En la vida, lo
principal es ser inteligente. Por eso, cuando el croupier se llevó mis
dos últimas fichas de quinientos y decidí matar a mi socio Froebel —como lo
tenía meditado—, hube de hacerlo de manera inteligente. Es decir, en la misma
forma como había distraído de las cuentas sociales —yo atiendo los asuntos
administrativos y contables, en tanto que Froebel anda de aquí para allá
ocupado con los clientes— varios miles de pesos al año, los que hasta entonces
repuse realizando negocios por mi cuenta y también inteligentes.
Pero ahora Froebel
sospechaba algo. En esos días lo vi revisar los libros, y cerrados con aire
vacilante. Sin duda no entendía nada, porque yo complicaba a propósito la
contabilidad, y él no conoce estas cosas. Con todo, dijo a Lys —nuestra
secretaria, la única empleada que tenemos— que quería revisar él mismo los
resúmenes de cuenta corriente que trimestralmente nos enviaban los bancos.
Tal
vez él llevara alguna contabilidad sumaria como la de los almaceneros, con sólo
dos columnas, una de pagos y otra de cobros, pero suficiente para mostrarle una
diferencia entre el saldo real de banco y el que debiera haber: unos cuarenta
mil pesos. Es decir, el importe de un Chevrolet 45, que yo había comprado en esa
suma y para el cual, previos reajuste y pintura generales, tenía ya un
comprador que pagaría cincuenta y tres mil pesos.
Repuesto el dinero social,
quedarían para mí alrededor de siete mil de ganancia. Negocios como éste había
realizado muchos, y prueban que la inteligencia es lo principal para que
triunfe un hombre. Lo malo es que Froebel, como digo, comenzó a sospechar. Por
lo tanto, más valía prevenir que curar.
La nuestra era una
sociedad a medias: de él eran los tres cuartos del capital y la totalidad de
las relaciones comerciales que nos servían para ir adelante. Hubiera sido un
mal negocio que se enterase de todas estas cosas y disolviera la sociedad, con
lo cual desaparecerían para mí oportunidades como las que anoté. Por otra
parte, Froebel no tenía más herederos que dos viejas hermanas solteras. Eran
buenas amigas mías y podría convencerlas para que siguieran en sociedad
conmigo. ¡Entonces sí que habría buenas ocasiones para un tipo inteligente!
Froebel se fue a
Montevideo el 20 de junio, sin haber podido verificar sus sospechas, y
diciéndome que estaría allí más de un mes. Por si acaso, y para ver si podía
evitar darle el último pasaporte, no bien tomó el avión para Montevideo, yo
hice lo mismo con el expreso a Mar del Plata.
Llevé diez mil pesos, que
convertí en fichas grandes y un juego que no me había fallado casi nunca: jugar
fuerte a dos decenas —o columnas— luego de esperar que la restante se dé dos
veces seguidas, pues casi nunca se repite la columna o decena que ya salió en
dos ocasiones. Se gana poco, es cierto —la mitad de lo jugado—, pero apostando
fuerte y con inteligencia, y con nervios de chino, se pueden levantar hasta
cinco o seis mil pesos por noche.
Salió primera y primera... Jugué. Y otra vez
primera. Me llevaron las fichas y esperé un rato. Se dio tercera y tercera.
Volví a jugar..., y otra vez tercera. Primera, primera... Coroné con mil..., y
de nuevo primera. Y la mala racha siguió.
Perdí los diez mil pesos que había traído... y el negocio del automóvil sólo se
haría después que volviera Froebel de Montevideo. Ni siquiera podía buscar otro
comprador, porque me habían dado seña, precisamente esos diez mil pesos que había perdido.
No tuve, pues, culpa en
la muerte de Froebel. Las responsables fueron la ruleta y la mala suerte. Siempre
me había salido “cara” la taba. Era natural que alguna vez me mostrara el otro
lado.
