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Sueños del Desierto - Donald R. Burleson

Habitamos eternamente en reinos de sombras. Extrañamente complacientes, transitamos por nuestros agotadores días como si comprendiéramos la textura que conforma nuestro mundo; sin embargo, en verdad vemos con ojos de gusano y escuchamos con oídos de piedra, y no comprendemos nada. 

N
uestro entendimiento es una chinche de agua que pasa rasante y que tan sólo saborea la superficie de un mar negro insondable, mientras la realidad, un aterrador abismo de horror en el lecho oceánico, se mueve silenciosa y oscura a través de profundidades que están fuera de nuestro alcance, inescrutable, burlándose de nuestra ignorancia.
 
Los sueños intentan decirnos cosas de las que, de otra manera, sabríamos poco, y pretenden arrojar un atisbo de claridad a nuestras mentes, sin embargo, ni siquiera puedo precisar cuándo comienzan mis propios sueños, mis extrañas y recurrentes visiones nocturnas. «Sueños», he dicho, pero estas visiones, ahora soy consciente de ello, forman parte de un único sueño ubicuo que se desliza como un hilo demente aunque extrañamente persistente a lo largo de mi vida.
 
Me vienen a la mente aquellos días de mi niñez en los que me despertaba con la sensación de haber experimentado una fuerte impresión que era incapaz de recordar, pero como el sueño se repetía una y otra vez a lo largo del tiempo, poco a poco logré retener más de lo que había visto. 
 
Parecía existir una pauta común en estos sueños, pero a medida que la visión fue tomando forma, no fue alivio lo que sentí al poder recordar, sino más bien desconcierto ante lo que podrían significar estos fragmentos todavía imprecisos. Tenía que ver con un lugar olvidado en un vasto y abrasador desierto, pero no estaba seguro de mucho más.

Durante una etapa de mi adolescencia disminuyó la frecuencia de los sueños y, de hecho, llegué a pensar que los estaba superando, que estaba demasiado ocupado con la vida para prestar atención a estas cuestiones sin importancia. Con el paso del tiempo, los sueños parecieron cesar del todo. 
 
Alcancé la madurez en mi ciudad natal de Providence, Rhode Island, y conseguí un empleo mundano pero conveniente en una compañía de seguros, y compré una agradable y vieja casa en Benefit Street con la esperanza de pasar los días de mi vida en una apacible felicidad. 
 
Pasaba mis veladas leyendo a Proust, Baudelaire y Shakespeare y, en ocasiones, deambulaba por las antiguas callejuelas de la ciudad y reflexionaba en silencio. Estaba en paz, satisfecho con la vida.

Pero entonces los sueños retornaron.

Me desperté muy tarde una noche de otoño y luché por retener la marea baja de la memoria cuando el sueño comenzaba a desvanecerse. ¿Qué había soñado? Innegablemente era en esencia la visión de los años de mi niñez, aunque bastante más detallada en esta ocasión. 
 
Recuerdo ahora unas vistas del vasto y extenso desierto, donde enormes y quebradizas plantas rodadoras, como criaturas sin voluntad procedentes de algún planeta lejano, viraban bruscamente sobre la árida arena, y las puntiagudas yucas y los espinosos cactus se alzaban hacia el cielo bajo el sol cegador. 
 
Tras esa escena parecía escucharse una especie de rumor o zumbido, pero apenas estaba seguro de escucharlo; pronto estas impresiones medio recordadas desaparecieron y volví a dormirme.
 
La noche siguiente el sueño retornó, y cuando me desperté me quedé tumbado en la oscuridad pensando en lo que había visto. Y oído, o casi oído.
 
De nuevo, la tierra abrasada por el sol se extendía en todas direcciones a mi alrededor salpicada de cactus cholla en posición de saludo, como centinelas, y grandes yucas angulosas y jirones de matorrales de mezquite. 
 
Un viento cálido había removido la tierra amarilla y un quejumbroso atisbo de sonido parecía flotar en un tono demasiado bajo para ser escuchado con claridad. Pero durante unos segundos sonó como una voz grave, una voz que parecía estar diciendo algo como «Gwai-ti». No podía recordar más que eso.

Incapaz esta vez de volver a dormirme, paseé durante horas por las calles silenciosas sintiéndome extrañamente desorientado. Las conocidas fachadas de las casas coloniales de Nueva Inglaterra, con sus puertas de montante en abanico y ventanas con cristales pequeños, sólo me hacían sentir más extrañamente desplazado, como si no estuviera claro cuál de los dos escenarios era la realidad: las populares vistas de las calles Benefit, Jenckes y College o la tierra desértica barrida por el viento de mi paisaje onírico.

He vivido en Providence toda mi vida. Nunca he visto un desierto, tan sólo ocasionalmente en fotografías. ¿Qué sabía yo de cactus cholla o plantas de yuca o del mezquite, o de los ilimitados cielos morados —su recuerdo retornó a mi mente—, cielos abiertos no ocultos tras edificios urbanos, vastos cielos que dominaban océanos colosales de arena? Sin embargo, parece ser que conocía tales cosas.

En el trabajo, en ocasiones me sorprendía a mí mismo mirando al infinito, dando vueltas al enigma de mis visiones oníricas. Comencé a preguntarme dónde se encontraba realmente aquella tierra desértica, si es que, en efecto, estaba realmente en algún lugar. 

Un día un compañero del trabajo regresó de unas vacaciones en Albuquerque, y tras escuchar sus relatos acerca de la región, quedé repentina e inexplicablemente convencido de que las vistas desérticas de mis sueños eran reales y que se encontraban en algún lugar de Nuevo México. No podía saber tal cosa, pero estaba seguro de ello.

Con el paso del tiempo, el escenario de mis sueños fue haciéndose más nítido, pero también me di cuenta de que esto los hacía aún más inquietantes, porque no era capaz de encontrar explicación al hecho de que conociera detalles tan concretos sobre un lugar del cual debería haberlo ignorado todo. 

Nunca viajé al oeste más allá de Columbus, Ohio, y las tierras del suroeste norteamericano para mí eran sólo manchas de color en un mapa; sin embargo, estas visiones del desierto me resultaban perturbadoramente familiares, de un modo surrealista.

Bajo el destello de un sol cegador, miré hacia abajo y vi mi cuerpo, un cuerpo ahora sorprendentemente moreno y musculoso y tan sólo cubierto con una especie de trapo áspero por la cintura, y me pregunté si me estaba volviendo loco. ¿Cómo podía ese cuerpo ser el mío? 

Cuando me incliné hacia delante para verme mejor, rizos de cabello largo, sedoso y negro azab
ache cayeron sobre mis ojos, y cuando miré hacia arriba tras apartarme los rizos de la cara vi una figura desconocida, pero que me resultaba extrañamente familiar, de pie junto a mí, sobre la cálida arena salpicada de cactus. 

Era un hombre medicina, con el rostro marchito y casi totalmente oculto bajo un nido de arrugas como lagartos, a través de las cuales me observaban un par de ojos oscuros que parecían esconder los secretos de siglos. 

Daba profundas caladas a una larga pipa de barro y lanzaba nerviosas volutas de humo gris al cálido aire, y al mismo tiempo que daba caladas agitaba una carraca ceremonial de carey y entonaba unas palabras incomprensibles para mí en un nivel de conciencia, pero vagamente familiares en otro nivel, las palabras de una canción ritual de la antigüedad. 

Giraba mientras cantaba, lanzando el humo y las crípticas palabras en una dirección y luego en otra, para finalmente dar un giro completo y terminar frente a mí, y mientras su rostro intemporal volvía a girar hacia mí, las palabras finales de la canción tomaron forma en mi mente «Gwai-ti, Gwai-ti». 

Me desperté con estas imágenes todavía frescas en mi memoria y salí a dar un largo paseo en la noche, intentando entender los sonidos que había escuchado, o bien hacer que su recuerdo se desvaneciera. Me detuve entre las grandes lápidas negras del cementerio de St. John, junto a Benefit Street, e intenté aclararme las ideas, hasta que finalmente logré recomponerme y retomar mi exhausto camino de regreso a casa sin ningún deseo de dormir. Sin embargo, tras leer un rato me quedé dormido y, por lo que puedo recordar, no soñé.
 
Me tomé el día libre en el trabajo y acudí a una cita con alguien que, sospechaba, posiblemente podría contarme algo sobre mi misterio: el catedrático Carlos Armijo de la Universidad Brown. Su campo de conocimiento era la antropología del suroeste norteamericano, y en una ocasión asistí a una de sus conferencias. Dudaba de que pudiera interpretar mis visiones nocturnas, pero valía la pena intentarlo.

El catedrático Armijo era un hombre de mediana edad, de voz suave y semblante meditabundo, confortablemente resguardado entre pilas de libros y publicaciones profesionales en su despacho de Brown. A medida que iba describiendo en rasgos generales la naturaleza de mis sueños, me sentía más y más estúpido por haber creído que iba a servir de algo hacer perder el tiempo al catedrático con mi relato, y a duras penas logré reunir el coraje necesario para mencionar las sílabas sin sentido de mis visiones nocturnas del desierto, por todo lo cual quedé profundamente sorprendido al escuchar su respuesta.

—He oído esas sílabas antes —dijo con un suave acento hispano—, y poseen unas conexiones que hacen difícil explicar su presencia en los sueños de alguien no familiarizado con las culturas del suroeste. Incluso para la mayor parte de los estudiosos versados en esas culturas, esas palabras serían totalmente desconocidas. Yo las conozco únicamente porque soy un especialista en, digamos, algunos de los aspectos más oscuros del folclore del suroeste.
 
Me sentía intrigado, aunque de alguna manera no estaba seguro de si realmente quería saber más acerca de los orígenes de una expresión que había brotado en mis sueños sin ningún motivo aparente; tal vez Carl Jung estaba en lo cierto al sostener que poseemos un Inconsciente Colectivo capaz de pulsar los profundos mundos compartidos del ser, mundos arquetípicos, ignorados por la mente consciente y, sin embargo, hasta cierto punto conectados con alguna clase de realidad.

—Por favor, continúe.

El catedr
ático Armijo miró por la ventana durante unos instantes, evidentemente ordenando sus ideas.
 
—Durante siglos existió una especie de culto secreto entre ciertos chamanes nativos americanos de Arizona y Nuevo México —dijo—, que aparentemente involucraban la adoración de un dios de la antigüedad desconocido por la mayor parte de tradiciones amerindias —se calló unos segundos, aumentando así el efecto dramático, el cual me pareció totalmente justificado—. Parece ser que ese dios era llamado Gwai-ti.
 
Sentí que me quedaba sin aliento ante esta revelación. ¿Qué sabía yo de todo aquello? ¿Qué quería saber realmente de todo aquello? Nada… y, sin embargo, no había duda alguna de que había soñado ese nombre.

—Se sabe muy poco —continuó el catedrático— sobre este culto o su dios, porque todo este asunto se convirtió en un tema tabú entre los propios indios americanos y pocos han oído hablar de ello. Incluso en lugares de Nuevo México como Pueblo Nambé, donde sobreviven tradiciones muy oscuras y antiguas de la brujería típica del suroeste, sólo he encontrado a lo largo de mis investigaciones a un chamán que admitiera saber algo sobre la existencia del dios Gwai-ti; accedió a regañadientes a hablar del tema y debo añadir que al final lo hizo mostrando un evidente rechazo.

»De sus relatos inconexos deduzco que se cree que Gwai-ti ha existido desde el principio de los tiempos y que habita bajo la tierra, apareciéndose sólo en ocasiones muy excepcionales a unas cuantas almas desgraciadas. Se cuentan historias sobre sacrificios humanos realizados de vez en cuando por sacerdotes indios renegados que carecen del estatus de los líderes espirituales reconocidos en la región, la mayoría de los cuales, sin embargo, consideran las supuestas actividades de los sacerdotes renegados como meras supercherías.

—¿Y el nombre? Honestamente, pensé que sonaba a chino —pregunté intentando desesperadamente encontrar un sentido a todo esto.

El catedrático Armijo asintió.

—He mantenido unas cuantas discusiones interesantes con especialistas en lingüística comparativa de esta universidad sobre el nombre Gwai-ti. En efecto, hay sonidos en la fonética china que recuerdan a estas sílabas. Me informaron de que existe la palabra gwai, que significa algo parecido a «extraño» o «monstruoso». Existe la palabra ti, que significa «cuerpo» o «forma». Y, por supuesto, los etnólogos contemplan teorías que sostienen que algunos pueblos asiáticos migraron en la era prehistórica atravesando el Estrecho de Bering hacia Norteamérica, pero, por otro lado, no se han detectado apenas rastros lingüísticos de léxico asiático en las lenguas de los nativos americanos.
 
