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La Cosa invisible - William Hope Hodgson (Parte 1)

Carnacki había regresado a Cheyne Walk, en Chelsea. Fui consciente de tan interesante hecho por la postal de redacción concisa y peculiar que releía en ese momento y por la cual se requería mi presencia en su casa no más tarde de las siete de esa misma tarde. 

Tanto yo como los demás miembros de su círculo estrictamente limitado de amigos sabíamos que el señor Carnacki había pasado en Kent las tres semanas anteriores, pero nada más. Carnacki era extravagantemente reservado y parco en palabras, y solo hablaba cuando estaba dispuesto a ello, y entonces tanto sus otros tres amigos —Jessop, Arkright, Taylor— como yo recibíamos una postal o un cable solicitando nuestra presencia. 

Ninguno se lo había perdido nunca voluntariamente, pues, tras una cena decente, Carnacki se acomodaba en su gran sillón y encendía la pipa mientras esperaba a que nos sentáramos cómodamente en nuestro asiento y lugar acostumbrado. Y entonces empezaba a hablar.

Aquella noche en concreto fui el primero en llegar y encontré a Carnacki sentado, fumando tranquilamente mientras leía el periódico. Se levantó, me estrechó la mano con firmeza, señaló una silla y volvió a sentarse, sin llegar a pronunciar palabra.

Yo por mi parte tampoco dije nada. Lo conocía demasiado bien como para importunarlo con preguntas o hablando del tiempo, por lo que cogí asiento y un cigarrillo. Entonces llegaron los otros tres, tras lo cual pasamos una hora agradable y entretenida cenando.

Una vez concluida la cena, Carnacki se acomodó en su gran sillón y, tal como he dicho que tenía por costumbre, llenó la pipa y dio unas bocanadas mientras miraba pensativo el fuego de la chimenea. Los demás nos pusimos cómodos también, cada uno a su manera. Uno o dos minutos después, Carnacki empezó a hablar, prescindiendo de comentarios preliminares y yendo sin rodeos a la historia que sabíamos que tenía que contarnos:

—Acabo de llegar de casa de sir Alfred Jarnock, en Burtontree, al sur de Kent —dijo, sin apartar la mirada del fuego—. Últimamente han tenido allí lugar sucesos extraordinarios y el señor George Jarnock, su primogénito, me envió un cable preguntándome si podía acercarme para contribuir a aclarar un poco las cosas. Así que fui.

»Al llegar, descubrí que el castillo tenía adosada una vieja capilla con una notable reputación de estar lo que popularmente se califica como “encantada”. Descubrí que se habían sentido muy orgullosos de ello, hasta que sucedió algo muy desagradable que les recordó que los fantasmas de la familia no siempre se conforman con ser meramente ornamentales, por así decirlo.

»Sé que resulta casi risible que te digan que un respetado fenómeno sobrenatural se ha vuelto inesperadamente peligroso, y más en este caso, en que el “encantamiento” era considerado poco más que un viejo mito, salvo cuando anochecía, momento en que parecía volverse más plausible.

»Pero, fuera como fuera, no cabía duda alguna de que lo que moraba en el lugar, y que podría calificarse de “esencia encantadora”, se había vuelto repentinamente peligrosa, incluso letal, pues el viejo mayordomo había estado a punto de morir una noche en la capilla, apuñalado por una peculiar daga antigua.

»De hecho, se supone popularmente que es esa daga lo que “encanta” la capilla. Al menos, dentro de la familia siempre se ha transmitido de padres a hijos que la daga atacaría al enemigo que osara aventurarse en la capilla después del anochecer. Lo cual, por supuesto, siempre se había asumido con la misma seriedad con que la gente se toma la mayoría de las historias de fantasmas, o sea como algo cuya naturaleza no es preocupantemente real. 

»Quiero decir con esto que la mayoría de la gente no se plantea si cree mucho o poco en asuntos sobrenaturales o extraños, y por lo general nunca tiene oportunidad de descubrirlo. De hecho, y como ya saben ustedes, soy tan escéptico como el que más respecto a la veracidad de las historias de fantasmas; soy lo que podría calificarse de escéptico sin prejuicios. 

»No tiendo a creer o no creer en algo “por principios”, como he descubierto que sí les sucede a muchos idiotas y, lo que es más, algunos de ellos no se avergüenzan de ufanarse de tan absurdo hecho. Considero que todos los “encantamientos” están por demostrar mientras yo no los examine en persona, y me veo obligado a admitir que noventa y nueve casos de cada cien acaban resultando ser pura farsa e imaginación. ¡Pero el centésimo! Bueno, si no fuera por ese centésimo, pocas historias podría contarles… ¿verdad?

»Por supuesto, tras el ataque al mayordomo resultó evidente que al menos “algo” había en la vieja historia de la daga, por lo que me encontré con que todo el mundo ya estaba medio convencido de que esa extraña arma antigua había atacado de verdad al mayordomo, ya fuese mediante el concurso de alguna fuerza inherente a ella, cosa que eran curiosamente incapaces de explicar, o mediante la intervención de alguna cosa o monstruo invisible del ultramundo.

»Mi considerable experiencia me decía que lo más probable era que el mayordomo hubiera sido acuchillado por algún humano tangible y cruel.

»Naturalmente, lo primero era comprobar la posibilidad de intervención humana, por lo que me dispuse a interrogar a fondo a los más enterados de la tragedia.

»El resultado de los interrogatorios me agradó y me sorprendió a la vez, pues me daba motivos para pensar que me había tropezado con una de esas “manifestaciones auténticas” extraordinariamente raras en las que participa una fuerza del más allá. O, utilizando una terminología más popular, un auténtico caso de casa encantada.

»Estos son los hechos: la noche del domingo anterior, toda la casa de sir Alfred Jarnock asistió como siempre a la misa familiar en la capilla. Verán, el párroco oficia allí dos misas cada domingo, tras cumplir con sus deberes en la iglesia pública situada a unos cinco kilómetros de distancia.

»Al final del oficio, sir Alfred Jarnock, su hijo, el señor George Jarnock, y el párroco se demoraron unos minutos charlando en la capilla, mientras el viejo mayordomo Bellet apagaba las velas.

»De pronto el párroco recordó que por la mañana se había dejado en el altar su devocionario, y pidió al mayordomo que se lo cogiera antes de apagar todas las velas.

»He resaltado especialmente esto porque es importante, dado que nos proporciona la fortuna de tener testigos de un momento extraordinario. Verán, al volverse el párroco para dirigirse a Bellet hizo que tanto sir Alfred Jarnock como su hijo miraran en dirección al mayordomo, y fue en ese preciso instante, con los tres mirando, cuando resultó apuñalado… allí mismo, ante sus ojos, completamente iluminado por las velas.

»Una vez interrogado el señor George Jarnock, quien contestó a mis preguntas en lugar de sir Alfred Jarnock, puesto que el anciano se encontraba muy nervioso y afectado por lo acaecido, y su hijo deseaba evitar en todo lo posible que reviviera la escena, decidí visitar temprano al párroco.

»Su versión fue precisa y detallada, y era evidente que había recibido la sorpresa de su vida. Me describió todo el asunto: Bellet, ante la verja del presbiterio, dirigiéndose hacia el devocionario, completamente solo; y la puñalada, “salida de la nada”, dijo; y la fuerza prodigiosa con que se asestó, que arrojó al anciano de cabeza al centro de la capilla. Fue “como la coz de un enorme caballo”, me dijo el párroco, y sus benévolos y viejos ojos brillaban ardientes e intensos al recordar lo que había presenciado y que cuestionaba todo lo que había creído hasta ese momento.

»Cuando lo dejé, reanudó lo que estaba escribiendo y que había dejado a un lado al llegar yo. Estoy seguro de que estaba escribiendo el primer sermón nada ortodoxo de su vida. Era un hombre entrañable y me habría gustado oírlo.

»El último a quien visité fue al mayordomo. Se encontraba terriblemente debilitado y muy nervioso, por supuesto, pero no pudo decirme nada que no indicara la presencia de alguna fuerza en la capilla. Me contó hasta el mínimo detalle la misma historia que ya me habían contado los demás. Se dirigía a apagar las velas del altar y a coger el devocionario del párroco, cuando algo lo golpeó con tremenda fuerza en el lado izquierdo del pecho y lo arrojó hacia el pasillo.

»Una vez lo examinaron se vio que había sido apuñalado por la daga que siempre pendía sobre el altar, y de la que les hablaré en un momento. Por fortuna, el arma se había clavado a unos centímetros del corazón al penetrar justo debajo de la clavícula, rompiéndola con la tremenda fuerza del impacto, para luego traspasarlo limpiamente y asomar junto a un omóplato.

»El pobre hombre no podía hablar mucho, y lo dejé enseguida, pero lo que me contó bastó para convencerme de que era indiscutible que en el momento de ser atacado no había nadie a escasos metros de él, lo cual ya me habían comunicado tres testigos fiables y responsables, además del propio Bellet.

»Tras esto, debía registrar la capilla, que es pequeña y extremadamente antigua. Es un edificio de paredes sólidas al que solo se puede acceder por una puerta dentro del mismo castillo, cuya llave se encontraba en poder de sir Alfred Jarnock, y de la que el mayordomo no tenía duplicado.

»La capilla tiene forma oblonga, con el presbiterio y el altar aislados el uno del otro por una verja. En la nave hay dos tumbas, pero ninguna en el presbiterio, que está vacío a excepción de dos altos candelabros y de la verja, más allá de la cual se encuentra el altar de mármol, desnudo a excepción de cuatro pequeños candelabros, dos a cada lado.

»Encima del altar pende la “daga del dolor”, como he sabido que la llaman. Imagino que el término proviene de un antiguo manuscrito en pergamino, que describe la daga y sus supuestas propiedades sobrenaturales. La descolgué y la examiné, minuciosa y metódicamente. La hoja tiene veinticinco centímetros de largo, con una anchura de cinco en la base, y termina en una punta redondeada pero afilada bastante peculiar. Es de doble filo.

»La vaina de metal es singular por tener una guarda que la cruza de forma perpendicular, lo cual, teniendo en cuenta que la vaina en sí continúa ascendiendo hasta cubrir de forma poco práctica parte de la empuñadura, le da una apariencia de cruz. Resulta evidente que esto es algo intencionado, por la imagen de un Cristo crucificado grabada en un lado, mientras que en el otro lado hay una inscripción en latín: “Mía es la venganza, y me la tomaré”. Una asociación de ideas extraña y terrible, como ven. La hoja de la daga tiene grabado en antiguas letras mayúsculas: “Vigilo. Ataco”. En el pomo puede verse un pentáculo.

»Esta es una descripción bastante precisa de esa antigua y peculiar arma con la curiosa e inquietante reputación de asesinar (ya sea por propia voluntad o por mano de algo invisible) a cualquier enemigo de la familia Jarnock que se aventure en la capilla después del anochecer. Puedo asegurarles aquí y ahora que, antes de irme, tuve buenos motivos para despejar algunas incógnitas, pues yo mismo probé la naturaleza letal de esa cosa.

