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Granny - Ron Goulart

Se podía escuchar al viejo gritando por encima del sonido de la tormenta, emitiendo el agudo grito por una boca sin dientes.

Roy McAlbin, de estatura media y un ligero exceso de peso, sacó un cigarrillo del bolsillo de su impermeable y se apoyó sobre el borde de la balaustrada. La lluvia caía pesadamente, dejándole únicamente la espalda libre.

—¿Y qué es eso, doctor Caswell?

—No soy médico, míster McAlbin —dijo el delgado Caswell, de edad media, que estaba de pie sobre el felpudo situado junto a la entrada del edificio de oficinas.

—Está bien, míster Caswell, ¿por qué ese viejo está gritando allá en su cabaña?

Caswell restregó la palma de su mano izquierda sobre el pomo de cristal de la puerta de su oficina, y frunció el ceño, mirando por encima de la balaustrada de madera.

—Míster McAlbin, siento simpatía por el hecho de que como periodista, aun cuando sea un periodista libre sin compromiso con ninguna publicación, siente curiosidad. Pero no puedo empezar a contestar todas las preguntas que se le ocurran.

—Tampoco es usted un psicólogo, ¿verdad?

—No, yo no lo soy, aunque aquí en Paxville Woods disponemos tanto de doctores calificados como de personal psicológico acreditado.

—También ha conseguido a uno de los más conocidos pintores primitivistas de América —dijo McAlbin por entre el humo de su cigarrillo con filtro, restregándose después las húmedas y mofletudas mejillas con los dedos—. Hay una gran cantidad de gente interesada en Granny Goodwaller, míster Caswell.

—Sí, lo sabemos, míster McAlbin —contestó Caswell—. Pero sigue usted poniendo un terrible énfasis en la palabra "conseguido".

—Bueno, le diré una cosa —dijo—, siento una gran curiosidad por saber por qué Granny Goodwaller abandonó su apartamento hace tres meses y se marchó a la colina, a su villa de Paxville. Me pregunto por qué está ahora aquí, en Paxville Woods, en una cabaña en la que nadie puede entrar. Me gustaría hacerle una entrevista.

—Sí, le comprendí desde la primera vez que se presentó y me planteó su caso —dijo Caswell, dejando de restregar el pomo de cristal y acercándose más a McAlbin—. Paxville es un lugar maravilloso para gente mayor. Allí, detrás del bosque, disponemos de casas y apartamentos donde nuestros ancianos, individualmente o por parejas, pueden vivir sus últimos años rodeados de una bien ordenada comodidad. Aquí, en el hospital y en la zona de cabañas disponemos evidentemente de mayores facilidades de tipo médico. Disponemos incluso de unos cuantos bungalós privados destinados a cuidados intensivos.

—¿Quiere decir eso que Granny está enferma?

—Granny tiene noventa años —dijo Caswell—. Como usted dice, es una de las grandes artistas norteamericanas. Nos sentimos muy honrados cuando ella decidió, hace ya cerca de dos años, venir a vivir a nuestro complejo de Paxville, que por entonces acababa de iniciar sus actividades. Ella es una mujer muy anciana, míster McAlbin. Necesita muchos cuidados y no puede ser entrevistada.

—¿Pero sigue pintando aún?

—Sí, Granny conserva su fortaleza y sigue produciendo bastante. Si visita usted cualquiera de las exquisitas galerías de arte de Paxville Village, o bien la galería de Brimstone, podrá ver expuestas sus últimas obras. Puede que los óleos originales resulten un poco caros para alguien que se dedica al juego de escribir libremente, pero también podrá encontrar deliciosas tarjetas de saludo y algunos grabados.

—Ya he visto las pinturas en Paxville —dijo McAlbin.

El anciano que habitaba la cabaña individual de la colina había dejado de gritar. La lluvia, fría y dura, seguía cayendo. La tarde estaba empezando a oscurecerse.

—La exhibición de pinturas de Granny en la galería Marcus de Nueva York..., se trata de obras recientes, ¿verdad?

—Sí —contestó Caswell—. La Marcus Card Company ayudó a Granny a hacerse famosa, y ella insiste en que sean ellos los que consigan sus mejores obras. Bueno, en realidad, no puedo concederle mucho más tiempo, míster McAlbin. Gracias por su interés por Granny. Le voy a decir que ha venido usted y estoy seguro de que eso hará aparecer en su rostro una sonrisa triste y dulce.

—¿Dónde trabaja ahora? ¿En esa cabaña suya? —preguntó McAlbin arrojando la colilla por encima de la balaustrada, hacia el césped cortado que había cerca del porche.

—Sí, a veces pinta en la cabaña —confirmó Caswell—. Además, dispone de un gran taller aquí, en nuestro edificio principal.

—¿Podría verlo?

—Se trata simplemente de una gran habitación, llena de lienzos extendidos, y que huele mucho a pintura y a trementina.

—El ver los lugares donde trabajan los artistas me ayuda mucho —dijo McAlbin—. Aún tengo la intención de escribir algo sobre Granny Goodwaller y su trabajo. Como usted no me va a permitir visitarla, lo menos que podría hacer es dejarme ver el lugar donde ella crea sus pinturas.

Después de un breve bufido, Caswell dijo:

—Está bien. Venga por aquí —comenzó a andar a lo largo del porche y, volviéndose, frunció el ceño y dijo—: Y, por favor, no arroje más colillas sobre el césped.

