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La frontera - Eduardo A. Ponce

 I

Anochecía. Un fino manto de arena y frío se deslizaba ominosamente sobre la ciudad. Allá en la frontera, dos soldados escrutan el horizonte, apostados en sus garitas, impertérritos ante las próximas quince horas de oscuridad.

Holes había aprendido, con el transcurrir de los años, a discernir casi instintivamente, a través de las continuas tormentas de arena, cuándo se aproximaba hacia la frontera algún traslúcido. Willis, sin embargo, acababa de salir de la Academia.

- Te digo que lo he visto, por el norte. Caminaba lentamente, pero su rastro era inconfundible - argumentaba Willis, sin despegar los ojos de los prismáticos de infrarrojos.

- Mira chico, llevo seis años en este desierto de muerte, y puedo asegurarte, que antes que esos prismáticos capten a un traslúcido, ya lo habrás sentido en tu cerebro y olido a tu alrededor - contestó Holes, mientras encendía un cigarrillo.

- Se como son los traslúcidos, en la Academia...

- En la Academia pueden simular traslúcidos, pero ni los tienen ni los pueden crear - miró con aire paternal a Willis -. No te preocupes muchacho. Tendrás ocasión de verlos - aspiró una bocanada - y entonces desearás estar en cualquier sitio menos en Goliath.

El sol de Goliath se había ocultado completamente, y en su lugar, cientos de estrellas salpicaban la noche goliatina. Era como la noche de otros planetas ya colonizados, como Banta, Mil-Días o Aurora. Pero en Goliath, las noches eran más largas y frías, y los días secos y calurosos. Las tempestades de arena, casi diarias, erosionaban los edificios de la Ciudadela, mientras los traslúcidos se encargaban de socavar las mentes de los hombres. Pero de eso hace ya mucho tiempo.

 II

Mucho tiempo. Varios siglos terrestres.

Todo se remonta al primer día en que el hombre posó sus enormes naves sobre el planeta, que años después adoptaría el nombre definitivo de Goliath. Entonces sólo era un número.

Todos los parámetros aconsejaban la colonización, y doscientos hombres y mujeres dejaron todo y levantaron junto al desierto la primera colonia de Goliath, La Ciudadela.

Y entonces aparecieron ellos, desde los más profundo del desierto: los nativos de Goliath.

Y los llamamos traslúcidos, pues sus cuerpos se hayaban rodeados de un aura que les hacía parecer semitransparentes ante nuestros ojos de humano.

Pero se convirtieron en una plaga. La ciudad comenzó a inundarse de ellos. Nunca fue posible intercambiar palabra o gesto alguno con los nativos. Nos observaban permanentemente, pero jamás intentaron establecer contacto.

Los hombres, al contrario, lo intentamos una y otra vez, sin éxito. Parecían no disponer de órganos para la fonación, pero tampoco el idioma gestual formaba parte de su cultura.

Poseían un físico humanoide, dos enormes ojos, negros y profundos, centrados en un rostro indefinible, inexpresivo e inmutable. Una cabeza desproporcionadamente voluminosa respecto al diminuto y frágil tronco. Los dos brazos y las dos piernas completaban la figura del traslúcido, desnudo y asexuado, un cuerpo tan semejante al del hombre y sobre el que éste no podía saber nada más, pues los nativos sólo observaban, nunca comunicaban.

Poco a poco, sin embargo, comenzamos a observar los primeros cambios en los nativos. Dejaron de acercarse en elevado número, tal como lo hicieron durante los primeros meses, pero los pocos que se aventuraban a cruzar las puertas de La Ciudadela, eran diferentes.

Fue el biólogo evolutivo Qasar El-Hamed quien se apercibió de los primeros cambios en los traslúcidos. En los primeros días, podía observarse en éstos que no poseían una mano bien diferenciada, sino que al contrario, ésta se hundía en el aura que rodeaba al brazo, y jamás pudimos entonces saber si poseían dedos, membranas o cualquier otro tipo de órgano táctilo-prensil. Pero ante los ojos de Qasar empezaban a desfilar nativos con brazos terminados en manos, y éstas en dedos, cinco.

A Qasar El-Hamed no le cupo la menor duda de qué les estaba ocurriendo a los traslúcidos, cuando éstos empezaban a ser más altos, más proporcionados, sus ojos no sólo eran negros, la mirada había dejado de ser fría y distante. Sus rostros, a pesar de todo, poseían aún ese factor indescriptible que nos hace diferenciar siempre entre el original y la copia. Qasar El-Hamed sabía que, de seguir así la evolución de los nativos, las consecuencias sobre la población colona serían irreparables.

 III

- ¿Que adoptan nuestros cuerpos? - El comandante Keel tenía puestos sus desorbitados ojos sobre el rostro impasible de Qasar -. ¿Qué quiere decir con esa estupidez? ¿Acaso se están apoderando de nosotros?.

- No digo que adopten nuestros cuerpos en el sentido de, como usted lo llama, apoderarse de nosotros - Qasar miró distraídamente por un instante hacia la ventana, mientras esperaba a que Keel volviera de nuevo a sentarse tras su escritorio -. Aunque puede que realmente termine por suceder lo que aventura. Mi teoría es que los traslúcidos tienen la habilidad de adoptar el físico, al menos, de cualquier otra especie o raza. Al principio de nuestra llegada, nos conocían poco, nunca habían visto a un ser humano, sin embargo, a fuerza de convivir con nosotros, los traslúcidos han empezado a habituarse a nuestra presencia, a nuestra imagen, y simplemente la adoptan.

- Todo lo que me cuenta es extraño, para mí son todos iguales, aunque ahora que lo pienso, sí es verdad que noto que son un poco más altos, y... - Keel quedó pensativo, nunca le habían preocupado demasiado los nativos, bastante tenía con luchar contra las tempestades, las noches, La Ciudadela -. ¿Cree que son inteligentes? ¿Y son capaces de copiar nuestra morfología?

