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Una ciudad dividida - Roger Zelazny

La primavera se abría paso, tortuosa y lentamente, en el País del Norte; avanzaba y retrocedía por turnos, y al final del día conservaba parte de sus conquistas. La nieve aún yacía abundante en los picos más altos, pero durante el día se fundía en las zonas inferiores, los campos quedaban húmedos, y los arroyos se hinchaban y corrían velozmente. 

Ya se veía nuevo verde en los valles, y en días despejados como aquel, el sol secaba las sendas y el ambiente se calentaba hasta el punto de ser agradable al mediodía. El viajero del extraño caballo negro, que acababa de liberar de nuevo Portaroy tras convocar a sus espectrales legiones, se detuvo en una rocosa elevación y señaló hacia el norte.

—Black —dijo—. Esa colina... a media legua de aquí. ¿No has visto algo peculiar en la cima hace un momento?

Su montura volvió su metálica cabeza y observó.

—No. Tampoco ahora. ¿Qué parecía?

—El perfil de algunas casas. Han desaparecido.

—Tal vez fuera el reflejo del sol en el hielo.

—Tal vez.

Siguieron avanzando, descendieron la pendiente y continuaron. En la siguiente colina que subieron, minutos después, hicieron una nueva pausa y miraron en aquella dirección.

—¡Allí! —dijo el jinete que raramente sonreía, sonriente.

Black meneó la cabeza.

—Ahora lo veo. Parece el muro de una ciudad...

—Quizá disfrutemos allí de una buena comida... y de un baño. Y esta noche de una cama de verdad. Vamos, apresurémonos.

—Mira tus mapas, por favor. Siento curiosidad por saber cómo se llama el lugar.

—Eso lo sabremos muy pronto. ¡Vamos!

—Compláceme, en consideración a los viejos tiempos.

El jinete guardó silencio y luego metió la mano en la bolsa. Buscó algo hasta encontrar un pequeño pergamino que sacó de su funda, lo desenrolló y lo sostuvo ante él.

—Hum —dijo al cabo de unos instantes. Después, enrolló de nuevo el mapa y lo dejó en la funda.

—¿Y bien? ¿Cómo se llama el lugar?

—No puedo decirlo. No aparece.

—¡Ajá!

—Sabes que este no será el primer error que hemos descubierto en el mapa. El cartógrafo olvidó el lugar o no había oído hablar de él. O la población es nueva.

—¿Dilvish...?

—¿Sí?

—¿Te ofrezco consejo a menudo?

—Frecuentemente.

—¿Suelo equivocarme?

—Podría citar casos.

—No me gusta la idea de pasar la noche en un lugar que aparece un momento y desaparece al siguiente.

—¡Absurdo! Era simplemente el ángulo de visión, o una ilusión causada por la lejanía.

—Soy suspicaz...

—Por naturaleza, lo sé. Y yo tengo hambre. Pescado fresco cogido en uno de esos ríos, asado con hierbas...

Black bufó y dejó escapar un jirón de humo, y avanzó.

—De pronto tu estómago es un gran problema.

—También podría haber mujeres.

—¡Puf!

La senda que subía colina arriba hacia la ciudad no era amplia, y la puerta de entrada permanecía abierta. Dilvish se detuvo ante ella, pero nadie le dio el alto. Prestó atención. Los únicos ruidos eran los del viento y los pájaros.

—Adelante —dijo, y Black le llevó al otro lado de la puerta.

Las calles se extendían a derecha e izquierda, siguiendo los ángulos del muro. El camino donde se hallaba Dilvish se prolongaba en línea recta y terminaba en las casas de lo que quizá fuera una plaza. Todas las calles estaban empedradas y bien conservadas. Los edificios eran principalmente de piedra y ladrillo, limpios y de rectos ángulos. Al recorrer la calle que seguía en línea recta, Dilvish notó que ni había ni fluían desechos en la zanja lateral.

—Un lugar silencioso —dijo Black.

—Sí.

Al cabo de quizá cien pasos, Dilvish tiró de las riendas y desmontó. Entró en la tienda que estaba a su izquierda. Un instante después salió.

—¿Qué hay?

—Nada. Está vacía. Ninguna mercancía. Ni una estaca por mobiliario.

Cruzó la calle y entró en otra casa. Salió meneando la cabeza.

—Lo mismo —dijo mientras montaba de nuevo.

—¿Nos vamos? Ya sabes lo que pienso.

—Antes echemos un vistazo a la plaza. Hasta ahora no hay indicios de violencia. Podría ser algún día de fiesta.

Los cascos de Black resonaron en los adoquines.

—Una fiesta bastante muerta, en ese caso.

Siguieron avanzando, inspeccionando callejones, galerías y patios. No había actividad visible, ninguna persona en los alrededores. Por fin llegaron a la plaza. Había puestos vacíos a ambos lados, una fuentecilla que no echaba agua en el centro y una gran estatua de dos peces cerca de una esquina. Dilvish se detuvo y contempló el viejo símbolo. El pez de arriba se dirigía a la izquierda, el de abajo hacia la derecha. Dilvish se encogió de hombros.

—Tenía razón —dijo—. Vamos a...

El aire se estremeció con un solo tañido, de una campana que oscilaba en una elevada torre, a la izquierda.

—Qué extraño...

Un joven, de pelo rubio y rubicundas mejillas, con una alechugada camisa blanca, calzón verde, espada corta y un enorme braguero, salió de detrás de la estatua, sonrió y quedó inmóvil con una mano en la cadera.

—¿Extraño? —dijo—. Sí, lo es. Pero será más extraño lo que estáis a punto de contemplar, viajero. ¡Observad!

Hizo un gesto, recorriendo la calle con la mano, el mismo momento en que sonaba de nuevo la campana.

Dilvish volvió la cabeza y quedó sin aliento. Con tanto silencio como los gatos, las casas empezaron a moverse alrededor de la plaza. Dieron vueltas, avanzaron, retrocedieron. Cambiaron su orden, cambiaron de posición con respecto al resto de edificios como si ejecutaran una danza ridícula y ciclópea. La campana sonó otra vez, y otra vez, mientras Dilvish observaba.

—¿Qué clase de brujería es esta? —inquirió por fin al joven.

—Lo que veis —fue la réplica—. Brujería, ciertamente... y en curso de cambiar la disposición de la ciudad hasta que adopte la forma de un laberinto a vuestro alrededor.

Dilvish meneó la cabeza con el acompañamiento de otro tañido.

—Me impresiona la exhibición —dijo—. Pero ¿cuál es su finalidad?

—Podéis decir que es un juego —repuso el joven—. Cuando la campana deje de tocar, varios tañidos más, el laberinto estará dispuesto. Dispondréis de una hora hasta que vuelva a sonar. Si por entonces no habéis encontrado la salida de la ciudad y estáis lejos de aquí, la nueva disposición de los edificios os aplastará.

—¿Y por qué este juego? —preguntó Dilvish, esperando otro tañido hasta que oyó la réplica.

—Eso no lo sabréis nunca, Botas Elfas, tanto si ganáis como si perdéis, porque sois únicamente un elemento del juego. Pero también estoy encargado de advertiros que quizá sufráis ataques en diversos puntos de cualquier ruta que elijáis.

Los edificios siguieron danzando con el sonido de la campana.

—No me interesa este juego —dijo Dilvish, y sacó la espada—. Y tengo intención de divertirme con otro. Acabo de elegirte para que me conduzcas fuera de aquí. Niégate, y perderás la compañía de tu cabeza.

El joven sonrió y, con la mano izquierda levantada, agarró un puñado de su cabello mientras sacaba su espada con la otra mano. Blandió el arma en lo alto y la dejó caer con un rápido y duro golpe sobre su cuello. La espada atravesó la carne.

Su mano izquierda se alzó, sosteniendo la partida cabeza, que todavía sonreía, sobre sus hombros. La campana sonó de nuevo. Los labios se movieron.

—¿Creías que te enfrentabas a mortales, forastero?

Dilvish frunció el ceño.

—Entiendo —dijo—. Muy bien. Enfréntate a él, Black.

—Con mucho gusto —replicó Black, y las llamas bailaron en su boca y llenaron las cuencas de sus ojos mientras se encabritaba coincidiendo con otro tañido.

El semblante de la partida cabeza mostró repentina sorpresa mientras el ambiente cobraba un rasgo eléctrico. Los cascos de Black se lanzaron hacia adelante, cayeron en un movimiento impropio de un caballo y golpearon a la silueta acompañados por un infernal tronido que apagó el siguiente campanazo. Un chillido escapó de la criatura antes de que se esfumara en una oleada de fuego.

