INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta Campbell. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Campbell. Mostrar todas las entradas

El Hueco - Ramsey Campbell

 

Tate estaba encajando un pájaro en el cielo cuando oyó el coche. Se apresuró hacia la ventana. La luz del sol se reflejó en los coches, una doble gargantilla allá en la distante carretera principal; las nubes se habían transformado sobre las colinas, juntando el cielo. 

Sí, eran los Dewhurst: podía verles, apretados en el asiento delantero de su Fiat mientras éste penetraba en el camino particular. Sobre su mesa, fragmentos de nubes estaban esparcidos en tomo al rompecabezas. No esperaba a los Dewhurst hasta dentro de una hora. Miró todas las piezas aún por colocar y luego, resignado, se dirigió a la escalera.

En el tiempo que necesitó para bajar las escaleras y abrir la puerta principal, los otros habían salido ya del coche. Los botones de la chaqueta de David reflejaban varios colores entrelazados. A continuación apareció su esposa Dottie: su auténtico nombre era Carla, pero creían que Dave y Dottie formaban una combinación más atractiva en las portadas de los libros; idea con la que parecían estar de acuerdo millones de lectores. 

Su apariencia era la de la típica turista norteamericana de las caricaturas: pantalones abultados como salchichas, pelo cuidadosamente plateado. A veces Tate deseaba que su ojo de escritor estuviera menos opresivamente alerta a los detalles reveladores.

Dewhurst hizo un gesto hacia su coche, como un prestidigitador desvelando una sorpresa.

—Y aquí están nuestros amigos que te prometimos.

¿Había habido una promesa? Aquello parecía más bien un efecto secundario de su invitación a los Dewhurst. ¿Y cuándo su amigo se había convertido en plural? De todos modos, Tate se sentía incapaz de experimentar mucho resentimiento; estaba demasiado saciado por el hecho de haber terminado su novela sobre brujería.

El rostro agresivamente huesudo del joven estaba rematado por un pelo tan corto como el césped; el rostro de la muchacha tenía casi el color y la textura de la tiza.

—Éste es Don Skelton —dijo Dewhurst—. Don, Lionel Tate. Supongo que los dos tendréis mucho de qué hablar; estáis en el mismo campo. Y ésta es la amiga de Don, esto...

Skelton miró a la enorme y antigua villa como si no pudiera creer que se suponía que debía sentirse impresionado.

Dejó que la muchacha llevara su maleta hasta arriba, y ella se negó a dársela a Tate cuando éste protestó.

—Ésta es su habitación —dijo Tate a Skelton, y se sintió como un casero desaprobador—. No tenía la menor idea que no iba a venir solo.

—No se preocupe, haré sitio para ella.

Si la muchacha hubiera sido más atractiva, si su enmarañado pelo hubiera sido menos inerte y su rostro menos ansioso, ¿hubiera envidiado a Skelton?

—Tomaremos un cóctel antes de ir a cenar, si le apetece —dijo a la puerta cerrada.

El rompecabezas le ayudó a relajarse. El atardecer penetró en la casa, las sombras se hicieron más intensas en el interior de las grandes ventanas. La mesa relucía oscura en el último hueco del rompecabezas, entonces colocó la pieza en su lugar. ¿Hubo un eco de aquel ruido detrás de él? Se volvió, pero nadie estaba observándole.

Mientras se afeitaba en uno de los cuatro de baño oyó a alguien bajar las escaleras. Buen Dios, no era un anfitrión muy eficiente. Se apresuró, terminando el nudo de su corbata justo cuando alcanzaba el salón, pero se tranquilizó cuando vio que allí tan sólo estaban Skelton y la muchacha. Al menos ella llevaba ahora algo parecido a un traje de tarde; la parte superior de su pálido pecho estaba salpicado de pecas.

—Generalmente nos cambiamos para la cena —dijo Tate.

Skelton alzó sus hundidos hombros.

—Está bien.

El alcohol hizo a Skelton más hablador.

—Tendré algo como esto en algún lugar —dijo, mirando a la habitación victoriana con muebles de caoba tallada. Y tras una calculada pausa añadió—: Pero mejor.

Tate hizo un último esfuerzo por conectar con él.

—Me temo que no he leído nada suyo.

—Pronto no habrá mucha gente capaz de decir lo mismo. —Sonaba extrañamente amenazador. Rebuscó en su maletín y extrajo un libro—. Le daré algo para que lo conserve.

Tate observó cajas talladas, una cámara, un pequeño destello redondo que le provocó una indefinible punzada de aprensión, antes de que el maletín volviera a cerrarse. Unas letras plateadas brillaron en el libro de bolsillo, tan negro y lustroso como el carbón: La senda negra.

Una virgen estaba siendo mutilada, contemplada perversamente desde encima por la elegante prosa. Tate buscó alguna pregunta que no sonara insultante. Finalmente consiguió decir:

—¿Cuáles son sus temas?

—La autobiografía.

Quizá Skelton fuera uno de esos escritores de lo macabro que necesitan bromear defensivamente acerca de su obra, puesto que los Dewhurst estaban riendo.

La cena en el mesón fue para crispar los nervios. La luz de las velas hacía que la comida brincara incansablemente en los platos, los camareros aparecían bajo las inclinadas y bajas vigas del techo arrojando sus vagas sombras sobre las mesas. 

