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Los años amargos - Dana Lyon

La mujer terminó de limpiar la cocina, después de su solitaria comida —la pechuga de pollo hervida con vino, la refrescante ensalada de aguacates y las galletas tostadas que ella misma se había hecho, y de las que dejó suficientes para el desayuno—, y ahora la pequeña casa estaba en perfecto orden. 

El sol, sobre el rústico pueblo de montaña que había elegido como hogar permanente, no tardaría en desaparecer tras las colinas boscosas, pues el atardecer nunca era un período demasiado prolongado, y ahora sólo quedarían unos pocos momentos antes de que todo quedara envuelto en la oscuridad. Así pues, debía dar el último vistazo del día al terreno preparado para plantar su nuevo césped de jardín.

Mañana, le había dicho Samuel; mañana, el suelo estaría preparado para recibir la semilla y después, con la voluntad de Dios, podría tener un césped decente para variar. Él se sentía orgulloso de sus trabajos; nadie había sido capaz aún de hacer crecer un césped adecuado en esta zona rocosa de las colinas. Muchos lo habían intentado y sólo habían obtenido unas pocas briznas de hierba. 

Pero ella estaba decidida a conseguir un césped exuberante detrás de la casa, y después compraría un toldo y algunos muebles de jardín y hasta quizá haría instalar una pequeña fuente; y cuando regresara de su viaje podría sentarse en el exterior durante todo el verano, tomando el sol y disfrutando de la belleza y la tranquilidad conseguida en la vida gracias a sus propios esfuerzos. 

Durante los inviernos viajaría —México, América del Sur, el Mediterráneo—, pero durante los veranos disfrutaría de la casa, del césped y del jardín por los que había esperado tanto tiempo.

Mirando todavía por la ventana, vio algo blanco que saltaba rápidamente sobre la marga oscura de la tierra preparada. Se puso inmediatamente alerta y salió corriendo por la puerta de atrás, gritando:

—¡«Nemo»! ¡«Nemo»!

El pequeño gato negro no le prestó la menor atención porque se había hundido hasta el vientre en la tierra blanda. Sin pensarlo, dándose cuenta únicamente de que el gato se podía hundir por completo como si fueran arenas movedizas, saltó sobre la tierra abonada y se encontró hundida en ella casi hasta las rodillas, antes de que sus pies pudieran posarse sobre la dureza rocosa del suelo que había debajo.

—¡Maldita sea! —exclamó, y se echó a reír—. Soy una vieja tonta.

Se abrió paso por la reblandecida tierra, de unos cuarenta y cinco centímetros de profundidad, rescató al gato que maullaba, y regresó a la casa para quitarse la ropa y ducharse.

A pesar de aquello, se sintió complacida al haber comprobado por sí misma la profundidad del nuevo terreno. Samuel había hecho muy bien su trabajo; evidentemente, había roturado el suelo rocoso lo mejor que pudo y después había extendido sobre él carretadas de tierra blanda, fertilizada y libre de malas hierbas, que ahora estaba lista para recibir al día siguiente las semillas de hierba. 

No le había engañado. No se había limitado, como podrían haber hecho otros jardineros, a extender una fina capa de abono sobre el suelo rocoso, sino que realmente había preparado el suelo para que la hierba creciera durante toda la vida. A pesar de ello, había seguido sacudiendo la cabeza, refunfuñando, al estilo pesimista de estas gentes de la montaña, que parecían demasiado acostumbradas a la desilusión para tentar al destino con la esperanza.

—Las semillas de hierba no quieren crecer aquí —había murmurado mientras rastrillaba y alisaba, alisaba y rastrillaba—. El suelo está vacío. El aire es demasiado ligero y los inviernos demasiado crudos.

Pero había seguido rastrillando y alisando, prometiendo un desastre, pero manteniendo la esperanza, a pesar de sí mismo.

La mujer sonrió, salió de la ducha, se secó, se puso un camisón y una bata encima, lavó al gato a pesar de su enfurecimiento (quien parecía decirle, ¿es que alguien puede lavar a un gato mejor que él mismo?) y tomó asiento en el cómodo sillón que había frente al aparato de televisión.

Estaba sola. Y segura. Segura, al fin. Feliz y cómoda. Descansada. Descansada por primera vez en su vida y con ese maravilloso crucero mundial esperándola, después de sus muchos años de trabajo sin vacaciones. Sólo le faltaban unas pocas semanas, el tiempo suficiente para ver crecer un poco la hierba recién plantada, sabiendo que a su regreso, varios meses después, estaría alta y hermosa. Nunca se había sentido tan contenta, tan excitada como una joven, como se sentía ahora. Los años amargos quedaban atrás; los años excitantes la esperaban delante.

Se cansó y se exasperó con la televisión porque en estas intrincadas montañas sólo se podían captar dos canales y en uno de ellos estaba cantando un grupo de rock, llenando el aire con los gritos y el vocerío de los sonidos modernos; en el otro canal ofrecían una vieja película del Oeste, produciendo también sonidos fuertes, aunque éstos eran del pasado, disparando, gritando y galopando de un lado a otro.

Apagó la televisión y se dirigió a la mesa de despacho, abriendo un cajón. Apartó un pequeño revólver que tenía allí porque estaba viviendo sola, y cogió un montón de folletos de vivos colores para volverlos a mirar, soñando e imaginando su vida en el futuro, ignorando el pasado: el magnífico barco en el que dispondría de una cabina exterior, toda para ella sola, y donde podría pasar días y noches de tranquilo placer; Inglaterra, con su magnífica historia; el continente —París, Venecia y muchas partes más, incluso Creta—, un crucero que iba a durar casi un año completo. Al fin y al cabo, iban a ser las primeras vacaciones después de tantos años que ni siquiera los podía contar.

Se recreó contemplando las imágenes, las vistosas y casi imposibles descripciones y una vez más, al igual que había hecho antes una docena de veces, cogió el voluminoso billete, las direcciones, el recibo, la fecha de partida, los folletos donde se indicaba el tipo de ropa que podía llevar..., todo lo que antes no había sido más que un sueño para ella. Ahora, todo estaba arreglado: Samuel se encargaría de cortar y regar el nuevo césped y cuidaría a «Nemo»; la oficina de correos le guardaría la correspondencia —¿qué correspondencia?—; míster Prescott, el único policía del lugar, daría periódicamente un vistazo a su casa.

Todo estaba en orden, todo estaba esperando. Y finalmente —puro placer—, haría el viaje para bajar de las montañas en el desvencijado y viejo autobús diario, el vuelo aéreo a la ciudad, la noche que pasaría en uno de los grandes hoteles y después, al día siguiente, el trayecto en taxi hasta el gran barco blanco y todo lo que prometía...

Al principio no escuchó la llamada en la puerta. La casa estaba en silencio y el único sonido era el de «Nemo» ronroneando a sus pies; pero ella se hallaba perdida en otro mundo, y el sonido de la primera llamada no le llegó.

Volvió a sonar de nuevo y, en esta ocasión, la escuchó. Sintiéndose aún perdida, sin preguntarse siquiera quién podría estar llamando una vez que había caído la noche, se dirigió hacia la puerta y la abrió, viendo ante ella a un hombre pequeño.

—¿Sí? —preguntó, sorprendida, pero sin sentir aún ningún recelo.

—¿Miss Kendrick?

Preparada o no, consiguió mantener la más completa disciplina física. No vaciló, y en su rostro tampoco apareció ninguna expresión.

—No —dijo tranquilamente—. Debe haberse equivocado.

—Creo que no —dijo el hombre. Era una persona completamente mediocre: de aproximadamente un metro sesenta de estatura, de un pelo rojizo y espeso, con un traje del mismo color y unos ojos azul pálidos.

