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Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 5)

Se limpió de nuevo la ropa, se quitó los guantes y volvió a dejarlos en el cinto. Se pasó las manos por el cabello mientras miraba alrededor en busca de algo que pudiera servir de arma. No encontrando nada apropiado, comenzó a subir.

Al llegar a un rellano, Dilvish oyó un chillido aterrador.

—¡Por favor! ¡Oh, por favor! ¡Este dolor!

Dilvish permaneció inmóvil, con una mano en la barandilla y la otra extendida hacia una espada que no estaba allí. Pasó un minuto. Empezó otro. El grito no se repitió. No hubo ningún tipo de ruido en aquella dirección. Atento, Dilvish continuó subiendo sin apartarse de la pared, comprobando los escalones antes de apoyar todo su peso en ellos. Al llegar a la parte superior de la escalera, examinó el corredor en ambas direcciones. Parecía estar desierto. El grito había surgido de algún punto a la derecha. Dilvish se dirigió hacia allí.

Mientras avanzaba, oyó un repentino sollozo, delante y a la izquierda. Se acercó a la puerta ligeramente entornada de la que parecía proceder el sollozo. Se detuvo y acercó un ojo a la enorme cerradura. Había iluminación en el interior, pero nada visible aparte de un fragmento de pared sin ornamentación y el borde de una pequeña ventana. Tras erguirse, Dilvish se volvió para buscar algún arma.

El fornido criado se había aproximado en total silencio y se alzaba imponente ante Dilvish, con el bastón cayendo ya. Dilvish paró el golpe con el brazo izquierdo. Pero el impulso lanzó al criado hacia adelante y chocó con Dilvish, empujándole hacia la puerta, que se abrió de par en par, y lanzándole a la habitación. Dilvish oyó un grito detrás mientras se esforzaba en levantarse. Al mismo tiempo la puerta se cerró de golpe, y el guerrero escuchó una llave que se deslizaba en la cerradura.

—¡Una víctima! ¡Me envía una víctima cuando lo que deseo es libertad! —Siguió un suspiro—. Muy bien...

Dilvish se volvió en cuanto oyó la voz, y su memoria le llevó al instante a otro lugar. Cuerpo rojo brillante, piernas largas y delgadas, garras en todos los dedos, orejas puntiagudas, cuernos doblados hacia atrás, ojos rasgados y amarillos... La criatura estaba agazapada en el centro de un pentáculo, sin dejar de mover los pies a uno y otro lado, extendiendo las manos hacia Dilvish...

—¡Estúpido espectro! —espetó Dilvish, hablando en otra lengua—. ¿Vas a destruir a tu libertador?

El demonio echó atrás los brazos y las pupilas de sus ojos se dilataron.

—¡Hermano! ¡No te conocía en forma humana! —respondió en mabrahoring, el idioma de los demonios—. ¡Perdóname!

Dilvish se puso lentamente en pie.

—¡Estoy pensando en dejarte pudrir aquí por esta recepción! —replicó Dilvish mientras examinaba la cámara.

La habitación estaba preparada para eso, comprobó Dilvish; todo estaba yerto. En la pared opuesta había un gran espejo con un marco metálico de intrincada talla...

—¡Perdóname! —gritó el demonio, haciendo una profunda reverencia—. ¡Fíjate cómo me humillo! ¿Realmente puedes liberarme? ¿Lo harás?

—Antes explícame cómo has llegado a esta desgraciada situación —dijo Dilvish.

—¡Ah! Fue el joven mago de este lugar. ¡Está loco! Todavía puedo verlo en su torre, divirtiéndose con su locura. ¡Es dos personas en una! Un día una debe vencer a la otra. Pero hasta entonces, él empieza tareas y las deja sin acabar... como llamar a mi pobre persona a este lugar maldito, obligarme a ocupar este pentáculo dos veces maldito y privarme de su tres veces maldita presencia sin dejarme marchar. ¡Oh! ¡Ojalá estuviera libre para ajustarle las cuentas! ¡Por favor! ¡Este dolor! ¡Libérame!

—También yo he conocido un poco el dolor —dijo Dilvish—, y tú aguantarás el tuyo mientras te hago más preguntas. —Dilvish señaló el espejo con el dedo—. ¿Es ese el espejo usado para viajar?

—¡Sí! ¡Sí, es ese!

—¿Podrías reparar el daño que ha sufrido?

—No sin la ayuda del ejecutor humano que obró el encantamiento. Es demasiado potente.

—Muy bien. Recita ahora tus juramentos de despedida y yo haré lo preciso para liberarte.

—¿Juramentos? ¿Entre nosotros? ¡Ah! ¡Comprendo! ¡Temes que envidie el cuerpo que llevas puesto! Quizá seas sensato... Como quieras. Mis juramentos...

—Incluirán a todos los habitantes de esta casa —dijo Dilvish.

—¡Ah! —aulló el demonio—. ¡Vas a privarme de que me vengue de ese mago loco!

—Todos me pertenecen ahora —dijo Dilvish—. ¡No intentes regatear conmigo!

Una astuta expresión apareció en el semblante del demonio.

—¿Ah, sí...? —dijo—. ¡Ah! ¡Comprendo! Tuyos... Bien, al menos habrá venganza... con mucho desgarramiento y chillidos, confío. Eso bastará. Sabiendo eso es mucho más fácil renunciar a cualquier derecho. Mis juramentos...

El demonio inició la espeluznante letanía y Dilvish escuchó atentamente temiendo desviaciones del necesario modelo. No hubo ninguna. Dilvish pronunció las palabras de despedida. El demonio se acurrucó e inclinó la cabeza. Tras acabar, Dilvish miró el pentáculo. El demonio había desaparecido de allí, pero seguía presente en la habitación. Se hallaba en un rincón, esbozando una congraciadora sonrisa. Dilvish ladeó la cabeza.

—Estás libre —dijo—. ¡Vete!

—¡Un momento, gran señor! —dijo el demonio, encogido de miedo—. Es agradable estar libre y os lo agradezco. Sé también que solo uno de los grandes de Abajo ha podido obrar esta liberación sin un mago humano. Por eso me humillo y ruego vuestro favor un momento más para advertiros. La carne puede haber embotado vuestros sentidos normales y os hago saber que ahora percibo las vibraciones en otro plano. Algo terrible viene hacia aquí... y a menos que vos seáis parte de sus obras, o él de las vuestras, creo que debéis saberlo, gran señor.

—Ya lo sabía —dijo Dilvish—, pero me complace que me lo hayas comunicado. Revienta la cerradura de la puerta si quieres hacerme un último servicio. Luego puedes irte.

—¡Gracias! Recordad a Quennel en vuestros días de ira... ¡Y recordad que él os ha servido aquí!

El demonio dio media vuelta y pareció deshacerse como niebla con el viento, acompañado por un sordo bramido. Un momento después se produjo un brusco restallido en dirección a la puerta. Dilvish cruzó la habitación. 

La cerradura estaba destrozada. Abrió la puerta y asomó la cabeza. El corredor estaba desierto. Dudó mientras consideraba ambas direcciones. Luego, tras un ligero encogimiento de hombros, salió y se dirigió hacia la derecha.

Llegó, al cabo de un rato, a un gran comedor; el fuego seguía humeando en el hogar y el viento silbaba en la chimenea. Dilvish dio una vuelta completa a la sala, pasando junto a las paredes, las ventanas, el espejo... Volvió al punto de partida; ningún nicho de las paredes daba acceso a otra parte.

Dilvish salió y retrocedió por el pasillo. Al hacer tal cosa, oyó su nombre pronunciado con un murmullo. Se detuvo. La puerta de la izquierda estaba ligeramente abierta. Volvió la cabeza en esa dirección. Había sido una voz femenina.

—Soy yo, Reena.

La puerta se abrió más. Dilvish la vio de pie, sosteniendo una gran espada. Reena extendió el brazo.

—Vuestra espada. ¡Cogedla! —dijo ella.

