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La renta espectral - Henry James (Parte 3 y última)

No voy a negar a estas alturas que en aquel momento mi corazón brincaba locamente dentro del pecho. Y sin embargo, no puedo dejar de reconocer que el anciano se dirigió a abrirme la puerta con toda tranquilidad, no exenta de cierto aire solemne. Hasta llegué a pensar, dada la extraña concesión del anciano, que este también era un fantasma. 

Pensé que una vez que preparase mi ánimo para enfrentarme a un ser misterioso, un espectro, o lo que fuera, lo demás ya no podría causarme ningún pavor. Todo esto fue lo que pasó por mi mente antes de penetrar en aquella oscura y misteriosa mansión. 

El capitán Diamond metió la llave en la cerradura, dio la vuelta y abrió, mientras me decía en voz baja que ya podía pasar. Quedé envuelto en la oscuridad y oí cómo la puerta se cerraba detrás de mí. Durante unos instantes no me atreví a mover ni un solo dedo de la mano ni de los pies; permanecí inmóvil, valientemente, en aquellas espantosas tinieblas. 

Como no veía ni oía nada, me decidí a encender un fósforo. En la mesa, tal como me había dicho el anciano, había dos antiguos candelabros con sendos cirios. Los encendí e inicié mi visita de exploración.

Ante mí se elevaba una escalera con una balaustrada, de estilo muy antiguo, cuya madera estaba grabada a la usanza de las viejas casas de New England. Desistí momentáneamente de subir por ella, y me dirigí hacia la habitación situada a mi derecha. 

Se trataba de un salón parcamente amueblado y con esa atmósfera típica de las estancias donde nunca ha habido vida humana. Levanté aún más los candelabros y solo pude ver unas cuantas sillas y los muros desnudos. A continuación estaba la habitación desde cuya ventana baja había espiado en dos ocasiones, y que se comunicaba con la sala, tal como imaginé, mediante una puerta plegable. Aquí tampoco encontré la amenaza de ningún espectro. 

Volví a cruzar el salón y recorrí las habitaciones situadas al otro lado; un gran comedor, donde podría haber escrito mi nombre en la mesa situada en el centro, dada la gran cantidad de polvo que la cubría; una ruinosa cocina provista de cacerolas y sartenes siempre frías, ya que el sol jamás penetró en aquella húmeda y helada estancia; y otras dos habitaciones desprovistas de todo mobiliario. 

Todo esto me pareció extraño, pero no sorprendente. Regresé al vestíbulo y me dirigí al pie de las escaleras, sosteniendo en alto los candelabros. El subir por ellas exigía gran cuidado ya que, a pesar de la débil luz que arrojaban los dos cirios, la oscuridad era profunda. 

De repente tuve la extraña sensación de que las tinieblas tenían vida, que estaban animadas por algo que no veía ni oía; parecía que la oscuridad y la «cosa» dentro de ella se movían al unísono, una junto a la otra.

Lentamente —digo lentamente porque en aquel momento los segundos me parecieron siglos— «aquello» adoptó la forma de una sombra alargada, puntiaguda y definida, que avanzó hacia la parte alta de la escalera. 

Debo admitir que en aquel instante era consciente de que me hallaba dominado por una sensación a la que, en honor a la verdad, debo aplicar el nombre de miedo. Podía exagerar y especificar que lo que yo sentía era Espanto (sí, con mayúscula); mas para no confundir al lector, me limitaré a decir que experimenté eso que puede hacer perder el conocimiento a un hombre hecho y derecho. 

Observé cómo aumentaba de tamaño aquella sombra macabra, y sentí un miedo irresistible dentro de todo mi cuerpo, ya que crecía de una forma tan misteriosa que parecía confundirse con la oscuridad que nos rodeaba. Reflexioné durante unos instantes, pues gracias a Dios, aún podía razonar, y me dije a mí mismo: «Siempre pensé que los fantasmas eran blancos y transparentes; esto debe ser un juego de luces y de sombras densas y opacas». 

Me esforcé en convencerme a mí mismo de que aquello era un efecto óptico momentáneo y que no debía dejarme llevar por los nervios y sentir miedo, pues entonces todo se habría perdido. De modo que empecé a bajar de espaldas la escalera, escalón por escalón, con lentitud y sumo cuidado, y los ojos fijos en la misteriosa figura negra que permanecía allá arriba. 

Evidentemente hubo un momento, muy breve por cierto, durante el cual pensé que debía subir la escalera con resolución y enfrentarme cara a cara con aquella misteriosa sombra movible y negra, pero las suelas de mis zapatos me parecieron de puro y pesado plomo. Había conseguido lo que me había propuesto, ver al fantasma; ya no tenía nada que hacer allí. 


Entonces decidí observar aquella extraña «cosa» desde otro ángulo, con el fin de poder luego recordarla con el mayor número de detalles posible, y, sobre todo, convencerme a mí mismo de que no era fruto de mi imaginación. Incluso me pregunté cuánto tiempo tendría que estar allí, clavado al suelo, contemplando fijamente al espectro, para que mi retirada no pudiera ser considerada como huida a causa del miedo, lo que habría mermado mi dignidad de hombre sensato y valiente.

Todo esto, desde luego, pasó por mi mente con extremada rapidez, lo que comprobé al observar un movimiento del espectro. En aquella horrible oscuridad aparecieron de repente dos manos blancas, elevándose hacia una altura que deduje debía ser a nivel de su cabeza. Allí se juntaron, frente a lo que debía ser su rostro, y luego se separaron, dejando al descubierto el semblante. Este era confuso, blanco, extraño; en una palabra, espectral. 

Durante unos instantes me estuvo mirando, después de lo cual volvió a elevar una de las manos, lenta y suavemente, hacia atrás y hacia delante. Era un movimiento bastante raro, confuso; parecía denotar resentimiento y, al mismo tiempo, indicar que me marchase. Sin embargo, también era un movimiento trivial, familiar. Familiaridad que no había entrado en mis cálculos, y que, por añadidura, no me agradó lo más mínimo, máxime viniendo de parte de la Presencia Espectral. 

Ahora comprendía lo que el capitán Diamond quería decirme al comentar que aquel fantasma era «infernalmente desagradable». De improviso sentí un impulso incontenible de salir corriendo lo antes posible de aquella misteriosa mansión embrujada, pero, por dejar en buen lugar mi dignidad, decidí hacerlo en forma galante, sin denotar pavor alguno, dado que se trataba de un espectro femenino. 

Y lo único galante que se me ocurrió fue apagar los cirios. De modo que me volví y los apagué. Acto seguido me dirigí hacia la puerta, me detuve ante ella y la abrí. La luz exterior, rayana en la oscuridad, entró en la vieja mansión, iluminó su atmósfera oscura y me hizo ver con más nitidez aquella horrible y sólida sombra.