»Pero, como supondrán, en aquel momento de la investigación yo aún estaba en el estadio en el que consideraba sin probar la existencia de una fuerza sobrenatural. Así que examiné a fondo la capilla, sondeando e inspeccionando paredes y suelo, casi decímetro a decímetro, prestando especial atención a las dos tumbas.

»Al final de este examen, cogí una escalera y examiné con detalle el techo abovedado. Pasé tres días de esta guisa y para la tarde del tercer día había comprobado a mi completa satisfacción que no había en toda la capilla un lugar en el que pudiera esconderse un ser vivo, y que la única forma de entrar y salir de la misma era por la puerta del castillo, que siempre estaba cerrada, y cuya llave guardaba el propio sir Alfred Jarnock, tal y como les he dicho. Por supuesto, con esto quiero decir que era la única entrada posible para los seres materiales.

»Pero, verán, en caso de descubrir otra entrada, fuera o no secreta, eso seguiría sin explicar de forma lógica el misterio del increíble ataque. Pues ya he dicho que el mayordomo fue atacado ante los ojos del párroco, de sir Alfred Jarnock y de su hijo. Y el propio Bellet sabía que no le había tocado ningún ser vivo… El párroco había dicho que ese acto inhumanamente brutal había “salido de la nada”. Produce escalofríos, ¿verdad?

»¡Y eso era lo que querían que yo aclarase!

»Tras meditarlo considerablemente, tracé un plan. Le propuse a sir Alfred Jarnock pasar una noche en la capilla para vigilar constantemente la daga. Al oír aquello, el viejo caballero —un hombrecillo enjuto y nervioso— se negó a seguir escuchándome. Estuve seguro de que al menos él no dudaba de que hubiera alguna fuerza sobrenatural y peligrosa rondando la capilla por las noches. 

»Me informó de que tenía por costumbre cerrar la capilla con llave, para que nadie, fuera por imprudencia o fuera por descuido, se viera afrontando cualquier peligro nocturno que pudiese albergar de noche, y que, tras lo sucedido al mayordomo, no podía permitirme hacer algo así.

»Pude ver que sir Alfred Jarnock hablaba muy en serio y que se sentiría muy culpable si me permitía tener esa experiencia y me acaecía algún daño, por lo que no le contradije. Entonces, alegando su poca salud y la fatiga de los años, me dio las buenas noches y me dejó allí, con la impresión de que era un viejo caballero muy educado, aunque bastante supersticioso.

»Pero aquella noche, cuando me desvestía, se me ocurrió el modo de conseguir mi objetivo y entrar en la capilla después de oscurecer, sin poner nervioso a sir Alfred Jarnock. A la mañana siguiente, cuando me dejaran la llave, sacaría un molde de ella y mandaría hacer un duplicado. En cuanto tuviera mi propia llave podría hacer lo que me pareciese.

»Por la mañana llevé a cabo mi idea. Pedí la llave, diciendo que quería fotografiar el presbiterio a la luz del día. Una vez hecho esto, cerré con llave la capilla y se la entregué a sir Alfred Jarnock, tras hacer antes un molde en jabón. Me llevaba la placa expuesta, con su pasador, pero dejando la cámara dentro sin recogerla, pues esa noche quería sacar una segunda fotografía del presbiterio usando el mismo encuadre.

»Fui a Burtontree con la placa y el molde en el trozo de jabón. Le dejé el jabón al ferretero local, que también hacía de cerrajero, el cual me prometió tener el duplicado listo en dos horas. Así lo hice, visitando en el intervalo a un fotógrafo con el que revelé la placa, y con quien la dejé secándose, diciéndole que pasaría a por ella al día siguiente. Al cabo de dos horas fui a por la llave, que encontré terminada a mi satisfacción. Y volví al castillo.

»Aquella noche, después de cenar, pasé un par de horas jugando al billar con el joven Jarnock. Luego tomé una taza de café y me fui a mi habitación, diciendo que me encontraba tremendamente cansado. Él asintió y me dijo que se sentía igual. Fue una alegría, pues quería que la casa se recogiera lo antes posible.

»Cerré la puerta de mi habitación y de debajo de la cama, donde las había escondido a primera hora de la tarde, saqué varias piezas de una armadura, que había cogido de la armería. También había una cota de malla, con una especie de capucha de malla para proteger la cabeza.

»Me puse algunas partes de la armadura, que encontré extremadamente incómodas, y la cota de malla encima. No sé nada de armaduras, pero por lo que pude saber luego, debí ponerme partes de dos diferentes. El caso es que me encontraba incómodo, torpe y rígido, e incapaz de mover brazos y piernas con naturalidad. Pero mis planes requerían que llevase el cuerpo protegido. Me puse la bata encima de la cota de malla y metí el revólver en un bolsillo, y el flash en el otro. En la mano llevaba una linterna sorda.

»En cuanto estuve listo, salí al pasillo central y escuché. Los preparativos me habían llevado un tiempo considerable, y para entonces el gran salón y las escaleras estaban en tinieblas y toda la casa parecía en silencio. Retrocedí y cerré mi puerta con llave. Entonces, bajé las escaleras lenta y silenciosamente hasta el salón y me metí por el pasillo que conducía a la capilla.

»Llegué a la puerta y probé con la llave. Encajó perfectamente, y un momento después me encontraba en la capilla, con la puerta cerrada a mis espaldas, envuelto por un siniestro y absoluto silencio, y el vago contorno de las coloreadas vidrieras emplomadas hacía aún más evidente la oscuridad y soledad del lugar.

»Sería una estupidez negar ahora que no estaba tranquilo. Tenía los nervios de punta. Intenten cualquiera de ustedes imaginarse allí parados en el oscuro silencio, recordando no solo la leyenda que acompañaba al lugar, sino lo que le había ocurrido al viejo mayordomo no hacía tanto. Puedo decirles que, estando allí, me era fácil creer que en el aire de la capilla pudiera haber algo invisible cerniéndose sobre mí. Pero pensaba llegar al fondo del asunto, así que me aferré al poco valor que tenía y me puse manos a la obra.

»Lo primero que hice fue encender la linterna, y recorrer cuidadosamente el lugar, examinando cada rincón y recoveco. No encontré nada anormal. Al llegar a la verja, alcé la linterna y alumbré la daga con ella. Seguía colgada sobre el altar, pero recuerdo que al mirarla se me pasó la palabra “ominosa” por la mente. No obstante, alejé esa idea, pues no necesitaba contribuir a la situación con pensamientos incómodos.

»Completé la ronda del lugar con una consciencia creciente de su desagradable desolación y su frío extremo; una atmósfera de lúgubre frialdad parecía envolverlo todo, y el silencio era abominable.

»Al concluir el registro me dirigí a donde había dejado la cámara enfocando al presbiterio. Saqué una placa virgen de la mochila que había dejado bajo el trípode y la inserté en la cámara, descorriendo el obturador. Destapé el objetivo, saqué el flash y apreté el disparador. Un fogonazo intenso y brillante hizo visible de golpe todo el interior de la capilla, para desaparecer a continuación con la misma rapidez. A la luz de mi linterna volví a preparar el obturador y cambié la placa fotográfica, para tener una placa lista para su exposición.

»Una vez hecho esto, cerré la linterna y me senté en uno de los bancos cercanos a mi cámara fotográfica. No podría decir qué esperaba que ocurriera, pero tenía la extraordinaria sensación, casi la convicción, de que iba a ocurrir algo extraño o terrible. Era como si lo supiese con certeza, ¿saben?

»Transcurrió una hora de absoluto silencio. Supe que fue una hora por el lejano y débil campaneo del reloj que había sobre los establos. Hacía un frío terrible, pues, como había descubierto durante mi inspección, el lugar carecía de cualquier estufa o conducto de calefacción, así que la temperatura era tan desasosegante que acompañaba a mi estado mental. Me sentía como si fuera una especie de marisco humano envuelto en hojalata y congelado en frío y desánimo. 

»De algún modo, la oscuridad que me rodeaba parecía apretarme gélidamente el rostro. No sé si alguno de ustedes ha tenido alguna vez esa sensación, pero en ese caso sabrá lo desagradablemente desconcertante que resulta. Y entonces, de pronto, tuve la horrible sensación de que algo se movía. No es que oyera algo, sino que tuve una especie de conocimiento intuitivo de que algo se había movido en la oscuridad. ¿Imaginan cómo me sentía?

»El valor me abandonó de repente. Me tapé el rostro con los brazos envueltos en cota de malla. Quería protegerlo. Tenía la súbita y desagradable sensación de que algo flotaba en la oscuridad sobre mí. ¡Eso sí que era pánico! Habría gritado de no aterrarme hacer ruido… Y entonces, de pronto, oí algo. Oí al final del pasillo central un sonido sordo y metálico, como el que haría un pie enfundado en cota de malla al pisar el suelo de piedra. Permanecí inmóvil. Luché con todas mis fuerzas para recobrar el valor. No podía apartar las manos del rostro, pero noté que recuperaba el control de mi coraje. 

»Bajé los brazos con un poderoso esfuerzo, y erguí el rostro en la oscuridad. Y les digo que me respeto por haber tenido ese gesto, ya que en ese momento creí de verdad que iba a morir. Pero, debido al lento cambio de ánimo que me ayudó a hacer ese esfuerzo, en aquel momento me afectó menos la idea de morir que la extrema cobardía que tan inesperadamente me había dominado por unos momentos.

»¿Me explico con claridad? Estoy seguro de que comprenderán que este sentimiento de respeto personal por mis actos no es en absoluto una egolatría malsana, pues no ignoro el estado de ánimo en que me hallaba. Quiero decir que ya sé que habría sido mucho más digno de mención que me hubiera descubierto el rostro solo mediante mi fuerza de voluntad, sin que mediara cambio de ánimo alguno. Pero, incluso así, sigue siendo un acto digno de respeto. Me siguen, ¿verdad?

»Y, ¿saben?, ¡al final nada me tocó! De modo que al poco tiempo ya había recuperado algo de mi estado normal, sintiéndome lo bastante calmado como para continuar con el asunto sin más desánimos.

»Yo diría que solo habían pasado unos minutos cuando, cerca del presbiterio, volví a oír el mismo ruido metálico de antes, como el de un pie calzado con cota de malla avanzando con cautela. ¡Por Júpiter! Me quedé rígido. Y entonces se me ocurrió que ese sonido podía ser la daga agitándose sobre el altar. No era una idea especialmente cuerda, dado que el ruido era demasiado fuerte y pesado para tener ese origen. Pero es comprensible que, en aquellos momentos, mi razón estuviera dispuesta a someterse a cualquier vuelo de mi imaginación. 

