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El anillo - Joseph von Eichendorff

Rosa había bostezado varias veces durante la conversación. Faber lo notó y, como siempre se distinguiera por ser un admirador del bello sexo, se ofreció ante la complacencia de todos a narrar un cuento.

–Pero, por favor, que no sea un cuento rimado, pues sólo se les entiende a medias.

Entonces el grupo se hizo más cerrado; Faber se encaminó en medio de él y comenzó, mientras sus pasos continuaban entre un boscoso declive, la siguiente historia:

–Había una vez un caballero...

–Esto comienza como en un cuento...

Faber retomó su historia:

–Había una vez un caballero que vivía en lo profundo del bosque en su antiguo castillo, donde practicaba espirituales contemplaciones y penitencias. Ningún extranjero visitaba al santo varón, todos los caminos se hallaban cubiertos de tupida hierba y sólo la campanilla, que de tiempo en tiempo hacia sonar en el curso de sus oraciones, interrumpía el silencio dejándose escuchar en la claridad de la noche, adentrándose en la espesura del bosque. 

El caballero tenía una hija, la cual le inspiraba no pocos sobresaltos a causa de su manera de pensar, del todo diferente a la suya, y cuyo entero anhelo se dirigía únicamente a las cosas profanas. Por las noches, cuando se encontraba sentada ante su rueca y él le leía en sus viejos libros las historias maravillosas de los santos mártires, ella solía pensar entre sí:

“Pero eran realmente unos tontos.”

Y creía saber mucho más que su anciano padre. Este creía en todos esos milagros. Muchas veces, cuando él estaba ausente, ella hojeaba los libros y pintaba grandes bigotes sobre las imágenes de los santos.

Al oír esto, Rosa soltó una carcajada.

–¿De qué te ríes? –preguntó Leontín, un tanto picante.

Faber continuó con su relato:

–Ella era más hermosa e inteligente que todos los demás niños de su edad, por lo que siempre se avergonzaba de jugar con ellos; y quien hablaba con ella creía estar escuchando a una persona adulta. Con tal conocimiento y elocuencia conversaba con ellos. Además, sin sentir miedo y riéndose del viejo alcalde su padre, que le contaba cosas espantosas acerca del genio del agua, día y noche ella se paseaba en completa soledad por el bosque. Muchas veces, estando en medio del bosque o a la orilla del celeste río, gritaba con la voz agitada por las risas:

–¡Que el Genio del agua sea mi novio! ¡Que el Genio del agua sea mi novio!

Cuando su padre estaba a punto de morir, éste hizo llevar a su hija a su lecho de muerte y le entregó un enorme anillo labrado en oro puro y macizo. Le dijo entonces:

–Este anillo fue fabricado por una diestra mano hace cientos de años. Uno de tus antepasados lo obtuvo en Palestina en mitad de una batalla; allí se encontraba el anillo, completamente cubierto de sangre y arena; allí permaneció, inmaculado y reluciente, con un brillo tan claro y destellante que todos los caballos reparaban ante él, evitando pisarlo con su casco. Tu madre y tus antepasadas lo llevaron y, de este modo, Dios bendijo sus matrimonios. 

Tómalo tú también y contémplalo todas las mañanas con limpios pensamientos, así su destello aliviará y fortalecerá tu corazón. Pero si tus pensamientos y pareceres se inclinaran hacia lo malo, su brillo desaparecerá junto con la transparencia de tu alma e incluso te parecerá turbio. Consérvalo fielmente en tu mano hasta que encuentres un hombre virtuoso. Pues aquel que una vez lleve puesto este anillo, será por siempre tu marido fiel.

Con estas palabras, el anciano caballero murió. Ida, su hija, se quedó entonces sola. Conforme pasaba el tiempo, su miedo crecía al vivir en ese viejo castillo, y como hallase enormes tesoros en los sótanos de su padre, cambió de inmediato su manera de vivir.

–Gracias a Dios –dijo Rosa–, pues hasta entonces se había sentido bastante aburrida...

Faber reanudó el relato una vez más:

–Los obscuros arcos, portales y patios de la antigua fortaleza fueron derruidos y un castillo nuevo y luminoso de blancos y ligeros muros con pequeños torreoncillos se erigió al poco tiempo sobre los viejos escombros. A su lado mandó construir un amplio y hermoso jardín en medio del cual cruzaba el celeste río. 

