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La Reunión - Historia de la Montaña de Guerrero

Fue una noche calurosa, la luna se posaba a ras del cerro.

Dicen que en aquel momento había un profundo silencio, el viento no soplaba y los grillos cesaron. Nada de ese día auguraba buenas nuevas.

Inició todo con un aullido largo y pausado, seguido de un ulular. Uno a uno se acumularon los sonidos. Eran al menos seis animales diferentes: un lobo, un búho, un murciélago, una rana, un zorro y una coneja. Se trataba de una reunión. 

Últimamente en la zona la gente se ha
bía estado volviendo más feroz con la caza y los nahuales, preocupados, concretaron una tregua para encontrar solución al problema que les acechaba.

Se sabe que en el pueblo habitan dos tipos de nahuales: los herbívoros, que llegan a ejercer como sanadores en la comunidad, ayudando a los necesitados, y los nahuales que comen carne o espíritu. 

No importa mucho la especie a la que pertenezcan, tiene que ver más con el tipo de persona a la cual esté vinculada la bestia; una pequeña rana podría pertenecer al grupo de los que comen carne, así como un lobo podría ser un herbívoro que cura a las personas de brujería.

Comenzó la junta, el Lobo inició diciendo:

—Amigos, sé que no hay nada más raro que nosotros aquí reunidos, cada uno tiene sus ocupaciones, pero lo que hoy nos concita aquí nos pone en riesgo a todos y tenemos que llegar a un acuerdo 
 
La Rana interrumpe.

—En esta situación en que te sientes amenazado vienes corriendo a hablarnos suave y tranquilo, no es más que un engaño de tu parte para salvar tu pellejo; te haces el bueno curando, pero bien que cobras caro todo lo que haces, siempre nos complicas los trabajos y casi nos dejas morir de hambre por conseguir curar a todas las personas, entiende que no todos están destinados a ser sanados.

El Lobo gruñe mientras le
dirige una mirada penetrante y responde:

—No me vengas con eso, yo solo he querido el bien de la gente.

—Ya, ya, ¡silencio! —exclamó el Búho—. Rana, debes comprender la situación, todos tenemos cola que nos pisen, pero también lo que ha dicho el lobo es verdadero, no podemos seguir perdiendo tiempo; todos aquí sabemos que tú te has liado con el Murciélago y el Zorro, ya no podemos seguir ocultando sus negocios, cada vez nos tienen menos respeto y nos cazan sin medida, todo porque se han cansado de perder a sus familias. ¿Qué pueden decir en su defensa? Ustedes son el motivo principal por el que estamos aquí, hace poco un pariente de la señora Coneja falleció, su humano era un chamaquito de menos de 10 años y la última vez yo desde lo alto lo miré con el Zorro.

El Zorro, exaltado, se proclamó:

—A mí no me metas en tus delirios, viejo búho, que tú no eres nadie para venir a sermonear; yo bien recuerdo que hace no mucho, para salvar la vida de un muchacho, terminaste robando la fertilidad de su madre y sin avisarle cambiaste el destino del hijo que tenía en su vientre por el de su hermano enfermo, todo para poder cobrar tu pago.

—Eso no es verdad, solo hice lo que debía hacerse, el muchacho ya estaba aquí entre los vivos, la criatura en su vientre no estaba ni prevista, la madre jamás se enteró y vive feliz viendo a su niño grande y fuerte —muy agitado explicó el Búho.

—Señor Búho, no se deje provocar, el Zorro solo busca alterarlo, tomemos esto de manera más seria, por favor —dijo la Coneja con una voz calmada.

—Tiene usted razón, señora Coneja, perdone mi comportamiento —respondió el Búho.

La coneja continúa:

—Muy bien, señora Rana y señor Zorro, el asunto aquí no es quién hace más o menos daño, lo que nos compete en este lugar es encontrar solución a todo este lío; es verdad lo que dijo el señor Búho, también me consta que han estado haciendo movimientos muy atrevidos con los humanos, ellos no son tan tontos como ustedes creen y ya se están cansando de la situación; aunque nuestros humanos intentan ocultar nuestro rastro, es evidente cuán diferentes somos. Si los citamos a ustedes es porque tienen mayor edad y experiencia dentro de sus miembros.

La Rana interrumpe sin reparo a la Coneja.

—Mire, señora Coneja, la madre naturaleza decide el rumbo de cada uno, hay humanos que nacieron para ser solo nuestra comida, hay un balance y aunque usted crea que nos estamos excediendo solo estamos tomando lo que nos corresponde, la gente enferma y en consiguiente muere, es el ciclo de la vida; nuestros ancestros han venido haciendo esto mismo desde tiempos inmemoriales, la gente normal piensa que nuestro papel es atroz y somos seres malvados, pero no hacemos otra cosa que seguir el curso.

De pronto, después de tanto silencio, se proclama el Murciélago con eco en su voz:

—Somos los enviados a cosechar la carne y lleva
rla al polvo, pues del polvo venimos y al polvo vamos.

La luna terminó de ocultarse y mientras dormían, un silencio penetrante heló los huesos de las personas del pueblo; los perros comenzaron a ladrar, una pelea de gatos se soltó de golpe, el sitio donde había sucedido aquella reunión quedó desierto, en penumbras.

Nada se resolvió aquel día, un par de verdades se lanzaron, pero todo quedó en el aire, la tregua había desaparecido y cada uno debía cuidar sus espaldas.

La Cosa invisible - William Hope Hodgson (Parte 2 y última)

»Me había puesto en pie en el instante en que me di cuenta de que nada se cernía sobre mí, y ahora estaba decidido a revisar el presbiterio y a comprobar si la daga se había movido. Así que abandoné el banco y salí al pasillo central, donde me detuve bruscamente, pues una repugnancia casi irresistible me impedía avanzar hacia aquella parte de la capilla. 

»Un escalofrío constante y singular me recorría la columna vertebral arriba y abajo, y un dolor sordo se apoderó de la parte inferior de la espalda, como si luchara conmigo mismo para dominar aquella repentina sensación de terror y horror. Les diré que nadie que no haya pasado por ese tipo de experiencia puede hacerse una idea del dolor físico y real que produce, consecuencia de la intensa tensión nerviosa que esos terrores sobrenaturales provocan en el sistema nervioso. Permanecí inmóvil, sintiéndome claramente enfermo. 

»Pero conseguí reponerme en cosa de medio minuto, y eché a andar, supongo que con la misma gracia que un autómata de hojalata, moviendo continuamente la linterna de izquierda a derecha y de atrás hacia delante y sobre mi cabeza. Y la mano con la que empuñaba el revólver sudaba tanto que el arma casi se me resbala. No suena muy heroico, ¿verdad? 

»Atravesé el breve presbiterio y llegué al peldaño que conducía a la pequeña puerta de la verja del presbiterio. Dirigí la luz de la linterna hacia la daga. Sí, pensé, todo está en orden. De pronto me pareció que faltaba algo, y me incliné hacia delante para mirar por encima de la verja, manteniendo la luz en alto. Mi sospecha había sido espantosamente acertada. La daga no estaba. Solo la vaina en forma de cruz seguía suspendida sobre el altar.

»Un repentino y aterrado fogonazo de la imaginación hizo que me imaginara la daga moviéndose a uno y otro lado de la capilla, como con voluntad propia, pues fuera cual fuera la fuerza que la guiaba, desde luego no era visible. Me volví hacia la izquierda para mirar aterrorizado a mi espalda, alzando la linterna para ayudar a mis ojos. En ese mismo instante recibí un tremendo golpe en el lado izquierdo del pecho, y me desplomé hacia atrás, cayendo al pasillo, mi armadura resonando con fuerza en el horrible silencio. 

»Aterricé de espaldas y me deslicé a lo largo del pulido mármol. Golpeé con el hombro izquierdo uno de los bancos de la primera fila, y eso me incorporó, medio aturdido. Luché por ponerme en pie, terriblemente mareado y dolorido, pero el miedo que me dominaba hizo que no me importara. Había perdido la linterna y el revólver, y estaba tan desorientado que no sabía dónde estaba. Agaché la cabeza y huí en la completa oscuridad para golpearme contra un banco. Salté hacia atrás, tambaleándome, me recuperé un poco y corrí al centro del pasillo, tapándome el rostro con los brazos envueltos en cota de malla. Choqué contra mi cámara, tirándola entre los bancos. Me di contra la pila bautismal y me tambaleé hacia atrás. 

»Entonces vi que estaba en la salida. Busqué enloquecido la llave en el bolsillo de la bata. La encontré y palpé febrilmente la puerta buscando la cerradura. La encontré, metí la llave, la giré, abrí la puerta de golpe y salí. Cerré de un portazo y me apoyé contra ella, jadeando, mientras volvía a palpar enloquecido buscando la cerradura, esta vez para cerrar la puerta a lo que fuera que hubiera en la capilla. Lo conseguí y empecé a palpar estúpidamente las paredes del corredor buscando el camino. Llegué al salón, y poco después a mi habitación.

»Una vez en ella, me senté un tiempo hasta calmarme y recuperar un asomo de normalidad. Algo después comencé a quitarme la armadura y vi que tanto la cota de malla como el peto habían resultado traspasados a la altura del pecho. Y de pronto comprendí que aquella cosa había buscado mi corazón.

»Me desnudé con rapidez y descubrí que la piel del pecho, encima del corazón, había recibido un corte lo bastante profundo como para que un poco de sangre me manchara la camisa, pero nada más. Y tenía todo el pecho contusionado y me dolía terriblemente. Ya imaginarán lo que habría pasado de no llevar armadura. En todo caso, lo asombroso era que no hubiera perdido el conocimiento.

»Aquella noche no me acosté, sino que me quedé sentado en el borde de la cama, pensando y esperando el alba, pues si quería ocultar que había hecho un duplicado de la llave debía arreglar el desorden de la capilla antes de que sir Alfred Jarnock entrara en ella.

»En cuanto la pálida luz de la mañana fue lo bastante intensa como para mostrarme el interior de mi habitación, bajé en silencio a la capilla. Abrí la puerta calladamente y con los nervios en tensión. La gélida luz del alba iluminaba claramente el lugar… Todo parecía envuelto en una calma espectral y ultraterrena. ¿Entienden la sensación? Esperé varios minutos en la puerta a que aumentase la luz, y supongo que mi valor. Un extraño rayo luminoso del sol naciente se filtraba por el gran ventanal de la fachada este, bañando toda la capilla con luz coloreada. Entonces hice un tremendo esfuerzo y me obligué a entrar.

»Recorrí el pasillo hasta donde había derribado mi cámara en la oscuridad. Las patas del trípode asomaban desde el interior de un banco, y esperaba encontrar la máquina hecha pedazos, pero no había sufrido más daño que la rotura del cristal en que se apoya la placa.

»Volví a colocar la cámara en la posición desde la que había tomado la última fotografía; pero retiré la placa que había expuesto con el flash y me la guardé en un bolsillo, lamentando no haber tomado otra foto cuando oí los extraños sonidos del presbiterio.

»Tras colocar la cámara fotográfica, fui al altar a recobrar la linterna y el revólver, que, como ya dije, había soltado al ser apuñalado. Encontré la linterna en el suelo, cerca del púlpito, irremediablemente deformada, con las cortinillas rotas. Debía haber seguido sujetando el revólver hasta que choqué con el banco, porque se encontraba en el suelo del pasillo, justo donde debía haber chocado con la esquina del banco. Estaba intacto.

»Tras recuperar ambos objetos, me dirigí hacia la verja del presbiterio, para ver si la daga había vuelto, o la habían devuelto, a su vaina sobre el altar. Pero antes de llegar tuve la sorpresa de descubrir la daga en el suelo del presbiterio, inmóvil y ominosa sobre el mármol pulimentado del suelo, a cosa de un metro de donde había sido golpeado. 

»Me pregunto si ustedes, si alguno de ustedes, puede comprender el nerviosismo que me asaltó al ver esa cosa. Salté hacia delante en un impulso súbito e irracional, y puse el pie sobre la daga para sujetarla allí. ¿Entienden lo que les digo? ¿De veras? Durante cosa de un minuto creo que fui incapaz de agacharme para cogerla. Cuando por fin lo hice y la tuve en las manos, se me pasó el susto, y al recuperar el raciocinio (y supongo que la luz del día) me sentí como un asno. Y esto me pareció natural, se lo aseguro. 

»Pero es que había sentido un miedo completamente desconocido para mí. ¡Y no lo digo por el mal chiste del asno! Me refiero a lo peculiar que me resultó descubrir en aquel momento un nuevo matiz o clase de miedo que hasta entonces había estado lejos de mi conocimiento o imaginación. ¿No les parece?

»Examiné minuciosamente la daga, dándole vueltas una y otra vez entre las manos, y me di cuenta de que lo hacía sin llegar a empuñarla. Era como si de un modo inconsciente me sorprendiera el que no se moviera en mis manos. Pero esa sensación desapareció. La extraña arma no presentaba signo alguno de haber apuñalado a alguien, aunque el color oscuro de la hoja era ligeramente más claro en la redondeada punta que había traspasado la armadura.

»Una vez concluí el examen de la daga, subí el peldaño del presbiterio y crucé la puertecita de la verja. A continuación, me arrodillé sobre el altar, devolví la daga a su vaina y volví a cruzar la verja, cerrando la puertecita detrás de mí y sintiéndome muy a disgusto por dejar esa horrible arma en su lugar acostumbrado. 

»Sin pararme a analizar a fondo mis sentimientos, yo diría que tenía la convicción irracional, y nada consciente, de que la probabilidad de peligro era mayor con ella en el lugar donde había estado los últimos cinco siglos que estando fuera de él. Pero cuando recuerdo el aspecto “ominoso” que parecía tener esa cosa en el suelo del presbiterio, no creo que esta sea una buena explicación. 

»Solo sé que, una vez devolví la daga a su sitio, tuve un ataque de nervios y solo me detuve a recoger la linterna de donde la había dejado, sin dejar de mirar el arma, tras lo cual me alejé a paso raudo por el pasillo y salí de ese lugar.

»Una vez cerré la puerta detrás de mí, me di cuenta de lo considerable que había sido mi tensión nerviosa. Ya no consideraba al anciano sir Alfred un hipocondríaco por tomar tantísimas precauciones con la capilla. Y de pronto me pregunté si no estaría al tanto de alguna tragedia pasada relacionada con la daga.

»Regresé a mi habitación, me lavé, me afeité y me vestí, tras lo cual leí un poco. Luego bajé la escalera y pedí al mayordomo en funciones que me preparara algunos bocadillos y una taza de café.