Los Dewhurst se alegraron pronto, pero no consiguieron arrastrar a la muchacha a la conversación. Mientras un camarero dirigía a las ropas de Skelton una marchita mirada, éste preguntó a Tate:

—¿Cree usted en la brujería?

—Bueno, he tenido que efectuar una minuciosa investigación para mi libro. Alguna de las cosas que he leído me ha hecho pensar.

—No —dijo Skelton impacientemente—. ¿Cree usted en ella... como una forma de vida?

—Cielos, no. Por supuesto que no.

—Entonces, ¿por qué malgasta su tiempo escribiendo sobre ella? —Estaba observando aún al camarero desaprobador. ¿Era la luz de las velas la que hacía que sus labios se crisparan?—. Va a dejar caer eso —dijo.

La sombra del camarero pareció perder su equilibrio antes que él. Su bandeja llena de comida se estrelló contra una mesa. La vela se rompió, llameando; la luz osciló en las vigas de roble. Cera fundida salpicó toda la chaqueta del camarero, la comida caliente saltó a su rostro.

—Usted es un escritor —dijo Skelton, ignorando la conmoción—, pero no tiene ni idea del poder de las palabras. Quedamos muy pocos que lo sepamos. —Sonrió mientras otros camareros se llevaban a su compañero lastimado—. Entienda, las palabras son sólo una parte. La ciencia no nos ha robado el poder, nos ha proporcionado más herramientas. Teléfonos, cámaras..., tantas formas de anunciar el poder.

Obviamente estaba bebido. Los Dewhurst le contemplaban como si fuera su hijo preferido, aunque en cierto modo incontrolable. Tate se sintió feliz de volver a casa. Las luces brillaban a través de las ventanas, encantamientos contra los ladrones; la muchacha se apresuró hacia ellas, delante del resto del grupo. Skelton se demoró, feliz con la oscuridad.

Después de que sus huéspedes se hubieran ido a la cama, Tate se llevó el libro de Skelton escaleras arriba. El desdén de Skelton había apresurado las dudas que siempre sentía cuando terminaba un nuevo libro. Vería qué tipo de logros tenía Skelton que ofrecer, puesto que parecía tan orgulloso de sí mismo.

No había llegado ni a la mitad del libro cuando lo arrojó al otro lado de la habitación. El narrador había buscado perversiones, tomado todas las drogas disponibles, probado la mayoría de los crímenes en la búsqueda de su poder, su pasatiempo preferido era el robo, y la mayoría de las escenas eran pornográficas. De modo que esto era autobiográfico, ¿eh? Algunas drogas podían explicar el estado de la silenciosa muchacha.

Los ojos de Tate estaban sensibilizados por noches de revisión y mecanografiado. Mientras leía La senda negra, las paredes parecieron oscilar y adelantarse, los muebles habían flexionado sus patas. Necesitaba dormir, no la basura de Skelton.

Lo despertó el amanecer. Oh Dios, sabía qué era lo que había visto brillar en el maletín de Skelton... Un ojo. Seguro que se trataba de un sueño, nacido de una imagen particularmente desagradable del libro. Intentó volverle la espalda a la imagen, pero no pudo dormirse de nuevo. 

Atisbos desagradables lo mantuvieron despierto: su propia novela con una brillante portada negra, sus amigos rechazándole, su incrédulo disgusto volviendo a leer su propio libro. ¿Podía su libro ser acusado de los pecados de Skelton? Nunca antes se había sentido tan inseguro acerca de su trabajo.

Sólo había una forma de tranquilizarse a sí mismo, o convencerse de sus temores. Echándose una bata por encima, pasó por delante de la hilera de cerradas puertas hacia su estudio. ¿Podía volver a leer toda su novela antes del desayuno? Las largas sombras de la mañana se iban acortando imperceptiblemente. La de una mujer brotaba de las abiertas puertas de su estudio.

¿Tan pronto había venido su asistenta? Al cabo de un instante se dio cuenta de que había sido tan absurdamente confiado como los Dewhurst. La muchacha silenciosa estaba de pie justo al otro lado del umbral. Como guardiana era un fracaso, porque Tate tuvo tiempo de ver a Skelton junto a su escritorio, reuniendo páginas del manuscrito de su novela.

La muchacha empezó a chillar, un gimiente sonido desigual que parecía no necesitar hacer acopio de aire. Aunque era tan perturbador como la sirena de un coche de la policía, Tate mantuvo su mirada fija en Skelton.

—Salga de ahí —dijo.

Una sospecha lo atenazó.

—No, lo he pensado mejor... quédese donde está.

Skelton se mantuvo inmóvil, con una expresión apenada, como la víctima de un ineficiente detective de almacén, mientras Tate se aseguraba de que todas las páginas estaban aún sobre su escritorio. Aquellas que Skelton había seleccionado eran las mejor documentadas. De modo intolerable, aquello era un tributo.

Los Dewhurst aparecieron, parpadeando mientras se envolvían en sendas batas.

—¿Qué demonios ocurre? —preguntó Carla.

—Vuestro amigo es un ladrón.

—Oh, vamos —protestó Dewhurst—. ¿Sólo por lo que dijo acerca de este libro? No te creas todo lo que dice.

—Te aconsejo que elijas más cuidadosamente a tus amigos.

—Creo que somos perfectamente aptos para juzgar a la gente. ¿Qué otra cosa crees que hace que nuestros libros tengan tanto éxito?

