—¡Uf! —exclamó «Ham» Hammond, mirando por la
claraboya de babor de la cámara de observación—. ¡Vaya un sitio para pasar una
luna de miel!
—Entonces no deberías de haberte casado con una
bióloga —contestó la señora Hammond. Apoyaba la cabeza sobre el hombro de su
marido y él pudo ver los grises ojos de su esposa bailar en el cristal de la
claraboya—. Ni con la hija de un explorador —añadió.
Porque Pat Hammond, hasta su boda con Ham unas
cuatro semanas antes, había sido Patricia Burlingame, hija del gran inglés que
había conquistado para Gran Bretaña tanta zona crepuscular de Venus como Crowly
había ganado para los Estados Unidos.
—No me casé con una bióloga —replicó Ham—. Me casé
con una muchacha que casualmente se interesa por la biología; eso es todo. Es
uno de sus pocos defectos.
Redujo el chorro de los reactores inferiores y el
cohete descendió suavemente sobre un cojín de llamas hacia el negro paisaje
inferior. Lenta y cuidadosamente, Ham reguló los controles hasta conseguir la
mínima vibración y luego cerró el chorro de repente. Se posaron con un leve
temblor y un extraño silencio cayó como una manta tras el cese del rugiente
estampido.
—Ya estamos —anunció él.
—Ya estamos —repitió Pat—. ¿Dónde?
—Exactamente a ciento treinta kilómetros al este de
la cordillera opuesta a Venoble, en la Tierra Fría británica. Al norte está,
supongo, la continuación de las Montañas de la Eternidad. Al sur y al oeste,
misterio.
—Acabas de conseguir una buena descripción técnica
de ningún sitio —se rió Pat—. Voy a apagar las luces para ver el exterior.
Así lo hizo y en la oscuridad las claraboyas
parecieron círculos débilmente luminosos.
—Sugiero —prosiguió ella— que la Expedición Conjunta
suba a la cúpula para iniciar las observaciones. Si estamos aquí para
investigar, investiguemos un poco.
—Este apéndice de la expedición está conforme
—respondió Ham con una risita.
Hizo una mueca de contento en la oscuridad ante la
desenvoltura con que Pat abordaba el serio problema de la exploración. Aquí
estaban ellos, la «Expedición Conjunta de la Royal Society y el Smithsonian
Institute para la Investigación de las Condiciones en el Lado Oscuro de Venus»
como rezaba el largo título oficial.
Ham representaba técnicamente la mitad americana del
proyecto —Pat no había querido admitir a ningún otro— pero era a ella a quien
la sociedad y los miembros del Instituto dirigían sus preguntas, sus
requerimientos y sus instrucciones. Era lo justo. Después de todo, Pat era la
autoridad más competente en lo relativo a la flora y la fauna de las Tierras
Cálidas y, además, la primera criatura humana nacida en Venus, en tanto que
Ham era sólo un ingeniero que el lucrativo comercio de xixtchil había atraído a
la frontera de las Tierras Cálidas.
Allí había conocido a Patricia Burlingame y allí,
después de un azaroso viaje hasta el pie de las Montañas de la Eternidad, la
había conquistado. Se casaron en Erotia, el asentamiento americano, hacía poco
menos de un mes, y luego habían aceptado hacerse cargo de la expedición a la
cara oscura de Venus.
En un principio, Ham no estuvo de acuerdo. Hubiera
preferido una buena luna de miel terrestre en Nueva York o Londres, pero había
dificultades. La principal de ellas la astronómica; Venus había superado el
perigeo y transcurrirían ocho largos meses antes de que el planeta, en su lento
giro alrededor del Sol, alcanzase un punto desde donde un cohete pudiera llegar
a la Tierra.
Ocho meses en la primitiva y fronteriza Erotia o en
la igualmente primitiva Venoble, si elegían el asentamiento británico, sin
ninguna diversión excepto cazar, sin radio ni juegos, incluso muy pocos libros.
Y si tenían que cazar, argüía Pat, ¿por qué no añadir la emoción y el peligro
de lo desconocido?
Nadie sabía qué vida, si había alguna, se ocultaba
en el lado oscuro del planeta. Muy pocos lo habían visto alguna vez, y esos
pocos desde cohetes que sobrevolaban a toda velocidad grandes cordilleras o
infinitos océanos helados. Ahora se presentaba una oportunidad de avistar el
misterio y explorarlo con los gastos pagados.
Había que ser multimillonario para construir y equipar
un cohete privado, pero la Royal Society y el Smithsonian Institute, gastando
dinero del gobierno, estaban por encima de semejantes consideraciones. Habría
peligro, quizás, y emociones de las que dejan sin aliento, pero... podrían
estar solos.
Este último punto había convencido a Ham. Así pues,
habían consumido dos afanosas semanas avituallando y equipando el cohete,
habían volado muy alto sobre la barrera de hielo que limita la zona crepuscular
y se habían precipitado frenéticamente a través de la linea de tormentas donde
el frío viento inferior de la cara sin sol choca con los cálidos vientos
superiores que azotan desde la cara desierta del planeta.
Porque Venus, desde luego, no tiene rotación ninguna
y por tanto no tiene alternancia de días y noches. Una cara está siempre
iluminada por el Sol y la otra está siempre sumida en la oscuridad, y sólo la
lenta libración del planeta presta a la zona crepuscular una cierta apariencia
de estaciones. Esta zona crepuscular, la única parte habitable del planeta,
apunta por un lado al llameante desierto y por el otro acaba bruscamente en la
barrera de hielo donde los vientos superiores ceden su humedad a las
escalofriantes corrientes inferiores.
Así pues, allí estaban ellos, apretados en la
diminuta cúpula de cristal, por encima del panel de navegación, muy juntos
sobre el peldaño superior de la escalerilla y con el sitio justo en la cúpula
para las cabezas de uno y otro. Ham rodeó con un brazo a la muchacha mientras
contemplaban el paisaje exterior.
Lejos hacia el oeste, la luz centelleaba sobre la
barrera de hielo. Como inmensas columnas, las Montañas de la Eternidad se
recortaban contra la luz, con sus poderosos picachos perdidos en las nubes
inferiores. Hacia el sur, estaban las explanadas de las Eternidades Menores,
que limitaban la Venus americana y, entre las dos cordilleras, se perfilaban
los perpetuos relámpagos de la línea de tormentas.
En torno a ellos, iluminado débilmente por la
refracción de la luz solar, se extendía un yermo de oscuro y salvaje esplendor.
Por todas partes había hielo, colinas de hielo, torres, llanuras, peñascos y
acantilados de hielo, todo reluciendo con un hábito verdoso al débil resplandor
que llegaba desde detrás de la barrera. Un mundo sin movimiento, helado y
estéril.
—¡Es... es glorioso! —murmuró Pat.
—Sí —convino él—, pero frío, sin vida, amenazador.
Pat, ¿crees que hay vida aquí?
—Yo diría que sí. Si la vida puede existir en mundos
tales como Titán y Japeto, debería de existir aquí. ¿Qué frío hace? —Miró el
termómetro exterior de columnas y cifras luminiscentes—. Sólo treinta bajo
cero. En la Tierra existe vida a esa temperatura.
—Existe, sí. Pero no podría haberse desarrollado a
una temperatura bajo cero. La vida tiene que comenzar en un medio líquido.
Ella se echó a reír suavemente.
—Estás hablando con una bióloga, Ham. Tienes razón;
la vida no podría haberse desarrollado a treinta bajo cero, pero suponte que
tuvo su origen en la zona crepuscular y emigró aquí. O suponte que fue empujada
aquí por la terrorífica competencia de las regiones cálidas. Ya sabes las
condiciones que reinan en las Tierras Cálidas, con los hongos, los árboles Jack
Ketch y los millones de pequeñísimos parásitos que se devoran unos a otros.
Ham quedó pensativo.
—¿Qué clase de vida esperarías encontrar? Ella soltó
una risita.
—¿Quieres que te haga una predicción? Muy bien.
Supondría, por lo pronto, alguna especie de vegetación como base, porque la
vida animal no puede mantenerse sin ella.
—Entonces, tiene que haber alguna vegetación. ¿De
qué tipo?
—Dios lo sabe. Puede conjeturarse que la vida de la
cara oscura si es que existe, provino en su origen de los terrenos más débiles
de la zona crepuscular, pero en lo que pueda haberse convertido, eso no lo sé
imaginar. Desde luego, hay el triops noctivivans que descubrí en las
Montañas de la Eternidad.
