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El monje negro - Anton Chéjov (Parte 1)

1

Andrei Vasilievich Kovrin, Magíster, estaba agotado, tenía los nervios deshechos. No hacía nada por seguir el tratamiento médico. Algunas veces, mientras tomaba una copa con su amigo el doctor, este le aconsejaba pasar una temporada en el campo, mejor dicho, toda la primavera y el verano, pero Andrei nunca le hacía caso. Pocos días después, recibió una extensa carta de Tania Pesotski, que le invitaba a pasar unos días en la casa de su padre en Borisovka. Kovrin decidió ir.

Pero antes de hacerlo –era el mes de abril– se marchó a su tierra nativa, Kovrinka, y pasó allí tres semanas en absoluta soledad. Cuando llegó el buen tiempo, se dirigió a la casa de campo de su antiguo tutor y pariente, Pesotski, el famoso horticultor ruso. Desde Kovrinka a Borisovka había una distancia de unos setenta y cuatro kilómetros, y el viaje en la magnífica y cómoda calesa a lo largo de aquellos caminos, tan excelentes durante la primavera, prometía ser muy placentero.

La casa de Pesotski, en Borisovka, era muy grande, con una fachada repleta de columnas y adornada con esculturas de leones, a las que se les estaba cayendo el estuco. En la entrada principal había un sirviente de librea. El viejo parque, lúgubre y oscuro, era de estilo inglés, y se extendía desde la mansión hasta el río en una distancia de un kilómetro, donde terminaba en un talud arcilloso cubierto de pinos, cuyas raíces desnudas parecían garras peludas. 

Más abajo se deslizaba un arroyuelo solitario, y el murmullo de sus aguas rivalizaba con el trinar de los pájaros. En una palabra, todo invitaba al visitante a sentarse y escribir una balada. Pero los jardines y los huertos, que junto con los viveros ocupaban una extensión de unos ochenta acres, inspiraban sensaciones muy distintas. Incluso durante el mal tiempo eran esplendorosos y alegres. Aquellas hermosas rosas, los lirios, camelias, tulipanes y tantas plantas floridas de toda clase y colores nunca habían sido contempladas por los ojos de Kovrin. 

La primavera acababa de comenzar, y las variedades de flores exóticas aún estaban protegidas por campanas de cristal, pero a simple vista se veía que pronto brotarían por todas partes, formando un imperio de delicadas sombras. Pero lo más encantador de todo este esplendoroso cuadro era contemplar, en las primeras horas de la mañana, las gotas cristalinas de rocío sobre los pétalos y hojas de aquella exuberante vegetación.

Durante su infancia la parte decorativa del jardín, llamada despectivamente por Pesotski «el estercolero», había producido en Kovrin una impresión fabulosa. ¡Cuántos milagros de arte, cuántas estudiadas monstruosidades, cuántas burlas de la Naturaleza! Los espalderos de árboles frutales, ese peral que parecía un álamo de forma piramidal, aquellas encinas y tilos de abundante follaje, las bóvedas formadas por los manzanos, todo tenía el sello característico del dominio de la floricultura de que hacía gala su amigo Pesotski; incluso en los ciruelos estaba grabada la fecha 1862, para conmemorar el año en que su amigo se consagró al arte del cultivo de plantas y flores. 

Había también unas hileras de árboles erectos, simétricos, cuyos troncos se alzaban verticales como palmeras, pero que, vistos de cerca, resultaban ser árboles vulgares. Pero lo que más alegría y vida daba a los jardines y huertos era el constante quehacer de los jardineros de Pesotski. Desde el alba hasta la puesta del sol, aquellos hombres parecían infatigables y activas hormigas, trabajando entre los árboles, arbustos y planteles, unos regando, otros excavando la tierra, otros sembrando.

Kovrin llegó a Borisovka a las nueve. Encontró a Tania y a su padre muy alarmados. Aquella noche clara y estrellada predecía que habría una helada, y el jefe de los jardineros, Iván Karlich, se había ido al pueblo, por lo que no tenían a ningún responsable en quien confiar. Durante la cena sólo se habló de la inminente helada; y se decidió que Tania no se acostaría, sino que permanecería despierta hasta la una de la madrugada. Iría a inspeccionar los jardines para ver si todo estaba en orden, mientras que Igor Semionovich, por su parte, se levantaría a las tres de la madrugada o quizá aún más temprano.

Kovrin estuvo con Tania toda la noche, y al llegar las doce, la acompañó al jardín. El aire tenía un olor muy fuerte, como si estuviera ardiendo. En el huerto más grande, llamado «huerta comercial», ya que cada año producía millares de rublos de beneficios a Igor Semionovich, había una fina y negra capa de estiércol que cubría todas las hojas jóvenes, con el fin de salvar las plantas. 

Los árboles estaban alineados como jugadores de ajedrez en rectas hileras, como filas de soldados; y esta pedante regularidad, junto con el peso de la uniformidad, hacía parecer monótono y fastidioso al jardín. Kovrin y Tania se movían de un lado para otro, arriba y abajo, por los senderos y por todos los vericuetos del jardín, comprobando el buen estado del estiércol, las pajas y las coberturas de parihuelas. 

En raras ocasiones se encontraron con los trabajadores, que se movían como sombras entre aquella humareda. Sólo los cerezos, los ciruelos y algunos manzanos estaban floreciendo, pero el jardín entero se hallaba envuelto en aquella densa humareda producida por el estiércol fermentado, causa por la cual Kovrin sólo se halló en condiciones de poder respirar aire puro al llegar a los viveros.

–Me acuerdo de que, cuando era niño –dijo Kovrin–, siempre me hacía estornudar el humo, pero no comprendo cómo puede salvar a las plantas de la helada.

–El humo es un buen sustituto cuando no hay nubes –respondió Tania.

–¿Para qué quiere las nubes?

–Cuando el tiempo es nuboso y suave no se producen las heladas mañaneras.

–¿Es cierto eso?

Kovrin se echó a reír y cogió de la mano a Tania. Su rostro serio, frío; sus finas y negras cejas; el rígido cuello de su chaqueta, que le dificultaba girar la cabeza; su vestido bien arropado para defenderse del helado rocío; y toda su figura, esbelta y ligera le agradaban mucho.

–¡Santo cielo, cuánto ha crecido esta criatura! –dijo Kovrin–. La última vez que estuve aquí, hace unos cinco años, era usted aún una niña. Era delgada, de piernas largas y desaliñada, y yo siempre me estaba metiendo con usted. ¡Cuánto cambió en cinco años!

–Sí, cinco años –repitió Tania–. ¡Muchas cosas han pasado desde entonces! Dígame con sinceridad, Andrei –continuó ella, mirándole burlonamente–, ¿cree que durante todos estos cinco años se ha olvidado de nosotros? No sé cómo me he atrevido a hacerle esta pregunta. Además, después de todo, usted es un hombre libre de hacer lo que quiera, de llevar la vida que desee. Sí, tiene que ser de este modo; es natural. Pero, de todas formas, quiero que sepa una cosa: hayan cambiado o no sus relaciones con mi familia con el paso de los años, en esta casa se le considera como un miembro más. Tenemos derecho a ello.

–Estoy completamente convencido de que así me consideran, Tania –respondió Kovrin.

–¿Palabra de honor?

–Palabra de honor.

–Antes me di cuenta de que se sorprendió al ver tantas fotografías suyas en nuestro hogar –prosiguió Tania–. Sin embargo, bien sabe cuánto le adora mi padre, cuánto le estima. Usted es un erudito, no un hombre vulgar y corriente. Sí, se ha labrado una brillante carrera. Pues bien, mi padre cree que a él le debe usted su triunfo. ¡Deje que siga creyéndolo!

Empezaba a amanecer. Cambió la tonalidad del cielo, y el follaje y las nubes comenzaron a mostrarse cada vez más claros. Los ruiseñores empezaron a cantar y procedente de los campos llegó el grito de las codornices.

–Ya es hora de irnos a la cama –dijo Tania–. Además, también hace mucho frío.

Luego se acercó a Kovrin, le cogió la mano y dijo:

–Gracias, Andrei, por haber venido. En este lugar no estamos acostumbrados a los grandes sucesos. Aquí la vida transcurre apacible y monótonamente, sin ningún acontecimiento descollante. Siempre los jardines, sólo los jardines y nada más que jardines. Sí, una existencia muy monótona. Bosques, madera, camuesas, cardos lecheros, esquejes, podar, hacer injertos, trasplantar... Toda nuestra vida se limita a esto, ni siquiera soñamos con otra cosa que no sea manzanas y peras. Desde luego, todo esto es muy útil y muy bueno, pero algunas veces no puedo resistir la tentación de desear un cambio en mi vida. Recuerdo aquella época en que usted solía visitarnos, cuando venía a pasar aquí las vacaciones, cómo cambiaba toda la casa; parecía más fresca, más alegre, como si alguien hubiese quitado las telas que cubrían los muebles. Yo era entonces una niña, pero comprendía...

Tania siguió hablando durante cierto tiempo, expresando sus sentimientos y recuerdos. De repente a la mente de Kovrin vino la idea de que era muy posible que durante aquel verano se sentiría tan atraído hacia aquella criatura vivaraz y parlanchina, que podía llegar a enamorarse de ella. Dadas las circunstancias, nada más natural y posible. Aquel pensamiento le agradó y divirtió, y mientras dirigía su mirada hacia Tania, a su mente acudieron aquellos versos de Pushkin:


                        Oniegin, no ocultaré
                   que amo a Tatiana locamente


Cuando llegaron a la mansión, Igor Semionovich ya se había levantado. Kovrin no sentía ningún deseo de dormir; se puso a hablar con el anciano, y volvió con él al jardín. Igor Semionovich era alto, ancho de hombros y grueso. Padecía de dificultad respiratoria, y sin embargo, caminaba a un paso tan rápido, que era difícil seguirle de cerca. La expresión de su rostro era siempre la de un hombre preocupado, como si pensase que de retrasarse un minuto en hacer las cosas, todo el mundo se vendría abajo.

