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Hechos tocantes al difunto Arthur Jermyn y su Familia - H. P. Lovecraft (Parte 2)

 II

 Arthur Jermyn era hijo de sir Alfred Jermyn y una cantante de music-hall de antecedentes desconocidos. Cuando el marido y padre abandonó a su familia, la madre llevó al niño a la Casa de los Jermyn, donde no quedaba nadie que se opusiera a su presencia. No carecía ella de idea sobre lo que debe ser la dignidad de un noble, y cuidó que su hijo recibiese la mejor educación que su limitada fortuna le podía proporcionar. 

Los recursos familiares eran ahora dolorosamente exiguos, y la Casa de los Jermyn había caído en penosa ruina; pero el joven Arthur amaba el viejo edificio con todo lo que contenía. A diferencia de los Jermyn anteriores, era poeta y soñador. Algunas de las familias de la vecindad que habían oído contar historias sobre la invisible esposa portuguesa de Wade Jermyn afirmaban que estas aficiones suyas revelaban su sangre latina; pero la mayoría de las personas se burlaban de su sensibilidad ante la belleza, atribuyéndola a su madre cantante, a la que no habían aceptado socialmente. 

La delicadeza poética de Arthur Jermyn era mucho más notable si se tenía en cuenta su tosco aspecto personal. La mayoría de los Jermyn había tenido una pinta sutilmente extraña y repelente; pero el caso de Arthur era asombroso. Es difícil decir con precisión a qué se parecía; no obstante, su expresión, su ángulo facial, y la longitud de sus brazos producían una viva repugnancia en quienes lo veían por primera vez.

La inteligencia y el carácter de Arthur Jermyn, sin embargo, compensaban su aspecto. Culto, y dotado de talento, alcanzó los más altos honores en Oxford y parecía destinado a restituir la fama de intelectual a la familia. Aunque de temperamento más poético que científico, proyectaba continuar la obra de sus antepasados en arqueología y etnología africanas, utilizando la prodigiosa aunque extraña colección de Wade. 

Llevado de su mentalidad imaginativa, pensaba a menudo en la civilización prehistórica en la que el explorador loco había creído absolutamente, y tejía relato tras relato en torno a la silenciosa ciudad de la selva mencionada en las últimas y más extravagantes anotaciones. Pues las brumosas palabras sobre una atroz y desconocida raza de híbridos de la selva le producían un extraño sentimiento, mezcla de terror y atracción, al especular sobre el posible fundamento de semejante fantasía, y tratar de extraer alguna luz de los Jatos recogidos por su bisabuelo y Samuel Seaton entre los onga.

En 1911, después de la muerte de su madre, Arthur Jermyn decidió proseguir sus investigaciones hasta el final. Vendió parte de sus propiedades a fin de obtener el dinero necesario, preparó una expedición y zarpó con destino al Congo. Contrató a un grupo de guías con ayuda de las autoridades belgas, y pasó un año en las regiones de Onga y Kaliri, donde descubrió muchos más datos de lo que él se esperaba. 

Entre los kaliri había un anciano jefe llamado Mwanu que poseía no sólo una gran memoria, sino un grado de inteligencia excepcional, y un gran interés por las tradiciones antiguas. Este anciano confirmó la historia que Jermyn había oído, añadiendo su propio relato sobre la ciudad de piedra y los monos blancos, tal como él la había oído contar.

Según Mwanu, la ciudad gris y las criaturas híbridas habían desaparecido, aniquiladas por los belicosos n’bangus, hacía muchos años. Esta tribu, después de destruir la mayor parte de los edificios y matar a todos los seres vivientes, se había llevado a la diosa disecada que había sido el objeto de la incursión: la diosa-mono blanca a la que adoraban los extraños seres, y cuyo cuerpo atribuían las tradiciones del Congo a la que había reinado como princesa entre ellos.        

Mwanu no tenía idea del aspecto que debieron de tener aquellas criaturas blancas y simiescas; pero estaba convencido de que eran ellas quienes habían construido la ciudad en ruinas. Jermyn no pudo formarse una opinión clara; sin embargo, después de numerosas preguntas, consiguió una pintoresca leyenda sobre la diosa disecada.

La princesa-mono, se decía, se convirtió en esposa de un gran dios blanco llegado de Occidente. Durante mucho tiempo, reinaron juntos en la ciudad; pero al nacerles un hijo, se marcharon de la región. Más tarde, el dios y la princesa habían regresado; y a la muerte de ella, su divino esposo había ordenado momificar su cuerpo, entronizándolo en una inmensa construcción de piedra, donde fue adorado. Luego volvió a marcharse solo. 

La leyenda presentaba aquí tres variantes. Según una de ellas, no ocurrió nada más, salvo que la diosa disecada se convirtió en símbolo de supremacía para la tribu que la poseyera. Este era el motivo por el que los n’bangus se habían apoderado de ella. Una segunda versión aludía al regreso del dios, y su muerte a los pies de la entronizada esposa. En cuanto a la tercera, hablaba del retorno del hijo, ya hombre —o mono, o dios, según el caso—, aunque ignorante de su identidad. Sin duda los imaginativos negros habían sacado el máximo partido de lo que subyacía debajo de tan extravagante leyenda, fuera lo que fuese.

Arthur Jermyn no dudó ya de la existencia de la ciudad que el viejo Wade había descrito; y no se extrañó cuando, a principios de 1912, dio con lo que quedaba de ella. Comprobó que se habían exagerado sus dimensiones, pero las piedras esparcidas probaban que no se trataba de un simple poblado negro. Por desgracia, no consiguió encontrar representaciones escultóricas, y lo exiguo de la expedición impidió emprender el trabajo de despejar el único pasadizo visible que parecía conducir a cierto sistema de criptas que Wade mencionaba. 

Preguntó a todos los jefes nativos de la región acerca de los monos blancos y la diosa momificada, pero fue un europeo quien pudo ampliarle los datos que le había proporcionado el viejo Mwanu. Un agente belga de una factoría del Congo, M. Verhaeren, creía que podía no sólo localizar, sino conseguir también a la diosa momificada, de la que había oído hablar vagamente, dado que los en otro tiempo poderosos n’bangus eran ahora sumisos siervos del gobierno del rey Alberto, y sin mucho esfuerzo podría convencerlos para que se desprendiesen de la horrenda deidad de la que se habían apoderado. 

Así que, cuando Jermyn zarpó para Inglaterra, lo hizo con la gozosa esperanza de que, en espacio de unos meses, podría recibir la inestimable reliquia etnológica que confirmaría la más extravagante de las historias de su antecesor, que era la más disparatada de cuantas él había oído. Pero quizá los campesinos que vivían en la vecindad de la Casa de los Jermyn habían oído historias más extravagantes aún a Wade, alrededor de las mesas del Knight’s Head.