Pero todo tiene remedio
para una persona inteligente. Matar a Froebel era fácil, pero yo sería acusado
enseguida y, aunque saliera indemne, nadie pasa por los juzgados del crimen
sin dejar alguna sospecha para los demás. Además, los clientes de la firma no
eran amigos míos sino de Froebel, y el solo conocimiento de que me enredaban en
un sumario haría que huyeran del socio
supérstite como una bandada de patos del fusil del cazador. Así no me convenía
la muerte de Froebel, que sólo beneficiaría a los competidores.
Pero, naturalmente, un
tipo inteligente o posee recursos o los inventa. Matar a un hombre, no es
difícil —cualquier imbécil lo hace— y si uno
mata a cualquier persona, la policía no dará jamás con el criminal, a
menos que éste deje su tarjeta de visita prendida con un alfiler en una de las
solapas de la víctima.
Lo que descubre a un asesino no son las pistas, ni los
rastros, ni nada de eso, sino su conexión —visible, disimulada u
oculta— con la víctima. Así, si después de ese cualquiera se liquida
también a otro cualquiera, la policía se desorientará todavía más y, si
por último, se mata a Froebel, es otro cualquiera y no Froebel, es
decir, no Froebel vinculado conmigo, sino con los dos
cualesquiera anteriores, que no poseían relación alguna conmigo, salvo la de
haberlos mandado al otro mundo, y esto será así con mayor fuerza si uno deja en
cada caso un rastro evidente, una marca de fábrica, digamos así, lo bastante
extravagante como para que esas muertes se entrelacen aparentemente entre
sí.
Creado un vínculo artificioso entre las tres, el verdadero quedaría
oculto, y con ello, oculto también el criminal. Una acusación contra mí
parecería el recurso de policías desesperados por dos fracasos anteriores, pues
aunque probaran alguna conexión entre la desaparición de Froebel y mi provecho,
no podrían esclarecer la más remota entre éste y los dos primeros asesinados.
Bien.
No recuerdo dónde leí que
lo mejor para partir un cráneo como si fuera un huevo es una cachiporra
flexible y barata, que se construye dando a un lienzo fuerte la forma de un
tubo largo y estrecho, y llenándolo con arena de Montevideo. Así lo hice,
agregándole un buen peso de municiones y una pequeña bola de plomo en el
extremo. Resultó una varilla bastante pesada, pero muy cómoda para llevar atada
a la cintura, donde resulta tan discreta como una monja.
Como vivo solo y salgo
frecuentemente, nadie podía sorprenderse de que esa noche no volviera a mi
departamento. Fui a un cinematógrafo, bebí un café después de la salida —era ya
medianoche— y tomé un ómnibus cualquiera, que resultó ser el 126, pero cuyo
número no elegí, y cuando éste pasaba por un barrio que me pareció solitario
—Escalada y Directorio— descendí.
Era una larga calle de barrio, flanqueada por
casas bajas, arbolada y sombría, donde a esa hora no transitaba un alma. Caminé
unas cuadras al azar. Por fin vi a un hombre que salía de un despacho de
bebidas, abrigado apenas el cuello por una bufandita y sin sombrero.
Lo seguí
silenciosamente, pues me había puesto zapatos de suela de goma. El pobre diablo
iba con frío a pesar de la tranca, las manos hundidas en los bolsillos y levantando
los pies algo más de lo necesario, con ese paso livianito de los borrachos.
Pude tomar todas
las precauciones, avalar lo solitario de la calle, descorrer el cierre de la
correa, sopesar la cachiporra... Pobre diablo. Cayó como si se hubiese dormido
mientras caminaba. Arrojé junto a él un
número de “L'Europeo”, revista de la cual
había comprado tres ejemplares unos
días antes en distintos puestos de venta, y con el mismo paso, sin apresurarme,
di vuelta a la primera esquina,
a la segunda, a otra más...
Los diarios de la mañana
destinaron poco espacio a este crimen,
los de la tarde fantasearon
algo, y la policía, como lo preví, quedó a ciegas.