–Y ahora, hermano, le voy a revelar un misterio –dijo Igor, deteniéndose para recuperar el aliento–. En la superficie de la tierra, como puede ver, hay escarcha, está helada, pero eleve el termómetro unas yardas y verá que hay calor... ¿A qué se debe este misterio?

–Confieso que no lo sé –dijo Kovrin, riendo.

–¡No! Usted no puede saberlo todo. El cerebro más privilegiado de todo el mundo no puede comprender todo. ¿Todavía sigue estudiando filosofía?

–Sí –respondió Kovrin–; siempre estoy estudiando filosofía y psicología.

–¿Y no se aburre?

–Al contrario, no puedo vivir sin ello.

–Alabado sea Dios –respondió Semionovich, mientras se retorcía las puntas de su poblado bigote–. Alabado sea Dios; sí, todo eso le será útil en la vida... Me alegro mucho, hermano, muchísimo...

De repente se calló y se puso a escuchar. Sus facciones se endurecieron, echó a correr por el sendero y pronto desapareció entre los árboles, en medio de una nube de polvo y arena.

–¿Quién ha sido el que ha trabado este caballo al árbol? –gritó con voz desesperada–. ¿Quién de ustedes, ladrones y asesinos, se atrevió a atar este caballo al manzano? ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Arruinado, destruido, estropeado! ¡El jardín está arruinado, el jardín está destruido! ¡Oh, Dios mío!

Cuando regresó junto a Kovrin, su rostro reflejaba una expresión de lástima e impotencia.

–¿Qué se puede hacer con esta clase de gente? –le preguntó a Kovrin con voz quejumbrosa, mientras se retorcía las manos–. Anoche Stepka trajo una carga de abono y dejó atado al pobre animal al árbol. Y lo ató con tanta fuerza que ha producido unos daños irreparables en la corteza del manzano. ¿Qué se puede hacer con hombres de esta calaña? Acabo de hablarle y se ha limitado a bajar los ojos a tierra, igual que un estúpido. ¡Este miserable debería ser ahorcado!

Cuando al fin se calmó, abrazó a Kovrin y le besó en la mejilla.

–Bueno, ¡bendito sea Dios...! ¡Bendito sea Dios! –murmuró–. Me alegro de que haya llegado, hermano Kovrin. No tengo palabras para expresarle lo contento que estoy porque vino a vernos, gracias.

Luego, con la misma expresión ansiosa, y caminando con paso rápido, se puso a dar vueltas por todo el jardín, enseñando a Kovrin los naranjos, los viveros de temperatura constante, los cobertizos y dos colmenas a las que describió como el milagro del siglo.

A medida que caminaban, el sol empezó a despuntar, iluminando el jardín y calentando la tierra y el aire. Cuando Kovrin pensó que si aquel hermoso sol se mostraba ya a principios de la primavera, dedujo los numerosos días soleados y felices que le esperaban durante todo un largo verano. Y de repente experimentó la misma alegría y felicidad que sintiera durante su infancia en aquel jardín. 

Entonces se sintió dominado por una profunda emoción y abrazó al anciano, besándole con ternura. Ambos se dirigieron a la casa y tomaron té en antiguas tazas de porcelana de China, además de galletas y crema; y esto también le recordó a Kovrin sus días de infancia y juventud. Durante aquel pequeño ágape, las reminiscencias brotaron en la mente de ambos hombres, y un sentimiento de intensa felicidad inundó sus corazones.

Esperó a que Tania se despertase, y después de tomar café con ella, se fue a pasear al jardín. Luego se dirigió a su habitación y se puso a trabajar. Leyó con atención, tomando notas de todo lo que creía importante. Sólo levantaba la vista cuando creía sentir la necesidad de mirar a través de la ventana o contemplar las rosas, frescas aún por el rocío, colocadas en un florero sobre su mesa. Kovrin creyó sentir por un instante que todas las venas de su cuerpo temblaban de alegría.

II

Pero en el campo, Kovrin siguió con aquella nerviosa e intranquila vida que había llevado en la ciudad. Leía y escribía mucho, estudió lengua italiana, y cuando salía a dar un paseo, al rato ya pensaba en regresar y ponerse a trabajar. Dormía tan poco que todo el mundo en la casa estaba desconcertado; si alguna vez, por pura casualidad, descansaba media hora durante el día, por la noche no podía hacerlo. Sin embargo, al día siguiente de estas involuntarias vigilias, se sentía alegre y dinámico.

Hablaba mucho, bebía vino y fumaba caros puros. A menudo, casi todos los días, algunas muchachas de las casas de los alrededores venían a la mansión de Vasilievich, tocaban el piano con Tania y cantaban. Algunas veces también venía un vecino, un hombre joven, quien tocaba muy bien el violín. Kovrin oía con agrado su música y canciones, pero había llegado a un extremo en que todo aquello le abrumaba; tanto, que algunas veces sus ojos se cerraban involuntariamente, adormilándose.

Una tarde, después de la hora del té, se sentó en la terraza para dedicarse a la lectura. Mientras, en el salón, Tania, una amiga soprano, otra contralto y el ya citado violinista, ensayaban la conocida serenata de Braga. Kovrin atendió a la letra, y aunque esta era en ruso, no logró entender su significado. Al final dejó el libro, se puso a escuchar con atención y logró comprenderla. 

Una chica de imaginación febril oyó durante la noche unos sonidos misteriosos en su jardín; un sonido tan maravilloso y extraño que se vio forzada a admitir su armonía y «santidad», que para nosotros los mortales son incomprensibles; luego aquellos sones se elevaron al cielo, desapareciendo. Kovrin despertó. Se dirigió al salón y luego al vestíbulo, donde comenzó a pasearse.

Cuando cesó la música, cogió de la mano a Tania y la llevó a la terraza.

–Durante todo el día –le dijo Kovrin– he tenido metida en la cabeza una extraña leyenda. No sé si la he leído o se la he escuchado contar a alguien; no lo recuerdo. Se trata de una leyenda muy curiosa, aunque no muy coherente. Antes de contársela, quiero advertirle de que no está muy clara. Hace mil años, un monje, vestido de negro, erraba por unos parajes solitarios, no sé si en Siria o en Arabia. A unas millas de distancia de aquel lugar unos pescadores vieron a otro monje negro caminando lentamente sobre la superficie del agua de un lago. El segundo monje era un espejismo. 

-Tenga usted en cuenta que las leyendas prescinden de las leyes de la óptica, como es lógico, y escuche lo que viene a continuación. Del primer espejismo se produjo otro espejismo; del segundo espejismo se produjo un tercero, de forma que la imagen del Monje Negro se refleja eternamente desde un estrato de la atmósfera a otro. En cierta ocasión fue visto en África, luego en la India, en otra ocasión en España, luego en el extremo norte. Al fin, se eclipsó de la atmósfera de la Tierra, pero nunca se presentaron las condiciones necesarias como para que desapareciera del todo. 

-Quizá hoy sea visto en Marte o en la constelación de la Cruz del Sur. Ahora bien, la esencia de todo esto, su verdadero meollo, por emplear esta palabra vulgar, radica en una profecía que sostiene que exactamente mil años después de que el monje se retirara a aquellos parajes desiertos, el espejismo volverá a ser captado en la atmósfera de la Tierra y se mostrará a todos los hombres del mundo. Este plazo de mil años, según mis cálculos, está a punto de expirar. Según la leyenda, debemos ver al Monje Negro hoy o mañana.

–Es una historia muy extraña –dijo Tania, a quien no le había agradado.

–Pero lo más sorprendente de todo –dijo Kovrin riéndose– es que no recuerdo cómo esta leyenda se me ha metido en la cabeza. ¿La he leído? ¿Me la han contado? ¿Se trata simplemente de un sueño? No lo sé. Pero me interesa. Durante todo el día no he podido pensar en otra cosa; la tengo clavada en la mente.

Kovrin se despidió de Tania, quien regresó al salón, y salió de la casa para pasear por entre los planteles de flores del jardín, meditando sobre aquella extraña leyenda. El sol acababa de ponerse. Las flores recién regadas emanaban un fuerte y delicado aroma. En la mansión, la música había comenzado a sonar de nuevo, y a la distancia, el violín parecía producir el efecto de una voz humana. Mientras forzaba su memoria para recordar cómo había llegado a conocer aquella leyenda, Kovrin, ensimismado, paseaba por el parque, sin darse cuenta de que caminaba en dirección a la orilla del riachuelo.

Descendió por un sendero repleto de raíces al descubierto, espantando las agachadizas y poniendo en fuga a dos patos. En las ramas oscuras de los pinos se reflejaban los últimos rayos del sol. Kovrin pasó al otro lado del riachuelo. Ahora, delante de él, se extendía un hermoso y extenso campo cubierto de centeno. En todo lo que alcanzaba su vista no se veía un alma viviente; y le pareció que aquel sendero debía conducirle a una región enigmática e inexplorada donde aún quedaba el resplandor del sol.

«¡Qué lugar más tranquilo y bucólico! –pensó para sí–. Tengo la impresión de que en este instante todo el mundo me contempla desde arriba, esperando que yo descubra algo importante.»

