INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta estafa. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta estafa. Mostrar todas las entradas

Cerdo - Roald Dahl

I

Érase una vez un hermoso niño que vino al mundo en la ciudad de Nueva York y a quien sus padres, llenos de alegría, pusieron por nombre Lexington.

En cuanto la madre regresó del hospital, con él en brazos, le dijo a su marido:
—Cariño, tienes que llevarme a cenar a un restaurante maravilloso para celebrar la llegada de nuestro hijo y heredero.

Su marido la besó con ternura y le dijo que una mujer capaz de tener un niño tan hermoso como Lexington se merecía ir a donde quisiera; pero ¿se encontraba ya con fuerzas suficientes para empezar a ir de un lado a otro por la ciudad y trasnochar?, añadió.

«No», respondió ella, pero daba igual.

Así que aquella noche los dos se pusieron ropa de gala y se fueron al restaurante mejor y más caro de la ciudad, tras haber dejado al pequeño Lexington al cuidado de una niñera especializada, escocesa por más señas, y que les costaba veinte dólares al día. 

Cada uno se comió una langosta gigantesca, y se bebieron una botella de champán, y después fueron a un club nocturno, donde bebieron otra botella y estuvieron sentados durante varias horas, con las manos entrelazadas, mientras recordaban y discutían, admirados, cada uno de los rasgos físicos de su encantador hijo recién nacido.

Volvieron a su casa, situada en el East Side de Manhattan, hacia las dos de la madrugada; el marido pagó al taxista y se palpó los bolsillos para buscar la llave. Al rato anunció que la debía haber dejado en el bolsillo del otro traje y propuso que tocasen el timbre para que bajase la niñera y les abriese. Una niñera que cobra veinte dólares diarios tiene que estar dispuesta a que la saquen de la cama en mitad de la noche, dijo el marido.

Así que tocó el timbre. Esperaron. No pasó nada. Llamó de nuevo, un timbrazo largo y ruidoso. Esperaron otro minuto. Retrocedieron unos pasos por la acera y gritaron el nombre de la niñera (McPottle) hacia las ventanas del cuarto del niño, que estaba en el tercer piso, pero tampoco obtuvieron respuesta. La casa estaba oscura y silenciosa. 

La mujer empezó a sentir miedo: su hijo estaba prisionero en esa casa, se dijo, a solas con McPottle. ¿Y quién era McPottle? Solo hacía dos días que la conocían, y tenía unos labios finos, ojillos acusadores, la pechera almidonada y, como se estaba demostrando, una costumbre de dormir demasiado profundamente, que no la hacía persona de fiar. Si no oía el timbre de la puerta, ¿cómo demonios iba a oír el llanto de un niño? En aquel preciso instante el pobrecillo podía estar tragándose la lengua o ahogándose con la almohada.

—No usa almohada —dijo el marido—, así que no te preocupes. Pero, si te empeñas, entraremos.

Con tanto champán se sentía muy valiente; se agachó, deshizo la lazada de uno de sus zapatos de charol negro y se lo quitó. Después, cogiéndolo por la punta, lo lanzó con fuerza hacia la ventana del comedor, que estaba en el piso bajo.

—Ya está —dijo sonriendo—. Lo descontaremos de la paga de McPottle.

Avanzó unos pasos y, con mucho cuidado, pasó una mano por el agujero que había en el cristal y abrió el pestillo. Después levantó la ventana.

—Primero te subiré a ti, madrecita —dijo, y tomó a su mujer por la cintura y la alzó del suelo.

Con este movimiento, la gran boca roja de ella quedó a la altura suya, muy cerca, y empezó a besarla. Sabía por experiencia que a las mujeres les gusta mucho que las besen en esta posición, los cuerpos apretados con fuerza y las piernas balanceándose en el aire, de manera que siguió haciéndolo un buen rato, mientras ella agitaba los pies y hacía ruidos guturales, como si estuviera tragando algo. 

Por fin, el marido le dio la vuelta y comenzó a introducir a la mujer con delicadeza en el comedor por la ventana abierta. En ese momento un coche patrulla de la policía se dirigía silenciosamente hacia ellos. Se detuvo a unos treinta metros de distancia y tres polis de origen irlandés saltaron del coche y echaron a correr hacia el marido y la mujer, revólver en mano.

—¡Manos arriba! —gritaban los policías—. ¡Manos arriba!

Pero al marido le era imposible cumplir la orden sin soltar a su mujer, y si lo hubiera hecho ella se hubiera caído al suelo o bien se hubiera quedado colgando, con la mitad del cuerpo dentro de la casa y la otra fuera, postura terriblemente incómoda para una mujer; de modo que siguió empujándola galantemente para que entrara. 

Los polis, que habían recibido medallas por matar ladrones, abrieron fuego de inmediato, y a pesar de que todavía estaban corriendo y de que, sobre todo la señora, les ofrecía un blanco verdaderamente pequeño, lograron encajar varios tiros directos a los dos cuerpos, suficientes para que en ambos casos resultaran fatales.

Y así es como quedó huérfano el pequeño Lexington cuando apenas contaba doce días de edad.

II

Los familiares se enteraron de la muerte de la pareja por los periódicos, y los tres policías recibieron una medalla. A la mañana siguiente los parientes más cercanos, así como dos empleados de la funeraria, tres abogados y un cura se dirigieron a la casa de la ventana rota en sendos taxis. 

Se reunieron en el salón todos ellos y se sentaron en círculo en sillones y sofás, fumando cigarrillos y bebiendo jerez mientras discutían qué hacer con el niño de la habitación de arriba, Lexington el huérfano.

En seguida se puso de manifiesto que ninguno estaba dispuesto a asumir la responsabilidad del niño, y la discusión se prolongó durante todo el día. Todos afirmaron tener un deseo enorme, casi irresistible, de hacerse cargo de él, y lo hubiesen hecho con sumo gusto a no ser porque su casa era demasiado pequeña, o porque ya tenían un niño y no podían mantener otro, o porque no sabrían qué hacer con el nene cuando se fueran al extranjero en verano, o porque empezaban a cargarse de años y cuando el niño se hiciese mayor no se encontraría a gusto, y así sucesivamente. Naturalmente, todos sabían que el padre tenía grandes deudas, que la casa estaba hipotecada y que, en consecuencia, al acoger al niño no percibirían ni un céntimo.

A las seis de la tarde seguían discutiendo como locos; de pronto llegó de Virginia una vieja tía del fallecido padre (cuyo apellido era Glosspan), y sin quitarse siquiera los guantes ni el sombrero ni darse un respiro para sentarse, ajena a los que le ofrecían martini, whisky o jerez, anunció muy decidida a los familiares allí reunidos su intención de hacerse cargo de la criatura a partir de ese mismo momento. 

Y aún más, añadió, asumiría todas las responsabilidades financieras, incluyendo la educación, y todos los demás podían volverse a sus respectivas casas con la conciencia tranquila. Dicho lo cual trotó escaleras arriba, entró en el cuarto del niño, arrancó a Lexington de su cuna y salió apresuradamente de la casa con la criatura fuertemente apretada entre sus brazos, mientras los familiares seguían allí sentados y sonreían con alivio. 

McPottle, la niñera, contemplaba la escena en lo alto de la escalera, rígida y acusadora, con los labios apretados y los brazos cruzados sobre la pechera almidonada.

Y así fue como Lexington, a los trece días de edad, abandonó la ciudad de Nueva York y se dirigió hacia el sur para vivir con su tía abuela Glosspan en el estado de Virginia.

III

La tía Glosspan tenía casi setenta años cuando pasó a ser tutora de Lexington, pero nadie lo hubiera dicho al verla. Era tan vivaz como una mujer de la mitad de años; tenía un rostro pequeño y arrugado, pero todavía bastante hermoso, y unos encantadores ojos pardos que despedían chispitas al mirar. 

Era soltera, aunque nadie hubiera imaginado esto tampoco, porque la tía Glosspan no tenía ningún aspecto de solterona. Nunca estaba amargada ni malhumorada o irritable; no tenía bigote ni sentía la menor envidia de los demás, cosa que raramente puede decirse de una solterona o de una señora virgen, aunque, por supuesto, no se sabe a ciencia cierta si la tía Glosspan era ambas cosas.

Pero era una vieja excéntrica, de eso no cabe duda. Durante los últimos treinta años había vivido sola y aislada en una casita en la ladera de las montañas Blue Ridge, a varios kilómetros del pueblo más cercano. Tenía dos hectáreas de tierras de pasto, un huerto, un jardín, tres vacas, una docena de gallinas y un buen gallo.

Y ahora también tenía al pequeño Lexington.

