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El mejor amigo de un muchacho - Isaac Asimov

—Querida, ¿dónde está Jimmy? —preguntó el señor Anderson.

—Afuera, en el cráter —dijo la señora Anderson—. No te preocupes por él. Está con Robutt... ¿Ha llegado ya?

—Sí. Está pasando las pruebas en la estación de cohetes. Te juro que me ha costado mucho contenerme y no ir a verlo. No he visto ninguno desde que abandoné la Tierra hace ya quince años..., dejando aparte los de las películas, claro.

—Jimmy nunca ha visto ninguno —dijo la señora Anderson.

—Porque nació en la Luna y no puede visitar la Tierra. Por eso hice traer uno aquí. Creo que es el primero que viene a la Luna.

—Sí, su precio lo demuestra —dijo la señora Anderson lanzando un suave suspiro.

—Mantener a Robutt tampoco resulta barato, querida —dijo el señor Anderson.

Jimmy estaba en el cráter, tal y como había dicho su madre. En la Tierra le habrían considerado delgado, pero estaba bastante alto para sus diez años de edad. Sus brazos y sus piernas eran largos y ágiles. El traje espacial que llevaba hacía que pareciese más robusto y pesado, pero Jimmy sabía arreglárselas en la débil gravedad lunar como ningún terrestre podría hacerlo nunca. Cuando Jimmy tensaba las piernas y daba su salto de canguro, su padre siempre acababa quedándose atrás.

El lado exterior del cráter iba bajando en dirección sur y la Tierra —que se hallaba bastante baja en el cielo meridional, el lugar donde estaba siempre vista desde Ciudad Lunar—, ya casi había entrado en la fase de llena, por lo que toda la ladera del cráter quedaba bañada por su claridad.

La pendiente no era muy empinada, y ni tan siquiera el peso del traje espacial podía impedir que Jimmy se moviera con gráciles saltos que le hacían flotar y creaban la impresión de que no había ninguna gravedad contra la que luchar.

—¡Vamos, Robutt! —gritó Jimmy.

Robutt le oyó a través de la radio, ladró y echó a correr detrás de él.

Jimmy era un experto, pero ni tan siquiera él podía competir con las cuatro patas y los tendones de Robutt, que además no necesitaba traje espacial. Robutt saltó por encima de la cabeza de Jimmy, dio una voltereta y terminó posándose casi debajo de sus pies.

—No hagas tonterías, Robutt, y quédate allí donde pueda verte —le ordenó Jimmy.

Robutt volvió a ladrar, ahora con el ladrido especial que significaba «Sí».

—No confío en ti, tunante —exclamó Jimmy.

Dio un último salto que lo llevó por encima del curvado borde superior de la pared del cráter y le hizo descender hacia la ladera inferior.

La Tierra se hundió detrás del borde de la pared del cráter, y la oscuridad cegadora y amistosa que eliminaba toda diferencia entre el suelo y el espacio envolvió a Jimmy. La única claridad visible era la emitida por las estrellas.

En realidad, Jimmy no tenía permitido jugar en el lado oscuro de la pared del cráter. Los adultos decían que era peligroso, pero lo decían porque nunca habían estado allí. El suelo era liso y crujiente, y Jimmy conocía la situación exacta de cada una de las escasas piedras que había en él.

Y, además, ¿qué podía haber de peligroso en correr a través de la oscuridad cuando la silueta resplandeciente de Robutt le acompañaba ladrando y saltando a su alrededor? El radar de Robutt podía decirle dónde estaba y dónde estaba Jimmy aunque no hubiera luz. 
 
Mientras Robutt estuviera con él para advertirle cuando se acercaba demasiado a una roca, saltar sobre él demostrándole lo mucho que le quería o gemir en voz baja y asustada cuando Jimmy se ocultaba detrás de una roca, aunque Robutt supiera todo el rato dónde estaba, Jimmy jamás podría sufrir ningún daño. 
 
En una ocasión Jimmy se acostó sobre el suelo, se puso muy rígido y fingió estar herido, y Robutt activó la alarma de la radio haciendo acudir a un grupo de rescate de Ciudad Lunar. El padre de Jimmy castigó la pequeña travesura con una buena reprimenda, y Jimmy nunca había vuelto a hacer algo semejante.

La voz de su padre le llegó por la frecuencia privada justo cuando estaba recordando aquello.

—Jimmy, vuelve a casa. Tengo que decirte algo.

Jimmy se había quitado el traje espacial y se había lavado concienzudamente después de entrar en casa; e incluso Robutt había sido meticulosamente rociado, lo cual le encantaba. Robutt estaba inmóvil sobre sus cuatro patas con su pequeño cuerpo de no más de treinta centímetros de longitud estremeciéndose y lanzando algún que otro destello metálico, y su cabecita desprovista de boca con dos ojos enormes que parecían cuentas de cristal y la diminuta protuberancia donde se hallaba alojado el cerebro no dejó de lanzar débiles ladridos hasta que el señor Anderson abrió la boca.

—Tranquilo, Robutt —dijo el señor Anderson, y sonrió—. Bien, Jimmy, tenemos algo para ti. Ahora se encuentra en la estación de cohetes, pero mañana ya habrá pasado todas las pruebas y lo tendremos en casa. Creo que ya puedo decírtelo.

—¿Algo de la Tierra, papi?

—Es un perro de la Tierra, hijo, un perro de verdad..., un cachorro de terrier escocés para ser exactos. El primer perro de la Luna... Ya no necesitarás más a Robutt. No podemos tenerlos a los dos, ¿sabes? Se lo regalaremos a algún niño. —El señor Anderson parecía estar esperando a que Jimmy dijera algo, pero al ver que no abría la boca siguió hablando—. Ya sabes lo que es un perro, Jimmy. Es de verdad, está vivo... Robutt no es más que una imitación mecánica, una copia de robot.

Jimmy frunció el ceño.

—Robutt no es una imitación, papi. Es mi perro.

—No es un perro de verdad, Jimmy. Robutt tiene un cerebro positrónico muy sencillo y está hecho de acero y circuitos. No está vivo.

—Hace todo lo que yo quiero que haga, papi. Me entiende. Te aseguro que está vivo.

—No, hijo. Robutt no es más que una máquina. Está programado para que actúe de esa forma. Un perro es algo vivo. En cuanto tengas al perro ya no querrás a Robutt.

—El perro necesitará un traje espacial, ¿verdad?

—Sí, naturalmente, pero creo que será dinero bien invertido y muy pronto se habrá acostumbrado a él... Y cuando esté en la ciudad no lo necesitará, claro. Cuando lo tengamos en casa enseguida notarás la diferencia.

Jimmy miró a Robutt. El perro robot había empezado a lanzar unos gemidos muy débiles, como si estuviera asustado. Jimmy extendió los brazos hacia él y Robutt salvó la distancia que le separaba de ellos de un solo salto.

—¿Y qué diferencia hay entre Robutt y el perro? —preguntó Jimmy.

—Es difícil de explicar —dijo el señor Anderson—, pero lo comprenderás en cuanto lo veas. El perro te querrá de verdad, Jimmy. Robutt sólo está programado para actuar como si te quisiera, ¿entiendes?

—Pero papi... No sabemos qué hay dentro del perro ni cuáles son sus sentimientos. Puede que también finja.

El señor Anderson frunció el ceño.

—Jimmy, te aseguro que en cuanto hayas experimentado el amor de una criatura viva notarás la diferencia.

Jimmy estrechó a Robutt en sus brazos. El niño también tenía el ceño fruncido, y la expresión desesperada de su rostro indicaba que no estaba dispuesto a cambiar de opinión.

—Pero si los dos se portan igual conmigo, entonces tanto da que sea un perro de verdad o un perro robot —dijo Jimmy—. ¿Y lo que yo siento? Quiero a Robutt, y eso es lo que importa.

Y el pequeño robot, que nunca se había sentido abrazado con tanta fuerza en toda su existencia, lanzó una serie de ladridos estridentes..., ladridos de pura felicidad.

El diablo y la bailarina - Roger Zelazny (Parte 3 y última)

Las palabras de Reena reaparecieron en su mente al contemplar la humeante copa. La había levantado y había fingido beber mientras Oele giraba y giraba siguiendo su danza. La había olido. Parecía vino calentado con azúcar y especias, pero tenía un aroma peculiar. Había tocado el húmedo borde con la lengua y percibido un amargo sabor. Cuando Oele miró en dirección a él, echó atrás la cabeza y alzó la copa fingiendo que la apuraba. Cuando Oele desvió la mirada, tiró el líquido por encima del hombro, en la oscuridad.

«¡La intrigante bruja! —pensó Reynar—. Ella no piensa ofrecerme nada. Mi encantadora Reena tenía razón. Apuesto a que soy el sacrificio para algo que ella desea. Fingiré que me adormezco y veremos qué ocurre. ¡Bruja!».