La campana sonó dos veces más mientras Black recuperaba la estabilidad, y montura y jinete contemplaron los chamuscados adoquines. Luego hubo silencio. Las casas habían dejado de moverse.

—De acuerdo —dijo Dilvish, por fin—. Ya me lo advertiste. Gracias por tu acción.

Black avanzó acto seguido en círculo, y pudieron ver la nueva disposición de las calles que salían de la plaza.

—¿Alguna preferencia? —inquirió Black.

—Probemos por ahí —dijo Dilvish, señalando un callejón lateral a la izquierda.

—Perfectamente —dijo Black—. A propósito, he visto mejores ejecuciones de ese truco.

—¿Sí?

—Te lo explicaré en otra ocasión.

Avanzaron por el empedrado. Nada se movía alrededor.

La calle era estrecha y corta. Las casas se apiñaban a ambos lados de Dilvish. Hubo un abrupto giro hacia la derecha, luego hacia la izquierda.

—¡Psst! ¡Por aquí! —sonó una voz a la izquierda.

—La primera emboscada —murmuró Dilvish.

Volvió la cabeza y sacó la espada.

Un hombrecillo de oscuros ojos y agradable sonrisa, con el largo pelo cano recogido en un moño alto, las manos alzadas a la altura de los hombros y con las vacías palmas abiertas, les observaba desde un umbral. Vestía ropa gris muy raída.

—No temas —musitó rápidamente—. Quiero ayudarte. No es un truco.

Dilvish no bajó la espada.

—¿Quién eres?

—Del otro bando —fue la réplica.

—¿Qué quieres decir?

—Esto es un juego, tanto si te gusta como si no —dijo el hombrecillo—. Entre dos jugadores. El otro bando quiere que tú mueras aquí. El mío solo ganará si huyes. El otro bando es el responsable de la ciudad. Yo soy responsable de burlarlo.

—¿Cómo sé que dices la verdad? ¿Cómo puedo distinguir ambos bandos?

El desconocido contempló la pechera de su camisa y arrugó la frente.

—¿Puedo bajar una mano?

—Adelante.

Bajó la mano derecha y alisó la holgada prenda que cubría su pecho. Con ello se vio el emblema de un pez que nadaba hacia la derecha. El hombrecillo lo señaló.

—El del pez que nada hacia la derecha —dijo— es el que quiere verte a salvo lejos de aquí. Ahora comprueba mis palabras. Dos esquinas más, y será mejor que te prepares para un ataque desde lo alto.

Dicho esto, el hombrecillo se apoyó en la puerta, que cedió. La cerró después de entrar, y Dilvish oyó bajar una barra.

—Vamos —dijo a Black.

No había ruidos aparte de los cascos de Black al doblar la primera esquina. Dilvish siguió cabalgando con la espada desenvainada y los ojos escrutando cualquier abertura.

La segunda esquina continuaba con un arco. Dilvish fue más despacio y lo examinó antes de proseguir. Pasaron bajo el arco y continuaron por la callejuela. Una puerta con enrejado permitía ver un pequeño patio. Dilvish miró abajo y arriba pero no vio nada.

Luego escuchó el ruido de metal arañando piedra en lo alto. Miró hacia arriba.

—¡Black! ¡Black! —gritó.

Su montura invirtió su movimiento sin volverse, rápidamente, mientras una catarata de humeante aceite caía y salpicaba las piedras delante. Dilvish solo vislumbró las siluetas en el tejado de la derecha.

Hubo un terrorífico estruendo que produjo ecos y reverberó alrededor. Al volver la cabeza, Dilvish vio que habían arrojado una enorme puerta con barras desde el arco. El charco de burbujeante aceite siguió creciendo, extendiéndose hacia Black.

—No podré mantenerme en pie ahí —dijo Black.

—¡Esa puerta, a la derecha! ¡Embístela!

Black se volvió y chocó contra la puerta enrejada. La puerta quedó rota, pasaron por el hueco y llegaron a un pequeño patio enlosado con una fuentecilla seca en el centro y una puerta de madera en el extremo opuesto.

—¡Es un engaño! —sonó una voz en lo alto y a la izquierda—. ¿Te advirtieron?

Dilvish miró hacia arriba.

Allí, en un pequeño balcón de un tercer piso, había un hombre de aspecto muy similar al informante de Dilvish, aunque su cabello estaba atado con una cinta azul y en su pechera estaba el emblema de un pez que nadaba hacia la izquierda. En sus manos llevaba una ballesta, que alzó para apuntar a Dilvish.

Dilvish se deslizó hacia la derecha de Black y se acurrucó. Oyó que el dardo golpeaba el metálico costado de su montura.

—¡Por la otra puerta antes de que pueda cargarla otra vez! ¡Yo iré detrás!

Black salió como una flecha, ni siquiera se detuvo al golpear la puerta. Dilvish corrió detrás.

—¡Engaño! ¡Engaño! —resonó el grito.

La nueva calle discurría en ambas direcciones.

—A la derecha —dijo Dilvish mientras montaba.

Black galopó en esa dirección. Llegó a una bifurcación. Cogieron el camino de la izquierda, que iba ligeramente cuesta arriba.

—Quizá valga la pena arriesgarse a subir al tejado de una casa alta —dijo Dilvish—. Es posible que pueda ver la salida.

—No es necesario —sonó una voz familiar a la derecha—. Yo puedo ahorrarte tiempo y esfuerzo. Ya has encontrado un atajo... por ahí. No está muy lejos.

Dilvish miró al primer hombre a los ojos, el del moño, con el emblema del pez mirando a la derecha. Estaba en una ventana baja, a solo un brazo de distancia.

—Pero debes apresurarte. Él ya está llevando sus fuerzas a la entrada. Si llega primero, todo habrá terminado.

—Podría haberse limitado a vigilarla desde el principio y aguardar.

—No está permitido. No puede empezar allí. Coge la siguiente a la derecha, la siguiente a la izquierda y dos veces más a la derecha. Pasarás por un callejón y saldrás a un gran patio. La salida estará a la izquierda y abierta. ¡Apresúrate!

Dilvish saludó y Black partió al galope, doblando a la derecha en la siguiente esquina.

—¿Crees en él? —preguntó Black.

Dilvish se alzó de hombros.

—Debo intentarlo o correr un terrible riesgo.

—¿A qué te refieres?

—Usar la magia más potente que conozco.

—¿Una de las Frases Atroces que aprendiste en el Infierno, para el día que encuentres a tu enemigo?

—Exacto. Una de las doce sirve para arrasar una ciudad.

Black giró a la izquierda, con precaución, y continuó.

—¿Qué efecto crees que tendría contra una construcción tan mágica como esta?

—En cuanto a poder bruto, la magia terrenal no puede igualarla...

—Pero no hay avisos. No tendrás una segunda oportunidad si cometes un error.

—No hace falta que me lo digas.

Black se detuvo en la siguiente esquina, atisbó el otro lado, continuó.

—Si él ha dicho la verdad, casi hemos llegado —musitó—. Esperemos haber superado al otro jugador. Y la próxima vez, ¡confía más en tus mapas!

—De acuerdo. Ahí está la esquina. Con cuidado ahora...

Doblaron la última esquina. Había un largo callejón iluminado en el extremo opuesto.

—Hasta ahora parece que él ha dicho la verdad —murmuró Black, yendo más despacio para suavizar el sonido de sus cascos.

Se detuvieron al llegar al final del callejón, y contemplaron un patio.

El hombre que habían dejado en el balcón se hallaba en el centro del patio, sonriéndoles. En su mano derecha empuñaba el asta de una lanza.

—Me has hecho correr —dijo—. Pero mi camino era más corto... como puedes ver. —Miró a la derecha—. Ahí está la puerta.

Levantó la lanza y golpeó el suelo tres veces con ella. De inmediato, las losas que lo rodeaban se alzaron igual que trampas y diversos personajes salieron del suelo. Quizás había dos decenas de hombres. Todos blandían lanzas. Todos levantaron la mano izquierda, se agarraron el cabello y alzaron su cabeza por encima de los hombros. Todos rieron entonces, volvieron a colocarse la cabeza, agarraron las lanzas con ambas manos y avanzaron por el patio.

—¡Black! —dijo Dilvish—. ¡Nunca lo conseguiremos!

Huyeron por el callejón y giraron a la izquierda. Oyeron detrás a los lanceros.

—Había otras calles que daban a ese patio —dijo Dilvish—. Si pudiéramos dar la vuelta...

—Otra calle...

—¡A la izquierda!

Black obedeció.

—Otra.

—¡Derecha!

La calle acababa en una plaza en un cruce, con una fuente en el centro. De pronto, varios lanceros llegaron por la izquierda y por el frente. Detrás seguía oyéndose el ruido de la persecución.

