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El monje negro - Anton Chéjov (Parte 1)

1

Andrei Vasilievich Kovrin, Magíster, estaba agotado, tenía los nervios deshechos. No hacía nada por seguir el tratamiento médico. Algunas veces, mientras tomaba una copa con su amigo el doctor, este le aconsejaba pasar una temporada en el campo, mejor dicho, toda la primavera y el verano, pero Andrei nunca le hacía caso. Pocos días después, recibió una extensa carta de Tania Pesotski, que le invitaba a pasar unos días en la casa de su padre en Borisovka. Kovrin decidió ir.

Pero antes de hacerlo –era el mes de abril– se marchó a su tierra nativa, Kovrinka, y pasó allí tres semanas en absoluta soledad. Cuando llegó el buen tiempo, se dirigió a la casa de campo de su antiguo tutor y pariente, Pesotski, el famoso horticultor ruso. Desde Kovrinka a Borisovka había una distancia de unos setenta y cuatro kilómetros, y el viaje en la magnífica y cómoda calesa a lo largo de aquellos caminos, tan excelentes durante la primavera, prometía ser muy placentero.

La casa de Pesotski, en Borisovka, era muy grande, con una fachada repleta de columnas y adornada con esculturas de leones, a las que se les estaba cayendo el estuco. En la entrada principal había un sirviente de librea. El viejo parque, lúgubre y oscuro, era de estilo inglés, y se extendía desde la mansión hasta el río en una distancia de un kilómetro, donde terminaba en un talud arcilloso cubierto de pinos, cuyas raíces desnudas parecían garras peludas. 

Más abajo se deslizaba un arroyuelo solitario, y el murmullo de sus aguas rivalizaba con el trinar de los pájaros. En una palabra, todo invitaba al visitante a sentarse y escribir una balada. Pero los jardines y los huertos, que junto con los viveros ocupaban una extensión de unos ochenta acres, inspiraban sensaciones muy distintas. Incluso durante el mal tiempo eran esplendorosos y alegres. Aquellas hermosas rosas, los lirios, camelias, tulipanes y tantas plantas floridas de toda clase y colores nunca habían sido contempladas por los ojos de Kovrin. 

La primavera acababa de comenzar, y las variedades de flores exóticas aún estaban protegidas por campanas de cristal, pero a simple vista se veía que pronto brotarían por todas partes, formando un imperio de delicadas sombras. Pero lo más encantador de todo este esplendoroso cuadro era contemplar, en las primeras horas de la mañana, las gotas cristalinas de rocío sobre los pétalos y hojas de aquella exuberante vegetación.

Durante su infancia la parte decorativa del jardín, llamada despectivamente por Pesotski «el estercolero», había producido en Kovrin una impresión fabulosa. ¡Cuántos milagros de arte, cuántas estudiadas monstruosidades, cuántas burlas de la Naturaleza! Los espalderos de árboles frutales, ese peral que parecía un álamo de forma piramidal, aquellas encinas y tilos de abundante follaje, las bóvedas formadas por los manzanos, todo tenía el sello característico del dominio de la floricultura de que hacía gala su amigo Pesotski; incluso en los ciruelos estaba grabada la fecha 1862, para conmemorar el año en que su amigo se consagró al arte del cultivo de plantas y flores. 

Había también unas hileras de árboles erectos, simétricos, cuyos troncos se alzaban verticales como palmeras, pero que, vistos de cerca, resultaban ser árboles vulgares. Pero lo que más alegría y vida daba a los jardines y huertos era el constante quehacer de los jardineros de Pesotski. Desde el alba hasta la puesta del sol, aquellos hombres parecían infatigables y activas hormigas, trabajando entre los árboles, arbustos y planteles, unos regando, otros excavando la tierra, otros sembrando.

Kovrin llegó a Borisovka a las nueve. Encontró a Tania y a su padre muy alarmados. Aquella noche clara y estrellada predecía que habría una helada, y el jefe de los jardineros, Iván Karlich, se había ido al pueblo, por lo que no tenían a ningún responsable en quien confiar. Durante la cena sólo se habló de la inminente helada; y se decidió que Tania no se acostaría, sino que permanecería despierta hasta la una de la madrugada. Iría a inspeccionar los jardines para ver si todo estaba en orden, mientras que Igor Semionovich, por su parte, se levantaría a las tres de la madrugada o quizá aún más temprano.

Kovrin estuvo con Tania toda la noche, y al llegar las doce, la acompañó al jardín. El aire tenía un olor muy fuerte, como si estuviera ardiendo. En el huerto más grande, llamado «huerta comercial», ya que cada año producía millares de rublos de beneficios a Igor Semionovich, había una fina y negra capa de estiércol que cubría todas las hojas jóvenes, con el fin de salvar las plantas. 

Los árboles estaban alineados como jugadores de ajedrez en rectas hileras, como filas de soldados; y esta pedante regularidad, junto con el peso de la uniformidad, hacía parecer monótono y fastidioso al jardín. Kovrin y Tania se movían de un lado para otro, arriba y abajo, por los senderos y por todos los vericuetos del jardín, comprobando el buen estado del estiércol, las pajas y las coberturas de parihuelas. 

En raras ocasiones se encontraron con los trabajadores, que se movían como sombras entre aquella humareda. Sólo los cerezos, los ciruelos y algunos manzanos estaban floreciendo, pero el jardín entero se hallaba envuelto en aquella densa humareda producida por el estiércol fermentado, causa por la cual Kovrin sólo se halló en condiciones de poder respirar aire puro al llegar a los viveros.

–Me acuerdo de que, cuando era niño –dijo Kovrin–, siempre me hacía estornudar el humo, pero no comprendo cómo puede salvar a las plantas de la helada.

–El humo es un buen sustituto cuando no hay nubes –respondió Tania.

–¿Para qué quiere las nubes?

–Cuando el tiempo es nuboso y suave no se producen las heladas mañaneras.

–¿Es cierto eso?

Kovrin se echó a reír y cogió de la mano a Tania. Su rostro serio, frío; sus finas y negras cejas; el rígido cuello de su chaqueta, que le dificultaba girar la cabeza; su vestido bien arropado para defenderse del helado rocío; y toda su figura, esbelta y ligera le agradaban mucho.

–¡Santo cielo, cuánto ha crecido esta criatura! –dijo Kovrin–. La última vez que estuve aquí, hace unos cinco años, era usted aún una niña. Era delgada, de piernas largas y desaliñada, y yo siempre me estaba metiendo con usted. ¡Cuánto cambió en cinco años!

–Sí, cinco años –repitió Tania–. ¡Muchas cosas han pasado desde entonces! Dígame con sinceridad, Andrei –continuó ella, mirándole burlonamente–, ¿cree que durante todos estos cinco años se ha olvidado de nosotros? No sé cómo me he atrevido a hacerle esta pregunta. Además, después de todo, usted es un hombre libre de hacer lo que quiera, de llevar la vida que desee. Sí, tiene que ser de este modo; es natural. Pero, de todas formas, quiero que sepa una cosa: hayan cambiado o no sus relaciones con mi familia con el paso de los años, en esta casa se le considera como un miembro más. Tenemos derecho a ello.

–Estoy completamente convencido de que así me consideran, Tania –respondió Kovrin.

–¿Palabra de honor?

–Palabra de honor.

–Antes me di cuenta de que se sorprendió al ver tantas fotografías suyas en nuestro hogar –prosiguió Tania–. Sin embargo, bien sabe cuánto le adora mi padre, cuánto le estima. Usted es un erudito, no un hombre vulgar y corriente. Sí, se ha labrado una brillante carrera. Pues bien, mi padre cree que a él le debe usted su triunfo. ¡Deje que siga creyéndolo!

Empezaba a amanecer. Cambió la tonalidad del cielo, y el follaje y las nubes comenzaron a mostrarse cada vez más claros. Los ruiseñores empezaron a cantar y procedente de los campos llegó el grito de las codornices.

–Ya es hora de irnos a la cama –dijo Tania–. Además, también hace mucho frío.

Luego se acercó a Kovrin, le cogió la mano y dijo:

–Gracias, Andrei, por haber venido. En este lugar no estamos acostumbrados a los grandes sucesos. Aquí la vida transcurre apacible y monótonamente, sin ningún acontecimiento descollante. Siempre los jardines, sólo los jardines y nada más que jardines. Sí, una existencia muy monótona. Bosques, madera, camuesas, cardos lecheros, esquejes, podar, hacer injertos, trasplantar... Toda nuestra vida se limita a esto, ni siquiera soñamos con otra cosa que no sea manzanas y peras. Desde luego, todo esto es muy útil y muy bueno, pero algunas veces no puedo resistir la tentación de desear un cambio en mi vida. Recuerdo aquella época en que usted solía visitarnos, cuando venía a pasar aquí las vacaciones, cómo cambiaba toda la casa; parecía más fresca, más alegre, como si alguien hubiese quitado las telas que cubrían los muebles. Yo era entonces una niña, pero comprendía...

Tania siguió hablando durante cierto tiempo, expresando sus sentimientos y recuerdos. De repente a la mente de Kovrin vino la idea de que era muy posible que durante aquel verano se sentiría tan atraído hacia aquella criatura vivaraz y parlanchina, que podía llegar a enamorarse de ella. Dadas las circunstancias, nada más natural y posible. Aquel pensamiento le agradó y divirtió, y mientras dirigía su mirada hacia Tania, a su mente acudieron aquellos versos de Pushkin:


                        Oniegin, no ocultaré
                   que amo a Tatiana locamente


Cuando llegaron a la mansión, Igor Semionovich ya se había levantado. Kovrin no sentía ningún deseo de dormir; se puso a hablar con el anciano, y volvió con él al jardín. Igor Semionovich era alto, ancho de hombros y grueso. Padecía de dificultad respiratoria, y sin embargo, caminaba a un paso tan rápido, que era difícil seguirle de cerca. La expresión de su rostro era siempre la de un hombre preocupado, como si pensase que de retrasarse un minuto en hacer las cosas, todo el mundo se vendría abajo.

–Y ahora, hermano, le voy a revelar un misterio –dijo Igor, deteniéndose para recuperar el aliento–. En la superficie de la tierra, como puede ver, hay escarcha, está helada, pero eleve el termómetro unas yardas y verá que hay calor... ¿A qué se debe este misterio?

–Confieso que no lo sé –dijo Kovrin, riendo.

–¡No! Usted no puede saberlo todo. El cerebro más privilegiado de todo el mundo no puede comprender todo. ¿Todavía sigue estudiando filosofía?

–Sí –respondió Kovrin–; siempre estoy estudiando filosofía y psicología.

–¿Y no se aburre?

–Al contrario, no puedo vivir sin ello.

–Alabado sea Dios –respondió Semionovich, mientras se retorcía las puntas de su poblado bigote–. Alabado sea Dios; sí, todo eso le será útil en la vida... Me alegro mucho, hermano, muchísimo...

De repente se calló y se puso a escuchar. Sus facciones se endurecieron, echó a correr por el sendero y pronto desapareció entre los árboles, en medio de una nube de polvo y arena.

–¿Quién ha sido el que ha trabado este caballo al árbol? –gritó con voz desesperada–. ¿Quién de ustedes, ladrones y asesinos, se atrevió a atar este caballo al manzano? ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡Arruinado, destruido, estropeado! ¡El jardín está arruinado, el jardín está destruido! ¡Oh, Dios mío!

Cuando regresó junto a Kovrin, su rostro reflejaba una expresión de lástima e impotencia.

–¿Qué se puede hacer con esta clase de gente? –le preguntó a Kovrin con voz quejumbrosa, mientras se retorcía las manos–. Anoche Stepka trajo una carga de abono y dejó atado al pobre animal al árbol. Y lo ató con tanta fuerza que ha producido unos daños irreparables en la corteza del manzano. ¿Qué se puede hacer con hombres de esta calaña? Acabo de hablarle y se ha limitado a bajar los ojos a tierra, igual que un estúpido. ¡Este miserable debería ser ahorcado!

Cuando al fin se calmó, abrazó a Kovrin y le besó en la mejilla.

–Bueno, ¡bendito sea Dios...! ¡Bendito sea Dios! –murmuró–. Me alegro de que haya llegado, hermano Kovrin. No tengo palabras para expresarle lo contento que estoy porque vino a vernos, gracias.

Luego, con la misma expresión ansiosa, y caminando con paso rápido, se puso a dar vueltas por todo el jardín, enseñando a Kovrin los naranjos, los viveros de temperatura constante, los cobertizos y dos colmenas a las que describió como el milagro del siglo.

A medida que caminaban, el sol empezó a despuntar, iluminando el jardín y calentando la tierra y el aire. Cuando Kovrin pensó que si aquel hermoso sol se mostraba ya a principios de la primavera, dedujo los numerosos días soleados y felices que le esperaban durante todo un largo verano. Y de repente experimentó la misma alegría y felicidad que sintiera durante su infancia en aquel jardín. 

Entonces se sintió dominado por una profunda emoción y abrazó al anciano, besándole con ternura. Ambos se dirigieron a la casa y tomaron té en antiguas tazas de porcelana de China, además de galletas y crema; y esto también le recordó a Kovrin sus días de infancia y juventud. Durante aquel pequeño ágape, las reminiscencias brotaron en la mente de ambos hombres, y un sentimiento de intensa felicidad inundó sus corazones.

Esperó a que Tania se despertase, y después de tomar café con ella, se fue a pasear al jardín. Luego se dirigió a su habitación y se puso a trabajar. Leyó con atención, tomando notas de todo lo que creía importante. Sólo levantaba la vista cuando creía sentir la necesidad de mirar a través de la ventana o contemplar las rosas, frescas aún por el rocío, colocadas en un florero sobre su mesa. Kovrin creyó sentir por un instante que todas las venas de su cuerpo temblaban de alegría.

