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Cerdo - Roald Dahl

I

Érase una vez un hermoso niño que vino al mundo en la ciudad de Nueva York y a quien sus padres, llenos de alegría, pusieron por nombre Lexington.

En cuanto la madre regresó del hospital, con él en brazos, le dijo a su marido:
—Cariño, tienes que llevarme a cenar a un restaurante maravilloso para celebrar la llegada de nuestro hijo y heredero.

Su marido la besó con ternura y le dijo que una mujer capaz de tener un niño tan hermoso como Lexington se merecía ir a donde quisiera; pero ¿se encontraba ya con fuerzas suficientes para empezar a ir de un lado a otro por la ciudad y trasnochar?, añadió.

«No», respondió ella, pero daba igual.

Así que aquella noche los dos se pusieron ropa de gala y se fueron al restaurante mejor y más caro de la ciudad, tras haber dejado al pequeño Lexington al cuidado de una niñera especializada, escocesa por más señas, y que les costaba veinte dólares al día. 

Cada uno se comió una langosta gigantesca, y se bebieron una botella de champán, y después fueron a un club nocturno, donde bebieron otra botella y estuvieron sentados durante varias horas, con las manos entrelazadas, mientras recordaban y discutían, admirados, cada uno de los rasgos físicos de su encantador hijo recién nacido.

Volvieron a su casa, situada en el East Side de Manhattan, hacia las dos de la madrugada; el marido pagó al taxista y se palpó los bolsillos para buscar la llave. Al rato anunció que la debía haber dejado en el bolsillo del otro traje y propuso que tocasen el timbre para que bajase la niñera y les abriese. Una niñera que cobra veinte dólares diarios tiene que estar dispuesta a que la saquen de la cama en mitad de la noche, dijo el marido.

Así que tocó el timbre. Esperaron. No pasó nada. Llamó de nuevo, un timbrazo largo y ruidoso. Esperaron otro minuto. Retrocedieron unos pasos por la acera y gritaron el nombre de la niñera (McPottle) hacia las ventanas del cuarto del niño, que estaba en el tercer piso, pero tampoco obtuvieron respuesta. La casa estaba oscura y silenciosa. 

La mujer empezó a sentir miedo: su hijo estaba prisionero en esa casa, se dijo, a solas con McPottle. ¿Y quién era McPottle? Solo hacía dos días que la conocían, y tenía unos labios finos, ojillos acusadores, la pechera almidonada y, como se estaba demostrando, una costumbre de dormir demasiado profundamente, que no la hacía persona de fiar. Si no oía el timbre de la puerta, ¿cómo demonios iba a oír el llanto de un niño? En aquel preciso instante el pobrecillo podía estar tragándose la lengua o ahogándose con la almohada.

—No usa almohada —dijo el marido—, así que no te preocupes. Pero, si te empeñas, entraremos.

Con tanto champán se sentía muy valiente; se agachó, deshizo la lazada de uno de sus zapatos de charol negro y se lo quitó. Después, cogiéndolo por la punta, lo lanzó con fuerza hacia la ventana del comedor, que estaba en el piso bajo.

—Ya está —dijo sonriendo—. Lo descontaremos de la paga de McPottle.

Avanzó unos pasos y, con mucho cuidado, pasó una mano por el agujero que había en el cristal y abrió el pestillo. Después levantó la ventana.

—Primero te subiré a ti, madrecita —dijo, y tomó a su mujer por la cintura y la alzó del suelo.

Con este movimiento, la gran boca roja de ella quedó a la altura suya, muy cerca, y empezó a besarla. Sabía por experiencia que a las mujeres les gusta mucho que las besen en esta posición, los cuerpos apretados con fuerza y las piernas balanceándose en el aire, de manera que siguió haciéndolo un buen rato, mientras ella agitaba los pies y hacía ruidos guturales, como si estuviera tragando algo. 

Por fin, el marido le dio la vuelta y comenzó a introducir a la mujer con delicadeza en el comedor por la ventana abierta. En ese momento un coche patrulla de la policía se dirigía silenciosamente hacia ellos. Se detuvo a unos treinta metros de distancia y tres polis de origen irlandés saltaron del coche y echaron a correr hacia el marido y la mujer, revólver en mano.

—¡Manos arriba! —gritaban los policías—. ¡Manos arriba!

Pero al marido le era imposible cumplir la orden sin soltar a su mujer, y si lo hubiera hecho ella se hubiera caído al suelo o bien se hubiera quedado colgando, con la mitad del cuerpo dentro de la casa y la otra fuera, postura terriblemente incómoda para una mujer; de modo que siguió empujándola galantemente para que entrara. 

Los polis, que habían recibido medallas por matar ladrones, abrieron fuego de inmediato, y a pesar de que todavía estaban corriendo y de que, sobre todo la señora, les ofrecía un blanco verdaderamente pequeño, lograron encajar varios tiros directos a los dos cuerpos, suficientes para que en ambos casos resultaran fatales.

Y así es como quedó huérfano el pequeño Lexington cuando apenas contaba doce días de edad.

II

Los familiares se enteraron de la muerte de la pareja por los periódicos, y los tres policías recibieron una medalla. A la mañana siguiente los parientes más cercanos, así como dos empleados de la funeraria, tres abogados y un cura se dirigieron a la casa de la ventana rota en sendos taxis. 

Se reunieron en el salón todos ellos y se sentaron en círculo en sillones y sofás, fumando cigarrillos y bebiendo jerez mientras discutían qué hacer con el niño de la habitación de arriba, Lexington el huérfano.

En seguida se puso de manifiesto que ninguno estaba dispuesto a asumir la responsabilidad del niño, y la discusión se prolongó durante todo el día. Todos afirmaron tener un deseo enorme, casi irresistible, de hacerse cargo de él, y lo hubiesen hecho con sumo gusto a no ser porque su casa era demasiado pequeña, o porque ya tenían un niño y no podían mantener otro, o porque no sabrían qué hacer con el nene cuando se fueran al extranjero en verano, o porque empezaban a cargarse de años y cuando el niño se hiciese mayor no se encontraría a gusto, y así sucesivamente. Naturalmente, todos sabían que el padre tenía grandes deudas, que la casa estaba hipotecada y que, en consecuencia, al acoger al niño no percibirían ni un céntimo.

A las seis de la tarde seguían discutiendo como locos; de pronto llegó de Virginia una vieja tía del fallecido padre (cuyo apellido era Glosspan), y sin quitarse siquiera los guantes ni el sombrero ni darse un respiro para sentarse, ajena a los que le ofrecían martini, whisky o jerez, anunció muy decidida a los familiares allí reunidos su intención de hacerse cargo de la criatura a partir de ese mismo momento. 

Y aún más, añadió, asumiría todas las responsabilidades financieras, incluyendo la educación, y todos los demás podían volverse a sus respectivas casas con la conciencia tranquila. Dicho lo cual trotó escaleras arriba, entró en el cuarto del niño, arrancó a Lexington de su cuna y salió apresuradamente de la casa con la criatura fuertemente apretada entre sus brazos, mientras los familiares seguían allí sentados y sonreían con alivio. 

McPottle, la niñera, contemplaba la escena en lo alto de la escalera, rígida y acusadora, con los labios apretados y los brazos cruzados sobre la pechera almidonada.

Y así fue como Lexington, a los trece días de edad, abandonó la ciudad de Nueva York y se dirigió hacia el sur para vivir con su tía abuela Glosspan en el estado de Virginia.

III

La tía Glosspan tenía casi setenta años cuando pasó a ser tutora de Lexington, pero nadie lo hubiera dicho al verla. Era tan vivaz como una mujer de la mitad de años; tenía un rostro pequeño y arrugado, pero todavía bastante hermoso, y unos encantadores ojos pardos que despedían chispitas al mirar. 

Era soltera, aunque nadie hubiera imaginado esto tampoco, porque la tía Glosspan no tenía ningún aspecto de solterona. Nunca estaba amargada ni malhumorada o irritable; no tenía bigote ni sentía la menor envidia de los demás, cosa que raramente puede decirse de una solterona o de una señora virgen, aunque, por supuesto, no se sabe a ciencia cierta si la tía Glosspan era ambas cosas.

