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Un maravilloso cuento oriental de un santo desnudo - Wilhelm Heinrich Wackenröder

El Oriente es la patria de todo lo maravilloso. En la antigüedad y en los inicios de las costumbres de tan lejanos países, se hallan consejas y enigmas extremadamente raros que aún se resisten a la razón, según ella misma más sabia.  Viven también en estos parajes seres extraños que nosotros consideramos locos pero que, en aquellas tierras, son adorados como seres sobrenaturales.  El espíritu oriental considera a estos santos desnudos como depositarios maravillosos de un genio más elevado que, desde el firmamento, se ha precipitado en el cuerpo humano, que ahora no sabe comportarse humanamente.  Pues, según vemos, todas las cosas en el Mundo son ya de una u otra manera, según las observemos. La razón humana es un filtro maravilloso que, a su solo contacto, convierte todo cuanto existe de acuerdo con nuestros deseos. Así, uno de estos santos desnudos vivía en una remota caverna o gruta, a cuyo lado corría un hilo de agua. Nadie podía decir cómo había llegado hasta allí. ...

El Rey - William Relling. Jr

Macho, eso ocurrió hace un tiempo y aún estoy temblando. Pero, ¿y quién no? Probablemente nunca voy a dejar de temblar, al menos mientras pueda recordar lo que vi. Y realmente no es probable que lo olvide. Ni siquiera he vuelto a tocar los palillos desde entonces. Una especie de retiro forzoso, ya sabes. No creo que pueda volver a ponerles la mano encima, aunque tampoco he sentido muchas ganas de intentarlo. Y no pienso hacerlo en mucho tiempo. No por mucho tiempo. No es que no impresionara a todos los demás que estaban allí, como los chicos de la banda, o la gente de aquel teatro, o cualquiera que lo leyó más tarde, los cuales realmente no sabían qué había ocurrido. Pero yo le vi y él estaba allí, y la muerte de Jay y la muerte de Tommy, yo sé que fue él. Lo sé. Porque yo trabajé para él.  ¿Recuerdas allá por el sesenta y nueve, cuando hizo aquella reaparición y dio aquella gran sesión en Las Vegas, y la gira, y aquella película en Hawai? Esa que pasaron por la televisión un par d...

El pianista holandés - Andrés Neuman

  Recuerdo que llovía. No digo que mucho. Unas gotas. Mientras subíamos la cuesta el aire se enfriaba, porque en esta ciudad, no sé por qué, hace más frío en verano. El mirador ofrecía en bandeja los tejados. Atardecía. Las nubes de colores violentos nos parecieron témperas volcadas. Mezcladas con la llovizna, las ondas de un sonido nos detuvieron: era un piano. Provenía de una de las casas, al pie del mirador. Nos acercamos corriendo al umbral. Durante un rato escuchamos la espléndida, triste melodía de aquel piano.  De repente hubo una pausa, un carraspeo agrio, silencio.  Después la melodía se reanudó. Ella y yo nos miramos intrigados. No sabíamos que por allí viviera ningún pianista. Sentados en el umbral, nos intercambiábamos hipótesis en voz baja: Es un estudiante de conservatorio; no, una profesora aburrida; un concertista ensayando; mejor que eso, un compositor viudo. Nos reímos a carcajadas, pero callamos de inmediato al notar que el piano había enmudecido. Esp...

La música de las estrellas - Valentina Zuravleva

Había una calma insólita en aquella víspera de Año Nuevo. Las nubes que se habían cernido sobre la ciudad el día antes, se abrían ahora lentamente como las cortinas de un teatro y descubrían un cielo estrellado. Los abetos se alzaban rectos e inmóviles, plateados por la nieve, como una guardia de honor que esperaba el nuevo año a lo largo de las murallas del Kremlin. De cuando en cuando una débil ráfaga arrancaba a las ramas unos copos de nieve que caían sobre los transeúntes. Pero las gentes no prestaban atención al encanto de la noche. Tenían demasiada prisa. El Año Nuevo llegaría dentro de media hora. El río de hombres y mujeres, ruidoso y excitado, cargado con cajas y paquetes, se movía más y más rápidamente. Sólo un hombre parecía no tener prisa. Llevaba las manos hundidas en los bolsillos del abrigo, y miraba con ojos atentos y brillantes por debajo del ala del sombrero. Muchos de los que iban en la marea humana reconocían en seguida aquella cara delgada y la barba corta y ...