McAlbin abandonó el lugar quince minutos después. Bajo su impermeable, envuelto en un paño lleno de pintura, llevaba una espátula y una taza de té que había cogido en el frío estudio, mientras Caswell le bajaba un álbum lleno de pruebas de tarjetas de saludo. 

Mientras avanzaba por el camino empedrado, dirigiéndose hacia la zona de aparcamiento, McAlbin metió las manos en los bolsillos de su impermeable. Unas dos docenas de cabañas se extendían por las cinco o seis hectáreas de terreno de Paxville. 

La hierba y los arbustos se veían limpios y cuidados; la mayor parte de las flores empezaban a descolorarse y a marchitarse. McAlbin había llegado hasta aquí, en Connecticut, impulsado por un presentimiento. «Estoy en lo cierto», se dijo a sí mismo. Subió a su coche y se dirigió hacia la ciudad.

.-.-.-.-.-.-.-

Las hojas secas se inclinaban y caían, chocando contra las pequeñas ventanas emplomadas de la galería de arte de Brimstone. McAlbin se colocó un puño pálido en el bolsillo de su abrigo y produjo con su lengua un sonido que trataba de ser un débil eco del viento y de las hojas muertas. 

«No, no», murmuró. Estaba ahora de pie, apoyado contra una de las paredes de la gran sala de la galería, después de haber pasado cuidadosamente de un cuadro de Granny Goodwaller a otro. Ahora se había detenido ante una luminosa escena de niñas pequeñas que le estaban colocando una silla de montar a un poni, en medio de un campo veraniego: figuras pequeñas, un poni de patas tiesas y color marrón. «No», repitió McAlbin.

—De ninguna manera —dijo una voz amable justo a su lado.

McAlbin se volvió dándose cuenta de la presencia de una jovencita de pelo castaño, cuyo rostro aún estaba arrebolado a causa del viento mañanero que soplaba en el exterior.

—¿Perdón? —dijo él.

—Estabas mirando de un modo negativo y sólo quería asegurarte que las niñas también tienen ponis de ese color —las pecas configuraron dos débiles arcos bajo sus luminosos ojos—. Yo lo tuve, por ejemplo.

—Estás tranquilizándome —dijo McAlbin—. Cuando era chico nunca tuve un poni, aunque sí una bicicleta. Mi tío la pintó con el mismo color que ese feo caballo.

—No pareces sentir mucha simpatía por el trabajo de Granny.

—No. Si esta rama del arte dependiera de gente con la misma clase de gusto que yo, me temo que no tardaría en desmoronarse toda tu industria sobre Granny Goodwaller.

—No se trata exactamente de mi industria —dijo la chica—. Yo soy copropietaria de una tienda de regalos situada cerca de Paxville Village.

—A propósito, me llamo Roy McAlbin —le dijo—. Soy un periodista libre. ¿Quién eres tú?

—Nan Hendry —dijo la joven, sonriendo tranquilamente—. ¿Entonces no has venido a esta parte de Connecticut para ver nuestras famosas pinturas?

—Sí, aunque no exactamente para admirarlas.

Nan se llevó la mano izquierda a la mejilla, pasándosela por el arco que formaban las pecas.

—No te acabo de entender.

—Mira, Nan —preguntó—, ¿estarías interesada en que cenáramos juntos?

—Sí, eso podría ser agradable. ¿Quieres decir esta misma noche?

.-.-.-.-.-.

McAlbin volvió a llenar su copa y dejó la botella de vino sobre la mesa, cerca de su mano.

—Me agrada esta pequeña posada —le dijo a Nan— y este pequeño restaurante. Existe en todo el lugar una cierta sensación de europeísmo —los leños colocados en la cercana chimenea crepitaban y se movían, y él se detuvo un momento.— Aunque no deberían servir este vino de Nueva York. No, los únicos vinos buenos de tipo doméstico proceden de unos cuantos vinateros de California, muy poco conocidos.

—¿Has estado en muchos sitios? —preguntó la guapa chica—. ¿En Europa y en todos los Estados Unidos?

—Claro. Una de las grandes ventajas del trabajo libre es la de poder viajar. Sólo necesito llevarme la cámara fotográfica, un poco de ropa limpia y mi máquina de escribir portátil. En realidad, ni siquiera la necesito porque puedo tomar notas taquigráficas; en cuanto a la historia, la puedo escribir más tarde en alguna máquina alquilada, o simplemente la puedo telegrafiar. Todo depende de para quién esté trabajando.

—¿Y quién es en este caso?

—Por ahora, para nadie. No voy a decir nada sobre todo esto hasta que no consiga más material. Después, me dirigiré a alguna de las revistas semanales de noticias, o bien a una revista ilustrada. Les venderé toda la historia por unos honorarios adecuados, sin mayor compromiso.

—¿Qué estás investigando exactamente? No es que trate de fisgonear en tu método de trabajo. Sin embargo, siento curiosidad e interés.

McAlbin bebió un sorbo de vino.

—Eso está bien, Nan. Quiero decirte una cosa: uno se encuentra con una gran cantidad de chicas, tanto aquí como en ultramar, que no se preocupan lo más mínimo por lo que hace un tipo como yo. Cualquier clase de conversación profesional las aburre. No es que se trate de chicas especialmente domésticas. Se trata simplemente de unas imbéciles, poco más. Cuando un hombre llega a los treinta años, y ésa es la edad que he cumplido hace apenas tres semanas, la sociedad cree que debe haberse asentado en alguna parte. Sin embargo, yo no puedo ver ninguna razón por la que tenga que hacerlo, especialmente con una imbécil.