»Recuerdo ahora que la idea de que aquella cosa absurda pudiera animarse y atacarme no acudió a mí con un sentimiento de posibilidad o realidad, sino que pensaba de forma un tanto vaga en algún monstruo invisible del ultramundo intentando coger la daga. Recordaba cómo había descrito el viejo párroco el ataque sufrido por el mayordomo… “salido de la nada”. Y la forma en que describió la tremenda fuerza del golpe “como la coz de un enorme caballo”. Imaginarán lo agobiante del discurrir de mis pensamientos.

»Busqué la linterna a tientas, con cuidado. La encontré cerca de mí, en el banco, y descubrí la luz con un movimiento brusco y repentino. Dirigí el haz hacia el pasillo, a uno y otro lado del presbiterio, pero nada pude ver que me asustara. Me volví rápidamente y dirigí el haz luminoso a uno y otro lado de la parte trasera de la capilla, luego a uno y otro lado de mi persona, y hacia delante y detrás, hacia el techo y hacia del suelo de mármol, pero allí no había nada visible que pudiera asustarme, nada que me pusiera la carne de gallina; solo la capilla, fría y eternamente silenciosa. Ya conocen la sensación.

»Me había puesto en pie mientras proyectaba la luz por la capilla. Saqué el revólver, hice un tremendo esfuerzo de voluntad para apagar la luz y volví a sentarme en la oscuridad, para continuar con mi tenaz vigilancia.

»Me pareció que transcurrió una media hora, quizá más, sin que ningún sonido rompiese la intensa quietud. Había ido tranquilizándome, puesto que la luz de la linterna al recorrer el lugar había hecho que me sintiera a este lado de la frontera de lo normal, proporcionándome algo de ese sentimiento irracional de seguridad que consigue un niño asustado por la noche al taparse la cabeza bajo las sábanas. Esto ilustra lo ilógicos y humanos que eran mis pensamientos, puesto que ya saben ustedes que la criatura, ser o cosa que había efectuado tan extraordinario y horrendo ataque contra el viejo mayordomo debía ser invisible.

»Así que imagínenme allí, sentado en la oscuridad, entorpecido por la armadura, el revólver en una mano y la linterna en la otra, listo para abrirla. Y fue entonces, tras ese pequeño intervalo de relativo alivio tras un intenso pavor, cuando volví a encontrarme con los nervios a flor de piel, pues me pareció oír algo en alguna parte del silencio absoluto de la capilla. Escuché, tenso y envarado, con el corazón latiéndome por un instante en los oídos, y, entonces, me pareció volver a oírlo. 

»Estuve seguro de que algo se había movido al final del pasillo. Me esforcé por ver algo en la oscuridad y, mirase donde mirase, mis ojos solo me mostraron negrura en la negrura, por lo que no hice caso de lo que me revelaban pues, incluso a la escasa claridad de la vidriera del presbiterio, mis ojos me revelaron vagas sombras pasando constantemente ante ella, fantasmales y silenciosas. 

»Reinó un instante de extraño silencio, que me pareció espantoso, o así lo sentí entonces, y, de pronto, creí volver a oír un sonido, cerca de mí, y esta vez infinitamente furtivo. Era como si unos pasos largos y suaves avanzaran despacio por el pasillo central.

»¿Pueden imaginar cómo me sentí? No creo que puedan. Me quedé inmóvil, casi tanto como las efigies de piedra de las dos tumbas, y continué allí sentado, rígido. Entonces imaginé que esos pasos provenían de la capilla. Y, por unos instantes, estuve seguro de que no podía haberlos oído… de que jamás los había oído.

»Transcurrieron unos minutos particularmente largos, y mis nervios debieron calmarse un poco, pues recuerdo que fui lo bastante consciente de mis sensaciones como para darme cuenta de que me dolían los músculos de los hombros por la forma en que los había contraído allí sentado, encogido y tenso. 

»Piensen que yo seguía sintiendo un temor considerable, aunque parecía haber perdido eso que yo llamaría “sentido de peligro inminente”. El caso es que, extrañamente, sentí que tenía un respiro, una interrupción temporal de la malignidad que me rodeaba. Me resulta imposible expresar con más claridad lo que sentía, pues tampoco yo soy capaz de entenderlo con más claridad.

»Sin embargo, no quiero que me imaginen allí sentado y relajado, pues tenía tal tensión nerviosa que mi ritmo cardíaco se salía de lo normal, y el latir de la sangre resonaba en ocasiones en mis oídos, lo cual me producía la sensación de no poder oír con claridad. Una sensación terrible, sobre todo en aquellas circunstancias.

»Y yo estaba allí sentado, escuchando con cuerpo y alma, como suele decirse, cuando de pronto volví a tener la horrenda convicción de que algo agitaba el aire del lugar. La sensación me petrificó, y mi cabeza se tensó como si se me hubiera puesto todo el cuero cabelludo de punta. Aquello era tan real que hasta sentía dolor, de una forma tan peculiar como intensa; me dolía toda la cabeza. 

»Sentí el enorme impulso de volver a taparme el rostro con los brazos cubiertos de cota de malla, pero conseguí sobreponerme. De haber cedido a ese impulso, habría salido corriendo de allí. Así que continué sentado, cubierto de sudor frío (es la pura verdad), mientras un escalofrío me recorría la espalda…

»Y entonces, de pronto, volvió a parecerme oír el sonido de aquellos pasos poderosos y lentos en el pasillo, pero esta vez mucho más cercanos a mí. Hubo un horrendo pero breve silencio, durante el cual tuve la sensación de que algo enorme se inclinaba hacia mí desde el pasillo… Y entonces, a través del tronar de la sangre en mis oídos, me llegó un leve sonido desde donde estaba la cámara, un desagradable sonido como de algo reptando, seguido de un golpecito seco. 

»Tenía la linterna preparada en la mano izquierda, y la destapé, desesperado, alzándola sobre mí, pues estaba convencido de que allí había algo. Pero no vi nada. Apunté inmediatamente la luz hacia la cámara y hacia el pasillo, pero seguía sin haber nada visible. Giré sobre mí mismo, trazando a mi alrededor una gran circunferencia con el haz luminoso, iluminando aquí y allí, a uno y otro lado, pero no me mostró nada.



(CONTINUARÁ...)

Vampirismo - E. T. A. Hoffmann

El conde Hippolyt acababa de llegar de un larguísimo viaje de lejanas tierras para hacerse cargo de la cuantiosa herencia de su padre, fallecido ya hacía algún tiempo. El castillo familiar estaba ubicado en una de las comarcas más bellas y agradables, y las rentas que producían sus tierras servían sobradamente para contribuir con cuanto fuera necesario a su embellecimiento. 

Todo aquello que el conde vio a lo largo de sus viajes, sobre todo en Inglaterra, y que le había parecido encantador, de buen gusto o suntuoso, deseaba que surgiera ahora, de nuevo, ante sus ojos. Los artesanos, obreros y artistas que consideró necesarios para realizar sus proyectos acudieron a su llamada y, al cabo, comenzó a construirse alrededor del castillo un parque inmenso de gran estilo, que también incluía en su entorno la iglesia, el camposanto y la casa parroquial, las cuales pasarían también a formar parte de aquel bosque artificial. 

El propio conde dirigía las obras, pues poseía suficientes conocimientos como para hacerlo. Tal empeño puso en la tarea que ya había pasado más de un año sin que se le ocurriese seguir el consejo que le diera un anciano tío suyo, de mostrar su luz en la corte y dejarse ver entre las damas casaderas del lugar para que pudiera elegir entre ellas como esposa a la que le pareciera más noble, buena y hermosa de todas. 

Precisamente, una mañana que se hallaba sentado a la mesa de dibujo esbozando el plano de un nuevo edificio, le anunciaron la visita de una anciana baronesa, una pariente lejana de su padre. 

En cuanto Hippolyt oyó el nombre de la baronesa, recordó que su padre había hablado siempre de aquella mujer con la más profunda indignación, e incluso con repugnancia, y que a veces también había advertido a personas que pretendían acercarse a ella que harían mucho mejor si se mantenían alejadas de la baronesa; sin embargo, el buen hombre jamás dio razón alguna que justificase su actitud. 

Si se le preguntaba expresamente acerca de estas razones, el conde solía contestar que existían ciertas cosas sobre las que más valía guardar silencio que hablar. Pero algo se sabía, pues en la corte corrían oscuros rumores sobre un extraño y secreto proceso criminal en el que estaba implicada la baronesa, la cual, separada de su marido y expulsada del lejano lugar donde residía, se había librado de la prisión solo gracias a la benevolencia del príncipe. 

Hippolyt se sintió muy molesto por la presencia de una persona a la que su padre aborrecía, a pesar de que no hubiera conocido las razones de dicho aborrecimiento. La ley de la hospitalidad que, sobre todo allí, en el campo, era algo prioritario, le obligaba a recibir a tan molesta visita. Jamás hubo persona alguna cuya apariencia exterior —y no porque fuera fea— hubiera provocado en el conde un rechazo tal como el que, precisamente, provocó en él la baronesa. 

Al entrar, traspasó al conde con una mirada de fuego, luego bajó los ojos y se disculpó por su visita con expresiones que rayaban en la humildad. Se quejó de que el padre del conde, poseído de un sinfín de extraños prejuicios sobre ella, a los que le habían inducido maliciosamente sus enemigos, la hubiera odiado hasta la muerte y que, sin consideración alguna, la hubiera arrojado a la más amarga miseria. 

Vivía, pues, avergonzándose de su estado y sin recibir ningún tipo de ayuda. Por fin, y de forma inesperada —siguió contando—, había entrado en posesión de una pequeña cantidad de dinero que le permitiera abandonar la corte y refugiarse en una alejada ciudad de provincias. 

No había resistido la tentación de realizar este viaje para conocer al hijo de un hombre al que, a pesar del odio injusto e irreconciliable del que la hacía objeto, sin embargo, ella nunca había dejado de respetar. Fue el emotivo tono de veracidad con que habló la baronesa lo que hizo que el conde se conmoviera, máxime cuando, en vez de contemplar la desagradable faz de aquella mujer, se hallaba inmerso en la contemplación de la adorable, maravillosa y encantadora criatura que la acompañaba. 

La baronesa guardó silencio; el conde pareció no advertirlo, permanecía mudo. Entonces la anciana se disculpó, ya que, dado lo que significaba para ella estar en aquel lugar, por lo que le imponía e impresionaba, no le había presentado al conde de inmediato, nada más entrar, a su hija Aurelie. 

Solo entonces recuperó el conde la palabra y, rojo como la grana a causa de la confusión que también advirtió en la encantadora jovencita, prometió a la baronesa que tuviera a bien concederle reparar aquello que su padre, solo como causa de un malentendido, pudiera adeudarle, y que él mismo la tomaría de la mano para que entrase en su castillo. 

Para confirmar solemnemente su voluntad, tomó la mano de la baronesa, pero de súbito, la palabra y el aliento se le cortaron: un frío glacial inundó todo su ser. Sintió que unos dedos rígidos como la muerte aferraban su mano, y la alta y huesuda figura de la baronesa, que lo miraba fijamente sin visión alguna en sus ojos, le pareció no ser más que un cadáver repugnante, muy acicalado y vestido con un traje multicolor.

