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Un futuro color de rosa para Roderick - Nelson Bond (Parte 2 y última)

Roderick se fue, y yo me sumí de nuevo en el estéril santuario de mis libros. Esto sucedía a las dos. A eso de las cuatro, cansado de dar cabezazos contra una muralla de piedra, decidí salir a respirar un poco de aire puro.

Era un día brillante, claro, sin nubes. Por ello lo que vino luego fue una sorpresa completa. Yo había dado sólo una docena de pasos por el patio delantero cuando vino una especie de silbido líquido y me encontré chorreando por todas partes en medio de un chaparrón veraniego torrencial. O, mejor dicho, eso fue lo que creí al principio. 

Luego alboreó en mi mente el hecho de que el camarada Roderick había dado el agua de la boca de riego del otro lado de la esquina de la casa. ¡Y de que yo me había plantado exactamente sobre el tubo de salida del aspersor!

Con un aullido de rabia salté fuera de su alcance, dando furiosos manotazos a mis empapadas ropas. El muchacho, que había regresado a la escena del crimen, me miraba atónito.

—¡Diantre, míster Evans! ¡Cómo se ha mojado!

—¿Y me lo dices tú? ¡So pequeño idiota!, ¿cómo no me has advertido que te disponías a poner en marcha la manguera? ¡Mírame! ¡Calado hasta los huesos! Por menos de dos cuartos te...

Pero entonces mi furor se duplicó, triplicó, cuadruplicó, se multiplicó por cien. Porque mis inquietos ojos descubrieron algo que hasta entonces les había pasado desapercibido. Abandonada en el centro del prado, devastadoramente expuesta al diluvio incontenible del aspersor, estaba...

—¡Mi segadora! —gemí—. ¡Dios te confunda, Roderick! ¡Te dije que tuvieras mucho cuidado con ese objeto!

Me lancé hacia la boca de riego que alimentaba la manguera; pero Roderick se me adelantó en tres saltos. Mientras nuestras manos se encontraban en el grifo, me dijo en tono tranquilizador:

—No pasa nada, míster Evans. No hay por qué excitarse. Sólo estoy poniendo a prueba...

—Poniendo a prueba, ¿qué? ¿Mi paciencia?

—Mi telaraña mágica —contestó Roderick—. Aquella sustancia que le dije. Y va bien. ¡Venga y véalo!

Me cogió la mano y tiró. Me dejé arrastrar a través del empapado césped hasta mi maltratada segadora. El agua aparecía en su antiguamente prístina superficie formando perlas... charcos... brillantes, centelleantes estanques. Yo gemía, viendo con la imaginación en cada gota una futura ampolla de herrumbre. Pero Roderick sacó tranquilamente un pañuelo del bolsillo y dijo:

—¿Ve? Se va.

Pasó el cuadrado de tela por la superficie cubierta de agua de la segadora. Y tanto si ustedes lo creen como si no, ¡el agua desapareció! Tan suave y fácilmente como jamás agua pura alguna se deslizara fuera del dorso del pato del proverbio. Yo me quedé contemplando aquel inexplicable fenómeno, y luego a su antecitado creador, con pasmado asombro.

—¿Cómo lo has hecho? —grazné.

—Con el pañuelo —contestó Roderick.

—Ya lo sé. Pero quiero decir, ¿cómo ha sido que el agua se haya marchado de ese modo de la superficie metálica?

—Ah, es que jamás estuvo realmente sobre ella. Es un problema de cohesión molecular. Mire usted, hace un minuto rocié la segadora con eso que llamo mi «telaraña mágica».

—¿Qué hiciste? —De pronto, el peligro de la herrumbre pareció casi sin importancia. La idea de que el jovencito hubiese cubierto mi adorada segadora con cierta composición de ingredientes de su equipo químico me aterraba—. ¿Qué hiciste? —grité angustiado.

—No pasa nada, míster Evans —insistió Roderick—. Mi espuma la ha protegido del agua. Y puedo quitar la espuma en cosa de segundos. Mire, se lo enseñaré.

Echó a correr hacia su casa y regresó inmediatamente con un pulverizador. Lo apuntó a la segadora, y después hizo una pausa.

—Ah, de paso —sugirió—, quizá usted desee palpar la segadora. Sólo para asegurarse de que ha quedado recubierta.

Como persona que se mueve en una pesadilla, toqué la superficie metálica. Estaba suave y resbaladiza como con una capa de fina seda. La denominación con que había bautizado el chico aquel producto no era desacertada. Tenía realmente el tacto de una telaraña untada de aceite... si saben imaginarse ustedes semejante cosa.

—He aquí la espuma protectora —dijo Roderick—. He invertido unos diez segundos en aplicarla. Ahora, ahí ve con qué rapidez se quita.

Y se puso —flush, flush— a manejar el pulverizador. Sofoqué el impulso de soltar un alarido. Porque ante mis asombrados ojos la capa aceitosa del metal se levantó, se convirtió en una niebla fina y se evaporó bajo los cálidos rayos del sol. Segundos después, cuando toqué la superficie de la segadora, ¡el metal estaba seco como los huesos!

Y en aquel momento fue cuando me erigí en el primer miembro honorario del Club Americano de Admiradores de Roderick Fenton...

Bien, no es preciso que enuncie punto por punto todo lo demás, ¿verdad que no? Para explicar en pocas palabras una larga historia, vi cómo Roderick componía una nueva provisión de su espuma de la telaraña mágica. Era precisamente lo que yo estaba buscando desde largos, muy largos meses, con angustia en el corazón: un compuesto sencillo, hecho a base de ingredientes corrientes, baratos.

Me llevé al chico conmigo a la fábrica. Y regresó a su casa con una ancha sonrisa y un contrato asegurándole unos derechos de inventor que habían de tenerle nadando en la abundancia por todo el resto de su vida natural. A cambio, mi compañía obtuvo la exclusiva sobre el descubrimiento, y, con ella, la seguridad de conseguir dinero suficiente del Gobierno para pagar el impuesto sobre el exceso de beneficios.

Pero todavía quedaba otra cosa. Y para solucionarla fui a ver al padre de Roderick. Es un científico, como también lo soy yo. De modo que no malgasté palabras, sino que fui directamente al grano.

—Creo que ya lo sé —dije llanamente—. Pero dímelo de todos modos. Me refiero al chico ¿Es él?

—¿Si es agradecido? ¿Si te está agradecido? —esgrimió Walter Fenton—. Pues, por supuesto, Tom. Y también lo estoy yo. Has sido enormemente bondadoso al...

—¡Bah! —le interrumpí—. ¡Tonterías! Soy yo quien está en deuda hasta las rodillas con él, y tú lo sabes. Y ahora deja de andarte por las ramas. Sé cuándo y dónde nació. Y sé lo que sucedía allí por aquellas fechas: experimentos atómicos. Estos son dos y dos. ¿Qué te parece si me hicieras la suma?

