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La distante - Alberto Chimal

    Cuando el Este del mundo no sabía del Oeste, hubo, en el borde del Gran Desierto, una ciudad. Se llamaba Kadur, la de Altas Paredes, por los muros enormes, de piedra y acero, que la protegían de todo ataque. Estos muros se juntaban en cuatro esquinas, que señalaban los puntos cardinales. En cada esquina se elevaba una torre. En lo más alto de cada torre había centinelas, y uno de ellos se llamaba Manek.

    No pasaba de los dieciséis. Era alto, desgarbado y tan flaco, decían, como en sus años de infancia, y en esto, como en que era retraído, torpe de trato, inseguro de su cuerpo y su alma que crecían, no era distinto de otros muchachos. Pero tenía, como un don, la mirada más larga: los ojos más agudos y poderosos que jamás hayan sido.

    No miento. Podía distinguir las gotas de lluvia en una tormenta a leguas de distancia, o reconocer la cara un hombre a más de mil trancos; si miraba al suelo, podía ver las sombras cambiantes, minúsculas de los granos de polvo, que nunca forman dos veces la misma figura; si volvía la vista a Kadur, podía encontrar en las calles a su madre, a su padre, a cualquiera de sus hermanos, y podía seguirlo desde lo alto con tal escrúpulo que era capaz de decir, más tarde, cuántos pasos había dado de un lugar a otro, por ejemplo, o cuál había sido su ánimo durante el recorrido...

    Estaba siempre en el turno de la noche y en la torre del oeste, la más cercana a las arenas. Más de una vez había dado la alerta contra los bárbaros varraky, que entonces vivían en el Desierto y anhelaban la tierra verde; más de una vez, antes que los centinelas de otras torres, había visto la llegada de las caravanas que venían del este, por entre las montañas de Urga Kan, con alimentos y mercancías para la ciudad. 

    Todos aseguraban que llegaría lejos: podría subir cuanto quisiera, decían, en la guardia de las torres, llegar a capitán, pasar incluso al ejército del rey. Pero Manek no pensaba mucho en su porvenir, y en verdad no le hubiera molestado ser siempre un vigía, porque nada le gustaba más que subir cada día a las torres. Porque el mundo, desde la altura, se ofrecía pleno a sus ojos milagrosos.

    Una noche, a poco de la puesta del sol, Manek hacía guardia en la torre con Ankar, un muchacho tan joven como él. Los dos conversaban, aunque Manek no ponía toda el alma en ello, embelesado como estaba por las estrellas: cada una marcaba un ritmo distinto con su parpadeo, y las más cercanas al horizonte, las que rozaban el Desierto, eran cubiertas y descubiertas por la arena que el aire impulsaba. 

    En ese aparecer y desaparecer, como bien sabía Manek, podía leerse la velocidad y la dirección del viento, y aun pronosticar tormentas con mucha más exactitud que con otros métodos...

    Entonces la vio, pequeña, muy lejana, alumbrada apenas por las luces de la noche.

    Era una joven, allí, en medio del Desierto.

    Estaba inmóvil, de pie, con los brazos extendidos hacia él. Se veía y no, escondida a veces por la arena, como las estrellas, pero estaba en el suelo. Su piel era morena, como la de la gente de Kadur, y se cubría con una túnica blanca.

    Por primera vez en su vida, Manek se restregó los ojos, incapaz de creer en ellos.

    Y, también por primera vez, pidió a su amigo:

    --Mira allá.

    Ankar miró, dijo:

    --No veo nada --y Manek se dio cuenta de lo tonto que había sido, porque nadie sino él podría haberla visto, así de lejos estaba.

    Pero de todos modos, cuando él mismo volvió a mirar, la joven se había ido.

    --¿Qué tengo que ver? --pidió Ankar.

    --Ya se fue --le respondió Manek--. Era una muchacha --volvió a restregarse los ojos--. Nunca había visto a nadie tan lejos...

    Ankar sólo dijo: --Si la viste, es que estaba allí --y dio la alerta: un toque de cuerno que avisaba de alguien perdido en el Desierto. De inmediato subió un capitán, para saber a dónde tenía que partir con su destacamento, y les preguntó:

    --¿Cómo es?

    --Es una mujer --respondió Manek--. Está sola, en aquella dirección, a tantas leguas como el horizonte. Su traza es de oriental. Viste de blanco, así que la luna ayudará a verla.

    El capitán permaneció callado un momento, y luego, desde lo alto, ordenó romper filas a su tropa, que esperaba abajo.

    --¿No van a ir por ella, capitán? --preguntó Ankar, indignado.

    --No es varraky --dijo Manek.

    --Tampoco es alguien a quien pueda asistir --respondió el capitán--, y les voy a decir por qué, aunque me asombra que no lo sepan ya. ¿No se cuenta aquí arriba la leyenda de la Distante, de Akundi la Maldita?

    Así les dijo, y ustedes, como Ankar y Manek, de seguro tampoco saben de esa historia, como que fue de las primeras leyendas del mundo, mucho antes del tiempo de las magas y los hechiceros, y ya en ese tiempo antiguo se estaba olvidando.

    --Hace mucho tiempo --dijo el capitán--, vivió en Kadur una joven llamada Akundi. Era muy hermosa y muy vana: despreciaba a todos y no dejaba que se le acercaran. Humillaba a quien lo intentara y se burlaba de él. Y porque su belleza era grande, muchos no querían rendirse y volvían a buscarla, una y otra vez, para ser despedidos con risas y palabras hirientes. Pero un día, un dios, un poder del mundo, llegó hasta Akundi y la alabó como ninguno, con las más hermosas palabras, con la sinceridad más grande y más clara. 

    Y Akundi sólo pensó en el goce de humillarlo, de burlar su porfía, y lo insultó como nunca había insultado a nadie. Lo llamó escoria, malnacido, lastre y viento, y le dijo que no había nacido quien pudiera pretenderla; que no sería, ciertamente, alguien como él, y que ni el mundo ni el tiempo ni el destino la harían acercarse, entretanto, a ningún otro.

    »Y él, o ella, o aquello, pues la condición de los dioses no es la de los hombres, enfureció, y en su ira la maldijo.

