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La renta espectral - Henry James (Parte 3 y última)

No voy a negar a estas alturas que en aquel momento mi corazón brincaba locamente dentro del pecho. Y sin embargo, no puedo dejar de reconocer que el anciano se dirigió a abrirme la puerta con toda tranquilidad, no exenta de cierto aire solemne. Hasta llegué a pensar, dada la extraña concesión del anciano, que este también era un fantasma. 

Pensé que una vez que preparase mi ánimo para enfrentarme a un ser misterioso, un espectro, o lo que fuera, lo demás ya no podría causarme ningún pavor. Todo esto fue lo que pasó por mi mente antes de penetrar en aquella oscura y misteriosa mansión. 

El capitán Diamond metió la llave en la cerradura, dio la vuelta y abrió, mientras me decía en voz baja que ya podía pasar. Quedé envuelto en la oscuridad y oí cómo la puerta se cerraba detrás de mí. Durante unos instantes no me atreví a mover ni un solo dedo de la mano ni de los pies; permanecí inmóvil, valientemente, en aquellas espantosas tinieblas. 

Como no veía ni oía nada, me decidí a encender un fósforo. En la mesa, tal como me había dicho el anciano, había dos antiguos candelabros con sendos cirios. Los encendí e inicié mi visita de exploración.

Ante mí se elevaba una escalera con una balaustrada, de estilo muy antiguo, cuya madera estaba grabada a la usanza de las viejas casas de New England. Desistí momentáneamente de subir por ella, y me dirigí hacia la habitación situada a mi derecha. 

Se trataba de un salón parcamente amueblado y con esa atmósfera típica de las estancias donde nunca ha habido vida humana. Levanté aún más los candelabros y solo pude ver unas cuantas sillas y los muros desnudos. A continuación estaba la habitación desde cuya ventana baja había espiado en dos ocasiones, y que se comunicaba con la sala, tal como imaginé, mediante una puerta plegable. Aquí tampoco encontré la amenaza de ningún espectro. 

Volví a cruzar el salón y recorrí las habitaciones situadas al otro lado; un gran comedor, donde podría haber escrito mi nombre en la mesa situada en el centro, dada la gran cantidad de polvo que la cubría; una ruinosa cocina provista de cacerolas y sartenes siempre frías, ya que el sol jamás penetró en aquella húmeda y helada estancia; y otras dos habitaciones desprovistas de todo mobiliario. 

Todo esto me pareció extraño, pero no sorprendente. Regresé al vestíbulo y me dirigí al pie de las escaleras, sosteniendo en alto los candelabros. El subir por ellas exigía gran cuidado ya que, a pesar de la débil luz que arrojaban los dos cirios, la oscuridad era profunda. 

De repente tuve la extraña sensación de que las tinieblas tenían vida, que estaban animadas por algo que no veía ni oía; parecía que la oscuridad y la «cosa» dentro de ella se movían al unísono, una junto a la otra.

Lentamente —digo lentamente porque en aquel momento los segundos me parecieron siglos— «aquello» adoptó la forma de una sombra alargada, puntiaguda y definida, que avanzó hacia la parte alta de la escalera. 

Debo admitir que en aquel instante era consciente de que me hallaba dominado por una sensación a la que, en honor a la verdad, debo aplicar el nombre de miedo. Podía exagerar y especificar que lo que yo sentía era Espanto (sí, con mayúscula); mas para no confundir al lector, me limitaré a decir que experimenté eso que puede hacer perder el conocimiento a un hombre hecho y derecho. 

Observé cómo aumentaba de tamaño aquella sombra macabra, y sentí un miedo irresistible dentro de todo mi cuerpo, ya que crecía de una forma tan misteriosa que parecía confundirse con la oscuridad que nos rodeaba. Reflexioné durante unos instantes, pues gracias a Dios, aún podía razonar, y me dije a mí mismo: «Siempre pensé que los fantasmas eran blancos y transparentes; esto debe ser un juego de luces y de sombras densas y opacas». 

Me esforcé en convencerme a mí mismo de que aquello era un efecto óptico momentáneo y que no debía dejarme llevar por los nervios y sentir miedo, pues entonces todo se habría perdido. De modo que empecé a bajar de espaldas la escalera, escalón por escalón, con lentitud y sumo cuidado, y los ojos fijos en la misteriosa figura negra que permanecía allá arriba. 

Evidentemente hubo un momento, muy breve por cierto, durante el cual pensé que debía subir la escalera con resolución y enfrentarme cara a cara con aquella misteriosa sombra movible y negra, pero las suelas de mis zapatos me parecieron de puro y pesado plomo. Había conseguido lo que me había propuesto, ver al fantasma; ya no tenía nada que hacer allí. 


Entonces decidí observar aquella extraña «cosa» desde otro ángulo, con el fin de poder luego recordarla con el mayor número de detalles posible, y, sobre todo, convencerme a mí mismo de que no era fruto de mi imaginación. Incluso me pregunté cuánto tiempo tendría que estar allí, clavado al suelo, contemplando fijamente al espectro, para que mi retirada no pudiera ser considerada como huida a causa del miedo, lo que habría mermado mi dignidad de hombre sensato y valiente.

Todo esto, desde luego, pasó por mi mente con extremada rapidez, lo que comprobé al observar un movimiento del espectro. En aquella horrible oscuridad aparecieron de repente dos manos blancas, elevándose hacia una altura que deduje debía ser a nivel de su cabeza. Allí se juntaron, frente a lo que debía ser su rostro, y luego se separaron, dejando al descubierto el semblante. Este era confuso, blanco, extraño; en una palabra, espectral. 

Durante unos instantes me estuvo mirando, después de lo cual volvió a elevar una de las manos, lenta y suavemente, hacia atrás y hacia delante. Era un movimiento bastante raro, confuso; parecía denotar resentimiento y, al mismo tiempo, indicar que me marchase. Sin embargo, también era un movimiento trivial, familiar. Familiaridad que no había entrado en mis cálculos, y que, por añadidura, no me agradó lo más mínimo, máxime viniendo de parte de la Presencia Espectral. 

Ahora comprendía lo que el capitán Diamond quería decirme al comentar que aquel fantasma era «infernalmente desagradable». De improviso sentí un impulso incontenible de salir corriendo lo antes posible de aquella misteriosa mansión embrujada, pero, por dejar en buen lugar mi dignidad, decidí hacerlo en forma galante, sin denotar pavor alguno, dado que se trataba de un espectro femenino. 

Y lo único galante que se me ocurrió fue apagar los cirios. De modo que me volví y los apagué. Acto seguido me dirigí hacia la puerta, me detuve ante ella y la abrí. La luz exterior, rayana en la oscuridad, entró en la vieja mansión, iluminó su atmósfera oscura y me hizo ver con más nitidez aquella horrible y sólida sombra.

Al salir, encontré al capitán Diamond sentado sobre la hierba y apoyado en su bastón, bajo el parpadeo de las primeras estrellas de la noche. Me contempló fijamente durante unos instantes, pero no me hizo ninguna pregunta; luego se dirigió a cerrar la puerta. 

Cumplida esta formalidad, llevó a cabo la otra, es decir, aquellas inclinaciones que solía hacer ante la vieja mansión. Luego, sin tomarse siquiera la molestia de avisarme, echó a andar por el mismo camino que ambos habíamos tomado, e instantes después, desapareció de mi vista.

Al cabo de pocos días suspendí mis estudios y me marché fuera para pasar mis vacaciones de verano. Estuve ausente durante varias semanas, en las cuales tuve tiempo suficiente para analizar todas mis experiencias acerca de los fenómenos sobrenaturales. 

Estuve orgulloso de mí mismo al recordar que no sentí miedo alguno en la mansión encantada del viejo Diamond; ni tuve escalofríos, ni temblé, ni eché a correr como un galgo asustado. De todas formas, fue un gran alivio verme a treinta millas de distancia de la escena de mi primer encuentro con el espectro; tanto, que durante mucho tiempo preferí la luz del día a la oscuridad de la noche. 

Mis nervios habían sufrido una gran excitación, y aquella estancia junto al mar durante mis vacaciones acabó por calmarlos del todo. Una vez tranquilizado, me dispuse a estudiar en detalle todas las experiencias sobrenaturales que había sentido en mi espíritu y comprobado en mi cuerpo. 

Cierto que había visto algo —aquello no fue fruto de mi imaginación, no—, pero ¿qué había visto yo? Entonces lamenté no haberme acercado más aún a aquel espectro. Pero es muy fácil hablar; cualquier otro hombre en mis circunstancias habría hecho exactamente lo mismo que yo; en realidad, subir por la escalera hasta llegar junto al fantasma era una auténtica imposibilidad física. 

¿Acaso no fue esta paralización de mis facultades una influencia sobrenatural? Quizá no en forma necesaria, ya que un fantasma falso o fingido puede causar el mismo terror que uno auténtico. ¿Pero cómo pude haber visto al fantasma levantar sus manos? ¿Cómo podía explicarse el que me impresionara tanto? Sin duda alguna, auténtico o falso, se trataba de un fantasma muy inteligente. 

A decir verdad, prefería que fuese un fantasma real, ya que me habría avergonzado el haberme dejado impresionar por uno falso; por otro lado, el haber visto un fantasma auténtico era algo que, tal como estaban las cosas, podría compararse a una pluma en el sombrero de un hombre. Así pues, dejé que mis pensamientos se apaciguaran, cesando de atormentarme con mil conjeturas. 

Pero por más esfuerzos que hacía, de vez en cuando volvían a mi mente, haciendo brotar una y mil preguntas. Debía dejar por descontado que aquel espectro era la hija del capitán Diamond; y si era ella, entonces aquello era su espíritu. ¿Pero no sería su espíritu y algo más? Este era el problema que me trastornaba la mente.

A mediados de septiembre volví a la Facultad de Teología, una vez pasadas las vacaciones, pero no me apresuré a visitar la casa encantada.

Se aproximaba el final del mes, es decir, el último día del trimestre, en que el capitán Diamond, como siempre, debería recoger la renta del espectro. Pero esta vez no me sentí en condiciones de trastornar el peregrinaje del anciano militar; aunque también he de confesar que sentí mucha compasión al imaginarme al anciano capitán avanzando en la oscuridad por aquel solitario, polvoriento y siniestro camino, apoyándose penosamente en su vetusto bastón. 

El día treinta de septiembre, mientras me hallaba estudiando, oí de repente un suave golpear en mi puerta. Me dirigí a ella y la abrí. Delante de mí se presentó una anciana negra, con un turbante rojo envolviendo sus cabellos y parte de su frente, y un gran pañuelo blanco cubriéndole el pecho. La mujer me miró en silencio; tenía aquel aire de gravedad y decencia que suelen tener las personas entradas en años de su raza. 

Yo permanecí inmóvil, en una postura interrogativa, y la pobre negra introdujo una de sus manos en el amplio bolsillo de su delantal y extrajo un librito. Era aquel ejemplar de los Pensamientos, de Pascal, que yo había regalado a su amo.

—Perdone usted, señor —me dijo con voz tenue—. ¿Conoce este libro?

—Lo conozco perfectamente —contesté—, mi nombre está escrito en la contraportada.

—¿Este nombre es el suyo? Quiero decir si no es el de otra persona que se llame igual que usted.

—Si lo duda, puedo escribir mi nombre al lado de este y lo podrá comparar.

La negra permaneció callada durante unos instantes. Luego dijo con tono solemne:

—No serviría para nada la prueba que me propone, pues no sé leer. Pero si me da su palabra de honor, ello me bastará. Vengo de parte del caballero a quien le dio este libro. Me dijo que se lo trajera a usted como prueba... bueno, creo que esa fue la palabra que empleó, para que no dudara usted de que era él quien me enviaba. Está muy enfermo y desea verlo.

—¿El capitán Diamond está enfermo? —contesté—. ¿Es grave su enfermedad?

—Está enfermo, muy enfermo —contestó sollozando la pobre negra—. Yo no entiendo de enfermedades, pero creo que de esta no sale mi amo.

Inmediatamente dije a la mujer que iría a verle en el acto, siempre que tuviese la bondad de esperarme para indicar el camino. La negra asintió con un gesto de cabeza, y momentos después ambos caminábamos por aquellas soleadas calles, yo detrás de ella, como un personaje de Las mil y una noches, conducido por un esclavo a una misteriosa mansión. 

Mi guía me llevó hasta la orilla del río, a una casita pintada de amarillo situada en una calle costera. Abrió la puerta con rapidez y me dejó entrar, y me encontré frente a mi viejo y buen amigo. Estaba en la cama, en una habitación oscura, y, evidentemente, en muy mal estado. 

