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Los años amargos - Dana Lyon

La mujer terminó de limpiar la cocina, después de su solitaria comida —la pechuga de pollo hervida con vino, la refrescante ensalada de aguacates y las galletas tostadas que ella misma se había hecho, y de las que dejó suficientes para el desayuno—, y ahora la pequeña casa estaba en perfecto orden. 

El sol, sobre el rústico pueblo de montaña que había elegido como hogar permanente, no tardaría en desaparecer tras las colinas boscosas, pues el atardecer nunca era un período demasiado prolongado, y ahora sólo quedarían unos pocos momentos antes de que todo quedara envuelto en la oscuridad. Así pues, debía dar el último vistazo del día al terreno preparado para plantar su nuevo césped de jardín.

Mañana, le había dicho Samuel; mañana, el suelo estaría preparado para recibir la semilla y después, con la voluntad de Dios, podría tener un césped decente para variar. Él se sentía orgulloso de sus trabajos; nadie había sido capaz aún de hacer crecer un césped adecuado en esta zona rocosa de las colinas. Muchos lo habían intentado y sólo habían obtenido unas pocas briznas de hierba. 

Pero ella estaba decidida a conseguir un césped exuberante detrás de la casa, y después compraría un toldo y algunos muebles de jardín y hasta quizá haría instalar una pequeña fuente; y cuando regresara de su viaje podría sentarse en el exterior durante todo el verano, tomando el sol y disfrutando de la belleza y la tranquilidad conseguida en la vida gracias a sus propios esfuerzos. 

Durante los inviernos viajaría —México, América del Sur, el Mediterráneo—, pero durante los veranos disfrutaría de la casa, del césped y del jardín por los que había esperado tanto tiempo.

Mirando todavía por la ventana, vio algo blanco que saltaba rápidamente sobre la marga oscura de la tierra preparada. Se puso inmediatamente alerta y salió corriendo por la puerta de atrás, gritando:

—¡«Nemo»! ¡«Nemo»!

El pequeño gato negro no le prestó la menor atención porque se había hundido hasta el vientre en la tierra blanda. Sin pensarlo, dándose cuenta únicamente de que el gato se podía hundir por completo como si fueran arenas movedizas, saltó sobre la tierra abonada y se encontró hundida en ella casi hasta las rodillas, antes de que sus pies pudieran posarse sobre la dureza rocosa del suelo que había debajo.

—¡Maldita sea! —exclamó, y se echó a reír—. Soy una vieja tonta.

Se abrió paso por la reblandecida tierra, de unos cuarenta y cinco centímetros de profundidad, rescató al gato que maullaba, y regresó a la casa para quitarse la ropa y ducharse.

A pesar de aquello, se sintió complacida al haber comprobado por sí misma la profundidad del nuevo terreno. Samuel había hecho muy bien su trabajo; evidentemente, había roturado el suelo rocoso lo mejor que pudo y después había extendido sobre él carretadas de tierra blanda, fertilizada y libre de malas hierbas, que ahora estaba lista para recibir al día siguiente las semillas de hierba. 

No le había engañado. No se había limitado, como podrían haber hecho otros jardineros, a extender una fina capa de abono sobre el suelo rocoso, sino que realmente había preparado el suelo para que la hierba creciera durante toda la vida. A pesar de ello, había seguido sacudiendo la cabeza, refunfuñando, al estilo pesimista de estas gentes de la montaña, que parecían demasiado acostumbradas a la desilusión para tentar al destino con la esperanza.

—Las semillas de hierba no quieren crecer aquí —había murmurado mientras rastrillaba y alisaba, alisaba y rastrillaba—. El suelo está vacío. El aire es demasiado ligero y los inviernos demasiado crudos.

Pero había seguido rastrillando y alisando, prometiendo un desastre, pero manteniendo la esperanza, a pesar de sí mismo.

La mujer sonrió, salió de la ducha, se secó, se puso un camisón y una bata encima, lavó al gato a pesar de su enfurecimiento (quien parecía decirle, ¿es que alguien puede lavar a un gato mejor que él mismo?) y tomó asiento en el cómodo sillón que había frente al aparato de televisión.

Estaba sola. Y segura. Segura, al fin. Feliz y cómoda. Descansada. Descansada por primera vez en su vida y con ese maravilloso crucero mundial esperándola, después de sus muchos años de trabajo sin vacaciones. Sólo le faltaban unas pocas semanas, el tiempo suficiente para ver crecer un poco la hierba recién plantada, sabiendo que a su regreso, varios meses después, estaría alta y hermosa. Nunca se había sentido tan contenta, tan excitada como una joven, como se sentía ahora. Los años amargos quedaban atrás; los años excitantes la esperaban delante.

Se cansó y se exasperó con la televisión porque en estas intrincadas montañas sólo se podían captar dos canales y en uno de ellos estaba cantando un grupo de rock, llenando el aire con los gritos y el vocerío de los sonidos modernos; en el otro canal ofrecían una vieja película del Oeste, produciendo también sonidos fuertes, aunque éstos eran del pasado, disparando, gritando y galopando de un lado a otro.