Era una vegetariana rigurosa y consideraba el consumo de carne no solo algo insano y repugnante, sino terriblemente cruel. Consumía alimentos limpios, como leche, mantequilla, huevos, queso, verdura, nueces, hierbas y frutas, y le gustaba pensar que ningún animal sería sacrificado por ella, ni siquiera una gamba. Una vez, cuando una gallina marrón murió en la flor de la vida al poner huevos, la tía Glosspan se quedó tan triste que también estuvo a punto de dejar de comer estos productos.

No tenía ni la más elemental noción sobre niños pequeños, pero no le preocupaba lo más mínimo. En la estación de ferrocarril de Nueva York, mientras esperaba el tren que les llevaría a Virginia a ella y a Lexington, compró seis biberones, dos docenas de pañales, una caja de imperdibles, un cartón de leche para el viaje y un librito en rústica titulado El cuidado de los niños. ¿Qué más podía desear? Y cuando el tren se puso en marcha le dio un poco de leche al niño, le cambió los pañales a su manera y lo puso a dormir en el asiento. Después leyó El cuidado de los niños de cabo a rabo.

—Esto no tiene nada de particular —dijo, tirando el libro por la ventana—. Absolutamente nada de particular.

Y, curiosamente, no lo tenía. Una vez en casa, todo fue estupendamente. El pequeño Lexington bebía su leche y eructaba, chillaba y dormía exactamente como debía hacerlo un buen niño, y la tía Glosspan resplandecía de alegría cada vez que lo miraba, y lo cubría de besos todo el día.

IV

Cuando cumplió seis años Lexington era un niño guapísimo, de pelo largo y dorado y ojos de un azul oscuro como el aciano. Era listo y alegre, y aprendía a ayudar a su vieja tía en la finca: recogía los huevos del gallinero, daba vueltas a la manivela de la batidora de mantequilla, sacaba patatas del huerto y buscaba hierbas silvestres en la ladera de la montaña. Pronto tendría que empezar a pensar en su educación, se dijo la tía Glosspan.

Pero no podía soportar la idea de mandarlo lejos, al colegio. Lo quería tanto que le partiría el corazón separarse de él, aunque fuese por poco tiempo. Claro que en el pueblo había un colegio, pero tenía un aspecto espantoso, y si lo mandaba allí estaba segura de que lo obligarían a comer carne desde el primer día.

—¿Sabes una cosa, cielo? —le dijo en una ocasión, mientras el niño la miraba hacer queso, sentado en un taburete de la cocina—. La verdad es que no veo ningún motivo para no darte clases yo misma.

El niño se la quedó mirando con sus grandes ojos azules y le dirigió una encantadora sonrisa de confianza:
—Sería fantástico —dijo.

—Y lo primero que haría sería enseñarte a cocinar.
—Me encantaría, tía Glosspan.

—Te guste o no, tendrás que aprender algún día —dijo ella—. Los vegetarianos no podemos elegir entre tantas comidas como la gente corriente, y por eso tenemos que emplear lo que está a nuestro alcance con el doble de habilidad.

—Tía Glosspan —dijo el chico—, ¿qué comen las personas normales que no comamos nosotros?
—Animales —contestó ella, meneando la cabeza con desagrado.

—¿Quieres decir animales vivos?
—No —respondió la anciana—. Muertos.

El chico reflexionó un momento.
—¿Quieres decir que cuando se mueren se los comen en vez de enterrarlos?
—No esperan a que se mueren, bonito. Los matan.

—¿Y cómo los matan, tía Glosspan?
—Normalmente, les cortan el cuello con un cuchillo.

—¿Pero qué clase de animales?
—Vacas y cerdos sobre todo, y también ovejas.

—¡Vacas! —exclamó el niño—. ¿Como Daisy, o Snowdrop, o Lily?
—Eso es, bonito mío.

—¿Pero cómo se los comen, tía Glosspan?
—Los cortan en trozos y los guisan. Como más les gusta la carne es cuando está roja y sangrante y pegada al hueso. Les encanta comer pedazos de carne de vaca rezumando sangre.

—¿También se comen los cerdos?
—Les chiflan.

—Pedazos de carne de cerdo sangrienta —dijo el chico—. ¿Te imaginas? ¿Y qué más comen, tía Glosspan?
—Pollos.

—¿Pollos?
—A millones.

—¿Con plumas y todo?
—No, las plumas no. Anda, corre fuera y trae a la tía Glosspan un manojo de cebollinos, ¿quieres, mi vida?

Poco después empezaron las clases. Cubrían cinco áreas: lectura, escritura, geografía, aritmética y cocina, y esta última era la más apreciada por ambos, maestra y alumno. El joven Lexington demostró en seguida un talento verdaderamente extraordinario en esta materia. 

Era un cocinero nato, habilidoso y rápido. Manejaba las sartenes como un malabarista y era capaz de cortar una patata en veinte rodajas delgadas como papel de fumar en menos tiempo del que tardaba su tía en pelarla. Tenía un paladar de una sensibilidad exquisita y en un tazón de sopa de cebolla era capaz de descubrir la existencia de una hojita de salvia. 

A la tía Glosspan todo esto le resultaba un poco sorprendente en un muchacho tan joven, y la verdad es que no sabía qué hacer. Pero no podía sentirse más orgullosa y predecía un futuro brillante para el chico.

—Es una auténtica bendición contar con un jovencito como tú para que me cuide cuando empiece a chochear —decía.

Al cabo de dos años abandonó por completo la cocina, dejando a Lexington la responsabilidad de guisar él solo para toda la casa. El chico tenía entonces diez años, y la tía Glosspan, casi ochenta.

Con la cocina a su disposición, Lexington empezó a experimentar inmediatamente con platos de su invención. Ya no le interesaban sus comidas favoritas de toda la vida. Sentía una necesidad imperiosa de crear. Tenía cientos de ideas nuevas.

—Empezaré por un soufflé de castañas —dijo.

Lo hizo y lo sirvió para cenar aquella misma noche. Fue un éxito clamoroso.

—¡Eres un genio! —exclamó la tía Glosspan, saltando de su silla para besarle en ambas mejillas—. ¡Pasarás a la historia!

De ahí en adelante raro era el día en que no presentaba en la mesa una nueva y suculenta creación: sopa de castañas de Brasil, chuletas de maíz americano, ragoût vegetal, tortilla de diente de león, buñuelos de crema de queso, sorpresas rellenas de col, chalotas à la bonne femmemousse picante de remolacha, ciruelas Stroganoff, pan con queso tostado a la holandesa, rábanos a caballo, tartas flambeadas de agujas de pícea y muchas otras delicias. 

La tía Glosspan aseguraba que jamás había probado platos tan ricos, y por la mañana, mucho antes de la hora de comer, salía al porche y se sentaba en su mecedora a pensar sobre la próxima comida, relamiéndose y aspirando los aromas que salían por la ventana de la cocina.

—¿Qué vas a hacer hoy, chico? —gritaba.
—A ver si lo adivinas, tía Glosspan.

—A mí me huele un poco a buñuelos de salsifí —decía, aspirando con fuerza.

Y entonces salía aquel niño de diez años con una sonrisa triunfal y una cacerola grande y humeante de un estofado delicioso hecho enteramente con chirivías e hierbas.

—¿Sabes lo que deberías hacer? —le dijo su tía mientras devoraba el estofado—. Coger papel y lápiz y escribir un libro de cocina.

El niño la miró desde el otro extremo de la mesa masticando lentamente chirivías.

—¿Por qué no? —exclamó la anciana—. Te he enseñado a escribir y a guisar, y lo único que tienes que hacer es juntar las dos cosas. Escribe un libro de cocina y te harás famoso en el mundo entero.

—Muy bien —dijo el niño—. Lo haré.

Y aquel mismo día Lexington empezó a escribir la primera página de una obra monumental que habría de ocuparle el resto de su vida. Lo tituló Comer bien y sanamente.

Siete años más tarde, cuando tenía diecisiete, había recogido unas nueve mil recetas, todas originales, todas deliciosas.

Pero su tarea quedó interrumpida bruscamente por la trágica muerte de la tía Glosspan. Una noche sufrió un fuerte ataque y Lexington, que se había precipitado a su dormitorio para ver por qué hacía tanto ruido, se la encontró en la cama aullando y maldiciendo, el cuerpo encogido, formando complicados nudos. 

Era una visión espantosa, y el agitado joven saltaba de un lado a otro en pijama, retorciéndose las manos sin saber qué hacer. Finalmente fue a la charca del prado de las vacas a sacar un cubo de agua y se lo echó por la cabeza con la idea de calmarla, pero solo sirvió para intensificar la excitación de la anciana, que expiró en menos de una hora.

—Esto es terrible —se dijo el pobre chico, tras pellizcarla varias veces para asegurarse de que estaba muerta—. ¡Y ha sido tan rápido, y así, de repente! Si hace solo unas horas parecía estar estupendamente y hasta se sirvió tres buenos platos de mi último invento, hamburguesas de setas a la diabla, y me dijo que estaba riquísimo...