—Mi nombre es Stella Nordway —afirmó ella— Mistress Stella Nordway.

—¡Oh! —exclamó el hombre, sonriendo—. ¿Se ha casado hace poco?

—Soy viuda desde hace diez años —contestó—. Como ve, está en un error.

—¿Puedo entrar?

—No —y ella empezó a cerrar la puerta.

El rostro del hombre se alteró ligeramente. Primero expresó un ramalazo de furia y después, casi instantáneamente, una máscara de mediocridad que podría hacerle pasar completamente inadvertido entre una multitud.

—Soy investigador privado —dijo—, para la Halmut Bonding Company. Me han contratado para encontrar a una mujer llamada Norma Kendrick que desfalcó más de cien mil dólares en la empresa donde trabajaba durante los últimos siete años. La quieren atrapar, miss Kendrick. Y el dinero.

—Puede entrar —dijo ella, y abrió la puerta un poco más.

Se introdujo en la casa e instantáneamente encontró la silla más incómoda de la habitación, de respaldo corto y recto, y se sentó en el borde, como si el haberse sentado en el cómodo sofá le hubiera hecho perder su estado de alerta.

—Está usted equivocado —volvió a decir ella, aunque esta vez casi con indecisión—. Yo no soy...

—He trabajado como investigador durante los últimos veintitrés años. Y sé de usted lo siguiente: trabajó como contable principal para la Sharpe Wholesale Hardware Company. Un establecimiento grande y próspero. Usted era una persona competente y digna de confianza Sólo había una pequeña peculiaridad con usted: durante los últimos siete años se negó a tomarse las tres semanas de vacaciones a que tenía derecho cada año...

—Pero yo... —le interrumpió ella, pero se mordió las palabras, pues lo que iba a expresar habría significado admitir lo que le decía el hombre, así es que se corrigió rápidamente—. Pero yo no tengo nada que ver con todo eso, así es que como ve...

—Es usted Norma Kendrick —le interrumpió él—. No puedo dejar de admitir que siento una gran curiosidad por saber por qué se convirtió de repente en una malhechora. Se estuvo haciendo cargo durante años de su padre inválido y haciendo su trabajo y volviendo a casa todas las noches para seguir la misma rutina. Entonces, de repente, decidió usted apoderarse de una parte del dinero de la empresa. 

Al final del primer año, se dio cuenta de que no podía dejar sus libros de contabilidad... habría significado tener que admitir a un contable que la sustituyera durante su ausencia. Se me advirtió que míster Sharpe no sintió mayor curiosidad por saber por qué usted no deseaba tomarse cada año su período de vacaciones, aunque me dijo que había confiado plenamente en usted, pues era hija de un viejo amigo y siempre había demostrado su competencia y responsabilidad, que la hacían digna de toda confianza. 

Y, más aún, explicó su renuncia a las vacaciones diciendo que no podía abandonar a su padre enfermo para ir a ningún sitio, y que necesitaba desesperadamente el dinero para pagar los medicamentos de su padre, así es que si míster Sharpe, además de su salario regular, le pagaba a usted lo mismo que tendría que pagar a un contable que la sustituyera durante las vacaciones, le quedaría muy agradecida.

La mujer permaneció completamente inmóvil, temerosa de hablar, y de no decir nada. Sería mejor escuchar, pensó. Tenía que haber una escapatoria en alguna parte.

—¿De verdad? —preguntó, estimulándole.

Él quedó sorprendido, quizá porque había esperado otra negativa por parte de ella.

—Así es que en lugar de las vacaciones se tomaba frecuentemente un largo fin de semana, desde el jueves al lunes, o desde el viernes al martes. Durante esos períodos de tiempo se las arreglaba para adoptar su segunda personalidad, con el nombre de Stella Nordway. Se puso una peluca rubia, unas gafas, unas ropas más jóvenes, y compró esta casa. 

También compró un billete para realizar un crucero mundial. Hizo todas estas cosas con bastante rapidez, después de haber estado llevándose el dinero durante siete años, y no solamente porque finalmente había muerto su padre, sino también porque el propietario de la empresa estaba dispuesto a retirarse y venderla. Y esa venta, desde luego, habría significado un repaso muy cuidadoso de los libros de contabilidad. Y bien, miss Kendrick, ¿qué dice usted a todo esto?

Su mente se agitó.

—¿Me persigue la policía? —preguntó, en un abandono final ante lo inevitable.

El hombre sonrió.

—No, todavía no. Como ya le he dicho antes, trabajo primero para la compañía de seguros, y después para su antiguo jefe, aunque, desde luego, en cuanto haya sido localizada, tendrá que intervenir la ley. La policía también la está buscando, pero en una dirección diferente. La empresa de seguros quiere recuperar su dinero..., lo que quede de él... y el Estado también obtendrá su venganza. Desaparecerá su pequeña casa...

Echó un vistazo por la limpia y atractiva habitación así como por la ventana, mirando al cielo oscuro, donde las estrellas brillaban claramente en el aire de la montaña. Suspiró con placer. Aquello también sería un maravilloso retiro para él, después de toda una vida de trabajo en la ciudad.

—Su viaje alrededor del mundo... y no sabe cuánto la envidio por eso... también tendrá que ser olvidado.

Ella empezaba a sentirse confundida. ¿Por qué no estaba allí la policía? ¿Por qué aquel hombre no le había dicho a míster Prescott, el único policía del lugar, que en el pueblo había un fugitivo de la justicia? ¿Por qué se había presentado él allí, para decirle todas aquellas cosas, sin hacer nada al respecto? 

Ella se dio cuenta de que había perdido la partida, pero supo desde el principio que todo no era más que un juego. La amargura que sentía era biliosa.

El pequeño hombre volvió a hablar, medio sonriendo.

—Mistress Nordway... —empezó a decir.

—¿Mistress Nordway? —repitió ella—. Pero usted..., usted insiste en afirmar que soy Norma Kendrick...

—Puede usted ser cualquiera de las dos, como más le guste —le dijo tranquilamente—. Todo depende de usted.

Se dejó caer en el sillón, completamente confundida, siendo su confusión mucho mayor que su error.

—¿Qué quiere decir? —balbució.

—Bueno, solamente eso. Tiene usted más valor que yo. Más ingenuidad. Posee un mayor espíritu de juego. Yo he estado atado a una esposa enferma durante muchos años, del mismo modo que usted lo estuvo a su padre, y cuanto más me preocupaba por ella, tanto peor era su carácter. Odiaba tener que depender de mí. No había forma de ganar el dinero suficiente para escapar. Soy lo que soy. He ahorrado a mi empresa muchos miles de dólares, quizá millones, pero mi salario sigue siendo insignificante... Así pues, ¿cuánto vale su libertad, mistress Nordway? ¿O debo llamarla miss Kendrick? ¿Qué queda del dinero que robó?

Ella se quedó helada.      

En esta ocasión no sintió temor, sino rabia. Podía comprender la necesidad de la ley de hacerle pagar lo que había hecho..., eso era la consecuencia de haber perdido el juego; pero asistir impasiblemente al robo de todo lo que había esperado, de todo aquello por lo que había trabajado, poniendo en riesgo su libertad, y todo ello a cargo de este inconsecuente zalamero y pequeño oportunista que estaba sentado frente a ella con tanta presunción... eso no lo podía aceptar.

Se levantó y, tratando de que su voz no la comprometiera en nada, dijo:

—No queda mucho dinero después de haber comprado la casa y el billete para el crucero mundial. Me quedaría en la miseria.

—Aceptaré la casa —dijo él ligeramente al ver que estaba ganando—, y también puede devolver el billete. O, mejor aún, pásemelo a mí...