Se hallaba recostado sobre una almohada, con sus tiesos cabellos más erectos que nunca, y los brillantes ojos de siempre dominados por la fiebre. El piso estaba limpio como una patena, lo que me hizo comprobar cuán excelente ama de casa era la anciana negra. 

El capitán Diamond, pálido y rígido sobre aquellas sábanas tan blancas, parecía una de esas figuras grabadas en la losa sepulcral de una tumba gótica. Me miró en silencio, y la anciana sirvienta se marchó, dejándonos solos.

—Sí, es usted —me dijo, haciendo un esfuerzo—; ya veo que es usted. Al fin ha venido. Es un excelente muchacho. Sí, un buen muchacho. ¿Verdad que no me equivoco al decir que es bueno?

—Espero que no —contesté, mientras le dirigía una mirada bondadosa—. Siempre he creído que era un buen muchacho. Pero dejemos esto ahora y hablemos de usted. Observo que se encuentra muy enfermo, bastante enfermo. ¿Qué podría hacer yo por su persona?

—Me encuentro muy mal, gravemente enfermo —repuso mientras hacía un esfuerzo para volverse y dirigir su rostro hacia donde yo me hallaba—. ¡Me duelen tanto mis viejos y pobres huesos!

Le pregunté sobre la naturaleza de su enfermedad, y el tiempo que llevaba postrado en cama, pero pareció no oírme o no querer hacerlo; estaba impaciente por hablarme de algo. Me cogió por la manga, me atrajo hacia sí, y luego dijo casi en un susurro:

—Ha llegado mi hora.

—Oh, desde luego que no —le dije para animarle—. Estoy convencido de que pronto, muy pronto, volveré a verlo andar sobre sus piernas, y tomaremos el sol en aquel romántico banco rodeado de flores, escuchando su siempre amena conversación.

—¡Eso solo Dios lo sabe! —respondió—. Pero no he querido decir que me estoy muriendo; no, todavía no, por ahora. Lo que pretendo decirle es que ha llegado la hora de ir a la vieja mansión y recoger la renta del espectro. Hoy es el día en que debo ir.

—Ah, sí, es cierto —le contesté—. Pero no puede ir hallándose enfermo.

—No, no puedo ir, es verdad. Perderé mi dinero. Es horrible. Aunque me estuviera muriendo, desearía ir por ese dinero, pues durante toda mi vida he sido un hombre honorable, y deseo esa renta espectral para pagar al médico todo lo que le debo, y para ser enterrado como un hombre respetable.

—¿Era esta tarde?

—Sí, a la hora del crepúsculo, en punto.

Luego se recostó de nuevo sobre la almohada y se quedó mirándome con insistencia. Entonces comprendí por qué me había mandado llamar. Moralmente, según mi forma de pensar, no debía oponerme a la última voluntad de un moribundo. Pero, por lo visto, en mi rostro se reflejó lo que yo pensaba, pues el anciano continuó lamentándose de su triste suerte en el mismo tono.

—No puedo perder mi dinero —repitió una y otra vez—. Lo necesito. Alguien debe ir. Se lo he pedido a Belinda, pero ella no quiere ir porque le da mucho miedo, como a todas las mujeres.

—¿Cree que el espectro no tendrá ningún inconveniente en pagarle a otra persona que no sea usted? ¿Está seguro de ello? —insinué.

—Al menos podemos intentarlo. Nunca me ha ocurrido el verme en esta situación, y por ello no puedo asegurarle nada. Pero si le dijera al espectro que estoy gravemente enfermo, que mis viejos huesos me duelen horriblemente, que me estoy muriendo, entonces, quizá se fíe de usted. Creo conocer a mi hija, y no pienso que deje morir a su padre de esta manera.

—¿Quiere que vaya en su lugar?

—Usted ya ha estado allí una vez; sabe lo que es. ¿Es que le da miedo?

Dudé en contestar a su pregunta.

—Denme tres minutos para que lo piense —repuse— y le daré mi respuesta.

Me puse a meditar, mientras dirigía mi mirada por todos los rincones de la estancia, fijándome en los objetos testigos de la decente pobreza de su ocupante. Parecía respirar una atmósfera de súplica en aquella habitación, y hasta me pareció oír una voz rogándome que fuera. Al fin, pensé acceder a la petición del capitán.

—Estoy seguro de que le ha agradado a mi hija como a mí, ya que es un excelente muchacho —continuó hablando el capitán Diamond, sin hacer caso de que yo estaba entregado a mis meditaciones—. Sí, ella confiará en usted lo mismo que lo he hecho yo. Le gustará su rostro, y comprobará que es incapaz de hacer daño a nadie. Son ciento treinta y tres dólares. Procure ponerlos en lugar seguro.

—Sí, iré, tranquilícese —le respondí al capitán Diamond—. Y puede estar seguro de que haré todo lo que esté en mis manos para que tenga su dinero, la renta del espectro. Estaré de regreso alrededor de las nueve de la noche.

Mis palabras hicieron brillar de gozo las pupilas del anciano. Me cogió la mano y la apretó gentilmente, con suma delicadeza, mientras unas lágrimas se deslizaban por sus mejillas.

Momentos después me marché. Durante el resto del día intenté olvidar la labor que me esperaba a la hora del crepúsculo, pero fue en vano, ya que esta idea acudía a mi mente como atraída por un poderoso imán. No voy a negar que estaba muy nervioso, pues, en realidad, me dominaba una gran excitación. 

Pero si por un lado confiaba en que todo sucediera de la manera más inofensiva para mi seguridad personal, por el otro también temía que todo no fuera tan tremendo, y resultase algo de lo más trivial. Las horas pasaron con lentitud, pero cuando las primeras sombras del crepúsculo empezaron a caer, emprendí inmediatamente mi misión. 

De camino me detuve en la casita del capitán, no solo para interesarme por su salud, sino por si tenía que darme algunas instrucciones que antes hubiera olvidado. La vieja negra me abrió la puerta. Su aspecto era grave y la expresión de su rostro era inescrutable. Me dejó entrar en la casa, y, como respuesta a mis preguntas sobre el estado del enfermo, se limitó a contestarme que el capitán Diamond estaba peor que por la mañana.

—Tiene usted que ser muy astuto y rápido —me dijo— si pretende ir a la mansión del espectro y retornar antes de que él esté ya muerto.

Me bastó una mirada para percibir que la negra sirvienta estaba al corriente de lo que yo haría aquella noche, aunque no vi ninguna muestra que traicionara lo que pensaba en sus negras pupilas.

—¿Por qué se va a morir el capitán Diamond? —pregunté—. Ya sé que se encuentra muy débil y enfermo, pero no como para asegurar que va a morirse. ¿Qué grave enfermedad cree que tiene nuestro excelente amigo?

—Su enfermedad se llama vejez.

—Pero no es tan viejo, mi buena mujer. A lo sumo tendrá sesenta y siete o sesenta y ocho años.

La negra permaneció silenciosa. Luego contestó con voz solemne y grave:

—El capitán Diamond ha llegado al fin; está gastado; no durará mucho.

—¿Puedo verle un instante?

La anciana Belinda asintió con un gesto y me condujo a la habitación de mi amigo.

Este seguía en la misma posición en que le había dejado al marcharme horas antes, exceptuando que ahora tenía los ojos cerrados. Pero me di cuenta que estaba más grave. Le tomé el pulso y comprobé que era muy lento. A pesar de todo, la anciana negra me dijo que el médico había venido a visitarle horas antes aquella tarde y no consideró grave su estado.

—Este médico es un ignorante —dijo ella—, y no ha visto nunca a un moribundo.

En aquel instante mi viejo amigo se movió en su lecho, abrió los ojos, miró alrededor suyo y al cabo de cierto tiempo me reconoció.

—En este momento me disponía a marchar —le dije—. Voy por su dinero. ¿Tiene algo más que decirme antes de que me vaya?

El viejo capitán se incorporó en la cama, apoyándose en la almohada después de hacer un gran esfuerzo con sus huesudos y flácidos brazos. Pareció no oírme o no haber entendido mi pregunta, por lo que insistí:

—Le estoy hablando de la casa, mi querido amigo, de su hija, ¿me comprende?

El capitán Diamond se frotó la frente durante un buen rato, y, al fin, me contestó:

—¡Ah, sí! Confío en usted... ciento treinta y tres dólares en monedas antiguas, todo en monedas antiguas —al llegar a este punto enmudeció por unos instantes, para luego proseguir—. Sea muy respetuoso, muy gentil, si no... —y calló otra vez.

—Oh, no se preocupe, mi buen amigo, seré muy respetuoso y gentil con el espectro de su hija —repuse sonriendo forzadamente—. Pero..., ¿qué me ha querido decir con eso de «si no»?

—¡Si no, me enteraré de ello! —respondió con suma gravedad. Al decir esto, volvió a cerrar sus ojos, y se desvaneció sobre la almohada.

Salí de la casa de mi amigo y me encaminé resueltamente a cumplir mi misterioso encargo. Cuando me hallé frente a la vieja casa, me detuve ante la puerta e hice las reverencias que había visto hacer al capitán. Había calculado mis pasos en forma que pudiera llegar a la mansión a la hora indicada. 

La noche acababa de caer. Saqué la llave, abrí la puerta y la cerré una vez dentro del edificio. Encendí un fósforo y apliqué su llama a los cirios de los dos candelabros que había sobre la mesa. Luego cogí cada uno en cada mano y penetré en el vestíbulo. Estaba vacío, no había nadie, y aunque esperé cierto tiempo, siguió tan vacío como al principio. 

Entonces me dirigí a otra habitación de la planta baja, pero tampoco apareció ninguna sombra negra a detener mis pasos. Al fin me dirigí al gran salón, me detuve al pie de la escalera, y me pregunté si debía o no subirla, con la mirada fija en la parte alta y mi mano apoyada en la barandilla. 

La ansiedad y la angustia me agarrotaban la mente, y tenía motivos para ello; aquella sombra negra que ya había visto antes apareció en las profundas tinieblas del piso superior. No era ninguna ilusión; se trataba de una figura, la misma que viera la primera vez que entré en aquella siniestra mansión. 

Permanecí inmóvil, confiando en que la sombra se perfilaría aún más, mientras mis ojos comprobaban que estaba tan quieta como yo, mirándome desde la escalera con su rostro oculto. Entonces me decidí, desaté la ligadura con que el temor había sujetado mi lengua y hablé.

—He venido en nombre del capitán Diamond. Está muy enfermo, y es incapaz de abandonar su lecho. Me rogó que viniera a recoger su dinero, el cual le llevaré de inmediato, apenas salga de aquí.

Aquella sombra negra no hizo la menor señal, permaneciendo completamente inmóvil. Por ello creí oportuno volver a insistir.

—El capitán Diamond se encuentra muy enfermo. Habría venido de hallarse en condiciones de hacerlo, pero apenas puede moverse de la cama.

Al oír mis últimas palabras, aquella figura retiró el velo que cubría su rostro con lentitud y me mostró una máscara blanca y opaca. Luego empezó a descender la escalera. El espanto se apoderó de mí. Instintivamente, di unos pasos hacia atrás, y me dirigí hacia una salita de estar situada frente a mí. Con los ojos fijos en aquella siniestra figura, anduve de espaldas en dirección a la puerta. Me detuve en el centro de la estancia y puse los cirios en el suelo. 

La figura seguía avanzando hacia mí; parecía corresponder a una mujer de elevada estatura, vestida con extrañas gasas negras. Cuando estuvo cerca de mí comprobé que tenía un rostro perfectamente humano, aunque pálido y triste en extremo. Nos quedamos mirándonos el uno al otro; mi temor había desaparecido; en aquel instante solo estaba muy intrigado.

—¿Está gravemente enfermo mi padre? —preguntó la misteriosa aparición.

Al oír aquella voz tan gentil, temblorosa y humana, anduve unos pasos hacia atrás, me puse a temblar, cogí aliento y di una especie de grito. Lo que tenía delante no era un espíritu ni un fantasma, sino una hermosa mujer, una excelente actriz que se había estado riendo de mi credulidad infantil. 

Instintivamente, sin poder contenerme, le arranqué el velo que cubría su cabeza, enfurecido. Entonces me di cuenta de quién era aquella persona. Su largo vestido negro, su rostro apesadumbrado, pintado en forma que pareciera más pálido aún, sus ojos agudos y penetrantes —del mismo color que los de su padre—, todo me lo confirmaba. Incluso aquel gesto ofendido cuando le arranqué el velo corroboraba todo.