Arthur Jermyn aguardó pacientemente la esperada caja de M. Verhaeren, estudiando entretanto con creciente interés los manuscritos dejados por su loco antepasado. Empezaba a sentirse cada vez más identificado con Wade, y buscaba vestigios de su vida personal en Inglaterra, así como de sus hazañas africanas. Los relatos orales sobre la misteriosa y recluida esposa eran numerosos, pero no quedaba ninguna prueba tangible de su estancia en la Mansión Jermyn. 

Jermyn se preguntaba qué circunstancias pudieron propiciar o permitir semejante desaparición, y supuso que la principal debió de ser la enajenación mental del marido. Recordaba que se decía que la madre de su tatarabuelo fue hija de un comerciante portugués establecido en África. 

Indudablemente, el sentido práctico heredado de su padre, y su conocimiento superficial del Continente Negro, lo habían movido a burlarse de las historias que contaba Wade sobre el interior; y eso era algo que un hombre como él no debió de olvidar. Ella había muerto en África, adonde sin duda su marido la llevó a la fuerza, decidido a probar lo que decía. Pero cada vez que Jermyn se sumía en estas reflexiones, no podía por menos de sonreír ante su futilidad, siglo y medio después de la muerte de sus extraños antecesores.

En junio de 1913 le llegó una carta de M. Verhaeren en la que le notificaba que había encontrado la diosa disecada. Se trataba, decía el belga, de un objeto de lo más extraordinario; un objeto imposible de clasificar para un profano. Sólo un científico podía determinar si se trataba de un simio o de un ser humano; y aun así, su clasificación sería muy difícil dado su estado de deterioro. El tiempo y el clima del Congo no son favorables para las momias; especialmente cuando consisten en preparaciones de aficionados, como parecía ocurrir en este caso. 

Alrededor del cuello de la criatura se había encontrado una cadena de oro que sostenía un relicario vacío con adornos nobiliarios; sin duda, recuerdo de algún infortunado viajero, a quien debieron de arrebatárselo los n’bangus para colgárselo a la diosa en el cuello, a modo de talismán. Comentando las facciones de la diosa, M. Verhaeren hacía una fantástica comparación; o más bien aludía con humor a lo mucho que iba a sorprenderle a su corresponsal; pero estaba demasiado interesado científicamente para extenderse en trivialidades. La diosa momificada, anunciaba, llegaría debidamente embalada, un mes después de la carta.

El envío fue recibido en Casa de los Jermyn la tarde del 3 de agosto de 1913, siendo trasladado inmediatamente a la gran sala que alojaba la colección de ejemplares africanos, tal como fueran ordenados por Robert y Arthur. Lo que sucedió a continuación puede deducirse de lo que contaron los criados, y de los objetos y documentos examinados después. 

De las diversas versiones, la del mayordomo de la familia, el anciano Soames, es la más amplia y coherente. Según este fiel servidor, Arthur ordenó que se retirase todo el mundo de la habitación, antes de abrir la caja; aunque el inmediato ruido del martillo y el escoplo indicó que no había decidido aplazar la tarea. Durante un rato no se escuchó nada más; Soames no podía precisar cuánto tiempo; pero menos de un cuarto de hora después, desde luego, oyó un horrible alarido, cuya voz pertenecía inequívocamente a Jermyn. 

Acto seguido, salió Jermyn de la estancia y echó a correr como un loco en dirección a la entrada, como perseguido por algún espantoso enemigo. La expresión de su rostro —un rostro bastante horrible ya de por sí— era indescriptible. Al llegar a la puerta, pareció ocurrírsele una idea; dio media vuelta, echó a correr y desapareció finalmente por la escalera del sótano. 

Los criados se quedaron en lo alto mirando estupefactos; pero el señor no regresó. Les llegó, eso sí, un olor a petróleo. Ya de noche oyeron el ruido de la puerta que comunicaba el sótano con el patio; y el mozo de cuadra vio salir furtivamente a Arthur Jermyn, todo reluciente de petróleo, y desaparecer hacia el negro páramo que rodeaba la casa. Luego, en una exaltación de supremo horror, presenciaron todos el final. Surgió una chispa en el páramo, se elevó una llama, y una columna de fuego humano alcanzó los cielos. La estirpe de los Jermyn había dejado de existir.

La razón por la que no se recogieron los restos carbonizados de Arthur Jermyn para enterrarlos está en lo que encontraron después; sobre todo, en el objeto de la caja. La diosa disecada constituía una visión nauseabunda, arrugada y consumida; pero era claramente un mono blanco momificado, de especie desconocida, menos peludo que ninguna de las variedades registradas e infinitamente más próximo al ser humano… asombrosamente próximo. 

Su descripción detallada resultaría sumamente desagradable; pero hay dos detalles que merecen mencionarse, ya que encajan espantosamente con ciertas notas de Wade Jermyn sobre las expediciones africanas, y con 1as leyendas congoleñas sobre el dios blanco y la princesa-mono. 

Los dos detalles en cuestión son estos: las armas nobiliarias del relicario de oro que dicha criatura llevaba en el cuello eran las de los Jermyn, y la jocosa alusión de M. Verhaeren a cierto parecido que le recordaba el apergaminado rostro, se ajustaba con vívido, espantoso e intenso horror, nada menos que al del sensible Arthur Jermyn, hijo del tataranieto de Wade Jermyn y de su desconocida esposa. Los miembros del Real Instituto de Antropología quemaron aquel ser, arrojaron el relicario a un pozo, y algunos de ellos niegan que Arthur Jermyn haya existido jamás.

El cinturón de Venus - Harold Lawlor

La primera vez que Kenny Wilcox oyó hablar a su esposa del increíble Cinturón de Venus, ambos se estaban vistiendo para salir por la noche.

Estaba en pie ante la cómoda, los tirantes sosteniendo los pantalones de noche, los hombros delineados bajo la blanca camiseta, las manos sosteniendo un cepillo militar. Lanzaba maldiciones por lo bajo, pero con profundo sentimiento, mientras intentaba fútilmente suavizar las ondulaciones de su rizado cabello negro.

Baby estaba ante el tocador, ignorando la forma habitual de su boca al tratar de pintarla de manera distinta, obscena y provocativa, delineándola caprichosamente con espesa y roja crema.

—Hoy compré un cinturón —dijo Baby al mismo tiempo que se pasaba el lápiz de labios. De modo que sonó «ho ompré un urón». Llevaban ya tres meses casados, lo bastante para que Kenny supiera traducirlo.

—¿De veras? —dijo él ausente—. ¿Piensas pasar contrabando a Newcastle?

Era una broma, y bastante fina, pensó él, pues contenía implícitamente una alusión a la perfecta silueta de Baby. Sin embargo, a Baby no le sentó bien, pues su ebúrnea frente se frunció suavemente, y sus ojos buscaron el reflejo que le devolvía el espejo del tocador.