—Evidentemente, no estás casado.

—No. La mayor parte de las mujeres no se atreverían a seguir una vida errante como la mía —dijo—. Hace ya seis años que hago este trabajo, casi siete, prácticamente desde que terminé el servicio militar. Te voy a decir otra cosa porque pareces una clase de chica excepcional, una chica capaz de comprender: siento un verdadero impulso por descubrir la verdad, descubrir la verdad y sacarla a la luz. A veces, la verdad hace daño a la gente; en otras ocasiones incluso la destruye. Pero uno no puede dejar que eso preocupe demasiado. La verdad es como una especie de antorcha, y uno tiene que mantenerla encendida.

—Sí, puedo comprender eso, Roy —Nan se tocó la mejilla y sonrió—. Existe una gran cantidad de hombres que no tienen el mismo valor que tú. Eso me hace pensar en mi padre.

—¿De verdad? —preguntó McAlbin echándose a reír—. No es ése mi caso; al menos no lo puedo decir así. Mis padres nunca se atrevieron a hacer demasiadas cosas. Ahora, soy más o menos un huérfano.

—Lo siento.

—Se trata simplemente de la verdad. No hay nada por lo que preocuparse.

—Me siento realmente interesada por tu trabajo, Roy —dijo Nan—. Si quieres hablar sobre el proyecto que ahora llevas entre manos, me gustaría escuchar lo que digas. Supongo que, a veces, la clase de trabajo que haces puede llegar a ser muy solitario.

—Bien —dijo él—. No se trata de material relacionado con ningún escándalo matrimonial, ni con ningún crimen sindical. Ni siquiera se trata de una cuestión política. Sin embargo, creo que hay aquí una bonita y pequeña cosecha y voy a tratar de llegar al fondo de las cosas. Mira, hace un par de semanas me encontraba en San Francisco y vi una exhibición de nuevas pinturas hechas por tu Granny Goodwaller. Pasé por San Francisco sin sentirme siquiera con ánimos para ver a los amigos que tengo allí. Ellos siguen creyendo que estoy en el Pacífico o en algún lugar parecido. En cualquier caso, Nan, tuve oportunidad de ver esas pinturas y algo me conmocionó. No sé cómo es que nadie se ha dado cuenta de ello hasta ahora. Probablemente es porque Granny Goodwaller ocupa un lugar bastante peculiar dentro del arte norteamericano; no se trata de una verdadera artista y, sin embargo, tampoco es una simple pintora comercial. Es una pintora primitivista, de acuerdo, pero que ha alcanzado un gran éxito. Y que es muy rica.

—¿Qué es lo que notaste? —preguntó Nan, inclinándose hacia él.

—Las pinturas son falsas —dijo McAlbin.

Nan quedó fuertemente impresionada y frunció el ceño.

—¿Quieres decir que alguien está vendiendo pinturas falsificadas de Granny Goodwaller?

—Eso fue lo primero que pensé —dijo McAlbin—. Así es que con mucho cuidado y lo más sutilmente que pude, hice algunas preguntas a la gente de la galería de arte. Se trataba de una tranquila galería de arte situada en la Post Street, y conseguí descubrir que recibían las pinturas de Paxville, Connecticut, de la galería instalada en la ciudad residencial que ha estado manejando los ingresos de Granny desde hace varios años.

—Pero, Roy —dijo la chica—, ¿qué puede significar eso?

—Si estoy en lo cierto —contestó—, y tengo bastantes conocimientos de pintura como para estar bastante seguro, eso significa que en Paxville está sucediendo algo malo. Mira, Nan, ya he descubierto con anterioridad un par de casos de fraudes artísticos, aunque las falsificaciones se referían a pinturas de maestros antiguos. Estoy seguro de que la docena de pinturas que pude contemplar en San Francisco son falsificaciones. También sucede lo mismo con la mayor parte de las que están exhibidas en Paxville, con diez de las quince que se encuentran en la galería de Brimstone, donde nos encontramos esta mañana.

Nan respiró profundamente.

—¿Qué crees que está sucediendo exactamente, hoy?

—Puede suceder que Granny, que ya tiene noventa años, no pueda realizar todo ese trabajo con la rapidez con que solía hacerlo y disponga de un ayudante para asistirla en el cumplimiento de los pedidos —se reclinó en el asiento, poniéndose cómodo; la luz del fuego de la chimenea se reflejó en su rostro rechoncho—. Sin embargo, Nan, he venido aquí porque se me ocurrió otra idea, que ahora estoy tratando de comprobar.

—¿Cuál es tu teoría?

—Toda la instalación de Paxville se encuentra en un recinto privado —dijo McAlbin—. Lo he comprobado. También he descubierto que Granny Goodwaller no tiene parientes cercanos. Suponte que la anciana se haya dado un golpe y ya no pueda pintar más —se restregó la copa de vino contra su mejilla—. Suponte, que es lo que realmente me intriga, suponte que la anciana y la decana de los pintores primitivistas norteamericanos se puso enferma y murió. Puede que a la gente que está alrededor de Paxville le interese aparentar que está viva.