Al salir, encontré al capitán Diamond sentado sobre la hierba y apoyado en su bastón, bajo el parpadeo de las primeras estrellas de la noche. Me contempló fijamente durante unos instantes, pero no me hizo ninguna pregunta; luego se dirigió a cerrar la puerta. 

Cumplida esta formalidad, llevó a cabo la otra, es decir, aquellas inclinaciones que solía hacer ante la vieja mansión. Luego, sin tomarse siquiera la molestia de avisarme, echó a andar por el mismo camino que ambos habíamos tomado, e instantes después, desapareció de mi vista.

Al cabo de pocos días suspendí mis estudios y me marché fuera para pasar mis vacaciones de verano. Estuve ausente durante varias semanas, en las cuales tuve tiempo suficiente para analizar todas mis experiencias acerca de los fenómenos sobrenaturales. 

Estuve orgulloso de mí mismo al recordar que no sentí miedo alguno en la mansión encantada del viejo Diamond; ni tuve escalofríos, ni temblé, ni eché a correr como un galgo asustado. De todas formas, fue un gran alivio verme a treinta millas de distancia de la escena de mi primer encuentro con el espectro; tanto, que durante mucho tiempo preferí la luz del día a la oscuridad de la noche. 

Mis nervios habían sufrido una gran excitación, y aquella estancia junto al mar durante mis vacaciones acabó por calmarlos del todo. Una vez tranquilizado, me dispuse a estudiar en detalle todas las experiencias sobrenaturales que había sentido en mi espíritu y comprobado en mi cuerpo. 

Cierto que había visto algo —aquello no fue fruto de mi imaginación, no—, pero ¿qué había visto yo? Entonces lamenté no haberme acercado más aún a aquel espectro. Pero es muy fácil hablar; cualquier otro hombre en mis circunstancias habría hecho exactamente lo mismo que yo; en realidad, subir por la escalera hasta llegar junto al fantasma era una auténtica imposibilidad física. 

¿Acaso no fue esta paralización de mis facultades una influencia sobrenatural? Quizá no en forma necesaria, ya que un fantasma falso o fingido puede causar el mismo terror que uno auténtico. ¿Pero cómo pude haber visto al fantasma levantar sus manos? ¿Cómo podía explicarse el que me impresionara tanto? Sin duda alguna, auténtico o falso, se trataba de un fantasma muy inteligente. 

A decir verdad, prefería que fuese un fantasma real, ya que me habría avergonzado el haberme dejado impresionar por uno falso; por otro lado, el haber visto un fantasma auténtico era algo que, tal como estaban las cosas, podría compararse a una pluma en el sombrero de un hombre. Así pues, dejé que mis pensamientos se apaciguaran, cesando de atormentarme con mil conjeturas. 

Pero por más esfuerzos que hacía, de vez en cuando volvían a mi mente, haciendo brotar una y mil preguntas. Debía dejar por descontado que aquel espectro era la hija del capitán Diamond; y si era ella, entonces aquello era su espíritu. ¿Pero no sería su espíritu y algo más? Este era el problema que me trastornaba la mente.

A mediados de septiembre volví a la Facultad de Teología, una vez pasadas las vacaciones, pero no me apresuré a visitar la casa encantada.

Se aproximaba el final del mes, es decir, el último día del trimestre, en que el capitán Diamond, como siempre, debería recoger la renta del espectro. Pero esta vez no me sentí en condiciones de trastornar el peregrinaje del anciano militar; aunque también he de confesar que sentí mucha compasión al imaginarme al anciano capitán avanzando en la oscuridad por aquel solitario, polvoriento y siniestro camino, apoyándose penosamente en su vetusto bastón. 

El día treinta de septiembre, mientras me hallaba estudiando, oí de repente un suave golpear en mi puerta. Me dirigí a ella y la abrí. Delante de mí se presentó una anciana negra, con un turbante rojo envolviendo sus cabellos y parte de su frente, y un gran pañuelo blanco cubriéndole el pecho. La mujer me miró en silencio; tenía aquel aire de gravedad y decencia que suelen tener las personas entradas en años de su raza. 

Yo permanecí inmóvil, en una postura interrogativa, y la pobre negra introdujo una de sus manos en el amplio bolsillo de su delantal y extrajo un librito. Era aquel ejemplar de los Pensamientos, de Pascal, que yo había regalado a su amo.

—Perdone usted, señor —me dijo con voz tenue—. ¿Conoce este libro?

—Lo conozco perfectamente —contesté—, mi nombre está escrito en la contraportada.

—¿Este nombre es el suyo? Quiero decir si no es el de otra persona que se llame igual que usted.

—Si lo duda, puedo escribir mi nombre al lado de este y lo podrá comparar.

La negra permaneció callada durante unos instantes. Luego dijo con tono solemne:

—No serviría para nada la prueba que me propone, pues no sé leer. Pero si me da su palabra de honor, ello me bastará. Vengo de parte del caballero a quien le dio este libro. Me dijo que se lo trajera a usted como prueba... bueno, creo que esa fue la palabra que empleó, para que no dudara usted de que era él quien me enviaba. Está muy enfermo y desea verlo.

—¿El capitán Diamond está enfermo? —contesté—. ¿Es grave su enfermedad?

—Está enfermo, muy enfermo —contestó sollozando la pobre negra—. Yo no entiendo de enfermedades, pero creo que de esta no sale mi amo.

Inmediatamente dije a la mujer que iría a verle en el acto, siempre que tuviese la bondad de esperarme para indicar el camino. La negra asintió con un gesto de cabeza, y momentos después ambos caminábamos por aquellas soleadas calles, yo detrás de ella, como un personaje de Las mil y una noches, conducido por un esclavo a una misteriosa mansión. 

Mi guía me llevó hasta la orilla del río, a una casita pintada de amarillo situada en una calle costera. Abrió la puerta con rapidez y me dejó entrar, y me encontré frente a mi viejo y buen amigo. Estaba en la cama, en una habitación oscura, y, evidentemente, en muy mal estado. 

Se hallaba recostado sobre una almohada, con sus tiesos cabellos más erectos que nunca, y los brillantes ojos de siempre dominados por la fiebre. El piso estaba limpio como una patena, lo que me hizo comprobar cuán excelente ama de casa era la anciana negra. 

El capitán Diamond, pálido y rígido sobre aquellas sábanas tan blancas, parecía una de esas figuras grabadas en la losa sepulcral de una tumba gótica. Me miró en silencio, y la anciana sirvienta se marchó, dejándonos solos.