—¡Oh, Dios mío, vaya una fatalidad, precisamente ahora! —exclamó Aurelie, quejándose con voz conmovedora y tiernísima de que su pobre madre se viera atacada repentinamente por una de sus parálisis, añadiendo que tal estado solía curarse en muy poco tiempo, sin necesidad de utilizar remedio alguno.

El conde se soltó con esfuerzo de la mano de la baronesa, pero recuperó todo el fuego de la vida y el deleite del amor en cuanto tomó la mano de Aurelie y, apasionadamente, la apretó contra sus labios.

Apenas llegado a la edad viril, Hippolyt sintió por primera vez toda la fuerza de la pasión, de tal modo que fue incapaz de ocultar sus sentimientos; la manera con que Aurelie parecía mirarle, con toda la gracia de su encantadora inocencia, hizo despertar en él la esperanza de conquistarla. 

Habían pasado algunos minutos cuando la baronesa volvió en sí tras su parálisis e, ignorante por completo del estado del que acababa de salir, aseguró al conde cuánto la honraba la propuesta de invitarla a permanecer una temporada en su castillo y, también, que olvidaba para siempre todas las injusticias que su padre le había hecho. 

Así, se transformó súbitamente la situación hogareña del conde y este tuvo que creer que, gracias a una bondadosa jugada del destino, se le otorgaba la dicha de conducir hasta él a la única persona en el mundo entero a quien más ardientemente podría haber deseado como esposa, la única que podría concederle a su espíritu la dicha más inmensa que cupiera en la existencia terrenal. 

El comportamiento de la anciana baronesa siguió siendo el mismo: se mostraba callada y seria, ensimismada, y cuando se presentaba el momento hacía gala de un carácter dulce y de alguna dicha inocente en su apagado corazón. 

El conde se acostumbró al rostro verdaderamente temible y cadavérico de la baronesa, así como a su figura fantasmal, rasgos que atribuía nada más que a la enfermedad que la afligía; también atribuía a su estado su tendencia al delirio nervioso y al desvarío, que la impulsaban —según había llegado a saber por sus servidores— a dar a menudo paseos nocturnos por el parque, y a encaminarse hasta el cementerio. 

El conde se avergonzaba de que también a él le hubiera afectado tanto el prejuicio de su padre, pero en cuanto a las insistentes advertencias de que le hacía objeto un anciano tío suyo instándole a que superara el sentimiento amoroso que lo embargaba y que rompiese una relación que, tarde o temprano, sería la causa de su desgracia, no llegaban a ejercer en él el más mínimo efecto. 

Convencido vivamente, a su vez, del intenso amor de Aurelie, pidió su mano. Podrá imaginarse con qué alegría aceptó la baronesa tal petición, ya que, al punto, se vio rescatada de la más profunda indigencia para ir a parar a los brazos de la fortuna. 

Tanto la palidez como ese aspecto característico que denota la existencia de una inquebrantable tristeza interior desaparecieron del semblante de Aurelie: la felicidad del amor resplandecía en su mirada y un fresco color rosado lucía en sus mejillas. La mañana del día en el que se iba a celebrar la boda, una estremecedora casualidad vino a contrariar los deseos del conde. 

Habían encontrado a la baronesa caída en el suelo, boca abajo e inerte, en las inmediaciones del cementerio. La habían llevado al palacio, precisamente cuando el conde acababa de despertarse y saboreaba ya las mieles de la felicidad que consideraba alcanzada. 

Creyó que la baronesa había tenido otro de sus acostumbrados ataques repentinos, pero todos los remedios que se utilizaron para intentar devolverla a la vida fueron inútiles: estaba muerta. Aurelie no desahogó su dolor de forma violenta, sino que, sin derramar una sola lágrima, pareció enmudecer y quedar paralizada interiormente a consecuencia del golpe recibido. 

El conde temía por su amada y, solo muy dulce y cautelosamente, se atrevió a recordarle su mutuo compromiso y su situación de criatura desamparada que exigía que se tomasen cuanto antes las medidas oportunas y se hiciera lo más conveniente, que habría de ser, a pesar de la muerte de la madre, acelerar todo lo posible el día de su boda. 

Aurelie, llorando desconsoladamente, cayó en brazos del conde, gritando con una voz desgarradora que partía el corazón:

—¡Sí, sí! ¡Por todos los santos! ¡Por la paz de mi alma! ¡Sí!

El conde atribuyó aquel repentino desahogo al amargo pensamiento de que, sola y sin patria, sin saber adónde ir, la joven pensaba que tampoco podía permanecer más tiempo en el castillo en aquella situación sin dañar las normas de la decencia. 

El conde se encargó, pues, de que una anciana y respetable matrona acompañara a Aurelie durante las escasas semanas que faltaban para que llegase la nueva fecha de la boda que, al fin, pudo celebrarse sin que ningún funesto suceso la interrumpiera y que coronó la felicidad de Hippolyt y Aurelie. 

Mientras tanto, Aurelie se hallaba en un estado perpetuo de gran excitación nerviosa. No era el dolor por la pérdida de la madre, no; más bien era una angustia mortal, íntima y sin nombre lo que parecía perseguirla sin cesar. En medio de los más dulces diálogos amorosos se sentía acometida de pronto por un terror repentino, empalidecía como un cadáver y, bañada en lágrimas, caía en brazos del conde aferrándose a él con violencia, como si quisiera impedir que un poder invisible y enemigo la arrebatara y la llevara a la perdición.

—¡No! ¡Nunca, nunca! —exclamaba.

Una vez casada con el conde, pareció desaparecer aquel estado de excitación, así como aquella angustia espantosa. Sin embargo, al conde no le pasaba inadvertido que Aurelie ocultaba algún lacerante secreto que la torturaba, mas le parecía una falta de tacto preguntarle sobre ello mientras durase aquel extraño nerviosismo y ella misma continuara guardando silencio al respecto. 

Pero ahora que su mujer parecía encontrarse un poco mejor, se atrevió a preguntarle con delicadeza cuál era la causa de sus extraños transportes anímicos, asegurándole que sería un gran remedio para ella confiarle a él, a su querido marido, los secretos de su corazón. 

Grande fue el asombro del conde cuando al fin descubrió que solo la infame conducta de la madre constituía la causa de todo aquel dolor que había caído sobre Aurelie.

—¿Hay algo más espantoso que tener que odiar y aborrecer a la propia madre? —exclamó Aurelie.

Por tanto, ni el padre ni el tío se hallaban obcecados por prejuicio alguno, mientras que la baronesa había sabido confundir al conde con su premeditada hipocresía. Hippolyt consideró, pues, un guiño muy favorable del destino para con su felicidad el hecho de que aquella madre malvada hubiera muerto justo el día en que él pensaba casarse. 

No tenía reparo alguno en decirlo; pero Aurelie le explicó que, justo al morir su madre, ella se había sentido de tal modo sobrecogida por oscuros y terribles presentimientos que había sido incapaz de superar la angustia que le provocaron: creía que la muerta volvería de su tumba para arrebatarla de los brazos de su amado y llevársela con ella al abismo. 

Aurelie recordaba —según refirió— muy oscuramente los tiempos de su primera infancia, en los que, una mañana —y sabía que era una mañana porque, justamente, acababa de despertarse— hubo un terrible tumulto en su casa. Las puertas se abrían y se cerraban con violencia y se oían gritos entremezclados de voces desconocidas. 

Al fin, cuando volvió a reinar el silencio en la casa, la niñera tomó a Aurelie de la mano y la condujo a una gran sala en la que había muchas personas reunidas; en el centro, sobre una larga mesa, yacía el cuerpo del hombre que jugaba con ella a menudo y le daba golosinas y al que ella llamaba «papá». Extendió los brazos hacia él y quiso besarlo. 

Aquellos labios, siempre tan cálidos, estaban ahora helados y, Aurelie, sin saber muy bien por qué, comenzó a sollozar violentamente. La niñera la condujo luego a una casa extraña, donde tuvo que permanecer mucho tiempo hasta que, al fin, apareció una mujer que se la llevó con ella en un coche. Era su madre, quien poco después viajó con ella a la corte. 

Aurelie debía de tener unos dieciséis años cuando apareció un hombre en casa de la baronesa al que esta pareció recibir con gran alegría y confianza, como si se tratara de un viejo y querido amigo. 

El desconocido comenzó a visitarlas cada vez más a menudo, a la par que enseguida comenzó a variar de forma evidente la situación en la que vivía la baronesa. En vez de habitar en una casa miserable y de vestirse con pobre ropa y alimentarse con mala comida, pudo trasladarse a una hermosa vivienda en la parte más bella de la ciudad y lucir valiosos vestidos; comía y bebía los más ricos manjares con aquel extraño, que era su invitado permanente, y podía permitirse el lujo de asistir a cuantas diversiones y espectáculos públicos ofrecía la corte. 

Aurelie permanecía ajena al influjo de todas esas mejoras de la situación de su madre, que, como era evidente para ella, solo se debían a la mediación del desconocido. La joven se recluía en su habitación mientras la baronesa y el desconocido se apresuraban a salir en busca de diversiones, por lo que se sentía más sola y desamparada que nunca. 

A pesar de que aquel hombre muy bien pudiera contar unos cuarenta años, poseía una apariencia fresca y juvenil, su figura era esbelta y hermosa y habría que añadir que su semblante era bello y masculino. 

Sin embargo, a Aurelie le desagradaba, pues por mucho que él tratara de comportarse con corrección, sus maneras eran torpes, groseras y vulgares. Las miradas que pronto comenzó a dirigir a Aurelie llenaban a esta de un temor inquietante, y le producían una repugnancia cuya causa ni ella misma acertaba a explicarse. 

Hasta el momento, la baronesa no se había molestado en decirle tan siquiera una palabra a Aurelie sobre el desconocido. Pero un día le dijo su nombre, añadiendo que el barón era muy rico y que, además, se trataba de un pariente lejano. Alabó su figura, sus cualidades, y concluyó preguntándole a Aurelie si le gustaba. 

Aurelie no ocultó el aborrecimiento que sentía por el desconocido; la baronesa le lanzó una mirada que le produjo un intenso pavor y le dijo que no era más que una pobre necia. Poco después, la baronesa comenzó a mostrarse demasiado amable con Aurelie, tanto como nunca lo había sido. Le regaló hermosos vestidos, toda clase de adornos y complementos de moda, y le permitió asistir a las diversiones sociales. 

El desconocido se esforzaba por hacerse agradable a Aurelie, pero de un modo que solo lograba que su presencia fuera más aborrecible ante los ojos de la muchacha. Mortal fue, sin embargo, el golpe que sufrió su tierna sensibilidad de doncella cuando, a causa de una simple casualidad, la muchacha fue secreto testigo de una indignante y aborrecible escena entre el desconocido y la depravada condesa. 