—Eso sería terrible —dijo la chica—. ¿Por qué razón va alguien a pretender que Granny esté viva si ha muerto realmente?

—Mientras las pinturas de Granny sigan saliendo de su estudio, seguirá llegando a Paxville una gran cantidad de dinero. Caswell y un par de sus hombres son socios en una empresa que comercia con la venta de las pinturas de Granny, comercializándolas. Como ya sabes, además, también utilizan sus pinturas para confeccionar tarjetas de saludo y calendarios.

—Sí, yo misma los vendo en mi tienda de regalos —Nan dejó descansar sus delgadas manos sobre la mesa, sacudiendo la cabeza—. Supongo que lo que tú sugieres es algo remotamente posible, Roy. Sin embargo, parece algo demasiado terrible para que alguien se atreva a hacerlo. ¿Qué dicen las otras personas con las que has discutido tu teoría?

—No soy de esa clase de tipos que se confían a todo el mundo —dijo McAlbin con suavidad—. Normalmente, no lo hago.

—Bueno, aprecio que hayas confiado en mí. Tu teoría es bastante inquietante.

—No se trata únicamente de una teoría —dijo él—. Cuando estuve en Paxville hace un par de días me llevé de allí una espátula y una taza de té, que se supone pertenecen a Granny. Una vez que termine aquí voy a hacer que comprueben las huellas digitales en Washington..., y hay huellas digitales suficientes para realizar esa comprobación.

—Está bien —dijo Nan—. ¿Y cuánto tiempo te quedarás aquí?
—Aún quiero dar un vistazo a la cabaña de Granny en los terrenos de Paxville —dijo McAlbin—. Y como quiero mantener mi mente muy abierta, hasta intentaré ver personalmente a la propia Granny.

—Quizá pueda ayudarte.

—¿De verdad?

Ella volvió a fruncir el ceño.

—Pensaré sobre este asunto y ya te diré algo —dijo ella.

—De todos modos, he estado hablando demasiado de mí mismo —observó McAlbin—. Cambiemos de tema, Nan. Habla de ti misma.

La joven miró sus manos, bajando la mirada y mordiéndose el labio. Después, sonrió, mirándole a él.

—Está bien, Roy...

.-.-.-.-.-.-.-

El día siguiente amaneció seco y claro. A las diez de la mañana, Nan le llamó. McAlbin había estado sentado sobre el borde de la cama, en su habitación de la posada Brimstone, tomando notas en uno de los cuadernos de colegial que le gustaba utilizar.

—Creo que puedo ayudarte —dijo la joven.

McAlbin garabateó su nombre en el margen del cuaderno.

—¿De qué modo, Nan? No quiero que te mezcles en este asunto de Paxville.

—Lo que me contaste anoche resultó algo muy inquietante para mí. No me gusta que se haga una cosa así precisamente aquí —dijo ella—. Está bien, dices que no estás absolutamente seguro. Creo que deberías estarlo. Y creo que puedo ser capaz de ayudarte a encontrar algo más.

—Lo aprecio mucho, Nan. Sin embargo, hay riesgos...

—No dejes que te eche abajo tus planes, Roy. Pero, en cualquier caso, tengo una idea.

—Adelante, dímela.

—Conozco a uno de los celadores de Paxville Woods. Independientemente de lo que pienses que está sucediendo allí, te puedo asegurar que Ben es un hombre honrado.

—Ben, está bien, ¿y...?

—Me dijiste que querías penetrar en el interior del recinto para echar un vistazo a la cabaña donde vive Granny.

—Así es. ¿Quieres decir que ese amigo tuyo, el honrado Ben, puede introducirme en el recinto?

—Se lo puedo preguntar. Pero primero quería estar segura de que tú estabas de acuerdo.

McAlbin asintió con un movimiento instintivo de cabeza hacia el receptor.

—No parece mal.

—Me pondré en contacto con Ben y trataré de organizar algo para esta noche, o para cualquier noche no muy lejana —dijo la joven con su voz suave y amable—. Si no te importa, me gustaría llevarte allí en mi coche.

—No estoy convencido de que eso sea muy seguro para ti.

—Roy, quiero ayudarte, por favor.

—Está bien, Nan —admitió, asintiendo de nuevo.

—Te llamaré pronto, en cuanto sepa algo.

—Gracias, Nan. Te lo agradezco.

Poco menos de dos horas después, ella le volvió a llamar.

Aquella tarde, McAlbin se encontraba envuelto en el pesado crepúsculo, escuchando. Todo a su alrededor estaba rodeado por una estremecedora tranquilidad. Extendió la mano y tocó la puerta de hierro en la enorme verja que rodeaba todo el recinto. Después, muy lentamente, hizo girar la manija. La puerta se abrió y no sonó ninguna alarma. Dio un suspiro. El amigo de Nan había cumplido lo prometido. 

McAlbin atravesó la puerta y la volvió a cerrar tras él. Se encontraba en el bosque, lleno de árboles rectos, cuyas hojas caídas crujían al ser pisadas. Avanzó lentamente hacia la colina, moviéndose lo más silenciosamente que pudo.

Tras haber descendido unos minutos, vio las luces de las cabañas que deseaba encontrar. En aquel sector, tres de las seis cabañas tenían luces encendidas. McAlbin se detuvo, aún en el bosque, y sacó de un bolsillo un croquis hecho a lápiz. 

