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Mostrando las entradas etiquetadas como experimento

El fantasma - Enrique Anderson Imbert

Se dio cuenta de que acababa de morirse cuando vio que su propio cuerpo, como si no fuera el suyo sino el de un doble, se desplomaba sobre la silla y la arrastraba en la caída. Cadáver y silla quedaron tendidos sobre la alfombra, en medio de la habitación. ¿Con que eso era la muerte? ¡Qué desengaño! Había querido averiguar cómo era el tránsito al otro mundo ¡y resultaba que no había ningún otro mundo! La misma opacidad de los muros, la misma distancia entre mueble y mueble, el mismo repicar de la lluvia sobre el techo... Y sobre todo ¡qué inmutables, qué indiferentes a su muerte lo objetos que él siempre había creído amigos!: la lámpara encendida, el sombrero en la percha...Todo, todo estaba igual. Sólo la silla volteada y su propio cadáver, cara al cielo raso. Se inclinó y se miró en su cadáver como antes solía mirarse en el espejo. ¡Qué avejentado! ¡Y esas envolturas de carne gastada! - Si yo pudiera alzarle los párpados quizá la luz azul de mis ojos ennobleciera otra vez el cuer...

El experimento - Fredric Brown

    - La primera máquina del tiempo, caballeros - Informó orgullosamente el profesor Johnson a sus dos colegas -. Es cierto que sólo se trata de un modelo experimental a escala reducida. Únicamente funcionará con objetos que pesen menos de un kilo y medio y en distancia hacia el pasado o el futuro de veinte minutos o menos. Pero funciona. El modelo a escala reducida parecía una pequeña maqueta, a excepción de dos esferas visibles debajo de la plataforma. El profesor Johnson exhibió un pequeño cubo metálico. - Nuestro objeto experimental - dijo - es un cubo de latón que pesa quinientos cuarenta y siete gramos. Primero, lo enviaré cinco minutos hacia el futuro. Se inclinó hacia delante y movió una de las esferas de la máquina del tiempo. - Consulten su reloj - advirtió. Todos consultaron su reloj. El profesor Johnson colocó suavemente el cubo en la plataforma de la máquina. Se desvaneció. Al cabo de cinco minutos justos, ni un segundo más ni un segundo menos, rea...

El límite infinito - Stanley G. Weinbaum

  Uno apenas elegiría la vida de profesor ayudante de mate­máticas en una Universidad Oriental, por insegura. En gene­ral, la gente piensa que los profesores son personas que dormitan en una existencia de sabihondos sosegada, y a un instructor de matemáticas se le considera como el más seco y menos bullicioso de los hombres, puesto que su tema de enseñanza es sumamente aburrido.  No obstante, hasta la abu­rrida ciencia de las cifras tiene sus soñadores: Clerk Maxwell, Lobachewski, Einstein y los demás. El último, el genial Albert Einstein, que está forjando la única cadena que haya unido nunca el sueño de un filósofo y la ciencia experimental, está remachando sus eslabones de tenues símbolos matemáticos, oscuros de pensamiento, pero inquebrantables.  No olvidemos que Alicia en el País de las Maravillas la escri­bió un soñador que al mismo tiempo era matemático. Yo no me clasifico entre éstos, pues soy demasiado práctico para alber­gar en mí cualquier fantasía. Mi profes...