Dilvish cogió la espada en sus manos, la examinó, la envainó.

—...Y vuestra daga.

Dilvish repitió el proceso.

—Lamento —dijo la joven— lo sucedido. Me sorprendió tanto como a vos. Fue obra de mi hermano, no mía.

—Creo que deseo creeros —dijo él—. ¿Cómo me habéis localizado?

—Esperé a estar segura de que Ridley había vuelto a la torre. Luego os busqué en las celdas, abajo, pero os habíais ido. ¿Cómo conseguisteis salir?

—Salí.

—¿Queréis decir que encontrasteis la puerta que hay allí?

—Sí.

Dilvish escuchó la brusca respiración de la joven, casi un jadeo.

—Eso no es nada agradable —dijo Reena—. Significa que Mack anda suelto.

—¿Quién es Mack?

—El predecesor de Ridley como aprendiz aquí. No sé exactamente qué pasó... si él ensayó algún experimento que no acabó bien, o si su transformación fue un castigo del maestro por alguna indiscreción. Fuese como fuese, Mack se convirtió en una bestia estúpida y hubo que encerrarlo abajo, debido a su enorme fuerza y a que de vez en cuando recordaba hechizos nocivos. Su esposa se volvió loca después de eso. Todavía está aquí. Fue una experta secundaria en otra época. Tenemos que salir de aquí.

—Quizá tengáis razón —dijo Dilvish—, pero acabad el relato.

—Ah. Os he estado buscando desde entonces. Cuando estaba a punto de lograrlo, noté que el demonio ya no gritaba. Fui e investigué. Comprobé que lo habían liberado. Estaba segura de que Ridley continuaba en la torre. ¿Fuisteis vos, no es cierto?

—Sí, yo lo liberé.

—Entonces pensé que podíais estar cerca, y oí que alguien se movía en el comedor. Por eso me oculté aquí y esperé a ver quién era. Os he traído vuestras armas para demostrar mis buenas intenciones.

—Aprecio el detalle. Me resta decidir qué hacer. Estoy seguro de que tendréis algunas sugerencias.

—Sí. Tengo la impresión de que el maestro vendrá aquí pronto y matará a cuantos seres vivos encuentre bajo estos techos. No quiero estar aquí cuando eso ocurra.

—En realidad, él debe llegar pronto. El demonio me lo dijo.

—Es difícil asegurar qué sabéis y qué no sabéis —dijo Reena—, qué podéis hacer y qué no podéis hacer. Es obvio que tenéis conocimientos de las artes. ¿Pretendéis permanecer aquí y hacerle frente?

—Esa era mi finalidad al recorrer tanta distancia —replicó Dilvish—. Pero quiero hacerle frente en carne y hueso y, si no lo encuentro aquí, es mi intención usar cualquier medio de transporte mágico presente para buscarlo en otras de sus fortalezas. Desconozco cómo le afectarán mis especiales presentes separado de la existencia corporal. Sé que mi espada no servirá.

—Seríais prudente —dijo Reena mientras lo cogía del brazo—, muy prudente, si seguís viviendo para combatir otro día.

—En especial si vos necesitáis mi ayuda para salir de aquí... —contestó Dilvish.

Reena asintió.

—Desconozco qué clase de rencor podéis guardarle —dijo la joven, apoyándose en Dilvish—, y sois un hombre extraño, pero no creo que esperéis vencerle aquí. Él habrá acumulado enorme poder, temiendo lo peor. Llegará con precaución... ¡Con suma precaución! Conozco una posible salida si vos colaboráis. Pero debemos apresurarnos. Él puede llegar ahora mismo. Él...

—¡Cuán astuta eres, querida muchacha! —sonó una voz seca y gutural al final del pasillo, por donde Dilvish había llegado.

Al reconocer la voz, Dilvish se volvió. Una silueta con una oscura capucha se hallaba al otro lado de la puerta del comedor.

—Y tú —prosiguió el extraño—, ¡Dilvish! Es muy difícil librarse de una persona como tú, retoño de Selar, aunque ha transcurrido mucho tiempo desde las batallas.

Dilvish sacó la espada. Una Frase Atroz quiso salir de sus labios, pero se abstuvo de pronunciarla, inseguro respecto a si lo que veía representaba en realidad una presencia física.

—¿Qué nuevo tormento puedo idear para ti? —preguntó el otro—. ¿Una transformación? ¿Una degeneración? ¿Una...?

Dilvish avanzó hacia él, haciendo caso omiso de sus palabras.

—Volved —oyó musitar a Reena detrás.

Siguió avanzando hacia la silueta de su enemigo.

—Yo no hice nada para que tú... —empezó a decir.

—Interrumpiste un rito importante.

—...Me arrebataras la vida y la echaras a perder. Me infligiste una terrible venganza con la misma naturalidad con que un hombre se deshace de un mosquito.

—Estaba enojado, igual que un hombre con un mosquito.

—Me trataste como si fuera un objeto, no una persona. Eso no puedo perdonarlo.

Una suave risita brotó de la capucha.

—Y tal parece que ahora debo tratarte igual para defenderme.

La figura alzó la mano, apuntando a Dilvish con dos dedos. Dilvish reaccionó precipitadamente: alzó la espada, recordó el hechizo de protección de Black... y seguía detestando tener que iniciar su propio hechizo. Los dedos extendidos parecieron fulgurar un instante y Dilvish notó algo similar al viento. Eso fue todo.

—¿Eres una simple ilusión de este lugar? —preguntó el otro. Había empezado a retroceder y, por primera vez, había en su voz un ligero pero perceptible temblor.

Dilvish arremetió con la espada, pero no encontró nada. La figura ya no estaba ante él. Se hallaba entre las sombras del extremo opuesto del comedor.

—¿Es tuya esta criatura, Ridley? —le oyó preguntar Dilvish de pronto—. Si es así, debo alabarte por evocar algo que no tenía deseo alguno de recordar. Pero eso no me apartará del asunto que tengo entre manos. ¡Déjate ver, si te atreves!

Dilvish escuchó un ruido de deslizamiento a la izquierda y se abrió un panel. Vio salir la delgada figura de un hombre joven, con un brillante anillo en el dedo índice de la mano izquierda.

—Muy bien. Prescindiremos de estos efectos teatrales —sonó la voz de Ridley. Parecía faltarle el aliento y hacer esfuerzos para dominarse—. Soy dueño de mí mismo y de este lugar —prosiguió. Miró a Dilvish—. ¡Tú, criatura! Me has servido bien. No tienes absolutamente nada más que hacer aquí, porque ahora todo está entre nosotros dos. Te concedo autorización para irte y adoptar tu forma natural. Puedes llevarte a la joven como pago.

Dilvish vaciló.

—¡Vete, he dicho! ¡Ahora mismo!

Dilvish salió de espaldas de la habitación.

—Veo que has dejado de lado la compasión —oyó decir a Jelerak— y que has aprendido la necesaria dureza. Esto va a ser interesante.

Dilvish vio brotar una baja pared de fuego entre ambos rivales. Escuchó risas en el comedor... ¿De quién? Él no estaba seguro. Luego hubo un crujido y una oleada de peculiares olores. De repente, la habitación se convirtió en una llamarada de luz. Con la misma brusquedad, se sumió de nuevo en las tinieblas. Las risas continuaban. Dilvish oyó caer baldosas de las paredes.

Se volvió. Reena continuaba en el mismo sitio donde la había dejado.

—Lo ha conseguido —dijo la joven en voz baja—. Ha dominado al otro. Lo ha conseguido...

—Nada podemos hacer aquí —afirmó Dilvish—. Ahora todo queda, como ha dicho él, entre ellos.

—¡Pero su nueva fuerza podría no ser suficiente!

—Supongo que Ridley lo sabe y que por eso desea que os lleve conmigo.

Bajo ellos, el suelo se estremeció. Un cuadro cayó de una pared cercana.

—No sé si puedo abandonar así a mi hermano, Dilvish.