—¡Descubriste! —Soltó una risa burlona—. Estabas tan
fría como el hielo cuando te saqué de aquel nido de diablos. ¡Ni siquiera viste
a uno!
—Examiné el que los cazadores trajeron a Venoble
—replicó ella sin turbarse—. Y no olvides que la sociedad quiso ponerle mi
nombre: el triops Patriciae. —Un estremecimiento involuntario la agitó
al recordar a aquellas criaturas satánicas que lo habían destrozado todo
excepto a ellos dos—. Pero yo preferí otro nombre: triops noctivivans, el
morador de tres ojos en la oscuridad.
—Romántico nombre para una bestia diabólica.
—Sí, pero a lo que yo quería referirme es a esto:
que es probable que los triops... o triopses... Oye, ¿cuál es el plural de
triops?
—Trioptes —gruñó él—. Raíz latina.
—Bien, es probable que los trioptes estén entre las
criaturas que se puedan encontrar aquí, en el lado de la noche eterna, y que
aquellos feroces diablos que nos atacaron en el sombrío cañón de las Montañas
de la Eternidad sean una avanzadilla que penetran en la zona crepuscular a
través de los pasos oscuros y sin sol que hay en las montañas. No pueden
resistir la luz; tú mismo lo viste.
—¿Qué me cuentas?
Pat se echó a reír por la expresión.
—Esto: por su forma y su estructura, seis miembros,
tres ojos y todo lo demás, está claro que los trioptes están emparentados con
los nativos ordinarios de las Tierras Cálidas. Por eso deduzco que están recién
llegados a la cara oscura; que no se desenvolvieron aquí, sino que fueron
empujados hace muy poco tiempo, geológicamente hablando. Bueno, geológicamente
no es la palabra, porque geos significa tierra. Venéreamente hablando,
debería decir.
—Creo que no. Confundes la raíz. Lo que has dicho
significa afrodisíacamente hablando. Ella rió de nuevo.
—Lo que quiero decir, y debería haber empezado por
aquí para evitar la discusión, es paleontológicamente hablando. Eso lo entiende
todo el mundo. De cualquier modo, quiero decir que los trioptes no llevan en el
lado oscuro más que de unos veinte a cincuenta mil años terrestres, o quizá
menos. ¿Qué sabemos nosotros de la velocidad de evolución en Venus? Quizás es
más rápida que en la Tierra; quizás un triops puede adaptarse a la vida
nocturna en cinco mil años.
—Yo he visto estudiantes universitarios adaptarse a
la vida nocturna en un semestre —observó Ham con una sonrisa burlona. Ella pasó
por alto el comentario y continuó:
—Y por eso mantengo que tenía que existir vida aquí
antes de llegar los trioptes. De no haber encontrado qué comer no podrían haber
sobrevivido. Y puesto que mi examen mostró que el triops es en parte carnívoro,
aquí no sólo debe de haber vida vegetal, sino vida animal. Eso es todo cuanto
puede deducirse con arreglo a un simple razonamiento.
—Entonces no puedes deducir qué clase de vida animal
será esa. ¿Inteligente quizá?
—No lo sé. Podría ser. Pero a pesar de la forma como
vosotros los yanquis adoráis la inteligencia, biológicamente es un hecho sin
importancia. Ni siquiera tiene mucho valor para la supervivencia.
—¿Qué? ¿Cómo puedes decir eso, Pat? ¿Qué es, si no
la inteligencia, lo que ha dado al hombre la supremacía en la Tierra... y en
Venus también, dicho sea de paso?
—Pero, ¿tiene realmente el hombre la supremacía en
la Tierra? Mira, Ham, he aquí lo que quiero decir con eso de la inteligencia.
El gorila tiene un cerebro mucho mejor que la tortuga, ¿no es así? Y sin
embargo, ¿quién ha tenido más éxito: el gorila, que escasea y está limitado a
sólo una pequeña región en África, o la tortuga, que es común por doquier,
desde el Ártico al Antartico?
En cuanto al hombre..., bueno, si tuvieses ojos
microscópicos y pudieses ver todos los seres que pueblan la Tierra, llegarías a
la conclusión de que el hombre es un ejemplar raro y de que el planeta es
realmente un mundo de nematodos, esto es, un mundo de gusanos, porque los
nematodos superan con mucho todas las otras formas de vida puestas juntas.
—Pero eso no es supremacía, Pat.
—No he dicho que lo fuera. Dije meramente que la
inteligencia no es lo más importante para sobrevivir. Si lo fuera, ¿por qué los
insectos, que no tienen inteligencia, sino sólo instinto, plantean tal batalla
a la raza humana? Los hombres tienen mejores cerebros que los pulgones del
trigo, la filoxera, la mosca de las frutas, los escarabajos, las polillas y
todas las demás plagas, y sin embargo ellos combaten nuestra inteligencia con
sólo un arma: su enorme fecundidad. ¿Te das cuenta de que cada vez que nace un
niño, hasta que es equilibrado por una muerte, sólo puede ser alimentado de una
manera? Y esa manera es privando a los insectos de toda la comida que
representa el peso del niño en insectos.
—Todo eso parece bastante razonable, pero, ¿qué
tiene que ver con la inteligencia en la cara oscura de Venus?
—No lo sé —replicó Pat, y su voz tomó un extraño
tono de nerviosismo—. Sólo quiero decir... Vamos a ver, Ham. Un lagarto es más
inteligente que un pez, pero no lo bastante para conseguir ninguna ventaja por
ello. Entonces, ¿por qué el lagarto y sus descendientes siguen desarrollando
inteligencia? ¿Por qué..., a menos que toda la vida tienda a hacerse
inteligente con el tiempo? Y, si eso es verdad entonces puede haber
inteligencia incluso aquí, una inteligencia extraña, ajena, incomprensible.
Se estremeció en la oscuridad y se apretó contra él.
—No te preocupes —dijo de pronto con voz alterada—.
Probablemente no es más que fantasía. El mundo de aquí es tan raro, tan
extraterrestre... Estoy cansada, Ham. Ha sido un día largo.
Bajaron hasta el cuerpo del cohete. Cuando las luces
flamearon sobre el extraño paisaje, más allá de las claraboyas, él sólo vio a
Pat, encantadora con el exiguo vestidito a la moda de la Tierra Fría,
—Ya veremos mañana —dijo él—. Tenemos comida para
tres semanas.
Mañana, desde luego, significaba sólo tiempo y no
luz de día. Se levantaron sumidos en la eterna oscuridad de la cara sin Sol de
Venus. Pero Pat estaba de mejor humor y se dedicó alegremente a los
preparativos de la primera salida al exterior. Sacó los trajes espaciales de
gruesa lana reforzada con cuero y Ham, en su calidad de ingeniero, inspeccionó
cuidadosamente las cuatro poderosas lámparas que coronaban las caperuzas.
Por supuesto, eran primordialmente para ver, pero
también tenían otro propósito. Se sabía que los trioptes, tan increíblemente
fieros, no podían afrontar la luz y así, usando los cuatro rayos del casco, uno
podía moverse rodeado por un halo protector. Eso no impedía que ambos
incluyeran en su equipo dos revólveres y un par de terroríficos lanzallamas.
Pat llevaba también una bolsa colgada a la cintura en la que se proponía meter
ejemplares de toda la flora que encontrase en el lado oscuro y también
ejemplares de la fauna, si los había pequeños e inofensivos.
Se sonrieron a través de las máscaras.
—Te hace parecer gorda —comentó Ham maliciosamente y
gozó al verla hacer una mueca de fastidio.
Ella se volvió, abrió la puerta y salió.
Era diferente que mirar por la claraboya. La escena
que antes vieran con algo de la irrealidad y de toda la inmovilidad y silencio
de un cuadro, estaba ahora efectivamente alrededor de ellos, y el frío aliento
y la voz quejumbrosa del viento inferior probaban sin duda alguna que el mundo
era real. Por un momento permanecieron en el círculo de luz de las claraboyas
del cohete, mirando con respeto al horizonte, donde los increíbles picos de las
Grandes Eternidades se recortaban, negros, contra la falsa puesta de sol.
Hasta donde podía alcanzar la visión en aquella
región sin sol, sin luna y sin estrellas, se extendía una desolada llanura
donde picos, alminares, torres y lomas de hielo y de piedra surgían
en indescriptibles y fantásticas formas, esculpidas por la salvaje maestría del
viento inferior.
Ham rodeó con un acolchado brazo la cintura de Pat y
se sorprendió al sentirla estremecerse.
—¿Tienes frío? —preguntó, mirando la esfera del
termómetro que tenía en la muñeca—. Sólo estamos a uno bajo cero.
