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Rapunzel - James Finn Garner

Érase una vez un calderero económicamente desfavorecido que vivía con su mujer. Su falta de bienestar material no debe dar a entender que el conjunto de los caldereros formen un grupo económicamente marginado, ni que, de ser así, merezcan sufrir dicha condición. 

Por más que en los cuentos infantiles clásicos el calderero represente el arquetipo de víctima propiciatoria, este individuo en particular era calderero de profesión y, sencillamente, se encontraba en una posición de desventaja económica.

El calderero y su mujer vivían en una diminuta casucha próxima a la modesta finca de una de las brujas de la localidad. Desde su ventana, podían admirar el jardín de la bruja, que ésta cuidaba meticulosamente en un repugnante intento por imponer sobre la Naturaleza nuestras nociones humanas de orden.

La mujer del calderero estaba embarazada y, mientras observaba el jardín de la bruja, comenzó a experimentar un apetito irresistible por las lechugas que ésta cultivaba. Suplicó al calderero que saltara la valla y le trajera algunas, y su esposo terminó por ceder a sus deseos: al caer la noche, saltó la valla y se apropió de unas cuantas lechugas. Sin embargo, antes de que pudiera regresar a su hogar, se vio sorprendido por la bruja.

Ahora bien, la bruja en cuestión era una persona de amabilidad sumamente limitada. (No pretendemos afirmar con ello que todas las brujas —ni siquiera algunas— lo sean, ni despojar a esta bruja en cuestión de su derecho a expresar su carácter natural, sea éste cual fuere. Antes bien, nos inclinamos por reconocer que dicho carácter se debía, sin duda, a numerosas circunstancias relacionadas con su educación y su entorno social que aquí, desgraciadamente, habremos de omitir por necesidades de espacio.)

Pero, como decíamos, la bruja era una persona de amabilidad notablemente limitada, por lo que el calderero experimentó un agudo temor cuando ella, asiéndole por el cuello, le preguntó: —¿A dónde vas con mis lechugas?

El calderero podría acaso haber discutido con ella los conceptos de la propiedad y haber argumentado que las lechugas «pertenecían» en buena ley a cualquiera que tuviera el hambre y el coraje suficientes como para apropiarse de ellas. Sin embargo, imploró piedad, sin importarle el degradante espectáculo que ofrecía con ello. —Ha sido culpa de mi mujer —gimió, de un modo característicamente machista—. Está embarazada y se ha encaprichado con sus espléndidas lechugas. Le ruego que me perdone la vida. Por más que el concepto de hogar regentado por un progenitor único resulta totalmente aceptable, le ruego que no me mate, pues con ello despojaría a mi retoño de una estructura familiar estable basada en el cuidado de ambos cónyuges.

La bruja caviló unos instantes y, a continuación, soltó al calderero y desapareció sin pronunciar palabra. El hombre recogió sus lechugas y regresó a su hogar con enorme alivio.

Pocos meses después, y tras terribles sufrimientos que los hombres nunca podrán apreciar debidamente, la mujer del calderero dio a luz a una hermosísima y saludable mujer de corta edad, a la que llamaron Rapunzel como referencia a un conocido género de lechugas.

Poco después, la bruja se presentó en el umbral de su puerta exigiendo que le fuera entregada la recién nacida a cambio de haber perdonado la vida del calderero cuando éste se introdujo en su jardín. ¿Qué podían hacer? La situación vital de impotencia que padecían siempre les había dejado a merced de cualquier forma de explotación, y en aquel momento no vieron otra alternativa posible. Entregaron a Rapunzel a la bruja y ésta se alejó a toda prisa.

La bruja llevó a la pequeña al corazón del bosque y la encerró en una elevada torre de evidente representación simbólica. Allí creció Rapunzel hasta convertirse en una mujer adulta. La torre carecía de puertas o escaleras, y tan sólo tenía una ventana en su parte superior. El único modo de acceder a la ventana era trepando por la larga y voluminosa cabellera de Rapunzel (una vez más, el simbolismo de todo ello debería resultar obvio).

La bruja era la única visitante de Rapunzel. Solía detenerse al pie de la torre y gritar:

«Rapunzel, Rapunzel, descuelga tu cabellera para que por ella ascienda, cual por dorada escalera.»

Y Rapunzel, obedientemente, dejaba caer su trenza. De este modo, y durante años, permitió que se explotara su cuerpo para satisfacer las necesidades de desplazamiento de otra persona. A la bruja le gustaba la música, y enseñó a Rapunzel a cantar. Juntas, pasaban largas horas cantando en la torre.

Pero un día, un príncipe pasó cerca de la torre y oyó el canto de Rapunzel. No obstante, al aproximarse a la fuente de aquel delicioso sonido avistó a la bruja y se ocultó entre los árboles junto con su equino acompañante. Desde su escondrijo, pudo ver cómo la bruja llamaba a Rapunzel, cómo ésta dejaba caer su trenza y cómo la bruja trepaba por ella. Y, nuevamente, llegó a sus oídos aquel canto hermosísimo. Finalmente, cuando la bruja abandonó la torre y desapareció en la distancia, el príncipe salió de los bosques y dijo:

«Rapunzel, Rapunzel, descuelga tu cabellera para que por ella ascienda, cual por dorada escalera.»

Inmediatamente, Rapunzel descolgó su trenza por la ventana y el príncipe trepó por ella.

Cuando el príncipe vio a Rapunzel, el atractivo físico de ésta —muy superior a la media— y sus cabellos largos y abundantes le llevaron a presumir (de un modo típicamente sexista) que su personalidad sería igualmente atrayente. (No pretendemos, con ello, sugerir que todos los príncipes juzguen a las personas únicamente por su aspecto, ni negarle a éste en particular su derecho a realizar tales presunciones. Remítase el lector a otras aclaraciones expresadas en párrafos anteriores.)