Tate estaba demasiado furioso como para contenerse.

—Una competente técnica, un ingenio de cuarto grado, una fe ingenua en la gente y una promesa de vida después de la muerte. Vendéis a vuestros lectores lo que ellos desean... Todo menos la verdad.

Contempló cómo se marchaban apresuradamente. La muchacha aún estaba produciendo aquel sonido, algo entre el jadeo y el lamento, mientras bajaba penosamente la maleta. No la ayudó. Mientras se metían en el coche, tan sólo Skelton le dirigió una mirada. Su sonrisa parecía casi cálida, ciertamente complacida. Tate la encontró insufrible, y miró hacia otro lado.

Cuando se hubieron ido y la humareda del tubo de escape se hubo disipado, releyó de nuevo toda su novela. Parecía inteligente y nada sensacionalista... Por encima de lo habitual. Esperaba que sus editores pensaran así también. ¿Cómo se leería una vez impresa?

Nunca le satisfacían entonces..., pero él era su lector menos importante.

¿Debería haber llamado a la policía? Ahora parecía trivial. Lástima por los Dewhurst... Aunque si eran tan estúpidos, resultaba mejor librarse de ellos. La policía ya se encargaría de Skelton si había hecho todo aquello de lo que se vanagloriaba en su libro.

Después de comer, Tate paseó hacia las colinas. Las laderas resplandecían con su verdor, e incontables llamaradas de hierba se agitaban suavemente. Las nubes ponían polvo en el horizonte. Se tendió, gozando de la paz del cielo. Al anochecer, el enorme vacío de la casa fue relajante. Tras cenar en el mesón, regresó paseando, negándose a mirar hacia las furtivas formas que se movían y susurraban a su lado.

Durmió bien. ¿Por qué le sorprendió eso al despertar? El correo le aguardaba al extremo de su cama, colocado allí suavemente por su asistenta. El sobre con las franjas azules y rojas era de su agente en Nueva York...Una nueva venta en América para una edición de bolsillo. Estupendo. ¿Qué más? Una factura asomándose por su ventanilla de celofán, otra circular y una resonante caja de cartón envuelta en papel marrón.

Su dirección estaba anónimamente escrita a máquina sobre la caja; no había remitente. Su contenido se desplazaba libremente en su interior, una ola de cascotes. Finalmente rasgó el envoltorio. Cuando abrió la caja sin ninguna identificación, el contenido se esparció ante él y confirmó lo que sospechaba: un rompecabezas.

¿Era una ofrenda de paz de los Dewhurst? Habían elegido uno sin foto en la tapa porque quizá pensaban que así disfrutaría más con la dificultad. Y, efectivamente, así era. Deshizo el paisaje de cielo y bosques que había sobre la mesa y metió las piezas en su caja. Al otro lado de la ventana, árboles y nubes se agitaron.

Empezó a montar la esquina del rompecabezas. Ah, era la cuarta esquina. Una cálida brisa agitó las cortinas hacia dentro. Tras él, la puerta se abrió unos centímetros al vacío de la casa.

El mediodía había barrido la mayor parte de las sombras de la habitación cuando hubo compuesto el borde. La mayor parte de los mezclados fragmentos eran de un color marrón lustroso, como el barnizado de un mueble, pero había una figura humana... No. Dos. Las ensambló parcialmente —una iba vestida con un temo, la otra con un traje de dril—, luego bajó para comer la ensalada de verduras que su asistenta le había preparado.

El rompecabezas había puesto en acción su mente para pensar en las posibilidades de todo aquello. ¿Una historia de rivalidad entre autores...? ¿Una historia de asesinato? ¿Dos colaboradores, uno de los cuales se vuelve resentido, celoso, determinado a conseguir la fama para sí? Pero no podía imaginar a nadie colaborando con Skelton. Guardó la idea en la parte de atrás de su mente para un posterior uso.

Volvió a subir las escaleras. ¿Qué estaba haciendo su asistenta? ¿Había barrido el rompecabezas fuera de la mesa? No, por supuesto: se había marchado a casa hacía horas... Tan sólo se trataba de la sombra de un árbol agitándose en el suelo.

Las incompletas figuras aguardaban. El ojo de una pieza le contemplaba desde la mesa. No debería montar las secciones fáciles primero. Seguramente debía haber puntos en los cuales podía ir montándolo hacia adentro a partir del borde. Sí, ahí había uno: la pata de algo, probablemente un mueble... Inmediatamente vio otras tres piezas. Era una vitrina tipo imperio. La sombra de una nube se arrastró hacia él.

Las conexiones se iban haciendo claras. Alcanzó el estadio en el que su subconsciente dirigía su atención hacia las piezas apropiadas. La habitación iba encajando: una estantería de nogal, una mesa de caoba, una rinconera. Cuando la sombra se inclinó hacia él, tuvo un sobresalto y esparció algunas piezas. Debía de tratarse de un árbol al otro lado de la ventana... No se necesitaba mucho para ponerle nervioso ahora: había reconocido la habitación en el rompecabezas.

¿Debía desmontarlo sin terminar? Eso sería como admitir que le había inquietado. Absurdo. Colocó la figura con el temo en su lugar sobre la mesa. Antes de acabar de componer el rostro, con su único ojo de perfil, pudo ver que la figura era él mismo.