II

Pero en el campo, Kovrin siguió con aquella nerviosa e intranquila vida que había llevado en la ciudad. Leía y escribía mucho, estudió lengua italiana, y cuando salía a dar un paseo, al rato ya pensaba en regresar y ponerse a trabajar. Dormía tan poco que todo el mundo en la casa estaba desconcertado; si alguna vez, por pura casualidad, descansaba media hora durante el día, por la noche no podía hacerlo. Sin embargo, al día siguiente de estas involuntarias vigilias, se sentía alegre y dinámico.

Hablaba mucho, bebía vino y fumaba caros puros. A menudo, casi todos los días, algunas muchachas de las casas de los alrededores venían a la mansión de Vasilievich, tocaban el piano con Tania y cantaban. Algunas veces también venía un vecino, un hombre joven, quien tocaba muy bien el violín. Kovrin oía con agrado su música y canciones, pero había llegado a un extremo en que todo aquello le abrumaba; tanto, que algunas veces sus ojos se cerraban involuntariamente, adormilándose.

Una tarde, después de la hora del té, se sentó en la terraza para dedicarse a la lectura. Mientras, en el salón, Tania, una amiga soprano, otra contralto y el ya citado violinista, ensayaban la conocida serenata de Braga. Kovrin atendió a la letra, y aunque esta era en ruso, no logró entender su significado. Al final dejó el libro, se puso a escuchar con atención y logró comprenderla. 

Una chica de imaginación febril oyó durante la noche unos sonidos misteriosos en su jardín; un sonido tan maravilloso y extraño que se vio forzada a admitir su armonía y «santidad», que para nosotros los mortales son incomprensibles; luego aquellos sones se elevaron al cielo, desapareciendo. Kovrin despertó. Se dirigió al salón y luego al vestíbulo, donde comenzó a pasearse.

Cuando cesó la música, cogió de la mano a Tania y la llevó a la terraza.

–Durante todo el día –le dijo Kovrin– he tenido metida en la cabeza una extraña leyenda. No sé si la he leído o se la he escuchado contar a alguien; no lo recuerdo. Se trata de una leyenda muy curiosa, aunque no muy coherente. Antes de contársela, quiero advertirle de que no está muy clara. Hace mil años, un monje, vestido de negro, erraba por unos parajes solitarios, no sé si en Siria o en Arabia. A unas millas de distancia de aquel lugar unos pescadores vieron a otro monje negro caminando lentamente sobre la superficie del agua de un lago. El segundo monje era un espejismo. 

-Tenga usted en cuenta que las leyendas prescinden de las leyes de la óptica, como es lógico, y escuche lo que viene a continuación. Del primer espejismo se produjo otro espejismo; del segundo espejismo se produjo un tercero, de forma que la imagen del Monje Negro se refleja eternamente desde un estrato de la atmósfera a otro. En cierta ocasión fue visto en África, luego en la India, en otra ocasión en España, luego en el extremo norte. Al fin, se eclipsó de la atmósfera de la Tierra, pero nunca se presentaron las condiciones necesarias como para que desapareciera del todo. 

-Quizá hoy sea visto en Marte o en la constelación de la Cruz del Sur. Ahora bien, la esencia de todo esto, su verdadero meollo, por emplear esta palabra vulgar, radica en una profecía que sostiene que exactamente mil años después de que el monje se retirara a aquellos parajes desiertos, el espejismo volverá a ser captado en la atmósfera de la Tierra y se mostrará a todos los hombres del mundo. Este plazo de mil años, según mis cálculos, está a punto de expirar. Según la leyenda, debemos ver al Monje Negro hoy o mañana.

–Es una historia muy extraña –dijo Tania, a quien no le había agradado.

–Pero lo más sorprendente de todo –dijo Kovrin riéndose– es que no recuerdo cómo esta leyenda se me ha metido en la cabeza. ¿La he leído? ¿Me la han contado? ¿Se trata simplemente de un sueño? No lo sé. Pero me interesa. Durante todo el día no he podido pensar en otra cosa; la tengo clavada en la mente.

Kovrin se despidió de Tania, quien regresó al salón, y salió de la casa para pasear por entre los planteles de flores del jardín, meditando sobre aquella extraña leyenda. El sol acababa de ponerse. Las flores recién regadas emanaban un fuerte y delicado aroma. En la mansión, la música había comenzado a sonar de nuevo, y a la distancia, el violín parecía producir el efecto de una voz humana. Mientras forzaba su memoria para recordar cómo había llegado a conocer aquella leyenda, Kovrin, ensimismado, paseaba por el parque, sin darse cuenta de que caminaba en dirección a la orilla del riachuelo.

Descendió por un sendero repleto de raíces al descubierto, espantando las agachadizas y poniendo en fuga a dos patos. En las ramas oscuras de los pinos se reflejaban los últimos rayos del sol. Kovrin pasó al otro lado del riachuelo. Ahora, delante de él, se extendía un hermoso y extenso campo cubierto de centeno. En todo lo que alcanzaba su vista no se veía un alma viviente; y le pareció que aquel sendero debía conducirle a una región enigmática e inexplorada donde aún quedaba el resplandor del sol.

«¡Qué lugar más tranquilo y bucólico! –pensó para sí–. Tengo la impresión de que en este instante todo el mundo me contempla desde arriba, esperando que yo descubra algo importante.»

Una ráfaga de aire dobló los tallos verdes de los centenos. De nuevo sopló el viento, pero esta vez con más fuerza, rivalizando con el suave murmullo de las hojas de los pinos. Kovrin se detuvo asombrado. En el horizonte, como un ciclón o una tromba de agua, algo negro, alto, se elevó del suelo. Sus formas eran indefinidas; pero, después de fijarse con atención en aquella cosa tan extraña, Kovrin se dio cuenta de que no estaba fija al suelo, sino que se movía a una velocidad increíble, en dirección a él. 

Y a medida que se acercaba, se hacía cada vez más y más pequeña. Involuntariamente, Kovrin se echó a un lado del sendero para dejarla pasar. Pasó ante él un monje vestido de negro, de cabellos grises y cejas negras, con las manos cruzadas sobre el pecho. Caminaba sobre el duro suelo con los pies descalzos. Una vez que se hubo alejado unos veinte metros, el monje volvió el rostro hacia Kovrin, le hizo una señal con la cabeza, y le sonrió con bondad. Su rostro delgado estaba pálido como la cera. Luego, a medida que se alejaba, empezó a aumentar de tamaño, cruzó el río caminando sin hundirse sobre su superficie, y atravesó sin ruido alguno el muro de piedra caliza, desapareciendo como el humo.

–Ahora comprendo –dijo Kovrin para sí– que la leyenda tenía su fundamento.

Regresó a la casa sin intentar siquiera explicarse este extraño fenómeno, pero vanagloriándose de haber visto no sólo sus ropas negras, sino su fino y pálido rostro, y la fija mirada de sus ojos.

En el parque y en los jardines de la mansión, los visitantes se paseaban tranquilamente; en el interior la música seguía sonando. De modo que sólo él había visto al Monje Negro. Sintió un inmenso deseo de contar a Tania y a Igor Semionovich lo que había visto con sus propios ojos, pero desistió al pensar que lo interpretarían como una alucinación. 

Se unió a aquella alegre compañía, rió, bebió y bailó una mazurca dominado por una inmensa alegría interna. Pero lo más curioso de todo fue que tanto Tania como los demás invitados creyeron ver en su rostro una expresión de éxtasis, lo que encontraron muy divertido.

III

Cuando terminó la cena y todos se hubieron marchado, subió a su habitación y se echó en el diván. Había decidido reflexionar sobre el monje, aclarar aquel extraño misterio; mas en aquel instante, Tania entró en su habitación, interrumpiendo sus proyectos.

–Aquí te traigo, Andrei –le dijo Tania–, los artículos de mi padre... Son muy interesantes. Mi padre escribe muy bien.

–¡Espléndida idea! –exclamó Igor Semionovich, que entró tras ella en la habitación de Kovrin–. Ahora bien, no le haga caso a esta bella muchacha. Aunque puede leerlos si desea dormirse: constituyen un espléndido soporífero.

–Pues según mi opinión –respondió Tania–, estos artículos son magníficos. Le agradeceré, querido Andrei, que los lea, y luego convenza a mi padre para que escriba con más frecuencia. Es capaz de escribir un tratado entero de jardinería.

Igor Semionovich se echó a reír, pero luego se disculpó amablemente, alabó las cualidades de su viejo amigo y dando la razón a su hija:

–Si desea leer esos artículos, querido Andrei –dijo Igor–, le aconsejo que comience con los documentos sobre Gauche y los artículos rusos, pues de otro modo no podrá entenderlos. Antes de precipitarse en valorar mis palabras, le aconsejo que las sopese detenidamente. Aunque no creo que le interesen. Bueno, ya es hora de irse a la cama, querida Tania, pues anoche dormiste muy poco.

Tania salió de la habitación. Igor Semionovich se sentó en un extremo del sofá y exclamó:

–Ah, hermano mío... Ve que escribo artículos, y exhibo en exposiciones e incluso a veces gano medallas... Pesotski, dicen ellos, tiene unas manzanas tan gordas como su cabeza; Pesotski ha hecho una gran fortuna con sus jardines y huertas... En una palabra: «Kochubei es rico y glorioso». Pero mucho me agradaría preguntarle cuál será el final de todo esto. No se trata de mis jardines y viveros; ya sé que son espléndidos, auténticos modelos entre todos los de la región. Aunque también debo confesar que me siento orgulloso de que sean en realidad una institución completa de gran importancia política, y otro paso hacia una nueva era en la agricultura rusa, como asimismo en su industria. Pero todo esto, ¿para qué? ¿Con qué fin? ¿Cuál es la meta final de una vida consagrada a mejorar la agricultura, las flores, las plantas, todo lo relacionado con la tierra?

–Esa pregunta tiene una respuesta muy fácil.

No me refiero a ese sentido. Lo que quiero saber es qué ocurrirá con mis jardines el día en que muera. Tal como están las cosas, puedo asegurarle que todo se vendría abajo si algún día yo faltara. El secreto no radica en que los jardines son grandes y en que tengo muchos trabajadores bajo mis órdenes, sino en el hecho de que adoro el trabajo, ¿me comprende? Lo quiero quizá más que a mí mismo. ¡Míreme! Trabajo desde que sale el sol hasta que se pone. Todo lo hago con mis propias manos. Siembro, trasplanto, riego, hago injertos, todo está hecho por mí. Cuando alguien trata de ayudarme me siento celoso, y me vuelvo irritable hasta el extremo de parecerle rudo a muchas personas. 

-El verdadero secreto radica en el amor, en el ojo del amo que engorda al caballo, y en estar pendiente de todo y de todos. Por eso, cuando voy a visitar a un amigo y charlamos media hora ante un buen vaso de vino, mi imaginación está en los jardines, y temo que algo pueda sucederles durante mi ausencia. Suponga que me muero mañana, ¿quién se ocupará de todo esto?, ¿quién hará el trabajo? ¿Los jefes jardineros? ¿Los trabajadores? Puede usted creerme si le digo, mi querido amigo, que todas mis preocupaciones no se centran en estas personas, sino en la idea de que esto vaya a manos extrañas el día en que yo muera.

–Pero, mi querido amigo –respondió Kovrin–, está Tania; supongo que no desconfiará de ella. Ella ama y sabe llevar esta clase de trabajo.

–Sí, Tania ama y comprende este trabajo; sabe llevarlo mejor que un ingeniero agrónomo del Ministerio de Agricultura. Si después de mi muerte yo estuviera seguro de que todo iría a parar a sus manos, de que ella sola sería la dueña y directora de todo esto, no me importaría nada, moriría a gusto. Pero suponga por un momento –Dios no lo quiera– que se casa. He aquí lo que me atormenta y mortifica, lo que me hace pasar las noches sin pegar los ojos. Porque al casarse, lo lógico es que tenga hijos y que se preocupe más de ellos que de los jardines y viveros. Eso es lo malo. Pero hay algo que temo más aún: que se case con uno de esos individuos que van en busca de una buena dote, que no tienen escrúpulos y gastan el dinero a manos llenas, y que al cabo de un año se haya ido al diablo lo que tanto me ha costado ganar durante años de sacrificio y trabajo. En un negocio como este, una mujer es el azote de Dios.

Igor Semionovich permaneció callado durante unos instantes, moviendo la cabeza de arriba abajo repetidas veces. Luego continuó:

–Quizá me considere usted un egoísta, pero no quiero que Tania se case. Me da miedo. ¿Se ha fijado en esos jóvenes que acuden constantemente a esta casa a visitarla, bajo la excusa de organizar veladas musicales? Todos vienen a lo mismo: a pescar una buena dote. Sobre todo está ese joven del violín, que no le quita la vista de encima. Pero tampoco yo se la quito a él. Me consta que Tania nunca se casaría con él, pero no puedo remediarlo, desconfío mucho... En resumen, hermano, soy un hombre de carácter, y sé lo que debo hacer.

Igor Semionovich se levantó y paseó por la habitación. Se veía que tenía algo muy importante que decir, algo muy serio, pero, por lo visto, no encontraba las palabras exactas para expresarlo.

