INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta boda. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta boda. Mostrar todas las entradas

La dama pálida - Alejandro Dumas (Parte 2 y última)

III. LOS DOS HERMANOS

A partir de aquel momento, quedó establecida mi residencia en el castillo; y a partir de aquel momento también dio comienzo el drama que voy a contaros.

Los dos hermanos se enamoraron de mí, cada uno con sus propios matices de temperamento.


Kostaki me confesó, al día siguiente, que me amaba, y declaró que yo sería suya y de nadie más, y que me mataría antes de que yo perteneciera a cualquier otro.


Gregoriska no dijo nada de ello, pero me rodeó de cuidados y de atenciones. Para complacerme puso en práctica todos los medios de una refinada educación, todos los recuerdos de una juventud pasada en las más nobles cortes de Europa. Pero, ¡ay!, no era algo difícil, pues al primer sonido de su voz había sentido que esa voz acariciaba mi alma; y a la primera mirada de sus ojos había sentido que esa mirada penetraba hasta mi corazón.


Al cabo de tres meses, Kostaki me había repetido cien veces que me amaba, y yo lo odiaba; al cabo de tres meses, Gregoriska todavía no me había dicho ni una sola palabra de amor, y yo sentía que cuando él lo desease sería totalmente suya.


Kostaki había dejado sus correrías. No salía del castillo. Había cedido temporalmente el mando a una especie de lugarteniente que, de vez en cuando, venía a pedirle órdenes y desaparecía al punto.


También Smeranda me quería con una amistad apasionada, cuyas expresiones me atemorizaban. Protegía a todas luces a Kostaki, y parecía estar más celosa de mí de lo que lo estaba él. Pero como no entendía ni el polaco ni el francés, y yo no comprendía el moldavo, no tenía forma de abogar ante mí en favor de su hijo; pero había aprendido a decir en francés cuatro palabras, que me repetía siempre cuando posaba sus labios en mi frente:


—¡Kostaki ama a Jadwige!


Un día me enteré de una noticia terrible y que era el colmo de mis desdichas: los cuatro hombres que habían sobrevivido al combate habían sido puestos en libertad y regresado a Polonia, dando su palabra de que uno de ellos, antes de tres meses, regresaría para traerme noticias de mi padre.


Y, efectivamente, una mañana reapareció uno de ellos. Nuestro castillo había sido tomado, incendiado y arrasado, y mi padre había encontrado la muerte defendiéndolo.


En adelante estaba sola en el mundo.


Kostaki redobló sus insinuaciones, y Smeranda su afecto; pero esta vez aduje como pretexto mi luto por mi padre. Kostaki insistió diciendo que cuanto más sola me encontraba tanto más necesidad tenía de apoyo, y su madre insistió como él y con él, más incluso que él.


Gregoriska me había hablado del dominio de sí mismos que tienen los moldavos cuando no quieren que otros lean en sus sentimientos. Él era un vivo ejemplo de ello. Era imposible estar más segura del amor de un hombre de lo que yo lo estaba del suyo, y sin embargo, si alguien me hubiera preguntado en qué basaba mi certeza, me habría sido imposible decirlo: nadie en el castillo había visto nunca que su mano tocara la mía, o que sus ojos buscaran los míos. Tan solo los celos podían hacer tomar conciencia a Kostaki acerca de esta rivalidad, como solo mi amor podía hacerme tomar conciencia de este amor.

Sin embargo, lo confieso, me inquietaba mucho ese dominio de sí de Gregoriska. Yo confiaba en él, pero no era suficiente; necesitaba estar convencida; cuando he aquí que una noche, justo cuando acababa de volver a mi aposento, oí llamar suavemente a una de las dos puertas que, como ya he indicado, cerraban por dentro. Por la manera de llamar adiviné que era una llamada amiga. Me acerqué y pregunté quién era.

—Gregoriska —contestó una voz cuyo acento no podía engañarme.


—¿Qué queréis de mí? —le pregunté temblando como una hoja.


—Si confiáis en mí —dijo Gregoriska—, si me creéis hombre de honor, aceptad una petición mía.


—¿Cuál?


—Apagad la luz como si os hubierais acostado y, de aquí a media hora, abridme esta puerta.


—Volved en media hora —me limité a responder.


Apagué la luz y esperé.


El corazón me palpitaba con violencia, pues comprendía que se trataba de un hecho importante.


Pasó la media hora. Oí llamar más suavemente aún que la primera vez. Durante el intervalo había descorrido el cerrojo; no me quedaba, pues, sino abrir la puerta.


Entró Gregoriska y, sin esperar a que me lo pidiera, cerré la puerta tras él y eché el cerrojo.


Él permaneció un momento mudo e inmóvil, imponiéndome silencio con una indicación. Luego, una vez que se hubo asegurado de que no nos amenazaba peligro alguno por el momento, me llevó al centro del amplio aposento, y sintiendo, por mi temblor, que no podría sostenerme en pie, fue a buscar una silla.


Me senté, mejor dicho, me dejé caer sobre el asiento.


—¡Dios mío! —le dije—, ¿qué sucede y por qué tantas precauciones?


—Porque mi vida, lo que no sería nada, y acaso también la vuestra, dependen de la conversación que vamos a tener.


Le tomé de una mano, toda asustada. Él se la llevó a los labios, mientras me miraba como si quisiera excusarse por semejante audacia.


Yo bajé los ojos, lo que era una forma de consentir.


—Os amo —me dijo con su voz melodiosa como un canto—. ¿Me amáis vos?


—Sí —le respondí.


—¿Y aceptaríais ser mi mujer?


—Sí.


Se llevó la mano a la frente con una profunda aspiración de felicidad.


—Entonces, ¿no os negaréis a seguirme?


—¡Os seguiré a donde sea!


—Así que comprendéis —continuó— que no podemos ser felices si no es huyendo de aquí.


—¡Oh, sí! —exclamé yo—, huyamos.


—¡Silencio! —dijo él estremeciéndose—. ¡Silencio!


—Tenéis razón.


Y yo me acerqué a él temblando.


—He aquí lo que he hecho —me dijo—, he aquí por qué he estado tanto tiempo sin confesaros que os amaba: es que quería, una vez que estuviera seguro de vuestro amor, que nada pudiera oponerse a nuestra unión. Yo soy rico, querida Jadwige, inmensamente rico, pero a la manera de los señores moldavos: rico en tierras, en rebaños, en siervos. Pues bien, he vendido, por un millón, tierras, rebaños y campesinos al monasterio de Hango. Me han dado por todo ello trescientos mil francos en muchas piedras preciosas, cien mil francos en oro y el resto en letras de cambio pagaderas en Viena. ¿Os bastará con un millón?


Le apreté la mano.


—Me hubiera bastado con vuestro amor, Gregoriska, así que juzgad vos mismo.


—Pues bien, escuchad. Mañana iré al monasterio de Hango para tomar mis últimas disposiciones con el superior. Este me tiene preparados unos caballos que nos esperarán a partir de las nueve de la mañana ocultos a cien pasos del castillo. Después de la cena, subiréis de nuevo igual que hoy a vuestro aposento; apagaréis la luz y, como hoy, yo entraré. Pero mañana, en lugar de salir solo de aquí, me seguiréis vos, saldremos por la puerta que da a los campos, iremos a por los caballos, montaremos en ellos y, pasado mañana por la mañana, habremos hecho treinta leguas.


—¡Oh! ¿Por qué no será ya pasado mañana?


—¡Querida Jadwige!


Gregoriska me estrechó contra su corazón; y nuestros labios se encontraron. ¡Oh! Bien que lo había dicho él: había abierto la puerta de mi aposento a un hombre de honor; pero él comprendió perfectamente que, si no le pertenecía de cuerpo, le pertenecía de alma.


Pasó la noche sin que pudiera pegar ojo ni un instante. ¡Me veía huyendo con Gregoriska, me sentía transportada por él como lo había sido ya por Kostaki! Solo que esa carrera terrible, espantosa, fúnebre, se trocaba ahora en un dulce y delicioso aprieto al que la velocidad añadía también su parte de goce, pues la velocidad es un placer en sí misma.


Despuntó el día. Bajé. Me pareció que había algo más sombrío aún que de ordinario en la manera en que Kostaki me saludó. Su sonrisa no era ya una ironía, sino una amenaza. En cuanto a Smeranda, me pareció la misma que de costumbre.


Durante el almuerzo, Gregoriska pidió sus caballos. Pareció que Kostaki no prestase la menor atención a aquella orden.


Hacia las once, Gregoriska se despidió, anunciando que no estaría de vuelta hasta el atardecer, y rogando a su madre que no le esperase para comer; luego se volvió hacia mí y me rogó que tuviera a bien admitir sus disculpas.


Salió. La mirada de su hermano le siguió hasta el momento en que dejó la estancia, y en ese instante sus ojos echaron tales chispas de odio que me estremecí.


Podéis imaginaros con qué inquietud pasé aquel día. No había confiado a nadie nuestros planes, a duras penas me atreví a hablarle a Dios de ellos en mis oraciones, y tenía la impresión de que todos estaban al tanto de ellos, que cada mirada que se ponía en mí podía penetrar y leer en el fondo de mi corazón.


La comida fue un suplicio: sombrío y taciturno, Kostaki hablaba raramente; esta vez se limitó a decir dos o tres palabras en moldavo a su madre, y cada vez el acento de su voz me provocó un estremecimiento.


Cuando me levanté para subir a mi aposento, Smeranda, como de costumbre, me abrazó, y, al hacerlo, repitió aquella frase que, desde hacía ya ocho días, no había vuelto a salir de su boca:


—¡Kostaki ama a Jadwige!


Esta frase me persiguió como una amenaza; una vez en mi aposento, me parecía que una voz fatal me susurrase al oído: «¡Kostaki ama a Jadwige!».


Ahora bien, el amor de Kostaki, me lo había dicho Gregoriska, equivalía a la muerte.


Hacia las siete de la tarde, y como el día comenzaba a declinar, vi a Kostaki atravesar el patio. Se volvió para mirar hacia mi lado, pero yo me eché hacia atrás, para que no pudiera verme.


Estaba inquieta, pues durante todo el tiempo en que la posición de mi ventana me había permitido seguirle, lo había visto dirigirse hacia las caballerizas. Me aventuré a descorrer el cerrojo de mi puerta, y deslizarme hacia la habitación contigua, desde donde podría ver todo lo que hiciese.


En efecto, se dirigía a las caballerizas. Entonces hizo salir él mismo a su caballo favorito, lo ensilló personalmente y con el esmero de un hombre que concede la mayor importancia a los menores detalles. Vestía el mismo traje con el que lo había conocido la primera vez. Solo que, por toda arma, llevaba su alfanje.


Cuando hubo ensillado el caballo, dirigió sus ojos una vez más a mi aposento. Luego, al no verme, saltó sobre la silla, mandó abrir la misma puerta por la que había salido y por la que debía regresar su hermano, y se alejó al galope, en dirección al monasterio de Hango.


Entonces mi corazón se encogió de una manera terrible; un presentimiento fatal me decía que Kostaki iba al encuentro de su hermano.