Cuando, finalmente, unos días después, el desconocido se atrevió, llevado de su ebriedad, a abrazar a Aurelie de una manera que no dejaba ya duda alguna sobre sus intenciones, la joven, en su desesperación, hizo acopio de un vigor casi varonil y lo apartó de sí dándole un empujón que le hizo retroceder mientras ella escapaba y se encerraba en su habitación. 

La baronesa le explicó entonces a Aurelie con toda crudeza y severidad que, como el desconocido era quien mantenía la casa, y como ella no tenía ninguna gana de volver a la miseria anterior, todos sus remilgos y reparos serían inútiles: Aurelie tendría que someterse a la voluntad del desconocido, quien, de lo contrario, había amenazado con abandonarlas a su suerte.

En vez de conmoverse con las súplicas desgarradoras de Aurelie, en vez de compadecerse de sus ardientes lágrimas, la horrible mujer se deshizo en improperios a la vez que reía sarcásticamente y alababa una relación que le brindaría a la joven la posibilidad de disfrutar de todos los placeres de la vida; hablaba con tal desenfreno, mostrando su repugnancia y desprecio por todos los sentimientos de decencia y piedad, burlándose de todo lo que podía considerarse más noble y más sagrado, que provocó verdadero espanto en Aurelie. 

Esta se vio perdida y consideró que su único medio de salvación sería huir sin demora. Aurelie consiguió hacerse con la llave de la puerta principal; hizo un paquete con aquello que consideró de estricta necesidad y, a eso de la medianoche, cuando creyó que su madre ya dormía, se deslizó hasta el vestíbulo, que estaba escasamente iluminado. 

Ya se disponía a traspasarlo muy despacio y sin hacer el más mínimo ruido cuando, de súbito, la puerta de la casa se abrió violentamente y se oyó un ruido de pasos en la escalera. La baronesa se precipitó justo a los pies de Aurelie vestida con una bata pobrísima y sucia, con los brazos y el pecho desnudos, el grisáceo cabello desmadejado, revolviéndose desencajada. Y, tras ella, apareció el desconocido.

—¡Aguarda, infame Satanás, bruja del infierno! ¡Me las pagarás todas juntas! —gritaba.

La agarró del cabello y la arrastró hasta el centro de la estancia, y allí comenzó a azotarla de manera frenética con una gruesa fusta. La baronesa chillaba y gritaba de miedo de forma espantosa; Aurelie, a punto de perder la razón, corrió a la ventana y comenzó a gritar pidiendo ayuda. Dio la casualidad de que en aquellos momentos pasaba por allí una patrulla de policía que inmediatamente irrumpió en la casa.

—¡Cogedle! —gritó la baronesa, ebria de furia y dolor, a los soldados—. ¡Cogedle! ¡Sujetadle bien! ¡Mirad su espalda! Él es…

—¡Ajá! ¡Por fin te tenemos, Urian! —exclamó jubiloso el sargento de policía, al mando de la patrulla, en cuanto la baronesa hubo pronunciado aquel nombre.

Y sujetándolo entre todos fuertemente, y a pesar de los esfuerzos que el desconocido hacía por desasirse, terminaron por llevárselo. Las intenciones de fuga de Aurelie, sin embargo, no pasaron inadvertidas para la baronesa. Se apresuró, pues, a tomar bruscamente del brazo a Aurelie y a arrojarla dentro de su habitación, y luego, cerrando la puerta con llave, la dejó allí encerrada sin dirigirle una sola palabra. 

A la mañana siguiente la baronesa salió de la casa y no regresó hasta por la noche, mientras que Aurelie, encerrada en su cuarto como en una celda, sin ver ni hablar con nadie, tuvo que pasar allí el día entero sin comida ni bebida. Así transcurrieron varios días. La baronesa se asomaba a verla de vez en cuando; mirándola con ojos de furia, parecía que estuviese dudando sobre qué decisión tomar, hasta que una tarde recibió unas cartas cuyo contenido pareció agradarle.

—Estúpida criatura, tú tienes la culpa de todo, pero ya está bien; solo desearía que no cayera sobre ti el temible castigo que el malvado espíritu te ha destinado.

Así le habló la baronesa a Aurelie; más tarde, volvió a mostrarse amable con ella, y Aurelie, como el infame desconocido había desaparecido, ya no pensó más en fugarse y disfrutó de mayor libertad.

Había transcurrido ya algún tiempo cuando, una tarde en la que Aurelie se hallaba sentada a solas en su cuarto, oyó un gran alboroto en la calle. La doncella apareció corriendo y le contó que se trataba del traslado del hijo del verdugo, quien, ya una vez, tras haber sido marcado al fuego por robo y asesinato, al ser conducido a la cárcel había logrado escapar a sus guardianes. 

Aurelie vaciló y, acometida por una terrible sospecha, se dirigió a la ventana; en efecto, no se había equivocado: era el desconocido, que, rodeado por gran cantidad de guardias, pasaba por allí en aquellos instantes, bien encadenado, en un carro que le conducía al cadalso donde habría de cumplirse su sentencia. 

Aurelie se dejó caer medio desvanecida en una butaca después de que la furibunda mirada de aquel tipo se encontrara con la suya y este alzara un brazo con el puño apretado, en un gesto amenazador hacia la ventana donde ella se encontraba.

Todavía pasaba la baronesa mucho tiempo fuera de casa, pero nunca llevaba con ella a Aurelie; por eso, la vida de la muchacha, ensombrecida por todas aquellas consideraciones sobre el terrible destino que la aguardaba, sobre un peligro que se cernía sobre ella y que podía asaltarla en cualquier momento llevándola a la perdición, etcétera, se volvía cada vez más triste y aburrida. 

Por la doncella, quien precisamente había sido contratada tras lo ocurrido aquella noche terrible, supo Aurelie que la gente comentaba que la baronesa había sido amante de aquel villano, pero que también en la corte todo el mundo sentía compasión de ella por haber sido tan ingenua y haberse dejado engañar de una manera tan tonta. Sin embargo, Aurelie sabía demasiado bien cómo habían sido en realidad las cosas. 

Le parecía imposible que al menos los policías que habían detenido al desconocido en casa de la baronesa y que habían podido presenciar cómo ella le llamó por su nombre y les hizo observar la marca de fuego en la espalda como signo inequívoco de su crimen, no hubieran quedado convencidos de lo bien que aquella mujer conocía al hijo del verdugo. 

Ahora bien, la doncella refería además otro tipo de rumores en los que se aludía a una severa investigación de los tribunales que incluso había estado a punto de costarle el arresto a la baronesa, puesto que el infame criminal, el hijo del verdugo, había declarado unas cosas muy extrañas respecto a ella.

Enseguida comprendió Aurelie que, tras lo ocurrido a su madre, esta no podría permanecer ni un minuto más en la corte. Finalmente, la baronesa se vio obligada a abandonar aquel lugar en el que constantemente se veía asediada por sospechas aún no confirmadas y huyó a una comarca lejana. Aquel viaje la condujo al palacio del conde, donde sucedió lo que ya hemos relatado.

Aurelie debería, pues, sentirse muy feliz al librarse así de sus temores; sin embargo, se sintió profundamente aterrada al recordar las palabras que le había dirigido su madre, cuando la muchacha se creyó a salvo de ellos:

—¡Tú eres mi desgracia, maldito engendro del infierno! Pero ya te atrapará mi maldición cuando a mí me lleve una muerte súbita y tú estés disfrutando de tu añorada dicha. En las convulsiones que me costó tu nacimiento, la astucia de Satanás…

Aquí, Aurelie Se a
no pudo ya continuar. rrojó al pecho del conde y le pidió la absolviese de tener que repetir las palabras que había pronunciado la baronesa llevada de su furia demencial. Se sentía destrozada al recordar esas espantosas amenazas proferidas por aquella madre investida de poderes infernales, sobre todo porque preveía que podrían hacerse realidad. 

El conde consoló a su mujer lo mejor que pudo sin tener en cuenta el gélido terror que a él mismo le acometía. No tuvo más remedio que confesarse a sí mismo, cuando ya estuvo algo más calmado, que aquella profunda repugnancia que le producía la baronesa, aun estando ya muerta, había arrojado una negra sombra sobre su vida, velando así un tanto la claridad anterior que siempre la había caracterizado.

Poco tiempo después, Aurelie comenzó a cambiar de manera notable. Mientras que la palidez de su semblante y la mirada perdida y lánguida de sus ojos parecían denotar que estaba acometida por alguna enfermedad, su ser inquieto, inconstante y temeroso evidenciaba de nuevo la existencia interior de algún oscuro secreto que la trastornaba. 

Huía incluso de su marido, se encerraba en su gabinete o buscaba refugio en los lugares más recónditos del parque; cuando se la volvía a ver, sus ojos llorosos, los rasgos demacrados de su rostro, indicaban los espantosos sufrimientos de su interior torturado. 

En vano insistió el conde en buscar la causa del estado en que se hallaba su esposa; de la desesperación inconsolable en la que cayó solo pudo sacarle la sospecha de un famoso médico que atribuyó aquella hipersensibilidad de la condesa, aquellos amenazadores cambios de ánimo, a un supuesto estado de buena esperanza, que había de traer la felicidad al matrimonio. 

El propio médico, mientras comía con el conde y la condesa, no tuvo reparo alguno en gastar todo tipo de bromas sobre aquel estado de buena esperanza. La condesa las escuchaba sin hacer ningún caso, pero su atención se avivó cuando el médico se refirió a los extraordinarios caprichos por los que solían verse acometidas las mujeres embarazadas y a los cuales les era imposible resistirse a pesar del detrimento que pudiera sufrir su propia salud, e incluso la del niño que llevaban en su seno. 

La condesa hizo muchas preguntas al médico, y este no se cansó de hablarle de sus experiencias e incluso de narrarle algunos casos muy graciosos.

—Sin embargo —aseguró el médico—, se han dado ejemplos de caprichos anormales, a causa de los que alguna mujer se vio abocada a realizar hechos terribles. Así, la mujer de un herrero se sintió desbordada por un deseo tan grande de comer la carne de su marido que no paró hasta que, una noche en que el herrero llegó borracho a casa, cayó sobre él con un enorme cuchillo de cocina y lo hirió de tal manera que el pobre hombre expiró a las pocas horas.

Apenas pronunció el médico estas palabras, la condesa cayó desvanecida en el sillón, y solo con muchos cuidados pudo sobreponerse después al ataque de nervios que siguió al desvanecimiento. El médico comprendió que había obrado con suma inconsciencia al relatar aquel suceso horrible en presencia de una mujer tan extremadamente delicada e impresionable.

Sin embargo, aquella crisis pareció haber sido beneficiosa para el estado de la condesa, pues, tras ella, se tranquilizó un poco; ahora bien, la extraña rigidez de su ser, el tétrico brillo de sus ojos y aquella palidez cada vez más acusada de su piel, sembraron de nuevo la duda y la inquietud en el conde acerca del estado de su esposa. 