»Media hora más tarde me dirigía a Burtontree, caminando todo lo deprisa que podía, ya que se me había ocurrido una idea que estaba ansioso por poner en práctica. Llegué al pueblo poco antes de las ocho y media, y encontré al fotógrafo con la puerta aún cerrada. No esperé, y llamé hasta que apareció sin la bata de trabajo, claro indicio de que aún no había acabado de desayunar. Le expliqué en pocas palabras que quería usar su cuarto oscuro inmediatamente, y al instante lo puso a mi disposición.

»Había llevado conmigo la placa que había tomado con flash, y en cuanto estuve listo empecé su revelado. Pero no fue esa la placa que metí primero en la solución, sino la segunda, la que había estado en la cámara todo el tiempo que yo había esperado a oscuras. Recordarán que había dejado todo el tiempo el objetivo destapado, por lo que el presbiterio había estado, por así decirlo, bajo observación.

»Todos ustedes conocen mis experimentos con “fotografía sin luz”, o sea con luz no visible, inspirados en los trabajos que se han hecho con rayos X. Pero deben entender que, pese a intentar revelar esa placa “no expuesta”, no tenía ninguna idea clara de cuál sería el resultado, apenas la vaga esperanza de que pudiera mostrarme algo.

»Fue esa posibilidad lo que me hizo observar con el mayor interés y concentración la acción del líquido revelador sobre la placa. Por fin vi aparecer una ligera mancha negra en la parte superior, seguida de otras, indefinidas y de contornos imprecisos. Cogí el negativo y lo acerqué a la luz. Las manchas eran bastante pequeñas y prácticamente se concentraban en uno de los extremos de la placa, y, como ya he dicho, les faltaba definición. Aun así, bastaron para excitarme, por lo que volví a sumergirla en la solución.

»La observé durante varios minutos, sacándola una o dos veces para un examen más detenido, pero sin conseguir imaginarme lo que podían representar aquellas manchas, hasta que de pronto pensé que en uno o dos lugares su forma sugería la cruz de la daga. Pero eran formas tan indefinidas que me inducían a la prudencia y no dejarme impresionar en exceso por tan incómoda semejanza, aunque debo confesar que esa simple idea bastaba para suscitarme algunos escalofríos.

»Prolongué algo más el revelado, puse el negativo en el hiposulfito y empecé a trabajar con la otra placa. Se reveló sin problemas y pronto tuve un negativo bastante decente, similar en todos los aspectos (salvo en la diferencia de luz) al tomado el día anterior. Tras fijarlo y lavarlo unos minutos con agua del grifo junto al que no había estado “expuesto”, los dejé durante quince minutos en una solución de alcohol desnaturalizado, tras lo cual los llevé a la cocina del fotógrafo y los sequé en el horno.

»Mientras se secaban las placas, el fotógrafo y yo hicimos una ampliación del negativo tomado con luz de día. Luego hicimos lo mismo con los dos que acababa de revelar, lavándolos lo más deprisa posible, pues no quería dejar huellas en ellos, y los secamos con alcohol.

»Una vez hecho esto los llevé a la ventana y los examiné a fondo, empezando por el que parecía mostrar oscuras dagas en varios lugares. Pero ni siquiera la ampliación me convencía de que las marcas representaran algo anormal. Por ello la dejé a un lado, decidido a no permitir que mi imaginación viera armas en aquellos contornos indefinidos.

»Cogí las otras dos ampliaciones que, como recordarán, las dos eran del presbiterio, y empecé a compararlas. Las examiné durante algunos minutos, sin distinguir diferencia alguna en la escena captada, hasta que, de pronto, vi algo en lo que diferían. En la segunda ampliación, la del negativo tomado con flash, la daga no estaba en su vaina. Pero yo estaba seguro de que estaba enfundada minutos antes de tomar la fotografía.

»Tras aquel descubrimiento me puse a comparar las dos ampliaciones de un modo muy diferente a mi anterior examen. Le pedí al fotógrafo una regla graduada y llevé a cabo una comparación metódica y exacta de los detalles de ambas fotografías.

»De pronto tropecé con algo que me llenó de excitación. Dejé la regla, pagué al fotógrafo y abandoné la tienda, saliendo a la calle. Me llevaba las tres ampliaciones, tras enrollarlas a medida que caminaba. Tuve la suerte de encontrar un coche de punto en una esquina de aquella misma calle, con lo que no tardé en volver al castillo.

»Me apresuré a subir a mi habitación para dejar allí las fotografías, y bajé en busca de sir Alfred Jarnock, pero me encontré con el señor George Jarnock, que me dijo que su padre estaba demasiado indispuesto para levantarse, y que prefería que nadie entrase en la capilla mientras él no se levantase.

»El joven Jarnock medio se deshizo en disculpas por su padre, resaltando el hecho de que quizá sir Alfred se mostraba prudente en exceso, pero que, considerando lo sucedido, debía admitir que las precauciones estaban justificadas. También añadió que su padre se había comportado siempre así, incluso antes del horrible ataque sufrido por el mayordomo, llevando siempre la llave encima y sin permitir el acceso al lugar salvo para el servicio religioso, y para la hora diaria en que se efectuaba la limpieza antes de mediodía.

»Asentí con la cabeza a todo ello, pero, en cuanto el joven se fue, cogí mi duplicado de la llave y me dirigí a la capilla. Entré y la cerré tras de mí, y procedí a realizar algunos experimentos particularmente interesantes e incluso singulares. Todos los realicé con éxito, hasta el punto de que abandoné el lugar sumido en un estado de febril excitación. Pregunté por el señor George Jarnock, y me dirigieron al saloncito.

»—Venga conmigo —dije cuando lo encontré—. Écheme una mano, por favor. Tengo que mostrarle algo peculiar en extremo.

»Era evidente que estaba sumamente perplejo, pero me siguió enseguida. Hizo un montón de preguntas mientras caminábamos, a las cuales contesté negando con la cabeza y rogándole que esperase un poco.

»Lo conduje a la armería. Allí le sugerí que cogiera a un maniquí vestido con armadura por un lado, mientras yo lo cogía por el otro. Él asintió, aunque evidentemente extrañado, y entre los dos nos lo llevamos hasta la puerta de la capilla. 

»Cuando me vio sacar la llave y abrir, pareció aún más estupefacto, pero se contuvo, sin duda esperando una explicación por mi parte. Entramos en la capilla y cerré la puerta detrás de nosotros, tras lo cual transportamos el maniquí con su armadura hasta la puerta de la verja, donde lo dejamos descansando en la tarima circular de madera.

»—¡Atrás! —grité de repente cuando el joven Jarnock hizo ademán de abrir la puerta—. ¡Por Dios, hombre, no haga eso!

»—¿Que no haga qué? —preguntó, medio perplejo y medio irritado por mis palabras y modales.

»—Un instante —dije—. Hágase un momento a un lado y observe.

»Se apartó hacia la izquierda mientras yo cogía el maniquí entre mis brazos y lo ponía de cara al altar, de forma que quedase cerca de la puertecita. Entonces, manteniéndome bien apartado a la derecha, empujé al maniquí por detrás, para que presionara ligeramente la puerta, abriéndola. En ese mismo instante, el maniquí recibió un golpe tremendo que lo arrojó hasta el pasillo, con su armadura rebotando sonora y estruendosamente contra el pulido mármol del suelo.

»—¡Cielo santo! —exclamó el joven Jarnock, apartándose de la verja, con el rostro muy pálido.

»—Acérquese y mire esa cosa —dije, y lo conduje hasta donde había caído el maniquí, cuyas extremidades superiores aparecían curiosamente desarticuladas, en extraña contorsión.

»Me incliné sobre él y señalé con el dedo. Allí, justo en medio del peto de grueso acero, estaba clavada “la daga del dolor”.

»—¡Cielo santo! —repitió el joven Jarnock—. ¡Cielo santo! ¡Es la daga! ¡Esta cosa ha sido apuñalada del mismo modo que Bellet!

»—Sí —repliqué, y le vi echar un rápido vistazo hacia la entrada de la capilla. Pero debo hacerle justicia y decir que no se movió ni un centímetro.

»—Venga a ver cómo ha pasado —dije, y le guié de vuelta a la verja del presbiterio.

»De la pared situada a la izquierda del altar, descolgué un instrumento de hierro, largo y curiosamente adornado, muy similar a una lanza corta. Inserté la punta en un agujero situado en el poste izquierdo de la puerta de la verja. Hice fuerza hacia arriba y el poste se dividió verticalmente en dos partes y una de ellas se inclinó hacia atrás, hacia el altar, como si tuviera bisagras en la base. 

»Esa parte siguió inclinándose, dejando la otra mitad del poste todavía en pie. Seguí empujando la parte movediza y bajándola, hasta que se oyó un chasquido y una parte del suelo se deslizó a un lado, mostrando una cavidad alargada y poco profunda, que bastaba para contener esa mitad transversal del poste. Apoyé todo mi peso en la palanca y la hice entrar en el nicho. A continuación se oyó un sonido metálico, como el de algún tope moviéndose para contener el potente resorte que se había puesto en marcha.

»Luego fui a por el maniquí y, tras unos instantes de forcejeo, conseguí sacar la daga de la armadura. Coloqué la empuñadura de la antigua arma en un agujero situado en la parte superior del poste, donde encajó sin problemas con la punta hacia arriba. 

»Tras esto volví a coger mi palanca y a empujar con fuerza, haciendo descender el poste unos treinta centímetros más, hasta el fondo de la cavidad, alojándolo en ella con otro chasquido. Retiré la palanca, y la estrecha sección de suelo volvió a su primitiva posición, ocultando poste y daga, sin que se distinguiera de la superficie que lo circundaba.

»Entonces cerré la puerta de la verja y los dos nos colocamos a un lado. Cogí mi palanca y empujé la puerta con ella, abriéndola. Al instante se oyó un ruido sordo, y algo atravesó el aire con un silbido, golpeando la pared de la capilla. Era la daga. Entonces indiqué a Jarnock que la otra mitad del poste había vuelto a su lugar, adquiriendo un aspecto tan sólido como el que se encontraba a la derecha de la puerta.

»—¡Ahí la tiene! —dije, volviéndome hacia el joven y dando una palmada al montante que podía separarse en dos—. Esa es la cosa “invisible” que usaba la daga, pero ¿quién diablos es la persona que pone la trampa? —repuse mirándolo fijamente.

»—Mi padre es el único con llave —dijo—. Así que es prácticamente imposible que alguien entre a hacer nada.

»Volví a mirarlo, pues era obvio que seguía sin llegar a una conclusión.

»—Verá, señor Jarnock —dije, quizá con más brusquedad de la que debiera, considerando lo que debía decirle—, ¿está usted totalmente seguro de que sir Alfred se encuentra… mentalmente equilibrado?

»Me miró medio espantado y se ruborizó lentamente. Entonces me di cuenta de lo poco delicado que había sido con mi pregunta.

»—No… no lo sé —respondió, tras una breve pausa, y después guardó silencio, salvo por uno o dos comentarios incoherentes.

»—Diga la verdad. ¿No ha sospechado nada en alguna ocasión? No tema contármelo.

»—Bueno —respondió despacio—. Admito que a veces he pensado que padre estaba algo… algo raro. Quizá. A veces. Pero siempre he querido pensar que me equivocaba. Siempre esperé que nadie más se diera cuenta. Verá, quiero mucho al viejo.

»—Con razón —dije, tras asentir con la cabeza—. No hay ninguna necesidad de organizar un escándalo por lo sucedido. Pero deberíamos hacer algo discretamente. Sin ruido, ya sabe. Creo que usted debería tener una charla con su padre para decirle que hemos descubierto lo de esta cosa —añadí tocando el poste.

»El joven Jarnock, muy agradecido por mi consejo, me estrechó la mano con fuerza, cogió mi llave y salió de la capilla. Regresó cerca de una hora después, con aire alterado. Me dijo que mis conclusiones eran por completo acertadas. Había sido sir Alfred Jarnock quien ponía la trampa, tanto la noche en que casi muere el mayordomo como la noche de la víspera. 

»De hecho, parecía ser que hacía muchos años que el anciano señor venía poniéndola en marcha cada noche. Había conocido su existencia por un antiguo manuscrito de la biblioteca del castillo. Se había concebido y usado en eras pretéritas para proteger los cálices de oro del rito, que parece ser que se guardaban en un nicho oculto en la parte posterior del altar.

»Sir Alfred Jarnock había utilizado aquel nicho para ocultar en secreto las joyas de su esposa, que había muerto doce años antes. El joven me contó que su padre no había vuelto a ser el mismo desde entonces.

»Le mencioné que me tenía desconcertado que la noche en que alcanzó al mayordomo se hubiera dispuesto la trampa antes del servicio, pues, si le había entendido bien, su padre acostumbraba a poner la trampa a última hora de la noche para desconectarla en la mañana antes de que alguien entrase en la capilla. Él me contestó que su padre, en un momento de pérdida de memoria (por otra parte natural en su neurótico estado), debía haberla dispuesto demasiado pronto, siendo eso lo que había estado a punto de provocar una tragedia.

»Nada más puedo contarles del asunto. Por lo que pude descubrir, el anciano no está loco en el sentido popular de la palabra. Es extremadamente neurótico y ha desarrollado cierta hipocondría, probablemente debido a la impresión y la pena ocasionadas por la muerte de su esposa, lo cual lo abocó a largos años de tristes meditaciones y a un exceso de soledad y fúnebres pensamientos. De hecho, el joven Jarnock me contó que su padre a veces se pasaba horas enteras rezando en la capilla.

Carnacki acabó de hablar y se inclinó hacia delante para rellenar la pipa.

—Pero no nos ha contado cómo descubrió el secreto del poste dividido, ni todo lo demás —dije, hablando por los cuatro.

—¡Ah, eso! —replicó Carnacki, dando unas vigorosas bocanadas a la pipa—. Al comparar las fotos, descubrí que la que había tomado de día mostraba que el poste izquierdo de la puerta de la verja tenía mayor grosor que la tomada de noche con flash. Eso fue lo que me puso sobre la pista. Comprendí al momento que el fondo del asunto debía estar en algún truco mecánico, y no en algo de naturaleza sobrenatural. Examiné el poste, y el resto fue sencillo, como han visto.

Se levantó y fue hasta la repisa de la chimenea.

—Por cierto, quizá están interesados en echar un vistazo a la llamada «daga del dolor». El joven Jarnock tuvo la amabilidad de regalármela, como pequeño recuerdo de mi aventura.

Nos la pasó para que la examináramos, mientras él guardaba silencio ante el fuego, dando bocanadas a su pipa con aire meditabundo.