Fenton suspiró.

—Veo que estás ya muy cerca de la solución. Y me creo en el deber de explicarte el resto. —Meneó la cabeza despacio, gravemente—. Mira, Roderick no es hijo mío, en realidad. Sarah y yo lo adoptamos. Su verdadero padre era uno de nuestros físicos más destacados. Su madre murió en el parto. El padre falleció un año después. La radiación acabó con él.

—Es lo que me figuraba, más o menos —dije asintiendo con la cabeza—. Trabajaba en el Proyecto Manhattan, ¿no? ¿Cerca de la pila?

—Demasiado cerca. Los escudos que teníamos a la sazón no eran demasiado efectivos. La radiación asó para siempre a unos cuantos muchachos. A otros, como, por ejemplo, el padre de Roderick... pues, sencillamente, no sabemos nada. Pero algo debió de ocurrir. Rayos gamma duros... mutación de los genes. Roddy...

—Ya sé. A los ocho años lee a Lobachevsky y a Bolyai por diversión. ¿Cuándo empezó a leer?

—A los dos años —confesó Fenton—. A los dos años, inglés. Desde entonces ha aprendido francés y alemán y unas nociones de griego y latín. Se aficionó a la física y las matemáticas a los cuatro años. En la actualidad me ha adelantado de tal modo que ya no puedo ni leer sus notas siquiera. Utiliza símbolos que no entiendo. ¡Y piensa que tengo un coeficiente intelectual de 140!

—¿Andando? ¿Y el del muchacho? ¿Lo has medido?

—Sí. Pero no me creerías.

—Quizá sí. Prueba.

—Pasa de 400 —dijo Fenton—. No hay manera de medirlo con exactitud. Sencillamente, no existen pruebas ideadas para mentes como la suya. —Después de un momento de pausa, continuó—: Eres la primera persona con la cual hablo de este tema. Exceptuando a Roddy, por supuesto. Cuando cumplió los seis años, tuvimos una larga conversación de hombre a hombre. Él sabe que es diferente... y sabe por qué. Pero yo le aconsejo que lo esconda a la gente todo lo posible. A ciertas personas quizá no les gustase. Podrían sentir nacer en su espíritu un resentimiento. ¿Comprendes lo que quiero decir?

Moví la cabeza afirmativamente.

—O hasta un miedo. Aunque no hay motivo especial alguno para que abriguen tales sentimientos. Era inevitable. Desde Darwin sabíamos que llegaría el día en que el hombre daría otro paso adelante en su eterna lucha hacia la perfección de la especie. Una mutación repentina, una alteración de los genes... así es como se produce. Los experimentos de Muller con rayos gamma sobre la mosca de la fruta lo demostraron. Y las radiaciones de una pila atómica como aquella con la que trabajaba el padre de Roddy en Oak Ridge hace mi nueve años, eran rayos duros. Rayos gamma.

—Entonces tú crees, lo mismo que yo, que Roderick es...

—Sí —le dije—. Mentalmente. Pero en todos los demás aspectos, absolutamente normal ¡gracias a Dios! Roddy es el signo de los tiempos venideros. Aunque no volando por los aires, raudo, con malla azul y una capa color rosa. No, un hombre de verdad. Aunque un tipo de hombre mejor, más sabio.

Con intencionada delicadeza, ninguno de ambos empleó la otra palabra, la expresión popular del tipo humano del cual el hijo adoptivo de Walt Fenton era precursor. Superhombre...

Acaso parezca extraño, pero el día que conversé con Walt Fenton no me preocupaba lo más mínimo la condición de homo superior de Roddy. La pura verdad era que más bien me complacía el habérmela figurado, fundándome en unos cuantos hechos que había ido observando. No fue hasta que hubieron pasado unos cuantos días que se me ocurrió el otro aspecto, y empezó a roerme una duda creciente, atormentadora.

Una cosa es un niño de nueve años de una raza de superhombres... pero ¿qué pasaría con un adulto de esa misma raza? ¿Qué podíamos esperar de Roderick Fenton dentro de diez o veinte años? ¿Qué papel puede figurarse uno que representará en la vida una criatura con un coeficiente intelectual tres veces mayor que el de la mayoría de sabios?

Transcurrieron varias semanas antes de que yo descargase esta incertidumbre cada día más inquietante y onerosa sobre los hombros de Walt Fenton. Él arrugaba la frente y se pellizcaba el labio inferior al contestarme:

—Tus suposiciones valen tanto como las mías, Tom. Me he pasado noches enteras despierto, preocupado por ese mismo problema. A juzgar por lo que hace ahora, puede convertirse en el mayor benefactor del género humano: infinitamente dulce, amistoso y bueno, y dotado de inteligencia suficiente para mejorar de mil maneras nuestra mal ensamblada civilización... O bien —concedió luego—, puede ocurrir exactamente al revés. Podría adueñarse de él la ambición, un afán desmesurado de dinero, poder, dominio. Si un día utilizase su poderoso intelecto para fines malos, los hombres no podrían resistirse. Si lo deseara, podría gobernar toda la tierra.

—Existe una tercera posibilidad —añadí—. El superhombre no tiene necesidad de ser benigno ni maligno para resultar perjudicial. Nietzsche nos lo enseñó. El ser humano futuro podría ser tan fríamente lógico en sus razonamientos que, sin proponérselo conscientemente, llegara a ser total, completamente despiadado.

—Situado más allá del bien y del mal —asintió Fenton—. Sí. Supongo que también existe esa posibilidad. ¡Maldita sea, Tom! ¡Ojalá hubiera alguna solución para este problema! Una solución segura, rápida, suave...

Y mientras nosotros continuábamos sentados allí, mirándonos fijamente con aire sombrío, Roddy llevó a cabo una de sus entradas más ruidosas y entusiasmadas. Cogió a su padre adoptivo por una mano y tiró de él, al mismo tiempo que me hacía señas con gesto excitado.

—¡Vamos! —gritaba—. ¡Vengan a verla! Ya está casi terminada.

Le seguimos hasta el garaje de los Fenton para quedarnos parados allí, mientras mis ojos de hombre de mediana edad se clavaban en el artefacto más estrambótico que hayan contemplado nunca. Por una parte tenía el aspecto de una caja, y por otra el de una jaula de pájaros, y en conjunto semejaba uno de los sueños más dementes de Rube Goldberg. 

Estaba compuesto de toda suerte de piezas recogidas de aquí y de allá; era un conglomerado ridículo de tubos, pernos, ruedas y tablas recogidos en los montones colectivos de trastos de desecho de la vecindad. Colocado en la parte central de aquel revoltijo había un asiento en forma de cubo equipado con una almohadilla sacada de un viejo banco-columpio de porche. 