—Sí, es usted —me dijo, haciendo un esfuerzo—; ya veo que es usted. Al fin ha venido. Es un excelente muchacho. Sí, un buen muchacho. ¿Verdad que no me equivoco al decir que es bueno?

—Espero que no —contesté, mientras le dirigía una mirada bondadosa—. Siempre he creído que era un buen muchacho. Pero dejemos esto ahora y hablemos de usted. Observo que se encuentra muy enfermo, bastante enfermo. ¿Qué podría hacer yo por su persona?

—Me encuentro muy mal, gravemente enfermo —repuso mientras hacía un esfuerzo para volverse y dirigir su rostro hacia donde yo me hallaba—. ¡Me duelen tanto mis viejos y pobres huesos!

Le pregunté sobre la naturaleza de su enfermedad, y el tiempo que llevaba postrado en cama, pero pareció no oírme o no querer hacerlo; estaba impaciente por hablarme de algo. Me cogió por la manga, me atrajo hacia sí, y luego dijo casi en un susurro:

—Ha llegado mi hora.

—Oh, desde luego que no —le dije para animarle—. Estoy convencido de que pronto, muy pronto, volveré a verlo andar sobre sus piernas, y tomaremos el sol en aquel romántico banco rodeado de flores, escuchando su siempre amena conversación.

—¡Eso solo Dios lo sabe! —respondió—. Pero no he querido decir que me estoy muriendo; no, todavía no, por ahora. Lo que pretendo decirle es que ha llegado la hora de ir a la vieja mansión y recoger la renta del espectro. Hoy es el día en que debo ir.

—Ah, sí, es cierto —le contesté—. Pero no puede ir hallándose enfermo.

—No, no puedo ir, es verdad. Perderé mi dinero. Es horrible. Aunque me estuviera muriendo, desearía ir por ese dinero, pues durante toda mi vida he sido un hombre honorable, y deseo esa renta espectral para pagar al médico todo lo que le debo, y para ser enterrado como un hombre respetable.

—¿Era esta tarde?

—Sí, a la hora del crepúsculo, en punto.

Luego se recostó de nuevo sobre la almohada y se quedó mirándome con insistencia. Entonces comprendí por qué me había mandado llamar. Moralmente, según mi forma de pensar, no debía oponerme a la última voluntad de un moribundo. Pero, por lo visto, en mi rostro se reflejó lo que yo pensaba, pues el anciano continuó lamentándose de su triste suerte en el mismo tono.

—No puedo perder mi dinero —repitió una y otra vez—. Lo necesito. Alguien debe ir. Se lo he pedido a Belinda, pero ella no quiere ir porque le da mucho miedo, como a todas las mujeres.

—¿Cree que el espectro no tendrá ningún inconveniente en pagarle a otra persona que no sea usted? ¿Está seguro de ello? —insinué.

—Al menos podemos intentarlo. Nunca me ha ocurrido el verme en esta situación, y por ello no puedo asegurarle nada. Pero si le dijera al espectro que estoy gravemente enfermo, que mis viejos huesos me duelen horriblemente, que me estoy muriendo, entonces, quizá se fíe de usted. Creo conocer a mi hija, y no pienso que deje morir a su padre de esta manera.

—¿Quiere que vaya en su lugar?

—Usted ya ha estado allí una vez; sabe lo que es. ¿Es que le da miedo?

Dudé en contestar a su pregunta.

—Denme tres minutos para que lo piense —repuse— y le daré mi respuesta.

Me puse a meditar, mientras dirigía mi mirada por todos los rincones de la estancia, fijándome en los objetos testigos de la decente pobreza de su ocupante. Parecía respirar una atmósfera de súplica en aquella habitación, y hasta me pareció oír una voz rogándome que fuera. Al fin, pensé acceder a la petición del capitán.

—Estoy seguro de que le ha agradado a mi hija como a mí, ya que es un excelente muchacho —continuó hablando el capitán Diamond, sin hacer caso de que yo estaba entregado a mis meditaciones—. Sí, ella confiará en usted lo mismo que lo he hecho yo. Le gustará su rostro, y comprobará que es incapaz de hacer daño a nadie. Son ciento treinta y tres dólares. Procure ponerlos en lugar seguro.

—Sí, iré, tranquilícese —le respondí al capitán Diamond—. Y puede estar seguro de que haré todo lo que esté en mis manos para que tenga su dinero, la renta del espectro. Estaré de regreso alrededor de las nueve de la noche.

Mis palabras hicieron brillar de gozo las pupilas del anciano. Me cogió la mano y la apretó gentilmente, con suma delicadeza, mientras unas lágrimas se deslizaban por sus mejillas.

Momentos después me marché. Durante el resto del día intenté olvidar la labor que me esperaba a la hora del crepúsculo, pero fue en vano, ya que esta idea acudía a mi mente como atraída por un poderoso imán. No voy a negar que estaba muy nervioso, pues, en realidad, me dominaba una gran excitación. 

Pero si por un lado confiaba en que todo sucediera de la manera más inofensiva para mi seguridad personal, por el otro también temía que todo no fuera tan tremendo, y resultase algo de lo más trivial. Las horas pasaron con lentitud, pero cuando las primeras sombras del crepúsculo empezaron a caer, emprendí inmediatamente mi misión. 

De camino me detuve en la casita del capitán, no solo para interesarme por su salud, sino por si tenía que darme algunas instrucciones que antes hubiera olvidado. La vieja negra me abrió la puerta. Su aspecto era grave y la expresión de su rostro era inescrutable. Me dejó entrar en la casa, y, como respuesta a mis preguntas sobre el estado del enfermo, se limitó a contestarme que el capitán Diamond estaba peor que por la mañana.

—Tiene usted que ser muy astuto y rápido —me dijo— si pretende ir a la mansión del espectro y retornar antes de que él esté ya muerto.

Me bastó una mirada para percibir que la negra sirvienta estaba al corriente de lo que yo haría aquella noche, aunque no vi ninguna muestra que traicionara lo que pensaba en sus negras pupilas.

—¿Por qué se va a morir el capitán Diamond? —pregunté—. Ya sé que se encuentra muy débil y enfermo, pero no como para asegurar que va a morirse. ¿Qué grave enfermedad cree que tiene nuestro excelente amigo?

—Su enfermedad se llama vejez.

—Pero no es tan viejo, mi buena mujer. A lo sumo tendrá sesenta y siete o sesenta y ocho años.

La negra permaneció silenciosa. Luego contestó con voz solemne y grave:

—El capitán Diamond ha llegado al fin; está gastado; no durará mucho.

—¿Puedo verle un instante?