—Jarnock y yo hicimos lo necesario para que la trampa no volviera a funcionar —comentó al cabo de unos momentos—. Como ven, yo tengo la daga, y el viejo Bellet ya puede levantarse, así que el asunto ha podido acallarse con discreción. A pesar de todo, supongo que la capilla jamás perderá su reputación de lugar peligroso. Y ahora ya es seguro guardar en ella objetos de valor.

—Hay dos cosas que todavía no ha explicado —dije—. ¿Qué cree que fue lo que hizo aquellos sonidos metálicos cuando estaba a oscuras en la capilla? ¿Y cree que los pasos apagados eran reales, o solo imaginados, producto del cansancio y la tensión?

—No sé con seguridad a qué se debían los sonidos metálicos —replicó Carnacki—. Es algo que me tiene un tanto desconcertado. Solo se me ocurre que el resorte que hacía funcionar el poste debió «ceder» un poco, desplazándose ligeramente en su escondrijo. De suceder así, y dada la tensión que soportaba, debió hacer un ruido muy fuerte. Y cualquier sonido, por débil que sea, llega muy lejos en medio de la noche cuando uno piensa en «fantasmas». Supongo que me entienden.

—Sí —concedí—. ¿Y los otros sonidos?

—Bueno, pues lo mismo… Quiero decir que el extraordinario silencio puede explicar eso. Pudieron ser sonidos corrientes a los que no se presta atención en condiciones normales, o quizá solo imaginaciones mías. Es imposible decirlo. A mí me resultaron desagradablemente reales. En cuanto al ruido de algo reptando, estoy casi seguro de que una de las patas del trípode de mi cámara se deslizó unos centímetros, y en ese caso bien pudo hacer que se cayera la tapa del objetivo, lo cual explicaría el golpecito seco que oí a continuación.

—¿Cómo explica que la daga estuviese en su sitio, sobre el altar, la primera vez que la examinó aquella noche? —pregunté
—. ¿Cómo podía estar allí si en ese mismo momento estaba en la trampa?

—¡Ese fue mi error! —replicó Carnacki—. La daga no podía estar en la vaina, pero yo creí que sí lo estaba. Comprendan que la extraña forma en cruz de la vaina hace creer que está el arma completa. Su empuñadura sobresale muy poco de la parte superior de la vaina… ¡Todo un inconveniente para quien quiera desenvainarla con rapidez!

Asintió mientras nos miraba y bostezó, mirando entonces el reloj.

—¡Fuera todos! —dijo con tono amistoso, usando su frase habitual—. Quiero irme a la cama.

Nos levantamos, le estrechamos la mano y nos precipitamos a la noche y el silencio del camino, rumbo a nuestras casas.

La Cosa invisible - William Hope Hodgson (Parte 1)

Carnacki había regresado a Cheyne Walk, en Chelsea. Fui consciente de tan interesante hecho por la postal de redacción concisa y peculiar que releía en ese momento y por la cual se requería mi presencia en su casa no más tarde de las siete de esa misma tarde. 

Tanto yo como los demás miembros de su círculo estrictamente limitado de amigos sabíamos que el señor Carnacki había pasado en Kent las tres semanas anteriores, pero nada más. Carnacki era extravagantemente reservado y parco en palabras, y solo hablaba cuando estaba dispuesto a ello, y entonces tanto sus otros tres amigos —Jessop, Arkright, Taylor— como yo recibíamos una postal o un cable solicitando nuestra presencia. 

Ninguno se lo había perdido nunca voluntariamente, pues, tras una cena decente, Carnacki se acomodaba en su gran sillón y encendía la pipa mientras esperaba a que nos sentáramos cómodamente en nuestro asiento y lugar acostumbrado. Y entonces empezaba a hablar.

Aquella noche en concreto fui el primero en llegar y encontré a Carnacki sentado, fumando tranquilamente mientras leía el periódico. Se levantó, me estrechó la mano con firmeza, señaló una silla y volvió a sentarse, sin llegar a pronunciar palabra.

Yo por mi parte tampoco dije nada. Lo conocía demasiado bien como para importunarlo con preguntas o hablando del tiempo, por lo que cogí asiento y un cigarrillo. Entonces llegaron los otros tres, tras lo cual pasamos una hora agradable y entretenida cenando.

Una vez concluida la cena, Carnacki se acomodó en su gran sillón y, tal como he dicho que tenía por costumbre, llenó la pipa y dio unas bocanadas mientras miraba pensativo el fuego de la chimenea. Los demás nos pusimos cómodos también, cada uno a su manera. Uno o dos minutos después, Carnacki empezó a hablar, prescindiendo de comentarios preliminares y yendo sin rodeos a la historia que sabíamos que tenía que contarnos:

—Acabo de llegar de casa de sir Alfred Jarnock, en Burtontree, al sur de Kent —dijo, sin apartar la mirada del fuego—. Últimamente han tenido allí lugar sucesos extraordinarios y el señor George Jarnock, su primogénito, me envió un cable preguntándome si podía acercarme para contribuir a aclarar un poco las cosas. Así que fui.

»Al llegar, descubrí que el castillo tenía adosada una vieja capilla con una notable reputación de estar lo que popularmente se califica como “encantada”. Descubrí que se habían sentido muy orgullosos de ello, hasta que sucedió algo muy desagradable que les recordó que los fantasmas de la familia no siempre se conforman con ser meramente ornamentales, por así decirlo.

»Sé que resulta casi risible que te digan que un respetado fenómeno sobrenatural se ha vuelto inesperadamente peligroso, y más en este caso, en que el “encantamiento” era considerado poco más que un viejo mito, salvo cuando anochecía, momento en que parecía volverse más plausible.

»Pero, fuera como fuera, no cabía duda alguna de que lo que moraba en el lugar, y que podría calificarse de “esencia encantadora”, se había vuelto repentinamente peligrosa, incluso letal, pues el viejo mayordomo había estado a punto de morir una noche en la capilla, apuñalado por una peculiar daga antigua.

»De hecho, se supone popularmente que es esa daga lo que “encanta” la capilla. Al menos, dentro de la familia siempre se ha transmitido de padres a hijos que la daga atacaría al enemigo que osara aventurarse en la capilla después del anochecer. Lo cual, por supuesto, siempre se había asumido con la misma seriedad con que la gente se toma la mayoría de las historias de fantasmas, o sea como algo cuya naturaleza no es preocupantemente real. 

»Quiero decir con esto que la mayoría de la gente no se plantea si cree mucho o poco en asuntos sobrenaturales o extraños, y por lo general nunca tiene oportunidad de descubrirlo. De hecho, y como ya saben ustedes, soy tan escéptico como el que más respecto a la veracidad de las historias de fantasmas; soy lo que podría calificarse de escéptico sin prejuicios. 

»No tiendo a creer o no creer en algo “por principios”, como he descubierto que sí les sucede a muchos idiotas y, lo que es más, algunos de ellos no se avergüenzan de ufanarse de tan absurdo hecho. Considero que todos los “encantamientos” están por demostrar mientras yo no los examine en persona, y me veo obligado a admitir que noventa y nueve casos de cada cien acaban resultando ser pura farsa e imaginación. ¡Pero el centésimo! Bueno, si no fuera por ese centésimo, pocas historias podría contarles… ¿verdad?

»Por supuesto, tras el ataque al mayordomo resultó evidente que al menos “algo” había en la vieja historia de la daga, por lo que me encontré con que todo el mundo ya estaba medio convencido de que esa extraña arma antigua había atacado de verdad al mayordomo, ya fuese mediante el concurso de alguna fuerza inherente a ella, cosa que eran curiosamente incapaces de explicar, o mediante la intervención de alguna cosa o monstruo invisible del ultramundo.

»Mi considerable experiencia me decía que lo más probable era que el mayordomo hubiera sido acuchillado por algún humano tangible y cruel.

»Naturalmente, lo primero era comprobar la posibilidad de intervención humana, por lo que me dispuse a interrogar a fondo a los más enterados de la tragedia.

»El resultado de los interrogatorios me agradó y me sorprendió a la vez, pues me daba motivos para pensar que me había tropezado con una de esas “manifestaciones auténticas” extraordinariamente raras en las que participa una fuerza del más allá. O, utilizando una terminología más popular, un auténtico caso de casa encantada.

»Estos son los hechos: la noche del domingo anterior, toda la casa de sir Alfred Jarnock asistió como siempre a la misa familiar en la capilla. Verán, el párroco oficia allí dos misas cada domingo, tras cumplir con sus deberes en la iglesia pública situada a unos cinco kilómetros de distancia.

»Al final del oficio, sir Alfred Jarnock, su hijo, el señor George Jarnock, y el párroco se demoraron unos minutos charlando en la capilla, mientras el viejo mayordomo Bellet apagaba las velas.

»De pronto el párroco recordó que por la mañana se había dejado en el altar su devocionario, y pidió al mayordomo que se lo cogiera antes de apagar todas las velas.

»He resaltado especialmente esto porque es importante, dado que nos proporciona la fortuna de tener testigos de un momento extraordinario. Verán, al volverse el párroco para dirigirse a Bellet hizo que tanto sir Alfred Jarnock como su hijo miraran en dirección al mayordomo, y fue en ese preciso instante, con los tres mirando, cuando resultó apuñalado… allí mismo, ante sus ojos, completamente iluminado por las velas.

»Una vez interrogado el señor George Jarnock, quien contestó a mis preguntas en lugar de sir Alfred Jarnock, puesto que el anciano se encontraba muy nervioso y afectado por lo acaecido, y su hijo deseaba evitar en todo lo posible que reviviera la escena, decidí visitar temprano al párroco.

»Su versión fue precisa y detallada, y era evidente que había recibido la sorpresa de su vida. Me describió todo el asunto: Bellet, ante la verja del presbiterio, dirigiéndose hacia el devocionario, completamente solo; y la puñalada, “salida de la nada”, dijo; y la fuerza prodigiosa con que se asestó, que arrojó al anciano de cabeza al centro de la capilla. Fue “como la coz de un enorme caballo”, me dijo el párroco, y sus benévolos y viejos ojos brillaban ardientes e intensos al recordar lo que había presenciado y que cuestionaba todo lo que había creído hasta ese momento.

»Cuando lo dejé, reanudó lo que estaba escribiendo y que había dejado a un lado al llegar yo. Estoy seguro de que estaba escribiendo el primer sermón nada ortodoxo de su vida. Era un hombre entrañable y me habría gustado oírlo.

»El último a quien visité fue al mayordomo. Se encontraba terriblemente debilitado y muy nervioso, por supuesto, pero no pudo decirme nada que no indicara la presencia de alguna fuerza en la capilla. Me contó hasta el mínimo detalle la misma historia que ya me habían contado los demás. Se dirigía a apagar las velas del altar y a coger el devocionario del párroco, cuando algo lo golpeó con tremenda fuerza en el lado izquierdo del pecho y lo arrojó hacia el pasillo.

»Una vez lo examinaron se vio que había sido apuñalado por la daga que siempre pendía sobre el altar, y de la que les hablaré en un momento. Por fortuna, el arma se había clavado a unos centímetros del corazón al penetrar justo debajo de la clavícula, rompiéndola con la tremenda fuerza del impacto, para luego traspasarlo limpiamente y asomar junto a un omóplato.

»El pobre hombre no podía hablar mucho, y lo dejé enseguida, pero lo que me contó bastó para convencerme de que era indiscutible que en el momento de ser atacado no había nadie a escasos metros de él, lo cual ya me habían comunicado tres testigos fiables y responsables, además del propio Bellet.

»Tras esto, debía registrar la capilla, que es pequeña y extremadamente antigua. Es un edificio de paredes sólidas al que solo se puede acceder por una puerta dentro del mismo castillo, cuya llave se encontraba en poder de sir Alfred Jarnock, y de la que el mayordomo no tenía duplicado.

»La capilla tiene forma oblonga, con el presbiterio y el altar aislados el uno del otro por una verja. En la nave hay dos tumbas, pero ninguna en el presbiterio, que está vacío a excepción de dos altos candelabros y de la verja, más allá de la cual se encuentra el altar de mármol, desnudo a excepción de cuatro pequeños candelabros, dos a cada lado.

»Encima del altar pende la “daga del dolor”, como he sabido que la llaman. Imagino que el término proviene de un antiguo manuscrito en pergamino, que describe la daga y sus supuestas propiedades sobrenaturales. La descolgué y la examiné, minuciosa y metódicamente. La hoja tiene veinticinco centímetros de largo, con una anchura de cinco en la base, y termina en una punta redondeada pero afilada bastante peculiar. Es de doble filo.

»La vaina de metal es singular por tener una guarda que la cruza de forma perpendicular, lo cual, teniendo en cuenta que la vaina en sí continúa ascendiendo hasta cubrir de forma poco práctica parte de la empuñadura, le da una apariencia de cruz. Resulta evidente que esto es algo intencionado, por la imagen de un Cristo crucificado grabada en un lado, mientras que en el otro lado hay una inscripción en latín: “Mía es la venganza, y me la tomaré”. Una asociación de ideas extraña y terrible, como ven. La hoja de la daga tiene grabado en antiguas letras mayúsculas: “Vigilo. Ataco”. En el pomo puede verse un pentáculo.

»Esta es una descripción bastante precisa de esa antigua y peculiar arma con la curiosa e inquietante reputación de asesinar (ya sea por propia voluntad o por mano de algo invisible) a cualquier enemigo de la familia Jarnock que se aventure en la capilla después del anochecer. Puedo asegurarles aquí y ahora que, antes de irme, tuve buenos motivos para despejar algunas incógnitas, pues yo mismo probé la naturaleza letal de esa cosa.

»Pero, como supondrán, en aquel momento de la investigación yo aún estaba en el estadio en el que consideraba sin probar la existencia de una fuerza sobrenatural. Así que examiné a fondo la capilla, sondeando e inspeccionando paredes y suelo, casi decímetro a decímetro, prestando especial atención a las dos tumbas.

»Al final de este examen, cogí una escalera y examiné con detalle el techo abovedado. Pasé tres días de esta guisa y para la tarde del tercer día había comprobado a mi completa satisfacción que no había en toda la capilla un lugar en el que pudiera esconderse un ser vivo, y que la única forma de entrar y salir de la misma era por la puerta del castillo, que siempre estaba cerrada, y cuya llave guardaba el propio sir Alfred Jarnock, tal y como les he dicho. Por supuesto, con esto quiero decir que era la única entrada posible para los seres materiales.