Pero era una vieja excéntrica, de eso no cabe duda. Durante los últimos treinta años había vivido sola y aislada en una casita en la ladera de las montañas Blue Ridge, a varios kilómetros del pueblo más cercano. Tenía dos hectáreas de tierras de pasto, un huerto, un jardín, tres vacas, una docena de gallinas y un buen gallo.

Y ahora también tenía al pequeño Lexington.

Era una vegetariana rigurosa y consideraba el consumo de carne no solo algo insano y repugnante, sino terriblemente cruel. Consumía alimentos limpios, como leche, mantequilla, huevos, queso, verdura, nueces, hierbas y frutas, y le gustaba pensar que ningún animal sería sacrificado por ella, ni siquiera una gamba. Una vez, cuando una gallina marrón murió en la flor de la vida al poner huevos, la tía Glosspan se quedó tan triste que también estuvo a punto de dejar de comer estos productos.

No tenía ni la más elemental noción sobre niños pequeños, pero no le preocupaba lo más mínimo. En la estación de ferrocarril de Nueva York, mientras esperaba el tren que les llevaría a Virginia a ella y a Lexington, compró seis biberones, dos docenas de pañales, una caja de imperdibles, un cartón de leche para el viaje y un librito en rústica titulado El cuidado de los niños. ¿Qué más podía desear? Y cuando el tren se puso en marcha le dio un poco de leche al niño, le cambió los pañales a su manera y lo puso a dormir en el asiento. Después leyó El cuidado de los niños de cabo a rabo.

—Esto no tiene nada de particular —dijo, tirando el libro por la ventana—. Absolutamente nada de particular.

Y, curiosamente, no lo tenía. Una vez en casa, todo fue estupendamente. El pequeño Lexington bebía su leche y eructaba, chillaba y dormía exactamente como debía hacerlo un buen niño, y la tía Glosspan resplandecía de alegría cada vez que lo miraba, y lo cubría de besos todo el día.

IV

Cuando cumplió seis años Lexington era un niño guapísimo, de pelo largo y dorado y ojos de un azul oscuro como el aciano. Era listo y alegre, y aprendía a ayudar a su vieja tía en la finca: recogía los huevos del gallinero, daba vueltas a la manivela de la batidora de mantequilla, sacaba patatas del huerto y buscaba hierbas silvestres en la ladera de la montaña. Pronto tendría que empezar a pensar en su educación, se dijo la tía Glosspan.

Pero no podía soportar la idea de mandarlo lejos, al colegio. Lo quería tanto que le partiría el corazón separarse de él, aunque fuese por poco tiempo. Claro que en el pueblo había un colegio, pero tenía un aspecto espantoso, y si lo mandaba allí estaba segura de que lo obligarían a comer carne desde el primer día.

—¿Sabes una cosa, cielo? —le dijo en una ocasión, mientras el niño la miraba hacer queso, sentado en un taburete de la cocina—. La verdad es que no veo ningún motivo para no darte clases yo misma.

El niño se la quedó mirando con sus grandes ojos azules y le dirigió una encantadora sonrisa de confianza:
—Sería fantástico —dijo.

—Y lo primero que haría sería enseñarte a cocinar.
—Me encantaría, tía Glosspan.

—Te guste o no, tendrás que aprender algún día —dijo ella—. Los vegetarianos no podemos elegir entre tantas comidas como la gente corriente, y por eso tenemos que emplear lo que está a nuestro alcance con el doble de habilidad.

—Tía Glosspan —dijo el chico—, ¿qué comen las personas normales que no comamos nosotros?
—Animales —contestó ella, meneando la cabeza con desagrado.

—¿Quieres decir animales vivos?
—No —respondió la anciana—. Muertos.

El chico reflexionó un momento.
—¿Quieres decir que cuando se mueren se los comen en vez de enterrarlos?
—No esperan a que se mueren, bonito. Los matan.

—¿Y cómo los matan, tía Glosspan?
—Normalmente, les cortan el cuello con un cuchillo.

—¿Pero qué clase de animales?
—Vacas y cerdos sobre todo, y también ovejas.

—¡Vacas! —exclamó el niño—. ¿Como Daisy, o Snowdrop, o Lily?
—Eso es, bonito mío.

—¿Pero cómo se los comen, tía Glosspan?
—Los cortan en trozos y los guisan. Como más les gusta la carne es cuando está roja y sangrante y pegada al hueso. Les encanta comer pedazos de carne de vaca rezumando sangre.

—¿También se comen los cerdos?
—Les chiflan.

—Pedazos de carne de cerdo sangrienta —dijo el chico—. ¿Te imaginas? ¿Y qué más comen, tía Glosspan?
—Pollos.

—¿Pollos?
—A millones.

—¿Con plumas y todo?
—No, las plumas no. Anda, corre fuera y trae a la tía Glosspan un manojo de cebollinos, ¿quieres, mi vida?

Poco después empezaron las clases. Cubrían cinco áreas: lectura, escritura, geografía, aritmética y cocina, y esta última era la más apreciada por ambos, maestra y alumno. El joven Lexington demostró en seguida un talento verdaderamente extraordinario en esta materia. 

Era un cocinero nato, habilidoso y rápido. Manejaba las sartenes como un malabarista y era capaz de cortar una patata en veinte rodajas delgadas como papel de fumar en menos tiempo del que tardaba su tía en pelarla. Tenía un paladar de una sensibilidad exquisita y en un tazón de sopa de cebolla era capaz de descubrir la existencia de una hojita de salvia. 

A la tía Glosspan todo esto le resultaba un poco sorprendente en un muchacho tan joven, y la verdad es que no sabía qué hacer. Pero no podía sentirse más orgullosa y predecía un futuro brillante para el chico.

—Es una auténtica bendición contar con un jovencito como tú para que me cuide cuando empiece a chochear —decía.

Al cabo de dos años abandonó por completo la cocina, dejando a Lexington la responsabilidad de guisar él solo para toda la casa. El chico tenía entonces diez años, y la tía Glosspan, casi ochenta.

Con la cocina a su disposición, Lexington empezó a experimentar inmediatamente con platos de su invención. Ya no le interesaban sus comidas favoritas de toda la vida. Sentía una necesidad imperiosa de crear. Tenía cientos de ideas nuevas.

—Empezaré por un soufflé de castañas —dijo.

Lo hizo y lo sirvió para cenar aquella misma noche. Fue un éxito clamoroso.

—¡Eres un genio! —exclamó la tía Glosspan, saltando de su silla para besarle en ambas mejillas—. ¡Pasarás a la historia!

De ahí en adelante raro era el día en que no presentaba en la mesa una nueva y suculenta creación: sopa de castañas de Brasil, chuletas de maíz americano, ragoût vegetal, tortilla de diente de león, buñuelos de crema de queso, sorpresas rellenas de col, chalotas à la bonne femmemousse picante de remolacha, ciruelas Stroganoff, pan con queso tostado a la holandesa, rábanos a caballo, tartas flambeadas de agujas de pícea y muchas otras delicias. 

La tía Glosspan aseguraba que jamás había probado platos tan ricos, y por la mañana, mucho antes de la hora de comer, salía al porche y se sentaba en su mecedora a pensar sobre la próxima comida, relamiéndose y aspirando los aromas que salían por la ventana de la cocina.

—¿Qué vas a hacer hoy, chico? —gritaba.
—A ver si lo adivinas, tía Glosspan.

—A mí me huele un poco a buñuelos de salsifí —decía, aspirando con fuerza.

Y entonces salía aquel niño de diez años con una sonrisa triunfal y una cacerola grande y humeante de un estofado delicioso hecho enteramente con chirivías e hierbas.

—¿Sabes lo que deberías hacer? —le dijo su tía mientras devoraba el estofado—. Coger papel y lápiz y escribir un libro de cocina.

El niño la miró desde el otro extremo de la mesa masticando lentamente chirivías.

—¿Por qué no? —exclamó la anciana—. Te he enseñado a escribir y a guisar, y lo único que tienes que hacer es juntar las dos cosas. Escribe un libro de cocina y te harás famoso en el mundo entero.

—Muy bien —dijo el niño—. Lo haré.

Y aquel mismo día Lexington empezó a escribir la primera página de una obra monumental que habría de ocuparle el resto de su vida. Lo tituló Comer bien y sanamente.

Siete años más tarde, cuando tenía diecisiete, había recogido unas nueve mil recetas, todas originales, todas deliciosas.

