Cuando el Este
del mundo no sabía del Oeste, hubo, en el borde del Gran Desierto, una ciudad.
Se llamaba Kadur, la de Altas Paredes, por los muros enormes, de piedra y
acero, que la protegían de todo ataque. Estos muros se juntaban en cuatro
esquinas, que señalaban los puntos cardinales. En cada esquina se elevaba una
torre. En lo más alto de cada torre había centinelas, y uno de ellos se llamaba
Manek.
No pasaba de los dieciséis. Era alto,
desgarbado y tan flaco, decían, como en sus años de infancia, y en esto, como
en que era retraído, torpe de trato, inseguro de su cuerpo y su alma que
crecían, no era distinto de otros muchachos. Pero tenía, como un don, la mirada
más larga: los ojos más agudos y poderosos que jamás hayan sido.
No miento. Podía distinguir las gotas
de lluvia en una tormenta a leguas de distancia, o reconocer la cara un hombre
a más de mil trancos; si miraba al suelo, podía ver las sombras cambiantes,
minúsculas de los granos de polvo, que nunca forman dos veces la misma figura;
si volvía la vista a Kadur, podía encontrar en las calles a su madre, a su
padre, a cualquiera de sus hermanos, y podía seguirlo desde lo alto con tal
escrúpulo que era capaz de decir, más tarde, cuántos pasos había dado de un
lugar a otro, por ejemplo, o cuál había sido su ánimo durante el recorrido...
Estaba siempre en el turno de la noche
y en la torre del oeste, la más cercana a las arenas. Más de una vez había dado
la alerta contra los bárbaros varraky, que entonces vivían en el Desierto y
anhelaban la tierra verde; más de una vez, antes que los centinelas de otras
torres, había visto la llegada de las caravanas que venían del este, por entre
las montañas de Urga Kan, con alimentos y mercancías para la ciudad.
Todos
aseguraban que llegaría lejos: podría subir cuanto quisiera, decían, en la
guardia de las torres, llegar a capitán, pasar incluso al ejército del rey.
Pero Manek no pensaba mucho en su porvenir, y en verdad no le hubiera molestado
ser siempre un vigía, porque nada le gustaba más que subir cada día a las
torres. Porque el mundo, desde la altura, se ofrecía pleno a sus ojos
milagrosos.
Una noche, a poco de la puesta del
sol, Manek hacía guardia en la torre con Ankar, un muchacho tan joven como él.
Los dos conversaban, aunque Manek no ponía toda el alma en ello, embelesado
como estaba por las estrellas: cada una marcaba un ritmo distinto con su
parpadeo, y las más cercanas al horizonte, las que rozaban el Desierto, eran
cubiertas y descubiertas por la arena que el aire impulsaba.
En ese aparecer y
desaparecer, como bien sabía Manek, podía leerse la velocidad y la dirección
del viento, y aun pronosticar tormentas con mucha más exactitud que con otros
métodos...
Entonces la vio, pequeña, muy lejana,
alumbrada apenas por las luces de la noche.
Era una joven, allí, en medio del
Desierto.
Estaba inmóvil, de pie, con los brazos
extendidos hacia él. Se veía y no, escondida a veces por la arena, como las
estrellas, pero estaba en el suelo. Su piel era morena, como la de la gente de
Kadur, y se cubría con una túnica blanca.
Por primera vez en su vida, Manek se
restregó los ojos, incapaz de creer en ellos.
Y, también por primera vez, pidió a su
amigo:
--Mira allá.
Ankar miró, dijo:
--No veo nada --y Manek se dio cuenta
de lo tonto que había sido, porque nadie sino él podría haberla visto, así de
lejos estaba.
Pero de todos modos, cuando él mismo
volvió a mirar, la joven se había ido.
--¿Qué tengo que ver? --pidió Ankar.
--Ya se fue --le respondió Manek--.
Era una muchacha --volvió a restregarse los ojos--. Nunca había visto a nadie
tan lejos...
Ankar sólo dijo: --Si la viste, es que
estaba allí --y dio la alerta: un toque de cuerno que avisaba de alguien
perdido en el Desierto. De inmediato subió un capitán, para saber a dónde tenía
que partir con su destacamento, y les preguntó:
--¿Cómo es?
--Es una mujer --respondió Manek--.
Está sola, en aquella dirección, a tantas leguas como el horizonte. Su traza es
de oriental. Viste de blanco, así que la luna ayudará a verla.