Había miles de flores, altas y vistosas, entre las que se elevaban saltos de agua cerca de los cuales se paseaban plácidos terneros. El patio del castillo hormigueaba de caballos y de pajes ricamente ataviados, que cantaban alegres canciones para su bella dama que, entre tanto, se había hecho una mujer extraordinariamente hermosa. Por ello, ricos pretendientes llegaban a cortejarla desde todos los puntos de la tierra y los caminos que conducían al castillo resplandecían de jinetes, cascos y crestones.

Esto le agradaba enormemente a la doncella y, sin embargo, a pesar de su aprecio por todos los caballeros, a ninguno quiso darle su anillo, pues todo pensamiento en relación con el matrimonio le parecía odioso y ridículo:

–¡¿Para qué –se decía– he de ver marchita mi hermosa juventud representando el papel de una miserable ama de casa en esta apartada y aburrida soledad, en vez de ser libre como un ave en su vuelo?!

Por añadidura, todos los hombres le parecían tontos, ya fuese por ser demasiado torpes como para corresponder a sus bromas debido a su orgullosa pretensión de abrigar elevados propósitos en los que ella no creía. Y así, en su ceguera, se consideraba un hada encantadora en medio de monos y osos hechizados que tenían que bailar y atenderla, pendientes de cualquiera de sus gestos. Entre tanto, el anillo se hizo cada vez más obscuro.

Cierto día, la joven ofreció un vistoso banquete. Debajo de una hermosa tienda levantada en el centro del jardín se habían sentado las mujeres y los caballeros jóvenes que habitaban en las cercanías, y en el centro de todos la orgullosa doncella, como una reina, luciendo sus ademanes graciosos que resplandecían por encima del brillo de las perlas y gemas que ornamentaban su cuello y su pecho. 

Era como una manzana agusanada, tan rozagante y engañosa se aparecía. El dorado vino dio alegres vueltas, los caballeros le otorgaban a la joven sus miradas más atrevidas; voluptuosas y seductoras canciones se escuchaban sin cesar en el jardín, penetrando el aire estival. Entonces la mirada de Ida cayó por casualidad en el anillo. Éste se había vuelto obscuro y su apagado brillo despedía tan sólo un opaco destello. Se levantó en el acto y fue hacia el declive del jardín.

–¡Piedra tonta, no me molestarás más! –dijo, riéndose con loca alegría.

Se quitó el anillo y lo arrojó a la corriente del río. En su vuelo, el anillo describió un arco claro y luminoso y fue a sumergirse en seguida en las profundidades. Más tarde ella volvió al jardín, donde voluptuosos sonidos parecían alargar sus brazos hacia ella.

–Al otro día –prosiguió Faber– Ida se encontraba sola, sentada en el jardín, mirando hacia el río. Era mediodía. Todos sus huéspedes se habían marchado, la región entera estaba sumida en un sofocante silencio. Solitarias nubes de raras formas cruzaban con lentitud el claro cielo azul. A ratos, corría un viento súbito por la región y al instante parecía como si las rocas y los árboles se inclinaran y hablaran de ella. 

Ida sintió un escalofrío. De pronto, vio a un apuesto y esbelto caballero que llegaba por el camino, montado en un caballo blanco como la nieve. Brillaban su armadura y su casco de color azul marino, una cintilla del mismo color flotaba al viento, sus espuelas eran de cristal. La saludó amablemente, desmontó del caballo y se acercó a ella. 

Asustada, Ida dejó escapar un grito pues descubrió en su mano el viejo anillo prodigioso, que apenas el día anterior había arrojado al agua, y recordó en seguida las palabras que su padre le dijera en el lecho de su muerte. El apuesto caballero extrajo una triple cinta recamada con perlas y la colocó en el cuello de la doncella, la besó en la boca, la llamó su novia y le prometió llevarla a su casa esa misma noche. 

Ida no pudo responderle, pues todo le parecía verlo como en un profundo sueño; sin embargo, había escuchado muy bien al caballero, que le habló con encantadoras palabras que se mezclaban con los sonidos del río como si éste estuviera encima de ella, susurrando continua y confusamente. Más tarde, lo vio montar en su corcel blanco y galopar hacia el bosque, tan veloz que el viento soplaba a sus espaldas.

Al anochecer, desde una ventana del castillo, la joven miraba en dirección de las montañas, cubiertas ya por un grisáceo crepúsculo. Se preguntaba inútilmente una y otra vez quién podía ser ese apuesto caballero que tanto le agradaba. 