–Le quiero y le aprecio mucho –prosiguió Igor– y por ello creo que debo hablarle francamente y sin rodeos. En cualquier asunto de suma gravedad o importancia, siempre acostumbro decir lo que pienso, huyendo de toda mistificación. Por consiguiente, debo decirle que es usted el único hombre con el que no me importaría que Tania se casara. Es inteligente, tiene buen corazón, y me consta que no consentirá que todo esto que he labrado con mis propias manos se malogre estérilmente. Más aún, le quiero como si fuera mi propio hijo, y estoy orgulloso de usted. De modo que si usted y Tania... empezaran un romance amoroso que acabara en matrimonio, créame que merecería todas mis bendiciones. Sí, me consideraría el hombre más feliz del mundo. Se lo digo en la cara, sin rodeos, como corresponde a un hombre honrado.

Kovrin sonrió. Igor Semionovich abrió la puerta y se dispuso a abandonar la habitación, pero se detuvo en el umbral:

–Y si usted y Tania llegasen a tener un hijo, haría de él el mejor horticultor. Pero esto, de momento, es una mera hipótesis. Buenas noches.

Cuando Kovrin quedó solo, se instaló cómodamente en un sillón y se puso a leer los artículos de su huésped. El primero de ellos se titulaba "Cultivo intermedio", el segundo, "Unas cuantas palabras en respuesta a las observaciones del señor Z... sobre el tratamiento de las tierras de jardín", y el tercero, "Más sobre los injertos". Los demás artículos venían a ser lo mismo. Pero todos reflejaban desazón e irritabilidad. Incluso una simple hoja con el mero título pacífico "Los manzanos rusos" exhalaba irritabilidad. 

Igor Semionovich comenzaba este trabajo con las palabras «Audi alteram partem», y lo finalizaba con estas otras: «Sapienti sat»; pero entre las dos pacíficas frases latinas se desgranaba un torrente de palabras agrias, dirigidas contra «la aprendida ignorancia de nuestros modernos horticultores que observan a la madre Naturaleza desde sus sillones en la Academia de Ciencias Naturales», y contra el señor Gauche «cuya fama está basada en la admiración de los profanos en la materia de agricultura y dilettanti». También había un párrafo en el que Igor censuraba a aquella gente por castigar a un pobre muerto de hambre a causa de robar unas cuantas frutas en un huerto, destrozando sus espaldas a latigazos.

–Admito que estos artículos son muy buenos –dijo Kovrin para sí–, incluso excelentes, pero también veo que revelan a su autor como un hombre de temperamento duro y de lanza en ristre. Supongo que será igual en todas partes; en todas las carreras, los hombres de ideas geniales son siempre personas muy nerviosas, y víctimas de esta especie de exaltada sensibilidad. Supongo que tiene que ser así.

Pensó en Tania, tan orgullosa de los artículos de su padre, y luego en Igor Semionovich. Tania, pequeña, pálida, ligera, con sus clavículas visibles, con aquellos ojazos tan grandes que parecían estar siempre escudriñando algo. Igor Semionovich, con sus apresurados y pequeños pasos. Volvió a pensar en Tania, tan inclinada a hablar constantemente, tan amante de dialogar y discutir con todos, siempre acompañando la más insignificante frase con gestos y gesticulaciones. En cuanto a si era nerviosa, pues sí, estaba seguro de que lo era en grado sumo.

Kovrin se puso a leer otra vez, pero como no se enteraba de nada de lo que se exponía en aquellos artículos de Semionovich, los tiró al suelo. Aún perduraba en todo su ser la agradable emoción con que había bailado la mazurca y oído aquella música. Todo ello hizo acudir a su mente numerosos pensamientos. Meditó sobre lo que le había ocurrido en el campo de centeno. Si él había visto a solas aquel extraño y misterioso monje, debería estar enloquecido o enfermo, al punto de llegar a padecer alucinaciones. Aquel pensamiento le espantó, pero no por mucho tiempo.

Se sentó en el diván y apoyó la cabeza en sus manos, y se dispuso a gozar pensando en el extraño suceso del que había sido testigo durante la tarde. No podía comprenderlo, pero todo su ser se llenó de gozo. Se levantó y dio algunos pasos por su habitación, disponiéndose a iniciar su trabajo. Pero lo que leía en los libros ya no le satisfacía. Ahora sólo deseaba pensar en algo inmenso, vasto, infinito. Después, Kovrin se desnudó y se acostó, pensando que haría bien en descansar después de las emociones sentidas durante el día. Cuando al final oyó a Igor Semionovich dirigirse a trabajar al jardín, llamó a un criado y le ordenó que trajera una botella de vino. Bebió varios vasos; el vino le atontó y se quedó dormido. 


IV

Igor Semionovich y Tania discutían con frecuencia y se decían uno al otro duras palabras. Aquella mañana habían tenido un altercado, y Tania, después de haber estado llorando, se refugió en su habitación y se negó a bajar a desayunar y a almorzar. Pero Igor era testarudo. Al principio no hizo ningún caso de la conducta de su hija y se marchó con aire digno y solemne, como queriendo dar a entender a todo el mundo que era un hombre de ideas fijas, y que para él la justicia y el orden eran lo primero en la vida, lo más importante de todo. Pero Igor era incapaz de mantener aquella actitud durante mucho tiempo, pues idolatraba a Tania.

No comió nada a la hora de cenar y, durante todo el día, su mente había estado torturada por aquel suceso. Al final no pudo aguantar más y, después de un profundo «¡Dios mío!» que le brotó de lo más hondo de su corazón, se dirigió a la habitación de Tania y golpeó con suavidad la puerta, mientras gritaba con toda dulzura, casi tímidamente:

–¡Tania! ¡Tania!

A través de la puerta llegó una voz llorosa, pero firme y decidida:

–¡Déjame en paz...!, te lo ruego.

Los incidentes sentimentales entre padre e hija repercutían no sólo entre los habitantes de la casa, sino incluso entre todos los trabajadores de las plantaciones. Kovrin, como era usual en él, permaneció enfrascado en su trabajo, pero al final no pudo soportar más la situación y decidió intervenir como mediador entre padre e hija, y dispersar aquella nube negra que se había interpuesto entre ambos seres, tan queridos para él. Sin dudarlo un instante más, se dirigió a la puerta de Tania, la golpeó y fue recibido.

–Vamos, vamos, querida Tania, esto no está bien –empezó a decir en broma, pero dulcemente, mientras contemplaba aquel rostro femenino cubierto de lágrimas–. No es para tanto. Después de todo, son discusiones que se presentan todos los días, en todas las casas. Vamos, querida Tania, hay que saber perdonar. ¿De acuerdo?

–Es que usted no sabe cuánto me tortura –y al decir esto, una lluvia de lágrimas brotó de sus hermosos y grandes ojazos–. Siempre me está atormentando –continuó, mientras se retorcía las manos–. Nunca he dicho nada que pudiera ofenderle. En este caso, sólo me limité a decir que era innecesario mantener tantos trabajadores, pues resultaba un gasto que se podía evitar con facilidad. Me limité simplemente a decir que lo que había que hacer era contratar trabajadores por horas. Usted sabe que esos hombres no han hecho nada durante toda la semana. Yo... lo único que le dije fue esto. Y entonces se puso a gritarme como un energúmeno, diciéndome un montón de cosas, todas ofensivas, profundamente insultantes. Y todo por nada.

–Bueno, no hay que preocuparse por eso –trató de calmarla Kovrin–. Ha estado gritando, chillando, llorando, pataleando: ya es suficiente, ¿no le parece? No puede seguir así todo el día, no sería justo. Sabe que su padre, más que quererla, la adora, la idolatra.

–Mi padre ha arruinado toda mi vida –dijo Tania entre sollozos–. Durante toda mi existencia sólo he oído insultos de sus labios, y sufrido afrenta tras afrenta. Mi padre me considera como algo superfluo en su propia casa. ¡Pues que se quede con su casa! Mañana me marcho de ella. Él es el único responsable de mi marcha. Sí, mañana me iré de este lugar y me pondré a estudiar para luego conseguir un empleo. ¡Que se quede con su dichosa casa!

–Vamos, Tania, vamos, no se ponga así –dijo Kovrin–. Vamos, deje de llorar. Le diré lo que pienso: tanto el uno como el otro son irritables, impulsivos y, si quiere que le diga toda la verdad, los dos están equivocados; sí, los dos, pues exageran las cosas más nimias. Vamos, ya me encargaré yo de que hagan las paces.

Durante todo este tiempo, Kovrin estuvo hablando con un tono persuasivo y suave, pero Tania seguía llorando, encogiéndose de hombros ante todo lo que él le decía, y retorciéndose las manos como si hubiera sufrido un verdadero infortunio. Kovrin trató de hacerle comprender que exageraba la cosa más de lo que debía. Le parecía mentira que por una cosa tan banal aquella criatura quisiera amargarse todo el día y quizá toda su existencia. 
 
Mientras la consolaba, pensó que excepto Tania y su padre, no había nadie en el mundo que le quisiera tanto; y que de no haber sido por ellos, él, que había quedado huérfano durante su tierna infancia, habría pasado el resto de su existencia sin una caricia, sin palabras de consuelo, y sin ese cariño que sólo pueden dar las personas que son de nuestra misma sangre. 
 
Pero también percibió que sus desequilibrados e irritados nervios estaban reaccionando como magnetos a los gritos y sollozos de aquella testaruda muchacha. Se dio cuenta de que nunca podría amar a una mujer robusta y saludable, fresca y sonrosada; pero le conmovía aquella Tania pálida, débil y desgraciada.

Kovrin sentía un gran placer al contemplar sus cabellos sedosos y sus redondeados hombros. Se acercó más a ella y le apretó la mano, mientras con su pañuelo enjugaba las lágrimas que se deslizaban por las sonrosadas mejillas. Por fin, Tania dejó de llorar. Pero siguió quejándose de su padre, censurando su conducta hacia ella, lamentándose de la vida que llevaba en aquella casa, tratando de que Kovrin comprendiese la situación en que se hallaba. 
 
Luego, poco a poco, empezó a sonreír, mientras afirmaba solemnemente que Dios la había castigado dándole aquel carácter tan impulsivo. Y al fin se echó a reír como una loca, se calificó a sí misma de atolondrada e inconsecuente y salió corriendo de la habitación.

Instantes después, Kovrin se dirigió al jardín. Igor Semionovich y Tania, como si nada hubiese pasado, paseaban abrazados por el césped, comiendo pan de centeno y sal. Ambos tenían mucha hambre.

Satisfecho por su papel de intermediario pacificador, Kovrin se dirigió al parque. Mientras se hallaba sentado en un banco, oyó el ruido de un carricoche y la risa de una mujer. De inmediato pensó que aquello significaba que llegaban nuevos visitantes. 
 
Las sombras cubrieron el jardín, y a lo lejos se podía oír algo confusamente la música de un violín, las risas de las mujeres y el alborozado jolgorio de los jóvenes participantes en aquella fiesta. Estos detalles le hicieron recordar al Monje Negro, pues fue en idénticas circunstancias cuando lo vio por primera vez. ¿A qué país, a qué planeta, habría ido aquel absurdo efecto óptico?

Trató de acordarse de aquella vez en que lo vio en el campo de centeno, detrás de los pinos situados en ese instante frente a él. De repente, y precisamente de los mismos pinos, emergió un hombre de mediana estatura, que caminaba lentamente sin hacer el más mínimo ruido. Sus cabellos grises estaban descubiertos, iba vestido de negro y tenía los pies descalzos como un mendigo. Su pálido y cadavérico rostro estaba cubierto de manchas negras. 
 
Después de saludarle con una gentil inclinación de cabeza, el extranjero o mendigo se dirigió al banco y se sentó en él. Kovrin se dio cuenta de inmediato de que era el Monje Negro. Durante un instante ambos se miraron; Kovrin, asombrado, pero el monje bondadosamente, aunque con una expresión taimada y astuta en su rostro.

–Pero si es un espejismo –dijo Kovrin–, ¿cómo es que está aquí, y cómo se sienta en este banco? Esto no está de acuerdo con la leyenda.

–Es lo mismo –respondió el monje con tono suave, volviendo su rostro hacia Kovrin–. La leyenda, el espejismo, yo mismo, todo no es más que el fruto de su imaginación exaltada. Yo soy un fantasma.

–¿Es decir –respondió Kovrin– que no existe?

–Piense lo que quiera –respondió el monje, sonriendo burlonamente–. Yo existo en su imaginación, y dado que su imaginación forma parte de la Naturaleza, es evidente que yo debo existir en la Naturaleza.

–Veo que su rostro demuestra inteligencia y distinción –dijo Kovrin–. Sin embargo, tengo la extraña impresión de que usted ha vivido más de mil años. No creía que mi imaginación fuera capaz de crear tal fenómeno. ¿Por qué me mira con tanto arrobamiento? ¿Acaso está satisfecho de haberme encontrado? ¿Le agrada mi persona?

–Sí; ya que es uno de los pocos a los que se puede llamar con toda justicia «un elegido de Dios». Usted siempre sirve y obedece a la verdad eterna. Sus pensamientos, sus intenciones, su elevada formación científica, su vida entera están marcados con el sello de la divinidad, una impronta celestial. Estas características están reservadas a lo racional y hermoso, es decir, al Eterno.

–Se refiere usted a la verdad eterna. Por consiguiente, ¿puede ser accesible y necesaria la verdad eterna para los hombres si no existe la vida eterna?

–Existe una vida eterna –respondió el monje.

–Por la forma en que me habla veo que cree en la inmortalidad de los hombres.

