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Granny - Ron Goulart

Se podía escuchar al viejo gritando por encima del sonido de la tormenta, emitiendo el agudo grito por una boca sin dientes.

Roy McAlbin, de estatura media y un ligero exceso de peso, sacó un cigarrillo del bolsillo de su impermeable y se apoyó sobre el borde de la balaustrada. La lluvia caía pesadamente, dejándole únicamente la espalda libre.

—¿Y qué es eso, doctor Caswell?

—No soy médico, míster McAlbin —dijo el delgado Caswell, de edad media, que estaba de pie sobre el felpudo situado junto a la entrada del edificio de oficinas.

—Está bien, míster Caswell, ¿por qué ese viejo está gritando allá en su cabaña?

Caswell restregó la palma de su mano izquierda sobre el pomo de cristal de la puerta de su oficina, y frunció el ceño, mirando por encima de la balaustrada de madera.

—Míster McAlbin, siento simpatía por el hecho de que como periodista, aun cuando sea un periodista libre sin compromiso con ninguna publicación, siente curiosidad. Pero no puedo empezar a contestar todas las preguntas que se le ocurran.

—Tampoco es usted un psicólogo, ¿verdad?

—No, yo no lo soy, aunque aquí en Paxville Woods disponemos tanto de doctores calificados como de personal psicológico acreditado.

—También ha conseguido a uno de los más conocidos pintores primitivistas de América —dijo McAlbin por entre el humo de su cigarrillo con filtro, restregándose después las húmedas y mofletudas mejillas con los dedos—. Hay una gran cantidad de gente interesada en Granny Goodwaller, míster Caswell.

—Sí, lo sabemos, míster McAlbin —contestó Caswell—. Pero sigue usted poniendo un terrible énfasis en la palabra "conseguido".

—Bueno, le diré una cosa —dijo—, siento una gran curiosidad por saber por qué Granny Goodwaller abandonó su apartamento hace tres meses y se marchó a la colina, a su villa de Paxville. Me pregunto por qué está ahora aquí, en Paxville Woods, en una cabaña en la que nadie puede entrar. Me gustaría hacerle una entrevista.

—Sí, le comprendí desde la primera vez que se presentó y me planteó su caso —dijo Caswell, dejando de restregar el pomo de cristal y acercándose más a McAlbin—. Paxville es un lugar maravilloso para gente mayor. Allí, detrás del bosque, disponemos de casas y apartamentos donde nuestros ancianos, individualmente o por parejas, pueden vivir sus últimos años rodeados de una bien ordenada comodidad. Aquí, en el hospital y en la zona de cabañas disponemos evidentemente de mayores facilidades de tipo médico. Disponemos incluso de unos cuantos bungalós privados destinados a cuidados intensivos.

—¿Quiere decir eso que Granny está enferma?

—Granny tiene noventa años —dijo Caswell—. Como usted dice, es una de las grandes artistas norteamericanas. Nos sentimos muy honrados cuando ella decidió, hace ya cerca de dos años, venir a vivir a nuestro complejo de Paxville, que por entonces acababa de iniciar sus actividades. Ella es una mujer muy anciana, míster McAlbin. Necesita muchos cuidados y no puede ser entrevistada.

—¿Pero sigue pintando aún?

—Sí, Granny conserva su fortaleza y sigue produciendo bastante. Si visita usted cualquiera de las exquisitas galerías de arte de Paxville Village, o bien la galería de Brimstone, podrá ver expuestas sus últimas obras. Puede que los óleos originales resulten un poco caros para alguien que se dedica al juego de escribir libremente, pero también podrá encontrar deliciosas tarjetas de saludo y algunos grabados.

—Ya he visto las pinturas en Paxville —dijo McAlbin.

El anciano que habitaba la cabaña individual de la colina había dejado de gritar. La lluvia, fría y dura, seguía cayendo. La tarde estaba empezando a oscurecerse.

—La exhibición de pinturas de Granny en la galería Marcus de Nueva York..., se trata de obras recientes, ¿verdad?

—Sí —contestó Caswell—. La Marcus Card Company ayudó a Granny a hacerse famosa, y ella insiste en que sean ellos los que consigan sus mejores obras. Bueno, en realidad, no puedo concederle mucho más tiempo, míster McAlbin. Gracias por su interés por Granny. Le voy a decir que ha venido usted y estoy seguro de que eso hará aparecer en su rostro una sonrisa triste y dulce.

—¿Dónde trabaja ahora? ¿En esa cabaña suya? —preguntó McAlbin arrojando la colilla por encima de la balaustrada, hacia el césped cortado que había cerca del porche.

—Sí, a veces pinta en la cabaña —confirmó Caswell—. Además, dispone de un gran taller aquí, en nuestro edificio principal.

—¿Podría verlo?

—Se trata simplemente de una gran habitación, llena de lienzos extendidos, y que huele mucho a pintura y a trementina.

—El ver los lugares donde trabajan los artistas me ayuda mucho —dijo McAlbin—. Aún tengo la intención de escribir algo sobre Granny Goodwaller y su trabajo. Como usted no me va a permitir visitarla, lo menos que podría hacer es dejarme ver el lugar donde ella crea sus pinturas.

Después de un breve bufido, Caswell dijo:

—Está bien. Venga por aquí —comenzó a andar a lo largo del porche y, volviéndose, frunció el ceño y dijo—: Y, por favor, no arroje más colillas sobre el césped.

McAlbin abandonó el lugar quince minutos después. Bajo su impermeable, envuelto en un paño lleno de pintura, llevaba una espátula y una taza de té que había cogido en el frío estudio, mientras Caswell le bajaba un álbum lleno de pruebas de tarjetas de saludo. 

Mientras avanzaba por el camino empedrado, dirigiéndose hacia la zona de aparcamiento, McAlbin metió las manos en los bolsillos de su impermeable. Unas dos docenas de cabañas se extendían por las cinco o seis hectáreas de terreno de Paxville. 

La hierba y los arbustos se veían limpios y cuidados; la mayor parte de las flores empezaban a descolorarse y a marchitarse. McAlbin había llegado hasta aquí, en Connecticut, impulsado por un presentimiento. «Estoy en lo cierto», se dijo a sí mismo. Subió a su coche y se dirigió hacia la ciudad.

.-.-.-.-.-.-.-

Las hojas secas se inclinaban y caían, chocando contra las pequeñas ventanas emplomadas de la galería de arte de Brimstone. McAlbin se colocó un puño pálido en el bolsillo de su abrigo y produjo con su lengua un sonido que trataba de ser un débil eco del viento y de las hojas muertas. 

«No, no», murmuró. Estaba ahora de pie, apoyado contra una de las paredes de la gran sala de la galería, después de haber pasado cuidadosamente de un cuadro de Granny Goodwaller a otro. Ahora se había detenido ante una luminosa escena de niñas pequeñas que le estaban colocando una silla de montar a un poni, en medio de un campo veraniego: figuras pequeñas, un poni de patas tiesas y color marrón. «No», repitió McAlbin.

—De ninguna manera —dijo una voz amable justo a su lado.

McAlbin se volvió dándose cuenta de la presencia de una jovencita de pelo castaño, cuyo rostro aún estaba arrebolado a causa del viento mañanero que soplaba en el exterior.

—¿Perdón? —dijo él.

—Estabas mirando de un modo negativo y sólo quería asegurarte que las niñas también tienen ponis de ese color —las pecas configuraron dos débiles arcos bajo sus luminosos ojos—. Yo lo tuve, por ejemplo.

—Estás tranquilizándome —dijo McAlbin—. Cuando era chico nunca tuve un poni, aunque sí una bicicleta. Mi tío la pintó con el mismo color que ese feo caballo.

—No pareces sentir mucha simpatía por el trabajo de Granny.