El capitán permaneció callado un
momento, y luego, desde lo alto, ordenó romper filas a su tropa, que esperaba
abajo.
--¿No van a ir por ella, capitán?
--preguntó Ankar, indignado.
--No es varraky --dijo Manek.
--Tampoco es alguien a quien pueda
asistir --respondió el capitán--, y les voy a decir por qué, aunque me asombra
que no lo sepan ya. ¿No se cuenta aquí arriba la leyenda de la Distante, de
Akundi la Maldita?
Así les dijo, y ustedes, como Ankar y
Manek, de seguro tampoco saben de esa historia, como que fue de las primeras
leyendas del mundo, mucho antes del tiempo de las magas y los hechiceros, y ya
en ese tiempo antiguo se estaba olvidando.
--Hace mucho tiempo --dijo el
capitán--, vivió en Kadur una joven llamada Akundi. Era muy hermosa y muy vana:
despreciaba a todos y no dejaba que se le acercaran. Humillaba a quien lo
intentara y se burlaba de él. Y porque su belleza era grande, muchos no querían
rendirse y volvían a buscarla, una y otra vez, para ser despedidos con risas y
palabras hirientes. Pero un día, un dios, un poder del mundo, llegó hasta
Akundi y la alabó como ninguno, con las más hermosas palabras, con la
sinceridad más grande y más clara.
Y Akundi sólo pensó en el goce de
humillarlo, de burlar su porfía, y lo insultó como nunca había insultado a
nadie. Lo llamó escoria, malnacido, lastre y viento, y le dijo que no había
nacido quien pudiera pretenderla; que no sería, ciertamente, alguien como él, y
que ni el mundo ni el tiempo ni el destino la harían acercarse, entretanto, a
ningún otro.
»Y él, o ella, o aquello, pues la
condición de los dioses no es la de los hombres, enfureció, y en su ira la
maldijo.
»Ella vivía en la calle de Siboki. Una
mañana salió, dio un paso, y fue como si hubiese dado cinco. En un instante
estuvo en el mercado; al siguiente, en las alcabalas. Tuvo miedo y quiso
regresar, pero cada paso, por más firme que fuera su intención, la apartaba
más. Y entonces descubrió que no podía detenerse: sus pies no la obedecían, y
ella daba voces pidiendo ayuda, pero nadie se atrevió a acercarse. Erró por las
calles, cada vez más cerca de las murallas, como arrebatada por un espíritu.
Salió de la ciudad en un grito y se internó en el desierto, sin que los varraky
consiguieran alcanzarla, cada vez más rápido y más lejos, y aún está allí. Está
condenada a estar lejos de todo, para siempre. Nadie puede acercársele.
»Entiendan: quien la ve, la ve siempre
en el sitio más remoto, tan lejos como alcance su mirada. Y el que no quiera
respetar la maldición, el que a pesar de todo quiera buscarla, será maldito
también, y no volverá jamás al lugar del que parta. Como ella, que a donde
avance nunca progresa, y parece siempre en ese lugar en el que acaban las
distancias, y no muere porque así lo decreta su sentencia: para que no deje de
ver y sufrir la lejanía.
El capitán refirió también la última
parte de la maldición: que quien alcanzara a Akundi podría salvarla, y dar un
gran don al mundo.
--Pero esos son cuentos --sentenció--.
¿Cómo la va a alcanzar, si no puede acercársele? --y sin más se despidió y bajó
de la torre.
Ankar se puso a parlotear, como antes,
lleno de maravilla por aquellas cosas que hasta entonces había ignorado, pero
Manek se quedó en silencio, mirando al horizonte. Y a partir de ese día, aunque
no lo admitiera ni para sí mismo, comenzó a esforzarse por ver más y más lejos.
Olvidó las proezas que acostumbraba hacer con cosas pequeñas o cercanas, y se
concentró en contar los carros y la gente de las caravanas en cuanto las veía;
en avistar a los halcones maihau, que desde su nacimiento hasta la muerte no tocan
el suelo; en leer los signos de tormentas que jamás llegaban a la linde del
desierto, y azotaban sólo las arenas profundas.
Además, si hasta entonces había
ignorado buena parte de la vida de sus compañeros, y nunca seguía a Ankar ni a
otros en sus correrías por la ciudad, pronto comenzó a incitarlos a que lo
dejaran montar guardia solo. Así, mientras ellos se divertían abajo, él se
quedaba mirando, mirando siempre...