Una inquietud y un miedo que jamás había sentido invadieron su alma, y a medida que el paisaje obscurecía, ella se sentía mayormente oprimida por semejantes sentimientos. Tomó el laúd con objeto de distraerse. Le vino entonces a la mente una vieja canción que su padre cantaba a menudo, por las noches, cuando ella era niña, y que escuchaba al despertar en medio del sueño. Comenzó a cantar:

 

Aunque el Sol se tenga que ocultar

y a obscuras tengamos que permanecer,

podemos pese a ello cantar

la bondad de Dios y su poder,

pues ni la noche nos ha de impedir

su justo elogio cumplir.

 

Entre tanto, unas lágrimas escaparon de sus ojos y tuvo que dejar el laúd; tanto era su dolor.

Al fin, afuera había obscurecido por completo; de pronto escuchó un estrépito de extrañas voces y cascos de caballo. El patio del castillo se vio en un momento inundado con luces flotantes entre cuyos destellos ella vio un furioso hormiguero de coches, caballos, caballeros y damas. 

Los invitados a la boda pronto se distribuyeron en la amplitud de todo el castillo, siéndole evidente que se trataba de sus viejos conocidos que apenas la víspera habían asistido a su banquete. El apuesto novio, de nuevo totalmente vestido en seda azul marino, se acercó a ella y alegró al instante su corazón con expresiones dulces y graciosas; los músicos tocaban sus instrumentos con vivo entusiasmo, unos pajes escanciaban vino y todo el mundo bailaba y se regalaba en medio de un alegre barullo.

Durante la fiesta, Ida se colocó junto a su novio frente a la ventana abierta. A sus pies, la región se hallaba distante y en completo silencio, como si toda ella fuese una tumba; sólo el río susurraba hacia lo alto desde el obscuro declive.

–¿Qué pájaros negros son esos que vuelan lentamente en largas hileras? –preguntó Ida.

–Vuelan durante toda la noche –dijo el novio–, y simbolizan tu boda.

–¿Quién es toda esa gente extraña –volvió a preguntar Ida– que está tranquilamente sentada en las piedras a un lado del río?

–Son mis sirvientes –dijo el novio–. Y nos aguardan.

Entre tanto, lustrosas bandadas comenzaron a elevarse en el cielo y a lo lejos, desde los valles, se escuchaban los cantos de los gallos.

–Hace frío –dijo Ida, y cerró la ventana.

–En mi casa hace aún más –respondió el novio, e Ida se estremeció instintivamente.

Entonces él la tomó del brazo y la condujo, en medio del alegre gentío, a bailar. No tardaría en amanecer, las velas de la sala aún parpadeaban, aunque mortecinamente. Ida bailaba mientras tanto, con su novio a quien veía cada vez más pálido, a medida que el día se acercaba. 

Afuera, más allá de las ventanas, vio llegar a largos hombres de singulares rostros, quienes se instalaban en el interior de la sala. Asimismo, los rostros de los demás huéspedes e invitados se fueron transformando poco a poco hasta semejar unos semblantes cadavéricos.

–¡Dios mío! ¿Con quién he convivido durante este tiempo? –gritó.

La mucha fatiga le impidió escapar y no pudo ni siquiera zafarse, mas el novio la sostuvo firmemente abrazada y continuó bailando hasta que cayó al suelo, desvanecida.

Al amanecer, cuando el Sol brillaba alegremente por encima de las cordilleras, el jardín del castillo se veía solitario en la montaña, no había un alma y todas las ventanas permanecían abiertas.

Tiempo después, cuando los viajeros pasaban junto al río bajo el claro brillo de la Luna, o incluso al mediodía, veían con frecuencia a una joven muchacha surgir en medio de la corriente, con el desnudo torso fuera del agua. Era en verdad hermosa, aunque tan pálida que parecía la muerte.

El abrazo - Amparo Dávila

Sentada frente a la ventana se entretenía mirando las gotas de agua que se deslizaban por los cristales. Era una lluviosa y oscura noche de otoño, una de esas noches en que la lluvia cae lenta y continuadamente con monotonía de llanto asordinado, de ese llanto que se escucha por los rincones de las casas abandonadas. 

Desde su asiento podía ver los relámpagos que centelleaban en aquel sombrío horizonte de siluetas de edificios, iluminados sólo breves instantes con la luz de los rayos. De vez en cuando se recargaba sobre la ventana y se ponía a contemplar la calle solitaria y la lluvia que caía sobre las viejas baldosas formando charcas o fugándose en corrientes. 

Era casi todo lo que podía hacer en esas noches cuando el deficiente alumbrado de la ciudad bajaba considerablemente o se interrumpía por intervalos, debido a las constantes descargas eléctricas. 