—No. Si esta rama del arte dependiera de gente con la misma clase de gusto que yo, me temo que no tardaría en desmoronarse toda tu industria sobre Granny Goodwaller.

—No se trata exactamente de mi industria —dijo la chica—. Yo soy copropietaria de una tienda de regalos situada cerca de Paxville Village.

—A propósito, me llamo Roy McAlbin —le dijo—. Soy un periodista libre. ¿Quién eres tú?

—Nan Hendry —dijo la joven, sonriendo tranquilamente—. ¿Entonces no has venido a esta parte de Connecticut para ver nuestras famosas pinturas?

—Sí, aunque no exactamente para admirarlas.

Nan se llevó la mano izquierda a la mejilla, pasándosela por el arco que formaban las pecas.

—No te acabo de entender.

—Mira, Nan —preguntó—, ¿estarías interesada en que cenáramos juntos?

—Sí, eso podría ser agradable. ¿Quieres decir esta misma noche?

.-.-.-.-.-.

McAlbin volvió a llenar su copa y dejó la botella de vino sobre la mesa, cerca de su mano.

—Me agrada esta pequeña posada —le dijo a Nan— y este pequeño restaurante. Existe en todo el lugar una cierta sensación de europeísmo —los leños colocados en la cercana chimenea crepitaban y se movían, y él se detuvo un momento.— Aunque no deberían servir este vino de Nueva York. No, los únicos vinos buenos de tipo doméstico proceden de unos cuantos vinateros de California, muy poco conocidos.

—¿Has estado en muchos sitios? —preguntó la guapa chica—. ¿En Europa y en todos los Estados Unidos?

—Claro. Una de las grandes ventajas del trabajo libre es la de poder viajar. Sólo necesito llevarme la cámara fotográfica, un poco de ropa limpia y mi máquina de escribir portátil. En realidad, ni siquiera la necesito porque puedo tomar notas taquigráficas; en cuanto a la historia, la puedo escribir más tarde en alguna máquina alquilada, o simplemente la puedo telegrafiar. Todo depende de para quién esté trabajando.

—¿Y quién es en este caso?

—Por ahora, para nadie. No voy a decir nada sobre todo esto hasta que no consiga más material. Después, me dirigiré a alguna de las revistas semanales de noticias, o bien a una revista ilustrada. Les venderé toda la historia por unos honorarios adecuados, sin mayor compromiso.

—¿Qué estás investigando exactamente? No es que trate de fisgonear en tu método de trabajo. Sin embargo, siento curiosidad e interés.

McAlbin bebió un sorbo de vino.

—Eso está bien, Nan. Quiero decirte una cosa: uno se encuentra con una gran cantidad de chicas, tanto aquí como en ultramar, que no se preocupan lo más mínimo por lo que hace un tipo como yo. Cualquier clase de conversación profesional las aburre. No es que se trate de chicas especialmente domésticas. Se trata simplemente de unas imbéciles, poco más. Cuando un hombre llega a los treinta años, y ésa es la edad que he cumplido hace apenas tres semanas, la sociedad cree que debe haberse asentado en alguna parte. Sin embargo, yo no puedo ver ninguna razón por la que tenga que hacerlo, especialmente con una imbécil.

—Evidentemente, no estás casado.

—No. La mayor parte de las mujeres no se atreverían a seguir una vida errante como la mía —dijo—. Hace ya seis años que hago este trabajo, casi siete, prácticamente desde que terminé el servicio militar. Te voy a decir otra cosa porque pareces una clase de chica excepcional, una chica capaz de comprender: siento un verdadero impulso por descubrir la verdad, descubrir la verdad y sacarla a la luz. A veces, la verdad hace daño a la gente; en otras ocasiones incluso la destruye. Pero uno no puede dejar que eso preocupe demasiado. La verdad es como una especie de antorcha, y uno tiene que mantenerla encendida.

—Sí, puedo comprender eso, Roy —Nan se tocó la mejilla y sonrió—. Existe una gran cantidad de hombres que no tienen el mismo valor que tú. Eso me hace pensar en mi padre.

—¿De verdad? —preguntó McAlbin echándose a reír—. No es ése mi caso; al menos no lo puedo decir así. Mis padres nunca se atrevieron a hacer demasiadas cosas. Ahora, soy más o menos un huérfano.

—Lo siento.

—Se trata simplemente de la verdad. No hay nada por lo que preocuparse.

—Me siento realmente interesada por tu trabajo, Roy —dijo Nan—. Si quieres hablar sobre el proyecto que ahora llevas entre manos, me gustaría escuchar lo que digas. Supongo que, a veces, la clase de trabajo que haces puede llegar a ser muy solitario.

—Bien —dijo él—. No se trata de material relacionado con ningún escándalo matrimonial, ni con ningún crimen sindical. Ni siquiera se trata de una cuestión política. Sin embargo, creo que hay aquí una bonita y pequeña cosecha y voy a tratar de llegar al fondo de las cosas. Mira, hace un par de semanas me encontraba en San Francisco y vi una exhibición de nuevas pinturas hechas por tu Granny Goodwaller. Pasé por San Francisco sin sentirme siquiera con ánimos para ver a los amigos que tengo allí. Ellos siguen creyendo que estoy en el Pacífico o en algún lugar parecido. En cualquier caso, Nan, tuve oportunidad de ver esas pinturas y algo me conmocionó. No sé cómo es que nadie se ha dado cuenta de ello hasta ahora. Probablemente es porque Granny Goodwaller ocupa un lugar bastante peculiar dentro del arte norteamericano; no se trata de una verdadera artista y, sin embargo, tampoco es una simple pintora comercial. Es una pintora primitivista, de acuerdo, pero que ha alcanzado un gran éxito. Y que es muy rica.

—¿Qué es lo que notaste? —preguntó Nan, inclinándose hacia él.

—Las pinturas son falsas —dijo McAlbin.

Nan quedó fuertemente impresionada y frunció el ceño.

—¿Quieres decir que alguien está vendiendo pinturas falsificadas de Granny Goodwaller?

—Eso fue lo primero que pensé —dijo McAlbin—. Así es que con mucho cuidado y lo más sutilmente que pude, hice algunas preguntas a la gente de la galería de arte. Se trataba de una tranquila galería de arte situada en la Post Street, y conseguí descubrir que recibían las pinturas de Paxville, Connecticut, de la galería instalada en la ciudad residencial que ha estado manejando los ingresos de Granny desde hace varios años.

—Pero, Roy —dijo la chica—, ¿qué puede significar eso?

—Si estoy en lo cierto —contestó—, y tengo bastantes conocimientos de pintura como para estar bastante seguro, eso significa que en Paxville está sucediendo algo malo. Mira, Nan, ya he descubierto con anterioridad un par de casos de fraudes artísticos, aunque las falsificaciones se referían a pinturas de maestros antiguos. Estoy seguro de que la docena de pinturas que pude contemplar en San Francisco son falsificaciones. También sucede lo mismo con la mayor parte de las que están exhibidas en Paxville, con diez de las quince que se encuentran en la galería de Brimstone, donde nos encontramos esta mañana.

Nan respiró profundamente.

—¿Qué crees que está sucediendo exactamente, hoy?

—Puede suceder que Granny, que ya tiene noventa años, no pueda realizar todo ese trabajo con la rapidez con que solía hacerlo y disponga de un ayudante para asistirla en el cumplimiento de los pedidos —se reclinó en el asiento, poniéndose cómodo; la luz del fuego de la chimenea se reflejó en su rostro rechoncho—. Sin embargo, Nan, he venido aquí porque se me ocurrió otra idea, que ahora estoy tratando de comprobar.

—¿Cuál es tu teoría?