—No sé de qué estás hablando —dijo—. El caso es que compré este cinturón a un viejecito que me asaltó en Michigan Boulevard mientras miraba un escaparate. Le di diez dólares por él. ¿No es magnífico?

Por el rabillo del ojo, Kenny captó un relámpago de fuego rojo, verde y blanco. Juró lo que se entiende por un buen y rotundo juramento, y colgó el cepillo militar. No era la clase de cinturón que él creía adecuado para ella. Era un estrecho cinturón adornado con malla dorada, incrustado de brillantes gemas que lo hacían muy pesado.

Lo suficiente para sacarte un ojo de un golpe.

 

—¡Por el amor de Dios! —exclamó Kenny—. Esas piedras parecen auténticas.

—Bueno, ¡es que lo son! —Baby estaba indignada—. Lo llevé después al Barham y me dijeron que los diamantes, rubíes y esmeraldas eran auténticos, tal como me había imaginado. No creerás que iba a gastar diez dólares...

—¡Pero fíjate! —dijo Kenny—. ¡Diez dólares! Entonces son peligrosas. Las han robado.

Esta observación sólo consiguió poner a Baby más nerviosa.

—¿Acaso soy un policía? ¿Es que también tenía que haberle preguntado un montón de cosas insidiosas que no son de mi incumbencia? Además, me dijo que el cinturón era suyo, y que tenía perfecto derecho a venderlo. ¡Chúpate ésa, mangas verdes!

Cuando Baby llegaba a este estado, lo más recomendable era intentar aplacarle el genio. Baby era hermosa, pero no muy inteligente. Sin embargo, Kenny sabía por experiencia que, siguiendo la extraña lógica que ella adoptaba, resultaba más lista de lo que parecía, una auténtica maravilla, a su manera.

Así, teniendo esto en cuenta, Kenny procuró ser muy, muy amable.

—Escucha, Baby —dijo—. ¿Por qué ese viejo iba a venderte por diez dólares lo que valdría una pequeña fortuna?

Baby resopló.

—Él me explicó todo eso. Me dijo que diez dólares era sólo un... un pago simbólico. Dijo que realmente lo estaba vendiendo con espíritu de malicia. Y dijo que apaciguaría su mente vendiéndoselo a la primera mujer hermosa que apareciera por la avenida. Y obviamente, fui yo.

Satisfecha de su explicación, Baby cogió un vestido de noche negro y se lo pasó por su brillante y rubia cabeza.

—¿Espíritu de malicia? —dijo Kenny pensativamente—. ¿Qué crees que quiso decir con eso?

Por desgracia, iba a descubrirlo demasiado pronto. Aunque no exactamente entonces. Y no por Baby, ni por el anciano, de quien nunca más se supo.

—No lo sé —Baby se encogió de hombros—. Pero eso es lo que dijo. Ah, y también que era el Cinturón de Venus.

La frase sonó melodiosa en la mente de Kenny, conjurando románticas imágenes.

—El Cinturón de Venus —repitió suavemente.

—¡Aja! Ya sabes, Venus, donde hay góndolas.

—¡No, no, no, por el amor de Dios! ¡Eso es Venecia! —exclamó Kenny con desesperación, emergiendo de sus ensoñaciones—. Venus era la diosa del Amor.

Aquello impresionó a Baby, aunque no mucho.

—¡Oh! Bueno, lo que sea. Él caso es que ahora yo tengo su cinturón.

Se colocó el enjoyado cinturón en torno a su estrecha cintura y corrió a contemplar con admiración el efecto que hacía ante el espejo.

Y fue justo entonces cuando ocurrió lo más incomprensible.

Pero antes de proceder con el relato del Cinturón de Venus, es necesario que lancemos una mirada retrospectiva sobre Baby.

Cuando la señora de Oren P. Nicolson se divorció del señor Oren P. Nicolson, percibió para sobrevivir cien mil dólares de la fortuna de medio millón que poseía su marido. Poco después, y más bien a la ligera, el señor Oren P. Nicolson se casó con la señorita Baby Czwatka, la chica menudita y muy rubia que despachaba tabaco en el vestíbulo del Edificio Nicolson.

Baby se hizo cargo del resto.

Todo el mundo quería a Baby, y todos le desearon suerte en su romance, con la posible excepción, claro, de la primera señora de Oren P. Nicolson. Pero hasta las fregonas del Edificio Nicolson le mostraron su afecto y buena voluntad. Una delegación de las mismas, encabezada por una tal señora Tillie Kopek, sonriendo de oreja a oreja, obsequió a Baby con un ramillete de flores la víspera de su boda. Baby estaba bastante emocionada. Incluso derramó unas cuantas lágrimas. Y prometió afectuosamente a la señora Tillie Kopek que nunca, nunca la olvidaría.

Y así se casaron. El matrimonio duró siete meses... agitados meses aquéllos, cuyos días y noches se sucedían con casi turbulenta actividad. A veces, el señor Oren P. Nicolson se preguntaba cómo podían aguantarlo sus arterias.

Hasta que, por fin, no aguantaron más.

La mañana del catorce de agosto, al despertarse, Baby se encontró al señor Oren P. Nicolson muerto por fallo cardíaco sobre su cama de madera pulimentada, pareja con la suya propia.

Fue todo muy trágico.

Baby, que había cobrado afecto al hombrecito, se sintió desconsolada. Aunque no inconsolable. A fin de cuentas, reflexionó, la viudez podía haber sido peor. Ella era joven. De luto estaba para comérsela. Además era propietaria de un cuarto de millón de dólares, un abrigo de visón, un «Lincoln Continental», y deslumbrantes joyas.

Todo eso, menos los veintisiete dólares con cincuenta que se había gastado en procurar una placa al monumento de Oren P. Nicolson en el cementerio de Evergreen.

Pero es que era así de generosa.

—Así soy yo —confiaba Baby a Kenny Wilcox un año después—. Soy la clase de persona que daría a otra su última camisa. Dame cien dólares y no seré feliz hasta que no haya encontrado a quién dárselos.

—Bueno, en ese caso —sugirió Kenny, una repentina idea—, dame cien dólares.

—¡Por aquí! —exclamó bruscamente Baby, furiosa. Entonces vio el destello de malicia en los soñadores ojos azules de él, y dijo—: ¡Oh, tú y tus eternas tomaduras de pelo!

Por entonces estaba enamorada de él. Era tan guapo, alto y moreno, sus mejillas un poco hundidas, la expresión indolente de sus ojos azules mantenían en lo más profundo un destello divertido ante el boato efímero. Y ella pensó que era muy inteligente, casi hasta dar asco.

—Porque ¡fíjate! —señaló ella, a modo de prueba—. Eres periodista en un periódico.