Se detuvo a punto de terminar el rompecabezas, y se volvió para mirar detrás de él. ¿Cuándo había sido tomada la fotografía? ¿Cuándo se había deslizado tras él la figura vestida con un traje de dril, sin ser oída? Resistiéndose con irritación a una urgencia de mirar por encima de su hombro, puso de golpe la figura en su lugar y colocó en su sitio las últimas piezas.

Quizá era Skelton: sus trajes estaban lo suficientemente deshilachados y manchados. Pero todas las piezas que hubieran compuesto el rostro faltaban. La luz que se reflejaba en el hueco sobre la mesa proporcionaba como rostro a la figura un pálido y plano resplandor.

—¡Malditas tonterías!

Dio media vuelta rápidamente, pero allí sólo había la entreabierta puerta arrojando su sombra encima de la moqueta. Skelton debía de haber superpuesto la figura; no había la menor duda de que había disfrutado haciéndola aparecer amenazadora..., inclinada ansiosamente hacia delante, las manos tendidas. ¿Había pretendido dejar un hueco allá donde debía estar su rostro, a fin de oscurecer sus intenciones?

Tate sostuvo la caja como un cubo de la basura, y barrió dentro de ella el desintegrado rompecabezas. El sonido detrás de él no fue más que el eco de su caída. Se negó a volverse. Dejó la caja sobre la mesa. ¿Debía mostrársela a los Dewhurst? Sin duda se alzarían de hombros considerándolo una broma... Realmente, era ridículo tomárselo siquiera un poco en serio.

Se dirigió al mesón. Debía hacer que su asistenta le preparara la cena más a menudo. Se anticipaba... porque tenía hambre, eso era todo. ¿Por qué deseaba estar de vuelta a casa antes de que oscureciese? En el sendero, parte de un insecto se contorsionaba.

En el mesón había una gran fiesta. Tuvo que aguardar, en una mesa apenas más grande que un taburete. Camareros y clientes, sus rostros oscurecidos, le rodeaban. Se dio cuenta de que estaba observando compulsivamente cada vez que la luz de una vela iluminaba un rostro. Cuando finalmente volvió a casa, su mente estaba murmurando a las inquietantes formas de ambos lados del sendero: marchaos, marchaos.

Un lejano coche parpadeó y desapareció. Las luces de su casa eran las únicas que podían verse. Parecían menos acogedoras que perdidas en la noche. No, su asistenta no estaba. Que le condenaran si iba a registrar todas las habitaciones para asegurarse. La presencia que sentía era tan sólo el calor, desparramándose por toda la casa. Cuando se sintió cansado de su esfuerzo por intentar leer, el calor se fue a la cama con él.

Finalmente lo despertó. El amanecer convertía la habitación en un apunte al carbón. Se sentó en la cama, presa del pánico. Nada estaba observándole desde los pies de la cama, lo cual era en cierto modo el problema: más allá de la cama, una ausencia flotaba en el aire. Cuando se alzó, vio que estaba colgada de los hombros. La figura, con un traje de dril, avanzó rápidamente a tientas en torno a la cama. Cuando se abatió sobre él, sus manos se alzaron, ágiles y ansiosas, como una varita mágica.

Gritó, y la luz fue borrada de sus ojos. Permaneció tendido, temblando, en una absoluta oscuridad. ¿Seguía aún dormido? Gradualmente, un atisbo de la habitación empezó a formarse a su alrededor, como si estuviera surgiendo de entre la niebla. Sólo entonces se atrevió a encender la luz. Aguardó a la llegada del amanecer antes de volver a dormirse.

Cuando oyó pasos abajo, se levantó. Era idiota pasar las horas rumiando acerca de un sueño. Antes de hacer nada más debía librarse de aquel odioso rompecabezas. Se dirigió apresuradamente a su habitación y se detuvo vacilante. La luz del sol inundaba la vacía mesa.

Llamó a su asistenta.

—¿Ha quitado usted una caja de ahí?

—No, señor Tate. —Cuando él frunció el ceño, insatisfecho, añadió altaneramente—: Por supuesto que no.

Parecía nerviosa. ¿A causa de su desconfianza o a causa de que estaba mintiendo? Debía de haber tirado la caja por error y ahora temía ser reprendida; hacerle más preguntas no conseguiría más que disgustarla.

La evitó durante toda la mañana, aunque los ruidos que hacía por las otras habitaciones le molestaban, del mismo modo que los ocasionales atisbos de su sombra. ¿Por qué sentía la tentación de pedirle que se quedara? Era absurdo. Cuando ella se fue, se sintió contento de poder oír la soledad de la casa.

Gradualmente, su placer se desvaneció. La casa, cálidamente iluminada por el sol, parecía demasiado brillante, incluso expectante, como un escenario aguardando un primer acto. También él estaba escuchando, pero menos para absorber el silencio que para penetrar en él. ¿En busca de qué? Vagó sin rumbo fijo. Su compulsión de mirar por todos los rincones le enfurecía. Nunca se había dado cuenta de la cantidad de sombras que contenía cada habitación.

Después de comer, luchó por empezar a organizar sus ideas para el próximo libro, al menos en líneas generales. Pero era demasiado pronto después del último. Su mente parecía tan vacía como la casa. ¿En cuál de ellas había una sensación de intrusión, de paciente y distante acechanza? No, por supuesto que su asistenta no había regresado. La luz del sol se escapaba de la casa, dejando un congelado residuo de calor. Las sombras se arrastraban imperceptiblemente.

