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El Hueco - Ramsey Campbell

 

Tate estaba encajando un pájaro en el cielo cuando oyó el coche. Se apresuró hacia la ventana. La luz del sol se reflejó en los coches, una doble gargantilla allá en la distante carretera principal; las nubes se habían transformado sobre las colinas, juntando el cielo. 

Sí, eran los Dewhurst: podía verles, apretados en el asiento delantero de su Fiat mientras éste penetraba en el camino particular. Sobre su mesa, fragmentos de nubes estaban esparcidos en tomo al rompecabezas. No esperaba a los Dewhurst hasta dentro de una hora. Miró todas las piezas aún por colocar y luego, resignado, se dirigió a la escalera.

En el tiempo que necesitó para bajar las escaleras y abrir la puerta principal, los otros habían salido ya del coche. Los botones de la chaqueta de David reflejaban varios colores entrelazados. A continuación apareció su esposa Dottie: su auténtico nombre era Carla, pero creían que Dave y Dottie formaban una combinación más atractiva en las portadas de los libros; idea con la que parecían estar de acuerdo millones de lectores. 

Su apariencia era la de la típica turista norteamericana de las caricaturas: pantalones abultados como salchichas, pelo cuidadosamente plateado. A veces Tate deseaba que su ojo de escritor estuviera menos opresivamente alerta a los detalles reveladores.

Dewhurst hizo un gesto hacia su coche, como un prestidigitador desvelando una sorpresa.

—Y aquí están nuestros amigos que te prometimos.

¿Había habido una promesa? Aquello parecía más bien un efecto secundario de su invitación a los Dewhurst. ¿Y cuándo su amigo se había convertido en plural? De todos modos, Tate se sentía incapaz de experimentar mucho resentimiento; estaba demasiado saciado por el hecho de haber terminado su novela sobre brujería.

El rostro agresivamente huesudo del joven estaba rematado por un pelo tan corto como el césped; el rostro de la muchacha tenía casi el color y la textura de la tiza.

—Éste es Don Skelton —dijo Dewhurst—. Don, Lionel Tate. Supongo que los dos tendréis mucho de qué hablar; estáis en el mismo campo. Y ésta es la amiga de Don, esto...

Skelton miró a la enorme y antigua villa como si no pudiera creer que se suponía que debía sentirse impresionado.

Dejó que la muchacha llevara su maleta hasta arriba, y ella se negó a dársela a Tate cuando éste protestó.

—Ésta es su habitación —dijo Tate a Skelton, y se sintió como un casero desaprobador—. No tenía la menor idea que no iba a venir solo.

—No se preocupe, haré sitio para ella.

Si la muchacha hubiera sido más atractiva, si su enmarañado pelo hubiera sido menos inerte y su rostro menos ansioso, ¿hubiera envidiado a Skelton?

—Tomaremos un cóctel antes de ir a cenar, si le apetece —dijo a la puerta cerrada.

El rompecabezas le ayudó a relajarse. El atardecer penetró en la casa, las sombras se hicieron más intensas en el interior de las grandes ventanas. La mesa relucía oscura en el último hueco del rompecabezas, entonces colocó la pieza en su lugar. ¿Hubo un eco de aquel ruido detrás de él? Se volvió, pero nadie estaba observándole.

Mientras se afeitaba en uno de los cuatro de baño oyó a alguien bajar las escaleras. Buen Dios, no era un anfitrión muy eficiente. Se apresuró, terminando el nudo de su corbata justo cuando alcanzaba el salón, pero se tranquilizó cuando vio que allí tan sólo estaban Skelton y la muchacha. Al menos ella llevaba ahora algo parecido a un traje de tarde; la parte superior de su pálido pecho estaba salpicado de pecas.

—Generalmente nos cambiamos para la cena —dijo Tate.

Skelton alzó sus hundidos hombros.

—Está bien.

El alcohol hizo a Skelton más hablador.

—Tendré algo como esto en algún lugar —dijo, mirando a la habitación victoriana con muebles de caoba tallada. Y tras una calculada pausa añadió—: Pero mejor.

Tate hizo un último esfuerzo por conectar con él.

—Me temo que no he leído nada suyo.

—Pronto no habrá mucha gente capaz de decir lo mismo. —Sonaba extrañamente amenazador. Rebuscó en su maletín y extrajo un libro—. Le daré algo para que lo conserve.

Tate observó cajas talladas, una cámara, un pequeño destello redondo que le provocó una indefinible punzada de aprensión, antes de que el maletín volviera a cerrarse. Unas letras plateadas brillaron en el libro de bolsillo, tan negro y lustroso como el carbón: La senda negra.

Una virgen estaba siendo mutilada, contemplada perversamente desde encima por la elegante prosa. Tate buscó alguna pregunta que no sonara insultante. Finalmente consiguió decir:

—¿Cuáles son sus temas?

—La autobiografía.

Quizá Skelton fuera uno de esos escritores de lo macabro que necesitan bromear defensivamente acerca de su obra, puesto que los Dewhurst estaban riendo.

La cena en el mesón fue para crispar los nervios. La luz de las velas hacía que la comida brincara incansablemente en los platos, los camareros aparecían bajo las inclinadas y bajas vigas del techo arrojando sus vagas sombras sobre las mesas. 

Los Dewhurst se alegraron pronto, pero no consiguieron arrastrar a la muchacha a la conversación. Mientras un camarero dirigía a las ropas de Skelton una marchita mirada, éste preguntó a Tate:

—¿Cree usted en la brujería?

—Bueno, he tenido que efectuar una minuciosa investigación para mi libro. Alguna de las cosas que he leído me ha hecho pensar.

—No —dijo Skelton impacientemente—. ¿Cree usted en ella... como una forma de vida?

—Cielos, no. Por supuesto que no.

—Entonces, ¿por qué malgasta su tiempo escribiendo sobre ella? —Estaba observando aún al camarero desaprobador. ¿Era la luz de las velas la que hacía que sus labios se crisparan?—. Va a dejar caer eso —dijo.

La sombra del camarero pareció perder su equilibrio antes que él. Su bandeja llena de comida se estrelló contra una mesa. La vela se rompió, llameando; la luz osciló en las vigas de roble. Cera fundida salpicó toda la chaqueta del camarero, la comida caliente saltó a su rostro.

—Usted es un escritor —dijo Skelton, ignorando la conmoción—, pero no tiene ni idea del poder de las palabras. Quedamos muy pocos que lo sepamos. —Sonrió mientras otros camareros se llevaban a su compañero lastimado—. Entienda, las palabras son sólo una parte. La ciencia no nos ha robado el poder, nos ha proporcionado más herramientas. Teléfonos, cámaras..., tantas formas de anunciar el poder.

Obviamente estaba bebido. Los Dewhurst le contemplaban como si fuera su hijo preferido, aunque en cierto modo incontrolable. Tate se sintió feliz de volver a casa. Las luces brillaban a través de las ventanas, encantamientos contra los ladrones; la muchacha se apresuró hacia ellas, delante del resto del grupo. Skelton se demoró, feliz con la oscuridad.

Después de que sus huéspedes se hubieran ido a la cama, Tate se llevó el libro de Skelton escaleras arriba. El desdén de Skelton había apresurado las dudas que siempre sentía cuando terminaba un nuevo libro. Vería qué tipo de logros tenía Skelton que ofrecer, puesto que parecía tan orgulloso de sí mismo.

No había llegado ni a la mitad del libro cuando lo arrojó al otro lado de la habitación. El narrador había buscado perversiones, tomado todas las drogas disponibles, probado la mayoría de los crímenes en la búsqueda de su poder, su pasatiempo preferido era el robo, y la mayoría de las escenas eran pornográficas. De modo que esto era autobiográfico, ¿eh? Algunas drogas podían explicar el estado de la silenciosa muchacha.

Los ojos de Tate estaban sensibilizados por noches de revisión y mecanografiado. Mientras leía La senda negra, las paredes parecieron oscilar y adelantarse, los muebles habían flexionado sus patas. Necesitaba dormir, no la basura de Skelton.

Lo despertó el amanecer. Oh Dios, sabía qué era lo que había visto brillar en el maletín de Skelton... Un ojo. Seguro que se trataba de un sueño, nacido de una imagen particularmente desagradable del libro. Intentó volverle la espalda a la imagen, pero no pudo dormirse de nuevo. 

Atisbos desagradables lo mantuvieron despierto: su propia novela con una brillante portada negra, sus amigos rechazándole, su incrédulo disgusto volviendo a leer su propio libro. ¿Podía su libro ser acusado de los pecados de Skelton? Nunca antes se había sentido tan inseguro acerca de su trabajo.

Sólo había una forma de tranquilizarse a sí mismo, o convencerse de sus temores. Echándose una bata por encima, pasó por delante de la hilera de cerradas puertas hacia su estudio. ¿Podía volver a leer toda su novela antes del desayuno? Las largas sombras de la mañana se iban acortando imperceptiblemente. La de una mujer brotaba de las abiertas puertas de su estudio.

¿Tan pronto había venido su asistenta? Al cabo de un instante se dio cuenta de que había sido tan absurdamente confiado como los Dewhurst. La muchacha silenciosa estaba de pie justo al otro lado del umbral. Como guardiana era un fracaso, porque Tate tuvo tiempo de ver a Skelton junto a su escritorio, reuniendo páginas del manuscrito de su novela.

La muchacha empezó a chillar, un gimiente sonido desigual que parecía no necesitar hacer acopio de aire. Aunque era tan perturbador como la sirena de un coche de la policía, Tate mantuvo su mirada fija en Skelton.

—Salga de ahí —dijo.

Una sospecha lo atenazó.

—No, lo he pensado mejor... quédese donde está.

Skelton se mantuvo inmóvil, con una expresión apenada, como la víctima de un ineficiente detective de almacén, mientras Tate se aseguraba de que todas las páginas estaban aún sobre su escritorio. Aquellas que Skelton había seleccionado eran las mejor documentadas. De modo intolerable, aquello era un tributo.

Los Dewhurst aparecieron, parpadeando mientras se envolvían en sendas batas.