Ocho días después volví a
prender la cachiporra bajo el abrigo, metí el segundo ejemplar de “L'Europeo” en
el bolsillo, fui a otro cine,
tomé otro café en otra parte, otro ómnibus, bajé en Un lugar de Villa del Parque, allá por la vieja
avenida Tres Cruces, donde sólo andaban
los gatos y el fino y cortante viento de la madrugada, y le hundí la cabeza a un tipo gordo y calvo, que volvía a
su casa resoplando de frío y de cansancio, y sobre cuyo cadáver dejé “L'Europeo”,
mi marca de fábrica.
¡Entonces sí que hablaron
los diarios! Desde la hipótesis de una venganza corsa,
emitida por “Crítica” —para lo cual el número de “L'Europeo”,
a pesar de no editarse en ninguna ciudad de Córcega, le servía muy bien—, y la
revelación de que existía en Buenos Aires una organización anarquista,
lanzada por “El Pueblo”, hasta la prueba de que se trataba de una
obra de refugiados fascistas, ofrecida por “La Hora”, se barajaron cien
fantasías.
La policía no pudo establecer conexión alguna entre un muerto y
otro, ni, por tanto, entre un crimen y otro. El primero había sido un pobre diablo, tranviario
jubilado, sin más familia que un perro y las
botellas; el segundo resultó un
catalán, propietario de una mercería en Villa
del Parque, hombre acomodado, sin
enemigos, casado en segundas nupcias y sin hijos.
Naturalmente, de
revisar mi departamento, hubieran hallado el Otro ejemplar de “L'Europeo”, la cachiporra y hasta los boletos de los
ómnibus que tomé esas dos noches, pero ¿por qué habrían de hacerlo? Yo era uno
más entre cinco millones de habitantes de Buenos Aires que tenían las mismas
probabilidades que yo de ser sospechosos.
Entre tanto, concurría
como siempre a mi oficina. Estaba preparado para esto y así en menos de una
semana —sin exceder en un minuto mis jornadas habituales de labor, sin entrar a
deshoras, sin licenciar a Lys— arreglé los libros de modo que, una vez muerto
Froebel, nadie pudiera descubrir nada. Vivo él, sin duda comenzaría a recordar
fechas, hechos y nombres que sólo conocíamos los dos, y entonces saldría a
flote que los asientos y contrasientos, tal como
los dejé, no eran los que él habla visto antes de viajar a Montevideo.
Pero
para un extraño nada quedó en los libros fuera de lo natural, o, por lo menos,
de lo explicable con las normas, mejor dicho, con las triquiñuelas lícitas de
que debe valerse una empresa pequeña como la nuestra, de medianos recursos, y
uno de cuyos atareados socios lleva los libros.
Froebel regresó contento.
Inferí que había cerrado por su sola cuenta y con su propio dinero dos o tres
buenos negocios, y el que no me hablara de ellos significaba que tarde o
temprano me pediría la disolución de la sociedad. Desgraciadamente para él.
Y digo desgraciadamente porque dos noches después de su llegada me aposté en
la esquina de su casa, bajo las altas y heladas acacias de hojas perennes que
ensombrecen la calle como grandes paraguas negros, y esperé a que saliera.
Sabía que lo hacía
siempre: a las diez y media terminaba metódicamente su cena, a las once u once y
cuarto se encaminaba al club, donde jugaba hasta las tres de la mañana.
Por suerte la
noche era oscura, de modo que pude permanecer bajo la ancha sombra de las
acacias como si esperase a alguna sirvienta que deja su trabajo después de
comer. Era, por lo demás, un barrio señorial y tranquilo, de grandes casas
burguesas y casi ningún peatón.
Como uno es un tipo
inteligente, llevé conmigo un pequeño receptor de radiotelefonía de esos que se
llevan en el bolsillo para escuchar los programas. Era una precaución más. “Vea,
oficial, yo anoche me quedé en casa oyendo la radio.” El oficial sonreiría: “Ah,
muy interesante...” y de pronto, incisivamente:
“¿Y qué es lo que oyó entre las diez y las doce?” “Espere usted... ah, sí: oí a
los hermanos Abalos a las diez, y después, sí, unos discos de Alberto Castillo.”
