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Amanecer - Robert Bloch

En el cielo silbaron las cabezas de torpedo cargadas con explosivos, y el fragor de su paso hizo temblar la montaña.

En las profundidades de su abovedado santuario, el hombre permanecía sentado, deifico e inescrutable, enterado de todo lo que estaba sucediendo. No tenía necesidad de salir desde su refugio para contemplar el cielo.

Sabía lo que estaba sucediendo: lo supo desde aquella noche en que el Sol parpadeó y se apagó. Un anunciante, embutido en la bata blanca símbolo de las artes curativas, estaba emitiendo un importante mensaje acerca del laxante más popular del mundo: el que la mayoría de la gente prefería, el que cuatro de cada cinco médicos usaban personalmente. En medio de su elogio de aquel nuevo y sorprendente descubrimiento, hizo una pausa para advertir al auditorio que se dispusiera a escuchar un boletín especial.

Pero el boletín no llegó; un momento después, la pantalla ennegreció y rugió el trueno.

Durante toda la noche, la montaña tembló, y el hombre sentado tembló también; no por miedo al futuro, sino por miedo al presente. Esperaba aquello, por ese motivo se encontraba allí. Otros hablaron del asunto durante años. Circularon rumores, advertencias solemnes y comentarios en las tabernas. Pero los que esparcían rumores, y los que hacían advertencias, y los que comentaban en los bares, no efectuaron movimiento alguno. Se quedaron en la ciudad y sólo él había huido.

Algunos de ellos lo sabían, se quedaron para aceptar el inevitable final del mejor modo posible, y él los admiraba por su valor. Otros trataron de ignorar el futuro, y él los detestaba por su ceguera. No obstante, a todos compadecía.

Había comprobado, hace mucho tiempo, que el valor no era suficiente, y que la ignorancia no representaba la salvación. Las palabras prudentes y las palabras estúpidas son idénticas en un sentido: no detienen la tormenta. Y cuando la tormenta se acerca, lo mejor es huir.

Él se había preparado aquel refugio montañoso, a mucha altura sobre la ciudad, y estaba a salvo, y estaría a salvo durante los años siguientes. Otros hombres de igual riqueza podían haber hecho lo mismo, pero fueron demasiado listos o demasiado estúpidos para enfrentarse con la realidad. De modo que mientras ellos esparcían sus rumores y pronunciaban sus advertencias y hacían sus comentarios, él se había construido su refugio; revestido de plomo, y aprovisionado de todo lo que podía necesitar durante muchos años, incluida una generosa provisión del laxante más popular del mundo.

Por fin llegó el alba y los ecos del trueno se apagaron, y el hombre se dirigió a un refugio especial, desde el cual podía enfocar su telescopio sobre la ciudad. Miró y remiró, pero allí no había nada que ver. Nada, excepto nubes en remolino que giraban cubriendo, con su negrura, el inflamado horizonte.

Se convenció que tendría que bajar a la ciudad si quería ver, y efectuó los adecuados preparativos.

En primer lugar, un traje especial fabricado a base de tela aislante y láminas de plomo, difícil y costoso de obtener. El traje era un alto secreto; del tipo que sólo poseían los generales del Pentágono. No podían procurárselos a sus esposas, y tenían que robarlos para sus amantes. Pero él tenía uno. Y se lo puso.

Una plataforma móvil le ayudó a descender hasta la base de la montaña, donde había un automóvil esperándole. Lo puso en marcha, las puertas se cerraron automáticamente detrás de él, y emprendió el camino hacia la ciudad. A través de la mirilla de su casco aislante contempló la niebla amarilla, y condujo lentamente, a pesar que no encontró ningún otro vehículo ni señales de vida.

Al cabo de un rato la niebla desapareció y pudo contemplar el paisaje rural. Arboles amarillos e hierba amarilla silueteándose contra un cielo amarillo en el cual grandes nubes negras giraban y giraban.

Un cuadro de Van Gogh, se dijo a sí mismo, sabiendo que era una mentira. Ya que ninguna mano de artista había destrozado los cristales de las granjas, arrancando la pintura de las paredes de los graneros ni estrujado el cálido aliento de los rebaños que pacían en los campos, dejándolos en pie, helados, muertos.

Condujo a lo largo de la ancha carretera que desembocaba en la ciudad; una carretera que habitualmente hervía de objetos multicolores, que eran vehículos a motor. Pero no había ningún automóvil en toda la longitud de la arteria.

No los vio hasta que se acercó a los suburbios. Al doblar una curva, estuvo a punto de chocar contra varios de ellos. Y le invadió el pánico y se detuvo.

La carretera, ante él, aparecía llena de automóviles hasta donde alcanzaba la vista: una masa sólida, guardabarros contra guardabarros, dispuesta a avanzar hacia él con chirriantes ruedas.

Pero las ruedas no giraban.

Los automóviles estaban muertos. Toda la carretera era un cementerio de automóviles. El hombre cruzó el lugar a pie, inclinándose reverentemente ante los cadáveres de los Cadillac, los cadáveres de los Chevrolet, los cadáveres de los Buicks. Delante de sus ojos tenía la evidencia de unas muertes violentas; los cristales destrozados, los guardabarros aplastados, retorcidos.

Las señales de la lucha eran lastimosas de ver; aquí había un diminuto Volkswagen, aplastado entre dos poderosos Lincolns; allí, un MG había muerto debajo de las ruedas de un impresionante camión. Pero ahora todo estaba inmóvil. Los Dodges, y los Hornets, y los Ramblers…

Resultaba duro para él comprobar la tragedia que sorprendió a las personas que iban en el interior de aquellos vehículos: también estaban muertas, desde luego, pero su fallecimiento no era tan impresionante. Tal vez su pensamiento había sido afectado por la actitud de la época, en la cual un hombre tendía a ser cada vez menos identificado como un individuo, y cada vez más considerado de acuerdo con la valoración simbólica del automóvil que conducía. 
 
Cuando un desconocido conducía por la calle, rara vez se pensaba en él como en una persona; la inmediata reacción era: «Ahí va un Ford… ahí va un Pontiac… ahí va un Jaguar descapotable». Y los hombres se jactaban de sus automóviles, en vez de hacerlo de sus cualidades personales. De modo que, en cierto sentido, la muerte de los automóviles era más importante que la muerte de sus propietarios. No parecía que los seres humanos hubieran muerto en un frenético esfuerzo por huir de la ciudad; eran los automóviles los que habían efectuado un esfuerzo final para escapar, y habían fracasado.

Continuó caminando por la carretera hasta que llegó a las primeras filas de los suburbios. Allí, las huellas de la destrucción eran más evidentes. Las explosiones habían hecho su efecto. En el campo, la pintura había sido arrancada de las paredes, pero en los suburbios las paredes habían sido arrancadas de los edificios. No todas las viviendas estaban derruidas. Había muchas casas en pie, pero en su interior no se apreciaba la menor señal de vida. Los aparatos de radio y televisión estaban muertos.

Vio entorpecido su avance por montones de escombros. Al parecer, una de aquellas explosiones había afectado a aquella zona de un modo directo; su camino estaba bloqueado por un montón de los heterogéneos restos de Exurbia.

Pasó por encima o dio un rodeo alrededor de Cajas de Kleenex, cabezas artificiales que habían colgado de los escaparates de las tiendas, artículos para automóviles, arrugadas listas de compra y garabateadas notas de citas con el psiquiatra.
 
Se detuvo ante unos Grandes Almacenes, y sus pies se enredaron con los camisones de nilón, cajas de supositorios desodorantes y un montón de discos de Harry Belafonte.

Le resultaba difícil de avanzar con normalidad, ya que las calles estaban llenas de vehículos destrozados y las aceras aparecían bloqueadas por los trozos o las fachadas enteras de los edificios. Estructuras enteras fueron arrancadas de cuajo, y, en algunas casas, quedó al descubierto el interior de las habitaciones. Aparentemente, la explosión se produjo de un modo repentino, sin previo aviso, ya que había pocos cadáveres en las calles y los que se encontraban en el interior de los inmuebles parecían haber encontrado la muerte mientras desempeñaban sus ocupaciones habituales.

Continuó caminando, y evitó deliberadamente mirar los cadáveres. Pero no podía evitar verlos, y con la costumbre la repugnancia se convirtió en simple aprensión. Que luego dejó paso a la curiosidad.

Al pasar por delante del patio de recreo de una escuela, se alegró que el final se produjera sin violencia. Probablemente, una ola de gas paralizante se había extendido a través de toda aquella zona antes de la explosión.

El centro de la ciudad era una masa de obra de albañilería, formando caprichosas figuras, como diseñadas por un arquitecto demente. Aquí y allí había diminutos capullos de llama brotando desde los intersticios de enormes nubes.

El hombre vaciló, preguntándose si sería conveniente aventurarse más allá. Entonces vio la colina que servía de fondo a la ciudad, y la imponente estructura que era el nuevo Edificio Federal. Estaba allí, milagrosamente intacto, y a través de la niebla el hombre pudo ver la bandera que ondeaba todavía en su tejado. Allí podía haber vida aún, y el hombre sabía que no quedaría satisfecho si no lo comprobaba.

Pero, antes de alcanzar su objetivo, encontró otras pruebas de existencia. Mientras se movía entre los escombros se dio cuenta que no estaba sólo en aquel caos central.

Dondequiera que las llamas ardían y parpadeaban, había figuras furtivas moviéndose cerca del fuego. Para espanto suyo, se dio cuenta que estaban avivando los incendios; quemando barricadas que no podían ser apartadas de otro modo, para poder entrar y saquear en las tiendas. Algunos de los saqueadores estaban silenciosos y avergonzados, otros se mostraban petulantes; pero todos estaban condenados a muerte, definitivamente desahuciados.
 
El saber esto impidió al hombre intervenir. Que robaran y saquearan a su antojo; dentro de unas cuantas horas, o de unos cuantos días, la radiación produciría su inevitable final.