Necesitaba un film absorbente. El de Bergman en el Academy. Iría ahora y cenaría en Londres. Impulsivamente, se metió La senda negra en el bolsillo, para sacarla de la casa. El sonido de la puerta delantera al cerrarse resonó en mil ecos por las vacías habitaciones. Desde los árboles y las paredes y los arbustos se extendían las sombras, sus siluetas se agitaban al mismo ritmo inquieto de la hierba. Un pájaro se alzó zigzagueando del suelo, con algo colgando en su boca.

¿No había nadie en la estación del ferrocarril? Finalmente, un taciturno y demacrado hombre respondió a sus golpes en la ventanilla de los billetes. Mientras pagaba, Tate se dio cuenta de que se había dejado llevar por sus dudas durante todo el trayecto desde su casa hasta allí. Al parecer, todo aquello eran secuelas de escribir obras fantásticas de ficción.

Esta conclusión le hizo sentirse vulnerable. Caminó arriba y abajo por la corta plataforma. Un lecho de flores componía el nombre de la estación, y unas cuantas farolas tendían hacia delante sus deslustradas cabezas luminosas. Estaba solo, a excepción de un hombre sentado en la sala de espera al otro lado de la plataforma. La ventana estaba llena de polvo, y la brillante imagen de las nubes se reflejaba en el cristal. No podía distinguir el rostro del hombre. ¿Por qué deseaba distinguirlo?

El tren llegó a marcha lenta. Llevaba pocos pasajeros, como las últimas exhibiciones de un maltrecho museo de cera. Las estaciones pasaron, mostrando plataformas vacías. Los campos se extendían interminables hacia la menguante luz.

A cada estación, el tren se detenía esperando recoger pasajeros, pero siempre partía decepcionado... Hasta que, justo antes de llegar a Londres, Tate vio a un hombre avanzando a largas zancadas para alcanzarlo. ¿En qué plataforma? Tan sólo podía ver el reflejo del hombre: ropas azuladas, rostro impreciso. El vacío vagón crujía a su alrededor; el metal vibraba bajo sus pies. Aunque el tren estaba ganando velocidad, el hombre mantenía su ritmo, y seguía avanzando tan sólo a largas zancadas; no parecía sentir la necesidad de correr. Buen Dios, ¿cuál era la longitud de sus piernas? Una repentina explosión de follaje llenó la ventanilla. Cuando desapareció, el hombre ya no estaba.

La estación de Charing Cross estaba hormigueante, como siempre, y una resonante voz decía algo a través de los altavoces. Mientras Tate salía apresuradamente, sorteando un pequeño tren de carretillas, unas letras plateadas llamearon hacia él desde el kiosco de libros y revistas: La senda negra. Y también allí, en otro lado, en un exhibidor especial: La senda negra. Sería una justa ironía si alguien los robaba. De la gente que le rodeaba, varios llevaban traje de dril.

Comió un curry en el Wampo Egg de Charing Cross Road. Conocía otros restaurantes mejores por los alrededores, pero estaban en calles laterales; prefería permanecer en la calle principal..., no importaba el porqué. Siluetas vestidas de dril contemplaban el menú en el escaparate. El menú tapaba sus rostros.

Pasó de largo ante la estación de Leicester Square. No deseaba bajar a aquella oscuridad donde los trenes se enterraban, resonando metálicamente. Además, tenía tiempo para pasear; era una tarde agradable. Los colores de las librerías eran relajantes.

Vio libros suyos en un par de tiendas, lo cual era reconfortante. Pero el título de Skelton resplandecía en el escaparate de Book-smith's. ¿Había un hueco junto a él en el exhibidor? No, era el reflejo de un callejón, del cual estaba surgiendo ahora una silueta. Tate se volvió y localizó el callejón, pero la silueta debía de haberse apartado a un lado.

Siguió hacia Oxford Street. El libro de Skelton estaba allí también, en Claude Gill's. Más allá, entre las sombras de la acera opuesta, una figura vestida de dril espiaba. Tate se volvió, pero un autobús cruzó la calle, bloqueando su visión. Evidentemente, había muchos transeúntes llevando trajes de dril.

Cuando llegó junto al cine Academy había vislumbrado aquella figura varias veces, reflejándose en las lunas de los escaparates y, más frustrante aún, siguiéndole el paso por la acera opuesta, en el límite de su ángulo de visión. Caminó más allá del cine, pensando en cuántos rostros sería incapaz de ver en la oscuridad.

Dirigiéndose instintivamente hacia las luces más brillantes, bajó por Poland Street. El anochecer había alcanzado ya las estrechas calles del Soho, despertando a las luces de neón. SEX SHOP. AYUDAS SEXUALES. FILMS ESCANDINAVOS. Las tiendas estaban pegadas unas a otras, una hilera de competidores codo contra codo. En un escaparate iluminado por un enfermizo neón, entre El placer por la esclavitud y Novedades en caucho, vio el libro de Skelton.

Peatones y coches inundaban las calles. Mirara hacia donde mirara, Tate siempre entreveía una figura vestida de dril en la otra acera. Por supuesto, no necesitaba ser la misma todas las veces... Era imposible decirlo, porque nunca podía vislumbrar su rostro. Nunca se había llegado a dar cuenta de cuántos rostros es uno incapaz de ver en una multitud. Se había dirigido hacia aquellas calles precisamente para estar entre la gente.