La cabaña de Granny era la tercera de la izquierda. Levantó la mirada del dibujo, dirigiéndola hacia las cabañas. En la de ella había ventanas iluminadas. Plegó el papel y sacó su cámara fotográfica en miniatura.

No había sirvientes cerca de la cabaña. Permaneció a la sombra de los árboles y se aseguró de ello. Después, mientras la noche comenzaba a caer lentamente a su alrededor, McAlbin avanzó por el campo. Se inclinó bastante al llegar cerca de la vivienda de Granny y se aproximó paralelamente al seto que la rodeaba. Después, se fue elevando, mirando muy cuidadosamente hacia la ventana iluminada.

Una radio estaba tocando música antigua en su interior. Escuchó el sonido producido por el balanceo de una mecedora. McAlbin ajustó su cámara y se aproximó a la ventana. Se levantó por completo y pudo mirar hacia su interior. Había un caballete en la habitación construida con troncos de pino. 

Sobre el caballete vio una pintura, semiacabada, de gente menuda en un trineo. McAlbin vio una cabeza gris y una espalda cubierta por un chal de lana. Una mano estaba extendiendo débilmente una turbia pintura marrón sobre los flancos de un diminuto caballo. Hizo una fotografía.

La mano dejó entonces la espátula a un lado, se quitó la peluca gris. Caswell se levantó, se quitó el chal de la espalda y apuntó una pistola directamente hacia la ventana.

McAlbin saltó, corrió... en una nueva dirección, tratando de no seguir el mismo camino por donde había venido.

Las últimas luces del día habían desaparecido y una suave oscuridad azulada llenaba todo el bosque. Los árboles terminaron por convertirse en sombras negras. Sin embargo, se sentía rodeado por una tranquila y ominosa claridad. 

McAlbin se apretó los fuertes dedos de sus manos contra su blando pecho, aspirando la mayor cantidad de aire que pudo. Trató de respirar en silencio, pero no podía evitar un ligero silbido mientras subía lentamente por la colina, atravesando el bosque.

Se detuvo un momento, escuchando para ver si alguien le perseguía, pero no oyó nada. Una tenue y fría neblina se estaba extendiendo por entre los desnudos troncos de los árboles. Continuó su camino hacia arriba. Las hojas crujían a cada paso que daba, por mucho cuidado que llevara, señalando así el camino que seguía. 

McAlbin se detuvo de nuevo, escuchando con atención. No escuchó ningún sonido, a excepción de los que él mismo producía. Sus costillas empezaban a dolerle, apretándole los pulmones. Suspiró y reanudó su ascenso.

McAlbin no podía seguir una marcha rápida entre los árboles. Tuvo la impresión de que estaban cambiando de posición. Deteniéndose, echó un vistazo hacia la fría oscuridad. Inhaló aire con rapidez, sobrecogido. En la cresta de la colina había alguien, de pie, en silencio y esperando. Alguien estaba esperando pacientemente, oscuro y recto, como uno de los árboles muertos. 

Estaba seguro de que allá arriba había alguien, un hombre, justo a su izquierda; probablemente, se trataba de uno de los mozos, un hombre grande y ancho que se le había anticipado. McAlbin se agachó, dejándose caer sobre sus manos y rodillas y empezó a avanzar lentamente, apartándose de la figura que le esperaba. Se mantuvo agachado, arrastrando sus delicadas palmas y rodillas sobre las espinas y los trozos astillados de ramas caídas. 

Algunos minutos después, se levantó, explorando los contornos, volviendo a dejarse caer con rapidez. Había alguien más, recortado sobre el horizonte, esperándole; otro hombre, de pie, con los brazos cruzados y las piernas separadas; se trataba de una figura imprecisa, borrosa a causa de la creciente neblina, pero, sin duda alguna, estaba allí.

Empezó a arrastrarse en una nueva dirección, ahora con mayor lentitud. Trató de no hacer ningún ruido, de moverse y respirar sin atraer ninguna atención. La neblina se espesó, aumentando el frío de la noche a medida que esta avanzaba. McAlbin miró su reloj. Se dio cuenta entonces de que sólo hacía trece minutos que estaba en el bosque. Suspiró de nuevo y siguió avanzando.

Mucho tiempo después, aunque en realidad sólo habían pasado unos once minutos, llegó a una esquina del bosque y vio ante él el pequeño claro del camino donde Nan había aparcado su coche. Ella seguía allí; el vehículo se dibujaba borrosamente entre las sombras, bajo las ramas bajas de un árbol de hoja perenne. 

Sin preocuparse entonces por las alarmas, McAlbin corrió hacia la cerca de hierro, buscó un hueco adecuado y saltó sobre ella. No sonó ninguna alarma.

Cayó en el terreno exterior del recinto y corrió hacia el coche. Abrió la puerta del asiento situado junto al del conductor y se introdujo en el coche.

—Larguémonos de aquí —dijo y, de pronto, se detuvo, quedando inmovilizado por la sorpresa.

Caswell estaba sentado ante el volante y tenía en la mano derecha el mismo pequeño revólver con el que le había apuntado antes. Utilizando su mano izquierda, la extendió y pulsó el conmutador de la radio del vehículo.

—Tratando de conseguir un informe meteorológico. Parece como si mañana pudiéramos tener nieve. Todo parece indicarlo así, ¿no le parece?

McAlbin recuperó su respiración, dando una boqueada y preguntó:

—¿Dónde está Nan?