—Tal vez esté entregando su vida por vos, Reena. Quizás haya usado sus nuevos poderes para reparar el espejo o para huir de este lugar por otro medio. Le habéis oído plantear las cosas. ¿Vais a despreciar su regalo?

Los ojos de la joven se llenaron de lágrimas.

—Es posible que Ridley no sepa nunca cuánto he deseado que triunfara.

—Tengo la impresión de que lo sabe —dijo Dilvish—. Bien, ¿cómo vamos a salvarnos?

—Venid por aquí —dijo Reena cogiéndole del brazo mientras un espantoso grito sonaba en el comedor, seguido por un tronido que pareció hacer temblar el castillo entero.

Luces multicolores centellearon detrás mientras Reena guiaba a Dilvish por el pasillo.

—Tengo un trineo —dijo la joven— en una caverna muy profunda. Está lleno de provisiones.

—¿Cómo...? —empezó a decir Dilvish, y se detuvo y levantó la espada que llevaba desenvainada.

Una anciana se hallaba ante ellos junto a la escalera y miraba coléricamente al guerrero. Pero los ojos de Dilvish habían ido más allá de la vieja para contemplar la enorme y pálida mole que, poco a poco, subía los últimos escalones con la cabeza vuelta en dirección a los dos.

—¡Ven, Mack! —chilló de pronto la anciana—. ¡El hombre que me atacó! ¡Me hirió en el costado! ¡Aplástalo!

Dilvish dirigió la punta de su espada al cuello de la criatura que se aproximaba.

—Si él me ataca, lo mataré —dijo—. No deseo hacerlo, pero la elección no está de mi mano. Está en la vuestra. Él puede ser grande y fuerte, pero no es tan rápido. Le he visto moverse. Le haré un enorme agujero, y del agujero saldrá mucha sangre. Tengo entendido que en otro tiempo le amasteis, señora. ¿Qué pensáis hacer?

Olvidadas emociones flamearon en las facciones de Meg.

—¡Mack! ¡Detente! —gritó—. No es él. ¡Me había equivocado!

Mack se detuvo.

—¿No... es... él? —dijo.

—No. Estaba... confundida.

Meg volvió los ojos hacia el final del pasillo, donde fuentes de fuego fulguraban y se esfumaban, y donde sonaban multitud de gritos, como de dos ejércitos enfrentados.

—¿Qué —dijo Meg señalando— es eso?

—El joven maestro y el viejo maestro están luchando —dijo Reena.

—¿Por qué seguís temiendo pronunciar su nombre? —preguntó Dilvish—. Él está al final del corredor. Es Jelerak.

—¿Jelerak? —Nueva luz apareció en los ojos de Mack mientras señalaba la impresionante sala—. ¿Jelerak?

—Sí —replicó Dilvish, y la pálida criatura se apartó de él y arrastró los pies hacia allí.

Dilvish buscó a Meg, pero la vieja había desaparecido. Luego oyó un grito, «¡Jelerak! ¡Muere!», en lo alto. Levantó la cabeza y vio a la criatura de alas verdes que le había atacado —¿cuánto tiempo hacía?—, volando en la misma dirección.

—Seguramente van hacia la muerte —dijo Reena.

—¿Cuánto tiempo creéis que han esperado una oportunidad como esta? —dijo Dilvish—. Estoy seguro de que ellos saben que perdieron hace mucho tiempo. Pero tener la oportunidad ahora es vencer para ellos.

—Mejor ahí dentro que con vuestra espada.

Dilvish se volvió.

—No estoy tan seguro de que él no me hubiera matado —contestó—. ¿Por dónde vamos?

—Por aquí.

Reena le condujo escalera abajo y por otro corredor que llevaba hacia el extremo norte del edificio. Todo el lugar empezó a temblar a su alrededor mientras avanzaban. Se volcaron muebles, las ventanas se hicieron añicos, cayó una viga. Luego hubo otra vez quietud unos momentos. Reena y Dilvish aceleraron el paso.

Cuando se acercaban a la cocina, el lugar tembló de nuevo con tal violencia que ambos cayeron al suelo. Fino polvo flotaba por todas partes y habían aparecido grietas en las paredes. En la cocina, ardientes brasas habían sido arrancadas de la chimenea y yacían en el suelo diseminadas, humeantes.

—Parece que Ridley está defendiéndose pese a todo.

—Sí, así es —dijo Reena sonriente.

Potes y cazuelas resonaban y chocaban entre sí cuando salieron de la cocina, dirigiéndose hacia la escalera. Los cubiertos danzaban en los cajones. Se detuvieron ante la entrada de la escalera, en el mismo momento que un gemido inhumano recorría el castillo entero. Pocos instantes después, hubo una helada corriente de aire. Una rata, en dirección a la cocina, pasó precipitadamente junto a la pareja.

Reena indicó a Dilvish que se detuviera y, apoyada en la pared, ahuecó las manos delante de su cara. Pareció susurrar algo y, un momento más tarde, creció un minúsculo fuego que se agitó y aumentó ante la joven. Reena movió las manos hacia adelante y la llama flotó hacia la escalera.

—Venid —dijo a Dilvish, y empezó a bajar.

Dilvish la siguió, y de vez en cuando las paredes crujieron siniestramente alrededor. Cuando tal cosa ocurría, la luz danzaba un instante, y algunas veces se apagaba brevemente. Mientras bajaban, los ruidos iban haciéndose más tenues.

 

(CONTINUARÁ...) 

Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 3)

Reena sacó prenda tras prenda de su guardarropa. Su habitación estaba llena de vestidos y capas, embozos y sombreros, abrigos y botas, prendas interiores y guantes. Yacían en la cama, en todas las sillas y en dos banquetas de la pared.

Tras menear la cabeza, Reena describió un lento círculo para examinar el conjunto. En la segunda vuelta, retiró una prenda de los montones y la plegó sobre su brazo izquierdo. Luego cogió una gruesa bufanda de piel de un gancho. Entregó ambas cosas al hombre alto, cetrino y silencioso que estaba de pie junto a la puerta. El arrugadísimo rostro del hombre parecía el del criado que había servido la cena: inexpresivo, de vagos ojos.

El criado recogió las prendas y las plegó. Reena le dio un segundo vestido, un sombrero, unos calzones y ropa interior. Guantes... El hombre recogió dos gruesas mantas que Reena sacó de un estante. Más calzones... Él metió todo en una especie de talego de lona.

—Lleva este... y otro vacío —dijo Reena, y se dirigió hacia la puerta.

Cruzó el umbral y atravesó el pasillo hasta una escalera, que empezó a bajar. El siervo la siguió, sosteniendo el saco junto al cuello con una mano, delante de él. Llevaba otro saco, plegado, bajo el otro brazo, que pendía rígidamente a su costado.

Reena avanzó por diversos pasillos hasta una espaciosa cocina vacía, donde el fuego seguía ardiendo sin llama en un hogar. El viento producía silbidos en la chimenea. Reena pasó junto al enorme tajadero y se dirigió hacia la habitación auxiliar de la cocina, a la izquierda. Examinó los estantes, recipientes y cajones, deteniéndose solo para mascar un bizcocho mientras miraba.

—Dame el saco —dijo—. No, ese no. El vacío.

Desplegó el saco y comenzó a llenarlo... con carnes secas, trozos de queso, botellas de vino, hogazas de pan. Hizo una pausa, examinó de nuevo las existencias, añadió luego un saquito de té y otro de azúcar. Metió también una olla pequeña y algunos cubiertos.

—Llévate este también —dijo por fin, dando media vuelta y saliendo de la despensa.

Avanzó con más precaución, con el siervo pisándole los talones en silencio, un saco en ambas manos. Reena se detuvo y aguzó el oído en rincones y escaleras antes de proseguir. Pero lo único que escuchó fueron los chillidos que sonaban muy arriba.

Finalmente llegó a una larga y estrecha escalera que bajaba y desaparecía en las tinieblas.

—Aguarda —dijo en voz baja, y alzó ambas manos, las ahuecó ante sus labios, sopló suavemente y las contempló.