Una ráfaga de aire dobló los tallos verdes de los centenos. De nuevo sopló el viento, pero esta vez con más fuerza, rivalizando con el suave murmullo de las hojas de los pinos. Kovrin se detuvo asombrado. En el horizonte, como un ciclón o una tromba de agua, algo negro, alto, se elevó del suelo. Sus formas eran indefinidas; pero, después de fijarse con atención en aquella cosa tan extraña, Kovrin se dio cuenta de que no estaba fija al suelo, sino que se movía a una velocidad increíble, en dirección a él. 

Y a medida que se acercaba, se hacía cada vez más y más pequeña. Involuntariamente, Kovrin se echó a un lado del sendero para dejarla pasar. Pasó ante él un monje vestido de negro, de cabellos grises y cejas negras, con las manos cruzadas sobre el pecho. Caminaba sobre el duro suelo con los pies descalzos. Una vez que se hubo alejado unos veinte metros, el monje volvió el rostro hacia Kovrin, le hizo una señal con la cabeza, y le sonrió con bondad. Su rostro delgado estaba pálido como la cera. Luego, a medida que se alejaba, empezó a aumentar de tamaño, cruzó el río caminando sin hundirse sobre su superficie, y atravesó sin ruido alguno el muro de piedra caliza, desapareciendo como el humo.

–Ahora comprendo –dijo Kovrin para sí– que la leyenda tenía su fundamento.

Regresó a la casa sin intentar siquiera explicarse este extraño fenómeno, pero vanagloriándose de haber visto no sólo sus ropas negras, sino su fino y pálido rostro, y la fija mirada de sus ojos.

En el parque y en los jardines de la mansión, los visitantes se paseaban tranquilamente; en el interior la música seguía sonando. De modo que sólo él había visto al Monje Negro. Sintió un inmenso deseo de contar a Tania y a Igor Semionovich lo que había visto con sus propios ojos, pero desistió al pensar que lo interpretarían como una alucinación. 

Se unió a aquella alegre compañía, rió, bebió y bailó una mazurca dominado por una inmensa alegría interna. Pero lo más curioso de todo fue que tanto Tania como los demás invitados creyeron ver en su rostro una expresión de éxtasis, lo que encontraron muy divertido.

III

Cuando terminó la cena y todos se hubieron marchado, subió a su habitación y se echó en el diván. Había decidido reflexionar sobre el monje, aclarar aquel extraño misterio; mas en aquel instante, Tania entró en su habitación, interrumpiendo sus proyectos.

–Aquí te traigo, Andrei –le dijo Tania–, los artículos de mi padre... Son muy interesantes. Mi padre escribe muy bien.

–¡Espléndida idea! –exclamó Igor Semionovich, que entró tras ella en la habitación de Kovrin–. Ahora bien, no le haga caso a esta bella muchacha. Aunque puede leerlos si desea dormirse: constituyen un espléndido soporífero.

–Pues según mi opinión –respondió Tania–, estos artículos son magníficos. Le agradeceré, querido Andrei, que los lea, y luego convenza a mi padre para que escriba con más frecuencia. Es capaz de escribir un tratado entero de jardinería.

Igor Semionovich se echó a reír, pero luego se disculpó amablemente, alabó las cualidades de su viejo amigo y dando la razón a su hija:

–Si desea leer esos artículos, querido Andrei –dijo Igor–, le aconsejo que comience con los documentos sobre Gauche y los artículos rusos, pues de otro modo no podrá entenderlos. Antes de precipitarse en valorar mis palabras, le aconsejo que las sopese detenidamente. Aunque no creo que le interesen. Bueno, ya es hora de irse a la cama, querida Tania, pues anoche dormiste muy poco.

Tania salió de la habitación. Igor Semionovich se sentó en un extremo del sofá y exclamó:

–Ah, hermano mío... Ve que escribo artículos, y exhibo en exposiciones e incluso a veces gano medallas... Pesotski, dicen ellos, tiene unas manzanas tan gordas como su cabeza; Pesotski ha hecho una gran fortuna con sus jardines y huertas... En una palabra: «Kochubei es rico y glorioso». Pero mucho me agradaría preguntarle cuál será el final de todo esto. No se trata de mis jardines y viveros; ya sé que son espléndidos, auténticos modelos entre todos los de la región. Aunque también debo confesar que me siento orgulloso de que sean en realidad una institución completa de gran importancia política, y otro paso hacia una nueva era en la agricultura rusa, como asimismo en su industria. Pero todo esto, ¿para qué? ¿Con qué fin? ¿Cuál es la meta final de una vida consagrada a mejorar la agricultura, las flores, las plantas, todo lo relacionado con la tierra?

–Esa pregunta tiene una respuesta muy fácil.

No me refiero a ese sentido. Lo que quiero saber es qué ocurrirá con mis jardines el día en que muera. Tal como están las cosas, puedo asegurarle que todo se vendría abajo si algún día yo faltara. El secreto no radica en que los jardines son grandes y en que tengo muchos trabajadores bajo mis órdenes, sino en el hecho de que adoro el trabajo, ¿me comprende? Lo quiero quizá más que a mí mismo. ¡Míreme! Trabajo desde que sale el sol hasta que se pone. Todo lo hago con mis propias manos. Siembro, trasplanto, riego, hago injertos, todo está hecho por mí. Cuando alguien trata de ayudarme me siento celoso, y me vuelvo irritable hasta el extremo de parecerle rudo a muchas personas. 

-El verdadero secreto radica en el amor, en el ojo del amo que engorda al caballo, y en estar pendiente de todo y de todos. Por eso, cuando voy a visitar a un amigo y charlamos media hora ante un buen vaso de vino, mi imaginación está en los jardines, y temo que algo pueda sucederles durante mi ausencia. Suponga que me muero mañana, ¿quién se ocupará de todo esto?, ¿quién hará el trabajo? ¿Los jefes jardineros? ¿Los trabajadores? Puede usted creerme si le digo, mi querido amigo, que todas mis preocupaciones no se centran en estas personas, sino en la idea de que esto vaya a manos extrañas el día en que yo muera.

–Pero, mi querido amigo –respondió Kovrin–, está Tania; supongo que no desconfiará de ella. Ella ama y sabe llevar esta clase de trabajo.

–Sí, Tania ama y comprende este trabajo; sabe llevarlo mejor que un ingeniero agrónomo del Ministerio de Agricultura. Si después de mi muerte yo estuviera seguro de que todo iría a parar a sus manos, de que ella sola sería la dueña y directora de todo esto, no me importaría nada, moriría a gusto. Pero suponga por un momento –Dios no lo quiera– que se casa. He aquí lo que me atormenta y mortifica, lo que me hace pasar las noches sin pegar los ojos. Porque al casarse, lo lógico es que tenga hijos y que se preocupe más de ellos que de los jardines y viveros. Eso es lo malo. Pero hay algo que temo más aún: que se case con uno de esos individuos que van en busca de una buena dote, que no tienen escrúpulos y gastan el dinero a manos llenas, y que al cabo de un año se haya ido al diablo lo que tanto me ha costado ganar durante años de sacrificio y trabajo. En un negocio como este, una mujer es el azote de Dios.

Igor Semionovich permaneció callado durante unos instantes, moviendo la cabeza de arriba abajo repetidas veces. Luego continuó:

–Quizá me considere usted un egoísta, pero no quiero que Tania se case. Me da miedo. ¿Se ha fijado en esos jóvenes que acuden constantemente a esta casa a visitarla, bajo la excusa de organizar veladas musicales? Todos vienen a lo mismo: a pescar una buena dote. Sobre todo está ese joven del violín, que no le quita la vista de encima. Pero tampoco yo se la quito a él. Me consta que Tania nunca se casaría con él, pero no puedo remediarlo, desconfío mucho... En resumen, hermano, soy un hombre de carácter, y sé lo que debo hacer.

Igor Semionovich se levantó y paseó por la habitación. Se veía que tenía algo muy importante que decir, algo muy serio, pero, por lo visto, no encontraba las palabras exactas para expresarlo.

–Le quiero y le aprecio mucho –prosiguió Igor– y por ello creo que debo hablarle francamente y sin rodeos. En cualquier asunto de suma gravedad o importancia, siempre acostumbro decir lo que pienso, huyendo de toda mistificación. Por consiguiente, debo decirle que es usted el único hombre con el que no me importaría que Tania se casara. Es inteligente, tiene buen corazón, y me consta que no consentirá que todo esto que he labrado con mis propias manos se malogre estérilmente. Más aún, le quiero como si fuera mi propio hijo, y estoy orgulloso de usted. De modo que si usted y Tania... empezaran un romance amoroso que acabara en matrimonio, créame que merecería todas mis bendiciones. Sí, me consideraría el hombre más feliz del mundo. Se lo digo en la cara, sin rodeos, como corresponde a un hombre honrado.

Kovrin sonrió. Igor Semionovich abrió la puerta y se dispuso a abandonar la habitación, pero se detuvo en el umbral:

–Y si usted y Tania llegasen a tener un hijo, haría de él el mejor horticultor. Pero esto, de momento, es una mera hipótesis. Buenas noches.

Cuando Kovrin quedó solo, se instaló cómodamente en un sillón y se puso a leer los artículos de su huésped. El primero de ellos se titulaba "Cultivo intermedio", el segundo, "Unas cuantas palabras en respuesta a las observaciones del señor Z... sobre el tratamiento de las tierras de jardín", y el tercero, "Más sobre los injertos". Los demás artículos venían a ser lo mismo. Pero todos reflejaban desazón e irritabilidad. Incluso una simple hoja con el mero título pacífico "Los manzanos rusos" exhalaba irritabilidad. 