Después de sollozar con amargura durante varios minutos, pues quería mucho a su tía, se rehízo, la sacó de la casa y la enterró detrás del establo.

Al día siguiente, mientras arreglaba las cosas de la anciana, se topó con un sobre dirigido a él con la caligrafía de la tía Glosspan. Lo abrió y sacó dos billetes de cincuenta dólares y una carta:

«Querido muchacho —decía la carta—: sé que no has bajado de la montaña desde que tenías trece días de edad; pero en cuanto yo muera tienes que ponerte un par de zapatos, una camisa limpia, bajar al pueblo e ir a ver al médico. Pídele un certificado de defunción que demuestre que he muerto y llévaselo a mi abogado, un hombre llamado Samuel Zuckermann, que vive en Nueva York y tiene una copia de mi testamento. El señor Zuckermann lo solucionará todo. El dinero de este sobre es para pagar al médico por el certificado y para el viaje a Nueva York. El señor Zuckermann te dará más dinero cuando llegues allí, y es mi deseo que lo uses para ampliar tus investigaciones sobre temas culinarios y vegetarianos, y que sigas trabajando en ese gran libro hasta que esté acabado en todos los aspectos y te sientas satisfecho de él. Tu tía, que te quiere, Glosspan.»

Lexington, que siempre había hecho lo que le ordenaba su tía, se guardó el dinero, se puso unos zapatos y una camisa limpia y bajó al pueblo, donde vivía el médico.

—¿La vieja Glosspan? —dijo el médico—. ¡Dios mío! ¿Ha muerto?
—Sí, ha muerto —replicó el joven—. Si viene usted a casa conmigo, la desenterraré y podrá comprobarlo usted mismo.

—¿A qué profundidad la has enterrado? —preguntó el médico.
—Yo diría que a un metro y medio o dos.

—¿Cuánto tiempo hace de eso?
—Unas ocho horas.

—Entonces, está muerta —declaró el médico—. Aquí tienes el certificado.


VI

Tenemos a nuestro héroe camino de Nueva York para ver a Samuel Zuckermann. Viajó a pie y durmió junto a los setos, alimentándose de moras y hierbas silvestres, y tardó dieciséis días en llegar a la gran ciudad.

—¡Qué sitio tan fantástico! —exclamó, mirando a su alrededor en la esquina de la calle Cincuenta y siete con la Quinta Avenida—. No hay gallinas ni vacas por ningún lado, y las mujeres no se parecen en lo más mínimo a tía Glosspan.

En cuanto a don Samuel Zuckermann, no se parecía a ninguna persona que Lexington hubiera visto hasta entonces. Era un hombre pequeño y engreído, de mejillas lívidas y una gran nariz de color magenta, y cuando sonreía, en ciertos puntos del interior de su boca lanzaban destellos unos trocitos de oro de una forma prodigiosa. En su lujoso despacho estrechó cálidamente la mano de Lexington y le felicitó por la muerte de su tía.

—Supongo que sabrá usted que su querida tutora era una mujer con una fortuna considerable.
—¿Se refiere a las vacas y las gallinas?

—Me refiero a medio millón de billetes.
—¿Cuánto?

—Medio millón de dólares, muchacho, y se lo ha dejado todo a usted.

El señor Zuckermann se echó hacia atrás en su silla y cruzó las manos sobre su amplia barriga. Al mismo tiempo introdujo a escondidas el dedo índice de la mano derecha entre el chaleco y la camisa para rascarse la piel en torno a la circunferencia del ombligo: su ejercicio favorito, que le producía un extraño placer.

—Naturalmente, tendré que descontar el cincuenta por ciento por mis servicios —añadió—; pero aun así le quedan a usted doscientos cincuenta billetes de mil.

—¡Soy rico! —exclamó Lexington—. ¡Es fantástico! ¿Cuándo puedo recoger el dinero?

—Bueno —dijo el señor Zuckermann—, tiene usted la suerte de que mantengo unas relaciones bastante cordiales con los recaudadores de impuestos de por aquí, y confío en que podré convencerlos de que renuncien a todos los impuestos atrasados y derechos mortuorios.

—Es usted muy amable —murmuró Lexington.
—Naturalmente, tendré que darle a algunas personas un pequeño honorario.

—Lo que usted diga, señor Zuckermann.
—Pienso que con cien mil será suficiente.

—Por Dios, ¿no le parece un poco excesivo?
—Jamás se debe dar una propina pequeña a un inspector de impuestos ni a un policía —dijo el señor Zuckermann—. Recuérdelo.

—Pero, entonces, ¿cuánto me queda a mí? —preguntó el joven con timidez.
—Ciento cincuenta mil. Pero de eso tiene que restar los gastos del funeral.

—¿Gastos del funeral?
—Tiene usted que pagar a la funeraria, ¿o es que no lo sabía?

—Pero, señor Zuckermann, si la enterré yo mismo detrás del establo.
—No lo pongo en duda —replicó el abogado—. ¿Y qué?

—Pues que no ha intervenido ninguna funeraria.
—Escuche —dijo el señor Zuckermann pacientemente—. Puede que usted lo ignore, pero en este Estado hay una ley que dice que el beneficiario de un testamento no recibirá un solo céntimo de su herencia hasta que haya pagado a la funeraria.

—¿Quiere decir que eso es una ley?
—Claro que sí, y además muy buena. Una de nuestras grandes instituciones nacionales es la funeraria, y hay que protegerla a toda costa.

El señor Zuckermann, junto con un grupo de médicos de gran conciencia cívica, era propietario de una empresa que poseía una cadena de nueve lujosas funerarias en la ciudad, por no mencionar una fábrica de ataúdes en Brooklyn y una escuela de embalsamadores para posgraduados en Washington Heights. Por tanto, la celebración de la muerte era, a sus ojos, un asunto profundamente religioso. La verdad es que le conmovía tremendamente; podría decirse que casi tanto como la Navidad conmueve a los tenderos.

—No tenía usted derecho a enterrar a su tía así —dijo—. Ningún derecho.
—Lo siento, señor Zuckermann.

—Es algo completamente subversivo.
—Haré lo que usted diga, señor Zuckermann. Lo único que quiero saber es cuánto me darán al final, cuando haya pagado todo.

Se hizo el silencio. El señor Zuckermann suspiró, frunció el ceño y continuó sobándose con el dedo el borde del ombligo a escondidas.

—¿Digamos quince mil? —sugirió, haciendo relampaguear una gran sonrisa de oro—. Es una bonita cifra, en números redondos.

—¿Puedo llevármelo esta misma tarde?
—No veo por qué no.

El señor Zuckermann llamó al cajero jefe y le dijo que le diera a Lexington quince mil dólares del fondo dedicado a gastos menores y que este a su vez firmase un recibo. El joven, encantado de recibir por fin algo, cogió el dinero agradecido y lo metió en su mochila. Después estrechó calurosamente la mano del señor Zuckermann, le dio las gracias por su ayuda y salió del despacho.

—¡El mundo es mío! —exclamó nuestro héroe al llegar a la calle—. Tengo quince mil dólares para vivir hasta que se publique mi libro, y después tendré mucho más.

Se quedó allí parado, sin saber muy bien hacia dónde ir. Torció a la izquierda y empezó a pasear despacio calle abajo, contemplando la ciudad.

—Qué olor tan asqueroso —se dijo, olfateando el aire—. Es insoportable.

Sus delicados nervios olfativos, adiestrados para percibir únicamente los deliciosos aromas culinarios, se sentían torturados por el hedor de los gases de gasolina que despedían los autobuses.

—Tengo que marcharme de aquí antes de que se me destroce la nariz —se dijo—. Pero antes habrá que comer algo. Estoy desfallecido.

El pobre chico no había tomado más que hierbas y bayas silvestres durante las dos últimas semanas, y su estómago clamaba por una comida sólida. Me apetecería una chuleta de maíz, se dijo, o unos buñuelos de salsifí bien jugosos.

Cruzó la calle y entró en un pequeño restaurante. Hacía calorcito y estaba oscuro y silencioso. Aparte de él, el único cliente era un hombre con un sombrero marrón que estaba absorto, inclinado sobre su comida y no levantó la mirada cuando entró Lexington.

Nuestro héroe se acomodó en la mesa del rincón y colgó la mochila detrás de la silla. Esto va a ser muy interesante, se dijo. En mis diecisiete años de vida solo he probado los guisos de dos personas: los de tía Glosspan y los míos, a menos que cuente a McPottle, la niñera, que debió calentarme el biberón unas cuantas veces cuando era pequeñito. Ahora estoy a punto de probar el arte de un cocinero nuevo, y con un poco de suerte recogeré alguna idea útil para mi libro.