—No creo que sea transferible —dijo ella, sintiéndose casi ausente—. Espere un momento, lo tengo aquí mismo...

Al dirigirse hacia la mesa, se detuvo un momento ante la ventana, mirando hacia el exterior.

—¿Cómo vino hasta aquí? —preguntó, utilizando el mismo tono de voz ausente—. No veo su coche fuera.

—Lo dejé en una calle más abajo, lejos de aquí —dijo él—, frente a la iglesia. Bajo estas circunstancias, no me pareció una buena idea dejar que alguien se enterara de que tenía usted una visita.

—Comprendo —dijo ella.

Se dirigió hacia la mesa, donde revolvió algo durante un momento, recogió lo que deseaba y lo mantuvo cerca de los pliegues de su bata. Recordó entonces, por un instante, que había vecinos no muy lejos de allí, así es que se encaminó tranquilamente, con discreción, hacia el aparato de televisión.

—¿Le gustan las películas del Oeste, míster...?

—Jordan —dijo él automáticamente—. ¿Por qué? Yo... —su voz sonó desconcertada.

¿Televisión? ¿Ahora?

Ella hizo girar el control de volumen, poniéndolo alto, y la habitación se llenó con el estridente sonido de los cow-boys, que seguían gritando, galopando y disparando. Levantó entonces el pequeño revólver que llevaba en la mano y cuando él la miró asombrado, en su último y breve momento de comprensión, ella le apuntó y le disparó una bala entre los ojos.

No había lugar donde ocultar el cuerpo. Así de simple era el problema. En esta pequeña casa no había sótano; el suelo resultaba demasiado duro y rocoso para cavar una fosa; no tenía coche, pues nunca había aprendido a conducir..., no disponía de ningún lugar donde ocultar este pequeño cuerpo que mostraba un diminuto agujero en el centro de la frente.

Se sentó. No sentía haber realizado aquella acción, sabiendo que aun cuando se hubiera dado cuenta a tiempo de las complicaciones de su acto, le habría matado del mismo modo. Le había impulsado la rabia; no la avaricia, ni el temor, ni un impulso ciego; sólo había sentido una rabiosa necesidad de matar a esta persona, a esta cosa, que estaba dispuesta a destruir toda su vida y su futuro en beneficio propio.

Le dejó allí, sobre la alfombra de la sala de estar, a la que había caído lentamente desde la silla. Había muy poca sangre. Se dirigió hacia la cocina, mirando, a través de la ventana de atrás, su querido pequeño jardín, con el suelo preparado para el nuevo césped en el que había puesto tantas esperanzas. Se sentía paralizada de dolor, al pensar que todos sus grandes planes para el futuro parecían haber quedado destruidos ahora. Se sentía desintegrada, muerta, como el pequeño hombre que estaba en la otra habitación.

Se quedó mirando fijamente a través de la ventana, hacia la negrura de la noche, inmóvil.

El césped. El suelo. Cuarenta y cinco centímetros de abono negro pulverizado sobre la dureza de la roca. Casi medio metro. En realidad, más profundo de lo que necesitaba ser. ¿Era lo bastante profundo? ¿Sería suficiente para un hombre pequeño, extendido de plano? ¿Quedaría bien con las semillas de hierba plantadas sobre él y creciendo hasta convertirse en un césped sólido?

El abono estaba muy blando y ligeramente húmedo. Esperó en la oscuridad, junto a la ventana, de modo que los vecinos pudieran pensar que ya se había acostado, y observó cómo se iban apagando una tras otra las pocas luces que aún quedaban. Era un pueblo donde la gente solía acostarse pronto y levantarse temprano, por lo que no debía esperar más tiempo del que debía...

Finalmente, la noche quedó oscura y silenciosa. Tan silenciosa como la muerte. Se dirigió entonces al terreno de la parte de atrás, y excavó un lugar en el suelo removido, con el tamaño adecuado para colocar en él al pequeño hombre —aunque, desde luego, sólo tenía cuarenta y cinco centímetros de profundidad. 

Llevó mucho cuidado para que la pala no hiciera ningún ruido contra la roca del fondo. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad, cuyo único resplandor procedía de las pálidas estrellas, y sus movimientos eran tan silenciosos como la noche.

Llevó al pequeño hombre hacia el terreno y lo dejó en su tumba, con los brazos decorosamente estirados a lo largo de las piernas, y empezó a cubrirlo con la tierra. Se detuvo. El cadáver tenía que estar plano, lo más plano posible, pues Samuel podría querer rastrillar y remover el suelo una vez más, y no debía existir la posibilidad de que sus herramientas de trabajo profundizaran lo suficiente como para encontrarse con algo sólido. Por la forma en que le había colocado, creyó que los hombros del pequeño hombre estaban algo elevados. Tenía que estar más plano, más plano.

La tumba que había abierto era ancha, pero no profunda; había más espacio a ambos lados que sobre él. Lo volvió a intentar de nuevo, extendiendo los brazos del muerto, formando ángulo recto con su cuerpo... ¡Ah! ¡Eso estaba mejor! Ahora se encontraba todo lo plano que podía estar. Ahora podría cubrirlo y olvidarse de él. La hierba no tardaría en crecer sobre él, enredándole en sus propias raíces, cubriéndole para siempre, con toda su identidad, con toda su existencia perdida en otros lugares. Pero no allí.

No allí.

Regresó a la casa y se acostó a dormir. Su futuro estaba de nuevo a salvo.

 Pasó algún tiempo antes de darse cuenta de que sus planes no tenían sentido. Día tras día observó cómo crecía la hierba de su césped y esperó con ansiedad a que aparecieran las primeras hojas verdes, olvidándose casi por completo de lo que había bajo ellas. 

Y la hierba creció, aunque no lo hizo muy bien. «Era como le había dicho Samuel», pensó ella, con desesperación. En estas montañas de rocas, suelo estéril e inviernos crudos ningún césped podría crecer decentemente. Pero las hojas salieron, esforzándose por captar los rayos del sol, un pedazo de verde aquí, otro allí, de modo que, después de todo, quizá hubiera alguna esperanza.

Una mañana, tras una noche de suave lluvia de verano, miró su césped y vio que se había producido un cambio. En el centro había un gran trozo de hierba verde y brillante, muy hermosa, alta y gruesa, que crecía florecientemente entre los trozos más escasos en los que sólo había unas cuantas hojas pálidas; un trozo que crecía florecientemente, en forma de cruz, movido ligeramente por la brisa y calentado por el sol del verano. Un trozo que crecía florecientemente.

 Y así fue como la gente del pequeño pueblo se preguntó por qué aquella vieja y loca mujer segaba con tanto cuidado su césped, dos veces a la semana, todas las semanas. Desde que salieron las primeras hojas de hierba, la mujer nunca más abandonó su casa; nunca más volvió a alejarse de ella, ni siquiera para tomarse unas pequeñas vacaciones; durante el transcurso de los largos años que siguieran nunca dejó de faltar a la cita, lloviera o hiciera sol, en primavera o en otoño, cuando tenía que segar su césped.

El cuento de la serpiente verde - Johann Wolfgang von Goethe (Parte 2)

En una verdosa glorieta, a la sombra de un bello conjunto de variados árboles, a la primera vista hechizó, como de costumbre, los ojos, el oído y el corazón de la mujer, que se acercó encantada jurándose a ella misma que la beldad se había hecho más hermosa todavía durante su ausencia. Ya desde lejos la buena mujer, saludándola y elogiándola, exclamó ante la más amable de todas las doncellas:

–¡Qué dicha veros! ¡Qué celestial diafanidad esparce vuestra presencia en torno vuestro! ¡Qué grácil se ve vuestra lira apoyada en vuestro regazo! ¡Cuán delicadamente la ciñen vuestros brazos, qué añoranza parece tener por vuestro pecho y qué tiernamente se escucha bajo el tacto de vuestros finos dedos! ¡Tres veces dichoso el mancebo al que prometisteis tomar su lugar!