Ante tal muestra de sagacidad, por parte de la chica, Kenny ni se atrevió a replicar. Sólo podía asentir tolerante, modestamente.

Él era periodista de salón de un periódico matutino, y su trabajo se desarrollaba por la noche, en los clubs. Por cierto, había conocido a Baby en una de sus rondas, en el bar Bami-Bami. Y le pareció una chica muy divertida. Desde entonces le acompañaba siempre. Todo era gratis y, además, los lugares que él visitaba estaban, según frase de Baby, emporcados de mujeres guapas. Uno se tropezaba con ellas por todas partes. Obviamente, él necesitaba una mano que lo contuviera, y hasta con Baby a su lado...

—¡La leche! —diría Kenny con pasión, echando el ojo a una danseuse de cabaret de cabello anaranjado, generosamente ataviada con tres pedazos de seda estratégicamente situados y media docena de diamantes de bisutería—. Escucha eso, ¿quieres?

Baby escucharía y comenzaría a pinchar.

—Su silueta no es ni pizca mejor que la mía —diría ella a la defensiva—. Lo que pasa es que ves más de lo que hay.

Kenny se apresuraba a admitir la justicia de la observación.

—Cierto —acordaría él, y Baby volvería a respirar otra vez.

Así las cosas, quizá no extrañe a nadie que fuera Baby la primera en pensar que el matrimonio podía ser una buena idea. Y sin avisar, una noche, en el Golden Pumpkin, se lo propuso a Kenny, al que cogió con la guardia baja, y que, al escucharla, se quedó con la boca abierta.

—Ya sé —asintió ella, advirtiendo su asombro—. Sin duda piensas que estoy loca, al querer casarme contigo...

Pues no. Él no se hubiera atrevido a afirmar tal cosa.

—...teniendo yo tanto dinero y todo lo demás —prosiguió Baby, sin escucharle—. Pero, a fin de cuentas, el dinero no lo es todo. Y de cualquier modo, todo quedará a mi nombre.

—Oh —dijo muy débilmente.

—¿Así que lo comprendes? —dijo Baby—. Entonces todo está arreglado.

—Pero —atajó él, con tanta delicadeza como le fue posible—, yo no estoy enamorado de ti.

—¡Lo estarás! —exclamó Baby, y él pensó que su confianza era realmente espeluznante.

—Pero yo no quiero casarme —dijo esta vez en tono hostil.

—¿Y qué importa? —Baby alzó un dedo admonitorio—. Yo sé lo que te conviene.

Naturalmente, él no tenía la menor intención de casarse con la chica. Por supuesto que no, ¡por todos los dioses! Tan seguro estaba de su decisión que sin duda no sabría explicar a nadie cómo pudo ser posible que tres semanas más tarde se casara. Dios sabe que ha intentado racionalizar su demencia desde entonces. Quizá el parloteo de Baby lo llevó hasta un estado semicomatoso, dejándole indefenso. Realmente no lo sabe. Queda a la estimación personal de cada uno.

Esto nos conduce a la noche en que Baby se puso el Cinturón de Venus y en la que ocurrió lo más incomprensible.

 

Pues una extraña metamorfosis tomó cuerpo en Kenny. Descubrió, repentinamente, que no quería salir. No quería ir a trabajar. No quería hacer nada sino quedarse en casa y hacer el amor con Baby.

Sin duda se había vuelto loco. Idiotas como eran sus corazonadas, aún le quedaba el suficiente sentido común como para darse cuenta de lo excéntrica que era su conducta. No la había amado cuando se casó con ella, y en tres meses, que él supiera, no habían cambiado sus sentimientos.

Pero ahora... ahora la miraba con ojos de carnero degollado, mientras el corazón se le ablandaba. Nunca se le había aparecido tan hermosa, tan deseable. En torno a ella se derramaba un aura que irradiaba la cualidad de la luz. A la mierda con el trabajo. Comenzaría por trabajarla a ella, con los brazos extendidos, y los ojos brillantes como los de un lobo.

Baby necesitó un momento para reaccionar.

—¡Por Dios! —exclamó, casi estrangulada por el abrazo y los besos de él—. ¿Qué mosca te ha picado?

Ella no estaba exactamente sorprendida. Pero él nunca se había comportado así antes. En ocasiones anteriores, ella era siempre la primera en meter mano y sus afectuosos abrazos le eran invariablemente devueltos por él con lo que ella pensaba todo el ardor de un bacalao muerto.

Su confusión actual, en tal caso, era perdonable.

—¿Qué te pasa? —dijo ella.

—No lo sé —respondió él acremente, como farfullando para sí mismo—. Lo único que sé es que te amo. No salgamos. Quedémonos y...

—No seas enfermizo —avisó Baby, ruborizándose un poco. Se acercó a él. Aquello era tan gratificante como misterioso. Tenía que tener tiempo para pensar—. Claro que vamos a salir.

Él estaba prácticamente en manos de ella, lo cual era, en verdad, una situación nueva.

—Muy bien —dijo él—. Saldremos. Haremos lo que quieras.

Y le sonrió alegremente.

Ante tal canina devoción, su asombro no hizo sino aumentar. Kenny jamás había sido así. No sabía qué hacer con la sumisión. Pero se puso sobre los hombros el abrigo de visón, y los dos salieron del apartamento.

Eso y meterse en líos fue todo uno.

 

El mozo del ascensor, vestido con una chaqueta raída y unos pantalones de un color muy chillón, no alzó la mirada del tebeo que leía cuando ambos entraron. Mecánicamente, condujo el ascensor hacia abajo; pero al llegar a la planta baja, alzó la mirada, quizá por costumbre, esperando una propina.

Entonces fue cuando se fijó en Baby. Parpadeó una vez, dos veces. Su boca se abrió y se cerró como la de un pez fuera del agua. Y una expresión de lo más beatífica se extendió lentamente sobre su pecoso rostro.

Al parecer, Baby no se percató de la existencia del joven. Pero Kenny sí, y se sintió molesto. Mientras abandonaban el ascensor y caminaban por el vestíbulo, desierto a tan temprana hora, el mozo les siguió un corto trecho con los ojos hipnotizados y fijos en Baby.

Kenny se dio cuenta de este acecho silencioso. Normalmente era el más amable de los hombres, pero su reciente comportamiento arriba, en el apartamento, le había dejado algo trastornado. Como no podía evitar sus reacciones anteriores, se posesionó, en cambio, del poder de interrogarlas. No le gustó el sentimiento que había experimentado no hacía mucho y que, por alguna extraña razón, se había enseñoreado de sus emociones.

Así, con los nervios ya excitados, comprobó que la conducta del mozo del ascensor no había servido sino para acercarle más al borde del precipicio.

—Tranquilo, muchacho —avisó por encima del hombro, intentando controlar el deje irritado de su voz.