Pero su tarea quedó interrumpida bruscamente por la trágica muerte de la tía Glosspan. Una noche sufrió un fuerte ataque y Lexington, que se había precipitado a su dormitorio para ver por qué hacía tanto ruido, se la encontró en la cama aullando y maldiciendo, el cuerpo encogido, formando complicados nudos. 

Era una visión espantosa, y el agitado joven saltaba de un lado a otro en pijama, retorciéndose las manos sin saber qué hacer. Finalmente fue a la charca del prado de las vacas a sacar un cubo de agua y se lo echó por la cabeza con la idea de calmarla, pero solo sirvió para intensificar la excitación de la anciana, que expiró en menos de una hora.

—Esto es terrible —se dijo el pobre chico, tras pellizcarla varias veces para asegurarse de que estaba muerta—. ¡Y ha sido tan rápido, y así, de repente! Si hace solo unas horas parecía estar estupendamente y hasta se sirvió tres buenos platos de mi último invento, hamburguesas de setas a la diabla, y me dijo que estaba riquísimo...

Después de sollozar con amargura durante varios minutos, pues quería mucho a su tía, se rehízo, la sacó de la casa y la enterró detrás del establo.

Al día siguiente, mientras arreglaba las cosas de la anciana, se topó con un sobre dirigido a él con la caligrafía de la tía Glosspan. Lo abrió y sacó dos billetes de cincuenta dólares y una carta:

«Querido muchacho —decía la carta—: sé que no has bajado de la montaña desde que tenías trece días de edad; pero en cuanto yo muera tienes que ponerte un par de zapatos, una camisa limpia, bajar al pueblo e ir a ver al médico. Pídele un certificado de defunción que demuestre que he muerto y llévaselo a mi abogado, un hombre llamado Samuel Zuckermann, que vive en Nueva York y tiene una copia de mi testamento. El señor Zuckermann lo solucionará todo. El dinero de este sobre es para pagar al médico por el certificado y para el viaje a Nueva York. El señor Zuckermann te dará más dinero cuando llegues allí, y es mi deseo que lo uses para ampliar tus investigaciones sobre temas culinarios y vegetarianos, y que sigas trabajando en ese gran libro hasta que esté acabado en todos los aspectos y te sientas satisfecho de él. Tu tía, que te quiere, Glosspan.»

Lexington, que siempre había hecho lo que le ordenaba su tía, se guardó el dinero, se puso unos zapatos y una camisa limpia y bajó al pueblo, donde vivía el médico.

—¿La vieja Glosspan? —dijo el médico—. ¡Dios mío! ¿Ha muerto?
—Sí, ha muerto —replicó el joven—. Si viene usted a casa conmigo, la desenterraré y podrá comprobarlo usted mismo.

—¿A qué profundidad la has enterrado? —preguntó el médico.
—Yo diría que a un metro y medio o dos.

—¿Cuánto tiempo hace de eso?
—Unas ocho horas.

—Entonces, está muerta —declaró el médico—. Aquí tienes el certificado.


VI

Tenemos a nuestro héroe camino de Nueva York para ver a Samuel Zuckermann. Viajó a pie y durmió junto a los setos, alimentándose de moras y hierbas silvestres, y tardó dieciséis días en llegar a la gran ciudad.

—¡Qué sitio tan fantástico! —exclamó, mirando a su alrededor en la esquina de la calle Cincuenta y siete con la Quinta Avenida—. No hay gallinas ni vacas por ningún lado, y las mujeres no se parecen en lo más mínimo a tía Glosspan.

En cuanto a don Samuel Zuckermann, no se parecía a ninguna persona que Lexington hubiera visto hasta entonces. Era un hombre pequeño y engreído, de mejillas lívidas y una gran nariz de color magenta, y cuando sonreía, en ciertos puntos del interior de su boca lanzaban destellos unos trocitos de oro de una forma prodigiosa. En su lujoso despacho estrechó cálidamente la mano de Lexington y le felicitó por la muerte de su tía.

—Supongo que sabrá usted que su querida tutora era una mujer con una fortuna considerable.
—¿Se refiere a las vacas y las gallinas?

—Me refiero a medio millón de billetes.
—¿Cuánto?

—Medio millón de dólares, muchacho, y se lo ha dejado todo a usted.

El señor Zuckermann se echó hacia atrás en su silla y cruzó las manos sobre su amplia barriga. Al mismo tiempo introdujo a escondidas el dedo índice de la mano derecha entre el chaleco y la camisa para rascarse la piel en torno a la circunferencia del ombligo: su ejercicio favorito, que le producía un extraño placer.

—Naturalmente, tendré que descontar el cincuenta por ciento por mis servicios —añadió—; pero aun así le quedan a usted doscientos cincuenta billetes de mil.

—¡Soy rico! —exclamó Lexington—. ¡Es fantástico! ¿Cuándo puedo recoger el dinero?

—Bueno —dijo el señor Zuckermann—, tiene usted la suerte de que mantengo unas relaciones bastante cordiales con los recaudadores de impuestos de por aquí, y confío en que podré convencerlos de que renuncien a todos los impuestos atrasados y derechos mortuorios.

—Es usted muy amable —murmuró Lexington.
—Naturalmente, tendré que darle a algunas personas un pequeño honorario.

—Lo que usted diga, señor Zuckermann.
—Pienso que con cien mil será suficiente.

—Por Dios, ¿no le parece un poco excesivo?
—Jamás se debe dar una propina pequeña a un inspector de impuestos ni a un policía —dijo el señor Zuckermann—. Recuérdelo.

—Pero, entonces, ¿cuánto me queda a mí? —preguntó el joven con timidez.
—Ciento cincuenta mil. Pero de eso tiene que restar los gastos del funeral.

—¿Gastos del funeral?
—Tiene usted que pagar a la funeraria, ¿o es que no lo sabía?

—Pero, señor Zuckermann, si la enterré yo mismo detrás del establo.
—No lo pongo en duda —replicó el abogado—. ¿Y qué?

—Pues que no ha intervenido ninguna funeraria.
—Escuche —dijo el señor Zuckermann pacientemente—. Puede que usted lo ignore, pero en este Estado hay una ley que dice que el beneficiario de un testamento no recibirá un solo céntimo de su herencia hasta que haya pagado a la funeraria.

—¿Quiere decir que eso es una ley?
—Claro que sí, y además muy buena. Una de nuestras grandes instituciones nacionales es la funeraria, y hay que protegerla a toda costa.

El señor Zuckermann, junto con un grupo de médicos de gran conciencia cívica, era propietario de una empresa que poseía una cadena de nueve lujosas funerarias en la ciudad, por no mencionar una fábrica de ataúdes en Brooklyn y una escuela de embalsamadores para posgraduados en Washington Heights. Por tanto, la celebración de la muerte era, a sus ojos, un asunto profundamente religioso. La verdad es que le conmovía tremendamente; podría decirse que casi tanto como la Navidad conmueve a los tenderos.

—No tenía usted derecho a enterrar a su tía así —dijo—. Ningún derecho.
—Lo siento, señor Zuckermann.

—Es algo completamente subversivo.
—Haré lo que usted diga, señor Zuckermann. Lo único que quiero saber es cuánto me darán al final, cuando haya pagado todo.

Se hizo el silencio. El señor Zuckermann suspiró, frunció el ceño y continuó sobándose con el dedo el borde del ombligo a escondidas.

—¿Digamos quince mil? —sugirió, haciendo relampaguear una gran sonrisa de oro—. Es una bonita cifra, en números redondos.

—¿Puedo llevármelo esta misma tarde?
—No veo por qué no.

El señor Zuckermann llamó al cajero jefe y le dijo que le diera a Lexington quince mil dólares del fondo dedicado a gastos menores y que este a su vez firmase un recibo. El joven, encantado de recibir por fin algo, cogió el dinero agradecido y lo metió en su mochila. Después estrechó calurosamente la mano del señor Zuckermann, le dio las gracias por su ayuda y salió del despacho.

—¡El mundo es mío! —exclamó nuestro héroe al llegar a la calle—. Tengo quince mil dólares para vivir hasta que se publique mi libro, y después tendré mucho más.

Se quedó allí parado, sin saber muy bien hacia dónde ir. Torció a la izquierda y empezó a pasear despacio calle abajo, contemplando la ciudad.