Igor Semionovich comenzaba este trabajo con las palabras «Audi alteram partem», y lo finalizaba con estas otras: «Sapienti sat»; pero entre las dos pacíficas frases latinas se desgranaba un torrente de palabras agrias, dirigidas contra «la aprendida ignorancia de nuestros modernos horticultores que observan a la madre Naturaleza desde sus sillones en la Academia de Ciencias Naturales», y contra el señor Gauche «cuya fama está basada en la admiración de los profanos en la materia de agricultura y dilettanti». También había un párrafo en el que Igor censuraba a aquella gente por castigar a un pobre muerto de hambre a causa de robar unas cuantas frutas en un huerto, destrozando sus espaldas a latigazos.

–Admito que estos artículos son muy buenos –dijo Kovrin para sí–, incluso excelentes, pero también veo que revelan a su autor como un hombre de temperamento duro y de lanza en ristre. Supongo que será igual en todas partes; en todas las carreras, los hombres de ideas geniales son siempre personas muy nerviosas, y víctimas de esta especie de exaltada sensibilidad. Supongo que tiene que ser así.

Pensó en Tania, tan orgullosa de los artículos de su padre, y luego en Igor Semionovich. Tania, pequeña, pálida, ligera, con sus clavículas visibles, con aquellos ojazos tan grandes que parecían estar siempre escudriñando algo. Igor Semionovich, con sus apresurados y pequeños pasos. Volvió a pensar en Tania, tan inclinada a hablar constantemente, tan amante de dialogar y discutir con todos, siempre acompañando la más insignificante frase con gestos y gesticulaciones. En cuanto a si era nerviosa, pues sí, estaba seguro de que lo era en grado sumo.

Kovrin se puso a leer otra vez, pero como no se enteraba de nada de lo que se exponía en aquellos artículos de Semionovich, los tiró al suelo. Aún perduraba en todo su ser la agradable emoción con que había bailado la mazurca y oído aquella música. Todo ello hizo acudir a su mente numerosos pensamientos. Meditó sobre lo que le había ocurrido en el campo de centeno. Si él había visto a solas aquel extraño y misterioso monje, debería estar enloquecido o enfermo, al punto de llegar a padecer alucinaciones. Aquel pensamiento le espantó, pero no por mucho tiempo.

Se sentó en el diván y apoyó la cabeza en sus manos, y se dispuso a gozar pensando en el extraño suceso del que había sido testigo durante la tarde. No podía comprenderlo, pero todo su ser se llenó de gozo. Se levantó y dio algunos pasos por su habitación, disponiéndose a iniciar su trabajo. Pero lo que leía en los libros ya no le satisfacía. Ahora sólo deseaba pensar en algo inmenso, vasto, infinito. Después, Kovrin se desnudó y se acostó, pensando que haría bien en descansar después de las emociones sentidas durante el día. Cuando al final oyó a Igor Semionovich dirigirse a trabajar al jardín, llamó a un criado y le ordenó que trajera una botella de vino. Bebió varios vasos; el vino le atontó y se quedó dormido. 


IV

Igor Semionovich y Tania discutían con frecuencia y se decían uno al otro duras palabras. Aquella mañana habían tenido un altercado, y Tania, después de haber estado llorando, se refugió en su habitación y se negó a bajar a desayunar y a almorzar. Pero Igor era testarudo. Al principio no hizo ningún caso de la conducta de su hija y se marchó con aire digno y solemne, como queriendo dar a entender a todo el mundo que era un hombre de ideas fijas, y que para él la justicia y el orden eran lo primero en la vida, lo más importante de todo. Pero Igor era incapaz de mantener aquella actitud durante mucho tiempo, pues idolatraba a Tania.

No comió nada a la hora de cenar y, durante todo el día, su mente había estado torturada por aquel suceso. Al final no pudo aguantar más y, después de un profundo «¡Dios mío!» que le brotó de lo más hondo de su corazón, se dirigió a la habitación de Tania y golpeó con suavidad la puerta, mientras gritaba con toda dulzura, casi tímidamente:

–¡Tania! ¡Tania!

A través de la puerta llegó una voz llorosa, pero firme y decidida:

–¡Déjame en paz...!, te lo ruego.

Los incidentes sentimentales entre padre e hija repercutían no sólo entre los habitantes de la casa, sino incluso entre todos los trabajadores de las plantaciones. Kovrin, como era usual en él, permaneció enfrascado en su trabajo, pero al final no pudo soportar más la situación y decidió intervenir como mediador entre padre e hija, y dispersar aquella nube negra que se había interpuesto entre ambos seres, tan queridos para él. Sin dudarlo un instante más, se dirigió a la puerta de Tania, la golpeó y fue recibido.

–Vamos, vamos, querida Tania, esto no está bien –empezó a decir en broma, pero dulcemente, mientras contemplaba aquel rostro femenino cubierto de lágrimas–. No es para tanto. Después de todo, son discusiones que se presentan todos los días, en todas las casas. Vamos, querida Tania, hay que saber perdonar. ¿De acuerdo?

–Es que usted no sabe cuánto me tortura –y al decir esto, una lluvia de lágrimas brotó de sus hermosos y grandes ojazos–. Siempre me está atormentando –continuó, mientras se retorcía las manos–. Nunca he dicho nada que pudiera ofenderle. En este caso, sólo me limité a decir que era innecesario mantener tantos trabajadores, pues resultaba un gasto que se podía evitar con facilidad. Me limité simplemente a decir que lo que había que hacer era contratar trabajadores por horas. Usted sabe que esos hombres no han hecho nada durante toda la semana. Yo... lo único que le dije fue esto. Y entonces se puso a gritarme como un energúmeno, diciéndome un montón de cosas, todas ofensivas, profundamente insultantes. Y todo por nada.

–Bueno, no hay que preocuparse por eso –trató de calmarla Kovrin–. Ha estado gritando, chillando, llorando, pataleando: ya es suficiente, ¿no le parece? No puede seguir así todo el día, no sería justo. Sabe que su padre, más que quererla, la adora, la idolatra.

–Mi padre ha arruinado toda mi vida –dijo Tania entre sollozos–. Durante toda mi existencia sólo he oído insultos de sus labios, y sufrido afrenta tras afrenta. Mi padre me considera como algo superfluo en su propia casa. ¡Pues que se quede con su casa! Mañana me marcho de ella. Él es el único responsable de mi marcha. Sí, mañana me iré de este lugar y me pondré a estudiar para luego conseguir un empleo. ¡Que se quede con su dichosa casa!

–Vamos, Tania, vamos, no se ponga así –dijo Kovrin–. Vamos, deje de llorar. Le diré lo que pienso: tanto el uno como el otro son irritables, impulsivos y, si quiere que le diga toda la verdad, los dos están equivocados; sí, los dos, pues exageran las cosas más nimias. Vamos, ya me encargaré yo de que hagan las paces.

Durante todo este tiempo, Kovrin estuvo hablando con un tono persuasivo y suave, pero Tania seguía llorando, encogiéndose de hombros ante todo lo que él le decía, y retorciéndose las manos como si hubiera sufrido un verdadero infortunio. Kovrin trató de hacerle comprender que exageraba la cosa más de lo que debía. Le parecía mentira que por una cosa tan banal aquella criatura quisiera amargarse todo el día y quizá toda su existencia. 
 
Mientras la consolaba, pensó que excepto Tania y su padre, no había nadie en el mundo que le quisiera tanto; y que de no haber sido por ellos, él, que había quedado huérfano durante su tierna infancia, habría pasado el resto de su existencia sin una caricia, sin palabras de consuelo, y sin ese cariño que sólo pueden dar las personas que son de nuestra misma sangre. 
 
Pero también percibió que sus desequilibrados e irritados nervios estaban reaccionando como magnetos a los gritos y sollozos de aquella testaruda muchacha. Se dio cuenta de que nunca podría amar a una mujer robusta y saludable, fresca y sonrosada; pero le conmovía aquella Tania pálida, débil y desgraciada.

Kovrin sentía un gran placer al contemplar sus cabellos sedosos y sus redondeados hombros. Se acercó más a ella y le apretó la mano, mientras con su pañuelo enjugaba las lágrimas que se deslizaban por las sonrosadas mejillas. Por fin, Tania dejó de llorar. Pero siguió quejándose de su padre, censurando su conducta hacia ella, lamentándose de la vida que llevaba en aquella casa, tratando de que Kovrin comprendiese la situación en que se hallaba. 
 
Luego, poco a poco, empezó a sonreír, mientras afirmaba solemnemente que Dios la había castigado dándole aquel carácter tan impulsivo. Y al fin se echó a reír como una loca, se calificó a sí misma de atolondrada e inconsecuente y salió corriendo de la habitación.

Instantes después, Kovrin se dirigió al jardín. Igor Semionovich y Tania, como si nada hubiese pasado, paseaban abrazados por el césped, comiendo pan de centeno y sal. Ambos tenían mucha hambre.

Satisfecho por su papel de intermediario pacificador, Kovrin se dirigió al parque. Mientras se hallaba sentado en un banco, oyó el ruido de un carricoche y la risa de una mujer. De inmediato pensó que aquello significaba que llegaban nuevos visitantes. 
 
Las sombras cubrieron el jardín, y a lo lejos se podía oír algo confusamente la música de un violín, las risas de las mujeres y el alborozado jolgorio de los jóvenes participantes en aquella fiesta. Estos detalles le hicieron recordar al Monje Negro, pues fue en idénticas circunstancias cuando lo vio por primera vez. ¿A qué país, a qué planeta, habría ido aquel absurdo efecto óptico?

Trató de acordarse de aquella vez en que lo vio en el campo de centeno, detrás de los pinos situados en ese instante frente a él. De repente, y precisamente de los mismos pinos, emergió un hombre de mediana estatura, que caminaba lentamente sin hacer el más mínimo ruido. Sus cabellos grises estaban descubiertos, iba vestido de negro y tenía los pies descalzos como un mendigo. Su pálido y cadavérico rostro estaba cubierto de manchas negras. 
 