Dejó la copa en el suelo y se inclinó sobre el altar, observando la creciente complejidad del brillante diseño. La forma de moverse de la bailarina era casi hipnótica. Otro hombre habría dado media vuelta y huido tras haber llegado a la misma conclusión que el marino, pero Reynar se había bastado en todas las ocasiones peligrosas en el curso de una vida muy activa. Sonrió mientras observaba la silueta de Oele que fluía bajo la ligera vestimenta gris, y se acordó de bostezar cuando ella le miraba. Qué triste... Oele le había gustado más que otras mujeres.

Después comenzó el pánico. Un escalofrío, totalmente falto de relación con el viento y la noche, recorrió el cuello y los hombros de Reynar. Era como si alguien estuviera detrás de él, observándole fijamente. El marino consideró que podía coger la daga al mismo tiempo que se volvía y defenderse adecuadamente, con el altar entre su cuerpo y su repentina compañía. 

Sin embargo... Jamás se había sentido objeto de escrutinio con tan intensos acompañamientos. La mera contemplación de un desconocido jamás le había producido picor en las manos, retortijones de estómago ni la absoluta certidumbre de otra presencia. La debilidad invadió sus extremidades cuando trató de apartar su mirada de los últimos movimientos de Oele para dar media vuelta y juzgar al visitante.

«Pretendes defraudar a la sacerdotisa —sonaron estas palabras como gotas de sangre en la mente de Reynar—, y haciendo eso me engañas».

«¿Quién eres?», preguntó sin hablar el marino, dirigiéndose al otro.

«Eso nunca lo sabrás».

Se apoyó con fuerza en el altar, recurriendo a toda su fuerza para volverse en parte hacia la presencia, y el borde de algo absolutamente negro entró en su campo de visión. Una fuerza que parecía emanar de la negrura le aferró con mayor firmeza en ese momento, impidiéndole volverse por completo. Reynar comprendió que nunca podría coger la daga del altar... y que, aunque pudiera, de poco le serviría frente a la criatura que le dominaba.

Se tambaleó como si estuviera totalmente agotado, con la mano izquierda aferrada al borde de la piedra, la derecha suelta en su costado. Al inclinarse más, vio que Oele se movía más despacio, que los pasos tal vez finales de la danza iban acercándola a él. 

La luna, había visto Reynar, estaba casi encima mismo de su cabeza. Seguía percibiendo la presencia al otro lado del altar, pero la atención de aquel ser no era tan intensa, ni mucho menos, que momentos antes. El marino se preguntó si la presencia estaba comunicándose con Oele.

Al inclinarse un poco más, mantuvo los ojos centrados en la silueta femenina que se aproximaba. Finalmente Oele se detuvo, a tan solo unos pasos de distancia. La danza había concluido. Reynar dejó que sus párpados se cerraran y su respiración se intensificó. Pero Oele no estaba prestándole atención. Todo el interés de la bailarina parecía dirigido a algo que estaba detrás del marino.

Reynar aguardó, preguntándose hasta qué punto estaba dominado, temeroso de comprobarlo. El pánico anterior había pasado, reemplazado por la controlada tensión, el renovado estado de alerta que siempre le sobrevenía en momentos de crisis.

Oele parecía estar hablando, aunque él no logró oír las palabras, y después hizo una pausa como si escuchara algo, pero el marino tampoco oyó réplica alguna. Finalmente Oele avanzó, pasó ante Reynar sin apenas mirarle, extendió la mano y cogió la daga de la pétrea superficie. Después la sacerdotisa se volvió hacia él, y su mano izquierda se movió como si quisiera agarrarle el cabello.

—¡Bruja! —dijo en un siseo el marino.

Su mano derecha sacó el cuchillo de la funda que llevaba en la bota y lo extendió y levantó mientras se erguía, a pesar de sentir que la frígida fuerza del otro lado del altar pugnaba por dominarle de nuevo.

La expresión del semblante de Oele fue de sorpresa. Su grito fue breve y la sacerdotisa se desplomó casi al instante, mientras la daga del sacrificio resbalaba de sus dedos.

Reynar la cogió mientras caía, se volvió y dejó el cadáver en el altar.

—¡Aquí está tu sangre! —espetó—. ¡Cógela y sé maldito por siempre!

Sostuvo el cuchillo ante él y dio un paso atrás, esperando una represalia sobrenatural en cualquier momento. No hubo tal. La oscura presencia permaneció al otro lado de la forma de su sangrante amante y Reynar percibió su escrutinio, pero el extraño ser no hizo esfuerzo alguno para dominarle o atacarle.

Al notar que su fuerza le acompañaba de nuevo, Reynar dio otro paso atrás y miró alrededor en busca del camino más seguro de huida.

—Marino, marino —sonó la voz que parecía audible en la ventosa noche—. ¿A dónde vas?

—¡Lejos de este lugar maldito! —respondió Reynar.

—¿Para qué viniste?

El capitán hizo un gesto con su arma.

—Ella me prometió poderes como los suyos.

—Entonces ¿por qué huyes?

—Ella me mintió.

—Pero yo no. Aún puedes tener esos poderes.

—¿Cómo? ¿Por qué? ¿Qué pretendes decir?

—Dos caminos hay ante mí, y no me había dado cuenta de lo reacio que soy a dejar este mundo. No me complace enteramente esto, pero así son las cosas. Vuelve la cabeza hacia el castillo que has dejado. Es tuyo si lo quieres, y todo lo que contiene. O, si me lo pides, se desvanecerá un instante después y yo erigiré otro según tus deseos... o no lo haré, como desees. Puedes tener lo que ella tenía... cualquier cosa que desees y que pueda ofrecerte... porque estoy necesitado de ti.

—¿En qué forma?

—Ella era mi vínculo con este plano de existencia. Requiero un devoto aquí para centrar mis energías en este mundo. Ella era la última. Ahora mi presencia se debilitará aquí hasta que deba retirarme a los parajes de los Antiguos. A menos que encuentre un nuevo devoto.

—¿Yo?

—Sí. Sírveme, y yo te serviré.

Hubo una pausa.

—No intentaré detenerte. Quizá ya estaba consumido en este lugar hace mucho tiempo y me aferré a él ahora solo debido a ciertas percepciones que me ofrece. No trataré de detenerte.

Reynar se echó a reír.

—Bien, con tantas cosas que deseo, sería un necio si rechazara tu oferta, ¿no? Acabas de adquirir un acólito, un sacerdote, un devoto... lo que sea preciso. Lo que digo es que me concedas los poderes que poseía esa homicida y que me des rápida instrucción sobre los artículos de la fe. Hay una potranca que voy a montar antes de que acabe la noche.

—En ese caso deja tu arma, marino, y acércate al altar...

-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.-.- 

Ya desmontados, Dilvish y Reena estaban poniéndose ropa de más abrigo cuando el primero vio una silueta que se aproximaba por la ladera de una colina, delante, a su derecha.

—Alguien viene —dijo Reena, que inmediatamente volvió la cabeza en dirección al castillo.

—No. Por allí —dijo Dilvish, señalando—. Será mejor que prosigamos.

Terminó de atar el fardo de sus pertenencias y ayudó a Reena a montar.

—¡Eh! ¡Dilvish! —llegó el grito de la silueta que avanzaba—. ¡Reena!

Ambos dudaron mientras atisbaban en la noche. Luego la luz de la luna tocó a la forma que se acercaba.

—¡Aguardad un poco! ¡Tenemos algo que discutir!

Black volvió la cabeza.

—No me gusta esto —dijo—. Vámonos.

Dilvish dio una vuelta en torno a su montura.

—No temo a Reynar —respondió.

Durante un instante observó al hombre que bajaba con rapidez la ladera.

—¿De qué se trata? —dijo después—. ¿Qué deseáis?

Reynar se detuvo, quizás a veinte pasos de distancia.

—¿Desear? Solo a la mujer. Solo a Reena —respondió el marino—. A menos que queráis ser una estatua otra vez. Tenemos un acuerdo.

Dilvish miró hacia atrás.

—¿Es cierto? —preguntó.

—No... sí... no... —respondió Reena.

—Parece que tenemos una pequeña confusión en este punto —dijo Dilvish a Reynar—. No comprendo la situación.

—Preguntadle qué pasó con la puerta —dijo el otro.

Dilvish miró de nuevo a la joven. Reena desvió la mirada.

—¿Bien...? —dijo Dilvish—. Me gustaría saberlo.

—Fue obra mía —afirmó por fin Reena—. Uno de mis mejores hechizos. Para cualquier otra persona, la puerta se había esfumado. Yo podía haberla cruzado.

—¿Por qué? ¿Y cómo se ha enterado él?

—Bien... le dije que iba a hacerlo. En realidad, acababa de ejecutar el encantamiento cuando despertaste. Eso me impidió ejecutar el segundo.

—¿El segundo? ¿De qué clase?