Un camarero salió de las sombras, se acercó a Lexington y se detuvo junto a su mesa.

—¿Cómo está usted? —preguntó Lexington—. Quisiera una chuleta de maíz grande, por favor. Pásela veinticinco segundos por cada lado, en una cazuela muy caliente con crema agria, y espolvoree unas hierbas aromáticas antes de servirla, a no ser que el cocinero jefe conozca un método más original, en cuyo caso lo probaré con mucho gusto.

El camarero ladeó la cabeza y miró detenidamente a su cliente.

—¿Quiere usted puerco asado con col? Es lo único que nos queda. 

—¿Asado de qué?

El camarero sacó del bolsillo de su pantalón un pañuelo bastante repugnante, lo desplegó con brusco molinete, como si restallase un látigo, y se sonó la nariz, produciendo un fuerte ruido de líquido.

—¿Lo quiere o no? —volvió a preguntar, secándose las narices.

—No tengo ni la más remota idea de lo que es —contestó Lexington—, pero me encantaría probarlo. Es que estoy escribiendo un libro de cocina, sabe usted, y yo...

—¡Una de puerco con col! —gritó el camarero, y desde la trastienda del restaurante, allá lejos en la oscuridad, le respondió una voz.

El camarero desapareció. Lexington cogió de la mochila su tenedor y su cuchillo, regalo de la tía Glosspan cuando tenía seis años. Eran de plata maciza, y desde que se los regaló no había usado otros instrumentos para comer. Mientras esperaba a que llegase la comida se dedicó a abrillantarlos cariñosamente con un trozo de muselina.

El camarero volvió al poco tiempo con un plato en el que se veía una gruesa tajada blanco-grisácea de una sustancia caliente. Lexington se inclinó hacia adelante, ansioso por olfatearlo en cuanto se lo sirvieran. Se le habían dilatado las aletas de la nariz para recibir el aroma, y le temblaban.

—¡Pero esto es una auténtica maravilla! —exclamó—. ¡Qué aroma! ¡Es fantástico!

El camarero retrocedió un paso, observando con curiosidad a su cliente.

—¡En mi vida había olido una cosa tan deliciosa! —exclamó nuestro héroe al tiempo que empuñaba el cuchillo y el tenedor—. ¿De qué está hecho?

El hombre del sombrero marrón se le quedó mirando y después volvió a concentrarse en su comida. El camarero se retiraba hacia la cocina.

Lexington cortó un trocito de carne, la empaló en el tenedor de plata y se lo acercó a la nariz para olfatearlo una vez más. A continuación se lo metió en la boca y empezó a masticarlo despacio, los ojos entrecerrados y el cuerpo en tensión.

—¡Es fantástico! —exclamó—. ¡Es un sabor completamente nuevo! ¡Ay, Glosspan, mi querida tía, cuánto me gustaría que estuvieses aquí conmigo para probar este plato tan extraordinario! ¡Camarero, venga inmediatamente! ¡Tengo que hablar con usted!

El asombrado camarero le observaba desde el otro extremo del comedor y no parecía muy dispuesto a aproximarse.

—Si viene a hablar conmigo, le haré un regalo —dijo Lexington, agitando un billete de cien dólares—. Venga usted, por favor.

El camarero volvió a la mesa con precaución, agarró el dinero y se lo acercó a la cara, mirándolo desde todos los ángulos. Después lo deslizó rápidamente en su bolsillo.

—¿Qué puedo hacer por usted, amigo mío? —preguntó.

—Verá —dijo Lexington—, si usted me dice con qué está hecho este delicioso plato y cómo está preparado exactamente, le daré otros cien.

—Ya se lo he dicho —replicó el hombre—. Es puerco.
—¿Y qué es eso exactamente?

—¿Nunca ha comido puerco asado? —le preguntó el camarero mirándolo fijamente.
—Por lo que más quiera, buen hombre, dígame lo que es y déjese de misterios.

—Pues cerdo —contestó el camarero—. Se mete en el horno y ya está.
—¡Cerdo!

—El puerco es cerdo. ¿Es que no lo sabía?
—¿Quiere decir que esto es carne de cerdo?

—Se lo garantizo.
—Pero..., pero... es imposible —tartamudeó el joven—. La tía Glosspan, que sabía de comida más que nadie, decía que la carne de cualquier clase es asquerosa, repugnante, horrible, nauseabunda y sucia. Y, sin embargo, este trozo que tengo en el plato es lo más exquisito que he probado nunca. ¿Cómo explica usted eso? Estoy seguro de que tía Glosspan no me hubiera dicho que era repugnante si no lo fuera.

—A lo mejor su tía no sabía cocinarlo —dijo el camarero.
—¿Usted cree?

—Es posible. Sobre todo con el cerdo: o se hace muy bien o no hay quien se lo coma.

—¡Eureka! —exclamó Lexington—. ¡Apuesto a que es eso lo que le pasaba, que lo hacía mal! —le ofreció al camarero otro billete de cien dólares—. Lléveme a la cocina —dijo—. Presénteme al genio que ha preparado esta carne.

El camarero llevó a Lexington a la cocina inmediatamente, y allí el joven conoció al cocinero, que era un hombre mayor con una erupción en el cuello.

—Esto le costará otros cien —dijo el camarero. Lexington lo complació de buena gana, pero en esta ocasión dio el dinero al cocinero.

—Mire, he de admitir que me ha dejado muy confundido lo que acaba de decirme el camarero —dijo—. ¿Está usted completamente seguro de que ese plato tan exquisito que he comido estaba preparado con carne de cerdo?

El cocinero alzó la mano derecha y se puso a rascarse la erupción del cuello.

—Bueno —respondió mirando al camarero y haciéndole un astuto guiño—, lo único que puedo decirle es que creo que era carne de cerdo.

—¿Quiere decir que no está seguro?
—Nunca se puede estar seguro.

—Pero ¿qué otra cosa podría ser?
—Pues... —empezó a decir el cocinero muy despacio, mirando aún al camarero— existe la posibilidad de que fuera un pedazo de carne humana.

—¿Quiere decir de hombre?
—Sí.

—¡Dios mío!
—O de mujer. Cualquiera de las dos cosas, porque saben igual.

—Me deja usted sorprendido —replicó el joven.
—Nunca te acostarás sin saber una cosa más.

—Desde luego.
—De hecho, últimamente el carnicero nos manda mucha carne de esta en lugar de cerdo —añadió el cocinero.

—¿En serio?
—El problema es que casi no se puede distinguir una de la otra. Son las dos muy buenas.

—El trozo que acabo de comer era sencillamente extraordinario.
—Me alegro de que le haya gustado —dijo el cocinero—, pero si quiere que le sea sincero, creo que era cerdo. Vamos, estoy casi seguro.

—¿Completamente seguro?
—Pues sí.

—En ese caso habrá que pensar que tiene usted razón —dijo Lexington—. Así que, por favor, dígame —y aquí tiene otros cien dólares por la molestia—, explíqueme cómo lo ha preparado exactamente.

El cocinero, tras guardarse el dinero, inició una descripción colorista de cómo usar una tajada de cerdo, mientras el joven, que no deseaba perderse una sola palabra de tan gran receta, se sentó a la mesa de la cocina y apuntó todos los detalles en su cuaderno.

Cuando el hombre terminó, le preguntó:
—¿Eso es todo?

—Efectivamente.
—Tiene que haber algo más.

—Para empezar, hay que contar con una buena pieza de carne —añadió el cocinero—. En eso consiste la mitad del secreto. Tiene que ser un buen cerdo, y tiene que estar bien despiezado, porque si no queda asqueroso por muy bien que se cocine.

—Enséñeme a hacerlo —dijo Lexington—. Despiéceme uno ahora para que aprenda.

—En la cocina no matamos cerdos —dijo el cocinero—. Lo que usted acaba de comer nos ha llegado de un matadero del Bronx.

—¡Pues deme la dirección!

El cocinero le dio la dirección, y nuestro héroe, tras deshacerse en agradecimientos por su amabilidad, se precipitó a la calle, cogió un taxi y se dirigió al Bronx.

VII

El matadero era un edificio grande de ladrillo, de cuatro pisos, y a su alrededor había un olor dulzón y fuerte, como de almizcle. En la verja se veía un gran cartel que decía: SE ADMITE LA ENTRADA DE VISITANTES A CUALQUIER HORA. Animado por él, Lexington atravesó la verja y entró en el patio empedrado que rodeaba el edificio.

Siguió una serie de señales (LAS VISITAS CON GUÍA POR AQUÍ) y finalmente llegó a un cobertizo de hierro ondulado que se encontraba muy lejos del edificio principal (SALA DE ESPERA PARA VISITANTES). Entró tras llamar educadamente a la puerta.