Realmente, era absurdo. Se había permitido ir hacia todas aquellas miserables librerías en busca de compañía, como un fugitivo de Edgar Allan Poe... ¿Y por qué? ¿Una conversación idiota, un rompecabezas igualmente estúpido, unos pocos atisbos inconcretos? 

Aquello probaba que las maldiciones podían funcionar en la imaginación... pero, cielos, ésa no era razón para sentirse aprensivo. Y, sin embargo, se sentía así, porque detrás de los transeúntes pintados de neón había una figura moviéndose como un cazador, al acecho, cerca de la pared. El miedo de Tate tenía sabor a curry.

Muy bien, su perseguidor existía. Eso podía ser explicado a través de la realidad: era Skelton, escondiéndose. ¡Qué fácilmente encajaban entre sí esas palabras! Skelton debía de haberle visto contemplando La senda oscura en el escaparate. Era propio de Skelton pasear por ahí admirando su propia obra en los exhibidores. Seguramente decidió perseguir a Tate, ponerlo un poco nervioso.

En cuanto entreviera el rostro de Skelton, saltaría hacia él. Bruscamente cruzó la calle, aprovechando un hueco en la secuencia de coches. Las imágenes de neón, mezcladas con las otras imágenes provocadas por el neón, danzaron tras sus párpados. 

¿Dónde estaba el maldito remolón? ¿Se había metido en alguna tienda? Por un momento Tate lo había visto, en la acera que en este momento ocupaba él. Pero cuando la visión de Tate se liberó de imágenes accidentales, el rostro se había confundido entre la multitud.

Tate cruzó de nuevo la calle, con el mismo resultado. Así que Skelton estaba jugando al escondite, ¿eh? Bien, Tate también podía jugar a lo mismo. Se metió en una tienda. Un jadeo amplificado resonaba rítmicamente al otro lado de una puerta interior.

—El film de porno duro acaba de empezar, señor —dijo el hindú que estaba detrás del mostrador.

Varios hombres, algunos de ellos vistiendo de dril, estaban de pie junto a las estanterías de las revistas. Ninguno de sus rostros era visible para Tate.

Estaba comportándose ridículamente... y eso lo asustaba: había permitido que sus defensas fueran abatidas. ¿Cuánto tiempo pretendía sumirse en aquella absurda persecución? ¿Cómo podía poner fin a aquello?

Miró hacia afuera de la tienda. Los transeúntes le devolvieron la mirada, como si estuviera incitándoles. Las aceras se retorcían, incesantemente agitadas por los neones. La batalla de luces sacudía las sombras de la multitud. Los rostros brillaban verdes, ardían rojos.

Si tan sólo pudiera descubrir a Skelton... ¿Qué haría entonces? Cerca de la puerta donde se encontraba había un callejón vacío, excepto por la oscuridad. En su otro extremo brillaba otra calle. Podía cruzar aquel callejón y eludir a su perseguidor. Quizá encontrara algún policía; eso le enseñaría a Skelton... Aquello ya iba mucho más allá de una broma.

Allí estaba Skelton, atisbando desde un oscuro portal casi frente a él. Tate hizo como si saliera en su persecución, e inmediatamente la figura se escabulló tras un grupo de peatones. Tate echó a correr por el callejón.

Sus pisadas resonaron en las paredes. Más allá de la angosta salida al otro lado, las figuras pasaban como las coristas de un espectáculo. Una pared rozó contra su hombro; un bulto invisible golpeaba repetidamente contra su costado. Era La senda negra, aún metido en su bolsillo. Lo tiró rabiosamente. Se enredó entre sus pies en la oscuridad hasta que le lanzó una patada y oyó partirse el lomo. Al fin libre.

Estaba a medio camino del callejón, donde la oscuridad era más intensa, y miró hacia atrás para confirmar que nadie le había seguido. Vacilando ligeramente, volvió la vista hacia delante, y las manos de la figura que había ante él lo sujetaron por los hombros.

Retrocedió jadeando y la pared golpeó contra sus omoplatos. La oscuridad era absoluta frente a él, pero sintió el otro cuerpo apretándose contra el suyo, el empuje de la invisible cabeza contra él, y su cara recibió una impresión helada; no podía distinguir la forma de lo que la tocaba. Luego el contacto desapareció y sólo hubo silencio.

Permaneció de pie, temblando. Sus manos colgaban a los costados, como si temieran moverse. Comprendía por qué no lograba ver nada —no había luz tan al fondo en el callejón—, pero... ¿por qué no podía oír? Incluso el sabor a curry había desaparecido. Su cabeza parecía como anestesiada, y en cierto modo incorpórea. Se dio cuenta de que no se atrevía a volverla para mirar a ninguno de los dos extremos iluminados. Lentamente, con temor, sus manos tantearon hacia arriba, hacia su rostro.

 

En el sótano - Ramsey Campbell

Arriba, en algún lugar, usted oye a su esposa y al joven conversando. Hace un esfuerzo para subir, sus músculos temblándole como el agua, y consigue llegar en equilibrio inestable al siguiente escalón.