—Qué olor tan asqueroso —se dijo, olfateando el aire—. Es insoportable.

Sus delicados nervios olfativos, adiestrados para percibir únicamente los deliciosos aromas culinarios, se sentían torturados por el hedor de los gases de gasolina que despedían los autobuses.

—Tengo que marcharme de aquí antes de que se me destroce la nariz —se dijo—. Pero antes habrá que comer algo. Estoy desfallecido.

El pobre chico no había tomado más que hierbas y bayas silvestres durante las dos últimas semanas, y su estómago clamaba por una comida sólida. Me apetecería una chuleta de maíz, se dijo, o unos buñuelos de salsifí bien jugosos.

Cruzó la calle y entró en un pequeño restaurante. Hacía calorcito y estaba oscuro y silencioso. Aparte de él, el único cliente era un hombre con un sombrero marrón que estaba absorto, inclinado sobre su comida y no levantó la mirada cuando entró Lexington.

Nuestro héroe se acomodó en la mesa del rincón y colgó la mochila detrás de la silla. Esto va a ser muy interesante, se dijo. En mis diecisiete años de vida solo he probado los guisos de dos personas: los de tía Glosspan y los míos, a menos que cuente a McPottle, la niñera, que debió calentarme el biberón unas cuantas veces cuando era pequeñito. Ahora estoy a punto de probar el arte de un cocinero nuevo, y con un poco de suerte recogeré alguna idea útil para mi libro.

Un camarero salió de las sombras, se acercó a Lexington y se detuvo junto a su mesa.

—¿Cómo está usted? —preguntó Lexington—. Quisiera una chuleta de maíz grande, por favor. Pásela veinticinco segundos por cada lado, en una cazuela muy caliente con crema agria, y espolvoree unas hierbas aromáticas antes de servirla, a no ser que el cocinero jefe conozca un método más original, en cuyo caso lo probaré con mucho gusto.

El camarero ladeó la cabeza y miró detenidamente a su cliente.

—¿Quiere usted puerco asado con col? Es lo único que nos queda. 

—¿Asado de qué?

El camarero sacó del bolsillo de su pantalón un pañuelo bastante repugnante, lo desplegó con brusco molinete, como si restallase un látigo, y se sonó la nariz, produciendo un fuerte ruido de líquido.

—¿Lo quiere o no? —volvió a preguntar, secándose las narices.

—No tengo ni la más remota idea de lo que es —contestó Lexington—, pero me encantaría probarlo. Es que estoy escribiendo un libro de cocina, sabe usted, y yo...

—¡Una de puerco con col! —gritó el camarero, y desde la trastienda del restaurante, allá lejos en la oscuridad, le respondió una voz.

El camarero desapareció. Lexington cogió de la mochila su tenedor y su cuchillo, regalo de la tía Glosspan cuando tenía seis años. Eran de plata maciza, y desde que se los regaló no había usado otros instrumentos para comer. Mientras esperaba a que llegase la comida se dedicó a abrillantarlos cariñosamente con un trozo de muselina.

El camarero volvió al poco tiempo con un plato en el que se veía una gruesa tajada blanco-grisácea de una sustancia caliente. Lexington se inclinó hacia adelante, ansioso por olfatearlo en cuanto se lo sirvieran. Se le habían dilatado las aletas de la nariz para recibir el aroma, y le temblaban.

—¡Pero esto es una auténtica maravilla! —exclamó—. ¡Qué aroma! ¡Es fantástico!

El camarero retrocedió un paso, observando con curiosidad a su cliente.

—¡En mi vida había olido una cosa tan deliciosa! —exclamó nuestro héroe al tiempo que empuñaba el cuchillo y el tenedor—. ¿De qué está hecho?

El hombre del sombrero marrón se le quedó mirando y después volvió a concentrarse en su comida. El camarero se retiraba hacia la cocina.

Lexington cortó un trocito de carne, la empaló en el tenedor de plata y se lo acercó a la nariz para olfatearlo una vez más. A continuación se lo metió en la boca y empezó a masticarlo despacio, los ojos entrecerrados y el cuerpo en tensión.

—¡Es fantástico! —exclamó—. ¡Es un sabor completamente nuevo! ¡Ay, Glosspan, mi querida tía, cuánto me gustaría que estuvieses aquí conmigo para probar este plato tan extraordinario! ¡Camarero, venga inmediatamente! ¡Tengo que hablar con usted!

El asombrado camarero le observaba desde el otro extremo del comedor y no parecía muy dispuesto a aproximarse.

—Si viene a hablar conmigo, le haré un regalo —dijo Lexington, agitando un billete de cien dólares—. Venga usted, por favor.

El camarero volvió a la mesa con precaución, agarró el dinero y se lo acercó a la cara, mirándolo desde todos los ángulos. Después lo deslizó rápidamente en su bolsillo.

—¿Qué puedo hacer por usted, amigo mío? —preguntó.

—Verá —dijo Lexington—, si usted me dice con qué está hecho este delicioso plato y cómo está preparado exactamente, le daré otros cien.

—Ya se lo he dicho —replicó el hombre—. Es puerco.
—¿Y qué es eso exactamente?

—¿Nunca ha comido puerco asado? —le preguntó el camarero mirándolo fijamente.
—Por lo que más quiera, buen hombre, dígame lo que es y déjese de misterios.

—Pues cerdo —contestó el camarero—. Se mete en el horno y ya está.
—¡Cerdo!

—El puerco es cerdo. ¿Es que no lo sabía?
—¿Quiere decir que esto es carne de cerdo?

—Se lo garantizo.
—Pero..., pero... es imposible —tartamudeó el joven—. La tía Glosspan, que sabía de comida más que nadie, decía que la carne de cualquier clase es asquerosa, repugnante, horrible, nauseabunda y sucia. Y, sin embargo, este trozo que tengo en el plato es lo más exquisito que he probado nunca. ¿Cómo explica usted eso? Estoy seguro de que tía Glosspan no me hubiera dicho que era repugnante si no lo fuera.

—A lo mejor su tía no sabía cocinarlo —dijo el camarero.
—¿Usted cree?

—Es posible. Sobre todo con el cerdo: o se hace muy bien o no hay quien se lo coma.

—¡Eureka! —exclamó Lexington—. ¡Apuesto a que es eso lo que le pasaba, que lo hacía mal! —le ofreció al camarero otro billete de cien dólares—. Lléveme a la cocina —dijo—. Presénteme al genio que ha preparado esta carne.

El camarero llevó a Lexington a la cocina inmediatamente, y allí el joven conoció al cocinero, que era un hombre mayor con una erupción en el cuello.

—Esto le costará otros cien —dijo el camarero. Lexington lo complació de buena gana, pero en esta ocasión dio el dinero al cocinero.

—Mire, he de admitir que me ha dejado muy confundido lo que acaba de decirme el camarero —dijo—. ¿Está usted completamente seguro de que ese plato tan exquisito que he comido estaba preparado con carne de cerdo?

El cocinero alzó la mano derecha y se puso a rascarse la erupción del cuello.

—Bueno —respondió mirando al camarero y haciéndole un astuto guiño—, lo único que puedo decirle es que creo que era carne de cerdo.

—¿Quiere decir que no está seguro?
—Nunca se puede estar seguro.

—Pero ¿qué otra cosa podría ser?
—Pues... —empezó a decir el cocinero muy despacio, mirando aún al camarero— existe la posibilidad de que fuera un pedazo de carne humana.

—¿Quiere decir de hombre?
—Sí.

—¡Dios mío!
—O de mujer. Cualquiera de las dos cosas, porque saben igual.

—Me deja usted sorprendido —replicó el joven.
—Nunca te acostarás sin saber una cosa más.

—Desde luego.
—De hecho, últimamente el carnicero nos manda mucha carne de esta en lugar de cerdo —añadió el cocinero.

—¿En serio?
—El problema es que casi no se puede distinguir una de la otra. Son las dos muy buenas.

—El trozo que acabo de comer era sencillamente extraordinario.
—Me alegro de que le haya gustado —dijo el cocinero—, pero si quiere que le sea sincero, creo que era cerdo. Vamos, estoy casi seguro.

—¿Completamente seguro?
—Pues sí.

—En ese caso habrá que pensar que tiene usted razón —dijo Lexington—. Así que, por favor, dígame —y aquí tiene otros cien dólares por la molestia—, explíqueme cómo lo ha preparado exactamente.