- No lo sé. Si lo fueran, tal vez el adoptar nuestro físico sea un paso hacia un posible primer contacto. Pero aún está todo muy oscuro. No podemos comunicarnos con ellos, no sabemos tan siquiera si realmente tienen un cuerpo físico propio, e incluso tal vez simplemente sean criaturas totalmente irracionales que emplean todo sus esfuerzos en mimetizarse con nosotros, un simple acto de pura supervivencia. Sin embargo, mis observaciones apuntan a que evidencian un cierto grado de inteligencia, tal vez basada en principios diferentes a los que caracterizan la nuestra.

- O tal vez, sólo sean imaginaciones nuestras. La propia mente humana en su búsqueda continua de nuevas razas. Digamos... una paranoia colectiva. Usted ve evolucionar a sus nativos, y yo los veo como siempre, algo connatural al planeta, pero irrelevante para mis intereses y obligaciones.

- Todo puede ser. Pero recuerde, si una mañana se levanta y al abrir las ventanas se topa con media docena de comandantes Keel fisgoneando por su jardín, llámeme.

- ¿Nada mas, Qasar? - Keel decidió finalizar con la conversación.

- Era todo lo que tenía que decirle.

- Sepa entonces, que cuando eso ocurra tomaré las medidas que crea oportunas, y hasta entonces usted seguirá con su trabajo y yo con el mío. Buenos días.

Keel supo que a partir de ese día, miraría con más detenimiento a través de la ventana.

 IV

Los nativos aprendieron a diferenciar ambos sexos, y no faltó el colono al que no le hubiera importado poner los cimientos de un nuevo mestizaje. Jamás se conseguiría sin embargo, pues los traslúcidos poseían la capacidad de evaporarse ante la proximidad o intimidación de un humano. El traslúcido iniciaba un proceso de difuminación, comenzando por las extremidades y finalizando en sus ojos, el aura lo envolvía, y luego ésta se disgregaba en millones de corpúsculos luminosos que eran arrastrados por el viento, de igual forma que lo eran los granos de arena en las tempestades que tan continuamente asolaban las noches goliatinas.

En los cerebros de muchos colonos empezó a tomar cuerpo la idea de que los traslúcidos tenían habilidades telepáticas, y que estaban hurgando en nuestros cerebros. Muchos se pusieron nerviosos y entonces el comandante Keel tuvo que tomar una determinación.

V

Y Keel tomó sus medidas. Recordó entonces, durante un breve momento, la conversación que mantuviera con Qasar tiempo atrás, y lamentó no tenerlo al lado en esos instantes. Qasar se habría puesto furioso de conocer las intenciones del comandante. Volvió a la realidad de la sala de juntas y habló a los máximos responsables de La Ciudadela.

- Una gran muralla rodeará a la ciudad, impediremos que cualquier traslúcido la cruce, instalaremos garitas y en ellas apostaremos soldados que evitarán que los nativos se acerquen a menos de cien metros de La Ciudadela.

Keel había hablado con rotundidad y concisión propias de un militar de carrera curtido en el infierno de Goliath. A pesar de ello, un murmullo de voces se fue elevando de la mesa mientras el comandante Keel continuaba exponiendo sus medidas.

- Un grupo de científicos está desarrollando unas defensas psicológicas, de tal forma que cualquier colono, salvo los soldados, podrán ignorar subconscientemente la presencia de los traslúcidos en este planeta...

Desde el fondo de la sala se escuchó una agitada voz acusadora.

- ¡Qasar jamás lo habría permitido. Va contra los principios elementales de la Carta Internacional de Exploraciones para la defensa de los derechos de las razas!

Keel, por supuesto, pensaba de manera diferente y no estaba dispuesto ha conceder ni un ápice de sus propuestas, por otra parte, de obligado cumplimiento, pues sabía que, como máximo responsable de La Ciudadela, tenía absoluto control de la misma.

- El biólogo evolutivo murió hace tiempo y sólo yo puedo dictar órdenes especiales para casos de emergencia, y esta es una situación de extrema gravedad. O ignoramos de alguna forma a los nativos o ellos terminarán con la poca lucidez que nos queda en nuestros cerebros. Además no es esta una misión de exploración, les recuerdo que se trata de una colonización. Si queremos que nuestra especie no se extinga, hemos de colonizar otros planetas. Y éste, tarde o temprano, albergará ciudades cien veces más populosas que La Ciudadela, que ahora yo gobierno - hizo una pausa mientras recorría su mirada a través de los perplejos rostros de los asistentes -. Recuérdenlo - prosiguió, alargando las palabras para que éstas retumbaran con mayor resonancia -, no vamos a exterminar a los nativos. Pero si no los detenemos, habremos fracasado. ¡Tantos años luz para naufragar ante unos seres de los que aún no se sabe seguro si tan siquiera son materiales! No ha lugar para la palabra fracaso en mi vocabulario.

- ¡Tampoco la palabra pasado, ni historia, parecen existir en él! - y el hombre que las pronunció salió de la sala apresuradamente. Nadie más se movió de sus asientos.

 VI

- ¿Crees que nos han visto? - Emitió la mente de un traslúcido; suave y acompasada fue recibida en la mente de otro.

- No, recuerda que no nos pueden percibir mientras no conectemos con ellos - Esta otra poseía la gravedad propia de un traslúcido experimentado en conectar con otras mentes.

- ¿Por qué no lo hacemos cuando estemos muy cerca? - volvió a interrogar la mente del traslúcido más joven.

- Se nota que nunca has conectado. Si lo haces cerca sufrirás una gran descarga psíquica de él, y posiblemente al contrario también. Los dos podréis recibir un fuerte shock, y lo más probable en este caso, es que no puedas regresar. Te dispersarás irremediablemente.

- Sigamos entonces, y cuando lo creas oportuno me indicas el momento de iniciar el contacto.

Ambos dieron por terminado el diálogo y siguieron avanzando por el desierto, mientras en el lejano horizonte, una mancha gris fue delineando la desgarbada silueta de La Ciudadela.

 VII

- ¡Ya los tengo! - gritó Holes -. Vienen hacia aquí, y son dos. Rápido, enfócalos Willis.