La anciana Belinda asintió con un gesto y me condujo a la habitación de mi amigo.

Este seguía en la misma posición en que le había dejado al marcharme horas antes, exceptuando que ahora tenía los ojos cerrados. Pero me di cuenta que estaba más grave. Le tomé el pulso y comprobé que era muy lento. A pesar de todo, la anciana negra me dijo que el médico había venido a visitarle horas antes aquella tarde y no consideró grave su estado.

—Este médico es un ignorante —dijo ella—, y no ha visto nunca a un moribundo.

En aquel instante mi viejo amigo se movió en su lecho, abrió los ojos, miró alrededor suyo y al cabo de cierto tiempo me reconoció.

—En este momento me disponía a marchar —le dije—. Voy por su dinero. ¿Tiene algo más que decirme antes de que me vaya?

El viejo capitán se incorporó en la cama, apoyándose en la almohada después de hacer un gran esfuerzo con sus huesudos y flácidos brazos. Pareció no oírme o no haber entendido mi pregunta, por lo que insistí:

—Le estoy hablando de la casa, mi querido amigo, de su hija, ¿me comprende?

El capitán Diamond se frotó la frente durante un buen rato, y, al fin, me contestó:

—¡Ah, sí! Confío en usted... ciento treinta y tres dólares en monedas antiguas, todo en monedas antiguas —al llegar a este punto enmudeció por unos instantes, para luego proseguir—. Sea muy respetuoso, muy gentil, si no... —y calló otra vez.

—Oh, no se preocupe, mi buen amigo, seré muy respetuoso y gentil con el espectro de su hija —repuse sonriendo forzadamente—. Pero..., ¿qué me ha querido decir con eso de «si no»?

—¡Si no, me enteraré de ello! —respondió con suma gravedad. Al decir esto, volvió a cerrar sus ojos, y se desvaneció sobre la almohada.

Salí de la casa de mi amigo y me encaminé resueltamente a cumplir mi misterioso encargo. Cuando me hallé frente a la vieja casa, me detuve ante la puerta e hice las reverencias que había visto hacer al capitán. Había calculado mis pasos en forma que pudiera llegar a la mansión a la hora indicada. 

La noche acababa de caer. Saqué la llave, abrí la puerta y la cerré una vez dentro del edificio. Encendí un fósforo y apliqué su llama a los cirios de los dos candelabros que había sobre la mesa. Luego cogí cada uno en cada mano y penetré en el vestíbulo. Estaba vacío, no había nadie, y aunque esperé cierto tiempo, siguió tan vacío como al principio. 

Entonces me dirigí a otra habitación de la planta baja, pero tampoco apareció ninguna sombra negra a detener mis pasos. Al fin me dirigí al gran salón, me detuve al pie de la escalera, y me pregunté si debía o no subirla, con la mirada fija en la parte alta y mi mano apoyada en la barandilla. 

La ansiedad y la angustia me agarrotaban la mente, y tenía motivos para ello; aquella sombra negra que ya había visto antes apareció en las profundas tinieblas del piso superior. No era ninguna ilusión; se trataba de una figura, la misma que viera la primera vez que entré en aquella siniestra mansión. 

Permanecí inmóvil, confiando en que la sombra se perfilaría aún más, mientras mis ojos comprobaban que estaba tan quieta como yo, mirándome desde la escalera con su rostro oculto. Entonces me decidí, desaté la ligadura con que el temor había sujetado mi lengua y hablé.

—He venido en nombre del capitán Diamond. Está muy enfermo, y es incapaz de abandonar su lecho. Me rogó que viniera a recoger su dinero, el cual le llevaré de inmediato, apenas salga de aquí.

Aquella sombra negra no hizo la menor señal, permaneciendo completamente inmóvil. Por ello creí oportuno volver a insistir.

—El capitán Diamond se encuentra muy enfermo. Habría venido de hallarse en condiciones de hacerlo, pero apenas puede moverse de la cama.

Al oír mis últimas palabras, aquella figura retiró el velo que cubría su rostro con lentitud y me mostró una máscara blanca y opaca. Luego empezó a descender la escalera. El espanto se apoderó de mí. Instintivamente, di unos pasos hacia atrás, y me dirigí hacia una salita de estar situada frente a mí. Con los ojos fijos en aquella siniestra figura, anduve de espaldas en dirección a la puerta. Me detuve en el centro de la estancia y puse los cirios en el suelo. 

La figura seguía avanzando hacia mí; parecía corresponder a una mujer de elevada estatura, vestida con extrañas gasas negras. Cuando estuvo cerca de mí comprobé que tenía un rostro perfectamente humano, aunque pálido y triste en extremo. Nos quedamos mirándonos el uno al otro; mi temor había desaparecido; en aquel instante solo estaba muy intrigado.

—¿Está gravemente enfermo mi padre? —preguntó la misteriosa aparición.

Al oír aquella voz tan gentil, temblorosa y humana, anduve unos pasos hacia atrás, me puse a temblar, cogí aliento y di una especie de grito. Lo que tenía delante no era un espíritu ni un fantasma, sino una hermosa mujer, una excelente actriz que se había estado riendo de mi credulidad infantil. 

Instintivamente, sin poder contenerme, le arranqué el velo que cubría su cabeza, enfurecido. Entonces me di cuenta de quién era aquella persona. Su largo vestido negro, su rostro apesadumbrado, pintado en forma que pareciera más pálido aún, sus ojos agudos y penetrantes —del mismo color que los de su padre—, todo me lo confirmaba. Incluso aquel gesto ofendido cuando le arranqué el velo corroboraba todo.

—Supongo que mi padre no le ha enviado aquí para que me insulte —gritó.

Acto sucedido se volvió con rapidez, cogió uno de los cirios y se encaminó hacia la puerta. Al llegar allí se detuvo, me volvió a mirar, dudó un instante, y luego, sacó una bolsa llena de monedas, que arrojó al suelo.

—Ahí tiene usted el dinero —me dijo majestuosamente.

Permanecí inmóvil, entre avergonzado y confuso, viendo cómo ella cruzaba el vestíbulo. Cogí la bolsa de las monedas. En ese instante oí un ruido misterioso, y al poco rato vi aparecer de nuevo a aquella hermosa dama, mas sin llevar el cirio en la mano.

—¡Mi padre...! ¡mi padre! —gritó, mientras le temblaban los labios; sus ojos estaban desorbitados y sus gestos eran los de una persona dominada por un espantoso pavor.

—¿Su padre? ¿Dónde está? —pregunté.

—En el vestíbulo, al pie de la escalera.

Hice el gesto de dirigirme hacia aquel sitio, pero ella me retuvo del brazo.