Nadie se interpuso en su paso. Tal vez el casco y el traje protectores parecían un uniforme oficial. Continuó caminando y vio:

En el interior de una tienda de bebidas, un hombre descalzo, que llevaba un abrigo de visón, entregando botellas a una brigada formada por cuatro chiquillos…
 
Una anciana de pie junto a la derruida caja fuerte de un Banco, metiendo fajos de billetes en un saco. En un rincón yacía el cadáver de una mujer de pelo blanco, abrazada a un montón de monedas…

Un soldado y una mujer con el brazalete de la Cruz Roja, transportando una camilla hacia la bloqueada entrada de una iglesia parcialmente derruida. Imposibilitados de entrar, el soldado dio un puntapié a una de las ventanas laterales y por ella introdujeron la camilla…

Una mujer con el rostro de una modelo de Vogue, tendida en la calle. Al parecer, había sido sorprendida por la explosión mientras respondía a la llamada del deber, ya que una mano delgada, aristocrática, agarraba todavía el cordón de su caja de sombreros…

Un hombre delgado, saliendo de la tienda de un prestamista y cargado con una enorme tuba. Desapareció momentáneamente en una carnicería y volvió a salir, con la trompa de su tuba llena de salchichas…

Unos estudios de radio, casi destruidos, con su sala de sonido decorada con los carteles de las quince variedades distintas de los Cigarrillos Preferidos por los Norteamericanos, y de las veinte marcas de la Cerveza Preferida por los Norteamericanos…

Una mujer sentada en la calle, llorando sobre el cadáver de un gatito…

Un autobús aplastado contra un pared; los pasajeros empujándose para salir, incluso en el rigor mortis…

Los cuartos traseros de un león de piedra delante de lo que fue la Biblioteca Pública; en la escalinata de la entrada, el cadáver de una anciana cuya bolsa de la compra se había desparramado por el suelo, junto a ella: dos novelas policiacas, un ejemplar de Peyton Place, y el último número del Reader´s Digest…

Un chiquillo que empuñaba una pistola de juguete y disparaba contra su hermanita, gritando: «¡Bang! ¡Estás muerta!»
 
(Y lo estaba).

El hombre caminaba lentamente ahora, entorpecido por obstáculos materiales y espirituales. Se acercó al edificio de la colina dando un rodeo; evitando la repugnancia, la curiosidad morbosa, la piedad inútil, el horror indescriptible…

Sabía que había otros hombres allí, en el corazón de la ciudad, algunos entregados a actos de misericordia, otros a heroicos actos de pillaje. Pero él los ignoraba a todos, ya que todos estaban muertos. La misericordia carecía ya de significado, y no había posibilidad de rescate de las radiaciones. Algunos de los que pasaban junto a él le llamaban; pero él continuaba su camino haciendo oídos sordos, sabiendo que sus palabras eran simples estertores de moribundos.

Pero, de pronto, mientras trepaba por la ladera de la colina, notó que estaba llorando. Las lágrimas, cálidas y salobres, descendieron por sus mejillas y empañaron la superficie interior de su casco, de modo que ya no pudo ver nada con claridad. Y así fue como salió del círculo interior; del círculo interior de la ciudad, el círculo interior del infierno de Dante.

Sus lágrimas cesaron de fluir y su visión se aclaró. Delante de él se erguía la impresionante mole del Edificio Federal, intacto… o casi.

A medida que se acercaba a la enorme escalinata principal observó que había evidentes señales de cuarteamiento y de corrosión sobre la superficie de la estructura. La explosión sólo dañó directamente a las esculturas que adornaban el gran arco que daba acceso al edificio; las estatuas simbólicas fueron arrancadas de sus pedestales y estaban en el suelo, destrozadas. El hombre las contempló sin ocultar cierto asombro.

Luego penetró en el interior del edificio. Los centinelas continuaban montando guardia, pero ninguno de ellos le impidió el paso, probablemente porque llevaba un traje protector todavía más complicado e impresionante que los suyos.

En el interior del edificio, un pequeño ejército de funcionarios de poca categoría y de oficiales de alta graduación hormigueaba por los pasillos, subía y bajaba las escaleras. No había ascensores, desde luego: habían cesado de funcionar cuando se cortó la energía eléctrica. Pero el hombre podía subir a pie.

Sentía deseos de subir, ya que para eso había ido allí. Deseaba contemplar la ciudad desde las alturas del edificio. Embutido en su traje protector, parecía un autómata, y como un autómata subió escalera tras escalera hasta que llegó al piso más alto.

Pero allí no había ventanas, únicamente oficinas rodeadas de paredes. Avanzó por un largo pasillo hasta llegar al final. Allí se abría un gran cubículo cuadrado iluminado por la claridad que penetraba a través de la pared de cristal del fondo.

Un hombre estaba sentado ante un escritorio, empuñando un receptor telefónico y maldiciendo en voz baja. Miró con curiosidad al intruso, observó el uniforme aislante, y volvió a sus maldiciones.

De modo que era posible acercarse a la pared del fondo y contemplar la gran ciudad. Mejor dicho, el enorme cráter donde estuvo asentada la gran ciudad.

La noche se mezclaba con el apagado resplandor del horizonte, pero allí no había oscuridad. Las pequeñas bombas incendiarias habían ido extendiendo el fuego, al parecer empujado por el viento, y ahora el hombre contemplaba un inmenso océano de llamas. 
 
Todo estaba envuelto en unas inmensas olas rojizas. Mientras contemplaba aquel espectáculo, las lágrimas acudieron de nuevo a sus ojos, aunque sabía que no habría lágrimas suficientes para apagar aquellos incendios.

Se volvió hacia el hombre sentado ante el escritorio, notando por primera vez que llevaba uno de los uniformes reservados para los generales.

Por lo tanto, debía ser el comandante en jefe. Sí, ahora estaba seguro de ello ya que, alrededor del escritorio, el suelo estaba inundado de papeles. Tal vez eran mapas anticuados, tal vez eran tratados anticuados. Poco importaba ya lo que pudieran ser.

Detrás del escritorio, colgado de la pared, había otro mapa, y este importaba mucho. Estaba literalmente cubierto de banderitas negras y rojas, y al hombre le costó muy poco descifrar su significado. Las banderitas rojas significaban destrucción, ya que una de ellas se encontraba clavada sobre el nombre de aquella ciudad. Y había una sobre Nueva York, una sobre Chicago, Detroit, Los Angeles… sobre todos y cada uno de los centros importantes.

Miró al general, y finalmente fluyeron las palabras.

–Debe ser terrible.

–Sí, terrible -dijo el general.

–Millones y millones de muertos.
 
–Muertos.

–Las ciudades destruidas, el aire envenenado, y ninguna posibilidad de escape. Ninguna posibilidad de escape a ninguna parte del mundo.

–Ninguna posibilidad.

El hombre se volvió hacia la ventana y contempló el Infierno una vez más. Pensando: Este es el fin del mundo.
 
Miró de nuevo al general, y suspiró.

–Pensar que hemos sido derrotados -susurró.

El resplandor rojo creció, y a su luz vio el rostro del general, exultante de alegría.

–¿Qué está diciendo, hombre? – dijo orgullosamente el general, mientras las llamas crecían y crecían-. ¡Hemos ganado!

Madre - Philip José Farmer

—Mira, madre. El reloj va al revés.

Eddie Fetts señaló las manecillas del reloj de la sala de mando, siempre ajustado a la Hora Oficial del Centro, sin duda porque la mayor parte de la expedición creía que les recordaría su estado de origen, Illinois, siempre que lo mirasen. Cuando se viaja por el espacio, una hora es tan buena como cualquier otra.

—El golpe debe haberlo alterado —dijo la doctora Paula Fetts.

—¿Cómo ha podido ser?

—No podría decírtelo. No lo sé todo, hijo.

—¡Oh!

—Bueno, no me mires con esa cara de decepción. Soy patólogo, no ingeniero electrónico.

—No te enfades, madre. No puedo soportarlo. No ahora.

Salió de la cabina. Y ella le siguió angustiada. Haber enterrado a la tripulación y a sus compañeros científicos había sido una prueba para él. La sangre siempre le había hecho sentirse enfermo y mareado; apenas pudo controlar sus manos lo suficiente como para ayudarla a recoger los huesos y las entrañas desperdigados. Él había querido echar los cadáveres al horno nuclear, pero ella se lo había prohibido. Los contadores «Geiger» de la nave estaban repiqueteando estrepitosamente, anunciando que en la popa había una muerte invisible.

El meteorito que había alcanzado la nave en el momento en que ésta salía de la Translación al espacio normal, probablemente había destruido la sala de máquinas. O al menos eso era lo que ella había logrado entender de las incoherentes frases de un colega, antes de que éste huyera a la cabina de mando. Ella había corrido en busca de Eddie. Temía que la puerta de su camarote estuviera todavía cerrada, pues había estado grabando una cinta con el aria Inmóvil pende el albatros de El anciano marinero, de Gianelli.

Por fortuna, el sistema de emergencia había desconectado todos los circuitos de cierre. Al entrar, le había llamado, temiendo que estuviera herido. Se encontraba medio inconsciente en el suelo, pero su desmayo no se debía al accidente. La causa era un objeto, tirado en un rincón, al habérsele caído de las manos: un termo con tapón de goma. De la entreabierta boca de Eddie surgía un olor a whisky de centeno, que ni siquiera las pastillas habían sido capaces de ocultar.

Secamente, ella le había ordenado levantarse y meterse en la cama. Su voz, la primera que oía, logró atravesar la falange de la Vieja Estrella Roja. Se tambaleó, poniéndose en pie, y aunque ella era más pequeña, logró, por su peso, meterlo en cama.

Se había recostado junto a él, protegiéndose mutuamente. Sabía que el viejo bote salvavidas también había sido destruido y que lo único que podía hacer el capitán era tratar de descender la nave hasta la superficie del planeta Baudelaire, cartografiado aunque no explorado. Los demás habían ido a sentarse tras el capitán, incapaces de ayudarle más que con su silencioso apoyo.

El apoyo moral no había bastado. La nave había descendido en un ángulo poco oblicuo y, sin embargo, demasiado rápidamente. Los motores afectados no pudieron aguantarla. La proa había sufrido el golpe más duro, y también los que se encontraban en ella.

La doctora Fetts había mantenido la cabeza de su hijo apretada contra su regazo, mientras rezaba en voz alta a su dios y Eddie roncaba y murmuraba entre dientes. Luego se oyó un ruido similar al que se produce cuando se cierran las puertas del infierno: un tremendo gong, como si la nave fuera el badajo de una gigantesca campana tañendo el mensaje más horrible que el oído humano pudiera concebir. Después... un estallido de luz cegadora... la oscuridad y el silencio.

Momentos más tarde, Eddie comenzó a gritar con voz infantil:

—¡No me dejes morir, madre! ¡Vuelve! ¡Vuelve!

La madre estaba inconsciente junto a él, pero él no lo sabía. Lloró durante un rato, y luego se hundió de nuevo en su estupor producido por el whisky —si es que alguna vez había salido de él— y se durmió. Nuevamente la oscuridad y el silencio.