—¿Qué demonios ocurre? —preguntó Carla.

—Vuestro amigo es un ladrón.

—Oh, vamos —protestó Dewhurst—. ¿Sólo por lo que dijo acerca de este libro? No te creas todo lo que dice.

—Te aconsejo que elijas más cuidadosamente a tus amigos.

—Creo que somos perfectamente aptos para juzgar a la gente. ¿Qué otra cosa crees que hace que nuestros libros tengan tanto éxito?

Tate estaba demasiado furioso como para contenerse.

—Una competente técnica, un ingenio de cuarto grado, una fe ingenua en la gente y una promesa de vida después de la muerte. Vendéis a vuestros lectores lo que ellos desean... Todo menos la verdad.

Contempló cómo se marchaban apresuradamente. La muchacha aún estaba produciendo aquel sonido, algo entre el jadeo y el lamento, mientras bajaba penosamente la maleta. No la ayudó. Mientras se metían en el coche, tan sólo Skelton le dirigió una mirada. Su sonrisa parecía casi cálida, ciertamente complacida. Tate la encontró insufrible, y miró hacia otro lado.

Cuando se hubieron ido y la humareda del tubo de escape se hubo disipado, releyó de nuevo toda su novela. Parecía inteligente y nada sensacionalista... Por encima de lo habitual. Esperaba que sus editores pensaran así también. ¿Cómo se leería una vez impresa?

Nunca le satisfacían entonces..., pero él era su lector menos importante.

¿Debería haber llamado a la policía? Ahora parecía trivial. Lástima por los Dewhurst... Aunque si eran tan estúpidos, resultaba mejor librarse de ellos. La policía ya se encargaría de Skelton si había hecho todo aquello de lo que se vanagloriaba en su libro.

Después de comer, Tate paseó hacia las colinas. Las laderas resplandecían con su verdor, e incontables llamaradas de hierba se agitaban suavemente. Las nubes ponían polvo en el horizonte. Se tendió, gozando de la paz del cielo. Al anochecer, el enorme vacío de la casa fue relajante. Tras cenar en el mesón, regresó paseando, negándose a mirar hacia las furtivas formas que se movían y susurraban a su lado.

Durmió bien. ¿Por qué le sorprendió eso al despertar? El correo le aguardaba al extremo de su cama, colocado allí suavemente por su asistenta. El sobre con las franjas azules y rojas era de su agente en Nueva York...Una nueva venta en América para una edición de bolsillo. Estupendo. ¿Qué más? Una factura asomándose por su ventanilla de celofán, otra circular y una resonante caja de cartón envuelta en papel marrón.

Su dirección estaba anónimamente escrita a máquina sobre la caja; no había remitente. Su contenido se desplazaba libremente en su interior, una ola de cascotes. Finalmente rasgó el envoltorio. Cuando abrió la caja sin ninguna identificación, el contenido se esparció ante él y confirmó lo que sospechaba: un rompecabezas.

¿Era una ofrenda de paz de los Dewhurst? Habían elegido uno sin foto en la tapa porque quizá pensaban que así disfrutaría más con la dificultad. Y, efectivamente, así era. Deshizo el paisaje de cielo y bosques que había sobre la mesa y metió las piezas en su caja. Al otro lado de la ventana, árboles y nubes se agitaron.

Empezó a montar la esquina del rompecabezas. Ah, era la cuarta esquina. Una cálida brisa agitó las cortinas hacia dentro. Tras él, la puerta se abrió unos centímetros al vacío de la casa.

El mediodía había barrido la mayor parte de las sombras de la habitación cuando hubo compuesto el borde. La mayor parte de los mezclados fragmentos eran de un color marrón lustroso, como el barnizado de un mueble, pero había una figura humana... No. Dos. Las ensambló parcialmente —una iba vestida con un temo, la otra con un traje de dril—, luego bajó para comer la ensalada de verduras que su asistenta le había preparado.

El rompecabezas había puesto en acción su mente para pensar en las posibilidades de todo aquello. ¿Una historia de rivalidad entre autores...? ¿Una historia de asesinato? ¿Dos colaboradores, uno de los cuales se vuelve resentido, celoso, determinado a conseguir la fama para sí? Pero no podía imaginar a nadie colaborando con Skelton. Guardó la idea en la parte de atrás de su mente para un posterior uso.

Volvió a subir las escaleras. ¿Qué estaba haciendo su asistenta? ¿Había barrido el rompecabezas fuera de la mesa? No, por supuesto: se había marchado a casa hacía horas... Tan sólo se trataba de la sombra de un árbol agitándose en el suelo.

Las incompletas figuras aguardaban. El ojo de una pieza le contemplaba desde la mesa. No debería montar las secciones fáciles primero. Seguramente debía haber puntos en los cuales podía ir montándolo hacia adentro a partir del borde. Sí, ahí había uno: la pata de algo, probablemente un mueble... Inmediatamente vio otras tres piezas. Era una vitrina tipo imperio. La sombra de una nube se arrastró hacia él.

Las conexiones se iban haciendo claras. Alcanzó el estadio en el que su subconsciente dirigía su atención hacia las piezas apropiadas. La habitación iba encajando: una estantería de nogal, una mesa de caoba, una rinconera. Cuando la sombra se inclinó hacia él, tuvo un sobresalto y esparció algunas piezas. Debía de tratarse de un árbol al otro lado de la ventana... No se necesitaba mucho para ponerle nervioso ahora: había reconocido la habitación en el rompecabezas.

¿Debía desmontarlo sin terminar? Eso sería como admitir que le había inquietado. Absurdo. Colocó la figura con el temo en su lugar sobre la mesa. Antes de acabar de componer el rostro, con su único ojo de perfil, pudo ver que la figura era él mismo.

Se detuvo a punto de terminar el rompecabezas, y se volvió para mirar detrás de él. ¿Cuándo había sido tomada la fotografía? ¿Cuándo se había deslizado tras él la figura vestida con un traje de dril, sin ser oída? Resistiéndose con irritación a una urgencia de mirar por encima de su hombro, puso de golpe la figura en su lugar y colocó en su sitio las últimas piezas.

Quizá era Skelton: sus trajes estaban lo suficientemente deshilachados y manchados. Pero todas las piezas que hubieran compuesto el rostro faltaban. La luz que se reflejaba en el hueco sobre la mesa proporcionaba como rostro a la figura un pálido y plano resplandor.

—¡Malditas tonterías!

Dio media vuelta rápidamente, pero allí sólo había la entreabierta puerta arrojando su sombra encima de la moqueta. Skelton debía de haber superpuesto la figura; no había la menor duda de que había disfrutado haciéndola aparecer amenazadora..., inclinada ansiosamente hacia delante, las manos tendidas. ¿Había pretendido dejar un hueco allá donde debía estar su rostro, a fin de oscurecer sus intenciones?

Tate sostuvo la caja como un cubo de la basura, y barrió dentro de ella el desintegrado rompecabezas. El sonido detrás de él no fue más que el eco de su caída. Se negó a volverse. Dejó la caja sobre la mesa. ¿Debía mostrársela a los Dewhurst? Sin duda se alzarían de hombros considerándolo una broma... Realmente, era ridículo tomárselo siquiera un poco en serio.

Se dirigió al mesón. Debía hacer que su asistenta le preparara la cena más a menudo. Se anticipaba... porque tenía hambre, eso era todo. ¿Por qué deseaba estar de vuelta a casa antes de que oscureciese? En el sendero, parte de un insecto se contorsionaba.

En el mesón había una gran fiesta. Tuvo que aguardar, en una mesa apenas más grande que un taburete. Camareros y clientes, sus rostros oscurecidos, le rodeaban. Se dio cuenta de que estaba observando compulsivamente cada vez que la luz de una vela iluminaba un rostro. Cuando finalmente volvió a casa, su mente estaba murmurando a las inquietantes formas de ambos lados del sendero: marchaos, marchaos.

Un lejano coche parpadeó y desapareció. Las luces de su casa eran las únicas que podían verse. Parecían menos acogedoras que perdidas en la noche. No, su asistenta no estaba. Que le condenaran si iba a registrar todas las habitaciones para asegurarse. La presencia que sentía era tan sólo el calor, desparramándose por toda la casa. Cuando se sintió cansado de su esfuerzo por intentar leer, el calor se fue a la cama con él.

Finalmente lo despertó. El amanecer convertía la habitación en un apunte al carbón. Se sentó en la cama, presa del pánico. Nada estaba observándole desde los pies de la cama, lo cual era en cierto modo el problema: más allá de la cama, una ausencia flotaba en el aire. Cuando se alzó, vio que estaba colgada de los hombros. La figura, con un traje de dril, avanzó rápidamente a tientas en torno a la cama. Cuando se abatió sobre él, sus manos se alzaron, ágiles y ansiosas, como una varita mágica.

Gritó, y la luz fue borrada de sus ojos. Permaneció tendido, temblando, en una absoluta oscuridad. ¿Seguía aún dormido? Gradualmente, un atisbo de la habitación empezó a formarse a su alrededor, como si estuviera surgiendo de entre la niebla. Sólo entonces se atrevió a encender la luz. Aguardó a la llegada del amanecer antes de volver a dormirse.

Cuando oyó pasos abajo, se levantó. Era idiota pasar las horas rumiando acerca de un sueño. Antes de hacer nada más debía librarse de aquel odioso rompecabezas. Se dirigió apresuradamente a su habitación y se detuvo vacilante. La luz del sol inundaba la vacía mesa.

Llamó a su asistenta.

—¿Ha quitado usted una caja de ahí?

—No, señor Tate. —Cuando él frunció el ceño, insatisfecho, añadió altaneramente—: Por supuesto que no.

Parecía nerviosa. ¿A causa de su desconfianza o a causa de que estaba mintiendo? Debía de haber tirado la caja por error y ahora temía ser reprendida; hacerle más preguntas no conseguiría más que disgustarla.