Montadas en un panel improvisado con un guardabarros se veía cierto número de esferas y aparatitos, la naturaleza de los cuales nos resultaba totalmente incomprensible. Yo miré el aparato, y luego a Fenton. Este se encogió de hombros. Ambos miramos a Roddy. El muchacho sonreía de oreja a oreja.

—¿Qué opinan? —preguntó.

—Magnífico, hijo —respondió con cautela Fenton—. Sólo que...

—¿Sólo qué?

—Precisamente —intervine yo con voz cantarina—. ¿Sólo qué...? O, para ser más concreto, ¿qué diablos?

—¡Ah, canastos! —exclamó Roddy estirando el cuello—. ¿No se lo había contado? Quizá no. ¡Pues, vean ustedes, es una máquina del tiempo!

Fenton me dedicó una sonrisa débil.

—Cuánta imaginación, ¿eh, Tom? —dijo—. Últimamente ha leído muchas cosas de H. G. Wells.

Yo me dije que quedaba todavía una cuarta posibilidad que Walt y yo no habíamos tomado en cuenta. El supercráneo de Roderick podía excederse a sí mismo. Lo cierto es que parecía una suposición razonable la de que se había excedido ya. Y seguramente no había que temer grandes males de un superimbécil...

—Miren —gorjeó Roderick contentísimo—. ¡Se lo enseñaré!

Metió la mano dentro del instrumento, hizo girar levemente una esfera del cuadro de mandos, y luego nos miró sonriendo.

—Dos minutos —proclamó—. Voy a enviarla a dos minutos en el futuro. ¡Fíjense!

Dio un tirón a la palanca de una especie de aparato de engranajes y sacó prestamente el brazo. Se oyó un sonido repentino de maquinaria en movimiento, entre un resoplido, un bufido y un rugir sordo. Por un instante retumbó en mis oídos una aguda vibración supersónica. Y luego...

—¡Dios santo! —exclamó Walter Fenton—. ¡Ha desaparecido!

En efecto. Delante de nosotros el espacio estaba tan vacío como los bolsillos del contribuyente después de pagar los impuestos. Y mientras Fenton me contemplaba y yo correspondía con vivo interés a su mirada de imbécil, llegó hasta nosotros otro sonido. 

Como antes, percibí un breve ruido de timbre. Luego escuché un choque sordo y extenso... y el fantástico vehículo de Roddy se materializó bruscamente de la nada para posarse en el suelo delante de nosotros. Roderick levantó la vista, que tenía fija en el reloj de pulsera.

—Un minuto cincuenta y seis segundos —anunció—. Casi perfecto. Bastará ajustarlo un poco y estará en disposición de...

—Hijo —dijo Walter Fenton con voz ahogada—, ¿lo... lo dices en serio? ¿No se trata, simplemente, de una broma? ¿Funciona de veras?

—¡Pues, canastos! ¡Claro que funciona! Ustedes lo han visto, ¿verdad?

—¿Cómo? —pregunté, aturdido.

Roderick se mordió el labio.

—Pues no sé si podré explicárselo, míster Evans. Quiero decir... perdóneme... pero si no entiende usted bien el combamiento del tiempo y la mecánica continua...

—No, no los entiendo —le contesté llanamente.

—Entonces no sé si podré hacérselo comprender. —Y se revolvió en un gesto como de pedir excusas—. Pero no importa. Aun en el caso de que la mayoría de humanos... —Aquí observó la mirada de su padre adoptivo y se corrigió prestamente—. Aun en el caso de que la mayoría de personas no sepan cómo funciona, podemos utilizar esa máquina. Podemos viajar hacia el futuro y estudiar aquella civilización... y traernos los inventos necesarios para adelantar y mejorar la nuestra... podemos acelerar el progreso de la humanidad hacia una cultura superior.

Fenton preguntó pausada, cuidadosamente:

—¿Será bueno eso, hijo?

—¿Bueno? ¡Claro que será bueno!

—Me extraña. Quizá fuese mejor que los hombres progresaran más despacio. Quizá conviniera que el hombre se ganara los progresos descubriéndolos por sí mismo. Quiero decir: ¿no es una forma de esclavitud el situarse uno de modo que dependa de la sabiduría de otros?

Un leve ceño alteró las cejas de Roderick. Se me antojó que en su réplica había cierto deje de irritación.

—¡No sea ridículo, papá! El género humano necesita que lo guíen y lo instruyan. Los cerebros inferiores han de depender de aquellos que son capaces de dirigirlos y orientarlos. Hasta ustedes pueden ver...

Se interrumpió bruscamente, disgustado de haberse delatado con una franca exposición de sus convicciones. Otra vez, prestísimamente, volvía a ser el niño Roddy Fenton, sonriente y sociable, deseoso de agradar.

—Lo que quise decir es que con eso ¡podríamos aprender tanto...!

—Acaso —aventuré yo—, anduviéramos más seguros utilizándolo solamente para viajar hacia el pasado. También ahí podríamos encontrar muchas cosas que beneficiarían a la humanidad. Podríamos aprender los secretos que se han perdido con el paso de los siglos, refundiríamos nuestros libros de historia, hallaríamos la solución a un millar de misterios desconcertantes.

—Sí, sería muy divertido —admitió Roderick—. Pero es imposible, de momento. Esta máquina —añadió, señalándola— no puede viajar para atrás en el tiempo; sólo adelante. En pura realidad no sé si se podrá construir nunca una máquina que retroceda en el tiempo. Ello implicaría demasiadas paradojas inexplicables. Como, por ejemplo, que unas personas estuvieran donde no estuvieron jamás... ¿Comprenden?

—Comprendo —respondió Walter Fenton, que estaba cavilando en silencio desde la breve pero impetuosa expresión de desdén por el género humano que había pronunciado Roddy. Ahora Walter tenía un semblante pensativo, grave, decidido—. Entonces, esa máquina ¿sólo anda en un sentido?

—En efecto, papá. Adelante.

—¿Y hasta qué distancia, hijo?

—Oh, puede recorrer una larga, larga distancia. Naturalmente, no lo he ensayado. Pero esta esfera de aquí...

Roddy subió a la máquina para mostrarnos mejor sus mecanismos. Fenton y yo nos inclinábamos sobre el costado del aparato.

—Esta esfera de aquí —continuó Roderick— designa la era hacia la cual ha de viajar. Sencillamente, uno sitúa la esfera en concordancia con el número deseado de años, días o minutos.

—Entonces, esa cifra —preguntó Fenton— ¿la dirigiría hasta una fecha situada a doscientos años de este momento? —Y colocó la manecilla en posición.