En la sala de espera había seis personas delante de él. Había una señora gorda con sus dos hijos, de unos nueve y once años, una pareja joven de ojos brillantes que parecían estar en plena luna de miel y una mujer pálida con largos guantes blancos sentada muy erguida y que miraba al frente, con las manos cruzadas en el regazo. Nadie hablaba. 

Lexington pensó si estarían todos escribiendo libros de cocina, como él, pero cuando se lo preguntó no le contestó nadie. Los adultos se limitaron a sonreír misteriosa y disimuladamente y negaron con la cabeza, y los dos niños se le quedaron mirando como si se tratara de un loco.


Pronto se abrió la puerta y un hombre de cara sonrosada y alegre asomó la cabeza y dijo:
—El siguiente, por favor.

La madre y los dos chicos se levantaron y salieron. Al cabo de unos diez minutos volvió el mismo hombre y repitió: «El siguiente, por favor», y la pareja en luna de miel se puso de pie de un salto y lo siguió afuera.

Entraron dos nuevos visitantes y se sentaron. Eran un hombre de mediana edad y su mujer, también de mediana edad, que llevaba una cesta de mimbre con comida.

—El siguiente, por favor —dijo el guía, y la mujer de los largos guantes blancos se levantó y se fue.

Entraron algunas personas más y tomaron asiento en las sillas de madera de respaldo recto.

El guía regresó por tercera vez al cabo de poco tiempo, y en esta ocasión era el turno de Lexington.

—Sígame, por favor —le dijo el guía, cruzando el patio delante del joven para dirigirse al edificio principal.

—¡Qué interesante es esto! —exclamó Lexington, saltando sobre un pie y luego sobre el otro—. Ojalá estuviese conmigo mi querida tía Glosspan y viese lo que voy a ver yo.

—Yo solo explico los preliminares —dijo el guía—. Después le pondré en manos de otra persona.

—Lo que usted quiera —replicó el joven, fascinado.

En primer lugar visitaron una zona amplia rodeada por una valla en la puerta trasera del edificio, donde holgazaneaban varios cientos de cerdos.

—Aquí es donde empiezan —explicó el guía—, y por allí entran.
—¿Dónde?

—Por allí —el guía señaló un cobertizo alargado de madera que se alzaba junto al muro exterior de la fábrica—. Lo llamamos el corral de encadenado. Por aquí, por favor.

Tres hombres con altas botas de caucho conducían una docena de cerdos al corral de encadenado en el momento en que se acercaban Lexington y el guía, así que entraron todos juntos.

—Mire cómo los amarran —dijo el guía.

Por dentro, el cobertizo era simplemente una habitación desnuda de madera sin techo, pero había un cable de acero con ganchos que se movía lentamente por una pared, paralelo al suelo, a menos de un metro de altura. Cuando llegaba al extremo del cobertizo el cable cambiaba bruscamente de dirección y trepaba verticalmente, atravesando el techo abierto, hacia el piso superior del edificio principal.

Los doce cerdos estaban amontonados en el extremo del cobertizo, sin moverse, con expresión de miedo. Uno de los hombres con botas de caucho bajó una cadena de metal de la pared y avanzó hacia el animal más cercano, por detrás. Se agachó y colocó con rapidez un extremo de la cadena en torno a una de las patas traseras del animal. Ató el otro extremo a un gancho del cable móvil cuando lo tuvo al alcance de la mano. 

El cable siguió moviéndose y la cadena se tensó. La pata del cerdo recibió un tirón hacia atrás y hacia arriba y luego el animal empezó a retroceder, arrastrándose, pero no se cayó. Era un cerdo bastante ágil y logró mantener el equilibrio sobre tres patas, saltando con una sola y luchando contra la cadena que tiraba de él, pero fue retrocediendo más y más hasta que al llegar al final del cobertizo, donde el cable cambiaba de dirección y subía, la pobre bestia perdió pie bruscamente y quedó colgando. El aire se llenó de chillidos de protesta.


—Es un proceso realmente fascinante —dijo Lexington—, pero ¿qué era ese ruido raro, ese chasquido que se oyó en el momento en que subía el cerdo?

—Probablemente, la pata —contestó el guía—. O la pelvis.
—¿Y eso no importa?

—¿Por qué iba a importar? —replicó el guía—. Los huesos no se comen.

Los hombres con botas de caucho no paraban de encadenar cerdos; los colgaban uno tras otro y los hacían pasar por el techo entre fuertes gruñidos de protesta.

—Esta receta no consiste solamente en recoger hierbas sin más —dijo Lexington—. La tía Glosspan jamás hubiera hecho una cosa así.

En ese momento, mientras Lexington miraba el último cerdo que subía hacia el techo, un hombre con botas de caucho se le acercó con precaución por detrás y ató un extremo de la cadena en torno al tobillo del muchacho, colgando el otro extremo del cinturón móvil. 

Al momento siguiente, sin que le diera tiempo a darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, nuestro héroe perdió el equilibrio y se vio arrastrado hacia atrás por el piso de cemento del corral de encadenado.


—¡Paren! —gritó—. ¡Deténganlo todo! ¡Se me ha enganchado una pierna!

Pero al parecer no le oyó nadie, y cinco segundos más tarde el infeliz joven fue arrancado del suelo y arrastrado hacia arriba. Pasó por el tejado abierto del corral, colgando cabeza abajo, agarrado por un tobillo y culebreando como un pez.

—¡Socorro! —gritó—. ¡Socorro! ¡Ha habido una terrible equivocación! ¡Paren las máquinas! ¡Déjenme bajar!

El guía se quitó el puro de la boca y miró serenamente hacia arriba, al joven que ascendía rápidamente, pero no dijo nada. Los hombres de las botas de caucho ya habían salido a recoger el siguiente grupo de cerdos.

—¡Sálveme! —chilló nuestro héroe—. ¡Déjeme bajar! ¡Por favor, déjeme bajar!

Pero ya se acercaba al piso superior del edificio, y allí el cinturón móvil se retorció como una serpiente y entró por un gran agujero de la pared, una especie de portal sin puerta; y en el umbral, esperando para recibirlo, cubierto con un delantal de caucho amarillo con manchas oscuras y contemplando el mundo como San Pedro a las puertas del cielo, estaba el matarife.

Lexington le vio del revés y solo breves segundos, pero aun así observó inmediatamente la expresión de paz y benevolencia en el rostro de aquel hombre, el alegre brillo de sus ojos, la sonrisilla melancólica, los hoyuelos de las mejillas... y todo aquello le hizo concebir esperanzas.

—¿Qué tal? —le preguntó el matarife sonriendo.
—¡Rápido! ¡Sálveme! —gritó nuestro héroe.

—Con mucho gusto —replicó el matarife y, cogiendo delicadamente a Lexington por una oreja con la mano izquierda, alzó la derecha y con suma habilidad le abrió la yugular con un cuchillo.

El cinturón continuó moviéndose y Lexington con él. Todo seguía del revés, y la sangre que le salía del cuello se le metía en los ojos, pero aun veía un poco y tuvo la borrosa impresión de encontrarse en una habitación enorme y alargada, en cuyo extremo había una gran caldera de agua humeante y a su alrededor unas oscuras siluetas, medio ocultas por el vapor, que bailaban blandiendo largas varas. 

Le pareció que la cinta transportadora pasaba justo por encima del caldero y que los cerdos caían uno tras otro al agua hirviendo, y que uno de ellos llevaba unos largos guantes blancos en las patas delanteras.


De repente nuestro héroe empezó a sentir mucho sueño, pero hasta que su fuerte corazón no hubo bombeado la última gota de sangre no pasó de este mundo, el mejor de todos los mundos posibles, al otro.

El flautista de Hamelín - James Finn Garner

El pintoresco pueblecito de Hamelín poseía todo cuanto una comunidad puede desear: industrias no contaminantes, un tráfico ordenado y una amplia y equilibrada diversidad etnorreligiosa. De hecho, sus autoridades habían logrado ilegalizar o proscribir todos aquellos elementos que podrían haber impedido a sus ciudadanos el desarrollo de una existencia gratificante y confortable. Todos, esto es, menos el depósito de caravanas y remolques.

El depósito de caravanas emplazado en las lindes de Hamelín era una vergüenza para la comunidad. No solo constituía un espectáculo horroroso, con sus camionetas enmohecidas y sus patios llenos de montones de chatarra, sino que albergaba a algunos de los ciudadanos más irreformables e irrecuperables que cabe imaginar: asesinos de animales silvestres, antiguos huéspedes del sistema correccional y conductores de motocicletas todoterreno. Sus adornos de plástico para el jardín, el ensordecedor volumen de su música y las alcoholizadas disputas que libraban cada fin de semana bastaban para estremecer a cualquier ciudadano respetable.