–Desde luego. A vosotros, los hombres, os espera un maravilloso y grandioso futuro. Y cuantos más hombres como usted tenga el mundo, más pronto llegará. Sin ustedes, ministros de los más altos principios, que viven libre y honradamente, la humanidad no sería nada; desarrollándose en su orden natural, debería esperar el fin de su vida terrena. 
 
-Pero usted ha acelerado en miles de años la llegada de este maravilloso futuro existente dentro del reino de la eterna verdad: y este es el grandioso servicio que ha sabido llevar a cabo. Usted lleva dentro de su ser aquella bendición de Dios que descansa sobre la gente buena, sobre los hombres de corazón limpio y puro.

–¿Y cuál es el objetivo de la vida eterna? –preguntó cada vez más intrigado Kovrin.

–El mismo que el de toda vida. La verdadera felicidad radica en el conocimiento, y la vida eterna presenta innumerables e inextinguibles fuentes de conocimientos. Fue en este sentido que Jesucristo dijo: «En la casa de mi Padre existen muchas moradas...»

–No puede hacerse una idea –respondió Kovrin– de la alegría tan grande que siento al oírle decir esas hermosas palabras.

–Me congratulo de ello.

–Sin embargo –respondió Kovrin– tengo la plena certeza de que apenas se marche, me veré atormentado por la incertidumbre en cuanto a su realidad. Usted es un fantasma, una alucinación. ¿Quiere decir que estoy físicamente enfermo, que mi estado no es normal?

–¿Y qué si lo está? Eso no debe preocuparle. Usted está enfermo porque ha sometido a una tensión excesiva sus poderes, porque ha ofrendado su salud en sacrificio a una idea, y está cerca el día en que sacrificará no solamente esto, sino también su vida. ¿Qué más puede desear? Es a lo que aspira todo ser noble y puro.

–Pero si estoy físicamente enfermo, ¿cómo puedo confiar en mí mismo?

–¿Y cómo sabe que todos los hombres geniales en quienes ha creído todo el mundo no han visto también visiones? Ser un genio es análogo a la demencia. Créame, las personas saludables y normales no son más que hombres ordinarios, vulgares, corrientes; un rebaño de ganado. Los temores a las enfermedades nerviosas, agotamiento y decrepitud sólo pueden tenerlos aquellos cuyos ideales en esta vida se basan en el presente; ese es el rebaño.

–Sin embargo –dijo Kovrin–, los romanos tenían por ideal aquello de mens sana in corpore sano.

–Todo lo que dijeron los romanos y los griegos no era verdad. Exaltaciones, aspiraciones, excitaciones, éxtasis, todas esas cosas que distinguen a los profetas, poetas y mártires de los hombres ordinarios, son incompatibles con la vida animal, es decir, con la salud física. Se lo repito, si quiere ser un hombre saludable y normal únase al rebaño.

–¡Qué extraño es que usted repita ahora cosas que yo pensé en tantas ocasiones! –dijo Kovrin–. Parece como si me hubiera estado espiando y hubiera llegado a enterarse de mis pensamientos secretos. Pero no hablemos de mí. ¿Qué me quiso decir con las palabras «verdad eterna»?

El monje no respondió. Kovrin le miró, pero no pudo ver su rostro. Sus formas se nublaron y desaparecieron; su cabeza y sus brazos se esfumaron; su cuerpo empezó a hacerse difuso, y llegó finalmente a confundirse con las sombras del crepúsculo.

–La alucinación se ha marchado –dijo riéndose Kovrin–. Es una verdadera lástima.

Volvió a la mansión, feliz y satisfecho. Lo que le había dicho el Monje Negro no sólo había halagado su amor propio, sino su espíritu, y todo su ser. ¡Qué ideal más glorioso era ser el elegido, ser ministro de la verdad eterna, poder formar en las filas de aquellos que se apresuraron durante cientos de años en entrar en el reino de Cristo, de aquellos que se sacrificaron para que la Humanidad fuese mejor, y se viera libre de pecado y de sufrimientos, el consagrarlo todo a un ideal, juventud, fuerza, salud, ¡morir por el bienestar de todos! 
 
Y cuando le vino a la mente su pasado, una vida casta y pura, consagrada completamente al trabajo, recordó todo lo que había aprendido y lo que había enseñado y, al final, tuvo que admitir que lo que le había dicho el Monje Negro no era más que la pura verdad. No, el monje aquel no había exagerado nada.

Atravesando el parque, corriendo a su encuentro, se acercaba Tania. Llevaba un vestido distinto al que le había visto la última vez.

–¿Ya regresó? –le gritó entusiasmada, pero con cierto asombro en su cristalina voz–. Estuvimos buscándole por todas partes... ¿Pero qué le ha ocurrido? –preguntó sorprendida, mirándole fijamente a los ojos, unos ojos en los que había un extraño y misterioso reflejo–. Le encuentro muy extraño.

–Estoy muy satisfecho, querida Tania –repuso Kovrin, mientras le ponía una mano sobre los hombros–. Bueno, en realidad, estoy más que satisfecho: ¡soy feliz! Tania, no encuentro las palabras exactas para decirte lo muy querida que eres para mí. Sí, Tania, estoy muy satisfecho; no puedes hacerte una idea de ello.

Besó ardorosamente sus manos, y continuó:

–Acabo de vivir los momentos más maravillosos, más felices, más encantadores de toda mi vida; algo que es imposible que pueda sucederle a un hombre sobre esta superficie terráquea... Pero no te lo puedo contar todo, ya que me tomarías por un loco, o te negarías a creerme. Deja que te hable de tu persona. Tania, te quiero. No sabes durante cuánto tiempo te he querido. El estar cerca de ti, el verte diez veces al día, ha llegado a convertirse en una necesidad para mí. No sé cómo voy a poder vivir sin ti cuando regrese a casa.

–No te creo –respondió Tania–. Estoy segura de que te olvidarás de nosotros a los dos días. Somos gente modesta, y tú eres un gran hombre.

–Estoy hablando en serio, Tania –le contestó Kovrin–. ¡Te llevaré conmigo! ¿Qué me contestas? ¿Vendrás conmigo? ¿Serás mía?

–¿Pero qué tonterías estás diciendo, Andrei? –dijo Tania, tratando de reír. Pero la risa no brotó de sus labios; en su lugar, se ruborizó. Empezó a respirar aceleradamente, y luego se puso a caminar con paso rápido por el parque–. No pienso, nunca he pensado en esto, nunca pensé que podría ocurrir esto –continuó Tania, juntando las manos como en un acto de desesperación.

Kovrin se acercó más a ella, y con aquella misma expresión extraña en su rostro, trató de convencerla, diciéndole apasionadamente:

–Yo anhelo un amor que tome posesión de todo mi ser, de toda mi alma; ¡y ese amor sólo tú puedes dármelo. ¡Soy feliz! ¡Cuán feliz soy!

Tania estaba asombrada y confusa, y no sabía qué decir. Fue tanta la emoción que le produjeron las palabras de Kovrin que parecía haber envejecido diez años. Pero Kovrin la vio más hermosa que nunca, y, arrastrado por la pasión que le dominaba, gritó como en éxtasis:

–¡Qué hermosa eres, querida Tania!

 
(CONTINUARÁ...) 

Míster George - Stephen Grendon

Ahora que los rayos del sol de última hora de la tarde caían oblicuamente sobre el prado, Priscilla cogió las flores que había reunido y ató el ramillete con una cinta azul. Unió al mismo el billete que había escrito, se arrimó el ramillete al cuerpo y anduvo de puntillas hasta la puerta de su cuarto. La abrió. De abajo subían unas voces. Pero ellos estaban fuera, en la parte de atrás, y no la oirían salir de casa. Que luego la vieran regresar, no importaba. Cerró la puerta detrás de sí y dirigió su robusta persona de cinco añitos hacia la alfombrada escalera, que bajó, y hacia la puerta, y fuera de la casa.

El cobrador del tranvía la reconoció. Inclinando el mostachudo rostro sobre ella, le preguntó:

—¿Solita, miss Priscilla?

—Sí, señor.

—Oh, y está oscureciendo casi. ¿Va muy lejos?

—Oh, no. Voy a ver a míster George. El hombre parecía angustiado. Tenía una sonrisa pálida, delgada. Y no dijo nada más.

El tranvía seguía su camino con un ruido metálico. Priscilla sabía que el cobrador le indicaría dónde tenía que apearse; y, no obstante, iba contando las manzanas de casas: la segunda que encontraría era aquélla donde vivía Renshaws; la siguiente, que era la de Burton; la de los solares sin edificar; y, por fin, después de tres manzanas en las que no vivía ningún conocido suyo —siete manzanas en total— el cobrador le dijo que había llegado a su parada.

—Sí, señor. Lo sé. Gracias —respondió ella. La niña sonrió al empleado y bajó. El hombre la siguió con la mirada, atormentado, y meneó la cabeza.

—¿Qué será de ella con tantos buitres como la rodean? —le preguntó al aire, poblado de motitas de polvo.

Durante el camino, Priscilla había sentido cierta inquietud al pensar en la gran puerta de reja de hierro; pero, como todavía no eran las seis, estaba abierta. La cruzó, pues, y se fue directamente al lugar donde se hallaba míster George. No había nada donde poner las flores; de modo que las dejó allí, donde míster George las tuviera que ver forzosamente. No estaba demasiado segura acerca de míster George. 

Últimamente había muchas cosas que la desconcertaban. No entendía el comportamiento de míster George, ni por qué se había marchado y la había dejado sola con los primos de su madre, los cuales, comprendía ella con el instinto infalible de los niños, no la amaban como la había amado míster George, ni como, más anteriormente todavía, la amó su madre, que también se había marchado.

Priscilla sacó el billete y lo colocó de modo que él hubiera de verlo, necesariamente. Al marcharse, miró atrás varias veces para ver si míster George había llegado ya; pero las flores continuaban allí, intactas, y entre ellas resaltaba la blancura del papel de notas. El ramillete lo formaban julianas de olor, nomeolvides y rosas, flores a la moda antigua, de las que gustaban a míster George. 

Pero míster George no vino; no se le veía cuando la niña llegó a la puerta. Con una última, lánguida mirada, Priscilla salió a la calle y anduvo hasta la esquina para esperar el tranvía, empezando a preguntarse ya si ellos habrían notado su ausencia.

Pero no; no la habían notado. Continuaban hablando cuando entró sigilosamente en la casa; aunque ahora uno de ellos estaba en el comedor, y todos levantaban un poco la voz..., aunque no lo suficiente para que se les pudiera oír más allá del vestíbulo de entrada. 

La niña se había quedado inmóvil, completamente silenciosa, escuchando. Aunque las dos mujeres y el hombre —hermanos los tres— eran primos de su madre, Priscilla los consideraba tíos suyos. Las mujeres estaban en la cocina, y tío Laban en el comedor. Tío Laban iba diciendo:

—Lo que tienes de malo, tú, Virginia, es que careces de sentido del refinamiento, careces de tacto. Sólo piensas en el dinero; lo quieres, y no te importa la manera de conseguirlo.

—Ella es lo único que se interpone entre el dinero y nosotros. Y tú lo sabes tan bien como yo.

—Ahora que George ya no está —puntualizó Laban.

—Sí —admitió Virginia.

Adelaide soltó una risita nerviosa.

—A veces me pregunto qué relación habría entre ellos —reanudó Virginia—. ¿Eran amantes?

—No importa.

—Claro que importa —adujo Addie—. Quizá si pudiéramos demostrar que ella es hija de George...

Laban chasqueó la lengua con aire impaciente.

—No tiene nada que ver con el caso, y no importa. El testamento de Cissie está clarísimo, y no importa si Priscilla es o no es de George, o de Henry, ni importaría siquiera que no fuese de Cissie. El testamento disponía que George podía continuar aquí, en casa de Cissie, hasta que quisiera irse...

—O falleciese —interrumpió Virginia.

—No seas desagradable —cortó secamente Laban—. Y la casa, los terrenos y todo el dinero...

—¡Trescientos mil dólares! —suspiró Adelaide.

—...Pertenecen a Priscilla.

—Te dejas la parte más importante —señaló Virginia—. Detrás de Priscilla, venimos nosotros.

—Di, más bien, estamos aquí.

—Ah, sí —comentó Adelaide con amargura—, tal como hemos estado siempre. A costa siempre de la generosidad de otros.

—¿Y qué te importa eso? —inquirió Laban, enojadizo—. Tenemos en nuestras manos el gobierno de la casa, y casi, casi, el de su cuenta bancaria.

—Yo lo quiero abiertamente, sin restricciones —dijo Virginia.

—Bah, estás representando una comedia —dijo Laban—. Pero comprendo que tramas algo. Eso de dejar que los criados se vayan unos tras otros...

—Eran criados de Cissie, no míos.

—Pero no has colocado a otros en sus puestos.

—No. Ya lo pensaré. ¿Has puesto la mesa?

—Sí.

—Ve a llamar a la niña.

Priscilla huyó sin ruido escaleras arriba, a fin de estar preparada cuando tío Laban la llamase.

Cuando el ocaso era más bien noche, Canby, que hacía su recorrido habitual, vio algo blanco que revoloteaba al otro lado de la reja de la puerta. Cumpliendo rutinariamente con su deber, entró a ver qué era aquello. Sacó el billetito, echó sobre el mismo el chorro de luz de la linterna para enterarse de los detalles más necesarios y a su debido tiempo entregó el billete en el cuartelillo del barrio.

El capitán lo leyó:

«Querido míster George: Tenga la bondad de regresar. Queremos que viva otra vez con nosotros. Tenemos espacio de sobra. Simplemente, suba al tranvía y coja la dirección este. La casa está tal como usted la dejó; sólo que ahora ya no florecen los rosales.»