Roderick movió la cabeza afirmativamente.

—Es cierto. ¡Cuidado, papá! Si alguien bajase esta palanca mientras yo estoy aquí dentro no volveríamos a vernos jamás.

—¿Quieres decir que morirías? —le pregunté.

—¡Oh, no! Estaría perfectamente a salvo. Pero desaparecería de aquí y aparecería súbitamente en el mundo que existirá dentro de doscientos años. Un mundo en el que quizá... —y sonrió tímidamente a su padre adoptivo—, la gente se parezca más a mí. ¿Quién sabe? En todo caso, no sufriría ningún daño. Lo único es que ya no podría regresar.

—Sí —asintió Fenton—. Es lo que me figuraba. Bien, pues... ¡buena suerte, hijo!

Roddy lo miró con ojos muy abiertos.

—¿Eh? ¿Buena suerte? ¡Ah!, ¿se refiere a vender este invento? Claro, papá. Podemos ganar una fortuna para todos.

—No, Roddy —dijo Fenton—. No es eso precisamente lo que quise decir. Quise decir que aquel mundo está preparado para recibirte; y este no. Todos te amamos entrañablemente. Todos reconocemos tus grandes facultades y las aplaudimos. Pero, francamente, Roddy, nos das miedo. Nos da miedo lo que tu bienintencionada insensibilidad pudiera acarrearnos a nosotros y a otras gentes de nuestro tiempo. De modo que, buena suerte, Roddy. Y... ¡adiós!

Los ojos de Roddy se abrieron todavía más; la mandíbula se le cayó.

—¡Pero, papá! —gritó—. Tú no puedes pensar en...

Sí, sí podía. Con tranquilo propósito, Fenton estiró el brazo y empujó la palanca de arranque...

De modo que, como dije antes, si ustedes no sienten escrúpulos necios por apostar sobre una partida ganada ya, ahí tienen una en la que pueden arriesgar hasta el último céntimo: a Roderick le espera un futuro color de rosa.

¡Dentro de doscientos años, entiéndase bien!

La tortuga de agua - Patricia Highsmith

Víctor oyó la puerta del ascensor, los rápidos pasos de su madre en el hall y cerró el libro de un golpe. Lo escondió debajo del almohadón del sofá y maldijo por lo bajo cuando oyó que el libro se resbalaba entre el sofá y la pared y caía al piso con un ruido sordo. La llave ya giraba en la cerradura.

—¡Viiiictor! —gritó su madre, agitando un brazo en el aire. Con el otro sostenía una bolsa grande de papel madera y de su mano colgaban una o dos bolsitas—. Fui a lo de mi editor y al mercado y a la pescadería —le dijo—. ¿Por qué no estás jugando? ¡Es un día lindísimo!

—Salí —dijo él— un ratito. Me dio frío.

—¡Uf! —la madre descargó la bolsa del almacén en la pequeña cocina detrás del vestíbulo—. Debes estar enfermito. ¡Tener frío en el mes de octubre! He visto a todos los niños jugando en la vereda. Hasta ese nene que te gusta, creo, ¿cómo se llama?

—No lo sé —dijo Víctor. De todos modos, su madre no estaba prestándole verdadera atención. Metió las manos en el bolsillo de sus pantalones cortos, que ya le ajustaban, y empezó a caminar sin rumbo por el living, mirándose los zapatones gastados. Su madre podría haberle comprado zapatos que le quedaran bien por lo menos. A ella le gustaban esos porque tenían las suelas más gruesas que jamás hubiera visto y la punta cuadrada, un poquito levantada, como botas de alpinista.

Víctor se detuvo frente a la ventana y miró el edificio de enfrente, de color tostado. Vivía con su madre en el piso dieciocho, cerca de la azotea. El edificio al otro lado de la calle era aún más alto que el de ellos. A Víctor le gustaba más el departamento donde habían vivido en Riverside Drive. También le gustaba más la escuela de ahí. En la nueva se reían de la ropa que usaba. En la otra se habían cansado de reírse de él.

—¿No quieres salir? —preguntó su madre, entrando en el living, mientras se secaba las manos con energía con una bolsa de papel. Se olió las manos—. ¡Puaj! ¡Qué olor horrible!

—No, mamá —dijo Víctor con paciencia.

—Hoy es sábado.

—Ya lo sé.

—¿Ya sabes los días de la semana?

—Por supuesto.

—¿A ver?

—No quiero decirlos. Los sé —los ojos se le pusieron vidriosos—. Hace años que los sé. Hasta nenes de cinco años saben los días de la semana.

Pero su madre no estaba escuchando. Estaba inclinada sobre el tablero de dibujo en un rincón de la habitación. Había estado trabajando hasta tarde la noche anterior. Víctor estuvo en su sofá cama en el rincón opuesto de la habitación sin poder dormirse hasta las 2, cuando ella fue a acostarse en el sofá cama.

—Ven acá, Viiiictor. ¿Ves esto?

Víctor se acercó arrastrando los pies, con las manos aún en los bolsillos. No, ni siquiera había echado un vistazo al tablero esa mañana; no había querido.

—Este es Pedro, el burrito. Lo inventé anoche. ¿Qué te parece? Y este es Miguel, el nene mexicano que lo monta. Andan y andan por todo México y Miguel piensa que están perdidos, pero Pedro sabe cómo volver a casa todo el tiempo y...

Víctor no escuchaba. Deliberadamente pensaba en otra cosa, acto que había aprendido al cabo de muchos años de práctica. Pero el aburrimiento y la frustración —sabía lo que quería decir la palabra frustración; había leído todo al respecto— le pesaban como una piedra sobre los hombros, sentía el odio y las lágrimas amontonadas en sus ojos, como un volcán a punto de estallar en su interior.

Había tenido la esperanza de que su madre captara la alusión cuando le dijo que tenía frío en sus estúpidos pantaloncitos cortos. Había tenido la esperanza de que su madre recordara lo que le había contado días antes, que el chico que había querido jugar, que parecía tener su misma edad, once años, se había reído de sus pantalones cortos el lunes por la tarde.

"¿Te hacen usar los pantalones de tu hermano o algo así?". Víctor se había alejado lleno de mortificación. ¿Qué habría pasado si el otro se hubiese enterado de que ni siquiera tenía un par de knickers y menos aún un par de pantalones largos, aunque fueran jeans? Su madre, por alguna razón disparatada, quería que pareciera como un francés y le hacía usar pantaloncitos cortos y medias tres cuartos y camisas tontas con cuellos redondos.