El cocinero, tras guardarse el dinero, inició una descripción colorista de cómo usar una tajada de cerdo, mientras el joven, que no deseaba perderse una sola palabra de tan gran receta, se sentó a la mesa de la cocina y apuntó todos los detalles en su cuaderno.

Cuando el hombre terminó, le preguntó:
—¿Eso es todo?

—Efectivamente.
—Tiene que haber algo más.

—Para empezar, hay que contar con una buena pieza de carne —añadió el cocinero—. En eso consiste la mitad del secreto. Tiene que ser un buen cerdo, y tiene que estar bien despiezado, porque si no queda asqueroso por muy bien que se cocine.

—Enséñeme a hacerlo —dijo Lexington—. Despiéceme uno ahora para que aprenda.

—En la cocina no matamos cerdos —dijo el cocinero—. Lo que usted acaba de comer nos ha llegado de un matadero del Bronx.

—¡Pues deme la dirección!

El cocinero le dio la dirección, y nuestro héroe, tras deshacerse en agradecimientos por su amabilidad, se precipitó a la calle, cogió un taxi y se dirigió al Bronx.

VII

El matadero era un edificio grande de ladrillo, de cuatro pisos, y a su alrededor había un olor dulzón y fuerte, como de almizcle. En la verja se veía un gran cartel que decía: SE ADMITE LA ENTRADA DE VISITANTES A CUALQUIER HORA. Animado por él, Lexington atravesó la verja y entró en el patio empedrado que rodeaba el edificio.

Siguió una serie de señales (LAS VISITAS CON GUÍA POR AQUÍ) y finalmente llegó a un cobertizo de hierro ondulado que se encontraba muy lejos del edificio principal (SALA DE ESPERA PARA VISITANTES). Entró tras llamar educadamente a la puerta.

En la sala de espera había seis personas delante de él. Había una señora gorda con sus dos hijos, de unos nueve y once años, una pareja joven de ojos brillantes que parecían estar en plena luna de miel y una mujer pálida con largos guantes blancos sentada muy erguida y que miraba al frente, con las manos cruzadas en el regazo. Nadie hablaba. 

Lexington pensó si estarían todos escribiendo libros de cocina, como él, pero cuando se lo preguntó no le contestó nadie. Los adultos se limitaron a sonreír misteriosa y disimuladamente y negaron con la cabeza, y los dos niños se le quedaron mirando como si se tratara de un loco.


Pronto se abrió la puerta y un hombre de cara sonrosada y alegre asomó la cabeza y dijo:
—El siguiente, por favor.

La madre y los dos chicos se levantaron y salieron. Al cabo de unos diez minutos volvió el mismo hombre y repitió: «El siguiente, por favor», y la pareja en luna de miel se puso de pie de un salto y lo siguió afuera.

Entraron dos nuevos visitantes y se sentaron. Eran un hombre de mediana edad y su mujer, también de mediana edad, que llevaba una cesta de mimbre con comida.

—El siguiente, por favor —dijo el guía, y la mujer de los largos guantes blancos se levantó y se fue.

Entraron algunas personas más y tomaron asiento en las sillas de madera de respaldo recto.

El guía regresó por tercera vez al cabo de poco tiempo, y en esta ocasión era el turno de Lexington.

—Sígame, por favor —le dijo el guía, cruzando el patio delante del joven para dirigirse al edificio principal.

—¡Qué interesante es esto! —exclamó Lexington, saltando sobre un pie y luego sobre el otro—. Ojalá estuviese conmigo mi querida tía Glosspan y viese lo que voy a ver yo.

—Yo solo explico los preliminares —dijo el guía—. Después le pondré en manos de otra persona.

—Lo que usted quiera —replicó el joven, fascinado.

En primer lugar visitaron una zona amplia rodeada por una valla en la puerta trasera del edificio, donde holgazaneaban varios cientos de cerdos.

—Aquí es donde empiezan —explicó el guía—, y por allí entran.
—¿Dónde?

—Por allí —el guía señaló un cobertizo alargado de madera que se alzaba junto al muro exterior de la fábrica—. Lo llamamos el corral de encadenado. Por aquí, por favor.

Tres hombres con altas botas de caucho conducían una docena de cerdos al corral de encadenado en el momento en que se acercaban Lexington y el guía, así que entraron todos juntos.

—Mire cómo los amarran —dijo el guía.

Por dentro, el cobertizo era simplemente una habitación desnuda de madera sin techo, pero había un cable de acero con ganchos que se movía lentamente por una pared, paralelo al suelo, a menos de un metro de altura. Cuando llegaba al extremo del cobertizo el cable cambiaba bruscamente de dirección y trepaba verticalmente, atravesando el techo abierto, hacia el piso superior del edificio principal.

Los doce cerdos estaban amontonados en el extremo del cobertizo, sin moverse, con expresión de miedo. Uno de los hombres con botas de caucho bajó una cadena de metal de la pared y avanzó hacia el animal más cercano, por detrás. Se agachó y colocó con rapidez un extremo de la cadena en torno a una de las patas traseras del animal. Ató el otro extremo a un gancho del cable móvil cuando lo tuvo al alcance de la mano. 

El cable siguió moviéndose y la cadena se tensó. La pata del cerdo recibió un tirón hacia atrás y hacia arriba y luego el animal empezó a retroceder, arrastrándose, pero no se cayó. Era un cerdo bastante ágil y logró mantener el equilibrio sobre tres patas, saltando con una sola y luchando contra la cadena que tiraba de él, pero fue retrocediendo más y más hasta que al llegar al final del cobertizo, donde el cable cambiaba de dirección y subía, la pobre bestia perdió pie bruscamente y quedó colgando. El aire se llenó de chillidos de protesta.


—Es un proceso realmente fascinante —dijo Lexington—, pero ¿qué era ese ruido raro, ese chasquido que se oyó en el momento en que subía el cerdo?

—Probablemente, la pata —contestó el guía—. O la pelvis.
—¿Y eso no importa?

—¿Por qué iba a importar? —replicó el guía—. Los huesos no se comen.

Los hombres con botas de caucho no paraban de encadenar cerdos; los colgaban uno tras otro y los hacían pasar por el techo entre fuertes gruñidos de protesta.

—Esta receta no consiste solamente en recoger hierbas sin más —dijo Lexington—. La tía Glosspan jamás hubiera hecho una cosa así.

En ese momento, mientras Lexington miraba el último cerdo que subía hacia el techo, un hombre con botas de caucho se le acercó con precaución por detrás y ató un extremo de la cadena en torno al tobillo del muchacho, colgando el otro extremo del cinturón móvil. 

Al momento siguiente, sin que le diera tiempo a darse cuenta de lo que estaba ocurriendo, nuestro héroe perdió el equilibrio y se vio arrastrado hacia atrás por el piso de cemento del corral de encadenado.


—¡Paren! —gritó—. ¡Deténganlo todo! ¡Se me ha enganchado una pierna!

Pero al parecer no le oyó nadie, y cinco segundos más tarde el infeliz joven fue arrancado del suelo y arrastrado hacia arriba. Pasó por el tejado abierto del corral, colgando cabeza abajo, agarrado por un tobillo y culebreando como un pez.

—¡Socorro! —gritó—. ¡Socorro! ¡Ha habido una terrible equivocación! ¡Paren las máquinas! ¡Déjenme bajar!

El guía se quitó el puro de la boca y miró serenamente hacia arriba, al joven que ascendía rápidamente, pero no dijo nada. Los hombres de las botas de caucho ya habían salido a recoger el siguiente grupo de cerdos.

—¡Sálveme! —chilló nuestro héroe—. ¡Déjeme bajar! ¡Por favor, déjeme bajar!

Pero ya se acercaba al piso superior del edificio, y allí el cinturón móvil se retorció como una serpiente y entró por un gran agujero de la pared, una especie de portal sin puerta; y en el umbral, esperando para recibirlo, cubierto con un delantal de caucho amarillo con manchas oscuras y contemplando el mundo como San Pedro a las puertas del cielo, estaba el matarife.

Lexington le vio del revés y solo breves segundos, pero aun así observó inmediatamente la expresión de paz y benevolencia en el rostro de aquel hombre, el alegre brillo de sus ojos, la sonrisilla melancólica, los hoyuelos de las mejillas... y todo aquello le hizo concebir esperanzas.