—¿No había ninguna firma?

—Ninguna. Estaba allí, simplemente, sobre la tumba, con unas flores. Las flores las he dejado. Era la tumba de un tal George Newell. Murió hace cosa de un mes. Tenía cincuenta y un años.

—Parece letra de niña. Dáselo a Orlo Ward... Es la clase de material que le conviene para The New Yorker.

El viejo reloj del vestíbulo, que había pertenecido al abuelo Dedman, estuvo hablando toda la noche. Míster George decía que la madre de Priscilla se acordaba de su modo de hablar. El reloj solía decir: «Cis-sie, Cis-sie, Cis-sie, ¡Duér-me-te ya, Cis-sie!» una y otra y otra vez, hasta que se dormía. A Priscilla se le antojaba que ahora el reloj le hablaba a ella en los mismos términos. Pero no tenía sueño. 

Tendida en la cama, escuchaba todos los sonidos que producía la antigua casa. Lamentaba su suerte, ahora que habían despedido a la cocinera —la última persona que le era simpática— y que todos los demás de la casa le tenían antipatía. Lo notaba por su manera de mirarla, por su manera de hablarle, y sobre todo, lo percibía intuitivamente. ¡Si al menos regresase míster George! 

Desde el día que míster George se quejó de que no se sentía bien, ya nada volvió a ser como era después de la muerte de su madre. Aquel día, al cabo de un rato de no sentirse bien, míster George la llamó, y cuando la tuvo a la vera de la cama le dijo:

—Ahora sé buena, Priscilla. Y, acuérdate, si te pasa algo, acude a Laura. —(Laura tenía algo que ver con míster George, como lo había tenido con su madre. Aunque no era, como los Leckett, una pariente directa de ambos.)

El murmullo de voces discurría por el vestíbulo. Virginia Leckett se estaba peinando el cabello en el cuarto de su hermano. Laban se había acostado ya.

—Y si a ella le ocurriese algo, ¿verdad que no habría ningún problema para que entrásemos nosotros en posesión de la herencia? —preguntaba.

—Cuando menos me lo has preguntado diez veces, lo juraría —respondió el hombre.

—¿Lo habría? —insistió la mujer.

—¿Cómo podría haberlo? No tiene ningún otro pariente.

—Es lo que yo pensaba.

—Sin embargo, está más sana que una ternera.

—Oh, siempre puede ocurrir algo.

—¿Qué puede ocurrir?

—Nunca se sabe, Laban.

—Me pones los nervios de punta, Virginia.

—Mira cómo se fue George.

—Bueno, no esperarás que Priscilla contraiga una enfermedad cardíaca.

—Eso es lo que dijo el doctor.

—Y lo que creía, además.

—Pero se podía provocar. Hay cosas que producen ataques cardíacos.

—Sería mejor que no dijeras esas cosas, Virginia.

—¿Sí?

—¡Sí!

—De todas formas —continuó ella, hablando más aprisa—, si le sucediera algo a Priscilla..., ¡piénsalo un momento, nada más, ¡trescientos mil dólares! ¡Laban..., piensa en lo que harías con tu parte! ¡Y yo! Mira, podría irme a Europa.

—Pero no irás. ¿Por qué no dejas de atormentarte con ese dinero? Está fuera de tu alcance.

—¿De veras?

—Será mejor que te vayas a tu cuarto.

Las pisadas de Virginia vinieron por el vestíbulo, parándose ante la puerta de Priscilla. «No la dejes entrar. Dios mío», pidió la niña con confianza suprema. Virginia siguió por el vestíbulo, y ahora el murmullo de voces salía, distante, de la habitación de Adelaide. Así sucedía y volvía a suceder multitud de noches, desde que míster George se marchara. 

A veces, Priscilla pensaba que tía Virginia era la persona a quien odiaba más; pero luego se acordaba de que mamá solía decirle que no odiase a nadie porque el odio perjudica más al que lo concibe que al odiado... y una cosa así. Sea como fuere, Priscilla no se fiaba de tía Virginia. Tampoco se fiaba de tía Adelaide, ni de tío Laban; pero la mayor desconfianza se la inspiraba tía Virginia. No comprendía lo que quería decir mamá cuando le explicaba a míster George:

—Los compadezco. ¡Son tan mezquinos, tan provincianos! Cuando tenían dinero habrían podido ir a París, a Viena... Pero no, tuvieron que invertirlo en acciones poco seguras a fin de ganar más dinero, y lo perdieron todo. ¡Pobrecillos!

El reloj decía:

—Pris-sie, Pris-sie, Pris-sie. Duér-me-te ya, Pris-sie.

—No tengo sueño —respondió Priscilla en la oscuridad.

La casa se acostaba, gimiendo y crujiendo. En alguna parte goteaba una espita, y empujada por el viento, fuera, una rama del cedro de la esquina noroeste de la casa llamaba de vez en cuando a la pared. El reloj seguía hablando con su ruidoso tictac, tictac, tictac. Fuera, los tranvías seguían circulando, traqueteantes, aunque cada vez en menor número, a medida que avanzaba la noche. 

Priscilla continuaba pensando, casi soñando, en mamá y en míster George, y en cómo vivían hacía menos de un año, cuando se encontraban allá donde estaba el océano y ella jugaba todo el día en la arena, mientras la tos de mamá empeoraba día tras día, y míster George se volvía triste y callado, y el viento parecía soplar cada vez más frío hasta que los despidió para aquí, a esta casa de la calle Elm, donde había nacido mamá. 

Parecía haber pasado tiempo, mucho, muchísimo tiempo. El tiempo parecía extenderse hasta enormes lejanías a ambos lados de ella, y se sentía perdida, extraviada lejos de mamá y míster George; y la playa arenosa y los trenes —¡tantos trenes!—, y los extraños y pequeños carruajes de aquellos lugares del otro lado del océano, y los barcos, y...

Pero ahora le venía el sueño, y alguien entró por la puerta y se inclinó sobre ella y le susurró:

—Duérmete ya, Priscilla.

—Está bien, míster George —respondió ella.

Por la mañana, Priscilla, que se levantaba con el sol, cogió a Celine, la mayor, en edad, de sus muñecas, que era su favorita porque vino de Arles, donde la compraron mamá y míster George, que habían abandonado París para pasar unas deliciosas vacaciones en dicha ciudad, y se fue a jugar en el pabellón del té del extremo del jardín, y se sentó a la sombra fresca de las hayas que se inclinaban sobre aquel refugio. 

Mucho antes de que ninguna otra persona de la casa hubiera abandonado el lecho, Priscilla había llegado a puerto con Celine. Tenía la costumbre de sostener largas conversaciones con Celine, una muñeca descarada y curiosa a la vez, con un aire exótico y raro, y, en momentos delicados, no demasiado locuaz, diciendo siempre lo más justo y acertado.

Esta mañana Celine estaba sentada en su sitio habitual, enfrente de Priscilla, quien iba disponiendo lo necesario para el té mientras iba hablando. ¿Había pasado una buena noche Celine, o acaso volvía a tener las piernas cruzadas bajo el cuerpo? ¿Preferiría Celine azúcar o limón en el té, o ambas cosas a la vez, o acaso le gustara más beberlo, como se debe, sin nada en absoluto? 

Los pájaros cantaban, porque el jardín rodeado de árboles era como un oasis en el centro de la ciudad, y siete manzanas de casas significaban ya un largo vuelo hasta los árboles del cementerio; de manera que iban y venían todo el día entero, y emitían unos ruidos íntimos en los matorrales que rodeaban el pabelloncito del té.

Celine le respondía con mucho tino.

Pero esta mañana se le notaba algo raro a la muñeca, y al poco rato Priscilla empezó a mirarla como con unos ojos nuevos. Se le antojaba que Celine hacía un gran esfuerzo por decirle algo, una cosa suya propia, que no había salido primero de ella misma, de Priscilla.

—Ten cuidado —parecía decirle—. Vigila.

Tan real parecía la voz de Celine, que Priscilla miró a su alrededor, momentáneamente alarmada. Pero no había nadie.

—¿De quién he de tener cuidado? —preguntó en un susurro.

—¡De ellos! —respondió Celine. «¡Pero qué voz tan rara para una muñeca!», pensó Priscilla.

Luego miró muy disimuladamente a todo su entorno, hacia todos los costados de la casita del té. ¡Conocía aquella voz! Sí, la conocía, ciertamente. Era la de míster George... y entraba muy en su modo de ser el fingir que se trataba de la voz de Celine.

La niña se puso a palmear y gritó alegremente:

—¡Salga, salga de donde sea que esté, míster George!

No salió nadie.

—Por favor, míster George.

Una paloma de luto arrullaba.

—No me atormente.

Nadie respondió.

La niña miró a Celine; pero la muñeca seguía tan tranquila como siempre. Priscilla volvió la cabeza para mirar a lo lejos.

—Vigila —repitió Celine, con la voz de míster George.

La niña dio media vuelta, mirando hacia todas partes.

—Le encontraré —gritó—. ¡Sí, sí, le encontraré! —Y se lanzó hacia las matas, atisbando en esta dirección y en la otra, con tal violencia que los pájaros se quedaban mudos, salvo por un arrendajo azul que lanzaba gritos de advertencia contra aquella niña que invadía todos los rincones del jardín.

—¿Qué diablos hace aquella niña? —inquirió Adelaide desde la ventana.

—¿Qué? —preguntó Virginia, embutiéndose dentro del anticuado vestido, delante del espejo.

—Pues, que no para de correr y correr alrededor de la casita del té. Parece como si buscara algo. O a alguien.

—Las niñas tienen, a veces, compañeras de juego imaginarias.

—Es una idea loca, Ginny. ¡Pero se me ha ocurrido!

Virginia la miró. A veces aquella cabeza excesivamente grande sobre aquel cuerpo bajo y delgado producía una idea meritoria, a juicio de Virginia.

—¿De qué se trata ahora, Addie?

Adelaide la miró entornando los ojos.

—¿Supones que sería posible... hacerla declarar..., pues, no exactamente loca, sino...?

—Oh, no; no serviría. Hay muchísimos otros medios. Un veneno lento, por ejemplo.

—No seas grosera, Virginia —dijo Laban desde el umbral—. Por amor de Dios, ¿no vamos a desayunar? Si os empeñáis en despedir a la cocinera, ha de haber alguien en esta casa dispuesto a encargarse de las tareas ordinarias.

—Ya vamos —respondió Virginia—. ¿Ves lo que está haciendo Priscilla?

Laban fue hacia la ventana y miró al exterior. Al cabo de un rato, dijo:

—Parece estar conversando.

—Ah, sí, con la muñeca. Ya me fijé —dijo Virginia.

—No, no es con la muñeca.

—¿No? ¿Está sola?

—Sí. Está de espaldas a la muñeca, ni siquiera la mira.

—Adelaide, ¿quieres ir a llamarla para el desayuno? —dijo Virginia, volviéndose. Y cuando Adelaide estuvo fuera, reprendió a Laban—: No me gusta que me llamen «grosera», Laban.

El hombre se encogió de hombros. Había estado pensando en lo que podía heredar si le ocurría algo a Priscilla; Virginia había sembrado en terreno fértil.

—Pues, no lo seas —replicó—. ¿Qué crees que pensaría la gente si la niña muriese así? Al fin y al cabo, las cláusulas del testamento de Cissie no son un secreto hermético. La gente se formularía preguntas. Finalmente, el veneno se puede detectar... hasta el más desconocido. Del cual tú no dispondrías, a fin de cuentas.

—Si eres capaz de idear algo mejor, ¿por qué no lo imaginas?

—Tendría que sufrir algún accidente, o algo que lo pareciese, al menos. Hace unos días leí algo en el Sun acerca de un accidente que les costó la vida a dos niños. Jugaban en el ático, y se encerraron ellos mismos dentro de un baúl. Murieron asfixiados. Es una cosa que podría ocurrir fácilmente, ya sabes. ¿Quién podría demostrar lo contrario? En cambio, el veneno implica ciertos factores químicos y fisiológicos a los que no se puede hacer contar una versión distinta de los hechos verdaderos.

Adelaide regresó con la respiración bastante alterada.

—Compañeros de juego imaginarios, ¿no? La niña dice que George está ahí fuera, en alguna parte, escondiéndose de ella. Dice que ha hablado con ella.

Virginia sonrió.

—Eso equivale a plasmar su deseo más íntimo en una fantasía que pueda vivir. Es el colmo de la imaginación. ¿Qué le ha dicho George?

—No me lo ha contado.

—¿Está Priscilla aquí ya?

—Ahora viene.

—Veremos.

Priscilla entró y se sentó a la mesa. Todavía no estaba puesta. La niña aguardó, fijándose en aquellas tres personas: tío Laban, gordo, con aire jovial, excepto por la boca, blanda y carnosa, y los ojos, pequeños y negros; tía Adelaide, con su grotesca cabezota, tan pesada que siempre se le balanceaba un poco; tía Virginia con la delgada línea de la boca y los duros ojos azules. 

Todos vestían de negro: Adelaide con tela de tafetán; Virginia, de brocado, y Laban, de paño fino. En este momento los tres estaban ocupados, cada uno a su manera: Laban con el periódico de la mañana, Adelaide correteando para poner la mesa, Virginia preparando el desayuno.

A Priscilla le resultaba difícil permanecer quieta en la silla, porque estaba convencida de que míster George se había deslizado dentro de la casa junto con ella y en aquellos mismos instantes estaba escondido en algún punto de la habitación. 