Su madre quería que él siguiera teniendo seis años toda su vida. Le gustaba mostrarle sus dibujos a él. "Víctor es mi tabla de armonía —les decía a veces a sus amigos—. Le muestro mis dibujos y sé de inmediato si a los niños les gustarán o no". A veces Víctor simulaba que le gustaban algunos cuentos que en realidad no le gustaban o dibujos que sentía que le resultaban indiferentes, porque sentía lástima por su madre y porque ella se ponía de mejor humor si él le decía esas cosas. 

Ya estaba cansado de las ilustraciones de cuentos infantiles, si es que alguna vez le habían gustado —en realidad no podía acordarse— y ahora tenía dos preferidos: las ilustraciones de Howard Pyle en algunos de los libros de Robert Louis Stevenson y las de Cruikshank en los de Dickens. Víctor pensaba que era una desgracia para él que fuera la última persona a la que su madre pedía opinión, pues simplemente odiaba las ilustraciones infantiles.

Y era un milagro que su madre no se diera cuenta de ello, porque hacía años y años que no había podido vender ninguna ilustración para libros; nada desde Wimple-Dimple. Un ejemplar de ese libro cuya sobrecubierta lucía agrietada y amarilla estaba ubicado en el estante central de la biblioteca en un espacio libre, para que todos pudieran verlo. 

Víctor tenía siete años cuando se publicó ese libro. 

Su madre siempre le contaba a la gente que él le había dicho lo que quería que ella dibujase, la había observado hacer cada dibujo, le había dado su opinión y, en fin, la había guiado totalmente. Víctor tenía sus serias dudas acerca de esto, primero porque el cuento era de otra persona y había sido escrito antes de que su madre hiciera los dibujos y, naturalmente, los dibujos debieron adaptarse a la historia.

Desde entonces, su madre solo había publicado unas pocas ilustraciones para revistas infantiles y preparado calabazas y gatos negros de papel para Halloween, la fiesta de las brujas, aunque siempre llevaba su carpeta de dibujos de editor en editor. 

Su padre les mandaba dinero. 

Era un rico hombre de negocios que vivía en Francia, un exportador de perfumes. Su madre decía que era muy rico y muy apuesto. Pero él se había vuelto a casar, nunca escribía y Víctor no tenía interés en él, ni siquiera le interesaba ver una foto de su padre. 

Su padre era un francés con algo de polaco y su madre era húngara francesa. La palabra húngara le hacía pensar a Víctor en gitanos, pero cuando una vez le preguntó a su madre, ella replicó enfáticamente que no tenía nada de sangre gitana. Se había mostrado muy molesta con Víctor por esa pregunta.

—¡Escucha! ¿Cuál te gusta más? "En todo México no había un burro más inteligente que Miguel, el burrito de Pedro". O si no: "Miguel, el burrito de Pedro, era el más inteligente de todo México".

—Creo... que prefiero la primera.

—¿Cómo era? —preguntó su madre, cubriendo con la palma de la mano la ilustración.

Víctor trató de recordar las palabras, pero se dio cuenta de que solo estaba mirando las marcas de lápiz en el borde del tablero de dibujo. El dibujo colorido del centro no le interesaba en absoluto. No estaba pensando. Esa era una sensación frecuente y familiar en él; había algo emocionante e importante en el no pensar. Víctor sentía que algún día iba a encontrar algo que hablara sobre eso —quizá con otro nombre— en la biblioteca pública o en los libros de psicología que había en su casa y que él hojeaba cuando su madre no estaba.

—¡Viiiictor! ¿Qué estás haciendo?

—Nada, mamá.

—Eso justamente. ¡Nada! ¿No puedes pensar siquiera?

Una ola caliente de vergüenza lo envolvió. Era como si su madre pudiera leerle los pensamientos, acerca del no pensar.

—¡Pero estoy pensando! —protestó—. Estoy pensando acerca del no pensar —su tono era desafiante. ¿Qué podía hacer ella en cuanto a eso, después de todo?

—¿Qué? —su madre inclinó la cabeza negra y enrulada y lo enfrentó con los ojos maquillados entrecerrados.

—El no pensar.

Su madre apoyó las manos llenas de anillos en las caderas.

—¿Sabes, Víctor, que tienes unas ideas medio raras? Estás enfermo. Enfermo mentalmente. Y eres un retardado. ¿Sabes lo que quiere decir eso? Que tienes la mentalidad de un nenito de cinco años —dijo con lentitud, acentuando las palabras—. Es mejor que pases las tardes de los sábados encerrado. Quién sabe, a lo mejor, si sales, puede pisarte un auto. Pero es por eso que te quiero, mi pequeñito Víctor.

Le pasó el brazo sobre los hombros y lo atrajo hacia ella. Por un instante, la nariz de Víctor permaneció apretada contra su pecho grande y suave. Ella llevaba su vestido color piel, el que se transparentaba un poco a la altura del busto.

Víctor alejó la cabeza con brusquedad, confundido por las emociones. No sabía si deseaba reír o llorar. Su madre reía alegremente, con la cabeza echada hacia atrás.

—¡Estás enfermo! ¡Mírate! Mi neniiito, con pantalonciiitos. ¡Ja, ja!

Entonces las lágrimas asomaron en los ojos de él, ¡y su madre se comportaba como si estuviera disfrutándolo! Víctor giró la cabeza para que ella no pudiera verle los ojos. Luego la miró repentinamente.

—¿Te crees que me gustan estos pantalones? A ti te gustan, no a mí, entonces, ¿por qué tienes que burlarte?

—Un neniiito que llora —continuó ella, riendo.

Víctor salió corriendo hacia el cuarto de baño, pero se desvió en el camino y se arrojó de cabeza en el sofá, con la cara contra los almohadones. Cerró los ojos con fuerza y abrió la boca, llorando pero sin llorar, de una manera que había aprendido con la práctica también. Con la boca abierta, la garganta cerrada, sin respirar por casi un minuto, podía en cierto modo sentir la satisfacción de llorar, hasta de gritar, sin que nadie se diera cuenta. 

Hundió la nariz, la boca abierta, los dientes en el almohadón rojo del sofá y, si bien siguió oyendo la voz de su madre, el tono burlón y la risa, imaginaba que esos sonidos se iban apagando y alejándose. Se imaginaba que estaba muriendo. Pero la muerte no era un escape; solo un hecho concentrado y doloroso, el clímax de su no llorar. Luego, volvió a respirar y a oír la voz de su madre.

—¿Me oíste? ¿Me oíste? La señora Badzerkian vendrá a tomar el té. Quiero que te laves la cara y que te pongas una camisa limpia. Y también que le recites algún versito. ¿Qué verso vas a recitarle?

—Cuando me voy a la cama en el invierno —dijo Víctor. Ella le había hecho memorizar cada poema de A Child's Garden of Verses. Víctor dijo el primero que se le cruzó por la cabeza, pero eso le causó problemas porque ya lo había recitado en la última visita.