Una chispita apareció en sus palmas, se apagó, brotó de nuevo mientras Reena musitaba suaves palabras. Separó las manos sin dejar de mover los labios. La minúscula luz quedó suspendida en el aire ante ella, agrandándose, aumentando su brillo. Era blancoazulada y alcanzaba la intensidad de varias velas.

Reena pronunció una última palabra y la luz empezó a moverse, desplazándose hacia abajo por la escalera. La joven la siguió. El criado fue detrás. Durante largo rato estuvieron bajando. La escalera descendía en espiral sin término visible. La luz parecía guiarlos. Las paredes cobraron humedad, frialdad, enorme frialdad, y las heladas figuras acabaron cubriéndose de una fina pátina. Reena se tapó más con la capa. Los minutos iban pasando.

Por fin llegaron a un rellano. Distantes paredes eran apenas visibles en la negrura más allá de la luz. Reena se dirigió hacia la izquierda y la luz se desplazó para precederla. Atravesaron un largo corredor ligeramente inclinado hacia abajo y, al cabo de un rato, llegaron a otra escalera, en un lugar donde las paredes se ensanchaban a ambos lados y el rocoso techo mantuvo su nivel hasta que desapareció durante el descenso.

Las dimensiones de la cámara en la que entraron no eran discernibles. Parecía más una caverna que una habitación. El suelo era menos regular que en cualquier otro punto anterior y, con mucho, era el lugar más frío que habían recorrido. Con la capa totalmente cerrada, las manos bajo ella, Reena entró en la cámara y se desplazó en diagonal hacia la derecha.

Finalmente apareció un gran trineo en forma de caja, con un ceroso trapo colgado de la punta del patín izquierdo. Se hallaba cerca del muro, en la entrada de un túnel donde bramaba un helado viento. La luz quedó encima, suspendida. Reena se detuvo y se volvió hacia el siervo.

—Ponlos ahí —dijo señalando—, en la parte delantera.

Suspiró mientras el criado obedecía, y después se inclinó y cubrió los sacos con una piel blanca que estaba plegada en el asiento del vehículo.

—Muy bien —dijo dando media vuelta—. Será mejor que regresemos.

Apuntó en la dirección por donde habían venido y la luz flotante se movió para seguir la indicación de su dedo.

En la habitación circular de la parte superior de la torre más elevada, Ridley pasaba las páginas de uno de los grandes libros. El viento bramaba como un fantasma por encima del inclinado techo, que de vez en cuando vibraba con la fuerza del aire. La misma torre tenía una oscilación apenas perceptible.

Ridley murmuró algo mientras tocaba la encuadernación de cuero, recorriendo con sus ojos las hojas color crema. No lucía ya la cadena con el anillo. El adorno descansaba en ese momento encima de una pequeña cómoda junto a la pared próxima a la puerta; un alto espejo situado encima reflejaba su imagen, con la piedra brillando pálidamente.

Sin dejar de murmurar, Ridley pasó una hoja, luego otra, y se detuvo. Cerró los ojos un momento y se volvió, dejando el libro en el atril. Se situó en el centro exacto de la habitación y permaneció allí largo rato, en el centro de un diagrama rojo dibujado en el suelo. Prosiguió murmurando. De pronto dio media vuelta y se acercó a la cómoda. Cogió el anillo y la cadena. Desató la segunda y retiró el primero.

Sosteniendo el anillo entre el pulgar y el índice de la mano derecha, extendió el índice de la otra mano y rápidamente deslizó el anillo en ese dedo. Lo sacó casi de inmediato y respiró profundamente. Contempló su reflejo en el espejo. Se apresuró a ponerse de nuevo el anillo, se detuvo unos segundos, lo retiró con más lentitud.

Dio vueltas al anillo y lo examinó. La piedra parecía brillar un poco más. Se lo puso una vez más, se lo quitó, se detuvo, se lo puso, se lo quitó, se lo puso, se detuvo, se lo quitó, volvió a ponérselo, hizo una pausa más larga, empezó a quitárselo con lentitud, se lo puso otra vez...

De haber mirado el espejo, Ridley habría reparado en que cada manipulación del anillo provocaba un rápido cambio de expresión en su semblante. El joven pasó por ciclos de asombro y placer, temor y satisfacción mientras el anillo entraba y salía en su dedo. Se lo quitó otra vez y lo dejó encima de la cómoda. Se frotó el dedo. Se contempló en el espejo, bajó los ojos, miró fijamente las profundidades de la piedra. Se humedeció los labios.

Dio media vuelta, dio varios pasos sobre el dibujo, se detuvo. Se volvió y contempló el anillo. Volvió y lo cogió, y lo sopesó en la palma de su mano derecha. Volvió a ponérselo en el dedo y siguió luciéndolo, todavía aferrándolo fuertemente con los dedos de la otra mano. En esta ocasión apretó los dientes y arrugó la frente.

En ese momento el espejo se empañó y una nueva imagen empezó a tomar forma en el cristal. Roca y nieve... Cierto tipo de movimiento... Un hombre... El hombre se arrastraba por la nieve... No. ¡Las manos del hombre buscaban asideros! ¡Avanzaba hacia arriba, no hacia adelante! ¡Estaba trepando, no arrastrándose!

La imagen se hizo más clara. Mientras el hombre subía y localizaba otro apoyo para los pies, Ridley vio las botas verdes. Acto seguido... Ridley dio una brusca orden. Hubo un efecto en lontananza. El hombre empequeñeció, la faz de la escarpa se amplió y se elevó. Allí, por encima del escalador, se alzaba el castillo, aquel castillo con la luz brillante en la ventana de la torre más elevada.

Tras lanzar una maldición, Ridley arrancó el anillo de su dedo. La imagen desapareció al instante, para ser sustituida por la colérica expresión de Ridley.

—¡No! —gritó, corriendo hacia la puerta y abriéndola—. ¡No!

Abrió la puerta de par en par y bajó como una flecha la escalera de caracol.

Dilvish descansó un rato, espalda y piernas apoyadas en los lados de la chimenea de roca, los guantes en su regazo. Sopló sobre sus manos, se las frotó. La grieta acababa a corta distancia por encima de su cabeza. No habría más descansos hasta que llegara a la cumbre, y luego... ¿quién podía decirlo?

Algunos copos de nieve flotaban alrededor. Dilvish escrutó el oscuro cielo, como había hecho regularmente, previendo el retorno de la criatura voladora, pero no vio nada. La idea de que la criatura le atrapara en posición vulnerable le producía considerable preocupación. Siguió frotándose las manos hasta notar picor, hasta percibir que recuperaban un poco de calor. Después se puso los guantes para conservar esa calidez. Echó atrás la cabeza tanto como pudo y miró hacia arriba. Había recorrido dos terceras partes del ascenso por la faz vertical.

Buscó y localizó nuevos asideros para las manos. Escuchó los latidos de su corazón, momentáneamente normales otra vez. Poco a poco, cautelosamente, Dilvish siguió subiendo con los brazos extendidos. Un último impulso hacia arriba. Tras salir de la chimenea, Dilvish se agarró a un saliente y subió un poco más. Sus pies encontraron un punto de apoyo y extendió de nuevo una mano.

Se preguntó si Black habría descubierto un buen camino para bajar. Pensó en su última comida, fría y seca, que estuvo a punto de congelar su lengua. Recordó mejores alimentos en tiempos pasados y notó que la boca se le hacía agua. Llegó a un lugar resbaladizo, lo pasó. Le extrañó la extraña sensación que había tenido antes, como si alguien estuviera vigilándole. 

Había escudriñado el cielo apresuradamente, pero la criatura voladora no estaba por allí. Tras situarse en una gruesa proyección rocosa, sonrió al comprobar que el muro de piedra se inclinaba hacia adentro. Encontró un punto de apoyo para los pies y trepó.