Me quedé en aquella ventana mientras pude distinguir aquel camino, que, a un cuarto de legua del castillo, hacía un recodo, y se perdía al comienzo de un bosque. Pero la noche se volvía cada momento más cerrada, y el camino no tardó en desaparecer totalmente de mi vista. Seguí en la ventana. Finalmente mi inquietud, por su propio exceso, me devolvió las fuerzas, y, como era, evidentemente, abajo en la sala donde debía recibir las primeras noticias de uno o del otro de los dos hermanos, bajé.


Mi primera mirada fue para Smeranda. Por la serenidad de su rostro comprendí que no sentía ningún recelo; daba sus órdenes para la cena como de costumbre, y los cubiertos de los dos hermanos estaban en su sitio.


Yo no me atrevía a preguntar a nadie. Por otra parte, ¿a quién hubiese podido preguntar? Nadie en el castillo, a excepción de Kostaki y de Gregoriska, hablaba ninguna de las dos únicas lenguas que yo sabía.


Al menor ruido me estremecía.


Normalmente era a las nueve cuando nos sentábamos a la mesa para cenar. Yo había bajado a las ocho y media; y seguía con la mirada el minutero, cuya marcha era casi visible en la amplia esfera del reloj.


La aguja viajera rebasó la distancia que la separaba del cuarto. Sonó el cuarto. La vibración resonó sombría y triste; luego la aguja retomó su marcha silenciosa, y la vi recorrer de nuevo la distancia con la regularidad y la lentitud de una punta de compás.


Unos minutos antes de las nueve, me pareció oír el galope de un caballo en el patio. Smeranda también lo oyó, pues volvió la cabeza del lado de la ventana; pero la noche era demasiado espesa para que ella pudiera ver.


¡Oh! ¡Si ella me hubiese mirado en aquel momento, seguro que habría podido adivinar lo que pasaba en mi corazón! No se había oído más que el trote de un único caballo, y era muy simple. Ya sabía perfectamente que no regresaría más que un solo jinete.


Pero ¿cuál?


Unos pasos resonaron en la antecámara. Estos pasos eran lentos y parecían muy titubeantes; cada uno de estos pasos parecía pesar sobre mi corazón.


Se abrió la puerta, y vi en la oscuridad dibujarse una sombra. La sombra se detuvo un momento en la puerta. Yo tenía el corazón en vilo.


La sombra avanzó, y, a medida que entraba dentro del círculo de luz, yo respiraba.


Reconocí a Gregoriska. Un instante de duda más y mi corazón se hubiera roto.


Reconocí a Gregoriska, pero pálido como un muerto. Nada más verle, se intuía que algo terrible acababa de pasar.


—¿Eres tú, Kostaki? —preguntó Smeranda.


—No, madre —respondió Gregoriska con una voz sorda.


—¡Ah!, aquí estáis —dijo ella—; ¿y desde cuándo vuestra madre debe esperaros?


—Madre mía —dijo Gregoriska echando una mirada al péndulo—, no son más que las nueve.


Y en ese momento, en efecto, dieron las nueve.


—Es cierto —dijo Smeranda—. ¿Dónde está vuestro hermano?


A mi pesar, pensé que era la misma pregunta que Dios había hecho a Caín.


Gregoriska no respondió.


—¿Nadie ha visto a Kostaki? —preguntó Smeranda.


El vatar, o mayordomo, se informó a su alrededor.


—A eso de las siete —dijo—, el conde ha ido a las caballerizas, ha ensillado su caballo él mismo y ha tomado el camino de Hango.


En ese momento, mi mirada se cruzó con la de Gregoriska. Yo no sabía si era una realidad o una alucinación, pero me pareció que había una gota de sangre en medio de su frente.

Llevé lentamente mi dedo a mi propia frente, indicando el lugar donde creía ver esta mancha.

Gregoriska comprendió; tomó su pañuelo y se secó.


—Sí, sí —murmuró Smeranda—, se habrá encontrado a algún oso, o a algún lobo, y se habrá divertido en perseguirlo. Por eso es por lo que un niño hace esperar a su madre. ¿Dónde lo habéis dejado, Gregoriska? Decid.


—Madre mía —respondió Gregoriska con una voz emocionada, pero firme—, mi hermano y yo no hemos partido juntos.


—¡Está bien! —dijo Smeranda—. Que sirvan, sentaos a la mesa y que cierren las puertas; el que se quede fuera pasará la noche fuera.


Las dos primeras partes de esta orden fueron ejecutadas al pie de la letra: Smeranda ocupó su lugar, Gregoriska se sentó a su derecha y yo a su izquierda.


Acto seguido los servidores salieron para cumplir la tercera, es decir, para cerrar las puertas del castillo.


En aquel momento se oyó un gran ruido en el patio, y un criado completamente trastornado entró en la sala diciendo:

—Princesa, el caballo del conde Kostaki acaba de entrar en el patio, solo, y todo cubierto de sangre.

—¡Oh! —murmuró Smeranda alzándose pálida y amenazadora—, así es como regresó un atardecer el caballo de su padre.


Dirigí mi mirada hacia Gregoriska: ya no estaba pálido, sino lívido.


En efecto, el caballo del conde Koproli había entrado un atardecer en el patio del castillo, totalmente cubierto de sangre, y, una hora después, los servidores habían encontrado y traído el cuerpo cubierto de heridas.


Smeranda tomó una antorcha de las manos de uno de los criados, avanzó hacia la puerta, la abrió y bajó al patio.


El caballo, totalmente espantado, era refrenado a su pesar por tres o cuatro servidores que unían sus esfuerzos para apaciguarlo.


Smeranda se adelantó hacia el animal, miró la sangre que manchaba su silla y reconoció una herida en la parte alta de su testuz.


—Kostaki ha muerto de frente —afirmó ella—, en duelo y por la mano de un solo enemigo. Buscad su cuerpo, hijos míos, más tarde buscaremos a su asesino.


Como el caballo había regresado por la puerta de Hango, todos los servidores se precipitaron por aquella puerta, y se vio perderse por los campos sus antorchas e internarse en el bosque, igual que en un bonito atardecer de verano se ve resplandecer las luciérnagas en las llanuras de Niza y de Pisa.


Smeranda, como si estuviese convencida de que la marcha no sería larga, esperó de pie en la puerta. Ni una lágrima corría de los ojos de esta madre desolada, y sin embargo se sentía rugir la desesperación en el fondo de su corazón.


Gregoriska permanecía detrás de ella, y yo estaba cerca de Gregoriska.


Al abandonar la sala, hizo un amago de ofrecerme el brazo, pero no se atrevió.


Al cabo de un cuarto de hora aproximadamente, se vio por un recodo del camino reaparecer una antorcha, luego dos, y acto seguido todas las demás.


Solo que esta vez, en lugar de dispersarse por los campos, estaban agrupadas en torno a un centro común.


Pronto pudo verse que este centro común se componía de unas parihuelas y de un hombre tendido sobre ellas.


El fúnebre cortejo avanzaba lentamente, pero avanzaba. Al cabo de diez minutos, estuvo ante la puerta. Al ver a la madre viva que esperaba al hijo muerto, los que lo portaban se descubrieron instintivamente, luego entraron silenciosos en el patio.


Smeranda echó a andar tras ellos, y nosotros seguimos a Smeranda. Se llegó así a la gran sala, en la que fue depositado el cuerpo.


Entonces, haciendo un gesto de suprema majestad, Smeranda mandó apartarse a todo el mundo y, acercándose al cadáver, hincó una rodilla en tierra delante de él, apartó los cabellos que velaban su rostro, lo contempló largamente, con los ojos secos en todo momento. Luego, abriendo la casaca moldava, apartó la camisa manchada de sangre.


La herida estaba en el lado derecho del pecho. Debía de haber sido hecha por una hoja recta y de doble filo.


Me acordé de que había visto ese mismo día, en el costado de Gregoriska, el largo cuchillo de caza que servía de bayoneta a su carabina.


Busqué esta arma en su costado, pero había desaparecido.


Smeranda pidió agua, empapó su pañuelo en ella y lavó la herida.


Una sangre fresca y pura enrojeció los labios de la herida.


El espectáculo que tenía ante mis ojos presentaba un no sé qué de atroz y de sublime al mismo tiempo. Aquella amplia estancia, ahumada por las antorchas de resina, esos rostros bárbaros, esos ojos relucientes de ferocidad, esas costumbres extrañas, esa madre que calculaba, a la vista de la sangre todavía caliente, cuánto tiempo hacía que la muerte le había arrebatado a su hijo, ese gran silencio, solo interrumpido por los sollozos de esos bandidos, cuyo jefe era Kostaki, todo ello, repito, era atroz y sublime de ver.


Finalmente, Smeranda acercó sus labios a la frente de su hijo, y acto seguido, tras levantarse y echarse hacia atrás las largas trenzas de sus blancos cabellos que se habían desprendido, dijo:

—¿Gregoriska?

Gregoriska se estremeció, meneó la cabeza y, abandonando su atonía, repuso:


—¿Sí, madre?


—Venid aquí, hijo mío, y escuchadme.


Gregoriska obedeció estremeciéndose, pero obedeció.


A medida que se acercaba al cuerpo, la sangre brotaba de la herida, más copiosa y más bermeja. Por fortuna, Smeranda no miraba ya de ese lado, pues, a la vista de aquella sangre acusadora, no hubiera tenido ya necesidad de buscar quién era el asesino.


—Gregoriska —dijo—, bien sabes que Kostaki y tú no os tenéis ningún aprecio. Sé perfectamente que tú eres Waivady por parte de padre, y él Koproli por parte del suyo; pero, por parte de vuestra madre, sois los dos Brancovan. Sé que tú eres un hombre de las ciudades de Occidente, y él un hijo de las montañas orientales; pero, por el seno que os trajo al mundo a ambos, sois hermanos. Pues bien, Gregoriska, quiero saber si vamos a llevar a mi hijo al lado de su padre sin que el juramento haya sido pronunciado, si puedo llorar tranquila por fin, como una mujer, pudiendo confiar en vos, es decir, en un hombre, para el castigo.


—Decidme el nombre del asesino de mi hermano, señora, y solo tenéis que darme una orden; os juro que antes de una hora, si así lo exigís, habrá dejado de vivir.


—Jurad, Gregoriska, jurad, so pena de mi maldición, ¿entendido, hijo mío?, jurad que el asesino morirá, que no dejaréis piedra sobre piedra de su casa; que su madre, sus hijos, sus hermanos, su mujer o su prometida perecerán por vuestra mano. Jurad, y, al hacerlo, que la ira del cielo caiga sobre vos si faltáis a este sagrado juramento. ¡Si faltáis a este sagrado juramento, someteos a la miseria, a la execración de vuestros amigos, a la maldición de vuestra madre!


Gregoriska extendió la mano sobre el cadáver.


—¡Juro que el asesino morirá! —dijo.


A este extraño juramento, y cuyo verdadero sentido solo el muerto y yo, tal vez, podíamos comprender, vi o creí ver producirse un prodigio espantoso. Los ojos del cadáver se volvieron a abrir y se clavaron en mí más vivos de lo que los había visto jamás, y sentí, como si ese doble rayo hubiese sido palpable, penetrar un hierro candente hasta mi corazón.