“¿No recuerda cuáles?” “Sí, fueron “Charol”, “Uno”, también otro sobre los
barrios porteños...” Esto era casi imposible saberlo sin haberlo oído, como
efectivamente lo escuchaba a la máxima sordina, pegando el receptor a mi oído.
A las once —en ese
momento Castillo cantaba “Charol”— se abrió la forjada puerta de hierro.
Froebel se envolvió en la bufanda y echó a andar hacia la Avenida Cabildo, que
centelleaba tres o cuatro cuadras más abajo. Descorrí el cierre y lo seguí. El
caminaba despacio, con satisfechos y pesados pasos, gozoso de su comida y de
sus vinos que, efectivamente, eran muy buenos.
Ni siquiera me oyó llegar: se
derrumbó lentamente, como si se acostara a dormir. Nada mejor que repetir una cosa
para lograr la perfección. Dejé “L'Europeo” al lado del cuerpo y me alejé a
buen paso, doblando esquina tras esquina hasta que llegué a Barrancas de
Belgrano diez minutos después, y tomé un tren casi vacío. Regresé a mi casa a
medianoche, sin tropezar con nadie. Al receptor y a la cachiporra los arrojé al
Riachuelo.
Realmente, estaba
satisfecho. Aquellos dos primeros muertos se encadenarían a éste —y al cuarto,
desde luego—, de tal manera que la policía y los diarios, alucinados por la
similitud aparente —mejor dicho real, pero conducente a una semejanza engañosa—
de los tres casos, darían vueltas en el vacío.
Yo me hallaba en la situación de
cualquiera de los parientes, amigos o conocidos de Froebel. Conocía a uno solo
de esos hombres, pero no a los otros dos. La policía buscaría al hombre
relacionado con los tres. Ese hombre, desde luego, no era yo. En
realidad, no existía. Y si aceptaban la teoría del asesino maniático, yo,
reconocidamente cuerdo, no podría ser culpado con mayor razón que tantos otros.
Todo salió como lo pensé.
Interrogaron a Lys, a las hermanas de Froebel, a sus amigos, a mí, a nuestros
clientes. Nada apareció. Aquel ejemplar de “L'Europeo” alucinaba a todos. Un
redactor de “Noticias Gráficas” tejió una íntegra teoría en torno a él, pues,
por distintos caminos, y por pura y retorcida casualidad, esos tres hombres se
unían en un punto: Alemania.
Froebel era alemán, de Baviera; la mujer del
hermano del dueño del bar de donde salió el borracho era alemana, de
Brandenburgo, y el principal fiador del mercero de Villa del Parque era también
alemán, del Palatinado. En torno de eso, y mezclándolo bien con una dosis de
espionaje, dos gotas sobre los funerales de Hitler, medio vaso acerca de la
desvalorización del marco, otro medio sobre la República de Weimar y un poquito
de Italo Balbo resultó un lindo cóctel.
Esa noche la edición sexta del diario,
agotada en las paradas principales, no alcanzó a llegar a muchos barrios. Al
día siguiente se pagaba hasta un peso por ejemplar con la historia del “Triple
misterio alemán”. Yo me divertí bastante.
Naturalmente, las
cosas no podían quedar así. Si Froebel era el último muerto, cualquier
azar podría ponerme en evidencia, más cuando quedaría, según pensaba, como
agente y socio a la vez de la firma. Si nadie había aprovechado las otras dos
muertes, yo usufructuaría brillantemente la tercera, y eso era casi tan
peligroso como pararse delante del blanco cuando un maestro tirador dispara
sobre él. En esta situación —y en la mía— no conviene exponerse demasiado.
Por eso, cuando las cosas
se calmaron, fabriqué otra
cachiporra, y una noche de perros —lluvia
y viento del este— salí de la casa para seguir el camino de siempre: Un
restaurante, un cinematógrafo, un bar, un ómnibus, una calle solitaria y
apagada, otra calle solitaria, en pleno Flores... Un hombre caminaba delante de
mí, solo, mojado y propicio. Abrí de nuevo el cierre de la cachiporra... y
entonces me iluminaron dos linternas, cuyos haces se cruzaron sobre mí. Los imbéciles de la policía me
habían seguido.