Noches tristísimas en que sentía el peso de un pasado plenamente vivido, y la soledad presente que la envolvía como ese inmenso silencio, sólo cortado por los truenos, los aullidos de los perros que los vecinos amarraban, o por el viento azotando puertas y ventanas. 

Cansada de mirar la calle desierta tomó su labor de gancho y se sentó a tejer, a tejer también sus recuerdos cuando ella, Marina, lo esperaba noche tras noche espiando su llegada por entre los visillos de la ventana, inquietándose hasta la muerte si él no venía a tiempo. 

A medida que los minutos pasaban se iba poniendo más nerviosa, se miraba al espejo cada cinco minutos empolvándose la nariz una vez y otra, se ponía perfume, crema en las manos, se peinaba, volvía a peinarse, de nuevo perfume, se limaba las uñas, enderezaba la línea de las medias, intentaba leer pero ninguna lectura lograba interesarla y botaba el libro con disgusto; iba y venía por la casa consultando el reloj, despejo, corría a la ventana.

¡Cuántas veces había llorado temiendo que algo le hubiera ocurrido, o que ya no la quisiera más y no regresara nunca! También se atormentaba pensando que estuviera con otra mujer, y sollozaba estropeando lamentablemente el maquillaje, consumiéndose de dolor y desesperación hasta que por fin oía la llave dando vueltas en la cerradura... 

El largo chirrido, como un doloroso lamento, de una puerta que el viento abrió la hizo estremecer, y la ráfaga de aire que llegó hasta ella fue como un aliento frío junto a su cara, un leve soplo helado. Marina se acomodó el chal de lana y fue a cerrar la puerta. Volvió a sentarse y continuó su tejido. 

Raquel la había enseñado a tejer, Raquel, y una gran nostalgia la invadió al evocar el nombre de su amiga, su única amiga. Desde la escuela habían sido inseparables, Marina le contaba todas sus cosas a pesar de que Raquel siempre censuró su manera de ser y de pensar y a toda costa quería cambiarla. 

Era natural que Raquel, educada dentro de una moral demasiado rígida y llena de escrúpulos, no pudiese aceptar ni aprobar nada que se saliera de sus principios, pero a pesar de todo había sido su gran confidente. ¡Qué lejanas y diluidas en el pasado estaban aquellas tardes cuando tomaban el té en el saloncito con muebles Luis XV de la casa de Raquel! Allí hablaban horas y horas, hasta que la tarde caía y ella se iba casi corriendo para arreglarse y esperarlo. 

"Nunca creí ser capaz de amar tanto, Raquel", le decía siempre, y Raquel expresaba su desaprobación moviendo la cabeza, y esbozaba una sonrisa sin decir nada. ¡Cómo le dolió cuando Raquel se casó y se fue a vivir a Viena, nada menos que a Viena, un lugar tan distante. Ella se había sentido muy triste y deprimida el día de la boda, como si tuviera el presentimiento de perderla, presentimiento que se realizó muy pronto. 

Nunca le habían gustado las bodas, y a muy pocas había asistido. A la de Raquel, y a aquella otra. Aquella que decidió su vida...  

Estrenó vestido y sombrero, un vestido de encaje lila que todos opinaron que era muy hermoso; pero ella no se sentía contenta, le molestaba, no, no era sólo eso, se trataba de algo más grave; le dolía mucho, muchísimo, más de lo que nunca hubiera podido imaginar, que se casara él, el amigo que tanto quería desde la infancia, quien había estado siempre tan cerca de ella en todos los momentos alegres y dolorosos. 

Durante la misa no pudo contenerse y había llorado desconsoladamente y sin importarle nada, en aquella iglesia pletórica de gente elegantísima, de flores y de música. Sabía que resultaba absurdo y sobre todo cursi ir a llorar a una boda, pero su sentimiento era superior a toda formalidad y simulación. No soportaba verlo uniéndose para siempre con una mujer insignificante, vulgar, sin ningún atractivo; no, no podía soportarlo porque supo entonces, con toda certeza, que lo amaba y lo quería sólo para ella. 

Después de la ceremonia fue con Raquel a la sacristía a felicitar a los novios. Raquel no le había hecho ningún comentario hasta ese momento, pero era innegable que había descubierto lo que le pasaba. 

Al abrazarlo no pudo impedir que volvieran a brotar las lágrimas. "Es absurdo, ¿no crees?", fue lo único que se le había ocurrido decir, pero en los ojos de él y en el mutuo temblor del abrazo vio que no era absurdo y que la vida comenzaba para los dos en ese instante... 