Se hubo acercado al pronunciar estas palabras; la hermosa Azucena abrió los ojos, dejó caer sus manos y replicó:

–¡No me entristezcas con importunos elogios! Eso sólo me hace sentir más honda mi desdicha. Mira, aquí a mis pies está el pobre canario muerto. Acostumbraba posarse sobre mi lira y, gracias a mi esmero en su educación, evitaba tocarme. Hoy, después de haberme reconfortado del sueño, al comenzar una serena canción matinal y al escucharle a mi pequeño cantarín, más alegre que nunca, sus armoniosos trinos, un azor se lanzó por encima de mi cabeza. 

Mi pobre animalillo, asustado, se refugió dentro de mi pecho y en ese instante sentí los últimos estertores de la vida que lo abandonaba. Cierto que tocado por mi mirada, el criminal caminó desfalleciente al borde del agua, pero ¡de qué pudo servirme su castigo! Mi adorado está muerto y su tumba solamente hará crecer más los tristes abrojos de mi jardín.

–¡Animaos, hermosa Azucena! –exclamó la mujer, secándose una lágrima que el relato de la infeliz doncella le había provocado–. ¡Esforzaos! Mi edad puede mostraros que debéis moderar vuestra tristeza y considerar la desdicha más grande como un indicio de la más grande fortuna, pues ya ha de ser el tiempo. 

Y en verdad –continuó la anciana– muy revuelto anda el Mundo. ¡Ved tan sólo mi mano, qué negra se ha puesto! ¡En verdad que está mucho más pequeña y debo darme prisa antes de que desaparezca completamente! ¿Por qué debería mostrarme tan complaciente ante esos fuegos fatuos? ¿Por qué debía yo encontrarme con el gigante y por qué debía de meter mi mano en el río? ¿No me podéis dar una col, una alcachofa y una cebolla? De ese modo, se los llevaré al río y mi mano se pondrá blanca como antes, de manera que la podré poner casi al lado de la vuestra.

–Coles y cebollas podríais aún encontrarlas en cualquier sitio, pero en vano buscaréis alcachofas. Todas las plantas de mi jardín no tienen ni pétalos ni frutos pero cada ramita que quiebro y planto en la tumba de un ser querido reverdece de inmediato y rápidamente crece. 

Por desgracia, he visto crecer todos estos grupos de matorrales y florestas. Las umbelas de estos pinos, los obeliscos de estos cipreses, los colosos de encinos y hayas, todos, fueron ramas diminutas plantadas por mi mano como tristes monumentos en un suelo normalmente infértil.

La vieja había prestado poca atención a este discurso mientras sólo observaba su mano, la cual, en presencia de la hermosa Azucena, se volvía más y más negra y parecía disminuir a cada minuto. Quería tomar su cesto y estaba a punto de irse cuando sintió que había olvidado lo mejor. En seguida extrajo al dogo convertido y lo colocó sobre el prado, no lejos de la hermosa mujer. 

–Mi marido –dijo la vieja– os manda este presente. Sabéis que podéis revivir esta piedra preciosa apenas la toquéis. Este bueno y fiel animalillo os dará con seguridad mucha alegría, y la tristeza de que yo lo haya perdido puede aligerarse con la idea de que vos lo poseéis.

La hermosa Azucena miró con placer al manso animal y, según podía apreciarse, con admiración.

–Coinciden muchos signos que me inspiran gran esperanza –dijo ella–. Pero ¡ay!, ¿no es acaso una locura propia de nuestra naturaleza que cuando coinciden muchas desgracias nos imaginemos que lo mejor está cerca?

 

¿Cómo han de ayudarme tantos buenos signos?

¿El ave muerta, la negra mano de mi amiga?

¿El dogo convertido en joya tiene así su fiel imagen?

¿Acaso no me lo ha enviado la lámpara?

Alejada del dulce gozo humano,

estoy por cierto hermanada a la desdicha.

¡Ay! ¿Por qué no está el templo junto al río?

¿Por qué el puente no está todavía construido?

 

Con cierta impaciencia había escuchado la mujer estos versos que la hermosa Azucena había acompañado con los agradables sonidos de su lira y que a cualquier otro hubiera encantado. Apenas quiso retirarse cuando de nuevo le fue impedido por la llegada de la serpiente verde. Ésta había escuchado los últimos versos de la canción, por lo que al momento, llena de confianza, le infundió coraje.

–¡La profecía del puente se ha cumplido! –exclamó–. Preguntad tan sólo a esta buena mujer qué hermoso se muestra el arco en este momento. Lo que normalmente era jaspe opaco, lo que sólo era prasio a través del cual la luz atravesaba cuando mucho sus bordes, se ha vuelto ahora una transparente joya. Ningún berilo es tan claro y ninguna esmeralda tiene tan hermoso color.

–En tal caso os deseo suerte –dijo Azucena–, mas perdonadme si no creo cumplida aún la profecía. Sobre el elevado arco de vuestro puente sólo pueden pasar peatones, y se nos ha prometido que pasarán caballos y carros y viajeros de todas clases, yendo y viniendo al mismo tiempo sobre el puente. ¿No se os ha profetizado acerca de los grandes pilares que se levantarán desde el río mismo?

La vieja había clavado en todo momento su mirada sobre la mano; en ese instante interrumpió la conversación y se despidió ceremoniosamente.

–Aguarda un momento más –dijo la hermosa Azucena– y lleva a mi pobre canario. Ruega a la lámpara que lo convierta en un hermoso topacio. Yo lo quiero revivir con mis manos y él, junto con vuestro buen Mops, serán mi mejor esparcimiento; pero ¡apresúrate lo más que puedas!, pues con la puesta del Sol una insoportable descomposición atacará al pobre animal y desgarrará para siempre el conjunto de su hermosa figura.

La anciana colocó el diminuto cadáver entre tiernas hojas dentro del cesto y se retiró a toda prisa. 

–Sea lo que fuere –dijo la serpiente, continuando la conversación interrumpida–, el templo está construido.

–Pero aún no está en el río –replicó la hermosa mujer.

–Aún reposa en las profundidades de la Tierra –dijo la serpiente–. Yo he visto a los reyes y he hablado con ellos.

–Pero ¿cuándo se levantarán? –preguntó Azucena.

La serpiente replicó:

–Escuché las grandes palabras resonar dentro del templo: “El tiempo ha llegado”.

Una agradable alegría se extendió por el rostro de la beldad:

–Pues hoy escuché –dijo ella– las venturosas palabras por segunda ocasión. ¿Cuándo llegará el día que las escuche por tercera vez?

Se levantó y, de inmediato, detrás de un matorral, surgió una encantadora muchacha que recibió de sus manos la lira. A ésta la siguió otra que plegó el catrecillo tallado en marfil, en el cual había estado sentada Azucena, y bajo su brazo tomó el plateado almohadón. 

Una tercera, que llevaba una gran sombrilla bordada con perlas, se presentó en espera de que Azucena llegara a necesitarla en caso de hacer su paseo. Eran estas tres muchachas de una expresión incomparablemente bella y encantadora y, sin embargo, tan sólo resaltaba la belleza de Azucena de modo que cada una terminó por reconocer que no podían compararse con ella. 

Mientras tanto, la hermosa Azucena había observado con placer al magnifico perro. Se inclinó hacia él, lo tocó y, en ese instante, se levantó de un salto. Se volvió vivazmente, corrió de un lado a otro y por último se arrojó sobre su bienhechora saludándola de la manera más amable. Ella lo tomó en sus brazos y lo estrechó contra su pecho.