Black fue hacia la derecha y siguió en esa dirección tras un breve trecho. Calle arriba, una puerta cayó y les cerró el paso. Doblaron a la izquierda y entraron en una larga zona de arcos que bordeaba un jardín.

—¡Métete por el jardín! —sonó una voz detrás de una hilera de matorrales—. ¡Hay una puerta allí! —El otro hombrecillo se levantó y señaló—. Luego, recuerda, dos veces a la izquierda y una a la derecha, dos veces a la izquierda y una a la derecha... ¡Todo el camino así!

Los cascos de Black destrozaron el jardín cuando se dirigió hacia la puerta. Después se encabritó y se detuvo, en el mismo momento que un tañido de campana vibraba en el aire.

—Oh, oh —dijo el hombrecillo del moño.

Una casa, a la izquierda, giró noventa grados, se estabilizó y se deslizó calle abajo. Una cerca de piedra se alejó rápidamente. Una torre avanzó poco a poco. El segundo hombrecillo llegó a la zona y se situó junto al otro. Estaba risueño. El primero, no.

—¿Ha llegado el momento? —preguntó Black mientras una vivienda pasaba velozmente al lado y cruzaba un arco que se dirigía hacia ellos.

—Me temo que sí —dijo Dilvish. Se irguió y alzó ambos brazos por encima de la cabeza—. Mabra, brahoring Mabra...

Descendió un intenso viento, que contenía un gemido. Formó remolinos que solamente afectaron a Dilvish con un escalofrío, y una humeante neblina brotó de las casas.

Mientras Dilvish seguía hablando, se inició un ruido de destrozo y astillamiento, seguido a los pocos instantes por el estruendo de la mampostería que se derrumbaba. En alguna parte, un campanario se tambaleó y se desplomó; un último y estridente retumbo brotó de la campana al caer y destrozarse sobre una tienda o residencia que corría velozmente.

El suelo tembló cuando el gemido se convirtió en un aullido ensordecedor. Las casas desaparecieron en sus mantos de niebla. Luego hubo un crujido como de cien árboles hendidos por rayos, y el viento cesó con la misma brusquedad con que había comenzado.

Dilvish y Black se hallaban en la cumbre de una colina bañada por el sol. Alrededor de ellos no quedaba rastro de la ciudad.

—Felicidades —dijo Black—. Muy bien ejecutado.

—Y yo debo añadir mi felicitación —sonó una voz familiar detrás del jinete.

Tras volver la cabeza, Dilvish vio al hombrecillo del moño, cuyo pez nadaba hacia la derecha.

—Mis más sinceras disculpas —prosiguió—. No tenía la menor idea de que habíamos atrapado a un hermano mago. Ha sido una Frase Atroz, ¿no es cierto? Nunca había visto una ejecutada.

—Sí, lo era.

—Por fortuna llegué rápidamente cerca de la zona protegida. Mi hermano, claro está, ha tenido que desaparecer con su ciudad. Deseo darte las gracias por eso... Muchas gracias.

—Ahora me gustaría una explicación —dijo Dilvish— de lo que ha pasado. ¿No conocíais mejores formas de diversión?

—¡Ah, buen caballero! —dijo el hombrecillo, apretándose las manos—. ¿No lo has deducido del parecido? Éramos gemelos... una situación muy desgraciada siendo ambos practicantes de las artes más sutiles. El poder está repartido. Cada uno tenía la mitad de fuerza que podía tener si...

—Empiezo a comprender —dijo Dilvish—, un poco.

—Sí. Recurrimos a duelos, pero estábamos muy igualados. Por eso, en vez de compartir una debilidad, llegamos a un acuerdo. Uno de nosotros pasaría diez años exiliado en un limbo astral mientras el otro disfrutaba de pleno poder aquí. Al final de dicho tiempo, jugaríamos a este juego para determinar quién pasaría los siguientes diez años en la tierra. Uno de los dos erigiría la ciudad, el otro apoyaría al campeón que se enfrentara al laberinto. Yo estaba bastante deprimido cuando atraje al campeón esta vez, porque la ciudad solía vencer siempre. Pero tú has sido mi buena suerte, caballero. Debimos sospechar algo al ver tu montura. ¡Pero quién podía sospechar una Frase Atroz! Aprender eso debió de ser un infierno.

—Lo fue.

—Naturalmente estoy en deuda contigo, y ahora tengo pleno poder... o casi pleno. ¿Hay alguna forma en que pueda serte útil?

—Sí —dijo Dilvish.

—Di cuál.

—Estoy buscando a un hombre... no, a un mago. Si tienes conocimiento de su paradero, quiero saberlo. Mencionarle aquí es arriesgado, porque es posible que su atención se haya visto atraída por estos actos recientes de poder. Su fuerza es potentísima, y muy siniestra. ¿Sabes de quién hablo?

—No... no estoy seguro.

Dilvish suspiró.

—Muy bien.

Desmontó y, con la punta de la espada, escribió la palabra Jelerak en la tierra.

El menudo mago se puso pálido y se frotó las manos otra vez.

—¡Oh, buen caballero! ¡Buscas tu muerte!

—No, la suya —dijo Dilvish, borrando el nombre con la punta de una bota—. ¿Puedes ayudarme?

El otro hombre tragó saliva.

—Que yo sepa, él tiene siete castillos en diferentes lugares del mundo. Están defendidos de forma distinta. Él utiliza siervos humanos e inhumanos. Se rumorea que él puede ir rápidamente de una a otra de estas fortalezas. ¿Cómo es que no conoces estos detalles?

—He estado lejos algún tiempo. Ten paciencia conmigo. ¿Dónde están situados esos castillos?

—Creo saber quién eres —dijo el mago. Se arrodilló y trazó rayas en el suelo con su dedo.

Dilvish se agachó junto a él y observó cómo iba cobrando forma el mapa.

—...Éste es el del confín del mundo, que sólo he visto en visiones. Aquí está la Fortaleza Roja... Hay otro muy al sur...

Dilvish grabó las posiciones en su memoria conforme aparecían ante él.

—...El más cercano parece ser pues el que llamas la Torre de Hielo —dijo Dilvish—. A cien leguas al noreste de aquí. He oído rumores de ese lugar. He estado buscándolo.

—Acepta mi consejo, Libertador —dijo el hombrecillo mientras se ponía en pie—. No...

La ciudad se alzaba de nuevo alrededor, pero alterada. Empezaba en un punto más bajo y se extendía colina abajo hasta el límite de la visión.

—¿No habrás... eh... invocado la ciudad para hacer una bromita, no? —preguntó el mago.

—No.

—Temía que dijeras eso. Ha aparecido con un silencio espantoso, ¿no es cierto?

—Sí.

—Mucho más extensa, además. Strodd y yo jamás habríamos podido construirla así. ¿Y ahora qué? ¿Crees que él quiere que entremos?

Una oscura mole apareció en lo alto del cielo.

—Yo entraría gustosamente, si él estuviera aguardándome dentro.

—¡No digas eso, amigo! ¡Mira!

Igual que lentos rayos, capas de fuego cayeron del cielo, en silencio, sobre la nueva ciudad. Al cabo de unos momentos las casas ardieron. Se olía a humo. Las cenizas flotaban en el aire. Dilvish y el mago no tardaron en verse rodeados por un gigantesco muro de fuego, y oleadas de calor cayeron sobre ellos.

—Una ejecución magnífica —observó el mago, enjugándose la frente con la manga—. Voy a decirte mi nombre, Strodd, en un acto de suma generosidad por mi parte, ya que quizás estemos sentenciados a muerte, de todas formas... y creo que ya he adivinado el tuyo. ¿No es cierto?

—Diría que sí.

Las llamas comenzaron a extinguirse. No había ciudad bajo ellas.

—Sí, una ejecución magnífica —comentó Strodd—. Creo que la exhibición está prácticamente terminada, pero me extraña que él no se haya limitado a desviar el fuego hacia nosotros.

Black se echó a reír, con una risa áspera, metálica.

—Hay motivos —dijo.

El fuego fluctuó y desapareció, dejando la soleada colina exactamente igual que hacía un rato.

—Bien, ya está —dijo Strodd—. De pronto estoy ansioso por emprender un largo viaje, por motivos de salud. Uno se debilita un poco con tanto errar por limbos astrales. Sigo debiéndote algo, pero temo la compañía que puedas tener. Preferiría que recurrieras a mí para pequeños problemas, y no para esa gran aventura que temo vas a correr... ¿Me entiendes?

—Lo recordaré —dijo Dilvish, risueño. Montó a Black y volvió la cabeza hacia el noreste.

Strodd se sobresaltó.

—Temía que irías por ahí —dijo—. Bien, de todas formas, buena suerte para ti.

—Y para ti.