—¿Cómo es posible que yo conozca el nombre? —pregunté.

—Tal vez lo haya escuchado en algún lugar y simplemente lo ha olvidado —respondió el catedrático encogiéndose de hombros.

Me dispuse a marcharme, agradeciendo al hombre el tiempo que me había dedicado.

—Tiene razón, debo de haber escuchado el nombre en algún lugar.

Pero, por supuesto, yo sabía que no era así. Sólo lo había escuchado en mis sueños.

Unas cuantas noches después, los sueños comenzaron a adoptar una naturaleza aún más anómala.

Una noche soñé que estaba agazapado entre las sombras, observando alguna especie de pérfida ceremonia en la que un semicírculo de sacerdotes extrañamente pintados entonaba la siguiente frase: «M’warrh Gwai-ti, h’nah m’warrh Gwai-ti, ph’nglui w’gah Gwai-ti». 

En otra ocasión soñé que observaba una enorme llanura desértica bajo un baño de luz de luna, con una distante cadena de montañas al fondo, casi fuera de mi rango de visión, y contemplaba lo que en un primer momento me pareció un remolino de arena. Sin embargo, poco después, el remolino se transformó en una joven india que corría y gritaba aterrorizada moviendo los brazos en aspas. 

Con la inconexa naturaleza de los sueños, mi visión de ella se hizo repentinamente más cercana que antes, de hecho tan cercana que su figura ocupaba todo mi campo de visión. Desde algún lugar me llegaba un profundo tamborileo, como las notas graves de un órgano de tubos, y una voz —era como la del viejo chamán de mis primeras visiones—, una voz que cantaba, en una lengua que yo conocía en el sueño: «Ella fue elegida, tuvimos que enviarla». 

Y un segundo después, una vasta y hambrienta oscuridad pareció envolver a la joven que gritaba, y esta desapareció, y el tamborileo también se desvaneció. Me desperté empapado de sudor y con la impresión de que todavía podía oler el penetrante aroma de la artemisa. Tuve miedo de dormirme de nuevo.

Pero, por supuesto, la noche siguiente tuve que volver a dormir, y en esta ocasión soñé con una piedra alta y estrecha que se alzaba en la arena, con antiguos petroglifos tallados en la superficie, como inscripciones rúnicas de tiempos remotos, y de nuevo escuché el lúgubre tamborileo en el suelo y observé fugazmente borrosos atisbos de movimiento bajo la luna menguante, y apenas escuché entre murmullos el nombre de Gwai-ti antes de que la escena se difuminase y apagase del todo.
 
Fue sólo cuestión de tiempo que me dejara llevar por el inexplicable deseo de visitar realmente Nuevo México. Era como si hiciera mucho tiempo que hubiera tomado la decisión, inconscientemente, de que fuera cual fuese la impensable confluencia de realidades que me habían despertado a aquel otro mundo tan diferente al mundo de mi vigilia cotidiana, yo tenía que contemplar con toda la objetividad posible el escenario real de mis sueños. Por supuesto, ignoraba en qué punto exacto de aquel vasto desierto se podrían haber originado mis sueños.
 
Sin embargo, al final me encontré en un avión, aterrizando en Albuquerque con aquella extraña sensación de irrealidad que uno siente al visitar por primera vez un lugar que tan sólo conoce por lo que ha leído sobre él. O soñado.

Alquilé un todoterreno en el aeropuerto y me dirigí primero hacia el este y luego hacia el sur. Aunque no tenía ninguna noción de hacia dónde debía dirigirme, no me importó dejar que mi instinto me guiase. 

Tras bordear las laderas de las Montañas Sandias y embelesado por las fugaces visiones de paredes de adobe de color tierra y vallados para coyotes, avancé por el desierto abierto, donde lejanos y majestuosos altiplanos se cernían intemporales sobre interminables praderas de hierba que se agitaban al viento e islotes de mezquite, de artemisa y de puntas de yuca. 

Teniendo en cuenta las motivaciones que me habían llevado a una tierra tan diferente a mi Nueva Inglaterra natal, había esperado que el desierto me hiciera sentir un sutil terror e inquietud, pero para mi sorpresa capté unas sensaciones totalmente diferentes.

Era un lugar hermoso. No había nada siniestro en aquella extensión vertiginosamente vasta de cielo color turquesa, las franjas de chaparral, las montañas grises azuladas en la distancia, los anchos y profundos arroyos que serpenteaban surcando la tierra, los tranquilos altiplanos que se extendían sobre la arenosa llanura como serenas bestias que pastaban. Apenas recordaba ya lo que había esperado encontrar allí, pero lo que encontré fue una tierra de cautivadora belleza y paz.

Mientras atravesaba en coche aquel espectáculo desértico, me preguntaba en voz alta cómo era posible que hubiera llegado a pensar que esta región podía tener algo de espectral o extraño. Hacía mucho tiempo que no me sentía tan a gusto como en esos momentos y pensé que había sido un idiota por sentirme atribulado por unos sueños extraños pero esencialmente inofensivos. Incluso aquellas sílabas sin sentido, tan accidentalmente similares a un nombre procedente del oscuro folclore del suroeste, eran sin duda algo por lo que no tenía por qué preocuparme.

El sol estaba comenzando a ponerse tras la sierra al oeste, y quedé fascinado por la belleza del ocaso en el desierto; el cielo explotó en un caótico despliegue de color que sin duda alguna podría rivalizar con el arte de los pinceles del mejor pintor del mundo. 

En algún lugar al sur de Corona me desvié por una carretera más estrecha, con el asfalto en peor estado, y continué deleitándome con las increíbles vistas de los cactus cholla y las extensiones ondulantes de arena, donde las sombras puntiagudas de las yucas y el mezquite comenzaban a derramarse sobre la llanura bajo la moribunda luz del sol. 

Recordé entonces que pronto anochecerí
a y que, o bien regresaba a Corona, o bien continuaba hasta Roswell o Artesia para encontrar una habitación donde pasar la noche.
 
Pero primero me apeteció explorar un poco el lugar; había algo adictivo en aquel paisaje.
 
Me desvié por una carretera aún más estrecha y avancé a saltos entre una nube de polvo, mientras pensaba con cierto deleite que estaba más alejado de cualquier población humana de lo que jamás había estado antes. Al cabo de un rato, la carretera se transformó en un sendero primitivo plagado de piedras por el que resultaba difícil abrirse paso incluso para el vehículo resistente que había alquilado. 

Una extensión cada vez más oscura de chaparral me rodeaba por todos los costados y ahora, por primera vez desde mi llegada y a pesar de la excitación que la novedad del lugar producía en mí, comenzaron a brotar en mi mente ciertas sospechas de que, después de todo, sí que había algo de espectral en esas tierras. Pero aun así seguía fascinado y levemente reticente a regresar a alguna zona habitada justo en ese momento.

Por fin, la carretera por donde transitaba, que por entonces era tan sólo una difusa elevación de roca flanqueada de cactus y mezquite, terminó; paré el coche, salí y seguí avanzando a pie bajo el crepúsculo, pisando con cuidado y deteniéndome en una ocasión para observar la oscura silueta de una serpiente de cascabel deslizándose entre la penumbra, mientras me llegaba a los oídos el cascabeleo de advertencia como papel seco crujiendo al sacudirse en el viento de la noche. 

Estaba claro que se tenía que avanzar con cautela, y la visión d
e esa serpenteante advertencia fue suficiente para que pensara que, en efecto, había llegado el momento de regresar.
 
Pero entonces me pareció ver algo en la distancia que quise examinar más de cerca. Era algo que me resultaba vagamente familiar, aunque la luz ya resultaba muy poco fiable.

Evitando cuidadosamente los nidos de serpiente y las masas espinosas de cactus, me abrí paso hasta una gran piedra que sobresalía de la tierra arenosa como un dedo sombrío apuntando al cielo.

Y no pude creer lo que estaba viendo, ahora ya en la cruda realidad y no en la vaguedad de un sueño. Simplemente no era posible, pero ahí estaba. Los antiguos petroglifos indios todavía eran visibles bajo la luz mortecina, la piedra sin duda era el siniestro monolito de mis sueños en Providence.

Providence, ahora infinitamente distante en otro mundo más cuerdo.

Que el cielo me ayude, ese era el lugar de mis sueños.

No tengo ni idea de cuánto tiempo permanecí allí, incapaz de apartar los ojos de aquella aterradora piedra, antes de que mi mente registrara algo más.

Un sonido. Un grave e insistente tamborileo en la tierra, como las notas graves de un enorme órgano de tubos.

Y entonces… ese otro sonido.
 
Dos sílabas, pronunciadas con una voz mental o alguna vibración física real, no podría decir qué fue… dos sílabas que no deben obsesionarme.
 
Debo evitar reflexionar demasiado sobre las visiones que se sucedieron si quiero retener algo de la poca cordura que me queda.

Bajo la inestable luz de la blanquecina luna que comenzaba a derramar sus rayos a través de las negras y veloces nubes, por algún motivo que desconozco, pensé que la árida llanura en la que ahora me encontraba estaba, ¿cómo podría explicarlo?, más hundida, más accidentada, sutilmente cóncava, al tiempo que, por el contrario, la línea en penumbra del horizonte se había elevado ligeramente. 

Tal vez mi mente inconsciente lo captó antes de que mi yo racional pudiera hacerlo, pero en ese mismo instante rompí a correr en dirección al coche, que ya no se veía desde allí. 

Avancé a trompicones y golpes, aunque apenas notaba cómo el cactus y la tierra pedregosa rasgaban mi ropa cuando caía y corría, y caía y volvía a correr, intentando evitar escuchar aquellos tonos reverberantes que habían ido aumentado de intensidad durante todo este lapso de tiempo, aquellas notas que susurraban «Gwai-ti, Gwai-ti», desde regiones subterráneas que ni siquiera me atrevía a imaginar.

Tenía la sensación de que, tras de mí, se abría un enorme abismo que iba a engullirme, y que un segundo después ya sería demasiado tarde y yo habría desaparecido, y nadie sabría qué me había ocurrido. 

Todo lo que me rodeaba parecía arremolinarse formando un caleidoscopio de visiones de pesadilla, una amalgama de arena y plantas rodadoras y piedras y murmullos y un cielo cejijunto; corrí y corrí, ahogándome con las nubes de polvo y aterrado de mirar hacia atrás por encima de mi hombro. 

Sólo cuando me vi conduciendo frenéticamente de regreso por la polvorienta y pedregosa carretera, fue cuando alguna pequeña porción de mi cerebro comprendió que, después de todo, debía de haber alcanzado el vehículo antes de que, fuera lo que fuese aquello que me perseguía, tuviese tiempo de caer sobre su presa.

Pasé el resto de mi viaje paseando desganado por las populosas y bien iluminadas calles de Albuquerque y Santa Fe, y tomé el vuelo de regreso a Providence, Rhode Island.

Ahora, cuando paseo por Benefit Street y me paro a contemplar las entradas con montante de abanico o me cruzo con un gato gris y lustroso que pasa serenamente por las antiquísimas calles empedradas, me doy cuenta de que es posible que conciencias que escapan a nuestro entendimiento terrenal logren atravesar impensables abismos de tiempo y espacio y se aferren a los soñadores incautos. 

Ahora sé que, digan lo que digan acerca de los sueños o la imaginación o la ficticia naturaleza de criaturas míticas como el abyecto dios caníbal Gwai-ti, una noche, en las tierras desérticas de Nuevo México, yo estuve a punto de ser engullido por la ávida y primigenia boca de aquel horror de mis sueños.

Sombras es la carretera - Robert Colby

Scott Bender aceleró el pequeño sedán gris a través del desierto de Mojave, poniéndolo a ciento veinte por hora y conduciéndolo con una sola mano al volante. Bostezó y miró de soslayo el sol poniente, que finalmente cedió con un último parpadeo rojizo, desapareciendo tras una distante montaña.

Scott se sentía molesto por aquel terreno llano, por aquel calor insoportable, por la estrecha, recta y alargada carretera; por el sonido desgarrador del aire, por el zumbido del motor. Agotado por las largas horas de conducción a través del desierto, todo le costaba un gran esfuerzo, incluso hablar a su compañero. 

Doyle Lindsey estaba repantigado en el asiento, junto a él, fumando con gesto de mal humor, con los pies, que sólo llevaban puestos los calcetines, apoyados sobre el salpicadero.

Los dos hombres tenían alrededor de los treinta y cinco años. Scott Bender era el más bajo: de complexión fornida y sólida, actitud engañosamente apacible, tenía unos rasgos rechonchos y agradables y una ondulada cresta de abundante pelo rubio. 