Apagó la televisión y se dirigió a la mesa de despacho, abriendo un cajón. Apartó un pequeño revólver que tenía allí porque estaba viviendo sola, y cogió un montón de folletos de vivos colores para volverlos a mirar, soñando e imaginando su vida en el futuro, ignorando el pasado: el magnífico barco en el que dispondría de una cabina exterior, toda para ella sola, y donde podría pasar días y noches de tranquilo placer; Inglaterra, con su magnífica historia; el continente —París, Venecia y muchas partes más, incluso Creta—, un crucero que iba a durar casi un año completo. Al fin y al cabo, iban a ser las primeras vacaciones después de tantos años que ni siquiera los podía contar.

Se recreó contemplando las imágenes, las vistosas y casi imposibles descripciones y una vez más, al igual que había hecho antes una docena de veces, cogió el voluminoso billete, las direcciones, el recibo, la fecha de partida, los folletos donde se indicaba el tipo de ropa que podía llevar..., todo lo que antes no había sido más que un sueño para ella. Ahora, todo estaba arreglado: Samuel se encargaría de cortar y regar el nuevo césped y cuidaría a «Nemo»; la oficina de correos le guardaría la correspondencia —¿qué correspondencia?—; míster Prescott, el único policía del lugar, daría periódicamente un vistazo a su casa.

Todo estaba en orden, todo estaba esperando. Y finalmente —puro placer—, haría el viaje para bajar de las montañas en el desvencijado y viejo autobús diario, el vuelo aéreo a la ciudad, la noche que pasaría en uno de los grandes hoteles y después, al día siguiente, el trayecto en taxi hasta el gran barco blanco y todo lo que prometía...

Al principio no escuchó la llamada en la puerta. La casa estaba en silencio y el único sonido era el de «Nemo» ronroneando a sus pies; pero ella se hallaba perdida en otro mundo, y el sonido de la primera llamada no le llegó.

Volvió a sonar de nuevo y, en esta ocasión, la escuchó. Sintiéndose aún perdida, sin preguntarse siquiera quién podría estar llamando una vez que había caído la noche, se dirigió hacia la puerta y la abrió, viendo ante ella a un hombre pequeño.

—¿Sí? —preguntó, sorprendida, pero sin sentir aún ningún recelo.

—¿Miss Kendrick?

Preparada o no, consiguió mantener la más completa disciplina física. No vaciló, y en su rostro tampoco apareció ninguna expresión.

—No —dijo tranquilamente—. Debe haberse equivocado.

—Creo que no —dijo el hombre. Era una persona completamente mediocre: de aproximadamente un metro sesenta de estatura, de un pelo rojizo y espeso, con un traje del mismo color y unos ojos azul pálidos.

—Mi nombre es Stella Nordway —afirmó ella— Mistress Stella Nordway.

—¡Oh! —exclamó el hombre, sonriendo—. ¿Se ha casado hace poco?

—Soy viuda desde hace diez años —contestó—. Como ve, está en un error.

—¿Puedo entrar?

—No —y ella empezó a cerrar la puerta.

El rostro del hombre se alteró ligeramente. Primero expresó un ramalazo de furia y después, casi instantáneamente, una máscara de mediocridad que podría hacerle pasar completamente inadvertido entre una multitud.

—Soy investigador privado —dijo—, para la Halmut Bonding Company. Me han contratado para encontrar a una mujer llamada Norma Kendrick que desfalcó más de cien mil dólares en la empresa donde trabajaba durante los últimos siete años. La quieren atrapar, miss Kendrick. Y el dinero.

—Puede entrar —dijo ella, y abrió la puerta un poco más.

Se introdujo en la casa e instantáneamente encontró la silla más incómoda de la habitación, de respaldo corto y recto, y se sentó en el borde, como si el haberse sentado en el cómodo sofá le hubiera hecho perder su estado de alerta.

—Está usted equivocado —volvió a decir ella, aunque esta vez casi con indecisión—. Yo no soy...

—He trabajado como investigador durante los últimos veintitrés años. Y sé de usted lo siguiente: trabajó como contable principal para la Sharpe Wholesale Hardware Company. Un establecimiento grande y próspero. Usted era una persona competente y digna de confianza Sólo había una pequeña peculiaridad con usted: durante los últimos siete años se negó a tomarse las tres semanas de vacaciones a que tenía derecho cada año...

—Pero yo... —le interrumpió ella, pero se mordió las palabras, pues lo que iba a expresar habría significado admitir lo que le decía el hombre, así es que se corrigió rápidamente—. Pero yo no tengo nada que ver con todo eso, así es que como ve...

—Es usted Norma Kendrick —le interrumpió él—. No puedo dejar de admitir que siento una gran curiosidad por saber por qué se convirtió de repente en una malhechora. Se estuvo haciendo cargo durante años de su padre inválido y haciendo su trabajo y volviendo a casa todas las noches para seguir la misma rutina. Entonces, de repente, decidió usted apoderarse de una parte del dinero de la empresa. 

Al final del primer año, se dio cuenta de que no podía dejar sus libros de contabilidad... habría significado tener que admitir a un contable que la sustituyera durante su ausencia. Se me advirtió que míster Sharpe no sintió mayor curiosidad por saber por qué usted no deseaba tomarse cada año su período de vacaciones, aunque me dijo que había confiado plenamente en usted, pues era hija de un viejo amigo y siempre había demostrado su competencia y responsabilidad, que la hacían digna de toda confianza. 