—Está vestido de blanco —gritó la hermosa dama—, en camisa. ¡No es él!

—Pero, ¿qué dice usted? Su padre está en su casa, en su cama, muy enfermo.

Me miró fijamente, con ojos inquisidores.

—¿Agonizando?

—Espero que no —murmuré.

De pronto, dio un profundo suspiro y se cubrió el rostro con las manos.

—¡Oh, cielos! —gritó profundamente aterrorizada—, entonces he visto su espíritu.

Aún seguía sujetándome el brazo, espantada, incapaz de soltarse de él, como si temiera que algo grave le sucedería de un momento a otro.

—¡El espíritu de su padre! —exclamé intrigado y confuso, sin comprender lo que quería decirme.

—Este es el castigo que merezco por haber cometido aquella locura —continuó hablando.

—¡Ah! —exclamé—. ¡Este es el castigo por mi indiscreción, por mi violencia!

—Lléveme lejos de aquí, lléveme lejos de aquí —me repetía, gritándome al oído—. No, en esa dirección, no —añadió al ver que la conducía hacia la puerta del vestíbulo—. ¡En esa dirección, no! ¡Se lo suplico, por Dios! Huyamos por aquí, por la puerta posterior.

Cogió el otro candelabro y me condujo por una habitación hasta la parte oscura de la mansión. Aquí había una puerta, en una especie de fregadero que daba al huerto. Descorrí el mohoso cerrojo que la tenía cerrada y la atravesamos. Acto seguido nos encontramos respirando aire fresco, bajo una bóveda plagada de estrellas. 

La hermosa dama cogió una capa negra que llevaba y se envolvió en ella, permaneciendo dubitativa durante unos instantes. Yo estaba aturrullado, infinitamente confundido, pero la curiosidad que ella despertó en mí era mucho mayor. Agitada, pálida, pintoresca, con gráciles encantos femeninos, me pareció, bajo la luz de las estrellas, más hermosa que antes.

—Ya veo que ha estado desempeñando un bonito papel durante estos últimos años —le dije, algo ofendido ya—. Un juego extraordinario.

Ella me miró sombríamente, sin intención de contestar.

—Sin embargo, yo me presté a este juego con toda mi buena fe —proseguí—. La última vez que vine, hace unos tres meses, como recordará muy bien, me asustó en grado sumo; sí, muchísimo. ¿Se acuerda, verdad?

—Desde luego que se trataba de un juego extraordinario —contestó al fin la hermosa dama—. Pero era el único remedio que había.

—¿No la perdonó él?

—Mientras creyó que estaba muerta, sí —respondió la extraña dama—. Hubo cosas en mi vida que él no podía perdonar.

Durante unos instantes estuve dudando qué preguntarle; es decir, quería hacer una pregunta importante, pero no sabía cómo. Al final me decidí.

—¿Y dónde está su esposo?

—No tengo marido... —repuso—. Nunca he tenido marido.

Hizo un gesto como indicándome que no le hiciera más preguntas, y echó a caminar con rapidez. Yo salí corriendo detrás de ella, rodeamos la casa y al fin salimos a la carretera. Ella no dejaba de murmurar aterrorizada: «Era él..., era él». Una vez en el camino, se detuvo y me preguntó qué senda iba a tomar yo. Yo le indiqué la ruta por la que había venido.

—Entonces, yo cogeré el otro camino —contestó—. ¿Piensa usted dirigirse a la casa de mi padre?

—Directamente —respondí.

—¿Sería tan amable de decirme mañana cómo lo encontró?

—Con mucho gusto. Pero, ¿cómo me comunicaré con usted?

—Escriba unas cuantas palabras en un papel, y deposítelo bajo esa piedra —repuso, indicándome una de las muchas que bordeaban el viejo pozo del huerto.

Le di mi palabra de que así lo haría, y se dispuso a marcharse.

—Sé lo que debo hacer y conozco el camino —dijo—. Todo está arreglado. Es una historia muy antigua.

Se alejó de mí con extraordinaria rapidez, y mientras desaparecía en la oscuridad, con sus velos negros flotando en el viento, aquellos tules fantasmagóricos con los que iba envuelta la primera vez que la vi, acudió de nuevo a mi mente la impresionante aparición de una oscura noche de invierno en esa tenebrosa mansión solitaria. Me alejé de allí y regresé al pueblo, dirigiéndose directamente a la casita pintada de amarillo junto al río.

Sin pensarlo, me tomé la libertad de entrar en la casa del capitán Diamond sin llamar a la puerta. Una vez dentro, al comprobar que no había nadie en el vestíbulo, me dirigí con resolución al dormitorio de mi anciano amigo. Junto a la puerta, sobre una silla baja se hallaba sentada Belinda, con los brazos cruzados.

—¿Cómo se encuentra el enfermo?

—Se ha ido al cielo.

—¿Muerto? —pregunté.

Se levantó, con una especie de risa trágica en los labios.

—¡Ahora ya es un fantasma tan importante como cualquiera de ellos! —exclamó la negra sirvienta.

Entré en la habitación y encontró al viejo capitán extendido en la cama, rígido e inmóvil. Esa misma tarde escribí unas cuantas líneas en un papel, pensando colocarlo a la mañana siguiente bajo la piedra del viejo pozo de Diamond; pero el destino no quiso que yo llevase a cabo mi misión. Aquella noche, debido a las emociones del día, me fue imposible dormir. 

Me levanté de la cama y me puse a pasear por mi habitación. Mientras lo hacía vi, al pasar junto a la ventana, un gigantesco resplandor rojo en el cielo, al noroeste. Alguna casa se incendiaba en el campo, y ardía con evidente rapidez. Estaba en la misma dirección que el escenario de mis aventuras de la tarde precedente. Mientras contemplaba el encendido horizonte, una idea terrible me vino a la mente. 

Yo apagué el cirio que nos había alumbrado, a mí y a mi compañera, cuando nos dirigíamos hacia la puerta por la que escapamos. No había contado con el otro cirio que se había llevado al vestíbulo, el cual había arrojado Dios sabe dónde al huir presa de espanto por ver el espíritu de su padre.

Al día siguiente, cogí la nota que había escrito y me dirigí a aquel cruce de caminos ya tan familiar para mí. La casa embrujada era un montón de restos calcinados y ardientes cenizas; la tapadera del pozo había sido arrancada para sacar agua por los pocos vecinos que habían acudido a apagar aquella gigantesca hoguera, la cual, lógicamente, debían haber considerado como una venganza del diablo. Las piedras del pozo se hallaban dispersas por el huerto, y la tierra estaba inundada de charcos.