Un día, como consecuencia de un rally especialmente escandaloso, las autoridades del poblado celebraron una asamblea. Tras un acalorado debate, decidieron que, de un modo u otro, tenían que erradicar la presencia de aquella lacra. 

Sin embargo, a nadie se le ocurría el modo de lograrlo sin violar ni infringir los derechos de las personas que allí habitaban. Finalmente, tras interminables sesiones de oratoria, y considerando que bastante ocupados estaban ya con cuestiones de mayor importancia —tales como la depreciación de la propiedad inmobiliaria—, decidieron descargar aquella tarea en terceras personas. En consecuencia, optaron por anunciarse públicamente para reclamar ayuda externa a la solución de sus problemas.

Apenas hubieron publicado su anuncio, llegó al poblado un forastero. Se trataba de un individuo verticalmente privilegiado y de peso inferior a la media correspondiente a su estatura. Su vestimenta se componía de prendas combinadas de un modo jamás visto o imaginado anteriormente, y tanto sus modales como el agudo tono de su voz resultaban decididamente únicos. 

Si bien parecía provenir de algún mundo ajeno (pero no demasiado diferente) al nuestro, no tardó en ganarse la confianza de los desesperados líderes de la población. —Me comprometo a librar al pueblo de los habitantes del depósito de caravanas —dijo aquel forastero tan notablemente peculiar—, pero debéis prometer que me recompensaréis con cien monedas de oro.

Las autoridades del pueblo no veían el momento de solucionar tan desagradable asunto, por lo que aceptaron de buen grado. Cuanto antes desapareciera el depósito de caravanas, antes podrían todos volver a concentrar la atención en sus propias, abiertas y progresistas conciencias.

Y así, aquel sujeto de tan inhabituales características puso manos a la obra. De su ajada mochila extrajo una pequeña grabadora de avanzadas posibilidades. Cuantos le rodeaban le observaron atentamente mientras insertaba unas cuantas cintas magnetofónicas, ajustaba los diales y comprobaba los niveles de sonido. A continuación, comenzó a mascullar algo frente al micrófono incorporado al aparato. 

Nadie alcanzó a oír con exactitud sus palabras, pero todos creyeron percibir cierta falta de coherencia en ellas. Súbitamente, cesó en sus murmullos, se puso en pie y comunicó a las altas jerarquías del poblado que necesitaría un camión equipado con un sistema de comunicación pública.

Las autoridades se apresuraron a satisfacer aquella extraña exigencia. Lograron localizar un camión de las características necesarias en el Departamento de Biodiversidad Pública y le entregaron las llaves a aquel hombre de tan singular naturaleza. Este subió al vehículo, insertó la cinta magnetofónica en el equipo de sonido, puso el motor en marcha y se encaminó al depósito de remolques seguido por todos los presentes.

El camión avanzaba lentamente. Al poco rato, comenzó a surgir música de sus altavoces. Se trataba fundamentalmente de tonadas al estilo country, alternadas con algunos clásicos tales como La balada de los boinas verdes y Los jinetes fantasmas del cielo

Las autoridades del poblado no pudieron por menos de sentirse extrañadas, hasta que advirtieron que los habitantes del depósito comenzaban a abandonar sus remolques, cobertizos y tabernas con expresión vidriosa y echaban a andar con paso incierto y expresión vidriosa sin dejar de hablar entre ellos.

—Voy a ver si consigo un empleo —decía uno de ellos—. Tengo entendido que en la feria necesitan gente. —Yo intentaré ingresar en el círculo de tractoristas profesionales —dijo otro. —¿Creéis que podría ganarme la vida ofreciéndome como voluntario para experimentos médicos? —inquirió un tercero.

Los residentes del depósito de remolques continuaron su camino en pos del camión a medida que este avanzaba lentamente hacia las afueras del pueblo. Al poco rato, la comitiva desapareció sobre el horizonte, y todas las autoridades prorrumpieron en vítores.

Al cabo de una hora aproximadamente, regresó el camión, ya en solitario. 

—Los he conducido a todos hasta la autopista —declaró el forastero de sobresaliente peculiaridad mientras descendía del vehículo—. Allí están, intentando que alguien les lleve a cualquier sitio que no sea Hamelín. Pueden considerar el depósito a su disposición para cualquier cosa que deseen hacer con él. 

—¡Magnífico! —dijo una de las personalidades de la población en calidad de portavoz—. Ahora que se han marchado, podemos implementar nuestros planes para el establecimiento de un Centro de Reorientación de Refugiados del Tercer Mundo. Gracias, gracias. 

—Y ahora, si son tan amables de abonarme las cien monedas de oro acordadas, seguiré mi camino. 

—Bien... esto... el caso es que Hamelín es una ciudad que apuesta por el establecimiento de una economía basada en el capital humano y no en la mera explotación de los recursos físicos. En consecuencia, querríamos sugerirle que aceptara esta cartilla de cupones, que le permitirán beneficiarse en Hamelín de servicios tales como masajes gratuitos y cursillos encaminados a la liberación de su inconsciente infantil.

El hombre de peculiares características aguzó la mirada. —Prometieron pagarme cien monedas de oro —dijo, gradual y visiblemente irritado—. Páguenme lo acordado o habrán de sufrir las consecuencias. 

—Si prefiere renunciar a su parte de responsabilidad a la hora de convertir el mundo en un lugar más igualitario —gorjeó el portavoz—, así sea. Se le hará entrega de un pagaré oficial de Hamelín, intercambiable por una significativa porción de su valor nominal en numerosas oficinas de cambio y tiendas de licores de las poblaciones circundantes.

El hombre de singular naturaleza vaciló y, por fin, dejó escapar una risita enigmática y volvió a encaramarse al camión. Antes de que nadie pudiera detenerle, recorrió uno por uno todos los barrios de Hamelín. A medida que avanzaba, los altavoces iban entonando una música extraña y aguda que nadie alcanzó a reconocer. Inmediatamente, los niños de Hamelín comenzaron a abandonar sus hogares y sus terrenos de juego. 

Con mirada vidriosa, se agruparon en las calles intercambiando solemnes comentarios que no escaparon a los oídos de las autoridades del poblado. —El mercado libre es el único medio seguro para proporcionar a la gente incentivos personales encaminados a la construcción de una sociedad mejor —comentaba un niño. —Debemos respetar el derecho de los ciudadanos a preservar la pureza étnica de sus vecindarios —afirmaba otro. —Nuestra única obligación como sociedad es asegurarnos de que todos sus componentes cuentan con igualdad de oportunidades —declaró un tercero.

A medida que los pequeños iban formando asociaciones de desobediencia fiscal y grupos de milicias armadas, las autoridades del pueblo fueron advirtiendo con pesar que todos sus años de cuidadosa planificación social no tardarían en convertirse en humo. Al día siguiente, descubrieron el camión de propaganda estacionado en las afueras de la población, pero no hallaron rastro alguno del misterioso individuo al que habían intentado estafar.


Los crímenes van sin firma - Adolfo L. Pérez Zelaschi

En la vida, lo principal es ser inteligente. Por eso, cuando el croupier se llevó mis dos últimas fichas de quinientos y decidí matar a mi socio Froebel —como lo tenía meditado—, hube de hacerlo de manera inteligente. Es decir, en la misma forma como había distraído de las cuentas sociales —yo atiendo los asuntos administrativos y contables, en tanto que Froebel anda de aquí para allá ocupado con los clientes— varios miles de pesos al año, los que hasta entonces repuse realizando negocios por mi cuenta y también inteligentes.

Pero ahora Froebel sospechaba algo. En esos días lo vi revisar los libros, y cerrados con aire vacilante. Sin duda no entendía nada, porque yo complicaba a propósito la contabilidad, y él no conoce estas cosas. Con todo, dijo a Lys —nuestra secretaria, la única empleada que tenemos— que quería revisar él mismo los resúmenes de cuenta corriente que trimestralmente nos enviaban los bancos. 

Tal vez él llevara alguna contabilidad sumaria como la de los almaceneros, con sólo dos columnas, una de pagos y otra de cobros, pero suficiente para mostrarle una diferencia entre el saldo real de banco y el que debiera haber: unos cuarenta mil pesos. Es decir, el importe de un Chevrolet 45, que yo había comprado en esa suma y para el cual, previos reajuste y pintura generales, tenía ya un comprador que pagaría cincuenta y tres mil pesos. 

Repuesto el dinero social, quedarían para mí alrededor de siete mil de ganancia. Negocios como éste había realizado muchos, y prueban que la inteligencia es lo principal para que triunfe un hombre. Lo malo es que Froebel, como digo, comenzó a sospechar. Por lo tanto, más valía prevenir que curar.