    »Ella vivía en la calle de Siboki. Una mañana salió, dio un paso, y fue como si hubiese dado cinco. En un instante estuvo en el mercado; al siguiente, en las alcabalas. Tuvo miedo y quiso regresar, pero cada paso, por más firme que fuera su intención, la apartaba más. Y entonces descubrió que no podía detenerse: sus pies no la obedecían, y ella daba voces pidiendo ayuda, pero nadie se atrevió a acercarse. Erró por las calles, cada vez más cerca de las murallas, como arrebatada por un espíritu. Salió de la ciudad en un grito y se internó en el desierto, sin que los varraky consiguieran alcanzarla, cada vez más rápido y más lejos, y aún está allí. Está condenada a estar lejos de todo, para siempre. Nadie puede acercársele.

    »Entiendan: quien la ve, la ve siempre en el sitio más remoto, tan lejos como alcance su mirada. Y el que no quiera respetar la maldición, el que a pesar de todo quiera buscarla, será maldito también, y no volverá jamás al lugar del que parta. Como ella, que a donde avance nunca progresa, y parece siempre en ese lugar en el que acaban las distancias, y no muere porque así lo decreta su sentencia: para que no deje de ver y sufrir la lejanía.

    El capitán refirió también la última parte de la maldición: que quien alcanzara a Akundi podría salvarla, y dar un gran don al mundo.

    --Pero esos son cuentos --sentenció--. ¿Cómo la va a alcanzar, si no puede acercársele? --y sin más se despidió y bajó de la torre.

    Ankar se puso a parlotear, como antes, lleno de maravilla por aquellas cosas que hasta entonces había ignorado, pero Manek se quedó en silencio, mirando al horizonte. Y a partir de ese día, aunque no lo admitiera ni para sí mismo, comenzó a esforzarse por ver más y más lejos. 

    Olvidó las proezas que acostumbraba hacer con cosas pequeñas o cercanas, y se concentró en contar los carros y la gente de las caravanas en cuanto las veía; en avistar a los halcones maihau, que desde su nacimiento hasta la muerte no tocan el suelo; en leer los signos de tormentas que jamás llegaban a la linde del desierto, y azotaban sólo las arenas profundas.

    Además, si hasta entonces había ignorado buena parte de la vida de sus compañeros, y nunca seguía a Ankar ni a otros en sus correrías por la ciudad, pronto comenzó a incitarlos a que lo dejaran montar guardia solo. Así, mientras ellos se divertían abajo, él se quedaba mirando, mirando siempre...

    Hasta que un día volvió a verla, tan lejos como antes, con los brazos extendidos y el rostro diminuto, casi invisible, torcido en una mueca de dolor.

    Entonces Manek supo que era verdad: que estaba viendo a Akundi la Distante, la que jamás volvería a las ciudades de los hombres, y sintió mucho miedo.

    Pero Akundi lo miró a los ojos, y levantó la mano en un saludo, y la pena en su cara desapareció, y Manek supo que ella también podía verlo. Que su mirada, por obra de la maldición, para hacer más dura su pena, era tan potente como la de él.

    Y en vez de asustarse más, de mirar hacia otro lado o marcharse corriendo como habríamos hecho casi todos, la saludó también, y allí se perdió para Kadur, para la guardia de las torres y el ejército del rey, pues a partir de entonces no dejaron de verse, todos los días sin falta, al caer la noche.

    Manek se limitó, primero, a hacerle ver que estaba allí a una hora fija: que no subía a la torre a burlarse de su desventura. Luego le sonrió y observó las sonrisas de ella. Más tarde, y tras muchas vacilaciones, comenzaron a hablar. No podían oírse, porque sus oídos no eran tan milagrosos como sus ojos, pero los dos hablaban la Lengua del Este, de la que provienen tantas de nuestros tiempos, y pronto descubrieron que podían leerse los labios si pronunciaban las palabras con cuidado. 

    Así, en silencio, sostuvieron muchas conversaciones. Hablaban de cosas sencillas: las que podían decirse dos muchachos que apenas habían vivido, pero los dos atendían con asombro a las palabras del otro. Pues a Manek lo sorprendían las historias de ella, que eran del pasado remoto y legendario, y a Akundi le parecía que él era un enviado del futuro, de un tiempo de portentos y grandes hazañas.

    --Se habla en la ciudad --decía Manek, sin que saliera sonido alguno de su boca-- de los sabios del Este. Se dice que tienen aparatos, canutos de madera, vidrios con formas extrañas, que les permiten ver tanto como yo y más aún.

    --Espero --contestaba Akundi-- que ninguna de esas cosas llegue a tus manos. Con uno de esos vidrios, tu visión me empujaría más allá del horizonte...

    --Podrías llegar a las tierras del Oeste --sugería Manek.

    --Oh, sí, al Oeste --replicaba Akundi.

    Y los dos reían, porque en ese tiempo nadie creía que hubiese algo más allá del Gran Desierto.

    --Pero cuéntame de ti --decía ella--. ¿Alguna muchacha te despide al pie de la torre?

    Y Manek respondía que no, tímidamente, y ella decía que él era aún muy joven; y él le contaba de su infancia en Kadur, y luego hablaban de los notables de la ciudad, que siempre hacían y decían las mismas cosas; de la forma cambiante de las calles, de las canciones y los cuentos en boga; de la belleza que los dos, y nadie más en el mundo, podía percibir. Y así hasta que el sol brillaba a espaldas de Manek, y lo forzaba a despedirse y bajar de la torre.

    Aquel tiempo fue de contento para él, es decir, estuvo lleno de días semejantes, de horas que se mezclaban y eran una sola. Pues no había nadie como Akundi, según pensaba, y tenía razón, pero Manek lo creía como otros lo creen de otras muchachas, aun de las más ordinarias en Kadur y en todo el Este y en el mundo.

    Y por eso, aunque al principio le pesaban las advertencias del capitán y temía ser descubierto, pronto olvidó todo cuidado. Sus ojos empujaban a Akundi y la hacían invisible para cualquier otro. Nadie sino él podía ver sus labios y sus palabras.

    Y además, se decía, no me incita al mal. Ya no es soberbia. Nunca me dice que falte a mis deberes, ni que me consagre a ella...

    Esto duró hasta una noche, muy negra, en la que Manek le vio el rostro grave y triste.

    --¿Qué sucede? --preguntó él.

    --Tengo miedo --dijo ella-- de que pase algo terrible. ¿Es propio que siempre haya dos guardias en las otras torres y sólo tú en la del oeste?

    Sorprendido, Manek la vio decir que le tenía un gran afecto, que sus conversaciones la alegraban, pero que no debían verse más. Que nadie, jamás, debía ir hacia ella. Manek repuso que nunca había salido de la ciudad y que no lo haría.