El novato desenfundó los prismáticos y apuntó hacia la dirección que le indicaba Holes.

- ¿Que hacemos ahora? - inquirió Willis.

- Esperar, aún están fuera de nuestro alcance - dijo Holes mientras no dejaba de seguir con los prismáticos la trayectoria de los intrusos.

 VIII

- ¿Crees que nos han visto? - preguntó el traslúcido de mente más joven.

- Percibo que sí. Estoy empezando a conectar con uno de ellos. Inténtalo tu con el otro. - Esta vez era la mente experimentada quien emitía.

- Es difícil, parece que una barrera se interpone. Una densa e infranqueable muralla.

- Estamos lejos, aún es débil la conexión. Creo que yo lo tengo más fácil. La mente del mío es bastante ordenada.

Continuaron caminando sin perder ese inicio de conexión.

 IX

- Ya han entrado, ionar,ahora hay que selecc asegurar y disparar - esperó unos segundos y - ¡Ahora! - gritó -. Pero quedó decepcionado.

- ¿Pero qué te pasa ahora muchacho? - miró Holes acusadoramente a Willis - ¿No tendrás miedo, verdad?

- Yo, pues... no... no es exactamente miedo, siento como si...

- ¿Como si hurgaran en tu cerebro? Notas que no lo controlas del todo ¿no es cierto?

- Sí, eso es, hay algo que me impide disparar.

- ¿No te das cuenta? Son ellos, muchacho. Ellos se están introduciendo en tu cabeza, intentan protegerse, y al mismo tiempo, te desordenan un poco el coco - Holes ya había pasado por ello hacía algunos años -. Atiéndeme bien. He visto a muchos como tú volverse locos, dejarse perdida la mirada más allá de sus prismáticos y no regresar ni aún introduciéndoles en la cámara de rehabilitación. Quedaban tan fuera de control que hasta se olvidaban de respirar.

Willis permanecía mudo, luchando interiormente por recobrar el control de sí mismo mientras gruesos goterones de sudor comenzaban a resbalar por sus sienes.

- Escucha - continuó Holes - vas hacer lo que te digo, apunta con el láser al que viene en primer término, y cuando de la orden, dispara. ¿De acuerdo? ¿Podrás hacerlo?

- Sí, creo que podré.

- Concéntrate entonces.

Holes tomó el láser y apuntó a su blanco. Willis, con un poco de más trabajo cogió el arma y lanzó su mirada a través de la mira telescópica.

- ¡Dispara!

 X

- Tengo miedo. ¡Creo que no podré!

- ¿Qué te ocurre?

- Siento peligro, quiere... quiere lanzarme su rayo de muerte.

- No te apresures, olvida que siente odio por ti, transmítele seguridad, confianza. Hazle pensar en lo que tanto tiempo lleva esperando. La posibilidad de un primer contacto.

- Vas a tener que ayudarme, yo...

- Lo siento, si te ayudo, entonces el otro...

El rayo de la muerte le alcanzó de lleno y su cuerpo se fue evaporando mientras su compañero se concentraba al máximo y apresuraba el paso hacia la muralla.

Cuanto más cerca, más posibilidades. O al menos eso creía.

- ¡No puedo! ¡No puedo matarlo!

- ¡Pero eres imbécil!

- No puedo disparar a mi propio rostro! - Grito Willis, empapado en sudor, manteniendo sus ojos fuertemente cerrados.

- ¡Te das cuenta! ¡Has esperado demasiado! - Holes cargó de nuevo su arma, y apuntó al doble de Willis, que seguía aproximándose con rapidez hacia sus posiciones.

 XI

- ¡Estoy conectado! Creo descifrar cosas. ¡Son inteligentes! Sienten y piensan. Ahora... ahora tiene miedo, duda, desea matarme, pero hay algo que le frena. Hemos conseguido nuestro primer...

Y empezó el proceso de dispersión. Un resplandor, un breve y tembloroso fulgor, corpúsculos áureos disgregándose en mil, un millón, de direcciones. Una ligera brisa, y después, nada.

 XII

- ¿Qué me ha pasado? - Balbuceó Willis, mientras sentía cómo sus escalofríos empezaban a desaparecer poco a poco.

- Nada novato. Te has desmayado - contestó Holes, en un tono más de compasión que de enfado - Fue una emoción demasiado fuerte el contemplarte a ti mismo a través de los prismáticos y con la obligación de disparar sobre tu propia cara.

- Me da vueltas toda la cabeza.

- Debes darme las gracias por mi reacción. De no haberlo hecho ahora no te quedaría ni el más mínimo gramo de razón.

- ¿Qué le ha pasado? Lo último que recuerdo es mi, bueno, su cara, mirándome fijamente.

- Tuve que actuar. Disparé.

- ¿Murió?

- Se evaporó. Como todos.

- Sin embargo, me dijo algo, estoy seguro. Le sentí muy cerca.

- Te hablaré claro, Willis. No vales para esto. Hay que tener un gran control sobre la mente, ser muy disciplinado. Cumplir con el deber, por encima de todo. - Pausa, Holes estudia la expresión del rostro de Willis - No estás preparado para esto. Pero no te preocupes, creo que lo arreglaré todo y podrás ser destinado a otro planeta menos conflictivo.

- No sé que decir, si gracias o...

- No digas nada. Piensa en lo maravilloso que será Goliath dentro de diez años, sin traslúcidos que nos desordenen las ideas, con inmensas ciudades en construcción y que algún día albergarán miles, millones de seres humanos.

Willis miró por el hueco que se abría en la estrecha garita. Comenzaba a levantarse un fuerte viento que hacía arrastrar consigo voluminosas masas de polvo gris, envolviendo el amanecer de Goliath en una granulosa estampa en tonos pastel. Se avecinaba una gran tormenta.

Las palabras de Holes le sonaban ya muy lejanas.

Una gota de sangre de dragón - Philip Latham

 1

Fue un domingo de octubre por la mañana cuando Bob y Dagny empezaron a discutir sobre fantasmas. Mucho antes, por acuerdo mutuo, am­bos habían decidido que cualquier mención del ocultismo o lo sobrenatural era estrictamente tabú. Bob fue quien inició la conversación, aunque en aquel momento nada se hallaba más lejos de su mente. Lo que intentaba hacer era seguir un partido de rugby por medio de un televisor que, resueltamente, se negaba a funcionar.