Un excelente comienzo - Mercedes Abad

El azar es uno de los más poderosos agentes con que cuenta el desorden para mantenerse en el candelero, por mucho que algunas almas románticas se obstinen en ver en ciertas cadenas particularmente perversas de coincidencias la señal de un orden, de un destino, de un principio rector. 

En cuanto a mí, debo confesar que el azar me ha brindado siempre mis mejores respuestas y las más ingeniosas salidas a situaciones de crisis que no tenían escapatoria. Sin el azar, por ejemplo, mi sempiterna torpeza me habría constreñido sin duda alguna a estropear mi primera cita con Raymond Star.

De Raymond Star yo sabía que le gustaban las mujeres decididas y fuertes, capaces de no arredrarse ante la adversidad y de emprenderla a dentelladas con la vida a fin de conseguir sus propósitos. 

También me habían contado que, como gran gourmet que era, establecía una sólida relación entre aquello que comemos y los aspectos más profundos de nuestra personalidad, y que su perspicacia a este respecto podía ser abrumadora. 

Por último, sabía que desde que lo había conocido mis neuronas se negaban a trabajar en cuestiones que no guardasen una estrecha relación con el extraordinario atractivo de Raymond Star.

Sobre mí misma sé bastantes más cosas que sobre Raymond Star, hecho que, lejos de reconfortarme, apunta casi siempre a una premonición bastante fiable de desastre. Sé, por ejemplo, que de vez en cuando puedo parecer decidida y fuerte y que incluso soy capaz de serlo un par de veces al año, en momentos culminantes a los que, por su extrema rareza, tengo en gran aprecio. 

Ahora bien, ignoro por completo cuáles son las circunstancias externas que propician en mí tales arrebatos de fortaleza y determinación —si es que hay circunstancias externas que los propicien, como el paso de algún cometa por la órbita de la Tierra, alguna inusual configuración de los astros en ese momento o cualquier fenómeno atmosférico perturbador—, y por lo tanto, provocarlos de forma deliberada es algo que escapa por completo a mis facultades.

Sea como fuere, Raymond Star me había invitado a comer en un restaurante que él mismo había elegido. El lugar era una antigua mansión señorial situada en el campo, aunque no muy lejos de la costa, donde Raymond me había dicho que podían comerse deliciosos platos de marisco y pescado. 

Sin embargo, cuando llegamos al caserón, rodeado de un frondoso bosque con letreros que revelaban la existencia de un coto privado de caza, lo primero que vi fue un corral donde se criaban espléndidos ejemplares de faisanes, ocas, pulardas y pintadas. Un letrero que, junto a la puerta de entrada, glosaba las especialidades de la casa (carne de caza y aves) acabó de sembrar en mí la confusión. 

Huelga decir que, con ánimo de mostrarme como una mujer desenvuelta y difícil de desconcertar, oculté como pude mi perplejidad. Estaba dispuesta a todo con tal de parecerme como una gota de agua a la mujer ideal de Raymond Star, aunque, como ya he dicho, mi perfil no encajaba del todo con las informaciones que mi prójimo me había suministrado, hecho que hacía indispensable darle unos cuantos retoques al material de base.

Tras deshacerme en elogios acerca del encanto del lugar elegido por Raymond para nuestra primera cita, pasamos a la mesa donde segundos después un camarero ceremonioso me enfrentó a una carta terrible. ¡Qué carta, Dios mío! Había por lo menos veinte entrantes y una larguísima lista de platos de resistencia donde los pescados y los mariscos competían en pie de igualdad con las carnes de ave y de caza. 

Bajo el influjo de mi absoluta desesperación, mis ojos erraban a trompicones por aquella inextricable maraña de platos sin saber a qué aferrarse ni a qué patrón de los indecisos encomendarse. Imaginé el tropel de cosas horrendas acerca de mi psique profunda que Raymond podía deducir si yo hacía una elección poco acertada y noté cómo el corazón se me encabritaba con estruendo. Hacía años que no me sentía tan incómoda, torpe e indecisa.

Para empeorar mi ya dramático forcejeo con la carta, Raymond me preguntó de pronto: «¿Te gusta la carne?». Acompañó su pregunta con una mirada intensa y llena de significado, la clase de mirada que, desde hacía años, yo solo había visto en versión celuloide. Tal vez no fuera una mirada significativa. Es incluso probable que no lo fuera. Pero en aquellos momentos mi percepción de la realidad estaba tan alterada que me pareció una mirada llena de significado. 

Mantuve mis ojos fijos en los suyos mientras hacía un vano intento de recomponerme interiormente y de no dejar traslucir el espléndido caos que alborotaba mis células. Me pregunté también si Raymond no sería uno de esos vegetarianos fundamentalistas, aunque, lamentablemente, el tono con que había hablado no permitía deducciones en un sentido u otro. 

A mí me encanta la carne, pero abandonaría sin vacilar un instante mis relaciones con el cerdo, el cordero, el buey, la ternera y las aves por un hombre como Raymond Star. Su mirada seguía pareciéndome pavorosamente significativa, pero que me aspen si sabía de qué.

Fue entonces cuando el azar, agente ciego y sordo (aunque a veces parezca gozar de una vista y un oído muy finos), tomó el mando de la situación. El suelo empezó a moverse bajo nuestros pies y la mesa se tambaleó visiblemente, así como los restantes muebles de la sala. Había una especie de rugido de fondo al que muy pronto se sumó el tintineo de vasos y copas, el estallido de unos cuantos jarrones de cristal al estrellarse contra el suelo, el ruido de platos rotos y los gritos de desconcierto y pánico. Supongo que no fue un terremoto de los que marcan altas cotas en la escala de Richter. 

Desde luego, no fue ni la mitad de intenso que el tumulto que había rugido en mi interior apenas unos segundos antes, de forma que yo me sentía casi cómoda en medio de aquel alboroto; como mínimo, tenía tiempo para pensar una respuesta adecuada a la pregunta de Raymond Star.

Sin embargo, el seísmo causó una gran conmoción en aquel apacible restaurante rural aun después de cesar por completo. Por lo pronto, el comedor quedó súbitamente invadido por un puñado de aves que se las habían ingeniado para huir del corral y que corrían enloquecidas en todas las direcciones, golpeándose con los muebles, embistiendo a los comensales y cubriéndolo todo de plumas. 

De pronto, Raymond exhaló un alarido; vi que una oca le estaba dando violentos picotazos en la pierna. Raymond debió de darle un manotazo en defensa propia; no puedo decir con absoluta precisión lo que ocurrió; en cualquier caso, dos segundos después la oca se abalanzó sobre mí con malas intenciones. 