Hasta que un día volvió a verla, tan
lejos como antes, con los brazos extendidos y el rostro diminuto, casi
invisible, torcido en una mueca de dolor.
Entonces Manek supo que era verdad:
que estaba viendo a Akundi la Distante, la que jamás volvería a las ciudades de
los hombres, y sintió mucho miedo.
Pero Akundi lo miró a los ojos, y
levantó la mano en un saludo, y la pena en su cara desapareció, y Manek supo
que ella también podía verlo. Que su mirada, por obra de la maldición, para
hacer más dura su pena, era tan potente como la de él.
Y en vez de asustarse más, de mirar
hacia otro lado o marcharse corriendo como habríamos hecho casi todos, la
saludó también, y allí se perdió para Kadur, para la guardia de las torres y el
ejército del rey, pues a partir de entonces no dejaron de verse, todos los días
sin falta, al caer la noche.
Manek se limitó, primero, a hacerle
ver que estaba allí a una hora fija: que no subía a la torre a burlarse de su
desventura. Luego le sonrió y observó las sonrisas de ella. Más tarde, y tras
muchas vacilaciones, comenzaron a hablar. No podían oírse, porque sus oídos no
eran tan milagrosos como sus ojos, pero los dos hablaban la Lengua del Este, de
la que provienen tantas de nuestros tiempos, y pronto descubrieron que podían
leerse los labios si pronunciaban las palabras con cuidado.
Así, en silencio, sostuvieron
muchas conversaciones. Hablaban de cosas sencillas: las que podían decirse dos
muchachos que apenas habían vivido, pero los dos atendían con asombro a las
palabras del otro. Pues a Manek lo sorprendían las historias de ella, que eran
del pasado remoto y legendario, y a Akundi le parecía que él era un enviado del
futuro, de un tiempo de portentos y grandes hazañas.
--Se habla en la ciudad --decía Manek,
sin que saliera sonido alguno de su boca-- de los sabios del Este. Se dice que
tienen aparatos, canutos de madera, vidrios con formas extrañas, que les
permiten ver tanto como yo y más aún.
--Espero --contestaba Akundi-- que
ninguna de esas cosas llegue a tus manos. Con uno de esos vidrios, tu visión me
empujaría más allá del horizonte...
--Podrías llegar a las tierras del
Oeste --sugería Manek.
--Oh, sí, al Oeste --replicaba Akundi.
Y los dos reían, porque en ese tiempo
nadie creía que hubiese algo más allá del Gran Desierto.
--Pero cuéntame de ti --decía ella--.
¿Alguna muchacha te despide al pie de la torre?
Y Manek respondía que no, tímidamente,
y ella decía que él era aún muy joven; y él le contaba de su infancia en Kadur,
y luego hablaban de los notables de la ciudad, que siempre hacían y decían las
mismas cosas; de la forma cambiante de las calles, de las canciones y los
cuentos en boga; de la belleza que los dos, y nadie más en el mundo, podía
percibir. Y así hasta que el sol brillaba a espaldas de Manek, y lo forzaba a
despedirse y bajar de la torre.
Aquel tiempo fue de contento para él,
es decir, estuvo lleno de días semejantes, de horas que se mezclaban y eran una
sola. Pues no había nadie como Akundi, según pensaba, y tenía razón, pero Manek
lo creía como otros lo creen de otras muchachas, aun de las más ordinarias en
Kadur y en todo el Este y en el mundo.
Y por eso, aunque al principio le
pesaban las advertencias del capitán y temía ser descubierto, pronto olvidó
todo cuidado. Sus ojos empujaban a Akundi y la hacían invisible para cualquier
otro. Nadie sino él podía ver sus labios y sus palabras.
Y además, se decía, no me incita al
mal. Ya no es soberbia. Nunca me dice que falte a mis deberes, ni que me
consagre a ella...
Esto duró hasta una noche, muy negra,
en la que Manek le vio el rostro grave y triste.
--¿Qué sucede? --preguntó él.
--Tengo miedo --dijo ella-- de que
pase algo terrible. ¿Es propio que siempre haya dos guardias en las otras
torres y sólo tú en la del oeste?