Nunca volvió a saber nada de Raquel. Desde que se fue a vivir a Viena, no había recibido ni una carta en todos esos años. Tal vez el marido, más lleno de prejuicios que la misma Raquel le había prohibido su amistad, tal vez... ¿Quién lo podía saber? 

Los había perdido casi al mismo tiempo. En unos cuantos meses se quedó completamente sola; pero Marina prefería recordar otras cosas, otros momentos que habían llenado su vida. Aquellas noches en las que ella, ahora, hubiera querido haberse muerto de placer entre sus brazos, habría sido hermoso haber muerto así; las manos enlazadas, las bocas unidas, una sola respiración, un solo estremecimiento y, después…  

Marina comenzó a percibir un olor, como de azahar o de limón o de hojas de naranjo, un perfume que invadía la habitación. Se olió las manos, no olían a nada, a jabón quizá; aspiró hondamente; era el olor que tanto le gustaba, el olor de él, a limpio, a lavanda. "Los aromas permanecen como los recuerdos, se quedan para siempre." 

Cuando él se iba, Marina buscaba en el lecho el olor de su cuerpo y volvía a dormirse pensando que seguía a su lado. Cuando se lo contaba, él se reía. ¡Cómo le gustaba verlo reír!, se veía más joven aún, con ese mechón rubio que al primer descuido le caía sobre la frente, y esa como mueca irónica que hacían sus labios tan finos y bien dibujados. Era tan niño cuando se reía. 

Cuánto lo había amado, cuánto lo amaba, tanto, que ella estaba allí, sin tiempo, sin importarle ya nada, lejos de todo y de todos, confinada, sólo recordando momento tras momento, palabra por palabra, como si no hubieran pasado los años, como si sólo ayer... 

Y Marina sintió una imperiosa necesidad de verlo, de saber cómo había sido. Se levantó y fue a buscar un cofre donde conservaba cartas, retratos, un pañuelo, flores secas, y todas esas pequeñas cosas que se van guardando... 

Ahí estaba rodeado de los maestros el día de su recepción de abogado; al contemplarlo Marina sintió como un hormigueo que le subía por las venas y un sollozo que la ahogaba. Una descarga eléctrica sacudió la noche y la luz se fue. Marina se quedó inmóvil con el cofre abierto esperando que volviera. 

Lentamente las lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas, después de tanto tiempo de no poder llorar. Cuando creía que ya las había agotado todas, llegaban ahora, como una lluvia tibia, a refrescar los ojos ardidos por la falta de sueño. 

El débil resplandor de una lamparilla de aceite, que acostumbraba tener en su recámara, dejaba llegar hasta la sala una leve claridad. Conservaba esa lámpara encendida constantemente, porque quería que fuera como un testimonio de su amor intacto. Al regresar la luz contempló la fotografía humedecida por las lágrimas...  

Llevaba un traje oscuro la noche de la recepción, se veía muy serio, los nervios sin duda, era muy nervioso, demasiado nervioso, más de lo que sus amigos pensaban, siempre tenía las manos frías y húmedas, ella se las tomaba entre las suyas hasta lograr quitarles la rigidez y calentarlas, sus manos delgadas, largas... En aquella otra fotografía estaban los dos, con amigos... 

Después de la cena habían bailado, bailaba muy bien, recordó aquel paso tan suyo como si arrastrara un poco el pie al dar las vueltas, era bastante alto, ella le llegaba hasta el hombro y ahí recostaba su cabeza, siempre bailaban estrechamente abrazados como si fueran un solo cuerpo, y ella revivió un hondo estremecimiento, una vibración de todo su ser, a su solo recuerdo. 

Un poco mareados por los cocteles habían ido a dar un paseo a la Presa, ella se quitó los zapatos y había corrido descalza por la cortina... 

Marina escuchó unas leves pisadas como si alguien hubiera entrado en la sala, ese ruido de la madera vieja cuando uno camina. "Son sólo los muebles que rechinan y truenan con la humedad, las cómodas, las mesas, las sillas, todo cruje, todo se lamenta, las he oído tantas veces, de noche todos los ruidos se agrandan, el tic tac del reloj que durante el día apenas se escucha, en el silencio de la noche es como un péndulo imponente"... 

Él se había quedado fumando, recargado sobre el pretil de la cortina de la Presa, mirándola correr, sin decir nada, se veía tan pálido bajo la luz de la luna llena, tan terriblemente..., tan terriblemente pálido y hermoso como ahora que la contemplaba inmóvil y sereno allí, de pie cerca del piano. 

