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El ojo sin párpado - Philarète Chasles

«¡Hallowe'en!, ¡Hallowe'en! –gritaban todos–. Esta noche es la noche santa, la bella noche de las hadas y de los demonios de las aguas. ¡Carrick!, y tú, Colean, ¿venís? Están todos los campesinos de Carrick–Border, nuestras Megs y nuestras Jeannies también vendrán. Traeremos buen whisky en botijos de estaño, cerveza humeante y el sabroso parritch (gachas de avena). Hace buen tiempo; la luna brillará; ¡camaradas, jamás las ruinas de Cassilis–Downans habrán visto un grupo más alegre!»

Así hablaba Jock Muirland, granjero, viudo, joven todavía. Como la mayor parte de los campesinos de Escocia era teólogo, tenía sensibilidad poética, gran bebedor y, sin embargo, muy austero. Le rodeaban Muidock, Will Lapraik y Tom Dickat. Sostenían esta conversación cerca del pueblo de Cassilis.

Sin duda ustedes no deben saber en qué consiste Hallowe'en: es la noche de las hadas y se celebra a mediados de agosto. Entonces se consulta al brujo del pueblo; todos los duendes bailan sobre los brezos, atraviesan los campos, y cabalgan sobre los pálidos rayos de luna. Es el carnaval de los genios y de los gnomos. 

Durante esta noche todas las grutas, todas las rocas, celebran su baile y su fiesta, no hay flor que no se balancee al soplo de una sílfide, ni mujer que no cierre cuidadosamente su puerta, por miedo a que un spunkie se lleve la comida de mañana y sacrifique a sus travesuras la comida de los niños que duermen abrazados en la misma cuna.

Esta era la noche solemne, mezclada de caprichos fantásticos y un secreto terror, que iba a celebrarse en las colinas de Cassilis. Imaginaos un terreno montañoso, ondulado como el mar, cuyas numerosas colinas están tapizadas de un césped verde y brillante; a lo lejos, sobre un escarpado pico, los muros almenados de un castillo en ruinas, cuya capilla, desprovista de techumbre, se ha conservado casi intacta y proyecta sus afinadas columnas, esbeltas como el ramaje desnudo en invierno. 

La tierra no es fecunda en este cantón. La dorada retama sirve de escondite a la liebre. El hombre que solo conoce el poder supremo en la desolación y el terror, ve estas estériles tierras como marcadas por el mismo sello de la divinidad. La fecunda e inmensa buena voluntad del Altísimo no nos inspira demasiada gratitud: lo que de él veneramos es su castigo y su rigor. 

Los spunkies danzaban sobre el menudo césped de Cassilis; y la luna, ya en el cielo, se veía grande y roja a través de la vidriera rota del gran portal de la capilla. Parecía estar suspendida como una gran rosácea amaranta, sobre la que se dibujaba un trozo de trébol de piedra truncada. Los spunkies bailaban.

¡El spunkie! Es una cabeza de mujer, blanca como la nieve, con largos cabellos ardientes. Dos bellas alas, ropajes sostenidos por finísimas y elásticas fibras se unen, no a la espalda, sino a los blancos y delgados brazos a los que contornean. El 
spunkie es hermafrodita; une a su rostro femenino la elegancia esbelta y frágil de la primera adolescencia viril. El spunkie solo lleva por vestido sus alas, tejido fino y desliado, suave y apretado, impenetrable y ligero, como las alas de un murciélago. Una sombra negruzca, fundida en púrpura azulada, parpadea sobre este vestido natural que se repliega alrededor del spunkie en reposo, como un estandarte alrededor del bastón que lo sostiene. Largos filamentos, que parecen acero bruñido, sostienen los velos con los que el spunkie se abriga; garras de acero arman sus extremos. Desdichada la mujer que se aventure por la noche cerca del pantano donde permanece acurrucado, o por el bosque que suele recorrer.

La ronda de los 
spunkies empezaba en las riberas del Don, cuando el alegre grupo seguido por mujeres, niños y niñas, se acercó. Los duendes desaparecieron de inmediato. Sus enormes alas, desplegadas a la vez, obscurecieron el aire. Parecían una bandada de pájaros levantando el vuelo súbitamente de entre los rosales espinosos. Por unos momentos se veló la claridad de la luna; Muirland y sus compañeros se detuvieron.

–¡Tengo miedo! –dijo una niña.
–¡Bah! –contestó el granjero–. Son pájaros salvajes que levantan el vuelo.
–Muirland –le dijo el joven Colean en tono de reproche–, vas a acabar mal, no crees en nada.
–Quememos nuestras nueces, rompamos las avellanas –prosiguió Muirland, ignorando los reproches de su camarada–; sentémonos y vaciemos nuestras cestas. Aquí tenemos un refugio ideal; la roca nos protege; el césped nos ofrece una mullida cama. El gran diablo no perturbará mis pensamientos, que saldrán de estos botijos y de estas botellas.
–Pero los bogillies (
Espíritus de los bosques) y los brownillies (Espíritus de las landas) pueden encontrarnos aquí –dijo tímidamente una joven.
–El cranreuch (
Viento del norte) se los lleve –interrumpió Muirland–. Rápido, Lapraik, enciende cerca de la roca un fuego de hojas muertas y ramaje; calentaremos el whisky; y si las chicas quieren saber qué marido el buen Dios o el diablo les reserva, tenemos con qué satisfacerlas; Borne Lesley ha traído espejos, avellanas, grano de lino, platos y mantequilla. Muchachas, ¿no es todo lo que necesitan para sus ceremonias?
–Sí, sí –respondieron las jóvenes.
–Pero ante todo, bebamos –prosiguió el granjero, quien, por su carácter dominante, su fortuna, su bodega bien provista, su granero abarrotado de trigo y sus conocimientos agrícolas, había adquirido una cierta autoridad en el cantón.

Ya saben, amigos lectores, que de todos los países del mundo, Escocia es el que posee las clases inferiores mejor instruidas, pero más supersticiosas. Preguntarle a Walter Scott, este sublime campesino escocés, que debe su grandeza a esta facultad que recibió de Dios de representar simbólicamente la idiosincrasia nacional. 

En Escocia, se cree en todos los gnomos, y se discuten, en las cabañas, temas de la más abstracta filosofía. La noche de Hallowe'en está especialmente consagrada a la superstición. Entonces nos reunimos para vislumbrar el futuro. Los ritos necesarios para obtener este resultado son conocidos e inviolables. No hay religión más estricta en su cumplimiento. 

Era sobre todo esta ceremonia llena de expectativas, en la que cada uno es a la vez sacerdote y brujo, la que los habitantes de Cassilis consideraban como el final de su excursión y la distracción de su noche. Esta magia rústica posee un encanto difícil de expresar. Para decirlo de algún modo, nos detenemos en el punto límite entre la poesía y la realidad; nos comunicamos con las fuerzas infernales, sin renegar por ello de Dios; los objetos más vulgares se transmutan en objetos sagrados y mágicos; sobre una espiga de trigo y una hoja de sauce creamos esperanzas y temores. 

De acuerdo a la costumbre no se inician los sortilegios de Hallowe'en, hasta la medianoche, cuando consideran que toda la atmósfera está invadida por seres sobrenaturales, y en la que no solo los spunkies, principales actores del drama, sino también todos los batallones de la magia escocesa tomen posesión de sus dominios. 

Nuestros campesinos, reunidos desde las nueve, pasarán el tiempo cantando estas viejas y deliciosas baladas en las que un lenguaje melancólico e inseguro se combina tan bien con el ritmo brusco, con una melodía que desciende de cuarta en cuarta por medio de extraños intervalos, con un singular empleo del género cromático. 

Las chicas, con sus abigarradas capas escocesas y sus vestidos de sarga, de una impecable limpieza; las mujeres, con la sonrisa en los labios; los niños, ataviados con estas preciosas fajas rojas atadas a la rodilla que les sirve a la vez de liga y de adorno; los jóvenes, cuyos corazones latían más aprisa a medida que se acercaba el momento misterioso en que iba a ser consultado el destino; uno o dos viejos a quienes la sabrosa cerveza les devolvía la alegría de su juventud, formaban un grupo muy interesante, que Wilkie habría querido pintar, y que en Europa haría felices a todas las almas todavía accesibles, entre tantas emociones febriles, a las delicias de un sentimiento verdadero y profundo.

Muirland se abandonaba sobre todo a la ruidosa alegría que burbujeaba con la espesa espuma de la cerveza, y se comunicaba a todos los auditores.

Era uno de esos hombres a quienes la vida no logra dominar; y utilizan su poderosa inteligencia para luchar contra viento y marea. Una chica del cantón, que había unido su destino al de Muirland, murió al dar a luz a los dos años de matrimonio y este había jurado no volver a casarse jamás. Ningún habitante del pueblo ignoraba las causas de la muerte de Tuilzie; fueron los celos de Muirland. 