Y dijo el príncipe: —¡Oh, hermosa doncella! He oído vuestro canto mientras cabalgaba por las cercanías. Cantad de nuevo para mí, os lo ruego.

Rapunzel no sabía muy bien qué actitud adoptar ante aquella persona, ya que hasta entonces nunca había visto un hombre de cerca. Pensó que era una extraña criatura: de grandes dimensiones, rostro velludo y dotada de un poderoso olor acre. De algún modo inexplicable, Rapunzel se sintió extrañamente atraída por aquella mezcla y abrió la boca dispuesta a cantar. —¡Detente inmediatamente! —exclamó una voz procedente de la ventana.

¡La bruja había regresado! —¿Cómo... cómo habéis podido subir? —inquirió Rapunzel. —Ordené fabricar una segunda trenza para emplearla en caso de apuro —dijo la bruja con tono desenfadado—, y parece que tal es el caso. ¡Escúchame, príncipe! Construí esta torre para mantener a Rapunzel alejada de hombres como tú. Fui yo quien la enseñó a cantar y llevo años educando su voz. Se quedará aquí y no cantará para nadie más que para mí, ya que soy la única persona que realmente la ama. —Podemos discutir vuestros problemas de interdependencia más tarde —dijo el príncipe—. Antes quisiera oír a... ¿Rapunzel, se llama?... Querría oír cantar a Rapunzel. —¡NO! —chilló la bruja—. ¡Voy a arrojarte por la ventana sobre las zarzas que crecen bajo ella y así sus espinas te arrancarán los ojos y tendrás que vagar por la campiña maldiciendo tu mala suerte durante el resto de tus días! —Quizá te interese reconsiderar esa decisión —dijo el príncipe—. Verás, tengo en la industria discográfica buenos amigos a los que quizá les interesaría oír a... ¿Rapunzel, te llamabas? Tiene un estilo diferente... pegadizo, diría yo. —¡Lo sabía! ¡Quieres apartarla de mí! —No, no. Quiero que sigas adiestrándola, que la eduques... en calidad de representante —dijo el príncipe—. Luego, en su momento, digamos al cabo de una o dos semanas, podrás revelar su talento al mundo y nos embolsaremos la pasta.

La bruja vaciló unos instantes mientras sopesaba la propuesta, y su actitud se apaciguó visiblemente. A continuación, el príncipe y ella comenzaron a discutir contratos discográficos y derechos de vídeo, así como posibles ideas de comercialización, entre las que se incluían muñecas «Rapunzel»© de tamaño natural equipadas con sus propias Columnas Melódicas© estereofónicas en miniatura. 

Mientras les observaba, Rapunzel veía transformarse sus sospechas en una sensación de repugnancia. Durante años, sus cabellos se habían visto explotados para satisfacer las necesidades de desplazamiento de terceros, y ahora querían explotar también sus dotes vocales. «De modo que la avaricia es un vicio común a ambos sexos», pensó con un suspiro.

Rapunzel fue acercándose lentamente a la ventana sin ser vista y, una vez allí, se descolgó a lo largo de la segunda trenza hasta donde aguardaba el caballo del príncipe. A continuación, desenganchó la trenza y partió con ella al galope dejando que la bruja y el príncipe siguieran discutiendo sus derechos y porcentajes en el fálico torreón.

Rapunzel se dirigió a la ciudad y alquiló una habitación en un edificio provisto de escaleras como es debido. Posteriormente, creó una Fundación no lucrativa para el fomento de la Libre Proliferación de la Música, se cortó la cabellera y la donó a una subasta destinada a la recogida de fondos. 

Durante el resto de sus días, cantó gratuitamente en cafés y galerías de arte, negándose sistemáticamente a explotar, a cambio de dinero, el deseo de oírla cantar que pudieran experimentar otras personas.

Un maravilloso cuento oriental de un santo desnudo - Wilhelm Heinrich Wackenröder

El Oriente es la patria de todo lo maravilloso. En la antigüedad y en los inicios de las costumbres de tan lejanos países, se hallan consejas y enigmas extremadamente raros que aún se resisten a la razón, según ella misma más sabia. 

Viven también en estos parajes seres extraños que nosotros consideramos locos pero que, en aquellas tierras, son adorados como seres sobrenaturales. 

El espíritu oriental considera a estos santos desnudos como depositarios maravillosos de un genio más elevado que, desde el firmamento, se ha precipitado en el cuerpo humano, que ahora no sabe comportarse humanamente. 

Pues, según vemos, todas las cosas en el Mundo son ya de una u otra manera, según las observemos. La razón humana es un filtro maravilloso que, a su solo contacto, convierte todo cuanto existe de acuerdo con nuestros deseos.

Así, uno de estos santos desnudos vivía en una remota caverna o gruta, a cuyo lado corría un hilo de agua. Nadie podía decir cómo había llegado hasta allí. Como quiera que haya sido, su presencia se había notado desde hacía pocos años. Lo descubrió una caravana y, desde entonces, se sucedieron frecuentes peregrinaciones hasta su solitaria morada.

Este curioso ser no gozaba de paz ni en la noche ni en el día, tenía siempre la impresión de estar bajo el continuo zumbido de las rotaciones de la Rueda del Tiempo.

Nada podía hacer frente a ese ruido, nada podía proponerse. Un miedo inmenso lo agotaba en su trabajo continuo, impidiéndole también escuchar otra cosa que no fuese –en su incansable movimiento– el estrépito de la terrible rueda, la cual llegaba hasta las mismas estrellas o incluso las sobrepasaba. 