Marina se fue incorporando mientras su corazón golpeaba sordo y acelerado, y colocó el cofre sobre una mesa que estaba a su lado. Se quedó sin saber qué hacer ni qué pensar, paralizada, como si de pronto hubiera caído en el vacío, debía ser la sorpresa, la emoción de volver a verlo cuando ya no abrigaba ninguna esperanza y, también, ¿cómo entenderlo, cómo explicárselo?

El no saber si sería su cuerpo, ese cuerpo que ella conocía tan bien, o si sólo sería humo o algo que se deshiciera entre sus manos, ella había visto la caja bajando hacia la fosa, también entonces se había preguntado una y mil veces si era él, su cuerpo, el que estaba dentro de aquella caja metálica que no había podido abrir, porque resultaba superior a sus fuerzas y porque no era posible que él estuviera ahí dentro, rígido, muerto.

Alguien había insistido en que lo viera, que eso era lo mejor, otros opinaron que no soportaría ver su rostro destrozado, después empezaron a echar la tierra, las palas de los enterradores fueron llenando la sepultura, aquella tarde neblinosa y fría de noviembre... 

No, no podía moverse, era como si hubiera enraizado y no consiguiera romper esos cuantos pasos que los separaban y correr hacia él, echarle los brazos al cuello como antes cuando lo veía llegar, no se atrevía a tocarlo y era lo que más deseaba, lo que esperó tanto tiempo, nunca pudo contenerse ante él, invadida por una vehemencia irrefrenable, una pasión que la precipitaba hacia sus brazos, quería abrazarlo, besarlo, recorrer su cuerpo reconociéndolo todo..., pero el humo, el polvo, los huesos solos, no podía dejar de pensar en esas cosas, quitarlas de su mente, no, no podía, pero que él no la mirara así, así, de esa manera...

—¡No, por Dios!, no me mires así —gritó Marina y comenzó a sollozar sordamente cubriéndose el rostro... 

Cuando se enojaban ella siempre lloraba y decía muchas cosas lamentándose de su crueldad, él se quedaba serio y callado, pensativo, mirándola con esa mirada suya llena de tristeza, como un reproche mudo, una forma de decirle que no lo atormentara con tonterías, con esa misma mirada con que ahora... Los aullidos de los perros llenaron la noche. Marina cesó de llorar y alzó la cabeza.

—No te sobresaltes, amor, sólo son los perros que aúllan en la noche y el viento que mueve las puertas, no hay nadie más en esta casa, sólo tú y yo, separados por unos cuantos pasos, invadidos por un deseo de años, ha sido tan larga la ausencia, déjame que te cuente de esas eternas noches en que te llamaba hasta quedar sin voz y sólo un ruido áspero y seco salía de mi garganta enronquecida, y en que sublevada por no verte más, me golpeaba furiosamente contra los muros y las cosas hasta caer desfallecida y muerta de desesperación sobre la cama, en esa cama dura que nunca te gustó y que hacía tanto ruido, ¿te acuerdas?, espera, no te muevas, espera un poco más, ya no sé lo que te estoy diciendo, pienso tantas cosas deshilvanadas, yo no sé lo que es la muerte, nunca lo he entendido, pero tú no estás muerto, estás igual que antes, y si lo estuvieras no está muerto mi amor ni el tuyo, y estamos solos, solos y juntos con la misma ansiedad de poseernos, se ha parado el reloj, ¿escuchas?, ya no hay tiempo, podremos amarnos sin relojes que nos amenacen con el martilleo de sus horas, sin que tengamos que separar nuestros cuerpos nunca más, ¡ah! qué duro era cuando te desprendías de mí y te apresurabas a vestirte y a marcharte antes de que amaneciera y alguien pudiera descubrirte saliendo de mi casa, qué doloroso era verte partir diariamente, cuando la puerta se cerraba tras de ti yo corría a la ventana, hasta mirarte desaparecer entre las sombras de la calle, después me tendía en la cama con los ojos abiertos a reconstruir todos los instantes, te esperé mucho, mucho tiempo, ya no sé cuántos años, largas noches pegada al cristal de la ventana espiando las sombras que pasaban por la calle, corriendo después tras alguien que podía ser tú, hasta lograr verle la cara descubrir otro rostro que no me decía nada, un día perdí la esperanza de que volvieras y he vivido todos estos largos, eternos años, sólo de tu recuerdo, te he acordado siempre, a todas horas, a cada momento, sobre todo de noche cuando llueve y uno se siente tan solo y sin consuelo, oyendo la lluvia caer interminablemente, espera, amor, espera un instante más, tengo que decirte que no estoy igual que antes, tú sabes, uno deja de comer y de dormir y se enflaquece, pero no digas nada ni te pongas triste, aún puedo darte el mismo amor, el mismo placer, ven ya, amor, ven, abrázame fuerte.