Doyle Lindsey era alto, de pelo negro, y se mantenía perpetuamente delgado. Tenía un rostro alargado, de mejillas hundidas y ojos negros y malhumorados. Desde que habían dejado atrás las afueras de Phoenix, Doyle se había mantenido alegre, pero ahora, al igual que Scott, sólo era una víctima del aplastante calor y de la monotonía.

—Tendríamos que haber cambiado este trasto por otro nuevo —dijo Scott al cabo de un rato—. Algo que fuera grande y brillante, con aire acondicionado —añadió, elevando su voz por encima de los sonidos del viento y del motor.

Doyle echó una bocanada de humo y se quedó mirando fijamente la carretera. Al parecer, no había escuchado a su compañero, o bien no se sentía con ánimos de contestar. Pero, al cabo de un momento, dijo deliberadamente:

—No, estás en un error, Scott. No teníamos por qué cambiar esta basura por un trasto nuevo con aire acondicionado.

—¿Por qué no? Hemos conseguido un botín lo bastante bueno como para comprar lo mejor, ¿no es cierto?

—No se trata de eso —dijo Doyle inclinando la cabeza para mirar a Scott—. Un par de tipos que apenas estaban ganando diez de los grandes al año no se marchan de la ciudad conduciendo un automóvil de rico sin levantar sospechas.

—Sí, eso es cierto —dijo Scott, asintiendo con un movimiento de cabeza—, pero escucha, vamos a tener que pagar mucho por un coche americano nuevo en México..., quizá el doble.

—Cuando llegue el momento —dijo Doyle—, volaremos a San Diego y compraremos uno allí.

Scott y Doyle habían informado casualmente a sus amigos y colaboradores de que irían a México, para hacer un viaje de placer por el país, vía Juárez, pero por temor a un repentino descubrimiento y a la persecución subsiguiente, alteraron secretamente su plan y atravesaron California hacia el oeste, para cruzar la frontera en Tijuana.

—No tenemos ninguna prisa por gastar el botín —siguió diciendo Doyle—. Lo hemos conseguido, independientemente de cómo lo repartamos.

—Será mejor partirlo por partes iguales, mitad y mitad —observó Scott haciendo una mueca.

En el crepúsculo, la carretera se desplegaba hasta el horizonte, sin una sola curva; el paisaje, gris y árido, se extendía en forma de llanura desértica hasta las abultadas y lejanas montañas; la desolada vista que se les ofrecía hasta el fondo sólo se veía aliviada por poco más que unos supervivientes tan duros como la yuca, los cactos y los hierbajos.

—¿Tenemos bastante combustible? —preguntó Doyle.

—Más de la mitad del depósito —informó Scott.

—Eso está bien. Apuesto a que tenemos ante nosotros cuarenta y cinco kilómetros de nada hasta llegar a la próxima gasolinera.

—Eso quizá fuera así en otros tiempos, pero no ahora. Mira eso.

Scott señaló un enorme cartel que dominaba la parte derecha de la carretera situada ante ellos y leyó en alta voz:

—¡Alto! ¡A cinco kilómetros! DESERT MIRAGE MOTEL (demasiado bueno para ser cierto). Habitaciones lujosas y climatizadas; exquisita comida; su bebida favorita servida en el frío y sombreado Salón de Ensueño. Servicios de combustible y reparación.

—¿Qué te parece eso? —gruñó Doyle—. En medio del maldito desierto.

—Cualquier cosa, en cualquier parte, por un dólar —dijo Scott, riendo.

—Si tiene buen aspecto, detengámonos —dijo Doyle—. Estoy harto y me gusta pensar en esa bebida favorita.

—Yo preferiría atravesar la frontera cuanto antes, aunque tengamos que conducir toda la noche.

—Nos pasamos dos semanas sudando la gota gorda en Phoenix, trabajando en lo de siempre, mientras los de la bofia ponían la ciudad patas arriba para encontrar una pista decente, y ahora tienes tanta prisa, ¿a qué se debe?

—Está bien, daremos un vistazo. Pero no será una gran cosa, enterrado aquí, en esta zona salvaje rodeada de arena.

—¿Has estado en Las Vegas últimamente? Pues ese enorme tapete verde fue construido en una zona salvaje rodeada de arena como esta, para que lo sepas, explorador.

El motel Desert Mirage era una extensa y baja estructura de modernizado estilo oriental, con un tejado de color verde jade, salpicado de manchas de color bermellón. Surgió de súbito del estéril paisaje del desierto, tan sorprendente e irreal como si se encontrara uno con una gran mansión anclada en medio del océano.

—No me lo puedo creer —dijo Doyle—, pero vamos a ver si es verdad. Acércate rápido antes de que desaparezca.

Al llegar a su altura, Scott aminoró la marcha, introduciendo el vehículo en la larga curva de carretera de desviación que, flanqueada por palmeras reales, conducía hacia la entrada.

El vestíbulo era enorme, frío y estaba artificialmente embellecido con azulejos del Lejano Oriente. Desde allí se entraba al restaurante y al Salón de Ensueño. Se acercaron al bar y lo observaron con curiosidad desde la entrada.

Parecía una sala exótica, silenciosa, íntima, con una barra en forma de herradura y unos rincones en forma semicircular, tapizados de terciopelo rojo. Estaba lleno, casi hasta el tope de su capacidad, de viajeros que llevaban puestas las más variadas ropas y bebían alegremente. Frente a la entrada, y en uno de los ángulos del bar, había dos atractivas morenas que les observaron con rápidas miradas. 

Una de ellas esbozó un fragmento de sonrisa cuando su mirada inquisitiva se detuvo sobre los dos hombres que aún permanecían en la entrada. Después, dio un ligero codazo a su compañera. Las dos mujeres se les quedaron mirando descaradamente.

—Van a ver si pueden pescar algo —dijo Scott desde una esquina de su boca—. ¿Seguimos el juego y dejamos que tiren del carrete?

—¿Estás loco? —murmuró Doyle—. Con la mitad de Fort Knox en el coche, primero comprobamos y después jugamos si queremos.

Se volvió y dirigió a Scott hacia el bar.

Ante el mostrador, una pareja estaba siendo inscrita por un empleado. Detrás de él, consulting lo que parecía ser un índice de habitaciones, había un hombre elegante y cuarentón, fastidiosamente embutido en un traje de color beige, con camisa blanca y corbata negra. Espiando a Lindsey y a Bender, les hizo señas para que se acercaran al mostrador.

—¿Una habitación, caballeros? —preguntó con una sonrisa amable que surgió de un rostro enjuto, de fuerte mandíbula, rematado por un abundante pelo rubio muy bien ordenado.

—Sí, nos gustaría una habitación —dijo Doyle.

—Bueno, tiene suerte, señor. Sólo me quedan dos. ¿Quieren las dos? ¿O prefieren compartir una?

—Una habitación de dos camas —contestó Doyle.

—Estupendo —dijo el hombre rubio sacando un bolígrafo y una tarjeta de registro. Doyle rellenó la tarjeta, inscribiendo los dos nombres y una sola dirección, previamente acordada, en Phoenix.

—Tienen ustedes a mucha gente por aquí —observó Scott—. Debe ser nuevo, ¿verdad?

—Sí, señor. Abrí el negocio hace exactamente ocho meses y seis días.

—Entonces, ¿es usted el propietario?

—Así es, y me siento feliz de poderlo decir. Yo mismo he diseñado este lugar y he ayudado a construirlo.

—Pero esto está alejado de todo, en tierra de nadie —dijo Scott, sonriendo—. No comprendo cómo puede trabajar hallándose tan lejos de la civilización.

—Hubo problemas al principio. Pero ahora nos autoabastecemos por completo. Conseguimos nuestra propia agua y generamos la energía que necesitamos.

—¿De verdad? Pues no tengo más remedio que felicitarle, es una verdadera piedra preciosa en medio del desierto, míster...

—Kittredge. Vern Kittredge. Y ahora, háganme saber si hay algo que puedo hacer por ustedes, caballeros.

Osciló hacia un lado, buscó en los casilleros y dejó una llave sobre el mostrador.

Doyle, que había estado escuchando toda la conversación inmerso en un silencio desaprobador, se metió la llave en el bolsillo.

—¿Cuánto le debemos, míster Kittredge?

—Veintisiete cincuenta, con los impuestos —anunció con suavidad míster Kittredge.

Doyle contó el dinero, sacándolo de su cartera.

—Estarán ustedes en la 248 —dijo el propietario—. Está en el segundo piso, hacia el centro del ala derecha del edificio.

—Hasta luego, míster Kittredge —dijo Scott.

Y los dos hombres salieron, dirigiéndose hacia la zona del aparcamiento. Observándoles mientras se retiraban, Vern Kittredge sacudió la cabeza y le dijo a su empleado:

—Todos hacen la misma pregunta: ¿cómo se le ocurrió instalar esto aquí? Creo que si escribiera eso en un folleto me ahorraría cerca de un millón de palabras al mes —se detuvo un momento y después añadió—: Frank, me voy al ático. Denise vendrá a cenar. No volveré a bajar esta noche, a menos que me necesites.

—Sólo nos queda una habitación por alquilar, así es que no creo que necesite mucha ayuda —dijo Frank.

Kittredge se marchó, dirigiéndose hacia su apartamento del ático.

En la habitación 248, Doyle Lindsey estaba colgando un par de trajes en la larga percha del espacioso armario, en una habitación de gruesas alfombras, muebles elegantes y masivos y decoración de buen gusto. El aire frío salía del aparato de aire acondicionado, dotado de pulsadores y capaz también de proporcionar calefacción.

—Creo que sería mejor cortar esa clase de conversaciones con personas como Kittredge —dijo Doyle por encima del hombro, haciendo que sus palabras sonaran como una orden.

—¿Por qué? —preguntó Scott, poniendo cara de enfado.

Doyle cruzó la habitación, dirigiéndose hacia donde habían dejado una abultada maleta, y empezó a sacar objetos de ella, colocándolos en un cajón.

—Porque no deseamos despertar ninguna atención especial —dijo—, y porque no deseamos hacer ninguna falsa amistad comercial con la clase de personas que suelen conocer a la gente al primer vistazo. Para esa clase de gente, nosotros somos un par de sombras... sin rostro, anónimas. Ahora nos ves, ahora no nos ves, y nunca se recuerda nada sobre nosotros.

—Sí —dijo Scott—, supongo que tienes razón. Lo que sucede es que soy demasiado sociable por naturaleza.

—Exactamente —dijo Doyle, encendiendo un cigarrillo—. Eres demasiado sociable, y a veces no demuestras ser muy inteligente. Pero, al menos, escuchas.

—Está bien, muchas gracias.

—De nada.

—No me presiones, Doyle. No me dejaré provocar.

Doyle le ignoró y comenzó a cerrar la gran maleta, aunque todavía contenía algunas de sus ropas y un libro de gran tamaño y tapas duras.

—Vacía el resto de la maleta y daremos un vistazo a la mercancía —dijo Scott.

—No seas infantil. Una vez que la has visto, ya la has visto.

—La mitad del botín es mío..., ¿de acuerdo?

Doyle se encogió de hombros y sacó de su bolsillo un pequeño destornillador. Sacó todo el contenido de la maleta, que dejó sobre la cama, encontró los pequeños tornillos ocultos y quitó el forro del fondo. Al desatornillar el último tornillo dejó al descubierto el extremo de una banda de cuero que, al ser desprendida, dejó ver una cremallera.

Corrió la cremallera... y los dos se quedaron mirando el ordenado jardín de billetes verdes, perfectamente ordenados y empacados. La mayor parte de los billetes eran de elevado valor.

Scott cogió uno de los paquetes de billetes de cien y los pasó ante sus ojos, mostrando los dientes con una sonrisa de alegría.

—Aquí sí que hay coles —murmuró—. Ciento sesenta mil libres de impuestos, a la vieja usanza.

Doyle también sonrió, aunque sólo ligeramente.

—No está mal para un par de gángsters aficionados —dijo.

—Sí —asintió Scott sintiéndose feliz—. El único tanteo posible y limpiamos esa planta de toda la maldita paga. Tengo que felicitarte por eso, Doyle, eres un cerebro y medio cuando se trata de planear un golpe.

—La realización fue pura mecánica —dijo Doyle—. El verdadero genio estuvo en la preparación y la determinación del tiempo. No abandonamos inmediatamente nuestros buenos puestos de trabajo para desvanecernos. Les lavamos antes el cerebro: un par de tipos que no importan a nadie, y que han ahorrado durante años lo suficiente para dar un largo vistazo al mundo, empezando por un económico viaje de placer a México. Como ves, estaban preparados para aceptarlo. Incluso después de haber realizado el robo, servimos perfectamente nuestros propósitos... Trabajamos, como siempre, hasta el último día. Y ahora nos desvanecemos, nos perdemos en alguna parte... y se nos olvidará.