—Un hechizo adormecedor. Para mantenerte allí mientras yo hacía lo que decidiese hacer.

—Temo continuar perdido. ¿Qué debías decidir?

—Huir conmigo —dijo Reynar—. Enseñarme a usar correctamente mis nuevos poderes.

—En ese caso yo soy un estorbo —dijo Dilvish—. ¿Por qué no me lo has explicado? No tengo derecho alguno sobre ti. Yo...

—¡He dicho que debía decidir! —replicó Reena casi gruñendo—. ¡Habría sido tan fácil si hubieras continuado dormido!

—La próxima vez no seré tan tonto.

—¡Pero he decidido! Nada de esto debía haber surgido. No quiero ir con él. Quiero continuar como estábamos.

Dilvish sonrió.

—Entonces no hay problema. Lo lamento, Reynar. Reena ha tomado su decisión. Vámonos, Reena.

—Aguardad —dijo Reynar en voz baja—. La decisión, ¿sabéis?, me corresponde tomarla a mí.

Dilvish vio aparecer una brillante chispa en el cielo, en lo alto de la colina. Voló hacia la extendida mano derecha de Reynar, creciendo al aproximarse. Al llegar, el marino sostuvo una bola de fría luz azul que levantó por encima del hombro.

—Vos —dijo a Dilvish— sois ahora un fardo innecesario.

El globo huyó de su mano. Dilvish trató de esquivarlo, pero la bola volvió para seguirle. Le golpeó en pleno pecho, rebotó y cayó al suelo a más de dos metros a la izquierda, donde explotó formando una brillante fuente de chispas y dejando un humeante agujero en la tierra.

Dilvish avanzó rápidamente. Reynar alzó ambas manos e hizo gestos con ellas.

Dilvish notó como si se hubiera librado por muy poco de una bofetada. Fue igual que si una serie de ráfagas de ventarrón azotaran todo cuanto le rodeaba... y prosiguieron. Siguió ladera arriba y logró distinguir la confusa expresión del semblante del marino.

—El Diablo me ha mentido —dijo—. Ya deberíais estar muerto.

La mirada de Dilvish fue más allá de Reynar, hacia el bajo perfil del altar con el cuerpo de Oele encima, menudo y pálido bajo la luz de la luna.

—¡Black! —gritó mientras iba comprendiendo—. ¡Destruye ese altar!

Momentos después oyó el sonido de cascos metálicos. Reynar se volvió señalando a Black, y una línea de llamas brotó de su extendido dedo. El fuego alcanzó a Black en la parte izquierda del cuello mientras pasaba junto a los dos hombres. La zona se tiñó de rojo. Pero Black prosiguió su curso sin detenerse, y nada en sus movimientos indicaba que hubiera percibido el efecto.

Reynar se volvió para encararse con Dilvish, y se agachó para volver a erguirse con su arma en la mano.

—Si la magia no puede con vos —dijo—, aquí tengo algo mejor.

El arma de Dilvish, cuatro veces más larga que la de su rival, emitió un susurro al quedar desenvainada en su mano. Dilvish avanzó para entrar en combate.

Los dedos de Reynar se retorcieron, y su mano izquierda describió un amplio gesto circular. La espada huyó del puño de Dilvish, dio vueltas en lo alto y se perdió de vista.

—De modo que solo vuestra persona resiste a mi poder... —dijo Reynar mientras arremetía contra él.

Dilvish levantó la capa ante él, al mismo tiempo que doblaba el brazo izquierdo por detrás. La hoja desgarró el tejido veinte centímetros por debajo del brazo. En ese momento Dilvish movió la capa hacia adelante y hacia abajo, y simultáneamente sacó su cuchillo con la mano derecha y arremetió contra su adversario.

Reynar se recuperó con rapidez. Soltó su arma mientras la daga de Dilvish le alcanzaba en el hombro y astillaba el hueso antes de retirarse. Agachados, ambos hombres empezaron a dar vueltas. 

La mano izquierda de Reynar describió un rápido movimiento circular, y Dilvish notó de nuevo un fuerte viento, aunque solo la suelta punta de la capa se agitó. Notó calor en el pecho, y algo apareció bajo sus ojos.

Dilvish miró hacia abajo un instante. Allí, encima de su camisa, brillaba tenuemente el amuleto que le había dado el anciano. Agitó la capa con el nuevo ataque del marino, frustrando el golpe y respondiendo de inmediato, aunque solo acuchilló el aire, porque su rival se había retirado ágilmente. A lo lejos se oyó el primer golpe violento de Black contra el altar.

Los ojos de Reynar se habían abierto mucho en el momento de posarse sobre el reluciente amuleto, como si cierta sospecha naciera en ese instante. Pero los entrecerró después al desplazarse con rapidez, casi con excesiva rapidez, hacia la izquierda de su adversario. 

Dilvish había previsto en parte el tropezón y la rápida recuperación que siguieron. Cuando aquella mano izquierda se movió de nuevo, no fue magia sino un puñado de tierra lo que voló hacia su cara.

Reacio a bajar la capa, Dilvish se protegió los ojos con el brazo derecho y se desplazó hacia un lado, sabiendo que se produciría un ataque inmediatamente. 

El cuchillo de Reynar rozó sus costillas en el costado izquierdo. Con la mano en alto todavía, incapaz de adoptar a tiempo una posición segura, Dilvish bajó el pomo de su espada hacia el hombre que había herido antes. 

Oyó un brusco jadeo de su rival y trató de agarrar al marino. Pero Reynar le apartó de un empujón y retrocedió de un brinco, cambió la daga de mano y embistió y atacó con ella.

Dilvish notó la herida en el dorso de su mano mientras oía el nuevo golpe de Black a las piedras del altar. Respondió, pero Reynar estaba ya fuera de su alcance. Las miradas de ambos hombres se desviaron momentáneamente hacia una tenue luz rojiza en la cumbre de la colina que rodeaba con un halo a Black y al altar.

Reynar alzó la mano derecha, apuntando a Dilvish igual que había hecho con Black momentos antes. La llama saltó hacia el pecho de Dilvish, le alcanzó cerca del reluciente amuleto y rebotó como si se reflejara en un espejo. Reynar reaccionó de inmediato con otro golpe de cuchillo.

Se abalanzó sobre su rival y atacó por lo bajo. Dilvish bajó su arma. Reynar se irguió de pronto en ese instante y su mano derecha se extendió bruscamente para asir el amuleto y tirar con fuerza de él. La cuerda se partió y Reynar retrocedió, llevándose el amuleto.

Más arriba, el fulgor rojo cobró brillo mientras Black se empinaba de nuevo, muy despacio, como si luchara con una fuerza opuesta.

—¡Veamos cómo os va ahora! —exclamó Reynar, y las llamas danzaron en las puntas de sus dedos, se extendieron y se unieron en una espada de fuego.

Cuando avanzó otra vez, la luz fluctuó y se apagó en la cumbre de la colina, acompañada por un estruendo. Las rocas cayeron y rebotaron junto a los contendientes mientras Dilvish retrocedía, agitando la capa, con el cuchillo bajo.

El ataque de Reynar abrió un gran rasgón en el material. Dilvish siguió retrocediendo, y en el momento que su rival alzaba la llameante espada, esta empezó a apagarse, fluctuó una vez... dos veces... y desapareció.

—La historia de mi vida —observó Reynar mientras meneaba la cabeza—. Todo lo bueno parece fundirse siempre.

—Demos por terminada la maldita pelea —dijo Dilvish—. Vuestro poder está destruido.

—Tal vez tengáis razón —respondió Reynar, bajando el arma que le quedaba y dando un paso al frente.

Se hallaba colina arriba respecto a Dilvish, y de pronto cayó al suelo y resbaló hacia abajo. Su pie izquierdo trabó el tobillo de la extendida pierna derecha de Dilvish y su pie derecho golpeó a su rival por debajo de la rótula. Se enderezó, empujó. 

Mientras Dilvish caía de espalda, Reynar ya estaba levantándose. Saltó hacia adelante en cuanto estuvo de pie, con el arma en alto, y se abalanzó sobre el otro hombre, que estaba en posición supina.

Dilvish sacudió la cabeza para vencer el aturdimiento mientras Reynar atacaba, dio una vuelta de costado y se encogió. Se defendió con el brazo derecho mientras ponía en posición el izquierdo. 

Notó la rigidez del marino al caer al suelo junto a él, empalándose en la hoja que Dilvish había cambiado de mano. Sostuvo la mano de Reynar que blandía la daga hasta que la fuerza la abandonó. Luego se apoyó en una rodilla y puso al marino de espaldas.

La cara de Reynar se retorció a la luz de la luna.

—Saltar sin mirar otra vez... —murmuró el marino—. Finalmente lo he pagado... ¡Oh! ¡Esto quema! No saquéis el cuchillo... hasta que yo muera, por favor.