–¡Qué frío estás! Y aunque sólo anida en ti la mitad de la vida, eres bienvenido. Te quiero amar tiernamente, jugar contigo, mimarte y estrecharte con todas mis fuerzas cerca de mi corazón.

En ese momento lo soltó, lo alejó de sí, volvió a llamarlo, jugó con él y corretearon inocente y vivazmente sobre el prado, de tal manera que había que ver su alegría con nuevo encanto y participar de ella, al igual que un momento después su tristeza había afluido a todos los corazones.

Esa alegría, esos graciosos juegos fueron interrumpidos por la llegada del joven triste. Se aproximó de la manera como ya lo hemos visto; sólo que el calor del día parecía haberlo fatigado todavía más, y ante la presencia de su amada empalidecía más a cada instante. Llevaba el azor en su mano, posado tranquilamente, como una paloma, dejando caer sus alas.

–No es amable –exclamó Azucena, dirigiéndose a él– que traigas ante mi vista el odioso animal, el monstruo que ha matado a mi pequeño cantarín.

–¡No riñas a la infeliz ave! –replicó el joven–. Acúsate más bien a ti misma y al destino, y concédeme que permanezca en compañía de mi hermano de miserias.

Mientras tanto, el perro no cesaba de importunar a la beldad, a lo cual ella le correspondía con las muestras más cariñosas. Palmeó sus manos a fin de apartarlo; después al punto se dirigió para atraerlo de nuevo. Intentaba cogerlo cuando él huía y ahuyentarlo cuando intentaba acercarse a ella. 
 
El joven observaba en silencio y con creciente disgusto. Pero finalmente, como ella tomara en sus brazos al feo animalillo, que a él le parecía del todo horrible, lo apretara contra su blanco regazo y besara su negro hocico con sus celestiales labios, se le agotó por completo la paciencia y exclamó, lleno de desesperación:

–¿Es que debo yo, tal vez para siempre y por un triste destino, vivir privado de tu presencia, de ti, por cuya causa he perdido todo, incluso a mí mismo, ver ante mis ojos que una criatura tan antinatural te provoque alegría, que gane tu afecto y pueda disfrutar de tu abrazo? ¿Debo ir vagando por más tiempo de un lado a otro y completar el triste círculo cruzando el río de una a otra de sus orillas? 

No. Aún palpita una chispa del antiguo heroísmo en mi pecho. ¡Que en este momento se levante crepitante por última vez! Si piedras pueden reposar en tu seno, entonces que me convierta en piedra; si tu tacto mata, entonces quiero morir en tus manos.

Dijo estas palabras con ademanes vehementes; el azor voló de su mano, pero él se arrojó hacia la hermosa muchacha cuando ella alzó sus manos para detenerlo y, con horror, sintió ella la adorada carga en su seno. Con un grito retrocedió y el encantador mancebo se desplomó desde la altura de sus brazos.

¡La desgracia había ya sucedido! La dulce Azucena estaba de pie, inmóvil, mirando absorta el cadáver inánime. El corazón parecía paralizársele dentro del pecho y sus ojos estaban sin lágrimas. En vano el doguillo intentaba atraerla con movimientos amistosos; para ella todo el Mundo había muerto con él. En su muda desesperación no buscó ayuda pues ya no esperaba ninguna.

Por el contrario, la serpiente se movió con la mayor presteza; parecía tener en mente una forma de salvarlo y, en efecto, sus extraños movimientos servían al menos para impedir de momento las inminentes terribles consecuencias de la desgracia. Con su flexible cuerpo describió un amplio circulo en torno al cadáver, tomó la punta de su cola con los colmillos y se mantuvo inmóvil.

Poco después apareció una de las más hermosas doncellas de Azucena que traía consigo el catrecillo de marfil e instó a la beldad, con gestos amables, a que se sentara; poco después llegó la segunda de ellas, que llevaba un velo rojo que colocó sobre la cabeza de su señora, ornamentándola más que cubriéndola; la tercera le dio la lira y, apenas había ella tomado el precioso instrumento y arrancado algunos tonos a las cuerdas, cuando la primera regresó con un redondo y claro espejo, se sentó ante la beldad, captó sus miradas y le presentó la imagen más agradable que podía hallarse en la Naturaleza. 

El dolor acrecentaba su hermosura, el velo, sus encantos, la lira, su gracia; y cuanto más deseaba uno ver cambiar su triste situación, tanto más deseaba uno mantener su imagen tal y como aparecía en esos momentos.

Con una muda mirada hacia el espejo, tan pronto como arrancaba sonidos melodiosos, su dolor parecía aumentar y las cuerdas respondían vehementemente a su lamento. Varias veces hizo el intento de cantar, pero la voz se le quebraba; pronto su dolor se disolvió en lágrimas, las doncellas la tomaron del brazo en su ayuda, la lira cayó de su falda. Apenas tomó la solícita sierva el instrumento, lo puso a su lado.

–¿Quién nos trae al hombre de la lámpara antes de que el Sol desaparezca? –siseó suave pero comprensiblemente la serpiente. 

Las muchachas se miraron entre sí y las lágrimas de Azucena fueron en aumento. En ese instante, la mujer del cesto regresó, desalentada.

–¡Estoy perdida e inválida! –exclamó ella–. ¡Mirad cómo mi mano casi ha desaparecido! Ni el barquero ni el gigante me quieren transportar porque aún soy deudora del agua; en vano he ofrecido cien coles y cien cebollas: no quieren más que tres piezas y ninguna alcachofa puede encontrarse en esta región.

–Olvidad vuestra pena –dijo la serpiente– y tratad, de ayudar aquí. Tal vez al mismo tiempo se os pueda ayudar. Apresuraos todo lo que podáis para encontrar a los fuegos fatuos; aún queda suficiente luz para verlos pero tal vez podáis escuchar sus risas y su alboroto. Si ellos se apresuran, el gigante os llevará todavía al otro lado del río y entonces podréis encontrar al hombre de la lámpara y enviarlo aquí.

La mujer corrió tan aprisa como pudo y la serpiente parecía esperar el regreso de ambos con la misma impaciencia que Azucena.

El rayo del Sol poniente doraba por desgracia ya tan sólo la punta más alta de los árboles y de la maleza, y largas sombras se extendían sobre el lago y los prados; la serpiente se movía con impaciencia y Azucena se deshacía en lágrimas.

En ese trance, la serpiente miraba en torno suyo pues temía a cada momento que el Sol se ocultase, que la podredumbre penetrase en el círculo mágico y atacara inconteniblemente al apuesto mancebo. Por fin, vio en lo alto del cielo al azor con su purpúreo plumaje y cuyo pecho reflejaba los últimos rayos del Sol. Se estremeció de alegría ante la buena señal; y no se equivocaba pues poco después vio al hombre de la lámpara deslizarse por encima del lago como si patinara.

La serpiente no cambió de posición pero Azucena se puso de pie y le gritó:

–¿Qué buen espíritu te envía en este momento en que te deseamos y necesitamos tanto?

–El espíritu de mi lámpara me impulsa –replicó el viejo–, y el azor me condujo hasta aquí. Mi lámpara chisporrotea cuando alguien me necesita y yo solamente busco la señal en el cielo; cualquier ave o meteoro me señala la dirección o el sentido hacia donde debo dirigirme. 

¡Estad tranquila, bella doncella! Yo no sé si puedo ayudar, uno solo no ayuda sino el que se une en la hora precisa con muchos. Dejadnos diferir y esperad. Mantén tu circulo cerrado –continuó, dirigiéndose a la serpiente y sentándose al lado suyo, sobre un montículo de tierra y alumbrando el cuerpo muerto.