—A menos que los de la bofia encuentren alguna pista —dijo Scott.

—No la encontrarán. Les dimos dos semanas de tiempo y nos quedamos tranquilamente sentados durante todo ese tiempo. Y ellos ni siquiera se acercaron, ni una simple sospecha.

—Seguro que seguimos estando libres de sospechas —dijo Scott.

Volvió a dejar el paquete de billetes en el fondo de la maleta, Doyle la volvió a cerrar, colocó sus pertenencias y dejó la maleta en el armario.

—Y ahora —dijo Doyle frotándose las palmas de las manos—, ponte en movimiento y prepárate. Después, bajaremos y calentaremos un poco a esas dos piezas de ojos grandes que se aburren en el bar.

En la habitación 254, la última disponible del Desert Mirage, se instaló una cama supletoria para acomodar a los tres hombres de mediana edad que acababan de inscribirse en recepción. Se les subió hielo y bebidas a la habitación y ahora los tres hombres, sentados uno frente al otro, en círculo, se estaban sirviendo unas copas, reforzadas con aguardiente.

El trío estaba compuesto por Charlie Sachs, propietario de un pequeño establo de caballos de carreras; su entrenador, Max Hardman, y Sid Lerner, abogado y amigo personal de Charlie Sachs.

Charlie, un hombre barrigudo, de rostro alegre, dejó su bebida sobre la mesa y chupó el puro que estaba fumando.

—Entonces, ¿quién va a dormir en la cama supletoria? —preguntó.

—Tu físico se acomoda perfectamente a ella —dijo Sid Lerner con una mueca, mientras Max Hardman mantenía su habitual impasibilidad.

—Mira lo que vamos a hacer —dijo Charlie—. Nos la sortearemos.

Aparecieron unas monedas que volaron al aire, pendientes todos del cara o cruz. Sid perdió sin molestarse por ello. Después de todo, era el más delgado de los tres.

Al cabo de un rato, el abogado dijo:

—Charlie, quiero saber más de ese arreglo. Ya sabes que no tengo ni idea de caballos. Pero por lo que se está cociendo, la carrera está arreglada para que la gane «Bold Blackie», si es que no se rompe antes una pata, ¿no es cierto?

Charlie dio un bufido, mordió el puro y lanzó una mirada implorante a su entrenador.

—Sid, ya han pasado los días de las carreras arregladas, al menos en el sentido clásico —dijo Max Hardman—. Aquellas típicas regatas terminaron en disputas. No puedes domar a un caballo para hacerle ganar, porque después tiene que pasar una prueba química, una vez terminada la carrera. No, ahora ya nada funciona de ese modo. Se trata de algo mucho más sutil, mucho más difícil de probar y prácticamente legal.

—Escucho —declaró Sid.

—Está bien. En esa carrera del viernes hay otros tres caballos que pueden derrotar a «Bold Blackie». No hay problema con eso. El público apostará por esos tres con ventaja de dos a uno o menos, hasta aproximadamente de cuatro a uno. Por la mañana, «Blackie» estará en ocho a uno y puede elevarse hasta un doce a uno antes de situarte en el poste de salida, especialmente cuando se sepa que el favorito, «Royal Front», hará una gran carrera.

»Pero el propietario de «Royal Front» sabe que su caballo no es tan bueno; puede perder en favor de uno de los otros caballos favoritos en cuanto realice un mal movimiento. Su propietario no deseará arriesgar una apuesta a esos precios. Los otros dos propietarios tendrán mejores ventajas para sus caballos, aunque no lo bastante buenas como para hacerles ganar un buen puñado.

»Entonces, Charlie se reunirá con ellos para tomar unas copas y entre todos decidirán convertir a «Bold Blackie» en ganador cuando las apuestas estén en ocho a uno o más arriba, de modo que todos los propietarios, excepto Charlie, apostarán contra sus propios caballos.

—Es una locura —dijo Lerner—. ¿Y cómo va a saber el caballo que no debe ganar? ¿Es que decís a los jockeys que retengan a sus caballos para que pueda ganar «Blackie»?

—No es exactamente así —dijo Charlie, sonriendo con indulgencia—. El encargado lo desaprobaría y los jockeys no se pueden permitir el lujo de quedarse sin trabajo o de ser eliminados de la pista. No, tal y como dice Max, se trata de algo más sutil. Los otros tres propietarios dicen a sus jockeys que no van a apostar ese viernes; que esperan que ocurra algo bueno en la carrera, para llevarse el jamón a casa.

»Los jockeys no necesitan un papel impreso para saber con exactitud lo que significa eso. Se les paga para proporcionar a los propietarios lo que estos desean, siempre y cuando sea legal y no contravenga las reglas. Así pues, dejan que el caballo haga su propia carrera, sin forzarle. No maniobran para ocupar una mejor posición. Dejan que el caballo se agote antes de llegar a la meta; no intentan hacer nada, no compiten. Y amigo, esa es otra forma de decir que van a perder con toda seguridad, porque se tiene que querer tener buena puntería para dar en el blanco.

»Por otra parte, le digo a mi jockey que ese viernes voy a apostar una buena cantidad y que quiero que haga todo lo posible por ganar. Deseo una carrera lo más inteligente posible, y espero de él que haga cruzar a «Bold Blackie» la meta en primer lugar. «Blackie» puede hacerlo así, siempre y cuando se le dirija bien, porque es el mejor caballo de la carrera.

»Así, con esa clase de arreglo, y teniendo en cuenta que todo estará en contra de los caballos favoritos, podremos ganar un buen puñado el viernes.

—Brindo por eso —dijo Sid Lerner, levantando su copa.

Y todos bebieron.

Doyle Lindsey y Scott Bender durmieron hasta muy tarde y, tras haber perdido lamentablemente el tiempo en la reunión de la noche anterior, siguieron su camino hacia la frontera mexicana pocos minutos antes del mediodía.

Cerca de las tres de la tarde, llegó mistress Trisha Howland, procedente de Los Ángeles, en su espléndido automóvil nuevo, un regalo reciente de su esposo con motivo de su segundo aniversario. 

Trisha tenía veintiocho años y era diecinueve años más joven que Gary Howland. De pelo castaño rojizo, elegante y pequeña, los suaves rasgos de su rostro estaban tensos y mostraban unas profundas ojeras cuando preguntó en el mostrador de recepción, apresurándose después a reunirse con su esposo, que había permanecido encerrado en la habitación 116 desde hacía casi dos días.

Cuando él se acercó a la puerta, abriéndola con gran cautela, ella se descolgó en su interior y los dos se abrazaron, pegándose el uno al otro, en silencio.

—Necesitas un trago —dijo después Gary Howland.

Puso hielo en un par de vasos y vertió una generosa cantidad de whisky escocés. Ella se dejó caer sobre una silla y bebió a pequeños sorbos, mientras él se apoyó sobre una mesita y se quedó mirando hoscamente hacia el suelo, en dirección a sus zapatos. Era un hombre de pelo grisáceo, de rostro nudoso, con exceso de peso, pero con un aspecto casi elegante.

—Ni siquiera hice una maleta —dijo Trisha—. Me marché pocos minutos después de recibir tu llamada.

—Gracias, querida —murmuró él, pero sin mirarla.

—¿Por qué no me esperaste en casa hasta que yo llegara? Podríamos haberlo discutido, Gary; podríamos haber encontrado para ti una salida mejor que la de huir ciegamente.

Levantó la vista, mirándola un momento, y se sintió impresionado por los grandes ojos inocentes y por la compasión que reflejaba su hermoso rostro.

—Sentí pánico —dijo él—. Sólo pensé en marcharme, sin saber realmente hacia dónde, buscando quizá algún lugar remoto donde poder ocultarme y pensar. Dejé atrás este lugar increíble, pero me sentía cansado y al final di media vuelta y volví aquí. Ni siquiera se me ocurrió registrarme con un nombre y una dirección falsas. De todos modos, pensaba que tú también estarías al otro lado de la barrera, por decirlo de algún modo.

—Qué equivocado estás, querido. Todo este asunto no es más que una simple e inconcebible tragedia. No puedo imaginar cómo, conociéndome, pudiste haber llegado a una conclusión así y después...

—De eso se trata, Trisha. No tenía la sensación de conocerte tan bien en sólo un par de años. ¿Nos conocemos el uno al otro en realidad?

—Evidentemente, yo tampoco te conocía hasta ese punto, Gary —la mujer se detuvo y encendió un cigarrillo—. Y te mostraste tan reservado al hablarme por teléfono, que no conseguí hacerme una verdadera idea de lo que había sucedido. Así es que ¿por qué no empiezas desde el principio?

—Podría contarte lo que ha ocurrido en un minuto. Pero decirte cómo me siento ya me resulta algo más complicado.

—¿Por qué viniste a verme a una hora tan intempestiva? —preguntó ella.

—Tenía una cita con Hamilton Burris. Llegaba en un vuelo procedente de Dallas para discutir los términos de compra de su refinería de la costa Oeste. Pero me salió con una u otra excusa y pospuso el encuentro. Eso me dejó con un gran hueco en el día, así es que pensé pasar la tarde juntos para variar un poco.

»Te llamé... y no contestó nadie. Supuse que habrías bajado a la playa, así es que fui a casa y me cambié. Después, me dirigí a ese lugar, cerca del bungaló, donde estabas, y finalmente te espié desde la derecha, bastante cerca del agua. Estabas echada sobre tu albornoz, cerca de ese joven..., de ese joven musculoso, con ese típico rostro americano y los ojos llenos de apetito por la mujer.

»Apenas si estabais a un palmo de distancia el uno del otro y él parecía estar diciéndote algo, casi sobre tus labios. Aquello me produjo un impacto muy fuerte... una gran sacudida. Nunca te había imaginado en esa... en esa situación, y mi imaginación empezó a desbordarse. ¿Cuántas otras veces? ¿Con cuántos otros jóvenes?

—Sí, pero no se te ocurrió pensar que...

—Déjame terminar. No se me ocurrió pensar en otra cosa que en el hecho de tener veinte años más que tú. Pensé que quizá en otros tiempos había parecido una persona brillante, al frente de una gran empresa, con una gran riqueza y poder. Pero que tú empezaste a aburrirte, te sentiste atraída por los jóvenes de tu misma edad... inclinada hacia esos jóvenes atléticos y amorosos... y decidiste jugar en ambos extremos.

»De las dudas ocultas sobre mí mismo, que ya existían en mí, nacieron unos celos instantáneos. Así pues, te vigilé a distancia y, cuando te levantaste y empezaste a andar con él hacia aquel maldito bungaló, os seguí. Desapareciste con él en el interior de la casa y entonces estuve seguro. Permanecí por allí durante unos quince minutos, tratando de acumular fuerzas suficientes para entrar y darle una buena paliza.

»Pero sabía que aquello sería absurdo..., que él me derribaría y me pondría de rodillas, mientras tú mirabas, llena de disgusto, o simplemente sofocando tu risa ante mi débil intento. Así pues, regresé a casa hecho una furia y volví con el revólver. No tenía intención de matarle. Simplemente, pensaba darle un buen escarmiento.

»Llamé, él abrió la puerta y me mostré detrás del arma. Recorrí precipitadamente las habitaciones, mientras él me miraba boquiabierto, fumando, pero tú ya te habías ido. Intercambiamos unas pocas palabras y él se dio cuenta de lo que sucedía, pero no pareció asustarse lo más mínimo ante mí. Se sentía más bien divertido y mantenía una actitud burlona.

»—¿Dónde está Trisha? —le pregunté—. ¿Va a volver ahora con una botella para amenizar vuestra reunión? ¿No quedaría bastante sorprendida si te encontrara muerto, pequeño?

»Aquellas palabras sólo produjeron en él una expresión de desprecio y una sonrisa de burla.

»—Pero ¿qué pasa aquí, viejo estúpido? —me dijo—. Se vistió y regresó a casa. Seguramente te has cruzado con ella.

»Fue entonces cuando disparé contra él. Cayó, encogido sobre sí mismo. Me di cuenta enseguida de que había muerto y entonces sentí un gran pánico.

—¡Oh, Gary! —exclamó Trisha—, todo es por mi culpa. Y, sin embargo, no tengo culpa de nada. Se trataba solamente de un joven que me habló un día en la playa, y al que contesté con la simple intención de ser amable. Hablamos unos pocos minutos, le dije que estaba casada y se marchó. Pero vivía cerca de la playa y volvió a pasar varias veces por allí mientras yo estaba tomando el sol. Hablé con él para pasar el tiempo... simplemente hablé con él. Pensé que era una persona inofensiva, que era un joven solitario que necesitaba confiarse a alguien.