—Toda la instalación de Paxville se encuentra en un recinto privado —dijo McAlbin—. Lo he comprobado. También he descubierto que Granny Goodwaller no tiene parientes cercanos. Suponte que la anciana se haya dado un golpe y ya no pueda pintar más —se restregó la copa de vino contra su mejilla—. Suponte, que es lo que realmente me intriga, suponte que la anciana y la decana de los pintores primitivistas norteamericanos se puso enferma y murió. Puede que a la gente que está alrededor de Paxville le interese aparentar que está viva.

—Eso sería terrible —dijo la chica—. ¿Por qué razón va alguien a pretender que Granny esté viva si ha muerto realmente?

—Mientras las pinturas de Granny sigan saliendo de su estudio, seguirá llegando a Paxville una gran cantidad de dinero. Caswell y un par de sus hombres son socios en una empresa que comercia con la venta de las pinturas de Granny, comercializándolas. Como ya sabes, además, también utilizan sus pinturas para confeccionar tarjetas de saludo y calendarios.

—Sí, yo misma los vendo en mi tienda de regalos —Nan dejó descansar sus delgadas manos sobre la mesa, sacudiendo la cabeza—. Supongo que lo que tú sugieres es algo remotamente posible, Roy. Sin embargo, parece algo demasiado terrible para que alguien se atreva a hacerlo. ¿Qué dicen las otras personas con las que has discutido tu teoría?

—No soy de esa clase de tipos que se confían a todo el mundo —dijo McAlbin con suavidad—. Normalmente, no lo hago.

—Bueno, aprecio que hayas confiado en mí. Tu teoría es bastante inquietante.

—No se trata únicamente de una teoría —dijo él—. Cuando estuve en Paxville hace un par de días me llevé de allí una espátula y una taza de té, que se supone pertenecen a Granny. Una vez que termine aquí voy a hacer que comprueben las huellas digitales en Washington..., y hay huellas digitales suficientes para realizar esa comprobación.

—Está bien —dijo Nan—. ¿Y cuánto tiempo te quedarás aquí?
—Aún quiero dar un vistazo a la cabaña de Granny en los terrenos de Paxville —dijo McAlbin—. Y como quiero mantener mi mente muy abierta, hasta intentaré ver personalmente a la propia Granny.

—Quizá pueda ayudarte.

—¿De verdad?

Ella volvió a fruncir el ceño.

—Pensaré sobre este asunto y ya te diré algo —dijo ella.

—De todos modos, he estado hablando demasiado de mí mismo —observó McAlbin—. Cambiemos de tema, Nan. Habla de ti misma.

La joven miró sus manos, bajando la mirada y mordiéndose el labio. Después, sonrió, mirándole a él.

—Está bien, Roy...

.-.-.-.-.-.-.-

El día siguiente amaneció seco y claro. A las diez de la mañana, Nan le llamó. McAlbin había estado sentado sobre el borde de la cama, en su habitación de la posada Brimstone, tomando notas en uno de los cuadernos de colegial que le gustaba utilizar.

—Creo que puedo ayudarte —dijo la joven.

McAlbin garabateó su nombre en el margen del cuaderno.

—¿De qué modo, Nan? No quiero que te mezcles en este asunto de Paxville.

—Lo que me contaste anoche resultó algo muy inquietante para mí. No me gusta que se haga una cosa así precisamente aquí —dijo ella—. Está bien, dices que no estás absolutamente seguro. Creo que deberías estarlo. Y creo que puedo ser capaz de ayudarte a encontrar algo más.

—Lo aprecio mucho, Nan. Sin embargo, hay riesgos...

—No dejes que te eche abajo tus planes, Roy. Pero, en cualquier caso, tengo una idea.

—Adelante, dímela.

—Conozco a uno de los celadores de Paxville Woods. Independientemente de lo que pienses que está sucediendo allí, te puedo asegurar que Ben es un hombre honrado.

—Ben, está bien, ¿y...?

—Me dijiste que querías penetrar en el interior del recinto para echar un vistazo a la cabaña donde vive Granny.

—Así es. ¿Quieres decir que ese amigo tuyo, el honrado Ben, puede introducirme en el recinto?

—Se lo puedo preguntar. Pero primero quería estar segura de que tú estabas de acuerdo.

McAlbin asintió con un movimiento instintivo de cabeza hacia el receptor.

—No parece mal.

—Me pondré en contacto con Ben y trataré de organizar algo para esta noche, o para cualquier noche no muy lejana —dijo la joven con su voz suave y amable—. Si no te importa, me gustaría llevarte allí en mi coche.

—No estoy convencido de que eso sea muy seguro para ti.

—Roy, quiero ayudarte, por favor.

—Está bien, Nan —admitió, asintiendo de nuevo.

—Te llamaré pronto, en cuanto sepa algo.

—Gracias, Nan. Te lo agradezco.

Poco menos de dos horas después, ella le volvió a llamar.

Aquella tarde, McAlbin se encontraba envuelto en el pesado crepúsculo, escuchando. Todo a su alrededor estaba rodeado por una estremecedora tranquilidad. Extendió la mano y tocó la puerta de hierro en la enorme verja que rodeaba todo el recinto. Después, muy lentamente, hizo girar la manija. La puerta se abrió y no sonó ninguna alarma. Dio un suspiro. El amigo de Nan había cumplido lo prometido. 

McAlbin atravesó la puerta y la volvió a cerrar tras él. Se encontraba en el bosque, lleno de árboles rectos, cuyas hojas caídas crujían al ser pisadas. Avanzó lentamente hacia la colina, moviéndose lo más silenciosamente que pudo.

Tras haber descendido unos minutos, vio las luces de las cabañas que deseaba encontrar. En aquel sector, tres de las seis cabañas tenían luces encendidas. McAlbin se detuvo, aún en el bosque, y sacó de un bolsillo un croquis hecho a lápiz. 

La cabaña de Granny era la tercera de la izquierda. Levantó la mirada del dibujo, dirigiéndola hacia las cabañas. En la de ella había ventanas iluminadas. Plegó el papel y sacó su cámara fotográfica en miniatura.

No había sirvientes cerca de la cabaña. Permaneció a la sombra de los árboles y se aseguró de ello. Después, mientras la noche comenzaba a caer lentamente a su alrededor, McAlbin avanzó por el campo. Se inclinó bastante al llegar cerca de la vivienda de Granny y se aproximó paralelamente al seto que la rodeaba. Después, se fue elevando, mirando muy cuidadosamente hacia la ventana iluminada.

Una radio estaba tocando música antigua en su interior. Escuchó el sonido producido por el balanceo de una mecedora. McAlbin ajustó su cámara y se aproximó a la ventana. Se levantó por completo y pudo mirar hacia su interior. Había un caballete en la habitación construida con troncos de pino. 

Sobre el caballete vio una pintura, semiacabada, de gente menuda en un trineo. McAlbin vio una cabeza gris y una espalda cubierta por un chal de lana. Una mano estaba extendiendo débilmente una turbia pintura marrón sobre los flancos de un diminuto caballo. Hizo una fotografía.

La mano dejó entonces la espátula a un lado, se quitó la peluca gris. Caswell se levantó, se quitó el chal de la espalda y apuntó una pistola directamente hacia la ventana.

McAlbin saltó, corrió... en una nueva dirección, tratando de no seguir el mismo camino por donde había venido.

Las últimas luces del día habían desaparecido y una suave oscuridad azulada llenaba todo el bosque. Los árboles terminaron por convertirse en sombras negras. Sin embargo, se sentía rodeado por una tranquila y ominosa claridad. 

McAlbin se apretó los fuertes dedos de sus manos contra su blando pecho, aspirando la mayor cantidad de aire que pudo. Trató de respirar en silencio, pero no podía evitar un ligero silbido mientras subía lentamente por la colina, atravesando el bosque.

Se detuvo un momento, escuchando para ver si alguien le perseguía, pero no oyó nada. Una tenue y fría neblina se estaba extendiendo por entre los desnudos troncos de los árboles. Continuó su camino hacia arriba. Las hojas crujían a cada paso que daba, por mucho cuidado que llevara, señalando así el camino que seguía. 