Como una cascada de caudalosas y retumbantes corrientes que caían desde el firmamento, derramándose para la eternidad, suspendida en el instante, carente del sosiego de un segundo, así sonaba en sus oídos, y sus sentidos todos se hallaban fijamente concentrados sólo en ella. La efusión de su miedo, cautiva cada vez más en el remolino de una salvaje confusión, era arrastrada a su yo interior, y los sonidos, mezclados unos con otros, se tornaban atrozmente indómitos. 

No podía descansar, día y noche se le veía en el ajetreo más laborioso y enérgico, como si intentara darle vueltas a una enorme rueda. De sus incoherentes frases podía sacarse en limpio que se sentía repelido por ella, que quería reforzar la veloz y desenfrenada rotación con todo el esfuerzo de su cuerpo, con objeto de que el tiempo no cayera en peligro de inmovilizarle un solo instante. Como se le preguntara qué estaba haciendo, gritaba entonces convulsivamente:

–¡Infelices! ¿No estáis oyendo la fragorosa Rueda del Tiempo?

Y acto seguido continuaba trabajando más desenfrenadamente aún, derramando sudor sobre la tierra, y con gestos desarticulados posaba la mano sobre su palpitante pecho, como si quisiera sentir el enorme engranaje de la perpetua marcha. Se enfurecía cuando los peregrinos llegaban a él y permanecían de pie, tranquilamente, observándolo o susurrando entre sí. 
 
Se estremecía apasionadamente al mostrarles la incontenible rotación de la perpetua Rueda del Tiempo, veloz, uniforme y regular. Crecía su cólera frente a aquellos que no sentían ni notaban nada del mecanismo, en el que estaban también engranados férreamente; los apartaba de sí cuando, en medio de su furor, alguien se le aproximaba demasiado.

Si no querían verse expuestos, tenían que imitar vivazmente su esforzado movimiento. Pero su enojo se volvía mucho más feroz y peligroso sí a su lado un desconocido emprendía cualquier trabajo físico, como sembrar en las proximidades de su caverna o bien arrancar yerbas o cortar ramas. Entonces, en virtud de que, hallándose bajo el terrible fluir del tiempo, alguien fuera capaz de pensar en estas míseras ocupaciones, él solía reírse inconteniblemente. 

Saltaba de su cueva como un tigre y, si llegaba a alcanzar a un infeliz, le arrancaba la vida de un solo golpe. Regresaba de inmediato a su caverna y con mayor vehemencia que antes, daba vuelta a la Rueda del Tiempo. Sin embargo, durante varios días seguía enfurecido; les hablaba a los hombres con frases sin sentido, reclamándoles cómo era posible que se ocuparan de otras cosas y emprendiesen trabajos tan indignos. 

No era capaz de alargar el brazo hacia cualquier cosa para tomarla con la mano, no podía dar ningún paso como otro cualquiera. Un miedo estremecedor lo recorría por dentro al intentar, aunque fuera una sola vez, interrumpir ese vertiginoso caos. 

Apenas en contadas ocasiones, cuando las noches lucían hermosas y la Luna se elevaba delante de su obscura gruta, se abrazaba de pronto a sí mismo, gemía y lloraba desesperado, pues el ruido de la gigantesca Rueda del Tiempo no lo dejaba en paz para que él, que era un santo, pudiera realizar y crear algo sobre la faz de la Tierra. 

En aquellos momentos sentía un anhelo por todo lo hermoso y desconocido, y hacía esfuerzos por levantarse y poner manos y pies en movimientos suaves y tranquilos, ¡pero todo esfuerzo era inútil! Buscaba algo especial, desconocido, que pudiera tocar y a lo cual quería entregarse. 

Aspiraba a salvarse de sí mismo dentro o fuera de sí mismo, pero ¡era imposible! Su desesperación y su llanto no podían ser mayores. Lanzando un fuerte bramido, se levantaba de un salto y empujaba de nuevo la tremendamente ruidosa Rueda del Tiempo.

Así continuó durante varios años, días y noches enteros. En cierta ocasión, en verano, en una hermosa noche de Luna llena, el santo estaba, como otras veces, en el suelo de su caverna, gimoteando y retorciéndose las manos. 

La noche era fascinante: en el azuloso firmamento las estrellas lucían como adornos dorados sobre un amplio y sólido escudo; de las claras mejillas del rostro de la Luna irradiaba una tenue luz bajo la cual la verde Tierra se bañaba. Las copas de los árboles emergían, bajo esa maravillosa iluminación, como nubes que navegaban sobre troncos, y las chozas de los lugareños se hallaban convertidas en obscuras figuras rocosas y en albeantes palacios fantasmagóricos. Los hombres, no más cegados por los rayos del Sol, vivían con sus miradas en el firmamento, y sus almas se reflejaban hermosamente en el celestial esplendor de la noche de Luna.

Dos amantes, que gustaban de abandonarse a las maravillas de la soledad nocturna, remontaron esa noche el río en un bote ligero, que pasó ante la caverna del santo. Los penetrantes rayos lunares habían alumbrado y diluido sus más íntimos y obscuros rincones en las almas de los amantes. Habían fundido sus sentimientos más delicados y, unidos, navegaban dentro de las ilimitadas corrientes. 