Y, más aún, explicó su renuncia a las vacaciones diciendo que no podía abandonar a su padre enfermo para ir a ningún sitio, y que necesitaba desesperadamente el dinero para pagar los medicamentos de su padre, así es que si míster Sharpe, además de su salario regular, le pagaba a usted lo mismo que tendría que pagar a un contable que la sustituyera durante las vacaciones, le quedaría muy agradecida.

La mujer permaneció completamente inmóvil, temerosa de hablar, y de no decir nada. Sería mejor escuchar, pensó. Tenía que haber una escapatoria en alguna parte.

—¿De verdad? —preguntó, estimulándole.

Él quedó sorprendido, quizá porque había esperado otra negativa por parte de ella.

—Así es que en lugar de las vacaciones se tomaba frecuentemente un largo fin de semana, desde el jueves al lunes, o desde el viernes al martes. Durante esos períodos de tiempo se las arreglaba para adoptar su segunda personalidad, con el nombre de Stella Nordway. Se puso una peluca rubia, unas gafas, unas ropas más jóvenes, y compró esta casa. 

También compró un billete para realizar un crucero mundial. Hizo todas estas cosas con bastante rapidez, después de haber estado llevándose el dinero durante siete años, y no solamente porque finalmente había muerto su padre, sino también porque el propietario de la empresa estaba dispuesto a retirarse y venderla. Y esa venta, desde luego, habría significado un repaso muy cuidadoso de los libros de contabilidad. Y bien, miss Kendrick, ¿qué dice usted a todo esto?

Su mente se agitó.

—¿Me persigue la policía? —preguntó, en un abandono final ante lo inevitable.

El hombre sonrió.

—No, todavía no. Como ya le he dicho antes, trabajo primero para la compañía de seguros, y después para su antiguo jefe, aunque, desde luego, en cuanto haya sido localizada, tendrá que intervenir la ley. La policía también la está buscando, pero en una dirección diferente. La empresa de seguros quiere recuperar su dinero..., lo que quede de él... y el Estado también obtendrá su venganza. Desaparecerá su pequeña casa...

Echó un vistazo por la limpia y atractiva habitación así como por la ventana, mirando al cielo oscuro, donde las estrellas brillaban claramente en el aire de la montaña. Suspiró con placer. Aquello también sería un maravilloso retiro para él, después de toda una vida de trabajo en la ciudad.

—Su viaje alrededor del mundo... y no sabe cuánto la envidio por eso... también tendrá que ser olvidado.

Ella empezaba a sentirse confundida. ¿Por qué no estaba allí la policía? ¿Por qué aquel hombre no le había dicho a míster Prescott, el único policía del lugar, que en el pueblo había un fugitivo de la justicia? ¿Por qué se había presentado él allí, para decirle todas aquellas cosas, sin hacer nada al respecto? 

Ella se dio cuenta de que había perdido la partida, pero supo desde el principio que todo no era más que un juego. La amargura que sentía era biliosa.

El pequeño hombre volvió a hablar, medio sonriendo.

—Mistress Nordway... —empezó a decir.

—¿Mistress Nordway? —repitió ella—. Pero usted..., usted insiste en afirmar que soy Norma Kendrick...

—Puede usted ser cualquiera de las dos, como más le guste —le dijo tranquilamente—. Todo depende de usted.

Se dejó caer en el sillón, completamente confundida, siendo su confusión mucho mayor que su error.

—¿Qué quiere decir? —balbució.

—Bueno, solamente eso. Tiene usted más valor que yo. Más ingenuidad. Posee un mayor espíritu de juego. Yo he estado atado a una esposa enferma durante muchos años, del mismo modo que usted lo estuvo a su padre, y cuanto más me preocupaba por ella, tanto peor era su carácter. Odiaba tener que depender de mí. No había forma de ganar el dinero suficiente para escapar. Soy lo que soy. He ahorrado a mi empresa muchos miles de dólares, quizá millones, pero mi salario sigue siendo insignificante... Así pues, ¿cuánto vale su libertad, mistress Nordway? ¿O debo llamarla miss Kendrick? ¿Qué queda del dinero que robó?

Ella se quedó helada.      

En esta ocasión no sintió temor, sino rabia. Podía comprender la necesidad de la ley de hacerle pagar lo que había hecho..., eso era la consecuencia de haber perdido el juego; pero asistir impasiblemente al robo de todo lo que había esperado, de todo aquello por lo que había trabajado, poniendo en riesgo su libertad, y todo ello a cargo de este inconsecuente zalamero y pequeño oportunista que estaba sentado frente a ella con tanta presunción... eso no lo podía aceptar.

Se levantó y, tratando de que su voz no la comprometiera en nada, dijo:

—No queda mucho dinero después de haber comprado la casa y el billete para el crucero mundial. Me quedaría en la miseria.

—Aceptaré la casa —dijo él ligeramente al ver que estaba ganando—, y también puede devolver el billete. O, mejor aún, pásemelo a mí...

—No creo que sea transferible —dijo ella, sintiéndose casi ausente—. Espere un momento, lo tengo aquí mismo...

Al dirigirse hacia la mesa, se detuvo un momento ante la ventana, mirando hacia el exterior.

—¿Cómo vino hasta aquí? —preguntó, utilizando el mismo tono de voz ausente—. No veo su coche fuera.