—No tengo frío —replicó Pat—. Es el escenario; eso
es todo. —Se apartó un poco—. Me pregunto qué es lo que dará calor a esta zona.
Porque sin luz solar...
—Te equivocas —interrumpió Ham—. Cualquier ingeniero
sabe que los gases se difunden. Los vientos superiores pasan a nueve o diez
kilómetros por encima de nuestras cabezas y naturalmente traen mucho del calor
del desierto que se encuentra más allá de la zona crepuscular. Hay alguna
difusión del aire caliente en el frío y luego, además, cuando los vientos
calientes se enfrían, tienden a bajar.
Y lo que es más, el contorno del país
tiene mucho que ver con eso. —Hizo una pausa—. Oye —continuó pensativamente—,
no me extrañaría que encontrásemos zonas cerca de las Eternidades donde hubiese
una corriente baja, donde los vientos superiores se deslizaran a lo largo de la
ladera y proporcionaran a ciertos sitios un clima bastante soportable.
Seguía a Pat mientras ella iba indagando alrededor
de los peñascos que estaban cerca del círculo luminoso del cohete.
—¡Vaya!
—exclamó ella—. ¡Aquí
está, Ham! ¡He
aquí nuestro ejemplar de vida
vegetal del lado oscuro.
Se inclinó sobre una gris masa bulbosa.
—Tipo liquen u hongo —continuó—. Nada de hojas, por
supuesto; las hojas sólo son útiles a la luz del Sol. Nada de clorofila por la
misma razón. Una planta muy primitiva, muy simple y, sin embargo, en algunos
aspectos, nada simple. ¡Mira, Ham, un sistema circulatorio altamente desarrollado!
Él se acercó aún más y, a la débil luz amarillenta
que se filtraba desde las claraboyas, vio la fina tracería de venas que
indicaba la muchacha.
—Eso —continuó ella— indicaría una especie de
corazón y me pregunto si... —Bruscamente aplicó la esfera de su termómetro
contra la masa carnuda, la sostuvo allí un momento y luego miró—. ¡Sí! Mira
cómo la aguja se ha movido, Ham. ¡Es un vegetal caliente! Una planta de sangre
caliente. Y, si lo piensas bien, es lo más natural, porque es la única clase de
planta que podría vivir en una región que está eternamente por debajo del grado
de congelación. La vida tiene que vivirse en agua líquida.
Ella tiró de aquella cosa que, con un súbito
estallido, se soltó mientras oscuras gotas de líquido fluían de la desgarrada raíz.
—¡Uf! —exclamó Ham—. ¡Que cosa tan repugnante! «Y
desgarra la sangrienta mandragora», ¿eh? Sólo que decían que éstas gritaban al
ser arrancadas.
Se detuvo. Un lento, pulsante y ominoso gemido salió
de la temblorosa masa de pulpa y Ham dirigió una mirada de asombro a Pat.
—¡Uf! —gruñó de nuevo—. ¡Es repugnante!
—¿Repugnante? ¿Por qué? Es un organismo hermoso.
Está adaptado perfectamente a su entorno.
—Bueno, me alegro de no ser más que un ingeniero
—rezongó él al ver cómo Pat abría la puerta del cohete y depositaba aquella
cosa sobre un cuadrado de caucho que había allí dentro—. Ven, vamos a mirar por
aquí.
Pat cerró la puerta y lo siguió fuera del cohete.
Instantáneamente la noche los envolvió como una negra niebla y sólo al mirar
atrás a las iluminadas claraboyas pudo convencerse Pat de que estaban en un
mundo real.
—¿No deberíamos encender nuestras lámparas?
—preguntó Ham—. Sería lo mejor, o nos arriesgamos a una caída.
Antes de que uno de ellos pudiese dar un paso, un
sonido se impuso a través de la queja del viento inferior, un grito salvaje,
feroz, extra-terrestre, que sonaba como una carcajada infernal.
—¡Es triopts! —jadeó Pat, olvidando plurales y
gramática al mismo tiempo.
Estaba asustada; por lo general era tan valiente como
Ham y a veces más temeraria y atrevida, pero aquellos chillidos misteriosos le
hacían recordar los momentos de angustia vividos en el cañón de las Montañas de
la Eternidad, Estaba horriblemente asustada y manoteó frenética e ineficazmente
en busca de los interruptores de las lámparas y en busca del revólver.
Justo cuando doce piedras pasaron zumbando junto a
ellos, y una golpeó dolorosamente en el hombro de Ham, éste encendió sus luces.
Cuatro rayas se dispararon en una larga cruz sobre los relucientes picachos y
las risas salvajes se trocaron en un alarido de dolor. Por un instante alcanzó
a vislumbrar unas figuras sombrías que se alejaban por montículos y peñascos,
deslizándose como espectros hacia la oscuridad y el silencio.
—Llegué a tener miedo, Ham —murmuró Pat. Se acurrucó
contra él y continuó luego con más fuerza—: Pero he aquí la prueba. El triops
noctivivans es actualmente una criatura del lado nocturno. Los que están en
las montañas son avanzadillas que han emigrado a los abismos sin sol.
Muy lejos sonó la risa cortante.
—Me pregunto —dijo Ham— si ese ruido que hacen
podría constituir una especie de lenguaje.
—Es lo más probable. Después de todo, las especies
nativas de las Tierras Cálidas son inteligentes, y estas criaturas están
emparentadas con ellas. Además lanzan piedras y conocen el uso de aquellas
vainas asfixiantes que nos mostraron en el cañón, vainas que, dicho sea de
paso, deben de ser el fruto de alguna planta del lado nocturno. Los trioptes
son sin duda inteligentes de una manera bárbara, feroz y ávida de sangre, pero
son bestias tan inaccesibles que dudo que los seres humanos consigan enterarse
de mucho de su lenguaje de sus mentes.
Ham le dio la razón con solemnidad, tanto más cuanto
que en aquel momento una piedra malignamente lanzada arrancó brillantes chispas
de una helada columna situada a doce pasos de distancia. Él torció la cabeza
enviando de soslayo las lámparas de su casco sobre la llanura, y un grito de
dolor brotó de la oscuridad.
—Gracias a Dios, las luces los mantienen bastante a
raya —masculló—. Son unos pequeños y divertidos subditos de Su Majestad, ¿no es
así? ¡Dios salve a la Reina, si tiene muchos como ellos!
Pero Pat estaba ocupada de nuevo en su búsqueda de
ejemplares. Había encendido sus lámparas y se movía ágilmente de un lado a otro
entre los fantásticos monumentos de aquella extraña llanura. Ham la seguía,
mirando cómo arrancaba trozos de una sangrante y gimiente vegetación. Encontró
una docena de variedades y una pequeña criatura en forma de cigarro puro a la que
le fue imposible considerar como planta, como animal o como ninguna de ambas
cosas. Cuando su bolsa estuvo completamente llena, volvieron por la llanura al
cohete, cuyas claraboyas relucían a lo lejos como una fila de ojos
escrutadores.
Pero una sorpresa los aguardaba cuando abrieron la
puerta y entraron. Una bocanada de aire cálido, pegajoso, pútrido e
irrespirable que les subió a la cara con un olor a carroña, les hizo
retroceder.
—¡Vaya...! —jadeó Ham y luego se echó a reír—. ¡Tu
mandragora! —cloqueó burlonamente—. ¡Mírala!
La planta que ella había colocado dentro se había
convertido en una masa de podredumbre, en el calor del interior se había
descompuesto rápida y completamente y ahora no era más que un montón
semilíquido sobre la esterilla de caucho. Pat la empujó hacia la entrada y la
arrojó afuera.
Penetraron en el interior, que todavía olía mal, y
Ham conectó un ventilador. El aire que entraba era frío, por supuesto, pero
puro, estéril y sin polvo. Cerró la puerta, puso en marcha un calentador y alzó
la visera para lanzarle a Pat una sonrisa burlona.
—¡Conque este era tu hermoso organismo!, ¿eh?
—bromeó.
—Lo era. Era un hermoso organismo, Ham. No puedes
censurarle nada si lo hemos expuesto a temperaturas con las que nunca
sospechaba tropezar, —Suspiró y extendió su bolsa de ejemplares sobre la mesa—.
Creo que lo mejor será que me ocupe de todo esto inmediatamente, ya que no se
conservan.
Ham lanzó un gruñido y se dedicó por su parte a
preparar una comida, trabajando con la maestría de un verdadero colono de las
Tierras Cálidas. Miró a Pat mientras ésta se inclinaba sobre sus ejemplares
inyectándoles una solución de bicloruro.