Desde su embarcación se esparcía una música etérea que flotaba ascendiendo hacia el espacio celeste. Dulces trompetas y algunos otros encantadores instrumentos recrearon un mundo de flotantes sonidos melodiosos y, a través de ellos, se escuchaba la siguiente canción:

 

Una ansiada y dulce lluvia 
recorre los campos y los ríos.
Tersos rayos de Luna preparan el tálamo 
a los arrobados sentidos del amor.
¡Ay! ¡Cómo murmuran las aguas! ¡Cómo reflejan
sus rizados hilos en la bóveda celeste!
Amor habita el firmamento,
como oleaje puro nos inflama
en una gloria luminar que no se encendería
si Amor no infundiera fortaleza.
Y, tocado por el hálito del Cielo,
Cielo, agua y Tierra se sonríen.
El claro de Luna se prolonga en las flores,
robadas por el sueño fueron las palmeras,
el follaje corona los santuarios
y, elevando sus tiernos suspiros,
desde su quimera, palmeras y flores,
hijas de Amor, esparcen todos sus sonidos.

 

A las primeras notas de la música y los versos, desapareció en el santo la frenética Rueda del Tiempo. Eran las primeras notas que se habían escuchado en esos solitarios parajes. El incierto anhelo se había cumplido dando fin al hechizo, el genio perdido se había librado de su envoltura terrenal. 

El cuerpo del santo desapareció; esta forma espiritual, bella como un ángel, tejida en ligeros perfumes, se elevó desde la cueva, alargó sus delgados brazos, pleno de ansiedad, hacia el Cielo, y fue ascendiendo acorde con la melodía de la música, en movimientos danzantes, hacia las alturas.

Cada vez más alto, hacia el firmamento, la eterna y diáfana figura flotó, elevada por los tonos suavemente ondulantes de las trompetas y el canto. Con alegría celestial, la figura danzaba aquí y allá, intermitentemente, sobre las blancas nubes que nadaban en el espacio aéreo, balanceándose cada vez más alto en rítmicos movimientos hasta que, finalmente, voló hacia los astros en espirales ascendentes. Entonces el firmamento se dejó oír a través de los aires con estruendoso clamor, puro y celestial, hasta que el genio penetró en su inmensidad.

Caravanas de viajeros admiraron la milagrosa aparición nocturna, y los amantes creían estar viendo al genio del amor y de la música.

El Rey - William Relling. Jr


Macho, eso ocurrió hace un tiempo y aún estoy temblando. Pero, ¿y quién no? Probablemente nunca voy a dejar de temblar, al menos mientras pueda recordar lo que vi. Y realmente no es probable que lo olvide.

Ni siquiera he vuelto a tocar los palillos desde entonces. Una especie de retiro forzoso, ya sabes. No creo que pueda volver a ponerles la mano encima, aunque tampoco he sentido muchas ganas de intentarlo. Y no pienso hacerlo en mucho tiempo. No por mucho tiempo.

No es que no impresionara a todos los demás que estaban allí, como los chicos de la banda, o la gente de aquel teatro, o cualquiera que lo leyó más tarde, los cuales realmente no sabían qué había ocurrido. Pero yo le vi y él estaba allí, y la muerte de Jay y la muerte de Tommy, yo sé que fue él. Lo sé.
Porque yo trabajé para él. 

¿Recuerdas allá por el sesenta y nueve, cuando hizo aquella reaparición y dio aquella gran sesión en Las Vegas, y la gira, y aquella película en Hawai? Esa que pasaron por la televisión un par de veces. Bien, yo trabajé en parte de aquella gira. 

Cuando estaban tocando por el Medio Oeste e hicieron aquella sesión en Kansas City y Ronnie Tutt cayó con la gripe, fui contratado —uno de los trompetistas me conocía, pues habíamos trabajado juntos antes— hasta que Ron se pusiera bien. Así que actué en St. Louis y Chicago, y entonces Ron volvió. Pero me quedé por allí y conseguí empleo como percusionista debido a que le caía bien a El Hombre, ya sabes, y deseaba tenerme por allí. Sólo como un favor.

Fue un trabajo estupendo, porque él pagaba muy bien a la banda, y todo era de primera clase durante toda la gira. Y aquellos chicos, aquellos tipos de la banda, sabían tocar. Glen Hardin estaba al piano y hacía casi todos los arreglos y era estupendo, macho, realmente estupendo. Y James Burton, el guitarrista. Nunca he oído a nadie que toque como él. Sólo por estar con aquellos tipos valía la pena. Sí, valía la pena.

Pero El Hombre mismo era también grande. Era El Rey, ya sabes, tal como él decía. Quiero decir que un montón de gente sólo le conocía de los primeros días y de Hound Dog y de Ed Sullivan, o quizá de todas esas películas que hizo y que no eran gran cosa. O tal vez sólo le conozcan del último año o así antes de que muriera, cuando estaba tan mal, ya sabes, cuando había engordado tanto y su voz se iba y todas esas historias acerca del alcohol y las píldoras y toda la mierda.

Pero cuando yo le conocí estaba en la cumbre. Arriba del todo. Estaba en buena forma —trabajaba duro, ya sabes, ejercicio y karate y todo lo demás, dos, tres horas al día—, y su voz estaba realmente afinada y era fuerte. Dios, podía cantar. ¿Has visto alguna vez esa cosa en la televisión desde Hawai? Era grande. Realmente grande.

Y podía llevarse de calle a las multitudes. Absolutamente. No sólo a las nenas, sino también a los chicos. Y no sólo a la gente joven, sino que gustaba también a las viejas señoras y a las amas de casa y a las niñitas y a todos. Chillaban y se desmayaban y mojaban sus pantalones. Los tema en un puño, macho, y lo sabía todo el tiempo. Era increíble. Como si encendiera un fuego debajo de cada uno de ellos. Y lo hacía. 

Realmente era así.

Nosotros podíamos sentirlo también, con sólo tocar detrás de él. Y aún le quedaba algo de eso al final, ya sabes. Ese fuego, esa electricidad. Incluso cuando ya iba para abajo, cuando estaba muriéndose, todavía seguían aferrados a él. Incluso cuando estaba gordo y enfermo y todo y ya no podía cantar como antes. Pero seguía siendo El Hombre. Aún los tenía en un puño, aunque estuviera en baja forma.