—¡Dije ese porque no podía pensar otro en el momento! —gritó Víctor.

—¡No me grites! —exclamó su madre, lanzándose hacia él. Víctor recibió una bofetada antes de que se diera cuenta de lo que estaba sucediendo.

Quedó apoyado en un brazo del sofá, de espaldas, con las delgadas piernas de rodillas huesudas extendidas. "Está bien —pensó—, si así son las cosas, así son las cosas". La miró con odio. No iba a hacerle ver que la bofetada le había dolido, que aún le dolía. "Basta de lágrimas por hoy —juró—, basta de no llorar". 

Terminaría el día, soportaría el té como una piedra, como un soldado, sin pestañear siquiera. Su madre caminaba por el cuarto, toqueteándose los anillos sin cesar, mirándolo de vez en cuando, desviando la mirada rápidamente. La mirada de Víctor estaba fija en ella. Él no tenía miedo. Ella podía golpearlo otra vez, pero a él no iba a importarle.

Por fin ella anunció que se iría a lavar la cabeza y se escurrió al baño. Víctor se levantó del sofá y vagó por el cuarto. Hubiera querido tener un cuarto propio para poder estar solo. El departamento de Riverside Drive tenía tres ambientes: un living, su cuarto y el de su madre. Cuando ella estaba en el living, él podía estar en su dormitorio o viceversa, pero luego decidieron derrumbar el viejo edificio de Riverside Drive. No era algo en lo que le gustaba pensar.

De pronto recordó dónde había caído el libro, empujó el sofá y lo alcanzó. Era La mente humana, por Menninger, un libro lleno de historias clínicas fascinantes. Víctor no lo devolvió al estante donde estaba, entre un libro de astrología y otro de Cómo dibujar

A su madre no le gustaba que leyera libros de psicología, pero a Víctor le encantaban; sobre todo los que tenían historias clínicas. Los pacientes hacían lo que querían. Se comportaban con naturalidad. Nadie les daba órdenes. Víctor pasaba horas en la biblioteca del barrio, hojeando los libros de psicología. Estaban en la sección para adultos, pero al bibliotecario no le molestaba que se sentara allí porque se comportaba decentemente.

Víctor fue a la cocina y se sirvió un vaso de agua. Mientras estaba de pie bebiendo, oyó un crujido en una de las bolsas de papel de su madre. Un ratón, pensó, pero cuando movió las bolsas no vio ningún ratón. El sonido provenía del interior de una de las bolsas. La abrió con cuidado y esperó que algo saltara. Miró el interior y vio una cajita de cartón blanco. La sacó con lentitud. El fondo estaba húmedo. Se abría como una caja de masitas. Al hacerlo, Víctor dio un salto de sorpresa. Se encontró con una tortuga, viva y volcada sobre su caparazón. Las patas se agitaban en el aire, el animal intentaba darse vuelta. 

Víctor se humedeció los labios y, frunciendo el ceño con concentración, tomó la tortuga por los bordes del caparazón con las dos manos, la dio vuelta y la volvió a colocar con suavidad en la caja. La tortuga encogió las patas, estiró la cabeza un poco y lo miró con fijeza. Víctor sonrió. ¿Por qué su madre no le había dicho que tenía un regalo para él? Los ojos de Víctor brillaron, mientras pensaba en sacar la tortuga a pasear, quizá con una correa alrededor del cuello, para mostrársela al que se había reído de sus pantalones cortos. Quizá cambiara de parecer acerca de ser su amigo si descubría que él tenía una tortuga.

—¡Eh, mamá, mamá! —gritó Víctor, apoyado contra la puerta del baño—. ¿Me trajiste una tortuga?

—¿Una qué? —había cesado el ruido de la ducha.

—¡Una tortuga! ¡En la cocina! —Víctor saltababa mientras pronunciaba estas palabras. De pronto se detuvo.

Su madre había dudado, también. La ducha volvió a oírse. Su madre gritó con voz chillona:

C’est une terrapène! Pour un ragoût!

Víctor comprendió y sintió un pequeño escalofrío. Cuando su madre le hablaba en francés era porque estaba dándole una orden que debía obedecer sin réplicas. De modo que la tortuga iría a parar a un guiso. 

Víctor regresó a la cocina, con perpleja resignación. Para un guiso. Bueno, ya que a la tortuga no le quedaba mucha vida, ¿qué le gustaría comer? ¿Lechuga? ¿Panceta cruda? ¿Papa hervida? Víctor abrió la heladera.

Sostuvo un pedazo de lechuga cerca de la boca callosa de la tortuga. Esta no abrió la boca, solo miró. Víctor sostenía la lechuga cerca de los dos agujeritos nasales pero, aunque la tortuga la olió, no mostró ningún interés. Víctor miró debajo de la pileta y sacó un fuentón grande. Lo llenó con dos dedos de agua y con suavidad puso a la tortuga adentro. La tortuga braceó por unos segundos; luego, descubriendo que el vientre se apoyaba en el fondo, se detuvo y encogió las patas. 

Víctor se puso de rodillas y estudió la cara del animal. El labio superior se encimaba al inferior, dándole una expresión algo testaruda y de pocos amigos, pero los ojos eran brillantes y vivaces. Víctor sonrió cuando los miró con fijeza.

—Está bien, Monsieur terrapène —dijo—, dime qué te gustaría comer y te lo conseguiremos. ¿Quizá quieras un poco de atún?

El día anterior habían cenado arroz con atún y había quedado un poco. Víctor tomó un pedacito con los dedos y se lo mostró a la tortuga. La tortuga no estaba interesada. Víctor miró a su alrededor, pensativo; luego, levantó el fuentón, lo llevó al living y lo colocó en el suelo de modo que el sol diera en el caparazón de la tortuga. "A todas las tortugas les gusta el sol", pensó Víctor. Se extendió en el piso a su lado, apoyado en un codo. 

La tortuga lo miró un momento, luego con mucha lentitud y con un aire de prudencia y cautela, estiró las patas y avanzó, se topó con el borde del fuentón y dobló a la derecha, con la mitad del cuerpo fuera del agua poco profunda. Quería salir. Víctor la tomó por el caparazón y dijo:

—Puedes salir y dar un paseíto.

Sonrió, mientras la tortuga comenzaba a andar rumbo al sofá. La agarró con facilidad, pues se movía lentamente. Cuando la volvió a colocar en la alfombra, el animal permaneció inmóvil, como si se hubiera detenido un poco a pensar lo que iba a hacer después, adónde ir. Era de color verde amarronado. 