—Supongo que mi padre no le ha enviado aquí para que me insulte —gritó.

Acto sucedido se volvió con rapidez, cogió uno de los cirios y se encaminó hacia la puerta. Al llegar allí se detuvo, me volvió a mirar, dudó un instante, y luego, sacó una bolsa llena de monedas, que arrojó al suelo.

—Ahí tiene usted el dinero —me dijo majestuosamente.

Permanecí inmóvil, entre avergonzado y confuso, viendo cómo ella cruzaba el vestíbulo. Cogí la bolsa de las monedas. En ese instante oí un ruido misterioso, y al poco rato vi aparecer de nuevo a aquella hermosa dama, mas sin llevar el cirio en la mano.

—¡Mi padre...! ¡mi padre! —gritó, mientras le temblaban los labios; sus ojos estaban desorbitados y sus gestos eran los de una persona dominada por un espantoso pavor.

—¿Su padre? ¿Dónde está? —pregunté.

—En el vestíbulo, al pie de la escalera.

Hice el gesto de dirigirme hacia aquel sitio, pero ella me retuvo del brazo.

—Está vestido de blanco —gritó la hermosa dama—, en camisa. ¡No es él!

—Pero, ¿qué dice usted? Su padre está en su casa, en su cama, muy enfermo.

Me miró fijamente, con ojos inquisidores.

—¿Agonizando?

—Espero que no —murmuré.

De pronto, dio un profundo suspiro y se cubrió el rostro con las manos.

—¡Oh, cielos! —gritó profundamente aterrorizada—, entonces he visto su espíritu.

Aún seguía sujetándome el brazo, espantada, incapaz de soltarse de él, como si temiera que algo grave le sucedería de un momento a otro.

—¡El espíritu de su padre! —exclamé intrigado y confuso, sin comprender lo que quería decirme.

—Este es el castigo que merezco por haber cometido aquella locura —continuó hablando.

—¡Ah! —exclamé—. ¡Este es el castigo por mi indiscreción, por mi violencia!

—Lléveme lejos de aquí, lléveme lejos de aquí —me repetía, gritándome al oído—. No, en esa dirección, no —añadió al ver que la conducía hacia la puerta del vestíbulo—. ¡En esa dirección, no! ¡Se lo suplico, por Dios! Huyamos por aquí, por la puerta posterior.

Cogió el otro candelabro y me condujo por una habitación hasta la parte oscura de la mansión. Aquí había una puerta, en una especie de fregadero que daba al huerto. Descorrí el mohoso cerrojo que la tenía cerrada y la atravesamos. Acto seguido nos encontramos respirando aire fresco, bajo una bóveda plagada de estrellas. 

La hermosa dama cogió una capa negra que llevaba y se envolvió en ella, permaneciendo dubitativa durante unos instantes. Yo estaba aturrullado, infinitamente confundido, pero la curiosidad que ella despertó en mí era mucho mayor. Agitada, pálida, pintoresca, con gráciles encantos femeninos, me pareció, bajo la luz de las estrellas, más hermosa que antes.

—Ya veo que ha estado desempeñando un bonito papel durante estos últimos años —le dije, algo ofendido ya—. Un juego extraordinario.

Ella me miró sombríamente, sin intención de contestar.

—Sin embargo, yo me presté a este juego con toda mi buena fe —proseguí—. La última vez que vine, hace unos tres meses, como recordará muy bien, me asustó en grado sumo; sí, muchísimo. ¿Se acuerda, verdad?

—Desde luego que se trataba de un juego extraordinario —contestó al fin la hermosa dama—. Pero era el único remedio que había.

—¿No la perdonó él?

—Mientras creyó que estaba muerta, sí —respondió la extraña dama—. Hubo cosas en mi vida que él no podía perdonar.

Durante unos instantes estuve dudando qué preguntarle; es decir, quería hacer una pregunta importante, pero no sabía cómo. Al final me decidí.

—¿Y dónde está su esposo?

—No tengo marido... —repuso—. Nunca he tenido marido.

Hizo un gesto como indicándome que no le hiciera más preguntas, y echó a caminar con rapidez. Yo salí corriendo detrás de ella, rodeamos la casa y al fin salimos a la carretera. Ella no dejaba de murmurar aterrorizada: «Era él..., era él». Una vez en el camino, se detuvo y me preguntó qué senda iba a tomar yo. Yo le indiqué la ruta por la que había venido.

—Entonces, yo cogeré el otro camino —contestó—. ¿Piensa usted dirigirse a la casa de mi padre?

—Directamente —respondí.

—¿Sería tan amable de decirme mañana cómo lo encontró?

—Con mucho gusto. Pero, ¿cómo me comunicaré con usted?

—Escriba unas cuantas palabras en un papel, y deposítelo bajo esa piedra —repuso, indicándome una de las muchas que bordeaban el viejo pozo del huerto.

Le di mi palabra de que así lo haría, y se dispuso a marcharse.

—Sé lo que debo hacer y conozco el camino —dijo—. Todo está arreglado. Es una historia muy antigua.

Se alejó de mí con extraordinaria rapidez, y mientras desaparecía en la oscuridad, con sus velos negros flotando en el viento, aquellos tules fantasmagóricos con los que iba envuelta la primera vez que la vi, acudió de nuevo a mi mente la impresionante aparición de una oscura noche de invierno en esa tenebrosa mansión solitaria. Me alejé de allí y regresé al pueblo, dirigiéndose directamente a la casita pintada de amarillo junto al río.

Sin pensarlo, me tomé la libertad de entrar en la casa del capitán Diamond sin llamar a la puerta. Una vez dentro, al comprobar que no había nadie en el vestíbulo, me dirigí con resolución al dormitorio de mi anciano amigo. Junto a la puerta, sobre una silla baja se hallaba sentada Belinda, con los brazos cruzados.

—¿Cómo se encuentra el enfermo?

—Se ha ido al cielo.

—¿Muerto? —pregunté.

Se levantó, con una especie de risa trágica en los labios.

—¡Ahora ya es un fantasma tan importante como cualquiera de ellos! —exclamó la negra sirvienta.

Entré en la habitación y encontró al viejo capitán extendido en la cama, rígido e inmóvil. Esa misma tarde escribí unas cuantas líneas en un papel, pensando colocarlo a la mañana siguiente bajo la piedra del viejo pozo de Diamond; pero el destino no quiso que yo llevase a cabo mi misión. Aquella noche, debido a las emociones del día, me fue imposible dormir. 

Me levanté de la cama y me puse a pasear por mi habitación. Mientras lo hacía vi, al pasar junto a la ventana, un gigantesco resplandor rojo en el cielo, al noroeste. Alguna casa se incendiaba en el campo, y ardía con evidente rapidez. Estaba en la misma dirección que el escenario de mis aventuras de la tarde precedente. Mientras contemplaba el encendido horizonte, una idea terrible me vino a la mente. 

Yo apagué el cirio que nos había alumbrado, a mí y a mi compañera, cuando nos dirigíamos hacia la puerta por la que escapamos. No había contado con el otro cirio que se había llevado al vestíbulo, el cual había arrojado Dios sabe dónde al huir presa de espanto por ver el espíritu de su padre.

Al día siguiente, cogí la nota que había escrito y me dirigí a aquel cruce de caminos ya tan familiar para mí. La casa embrujada era un montón de restos calcinados y ardientes cenizas; la tapadera del pozo había sido arrancada para sacar agua por los pocos vecinos que habían acudido a apagar aquella gigantesca hoguera, la cual, lógicamente, debían haber considerado como una venganza del diablo. Las piedras del pozo se hallaban dispersas por el huerto, y la tierra estaba inundada de charcos.

Madre - Philip José Farmer

—Mira, madre. El reloj va al revés.

Eddie Fetts señaló las manecillas del reloj de la sala de mando, siempre ajustado a la Hora Oficial del Centro, sin duda porque la mayor parte de la expedición creía que les recordaría su estado de origen, Illinois, siempre que lo mirasen. Cuando se viaja por el espacio, una hora es tan buena como cualquier otra.

—El golpe debe haberlo alterado —dijo la doctora Paula Fetts.

—¿Cómo ha podido ser?

—No podría decírtelo. No lo sé todo, hijo.

—¡Oh!

—Bueno, no me mires con esa cara de decepción. Soy patólogo, no ingeniero electrónico.

—No te enfades, madre. No puedo soportarlo. No ahora.

Salió de la cabina. Y ella le siguió angustiada. Haber enterrado a la tripulación y a sus compañeros científicos había sido una prueba para él. La sangre siempre le había hecho sentirse enfermo y mareado; apenas pudo controlar sus manos lo suficiente como para ayudarla a recoger los huesos y las entrañas desperdigados. Él había querido echar los cadáveres al horno nuclear, pero ella se lo había prohibido. Los contadores «Geiger» de la nave estaban repiqueteando estrepitosamente, anunciando que en la popa había una muerte invisible.

El meteorito que había alcanzado la nave en el momento en que ésta salía de la Translación al espacio normal, probablemente había destruido la sala de máquinas. O al menos eso era lo que ella había logrado entender de las incoherentes frases de un colega, antes de que éste huyera a la cabina de mando. Ella había corrido en busca de Eddie. Temía que la puerta de su camarote estuviera todavía cerrada, pues había estado grabando una cinta con el aria Inmóvil pende el albatros de El anciano marinero, de Gianelli.

Por fortuna, el sistema de emergencia había desconectado todos los circuitos de cierre. Al entrar, le había llamado, temiendo que estuviera herido. Se encontraba medio inconsciente en el suelo, pero su desmayo no se debía al accidente. La causa era un objeto, tirado en un rincón, al habérsele caído de las manos: un termo con tapón de goma. De la entreabierta boca de Eddie surgía un olor a whisky de centeno, que ni siquiera las pastillas habían sido capaces de ocultar.

Secamente, ella le había ordenado levantarse y meterse en la cama. Su voz, la primera que oía, logró atravesar la falange de la Vieja Estrella Roja. Se tambaleó, poniéndose en pie, y aunque ella era más pequeña, logró, por su peso, meterlo en cama.

Se había recostado junto a él, protegiéndose mutuamente. Sabía que el viejo bote salvavidas también había sido destruido y que lo único que podía hacer el capitán era tratar de descender la nave hasta la superficie del planeta Baudelaire, cartografiado aunque no explorado. Los demás habían ido a sentarse tras el capitán, incapaces de ayudarle más que con su silencioso apoyo.

El apoyo moral no había bastado. La nave había descendido en un ángulo poco oblicuo y, sin embargo, demasiado rápidamente. Los motores afectados no pudieron aguantarla. La proa había sufrido el golpe más duro, y también los que se encontraban en ella.

La doctora Fetts había mantenido la cabeza de su hijo apretada contra su regazo, mientras rezaba en voz alta a su dios y Eddie roncaba y murmuraba entre dientes. Luego se oyó un ruido similar al que se produce cuando se cierran las puertas del infierno: un tremendo gong, como si la nave fuera el badajo de una gigantesca campana tañendo el mensaje más horrible que el oído humano pudiera concebir. Después... un estallido de luz cegadora... la oscuridad y el silencio.

Momentos más tarde, Eddie comenzó a gritar con voz infantil:

—¡No me dejes morir, madre! ¡Vuelve! ¡Vuelve!

La madre estaba inconsciente junto a él, pero él no lo sabía. Lloró durante un rato, y luego se hundió de nuevo en su estupor producido por el whisky —si es que alguna vez había salido de él— y se durmió. Nuevamente la oscuridad y el silencio.

Era el segundo día después del accidente, si es que la palabra día puede describir el perpetuo crepúsculo de Baudelaire. La doctora Fetts seguía a su hijo a todas partes. Sabía que era muy sensible y que se sobresaltaba fácilmente. Toda su vida lo había sabido y había tratado de ubicarse entre él y cualquier cosa que pudiera hacerle daño. Lo había conseguido, pensaba, bastante bien, hasta hacía tres meses, cuando Eddie se fugara de casa.

La chica se llamaba Polina Fameux, la actriz de piernas larguiruchas y pelo rubio, cuya imagen tridimensional, grabada, había sido enviada a todas las estrellas en las que se admiraba un poco el talento histriónico y unos pechos bien desarrollados. Como Eddie era un celebrado barítono de la metrópoli, el matrimonio había provocado tal ruido que todavía el eco sacudía la Galaxia civilizada.