Mira lo que ocurrió cuando murió.

Esa gente pensaba que era alguna especie de dios o algo así, y vinieron de todas partes del mundo al funeral. Como si fuera algo más que un ser humano normal, como si no fuera como el resto de nosotros, ya sabes. Y realmente era así, en cierto sentido. Era especial. Y cualquiera que le hubiese conocido, o que creyera que le había conocido, o que le hubiera querido, estaba allí. 

Eran miles. Jesús, yo estaba allí y era..., bien, como nadie fuera de toda aquella gente podrá llegar a creerlo, ya sabes, y todos se sentían muy tristes. Como si él no tuviera derecho a ser mortal y realmente no pudiera morir. Podías sentirlo como un peso sobre tus hombros en aquella multitud, aquella especie de ¿cómo-puede-habemos-hecho-esto-a-nosotros? Realmente, no podía estar muerto.

Aún hoy siguen acudiendo.

Ahora que pienso de nuevo en ello, quizá eso formaba parte de lo que ocurrió después. Ya sabes, toda aquella gente negándose a aceptar que estaba muerto, deseando que volviera, rezándole como si él fuera un dios...

Quizá eso formaba parte de ello. Eso y algo más.

Los timadores. Los traficantes. Los asquerosos bastardos que acudieron zumbando como moscardones para sacar un dólar de todo aquel dolor, de todo aquel amor, de toda aquella adoración. Me puso enfermo ver aquellos tipos en la calle, macho, delante mismo de aquella maldita tumba, vendiendo ceniceros y camisetas y fotos y discos. 

Y la gente, esos miles y miles de personas comprándolo todo, simplemente porque le querían y no deseaban que se fuera. Como si tuvieran que llevarse parte de él para conservarlo. Los hubiera echado a todos, y le di de puñetazos a uno de esos tipos, uno que estaba vendiendo collares de pequeños ataúdes plateados, con su nombre grabado en ellos. Tuvieron que sujetarme para que no matara a aquel hijo de puta.

Pero conocí a Jay, y Jay era honesto consigo mismo, y llevaba componiendo su propio material desde hacía un par de años. El Hombre mismo había visto a Jay en una ocasión y más tarde se habían encontrado un par de veces, y realmente comprendió lo que hacía. 

Dijo que Jay era el único tipo que había visto nunca que podía hacerlo bien, ya sabes. Y Jay era un gran admirador suyo. Pero Jay hacía otra cosa en sus actuaciones; ya sabes, su propio material y todo lo demás. Y, como digo, Jay llevaba pateándose el país desde hacía tiempo.

De modo que no fue idea de Jay, realmente, sino de Tommy Adams, que había oído a Jay en un club en Knoxville. Fue él quien vino con la idea para el cambio en sus actuaciones y la oferta para ser el manager de Jay si éste seguía adelante. 

Muchos billetes, dijo Tommy. 

Por aquella época yo llevaba tocando con Jay desde hacía unos seis meses. Me contrató después de que su antiguo batería se fuera allá por Springfíeld, Illinois, y yo había vuelto al Medio Oeste después de patearme la zona de Los Ángeles durante un par de años y me las arreglaba a duras penas. 

No trabajaba regularmente cuando me encontré con Jay, y él me dio el trabajo. De todos modos, cuando Tommy Adams fue hasta él con la oferta aquel septiembre, Jay acudió a mí. Sabía que yo había conocido personalmente a El Hombre —igual que él— y deseaba saber cómo me sentía al respecto. Así que hablamos.

Le dije lo que pensaba de Tommy Adams, pero que realmente no veía nada malo en el cambio, porque sabía de dónde venía él, me refiero a Jay, ya sabes. Un homenaje, ¿eh? Una especie de conmemoración. El dinero no tenía nada que ver con ello.

Oh,no.

Así que Jay aceptó y se convirtió en Jay Redman, Príncipe Coronado en el trono de El Rey. De lleno al traje blanco y el pañuelo al cuello, las lentejuelas, las piedras preciosas falsas, la guitarra acústica nacarada, el pelo y las patillas, la sonrisa, las joyas, los pantalones ajustados, el movimiento de caderas y los golpes de karate. De lleno a Heartbreak Hotel, In the Ghetto, Burnin' Love, Jailhouse Rock y todo lo demás.

Y yo me metí de lleno con él.

Quizá no debiera decir eso, no lo sé. Por aquella época no pensaba que fuera malo en absoluto. Jay tuvo éxito casi de inmediato, y Tommy nos conseguía actuaciones por todo el sur y el Medio Oeste, de Fort Lauderdale a Chicago, a Atlanta, a Nashville, a Nueva Orleans, a St. Louis, en clubs y teatros de cena-espectáculo y bares y de todo. Al llegar febrero me sacaba casi cinco billetes a la semana, sólo para mí. Tommy no estaba bromeando cuando dijo que habría entonces montones de billetes. Para todos nosotros.

Pero no se trataba del dinero.

Era realmente extraño. Actuábamos, ya sabes, en todos esos clubs de cena-espectáculo y todo eso, y la gente, macho, era sencillamente asombrosa. Quiero decir que Jay era bueno y había aceptado hacer aquello y todo lo demás, pero seguía siendo Joe. Lo estaba imitando. Era una actuación, ¿comprendes?

Pero la gente... Era como estar de vuelta en aquella vieja gira, con las nenas chillando y desmayándose, y tendiendo las manos para tocar a Jay cuando éste movía las caderas o sonreía, o les guiñaba un ojo.