    --Temo --dijo Akundi-- que lo haya hecho tu pensamiento.

    Y Manek tuvo ese miedo, el que llega con el fin de la dicha, y dijo que no, que no deseaba sino hablar con ella, que nunca había pensado en más. Y lo dijo tantas veces, con tal calor, de modo tan terminante, que al fin él mismo se dio cuenta.

    Sí, estaba mintiendo.

    Pero tanto se afanó él en convencerla, tanto protestó su mera simpatía, tanto quiso descifrar los matices de su rostro, sus emociones como eran reveladas por los párpados, las cejas, las comisuras de la boca, que no vio a los guerreros que, mucho más cerca, ocultos por la arena y la oscuridad, se aproximaban. 

    Eran varraky, sí, y eran miles, y al principio avanzaban con cautela, en grupos pequeños, ocultándose tras las dunas por miedo a los vigías. Pero al no ser descubiertos se envalentonaron. Y comenzaron a agruparse, y llegaron hasta los muros y los tocaron. Entonces dieron su grito de guerra...

    Pero ni eso oyó Manek. Seguía pidiendo, rogando, y tuvo que sobresaltarlo el grito de un centinela de la torre del este; Manek, aturdido, sólo pudo verlo pelear contra tres varraky mientras su compañero hacía sonar el cuerno. Luego, ante el muchacho, que vio cada herida y cada gota de sangre, los dos fueron muertos por los invasores y arrojados de la torre. 

    Y de pronto hubo dos guerreros más junto al propio Manek y él mismo tuvo que pelear, y apenas pudo porque era joven, e inexperto, y porque no podía creer lo que estaba pasando. Otros centinelas llegaron hasta él, sí, y pelearon también, y arrojaron a los varraky de la torre, pero luego pasaron la noche, que fue larga como muchos días, como una pesadilla, disparando flechas, dando tajos y mandobles, gritando alertas y órdenes a los soldados que peleaban abajo, a la luz de antorchas y de incendios.

    Muchos murieron en la batalla, muchos más fueron heridos o mutilados. Buena parte de la ciudad fue destruida. Los varraky fueron rechazados, justo un día después del primer ataque, pero en los años siguientes, crecidos por la facilidad con la que habían entrado en Kadur, tratarían de invadir la ciudad muchas otras veces. A pesar de todo se proclamó la victoria. Sin embargo, la gente no tardó en preguntarse cómo había ocurrido; cómo habían logrado llegar tantos, y tan cerca, sin que nadie diera la alerta; quiénes estaban de guardia en la torre del oeste...

    En el juicio, Manek dijo la verdad, defendió a sus amigos y se echó toda la culpa. Pero el cuerpo de guardias fue condenado a prisión y azotes, en castigo a su negligencia, y Manek a la horca: por los horrores que se habían visto en la ciudad, por la muerte y la devastación, y por el espanto, más grande todavía, de que la Distante hubiese aparecido nuevamente.

    Sólo algunos sabios y legistas, después de una junta apresurada, convencieron al rey de que Manek debía vivir.

    --Por su comercio --le dijeron-- con la Distante. Mientras más tiempo esté entre nosotros, mientras más estemos con él, más dolor y pena traerá a la ciudad. Ya está maldito también.

    Así, a la noche, Manek no estuvo en su puesto, sino ante la gran puerta de la ciudad, que miraba al este. Llevaba un atado con ropa y alimentos, que sus padres le habían dado a pesar de consejos y amenazas, y nada más. Nadie lo vio partir, y las puertas fueron cerradas de prisa tras él.

    Al escucharlas, Manek entendió que en verdad no iba a volver nunca al interior de la muralla, y levantó la vista. Ante él estaban las montañas de Urga Kan, que nunca había visto desde tan poca altura, y también Akundi: delante suyo, tan lejos como el horizonte, entre las montañas. Tenía la cabeza gacha y lágrimas en los ojos.

    Pero Manek lloraba también, y echó a andar, y se alejó de Kadur con la vista fija en el camino, los dientes apretados, la espalda muy tiesa para que nadie viera su dolor.

    En los años que siguieron, Manek erró por todo el Este, pues sólo quería encontrar la paz, el olvido entre gentes que no lo conocieran. Pero a donde llegaba era visto con recelo: algo en él desagradaba a quien lo viera, lo llevaba a pensar las peores cosas... No pocas veces, Manek fue confundido con asesinos y bandoleros, y si lograba quedarse en algún sitio, vencer la desconfianza, lo perdía su fama, que siempre terminaba por alcanzarlo y era vista como un mal augurio. 

    Y si aun entonces no se marchaba de donde estuviera, si a pesar de todo era aceptado o tolerado, las madres comenzaban a abortar, o los niños a morir, o las cosechas se perdían por plagas o heladas, o los hombres guerreaban...

    Sí, la maldición existía. El día en el que Manek llegó a Calint, un gran incendio quemó bosques y gente; a su paso por Jumakhilna el Mar de Lodo se secó; cuando lo vio la sibila de Borbandes, pues él llegó hasta ella para pedirle consejo, ayuda, siquiera consuelo, cuando se vieron a los ojos la sibila dio un grito horrible, y se desmayó, y al despertar perdió por un año todos sus poderes. 

    La llegada de Manek a un lugar terminó por ser anunciada, y temida, como una invasión; las puertas de todas partes se le cerraban, y algunos hasta lo perseguían, como a una bestia, por creer que su desgracia, y el peligro para el mundo, cesarían sólo con su muerte.

    Y como llevaba su vergüenza, como quería vivir pero no hacer más daño, Manek viajó desde Sintago en el norte hasta la tierra de los iondre; fue cazado por igual en Genidor y en los páramos de Rhunga; se refugió en las Ciudades Muertas de los janr y en la estepa de Daka; durmió en las Montañas de Humo, que ya en ese tiempo ennegrecían el cielo y anticipaban la Guerra Numerosa; robó frutos en Amor, la isla prohibida del Mar del Centro; tomó agua de los pozos de Mitrish, durmió en los basureros de Yedresamma...

    A donde fuera, Akundi iba con él. Siempre estaba allí, en el horizonte, tan lejos que nadie sino Manek podía verla. Aparecía en las cimas, en la otra orilla de los lagos y los ríos caudalosos, sobre el agua de los mares; en donde el aire y el sol borraban los caminos. Y aunque no hablaba su rostro era triste, más triste aún que el día en el que Manek la había visto por primera vez.