—Lo dejé en una calle más abajo, lejos de aquí —dijo él—, frente a la iglesia. Bajo estas circunstancias, no me pareció una buena idea dejar que alguien se enterara de que tenía usted una visita.

—Comprendo —dijo ella.

Se dirigió hacia la mesa, donde revolvió algo durante un momento, recogió lo que deseaba y lo mantuvo cerca de los pliegues de su bata. Recordó entonces, por un instante, que había vecinos no muy lejos de allí, así es que se encaminó tranquilamente, con discreción, hacia el aparato de televisión.

—¿Le gustan las películas del Oeste, míster...?

—Jordan —dijo él automáticamente—. ¿Por qué? Yo... —su voz sonó desconcertada.

¿Televisión? ¿Ahora?

Ella hizo girar el control de volumen, poniéndolo alto, y la habitación se llenó con el estridente sonido de los cow-boys, que seguían gritando, galopando y disparando. Levantó entonces el pequeño revólver que llevaba en la mano y cuando él la miró asombrado, en su último y breve momento de comprensión, ella le apuntó y le disparó una bala entre los ojos.

No había lugar donde ocultar el cuerpo. Así de simple era el problema. En esta pequeña casa no había sótano; el suelo resultaba demasiado duro y rocoso para cavar una fosa; no tenía coche, pues nunca había aprendido a conducir..., no disponía de ningún lugar donde ocultar este pequeño cuerpo que mostraba un diminuto agujero en el centro de la frente.

Se sentó. No sentía haber realizado aquella acción, sabiendo que aun cuando se hubiera dado cuenta a tiempo de las complicaciones de su acto, le habría matado del mismo modo. Le había impulsado la rabia; no la avaricia, ni el temor, ni un impulso ciego; sólo había sentido una rabiosa necesidad de matar a esta persona, a esta cosa, que estaba dispuesta a destruir toda su vida y su futuro en beneficio propio.

Le dejó allí, sobre la alfombra de la sala de estar, a la que había caído lentamente desde la silla. Había muy poca sangre. Se dirigió hacia la cocina, mirando, a través de la ventana de atrás, su querido pequeño jardín, con el suelo preparado para el nuevo césped en el que había puesto tantas esperanzas. Se sentía paralizada de dolor, al pensar que todos sus grandes planes para el futuro parecían haber quedado destruidos ahora. Se sentía desintegrada, muerta, como el pequeño hombre que estaba en la otra habitación.

Se quedó mirando fijamente a través de la ventana, hacia la negrura de la noche, inmóvil.

El césped. El suelo. Cuarenta y cinco centímetros de abono negro pulverizado sobre la dureza de la roca. Casi medio metro. En realidad, más profundo de lo que necesitaba ser. ¿Era lo bastante profundo? ¿Sería suficiente para un hombre pequeño, extendido de plano? ¿Quedaría bien con las semillas de hierba plantadas sobre él y creciendo hasta convertirse en un césped sólido?

El abono estaba muy blando y ligeramente húmedo. Esperó en la oscuridad, junto a la ventana, de modo que los vecinos pudieran pensar que ya se había acostado, y observó cómo se iban apagando una tras otra las pocas luces que aún quedaban. Era un pueblo donde la gente solía acostarse pronto y levantarse temprano, por lo que no debía esperar más tiempo del que debía...

Finalmente, la noche quedó oscura y silenciosa. Tan silenciosa como la muerte. Se dirigió entonces al terreno de la parte de atrás, y excavó un lugar en el suelo removido, con el tamaño adecuado para colocar en él al pequeño hombre —aunque, desde luego, sólo tenía cuarenta y cinco centímetros de profundidad. 

Llevó mucho cuidado para que la pala no hiciera ningún ruido contra la roca del fondo. Sus ojos ya se habían acostumbrado a la oscuridad, cuyo único resplandor procedía de las pálidas estrellas, y sus movimientos eran tan silenciosos como la noche.

Llevó al pequeño hombre hacia el terreno y lo dejó en su tumba, con los brazos decorosamente estirados a lo largo de las piernas, y empezó a cubrirlo con la tierra. Se detuvo. El cadáver tenía que estar plano, lo más plano posible, pues Samuel podría querer rastrillar y remover el suelo una vez más, y no debía existir la posibilidad de que sus herramientas de trabajo profundizaran lo suficiente como para encontrarse con algo sólido. Por la forma en que le había colocado, creyó que los hombros del pequeño hombre estaban algo elevados. Tenía que estar más plano, más plano.

La tumba que había abierto era ancha, pero no profunda; había más espacio a ambos lados que sobre él. Lo volvió a intentar de nuevo, extendiendo los brazos del muerto, formando ángulo recto con su cuerpo... ¡Ah! ¡Eso estaba mejor! Ahora se encontraba todo lo plano que podía estar. Ahora podría cubrirlo y olvidarse de él. La hierba no tardaría en crecer sobre él, enredándole en sus propias raíces, cubriéndole para siempre, con toda su identidad, con toda su existencia perdida en otros lugares. Pero no allí.

No allí.

Regresó a la casa y se acostó a dormir. Su futuro estaba de nuevo a salvo.

 Pasó algún tiempo antes de darse cuenta de que sus planes no tenían sentido. Día tras día observó cómo crecía la hierba de su césped y esperó con ansiedad a que aparecieran las primeras hojas verdes, olvidándose casi por completo de lo que había bajo ellas. 