–Es el tercero, y tanto para los Rams, faltan­do solamente cincuenta segundos –anunció el locutor–. Los Redskin dominan por doce a siete. Un tanto de campo no les ayudará. La pelota la recoge...

–¡Maldición!

Bob saltó de su asiento y empezó a mover frenéticamente los mandos del aparato. No sirvió de nada. Las figuras de la pantalla se confundían en una mancha borrosa. Por fin, cerró el televisor, sumamente disgustado, se acercó a la ventana y se quedó contemplando el panorama envuelto en polvo.

–Creo que va a soplar el Santana –comentó.

–¿Ha terminado el partido? –preguntó Dag­ny, tomando café de una bandeja que tenía al lado y hojeando distraídamente el periódico.

Bob había acostumbrado a su esposa a desayunar en la cama durante su luna de miel, siete años atrás.

–Ha terminado para mí –gruñó Bob, quitán­dose la camisa y abanicándose con la sección de sociedad del periódico.

Dagny volvió a reclinar la cabeza en la almo­hada, fría y serena, con su tenue camisón, las manos cruzadas tras la nuca y los dedos enterra­dos en su dorada cabellera.

Est-ce qu'elle était victorieuse, ton equipe? –preguntó, expresándose en francés.

Aunque nacida en Rusia, había pasado la ju­ventud en París trabajando como actriz profesio­nal. Debido a esto había contraído la costumbre de introducir en la conversación citas o párrafos de los personajes que había interpretado. No se trataba de una nota de afectación, puesto que lo hacía sin darse cuenta.

–No sé quién gana –rezongó Bob–. Supon­go que el televisor.

–Comment cela?

–Cada jugador tenía un fantasma. Y el fan­tasma de cada jugador, otro. Es difícil seguir un partido con sesenta y seis espectros en el campo, sin contar los oficiales.

Dagny le estudió con la misma expresión re­trospectiva con que su cautelosa gata, «Margari­ta», observaba las curiosas manías del homo sa­piens.

–Has tenido suerte –manifestó Dagny.

–¿Por qué?

–La gente no suele ver fantasmas.

–A mí me parece que llevo toda la vida oyen­do decir a la gente que ve fantasmas. El otro día leí el caso de un tipo de West Point que afirmaba haber visto el fantasma de un viejo soldado sur­giendo de la pared. Y juraba que era verdad.

Vraiment?

–Varios tipos listos intentaron atraparlo. Colocaron cámaras infrarrojas, fotocélulas, magnetó­fonos... Claro, el viejo soldado no asomó ni una de sus patillas.

Naturellement.

–¿Por qué?

–Los fantasmas son muy tímidos. En las ca­sas encantadas se oyen ratas, se ven sombras... se sienten ráfagas de aire frío... Pero nunca se ven fantasmas... no. Siempre aparecen cuando uno menos lo espera. Nunca cuando se les busca.

–Tú debes saberlo. –Bob se encogió de hom­bros–. Es tu especialidad.

La señora Dagny Archer, como Bruja oficial del estado de California, era la autoridad consti­tuida en todos los asuntos de la mystique. Bob, o el doctor Robert Archer, como astrónomo del ob­servatorio de Monte Elsinore, también ostentaba ciertas opiniones sobre astrología, aunque carecía de un vocabulario vigoroso para expresarlas. 

En resumen, afirmaba que toda la astrología había que consignarla al reino de Tauro, el Toro. Sin embargo, sus puntos de vista contradictorios ja­más habían empañado sus relaciones conyugales. Marido y mujer convivían en una perfecta armonía mediante el simple método de ignorar el tema.

Pero los fantasmas de West Point y los parti­dos de fútbol fueron algo que se salió de la regla general.

–Dagny, ¿crees honradamente en los fantas­mas? –quiso saber Bob.

Cela dépend... –Dagny calló de repente–„ ¿Tanto te interesa?

–Oh, tal vez un poco –confesó Bob–. Me pregunto por qué esos chicos de West Point no captaron ni siquiera una sombra con sus apara­tos electrónicos. Es casi lo mismo que hago yo. No en busca de fantasmas se apresuró a aclarar– sino tratando de descubrir por qué un espectrofotómetro de nuevo modelo, altamente sensible, no da el menor resultado. Esta es la misión que acaban de encomendarme.

–¿Te llevará mucho tiempo?

–Oh, tal vez dos semanas.

–¡Dos semanas sola!

–No es necesario. Puedes acompañarme.

Acompañar a Bob al observatorio de Monte Elsinore había, sido delicioso en otros tiempos. Pero la novedad no lo era ya. En lo que se refería a acompañar a Bob, lo mismo se hubiese podido quedar en casa. Bob trabajaba durante toda la noche, dormía toda la mañana y pasaba casi toda la tarde intentando averiguar qué iba mal en el observatorio. 

Además, aquello no era un oasis ais­lado en plena naturaleza. Había que llevar a cabo una meditación trascendental en medio de los chi­llidos de jóvenes extraviados, el estallido de las latas de cerveza al abrirse y el clamor de los fo­tógrafos aficionados que intentaban retratar a papá y mamá con un ciervo en medio.

–Robert, para ti está muy bien el observato­rio. Allí tienes tu trabajo. En cuanto a mí, en lo alto de la montaña las estrellas no están más cerca.

–¿Quién dijo nada de subir a la cumbre?

Mais non!

–Esta vez se trata de bajar.

¿Quieres decir... a bas? Comme le soleil?

–Bueno, no exactamente. El observatorio de Monte Elsinore se halla a más de dos mil metros sobre el nivel del mar. Este observatorio está más bajo que el nivel del mar.

–¿Más bajo? Sous-marin? Non! Non! Non!