—Pero si no hago nada —respondió el otro—. Me limito a mirarla. No puedo evitarlo. Está tan... tan...

Evidentemente, la deleitable contemplación de Baby era lo que impedía completar la descripción.

Baby, dándose cuenta por fin de la curiosa conducta del mozo, miró intrigada a Kenny.

—Pero ¿qué...?

Kenny se encogió de hombros. Su posesivo apretón en el codo de Baby la hizo apresurarse.

—¡Largo! —exclamó Kenny por encima del hombro.

Pero el mozo no le hizo caso. Tampoco las siguientes advertencias hicieron decrecer su admiración.

Kenny, por último, se vio obligado a pararse. Se volvió. Extendió la mano y la plantó sobre la cara del muchacho, empujándole al mismo tiempo. El chico cayó al suelo sobre sus pantalones chillones, y un sonido de amenaza cruzó el aire.

Pero no había resentimiento en el rostro del joven por haber recibido aquel trato. Por el contrario seguía mirando a Baby con expresión fascinada, casi con ojos de carnero degollado.

Kenny, murmurando con ira, empujó a Baby hacia la puerta giratoria. Aunque los problemas no habían hecho más que comenzar.

Se puso delante de Baby e hizo una seña al portero para que parase un taxi. Cuando éste se detuvo junto al bordillo, Kenny se hizo a un lado y ayudó a Baby a entrar.

Los ojos del portero cayeron sobre ella por vez primera, la enfocaron y se agrandaron. Les siguió a lo largo de la acera, pegado a los talones de Kenny. Incluso intentó meterse en el coche con ellos.

Kenny se detuvo. Su puño derecho le golpeó con furia en el costado.

—Pero ¿no hay más que locos en esta casa? —murmuró.

Kenny no se molestó en argumentar. De nuevo extendió la mano, dando el empujón de rigor. Y el portero, sin resentimiento, se quedó allí, sentado en la acera, rodeado de pedazos de mica, no más brillantes, sin embargo, que la mirada que mantenía fija sobre Baby.

Kenny sacudió la cabeza y se dispuso a entrar en el taxi para reunirse con Baby. Lo hizo a tiempo de descubrir al taxista bajando el vidrio de separación y saltando al asiento trasero.

Por entonces, Kenny ya estaba empezando a darse cuenta de que algo no iba del todo bien.

—¡Por todos los diablos! —exclamó irritado—. ¿Qué narcótico te has puesto? —Y al taxista—. ¡Vuelva junto al volante, antes de que le rompa los dientes!

Baby se rió ahogadamente. El taxista hizo caso omiso del empujón que, por cierto, no fue suave, y de repente el renacuajo y gordito conductor se encontró clavado sobre la separación. Pero no parecía importarle. No podía dejar de mirar a Baby.

—Por favor —dijo Baby suavemente—, vuelva tras el volante. Queremos ir al Club Carioca.

—Por usted, señorita —susurró el taxista—, haría cualquier cosa.

Y obedeció, sonriendo con cara de bobo. E incluso mientras conducía, Kenny advirtió que no dejaba de mirar a Baby por el espejo retrovisor.

Había una peculiar expresión en el rostro de Baby. Una mezcla de desconcierto, iluminación, esperanza, y autosatisfacción. En verdad era un estudio de emociones.

—No entiendo nada —dijo Kenny.

La rubia cabeza de Baby asentía.

—Creo que sé dónde está la causa.

—Bueno, ¿qué es lo que hace que todo sea tan extraño?

—El Cinturón de Venus —susurró Baby.

—¿El Cinturón de Venus?

. —¡Ajá! Creo que me convierte en una mujer irresistible. —La miró como si se hubiera vuelto como una cabra y entonces ella añadió—: ¡Oh, Kenny, piensa en ello! Debo estar muy cerca de la diosa del Amor.

—Quizá seas una góndola —soltó Kenny. Era cierto que aquella noche ejercía alguna extraña influencia sobre los hombres, pero su localización del poder era completamente fantástica. La abrazó y la estrechó contra sí—. No digas sandeces.

El caso es que, tal como siguió la cosa, Baby demostró estar muy sana...

 

Todavía hablan de aquella noche en el Club Carioca.

El negocio se fue al traste.

Nada más entrar Baby, un hombre le echó una mirada frívola, que pronto se quedó fija. Otros, advirtiendo la dirección del mesmérico ensimismamiento y la expresión más bien de imbécil que había en su cara, se volvieron para mirar también.

Sus miradas también se quedaron fijas en ella.

La autoseguridad de Baby, mientras se dirigía con Kenny a una mesa bien delante, era sorprendente. Apenas se instaló en la mesa elegida por ella (el maître estaba demasiado atareado para atenderles, como suele ocurrir con todos los maître) cuando todos los hombres del lugar dejaron sus sillas para formar una especie de círculo encantado en torno a ella.

No avanzaron. No hicieron nada ofensivo, Únicamente permanecían quietos, mirándola como se mira a un ídolo de oro.

Esto fue suficiente para Kenny, que sintió un repentino escalofrío.

Todas las mujeres que habían quedado abandonadas miraban a Baby con ojos como puñales. Y muchos silbidos de protesta se adivinaban detrás de las manos alzadas. Una mujer, más decidida que el resto, se levantó, se acercó a su compañero y le cogió de una oreja, pero él se limitó a encogerse de hombros.

Los músicos hacía rato que habían abandonado sus instrumentos para ir a engrosar el corro. La cohorte de adoradores aumentó el nerviosismo de Kenny. No es que nadie le estuviera mirando a él, pero el hecho de brillar a costa de la gloria ajena le hacía sentirse molesto.

—Diles que se vayan —pidió a Baby.

—¡De acuerdo! —dijo Baby, aunque su satisfacción era obvia—. En realidad, la situación es bastante embarazosa. —Movió la mano con actitud de reina—. Caballeros, pueden marcharse ya.

Los caballeros obedecieron y se alejaron, aunque con cierta resistencia localizada en las persistentes miradas que lanzaban al marcharse reculando.

—¿Ves? —dijo Baby, no pudiendo reprimir una risa tonta de excitación. Aquello era lo que todas las mujeres soñaban: convertirse en irresistibles para todos los hombres. Era suficiente para desquiciar una cabeza más sabia que la de Baby.

Kenny comenzó a bramar. ¡Santo Dios! ¿Qué había ocurrido ante sus propias barbas? ¿Qué extraño poder había adquirido Baby sobre los hombres? Entonces, mirando de reojo, localizó a un hombre que no había obedecido la petición de Baby. Un hombrecillo, estrecho de pecho y barrigón, en forma de quemador de incienso.

El personajillo se acercó a la mesa y, sin ser invitado, se sentó junto a ellos.