Víctor pensó en el fondo del río, y en los océanos. ¿De dónde venían las tortugas? Se puso de pie de un salto y fue a buscar un diccionario a la biblioteca. El diccionario tenía un dibujo de una tortuga, pero era apagado, en blanco y negro, no se parecía en nada al ejemplar vivo. No aprendió nada nuevo, salvo que el nombre era de origen algonquino, que la tortuga de agua vivía en agua dulce o salobre, y que era comestible. 

Pero él no pensaba comer ninguna terrapène esa noche. Ese ragoût sería todo para su madre, y aunque ella lo golpeara y le hiciera aprender dos o tres poemas más, él no comería tortuga esa noche.

Su madre salió del baño.

—¿Qué estás haciendo ahí?

Víctor guardó el diccionario en su lugar. Su madre había visto el fuentón.

—Estoy mirando la tortuga —dijo, y enseguida se dio cuenta de que la tortuga había desaparecido. Se puso en cuatro patas y miró debajo del sofá.

—No la pongas encima de los muebles. Deja marcas —dijo su madre. Estaba de pie en el vestíbulo, secándose el pelo enérgicamente con una toalla.

Víctor encontró la tortuga entre el cesto de basura y la pared. La volvió a colocar en el fuentón.

—¿Te cambiaste la camisa? —preguntó su madre.

Víctor se cambió la camisa y luego, siguiendo las órdenes de su madre, se sentó en el sofá con el libro A Child's Garden of Verses a aprender otro poema para la señora Badzerkian. Leía en voz apenas alta, para sí; luego las repetía, dos, cuatro y seis líneas juntas hasta que sabía toda la poesía. Se la recitó a la tortuga. Después preguntó a su madre si podía jugar con la tortuga en la bañera.

—¡No! ¿Para que te salpiques la camisa?

—Puedo ponerme la otra camisa.

—¡No! Ya son casi las 16. ¡Sacá ese fuentón del living!

Víctor llevó el fuentón de regreso a la cocina. Su madre sacó la tortuga del fuentón sin temor y la volvió a poner en la caja de cartón blanco. Cerró la tapa y puso la caja en la heladera. Víctor se estremeció un poco cuando ella cerró la puerta de un golpe. Seguramente sería mucho frío para una tortuga ahí adentro. Pero pensó que el agua del río estaba fría de vez en cuando, también.

—Víctor, corta el limón —dijo su madre. Estaba preparando una bandeja grande con tazas y platillos. El agua estaba hirviendo en la pava.

La señora Badzerkian fue puntual como siempre. Su madre sirvió el té tan pronto como se desembarazó del tapado y el libro de bolsillo de la visitante en la silla del vestíbulo. La señora Badzerkian olía a ajo. Tenía una boca recta y chica, y un fino bigote en el labio superior que causaba fascinación a Víctor, pues nunca antes había visto una mujer con bigote, nunca de tan cerca. Jamás había mencionado el bigote de la señora Badzerkian a su madre, sabiendo que ella lo consideraría una cosa fea, pero curiosamente era el bigote lo que más le gustaba de ella. El resto era aburrido, sin interés e inamistoso. 

Siempre pretendía escuchar con atención mientras él recitaba, pero él sentía que se movía inquieta, que pensaba en otras cosas mientras él hablaba y que se sentía aliviada cuando terminaba. Ese día, Víctor recitó muy bien y sin titubear, de pie en el medio del living y frente a las dos mujeres, que estaban tomando la segunda taza de té.

Très bien —dijo su madre—. Ahora puedes comer una masita.

Víctor eligió una masita pequeña con un poco de dulce de naranja en el medio. Mantuvo las rodillas juntas cuando se sentó. Siempre tenía la sensación de que la señora Badzerkian le miraba las rodillas con disgusto. Muchas veces deseó que le hiciera algún comentario a su madre acerca de que él ya era lo suficientemente grande como para usar pantalones largos, pero nunca había dicho nada, o al menos él no lo había oído. 

Víctor se enteró por la conversación entre su madre y la señora Badzerkian de que los Lorentz irían a cenar al día siguiente. Probablemente el guiso era para ellos. Víctor se alegró de tener la tortuga un día más para poder jugar. A la mañana siguiente le preguntaría a su madre si podría llevar la tortuga a la vereda un ratito, con correa o dentro de la caja de cartón, si su madre insistía.

—... como un niiiño —decía su madre, riendo, echándole una mirada. La señora Badzerkian sonreía con astucia y la boquita apretada.

Víctor recibió permiso para retirarse y fue a sentarse en el sofá en el otro extremo del cuarto con un libro. Su madre le estaba contando a la señora Badzerkian que él había estado jugando con la tortuga. Víctor frunció las cejas y miró el libro, simulando que no oía. 

A su madre no le gustaba que él les hablara a los invitados una vez que le había dado permiso para retirarse. Pero lo que estaba oyendo lo hizo enrojecer de furia. Se incorporó, marcando la hoja que estaba leyendo con el dedo.

—¡No veo qué tiene de infantil mirar a una tortuga! —dijo tartamudeando—. Son animales muy interesantes, son...

Su madre lo interrumpió con una carcajada, pero una vez que la carcajada se desvaneció, dijo con severidad:

—Víctor, creí que te había dado permiso para retirarte. ¿Correcto?

Él dudó, viendo fugazmente la escena que tendría lugar cuando se fuera la señora Badzerkian.

—Sí, mamá. Perdóname —dijo. Luego se sentó y se concentró en su libro otra vez. Veinte minutos más tarde, la señora Badzerkian se despidió. Su madre lo retó, pero no fue un reto de cinco o diez minutos como se había imaginado. Como ella se había olvidado de la crema, le pidió a Víctor que bajara a comprarla. Víctor se puso el saco de lana gris y salió. Ese saco lo avergonzaba por llamar la atención, pues le llegaba un poco más abajo que los pantalones cortos y parecía que no tenía nada debajo del saco.

Echó una mirada a su alrededor para ver si encontraba a Frank en la vereda, pero no lo vio. Cruzó la Third Avenue y entró en la rotisería del edificio grande que se veía desde la ventana del living. A su regreso, vio a Frank caminando por la vereda, haciendo rebotar una pelota. Víctor se dirigió directamente hacia él.

—¡Eh! —dijo Víctor—. Tengo una tortuga de agua en mi casa.

—¿Una qué? —Frank tomó la pelota y se detuvo.

—Una tortuga de agua. Te la mostraré mañana por la mañana, si estás por aquí. Es bastante grande.

—¿Sí? ¿Por qué no la traes ahora?

—Porque debo ir a cenar ahora —dijo Víctor. Entró en su edificio. Sintió que había logrado algo. Frank se había mostrado muy interesado. A Víctor le hubiera gustado poder bajar la tortuga en ese momento, pero su madre no quería que saliera de noche y ya estaba casi oscuro.