—Uno de mis empleados la llevó a casa.

—No puede seguir con todo esto, Caswell; no me puede seguir la pista como si se tratara de cazar a un animal salvaje, y tampoco puede raptar a Nan Hendry. Estamos en una zona suburbana de Connecticut, y no en un antiguo reino feudal.

—Ella no ha sido raptada; se encuentra perfectamente —dijo Caswell—. Sucede sencillamente que Nan parece estar de nuestra parte, como muchas otras personas. Usted mismo, míster McAlbin, indicó la gran cantidad de residentes de nuestra zona que dependen de Granny para vivir. Entre unas cosas y otras, la anciana representa aproximadamente un millón y medio anual para todos nosotros. Cuando murió esta primavera pasada, decidimos ignorar el hecho. Su estilo, terriblemente simplista, resulta muy fácil de imitar. Un joven artista, amigo de Nan, pinta para nosotros los nuevos cuadros de Granny. Nadie, excepto usted, ha descubierto nuestra pequeña operación.

—Cometí un error al confiarme a Nan, ¿verdad?

—Nunca se confíe a nadie si no tiene necesidad de hacerlo —replicó Caswell—. Desearía que un par de docenas de personas, tanto dentro como fuera de Paxville, no tuvieran por qué estar enteradas del asunto de Granny. Sin embargo, un plan tan complejo como este requiere a menudo contar con un gran número de participantes.

—Se supone que Granny Goodwaller ya tiene noventa años. ¿Durante cuánto tiempo cree que la va a poder mantener con vida?

—Por lo menos durante otros cinco años —dijo Caswell—. Eso nos reportará más de cinco millones de dólares; quizá más si conseguimos realizar un par de proyectos mercantiles en los que estamos trabajando ahora. Después, podremos permitirnos el lujo de hacerla morir. La codicia se apoderaría de todos si tratáramos de mantener el asunto de un modo indefinido; además, podrían surgir sospechas. Afortunadamente, Granny, al igual que usted, no tenía familiares inmediatos, nadie que nos pudiera causar problemas. Ella también era una persona que sólo dependía de sí misma y de su trabajo.

—Yo no dejo de tener ciertas conexiones. ¿Qué está usted pensando hacer?

—Sé que posee usted un tenaz y a menudo cruel espíritu de dedicación a la verdad —dijo Caswell—. ¿Dejarle marchar? No, eso no funcionaría para nosotros. No se le puede sobornar, ni se puede confiar en usted para que mantenga la boca cerrada. Por otra parte, me preocupa esa taza de té que cogió. Puede que mis huellas estén en ella, y también están en los archivos de ciertos lugares. No, durante todo ese tiempo no le podremos dejar marchar.

—¿Qué forma tan arrogante de hablar es esa? ¿Cree usted que me puede asesinar simplemente porque he descubierto su juego?

—No vamos a asesinarle, míster McAlbin —replicó Caswell—. Sólo vamos a mantenerle aquí y a evitar que nos cause problemas.

—¿Cómo cree que va a poder mantenerme aquí, en una vieja cabaña y entre unos viejos?

—Eso es algo bastante simple —dijo Caswell.

La puerta situada detrás de McAlbin se abrió y alguien puso una mano sobre su boca, tiró de su cuerpo y le sacó del coche.

Al cabo de una semana le habían arrancado todos los dientes, teñido el cabello de blanco, arrugado la piel y le habían alojado en un bungaló de cuidados intensivos donde le administraron drogas. 

Le dijeron que era un anciano muy enfermo... y, durante un largo período de tiempo, él creyó lo que le dijeron.

La cólera de García Leguineche - Mercedes Abad

García Leguineche, calificado repetidas veces en el pasado reciente por la crítica como «sin duda el escritor más brillante de su generación», está furioso. Más furioso de lo que recuerda haberlo estado jamás. Tan furioso que probablemente alguien que solo lo conociera por las fotos que aparecen en la prensa o por las de las solapas de sus libros, donde siempre procura lucir media sonrisa traviesa e irónica, no lo reconocería. Con el ceño fruncido, chispas en los ojos, los labios apretados en un rictus belicoso que le tuerce la boca y las aletas de la nariz dilatadas como las de un toro a punto de embestir, parece bastante menos atractivo que en las fotos.

La anciana que pasa junto a él mientras busca histéricamente en los bolsillos de su chaqueta de cuero no solo no ha reconocido «al valor más indiscutible e indiscutido del panorama de las letras actuales» (y por lo tanto no va a saludarlo con efusiva y perruna devoción y arrastrarlo hasta la librería más próxima para comprar un libro suyo y rogarle que se lo dedique), sino que incluso aprieta el paso, diciéndose para sus adentros que los jóvenes de hoy en día tienen cada vez peor catadura. Es obvio que la buena mujer no vio ayer a García Leguineche en el informativo de la tele que se emite en una franja horaria de máxima audiencia.

—Me cago en la leche —dice en voz bajita el escritor sin duda más brillante de su generación después de sacar su móvil, marcar un número y descubrir que su editora comunica.

Mientras espera a que su editora esté en condiciones de ponerse al teléfono, García Leguineche, conocido del uno al otro confín por su prosa vigorosa y vivaz, su estilo punzante, musculoso y mordaz, se encamina a grandes zancadas hacia una librería situada dos calles más allá.