Era el segundo día después del accidente, si es que la palabra día puede describir el perpetuo crepúsculo de Baudelaire. La doctora Fetts seguía a su hijo a todas partes. Sabía que era muy sensible y que se sobresaltaba fácilmente. Toda su vida lo había sabido y había tratado de ubicarse entre él y cualquier cosa que pudiera hacerle daño. Lo había conseguido, pensaba, bastante bien, hasta hacía tres meses, cuando Eddie se fugara de casa.

La chica se llamaba Polina Fameux, la actriz de piernas larguiruchas y pelo rubio, cuya imagen tridimensional, grabada, había sido enviada a todas las estrellas en las que se admiraba un poco el talento histriónico y unos pechos bien desarrollados. Como Eddie era un celebrado barítono de la metrópoli, el matrimonio había provocado tal ruido que todavía el eco sacudía la Galaxia civilizada.

A la doctora Fetts le había sentado muy mal esta fuga, pero había sabido ocultar su dolor bajo una máscara de sonrisas. No le dolía el tener que separarse de él; a fin de cuentas ya era todo un hombre y no un crío, aunque, aparte de las temporadas del Metropolitan y de sus giras, nunca se había separado de él desde los ocho años de edad.

Eso había ocurrido durante la luna de miel con su segundo marido. Y aun entonces la separación no había durado mucho porque Eddie se había puesto muy enfermo y ella había tenido que volver para cuidarle, pues el niño insistía en que ella era la única que podía sanarlo de veras. Además, no se podía decir que todos los días de ópera fueran días de separación total, pues cada noche la llamaba por el video y mantenían una larga conversación, sin importar el coste de tales comunicaciones.

La expectación causada por el matrimonio de su hijo se vio aumentada una semana más tarde. Se trataba de la noticia referente a la separación del matrimonio. Dos semanas después, Polina solicitaba el divorcio alegando incompatibilidad de caracteres. Los documentos le fueron entregados a Eddie en el apartamento de su madre. Ella estaba de regreso el día en que él y Polina habían decidido que «no se aguantaban». O, según le declaró a su madre, que «no podían continuar juntos».

La doctora Fetts sentía, obviamente, mucha curiosidad por conocer las razones de la separación, pero, como ella misma explicaba a sus amigos, «respetaba el secreto», diciéndole además que ya llegaría la hora en que él se lo confiara todo. La «depresión nerviosa» de Eddie se produjo poco después. Estaba muy irascible, voluble y deprimido, y aún empeoró más el día en que un mal amigo le dijo que cada vez que Polina oía su nombre se reía a carcajadas. El amigo añadió que la tal Polina había prometido contar algún día la historia de su breve unión.

Aquella noche, su madre tuvo que llamar a un médico.

En los días que siguieron, pensó abandonar su puesto como patólogo investigador en De Kruif para dedicar todo el tiempo a su hijo y lograr que volviera de nuevo a ser como antes. Que no se hubiera decidido al cabo de una semana, era ya signo de la lucha que se producía en su interior. Acostumbrada a una rápida consideración y solución de un problema, no podía aceptar la investigación sobre la regeneración de los tejidos.

Justamente, en el momento en que estaba a punto de decidirlo a cara o cruz, algo que para ella era increíble y vergonzoso, fue llamada por su superior. Éste le comunicó que había sido elegida para ir con un grupo de biólogos en un viaje de investigación a diez sistemas planetarios seleccionados de antemano.

Encantada, había tirado los papeles con los que habría podido meter a su hijo en una clínica. Y, puesto que era bastante conocida, había utilizado su influencia y buen nombre para conseguir que el gobierno permitiera a su hijo que la acompañara. Aparentemente, iba a realizar una investigación sobre el desarrollo de la ópera en los planetas colonizados por los terrícolas. Que el yate no visitara ningún planeta colonizado no parecía preocupar mucho al departamento. Pero no era la primera vez en la historia del gobierno que su mano derecha ignoraba lo que hacía la izquierda.

En realidad, iba a ser «reconstruido» por la madre, que consideraba que su terapia era superior a las vigentes: A, F, J, R, S, K, H. Era verdad que algunos de sus amigos contaban maravillas de algunas de esas técnicas denominadas con símbolos, pero, por otra parte, sabía de dos amigos íntimos que las habían probado todas, sin conseguir el menor resultado de ninguna.

A fin de cuentas, decidió, ella era su madre y- podía hacer más que nadie; él era carne de su carne, sangre de su sangre. Aparte, no estaba tan enfermo. Lo único que ocurría era que en ciertas ocasiones se sentía tremendamente deprimido, y hacía escenas inverosímiles arguyendo su deseo suicida, o bien se sentaba para contemplar el espacio. No obstante, ella sabía cómo manejarlo.

 Por ello le seguía ahora desde el lugar del reloj que iba al revés hasta su cuarto. Y vio cómo entraba, miraba y se volvía a ella con el rostro contraído.

—Neddie está destrozado, madre. Completamente destrozado.

Ella miró el piano. Se había salido de los soportes de la pared a causa del choque, destrozándose contra la pared opuesta. Para Eddie no era precisamente un piano, sino Neddie. Daba un nombre familiar a cada objeto que entraba en su área durante un tiempo. Era como si saltase de un nombre a otro, como un antiguo marinero que se sintiese perdido de no encontrar puntos familiares en la costa. De otro modo, era como si Eddie fuera a la deriva en medio de un caótico océano, anónimo y sin forma.

O, utilizando una analogía que le cuadraba mejor, era como el hombre de vida nocturna que se siente ahogado a menos que vaya de mesa en mesa en el club, de un grupo conocido a otro, evitando las figuras sin rostro de las mesas desconocidas.

No lloró por Neddie. Ella habría deseado que lo hiciera, pues durante todo el viaje se había mostrado apático. Ni siquiera el esplendor sin par de las estrellas desnudas, ni la inexpresable extrañeza de los planetas desconocidos lograron sacarle de su estado por mucho tiempo. ¡Si al menos llorase o riese con fuerza, o reaccionase violentamente ante los sucesos! Hasta hubiera preferido que, dominado por la ira, la hubiera golpeado o insultado.

Pero no, ni siquiera durante la recogida de los cuerpos mutilados, cuando por un momento pareció que fuera a vomitar, había dejado expresar la necesidad de una reacción física. Ella sabía que si se desataba se sentiría mejor, porque en ese caso se liberaría de buena parte de su molestia psíquica y también física.

Pero el caso era que no lo había hecho. Había continuado recogiendo carne y huesos dentro de las grandes bolsas de plástico, con mirada de resentimiento y mal humor.

Ahora esperaba que la pérdida del piano le hiciera llorar y estremecerse. Entonces podría estrecharle entre sus brazos y darle protección. Volvería a ser su pequeña criatura, temerosa de la oscuridad, del perro muerto por un coche, que busca en sus brazos la seguridad inequívoca, el cariño.

—No te preocupes —dijo ella—. Cuando vengan a por nosotros, te compraré otro.

—¡Cuándo...!

Alzó las cejas y se sentó al borde de la cama.

—¿Qué vamos a hacer?

Ella se mostró enérgica y eficiente.

—La ultrarradio se puso a funcionar en el momento en que nos golpeó el meteorito. Si sobrevivió al choque, todavía debe de estar lanzando mensajes de socorro. De lo contrario, nada podemos hacer, pues no sabemos cómo repararla.

—Sin embargo, es posible que en los últimos cinco años, desde que este planeta fue cartografiado, otras expediciones hayan aterrizado aquí. No de la Tierra, sino de alguna de las colonias. O de planetas no humanos. ¿Quién sabe? Vale la pena comprobarlo. Vamos a verlo.

Una sola mirada bastó para destruir sus esperanzas sobre la ultrarradio. Había sido machacada y rota hasta ser irreconocible como máquina que lanzaba ondas más rápidas que la luz a través del no-éter.

La doctora Fetts dijo con falso tono de ánimo:

—Bueno, esto es todo. ¿Qué importa? Vamos al almacén y veremos.

Eddie se encogió de hombros y la siguió. Allí, la doctora insistió en que cogiesen un panradio. Si por alguna razón tenían que separarse, siempre podrían establecer comunicación mediante los LS —los localizadores de sentido que llevaban acoplados— y localizarse. Habiéndolos utilizado otras veces, conocían la capacidad de los instrumentos y lo esenciales que eran en las exploraciones o incursiones.

Los panradios eran cilindros de poco peso, de unos setenta y cinco centímetros de altura y veinte de diámetro. Llenos, contenían los mecanismos de un par de docenas de aparatos distintos. Nunca se quedaban sin energía porque las baterías se recargaban con la electricidad corporal de los propios usuarios y eran prácticamente indestructibles, pues funcionaban bajo las más adversas condiciones, incluso bajo el agua, o en medio del frío y el calor extremos.

La doctora Fetts insistió en que sujetasen las muñecas izquierdas a los cilindros siempre que estuviesen fuera del yate. De este modo no se caerían ni perderían el contacto. Eddie pensó que tal precaución era ridícula, pero no dijo nada.

Permaneciendo lejos del costado de la nave que tenía el gran agujero, sacaron sus panradios. Eddie investigó las ondas largas mientras la madre movía el dial que controlaba las ondas cortas. No es que esperaran oír algo, pero la búsqueda era mejor que no hacer nada.

Al encontrar vacías las frecuencias de onda modulada, Eddie cambió a las continuas. Le asombró un sonido de cadencia repetida.

—¡Madre! ¡Hay algo en los mil kilociclos! ¡Sin modular!

—Claro, hijo —dijo ella, un tanto exasperada pese a su alegría—. ¿Qué quieres esperar de una señal radiotelegrafica?

Encontró la banda en su propio cilindro. Él la observó con mirada ausente.

—No sé nada de radio, pero esto no es morse.

—¿Cómo? ¡Sin duda te equivocas!

—No creo.

—¿Sí o no? ¡Por Dios, hijo, decídete de una vez!

Aumentó el volumen. Aunque no era necesario, arrimó la cabeza para oír. Como ambos habían estudiado galactomorse a través de las técnicas de hipnopdeagogía, ella confirmó en seguida lo que él había dicho.

—Tienes razón. ¿Qué crees que pueda ser?

Su entrenado oído escuchó las vibraciones.

—No únicamente punto y raya. Hay cuatro longitudes de tiempo, seguidas.

Se mantuvo escuchando.

—Incluso tiene un cierto ritmo. Puedo distinguir grupos definidos. ¡Ah, éste es la sexta vez que lo oigo! Y este otro, y también éste.