Lo más inexplicable de todo lo que le ocurría a la condesa era que no comía en absoluto y que, además, sentía repugnancia de las viandas que se le ofrecían, sobre todo de la carne; en tales circunstancias, tenía que abandonar la mesa cuando ya no podía contener los síntomas de su aborrecimiento. 

Toda la sabiduría del médico resultó inútil, y ni las más cariñosas admoniciones ni los lamentos del marido ni nada en el mundo pudo hacer que la condesa tomase ni una sola gota de medicina. 

Como transcurrieron semanas e incluso meses sin que la condesa ingiriese bocado alguno y resultaba por tanto un misterio cómo sustentaba su vida, el médico opinó finalmente que en aquel caso entraba en juego algo que se hallaba fuera del ámbito de acción del conocimiento de cualquier ciencia humana y abandonó el castillo pretextando una nimiedad. 

Perfectamente pudo notar el conde que la situación de su mujer le había parecido a aquel acreditado médico demasiado misteriosa e inquietante como para insistir más en hallarle una solución y quedarse para ser testigo de una enfermedad sin fundamento en la que él ya no podía ayudar a la paciente de ninguna manera. Podrá imaginarse el estado anímico en el que quedó Hippolyt. Sin embargo, aún le aguardaba algo más.

Precisamente en aquella época se le ocurrió a un viejo y fiel sirviente del conde descubrirle a su amo, en un momento en que lo encontró a solas, que la condesa abandonaba todas las noches el castillo y que no regresaba hasta el alba. El conde sintió un escalofrío. 

Solo entonces reparó en que aquel sueño tan antinatural, que desde hacía algún tiempo le sobrevenía diariamente a eso de la medianoche, podía deberse a cualquier tipo de narcótico que le administrara la condesa para, de ese modo, poder abandonar la habitación que, contrariando las costumbres elegantes, compartía con su esposo, sin que él lo notara. Los más negros presentimientos, las más terribles sospechas, se adueñaron del alma del conde. 

Pensó en aquella madre demoníaca, cuyas costumbres quizá se reprodujeran ahora en su hija; en algún repugnante adulterio; en aquel tipo infame, hijo del verdugo… A la noche siguiente, pues, tendría que desvelársele el espantoso secreto, único motivo del mal inexplicable de su esposa.

La condesa tenía la costumbre de preparar ella misma el té que su marido tomaba por las noches, retirándose una vez que se lo había servido. Aquella vez, el conde no ingirió ni una sola gota; según su costumbre, leyó en la cama antes de dormirse y, como esperaba, no le acometió hacia la medianoche esa terrible necesidad de dormir a la que ya se había acostumbrado; no obstante, hizo como si así fuera y se recostó sobre los almohadones fingiendo que se hallaba profundamente dormido. 

Muy despacio y sin hacer ningún ruido, la condesa abandonó su lecho, se acercó al de Hippolyt, le alumbró el rostro, y se deslizó fuera de la habitación. El corazón del conde latía con inusitada violencia; saltó de la cama, se echó un abrigo por encima y salió sigilosamente en pos de su mujer. Era una noche muy clara, de luna, de modo que aunque Aurelie caminaba muy deprisa y le llevaba una considerable ventaja, el conde podía distinguir muy bien desde lejos su figura, vestida con un camisón blanco. 

Atravesando el parque, la condesa llegó al cementerio; una vez allí, desapareció tras el muro. Hippolyt se apresuró a seguirla entrando por la puerta de aquel lugar, que se hallaba abierta. Allí pudo observar, a la luz de la luna, un círculo de espantosas figuras espectrales. 

Viejas medio desnudas, con los cabellos desmadejados y dispuestas en círculo, se agachaban en el suelo: en el centro yacía el cadáver de un ser humano que devoraban con ansias de lobo. ¡Aurelie estaba entre ellas! Instigado por un frenético terror, el conde huyó de allí, corriendo irreflexivamente, inflamado de un miedo mortal, anegado por todos los espantos del infierno a través de los senderos del parque, hasta que, ya al alba, bañado en sudor, se halló de nuevo ante la puerta del castillo. 

Sin voluntad alguna, incapaz de pensar de forma clara y racional, subió a gran velocidad la escalera y atravesó corriendo las habitaciones hasta llegar a la alcoba. Allí yacía la condesa, entregada, al parecer, a un sueño dulce y tranquilo. 

El conde quiso convencerse de que todo había sido una repugnante pesadilla —aunque no podía ignorar el paseo nocturno, del que daba prueba su abrigo, húmedo de rocío de la mañana— o, por lo menos, una burla de los sentidos que le había asustado mortalmente. Sin esperar a que despertara la condesa, abandonó la habitación, se vistió y montó a caballo. 

El paseo que dio aquella hermosa mañana a través de aromáticos arbustos, de entre los que parecía saludarle el canto matutino de los vivaces pajarillos, disipó las terribles imágenes nocturnas; consolado y mucho más tranquilo, regresó al castillo. 

Pero cuando ambos, el conde y la condesa, se hallaron sentados a la mesa y aquella diera grandes muestras de repugnancia al serle presentada la carne cocinada, pretendiendo por ello, como tantas veces, levantarse y abandonar el comedor, se hizo evidente con toda crudeza en el alma del conde la verdad de lo que había sucedido la noche anterior. 

Lleno de furia, saltó de su asiento y, con voz terrible, gritó:

—¡Maldito engendro del diablo! ¡Ya sé por qué te repugna la comida civilizada! ¡En las tumbas es donde pastas, mujer endemoniada!

Mas en cuanto el conde hubo pronunciado estas palabras, la condesa se abalanzó sobre él lanzando un terrible alarido y, con la furia de una hiena, le clavó sus dientes en el pecho. Hippolyt logró desasirse de aquella loca, que cayó al suelo y expiró entre horribles convulsiones.

Tras estos terribles sucesos, el conde enloqueció.

Dilvish, El Maldito - Roger Zelazny (Parte 2 y última)

Estaban cabalgando con el ocaso y la luz del sol poniente servía para enturbiar en parte, aunque no todas, las agitadas visiones que flotaban alrededor: los amenazadores árboles de apariencia consciente cuyas ramas oscilaban como huesudos dedos, con un tacto frío, flojo y molesto; las criaturas grisáceas que daban vueltas y que de vez en cuando se lanzaban hacia Dilvish y se apartaban de los tajos de su espada; los seres tentaculares que se deslizaban detrás de Black, con las extremidades extendidas pero incapaces de seguir el paso del animal metálico, y el viento helado que parecía más que viento, lleno de veloces escamas y franjas negras, con olor a sepultura... En cuanto a los ocasionales ruidos de animales que oía, Dilvish no supo de qué versión de la realidad procedían.

Conforme el sol descendía por el oeste y las sombras se alargaban, el otro mundo y su constante luz plateada iba predominando en el duelo por dominar los sentidos de Dilvish. Si acaso, el mundo fantasma parecía más brillante, aunque sus nieblas eran proporcionalmente más densas. 

Dilvish se sintió agobiado por la posibilidad de que los objetos de aquel plano pudieran cobrar densidad con respecto a él mientras el día decaía en su mundo.

Algo de elefantinas proporciones se aproximaba por la izquierda de forma amenazadora. Avanzaba con rapidez para su tamaño, pero no podía igualar el paso de Black y pronto quedó atrás y se perdió de vista. Dilvish suspiró y miró al frente. Zarcillos, sólo en parte palpables, fustigaron sus calzones y mangas.

Cuando Black aflojó el paso para doblar un recodo del camino, Dilvish notó un peso repentino en la espalda y garras que se clavaban en sus hombros.

Tras revolverse y extender las manos, agarró un cuello bajo una grotesca cabeza con pico que se proyectaba hacia la suya. La fuerza del impacto y los movimientos le forzaron a soltarse de la silla. 

Al caer del lomo de Black, el mundo fantasma se desvaneció. La criatura, similar a un ave y del tamaño de un perrillo, dejó escapar un grito agudo y gorjeante, agitó sus membranosas alas al tocar el suelo, pero Dilvish la agarró con fuerza y se revolvió para caer encima de ella.

El extraño animal dio la vuelta debajo de Dilvish nada más caer, trató de alejarse dando tirones y agitó las alas contra la cabeza del hombre. Tras liberar su cuello de otro tirón, dio un salto atrás y miró alocadamente en todas direcciones. A continuación se lanzó al aire y planeó hacia la derecha de la senda hasta desaparecer entre los árboles.

—¿Qué ha pasado? —preguntó Dilvish, acercándose a Black.

—Has logrado transportar a esa criatura del plano fantasma al nuestro —replicó Black—. La habías cogido cuando perdiste el contacto con el circuito del cinto, y la has tirado al suelo contigo. Felicidades. Tengo la impresión de que eso no ocurre muy a menudo.

—Vámonos de aquí antes de que vuelva —dijo Dilvish mientras montaba—. La sensación de éxito está bastante embarullada. ¿Qué hará ese animal en nuestro mundo, de todas formas?

—Probablemente seguirte para intentarlo otra vez —respondió Black—. Pero apuesto a que no durará demasiado. No sabe mucho de nuestro mundo y los predadores olerán la diferencia perfectamente. Algo acabará liquidándolo. —Black prosiguió la marcha—. Aunque será muy interesante —añadió en tono meditativo— si se topa con algún pollo.

—¿Por qué? —inquirió Dilvish.

—Conozco a ese animal por mis viajes en el otro plano, hace mucho tiempo —dijo Black—. Si uno de ellos llega aquí y encuentra gallinas, al poco tiempo hay nidadas de basiliscos. Les gusta comprobar con gallinas, y ese es el resultado normal. —El camino era recto y Black apretó de nuevo el paso—. Por fortuna, los basiliscos tampoco duran mucho en este plano.

—Es agradable saberlo —dijo Dilvish, agachándose bajo una rama fantasma, mientras su visión se adaptaba al otro plano.

La luz diurna huyó del mundo normal, y las formas de este se volvieron sombrías e inmateriales. El otro plano cobró mayor brillantez, más apariencia sólida. Para comprobarlo, Dilvish extendió la mano y arrancó una alargada hoja, aserrada y oscura, de un árbol que se agitó con el paso de Black. 

De inmediato la hoja se enrolló en la mano y sus puntas horadaron la piel con la sensación de una infinidad de picaduras de insecto. Dilvish maldijo mientras se la arrancaba y la tiraba.

—Curiosidad otra vez —observó Black—. No atormentes a las plantas. Son muy sensibles.

Dilvish replicó con una obscenidad y se frotó la mano.

Siguieron cabalgando varias horas, a velocidad mayor que la que cualquier caballo puede mantener. Dejaron atrás grandes y amenazadoras criaturas; otras más pequeñas y más rápidas las eludieron o se enzarzaron brevemente con ellas. Dilvish sufrió picaduras en el muslo izquierdo y en el brazo derecho.

—Eres muy afortunado, no se hallan entre los ejemplares venenosos —había comentado Black.