A poco que se tomase la molestia de levantar la cabeza, la cajera de la librería, la séptima que García Leguineche visita esta mañana, reconocería al autor de Una patada en el culo, la obra sin duda más celebrada y mejor acogida de los últimos dos años. Pero está demasiado ocupada garabateando con febril concentración Dios sabe qué en un cuaderno de espiral para registrar algo de lo que la realidad produce incesantemente a su alrededor. Mientras la joven sigue inmersa en sus absorbentes asuntos, García Leguineche recorre la librería de cabo a rabo, buscando con cierto frenesí entre los expositores donde se hallan las últimas novedades.

—Me cago en la leche, me cago en la leche, me cago en la leche, me va a oír esa zorra —murmura entre dientes cada vez más cabreado el insigne ganador del Premio de la Crítica 2002, cuyo jurado alabó el estilo directo y sin concesiones de Una patada en el culo, así como la ambición de una novela descamada que «ofrece una lúcida mirada panorámica sobre la sociedad contemporánea».

—Venga, joder, ponte al teléfono de una puta vez —no se recata de soltar García Leguineche en voz más o menos baja mientras tamborilea con los dedos sobre una pila de libros cuyo ejemplar superior ha vuelto boca abajo para impedir que proclame su título y el nombre de su autor. En vista de que la editora sigue comunicando, la gran esperanza blanca de la literatura se dirige hacia la cajera, que sigue inmersa en lo que escribe.

—Perdona, ¿podrías decirme dónde puedo encontrar ejemplares de Pútridas patrias? —pregunta el escritor sin duda más brillante de su generación en un tono que alarmaría a cualquiera que no estuviera tan absorto como lo está la joven cajera escribiendo lo que tanto podría ser la lista de la compra como un brote creativo, un poema, un diario personal, una novela tal vez.

—¿Eeeh? —La expresión con que la muchacha acompaña el rebuzno es la de quien regresa de mala gana de los remotos confines de una lejana galaxia.

—Perdona que te moleste, pero supongo que te pagan para atender a pelmazos como yo —mientras García Leguineche habla, la cajera abre desmesuradamente los ojos, única señal de que sigue con vida—, así que lo mejor será que muevas tu celulítico culo lleno de granos y me enseñes dónde están los ejemplares de Pútridas patrias.

—¿Putriqué? —pregunta ella como si de verdad se hubiera propuesto pisotear el ego del laureado escritor que no conoce rival entre las apretadas filas de su generación.

Pútridas patrias. Pútridas patrias. ¿Necesitas que te lo repita un par de veces más para que tu velocísimo y eficaz cerebro procese la información?

—No. Pero el libro que usted dice aún no nos ha llegado. —De algún modo, la cajera se las ha ingeniado para que la andanada sarcástica de García Leguineche le resbale.

—¿Pútridas patrias no os ha llegado?

—No, ya se lo he dicho —la muchacha sigue hablando como si él fuera transparente.

—¿Estás segura?

—Más segura imposible.

A García Leguineche le parece que la cajera parodia adrede un anuncio televisivo de compresas por el mero placer de irritarlo y, por un momento, da la impresión de estar a punto de abalanzarse sobre ella para abofetearla, una posibilidad que a ella sigue sin afectarle en absoluto. Como mínimo, la estampa que ofrece al mundo es la de una displicencia sin fisuras.

El autor cuya primera novela fue saludada por los críticos con todo tipo de alharacas dos años atrás sale de la librería a paso ligero mientras hace una nueva tentativa por hablar con su editora, esta vez con éxito.

—¿Sí?

¿Por qué tiene García Leguineche la impresión de que también ella anda con la cabeza en las nubes?

—Lucy, soy García Leguineche. ¿Se puede saber por qué mi novela no está en las librerías?

—¿Cómo dices?

—Mi no-ve-la, Lucy, no es-tá en las li-bre-rí-as —García Leguineche espera a que esta compleja información se abra paso entre las células grises de su editora.

—¿Tu novela? ¿Tu novela no está en las librerías? —Se produce un silencio durante el que el escritor sin duda más ambicioso y brillante de su generación se dice que tal vez Lucy haya pasado una noche turbulenta—. ¿Por qué lo dices?

—Porque esta mañana ya me he metido en siete librerías y mi novela no estaba en ninguna, ni en las grandes superficies ni en las modestas librerías independientes. ¿Me oyes? Pútridas patrias no está en las putas librerías.

—¡Imposible! El… eee…, ¿cómo se llama?, el… No encuentro la palabra. ¡Dios mío! Eee… ¡Ya lo tengo! El distribuidor, eso, el distribuidor me garantizó que ayer estaría en todas partes.

—Pues no está. ¿Me quieres decir para qué coño pierdo el tiempo saliendo en la tele, en un programa de máxima audiencia y toda la mandanga, si la puta novela no está en las librerías?

—No te preocupes.

De nuevo García Leguineche tiene la sensación de que ella está como ausente, con los pensamientos puestos quién sabe dónde.

—¿Que no me preocupe? ¿Sabes cuántas ventas estamos perdiendo?

—Oye, ahora mismo llamo al distribuidor y enseguida te digo algo. Si es verdad lo que cuentas, se le va a caer el pelo.