Dilvish lanzó un saludo al hombrecillo antes de alejarse.

—¿La Torre de Hielo? —dijo Black.

—La Torre de Hielo.

Cuando Dilvish volvió la cabeza, la cumbre de la colina estaba vacía.

Todo ese día, cruzando el campo de hielo, el jinete del pulido animal negro no se enteró de que lo perseguían. Había vislumbrado la gran forma blanca que corría a medio galope muy lejos, entre la nieve arrastrada por el viento. Luego, con la luz de la luna chispeando en las tersas y níveas sombras y con un viento helado que barría las montañas y la oscurecida llanura, el jinete oyó el primer aullido de su perseguidor.

Pero las montañas ya estaban muy cerca. En algún lugar de la base, quizás habría un hueco, una cueva, un refugio fortificado... un lugar donde poder descansar con roca detrás y al lado, una hoguera delante y la espada en las rodillas.

El aullido se repitió. La gran montura negra avanzó con más lentitud. Enormes rocas yacían dispersas, primero delante, luego a los lados... El jinete prosiguió entre las rocas, con los ojos examinando los taludes en busca de indicios de una posible abertura.

—Allí, delante —sonó la baja voz, debajo y por delante del jinete. Había hablado el animal.

—Sí, la veo. ¿Cabremos?

—En caso contrario, la agrandaré. Es peligroso seguir buscando. Quizá no haya más.

—Cierto.

Se detuvieron ante la boca. El hombre desmontó, y sus botas verdes no hicieron ruido en la nieve. Su negra montura, similar a un caballo, fue la primera en entrar.

—Es más espaciosa de lo que parece, vacía y seca. Entra.

El hombre entró en la cueva, agachando la cabeza bajo el borde exterior. Se arrodilló y buscó leña a tientas.

—Unas ramitas, una rama, hojas...

Hizo un montón y se sentó. El animal seguía detrás. El jinete se quitó la espada y la dejó cerca.

Hubo otro aullido, mucho más cerca.

—Ojalá ese maldito lobo blanco tenga el valor suficiente para atacar. No podré dormir hasta que hayamos resuelto nuestras diferencias —dijo el hombre tras encontrar su pedernal—. Todo el día ha estado acechándonos, siguiéndonos, observando, aguardando...

—Creo que es a mí al que más teme —dijo la oscura silueta—. Presiente que no soy natural, y que te protegeré.

—Yo también tendría miedo de ti —dijo el hombre, riendo.

—Pero tu inteligencia es humana. ¿Y la suya?

—¿Qué quieres decir?

—Nada. De verdad. No lo sé. Come. Descansa. Yo te protegeré.

Las hojas ardieron bajo la lluvia de chispas, despidieron humo.

—Si se arriesga a las llamas, salta rápidamente y me atrapa, podría arrastrarme fuera de aquí... hasta alguna capa de nieve donde alguien de tu peso no podría caminar bien. Así lo haría yo.

—Ahora estás concediéndole demasiada sabiduría.

El hombre echó más leña, sacó sus provisiones.

—Lo veo moverse, entre las rocas. Tiene hambre, pero piensa esperar... el momento oportuno.

El jinete desenvainó su espada.

—¿Hay alguna forma especial de conocer a una bestia espectral? —preguntó.

—No, salvo si ves que cambia de forma, o la oyes hablar.

—¡Eh, ahí fuera! —gritó de pronto el hombre—. ¿Hacemos un trato? Compartiré mis provisiones contigo y te irás. ¿De acuerdo?

Sólo el viento respondió.

El jinete cogió un trozo de carne, lo espetó y lo calentó. Luego lo partió por la mitad y dejó un trozo a un lado.

—Están siendo bastante ridículos —dijo su compañero.

El hombre se encogió de hombros y empezó a comer. Fundió nieve para tener agua, la mezcló con un poco de vino, bebió.

Pasó una hora. El jinete estaba sentado envuelto en su capa y en una manta plegada, echando al fuego las últimas ramas.

En el exterior, la nívea silueta se aproximó. El hombre vio el reflejo del fuego en aquellos ojos por primera vez, pasando hacia la izquierda y hacia un punto invisible para su negro compañero. No dijo nada. Observó. Los ojos pasaron más cerca... grandes, amarillos.

Por fin los ojos se detuvieron, a poca altura, al otro lado del borde de la boca de la cueva.

—¡La carne! —sonó un jadeante susurro.

El jinete puso una mano en la pata delantera de su compañero, indicándole que permaneciera quieto. Con la otra mano, cogió el trozo de carne y lo lanzó fuera. La carne desapareció de inmediato, y el hombre escuchó el ruido de la bestia al masticar.

—¿Eso es todo? —sonó la voz al cabo de un rato.

—La mitad de mi ración, tal como prometí —musitó el jinete.

—Estoy muy hambriento. Temo que deberé comerte también. Lo lamento.

—Lo sé. Y también yo lo lamento, pero lo que me queda debe servirme de alimento hasta llegar a la Torre de Hielo. Además, tendré que matarte si tratas de capturarme.

—¿La Torre de Hielo? Morirás allí y habrás desperdiciado las provisiones. Habrás desperdiciado la misma carne de tu cuerpo. El amo de ese lugar te matará. ¿No lo sabías?

—No, si yo lo mato antes.

La bestia blanca jadeó unos instantes.

—Estoy tan hambriento... —repitió—. Dentro de poco tendré que intentar capturarte. Algunas cosas son peores que la muerte.

—Lo sé.

—¿Puedes decirme tu nombre?

—Dilvish.

—Creo haber oído ese nombre, hace tiempo...

—Es posible.

—Si él no te mata... ¡Mírame! También yo, una vez, traté de matarlo. También yo fui hombre en otro tiempo.

—No conozco el hechizo capaz de liberarte.

—Demasiado tarde. Ya no me preocupa eso. Sólo la comida.

Hubo un sonido de babeo, seguido por una brusca aspiración. El hombre dispuso la espada en su mano y aguardó.

—Recuerdo haber oído hablar de un tal Dilvish hace tiempo, llamado el Libertador —se oyeron las lentas palabras—. Era fuerte.

Silencio.

—Yo soy ese Dilvish.

Silencio.

—Deja que me acerque un poco más... ¡Y tus botas son verdes!

La blanca silueta retrocedió. Los ojos amarillos miraron los del jinete y permanecieron inmóviles.

—Tengo hambre, siempre tengo hambre.

—Lo sé.

—Sólo conozco un ser que sea más fuerte. Tú también lo conoces. Adiós.

—Adiós.

Los ojos desaparecieron. La sombría forma se alejó de la cueva. Más tarde Dilvish oyó un aullido a lo lejos. Luego, silencio.

Las campanas de Shoredan - Roger Zelazny

Ningún ser viviente habitaba en el territorio de Rahoringhast.

Desde una era antes de esta era estaba el muerto dominio vacío de sonido, aparte del restallar de los truenos y el espit-espit-espit de las gotas de lluvia al rebotar en la piedra de los edificios y en las rocas. 

Las torres de la Ciudadela de Rahoring seguían en pie; el gran arco, al que le habían arrancado las puertas, continuaba abierto, como una boca paralizada en un aullido de dolor y sorpresa de muerte; el campo que rodeaba el lugar se asemejaba al estéril paisaje de la luna.

El jinete siguió el Camino de los Ejércitos, que terminaba en el arco de entrada y se adentraba en la Ciudadela. Tras él quedaba una sinuosa senda que descendía y descendía y retrocedía hacia el sur y hacia el oeste. Atravesaba frígidas siluetas de niebla matutina que se aferraban, entumecidas, al oscuro terreno lleno de agujeros, igual que escuadrones de gigantescas sanguijuelas. 

La senda se curvaba en torno a las viejas torres, que seguían en pie únicamente en virtud de los encantamientos que pesaban sobre ellas desde tiempos pasados. Negras e impresionantes, muy elevadas y perfiladas en la claridad de una pesadilla, las torres y la Ciudadela eran las últimas prolongaciones visibles del carácter de su fallecido constructor: Ho-horga, Rey del Mundo.

El jinete, el jinete de las botas verdes que no dejaba huellas al andar, debió sentir parte del siniestro poder que aún quedaba en el lugar, porque se detuvo y permaneció en silencio, contemplando largo rato las rotas puertas y las altas almenas. Luego dijo una palabra a la negra criatura parecida a un caballo que era su montura, y avanzó lentamente.

Al acercarse, vio que algo se movía en las sombras del arco de entrada.

Él sabía que ningún ser viviente habitaba en el territorio de Rahoringhast...

La batalla había ido bien, teniendo en cuenta el número de defensores.