La evitó durante toda la mañana, aunque los ruidos que hacía por las otras habitaciones le molestaban, del mismo modo que los ocasionales atisbos de su sombra. ¿Por qué sentía la tentación de pedirle que se quedara? Era absurdo. Cuando ella se fue, se sintió contento de poder oír la soledad de la casa.

Gradualmente, su placer se desvaneció. La casa, cálidamente iluminada por el sol, parecía demasiado brillante, incluso expectante, como un escenario aguardando un primer acto. También él estaba escuchando, pero menos para absorber el silencio que para penetrar en él. ¿En busca de qué? Vagó sin rumbo fijo. Su compulsión de mirar por todos los rincones le enfurecía. Nunca se había dado cuenta de la cantidad de sombras que contenía cada habitación.

Después de comer, luchó por empezar a organizar sus ideas para el próximo libro, al menos en líneas generales. Pero era demasiado pronto después del último. Su mente parecía tan vacía como la casa. ¿En cuál de ellas había una sensación de intrusión, de paciente y distante acechanza? No, por supuesto que su asistenta no había regresado. La luz del sol se escapaba de la casa, dejando un congelado residuo de calor. Las sombras se arrastraban imperceptiblemente.

Necesitaba un film absorbente. El de Bergman en el Academy. Iría ahora y cenaría en Londres. Impulsivamente, se metió La senda negra en el bolsillo, para sacarla de la casa. El sonido de la puerta delantera al cerrarse resonó en mil ecos por las vacías habitaciones. Desde los árboles y las paredes y los arbustos se extendían las sombras, sus siluetas se agitaban al mismo ritmo inquieto de la hierba. Un pájaro se alzó zigzagueando del suelo, con algo colgando en su boca.

¿No había nadie en la estación del ferrocarril? Finalmente, un taciturno y demacrado hombre respondió a sus golpes en la ventanilla de los billetes. Mientras pagaba, Tate se dio cuenta de que se había dejado llevar por sus dudas durante todo el trayecto desde su casa hasta allí. Al parecer, todo aquello eran secuelas de escribir obras fantásticas de ficción.

Esta conclusión le hizo sentirse vulnerable. Caminó arriba y abajo por la corta plataforma. Un lecho de flores componía el nombre de la estación, y unas cuantas farolas tendían hacia delante sus deslustradas cabezas luminosas. Estaba solo, a excepción de un hombre sentado en la sala de espera al otro lado de la plataforma. La ventana estaba llena de polvo, y la brillante imagen de las nubes se reflejaba en el cristal. No podía distinguir el rostro del hombre. ¿Por qué deseaba distinguirlo?

El tren llegó a marcha lenta. Llevaba pocos pasajeros, como las últimas exhibiciones de un maltrecho museo de cera. Las estaciones pasaron, mostrando plataformas vacías. Los campos se extendían interminables hacia la menguante luz.

A cada estación, el tren se detenía esperando recoger pasajeros, pero siempre partía decepcionado... Hasta que, justo antes de llegar a Londres, Tate vio a un hombre avanzando a largas zancadas para alcanzarlo. ¿En qué plataforma? Tan sólo podía ver el reflejo del hombre: ropas azuladas, rostro impreciso. El vacío vagón crujía a su alrededor; el metal vibraba bajo sus pies. Aunque el tren estaba ganando velocidad, el hombre mantenía su ritmo, y seguía avanzando tan sólo a largas zancadas; no parecía sentir la necesidad de correr. Buen Dios, ¿cuál era la longitud de sus piernas? Una repentina explosión de follaje llenó la ventanilla. Cuando desapareció, el hombre ya no estaba.

La estación de Charing Cross estaba hormigueante, como siempre, y una resonante voz decía algo a través de los altavoces. Mientras Tate salía apresuradamente, sorteando un pequeño tren de carretillas, unas letras plateadas llamearon hacia él desde el kiosco de libros y revistas: La senda negra. Y también allí, en otro lado, en un exhibidor especial: La senda negra. Sería una justa ironía si alguien los robaba. De la gente que le rodeaba, varios llevaban traje de dril.

Comió un curry en el Wampo Egg de Charing Cross Road. Conocía otros restaurantes mejores por los alrededores, pero estaban en calles laterales; prefería permanecer en la calle principal..., no importaba el porqué. Siluetas vestidas de dril contemplaban el menú en el escaparate. El menú tapaba sus rostros.

Pasó de largo ante la estación de Leicester Square. No deseaba bajar a aquella oscuridad donde los trenes se enterraban, resonando metálicamente. Además, tenía tiempo para pasear; era una tarde agradable. Los colores de las librerías eran relajantes.

Vio libros suyos en un par de tiendas, lo cual era reconfortante. Pero el título de Skelton resplandecía en el escaparate de Book-smith's. ¿Había un hueco junto a él en el exhibidor? No, era el reflejo de un callejón, del cual estaba surgiendo ahora una silueta. Tate se volvió y localizó el callejón, pero la silueta debía de haberse apartado a un lado.

Siguió hacia Oxford Street. El libro de Skelton estaba allí también, en Claude Gill's. Más allá, entre las sombras de la acera opuesta, una figura vestida de dril espiaba. Tate se volvió, pero un autobús cruzó la calle, bloqueando su visión. Evidentemente, había muchos transeúntes llevando trajes de dril.

Cuando llegó junto al cine Academy había vislumbrado aquella figura varias veces, reflejándose en las lunas de los escaparates y, más frustrante aún, siguiéndole el paso por la acera opuesta, en el límite de su ángulo de visión. Caminó más allá del cine, pensando en cuántos rostros sería incapaz de ver en la oscuridad.

Dirigiéndose instintivamente hacia las luces más brillantes, bajó por Poland Street. El anochecer había alcanzado ya las estrechas calles del Soho, despertando a las luces de neón. SEX SHOP. AYUDAS SEXUALES. FILMS ESCANDINAVOS. Las tiendas estaban pegadas unas a otras, una hilera de competidores codo contra codo. En un escaparate iluminado por un enfermizo neón, entre El placer por la esclavitud y Novedades en caucho, vio el libro de Skelton.

Peatones y coches inundaban las calles. Mirara hacia donde mirara, Tate siempre entreveía una figura vestida de dril en la otra acera. Por supuesto, no necesitaba ser la misma todas las veces... Era imposible decirlo, porque nunca podía vislumbrar su rostro. Nunca se había llegado a dar cuenta de cuántos rostros es uno incapaz de ver en una multitud. Se había dirigido hacia aquellas calles precisamente para estar entre la gente.

Realmente, era absurdo. Se había permitido ir hacia todas aquellas miserables librerías en busca de compañía, como un fugitivo de Edgar Allan Poe... ¿Y por qué? ¿Una conversación idiota, un rompecabezas igualmente estúpido, unos pocos atisbos inconcretos? 

Aquello probaba que las maldiciones podían funcionar en la imaginación... pero, cielos, ésa no era razón para sentirse aprensivo. Y, sin embargo, se sentía así, porque detrás de los transeúntes pintados de neón había una figura moviéndose como un cazador, al acecho, cerca de la pared. El miedo de Tate tenía sabor a curry.

Muy bien, su perseguidor existía. Eso podía ser explicado a través de la realidad: era Skelton, escondiéndose. ¡Qué fácilmente encajaban entre sí esas palabras! Skelton debía de haberle visto contemplando La senda oscura en el escaparate. Era propio de Skelton pasear por ahí admirando su propia obra en los exhibidores. Seguramente decidió perseguir a Tate, ponerlo un poco nervioso.

En cuanto entreviera el rostro de Skelton, saltaría hacia él. Bruscamente cruzó la calle, aprovechando un hueco en la secuencia de coches. Las imágenes de neón, mezcladas con las otras imágenes provocadas por el neón, danzaron tras sus párpados. 

¿Dónde estaba el maldito remolón? ¿Se había metido en alguna tienda? Por un momento Tate lo había visto, en la acera que en este momento ocupaba él. Pero cuando la visión de Tate se liberó de imágenes accidentales, el rostro se había confundido entre la multitud.

Tate cruzó de nuevo la calle, con el mismo resultado. Así que Skelton estaba jugando al escondite, ¿eh? Bien, Tate también podía jugar a lo mismo. Se metió en una tienda. Un jadeo amplificado resonaba rítmicamente al otro lado de una puerta interior.

—El film de porno duro acaba de empezar, señor —dijo el hindú que estaba detrás del mostrador.

Varios hombres, algunos de ellos vistiendo de dril, estaban de pie junto a las estanterías de las revistas. Ninguno de sus rostros era visible para Tate.

Estaba comportándose ridículamente... y eso lo asustaba: había permitido que sus defensas fueran abatidas. ¿Cuánto tiempo pretendía sumirse en aquella absurda persecución? ¿Cómo podía poner fin a aquello?

Miró hacia afuera de la tienda. Los transeúntes le devolvieron la mirada, como si estuviera incitándoles. Las aceras se retorcían, incesantemente agitadas por los neones. La batalla de luces sacudía las sombras de la multitud. Los rostros brillaban verdes, ardían rojos.

Si tan sólo pudiera descubrir a Skelton... ¿Qué haría entonces? Cerca de la puerta donde se encontraba había un callejón vacío, excepto por la oscuridad. En su otro extremo brillaba otra calle. Podía cruzar aquel callejón y eludir a su perseguidor. Quizá encontrara algún policía; eso le enseñaría a Skelton... Aquello ya iba mucho más allá de una broma.

Allí estaba Skelton, atisbando desde un oscuro portal casi frente a él. Tate hizo como si saliera en su persecución, e inmediatamente la figura se escabulló tras un grupo de peatones. Tate echó a correr por el callejón.

Sus pisadas resonaron en las paredes. Más allá de la angosta salida al otro lado, las figuras pasaban como las coristas de un espectáculo. Una pared rozó contra su hombro; un bulto invisible golpeaba repetidamente contra su costado. Era La senda negra, aún metido en su bolsillo. Lo tiró rabiosamente. Se enredó entre sus pies en la oscuridad hasta que le lanzó una patada y oyó partirse el lomo. Al fin libre.