»Pero, verán, en caso de descubrir otra entrada, fuera o no secreta, eso seguiría sin explicar de forma lógica el misterio del increíble ataque. Pues ya he dicho que el mayordomo fue atacado ante los ojos del párroco, de sir Alfred Jarnock y de su hijo. Y el propio Bellet sabía que no le había tocado ningún ser vivo… El párroco había dicho que ese acto inhumanamente brutal había “salido de la nada”. Produce escalofríos, ¿verdad?

»¡Y eso era lo que querían que yo aclarase!

»Tras meditarlo considerablemente, tracé un plan. Le propuse a sir Alfred Jarnock pasar una noche en la capilla para vigilar constantemente la daga. Al oír aquello, el viejo caballero —un hombrecillo enjuto y nervioso— se negó a seguir escuchándome. Estuve seguro de que al menos él no dudaba de que hubiera alguna fuerza sobrenatural y peligrosa rondando la capilla por las noches. 

»Me informó de que tenía por costumbre cerrar la capilla con llave, para que nadie, fuera por imprudencia o fuera por descuido, se viera afrontando cualquier peligro nocturno que pudiese albergar de noche, y que, tras lo sucedido al mayordomo, no podía permitirme hacer algo así.

»Pude ver que sir Alfred Jarnock hablaba muy en serio y que se sentiría muy culpable si me permitía tener esa experiencia y me acaecía algún daño, por lo que no le contradije. Entonces, alegando su poca salud y la fatiga de los años, me dio las buenas noches y me dejó allí, con la impresión de que era un viejo caballero muy educado, aunque bastante supersticioso.

»Pero aquella noche, cuando me desvestía, se me ocurrió el modo de conseguir mi objetivo y entrar en la capilla después de oscurecer, sin poner nervioso a sir Alfred Jarnock. A la mañana siguiente, cuando me dejaran la llave, sacaría un molde de ella y mandaría hacer un duplicado. En cuanto tuviera mi propia llave podría hacer lo que me pareciese.

»Por la mañana llevé a cabo mi idea. Pedí la llave, diciendo que quería fotografiar el presbiterio a la luz del día. Una vez hecho esto, cerré con llave la capilla y se la entregué a sir Alfred Jarnock, tras hacer antes un molde en jabón. Me llevaba la placa expuesta, con su pasador, pero dejando la cámara dentro sin recogerla, pues esa noche quería sacar una segunda fotografía del presbiterio usando el mismo encuadre.

»Fui a Burtontree con la placa y el molde en el trozo de jabón. Le dejé el jabón al ferretero local, que también hacía de cerrajero, el cual me prometió tener el duplicado listo en dos horas. Así lo hice, visitando en el intervalo a un fotógrafo con el que revelé la placa, y con quien la dejé secándose, diciéndole que pasaría a por ella al día siguiente. Al cabo de dos horas fui a por la llave, que encontré terminada a mi satisfacción. Y volví al castillo.

»Aquella noche, después de cenar, pasé un par de horas jugando al billar con el joven Jarnock. Luego tomé una taza de café y me fui a mi habitación, diciendo que me encontraba tremendamente cansado. Él asintió y me dijo que se sentía igual. Fue una alegría, pues quería que la casa se recogiera lo antes posible.

»Cerré la puerta de mi habitación y de debajo de la cama, donde las había escondido a primera hora de la tarde, saqué varias piezas de una armadura, que había cogido de la armería. También había una cota de malla, con una especie de capucha de malla para proteger la cabeza.

»Me puse algunas partes de la armadura, que encontré extremadamente incómodas, y la cota de malla encima. No sé nada de armaduras, pero por lo que pude saber luego, debí ponerme partes de dos diferentes. El caso es que me encontraba incómodo, torpe y rígido, e incapaz de mover brazos y piernas con naturalidad. Pero mis planes requerían que llevase el cuerpo protegido. Me puse la bata encima de la cota de malla y metí el revólver en un bolsillo, y el flash en el otro. En la mano llevaba una linterna sorda.

»En cuanto estuve listo, salí al pasillo central y escuché. Los preparativos me habían llevado un tiempo considerable, y para entonces el gran salón y las escaleras estaban en tinieblas y toda la casa parecía en silencio. Retrocedí y cerré mi puerta con llave. Entonces, bajé las escaleras lenta y silenciosamente hasta el salón y me metí por el pasillo que conducía a la capilla.

»Llegué a la puerta y probé con la llave. Encajó perfectamente, y un momento después me encontraba en la capilla, con la puerta cerrada a mis espaldas, envuelto por un siniestro y absoluto silencio, y el vago contorno de las coloreadas vidrieras emplomadas hacía aún más evidente la oscuridad y soledad del lugar.

»Sería una estupidez negar ahora que no estaba tranquilo. Tenía los nervios de punta. Intenten cualquiera de ustedes imaginarse allí parados en el oscuro silencio, recordando no solo la leyenda que acompañaba al lugar, sino lo que le había ocurrido al viejo mayordomo no hacía tanto. Puedo decirles que, estando allí, me era fácil creer que en el aire de la capilla pudiera haber algo invisible cerniéndose sobre mí. Pero pensaba llegar al fondo del asunto, así que me aferré al poco valor que tenía y me puse manos a la obra.

»Lo primero que hice fue encender la linterna, y recorrer cuidadosamente el lugar, examinando cada rincón y recoveco. No encontré nada anormal. Al llegar a la verja, alcé la linterna y alumbré la daga con ella. Seguía colgada sobre el altar, pero recuerdo que al mirarla se me pasó la palabra “ominosa” por la mente. No obstante, alejé esa idea, pues no necesitaba contribuir a la situación con pensamientos incómodos.

»Completé la ronda del lugar con una consciencia creciente de su desagradable desolación y su frío extremo; una atmósfera de lúgubre frialdad parecía envolverlo todo, y el silencio era abominable.

»Al concluir el registro me dirigí a donde había dejado la cámara enfocando al presbiterio. Saqué una placa virgen de la mochila que había dejado bajo el trípode y la inserté en la cámara, descorriendo el obturador. Destapé el objetivo, saqué el flash y apreté el disparador. Un fogonazo intenso y brillante hizo visible de golpe todo el interior de la capilla, para desaparecer a continuación con la misma rapidez. A la luz de mi linterna volví a preparar el obturador y cambié la placa fotográfica, para tener una placa lista para su exposición.

»Una vez hecho esto, cerré la linterna y me senté en uno de los bancos cercanos a mi cámara fotográfica. No podría decir qué esperaba que ocurriera, pero tenía la extraordinaria sensación, casi la convicción, de que iba a ocurrir algo extraño o terrible. Era como si lo supiese con certeza, ¿saben?

»Transcurrió una hora de absoluto silencio. Supe que fue una hora por el lejano y débil campaneo del reloj que había sobre los establos. Hacía un frío terrible, pues, como había descubierto durante mi inspección, el lugar carecía de cualquier estufa o conducto de calefacción, así que la temperatura era tan desasosegante que acompañaba a mi estado mental. Me sentía como si fuera una especie de marisco humano envuelto en hojalata y congelado en frío y desánimo. 

»De algún modo, la oscuridad que me rodeaba parecía apretarme gélidamente el rostro. No sé si alguno de ustedes ha tenido alguna vez esa sensación, pero en ese caso sabrá lo desagradablemente desconcertante que resulta. Y entonces, de pronto, tuve la horrible sensación de que algo se movía. No es que oyera algo, sino que tuve una especie de conocimiento intuitivo de que algo se había movido en la oscuridad. ¿Imaginan cómo me sentía?

»El valor me abandonó de repente. Me tapé el rostro con los brazos envueltos en cota de malla. Quería protegerlo. Tenía la súbita y desagradable sensación de que algo flotaba en la oscuridad sobre mí. ¡Eso sí que era pánico! Habría gritado de no aterrarme hacer ruido… Y entonces, de pronto, oí algo. Oí al final del pasillo central un sonido sordo y metálico, como el que haría un pie enfundado en cota de malla al pisar el suelo de piedra. Permanecí inmóvil. Luché con todas mis fuerzas para recobrar el valor. No podía apartar las manos del rostro, pero noté que recuperaba el control de mi coraje. 

»Bajé los brazos con un poderoso esfuerzo, y erguí el rostro en la oscuridad. Y les digo que me respeto por haber tenido ese gesto, ya que en ese momento creí de verdad que iba a morir. Pero, debido al lento cambio de ánimo que me ayudó a hacer ese esfuerzo, en aquel momento me afectó menos la idea de morir que la extrema cobardía que tan inesperadamente me había dominado por unos momentos.

»¿Me explico con claridad? Estoy seguro de que comprenderán que este sentimiento de respeto personal por mis actos no es en absoluto una egolatría malsana, pues no ignoro el estado de ánimo en que me hallaba. Quiero decir que ya sé que habría sido mucho más digno de mención que me hubiera descubierto el rostro solo mediante mi fuerza de voluntad, sin que mediara cambio de ánimo alguno. Pero, incluso así, sigue siendo un acto digno de respeto. Me siguen, ¿verdad?

»Y, ¿saben?, ¡al final nada me tocó! De modo que al poco tiempo ya había recuperado algo de mi estado normal, sintiéndome lo bastante calmado como para continuar con el asunto sin más desánimos.

»Yo diría que solo habían pasado unos minutos cuando, cerca del presbiterio, volví a oír el mismo ruido metálico de antes, como el de un pie calzado con cota de malla avanzando con cautela. ¡Por Júpiter! Me quedé rígido. Y entonces se me ocurrió que ese sonido podía ser la daga agitándose sobre el altar. No era una idea especialmente cuerda, dado que el ruido era demasiado fuerte y pesado para tener ese origen. Pero es comprensible que, en aquellos momentos, mi razón estuviera dispuesta a someterse a cualquier vuelo de mi imaginación. 

»Recuerdo ahora que la idea de que aquella cosa absurda pudiera animarse y atacarme no acudió a mí con un sentimiento de posibilidad o realidad, sino que pensaba de forma un tanto vaga en algún monstruo invisible del ultramundo intentando coger la daga. Recordaba cómo había descrito el viejo párroco el ataque sufrido por el mayordomo… “salido de la nada”. Y la forma en que describió la tremenda fuerza del golpe “como la coz de un enorme caballo”. Imaginarán lo agobiante del discurrir de mis pensamientos.

»Busqué la linterna a tientas, con cuidado. La encontré cerca de mí, en el banco, y descubrí la luz con un movimiento brusco y repentino. Dirigí el haz hacia el pasillo, a uno y otro lado del presbiterio, pero nada pude ver que me asustara. Me volví rápidamente y dirigí el haz luminoso a uno y otro lado de la parte trasera de la capilla, luego a uno y otro lado de mi persona, y hacia delante y detrás, hacia el techo y hacia del suelo de mármol, pero allí no había nada visible que pudiera asustarme, nada que me pusiera la carne de gallina; solo la capilla, fría y eternamente silenciosa. Ya conocen la sensación.

»Me había puesto en pie mientras proyectaba la luz por la capilla. Saqué el revólver, hice un tremendo esfuerzo de voluntad para apagar la luz y volví a sentarme en la oscuridad, para continuar con mi tenaz vigilancia.

»Me pareció que transcurrió una media hora, quizá más, sin que ningún sonido rompiese la intensa quietud. Había ido tranquilizándome, puesto que la luz de la linterna al recorrer el lugar había hecho que me sintiera a este lado de la frontera de lo normal, proporcionándome algo de ese sentimiento irracional de seguridad que consigue un niño asustado por la noche al taparse la cabeza bajo las sábanas. Esto ilustra lo ilógicos y humanos que eran mis pensamientos, puesto que ya saben ustedes que la criatura, ser o cosa que había efectuado tan extraordinario y horrendo ataque contra el viejo mayordomo debía ser invisible.

»Así que imagínenme allí, sentado en la oscuridad, entorpecido por la armadura, el revólver en una mano y la linterna en la otra, listo para abrirla. Y fue entonces, tras ese pequeño intervalo de relativo alivio tras un intenso pavor, cuando volví a encontrarme con los nervios a flor de piel, pues me pareció oír algo en alguna parte del silencio absoluto de la capilla. Escuché, tenso y envarado, con el corazón latiéndome por un instante en los oídos, y, entonces, me pareció volver a oírlo. 

»Estuve seguro de que algo se había movido al final del pasillo. Me esforcé por ver algo en la oscuridad y, mirase donde mirase, mis ojos solo me mostraron negrura en la negrura, por lo que no hice caso de lo que me revelaban pues, incluso a la escasa claridad de la vidriera del presbiterio, mis ojos me revelaron vagas sombras pasando constantemente ante ella, fantasmales y silenciosas. 

»Reinó un instante de extraño silencio, que me pareció espantoso, o así lo sentí entonces, y, de pronto, creí volver a oír un sonido, cerca de mí, y esta vez infinitamente furtivo. Era como si unos pasos largos y suaves avanzaran despacio por el pasillo central.

»¿Pueden imaginar cómo me sentí? No creo que puedan. Me quedé inmóvil, casi tanto como las efigies de piedra de las dos tumbas, y continué allí sentado, rígido. Entonces imaginé que esos pasos provenían de la capilla. Y, por unos instantes, estuve seguro de que no podía haberlos oído… de que jamás los había oído.

»Transcurrieron unos minutos particularmente largos, y mis nervios debieron calmarse un poco, pues recuerdo que fui lo bastante consciente de mis sensaciones como para darme cuenta de que me dolían los músculos de los hombros por la forma en que los había contraído allí sentado, encogido y tenso. 

»Piensen que yo seguía sintiendo un temor considerable, aunque parecía haber perdido eso que yo llamaría “sentido de peligro inminente”. El caso es que, extrañamente, sentí que tenía un respiro, una interrupción temporal de la malignidad que me rodeaba. Me resulta imposible expresar con más claridad lo que sentía, pues tampoco yo soy capaz de entenderlo con más claridad.

»Sin embargo, no quiero que me imaginen allí sentado y relajado, pues tenía tal tensión nerviosa que mi ritmo cardíaco se salía de lo normal, y el latir de la sangre resonaba en ocasiones en mis oídos, lo cual me producía la sensación de no poder oír con claridad. Una sensación terrible, sobre todo en aquellas circunstancias.

»Y yo estaba allí sentado, escuchando con cuerpo y alma, como suele decirse, cuando de pronto volví a tener la horrenda convicción de que algo agitaba el aire del lugar. La sensación me petrificó, y mi cabeza se tensó como si se me hubiera puesto todo el cuero cabelludo de punta. Aquello era tan real que hasta sentía dolor, de una forma tan peculiar como intensa; me dolía toda la cabeza. 