A la doctora Fetts le había sentado muy mal esta fuga, pero había sabido ocultar su dolor bajo una máscara de sonrisas. No le dolía el tener que separarse de él; a fin de cuentas ya era todo un hombre y no un crío, aunque, aparte de las temporadas del Metropolitan y de sus giras, nunca se había separado de él desde los ocho años de edad.

Eso había ocurrido durante la luna de miel con su segundo marido. Y aun entonces la separación no había durado mucho porque Eddie se había puesto muy enfermo y ella había tenido que volver para cuidarle, pues el niño insistía en que ella era la única que podía sanarlo de veras. Además, no se podía decir que todos los días de ópera fueran días de separación total, pues cada noche la llamaba por el video y mantenían una larga conversación, sin importar el coste de tales comunicaciones.

La expectación causada por el matrimonio de su hijo se vio aumentada una semana más tarde. Se trataba de la noticia referente a la separación del matrimonio. Dos semanas después, Polina solicitaba el divorcio alegando incompatibilidad de caracteres. Los documentos le fueron entregados a Eddie en el apartamento de su madre. Ella estaba de regreso el día en que él y Polina habían decidido que «no se aguantaban». O, según le declaró a su madre, que «no podían continuar juntos».

La doctora Fetts sentía, obviamente, mucha curiosidad por conocer las razones de la separación, pero, como ella misma explicaba a sus amigos, «respetaba el secreto», diciéndole además que ya llegaría la hora en que él se lo confiara todo. La «depresión nerviosa» de Eddie se produjo poco después. Estaba muy irascible, voluble y deprimido, y aún empeoró más el día en que un mal amigo le dijo que cada vez que Polina oía su nombre se reía a carcajadas. El amigo añadió que la tal Polina había prometido contar algún día la historia de su breve unión.

Aquella noche, su madre tuvo que llamar a un médico.

En los días que siguieron, pensó abandonar su puesto como patólogo investigador en De Kruif para dedicar todo el tiempo a su hijo y lograr que volviera de nuevo a ser como antes. Que no se hubiera decidido al cabo de una semana, era ya signo de la lucha que se producía en su interior. Acostumbrada a una rápida consideración y solución de un problema, no podía aceptar la investigación sobre la regeneración de los tejidos.

Justamente, en el momento en que estaba a punto de decidirlo a cara o cruz, algo que para ella era increíble y vergonzoso, fue llamada por su superior. Éste le comunicó que había sido elegida para ir con un grupo de biólogos en un viaje de investigación a diez sistemas planetarios seleccionados de antemano.

Encantada, había tirado los papeles con los que habría podido meter a su hijo en una clínica. Y, puesto que era bastante conocida, había utilizado su influencia y buen nombre para conseguir que el gobierno permitiera a su hijo que la acompañara. Aparentemente, iba a realizar una investigación sobre el desarrollo de la ópera en los planetas colonizados por los terrícolas. Que el yate no visitara ningún planeta colonizado no parecía preocupar mucho al departamento. Pero no era la primera vez en la historia del gobierno que su mano derecha ignoraba lo que hacía la izquierda.

En realidad, iba a ser «reconstruido» por la madre, que consideraba que su terapia era superior a las vigentes: A, F, J, R, S, K, H. Era verdad que algunos de sus amigos contaban maravillas de algunas de esas técnicas denominadas con símbolos, pero, por otra parte, sabía de dos amigos íntimos que las habían probado todas, sin conseguir el menor resultado de ninguna.

A fin de cuentas, decidió, ella era su madre y- podía hacer más que nadie; él era carne de su carne, sangre de su sangre. Aparte, no estaba tan enfermo. Lo único que ocurría era que en ciertas ocasiones se sentía tremendamente deprimido, y hacía escenas inverosímiles arguyendo su deseo suicida, o bien se sentaba para contemplar el espacio. No obstante, ella sabía cómo manejarlo.

 Por ello le seguía ahora desde el lugar del reloj que iba al revés hasta su cuarto. Y vio cómo entraba, miraba y se volvía a ella con el rostro contraído.

—Neddie está destrozado, madre. Completamente destrozado.

Ella miró el piano. Se había salido de los soportes de la pared a causa del choque, destrozándose contra la pared opuesta. Para Eddie no era precisamente un piano, sino Neddie. Daba un nombre familiar a cada objeto que entraba en su área durante un tiempo. Era como si saltase de un nombre a otro, como un antiguo marinero que se sintiese perdido de no encontrar puntos familiares en la costa. De otro modo, era como si Eddie fuera a la deriva en medio de un caótico océano, anónimo y sin forma.

O, utilizando una analogía que le cuadraba mejor, era como el hombre de vida nocturna que se siente ahogado a menos que vaya de mesa en mesa en el club, de un grupo conocido a otro, evitando las figuras sin rostro de las mesas desconocidas.

No lloró por Neddie. Ella habría deseado que lo hiciera, pues durante todo el viaje se había mostrado apático. Ni siquiera el esplendor sin par de las estrellas desnudas, ni la inexpresable extrañeza de los planetas desconocidos lograron sacarle de su estado por mucho tiempo. ¡Si al menos llorase o riese con fuerza, o reaccionase violentamente ante los sucesos! Hasta hubiera preferido que, dominado por la ira, la hubiera golpeado o insultado.

Pero no, ni siquiera durante la recogida de los cuerpos mutilados, cuando por un momento pareció que fuera a vomitar, había dejado expresar la necesidad de una reacción física. Ella sabía que si se desataba se sentiría mejor, porque en ese caso se liberaría de buena parte de su molestia psíquica y también física.

Pero el caso era que no lo había hecho. Había continuado recogiendo carne y huesos dentro de las grandes bolsas de plástico, con mirada de resentimiento y mal humor.

Ahora esperaba que la pérdida del piano le hiciera llorar y estremecerse. Entonces podría estrecharle entre sus brazos y darle protección. Volvería a ser su pequeña criatura, temerosa de la oscuridad, del perro muerto por un coche, que busca en sus brazos la seguridad inequívoca, el cariño.

—No te preocupes —dijo ella—. Cuando vengan a por nosotros, te compraré otro.

—¡Cuándo...!

Alzó las cejas y se sentó al borde de la cama.

—¿Qué vamos a hacer?

Ella se mostró enérgica y eficiente.

—La ultrarradio se puso a funcionar en el momento en que nos golpeó el meteorito. Si sobrevivió al choque, todavía debe de estar lanzando mensajes de socorro. De lo contrario, nada podemos hacer, pues no sabemos cómo repararla.

—Sin embargo, es posible que en los últimos cinco años, desde que este planeta fue cartografiado, otras expediciones hayan aterrizado aquí. No de la Tierra, sino de alguna de las colonias. O de planetas no humanos. ¿Quién sabe? Vale la pena comprobarlo. Vamos a verlo.

Una sola mirada bastó para destruir sus esperanzas sobre la ultrarradio. Había sido machacada y rota hasta ser irreconocible como máquina que lanzaba ondas más rápidas que la luz a través del no-éter.

La doctora Fetts dijo con falso tono de ánimo:

—Bueno, esto es todo. ¿Qué importa? Vamos al almacén y veremos.

Eddie se encogió de hombros y la siguió. Allí, la doctora insistió en que cogiesen un panradio. Si por alguna razón tenían que separarse, siempre podrían establecer comunicación mediante los LS —los localizadores de sentido que llevaban acoplados— y localizarse. Habiéndolos utilizado otras veces, conocían la capacidad de los instrumentos y lo esenciales que eran en las exploraciones o incursiones.

Los panradios eran cilindros de poco peso, de unos setenta y cinco centímetros de altura y veinte de diámetro. Llenos, contenían los mecanismos de un par de docenas de aparatos distintos. Nunca se quedaban sin energía porque las baterías se recargaban con la electricidad corporal de los propios usuarios y eran prácticamente indestructibles, pues funcionaban bajo las más adversas condiciones, incluso bajo el agua, o en medio del frío y el calor extremos.

La doctora Fetts insistió en que sujetasen las muñecas izquierdas a los cilindros siempre que estuviesen fuera del yate. De este modo no se caerían ni perderían el contacto. Eddie pensó que tal precaución era ridícula, pero no dijo nada.

Permaneciendo lejos del costado de la nave que tenía el gran agujero, sacaron sus panradios. Eddie investigó las ondas largas mientras la madre movía el dial que controlaba las ondas cortas. No es que esperaran oír algo, pero la búsqueda era mejor que no hacer nada.

Al encontrar vacías las frecuencias de onda modulada, Eddie cambió a las continuas. Le asombró un sonido de cadencia repetida.

—¡Madre! ¡Hay algo en los mil kilociclos! ¡Sin modular!

—Claro, hijo —dijo ella, un tanto exasperada pese a su alegría—. ¿Qué quieres esperar de una señal radiotelegrafica?

Encontró la banda en su propio cilindro. Él la observó con mirada ausente.

—No sé nada de radio, pero esto no es morse.

—¿Cómo? ¡Sin duda te equivocas!

—No creo.

—¿Sí o no? ¡Por Dios, hijo, decídete de una vez!

Aumentó el volumen. Aunque no era necesario, arrimó la cabeza para oír. Como ambos habían estudiado galactomorse a través de las técnicas de hipnopdeagogía, ella confirmó en seguida lo que él había dicho.

—Tienes razón. ¿Qué crees que pueda ser?

Su entrenado oído escuchó las vibraciones.

—No únicamente punto y raya. Hay cuatro longitudes de tiempo, seguidas.

Se mantuvo escuchando.

—Incluso tiene un cierto ritmo. Puedo distinguir grupos definidos. ¡Ah, éste es la sexta vez que lo oigo! Y este otro, y también éste.

La doctora Fetts agitó su rubia cabeza. No podía distinguir otra cosa que una serie de zumbidos. Admitía que había ritmo en ella, pero aun después de esforzarse por identificar algunas unidades, no las reconocía cuando las volvía a oír. Bueno, se encogió de hombros. Era negada para la música. Sin embargo, Eddie había heredado las cualidades de su padre.

Miró la aguja del LS.

—Viene del noreste desde el este. ¿Intentamos localizarlo?

—Claro —dijo ella—. Pero será mejor que comamos algo primero. No sabemos lo lejos que está, ni tampoco lo que encontraremos allí. Mientras preparo una comida caliente, tú dispón el equipo para un viaje.

—De acuerdo —dijo él, con más entusiasmo del que demostrara hasta entonces. Cuando regresó su madre, engulló el plato que le había preparado en la cocina, indemne tras la colisión.

—Siempre haces unas comidas excelentes —dijo.

—Gracias. Me sorprende ver el hambre que tienes. Y me alegra. Creí que todo esto te iba a poner enfermo.

El hizo una vaga pero enérgica señal con la mano.

—Ya sabes, la llamada de lo desconocido y todo lo demás. Tengo el presentimiento de que las cosas van a ir mucho mejor de lo que esperábamos. Mucho mejor.

Ella se le acercó y le olió el aliento. Olía limpio, ni siquiera se notaba el olor a comida. Eso significaba que había tomado clorofila, o que a escondidas probaba algún oculto potingue. De otro modo, ¿cómo explicar su desenfado ante los peligros posibles? No era una actitud normal. No dijo nada porque sabía que si trataba de esconder una botella entre sus ropas o en la mochila, mientras buscaban la fuente de las señales de radio, ella la encontraría pronto. Y se la quitaría. Él no protestaría. Simplemente, dejaría que se la quitase de su mano inerte, mientras los labios se le hinchaban de resentimiento.

Ambos salieron, llevando mochilas y panradios. Él se había colgado un arma al hombro y ella el pequeño maletín negro que contenía el equipo médico y de laboratorio. 

El mediodía de finales de otoño estaba inundado por un débil sol rojo que apenas si se lograba ver a través de la densa cortina de nubes. Su estrella gemela, más pequeña y de color lila, se estaba ocultando por el horizonte del noroeste. Caminaban en una especie de brillante atardecer, lo mejor que podía encontrarse en Baudelaire. 

Y no obstante, a pesar de la ausencia de luz, el aire estaba demasiado caliente. Aquello era un fenómeno común en ciertos planetas situados más allá de la nebulosa del Caballo, fenómeno que, aunque se estaba investigando, aún carecía de explicación.

El paisaje era montañoso y tenía muchos desfiladeros profundos. Aquí y allá aparecían promontorios lo bastante altos y escarpados como para considerarse incipientes montañas. Y teniendo en cuenta las asperezas del terreno, había una sorprendente cantidad de flora. Todas las hojas, relativamente grandes, giraban hacia el sol con la esperanza de recibir la mayor cantidad de luz posible.