–¡Traed también al buen canario y colocadlo dentro del círculo!

Las muchachas tomaron del cesto el pequeño cadáver que la vieja había dejado allí y obedecieron a la voz del hombre.

Mientras tanto, el Sol se había ocultado y, a medida que la obscuridad aumentaba, no sólo la serpiente y la lámpara del hombre comenzaron a resplandecer, cada quien a su modo, sino que también el velo de Azucena despedía una tenue luz que coloreaba sus pálidas mejillas y su vestido blanco como una tierna aurora de una gracia infinita. Uno al otro se miraron intercambiando miradas en una muda contemplación; preocupación y tristeza estaban apaciguadas por una firme esperanza.

Por ello, no parecía menos gratificante mirar a la vieja en compañía de los vivaces fuegos, quienes entre tanto debían haber gastado mucho pues se habían puesto extremadamente magros, a pesar de lo cual se comportaban de lo más comedidos frente a la princesa y las demás doncellas. Con entero aplomo y locuaz expresividad dijeron cosas bastante vulgares; se mostraron sobre todo muy receptivos, especialmente ante el encanto que el reluciente velo expandía sobre Azucena y sus acompañantes. 
 
Las mujeres bajaron modestamente sus miradas y el elogio de su belleza en verdad las embellecía. Todo el Mundo estaba contento, tranquilo, excepto la anciana. Pese a que su marido afirmaba que su mano no podía disminuir más mientras estuviese expuesta a la luz de la lámpara, ella aseguró más de una vez que, de continuar así, ese noble miembro desaparecería del todo antes de la medianoche.

El viejo de la lámpara había escuchado atentamente la conversación de los fuegos fatuos y estaba contento de que Azucena se hubiera distraído y alegrado con esa conversación. Y, en efecto, llegó la medianoche, no se sabía cómo. El viejo miró las estrellas y entonces comenzó a decir:

–Estamos reunidos en la feliz hora, desempeñe cada quien su trabajo, cada uno cumpla con su obligación y una felicidad colectiva disolverá los pesares de cada quien al igual que la desgracia de todos consume las alegrías de cada uno.

Después de dichas estas palabras, surgió un maravilloso barullo pues todos los presentes hablaron por sí mismos y expresaron en voz alta lo que tenían que hacer; sólo las tres doncellas permanecían en silencio, vencidas por el sueño; una al lado de la lira, la otra a la vera del parasol y la tercera junto al catrecillo, y no se les podía tomar a mal pues era ya tarde. Los flamígeros jóvenes, después de breves galanterías que también habían dedicado a las siervas, habían acabado por referirse a Azucena como la más hermosa.

El anciano dijo al azor:

–Toma el espejo y con los primeros rayos del Sol alumbra a las durmientes y despiértalas desde la altura con el reflejo de la luz.

La serpiente comenzó a agitarse, deshizo el círculo y se movió en grandes ondulaciones hacia el río. Los fuegos fatuos le siguieron con la mayor ceremonia de modo que podía uno considerarlos como las llamas más serias. La anciana y su marido tomaron el cesto, cuya tenue luz no se había advertido hasta ese momento, lo estiraron por ambos lados hasta hacerlo más y más grande y resplandeciente; en seguida introdujeron el cadáver del mancebo y colocaron el canario en su pecho. 

El cesto se elevó en el aire y flotó sobre la cabeza de la vieja, quien siguió el camino de los fuegos fatuos. La bella Azucena tomó al perrillo entre sus brazos y siguió a la anciana; el hombre de la lámpara cerraba el séquito mientras la región estaba iluminada de la más extraña manera por estas diversas luces.

No sin escasa admiración, el grupo, al llegar al río, vio elevarse un arco precioso sobre el mismo, encima del cual la serpiente bienhechora les preparó un camino esplendoroso. Si durante el día uno había admirado las transparentes gemas de las que se apreciaba estar construido el puente, entonces durante la noche se admiraba uno de su resplandeciente hermosura. 

En la parte superior el claro círculo se destacaba del obscuro cielo, mientras que en la parte inferior refulgían vivos destellos hacia el centro mostrando la cambiante solidez de la construcción. La comitiva atravesó con lentitud y el barquero, que miraba a lo lejos desde su choza, contemplaba con admiración el círculo resplandeciente y las extrañas luces que por encima del mismo se agitaban.

Apenas llegaron a la otra orilla cuando el arco comenzó a balancearse de un modo singular

al aproximarse el agua ondulante. Poco después la serpiente se arrastraba por tierra, el cesto se asentó en el suelo y la serpiente volvió a cerrar su circulo; el anciano se inclinó ante ella y dijo:

–¿Qué has decidido?

–Sacrificarme antes de que me sacrifiquen –replicó la serpiente–. Prométeme que no vas a dejar en tierra una sola piedra.

El anciano se lo prometió y dijo después a la bella Azucena:

–¡Posa tu mano izquierda sobre la serpiente y la derecha sobre tu amado!

Azucena se arrodilló y tocó de ese modo a la serpiente y al cadáver. En ese instante, éste pareció retornar a la vida; se agitó dentro del cesto e incluso se incorporó para sentarse. Azucena lo quiso abrazar pero el viejo la retuvo; así, ayudó al mancebo a levantarse sosteniéndolo cuando salía del cesto y del círculo.

El joven estaba de pie, el canario revoloteaba en su hombro; había de nuevo vida en ambos pero el espíritu aún no había retornado. El apuesto mancebo tenía los ojos abiertos pero no veía, al menos parecía mirar todo sin interés alguno y, apenas se hubo moderado un tanto la admiración ante este fenómeno, se hizo notar la extraña manera en que se había transformado la serpiente. 

Su esbelto y hermoso cuerpo se había descompuesto en miles y miles de refulgentes piedras preciosas; la vieja, que al descuido quiso tomar su cesto, había tropezado con ellas y no se vio más la figura de la serpiente; tan sólo un hermoso círculo de resplandecientes gemas quedó sobre la hierba.

El anciano dio indicios de meterlas en el cesto, a lo cual su esposa tuvo que ayudarle. Ambos llevaron luego el cesto hacia la orilla, en un sitio elevado, y él arrojó toda la carga al río no sin el disgusto de su mujer y de las demás doncellas, a quienes les hubiera gustado elegir algunas para sí. Las gemas, como resplandecientes y fulgurantes estrellas, nadaron entre el oleaje y no podía distinguirse si se perdían a lo lejos o se sumergían.

–Señores míos –dijo el anciano encarecidamente a los fuegos fatuos–, en adelante voy a enseñaros el camino abriendo el paso; mas esperamos vuestra preciosa ayuda para franquearnos la puerta del sagrado recinto, por la cual tenemos que entrar esta vez y que nadie más que vosotros puede abrir.

Los fuegos fatuos se inclinaron cortésmente y se quedaron detrás. El anciano avanzó con la lámpara al interior de la caverna, que se abrió delante suyo. El joven, casi mecánicamente, le siguió; silenciosa e insegura, Azucena se mantuvo a cierta distancia detrás suyo, la vieja no quería quedarse atrás y alargó su mano para que la luz de la lámpara de su marido pudiera alumbrarla sin sombra alguna. Cerraron entonces los fuegos fatuos el séquito inclinando una hacia otra las puntas de sus llamas como si conversaran.

No habían andado mucho tiempo cuando el cortejo se halló delante de un gran portal de bronce cuyas hojas estaban cerradas con una cerradura de oro. Al momento, el anciano llamó a los fuegos fatuos quienes no vacilaron en consumir con sus llamas más punzantes la cerradura.