* *
*
—Esto es lo que confesó
Juan Bernal, amigo Pérez Zelaschi, porque no tenía más remedio. Ahí terminó el
caso del “Triple misterio alemán”.
—¿Y esto fue todo, Leoni?
El inspector Leoni
sonrió. Cuando lo hacía se parecía mucho a un Buda gordo, calmo y lustroso,
pero santiagueño.
—Tres asesinatos y otro
en puerta… ¿Le parecen pocos?
—No me refiero a eso sino
a la pesquisa.
Estábamos en la cocina
de su casa, llena, a esa hora
lluviosa y caída de la tarde, por el aceitoso aroma de las tortas que freía la patrona. Leoni llenó el
mate. Sólo cuando sobre la boquilla floreció
un apretado copete verde, me contestó.
—Los tipos inteligentes sólo hacen macanas; guerras,
revoluciones, libros, teorías raras, crímenes, bombas atómicas… No sirven para
nada, pero se creen superiores. Bernal era uno de esos. Menos mal que la
humanidad está compuesta por tontos o por pobres diablos, como usted y yo...
Bien.
Los muchachos de la Federal estaban despistados, lo confieso. Casi tanto
como el de “Noticias Gráficas”. Investigaron por todos lados, tratando de
relacionar al tranviario con el catalán, pero no salieron ni para atrás ni para
adelante... Entonces al subcomisario de la 23 se le ocurrió que se tratara caso
por caso, es decir, como si entre uno y otro no existiera lazo de unión alguno.
Al jefe le pareció bien y así se hizo, al principio sin resultado.
Bernal nos
desorientó sólo en cuanto a los resultados, pero no alcanzó a constreñimos a un
método único. Quiso vencernos por pura teoría, pero se olvidó de que hay
muchachos de la Federal que llevan treinta y cinco años en Moreno al 1500.
Cuando se produjo el tercer asesinato volvimos a investigar con los dos
métodos, es decir, tratando de vincularlo con los anteriores y también como
si fuera un caso aislado.
Y así supimos unas cuantas cosas: que Bernal tenía
sus asuntitos, que había jugado fuerte a la ruleta (la policía del Casino es
especialista en manyamiento), que esos pesos habían salido de una seña
dada por un automóvil comprado con plata sospechosa, etc. Un sábado y un
domingo enteros, dos ex inspectores de la Dirección Impositiva revisaron los
libros y, como estaban sobre aviso, hallaron cosas que a cualquiera se le
hubieran escapado. Nada ilegal, pero sí poco claro.
Por entonces aun no
sospechábamos de Bernal más que de otros, pero pronto encontramos que aquí, en
el caso Froebel (no en éste y los otros dos, como Bernal supuso que
pensaríamos), nos pareció el más probable asesino. Le pusimos vigilancia, y
vimos que hacía algunas compras: municiones en una ferretería, dos pedazos de
plomo en otra, y otras cosas raras... Raras para nosotros y en su caso, por supuesto. Esa noche —y
otras que él no advirtió— yo y dos más lo seguimos.
Estuvimos en el cine, el
bar, el ómnibus y después, saliendo de detrás de una esquina, me puse a caminar
delante de él. Y colorín, colorado, el cuento
se ha terminado. Bernal se
perdió por querer terminar su obra demasiado bien, con demasiada inteligencia.
Un cuarto crimen quizás hubiera desviado nuestra labor. ¡Lástima que hayan levantado
el presidio de Ushuaia! Está en Santa Rosa con cadena perpetua. Ahora decora
lapiceras con sedas de colores. Ya ve para qué le sirvió su inteligencia. Tipo zonzo...
El mate restalló en una serie de pequeñas
burbujas. Leoni lo cebó otra
vez.
—¿Y
la moraleja, Leoni?
Leoni volvió a sonreír, con su media sonrisa
parecida a la de
Hipólito Irigoyen.
—No sé… Se me ocurre que
podría ser: No hay que firmar los
crímenes o algo así. Ahí tiene un
lindo título para un cuento.
—Me parece bueno: Los
crímenes van sin firma. Gracias, Leoni.