Dilvish meneó la cabeza.

—¡Lamento haberla conocido!

Dilvish no preguntó a quién se refería.

—No sé... por qué me concedió el poder..., vos teníais la protección...

—Conocí a un hombre no hace mucho tiempo —replicó Dilvish— que poseía dos mentes distintas en el mismo cuerpo. Y he oído hablar de otros. Si ello es posible en un hombre, ¿por qué no en un dios?

—Diablo —afirmó Reynar.

—Quizá la distinción entre los dos no sea tan clara como los hombres piensan... en especial cuando los tiempos se hacen difíciles. Conocí este lugar hace mucho tiempo. Era diferente.

—¡Al diablo con todos, Dilvish el Maldito! ¡Al diablo con todos!

Algo se escapó de él y Reynar se desplomó. Su semblante se suavizó por fin.

Dilvish sacó la daga y la limpió. Solo entonces miró a Black, que se había acercado en silencio y estaba observando. Reena se hallaba más lejos, llorando.

—Tu espada cayó por allí —dijo Black, volviendo la cabeza hacia atrás, hacia la derecha—. La vi al bajar.

—Gracias —dijo Dilvish, poniéndose en pie.

—...Y el castillo ha desaparecido. También lo vi al bajar.

Dilvish volvió la cabeza y miró.

—Me pregunto qué habrá sido de nuestros caballos.

—Están vagando abajo. Puedo cogerlos.

—Hazlo, pues.

Black se alejó. Dilvish se acercó a Reena.

—No puedo excavar aquí —dijo—. Tendré que usar piedras.

Reena asintió. Dilvish extendió la mano y le apretó el hombro.

—No podías prever todo esto.

—He visto más de lo que sabía —dijo la joven—. Ahora deseo haber sabido más... o haber visto menos.

Reena se apartó y la mano de Dilvish resbaló de su hombro. Dilvish fue a buscar la espada.

Habían viajado esa noche hasta llegar a un rocoso mirador libre de los vientos, cerca del borde de la nieve, por encima del punto donde la senda inicia su sinuoso descenso hacia las llanuras y el tiempo primaveral. 

En ese lugar encontraron cobijo y durmieron, los caballos atados detrás de las rocas, Black tan inmóvil como un fragmento del lejano paisaje.

Dilvish se desperezó cuando el cielo iba tiñéndose de rosa por el este. Sus heridas latían sordamente, pero se sentó y se calzó las botas. Ni Reena ni Black se movieron cuando Dilvish pasó junto a ellos, en dirección a la figura vestida con pieles y apoyada en un bastón a la derecha de la senda.

—Buenos días —dijo en voz baja.

El anciano asintió.

—Deseo daros las gracias por el amuleto. Me ha salvado la vida.

—Lo sé.

—¿Por qué lo hicisteis?

—Vos hicisteis una ofrenda a Taksh'mael en cierta ocasión.

—¿Es eso tan importante?

—Sois el último que recordáis su nombre.

—¿Y vos?

—Yo no puedo calificarme de devoto, salvo en el sentido más narcisista.

Dilvish le observó de nuevo. Su figura parecía más alta, más noble, y había algo en sus ojos que obligaba a desviar la mirada al instante... una sensación de profundidad sobrenatural, un poder.

—Me voy ahora —continuó el anciano—. No fue fácil librarme de este lugar. Venid, caminad conmigo un trecho.

Dio media vuelta y avanzó cuesta arriba sin volver la cabeza. Dilvish le siguió hacia los bordes de la nieve, con el aliento humeando ante él.

—¿Vais a un buen lugar?

—Me gusta pensar que sí. Os oí hablar antes. Es cierto que cualquiera puede tener... dos mentes. Ahora solo tengo una, y merecéis mis gracias por eso.

Dilvish sopló sobre sus manos y se las frotó mientras el paisaje iba cobrando blancura.

—De momento, poseo más poder del que necesito. ¿Hay algo que pueda ofreceros?

—¿Podríais ofrecereme la vida de un mago llamado Jelerak?

Por delante de él, Dilvish vio que el paso del anciano vacilaba un instante.

—No —fue la réplica—. No sé nada de ese mago, pero lo que pedís no sería cosa fácil. Precisaría más de lo que yo puedo dar. No es sencillo enfrentarse a él.

—Lo sé. Se afirma que es el mejor.

—Sin embargo, existe al menos una persona que podría destruirle en su propio terreno.

—¿Y quién puede ser esa persona?

—El hombre del que hablasteis antes. Ridley es su nombre.

—Ridley ha muerto.

—No. Jelerak lo derrotó, pero no tuvo fuerza suficiente para destruirlo. Por eso lo aprisionó bajo la caída Torre de Hielo, donde planeaba volver cuando recuperara su fuerza para acabar la tarea.

—Eso no me parece muy prometedor.

—Pasará tiempo antes de que pueda hacerlo.

—¿Por qué?

—El conflicto de ambos atrajo la atención de los demás grandes magos del mundo. Durante siglos habían buscado un arma contra Jelerak. Cuando él partió sin lograr destruir a su enemigo, combinaron sus fuerzas para tender una barrera mágica alrededor de la destrozada torre, una barrera que ni siquiera Jelerak puede atravesar. Ahora esos magos disponen de la seguridad que deseaban. Si él los importuna demasiado, amenazarán con levantar la barrera para liberar a Ridley.

—¿Y Ridley destruirá a Jelerak la próxima vez?

—No lo sé. Pero él tendría más posibilidades que los demás.

—¿Podría yo liberar a Ridley sin ayuda?

—Lo dudo.

—¿Podríais vos?

—Temo que debo irme ahora. Lo siento.

El anciano señaló hacia el este, donde el sol inicia su ascenso. Dilvish miró en la misma dirección; el astro separaba las nubes como si fueran cortinas escarlatas. 

Cuando desvió la mirada, el anciano estaba ya muy arriba, y trepaba con asombrosa velocidad y agilidad por la chispeante superficie de nieve. Mientras Dilvish lo contemplaba, rodeó un saliente rocoso y lo perdió de vista.

—¡Esperad! —gritó—. ¡Tengo más cosas que preguntar!

Haciendo caso omiso de sus diversos dolores, Dilvish inició el ascenso, siguiendo el rastro del anciano. Al poco tiempo, notó que las irregulares pisadas iban separándose cada vez más, aunque de forma paradójica iban haciéndose menos profundas. Y al rodear el saliente, Dilvish solo encontró una huella, muy tenue.

La tarde siguiente salieron de las montañas. Dilvish no habló de Ridley con Reena.

En el elevado paraje, cuando la luna está llena, los fuegos mágicos se alzan y el espíritu de Oele danza ante el destrozado altar, aunque ningún diablo se presenta. Pero a veces hay la forma de otro que observa en las sombras. Cuando la última piedra caiga, él llevará al mar a ese espíritu.

Navidad en Ganímedes - Isaac Asimov

 

Olaf Johnson canturreaba entre dientes mientras sus ojos azules observaban soñadores el impresionante abeto situado en un rincón de la biblioteca. Aunque ésta era la estancia más amplia de la Base, a Olaf no le parecía demasiado espaciosa en aquella ocasión. Se inclinó con entusiasmo sobre la enorme canasta que tenía a su lado y extrajo el primer rollo de papel verde y rojo.

No se detuvo a reflexionar sobre el repentino impulso sentimental que se había apoderado de la Productos Ganimedinos, S. A., para enviar a la Base una colección completa de adornos navideños. Olaf se hallaba bien preparado para desempeñar el trabajo que se había impuesto como decorador en jefe de los temas navideños; este cargo le colmaba de satisfacción.

De repente frunció el entrecejo y masculló una maldición. La lámpara que convocaba Asamblea General empezó a lanzar destellos histéricamente. Con expresión contrariada dejó a un lado el martillo, que ya había levantado, así como el rollo de papel; se arrancó unas cuantas lentejuelas del cabello y se dirigió al departamento de los oficiales.

El comandante Scott Pelham estaba arrellanado en el sillón presidencial cuando entró Olaf. Sus dedos rechonchos tamborileaban sin ritmo sobre el cristal que cubría la parte superior de la mesa. Olaf sostuvo sin temor la mirada colérica del comandante, ya que en su departamento no había ocurrido ninguna anomalía en veinte circunvoluciones ganimedinas.

Un grupo de hombres llenó con presteza el aposento y la mirada de Pelham se endureció mientras los contaba uno a uno inquisitivamente.

–Ya estamos todos aquí –exclamó–. ¡Muchachos! Nos enfrentamos con una crisis.

Se percibió un vago movimiento. Los ojos de Olaf miraron al techo y se sintió aliviado. Por término medio, en cada circunvolución completa se originaba una crisis en la Base. Generalmente surgía al producirse un alza repentina en el cupo de oxita, o bien cuando era inferior la calidad del último lote de hojas de karen. Sin embargo, las palabras siguientes le dejaron sin aliento.