    Y he aquí que Manek, primero, agradeció su compañía, y sintió que aliviaba su pena, pero luego la vio como un espejo: un recordatorio de su propia locura y su desgracia. Y su mirada comenzó a desviarse de ella a las ciudades, los pueblos del mundo, a los que ya no se aventuraba. Así perdió la esperanza de poder detenerse en algún sitio, y se llenó de pesadumbre.

    Y una noche en la que Akundi apareció bajo la luna, ante las aguas de un lago tan remoto que parecía la pupila de un ojo, Manek supo, no con el pensamiento sino con su alma entera, con su vientre y su pecho y su cabeza, que era verdad: que no iba a tener paz ni reposo, que avanzaría por siempre, cada vez más lejos de todo, siempre aborrecido. 

    Entonces la pesadumbre se convirtió en rabia, y Manek gritó, y le dijo a Akundi que la odiaba, que la aborrecía, que lamentaba haber nacido si en su destino estaba conocerla. Porque él también se perdería para el mundo, dijo; porque había sido maldito, sin remisión, sin esperanza, y todo por ella...

    Akundi lo miró hablar durante horas, durante la noche entera, en verdad hasta que Manek perdió la voz, por tanto hablar y gritar sin pausa, y cerró la boca.

    Entonces él la vio decir: --Manek, yo soy culpable de mi falta, pero no de la tuya.

    Manek le reprochó, él también en silencio ahora, que lo hubiese distraído.

    --¿Te distraje? --le preguntó Akundi-- Eras tú el que no callaba, el que insistía.

    Manek pensó que debía decir algo, no dejarle a ella la última palabra, y le preguntó, con saña, con toda la malicia de que era capaz, por qué había tardado tanto. Por qué para despedirse había elegido, de entre todas, aquella noche. Y Akundi calló otra vez.

    Pero al cabo le dijo por qué, y Manek deseó, como nunca antes, como nunca después lo desearía, apartarse de todo: cerrar los ojos, dormir, olvidar el mundo y su marcha. Pues Akundi murmuró, sus labios apenas se movieron, y dijo:

    --Porque mi propio pensamiento ya estaba contigo.

    Así supo Manek, como sabía de su perdición, que su propio amor lo había condenado, y que todo aquello, tal vez, era parte de su propio destino, inapelable y fijo desde siempre.

    Entonces se levantó y corrió, corrió hacia ella, con la vista fija en su cara, sin atender al camino que seguía..., loco, sí, lleno de dolor, ciego a las súplicas de Akundi que le rogaba detenerse, aceptar su suerte, no agregar a su ruina la de otros. 

    Así Manek recorrió el Este por segunda vez, sin objeto ni plan en su locura, y la muerte y el dolor lo seguían, llenando a todos de miedo.

    Pero de esto nada más puede decirse, porque aún hoy se recuerda el paso del Maldito en algunos lugares, aparejado a las leyendas más terribles y antiguas, pero Manek no lo supo nunca. Una mañana, despertó y se encontró en las montañas de Urga Kan. Ante sus ojos estaban las murallas de Kadur, más lejos estaba el Gran Desierto, y más lejos aún, entre la arena, su amada, como el primer día. La arena la cubría y la descubría, allá en el horizonte.

    Entonces Manek recobró la razón, o tal vez comprendió que su vida, si estaba en el destino, tenía una forma.

    --Akundi --murmuró.

    Ella alzó la vista y le sonrió, a pesar de todo, porque ya no estaba loco. Él dijo que la amaba, que no deseaba sino estar con ella, y que la maldición se lo impedía.

    --Así que voy a seguir caminando --dijo también.

    --¿Hacia el Desierto? --preguntó ella.

    Manek asintió, y echó a andar otra vez, y pasó cerca de Kadur, sin detenerse, ante la mirada de los vigías de las altas paredes. Nadie lo reconoció porque se había hecho un hombre, alto y delgado, enjuto como un peregrino, de rostro ceñudo y largo andar. 

    Y su alma, si alguien hubiera podido verla, si en verdad el alma tiene aspecto de cosa visible para algunos elegidos, como se dice ahora, su alma, digo, era brillante, ligera, como una llama viva: atemperada por las cenizas del pesar, pero no por la angustia.

    Y llegó al borde de la arena, lo dejó atrás, y avanzó, y siguió avanzando, y otra vez, como antes en la dicha o la congoja, los días se acumularon y se confundieron, porque Manek no se detuvo y fue, fue, fue cada vez más lejos, y empujaba a Akundi con su vista, porque ella siempre estaba allá, lejos, junto con las estrellas y las tormentas. 

    Alguna vez Manek pensó que ella tampoco volvería nunca, ni sería vista más, porque nadie habría después de él con la vista prodigiosa que haría falta para verla allá, tan lejos. Pero ella no decía nada, y Manek siguió adelante, y llegó más allá que nadie antes que él.

    Lo supo una mañana: sus piernas se negaron a sostenerlo, cayó de rodillas, y mientras reposaba, pensando que no debía faltarle mucho, se atrevió a mirar atrás. Y vio que, desde aquel lugar no se veían las tierras del Este. No se veía Kadur. Aun ante sus ojos portentosos sólo había arena y cielo. Estaba en el centro mismo del Desierto, o tal vez, así lo pensó, porque el cansancio y el calor le abrasaban el cuerpo y la cabeza, en un mundo que era todo Desierto, sin señales ni caminos ni fin. Un lugar en el que cualquier punto era igualmente cercano, igualmente lejano de todos los otros, porque en él la distancia no tenía sentido.

    Entonces volvió a mirar hacia adelante, a Akundi, y la vio.

    Y ya no estaba sobre la línea del horizonte.

    Caminaba. Sí, caminaba, hacia él, se acercaba, su figura crecía, y también el espanto de ella, y el de él, porque cada vez estaba más cerca, porque sus pasos hacían más pequeña la distancia.

    Él, como pudo, se levantó. Dio unos pasos, tropezó, volvió a levantarse.

    Y lo ayudaron unas manos suaves, morenas, que lo aferraban como si no creyeran que estuviese allí. Manek levantó su propia mano, áspera, basta, y tocó un rostro.

    Akundi puso una mano sobre la de él.

    Y su voz se oyó áspera, desmañada, porque no la había usado en mucho tiempo.

    --La maldición... --comenzó.