Curioso. Debía de haber por lo menos un centenar de otros tipos por todo el país haciendo lo mismo, y, por lo que había oído, las cosas eran iguales con todos ellos. La gente simplemente estaba loca por conservar algo.

Pero Jay se tomaba las cosas con calma y seguía siendo simplemente Jay. No había ninguna transformación mágica ni nada parecido, en la que Jay empezara a hablar como El Hombre cuando estaba fuera del escenario o se sintiera poseído o cualquiera de esas otras tonterías que puede que hayas oído. Sabía que se trataba de una actuación, así que en el escenario y fuera de él seguía siendo siempre Jay. Seguro, conseguía toda la atención y el dinero que quería, pero seguía siendo siempre él mismo.

Pero Tommy, ¡huau! No es que Tommy se volviera realmente loco, al menos no psicológicamente o algo parecido. Era el dinero, ya sabes. La pasta empezó a entrar, y Tommy iba todo el tiempo andando por ahí con esos grandes signos del dólar en los ojos. Todo lo que le importaba era el dinero. Tommy era otro buitre, exactamente igual que todos aquellos otros tipos.

Lo que hizo que todo empezara fue cuando Tommy firmó el contrato de Jay para esa actuación en televisión y que era una especie de tête-à-tête para los siete o así mejores personificadores que actuaban por ahí. Así que hicimos la sesión en Las Vegas, en el «Caesar's Palace». Un buen asunto, ¿eh? Mucha pasta. Todo fue estupendamente.

Excepto que Jay pierde y termina detrás de un par de tipos que quizá se parecían un poco más a El Hombre o se movían más como él o sonaban más como él o —como yo dije— simplemente eran mejores que Jay. ¿Y qué? Ya sabes. Nos pagaron igual, y no lo hicimos mal del todo. Jay estuvo bien, como siempre, y no íbamos a tener menos trabajo ni a perder nada por ello. Había suficiente para nosotros y para todos aquellos otros tipos, y no por eso íbamos a vernos apeados del negocio.

Sin embargo, Tommy no es feliz. No estamos haciendo lo suficiente, dice. Tenemos que ir hasta el final, dice. Necesitamos otra idea, dice, como si aquello no fuera ya suficiente idea. Así que intenta convencer a Jay de que cambie su cara, por los clavos de Cristo, como haría cualquier payaso de Florida, pero Jay le manda a tomar viento.

Así que Tommy vuelve con otra cosa distinta. El concierto de homenaje, ¿de acuerdo? En Memphis, el 16 de agosto, el aniversario del día en que El Hombre murió. Y todo el tiempo está Tommy explicándole esto a Jay y a mí y al resto de la banda, y yo escuchando todo el rato ese ka-ching como una pequeña caja registradora en la cabeza de Tommy, y viendo de nuevo esos signos de grandes dólares en sus ojos.

Pero todos decimos que de acuerdo, que haremos el trabajo, y luego no pensamos más en ello. Excepto Danny Palmer, el bajo, que vino con nosotros aproximadamente por la época en que Jay cambió su actuación. No pienso hacerlo, le dice Dan a Tommy. Me largo.

Esto es una gran sorpresa para todos nosotros, ya sabes, porque las cosas marchan bien y el dinero entra a espuertas, y Dan es un buen bajo. Sin embargo, Tommy no se muestra preocupado en absoluto, porque piensa qué infiernos, hemos obtenido una buena actuación y contrataremos a otro bajo; no hay por qué alarmarse. Lo cual era cierto, por supuesto. Pero había algo acerca de Danny Palmer que me preocupó a mí personalmente.

Así que le pregunté, eh, Daniel, ¿por qué te largas?
Y al principio es algo así como, bien, ya hemos hecho todas esas actuaciones, y la verdad es que empiezo a estar cansado de todo eso.
Pero nada de eso me suena a verdad. Vamos, hombre, le digo. Sé sincero conmigo. Anda, cuéntamelo.
Está asustado. Está asustado y no sabe por qué.
¿Asustado?, digo. ¿Asustado de qué?
No lo sé, dice.
Y yo no sé qué decirle.
Luego dice, así son las cosas. Esa gente y Jay y Tommy y el resto de nosotros. Entonces se interrumpe y me mira de una forma realmente curiosa.
¿Sabes lo que es la necrofilia?, pregunta.
No.
Me cuenta acerca de ello, y que lo que estamos haciendo es en cierto modo horrible, alarmante y definitivamente indigno. Ocurrirá algo malo, dice.
Y yo me echo a reír.
Entonces él se volvió como loco y se largó, y así quedaron las cosas. Pero seguí preocupado por todo aquello, aunque realmente no volví a pensar en ello hasta mucho después.

De todos modos, contratamos a Bobby Redman, que era primo de Jay, para tocar el bajo, y seguimos adelante, actuando como antes. No había ninguna razón para que yo pensara que había algo malo en aquello, a pesar de lo que pudiera decirme Dan Palmer. Además, fue olvidado casi inmediatamente después de haberse ido.

Y aquel día 16 las cosas fueron estupendamente. Había un montón de gente en la ciudad, ya sabes, y las entradas para el espectáculo estaban agotadas desde hacía varias semanas, así que firmamos por una segunda sesión y las entradas de ésa también se agotaron, tal como Tommy había imaginado que ocurriría. Jay se sentía bien y relajado, y todos estábamos estupendos.

Aquella tarde, Jay y Bobby y yo fuimos a la mansión, donde El Hombre estaba enterrado. Nos mezclamos con la multitud, que era realmente grande; lo cual no es ninguna sorpresa, supongo. Pero tuve la misma sensación que había tenido antes, ya sabes, esa tristeza y esa especie de peso sobre mis hombros, y miré a Jay y él estaba mirando a la tumba, y sus ojos eran realmente vidriosos y estaba pálido. De modo que dije, eh, macho, vamonos de aquí, y Jay simplemente asintió y nos marchamos.