–No temas –rió Bob–. No necesitarás tu equipo submarinista ni el tubo respirador. Mira, un tipo con pasta dejó a la institución un puñado de dinero para que establecieran un observatorio a la memoria de su esposa. Con una sola condi­ción: el observatorio debía erigirse en el Valle de la Muerte. Su difunta esposa adoraba el Valle de la Muerte. Y el observatorio está en el Valle de la Muerte.

La Valide de la Mort.

–En realidad, fue una buena idea. Ha resul­tado ser un lugar ideal para la nueva cámara gran angular. Los instrumentos solamente habrán cos­tado casi un millón.

–¡Qué honor trabajar con una cámara así!

–¿Honor? ¡Y un cuerno! Probablemente me han confiado esta misión porque nadie la ha acep­tado. Un maquinista y yo seremos los esclavos de allí, tan esclavos como los mecánicos de un garaje.

Se quedó pensativo.

–Creo que te gustará el desierto, Dagny –aña­dió–. Posee una fascinación especial. Es casi co­mo vivir en otra dimensión.

Volvió a reír.

–Una cosa es segura –continuó–. La vivien­da es magnífica. Aquel individuo estaba casado con una mujer de tu misma edad. Falleció de re­pente... Oh, era una auténtica belleza. Y él dise­ñó la vivienda tal como pensaba que a ella le ha­bría gustado. Aire acondicionado, piscina con temperatura controlada... un cuarto de baño que haría palidecer de envidia a Cleopatra... Hay una pareja que se ocupa de los quehaceres domésti­cos. Sí, aquel ricachón tenía ideas más grandes que el emperador mogol que edificó el Taj Mahal.

Merveilleux...

–Entonces, ¿me acompañarás?

–Te acompañaré.

–Ah, me alegro.

En la voz de Bob había un fervor inusitado. No era que le faltara temperamento, ni impacien­cia, resentimiento o cólera. Pero casi nunca de­mostraba tanto entusiasmo y ternura. Y no eran fingidos. Dagny, en su calidad de actriz, sabía detectar el fingimiento al instante.

–¡Robert, tanta passion! Estás interpretando a Troilo, siendo yo Criseida. Pero... ¿en qué po­dría ayudarte? Ir allí es tu misión, pero yo... –Es posible que sea mi última misión. –¿La última? –Tal vez.

El viento de Santana soplaba más fuerte. Bob dio la vuelta a la habitación, cerrando puertas y ventanas antes de volver al lado de Dagny.

–El año próximo, por primera vez, el gobier­no quiere imponerle un impuesto a la institución. Hay miles de millones de dólares en iglesias, or­ganizaciones de beneficencia y de investigación como, la que sostiene al observatorio. Durante años hemos estado trabajando con un presupues­to cada vez más apretado.

Bob hizo una pequeña pausa, mirando fija­mente a su esposa.

–Con este nuevo impuesto tendremos que ha­cer economías. ¿Cómo? Bueno, una consistirá en reducir el personal.

–Pero no te referirás a... –Exacto, me refiero a mí. Es mejor mirar las cosas de frente. No soy ninguna lumbrera entre el personal. Nunca he duplicado el tamaño del universo. Nunca he descubierto un «efecto» que lleve mi nombre. Nunca he registrado un pul­sar que enviara un mensaje con palabras de cua­tro letras...

Atrajo a Dagny hacia sí.

–No creas que no lo he intentado. Bueno, hace unos meses pensé haber hallado algo estupendo. Sí, hace unos meses me sentí interesado por esa supergigante roja, la Omicron Ceti. –Ya. Mira... «Mira la maravillosa...» –Es una variable de período largo, con un ci­clo de luz de once meses, por término medio.

Pero tuvo una variación de dos meses. Imposible predecir cuál será su máximo o su mínimo. La estrella probablemente se hincha y contrae como un globo gigante.

»Vi algo que pensé podía ser una pista res­pecto a su periodicidad. Algo importante, si es­taba en lo cierto. Deliberadamente, busqué publi­cidad. Anticipé que el próximo máximo tendría lugar entre el 1 y el 3 de noviembre. Bien, esto se publicó.

Bob miró el paisaje borroso a causa del pol­vo levantado por el viento.

–El otro, día hablé con MacGuire. Es un tipo que se dedica a las estrellas variables y tiene su atención concentrada en Mira.

–Lo conozco.

–Y dice que Mira tiene magnitud nueve. Es decir, que continúa en el mínimo.

–Todavía estamos en octubre.

–Es inútil. –Bob sacudió la cabeza–. Esa estrella no puede llegar a su máximo en dos se­manas. El científico no es como el cirujano que diagnostica una operación. El científico ha de tener la boca cerrada hasta que esté seguro de un hecho. Y yo... cometí una tontería. Carezco de cerebro, eso es todo.

El camisón de Dagny le había resbalado por el hombro, dejando al descubierto parte de su bus­to. No hizo ningún esfuerzo por subírselo.

–Oh, Robert, anímate... ¡Pobre Mira! Es tan obscura y deprimente... Eh bien! –chascó los de­dos–. Esto no es el fin del mundo.

–No, no es el fin del mundo. Pero puede ser el fin de mi trabajo.

Pasó los dedos por el hombro de su esposa.

–Mira es tan fascinante como una mujer... Bueno, debería decir el sistema Mira, porque tie­ne un pequeño compañero tan pálido como un fantasma.

De pronto, sopló una fortísima ráfaga de vien­to que hizo estremecer toda la casa.

–Robert –exclamó Dagny–, tenemos por de­lante dos semanas maravillosas, lejos de este odioso mundo de miseria y engaño. –Dejó de lado el periódico con gesto desdeñoso–. Fingire­mos que no existe. Viviremos como el cereus noc­turno, que florece al anochecer y se mustia al alba. Es preferible una hora de éxtasis que una vida de tareas horribles.

Se unieron en estrecho abrazo, sin prestar oído a los lamentos del viento.

 2

El conductor frenó al lado de un mojón.

–El punto más bajo del continente america­no –anunció–. Noventa metros bajo el nivel del mar.

El termómetro del coche señalaba los 41 °C. Dagny se preguntó cuál sería la temperatura ex­terior, con aquel sol abrasador.

