguno a la vida del hombre a quien, a fin de cuentas, debían su éxito! Recordó perfectamente el miedo experimentado cuando intentaba suplir el conmutador estropeado, cuando transcurría minuto tras minuto y la Luna estaba cada vez más cerca.

La cólera pudo más que él y, bajo la carga emo­cional, volvió a producirse una chispa en su cerebro. Un nuevo puente se hundió en su conciencia...

Se hallaba atado a su sillón de la nave. La pre­sión producida por la aceleración le comprimía du­ramente contra los almohadones rellenos de aceite. Con toda su energía trataba de vencer el pánico que se iba apoderando de él, porque el recuerdo del viaje nocturno por la autopista de Georgia estaba todavía fresco en su mente. La misma inexplicable fuerza que ya una vez le arrojara de un nivel de existencia a otro, acababa de jugar de nuevo con él.

A través del receptor instalado en el casco le llegó la voz de Karl Wetzstein con su acento alemán:

—Punto de conmutación menos treinta segundos, Dick —dijo tan tranquila—. ¿Cómo te encuentras?

—Mareado por la velocidad —respondió McHenry.

Era increíble: en otra ocasión había pronunciado ya las mismas palabras, y ahora acababa de repetir­las sin saber lo que decía. Wetzstein rió.

—Eso me gusta. ¡Faltan quince segundos!

Y de súbito, a los quince segundos, cesó la pre­sión. Calló el grupo motopropulsor. El sillón em­pezó a girar. En nueve segundos y medio describió una rotación de ciento ochenta grados. También se movían la consola y el cuadro de mandos. Richard McHenry dominó el impulso de arrojarse sobre la consola y separar el acoplamiento que unía el grupo motopropulsor de la máquina computadora. Pero to­davía no era prudente. No sabía si la historia se repetiría.

—..., tres..., dos..., uno... —contó Wetzstein.

Una exclamación ahogada y un grito brotaron del receptor. Richard McHenry, ahora sin peso y sólo impedido en sus movimientos por el viscoso aceite, se levantó para inclinarse sobre la consola. El recep­tor llevaba un rato desconectado. Cuando volvió a cobrar vida, Karl Wetzstein dijo:

—Tenemos un problema, Dick. Pero no hay moti­vo de alarma.

—¡Sí que lo hay! —gritó McHenry, antes que el científico pudiera continuar—. Y yo mismo estoy tratando de solucionarlo.

Pulsó un botón tras otro. En primer lugar, una tecla que decía: «Manual Override». Con ello tenía el vehículo en su poder. Los de la estación espacial ya no podían actuar sobre el aparato.

—¡Dick, escucha, hombre! —suplicó Wetzstein—. Sólo es un conmutador defectuoso, que desde aquí...

—¡Al diantre con tu conmutador! —bramó Richard Mc­Henry, furioso—. No quiero estrellarme contra la Luna. ¡Además no es el conmutador lo que falla!

—¡Dick! —La voz de Karl Wetzstein adquirió de pronto un tono cortante e imperioso—. Reaccionas de manera irresponsable. Te ordeno que...

—¡Cállate!

El técnico quedó un instante sin saber qué de­cir. Cuando habló de nuevo, lo hizo de otro modo. Evidentemente había llegado a la conclusión que el piloto estaba a punto de perder el juicio y que sólo se le podría volver a la razón con palabras sen­satas y reposadas.

—Dick, te ruego que desconectes el «Manual Ove­rride».

—¡Un cuerno! —jadeó McHenry—. He puesto en marcha las toberas de mando e intento pasar por el borde de la Luna.

—¡Repito que la situación no es tan crítica! —in­sistió Karl Wetzstein—. Sólo hace falta salvar el conmutador y frenar luego con algo más de fuerza.

—¡No es el conmutador! —repuso de nuevo McHenry.

—¿Cómo lo sabes?

—Lo sé de sobra, y además voy a decirte una cosa: Ustedes, los de abajo, piensan únicamente en el transbordador. Sólo les importa el resultado del vuelo. Mi seguridad no preocupa a nadie. ¡Allá ustedes con vuestra conciencia! Pero entérate del hecho que a mí sí que me interesa mi vida, ¿oyes? Si tengo suer­te, pasaré con el vehículo por encima de la Luna. En otra ocasión podemos intentar el vuelo nueva­mente, pero ahora..., ¡ahora déjenme en paz!

Wetzstein se tomó muy a pecho las palabras de McHenry. El contacto con el transbordador se man­tuvo, pero no se cruzaron más palabras. A los pocos minutos se demostró el éxito de las operaciones rea­lizadas por el piloto. Las toberas de mando habían entrado en acción y, poco a poco, la nave fue em­pujada hacia arriba. «Arriba» significaba en este ca­so, dada la falta de peso de McHenry, la dirección en que se hallaba la pantalla. 