La doctora Fetts agitó su rubia cabeza. No podía distinguir otra cosa que una serie de zumbidos. Admitía que había ritmo en ella, pero aun después de esforzarse por identificar algunas unidades, no las reconocía cuando las volvía a oír. Bueno, se encogió de hombros. Era negada para la música. Sin embargo, Eddie había heredado las cualidades de su padre.

Miró la aguja del LS.

—Viene del noreste desde el este. ¿Intentamos localizarlo?

—Claro —dijo ella—. Pero será mejor que comamos algo primero. No sabemos lo lejos que está, ni tampoco lo que encontraremos allí. Mientras preparo una comida caliente, tú dispón el equipo para un viaje.

—De acuerdo —dijo él, con más entusiasmo del que demostrara hasta entonces. Cuando regresó su madre, engulló el plato que le había preparado en la cocina, indemne tras la colisión.

—Siempre haces unas comidas excelentes —dijo.

—Gracias. Me sorprende ver el hambre que tienes. Y me alegra. Creí que todo esto te iba a poner enfermo.

El hizo una vaga pero enérgica señal con la mano.

—Ya sabes, la llamada de lo desconocido y todo lo demás. Tengo el presentimiento de que las cosas van a ir mucho mejor de lo que esperábamos. Mucho mejor.

Ella se le acercó y le olió el aliento. Olía limpio, ni siquiera se notaba el olor a comida. Eso significaba que había tomado clorofila, o que a escondidas probaba algún oculto potingue. De otro modo, ¿cómo explicar su desenfado ante los peligros posibles? No era una actitud normal. No dijo nada porque sabía que si trataba de esconder una botella entre sus ropas o en la mochila, mientras buscaban la fuente de las señales de radio, ella la encontraría pronto. Y se la quitaría. Él no protestaría. Simplemente, dejaría que se la quitase de su mano inerte, mientras los labios se le hinchaban de resentimiento.

Ambos salieron, llevando mochilas y panradios. Él se había colgado un arma al hombro y ella el pequeño maletín negro que contenía el equipo médico y de laboratorio. 

El mediodía de finales de otoño estaba inundado por un débil sol rojo que apenas si se lograba ver a través de la densa cortina de nubes. Su estrella gemela, más pequeña y de color lila, se estaba ocultando por el horizonte del noroeste. Caminaban en una especie de brillante atardecer, lo mejor que podía encontrarse en Baudelaire. 

Y no obstante, a pesar de la ausencia de luz, el aire estaba demasiado caliente. Aquello era un fenómeno común en ciertos planetas situados más allá de la nebulosa del Caballo, fenómeno que, aunque se estaba investigando, aún carecía de explicación.

El paisaje era montañoso y tenía muchos desfiladeros profundos. Aquí y allá aparecían promontorios lo bastante altos y escarpados como para considerarse incipientes montañas. Y teniendo en cuenta las asperezas del terreno, había una sorprendente cantidad de flora. Todas las hojas, relativamente grandes, giraban hacia el sol con la esperanza de recibir la mayor cantidad de luz posible.

De cuando en cuando, mientras los dos terrícolas atravesaban ruidosamente el bosque, pequeños animales multicolores, semejantes a insectos, y criaturas parecidas a los mamíferos, se deslizaban de una madriguera a otra. Eddie decidió descolgar su arma y llevarla apoyada en el antebrazo. Luego, después de verse obligados a subir y bajar por recortadas colinas y a abrirse camino por entre los matorrales que se volvían inesperadamente espesos, se la volvió a colgar del hombro.

A pesar de sus esfuerzos, no se cansaron en seguida.

Pesaban casi diez kilos menos de lo que habrían pesado en la Tierra y, aunque el aire era menos denso, por alguna extraña razón era más rico en oxígeno.

La doctora Fetts caminaba al mismo ritmo que Eddie y, aunque era treinta años mayor que él, hasta de cerca pasaría por la hermana mayor de aquel joven de veintitrés años. Las píldoras contra la vejez se encargaban de ello. Y, no obstante, él la trataba con toda la gentileza y caballerosidad que se merece una madre, ayudándola en las pendientes inclinadas, aunque las subidas no hacían que su pecho exigiese una mayor cantidad de aire.

Se detuvieron en una ocasión, a la orilla de un riachuelo, para orientarse.

—Las señales han cesado —dijo él.

—Claro —replicó ella.

En aquel momento, el radar incluido en los panradios comenzó a lanzar agudas señales. Automáticamente, ambos alzaron la vista.

—No hay ninguna nave en el cielo.

—Tampoco puede venir de aquellas colinas —señaló ella—. Allí no hay sino una roca sobre cada cima.

—Sin embargo, viene de allí, supongo. ¡Oh, oh! ¿Has visto eso? Parecía como si un gran tallo hubiera sido movido tras aquella roca.

Ella miró bajo la pálida luz.

—Creo que imaginas muchas cosas, hijo. Yo no he visto nada.

Entonces, en tanto persistía el sonido metálico, comenzó otra vez el zumbido intermitente. No obstante, tras un estallido sonoro, cesaron ambos.

—Subamos a ver qué es lo que se distingue —propuso ella.

—Qué raro —dijo él.

Ella no contestó.

Vadearon el arroyo y comenzaron el ascenso. A mitad de camino, se detuvieron asombrados ante la persistencia de algún fuerte olor, arrastrado por el viento.

—Huele como una jaula llena de monos —dijo él.

—Excitados —dijo ella. Aunque él tenía mejor oído, ella poseía mejor olfato.

Continuaron ascendiendo. El radar comenzó a sonar de nuevo con su tono histérico y constante. Atónito, Eddie se detuvo. El LS indicaba que los impulsos del radar no procedían, como antes de la colina a la que ascendían, sino de otra situada más allá del valle. De repente, el panradio quedó silencioso.

—¿Y ahora?

—Hay que acabar lo comenzado. Primero esta colina. Luego la otra.

El se encogió de hombros y se apresuró tras el alto y esbelto cuerpo de ella, embutido en un mono. Seguía literalmente su olfato. Y nada podía detenerla. Justo antes de llegar al peñasco, que tenía el tamaño de una casa pequeña y que coronaba la cima, logró alcanzarla. Ella se había detenido para contemplar estudiosamente la aguja del LS, que osciló ampliamente antes de detenerse en zona neutral. El olor a jaula de monos se hizo ahora muy fuerte.

—¿Supones que pueda tratarse de alguna especie de mineral capaz de emitir ondas de radio? —preguntó ella, decepcionada.

—No. Esos grupos eran semánticos. Y el olor...

—Entonces...

No sabía si sentirse complacido o no, pues ella, repentina, pero de forma evidente, le había pasado la responsabilidad y la acción. Le invadió el orgullo y una cierta sensación de empequeñecimiento. Pero se sentía contento. Se sentía, pensó, como si estuviera a punto de descubrir lo que había estado buscando durante largo tiempo. ¿Y qué era lo que había estado buscando? Esto no podía decirlo. Pero estaba excitado y no del todo temeroso.

Empuñó el arma, una combinación de escopeta y fusil de dos cañones. El panradio estaba silencioso.

—Tal vez ese peñasco oculta alguna red de espionaje —dijo. Aquello le sonó estúpido incluso a sí mismo.

Tras él, su madre boqueaba. Se giró y alzó el arma, pero no había nada contra qué disparar. Ella estaba señalando la cima de la colina, situada al otro lado del valle, temblando y diciendo algo incoherente.

Podía ver una larga y delgada antena que, al parecer, se proyectaba desde la monstruosa roca situada allí. Al mismo tiempo, dos pensamientos se disputaron el lugar preferente en su cabeza: uno, que debía ser algo más que una coincidencia que ambas colinas tuvieran sus cimas de estructura rocosa tan idéntica, y dos, que la antena debía haberse movido hacía poco, pues estaba seguro de no haberla visto la última vez que había mirado hacia allí.

Nunca logró decirle a ella sus conclusiones, pues algo delgado y flexible le agarró por la espalda. Elevado en el aire, fue conducido hacia atrás. Dejó caer el arma y trató de agarrar los tentáculos que le sujetaban para arrancarlos con sus manos desnudas. No pudo conseguirlo.

Tuvo una última visión de su madre corriendo colina abajo. Luego, cayó una cortina y se vio sumido en una completa oscuridad.

Antes de poder darse cuenta de lo que había pasado, Eddie sintió que, todavía suspendido, era girado. No podía estar seguro, naturalmente, pero pensó que estaba dando la cara exactamente a la dirección opuesta. Simultáneamente, los tentáculos que atenazaban sus brazos y piernas se soltaron. Tan sólo continuaba cogido por la cintura. Lo apretaban tan fuertemente que gritó de dolor.

Luego, golpeando con los tacones alguna sustancia elástica, fue conducido hacia delante. Detenido, enfrentado a no sabía qué horrible monstruo, se vio de repente asaltado, no por un pico aguzado, o un colmillo o cuchillo, o cualquier otro instrumento cortante o triturador, sino por una densa nube del mismo olor a monos.

En otras circunstancias habría vomitado. Ahora no se concedió tiempo para que su estómago considerase tal posibilidad. El tentáculo lo elevó aún más y lo lanzó contra algo blando y elástico: algo relacionado con carne y mujer, casi semejante a un seno por su tacto, suavidad y calor, y hasta por su leve curvatura.

Se apoyó con las manos y pies para ofrecer resistencia, pues pensó por un momento que iba a ser hundido, cubierto totalmente, engullido y digerido. El pensamiento de una gigantesca ameba escondida en aquella roca hueca o cascarón le hizo agitarse y gritar, y dar empujones a la sustancia protoplásmica.

Pero no sucedió nada de eso. No fue hundido en ningún agujero absorbente y cenagoso que lo despojaría de su piel y de su carne, para luego disolver sus huesos o escupirlos. Simplemente, fue empujado repetidamente contra la suave hinchazón. Cada vez que él empujaba, pateaba o golpeaba. Tras una docena de esos actos aparentemente inmotivados, fue apartado, como si lo que estuviera moviéndole, se hubiera quedado perplejo por su comportamiento.

Había dejado de gritar. Los únicos sonidos eran ahora sus jadeos, el zumbido y el continuo tintineo del panradio. En el mismo momento en que se dio cuenta de ello, los zumbidos cambiaron de intensidad y se convirtieron en una modulación reconocible: tres unidades que sonaban una y otra vez.

—¿Quién es usted? ¿Quién es usted?

Claro que también podía haber sido:

—¿Qué es usted? —O—: ¡Qué mierda! —O—: Nov smoz ka pop?

O nada, hablando semánticamente.

Pero no creía que fuera esto último. Y, cuando fue dejado suavemente en el suelo, estaba seguro de que la criatura estaba emitiendo alguna comunicación, o al menos tratando de hacerlo, destinada a él.