Y la hierba creció, aunque no lo hizo muy bien. «Era como le había dicho Samuel», pensó ella, con desesperación. En estas montañas de rocas, suelo estéril e inviernos crudos ningún césped podría crecer decentemente. Pero las hojas salieron, esforzándose por captar los rayos del sol, un pedazo de verde aquí, otro allí, de modo que, después de todo, quizá hubiera alguna esperanza.

Una mañana, tras una noche de suave lluvia de verano, miró su césped y vio que se había producido un cambio. En el centro había un gran trozo de hierba verde y brillante, muy hermosa, alta y gruesa, que crecía florecientemente entre los trozos más escasos en los que sólo había unas cuantas hojas pálidas; un trozo que crecía florecientemente, en forma de cruz, movido ligeramente por la brisa y calentado por el sol del verano. Un trozo que crecía florecientemente.

 Y así fue como la gente del pequeño pueblo se preguntó por qué aquella vieja y loca mujer segaba con tanto cuidado su césped, dos veces a la semana, todas las semanas. Desde que salieron las primeras hojas de hierba, la mujer nunca más abandonó su casa; nunca más volvió a alejarse de ella, ni siquiera para tomarse unas pequeñas vacaciones; durante el transcurso de los largos años que siguieran nunca dejó de faltar a la cita, lloviera o hiciera sol, en primavera o en otoño, cuando tenía que segar su césped.

Los crímenes van sin firma - Adolfo L. Pérez Zelaschi

En la vida, lo principal es ser inteligente. Por eso, cuando el croupier se llevó mis dos últimas fichas de quinientos y decidí matar a mi socio Froebel —como lo tenía meditado—, hube de hacerlo de manera inteligente. Es decir, en la misma forma como había distraído de las cuentas sociales —yo atiendo los asuntos administrativos y contables, en tanto que Froebel anda de aquí para allá ocupado con los clientes— varios miles de pesos al año, los que hasta entonces repuse realizando negocios por mi cuenta y también inteligentes.

Pero ahora Froebel sospechaba algo. En esos días lo vi revisar los libros, y cerrados con aire vacilante. Sin duda no entendía nada, porque yo complicaba a propósito la contabilidad, y él no conoce estas cosas. Con todo, dijo a Lys —nuestra secretaria, la única empleada que tenemos— que quería revisar él mismo los resúmenes de cuenta corriente que trimestralmente nos enviaban los bancos. 

Tal vez él llevara alguna contabilidad sumaria como la de los almaceneros, con sólo dos columnas, una de pagos y otra de cobros, pero suficiente para mostrarle una diferencia entre el saldo real de banco y el que debiera haber: unos cuarenta mil pesos. Es decir, el importe de un Chevrolet 45, que yo había comprado en esa suma y para el cual, previos reajuste y pintura generales, tenía ya un comprador que pagaría cincuenta y tres mil pesos. 

Repuesto el dinero social, quedarían para mí alrededor de siete mil de ganancia. Negocios como éste había realizado muchos, y prueban que la inteligencia es lo principal para que triunfe un hombre. Lo malo es que Froebel, como digo, comenzó a sospechar. Por lo tanto, más valía prevenir que curar.

La nuestra era una sociedad a medias: de él eran los tres cuartos del capital y la totalidad de las relaciones comerciales que nos servían para ir adelante. Hubiera sido un mal negocio que se enterase de todas estas cosas y disolviera la sociedad, con lo cual desaparecerían para mí oportunidades como las que anoté. Por otra parte, Froebel no tenía más herederos que dos viejas hermanas solteras. Eran buenas amigas mías y podría convencerlas para que siguieran en sociedad conmigo. ¡Entonces sí que habría buenas ocasiones para un tipo inteligente!

Froebel se fue a Montevideo el 20 de junio, sin haber podido verificar sus sospechas, y diciéndome que estaría allí más de un mes. Por si acaso, y para ver si podía evitar darle el último pasaporte, no bien tomó el avión para Montevideo, yo hice lo mismo con el expreso a Mar del Plata. 

Llevé diez mil pesos, que convertí en fichas grandes y un juego que no me había fallado casi nunca: jugar fuerte a dos decenas —o columnas— luego de esperar que la restante se dé dos veces seguidas, pues casi nunca se repite la columna o decena que ya salió en dos ocasiones. Se gana poco, es cierto —la mitad de lo jugado—, pero apostando fuerte y con inteligencia, y con nervios de chino, se pueden levantar hasta cinco o seis mil pesos por noche. 

Salió primera y primera... Jugué. Y otra vez primera. Me llevaron las fichas y esperé un rato. Se dio tercera y tercera. Volví a jugar..., y otra vez tercera. Primera, primera... Coroné con mil..., y de nuevo primera. Y la mala racha siguió. Perdí los diez mil pesos que había traído... y el negocio del automóvil sólo se haría después que volviera Froebel de Montevideo. Ni siquiera podía buscar otro comprador, porque me habían dado seña, precisamente esos diez mil pesos que había perdido.

No tuve, pues, culpa en la muerte de Froebel. Las responsables fueron la ruleta y la mala suerte. Siempre me había salido “cara” la taba. Era natural que alguna vez me mostrara el otro lado.