El primer día, los emisarios de Lylish se acercaron a los muros de Dilfar, solicitaron parlamento, pidieron la rendición de la ciudad y obtuvieron una negativa. Siguió una breve tregua para permitir el combate entre Lance, el Segundo de Lylish, y Dilvish, llamado el Maldito, Coronel del Oriente, Libertador de Portaroy, vástago de la Casa Elfa de Selar y de la Casa Humana eliminada.

La lid duró menos de un cuarto de hora, hasta que Dilvish, cuya herida en la pierna provocó su caída, arremetió con la punta de su espada sin dejar de protegerse con el escudo. La armadura de Lance, considerada invencible, cedió entonces, porque el arma de Dilvish golpeó uno de los dos dibujos del peto, los que tenían forma de hendidas marcas de casco. 

Los soldados murmuraron que esas marcas no estaban allí anteriormente e intentaron hacer prisionero al coronel. Pero el caballo de Dilvish, que permanecía apartado cual estatua de acero, fue en su auxilio de nuevo y lo condujo a la seguridad de la ciudad.

El asalto se inició entonces, pero los defensores estaban preparados y defendieron bien los muros. Dilfar estaba perfectamente fortificada y provista. Combatiendo en posición de fuerza, los defensores lanzaron enorme destrucción sobre los hombres del Occidente.

Al cabo de cuatro horas, el ejército de Lylish se retiró con los enormes arietes que no había podido usar. Los soldados del Occidente iniciaron la construcción de plataformas de asalto mientras aguardaban la llegada de catapultas de Bildesh.

En los muros de Dilfar, en lo alto del Torreón de las Águilas, dos hombres observaban.

—No irá bien, lord Dilvish —dijo el rey, que se llamaba Malacar el Poderoso, aunque su estatura era escasa y sus años abundantes—. Si completan las torres que caminan y traen catapultas, nos atacarán desde lejos. No podremos defendernos de eso. Luego las torres se pondrán en marcha, cuando estemos debilitados tras el bombardeo.

—Es cierto —dijo Dilvish.

—Dilfar no debe caer.

—No.

—Hemos pedido refuerzos, pero se hallan a muchas leguas de distancia. Nadie estaba preparado para el asalto de lord Lylish, y pasará mucho tiempo antes de que se reúnan tropas suficientes y acudan a la batalla.

—Eso también es cierto, y por entonces podría ser demasiado tarde.

—Afirman algunos que sois el mismo lord Dilvish que liberó Portaroy hace largo tiempo.

—Soy ese Dilvish.

—Si es así, aquel Dilvish era de la Casa de Selar de la Espada Invencible.

—Sí.

—¿También es cierto, pues, lo que se dice de la Casa de Selar y de las campanas de Shoredan en Rahoringhast?

Malacar desvió la mirada mientras lo preguntaba.

—Eso no lo sé —dijo Dilvish—. Jamás he intentado despertar a las legiones malditas de Shoredan. Mi abuela me explicó que sólo dos veces en todas las épocas del Tiempo se ha hecho eso. También lo he leído en los Libros Verdes del Tiempo del alcázar de Mirata. Pero no lo sé.

—Sólo a un miembro de la Casa de Selar responderán las campanas. De lo contrario oscilan sin hacer ruido, se dice.

—Eso se dice.

—Rahoringhast se halla lejos, al norte y al este, y penoso es el camino. Pero con una montura como la vuestra se puede hacer el recorrido, conseguir que suenen las campanas, convocar a las legiones malditas. Se dice que esas legiones acompañarán a la batalla a un miembro de Selar.

—Cierto, también yo he pensado en ello.

—¿Podéis intentarlo?

—Sí, señor. Esta noche. Ya estoy preparado.

—Arrodillaos pues y recibid mi bendición, Dilvish de Selar. Supe que erais él en cuanto os vi en el campo ante estos muros.

Y Dilvish se arrodilló y recibió la bendición de Malacar, llamado el Poderoso, Señor del Dominio Oriental, cuyo reino abarcaba Dilfar, Bildesh, Maestar, Mycar, Portaroy, Princeaton y Poind.

El camino era difícil, pero el transcurso de leguas y horas se asemejaba al movimiento de las nubes. La puerta occidental de Dilfar tenía en la parte interior una salida más pequeña, una puerta que permitía el paso de un hombre, claveteada y con ranuras para disparar flechas.

Cual postigo al viento, esa puerta se abrió y se cerró. Agazapado, a lomos de un fragmento de la noche, el coronel cruzó la abertura y corrió por la llanura, entrando un instante en los lindes del campamento enemigo.

Hubo un grito mientras Dilvish pasaba, y resonaron armas en la oscuridad.

Brotaron chispas de desherrados cascos de acero.

—¡Toda la velocidad a tu disposición, Black, mi montura!

Cruzó el lugar del campamento y se alejó antes de que la primera flecha estuviera dispuesta en su arco.

En lo alto de la colina, hacia el este, una pequeña hoguera tremolaba al viento. Estandartes, montados en altos palos, aleteaban en la noche; estaba demasiado oscuro para que Dilvish leyera los emblemas, pero sabía que se hallaban ante las tiendas de Lylish, Coronel del Occidente.

Dilvish pronunció las palabras en el lenguaje de los malditos, y al pronunciarlas los ojos de su montura brillaron como ascuas en la noche. La pequeña hoguera de la cumbre de la colina, una gran fronda de llamas, se alzó hasta la altura de cuatro hombres. Pero no alcanzó la tienda. Y después no hubo ninguna hoguera, sólo las brasas de todos los leños consumidos en un instante.

Dilvish siguió cabalgando, y los cascos de Black produjeron iluminación en la ladera.

Persiguieron a Dilvish solamente un rato. Después el coronel se alejó solitario.

Toda esa noche cabalgó cruzando parajes de roca. Siluetas se alzaron y cayeron ante él, igual que tambaleantes gigantes sorprendidos en plena borrachera. Dilvish se notó lanzado, en innumerables ocasiones, por vacuo aire, y al mirar hacia abajo en tales momentos, sólo vio vacuo aire.

Con la mañana llegó la nivelación del camino, y el distante borde de la Llanura Oriental quedó primero ante Dilvish, luego bajo él. Comenzó a dolerle la pierna debajo de la ropa, pero él había vivido en las Casas de Dolor diez veces más que las vidas de los hombres, y apartó la sensación de sus pensamientos.

Cuando el sol se alzó sobre el irregular horizonte a su espalda, Dilvish hizo un alto para comer y beber, para estirar las piernas.

Luego vio en el cielo las siluetas de nueve palomas negras que debían circundar el mundo eternamente, sin posarse jamás, para ver todas las cosas del mar y la tierra pasando sobre ellas.

—Un augurio —dijo Dilvish—. ¿Es un buen augurio?

—No lo sé —replicó la criatura de acero.

—Entonces apresurémonos a saberlo.

Dilvish montó de nuevo.

Durante cuatro días atravesó la llanura, hasta que las onduladas hierbas amarillas y verdes quedaron atrás y el terreno se extendió arenoso ante el jinete.

Los vientos del desierto le hirieron los ojos. Dispuso su pañuelo a modo de embozo, pero no pudo frenar la totalidad del asalto. Para toser y escupir tenía que bajar el pañuelo, y la arena penetraba nuevamente. Parpadeó y sintió arder su cara, y maldijo, pero ningún hechizo conocido podía dejar el desierto entero como un tapiz amarillo, liso y sin arrugas bajo él. Black era un viento contrapuesto, y los vientos del territorio se apresuraron a combatir su paso.

El tercer día en el desierto, un loco ser voló invisible y disparatado detrás de Dilvish. Ni siquiera Black logró dejarlo atrás, y la criatura hizo caso omiso de las más inmundas imprecaciones en mabrahoring, el lenguaje de demonios y malditos.

Al día siguiente, más criaturas se unieron a la primera. No cruzaron el círculo protector donde Dilvish reposaba, pero llenaron de chillidos sus sueños —fragmentos sin sentido en una decena de idiomas— y perturbaron su descanso.

El jinete los dejó atrás al dejar el desierto. Los dejó atrás al entrar en el territorio de piedra, rebordes, guijos, oscuros estanques y siniestras aberturas en la tierra donde brotaban los vahos de los infiernos.

Dilvish había llegado a la frontera de Rahoringhast.

Un territorio húmedo y gris, por todas partes.

Había niebla en algunos puntos, y el agua rezumaba de las rocas, surgía del suelo.

No había árboles, arbustos, flores, hierba... Ningún pájaro cantaba, ningún insecto zumbaba... Ningún ser viviente habitaba en el territorio de Rahoringhast.

Dilvish siguió cabalgando y atravesó las quebradas fauces de la ciudad.

El interior era sombras y ruina.

El jinete prosiguió por la Senda de los Ejércitos.