McAlbin se detuvo de nuevo, escuchando con atención. No escuchó ningún sonido, a excepción de los que él mismo producía. Sus costillas empezaban a dolerle, apretándole los pulmones. Suspiró y reanudó su ascenso.

McAlbin no podía seguir una marcha rápida entre los árboles. Tuvo la impresión de que estaban cambiando de posición. Deteniéndose, echó un vistazo hacia la fría oscuridad. Inhaló aire con rapidez, sobrecogido. En la cresta de la colina había alguien, de pie, en silencio y esperando. Alguien estaba esperando pacientemente, oscuro y recto, como uno de los árboles muertos. 

Estaba seguro de que allá arriba había alguien, un hombre, justo a su izquierda; probablemente, se trataba de uno de los mozos, un hombre grande y ancho que se le había anticipado. McAlbin se agachó, dejándose caer sobre sus manos y rodillas y empezó a avanzar lentamente, apartándose de la figura que le esperaba. Se mantuvo agachado, arrastrando sus delicadas palmas y rodillas sobre las espinas y los trozos astillados de ramas caídas. 

Algunos minutos después, se levantó, explorando los contornos, volviendo a dejarse caer con rapidez. Había alguien más, recortado sobre el horizonte, esperándole; otro hombre, de pie, con los brazos cruzados y las piernas separadas; se trataba de una figura imprecisa, borrosa a causa de la creciente neblina, pero, sin duda alguna, estaba allí.

Empezó a arrastrarse en una nueva dirección, ahora con mayor lentitud. Trató de no hacer ningún ruido, de moverse y respirar sin atraer ninguna atención. La neblina se espesó, aumentando el frío de la noche a medida que esta avanzaba. McAlbin miró su reloj. Se dio cuenta entonces de que sólo hacía trece minutos que estaba en el bosque. Suspiró de nuevo y siguió avanzando.

Mucho tiempo después, aunque en realidad sólo habían pasado unos once minutos, llegó a una esquina del bosque y vio ante él el pequeño claro del camino donde Nan había aparcado su coche. Ella seguía allí; el vehículo se dibujaba borrosamente entre las sombras, bajo las ramas bajas de un árbol de hoja perenne. 

Sin preocuparse entonces por las alarmas, McAlbin corrió hacia la cerca de hierro, buscó un hueco adecuado y saltó sobre ella. No sonó ninguna alarma.

Cayó en el terreno exterior del recinto y corrió hacia el coche. Abrió la puerta del asiento situado junto al del conductor y se introdujo en el coche.

—Larguémonos de aquí —dijo y, de pronto, se detuvo, quedando inmovilizado por la sorpresa.

Caswell estaba sentado ante el volante y tenía en la mano derecha el mismo pequeño revólver con el que le había apuntado antes. Utilizando su mano izquierda, la extendió y pulsó el conmutador de la radio del vehículo.

—Tratando de conseguir un informe meteorológico. Parece como si mañana pudiéramos tener nieve. Todo parece indicarlo así, ¿no le parece?

McAlbin recuperó su respiración, dando una boqueada y preguntó:

—¿Dónde está Nan?

—Uno de mis empleados la llevó a casa.

—No puede seguir con todo esto, Caswell; no me puede seguir la pista como si se tratara de cazar a un animal salvaje, y tampoco puede raptar a Nan Hendry. Estamos en una zona suburbana de Connecticut, y no en un antiguo reino feudal.

—Ella no ha sido raptada; se encuentra perfectamente —dijo Caswell—. Sucede sencillamente que Nan parece estar de nuestra parte, como muchas otras personas. Usted mismo, míster McAlbin, indicó la gran cantidad de residentes de nuestra zona que dependen de Granny para vivir. Entre unas cosas y otras, la anciana representa aproximadamente un millón y medio anual para todos nosotros. Cuando murió esta primavera pasada, decidimos ignorar el hecho. Su estilo, terriblemente simplista, resulta muy fácil de imitar. Un joven artista, amigo de Nan, pinta para nosotros los nuevos cuadros de Granny. Nadie, excepto usted, ha descubierto nuestra pequeña operación.

—Cometí un error al confiarme a Nan, ¿verdad?

—Nunca se confíe a nadie si no tiene necesidad de hacerlo —replicó Caswell—. Desearía que un par de docenas de personas, tanto dentro como fuera de Paxville, no tuvieran por qué estar enteradas del asunto de Granny. Sin embargo, un plan tan complejo como este requiere a menudo contar con un gran número de participantes.

—Se supone que Granny Goodwaller ya tiene noventa años. ¿Durante cuánto tiempo cree que la va a poder mantener con vida?

—Por lo menos durante otros cinco años —dijo Caswell—. Eso nos reportará más de cinco millones de dólares; quizá más si conseguimos realizar un par de proyectos mercantiles en los que estamos trabajando ahora. Después, podremos permitirnos el lujo de hacerla morir. La codicia se apoderaría de todos si tratáramos de mantener el asunto de un modo indefinido; además, podrían surgir sospechas. Afortunadamente, Granny, al igual que usted, no tenía familiares inmediatos, nadie que nos pudiera causar problemas. Ella también era una persona que sólo dependía de sí misma y de su trabajo.

—Yo no dejo de tener ciertas conexiones. ¿Qué está usted pensando hacer?

—Sé que posee usted un tenaz y a menudo cruel espíritu de dedicación a la verdad —dijo Caswell—. ¿Dejarle marchar? No, eso no funcionaría para nosotros. No se le puede sobornar, ni se puede confiar en usted para que mantenga la boca cerrada. Por otra parte, me preocupa esa taza de té que cogió. Puede que mis huellas estén en ella, y también están en los archivos de ciertos lugares. No, durante todo ese tiempo no le podremos dejar marchar.

—¿Qué forma tan arrogante de hablar es esa? ¿Cree usted que me puede asesinar simplemente porque he descubierto su juego?

—No vamos a asesinarle, míster McAlbin —replicó Caswell—. Sólo vamos a mantenerle aquí y a evitar que nos cause problemas.

—¿Cómo cree que va a poder mantenerme aquí, en una vieja cabaña y entre unos viejos?

—Eso es algo bastante simple —dijo Caswell.

La puerta situada detrás de McAlbin se abrió y alguien puso una mano sobre su boca, tiró de su cuerpo y le sacó del coche.

Al cabo de una semana le habían arrancado todos los dientes, teñido el cabello de blanco, arrugado la piel y le habían alojado en un bungaló de cuidados intensivos donde le administraron drogas. 

Le dijeron que era un anciano muy enfermo... y, durante un largo período de tiempo, él creyó lo que le dijeron.

El cinturón de Venus - Harold Lawlor

La primera vez que Kenny Wilcox oyó hablar a su esposa del increíble Cinturón de Venus, ambos se estaban vistiendo para salir por la noche.

Estaba en pie ante la cómoda, los tirantes sosteniendo los pantalones de noche, los hombros delineados bajo la blanca camiseta, las manos sosteniendo un cepillo militar. Lanzaba maldiciones por lo bajo, pero con profundo sentimiento, mientras intentaba fútilmente suavizar las ondulaciones de su rizado cabello negro.

Baby estaba ante el tocador, ignorando la forma habitual de su boca al tratar de pintarla de manera distinta, obscena y provocativa, delineándola caprichosamente con espesa y roja crema.

—Hoy compré un cinturón —dijo Baby al mismo tiempo que se pasaba el lápiz de labios. De modo que sonó «ho ompré un urón». Llevaban ya tres meses casados, lo bastante para que Kenny supiera traducirlo.

—¿De veras? —dijo él ausente—. ¿Piensas pasar contrabando a Newcastle?