–En relación con la crisis tengo que hacer una pregunta.

La voz de Pelham tenia un profundo timbre de barítono, salpicado de estridencias, cuando estaba colérico.

–¿Qué cochino y estúpido perturbador ha contado historias de hadas a esos revoltosos astruces?

Olaf carraspeó nervioso, con lo que se convirtió en el centro de la atención general. Le oscilaba la nuez presa de repentina alarma, se le arrugó la frente como cartón mojado; temblaba.

–Yo... yo... –tartamudeó; hubo un momentáneo silencio, sus largos dedos hacían desatinados ademanes suplicantes–. Sí... quiero decir que estuve allí después que las últimas entregas de hojas de karen... ya que los astruces se movían con lentitud y...

La voz de Pelham adquirió un tono de falsa dulzura. Sonrió.

–¿Les habló a los nativos de Santa Claus, Olaf?

La sonrisa parecía insólita al igual que la mirada lobuna que lanzaba de reojo y Olaf quedó anonadado. Asintió convulsivamente.

–Oh, ¿si? ¿Habló con ellos? Vaya, vaya, les habló de San Nicolás. Viene en un trineo volando por los aires con un tiro de ocho renos, ¿eh?

–Sí, en efecto. ¿No es verdad? –inquirió inadecuadamente Olaf.

–Y dibujó los renos para demostrar que no se trataba de un error. Y que él tiene una gran barba blanca y sus ropas son encarnadas con cenefas albinas.

–Si, señor, tiene razón –contestó Olaf estupefacto.

–Y lleva un gran saco atestado de regalos para los niños buenos, los deja caer por la chimenea y los pone dentro de los calcetines y medias.

–Exacto.

–También les dijo que está a punto de llegar. Una circunvalación más y vendrá a visitarnos.

Olaf sonrió débilmente.

–Si, mi comandante. Quería decírselo; estoy montando el árbol y...

–¡Cállese! –el comandante respiraba agitado y sibilante–, ¿sabe lo que se han imaginado esos astruces?

–No, mi comandante.

Pelham inclinó el torso sobre la mesa en dirección a Olaf y gritó:

–Quieren que Santa Claus los visite.

Se oyeron algunas risas que al punto se convirtieron en toses ahogadas ante la encolerizada mirada del comandante.

–Y si Santa Claus no los visita dejarán de trabajar –repitió–. Se producirá una huelga.

Después de estas palabras ya no se oyeron risas, ni toses contenidas, ni nada por el estilo. Si había cruzado otro pensamiento por las mentes del grupo, éste no llegó a manifestarse. Olaf expresó la idea que estaba en el ánimo de todos:

–¿Y cómo va la cuota?

–¿Que cómo va la cuota? –gruñó Pelham–. ¿Tengo que dibujarles un gráfico? Productos ganimedinos tiene que obtener cien toneladas de wolframita, ochenta toneladas de hojas de karen y cincuenta toneladas de oxita por año, o de lo contrario perderá la concesión. Supongo que ninguno de ustedes lo ignora. Se da la circunstancia que al año terminará dentro de dos circunvoluciones ganimedinas y la producción sufre un déficit del cinco por ciento con arreglo al plan establecido.

Se produjo un silencio sepulcral. Pelham prosiguió:

–Y los nativos no trabajarán si no viene Santa Claus. No habrá trabajo, ni cuota, ni concesión, ni empleos. Cuando la Compañía pierda sus derechos, perderemos los empleos mejor pagados de la organización. Adiós, muchachos... buena suerte... a menos...

Hizo una pausa y mirando fijamente a Olaf añadió:

–A menos que antes de terminar la próxima circunvolución tengamos un trineo volador, ocho renos y un Santa Claus y por las manchas cósmicas de los anillos de Saturno, lo conseguiremos; especialmente un Santa Claus.

Diez rostros palidecieron mortalmente.

–¿Tiene algún plan, mi comandante? –graznó alguien con voz trémula.

–Sí, desde luego que lo tengo –estiró las piernas y se recostó en el sillón.

Un repentino sudor frío se apoderó de Olaf Johnson al notar, cual dedo acusador, las miradas fijas de todos los presentes.

–Cuanto lo siento, mi comandante –murmuró con voz ahogada.

Pero el dedo acusador permanecía inmóvil.

Pelham penetró con paso firme en la antesala. Se despojó de la careta de oxígeno y de los fríos cilindros conectados a ella. Arrojó a un lado, una tras otra, gruesas prendas de lana y, al fin, con un suspiro de preocupación, se quitó a tirones un par de botas espaciales que le llegaban hasta las rodillas.

Sim Pierce interrumpió el cuidadoso examen de la última partida de hojas de karen y lanzó desde detrás de sus lentes una mirada esperanzadora.

–¿Qué hay? –preguntó.

Pelham se encogió de hombros.

–Les prometí la visita de Santa Claus. ¿Qué podía hacer? También les he doblado la ración de azúcar y de momento están trabajando.

Pierce agitó una enorme hoja de karen con cierto énfasis, mientras decía:

–¿Quiere decir hasta el día en que deba aparecer el prometido San Nicolás? En mi vida he oído cosa más tonta. No se podrá llevar a cabo. No habrá Santa Claus.

–Diga eso a los astruces –Pelham se hundió en una butaca y sus rasgos adquirieron una expresión pétrea–. ¿Qué hace Benson?

–¿Cree que podrá equipar ese dichoso trineo? –Pierce examinó una hoja al trasluz con aire crítico–. Mi opinión es que está chiflado. El viejo aguilucho ha descendido al sótano esta mañana y desde entonces está allí. Lo único que sé es que ha desmontado el disociador eléctrico. Si sucede algo anormal, nos quedaremos sin oxígeno.

–Bien –Pelham se incorporó con dificultad–. Por mi parte ojalá nos asfixiemos. Seria la manera más fácil de salir de este atolladero. Me voy abajo.

Salió presuroso y cerró la puerta de golpe.

En el sótano miró a su alrededor aturdido. Diseminadas por todos los sitios brillaban numerosas piezas de acero cromado. Pasó un buen rato tratando de reconocer las partes que el día anterior constituían una compacta maquinaria, un electro-disociador perfectamente montado. En el centro, en contraste anacrónico, había un polvoriento trineo de madera, con las palas encarnadas y deslucidas; Se oían martillazos procedentes de su interior.

–¡Eh, Benson! –gritó Pelham.

Un rostro tiznado y sudoroso se asomó bajo el trineo y un chorro de tabaco salió disparado hacia la inseparable escupidera del ingeniero.

–¿Cómo grita de esta manera? –se quejó Benson–. Estoy haciendo un trabajo delicado.

–¿Qué diablos es éste fantástico artificio?

–Un trineo volante. Una idea mía –el fuego del entusiasmo brilló en los húmedos ojos de Benson y mientras hablaba le surgía por la comisura de los labios la espuma del tabaco–. El trineo lo trajeron aquí en los viejos tiempos, cuando se creía que Ganímedes estaba cubierto de nieve como otros satélites de Júpiter. Todo cuánto tengo que hacer es adaptar en el fondo unos cuantos gravo-repulsores del disociador, con lo cual el trineo se hará antigravitatorio al conectar la corriente. Los compresores harán el resto.

El comandante se mordió el labio inferior dubitativo.

–¿Y funcionará?

–Por supuesto. Mucha gente ha pensado aplicar los repulsores a los viajes aéreos, pero resultan ineficaces en los campos de gran gravitación. En Ganímedes, con un tercio de gravitación y una presión atmosférica muy leve, un chiquillo podría manejarlo, incluso Johnson, aunque no lamentaría si cayera y se rompiera su maldito cuello.

–Muy bien, mire. Tenemos grandes cantidades de esa madera purpúrea aborigen. Póngase en contacto con Fim y dígale que coloque el trineo en una plataforma construida con este material. Tiene que medir unos seis metros de largo con una baranda alrededor de la parte que sobresalga.

Benson escupió y frunció el ceño bajo los espesos cabellos que le llegaban hasta los ojos.

–¿Cuál es su idea, comandante? –inquirió.

Inmediatamente se dejaron oír las risotadas de Pelham como ásperos ladridos.

–Esos astruces esperan ver los renos y los verán. Estos animales tendrán que ir montados en algo, ¿no es eso?

–Cierto... pero en Ganímedes no hay renos.

El comandante Pelham, que ya se marchaba, se detuvo un momento. Contrajo los párpados con desagrado como hacía siempre que pensaba en Olaf Johnson.

–Olaf ha salido a cazar ocho zambúes. Tienen cuatro patas, cabeza en un extremo y cola en el otro. Esto es suficiente para los astruces.

El viejo ingeniero rumió este informe y rió entre dientes de mala gana.

–Bien, me agrada la tonta distracción de su trabajo.

–A mí también –gritó Pelham.