Era más de lo que podía soportar y me desvanecí. 

 

IV. EL MONASTERIO DE HANGO

 
Cuando me desperté, estaba en mi aposento, acostada en mi cama; una de las dos mujeres velaba cerca de mí. Yo pregunté dónde estaba Smeranda; se me respondió que velaba cerca del cuerpo de su hijo. Yo pregunté dónde estaba Gregoriska; se me respondió que estaba en el monasterio de Hango. Ni hablar de una huida. Pues ¿acaso Kostaki no estaba muerto? Ni tampoco de casarme con él. Pues ¿acaso podía desposarse el fratricida?

Pasaron tres días y tres noches en medio de unos sueños extraños. En mi vigilia o en mi sueño, veía en todo momento esos dos ojos vivos en medio de aquel rostro muerto: era una visión horrible. Era al tercer día cuando debía tener lugar el enterramiento de Kostaki. Por la mañana de aquel día me trajeron de parte de Smeranda un vestido completo de viuda. Me lo puse y bajé. La casa parecía vacía; todo el mundo estaba en la capilla. Me encaminé hacia el lugar de la ceremonia. En el momento en que franqueé el umbral, Smeranda, a la que llevaba tres días sin ver, vino hacia mí.


Parecía una efigie encarnada del dolor. Con un movimiento lento como el de una estatua, posó sus labios gélidos en mi frente y, con una voz que parecía salir ya de la tumba, pronunció estas palabras habituales:


—Kostaki os ama.


No podéis haceros una idea del efecto que produjeron en mí tales palabras. Esta declaración de amor hecha en tiempo presente, en lugar de hacerla en tiempo pasado; ese «os ama», en lugar de «os amaba»; ese amor de ultratumba que venía a buscarme en la vida, me produjo una terrible impresión. 

Al mismo tiempo, un extraño sentimiento se apoderaba de mí, como si yo hubiera sido, en efecto, la mujer de aquel que estaba muerto y no la prometida del que estaba vivo. Ese féretro me atraía hacia él, a mi pesar, dolorosamente, como se dice que la serpiente atrae al pájaro que fascina. Busqué los ojos de Gregoriska; lo vi, pálido y erguido contra una columna; sus ojos miraban al cielo. No puedo asegurar que él me viera.


Los monjes del convento de Hango rodeaban el cuerpo cantando unas salmodias del rito griego, algunas veces muy armoniosas, pero las más, muy monótonas. También yo quería rezar, pero la oración moría en mis labios; tenía el espíritu tan trastornado que me parecía más bien estar asistiendo a una junta de diablos que a una reunión de sacerdotes. 

En el momento en que levantaron el cuerpo, yo quise seguirlo, pero mis fuerzas se negaron a ello. Sentí que me flaqueaban las piernas y me apoyé en la puerta. Entonces Smeranda vino hacia mí e hizo una señal a Gregoriska.


Gregoriska obedeció y se acercó. Smeranda me dirigió la palabra en lengua moldava.


—Mi madre me ordena que os repita palabra por palabra lo que ella va a decir —dijo Gregoriska.


Entonces Smeranda habló de nuevo; y, cuando hubo terminado, dijo:

—He aquí las palabras de mi madre: «Lloráis a mi hijo, Jadwige, pues lo amabais, ¿no es así? Os agradezco vuestras lágrimas y vuestro amor; de ahora en adelante vos seréis mi hija como si Kostaki hubiera sido vuestro esposo; tenéis de ahora en adelante una patria, una madre, una familia. Derramemos la suma de lágrimas debidas a los muertos, luego volvamos a ser de nuevo dignas las dos de aquel que no está…, ¡yo su madre, y vos su mujer! Adiós, volved a vuestro aposento; yo voy a seguir a mi hijo hasta su última morada; a mi vuelta, me encerraré con mi dolor, y vos no me veréis hasta que lo haya vencido; estad tranquila, lo venceré, pues no quiero que sea él el que me venza a mí».

No pude responder a estas palabras de Smeranda, traducidas por Gregoriska, más que con un gemido. Volví a subir a mi aposento, el cortejo se alejó. Lo vi desaparecer por un recodo del camino. El convento de Hango no estaba más que a una media legua del castillo en línea recta; pero los obstáculos del suelo obligaban a que el camino se desviara, por lo que se tardaba cerca de dos horas en recorrerlo. 

Estábamos en el mes de noviembre. Los días se habían vuelto fríos y cortos. A las cinco de la tarde era ya noche cerrada. Hacia las siete, vi reaparecer unas antorchas. Era el cortejo fúnebre que venía de regreso. El cadáver reposaba en la tumba de sus padres. Estaba todo dicho.


Ya os he confesado presa de qué extraña obsesión vivía desde el fatal suceso que nos había vestido a todos de luto, y sobre todo desde que yo había visto reabrir y clavarse en mí los ojos que la muerte había cerrado. Aquella tarde, abrumada por las emociones de la jornada, estaba más triste aún. 

Escuchaba dar las diferentes horas en el reloj del castillo, y me entristecía conforme el tiempo que volaba me acercaba al instante en que Kostaki debía de haber muerto. Oía sonar las nueve menos cuarto.


Entonces una extraña sensación se apoderó de mí. Era un terror estremecedor que corría por todo mi cuerpo y lo helaba; luego, con este terror, algo como un sueño invencible que entorpecía mis sentidos; sentí una opresión en el pecho, mis ojos se velaron, extendí los brazos y, retrocediendo, fui a caer sobre mi cama. 

Sin embargo, no había perdido a tal punto mis sentidos para no poder oír cómo unos pasos se acercaban a mi puerta; luego me pareció que mi puerta se abría. Luego no vi y no oí ya nada. Únicamente sentí un vivo dolor en el cuello. Tras lo cual, caí en un completo letargo.


Me desperté a medianoche; mi lámpara todavía ardía; quise levantarme, pero estaba tan débil que tuve que intentarlo dos veces. Sin embargo, vencí esta debilidad y, como despierta sentía en el cuello el mismo dolor que había experimentado en mi sueño, me arrastré, apoyándome contra la pared, hasta el espejo y miré. Algo parecido a un pinchazo de alfiler señalaba la arteria de mi cuello. Pensé que algún insecto me habría mordido mientras dormía, y, como estaba muerta de cansancio, me acosté y me dormí.


Al día siguiente, me desperté como de costumbre. Y como de costumbre quise levantarme en cuanto mis ojos se hubieron abierto; pero sentí una debilidad que no había experimentado todavía más que una sola vez en mi vida, al día siguiente de un día en que me habían aplicado una sangría. 

Me acerqué al espejo y me quedé sorprendida de mi palidez. La jornada pasó triste y sombría; experimentaba una cosa extraña; sentía la necesidad de quedarme allí donde estaba, pues todo desplazamiento suponía una fatiga. 

Cuando llegó la noche, me trajeron mi lámpara; mis mujeres, al menos eso comprendía por sus gestos, se ofrecían a quedarse a mi lado. Yo les di las gracias; ellas salieron. A la misma hora que la víspera, experimenté los mismos síntomas. Entonces quise levantarme y pedir socorro; pero no pude ir hasta la puerta. 

Oí vagamente el carillón del reloj que daba las nueve menos cuarto, resonaron los pasos, la puerta se abrió; pero yo no veía, no oía ya nada; al igual que la víspera, había ido a caer desplomada sobre mi cama. Al igual que la víspera, sentí un dolor agudo en el mismo sitio. Al igual que la víspera, me desperté a medianoche; solo que me desperté más débil y más pálida que la víspera.


Al día siguiente se repitió también la horrible obsesión. Estaba decidida a bajar para estar al lado de Smeranda, por más débil que estuviese, cuando una de mis mujeres entró en mi aposento y pronunció el nombre de Gregoriska. 

Gregoriska venía detrás de ella. Quise levantarme para recibirle; pero volví a caer en mi sillón. Él lanzó un grito al verme y quiso abalanzarse hacia mí; pero yo tuve fuerzas para extender el brazo hacia él.


—¿Qué venís a hacer aquí? —le pregunté.


—¡Ay! —dijo él—, ¡venía a deciros adiós! Venía a deciros que abandono este mundo que me es insoportable sin vuestro amor y sin vuestra presencia; venía a deciros que me retiro al convento de Hango.


—Os veis privado de mi presencia, Gregoriska —le respondí—, pero no de mi amor. Lamentablemente, os sigo amando, y mi gran dolor es que de ahora en adelante este amor sea poco menos que un crimen.


—Entonces, ¿puedo esperar que rezaréis por mí, Jadwige?


—Sí, solo que no rezaré por largo tiempo —añadí con una sonrisa.


—¿Qué os ocurre, en efecto, y por qué estáis tan pálida?


—¡Que… Dios se apiada de mí, sin duda, y me llama con Él!


Gregoriska se acercó a mí, me tomó de una mano que yo no tuve fuerzas de retirar y, mirándome con fijeza, dijo:

—Esta palidez no es natural, Jadwige; ¿de qué os viene? Hablad.

—Si os lo dijera, Gregoriska, creeríais que estoy loca.


—No, no, hablad, Jadwige, os lo suplico; nos encontramos en un país que no se parece a ningún otro, en una familia que no se parece a ninguna otra familia. Hablad, decidlo todo, os lo suplico.


Le conté todo: esa extraña alucinación que me dominaba a la misma hora en que debía de haber muerto Kostaki; ese terror, ese amodorramiento, ese frío gélido, esa postración que me obligaba a acostarme, ese ruido de pasos que creía oír, esa puerta que creía ver abrirse y, por último, ese dolor agudo seguido de una palidez y de una debilidad que no hacían sino ir en aumento. 

Yo había creído que mi relato le parecería a Gregoriska un principio de locura, y lo concluí no sin una cierta timidez, cuando, por el contrario, vi que prestaba a este relato una profunda atención. Cuando hube dejado de hablar, él reflexionó unos instantes.


—¿Así que —preguntó— os dormís todas las noches a las nueve menos cuarto?


—Sí, por más esfuerzos que haga por resistir al sueño.


—¿Así que creéis ver abrirse vuestra puerta?


—Sí, aunque echo el cerrojo.


—¿Así que sentís un dolor agudo en el cuello?


—Sí, aunque apenas mi cuello conserva la señal de una herida.


—¿Me permitiríais que la viera? —preguntó.


Eché mi cabeza sobre un hombro. Él examinó esa cicatriz.

—Jadwige —dijo, al cabo de unos instantes—, ¿tenéis confianza en mí?

—¿Y me lo preguntáis? —repuse yo.


—¿Creéis en mi palabra?


—Como si fuera el Evangelio.


—Pues bien, Jadwige, a fe mía, os juro que no os quedan ocho días de vida si no aceptáis hacer, hoy mismo, lo que voy a deciros.


—¿Y si acepto?


—Si aceptáis, tal vez podréis salvaros.


—¿Tal vez?


Guardó silencio.