Estaba a medio camino del callejón, donde la oscuridad era más intensa, y miró hacia atrás para confirmar que nadie le había seguido. Vacilando ligeramente, volvió la vista hacia delante, y las manos de la figura que había ante él lo sujetaron por los hombros.

Retrocedió jadeando y la pared golpeó contra sus omoplatos. La oscuridad era absoluta frente a él, pero sintió el otro cuerpo apretándose contra el suyo, el empuje de la invisible cabeza contra él, y su cara recibió una impresión helada; no podía distinguir la forma de lo que la tocaba. Luego el contacto desapareció y sólo hubo silencio.

Permaneció de pie, temblando. Sus manos colgaban a los costados, como si temieran moverse. Comprendía por qué no lograba ver nada —no había luz tan al fondo en el callejón—, pero... ¿por qué no podía oír? Incluso el sabor a curry había desaparecido. Su cabeza parecía como anestesiada, y en cierto modo incorpórea. Se dio cuenta de que no se atrevía a volverla para mirar a ninguno de los dos extremos iluminados. Lentamente, con temor, sus manos tantearon hacia arriba, hacia su rostro.

 

Hermano - Clifford D. Simak

 Estaba sentado en su mecedora, en el patio empedrado, cuando el automóvil salió de la carretera y se detuvo ante su verja. De él salió un desconocido, abrió la cancela y se aproximó por el camino. El hombre que se acercaba era viejo; no tan viejo, juzgó el hombre de la mecedora, como él mismo, pero viejo. Su pelo blanco ondeaba al viento y había un lento y casi imperceptible arrastrar los pies en su andar.

El hombre se detuvo ante él.

—¿Es usted Edward Lambert? —preguntó. Lambert asintió con la cabeza—. Yo soy Teodoro Anderson —dijo el desconocido—. De Madison. De la Universidad.

Lambert le señaló la otra mecedora que había en el patio.

—Siéntese, por favor —dijo—. Está usted muy lejos de su casa.

Anderson rió.

—No demasiado. Unos ciento cincuenta kilómetros nada más.

—Para mí eso es lejos —dijo Lambert—. En toda mi vida no me he alejado de aquí más de treinta kilómetros. El espaciopuerto que hay al otro lado del río es lo más lejos que he estado nunca.

—¿Visita usted el puerto con frecuencia?

—Hubo un tiempo en que lo hacía. Cuando era más joven. Recientemente, no. Desde aquí, donde estoy sentado, puedo ver las naves arribar y partir.

—¿Se sienta a verlas?

—Hubo un tiempo en que así lo hacía. Ahora ya no estoy pendiente de ellas.

—Tiene usted un hermano, según tengo entendido, que anda por el espacio.

—Sí, Phil. Phil es el vagabundo de la familia. No éramos más que él y yo. Gemelos idénticos.

—¿Le ve usted de vez en cuando? Quiero decir, ¿viene a visitarle alguna vez?

—Ocasionalmente. Tres o cuatro veces, eso ha sido todo. Pero no recientemente. La última vez que vino a casa fue hace veinte años. Siempre tenía prisa. Sólo podía quedarse uno o dos días. Siempre tenía grandes historias que contar.

—Pero usted permaneció en casa. Treinta kilómetros me ha dicho, eso es lo más que se ha alejado nunca.

—Hubo un tiempo —dijo Lambert— en que yo hubiera querido irme con él. Pero no pude. Nacimos cuando nuestros padres eran ya de una edad avanzada. Eran ya ancianos cuando nosotros éramos jóvenes. Alguien tenía que quedarse aquí con ellos. Y una vez que pasaron a mejor vida, me di cuenta de que no podía irme. Estas colinas, estos bosques, los arroyos, se habían convertido en parte de mí.

Anderson asintió con la cabeza.

—Puedo comprender eso. Está reflejado en sus escritos. Se convirtió usted en el portavoz bucólico del siglo. Estoy citando opiniones ajenas, pero por supuesto que usted lo sabe.

Lambert gruñó:

—Literatura de la naturaleza. En tiempos fue la gran tradición americana. Cuando empecé a escribir, hace cincuenta años, había pasado de moda. Nadie la comprendía, nadie la quería para nada. Nadie veía que fuera necesaria. Pero ahora está aquí de nuevo. Cada imbécil que es capaz de juntar tres palabras se dedica a escribirla.

—Pero nadie tan bien como usted.

—Llevo más tiempo dedicado a ello. Tengo más práctica.

—Ahora —dijo Anderson— existe una mayor necesidad de esa literatura. Un recordatorio de una herencia que casi hemos perdido.

—Tal vez —dijo Lambert.

—Volviendo a la cuestión de su hermano…

—Un momento, por favor —dijo Lambert—. Ha estado usted haciéndome un montón de preguntas. Nada de preliminares. Nada de ir llevando la conversación cómodamente. Ninguna de las amenidades coloquiales habituales. Usted se ha limitado a entrar aquí a saco y ha empezado a hacerme preguntas. Me dice usted su nombre y que viene de la Universidad, pero ahí acaba todo. Para que conste, señor Anderson, haga el favor de decirme a qué se dedica usted.

—Lo lamento —dijo Anderson—. Admito que he actuado con poco tacto, a pesar de que se supone que es un elemento básico de mi profesión. Debería conocer su valor. Pertenezco al departamento de psicología y…

—¿Psicología?

—Así es, psicología.

—Hubiera imaginado —dijo Lambert— que se dedicaba usted a la lengua inglesa, o tal vez a la ecología o a alguna disciplina relacionada con el medio ambiente. ¿Cómo es que un psicólogo viene a hablar con un escritor naturalista?

—Por favor, concédame un momento —rogó Anderson—. He abordado la cuestión equivocadamente. Empecemos de nuevo. En realidad he venido a hablar de su hermano.

—¿Qué pasa con mi hermano? ¿Cómo ha podido usted saber que existía? La gente de los alrededores lo sabe, pero nadie más. En mis escritos jamás le he mencionado.

—Pasé una semana, el verano pasado, en una estación de pesca a pocos kilómetros de aquí. Oí hablar de él entonces.

—Y algunos de aquellos con los que usted habló le dijeron que yo jamás tuve un hermano.

—Así es, exactamente. Verá usted, tengo en marcha un estudio en el que llevo trabajando los últimos cinco años…

—No sé cómo pudo empezar a circular esa historia —le interrumpió Lambert— acerca de que jamás tuve un hermano. Nunca le he prestado atención, y no alcanzo a comprender por qué usted…

—Señor Lambert —dijo Anderson—, por favor, discúlpeme. He verificado los certificados de nacimiento en la sede del condado, y según el censo…

—Lo recuerdo —dijo Lambert— como si hubiera sido ayer; me refiero al día en que se fue mi hermano. Estábamos trabajando en el pajar, aquel que está allí, al otro lado de la carretera. El pajar ya no se usa, y como puede usted ver se ha derrumbado. Pero por aquel entonces sí que se utilizaba. Mi padre cultivaba aquella pradera de allá que está junto al arroyo. Aquella tierra daba, y volvería a dar, si alguien la cultivara, las cosechas de maíz más hermosas que pueda usted imaginarse. Un maíz mejor que el de las praderas de Iowa. Mejor que el de cualquier otra parte del mundo. Yo lo cultivé durante años después de que muriera mi padre, pero ya lo he dejado. Abandoné el oficio de granjero hace ya sus buenos diez años. Vendí todo el ganado y la maquinaria. Ahora tengo un pequeño gallinero. No hace falta que sea demasiado grande. Sólo hay…

—Hablaba usted de su hermano.

—Sí, supongo que sí. Phil y yo estábamos trabajando un día en el pajar. Era un día lluvioso. No, no realmente lluvioso, solamente chispeaba un poco. Estábamos reparando arneses. Sí, arneses. Mi padre era un hombre extraño en muchos aspectos. Extraño en muchos aspectos razonables. No era partidario de utilizar más maquinaria que la necesaria, jamás hubo aquí un tractor. Opinaba que eran mejores los caballos. En un lugar tan pequeño como éste lo eran. Yo mismo los estuve utilizando hasta que finalmente tuve que venderlos. Fue un trago amargo el venderlos. Aquellos caballos y yo éramos amigos.

»Pero en cualquier caso, mi hermano y yo estábamos reparando el arnés cuando Phil me dijo, sin venir a cuento, que iría al puerto para intentar conseguir trabajo en algunas de las naves. Habíamos hablado acerca de ello de vez en cuando, anteriormente, y los dos teníamos deseos de ir, pero fue para mí una sorpresa que Phil dijera que se iba. No tenía ni la más remota idea de que lo hubiera decidido para entonces. Hay algo acerca de esto que debe usted comprender…, el momento, las circunstancias, la novedad y la emoción de viajar a las estrellas aquel día, hace más de cincuenta años. Hubo tiempos muy lejanos en la historia de nuestro país en que los muchachos de Nueva Inglaterra huían al mar. En aquel momento de hace cincuenta años, huían hacia el espacio…

Según lo iba contando, lo recordaba, tal y como le había dicho a Anderson, como si hubiera ocurrido ayer mismo. Todo volvía a él con claridad y realismo, incluyendo el húmedo olor del heno del año anterior que había en el altillo encima de sus cabezas. Las palomas se arrullaban en lo alto del pajar y arriba, en los pastos de la colina, una vaca solitaria mugía desoladoramente. Los caballos pateaban el suelo en sus caballerizas y hacían pequeños ruidos, masticando el heno que quedaba en sus comederos.

—Tomé la decisión anoche —dijo Phil—, pero no te dije nada porque quería estar seguro. Podría esperar, por supuesto, pero existe la posibilidad de que jamás me vaya. No quiero pasarme aquí la vida deseando haberme ido. Te encargarás de decírselo a papá, ¿verdad?, después de que me haya ido. Esta tarde, en algún momento que encuentres, dándome tiempo para que pueda irme.

—Él no te lo impediría —dijo Edward Lambert—. Lo mejor sería que se lo dijeras. Puede que intente razonar contigo, pero jamás intentaría detenerte.