—¿Crees tú? —preguntó él— que el triops es la forma
más desarrollada de vida en este lado oscuro?
—Sin duda alguna —replicó Pat—. Si existiera alguna
forma superior, hace mucho tiempo que habría exterminado a estos pequeños
diablos.
Pero estaba totalmente equivocada.
En el espacio de cuatro días, agotaron las
posibilidades de exploración que ofrecía la llanura próxima al cohete, Pat
había reunido una amplia colección de ejemplares y Ham había tomado un número
incalculable de observaciones sobre temperaturas, variaciones magnéticas y
direcciones y velocidad del viento inferior.
Así pues, decidieron trasladar la base. Volaron
hacia el sur, hacia la región donde las vastas y misteriosas Montañas de la
Eternidad se alzaban al otro lado de la barrera de hielo en el oscuro mundo de
la cara nocturna. Volaban lentamente, a algo menos de cien kilómetros por hora,
pendientes sólo de que la luz delantera les alertase contra picachos aislados.
Hicieron alto dos veces y en cada una de ellas les
bastó un día o dos para convencerse de que la región era similar a su primera
base. Las mismas plantas venosas y bulbosas, el mismo y eterno viento inferior,
las mismas risas de gargantas trióptícas sedientas de sangre.
La tercera parada fue diferente. Se detuvieron a
descansar en una salvaje y árida meseta entre los ribazos de las Grandes
Eternidades. Muy hacia el oeste, medio horizonte todavía relumbraba en verde
con la falsa puesta de sol, pero todo el espacio hacia el sur era negro y
quedaba oculto a la vista por los inmensos escarpes de la cordillera que se
alzaba sobre ellos a unos cuarenta kilómetros en los negros cielos. Las
montañas eran invisibles, desde luego, en aquella región de noche interminable,
pero Pat y Ham sentían la colosal proximidad de aquellos increíbles picos.
La poderosa presencia de las Montañas de la
Eternidad los afectaba en otro modo. La región estaba caliente, no caliente
conforme a las normas de la zona crepuscular, sino mucho más caliente que la
llanura de abajo. Sus termómetros señalaban cero a un lado del cohete y cinco
sobre cero al otro. Los inmensos picos, que ascendían hasta entrar en el nivel
de los vientos superiores, desviaban corrientes que traían aire caliente para
templar el frío hálito del viento inferior.
Ham contempló lúgubremente la parte de la meseta
visible a la luz del cohete.
—No me gusta —gruñó—. Nunca me gustaron estas
montañas, sobre todo desde que te dio la chifladura de cruzarlas para volver a la Tierra Fría.
—¡Chifladura! —repitió Pat—. ¿Quién bautizó estas
montañas? ¿Quién las cruzó? ¿Quién las descubrió? ¡Mi padre! ¡Él y nadie más que él!
—¿Y eso qué tiene que ver? ¿Acaso imaginas que te
basta silbar para que se doblen de rodillas a tus pies y el Paso del Loco se
transforme en la alameda de un parque?
—¡No eres más que un yanqui cobardica! —increpó
ella—. Voy a salir a dar un vistazo. —Se puso el traje, se dirigió hacia la
puerta y allí se detuvo—. ¿No vas.., no vas a venir también? —preguntó
tímidamente.
Él sonrió con cierta malicia.
—Desde luego. Estaba esperando que me lo pidieses.
Se puso su traje y la siguió.
El paisaje tenía sus particularidades. A primera
vista la meseta presentaba la misma salvaje aridez de hielo y piedra que habían
encontrado en la llanura anterior. Había pináculos que la erosión del viento
había esculpido con las formas más fantásticas, y el agreste paisaje que los
rayos de sus cascos desvelaban era un terreno análogo a los ya conocidos. Pero
el frío aquí era menos cruel; por extraño que parezca, en este curioso planeta,
ganar altitud producía calor en lugar de frío, porque se llegaba así a la
región de los vientos superiores. Aquí, en las Montañas de la Eternidad, el
viento inferior aullaba menos persistentemente, roto en ráfagas por los
poderosos picos.
La vegetación era más abundante. Las venosas y
bulbosas masas estaban por todas partes y Ham tenía que pisar con mucho cuidado
para no repetir la desagradable experiencia de arrancar una y oír su doloroso
gemido. Pat no sentía tales escrúpulos, insistiendo en que el gemido no era más
que un tropismo; que los ejemplares que ella arrancaba y preparaba para su
disección no sentían más dolor que el que pudiera sentir una manzana al ser
comida; y que, al fin y al cabo, era misión de una bióloga ser una bióloga.
En algún lado más allá del círculo de luz que les
envolvía chirrió la risa burlona de un triops y más que ver, Ham imaginaba las
formas de aquellos demonios de la oscuridad. Por el momento, sin embargo, se
mantenían en calma puesto que ninguna piedra que pasase zumbando había revelado
una intención hostil.
Caminar en el centro de un círculo móvil de luz
producía una sensación extraña. Ham no podía dejar de pensar que detrás del
límite de visibilidad acechaban Dios sabe qué criaturas extrañas e increíbles,
aunque la razón arguyera que tales monstruos no podían permanecer eternamente
invisibles.
Ham y Pat seguían avanzando, delante de ellos, los
rayos de los cascos resplandecieron sobre un helado escarpe, un acantilado que
se alzaba al término del camino que seguían.
Pat lo señaló con un ademán urgente.
—¡Mira allí! —exclamó, manteniendo fija su luz—.
Cuevas en el hielo, madrigueras tal vez. ¿Las ves?
Las vio: un rosario de pequeños boquetes negros en
la base del escarpe de hielo. Algo negro se deslizó riendo sobre la helada
cuesta y se alejó: un triops. ¿Eran estos los habitáculos de las bestias?
—Fíjate —dijo Ham—, más de la mitad de agujeros
tienen algo delante. ¿Rocas, quizá?
Precavidamente, con los revólveres en la mano,
avanzaron. A la creciente intensidad de los rayos, disminuía la apariencia
pétrea de aquellos objetos y se afirmaba su carácter de seres vivos. Finalmente
no quedó duda alguna: la carnosa esponjosidad de los bulbos y la visible red
circulatoria que se transparentaba la confirmaron. Habían dado con una nueva
variedad de vida.
Estaban ahora a cuatro metros escasos de una de las
criaturas. Recordaba un cesto boca abajo por su forma y tamaño. Como rasgos
característicos destacaban un círculo completo de ojos que contorneaban el
organismo y numerosas patas en su parte inferior. Ham acertó a distinguir cómo unos
párpados semitransparentes se cerraban para proteger los ojos de la claridad
de los focos.
Tras un instante de vacilación, Pat se encaró al
inmóvil misterio.
—¡Bien! —exclamó—. Dimos con un nuevo amigo. ¡Hola
paisano!
Entonces se produjo el acontecimiento que, por unos
momentos, sumiría a Pat y a Ham en la consternación más profunda, que les
dejaría asombrados, perplejos y aturdidos. Desde una membrana situada al
parecer en la parte superior de la criatura, surgió una voz aguda y
destemplada, que repitió:
—¡Hola, paisano!
Sobrevino un silencio expectante. Ham empuñó su
revólver sin saber demasiado por qué. De haber sido necesario no habría atinado
a utilizarlo. Estaba paralizado, atónito.
Pat recobró al fin la voz.
—No es... no puede ser real —dijo débilmente—, Es un
tropismo. Esa cosa se ha limitado a repetir los sonidos que la han alcanzado.
¿No es así, Ham? ¿No es así?
—¡Bueno..., desde luego! —Estaba mirando la hilera
de ojos—. Tiene que ser así. Escucha. —Se inclinó hacia adelante y gritó
directamente a la criatura—: ¡Hola! —Y volviéndose a Pat—: Vamos a ver si
responde.
Lo hizo.
—No es un tropismo —chirrió en un inglés agudo, pero
perfecto.
—¡No es ningún eco! —jadeó Pat. Retrocedió—. Estoy
asustada —gimió, tirando de un brazo de Ham—. ¡Vamonos, pronto! Ham hizo que se
colocara detrás de él.
—No soy más que un yanqui cobardica —gruñó—, pero
voy a interrogar a este gramófono viviente hasta descubrir qué o quién lo hace
funcionar.
—¡No, Ham, no! ¡Estoy asustada!
—No parece peligroso —observó Ham.