Tuilzie, delicada criatura, tenía apenas diecisiete años, cuando se casó con el granjero. Ella lo amaba y desconocía la violencia de su alma y el furor que era capaz de contener, el tormento diario que era capaz de infligir a sí misma y a las demás. Jock Muirland era celoso; la ingenua ternura de su joven compañera no le tranquilizaba. 

Un día, en pleno invierno, le hizo viajar a Edimburgo, para arrancarla de las supuestas seducciones de un joven laird (Terrateniente) a quien se le había antojado pasar la mala estación en su campiña. Todos los amigos del granjero, e incluso el cura, no dejaban de advertirle; él solo respondía que amaba ardientemente a Tuilzie y que se consideraba el juez más apropiado para determinar lo que podía contribuir a la felicidad de su matrimonio. 

Bajo el techo rústico de Jock, se oían a menudo quejas, gritos, sollozos; el hermano de Tuilzie había venido para exponer a su cuñado que había adoptado una conducta inexcusable; como consecuencia de este hecho se produjo una encendida discusión; la joven mujer languidecía por momentos. Al fin la pena que la consumía le ocasionó la muerte. 

Muirland cayó en una profunda desesperación que duró varios años; pero como en este mundo todo pasa, a pesar de su juramento de permanecer viudo, fue lentamente olvidando a la persona de quien él había sido un involuntario verdugo. Las mujeres, que durante muchos años lo despreciaron, lo perdonaron al fin, y la noche de Hallowe'en le volvía a encontrar tal como antes había sido, alegre, cáustico, divertido, buen bebedor y fecundo en maravillosos cuentos, en bromas rústicas, en altisonantes refranes que animaban la reunión nocturna y contagiaban su buen humor. 

Ya se habían agotado la mayor parte de las viejas leyendas tradicionales, cuando dieron las doce de la noche y propagaron a lo lejos el eco de sus vibraciones. Habían bebido mucho. Ahora llegaba el momento de las acostumbradas supersticiones. Todo el mundo excepto Muirland, se levantó.

–¡Busquemos el 
kail, busquemos el kail! –gritaron todos...

Hombres y mujeres se esparcieron por los campos, y volvieron uno tras otro con una raíz cada uno, arrancada del suelo: era el 
kail. Se trata de arrancar de cuajo la primera planta que uno se encuentra a sus pies; si la raíz está derecha, vuestra mujer o vuestro marido tendrán buena planta y belleza; si la raíz está torcida os casaréis con una persona contrahecha. Si queda tierra entre los filamentos, vuestro matrimonio será fecundo y feliz; si por el contrario, está desprovista de pelos y es pequeña, vuestro matrimonio durará muy poco. 

Imaginad las risas, el alegre tumulto, las bromas campesinas a las que da lugar esta búsqueda conyugal; se empujaban, se atropellaban precipitadamente, comparando los resultados de sus investigaciones; incluso los niños tenían su kail.

–¡Pobre Will Haverel! –exclamó Muirland, mirando la raíz que traía entre manos un muchacho–, tu mujer será tuerta, tu 
kail se parece a la cola de mi cerdo.

Luego se sentaron en corro, y cada uno probó el sabor de su raíz; cuando es amarga indica un mal marido; si es dulzona un marido imbécil; y en caso de ser olorosa, un esposo de buen humor. A esta gran ceremonia le sucedió la de tap–pickle. Las chicas deben recoger con los ojos vendados tres espigas de trigo cada una; si el grano que corona la espiga falta en una de ellas, no cabe la menor duda de que el futuro marido no le perdonará una sola ligereza cometida antes de las nupcias. 

«¡Oh, Nelly, oh, Nelly!, tus tres espigas carecían todas de tap–pickle, nadie te va a librar de las bromas. Es cierto que durante la misma víspera el granero de reserva había sido testigo de una larga conversación entre tú y Robert Luath.»

Muirland las miraba sin mezclarse activamente en sus juegos.

–¡Las avellanas, las avellanas! –gritaron.

Se sacó de una cesta una bolsa llena de avellanas y todos se acercaron al fuego que no habían dejado de mantener encendido. La luna brillaba pura y casi radiante. Cada uno tomó su avellana. Este sortilegio es célebre y venerado. Se distribuyen por parejas; se da a la avellana que cada uno ha cogido su propio nombre y al mismo tiempo se meten en el fuego la avellana bautizada con el nombre de la novia y la propia. 

Si las dos avellanas se queman lentamente una al lado de la otra, la unión será larga y tranquila; si las avellanas se rompen y se separan al quemarse; desgracia y separación en el matrimonio. A menudo es la chica quien se encarga de disponer en el fuego el doble símbolo al que está ligada toda su alma; y ¡cuál no será su tristeza cuando se da este divorcio, y cuando su futuro marido se aparta chispeando de su compañera!

Daban la una y todavía los campesinos no se habían cansado de consultar sus místicos oráculos. El terror y la fe que se mezclaban en estos sortilegios les conferían un nuevo atractivo. Los spunkies volvían a moverse por entre los juncos agitados. Las chicas temblaban. La luna, en lo alto del firmamento, se cubría con una nube. Se hizo la ceremonia de la maceta, la de la candela apagada, la de la manzana, grandes conjuraciones que no voy a descubrir. Willie Maillie, una de las muchachas más bonitas, sumergió tres veces su brazo en las aguas del Don, exclamando: 

–¡Mi futuro esposo, marido mío que todavía no existe!, ¿dónde está? Ahí tienes mi mano.

Tres veces había repetido el sortilegio, cuando la oyeron proferir un pavoroso grito.

–¡Dios mío!, el 
spunkie ha cogido mi mano –gritó.

Todo el mundo se precipitó a su alrededor, y todos temblaban, excepto Muirland. Maillie mostró su mano ensangrentada; los jueces de ambos sexos, a quienes una larga experiencia les confería habilidad en la interpretación de estos oráculos, convinieron sin vacilar que el arañazo no lo habían provocado, como afirmaba Muirland, las puntas de un junco espinoso, sino que el brazo de la chica presentaba realmente las huellas de las afiladas garras del 
spunkie. Todo el mundo reconoció que Maillie estaba amenazada por esta experiencia con tener en el futuro un marido celoso. El granjero viudo consideró que había bebido un poco más de lo conveniente.

–¡Celoso!, ¡celoso! –se exclamó.

Creyó ver en esta explicación de sus compañeros una alusión malintencionada a su propia historia.

–Yo –continuó Muirland vaciando un botijo de estaño lleno de whisky hasta los bordes–, preferiría mil veces casarme con el 
spunkie que volverme a casar. Yo he sabido en qué consiste vivir encadenado; preferiría permanecer encerrado en una botella herméticamente cerrada, con un mono, un gato o un verdugo por compañero. 

Yo estuve celoso de mi pobre Tuilzie: tal vez me haya equivocado; pero ¿cómo, os lo pregunto, no estar celoso?, ¿cuál es la mujer que no exige una continua vigilancia? No dormía por las noches, no la dejaba ni un solo momento en todo el día, no cerraba el ojo ni un instante. Los asuntos de mi mujer iban mal; todo languidecía. La misma Tuilzie palidecía ante mis ojos. ¡Que el matrimonio se vaya a los mil diablos!

Unos reían, los otros, escandalizados, se callaban. Quedaba todavía el último y el más temido de los sortilegios: la ceremonia del espejo. Uno se sitúa con una vela en la mano, ante un pequeño espejo; tres veces se sopla sobre el cristal, y tres veces se limpia repitiendo: «¡Aparece, marido mío!» o «¡Aparece, esposa mía!» Entonces, por encima del hombro izquierdo de la persona que consulta el destino, aparece claramente una cara que se refleja en el espejo; es la de la compañera o el marido invocado.

Nadie se atrevía, después del ejemplo de Maillie, a provocar a los poderes sobrenaturales. El espejo y la vela estaban en el suelo sin que nadie pensara utilizarlos para el sortilegio. El Don murmuraba entre los rosales; un largo trazo de plata, que temblaba sobre sus lejanas olas, era, ante los ojos de los campesinos, el rastro centelleante de los 
spunkies o espíritus de las aguas; la yegua de Muirland, su pequeña yegua de Highland de negra cola y blanco pecho rechinaba con todas sus fuerzas, signo evidente de que le rondaba un mal espíritu. 

El viento refrescaba; los tallos de los juncos balanceados provocaban un triste y largo murmullo; todas las mujeres empezaban a hablar del regreso; tenían muy buenas razones, reprimendas a sus maridos y a sus hermanos, consejos de salud para sus padres y una elocuencia doméstica a la que nosotros, reyes de la naturaleza y del mundo, nos resistimos en muy pocas ocasiones.