—Sea lo que sea lo que haya de pasar, Gregoriska —proseguí—, haré lo que me mandéis hacer.


—Pues bien, escuchad —dijo—, y sobre todo no os asustéis. En vuestro país, como en Hungría, como en nuestra Rumanía, existe una tradición.


Me estremecí, pues me había vuelto esta tradición a la memoria.


—¡Ah! —dijo él—, ¿sabéis a lo que me refiero?


—Sí —respondí—, he visto en Polonia personas sometidas a esta horrible fatalidad.


—Os referís a los vampiros, ¿no es cierto?


—Sí, en mi infancia vi cómo desenterraban en el cementerio de un pueblo que pertenecía a mi padre a cuarenta personas, muertas en quince días, sin que hubiera podido adivinarse la causa de su fallecimiento. Entre estos muertos, diecisiete mostraban señales de vampirismo, es decir, fueron encontrados lozanos, bermejos y parecidos a seres vivos; los otros eran sus víctimas.


—¿Y qué se hizo para liberar a la región de ellos?


—Se les clavó una estaca en el corazón y, a continuación, se los quemó.


—Sí, así es como se actúa de ordinario; pero eso para nosotros no basta. Para liberaros del fantasma, primero quiero conocerlo, y vive Dios que lo conoceré. Sí, y si es preciso lucharé cuerpo a cuerpo con él, sea quien sea.


—¡Oh, Gregoriska! —exclamé yo aterrada.


—Ya lo he dicho: quienquiera que sea, repito. Pero para llevar a buen fin esta terrible aventura, es preciso que aceptéis todo lo que voy a exigir de vos.


—Hablad.


—Estad preparada a las siete, bajad a la capilla y hacedlo sola; tenéis que vencer vuestra debilidad, Jadwige, tenéis que hacerlo. Allí recibiremos la bendición nupcial. Consentid a ello, querida mía; es preciso, para defenderos, que ante Dios y ante los hombres tenga yo derecho a velar por vos. Volveremos a subir aquí y entonces veremos.


—¡Oh, Gregoriska! —exclamé yo—, ¡si es él, os matará!


—No temáis nada, mi querida Jadwige. Limitaos a dar vuestro consentimiento.


—Sabéis muy bien que haré cuanto queráis, Gregoriska.


—Hasta el atardecer, pues.


—Sí, haced por vuestra parte lo que se os antoje y yo os secundaré del mejor modo; podéis iros.


Salió. Un cuarto de hora después, vi a un jinete correr precipitadamente por el camino del convento: ¡era él! Apenas lo hube perdido de vista, cuando caí de rodillas y recé, como no se reza ya en vuestros países incrédulos, y esperé a las siete, ofreciendo a Dios y a los santos el sacrificio de mis pensamientos: no volví a levantarme hasta el momento en que dieron las siete. 

Estaba débil como una moribunda, pálida como una muerta. Me toqué con un gran velo negro, bajé la escalera, sosteniéndome contra las paredes, y me dirigí a la capilla sin haberme encontrado con nadie.


Gregoriska me esperaba con el padre Basilio, superior del convento de Hango. Llevaba a un costado una espada santa, reliquia de un viejo cruzado que había tomado Constantinopla con Villehardouin y Balduino de Flandes.


—Jadwige —dijo dando un golpe en su espada con una mano—, con la ayuda de Dios, esto es lo que romperá el hechizo que amenaza vuestra vida. Acercaos, pues, resueltamente; he aquí un santo varón que, tras haber recibido mi confesión, va a recibir nuestros juramentos.


Dio comienzo la ceremonia; tal vez nunca ha habido algo más sencillo y más solemne a la vez. Nadie ayudaba al pope; él mismo nos colocó sobre la cabeza las coronas nupciales. 

Vestidos de luto los dos, dimos la vuelta al altar con un cirio en la mano; luego el religioso, tras haber pronunciado las palabras santas, añadió:


—Ahora podéis iros, hijos míos, y que Dios os infunda la fuerza y el valor de luchar contra el enemigo del género humano. Estáis armados de vuestra inocencia y de su justicia; venceréis al demonio. Id y benditos seáis.


Nosotros besamos los libros sagrados y salimos de la capilla. 

Entonces, por primera vez, me apoyé en el brazo de Gregoriska y me pareció que, al tocar aquel valeroso brazo, que al contacto con aquel noble corazón, la vida retornaba a mis venas. Me creía segura de triunfar, puesto que Gregoriska estaba conmigo; volvimos a subir a mi aposento. Dieron las ocho y media.


—Jadwige —me dijo entonces Gregoriska—, no tenemos tiempo que perder. ¿Quieres dormirte como de costumbre y que todo suceda durante tu sueño? ¿O quieres permanecer despierta y verlo todo?


—A tu lado no temo nada, por lo que quiero permanecer despierta, quiero verlo todo.


Gregoriska extrajo de su pecho una ramita de boj bendecido, completamente húmeda aún de agua bendita, y me la entregó.


—Coge, pues, esta ramita —dijo—, acuéstate en tu cama, di las oraciones a la Virgen y espera sin temor. Dios está con nosotros. Sobre todo, no dejes caer tu ramita; con ella podrás mandar hasta en el mismísimo infierno. No me llames, no grites; reza, ten esperanza y aguarda.

Yo me acosté en la cama. Crucé mis manos sobre mi pecho, sobre el cual apoyé la ramita bendecida. En cuanto a Gregoriska, se escondió detrás del dosel al que ya me he referido y que ocultaba el rincón de mi aposento. Yo contaba los minutos y sin duda Gregoriska los contaba también por su parte. 

Dieron los tres cuartos. El resonar del martillo vibraba aún cuando sentí ese mismo amodorramiento, ese mismo terror, ese mismo frío glacial; pero acerqué la ramita bendecida a mis labios y esta primera sensación se disipó. Entonces oí muy claramente el ruido de esos pasos lentos y mesurados que resonaban en la escalera y que se acercaban a mi puerta. 

Luego mi puerta se abrió lentamente, sin ruido, como empujada por una fuerza sobrehumana, y entonces…


La voz se detuvo como ahogada en la garganta de la narradora.


Y entonces —continuó no sin esfuerzo—, vi a Kostaki, pálido como lo había visto sobre las parihuelas; sus largos cabellos, esparcidos sobre sus hombros, goteaban sangre: llevaba su traje habitual, solo que abierto a la altura del pecho, y dejaba ver su herida sangrante. Todo estaba muerto, todo era cadáver, carne, ropa, andares…, únicamente los ojos, esos ojos terribles estaban vivos. 

Al ver esto, ¡cosa extraña!, en lugar de sentir redoblarse mi espanto, sentí aumentar mi valor. Me lo infundía Dios, sin duda, para que pudiera juzgar yo mi situación y defenderme contra el infierno. Al primer paso que el fantasma dio hacia mi cama, crucé osadamente mi mirada con esa mirada plomiza y le presenté la ramita bendecida.


El espectro trató de avanzar; pero un poder más fuerte que el suyo lo mantenía en su sitio. Se detuvo.


—¡Oh! —murmuró—, no duerme; lo sabe todo.


Hablaba en moldavo y, sin embargo, yo entendía como si sus palabras hubiesen sido pronunciadas en una lengua que yo comprendiera. Estábamos así enfrente el uno del otro, el fantasma y yo, sin que mis ojos pudieran desviarse de los suyos, cuando vi, sin necesitar volver la cabeza hacia su lado, a Gregoriska salir de detrás de la silla de coro de madera, parecido al ángel exterminador y empuñando la espada. 

Se santiguó con la mano izquierda y avanzó lentamente con la espada tendida hacia el fantasma; este, al reconocer a su hermano, había sacado a su vez su alfanje con una carcajada terrible; pero apenas el alfanje hubo tocado el acero bendito cuando el brazo del fantasma volvió a caer inerme al lado de su cuerpo.


Kostaki dejó escapar un suspiro lleno de lucha y desesperación.


—¿Qué quieres? —preguntó a su hermano.


—En el nombre de Dios vivo —dijo Gregoriska—, te suplico que respondas.


—Habla —dijo el fantasma con un rechinar de dientes.


—¿Fui yo quien te esperó?


—No.


—¿Fui yo quien te atacó?


—No.


—¿Fui yo quien te hirió?


—No.


—Fuiste tú quien se arrojó sobre mi espada, eso es todo. Por tanto, a los ojos de Dios y de los hombres, no soy culpable del crimen de fratricidio; por tanto, no has recibido ninguna misión divina, sino infernal; por eso has salido de la tumba no como una sombra santa, sino como un espectro maldito, y volverás a tu tumba.


—Con ella, sí —exclamó Kostaki haciendo un esfuerzo supremo para apoderarse de mí.


—Solo —exclamó a su vez Gregoriska—; esta mujer es mía.


Y al pronunciar estas palabras, con la punta del acero bendecido tocó la herida viva. Kostaki lanzó un grito como si una espada flamígera le hubiese tocado y, llevándose la mano izquierda a su pecho, dio un paso hacia atrás. 

Al mismo tiempo, y con un movimiento que parecía acompasado con el suyo, Gregoriska dio un paso hacia delante; entonces, con los ojos fijos en los ojos del muerto, la espada contra el pecho de su hermano, comenzó una marcha lenta, terrible, solemne; algo parecido al paso de Don Juan y del Comendador; el espectro retrocediendo ante la espada sagrada, ante la voluntad irresistible del campeón de Dios; este siguiéndole paso a paso sin pronunciar una palabra, los dos jadeando, los dos lívidos, el vivo empujando al muerto delante de él y obligándole a abandonar aquel castillo, que fuera su morada en el pasado, por la tumba, que era su morada en el futuro. ¡Oh! Era un espectáculo horrible, os lo juro.


Y sin embargo, movida yo misma por una fuerza superior a mí, invisible, desconocida, sin darme cuenta de lo que hacía, me levanté y les seguí. Bajamos la escalera, alumbrados tan solo por las pupilas ardientes de Kostaki. Atravesamos así la galería y también el patio. Franqueamos la puerta con esos mismos pasos mesurados: el espectro retrocediendo, Gregoriska con el brazo tendido, yo siguiéndolos. 

Este recorrido fantástico se prolongó por espacio de una hora: era preciso llevar de nuevo al muerto a su tumba; solo que, en lugar de seguir el camino habitual, Kostaki y Gregoriska atajaron yendo en línea recta, sin preocuparse por unos obstáculos que habían dejado de existir: bajo sus pies, el suelo se allanaba, los torrentes se secaban, los árboles retrocedían, las rocas se apartaban; por lo que hace a mí, se operaba el mismo milagro que se operaba para con ellos; solo que todo el cielo me parecía cubierto de un crespón negro, la luna y las estrellas habían desaparecido, y yo no veía brillar en la noche en todo momento más que los ojos llameantes del vampiro.


Llegamos así a Hango, pasamos así a través del seto de arbustos que servía de cerca al cementerio. Apenas en su interior, distinguí en la sombra la tumba de Kostaki situada al lado de la de su padre; ignoraba que estuviese allí y, sin embargo, la reconocí. Esa noche lo sabía todo. Al borde de la fosa abierta, Gregoriska se detuvo.