En silencio estaba Rahoringhast, una ciudad de los muertos.

El lo percibió, no como el silencio de la nada, sino como el silencio de una paralizada presencia.

Sólo las hendidas patas de acero sonaban en la ciudad.

No había ecos.

Sonido... Nada. Sonido... Nada. Sonido...

Fue como si algo invisible se desplazara para absorber cualquier evidencia de vida en cuanto se manifestaba mediante el ruido.

Rojo era el palacio, igual que ladrillos recién sacados del horno y enrojecidos por el temple de su fabricación. Pero los muros eran uniformes. Ninguna juntura, ninguna división en la capa de rojo. Una construcción sólida, imponderable, de amplia base, y con sus trece torres alcanzaba más altura que cualquier edificio visto por Dilvish, aunque él había morado en el mismo torreón de Mirata, donde los Señores de la Ilusión dominaban, retorciendo el espacio a su voluntad.

Dilvish desmontó y contempló la enorme escalera que se alzaba ante él.

—Nos orientaremos dentro de eso.

Black inclinó la cabeza y tocó el primer escalón con su casco. Brotó fuego de la piedra. El caballo de acero retiró la pata y el humo formó rizos en ella. No quedó señal en la escalera indicativa del punto de contacto.

—Temo no poder entrar en este lugar y conservar mi forma —afirmó Black—. Como mínimo, mi forma.

—¿Qué te lo impide?

—Un antiguo encantamiento para defender este lugar del asalto de cualquiera como yo.

—¿Puede deshacerse?

—No por ninguna criatura que ande en este mundo o vuele sobre él o se retuerza bajo él, o yo soy un caballo. Aunque un día los mares suban y cubran la tierra, este lugar existirá en el fondo. Fue arrancado del Caos por el Orden en los tiempos en que estas normas dominaban el territorio pelado, al otro lado e las montañas. Quienquiera que fuera el causante, fue uno de los Primeros, y poderoso incluso desde el punto de vista del Poderoso.

—En ese caso debo continuar solo.

—Tal vez no. Se acerca alguien ahora mismo al que será mejor que aguardes y escuches.

Dilvish aguardó, y un solitario jinete salió de una distante calle y avanzó hacia los recién llegados.

—Saludos —dijo el jinete con la mano derecha levantada, abierta.

—Saludos. —Dilvish hizo el mismo gesto.

El jinete desmontó. Su vestimenta era de color violeta oscuro, la capucha echada hacia atrás, la capa tapándole por completo. No llevaba armas visibles.

—¿Qué hacéis aquí ante la Ciudadela de Rahoring? —preguntó.

—¿Qué hacéis vos preguntándome, sacerdote de Babrigore? —dijo Dilvish, y no apremiantemente.

—Paso el tiempo de una luna en este lugar de muerte, para extenderme en los hábitos del mal. Es para prepararme como superior de mi templo.

—Sois joven para ser rector de un templo.

El sacerdote se encogió de hombros y sonrió.

—Pocos vienen a Rahoringhast —observó.

—No es muy extraño —replicó Dilvish—. Confío en no quedarme mucho tiempo.

—¿Pensabais entrar en este... lugar? —El sacerdote señaló el palacio.

—Pensaba, y pienso.

El hombre era media cabeza más bajo que Dilvish, y era imposible conjeturar su silueta bajo la ropa que lucía. Sus ojos eran azules y su tez morena. Un lunar en su párpado izquierdo danzaba cuando pestañeaba.

—Permitidme rogaros que reconsideréis esta acción —dijo—. Sería imprudente entrar en este edificio.

—¿Por qué?

—Se dice que el interior continúa vigilado por los antiguos guardianes de su señor.

—¿Habéis estado dentro alguna vez?

—Sí.

—¿Os causó molestias algún antiguo guardián?

—No, pero al ser sacerdote de Babrigore me hallo bajo la protección de... de... Jelerak.

Dilvish escupió.

—Ojalá le arranquen la carne de los huesos y conserve la vida.

El sacerdote bajó los ojos.

—Aunque él luchó contra la criatura que habitaba en este lugar —dijo Dilvish—, después se volvió tan inmundo como ella.

—Muchos de sus actos son igual que manchas en la tierra —repuso el sacerdote—, pero él no fue siempre así. Era un auténtico mago que opuso sus poderes a los del Siniestro, en una época en que el mundo era joven. No estaba bastante capacitado. Cayó. El Maléfico lo usó como siervo. Durante siglos soportó ese cautiverio, hasta que la esclavitud lo transformó, tal como debía ser. También él alcanzó la gloria con métodos siniestros. Pero después, cuando Selar el de la Espada Invencible compró la vida de Hohorga con la suya, Jel... él cayó como si estuviera muerto y así permaneció durante una semana. Próximo al delirio, al despertar, recurrió a un contraencantamiento en un último acto de revocación: liberar a las legiones malditas de Shoredan. Lo probó. Lo hizo. Permaneció en esta misma escalera durante dos días y dos noches, hasta que la sangre se mezcló con el sudor de su frente, pero no consiguió romper el influjo de Hohorga. Aun estando muerto, la siniestra fuerza era tremenda para él. Luego vagó enloquecido por el territorio, hasta que fue recogido y atendido por los sacerdotes de Babrigore. Después volvió a los hábitos que había aprendido, pero siempre ha mostrado una amable disposición hacia la Orden que lo atendió. Jamás nos ha pedido nada. Nos ha enviado alimentos en tiempos de hambre. No habléis mal de él en mi presencia.

Dilvish escupió de nuevo.

—Ojalá se pudra en la oscuridad de las oscuridades por los siglos de los siglos y ojalá su nombre sea maldito por siempre. El sacerdote apartó la mirada del repentino fulgor en los ojos de Dilvish.

—¿Qué pretendéis hacer en Rahoring? —preguntó por fin. —Entrar... y hacer algo. Si debéis hacerlo, os acompañaré. Tal vez mi protección se extienda también a vos.

—No he solicitado vuestra protección, sacerdote.

—No es preciso solicitarla.

—Perfectamente. Venid conmigo en ese caso.

Empezó a subir la escalera.

—¿Qué es eso que montáis? —inquirió el sacerdote mientras señalaba hacia atrás—. Igual que un caballo por su forma, pero ahora es una estatua.

Dilvish se echó a reír.

—También yo sé algo de los métodos siniestros, pero mis relaciones son particulares.

—Ningún hombre puede tener relaciones especiales con lo siniestro.

—Podéis decir eso a un morador de las Casas de la Llanura, sacerdote. A una estatua. ¡A alguien que pertenezca totalmente a la raza de los hombres! Pero no a mí.

—¿Cómo os llamáis?

—Dilvish. ¿Y vos?

—Korel. No os hablaré más de lo siniestro, Dilvish, pero a pesar de todo entraré con vos en Rahoring.

—En ese caso no sigáis hablando. —Dilvish se volvió y continuó subiendo.

Korel le siguió.

A medio camino, la luz que les rodeaba empezó a apagarse. Dilvish miró hacia atrás. Sólo pudo ver la escalera que bajaba y bajaba. No había nada en el mundo aparte de escalones. Un paso más hacia arriba, y la oscuridad aumentó.

—¿Ocurrió esto cuando entrasteis aquí la última vez? —preguntó Dilvish.

—No —dijo Korel.

Llegaron a lo alto de la escalera y vieron el nebuloso portal. Por entonces parecía como si la noche cubriera la tierra.

Entraron.

Un sonido, como de música, llegaba de muy lejos, y en el interior había una luz fluctuante. Dilvish puso la mano en el pomo de su espada.

—No os servirá de nada —musitó el sacerdote.

Recorrieron el pasadizo y llegaron por fin a una vacía sala. Varios braseros vertían llamas en los elevados huecos de las paredes. El techo se perdía en la penumbra y el humo.

Cruzaron esa sala hasta el punto donde una amplia escalera conducía a una llamarada de luz y sonido.

Korel miró atrás.

—Empieza con la luz —dijo el sacerdote—, toda esta novedad. —Señaló—. El pasillo exterior sólo contenía escombros y... polvo...

—¿Y cuál es el problema aparte de eso? —Dilvish volvió también la cabeza.

Sólo una hilera de pisadas recorría el polvo hacia la sala. Dilvish se echó a reír.

—Camino con suavidad —dijo.

Korel le contempló. Luego parpadeó y su lunar se agitó sobre el ojo.

—Cuando entré aquí anteriormente —dijo el sacerdote—, no había sonidos, ninguna antorcha. Todo estaba vacío y silencioso, destrozado. ¿Sabéis qué ocurre?