—Si se lo digo, jamás me iré —dijo Phil—. Veré la expresión de su cara y no seré capaz de irme. Tendrás que hacer esto por mí, Ed. Tendrás que decírselo tú, de modo que yo no tenga que verle la cara.

—¿Cómo piensas entrar en una nave? No querrán un granjero paleto. Lo que ellos quieren es gente preparada.

—Habrá una nave que tenga que partir, pero a la que le falten uno o dos miembros de la tripulación —dijo Phil—. No les esperarán. No perderán el tiempo buscándoles. Aceptarán a quien quiera que esté allí. En cuestión de uno o dos días encontraré esa nave.

Lambert recordó una vez más cómo se había quedado en la puerta del pajar, observando cómo se alejaba su hermano carretera abajo, con sus botas chapoteando en los charcos y su figura emborronada por la llovizna. Durante un largo tiempo después de que ya no pudo verle, mucho después de que el gris de la llovizna hubiera absorbido su silueta, había seguido imaginando que podía verle, una figura aún más pequeña andando con paso pesado por la carretera. Recordaba la opresión de su pecho, el nudo que se le había hecho en la garganta, la terrible y desazonadora angustia de la partida de su hermano. Como si se hubiera ido una parte de él, como si se hubiera partido en dos, como si sólo quedara de él la mitad.

—Éramos gemelos —le dijo a Anderson—, gemelos idénticos. Estábamos más cercanos el uno al otro que la mayoría de los hermanos. Vivíamos el uno en el bolsillo del otro. Todo lo hacíamos juntos. Cada uno de nosotros sentía lo mismo hacia el otro. Phil tuvo que tener mucho valor para irse de aquella manera.

—Y usted también —dijo Anderson— para dejarle marchar. Pero ¿volvió?

—No, por largo tiempo. No hasta después de la muerte de nuestros padres. Entonces apareció caminando por la carretera igual que se había ido. Pero no se quedó. Estuvo aquí sólo un par de días. Estaba ansioso por partir. Como si algo tirara de él.

Aunque aquello no era exactamente cierto, se dijo a sí mismo. Estaba nervioso. Asustadizo. Mirando por encima del hombro, como si alguien le siguiera. Mirando a sus espaldas para asegurarse de que el Perseguidor no estaba allí.

—Volvió unas cuantas veces más —dijo Lambert—. Pasaban años entre visita y visita. Jamás se quedaba demasiado tiempo. Estaba ansioso por volver a irse.

—¿Cómo explica usted que la gente haya concebido esta idea de que usted nunca tuvo un hermano? —preguntó Anderson—. ¿Cómo explica el silencio de los registros?

—No lo explico de ninguna manera —contestó Lambert—. La gente tiene ideas extrañas. Surge un rumor irresponsable… tal vez nada más que una pregunta: ¿Y ese hermano que dice que tiene? ¿Tiene en realidad un hermano? ¿Hubo en realidad alguna vez un hermano? Y otros la recogen y la amplían a su manera y la cosa va extendiéndose. Aquí, en estas colinas perdidas, no hay mucho de qué hablar. Se aferran al primer tema que encuentran. Supongo que resultaría un tema intrigante… ese viejo chiflado del valle que cree que tiene un hermano que jamás existió, presumiendo sobre su hermano inexistente, diciendo que está perdido por ahí, entre las estrellas. Aunque a mí me parece recordar que jamás he presumido, en realidad.

—¿Y los registros? O la ausencia de registros.

—Simplemente, no lo sé —contestó Lambert—. Ni siquiera sabía lo de los registros. Jamás se me ocurrió ir a comprobarlos. Jamás hubo razón alguna para que lo hiciera. Verá usted, yo sé que tengo un hermano.

—¿Cree usted que podría acercarse a Madison?

—Sé que no lo haré —dijo Lambert—. Rara vez abandono este lugar. Ya no tengo automóvil. Me acerco con alguno de mis vecinos, cuando puedo, al almacén para comprar las pocas cosas que necesito. Estoy satisfecho aquí. No tengo necesidad de ir a ninguna parte.

—¿Ha vivido usted aquí solo desde la muerte de sus padres?

—Efectivamente —respondió Lambert—. Y opino que esta conversación ya ha ido demasiado lejos. No estoy seguro de que usted me guste, señor Anderson. ¿O acaso debería llamarle doctor Anderson? Sospecho que así debe ser. No tengo intención de ir a la Universidad a contestar a las preguntas que a usted se le pasen por la cabeza para someterme a pruebas para ese estudio suyo. No estoy seguro de cuál es su interés en todo esto y no estoy ni remotamente interesado. Tengo cosas más importantes que hacer.

Anderson se alzó de su asiento.

—Lo siento —dijo—. No pretendía…

—No se excuse —le cortó Lambert.

—Me gustaría que pudiéramos separarnos de un modo más alegre —dijo Anderson.

—No deje que eso le preocupe —dijo Lambert—. Limítese a olvidarlo. Eso es lo que tengo intención de hacer yo.

 

Continúo sentado en la mecedora mucho después de que su visitante hubiera partido. Unos cuantos automóviles pasaron, no muchos, dado que aquella era una carretera escasamente transitada, una carretera que en realidad no llevaba a ninguna parte, simplemente una vía de acceso para las pocas familias que vivían a lo largo del valle y al fondo en las colinas.

Qué descaro, pensaba, qué arrogancia, aparecerse aquí para preguntarle todas esas cosas en tromba. Aquel estudio que estaba llevando a cabo…, tal vez un estudio de las fantasías adoptadas por la población anciana. Aunque no tenía que ser necesariamente sobre ese tema; podría ser sobre toda una serie de temas posibles.

No había, se recordó a sí mismo, razón alguna para alterarse por aquello. Carecía de importancia; los malos modales sólo tenían importancia para aquellos que los tenían.

Se meció suavemente. Los balancines protestaron sobre el empedrado, y se quedó mirando más allá de la carretera y el valle hacia el lugar a lo largo de la colina de enfrente donde corría el arroyo, con su corriente gorgoteando sobre los vados pedregosos y haciendo remolinos en profundos estanques. Allí, durante los largos y calurosos días de verano, Phil y él habían pescado cotos, utilizando retorcidas ramas de sauce como cañas, porque no había dinero para comprar equipo de pesca normal, y no es que lo hubieran deseado, incluso aunque hubieran tenido el dinero. Durante la primavera subían grandes bancos de peces; remontaban el arroyo desde el río Winsconsin para llegar a sus zonas de desove. Phil y él solían salir a cogerlos con una red, una red improvisada por medio de un saco de yute con la boca sujeta a un aro de barril.

El arroyo estaba lleno de recuerdos para él, al igual que el resto de la tierra: las colinas que se cernían sobre ellos, los pequeños valles escondidos, el denso bosque que lo cubría todo excepto las escasas superficies niveladas que habían sido abatidas para utilizarlas para el cultivo. Conocía cada sendero y atajo del bosque. Sabía lo que crecía en él y lo que vivía en él y dónde crecía o vivía. Conocía los secretos de los pocos kilómetros de campo que le rodeaban, pero no todos los secretos; estaba aún por nacer el hombre que pudiera conocer todos los secretos.

Tenía, se repetía a sí mismo, lo mejor de dos mundos. De dos mundos, ya que no le había contado a Anderson, ni a nadie, que había un vínculo secreto entre él y Phil. Era un vínculo que nunca les había parecido extraño porque era algo que habían conocido desde que eran pequeños. Incluso cuando estaban separados, habían estado al corriente de lo que el otro hacía. No resultaba nada asombroso para ellos; era algo que habían dado prácticamente por sentado. Años más tarde había leído en informadas revistas los estudios que habían sido realizados sobre los gemelos idénticos, junto con la especulación académica de que de alguna extraña manera parecían poseer poderes telepáticos que operaban tan sólo entre ellos, como si fueran, de hecho, una sola persona con dos cuerpos diferentes.

Eso era lo que ocurría, sin duda de ninguna clase, entre él y Phil, aunque jamás se había preguntado si podría ser telepatía hasta que había dado accidentalmente con las revistas. No se parecía demasiado, pensaba balanceándose en la mecedora, a la telepatía, ya que la telepatía, tal y como él la concebía, era la capacidad de enviar y recibir mensajes mentales deliberadamente; en su caso, se trataba simplemente de un saber, de un percibir dónde estaba el otro y qué era lo que podía estar haciendo.

Había funcionado de aquella manera cuando eran unos jovenzuelos y había seguido funcionando así desde entonces. No un conocimiento continuo, no un contacto continuado, si es que aquello era un contacto. A lo largo de los años, no obstante, ocurría con bastante frecuencia. Había sabido a lo largo de todos aquellos años, desde que Phil se había marchado andando carretera abajo, los muchos planetas que había visitado, las naves en las que había viajado Phil, lo había visto todo con los ojos de Phil, lo había comprendido con el cerebro de Phil, había conocido los nombres de los lugares que Phil había visto y comprendido, lo que había pasado en cada lugar. No había sido una conversación: no se habían hablado el uno al otro; no había habido necesidad de hablar, y aunque Phil jamás se lo había dicho, estaba seguro de que Phil había sabido lo que estaba haciendo él y dónde estaba y lo que podía estar viendo. Incluso en las escasas ocasiones en que Phil había venido de visita, no habían hablado acerca de ello; no suponía un tema de discusión dado que ambos lo aceptaban.

A media tarde, un viejo automóvil se detuvo ante la verja; el motor tosió hasta detenerse en una especie de tartamudeo espasmódico. Jake Hopkins, uno de sus vecinos de arroyo arriba, salió de él, llevando consigo una pequeña cesta. Se acercó hasta el patio y, dejando la cesta en el suelo, se sentó en la otra mecedora.

—Katie te manda una hogaza de pan y un pastel de grosella —dijo—. Estas serán casi las últimas. Este año ha habido una cosecha muy pobre. El verano ha sido demasiado seco.

—Yo tampoco he ido a recoger demasiadas este año —dijo Lambert—. Sólo una o dos veces. Las mejores están en aquel risco de allá, y juro que ésa colina se hace más empinada cada año que pasa.