—No es peligroso —afirmó aquella criatura sobre el
hielo. Ham tragó saliva y Pat dejó escapar un débil chillido. —¿Quién... quién
eres? —preguntó Ham, titubeando. No hubo ninguna respuesta. Los ojos lo miraban
fijamente desde detrás de los párpados traslúcidos.
—¿Quién eres? —intentó otra vez. De nuevo ninguna
respuesta.
—¿Cómo es que sabes inglés? —preguntó al azar. La
voz chirriante sonó:
—Yo no saber inglés.
—Entonces, ¿por qué hablas inglés?
—Tú hablas inglés —explicó el misterio con toda
lógica.
—No quería decir por qué. Quiero decir cómo.
Pat había superado en parte su aterrorizado asombro
y su rápida mente percibía una pista.
—Ham —susurró, anhelante—, fíjate que usa las mismas
palabras que nosotros hemos usado. Somos nosotros quienes le damos el
significado.
—Nosotros me damos el significado —confirmó la cosa,
sin ningún respeto a la gramática. Ham comprendió por fin.
—¡Dios mío! —exclamó—. Entonces somos nosotros los
que tenemos que darle un vocabulario.
—Vosotros habláis, yo hablo —sugirió la criatura.
—¡Claro! ¿Comprendes, Pat? Podemos decir cualquier
cosa. —Hizo una pausa—. Veamos..., «cuando en el curso de los acontecimientos
humanos sucede...»
—¡Cierra el pico! —espetó Pat—. ¡Yanqui, no te
olvides que ahora estás en territorio de la Corona! «Ser o no ser; esa es la
cuestión...»
Ham sonrió burlonamente y guardó silencio. Cuando
ella hubo ahogado su memoria, se encargó él de la tarea: «Una vez había tres
ositos...»
Y así
continuaron. De pronto la situación le pareció a Ham fantásticamente ridicula.
¡Allí estaba Pat, en la cara nocturna de Venus, relatándole cuidadosamente el
cuento de Caperucita Roja a una monstruosidad carente de humor! La muchacha le
lanzó una mirada de perplejidad al prorrumpir él en una carcajada.
—¡Cuéntale el del caminante y la hija del
granjero! —dijo él,
desternillándose—. A ver si puedes arrancarle una sonrisa. Ella se unió a su
carcajada aunque después añadió:
—En
realidad, se trata
de un asunto
serio. ¡Imagínate, Ham! ¡Vida inteligente en el lado oscuro! ¿O
es que no eres inteligente? —le preguntó de pronto a la cosa que estaba sobre
el hielo. . —Soy inteligente —aseguró la
criatura—. Soy inteligentemente inteligente.
—Por lo menos eres un lingüista maravilloso —dijo
la muchacha—. ¿Has oído hablar alguna
vez de alguien que haya aprendido inglés en media hora, Ham? ¡Figúrate lo que
es eso!
Por lo visto, le había perdido ya todo el miedo a la
criatura.
—Bueno, vamos a ver cómo resulta —sugirió Ham—.
¿Cómo te llamas, amigo?
No hubo ninguna respuesta.
—Es natural —intervino Pat—. No puede decirnos su
nombre hasta que se lo digamos en inglés, y no podemos hacer eso porque...
Bueno, vamos a llamarlo Óscar. Eso servirá.
—Está bien. Vamos a ver, Óscar, ¿qué eres tú?
—Humano; soy un hombre.
—¿Eh? ¡Que te aspen, si lo eres!
—Esas son las palabras que vosotros me habéis dado.
Para mí, yo soy un hombre para vosotros.
—Espera un momento. «Para mí, yo soy...» Ya
comprendo, Pat. Quiere decir que las únicas palabras que nosotros tenemos para
lo que él se considera a sí mismo son palabras como hombre y humano. Bien,
¿cuál es tu pueblo, entonces?
—Pueblo.
—Quiero decir tu raza. ¿A qué raza perteneces?
—A la humana.
—¡Oh! —gimió Ham—. Prueba tú, Pat.
—Óscar —dijo la muchacha—, tú eres humano, ¿Eres un
mamífero?
—Para mí, el hombre es un mamífero para ti.
—¡Vaya por Dios! —Lo intentó de nuevo—. Óscar, ¿cómo
se reproduce tu raza?
—No tengo las palabras.
—¿Naciste?
El extraño rostro, o el cuerpo sin rostro, de la
criatura cambió ligeramente. Pesados párpados cayeron sobre los
semitransparentes que defendían sus muchos ojos; parecía como si aquella cosa
se estuviese concentrando.
—Nosotros no nacemos —chirrió.
—Entonces..., ¿semillas, esporas, partenogénesis? ¿O
división?
—Esporas —chilló el misterio— y división.
—Pero...
Se detuvo, desconcertada. En el momentáneo silencio
llegó la burlona risotada de un triops y ambos se volvieron automáticamente
hacia la izquierda. Se quedaron mirando con fijeza y apartaron la vista
consternados, Uno de aquellos diablos se había apoderado de una de las
criaturas de las cuevas y se la estaba llevando. Y para que el horror resultase
más espeluznante, el resto de sus congéneres permanecía delante de sus agujeros
mirando con la mayor indiferencia.
—¡Óscar —chilló Pat—, han atrapado a uno de los
tuyos! Se interrumpió de pronto al oír el estampido del revólver de Ham, pero
fue un disparo inútil.
—¡Oh! —gimió la muchacha—. ¡Los diablos! ¡Han
atrapado a uno!
—La criatura que estaba ante ellos no hizo el menor
comentario—. Óscar —gritó Pat—, ¿es que no te importa? ¡Han asesinado a uno de
los tuyos! ¿No comprendes?
—Sí.
—Pero, ¿es que eso no te afecta en absoluto? —En
cierto modo, las criaturas habían llegado a ganarse la simpatía de Pat: sabían
hablar, eran algo más que animales—. ¿No te importa en absoluto?
—No.
—Pero, ¿qué son esos diablos para vosotros? ¿Qué
hacen para que los dejéis asesinaros?
—Nos comen —dijo Óscar plácidamente.
—¡Oh! —jadeó Pat, horrorizada—. Pero, ¿por qué
no...? Se interrumpió; la criatura
estaba retrocediendo lenta y metódicamente hacia su agujero.
—¡Espera! —gritó la muchacha—. No pueden llegar
aquí. Con nuestras luces...
La voz chirriante se dejó oír:
—Hace frío. Me voy por culpa del frío.
Se hizo el silencio.
La temperatura había bajado. El radicado viento
inferior gemía ahora más firmemente y, mirando a lo largo del ribazo, Pat vio
que todas y cada una de las criaturas estaban retirándose como Óscar a sus
respectivos agujeros. Volvió una mirada de impotencia hacia Ham.
—¿He soñado todo esto? —susurró.
—Entonces lo hemos soñado los dos, Pat.
La tomó del brazo y la guió de vuelta al cohete,
cuyas redondas claraboyas brillaban como una invitación en la oscuridad.
Una vez en el cálido interior, habiéndose quitado el
pesado traje, Pat se sentó con las piernas cruzadas, encendió un cigarrillo e
inició una consideración más racional del misterio.
—Hay algo que no entiendo en esto, Ham. ¿Notas tú
algo raro en la mente de Óscar?
—Es diabólicamente rápida.
—Sí; es bastante inteligente. Inteligencia de nivel
humano o incluso —vaciló—, más que humano. Pero no es una mente humana. Es
distinta en cierto modo, alienígena, extraña. No puedo expresar completamente
lo que pienso, pero, ¿te has dado cuenta de que Óscar nunca hace una pregunta?
Ni la más mínima.
—¿Cómo que...? ¡Es raro eso!
—Es condenadamente raro. Cualquier inteligencia
humana, al tropezar con otra forma de vida racional, haría un montón de
preguntas. Nosotros las hicimos. Y eso no es todo. Esa indiferencia suya cuando
el triops atacó, ¿cómo catalogarla? Yo he visto a una araña cazadora atrapar a
una mosca entre un conjunto de éstas sin impresionarlas lo más mínimo, pero,
¿podría una reacción así en criaturas inteligentes? No podría; ni siquiera en
cerebros poco evolucionados. Si matas a un ciervo, el resto del rebaño huye; si
disparas a un gorrión, la bandada desaparece.
—Eso es verdad, Pat. Óscar y los suyos son unos
tipos rarísimos. Unos extraños animales.
—¿Animales? No me digas que no te has dado cuenta,
Ham.
—¿Cuenta de qué?
—Óscar no es ningún animal, es una planta, un
vegetal móvil, de sangre caliente. Todo el tiempo que estuvimos hablando con él,
estuvo hozando con..., bueno, con su raíz, y aquellas cosas que parecían
patas eran... vainas. No andaba sobre ellas; se arrastraba sobre su raíz. Y, lo
que es más, él...