»Aquel día terrible, me preguntó si quería tomar una cerveza fría, y yo no vi ningún mal en ello. El sol calentaba mucho y yo me sentía reseca. Así es que me fui con él y me sirvió un vaso de cerveza que me bebí mientras charlamos durante unos veinte minutos. Parecía un joven totalmente inocente y me sentí casi maternal con él. Pero entonces empezó a mostrarse más atrevido. No se mostró agresivo en ningún momento; simplemente trató de probarme, de darme un beso, de acariciarme con sus manos.

»Bromeé un poco con él y conseguí escabullirme de un modo razonablemente gracioso. Después, antes de ir a casa, me detuve en casa de Grace Fielding, y allí estuve aproximadamente durante una hora antes de volver a casa. Aquella noche no viniste a cenar y empecé a sentirme muy inquieta. A la mañana siguiente venía la noticia en los periódicos: Bruce Kaufman asesinado en su bungaló por un desconocido; la única clave es la bala que le causó la muerte, del calibre treinta y ocho. Ni siquiera entonces pude imaginar lo que había pasado, Gary. Fui incapaz de relacionar el asesinato contigo, como esposo enfurecido. No lo pude hacer hasta que me llamaste por teléfono. Pero ahora ya no importa el porqué ni el cómo. Dime simplemente qué has hecho con el arma porque, al parecer, lo único que han conseguido para relacionar el asesinato contigo es una bala.

—He traído el revólver conmigo —dijo—. Está escondido en el estuche de mi máquina de escribir portátil. He considerado la posibilidad de mecanografiar una confesión y una de esas dramáticas notas de despedida, al estilo antiguo, antes de utilizar ese mismo revólver contra mí mismo.

—¡No digas tonterías! —exclamó ella—. Cuando lleguemos a casa, cogeremos la barca, nos adentraremos dos o tres kilómetros en el mar y yo misma arrojaré ese revólver por la borda.

—Te quiero mucho, pequeña —dijo él—, y debo decirte que..., que lo siento mucho.

Ella apartó la mirada.

—No podemos marcharnos esta noche —murmuró—. Estoy demasiado cansada. Quiero tomar un largo baño caliente y después podremos bajar a beber algo y a cenar. Nos marcharemos al amanecer y contaremos a todos una bonita y pequeña historia sobre una impulsiva segunda luna de miel. ¿Te parece bien, querido?

Doyle Lindsey y Scott Bender se detuvieron a pasar la noche en la ciudad costera de Ensenada, después de haber cruzado la frontera en Tijuana, sin el menor incidente. Habían salido a cenar y después regresaron a su motel, un lugar mucho menos pretencioso que el agradable Desert Mirage. Estuvieron discutiendo qué hacer: dormir toda la noche de un tirón, o salir a dar una vuelta por los locales nocturnos de la ciudad. Pero todo aquel botín robado les estaba incitando a divertirse y a jugar.

Existía, sin embargo, un pequeño problema. Habían acabado casi con todo su dinero en efectivo y era necesario volver a pulsar el botón del fondo falso de la maleta para conseguir reservas frescas de dinero. En consecuencia, Doyle colocó la maleta sobre un maletero, volvió a quitar el forro y abrió el compartimiento secreto.

Inmediatamente, surgió otro problema que, en esta ocasión, se convirtió en un desastre. No había ningún dinero... Había desaparecido hasta el último.

—¡Desaparecido! —exclamó Scott con un asombro terrible—. ¡No lo puedo creer!

—¡No! —gritó Doyle, sacudiendo su cabeza con vehemencia—. ¡No, no! ¡Es imposible! Ni una sola persona de este mundo sabía que el dinero estaba aquí, excepto tú y yo. Y como yo no lo he cogido...

Se metió la mano en el bolsillo, sacando su automática del 32, con la que encañonó cuidadosamente a Scott Bender.

—Así es que ayúdame —dijo, con una mortal sinceridad—. Me vas a decir lo que has hecho con la pasta, o te mato aquí mismo.

Ya bien avanzada la tarde del día siguiente, Gary Howland llegó, acompañado de Trisha, a su impresionante residencia situada en Palisade. Se dispuso entonces a abrir el estuche de su máquina de escribir portátil para recuperar el revólver del 38. Pero el arma no estaba allí. En su lugar, encontró una nota, mecanografiada con su propia máquina y dejada en el rodillo de la misma:

«Tenemos su revólver "Smith & Wesson", de cañón corto, calibre 38 y número de serie C247634, arma con la que asesinó usted a Bruce Kaufman en un rapto de celos.

»Le rogamos tome nota de que estamos dispuestos a enviar el arma a la policía, junto con los apropiados detalles sobre su participación en el crimen, a menos que recibamos, en el plazo de tres días, la cantidad de veinticinco mil dólares en efectivo.

»El dinero debe ser adecuadamente envuelto y protegido y enviado a la casilla de correos de la dirección abajo indicada. Tras la recepción del dinero, se le enviará el arma con la mayor rapidez.

«Suyo con todo el afecto, y con grandes esperanzas de que pueda usted continuar disfrutando de su libertad y verse alejado de los tristes confines de San Quintín.»

Debajo había el número de una casilla postal de Las Vegas, Nevada.

Al sábado siguiente, por la tarde, Vern Kittredge, propietario del motel Desert Mirage, estaba cómodamente sentado en la sala de estar de su extravagante apartamento del ático. Se trataba de una estructura apartada a la que se llegaba por medio de un ascensor privado y que colgaba sobre la terraza del edificio principal. Con un esbozo de sonrisa en la comisura de sus labios, Kittredge estaba dando un vistazo a la página deportiva del periódico. Su esposa, Denise, una amorosa y joven rubia de notables proporciones, entró en aquel momento, procedente de la cocina, llevando una bandeja en la que había unos aperitivos y un par de secos y helados martinis.

Vern cogió uno de los martinis de la bandeja y lo probó.

—¡Ajá! —exclamó, suspirando—. Hecho con amoroso cuidado, como una obra de arte. ¿Debo enmarcarlo, o me lo bebo?

—Bueno, no tengo un marco adecuado para eso —dijo Denise, tomando asiento junto a él, con una expresión de contento en su rostro—. Así es que será mejor que te lo bebas antes de que se evapore.

—Sí —observó él—, está deliciosamente seco. ¿Quieres echar un vistazo a la página deportiva?

—Querido, sabes muy bien que odio los deportes.

—¿Incluyendo las carreras de caballos?

—Bueno, cuéntame sólo lo que haya sobre eso. ¿Había realmente un caballo que se llamara así? ¿«Bold Blackie»?

—Claro que sí. Tuve que buscarlo muy de prisa, pero encontré a «Blackie» en la carrera del viernes. Después llamé a DiVito, en Las Vegas, y le pedí que apostara tres mil dólares, de modo que la cantidad de la apuesta no hiciera hundirse la ventaja en el momento de la salida.

—Pero, desde luego, todo resultó ser una baladronada —dijo ella, en tono de broma—, y ese miserable rucio llegó el último.

—¡Oh, no! Al contrario, querida. «Bold Blackie» llegó a la meta con dos cuerpos de ventaja...

Aquí tienes la continuación del texto corregido. Se han subsanado los errores de puntuación (como las tildes en los pronombres interrogativos y exclamativos), se han corregido los desajustes de los guiones de diálogo y se ha adaptado la ortografía de los extranjerismos, además de unificar palabras que estaban mal espaciadas:

—¡Oh, no! Al contrario, querida. «Bold Blackie» llegó a la meta con dos cuerpos de ventaja sobre su inmediato seguidor y pagó diecinueve ochenta..., justo por debajo de nueve a uno.

—¡Vaya! Bastante bonito. Eso significa cerca de veintisiete mil.

—En efecto —confirmó el hombre, dejándose caer hacia atrás y encendiendo un puro corto y delgado—. Esta ha sido una semana que deja chiquitas a todas las demás —observó con orgullo—. Ha sido con mucho la mayor captura desde que abrimos. Veintisiete de los grandes por la carrera de caballos; ciento sesenta mil de aquel par de muchachos de la 248, con su maleta de fondo oculto; y otros veinticinco mil de ese feliz esposo de la 116 aficionado a apretar el gatillo.

—¿Te refieres a Howland, querido?

—Sí, a Gary Howland.

—¿También has conseguido ese dinero?

—DiVito envió esta mañana a uno de sus hombres a recogerlo de la casilla postal. Me lo traerá al próximo viaje que haga.

—¿Le vas a devolver el arma, o le presionarás un poco más?

—Sabes muy bien que siempre mantengo mi palabra —dijo él, mirándola—. El arma ya está en camino. Howland ha salido de esto con gran facilidad, pero es que me encontraba de muy buen humor.

—¿Te sientes alguna vez culpable por todo esto, Vern? —preguntó Denise, con una actitud pensativa.

—En absoluto. Me limito a coger algo a los tipos ricos y malos y a los estafadores, nunca a los tipos buenos.

—Eso es cierto, querido.

El hombre dejó su copa, cogió una patata frita, introduciéndosela en la boca, y la masticó.

—Bien —dijo—, tenemos la casa casi llena. ¿Has comprobado si hay algo interesante?

—Sí, pero hasta el momento sólo he encontrado a un evasor de impuestos en la 64. Se trata de un tipo que habla con su socio sobre una doble contabilidad. He estado tomando notas.

—¿Cuánto pretenden sustraerle al Tío Sam?

—Cerca de medio millón. Podremos conseguir un buen pellizco de esa cifra por no informar... No existe el menor riesgo.

—¿Están todavía en la habitación?

—Se fueron a cenar, pero a estas alturas ya pueden haber regresado.

—Veamos.

Kittredge, acompañado por su esposa, abandonó la sala y penetró después en un estudio. Apretó un botón situado bajo la mesa de su despacho y una sección de la pared se deslizó a un lado, dejando al descubierto un cubículo iluminado. Ya en su interior, Kittredge apretó otro botón y la pared se cerró tras ellos. Entonces, tomó asiento ante un gran cuadro de mandos en el que había numerosos conmutadores, cada uno de los cuales mostraba una etiqueta con el número de las habitaciones. Sobre los conmutadores había unas luces diminutas que permanecían apagadas cuando una habitación no había sido alquilada todavía, y que se encendían con una luz roja cuando estaban ocupadas. Sobre el cuadro de mandos había un micrófono, y una pantalla completaba el sistema de circuito cerrado de televisión, con sus cámaras ocultas.

Kittredge pulsó el conmutador con la etiqueta 64 y por el micrófono sólo les llegó un ligero zumbido.

—Supongo que todavía están fuera —dijo Denise.

—Vamos a asegurarnos —dijo Kittredge, apretando un botón.

Sobre la pantalla de televisión apareció una habitación vacía; había unas ropas sobre una de las camas y una maleta sobre la otra.

—No hay nadie en casa —dijo Kittredge, apagando la imagen y el sonido.

—¿Quieres intentar alguno de los otros números? —preguntó Denise, situada de pie tras él.

Él asintió con un movimiento de cabeza y, durante algunos minutos, estuvo pulsando los conmutadores, escuchando fragmentos de conversación, sin añadir la imagen al sonido. Después, sacudió la cabeza.

—Parece que esta es una mala noche para el robo. Lo intentaremos más tarde.

—Tú escuchas —dijo ella—, ¿pero nunca observas la pantalla cuando estás solo, querido? Vamos, confiésalo.

—No —dijo él firmemente—, no lo hago. Únicamente cuando no tengo más remedio, cuando tengo que captar algo que no puede ser comprendido escuchando. Como hice, por ejemplo, para observar dónde habían escondido esos dos gángsters el dinero que habían robado, y sólo con el propósito de saber lo que hacer cuando ellos dejaran la habitación. También lo hago para asegurarme de que una habitación está vacía cuando me dirijo hacia ella. Creo que todo ciudadano honrado que llega al Desert Mirage tiene derecho a esperar la más absoluta intimidad.

Burlonamente, Denise se le quedó mirando asombrada y gruñó:

—Conque absoluta intimidad, ¿eh? Bueno, de todos modos eres un hombre de honor, querido Vern.

Él se levantó, la rodeó con su brazo y con la otra mano apretó el botón para abrir el camino.

—¿Qué tenemos para cenar, querida? —preguntó mientras abandonaban la pequeña estancia.

 

 

 

Scott Bender aceleró el pequeño sedán gris a través del desierto de Mojave, poniéndolo a ciento veinte por hora y conduciéndolo con una sola mano al volante. Bostezó y miró de soslayo el sol poniente, que finalmente cedió con un último parpadeo rojizo, desapareciendo tras una distante montaña.