Avanzó con más rapidez a partir de entonces, y al poco tiempo topó con un abrupto borde que quizá fuera el fin de la escalada. Ascendió penosamente hacia el reborde mientras la pendiente se intensificaba y meditó sus movimientos una vez llegara a la cima. Trepó cada vez más deprisa, y por fin la pendiente se suavizó y pudo avanzar agachado. 

Cerca de lo que le pareció la cumbre, trepó más pausadamente hasta quedar tendido a poco menos de dos metros del borde. Aguzó el oído unos instantes, pero no había ruidos aparte del viento.

Con sumo cuidado, los guantes en los dientes, Dilvish sacó el cinto con la espada por encima del brazo y el hombro, y de la cabeza. Desató el cinto y lo bajó. Compuso su ropa, se colocó después el cinto en la cintura. Avanzó con gran lentitud ante la proximidad del borde. 

Cuando por fin alzó la cabeza sobre la roca, sus ojos se llenaron del blanco fulgor del castillo, erguido cual obra de pastelero no demasiado lejos. Pasaron varios minutos mientras Dilvish examinaba el lugar. Nada se movía aparte de la nieve. Buscó una puerta lateral, una ventana baja, cualquier entrada indirecta... Cuando creyó haber encontrado lo que buscaba, trepó al saliente y prosiguió su avance.

Meg estaba cantando a las bailarinas ratas. Las antorchas tremolaban. La humedad corría por las paredes. La bruja tranquilizó a los animales con migas de pan. Las acarició, las rascó y se rió entre dientes.

Hubo otro fuerte golpe en la puerta central. En esta ocasión la madera se astilló cerca de las bisagras.

—Mmeg... ¡Mmeg!...

Y el gran ojo apareció de nuevo detrás de las rejas. Meg levantó la cabeza, observó los húmedos y azulados ojos. Una preocupada expresión asomó en su semblante.

—¿Sí?... —dijo en voz baja.

—¡Meg!

Hubo otro estrépito. La puerta se estremeció. Aparecieron grietas en los bordes.

—¡Meg!

Otro golpe. La puerta crujió y sobresalió del marco; las rajas se ensancharon. Meg agitó la cabeza.

—¿Sí? —dijo en voz más alta, con cierta excitación en su tono.

Las ratas saltaron de su regazo, de sus hombros, de sus rodillas y huyeron precipitadamente por la paja. El siguiente golpe arrancó la puerta de sus goznes, empujándola casi medio metro hacia afuera. 

Una manaza cadavérica, más bien una garra, apareció en el borde con una cadena colgando de un puño metálico alrededor de la muñeca que resonó al golpear la pared, la puerta...

—¿Meg?

La bruja se puso en pie, dejando caer el pan restante que llevaba en el chal. Un negro torbellino de peludos cuerpos se agitó alrededor de las migas, y los chillidos apagaron la réplica de la bruja, que se abrió paso entre las ratas. Otro empujón abrió más la puerta. 

Una cabeza blanca, gigantesca y calva, con una zanahoria colgante por nariz, se asomó por el borde. El cuello era tan grueso que parecía prolongarse hasta los extremos de los anchos hombros. Los brazos eran tan grandes como muslos, la piel albina y con manchones de grasa. Apartó la puerta con un hombro y salió, con la espalda inclinada en un ángulo anormal, la cabeza echada hacia adelante, moviendo unas piernas como columnas. Vestía los jirones de una camisa y los desgarrados restos de unos calzones que, igual que su propietario, habían perdido por completo el color. Los ojos azules, que parpadearon y se humedecieron con la luz de las antorchas, se centraron en Meg.

—¿Mack?... —dijo la bruja.

—¿Meg?...

—¡Mack!

—¡Meg!

La bruja corrió a abrazar al cuarto de tonelada de níveos músculos, con los ojos también húmedos mientras él lograba estrecharla con suavidad. Ambos se hablaron con tiernos murmullos. Finalmente, la bruja le agarró el enorme brazo con su manita.

—Ven. Ven, Mack —le dijo—. Comida para ti. Calor. Estarás libre. Ven.

Le condujo hacia la salida de la cámara, olvidando a sus preciosas ratas. 

Ignorado, el criado de apergaminada piel se movía en los aposentos de Reena con silenciosos pies, recogiendo las esparcidas prendas y volviéndolas a poner en cajones y armarios. Reena estaba sentada ante el tocador, peinándose. Al terminar de poner en orden la habitación, el criado se acercó y se paró junto a la joven. Reena alzó la cabeza, miró alrededor.

—Muy bien —dijo—. No tengo más necesidad de ti. Puedes volver a tu ataúd.

La silueta de la oscura librea dio media vuelta y se fue. Reena se levantó y cogió una palangana de debajo de la cama. Tras llevarla a la mesita de noche, añadió agua de una jarra azul que estaba allí. Volvió al tocador, cogió una de las velas que había cerca del espejo y la colocó a la izquierda de la palangana. Luego se agachó y contempló la húmeda superficie. Las imágenes corrían en el agua... Mientras Reena observaba, fluyeron hasta unirse, se separaron, se combinaron...

El hombre estaba cerca de la cumbre. Reena se estremeció ligeramente al verlo detenerse para quitarse el cinto que llevaba al hombro y atárselo con la espada a la cintura. Lo vio trepar más, hasta el mismo borde. 

Lo vio examinar el castillo largo rato. Después, el desconocido subió y avanzó por la nieve... ¿Adónde iba? ¿Dónde buscaría una entrada? ...Hacia el norte y acercándose, hacia las ventanas del sombrío almacén de la parte trasera. ¡Naturalmente! La nieve estaba amontonada a más altura allí y muy endurecida. El hombre podía alcanzar el alféizar y encaramarse desde allí.

Solo precisaría unos momentos para abrir un agujero cerca del cerrojo con el puño de su arma, meter una mano y abrirlo. Después, varios largos minutos con la espada para astillar el hielo incrustado en el marco. Más tiempo para abrir la ventana. Otros segundos más para localizar la juntura de los postigos interiores, para introducir la hoja entre ambos, levantarla y soltar el pestillo... Luego se hallaría desorientado en una oscura habitación llena de objetos en desorden. 

Tardaría varios minutos más en superar esa situación... Reena sopló suavemente sobre la superficie del agua y la imagen desapareció entre escarceos. Tras coger la vela, la llevó al tocador, la dejó en el mismo sitio. Volvió a poner la palangana en su posición anterior. Se sentó ante el espejo y cogió un pequeño cepillo y una cajita metálica para añadir un toque de color a sus labios.

Ridley despertó a un criado y lo condujo arriba, para recorrer el pasillo que llevaba a la habitación de donde procedían los gritos. Tras detenerse ante la puerta, buscó la llave adecuada en el aro que llevaba al cinto y la abrió.

—¡Por fin! —sonó la voz del interior—. ¡Por favor! Ya...

—¡Cierra la boca! —dijo Ridley, y se volvió. Cogió del brazo al criado y lo condujo hacia la puerta abierta del pasillo. Empujó al criado para meterle en las sombras de la habitación.

—Ponte a un lado —le ordenó—. Quédate ahí. —Siguió guiándolo—. Ahí... donde no pueda verte nadie que pase cerca, pero donde puedas vigilar a ese. Ahora coge esta llave y escucha con atención. Si viene alguien a investigar estos gritos, debes estar preparado. En cuanto él quiera abrir esa puerta, sales rápidamente por detrás de él, le das un golpe y lo encierras... ¡Pega fuerte! Luego cierras la puerta con llave sin perder un instante. Después puedes volver a tu ataúd.

Ridley lo dejó solo, salió al corredor, vaciló un instante y se alejó en dirección al comedor.

—La hora ha llegado —anunció el rostro del espejo, en el mismo momento que entraba el joven.

Ridley se acercó al cristal, contempló la torva cara. Cogió el anillo y se lo puso.

—¡Silencio! —dijo—. Has cumplido tu misión. ¡Vete ya!