Los ojos de la niña saltaban inquisitivamente para este lado y para el otro; Priscilla esperaba que, en cualquier momento, míster George saldría de su escondite. Pero no sucedió nada, y entretanto Adelaide había traído todos los platos y al final vinieron ella y Virginia trayendo huevos, tocino y tostadas, y un vaso de leche para Priscilla. Todos se sentaron, y Laban dejó el periódico.

—¿Con quién hablabas en el pabellón del té, Priscilla? —preguntó Virginia.

—Con Celine —contestó Priscilla, sin apartar los labios del vaso de leche, que había empezado a beberse.

—¿Con quién más? —preguntó Laban. No hubo respuesta.

—¿Con quién más?, te he preguntado.

Priscilla movió la cabeza negativamente.

—A mí me lo has dicho —recordó Adelaide.

—Con míster George —dijo Priscilla.

—¡Vaya! ¿Andrés qué te ha dicho? —preguntó Virginia.

Priscilla volvió a menear la cabeza.

—Contéstame.

La niña continuó en silencio. Virginia se dirigió a los otros:

—Ya veis, es imaginación.

—Regresó anoche. Yo se lo pedí —explicó la niña.

Adelaide soltó una risita, Virginia le dirigió una mirada rápida, enojada. Laban carraspeó y fijó la atención en el tocino y los huevos.

Nadie preguntó nada más. Cada uno se absorbía en sus propios pensamientos. Priscilla continuaba esperando, secretamente, que míster George apareciese de pronto y los dejase sorprendidos a todos. Adelaide pensaba en la habilidad que tienen los niños para jugar solos. Virginia contemplaba el cuadro de ellos tres solos en la casa —su casa— sin Priscilla. 

Laban pensaba que no convenía retrasar las cosas; los accidentes no aguardaban el momento oportuno. Además, la idea de poder disponer de cien mil dólares completamente suyos para hacer con ellos lo que mejor le pareciera había crecido desmesuradamente y ahora se levantaba delante de los ojos de su imaginación como una montaña inmensa de libertad condensada, abriéndole el mundo como nunca lo hubiera tenido abierto. Mientras se terminaba el desayuno, miraba a Priscilla, que también había terminado ya, y le sonreía.

—¿Adónde se ha ido George? —preguntó.

La niña quedó desarmada.

—Creo que está escondido.

—Apuesto a que sé dónde se esconde —continuó Laban—. ¿Quieres que vayamos a verlo?

—Oh, sí, quiero.

Laban apartó la silla y se levantó.

—Ven, pues.

—Dispénsenme —dijo Priscilla a las dos mujeres.

Salieron al vestíbulo, Priscilla cogida de la mano del hombre.

—Sé exactamente dónde ha de estar —decía Laban, conduciéndola hacia las escaleras.

—¿Arriba?

—En el ático. Aquello está oscuro.

Para Laban, las tinieblas del ático se resolvían en una especie de embudo en la salida del cual se levantaba el baúl de marinero, medio vacío, no lejos de la cima de las escaleras. Tío Laban empezó a recorrer el borde exterior del embudo, moviendo objetos y mirando detrás de ellos. Priscilla corría de acá para allá; pero a cada pocos segundos se paraba y le preguntaba insistentemente a la enmohecida media luz:

—¿Míster George?

—Le encontraremos —contestaba cada vez Laban, con nerviosa cordialidad. Tenía las manos pegajosas, un sudor frío le cubría la frente cada vez más a medida que se iban acercando al baúl.

El baúl era grande y muy pesado; una vez dentro, a Priscilla le sería completamente imposible levantar la tapa, aun en el caso de que el broche no quedara cerrado. Toda la oscuridad del ático, que era grande y llegaba hasta las mansardas de la vieja casa, parecía converger sobre el baúl. Dos veces Priscilla se detuvo casi a su vera.

—No está aquí —dijo al final.

—Apuesto a que sí —aseguró Laban—. Hay un sitio más, bastante grande para esconderle. Ahí mismo.

Laban se inclinó y levantó la pesada tapa. El baúl era tan profundo que Priscilla casi habría cabido dentro, de pie, si bien las cosas que contenía disminuían un poco esta profundidad. El hombre miraba a la niña por el rabillo del ojo. Priscilla parecía como hipnotizada, puesta casi de puntillas para contemplar la oscura barriga de aquel mueble.

—Eso está demasiado oscuro para que yo pueda verle, aunque estuviera aquí —dijo Laban—. Acaso se haya escondido debajo de la ropa. Métete dentro y búscale.

La niña dio dos pasos adelante; pero oyó que alguien le decía:

—No, Priscilla.

—¡Oh! —exclamó palmeteando—. ¡Es míster George!

—¿Qué? —Laban preguntó, sobresaltado.

—Está aquí, por alguna parte. Le he oído.

Laban la miraba, pasmado y maravillado por la singular imaginación de la niña. Luego dijo:

—Apuesto a que está escondido debajo de esas ropas. Métete dentro y sorpréndele, Pris.

La niña meneó la cabeza negativamente.

—Míster George me dice que no me meta.

Una especie de exasperación se apoderaba del tío Laban, que se arrodilló al lado del baúl.

—Mira —dijo—, yo levantaré la tapa. —Y empujó un grueso libro, verticalmente, entre la tapa y el baúl—. Yo estaré aquí, por si sale.

Priscilla meneó la cabeza.

—Mire usted —dijo.

Laban cavilaba febrilmente. Si lograba persuadir a la niña de que se colocara a su lado, le sería muy fácil hacerla caer dentro del baúl, sin necesidad de forcejeos que luego pudieran mostrar una magulladura en la delicada carne.

—Ven y ayúdame —dijo, inclinándose para atisbar en la oscuridad.

Priscilla se acercó.

Pero cuando ya casi estaba junto a él, algo la detuvo, una cosa que parecía una mano invisible que la sujetara por la espalda. Una cosa alta y negra tomó forma —una forma oscura— al lado del hombre que esperaba, arrodillado, a la niña; una cosa que se inclinó y sacó el libro que sostenía la tapa del baúl; una cosa que empujó la tapa para abajo con poderoso impacto, sobre el cuello de Laban Leckett.

El sujeto cogido en la trampa emitió un grito ahogado, se encorvó horriblemente y quedó inerte, después de patalear un poco.

—Vete, Priscilla. Vete abajo, ahora.

—Sí, míster George.

Priscilla salió, obedientemente, del ático, bajó las escaleras y volvió a la casita del té, donde se sentó y se lo contó todo, muy animada, a Celine.

Virginia estaba junto a la ventana, mirando al exterior con los ojos entornados y una sonrisa de mofa en la cara.

—Lo sabía —comentó volviendo un poco la cabeza hacia Adelaide—. Laban nunca ha sido un hombre de verdad. Le ha faltado valor.

Al día siguiente del entierro, Laura Craig vino de visita. Lo mismo que las hermanas Leckett, Laura Craig tenía unos cincuenta años y pico; pero parecía muchísimo más joven. Vestía bien, pues tenía dinero y sabía gastarlo, bien enterada de que el dinero es un medio y no un fin en sí mismo. Había sido una auténtica belleza, y seguía siendo guapa de verdad; en aspecto y figura había una diferencia como de la noche al día entre ella y sus anfitrionas; porque Laura era una fiesta de color y de joyas, contrastando con la vulgaridad casi ofensiva de las otras.

—He quedado muy sorprendida al leer lo de Laban —dijo sin preámbulos—. Lo he leído esta misma mañana. Estuve en Connecticut y lamento no haber podido asistir a los funerales. Pero ¿cómo pudo suceder una cosa así?

—La tapa del baúl pesaba mucho —dijo Virginia, apresurándose a dar la explicación antes de que Adelaide pudiera despegar los labios—. Supongo que Laban fue descuidado.

—¡Qué espantoso! —exclamó Laura—. Pero ¿qué estaba buscando?

Virginia encogió los hombros y enarcó las cejas.

—Algo de nuestro padre, pensamos —dijo Adelaide—. Era el baúl de nuestro padre, ¿sabes? La última vez que prestó servicio fue cuando nuestro padre visitó la Exposición de St. Louis.

—Encontramos al pobre Laban por pura casualidad —añadió Virginia—. Por fin notamos su ausencia, y nos pusimos a buscarle. Hacía mucho rato que había fallecido. Daba horror..., la tapa del baúl había caído con tanta fuerza que casi le cortó la cabeza. Hemos destruido el baúl, naturalmente.

—Me lo figuro —dijo Laura.

La conversación derivó muy cortésmente hacia Priscilla, y al poco rato la propia Priscilla bajaba hasta la puerta de reja con Laura Craig, a la cual también llamaba «tía». Las hermanas Leckett permanecían detrás de las cortinas de las ventanas para asegurarse de que Priscilla no se entretuviera demasiado rato con aquella mujer, que, sabían ellas, había venido primordialmente a comprobar si la niña estaba bien.

—Confiemos que no le contará nada de sus absurdas fantasías —dijo Virginia con tono acerbo.

—Tú le prohibiste que las mencionara nunca más.

—Oh, sí, ya lo sé... Pero los niños no hacen caso de las prohibiciones. ¿Olvidará algún día a George Newell? Me gustaría saberlo.

—Poco importa que lo olvide, o que no —dijo Adelaide, riendo entre dientes.

—Silencio, Adelaide. —Virginia suspiró—. ¿Qué pudo suceder allá arriba? ¡Laban nunca fue descuidado!

—Ya sabes qué dijo la niña.

—¡Bah, Addie! ¡Un fárrago de sombras y George y tonterías! ¿Crees de veras que George ronda por la casa? ¡Vaya cuento ridículo!

Adelaide resopló un poco y se apartó de la ventana.

—De todos modos, no puede negarse que la muerte de Laban aumenta en cincuenta mil dólares la fortuna de cada una de nosotras... Después de Priscilla, claro está.

—¿Cómo puedes decir una cosa así, Addie? —reprendió vivamente Virginia.

Adelaide se volvió.

—¿Que cómo puedo decir qué?

—Lo que acabas de decir sobre la muerte de Laban.

—Yo no he dicho nada sobre la muerte de Laban.

Virginia se volvió, irritada.

—¡Vaya, Addie! Lo he oído yo. No quieras negarlo.

—¿Has perdido el seso, Ginny? No he despegado los labios. ¿Qué has imaginado que oías ahora?

—Has dicho que la muerte de Laban aumenta en cincuenta mil dólares la fortuna de cada una de nosotras.

—¡Jamás dije nada semejante!

—¡Que sí!

—¡Que no! En todo caso, esa idea se te habría ocurrido a ti mucho antes de que yo la hubiera soñado siquiera. —Con aire meditativo, añadió—: Sin embargo, es cierto, ¿verdad que sí?

Virginia no dijo nada. Algo le roía continuamente la conciencia, y era el saber que si le pasaba algo a Adelaide antes de fallecer Priscilla, ella, Virginia, heredaría los trescientos mil dólares, sin necesidad de repartírselos con nadie. Un poco trastornada, se olvidó de Priscilla y Laura Craig, que recibían el sol de la tarde junto a la puerta de entrada y se apartó de la ventana. Estaba prendida en una red de codicia y deseos contrapuestos.

La rama del cedro golpeaba la pared de la casa una vez por cada cinco tictacs del viejo reloj del vestíbulo. Priscilla contaba en la oscuridad y comunicaba sus hallazgos a Celine, a quien había permitido, aquella noche, que compartiese su cama. A continuación se puso a contar las veces que el grifo dejaba caer una gota. Aunque descubrió que le resultaba casi imposible, porque el ruido de las gotas al caer nunca era demasiado claro ni seguro. 

Además, se oían otros sonidos vivos en las tinieblas de la antigua casona. El postigo del ático había quedado suelto; crujía y daba golpes, empujado por el viento. Algo se escabulló por el vestíbulo. Priscilla comprendió que era, nuevamente, tía Adelaide; al cabo de unos momentos las voces de las dos hermanas formaban un murmullo que se sumaba a las otras voces de la noche.

En el cuarto de su hermana, Adelaide se acercaba con paso nervioso al lecho.

—Es inútil que me digas que me ha engañado la imaginación, Virginia. Sé que he visto algo. Esta ha sido la tercera vez, y nunca oí decir que las alucinaciones vinieran de tres en tres.

—¿Y qué ha sido esta vez? Prueba de expresarte de un modo coherente, Addie.

—Una sombra en el vestíbulo, en la cima de las escaleras.

—Si no estuvieras tan pagada de tus ojos, creo que un oculista y unas gafas eliminarían la sombra.

—Yo estaba quieta. La sombra se movía. Era un hombre. —Ahora las palabras le salían más aprisa—. ¿Piensas que yo quería verle? ¿Lo piensas? ¡Porque si lo piensas, estás loca! Quiero marcharme de esta casa. ¡La odio! La he odiado toda la vida..., desde que tuvimos que venir a vivir en ella como «invitadas» de Cissie.

—También la odio yo. Ten paciencia, nada más, Addie. Se necesita tiempo.

—¡Sí, siempre esperando! —Se volvió y se inclinó sobre Virginia, y bajó la voz instintivamente—. Se me ha ocurrido una cosa. Ya sabes lo que decía Laban de los accidentes. Me he fijado en cómo se columpia. Es un columpio terriblemente pesado, y cuando George se lo construyó reforzó el asiento de roble con hierro. Si ella saltara demasiado pronto y no se apartase con bastante presteza... y si el columpio le diera un golpe... Yo creo que podría suceder.