»Sentí el enorme impulso de volver a taparme el rostro con los brazos cubiertos de cota de malla, pero conseguí sobreponerme. De haber cedido a ese impulso, habría salido corriendo de allí. Así que continué sentado, cubierto de sudor frío (es la pura verdad), mientras un escalofrío me recorría la espalda…

»Y entonces, de pronto, volvió a parecerme oír el sonido de aquellos pasos poderosos y lentos en el pasillo, pero esta vez mucho más cercanos a mí. Hubo un horrendo pero breve silencio, durante el cual tuve la sensación de que algo enorme se inclinaba hacia mí desde el pasillo… Y entonces, a través del tronar de la sangre en mis oídos, me llegó un leve sonido desde donde estaba la cámara, un desagradable sonido como de algo reptando, seguido de un golpecito seco. 

»Tenía la linterna preparada en la mano izquierda, y la destapé, desesperado, alzándola sobre mí, pues estaba convencido de que allí había algo. Pero no vi nada. Apunté inmediatamente la luz hacia la cámara y hacia el pasillo, pero seguía sin haber nada visible. Giré sobre mí mismo, trazando a mi alrededor una gran circunferencia con el haz luminoso, iluminando aquí y allí, a uno y otro lado, pero no me mostró nada.



(CONTINUARÁ...)

Una conflagración imperfecta - Ambrose Bierce

Una mañana de junio de 1872, temprano, asesiné a mi padre, acto que me impresionó vivamente en esa época. Esto ocurrió antes de mi casamiento, cuando vivía con mis padres en Wisconsin. 

Mi padre y yo estábamos en la biblioteca de nuestra casa, dividiendo el producto de un robo que habíamos cometido esa noche. Consistía, en su mayor parte, en enseres domésticos, y la tarea de una división equitativa era dificultosa. Nos pusimos de acuerdo sobre las servilletas, toallas y cosas parecidas, y la platería se repartió casi perfectamente, pero ustedes pueden imaginar que cuando se trata de dividir una única caja de música en dos, sin que sobre nada, comienzan las dificultades. 

Fue esa caja musical la que trajo el desastre y la desgracia a nuestra familia. Si la hubiéramos dejado, mi padre podría estar vivo ahora.

Era una exquisita y hermosa obra de artesanía, incrustada de costosas maderas, curiosamente tallada. No solo podía tocar gran variedad de temas sino que también silbaba como una codorniz, ladraba como un perro, cantaba como el gallo todas las mañanas, se le diera cuerda o no, y recitaba los Diez Mandamientos. 

Fue esta última maravilla la que ganó el corazón de mi padre y lo llevó a cometer el único acto deshonroso de su vida, aunque posiblemente hubiera cometido otros si le hubiera perdonado ese: trató de ocultarme la caja aunque yo sabía muy bien que en lo que le concernía, el robo había sido llevado a cabo principalmente para conseguirla.

Mi padre tenía la caja de música escondida bajo la capa; habíamos usado capas como disfraz. Me había asegurado solemnemente que no la había tomado. Yo sabía que sí, y sabía algo que, evidentemente, él ignoraba: o sea, que la caja cantaría con la luz del día y lo traicionaría si me era posible prolongar la división de bienes hasta esa hora. 

Todo ocurrió como yo lo deseaba: cuando la luz de gas empezó a palidecer en la biblioteca y la forma de las ventanas se vio oscuramente tras las cortinas, un largo cocorocó salió de abajo de la capa del caballero, seguido de algunos compases del aria de Tannhäuser y finalizando con un sonoro clic. 

Sobre la mesa, entre nosotros, había una pequeña hacha de mano que habíamos usado para penetrar en la infortunada casa; la tomé. El anciano, viendo que ya de nada servía esconderla por más tiempo, sacó la caja de música de entre su capa y la puso sobre la mesa.

—Córtala en dos si así la prefieres —dijo—. He tratado de salvarla de la destrucción.

Era un apasionado amante de la música y tocaba la armónica con expresión y sentimiento.

Dije:

—No discuto la pureza de sus motivos: sería presunción de mi parte querer juzgar a mi padre. Pero los negocios son los negocios; voy a efectuar la disolución de nuestra sociedad a menos que usted consienta en usar en futuros robos un cascabel.

—No —dijo después de reflexionar un momento—, no, no podría hacerlo, parecería una confesión de deshonestidad. La gente diría que desconfías de mí.

No pude dejar de admirar su temple y su sensibilidad; por un momento me sentí orgulloso de él y dispuesto a disimular su falta, pero un vistazo a la enjoyada caja de música me decidió, y, como ya lo dije, saqué al anciano de este valle de lágrimas. 

Una vez hecho sentí una pizca de desasosiego. No solo era mi padre —el autor de mis días— sino que sin duda el cadáver sería descubierto. Era ya pleno día y en cualquier momento mi madre podía entrar a la biblioteca. Bajo tales circunstancias consideré que lo prudente era suprimirla también, cosa que hice. Pagué luego a todos los sirvientes y los despedí.

Esa tarde fui a ver al jefe de Policía, le conté lo que había hecho y le pedí consejo. Me hubiera resultado muy penoso que los acontecimientos tomaran estado público. Mi conducta hubiera sido unánimemente condenada y los periódicos la usarían en mi contra si alguna vez obtenía un cargo de gobierno. 

El jefe comprendió la fuerza de estos razonamientos; él era también un asesino de amplia experiencia. Después de consultar con el juez que presidía la Corte de Jurisdicción Variable me aconsejó esconder los cadáveres en una de las bibliotecas, tomar un fuerte seguro sobre la casa y quemarla. Cosa que procedí a hacer.

En la biblioteca había una estantería que mi padre comprara recientemente a un inventor chiflado y que no había llenado de libros. El mueble tenía la forma y el tamaño parecidos a esos antiguos roperos que se ven en los dormitorios que no tienen placard, pero se abría de arriba abajo como un camisón de señora. Tenía puertas de vidrio. 

Había amortajado a mis padres y ya estaban bastante rígidos como para mantenerse erectos, de modo que los puse en la biblioteca de la que había sacado los estantes. Cerré la puerta con llave y pinché unas cortinitas en las portezuelas de vidrio. El inspector de la compañía de seguros pasó media docena de veces frente al mueble sin sospechar nada.

Esa noche, después de obtener mi póliza, prendí fuego a la casa y, a través de los bosques, me dirigí a la ciudad, que distaba dos millas, en donde me las arreglé para encontrarme en el momento en que la alegría estaba en su punto más alto. Con gritos de aprehensión por la suerte de mis padres me uní a la multitud y llegué con ellos al lugar del incendio unas dos horas después de haberlo provocado. 

La ciudad entera estaba allí cuando llegué precipitadamente. La casa estaba completamente consumida, pero en el extremo del lecho de encendidas ascuas, enhiesta e incólume se veía esa biblioteca. El fuego había quemado las cortinas, dejando a la vista las puertas de vidrio, a través de las cuales la fiera luz roja iluminaba el interior. 

Allí estaba mi querido padre, «igualito a cuando vivía», y a su lado la compañera de pesares y alegrías. No tenían ni un pelo chamuscado y las vestimentas estaban intactas. Conspicuas eran las heridas de sus cabezas y gargantas, que en la prosecución de mis designios me había visto obligado a infligirles. La gente guardaba silencio como en presencia de un milagro. El espanto y el terror habían atado todas las lenguas. Yo mismo me sentía muy afectado.

Unos tres años después, cuando los acontecimientos aquí relatados se habían borrado casi de mi memoria, fui a Nueva York para ayudar a pasar algunos bonos americanos falsos. Cierto día, mirando distraídamente una mueblería, vi la réplica exacta de mi biblioteca.

—La compré por una bicoca a un inventor que abandonó el oficio, como me explicó el vendedor. Decía que era a prueba de fuego porque los poros de la madera fueron rellenados a presión hidráulica con alumbre y el vidrio está hecho de asbesto. No creo que sea realmente a prueba de fuego… se la puedo dar al precio de una biblioteca común.

—No —le dije—, si usted no puede garantizar que es a prueba de fuego, no la llevaré.

Y le di los buenos días. No la hubiera llevado a ningún precio, me despertaba recuerdos sumamente desagradables. 

El sarcófago sellado - R. Lionel Fanthorpe

El profesor Clive Duncan se limpió la frente con un enorme pañuelo de lunares rojos de proporciones verdaderamente nada académicas. Volvió a ajustarse el casco y sonrió con bondad en dirección a su hija Maureen, quien se hallaba en la proa de un bote de quilla plana que los conducía a los tres –Duncan, su hija Maureen y Abdul, el factótum– desde Ombos a Syene, hacia la primera catarata existente. El profesor consultó su mapa.

–Dentro de poco –murmuró para sí–, la isla de Elefantina estará a la vista.

Quizá la alcanzarían si remaban de firme durante un día.

Maureen miró por sobre su hombro a través de las hendiduras del toldo de papiro; la brisa parecía hacer poco o nada para suavizar aquel calor bochornoso y sofocante. Se preguntó qué estaba haciendo allí, en Egipto, y llegó a la conclusión de que la respuesta podía condensarse en una sola palabra: curiosidad.

Quería conocer el pasado de Egipto, de Siria, de Babilonia tal como fuera en los días de mayor esplendor de su historia. «Estremecimiento» quizá fuese una palabra demasiado fuerte, pensó para sí; no buscaba una emoción intensa, sino que sentía un inmenso deseo de hallar algo nuevo, algo que nadie pudiera pensar que existiese. 

La arqueología era una de esas ciencias en las que uno siempre puede estar a punto de descubrir algo realmente maravilloso e insospechado. La tragedia de la arqueología parecía ser que la especialización había aplastado los intentos de los más brillantes exponentes para absorber y abarcar este vasto campo de la investigación científico-arqueológica.

El calor y el movimiento cadencioso del toldo de papiro acabó por adormecerla, lo que habría sido un gran alivio de no ser por las moscas pegajosas y molestas. Maureen se vio obligada a sacar aquel curioso abanico de papel comprado en cierta ocasión a un artesano de Tebas y darse aire con él. 

Gracias a ello, pudo espantar las dichosas moscas y refrescar su rostro con aquella brisa artificial. Se puso a pensar otra vez en su inmenso deseo de descubrir algo nuevo, desconocido, en el maravilloso campo de la arqueología, y se adormeció. Mientras Maureen dormía, los remeros egipcios hacían avanzar el bote, Nilo arriba, en dirección a Ombos y a los misterios y secretos que detrás de él se escondían.

El profesor Duncan volvió a secarse la frente. Luego se quitó el casco y alisó sus cabellos, aquellos cabellos de indeterminado color, quemados por el sol de muchos años de estancia en el Oriente Medio. Dejó el mapa que había estado examinando y cogió un antiguo papiro. Este trataba de la historia de las religiones de las dinastías antiguas. Se puso a estudiarlo lenta y cuidadosamente. Los símbolos jeroglíficos eran tan fáciles de leer para él como lo sería un alfabeto corriente para la mayoría de los hombres.

Aquel histórico documento se refería a las principales divinidades egipcias. Hablaba de Nun, en cierta época conocido bajo el nombre de Nu, una especie de mar en el que habían sido sembradas antes de la Creación las semillas de todas las cosas existentes en este mundo. El antiguo papiro que el profesor Duncan estaba estudiando aludía a Nun como Padre de los dioses. El profesor lo estudiaba desde un punto de vista estrictamente intelectual, pues según sus conocimientos en esta materia, Nun no tenía ni templos ni adoradores. 

Luego estaba Atum, a quien se le consagró el toro. Fue una especie de cosa preexistente, algo así como un Logos creativo, pues fue lo primero que nació y el creador de todos los dioses. Más adelante, en manuscritos posteriores, su nombre se transformó en Atum-Ra. Este dios fue adorado en la mayoría de los templos sagrados durante las últimas dinastías.

El sol parecía calentar más aún, y el profesor Duncan se quedó dormido mientras el papiro caía de sus manos al suelo de la embarcación. Al tambalearse su cabeza, Abdul, que estaba situado detrás de él, se apresuró en coger una almohada y colocó sobre ella la cabeza del profesor. Sonrió inescrutablemente, cogió el papiro del suelo y lo enrolló con cuidado. 

A continuación miró a través de las hendiduras del toldo, y se puso a escuchar, con esos oídos que solo tienen aquellos hombres privilegiados que pueden percibir los sonidos maravillosos de la madre Naturaleza, descubriendo el suave murmullo de las aguas del Nilo y el dulce chocar de las ondas contra los costados de la embarcación. 

Poco a poco, el calor bochornoso y sofocante empezó a disminuir, y aunque tanto el profesor como su hija dormían, sus mentes no estaban lejos de la Leyenda de la Tumba Perdida de Ombos que los había traído a aquellas tórridas orillas altas del Nilo.

Pronto se divisó el embarcadero. La barca enfiló suave y lentamente hacia él. Los remeros dejaron de bogar, y el bote, obediente a la mano del timonel, atracó al embarcadero. Los hombres de tierra lanzaron unos cabos, y la embarcación quedó sujeta y firme. Entonces, Abdul tocó con suavidad el hombro del profesor Duncan para avisarle de que ya habían llegado. Este abrió los ojos y le miró.

–Ya hemos llegado, profesor –dijo el árabe, con voz profunda y potente, tan enigmática como el gran desierto libio que se extendía más allá.

Maureen se desperezó y abrió los ojos. El profesor Clive Duncan la ayudó a desembarcar. Abdul cogió los paquetes sin hacer ningún esfuerzo, pues se trataba de un árabe de poderosa musculatura. No había fardo, por pesado que fuese, que se le resistiera.

Las pensiones de Ombos no eran tan excelentes como para ser inscritas en una guía internacional de hostelería, pero Abdul se encargó de hallar un lugar en el pueblo donde se podía dormir y comer más o menos bien.

Al llegar a la puerta de esta «pensión», por así llamarla, se encontraron con un joven de boca sonriente y ojos tan negros como las noches en el desierto, aunque daban la impresión de mirar a todas partes, pues no permanecían fijos un solo segundo.

Había algo en aquel muchacho árabe que hizo recordar al profesor Clive Duncan la luz del sol sobre las aguas del Nilo: siempre en constante movimiento, nunca inmóvil, limitándose a moverse continuamente, con una cadencia que parecía aumentar aún más el calor. 

Al día siguiente por la mañana alquilaron tres camellos y se dirigieron a la orilla oriental del Nilo, penetrando en el desierto arábigo. Delante de ellos, a cien millas de distancia, las aguas del mar Rojo les esperaban, igual que esperaron a los israelitas unos milenios antes.

Habían recorrido unas diez o doce millas cuando Duncan volvió a consultar su mapa.