—¿Qué es más?
—Lo que es más, Ham, es que esas vainas son de la
misma clase que aquellas que nos lanzaron los trioptes en el cañón de las
Montañas de la Eternidad, las que estuvieron a punto de asfixiarnos y...
—Querrás decir las que hicieron que te desmayaras,
¿no?
—De cualquier modo, tuve la suficiente presencia de
ánimo para darme cuenta de ellas —replicó la muchacha, ruborizándose—. Pero eso
forma parte del misterio, Ham. ¡La mente de Óscar es una mente vegetal! —Hizo
una pausa, lanzando bocanadas de humo mientras Ham cargaba su pipa—. ¿Crees
—preguntó de improviso— que la presencia de Óscar y de sus compañeros
representa una amenaza para la colonización de Venus?
Sé que son criaturas del
lado oscuro, pero, ¿qué pasaría si se descubren minas aquí? ¿Qué pasaría si
resulta que esta es una zona apta para la explotación comercial? Los humanos no
pueden vivir indefinidamente apartados de la luz del Sol, lo sé, pero podría
surgir la necesidad de montar aquí colonias temporales y, ¿qué iba a pasar
entonces?
—Bien, ¿qué iba a pasar entonces? —replicó Ham.
—¿No te lo imaginas? ¿Hay sitio en un mismo planeta
para dos razas inteligentes? ¿No se produciría un conflicto de intereses más
tarde o más temprano?
—¿Y qué? —gruñó él—. Estos seres son primitivos,
Pat. Viven en cuevas, sin cultura, sin armas. No representan ningún peligro
para el hombre.
—Pero son espléndidamente inteligentes. ¿Cómo sabes
tú que los que hemos visto no son sino una tribu bárbara y que en la inmensidad
del lado oscuro no existe una civilización vegetal? Tú sabes que la
civilización no es la prerrogativa del género humano; piensa si no en la
poderosa y decadente cultura de Marte y los restos muertos de Titán, lo que
pasa simplemente es que el hombre ha conseguido imprimir la marca más
indeleble, por lo menos hasta ahora.
—Tienes razón, Pat —convino él—. Pero si Óscar y sus
congéneres no son más combativos de lo que se mostraron con los trioptes
asesinos, no creo que constituyan ninguna amenaza.
Ella se estremeció.
—No logro entenderlo. Me pregunto si...
Se detuvo, frunciendo el ceño.
—¿Si qué?
—No... no lo sé. Se me ha ocurrido una idea..., una
idea más bien horrible. —Alzó la mirada de improviso—. Ham, mañana voy a
averiguar con toda exactitud hasta qué punto es inteligente Óscar. Averiguar
exactamente su tipo de inteligencia... si puedo.
Pero hubo ciertas dificultades. Cuando Ham y Pat se
acercaron al ribazo helado, después de caminar por aquel terreno fantástico,
comprendieron que serían incapaces de identificar la cueva de Óscar. A los
centelleantes reflejos de las luces, cada abertura tenía exactamente el mismo
aspecto que las demás y las criaturas que estaban a la entrada los miraban
fijamente con ojos en los que no podía leerse expresión ninguna.
—Bueno —dijo Pat, desconcertada—, tendremos que
probar. Tú, el de ahí, ¿eres Óscar? La voz rechinante sonó:
—Sí.
—No lo creo —objetó Ham—. Estaba más a la derecha.
¿Eh, eres tú, Óscar?
Otra voz chirrió:
—Sí.
—¡No podéis ser los dos Óscar! El elegido por Pat
respondió:
—Todos somos Óscar.
—¡Oh, no te preocupes! —intervino Pat, adelantándose
a las protestas de Ham—. Por lo visto, lo que uno sabe lo saben todos. Podemos
elegir a cualquiera. Óscar, dijiste ayer que eras inteligente. ¿Eres más
inteligente que yo?
—Sí. Mucho más inteligente.
—¡Vaya! —comentó Ham con una risita—. ¡Trágate esa,
Pat! Ella resopló.
—Bueno, eso lo coloca muy por encima de ti, yanqui. Óscar, ¿mientes alguna vez?
Párpados opacos cayeron sobre párpados traslúcidos.
—Mentir —repitió la voz chillona—. Mentir. No. No
hay necesidad.
—Bueno, pero tú... —Se interrumpió repentinamente al
oír un sordo estampido—. ¿Qué es eso? ¡Oh, mira, Ham, una de sus vainas ha
estallado!
La muchacha retrocedió.
Les asaltó un olor fuerte y penetrante que traía a
su memoria aquella hora de peligro que pasaron en el cañón, pero esta vez no
tan intenso como para casi asfixiar a Ham y hacer que la muchacha se desmayara.
Era un olor fuerte, acre y sin embargo no del todo desagradable.
—¿Para qué es eso, Óscar?
—Así es como nos...
La voz se cortó en seco.
—¿Reproducimos? —sugirió Pat.
—Sí. Reproducimos. El viento lleva nuestras esporas
de unos a otros. Vivimos donde el viento no sopla de un modo regular.
—Pero ayer dijiste que vuestro método era el de la
división.
—Sí. Las esporas se alojan en nuestros cuerpos y hay
una... Una vez más la voz se extinguió.
—¿Una fertilización? —sugirió la muchacha.
—No.
—Bueno... ¡ya sé! ¡Una irritación!
—Sí.
—Que produce un crecimiento en forma de tumor,
¿verdad?
—Sí. Cuando el crecimiento está terminado, nos
dividimos.
—¡Uf! —rezongó Ham—. ¡Un tumor!
—Cierra el pico —disparó la muchacha—. Eso ni más ni
menos es un bebé: un tumor normal.
—Un tumor normal..., bueno, me alegro de no ser
biólogo. Ni de ser mujer.
—Yo me alegro de lo contrario —dijo Pat
altivamente—. Óscar, ¿cuánto sabes tú?
—Todo.
—¿Sabes de dónde viene mi gente?
—De más allá de la luz.
—Sí, pero, ¿antes de eso?
—No.
—Venimos de otro planeta —dijo la muchacha con un
tono que quería ser impresionante. Viendo que Óscar guardaba silencio, añadió—:
¿Sabes lo que es un planeta?
—Sí.
—Pero, ¿lo sabías antes de que yo dijese la palabra?
—Sí. Muchísimo antes.
—Pero, ¿cómo? ¿Sabes lo que son las máquinas? ¿Sabes
lo que son las armas? ¿Sabéis vosotros hacerlas?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué no las hacéis?
—No hace falta.
—¿Cómo que no hace falta? —protestó ella—. Con
luz, incluso sólo con fuego, podríais mantener a raya a los trioptes, podríais
impedir que os comieran.
—No hace falta.
Ella se volvió, impotente, hacia Ham.
—Este individuo está mintiendo —sugirió él.
—No lo creo —murmuró ella—. Es otra cosa, algo que
no entendemos. Óscar, ¿cómo es que sabes todas estas cosas?
—Inteligencia.
Junto a la cueva siguiente, otra vaina estalló de
improviso.
—Pero, ¿cómo? Dime cómo descubrís los hechos.
—Partiendo de cualquier hecho —chirrió la criatura
posada sobre el hielo—, la inteligencia puede construir un cuadro del... Hubo
un silencio.
—¿Del universo? —sugirió ella.
—Sí. Del universo. Arranco de un hecho y empiezo a
razonar desde él. Construyo un cuadro del universo. Empiezo con otro hecho.
Razono a partir de él. Si los resultados coinciden, sé que el cuadro es
verdadero.
Los dos oyentes miraban con consternado respeto a la
criatura.
—¡Vaya! —exclamó Ham, tragando saliva—, Si eso es
verdad, Óscar podría descubrirnos cualquier cosa. Óscar, ¿puedes comunicarnos
secretos de cosas que no sepamos?
—No.
—¿Por qué no?
—Primero tendríais que darme las palabras
necesarias. No puedo deciros aquello para lo cual no tenéis palabras.
—¡Es verdad! —susurró Pat—. Pero, Óscar, yo tengo
las palabras tiempo y espacio y energía y materia y ley y causa. Dime la ley
suprema del universo.
—Es la ley de... Silencio.
—¿Conservación de la energía o de la materia?
¿Gravitación?
—No.
—¿De... de Dios?
—No.
—¿De la vida?
—No. La vida no tiene ninguna importancia.
—¿De... qué? No se me ocurre pensar en otra palabra.