—Sí —repuso Dilvish—, porque lo leí en los Libros Verdes del Tiempo y en el torreón de Mirata. Debéis saber, oh sacerdote de Babrigore, que en la sala superior los fantasmas juegan a ser fantasmas. Debéis saber, igualmente, que Hohorga muere una y otra vez mientras yo estoy aquí dentro.

Al pronunciar el nombre Hohorga, se oyó un fuerte grito en la elevada sala. Dilvish corrió escaleras arriba, con el sacerdote detrás.

De entre los muros de Rahoring brotaba un potente gemido.

Se detuvieron al final de la escalera, Dilvish como una estatua, con la espada medio desenvainada, Korel con las manos metidas en las mangas, rezando según la norma de su orden.

Los restos de un gran festín se hallaban dispersos por toda la sala. La luz procedía de arriba, de unos globos de colores que daban vueltas como planetas bajo la gran pintura celeste del abovedado techo. 

El trono que ocupaba el estrado junto a la pared más alejada estaba vacío. Ese trono era demasiado grande para que alguien de la época lo ocupara. Las paredes estaban totalmente cubiertas de antiguos emblemas, muy extraños, sobre losas de mármol donde alternaban el blanco y el anaranjado. 

En las columnas de la pared había gemas del tamaño de puños cerrados, de ardiente amarillo y esmeralda, infrarrubí y ultra-azul que despedían un ígneo brillo, transparente e iluminador hasta los escalones del trono. 

El pabellón del trono era amplio y de oro blanco, trabajado a la manera de sirenas y arpías, delfines y serpientes con cabeza de cabra; estaba sostenido por dragones alados, grifos y pegasos sentados y erguidos. Pertenecía al ser que agonizaba en el suelo.

Con forma de hombre, aunque media talla más alto, Hohorga yacía en las baldosas de su palacio y sus intestinos llenaban su regazo. Lo atendían tres miembros de su guardia, mientras el resto se ocupaba del asesino. Se decía en los Libros del Tiempo que Hohorga el Maléfico era indescifrable. Dilvish comprobó que ello era cierto y falso al mismo tiempo.

Hohorga era hermoso y noble de facciones; pero tan cegadoramente hermoso era que todos los ojos se apartaban de aquel semblante arrugado entonces por el dolor. Un tenue halo azulado decrecía alrededor de sus hombros. Incluso con el dolor de la muerte Hohorga era tan frío y perfecto como una piedra preciosa tallada, dispuesta sobre el cojín verdirrojo de su sangre; la suya era la hipnótica perfección de una serpiente multicolor. 

Se dice que los ojos no tienen expresión propia, y que nadie puede meter la mano en un barril de ojos y separar los de un hombre encolerizado o los de un ser querido. Los ojos de Hohorga eran los de un dios arruinado: infinitamente tristes, tan altivos como un océano de leones.

Una sola mirada y Dilvish comprobó ese detalle, aunque no logró adivinar el color de los ojos.

Hohorga era de la sangre del Primero.

Los guardias habían arrinconado al asesino. El combatía, al parecer con las manos vacías, pero parando y asestando golpes como si aferrara una espada. Cuando su mano se movía, había heridas.

El asesino esgrimía la única arma capaz de herir al Rey del Mundo, que no toleraba armas en su presencia, salvo a su guardia.

Llevaba la Espada Invisible.

Era Selar, primero de la casa elfa de ese nombre, finado gran señor de Dilvish, que en ese momento gritó su nombre.

Dilvish sacó la espada y cruzó corriendo la sala. Arremetió contra los atacantes, pero su hoja los atravesó como si fueran de humo.

Superaron la posición de guardia de Selar. Un potente golpe lanzó despedido algo invisible que resonó en la sala. Luego despedazaron al vencido, poco a poco, a Selar de Shoredan, mientras Dilvish lloraba y observaba.

Y entonces habló Hohorga, con una voz firme aunque suave, sin inflexión, igual que el constante batido de la marea o cascos de caballos.

—He sobrevivido al que presumía de haberme vencido, como debe ser. Sabed que está escrito que jamás ojo alguno vería la espada capaz de herirme. Los poderes tienen sus bromas. Mucho de lo que he hecho permanecerá siempre así, oh hijos de los Hombres, Elfos y Salamandras. Me llevo de este mundo, al silencio, mucho más de lo que sabéis. Habéis vencido a lo que era más grande que vosotros mismos, pero no os enorgullezcáis. Eso ha dejado de importarme. Nada me importa. Mis maldiciones para vosotros.

Aquellos ojos se cerraron y hubo el estampido del trueno.

Dilvish y Korel estaban solos en las ensombrecidas ruinas de una gran sala.

—¿Por qué apareció hoy esto? — preguntó el sacerdote.

—Cuando uno de la sangre de Selar entra aquí — dijo Dilvish — la escena vuelve a realizarse.

—¿Para qué habéis venido aquí, Dilvish, hijo de Selar?

—Para tocar las campanas de Shoredan.

—Imposible.

—Si debo salvar Dilfar y liberar de nuevo Portaroy, ha de hacerse.

«Voy a buscar las campanas ahora mismo. »

Atravesó la casi negrura de noche sin estrellas, porque sus ojos no eran los ojos de los Hombres, y estaba acostumbrado a mucha oscuridad.

Oyó que el sacerdote le seguía.

Pasaron por detrás de la destrozada mole del trono del Señor de la Tierra. De haber habido suficiente luz, habrían visto que los puntos oscuros del suelo se convertían en manchas, luego adoptaban el tono tostado de la arena y un color verdirrojo de sangre al acercarse Dilvish, para esfumarse de nuevo al alejarse.

Detrás del estrado estaba la puerta de la torre central. Fevera Mirata, Reina de la Ilusión, había mostrado una vez esta sala a Dilvish en un espejo del tamaño de seis jinetes en línea, un espejo bordeado por un marco de atrompetados narcisos de oro que ocultaron sus cabezas hasta que no hubo más reflejo que el de ellos mismos.

Dilvish abrió la puerta y se detuvo. Ondulante humo le envolvió. Sufrió un ataque de tos, pero se mantuvo en guardia.

—¡Es el Guardián de las Campanas! — exclamó Korel — . ¡Que Jelerak nos libre!

—¡Maldito Jelerak! — dijo Dilvish — . Me basto para librarme.

Pero al hablar, la nube formó un remolino y dando vueltas se transformó en una reluciente torre que guardaba la entrada, iluminando el trono y los puntos próximos. Dos ojos rojos centelleaban en el humo.

Dilvish pasó su espada una y otra vez a través de la nube, sin encontrar resistencia.

—Si continúas incorpóreo, pasaré a través de ti —anunció Dilvish—. Si adoptas una forma, te haré pedazos. Elige—y dijo todo ello en mabrahoring, el lenguaje que se habla en el Infierno.

—Libertador, Libertador, Libertador —silbó la nube—, mi predilecto, Dilvish, criaturilla de garfios y cadenas. ¿No conoces a tu amo? ¿Tan corta es tu memoria?

Y la nube se deshizo y se convirtió en una criatura con cabeza de ave, las patas traseras de un león y dos serpientes brotando de los hombros que se retorcían y reaparecían en la alta cresta de llameantes plumas.

—¡Cal-den!

—Sí, tu antiguo atormentador, hombre Elfo. Te he echado de menos, pocos abandonan mis cuidados. Era hora de que volvieras.

—Esta vez —dijo Dilvish— no estoy encadenado ni desarmado, y nos encontramos en mi mundo. —Y arremetió con su espada, arrancando la cabeza de serpiente del hombro izquierdo de Cal-den.

Un penetrante chillido de pájaro llenó la sala y Cal-den atacó.

Dilvish le golpeó el pecho, pero la hoja rebotó y sólo dejó un minúsculo corte del que fluyó un claro licor.

Cal-den lanzó a Dilvish contra el estrado, agarró la espada con su negra zarpa, la partió y levantó el otro brazo para derribarle. Dilvish atacó con lo que quedaba del arma, veinte centímetros de mellada hoja.

La punta alcanzó a Cal-den bajo la quijada, penetró y quedó allí, con la empuñadura arrancada de la mano de Dilvish mientras el torturador agitaba la cabeza y rugía.

Después Dilvish fue cogido por la cintura, de tal forma que sus huesos se afligieron y crujieron. Se sintió levantado en el aire, y la serpiente desgarró su oreja y las garras pincharon sus costados. El rostro de Cal-den se alzó hacia la víctima, con la empuñadura de la espada igual que una barba de acero.

Acto seguido lanzó a Dilvish al otro lado del estrado, como si quisiera aplastarlo contra las baldosas del suelo.

Pero el portador de las verdes botas de la Tierra Elfa no podía ser lanzado al suelo o caer de otra forma que no fuera de pie.