Se alejó majestuosamente mientras Benson, mirándolo de reojo, desaparecía bajo el trineo.

La descripción que había hecho el comandante de un zambú era concisa y exacta, pero omitió detalles interesantes. Por una parte, el zambú tiene una cola larga, un hocico flexible, dos orejas que ondean elegantemente de atrás hacia adelante. Tiene dos ojos purpúreos y emotivos. 

Los machos están dotados de espinas de color carmesí, plegables a voluntad, que se extienden a lo largo de la columna vertebral y al parecer este ornamento es muy apreciado por las hembras de esta especie. Todo esto, combinado con una cola cubierta de escamas y un cerebro nada mediocre tendrán ustedes un zambú, o al menos lo tienen si logran capturarlo.

Precisamente, éste era el pensamiento que se le ocurrió a Olaf Johnson, al descender con cautela por una eminencia rocosa aproximándose a un rebaño de veinticinco zambúes que pastaban entre los desperdigados matorrales de una zona arenosa. Los ejemplares más próximos observaban cómo se acercaba Olaf, quien ofrecía un grotesco aspecto enfundado en pieles y con la careta de oxígeno conectada a la nariz. Como sea que los zambúes carecen de enemigos naturales se contentaban con mirar aquella extraña figura con ojos lánguidos y reprobatorios y volvieron a ronzar su provechosa pitanza.

Las nociones de Olaf respecto a la caza mayor eran incompletas. Rebuscó en los bolsillos un terrón de azúcar y cortándolo exclamó:

–Pss... Pss... michito... pss... pss... michito...

Las orejas del zambú más próximo se crisparon con desagrado. Olaf se acercó más con el terrón de azúcar en alto:

–Ven aquí, currito, ven aquí...

El zambú vio la golosina y puso los ojos en blanco.

Movió el hocico arrojando el último bocado de vegetación y avanzó olfateando con el cuello estirado. Después golpeó la palma extendida con un rápido y experto movimiento, llevándose el terrón a la boca. La otra mano de Olaf bajó rápida, pero se encontró con el vacío.

Con expresión desengañada sacó otra pieza del bolsillo:

–Ven aquí, príncipe. Acércate, Fido...

El zambú emitió un gruñido tremolante en las profundidades de su garganta. Era una manifestación placentera. Evidentemente aquel extraño monstruo que tenía ante él, después de haberse vuelto loco, se proponía alimentarlo para siempre con aquellos bocados concentrados y suculentos. Se lo arrebató de nuevo y retrocedió con la misma rapidez que la vez anterior. Pero en esta ocasión Olaf lo sujetaba con firmeza, pero el zambú también le había cazado medio dedo.

El alarido que dio Olaf denotaba que éste carecía en cierto modo de la impasibilidad necesaria requerida en tales circunstancias. Sin embargo, un mordisco que hace daño a través de espesos guantes, por supuesto, no deja de ser un mordisco.

Se abalanzó osadamente sobre el animal. Había ciertas cosas que alteraban la sangre de Johnson y el antiguo espíritu de los vikingos resurgía en él. Precisamente una de estas cosas era el que alguien o algo le mordiera un dedo, y mucho más si este alguien o algo era un ser extraterrestre.

Los ojos del zambú observaban indecisos mientras retrocedía. Ya no le ofrecían más terrones blancos y no sabía con seguridad lo que sucedería a continuación. La incertidumbre se desvaneció con rapidez inesperada cuando dos manos enguantadas se apoderaron de sus orejas y empezaron a zarandearlas. Lanzó un agudo gañido y arremetió brioso.

Los zambúes están dotados de cierta dignidad. Les desagrada que les tiren de las orejas, particularmente cuando otros zambúes, incluyendo algunas hembras, forman un corro y miran expectantes.

El terrícola cayó de espaldas y durante un rato estuvo en esta posición. Mientras tanto el zambú se alejó unos cuantos pasos y caballerosamente permitió que Johnson se pusiera en pie.

La vieja sangre delos vikingos alcanzó un grado más alto de efervescencia en Olaf. Se restregó la parte dolorida y saltó, olvidándose de las leyes de gravitación ganimedinas. Se desplazó por el aire a un metro de altura sobre la espalda del zambú.

Asomó el miedo en los ojos del animal al observar a Olaf. El salto había sido imponente, pero al mismo tiempo también se notaba en sus órganos visuales cierta confusión. Parecía que aquella maniobra carecía de propósito.

Olaf volvió a caer de espaldas sobre los cilindros al igual que la vez anterior. Empezaba a sentirse desconcertado. Los sonidos que emitían los espectadores denotaban palpablemente su condición de risitas burlonas.

–Risitas, ¿eh? –masculló amargado–; todavía no ha empezado la lucha.

Se acercó al animal lenta y cautelosamente. Dio un rodeo, examinando el punto más conveniente para lanzar el ataque. El zambú hizo lo mismo. Olaf simuló un falso ataque. Su oponente se agachó. A continuación, este último se volvió de espaldas y Olaf se agachó a su vez.

El seco y agresivo ronquido que salía de la garganta del zambú no parecía estar en consonancia con el espíritu fraternal que generalmente reina durante la época navideña y esta actitud irreverente le recordaba a Olaf algo así como un sacrilegio.

De pronto se oyó un silbido. Olaf sintió un repentino calor en la cabeza detrás de las oreja izquierda. Esta vez dio una vuelta en el aire y cayó de nuca. Los asistentes al espectáculo prorrumpieron en un clamor que parecía un relincho de satisfacción y el zambú movió la cola triunfalmente.

Olaf se sobrepuso a la impresión de estar flotando en un espacio infinito tachonado de estrellas y se incorporó vacilante.

–¡Protesto! –exclamó–. El ataque con la cola es juego sucio.

Saltó hacia atrás esquivando otro coletazo y acto seguido se lanzó hacia la parte inferior del animal y, atrapándole las patas, con fuerza, le obligó a dar con el espinazo en el suelo. El zambú lanzó un gañido de indignación.

Ahora la lucha había entrado en una fase en la que los músculos terrícolas y ganimedianos jugaban un papel decisivo. Olaf se manifestó como un hombre de fuerza bruta. Luchó con denuedo y por último se lo cargó a la espalda y el animal se sintió zarandeado e impotente.

Respondió vociferante y trató de demostrar sus objeciones con un coletazo bien administrado. Pero estaba situado con desventaja y la cola pasó silbando inofensiva sobre la cabeza de Olaf.

Los otros zambúes dejaron paso libre al vencedor con triste expresión en sus semblantes. Evidentemente eran muy buenos amigos del animal capturado y les era desagradable en extremo que hubiera perdido el combate. Volvieron a su quehacer gastronómico con resignación filosófica, completamente convencidos que todo era obra del destino.

Al otro lado de la prominencia rocosa, Olaf Había habilitado una cueva. Se desarrolló una breve y confusa lucha antes que Olaf lograra hacer entrar en razón al zambú. Una cuerda anudada concienzudamente fue el auxiliar más eficaz para mantenerlo quieto.

Pocas horas después cuando ya tenía en su poder los ocho zambúes, poseía una técnica depurada que sólo se adquiere tras larga experiencia. Podía haber dado a los cow-boys valiosos consejos sobre la forma de derribar cuadrúpedos recalcitrantes. También podía haber dado unas cuantas lecciones a los estibadores terrícolas, sobre maldiciones y juramentos simples y compuestos.

Era el día de Nochebuena y en la Base ganimedina reinaba un ruido ensordecedor y un confuso acaloramiento, como si se hubiera puesto en marcha un nuevo ingenio para registrar toda clase de sonidos. Alrededor del viejo trineo situado sobre una enorme plataforma de madera purpúrea, cinco terrícolas libraban una verdadera batalla con un zambú.

El zambú posee opiniones concretas en relación con muchas cosas y uno de sus más tenaces principios es que no va adonde no quiere ir. Esto lo demostraba palpablemente sacudiendo la cabeza, la cola, las cuatro patas, las tres espinas, en todas las direcciones y con todas sus fuerzas.

Pero los terrícolas insistieron y no con gran delicadeza. A pesar de sus angustiosos alaridos el animal, fue elevado hasta la plataforma, colocado en el lugar correspondiente y enjaezado sin remedio ni esperanza.

–Muy bien –gritó Peter Benson–. Traigan la botella.

Sujetando el hocico con una mano, Benson agitó la botella con la otra. El zambú temblaba de ansiedad y emitió temblorosos gañidos. Benson introdujo el líquido en la garganta del animal. Se oyó un gorgoteo y después un gruñido comprensivo. El animal estiró el cuello en demanda de otro trago.

–Nuestro mejor coñac –suspiró Benson.