Empezaba a experimentar ya la fascinación del desierto. La llanura parda y las relucientes mon­tañas. Las masas de nubes en lo alto. Y el espan­toso silencio.

–No se mueve nada. Aquí no hay vida.

El conductor sonrió torvamente.

–No lo crea. En el desierto hay mucha vida. Pero es invisible... subterránea.

Continuaron en silencio. Toda conversación parecía fuera de lugar en aquel ambiente. De pronto, doblaron una curva y Dagny no pudo re­primir un grito de delicia.

El auto estaba ascendiendo por una senda que conducía a una casita baja y curvada: su hogar para aquella quincena. La Ciudad Esmeralda de Oz en un paraje pardo y gris. En el umbral esta­ban un hombre y una mujer de edad madura, sonrientes. El hombre casi corrió por un sendero sinuoso en dirección al coche.

–Yo llevaré el equipaje. Ustedes huyan de este calor –dijo–. A esta hora del día, el sol es peor que un monstruo gila.

A medio camino de la casa, Dagny se detuvo involuntariamente delante de una placa de bron­ce rodeada por cactos florecidos.

 

Aquí yace Milena,

que en su breve existencia

fue la  más adorable de las mujeres.

 

Dagny recordó las palabras del conductor: «En el desierto hay mucha vida. Pero es invisi­ble... subterránea.»

Dentro de la casa, el aguijón del aire acondi­cionado pareció pincharle la piel. Sin embargo, aquella sensación no tardó en desaparecer. Bob no había exagerado. La casa era como la idea de un director cinematográfico de un observatorio astronómico.

Al anochecer se bañaron en la piscina, luego se cambiaron de ropa y tomaron asiento para contemplar los cambiantes matices del paisaje. Las cúpulas del observatorio donde Bob trabaja­ría eran apenas visibles a la luz crepuscular. Las montañas bajas, los promontorios dorados a la luz del día, mostraban a la sazón un rojo obscuro.

Dagny tomó un refresco. Bob fumó y se sir­vió un martini.

–Estas colinas presentan un color carmesí especial –observó Bob–. Como el de Mira en su mínimo de luz.

–La sangre del dragón –musitó Dagny.

–Una estrella como una gota de sangre de dragón –asintió Bob–. ¿Por qué no, en una es­trella de Cetus, el monstruoso marino?

El aire se iba enfriando. Las nubes de la tar­de habían desaparecido en el crepúsculo.

–Dagny –murmuró Bob–, después de ce­nar, cuando ya será de noche, quiero que veas el cielo como lo veía la gente hace miles de años. Antes de que se inventase la contaminación y otros adelantos.

Una vez despejada la mesa, se sentaron en el salón con las luces apagadas durante media hora; después cogieron prendas de abrigo y salieron otra vez a la piscina. No había luna. El cielo esta­ba tan atestado de estrellas que las constelacio­nes apenas podían reconocerse. Sin embargo, el cielo no era negro sino que parecía iluminado por un resplandor azulíneo.

–Rozando las montañas está la Osa Mayor. Casiopea al otro lado. De modo que la estrella de en medio es la Polar. Bien, ya estamos orien­tados. Las Pléyades y Aldebarán están ascendien­do por Oriente, y Vega y el Cisne se ponen a nuestra derecha.

Asió a Dagny del brazo.

–Echa un vistazo a aquella franja que se ve a través de Casiopea.

–¡La Vía Láctea!

–Exacto. Hoy día hay personas, y no pocas, que nunca la han visto.

–Es la autopista bordeada por los relucientes palacios de los dioses.

–Seguro, todas las luces están encendidas –comentó Bob–. Allá arriba no hay crisis de energía eléctrica.

Prestó atención a una zona obscurecida del sudeste.

–Fíjate por un minuto en los dioses, ¿quieres? Deseo que compruebes una cosa.

Bob se dirigió a un pequeño telescopio mon­tado sobre la barandilla, y tras enfocarlo en una brillante estrella, empezó a recorrer la zona de Cetus. Finalmente, captó el objeto que quería y pasó unos minutos estudiándolo con la máxima atención. Después, giró el aparato a un lado y se acercó a Dagny.

–¡Maldita Mira! –gruñó–. A mí me parece más débil en vez de más brillante.

Dagny estaba atenta a otro punto del espacio.

–Robert, creo que hay una nube en Piscis –exclamó.

Bob siguió la dirección de su mirada, movien­do lentamente la cabeza atrás y adelante, tratan­do de divisar la nube indicada por su esposa.

–¡Sí, allí está! –proclamó de pronto–. Diantre, parece lluvia.

–A mí no me parece una nube de lluvia.

–Tiene una forma ovalada. –Bob estudió la nube unos instantes–. Tengo una idea, intenta fijar su posición entre las estrellas y volveremos a buscarla mañana por la noche.

Aguardó unos minutos mientras Dagny obede­cía. Las estrellas de Piscis son débiles y están muy separadas entre sí.

Finalmente, ella volvió la cabeza.

–¿Listo? –inquirió Bob.

–Creo que sí.

–Entonces, basta por hoy de observaciones. Vámonos adentro y nos sentaremos junto al fue­go, tratando de olvidarnos de mi trabajo y de Mira.

 3

Eran casi las diez cuando se despertó Dagny.

Durante algún tiempo continuó dormitando, dis­frutando del lujo que la rodeaba. Debajo de la almohada halló una nota:

 

«Mon Ange: He desayunado a las siete. Huevos y tocino de Canadá. Estaré en el observatorio todo el día. Volveré al ano­checer. Amor y besos.

                                                                              «ROBERT»

 

Después de leer varias veces la nota, la joven reunió toda su fuerza de voluntad para levantar­se y pasar al cuarto de baño. No era un baño, en realidad, sino un salón destinado a realzar la femineidad de las mujeres. Bueno, no de cual­quier mujer, sino de una especial. Aquel cuarto de baño parecía embrujado por la personalidad de tal mujer.