La nuestra era una sociedad a medias: de él eran los tres cuartos del capital y la totalidad de las relaciones comerciales que nos servían para ir adelante. Hubiera sido un mal negocio que se enterase de todas estas cosas y disolviera la sociedad, con lo cual desaparecerían para mí oportunidades como las que anoté. Por otra parte, Froebel no tenía más herederos que dos viejas hermanas solteras. Eran buenas amigas mías y podría convencerlas para que siguieran en sociedad conmigo. ¡Entonces sí que habría buenas ocasiones para un tipo inteligente!

Froebel se fue a Montevideo el 20 de junio, sin haber podido verificar sus sospechas, y diciéndome que estaría allí más de un mes. Por si acaso, y para ver si podía evitar darle el último pasaporte, no bien tomó el avión para Montevideo, yo hice lo mismo con el expreso a Mar del Plata. 

Llevé diez mil pesos, que convertí en fichas grandes y un juego que no me había fallado casi nunca: jugar fuerte a dos decenas —o columnas— luego de esperar que la restante se dé dos veces seguidas, pues casi nunca se repite la columna o decena que ya salió en dos ocasiones. Se gana poco, es cierto —la mitad de lo jugado—, pero apostando fuerte y con inteligencia, y con nervios de chino, se pueden levantar hasta cinco o seis mil pesos por noche. 

Salió primera y primera... Jugué. Y otra vez primera. Me llevaron las fichas y esperé un rato. Se dio tercera y tercera. Volví a jugar..., y otra vez tercera. Primera, primera... Coroné con mil..., y de nuevo primera. Y la mala racha siguió. Perdí los diez mil pesos que había traído... y el negocio del automóvil sólo se haría después que volviera Froebel de Montevideo. Ni siquiera podía buscar otro comprador, porque me habían dado seña, precisamente esos diez mil pesos que había perdido.

No tuve, pues, culpa en la muerte de Froebel. Las responsables fueron la ruleta y la mala suerte. Siempre me había salido “cara” la taba. Era natural que alguna vez me mostrara el otro lado.

Pero todo tiene remedio para una persona inteligente. Matar a Froebel era fácil, pero yo sería acusado enseguida y, aunque saliera indemne, nadie pasa por los juzgados del crimen sin dejar alguna sospecha para los demás. Además, los clientes de la firma no eran amigos míos sino de Froebel, y el solo conocimiento de que me enredaban en un sumario haría que huyeran del socio supérstite como una bandada de patos del fusil del cazador. Así no me convenía la muerte de Froebel, que sólo beneficiaría a los competidores.

Pero, naturalmente, un tipo inteligente o posee recursos o los inventa. Matar a un hombre, no es difícil —cualquier imbécil lo hace— y si uno mata a cualquier persona, la policía no dará jamás con el criminal, a menos que éste deje su tarjeta de visita prendida con un alfiler en una de las solapas de la víctima. 

Lo que descubre a un asesino no son las pistas, ni los rastros, ni nada de eso, sino su conexión —visible, disimulada u oculta— con la víctima. Así, si después de ese cualquiera se liquida también a otro cualquiera, la policía se desorientará todavía más y, si por último, se mata a Froebel, es otro cualquiera y no Froebel, es decir, no Froebel vinculado conmigo, sino con los dos cualesquiera anteriores, que no poseían relación alguna conmigo, salvo la de haberlos mandado al otro mundo, y esto será así con mayor fuerza si uno deja en cada caso un rastro evidente, una marca de fábrica, digamos así, lo bastante extravagante como para que esas muertes se entrelacen aparentemente entre sí. 

Creado un vínculo artificioso entre las tres, el verdadero quedaría oculto, y con ello, oculto también el criminal. Una acusación contra mí parecería el recurso de policías desesperados por dos fracasos anteriores, pues aunque probaran alguna conexión entre la desaparición de Froebel y mi provecho, no podrían esclarecer la más remota entre éste y los dos primeros asesinados. Bien.

No recuerdo dónde leí que lo mejor para partir un cráneo como si fuera un huevo es una cachiporra flexible y barata, que se construye dando a un lienzo fuerte la forma de un tubo largo y estrecho, y llenándolo con arena de Montevideo. Así lo hice, agregándole un buen peso de municiones y una pequeña bola de plomo en el extremo. Resultó una varilla bastante pesada, pero muy cómoda para llevar atada a la cintura, donde resulta tan discreta como una monja.

Como vivo solo y salgo frecuentemente, nadie podía sorprenderse de que esa noche no volviera a mi departamento. Fui a un cinematógrafo, bebí un café después de la salida —era ya medianoche— y tomé un ómnibus cualquiera, que resultó ser el 126, pero cuyo número no elegí, y cuando éste pasaba por un barrio que me pareció solitario —Escalada y Directorio— descendí. 

Era una larga calle de barrio, flanqueada por casas bajas, arbolada y sombría, donde a esa hora no transitaba un alma. Caminé unas cuadras al azar. Por fin vi a un hombre que salía de un despacho de bebidas, abrigado apenas el cuello por una bufandita y sin sombrero. 

Lo seguí silenciosamente, pues me había puesto zapatos de suela de goma. El pobre diablo iba con frío a pesar de la tranca, las manos hundidas en los bolsillos y levantando los pies algo más de lo necesario, con ese paso livianito de los borrachos.

Pude tomar todas las precauciones, avalar lo solitario de la calle, descorrer el cierre de la correa, sopesar la cachiporra... Pobre diablo. Cayó como si se hubiese dormido mientras caminaba. Arrojé junto a él un número de “L'Europeo”, revista de la cual había comprado tres ejemplares unos días antes en distintos puestos de venta, y con el mismo paso, sin apresurarme, di vuelta a la primera esquina, a la segunda, a otra más...

Los diarios de la mañana destinaron poco espacio a este crimen, los de la tarde fantasearon algo, y la policía, como lo preví, quedó a ciegas.

Ocho días después volví a prender la cachiporra bajo el abrigo, metí el segundo ejemplar de “L'Europeo” en el bolsillo, fui a otro cine, tomé otro café en otra parte, otro ómnibus, bajé en Un lugar de Villa del Parque, allá por la vieja avenida Tres Cruces, donde sólo andaban los gatos y el fino y cortante viento de la madrugada, y le hundí la cabeza a un tipo gordo y calvo, que volvía a su casa resoplando de frío y de cansancio, y sobre cuyo cadáver dejé “L'Europeo”, mi marca de fábrica.

¡Entonces sí que hablaron los diarios! Desde la hipótesis de una venganza corsa, emitida por “Crítica” —para lo cual el número de “L'Europeo”, a pesar de no editarse en ninguna ciudad de Córcega, le servía muy bien—, y la revelación de que existía en Buenos Aires una organización anarquista, lanzada por “El Pueblo”, hasta la prueba de que se trataba de una obra de refugiados fascistas, ofrecida por “La Hora”, se barajaron cien fantasías. 

La policía no pudo establecer conexión alguna entre un muerto y otro, ni, por tanto, entre un crimen y otro. El primero había sido un pobre diablo, tranviario jubilado, sin más familia que un perro y las botellas; el segundo resultó un catalán, propietario de una mercería en Villa del Parque, hombre acomodado, sin enemigos, casado en segundas nupcias y sin hijos.

Naturalmente, de revisar mi departamento, hubieran hallado el Otro ejemplar de “L'Europeo”, la cachiporra y hasta los boletos de los ómnibus que tomé esas dos noches, pero ¿por qué habrían de hacerlo? Yo era uno más entre cinco millones de habitantes de Buenos Aires que tenían las mismas probabilidades que yo de ser sospechosos.

Entre tanto, concurría como siempre a mi oficina. Estaba preparado para esto y así en menos de una semana —sin exceder en un minuto mis jornadas habituales de labor, sin entrar a deshoras, sin licenciar a Lys— arreglé los libros de modo que, una vez muerto Froebel, nadie pudiera descubrir nada. Vivo él, sin duda comenzaría a recordar fechas, hechos y nombres que sólo conocíamos los dos, y entonces saldría a flote que los asientos y contrasientos, tal como los dejé, no eran los que él habla visto antes de viajar a Montevideo. 

Pero para un extraño nada quedó en los libros fuera de lo natural, o, por lo menos, de lo explicable con las normas, mejor dicho, con las triquiñuelas lícitas de que debe valerse una empresa pequeña como la nuestra, de medianos recursos, y uno de cuyos atareados socios lleva los libros.

Froebel regresó contento. Inferí que había cerrado por su sola cuenta y con su propio dinero dos o tres buenos negocios, y el que no me hablara de ellos significaba que tarde o temprano me pediría la disolución de la sociedad. Desgraciadamente para él.

Y digo desgraciadamente porque dos noches después de su llegada me aposté en la esquina de su casa, bajo las altas y heladas acacias de hojas perennes que ensombrecen la calle como grandes paraguas negros, y esperé a que saliera.

Sabía que lo hacía siempre: a las diez y media terminaba metódicamente su cena, a las once u once y cuarto se encaminaba al club, donde jugaba hasta las tres de la mañana.