—Se hace más empinada para todos nosotros —dijo Hopkins—. Tú y yo llevamos aquí mucho tiempo, Ed.

—Dile a Katie que se lo agradezco mucho —dijo Lambert—. No hay nadie capaz de igualar su tarta.

Yo nunca me ocupo de hacer tartas, aunque me entusiasman. Hago algunas cosas en la cocina, por supuesto, pero las tartas llevan demasiado tiempo y esfuerzo.

—¿Has oído algo acerca de esa criatura nueva que hay por los montes? —preguntó Hopkins.

Lambert se rió entre dientes.

—Otra de esas historias enloquecidas, Jake. De vez en cuando, un par de veces al año, alguien pone en movimiento una historia. ¿Recuerdas aquella acerca de la bestia del pantano, allá en Millville? Los periódicos de Milwaukee cazaron la historia, y un deportista de Texas la leyó y se vino con una jauría de perros. Pasó tres días en Millville, pateándose los pantanos, perdió un perro por culpa de una serpiente de cascabel, y por lo que me contaron se agarró un cabreo de mil demonios. Tenía la impresión de que le habían tomado el pelo, y supongo que así había sido, dado que jamás había habido bestia alguna.

»Nos llegan historias de osos y pumas, y no ha habido ni un oso ni un puma en estos alrededores desde hace más de cuarenta años. Una vez, hace algunos años, algún maldito imbécil puso en marcha una historia acerca de una gran serpiente. Gorda como un tonel y de diez metros de largo. La mitad del condado se echó al monte a ver si la cazaba.

—Sí, ya lo sé —dijo Hopkins—. No hay nada detrás de la mayor parte de las historias, pero Caleb Jones me dijo que uno de sus muchachos vio la cosa esa, sea lo que fuere. Parecido a un mono, o a un oso que no es realmente un oso. Totalmente peludo, desnudo. Un hombre de las nieves, según opina Caleb.

—Bueno, al menos eso es algo nuevo —dijo Lambert—. Nadie, que yo sepa, había afirmado hasta ahora ver por estos alrededores a un hombre de las nieves. No obstante, ha habido muchas denuncias en la costa oeste. Simplemente llevó un poco de tiempo transferir a un hombre de las nieves hasta aquí.

—Podría haberse extraviado uno hacia el este.

—Supongo que sí. Quiero decir, si es que hay alguno por allá. Tampoco estoy demasiado seguro de que allí los haya.

—Bueno, sea como fuere —dijo Hopkins—, pensé que te gustaría saberlo. Estás muy aislado aquí. Sin teléfono ni nada. Ni siquiera te has hecho el tendido para la luz.

—No necesito teléfono ni electricidad —dijo Lambert―. Lo único que me podría tentar de la electricidad sería la posibilidad de tener un refrigerador. Y no lo necesito. Tengo la fresquera. Funciona tan bien como cualquier refrigerador. Mantiene fresca la mantequilla durante semanas. Y no necesito teléfono. No tengo a nadie con quien hablar.

—Una cosa tengo que admitir —dijo Hopkins—: te las arreglas muy bien. Incluso sin esas cosas. Mejor que la mayoría de la gente.

—Nunca deseé gran cosa —dijo Lambert—. Ese es el secreto: jamás deseé demasiado.

—¿Estás trabajando en algún otro libro?

—Jake, siempre estoy trabajando en algún otro libro. Escribiendo sobre las cosas que veo y oigo y lo que siento acerca de ellas. Lo haría aunque no le interesara a nadie. Escribiría incluso aunque no existieran los libros.

—Lees mucho —dijo Hopkins—, más que la mayoría de nosotros.

—Sí, supongo que sí —admitió Lambert—. Leer me resulta reconfortante.

Y era cierto, pensó. Los libros apilados en una estantería eran un grupo de amigos. No eran libros, sino hombres y mujeres que hablaban con él atravesando continentes y siglos. Sus propios libros, lo sabía, no vivirían tanto como lo habían hecho algunos de los otros. No le sobrevivirían mucho tiempo; pero en ocasiones le gustaba pensar en la posibilidad de que al cabo de un centenar de años, alguien pudiera encontrar uno de sus libros, tal vez en una librería de viejo, y tomándolo al azar leyera algunos párrafos, llegando tal vez a gustarle lo suficiente como para llevárselo a casa, donde descansaría en las estanterías durante algún tiempo, y tal vez, con el transcurso de los años, volvería a encontrarse de nuevo en otra librería de viejo, esperando que alguien lo recogiera y lo leyera.

Resultaba extraño, pensó, que hubiera escrito acerca de cosas cercanas al hogar, de aquellas cosas que la mayoría de la gente pasaba por alto sin ni siquiera verlas, cuando podría haber escrito acerca de las maravillas que se podían encontrar a años luz de la Tierra, las rarezas que podían encontrarse en otros planetas que giraban en torno a otros soles. Pero ni siquiera había pensado en escribir acerca de ellos, porque eran un secreto, una parte interior de él que era para él solo, una confidencia entre Phil y él que jamás hubiera conseguido violar.

—Necesitamos algo de lluvia —dijo Hopkins—. Los pastizales están desapareciendo. Los de los Jones están prácticamente agotados. Ya no se ve la hierba; se ve la tierra. Caleb lleva alimentando a sus vacas con pienso los últimos quince días, y si no llueve un poco tendré que hacer lo mismo en cuestión de una o dos semanas. Tengo una pequeña parcela de maíz de la que obtendré algunas mazorcas dignas de ser recogidas, pero el resto de ella no sirve más que para pienso. Es peor que el infierno. Hay años en los que un hombre puede trabajar hasta reventar sin conseguir nada al final.

Conversaron durante una hora más o menos; la confortable y sencilla conversación de los hombres de campo, profundamente preocupados por las pequeñas cosas que para ellos resultaban tan amenazadoras. Después Hopkins se despidió, y dando una patada para arrancar su remolón automóvil, condujo carretera abajo.

Cuando el sol estaba justamente por encima de las colinas del oeste, Lambert entró en la casa y puso a calentar un bote de café para acompañar un par de rebanadas de la hogaza de pan y una gran porción de la tarta de Katie. Sentado a la mesa en la cocina —una mesa en la que llevaba comiendo desde que su memoria alcanzaba— escuchó el tictac del antiguo reloj de la familia. El reloj, descubrió mientras lo escuchaba, era un símbolo de la casa. Cuando el reloj le hablaba, también le hablaba la casa; la casa utilizaba el reloj como medio de comunicación con él. Tal vez no hablaba con él, realmente, pero se mantenía en contacto íntimo, recordándole que aún estaba allí, que estaban juntos, que no estaban solos. Así había sido a lo largo de los años; ahora lo era aún más, una relación aún más íntima, surgiendo tal vez de la mayor necesidad por parte de ambos.

Aunque construida sólidamente por su bisabuelo materno, la casa estaba en un estado de abandono. Había tablones que crujían y se combaban cuando pasaba sobre ellos, tejas que goteaban en la temporada de las lluvias. Manchas de humedad recorrían las paredes, y en la parte trasera de la casa, protegida por la colina que se alzaba abruptamente tras ella, donde rara vez alcanzaban los rayos del sol, había un olor a humedad y a moho.

Pero la casa le sobreviviría, pensó, y eso era lo único importante. Una vez que ya no estuviera él allí no habría nadie a quien cobijar. Le sobreviviría tanto a él como a Phil, pero tal vez no hubiera necesidad de esto en el caso de su hermano. Perdido entre las estrellas, Phil no tenía necesidad alguna de la casa. Aunque, se dijo a sí mismo, Phil volvería pronto a casa. Porque él era viejo, y por lo tanto suponía que también lo sería su hermano. Entre los dos les quedaban ya pocos años de espera.

Era extraño que ellos, que tanto se parecían, hubieran vivido unas vidas tan diferentes: Phil el vagabundo, y él, el sedentario; y cada uno de los dos, a pesar de lo diferente de sus vidas, habían encontrado tantas satisfacciones en ellas.

Terminada su comida, salió de nuevo al patio. Detrás de él, en la parte trasera de la casa, el viento suspiraba a través de la hilera de inmensas coníferas que tantos años atrás habían sido plantadas por aquel viejo bisabuelo. Qué vanidad tan pintoresca, pensó, plantar pinos en la base de una colina cubierta de antiguos robles y arces, como si pretendiera destacar la casa de la tierra sobre la que estaba erigida.

Las últimas luciérnagas parpadeaban entre los arbustos de lilas que flanqueaban la verja, y los primeros chotacabras cantaban tristemente desde el fondo del valle. Pequeñas y desmadejadas nubes oscurecían parte el cielo, pero podían verse algunas estrellas. La luna tardaría aún una o dos horas en salir.

Al norte, una brillante estrella destelleó, pero observándola supo que no era una estrella. Era una nave espacial que se preparaba para aterrizar en el puerto, al otro lado del río. La llamarada se apagó, después se encendió de nuevo, esta vez no se apagó, sino que siguió ardiendo hasta que rebasó la oscura línea del horizonte. Un momento más tarde el sordo rugido del aterrizaje llegó hasta él; al cabo de un rato se extinguió también, y Lambert se quedó solo con las chotacabras y las luciérnagas.

Algún día, en alguna de esas naves, se decía a sí mismo, Phil volvería a casa. Vendría caminando carretera abajo como lo había hecho siempre anteriormente, sin anunciarse, pero seguro de la bienvenida que le esperaba. Llegaría cargado del fresco aroma del espacio, cargado de fantásticas historias, llevando en el bolsillo alguna baratija extraña como regalo que, una vez que se hubiera ido, iría a parar a la balda del viejo bargueño del salón, para hacer compañía a los otros regalos que había traído las otras veces.

Había habido un tiempo en el que hubiera deseado haber sido él en lugar de Phil el que se hubiera ido. Dios sabía que él hubiera deseado irse. Pero una vez que uno se hubo marchado, fue evidente que el otro habría de quedarse. Algo de lo que estaba orgulloso era que jamás había odiado a Phil por partir. Habían estado demasiado cercanos el uno al otro como para que pudiera existir el odio. Jamás podría haberlo entre ellos.