–¡Y bien! ¿Quién de vosotros se presentará ante el espejo? –preguntó Muirland.

Nadie respondió.

–Tienen muy poco valor –prosiguió–. El soplar del viento los hace temblar como al sauce. En cuanto a mí que jamás pienso coger mujer, como todos saben, porque quiero dormir, y como mis párpados no quieren cerrarse desde que me convierto en marido, me es absolutamente imposible empezar el sortilegio. Acaso piensan como yo.

Al fin, como nadie quería coger el espejo, Jock Muirland lo cogió.

–Yo voy a darles el ejemplo.

Entonces tomó sin vacilar el espejo fatal; fue encendida la vela y repitió bravamente el sortilegio.

–¡Aparece pues, esposa mía! –gritó Muirland.

Inmediatamente una cara pálida, cubierta de una cabellera rubia leonada, apareció sobre la espalda de Muirland. Se estremeció, se volvió para asegurarse de que ninguna de las muchachas del cantón estaba detrás suyo para simular la aparición. 

Pero nadie habría osado parodiar al espectro; y aunque el espejo se había roto al escaparse de la mano del granjero y caer al suelo, la misma cabeza blanca permanecía en su espalda, la misma cabellera ardiente: Muirland profirió un horrible grito y cayó de bruces en el suelo.

Hubieran visto a los habitantes del pueblo correr por todos lados, como las hojas esparcidas por el viento; sobre este lugar donde habían llevado a cabo hacía tan solo unos instantes sus diversiones rústicas, solo quedaron los despojos de la fiesta, el fuego apagado, los vasos y botijos vacíos y Muirland acostado sobre el césped. 

Los spunkies y sus acólitos regresaban con furia, y la tempestad que se preparaba en la atmósfera mezclaba con su canto sobrenatural este largo silbido que los escoceses designan de una manera tan pintoresca con el nombre de Sugh. Muirland, incorporándose, volvió a mirar sobre su espalda: siempre la misma cara. Esta sonreía al campesino, pero no decía nada y Muirland no podía adivinar si esta cabeza pertenecía a un cuerpo humano, pues solo se le aparecía cuando se volvía. 

Su lengua se paralizó, quedó adherida a su paladar. Intentó hablar con el ser infernal y probó en vano resucitar su valentía; cada vez que veía estos rasgos pálidos y los ardientes bucles, se estremecía de la cabeza a los pies. Empezó a correr con la idea de librarse de su acólito. Había desatado su pequeña yegua blanca y se disponía a poner el pie en el estribo cuando intentó todavía una última experiencia. ¡Terror!, siempre la misma cabeza, convertida en su inseparable compañera. 

Estaba atada a su espalda, como estas cabezas aisladas cuyo perfil los escultores góticos ponían a veces en lo alto de una columna o en el ángulo de una cornisa. La pobre Meg, la yegua del granjero, relinchaba con todas sus fuerzas y mediante frecuentes coces manifestaba cómo repercutía en ella el terror de su pobre dueño. 

El spunkie (pues debía ser uno de estos habitantes de los juncos quien perseguía al granjero), cada vez que Muirland se volvía, le miraba con dos ojos llameantes, de un azul profundo, sobre los que ninguna ceja dibujaba su sombra y ningún párpado velaba la insoportable claridad. Metió las dos espuelas; la misma curiosidad le empujaba constantemente a saber si su perseguidora estaba allí; esta no le abandonaba; en vano lanzó su yegua al galope, en vano el brezo y las montañas desaparecían y huían bajo el paso del animal; Muirland ya no sabía qué camino seguía, ni hacia dónde le conducía la pobre Meg. 

Solo tenía una idea en la cabeza, el spunkie, su compañero de ruta, o mejor su compañera, pues esta cara femenina tenía la malicia y la delicadeza propias de una joven de dieciocho años. La bóveda del cielo se cubría de espesas nubes que la disminuían por momentos. Jamás ningún pobre pecador se encontró solo y lanzado en medio de la campiña en una más satánica obscuridad. 

El viento soplaba como si quisiera despertar a los muertos; caía la lluvia diagonalmente empujada por la fuerza de la tormenta. Los rápidos fulgores del relámpago desaparecían devorados por las tenebrosas nubes que sobre ellos se cernían, de las que surgían largos, profundos y pesados mugidos. 

¡Pobre Muirland!, tu sombrero azul escocés, abigarrado de rojo, cayó, y no te atreviste a volverte para recogerlo. La tempestad redobló su furor; el Don desbordó de su cauce; y Muirland, después de galopar durante una hora, reconoció con dolor que volvía al mismo lugar del que había partido. 

La iglesia en ruinas de Cassilis se alzaba ante él; se hubiera dicho que el incendio abrasaba los restos de sus viejas pilastras; las llamas surgían por todas sus desiguales oberturas; las esculturas aparecían con toda su delicadeza sobre un fondo de lúgubres claridades. 

Meg no quería avanzar; pero el granjero, cuya razón ya no dirigía sus actos, y que creía notar esta terrorífica cara apoyada en sus hombros, hundía con tanta fuerza las espuelas en los flancos del pobre animal, que al fin cedió, a pesar suyo, a la violencia que se le imponía.

–Jock –dijo una voz dulce–, dejarás de tener miedo.

¿Se imaginan el profundo terror del desgraciado Muirland?

–Cásate conmigo –repetía el 
spunkie.

Mientras tanto huían hacia la catedral en llamas. Muirland, frenado en su carrera por las mutiladas columnas y los santos de piedra derribados, bajó de su montura; durante la noche había bebido tanto vino, cerveza y aguardiente, cabalgando tan extrañamente, que acabó por acostumbrarse a este estado de excitación sobrenatural; nuestro granjero entró con pie firme en la nave sin bóveda de la que surgían estos fuegos infernales.

El espectáculo que le sorprendió no lo había visto nunca. Un personaje agachado en medio de la nave sostenía, sobre su curvada espalda, una vasija octogonal de la que surgía una llama verde y roja. El altar mayor estaba cargado de sus viejos ornamentos religiosos. Demonios de ardientes cabelleras que se erizaban sobre sus cabezas estaban de pie sobre el altar en el lugar de los cirios. 

Todas las formas grotescas e infernales que la imaginación del pintor y el poeta han soñado se apresuraban, corrían, volaban, se balanceaban, se movían, se contorneaban de mil extrañas maneras. Las sillas del coro de los canónigos estaban ocupadas por graves personajes que conservaban los vestidos en perfecto estado. Pero sobre sus vestimentas se dibujaban manos de esqueletos, y de sus ojos socavados no salía resplandor alguno.

No diré, ya que el lenguaje humano es insuficiente, qué clase de incienso se quemaba en esta iglesia, ni qué abominable parodia de los santos misterios representaban los demonios. Cuarenta de estos duendes, encarnados en la antigua galería que en otros tiempos había sostenido el órgano de la catedral, tenían en sus manos gaitas escocesas de diversas dimensiones. 

Un enorme gato negro, sentado sobre un trono compuesto de una docena de estos señores, daba el tono con un prolongado maullido. La sinfonía infernal hacía vibrar los restos de las semiderruidas bóvedas y provocaba de vez en cuando la caída de escombros. 

Entre medio de este tumulto había bellas skelpies de rodillas; las habrían tomado por maravillosas vírgenes, si no fuera porque la cola demoníaca asomaba levantando las puntas de sus blancos vestidos; y más de cincuenta spunkies, con las alas extendidas o replegadas, bailando o en reposo. 

En las tumbas de los santos dispuestas simétricamente alrededor de la nave, había féretros abiertos, en los que el muerto, sobre un blanco sudario, aparecía con el cirio fúnebre en la mano. En cuanto a las reliquias sostenidas en el atrio, no me detendré a describirlas. 

Todos los crímenes cometidos en Escocia desde veinte años atrás habían acudido para preparar la iglesia en poder de los diablos. Allí habrían visto la cuerda del ahorcado, el cuchillo del asesino, el espantoso resto del aborto y los trazos del incesto. Habrían visto los corazones de los malvados ennegrecidos en el vicio y blancos cabellos paternos todavía colgantes de la hoja del puñal del parricida.

Muirland se detuvo, se volvió; la cara compañera de su camino continuaba allí. Uno de los monstruos encargados del servicio infernal lo tomó de la mano; él no opuso resistencia. Le condujeron al altar, siguió a su guía. Estaba dominado, sus fuerzas le habían abandonado. Todos se arrodillaron. Él se arrodilló. Cantaron extraños himnos, él nada escuchó; y permaneció allí, estupefacto, petrificado, esperando su suerte. 