    Y Manek quiso decir algo, preguntar qué había pasado, qué broma o burla horrible del Desierto era aquello, o decir que no lo creía, que no podía ser, que ya estaba muerto.

    Pero poco a poco, mientras sentía en su mano la mano de ella, mientras olía el aroma de su piel, mientras procuraba dominar el estupor y la debilidad, entendió.

    Sólo quien la alcanzara podría salvarla, decía la maldición, y él la había alcanzado. Ahora, como ella, él estaba lejos de todo, para siempre.

    Sintió la arena en su boca, el sabor de la sed, y supo que no podrían salir del Desierto. Miró hacia el sol, como había hecho tantas veces al amanecer, en la torre del oeste, y como siempre tuvo que apartar la vista. Pero al hacerlo vio, ante sí, la cara de Akundi que le sonreía, y Manek pensó que había hecho bien.

    Y supo, plenamente, como antes su amor y su condena, otra verdad: que allí, ante la certeza de la muerte, conocía la paz.

    Para los que recuerden la última parte de la leyenda de Akundi, la que Manek supo de un capitán en una noche de Kadur, diré que muchos, muchos años después, el gran Ganuga, el Valiente, el Esforzado, iba por el Gran Desierto. 

    Ya conocen su misión: hallar el Oeste, que nadie había visto, en el que nadie creía, para cumplir con el designio de Ombara, la primera maga, única hija fiel de Amma, la Madre Primigenia; para encontrar la Piedra de la Noche, la perdida desde la creación del mundo, cuya falta ponía en peligro la unidad de todo lo viviente. Han oído las leyendas y los cantos.

    Pero he aquí algo que ignoran de esa gesta: que Ganuga partió como jefe de una gran expedición, bien armada y pertrechada, y sólo a la mitad del camino se quedó solo: cuando todos sus compañeros hubieron muerto o desertado de vuelta al Este. 

    Entonces Ganuga, sediento, sin comida, erró por el Desierto y estuvo a punto de morir. Pero cuando iba a dejarse caer, cuando iba a rendirse al cansancio y la oscuridad, vio lejos, tan lejos como podía ver, casi en el borde del horizonte, una luz, una luz sobre la arena, el fulgor de una estrella. Pensó que sería agua, siquiera un charco, porque no raleaba ni guiñaba como los espejismos, y reunió fuerzas de donde pudo y avanzó.

    Y al llegar a donde estaba la luz, vio que era el reflejo del sol en dos esqueletos, blanqueados por el viento y los años, abrazados.

    Primero se llenó de ira, porque le pareció un juego cruel de los dioses, o del destino, que así se burlaban de él y de su empeño. Pero luego se sintió intrigado. Los que habían sido aquellos huesos habían llegado a morir allí. Uno había sido mujer, el otro hombre, y estaban abrazados, según le pareció a Ganuga, con ternura. No con miedo, no con rabia. Se habían amado.

    Esto lo hizo pensar. Éste no es el lugar de mi muerte, se dijo, y también: Aunque yazga sólo un poco más lejos, no debo hacerlo aquí, con ellos.

    Y luego: Tengo que continuar.

    Así que levantó la cabeza, y al hacerlo vio otro reflejo, más cercano, tras una duna, y ahora sí: ahora sí era el reflejo del agua.

    Una laguna, una poza oscura y fresca rodeada de palmeras. Un oasis que acababa de aparecer, que no había estado allí un momento antes.

    Y como todos saben el origen de ese milagro, saben también, ahora, cuál el don que Manek y Akundi dieron al mundo, pues gracias a ellos Ganuga no se rindió, y no aceptó la muerte, y así pudo llegar al oasis, descansar, continuar su viaje hacia el Oeste, hacia las aventuras y fatigas que lo esperaban.

    Por eso la historia de la Distante está casi olvidada, como parte diminuta que es de la gran gesta de Ganuga. Y por eso es justo que aquel lugar: el Oasis de Mankune, en el centro mismo del Gran Desierto, se llame así, pues el nombre quiere decir Estrella de la Arena. Como Akundi, la amada de Manek, cuando él la observaba desde su torre en la ciudad de Kadur.

El alquimista - H. P. Lovecraft

Allá en lo alto, coronando la herbosa cima un montículo escarpado, de falda cubierta por los árboles nudosos de la selva primordial, se levanta la vieja mansión de mis antepasados. Durante siglos sus almenas han contemplado ceñudas el salvaje y accidentado terreno circundante, sirviendo de hogar y fortaleza para la casa altanera cuyo honrado linaje es más viejo aún que los muros cubiertos de musgo del castillo. 

Sus antiguos torreones, castigados durante generaciones por las tormentas, demolidos por el lento pero implacable paso del tiempo, formaban en la época feudal una de las más temidas y formidables fortalezas de toda Francia. Desde las aspilleras de sus parapetos y desde sus escarpadas almenas, muchos barones, condes y aun reyes han sido desafiados, sin que nunca resonara en sus espaciosos salones el paso del invasor.

Pero todo ha cambiado desde aquellos gloriosos años. Una pobreza rayana en la indigencia, unida a la altanería que impide aliviarla mediante el ejercicio del comercio, ha negado a los vástagos del linaje la oportunidad de mantener sus posesiones en su primitivo esplendor; y las derruidas piedras de los muros, la maleza que invade los patios, el foso seco y polvoriento, así como las baldosas sueltas, las tablazones comidas de gusanos y los deslucidos tapices del interior, todo narra un melancólico cuento de perdidas grandezas. 

Con el paso de las edades, primero una, luego otra, las cuatro torres fueron derrumbándose, hasta que tan sólo una sirvió de cobijo a los tristemente menguados descendientes de los otrora poderosos señores del lugar.

Fue en una de las vastas y lóbregas estancias de esa torre que aún seguía en pie donde yo, Antoine, el último de los desdichados y maldecidos condes de C., vine al mundo, hace diecinueve años. Entre esos muros, y entre las oscuras y sombrías frondas, los salvajes barrancos y las grutas de la ladera, pasaron los primeros años de mi atormentada vida. 

Nunca conocí a mis progenitores. Mi padre murió a la edad de treinta y dos, un mes después de mi nacimiento, alcanzado por una piedra de uno de los abandonados parapetos del castillo; y, habiendo fallecido mi madre al darme a luz, mi cuidado y educación corrieron a cargo del único servidor que nos quedaba, un hombre anciano y fiel de notable inteligencia, que recuerdo que se llamaba Pierre. 