Cuando Víctor entró, su madre estaba en la cocina. Vio una cacerola con huevos y una gran olla con agua en la hornalla de atrás.

—¡La sacaste otra vez! —chilló Víctor, viendo la caja de la tortuga sobre la mesada.

—Sí, voy a preparar el guiso esta noche —dijo su madre—. Por eso es que necesitaba la crema. Queda muy rico así.

Víctor la miró.

—¿Vas... vas a matarla esta noche?

—Sí, querido. Esta noche. —Su madre movió la cacerola con los huevos.

—Mamá, ¿puedo llevarla abajo un minuto para mostrársela a Frank? —preguntó Víctor con rapidez—. Solo un minuto, mamá. Frank está abajo ahora.

—¿Quién es Frank?

—Es el chico que me preguntaste hoy. El rubio que siempre vemos. Por favor, mamá.

Las cejas negras de su madre se fruncieron.

—¿Llevar la terrapène abajo? De ningún modo. No seas absurdo, mi bebé. ¡La terrapène no es un juguete!

Víctor trató de pensar en otra forma de persuadirla. Aún no se había sacado el abrigo.

—Tú querías que me hiciera amigo de Frank.

—Sí, ¿pero qué tiene eso que ver con la tortuga?

El agua en la olla grande comenzó a hervir.

—Verás, le prometí que... —Víctor observó que su madre sacaba la tortuga de la caja y, cuando la echó en el agua hirviendo, abrió la boca espantado—. ¡Mamá!

—¿Qué pasa? ¿Qué es ese alboroto?

Boquiabierto, Víctor miró a la tortuga, cuyas patas se batían con desesperación contra las paredes de la olla. La tortuga abrió la boca y, por un instante, fijó la mirada en Víctor, arqueó la cabeza hacia atrás con infinito dolor, hundió la boca abierta en el agua hirviendo... y fue el fin. Víctor pestañeó. Estaba muerta. Se acercó más, vio cuatro patas y una cola y la cabeza extendida en el agua. Miró a su madre.

Ella se estaba secando las manos con una toalla. Lo miró y exclamó:

—Diablos. —Se olió las manos y colgó la toalla en su lugar.

—¿Tenías que matarla de ese modo?

—¿De qué otro? Así es como se mata a las tortugas y las langostas. ¿No lo sabes? No sienten nada.

Él la miró con fijeza. Cuando se acercó para acariciarlo, Víctor retrocedió. Pensó en la boca abierta de la tortuga y, de repente, se le llenaron los ojos de lágrimas. La tortuga lo había mirado y no había podido oírla por el ruido de las burbujas. La tortuga lo había mirado, le había pedido que la sacara de allí, pero él no se movió para ayudarla. Su madre lo había engañado, lo había hecho tan rápido que no pudo salvarla. Retrocedió nuevamente.

—¡No! ¡No me toques!

Su madre le dio una bofetada, con fuerza y rapidez.

Víctor se cubrió la mandíbula con la mano. Después dio media vuelta, se dirigió al ropero, se sacó el abrigo y lo colgó. Fue al living y se arrojó en el sofá. No estaba llorando, pero tenía la boca abierta contra el almohadón del sofá. Entonces recordó la boca de la tortuga y cerró los labios. La tortuga había sufrido. De no haberlo hecho, no hubiera movido las patas a tanta velocidad. 

Víctor empezó a llorar silenciosamente, como la tortuga, con la boca abierta. Se cubrió el rostro con las dos manos para no mojar el sofá. Después de un largo rato, se puso de pie. Su madre tarareaba en la cocina, y de cuando en cuando él oía sus pasos rápidos y decididos mientras trabajaba. Víctor apretó los dientes otra vez. Caminó con lentitud hasta la puerta de la cocina.

La tortuga estaba sobre la tabla de picar y su madre, luego de echarle un vistazo al niño, aún canturreando, tomó un cuchillo, apretó la hoja hacia abajo y le cortó las uñitas a la tortuga. Víctor entrecerró los ojos, pero siguió mirando con fijeza. Su madre separó las uñas de las patas del animal muerto y las dejó caer en la bolsa de residuos. Después hizo girar el cuerpo exánime y, con el mismo cuchillo puntiagudo y filoso, empezó a quitar el pálido caparazón que le cubría el estómago. El pescuezo de la tortuga estaba inclinado hacia un lado. 

Víctor quería apartar la mirada, pero no pudo. 

Enseguida aparecieron las vísceras de la tortuga, rojas, blancas y verdosas. Víctor no prestó atención a lo que decía su madre acerca de que había cocinado tortugas en Europa antes de que él naciera. Su voz era suave y tranquilizadora, y de ningún modo se relacionaba con lo que estaba haciendo.

—¡Bueno, no me mires así! —le gritó repentinamente, golpeando el piso con el pie—. ¿Qué te pasa? ¿Estás loco? Sí, creo que estás loco. Estás enfermo, ¿sabías eso?

Víctor no pudo probar bocado de la cena, aunque el guiso de tortuga se serviría a la noche siguiente, y su madre no pudo obligarlo a comer, aunque lo sacudió por los hombros y lo amenazó con darle otra bofetada. No dijo una palabra. Se sentía muy distante de su madre, incluso cuando ella le gritaba en las narices. Se sentía muy raro, como esas veces cuando tenía ganas de vomitar, pero en ese momento no tenía ganas de vomitar. 

Cuando llegó la hora de acostarse, tuvo miedo de la oscuridad. 

Veía la cara de la tortuga en todas partes, con la boca abierta y los ojos desorbitados en una mirada de dolor. Víctor hubiera querido salir por la ventana y flotar, irse adonde quisiera, desaparecer y al mismo tiempo estar en todas partes. Imaginó las manos de su madre atenaceando sus hombros, si lo veía intentando salir por la ventana. Odiaba a su madre.

Se levantó y fue en silencio a la cocina. La casa estaba completamente a oscuras, pero Víctor dirigió su mano con precisión a la hilera de cuchillas y tomó con suavidad la que buscaba. Pensó en la tortuga, convertida en pedacitos, mezclada en la salsa de crema y huevo y jerez en la cacerola dentro de la heladera.

El grito de su madre pareció desgarrarle los oídos. La segunda puñalada penetró en su cuerpo y le perforó la garganta otra vez. Solo el cansancio lo hizo detenerse y, para entonces, oyó gente afuera que trataba de abrir la puerta. Víctor se dirigió a la puerta, corrió la cadena del pasador y abrió.

Lo llevaron a un edificio enorme, lleno de enfermeras y médicos. Víctor era muy callado y hacía todo lo que le pedían y contestaba las preguntas que le hacían, pero solo eso. Como nadie preguntó nada de la tortuga, no mencionó el tema.