El hada del Sáuco - Hans Christian Andersen

Érase una vez un chiquillo que se había resfriado. Cuando estaba fuera de casa se había mojado los pies, nadie sabía cómo, pues el tiempo era completamente seco. Su madre lo desnudó y acostó, y, pidiendo la tetera, se dispuso a prepararle una taza de té de saúco, pues esto calienta. En esto vino aquel viejo señor tan divertido que vivía solo en el último piso de la casa. No tenía mujer ni hijos pero quería a los niños, y sabía tantos cuentos e historias que daba gusto oírlo.

- Ahora vas a tomarte el té -dijo la madre al pequeño- y a lo mejor te contarán un cuento, además.

- Lo haría si supiese alguno nuevo -dijo el viejo con un gesto amistoso-. Pero, ¿cómo se ha mojado los pies este rapaz? -preguntó.

- ¡Eso digo yo! -contestó la madre-. ¡Cualquiera lo entiende!

- ¿Me contarás un cuento? -pidió el niño.

- ¿Puedes decirme exactamente - pues debes saberlo - qué profundidad tiene el arroyo del callejón por donde vas a la escuela?

- Me llega justo a la caña de las botas -respondió el pequeño-, pero sólo si me meto en el agujero hondo.

- Conque así te mojaste los pies, ¿eh? -dijo el viejo-. Bueno, ahora tendría que contarte un cuento, pero el caso es que ya no sé más.

- Pues invéntese uno nuevo -replicó el chiquillo-. Dice mi madre que de todo lo que observa saca usted un cuento, y de todo lo que toca, una historia.

- Sí, pero esos cuentos e historias no sirven. Los de verdad, vienen por sí solos, llaman a la frente y dicen: ¡aquí estoy!

- ¿Llamarán pronto? -preguntó el pequeño. La madre se echó a reír, puso té de saúco en la tetera y le vertió agua hirviendo.

- ¡Cuente, cuente!

- Lo haré, si el cuento quiere venir por sí solo, pero son muy remilgados. Sólo se presentan cuando les viene en gana. ¡Espera! -añadió-. ¡Ya lo tenemos! Escucha, hay uno en la tetera.

El pequeño dirigió la mirada a la tetera; la tapa se levantaba, y las flores de saúco salían del cacharro, tiernas y blancas; proyectaron grandes ramas largas, y hasta del pitorro salían, esparciéndose en todas direcciones y creciendo sin cesar.

Era un espléndido saúco, un verdadero árbol, que llegó hasta la cama, apartando las cortinas. Era todo él un cuajo de flores olorosas, y en el centro había una anciana de bondadoso aspecto, extrañamente vestida. Todo su ropaje era verde, como las hojas del saúco, lleno de grandes flores blancas. A primera vista no se distinguía si aquello era tela o verdor y flores vivas.

- ¿Cómo se llama esta mujer? -preguntó el niño.

«Verás: los romanos y griegos -respondió el viejo- la llamaban Dríada, pero esta palabra no la entendemos nosotros. Allá en Nyboder le damos otro nombre mejor; la llamamos "mamita saúco", y has de fijarte en esto. Escucha y contempla el espléndido saúco. Hay uno como él, florido también, allá abajo; crecía en un ángulo de una era pequeña y humilde. Un mediodía dos ancianos se habían sentado al sol, bajo aquel árbol. Eran un marino muy viejo y su mujer, que no lo era menos. Tenían ya bisnietos, y pronto celebrarían las bodas de oro, aunque apenas se acordaban ya del día de su boda; el hada, desde el árbol, parecía tan satisfecha como esta de aquí.

- Yo sé cuándo son vuestras bodas de oro -dijo; pero los viejos no la oyeron; hablaban de tiempos pasados.

- ¿Te acuerdas? -decía el viejo marino-. ¿Te acuerdas de cuando éramos niños y corríamos y jugábamos en esta misma era? Plantábamos tallitos en el suelo y hacíamos un jardín.

- Sí -replicó la anciana-, lo recuerdo bien. Regábamos los tallos; uno e ellos era una rama de saúco, que echó raíces y sacó verdes brotes y se convirtió en un árbol grande y espléndido; este mismo bajo el cual estamos.

- Sí, esto es -dijo él-; y allí en la esquina había un gran barreño; en él flotaba mi barca. Yo mismo me la había tallado. ¡Qué bien navegaba! Pero pronto lo haría yo por otros mares.