—Kostaki —dijo—, no ha terminado todo aún para ti, y una voz del cielo me dice que serás perdonado si te arrepientes: ¿prometes, pues, volver a entrar en tu tumba, prometes no volver a salir de ella, prometes consagrar, por último, a Dios el culto que has consagrado al infierno?


—¡No! —respondió Kostaki.


—¿Te arrepientes? —preguntó Gregoriska.


—¡No!


—Por última vez, ¿te arrepientes, Kostaki?


—¡No!


—¡Pues bien, invoca en tu ayuda a Satanás, que yo invoco a Dios en la mía, y veamos una vez más de parte de quién se decantará la victoria!


Dos gritos resonaron al mismo tiempo; los aceros se cruzaron despidiendo chispas, y el combate se prolongó por espacio de un minuto que me pareció un siglo. Kostaki se desplomó; vi alzarse la espada terrible, la vi hundirse en su cuerpo y clavar ese cuerpo en la tierra recién removida. Un grito supremo, y que nada tenía de humano, recorrió los aires.


Yo acudí. Gregoriska se había quedado de pie, pero tambaleándose. Yo acudí y lo sostuve en mis brazos.


—¿Estáis herido? —le pregunté con ansiedad.


—No —me dijo—; pero en un duelo semejante, querida Jadwige, no es la herida la que mata, sino la lucha. Yo he luchado con la muerte y pertenezco a la muerte.


—¡Amigo, amigo! —exclamé yo—, aléjate, aléjate de aquí, y la vida tal vez retorne.


—No —dijo él—, esta es mi tumba, Jadwige: pero no perdamos tiempo; coge una poca de esta tierra impregnada de su sangre y aplícala sobre la mordedura que él te ha hecho; es el único medio para preservarte en el futuro de su horrible amor.


Yo obedecí temblando. Me agaché para recoger aquella tierra ensangrentada y, al hacerlo, vi el cadáver clavado en el suelo; la espada bendecida le atravesaba el corazón y una sangre negra y copiosa brotaba de su herida, como si acabara de morir en ese mismo instante. Amasé un poco de tierra con la sangre y apliqué el horrible talismán en mi herida.


—Ahora, mi adorada Jadwige —dijo Gregoriska con una voz debilitada—, escucha bien mis últimas instrucciones: abandona el país en cuanto puedas. La distancia es la única seguridad para ti. El padre Basilio ha recibido hoy mis últimas voluntades y las cumplirá. ¡Jadwige! ¡Un beso! ¡El último, el único, Jadwige! Me muero.


Y, diciendo estas palabras, Gregoriska se desplomó cerca de su hermano. En cualquier otra circunstancia, en medio de aquel cementerio, cerca de aquella tumba abierta, con aquellos dos cadáveres tendidos uno al lado del otro, me hubiese vuelto loca; pero, ya lo he dicho, Dios me había infundido unas fuerzas parejas a los sucesos de los que Él me hacía no solo testigo, sino también protagonista. 

En el momento en que miré en torno mío, buscando alguna ayuda, vi abrirse la puerta del claustro y los monjes, conducidos por el padre Basilio, avanzaron de dos en dos, llevando unas antorchas encendidas y cantando las preces por los difuntos. El padre Basilio acababa de llegar al convento; había previsto lo sucedido y, a la cabeza de toda la comunidad, se dirigía al cementerio. 

Me encontró viva cerca de los dos muertos. Kostaki tenía el rostro trastornado por una última convulsión. Gregoriska, por el contrario, estaba sereno y casi sonriente.


Tal como había pedido Gregoriska, lo enterraron cerca de su hermano, el cristiano guardando al condenado. Smeranda, al tener conocimiento de esa nueva desgracia y la parte que había tenido yo en ella, quiso verme; vino a visitarme al convento de Hango y supo por mi boca todo lo sucedido en aquella terrible noche. Yo le conté con todo pormenor la fantástica historia, pero ella me escuchó como me había escuchado Gregoriska, sin asombro ni espanto.


—Jadwige —respondió tras unos momentos de silencio—, por más extraño que resulte lo que acabáis de contar, no habéis dicho sin embargo más que la pura verdad. La raza de los Brancovan es una raza maldita, hasta la tercera y la cuarta generación, y ello porque un Brancovan dio muerte a un sacerdote. Pero la maldición ha tocado a su fin; pues, aunque esposa, sois virgen, y conmigo se acaba la raza. Si mi hijo os ha legado un millón, tomadlo. Después de mí, aparte de los legados piadosos que pienso hacer, el resto de mi fortuna será para vos. Ahora seguid el consejo de vuestro esposo, regresad cuanto antes a los países donde Dios no permite que ocurran estos terribles prodigios. Yo no tengo necesidad de nadie conmigo para llorar a mis hijos. Mi dolor exige soledad. Adiós, no preguntéis más por mí. Mi suerte futura pertenece solo a mí y a Dios.


Y tras besarme en la frente como de costumbre, me dejó y fue a encerrarse en el castillo de Brancovan. Ocho días después, partí para Francia. Tal como había esperado Gregoriska, mis noches dejaron de verse hostigadas por el terrible fantasma. Restablecida mi salud, no he guardado de este acontecimiento más que esa palidez mortal que acompaña hasta la tumba a toda criatura humana que ha sufrido el beso de un vampiro.


La dama se calló, dieron las doce de la noche, y casi me atrevería a decir que el más valiente de nosotros se estremeció al oír el carillón del reloj de péndulo.

El ojo sin párpado - Philarète Chasles

«¡Hallowe'en!, ¡Hallowe'en! –gritaban todos–. Esta noche es la noche santa, la bella noche de las hadas y de los demonios de las aguas. ¡Carrick!, y tú, Colean, ¿venís? Están todos los campesinos de Carrick–Border, nuestras Megs y nuestras Jeannies también vendrán. Traeremos buen whisky en botijos de estaño, cerveza humeante y el sabroso parritch (gachas de avena). Hace buen tiempo; la luna brillará; ¡camaradas, jamás las ruinas de Cassilis–Downans habrán visto un grupo más alegre!»

Así hablaba Jock Muirland, granjero, viudo, joven todavía. Como la mayor parte de los campesinos de Escocia era teólogo, tenía sensibilidad poética, gran bebedor y, sin embargo, muy austero. Le rodeaban Muidock, Will Lapraik y Tom Dickat. Sostenían esta conversación cerca del pueblo de Cassilis.

Sin duda ustedes no deben saber en qué consiste Hallowe'en: es la noche de las hadas y se celebra a mediados de agosto. Entonces se consulta al brujo del pueblo; todos los duendes bailan sobre los brezos, atraviesan los campos, y cabalgan sobre los pálidos rayos de luna. Es el carnaval de los genios y de los gnomos. 

Durante esta noche todas las grutas, todas las rocas, celebran su baile y su fiesta, no hay flor que no se balancee al soplo de una sílfide, ni mujer que no cierre cuidadosamente su puerta, por miedo a que un spunkie se lleve la comida de mañana y sacrifique a sus travesuras la comida de los niños que duermen abrazados en la misma cuna.

Esta era la noche solemne, mezclada de caprichos fantásticos y un secreto terror, que iba a celebrarse en las colinas de Cassilis. Imaginaos un terreno montañoso, ondulado como el mar, cuyas numerosas colinas están tapizadas de un césped verde y brillante; a lo lejos, sobre un escarpado pico, los muros almenados de un castillo en ruinas, cuya capilla, desprovista de techumbre, se ha conservado casi intacta y proyecta sus afinadas columnas, esbeltas como el ramaje desnudo en invierno. 

La tierra no es fecunda en este cantón. La dorada retama sirve de escondite a la liebre. El hombre que solo conoce el poder supremo en la desolación y el terror, ve estas estériles tierras como marcadas por el mismo sello de la divinidad. La fecunda e inmensa buena voluntad del Altísimo no nos inspira demasiada gratitud: lo que de él veneramos es su castigo y su rigor. 

Los spunkies danzaban sobre el menudo césped de Cassilis; y la luna, ya en el cielo, se veía grande y roja a través de la vidriera rota del gran portal de la capilla. Parecía estar suspendida como una gran rosácea amaranta, sobre la que se dibujaba un trozo de trébol de piedra truncada. Los spunkies bailaban.

¡El spunkie! Es una cabeza de mujer, blanca como la nieve, con largos cabellos ardientes. Dos bellas alas, ropajes sostenidos por finísimas y elásticas fibras se unen, no a la espalda, sino a los blancos y delgados brazos a los que contornean. El 
spunkie es hermafrodita; une a su rostro femenino la elegancia esbelta y frágil de la primera adolescencia viril. El spunkie solo lleva por vestido sus alas, tejido fino y desliado, suave y apretado, impenetrable y ligero, como las alas de un murciélago. Una sombra negruzca, fundida en púrpura azulada, parpadea sobre este vestido natural que se repliega alrededor del spunkie en reposo, como un estandarte alrededor del bastón que lo sostiene. Largos filamentos, que parecen acero bruñido, sostienen los velos con los que el spunkie se abriga; garras de acero arman sus extremos. Desdichada la mujer que se aventure por la noche cerca del pantano donde permanece acurrucado, o por el bosque que suele recorrer.

La ronda de los 
spunkies empezaba en las riberas del Don, cuando el alegre grupo seguido por mujeres, niños y niñas, se acercó. Los duendes desaparecieron de inmediato. Sus enormes alas, desplegadas a la vez, obscurecieron el aire. Parecían una bandada de pájaros levantando el vuelo súbitamente de entre los rosales espinosos. Por unos momentos se veló la claridad de la luna; Muirland y sus compañeros se detuvieron.

–¡Tengo miedo! –dijo una niña.
–¡Bah! –contestó el granjero–. Son pájaros salvajes que levantan el vuelo.
–Muirland –le dijo el joven Colean en tono de reproche–, vas a acabar mal, no crees en nada.
–Quememos nuestras nueces, rompamos las avellanas –prosiguió Muirland, ignorando los reproches de su camarada–; sentémonos y vaciemos nuestras cestas. Aquí tenemos un refugio ideal; la roca nos protege; el césped nos ofrece una mullida cama. El gran diablo no perturbará mis pensamientos, que saldrán de estos botijos y de estas botellas.
–Pero los bogillies (
Espíritus de los bosques) y los brownillies (Espíritus de las landas) pueden encontrarnos aquí –dijo tímidamente una joven.
–El cranreuch (
Viento del norte) se los lleve –interrumpió Muirland–. Rápido, Lapraik, enciende cerca de la roca un fuego de hojas muertas y ramaje; calentaremos el whisky; y si las chicas quieren saber qué marido el buen Dios o el diablo les reserva, tenemos con qué satisfacerlas; Borne Lesley ha traído espejos, avellanas, grano de lino, platos y mantequilla. Muchachas, ¿no es todo lo que necesitan para sus ceremonias?
–Sí, sí –respondieron las jóvenes.
–Pero ante todo, bebamos –prosiguió el granjero, quien, por su carácter dominante, su fortuna, su bodega bien provista, su granero abarrotado de trigo y sus conocimientos agrícolas, había adquirido una cierta autoridad en el cantón.