Pero todo tiene remedio para una persona inteligente. Matar a Froebel era fácil, pero yo sería acusado enseguida y, aunque saliera indemne, nadie pasa por los juzgados del crimen sin dejar alguna sospecha para los demás. Además, los clientes de la firma no eran amigos míos sino de Froebel, y el solo conocimiento de que me enredaban en un sumario haría que huyeran del socio supérstite como una bandada de patos del fusil del cazador. Así no me convenía la muerte de Froebel, que sólo beneficiaría a los competidores.

Pero, naturalmente, un tipo inteligente o posee recursos o los inventa. Matar a un hombre, no es difícil —cualquier imbécil lo hace— y si uno mata a cualquier persona, la policía no dará jamás con el criminal, a menos que éste deje su tarjeta de visita prendida con un alfiler en una de las solapas de la víctima. 

Lo que descubre a un asesino no son las pistas, ni los rastros, ni nada de eso, sino su conexión —visible, disimulada u oculta— con la víctima. Así, si después de ese cualquiera se liquida también a otro cualquiera, la policía se desorientará todavía más y, si por último, se mata a Froebel, es otro cualquiera y no Froebel, es decir, no Froebel vinculado conmigo, sino con los dos cualesquiera anteriores, que no poseían relación alguna conmigo, salvo la de haberlos mandado al otro mundo, y esto será así con mayor fuerza si uno deja en cada caso un rastro evidente, una marca de fábrica, digamos así, lo bastante extravagante como para que esas muertes se entrelacen aparentemente entre sí. 

Creado un vínculo artificioso entre las tres, el verdadero quedaría oculto, y con ello, oculto también el criminal. Una acusación contra mí parecería el recurso de policías desesperados por dos fracasos anteriores, pues aunque probaran alguna conexión entre la desaparición de Froebel y mi provecho, no podrían esclarecer la más remota entre éste y los dos primeros asesinados. Bien.

No recuerdo dónde leí que lo mejor para partir un cráneo como si fuera un huevo es una cachiporra flexible y barata, que se construye dando a un lienzo fuerte la forma de un tubo largo y estrecho, y llenándolo con arena de Montevideo. Así lo hice, agregándole un buen peso de municiones y una pequeña bola de plomo en el extremo. Resultó una varilla bastante pesada, pero muy cómoda para llevar atada a la cintura, donde resulta tan discreta como una monja.

Como vivo solo y salgo frecuentemente, nadie podía sorprenderse de que esa noche no volviera a mi departamento. Fui a un cinematógrafo, bebí un café después de la salida —era ya medianoche— y tomé un ómnibus cualquiera, que resultó ser el 126, pero cuyo número no elegí, y cuando éste pasaba por un barrio que me pareció solitario —Escalada y Directorio— descendí. 

Era una larga calle de barrio, flanqueada por casas bajas, arbolada y sombría, donde a esa hora no transitaba un alma. Caminé unas cuadras al azar. Por fin vi a un hombre que salía de un despacho de bebidas, abrigado apenas el cuello por una bufandita y sin sombrero. 

Lo seguí silenciosamente, pues me había puesto zapatos de suela de goma. El pobre diablo iba con frío a pesar de la tranca, las manos hundidas en los bolsillos y levantando los pies algo más de lo necesario, con ese paso livianito de los borrachos.

Pude tomar todas las precauciones, avalar lo solitario de la calle, descorrer el cierre de la correa, sopesar la cachiporra... Pobre diablo. Cayó como si se hubiese dormido mientras caminaba. Arrojé junto a él un número de “L'Europeo”, revista de la cual había comprado tres ejemplares unos días antes en distintos puestos de venta, y con el mismo paso, sin apresurarme, di vuelta a la primera esquina, a la segunda, a otra más...

Los diarios de la mañana destinaron poco espacio a este crimen, los de la tarde fantasearon algo, y la policía, como lo preví, quedó a ciegas.

Ocho días después volví a prender la cachiporra bajo el abrigo, metí el segundo ejemplar de “L'Europeo” en el bolsillo, fui a otro cine, tomé otro café en otra parte, otro ómnibus, bajé en Un lugar de Villa del Parque, allá por la vieja avenida Tres Cruces, donde sólo andaban los gatos y el fino y cortante viento de la madrugada, y le hundí la cabeza a un tipo gordo y calvo, que volvía a su casa resoplando de frío y de cansancio, y sobre cuyo cadáver dejé “L'Europeo”, mi marca de fábrica.

¡Entonces sí que hablaron los diarios! Desde la hipótesis de una venganza corsa, emitida por “Crítica” —para lo cual el número de “L'Europeo”, a pesar de no editarse en ninguna ciudad de Córcega, le servía muy bien—, y la revelación de que existía en Buenos Aires una organización anarquista, lanzada por “El Pueblo”, hasta la prueba de que se trataba de una obra de refugiados fascistas, ofrecida por “La Hora”, se barajaron cien fantasías. 

La policía no pudo establecer conexión alguna entre un muerto y otro, ni, por tanto, entre un crimen y otro. El primero había sido un pobre diablo, tranviario jubilado, sin más familia que un perro y las botellas; el segundo resultó un catalán, propietario de una mercería en Villa del Parque, hombre acomodado, sin enemigos, casado en segundas nupcias y sin hijos.