Hubiera terminado la botella, pero la dejó cuando estaba por la mitad. Los ojos del zambú giraron rápidamente en sus cuencas; parecía como si intentara bromear. Sin embargo, esta actitud no duró mucho tiempo, pues el metabolismo ganimedino queda afectado por el alcohol casi de inmediato. Los músculos se le contrajeron con la rigidez propia de la borrachera e hipando sonoramente se desplomó.

–Traer al siguiente –exclamó Benson.

Al cabo de una hora los ocho zambúes no eran más que estatuas catalépticas. Les ligaron a sus cabezas palas en horquilla a guisa de astas.. Producían un efecto tosco e inexacto, pero apto para el fin deseado.

En el preciso momento en que Benson abría la boca para preguntar dónde estaba Olaf Johnson, el benemérito personaje apareció entre los brazos de tres camaradas y fue conducido a la plataforma tan envarado como cualquier zambú después de la lucha. No obstante, articuló sus objeciones con la mayor claridad.

–Yo no voy a ninguna parte con este atuendo. ¿Me oye...?

En realidad había motivos para quejarse. Olaf nunca había sido atractivo, ni en sus mejores momentos, pero su condición actual era una mezcolanza entre una pesadilla de zambúes y una concepción patriarcal de Picasso.

Llevaba los atavíos tradicionales de Santa Claus. Estos eran encarnados, tanto como podía permitir el papel de seda cosido a su capa espacial. El “armiño” era tan blanco como el algodón en rama; precisamente esto es lo que era. Su barba ondeaba libremente, hecha de más algodón en rama, enganchada a un lienzo que le llegaba de oreja a oreja.

Con tales aditamentos debajo y la nariz de oxígeno encima hasta la persona de ánimo más templado hubiera rehuido su mirada.

A Olaf no le habían mostrado un espejo para mirarse, pero lo que podía ver de él mismo y lo que su instinto le decía, le postraba en tal estado que la caída de un rayo fulminante la hubiera saludado con alivio.

Entre gritos y espasmos fue izado al trineo. Intervinieron otros, ayudando vigorosamente hasta que de Olaf, no quedó más que una masa retorcida de la que salían voces ahogadas.

–Dejadme –mascullaba–, dejadme –y atacaba uno a uno.

Hizo un pequeño amago para demostrar su osadía, pero cayeron sobre él numerosas manos que lo atenazaron, impidiéndole mover un dedo.

–¡Entre! –ordenó Benson.

–¡Váyase al infierno! –rugió Olaf entrecortadamente–. No quiero entrar en un artefacto patentado para un suicidio inmediato. Se puede llevar a su sanguinario trineo volante y...

–¡Oiga! –interrumpió Benson–. El comandante Pelham le está esperando al otro lado. Lo despellejará vivo si no está allí dentro de media hora.

–El comandante Pelham puede entrar en el trineo a mi lado y...

–Piense en su empleo. Piense en sus ciento cincuenta dólares semanales. Piense en Hilda allá en la Tierra que no se casará con usted si pierde el empleo.. Piense en todo eso.

Johnson pensó en aquello confusamente; pensó alguna cosa más y penetró en el trineo. Aseguró el saco con correas y puso en marcha el gravo-repulsor. Abrió el propulsor a chorro lanzando una horrible maldición.

El trineo arrancó impetuoso y Olaf no salió despedido hacia atrás por encima del artilugio, por verdadero milagro.

Se aferró a los pasadores y observó cómo las colinas circundantes subían y bajaban según los picados y rizos del inseguro trineo.

Sopló el viento y las ondulaciones se hicieron más sensibles. Cuando Júpiter apareció, su luz amarillenta iluminó todos los picos y abismos del accidentado terreno hacia cada uno de los cuales parecía dirigirse el trineo y cuando el gigantesco planeta se había alejado por completo de la línea del horizonte, la maldición de la bebida, que sale de los organismos ganimedinos, con la misma rapidez que entra, comenzó a alejarse de los zambúes.

El zambú zaguero fue el primero en despertar; se relamió la cavidad bucal, dio un respingo y desvaneció el maléfico influjo del alcohol. Después de haber tomado esta decisión, examinó lánguidamente lo que tenía a su alrededor. No le causó una impresión inmediata, Gradualmente se fue dando cuenta del hecho incontrastable de que el suelo que pisaba, cualquIera que fuere, no era el terreno firme de Ganímedes, Se inclinaba, se movía, lo cual era muy extraño.

Aunque hubiera atribuido este balanceo a su reciente orgía, no por ello dejó de mirar por debajo del barandal al cual estaba amarrado. Los zambúes jamás han muerto de ataque cardíaco, según consta en los registros sanitarios, pero éste, cuando miró abajo de sus patas estuvo a punto de romper la tradición.

El angustioso chillido de horror y desesperación que lanzó, hizo recobrar el conocimiento a los demás, cuyas cabezas, aunque doloridas, habían recobrado la conciencia.

Durante un buen rato se desarrolló una torpe, cacareante y confusa conversación, ya que los animales trataban de echar fuera de la cabeza el dolor e introducir en ella los hechos. Lograron conseguir ambos propósitos y organizaron una estampida. No era propiamente una estampida, puesto que estaban estrechamente atados. Pero si exceptuamos el detalle de su situación forzada, hicieron todos los movimientos del galope tendido. Y el trineo se volvió loco.

Olaf se cogió la barba un segundo antes de dejarla ondear libremente.

–¡Eh! –gritó,

Era tanto como sisear a un huracán.

El trineo pataleaba, saltaba y bailaba un tango histérico. Era presa de repentinos arrebatos y parecía dispuesto a estrellar su cerebro de madera contra la corteza de Ganímedes. Entretanto Olaf, a la vez que renegaba, juraba y lloraba, accionaba los propulsores a chorro.

Ganímedes daba vueltas y Júpiter se mostraba como una mancha borrosa. Quizá la bailotearte panorámica de Júpiter fue lo que indujo a los zambúes a comportarse con más formalidad. Parecía que ya les había pasado el malestar de la borrachera. Sea como fuere, cesaron de moverse, se dirigieron los unos a los otros sublimes discursos de despedida, confesaron sus pecados y esperaron la muerte.

El trineo se estabilizó y Olaf recobró el aliento que volvió a perder de nuevo ante un curioso espectáculo: hacia arriba veía las colinas y el sólido terreno ganimedino y por debajo el obscuro cielo y la abultada figura de Júpiter.

Al ver todo esto, él también hizo las paces con la eternidad y esperó el fin.

Unos cincuenta astruces se habían agrupado en una construcción de poca altura hecha de madera purpúrea, que llamaban salón de reunión. En un sucio Banco de honor de esta estancia fétida y obscurecida por el humo de las antorchas, estaban sentados el comandante Pelham y cinco de sus hombres. Ante ellos se pavoneaba el astrúz más desaliñado de todos inflando su enorme tórax con rítmicos y explosivos sonidos. Se detuvo un momento y señaló hacia una abertura en el techo.

–Mira –graznó–. Chimenea. Nosotros hacer, entrar Sannicaus.

Pelham asintió con un gruñido. El astrúz cloqueó placentero. Señaló los pequeños sacos de hierba tejida que colgaban de las paredes:

–Mirar, calcetines, medias, Sannicaus poner regalos.

–Sí –admitió Pelham sin entusiasmo– chimenea y calcetines. Muy bonito.

Torció la boca en dirección a Sim Pierce, que estaba sentado a su lado y murmuró entre dientes:

–Si estoy media hora más en esta escombrería, me moriré. ¿Cuando llegará ese tonto?

Pierce se movió incómodamente.

–Escuche, he realizado algunos cálculos. Estamos a salvo en todo menos en las hojas de karen, en las que aún llevamos cuatro toneladas de déficit. Si logramos resolver este estúpido asunto dentro de una hora, podremos empezar un nuevo período y hacer que los astruces trabajen el doble –se echó hacia atrás y continuó–. Sí, creo que lo podremos conseguir.

–Poco más o menos –replicó Pelham sombríamente–. Y eso si llega Johnson y no nos pone en otro aprieto.

El astrúz hablaba de nuevo, pues a sus congéneres les agrada charlar:

–Todos los años Kissmess –no sabía pronunciar Christmas–, Kissmess bonito, todo el Mundo amigos. Astruz querer Kissmess. Vosotros gustar Kissmess.

–Sí, es muy bonito –refunfuñó Pelham cortésmente–. Paz en Ganímedes y buena voluntad para los hombres, especialmente para aquéllos como Johnson. ¿Dónde diablos está ese idiota?

Cogió otro berrinche mientras el astrúz saltaba unas cuantas veces de arriba a abajo de manera calculada, evidentemente para ejercitarse. Continuó saltando variando el ritmo con aburridos pasos de baile. 

Los puños de Pelham se crispaban de una manera extraña. Unos excitados graznidos que provenían de un agujero en la pared, dignificado con el nombre de ventana, contuvieron a Pelham de hacer una matanza de nativos.

Los astruces se agruparon en enjambres y los terrícolas lucharon por hallar un punto dominante.