Cuando la comunicación se corta, el tipo cuyo primer libro fue saludado como «el debut espectacular de un escritor de raza» decide que necesita tomarse una copa. Algo fuerte y capaz de subirle el ánimo de un patadón. Un whisky, dos. Por suerte, en esa mierda de ciudad hay infinidad de bares. Cuanto mayor es la densidad de gente desgraciada por metro cuadrado, más bares suele haber. «Salen a tu encuentro, te tienden los brazos», piensa García Leguineche en un arrebato lírico.

Sin embargo, no se puede decir que el bar que García Leguineche elige estuviera reclamando ardientemente su presencia. Por algún motivo inexplicable, ver al camarero, que escribe acodado en la barra completamente ajeno a la llegada del escritor cuyo primer libro fue recibido por algunos como «sin duda el mayor acontecimiento literario del año», le resulta muy deprimente. Su propia reacción se le antoja a García Leguineche desmesurada y grotesca, pero para entonces ya ha dado media vuelta y salido del bar. ¿Qué sentido tiene deprimirse al ver a un tipo enfrascado escribiendo algo, sin duda la lista de pedidos a los proveedores? Ninguno. Desde luego, no piensa contárselo a nadie, aunque ese es el tipo de experiencia que luego utiliza como material de inspiración.

Al llegar a casa, le sorprende ver el coche de su mujer, que a esas horas tendría que estar en el trabajo. «¿Se habrá puesto enferma?», piensa con una punzada de culpabilidad el hombre cuya primera novela ha sido calificada como «sin duda un libro de lectura indispensable para estar al tanto de las últimas corrientes de la literatura actual». Quizá le haya contagiado parte de su propia ansiedad ante la publicación de Pútridas patrias, piensa García Leguineche.

Pero Olivia no está en la habitación, sino en su estudio. Inclinada sobre su mesa de trabajo, escribe a mano en un cuaderno con expresión de profundo ensimismamiento. Tan enfrascada se halla en lo que escribe que García Leguineche tiene que carraspear para anunciar su presencia. Ella se pone roja como la grana y se apresura a meter el cuaderno en un cajón del escritorio, como una chiquilla a quien acabaran de pillar en falta.

«Decididamente», se dice García Leguineche mientras besa a su mujer, «este es un día extraño. ¿Qué coño está pasando aquí?».

El pitido del móvil interrumpe el curso de sus pensamientos. Es Lucy, su editora.

—Lo siento, tenías razón. Tu libro aún no ha llegado a las librerías —dice ella en un tono que le parece a García Leguineche estudiadamente contrito y poco sincero.

—¿Desde cuándo te dedicas a constatar la evidencia?

—Oye, tranquilízate. La distribución se hará hoy mismo. Gumucio me lo ha prometido. Le he insistido en que es el libro más esperado de la temporada.

—¿De la temporada? ¡Hace dos años que todo el mundo espera otro libro mío! ¡Los críticos se están mordiendo las uñas de impaciencia en sus despachos, Lucy! Los lectores se relamen de antemano…

—Claro, por supuesto.

—Y ¿se puede saber por qué Gumucio no distribuyó el libro cuando tenía que hacerlo?

—Un rapto de inspiración, ya sabes que a veces es una dueña despótica.

—¿De qué coño hablas?

—Está escribiendo una novela.

—¿El distribuidor?

—Sí, pensaba que te lo había comentado. Y parece que está ya a un puñado de páginas del final, de modo que sería cruel por nuestra parte tratarlo con demasiada dureza. Nosotros no podemos dejar de entender lo que le ocurre, ¿no te parece?

—Vaya…

—Oye, tengo que dejarte. Tu madre llegará de un momento a otro.

—¿Mi madre? ¿Quieres decir mi madre? ¿La mujer que me trajo al mundo?

—Tu madre, sí. La misma que viste y calza.

El uso de esa expresión le pareció a García Leguineche particularmente desafortunado, en parte porque, después de oírla, su imaginación se obstinó en desnudar y volver a vestir rápidamente a su madre, a pesar de lo cual entrevió sus pechos caídos, que provocaron en él una honda tristeza.

—Y ¿qué tiene que ver mi madre contigo?

—¿Que qué tiene que ver? ¿No lo sabes?

—¿Saber qué?

—¡No me lo puedo creer! ¡No sabes nada! ¿No sabes que tu madre nos trajo hace unos meses el manuscrito de una novela magnífica? ¿No te lo dijo ella? Deberías ir a verla más a menudo, hijo descastado.

—¿No estarás tú también escribiendo una novela? —preguntó después de un largo y embarazoso silencio el escritor más ensalzado por la crítica en los últimos dos años.

—¿Yo? ¡No! ¿Qué te lo hace pensar?

—Nada. Olvídalo, era una tontería.

—¿Así que no sabías lo de tu madre? ¡Es increíble! ¡Y pensar que estuvimos a punto de acelerar la publicación para que la novela de tu madre coincidiera con la tuya y poder promocionarlas juntas!

Al colgar el teléfono, durante unos instantes García Leguineche tiene una súbita y nítida visión apocalíptica del mundo como un lugar donde de pronto todo se detiene (centrales eléctricas, nucleares, compañías de gas y de comunicaciones, cementeras, laboratorios farmacéuticos, aeropuertos, comisarías, parques de bomberos, parlamentos, administraciones, hospitales, edificios en construcción, escuelas, medios de comunicación), porque todos, unos tecleando a mayor o menor velocidad, otros garabateando en hojas de papel, escriben ensimismados algo que muy bien podría convertirse de forma inminente en el «debut más impresionante de esta temporada».