Fue este pensamiento el que evitó que empezase a chillar otra vez en la oscura y pestilente cámara, donde, a ciegas, buscaba instintivamente una salida. Dominó su terror y abrió una pequeña trampilla en el costado del panradio, introduciendo en ella su dedo índice. 

Entonces lo colocó sobre un pulsador y, tras un momento, cuando cesó la transmisión, devolvió lo mejor que supo los impulsos que había recibido. No era necesario que encendiese la luz y girase el dial para ponerlo a mil kilociclos. El instrumento buscaría automáticamente la frecuencia por la que había estado recibiendo.

Lo más extraño de todo era que su propio cuerpo estaba temblando de una manera descontrolada a excepción de una parte. Esta parte era su dedo índice, la única parte que parecía tener una función definida en esta situación totalmente absurda. 

Era la parte de él que estaba ayudándole a sobrevivir, la única que sabía cómo hacerlo en aquel instante. Incluso su mismo cerebro no parecía tener conexión con el dedo. Aquel dedo tenía vida propia, y el resto del cuerpo parecía estar simplemente adherido a él.

Cuando hizo una pausa, el transmisor empezó de nuevo. Esta vez las unidades eran irreconocibles. Había un cierto ritmo en ellas, pero no podía saber lo que significaban. Mientras tanto, el LS continuaba con su sonido continuo y vibrante. Algo, en alguna parte de aquel agujero oscuro, mantenía un rayo tirante sobre él.

Apretó el botón de la parte superior del panradio, y la linterna que llevaba incorporada iluminó el área situada frente a él. Vio una pared de una sustancia gomosa de color rojo grisáceo, y en la pared una protuberancia aproximadamente circular, de color gris claro, y de un metro veinte de diámetro. 

A su alrededor, y con aspecto de medusa, estaban enrollados doce tentáculos muy largos y delgados. Aunque temía que si les daba la espalda los tentáculos lo asieran de nuevo, su curiosidad le hizo girar y examinar a través del brillante haz sus alrededores. Se encontraba en una cámara en forma de cúpula, de unos diez metros de largo por cuatro de ancho, y de dos a tres metros de altura en la parte central. Estaba formada por un material de color rojo grisáceo y liso, salvo a intervalos regulares en los que aparecían tuberías azules y rojas. Obviamente, se trataba de venas y arterias.

Una parte, del tamaño de una puerta abierta en la pared, tenía un corte vertical que la segaba. Estaba bordeada de tentáculos y supuso que se trataba de una especie de iris, abierto para engullirle.

Esparcidos por las paredes o colgados del techo, se veían grupos de tentáculos con forma de estrellas de mar.

En la parte opuesta al iris había un tallo largo y flexible con un collar cartilaginoso alrededor de su extremo libre. Cuando Eddie se movía, también él se movía, siguiéndole con su punta ciega al igual que una antena de radar sigue al objeto que está vigilando. Esto era, precisamente. Y a menos que estuviese equivocado, el tallo también era un emisor-receptor de ondas continuas.

Paseó la luz por todas partes. Cuando llegó al extremo más alejado de él, quedó sin aliento. ¡Diez criaturas agrupadas estaban frente a él! Aproximadamente del tamaño de un cerdo joven; se parecían más a los caracoles desprovistos de concha; no tenían ojos, y el tallo que surgía de la frente de cada uno era un pequeño duplicado del que se hallaba en la pared. No parecían peligrosos. Sus bocas abiertas eran pequeñas y sin dientes, y se movían muy lentamente, igual que los caracoles, sobre un largo banco de carne; un músculo locomotor.

No obstante, si se quedara dormido podrían dominarlo por la ventaja del número, y aquellas bocas podían babear algún ácido capaz de digerirlo, o quizás ocultasen algún aguijón venenoso.

Sus especulaciones fueron violentamente interrumpidas. Fue asido, alzado, y pasado a otro grupo de tentáculos, y llevado más allá del tallo-antena, hacia los caracoloides. Pero antes de llegar a ellos fue detenido frente a la pared. Un iris, hasta entonces invisible, se abrió. Su luz brillaba en el interior, pero no podía ver nada sino circunvoluciones de carne.

Su panradio le dio un nuevo modelo sonoro, esta vez tableteante. El iris se abrió hasta que fue lo bastante amplio para admitir su cuerpo, si es que era introducido con la cabeza por delante, sin que esto importara mucho. Las circunvoluciones se alinearon, y se convirtieron en un túnel. O una garganta. De millares de pequeños agujeros emergieron millares de pequeños y aguzados dientes. Surgieron y volvieron a esconderse, y antes de que hubieran desaparecido, millares de otras pequeñas puntas de lanza brotaron y se introdujeron en las mandíbulas recesivas.

Era como una trituradora de carne.

Más allá del mortífero conjunto, en el extremo de la garganta, veíase una enorme bolsa de agua, un verdadero tanque. De él salía humo, y con él llegaba un aroma similar al del guisado de su madre. Trozos oscuros, presumiblemente carne, y pedazos vegetales flotaban en la superficie.

Luego se cerró el iris y fue girando para encarar las babosas. Suavemente, pero sin que hubiera duda posible, un tentáculo azotó sus nalgas y el panradio zumbó-tableteó una advertencia.

Eddie no era tonto. Ahora sabía que las criaturas no eran peligrosas, salvo que las molestase. En tal caso había visto lo que podía pasar... si no se portaba bien.

De nuevo fue alzado y llevado a lo largo de la pared, hasta ser empujado contra el punto de color gris claro.

El olor a jaula de monos, que había desaparecido, se hizo patente de nuevo. Eddie identificó su procedencia con un agujero muy pequeño que aparecía en la pared.

Como no respondía —no tenía ni idea de qué tenía que responder—, los tentáculos le soltaron tan inesperadamente que cayó de espaldas. Sin hacerse daño por lo blando de la carne, se incorporó.

¿Cuál iba a ser el paso siguiente? Explorar sus recursos. Inventario: el panradio. Un saco de dormir, que no necesitaría mientras se mantuviese la actual temperatura, demasiado cálida. Una botella de cápsulas de Viejo Estrella Roja. Un termo de gravedad cero, con biberón adherido. Una capa de raciones «A-2-Z». Una cocina plegable. Cartuchos para el fusil de dos cañones, que ahora se encontraba en el exterior del caparazón de la criatura. Un rollo de papel higiénico. Cepillo de dientes. Pasta dentrífica. Jabón. Una toalla. Píldoras: clorofila, hormonas, vitaminas, longevidad, reflejos y somníferos. 

Y un cable del grosor de un cabello, de unos treinta metros de longitud enteramente desenrollado, conteniendo en su estructura molecular un centenar de sinfonías, ochenta óperas, mil tipos distintos de piezas musicales y dos mil grandes libros que iban desde Sófocles a Dostoyevski, Hammet y Henry Miller, hasta el último best-seller. Todo esto podía oírse por el panradio.

Lo introdujo; apretó el botón apropiado y dijo:

—La grabación de Che gelida mattina, de Puccini, por Eddie Fetts, por favor.

Y mientras escuchaba aprobadoramente su magnífica voz, abrió una lata que había encontrado en el fondo de la mochila. Su madre había puesto en ella la comida que había sobrado de lo que preparase en la nave.

Sin saber todavía lo que ocurría, y no obstante estando seguro de ello, por alguna razón, de que por ahora estaba a salvo, masticó la carne y los vegetales alegremente. Eddie pasaba fácilmente de la náusea al apetito.

Limpió la lata y acabó con unas galletas y una barra de chocolate. No quería racionar la comida. Mientras durase, comería bien. Luego, si nada surgía... Pero, en ese caso, se aseguró a sí mismo, mientras se chupaba los dedos, su madre, que estaba libre, ya habría encontrado para entonces alguna forma de sacarle del problema. Siempre lo había hecho así.

El panradio, silencioso durante un rato, comenzó a emitir señales. Eddie iluminó la antena y vio que apuntaba hacia los caracoloides, a los que, de acuerdo con su costumbre, había dado un nombre familiar. Los había llamado Babosos.

Los Babosos se dirigieron hacia la pared y se pararon junto a ella. Sus bocas, que se encontraban en lo alto de la cabeza, se abrían como las de los pájaros famélicos. El iris se abrió y dos labios formaron un conducto. De él fluyó agua hirviendo y trozos de carne y vegetales. ¡Estofado! Un estofado que cayó en cada una de las bocas anhelantes.

Así, Eddie aprendió la segunda frase del lenguaje de Madre Polyfema. El primer mensaje había dicho: «¿Qué es usted?» Esto era: «¡Venid y cogedlo!»

Hizo un experimento. Tecleó una repetición de lo que acababa de oír. Inmediatamente, los Babosos, excepto el que estaba siendo alimentado en aquel momento, se giraron hacia él y caminaron unos pasos antes de detenerse, asombrados.

Dado que era Eddie quien emitía, los Babosos debían tener algún sistema de LS. De otro modo no habrían podido distinguir entre sus impulsos y los de su madre.

A continuación, un tentáculo golpeó a Eddie en la espalda, arrojándole al suelo. El panradio zumbó su tercer mensaje inteligible:

—¡Nunca repitas eso!

Incluso un cuarto, al que los diez retoños obedecieron girando y reasumiendo sus antiguas posiciones:

—Por aquí, niños.

Sí, eran las crías, viviendo, comiendo, durmiendo, jugando y aprendiendo a comunicarse en el seno de su madre: la Madre. Eran la descendencia móvil de aquella enorme entidad inmóvil que había cazado a Eddie como un sapo caza a una mosca. 

La Madre. Ella que alguna vez había sido un Baboso, hasta la hora de su desarrollo, y había sido expulsado del seno de su madre, y que, rodando como una bola, había caído por la ladera de su colina natal, se había extendido al pie de la misma y había reptado hasta llegar a la siguiente colina; luego había bajado por ella y continuado hasta encontrar el cascarón vacío de un adulto fenecido, o, si deseaba ser un ciudadano de primera clase en su sociedad, y no una simple inquilina sin prestigio, hasta ocupar la cima desnuda de una colina elevada, o un promontorio que se alzaba sobre una gran extensión de terreno, recostándose allí...

Y allí había depositado numerosos filamentos capilares en el suelo, y en las fisuras de las rocas, filamentos que extendían sustancias del grueso de su cuerpo, y que crecían y se extendían hacia abajo y se ramificaban en otros filamentos secundarios. 