Fuimos al teatro y directamente a los camerinos, y Jay estuvo realmente quieto durante un rato. Luego estuvo bien de nuevo. Ir a la mansión le había chafado, dijo.

Muy pronto aparece el resto de la banda y Tommy está de vuelta con nosotros. Nos preparamos para la actuación y él no deja de palmearnos en la espalda y de decimos lo grandes que somos y lo grande que es Jay y todo eso. Son las nueve.

Las luces de la sala se apagan y todo el mundo excepto Jay pisa el escenario, que está negro como la tinta. Luego los amplificadores empiezan con Así hablaba Zaratustra... Ya sabes, 2001. Termina ésta y abrimos con los primeros compases de C C Rider, y la gente se pone ya en pie.

Entonces se encienden los focos y barren el público y luego el escenario, y, ¡jang!, ahí está Jay, saltando desde la izquierda del escenario, agitándose y enviando besos al público. Y los tiene en un puño, macho, los tiene en un puño. El lugar enloquece del todo.

Hacemos todo el programa, y cada canción les hace chillar más fuerte que la anterior. Pero ocurre algo realmente extraño. Jay ya no es él, sino que es realmente EL HOMBRE, y lo necesitan enormemente. Es como estar tendido en una playa, ya sabes, y dejar que las aguas pasen por encima de ti. Y podíamos sentir ese deseo en el aire a nuestro alrededor, macho, allá arriba en el escenario. Jay estaba en la onda como nunca antes le había visto.

Cerramos el espectáculo con Girl Happy, y aquella multitud estaba literalmente fuera de sí cuando Jay se fue del escenario junto con el resto de nosotros. Tommy está allí, entre bastidores, y pasa un brazo en tomo al hombro de Jay y se lo lleva consigo hacia el camerino. Yo podía ver la cabeza de Tommy agitándose arriba y abajo, y podía imaginar aquella pequeña caja registradora haciendo ka-ching de nuevo. Pero Tommy conoce su oficio, ¿no? Sabe cómo llevar a esas gentes hasta un punto donde simplemente explotan, y entonces dejar que Jay salga de nuevo en solitario y toque su solo y los remate.

Miré mi reloj y vi que eran las 10.15. Tiempo suficiente para el bis y luego despejar la sala para la siguiente sesión. Tiempo suficiente.

Entonces cortaron las luces de la sala.

Los aplausos y los gritos eran suficientes como para estremecer todo aquel maldito edificio como si fuera un terremoto. Estaba todo a oscuras y empezaron a encender cerillas y mecheros, y parecían como antorchas o estrellas contra un cielo nocturno. Entonces fue cuando oí el grito.

Vino de detrás, de algún lugar entre bastidores. Eché una mirada de soslayo a Bobby, que estaba a mi lado en la oscuridad. ¿Has oído eso?, le pregunto.
¿Qué?, dice.
Ese grito, digo.
Jesús, dice, todos están gritando.
Detrás de mí alguien siseó que venía Jay. Me volví, y pasó a mi lado muy lentamente, arrastrando los pies. Adelanté una mano para palmearle la espalda, pero algo me detuvo. Y noté un olor.

Era realmente dulce y casi mareante, como cuando entras en una floristería y abres uno de los refrigeradores donde guardan las rosas y los claveles y todo lo demás. Era casi como para tumbarte de espaldas.

Estaba aún oscuro cuando se dirigió hasta el centro del escenario y tomó su guitarra. Tocó los primeros acordes de Love Me Tender, y de repente todo quedó en silencio. Era como si aquel sitio se hubiera convertido en una iglesia.

Entonces empezó a cantar.

Nunca antes había oído a Jay cantar la canción de aquella manera. Normalmente lo hacía muy bien, y por eso siempre le pedían un bis. Pero esta vez era distinto.

Era más que bueno. Era increíble. Era dolor y miedo y soledad y llanto y todas las cosas tristes que hayas sentido en tu vida, o que puedas llegar a imaginar.

Y nadie en todo el lugar era capaz de producir un ruido, excepto él en el escenario. Nadie era capaz de moverse siquiera.

Terminó la canción, y el lugar permaneció en silencio, como una tumba, hasta que él dejó la guitarra y empezó a dirigirse hacia bastidores.

Entonces estallaron en aplausos.

Nosotros estábamos allí aguardándole y animándole, dispuestos a abrazarle y a felicitarle. Pero cuando llegó lo suficientemente cerca y Bobby se adelantó hacia él, algo nos congeló a todos y él pasó caminando por entre nosotros como si fuéramos estatuas. Recorrió toda la parte de atrás del escenario hacia los camerinos, pero no entró en ellos. En vez de ello siguió caminando, a lo largo del oscuro pasillo, hacia la salida de artistas.

Entonces fue como si alguien conectara un interruptor y pudimos movernos de nuevo. Eché a correr tras él y le llamé, pero él iba a unos buenos siete metros por delante de mí cuando alcanzó la puerta. Estaba exactamente debajo de la luz roja que decía «Salida».

Entonces se volvió y me miró, pero sólo por un segundo.

Luego se marchó.

Más tarde me dijeron que me habían encontrado junto a la salida, después de mirar en el camerino y ver lo que quedaba de Jay y de Tommy. Al principio la policía quería arrestarme, pero no necesitaron mucho tiempo para darse cuenta de que yo no podía haberlos matado. Simplemente, era imposible.