Ya saben, amigos lectores, que de todos los países del mundo, Escocia es el que posee las clases inferiores mejor instruidas, pero más supersticiosas. Preguntarle a Walter Scott, este sublime campesino escocés, que debe su grandeza a esta facultad que recibió de Dios de representar simbólicamente la idiosincrasia nacional. 

En Escocia, se cree en todos los gnomos, y se discuten, en las cabañas, temas de la más abstracta filosofía. La noche de Hallowe'en está especialmente consagrada a la superstición. Entonces nos reunimos para vislumbrar el futuro. Los ritos necesarios para obtener este resultado son conocidos e inviolables. No hay religión más estricta en su cumplimiento. 

Era sobre todo esta ceremonia llena de expectativas, en la que cada uno es a la vez sacerdote y brujo, la que los habitantes de Cassilis consideraban como el final de su excursión y la distracción de su noche. Esta magia rústica posee un encanto difícil de expresar. Para decirlo de algún modo, nos detenemos en el punto límite entre la poesía y la realidad; nos comunicamos con las fuerzas infernales, sin renegar por ello de Dios; los objetos más vulgares se transmutan en objetos sagrados y mágicos; sobre una espiga de trigo y una hoja de sauce creamos esperanzas y temores. 

De acuerdo a la costumbre no se inician los sortilegios de Hallowe'en, hasta la medianoche, cuando consideran que toda la atmósfera está invadida por seres sobrenaturales, y en la que no solo los spunkies, principales actores del drama, sino también todos los batallones de la magia escocesa tomen posesión de sus dominios. 

Nuestros campesinos, reunidos desde las nueve, pasarán el tiempo cantando estas viejas y deliciosas baladas en las que un lenguaje melancólico e inseguro se combina tan bien con el ritmo brusco, con una melodía que desciende de cuarta en cuarta por medio de extraños intervalos, con un singular empleo del género cromático. 

Las chicas, con sus abigarradas capas escocesas y sus vestidos de sarga, de una impecable limpieza; las mujeres, con la sonrisa en los labios; los niños, ataviados con estas preciosas fajas rojas atadas a la rodilla que les sirve a la vez de liga y de adorno; los jóvenes, cuyos corazones latían más aprisa a medida que se acercaba el momento misterioso en que iba a ser consultado el destino; uno o dos viejos a quienes la sabrosa cerveza les devolvía la alegría de su juventud, formaban un grupo muy interesante, que Wilkie habría querido pintar, y que en Europa haría felices a todas las almas todavía accesibles, entre tantas emociones febriles, a las delicias de un sentimiento verdadero y profundo.

Muirland se abandonaba sobre todo a la ruidosa alegría que burbujeaba con la espesa espuma de la cerveza, y se comunicaba a todos los auditores.

Era uno de esos hombres a quienes la vida no logra dominar; y utilizan su poderosa inteligencia para luchar contra viento y marea. Una chica del cantón, que había unido su destino al de Muirland, murió al dar a luz a los dos años de matrimonio y este había jurado no volver a casarse jamás. Ningún habitante del pueblo ignoraba las causas de la muerte de Tuilzie; fueron los celos de Muirland. 

Tuilzie, delicada criatura, tenía apenas diecisiete años, cuando se casó con el granjero. Ella lo amaba y desconocía la violencia de su alma y el furor que era capaz de contener, el tormento diario que era capaz de infligir a sí misma y a las demás. Jock Muirland era celoso; la ingenua ternura de su joven compañera no le tranquilizaba. 

Un día, en pleno invierno, le hizo viajar a Edimburgo, para arrancarla de las supuestas seducciones de un joven laird (Terrateniente) a quien se le había antojado pasar la mala estación en su campiña. Todos los amigos del granjero, e incluso el cura, no dejaban de advertirle; él solo respondía que amaba ardientemente a Tuilzie y que se consideraba el juez más apropiado para determinar lo que podía contribuir a la felicidad de su matrimonio. 

Bajo el techo rústico de Jock, se oían a menudo quejas, gritos, sollozos; el hermano de Tuilzie había venido para exponer a su cuñado que había adoptado una conducta inexcusable; como consecuencia de este hecho se produjo una encendida discusión; la joven mujer languidecía por momentos. Al fin la pena que la consumía le ocasionó la muerte. 

Muirland cayó en una profunda desesperación que duró varios años; pero como en este mundo todo pasa, a pesar de su juramento de permanecer viudo, fue lentamente olvidando a la persona de quien él había sido un involuntario verdugo. Las mujeres, que durante muchos años lo despreciaron, lo perdonaron al fin, y la noche de Hallowe'en le volvía a encontrar tal como antes había sido, alegre, cáustico, divertido, buen bebedor y fecundo en maravillosos cuentos, en bromas rústicas, en altisonantes refranes que animaban la reunión nocturna y contagiaban su buen humor. 

Ya se habían agotado la mayor parte de las viejas leyendas tradicionales, cuando dieron las doce de la noche y propagaron a lo lejos el eco de sus vibraciones. Habían bebido mucho. Ahora llegaba el momento de las acostumbradas supersticiones. Todo el mundo excepto Muirland, se levantó.

–¡Busquemos el 
kail, busquemos el kail! –gritaron todos...

Hombres y mujeres se esparcieron por los campos, y volvieron uno tras otro con una raíz cada uno, arrancada del suelo: era el 
kail. Se trata de arrancar de cuajo la primera planta que uno se encuentra a sus pies; si la raíz está derecha, vuestra mujer o vuestro marido tendrán buena planta y belleza; si la raíz está torcida os casaréis con una persona contrahecha. Si queda tierra entre los filamentos, vuestro matrimonio será fecundo y feliz; si por el contrario, está desprovista de pelos y es pequeña, vuestro matrimonio durará muy poco. 

Imaginad las risas, el alegre tumulto, las bromas campesinas a las que da lugar esta búsqueda conyugal; se empujaban, se atropellaban precipitadamente, comparando los resultados de sus investigaciones; incluso los niños tenían su kail.

–¡Pobre Will Haverel! –exclamó Muirland, mirando la raíz que traía entre manos un muchacho–, tu mujer será tuerta, tu 
kail se parece a la cola de mi cerdo.

Luego se sentaron en corro, y cada uno probó el sabor de su raíz; cuando es amarga indica un mal marido; si es dulzona un marido imbécil; y en caso de ser olorosa, un esposo de buen humor. A esta gran ceremonia le sucedió la de tap–pickle. Las chicas deben recoger con los ojos vendados tres espigas de trigo cada una; si el grano que corona la espiga falta en una de ellas, no cabe la menor duda de que el futuro marido no le perdonará una sola ligereza cometida antes de las nupcias. 

«¡Oh, Nelly, oh, Nelly!, tus tres espigas carecían todas de tap–pickle, nadie te va a librar de las bromas. Es cierto que durante la misma víspera el granero de reserva había sido testigo de una larga conversación entre tú y Robert Luath.»

Muirland las miraba sin mezclarse activamente en sus juegos.

–¡Las avellanas, las avellanas! –gritaron.

Se sacó de una cesta una bolsa llena de avellanas y todos se acercaron al fuego que no habían dejado de mantener encendido. La luna brillaba pura y casi radiante. Cada uno tomó su avellana. Este sortilegio es célebre y venerado. Se distribuyen por parejas; se da a la avellana que cada uno ha cogido su propio nombre y al mismo tiempo se meten en el fuego la avellana bautizada con el nombre de la novia y la propia. 

Si las dos avellanas se queman lentamente una al lado de la otra, la unión será larga y tranquila; si las avellanas se rompen y se separan al quemarse; desgracia y separación en el matrimonio. A menudo es la chica quien se encarga de disponer en el fuego el doble símbolo al que está ligada toda su alma; y ¡cuál no será su tristeza cuando se da este divorcio, y cuando su futuro marido se aparta chispeando de su compañera!

Daban la una y todavía los campesinos no se habían cansado de consultar sus místicos oráculos. El terror y la fe que se mezclaban en estos sortilegios les conferían un nuevo atractivo. Los spunkies volvían a moverse por entre los juncos agitados. Las chicas temblaban. La luna, en lo alto del firmamento, se cubría con una nube. Se hizo la ceremonia de la maceta, la de la candela apagada, la de la manzana, grandes conjuraciones que no voy a descubrir. Willie Maillie, una de las muchachas más bonitas, sumergió tres veces su brazo en las aguas del Don, exclamando: 

–¡Mi futuro esposo, marido mío que todavía no existe!, ¿dónde está? Ahí tienes mi mano.

Tres veces había repetido el sortilegio, cuando la oyeron proferir un pavoroso grito.

–¡Dios mío!, el 
spunkie ha cogido mi mano –gritó.

Todo el mundo se precipitó a su alrededor, y todos temblaban, excepto Muirland. Maillie mostró su mano ensangrentada; los jueces de ambos sexos, a quienes una larga experiencia les confería habilidad en la interpretación de estos oráculos, convinieron sin vacilar que el arañazo no lo habían provocado, como afirmaba Muirland, las puntas de un junco espinoso, sino que el brazo de la chica presentaba realmente las huellas de las afiladas garras del 
spunkie. Todo el mundo reconoció que Maillie estaba amenazada por esta experiencia con tener en el futuro un marido celoso. El granjero viudo consideró que había bebido un poco más de lo conveniente.

–¡Celoso!, ¡celoso! –se exclamó.

Creyó ver en esta explicación de sus compañeros una alusión malintencionada a su propia historia.

–Yo –continuó Muirland vaciando un botijo de estaño lleno de whisky hasta los bordes–, preferiría mil veces casarme con el 
spunkie que volverme a casar. Yo he sabido en qué consiste vivir encadenado; preferiría permanecer encerrado en una botella herméticamente cerrada, con un mono, un gato o un verdugo por compañero. 

Yo estuve celoso de mi pobre Tuilzie: tal vez me haya equivocado; pero ¿cómo, os lo pregunto, no estar celoso?, ¿cuál es la mujer que no exige una continua vigilancia? No dormía por las noches, no la dejaba ni un solo momento en todo el día, no cerraba el ojo ni un instante. Los asuntos de mi mujer iban mal; todo languidecía. La misma Tuilzie palidecía ante mis ojos. ¡Que el matrimonio se vaya a los mil diablos!

Unos reían, los otros, escandalizados, se callaban. Quedaba todavía el último y el más temido de los sortilegios: la ceremonia del espejo. Uno se sitúa con una vela en la mano, ante un pequeño espejo; tres veces se sopla sobre el cristal, y tres veces se limpia repitiendo: «¡Aparece, marido mío!» o «¡Aparece, esposa mía!» Entonces, por encima del hombro izquierdo de la persona que consulta el destino, aparece claramente una cara que se refleja en el espejo; es la de la compañera o el marido invocado.