–Profesor –dijo Abdul, rompiendo aquel silencio pegajoso y sofocante que emanaba de las ardientes arenas–, ¿qué piensa de esas rocas de arena petrificada? ¿No están en el mapa secreto?

–¿Crees que pueden ser las mismas? ¿Piensas que por pura casualidad hemos acertado donde los demás, antes que nosotros, han fracasado? ¿Consideras que un descubrimiento de esta categoría e importancia puede llevarse a cabo en tan poco tiempo?

Abdul se encogió de hombros, algo decepcionado por la respuesta del profesor, y contestó:

–Solo trataba de exponerle una idea, profesor. Es usted quien decide.

–Bueno, vamos a echarles un vistazo –aprobó Duncan.

Desmontaron de los camellos y se cobijaron bajo la sombra de un gran montículo de arena. Entonces el profesor se puso a estudiar aquel mapa misterioso que había llegado a sus manos por medios asimismo extraños pocos meses antes.

–Sí, puede ser –dijo Duncan–. Examinemos ese camellón más de cerca.

Con una extraña sensación no exenta de misterio, el profesor, su hija Maureen y Abdul se dirigieron hacia la roca arenisca. Esta daba la impresión de haber sido esculpida por las manos de dioses celosos de que profanasen aquel lugar. Había grabados en ella unos signos que prohibían acercarse. Abdul rodeó la roca y luego se aproximó a Duncan y estudió nuevamente el mapa misterioso.

–Profesor, si me permite que suba –dijo Abdul–, quizá pueda ver el otro lado de las dos cumbreras y comprobar si también están grabadas.

–¿Serías capaz de ello?

Abdul se limitó a sonreír.

–Profesor, puedo subir igual que un mono a la palmera más alta de un oasis.

Maureen y su padre vieron cómo Abdul, compañero suyo en esta y muchas otras expediciones, subía con una agilidad atlética por aquella roca arenisca de cortantes filos y peligrosa inclinación. Trepó a lo alto de la misma con igual facilidad con que Duncan y Maureen hubiesen podido subirse a una silla. Para ello antes había asegurado el extremo de una cuerda en uno de los picos de la roca arenisca, mediante un lazo corredizo.

Abdul permaneció de pie al llegar a la cima como un personaje de las historias de Kipling dispuesto a tocar la trompeta y avisar al resto de la columna de caballería de que le habían tendido una emboscada, aun a riesgo de su propia vida.

La excitación que demostraba mientras movía rápidamente los brazos y hacía extraños gestos demostraba que había descubierto algo importante. Bajó de la roca y se acercó a ellos, falto de respiración, jadeante, nervioso, con los ojos brillantes como las estrellas del desierto. Luego dijo, con voz dominada por el entusiasmo:

–Profesor, las dos cumbreras del lado norte pueden ser las que indica el mapa.

Para otro hombre que no fuese Duncan, las palabras de Abdul hubieran debido ser comprobadas, pero el profesor siempre había confiado plenamente en su excelente guía y compañero de tantas expediciones arqueológicas. El profesor no era uno de esos pedantes que juzgan el nivel cultural de una persona por el color de su piel o la raza a la que pertenece. 

Clive Duncan era ya muy viejo y había viajado mucho; sabía que era auténtico aquel adagio que aseguraba que en todas las razas hay hombres buenos, malos, inteligentes e ignorantes. Abdul, para el profesor Clive Duncan, era una joya preciosa en sus investigaciones arqueológicas. Reunía dos cualidades esenciales en esta clase de expediciones: la astucia del ánade migratorio y la rapidez y la perspicacia del águila dorada.

–Sería importante y necesario que usted tratase de encontrar la entrada de esta roca arenisca, pues forzosamente debe haber una –dijo Abdul.

Duncan asintió con la cabeza.

–Resulta extraño –dijo el profesor– que el muerto haya conservado su secreto, y que ahora, después de haber investigado tantos meses en otro lado, nos encontremos frente a la solución del problema. Bueno, digamos que todo ha sido pura coincidencia.

Acto seguido se puso a meditar en silencio. Maureen se echó a reír; pero su risa era más bien un sonido raro, nada jocoso ni divertido.

–Papá –dijo Maureen–, tengo la impresión de que llevamos tantos años efectuando expediciones arqueológicas que al final has acabado por creer en todos los misterios de las religiones egipcias y ahora todos aceptamos las fuerzas y poderes sobrenaturales.

–Pues yo opino simplemente –respondió el profesor– que este es el lugar indicado en el mapa, que debemos considerarnos afortunados y que todo esto no constituye ningún misterio de fuerzas o poderes sobrenaturales, sino solo suerte, pura suerte.

–Admito –respondió su hija Maureen– que algunos de los más grandes descubrimientos han sido llevados a cabo por pura suerte y nada más que por suerte, como ocurrió con los papiros del mar Muerto.

–Exactamente –respondió su padre–. Los papiros del mar Muerto son una prueba de ello. Muchos de los grandes descubrimientos se deben al azar. Pero dime, hija mía, ¿quién podría asegurar la diferencia existente entre la suerte y «otra cosa»?

–¿Acaso quieres insinuar, querido papá, que esos descubrimientos no se deben realmente a la «suerte»? ¿Crees que existen poderes sobrenaturales que empujan y conducen a los hombres a descubrir cosas, y que luego parece que todo ha sido pura suerte?

Duncan sonrió. El profesor parecía muy viejo y sabio cuando sonreía. Su rostro se llenaba de líneas risueñas. Si su barba hubiera sido un poquito más larga, se le habría tomado fácilmente por un Papá Noel oriental, o quizá por un San Nicolás árabe.

–Bueno, dejemos de filosofar y vayamos a ver qué hay de realidad en todo esto.

Maureen y Abdul le siguieron hasta la cara norte de la cumbrera de roca arenisca.

–Estoy pensando –intervino Abdul– que los hombres que construyeron una tumba en este sitio no subieron a la cumbrera para luego descender por la hondonada. Me parece algo imposible.

–Pues pudieron hacerlo, querido Abdul –respondió el profesor Clive Duncan–, si la obra que pensaban llevar a cabo era de suma importancia. Y tú sabes perfectamente que este es nuestro caso.

Al llegar a este punto, el profesor adoptó la postura de un sabio catedrático de arqueología enseñando en un aula universitaria algo que resultaría misterioso para sus alumnos. Luego, prosiguió:

–Existían tres métodos para evitar que el contenido de una tumba sagrada fuese profanado por los ladrones del desierto. El método más corriente consistía en sellar las puertas mediante grandes masas de arena contenidas por gigantescas y pesadas rocas. Este era un método excelente, pero siempre contando con que los ladrones dispusieran de poco tiempo, ya que las tumbas importantes eran inspeccionadas con frecuencia por funcionarios faraónicos, y los ladrones corrían un gran riesgo. Luego existía el método de los laberintos, mediante el cual se construían pasajes interiores combinados de tal forma que era difícil tanto encontrar la cámara mortuoria como salir de ella una vez dentro.

–¿Y cuál era el tercer método? –preguntó Maureen, con una sonrisa en los labios, pues ella lo sabía, y su padre estaba al corriente de ello.

El profesor Duncan sonrió y repuso:

–El tercer método consistía en la defensa mecánica o física: la trampa, a simple vista inofensiva, en la cual quedaba aprisionado el profanador de la tumba. Generalmente se combinaban los tres métodos, pero el más eficaz, al menos desde el punto de vista arqueológico, era el simple encubrimiento. En efecto, un laberinto puede solucionarse tarde o temprano; recuerden ustedes a Ariadna y su ovillo de lana; las trampas pueden ser evitadas o desconectadas. Además, dicha trampa solo funcionaba una sola vez, por lo que, cuando había atrapado a su primera víctima, los demás podían entrar con impunidad en la tumba. Mas siempre existía el temor de que, una vez atrapada la primera víctima, pudiese volver a funcionar, y como los ladrones de tumbas son, por lo general, vulgares truhanes, tenían miedo, a pesar de todo. Pero el método del encubrimiento era el más seguro. Consistía en lo siguiente: se escogía un lugar apartado y solitario, y una vez que los trabajadores habían terminado de construir la tumba sagrada, se les cortaba la lengua cruelmente o, lo más corriente, se les asesinaba. Luego se borraban todos los vestigios y huellas y se tapaba y encubría la entrada. ¿Qué mejor defensa podía existir? Solo la suerte o la casualidad podían desbaratar este astuto encubrimiento; o ese poder extraño, del que antes hablábamos, sobrenatural y misterioso, que conduce a la persona afortunada directamente hasta el lugar donde se encuentra la tumba.

El profesor Duncan calló unos instantes, miró a sus compañeros, y prosiguió:

–Pero a pesar de que este último método es perfecto, siempre existía la posibilidad de que a alguien se le escapase una palabra, un simple detalle, que llegara a oídos extraños. Entonces se rompía la cadena de eslabones de estos misterios, y todas aquellas precauciones resultaban estériles. El plan de construcción de una tumba sagrada requería un plano, un mapa, trazado por la mano de un arquitecto que luego sería asesinado. Dicho mapa era escondido en un lugar inaccesible durante años, siglos o milenios. Pero un día podía llegar a las manos de algún científico, ya sea un arqueólogo, un egiptólogo, un lingüista o un historiador. Pues bien, tenemos el mapa; por eso estamos aquí. Prescindamos ahora de los medios misteriosos gracias a los cuales llegó a nuestras manos.

–Excelente conjetura –dijo Maureen.

–La conjetura es la mano derecha del científico y del investigador; la conjetura es la base, los cimientos sobre los cuales elabora su plan de trabajo, y sin la cual no se conseguiría nada en ese largo camino que conduce al progreso tecnológico e histórico.

–Ya veo que te encuentras muy filósofo en estos momentos, papá –dijo Maureen–. ¿No te queda ningún otro aforismo para nosotros?

–Ya veo que mis perlas no han sido apreciadas en su justo valor –dijo el profesor Clive Duncan, sonriendo, mientras ponía la mano sobre el hombro de su hija.

–Profesor, ¿qué es esto? –inquirió Abdul.

El guía árabe indicaba en ese instante un agujero tan pequeño como el de la guarida de una rata del desierto.

–¿Podría ser la parte superior de una gruta bloqueada con arena? –preguntó Abdul.

–Puede ser, mi querido Abdul, puede ser –respondió el profesor Duncan.

A continuación se puso a apartar la arena que cubría aquella especie de hendidura. Al cabo de unos instantes se dirigió al árabe y dijo:

–Es algo muy diferente a la entrada de la madriguera de un zorro del desierto.

–Cogeré una pala y apartaré toda esta arena, y así veremos lo que hay realmente debajo.

Abdul comenzó a sacar arena con la pala arqueológica, llevado por una especie de furia rítmica, arrojándola al aire que la arrastraba en torbellino. Continuó excavando durante más de veinte minutos. Solo había espacio suficiente en aquel boquete para un hombre, pero al cabo de cierto tiempo ya cabían dos, por lo que el profesor cogió otra pala, se introdujo en el pozo y se puso también a excavar. 

Era obvio que ambos estaban convencidos de que estaban limpiando de arena la entrada de una caverna o algo parecido. A la mente de Duncan acudió la idea de los papiros del mar Muerto, mientras trabajaba con la pala. Mas no eran pergaminos, ni ninguna otra clase de papeles o documentos lo que el profesor esperaba encontrar debajo de la tierra arenisca.

Media hora más tarde ya había sitio suficiente para que Maureen también bajara a excavar. Como ya eran tres los que trabajaban, la arena salía con más rapidez, y dos horas antes del crepúsculo, el hoyo tenía una profundidad de unos diez pies. Con inagotable energía, Abdul hundió la pala en la arena y se oyó un ruido metálico.

Abdul se sorprendió y, suponiendo que había logrado dar con la entrada de la caverna, prosiguió hincando la pala con más fuerza y entusiasmo que nunca. De inmediato el profesor y Maureen se unieron a él, y formaron una «cadena» de excavadores. Mientras Abdul sacaba la arena, el profesor la retiraba hacia atrás, y Maureen la expulsaba fuera del hondón. Minutos después quedaba al descubierto la entrada de la caverna.

Maureen se acordó entonces de las defensas establecidas por Robinson Crusoe, tan gráficamente descritas por la pluma inmortal de Daniel Defoe.

La luz era muy tenue dentro de la caverna, pues se habían distanciado algo de la entrada. Los rayos crepusculares del sol iluminaban el lado opuesto de la cumbrera. El profesor ordenó a su hija que se acercara a los camellos y buscase las lámparas eléctricas que llevaban en su carga. 

A la muchacha le costó trabajo alcanzar el lomo de la bestia, pero al fin pudo lograrlo, y regresó al lado de su padre y Abdul con dos poderosas linternas. El profesor encendió una de ellas y la sostuvo por encima de su cabeza. 

En principio, la pala de Abdul había puesto al descubierto lo que parecía ser el fondo de una caverna de roca arenisca; pero los ojos observadores de Duncan descubrieron algo más. Quizá solo fuese una mera coincidencia, pero detrás del hombro izquierdo de Abdul había unas marcas grabadas en la pared de la gruta.

–Un momento, amigos míos –dijo el profesor–; aquí hay algo muy interesante.

Se acercó a la pared de la caverna y examinó aquellas marcas. Luego se volvió hacia Abdul con una sonrisa en los labios.

–No creo que mi razonamiento deductivo sea tan grande como el de Sherlock Holmes –dijo Duncan–, pero dada la posición en que te encontrabas, y la dirección de tu paleta al remover la tierra, no creo que estas marcas en el muro las hayas hecho tú.

–No, no lo creo –respondió Abdul–. No recuerdo haber golpeado algo detrás de mí.

–Exactamente –dijo Duncan–, esa marca fue hecha por un pico primitivo egipcio. Creo que el último hombre fue enterrado en esta caverna hace unos cuatro milenios.

–Mucho tiempo, profesor –comentó Abdul–. Es mucho tiempo ese, en verdad...

Maureen se acercó sosteniendo una lámpara eléctrica. Entonces ella y su padre se aproximaron al muro y examinaron las marcas.

–Aquí hay otra –dijo Maureen–; aquí, un poco más abajo.

–Maravilloso –respondió su padre–. Esto corrobora que Abdul no las hizo.

–¿Cree usted, profesor, que esta roca es un bloque para ocultar la entrada? –preguntó Abdul.

–Lo creo –respondió Duncan.

–Entonces tendremos que removerla.

–Hay un pico en el camello –dijo Maureen.

–Excelente idea –contestó su padre.