Era una broma, y bastante fina, pensó él, pues contenía implícitamente una alusión a la perfecta silueta de Baby. Sin embargo, a Baby no le sentó bien, pues su ebúrnea frente se frunció suavemente, y sus ojos buscaron el reflejo que le devolvía el espejo del tocador.

—No sé de qué estás hablando —dijo—. El caso es que compré este cinturón a un viejecito que me asaltó en Michigan Boulevard mientras miraba un escaparate. Le di diez dólares por él. ¿No es magnífico?

Por el rabillo del ojo, Kenny captó un relámpago de fuego rojo, verde y blanco. Juró lo que se entiende por un buen y rotundo juramento, y colgó el cepillo militar. No era la clase de cinturón que él creía adecuado para ella. Era un estrecho cinturón adornado con malla dorada, incrustado de brillantes gemas que lo hacían muy pesado.

Lo suficiente para sacarte un ojo de un golpe.

 

—¡Por el amor de Dios! —exclamó Kenny—. Esas piedras parecen auténticas.

—Bueno, ¡es que lo son! —Baby estaba indignada—. Lo llevé después al Barham y me dijeron que los diamantes, rubíes y esmeraldas eran auténticos, tal como me había imaginado. No creerás que iba a gastar diez dólares...

—¡Pero fíjate! —dijo Kenny—. ¡Diez dólares! Entonces son peligrosas. Las han robado.

Esta observación sólo consiguió poner a Baby más nerviosa.

—¿Acaso soy un policía? ¿Es que también tenía que haberle preguntado un montón de cosas insidiosas que no son de mi incumbencia? Además, me dijo que el cinturón era suyo, y que tenía perfecto derecho a venderlo. ¡Chúpate ésa, mangas verdes!

Cuando Baby llegaba a este estado, lo más recomendable era intentar aplacarle el genio. Baby era hermosa, pero no muy inteligente. Sin embargo, Kenny sabía por experiencia que, siguiendo la extraña lógica que ella adoptaba, resultaba más lista de lo que parecía, una auténtica maravilla, a su manera.

Así, teniendo esto en cuenta, Kenny procuró ser muy, muy amable.

—Escucha, Baby —dijo—. ¿Por qué ese viejo iba a venderte por diez dólares lo que valdría una pequeña fortuna?

Baby resopló.

—Él me explicó todo eso. Me dijo que diez dólares era sólo un... un pago simbólico. Dijo que realmente lo estaba vendiendo con espíritu de malicia. Y dijo que apaciguaría su mente vendiéndoselo a la primera mujer hermosa que apareciera por la avenida. Y obviamente, fui yo.

Satisfecha de su explicación, Baby cogió un vestido de noche negro y se lo pasó por su brillante y rubia cabeza.

—¿Espíritu de malicia? —dijo Kenny pensativamente—. ¿Qué crees que quiso decir con eso?

Por desgracia, iba a descubrirlo demasiado pronto. Aunque no exactamente entonces. Y no por Baby, ni por el anciano, de quien nunca más se supo.

—No lo sé —Baby se encogió de hombros—. Pero eso es lo que dijo. Ah, y también que era el Cinturón de Venus.

La frase sonó melodiosa en la mente de Kenny, conjurando románticas imágenes.

—El Cinturón de Venus —repitió suavemente.

—¡Aja! Ya sabes, Venus, donde hay góndolas.

—¡No, no, no, por el amor de Dios! ¡Eso es Venecia! —exclamó Kenny con desesperación, emergiendo de sus ensoñaciones—. Venus era la diosa del Amor.

Aquello impresionó a Baby, aunque no mucho.

—¡Oh! Bueno, lo que sea. Él caso es que ahora yo tengo su cinturón.

Se colocó el enjoyado cinturón en torno a su estrecha cintura y corrió a contemplar con admiración el efecto que hacía ante el espejo.

Y fue justo entonces cuando ocurrió lo más incomprensible.

Pero antes de proceder con el relato del Cinturón de Venus, es necesario que lancemos una mirada retrospectiva sobre Baby.

Cuando la señora de Oren P. Nicolson se divorció del señor Oren P. Nicolson, percibió para sobrevivir cien mil dólares de la fortuna de medio millón que poseía su marido. Poco después, y más bien a la ligera, el señor Oren P. Nicolson se casó con la señorita Baby Czwatka, la chica menudita y muy rubia que despachaba tabaco en el vestíbulo del Edificio Nicolson.

Baby se hizo cargo del resto.

Todo el mundo quería a Baby, y todos le desearon suerte en su romance, con la posible excepción, claro, de la primera señora de Oren P. Nicolson. Pero hasta las fregonas del Edificio Nicolson le mostraron su afecto y buena voluntad. Una delegación de las mismas, encabezada por una tal señora Tillie Kopek, sonriendo de oreja a oreja, obsequió a Baby con un ramillete de flores la víspera de su boda. Baby estaba bastante emocionada. Incluso derramó unas cuantas lágrimas. Y prometió afectuosamente a la señora Tillie Kopek que nunca, nunca la olvidaría.

Y así se casaron. El matrimonio duró siete meses... agitados meses aquéllos, cuyos días y noches se sucedían con casi turbulenta actividad. A veces, el señor Oren P. Nicolson se preguntaba cómo podían aguantarlo sus arterias.

Hasta que, por fin, no aguantaron más.

La mañana del catorce de agosto, al despertarse, Baby se encontró al señor Oren P. Nicolson muerto por fallo cardíaco sobre su cama de madera pulimentada, pareja con la suya propia.

Fue todo muy trágico.

Baby, que había cobrado afecto al hombrecito, se sintió desconsolada. Aunque no inconsolable. A fin de cuentas, reflexionó, la viudez podía haber sido peor. Ella era joven. De luto estaba para comérsela. Además era propietaria de un cuarto de millón de dólares, un abrigo de visón, un «Lincoln Continental», y deslumbrantes joyas.

Todo eso, menos los veintisiete dólares con cincuenta que se había gastado en procurar una placa al monumento de Oren P. Nicolson en el cementerio de Evergreen.

Pero es que era así de generosa.

—Así soy yo —confiaba Baby a Kenny Wilcox un año después—. Soy la clase de persona que daría a otra su última camisa. Dame cien dólares y no seré feliz hasta que no haya encontrado a quién dárselos.

—Bueno, en ese caso —sugirió Kenny, una repentina idea—, dame cien dólares.

—¡Por aquí! —exclamó bruscamente Baby, furiosa. Entonces vio el destello de malicia en los soñadores ojos azules de él, y dijo—: ¡Oh, tú y tus eternas tomaduras de pelo!

Por entonces estaba enamorada de él. Era tan guapo, alto y moreno, sus mejillas un poco hundidas, la expresión indolente de sus ojos azules mantenían en lo más profundo un destello divertido ante el boato efímero. Y ella pensó que era muy inteligente, casi hasta dar asco.

—Porque ¡fíjate! —señaló ella, a modo de prueba—. Eres periodista en un periódico.

Ante tal muestra de sagacidad, por parte de la chica, Kenny ni se atrevió a replicar. Sólo podía asentir tolerante, modestamente.

Él era periodista de salón de un periódico matutino, y su trabajo se desarrollaba por la noche, en los clubs. Por cierto, había conocido a Baby en una de sus rondas, en el bar Bami-Bami. Y le pareció una chica muy divertida. Desde entonces le acompañaba siempre. Todo era gratis y, además, los lugares que él visitaba estaban, según frase de Baby, emporcados de mujeres guapas. Uno se tropezaba con ellas por todas partes. Obviamente, él necesitaba una mano que lo contuviera, y hasta con Baby a su lado...

—¡La leche! —diría Kenny con pasión, echando el ojo a una danseuse de cabaret de cabello anaranjado, generosamente ataviada con tres pedazos de seda estratégicamente situados y media docena de diamantes de bisutería—. Escucha eso, ¿quieres?