Ahora los cantos infernales se hacían más ruidosos; los spunkies encargados del cuerpo de baile rodaban con más rapidez en su ronda infernal; las gaitas sonaban, chillaban, gritaban y silbaban con renovada vehemencia. Muirland volvió la cabeza para examinar su fatal hombro sobre el que un incómodo huésped había elegido domicilio.

–¡Ah! –exclamó, suspirando de satisfacción.

La cabeza había desaparecido.

Pero cuando su mirada deslumbrada y perdida se fijó sobre los objetos que le rodeaban, fue grande su sorpresa cuando vio, cerca de sí, de rodillas en un féretro, a una chica cuyo rostro era el mismo que el del fantasma que le había perseguido. 

Una camiseta escocesa de fino lino gris le cubría apenas hasta el muslo. Se le insinuaban los graciosos pechos y mostraba su blanca espalda, sobre la que caían dorados cabellos hasta el seno virginal que, debido a la ligereza de la ropa, se apercibía con toda su belleza. Muirland estaba conmovido; estas formas tan hermosas y delicadas contrastaban con todas las repugnantes apariciones que le rodeaban. 

El esqueleto que parodiaba la misa tomó con sus encorvados dedos la mano de Muirland y la unió a la de la chica; y este creyó sentir al abrazar a su extraña novia, la fina mordedura que el pueblo atribuye a las garras del spunkie. Esto ya era demasiado; cerró los ojos y se desmayó. 

Cuando aún no había logrado recuperar su lucidez, le pareció adivinar que manos infernales le volvían a poner sobre la fiel yegua que le había esperado a la puerta de la catedral; pero sus sentidos eran muy vagos, sus sensaciones indistintas.

Una noche así, como es evidente, dejó su huella en nuestro granjero; se despertó tal como uno se despertaría después de un letargo y quedó muy sorprendido al enterarse de que desde hacía unos días se había casado, que después de la noche de Hallowe'en había viajado hacia las montañas, de las que había traído una joven esposa, quien, en efecto, estaba a su lado en el lecho hereditario de su mujer.

Se frotó los ojos creyendo que soñaba, luego ya sin dudar, quiso contemplar a la que había elegido, ahora convertida en señora Muirland. Era por la mañana. ¡Qué bella era!, ¡qué dulce luz irradiaban sus prolongadas miradas!, ¡qué esplendor en sus ojos! No obstante, Muirland estaba sorprendido del extraño resplandor que emanaba de esos mismos ojos. 

Se acercó. Cosa extraña, su mujer, al menos así lo creía, no tenía párpados; grandes orbes de un azul obscuro se dibujaban bajo el arco negro de unas cejas de una curvatura admirablemente delicada. Muirland suspiró: el vago recuerdo del spunkie, de su carrera nocturna y de su terrible boda en la catedral, se le presentó súbitamente ante sí.

Al examinar con más detalles a su nueva esposa, creyó observar en ella todos los rasgos característicos de este ser sobrenatural, solo que un poco modificados, disimulados. Los dedos de la joven mujer eran largos y delgados, sus uñas blancas y afiladas; su rubia cabellera caía hasta el suelo. 

Permaneció como vencido por un profundo sueño. Sin embargo, todos sus vecinos le explicaron que la familia de su mujer residía en los Highlands; que justo al concluir la boda había cogido ardientes fiebres; que no era de extrañar que no tuviera ningún recuerdo de la ceremonia, ya que estaba enfermo, pero que pronto se encontraría bien con su nueva mujer, pues era guapa, dulce y buena ama de casa.

–¡Pero no tiene párpados! –exclamó Muirland.

La gente se le reía en las narices, pretendían que todavía le perseguían las fiebres; nadie, salvo el granjero, había notado esta extraña particularidad.

Llegó la noche; para Muirland era la noche de bodas, pues hasta este momento solo había sido marido formalmente. La belleza de su mujer le había conmovido, aunque según él, no tuviera párpados. Se prometió pues afrontar con resolución su propio terror, y por lo menos aprovecharse del singular favor que el cielo o el infierno le enviaba. 

En este punto pedimos al lector la concesión de todos los privilegios de la historia y pasar rápidamente por encima de los acontecimientos de esta noche: no diremos hasta qué punto la bella Spellie (este era su nombre) parecía todavía más bella con sus nocturnos atuendos.

Muirland se despertó, soñando que una sutil claridad solar inundaba la habitación baja en la que estaba el lecho nupcial. Deslumbrado por estos ardientes rayos, se levantó sobresaltado y vio los centelleantes ojos de su mujer mirándolo con ternura.

–¡Demonios! –exclamó–, realmente mi sueño es una injuria a su belleza.

Abandonó su sueño y dijo a Spellie mil cosas amables y tiernas, a las que la joven de las montañas respondió lo mejor que pudo. Spellie no había dormido en toda la noche.

«¿Cómo podrá dormir? –se preguntaba Muirland–. Pues no tiene párpados».

Y su peor espíritu volvía a caer en un abismo de meditaciones y de temores. Salió el sol. Muirland estaba pálido y fatigado; la granjera tenía los ojos luminosos como nunca. Pasaron la mañana paseándose por las orillas del Don. La joven esposa era tan bella que su marido, a pesar de su sorpresa y la fiebre que lo poseía, no pudo dejar de sentir admiración al contemplarla.

–Jock –le dijo esta–, te quiero tanto como querías a Tuilzie; tengo envidia de todas las muchachas de los alrededores, de tal forma que mira bien lo que haces, amigo mío. Seré celosa, os vigilaré de cerca.

Los besos de Muirland sellaron estas palabras; entretanto se sucedieron las noches y en medio de cada noche, los resplandecientes ojos no dejaban dormir al granjero; sus fuerzas sucumbían.

–Pero, querida –preguntó Jock a su mujer–, ¿es que no duermes nunca?

–¡Dormir yo!

–Sí, dormir. Tengo la impresión de que desde que nos hemos casado, no habéis dormido ni un instante.

–En mi familia, no se duerme nunca.

De las orbes azuladas de la muchacha emanaban rayos más ardientes.

–¡No duerme! –exclamó desesperado el granjero–, ¡no duerme!

Cayó vencido y aterrorizado sobre la almohada.

–¡No tiene párpados, no duerme! –repetía.

–No me canso de mirarte –contestó Spellie–, y de esta forma, te podré vigilar mejor.

Pobre Muirland. Los extraordinarios ojos de su mujer no le daban un momento de reposo; eran, como dicen los poetas, como astros eternamente alumbrados para deslumbrarle. En el cantón se compusieron más de treinta baladas dirigidas a los bellos ojos de Spellie. 

En cuanto a Muirland, un buen día desapareció. Tres meses habían pasado; el suplicio que había sufrido el granjero lo llevó a la desesperación, había agotado sus fuerzas; le parecía que aquella mirada de fuego le quemaba. Si volvía a los campos, si se quedaba en casa, si iba a la iglesia, siempre el mismo rayo terrible cuya presencia y esplendor penetraban hasta el fondo de su ser y le hacían temblar de horror. Acabó por detestar el sol, por huir del día.

El mismo suplicio que había sufrido la pobre Tuilzie se había convertido en el suyo; en vez de la inquietud moral que durante su primer matrimonio le había transformado en verdugo de su joven mujer, y a la que los hombres le dan el nombre de celos, se encontraba bajo la inquisición física e ineluctable de un ojo que nunca se cerraba: eran los celos también, pero convertidos en una imagen palpable, la inquisición convertida en tipo. 

Abandonó su granja, sus dominios, cruzó el mar y se hundió en los bosques de América septentrional, donde muchos hombres de su país habían fundado viviendas y construido tranquilamente su cabaña. Las sabanas de Ohio le ofrecían un seguro asilo, por lo menos así lo creía; prefería su pobreza, la vida de colono, la serpiente escondida en los espesos matorrales, una alimentación salvaje e insegura, a su casa de Escocia, bajo la que el ojo celoso y siempre abierto centelleaba para su tormento. 

Después de pasar un año en esta soledad, acabó por bendecir su suerte: al menos había encontrado la calma en el seno de esta naturaleza fecunda. No tenía la más mínima relación con Gran Bretaña, por miedo a tener noticias de su mujer; a veces, en sus sueños todavía veía aquel ojo abierto, aquel ojo sin párpado y se despertaba sobresaltado; pero este era todo el sufrimiento que tenía que soportar; se aseguró de que la vigilante y temida pupila ya no estaba cerca de él, no le penetraba, no lo devoraba con sus insoportables rayos y volvía a dormirse feliz.

Los narragansetts, tribu vecina de su vivienda, habían tomado por sachem o jefe a Massasoit, viejo enfermo y de pacífico carácter y con el que Jock Muirland estableció excelentes relaciones, al darle aguardiente, que él sabía destilar. Massasoit enfermó; su amigo Muirland le visitó en su choza.