Muy por debajo de tierra, las raíces realizaban su química del instinto: buscaban y hallaban el agua, el calcio, el hierro, el cobre, el nitrógeno, los carbonos; también encontraban los gusanos, las larvas y los insectos, extrayéndoles los secretos de sus grasas y proteínas, separando la sustancia deseada en oscuras partículas coloidales, abriéndolas por las cañerías de los filamentos de vuelta al pálido y adelgazado cuerpo tendido en un espacio llano sobre un farallón, una colina, un picacho.

Allí, usando de los craneotipos almacenados en las moléculas del cerebelo, su cuerpo tomaba los elementos como si fueran ladrillos y con ellos construía un caparazón muy delgado con el material más a mano. Un escudo lo bastante grande como para poder expansionarse hasta llenarlo, mientras sus enemigos naturales, los hambrientos y feroces animales de presa que erraban por el penumbroso Baudelaire, lo olisqueaban y raspaban en vano con sus garras.

Luego, cuando su siempre creciente masa estaba ya apretada, reabsorbía el exoesqueleto. Y si ningún colmillo la encontraba en los pocos días que duraba este proceso, construía otro más grande. Y así una docena de veces, si no más.

Hasta que se hubiera convertido en el monstruoso y muy distinto cuerpo de una hembra adulta y virgen. El exterior estaría compuesto por la materia que tanto se parecía a la roca, y que realmente era piedra: o granito, o diorita, o mármol, o basalto, o simple pizarra. O, en ciertas ocasiones, hierro, vidrio, celulosa.

En su interior se hallaba el cerebro, localizado en el centro, probablemente tan grande como el de un hombre. Rodeándolo, había toneladas de diversos órganos: el sistema nervioso, el poderoso corazón, o corazones, los cuatro estómagos, los generadores de ondas largas y cortas, los riñones, los intestinos, la tráquea, los órganos olfativos y gustativos, la fábrica de perfumes que producía olores con los que atraer animales y pájaros lo bastante cerca como para capturarlos, y el enorme seno. Y las antenas: la pequeña del interior, para enseñar y vigilar las crías, y el largo y poderoso tallo exterior, que se proyectaba desde lo alto del cascarón, retráctil si había peligro.

El siguiente paso era el que iba de virgen a Madre. De tipo inferior a tipo superior, como era designado en su lenguaje de impulsos por una pausa más larga antes de la palabra. Hasta que no había perdido su virginidad no podía alcanzar un puesto elevado de su medio social. Sin modestia, sin ruborizarse, ella misma realizaba la propuesta, aceptaba, se rendía.

Tras lo cual se comía a su pareja.

El reloj del panradio le dijo a Eddie que se encontraba en su trigésimo día de prisión. Se sintió asombrado, no porque esto ofendiese su moral, sino porque él mismo había sido considerado como pareja. Y como comida.

Su dedo tecleó:

—Dime, oh Madre, lo que quieres decir.

No se había preguntado antes cómo podía reproducirse una especie que no tenía machos. Ahora lo averiguó. Para Las Madres, todas las criaturas excepto ellas mismas eran machos. Las Madres permanecían inmóviles y femeninas. Los seres móviles eran machos. Eddie había sido móvil, luego era un macho- Se había acercado a esta curiosa madre en la época del apareamiento, esto es, durante la crianza de una carnada. 

Ella lo había detectado mientras se acercaba por la orilla del riachuelo, en el fondo del valle. Cuando estaba al pie de la colina, había percibido su olor. Era nuevo para ella. Lo más cercano a él que podía encontrar en sus centros de memoria fue una bestia similar a él. Por su descripción, se imaginó que debía ser un mono. Así que había emitido de su repertorio oloroso su aroma de atracción. Cuando cayó en la trampa, ella lo había atrapado.

Se suponía que debía atacar el punto de concepción, aquel promontorio de color gris claro en la pared. Cuando lo hubiera rasgado y cortado lo bastante para iniciar las misteriosas operaciones del embarazo, él hubiera sido lanzado a su iris-estómago.

Afortunadamente, él no disponía ni de pico afilado, ni de colmillos, ni de garras. Y ella había recibido sus señales devueltas por el panradio.

Eddie no entendía por qué era necesario usar un móvil para el apareamiento. Una Madre era lo suficientemente inteligente como para tomar una piedra afilada y atacar el punto ella misma.

Le hizo entender que la concepción no comenzaría a menos que fuese acompañada por cierta sensación nerviosa: un frenesí y su satisfacción. El porqué de la necesidad de este estado emocional era algo que la Madre no sabía.

Eddie trató de explicarle cosas tales como genes y cromosomas, y por qué tenían que estar presentes en las especies muy desarrolladas con el fin de tener diferencias y selecciones de características favorables y abrir las puertas a los cambios evolucionados.

La Madre no comprendió.

Eddie se preguntó si el número de rasguños y cortes en el punto apropiado correspondería con el número de crías. O si había un amplio número de potencialidades en las cintas hereditarias colocadas bajo la piel de la concepción. Y si la irritación producida al azar y la consecuente estimulación de los genes equivaldría a la combinación casual de los genes en el coito entre el macho y la hembra humanos, resultando crías con características que eran el producto de uniones y disimilaridades entre las de los progenitores.

¿O el inevitable devorar del móvil tras el acto tenía otro significado aparte de ser un reflejo emocional y nutritivo? ¿Indicaba que el móvil cogía los dispersos nódulos genéticos como si fueran semillas, junto con la piel rota, entre sus garras y colmillos, y que esos genes sobrevivían al hervor del estómago del estofado, y que luego eran pasados en las heces? 

¿Era posible que los animales y los pájaros las cogiesen con sus picos, dientes o garras, y luego, al ser capturados por otras Madres, en este apareamiento indirecto, pasasen los agentes de la transmisión de la herencia a los puntos de concepción al atacarlos, raspando y dejando los nódulos en la piel y la sangre de la hinchazón, al tiempo que recogían otros? 

Luego, los móviles eran comidos, digeridos y defecados en ese oscuro pero ingenioso ciclo interminable, asegurando así el continuo y azaroso combinar de los genes, las posibilidades de variación en las crías, las oportunidades de mutación, etc. ¿Era todo esto posible?

La Madre le transmitió que estaba asombrada.

Eddie lo dejó estar. Nunca lo sabría. ¿Importaba acaso?

Decidió que no, y se levantó, dejando la posición prona, para pedir agua. Ella ahuecó el iris y escupió un tibio cuartillo a su termo. Él dejó caer una píldora, la agitó hasta que se disolvió y bebió una imitación bastante aceptable de Viejo Estrella Roja. Prefería que la bebida fuera fuerte y poderosa, aunque habría podido conseguir suavizarla. Lo que quería eran resultados rápidos. 

El sabor no le importaba, pues le desagradaban todos los sabores alcohólicos, de modo que bebía igual que los borrachos, estremeciéndose lo mismo que ellos, cambiando su nombre por el de Viejo Estrella Roja, y maldiciendo el destino que lo había hecho caer tan bajo como para tragar aquella porquería. La bebida calentó su estómago, esparciéndose rápidamente por sus miembros y su cabeza, helada tan sólo por la creciente escasez de la cápsula. Cuando se le acabasen, ¿qué pasaría? En esos momentos echaba mucho de menos a su madre.

El pensar en ella le hizo derramar algunas lágrimas. Dio un suspiro y bebió un poco más, y cuando el mayor de los Babosos se le acercó para que le rascara la espalda le dio en su lugar un trago de Viejo Estrella Roja. Baba para el Baboso. Despreocupadamente, se preguntó que efecto tendría la afición al alcohol en la raza, cuando las vírgenes se convirtieran en Madres.

Y en ese momento fue sacudido por lo que pareció una maravillosa idea salvadora. Aquellas criaturas podían absorber los elementos deseados de la tierra, y con ellos duplicar estructuras moleculares extremadamente complejas. Siempre que, naturalmente, tuvieran una muestra de la sustancia deseada para analizarla en algún extraño órgano.

Y bien, ¿qué otra cosa más fácil que darle una de sus queridas cápsulas? Una se podía convertir en muchas. Eso, con la abundancia de agua, que era bombeada por los huecos filamentos subterráneos desde el cercano arroyo, sería suficiente para que cualquier destilería palideciese de envidia.

Se lamió los labios y ya estaba a punto de teclear su petición, cuando lo que ella transmitía penetró en su mente.

Bastante irritada le decía que su vecina del otro lado del valle estaba alardeando, porque también ella tenía prisionero a un ente móvil que podía comunicarse.

Las Madres tenían una sociedad tan jerárquica como el protocolo de un banquete en Washington o el orden de comida en un gallinero. El prestigio era lo que contaba, y el prestigio estaba determinado por la potencia de emisión, la altura de la prominencia sobre la que se hallaba la madre, que gobernaba la extensión territorial abarcada por su radar, y la abundancia de novedades y la agudeza para la conversación. 

La criatura que había capturado a Eddie era una Reina. Tenía primacía sobre unas treinta de su especie. Todas ellas tenían que dejarla emitir primero y ninguna se atrevía a iniciar su emisión hasta que ella no hubiese terminado. Entonces comenzaba la siguiente en la jerarquía y así a lo largo de la línea. 

Cualquiera de ellas podía ser interrumpida en cualquier momento por la Número Uno, y si alguna del escalón inferior tenía algo interesante que comunicar, siempre podía interrumpir a la que estaba emitiendo y pedir permiso a la Reina para contar su historia.

Eddie sabía esto, pero no podía escuchar directamente la charla entre colinas. El grueso caparazón de pseudo-granito le impedía hacerlo y esto hacía que dependiera del talle interno para recibir información.

De vez en cuando, la Madre abría la puerta y permitía que sus crías se deslizasen al exterior. Allí practicaban, emitiendo y recibiendo, con los Babosos de la Madre situada al otro lado del valle. Ocasionalmente, aquella Madre se dignaba emitir a los jóvenes y la protectora de Eddie hacía lo mismo con sus crías.

Plataforma giratoria.

La primera vez que las crías se habían deslizado a través del iris de salida, Eddie había tratado, como Ulises de pasar por una de ellas y arrastrarse en medio de la manada. Ciega, pero no como Polifemo, la Madre lo había atrapado con sus tentáculos y lo había metido dentro.

A partir de ese incidente había comenzado a llamarla Polyfema.

Él sabía que ella había incrementado enormemente su ya gran prestigio con la posesión de aquel objeto único: un ente móvil transmisor. Había crecido tanto su importancia que las Madres de los bordes de su zona pasaron la noticia a las otras. 