Naturalmente, de revisar mi departamento, hubieran hallado el Otro ejemplar de “L'Europeo”, la cachiporra y hasta los boletos de los ómnibus que tomé esas dos noches, pero ¿por qué habrían de hacerlo? Yo era uno más entre cinco millones de habitantes de Buenos Aires que tenían las mismas probabilidades que yo de ser sospechosos.

Entre tanto, concurría como siempre a mi oficina. Estaba preparado para esto y así en menos de una semana —sin exceder en un minuto mis jornadas habituales de labor, sin entrar a deshoras, sin licenciar a Lys— arreglé los libros de modo que, una vez muerto Froebel, nadie pudiera descubrir nada. Vivo él, sin duda comenzaría a recordar fechas, hechos y nombres que sólo conocíamos los dos, y entonces saldría a flote que los asientos y contrasientos, tal como los dejé, no eran los que él habla visto antes de viajar a Montevideo. 

Pero para un extraño nada quedó en los libros fuera de lo natural, o, por lo menos, de lo explicable con las normas, mejor dicho, con las triquiñuelas lícitas de que debe valerse una empresa pequeña como la nuestra, de medianos recursos, y uno de cuyos atareados socios lleva los libros.

Froebel regresó contento. Inferí que había cerrado por su sola cuenta y con su propio dinero dos o tres buenos negocios, y el que no me hablara de ellos significaba que tarde o temprano me pediría la disolución de la sociedad. Desgraciadamente para él.

Y digo desgraciadamente porque dos noches después de su llegada me aposté en la esquina de su casa, bajo las altas y heladas acacias de hojas perennes que ensombrecen la calle como grandes paraguas negros, y esperé a que saliera.

Sabía que lo hacía siempre: a las diez y media terminaba metódicamente su cena, a las once u once y cuarto se encaminaba al club, donde jugaba hasta las tres de la mañana.

Por suerte la noche era oscura, de modo que pude permanecer bajo la ancha sombra de las acacias como si esperase a alguna sirvienta que deja su trabajo después de comer. Era, por lo demás, un barrio señorial y tranquilo, de grandes casas burguesas y casi ningún peatón.

Como uno es un tipo inteligente, llevé conmigo un pequeño receptor de radiotelefonía de esos que se llevan en el bolsillo para escuchar los programas. Era una precaución más. “Vea, oficial, yo anoche me quedé en casa oyendo la radio.” El oficial sonreiría: “Ah, muy interesante...” y de pronto, incisivamente: “¿Y qué es lo que oyó entre las diez y las doce?” “Espere usted... ah, sí: oí a los hermanos Abalos a las diez, y después, sí, unos discos de Alberto Castillo.” “¿No recuerda cuáles?” “Sí, fueron “Charol”, “Uno”, también otro sobre los barrios porteños...” Esto era casi imposible saberlo sin haberlo oído, como efectivamente lo escuchaba a la máxima sordina, pegando el receptor a mi oído.

A las once —en ese momento Castillo cantaba “Charol”— se abrió la forjada puerta de hierro. Froebel se envolvió en la bufanda y echó a andar hacia la Avenida Cabildo, que centelleaba tres o cuatro cuadras más abajo. Descorrí el cierre y lo seguí. El caminaba despacio, con satisfechos y pesados pasos, gozoso de su comida y de sus vinos que, efectivamente, eran muy buenos. 

Ni siquiera me oyó llegar: se derrumbó lentamente, como si se acostara a dormir. Nada mejor que repetir una cosa para lograr la perfección. Dejé “L'Europeo” al lado del cuerpo y me alejé a buen paso, doblando esquina tras esquina hasta que llegué a Barrancas de Belgrano diez minutos después, y tomé un tren casi vacío. Regresé a mi casa a medianoche, sin tropezar con nadie. Al receptor y a la cachiporra los arrojé al Riachuelo.

Realmente, estaba satisfecho. Aquellos dos primeros muertos se encadenarían a éste —y al cuarto, desde luego—, de tal manera que la policía y los diarios, alucinados por la similitud aparente —mejor dicho real, pero conducente a una semejanza engañosa— de los tres casos, darían vueltas en el vacío. 

Yo me hallaba en la situación de cualquiera de los parientes, amigos o conocidos de Froebel. Conocía a uno solo de esos hombres, pero no a los otros dos. La policía buscaría al hombre relacionado con los tres. Ese hombre, desde luego, no era yo. En realidad, no existía. Y si aceptaban la teoría del asesino maniático, yo, reconocidamente cuerdo, no podría ser culpado con mayor razón que tantos otros.

Todo salió como lo pensé. Interrogaron a Lys, a las hermanas de Froebel, a sus amigos, a mí, a nuestros clientes. Nada apareció. Aquel ejemplar de “L'Europeo” alucinaba a todos. Un redactor de “Noticias Gráficas” tejió una íntegra teoría en torno a él, pues, por distintos caminos, y por pura y retorcida casualidad, esos tres hombres se unían en un punto: Alemania. 

Froebel era alemán, de Baviera; la mujer del hermano del dueño del bar de donde salió el borracho era alemana, de Brandenburgo, y el principal fiador del mercero de Villa del Parque era también alemán, del Palatinado. En torno de eso, y mezclándolo bien con una dosis de espionaje, dos gotas sobre los funerales de Hitler, medio vaso acerca de la desvalorización del marco, otro medio sobre la República de Weimar y un poquito de Italo Balbo resultó un lindo cóctel. 