El rostro desapareció cuando sus labios empezaban a formar de nuevo las familiares palabras, y Ridley contempló su sombrío reflejo rodeado por el elegante marco. Sonrió vanidosamente, después su semblante cobró seriedad. Sus ojos se entrecerraron, su imagen osciló. El espejo se empañó y se aclaró. Ridley vio al hombre de las botas verdes de pie en el borde de una ventana, astillando el hielo...

Empezó a dar vueltas al anillo. Lo fue volviendo poco a poco, sin cesar, mordiéndose el labio mientras tanto. Luego, bruscamente, lo arrancó de su dedo y suspiró. La presuntuosa sonrisa volvió a su reflejado semblante. Ridley dio media vuelta y cruzó la sala. Pasó por un panel corredizo, se metió por una trampa en el suelo y bajó una escalerilla. Avanzando con rapidez, por todos los atajos que conocía, se dirigió una vez más a la habitación de los siervos.

 

(CONTINUARÁ...) 

Corazones Perdidos - M. R. James

Fue, hasta donde puedo averiguar, en septiembre del año 1811 cuando una silla de postas se detuvo ante la puerta de Aswarby Hall, en el corazón de Lincolnshire. El niño que era el único pasajero en la silla, y que saltó tan pronto como se detuvo, miró a su alrededor con la más viva curiosidad durante el corto intervalo que transcurrió entre el toque de la campanilla y la apertura de la puerta principal. 

Vio una casa alta, cuadrada, de ladrillo rojo, construida en el reinado de la reina Ana; se había añadido un pórtico de pilares de piedra en el estilo clásico más puro de 1790; las ventanas de la casa eran muchas, altas y estrechas, con cristales pequeños y carpintería blanca y gruesa. Un frontón, perforado por una ventana redonda, coronaba la fachada. 

Había alas a derecha e izquierda, conectadas por curiosas galerías acristaladas, sostenidas por columnatas, con el bloque central. Estas alas contenían claramente los establos y las dependencias de la casa. Cada una estaba rematada por una cúpula ornamental con una veleta dorada.

Una luz vespertina brillaba sobre el edificio, haciendo que los cristales de las ventanas resplandecieran como otros tantos fuegos. Frente a la mansión se extendía un parque llano, salpicado de robles y bordeado de abetos, que se recortaban contra el cielo. El reloj del campanario de la iglesia, oculto entre los árboles al borde del parque, del que solo su veleta dorada captaba la luz, daba las seis, y el sonido llegaba suavemente, arrastrado por el viento. 

Fue, en conjunto, una impresión agradable, aunque teñida con la especie de melancolía propia de una tarde de principios de otoño, la que se transmitió a la mente del niño que estaba de pie en el porche, esperando que la puerta se abriera para él.

La silla de postas lo había traído desde Warwickshire, donde, unos seis meses antes, había quedado huérfano. Ahora, gracias a la generosa oferta de su anciano primo, el señor Abney, había venido a vivir a Aswarby. La oferta fue inesperada, porque todos los que sabían algo del señor Abney lo consideraban un recluso algo austero, en cuyo hogar de costumbres tranquilas la llegada de un niño pequeño importaría un elemento nuevo y, al parecer, incongruente. 

La verdad es que se sabía muy poco de las ocupaciones o del temperamento del señor Abney. Se había oído decir al profesor de griego de Cambridge que nadie sabía más de las creencias religiosas de los últimos paganos que el dueño de Aswarby. Ciertamente, su biblioteca contenía todos los libros entonces disponibles sobre los Misterios, los poemas órficos, el culto a Mitra y los neoplatónicos. 

En el vestíbulo de mármol se erguía un magnífico grupo de Mitra matando a un toro, que había sido importado del Levante con gran costo por el propietario. Había contribuido con una descripción del mismo al Gentleman's Magazine, y había escrito una notable serie de artículos en el Critical Museum sobre las supersticiones de los romanos del Bajo Imperio. 

Era considerado, en fin, como un hombre absorto en sus libros, y fue motivo de gran sorpresa entre sus vecinos que se hubiera enterado de la existencia de su primo huérfano, Stephen Elliott, y mucho más que se hubiera ofrecido a hacerlo un residente de Aswarby Hall.

Independientemente de lo que esperaran sus vecinos, es cierto que el señor Abney —el alto, el delgado, el austero— parecía dispuesto a dar a su joven primo una amable bienvenida. En el momento en que se abrió la puerta principal, salió disparado de su estudio, frotándose las manos con deleite.

—¿Cómo estás, muchacho? ¿Cómo estás? ¿Qué edad tienes? —dijo él—. Es decir, espero que no estés demasiado cansado del viaje para cenar.

—No, gracias, señor —dijo el joven Elliott—; me encuentro bastante bien.

—Así me gusta —dijo el señor Abney—. ¿Y qué edad tienes, mi niño?

Parecía un poco extraño que hubiera hecho la pregunta dos veces en los dos primeros minutos de conocerse.

—Cumplo doce años en mi próximo cumpleaños, señor —dijo Stephen.

—¿Y y cuándo es tu cumpleaños, mi querido niño? ¿El once de septiembre, eh? Eso está bien, eso está muy bien. Dentro de casi un año, ¿no es así? Me gusta… ¡ja, ja!… me gusta anotar estas cosas en mi libro. ¿Seguro que son doce? ¿Absolutamente seguro?

—Sí, completamente seguro, señor.

—¡Bien, bien! Llévelo a la habitación de la señora Bunch, Parkes, y que tome su té… su cena… lo que sea.

—Sí, señor —respondió el formal señor Parkes; y condujo a Stephen a las dependencias inferiores.

La señora Bunch fue la persona más reconfortante y humana que Stephen había conocido hasta entonces en Aswarby. Lo hizo sentirse completamente como en casa; se hicieron grandes amigos en un cuarto de hora, y grandes amigos siguieron siendo. 

La señora Bunch había nacido en los alrededores unos cincuenta y cinco años antes de la llegada de Stephen, y su residencia en la mansión era de veinte años. En consecuencia, si alguien conocía los entresijos de la casa y el distrito, la señora Bunch los conocía; y no era en absoluto reacia a comunicar su información.

Ciertamente, había muchas cosas sobre la mansión y sus jardines que Stephen, que era de natural aventurero e inquisitivo, estaba ansioso por que le explicaran. «¿Quién construyó el templete al final del paseo de los laureles? ¿Quién era el anciano cuyo retrato colgaba en la escalera, sentado a una mesa, con una calavera bajo la mano?». Estos y muchos otros puntos similares fueron aclarados por los recursos del poderoso intelecto de la señora Bunch. Había otros, sin embargo, de los cuales las explicaciones proporcionadas eran menos satisfactorias.

Una tarde de noviembre, Stephen estaba sentado junto al fuego en la habitación del ama de llaves, reflexionando sobre su entorno.

—¿Es el señor Abney un buen hombre, e irá al cielo? —preguntó de repente, con la peculiar confianza que los niños poseen en la capacidad de sus mayores para resolver estas cuestiones, cuya decisión se cree reservada para otros tribunales.

—¿Buen hombre? ¡Dios bendiga al niño! —dijo la señora Bunch—. ¡El señor es el alma más bondadosa que he visto en mi vida! ¿No te conté nunca lo del niño que recogió de la calle, como quien dice, hace ya siete años? ¿Y lo de la niña, dos años después de que yo llegara aquí?

—No. ¡Cuéntemelo todo, señora Bunch, ahora mismo!

—Bueno —dijo la señora Bunch—, de la niña no parece que me acuerde mucho. Sé que el señor la trajo consigo de su paseo un día, y le dio órdenes a la señora Ellis, que era el ama de llaves entonces, de que la cuidaran con todo esmero. Y la pobrecilla no tenía a nadie que le perteneciera, me lo dijo ella misma, y aquí vivió con nosotros cosa de tres semanas, puede ser; y luego, fuera que tuviera algo de gitana en la sangre o qué sé yo, pero una mañana se levantó de la cama antes de que ninguno de nosotros hubiera pegado ojo, y ni rastro ni huella de ella he vuelto a ver desde entonces. El señor se disgustó muchísimo e hizo dragar todos los estanques; pero yo creo que se la llevaron los gitanos, porque hubo cantos alrededor de la casa durante casi una hora la noche que se fue, y Parkes, él declara que los oyó llamar en los bosques toda esa tarde. ¡Ay, ay! Una niña extraña era, tan silenciosa en sus maneras y todo, pero yo le había cogido un cariño enorme, tan casera que era… sorprendente.