Al fondo de la gran bola amarillenta de Júpiter, rugió un trineo volante tirado por ocho renos. Era muy pequeñito, pero no cabía duda; era Santa Claus que llegaba.

Al parecer algo funcionaba mal. El trineo, los renos y todo el conjunto, descendían a una velocidad terrible, pero volaban invertidos.

Los astruces se dispersaron en medio de una cacofonía de granizados.

–¡Sannicaus! ¡Sannicaus! ¡Sannicaus!

Salieron trepando por las ventanas como una fila de estropajos locos en movimiento.. Pelham y sus hombres alcanzaron el exterior por una puerta de poca altura.

El trineo se aproximaba, se hacía más grande, daba bandazos de un lado a otro y vibraba como una rueda descentrada en vuelo. Olaf Johnson era una pequeña figura que se asía perfectamente al trineo con ambas manos.

Pelham gritaba desaforadamente, incoherente y se atragantaba cada vez que se le olvidaba respirar a través de la careta nasal en la fina atmósfera ganimedina.

De pronto se detuvo y miró fijamente con horror. El trineo seguía descendiendo veloz y ya casi se veía de tamaño natural. Si hubiera sido una flecha disparada por Guillermo Tell, no hubiera apuntado, entre ceja y ceja de Pelham, con más precisión.

–Todo el Mundo a tierra –chilló mientras se dejaba caer.

La ráfaga de viento que dejó el trineo al pasar de largo restalló penetrante contra su rostro. La voz de Olaf se oyó durante un instante chillona y confusa. Los compresores de aire dejaron una estela de vapor. Pelham temblaba en el helado suelo de Ganímedes.

Poco después se levantó lentamente, sacudiendo las rodillas como una hula hawaina. Los astruces que se habían dispersado, antes de que se les echara encima el vehículo aéreo, se agruparon de nuevo. 

A lo lejos el trineo giraba dando media vuelta. Pelham seguía los revoloteos y bandazos del artefacto desde que empezó a cambiar de dirección. Cabeceó e inclinándose a un lado, enfiló hacia la base y ganó velocidad.

En el interior del trineo Olaf trabajaba como un demonio. Con las piernas ampliamente abiertas balanceaba con desesperación el peso de su cuerpo. Sudaba y maldecía mientras intentaba con todas sus fuerzas evitar la panorámica de Júpiter “hacia abajo”, y esto producía en el trineo oscilaciones más y más violentas.

Los bamboleos alcanzaban ahora un ángulo de 180”, y Olaf sintió que su estómago le presentaba enérgicas reclamaciones.

Conteniendo el aliento apoyó todo el peso de su cuerpo sobre el pie derecho y el trineo se balanceó con más amplitud que nunca. En el punto más pronunciado de este vaivén desconectó el gravo-repulsor y la débil fuerza gravitatoria de Ganímedes Sacudió el trineo obligándole a descender. Como es natural, al ser el vehículo más pesado por el fondo, debido a la masa metálica del gravo-propulsor, adquirió la posición normal en tanto descendía.

Pero esto le causó muy poco alivio al comandante Pelham ya que, una vez más, el trineo apuntaba directamente hacia su persona.

–Cuerpo a tierra –vociferó, y de nuevo se lanzó al suelo.

El trineo silbó sobre su cabeza, crujió al tropezar contra una peña, hizo un salto dé cinco metros y se paró en seco con un chasquido. Olaf salió despedido por la baranda.

Había llegado Santa Claus.

Con un profundo y tembloroso suspiro, Olaf se ajustó el saco sobre la espalda, se recompuso la barba y acarició la cabeza a uno de los sufridos y silenciosos zambúes. Podía haber sobrevenido la muerte; en verdad, Olaf no la había afrontado con serenidad, pero ahora estaba dispuesto a morir, pisando tierra firme, con nobleza, como un Johnson.

Dentro de la cabaña en la que los astruces se habían aglomerado, una vez más, un golpe en el tejado anunció la llegada del saco de los regalos de Santa Claus y un segundo batacazo la llegada del santo. Una figura espantosa apareció a través del agujero provisional.

–¡Felices Navidades! –farfulló, dejándose caer por el orificio.

Olaf fue a parar encima de los cilindros de oxígeno, como de costumbre y después los colocó en el sitio habitual.

Los astruces saltaban de arriba a abajo como pelotas de goma.

Olaf se dirigió cojeando ostensiblemente al primer calcetín y depositó una pequeña esfera deslumbrante y policromada que extrajo del saco, una de las muchas bolas que originalmente habían sido proyectadas para adornar los árboles navideños. Una a una las fue dejando en todos los saquitos disponibles.

Después de haber realizado su tarea, se sentó en cuclillas completamente agotado y siguió las sucesivas escenas con ojos vidriosos e inseguros. La jovialidad y las carcajadas de buen humor, tradición característica de la festividad de Santa Claus, estuvieron completamente ausentes en esta ocasión.

Pero la ausencia de alegría la compensaron los astruces con su extraño embelesamiento. Hasta que Olaf, entregó la última bola guardaron silencio y permanecieron sentados. Pero cuando se acabó el reparto, el aire se enrareció bajo la tensión de estridencias discordantes. En menos de un segundo la mano de cada astrúz contenía una bola.

Charlaban entre ellos violentamente y asían las bolas con cuidado, protegiéndolas con el pecho. Después las comparaban unas con otras y formaban grupos para contemplar las más llamativas.

El astrúz más desaseado se acercó a Pelharn y lo cogió por las solapas.

–Sannícaus, bueno –cacareó–. Mira, dejar huevos. Observó reverentemente su esfera y agregó:

–Ser más bonitos que huevos astruces. Ser huevos Sannícaus, ¿eh?

Con su dedo pellejudo pinchó el estómago de Pelham.

–¡No! –aulló Pelham impetuosamente–. ¡Infiernos, no...!

Pero el astrúz no le escuchaba. Ocultó la bola en las profundidades de su plumaje y continuó:

–Colores bonitos. ¿Cuánto tiempo tardar salir pequeños Sannícaus? ¿Qué comer pequeños Sannícaus?... Nosotros enseñar ser vivos inteligentes, como astruces.

Pierce agarró el brazo del comandante Pelham.

–No discuta con ellos –susurró frenético–. ¿Qué importa si ellos creen que esas bolas son huevos de Santa Claus? ¡Mire! Si trabajamos como locos, podremos alcanzar la cuota. Que empiecen a trabajar.

–Lleva razón –admitió Pelham.

Se dirigió al astrúz:

–Dígales a todos que se preparen.

Hablaba con claridad y en voz alta.

–Ahora a trabajar, ¿me comprenden? ¡Venga!, de prisa, de prisa...

Hacía ademanes con los brazos. El desastrado astrúz se detuvo de repente y dijo con calma:

–Nosotros trabajar, pero Johnson decir Kissmess y venir todos los años.

–¿No tenéis bastante con un Christmas? –masculló Pelham.

–¡No! –graznó el astrúz–, nosotros querer Sannicaus año próximo. Traer más huevos. Más otro año. Y otro, y otro, más huevos. Más pequeños Sannicaus. Si Sannicaus no venir, nosotros no trabajar.

–Hay mucho tiempo por delante. Ya hablaremos entonces. O nos volveremos todos locos o los astruces habrán olvidado la fiesta.

Pierce abrió la boca, la cerró, la volvió a abrir, la cerró de nuevo, la abrió otra vez y finalmente consiguió hablar:

–Comandante, quieren que venga todos los años.

–Yo lo sé, pero el año próximo no se acordarán.

–Pero, no comprende... Un año para ellos es una revolución completa alrededor de Júpiter. Esto significa una semana y tres horas del tiempo terrestre. ¡Quieren que Santa Claus venga todas las semanas!

–¡Todas las semanas! –rugió Pelham–. Johnson les dijo...

Durante unos instantes le pareció que todo eran chispas dando saltos mortales. Se quedó sin respiración y automáticamente sus ojos buscaron a Olaf.

Olaf se quedó frío hasta el tuétano. Se levantó sobrecogido y se deslizó hacia la puerta. Se detuvo cuando estaba en el umbral; de repente recordó la tradición.

Con la barba semidesprendida graznó:

–¡Felices Navidades y buenas noches a todos!

Corrió hacia el trineo como si todos los diablos le pisaran los talones. No eran los diablos, era el comandante Scott Pelham.

 

                                    FIN 

 

“Astruz” es un diminutivo de avestruz y a este animal se parecían los nativos de Ganímedes, si bien hay que considerar que tienen el cuello más corto la cabeza más grande y su plumaje parece que de un momento a otro vaya a desprenderse de raíz. Hay qué añadir a su retrato un par de brazos, flacos y huesudos, provistos de tres dedos rechonchos. Saben inglés, pero cuando uno los oye, preferiría que no lo hablaran.