Se trataba de un pico de acero bien templado, y en las manos musculosas e infatigables de Abdul empezó a horadar la pétrea pared. Diez minutos después se pudo remover un gran trozo de piedra, y quedó al descubierto el espacio suficiente para dejar pasar el tórax de un hombre. Abdul apartó la piedra. Maureen y su padre se subieron a ella y con sus linternas eléctricas observaron a través de aquel boquete.

–¡Una puerta! –exclamó el profesor.

Penetró por el boquete y se puso a examinar una puerta finamente esculpida según los métodos utilizados en la antigüedad en Egipto. La decoración era soberbia, tan fresca como el primer día en que el pintor la dibujara aplicando sus pigmentos a las aristas y cavidades de la roca.

–¿Puede usted interpretar lo que quieren decir estos dibujos, profesor? –preguntó Abdul.

–Algunos de ellos, sí; otros, no –respondió Duncan–. Maureen, acércate con la linterna eléctrica, y tú también, Abdul.

Ambos obedecieron.

–¿Qué significan estos dibujos? –insistió el guía árabe, que no podía contener su curiosidad.

–Está en dos escritos –respondió el profesor con calma–. El primero de ellos está en jeroglífico egipcio antiguo, y creo que es el más reciente de los dos. El segundo escrito es al parecer una traducción de otro jeroglífico de una lengua mucho más antigua.

–Nunca hasta ahora había visto unos símbolos como estos –dijo Maureen–, y sin embargo, la longitud de los dos escritos y el parecido entre ambos parece indicar una simple traducción el uno del otro.

–¿Quiere usted decir –preguntó Abdul– que esta tumba fue construida en parte por unos egipcios antiguos y... alguien más..., otra raza, otra tribu?

–Sí, y por muy raro que parezca, me estoy preguntando si este no es un escrito antiguo perteneciente a alguna tribu perdida, que pudo haber vivido en el desierto del Sáhara en los días del período neolítico. –Al llegar a este extremo, el profesor sonrió y añadió–: Ya saben ustedes que mis teorías son poco ortodoxas en este punto.

–Pero ¿qué quieren decir estos jeroglíficos? –volvió a insistir Abdul, no pudiendo reprimir más su curiosidad.

–Me temo –respondió Duncan– que se trata de la clásica advertencia que nos previene de algún peligro. Literalmente, reza lo siguiente: «Muerte para todos aquellos que profanen y violen esta tumba».

Abdul sonrió, pero su rostro ya no reflejaba la osadía de que siempre había hecho gala.

–He visto en muchas ocasiones ese tipo de advertencias –respondió Abdul–, y aunque parece una tontería, es peligroso seguir adelante.

El profesor Clive Duncan asintió con la cabeza, pero luego, ante el asombro de sus dos acompañantes, dijo:

–Sin embargo, yo intentaré entrar.

El profesor Duncan estudió las ilustraciones de la puerta con ojos de un experto en arte y de un historiador.

–Este parece ser el dios Geb –dijo suavemente, mientras deslizaba sus dedos por un dibujo indeterminado que representaba una figura semihumana–. Y esta de aquí solo puede ser la diosa Nut. El que la sostiene debe ser Shu; pero estas otras son mucho más difíciles de interpretar, pues son muy complejas.

–Pues yo he visto ilustraciones muy parecidas a estas antes –dijo Abdul.

–Sí, lo que tú has visto son unas pinturas iguales a estas en una tumba de Butehamon, existente en el museo de Turín –dijo el profesor Duncan.

Mientras tanto, Maureen observaba otros grabados y jeroglíficos.

–Este debe ser Atum –dijo ella–, sosteniendo a Pschent.

–Sí, es extraño, muy extraño –comentó su padre–. La manufactura casi parece de diferente época. Atum, en ese tipo de representación, es simbólico del Nuevo Reino, que abarca desde el año 1580 hasta aproximadamente el año 1090 antes de Jesucristo.

–¿Está usted seguro, profesor, de que no es una pintura de Khepri? –preguntó Abdul.

–Tienes muchísima razón, Abdul. Y esto complica más aún las cosas.

–Parecen ser pinturas en relieve –dijo el árabe indicando algo a la izquierda, al pie de la puerta.

–Es una copia de la cama de Osiris –informó el profesor con un tono de voz en el que se reflejaba una gran excitación–. Ustedes ya conocen el original, que fue hallado en Abidos. Muchos expertos la consideran como la verdadera tumba del dios. Nadie ha sido capaz de fijar la fecha con exactitud.

–Pues cualquier escultor que haya hecho esto conocía el original –intervino Maureen.

Su padre la miró.

–También puede que sea al revés, Maureen –respondió Duncan–, es decir, que el artista que esculpió la antigua estatua en Abidos haya visto antes esta.

–¿Quieres decir, papá, que este lugar puede servir para establecer que fue anterior a Abidos?

–No puedo asegurarlo con absoluta certeza, pero tampoco es imposible –contestó su padre–. De ser así, ello revolucionaría nuestros conceptos sobre la cronología egipcia. A decir verdad, existe una auténtica confusión de fechas entre todos estos grabados.

–¿Entramos? –preguntó Abdul.

–Sí, no veo razón para no hacerlo.

–Pero, papá, incluso en el exterior ya está oscuro, casi de noche.

–Supongo, mi querida pequeña, que no te dará miedo la oscuridad. Ya hace mucho tiempo que me acompañas en mis expediciones arqueológicas, y no creo que a estas alturas temas entrar en una cueva oscura.

–No, pero preferiría esperar la luz del día para entrar ahí –respondió su hija.

Abdul miró al uno y a la otra. Permaneció impasible. Sus labios árabes permanecieron sellados, como esperando que padre e hija llegaran a un acuerdo. Aunque también parecía hacer gala de esa astucia tan típica entre los de su raza, considerando que si se callaba y luego las cosas no salían tal como se esperaban, no se le podría culpar de nada.

–Pues yo digo que entraremos –respondió el profesor a su hija, con tono autoritario.

Duncan se mostraba a veces irascible e irritable, y en esos instantes nada ni nadie podía impedirle hacer lo que se proponía. Algunas reminiscencias de la edad escolar permanecían en la mente madura de su padre, pensó Maureen para sí.

Maureen y Abdul vieron cómo el profesor pasaba sus afilados dedos por la línea que marcaba la unión de las dos hojas de la puerta. Se oyó el clásico ruido de piedra y madera, materiales de los que estaba construida.

–Creo que estoy a punto de encontrar el mecanismo que abre la puerta –dijo el profesor, excitado–. Veo que es mucho más sencillo que el de las tumbas de Tebas; aquellas que investigamos no hace mucho tiempo, ¿no se acuerdan ya de aquella expedición arqueológica?

Clive Duncan hablaba por encima de su hombro, como si fuera consigo mismo, no esperando ninguna respuesta de sus dos acompañantes.

–Creo que aquí tenemos un pequeño problema, pero estoy seguro de que al final lo resolveré –prosiguió esta vez, sin duda alguna hablando consigo mismo–. Vamos, condenada puerta, ábrete ya de una vez. –En ese instante, la puerta pareció moverse casi una pulgada hacia dentro, pero fueron estériles los esfuerzos de Duncan para abrirla del todo.

–Déjeme intentarlo, profesor –dijo Abdul.

Solo había espacio suficiente para una sola persona, por lo que el profesor se retiró hacia atrás, dejando su sitio a Abdul.

–Ten mucho cuidado, Abdul –dijo Duncan–. Acuérdate de lo que nos ocurrió en Tebas.

–¿Es que el peso puede matar? Pero no se preocupe, tendré mucho cuidado.

La fuerza hercúlea de Abdul hizo mover la puerta, poco a poco. Cuando estuvo abierta del todo, el árabe, con suma cautela, exploró la oscuridad que se presentó ante sus ojos, al igual que uno de esos soldados del cuerpo de zapadores que avanza por un campo de minas con el detector en la mano, para localizar los posibles mortíferos aparatos antes de que la infantería avance.

Instantes después se oyó un ruido espantoso: el de una piedra al caer al suelo.

–Tenía yo razón –dijo el profesor–. Es la misma trampa que la de Tebas.

–Pues yo pensé que esta trampa sería más antigua, no tan perfeccionada como aquella.

–Lo es –respondió riendo Clive Duncan–; este sería el modelo en el que se inspiró el constructor de la tumba de Tebas. No creo que la Oficina de Registro de Patentes fuese muy exigente en aquella época.

–Pues yo creía que la originalidad era la clave para resolver los problemas que presentan los mecanismos de defensa de las tumbas –dijo Maureen.

Tras la puerta no se veía casi nada del interior. Una nube de polvo se había levantado, cual un genio hambriento, al caer la enorme piedra.

Esperaron durante unos instantes con el fin de que el aire exterior pudiera entrar y purificar el hediondo, seco y extraño olor de la tumba escondida. Cuando la atmósfera quedó lo suficientemente respirable, Abdul penetró llevando una lámpara eléctrica en la mano. El polvo se había sedimentado, pero a medida que Abdul avanzaba sus sandalias volvían a levantarlo.

Maureen y su padre se hallaban a unos pasos detrás de Abdul, uno a cada lado. Más allá de la puerta, la cámara mortuoria se alargaba en un estrecho pasadizo. Nada en sus paredes indicaba que este pasillo conducía a una cámara mortuoria. Solo unas pequeñas e insignificantes señales estaban grabadas en los muros, y, en un nicho a su izquierda, respecto a la posición en que se hallaban, había una esfinge pequeña, de mirada inescrutable.

–Parece ser una representación de Harmakhis –dijo Maureen, mientras aproximaba su lámpara a una de las figuras grabadas frente a la esfinge.

–En efecto, lo es –respondió su padre–; y esto contribuye a complicar más el enigma. Harmakhis está asociado por lo general, como ustedes ya saben, con Tutmosis IV, y el grabado se parece a la estela del sueño.

–¿A qué período corresponde eso, profesor? –preguntó intrigado el guía árabe.

–Alrededor del año 1500 antes de Jesucristo.

–Siento una sensación muy extraña –dijo Abdul–. Algo así como si ya hubiera estado aquí en otra ocasión.

–Me parece que vamos a tener mucho trabajo para solucionar este embrollo –dijo el profesor, como si no hubiese oído el comentario de Abdul.

De repente se oyó un extraño ruido detrás de ellos.

Maureen se volvió con rapidez, y enfocó su lámpara hacia allí.

–¡Papá, la puerta! ¡Rápido, la puerta!

Los tres echaron a correr hacia el lugar por donde habían entrado, el cual distaba unas veinte yardas del sitio en que se encontraban en aquel momento.

–¿Quién la cerró?

–Desde dentro no la podremos abrir –dijo el profesor–. A menos que empleemos una buena carga de dinamita, o tratemos de buscar otra salida.

Maureen se echó a reír, presa de un ataque de histeria.

–La dinamita está en los camellos, la dinamita está en los camellos –repitió como loca, con voz cada vez más nerviosa y trémula.

–Vamos, hija mía, tranquilízate, ya conseguiremos abrir de nuevo esta puerta –trató de calmarla su padre.

–No podemos salir para recoger los explosivos –insistió enloquecida, sin darse cuenta de la incongruencia de sus palabras.

El profesor le dio unas bofetadas para que volviera a recuperar el control de sus nervios.

–¡Basta, Maureen! –le gritó su padre.

Luego la abrazó y le dijo en tono cariñoso:

–Vamos, hija, tranquilízate, ya encontraremos otra salida.

–Profesor –dijo Abdul–, ¿desea usted que haga presión contra la puerta? 

–Sí, inténtalo –respondió Duncan–; a lo mejor tenemos la misma suerte que la primera vez. Aunque, bien pensado, lo lógico sería que empujáramos todos al mismo tiempo.

–Tiene razón, profesor, pero no lo veo normal; prefiero intentarlo yo solo.

–Espera un momento –le interrumpió Duncan–. Antes de gastar todas nuestras energías empujando esa pesada puerta de piedra, deberíamos tratar de localizar algún mecanismo que pueda abrirla.

–¿Cómo cree que se ha cerrado?

–Oh, no hay nada de sobrenatural en todo ello, si es eso lo que estás pensando –respondió Clive Duncan–. El mecanismo de cierre funciona a base de arena y pesas en equilibrio. Probablemente, el mero hecho de haber forzado la puerta lo ha puesto en funcionamiento.

–Entonces somos los primeros en haber sido atrapados en esta tumba –dijo Maureen.

–Ya veo lo que quieres darme a entender. No..., no creo que la tumba haya sido violada, ya que el mecanismo de cierre estaba intacto.

–¿No puede haber sido a causa de la caída de una roca?

–Oh, lo dudo mucho –respondió el profesor–. Pensar eso sería confiar demasiado en la casualidad, ¿no te parece, hija?

–Sí, probablemente es así –dijo Maureen, mientras fijaba la vista en la puerta que se había cerrado tras ellos. Solo pudo contener la terrorífica claustrofobia que se desarrolló en ella gracias al tremendo esfuerzo de voluntad que hizo.

–Debemos avanzar con sumo cuidado –dijo Duncan.

–Sí, señor –respondió obedientemente Abdul.

–Estoy pensando –dijo el profesor– que el artífice que llevó a cabo este mecanismo de cierre tan perfecto se preocupó de ello con suma astucia. Deduzco que los peligros que se nos presentarán al intentar penetrar en la cámara mortuoria serán mucho más catastróficos, por no decir mortales. Es probable que ese astuto artífice haya colocado unos mecanismos mucho más perfeccionados y efectivos, para evitar que la profanen y violen.

–Pues creo –dijo Abdul– que estamos muy cerca de ella.

La luz de las lámparas eléctricas reveló que habían llegado al final del pasadizo. A partir de aquí, el camino les conducía a una alta y embovedada cámara, a través de un pasaje cuyas paredes eran de piedras pesadas y macizas, recubiertas de extraños jeroglíficos y pinturas.

Abdul trató de penetrar en la cámara mortuoria. Apenas dio un paso y su pie se apoyó en la primera baldosa, el suelo cedió y el árabe se hundió, desapareciendo, mientras daba un horrible y escalofriante grito.

Delante del profesor y de su hija había ahora un boquete, cual si fuera la boca de una piedra carnívora.

–Abdul, Abdul –gritó el profesor–, ¿dónde estás?

No hubo ninguna respuesta. Clive Duncan sujetó a su hija para que no se moviera lo más mínimo. Luego se acercó al borde de aquel negro pozo y alumbró su interior con la linterna. Tuvo que cerrar los ojos al ver el espantoso cuadro que se ofreció a sus ojos, al comprobar el estado en que había quedado su amigo y sirviente Abdul.

–¿Qué ha sucedido? –preguntó Maureen, con la voz dominada por el espanto.

–Abdul ha muerto –dijo su padre.