Imaginen un wigwam indio, cabaña en punta, con un agujero por el que sale el humo; en medio de este humilde palacio, un fuego encendido; sobre las pieles de búfalo, extendidas por el suelo, el viejo jefe enfermo; a su alrededor los principales sagamores del cantón, chillando, gritando, llorando y haciendo tal ruido, que en vez de curar al enfermo hubieran enfermado a cualquiera en perfecta salud. 

Un powwow o médico indio dirigía el coro y la lúgubre danza. Resonaban los ecos vecinos por el ruido que provocaba esta extraña ceremonia: eran las oraciones públicas ofrecidas a las divinidades del país.

Seis muchachas se ocupaban de frotar los miembros desnudos y fríos del viejo: una de ellas, bastante guapa, de apenas dieciséis años, lloraba mientras cumplía este oficio. El sentido común del escocés le hizo ver que todo este aparato médico solo conseguiría la muerte de Massasoit; por su cualidad de europeo y blanco, pasaba por médico innato y se aprovechó de la autoridad que este título le confería, hizo salir a todos los vociferantes y se acercó al sachem.

–¿Quién se acerca? –preguntó el viejo.
–Jock, el hombre blanco.
–¡Oh! –respondió el sachem, tendiéndole su esquelética mano–, ya no nos veremos más, Jock.

Jock, aunque no tenía conocimientos médicos, se dio cuenta sin dificultades de que no tenía más que una indigestión; le socorrió, ordenó que todos se callaran, le puso a dieta, luego le cocinó un excelente potaje escocés, que el viejo tomó como medicina. 

En fin, que en tres días, Massasoit había vuelto a la vida; los gritos y los bailes de nuestros indios volvieron a empezar, pero estos himnos salvajes manifestaban alegría y gratitud. Massasoit hizo sentar a Jock en su cabaña, le dio a fumar de su calumet, y le presentó a su hija, la más joven y bonita de las que Muirland había visto en la cabaña.

–Tú no posees squaw –le dijo el viejo guerrero–, toma a mi hija y honra mis canas.

Jock tembló; se acordó de Tuilzie y Spellie, pensó hasta qué punto había fracasado en el matrimonio. No obstante, la joven 
squaw era dulce, ingenua, obediente. Una boda en los desiertos se lleva a cabo con muy pocas ceremonias; tiene escasas consecuencias funestas para un europeo. Jock se resignó, y la bella Anauket no le dio ningún motivo para arrepentirse de su elección.

Ocho días después de la boda, los dos, en una bella mañana de otoño, habían embarcado por el Ohio. Jock llevaba su fusil de caza. Anauket, acostumbrada a estas excursiones que componen toda la vida salvaje, ayudaba y servía a su marido. El tiempo era magnífico; las orillas de este hermoso río ofrecían a los amantes lugares encantadores. 

Jock había cobrado buenas piezas. Una pintada de brillantes alas hirió su mirada; apuntó, la hirió, y el pájaro, herido de muerte, cayó gimiendo, entre los espesos matorrales. Muirland no estaba dispuesto a perder una pieza tan magnífica; amarró su barca y corrió en busca del resultado de su conquista. 

Había chafado inútilmente varios matorrales y su obstinación de escocés le sumergía y hundía cada vez más en la espesura del bosque. Pronto se encontró rodeado de árboles de altas copas y en el centro de uno de estos espacios verdes naturales que se encuentran en las selvas de América, cuando un resplandor atravesó el follaje y llegó hasta él. Se estremeció: este rayo le quemaba; esta luz insoportable le obligaba a bajar la vista.

El ojo sin párpado estaba allí, vigilante y eterno.

Spellie había cruzado el mar; había encontrado el rastro de su marido y le seguía la pista; había mantenido su palabra y sus temibles celos abrumaban a Muirland con justos reproches. 

Corrió hacia la ribera, perseguido por el ojo sin párpado, vio el oleaje claro y puro del Ohio y enloquecido por el terror se precipitó en él. Este fue el fin de Jock Muirland. Está consagrado en una leyenda escocesa, y las mujeres la cuentan a su modo. Afirman que es una alegoría y que el «ojo sin párpado» es el ojo siempre abierto de la mujer celosa, el más terrible de los suplicios.

El monje negro - Anton Chéjov (Parte 2 y última)

 VI

Cuando Igor Semionovich se enteró no sólo del noviazgo repentino de Tania, sino también de su próximo matrimonio, se puso a dar pasos agigantados por la estancia, tratando de coordinar sus ideas y dominar su agitación. Se retorcía las manos y las venas de su cuello parecían tan amoratadas como las violetas que cultivaba en sus viveros. 

Ordenó que engancharan los caballos en su carricoche y se ausentó de la casa. Tania, al ver cómo fustigaba los caballos y se cubría las orejas con su gorra de cuero, comprendió lo que le pasaba a su padre, se encerró en su habitación, cerró la puerta y lloró todo el día.

En los huertos, los melocotones y las ciruelas estaban a punto de madurar. El empaquetado y envío de tan delicada mercancía a Moscú requería la máxima atención, como asimismo jaleo y bullicio. Teniendo en cuenta el intenso calor del verano, cada árbol tenía que ser regado; el procedimiento era muy costoso en aquella época, tanto por el tiempo empleado como por la energía que se debía gastar. 

Aparecieron los sempiternos gusanos, que los trabajadores, y hasta Igor Semionovich y Tania, mataban apretándolos con los dedos, a disgusto de Kovrin, a quien asqueaba ese acto repugnante. También había que tener en cuenta los cuidados prodigados a las frutas que madurarían en otoño, y de las que habría gran demanda desde las ciudades, como lo demostraba la gran correspondencia que recibían. 

En el momento en que todos estaban más atareados, cuando parecía que nadie disponía ni de un segundo libre, empezaron las labores en los campos, privando a los viveros de flores de la mitad de sus floricultores. Igor Semionovich, tostado por el sol, nervioso e irritado, galopaba de un lado para otro; ahora a los jardines, luego a los campos, mientras gritaba con todas las fuerzas de sus pulmones que aquel trabajo le estaba haciendo pedazos y que terminaría pegándose un tiro en la sien para acabar de una vez por todas.

Por encima de todo estaba el ajuar de Tania, al que la familia Pesotski atribuía suma importancia. Toda la casa parecía un hormiguero: ruido de máquinas de coser y de tijeras, vapor de agua producido por las planchas de hierro, aparte de los caprichos de la nerviosa y escrupulosa modista. 

Y para colmo de males, cada día llegaban más visitas, y todas debían ser atendidas, alimentadas y alojadas. Sin embargo, el trabajo y las preocupaciones pasaban desapercibidos en medio de la inmensa alegría que inundaba toda la extensa mansión. 

Tania tenía la impresión de que el amor y la felicidad habían caído sobre ella como una de esas inesperadas lluvias de verano; aunque desde los catorce años estuvo segura de que Kovrin no se casaría más que con ella. Se hallaba en un estado de eterno asombro, duda y desconfiaba de sí misma. 

En un momento se hallaba tan contenta que pensaba que volaría al cielo y se sentaría sobre las nubes para rezarle a Dios; pero instantes después pensaba que pronto llegaría el otoño y debería abandonar la casa de su infancia y a su padre. 

Pero lo más curioso de todo es que tenía la idea fija de que era una mujer muy insignificante, trivial y sin importancia para casarse con alguien tan famoso como Kovrin, un gran hombre de la capital. Cuando estos pensamientos le venían a la mente, Tania subía corriendo a su habitación, cerraba la puerta y se echaba a llorar desesperadamente. 

Pero cuando estaban presentes los visitantes, decía que Kovrin era muy guapo, que todas las mujeres iban detrás de él y que por ello la envidian; y en ese instante su corazón se hallaba tan repleto de orgullo y de gozo que daba la impresión de haber conquistado el mundo entero. Cuando Kovrin le sonreía a alguna mujer, los celos la devoraban, se echaba a temblar, subía a su habitación, cerraba la puerta y volvía a echarse a llorar. 

Pero este estado de nervios se extendía a todo lo que hacía durante el día: ayudaba a su padre mecánicamente, sin fijarse en los papeles, los gusanos ni en si los trabajadores cumplían con sus faenas, sin siquiera darse cuenta del paso del tiempo. Igor Semionovich se encontraba casi en el mismo estado de espíritu. Aún seguía trabajando de la mañana a la noche, yendo de los jardines a los campos y de estos a los jardines, e incluso su mal carácter había desaparecido; pero durante todo este tiempo parecía hallarse envuelto en un mágico sueño. 