Sorprendido, Manek la vio decir que le
tenía un gran afecto, que sus conversaciones la alegraban, pero que no debían
verse más. Que nadie, jamás, debía ir hacia ella. Manek repuso que nunca había
salido de la ciudad y que no lo haría.
--Temo --dijo Akundi-- que lo haya
hecho tu pensamiento.
Y Manek tuvo ese miedo, el que llega
con el fin de la dicha, y dijo que no, que no deseaba sino hablar con ella, que
nunca había pensado en más. Y lo dijo tantas veces, con tal calor, de modo tan
terminante, que al fin él mismo se dio cuenta.
Sí, estaba mintiendo.
Pero tanto se afanó él en convencerla,
tanto protestó su mera simpatía, tanto quiso descifrar los matices de su
rostro, sus emociones como eran reveladas por los párpados, las cejas, las
comisuras de la boca, que no vio a los guerreros que, mucho más cerca, ocultos
por la arena y la oscuridad, se aproximaban.
Eran varraky, sí, y eran miles, y
al principio avanzaban con cautela, en grupos pequeños, ocultándose tras las
dunas por miedo a los vigías. Pero al no ser descubiertos se envalentonaron. Y
comenzaron a agruparse, y llegaron hasta los muros y los tocaron. Entonces
dieron su grito de guerra...
Pero ni eso oyó Manek. Seguía
pidiendo, rogando, y tuvo que sobresaltarlo el grito de un centinela de la
torre del este; Manek, aturdido, sólo pudo verlo pelear contra tres varraky
mientras su compañero hacía sonar el cuerno. Luego, ante el muchacho, que vio
cada herida y cada gota de sangre, los dos fueron muertos por los invasores y
arrojados de la torre.
Y de pronto hubo dos guerreros más junto al propio Manek
y él mismo tuvo que pelear, y apenas pudo porque era joven, e inexperto, y
porque no podía creer lo que estaba pasando. Otros centinelas llegaron hasta
él, sí, y pelearon también, y arrojaron a los varraky de la torre, pero luego
pasaron la noche, que fue larga como muchos días, como una pesadilla,
disparando flechas, dando tajos y mandobles, gritando alertas y órdenes a los
soldados que peleaban abajo, a la luz de antorchas y de incendios.
Muchos murieron en la batalla, muchos
más fueron heridos o mutilados. Buena parte de la ciudad fue destruida. Los
varraky fueron rechazados, justo un día después del primer ataque, pero en los
años siguientes, crecidos por la facilidad con la que habían entrado en Kadur,
tratarían de invadir la ciudad muchas otras veces. A pesar de todo se proclamó
la victoria. Sin embargo, la gente no tardó en preguntarse cómo había ocurrido;
cómo habían logrado llegar tantos, y tan cerca, sin que nadie diera la alerta;
quiénes estaban de guardia en la torre del oeste...
En el juicio, Manek dijo la verdad,
defendió a sus amigos y se echó toda la culpa. Pero el cuerpo de guardias fue
condenado a prisión y azotes, en castigo a su negligencia, y Manek a la horca:
por los horrores que se habían visto en la ciudad, por la muerte y la
devastación, y por el espanto, más grande todavía, de que la Distante hubiese
aparecido nuevamente.
Sólo algunos sabios y legistas,
después de una junta apresurada, convencieron al rey de que Manek debía vivir.
--Por su comercio --le dijeron-- con
la Distante. Mientras más tiempo esté entre nosotros, mientras más estemos con
él, más dolor y pena traerá a la ciudad. Ya está maldito también.
Así, a la noche, Manek no estuvo en su
puesto, sino ante la gran puerta de la ciudad, que miraba al este. Llevaba un
atado con ropa y alimentos, que sus padres le habían dado a pesar de consejos y
amenazas, y nada más. Nadie lo vio partir, y las puertas fueron cerradas de
prisa tras él.
Al escucharlas, Manek entendió que en
verdad no iba a volver nunca al interior de la muralla, y levantó la vista.
Ante él estaban las montañas de Urga Kan, que nunca había visto desde tan poca
altura, y también Akundi: delante suyo, tan lejos como el horizonte, entre las
montañas. Tenía la cabeza gacha y lágrimas en los ojos.
Pero Manek lloraba también, y echó a
andar, y se alejó de Kadur con la vista fija en el camino, los dientes
apretados, la espalda muy tiesa para que nadie viera su dolor.