Algo estaba alborotando detrás de él en los pinos. Desde hacía algún tiempo había estado escuchando el ruido, pero sin prestarle atención. Lo más probable era que fuese un mapache, en camino hacia el campo de maíz que recorría la ribera del arroyo justamente al este de su tierra. El pequeño animal encontraría allí poco botín, aunque debería haber suficiente para satisfacer a un mapache.

Parecía haber más ruidos de los que un mapache haría. Tal vez fuera una familia entera, una madre con sus cachorros.

Finalmente salió la luna, un esplendor nadando sobre la gran colina oscura que había detrás de la casa. Era una luna mortecina que, a pesar de todo, aliviaba la oscuridad. Se quedó sentado un rato más y empezó a sentir el fresco de cada noche, que incluso en verano subía lentamente desde el arroyo y las zonas bajas.

Se frotó una dolorida rodilla, después se levantó violentamente y entró en la casa. Había dejado una lámpara encendida sobre la mesa de la cocina, y la recogió llevándola al salón y colocándola en una mesa junto a un sillón. Leería durante una hora o así, se dijo a sí mismo, y se iría a la cama.

Al coger un libro de la estantería que había tras el sillón, alguien llamó a la puerta de la cocina. Dudó un momento y volvió a sonar la llamada. Dejando el libro a un lado, se dirigió a la cocina, pero antes de llegar allí se abrió la puerta y entró un hombre. Lambert se detuvo y se quedó mirando la forma indistinta del hombre que había entrado en la casa. La única luz provenía de la lámpara del salón y no podía estar seguro.

—¿Phil? —preguntó dudoso, con miedo de equivocarse.

El hombre avanzó uno o dos pasos.

—Sí, Ed —dijo—. No me has reconocido; después de todos estos años ya no me reconoces.

—Estaba tan oscuro —dijo Lambert— que no estaba seguro.

Avanzó con la mano extendida y allí estaba la de Phil para estrechársela. Pero al juntarse sus manos, no había nada. La mano de Lambert se cerró sobre el vacío.

Se quedó anonadado, incapaz de moverse, intentó hablar y no pudo, burbujeando y muriendo sus palabras y negándose a ser articuladas.

—Tranquilo, Ed —dijo Phil—. Tómatelo con calma. Así es como ha sido siempre, recuerda. Así ha de ser, como siempre ha sido. Yo no soy más que una sombra, una sombra de ti mismo.

Pero aquello no podía ser verdad, se dijo Lambert. El hombre que estaba allí en la cocina con él era un hombre sólido, un hombre de carne y hueso, no una mera sombra.

—Un fantasma —consiguió decir—. Tú no puedes ser un fantasma.

—No soy un fantasma —dijo Phil—. Soy una extensión de ti mismo. No me digas que no lo sabías.

—No —dijo Lambert—. No lo sabía. Tú eres mi hermano, Phil.

—Vayamos al salón —dijo Phil—. Sentémonos y hablaremos. Comportémonos como personas razonables. Tenía más bien miedo a venir, porque sabía que tenías esta especie de manía acerca de un hermano. Tú sabes tan bien como yo que jamás lo tuviste. Eres hijo único.

—Pero cuando estuviste aquí anteriormente…

—Ed, yo no he estado aquí anteriormente. Si te limitas a ser honrado contigo mismo sabrás que es así. No podía volver, compréndelo, porque es ese caso lo hubieras sabido todo. Y hasta este momento, incluso tal vez ni siquiera en este momento, ha habido necesidad de que supieras nada. Tal vez haya sido una equivocación el que volviera.

—Pero hablas —protestó Lambert— de una manera en la que pareces refutar lo que me estás diciendo. Hablas de ti mismo como si fueras una persona.

—Y lo soy, por supuesto —dijo Phil—, tú me convertiste en una persona. Tenías que hacer de mi una persona aparte o no podrías haber creído en mí. He estado en todos los lugares en los que tú sabes que he estado, he hecho todas las cosas que tú sabes que he hecho. Tal vez no de forma detallada, pero sí a grandes rasgos. No al principio, sino más adelante, en un espacio de tiempo relativamente corto, me convertí en una persona distinta. Era, en muchos aspectos, independiente de ti. Ahora entremos y sentémonos y pongámonos cómodos. Acabemos con esto. Déjame que te haga comprender, comprenderlo por ti mismo.

Lambert dio la vuelta, volvió tambaleante hasta el salón y se dejó caer torpemente en el sillón que había junto a la lámpara. Phil permaneció en pie y Lambert, mirándole, vio que Phil era su segundo yo; un hombre semejante a él, casi idéntico a él: el mismo pelo blanco, las mismas cejas pobladas, las mismas arrugas en torno a los ojos, los mismos planos faciales.

Luchó en busca de su tranquilidad y su objetividad.

—¿Una taza de café, Phil? —preguntó—. La cafetera está aún sobre la estufa. Está caliente todavía.

Phil se echó a reír.

—No puedo beber —dijo—, ni comer. Ni hacer un montón de otras cosas. Ni siquiera necesito respirar. En ocasiones ha sido una auténtica prueba, aunque ha tenido sus ventajas. En las estrellas me han dado un nombre. Una leyenda. La mayor parte de la gente no cree en mí. Hay demasiadas leyendas por aquellos lugares. Alguna gente sí que me cree. Siempre hay gente dispuesta a creer en cualquier cosa.

—Phil —dijo Lambert—, aquel día en el pajar, cuando me dijiste que te ibas, yo me quedé en la puerta y te vi marchar.

—Por supuesto que sí —dijo Phil—. Me viste marcharme, pero por aquel entonces sabías qué era lo que estabas mirando. Fue más adelante cuando me convertiste en un hermano; un hermano gemelo, ¿no es así?

—Estuvo aquí un hombre de la Universidad —dijo Lambert—. Un profesor de psicología. Tenía curiosidad. Tenía en marcha un estudio sobre no sé qué. Había desenterrado los registros. Dijo que jamás había tenido un hermano. Yo le dije que estaba equivocado.

—Tú creías en lo que decías —dijo Phil—. Tú sabías que tenías un hermano. Era un mecanismo de defensa. No podrías haber vivido contigo mismo, si hubieras pensado de otra manera. No podías admitir lo que eres.

—Phil, dímelo. ¿Qué soy?

—Un salto adelante —respondió Phil—, un salto evolutivo hacia adelante. He tenido mucho tiempo para pensar en ello y estoy convencido de estar en lo cierto. No existía compulsión alguna por tu parte por esconderme y oscurecer los hechos, dado que yo era el resultado final. Yo no había hecho nada; fuiste tú el que lo hizo todo. Yo no me sentía culpable acerca de ello. Y supongo que tú sí. En caso contrario, ¿a qué viene toda esta cortina de humo acerca del querido hermano Phil?

—Un salto evolutivo hacia adelante, dices. ¿Algo así como un anfibio trasformándose en un dinosaurio?

—Nada tan drástico —dijo Phil—. Sin duda habrás oído hablar de personas con más de una personalidad cambiando de la una a la otra sin previo aviso. Pero siempre dentro del mismo cuerpo. Leíste los textos acerca de los gemelos idénticos: una sola personalidad en dos cuerpos diferentes. Existen historias acerca de personas que podían viajar mentalmente a lugares lejanos, capaces de repetir con precisión lo que habían visto.

—Pero esto es diferente, Phil.

—Veo que sigues llamándome Phil.

—Por todos los demonios, tú eres Phil…

—Está bien, si insistes. Y me alegro de que insistas. Me gustaría seguir siendo Phil. Diferente, dices. Por supuesto que es diferente. Una progresión evolutiva natural que va más allá de esas otras habilidades que he mencionado. La habilidad de dividir tu personalidad y mandarla a recorrer el mundo por su cuenta, hacer otra persona que es una sombra de ti mismo. No sólo una mente, algo más que una mente. No totalmente otra persona, pero casi otra persona. Es una habilidad que te hizo diferente, que te destacó del resto de la raza humana. No podías hacer frente a eso. Nadie podría. No podías admitir ni siquiera ante ti mismo que eras algo extraño.

—Le has dado muchas vueltas a todo esto.

—Ya lo creo que sí. Alguien tenía que hacerlo. Tú no podías, por lo que estaba en mis manos.

—Pero yo no recuerdo nada de esa habilidad. Todavía puedo verte el día en que te ibas. Jamás me he sentido una persona extraña.

—Por supuesto que no. Te construiste una defensa tan segura y con tal rapidez que te engañaste incluso a ti mismo. La capacidad del hombre para el autoengaño está más allá de lo imaginable.

Algo estaba arañando la puerta de la cocina como pudiera hacerlo un perro pidiendo que le dejaran entrar.

—Ese es el Perseguidor —dijo Phil—. Ve a abrirle la puerta.

—Pero un Perseguidor…

—No pasa nada —dijo Phil—. Yo me encargaré de él. El bastardo lleva años siguiéndome.

—Si te parece que está bien…

—Sí, no pasa nada. Hay una cosa que desea, pero nosotros no podemos dársela.

Lambert atravesó la cocina y abrió la puerta. El Perseguidor entró. Sin mirar siquiera a Lambert pasó de largo hasta el salón y se detuvo bruscamente frente a Phil.

—Por fin —gritó el Perseguidor— he llegado a tu madriguera. Ahora no podrás eludirme. Las indignidades que has acumulado sobre mi persona… tener que aprender tu atroz lenguaje para poder conversar contigo, mantenerme siempre cerca de ti, sin conseguir alcanzarte nunca, la hilaridad de mis amigos, que consideraban mi obsesión contigo como una total locura. Pero siempre huías, asustado de mí cuando no había nada que temer. Hablar contigo, eso era todo lo que deseaba.

—No tenía miedo de ti —replicó Phil—. ¿Por qué habría de tenerlo? Jamás hubieras podido ponerme la mano encima.