Dentro de su robusto cuerpo parecían luchar dos hombres: uno, el verdadero Igor Semionovich, el cual, cuando oía decir a un jardinero que se había producido algún error en las plantaciones, se volvía loco por la excitación y se tiraba de los pelos; y el otro, el irreal Igor Semionovich, era un hombre que, en medio de una conversación, ponía su mano sobre el hombro del jardinero y balbuceaba emocionado:

–Puedes decir lo que te plazca, amigo mío, pero la sangre es más espesa que el agua. Su madre era una mujer deslumbrante, noble, buena, una verdadera santa. Era un placer contemplar su rostro bondadoso, puro, igual que el de un ángel. Pintaba maravillosamente, escribía poesías, hablaba cinco idiomas y cantaba... Pobrecita mía. Su alma reposa en el cielo. Murió tuberculosa.

El irreal Igor Semionovich hacía un gesto afirmativo con la cabeza al pronunciar estas palabras, y, después de unos momentos de silencio, proseguía:

–Cuando él era aún un muchacho, camino de ser un hombre hecho y derecho, daba gusto verlo por la casa con aquel rostro de ángel, de mirada bondadosa y expresión noble. Su mirada, sus movimientos, su forma de hablar, todo era tan gentil y gracioso como su madre. ¡Y cuán inteligente era! No es por nada que tiene el título de Magíster, no señor. Se lo ganó, no se lo regalaron. Pero espere un poco más, querido Iván Karlich, y ya verá lo que será dentro de diez años.

De pronto, al llegar a este extremo, el real Igor Semionovich se acordaba de sí mismo, se cogía la cabeza entre las manos y rugía como un toro:

–¡Malditos demonios! ¡Condenada escarcha! ¡Me han arruinado, me han destruido! ¡El jardín está arruinado; el jardín está destruido!

Kovrin seguía trabajando con su habitual tenacidad sin apenas darse cuenta del bullicio que reinaba en la casa. El amor sólo vertía aceite en las llamas. Después de cada encuentro con Tania, regresaba a sus aposentos rebosante de dicha y felicidad, y se sentaba a trabajar entre sus libros y manuscritos con la misma pasión con la que la había besado y jurado su amor. 

Lo que el Monje Negro le había dicho sobre la elección divina, la verdad eterna y el glorioso futuro de la Humanidad proporcionó a todo su trabajo un significado peculiar, fuera de lo corriente. Una o dos veces por semana se encontraba con el monje, tanto en el parque como en la casa, y hablaba con él durante horas y horas; pero esto no le asustaba; por el contrario, hallaba sumo placer en ello, ya que ahora estaba seguro de que el monje sólo efectuaba tales visitas a las personas elegidas y excepcionales que se habían dedicado a los ideales más puros.

Pasó el día de la Asunción. Luego vino el día de la boda, que fue celebrada con lo que Igor Semionovich llamaba *grand éclat*, es decir, con grandes fiestas y banquetes que duraron dos días. Tres mil rublos se gastaron en comidas y bebidas; pero debido a la vil música, los ruidosos brindis y discursos, el ajetreo de los criados, las aclamaciones a los novios y a aquella atmósfera densa y asfixiante, nadie pudo apreciar ni los costosísimos vinos ni los maravillosos *hors d'oeuvres* traídos especialmente de Moscú.

VII

Era una de aquellas largas noches de invierno. Kovrin se hallaba acostado en la cama, leyendo una novela francesa. La pobre Tania, a quien cada noche le dolía la cabeza debido a que no estaba acostumbrada a vivir en una ciudad, hacía ya tiempo que estaba durmiendo, y murmuraba frases incoherentes en sus sueños.

El reloj dio las tres campanadas de la madrugada. Kovrin apagó la luz y se dispuso a dormir, pero aunque permaneció con los ojos cerrados durante mucho tiempo, no logró conciliar el sueño, debido al calor de la habitación y a que Tania no cesaba de murmurar. A las cuatro y media, Kovrin volvió a encender la luz. El Monje Negro estaba sentado en una silla junto a su cama.

–¡Buenas noches! –le dijo el monje, y, después de unos segundos de silencio, preguntó–: ¿En qué pensaba en este instante?

–En la gloria –respondió Kovrin–. En una novela francesa que acabo de leer, el héroe es un hombre joven que no hace más que locuras, y muere víctima de su pasión por alcanzar la gloria. Para mí esto es inconcebible.

–Porque usted es demasiado inteligente. Considera indiferentemente la gloria como un juguete que no puede interesarle.

–Eso es cierto.

–No le interesa ser célebre. ¿De qué le sirve a un hombre que en su tumba se grabe que fue famoso y célebre, si al cabo de los años el tiempo borrará, tarde o temprano, aquella inscripción? Por suerte, para las pocas personas que son como usted, sus nombres serán olvidados con prontitud por el resto de los mortales.

–Desde luego –respondió Kovrin–. ¿Para qué recordar sus nombres? ¿Para qué acordarse de ellos? En fin, dejemos esto y hablemos de otra cosa. De la felicidad, por ejemplo. ¿Qué es la felicidad?

Cuando el reloj dio las cinco, Kovrin se hallaba sentado en el borde de la cama, con los pies apoyados en la alfombra, mirando hacia el monje y diciéndole:

–En tiempos remotos, los hombres se asustaban de su felicidad, por muy grande que esta fuese y, para aplacar a los dioses, depositaban delante de sus altares su querido anillo de boda. ¿Me ha comprendido? Pues bien, actualmente, yo, igual que Polícrates, estoy un poco asustado de mi propia felicidad. Desde la mañana a la noche sólo experimento dichas y alegrías; ambas cosas me absorben y ahogan cualquier otro sentimiento. Ignoro lo que es la aflicción, la desgracia, el tedio. Todo mi ser desborda felicidad por sus cuatro costados. Le hablo en serio; estoy empezando a dudar.

–¿Por qué? –preguntó asombrado el monje–. ¿Acaso piensa que la felicidad es un sentimiento supernatural? ¡No! ¿Cree que no es la condición normal de las cosas? ¡No! Cuanto más alto ha subido un hombre en su desarrollo mental y moral, más libre es; su mayor satisfacción emana de su propia vida. Sócrates, Diógenes, Marco Aurelio conocieron la dicha, pero no la aflicción. Y el apóstol dice: «Regocíjate todo lo que puedas». Regocíjese y sea feliz.

–Y los dioses se encolerizarán inmediatamente –dijo bromeando Kovrin–. Aunque también admito que me dolería mucho que ellos me robaran la felicidad, me obligaran a ser un desgraciado y a morirme de hambre.

En aquel momento se despertó Tania. Miró extrañada y aterrorizada a su marido. Vio que hablaba, que gesticulaba y reía dirigiéndose hacia la silla, sus ojos brillaban misteriosamente y su risa tenía un tono muy extraño.

–Pero Andrei, ¿con quién estás hablando? –dijo Tania, cogiendo la mano que Kovrin extendía en dirección al monje–. ¿Con quién estás hablando?

–¿Con quién? –respondió Kovrin–. ¡Pues con el monje! Está sentado ahí –añadió, señalando hacia el Monje Negro.

–No hay nadie ahí... nadie, Andrei; tengo la impresión de que estás enfermo.

Tania abrazó a su marido, apretándolo contra ella como si quisiera defenderlo de la aparición fantasmagórica, y le tapó los ojos con su mano.

–Sí, estás enfermo –dijo sollozando estremecida–. No te enfades por lo que voy a decirte, pero desde hace mucho tiempo estaba segura de que padecías de los nervios o de algo parecido. Estás enfermo... psíquicamente, Andrei.

El temor de su esposa se le contagió. Una vez más miró en dirección al butacón, ahora vacío, y sintió una gran flojedad en sus brazos y piernas. Empezó a vestirse, mientras le decía a su esposa:

–No es nada, querida Tania, nada... Pero admito que no estoy bien del todo. Ya es hora de que lo reconozca yo mismo.

–Ya me di cuenta hace mucho tiempo, y mi padre también –respondió ella, tratando de contener sus sollozos–. Hacía tiempo que había observado que hablabas contigo mismo y que te reías de una forma muy extraña. Además, no dormías, no podías dormir por las noches. ¡Oh, Dios mío, sálvanos! –gritó, presa de terror–. Pero no te preocupes, Andrei, no te asustes. Por el amor de Dios, no te asustes.

Tania también se vistió. Hasta que no se fijó en la expresión de su esposa, Kovrin no comprendió el peligro en que se hallaba. Se dio cuenta de lo que significaban el Monje Negro y sus conversaciones. Entonces se vio obligado a admitir con toda certeza que se había vuelto loco.

Ambos, sin saber cómo, se dirigieron al salón; primero él, detrás ella. Allí encontraron a Igor Semionovich envuelto en su batín. Se había despertado al oír los sollozos de su hija.

–No te asustes, Andrei –dijo Tania, temblando como si tuviera fiebre–. No te asustes. Padre, ya se le pasará esto..., ya se le pasará.