Lámparas que en tiempos pretéritos pronto habrían ido a parar a una hoguera. Sólo el diablo hubiese podido conjurar una hidrología de dise­ño tan hábil. Una alfombra tremendamente grue­sa y suave. Las paredes y los cortinajes resplan­decían con la exótica flora del desierto. 

Ir al cuarto de baño en tal ambiente no era en abso­luto asunto de una necesidad corporal. Era más bien como penetrar en los paisajes soñados por Henri Rousseau, pero vagamente amenazados por serpientes y algún que otro gato montes.

Dagny utilizó la ducha, pero prefirió peinarse y maquillarse en el dormitorio. Una vez conclui­do tan importante ritual, tomó su desayuno (o almuerzo) en una bandeja, con un cacto orquí­dea de color escarlata a un lado.

Después hojeó diversos libros que había lleva­do consigo, pero la lectura no le interesó y dejó los volúmenes de lado. Intentó recopilar su ho­róscopo, mas era difícil interpretar el resultado, que singularmente parecía carecer de significado. 

Finalmente, abandonó todo fingimiento de traba­jar, colocó un disco de Tchaikowsky en el toca­discos y se tendió sobre unos almohadones, al lado de la ventana.

Durante largo rato, sus ojos se fijaron en el mojón del sendero del jardín. Luego, su mirada se concentró en las nubes y sus sombras, que vagaban perezosamente sobre la llanura.

Dagny, usualmente tan alerta, sentíase domina­da por una sensación apática. Para su tempera­mento eslavo, la música de Tchaikowsky era un somnífero. Estaba paseando por una selva de cac­tos monstruosos, con ramas grotescamente retor­cidas. 

El rostro de Robert la contemplaba por en­tre las flores de la copa, pero no sonreía, sino que la miraba con ojos tristes, ansiosos. Inten­taba decirle algo, mas ella no conseguía captar sus palabras. Tras acercarse más, el rostro de Robert se desvaneció entre las flores del cacto, reapareciendo después para repetir innumerables veces sus palabras. Dagny corrió afanosamente de una planta a otra, pero no vio más a su es­poso...

–Dagny...

Efectivamente, Robert la estaba contemplando, pero esta vez era un Robert real, con un rostro sólido, sustancial. Dagny se incorporó, confusa. Un momento antes era mediodía. Ahora se había puesto el sol y las montañas se bañaban en la sangre del dragón. Había transcurrido un día en­tero sin hacer nada.

–Temo que este desierto será mi ruina –co­mentó Dagny, echándose el cabello hacia atrás–. Tiene una gran fascinación... como un embrujo.

–Lo sé –asintió él–. Yo experimenté lo mismo.

–¿Cansado? –se interesó ella, después de una leve pausa.

–Un poco. Pero estamos progresando.

Parecía no estar muy satisfecho a pesar de sus palabras.

–Creo que hay martinis...

–Yo los prepararé.

 4

Bob apuró el segundo vaso.

–Es una cosa extraña la electrónica –obser­vó–. Atornillas cualquier aparato en una tahona, por ejemplo, y funciona bien. Después te dedicas a algo más importante. Compones una joya elec­trónica. Bien, ¿cuál es el resultado? Sencillamen­te, que no marcha. Todo son fallos.

Repitieron el rito de la noche anterior. Bob echó una ojeada en dirección a Cetus y se encogió de hombros. Luego se acercó a Dagny.

–¿Qué tal la nube?

–Sigue allí.

Esta vez, Bob no tuvo la menor dificultad en localizar el débil óvalo de Piscis.

–Hum, tienes razón. Tal vez se ha movido un poco al este.

–Robert, me decepcionas. Estás bromeando.

–¿Bromeando yo? En mi vida he hablado con más seriedad.

Dagny se sentó en una butaca.

–No diré nada más hasta que me lo cuentes.

–Bueno, tal vez sí bromeaba –admitió Bob–. Dagny, querida, has hecho un descubrimiento.

–¿Un verdadero descubrimiento?

Bob asintió.

–Has redescubierto el gegenschein.

–¿El gegenschein?

Dagny hablaba media docena de idiomas. Pero esta expresión la había sorprendido.

¿Gegenschein? ¿Te refieres a un contraluz?

–Llámalo así si gustas. O «contrarresplandor», porque siempre está exactamente opuesto a la po­sición del sol.

–¡Entonces, tú lo sabías! –gritó Dagny–. ¡Lo supiste desde el primer instante!

–Todos los astrónomos están enterados del efecto gegenschein, aunque muy pocos logran ver­lo. Ha sido descubierto cuatro veces, desde 1853. Tú has tenido el honor de ser el número cinco.

–¿Y qué es?

–Nadie lo sabe.

–¿Está muy lejos?

–Tampoco se sabe. Tal vez un millón de kiló­metros, o algo menos.

–¿Tienes alguna teoría?

–Oh, seguro, siempre hay teorías para todo. ¿Qué es el gegenschein? Bueno, un puñado de cha­tarra, o la línea de partículas tierra-sol. Una solu­ción especial del problema de tres cuerpos. Forma parte de la luz zodiacal. Es una cola gaseosa que surge de la tierra como la de un cometa. Y varías otras teorías por el estilo. Elige la que más te guste.

Suspiró profundamente.

–El problema de todas estas brillantes inter­pretaciones es poder hallar una concentración su­ficiente de partículas que sean la razón del brillo observado. Según todas ellas, ese resplandor de­bería ser más tenue.

Dagny se hallaba visiblemente turbada.

–¿Por qué no había oído hablar nunca de ese efecto gegenschein?

–No lo sé. Nunca fue un secreto. En realidad, se ha investigado bastante.

Bob frunció el ceño antes de proseguir.

–Es enloquecedor que haya un objeto grande, tan cerca de la Tierra, visible a simple vista, y se­pamos tan poco del mismo.

–Esto trastornará todos los conceptos astro­lógicos –declaró Dagny–. He de comunicar está información a la sociedad al instante.

–Hazlo –asintió Bob–. Cuéntalo todo.

 5

A partir de entonces, todas las noches se dedi­caron a contemplar el movimiento del gegens­chein. Bob echaba también todas las noches una ojeada a Cetus, daba media vuelta y se reunía con su mujer.