- Sí, pero antes fuimos a la escuela y aprendimos unas cuantas cosas -prosiguió ella - Y luego nos prometieron. Los dos llorábamos, pero aquella tarde fuimos, cogidos de la mano, a la Torre Redonda, para ver el ancho mundo que se extiende más allá de Copenhague y del océano. Después nos fuimos a Frederiksberg, donde el Rey y la Reina paseaban por los canales en su embarcación de gala.

- Pero pronto me tocó a mí navegar por otros lugares, durante muchos años. Fui lejos, muy lejos, en el curso de largos viajes.

- Sí, ¡cuántas lágrimas me costaste! -dijo ella-. Creí que habías muerto; te veía en el fondo del mar, sepultado en el fango. ¡Cuántas noches me levanté para ver si la veleta giraba! Sí, giraba, pero tú no volvías. Me acuerdo de un día que estaba lloviendo a cántaros, el basurero se paró frente a la puerta de la casa donde yo servía. ¡Era un tiempo espantoso! Yo salí con el cubo de basura y me quedé en la puerta, y mientras aguardaba allí se me acercó el cartero y me dio una carta, una carta tuya. ¡Dios mío, lo que había viajado aquel sobre! Lo abrí y leí la carta, llorando y riendo a la vez. ¡Estaba tan contenta! Decía el papel que te hallabas en tierras cálidas, donde crecía el café. ¡Qué país más maravilloso debe ser! ¡Me contabas tantas cosas! Y yo las estaba viendo mientras la lluvia caía sin cesar, de pie yo con mi cubo de basura. Alguien me cogió por el talle...

- Pero tú le propinaste un buen bofetón, muy sonoro por cierto.

- No sabía que fueses tú. Habías llegado junto con la carta y ¡estabas tan guapo! - y todavía lo eres -. Llevabas en el bolsillo un largo pañuelo de seda amarillo, y un sombrero nuevo. ¡Qué elegante ibas! ¡Dios mío y qué tiempo hacía, y cómo estaba la calle!

- Entonces nos casamos -dijo él-, ¿te acuerdas? ¿Y de cuándo vino el primer hijo, y después María y Niels, y Pedro, y Juan, y Cristián?

- Sí, y todos crecieron y se hicieron personas como Dios manda, a quienes todo el mundo aprecia.

- Y sus hijos han tenido ya hijos a su vez -dijo el viejo-. Nuestros bisnietos; hay buena semilla. ¿No fue en este tiempo del año cuando nos casamos?

- Sí, justamente es hoy el día de vuestras bodas de oro -intervino el hada del sabucal, metiendo la cabeza entre los dos viejos, los cuales pensaron que era la vecina que les hacía señas. Miráronse a los ojos y se cogieron de las manos.

Al poco rato se presentaron los hijos y los nietos; todos sabían muy bien que eran las bodas de oro; ya los habían felicitado, pero los viejos se habían olvidado, mientras se acordaban muy bien de lo ocurrido tantos años antes. El saúco exhalaba un intenso aroma, y el sol, cerca ya de la puerta, daba a la cara de los abuelos. Los dos tenían rojas las caras, y el más pequeño de sus nietos bailaba a su alrededor, gritando, alegre, que habría cena de fiesta: comerían patatas calientes. Y el hada asentía desde el árbol y se sumaba a los hurras de los demás».

- Pero esto no es un cuento -observó el chiquillo, que escuchaba la narración.

- Tú lo sabrás mejor -replicó el viejo señor que contaba-. Lo preguntaremos al hada del saúco.

- No fue un cuento -dijo ésta-; el cuento viene ahora. Las más bellas leyendas surgen de la realidad; de otro modo, mi hermoso saúco no podría haber salido de la tetera -. Y, sacando de la cama al chiquillo, lo estrechó contra su pecho, y las ramas cuajadas de flores se cerraron en torno a los dos. Quedaron ellos rodeados de espesísimo follaje, y el hada se echó a volar por los aires. ¡Qué indecible hermosura!

El hada se había transformado en una linda muchachita, pero su vestido seguía siendo de la misma tela verde, salpicada de flores blancas, que llevaba en el saúco. En el pecho lucía una flor de saúco de verdad, y alrededor de su rubia cabellera ensortijada, una guirnalda de las mismas flores. Sus ojos eran grandes y azules, y era maravilloso mirarlos. Ella y el chiquillo se besaron, y entonces quedaron de igual edad, sintiendo las mismas alegrías.