En los años que siguieron, Manek erró
por todo el Este, pues sólo quería encontrar la paz, el olvido entre gentes que
no lo conocieran. Pero a donde llegaba era visto con recelo: algo en él
desagradaba a quien lo viera, lo llevaba a pensar las peores cosas... No pocas
veces, Manek fue confundido con asesinos y bandoleros, y si lograba quedarse en
algún sitio, vencer la desconfianza, lo perdía su fama, que siempre terminaba
por alcanzarlo y era vista como un mal augurio.
Y si aun entonces no se
marchaba de donde estuviera, si a pesar de todo era aceptado o tolerado, las
madres comenzaban a abortar, o los niños a morir, o las cosechas se perdían por
plagas o heladas, o los hombres guerreaban...
Sí, la maldición existía. El día en el
que Manek llegó a Calint, un gran incendio quemó bosques y gente; a su paso por
Jumakhilna el Mar de Lodo se secó; cuando lo vio la sibila de Borbandes, pues
él llegó hasta ella para pedirle consejo, ayuda, siquiera consuelo, cuando se
vieron a los ojos la sibila dio un grito horrible, y se desmayó, y al despertar
perdió por un año todos sus poderes.
La llegada de Manek a un lugar terminó por
ser anunciada, y temida, como una invasión; las puertas de todas partes se le
cerraban, y algunos hasta lo perseguían, como a una bestia, por creer que su
desgracia, y el peligro para el mundo, cesarían sólo con su muerte.
Y como llevaba su vergüenza, como
quería vivir pero no hacer más daño, Manek viajó desde Sintago en el norte
hasta la tierra de los iondre; fue cazado por igual en Genidor y en los páramos
de Rhunga; se refugió en las Ciudades Muertas de los janr y en la estepa de
Daka; durmió en las Montañas de Humo, que ya en ese tiempo ennegrecían el cielo
y anticipaban la Guerra Numerosa; robó frutos en Amor, la isla prohibida del
Mar del Centro; tomó agua de los pozos de Mitrish, durmió en los basureros de
Yedresamma...
A donde fuera, Akundi iba con él.
Siempre estaba allí, en el horizonte, tan lejos que nadie sino Manek podía
verla. Aparecía en las cimas, en la otra orilla de los lagos y los ríos
caudalosos, sobre el agua de los mares; en donde el aire y el sol borraban los
caminos. Y aunque no hablaba su rostro era triste, más triste aún que el día en
el que Manek la había visto por primera vez.
Y he aquí que Manek, primero,
agradeció su compañía, y sintió que aliviaba su pena, pero luego la vio como un
espejo: un recordatorio de su propia locura y su desgracia. Y su mirada comenzó
a desviarse de ella a las ciudades, los pueblos del mundo, a los que ya no se
aventuraba. Así perdió la esperanza de poder detenerse en algún sitio, y se
llenó de pesadumbre.
Y una noche en la que Akundi apareció
bajo la luna, ante las aguas de un lago tan remoto que parecía la pupila de un
ojo, Manek supo, no con el pensamiento sino con su alma entera, con su vientre
y su pecho y su cabeza, que era verdad:
que no iba a tener paz ni reposo, que avanzaría por siempre, cada vez más lejos
de todo, siempre aborrecido.
Entonces la pesadumbre se convirtió en rabia, y
Manek gritó, y le dijo a Akundi que la odiaba, que la aborrecía, que lamentaba
haber nacido si en su destino estaba conocerla. Porque él también se perdería
para el mundo, dijo; porque había sido maldito, sin remisión, sin esperanza, y
todo por ella...
Akundi lo miró hablar durante horas,
durante la noche entera, en verdad hasta que Manek perdió la voz, por tanto
hablar y gritar sin pausa, y cerró la boca.
Entonces él la vio decir: --Manek, yo
soy culpable de mi falta, pero no de la tuya.
Manek le reprochó, él también en
silencio ahora, que lo hubiese distraído.
--¿Te distraje? --le preguntó Akundi--
Eras tú el que no callaba, el que insistía.
Manek pensó que debía decir algo, no
dejarle a ella la última palabra, y le preguntó, con saña, con toda la malicia
de que era capaz, por qué había tardado tanto. Por qué para despedirse había
elegido, de entre todas, aquella noche. Y Akundi calló otra vez.