–Fue una suerte que viniésemos aquí en octu­bre –manifestó una noche–. En estos días del mes no hay luna y el cielo está vacío. El gengenschein resulta invisible cuando está en la Vía Lác­tea.

–Robert...

–¿Sí?

–He forjado mi propia hipótesis respecto a este efecto.

–¡Bravo! –aplaudió Bob–. Oigámoslo.

–¿No te reirás?

–Te lo juro.

–Bien... creo que es el lugar adonde van nues­tros espíritus después de la muerte. El efecto gegenschein es la luz del sol reflejada por los án­geles.

Bob tuvo que reflexionar en esta idea unos instantes antes de dar su opinión.

–No estoy preparado para hablar a la ligera respecto a la dinámica de esta situación –replicó cautamente–. Yo diría que el principal mérito de tu hipótesis angelical consiste en que explicaría la gran cantidad de luz diseminada. Lo malo de las demás hipótesis es que le conceden al efecto gegenschein una densidad terriblemente tenue. Demasiado tenue, en realidad.

Oh! N'est-ce que cela? ¡Entonces no hay pro­blema!

–Pero debe de haber miles de millones de muertos, muchos más que vivos. Tus fantasmas estarían allí apretujados como sardinas en lata.

–Pero los fantasmas se diseminan... se des­vanecen. Son ilimitados pero infinitos. Los fantas­mas se desgastan al cabo de algún tiempo. ¿No lo sabías? ¿Dónde están los fantasmas de ante­ayer? ¿De los antiguos griegos y romanos? ¿Los ha visto alguien? No. Un fantasma apenas dura un siglo.

–Hum... Es posible.

Estuvieron sentados hasta medianoche, casi sin hablar, sumidos en sus pensamientos. Cuando Bob despertó de su ensueño, Piscis y Cetus cru­zaban el meridiano.

–Tal vez será mejor que entremos –dijo con voz fatigada y desconsolada–. Echa otro vistazo a tu isla de ángeles. Ya no la verás mucho.

–¿No?

–Nos iremos pronto de aquí. El trabajo con la cámara está casi terminado.

Se dirigieron a la casa a lo largo de la piscina.

–Es raro cómo funciona la mente –murmuró Bob–. Tu idea del efecto gegenschein no difiere mucho de la mía. Desde que lo observé hace unos años, siempre me lo imaginé como el compañero fantasmal de la Tierra en el espacio. No puedo ahuyentar esta idea. Sí, el efecto gegenschein no puede separarse de la Tierra. Siempre está ahí, como embrujándonos, aunque dejándose ver en muy contadas ocasiones.

Se detuvo al llegar a la puerta y miró distraí­damente por encima del hombro. De pronto se puso rígido, respirando afanosamente.

–¡Dios mío! ¡Creo que es Mira!

–¿Mira? ¿Dónde?

–Allá abajo... al sur... al sur del efecto ge­genschein. Juraría que no estaba allí cuando sa­limos a la terraza.

Toda la fatiga de unos momentos antes había desaparecido. Corrió al telescopio y lo enfocó ha­cia la estrella.

–¡Sí, es ella! –proclamó–. Conozco el cam­po estrellado en torno a Mira mejor que mi cara.

Vaciló unos instantes, luchando consigo mis­mo.

–MacGuire debe saberlo. He de intentarlo al menos.

–¿Vas a decírselo?

–¿Decírselo? Cielos, si ha estado trabajando en esto horas y horas.

Por algún motivo ignorado, a Bob le costó más ponerse en comunicación con el Monte Elsinore que con Shanghai.

–Sí, señorita, estoy aguardando. Sí, llevo ya diez minutos... Quiero hablar con el doctor Mac­Guire, del observatorio de Monte Elsinore. Dígale que llama Bob Archer. Me conoce... ¿Que no pue­de...? No me importa, aunque tenga una hemorra­gia de muerte. ¡Por favor, localícele!

Otra larga espera. Finalmente, la respuesta al otro extremo de la línea.

–¿MacGuire...? Aquí Bob Archer. Oye... ¿qué le pasa a Mira...? ¿Sí...? ¿Sí...? Lo mismo que sospechaba... ¿Estás seguro...? Gracias.

Bob colgó y se sentó al lado de Dagny, miran­do el fuego de la chimenea con ojos velados por la emoción.

–MacGuire dice que Mira estaba a 3,8 hacia las nueve y va en aumento. No le sorprendería que llegase a la magnitud 2. Uno de los máximos más brillantes de su historia.

Dagny estaba entusiasmada.

–¡Oh, Robert, me alegro tanto por ti!

Bob calló.

–¡Esto les dará una lección! ¡Tú tenías razón! –prosiguió ella.

Bob sacudió lentamente la cabeza.

–No. Estaba equivocado.

–¿Equivocado?

–Claro. Pronostiqué que Mira brillaría mucho más. Pero en cambio, está en un mínimo.

–Pero...

–Es el pequeño compañero de Mira el que ha destellado. Mira es el fantasma azul pálido.

–¡Oh...!

–MacGuire afirma que se trata de un tipo nuevo de estrella. Lo que él denomina una nova hirviente.

Dagny esbozó un gesto de impaciencia.

–Oh, llámalo como quieras. Quelle difference? Dijiste que Mira brillaría y está brillando.

Bob se hundió más entre los almohadones del diván.

–Lo siento. En la ciencia no es posible el en­gaño. En la ciencia una cosa es verdad o mentira. Y si una cosa es mentira, es mentira. Si es ver­dad, es la cosa más verdadera del mundo –se echó a reír–. ¿Pero quién iba a suponer que el pequeño fantasma de Mira...?

Su voz se extinguió, contemplando sin ver las brasas del hogar.

–En todas partes hay fantasmas –murmuró Dagny–. Tantos como granos de arena en el mar. Cada vez que hojeo un periódico, creo ver fantas­mas arrastrándose por entre las líneas.

Descansó la cabeza sobre el hombro de Bob.

–Te quiero, Robert –musitó.