Baby escucharía y comenzaría a pinchar.

—Su silueta no es ni pizca mejor que la mía —diría ella a la defensiva—. Lo que pasa es que ves más de lo que hay.

Kenny se apresuraba a admitir la justicia de la observación.

—Cierto —acordaría él, y Baby volvería a respirar otra vez.

Así las cosas, quizá no extrañe a nadie que fuera Baby la primera en pensar que el matrimonio podía ser una buena idea. Y sin avisar, una noche, en el Golden Pumpkin, se lo propuso a Kenny, al que cogió con la guardia baja, y que, al escucharla, se quedó con la boca abierta.

—Ya sé —asintió ella, advirtiendo su asombro—. Sin duda piensas que estoy loca, al querer casarme contigo...

Pues no. Él no se hubiera atrevido a afirmar tal cosa.

—...teniendo yo tanto dinero y todo lo demás —prosiguió Baby, sin escucharle—. Pero, a fin de cuentas, el dinero no lo es todo. Y de cualquier modo, todo quedará a mi nombre.

—Oh —dijo muy débilmente.

—¿Así que lo comprendes? —dijo Baby—. Entonces todo está arreglado.

—Pero —atajó él, con tanta delicadeza como le fue posible—, yo no estoy enamorado de ti.

—¡Lo estarás! —exclamó Baby, y él pensó que su confianza era realmente espeluznante.

—Pero yo no quiero casarme —dijo esta vez en tono hostil.

—¿Y qué importa? —Baby alzó un dedo admonitorio—. Yo sé lo que te conviene.

Naturalmente, él no tenía la menor intención de casarse con la chica. Por supuesto que no, ¡por todos los dioses! Tan seguro estaba de su decisión que sin duda no sabría explicar a nadie cómo pudo ser posible que tres semanas más tarde se casara. Dios sabe que ha intentado racionalizar su demencia desde entonces. Quizá el parloteo de Baby lo llevó hasta un estado semicomatoso, dejándole indefenso. Realmente no lo sabe. Queda a la estimación personal de cada uno.

Esto nos conduce a la noche en que Baby se puso el Cinturón de Venus y en la que ocurrió lo más incomprensible.

 

Pues una extraña metamorfosis tomó cuerpo en Kenny. Descubrió, repentinamente, que no quería salir. No quería ir a trabajar. No quería hacer nada sino quedarse en casa y hacer el amor con Baby.

Sin duda se había vuelto loco. Idiotas como eran sus corazonadas, aún le quedaba el suficiente sentido común como para darse cuenta de lo excéntrica que era su conducta. No la había amado cuando se casó con ella, y en tres meses, que él supiera, no habían cambiado sus sentimientos.

Pero ahora... ahora la miraba con ojos de carnero degollado, mientras el corazón se le ablandaba. Nunca se le había aparecido tan hermosa, tan deseable. En torno a ella se derramaba un aura que irradiaba la cualidad de la luz. A la mierda con el trabajo. Comenzaría por trabajarla a ella, con los brazos extendidos, y los ojos brillantes como los de un lobo.

Baby necesitó un momento para reaccionar.

—¡Por Dios! —exclamó, casi estrangulada por el abrazo y los besos de él—. ¿Qué mosca te ha picado?

Ella no estaba exactamente sorprendida. Pero él nunca se había comportado así antes. En ocasiones anteriores, ella era siempre la primera en meter mano y sus afectuosos abrazos le eran invariablemente devueltos por él con lo que ella pensaba todo el ardor de un bacalao muerto.

Su confusión actual, en tal caso, era perdonable.

—¿Qué te pasa? —dijo ella.

—No lo sé —respondió él acremente, como farfullando para sí mismo—. Lo único que sé es que te amo. No salgamos. Quedémonos y...

—No seas enfermizo —avisó Baby, ruborizándose un poco. Se acercó a él. Aquello era tan gratificante como misterioso. Tenía que tener tiempo para pensar—. Claro que vamos a salir.

Él estaba prácticamente en manos de ella, lo cual era, en verdad, una situación nueva.

—Muy bien —dijo él—. Saldremos. Haremos lo que quieras.

Y le sonrió alegremente.

Ante tal canina devoción, su asombro no hizo sino aumentar. Kenny jamás había sido así. No sabía qué hacer con la sumisión. Pero se puso sobre los hombros el abrigo de visón, y los dos salieron del apartamento.

Eso y meterse en líos fue todo uno.

 

El mozo del ascensor, vestido con una chaqueta raída y unos pantalones de un color muy chillón, no alzó la mirada del tebeo que leía cuando ambos entraron. Mecánicamente, condujo el ascensor hacia abajo; pero al llegar a la planta baja, alzó la mirada, quizá por costumbre, esperando una propina.

Entonces fue cuando se fijó en Baby. Parpadeó una vez, dos veces. Su boca se abrió y se cerró como la de un pez fuera del agua. Y una expresión de lo más beatífica se extendió lentamente sobre su pecoso rostro.

Al parecer, Baby no se percató de la existencia del joven. Pero Kenny sí, y se sintió molesto. Mientras abandonaban el ascensor y caminaban por el vestíbulo, desierto a tan temprana hora, el mozo les siguió un corto trecho con los ojos hipnotizados y fijos en Baby.

Kenny se dio cuenta de este acecho silencioso. Normalmente era el más amable de los hombres, pero su reciente comportamiento arriba, en el apartamento, le había dejado algo trastornado. Como no podía evitar sus reacciones anteriores, se posesionó, en cambio, del poder de interrogarlas. No le gustó el sentimiento que había experimentado no hacía mucho y que, por alguna extraña razón, se había enseñoreado de sus emociones.

Así, con los nervios ya excitados, comprobó que la conducta del mozo del ascensor no había servido sino para acercarle más al borde del precipicio.

—Tranquilo, muchacho —avisó por encima del hombro, intentando controlar el deje irritado de su voz.

—Pero si no hago nada —respondió el otro—. Me limito a mirarla. No puedo evitarlo. Está tan... tan...

Evidentemente, la deleitable contemplación de Baby era lo que impedía completar la descripción.

Baby, dándose cuenta por fin de la curiosa conducta del mozo, miró intrigada a Kenny.

—Pero ¿qué...?

Kenny se encogió de hombros. Su posesivo apretón en el codo de Baby la hizo apresurarse.

—¡Largo! —exclamó Kenny por encima del hombro.

Pero el mozo no le hizo caso. Tampoco las siguientes advertencias hicieron decrecer su admiración.

Kenny, por último, se vio obligado a pararse. Se volvió. Extendió la mano y la plantó sobre la cara del muchacho, empujándole al mismo tiempo. El chico cayó al suelo sobre sus pantalones chillones, y un sonido de amenaza cruzó el aire.

Pero no había resentimiento en el rostro del joven por haber recibido aquel trato. Por el contrario seguía mirando a Baby con expresión fascinada, casi con ojos de carnero degollado.

Kenny, murmurando con ira, empujó a Baby hacia la puerta giratoria. Aunque los problemas no habían hecho más que comenzar.

Se puso delante de Baby e hizo una seña al portero para que parase un taxi. Cuando éste se detuvo junto al bordillo, Kenny se hizo a un lado y ayudó a Baby a entrar.

Los ojos del portero cayeron sobre ella por vez primera, la enfocaron y se agrandaron. Les siguió a lo largo de la acera, pegado a los talones de Kenny. Incluso intentó meterse en el coche con ellos.

Kenny se detuvo. Su puño derecho le golpeó con furia en el costado.

—Pero ¿no hay más que locos en esta casa? —murmuró.

Kenny no se molestó en argumentar. De nuevo extendió la mano, dando el empujón de rigor. Y el portero, sin resentimiento, se quedó allí, sentado en la acera, rodeado de pedazos de mica, no más brillantes, sin embargo, que la mirada que mantenía fija sobre Baby.