—¿Qué tal? —le preguntó el matarife sonriendo.
—¡Rápido! ¡Sálveme! —gritó nuestro héroe.

—Con mucho gusto —replicó el matarife y, cogiendo delicadamente a Lexington por una oreja con la mano izquierda, alzó la derecha y con suma habilidad le abrió la yugular con un cuchillo.

El cinturón continuó moviéndose y Lexington con él. Todo seguía del revés, y la sangre que le salía del cuello se le metía en los ojos, pero aun veía un poco y tuvo la borrosa impresión de encontrarse en una habitación enorme y alargada, en cuyo extremo había una gran caldera de agua humeante y a su alrededor unas oscuras siluetas, medio ocultas por el vapor, que bailaban blandiendo largas varas. 

Le pareció que la cinta transportadora pasaba justo por encima del caldero y que los cerdos caían uno tras otro al agua hirviendo, y que uno de ellos llevaba unos largos guantes blancos en las patas delanteras.


De repente nuestro héroe empezó a sentir mucho sueño, pero hasta que su fuerte corazón no hubo bombeado la última gota de sangre no pasó de este mundo, el mejor de todos los mundos posibles, al otro.

John Uskglass y el Carbonero Cumbrio - Susanna Clarke

Hace muchos veranos, en el claro de un bosque de la región de Cumbria, vivía un carbonero. Era muy, muy pobre. Tenía la ropa hecha harapos, por lo general manchada de hollín, sucia. No tenía esposa ni hijos, y su única compañía era un cerdo pequeño llamado Blakeman. 
 
La mayor parte del tiempo lo pasaba en el claro, donde había dos cosas: una pila de ardiente carbón cubierta de tierra y una choza construida con palos y restos de turba. Pero a pesar de todo poseía un alma alegre, pues alegre había sido siempre, a menos que se obcecase por alguna razón.

Una espléndida mañana de verano un ciervo irrumpió a la carrera en el claro. Tras el ciervo llegó una gran manada de perros de caza, y detrás de los perros el tropel de jinetes armados con arcos y flechas. Por unos instantes nada pudo verse más allá de la confusión a la que dio pie la barahúnda de los perros, los cuernos de caza y el estruendo de los cascos de las monturas. Después, tan pronto como había llegado, la partida de caza desapareció entre los árboles que se alzaban en el extremo opuesto del claro. Todos a excepción de un hombre.

El carbonero miró a su alrededor. La hierba había quedado cubierta de fango y no sobrevivía en pie un solo palo de la choza. La pulcra pila de carbón estaba medio deshecha, y los restos provocaban pequeños incendios aquí y allá. Empujado por un arranque de ira se volvió hacia el único cazador que había permanecido allí, sobre quien vertió hasta el último insulto que había oído en su vida.

Pero el cazador tenía sus propios problemas. El motivo de que no se hubiese alejado a caballo con los demás era que Blakeman corría, de un lado a otro, bajo los cascos de su caballo, chillando como el cerdo que era. Por mucho que lo intentara, el jinete no podía librarse de él. 
 
El cazador vestía con elegancia de negro, calzaba botas de negro cuero blando, y el arnés estaba enjoyado. Era, de hecho, John Uskglass (también conocido como el Rey Cuervo), rey de Inglaterra del Norte y de parte de Tierra de Duendes, así como el mayor mago que había existido jamás. Cosa que el carbonero (cuyo conocimiento de los sucesos que acontecían más allá de aquel claro era, cuando menos, imperfecto) ni siquiera sospechaba. Solo sabía que el hombre no respondía a sus insultos, lo cual no hizo sino enervarlo más.

—¡Pero diga algo! —protestó.

Un arroyuelo discurría a través del claro. John Uskglass lo miró, luego volvió la vista hacia Blakeman, que seguía correteando entre los cascos del caballo. Hizo un gesto con la mano y Blakeman se convirtió en un salmón. El salmón dio un brinco a través del aire hasta caer en el agua con un chapoteo y alejarse a nado. Después John Uskglass se fue al trote.

El carbonero se lo quedó mirando mientras se alejaba.

—Bueno, ¿y ahora qué voy a hacer? —se preguntó en voz alta.

Apagó los fuegos que se habían producido en el claro, y recompuso la pila de carbón tan bien como pudo. Pero una pila de carbón que ha sido pisoteada por lebreles y caballos no puede tener el mismo aspecto que una que no ha sido objeto de tales desmanes, por mucho empeño que se ponga en reconstruirla, y al carbonero le bastaba con verla así de maltrecha para que le dolieran los ojos.

Se acercó a Furness Abbey para pedir a los monjes que le dieran algo de cenar, porque su propia cena también había acabado pisoteada. Cuando llegó a la abadía, se dirigió al limosnero, cuya tarea consistía en distribuir a los pobres alimentos y ropa. El limosnero lo saludó con afabilidad y le dio un espléndido queso redondo y una gruesa manta, mientras le preguntaba a qué venía esa cara tan larga y triste.

Así que el carbonero se lo contó. Pero éste no tenía mucha práctica en el arte de relatar con claridad sucesos complejos. Por ejemplo, habló largo y tendido acerca del cazador que se había rezagado, pero no hizo mención alguna a la ropa elegante del jinete, ni a los anillos con joyas engarzadas que le adornaban los dedos, así que el limosnero ni siquiera sospechó que podía tratarse del Rey. De hecho, el carbonero lo llamó «un hombre negro», así que el limosnero supuso que se refería a un hombre sucio, es decir, a otro carbonero, por poner un ejemplo. El limosnero era todo simpatía.

—Así que Blakeman se ha convertido en un salmón, ¿eh? —comentó—. Yo en su lugar, tendría unas palabras con san Mungo. Estoy seguro de que podrá ayudarle. No hay nada que no sepa acerca de los salmones.

—San Mungo, ¿dice usted? ¿Y dónde podría yo encontrar a alguien tan útil? —preguntó el carbonero, realmente interesado.

—Tiene una iglesia en Grizedale. Debería usted tomar el camino que discurre por allí.

Y así fue como el carbonero se dirigió andando a Grizedale, y cuando llegó a la iglesia, entró y golpeó las paredes y aulló el nombre de san Mungo, hasta que el propio santo agachó la vista desde el cielo y preguntó qué se le ofrecía al carbonero.

De inmediato el hombre emprendió una larga e indignada diatriba en la que describía las injurias que había sufrido, en particular las relativas al solitario cazador.

—Bueno —dijo san Mungo, alegre—. Déjame ver qué puede hacerse. Los santos como yo siempre tendríamos que prestar oídos a las súplicas de la gente pobre, sucia y zarrapastrosa como tú. Por ofensivo que sea el modo en que se dirigen a nosotros. Sois nuestra preocupación especial.

—¿Y ya está? —preguntó el carbonero, que se sintió halagado al oír eso.

Entonces san Mungo extendió el brazo desde el cielo, llevó la mano a la fuente de la iglesia y sacó de ella un salmón. Le bastó con sacudirlo un poco para que en un abrir y cerrar de ojos este se convirtiera en Blakeman, tan sucio y vivaz como siempre.

El carbonero rió entre aplausos. Quiso abrazar al cerdo, pero Blakeman se fue a correr, chillando como el cerdo que era, con la energía que lo caracterizaba.

—Ahí lo tienes —dijo san Mungo, contemplando la agradable escena con cierto goce—. Me alegro de haber podido responder a tu plegaria.

—Bueno, ¡en realidad no lo ha hecho! —le acusó el carbonero—. ¡Tiene que castigar a mi malvado enemigo!

Entonces san Mungo arrugó un poco el entrecejo y le explicó que se suponía que uno debía perdonar a sus enemigos. Pero el carbonero nunca había puesto en práctica el perdón de los cristianos, y no estaba de humor para empezar a hacerlo en ese momento.

—¡Que Blencathra caiga sobre su cabeza! —gritó con fuego en los ojos, los puños en alto. (Blencathra es una colina elevada que se alza a unas millas al norte de Grizedale.)

—Bueno, verás —dijo, muy diplomático, san Mungo—. En realidad no puedo hacer eso. Pero ¿creo haberte oído decir que ese hombre era cazador? Quizá haber perdido a su presa le enseñe a tratar con mayor respeto a sus vecinos.