Esa noche la edición sexta del diario, agotada en las paradas principales, no alcanzó a llegar a muchos barrios. Al día siguiente se pagaba hasta un peso por ejemplar con la historia del “Triple misterio alemán”. Yo me divertí bastante.

Naturalmente, las cosas no podían quedar así. Si Froebel era el último muerto, cualquier azar podría ponerme en evidencia, más cuando quedaría, según pensaba, como agente y socio a la vez de la firma. Si nadie había aprovechado las otras dos muertes, yo usufructuaría brillantemente la tercera, y eso era casi tan peligroso como pararse delante del blanco cuando un maestro tirador dispara sobre él. En esta situación —y en la mía— no conviene exponerse demasiado.

Por eso, cuando las cosas se calmaron, fabriqué otra cachiporra, y una noche de perros —lluvia y viento del este— salí de la casa para seguir el camino de siempre: Un restaurante, un cinematógrafo, un bar, un ómnibus, una calle solitaria y apagada, otra calle solitaria, en pleno Flores... Un hombre caminaba delante de mí, solo, mojado y propicio. Abrí de nuevo el cierre de la cachiporra... y entonces me iluminaron dos linternas, cuyos haces se cruzaron sobre mí. Los imbéciles de la policía me habían seguido.

*  *  *

—Esto es lo que confesó Juan Bernal, amigo Pérez Zelaschi, porque no tenía más remedio. Ahí terminó el caso del “Triple misterio alemán”.

—¿Y esto fue todo, Leoni?

El inspector Leoni sonrió. Cuando lo hacía se parecía mucho a un Buda gordo, calmo y lustroso, pero santiagueño.

—Tres asesinatos y otro en puerta… ¿Le parecen pocos?

—No me refiero a eso sino a la pesquisa.

Estábamos en la cocina de su casa, llena, a esa hora lluviosa y caída de la tarde, por el aceitoso aroma de las tortas que freía la patrona. Leoni llenó el mate. Sólo cuando sobre la boquilla floreció un apretado copete verde, me contestó.

—Los tipos inteligentes sólo hacen macanas; guerras, revoluciones, libros, teorías raras, crímenes, bombas atómicas… No sirven para nada, pero se creen superiores. Bernal era uno de esos. Menos mal que la humanidad está compuesta por tontos o por pobres diablos, como usted y yo... Bien. 

Los muchachos de la Federal estaban despistados, lo confieso. Casi tanto como el de “Noticias Gráficas”. Investigaron por todos lados, tratando de relacionar al tranviario con el catalán, pero no salieron ni para atrás ni para adelante... Entonces al subcomisario de la 23 se le ocurrió que se tratara caso por caso, es decir, como si entre uno y otro no existiera lazo de unión alguno. Al jefe le pareció bien y así se hizo, al principio sin resultado. 

Bernal nos desorientó sólo en cuanto a los resultados, pero no alcanzó a constreñimos a un método único. Quiso vencernos por pura teoría, pero se olvidó de que hay muchachos de la Federal que llevan treinta y cinco años en Moreno al 1500. Cuando se produjo el tercer asesinato volvimos a investigar con los dos métodos, es decir, tratando de vincularlo con los anteriores y también como si fuera un caso aislado. 

Y así supimos unas cuantas cosas: que Bernal tenía sus asuntitos, que había jugado fuerte a la ruleta (la policía del Casino es especialista en manyamiento), que esos pesos habían salido de una seña dada por un automóvil comprado con plata sospechosa, etc. Un sábado y un domingo enteros, dos ex inspectores de la Dirección Impositiva revisaron los libros y, como estaban sobre aviso, hallaron cosas que a cualquiera se le hubieran escapado. Nada ilegal, pero sí poco claro. 

Por entonces aun no sospechábamos de Bernal más que de otros, pero pronto encontramos que aquí, en el caso Froebel (no en éste y los otros dos, como Bernal supuso que pensaríamos), nos pareció el más probable asesino. Le pusimos vigilancia, y vimos que hacía algunas compras: municiones en una ferretería, dos pedazos de plomo en otra, y otras cosas raras... Raras para nosotros y en su caso, por supuesto. Esa noche —y otras que él no advirtió— yo y dos más lo seguimos. 

Estuvimos en el cine, el bar, el ómnibus y después, saliendo de detrás de una esquina, me puse a caminar delante de él. Y colorín, colorado, el cuento se ha terminado. Bernal se perdió por querer terminar su obra demasiado bien, con demasiada inteligencia. 

Un cuarto crimen quizás hubiera desviado nuestra labor. ¡Lástima que hayan levantado el presidio de Ushuaia! Está en Santa Rosa con cadena perpetua. Ahora decora lapiceras con sedas de colores. Ya ve para qué le sirvió su inteligencia. Tipo zonzo...

El mate restalló en una serie de pequeñas burbujas. Leoni lo cebó otra vez.

—¿Y la moraleja, Leoni?

Leoni volvió a sonreír, con su media sonrisa parecida a la de Hipólito Irigoyen.

—No sé… Se me ocurre que podría ser: No hay que firmar los crímenes o algo así. Ahí tiene un lindo título para un cuento.

—Me parece bueno: Los crímenes van sin firma. Gracias, Leoni.