—Hay la posibilidad —dijo Ham tensamente— de que no
haya ninguna palabra.
—Sí —rechinó Óscar—. Es la ley de la posibilidad.
Esas otras palabras son facetas diferentes de la ley de la posibilidad.
—¡Cielo santo! —jadeó Pat—. Óscar, ¿tú sabes lo que
yo quiero decir con estrellas, soles, constelaciones, planetas, nebulosas,
átomos, protones y electrones?
—Sí.
—Pero, ¿cómo? ¿Has podido mirar las estrellas que
están por encima de esas nubes eternas? ¿O el Sol que está más allá de la
barrena?
—No. La razón es suficiente, porque sólo hay un
camino posible para la existencia del universo. Sólo lo que es posible es real;
lo que no es real tampoco es posible.
—¡Eso... eso parece significar algo! —murmuró Pat—.
No sé exactamente qué. Pero, Óscar, ¿por qué no utilizas tus conocimientos para
protegerte de tus enemigos?
—No hay necesidad. No hay necesidad de hacer nada.
Dentro de cien años estaremos...
Silencio.
—¿A salvo?
—Si... no.
—¿Cómo? —Un horrible pensamiento la asaltó—.
¿Quieres decir... extinguidos...?
—Sí.
—¡Pero Óscar! ¿No quieres vivir? ¿No quiere vivir tu
gente?
—Querer —chilló Óscar—. Querer, querer, querer. Esa
palabra no significa nada.
—Significa... significa deseo, anhelo.
—El deseo no significa nada. Anhelo, anhelo. No, mi
gente no anhela sobrevivir.
—¡Oh! —exclamó Pat débilmente—. Entonces, ¿por qué
os reproducís?
Como en respuesta, una vaina recién estallada lanzó
sobre ellos su acre polvo.
—Porque no tenemos más remedio —rechinó Óscar—.
Cuando las esporas presionan, tenemos que expulsarlas.
—Ya comprendo —murmuró Pat lentamente—. Ham, creo
que he dado con el quid. Creo que comprendo. Volvamos a la nave.
Sin decir adiós, se alejó y Ham la siguió
pensativamente. Una extraña melancolía lo apesadumbraba.
Tuvieron un ligero percance. Una piedra arrojada por
alguno de los trioptes emboscados tras la loma rompió la lámpara izquierda del
casco de Pat. Aquello apenas pareció molestar a la muchacha; miró brevemente de
soslayo y siguió andando. Pero durante todo el regreso, en la oscuridad que
tenían a la izquierda, los iban persiguiendo chillidos, aullidos y risotadas
burlonas.
Dentro del cohete, Pat depositó cansadamente su
bolsa de muestras encima de la mesa y se sentó sin quitarse el pesado traje.
Tampoco se lo quitó Ham. A pesar del opresivo calor de la vestimenta, también
él se dejó caer melancólicamente en un banquillo.
—Estoy cansada —dijo la muchacha—, pero no tan
cansada como para no darme cuenta de lo que significa este misterio.
—¿Qué significa?
—Ham —preguntó ella—, ¿cuál es la gran diferencia
entre la vida vegetal y la vida animal?
—Pues... que las plantas extraen su sustento
directamente del suelo y del aire. Los animales necesitan plantas u otros
animales como alimento.
—Eso no es enteramente verdad, Ham. Algunas plantas
son parásitas y hacen presa en la vida de otras. Piensa en las Tierras Cálidas,
o piensa incluso en algunas plantas terrestres: los hongos o las plantas
carnívoras, como la dionaea, que atrapa moscas...
—Bueno, los animales se mueven y las plantas no.
—Tampoco eso es verdad. Mira las bacterias; son
plantas, pero nadan de un lado a otro en busca de comida.
—Entonces, ¿cuál es la diferencia?
—A veces resulta difícil expresarla —murmuró ella—,
pero creo que ahora la veo. Es esta: los animales tienen deseo y las plantas
necesidad. ¿Comprendes?
—Ni jota.
—Escucha, entonces. Una planta, incluso una planta
que se mueve, actúa así porque no le queda más remedio, porque está hecha así.
Un animal actúa porque quiere actuar o porque está hecho de forma que
quiera actuar.
—¿Qué diferencia hay?
—Grandísima. Un animal tiene voluntad, una planta no
tiene voluntad, ¿Comprendes ahora? Óscar tiene toda la espléndida inteligencia
de un genio, pero no tiene ni la voluntad de un gusano. Tiene reacciones, pero
ningún deseo. Cuando el viento es caliente, sale y se alimenta; cuando es frío,
se vuelve a meter en su cueva, confortable por el calor de su cuerpo. Pero eso
no es voluntad; es simplemente una reacción. Él no tiene deseos.
Ham se quedó
mirando fijamente, olvidando su cansancio.
—¡Que me aspen, si eso no es verdad! —exclamó—. Por
eso nunca hacen preguntas. Se necesita deseo o voluntad para formular una
pregunta. Y por eso no tienen ninguna civilización ni la tendrán nunca.
—Por eso y por otras razones —dijo Pat—. Fíjate en
esto: Óscar no tiene sexo, y a pesar de tu orgullo yanqui, el sexo ha sido un
gran factor para promover la civilización: es la base de la familia. Entre los
congéneres de Óscar no hay ni padres ni hijos. Él se divide; cada mitad suya en
un adulto, probablemente con todos los conocimientos y memoria del original.
»No hay necesidad de amor ni lugar para él y por
tanto ningún incentivo para luchar por la pareja, por la familia, y ninguna
razón para hacer la vida más fácil, y ninguna causa para aplicar la
inteligencia a desarrollar el arte o la ciencia o lo que quiera que sea. —Hizo
una pausa—. ¿Has oído hablar alguna vez de la ley de Malthus, Ham?
—Que yo recuerde, no.
—La ley de Malthus dice que la población depende de
la existencia de alimentos. Si los alimentos aumentan, la población aumenta
proporcionalmente. El hombre se desarrolló conforme a esta ley; ha quedado
suspendida por un tiempo, pero nuestra raza llegó a ser humana bajo el imperio
de la misma.
—¡Suspendida! Eso suena como rechazar la ley de la
gravitación o corregir la ley de la atracción de los cuerpos.
—No, no —dijo ella—. Quedó suspendida por el
desarrollo de la maquinaria que ha impulsado tanto el aumento de la producción
de comida que la población no llegó a alcanzarlo. Pero lo alcanzará, y la ley
de Malthus regirá de nuevo.
—¿Qué tiene que ver eso con Óscar?
—Esto, Ham;
él nunca se desenvolvió sometido al
imperio de esa ley. Otros factores mantenían el número de sus
congéneres por debajo del límite de la existencia de alimentos, y por eso se
desarrollaron libres de la necesidad de luchar por la comida. Está tan
perfectamente adaptado a su entorno, que no necesita nada más. Para él una
civilización sería algo superfluo.
—Sí, pero entonces, ¿qué pasa con los triops?
—Sí, el triops. Mira, Ham, como te dije hace días,
el triops es un recién llegado, empujado desde la zona crepuscular. Cuando esos
diablos llegaron, la gente de Óscar había completado ya su evolución y no
podían cambiar para adaptarse a las nuevas condiciones, o al menos no podía
hacerlo con suficiente rapidez. Por eso... están condenados.
»Como Óscar dice, se extinguirán pronto, y eso...,
eso ni siquiera les importa. —La muchacha se estremeció—. Todo lo que hacen,
todo lo que pueden hacer, es sentarse ante sus cuevas y pensar. Probablemente
tienen pensamientos estupendos, pero no pueden ejercitar ni siquiera la
voluntad de una mosca, eso es una inteligencia vegetal; eso es lo que tiene que
ser.
—Creo... creo que tienes razón —masculló él—. En
cierto modo es horrible, ¿no?
—Sí. —A pesar de su grueso traje, la muchacha se
estremeció—. Sí; es horrible. Pensar que existen esas mentes inmensas y
espléndidas y que no hay forma de que actúen... Es como un poderoso motor de
gasolina con el eje roto, Ham, ¿sabes cómo voy a llamarles? Lotophagi Veneris, lotófagos de Venus. Contentos
con sentarse y soñar sobre la existencia mientras mentes inferiores, las
nuestras y la de los trioptes, luchan por sus respectivos planetas.
—Es un buen nombre, Pat, —Cuando ella se puso en
pie, Ham le preguntó, sorprendido—: ¿Y tus muestras? ¿No vas a prepararlas?
—Mañana, mañana.
Se echó en su camastro sin quitarse el traje
espacial.