—¡Jamás vi cosa igual! —dijo a Kenny, sin dejar de mirar a Baby—. ¡Qué atractivo erótico! Es como Dorothy Lamour, sólo que más... más así. No puedo resistirme a ella.

—¿Y quién es usted? —preguntó fríamente Kenny.

Aquello pareció herir los sentimientos del hombrecillo. Se levantó, no muy raudo, y dijo con empressement:

—Soy Serge Ratkov, presidente de los estudios de la Twentieth Century Ratkov, Hollywood, Estados Unidos.

—Perfecto, ya puede largarse —dijo Kenny fastidiado—. ¡Señor, qué noche!

El señor Ratkov se quedó mirando a Baby.

—¿Bromea? —dijo señalando a Kenny.

—Claro que sí —Baby miró a Kenny. ¿Quién podía ser tan violento con un magnate del cine?—. ¿Qué puedo hacer por usted, querido señor Ratkov?

El señor Ratkov puso el índice sobre la mesa.

—Quiero que firme un contrato para actuar en el cine.

Sonrió alegremente. Era evidente que esperaba que Baby se desmayara. Y quizá debiera haberlo hecho (¿qué mujer puede resistirse a la tentación de Hollywood?) de no haber soltado Kenny un puñetazo sobre la mesa. Aquello era demasiado.

—¡Ella no quiere firmar ningún contrato! ¡No quiere ir a Hollywood! —gritó—. ¡Está casada conmigo! Y se va a quedar aquí, ¿entiende?

El señor Ratkov lo ignoró y se dedicó a Baby.

—¡Vamos! ¿Va a quedarse aquí cuando podría encontrarse en cualquier parte con Errol Flynn y Tyrone Power?

—Oh, Kenny —dijo Baby—. ¡Errol Flynn y Tyrone Power! ¡Piénsalo!

Kenny, enormemente deprimido, lo pensó.

El señor Ratkov estaba dejando su tarjeta en la mano de Baby.

—En mi oficina. A las diez en punto, mañana por la mañana —dijo—. ¡Firmaremos nuestro contrato!

Parecía que ya nada más tenían que hacer allí, salvo marcharse. Cualquier otra cosa habría sido anticlimática. Así, pues, se dirigieron hacia la salida, aunque todos los hombres del lugar pretendieron seguirles.

Baby tuvo que volverse en la puerta y decirles que permanecieran en el interior. Obedecieron, aunque su resistencia era visible.

 

Después de llegar a casa se entabló una pequeña batalla entre los dos. Ni que decir tiene que hubo otros altercados menores por el camino, cuando otro taxista, el portero, el mozo del ascensor y varios caballeros desconocidos del vestíbulo intentaron seguirles hasta el apartamento.

Kenny cogió al último de ellos en el pasillo, justo frente a su puerta, y lo aplanó contra la pared. Cuando pudo cerrar la puerta a sus espaldas, quedándose solo con Baby, boqueaba pesadamente.

No derrochó tiempo en diplomacias. Dijo llanamente:

—¡Ya estás quitándote ese jodido Cinturón de Venus!

—Pues a mí no me da la gana.

—Pero ¿no te das cuenta? —dijo Kenny desesperadamente—. Es la causa de todo este lío. Puede ser, mejor dicho. Nunca, hasta hoy, has causado tanta conmoción entre los hombres.

—Mira, yo no llamaría lío a un contrato cinematográfico.

—Pero tú no vas a firmar ese contrato, ¿verdad que no?

—Por supuesto que sí. ¿Quién dice que no?

Kenny paseó por el piso.

—Pues yo no voy a Hollywood. Mi trabajo está aquí. ¿Qué iba a hacer yo allí?

—Pero, Kenny, querido. Seguramente ganaré una fortuna. No necesitarás hacer nada.

Detuvo su paseo irritado y se la quedó mirando.

—¿Acaso es eso lo que piensas de mí? ¿Que me voy a contentar con ser sólo el marido de una estrella de cine? ¡Pues no! ¡Ya te estás quitando esa sucia idea de la cabeza!

—Tú eres el único que se está comportando sucia e irrazonablemente, y ya estoy cansada de discutir sobre el asunto. —Se levantó y se dirigió al dormitorio—. Ya no te haré más caso.

Pero cuando desaparecía, había una pensativa expresión en su rostro. Una vez que ella cerró la puerta a sus espaldas, Kenny se dejó caer en una silla y escondió la cabeza entre las manos. ¡Si pudiera al menos hacerla comprender! Si ella se iba a Hollywood, todo terminaría entre ellos. Habían sido felices aquellos últimos meses. Sí, él lo había sido. Más aún: él... él amaba a Baby.

—¡Dios mío! —dijo en voz alta, con temor, cuando esta consideración se le hizo patente.

Pero era cierto. La amaba.

Cuando salió del dormitorio, se había puesto una bata. Kenny se sentía muy desgraciado, demasiado agobiado por el reciente descubrimiento de que realmente la amaba como para darse cuenta del brillo extraño que había en los ojos de ella. Si lo hubiera visto, se habría entristecido más. Se habría preguntado para qué se había levantado ahora.

Fue ella la que cogió el hilo de la conversación, reanudándola donde la habían dejado.

—No veo por qué tienes que preocuparte por lo que yo hago —dijo ella. Él se sentía excesivamente preocupado como para advertir la oculta expresión que ella adoptaba—. Deberías alegrarte de deshacerte de mí. Nunca me amaste. Al principio, no querías casarte. Prácticamente, te forcé a ello. De modo que si firmo el contrato, tú serás libre.

Ella quería reconciliarse. Se notaba.

De modo que él dijo:

—De acuerdo. Pero recuerda esto. Ahora te quiero. Y siempre te querré.

Ella permaneció inmóvil, mirándole con la boca abierta. Evidentemente, no podía pronunciar palabra. Lo único que hizo fue volverse y caminar hacia el dormitorio.

Kenny suspiró y la siguió desapasionadamente.

Todo giraba en torno a ese Cinturón de Venus. Si ella no se lo pusiera por la mañana, Serge Ratkov se preguntaría qué había visto en ella la noche anterior. Ella sería incapaz de secundar la sensación ya creada. Serge creería que la reacción de los hombres del Carioca la pasada noche no había sido más que una broma.

¡Si Baby no tuviera el cinturón!

Kenny se incorporó en la cama, para reflexionar mejor en ello. No era hora para deshacerse de él. Esperaría a la mañana. Siempre se levantaba antes que Baby. Cogería el Cinturón de Venus y lo vendería al precio que fuera.

En cierto modo, pensó lleno de remordimientos, seria una sucia maniobra. Pero todo era lícito en el amor y la guerra. La pérdida del cinturón podría matarla. Hasta podría llegar a odiarle. Pero él la apaciguaría. Derramaría tanto amor sobre ella, que no podría resistirse.