Kenny sacudió la cabeza y se dispuso a entrar en el taxi para reunirse con Baby. Lo hizo a tiempo de descubrir al taxista bajando el vidrio de separación y saltando al asiento trasero.

Por entonces, Kenny ya estaba empezando a darse cuenta de que algo no iba del todo bien.

—¡Por todos los diablos! —exclamó irritado—. ¿Qué narcótico te has puesto? —Y al taxista—. ¡Vuelva junto al volante, antes de que le rompa los dientes!

Baby se rió ahogadamente. El taxista hizo caso omiso del empujón que, por cierto, no fue suave, y de repente el renacuajo y gordito conductor se encontró clavado sobre la separación. Pero no parecía importarle. No podía dejar de mirar a Baby.

—Por favor —dijo Baby suavemente—, vuelva tras el volante. Queremos ir al Club Carioca.

—Por usted, señorita —susurró el taxista—, haría cualquier cosa.

Y obedeció, sonriendo con cara de bobo. E incluso mientras conducía, Kenny advirtió que no dejaba de mirar a Baby por el espejo retrovisor.

Había una peculiar expresión en el rostro de Baby. Una mezcla de desconcierto, iluminación, esperanza, y autosatisfacción. En verdad era un estudio de emociones.

—No entiendo nada —dijo Kenny.

La rubia cabeza de Baby asentía.

—Creo que sé dónde está la causa.

—Bueno, ¿qué es lo que hace que todo sea tan extraño?

—El Cinturón de Venus —susurró Baby.

—¿El Cinturón de Venus?

. —¡Ajá! Creo que me convierte en una mujer irresistible. —La miró como si se hubiera vuelto como una cabra y entonces ella añadió—: ¡Oh, Kenny, piensa en ello! Debo estar muy cerca de la diosa del Amor.

—Quizá seas una góndola —soltó Kenny. Era cierto que aquella noche ejercía alguna extraña influencia sobre los hombres, pero su localización del poder era completamente fantástica. La abrazó y la estrechó contra sí—. No digas sandeces.

El caso es que, tal como siguió la cosa, Baby demostró estar muy sana...

 

Todavía hablan de aquella noche en el Club Carioca.

El negocio se fue al traste.

Nada más entrar Baby, un hombre le echó una mirada frívola, que pronto se quedó fija. Otros, advirtiendo la dirección del mesmérico ensimismamiento y la expresión más bien de imbécil que había en su cara, se volvieron para mirar también.

Sus miradas también se quedaron fijas en ella.

La autoseguridad de Baby, mientras se dirigía con Kenny a una mesa bien delante, era sorprendente. Apenas se instaló en la mesa elegida por ella (el maître estaba demasiado atareado para atenderles, como suele ocurrir con todos los maître) cuando todos los hombres del lugar dejaron sus sillas para formar una especie de círculo encantado en torno a ella.

No avanzaron. No hicieron nada ofensivo, Únicamente permanecían quietos, mirándola como se mira a un ídolo de oro.

Esto fue suficiente para Kenny, que sintió un repentino escalofrío.

Todas las mujeres que habían quedado abandonadas miraban a Baby con ojos como puñales. Y muchos silbidos de protesta se adivinaban detrás de las manos alzadas. Una mujer, más decidida que el resto, se levantó, se acercó a su compañero y le cogió de una oreja, pero él se limitó a encogerse de hombros.

Los músicos hacía rato que habían abandonado sus instrumentos para ir a engrosar el corro. La cohorte de adoradores aumentó el nerviosismo de Kenny. No es que nadie le estuviera mirando a él, pero el hecho de brillar a costa de la gloria ajena le hacía sentirse molesto.

—Diles que se vayan —pidió a Baby.

—¡De acuerdo! —dijo Baby, aunque su satisfacción era obvia—. En realidad, la situación es bastante embarazosa. —Movió la mano con actitud de reina—. Caballeros, pueden marcharse ya.

Los caballeros obedecieron y se alejaron, aunque con cierta resistencia localizada en las persistentes miradas que lanzaban al marcharse reculando.

—¿Ves? —dijo Baby, no pudiendo reprimir una risa tonta de excitación. Aquello era lo que todas las mujeres soñaban: convertirse en irresistibles para todos los hombres. Era suficiente para desquiciar una cabeza más sabia que la de Baby.

Kenny comenzó a bramar. ¡Santo Dios! ¿Qué había ocurrido ante sus propias barbas? ¿Qué extraño poder había adquirido Baby sobre los hombres? Entonces, mirando de reojo, localizó a un hombre que no había obedecido la petición de Baby. Un hombrecillo, estrecho de pecho y barrigón, en forma de quemador de incienso.

El personajillo se acercó a la mesa y, sin ser invitado, se sentó junto a ellos.

—¡Jamás vi cosa igual! —dijo a Kenny, sin dejar de mirar a Baby—. ¡Qué atractivo erótico! Es como Dorothy Lamour, sólo que más... más así. No puedo resistirme a ella.

—¿Y quién es usted? —preguntó fríamente Kenny.

Aquello pareció herir los sentimientos del hombrecillo. Se levantó, no muy raudo, y dijo con empressement:

—Soy Serge Ratkov, presidente de los estudios de la Twentieth Century Ratkov, Hollywood, Estados Unidos.

—Perfecto, ya puede largarse —dijo Kenny fastidiado—. ¡Señor, qué noche!

El señor Ratkov se quedó mirando a Baby.

—¿Bromea? —dijo señalando a Kenny.

—Claro que sí —Baby miró a Kenny. ¿Quién podía ser tan violento con un magnate del cine?—. ¿Qué puedo hacer por usted, querido señor Ratkov?

El señor Ratkov puso el índice sobre la mesa.

—Quiero que firme un contrato para actuar en el cine.

Sonrió alegremente. Era evidente que esperaba que Baby se desmayara. Y quizá debiera haberlo hecho (¿qué mujer puede resistirse a la tentación de Hollywood?) de no haber soltado Kenny un puñetazo sobre la mesa. Aquello era demasiado.

—¡Ella no quiere firmar ningún contrato! ¡No quiere ir a Hollywood! —gritó—. ¡Está casada conmigo! Y se va a quedar aquí, ¿entiende?

El señor Ratkov lo ignoró y se dedicó a Baby.

—¡Vamos! ¿Va a quedarse aquí cuando podría encontrarse en cualquier parte con Errol Flynn y Tyrone Power?

—Oh, Kenny —dijo Baby—. ¡Errol Flynn y Tyrone Power! ¡Piénsalo!

Kenny, enormemente deprimido, lo pensó.

El señor Ratkov estaba dejando su tarjeta en la mano de Baby.

—En mi oficina. A las diez en punto, mañana por la mañana —dijo—. ¡Firmaremos nuestro contrato!

Parecía que ya nada más tenían que hacer allí, salvo marcharse. Cualquier otra cosa habría sido anticlimática. Así, pues, se dirigieron hacia la salida, aunque todos los hombres del lugar pretendieron seguirles.

Baby tuvo que volverse en la puerta y decirles que permanecieran en el interior. Obedecieron, aunque su resistencia era visible.

 

Después de llegar a casa se entabló una pequeña batalla entre los dos. Ni que decir tiene que hubo otros altercados menores por el camino, cuando otro taxista, el portero, el mozo del ascensor y varios caballeros desconocidos del vestíbulo intentaron seguirles hasta el apartamento.

Kenny cogió al último de ellos en el pasillo, justo frente a su puerta, y lo aplanó contra la pared. Cuando pudo cerrar la puerta a sus espaldas, quedándose solo con Baby, boqueaba pesadamente.

No derrochó tiempo en diplomacias. Dijo llanamente:

—¡Ya estás quitándote ese jodido Cinturón de Venus!