Scott se sentía molesto por aquel terreno llano, por aquel calor insoportable, por la estrecha, recta y alargada carretera; por el sonido desgarrador del aire, por el zumbido del motor. Agotado por las largas horas de conducción a través del desierto, todo le costaba un gran esfuerzo, incluso hablar a su compañero. Doyle Lindsey estaba repantigado en el asiento, junto a él, fumando con gesto de mal humor, con los pies, que sólo llevaban puestos los calcetines, apoyados sobre el salpicadero.

Los dos hombres tenían alrededor de los treinta y cinco años. Scott Bender era el más bajo: de complexión fornida y sólida, actitud engañosamente apacible, tenía unos rasgos rechonchos y agradables y una ondulada cresta de abundante pelo rubio. Doyle Lindsey era alto, de pelo negro, y se mantenía perpetuamente delgado. Tenía un rostro alargado, de mejillas hundidas y ojos negros y malhumorados. Desde que habían dejado atrás las afueras de Phoenix, Doyle se había mantenido alegre, pero ahora, al igual que Scott, sólo era una víctima del aplastante calor y de la monotonía.

—Tendríamos que haber cambiado este trasto por otro nuevo —dijo Scott al cabo de un rato—. Algo que fuera grande y brillante, con aire acondicionado —añadió, elevando su voz por encima de los sonidos del viento y del motor.

Doyle echó una bocanada de humo y se quedó mirando fijamente la carretera. Al parecer, no había escuchado a su compañero, o bien no se sentía con ánimos de contestar. Pero, al cabo de un momento, dijo deliberadamente:

—No, estás en un error, Scott. No teníamos por qué cambiar esta basura por un trasto nuevo con aire acondicionado.

—¿Por qué no? Hemos conseguido un botín lo bastante bueno como para comprar lo mejor, ¿no es cierto?

—No se trata de eso —dijo Doyle inclinando la cabeza para mirar a Scott—. Un par de tipos que apenas estaban ganando diez de los grandes al año no se marchan de la ciudad conduciendo un automóvil de rico sin levantar sospechas.

—Sí, eso es cierto —dijo Scott, asintiendo con un movimiento de cabeza—, pero escucha, vamos a tener que pagar mucho por un coche americano nuevo en México..., quizá el doble.

—Cuando llegue el momento —dijo Doyle—, volaremos a San Diego y compraremos uno allí.

Scott y Doyle habían informado casualmente a sus amigos y colaboradores de que irían a México, para hacer un viaje de placer por el país, vía Juárez, pero por temor a un repentino descubrimiento y a la persecución subsiguiente, alteraron secretamente su plan y atravesaron California hacia el oeste, para cruzar la frontera en Tijuana.

—No tenemos ninguna prisa por gastar el botín —siguió diciendo Doyle—. Lo hemos conseguido, independientemente de cómo lo repartamos.

—Será mejor partirlo por partes iguales, mitad y mitad —observó Scott haciendo una mueca.

En el crepúsculo, la carretera se desplegaba hasta el horizonte, sin una sola curva; el paisaje, gris y árido, se extendía en forma de llanura desértica hasta las abultadas y lejanas montañas; la desolada vista que se les ofrecía hasta el fondo sólo se veía aliviada por poco más que unos supervivientes tan duros como la yuca, los cactos y los hierbajos.

—¿Tenemos bastante combustible? —preguntó Doyle.

—Más de la mitad del depósito —informó Scott.

—Eso está bien. Apuesto a que tenemos ante nosotros cuarenta y cinco kilómetros de nada hasta llegar a la próxima gasolinera.

—Eso quizá fuera así en otros tiempos, pero no ahora. Mira eso.

Scott señaló un enorme cartel que dominaba la parte derecha de la carretera situada ante ellos y leyó en alta voz:

—¡Alto! ¡A cinco kilómetros! DESERT MIRAGE MOTEL (demasiado bueno para ser cierto). Habitaciones lujosas y climatizadas; exquisita comida; su bebida favorita servida en el frío y sombreado Salón de Ensueño. Servicios de combustible y reparación.

—¿Qué te parece eso? —gruñó Doyle—. En medio del maldito desierto.

—Cualquier cosa, en cualquier parte, por un dólar —dijo Scott, riendo.

—Si tiene buen aspecto, detengámonos —dijo Doyle—. Estoy harto y me gusta pensar en esa bebida favorita.

—Yo preferiría atravesar la frontera cuanto antes, aunque tengamos que conducir toda la noche.

—Nos pasamos dos semanas sudando la gota gorda en Phoenix, trabajando en lo de siempre, mientras los de la bofia ponían la ciudad patas arriba para encontrar una pista decente, y ahora tienes tanta prisa, ¿a qué se debe?

—Está bien, daremos un vistazo. Pero no será una gran cosa, enterrado aquí, en esta zona salvaje rodeada de arena.

—¿Has estado en Las Vegas últimamente? Pues ese enorme tapete verde fue construido en una zona salvaje rodeada de arena como ésta, para que lo sepas, explorador.

El motel Desert Mirage era una extensa y baja estructura de modernizado estilo oriental, con un tejado de color verde jade, salpicado de manchas de color bermellón. Surgió de súbito del estéril paisaje del desierto, tan sorprendente e irreal como si se encontrara uno con una gran mansión anclada en medio del océano.

—No me lo puedo creer —dijo Doyle—, pero vamos a ver si es verdad. Acércate rápido antes de que desaparezca.

Al llegar a su altura, Scott aminoró la marcha, introduciendo el vehículo en la larga curva de carretera de desviación que, flanqueada por palmeras reales, conducía hacia la entrada.

El vestíbulo era enorme, frío y estaba artificialmente embellecido con azulejos del Lejano Oriente. Desde allí se entraba al restaurante y al Salón de Ensueño. Se acercaron al bar y lo observaron con curiosidad desde la entrada.

Parecía una sala exótica, silenciosa, íntima, con una barra en forma de herradura y unos rincones en forma semicircular, tapizados de terciopelo rojo. Estaba lleno, casi hasta el tope de su capacidad, de viajeros que llevaban puestas las más variadas ropas y bebían alegremente. Frente a la entrada, y en uno de los ángulos del bar, había dos atractivas morenas que les observaron con rápidas miradas. Una de ellas esbozó un fragmento de sonrisa cuando su mirada inquisitiva se detuvo sobre los dos hombres que aún permanecían en la entrada. Después, dio un ligero codazo a su compañera. Las dos mujeres se les quedaron mirando descaradamente.

—Van a ver si pueden pescar algo —dijo Scott desde una esquina de su boca—. ¿Seguimos el juego y dejamos que tiren del carrete?

—¿Estás loco? —murmuró Doyle—. Con la mitad de Fort Knox en el coche, primero comprobamos y después jugamos si queremos.

Se volvió y dirigió a Scott hacia el bar.

Ante el mostrador, una pareja estaba siendo inscrita por un empleado. Detrás de él, consultando lo que parecía ser un índice de habitaciones, había un hombre elegante y cuarentón, fastidiosamente embutido en un traje de color beige, con camisa blanca y corbata negra. Espiando a Lindsey y a Bender, les hizo señas para que se acercaran al mostrador.

—¿Una habitación, caballeros? —preguntó con una sonrisa amable que surgió de un rostro enjuto, de fuerte mandíbula, rematado por un abundante pelo rubio muy bien ordenado.

—Sí, nos gustaría una habitación —dijo Doyle.

—Bueno, tiene suerte, señor. Sólo me quedan dos. ¿Quieren las dos? ¿O prefieren compartir una?

—Una habitación de dos camas —contestó Doyle.

—Estupendo —dijo el hombre rubio sacando un bolígrafo y una tarjeta de registro. Doyle rellenó la tarjeta, inscribiendo los dos nombres y una sola dirección, previamente acordada, en Phoenix.

—Tienen ustedes a mucha gente por aquí —observó Scott—. Debe ser nuevo, ¿verdad?

—Sí, señor. Abrí el negocio hace exactamente ocho meses y seis días.

—Entonces, ¿es usted el propietario?

—Así es, y me siento feliz de poderlo decir. Yo mismo he diseñado este lugar y he ayudado a construirlo.

—Pero esto está alejado de todo, en tierra de nadie —dijo Scott, sonriendo—. No comprendo cómo puede trabajar hallándose tan lejos de la civilización.

—Hubo problemas al principio. Pero ahora nos autoabastecemos por completo. Conseguimos nuestra propia agua y generamos la energía que necesitamos.

¿De verdad? Pues no tengo más remedio que felicitarle, es una verdadera piedra preciosa en medio del desierto, míster...

—Kittredge. Vern Kittredge. Y ahora, háganme saber si hay algo que puedo hacer por ustedes, caballeros.

Osciló hacia un lado, buscó en los casilleros y dejó una llave sobre el mostrador.

Doyle, que había estado escuchando toda la conversación inmerso en un silencio desaprobador, se metió la llave en el bolsillo.

—¿Cuánto le debemos, míster Kittredge?

—Veintisiete cincuenta, con los impuestos —anunció con suavidad míster Kittredge.

Doyle contó el dinero, sacándolo de su cartera.

—Estarán ustedes en la 248 —dijo el propietario—. Está en el segundo piso, hacia el centro del ala derecha del edificio.

—Hasta luego, míster Kittredge —dijo Scott.

Y los dos hombres salieron, dirigiéndose hacia la zona del aparcamiento. Observándoles mientras se retiraban, Vern Kittredge sacudió la cabeza y le dijo a su empleado:

—Todos hacen la misma pregunta: ¿cómo se le ocurrió instalar esto aquí? Creo que si escribiera eso en un folleto me ahorraría cerca de un millón de palabras al mes —se detuvo un momento y después añadió—: Frank, me voy al ático. Denise vendrá a cenar. No volveré a bajar esta noche, a menos que me necesites.

—Sólo nos queda una habitación por alquilar, así es que no creo que necesite mucha ayuda —dijo Frank.

Kittredge se marchó, dirigiéndose hacia su apartamento del ático.

 

 

En la habitación 248, Doyle Lindsey estaba colgando un par de trajes en la larga percha del espacioso armario, en una habitación de gruesas alfombras, muebles elegantes y masivos y decoración de buen gusto. El aire frío salía del aparato de aire acondicionado, dotado de pulsadores y capaz también de proporcionar calefacción.

—Creo que sería mejor cortar esa clase de conversaciones con personas como Kittredge —dijo Doyle por encima del hombro, haciendo que sus palabras sonaran como una orden.

—¿Por qué? —preguntó Scott, poniendo cara de enfado.

Doyle cruzó la habitación, dirigiéndose hacia donde habían dejado una abultada maleta, y empezó a sacar objetos de ella, colocándolos en un cajón.

—Porque no deseamos despertar ninguna atención especial —dijo—, y porque no deseamos hacer ninguna falsa amistad comercial con la clase de personas que suelen conocer a la gente al primer vistazo. Para esa clase de gente, nosotros somos un par de sombras... sin rostro, anónimas. Ahora nos ves, ahora no nos ves, y nunca se recuerda nada sobre nosotros.

—Sí —dijo Scott—, supongo que tienes razón. Lo que sucede es que soy demasiado sociable por naturaleza.

—Exactamente —dijo Doyle, encendiendo un cigarrillo—. Eres demasiado sociable, y a veces no demuestras ser muy inteligente. Pero, al menos, escuchas.

—Está bien, muchas gracias.

—De nada.

—No me presiones, Doyle. No me dejaré provocar.

Doyle le ignoró y comenzó a cerrar la gran maleta, aunque todavía contenía algunas de sus ropas, y un libro de gran tamaño y tapas duras.

—Vacía el resto de la maleta y daremos un vistazo a la mercancía —dijo Scott.

—No seas infantil. Una vez que la has visto, ya la has visto.

—La mitad del botín es mío..., ¿de acuerdo?

Doyle se encogió de hombros y sacó de su bolsillo un pequeño destornillador. Sacó todo el contenido de la maleta, que dejó sobre la cama, encontró los pequeños tornillos ocultos y quitó el forro del fondo. Al desatornillar el último tornillo dejó al descubierto el extremo de una banda de cuero que, al ser desprendida, dejó ver una cremallera.

Corrió la cremallera... y los dos se quedaron mirando el ordenado jardín de billetes verdes, perfectamente ordenados y empacados La mayor parte de los billetes eran de elevado valor.

Scott cogió uno de los paquetes de billetes de cien y los pasó ante sus ojos, mostrando los dientes con una sonrisa de alegría.

—Aquí sí que hay coles —murmuró—. Ciento sesenta mil libres de impuestos, a la vieja usanza.

Doyle también sonrió, aunque sólo ligeramente.

—No está mal para un par de gángsters aficionados —dijo.