Después de saludarle con una gentil inclinación de cabeza, el extranjero o mendigo se dirigió al banco y se sentó en él. Kovrin se dio cuenta de inmediato de que era el Monje Negro. Durante un instante ambos se miraron; Kovrin, asombrado, pero el monje bondadosamente, aunque con una expresión taimada y astuta en su rostro.

–Pero si es un espejismo –dijo Kovrin–, ¿cómo es que está aquí, y cómo se sienta en este banco? Esto no está de acuerdo con la leyenda.

–Es lo mismo –respondió el monje con tono suave, volviendo su rostro hacia Kovrin–. La leyenda, el espejismo, yo mismo, todo no es más que el fruto de su imaginación exaltada. Yo soy un fantasma.

–¿Es decir –respondió Kovrin– que no existe?

–Piense lo que quiera –respondió el monje, sonriendo burlonamente–. Yo existo en su imaginación, y dado que su imaginación forma parte de la Naturaleza, es evidente que yo debo existir en la Naturaleza.

–Veo que su rostro demuestra inteligencia y distinción –dijo Kovrin–. Sin embargo, tengo la extraña impresión de que usted ha vivido más de mil años. No creía que mi imaginación fuera capaz de crear tal fenómeno. ¿Por qué me mira con tanto arrobamiento? ¿Acaso está satisfecho de haberme encontrado? ¿Le agrada mi persona?

–Sí; ya que es uno de los pocos a los que se puede llamar con toda justicia «un elegido de Dios». Usted siempre sirve y obedece a la verdad eterna. Sus pensamientos, sus intenciones, su elevada formación científica, su vida entera están marcados con el sello de la divinidad, una impronta celestial. Estas características están reservadas a lo racional y hermoso, es decir, al Eterno.

–Se refiere usted a la verdad eterna. Por consiguiente, ¿puede ser accesible y necesaria la verdad eterna para los hombres si no existe la vida eterna?

–Existe una vida eterna –respondió el monje.

–Por la forma en que me habla veo que cree en la inmortalidad de los hombres.

–Desde luego. A vosotros, los hombres, os espera un maravilloso y grandioso futuro. Y cuantos más hombres como usted tenga el mundo, más pronto llegará. Sin ustedes, ministros de los más altos principios, que viven libre y honradamente, la humanidad no sería nada; desarrollándose en su orden natural, debería esperar el fin de su vida terrena. 
 
-Pero usted ha acelerado en miles de años la llegada de este maravilloso futuro existente dentro del reino de la eterna verdad: y este es el grandioso servicio que ha sabido llevar a cabo. Usted lleva dentro de su ser aquella bendición de Dios que descansa sobre la gente buena, sobre los hombres de corazón limpio y puro.

–¿Y cuál es el objetivo de la vida eterna? –preguntó cada vez más intrigado Kovrin.

–El mismo que el de toda vida. La verdadera felicidad radica en el conocimiento, y la vida eterna presenta innumerables e inextinguibles fuentes de conocimientos. Fue en este sentido que Jesucristo dijo: «En la casa de mi Padre existen muchas moradas...»

–No puede hacerse una idea –respondió Kovrin– de la alegría tan grande que siento al oírle decir esas hermosas palabras.

–Me congratulo de ello.

–Sin embargo –respondió Kovrin– tengo la plena certeza de que apenas se marche, me veré atormentado por la incertidumbre en cuanto a su realidad. Usted es un fantasma, una alucinación. ¿Quiere decir que estoy físicamente enfermo, que mi estado no es normal?

–¿Y qué si lo está? Eso no debe preocuparle. Usted está enfermo porque ha sometido a una tensión excesiva sus poderes, porque ha ofrendado su salud en sacrificio a una idea, y está cerca el día en que sacrificará no solamente esto, sino también su vida. ¿Qué más puede desear? Es a lo que aspira todo ser noble y puro.

–Pero si estoy físicamente enfermo, ¿cómo puedo confiar en mí mismo?

–¿Y cómo sabe que todos los hombres geniales en quienes ha creído todo el mundo no han visto también visiones? Ser un genio es análogo a la demencia. Créame, las personas saludables y normales no son más que hombres ordinarios, vulgares, corrientes; un rebaño de ganado. Los temores a las enfermedades nerviosas, agotamiento y decrepitud sólo pueden tenerlos aquellos cuyos ideales en esta vida se basan en el presente; ese es el rebaño.

–Sin embargo –dijo Kovrin–, los romanos tenían por ideal aquello de mens sana in corpore sano.

–Todo lo que dijeron los romanos y los griegos no era verdad. Exaltaciones, aspiraciones, excitaciones, éxtasis, todas esas cosas que distinguen a los profetas, poetas y mártires de los hombres ordinarios, son incompatibles con la vida animal, es decir, con la salud física. Se lo repito, si quiere ser un hombre saludable y normal únase al rebaño.

–¡Qué extraño es que usted repita ahora cosas que yo pensé en tantas ocasiones! –dijo Kovrin–. Parece como si me hubiera estado espiando y hubiera llegado a enterarse de mis pensamientos secretos. Pero no hablemos de mí. ¿Qué me quiso decir con las palabras «verdad eterna»?

El monje no respondió. Kovrin le miró, pero no pudo ver su rostro. Sus formas se nublaron y desaparecieron; su cabeza y sus brazos se esfumaron; su cuerpo empezó a hacerse difuso, y llegó finalmente a confundirse con las sombras del crepúsculo.

–La alucinación se ha marchado –dijo riéndose Kovrin–. Es una verdadera lástima.

Volvió a la mansión, feliz y satisfecho. Lo que le había dicho el Monje Negro no sólo había halagado su amor propio, sino su espíritu, y todo su ser. ¡Qué ideal más glorioso era ser el elegido, ser ministro de la verdad eterna, poder formar en las filas de aquellos que se apresuraron durante cientos de años en entrar en el reino de Cristo, de aquellos que se sacrificaron para que la Humanidad fuese mejor, y se viera libre de pecado y de sufrimientos, el consagrarlo todo a un ideal, juventud, fuerza, salud, ¡morir por el bienestar de todos! 
 
Y cuando le vino a la mente su pasado, una vida casta y pura, consagrada completamente al trabajo, recordó todo lo que había aprendido y lo que había enseñado y, al final, tuvo que admitir que lo que le había dicho el Monje Negro no era más que la pura verdad. No, el monje aquel no había exagerado nada.

Atravesando el parque, corriendo a su encuentro, se acercaba Tania. Llevaba un vestido distinto al que le había visto la última vez.

–¿Ya regresó? –le gritó entusiasmada, pero con cierto asombro en su cristalina voz–. Estuvimos buscándole por todas partes... ¿Pero qué le ha ocurrido? –preguntó sorprendida, mirándole fijamente a los ojos, unos ojos en los que había un extraño y misterioso reflejo–. Le encuentro muy extraño.

–Estoy muy satisfecho, querida Tania –repuso Kovrin, mientras le ponía una mano sobre los hombros–. Bueno, en realidad, estoy más que satisfecho: ¡soy feliz! Tania, no encuentro las palabras exactas para decirte lo muy querida que eres para mí. Sí, Tania, estoy muy satisfecho; no puedes hacerte una idea de ello.

Besó ardorosamente sus manos, y continuó:

–Acabo de vivir los momentos más maravillosos, más felices, más encantadores de toda mi vida; algo que es imposible que pueda sucederle a un hombre sobre esta superficie terráquea... Pero no te lo puedo contar todo, ya que me tomarías por un loco, o te negarías a creerme. Deja que te hable de tu persona. Tania, te quiero. No sabes durante cuánto tiempo te he querido. El estar cerca de ti, el verte diez veces al día, ha llegado a convertirse en una necesidad para mí. No sé cómo voy a poder vivir sin ti cuando regrese a casa.

–No te creo –respondió Tania–. Estoy segura de que te olvidarás de nosotros a los dos días. Somos gente modesta, y tú eres un gran hombre.

–Estoy hablando en serio, Tania –le contestó Kovrin–. ¡Te llevaré conmigo! ¿Qué me contestas? ¿Vendrás conmigo? ¿Serás mía?

–¿Pero qué tonterías estás diciendo, Andrei? –dijo Tania, tratando de reír. Pero la risa no brotó de sus labios; en su lugar, se ruborizó. Empezó a respirar aceleradamente, y luego se puso a caminar con paso rápido por el parque–. No pienso, nunca he pensado en esto, nunca pensé que podría ocurrir esto –continuó Tania, juntando las manos como en un acto de desesperación.

Kovrin se acercó más a ella, y con aquella misma expresión extraña en su rostro, trató de convencerla, diciéndole apasionadamente:

–Yo anhelo un amor que tome posesión de todo mi ser, de toda mi alma; ¡y ese amor sólo tú puedes dármelo. ¡Soy feliz! ¡Cuán feliz soy!

Tania estaba asombrada y confusa, y no sabía qué decir. Fue tanta la emoción que le produjeron las palabras de Kovrin que parecía haber envejecido diez años. Pero Kovrin la vio más hermosa que nunca, y, arrastrado por la pasión que le dominaba, gritó como en éxtasis:

–¡Qué hermosa eres, querida Tania!

 
(CONTINUARÁ...) 

La distante - Alberto Chimal

    Cuando el Este del mundo no sabía del Oeste, hubo, en el borde del Gran Desierto, una ciudad. Se llamaba Kadur, la de Altas Paredes, por los muros enormes, de piedra y acero, que la protegían de todo ataque. Estos muros se juntaban en cuatro esquinas, que señalaban los puntos cardinales. En cada esquina se elevaba una torre. En lo más alto de cada torre había centinelas, y uno de ellos se llamaba Manek.