Paulatinamente, la Luna empezó a deslizarse hacia abajo. Muy pronto quedó confirmado que la maniobra no podía haber­se retrasado ni en un segundo más. El transbordador pasó junto a la Luna sin sufrir daño alguno, pero en el punto de la distancia mínima la separaban del satélite veinte kilómetros escasos.

Richard McHenry volvió a ponerse en comunica­ción con el jefe de vuelo. El vehículo continuaba des­lizándose por el espacio a la misma velocidad. Wetzstein y el piloto acordaron que McHenry debía accionar a mano el giroscopio que permitía al trans­bordador girar alrededor de su reducido eje. 

El proceso requirió más de media hora. Ése era el mo­tivo por el cual Richard ya no había considerado an­tes tal posibilidad. Sólo después de haber dado la vuelta la nave pudo ser puesto nuevamente en fun­cionamiento el grupo motopropulsor de proa y uti­lizado para frenar el aparato. Mientras tanto en la estación interplanetaria habían preparado un plan de vuelo que permitiría a McHenry regresar a la base sin hacer escala en la Luna. 

En la media hora de vuelo sin impulsión hasta más allá de nuestro sa­télite, el vehículo había recorrido casi trescientos sesenta mil kilómetros. El retorno le llevaría a Mc­Henry día y medio. La enorme capacidad del grupo motopropulsor de la nave podía aprovecharse úni­camente en una décima parte, dado que su mecanis­mo de dirección era accionado principalmente a mano, aunque siguiendo las órdenes de la estación interplanetaria. Poco antes del término del viaje, Richard McHenry tendría que volver a girar el trans­bordador para poder frenar la marcha.

Si hasta entonces el pueblo apenas se había inte­resado por los ensayos de una empresa privada, las noticias transmitidas después del espectacular sal­vamento de McHenry cuando estaba a punto de es­trellarse contra la Luna se refirieron a un solo tema: el nuevo transbordador. 

El piloto regresó a la base en condiciones bastante buenas, aunque un poco ham­briento. De haber funcionado todo del modo pre­visto, tras el alunizaje hubiera ocupado durante un día la solitaria estación lunar automática, que con­taba con suficientes provisiones.

Richard fue trasladado sin demora a la Tierra, donde la UAI le mantuvo alejado de toda publicidad durante un par de días. La importante agrupación industrial no había olvidado aún el informe del jefe de vuelo, según el cual McHenry, pese a ser un pres­tigioso piloto de pruebas, había fallado en el mo­mento decisivo, negándose a obedecer las órdenes. Y eso no se podía tolerar, sobre todo por prevalecer la opinión que el problema técnico de a bordo era causado simplemente por el defecto de un conmutador, cosa que habría podido superarse.

Pero luego se comprobó la sensacional realidad, si bien ésta no llegó nunca a oídos del gran público. El conmutador resultó ser inocente. Lo que había fallado era un elemento de control del sistema propulsor de proa. Y para complicarlo todo aún más, el programa diagnóstico de la potente máquina computadora de la estación espacial había dado una indicación equivo­cada, por culpa de un error de programación, echan­do la culpa de todo al conmutador. 

En consecuencia, Richard McHenry se habría estrellado efectivamente contra la Luna si hubiera hecho caso a su jefe. Sólo su terquedad le había salvado de una muerte segura, evitando asimismo la destrucción del costoso proto­tipo de transbordador.

Los de la UAI se preguntaban cómo pudo averi­guar Richard McHenry que no era el conmutador lo que fa­llaba, pese al diagnóstico de la computadora. Nadie lo entendía y el piloto se negó a dar explicaciones, por lo que oficialmente se atribuyó la salvación, con palabras más o menos ampulosas, al «instinto del experto astronauta».

Pero había otra cuestión para la que McHenry hallaba tan poca respuesta como los hombres de United Aerospace Industries a su problema. ¿Dónde quedaba el mundo en que el otro McHenry se ha­bía estrellado realmente contra la Luna? ¿Dónde se hallaba el otro nivel de existencia en el que, de noche, un «Mark 8» volaba por la autopista de Geor­gia, y qué había ocurrido después que la fuerza del destino arrancara de un segundo a otro a McHenry de su asiento al volante del coche para devolverlo al transbordador lunar?

¡Pobre Richard McHenry! Unos siglos más tarde, las leyes de la cronosofía hubieran podido aclarar sus dudas, pero así tuvo que arrastrarlas consigo. Sabemos, a través de su testamento, que ese miste­rio ocupó su mente hasta el final de sus días.