      Deben pensar que han terminado con usted. Ni siquiera se han molestado en cerrar la puerta del sótano, y usted intenta llegar a la línea de luz oscilante a través de la abertura. Cualquier otro, excepto usted, estaña muerto. El joven debe de haberle transportado desde el laboratorio y arrojado al sótano escaleras abajo. Allí, sobre las losas polvorientas, ha recobrado el conocimiento. Todavía tiene la sensación de que en su mejilla izquierda, la que golpeó contra el suelo, han introducido una placa rígida en la carne. Descansa en el escalón al que ha llegado y escucha.

      Ahora guardan silencio. Debe de ser de noche, ya que han encendido la lámpara del pasillo, cuya luz penetra en el sótano. No pueden abandonar la casa hasta mañana, por lo menos. Usted sólo puede conjeturar lo que hacen ahora, solos en la casa, pensando. Sus labios ateridos se abren de nuevo al sonreír. Que disfruten mientras puedan.

      El joven no le ha dejado muchos músculos utilizables. El suyo ha sido un trabajo a fondo. No es de extrañar que se sientan seguros. Ahora usted tiene que concentrarse en los músculos que todavía le funcionan. Balanceándose, consigue elevarse momentáneamente hasta una posición desde la que pueda alcanzar el siguiente escalón más alto. Vuelve a concentrarse y, empujando con músculos que casi había olvidado que poseía, consigue subir otro escalón.

      Maniobra hasta que queda en posición vertical. Así hay menos riesgo de que pierda un momento el equilibrio y caiga rodando al suelo del sótano desde donde, hace ya horas, empezó a subir. Entonces descansa. Sólo quedan seis escalones más.

      Nuevamente se pregunta cómo se han conocido. Naturalmente, usted debería haber sabido lo que ocurría, pero su trabajo le importaba más que nada y no podía dedicar ningún tiempo a vigilar a la mujer con la que se había casado. Debió de haberse dado cuenta de que cuando ella iba al pueblo conocería gente y no estaría tan silenciosa como en casa. Pero su habitación podría hallarse tan lejos de la de usted como el pueblo lo está de la casa; usted apenas pensaba en quienes vivían en uno y otro lugar.

      No es que se culpe a sí mismo. Cuando usted la conoció —en la ciudad donde cursaba sus estudios universitarios— creyó que ella comprendía la importancia de su trabajo. No fue como si usted intentara engañarla. Sólo cuando ella trató de apartarle de su trabajo, tanto para su propia gratificación como porque le asustaba, usted se aisló de su compañía tras una barrera de silencio.

      Puede oír sus voces de nuevo. Están en el primer piso. No sabe si están celebrando lo que han hecho o consolándose mutuamente porque empiezan a sentirse culpables. No importa. Lo importante es que él no haya cerrado la puerta del laboratorio cuando regresó del sótano. Si está cerrada, usted nunca podrá abrirla. Y si no puede entrar en el laboratorio, él le habrá matado, después de todo. Se levanta, los músculos se estremecen con el esfuerzo, su mejilla aprieta la madera del escalón. No descansará hasta que pueda ver la puerta del laboratorio.

      Está llegando al último escalón cuando resbala. Su mejilla cae sobre la madera y se desliza hacia atrás. Usted agarra el escalón de madera con la boca y siente que se le alojan astillas entre los dientes. Su cuello ha rozado el escalón inferior, pero ha perdido toda sensación, excepto un dolor que va desvaneciéndose lentamente. Sólo sus mandíbulas le impiden caer allá donde empezó a subir, y le laten como si clavaran clavos a través de sus articulaciones con golpes bien medidos. Las aprieta más, sintiendo un intenso dolor, y luego se da impulso para ascender al último escalón. Allí se balancea un poco, pero luego se encuentra seguro.

      Sin embargo, aún no descansa. Avanza paulatinamente y se yergue a fin de atisbar fuera del sótano. El contorno de la puerta del laboratorio se ondula ligeramente con la oscilación de la lámpara. Se le ocurre pensar que han encendido la lámpara porque usted les aterra, ahí tendido, muerto, más allá de la escalera principal... como ella cree. Usted se ríe en silencio. Puede permitírselo. Cuando la llama deja de oscilar, puede ver la puerta del laboratorio destacándose en la oscuridad.

      Escucha las voces en el piso de arriba y descansa. Usted sabe que él es carnicero, porque una vez ayudó a uno de los criados a llevar la carne desde el pueblo. En cualquier caso, podría haber adivinado su profesión por lo que le ha hecho. Todavía le asombra que ella haya podido juntarse con una persona así. Por lo poco que sabía de la gente del pueblo, estaba encantado de que siempre evitasen la casa.

      Recuerda el día en que el nuevo párroco visitó la casa. Usted le dio cuenta de que había oído los rumores más extravagantes sobre sus experimentos que corrían por el pueblo. Estaba sorprendido de que no intentaran mantenerle a raya con una cruz. Cuando el sacerdote descubrió que usted podía acorralarle discutiendo su teología, se marchó, con una sonrisa sesgada en los labios. Intentó persuadirles a los dos de que asistieran a la iglesia, pero su esposa permaneció sentada en silencio durante toda la visita. 

    Fue entonces cuando usted decidió confiar en ella para que fuera al pueblo. Despidió a los criados, pero se dijo a sí mismo que sería menos probable que ella hablara. Ahora sonríe ferozmente. Si hubiera sido tan descuidado en sus experimentos, en este momento estaría muerto.