Las lágrimas cubrieron el rostro de la muchacha.

–¿Cómo ha muerto?

–Prefiero no decírtelo.

–¿Me dejas que me asome y...?

–No –dijo bruscamente su padre, interrumpiéndola–. No quiero que mirada ahí abajo, hija mía. Lo hago por tu bien.

El profesor se sentó en el suelo, la espalda apoyada contra el muro y sosteniendo la cabeza entre las manos, como si tratara de borrar de su mente la espantosa escena que acababa de ver. Luego se levantó y, bordeando con sumo cuidado el pozo mortal, penetró en la primera cámara mortuoria. El suelo era sólido y firme. Después cogió la mano de su hija y la condujo hacia donde él estaba. 

Observó los jeroglíficos que cubrían las paredes de la cámara, mientras su hija permanecía junto a él. Su mente se pobló de negras sombras de desesperación al pensar que estaban encima del cuerpo muerto de Abdul y que la puerta por donde habían entrado estaba cerrada. Habría dado la mitad de su vida por verse al aire libre, bajo las estrellas del desierto. Hizo un esfuerzo tremendo y, al final, pudo controlar sus nervios y su creciente espanto.

–Este lugar está lleno de siniestras advertencias –dijo Duncan–. Nunca había visto nada semejante en toda mi vida de arqueólogo.

El profesor parecía oprimido bajo el peso del denso aire mortuorio de la tumba. En efecto, aquel lugar olía a muerte. Duncan empezó a rodear la cámara, pegado a la pared, tanteando el suelo antes de dar un paso, llevando de la mano a su hija. Llegaron al final de la primera cámara. Empujaron otra puerta y penetraron en la segunda.

–No, no se trata de la cámara mortuoria principal, sino de su antesala –dijo Duncan–. Fíjate, hija, en el mobiliario. No, no es la cámara principal.

Cuando el profesor intentó dar un paso más, se oyó algo así como el sonido de la cuerda de una lira al ser pulsada por su base; un dardo negro y ligero como una pluma agitó el aire y fue a clavarse en la espalda del profesor. Aquel dardo tenía un aspecto repugnante. 

Las rodillas de Duncan empezaron a doblarse, y Maureen tuvo que sostenerle para evitar que cayera desmayado sobre el pétreo suelo. Durante unos instantes el profesor permaneció callado, sin poder articular una sola palabra, inmóvil.

–Maureen, hija mía –dijo al fin, con la mirada extraviada en el vacío–, perdóname, lo siento mucho, la culpa ha sido mía. Perdóname.

Maureen se agachó y depositó el cuerpo de su padre sobre el suelo de la cámara mortuoria. Durante unos minutos, un terror espantoso se apoderó de ella. Luego trató de serenarse y se puso a buscar por las paredes el lugar donde podía estar escondido el mecanismo que había disparado el dardo ponzoñoso que había provocado la muerte de su padre. Al fin lo encontró, localizado en una pequeña abertura frente a ella. 

Era un mecanismo primitivo y poco ingenioso, pero horrible y mortífero dentro de su sencillez. Golpeó furiosamente con la pala aquel maldito artefacto, mientras sus gritos de desesperación y angustia resonaban como el eco contra las paredes de la antecámara. Pero, acto seguido por una extraña reacción psicológica, su desesperación, furia y angustia se transformaron en valor y coraje, en un deseo ardiente de lograr lo que ni su padre ni Abdul habían podido llevar a cabo. 

Sí, debía hacerlo como represalia: ella sola descubriría la cámara mortuoria. Sí, ella sola lo haría, para vengarse de este modo de la muerte de su padre y la del fiel sirviente Abdul. 

Lentamente, pero con decisión, avanzó por la antecámara en dirección a la cámara mortuoria. Tenía la impresión de que era empujada hacia allí por unas manos invisibles; fuerzas puramente psíquicas o fruto de su mente. Se detuvo un momento y se puso a escuchar, pero no se oía absolutamente nada. 

Otra puerta se le presentó en su camino, pero esta vez Maureen comprendió que era la última barrera, el último obstáculo entre ella y la cámara mortuoria. Respiró profundamente y contempló las pinturas de los muros. Barcos reales y tronos, dioses con cabeza de animal, y otras muchas escenas mitológicas llenaban las paredes del recinto que acababa de atravesar.

Se había despertado algo de intrepidez en ella; se había enfrentado al miedo y lo había vencido. A partir de ese momento el temor ya no parecía ejercer ninguna influencia sobre ella. La desesperación había dado paso a una firme y tenaz decisión de seguir adelante al precio que fuera, costara lo que costara; una nueva sangre parecía haber llenado su cerebro y sus venas, transformándola en otra mujer. 

Se asemejaba a ese oro que los artífices depuran una y otra vez hasta conseguir una pureza tan extraordinaria que parece ya otro metal. Sí, a partir de ahora nada podía asustarla, no tenía miedo de nada ni de nadie. 

Decididamente se dirigió hacia la puerta de entrada a la cámara mortuoria, empujó, oyó un extraño ruido producido por el moho acumulado durante siglos en los mecanismos metálicos, e instantes después estaba dentro. 

Había un olor a especias y a carne putrefacta, y en la atmósfera parecía flotar la muerte. En el centro de una gran mesa de mármol negro, decorada con piedras preciosas y objetos de arte en oro labrado, se hallaba un sarcófago sellado. Había tanta delicadeza y finura en los grabados del mismo, que, instintivamente, Maureen pensó que contenía el cuerpo de una mujer. 

Se dirigió con paso lento hacia él, mientras contemplaba, a la luz de su linterna, los jeroglíficos de las paredes. Entonces, de repente, todo el valor, todo el coraje que hasta entonces la había ayudado a penetrar con resolución en la cámara mortuoria la abandonó; mejor dicho, se transformó, igual que una muñeca al rompérsele los muelles y resortes, igual que una marioneta al cambiar la posición de las manos que mueven los hilos. 

Dirigió su mirada hacia otro sarcófago, mucho más grande que el anterior, el mayor que había visto en toda su carrera de arqueóloga investigando tumbas egipcias. Era muy ancho, pero tenía un aire de sencillez muy patente; tan simple que se parecía a aquellas cajas mortuorias pertenecientes a los jefes de las tribus preegipcias. 

Este sarcófago sellado se hallaba inclinado verticalmente contra una de las paredes de la cámara, como si fuera el guardián eterno y celoso del otro sarcófago existente en el centro y que contenía el cuerpo de una mujer –probablemente su esposa–. En efecto, a la altura de la cara, el sarcófago tenía una hendidura por la que los ojos del faraón embalsamado podían «ver» que nadie hiciera ningún daño al cuerpo de su bienamada. 

Aquella misma fuerza psíquica que había impulsado a Maureen a penetrar en la cámara mortuoria principal, también la ayudó a acercarse al sarcófago sellado. Puso la lámpara eléctrica en el suelo de forma que iluminara el sarcófago, y estudió los caracteres grabados en la madera. 

Primero observó el clásico círculo, símbolo de la eternidad; debajo del mismo se hallaba grabado un león de terroríficas mandíbulas, en un estilo escultórico que pertenecía al arte asirio-babilónico o egipcio.

No había ninguna dificultad en interpretar aquellos símbolos: «Aquí yace el eterno guardián; cuidado, gran peligro». Pero Maureen, haciendo caso omiso de esta terrible advertencia, arrancó de un golpe la tapa del sarcófago. Inmediatamente dio unos pasos hacia atrás, como impulsada por una inercia psíquica que se había sobrepuesto a su acto volitivo. 

Mas a continuación volvió a acercarse al ya descubierto sarcófago para observar el cuerpo embalsamado y cubierto de vendas desde los pies a la cabeza. Solo los ojos eran visibles. Unos ojos que brillaban con maléfico y terrorífico fuego.

¡Estaba vivo!

Algo, alguna cosa, las artes secretas del antiguo Egipto, la magia, los encantos y los poderes sobrenaturales inherentes a los mismos habían hecho que permaneciese con vida un cuerpo muerto hacía ya muchos milenios. 

De repente, sus brazos empezaron a moverse con lentitud, poco a poco, hasta llegar a la altura de sus hombros. Pero aquellos ojos de mirada ardiente y terrorífica no dejaban de mirarla ni un solo instante, mientras tanto. Súbitamente, con un gesto brusco, la momia sacó fuera uno de sus vendados brazos. 

Maureen dio un grito espantoso y echó a correr. Corrió como nunca lo había hecho en toda su vida, sin preocuparse de que podía pisar una trampa mortal. Atravesó pasadizos y más pasadizos, derribando en su loca carrera todos los objetos sagrados que encontraba a su paso. Quería huir; a cualquier sitio, adonde fuera. Todo antes que permanecer en aquella cámara mortuoria ante una momia viviente.

Pero lo verdaderamente espantoso era que, mientras ella corría enloquecida por aquellos pasajes secretos, oía a sus espaldas el caminar de unos pasos, de unos pies vendados, de alguien que la perseguía lenta pero inexorablemente. La momia, el guardián eterno, quería vengarse de aquella mujer que había violado y profanado su cámara mortuoria. 

Cuando ya creía haberse librado de su persecución, pues ya no oía aquellos pasos, se encontró ante un muro de piedra; aquel pasadizo no tenía salida, estaba atrapada, no se salvaría de la momia viviente. Esta caminaba con lentitud por el único pasaje por donde Maureen hubiera podido escapar. 

La momia parecía haberse dado cuenta de la espantosa situación de su perseguida, y no se apresuraba: avanzaba paso a paso, cada vez más cerca. La hija del profesor Duncan comprobó que había logrado arrancar las vendas que envolvían sus manos. Entonces, enloquecida, se arrojó contra la momia y empezó a golpearla con todas sus fuerzas, pero esta parecía ser tan dura como la roca arenisca de que estaba construida la tumba sagrada.

–Déjeme marchar, déjeme marchar –sollozó Maureen, pero aparentemente, sus súplicas no produjeron ningún efecto en la momia viviente. Esta la cogió en sus brazos como si fuera una pluma y se dirigió hacia la cámara mortuoria. Una vez dentro, cerró la puerta tras de sí, asegurándola con un pesado y gigantesco cerrojo. Pero ahora Maureen tenía la impresión de que en los ojos de la momia ya no se reflejaba aquella maldad y fiereza que antes viera, al arrancar la tapa de su sarcófago.

La cogió por las muñecas con aquellos dedos que parecían de madera, y la condujo solemne y pomposamente hacia el sarcófago sellado situado en el centro de la cámara mortuoria, sobre aquella mesa de mármol negro. Luego, con reverencia, al igual que un sacerdote ante el altar de una diosa, levantó la tapa del sarcófago, después de haber roto con un brusco movimiento los sellos. 

El interior de dicho sarcófago estaba adornado con bellos dibujos, y la decoración de la tapa era de esmerada calidad artística. Pero las figuras, observó Maureen, no habían sido pintadas de acuerdo con el arte tradicional utilizado en el antiguo Egipto. Daban la impresión de haber sido copiadas de la cubierta de una revista moderna de arte. Había una belleza viva en ellas. 

De repente, la momia viviente empezó a golpear aquellos dibujos, y la ira desapareció de sus ojos, dando paso a una mirada triste y decaída. Apoyó su cabeza sobre el sarcófago y empezó a emitir una especie de sonidos que parecían auténticos sollozos humanos.

Maureen se hallaba presa de una intensa emoción; no sabía qué hacer ni qué decir. Comprendió lo que eran aquellos sonidos: la momia viviente lloraba desesperadamente. Eran los sollozos de un corazón enamorado, destrozado por la muerte de su bienamada... 

Se volvió hacia Maureen y la contempló unos instantes, para luego volver a mirar el rostro dibujado en la parte interior del sarcófago. De repente, Maureen se dio cuenta de dónde había visto anteriormente aquellas facciones: las había visto reflejadas en un espejo.

La momia había dejado de sujetarla por las muñecas. Se dirigió a una mesita de madera de sándalo que seguramente había pertenecido, hacía ya muchos siglos, a su bienamada, sobre la cual había un espejo de cobre pulido. 

Maureen lo cogió, lo contempló, se miró en él y luego volvió a depositarlo cuidadosa y reverentemente, con una sensación de infinita tristeza. ¿Acaso su imaginación le estaba jugando una mala pasada, o realmente aquel espejo lo había visto antes, le era familiar?

Maureen cogió otra vez el espejo y, a la luz de la linterna eléctrica, volvió a contemplarse en él. Al estudiar con cuidado su reflejo, ya no le quedó la menor duda sobre su parecido. Empezó a sentir algo extraño dentro de sí misma. Presa de asombro, vio cómo sus cabellos cambiaban de color, dándole a su joven rostro el aspecto de una dama de la época de Cleopatra; incluso vio reflejado en su semblante el maquillaje que se utilizaba en aquella remota época. 

Entonces lo comprendió todo: su rostro, reflejado en aquel espejo de cobre, era exactamente igual al de la momia femenina encerrada en el sarcófago sellado. Sonrió, y el rostro de la muerta también lo hizo en el espejo. Luego este se empañó, Maureen ya no pudo ver nada. Lo volvió a colocar sobre la mesita de sándalo, y cuando se miró otra vez en él, unos instantes después, solo vio reflejado su rostro. 

Maureen se acercó al sarcófago y miró dentro del mismo, contemplando la momia que allí había. Después dirigió su vista hacia la momia viviente, que lloraba apoyada sobre el borde. Esta se incorporó, cogió a Maureen con sus fibrosas y fuertes manos, y la contempló con una mirada en la que se reflejaba la más profunda tristeza. 

Luego condujo a Maureen fuera de la cámara mortuoria, la hizo pasar por la antecámara donde yacía el cuerpo inerte de su padre envenenado por el dardo ponzoñoso, y, finalmente, al lugar donde estaba la trampa donde Abdul se había hundido, pereciendo en aquella horrible y negra profundidad. La condujo hacia la puerta de piedra por la que había entrado con su padre y Abdul, la que abrió de un golpe con su musculoso brazo vendado.

El sol mañanero acababa de salir, y bañaba con sus rayos la planicie del desierto oriental. Uno de estos rayos, cual una flecha de oro, iluminó la entrada de la cueva de roca arenisca. El aire puro y fresco llegó hasta ellos, y entonces, articulando un terrible grito, el guardián eterno de la tumba se desintegró en la luz de la mañana. Un montón de polvo y pingajos se estremeció al ser azotado por la brisa temprana.

Maureen pasó a través del agujero en aquella roca arenisca que servía de barrera ante la tumba sagrada. Salió huyendo de aquella espantosa caverna. A corta distancia de allí, tres camellos atados esperaban.