Pero al cabo le dijo por qué, y Manek
deseó, como nunca antes, como nunca después lo desearía, apartarse de todo:
cerrar los ojos, dormir, olvidar el mundo y su marcha. Pues Akundi murmuró, sus
labios apenas se movieron, y dijo:
--Porque mi propio pensamiento ya
estaba contigo.
Así supo Manek, como sabía de su
perdición, que su propio amor lo había condenado, y que todo aquello, tal vez,
era parte de su propio destino, inapelable y fijo desde siempre.
Entonces se levantó y corrió, corrió
hacia ella, con la vista fija en su cara, sin atender al camino que seguía...,
loco, sí, lleno de dolor, ciego a las súplicas de Akundi que le rogaba
detenerse, aceptar su suerte, no agregar a su ruina la de otros.
Así Manek
recorrió el Este por segunda vez, sin objeto ni plan en su locura, y la muerte
y el dolor lo seguían, llenando a todos de miedo.
Pero de esto nada más puede decirse,
porque aún hoy se recuerda el paso del Maldito en algunos lugares, aparejado a
las leyendas más terribles y antiguas, pero Manek no lo supo nunca. Una mañana,
despertó y se encontró en las montañas de Urga Kan. Ante sus ojos estaban las
murallas de Kadur, más lejos estaba el Gran Desierto, y más lejos aún, entre la
arena, su amada, como el primer día. La arena la cubría y la descubría, allá en
el horizonte.
Entonces Manek recobró la razón, o tal
vez comprendió que su vida, si estaba en el destino, tenía una forma.
--Akundi --murmuró.
Ella alzó la vista y le sonrió, a
pesar de todo, porque ya no estaba loco. Él dijo que la amaba, que no deseaba
sino estar con ella, y que la maldición se lo impedía.
--Así que voy a seguir caminando
--dijo también.
--¿Hacia el Desierto? --preguntó ella.
Manek asintió, y echó a andar otra
vez, y pasó cerca de Kadur, sin detenerse, ante la mirada de los vigías de las
altas paredes. Nadie lo reconoció porque se había hecho un hombre, alto y
delgado, enjuto como un peregrino, de rostro ceñudo y largo andar.
Y su alma,
si alguien hubiera podido verla, si en verdad el alma tiene aspecto de cosa
visible para algunos elegidos, como se dice ahora, su alma, digo, era
brillante, ligera, como una llama viva: atemperada por las cenizas del pesar,
pero no por la angustia.
Y llegó al borde de la arena, lo dejó
atrás, y avanzó, y siguió avanzando, y otra vez, como antes en la dicha o la
congoja, los días se acumularon y se confundieron, porque Manek no se detuvo y
fue, fue, fue cada vez más lejos, y empujaba a Akundi con su vista, porque ella
siempre estaba allá, lejos, junto con las estrellas y las tormentas.
Alguna vez
Manek pensó que ella tampoco volvería nunca, ni sería vista más, porque nadie
habría después de él con la vista prodigiosa que haría falta para verla allá, tan
lejos. Pero ella no decía nada, y Manek siguió adelante, y llegó más allá que
nadie antes que él.
Lo supo una mañana: sus piernas se
negaron a sostenerlo, cayó de rodillas, y mientras reposaba, pensando que no
debía faltarle mucho, se atrevió a mirar atrás. Y vio que, desde aquel lugar no
se veían las tierras del Este. No se veía Kadur. Aun ante sus ojos portentosos
sólo había arena y cielo. Estaba en el centro mismo del Desierto, o tal vez,
así lo pensó, porque el cansancio y el calor le abrasaban el cuerpo y la
cabeza, en un mundo que era todo Desierto, sin señales ni caminos ni fin. Un
lugar en el que cualquier punto era igualmente cercano, igualmente lejano de
todos los otros, porque en él la distancia no tenía sentido.
Entonces volvió a mirar hacia
adelante, a Akundi, y la vio.
Y ya no estaba sobre la línea del
horizonte.
Caminaba. Sí, caminaba, hacia él, se
acercaba, su figura crecía, y también el espanto de ella, y el de él, porque
cada vez estaba más cerca, porque sus pasos hacían más pequeña la distancia.
Él, como pudo, se levantó. Dio unos
pasos, tropezó, volvió a levantarse.
Y lo ayudaron unas manos suaves,
morenas, que lo aferraban como si no creyeran que estuviese allí. Manek levantó
su propia mano, áspera, basta, y tocó un rostro.