      En el piso superior siguen hablando. Se balancea e intenta servir usted mismo como cuña entre la puerta del sótano y el marco. Dado lo limitado de su control resulta difícil, y se apoya en la abertura sin ningún apoyo en la madera. Su peso no ha movido la puerta, la cual es más pesada de lo que usted nunca había tenido antes ocasión de comprobar. Finalmente consigue hacer de cuña en la abertura, empujando el marco con toda su fuerza. La puerta descansa en usted, y usted apoya desmañadamente su peso en ella.

      Se abre un poco, pero retrocede y la empuja. Nunca ha estado nivelada, persistiendo en permanecer entreabierta, lo cual nunca le había molestado hasta ahora. Pero en este momento, la fuerza que él le ha dejado, incluso centrada como luz a través de una lente, no parece suficiente para mover la puerta. Atrapado en la ranura, usted se relaja un momento. Luego, como si quisiera cogerla desprevenida, se apoya en el marco y empuja, avanzando con ella. Retrocede, respondiendo a la fuerza de su empujón, y usted no ha salido, pero de todos modos cae hacia el pasillo, y cuando la puerta encaja en el marco, usted oscila hacia atrás y queda fuera del alcance de la puerta.

      Se ha liberado del sótano, pero en esa posición invertida es impotente. La lenta puerta es más móvil que usted. Todos los músculos que ha estado utilizando sólo pueden moverse inútilmente, agitarse en el aire. Está tendido en el pasillo como un animalillo de laboratorio, bajo la llama que ya no oscila.

      Entonces oye que el carnicero le dice a su esposa: «Iré a ver», y empieza a bajar las escaleras.

      Empieza a crispar espasmódicamente todos los músculos de su lado derecho. Rueda un poco hacia ese lado y luego su intensa crispación le balancea hacia atrás. La luz se agita a su alrededor, haciendo que su sombra realice el truco cruel de conseguir el giro por el que usted se esfuerza. Él está ahora a mitad de las escaleras. Usted mueve de nuevo su lado derecho y mantiene los músculos inmóviles mientras empieza a girar en ese lado. 

    De repente rebasa su punto de equilibrio y queda tendido sobre el lado derecho. Fuerza sus doloridos músculos para avanzar centímetro a centímetro, pero el laboratorio está aún a considerable distancia, y usted no puede moverse de ninguna manera en línea recta. Resuenan las pisadas del joven. Usted oye la voz aterrada de su esposa, implorándole que vuelva a su lado. Se produce un largo silencio; sin duda él vacila sobre lo que debe hacer. Luego vuelve a subir apresuradamente las escaleras.

      Usted no se permite descanso alguno hasta hallarse en el interior del laboratorio, aunque por entonces el dolor es como una fría y rígida superficie dentro de su carne, y su boca parece un polvoriento agujero en una piedra. Rebasada la puerta, se queda quieto y mira a su alrededor. La luz de la luna que se filtra por la ventana incide en la puerta. Su mirada busca el banco donde estaba trabajando cuando él le encontró. No ha recogido el material derribado al suelo debido a su convulsión. Usted localiza en el suelo una aguja reluciente, y cerca de ella un hilo quirúrgico que nunca tuvo ocasión de usar. Se relaja a fin de prepararse para el siguiente esfuerzo concertado, y recuerda.

      Recuerda el día en que perfeccionó la solución. En cuanto la bebió, sintió que su cerebro adquiría una intensa agudeza, se hacía precisa y constantemente consciente de los mensajes de cada nervio y los dominaba, realizando minuciosas correcciones a la menor señal de peligro. Sabía que éste era el resultado que deseaba obtener, pero no pudo demostrárselo a sí mismo hasta el día que sintió los aguijonazos del cáncer. Entonces su cerebro pareció condensarse en un sutil filamento de energía que se extendió y acabó con el tumor. Aquella fue la prueba. Usted era inmortal.

      Cierto que la investigación tuvo sus aspectos desagradables. Le costó considerables desembolsos en los depósitos de cadáveres el descubrimiento de que algunos de los extractos que necesitaba para la solución debían extraerse del cerebro vivo. Los habitantes del pueblo creyeron que los niños se habían ahogado, pues encontraron sus ropas en la orilla del rio. Usted se dijo que los progresos de la medicina siempre habían requerido sufrimientos.

      Tal vez su esposa sospechó algo en esta etapa de su trabajo, o quizá ambos decidieron simplemente desembarazarse de usted. Usted estaba trabajando en su banco, tratando de sintetizar su descubrimiento, cuando le oyó entrar. Debió de precipitarse contra usted, pues antes de que pudiera volverse sintió un violento corte en la nuca. Luego se despertó en el suelo del sótano.

      Avanza poco a poco a través del laboratorio. Los mayores esfuerzos ya han quedado atrás, pero ésta es la parte más difícil. Cuando casi llega a tocar su cuerpo tendido boca abajo, tiene que volverse. Se mueve con las mandíbulas, orientándose con la lengua. Es difícil, pero no tanto como usar la lengua para enderezarse sobre el cuello en las escaleras. Entonces se encaja en los hombros, tanteando con su mente perfeccionada, hasta que siente de nuevo la unión de los nervios.

      Ahora tiene que mantenerse impávido para no separar de nuevo la cabeza. Puede hacerlo gracias a su mente. Con suma cautela, estira un brazo y toca la aguja quirúrgica y el hilo.