—¿Y qué hay del niño? —dijo Stephen.

—¡Ah, ese pobrecito! —suspiró la señora Bunch—. Era extranjero, Jevanny se hacía llamar, y vino a tocar su organillo por los alrededores del camino de entrada un día de invierno, y el señor lo hizo entrar en el acto, y le preguntó de dónde venía, y qué edad tenía, y cómo se ganaba la vida, y dónde estaban sus parientes, y todo tan amable como se pueda desear. Pero con él pasó lo mismo. Son una gente revoltosa, supongo, esas naciones extranjeras, y una buena mañana se marchó, igual que la niña. Por qué se fue y qué hizo fue nuestra pregunta durante casi un año después; porque nunca se llevó su organillo, y ahí está, en el estante.

El resto de la tarde lo pasó Stephen en un interrogatorio misceláneo a la señora Bunch y en esfuerzos por extraer una melodía del organillo.

Esa noche tuvo un sueño curioso. Al final del pasillo en el piso de arriba de la casa, donde estaba su dormitorio, había un viejo cuarto de baño en desuso. Se mantenía cerrado con llave, pero la mitad superior de la puerta era de cristal y, como las cortinas de muselina que solían colgar allí habían desaparecido hacía tiempo, se podía mirar adentro y ver la bañera revestida de plomo, adosada a la pared de la derecha, con la cabecera hacia la ventana.

La noche de la que hablo, Stephen Elliott se encontró, según le pareció, mirando a través de la puerta acristalada. La luna brillaba a través de la ventana, y él contemplaba una figura que yacía en la bañera.

Su descripción de lo que vio me recuerda a lo que una vez contemplé yo mismo en las famosas criptas de la iglesia de San Michan en Dublín, que poseen la horrible propiedad de preservar los cadáveres de la descomposición durante siglos. 

Una figura inexpresablemente delgada y patética, de un color plomizo y polvoriento, envuelta en una vestidura similar a un sudario, los delgados labios torcidos en una sonrisa débil y espantosa, las manos apretadas fuertemente sobre la región del corazón.

Mientras la miraba, un gemido distante, casi inaudible, pareció brotar de sus labios, y los brazos comenzaron a moverse. El terror de la visión hizo retroceder a Stephen, y despertó al hecho de que, en efecto, estaba de pie en el frío suelo de tablas del pasillo, bajo la plena luz de la luna. Con un coraje que no creo que sea común entre los niños de su edad, fue a la puerta del cuarto de baño para asegurarse de si la figura de su sueño estaba realmente allí. No lo estaba, y volvió a la cama.

La señora Bunch quedó muy impresionada a la mañana siguiente por su historia, y llegó al extremo de volver a colocar la cortina de muselina sobre la puerta acristalada del cuarto de baño. El señor Abney, además, a quien confió sus experiencias en el desayuno, se mostró muy interesado e hizo anotaciones sobre el asunto en lo que él llamaba «su libro».

Se acercaba el equinoccio de primavera, como el señor Abney recordaba con frecuencia a su primo, añadiendo que los antiguos siempre lo habían considerado un momento crítico para los jóvenes; que Stephen haría bien en cuidarse y cerrar la ventana de su dormitorio por la noche; y que Censorino tenía algunas observaciones valiosas sobre el tema. Dos incidentes que ocurrieron por esa época dejaron una impresión en la mente de Stephen.

El primero fue después de una noche inusualmente inquieta y opresiva que había pasado, aunque no podía recordar ningún sueño en particular que hubiera tenido.

La tarde siguiente, la señora Bunch se ocupaba de remendar su camisón.

—¡Santo cielo, señorito Stephen! —exclamó con cierta irritación—. ¿Cómo se las arregla para hacer trizas su camisón de esta manera? ¡Mire aquí, señor, qué molestias les da a los pobres sirvientes que tienen que zurcir y remendar lo que usted estropea!

Había, en efecto, una serie de cortes o rasguños de lo más destructivos y aparentemente deliberados en la prenda, que sin duda requerirían una aguja hábil para repararlos. Se limitaban al lado izquierdo del pecho: cortes largos y paralelos, de unas seis pulgadas de longitud, algunos de los cuales no llegaban a perforar la tela del lino. Stephen solo pudo expresar su total ignorancia sobre su origen; estaba seguro de que no estaban allí la noche anterior.

—Pero —dijo—, señora Bunch, son exactamente iguales que los arañazos en el exterior de la puerta de mi dormitorio; y estoy seguro de que no tuve nada que ver en hacerlos.

La señora Bunch lo miró con la boca abierta, luego cogió una vela, salió apresuradamente de la habitación y se la oyó subir las escaleras. En pocos minutos bajó.

—Bueno —dijo—, señorito Stephen, me resulta muy curioso cómo han podido aparecer esas marcas y arañazos; demasiado altos para que los haya hecho un gato o un perro, y mucho menos una rata; parecen, por todo el mundo, las uñas de un chino, como nos contaba mi tío del comercio del té cuando éramos niñas. Yo no le diría nada al señor, si fuera usted, mi querido señorito Stephen; y eche la llave a la puerta cuando se vaya a la cama.

—Siempre lo hago, señora Bunch, en cuanto termino mis oraciones.

—Ah, ese es un buen niño: reza siempre tus oraciones, y entonces nadie podrá hacerte daño.

Con esto, la señora Bunch se dedicó a remendar el camisón dañado, con intervalos de meditación, hasta la hora de acostarse. Esto fue un viernes por la noche de marzo de 1812.

La tarde siguiente, el dúo habitual de Stephen y la señora Bunch se vio aumentado por la repentina llegada del señor Parkes, el mayordomo, quien por lo general se mantenía bastante apartado en su propia despensa. No vio que Stephen estuviera allí; además, estaba alterado y hablaba con menos lentitud de lo habitual.

—El señor puede subir su propio vino por la noche, si le place —fue su primer comentario—. O lo hago durante el día o no lo hago en absoluto, señora Bunch. No sé qué pueda ser; muy probablemente sean las ratas, o el viento que se ha metido en las bodegas; pero ya no soy tan joven como antes, y no puedo seguir con esto como lo he hecho.

—Bueno, señor Parkes, ya sabe que la mansión es un lugar sorprendente para las ratas.

—No lo niego, señora Bunch; y, desde luego, muchas veces he oído la historia de los hombres en los astilleros sobre la rata que podía hablar. Nunca antes le di crédito a eso; pero esta noche, si me hubiera rebajado a pegar el oído a la puerta del último nicho, casi podría haber oído lo que estaban diciendo.

—¡Oh, vamos, señor Parkes, no tengo paciencia con sus fantasías! ¡Ratas hablando en la bodega, vaya cosa!

—Bueno, señora Bunch, no tengo ningún deseo de discutir con usted; todo lo que digo es que, si decide ir al último nicho y pegar el oído a la puerta, puede comprobar mis palabras en este mismo instante.

—¡Qué tonterías dice, señor Parkes, no son aptas para que las escuchen los niños! ¡Va a asustar al señorito Stephen y a dejarlo sin aliento!

—¡Cómo! ¿El señorito Stephen? —dijo Parkes, dándose cuenta de la presencia del niño—. El señorito Stephen sabe de sobra cuándo estoy bromeando con usted, señora Bunch.

De hecho, el señorito Stephen sabía demasiado bien que el señor Parkes no había tenido la intención de bromear en un principio. Estaba interesado, aunque no del todo gratamente, en la situación; pero todas sus preguntas fueron infructuosas para inducir al mayordomo a dar un relato más detallado de sus experiencias en la bodega.