En la encuesta, el funcionario del juzgado emitió un informe «oficial» y lo llamó «asesinato-suicidio». Dijo que Jay y Tommy murieron entre las 10.15 y las 10.45. Que debió ser más bien a las 10.45, puesto que algunos testigos afirmaron que Jay no terminó su bis hasta pasadas las 10.30.

Pero yo soy el único que sabe que murieron a las 10.15. Soy el único que puede decirles que no fue Jay quien interpretó aquel último bis.

Pero no lo haré.
 

El pianista holandés - Andrés Neuman

 
Recuerdo que llovía. No digo que mucho. Unas gotas.

Mientras subíamos la cuesta el aire se enfriaba, porque en esta ciudad, no sé por qué, hace más frío en verano. El mirador ofrecía en bandeja los tejados. Atardecía. Las nubes de colores violentos nos parecieron témperas volcadas.

Mezcladas con la llovizna, las ondas de un sonido nos detuvieron: era un piano. Provenía de una de las casas, al pie del mirador. Nos acercamos corriendo al umbral. Durante un rato escuchamos la espléndida, triste melodía de aquel piano. 

De repente hubo una pausa, un carraspeo agrio, silencio. 

Después la melodía se reanudó. Ella y yo nos miramos intrigados. No sabíamos que por allí viviera ningún pianista. Sentados en el umbral, nos intercambiábamos hipótesis en voz baja: Es un estudiante de conservatorio; no, una profesora aburrida; un concertista ensayando; mejor que eso, un compositor viudo. Nos reímos a carcajadas, pero callamos de inmediato al notar que el piano había enmudecido. Esperamos, inmóviles. La música siguió. ¿Quién escuchaba a quién?

Nos pusimos en pie. Volvimos a mirarnos. Como no nos atrevimos a besarnos, alguno de los dos golpeó tímidamente el portón de madera. Un nuevo carraspeo interrumpió el fluir del piano. Unos pasos. El portón se desplazó, lento como la noche que empezaba a caer. Tuvimos miedo.

Y ahí estaba él, ojeroso, envuelto en una bata gris.

Nos miró sin sorpresa. Haciéndome el gracioso para espantar el susto o para impresionarla a ella, me incliné y dije: Buenas noches, señor, venimos a hacer de público. Ah, contestó él. Y, como si no hubiera quedado otro remedio, se movió para dejarnos entrar en su casa. Glink, me llamo Marcel Glink, nos dijo mientras el portón se cerraba. De todas formas..., murmuró sin terminar la frase.

Glink regresó al piano. Ella y yo dedujimos que debíamos colocarnos en el único hueco que quedaba en el sofá invadido de libros, ropa arrugada y partituras. La habitación era un desorden estático: daba la impresión de que las cosas, alguna vez dejadas por azar, habían permanecido durante años en el mismo lugar. 

Colgada encima del piano había una reproducción del Guernica. A su lado, una foto del canal de Amsterdam: más joven y con aspecto saludable, abrazando a una mujer rubia, Glink sonreía a la cámara. 

Alrededor de una mesita de cristal vimos decenas de latas de cerveza volcadas y un par de botellas de whisky. Aparcada junto a la biblioteca, absurda, había una motocicleta de color naranja. Sin pensar lo que hacía, me sorprendí guardándome en un bolsillo una de las tarjetas que había desparramadas entre los papeles del sofá. 

En ese momento noté sobresaltado que, a nuestros pies, alguien nos olisqueaba. Entonces Glink dijo: Es ciega. Seis años, perra ciega. Y, sin esperar a que contestáramos, se volvió hacia la partitura y retrocedió una página. Yo toco, anunció con voz grave, última pieza antes de morir. Ella y yo nos miramos entre incrédulos y alarmados. Pero el rictus de Glink no era el de un hombre que bromeaba. Ni siquiera parecía demasiado interesado en hacerse entender. Se limitó a hablarnos una sola vez más: Fantasía de Schumann, después muero.

Dicho esto, dejó caer sus manos sobre el teclado. La música era noble, atormentada. Glink cerraba los ojos.

Fue a mitad de la interpretación cuando comprendimos que el pianista holandés no volvería a dirigirnos la palabra. Tocaba para él mismo apretando las mandíbulas, con los párpados translúcidos y la cabeza en péndulo, como si se anticipara una fracción de segundo a las notas que escuchábamos. 

Nosotros tratábamos de sonreír y darnos mutuamente la impresión de divertirnos. Unos minutos más tarde tuvimos la impresión de que la pieza estaba a punto de acabarse. La perra ciega pareció mirarnos, y nosotros miramos a los ojos blancos de la perra. Nos pusimos en pie al unísono, sin saber si lo más correcto sería formular alguna despedida o permanecer callados para no interrumpir. 

El pulso de la música aumentaba. El silencio, al final, fue lo más respetuoso que encontramos para Marcel Glink. La música se aceleraba cada vez más y, al mismo tiempo, iniciaba un fortissimo. Apresurándonos, tropezando casi con los muebles, abrimos nerviosamente la puerta y dejamos allí a Glink con sus últimos acordes. No podría jurarlo, pero diría que, antes de que el portón terminara de cerrarse, en los labios del pianista se dibujó una débil sonrisa.

Echamos a correr cuesta abajo. Ella reía y buscaba mi mano. Yo quise reír también, pero no supe. Fantasía de Schumann, recordaba sin cesar con una voz que era de otro. El aire se iba helando entre las callejuelas. Descendimos, conversamos y nos separamos. Esa noche tampoco me atreví a besarla. Visto desde ahora, creo que aquel pudo ser el principio de esta larga soledad.

Todavía conservo, entre mis fetiches más queridos la tarjeta que robé aquella vez de entre los papeles del sofá:

Marcel Glink,
PIANISTA

Me consuelo mirándola cuando pienso demasiado Schumann.