Kovrin estaba tan nervioso que apenas podía hablar. Para despistar, procuró tratar aquel asunto en broma. En efecto, dirigiéndose a su suegro, intentó decirle:

–Felicíteme, mi querido suegro, pues ya ve que me he vuelto loco.

Pero sus labios sólo se movieron, sin poder emitir sonido alguno, y sonrió amargamente.

A las nueve de la mañana, Igor y su hija lo envolvieron en un abrigo, le cubrieron con una capa de pieles y lo condujeron al médico. Este le puso en tratamiento.

VIII

De nuevo llegó el verano. Siguiendo las órdenes del doctor, Kovrin regresó al campo. Recuperó la salud y no volvió a ver al Monje Negro. En el campo recuperó su fuerza física. Vivía con su suegro, bebía mucha leche, trabajaba sólo dos horas al día y dejó de beber y fumar.

La tarde del 19 de junio, víspera de la fiesta más importante de la comarca, se celebró un servicio religioso en la casa. Cuando el sacerdote esparció el incienso, todo el vasto salón empezó a oler como una iglesia. Aquella atmósfera irritaba los pulmones de Kovrin, por lo que salió de la casa y se dirigió al jardín. Una vez allí, se puso a pasear arriba y abajo hasta que, cansado, se sentó en un banco. 

Al cabo de unos minutos, sintiéndose ya con fuerzas, se levantó y echó a caminar por el parque. Se dirigió a la orilla del riachuelo y estuvo contemplando el agua cristalina hasta que el piar melodioso de un ruiseñor le sacó de su abstracción. Se puso a caminar de nuevo y llegó al pinar donde viera por primera vez al Monje Negro, pero ni los pinos ni las flores le reconocieron. Y es que, realmente, con aquellos cabellos al rape, su caminar cansino, su alterado rostro, tan pálido y arrugado, y aquel cuerpo pesado, era imposible que alguien lo hiciera.

Cruzó el arroyuelo y atravesó los campos que en ese entonces estaban cubiertos de centeno y ahora habían sido plantados de avena. El sol acababa de ponerse, y en el amplio horizonte brillaba como un horno al rojo vivo su inmensa aureola de oro.

Cuando regresó a la casa, cansado y aburrido, Tania e Igor Semionovich se hallaban sentados en los escalones de la entrada principal, tomando una taza de té. Estaban conversando, pero cuando divisaron a Kovrin se callaron, por lo que este dedujo que habían estado hablando de él.

–Es la hora en que tomes tu leche –díjole Tania.

–No, aún no. Tómala tú, yo no tengo ganas.

Tania miró de reojo a su padre e insistió:

–Sabes perfectamente que la leche te hace bien.

–Sí, sobre todo si es en grandes cantidades –repuso Kovrin–. Te felicito, he ganado una libra de peso desde el último viernes. –Se apretó la cabeza entre las manos y continuó–: ¿Por qué, por qué me has curado? Bromuros, mezclas de hierbas sedativas, baños calientes, observándome constantemente: todo esto acabará por convertirme en un idiota. Has acabado por sacarme de mis casillas. Antes tenía delirios de grandeza, pero al menos era activo, trabajador, dinámico e incluso feliz... siempre estaba contento con mi felicidad. Pero ahora me he convertido en un ser racional, materializado, como el resto del mundo. ¡Me he convertido en una mediocridad y estoy aburrido y cansado de esta vida! ¡Oh, cuán cruelmente..., cuán cruelmente me has tratado! Admito que antes tenía alucinaciones, ¿pero qué daño le hacía a nadie el que las tuviera? Te lo repito, ¿qué daño hacía?

–¡Sólo Dios sabe lo que quieres dar a entender! –intervino Igor Semionovich–. No vale la pena oírte hablar.

–Pues no necesita hacerlo.

La presencia de Igor Semionovich, sobre todo, irritaba ahora a Kovrin. Siempre le contestaba seca y agriamente a su padre político, incluso con rudeza, y no podía contener la rabia que le producía el mero hecho de que le mirase. Igor Semionovich estaba confuso, se consideraba culpable, pero sin saber qué daño le había podido causar a su yerno. Le parecía mentira que hubieran cambiado de tal forma aquellas excelentes relaciones que los unían. 

Tania también se había dado cuenta de ello. Cada día era más claro para ella que las relaciones entre su padre y su esposo iban de mal en peor; que su padre se había hecho más viejo y que Kovrin cada vez era más intratable y nervioso. Ya no cantaba ni reía como antes, apenas comía nada y no podía dormir por las noches.

–¡Cuán felices eran Buda, Mahoma y Shakespeare al tener la dicha de que sus médicos no tratasen de curar sus éxtasis, alucinaciones e inspiraciones! –se decía a sí mismo Kovrin–. Si Mahoma hubiese tomado bromuro de potasio para sus nervios, trabajado dos horas al día y sólo hubiese bebido leche, estoy seguro de que no habría dejado tras de su muerte absolutamente nada. Los médicos hacen todo lo que está en sus manos para convertir en idiotas a todos los hombres, y a este paso llegará el momento en que la mediocridad será considerada genialidad, y la Humanidad perecerá. ¡Si ahora pudiese tener sólo una idea, cuán feliz me consideraría!

Sintió una tremenda irritación al pensar en todo esto y, para evitar decir más cosas duras e hirientes, se levantó y entró en la casa. Era una noche de fuerte ventolera, y el aroma a tabaco procedente de las plantaciones penetraba por las ventanas de su habitación. Encendió un puro y ordenó a un criado que le trajera vino: quería recordar «los viejos tiempos»... 

Pero ahora el tabaco era agrio y detestable, y el vino ya no tenía aquel aroma de antaño. ¡Cuántas repercusiones tiene el salirse de la práctica cotidiana, el dejar de hacer lo que se ha hecho durante años y años! Bastaron unas chupadas al puro y dos sorbos de vino para que se sintiera mareado, y se vio obligado a tomar el bromuro de potasio.

Antes de acostarse, Tania le dijo:

–Escúchame con un poco de paciencia, querido Andrei: mi padre te quiere mucho, pero tú no haces más que enfadarte con él por la mínima tontería, y esto lo está matando. Contempla su rostro; se está haciendo viejo, pero no cada día, sino en cada hora que pasa. Te lo imploro, Andrei, por el amor de Cristo, en nombre de tu difunto padre, en nombre de la paz de mi espíritu: sé bondadoso con él.

–No puedo, y tampoco lo deseo.

–¿Pero por qué? –repuso Tania, temblando–. Explícame por qué.

–Porque no me cae en gracia, eso es todo –respondió Kovrin con indiferencia, encogiéndose de hombros–. Prefiero no hablar más de esto: es tu padre.

–No puedo comprenderlo, no puedo comprenderlo –repitió Tania, mientras se llevaba las manos a la cabeza y fijaba su mirada en el vacío–. Algo terrible, espantoso, ha tenido que ocurrir en esta casa. Tú mismo, Andrei, has cambiado; ya no eres el mismo de antes. Te molestas por cosas insignificantes de las que en otro tiempo no hubieras hecho caso. No, no te enfades..., no te enfades –díjole cariñosamente Tania, mientras le acariciaba los cabellos, asustada por las palabras que acababa de pronunciar–. Eres inteligente, bueno y noble. Estoy segura de que serás justo con mi padre. ¡Él es tan bueno!

–No, no es bueno, sino que tiene buen humor –respondió Kovrin–. Estos tíos de vaudeville –del tipo de tu padre–, de rostros bien alimentados y sonrientes, tienen su carácter especial, y en otra época acostumbraba a divertirme con ellos, ya fuese en las novelas, en el teatro o en la misma calle. Son egoístas hasta el tuétano de sus huesos. Lo más desagradable de ellos es su saciedad y ese optimismo estomacal, puro bovino o porcino.

Tania se echó a llorar y recostó su cabeza en la almohada.

–¡Esto es una tortura! –Por el tono en que pronunció estas palabras se adivinaba que estaba desesperada y que le costaba trabajo hablar sin rodeos ni tapujos–. Desde el invierno pasado no he tenido un momento de tranquilidad. ¡Es terrible, Dios mío! No hago más que sufrir y padecer...

–¡Oh, sí, desde luego! Por lo visto yo soy Herodes y tú y tu papá, unos niños inocentes.

En aquel momento la cara de Kovrin le resultó repugnante y desagradable. La expresión de odio y furor era ajena a ella. Incluso observó que algo faltaba en su rostro: aunque a su esposo le habían cortado el cabello, no era aquello lo que le hacía parecer extraño. Tania sintió un deseo intenso de decir algo insultante, pero se contuvo y, dominada por el terror, abandonó el dormitorio.