    No pasaba de los dieciséis. Era alto, desgarbado y tan flaco, decían, como en sus años de infancia, y en esto, como en que era retraído, torpe de trato, inseguro de su cuerpo y su alma que crecían, no era distinto de otros muchachos. Pero tenía, como un don, la mirada más larga: los ojos más agudos y poderosos que jamás hayan sido.

    No miento. Podía distinguir las gotas de lluvia en una tormenta a leguas de distancia, o reconocer la cara un hombre a más de mil trancos; si miraba al suelo, podía ver las sombras cambiantes, minúsculas de los granos de polvo, que nunca forman dos veces la misma figura; si volvía la vista a Kadur, podía encontrar en las calles a su madre, a su padre, a cualquiera de sus hermanos, y podía seguirlo desde lo alto con tal escrúpulo que era capaz de decir, más tarde, cuántos pasos había dado de un lugar a otro, por ejemplo, o cuál había sido su ánimo durante el recorrido...

    Estaba siempre en el turno de la noche y en la torre del oeste, la más cercana a las arenas. Más de una vez había dado la alerta contra los bárbaros varraky, que entonces vivían en el Desierto y anhelaban la tierra verde; más de una vez, antes que los centinelas de otras torres, había visto la llegada de las caravanas que venían del este, por entre las montañas de Urga Kan, con alimentos y mercancías para la ciudad. 

    Todos aseguraban que llegaría lejos: podría subir cuanto quisiera, decían, en la guardia de las torres, llegar a capitán, pasar incluso al ejército del rey. Pero Manek no pensaba mucho en su porvenir, y en verdad no le hubiera molestado ser siempre un vigía, porque nada le gustaba más que subir cada día a las torres. Porque el mundo, desde la altura, se ofrecía pleno a sus ojos milagrosos.

    Una noche, a poco de la puesta del sol, Manek hacía guardia en la torre con Ankar, un muchacho tan joven como él. Los dos conversaban, aunque Manek no ponía toda el alma en ello, embelesado como estaba por las estrellas: cada una marcaba un ritmo distinto con su parpadeo, y las más cercanas al horizonte, las que rozaban el Desierto, eran cubiertas y descubiertas por la arena que el aire impulsaba. 

    En ese aparecer y desaparecer, como bien sabía Manek, podía leerse la velocidad y la dirección del viento, y aun pronosticar tormentas con mucha más exactitud que con otros métodos...

    Entonces la vio, pequeña, muy lejana, alumbrada apenas por las luces de la noche.

    Era una joven, allí, en medio del Desierto.

    Estaba inmóvil, de pie, con los brazos extendidos hacia él. Se veía y no, escondida a veces por la arena, como las estrellas, pero estaba en el suelo. Su piel era morena, como la de la gente de Kadur, y se cubría con una túnica blanca.

    Por primera vez en su vida, Manek se restregó los ojos, incapaz de creer en ellos.

    Y, también por primera vez, pidió a su amigo:

    --Mira allá.

    Ankar miró, dijo:

    --No veo nada --y Manek se dio cuenta de lo tonto que había sido, porque nadie sino él podría haberla visto, así de lejos estaba.

    Pero de todos modos, cuando él mismo volvió a mirar, la joven se había ido.

    --¿Qué tengo que ver? --pidió Ankar.

    --Ya se fue --le respondió Manek--. Era una muchacha --volvió a restregarse los ojos--. Nunca había visto a nadie tan lejos...

    Ankar sólo dijo: --Si la viste, es que estaba allí --y dio la alerta: un toque de cuerno que avisaba de alguien perdido en el Desierto. De inmediato subió un capitán, para saber a dónde tenía que partir con su destacamento, y les preguntó:

    --¿Cómo es?

    --Es una mujer --respondió Manek--. Está sola, en aquella dirección, a tantas leguas como el horizonte. Su traza es de oriental. Viste de blanco, así que la luna ayudará a verla.

    El capitán permaneció callado un momento, y luego, desde lo alto, ordenó romper filas a su tropa, que esperaba abajo.

    --¿No van a ir por ella, capitán? --preguntó Ankar, indignado.

    --No es varraky --dijo Manek.

    --Tampoco es alguien a quien pueda asistir --respondió el capitán--, y les voy a decir por qué, aunque me asombra que no lo sepan ya. ¿No se cuenta aquí arriba la leyenda de la Distante, de Akundi la Maldita?

    Así les dijo, y ustedes, como Ankar y Manek, de seguro tampoco saben de esa historia, como que fue de las primeras leyendas del mundo, mucho antes del tiempo de las magas y los hechiceros, y ya en ese tiempo antiguo se estaba olvidando.

    --Hace mucho tiempo --dijo el capitán--, vivió en Kadur una joven llamada Akundi. Era muy hermosa y muy vana: despreciaba a todos y no dejaba que se le acercaran. Humillaba a quien lo intentara y se burlaba de él. Y porque su belleza era grande, muchos no querían rendirse y volvían a buscarla, una y otra vez, para ser despedidos con risas y palabras hirientes. Pero un día, un dios, un poder del mundo, llegó hasta Akundi y la alabó como ninguno, con las más hermosas palabras, con la sinceridad más grande y más clara. 

    Y Akundi sólo pensó en el goce de humillarlo, de burlar su porfía, y lo insultó como nunca había insultado a nadie. Lo llamó escoria, malnacido, lastre y viento, y le dijo que no había nacido quien pudiera pretenderla; que no sería, ciertamente, alguien como él, y que ni el mundo ni el tiempo ni el destino la harían acercarse, entretanto, a ningún otro.

    »Y él, o ella, o aquello, pues la condición de los dioses no es la de los hombres, enfureció, y en su ira la maldijo.

    »Ella vivía en la calle de Siboki. Una mañana salió, dio un paso, y fue como si hubiese dado cinco. En un instante estuvo en el mercado; al siguiente, en las alcabalas. Tuvo miedo y quiso regresar, pero cada paso, por más firme que fuera su intención, la apartaba más. Y entonces descubrió que no podía detenerse: sus pies no la obedecían, y ella daba voces pidiendo ayuda, pero nadie se atrevió a acercarse. Erró por las calles, cada vez más cerca de las murallas, como arrebatada por un espíritu. Salió de la ciudad en un grito y se internó en el desierto, sin que los varraky consiguieran alcanzarla, cada vez más rápido y más lejos, y aún está allí. Está condenada a estar lejos de todo, para siempre. Nadie puede acercársele.

    »Entiendan: quien la ve, la ve siempre en el sitio más remoto, tan lejos como alcance su mirada. Y el que no quiera respetar la maldición, el que a pesar de todo quiera buscarla, será maldito también, y no volverá jamás al lugar del que parta. Como ella, que a donde avance nunca progresa, y parece siempre en ese lugar en el que acaban las distancias, y no muere porque así lo decreta su sentencia: para que no deje de ver y sufrir la lejanía.

    El capitán refirió también la última parte de la maldición: que quien alcanzara a Akundi podría salvarla, y dar un gran don al mundo.

    --Pero esos son cuentos --sentenció--. ¿Cómo la va a alcanzar, si no puede acercársele? --y sin más se despidió y bajó de la torre.

    Ankar se puso a parlotear, como antes, lleno de maravilla por aquellas cosas que hasta entonces había ignorado, pero Manek se quedó en silencio, mirando al horizonte. Y a partir de ese día, aunque no lo admitiera ni para sí mismo, comenzó a esforzarse por ver más y más lejos. 

    Olvidó las proezas que acostumbraba hacer con cosas pequeñas o cercanas, y se concentró en contar los carros y la gente de las caravanas en cuanto las veía; en avistar a los halcones maihau, que desde su nacimiento hasta la muerte no tocan el suelo; en leer los signos de tormentas que jamás llegaban a la linde del desierto, y azotaban sólo las arenas profundas.

    Además, si hasta entonces había ignorado buena parte de la vida de sus compañeros, y nunca seguía a Ankar ni a otros en sus correrías por la ciudad, pronto comenzó a incitarlos a que lo dejaran montar guardia solo. Así, mientras ellos se divertían abajo, él se quedaba mirando, mirando siempre...

    Hasta que un día volvió a verla, tan lejos como antes, con los brazos extendidos y el rostro diminuto, casi invisible, torcido en una mueca de dolor.

    Entonces Manek supo que era verdad: que estaba viendo a Akundi la Distante, la que jamás volvería a las ciudades de los hombres, y sintió mucho miedo.

    Pero Akundi lo miró a los ojos, y levantó la mano en un saludo, y la pena en su cara desapareció, y Manek supo que ella también podía verlo. Que su mirada, por obra de la maldición, para hacer más dura su pena, era tan potente como la de él.

    Y en vez de asustarse más, de mirar hacia otro lado o marcharse corriendo como habríamos hecho casi todos, la saludó también, y allí se perdió para Kadur, para la guardia de las torres y el ejército del rey, pues a partir de entonces no dejaron de verse, todos los días sin falta, al caer la noche.

    Manek se limitó, primero, a hacerle ver que estaba allí a una hora fija: que no subía a la torre a burlarse de su desventura. Luego le sonrió y observó las sonrisas de ella. Más tarde, y tras muchas vacilaciones, comenzaron a hablar. No podían oírse, porque sus oídos no eran tan milagrosos como sus ojos, pero los dos hablaban la Lengua del Este, de la que provienen tantas de nuestros tiempos, y pronto descubrieron que podían leerse los labios si pronunciaban las palabras con cuidado. 