Hemos llegado ahora al 24 de marzo de 1812. Fue un día de experiencias curiosas para Stephen: un día ventoso y ruidoso, que llenó la casa y los jardines con una impresión de inquietud. 

Mientras Stephen estaba de pie junto a la valla de los terrenos y miraba hacia el parque, sentía como si una procesión interminable de gente invisible pasara barriendo junto a él con el viento, arrastrada irresistible e inútilmente, esforzándose en vano por detenerse, por agarrarse a algo que pudiera detener su vuelo y devolverlos al contacto con el mundo de los vivos del que habían formado parte. Después del almuerzo de ese día, el señor Abney dijo:

—Stephen, muchacho, ¿crees que podrías venir a mi estudio esta noche, tan tarde como a las once? Estaré ocupado hasta esa hora, y deseo mostrarte algo relacionado con tu vida futura que es de suma importancia que conozcas. No debes mencionar este asunto a la señora Bunch ni a nadie más en la casa; y será mejor que te vayas a tu habitación a la hora de siempre.

He aquí una nueva emoción añadida a la vida: Stephen aprovechó con avidez la oportunidad de quedarse despierto hasta las once. Echó un vistazo a la puerta de la biblioteca de camino a su habitación esa noche, y vio un brasero, que a menudo había notado en un rincón de la estancia, sacado frente al fuego; una vieja copa de plata dorada estaba sobre la mesa, llena de vino tinto, y algunas hojas de papel escritas yacían cerca. El señor Abney estaba esparciendo incienso en el brasero desde una caja de plata redonda mientras Stephen pasaba, pero no pareció notar sus pasos.

El viento había amainado, y había una noche tranquila y una luna llena. Hacia las diez, Stephen estaba de pie en la ventana abierta de su dormitorio, mirando el campo. A pesar de la quietud de la noche, la misteriosa población de los lejanos bosques iluminados por la luna aún no se había adormecido. 

De vez en cuando, extraños gritos como de vagabundos perdidos y desesperados sonaban desde el otro lado del lago. Podían ser los cantos de búhos o aves acuáticas, pero no se parecían del todo a ninguno de los dos sonidos. ¿No se estaban acercando? Ahora sonaban desde el lado más cercano del agua, y en pocos momentos parecieron flotar entre los arbustos. 

Luego cesaron; pero justo cuando Stephen pensaba en cerrar la ventana y reanudar su lectura de Robinson Crusoe, divisó dos figuras de pie en la terraza de grava que corría a lo largo del lado del jardín de la mansión: las figuras de un niño y una niña, al parecer; estaban uno al lado del otro, mirando hacia las ventanas. Algo en la forma de la niña le recordó irresistiblemente su sueño de la figura en la bañera. El niño le inspiró un miedo más agudo.

Mientras la niña permanecía quieta, medio sonriendo, con las manos entrelazadas sobre el corazón, el niño, una figura delgada, de pelo negro y ropas raídas, alzaba los brazos al aire con un ademán de amenaza y de un hambre y anhelo insaciables. 

La luna brillaba sobre sus manos casi transparentes, y Stephen vio que las uñas eran terriblemente largas y que la luz las atravesaba. Mientras estaba de pie con los brazos así levantados, reveló un espectáculo aterrador. En el lado izquierdo de su pecho se abría una herida negra y abierta; y cayó sobre el cerebro de Stephen, más que sobre su oído, la impresión de uno de esos gritos hambrientos y desolados que había oído resonar sobre los bosques de Aswarby toda esa tarde. En otro instante, esta espantosa pareja se había movido rápida y silenciosamente sobre la grava seca, y no los vio más.

Inexpresablemente asustado como estaba, decidió tomar su vela y bajar al estudio del señor Abney, pues la hora señalada para su encuentro estaba cerca. El estudio o biblioteca se abría desde el vestíbulo principal por un lado, y Stephen, acuciado por sus terrores, no tardó mucho en llegar. Entrar no fue tan fácil. No estaba cerrada con llave, estaba seguro, pues la llave estaba en el exterior de la puerta como de costumbre. 

Sus repetidos golpes no produjeron respuesta. El señor Abney estaba ocupado: estaba hablando. ¡Qué! ¿Por qué intentaba gritar? ¿Y por qué el grito se ahogaba en su garganta? ¿Había visto él también a los misteriosos niños? Pero ahora todo estaba en silencio, y la puerta cedió al empuje aterrorizado y frenético de Stephen.

Sobre la mesa del estudio del señor Abney se encontraron ciertos papeles que explicaron la situación a Stephen Elliott cuando tuvo edad para entenderlos. Las frases más importantes eran las siguientes:

«Era una creencia muy fuerte y generalmente sostenida por los antiguos —de cuya sabiduría en estos asuntos he tenido tal experiencia que me induce a confiar en sus afirmaciones— que, al realizar ciertos procesos, que para nosotros los modernos tienen algo de bárbaro, se puede alcanzar una iluminación muy notable de las facultades espirituales del hombre: que, por ejemplo, al absorber las personalidades de un cierto número de sus semejantes, un individuo puede obtener un completo dominio sobre aquellos órdenes de seres espirituales que controlan las fuerzas elementales de nuestro universo.

»Se cuenta de Simón el Mago que era capaz de volar por el aire, de volverse invisible o de asumir cualquier forma que quisiera, por la acción del alma de un niño a quien, para usar la frase difamatoria empleada por el autor de las Reconocimientos Clementinos, había “asesinado”».

«Encuentro además consignado, con considerable detalle en los escritos de Hermes Trismegisto, que resultados felices similares pueden producirse por la absorción de los corazones de no menos de tres seres humanos menores de veintiún años. A la prueba de la veracidad de esta receta he dedicado la mayor parte de los últimos veinte años, seleccionando como los corpora vilia de mi experimento a personas que pudieran ser convenientemente eliminadas sin ocasionar un vacío sensible en la sociedad. El primer paso lo efectué con la eliminación de una tal Phoebe Stanley, una muchacha de origen gitano, el 24 de marzo de 1792. El segundo, con la eliminación de un muchacho italiano errante, llamado Giovanni Paoli, la noche del 23 de marzo de 1805. La “víctima” final —para emplear una palabra repugnante en el más alto grado a mis sentimientos— debe ser mi primo, Stephen Elliott. Su día debe ser este 24 de marzo de 1812.

»El mejor medio para efectuar la absorción requerida es extraer el corazón del sujeto vivo, reducirlo a cenizas y mezclarlas con aproximadamente una pinta de algún vino tinto, preferiblemente de Oporto. Los restos de los dos primeros sujetos, al menos, será bueno ocultarlos: un cuarto de baño en desuso o una bodega resultarán convenientes para tal propósito. Puede experimentarse alguna molestia por parte de la porción psíquica de los sujetos, que el lenguaje popular dignifica con el nombre de fantasmas.»

»Pero el hombre de temperamento filosófico —a quien únicamente es apropiado el experimento— será poco propenso a dar importancia a los débiles esfuerzos de estos seres por descargar su venganza sobre él. Contemplo con la más viva satisfacción la existencia ampliada y emancipada que el experimento, si tiene éxito, me conferirá; no solo poniéndome fuera del alcance de la justicia humana (así llamada), sino eliminando en gran medida la perspectiva de la muerte misma».

El señor Abney fue encontrado en su silla, con la cabeza echada hacia atrás, el rostro marcado por una expresión de rabia, espanto y dolor mortal. En su costado izquierdo tenía una terrible herida lacerada, que exponía el corazón. No había sangre en sus manos, y un largo cuchillo que yacía sobre la mesa estaba perfectamente limpio. 

Un gato montés salvaje podría haber infligido las heridas. La ventana del estudio estaba abierta, y la opinión del forense fue que el señor Abney había encontrado la muerte por la acción de alguna criatura salvaje. Pero el estudio de Stephen Elliott de los papeles que he citado lo llevó a una conclusión muy diferente.