Antes de que hubiera aprendido su lenguaje, todo el continente estaba sintonizado. Polyfema se había convertido en una verdadera redactora de noticias. Miles de millares de habitantes de las colinas escuchaban ansiosamente sus relatos de las experiencias con aquella paradoja caminante: un macho semántico.

Aquello había sido magnífico. Pero, hacía poco, la Madre situada al otro lado del valle había capturado otra criatura similar, y de un salto se había convertido en Número Dos en la zona. Y, a la menor ocasión, podría arrebatar la posición preponderante a Polyfema.

Eddie se excitó enormemente por las noticias. A menudo había pensado en su madre y se había preguntado qué era lo que estaría haciendo. Curiosamente, finalizaba muchas de sus fantasías con murmullos, reprochándola casi inaudiblemente el haberle abandonado y el no efectuar ningún intento de rescate. Cuando se daba cuenta de su actitud, se avergonzaba. Y, no obstante, sus pensamientos estaban teñidos por una sensación de deserción.

Ahora que sabía que estaba con vida y que había sido capturada, probablemente mientras intentaba salvarle a él, se despertó del letargo que lo había hecho últimamente proclive al sueño. Preguntó a Polyfema si abriría la entrada para que pudiese hablar directamente con el otro cautivo. Ella dijo que si. Deseosa de oír una conversación entre dos entes móviles, se mostró muy dispuesta a cooperar. Después tendría mucho que comentar sobre tal conversación. Lo único que empañaba su alegría era el pensar que también la otra Madre iba a tener acceso a esto.

Luego, recordando que aún era la Número Uno y que sería la primera en emitir los detalles, vibró tanto de orgullo y éxtasis que Eddie notó cómo temblaba el suelo.

Abierto el iris, lo atravesó y miró al otro lado del valle. Las faldas de las colinas todavía eran verdes, rojas y amarillas, como si las plantas de Baudelaire no perdieran sus hojas durante el invierno. Pero algunos espacios blanquecinos demostraban que el invierno había comenzado. Eddie tembló ante la mordedura del aire frío en su piel sin protección. 

Hacía tiempo que se había quitado la ropa, a causa del calor que irradiaba el seno; por otro lado, Eddie, siendo humano, tenía que deshacerse de los productos de desecho, y Polyfema, siendo una Madre, tenía que expulsar la suciedad con agua caliente de uno de sus estómagos. 

Cada vez que explotaban las válvulas de las tráqueas, surgían torrentes que arrastraban los elementos no deseados a través de los esfínteres del iris, y Eddie quedaba empapado. La ropa que se había quitado, fue arrastrada flotando. Tan sólo sentándose sobre su mochila, había evitado que ocurriese lo mismo con él.

Luego, él y los Babosos, habían sido secados por aire caliente bombeado a través de las mismas válvulas, aire que tenía su origen en la potente batería de pulmones. Eddie estaba bastante confortable (de cualquier forma, siempre le había gustado que lo bañaran), pero la pérdida de sus ropas le impedían la fuga. Si lo hiciese, pronto moriría helado en el exterior, a menos que alcanzase rápidamente el yate. Y no estaba seguro de recordar el camino de regreso.

 De modo que ahora, al salir, dio un paso o dos hacia atrás y dejó que el aire caliente emitido por Polyfema lo cubriese como si fuera una capa que echaran sobre sus espaldas.

Entonces miró a través de la kilométrica distancia que lo separaba de su madre, pero no pudo verla. La semipenumbra y la oscuridad del interior de su raptora la ocultaban.

Dijo en morse:

—Cambia a la misma frecuencia.

Paula Fetts lo hizo así y comenzó a preguntarle, frenéticamente, si se encontraba bien.

Él replicó que estupendamente.

—¿Me has echado mucho de menos, hijo?

—Sí, mucho.

Mientras decía esto, se preguntó vagamente por que sonaba tan hueca su voz. Probablemente se debía a la desesperación de no poderla ver.

—Casi me volví loca, Eddie. Cuando fuiste capturado, escapé tan aprisa como pude. No tenía idea de qué horrible monstruo nos estaba atacando. Y entonces, a mitad de camino, ladera abajo, me caí y me rompí una pierna...

—¡Oh, no, madre!

—Sí, así fue..., pero logré arrastrarme hasta la nave. Allí, después de que la entablillé, me dediqué a buscarte. Lo que ocurrió es que mi plan no salió como había planeado. Me curé muy lentamente, ¿sabes? De modo que convalecí doble tiempo del acostumbrado.

»Pero cuando pude caminar, tomé un arma y una caja de Rompedor. Iba a destrozar lo que creía una fortaleza de roca, un refugio de alguna especie de alimaña extraña. No tenía ni idea de la verdadera naturaleza de estos animales. No obstante, decidí efectuar primero un reconocimiento. Iba a espiar la roca del otro lado del valle. Y fui atrapada por ese ser.

»Escucha ahora, hijo. Antes de que por cualquier razón nos corten la comunicación, déjame decirte que no debes perder las esperanzas. Saldré de aquí antes no tardando mucho, e iré a rescatarte.

—¿Cómo?

—Recordarás que mi laboratorio portátil contiene cierto número de carcinógenos para experimentos. Bueno, ya sabes que a veces el punto de concepción de una madre, rasgado durante el apareamiento, en vez de producir crías se vuelve canceroso. Es lo opuesto al embarazo. He inyectado un carcinógeno en el punto y se ha desarrollado un hermoso carcinoma. Morirá dentro de pocos días.

—¡Quedarás enterrada bajo esa masa de putrefacción!

—No. Esta criatura me ha dicho que cuando una de su especie muere, un acto reflejo abre los labios. Esto ocurre para permitir que sus crías, si es que tiene alguna, escapen. Escucha, yo...

Un tentáculo se enroscó en torno a él, lo introdujo a través del iris y éste se cerró.

Cuando volvió a poner su panradio en onda continua, escuchó:

—¿Por qué no respondías? ¿Qué ocurría? ¡Dímelo! Eddie se lo contó. Hubo un silencio que sólo pudo ser interpretado como asombro. Cuando recuperó el aplomo, ella dijo:

—A partir de ahora, hablarás con el otro macho a través de mí.

Obviamente, envidiaba y odiaba aquella habilidad de cambiar de bandas y hasta quizá le costaba aceptar la idea.

Era increíble.

—Por favor —insistió, no sabiendo cuan peligrosas eran las aguas en las que se estaba adentrando—. Por favor, déjame hablar con mi madre directa...

Por vez primera la oyó tartamudear:

—¿Qu... qué? ¿Tu m... madre?

—Sí, claro.

El suelo se agitó violentamente bajo sus pies. Gritó y se aferró fuertemente para no rodar, luego encendió la luz.

Las paredes estaban vibrando como gelatina en movimiento, y las columnas vasculares habían pasado del rojo y azul al gris. El iris de entrada se abrió, como una boca inerte, y el aire se enfrió. Pudo notar el descenso de temperatura en su carne con la planta de los pies. Pasó un rato antes de advertirlo. Polyfema estaba conmocionada.

Nunca supo lo que pudo haber pasado de haber permanecido en tal estado. Quizás hubiera muerto, obligándole así a salir al invierno antes de que su madre tuviera oportunidad de escapar. En tal caso, y si no hubiera podido encontrar la nave, habría muerto. Acurrucado en la parte más caliente de la cámara en forma de cúpula, Eddie contempló este pensamiento, estremeciéndose, y no precisamente por el frío.

De cualquier modo, Polyfema tenía sus propios caminos para recuperarse. Por ejemplo, vomitar el contenido de su estómago, que indudablemente se había llenado con los venenos eliminados de su sistema. Su vómito de la sustancia era la manifestación física de la catarsis psíquica. La marea fue tan violenta que el hijo adoptivo casi fue arrastrado por el cálido torrente. Pero ella, reaccionando por instinto, había asido con sus tentáculos a los Babosos y a él también. Luego, siguió el movimiento vomitivo vaciando las otras tres bolsas de agua, la segunda caliente, la tercera tibia, la cuarta, recién llenada, fría.

Eddie gritó cuando el agua helada le caló hasta los huesos. Los esfínteres de Polyfema se cerraron de nuevo. El suelo y las paredes, gradualmente, dejaron de temblar. La temperatura se elevó; y sus venas y arterias recuperaron su color azul y rojo. De nuevo estaba bien, o al menos así lo parecía.

Pero después de esperar veinticuatro horas, intentó con mucho tacto hablar del tema, averiguando que no sólo no quería contarlo sino que rehusaba admitir la existencia del otro ente móvil.

Eddie, perdidas las esperanzas de conversar, pensó durante un rato. La única conclusión a la que podía llegar, y estaba seguro de que había logrado comprender lo suficiente de su psicología como para hacer que fuera válida, era que el concepto de una hembra móvil era totalmente inaceptable.

El mundo de ella estaba dividido en dos: los móviles y su especie, la de los inmóviles. Los móviles eran comida y coito, y significaban: macho. Las Madres eran: hembras.

¿Cómo se reproducían los Móviles? Era algo que probablemente nunca había pasado por las mentes de los que habitaban las colinas. Su ciencia y su filosofía estaban al nivel instintivo de sus cuerpos. Si tenían alguna idea de una generación espontánea o de una fusión similar a la de las amebas, como responsable de la continuidad de la población de los entes móviles, o si se daba por sentado que crecían, era algo que Eddie nunca logró saber. Para ellas, su especie era la de las hembras, y el resto del universo protoplásmico estaba formado por machos.

Aquello era todo. Cualquier otra idea era algo más que sucia, obscena o blasfema. Era... impensable.

De modo que Polyfema había sufrido un profundo golpe a causa de sus palabras. Y aunque parecía haberse recuperado, en alguna parte de sus toneladas de carne inimaginablemente complicada estaba encerrada una herida. Como una flor oculta, de oscuro, púrpura, florecía. Y la sombra que daba era la que cubría cierta memoria, cierto momento, ocultándolo a la luz de la conciencia. Esa sombra cubría aquel tiempo y aquel acontecimiento que la Madre, por razones inimaginables para el ser humano, creía necesario señalar con un PROHIBIDO.

De modo que, aunque Eddie no lo dijo con palabras, lo entendió por las células de su cuerpo, y sintió y supo, como si su cuerpo le estuviese profetizando y su cerebro no lo escuchara, lo que iba a pasar.

Sesenta y seis horas después, según el reloj del panradio, los labios de entrada de Polyfema se abrieron. Sus tentáculos surgieron, regresaron y trajeron consigo a su indefensa y gimoteante madre.

Eddie, despierto de una siesta, horrorizado, paralizado, vio cómo ella le lanzaba su laboratorio portátil y oyó cómo pronunciaba un grito inarticulado. Y la vio arrastrada, con la cabeza por delante, hacia el esfínter estomacal.