El bronce crujió cuando el portón saltó de pronto y aparecieron en el interior del recinto sagrado las dignas imágenes de los reyes, iluminadas por las luces que atravesaban desde el exterior. Todos y cada uno se inclinaron ante los venerables monarcas y especialmente los fuegos fatuos no escasearon en retorcidas genuflexiones.

Después de una pausa, el rey de oro preguntó:

–¿De donde venís?

–Del Mundo –contestó el viejo.

–¿A dónde vais? –preguntó el rey de plata.

–Al Mundo –dijo el viejo.

–¿Qué queréis de nosotros? –preguntó el rey de bronce.

–Os queremos acompañar –dijo el viejo.

El rey mixto estaba a punto de comenzar a hablar cuando el rey de oro dijo a los fuegos fatuos, quienes se le habían acercado demasiado:

–¡Alejaos de mí; mi oro no es para vuestro paladar!

En esto se dirigieron al de plata y se estrecharon a él; su traje relucía hermoso bajo los destellos dorados.

–Vosotros sois bienvenidos –dijo él–, pero yo no os puedo alimentar: ¡llenaos afuera y traedme vuestra luz! –se alejaron y caminaron en silencio pasando por donde estaba el rey de cobre, que parecía no haberlos notado, y se dirigieron hacia el rey mixto.

–¿Quién dominará el Mundo? –exclamó éste con voz tartamudeante.

–Quien está en sus pies –contestó el viejo.

–¡Ese soy yo! –dijo el rey mixto.

–Eso se manifestará –dijo el viejo–, pues el tiempo ha llegado.

La hermosa Azucena se echó al cuello del anciano y lo besó muy cordialmente.

–Santo padre –dijo ella–, mil veces te agradezco pues por tercera vez escucho estas palabras enteramente proféticas.

Apenas hubo exclamado lo anterior cuando se apoyó más fuertemente en el viejo pues el piso comenzó a vacilar bajo sus pies; la vieja y el joven se tomaron también el uno al otro; sólo los ágiles fuegos fatuos no se daban cuenta de nada.

Se podía sentir claramente que todo el templo se movía como un navío que se alejara suavemente fuera del puerto después de levar anclas; las profundidades de la Tierra parecían abrirse ante él al momento en que cruzaba. No chocó contra nada, ninguna roca se interpuso en su camino.

Durante unos instantes pareció caer una lluvia fina; el anciano sostuvo a la hermosa Azucena más fuertemente y le dijo:

–Estamos debajo del río y pronto habremos llegado a nuestro destino.

No mucho después creyeron estar en calma pero se equivocaban: el templo se elevaba.

Entonces surgió un ruido extraño por encima de sus cabezas. Tablas y vigas, en relación amorfa, comenzaron a oprimir hacia adentro ruidosamente y en dirección a la abertura de la cúpula. Azucena y la anciana saltaron a un lado, el hombre de la lámpara sujetó al mancebo y lo detuvo en su sitio. La pequeña choza del barquero –pues era ésta a la que el templo, al elevarse, había separado de la tierra y había acogido– descendió lentamente cubriendo al joven y al viejo.

Las mujeres gritaban mientras el templo se sacudía como un navío que chocase insospechadamente contra la costa. Angustiadas, las mujeres erraban bajo el crepúsculo en torno de la choza. La puerta estaba cerrada y nadie escuchaba sus toquidos. Llamaron más fuerte y no fue poco su asombro cuando al final la madera comenzó a resonar. 

Por la fuerza de la lámpara encerrada, la choza se había convertido desde dentro en plata. No pasó mucho tiempo cuando incluso cambió su figura, pues el noble metal abandonó las eventuales formas de las tablas, de los pilares y de las vigas y se extendió hasta formar un precioso edificio de un refinado trabajo. Había ahora un pequeño y hermoso templo en medio del grande o, más bien, un altar digno de un templo.

Por una escalera que ascendía desde el interior, el noble mancebo trepó hacia lo alto, el hombre de la lámpara le alumbró y otro, que parecía apoyarlo, apareció vestido en un traje blanco y corto con un ramo de plata en la mano; podía inmediatamente reconocerse en él al barquero, el anterior habitante de la choza transformada.

La bella Azucena trepó por las escaleras exteriores que conducían del templo hacia el altar; pero aún tenía que mantenerse alejada de su amado. La anciana, cuya mano se había vuelto más pequeña mientras la lámpara se mantuvo oculta, exclamo:

–¿Debo finalmente ser infeliz? ¿No hay manera de salvar mi mano con tantos milagros que suceden?

Su marido le señaló el portón abierto y le dijo:

–¡Mira, está amaneciendo! ¡Date prisa y báñate en el río!

–¡Vaya consejo! –exclamó ella–; ¡parece que debo ponerme toda negra y desaparecer del todo pues no he pagado todavía mi deuda!

–Ve –dijo el anciano– y sígueme. Todas las deudas están pagadas.

Fue la vieja corriendo y, en ese momento, la luz del Sol naciente apareció en la cúspide de la cúpula. El anciano se colocó entre el joven y la doncella y exclamó en voz alta:

–Son tres los que dominan la tierra: la Sabiduría, el Esplendor y el Poder.

A la primera palabra se levantó el rey de oro, a la segunda el de plata y a la tercera, lentamente, se puso en pie el de bronce al momento en que el rey mixto se sentó, aturdido de pronto.

Quien lo vio no podía apenas contenerse de risa a pesar del solemne momento pues no se sentaba ni se acostaba ni tampoco se apoyaba, sino que se había desplomado como una masa amorfa.

Los fuegos fatuos, que hasta entonces se habían ocupado de él, se hicieron a un lado. Parecían volver a estar, no obstante su palidez a la luz matinal, bien alimentados y de buenas llamas; habían lamido diestramente con sus agudas lenguas las doradas vetas de la colosal imagen. Los irregulares y vacíos espacios que se habían creado, permanecieron abiertos durante algún tiempo y la figura se mantuvo en su posición anterior. 
 
Pero cuando, finalmente, las vetas más tiernas fueron también consumidas la imagen se derrumbó y, por desgracia, precisamente en aquellas partes que se mantienen enteras cuando el hombre se sienta. En cambio, las articulaciones, que debían haberse doblado, se mantenían firmes. Quien no fuera capaz de reírse tenía que apartar su mirada; la combinación entre forma y masa resultaba repugnante a la vista.

El hombre de la lámpara condujo entonces al apuesto joven, aunque con la mirada aún fija durante el descenso del altar, clavada directamente en el rey de bronce. A los pies del poderoso príncipe se hallaba, dentro de su funda, una espada sobre el piso. El mancebo se la ciñó.

–¡La espada en la izquierda, la derecha libre! –exclamó el poderoso rey.

Entonces caminaron en dirección del rey de plata, quien inclinó su cetro hacia el joven. Este lo tomó con la izquierda; con agradable voz, le dijo el rey:

–¡Pastoread las ovejas!

Cuando llegaron ante el rey de oro, éste le colocó al joven la corona de encinas con gesto paternal, con el que le daba la bendición, y dijo:

–¡Reconoced lo más elevado!

El viejo había observado en todos sus detalles al joven durante esta celebración. Después de ceñirse la espada elevó su pecho, sus brazos se movieron y sus pies pisaron con más firmeza; tomando el cetro con la mano, la fuerza parecía suavizarse y volverse más poderosa en virtud de un encanto indescriptible; pero cuando la corona de encinas engalanó sus rizos, los rasgos de su rostro se avivaron, sus ojos brillaron con una indescriptible espiritualidad y la primera palabra en su boca fue:

“¡Azucena!”