En cuanto san Mungo pronunció estas palabras, John Uskglass (que seguía de caza) cayó de su caballo y fue a parar a una grieta que había entre las rocas. Quiso salir de la grieta, pero descubrió que un misterioso poder se lo impedía. Quiso practicar magia para contrarrestarlo, pero la magia no sirvió. Las rocas y la tierra de Inglaterra amaban a John Uskglass. Siempre le habían ayudado, pero aquel poder, fuera lo que fuese, era algo que aún respetaban más.

Pasó todo el día con su noche en la grieta rocosa, hasta que lo cubrió el rocío y se sintió muy desdichado. Al alba el poder desconocido le liberó de pronto, a saber el porqué. Salió de la grieta, encontró su caballo y cabalgó de vuelta a su castillo en Carlisle.

—¿Dónde habéis estado? —preguntó William de Lanchester—. Os esperábamos ayer.

Pero John Uskglass no quería que nadie supiera que existía en Inglaterra un mago más poderoso que él. Así que consideró la respuesta un instante.

—En Francia —dijo.

—¡En Francia! —William de Lanchester se mostró sorprendido—. ¿Y habéis visto al Rey? ¿Qué os ha dicho? ¿Planean nuevas guerras?

John Uskglass dio una respuesta vaga, de naturaleza mística y mágica. Luego fue a sus habitaciones y se sentó en el suelo, junto a su cuenco de plata lleno de agua. Entonces se dirigió a las Personas de Gran Importancia (tales como el Viento de Poniente o las Estrellas) y les pidió que le revelaran quién había provocado su caída en la grieta rocosa. En el plato se formó la imagen del carbonero.

John Uskglass pidió a voces que le prepararan el caballo y los perros, y cabalgó hacia el claro del bosque.

Entretanto, el carbonero probaba el queso que le había obsequiado el limosnero. Luego fue a visitar a Blakeman, porque había pocas cosas en el mundo que a Blakeman le gustasen más que una tostada con queso fundido.

Mientras estuvo fuera llegó John Uskglass con sus perros. Miró en derredor del claro, en busca de alguna pista acerca de lo sucedido. Se preguntó por qué razón un mago poderoso y peligroso escogería vivir en un bosque y ganarse el jornal trabajando de carbonero. Entonces reparó en el queso fundido.

Resulta que el queso fundido supone una tentación que pocos hombres son capaces de resistir, sean carboneros o reyes. John Uskglass llevó a cabo el siguiente razonamiento: toda Cumbria le pertenecía, por tanto el bosque también, por tanto aquellas tostadas con queso fundido también eran suyas. Así que se sentó a comer, y al terminar dejó que sus perros le lamieran los dedos.

Ese fue el momento que escogió el carbonero para volver al claro. Miró a John Uskglass y las verdes hojas vacías donde había dejado las tostadas con queso fundido.

—¡Usted! —exclamó—. ¡Usted otra vez! ¡Acaba de comerse mi plato! —Aferró a John Uskglass y lo sacudió con fuerza—. ¿Por qué? ¿Por qué hace estas cosas?

John Uskglass no pronunció una palabra. (En ese momento no supo qué decir que pudiera ponerle en una situación ventajosa.) Se libró de las manos del carbonero, montó en su caballo y se alejó al trote del claro.

El carbonero acudió de nuevo a Furness Abbey.

—¡Ese hombre malvado ha vuelto y se ha comido mi queso fundido! —se quejó al limosnero.

El limosnero negó con la cabeza, entristecido por aquella demostración de que vivía en un mundo lleno de pecadores.

—Tenga un poco más de queso —le ofreció—. ¿Qué le parece si le doy un poco de pan para acompañarlo?

—¿Qué santo se encarga de cuidar de los quesos? —preguntó el carbonero, con tono exigente.

El limosnero meditó unos instantes la respuesta.

—Santa Brígida —dijo.

—¿Y dónde puedo encontrar a su señoría? —preguntó el carbonero, ansioso.

—Tiene una iglesia en Beckermet —respondió el limosnero, que señaló el camino que debía tomar el carbonero.

Y así fue como el carbonero anduvo hasta Beckermet. Cuando llegó a la iglesia, golpeó las bandejas del altar, rugió y armó una barahúnda tremenda hasta que santa Brígida agachó inquieta la mirada desde el cielo y preguntó si había algo que pudiera hacer por él.

El carbonero hizo una exhaustiva descripción de los atropellos que había sufrido a manos de su mudo enemigo.

Santa Brígida dijo que lamentaba oír aquello.

—Pero no creo que sea la persona más apropiada para ayudarte. Yo cuido de lecheras y lecheros. Animo a la mantequilla a cuajar y vigilo la maduración de los quesos. No es de mi incumbencia que la persona equivocada se haya comido una tostada con queso. San Nicolás se ocupa de los ladrones y de la propiedad robada. Tal vez san Alejandro de Comana sienta amor por los carboneros —añadió, esperanzada—, y sean ellos a quienes deberías elevar una plegaria.

El carbonero se negó a interesarse lo más mínimo por las personas que ella acababa de mencionar.

—¡La gente pobre, sucia y zarrapastrosa como yo somos su preocupación especial! —protestó—. ¡Obre un milagro!

—Aunque también pienso que es posible que ese hombre no pretenda ofenderte con su silencio —conjeturó santa Brígida—. ¿Has considerado la posibilidad de que sea mudo?

—¡Ay, no! Le vi hablar a sus perros. Movieron la cola, encantados de oír su voz. ¡Haga algo, santa! ¡Que Blencathra le caiga en la cabeza!

Santa Brígida suspiró.

—No, no, no podemos hacer nada parecido, aunque es verdad que obró mal al robarte el almuerzo. Quizá convendría darle una lección. Una leccioncilla.

En ese momento, John Uskglass y su corte se disponían a salir de caza. Una vaca vagabundeó hacia el patio que había frente al establo, hasta alcanzar el lugar donde John Uskglass se hallaba montado en su caballo, para pronunciar a continuación un sermón en latín acerca del pecado de robar. Después el caballo volvió la cabeza y le dijo, muy solemne, que estaba de acuerdo con las palabras de la vaca y que debía prestar atención a lo que decía el rumiante.

Todos los cortesanos y sirvientes que había en el patio guardaron silencio, atentos al desarrollo de la escena. Nunca había sucedido algo parecido.

—¡Esto es cosa de magia! —aseguró William de Lanchester—. Pero, ¿quién osa...?

—Ha sido cosa mía —se apresuró a decir John Uskglass.

—¿De veras? —preguntó William—. Pero ¿por qué?

Hubo una pausa.

—Para ayudarme a considerar mis errores y pecados —dijo finalmente John Uskglass—, tal como todo cristiano tendría que hacer de vez en cuando.

—¡Pero robar no es un pecado que hayáis cometido! Entonces, ¿por qué...?

—¡Santo Dios, William! —protestó John Uskglass—. ¿A qué viene tanta pregunta? ¡Hoy no saldré de caza!

Se alejó a paso vivo hacia el jardín de las rosas, para dejar atrás al caballo y la vaca. Pero las rosas volvieron hacia él sus rostros rojos y blancos y hablaron al cabo acerca de las responsabilidades que el Rey tenía con los pobres; y algunas de las flores más maliciosas sisearon: «¡Ladrón! ¡Ladrón!» 
 
John Uskglass cerró los ojos y se llevó las manos a las orejas, pero acudieron los perros, le encontraron y, acercando los hocicos a su rostro, le dijeron lo decepcionados, lo terriblemente decepcionados que se sentían. Así que fue a esconderse en un cuarto minúsculo y vacío, situado en lo alto del castillo. Pero durante todo ese día las piedras de las paredes debatieron en voz alta varios pasajes de la Biblia que condenaban el robo.

Esa vez, John Uskglass no tuvo necesidad de preguntar quién había sido el responsable de aquello (la vaca, el caballo, los perros, las piedras y las rosas habían mencionado, todos sin excepción, las tostadas con queso), y estaba decidido a descubrir quién era aquel mago estrafalario y cuáles eran sus intenciones. Decidió recurrir a la más mágica de todas las criaturas: el cuervo. 
 