—O se podría hacer de modo que sucediera —añadió en voz baja Virginia—. Piensa en esto ahora, Addie, y no en absurdas alucinaciones. Y, por amor de Dios, no digas a nadie que te parece ver hombres en las escaleras... ¡Ya sabes lo que pensaría la gente!

El reloj del abuelo Dedman decía:

—Pris-sie, Pris-sie, Pris-sie. Duér-me-te ya, Pris-sie. —Esta vez la rama de cedro llamó en la palabra «duerme».

Priscilla se metió más adentro de las sábanas y se volvió hacia Celine.

—¿Tienes sueño, Celine? —le preguntó.

Celine, siempre complaciente, hizo un signo negativo.

Tía Adelaide volvía a cruzar sigilosamente el vestíbulo, de regreso a su habitación. Priscilla sabía que sus tías tenían que explicarse cosas que no querían que ella oyera. A veces se preguntaba de qué podrían estar hablando; pero no le importaba que la ignorasen. Tampoco le importaba que escucharan las conversaciones que sostenía con Celine. O con míster George.

La niña se incorporó sobre los codos y fijó la mirada en la oscuridad del cuarto. Del exterior entraba muy poca luz; los espesos árboles cerraban el paso a todos los rayos de la farola de la calle, excepto a dos, pequeñitos. Uno de estos dos daba sobre la pared de enfrente, cerca de la puerta; el otro hería el espejo, donde se reflejaba como una confusa abertura hacia otro mundo remoto donde reinaba el día.

—Míster George, ¿está aquí? —susurróle a la oscuridad.

—Sí, Priscilla.

La respuesta venía, al parecer, de todo su alrededor y de dentro de ella misma a la vez. La niña no la ponía en duda.

—Por favor, venga a un sitio donde pueda verle.

Una parte de las tinieblas de junto a la puerta se separó y se deslizó hacia la cama; aquella sombra cruzó la luz, pero no cerró su paso hacia el espejo ni hacia la puerta; no proyectaba sombra alguna porque ella era, precisamente, una sombra. Luego se detuvo sobre la cama, se condensó sobre un costado de la misma y se sentó allí. Priscilla no veía nada raro en ello. Se sentía reconfortada.

—Dale las buenas noches a míster George, Celine —pidió.

Envuelta en su bata, Laura Craig escribía al hermano de George Newell, que vivía en Londres, a hora muy avanzada y estando todo en silencio, excepto por el zumbido de vida de la ciudad, el vasto rugido subterráneo, sofocado por la noche, el susurro de millones de criaturas caminando inexorablemente del nacimiento hacia la muerte, como el sonido del girar de la Tierra. Escribía aprisa. Las palabras le salían con facilidad, porque las llevaba encerradas dentro desde hacía tiempo...

«...Creo que no cabe la menor duda y que Priscilla es hija de George. Tiene su misma expresión en los ojos; un detalle que no se notaba hace poco tiempo, pero que ahora se va acentuando. Y piensa continua, obsesionadamente en él. No sé si eso es bueno. Me figuro que George pensaría que no, si siguiera con vida. Aunque le tenía una devoción total a la niña, como tú sabes, muchos creíamos que era por Cissie y su lenta agonía. Lo que realmente importa, creo yo, es que hay que hallar la manera de separar a Priscilla de los Leckett. 

Pertenecen, indiscutiblemente, al siglo diecinueve, y llevan esa clase de vida represiva que resulta en verdad más perversa y peor que el desenfreno descarado. Quiero decir que, en realidad, siempre les irritó la compasión que inspiraban a Cissie, así como sus bondades, que nunca merecieron. Su compañía no le conviene a Priscilla, aunque encontré a la niña notablemente segura de sí misma, lo cual se deberá probablemente a que la dejan sola a su antojo continuamente. Lo cual tampoco es bueno, y creo que a ti tampoco te lo parecerá. 

La niña ha tenido tiempo para forjarse las más extrañas fantasías. Por ejemplo, está convencida de que George se encuentra todavía en la casa. Dice que George empujó la tapa del baúl sobre el cuello de Laban. Eso es absurdo, por supuesto, es la fantasía más loca de todas las fantasías..., aunque por lo que yo sé dicha tapa causó más destrozos en el cuello de Laban de los que hubiera debido causar si hubiese caído por su propio peso. 

Hay algo muy raro en todo esto, y no te sorprenderá nada el saber que he empezado a plantearme algunas preguntas sobre la defunción de George, además. Al fin y al cabo no tenía el corazón tan mal. Yo le vi tres días antes de su muerte, y me dijo que su estado parecía haber mejorado bastante con la vida sedentaria. Debo confesar que los Leckett me causan la peor impresión que puedas imaginarte: los considero egoístas, avaros, perezosos y malos; en fin, una gente que detrás de su respetabilidad, a la antigua usanza, son capaces de cualquier cosa, de todo...»

El verano iba transcurriendo, y como se hacía cada vez más bochornoso, Priscilla pasaba más tiempo en el patio. Por la mañana, su rutina continuaba inalterable. Bajaba a la casa del té antes del desayuno y volvía a ella después de desayunar. A veces recibía billetitos y regalos de Laura Craig, y a continuación tía Virginia y tía Adelaide la fastidiaban a preguntas. 

La niña no podía saber que las dos mujeres estaban ansiosas por enterarse de si le había contado algo a Laura Craig, y como no entendía el verdadero blanco al que apuntaban las preguntas, no las contestaba bien. Inconscientemente, desplegaba un juego de esgrima con ellas, las esquivaba. Aunque no lo comprendiese, tenía conciencia de la aversión que inspiraba a las dos hermanas; pero esto no la inquietaba, con tal de que no le infligieran otro castigo que la mala fe de sus palabras o su comportamiento con ella.

Por las tardes trabajaba en el jardincito particular que las mujeres le habían permitido conservar en un rincón. Más tarde se retiraba a la parte umbría del prado cerrado donde el columpio colgaba de una rama de una encina añosa. Era capaz de pasarse horas enteras columpiándose. 

Desde la cima del arco que describía, podía contemplar la calle y, de vez en cuando, veía pasar el tranvía. El columpiarse le daba una sensación de libertad salvaje, le hacía creer que se había escapado, lejos de aquella casa y aquellas mujeres, que había regresado a un mundo de árboles verdes, sol y pájaros, similar al tiempo dichoso que había pasado en París y en Sorrento, y en las playas de Florida, cuando todavía estaban juntos los tres: mamá, míster George y ella. 

Nunca se cansaba de darse impulso con las regordetas piernas hasta que alcanzaba la altura necesaria para mirar, y le alegraba que nadie le dijera nunca que ya había bastante. Incluso, de vez en cuando, tía Adelaide venía a empujarla, y así todavía resultaba mejor.

Aquella tarde de agosto tía Adelaide volvió a salir.

—Hoy saltaré de más alto aún —dijo Priscilla.

Incitada por tía Adelaide, había aprendido lo divertido que era saltar del columpio en marcha, para volar por el aire, podríamos decir, bajo su propio impulso.

Tía Adelaide sonreía.

Era un día nublado; la lluvia parecía inminente. Los pájaros permanecían quietos, callados, y Celine continuaba sentada a sus anchas, y olvidada, en la casita del té. No hacía viento, y las hojas de la encina descendían, cargadas de un olor penetrante sobre aquel rincón del prado, escondiendo la mayor parte del cielo y protegiéndolas de los ojos curiosos de los vecinos.

—Saltaré desde allá arriba —decía Priscilla.

—No, es demasiado alto.

—Puedo hacerlo, tía Adelaide.

—No, Priscilla, es demasiado alto. Podrías romperte una pierna u otra cosa. Piensa, son casi dos metros de altura.

Priscilla insistía:

—Sí, sí, puedo saltar desde tan alto.

—No —dijo tía Adelaide secamente—. Sólo puedes saltar de una altura así.

—Pues la última vez salté desde allá arriba.

—Es igual, con lo que yo te digo hay bastante.

Adelaide lo había calculado detenidamente. Priscilla saltaba como agachándose; luego se erguía, se volvía y echaba a correr para subir de nuevo al columpio. Si en esta carrera de regreso se la detenía en el punto preciso y se la distraía, llamándole la atención sobre otra cosa, el columpio le daría un golpe mortal en la nuca. 

Precisamente porque la niña le recordaba a Cissie, a quien de pequeña había envidiado siempre por su hermosura, tan en contraste con la cabezota demasiado grande que ella tenía, Adelaide odiaba a Priscilla, y le parecía que lo más importante del mundo era desfigurar aquella cabecita adorable, porque así, en cierto modo, sería como si desfigurase la cabeza, más bonita aún, que tenía Cissie. Oscuramente, lograría una especie de compensación por la anormalidad de la suya propia. Para ella esto importaba mucho más que el dinero, en el que tanto soñaba Virginia.

—Al menos para empezar, ya es bastante alto —corrigió tía Adelaide.

—Saltaré más tarde, pues.

—Veremos. Vamos, sube.

Priscilla subió al columpio y Adelaide se puso a empujarla lenta, pero continuamente. El arco del columpio aumentaba. Ahora Priscilla podía ver ya lo más alto de la pared; ahora ya podía mirar por encima; ahora se hallaba arriba, en medio del aire de agosto, casi rozando las hojas, inhalando profundamente el aroma del árbol cada vez que llegaba bajo sus hojas. 

Y el tranvía iba viniendo, clanc-clanc por la esquina y se acercaba a la casa, y Priscilla podía verlo desde los dos extremos del arco. Siempre tenía la esperanza de que el cobrador la vería a ella, para poder saludarlo con la mano; pero nunca la vio. Había demasiado espesor de ramas y hojas, y el hombre no solía levantar la vista de los raíles. Adelaide dejó de empujarla y retrocedió un par de pasos.

—Ahora quédate sentada —dijo.

—Ya lo estoy —respondió Priscilla.

El columpio empezó a perder fuerza; el arco disminuía. Priscilla bajaba de aquel cielo de follaje, bajaba del paraíso un poco más cada vez. Priscilla se alejaba de un pájaro, un cardenal, que cantaba arriba en la encina, de regreso hacia tía Adelaide, que esperaba para coger el columpio apenas hubiera saltado.

—Voy a saltar ahora.

—Todavía no.

Esperó un momento.

—Ahora, pues.

—Todavía no.

La niña aguardó un poco más y el columpio trazó otro pequeño arco descendente.

—Ahora —dijo Priscilla, y saltó, levantando los brazos como un pájaro y volando hacia el suelo como un pajarillo blanco. Aterrizó con las piernas elásticamente dobladas y se enderezó de un salto.

—¡Oh, qué divertido! —gritó, volviéndose para correr hacia tía Adelaide, que continuaba quieta, sosteniendo el columpio con la mano muy por encima de la cabeza.

—¡Oh, mira..., un cardenal! —gritó tía Adelaide, señalando en dirección a la pared.

Priscilla se paró y se volvió prestamente.

Tía Adelaide tiró del pesado columpio con toda su fuerza. La curva salía matemática; el columpio golpearía a la niña en el occipucio inmediatamente después de haber llegado al punto más bajo del arco, y aplastaría y destrozaría para siempre aquella hermosa cabecita tan parecida a la de Cissie, aquella cabeza tan bella comparada con la suya propia. La mujer dio dos pasos al frente, con el fingido grito de horror iniciándose ya en su garganta... y tartamudeó.

El columpio se detuvo a un centímetro de la cabeza de la niña.

Cogido en una oscura, oscilante sombra que parecía pender del árbol, el columpio se levantó rápidamente y desapareció en la copa de la encina. Luego volvió a salir, descendiendo con fuerza y rapidez increíbles, apartado de Priscilla, derechamente hacia Adelaide, la cual se quedó paralizada por el miedo en plena trayectoria de aquella especie de proyectil. La pesada tabla reforzada con hierro chocó contra la sien de la mujer, la cual cayó al suelo sin despegar los labios, mientras la niña seguía buscando al pájaro en vano con la mirada.

Priscilla dio media vuelta y vio a la mujer caída allí.

—¡Tía Adelaide! —gritó.

Tía Virginia salió de la casa y vino gritando:

—¡Addie! ¡Addie!

—Vete a tu cuarto, Priscilla. —La voz que daba esta orden venía en un susurro de las hojas de la encina, movidas por el viento que se estaba levantando; manaba del umbrío corazón del árbol y descendía alrededor de Priscilla como una capa, para esconder de su vista la destrozada cabeza y la sangre del suelo, así como la figura de tía Virginia, arrodillándose como loca junto al cadáver de Adelaide.

—Está bien, míster George —contestó Priscilla.

Cuando la niña estaba acostada ya, tía Virginia entró en la habitación. Se acercó y se sentó en el borde de la cama, a su lado. El empresario de pompas fúnebres había venido y se había marchado hacía largo rato, y unos periodistas habían venido y se habían marchado también.

—Cuéntame cómo ha sido, Priscilla.

—No lo sé.

—¿Por qué eres tan terca?

—No lo sé. Ella me ha dicho que mirase el cardenal. Yo he probado de verle; pero no he podido. Cuando me he vuelto, ya estaba en el suelo.

—¿Y qué más?

—Nada, excepto que míster George me ha dicho que me fuese a mi cuarto.

—¿George?

—Sí.

—¿Le has visto?

—No.

—¿No qué?

—No, tía Virginia.

—¿Cómo sabes que era George?

—Lo sé.

—¿Cómo?

—Le he oído. —Hablaba en tono resentido, sin comprender por qué tía Virginia insistía de aquella manera—. Además, míster George me habla todas las noches, antes de dormirme.

