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Terror en el espacio (Capítulo 4) - Leigh Brackett

Capítulo 4 Lundy les vio desde muy lejos. Por un momento no quiso dar crédito a sus ojos, tomándolos por sombras arrojadas por los destellos de luz que surgían de la fisura. Se apoyó en la pared de un edificio y se dedicó a observarlos. Los observó mientras la corriente impetuosa los impelía hacia él. No se movió entonces. Sólo abrió afanosamente la boca tratando de respirar. Recordaban vagamente las rayas gigantes que él había visto en la Tierra, con la diferencia de que éstas eran plantas.  Grandes y esbeltos bulbos vegetales con sus hojas extendidas como alas para aprovechar la fuerza de la corriente. Su largos cuerpos en forma de lágrima terminaban en un reborde semejante a una cola de pez que hacía las veces de timón. En lugar de brazos tenían una especie de tentáculos. Su color era rojo pardusco obscuro, el color de la sangre seca. El áureo resplandor de la fisura prestaba un extraño brillo a sus fríos ojos. Mostraba asimismo sus bocas redondas revestidas de ag...

Las aguas del mar - Clarice Lispector

Ahí está él, el mar, la más ininteligible de las existencias no humanas. Y aquí está la mujer, de pie en la playa, el más ininteligible de los seres vivos. Como el ser humano hizo un día una pregunta sobre sí mismo, volviéndose el más ininteligible de los seres vivos. Ella y el mar. Sólo podría haber un encuentro de sus misterios si uno se entregara al otro: la entrega de dos mundos incognoscibles hecha con la confianza con que se entregan dos comprensiones.  Ella mira el mar, es lo que puede hacer. Y su mirada está limitada por la línea del horizonte, es decir, por su incapacidad humana de ver la curvatura de la Tierra. Son las seis de la mañana. Sólo un perro suelto vaga por la playa, un perro negro. ¿Por qué un perro resulta tan libre? Porque él es el misterio vivo que no se indaga. La mujer vacila porque va a entrar. Su cuerpo se consuela con su propia exigüidad en relación con la vastedad del mar porque es la exigüidad del cuerpo lo que le permite mantenerse caliente y es es...

Las ratas - Francisco Espínola

Me veo, siendo muy niño, siguiendo una mañana hacia el fondo de la casona familiar a una criada que, entre aspavientos, portaba una gran caldera de agua hirviente.  El fondo era extenso. A un lado, estaba la caballeriza y el altillo para los forrajes, largos de varios metros. Al frente, las habitaciones de la servidumbre y de los recogidos.  Cuando la criada se detuvo frente a una trampa de alambre que encerraba dos ratas, el espanto estrujó mi corazón. Al vernos, ellas se debatieron contra las paredes de la jaula, arañando los alambres. Luego, se echaron con las cabecitas pegadas al suelo, jadeantes. Sus ojillos abiertos no querían mirar. De pronto, profiriendo a gritos: -¡Destrocen, ahora! ¡Traigan pestes, ahora! - la mujer alzó la caldera. Un chorro quemante, un solo, breve chorro, cayó sobre las ratas, cuyos lomos humearon, despeinándose, y se encogieron entre ahogados chillidos. La maldita jaula se estremeció, se dio vuelta, rodó, saltó, despidiendo un pegajoso tufo a car...