–¡Querida Azucena! –exclamó él al correr a su lado subiendo las escaleras de plata, pues ella había observado sus pasos desde el pináculo del altar–. ¡Querida Azucena! ¿Qué mejor cosa puede desear un hombre dotado de todo que la inocencia y el callado afecto que tu pecho me ofrece...? ¡Oh, mi amigo! –continuó, dirigiéndose hacia el viejo y mirando a las tres imágenes sagradas–. Magnifico y seguro es el reino de nuestros padres pero has olvidado la cuarta fuerza que domina al Mundo desde sus orígenes del modo más general y seguro: el poder del Amor.

Con estas palabras se echó al cuello de la hermosa joven; había tirado el velo y sus mejillas se coloreaban del más hermoso e imperecedero rubor.

Entonces el anciano dijo, sonriente:

–El amor no gobierna pero nos templa, que es mejor.

En medio de esta solemnidad, felicidad y encanto no se habían percatado de que el día había nacido plenamente y, de golpe, les impresionaron aquellos objetos totalmente inesperados por entre el portón abierto. 
 
Ante una gran plaza rodeada de columnas se hallaba el vestíbulo, en cuyos confines se apreciaba un largo y hermoso puente que cruzaba el río sobre innumerables arcos; estaban amplia y hermosamente instalados en ambos lados para sus viajeros, con pasillos arqueados en los cuales ya se hallaban congregados muchos miles de ellos, que cruzaban afanosamente de un lado a otro. 
 
El gran camino central se animaba con el paso de rebaños, mulas, jinetes y carros que, en ambos lados, fluctuaban en corrientes sin estorbarse. Todos parecían admirarse ante la comodidad y el lujo, y el nuevo rey y su esposa estaban encantados con el movimiento y la vida de este gran pueblo, al igual que su mutuo amor los hacía felices.

–¡Honrad la memoria de la serpiente! –dijo el hombre de la lámpara–. Le debéis la vida, tu pueblo le debe el puente por el cual las dos orillas se unen y se vivifican como pueblos. Aquellas resplandecientes gemas que están en el agua, los restos de su cuerpo sacrificado, son los pilares de este hermoso puente. Sobre ellos ella misma se edificó y sola se mantendrá.

Quisieron reclamarle la aclaración de este maravilloso secreto cuando cuatro hermosas jóvenes entraron en el portón del templo. Por la lira, la sombrilla y el catrecillo podían reconocerse en seguida a las acompañantes de Azucena, pero la cuarta, más bella que las otras tres, era una desconocida que andaba corriendo con ellas a través del templo, bromeando como entre hermanas y subiendo las escaleras de plata.

–¿En el futuro me vas a creer más, querida esposa? –dijo el hombre de la lámpara a esta hermosa mujer–. ¡Que tú y toda criatura que se baña esta mañana en el río se llene de dicha y prosperidad!

La rejuvenecida y embellecida anciana, de cuyas formas no quedaba ni rastro, abrazó con revividos y juveniles brazos al hombre de la lámpara, que recibía complaciente sus caricias.

–Si te parezco demasiado viejo –dijo él, sonriendo– entonces puedes escoger a otro esposo. Desde hoy, ningún matrimonio es válido si no se contrae de nuevo.

–Es que no sabes –replicó ella– que tú también te has vuelto más joven.

–Me alegra si a tus ojos parezco un gallardo mancebo. Yo acepto de nuevo tu mano y viviré con gusto junto a ti durante el siguiente milenio.

La reina le dio la bienvenida a su nueva amiga y descendió con ella y sus demás compañeras de juegos mientras el rey, en medio de los dos hombres, miraba hacia el puente y contemplaba con atención el vívido gentío de su pueblo.

Pero no duró mucho su satisfacción; advirtió un objeto que durante un momento le provocó disgusto. El gigante, que parecía aún no haberse reincorporado de su siesta matinal, se tambaleaba a través del puente y causaba allí mismo gran desorden. Como siempre, se había levantado somnoliento pensando en bañarse en la conocida bahía del río. En vez de ésta, se encontró con tierra firme y caminó a tientas sobre el ancho empedrado del puente. 

Si bien entró entre personas y animales de la más torpe manera, era sin embargo ciertamente admirada su presencia por todos sin resentirse nadie de ella. Pero, cuando el Sol le pegó en los ojos y él levantó las manos para restregárselos, la sombra de sus inmensos puños pasó tan enérgica y torpemente detrás de él que personas y animales se derrumbaron en grandes masas, sufriendo daños y corriendo peligro de ser arrojados al río.

El rey, al ver este desaguisado, dirigió su mano instintivamente hacia su espada pero se contuvo y miró con tranquilidad primero su cetro, después la lámpara y por último el remo de sus acompañantes. 

–Adivino tus pensamientos –dijo el hombre de la lámpara–, pero nosotros y nuestras fuerzas somos impotentes contra este débil. ¡Estate tranquilo! Está causando daño por última vez y, por fortuna, se ha apartado de nosotros.

Mientras tanto, el gigante se había acercado más, había bajado sus manos admirado por lo que veían sus asombrados ojos; no hizo más daño y, boquiabierto, entró en el vestíbulo.

Caminaba hacia la puerta del templo cuando fue atrapado en medio del vestíbulo. Estaba erecto como un colosal e inmenso obelisco de piedra de un bermejo esplendor y su sombra mostraba las horas hechas en marquetería en forma de un círculo trazado en torno suyo sobre el piso, no con números sino en nobles y simbólicas imágenes.

No fue poca la alegría del rey al ver la utilidad de la sombra del gigante ni poca la sorpresa de la reina al subir con sus doncellas desde el altar, ornamentado con exagerado lujo, cuando vio hacia el puente.

Mientras tanto, el pueblo se había apretujado, detrás del gigante, siguiéndolo; y como éste se mantuviese quieto, lo rodearon admirando su transformación. La multitud partió de aquí hacia el templo, que hasta entonces parecieron advertir, y se multiplicaron junto a la puerta.

El azor volaba en ese momento en lo alto de la cúpula; con el espejo, captó la luz del Sol y la reflejó sobre el grupo, que estaba de pie en lo alto del altar. El rey, la reina y sus acompañantes parecían iluminados por un celeste resplandor dentro de la bóveda crepuscular del templo y el pueblo se arrodilló inclinando la cabeza. Cuando se hubo recuperado y reincorporado la muchedumbre, el rey descendió con los suyos dentro del altar para caminar, a través de pasadizos secretos, hacia su palacio. 

Y el pueblo se dispersó dentro del templo para satisfacer su curiosidad. Contemplaba, con arrobo y respeto, a los tres reyes erguidos, pero estaba tanto más ávido de saber qué bulto se ocultaba bajo el tapiz, dentro del cuarto nicho; pues quien haya sido, una modestia benévola había extendido un precioso manto sobre el rey caído y que ningún ojo pudo traspasar con la mirada ni mano alguna tiene permitido quitar.

El pueblo no hubiera. encontrado fin a su admiración y contemplación y la masa que continuaba entrando se hubiera aplastado dentro del templo si su atención no hubiera sido atraída de nuevo hacia la gran plaza.

Inesperadamente, cayeron del aire monedas de oro, resonando sobre las baldosas de mármol; los más cercanos se lanzaron a fin de apoderarse de ellas; aisladamente se repitió ese milagro, es decir, aquí y allí. Se comprende que los fuegos fatuos se daban otra vez gusto y malgastaban de manera alegre el oro de los miembros del rey caído. 

Ávidamente, el pueblo corrió durante algún tiempo de un lado a otro, se desgarró e incluso se desmoralizó debido a que cesaron de caer más monedas. Por último, poco a poco fue dispersándose, siguió su camino y, hasta hoy en día, el puente pulula de viajeros y el templo es el más visitado de toda la Tierra.