—Pues a mí no me da la gana.

—Pero ¿no te das cuenta? —dijo Kenny desesperadamente—. Es la causa de todo este lío. Puede ser, mejor dicho. Nunca, hasta hoy, has causado tanta conmoción entre los hombres.

—Mira, yo no llamaría lío a un contrato cinematográfico.

—Pero tú no vas a firmar ese contrato, ¿verdad que no?

—Por supuesto que sí. ¿Quién dice que no?

Kenny paseó por el piso.

—Pues yo no voy a Hollywood. Mi trabajo está aquí. ¿Qué iba a hacer yo allí?

—Pero, Kenny, querido. Seguramente ganaré una fortuna. No necesitarás hacer nada.

Detuvo su paseo irritado y se la quedó mirando.

—¿Acaso es eso lo que piensas de mí? ¿Que me voy a contentar con ser sólo el marido de una estrella de cine? ¡Pues no! ¡Ya te estás quitando esa sucia idea de la cabeza!

—Tú eres el único que se está comportando sucia e irrazonablemente, y ya estoy cansada de discutir sobre el asunto. —Se levantó y se dirigió al dormitorio—. Ya no te haré más caso.

Pero cuando desaparecía, había una pensativa expresión en su rostro. Una vez que ella cerró la puerta a sus espaldas, Kenny se dejó caer en una silla y escondió la cabeza entre las manos. ¡Si pudiera al menos hacerla comprender! Si ella se iba a Hollywood, todo terminaría entre ellos. Habían sido felices aquellos últimos meses. Sí, él lo había sido. Más aún: él... él amaba a Baby.

—¡Dios mío! —dijo en voz alta, con temor, cuando esta consideración se le hizo patente.

Pero era cierto. La amaba.

Cuando salió del dormitorio, se había puesto una bata. Kenny se sentía muy desgraciado, demasiado agobiado por el reciente descubrimiento de que realmente la amaba como para darse cuenta del brillo extraño que había en los ojos de ella. Si lo hubiera visto, se habría entristecido más. Se habría preguntado para qué se había levantado ahora.

Fue ella la que cogió el hilo de la conversación, reanudándola donde la habían dejado.

—No veo por qué tienes que preocuparte por lo que yo hago —dijo ella. Él se sentía excesivamente preocupado como para advertir la oculta expresión que ella adoptaba—. Deberías alegrarte de deshacerte de mí. Nunca me amaste. Al principio, no querías casarte. Prácticamente, te forcé a ello. De modo que si firmo el contrato, tú serás libre.

Ella quería reconciliarse. Se notaba.

De modo que él dijo:

—De acuerdo. Pero recuerda esto. Ahora te quiero. Y siempre te querré.

Ella permaneció inmóvil, mirándole con la boca abierta. Evidentemente, no podía pronunciar palabra. Lo único que hizo fue volverse y caminar hacia el dormitorio.

Kenny suspiró y la siguió desapasionadamente.

Todo giraba en torno a ese Cinturón de Venus. Si ella no se lo pusiera por la mañana, Serge Ratkov se preguntaría qué había visto en ella la noche anterior. Ella sería incapaz de secundar la sensación ya creada. Serge creería que la reacción de los hombres del Carioca la pasada noche no había sido más que una broma.

¡Si Baby no tuviera el cinturón!

Kenny se incorporó en la cama, para reflexionar mejor en ello. No era hora para deshacerse de él. Esperaría a la mañana. Siempre se levantaba antes que Baby. Cogería el Cinturón de Venus y lo vendería al precio que fuera.

En cierto modo, pensó lleno de remordimientos, seria una sucia maniobra. Pero todo era lícito en el amor y la guerra. La pérdida del cinturón podría matarla. Hasta podría llegar a odiarle. Pero él la apaciguaría. Derramaría tanto amor sobre ella, que no podría resistirse.

Sonrió en la oscuridad y sintió que se le quitaba un peso de encima. Por fin se sumió en un sueño profundo y sin pesadillas.

 

Pero por la mañana, cuando se despertó, Baby se había marchado ya.

Al principio no podía creerlo. Realmente no lo creyó hasta que, al abrir el joyero de ella, comprobó que también el Cinturón de Venus había desaparecido.

Era demasiado tarde.

Lo que más le hería era que ni siquiera hubiera dejado una nota. Se había ido sin decirle adiós. Como si nunca le hubiera amado. No la insultó. Era culpa suya. El amor no podía vivir del aire. Su indiferencia durante los pasados meses podía haber matado cualquier amor que ella sintiese por él.

Se maldijo a sí mismo abyectamente y paseó de un lado a otro de la habitación como un alma en pena. Nunca pensó que la ausencia de Baby pudiera representar tal diferencia. Nunca había pensado que pudiera preocuparse por ella tanto, y que la vida le pareciera ahora tan vacía.

Cuando llegó la tarde, todavía estaba sentado frente al fuego moribundo. Entonces oyó un ruido a su espalda.

Baby.

Al principio creyó que era una materialización de sus evocaciones. Pero era muy real.

Se puso en pie como un rayo, sin creerlo.

—¡Baby! ¡Has vuelto!

Estaba ya entre sus brazos, vertiendo una lluvia de besos sobre ella.

Y ella le susurraba palabras entrecortadas, ahogada por las lágrimas.

—¡Es verdad! ¡Me amas! Y por mí misma y no por llevar el Cinturón de Venus. Lo descubrí anoche. Cuando me dijiste que me amabas, yo no llevaba puesto el ceñidor. ¡Me lo había dejado en el dormitorio!

—Y... ¿dónde está ahora?

—¿Importa algo?

—No.

Kenny la abrazó con más fuerza.

—¿Y el contrato?

—Oh, ¿a quién le interesa Hollywood? —Una luz soñadora apareció en la mirada de Baby—. Después de todo, el dinero no lo es todo, como siempre he dicho. Y de cualquier manera —arrugó la frente—, ese Ratkov tuvo la osadía de ofrecerme sólo cien dólares a la semana para empezar.

 

Baby rehusó llanamente decir a Kenny lo que había hecho con el Cinturón de Venus. Y quizás él nunca lo hubiera descubierto. Pero una noche llegó a casa muy tarde. Había hecho cola durante varias horas para ver a la increíblemente sensacional Gloria Gayle en la increíblemente sensacional película Corazones despedazados.

Se había tragado la película tres veces, con el resto de la audiencia masculina, incapaz de abandonar la sala.

Había abandonado el cine— ya de noche, cuando éste se cerró.

Se lo confesó todo a Baby. Y ahora, mientras él se sentaba al borde de la cama, con aire soñador y absorto, y se quitaba los calcetines, dijo suspirando:

—¡La Gloria Gayle! ¡Es bestial! Deberías verla. Todo el mundo estaba hipnotizado.

Miró a Baby, sentada sobre un almohadón, con la barbilla apoyada en una mano, y una maliciosa sonrisa en los ojos.

—¿Sonríes? —dijo él—. ¡Que te digo que la tía es bestial! Me pregunto de dónde la habrán sacado.

Baby se echó a reír.

—Kenny, querido...

—¿Sí?

—¿Todavía me amas a mí?

La ausencia abandonó sus ojos y volvió a mirar a Baby como siempre... a Baby, que lo había sacrificado todo por él.

—¡Claro que sí! ¡No digas sandeces! —Con tan romántica declaración, le echó la zarpa y de forma inimitable le demostró que estaba satisfecho de ella.

Vaya que sí.

Cuando la dejó respirar nuevamente, ella dijo tranquilamente:

—Entonces te diré quién es Gloría Gayle. Su verdadero nombre es Tillie Kopek. Y se dice que fue la mujer de la limpieza en el Edificio Nicolson. Pero, claro —añadió maliciosamente—, esto puede ser una artimaña de una mujer celosa.