Nadie se atrevía, después del ejemplo de Maillie, a provocar a los poderes sobrenaturales. El espejo y la vela estaban en el suelo sin que nadie pensara utilizarlos para el sortilegio. El Don murmuraba entre los rosales; un largo trazo de plata, que temblaba sobre sus lejanas olas, era, ante los ojos de los campesinos, el rastro centelleante de los 
spunkies o espíritus de las aguas; la yegua de Muirland, su pequeña yegua de Highland de negra cola y blanco pecho rechinaba con todas sus fuerzas, signo evidente de que le rondaba un mal espíritu. 

El viento refrescaba; los tallos de los juncos balanceados provocaban un triste y largo murmullo; todas las mujeres empezaban a hablar del regreso; tenían muy buenas razones, reprimendas a sus maridos y a sus hermanos, consejos de salud para sus padres y una elocuencia doméstica a la que nosotros, reyes de la naturaleza y del mundo, nos resistimos en muy pocas ocasiones.

–¡Y bien! ¿Quién de vosotros se presentará ante el espejo? –preguntó Muirland.

Nadie respondió.

–Tienen muy poco valor –prosiguió–. El soplar del viento los hace temblar como al sauce. En cuanto a mí que jamás pienso coger mujer, como todos saben, porque quiero dormir, y como mis párpados no quieren cerrarse desde que me convierto en marido, me es absolutamente imposible empezar el sortilegio. Acaso piensan como yo.

Al fin, como nadie quería coger el espejo, Jock Muirland lo cogió.

–Yo voy a darles el ejemplo.

Entonces tomó sin vacilar el espejo fatal; fue encendida la vela y repitió bravamente el sortilegio.

–¡Aparece pues, esposa mía! –gritó Muirland.

Inmediatamente una cara pálida, cubierta de una cabellera rubia leonada, apareció sobre la espalda de Muirland. Se estremeció, se volvió para asegurarse de que ninguna de las muchachas del cantón estaba detrás suyo para simular la aparición. 

Pero nadie habría osado parodiar al espectro; y aunque el espejo se había roto al escaparse de la mano del granjero y caer al suelo, la misma cabeza blanca permanecía en su espalda, la misma cabellera ardiente: Muirland profirió un horrible grito y cayó de bruces en el suelo.

Hubieran visto a los habitantes del pueblo correr por todos lados, como las hojas esparcidas por el viento; sobre este lugar donde habían llevado a cabo hacía tan solo unos instantes sus diversiones rústicas, solo quedaron los despojos de la fiesta, el fuego apagado, los vasos y botijos vacíos y Muirland acostado sobre el césped. 

Los spunkies y sus acólitos regresaban con furia, y la tempestad que se preparaba en la atmósfera mezclaba con su canto sobrenatural este largo silbido que los escoceses designan de una manera tan pintoresca con el nombre de Sugh. Muirland, incorporándose, volvió a mirar sobre su espalda: siempre la misma cara. Esta sonreía al campesino, pero no decía nada y Muirland no podía adivinar si esta cabeza pertenecía a un cuerpo humano, pues solo se le aparecía cuando se volvía. 

Su lengua se paralizó, quedó adherida a su paladar. Intentó hablar con el ser infernal y probó en vano resucitar su valentía; cada vez que veía estos rasgos pálidos y los ardientes bucles, se estremecía de la cabeza a los pies. Empezó a correr con la idea de librarse de su acólito. Había desatado su pequeña yegua blanca y se disponía a poner el pie en el estribo cuando intentó todavía una última experiencia. ¡Terror!, siempre la misma cabeza, convertida en su inseparable compañera. 

Estaba atada a su espalda, como estas cabezas aisladas cuyo perfil los escultores góticos ponían a veces en lo alto de una columna o en el ángulo de una cornisa. La pobre Meg, la yegua del granjero, relinchaba con todas sus fuerzas y mediante frecuentes coces manifestaba cómo repercutía en ella el terror de su pobre dueño. 

El spunkie (pues debía ser uno de estos habitantes de los juncos quien perseguía al granjero), cada vez que Muirland se volvía, le miraba con dos ojos llameantes, de un azul profundo, sobre los que ninguna ceja dibujaba su sombra y ningún párpado velaba la insoportable claridad. Metió las dos espuelas; la misma curiosidad le empujaba constantemente a saber si su perseguidora estaba allí; esta no le abandonaba; en vano lanzó su yegua al galope, en vano el brezo y las montañas desaparecían y huían bajo el paso del animal; Muirland ya no sabía qué camino seguía, ni hacia dónde le conducía la pobre Meg. 

Solo tenía una idea en la cabeza, el spunkie, su compañero de ruta, o mejor su compañera, pues esta cara femenina tenía la malicia y la delicadeza propias de una joven de dieciocho años. La bóveda del cielo se cubría de espesas nubes que la disminuían por momentos. Jamás ningún pobre pecador se encontró solo y lanzado en medio de la campiña en una más satánica obscuridad. 

El viento soplaba como si quisiera despertar a los muertos; caía la lluvia diagonalmente empujada por la fuerza de la tormenta. Los rápidos fulgores del relámpago desaparecían devorados por las tenebrosas nubes que sobre ellos se cernían, de las que surgían largos, profundos y pesados mugidos. 

¡Pobre Muirland!, tu sombrero azul escocés, abigarrado de rojo, cayó, y no te atreviste a volverte para recogerlo. La tempestad redobló su furor; el Don desbordó de su cauce; y Muirland, después de galopar durante una hora, reconoció con dolor que volvía al mismo lugar del que había partido. 

La iglesia en ruinas de Cassilis se alzaba ante él; se hubiera dicho que el incendio abrasaba los restos de sus viejas pilastras; las llamas surgían por todas sus desiguales oberturas; las esculturas aparecían con toda su delicadeza sobre un fondo de lúgubres claridades. 

Meg no quería avanzar; pero el granjero, cuya razón ya no dirigía sus actos, y que creía notar esta terrorífica cara apoyada en sus hombros, hundía con tanta fuerza las espuelas en los flancos del pobre animal, que al fin cedió, a pesar suyo, a la violencia que se le imponía.

–Jock –dijo una voz dulce–, dejarás de tener miedo.

¿Se imaginan el profundo terror del desgraciado Muirland?

–Cásate conmigo –repetía el 
spunkie.

Mientras tanto huían hacia la catedral en llamas. Muirland, frenado en su carrera por las mutiladas columnas y los santos de piedra derribados, bajó de su montura; durante la noche había bebido tanto vino, cerveza y aguardiente, cabalgando tan extrañamente, que acabó por acostumbrarse a este estado de excitación sobrenatural; nuestro granjero entró con pie firme en la nave sin bóveda de la que surgían estos fuegos infernales.

El espectáculo que le sorprendió no lo había visto nunca. Un personaje agachado en medio de la nave sostenía, sobre su curvada espalda, una vasija octogonal de la que surgía una llama verde y roja. El altar mayor estaba cargado de sus viejos ornamentos religiosos. Demonios de ardientes cabelleras que se erizaban sobre sus cabezas estaban de pie sobre el altar en el lugar de los cirios. 

Todas las formas grotescas e infernales que la imaginación del pintor y el poeta han soñado se apresuraban, corrían, volaban, se balanceaban, se movían, se contorneaban de mil extrañas maneras. Las sillas del coro de los canónigos estaban ocupadas por graves personajes que conservaban los vestidos en perfecto estado. Pero sobre sus vestimentas se dibujaban manos de esqueletos, y de sus ojos socavados no salía resplandor alguno.

No diré, ya que el lenguaje humano es insuficiente, qué clase de incienso se quemaba en esta iglesia, ni qué abominable parodia de los santos misterios representaban los demonios. Cuarenta de estos duendes, encarnados en la antigua galería que en otros tiempos había sostenido el órgano de la catedral, tenían en sus manos gaitas escocesas de diversas dimensiones. 

Un enorme gato negro, sentado sobre un trono compuesto de una docena de estos señores, daba el tono con un prolongado maullido. La sinfonía infernal hacía vibrar los restos de las semiderruidas bóvedas y provocaba de vez en cuando la caída de escombros. 

Entre medio de este tumulto había bellas skelpies de rodillas; las habrían tomado por maravillosas vírgenes, si no fuera porque la cola demoníaca asomaba levantando las puntas de sus blancos vestidos; y más de cincuenta spunkies, con las alas extendidas o replegadas, bailando o en reposo. 

En las tumbas de los santos dispuestas simétricamente alrededor de la nave, había féretros abiertos, en los que el muerto, sobre un blanco sudario, aparecía con el cirio fúnebre en la mano. En cuanto a las reliquias sostenidas en el atrio, no me detendré a describirlas. 

Todos los crímenes cometidos en Escocia desde veinte años atrás habían acudido para preparar la iglesia en poder de los diablos. Allí habrían visto la cuerda del ahorcado, el cuchillo del asesino, el espantoso resto del aborto y los trazos del incesto. Habrían visto los corazones de los malvados ennegrecidos en el vicio y blancos cabellos paternos todavía colgantes de la hoja del puñal del parricida.

Muirland se detuvo, se volvió; la cara compañera de su camino continuaba allí. Uno de los monstruos encargados del servicio infernal lo tomó de la mano; él no opuso resistencia. Le condujeron al altar, siguió a su guía. Estaba dominado, sus fuerzas le habían abandonado. Todos se arrodillaron. Él se arrodilló. Cantaron extraños himnos, él nada escuchó; y permaneció allí, estupefacto, petrificado, esperando su suerte. 

Ahora los cantos infernales se hacían más ruidosos; los spunkies encargados del cuerpo de baile rodaban con más rapidez en su ronda infernal; las gaitas sonaban, chillaban, gritaban y silbaban con renovada vehemencia. Muirland volvió la cabeza para examinar su fatal hombro sobre el que un incómodo huésped había elegido domicilio.

–¡Ah! –exclamó, suspirando de satisfacción.

La cabeza había desaparecido.

Pero cuando su mirada deslumbrada y perdida se fijó sobre los objetos que le rodeaban, fue grande su sorpresa cuando vio, cerca de sí, de rodillas en un féretro, a una chica cuyo rostro era el mismo que el del fantasma que le había perseguido. 

Una camiseta escocesa de fino lino gris le cubría apenas hasta el muslo. Se le insinuaban los graciosos pechos y mostraba su blanca espalda, sobre la que caían dorados cabellos hasta el seno virginal que, debido a la ligereza de la ropa, se apercibía con toda su belleza. Muirland estaba conmovido; estas formas tan hermosas y delicadas contrastaban con todas las repugnantes apariciones que le rodeaban. 

El esqueleto que parodiaba la misa tomó con sus encorvados dedos la mano de Muirland y la unió a la de la chica; y este creyó sentir al abrazar a su extraña novia, la fina mordedura que el pueblo atribuye a las garras del spunkie. Esto ya era demasiado; cerró los ojos y se desmayó. 

Cuando aún no había logrado recuperar su lucidez, le pareció adivinar que manos infernales le volvían a poner sobre la fiel yegua que le había esperado a la puerta de la catedral; pero sus sentidos eran muy vagos, sus sensaciones indistintas.

Una noche así, como es evidente, dejó su huella en nuestro granjero; se despertó tal como uno se despertaría después de un letargo y quedó muy sorprendido al enterarse de que desde hacía unos días se había casado, que después de la noche de Hallowe'en había viajado hacia las montañas, de las que había traído una joven esposa, quien, en efecto, estaba a su lado en el lecho hereditario de su mujer.