De cuando en cuando, mientras los dos terrícolas atravesaban ruidosamente el bosque, pequeños animales multicolores, semejantes a insectos, y criaturas parecidas a los mamíferos, se deslizaban de una madriguera a otra. Eddie decidió descolgar su arma y llevarla apoyada en el antebrazo. Luego, después de verse obligados a subir y bajar por recortadas colinas y a abrirse camino por entre los matorrales que se volvían inesperadamente espesos, se la volvió a colgar del hombro.

A pesar de sus esfuerzos, no se cansaron en seguida.

Pesaban casi diez kilos menos de lo que habrían pesado en la Tierra y, aunque el aire era menos denso, por alguna extraña razón era más rico en oxígeno.

La doctora Fetts caminaba al mismo ritmo que Eddie y, aunque era treinta años mayor que él, hasta de cerca pasaría por la hermana mayor de aquel joven de veintitrés años. Las píldoras contra la vejez se encargaban de ello. Y, no obstante, él la trataba con toda la gentileza y caballerosidad que se merece una madre, ayudándola en las pendientes inclinadas, aunque las subidas no hacían que su pecho exigiese una mayor cantidad de aire.

Se detuvieron en una ocasión, a la orilla de un riachuelo, para orientarse.

—Las señales han cesado —dijo él.

—Claro —replicó ella.

En aquel momento, el radar incluido en los panradios comenzó a lanzar agudas señales. Automáticamente, ambos alzaron la vista.

—No hay ninguna nave en el cielo.

—Tampoco puede venir de aquellas colinas —señaló ella—. Allí no hay sino una roca sobre cada cima.

—Sin embargo, viene de allí, supongo. ¡Oh, oh! ¿Has visto eso? Parecía como si un gran tallo hubiera sido movido tras aquella roca.

Ella miró bajo la pálida luz.

—Creo que imaginas muchas cosas, hijo. Yo no he visto nada.

Entonces, en tanto persistía el sonido metálico, comenzó otra vez el zumbido intermitente. No obstante, tras un estallido sonoro, cesaron ambos.

—Subamos a ver qué es lo que se distingue —propuso ella.

—Qué raro —dijo él.

Ella no contestó.

Vadearon el arroyo y comenzaron el ascenso. A mitad de camino, se detuvieron asombrados ante la persistencia de algún fuerte olor, arrastrado por el viento.

—Huele como una jaula llena de monos —dijo él.

—Excitados —dijo ella. Aunque él tenía mejor oído, ella poseía mejor olfato.

Continuaron ascendiendo. El radar comenzó a sonar de nuevo con su tono histérico y constante. Atónito, Eddie se detuvo. El LS indicaba que los impulsos del radar no procedían, como antes de la colina a la que ascendían, sino de otra situada más allá del valle. De repente, el panradio quedó silencioso.

—¿Y ahora?

—Hay que acabar lo comenzado. Primero esta colina. Luego la otra.

El se encogió de hombros y se apresuró tras el alto y esbelto cuerpo de ella, embutido en un mono. Seguía literalmente su olfato. Y nada podía detenerla. Justo antes de llegar al peñasco, que tenía el tamaño de una casa pequeña y que coronaba la cima, logró alcanzarla. Ella se había detenido para contemplar estudiosamente la aguja del LS, que osciló ampliamente antes de detenerse en zona neutral. El olor a jaula de monos se hizo ahora muy fuerte.

—¿Supones que pueda tratarse de alguna especie de mineral capaz de emitir ondas de radio? —preguntó ella, decepcionada.

—No. Esos grupos eran semánticos. Y el olor...

—Entonces...

No sabía si sentirse complacido o no, pues ella, repentina, pero de forma evidente, le había pasado la responsabilidad y la acción. Le invadió el orgullo y una cierta sensación de empequeñecimiento. Pero se sentía contento. Se sentía, pensó, como si estuviera a punto de descubrir lo que había estado buscando durante largo tiempo. ¿Y qué era lo que había estado buscando? Esto no podía decirlo. Pero estaba excitado y no del todo temeroso.

Empuñó el arma, una combinación de escopeta y fusil de dos cañones. El panradio estaba silencioso.

—Tal vez ese peñasco oculta alguna red de espionaje —dijo. Aquello le sonó estúpido incluso a sí mismo.

Tras él, su madre boqueaba. Se giró y alzó el arma, pero no había nada contra qué disparar. Ella estaba señalando la cima de la colina, situada al otro lado del valle, temblando y diciendo algo incoherente.

Podía ver una larga y delgada antena que, al parecer, se proyectaba desde la monstruosa roca situada allí. Al mismo tiempo, dos pensamientos se disputaron el lugar preferente en su cabeza: uno, que debía ser algo más que una coincidencia que ambas colinas tuvieran sus cimas de estructura rocosa tan idéntica, y dos, que la antena debía haberse movido hacía poco, pues estaba seguro de no haberla visto la última vez que había mirado hacia allí.

Nunca logró decirle a ella sus conclusiones, pues algo delgado y flexible le agarró por la espalda. Elevado en el aire, fue conducido hacia atrás. Dejó caer el arma y trató de agarrar los tentáculos que le sujetaban para arrancarlos con sus manos desnudas. No pudo conseguirlo.

Tuvo una última visión de su madre corriendo colina abajo. Luego, cayó una cortina y se vio sumido en una completa oscuridad.

Antes de poder darse cuenta de lo que había pasado, Eddie sintió que, todavía suspendido, era girado. No podía estar seguro, naturalmente, pero pensó que estaba dando la cara exactamente a la dirección opuesta. Simultáneamente, los tentáculos que atenazaban sus brazos y piernas se soltaron. Tan sólo continuaba cogido por la cintura. Lo apretaban tan fuertemente que gritó de dolor.

Luego, golpeando con los tacones alguna sustancia elástica, fue conducido hacia delante. Detenido, enfrentado a no sabía qué horrible monstruo, se vio de repente asaltado, no por un pico aguzado, o un colmillo o cuchillo, o cualquier otro instrumento cortante o triturador, sino por una densa nube del mismo olor a monos.

En otras circunstancias habría vomitado. Ahora no se concedió tiempo para que su estómago considerase tal posibilidad. El tentáculo lo elevó aún más y lo lanzó contra algo blando y elástico: algo relacionado con carne y mujer, casi semejante a un seno por su tacto, suavidad y calor, y hasta por su leve curvatura.

Se apoyó con las manos y pies para ofrecer resistencia, pues pensó por un momento que iba a ser hundido, cubierto totalmente, engullido y digerido. El pensamiento de una gigantesca ameba escondida en aquella roca hueca o cascarón le hizo agitarse y gritar, y dar empujones a la sustancia protoplásmica.

Pero no sucedió nada de eso. No fue hundido en ningún agujero absorbente y cenagoso que lo despojaría de su piel y de su carne, para luego disolver sus huesos o escupirlos. Simplemente, fue empujado repetidamente contra la suave hinchazón. Cada vez que él empujaba, pateaba o golpeaba. Tras una docena de esos actos aparentemente inmotivados, fue apartado, como si lo que estuviera moviéndole, se hubiera quedado perplejo por su comportamiento.

Había dejado de gritar. Los únicos sonidos eran ahora sus jadeos, el zumbido y el continuo tintineo del panradio. En el mismo momento en que se dio cuenta de ello, los zumbidos cambiaron de intensidad y se convirtieron en una modulación reconocible: tres unidades que sonaban una y otra vez.

—¿Quién es usted? ¿Quién es usted?

Claro que también podía haber sido:

—¿Qué es usted? —O—: ¡Qué mierda! —O—: Nov smoz ka pop?

O nada, hablando semánticamente.

Pero no creía que fuera esto último. Y, cuando fue dejado suavemente en el suelo, estaba seguro de que la criatura estaba emitiendo alguna comunicación, o al menos tratando de hacerlo, destinada a él.

Fue este pensamiento el que evitó que empezase a chillar otra vez en la oscura y pestilente cámara, donde, a ciegas, buscaba instintivamente una salida. Dominó su terror y abrió una pequeña trampilla en el costado del panradio, introduciendo en ella su dedo índice. 

Entonces lo colocó sobre un pulsador y, tras un momento, cuando cesó la transmisión, devolvió lo mejor que supo los impulsos que había recibido. No era necesario que encendiese la luz y girase el dial para ponerlo a mil kilociclos. El instrumento buscaría automáticamente la frecuencia por la que había estado recibiendo.

Lo más extraño de todo era que su propio cuerpo estaba temblando de una manera descontrolada a excepción de una parte. Esta parte era su dedo índice, la única parte que parecía tener una función definida en esta situación totalmente absurda. 

Era la parte de él que estaba ayudándole a sobrevivir, la única que sabía cómo hacerlo en aquel instante. Incluso su mismo cerebro no parecía tener conexión con el dedo. Aquel dedo tenía vida propia, y el resto del cuerpo parecía estar simplemente adherido a él.

Cuando hizo una pausa, el transmisor empezó de nuevo. Esta vez las unidades eran irreconocibles. Había un cierto ritmo en ellas, pero no podía saber lo que significaban. Mientras tanto, el LS continuaba con su sonido continuo y vibrante. Algo, en alguna parte de aquel agujero oscuro, mantenía un rayo tirante sobre él.

Apretó el botón de la parte superior del panradio, y la linterna que llevaba incorporada iluminó el área situada frente a él. Vio una pared de una sustancia gomosa de color rojo grisáceo, y en la pared una protuberancia aproximadamente circular, de color gris claro, y de un metro veinte de diámetro. 

A su alrededor, y con aspecto de medusa, estaban enrollados doce tentáculos muy largos y delgados. Aunque temía que si les daba la espalda los tentáculos lo asieran de nuevo, su curiosidad le hizo girar y examinar a través del brillante haz sus alrededores. Se encontraba en una cámara en forma de cúpula, de unos diez metros de largo por cuatro de ancho, y de dos a tres metros de altura en la parte central. Estaba formada por un material de color rojo grisáceo y liso, salvo a intervalos regulares en los que aparecían tuberías azules y rojas. Obviamente, se trataba de venas y arterias.

Una parte, del tamaño de una puerta abierta en la pared, tenía un corte vertical que la segaba. Estaba bordeada de tentáculos y supuso que se trataba de una especie de iris, abierto para engullirle.

Esparcidos por las paredes o colgados del techo, se veían grupos de tentáculos con forma de estrellas de mar.

En la parte opuesta al iris había un tallo largo y flexible con un collar cartilaginoso alrededor de su extremo libre. Cuando Eddie se movía, también él se movía, siguiéndole con su punta ciega al igual que una antena de radar sigue al objeto que está vigilando. Esto era, precisamente. Y a menos que estuviese equivocado, el tallo también era un emisor-receptor de ondas continuas.

Paseó la luz por todas partes. Cuando llegó al extremo más alejado de él, quedó sin aliento. ¡Diez criaturas agrupadas estaban frente a él! Aproximadamente del tamaño de un cerdo joven; se parecían más a los caracoles desprovistos de concha; no tenían ojos, y el tallo que surgía de la frente de cada uno era un pequeño duplicado del que se hallaba en la pared. No parecían peligrosos. Sus bocas abiertas eran pequeñas y sin dientes, y se movían muy lentamente, igual que los caracoles, sobre un largo banco de carne; un músculo locomotor.

No obstante, si se quedara dormido podrían dominarlo por la ventaja del número, y aquellas bocas podían babear algún ácido capaz de digerirlo, o quizás ocultasen algún aguijón venenoso.

Sus especulaciones fueron violentamente interrumpidas. Fue asido, alzado, y pasado a otro grupo de tentáculos, y llevado más allá del tallo-antena, hacia los caracoloides. Pero antes de llegar a ellos fue detenido frente a la pared. Un iris, hasta entonces invisible, se abrió. Su luz brillaba en el interior, pero no podía ver nada sino circunvoluciones de carne.

Su panradio le dio un nuevo modelo sonoro, esta vez tableteante. El iris se abrió hasta que fue lo bastante amplio para admitir su cuerpo, si es que era introducido con la cabeza por delante, sin que esto importara mucho. Las circunvoluciones se alinearon, y se convirtieron en un túnel. O una garganta. De millares de pequeños agujeros emergieron millares de pequeños y aguzados dientes. Surgieron y volvieron a esconderse, y antes de que hubieran desaparecido, millares de otras pequeñas puntas de lanza brotaron y se introdujeron en las mandíbulas recesivas.