Yo no era más que un chiquillo, y la carencia de compañía que eso acarreaba se veía aumentada por el extraño cuidado que mi añoso guardián se tomaba para privarme del trato de los muchachos campesinos, aquellos cuyas moradas se desperdigaban por los llanos circundantes en la base de la colina. 

Por entonces, Pierre me había dicho que tal restricción era debida a que mi nacimiento noble me colocaba por encima del trato con aquellos plebeyos compañeros. Ahora sé que su verdadera intención era ahorrarme los vagos rumores que corrían acerca de la espantosa maldición que afligía a mi linaje, cosas que se contaban en la noche y eran magnificadas por los sencillos aldeanos según hablaban en voz baja al resplandor del hogar en sus chozas.

Aislado de esa manera, librado a mis propios recursos, ocupaba mis horas de infancia en hojear los viejos tomos que llenaban la biblioteca del castillo, colmada de sombras, y en vagar sin ton ni son por el perpetuo crepúsculo del espectral bosque que cubría la falda de la colina. Fue quizás merced a tales contornos el que mi mente adquiriera pronto tintes de melancolía. Esos estudios y temas que tocaban lo oscuro y lo oculto de la naturaleza eran lo que más llamaban mi atención.

Poco fue lo que me permitieron saber de mi propia ascendencia, y lo poco que supe me sumía en hondas depresiones. Quizás, al principio, fue sólo la clara renuencia mostrada por mi viejo preceptor a la hora de hablarme de mi línea paterna lo que provocó la aparición de ese terror que yo sentía cada vez que se mentaba a mi gran linaje, aunque al abandonar la infancia conseguí fragmentos inconexos de conversación, dejados escapar involuntariamente por una lengua que ya iba traicionándolo con la llegada de la senilidad, y que tenían alguna relación con un particular acontecimiento que yo siempre había considerado extraño, y que ahora empezaba a volverse turbiamente terrible. 

A lo que me refiero es a la temprana edad en la que los condes de mi linaje encontraban la muerte. Aunque hasta ese momento había considerado un atributo de familia el que los hombres fueran de corta vida, más tarde reflexioné en profundidad sobre aquellas muertes prematuras, y comencé a relacionarlas con los desvaríos del anciano, que a menudo mencionaba una maldición que durante siglos había impedido que las vidas de los portadores del título sobrepasasen la barrera de los treinta y dos años. 

En mi vigésimo segundo cumpleaños, el añoso Pierre me entregó un documento familiar que, según decía, había pasado de padre a hijo durante muchas generaciones y había sido continuado por cada poseedor. Su contenido era de lo más inquietante, y una lectura pormenorizada confirmó la gravedad de mis temores. En ese tiempo, mi creencia en lo sobrenatural era firme y arraigada, de lo contrario hubiera hecho a un lado con desprecio el increíble relato que tenía ante los ojos.

El papel me hizo retroceder a los tiempos del siglo XIII, cuando el viejo castillo en el que me hallaba era una fortaleza temida e inexpugnable. 

En él se hablaba de cierto anciano que una vez vivió en nuestras posesiones, alguien de no pocos talentos, aunque su rango apenas rebasaba el de campesino; era de nombre Michel, de usual sobrenombre Mauvais, el malhadado, debido a su siniestra reputación. 

A pesar de su clase, había estudiado, buscando cosas tales como la piedra filosofal y el elixir de la eterna juventud, y tenía fama de ducho en los terribles arcanos de la magia negra y la alquimia. 

Michel Mauvais tenía un hijo llamado Charles, un mozo tan avezado como él mismo en las artes ocultas, habiendo sido por ello apodado Le Sorcier, el brujo. Ambos, evitados por las gentes de bien, eran sospechosos de las prácticas más odiosas. 

El viejo Michel era acusado de haber quemado viva a su esposa, a modo de sacrificio al diablo, y, en lo tocante a las incontables desapariciones de hijos pequeños de campesinos, se tendía a señalar su puerta. Pero, a través de las oscuras naturalezas de padre e hijo brillaba un rayo de humanidad y redención; el malvado viejo quería a su retoño con fiera intensidad, mientras que el mozo sentía por su padre una devoción más que filial.

Una noche el castillo de la colina se encontró sumido en la más tremenda de las confusiones por la desaparición del joven Godfrey, hijo del conde Henri. Un grupo de búsqueda, encabezado por el frenético padre, invadió la choza de los brujos, hallando al viejo Michel Mauvais mientras trasteaba en un inmenso caldero que bullía violentamente. 

Sin más demora, llevado de furia y desesperación desbocadas, el conde puso sus manos sobre el anciano mago y, al aflojar su abrazo mortal, la víctima ya había expirado. Entretanto, los alegres criados proclamaban el descubrimiento del joven Godfrey en una estancia lejana y abandonada del edificio, anunciándolo muy tarde, ya que el pobre Michel había sido muerto en vano. 

Al dejar el conde y sus amigos la mísera cabaña del alquimista, la figura de Charles Le Sorcier hizo acto de presencia bajo los árboles. La charla excitada de los domésticos más próximos le reveló lo sucedido, aunque pareció indiferente en un principio al destino de su padre. Luego, yendo lentamente al encuentro del conde, pronunció con voz apagada pero terrible la maldición que, en adelante, afligiría a la casa de C. 

«Nunca sea que un noble de tu estirpe homicida  

Viva para alcanzar mayor edad de la que ahora posees»

Proclamó cuando, repentinamente, saltando hacia atrás al negro bosque, sacó de su túnica una redoma de líquido incoloro que arrojó al rostro del asesino de su padre, desapareciendo al amparo de la negra cortina de la noche. 

El conde murió sin decir palabra y fue sepultado al día siguiente, con apenas treinta y dos años. Nunca descubrieron rastro del asesino, aunque implacables bandas de campesinos batieron las frondas cercanas y las praderas que rodeaban la colina.

El tiempo y la falta de recordatorios aminoraron la idea de la maldición de la mente de la familia del conde muerto; así que cuando Godfrey, causante inocente de toda la tragedia y ahora portador de un título, murió traspasado por una flecha en el transcurso de una cacería, a la edad de treinta y dos años, no hubo otro pensamiento que el de pesar por su deceso. 

Pero cuando, años después, el nuevo joven conde, de nombre Robert, fue encontrado muerto en un campo cercano y sin mediar causa aparente, los campesinos dieron en murmurar acerca de que su amo apenas sobrepasaba los treinta y dos cumpleaños cuando fue sorprendido por su temprana muerte. 