Se frotó los ojos creyendo que soñaba, luego ya sin dudar, quiso contemplar a la que había elegido, ahora convertida en señora Muirland. Era por la mañana. ¡Qué bella era!, ¡qué dulce luz irradiaban sus prolongadas miradas!, ¡qué esplendor en sus ojos! No obstante, Muirland estaba sorprendido del extraño resplandor que emanaba de esos mismos ojos. 

Se acercó. Cosa extraña, su mujer, al menos así lo creía, no tenía párpados; grandes orbes de un azul obscuro se dibujaban bajo el arco negro de unas cejas de una curvatura admirablemente delicada. Muirland suspiró: el vago recuerdo del spunkie, de su carrera nocturna y de su terrible boda en la catedral, se le presentó súbitamente ante sí.

Al examinar con más detalles a su nueva esposa, creyó observar en ella todos los rasgos característicos de este ser sobrenatural, solo que un poco modificados, disimulados. Los dedos de la joven mujer eran largos y delgados, sus uñas blancas y afiladas; su rubia cabellera caía hasta el suelo. 

Permaneció como vencido por un profundo sueño. Sin embargo, todos sus vecinos le explicaron que la familia de su mujer residía en los Highlands; que justo al concluir la boda había cogido ardientes fiebres; que no era de extrañar que no tuviera ningún recuerdo de la ceremonia, ya que estaba enfermo, pero que pronto se encontraría bien con su nueva mujer, pues era guapa, dulce y buena ama de casa.

–¡Pero no tiene párpados! –exclamó Muirland.

La gente se le reía en las narices, pretendían que todavía le perseguían las fiebres; nadie, salvo el granjero, había notado esta extraña particularidad.

Llegó la noche; para Muirland era la noche de bodas, pues hasta este momento solo había sido marido formalmente. La belleza de su mujer le había conmovido, aunque según él, no tuviera párpados. Se prometió pues afrontar con resolución su propio terror, y por lo menos aprovecharse del singular favor que el cielo o el infierno le enviaba. 

En este punto pedimos al lector la concesión de todos los privilegios de la historia y pasar rápidamente por encima de los acontecimientos de esta noche: no diremos hasta qué punto la bella Spellie (este era su nombre) parecía todavía más bella con sus nocturnos atuendos.

Muirland se despertó, soñando que una sutil claridad solar inundaba la habitación baja en la que estaba el lecho nupcial. Deslumbrado por estos ardientes rayos, se levantó sobresaltado y vio los centelleantes ojos de su mujer mirándolo con ternura.

–¡Demonios! –exclamó–, realmente mi sueño es una injuria a su belleza.

Abandonó su sueño y dijo a Spellie mil cosas amables y tiernas, a las que la joven de las montañas respondió lo mejor que pudo. Spellie no había dormido en toda la noche.

«¿Cómo podrá dormir? –se preguntaba Muirland–. Pues no tiene párpados».

Y su peor espíritu volvía a caer en un abismo de meditaciones y de temores. Salió el sol. Muirland estaba pálido y fatigado; la granjera tenía los ojos luminosos como nunca. Pasaron la mañana paseándose por las orillas del Don. La joven esposa era tan bella que su marido, a pesar de su sorpresa y la fiebre que lo poseía, no pudo dejar de sentir admiración al contemplarla.

–Jock –le dijo esta–, te quiero tanto como querías a Tuilzie; tengo envidia de todas las muchachas de los alrededores, de tal forma que mira bien lo que haces, amigo mío. Seré celosa, os vigilaré de cerca.

Los besos de Muirland sellaron estas palabras; entretanto se sucedieron las noches y en medio de cada noche, los resplandecientes ojos no dejaban dormir al granjero; sus fuerzas sucumbían.

–Pero, querida –preguntó Jock a su mujer–, ¿es que no duermes nunca?

–¡Dormir yo!

–Sí, dormir. Tengo la impresión de que desde que nos hemos casado, no habéis dormido ni un instante.

–En mi familia, no se duerme nunca.

De las orbes azuladas de la muchacha emanaban rayos más ardientes.

–¡No duerme! –exclamó desesperado el granjero–, ¡no duerme!

Cayó vencido y aterrorizado sobre la almohada.

–¡No tiene párpados, no duerme! –repetía.

–No me canso de mirarte –contestó Spellie–, y de esta forma, te podré vigilar mejor.

Pobre Muirland. Los extraordinarios ojos de su mujer no le daban un momento de reposo; eran, como dicen los poetas, como astros eternamente alumbrados para deslumbrarle. En el cantón se compusieron más de treinta baladas dirigidas a los bellos ojos de Spellie. 

En cuanto a Muirland, un buen día desapareció. Tres meses habían pasado; el suplicio que había sufrido el granjero lo llevó a la desesperación, había agotado sus fuerzas; le parecía que aquella mirada de fuego le quemaba. Si volvía a los campos, si se quedaba en casa, si iba a la iglesia, siempre el mismo rayo terrible cuya presencia y esplendor penetraban hasta el fondo de su ser y le hacían temblar de horror. Acabó por detestar el sol, por huir del día.

El mismo suplicio que había sufrido la pobre Tuilzie se había convertido en el suyo; en vez de la inquietud moral que durante su primer matrimonio le había transformado en verdugo de su joven mujer, y a la que los hombres le dan el nombre de celos, se encontraba bajo la inquisición física e ineluctable de un ojo que nunca se cerraba: eran los celos también, pero convertidos en una imagen palpable, la inquisición convertida en tipo. 

Abandonó su granja, sus dominios, cruzó el mar y se hundió en los bosques de América septentrional, donde muchos hombres de su país habían fundado viviendas y construido tranquilamente su cabaña. Las sabanas de Ohio le ofrecían un seguro asilo, por lo menos así lo creía; prefería su pobreza, la vida de colono, la serpiente escondida en los espesos matorrales, una alimentación salvaje e insegura, a su casa de Escocia, bajo la que el ojo celoso y siempre abierto centelleaba para su tormento. 

Después de pasar un año en esta soledad, acabó por bendecir su suerte: al menos había encontrado la calma en el seno de esta naturaleza fecunda. No tenía la más mínima relación con Gran Bretaña, por miedo a tener noticias de su mujer; a veces, en sus sueños todavía veía aquel ojo abierto, aquel ojo sin párpado y se despertaba sobresaltado; pero este era todo el sufrimiento que tenía que soportar; se aseguró de que la vigilante y temida pupila ya no estaba cerca de él, no le penetraba, no lo devoraba con sus insoportables rayos y volvía a dormirse feliz.

Los narragansetts, tribu vecina de su vivienda, habían tomado por sachem o jefe a Massasoit, viejo enfermo y de pacífico carácter y con el que Jock Muirland estableció excelentes relaciones, al darle aguardiente, que él sabía destilar. Massasoit enfermó; su amigo Muirland le visitó en su choza.

Imaginen un wigwam indio, cabaña en punta, con un agujero por el que sale el humo; en medio de este humilde palacio, un fuego encendido; sobre las pieles de búfalo, extendidas por el suelo, el viejo jefe enfermo; a su alrededor los principales sagamores del cantón, chillando, gritando, llorando y haciendo tal ruido, que en vez de curar al enfermo hubieran enfermado a cualquiera en perfecta salud. 

Un powwow o médico indio dirigía el coro y la lúgubre danza. Resonaban los ecos vecinos por el ruido que provocaba esta extraña ceremonia: eran las oraciones públicas ofrecidas a las divinidades del país.

Seis muchachas se ocupaban de frotar los miembros desnudos y fríos del viejo: una de ellas, bastante guapa, de apenas dieciséis años, lloraba mientras cumplía este oficio. El sentido común del escocés le hizo ver que todo este aparato médico solo conseguiría la muerte de Massasoit; por su cualidad de europeo y blanco, pasaba por médico innato y se aprovechó de la autoridad que este título le confería, hizo salir a todos los vociferantes y se acercó al sachem.

–¿Quién se acerca? –preguntó el viejo.
–Jock, el hombre blanco.
–¡Oh! –respondió el sachem, tendiéndole su esquelética mano–, ya no nos veremos más, Jock.

Jock, aunque no tenía conocimientos médicos, se dio cuenta sin dificultades de que no tenía más que una indigestión; le socorrió, ordenó que todos se callaran, le puso a dieta, luego le cocinó un excelente potaje escocés, que el viejo tomó como medicina. 

En fin, que en tres días, Massasoit había vuelto a la vida; los gritos y los bailes de nuestros indios volvieron a empezar, pero estos himnos salvajes manifestaban alegría y gratitud. Massasoit hizo sentar a Jock en su cabaña, le dio a fumar de su calumet, y le presentó a su hija, la más joven y bonita de las que Muirland había visto en la cabaña.

–Tú no posees squaw –le dijo el viejo guerrero–, toma a mi hija y honra mis canas.

Jock tembló; se acordó de Tuilzie y Spellie, pensó hasta qué punto había fracasado en el matrimonio. No obstante, la joven 
squaw era dulce, ingenua, obediente. Una boda en los desiertos se lleva a cabo con muy pocas ceremonias; tiene escasas consecuencias funestas para un europeo. Jock se resignó, y la bella Anauket no le dio ningún motivo para arrepentirse de su elección.

Ocho días después de la boda, los dos, en una bella mañana de otoño, habían embarcado por el Ohio. Jock llevaba su fusil de caza. Anauket, acostumbrada a estas excursiones que componen toda la vida salvaje, ayudaba y servía a su marido. El tiempo era magnífico; las orillas de este hermoso río ofrecían a los amantes lugares encantadores. 

Jock había cobrado buenas piezas. Una pintada de brillantes alas hirió su mirada; apuntó, la hirió, y el pájaro, herido de muerte, cayó gimiendo, entre los espesos matorrales. Muirland no estaba dispuesto a perder una pieza tan magnífica; amarró su barca y corrió en busca del resultado de su conquista. 

Había chafado inútilmente varios matorrales y su obstinación de escocés le sumergía y hundía cada vez más en la espesura del bosque. Pronto se encontró rodeado de árboles de altas copas y en el centro de uno de estos espacios verdes naturales que se encuentran en las selvas de América, cuando un resplandor atravesó el follaje y llegó hasta él. Se estremeció: este rayo le quemaba; esta luz insoportable le obligaba a bajar la vista.

El ojo sin párpado estaba allí, vigilante y eterno.

Spellie había cruzado el mar; había encontrado el rastro de su marido y le seguía la pista; había mantenido su palabra y sus temibles celos abrumaban a Muirland con justos reproches. 

Corrió hacia la ribera, perseguido por el ojo sin párpado, vio el oleaje claro y puro del Ohio y enloquecido por el terror se precipitó en él. Este fue el fin de Jock Muirland. Está consagrado en una leyenda escocesa, y las mujeres la cuentan a su modo. Afirman que es una alegoría y que el «ojo sin párpado» es el ojo siempre abierto de la mujer celosa, el más terrible de los suplicios.