Era como una trituradora de carne.

Más allá del mortífero conjunto, en el extremo de la garganta, veíase una enorme bolsa de agua, un verdadero tanque. De él salía humo, y con él llegaba un aroma similar al del guisado de su madre. Trozos oscuros, presumiblemente carne, y pedazos vegetales flotaban en la superficie.

Luego se cerró el iris y fue girando para encarar las babosas. Suavemente, pero sin que hubiera duda posible, un tentáculo azotó sus nalgas y el panradio zumbó-tableteó una advertencia.

Eddie no era tonto. Ahora sabía que las criaturas no eran peligrosas, salvo que las molestase. En tal caso había visto lo que podía pasar... si no se portaba bien.

De nuevo fue alzado y llevado a lo largo de la pared, hasta ser empujado contra el punto de color gris claro.

El olor a jaula de monos, que había desaparecido, se hizo patente de nuevo. Eddie identificó su procedencia con un agujero muy pequeño que aparecía en la pared.

Como no respondía —no tenía ni idea de qué tenía que responder—, los tentáculos le soltaron tan inesperadamente que cayó de espaldas. Sin hacerse daño por lo blando de la carne, se incorporó.

¿Cuál iba a ser el paso siguiente? Explorar sus recursos. Inventario: el panradio. Un saco de dormir, que no necesitaría mientras se mantuviese la actual temperatura, demasiado cálida. Una botella de cápsulas de Viejo Estrella Roja. Un termo de gravedad cero, con biberón adherido. Una capa de raciones «A-2-Z». Una cocina plegable. Cartuchos para el fusil de dos cañones, que ahora se encontraba en el exterior del caparazón de la criatura. Un rollo de papel higiénico. Cepillo de dientes. Pasta dentrífica. Jabón. Una toalla. Píldoras: clorofila, hormonas, vitaminas, longevidad, reflejos y somníferos. 

Y un cable del grosor de un cabello, de unos treinta metros de longitud enteramente desenrollado, conteniendo en su estructura molecular un centenar de sinfonías, ochenta óperas, mil tipos distintos de piezas musicales y dos mil grandes libros que iban desde Sófocles a Dostoyevski, Hammet y Henry Miller, hasta el último best-seller. Todo esto podía oírse por el panradio.

Lo introdujo; apretó el botón apropiado y dijo:

—La grabación de Che gelida mattina, de Puccini, por Eddie Fetts, por favor.

Y mientras escuchaba aprobadoramente su magnífica voz, abrió una lata que había encontrado en el fondo de la mochila. Su madre había puesto en ella la comida que había sobrado de lo que preparase en la nave.

Sin saber todavía lo que ocurría, y no obstante estando seguro de ello, por alguna razón, de que por ahora estaba a salvo, masticó la carne y los vegetales alegremente. Eddie pasaba fácilmente de la náusea al apetito.

Limpió la lata y acabó con unas galletas y una barra de chocolate. No quería racionar la comida. Mientras durase, comería bien. Luego, si nada surgía... Pero, en ese caso, se aseguró a sí mismo, mientras se chupaba los dedos, su madre, que estaba libre, ya habría encontrado para entonces alguna forma de sacarle del problema. Siempre lo había hecho así.

El panradio, silencioso durante un rato, comenzó a emitir señales. Eddie iluminó la antena y vio que apuntaba hacia los caracoloides, a los que, de acuerdo con su costumbre, había dado un nombre familiar. Los había llamado Babosos.

Los Babosos se dirigieron hacia la pared y se pararon junto a ella. Sus bocas, que se encontraban en lo alto de la cabeza, se abrían como las de los pájaros famélicos. El iris se abrió y dos labios formaron un conducto. De él fluyó agua hirviendo y trozos de carne y vegetales. ¡Estofado! Un estofado que cayó en cada una de las bocas anhelantes.

Así, Eddie aprendió la segunda frase del lenguaje de Madre Polyfema. El primer mensaje había dicho: «¿Qué es usted?» Esto era: «¡Venid y cogedlo!»

Hizo un experimento. Tecleó una repetición de lo que acababa de oír. Inmediatamente, los Babosos, excepto el que estaba siendo alimentado en aquel momento, se giraron hacia él y caminaron unos pasos antes de detenerse, asombrados.

Dado que era Eddie quien emitía, los Babosos debían tener algún sistema de LS. De otro modo no habrían podido distinguir entre sus impulsos y los de su madre.

A continuación, un tentáculo golpeó a Eddie en la espalda, arrojándole al suelo. El panradio zumbó su tercer mensaje inteligible:

—¡Nunca repitas eso!

Incluso un cuarto, al que los diez retoños obedecieron girando y reasumiendo sus antiguas posiciones:

—Por aquí, niños.

Sí, eran las crías, viviendo, comiendo, durmiendo, jugando y aprendiendo a comunicarse en el seno de su madre: la Madre. Eran la descendencia móvil de aquella enorme entidad inmóvil que había cazado a Eddie como un sapo caza a una mosca. 

La Madre. Ella que alguna vez había sido un Baboso, hasta la hora de su desarrollo, y había sido expulsado del seno de su madre, y que, rodando como una bola, había caído por la ladera de su colina natal, se había extendido al pie de la misma y había reptado hasta llegar a la siguiente colina; luego había bajado por ella y continuado hasta encontrar el cascarón vacío de un adulto fenecido, o, si deseaba ser un ciudadano de primera clase en su sociedad, y no una simple inquilina sin prestigio, hasta ocupar la cima desnuda de una colina elevada, o un promontorio que se alzaba sobre una gran extensión de terreno, recostándose allí...

Y allí había depositado numerosos filamentos capilares en el suelo, y en las fisuras de las rocas, filamentos que extendían sustancias del grueso de su cuerpo, y que crecían y se extendían hacia abajo y se ramificaban en otros filamentos secundarios. 

Muy por debajo de tierra, las raíces realizaban su química del instinto: buscaban y hallaban el agua, el calcio, el hierro, el cobre, el nitrógeno, los carbonos; también encontraban los gusanos, las larvas y los insectos, extrayéndoles los secretos de sus grasas y proteínas, separando la sustancia deseada en oscuras partículas coloidales, abriéndolas por las cañerías de los filamentos de vuelta al pálido y adelgazado cuerpo tendido en un espacio llano sobre un farallón, una colina, un picacho.

Allí, usando de los craneotipos almacenados en las moléculas del cerebelo, su cuerpo tomaba los elementos como si fueran ladrillos y con ellos construía un caparazón muy delgado con el material más a mano. Un escudo lo bastante grande como para poder expansionarse hasta llenarlo, mientras sus enemigos naturales, los hambrientos y feroces animales de presa que erraban por el penumbroso Baudelaire, lo olisqueaban y raspaban en vano con sus garras.

Luego, cuando su siempre creciente masa estaba ya apretada, reabsorbía el exoesqueleto. Y si ningún colmillo la encontraba en los pocos días que duraba este proceso, construía otro más grande. Y así una docena de veces, si no más.

Hasta que se hubiera convertido en el monstruoso y muy distinto cuerpo de una hembra adulta y virgen. El exterior estaría compuesto por la materia que tanto se parecía a la roca, y que realmente era piedra: o granito, o diorita, o mármol, o basalto, o simple pizarra. O, en ciertas ocasiones, hierro, vidrio, celulosa.

En su interior se hallaba el cerebro, localizado en el centro, probablemente tan grande como el de un hombre. Rodeándolo, había toneladas de diversos órganos: el sistema nervioso, el poderoso corazón, o corazones, los cuatro estómagos, los generadores de ondas largas y cortas, los riñones, los intestinos, la tráquea, los órganos olfativos y gustativos, la fábrica de perfumes que producía olores con los que atraer animales y pájaros lo bastante cerca como para capturarlos, y el enorme seno. Y las antenas: la pequeña del interior, para enseñar y vigilar las crías, y el largo y poderoso tallo exterior, que se proyectaba desde lo alto del cascarón, retráctil si había peligro.

El siguiente paso era el que iba de virgen a Madre. De tipo inferior a tipo superior, como era designado en su lenguaje de impulsos por una pausa más larga antes de la palabra. Hasta que no había perdido su virginidad no podía alcanzar un puesto elevado de su medio social. Sin modestia, sin ruborizarse, ella misma realizaba la propuesta, aceptaba, se rendía.

Tras lo cual se comía a su pareja.

El reloj del panradio le dijo a Eddie que se encontraba en su trigésimo día de prisión. Se sintió asombrado, no porque esto ofendiese su moral, sino porque él mismo había sido considerado como pareja. Y como comida.

Su dedo tecleó:

—Dime, oh Madre, lo que quieres decir.

No se había preguntado antes cómo podía reproducirse una especie que no tenía machos. Ahora lo averiguó. Para Las Madres, todas las criaturas excepto ellas mismas eran machos. Las Madres permanecían inmóviles y femeninas. Los seres móviles eran machos. Eddie había sido móvil, luego era un macho- Se había acercado a esta curiosa madre en la época del apareamiento, esto es, durante la crianza de una carnada. 

Ella lo había detectado mientras se acercaba por la orilla del riachuelo, en el fondo del valle. Cuando estaba al pie de la colina, había percibido su olor. Era nuevo para ella. Lo más cercano a él que podía encontrar en sus centros de memoria fue una bestia similar a él. Por su descripción, se imaginó que debía ser un mono. Así que había emitido de su repertorio oloroso su aroma de atracción. Cuando cayó en la trampa, ella lo había atrapado.

Se suponía que debía atacar el punto de concepción, aquel promontorio de color gris claro en la pared. Cuando lo hubiera rasgado y cortado lo bastante para iniciar las misteriosas operaciones del embarazo, él hubiera sido lanzado a su iris-estómago.

Afortunadamente, él no disponía ni de pico afilado, ni de colmillos, ni de garras. Y ella había recibido sus señales devueltas por el panradio.

Eddie no entendía por qué era necesario usar un móvil para el apareamiento. Una Madre era lo suficientemente inteligente como para tomar una piedra afilada y atacar el punto ella misma.

Le hizo entender que la concepción no comenzaría a menos que fuese acompañada por cierta sensación nerviosa: un frenesí y su satisfacción. El porqué de la necesidad de este estado emocional era algo que la Madre no sabía.

Eddie trató de explicarle cosas tales como genes y cromosomas, y por qué tenían que estar presentes en las especies muy desarrolladas con el fin de tener diferencias y selecciones de características favorables y abrir las puertas a los cambios evolucionados.

La Madre no comprendió.

Eddie se preguntó si el número de rasguños y cortes en el punto apropiado correspondería con el número de crías. O si había un amplio número de potencialidades en las cintas hereditarias colocadas bajo la piel de la concepción. Y si la irritación producida al azar y la consecuente estimulación de los genes equivaldría a la combinación casual de los genes en el coito entre el macho y la hembra humanos, resultando crías con características que eran el producto de uniones y disimilaridades entre las de los progenitores.

¿O el inevitable devorar del móvil tras el acto tenía otro significado aparte de ser un reflejo emocional y nutritivo? ¿Indicaba que el móvil cogía los dispersos nódulos genéticos como si fueran semillas, junto con la piel rota, entre sus garras y colmillos, y que esos genes sobrevivían al hervor del estómago del estofado, y que luego eran pasados en las heces? 

¿Era posible que los animales y los pájaros las cogiesen con sus picos, dientes o garras, y luego, al ser capturados por otras Madres, en este apareamiento indirecto, pasasen los agentes de la transmisión de la herencia a los puntos de concepción al atacarlos, raspando y dejando los nódulos en la piel y la sangre de la hinchazón, al tiempo que recogían otros? 

Luego, los móviles eran comidos, digeridos y defecados en ese oscuro pero ingenioso ciclo interminable, asegurando así el continuo y azaroso combinar de los genes, las posibilidades de variación en las crías, las oportunidades de mutación, etc. ¿Era todo esto posible?

La Madre le transmitió que estaba asombrada.

Eddie lo dejó estar. Nunca lo sabría. ¿Importaba acaso?

Decidió que no, y se levantó, dejando la posición prona, para pedir agua. Ella ahuecó el iris y escupió un tibio cuartillo a su termo. Él dejó caer una píldora, la agitó hasta que se disolvió y bebió una imitación bastante aceptable de Viejo Estrella Roja. Prefería que la bebida fuera fuerte y poderosa, aunque habría podido conseguir suavizarla. Lo que quería eran resultados rápidos. 