En un movimiento puramente instintivo, adelanté la mano derecha, que acertó a rodear el cuello del infeliz animal. En cuanto me percaté de ello, aumenté la presión de mis dedos sobre el pescuezo del bicho. Era obvio que la oca se ahogaba. Apreté aún más y me levanté, oca en ristre, para que Raymond no se perdiera un solo detalle de tan heroica gesta, rezando al mismo tiempo para mis adentros por que no fuera miembro de alguna sociedad protectora de animales. 

Y mientras sostenía el bicho en lo alto, consciente de que aunque viviera cien años no volvería a ofrecer jamás tal imagen de fortaleza y decisión, le dirigí a Raymond Star una mirada significativa que duró tanto tiempo como tardó la oca en morirse. Cuando el animal pasó a mejor vida, deposité su cuerpo en el plato de Raymond al tiempo que le decía, resuelto al fin el dilema:

—Comeremos oca. Espero que no tengas nada contra estos bichos una vez muertos y convertidos en confit.

Raymond Star asintió, todavía sin aliento, con la sorpresa y la admiración significativamente reflejadas en sus hermosos ojos y la imagen de una diosa cazadora impresa de forma indeleble en su retina, en su memoria y probablemente también en su código genético. Por indecisa, torpe y débil que me mostrara en lo sucesivo, acababa de acumular un crédito considerable para afrontar el futuro con cierta dosis de razonable confianza.