    Así, en silencio, sostuvieron muchas conversaciones. Hablaban de cosas sencillas: las que podían decirse dos muchachos que apenas habían vivido, pero los dos atendían con asombro a las palabras del otro. Pues a Manek lo sorprendían las historias de ella, que eran del pasado remoto y legendario, y a Akundi le parecía que él era un enviado del futuro, de un tiempo de portentos y grandes hazañas.

    --Se habla en la ciudad --decía Manek, sin que saliera sonido alguno de su boca-- de los sabios del Este. Se dice que tienen aparatos, canutos de madera, vidrios con formas extrañas, que les permiten ver tanto como yo y más aún.

    --Espero --contestaba Akundi-- que ninguna de esas cosas llegue a tus manos. Con uno de esos vidrios, tu visión me empujaría más allá del horizonte...

    --Podrías llegar a las tierras del Oeste --sugería Manek.

    --Oh, sí, al Oeste --replicaba Akundi.

    Y los dos reían, porque en ese tiempo nadie creía que hubiese algo más allá del Gran Desierto.

    --Pero cuéntame de ti --decía ella--. ¿Alguna muchacha te despide al pie de la torre?

    Y Manek respondía que no, tímidamente, y ella decía que él era aún muy joven; y él le contaba de su infancia en Kadur, y luego hablaban de los notables de la ciudad, que siempre hacían y decían las mismas cosas; de la forma cambiante de las calles, de las canciones y los cuentos en boga; de la belleza que los dos, y nadie más en el mundo, podía percibir. Y así hasta que el sol brillaba a espaldas de Manek, y lo forzaba a despedirse y bajar de la torre.

    Aquel tiempo fue de contento para él, es decir, estuvo lleno de días semejantes, de horas que se mezclaban y eran una sola. Pues no había nadie como Akundi, según pensaba, y tenía razón, pero Manek lo creía como otros lo creen de otras muchachas, aun de las más ordinarias en Kadur y en todo el Este y en el mundo.

    Y por eso, aunque al principio le pesaban las advertencias del capitán y temía ser descubierto, pronto olvidó todo cuidado. Sus ojos empujaban a Akundi y la hacían invisible para cualquier otro. Nadie sino él podía ver sus labios y sus palabras.

    Y además, se decía, no me incita al mal. Ya no es soberbia. Nunca me dice que falte a mis deberes, ni que me consagre a ella...

    Esto duró hasta una noche, muy negra, en la que Manek le vio el rostro grave y triste.

    --¿Qué sucede? --preguntó él.

    --Tengo miedo --dijo ella-- de que pase algo terrible. ¿Es propio que siempre haya dos guardias en las otras torres y sólo tú en la del oeste?

    Sorprendido, Manek la vio decir que le tenía un gran afecto, que sus conversaciones la alegraban, pero que no debían verse más. Que nadie, jamás, debía ir hacia ella. Manek repuso que nunca había salido de la ciudad y que no lo haría.

    --Temo --dijo Akundi-- que lo haya hecho tu pensamiento.

    Y Manek tuvo ese miedo, el que llega con el fin de la dicha, y dijo que no, que no deseaba sino hablar con ella, que nunca había pensado en más. Y lo dijo tantas veces, con tal calor, de modo tan terminante, que al fin él mismo se dio cuenta.

    Sí, estaba mintiendo.

    Pero tanto se afanó él en convencerla, tanto protestó su mera simpatía, tanto quiso descifrar los matices de su rostro, sus emociones como eran reveladas por los párpados, las cejas, las comisuras de la boca, que no vio a los guerreros que, mucho más cerca, ocultos por la arena y la oscuridad, se aproximaban. 

    Eran varraky, sí, y eran miles, y al principio avanzaban con cautela, en grupos pequeños, ocultándose tras las dunas por miedo a los vigías. Pero al no ser descubiertos se envalentonaron. Y comenzaron a agruparse, y llegaron hasta los muros y los tocaron. Entonces dieron su grito de guerra...

    Pero ni eso oyó Manek. Seguía pidiendo, rogando, y tuvo que sobresaltarlo el grito de un centinela de la torre del este; Manek, aturdido, sólo pudo verlo pelear contra tres varraky mientras su compañero hacía sonar el cuerno. Luego, ante el muchacho, que vio cada herida y cada gota de sangre, los dos fueron muertos por los invasores y arrojados de la torre. 

    Y de pronto hubo dos guerreros más junto al propio Manek y él mismo tuvo que pelear, y apenas pudo porque era joven, e inexperto, y porque no podía creer lo que estaba pasando. Otros centinelas llegaron hasta él, sí, y pelearon también, y arrojaron a los varraky de la torre, pero luego pasaron la noche, que fue larga como muchos días, como una pesadilla, disparando flechas, dando tajos y mandobles, gritando alertas y órdenes a los soldados que peleaban abajo, a la luz de antorchas y de incendios.

    Muchos murieron en la batalla, muchos más fueron heridos o mutilados. Buena parte de la ciudad fue destruida. Los varraky fueron rechazados, justo un día después del primer ataque, pero en los años siguientes, crecidos por la facilidad con la que habían entrado en Kadur, tratarían de invadir la ciudad muchas otras veces. A pesar de todo se proclamó la victoria. Sin embargo, la gente no tardó en preguntarse cómo había ocurrido; cómo habían logrado llegar tantos, y tan cerca, sin que nadie diera la alerta; quiénes estaban de guardia en la torre del oeste...

    En el juicio, Manek dijo la verdad, defendió a sus amigos y se echó toda la culpa. Pero el cuerpo de guardias fue condenado a prisión y azotes, en castigo a su negligencia, y Manek a la horca: por los horrores que se habían visto en la ciudad, por la muerte y la devastación, y por el espanto, más grande todavía, de que la Distante hubiese aparecido nuevamente.

    Sólo algunos sabios y legistas, después de una junta apresurada, convencieron al rey de que Manek debía vivir.

    --Por su comercio --le dijeron-- con la Distante. Mientras más tiempo esté entre nosotros, mientras más estemos con él, más dolor y pena traerá a la ciudad. Ya está maldito también.

    Así, a la noche, Manek no estuvo en su puesto, sino ante la gran puerta de la ciudad, que miraba al este. Llevaba un atado con ropa y alimentos, que sus padres le habían dado a pesar de consejos y amenazas, y nada más. Nadie lo vio partir, y las puertas fueron cerradas de prisa tras él.

    Al escucharlas, Manek entendió que en verdad no iba a volver nunca al interior de la muralla, y levantó la vista. Ante él estaban las montañas de Urga Kan, que nunca había visto desde tan poca altura, y también Akundi: delante suyo, tan lejos como el horizonte, entre las montañas. Tenía la cabeza gacha y lágrimas en los ojos.

    Pero Manek lloraba también, y echó a andar, y se alejó de Kadur con la vista fija en el camino, los dientes apretados, la espalda muy tiesa para que nadie viera su dolor.

    En los años que siguieron, Manek erró por todo el Este, pues sólo quería encontrar la paz, el olvido entre gentes que no lo conocieran. Pero a donde llegaba era visto con recelo: algo en él desagradaba a quien lo viera, lo llevaba a pensar las peores cosas... No pocas veces, Manek fue confundido con asesinos y bandoleros, y si lograba quedarse en algún sitio, vencer la desconfianza, lo perdía su fama, que siempre terminaba por alcanzarlo y era vista como un mal augurio. 

    Y si aun entonces no se marchaba de donde estuviera, si a pesar de todo era aceptado o tolerado, las madres comenzaban a abortar, o los niños a morir, o las cosechas se perdían por plagas o heladas, o los hombres guerreaban...

    Sí, la maldición existía. El día en el que Manek llegó a Calint, un gran incendio quemó bosques y gente; a su paso por Jumakhilna el Mar de Lodo se secó; cuando lo vio la sibila de Borbandes, pues él llegó hasta ella para pedirle consejo, ayuda, siquiera consuelo, cuando se vieron a los ojos la sibila dio un grito horrible, y se desmayó, y al despertar perdió por un año todos sus poderes. 

    La llegada de Manek a un lugar terminó por ser anunciada, y temida, como una invasión; las puertas de todas partes se le cerraban, y algunos hasta lo perseguían, como a una bestia, por creer que su desgracia, y el peligro para el mundo, cesarían sólo con su muerte.

    Y como llevaba su vergüenza, como quería vivir pero no hacer más daño, Manek viajó desde Sintago en el norte hasta la tierra de los iondre; fue cazado por igual en Genidor y en los páramos de Rhunga; se refugió en las Ciudades Muertas de los janr y en la estepa de Daka; durmió en las Montañas de Humo, que ya en ese tiempo ennegrecían el cielo y anticipaban la Guerra Numerosa; robó frutos en Amor, la isla prohibida del Mar del Centro; tomó agua de los pozos de Mitrish, durmió en los basureros de Yedresamma...

    A donde fuera, Akundi iba con él. Siempre estaba allí, en el horizonte, tan lejos que nadie sino Manek podía verla. Aparecía en las cimas, en la otra orilla de los lagos y los ríos caudalosos, sobre el agua de los mares; en donde el aire y el sol borraban los caminos. Y aunque no hablaba su rostro era triste, más triste aún que el día en el que Manek la había visto por primera vez.

    Y he aquí que Manek, primero, agradeció su compañía, y sintió que aliviaba su pena, pero luego la vio como un espejo: un recordatorio de su propia locura y su desgracia. Y su mirada comenzó a desviarse de ella a las ciudades, los pueblos del mundo, a los que ya no se aventuraba. Así perdió la esperanza de poder detenerse en algún sitio, y se llenó de pesadumbre.

    Y una noche en la que Akundi apareció bajo la luna, ante las aguas de un lago tan remoto que parecía la pupila de un ojo, Manek supo, no con el pensamiento sino con su alma entera, con su vientre y su pecho y su cabeza, que era verdad: que no iba a tener paz ni reposo, que avanzaría por siempre, cada vez más lejos de todo, siempre aborrecido. 