Louis, hijo de Robert, fue descubierto ahogado en el foso a la misma fatídica edad, y, desde ahí, la crónica ominosa recorría los siglos: Henris, Roberts, Antoines y Armands privados de vidas felices y virtuosas cuando apenas rebasaban la edad que tuviera su infortunado antepasado al morir.

Según lo leído, parecía cierto que no me quedaban sino once años. Mi vida, tenida hasta entonces en tan poco, se me hizo ahora más preciosa a cada día que pasaba, y me fui progresivamente sumergiendo en los misterios del oculto mundo de la magia negra. 

Solitario como era, la ciencia moderna no me había perturbado y trabajaba como en la Edad Media, tan empeñado como estuvieran el viejo Michel y el joven Charles en la adquisición de saber demonológico y alquímico. Aunque leía cuanto caía en mis manos, no encontraba explicación para la extraña maldición que afligía a mi familia. 

En los pocos momentos de pensamiento racional, podía llegar tan lejos como para buscar alguna explicación natural, atribuyendo las tempranas muertes de mis antepasados al siniestro Charles Le Sorcier y sus herederos; pero descubriendo tras minuciosas investigaciones que no había descendientes conocidos del alquimista, me volví nuevamente a los estudios ocultos y de nuevo me esforcé en encontrar un hechizo capaz de liberar a mi estirpe de esa terrible carga. 

En algo estaba plenamente resuelto. No me casaría jamás, y, ya que las ramas restantes de la familia se habían extinguido, pondría fin conmigo a la maldición.

Cuando yo frisaba los treinta, el viejo Pierre fue reclamado por el otro mundo. Lo enterré, sin ayuda, bajo las piedras del patio por el que tanto gustara de deambular en vida. Así quedé para meditar en soledad, siendo el único ser humano de la gran fortaleza, y en el total aislamiento mi mente fue dejando de rebelarse contra la maldición que se avecinaba para casi llegar a acariciar ese destino con el que se habían encontrado tantos de mis antepasados. 

Pasaba mucho tiempo explorando las torres y los salones ruinosos y abandonados del viejo castillo, que el temor juvenil me había llevado a rehuir y que, al decir del viejo Pierre, no habían sido hollados por ser humano durante casi cuatro siglos. Muchos de los objetos hallados resultaban extraños y espantosos. 

Mis ojos descubrieron muebles cubiertos por polvo de siglos, desmoronándose en la putridez de largas exposiciones a la humedad. Telarañas en una profusión nunca antes vista brotaban por doquier, e inmensos murciélagos agitaban sus alas huesudas e inmensas por todos lados en las, por otra parte, vacías tinieblas.

Guardaba el cálculo más cuidadoso de mi edad exacta, aun de los días y horas, ya que cada oscilación del péndulo del gran reloj de la biblioteca desgranaba una pizca más de mi condenada existencia. Al final estuve cerca del momento tanto tiempo contemplado con aprensión. 

Dado que la mayoría de mis antepasados fueron abatidos poco después de llegar a la edad exacta que tenía el conde Henri al morir, yo aguardaba en cualquier instante la llegada de una muerte desconocida. En qué extraña forma me alcanzaría la maldición, eso no sabía decirlo; pero estaba decidido a que, al menos, no me encontrara atemorizado o pasivo. Con renovado vigor, me apliqué al examen del viejo castillo y cuanto contenía.

El suceso culminante de mi vida tuvo lugar durante una de mis exploraciones más largas en la parte abandonada del castillo, a menos de una semana de la fatídica hora que yo sabía había de marcar el límite final a mi estancia en la tierra, más allá de la cual yo no tenía siquiera atisbos de esperanza de conservar el hálito. Había empleado la mejor parte de la mañana yendo arriba y abajo por las escaleras medio en ruinas, en uno de los más castigados de los antiguos torreones. 

En el transcurso de la tarde me dediqué a los niveles inferiores, bajando a lo que parecía ser un calabozo medieval o quizás un polvorín subterráneo, más bajo. Mientras deambulaba lentamente por los pasadizos llenos de incrustaciones al pie de la última escalera, el suelo se tornó sumamente húmedo y pronto, a la luz de mi trémula antorcha, descubrí que un muro sólido, manchado por el agua, impedía mi avance. 

Girándome para volver sobre mis pasos, fui a poner los ojos sobre una pequeña trampilla con anillo, directamente bajo mis pies. Deteniéndome, logré alzarla con dificultad, descubriendo una negra abertura de la que brotaban tóxicas humaredas que hicieron chisporrotear mi antorcha, a cuyo titubeante resplandor vislumbré una escalera de piedra. 

Tan pronto como la antorcha, que yo había abatido hacia las repelentes profundidades, ardió libre y firmemente, emprendí el descenso. Los peldaños eran muchos y llevaban a un angosto pasadizo de piedra que supuse muy por debajo del nivel del suelo. Este túnel resultó de gran longitud y finalizaba en una masiva puerta de roble, rezumante con la humedad del lugar, que resistió firmemente cualquier intento mío de abrirla. 

Cesando tras un tiempo en mis esfuerzos, me había vuelto un trecho hacia la escalera, cuando sufrí de repente una de las impresiones más profundas y enloquecedoras que pueda concebir la mente humana. Sin previo aviso, escuché crujir la pesada puerta a mis espaldas, girando lentamente sobre sus oxidados goznes. 

Mis inmediatas sensaciones no son susceptibles de análisis. Encontrarme en un lugar tan completamente abandonado como yo creía que era el viejo castillo, ante la prueba de la existencia de un hombre o un espíritu, provocó a mi mente un horror de lo más agudo que pueda imaginarse. 

Cuando al fin me volví y encaré la fuente del sonido, mis ojos debieron desorbitarse ante lo que veían. En un antiguo marco gótico se encontraba una figura humana. Era un hombre vestido con un casquete y una larga túnica medieval de color oscuro. Sus largos cabellos y frondosa barba eran de un negro intenso y terrible, de increíble profusión. Su frente, más alta de lo normal; sus mejillas, consumidas, llenas de arrugas; y sus manos largas, semejantes a garras y nudosas, eran de una mortal y marmórea blancura como nunca antes viera en un hombre. 