El sabor no le importaba, pues le desagradaban todos los sabores alcohólicos, de modo que bebía igual que los borrachos, estremeciéndose lo mismo que ellos, cambiando su nombre por el de Viejo Estrella Roja, y maldiciendo el destino que lo había hecho caer tan bajo como para tragar aquella porquería. La bebida calentó su estómago, esparciéndose rápidamente por sus miembros y su cabeza, helada tan sólo por la creciente escasez de la cápsula. Cuando se le acabasen, ¿qué pasaría? En esos momentos echaba mucho de menos a su madre.

El pensar en ella le hizo derramar algunas lágrimas. Dio un suspiro y bebió un poco más, y cuando el mayor de los Babosos se le acercó para que le rascara la espalda le dio en su lugar un trago de Viejo Estrella Roja. Baba para el Baboso. Despreocupadamente, se preguntó que efecto tendría la afición al alcohol en la raza, cuando las vírgenes se convirtieran en Madres.

Y en ese momento fue sacudido por lo que pareció una maravillosa idea salvadora. Aquellas criaturas podían absorber los elementos deseados de la tierra, y con ellos duplicar estructuras moleculares extremadamente complejas. Siempre que, naturalmente, tuvieran una muestra de la sustancia deseada para analizarla en algún extraño órgano.

Y bien, ¿qué otra cosa más fácil que darle una de sus queridas cápsulas? Una se podía convertir en muchas. Eso, con la abundancia de agua, que era bombeada por los huecos filamentos subterráneos desde el cercano arroyo, sería suficiente para que cualquier destilería palideciese de envidia.

Se lamió los labios y ya estaba a punto de teclear su petición, cuando lo que ella transmitía penetró en su mente.

Bastante irritada le decía que su vecina del otro lado del valle estaba alardeando, porque también ella tenía prisionero a un ente móvil que podía comunicarse.

Las Madres tenían una sociedad tan jerárquica como el protocolo de un banquete en Washington o el orden de comida en un gallinero. El prestigio era lo que contaba, y el prestigio estaba determinado por la potencia de emisión, la altura de la prominencia sobre la que se hallaba la madre, que gobernaba la extensión territorial abarcada por su radar, y la abundancia de novedades y la agudeza para la conversación. 

La criatura que había capturado a Eddie era una Reina. Tenía primacía sobre unas treinta de su especie. Todas ellas tenían que dejarla emitir primero y ninguna se atrevía a iniciar su emisión hasta que ella no hubiese terminado. Entonces comenzaba la siguiente en la jerarquía y así a lo largo de la línea. 

Cualquiera de ellas podía ser interrumpida en cualquier momento por la Número Uno, y si alguna del escalón inferior tenía algo interesante que comunicar, siempre podía interrumpir a la que estaba emitiendo y pedir permiso a la Reina para contar su historia.

Eddie sabía esto, pero no podía escuchar directamente la charla entre colinas. El grueso caparazón de pseudo-granito le impedía hacerlo y esto hacía que dependiera del talle interno para recibir información.

De vez en cuando, la Madre abría la puerta y permitía que sus crías se deslizasen al exterior. Allí practicaban, emitiendo y recibiendo, con los Babosos de la Madre situada al otro lado del valle. Ocasionalmente, aquella Madre se dignaba emitir a los jóvenes y la protectora de Eddie hacía lo mismo con sus crías.

Plataforma giratoria.

La primera vez que las crías se habían deslizado a través del iris de salida, Eddie había tratado, como Ulises de pasar por una de ellas y arrastrarse en medio de la manada. Ciega, pero no como Polifemo, la Madre lo había atrapado con sus tentáculos y lo había metido dentro.

A partir de ese incidente había comenzado a llamarla Polyfema.

Él sabía que ella había incrementado enormemente su ya gran prestigio con la posesión de aquel objeto único: un ente móvil transmisor. Había crecido tanto su importancia que las Madres de los bordes de su zona pasaron la noticia a las otras. 

Antes de que hubiera aprendido su lenguaje, todo el continente estaba sintonizado. Polyfema se había convertido en una verdadera redactora de noticias. Miles de millares de habitantes de las colinas escuchaban ansiosamente sus relatos de las experiencias con aquella paradoja caminante: un macho semántico.

Aquello había sido magnífico. Pero, hacía poco, la Madre situada al otro lado del valle había capturado otra criatura similar, y de un salto se había convertido en Número Dos en la zona. Y, a la menor ocasión, podría arrebatar la posición preponderante a Polyfema.

Eddie se excitó enormemente por las noticias. A menudo había pensado en su madre y se había preguntado qué era lo que estaría haciendo. Curiosamente, finalizaba muchas de sus fantasías con murmullos, reprochándola casi inaudiblemente el haberle abandonado y el no efectuar ningún intento de rescate. Cuando se daba cuenta de su actitud, se avergonzaba. Y, no obstante, sus pensamientos estaban teñidos por una sensación de deserción.

Ahora que sabía que estaba con vida y que había sido capturada, probablemente mientras intentaba salvarle a él, se despertó del letargo que lo había hecho últimamente proclive al sueño. Preguntó a Polyfema si abriría la entrada para que pudiese hablar directamente con el otro cautivo. Ella dijo que si. Deseosa de oír una conversación entre dos entes móviles, se mostró muy dispuesta a cooperar. Después tendría mucho que comentar sobre tal conversación. Lo único que empañaba su alegría era el pensar que también la otra Madre iba a tener acceso a esto.

Luego, recordando que aún era la Número Uno y que sería la primera en emitir los detalles, vibró tanto de orgullo y éxtasis que Eddie notó cómo temblaba el suelo.

Abierto el iris, lo atravesó y miró al otro lado del valle. Las faldas de las colinas todavía eran verdes, rojas y amarillas, como si las plantas de Baudelaire no perdieran sus hojas durante el invierno. Pero algunos espacios blanquecinos demostraban que el invierno había comenzado. Eddie tembló ante la mordedura del aire frío en su piel sin protección. 

Hacía tiempo que se había quitado la ropa, a causa del calor que irradiaba el seno; por otro lado, Eddie, siendo humano, tenía que deshacerse de los productos de desecho, y Polyfema, siendo una Madre, tenía que expulsar la suciedad con agua caliente de uno de sus estómagos. 

Cada vez que explotaban las válvulas de las tráqueas, surgían torrentes que arrastraban los elementos no deseados a través de los esfínteres del iris, y Eddie quedaba empapado. La ropa que se había quitado, fue arrastrada flotando. Tan sólo sentándose sobre su mochila, había evitado que ocurriese lo mismo con él.

Luego, él y los Babosos, habían sido secados por aire caliente bombeado a través de las mismas válvulas, aire que tenía su origen en la potente batería de pulmones. Eddie estaba bastante confortable (de cualquier forma, siempre le había gustado que lo bañaran), pero la pérdida de sus ropas le impedían la fuga. Si lo hiciese, pronto moriría helado en el exterior, a menos que alcanzase rápidamente el yate. Y no estaba seguro de recordar el camino de regreso.

 De modo que ahora, al salir, dio un paso o dos hacia atrás y dejó que el aire caliente emitido por Polyfema lo cubriese como si fuera una capa que echaran sobre sus espaldas.

Entonces miró a través de la kilométrica distancia que lo separaba de su madre, pero no pudo verla. La semipenumbra y la oscuridad del interior de su raptora la ocultaban.

Dijo en morse:

—Cambia a la misma frecuencia.

Paula Fetts lo hizo así y comenzó a preguntarle, frenéticamente, si se encontraba bien.

Él replicó que estupendamente.

—¿Me has echado mucho de menos, hijo?

—Sí, mucho.

Mientras decía esto, se preguntó vagamente por que sonaba tan hueca su voz. Probablemente se debía a la desesperación de no poderla ver.

—Casi me volví loca, Eddie. Cuando fuiste capturado, escapé tan aprisa como pude. No tenía idea de qué horrible monstruo nos estaba atacando. Y entonces, a mitad de camino, ladera abajo, me caí y me rompí una pierna...

—¡Oh, no, madre!

—Sí, así fue..., pero logré arrastrarme hasta la nave. Allí, después de que la entablillé, me dediqué a buscarte. Lo que ocurrió es que mi plan no salió como había planeado. Me curé muy lentamente, ¿sabes? De modo que convalecí doble tiempo del acostumbrado.

»Pero cuando pude caminar, tomé un arma y una caja de Rompedor. Iba a destrozar lo que creía una fortaleza de roca, un refugio de alguna especie de alimaña extraña. No tenía ni idea de la verdadera naturaleza de estos animales. No obstante, decidí efectuar primero un reconocimiento. Iba a espiar la roca del otro lado del valle. Y fui atrapada por ese ser.

»Escucha ahora, hijo. Antes de que por cualquier razón nos corten la comunicación, déjame decirte que no debes perder las esperanzas. Saldré de aquí antes no tardando mucho, e iré a rescatarte.

—¿Cómo?

—Recordarás que mi laboratorio portátil contiene cierto número de carcinógenos para experimentos. Bueno, ya sabes que a veces el punto de concepción de una madre, rasgado durante el apareamiento, en vez de producir crías se vuelve canceroso. Es lo opuesto al embarazo. He inyectado un carcinógeno en el punto y se ha desarrollado un hermoso carcinoma. Morirá dentro de pocos días.

—¡Quedarás enterrada bajo esa masa de putrefacción!

—No. Esta criatura me ha dicho que cuando una de su especie muere, un acto reflejo abre los labios. Esto ocurre para permitir que sus crías, si es que tiene alguna, escapen. Escucha, yo...

Un tentáculo se enroscó en torno a él, lo introdujo a través del iris y éste se cerró.

Cuando volvió a poner su panradio en onda continua, escuchó:

—¿Por qué no respondías? ¿Qué ocurría? ¡Dímelo! Eddie se lo contó. Hubo un silencio que sólo pudo ser interpretado como asombro. Cuando recuperó el aplomo, ella dijo:

—A partir de ahora, hablarás con el otro macho a través de mí.

Obviamente, envidiaba y odiaba aquella habilidad de cambiar de bandas y hasta quizá le costaba aceptar la idea.

Era increíble.

—Por favor —insistió, no sabiendo cuan peligrosas eran las aguas en las que se estaba adentrando—. Por favor, déjame hablar con mi madre directa...

Por vez primera la oyó tartamudear:

—¿Qu... qué? ¿Tu m... madre?

—Sí, claro.

El suelo se agitó violentamente bajo sus pies. Gritó y se aferró fuertemente para no rodar, luego encendió la luz.

Las paredes estaban vibrando como gelatina en movimiento, y las columnas vasculares habían pasado del rojo y azul al gris. El iris de entrada se abrió, como una boca inerte, y el aire se enfrió. Pudo notar el descenso de temperatura en su carne con la planta de los pies. Pasó un rato antes de advertirlo. Polyfema estaba conmocionada.

Nunca supo lo que pudo haber pasado de haber permanecido en tal estado. Quizás hubiera muerto, obligándole así a salir al invierno antes de que su madre tuviera oportunidad de escapar. En tal caso, y si no hubiera podido encontrar la nave, habría muerto. Acurrucado en la parte más caliente de la cámara en forma de cúpula, Eddie contempló este pensamiento, estremeciéndose, y no precisamente por el frío.

De cualquier modo, Polyfema tenía sus propios caminos para recuperarse. Por ejemplo, vomitar el contenido de su estómago, que indudablemente se había llenado con los venenos eliminados de su sistema. Su vómito de la sustancia era la manifestación física de la catarsis psíquica. La marea fue tan violenta que el hijo adoptivo casi fue arrastrado por el cálido torrente. Pero ella, reaccionando por instinto, había asido con sus tentáculos a los Babosos y a él también. Luego, siguió el movimiento vomitivo vaciando las otras tres bolsas de agua, la segunda caliente, la tercera tibia, la cuarta, recién llenada, fría.

Eddie gritó cuando el agua helada le caló hasta los huesos. Los esfínteres de Polyfema se cerraron de nuevo. El suelo y las paredes, gradualmente, dejaron de temblar. La temperatura se elevó; y sus venas y arterias recuperaron su color azul y rojo. De nuevo estaba bien, o al menos así lo parecía.

Pero después de esperar veinticuatro horas, intentó con mucho tacto hablar del tema, averiguando que no sólo no quería contarlo sino que rehusaba admitir la existencia del otro ente móvil.

Eddie, perdidas las esperanzas de conversar, pensó durante un rato. La única conclusión a la que podía llegar, y estaba seguro de que había logrado comprender lo suficiente de su psicología como para hacer que fuera válida, era que el concepto de una hembra móvil era totalmente inaceptable.