—Sí —asintió Scott sintiéndose feliz—. El único tanteo posible y limpiamos esa planta de toda la maldita paga. Tengo que felicitarte por eso, Doyle, eres un cerebro y medio cuando se trata de planear un golpe.

—La realización fue pura mecánica —dijo Doyle—. El verdadero genio estuvo en la preparación y la determinación del tiempo. No abandonamos inmediatamente nuestros buenos puestos de trabajo para desvanecernos. Les lavamos antes el cerebro: un par de tipos que no importan a nadie, y que han ahorrado durante años lo suficiente para dar un largo vistazo al mundo, empezando por un económico viaje de placer a México. Como ves, estaban preparados para aceptarlo. Incluso después de haber realizado el robo, servimos perfectamente nuestros propósitos... Trabajamos, como siempre, hasta el último día. Y ahora nos desvanecemos, nos perdemos en alguna parte... y se nos olvidará.

—A menos que los de la bofia encuentren alguna pista —dijo Scott.

—No la encontrarán. Les dimos dos semanas de tiempo y nos quedamos tranquilamente sentados durante todo ese tiempo. Y ellos ni siquiera se acercaron, ni una simple sospecha.

—Seguro que seguimos estando libres de sospechas —dijo Scott.

Volvió a dejar el paquete de billetes en el fondo de la maleta, Doyle la volvió a cerrar, colocó sus pertenencias y dejó la maleta en el armario.

—Y ahora —dijo Doyle frotándose las palmas de las manos—, ponte en movimiento y prepárate. Después, bajaremos y calentaremos un poco a esas dos piezas de ojos grandes que se aburren en el bar.

 

 

En la habitación 254, la última disponible del Desert Mirage, se instaló una cama supletoria para acomodar a los tres hombres de mediana edad que acababan de inscribirse en recepción. Se les subió hielo y bebidas a la habitación y ahora los tres hombres, sentados uno frente al otro, en círculo, se estaban sirviendo unas copas, reforzadas con aguardiente.

El trío estaba compuesto por Charlie Sachs, propietario de un pequeño establo de caballos de carreras; su entrenador, Max Hardman, y Sid Lerner, abogado y amigo personal de Charlie Sachs.

Charlie, un hombre barrigudo, de rostro alegre, dejó su bebida sobre la mesa y chupó el puro que estaba fumando.

—Entonces ¿quién va a dormir en la cama supletoria? —preguntó.

—Tu físico se acomoda perfectamente a ella —dijo Sid Lerner con una mueca, mientras Max Hardman mantenía su habitual impasibilidad.

—Mira lo que vamos a hacer —dijo Charlie—. Nos la sortearemos.

Aparecieron unas monedas que volaron al aire, pendientes todos del cara o cruz. Sid perdió sin molestarse por ello. Después de todo, era el más delgado de los tres.

Al cabo de un rato, el abogado dijo:

—Charlie, quiero saber más de ese arreglo. Ya sabes que no tengo ni idea de caballos. Pero por lo que se está cociendo, la carrera está arreglada para que la gane «Bold Blackie», si es que no se rompe antes una pata, ¿no es cierto?

Charlie dio un bufido, mordió el puro y lanzó una mirada implorante a su entrenador.

—Sid, ya han pasado los días de las carreras arregladas, al menos en el sentido clásico —dijo Max Hardman—. Aquellas típicas regatas terminaron en disputas. No puedes domar a un caballo para hacerle ganar, porque después tiene que pasar una prueba química, una vez terminada la carrera. No, ahora ya nada funciona de ese modo. Se trata de algo mucho más sutil, mucho más difícil de probar y prácticamente legal.

—Escucho —declaró Sid.

—Está bien. En esa carrera del viernes hay otros tres caballos que pueden derrotar a «Bold Blackie». No hay problema con eso. El público apostará por esos tres con ventaja de dos a uno o menos, hasta aproximadamente de cuatro a uno. Por la mañana, «Blackie» estará en ocho a uno y puede elevarse hasta un doce a uno antes de situarte en el poste de salida, especialmente cuando se sepa que el favorito, «Royal Front», hará una gran carrera.

»Pero el propietario de "Royal Front" sabe que su caballo no es tan bueno; puede perder en favor de uno de los otros caballos favoritos en cuanto realice un mal movimiento. Su propietario no deseará arriesgar una apuesta a esos precios. Los otros dos propietarios tendrán mejores ventajas para sus caballos, aunque no lo bastante buenas como para hacerles ganar un buen puñado.

»Entonces, Charlie se reunirá con ellos para tomar unas copas y entre todos decidirán convertir a "Bold Blackie" en ganador cuando las apuestas estén en ocho a uno o más arriba, de modo que todos los propietarios, excepto Charlie, apostarán contra sus propios caballos.

—Es una locura —dijo Lerner—. ¿Y cómo va a saber el caballo que no debe ganar? ¿Es que decís a los jockeys que retengan a sus caballos para que pueda ganar «Blackie»?

—No es exactamente así —dijo Charlie, sonriendo con indulgencia—. El encargado lo desaprobaría y los jockeys no se pueden permitir el lujo de quedarse sin trabajo o de ser eliminados de la pista. No, tal y como dice Max, se trata de algo más sutil. Los otros tres propietarios dicen a sus jockeys que no van a apostar ese viernes; que esperan que ocurra algo bueno en la cañera, para llevarse el jamón a casa.

»Los jockeys no necesitan un papel impreso para saber con exactitud lo que significa eso. Se les paga para proporcionar a los propietarios lo que éstos desean, siempre y cuando sea legal y no contravenga las reglas. Así pues, dejan que el caballo haga su propia carrera, sin forzarle. No maniobran para ocupar una mejor posición. Dejan que el caballo se agote antes de llegar a la meta; no intentan hacer nada, no compiten. Y amigo, ésa es otra forma de decir que van a perder con toda seguridad, porque se tiene que querer tener buena puntería para dar en el blanco.

»Por otra parte, le digo a mi jockey que ese viernes voy a apostar una buena cantidad y que quiero que haga todo lo posible por ganar. Deseo una carrera lo más inteligente posible, y espero de él que haga cruzar a "Bold Blackie" la meta en primer lugar. "Blackie" puede hacerlo así, siempre y cuando se le dirija bien, porque es el mejor caballo de la carrera.

»Así, con esa clase de arreglo, y teniendo en cuenta que todo estará en contra de los caballos favoritos, podremos ganar un buen puñado el viernes.

—Brindo por eso —dijo Sid Lerner, levantando su copa.

Y todos bebieron.

 

 

Doyle Lindsey y Scott Bender durmieron hasta muy tarde y, tras haber perdido lamentablemente el tiempo en la reunión de la noche anterior, siguieron su camino hacia la frontera mexicana pocos minutos antes del mediodía.

 

 

Cerca de las tres de la tarde, llegó mistress Trisha Towland, procedente de Los Angeles, en su espléndido automóvil nuevo, un regalo reciente de su esposo con motivo de su segundo aniversario. Trisha tenía veintiocho años y era diecinueve años más joven que Gary Howland. De pelo castaño rojizo, elegante y pequeña, los suaves rasgos de su rostro estaban tensos y mostraban unas profundas ojeras cuando preguntó en el mostrador de recepción, apresurándose después a reunirse con su esposo, que había permanecido encerrado en la habitación 116 desde hacía casi dos días.

Cuando él se acercó a la puerta, abriéndola con gran cautela, ella se deslizó en su interior y los dos se abrazaron, pegándose el uno al otro, en silencio.

—Necesitas un trago —dijo después Gary Howland.

Puso hielo en un par de vasos y vertió una generosa cantidad de whisky escocés. Ella se dejó caer sobre una silla y bebió a pequeños sorbos, mientras él se apoyó sobre una mesita y se quedó mirando hoscamente hacia el suelo, en dirección a sus zapatos. Era un hombre de pelo grisáceo, de rostro nudoso, con exceso de peso, pero con un aspecto casi elegante.

—Ni siquiera hice una maleta —dijo Trisha—. Me marché pocos minutos después de recibir tu llamada.

—Gracias, querida —murmuró él, pero sin mirarla.

—¿Por qué no me esperaste en casa hasta que yo llegara? Podríamos haberlo discutido, Gary; podríamos haber encontrado para ti una salida mejor que la de huir ciegamente.

Levantó la vista, mirándola un momento, y se sintió impresionado por los grandes ojos inocentes y por la compasión que reflejaba su hermoso rostro.

—Sentí pánico —dijo él—. Sólo pensé en marcharme, sin saber realmente hacia dónde, buscando quizá algún lugar remoto donde poder ocultarme y pensar. Dejé atrás este lugar increíble, pero me sentía cansado y al final di media vuelta y volví aquí. Ni si quiera se me ocurrió registrarme con un nombre y una dirección falsas. De todos modos, pensaba que tú también estarías al otro lado de la barrera, por decirlo de algún modo.

—Qué equivocado estás, querido. Todo este asunto no es más que una simple e inconcebible tragedia No puedo imaginar cómo, conociéndome, pudiste haber llegado a una conclusión así y después...

—De eso se trata, Trisha. No tenía la sensación de conocerte tan bien en sólo un par de años. ¿Nos conocemos el uno al otro en realidad?

—Evidentemente, yo tampoco te conocía hasta, ese punto, Gary —la mujer se detuvo y encendió un cigarrillo—. Y te mostraste tan reservado al hablarme por teléfono, que no conseguí hacerme una verdadera idea de lo que había sucedido. Así es que ¿por qué no empiezas desde el principio?

—Podría contarte lo que ha ocurrido en un minuto. Pero decirte cómo me siento ya me resulta algo más complicado.

—¿Por qué viniste a verme a una hora tan intempestiva? —pregunto ella.

—Tenía una cita con Hamilton Burris. Llegaba en un vuelo procedente de Dallas para discutir los términos de compra de su refinería de la costa Oeste. Pero me salió con una u otra excusa y pospuso el encuentro. Eso me dejó con un gran hueco en el día, así es que pensé pasar la tarde juntos para variar un poco.

»Te llamé... y no contestó nadie. Supuse que habrías bajado a la playa, así es que fui a casa y me cambié. Después, me dirigí a ese lugar, cerca del bungalow, donde estabas, y finalmente te espié desde la derecha, bastante cerca del agua. Estabas echada sobre tu albornoz, cerca de ese joven..., de ese joven musculoso, con ese típico rostro americano y los ojos llenos de apetito por la mujer.

»Apenas si estabais a un palmo de distancia el uno del otro y él parecía estar diciéndote algo, casi sobre tus labios. Aquello me produjo un impacto muy fuerte... una gran sacudida. Nunca te había imaginado en esa... en esa situación, y mi imaginación empezó a desbordarse. ¿Cuántas otras veces? ¿Con cuántos otros jóvenes?

—Sí, pero no se te ocurrió pensar que...

—Déjame terminar. No se me ocurrió pensar en otra cosa que en el hecho de tener veinte años más que tú. Pensé que quizá en otros tiempos había parecido una persona brillante, al frente de una gran empresa, con una gran riqueza y poder. Pero que tú empezaste a aburrirte, te sentiste atraída por los jóvenes de tu misma edad... inclinada hacia esos jóvenes atléticos y amorosos... y decidiste jugar en ambos extremos.

»De las dudas ocultas sobre mí mismo, que ya existían en mí, nacieron unos celos instantáneos. Así pues, te vigilé a distancia y cuando te levantaste y empezaste a andar con él hacia aquel maldito bungalow, os seguí. Desapareciste con él en el interior de la casa y entonces estuve seguro. Permanecí por allí durante unos quince minutos, tratando de acumular fuerzas suficientes para entrar y darle una buena paliza.

»Pero sabía que aquello sería absurdo..., que él me derribaría y me pondría de rodillas, mientras tú mirabas, llena de disgusto, o simplemente sofocando tu risa ante mi débil intento. Así pues, regresé a casa echo una furia y volví con el revólver. No tenía intención de matarle. Simplemente, pensaba darle un buen escarmiento.

»Llamé, él abrió la puerta y me mostré detrás del arma. Recorrí precipitadamente las habitaciones, mientras él me miraba boquiabierto, fumando, pero tú ya te habías ido. Intercambiamos unas pocas palabras y él se dio cuenta de lo que sucedía, pero no pareció asustarse lo más mínimo ante mí. Se sentía más bien divertido y mantenía una actitud burlona.

»—¿Dónde está Trisha? —le pregunté—. ¿Va a volver ahora con una botella para amenizar vuestra reunión? ¿No quedaría bastante sorprendida si te encontrara muerto, pequeño?

»Aquellas palabras sólo produjeron en él una expresión de desprecio y una sonrisa de burla.