Por favor no me hagas daño - Paul Wilson

 
- Tienes una casa muy bonita.
- Es una porquería. Puedes decirlo..., no importa. ¿Seguro que no quieres una cerveza o algo?
- Encanto, todo lo que quiero eres tú. Ven y siéntate a mi lado. Aquí, en el sofá.
- Muy bien. Pero no me harás daño, ¿verdad?
- Vamos, querida... Tu nombre es Tammy, ¿no?
- Tammy Johnson. Te lo he dicho al menos tres veces en el bar.
- Eso es. Tammy. No recuerdo bien las cosas después de haber bebido unas cuantas copas.
- Yo también bebí bastante y recuerdo tu nombre. Bob. ¿Eh?
- Eso es, eso es. Bob. Pero ¿por qué querría nadie lastimar a una dulce joven como tú, Tammy? Ya te dije en el bar que te pareces a esa actriz de nombre raro. La de Ghost.
- Whoopi Goldberg.
- Oh, sí que eres graciosa. Graciosa y hermosa. No, la otra.
- Demi Moore.
- Sí. Demi Moore. ¿Por qué querría nadie hacer daño, a alguien que se parece a Demi Moore? Sobre todo después de que me invitaste a venir a tu casa.
- No sé por qué. Nunca sé por qué. Pero parece que los hombres acaban siempre haciéndome daño.
- Yo no, Tammy. Ni hablar. Ése no es mi estilo. Soy amante, no luchador.
- ¿Cómo es que eres marino, entonces? ¿No me dijiste que estuviste en la guerra del Golfo?
- Así fueron las cosas. Pero no dejes que el uniforme te asuste. Soy amante de corazón.
- ¿Me amas?
- Si me dejas.
- Mi padre decía que me amaba.
- Oh, no creo que esté hablando de ese tipo de amor.
- Bien. Porque no me gusta. Él decía que me amaba y luego me hacía daño.
- A veces los niños necesitan un cachete de vez en cuando. Sé que mi padre me amaba, pero de vez en cuando me salía de la raya, como un clavo que empieza a soltarse de una valla, y entonces tenía que zurrarme para que volviera a mi sitio. No creo que sea peor por ello.
- No hablo de «cachetes», marinero. Si quisiera hablar de «cachetes” lo diría. Estoy hablando de hacer daño. Mi padre me lastimó muchas veces. Y lo hizo durante mucho, mucho tiempo.
- ¿Sí? ¿Y qué hacía para lastimarte?
- Cosas. Y me obligaba a hacer cosas todo el tiempo.
- ¿Qué tipo de cosas?
- Sólo... cosas. Le tenía que hacer cosas. Cosas para hacerle sentir bien. Luego me hacía cosas que decía me harían sentir bien, pero me hacían sentirme sucia y pegajosa.
- Oh. Bueno; ¿no se lo dijiste a tu madre?
- Claro que sí. Muchas veces. Pero nunca me creía. Siempre me decía que dejara de decir cosas sucias y entonces me pegaba y me lavaba la boca con jabón.
- Eso es terrible. Pobrecita. Ven. Apretújate contra mí. ¿Qué tal?
- Bien, supongo, pero lo que era peor es que mi madre se lo decía a papá y entonces él se enfadaba y me lastimaba de verdad. A veces era tan malo que yo pensaba en matarme. Pero no lo hice.
- Ya lo veo. Y me alegro de que no lo hicieras. Qué despilfarro habría sido.
- No quiero hablar de mi padre. Ya no está y apenas pienso en él.
- ¿Se marchó?
- No. Está muerto. Y bien muerto. Tuvo un accidente en nuestra granja, hará unos siete años. Cuando yo tenía doce o así.
- Es una lástima..., creo.
- La gente dijo que fue un accidente muy extraño. El gran neumático del tractor, que llevaba años guardado en el granero, se soltó y le cayó en la cabeza. Le rompió el cuello por tres sitios.
- Vaya. Luego hablan de estar en el lugar equivocado en el momento inoportuno.
- Sí. Mi madre decía que alguien tenía que haber empujado el neumático, pero recuerdo que oí al hombre de la compañía de seguros decir cuántos accidentes hay en las granjas. Accidentes malos. De todas formas, papá vivió unas cuantas semanas en el hospital y luego murió.
- Vaya. Pero hablemos de nosotros. ¿Por qué no...?
- Nadie pudo explicarlo. La máquina que respiraba por él se desconectó. El enchufe se salió solo de la pared. Yo lo vi cuando acababa de morir...; fui la primera en entrar en la habitación, de hecho.
- Eso parece terrible.
- Lo fue. Espera, déjame descorrer la cremallera. Sí, tenía la cara azul púrpura y los ojos rojos e hinchados por haber intentado inspirar aire. Mi madre estuvo triste durante algún tiempo, pero se recuperó. ¿Te gusta cuando te hago esto?
- Oh, nena, es magnífico.
- Es lo que solía decir papá. Oh, mira lo grande y dura que se te pone. Joe solía ponerse igual.
- ¿Joe?
- Sí. Poco después de que papá muriera mi madre se hizo amiga de un hombre llamado Joe y poco después empezaron a vivir juntos. Como decía, yo tenía unos doce años y Joe solía obligarme a que le hiciera esto. Y luego me hacía daño.
- Lamento oírlo. No te pares.
- No lo haré. La tuya es muy grande. No como la de Joe. La tenía torcida. Tal vez por eso la suya me lastimaba más que la de papá.
- ¿Cómo te libraste de él?
- Oh, no lo hice. Tuvo un accidente.
- ¿De verdad? ¿Otro accidente de granja?
- No. Ya no vivíamos en la granja. Vivíamos en una casa vieja en Lottery Canyon. Mi madre seguía trabajando, pero todo lo que Joe hacía era jugar con su viejo Cadillac..., ya sabes, el que tiene alerones.
- Sí. El del cincuenta y nueve.
- Lo que sea. Siempre estaba arreglándolo. Y siempre me hacía ayudarle...; ya sabes, estar presente y ver lo que hacía y pasarle herramientas y las cosas que pedía. Me enseñó un montón sobre coches, pero si no lo hacía todo bien, me lastimaba.
- Y apuesto a que casi nunca lo hacías todo bien.
- No. Nunca. Ni una sola vez. ¿Cómo demonios lo sabes?
- Una suposición afortunada. ¿Qué le pasó por fin?
- Los viejos frenos del Caddy se estropearon una noche cuando daba una de sus vueltas por la carretera del cañón para ir a la tienda de licores. Se salió y cayó treinta metros.
- ¿Se mató?
- Sí, pero no inmediatamente. Salió despedido y luego el coche le cayó encima. Se rompió las piernas por treinta sitios. Pasó un rato antes de que nadie le echara en falta y tardaron casi una hora en rescatarle. Y dicen que gritaba como un cerdo todo el tiempo.
- Oh.
- ¿Pasa algo?
- Uh, no. En realidad, no. Supongo que se lo merecía.
- Claro que sí. Pero no llegó al hospital. Entró en shock cuando le quitaron el coche de encima y vio lo que quedaba de sus piernas. Murió en la ambulancia. Pero espera..., déjame hacerte esto. Hmmm. ¿Te gusta?
- Oh, Dios.
- ¿Eso significa que sí?
- ¡Será mejor que así lo creas!
- A mi novio le encantaba.
- ¿Novio? Eh, espera un momento...
- No te molestes ahora. Échate para atrás y relájate. Mi ex novio. Muy ex.
- Será mejor que lo sea. No voy a caer en ninguna trampa.
- ¿Trampa? ¿Qué quieres decir?
- Ya sabes...; tú y yo nos enrollamos aquí y tu novio aparece y me despluma.
- ¿Tommy Lee? ¿Entrar aquí? Oh, hey, no pretendía reírme pero Tommy Lee Hampton no aparecerá por aquí ni por ningún otro sitio.
- No me digas que también ha muerto.
- No..., no. Tommy Lee está vivo todavía. Sigue viviendo en la ciudad. Pero apuesto a que desearía no hacerlo. Y apuesto que preferiría haber sido más amable conmigo.
- Yo seré amable contigo.
- Eso espero. Tommy y Tammy...; parecía que estábamos hechos el uno para el otro. A veces Tommy Lee era realmente agradable conmigo. Muchas veces. Pero sólo cuando yo hacía lo que él quería que hiciera. Como esto..., como lo que te estoy haciendo ahora. Me enseñó esto y me enseñó a hacérselo todo el tiempo.
- Puedo entender por qué.
- Sí, pero quería que se lo hiciera en público. Y otras cosas. Como cuando íbamos en el coche quería que yo...; mira, te lo demostraré...
- ¡Oh..., Dios... mío!
- Eso es lo que él decía siempre. Pero quería que se lo hiciera, cuando circulábamos junto a uno de esos grandes camiones para que el conductor pudiera vernos. O junto a un autobús Greyhound. O en un semáforo. O en un ascensor...; ¿quién sabe cuándo iba a pararse y quién entraría cuando se abrieran las puertas? Soy una chica encantadora, ¿no? Pero no soy de ese tipo de chicas. En absoluto.
- Parece que es un psicópata.
- Creo que lo era. Porque si no le hacía lo que quería, entonces se enfadaba y se emborrachaba, y me hacía daño.
- Otro no.
- Sí. ¿Puedes creerlo? Desde luego, tengo una mala suerte total. También le daba a las drogas. Siempre esnifando algo o tragándose una píldora tras otra, siempre intentando meterme en las drogas con él. Quiero decir que bebo un poco, como sabes...
- Sí, sabes acabar con los margaritas.
- Me gusta la sal, pero las drogas son otra cosa. Y él se enfadaba cuando yo le decía que no...; me llamaba Nancy Reagan, ¿puedes creerlo? Y me lastimaba de forma horrible.
- Bueno, al menos lo largaste.
- De hecho, se largó él.
- ¿Encontró a otra chica?
- No exactamente. Tomó un montón de píldoras y se emborrachó una noche y se quedó dormido en la cama con un cigarrillo encendido. Estaba tan borracho y colocado que se quemó la mayor parte del cuerpo antes de despertar.
- ¡Jesús!
- Jesús no tuvo nada que ver..., excepto tal vez en el hecho de que sobreviviera. Quemaduras de tercer grado en el noventa por ciento del cuerpo, dijeron los médicos. Dicen que es un milagro que esté vivo. Si se puede llamar vida a lo que está haciendo.
- Pero ¿qué...?
- Oh, no queda mucho. Es como un muñón vivo de tejido cicatrizado. Parece que está fundido. Ya no puede andar. Apenas puede hablar. No puede mover más que dos o tres dedos de la mano izquierda, y sólo un poquito. Algunos amigos que le conocían dicen que lo tiene bien empleado. Y es lo que digo yo. De hecho, se lo digo en la cara un par de veces a la semana cuando le visito en el hospital.
- ¿Tú... le visitas?
- Claro. No puede alimentarse y las enfermeras agradecen la ayuda. Así que voy de vez en cuando y le doy de comer. ¡Oh, cómo lo odia!
- Apuesto a que sí, sobre todo después de la forma en que te trató.
- Oh, no es eso. Me aseguro de que lo odie. Verás, le pongo cosas en la comida y le hago comerla. Ayer mismo le metí una cucaracha viva en una cucharada de puré de patatas. Se la metí en la boca y le hice masticar. Crunch - crunch, ñam - ñam, crunch - crunch. Tendrías que haber visto las lágrimas..., como un bebé grande. Y entonces yo.... ¿Eh? ¿Qué te pasa? Se te ha pasado el entusiasmo. ¿Qué pasa con...? Eh, ¿adónde vas? Empezábamos a pasarlo bien... Eh, no te vayas... Eh, Bob, ¿qué he hecho mal?... ¿Qué he dicho?... ¡Bob! Vuelve y... Juro..., juro que no comprendo a los hombres.