Dilvish se recobró, pero el choque de la caída le produjo dolor en la herida del muslo. Su pierna cedió, de modo que tuvo que apoyarse en una mano.

Cal-den saltó sobre él y le golpeó dolorosamente en la cabeza y los hombros. Desde alguna parte, Korel lanzó una piedra que alcanzó la cresta del demonio.

Dilvish retrocedió tambaleante, hasta que su mano topó con un objeto entre los escombros, un objeto que hacía sangrar.

Una espada.

Dilvish asió el puño y lo alzó del suelo asestando un golpe de costado que alcanzó a Cal-den en la espalda, dejándolo paralizado en un aullido capaz de reventar los tímpanos a cualquiera que lo oyera. Brotó humo de la herida.

Dilvish se levantó y vio que no tenía nada en la mano.

Entonces supo que la espada de su antepasado, el arma que ojo alguno podía ver, le había llegado de entre las ruinas, donde había permanecido siglos, para ayudarle como vástago de la Casa de Selar en ese momento de apuro.

Dilvish la dirigió hacia el pecho de Cal-den.

—Conejo mío, estás desarmado y sin embargo me has herido —dijo la criatura—. Ahora volveremos a las Casas del Dolor.

Ambos se lanzaron hacia delante.

—Siempre supe —dijo Cal-den— que mi pequeño Dilvish era un poco especial —y cayó al suelo con enorme estrépito y el humo brotó de su cuerpo.

Dilvish puso el pie en el cadáver y arrancó la espada, perfilada por humeante licor.

—A ti, Selar, te debo esta victoria —dijo, y alzó un trozo de humeante nada a modo de saludo. Después envainó la espada.

Korel estaba junto a él. Vio que la criatura que estaba a sus pies se esfumaba como ascuas y hielo, dejando un hedor sumamente repugnante.

Dilvish condujo de nuevo al sacerdote a la puerta de la torre y ambos entraron, Korel siempre junto al Maldito.

El roto tirador estaba a los pies de Dilvish. Se convirtió en polvo en cuanto lo tocó con la punta del pie.

—Se dice —explicó a Korel— que el tirador de las campanas se rompió en las manos del último que lo usó, hace media eternidad.

Alzó los ojos, y sólo había oscuridad en lo alto.

—Las legiones de Shoredan partieron para asaltar la Ciudadela de Rahoring —dijo el sacerdote, como si leyera en un viejo pergamino— y la noticia de su movimiento no tardó en llegar al Rey del Mundo, que realizó un encantamiento con tres campanas fundidas en Shoredan. Al tañer estas campanas, una gran niebla surgió en el territorio y envolvió a las columnas de marchantes y jinetes. La niebla se dispersó con el segundo tañido de las campanas, y el territorio apareció vacío de tropas. Más tarde, Merde, Mago Rojo del Sur, escribió que estos marchantes y jinetes todavía avanzan en alguna parte, atravesando regiones de eterna niebla. 

«Si estas campanas vuelven a ser tocadas por una mano de la misma Casa del ejecutor del encantamiento, esas legiones saldrán de la niebla para servirle durante algún tiempo en batalla. Pero cuando hayan cumplido, desaparecerán de nuevo en los parajes de lobreguez, donde continuarán su marcha en un Rahoringhast que ya no existe. ¿Es posible liberarlas para que descansen? No lo sabemos. Alguien más poderoso que yo lo ha probado y ha fracasado.»

Dilvish inclinó la cabeza un momento y después palpó las paredes. No eran como las exteriores. Estaban formadas por bloques del mismo material, y entre dichos bloques había exiguas grietas para proporcionar punto de apoyo a los dedos.

Dilvish dio un salto e inició el ascenso. Las blandas botas verdes encontraron soportes en cualquier lugar que tocaban.

El ambiente era caluroso y viciado. Rociadas de polvo caían sobre Dilvish en cuanto levantaba el brazo por encima de la cabeza.

Continuó subiendo, hasta contar cien movimientos, y se rompió las uñas de las manos. Luego se aferró a la pared como una lagartija, para descansar, y notó los dolores de su último combate, ardientes como soles en su interior.

Dilvish respiró el fétido aire y la cabeza le dio vueltas. Pensó en la Portaroy que había liberado en otra época, hacía mucho tiempo, la ciudad amistosa, el lugar donde le habían festejado, el territorio que le había necesitado con tanta fuerza como para librarle de las Casas del Dolor y romper la presa de piedra que agobiaba su cuerpo. Y pensó en la Portaroy en manos del Coronel del Occidente, y pensó en Dilfar que se resistía a Lylish, capaz de llevarse por delante los bastiones del Oriente.

Dilvish siguió subiendo.

Su cabeza tocó el borde metálico de una campana.

Se puso encima, apoyándose en los travesaños que acababa de ver.

Había tres campanas suspendidas de un mismo eje.

Dilvish apoyó la espalda en la pared y se agarró a los travesaños para poner los pies en la campana central.

Empujó, poniendo en tensión las piernas.

El eje protestó, crujió al frotar sus puntos de apoyo.

Pero la campana se movió, despacio. No retrocedió, empero, si no que permaneció en la misma posición después del empujón.

Tras lanzar una maldición, Dilvish cruzó trabajosamente los travesaños hasta el lado opuesto del campanario.

Movió el eje, y éste dio una vuelta y quedó fijo. Pero todas las campanas se desplazaron con el eje.

Nueve veces más pasó de un lado a otro, en la oscuridad, para empujar las campanas.

Por fin los movimientos fueron más suaves.

Poco a poco las campanas fueron retrocediendo al dejar de hacer fuerza con las piernas. Dilvish dio otro empujón y las campanas retrocedieron de nuevo. Siguió empujando, sin cesar.

Hubo un ligero ruido en una de las campanas cuando el badajo tocó el metal. Luego otro. Y por fin una campana sonó.

Dilvish dio patadas cada vez más fuertes, y las campanas oscilaron libremente y llenaron la torre con un repiqueteo que hizo vibrar las raíces de los dientes del Maldito e inundaron de dolor sus oídos. Una tormenta de polvo cayó sobre él y los ojos se le llenaron de lágrimas. Tosió y cerró los párpados. Esperó a que las campanas se pararan.

Creyó oír a muchísima distancia el tenue sonido de un cuerno.

Inició el descenso.

—Lord Dilvish —dijo Korel en cuanto el Maldito llegó al suelo—, he oído sonido de cuernos.

—Sí —dijo Dilvish.

—Llevo conmigo una bota de vino. Bebed.

Dilvish se limpió los labios, escupió y dio tres generosos tragos.

—Gracias, sacerdote. Salgamos de aquí.

Atravesaron la sala de nuevo y bajaron las escaleras interiores. La sala menos espaciosa carecía de iluminación en ese momento y estaba en ruinas. Salieron, sin que Dilvish dejara huellas indicativas de adonde había ido. Y mientras bajaban los escalones la oscuridad abandonó a la pareja.

A través del grisáceo día que se aferraba al suelo, Dilvish contempló la Senda de los Ejércitos. Una intensa niebla llenaba el ambiente hasta mucho más allá de los destrozados portalones, y de la niebla brotaban las notas del cuerno y el ruido de movimiento de tropas. Dilvish casi distinguió los perfiles de las columnas de marchantes y jinetes, moviéndose sin cesar pero sin avanzar.

—Mis tropas me aguardan —dijo Dilvish en la escalera—. Gracias, Korel, por acompañarme.

—Gracias a vos, lord Dilvish. Vine a este lugar para investigar los métodos del mal. Me habéis mostrado muchas cosas que debo meditar.

Bajaron los últimos escalones. Dilvish se quitó el polvo de su ropa y montó a Black.

—Una cosa más, Korel, sacerdote de Babrigore —dijo—. Si alguna vez os encontráis con vuestro protector, que os proporcionará mucho más mal para vuestras meditaciones que el que habéis visto aquí, decidle que en cuanto todas las batallas hayan sido libradas, su estatua vendrá para matarlo.

El lunar se agitó cuando Korel parpadeó ante Dilvish.

—Recordad —replicó— que él llevó en tiempos un manto de luz.

Dilvish se echó a reír, y los ojos de su montura relucieron rojamente en la penumbra.

—¡Mirad! —dijo mientras señalaba—. ¡Ahí está vuestra señal de la bondad y la luz de él!

Nueve palomas negras daban vueltas en el cielo.

Korel bajó la cabeza y no respondió.

—Me voy ahora para ponerme al frente de mis legiones.

Black se encabritó sobre sus cascos de acero y rió al mismo tiempo que su jinete.

Y se fueron, por la Senda de los Ejércitos, dejando tras de ellos en las sombras a la Ciudadela de Rahoring y al sacerdote de Babrigore.