»—Pero ¿qué pasa aquí, viejo estúpido? —me dijo—. Se vistió y regresó a casa. Seguramente te has cruzado con ella.

«Fue entonces cuando disparé contra él. Cayó, en cogido sobre sí mismo. Me di cuenta en seguida de que había muerto y entonces sentí un gran pánico.

—¡Oh, Gary! —exclamó Trisha—, todo es por mi culpa. Y, sin embargo, no tengo culpa de nada. Se trataba solamente de un joven que me habló un día en la playa, y al que contesté con la simple intención de ser amable. Hablamos unos pocos minutos, le dije que estaba casada y se marchó. Pero vivía cerca de la playa y volvió a pasar varias veces por allí mientras yo estaba tomando el sol. Hablé con él para pasar el tiempo... simplemente hablé con él. Pensé que era una persona inofensiva, que era un joven solitario que necesitaba confiarse a alguien.

»Aquel día terrible, me preguntó si quería tomar una cerveza fría, y yo no vi ningún mal en ello. El sol calentaba mucho y yo me sentía reseca. Así es que me fui con él y me sirvió un vaso de cerveza que me bebí mientras charlamos durante unos veinte minutos. Parecía un joven totalmente inocente y me sentí casi maternal con él. Pero entonces empezó a mostrarse más atrevido. No se mostró agresivo en ningún momento; simplemente trató de probarme, de darme un beso, de acariciarme con sus manos.

»Bromeé un poco con él y conseguí escabullirme de un modo razonablemente gracioso. Después, antes de ir a casa, me detuve en Grace Fielding's, y allí estuve aproximadamente durante una hora antes de volver a casa. Aquella noche no viniste a cenar y empecé a sentirme muy inquieta. A la mañana siguiente venía la noticia en los periódicos: Bruce Kaufman asesinado en su bungalow por un desconocido; la única clave es la bala que le causó la muerte, del calibre treinta y ocho. Ni siquiera entonces pude imaginar lo que había pasado, Gary. Fui incapaz de relacionar el asesinato contigo, como esposo enfurecido. No lo pude hacer hasta que me llamaste por teléfono. Pero ahora ya no importa el porqué ni el cómo. Dime simplemente qué has hecho con el arma porque, al parecer, lo único que han conseguido para relacionar el asesinato contigo es una bala.

—He traído el revólver conmigo —dijo—. Está escondido en el estuche de mi máquina de escribir portátil. He considerado la posibilidad de mecanografiar una confesión y una de esa dramáticas notas de despedida, al estilo antiguo, antes de utilizar ese mismo revólver contra mí mismo.

¡No digas tonterías! —exclamó ella—. Cuando lleguemos a casa, cogeremos la barca, nos adentraremos dos o tres kilómetros en el mar y yo misma arrojaré ese revólver por la borda.

Te quiero mucho, pequeña —dijo él—, y debo decirte que..., que lo siento mucho.

Ella apartó la mirada.

—No podemos marcharnos esta noche —murmuró—. Estoy demasiado cansada. Quiero tomar un largo baño caliente y después podremos bajar a beber algo y a cenar. Nos marcharemos al amanecer y contaremos a todos una bonita y pequeña historia sobre una impulsiva segunda luna de miel. ¿Te parece bien, querido?

Doyle Lindsey y Scott Bender se detuvieron a pasar la noche en la ciudad costera de Ensenada, después de haber cruzado la frontera en Tijuana, sin el menor incidente. Habían salido a cenar y después regresaron a su motel, un lugar mucho menos pretencioso que el agradable Desert Mirage. Estuvieron discutiendo lo que hacer: dormir toda la noche de un tirón, o salir a dar una vuelta por los locales nocturnos de la ciudad. Pero todo aquel botín robado les estaba incitando a divertirse y a jugar.

Existía, sin embargo, un pequeño problema. Habían acabado casi con todo su dinero en efectivo y era necesario volver a pulsar el botón del fondo falso de la maleta para conseguir reservas frescas de dinero. En consecuencia, Doyle colocó la maleta sobre un maletero, volvió a quitar el forro y abrió compartimiento secreto.

Inmediatamente, surgió otro problema que, en esta ocasión, se convirtió en un desastre. No había ningún dinero... Había desaparecido hasta el último.

—¡Desaparecido! —exclamó Scott con un asombro terrible—. ¡No lo puedo creer!

—¡No! —gritó Doyle, sacudiendo su cabeza con vehemencia—. ¡No, no! ¡Es imposible! Ni una sola persona de este mundo sabía que el dinero estaba aquí, excepto tú y yo. Y como yo no lo he cogido...

Se metió la mano en el bolsillo, sacando su automática del 32, con la que encañonó cuidadosamente a Scott Bender.

—Así es que ayúdame —dijo, con una mortal sinceridad—. Me vas a decir lo que has hecho con la pasta, o te mato aquí mismo.

Ya bien avanzada la tarde del día siguiente, Gary Howland llegó, acompañado de Trisha, a su impresionante residencia situada en Palisade. Se dispuso entonces a abrir el estuche de su máquina de escribir portátil para recuperar el revólver del 38. Pero el arma no estaba allí. En su lugar, encontró una nota, mecanografiada con su propia máquina y dejada en el rodillo de la máquina:

 

«Tenemos su revólver "Smith & Wesson", de cañón corto, calibre 38 y número de serie C247634, arma con la que asesinó usted a Bruce Kaufman en un rapto de celos.

»Le rogamos tome nota de que estamos dispuestos a enviar el arma a la policía, junto con los apropiados detalles sobre su participación en el crimen, a menos que recibamos, en el plazo de tres días, la cantidad de veinticinco mil dólares en efectivo.

»El dinero debe ser adecuadamente envuelto y protegido y enviado a la casilla de correos de la dirección abajo indicada. Tras la recepción del dinero, se le enviará el arma con la mayor rapidez.

«Suyo con todo el afecto, y con grandes esperanzas de que pueda usted continuar disfrutando de su libertad y verse alejado de los tristes confines de San Quintín.»

 

Debajo había el número de una casilla postal de Las Vegas, Nevada.

 Al sábado siguiente, por la tarde, Vern Kittredge, propietario del motel Desert Mirage, estaba cómodamente sentado en la sala de estar de su extravagante apartamento del ático. Se trataba de una estructura apartada a la que se llegaba por medio de un ascensor privado y que colgaba sobre la terraza del edificio principal. Con un esbozo de sonrisa en la comisura de sus labios, Kittredge estaba dando un vistazo a la página deportiva del periódico. Su esposa, Denise, una amorosa y joven rubia de notables proporciones, entró en aquel momento, procedente de la cocina, llevando una bandeja en la que había unos aperitivos y un par de secos y helados martinis.

Vern cogió uno de los martinis de la bandeja y lo probó.

—¡Aja! —exclamó, suspirando—. Hecho con amoroso cuidado, como una obra de arte. ¿Debo enmarcarlo, o me lo bebo?

—Bueno, no tengo un marco adecuado para eso —dijo Denise, tomando asiento junto a él, con una expresión de contento en su rostro—. Así es que será mejor que te lo bebas antes de que se evapore.

—Sí —observó  él—,  está  deliciosamente seco. ¿Quieres echar un vistazo a la página deportiva?

—Querido, sabes muy bien que odio los deportes.

—¿Incluyendo las carreras de caballos?

—Bueno, cuéntame sólo lo que haya sobre eso. ¿Había realmente un caballo que se llamara así? ¿«Bold Blackie»?

—Claro que sí. Tuve que buscarlo muy de prisa, pero encontré a «Blackie» en la carrera del viernes. Después llamé a DiVito, en Las Vegas, y le pedí que apostara tres mil dólares, de modo que la cantidad de la apuesta no hiciera hundirse la ventaja en el momento de la salida.

—Pero, desde luego, todo resultó ser una baladronada —dijo ella, en tono de broma—, y ese miserable rucio llegó el último.

—¡Oh, no! Al contrario, querida. «Bold Blackie» llegó a la meta con dos cuerpos de ventaja sobre su inmediato seguidor y pagó diecinueve ochenta..., justo por debajo de nueve a uno.

—¡Vaya! Bastante bonito. Eso significa cerca de veintisiete mil.

—En efecto —confirmó el hombre, dejándose caer hacia atrás y encendiendo un puro corto y delgado—. Esta ha sido una semana que deja chiquitas a todas las demás —observó con orgullo—. Ha sido con mucho la mayor captura desde que abrimos. Veintisiete de los grandes por la carrera de caballos; ciento sesenta mil de aquel par de muchachos de la 248, con su maleta de fondo oculto; y otros veinticinco mil de ese feliz esposo de la 116 aficionado a apretar el gatillo.

—¿Te refieres a Howland, querido?

—Sí, a Gary Howland.

—¿También has conseguido ese dinero?

—DiVito envió esta mañana a uno de sus hombres a recogerlo de la casilla postal. Me lo traerá al próximo viaje que haga.

—¿Le vas a devolver el arma, o le presionarás un poco más?

—Sabes muy bien que siempre mantengo mi palabra —dijo él, mirándola—. El arma ya está en camino. Howland ha salido de esto con gran facilidad, pero es que me encontraba de muy buen humor.

—¿Te sientes alguna vez culpable por todo esto, Vern? —preguntó Denise, con una actitud pensativa.

—En absoluto. Me limito a coger algo a los tipos ricos y malos y a los estafadores, nunca a los tipos buenos.

—Eso es cierto, querido.

El hombre dejó su copa, cogió una patata frita, introduciéndosela en la boca y la masticó.

—Bien —dijo—, tenemos la casa casi llena. ¿Has comprobado si hay algo interesante?

—Sí, pero hasta el momento sólo he encontrado a un evasor de impuestos en la 64. Se trata de un tipo que habla con su socio sobre una doble contabilidad. He estado tomando notas.

—¿Cuánto pretenden sustraerle al Tío Sam?

—Cerca de medio millón. Podremos conseguir un buen pellizco de esa cifra, por no informar... no existe el menor riesgo.

—¿Están todavía en la habitación?

—Se fueron a cenar, pero a estas alturas ya pueden haber regresado.

—Veamos.

Kittredge, acompañado por su esposa, abandonó la sala y penetró después en un estudio. Apretó un botón situado bajo la mesa de su despacho y una sección de la pared se deslizó a un lado, dejando al descubierto un cubículo iluminado. Ya en su interior, Kittredge apretó otro botón y la pared se cerró tras ellos. 

Entonces, tomó asiento ante un gran cuadro de mandos en el que había numerosos conmutadores, cada uno de los cuales mostraba una etiqueta con el número de las habitaciones. Sobre los conmutadores había unas luces diminutas que permanecían apagadas cuando una habitación no había sido alquilada todavía, y que se encendían con una luz roja cuando estaban ocupadas. Sobre el cuadro de mandos había un micrófono, y una pantalla completaba el sistema de circuito cerrado de televisión, con sus cámaras ocultas.

Kittredge pulsó el conmutador con la etiqueta 64 y por el micrófono sólo les llegó un ligero zumbido.

—Supongo que todavía están fuera —dijo Denise.

—Vamos a asegurarnos —dijo Kittredge, apretando un botón.

Sobre la pantalla de televisión apareció una habitación vacía; había unas ropas sobre una de las camas, y una maleta sobre la otra.

—No hay nadie en casa —dijo Kittredge, apagando la imagen y el sonido.

—¿Quieres intentar alguno de los otros números? —preguntó Denise, situada de pie, tras él.

El asintió con un movimiento de cabeza y, durante algunos minutos, estuvo pulsando los conmutadores, escuchando fragmentos de conversación, sin añadir la imagen al sonido. Después, sacudió la cabeza.

—Parece que ésta es una mala noche para el robo. Lo intentaremos más tarde.

Tú escuchas —dijo ella—, ¿pero nunca observas la pantalla cuando estás solo, querido? Vamos, confiésalo.

—No —dijo él firmemente—, no lo hago. Únicamente cuando no tengo más remedio, cuando tengo que captar algo que no puede ser comprendido escuchando. Como hice, por ejemplo, para observar dónde habían escondido esos dos gángsters el dinero que habían robado, y sólo con el propósito de saber lo que hacer cuando ellos dejaran la habitación. También lo hago para asegurarme de que una habitación está vacía cuando me dirijo hacia ella. Creo que todo ciudadano honrado que llega al Desert Mirage tiene derecho a esperar la más absoluta intimidad.

Burlonamente, Denise se le quedó mirando asombrada y gruñó:

—Conque absoluta intimidad, ¿eh? Bueno, de todos modos eres un hombre de honor, querido Vern.

Él se levantó, la rodeó con su brazo y con la otra mano apretó el botón para abrir el camino.

—¿Qué tenemos para cenar, querida? —preguntó mientras abandonaban la pequeña estancia.