Al cabo de una hora, envió aproximadamente un millar de cuervos que dieron forma a una bandada tan densa que fue como si una montaña negra surcara el cielo veraniego. Cuando llegaron al claro del carbonero, lo llenaron hasta el último rincón con el negro tumulto de su batir de alas. Los árboles perdieron sus hojas, y el carbonero y Blakeman cayeron al suelo, incapaces de levantarse. 
 
Los cuervos ahondaron en los recuerdos y los sueños del carbonero en busca de pruebas de sus prácticas mágicas. Y para asegurarse, también profundizaron en los recuerdos y los sueños de Blakeman. Los cuervos comprobaron qué pensamientos habían concebido hombre y cerdo estando aún en el vientre de sus madres; y luego indagaron qué harían ambos cuando, al cabo, llegasen al cielo. No encontraron ni un resquicio de magia por ninguna parte.

Cuando se marcharon, John Uskglass accedió al claro con los brazos doblados a la altura del pecho. Caminaba ceñudo. El fracaso de los cuervos le había supuesto una profunda decepción.

El carbonero se levantó lentamente del suelo y miró a su alrededor, asombrado. Si un incendio hubiera barrido el bosque, la destrucción que habría dejado a su paso no podría haber sido más exhaustiva. Los árboles habían perdido las ramas, y todo lo alfombraba una capa gruesa, negra, de plumas de cuervo. Una especie de éxtasis de la indignación le empujó a exclamar:

—¡Dígame por qué me persigue!

Pero John Uskglass no dijo una palabra.

—¡No cejaré hasta que Blencathra le caiga en la cabeza! ¡No lo haré! ¡Sepa que no lo haré! —Y hundió el mugriento dedo en la cara de John Uskglass—. ¡Usted... sabe... de... qué... soy... capaz!

Al día siguiente, el carbonero se acercó a Furness Abbey antes de que asomara el sol. Encontró al limosnero, que iba de camino a prima.

—Ha regresado para destrozarme el bosque —le contó—. ¡Lo ha convertido en un lugar negro y sucio!

—¡Qué hombre tan terrible! —exclamó el limosnero, que simpatizaba con el carbonero.

—¿Qué santo mira por los cuervos? —preguntó el carbonero.

—¿Los cuervos? —preguntó el limosnero—. Ninguno que yo sepa. —Meditó el asunto unos instantes—. San Osvaldo tuvo un cuervo por mascota al que apreciaba mucho.

—¿Y dónde puedo encontrar a su santidad?

—Tiene una nueva iglesia en Grasmere.

Y así el carbonero anduvo hasta Grasmere, y cuando llegó allí gritó y golpeó las paredes, armado con uno de los candelabros del altar.

—¿Tienes que gritar tanto? —protestó san Osvaldo tras sacar la cabeza del cielo—. ¡Que no soy sordo! ¿Qué quieres? ¡Y deja en su sitio ese candelabro, que vale una fortuna! —Durante sus santas y benditas vidas, san Mungo y santa Brígida habían sido respectivamente monje y monja, y poseían toda la santa paciencia y la templanza del mundo. Pero san Osvaldo había sido rey y soldado, y pertenecía a una clase de personas muy distinta.

—El limosnero de Furness Abbey afirma que a usted le gustan los cuervos —explicó el carbonero.

—Decir que me gustan es un poco exagerado —dijo san Osvaldo—. Hubo un pájaro en el siglo siete que solía posarse en mi hombro. Me picoteaba las orejas y me hacía sangrar.

El carbonero le relató el ahínco con que le acosaba el hombre silencioso.

—No sé, ¿tal vez tenga un motivo para comportarse así? —aventuró san Osvaldo, sarcástico—. ¿Cabe la posibilidad, por decir algo, que hayas mellado de algún modo sus candelabros?

El carbonero negó, indignado, haber causado perjuicio alguno al hombre silencioso.

—Hum. —San Osvaldo meditó el asunto—. Solo los reyes dan caza a los ciervos, como sabrás.

A juzgar por su expresión, el carbonero no había atado cabos.

—Veamos —continuó san Osvaldo—. Un hombre que viste de negro, capaz de obrar magia poderosa, que manda a los cuervos y posee los derechos de caza de un rey. ¿De veras todo esto no te sugiere nada? No, por lo visto no. Bueno, resulta que creo conocer la identidad de la persona a la que te refieres. En verdad es muy arrogante y tal vez haya llegado el momento de darle una lección de humildad. Si entiendo bien lo que me dices, ¿estás enfadado porque no te dirige la palabra?

—Sí.

—Muy bien, pues. Creo que debería aflojarle un poco la lengua.

—¿Qué clase de castigo es ese? —preguntó el carbonero—. ¡Quiero que haga que Blencathra le caiga en la cabeza!

San Osvaldo protestó, irritado.

—¿Qué sabrás tú? —dijo—. Créeme, ¡sé mejor que tú cómo perjudicar a ese hombre!

Y mientras san Osvaldo hablaba, John Uskglass empezó a hablar de manera rápida y nerviosa. Aquello era inusual, pero al principio no se le antojó siniestro. Todos sus cortesanos y sirvientes atendieron con educación a sus palabras. Pero transcurridos unos minutos, y luego unas horas, se preguntaron por qué no había dejado de hablar en todo aquel rato. 
 
Habló durante la cena; habló durante la celebración de la misa; habló durante la noche. Pronunció profecías, recitó pasajes de la Biblia, contó historias de varios reyes de Tierra de Duendes, dio recetas de repostería. 
 
También reveló secretos políticos, secretos mágicos, secretos infernales, secretos divinos y secretos escandalosos, de resultas de lo cual el reino de Inglaterra del Norte se vio abocado a una plétora de crisis políticas y teológicas. Thomas de Dundale y William de Lanchester rogaron y amenazaron y suplicaron, pero nada de lo que dijeron bastó para que el Rey dejase de hablar. 
 
Al cabo de un tiempo se vieron obligados a encerrarlo en un cuarto vacío que había en lo alto del castillo, para que nadie pudiera oírlo. Entonces, puesto que era inconcebible que un rey hablase sin alguien que lo escuchara, se vieron forzados a hacerle compañía, día a día. Al cabo de tres días exactos por fin se calló.

Dos días después se acercó a lomos de su caballo al claro del carbonero. Estaba tan pálido y ojeroso que el carbonero albergó de pronto la esperanza de que san Osvaldo pudiera haberle arrojado Blencathra sobre la cabeza.

—¿Qué es lo que quieres de mí? —preguntó John Uskglass, cauteloso.

—¡Ajá! —exclamó el carbonero con expresión triunfal—. ¡Que me pida perdón por transformar a Blakeman en salmón!

Hubo un largo silencio.

Entonces, los dientes prietos, John Uskglass pidió perdón al carbonero.

—¿Se te ofrece alguna otra cosa? —preguntó.

—¡Que repare todos los perjuicios que me ha causado!

De inmediato reaparecieron la choza y la pila de carbón del carbonero, tal como siempre habían sido; los árboles volvieron a llenarse de hojas, verdes, espléndidas, que cubrieron sus ramas, y una alfombra de hierba suave se extendió por el claro.

—¿Algo más?

El carbonero cerró los ojos e hizo el esfuerzo de imaginar algo que supusiera una riqueza sin igual.

—¡Quiero otro cerdo! —pidió.

John Uskglass empezaba a sospechar que había un punto en que había cometido un error de cálculo, pero por su alma que no supo decir dónde. No obstante eso, sintió el aplomo necesario para decir:

—Te daré el cerdo, si me prometes no revelar a nadie quién te lo dio ni el porqué.

—¿Cómo iba a hacer tal cosa? —protestó el carbonero—. No sé ni quién es usted. ¿Por qué? —preguntó entonces, entornando los ojos—. ¿Quién es usted?

—Nadie —dijo apresuradamente John Uskglass.

Apareció otro cerdo, idéntico, gemelo de Blakeman, y mientras el carbonero se felicitaba por su buena fortuna, John Uskglass subió a lomos de su caballo y se alejó al trote sumido en la estupefacción más absoluta que quepa imaginarse.

Poco después regresó a su capital en Newcastle. A lo largo de los siguientes cincuenta o sesenta años, a menudo sus sirvientes y lores le recordaron las excelentes jornadas de caza que habían disfrutado en Cumbria, pero él se cuidó mucho de volver hasta haberse asegurado de que el carbonero había muerto.