—¡Te has aferrado al exterior de una nave, cuando el acceso estaba cerrado desde dentro, para alejarte de mí! Has viajado en el vacío y el frío del espacio por librarte de mí. Has sobrevivido al frío y al espacio… ¿Qué clase de criatura eres?

—Sólo hice eso una vez —dijo Phil—, y no por escapar de ti. Quería ver qué impresión producía. Quería tocar el espacio interestelar, averiguar lo que era, pero jamás conseguí hacerlo. Y no tengo inconveniente en decirte que una vez que uno supera el asombro y el terror hay muy poca cosa en él. Antes de que la nave aterrizara, estaba a punto de morir de aburrimiento.

El Perseguidor era un bruto, pero algo en su persona hacía ver que era algo más que un simple bruto. De aspecto, era una especie de cruce entre un oso y un mono; pero tenía también algo de humano. Era una criatura peluda, y la ropa que llevaba puesta era más bien un arnés que ropa propiamente dicha, y su olor era tan pestilente que daban ganas de vomitar.

—Te perseguí durante años —aulló— para hacerte una simple pregunta. Dispuesto a pagarte si me dabas una respuesta adecuada. Pero tú siempre escapas de entre mis manos. Como mínimo te disuelves y desapareces. ¿Por qué hiciste eso, por qué no esperarme, por qué no hablarme? Me obligas a intrigar, me fuerzas a prepararte emboscadas. De una manera que deploro, muy mezquina y cara, me enteré de la posición de tu planeta y de la localización del lugar donde te albergas, de modo que pudiera venir a esperarte para atraparte en tu madriguera, pensando que incluso los que son como tú debían sin duda regresar a casa. Yo merodeo por los profundos bosques mientras espero y asusto a los habitantes de este lugar, sin desearlo, simplemente porque se tropiezan conmigo, y vigilo tu madriguera y te espero, viendo a este otro de ti y pensando que él eras tú, pero dándome cuenta tras la debida observación de que no era así. De modo que ahora…

—Alto ahí, un minuto —le interrumpió Phil—. No existe razón alguna para entrar en explicaciones.

—Pero tienes que explicarte, porque para aprehenderte me veo forzado a un truco muy retorcido por el que tengo gran vergüenza. No abierto ni correcto. No honesto. Aunque una cosa he deducido de mis observaciones. No eres más, estoy convencido, que una extensión de este otro.

—Y ahora —dijo Phil— quieres saber cómo fui hecho. ¿Es ésa la pregunta que quieres hacerme?

—Te agradezco tu aguda percepción —dijo el Perseguidor—, no forzarme a preguntar.

—Pero antes tengo que hacerte una pregunta a ti. Si pudiéramos explicarte cómo hacerlo, si pudiéramos explicártelo y tú pudieras utilizar esta información para tus propios fines, ¿cómo la utilizarías?

—No para mí —dijo el Perseguidor—. No para mí solo, sino para mi pueblo, para mi raza. Yo jamás te di el nombre de fantasma o aparecido. Sabía que había algo más que eso. Vi una habilidad que, utilizada correctamente…

—Por fin vamos acercándonos al meollo de la cuestión —dijo Phil—. Ahora háblanos de esa utilización.

—Mi raza —dijo el Perseguidor— se ocupa de muchas formas diferentes de arte, trabajando con herramientas primitivas y con mayor o menor habilidad, con materiales toscos que a menudo son reacios a tomar forma. Pero yo me digo a mí mismo que si cada uno de nosotros pudiera proyectar y utilizar a nuestros segundos yos como un medio para el arte, podríamos tomar el aspecto que deseáramos, creando formas artísticas altamente plásticas, que podrían ser trabajadas una u otra vez hasta llegar a la perfección. Y una vez perfeccionadas serían inmunes al tiempo y al pillaje…

—Sin pensar ni remotamente —dijo Phil— en su uso en otros terrenos. El robo, la guerra…

El Perseguidor dijo, con tono ofendido:

—Haces indignas afirmaciones acerca de mi noble raza.

—Lo lamento si es así —dijo Phil—, tal vez fuera poco delicado por mi parte. Y ahora, en cuanto a tu pregunta, simplemente no podemos contestarte. O al menos no creo que podamos. ¿Qué dices tú, Ed?

Lambert agitó la cabeza.

—Si lo que decís los dos es cierto, si Phil es realmente una extensión de mí mismo, entonces me veo en la necesidad de decirte que no tengo ni la más remota idea de cómo puede hacerse. Si es que yo lo hice, simplemente lo hice, eso fue todo. No hay ninguna manera en especial de hacerlo, ningún ritual que realizar. Ninguna técnica de la que yo sea consciente.

—Eso es ridículo —aulló el Perseguidor—, no me digas que no puedes darme indicación o pista alguna.

—Está bien —dijo Phil—, yo te diré cómo hacerlo. Cójase una especie y dénsele dos millones de años para evolucionar, y posiblemente puedan llegar a ello. Posiblemente, digo. No se puede tener la seguridad. Tendría que ser la especie adecuada, y tendría que experimentar el tipo adecuado de presión social y psicológica, y necesitaría tener el tipo adecuado de cerebro para responder ante ese tipo de presiones. Y si todo esto se diera, entonces, un día, un miembro de esa especie podría ser capaz de hacer lo que ha hecho Ed. Pero el que uno de ellos sea capaz de hacerlo no significa que otros lo sean. Puede no ser más que un talento excepcional, y puede no volver a darse más. Por lo que nosotros sabemos, jamás había ocurrido antes. Si ha ocurrido ha sido ocultado, al igual que Ed ha escondido su habilidad incluso de sí mismo, obligado a ocultársela por culpa del condicionamiento humano que haría inaceptable tal habilidad.

—Pero todos estos años —dijo el Perseguidor—, todos estos años te ha mantenido como eres. Eso parece…

—No —replicó Phil—, nada de eso en absoluto. No ha habido por su parte esfuerzo consciente alguno. Una vez me hubo creado, yo fui autosuficiente.

—Percibo que me dices la verdad —dijo el Perseguidor, tristemente—. Que no te guardas nada.

—¿Percibes? ¡Qué demonios! —dijo Phil—. Has leído nuestras mentes, eso es lo que has hecho. ¿Por qué, en lugar de perseguirme por toda la galaxia, no te limitaste a leer mi pensamiento hace ya muchos años, y hubieras acabado antes?

—No te estabas quieto —dijo el Perseguidor en tono de acusación—. Te negabas a hablar conmigo. Jamás sacaste esta cuestión a la superficie de tu mente para que tuviera ocasión de leerla.

—Lamento —dijo Phil—, que esto haya acabado así para ti. Pero hasta este momento, tienes que comprender que no podía hablar contigo. Tú haces que el juego resulte demasiado divertido. Había demasiado celo en él.

El Perseguidor dijo envaradamente:

—Me ves y piensas que soy un bruto. Lo soy a tus ojos. No ves a un hombre de honor, no a una criatura ética. No sabes nada de nosotros y no te podemos importar menos. Eres arrogante. Pero, por favor, créeme, en todo lo que ha pasado he actuado con honor de acuerdo con mis principios.

—Debes de estar cansado y hambriento —dijo Lambert—. ¿Puedes comer nuestra comida? Podría cocinar algo de jamón y unos huevos, y el café está aún caliente. Hay una cama para ti. Sería para mí un honor tenerte como nuestro invitado.

—Te agradezco tu confianza, tu aceptación de mi persona —dijo el Perseguidor—. Alegra… como decís vosotros… mi corazón. Pero mi misión ha terminado y debo marcharme. He desperdiciado demasiado tiempo. Tal vez, si pudierais ofrecerme algún transporte hasta el espaciopuerto…

—Eso es algo que no puedo hacer —dijo Lambert—. Verás, no tengo automóvil. Cuando necesito ir a alguna parte, consigo que me lleve algún vecino; en caso contrario, camino.

—Si tú puedes caminar, también puedo hacerlo yo —dijo el Perseguidor—. El espaciopuerto no está lejos. En uno o dos días encontraré alguna nave que vaya a salir.

—Me gustaría que pasaras aquí la noche —dijo Lambert—. Caminar en la oscuridad…

—La oscuridad es lo que más me conviene —dijo el Perseguidor—. Menos probable ser visto. Me da la impresión de que poca gente procedente de otras estrellas recorre esta campiña. No tengo ningún deseo de asustar a vuestros vecinos.

Se dio la vuelta bruscamente y entró en la cocina dirigiéndose a la puerta sin esperar a que Lambert se la abriera.

—Adiós, compañero —gritó Phil a sus espaldas.

El Perseguidor no contestó. Salió dando un portazo.

 

Cuando Lambert volvió al salón, Phil estaba en pie frente a la chimenea con los codos apoyados en la repisa.

—Sabes, por supuesto —dijo—, que tenemos un problema.

—No veo cuál —dijo Lambert—. Te quedarás aquí, ¿no? No volverás a irte. Ambos empezamos a hacernos viejos.

—Si eso es lo que deseas. Podría desaparecer, extinguirme a mí mismo, como si nunca hubiera existido. Tal vez eso fuera lo mejor, lo más cómodo para ti. Podría ser molesto tenerme por los alrededores. No como ni duermo. Puedo lograr una solidez satisfactoria, pero sólo haciendo un esfuerzo y sólo momentáneamente. Tengo a mi disposición suficiente energía para hacer ciertas labores, pero no para largo plazo.

—He tenido un hermano durante mucho, mucho tiempo —dijo Lambert—. Así es como quiero seguir. Después de todo este tiempo no me gustaría perderte.

Echó un vistazo al bargueño y vio que los recuerdos que Phil había traído de sus otros viajes estaban aún sólidamente en su sitio.

Echando la vista atrás, podía ver como si hubiera ocurrido ayer, desde la puerta del pajar, a Phil caminando con paso pesado carretera abajo, a través del velo gris de la llovizna.

—¿Por qué no te sientas y me cuentas —dijo— aquel incidente que tuviste en el sistema Coonskin? Ya me enteré en su momento, por supuesto, pero jamás llegué a comprenderlo del todo.