Por suerte la noche era oscura, de modo que pude permanecer bajo la ancha sombra de las acacias como si esperase a alguna sirvienta que deja su trabajo después de comer. Era, por lo demás, un barrio señorial y tranquilo, de grandes casas burguesas y casi ningún peatón.

Como uno es un tipo inteligente, llevé conmigo un pequeño receptor de radiotelefonía de esos que se llevan en el bolsillo para escuchar los programas. Era una precaución más. “Vea, oficial, yo anoche me quedé en casa oyendo la radio.” El oficial sonreiría: “Ah, muy interesante...” y de pronto, incisivamente: “¿Y qué es lo que oyó entre las diez y las doce?” “Espere usted... ah, sí: oí a los hermanos Abalos a las diez, y después, sí, unos discos de Alberto Castillo.” “¿No recuerda cuáles?” “Sí, fueron “Charol”, “Uno”, también otro sobre los barrios porteños...” Esto era casi imposible saberlo sin haberlo oído, como efectivamente lo escuchaba a la máxima sordina, pegando el receptor a mi oído.

A las once —en ese momento Castillo cantaba “Charol”— se abrió la forjada puerta de hierro. Froebel se envolvió en la bufanda y echó a andar hacia la Avenida Cabildo, que centelleaba tres o cuatro cuadras más abajo. Descorrí el cierre y lo seguí. El caminaba despacio, con satisfechos y pesados pasos, gozoso de su comida y de sus vinos que, efectivamente, eran muy buenos. 

Ni siquiera me oyó llegar: se derrumbó lentamente, como si se acostara a dormir. Nada mejor que repetir una cosa para lograr la perfección. Dejé “L'Europeo” al lado del cuerpo y me alejé a buen paso, doblando esquina tras esquina hasta que llegué a Barrancas de Belgrano diez minutos después, y tomé un tren casi vacío. Regresé a mi casa a medianoche, sin tropezar con nadie. Al receptor y a la cachiporra los arrojé al Riachuelo.

Realmente, estaba satisfecho. Aquellos dos primeros muertos se encadenarían a éste —y al cuarto, desde luego—, de tal manera que la policía y los diarios, alucinados por la similitud aparente —mejor dicho real, pero conducente a una semejanza engañosa— de los tres casos, darían vueltas en el vacío. 

Yo me hallaba en la situación de cualquiera de los parientes, amigos o conocidos de Froebel. Conocía a uno solo de esos hombres, pero no a los otros dos. La policía buscaría al hombre relacionado con los tres. Ese hombre, desde luego, no era yo. En realidad, no existía. Y si aceptaban la teoría del asesino maniático, yo, reconocidamente cuerdo, no podría ser culpado con mayor razón que tantos otros.

Todo salió como lo pensé. Interrogaron a Lys, a las hermanas de Froebel, a sus amigos, a mí, a nuestros clientes. Nada apareció. Aquel ejemplar de “L'Europeo” alucinaba a todos. Un redactor de “Noticias Gráficas” tejió una íntegra teoría en torno a él, pues, por distintos caminos, y por pura y retorcida casualidad, esos tres hombres se unían en un punto: Alemania. 

Froebel era alemán, de Baviera; la mujer del hermano del dueño del bar de donde salió el borracho era alemana, de Brandenburgo, y el principal fiador del mercero de Villa del Parque era también alemán, del Palatinado. En torno de eso, y mezclándolo bien con una dosis de espionaje, dos gotas sobre los funerales de Hitler, medio vaso acerca de la desvalorización del marco, otro medio sobre la República de Weimar y un poquito de Italo Balbo resultó un lindo cóctel. 

Esa noche la edición sexta del diario, agotada en las paradas principales, no alcanzó a llegar a muchos barrios. Al día siguiente se pagaba hasta un peso por ejemplar con la historia del “Triple misterio alemán”. Yo me divertí bastante.

Naturalmente, las cosas no podían quedar así. Si Froebel era el último muerto, cualquier azar podría ponerme en evidencia, más cuando quedaría, según pensaba, como agente y socio a la vez de la firma. Si nadie había aprovechado las otras dos muertes, yo usufructuaría brillantemente la tercera, y eso era casi tan peligroso como pararse delante del blanco cuando un maestro tirador dispara sobre él. En esta situación —y en la mía— no conviene exponerse demasiado.

Por eso, cuando las cosas se calmaron, fabriqué otra cachiporra, y una noche de perros —lluvia y viento del este— salí de la casa para seguir el camino de siempre: Un restaurante, un cinematógrafo, un bar, un ómnibus, una calle solitaria y apagada, otra calle solitaria, en pleno Flores... Un hombre caminaba delante de mí, solo, mojado y propicio. Abrí de nuevo el cierre de la cachiporra... y entonces me iluminaron dos linternas, cuyos haces se cruzaron sobre mí. Los imbéciles de la policía me habían seguido.

*  *  *

—Esto es lo que confesó Juan Bernal, amigo Pérez Zelaschi, porque no tenía más remedio. Ahí terminó el caso del “Triple misterio alemán”.

—¿Y esto fue todo, Leoni?

El inspector Leoni sonrió. Cuando lo hacía se parecía mucho a un Buda gordo, calmo y lustroso, pero santiagueño.

—Tres asesinatos y otro en puerta… ¿Le parecen pocos?

—No me refiero a eso sino a la pesquisa.

Estábamos en la cocina de su casa, llena, a esa hora lluviosa y caída de la tarde, por el aceitoso aroma de las tortas que freía la patrona. Leoni llenó el mate. Sólo cuando sobre la boquilla floreció un apretado copete verde, me contestó.

—Los tipos inteligentes sólo hacen macanas; guerras, revoluciones, libros, teorías raras, crímenes, bombas atómicas… No sirven para nada, pero se creen superiores. Bernal era uno de esos. Menos mal que la humanidad está compuesta por tontos o por pobres diablos, como usted y yo... Bien. 

Los muchachos de la Federal estaban despistados, lo confieso. Casi tanto como el de “Noticias Gráficas”. Investigaron por todos lados, tratando de relacionar al tranviario con el catalán, pero no salieron ni para atrás ni para adelante... Entonces al subcomisario de la 23 se le ocurrió que se tratara caso por caso, es decir, como si entre uno y otro no existiera lazo de unión alguno. Al jefe le pareció bien y así se hizo, al principio sin resultado. 

Bernal nos desorientó sólo en cuanto a los resultados, pero no alcanzó a constreñimos a un método único. Quiso vencernos por pura teoría, pero se olvidó de que hay muchachos de la Federal que llevan treinta y cinco años en Moreno al 1500. Cuando se produjo el tercer asesinato volvimos a investigar con los dos métodos, es decir, tratando de vincularlo con los anteriores y también como si fuera un caso aislado. 

Y así supimos unas cuantas cosas: que Bernal tenía sus asuntitos, que había jugado fuerte a la ruleta (la policía del Casino es especialista en manyamiento), que esos pesos habían salido de una seña dada por un automóvil comprado con plata sospechosa, etc. Un sábado y un domingo enteros, dos ex inspectores de la Dirección Impositiva revisaron los libros y, como estaban sobre aviso, hallaron cosas que a cualquiera se le hubieran escapado. Nada ilegal, pero sí poco claro. 

Por entonces aun no sospechábamos de Bernal más que de otros, pero pronto encontramos que aquí, en el caso Froebel (no en éste y los otros dos, como Bernal supuso que pensaríamos), nos pareció el más probable asesino. Le pusimos vigilancia, y vimos que hacía algunas compras: municiones en una ferretería, dos pedazos de plomo en otra, y otras cosas raras... Raras para nosotros y en su caso, por supuesto. Esa noche —y otras que él no advirtió— yo y dos más lo seguimos. 

Estuvimos en el cine, el bar, el ómnibus y después, saliendo de detrás de una esquina, me puse a caminar delante de él. Y colorín, colorado, el cuento se ha terminado. Bernal se perdió por querer terminar su obra demasiado bien, con demasiada inteligencia. 

Un cuarto crimen quizás hubiera desviado nuestra labor. ¡Lástima que hayan levantado el presidio de Ushuaia! Está en Santa Rosa con cadena perpetua. Ahora decora lapiceras con sedas de colores. Ya ve para qué le sirvió su inteligencia. Tipo zonzo...

El mate restalló en una serie de pequeñas burbujas. Leoni lo cebó otra vez.

—¿Y la moraleja, Leoni?

Leoni volvió a sonreír, con su media sonrisa parecida a la de Hipólito Irigoyen.

—No sé… Se me ocurre que podría ser: No hay que firmar los crímenes o algo así. Ahí tiene un lindo título para un cuento.

—Me parece bueno: Los crímenes van sin firma. Gracias, Leoni.