—¡Pero se estropearán! Y tengo que arreglar la luz
de tu casco.
—Mañana, mañana —repitió ella cansadamente. Ham se
sentía tan desalentado que no pudo seguir discutiendo.
Cuando el nauseabundo olor de las plantas podridas
lo despertó, algunas horas más tarde, Pat dormía, embutida aún en el pesado
traje. Ham arrojó la bolsa y las muestras por la portezuela y luego le quitó el
traje a la muchacha que apenas se movió mientras él la arropaba suavemente en
el camastro.
Al despertar, Pat ni tan siquiera echó de menos la
bolsa de las muestras. Tampoco hizo ningún comentario al verlas esparcidas
sobre la pálida meseta cuando salieron para ir al encuentro de Óscar. La
lámpara del casco de la muchacha seguía sin reparar y una vez más, a la
izquierda, las risotadas burlonas de los moradores de la noche los seguían,
flotando misteriosamente en el viento inferior. Un par de veces, piedras
lanzadas desde lejos arrancaban hielo de agujas cercanas. Caminaron melancólicamente y en silencio,
como en una especie de fascinación, pero sus mentes parecían tener una extraña
claridad.
Pat se dirigió al primer lotófago que vio.
—Hemos vuelto, Óscar —dijo con una débil
recuperación de su acostumbrada desenvoltura—. ¿Cómo has pasado la noche?
—Pensando —rechinó aquella cosa.
—¿Pensando en qué?
—Pensando en...
La voz cesó. Estalló una vaina y el punzante olor
curiosamente agradable llegó a sus narices.
—¿En nosotros?
—No.
—¿En el mundo?
—No.
—¿En...? ¿De qué sirve esto? —acabó ella
cansadamente—. Podríamos estar así siempre y quizá no acertáramos nunca con la
pregunta justa.
—Si hay una pregunta justa —añadió Ham—. ¿Cómo sabes
que hay palabras para expresarla? ¿Cómo sabes siquiera que sean pensamientos
que nuestras mentes puedan concebir? Debe de haber pensamientos más allá de
nuestro alcance.
A la izquierda del grupo, una vaina estalló con un
sombrío estampido, Ham vio que el polvo se movía como una sombra a través de
los rayos de sus lámparas cuando el viento inferior lo empujaba, y vio cómo Pat
aspiraba una profunda bocanada de aquel aire que se arremolinaba a su
alrededor. Era curioso lo agradable que resultaba aquel olor, especialmente si
se tenia en cuenta que estaba formado por la misma materia que en concentración
más alta casi les había costado la vida. Se sintió vagamente preocupado al
asaltarle aquel pensamiento, pero no pudo asignar ningún motivo a aquella
preocupación.
Se dio cuenta de pronto de que ambos estaban en pie
en completo silencio ante el lotófago. Habían venido a hacer preguntas, ¿no era
así?
—Óscar —dijo él—, ¿cuál es el significado de la
vida?
—Ninguno. No hay ningún significado.
—Entonces, ¿por qué luchar así por ella?
—Nosotros no luchamos por ella. La vida carece de
importancia.
—Y cuando hayáis desaparecido, el mundo continuará
igual, ¿no es así?
—Cuando hayamos desaparecido, no habrá diferencia
para nadie, excepto para los trioptes que nos comen.
—Que os comen —corrigió Ham.
Había algo en aquel pensamiento que penetró la
niebla de indiferencia que le embotaba la mente. Miró a Pat, pasiva y
silenciosa a su vez, y al resplandor de la lámpara del casco de la muchacha
pudo ver sus claros ojos grises mirando fijamente al frente profundamente
abstraída y cavilosa. Y más allá de la loma sonaron de pronto los chillidos y
las risotadas salvajes de los habitantes de la oscuridad.
—Pat —dijo él.
No hubo ninguna respuesta.
—Pat —repitió, levantando una mano melancólica hacia
el brazo de la muchacha—. Tenemos que volver, —A su derecha estalló una vaina—.
Tenemos que volver —repitió.
Una súbita granizada de piedras llegó volando desde
la loma. Una le dio en el casco, y su lámpara delantera estalló con una sorda
explosión. Otra le dio en el brazo produciéndole un dolor agudo que,
sorprendentemente, le pareció sin importancia.
—Hemos de volver —reiteró él con obstinación. Pat
habló al fin sin moverse.
—¿Para qué? —preguntó ella sombríamente.
Ham frunció el ceño ante la pregunta. ¿Para qué?
¿Para volver a la zona crepuscular? Surgió en su mente un cuadro de Erotia y
luego una visión de aquella luna de miel que habían planeado pasar en la
Tierra, y después toda una serie de escenarios terrestres: Nueva York, un verde
prado, la soleada granja de su juventud. Pero todo aquello parecía muy lejano y
muy irreal.
Una violenta pedrada en el hombro le hizo recuperar
la conciencia y vio cómo una piedra rebotaba en el casco de Pat. Sólo dos de
las lámparas de la muchacha alumbraban ahora, la trasera y la derecha, y él se
dio cuenta vagamente de que en su propio casco sólo ardían la trasera y la
izquierda. Sombrías figuras se deslizaban y saltaban por la cresta de la loma
que ahora, debido a la rotura de sus luces, quedaba en la penumbra. Numerosas
piedras zumbaban alrededor de ellos.
Hizo un esfuerzo supremo y agarró un brazo de la
muchacha.
—¡Hemos de
volver! —masculló.
—¿Para qué? ¿Para qué hemos de volver?
—Porque nos matarán, si nos quedamos.
—Sí, ya lo sé, pero...
Él dejó de escuchar y tiró salvajemente del brazo de
Pat. La muchacha se tambaleó detrás de él mientras Ham caminaba obstinadamente
hacia el cohete.
Cuando sus lámparas traseras barrían la loma sonaban
agudos chillidos. Mientras avanzaban con infinita lentitud, los gritos se
extendieron a derecha e izquierda. Comprendió lo que aquello significaba: los
demonios estaban rodeándolos para situarse frente a ellos donde las estropeadas
lámparas no lanzaban su luz protectora.
Pat seguía pasivamente, sin hacer ningún esfuerzo
por sí misma. Era simplemente el tirón del brazo de su marido lo que la
obligaba a andar y el esfuerzo se hacía para él intolerable. Frente a ellos,
cambiantes sombras que aullaban y chillaban, estaban los demonios que iban en
pos de sus vidas.
Ham torció la cabeza de forma que su lámpara derecha
barriera la zona, Sonaron los chillidos del enemigo que se precipitaba en pos
de picos y peñascos para encontrar refugio en la sombra protectora.
Pat se dejó caer, dispuesta al parecer, a no dar ni
un paso más.
—No vale la pena —murmuró la muchacha, pero no opuso
ninguna resistencia cuando él la alzó en brazos.
A Ham se le ocurrió vagamente una idea: colocó su
carga de forma que la lámpara derecha de la joven proyectase su rayo hacia
adelante y de ese modo, tambaleándose, llegó por fin al círculo de luz que
rodeaba al cohete, abrió la puerta y depositó a Pat en el suelo.
Tuvo una impresión final. Los trioptes, sombrío
cortejo envuelto en fúnebres risotadas, se deslizaban en la oscuridad hacia la
loma donde Óscar y su gente aguardaban en plácida aceptación de su destino.
El cohete rugía a siete mil metros de altura. A
punto como estaban de entrar en la zona crepuscular, Pat y Ham podían ver bajo
ellos las nubes blancas por delante y negras por detrás. A aquella altura, se
podía apreciar muy bien la pronunciada curvatura del planeta.
—En realidad, una pelota de la que no puede
utilizarse más que una pequeñísima parte —dijo Ham, mirando hacia abajo.
—Fueron las esporas —continuó Pat, pasando por alto
aquel comentario—. Sabíamos que contenían narcótico, pero no podíamos sospechar
que contuvieran una droga tan sutil como ésa, capaz de anular la voluntad y
arrebatar las fuerzas. La gente de Óscar son lotófagos y lotos al mismo tiempo.
Lo siento, lo siento por ellos. ¡Esas colosales y espléndidas mentes suyas, tan
inútiles! —Hizo una pausa—. Ham, ¿qué te hizo ver lo que estaba pasando? ¿Qué
te impulsó a actuar?
—Fue el comentario de Óscar, cuando
dijo que sólo servía de comida a los trioptes.
—¿Y qué?
—Pues bien, ¿sabías que habíamos consumido toda
nuestra comida? Aquel comentario me hizo recordar que llevábamos dos días sin
comer.