El mundo de ella estaba dividido en dos: los móviles y su especie, la de los inmóviles. Los móviles eran comida y coito, y significaban: macho. Las Madres eran: hembras.

¿Cómo se reproducían los Móviles? Era algo que probablemente nunca había pasado por las mentes de los que habitaban las colinas. Su ciencia y su filosofía estaban al nivel instintivo de sus cuerpos. Si tenían alguna idea de una generación espontánea o de una fusión similar a la de las amebas, como responsable de la continuidad de la población de los entes móviles, o si se daba por sentado que crecían, era algo que Eddie nunca logró saber. Para ellas, su especie era la de las hembras, y el resto del universo protoplásmico estaba formado por machos.

Aquello era todo. Cualquier otra idea era algo más que sucia, obscena o blasfema. Era... impensable.

De modo que Polyfema había sufrido un profundo golpe a causa de sus palabras. Y aunque parecía haberse recuperado, en alguna parte de sus toneladas de carne inimaginablemente complicada estaba encerrada una herida. Como una flor oculta, de oscuro, púrpura, florecía. Y la sombra que daba era la que cubría cierta memoria, cierto momento, ocultándolo a la luz de la conciencia. Esa sombra cubría aquel tiempo y aquel acontecimiento que la Madre, por razones inimaginables para el ser humano, creía necesario señalar con un PROHIBIDO.

De modo que, aunque Eddie no lo dijo con palabras, lo entendió por las células de su cuerpo, y sintió y supo, como si su cuerpo le estuviese profetizando y su cerebro no lo escuchara, lo que iba a pasar.

Sesenta y seis horas después, según el reloj del panradio, los labios de entrada de Polyfema se abrieron. Sus tentáculos surgieron, regresaron y trajeron consigo a su indefensa y gimoteante madre.

Eddie, despierto de una siesta, horrorizado, paralizado, vio cómo ella le lanzaba su laboratorio portátil y oyó cómo pronunciaba un grito inarticulado. Y la vio arrastrada, con la cabeza por delante, hacia el esfínter estomacal.

Polyfema había seguido el único camino seguro para enterrar la evidencia.

Eddie yacía boca abajo, con la nariz aplastada contra la caliente y ligeramente palpitante carne del suelo. De vez en vez, sus manos se apretaban espasmódicamente, como si pretendiera alcanzar algo que alguien estuviera poniendo a su alcance, apartándolo luego.

No supo cuánto tiempo permaneció de aquella manera, porque nunca más volvió a mirar el reloj.

Finalmente, en la oscuridad, se sentó y rió sofocadamente:

—Mi madre siempre hacía buenas comidas.

Aquello le descentró. Se recostó hacia atrás, apoyándose sobre las manos, y aulló como un lobo a la luna llena.

Polyfema, por supuesto, era totalmente sorda, pero podía percibir por el radar su postura, y su agudo sentido del olfato deducía del olor de su cuerpo que se hallaba en un tremendo estado de angustia y terror.

Un tentáculo surgió y, amablemente, lo envolvió.

—¿Qué ocurre? —zumbó el panradio.

Metió el dedo en el orificio del pulsador.

—¡He perdido a mi madre!

—¿?

—Se ha ido y ya no volverá nunca.

—No comprendo. Yo estoy aquí.

Eddie dejó de llorar e inclinó su cabeza, como si estuviera escuchando alguna voz interior. Sorbió unas cuantas veces y se secó las lágrimas. Lentamente, soltó el tentáculo, lo acarició, caminó hacia su mochila situada en un rincón y sacó la botella de píldoras de Viejo Estrella Roja. 

Una la engulló él y la otra se la dio a ella, pidiéndole, si era posible, que la duplicase. Entonces se tendió de lado, se apoyó sobre un codo, como una selección de orgías, y sorbió un trago del biberón, escuchando una selección de Beethoven, Moussorgsky, Strauss, Verdi, Porter, Casals, Feinstein y Waxworth.

Y así pasó el tiempo —si es que aquello existía allí dentro— para Eddie. Cuando se cansaba de la música, o del teatro, o de los libros, escuchaba a través de la conexión de la zona. Hambriento, se levantaba y caminaba —o a menudo se limitaba a arrastrarse— hasta el esfínter que conducía a la comida. 

En su mochila había latas de raciones; había planeado comer de ellas hasta estar seguro de... ¿qué es lo que se había prohibido a sí mismo comer? ¿Veneno? Algo había sido devorado por Polyfema y los Babosos. Pero en algún momento, durante sus orgías de música y alcohol, se había olvidado el qué. Ahora comía hambriento y sin pensar en nada más que en la satisfacción de sus necesidades.

A veces se abría la puerta y Billy el Verdulero penetraba. Billy parecía un cruce entre un saltamontes y un canguro. Tenía el tamaño de un perro pastor y llevaba en su bolsa de marsupial vegetales, frutas y nueces. Extraía éstas con sus garras de brillante color verde y se las entregaba a la Madre a cambio de comida caliente. El alegre simbiótico gorjeaba alegremente mientras sus ojos de mil caras, girando independientemente, miraban el uno a los Babosos, y a Eddie, el otro.

Eddie, impulsivamente, abandonó la banda de mil kilociclos y buscó en las distintas frecuencias hasta que encontró que tanto Polyfema como Billy emitían en la de ciento ocho. Al parecer, ésta era su señal natural. Cuando Billy tenía sus vegetales para servirlos, emitía. Polyfema, a su vez, cuando los necesitaba, llamaba a Billy. No había nada inteligente por parte de Billy; tan sólo era su instinto por transmitir. Y la Madre, aparte de su frecuencia «semántica», estaba limitada a esta otra banda nada más. Aunque todo iba de perlas.

Todo era estupendo. ¿Qué más podía desear un hombre? Comida gratis, licor sin límites, una cama blanda, aire acondicionado, duchas, música, obras intelectuales en grabación, conversación interesante, posibilidad de mantener una vida privada, y seguridad.

Si no la hubiera bautizado ya, la hubiera llamado Madre Gratis.

No todo eran comodidades. Ella le había dado respuesta a todas sus preguntas, a todas...

Excepto a una.

Esto nunca fue expresado verbalmente por él. En realidad, habría sido incapaz de hacerlo. Probablemente no se daba cuenta de que tenía esa pregunta por formular.

Pero Polyfema la pronunció un día, cuando le pidió que le hiciera un favor.

Eddie reaccionó como si le hubieran ultrajado.

—¡Uno no hace eso...! ¡Uno no hace eso...!

Se atragantó, y pensó entonces: ¡qué ridículo! Ella no es...

Y pareció intrigado, y dijo:

—Aunque sí es.

Se alzó y abrió el laboratorio portátil. Mientras buscaba el bisturí, encontró los cancerígenos. Sin pensar en ello, lo lanzó a través de los semiabiertos labios, muy lejos, rodando por la ladera de la colina.

Luego se volvió y, con el bisturí en la mano, saltó a la protuberancia dé color gris claro en la pared. Y se detuvo, mirándola, mientras el instrumento caía de su mano. Lo recogió y golpeó débilmente, aunque no fuera más que para producir un leve rasguño.

De nuevo lo dejó caer.

—¿Qué es esto? ¿Qué es esto? —dijo el panradio que colgaba de su muñeca.

Repentinamente, una espesa nube de olor humano —sudor— surgió hacia su rostro desde un orificio cercano.

—¿¿¿¿????

Y se quedó allí, agazapado, en cuclillas, aparentemente paralizado, hasta que los tentáculos lo agarraron furiosamente y lo condujeron hasta el esfínter del estómago, que bostezaba con el tamaño de un hombre.

Eddie chilló, se agitó e introdujo su dedo en el panradio.

—¡De acuerdo! ¡De acuerdo!

Y una vez de vuelta a la mancha, golpeó con una repentina furia. Rasgó salvajemente, aulló:

—¡Toma! ¡Y esto, p...! —perdiéndose el resto en un grito irracional.

No paró de cortar y habría continuado haciéndolo hasta extirpar el punto, si Polyfema no hubiese intervenido, arrastrándolo de nuevo hasta su esfínter estomacal. Durante diez segundos permaneció allí, inerme, llorando, con una extraña mezcla de miedo y gloria.

Los reflejos de Polyfema se habían sobrepuesto a su cerebro. Afortunadamente, una débil chispa de razón se había encendido en un rincón de la vasta, oscura, caliente capilla de su frenesí.

Las circunvoluciones que llevaban a la hirviente bolsa llena de carne se cerraron y los pliegues de carne se volvieron a redistribuir. Repentinamente, Eddie fue bañado con agua caliente de lo que él llamaba estómago-lavabo. El iris se cerró. De nuevo fue puesto en el suelo.

Durante largo tiempo, la Madre pareció estar agitada por la idea de lo que pudiera haberle hecho a Eddie. No se atrevió a emitir hasta que sus nervios estuvieron calmados. Cuando lo hizo, no se refirió a su casi milagroso escape. Ni tampoco lo hizo él.

Estaba contento. Se sentía como si un muelle, apretado contra sus entrañas desde que se separase de su esposa, se hubiera soltado ahora, por alguna razón. Y el informe y vago olor de pérdida y descontento, la ligera fiebre y el agarrotamiento en sus entrañas, y la apatía que a veces lo afligía, habían desaparecido. Se sentía la mar de bien.

Mientras tanto, algo parecido a un profundo afecto había nacido, como una pequeña vela encendida bajo el inmenso techo de una catedral llena de corrientes de viento. El caparazón de la Madre albergaba ahora algo más que a Eddie. Ahora se curvaba sobre una emoción nueva para su especie. Aquello fue evidente por el siguiente acontecimiento, que lo llenó de terror.

Porque las heridas del punto se curaron, y la hinchazón creció hasta convertirse en una gran bolsa. Luego la bolsa se rompió, y diez Babosos del tamaño de una rata golpearon el suelo. El impacto tuvo el mismo efecto que la palmada de un médico en las nalgas de un recién nacido; aspiraron su primer aire entre conmoción y dolor: sus incontrolables y bébiles impulsos llenaron el éter con informes de auxilio.

Cuando Eddie no estaba hablando con Polyfema, o escuchando, o bebiendo, o durmiendo, o comiendo, o bañándose, o haciendo sonar las cintas, jugaba con los Babosos. En cierto modo, era su padre. No obstante, a medida que crecían, se hizo difícil para la Madre el distinguirlo de las crías. Como ya muy pocas veces caminaba, a menudo se encontraba a gatas en medio de ellos, no reconociéndolo demasiado bien con el radar. Además, algo en el húmedo aire o algo en su dieta había ocasionado su completa depilación. Había engordado mucho. Hablando en términos generales, era casi similar a aquellos pálidos, blandos, gordos e imberbes Babosos. Tenía un enorme parecido con ellos.

Había una diferencia. Cuando llegó el momento de que las vírgenes fueran expulsadas, Eddie se arrastró hacia un extremo, gimoteando, y permaneció allí hasta que estuvo seguro de que la Madre no le iba a arrojar al frío, duro y hambriento mundo de fuera.

Terminada esta crisis final, regresó al centro del piso. El pánico en su corazón había muerto, pero sus nervios temblaban aún. Llenó el termo, y luego escuchó durante un rato su propia voz de barítono cantando el aria Cosas Marinas de su ópera favorita, El anciano marinero. De repente, estalló y se acompañó a sí mismo, sintiéndose emocionado como nunca por las palabras finales:

 Y de mi cuello, tan libre,

El Albatros cayó, sumergiéndose,

Como plomo en el mar.

 Luego, silenciosa la voz pero cantando el corazón, paró la cinta y se puso a emitir a Polyfema.

La Madre tenía problemas. No podía describir con precisión a la conexión continental la nueva y casi inexpresable emoción que sentía hacia el ente móvil. Era un concepto para el que su lenguaje no estaba preparado. Ni le servían para nada los litros de Viejo Estrella Roja que corrían por su sistema de circulación.

Eddie bebió del biberón de plástico y asintió con simpatía, medio dormido, a la búsqueda de palabras. Por último, el termo cayó de su mano.

Durmió de costado, encogido como una pelota, con las rodillas contra el pecho, los brazos cruzados, el cuello doblado hacia delante. Como el cronómetro de la sala de control, cuyas manecillas rodaran en sentido contrario tras el impacto, el reloj de su cuerpo caminaba hacia atrás, hacia atrás...

En las tinieblas, en la humedad, a salvo y rodeado de calor, bien alimentado, querido.