Polyfema había seguido el único camino seguro para enterrar la evidencia.

Eddie yacía boca abajo, con la nariz aplastada contra la caliente y ligeramente palpitante carne del suelo. De vez en vez, sus manos se apretaban espasmódicamente, como si pretendiera alcanzar algo que alguien estuviera poniendo a su alcance, apartándolo luego.

No supo cuánto tiempo permaneció de aquella manera, porque nunca más volvió a mirar el reloj.

Finalmente, en la oscuridad, se sentó y rió sofocadamente:

—Mi madre siempre hacía buenas comidas.

Aquello le descentró. Se recostó hacia atrás, apoyándose sobre las manos, y aulló como un lobo a la luna llena.

Polyfema, por supuesto, era totalmente sorda, pero podía percibir por el radar su postura, y su agudo sentido del olfato deducía del olor de su cuerpo que se hallaba en un tremendo estado de angustia y terror.

Un tentáculo surgió y, amablemente, lo envolvió.

—¿Qué ocurre? —zumbó el panradio.

Metió el dedo en el orificio del pulsador.

—¡He perdido a mi madre!

—¿?

—Se ha ido y ya no volverá nunca.

—No comprendo. Yo estoy aquí.

Eddie dejó de llorar e inclinó su cabeza, como si estuviera escuchando alguna voz interior. Sorbió unas cuantas veces y se secó las lágrimas. Lentamente, soltó el tentáculo, lo acarició, caminó hacia su mochila situada en un rincón y sacó la botella de píldoras de Viejo Estrella Roja. 

Una la engulló él y la otra se la dio a ella, pidiéndole, si era posible, que la duplicase. Entonces se tendió de lado, se apoyó sobre un codo, como una selección de orgías, y sorbió un trago del biberón, escuchando una selección de Beethoven, Moussorgsky, Strauss, Verdi, Porter, Casals, Feinstein y Waxworth.

Y así pasó el tiempo —si es que aquello existía allí dentro— para Eddie. Cuando se cansaba de la música, o del teatro, o de los libros, escuchaba a través de la conexión de la zona. Hambriento, se levantaba y caminaba —o a menudo se limitaba a arrastrarse— hasta el esfínter que conducía a la comida. 

En su mochila había latas de raciones; había planeado comer de ellas hasta estar seguro de... ¿qué es lo que se había prohibido a sí mismo comer? ¿Veneno? Algo había sido devorado por Polyfema y los Babosos. Pero en algún momento, durante sus orgías de música y alcohol, se había olvidado el qué. Ahora comía hambriento y sin pensar en nada más que en la satisfacción de sus necesidades.

A veces se abría la puerta y Billy el Verdulero penetraba. Billy parecía un cruce entre un saltamontes y un canguro. Tenía el tamaño de un perro pastor y llevaba en su bolsa de marsupial vegetales, frutas y nueces. Extraía éstas con sus garras de brillante color verde y se las entregaba a la Madre a cambio de comida caliente. El alegre simbiótico gorjeaba alegremente mientras sus ojos de mil caras, girando independientemente, miraban el uno a los Babosos, y a Eddie, el otro.

Eddie, impulsivamente, abandonó la banda de mil kilociclos y buscó en las distintas frecuencias hasta que encontró que tanto Polyfema como Billy emitían en la de ciento ocho. Al parecer, ésta era su señal natural. Cuando Billy tenía sus vegetales para servirlos, emitía. Polyfema, a su vez, cuando los necesitaba, llamaba a Billy. No había nada inteligente por parte de Billy; tan sólo era su instinto por transmitir. Y la Madre, aparte de su frecuencia «semántica», estaba limitada a esta otra banda nada más. Aunque todo iba de perlas.

Todo era estupendo. ¿Qué más podía desear un hombre? Comida gratis, licor sin límites, una cama blanda, aire acondicionado, duchas, música, obras intelectuales en grabación, conversación interesante, posibilidad de mantener una vida privada, y seguridad.

Si no la hubiera bautizado ya, la hubiera llamado Madre Gratis.

No todo eran comodidades. Ella le había dado respuesta a todas sus preguntas, a todas...

Excepto a una.

Esto nunca fue expresado verbalmente por él. En realidad, habría sido incapaz de hacerlo. Probablemente no se daba cuenta de que tenía esa pregunta por formular.

Pero Polyfema la pronunció un día, cuando le pidió que le hiciera un favor.

Eddie reaccionó como si le hubieran ultrajado.

—¡Uno no hace eso...! ¡Uno no hace eso...!

Se atragantó, y pensó entonces: ¡qué ridículo! Ella no es...

Y pareció intrigado, y dijo:

—Aunque sí es.

Se alzó y abrió el laboratorio portátil. Mientras buscaba el bisturí, encontró los cancerígenos. Sin pensar en ello, lo lanzó a través de los semiabiertos labios, muy lejos, rodando por la ladera de la colina.

Luego se volvió y, con el bisturí en la mano, saltó a la protuberancia dé color gris claro en la pared. Y se detuvo, mirándola, mientras el instrumento caía de su mano. Lo recogió y golpeó débilmente, aunque no fuera más que para producir un leve rasguño.

De nuevo lo dejó caer.

—¿Qué es esto? ¿Qué es esto? —dijo el panradio que colgaba de su muñeca.

Repentinamente, una espesa nube de olor humano —sudor— surgió hacia su rostro desde un orificio cercano.

—¿¿¿¿????

Y se quedó allí, agazapado, en cuclillas, aparentemente paralizado, hasta que los tentáculos lo agarraron furiosamente y lo condujeron hasta el esfínter del estómago, que bostezaba con el tamaño de un hombre.

Eddie chilló, se agitó e introdujo su dedo en el panradio.

—¡De acuerdo! ¡De acuerdo!

Y una vez de vuelta a la mancha, golpeó con una repentina furia. Rasgó salvajemente, aulló:

—¡Toma! ¡Y esto, p...! —perdiéndose el resto en un grito irracional.

No paró de cortar y habría continuado haciéndolo hasta extirpar el punto, si Polyfema no hubiese intervenido, arrastrándolo de nuevo hasta su esfínter estomacal. Durante diez segundos permaneció allí, inerme, llorando, con una extraña mezcla de miedo y gloria.

Los reflejos de Polyfema se habían sobrepuesto a su cerebro. Afortunadamente, una débil chispa de razón se había encendido en un rincón de la vasta, oscura, caliente capilla de su frenesí.

Las circunvoluciones que llevaban a la hirviente bolsa llena de carne se cerraron y los pliegues de carne se volvieron a redistribuir. Repentinamente, Eddie fue bañado con agua caliente de lo que él llamaba estómago-lavabo. El iris se cerró. De nuevo fue puesto en el suelo.

Durante largo tiempo, la Madre pareció estar agitada por la idea de lo que pudiera haberle hecho a Eddie. No se atrevió a emitir hasta que sus nervios estuvieron calmados. Cuando lo hizo, no se refirió a su casi milagroso escape. Ni tampoco lo hizo él.

Estaba contento. Se sentía como si un muelle, apretado contra sus entrañas desde que se separase de su esposa, se hubiera soltado ahora, por alguna razón. Y el informe y vago olor de pérdida y descontento, la ligera fiebre y el agarrotamiento en sus entrañas, y la apatía que a veces lo afligía, habían desaparecido. Se sentía la mar de bien.

Mientras tanto, algo parecido a un profundo afecto había nacido, como una pequeña vela encendida bajo el inmenso techo de una catedral llena de corrientes de viento. El caparazón de la Madre albergaba ahora algo más que a Eddie. Ahora se curvaba sobre una emoción nueva para su especie. Aquello fue evidente por el siguiente acontecimiento, que lo llenó de terror.

Porque las heridas del punto se curaron, y la hinchazón creció hasta convertirse en una gran bolsa. Luego la bolsa se rompió, y diez Babosos del tamaño de una rata golpearon el suelo. El impacto tuvo el mismo efecto que la palmada de un médico en las nalgas de un recién nacido; aspiraron su primer aire entre conmoción y dolor: sus incontrolables y bébiles impulsos llenaron el éter con informes de auxilio.

Cuando Eddie no estaba hablando con Polyfema, o escuchando, o bebiendo, o durmiendo, o comiendo, o bañándose, o haciendo sonar las cintas, jugaba con los Babosos. En cierto modo, era su padre. No obstante, a medida que crecían, se hizo difícil para la Madre el distinguirlo de las crías. Como ya muy pocas veces caminaba, a menudo se encontraba a gatas en medio de ellos, no reconociéndolo demasiado bien con el radar. Además, algo en el húmedo aire o algo en su dieta había ocasionado su completa depilación. Había engordado mucho. Hablando en términos generales, era casi similar a aquellos pálidos, blandos, gordos e imberbes Babosos. Tenía un enorme parecido con ellos.

Había una diferencia. Cuando llegó el momento de que las vírgenes fueran expulsadas, Eddie se arrastró hacia un extremo, gimoteando, y permaneció allí hasta que estuvo seguro de que la Madre no le iba a arrojar al frío, duro y hambriento mundo de fuera.

Terminada esta crisis final, regresó al centro del piso. El pánico en su corazón había muerto, pero sus nervios temblaban aún. Llenó el termo, y luego escuchó durante un rato su propia voz de barítono cantando el aria Cosas Marinas de su ópera favorita, El anciano marinero. De repente, estalló y se acompañó a sí mismo, sintiéndose emocionado como nunca por las palabras finales:

 Y de mi cuello, tan libre,

El Albatros cayó, sumergiéndose,

Como plomo en el mar.

 Luego, silenciosa la voz pero cantando el corazón, paró la cinta y se puso a emitir a Polyfema.

La Madre tenía problemas. No podía describir con precisión a la conexión continental la nueva y casi inexpresable emoción que sentía hacia el ente móvil. Era un concepto para el que su lenguaje no estaba preparado. Ni le servían para nada los litros de Viejo Estrella Roja que corrían por su sistema de circulación.

Eddie bebió del biberón de plástico y asintió con simpatía, medio dormido, a la búsqueda de palabras. Por último, el termo cayó de su mano.

Durmió de costado, encogido como una pelota, con las rodillas contra el pecho, los brazos cruzados, el cuello doblado hacia delante. Como el cronómetro de la sala de control, cuyas manecillas rodaran en sentido contrario tras el impacto, el reloj de su cuerpo caminaba hacia atrás, hacia atrás...

En las tinieblas, en la humedad, a salvo y rodeado de calor, bien alimentado, querido.