Akundi puso una mano sobre la de él.
Y su voz se oyó áspera, desmañada,
porque no la había usado en mucho tiempo.
--La maldición... --comenzó.
Y Manek quiso decir algo, preguntar
qué había pasado, qué broma o burla horrible del Desierto era aquello, o decir
que no lo creía, que no podía ser, que ya estaba muerto.
Pero poco a poco, mientras sentía en
su mano la mano de ella, mientras olía el aroma de su piel, mientras procuraba
dominar el estupor y la debilidad, entendió.
Sólo quien la alcanzara podría
salvarla, decía la maldición, y él la había alcanzado. Ahora, como ella, él
estaba lejos de todo, para siempre.
Sintió la arena en su boca, el sabor
de la sed, y supo que no podrían salir del Desierto. Miró hacia el sol, como
había hecho tantas veces al amanecer, en la torre del oeste, y como siempre
tuvo que apartar la vista. Pero al hacerlo vio, ante sí, la cara de Akundi que
le sonreía, y Manek pensó que había hecho bien.
Y supo, plenamente, como antes su amor
y su condena, otra verdad: que allí, ante la certeza de la muerte, conocía la
paz.
Para los que recuerden la última parte
de la leyenda de Akundi, la que Manek supo de un capitán en una noche de Kadur,
diré que muchos, muchos años después, el gran Ganuga, el Valiente, el
Esforzado, iba por el Gran Desierto.
Ya conocen su misión: hallar el Oeste, que
nadie había visto, en el que nadie creía, para cumplir con el designio de
Ombara, la primera maga, única hija fiel de Amma, la Madre Primigenia; para
encontrar la Piedra de la Noche, la perdida desde la creación del mundo, cuya
falta ponía en peligro la unidad de todo lo viviente. Han oído las leyendas y
los cantos.
Pero he aquí algo que ignoran de esa
gesta: que Ganuga partió como jefe de una gran expedición, bien armada y
pertrechada, y sólo a la mitad del camino se quedó solo: cuando todos sus
compañeros hubieron muerto o desertado de vuelta al Este.
Entonces Ganuga,
sediento, sin comida, erró por el Desierto y estuvo a punto de morir. Pero
cuando iba a dejarse caer, cuando iba a rendirse al cansancio y la oscuridad,
vio lejos, tan lejos como podía ver, casi en el borde del horizonte, una luz,
una luz sobre la arena, el fulgor de una estrella. Pensó que sería agua,
siquiera un charco, porque no raleaba ni guiñaba como los espejismos, y reunió
fuerzas de donde pudo y avanzó.
Y al llegar a donde estaba la luz, vio
que era el reflejo del sol en dos esqueletos, blanqueados por el viento y los
años, abrazados.
Primero se llenó de ira, porque le
pareció un juego cruel de los dioses, o del destino, que así se burlaban de él
y de su empeño. Pero luego se sintió intrigado. Los que habían sido aquellos
huesos habían llegado a morir allí. Uno había sido mujer, el otro hombre, y
estaban abrazados, según le pareció a Ganuga, con ternura. No con miedo, no con
rabia. Se habían amado.
Esto lo hizo pensar. Éste no es el
lugar de mi muerte, se dijo, y también: Aunque yazga sólo un poco más lejos, no
debo hacerlo aquí, con ellos.
Y luego: Tengo que continuar.
Así que levantó la cabeza, y al
hacerlo vio otro reflejo, más cercano, tras una duna, y ahora sí: ahora sí era
el reflejo del agua.
Una laguna, una poza oscura y fresca
rodeada de palmeras. Un oasis que acababa de aparecer, que no había estado allí
un momento antes.
Y como todos saben el origen de ese
milagro, saben también, ahora, cuál el don que Manek y Akundi dieron al mundo,
pues gracias a ellos Ganuga no se rindió, y no aceptó la muerte, y así pudo
llegar al oasis, descansar, continuar su viaje hacia el Oeste, hacia las
aventuras y fatigas que lo esperaban.
Por eso la historia de la Distante
está casi olvidada, como parte diminuta que es de la gran gesta de Ganuga. Y
por eso es justo que aquel lugar: el Oasis de Mankune, en el centro mismo del
Gran Desierto, se llame así, pues el nombre quiere decir Estrella de la Arena.
Como Akundi, la amada de Manek, cuando él la observaba desde su torre en la
ciudad de Kadur.