    Entonces la pesadumbre se convirtió en rabia, y Manek gritó, y le dijo a Akundi que la odiaba, que la aborrecía, que lamentaba haber nacido si en su destino estaba conocerla. Porque él también se perdería para el mundo, dijo; porque había sido maldito, sin remisión, sin esperanza, y todo por ella...

    Akundi lo miró hablar durante horas, durante la noche entera, en verdad hasta que Manek perdió la voz, por tanto hablar y gritar sin pausa, y cerró la boca.

    Entonces él la vio decir: --Manek, yo soy culpable de mi falta, pero no de la tuya.

    Manek le reprochó, él también en silencio ahora, que lo hubiese distraído.

    --¿Te distraje? --le preguntó Akundi-- Eras tú el que no callaba, el que insistía.

    Manek pensó que debía decir algo, no dejarle a ella la última palabra, y le preguntó, con saña, con toda la malicia de que era capaz, por qué había tardado tanto. Por qué para despedirse había elegido, de entre todas, aquella noche. Y Akundi calló otra vez.

    Pero al cabo le dijo por qué, y Manek deseó, como nunca antes, como nunca después lo desearía, apartarse de todo: cerrar los ojos, dormir, olvidar el mundo y su marcha. Pues Akundi murmuró, sus labios apenas se movieron, y dijo:

    --Porque mi propio pensamiento ya estaba contigo.

    Así supo Manek, como sabía de su perdición, que su propio amor lo había condenado, y que todo aquello, tal vez, era parte de su propio destino, inapelable y fijo desde siempre.

    Entonces se levantó y corrió, corrió hacia ella, con la vista fija en su cara, sin atender al camino que seguía..., loco, sí, lleno de dolor, ciego a las súplicas de Akundi que le rogaba detenerse, aceptar su suerte, no agregar a su ruina la de otros. 

    Así Manek recorrió el Este por segunda vez, sin objeto ni plan en su locura, y la muerte y el dolor lo seguían, llenando a todos de miedo.

    Pero de esto nada más puede decirse, porque aún hoy se recuerda el paso del Maldito en algunos lugares, aparejado a las leyendas más terribles y antiguas, pero Manek no lo supo nunca. Una mañana, despertó y se encontró en las montañas de Urga Kan. Ante sus ojos estaban las murallas de Kadur, más lejos estaba el Gran Desierto, y más lejos aún, entre la arena, su amada, como el primer día. La arena la cubría y la descubría, allá en el horizonte.

    Entonces Manek recobró la razón, o tal vez comprendió que su vida, si estaba en el destino, tenía una forma.

    --Akundi --murmuró.

    Ella alzó la vista y le sonrió, a pesar de todo, porque ya no estaba loco. Él dijo que la amaba, que no deseaba sino estar con ella, y que la maldición se lo impedía.

    --Así que voy a seguir caminando --dijo también.

    --¿Hacia el Desierto? --preguntó ella.

    Manek asintió, y echó a andar otra vez, y pasó cerca de Kadur, sin detenerse, ante la mirada de los vigías de las altas paredes. Nadie lo reconoció porque se había hecho un hombre, alto y delgado, enjuto como un peregrino, de rostro ceñudo y largo andar. 

    Y su alma, si alguien hubiera podido verla, si en verdad el alma tiene aspecto de cosa visible para algunos elegidos, como se dice ahora, su alma, digo, era brillante, ligera, como una llama viva: atemperada por las cenizas del pesar, pero no por la angustia.

    Y llegó al borde de la arena, lo dejó atrás, y avanzó, y siguió avanzando, y otra vez, como antes en la dicha o la congoja, los días se acumularon y se confundieron, porque Manek no se detuvo y fue, fue, fue cada vez más lejos, y empujaba a Akundi con su vista, porque ella siempre estaba allá, lejos, junto con las estrellas y las tormentas. 

    Alguna vez Manek pensó que ella tampoco volvería nunca, ni sería vista más, porque nadie habría después de él con la vista prodigiosa que haría falta para verla allá, tan lejos. Pero ella no decía nada, y Manek siguió adelante, y llegó más allá que nadie antes que él.

    Lo supo una mañana: sus piernas se negaron a sostenerlo, cayó de rodillas, y mientras reposaba, pensando que no debía faltarle mucho, se atrevió a mirar atrás. Y vio que, desde aquel lugar no se veían las tierras del Este. No se veía Kadur. Aun ante sus ojos portentosos sólo había arena y cielo. Estaba en el centro mismo del Desierto, o tal vez, así lo pensó, porque el cansancio y el calor le abrasaban el cuerpo y la cabeza, en un mundo que era todo Desierto, sin señales ni caminos ni fin. Un lugar en el que cualquier punto era igualmente cercano, igualmente lejano de todos los otros, porque en él la distancia no tenía sentido.

    Entonces volvió a mirar hacia adelante, a Akundi, y la vio.

    Y ya no estaba sobre la línea del horizonte.

    Caminaba. Sí, caminaba, hacia él, se acercaba, su figura crecía, y también el espanto de ella, y el de él, porque cada vez estaba más cerca, porque sus pasos hacían más pequeña la distancia.

    Él, como pudo, se levantó. Dio unos pasos, tropezó, volvió a levantarse.

    Y lo ayudaron unas manos suaves, morenas, que lo aferraban como si no creyeran que estuviese allí. Manek levantó su propia mano, áspera, basta, y tocó un rostro.

    Akundi puso una mano sobre la de él.

    Y su voz se oyó áspera, desmañada, porque no la había usado en mucho tiempo.

    --La maldición... --comenzó.

    Y Manek quiso decir algo, preguntar qué había pasado, qué broma o burla horrible del Desierto era aquello, o decir que no lo creía, que no podía ser, que ya estaba muerto.

    Pero poco a poco, mientras sentía en su mano la mano de ella, mientras olía el aroma de su piel, mientras procuraba dominar el estupor y la debilidad, entendió.

    Sólo quien la alcanzara podría salvarla, decía la maldición, y él la había alcanzado. Ahora, como ella, él estaba lejos de todo, para siempre.

    Sintió la arena en su boca, el sabor de la sed, y supo que no podrían salir del Desierto. Miró hacia el sol, como había hecho tantas veces al amanecer, en la torre del oeste, y como siempre tuvo que apartar la vista. Pero al hacerlo vio, ante sí, la cara de Akundi que le sonreía, y Manek pensó que había hecho bien.

    Y supo, plenamente, como antes su amor y su condena, otra verdad: que allí, ante la certeza de la muerte, conocía la paz.

    Para los que recuerden la última parte de la leyenda de Akundi, la que Manek supo de un capitán en una noche de Kadur, diré que muchos, muchos años después, el gran Ganuga, el Valiente, el Esforzado, iba por el Gran Desierto. 

    Ya conocen su misión: hallar el Oeste, que nadie había visto, en el que nadie creía, para cumplir con el designio de Ombara, la primera maga, única hija fiel de Amma, la Madre Primigenia; para encontrar la Piedra de la Noche, la perdida desde la creación del mundo, cuya falta ponía en peligro la unidad de todo lo viviente. Han oído las leyendas y los cantos.

    Pero he aquí algo que ignoran de esa gesta: que Ganuga partió como jefe de una gran expedición, bien armada y pertrechada, y sólo a la mitad del camino se quedó solo: cuando todos sus compañeros hubieron muerto o desertado de vuelta al Este. 

    Entonces Ganuga, sediento, sin comida, erró por el Desierto y estuvo a punto de morir. Pero cuando iba a dejarse caer, cuando iba a rendirse al cansancio y la oscuridad, vio lejos, tan lejos como podía ver, casi en el borde del horizonte, una luz, una luz sobre la arena, el fulgor de una estrella. Pensó que sería agua, siquiera un charco, porque no raleaba ni guiñaba como los espejismos, y reunió fuerzas de donde pudo y avanzó.

    Y al llegar a donde estaba la luz, vio que era el reflejo del sol en dos esqueletos, blanqueados por el viento y los años, abrazados.

    Primero se llenó de ira, porque le pareció un juego cruel de los dioses, o del destino, que así se burlaban de él y de su empeño. Pero luego se sintió intrigado. Los que habían sido aquellos huesos habían llegado a morir allí. Uno había sido mujer, el otro hombre, y estaban abrazados, según le pareció a Ganuga, con ternura. No con miedo, no con rabia. Se habían amado.

    Esto lo hizo pensar. Éste no es el lugar de mi muerte, se dijo, y también: Aunque yazga sólo un poco más lejos, no debo hacerlo aquí, con ellos.

    Y luego: Tengo que continuar.

    Así que levantó la cabeza, y al hacerlo vio otro reflejo, más cercano, tras una duna, y ahora sí: ahora sí era el reflejo del agua.

    Una laguna, una poza oscura y fresca rodeada de palmeras. Un oasis que acababa de aparecer, que no había estado allí un momento antes.

    Y como todos saben el origen de ese milagro, saben también, ahora, cuál el don que Manek y Akundi dieron al mundo, pues gracias a ellos Ganuga no se rindió, y no aceptó la muerte, y así pudo llegar al oasis, descansar, continuar su viaje hacia el Oeste, hacia las aventuras y fatigas que lo esperaban.

    Por eso la historia de la Distante está casi olvidada, como parte diminuta que es de la gran gesta de Ganuga. Y por eso es justo que aquel lugar: el Oasis de Mankune, en el centro mismo del Gran Desierto, se llame así, pues el nombre quiere decir Estrella de la Arena. Como Akundi, la amada de Manek, cuando él la observaba desde su torre en la ciudad de Kadur.