IX

Kovrin consiguió una cátedra libre en la Universidad. El día de su primera lección como profesor fue fijado para el 2 de diciembre, y una nota a tal efecto fue colocada en el tablón de anuncios de los pasillos de la Universidad. Pero cuando llegó esta fecha, las autoridades académicas recibieron un telegrama en el que Kovrin les comunicaba que no podía cumplir con aquel compromiso debido a su enfermedad.

Empezó a escupir sangre de la garganta. Al principio fue eventual, de tarde en tarde, pero más adelante los escupitajos sanguinolentos se convirtieron en torrentes de sangre. Se sintió horriblemente débil y cayó en un estado de somnolencia. Pero esta enfermedad no le asustó, pues sabía que su difunta madre había vivido con ella durante diez años. Los médicos, también, aseguraron que no había ningún peligro, y le aconsejaron que no se preocupara, que llevara una vida normal y que hablara poco.

Al llegar el mes de enero, tampoco pudo ocupar la cátedra por el mismo motivo, y en febrero ya era muy tarde, pues el curso estaba avanzado. Por consiguiente, todo fue pospuesto para el año próximo.

Ya no vivía con Tania, sino con otra mujer, mucho más vieja que él y que lo cuidaba como si fuera su hijo. Tenía un carácter pacífico y obediente, y por ello, cuando Bárbara Nikolayevna hizo los trámites necesarios para llevarlo a Crimea, Kovrin consintió en ir, a pesar de que sabía que el cambio de clima y lugar le haría daño.

Llegaron a Sebastopol un atardecer y se quedaron allí para descansar, pensando marchar al día siguiente a Yalta. Ambos estaban agotados por el viaje. Bárbara tomó un poco de té y se fue a la cama. Pero Kovrin no se acostó. Una hora antes de tomar el tren había recibido una carta de Tania que no había leído, y pensar en ella le producía agitación. 

En el fondo de su corazón, él sabía que su matrimonio con Tania había sido un error. También aceptaba que había hecho bien en alejarse de ella, pero no podía dejar de admitir que el haberse ido a vivir con esta nueva mujer lo había convertido en un pelele entre sus manos, y se sintió vejado. 

Al contemplar la letra de Tania en el sobre, recordó lo injusto que había sido con ella y con su padre. Evocó aquella tarde en que, presa de un ataque de nervios, cogió todos los artículos de su suegro, los hizo añicos, los arrojó por la ventana y contempló cómo el viento los arrastraba depositándolos en las hojas de los árboles y las flores del jardín; en cada página había creído ver unas pretensiones desmedidas, una manía de vgfbcgrandeza y un carácter frívolo. 

Esto le había producido tal impresión que se apresuró en escribirle una carta en la que confesaba su culpa. En cuanto a Tania, debía admitir que había arruinado su vida. Recordó que en cierta ocasión había sido terriblemente cruel con ella, al decirle que su padre había desempeñado el papel de casamentero, y le había insinuado que se casara con ella. 

Y que cuando Igor Semionovich se enteró de esto, penetró en su habitación, enfurecido como un toro salvaje, y tan enloquecido que después de echarle en cara que había pisoteado su honor, ya no pudo murmurar una sola palabra, como si le hubieran cortado la lengua. Tania, viendo a su padre en aquel estado, se puso a gritar como una loca y cayó desvanecida al suelo. Sí, admitía que se había comportado como un ser monstruoso y repugnante.

Se dirigió al balcón, abrió la puerta y se sentó en la terraza. Desde el piso inferior de aquella posada llegaban gritos y algarabías; seguramente estaban festejando algo importante. Kovrin hizo un esfuerzo, abrió la carta de Tania y, tras regresar a la habitación, se dispuso a leerla.

> «Mi padre acaba de morir. Por esto estoy en deuda contigo, ya que has sido tú quien le ha matado. Nuestras plantaciones están arruinadas; están administradas por extraños; lo que mi padre siempre temió ha sucedido. Esto también te lo debo a ti, ya que eres el culpable de todo. ¡Te odio con toda mi alma, y deseo que pronto te mueras! ¡Sólo Dios sabe cuánto estoy sufriendo! ¡Sólo Él sabe el dolor que me destroza el corazón! ¡Te maldigo con todas las fuerzas de mi alma! Creí que eras un hombre excepcional, un genio; por ello te amé, pero me demostraste que sólo eras un loco...»

Kovrin no pudo seguir leyendo; rompió la carta y tiró al suelo los pedazos. Se hallaba dominado por el agotamiento y la desesperación. Al otro lado del biombo dormía Bárbara Nikolayevna; podía oír su respiración. Aquella carta le había aterrorizado. Tania le maldecía, le deseaba que se muriese. Miró hacia la puerta, como temiendo que por ella entrara aquel poder desconocido que durante dos años había arruinado su vida y las de quienes le habían rodeado.

Por experiencia sabía que, cuando los nervios se desataban, lo mejor era refugiarse en un trabajo. De modo que cogió su cartera de mano y sacó una compilación que había pensado acabar durante su estancia en Crimea si se aburría con la inactividad. Se acomodó frente a la mesa y se puso a trabajar en aquella compilación, creyendo que sus nervios se calmaban, poco a poco. 

Luego pensó que para conseguir aquella cátedra de filosofía había debido estudiar durante quince años, llegado a los cuarenta, trabajado día y noche, padecido una grave enfermedad, sobrevivido a un matrimonio frustrado; había sido culpable de mil injurias y crueldades que le torturaba recordar. 

Sí, tenía que admitir todo esto. Había sufrido y había hecho sufrir sólo para ser una mediocridad. Sí, se dio cuenta de que era una mediocridad, y lo aceptó así, pensando que cada hombre debe estar satisfecho con lo que realmente es.

Pero había muchas cosas que no podía olvidar. Los trozos de la carta de Tania, esparcidos por el suelo, avivaron más aún su tortura psíquica. Se agachó y los recogió; lanzó aquellos fragmentos por la ventana. Se sintió dominado por el terror, y tuvo la extraña sensación de que en aquella posada no había ningún ser viviente excepto él... Se dirigió al balcón. Desde allí se divisaba la bahía, con sus aguas tranquilas y las luces de los barcos. Hacía calor y bochorno, y por un instante pensó lo agradable que sería bañarse en aquellas aguas.

De repente, debajo de su balcón, oyó la música de un violín y el canto de dos mujeres. Eso le hizo recordar una escena lejana, allá en las plantaciones de Igor Semionovich. La letra de aquella canción se refería a una muchacha, enferma imaginativa, que oía por la noche en su jardín unos sones misteriosos, y hallaba en ellos una armonía y un tono de santidad incomprensibles para nosotros los mortales... Kovrin se cogió la cabeza entre las manos, su corazón dejó de latir, y el mágico y misterioso éxtasis, olvidado hacía ya mucho tiempo, volvió a temblar en su corazón.

Una columna alta y negra, como un ciclón o una tromba marina, apareció en la costa opuesta. Se deslizaba con increíble velocidad en dirección a la posada; luego se hizo más y más pequeña, y Kovrin se apartó para dejarle paso... El monje, aquel monje de cabellos grises, cejas negras y pies desnudos, con las manos cruzadas sobre su pecho, pasó junto a él y se detuvo en el centro de la habitación.

–¿Por qué no me creyó? –preguntó en un tono de reproche, mirándole a los ojos–. Si hubiese creído en mí cuando le dije que era un genio, estos dos últimos años no habrían pasado tan triste y estérilmente.

Kovrin volvió a creer que era un elegido de Dios y un genio; recordó todas las conversaciones que sostuvo con el Monje Negro, y quiso responderle. Pero la sangre fluyó de su garganta; no supo qué hacer y se llevó las manos al pecho, empapando de sangre los puños de su camisa. Quiso llamar a Bárbara Nikolayevna, que dormía tras el biombo, y haciendo un esfuerzo, gritó:

–¡Tania!

Cayó al suelo, y, levantando las manos, volvió a gritar:

–¡Tania!

Gritó llamando a Tania, al gran jardín con sus maravillosas flores, al parque, a los pinos con sus raíces al descubierto, al campo de centeno, a su ciencia, su juventud, su osadía y su felicidad; gritó llamando a la vida que había sido tan hermosa. Vio en el suelo, delante de sí, un gran charco de sangre, y era tanta su debilidad que no pudo articular ni una sola palabra. 

Pero, cosa extraña, una infinita e inexplicable alegría llenó todo su ser. Debajo del balcón seguía oyéndose la música de la serenata. El Monje Negro se acercó a él y le susurró al oído que era un genio, y que moría porque su débil cuerpo había perdido el equilibrio y no podía servir más de cobertura de un genio.

Cuando Bárbara Nikolayevna se despertó y salió de atrás del biombo, Kovrin estaba muerto. Pero su rostro estaba helado en una impasible sonrisa de felicidad.