Su figura, enjuta hasta asemejarla a un esqueleto, estaba extrañamente cargada de hombros y casi perdida dentro de los voluminosos pliegues de su peculiar vestimenta. Pero lo más extraño de todo eran sus ojos, cavernas gemelas de negrura abisal, profundas en saber, pero inhumanas en su maldad. 

Ahora se clavaban en mí, lacerando mi alma con su odio, manteniéndome sujeto al sitio. Por fin, la figura habló con una voz retumbante que me hizo estremecer debido a su honda impiedad e implícita malevolencia. El lenguaje empleado en su discurso era el decadente latín usado por los menos eruditos durante la Edad Media, y pude entenderlo gracias a mis prolongadas investigaciones en los tratados de los viejos alquimistas y demonólogos. 

Esa aparición hablaba de la maldición suspendida sobre mi casa, anunciando mi próximo fin, e hizo hincapié en el crimen cometido por mi antepasado contra el viejo Michel Mauvais, recreándose en la venganza de Charles le Sorcier. 

Relató cómo el joven Charles había escapado al amparo de la noche, volviendo al cabo de los años para matar al heredero Godfrey con una flecha, en la época en que éste alcanzó la edad que tuviera su padre al ser asesinado; cómo había vuelto en secreto al lugar, estableciéndose ignorado en la abandonada estancia subterránea, la misma en cuyo umbral se recortaba ahora el odioso narrador. 

Cómo había apresado a Robert, hijo de Godfrey, en un campo, forzándolo a ingerir veneno y dejándolo morir a la edad de treinta y dos, manteniendo así la loca profecía de su vengativa maldición. 

Entonces me dejó imaginar cuál era la solución de la mayor de las incógnitas: cómo la maldición había continuado desde el momento en que, según las leyes de la naturaleza, Charles le Sorcier hubiera debido morir, ya que el hombre se perdió en digresiones, hablándome sobre los profundos estudios de alquimia de los dos magos, padre e hijo, y explayándose sobre la búsqueda de Charles le Sorcier del elixir que podría garantizarle el goce de vida y juventud eternas.

Por un instante su entusiasmo pareció desplazar de aquellos ojos terribles el odio mostrado en un principio, pero bruscamente volvió el diabólico resplandor y, con un estremecedor sonido que recordaba el siseo de una serpiente, alzó una redoma de cristal con evidente intención de acabar con mi vida, tal como hiciera Charles le Sorcier seiscientos años antes con mi antepasado. 

Llevado por algún protector instinto de autodefensa, luché contra el encanto que me había tenido inmóvil hasta ese momento, y arrojé mi antorcha, ahora moribunda, contra el ser que amenazaba mi vida. Escuché cómo la ampolla se rompía de forma inocua contra las piedras del pasadizo mientras la túnica del extraño personaje se incendiaba, alumbrando la horrible escena con un resplandor fantasmal. El grito de espanto y de maldad impotente que lanzó el frustrado asesino resultó demasiado para mis nervios, ya estremecidos, y caí desmayado al suelo fangoso.

Cuando por fin recobré el conocimiento, todo estaba espantosamente a oscuras y, recordando lo ocurrido, temblé ante la idea de tener que soportar aún más; pero fue la curiosidad lo que acabó imponiéndose. ¿Quién, me preguntaba, era este malvado personaje, y cómo había llegado al interior del castillo? ¿Por qué podía querer vengar la muerte del pobre Michel Mauvais y cómo se había transmitido la maldición durante el gran número de siglos pasados desde la época de Charles le Sorcier? 

El peso del espanto, sufrido durante años, desapareció de mis hombros, ya que sabía que aquel a quien había abatido era lo que hacía peligrosa la maldición, y, viéndome ahora libre, ardía en deseos de saber más del ser siniestro que había perseguido durante siglos a mi linaje, y que había convertido mi propia juventud en una interminable pesadilla. 

Dispuesto a seguir explorando, me tanteé los bolsillos en busca de eslabón y pedernal, y encendí la antorcha de repuesto. Enseguida, la luz renacida reveló el cuerpo retorcido y achicharrado del misterioso extraño. Esos ojos espantosos estaban ahora cerrados. Desasosegado por la visión, me giré y accedí a la estancia que había al otro lado de la puerta gótica. 

Allí encontré lo que parecía ser el laboratorio de un alquimista. En una esquina se encontraba una inmensa pila de reluciente metal amarillo que centelleaba de forma portentosa a la luz de la antorcha. Debía de tratarse de oro, pero no me detuve a cerciorarme, ya que estaba afectado de forma extraña por la experiencia sufrida. 

Al fondo de la estancia había una abertura que conducía a uno de los muchos barrancos abiertos en la oscura ladera boscosa. Lleno de asombro, aunque sabedor ahora de cómo había logrado ese hombre llegar al castillo, me volví. Intenté pasar con el rostro vuelto junto a los restos de aquel extraño, pero, al acercarme, creí oírle exhalar débiles sonidos, como si la vida no hubiera escapado por completo de él. Horrorizado, me incliné para examinar la figura acurrucada y abrasada del suelo. 

Entonces esos horribles ojos, mas oscuros que la cara quemada donde se albergaban, se abrieron para mostrar una expresión imposible de identificar. Los labios agrietados intentaron articular palabras que yo no acababa de entender. Una vez capté el nombre de Charles le Sorcier y en otra ocasión pensé que las palabras «años» y «maldición» brotaban de esa boca retorcida. 

A pesar de todo, no fui capaz de encontrar un significado a su habla entrecortada. Ante mi evidente ignorancia, los ojos como pozos relampaguearon una vez más malévolamente en mi contra, hasta el punto de que, inerme como veía a mi enemigo, me sentí estremecer al observarlo.

Súbitamente, aquel miserable, animado por un último rescoldo de energía, alzó su espantosa cabeza del suelo húmedo y hundido. Entonces, recuerdo que, estando yo paralizado por el miedo, recuperó la voz y con aliento agonizante vociferó las palabras que en adelante habrían de perseguirme durante todos los días y las noches de mi vida.

—¡Necio! —gritaba—. ¿No puedes adivinar mi secreto? ¿No tienes bastante cerebro como para reconocer la voluntad que durante seis largos siglos ha perpetuado la espantosa maldición sobre los tuyos? ¿No te he hablado del gran elixir de la eterna juventud? ¿No sabes quién desveló el secreto de la alquimia? ¡Pues fui yo! ¡Yo! ¡Yo! ¡Yo que he vivido durante seiscientos años para perpetuar mi venganza, PORQUE YO SOY CHARLES LE SORCIER!