—¿Por qué no me siento afortunado? —había replicado Dilvish.

Finalmente llegaron a una elevación del terreno en el otro mundo, aunque el camino continuaba recto y llano. Hasta entonces habían encontrado declives y descensos en su plano, creando la impresión de cabalgar por el aire sobre el brillante paisaje, pero en ese momento Dilvish pensó por primera vez que iba a meterse en la ladera de la colina.

—¡Despacio, Black! ¡Despacio! —gritó Dilvish, en el mismo instante que una silueta humana salía de la grieta de una roca situada a la derecha para tomar posición en la senda ante ellos—. ¿Qué...?

—Lo veo —dijo Black—. He estado haciendo comprobaciones. Puedo mencionar que el paraje no es famoso por su habitación humana.

La figura, la de un viejo con una oscura capa, hizo un gesto con el bastón como si les rogara que se detuvieran.

—Paremos y veamos qué desea —dijo Dilvish.

Black se detuvo. El anciano sonrió.

—¿Qué desea? —preguntó Dilvish.

El viejo levantó una mano. Respiraba con dificultad.

—Un momento —dijo—. Debo recuperar el aliento. He estado proyectándome por todas partes, tratando de localizarlos. Duro trabajo.

—El cinto —dijo Dilvish.

El otro asintió.

—El cinto —convino—. Estás llevándolo en mala dirección.

—¿Sí?

—Sí. Por esto no recibirás nada de los kallusanos, ni siquiera las gracias. Son un pueblo bárbaro.

—Entiendo —dijo Dilvish—. Apuesto a que sois sacerdote de Salbacus, en Sulvar.

—¿Cómo podría negarlo? —preguntó el hombre—. Por desgracia, no poseo el poder de transportar un objeto como el cinto de un plano a otro ni de un lugar a otro. Por tanto, es precisa vuestra cooperación. Quiero asegurarles que serán bien recompensado por ello.

—¿Qué desea, exactamente, que haga yo?

—Desde este plano, observamos el hurto del cinto —respondió el anciano—. Previendo el robo, nuestro ejército ya estaba movilizado. Nuestros oficiales empezaban a trasladarlo en esta dirección cuando Fly se apoderó del cinto. Nuestro ejército prosigue su marcha, pero los kallusanos lo saben y se han movilizado. También los elfos vienen hacia aquí, desde el oeste.

—¿Pretende decir que estoy entre dos ejércitos movilizados?

—Exactamente. Bien, también tenemos destacadas fuerzas de ataque y grupos de exploración. Hay uno a menos de media hora en este camino. Lleva la estatua del templo de Salbacus. Sería más sencillo que diera media vuelta y fuera a su encuentro. Devolviera el cinto y el oficial del grupo le daría un salvoconducto para ir a Sulvar. Sería un héroe allí, y le pagarían bien. Por otra parte, también hay gente nuestra que pretende acabar con usted...

—Espere  un momento —dijo Dilvish—. Ser un héroe y recibir buen pago siempre es agradable, pero ¿qué me dice de este plano y de las bestias que veo ahora mismo y que se acercan de nuevo?

El sacerdote se echó a reír.

—El primer sacerdote de Salbacus que tenga ese cinto en sus manos anulará la maldición, no tema. ¿De acuerdo?

Dilvish no replicó.

—¿Qué opinas, Black? —musitó.

—Parece menos costoso matarte que recompensarte —respondió Black—. Por otro lado, los kallusanos se alegrarán de recuperar lo que les pertenece, y saben que tú no fuiste el primero en cogerlo porque conocen al ladrón.

—Cierto —dijo Dilvish.

—¿De acuerdo? —repitió el sacerdote.

—Creo que no —replicó Dilvish—. El cinturón es de los otros.

El sacerdote meneó la cabeza.

—No creo que alguien que cabalga por la campiña haga cosas como esta simplemente porque piensa que es correcto —dijo—. Es perversidad, eso es. Ese cinto ha sido robado y recuperado tantas veces que hemos perdido el rastro del principio de las cosas. No defienda espectrales nociones de honor, dando vueltas como un molino de viento y sin llegar a ninguna parte. Sea razonable.

—Lo lamento —dijo Dilvish—. Pero así va a ser.

—En ese caso —dijo el otro—, las tropas lo recogerán de sus restos.

Bajó su bastón de tal modo que la punta quedó extendida, como una lanza, hacia Dilvish. Al instante, Black se encabritó y el fuego danzó en sus ojos y el humo ondeó en su hocico.

En ese momento, un hombre bajito y regordete que vestía una capa marrón y también llevaba un bastón, salió de la grieta de la roca.

—Un momento, Izim —dijo, volviendo el bastón hacia el otro.

—¡Maldita sea! ¡Precisamente cuando acababa mi turno! —observó el sacerdote de Salbacus.

—Forastero, sigue cabalgando —dijo el recién llegado—. Soy sacerdote de Cabolus. Una fuerza de Kallusan se dirige hacia aquí, llevando la estatua de Cabolus. En cuanto el cinto ciña su cintura, las cosas se resolverán satisfactoriamente.

El sacerdote de Salbacus atacó con el bastón al segundo hombre, que paró el golpe, respondió y saltó a un lado. De inmediato, apuntó la punta de su bastón hacia el otro hombre y brotó una oleosa llama. El sacerdote llamado Izim bajó su báculo y de la punta salieron chorros de vapor que mojaron la llama del otro. Atacó de nuevo con el bastón y el otro paró el golpe.

—¡Se me ha ocurrido una duda! —gritó Dilvish— ¡Con respecto a la identificación! Con tantas tropas y dioses avanzando por la campiña, ¿cómo se distingue la estatua de Cabolus de la de Salbacus?

—¡Cabolus tiene la mano derecha levantada! —gritó el sacerdote bajito mientras golpeaba en el hombro al otro.

—¡Si cambia de opinión —exclamó Izim mientras hacía tropezar al otro—, Salbacus tiene la mano izquierda levantada!

El sacerdote de inferior estatura rodó en el suelo, se levantó y golpeó al otro en el estómago.

—Sigamos cabalgando —dijo Dilvish, y Black se adentró en la ladera y se hizo la oscuridad.

Dilvish perdió la noción del tiempo con la claustrofobia que siguió. Luego, vagamente, su mundo apareció como si lo viera a través de una nube de humo. Miró hacia atrás por encima del hombro y vio que había salido la luna.

—Espero que al menos hayas aprendido a no entablar conversación con personas que tratan de robarte —dijo Black.

—Bien, debes admitir que ese hombre tenía un relato interesante.

—Estoy seguro de que Jelerak dispone de fascinantes relatos, si de eso se trata.

Dilvish no respondió. Miró fijamente el lugar donde una lucecita había aparecido entre los árboles.

—¿Fuego de campamento? —dijo por fin.

—Yo diría que sí —replicó Black.

—Kallusanos o sulváreos, me pregunto...

—No creo que hayan puesto un letrero.

—Afloja el paso. Yo diría que se impone la clandestinidad.

Black obedeció y sus movimientos se hicieron silenciosos. Dilvish continuaba experimentando la sensación de estar bajo tierra, de que su mundo normal era un paraje en sombras alrededor de él mientras se desplazaban a un lado del camino, dejaban este y se adentran en el bosque. Black siguió hacia la izquierda y hacia adelante, describiendo una trayectoria circular en dirección al fuego. Dilvish esperaba no salir pronto de la colina fantasma, para no confundirse con imágenes dobles.

El bosque que recorrían parecía espectral; todos los sonidos se confundían y árboles y piedras tenían un rasgo apagado, como en un sueño. Las ráfagas de un apenas perceptible viento ponían en movimiento las ramas de los árboles que, como gestos en lo alto, se percibían a ambos lados. Dilvish creyó oír un aleteo detrás de él en un momento dado, se detuvo, aguardó, observó y no vio nada más. Nada surgió para desafiarle. Prosiguieron después por el oscurecido paisaje, hasta que Dilvish olió la hoguera y escuchó tenues sonidos de voces masculinas.

—Será mejor que continúe a pie —dijo Dilvish—. Las botas elfas son magníficas para acechar.

Black se detuvo.

—Me tomaré tiempo y te seguiré en silencio —dijo—. Si me necesitas de repente, estaré allí en seguida.

Dilvish desmontó. Al separarse de Black y del cinto de la alforja, la noche perdió en parte su característica espectral, como si el mundo se destapara poco a poco. El olor a moho y tierra mojada se hizo más intenso. El volumen de los sonidos nocturnos aumentó. Las voces del campamento también parecían más fuertes, el fuego más brillante.

Dilvish avanzó agachado entre los árboles protectores, y caminó a gatas e hizo más lentos todos sus movimientos al acercarse al borde del campamento. Finalmente se detuvo y observó. Al cabo de un rato Black llegó muy despacio junto a él y se quedó totalmente inmóvil.

Había allí una decena de hombres, recostados o yendo de un lado a otro del campamento, todos ellos portando armas y ataviados como para la guerra. Diversos caballos estaban atados contra el viento. La tierra estaba muy pisada y en algunos puntos parecía removida. 

Había ramas diseminadas por todas partes, tal vez para alimentar la hoguera. Más allá de esta y hacia la izquierda había una litera de plataforma. Asegurado y atado encima de ella había algo similar a una estatua, por lo que Dilvish pudo ver. Su visión estaba obstruida en parte por los dos hombres que se encontraban conversando ante la estatua.

—¡Muévanse, maldita sea! —dijo en voz baja Dilvish.

Pero transcurrieron varios minutos antes de que ello sucediera. Cuando los hombres se apartaron por fin, empero, Dilvish suspiró.

—Muy bien —musitó a Black—. El brazo derecho está levantado. Puedo devolver el cinto a la banda de Cabolus y quedar fuera del juego.

Se levantó, retrocedió, abrió la alforja y sacó el cinto.

—Aguardaré aquí —dijo Black—, preparado.

—Perfectamente —dijo Dilvish, y avanzó.

Se abrió paso por una pantalla de ramas y se quedó inmóvil. Jamás era buena práctica entrar corriendo sin previo aviso en un campamento militar, decidió. Un instante después el hombre, al que había considerado oficial, se volvió hacia él. Varios soldados próximos a la hoguera repararon también en su presencia y se levantaron con las manos extendidas hacia sus armas. Dilvish alzó su vacía mano derecha.

—¿Han recibido un mensaje —preguntó— relacionado con el cinto?

El hombre que había supuesto estaba al mando del grupo permaneció inmóvil un instante y luego asintió. Avanzó.

—Sí —dijo—. ¿Lo tiene?

Dilvish levantó la mano izquierda y dejó que el cinto se desenrollara como una impetuosa cascada.

—Lo cogí al hombre que lo robó —afirmó—. Él murió.

Avanzó, extendiendo el cinto.

—Tómenlo —dijo—. Lo aguardábamos desde la última visita de nuestro sacerdote. Nosotros...