Sonrió en la oscuridad y sintió que se le quitaba un peso de encima. Por fin se sumió en un sueño profundo y sin pesadillas.

 

Pero por la mañana, cuando se despertó, Baby se había marchado ya.

Al principio no podía creerlo. Realmente no lo creyó hasta que, al abrir el joyero de ella, comprobó que también el Cinturón de Venus había desaparecido.

Era demasiado tarde.

Lo que más le hería era que ni siquiera hubiera dejado una nota. Se había ido sin decirle adiós. Como si nunca le hubiera amado. No la insultó. Era culpa suya. El amor no podía vivir del aire. Su indiferencia durante los pasados meses podía haber matado cualquier amor que ella sintiese por él.

Se maldijo a sí mismo abyectamente y paseó de un lado a otro de la habitación como un alma en pena. Nunca pensó que la ausencia de Baby pudiera representar tal diferencia. Nunca había pensado que pudiera preocuparse por ella tanto, y que la vida le pareciera ahora tan vacía.

Cuando llegó la tarde, todavía estaba sentado frente al fuego moribundo. Entonces oyó un ruido a su espalda.

Baby.

Al principio creyó que era una materialización de sus evocaciones. Pero era muy real.

Se puso en pie como un rayo, sin creerlo.

—¡Baby! ¡Has vuelto!

Estaba ya entre sus brazos, vertiendo una lluvia de besos sobre ella.

Y ella le susurraba palabras entrecortadas, ahogada por las lágrimas.

—¡Es verdad! ¡Me amas! Y por mí misma y no por llevar el Cinturón de Venus. Lo descubrí anoche. Cuando me dijiste que me amabas, yo no llevaba puesto el ceñidor. ¡Me lo había dejado en el dormitorio!

—Y... ¿dónde está ahora?

—¿Importa algo?

—No.

Kenny la abrazó con más fuerza.

—¿Y el contrato?

—Oh, ¿a quién le interesa Hollywood? —Una luz soñadora apareció en la mirada de Baby—. Después de todo, el dinero no lo es todo, como siempre he dicho. Y de cualquier manera —arrugó la frente—, ese Ratkov tuvo la osadía de ofrecerme sólo cien dólares a la semana para empezar.

 

Baby rehusó llanamente decir a Kenny lo que había hecho con el Cinturón de Venus. Y quizás él nunca lo hubiera descubierto. Pero una noche llegó a casa muy tarde. Había hecho cola durante varias horas para ver a la increíblemente sensacional Gloria Gayle en la increíblemente sensacional película Corazones despedazados.

Se había tragado la película tres veces, con el resto de la audiencia masculina, incapaz de abandonar la sala.

Había abandonado el cine— ya de noche, cuando éste se cerró.

Se lo confesó todo a Baby. Y ahora, mientras él se sentaba al borde de la cama, con aire soñador y absorto, y se quitaba los calcetines, dijo suspirando:

—¡La Gloria Gayle! ¡Es bestial! Deberías verla. Todo el mundo estaba hipnotizado.

Miró a Baby, sentada sobre un almohadón, con la barbilla apoyada en una mano, y una maliciosa sonrisa en los ojos.

—¿Sonríes? —dijo él—. ¡Que te digo que la tía es bestial! Me pregunto de dónde la habrán sacado.

Baby se echó a reír.

—Kenny, querido...

—¿Sí?

—¿Todavía me amas a ?

La ausencia abandonó sus ojos y volvió a mirar a Baby como siempre... a Baby, que lo había sacrificado todo por él.

—¡Claro que sí! ¡No digas sandeces! —Con tan romántica declaración, le echó la zarpa y de forma inimitable le demostró que estaba satisfecho de ella.

Vaya que sí.

Cuando la dejó respirar nuevamente, ella dijo tranquilamente:

—Entonces te diré quién es Gloría Gayle. Su verdadero nombre es Tillie Kopek. Y se dice que fue la mujer de la limpieza en el Edificio Nicolson. Pero, claro —añadió maliciosamente—, esto puede ser una artimaña de una mujer celosa.

Kali decapitada - Marguerite Yourcenar

Kali, la terrible diosa, merodea por las llanuras de la India.

Puede vérsela simultáneamente en el Norte y en el Sur, y al mismo tiempo en los lugares santos y en los mercados. Las mujeres se estremecen al verla pasar, los hombres jóvenes, dilatando las ventanas de la nariz, salen a la puerta para verla, y los niños recién nacidos ya saben su nombre. 

Kali, la negra, es horrible y bella. Tan delgada es su cintura que los poetas que la cantan la comparan con la palmera. Tiene los hombros redondos como el salir de la luna de otoño; unos senos turgentes como capullos a punto de abrirse; sus muslos ondean como la trompa del elefante recién nacido, y sus pies danzarines son como tiernos brotes. Su boca es cálida, como la vida; sus ojos profundos, como la  muerte. 

Tan pronto se mira en el bronce de la noche como en la plata de la aurora o en el cobre del crepúsculo, y se contempla en el oro del mediodía. Pero sus labios no han sonreído jamás; un collar de huesecillos rodea su alto cuello y en su rostro, más claro que el resto del cuerpo, sus grandes ojos son puros y tristes. El rostro de Kali, eternamente mojado por las lágrimas, está pálido y cubierto de rocío como la faz inquieta de la mañana.

Kali es abyecta. Ha perdido su casta divina a fuerza de entregarse a los parias y a los condenados, y su rostro, al que besan los leprosos, se halla cubierto de una costra de astros. 

Se aprieta contra el pecho sarnoso de los camelleros procedentes del Norte, que nunca se lavan a causa de los grandes fríos; se acuesta en los lechos infectados de piojos con los mendigos ciegos; pasa de los brazos de los Brahmanes al abrazo de los miserables -raza fétida, deshonra de la luz- encargados de bañar los cadáveres; y Kali, tendida en la sombra piramidal de las hogueras, se abandona sobre las tibias cenizas. 

Ama asimismo a los barqueros, que son fuertes y ásperos; acepta hasta a los negros que sirven en los bazares, a quienes se azota más que a las bestias de carga; frota su cabeza contra sus hombros, cuajados de rozaduras por el ir y venir de los fardos. Triste como una enferma con fiebre que no consiguiera encontrar agua fresca, va de pueblo en pueblo, de encrucijada en encrucijada, a la búsqueda de los mismos monótonos deleites.

Sus piececitos bailan frenéticamente, moviendo las ajorcas, que tintinean, pero sus ojos no cesan de llorar, su boca amarga nunca besa, sus pestañas no acarician las mejillas de los que la abrazan, y su rostro permanece eternamente pálido como una luna inmaculada.                           

Hace mucho tiempo, Kali, nenúfar de la perfección, se sentaba en el trono del cielo de Indra como en el interior de un zafiro; los diamantes de la mañana brillaban en su mirada y el universo se contraía o se dilataba según los latidos de su corazón.