Tía Virginia estaba pálida y sombría. Una comisura de los labios se le contraía nerviosamente; los ojos se le entornaban. Las manos, cerradas, reposaban sobre las rodillas. En lo más profundo de su ser albergaba un miedo que la hacía temblar, una certidumbre insistente que ella rechazaba con feroz decisión.

—Eres una niña mala —exclamó—. ¿Qué te dice?

Priscilla, ofendida, movió la cabeza negativamente.

—Respóndeme.

Priscilla no dijo nada.

—¡Priscilla!

Ninguna respuesta.

Desconcertada y colérica, Virginia se levantó y salió de la habitación. Al llegar a la puerta hizo girar el interruptor de la luz.

Priscilla esperó hasta estar segura de que tía Virginia se había marchado; luego se levantó en la oscuridad y buscó la muñeca. Se acercó de nuevo a la cama con ella y la abrigó bien. Después fue de puntillas hasta la puerta y la abrió un poquitín. 

Tía Virginia había bajado al piso inferior; al oído de Priscilla llegaba una especie de arañazo continuo. Tía Virginia estaba escribiendo algo; naturalmente, estaría anotando lo que le había pasado a Adelaide. Priscilla cerró la puerta sin ruido y volvió de puntillas a la cama, se acostó y se arrimó bien a Celine.

Todos los sonidos íntimos de la vieja casona penetraban a hurtadillas en la habitación, trayéndole sosiego. El columpiarse la cansaba siempre y, aunque aquella tarde no se hubiera columpiado tanto como de costumbre, estaba cansada igualmente. Se adormiló, pero no se durmió del todo. Aguardaba confiadamente la llegada de míster George.

Terminada la carta, Virginia Leckett apagó la lámpara y se quedó parada un momento para habituarse a la oscuridad. Luego subió las escaleras, sin luz alguna. Ante la puerta de Priscilla, se detuvo.

¿Qué era lo que se oía dentro? ¿Voces, o una sola voz?

Escuchó.

—¿Por qué no se pone nunca en un sitio donde pueda verlo mejor, míster George?

Virginia no oyó ninguna respuesta.

—¿Duerme usted ahí, junto a la puerta, míster George?

No se oyó nada.

—Está bien, míster George.

A continuación, el silencio.

Sin hacer ruido, Virginia abrió la puerta y miró adentro de la habitación. La cama era una figura espectral allá, cerca de la ventana, y la niña, un bulto oscuro en ella. En el cuarto no había sino oscuridad... y más oscuridad. ¿Era una ilusión de los sentidos aquella sombra, grande, pesada, que le parecía divisar junto a la cama? ¿Sí? ¿O no? Virginia miraba intensamente. La misma fijeza de la mirada la engañaba; los rayos de luz que venían de la calle parecían danzar; brillaban a través de la sombra apostada al costado de la cama. Virginia cerró los ojos y apretó bien los párpados; luego los abrió de pronto. Nada había cambiado.

Virginia se retiró, cerrando la puerta y apoyando la espalda contra ella.

Al cabo de un momento se dio cuenta, viva, amedrentadoramente, de una amenaza apostada al otro lado de aquella puerta, de un peligro terrible que la acechaba. Era un peligro intangible; pero tanto más espantoso a causa de esta misma intangibilidad. Virginia se apartó de la puerta y se quedó plantada en medio del vestíbulo. Virginia se dominó, con aire sombrío. Se encontraba demasiado cerca de la meta para dejarse asustar por la imaginación. Volvió junto a la puerta una vez más y la empujó con toda la longitud de su cuerpo. Al otro lado había algo, una cosa que acechaba, que esperaba. La mujer cerró los puños en un gesto de desafío y se fue a su cuarto.

Allí estuvo, sentada, largo rato, tratando de colegir qué había sido lo que se apoderó tan vivamente de su imaginación, tratando de unir, de combinar los sucesos del mundo de Priscilla, y acordándose en todo momento del hecho destacado de que ahora, muerta Adelaide, ella sería la heredera única de los trescientos mil dólares tan pronto como Priscilla falleciese. Eso significaba tener el mundo al alcance de la mano, significaba independencia, seguridad, libertad para toda la vida.

Era tarde cuando volvieron del entierro. Virginia había tenido el buen sentido económico de contratar un coche para que las llevara al cementerio; pero no para el regreso. Regresaron en tranvía. La presencia de Laura Craig en la ceremonia había irritado a Virginia, la cual ahora se mostraba desacostumbradamente seca con Priscilla. 

Reconocía que a Laura le habría gustado tener el gobierno de la niña; sabía que Laura quería de veras a la pequeña, y esto la irritaba, no por un sentimento de posesión contrariado, sino, sencillamente, porque si a Priscilla le ocurría algo, Laura Craig se encargaría de que hubiera quien empezase a formular preguntas. Era raro que no lo hubiera hecho ya en el caso de George Newell.

Cuando entró en el vestíbulo, a más de media tarde, Virginia creyó ver una persona de pie junto al comienzo de las escaleras; pero en aquel momento Priscilla echó a correr dando un leve grito, y ella la siguió con los ojos mientras la niña se dirigía hacia las escaleras y las subía. Cuando volvió a mirar al punto de antes, ya no había nada. No obstante, la atormentaba la frecuencia cada vez mayor de aquello que sólo podía ser ilusiones de los sentidos.

Fue a guardar el abrigo y el sombrero, de excelente calidad, y entró en la cocina a preparar algo para la cena. La rutinaria tarea de preparar una comida le hizo olvidar las ilusiones citadas, y sólo pensaba en cuánto debería esperar para desembarazarse de Priscilla y entrar en el mundo nuevo tanto tiempo soñado.

Priscilla entró, despojada del vestido bueno y sencillamente ataviada con uno estampado.

—¿No le ha visto, tía Virginia?

—¿A quién había de ver?

—A míster George. Cuando hemos entrado, estaba plantado ahí, realmente, de veras.

Virginia se dominó a tiempo, cuando iba a dar un cachete a la pequeña. La estuvo mirando fríamente largo rato, antes de ser capaz de tomar la palabra.

—No quiero oír ese nombre nunca más, ¿entiendes?

—Sí, tía Virginia. No es preciso que grite.

—¡Yo no grito!

Su propia voz volvía a sus oídos después de rebotar en las paredes, estridente, ronca, desagradable, hasta que el sonido disminuyó y se disolvió en el silencio de la cocina; un silencio que se levantaba como una montaña entre la niña de ojos brillantes, curiosos, y la mujer enojada y amedrentada.

Pasó el verano y vino el otoño, con las lluvias.

En octubre, Virginia Leckett ya no pudo dominarse más. Se le estaba acabando la paciencia. Hasta la necesidad de demostrar un poco de interés superficial por la niña se le antojaba cada vez más difícil, especialmente cuando se acordaba de que sólo aquella criatura se interponía entre ella y la fortuna que, por estas fechas, consideraba ya, sin el menor reparo, hubiera debido pertenecerle desde el primer momento.

Había elaborado un plan para provocar lo que había de ser un accidente fatal que sufriría Priscilla. No era un plan original. Virginia había observado que la pequeña tenía la costumbre de cruzar corriendo el vestíbulo superior y continuar corriendo por las escaleras, a pesar de ser bastante empinadas. Había de resultar tarea sencilla el colocar un alambre delgado, a unos quince centímetros del suelo, poco más o menos, en la cima de las escaleras. Y Priscilla habría de tropezar con él, forzosamente. La caída escaleras abajo quizá no la matase; pero había buenas posibilidades de que sí.

Una noche, Virginia esperó hasta que Priscilla se hubo retirado a su cuarto. Luego subió prestamente hasta la cima de las escaleras y ató el alambre a los pilares que se levantaban allí. En seguida, pasando sucesivamente los pies por encima de la trampa, bajó a toda prisa hasta el comienzo de las escaleras.

—¡Priscilla! —llamó—. ¡Baja en seguida... corriendo!

Desde donde estaba, distinguía el delgado alambre, porque se reflejaba en él un poco de luz que subía de abajo. Para Priscilla sería completamente invisible.

La puerta de la habitación de la niña se abrió.

—¿Me llamaba, tía Virginia?

—Sí. ¡Baja, rápido!

La niña echó a correr por el vestíbulo.

Virginia esperaba, boquiabierta, mirando, agitándose en su interior una especie de vehemencia animal.

Pero al llegar a la cima de las escaleras, Priscilla se detuvo. Una especie de escalofrío de horror paralizaba el cuerpo de Virginia, que veía una sombra oscura, conocida, reteniendo a la niña con un brazo tenue, mientras con el otro desataba el alambre de los pilares. Sólo cuando el alambre estuvo fuera del camino de la niña, permitió la sombra que Priscilla reanudase la marcha.

La pequeña bajó.

—¿Qué pasa, tía Virginia?

A esta se le trababa la lengua.

—Yo te he dicho... que bajaras... aprisa. ¿Qué te retuvo?

—Ha sido él.

—¿Quién?

—Usted ya sabe quién. Usted me dijo que no volviera a pronunciar nunca más su nombre.

Un áspero chorro de carcajadas brotó de los secos labios de Virginia, que se inclinó y cogió a la niña de la mano.

—Ven —dijo—. Vamos a verlo.

La mujer subía las escaleras, forzándose, empujándose a sí misma en cada peldaño, de modo que Priscilla iba siempre un poco más adelante. Fueron directamente a la habitación de la pequeña. Virginia se paró en el umbral.

—Aquí no hay nadie más que nosotras —dijo—. ¿No lo ves?

Priscilla miró hacia todas partes.

—Él sabe esconderse en cualquier sitio —aseguró.

Virginia la zarandeó.

—¿Me oyes? Aquí no hay nadie más que nosotras. Repítelo tal como lo digo yo.

—Usted me hace daño.

—¡Repítelo! —insistió Virginia con voz furiosa.

—Aquí no hay nadie más que nosotras —repitió Priscilla, asustada ya.

—En esta casa no hay nadie sino nosotras —continuó Virginia, levantando la voz—. Dilo. Vamos..., dilo.

—En esta casa no hay nadie sino nosotras —dijo Priscilla. Después de inspirar profundamente, tuvo el coraje de añadir—: Y míster George.

En un acceso de rabia y frustración, Virginia pegó a Priscilla sin misericordia, hasta que la niña se le escapó y corrió a esconderse debajo de la cama. Respirando fatigosamente, Virginia salió de la habitación, cuya puerta cerró ruidosamente, y se recostó contra ella para escuchar. A las tinieblas del vestíbulo sólo llegaban los sollozos de la niña.

—¿Estás preparada, Virginia?

La mujer se volvió prestamente.

Allí, tan cerca que casi habría podido tocarla, se elevaba una cosa oscura que le hablaba con la voz de George Newell, una horrible oscuridad con poder de percepción y sin sustancia, que exudaba una aversión bastante grande como para acelerarle el pulso en un galope de terror. La maligna sombra levantó un brazo para cogerla.

Virginia chilló y se dio a la fuga.

Corría más velozmente todavía que antes hacia las escaleras.

Entonces vio, aunque demasiado tarde, que el alambre volvía a estar en su puesto. Tropezó con él y salió despedida escaleras abajo como una muñeca de trapo, mientras la sombra se paraba a desatar nuevamente el alambre.

Después de unos momentos de incertidumbre, Priscilla fue hasta la abierta puerta del cuarto y se detuvo en el umbral.

—¿Tía Virginia? —preguntó, dirigiéndose a las tinieblas.

—Priscilla.

—Diga, míster George.

—Priscilla, vete a casa de Laura. Dile que tía Virginia ha caído por las escaleras y se ha desnucado. Ahora vivirás con Laura.

—Sí, míster George. ¿Vendrá usted también?

—No. Me marcho lejos, y esta vez para siempre. A menos que me necesites.

—¡Oh, no se vaya, míster George!

—Recoge tus cosas y vete a casa de Laura, Priscilla.

Obedientemente, la niña se volvió a su cuarto y sacó a Celine de la cama. Le puso el sombrero a la muñeca; luego se puso el suyo propio. El reloj del abuelo Dedman decía:

—Pris-sie, Pris-sie, Pris-sie. Duér-me-te ya, Pris-sie. —Y a continuación dio diez sombríos aldabonazos que se propagaron por la casa como un toque de rebato.

Priscilla salió de la habitación, bajó las escaleras y rodeó con cuidado a tía Virginia, temiendo que en cualquier instante aquella horrible masa inerte pudiera ponerse en pie bruscamente y le volviera a pegar. Al llegar a la puerta de la calle se volvió un instante y fijó una mirada valiente en la oscuridad.

—Adiós, míster George —dijo.

Creyó escuchar una respuesta; pero no estaba segura. Quizá fuera el reloj del abuelo Dedman con un último:

—Pris-sie —cargado de reproches.

La niña subió al tranvía en la esquina.

—¿Va sola, miss Priscilla? —preguntó el cobrador—. ¿A estas horas de la noche?

—Sí, señor.

—¿Se ha escapado?

—Oh, no. Tengo que trasladarme a otra parte. —Con aire grave, le dio la dirección.

—¡Caramba, eso cae por la otra parte de la ciudad! ¿En qué estará pensando aquella mujer para dejarla ir sola?

Enfadado, tocó la campanilla para detener a un taxi que pasaba, bajó del tranvía con la niña, la subió al taxi y dio instrucciones claras y concretas al taxista.

Pálido el semblante, Laura Craig escuchó el relato de Priscilla y, acto seguido, fue a descolgar el teléfono y marcó el número de la casa de los Leckett. Priscilla escuchó largo rato las llamadas del timbre. Pero, naturalmente, nadie respondía. Con lo cual comprendió que míster George también se había marchado ya, como todos los demás.