Dilvish se detuvo; había notado debajo del pie algo blanco de un matorral de altas hierbas. Se agachó de pronto, cogió un objeto y lo levantó.

Lo que sostenía era una mano de hombre.

—¿Qué es esto? —exclamó mientras la soltaba.

Saltó hacia un lado y sacó la espada. Hundió la punta del arma en un lugar donde la tierra estaba removida. Era una tumba poco profunda. Un movimiento de barrido dejó al descubierto un fragmento enterrado de pierna.

El oficial se abalanzó hacia él con el rostro contorsionado, pero Dilvish agitó la espada en posición de guardia. El otro se detuvo al instante y levantó una mano para detener a sus hombres, que avanzaban hacia ellos.

—Una patrulla de sulváreos nos atacó aquí antes —explicó—. Los superamos y les ofreció un entierro decente... más de lo que ellos habrían hecho por nosotros, estoy convencido.

—Y luego actuaron para eliminar cualquier indicio del conflicto...

—¿A quién le gustarían semejantes recuerdos siniestros alrededor del campamento?

—En tal caso, ¿por qué taparlos donde cayeron, estorbando? ¿Por qué no trasladarlos a cierta distancia? Hay algo extraño aquí...

—Estábamos cansados —dijo el oficial— después de marchar durante un día entero. Déjalo así, forastero. Entrégueme el cinto ahora y se librará de su carga.

Extendió una mano y dio un paso al frente.

—A menos que...

El soldado dio otro paso y el arma de Dilvish se agitó hacia él.

—Un momento —dijo Dilvish—. Se me acaba de ocurrir otra explicación.

—¿Qué sería...? —preguntó el oficial, deteniéndose de nuevo.

—Supongamos que son los sulváreos. Supongamos que hubieran caído sobre este destacamento de kallusanos, que los hubieran matado a todos... y luego, tras haber recibido el mensaje de que yo venía hacia aquí, se apresuraron a limpiar todo esto y esperaron para reclamar el cinto...

—Eso es mucho suponer —dijo el oficial—, y al igual que muchas historias descabelladas, no sé ninguna forma de refutarla.

—Bien, tal como yo lo entiendo, el bando del dios que luce el cinto es el que tiende a ganar estos conflictos. —Dilvish dio un paso hacia la izquierda, se puso de lado, sin dejar de mantenerse en guardia y retrocedió hacia la estatua—. Por tanto, voy a devolver el cinto a Cabolus y seguiré mi camino.

—¡Alto! —exclamó el oficial mientras desenvainaba su espada—. ¡Sería sacrílego que sus manos no sagradas realizaran ese acto! 

—Lo he llevado encima muchas horas —dijo—, y por lo tanto el daño ya debe estar hecho... y aquí no veo a nadie que tenga un aspecto particularmente sacerdotal... Correré el riesgo.

—¡No!

El oficial se lanzó hacia él, con la espada en alto. Dilvish paró el golpe y contraatacó. Oyó ruido de cascos, y una silueta negra con apariencia de caballo salió del bosque y cayó sobre los otros hombres que corrían hacia Dilvish.

Black aplastó a varios soldados con su ímpetu inicial. Después dio media vuelta, se empinó y atacó con los cascos... y Dilvish supo que el fuego estaba ardiendo en su montura.

Dilvish se deshizo de su rival con un tajo en el cuello y continuó retrocediendo ante el ataque de otros tres hombres.

Dilvish cayó apoyado en una rodilla y acometió con la espada una maniobra que el soldado más cercano no había previsto. Pero los otros dos se separaron y trataron de cercarle.

Al otro lado del claro, brotaron las llamas de Black, y Dilvish oyó los gritos de los que caían ante ellas.

Dilvish esquivó al soldado que estaba a su derecha y se abalanzó sobre el otro, y trabó combate con él. En cuanto las espadas chocaron, no obstante, comprendió que había cometido un error. 

El hombre era rápido, en cuanto a destreza, por encima de la media. No parecía haber forma de acabar con él rápidamente o hacerlo retroceder para enfrentarse con el otro, que en ese mismo momento debía estar preparándose a saltar sobre Dilvish. 

Este, casi frenéticamente, empezó a dar vueltas, con la esperanza de colocar a su adversario entre él y el segundo soldado. Sin embargo, su rival se opuso a la maniobra, haciendo más lento su retroceso en diagonal. Y por el rabillo del ojo Dilvish vio que Black estaba demasiado lejos para acudir a tiempo en su ayuda.

Escuchó de nuevo el silbido, y el batir de alas. Reconoció a su némesis del plano fantasma, que volaba hacia él entre los árboles.

Dilvish paró el golpe de su adversario, saltó hacia atrás y se lanzó agachado ante el segundo soldado, con la espada en alto, en posición de guardia.

La deslizante sombra había virado hacia él mientras saltaba. Ya muy cerca, la criatura abrió las alas pero no logró detenerse a tiempo. Chocó con la espalda del segundo soldado, que cayó entre Dilvish y el otro. El caído se revolvió y atacó a la bestia con su espada. El animal saltó por debajo de la hoja, le hirió en el hombro y le buscó la cara con las garras.

Todavía agachado, Dilvish atacó la corva del otro hombre, que chilló ante el impacto. Tras levantarse, vio la oportunidad de asestar un golpe definitivo y lo ejecutó.

Al volverse, Dilvish vio que el ave fantasma acababa de perforar con su pico el cuello del hombre caído y estaba apartándose de la roja fuente que allí brotaba, con sus oscuros ojos fijos en él. Batió con fuerza las alas y saltó hacia Dilvish.

La espada centelleó y la cabeza de la criatura voló hacia la derecha mientras el cuerpo continuaba avanzando, despidiendo un fluido azul claro por el muñón del cuello. Dilvish se apartó y el cuerpo pasó junto a él y siguió corriendo sin rumbo después de tocar el suelo.

Dilvish comprobó que no había atacantes lanzándose hacia él; Black continuaba pateando cuerpos. Envainó la espada y desandó el camino de la lucha en busca del cinto, que había caído durante la pelea. Se agachó por fin y lo recogió cerca del cadáver del primer atacante. Lo limpió de tierra y se volvió hacia la estatua.

—Aquí está, Cabolus —anunció mientras avanzaba—. Voy a devolverte el cinto. Apreciaría mucho que despidieras a las bestias del plano fantasma y anularas mi visión del lugar. Lamento que mis manos no estén limpias, pero han tenido que pasar por ahí.

Se arrodilló y colocó el cinto alrededor de la cintura de la estatua. De inmediato notó que se suavizaba la luz en las proximidades, y las facciones toscamente talladas que tenía ante él le parecieron más naturales aunque menos humanas. Retrocedió acto seguido mientras brotaba luz de las cuencas oculares y en la mano alzada.

—¡Muy bien! ¡Oh, muy bien! —sonó una voz detrás.

Dilvish dio media vuelta y se encontró ante la figura poco menos que sólida del grueso sacerdote que había conocido con anterioridad. El ojo izquierdo del recién llegado estaba cerrado por la hinchazón y en la frente tenía una herida. Se apoyaba con fuerza en su bastón.

—Los combates astrales parecen tan duros como los normales —observó Dilvish.

—Tendría  que ver al otro sacerdote —dijo el visitante—. Ha hecho un buen trabajo, forastero —y en ese instante el sacerdote señaló el campamento—, con un excelente sacrificio de sangre para calentar el corazón del viejo Cabolus.

—La razón ha sido un poco más temporal que espiritual —observó Dilvish.

—No importa, no importa... —musitó el sacerdote—. Se ha granjeado la buena voluntad de Cabolus. Puesto que el equilibrio ha vuelto a romperse, pronto celebraremos un festín en Sulvar, y habrá ejecuciones, incendios y excelente botín. Será recompensado por vuestra colaboración.

—Ya que habéis recuperado el cinto, ¿por qué no limitarse a dar por concluido el asunto y volver al hogar?

El sacerdote enarcó una ceja.

—Está  bromeando —dijo—. Ellos empezaron. Necesitaban una lección. De todos modos es nuestro turno. Ellos han hecho lo mismo con nosotros en vida mía. Y además, las tropas ya están en marcha. Imposible hacerlas regresar en este momento sin alguna acción, habría problemas. No, esa es la esencia del asunto. En realidad, algunos soldados llegarán aquí dentro de poco. Puede unirse a nuestro bando. Será un honor combatir por Cabolus... y tendrá una parte del botín.

Mientras tanto, Black se había acercado en silencio y estaba escuchando.

—Me pregunto —dijo por fin la negra montura— si habrá encontrado alguna gallina mientras estaba por aquí... —Estaba contemplando la cabeza caída del ave fantasma.

—Gracias por vuestra amable oferta —dijo Dilvish a la imagen del sacerdote—. Pero me espera un largo viaje y no deseo demorarme. Renuncio a mi parte del botín. —Montó a Black—. Buenas noches, sacerdote.

—En tal caso, el templo reclamará vuestra parte —dijo el sacerdote, sonriente—. Buenas noches pues, y que la bendición de Cabolus lo acompañe.

Dilvish se estremeció antes de saludar con una inclinación de cabeza.

—Pongamos pies en polvorosa —dijo Black—, y evitemos cualquier campo de batalla.

Black se volvió hacia el sur y se adentró en el bosque, dejando en el claro manchado de sangre la reluciente estatua del brazo levantado y al nebuloso sacerdote del ojo hinchado. La descabezada ave fantasma fue dando tumbos por el claro una vez más, y cayó después, agitando las alas y derramando fluido, cerca de un cadáver y de la hoguera. 

En lontananza sonaban las vibraciones de una tropa de caballería en pleno avance. La luna flotaba más alta, pero las sombras eran claras y vacuas. Black bajó la cabeza y todo desapareció dando vueltas.

La tarde siguiente, en otro camino que serpenteaba hacia el sur a través del bosque, una mujer joven salió corriendo de los árboles y se acercó a los viajeros.

—¡Buen caballero! —gritó a Dilvish—. ¡Mi amado yace herido en lo alto de esta colina! ¡Unos salteadores nos atacaron hace poco! ¡Por favor, vengan y ayúdenlo!

—Alto, Black —dijo Dilvish.

—Claro —dijo Black en un siseo casi inaudible—. Es uno de los juegos más viejos del libro. Tú la sigues y un par de hombres armados te tienden una emboscada. Los derrotas y la mujer te dará una cuchillada en la espalda. Incluso hay baladas con este tema. ¿No aprendiste nada ayer?

Dilvish contempló los hinchados ojos de la joven, observó cómo retorcía sus manos.

—Ella podría estar diciendo la verdad, compréndelo —dijo en voz baja.

—¡Por favor, caballero! ¡Por favor! ¡Venga en seguida! —gritó la mujer.

—Aquel primer sacerdote tenía bastante razón, diría yo —observó Black.

Dilvish le dio una palmada en el cuello y hubo un tenue sonido metálico.

—Maldito si lo dices, maldito si no lo dices —comentó Dilvish mientras desmontaba.