Pero Kali, perfecta como una flor, ignoraba su perfección y, pura como el día, no conocía su pureza.

Los dioses celosos acecharon a Kali una noche de eclipse, en un cono de sombra, en el rincón de un planeta cómplice. Fue decapitada por el rayo. En vez de sangre, brotó un chorro de luz de su nuca cortada. Su cadáver, dividido en dos trozos y arrojado al Abismo por los Genios, rodó hasta llegar al fondo de los Infiernos, por donde se arrastran y sollozan aquellos que no han visto o han rechazado la luz divina. 

Sopló un viento frío, condensó la claridad que se puso a caer del cielo; una capa blanca se acumuló en la cumbre de las montañas, bajo unos espacios estrellados donde empezaba a hacerse de noche. Los dioses-monstruos, el dios-ganado, los dioses de múltiples brazos y múltiples piernas, semejantes a unas ruedas que dan vueltas, huían a través de las tinieblas, cegados por sus aureolas, y los Inmortales, despavoridos, se arrepintieron de su crimen.

Los dioses contritos bajaron del Techo del Mundo hasta el abismo lleno de humo por donde se arrastran los que existieron. Franquearon los nueve purgatorios; pasaron por delante de los calabozos de barro y de hielo en donde los fantasmas, roídos por el remordimiento, se arrepienten de las faltas que cometieron, y por delante de las prisiones en llamas donde otros muertos, atormentados por una codicia vana, lloran las faltas que no cometieron. 

Los dioses se sorprendían al hallar en los hombres aquella imaginación infinita del Mal, aquellos recursos y aquellas innumerables angustias del placer y del pecado. Al fondo del osario, en un pantano, la cabeza de Kali sobrenadaba como un loto, y sus largos y negros cabellos se extendían a su alrededor como raíces flotantes.

Recogieron piadosamente aquella hermosa cabeza exangüe y se pusieron a buscar el cuerpo que la había llevado. Un cadáver decapitado yacía en la orilla. Lo cogieron, colocaron la cabeza de Kali encima de aquellos hombros y reanimaron a la diosa.

Aquel cuerpo pertenecía a una prostituta, ajusticiada por haber tratado de entorpecer las meditaciones de un Brahman. Sin sangre, aquel cadáver parecía puro. La diosa y la cortesana tenían ambas, en el muslo izquierdo, el mismo lunar.

Kali no volvió, nenúfar de perfección, a sentarse en el trono del cielo de Indra. El cuerpo, al que habían unido la cabeza divina, sentía nostalgia de los barrios de mala fama, de las caricias prohibidas, de los cuartos en donde las prostitutas meditan secretas orgías, acechan la llegada de los clientes a través de las persianas verdes. 

Se convirtió en seductora de niños, incitadora de ancianos, amante despótica de jóvenes, y las mujeres de la ciudad, abandonadas por sus esposos y considerándose ya viudas, comparaban el cuerpo de Kali con las llamas de la hoguera. 

Fue inmunda como una rata de alcantarillas y odiada como la comadreja de los campos. Robó los corazones como si fueran un pedazo de entraña expuesto en los escaparates de los casqueros. Las fortunas licuadas se pegaban a sus manos como panales de miel. Sin descanso, de Benarés a Kapilavistu, de Bangalor a Srinagar, el cuerpo de Kali arrastraba consigo la cabeza deshonrada de la diosa, y sus ojos límpidos continuaban llorando.                                    

Una mañana, en Benarés, Kali, borracha, haciendo muecas de cansancio, salió de la calle de las cortesanas. En el campo, un idiota que babeaba tranquilamente sentado en un montón de estiércol se levantó al verla pasar y se echó a correr tras ella. Ya sólo le separaba de la diosa la longitud de su sombra. Kali aminoró el paso y dejó que el hombre se acercara.                                           

Cuando él la dejó, emprendió de nuevo el camino hacia una ciudad desconocida. Un niño le pidió limosna; ella no le avisó de que una serpiente dispuesta a morder se erguía entre dos piedras. Sentía un gran furor contra todo ser viviente y al mismo tiempo un deseo atroz de aumentar con ello su sustancia, de aniquilar a las criaturas saciándose con ellas. 

Se la pudo ver en cuclillas junto a los cementerios; su boca masticaba los huesos como los dientes de las leonas. Mató como el insecto hembra que devora a sus machos; aplastó a los hijos que paría como una cerda que se revuelve contra su carnada. Y a los que exterminaba, los remataba después bailando encima de ellos. Sus labios, maculados de sangre, exhalaban el mismo olor insípido de las carnicerías, pero sus abrazos consolaban a sus víctimas y el calor de su pecho hacía olvidar todos los males.

En la linde de un bosque, Kali tropezó con el Sabio.

Se hallaba sentado, con las piernas cruzadas, con las palmas unidas, y su cuerpo descarnado estaba tan seco como la leña preparada para encender la hoguera. Nadie hubiera podido adivinar si era muy joven o muy viejo; sus ojos, que todo lo percibían, apenas eran visibles por debajo de sus párpados medio cerrados. 

La luz se disponía en torno a él en forma de aureola, y Kali sintió subir de las profundidades de sí misma el presentimiento del gran descanso definitivo, parada de los mundos, liberación de los seres, día de bienaventuranza en que la vida y la muerte serían igualmente inútiles, edad en que Todo se resorbe en Nada, como si esa pura nada que acababa de concebir se estremeciera en ella a la manera de un futuro hijo.

El Maestro de la gran compasión levantó la mano para bendecir a la que pasaba.

-Mi cabeza muy pura fue soldada a la infamia-dijo ella-. Quiero y no quiero; sufro y, no obstante, gozo; me da horror vivir y miedo morir.
-Todos estamos incompletos -dijo el Sabio-. Todos nos hallamos divididos y somos fragmentos, sombras, fantasmas sin consistencia. Todos creemos llorar y gozar desde hace siglos.
-Yo fui diosa en el cielo de Indra -dijo la cortesana.
-Y tampoco estabas libre del  encadenamiento de las cosas, y tu cuerpo de diamante no estaba más resguardado de la desgracia que tu cuerpo de barro y carne. Tal vez, mujer sin ventura, al errar deshonrada por los caminos te hallas más cerca de acceder a lo que no tiene forma.
-Estoy cansada -gimió la diosa.

Entonces tocando las trenzas negras y manchadas de ceniza con la punta de los dedos, dijo el Sabio:
-El deseo te enseñó la inanidad del deseo; el arrepentimiento te enseña la inutilidad de arrepentirte. Ten paciencia, ¡oh, Error!, del que todos formamos parte... ¡Oh, Imperfecta!, en quien la perfección toma conciencia de sí misma, ¡oh Furor!, que no eres necesariamente inmortal...