La primavera se abría paso, tortuosa y lentamente, en el País del Norte; avanzaba y retrocedía por turnos, y al final del día conservaba parte de sus conquistas. La nieve aún yacía abundante en los picos más altos, pero durante el día se fundía en las zonas inferiores, los campos quedaban húmedos, y los arroyos se hinchaban y corrían velozmente.
Ya se veía nuevo verde en los valles, y en días despejados como aquel, el sol secaba las sendas y el ambiente se calentaba hasta el punto de ser agradable al mediodía. El viajero del extraño caballo negro, que acababa de liberar de nuevo Portaroy tras convocar a sus espectrales legiones, se detuvo en una rocosa elevación y señaló hacia el norte.
—Black —dijo—. Esa colina... a media legua de aquí. ¿No has visto algo peculiar en la cima hace un momento?
Su montura volvió su metálica cabeza y observó.
—No. Tampoco ahora. ¿Qué parecía?
—El perfil de algunas casas. Han desaparecido.
—Tal vez fuera el reflejo del sol en el hielo.
—Tal vez.
Siguieron avanzando, descendieron la pendiente y continuaron. En la siguiente colina que subieron, minutos después, hicieron una nueva pausa y miraron en aquella dirección.
—¡Allí! —dijo el jinete que raramente sonreía, sonriente.
Black meneó la cabeza.
—Ahora lo veo. Parece el muro de una ciudad...
—Quizá disfrutemos allí de una buena comida... y de un baño. Y esta noche de una cama de verdad. Vamos, apresurémonos.
—Mira tus mapas, por favor. Siento curiosidad por saber cómo se llama el lugar.
—Eso lo sabremos muy pronto. ¡Vamos!
—Compláceme, en consideración a los viejos tiempos.
El jinete guardó silencio y luego metió la mano en la bolsa. Buscó algo hasta encontrar un pequeño pergamino que sacó de su funda, lo desenrolló y lo sostuvo ante él.
—Hum —dijo al cabo de unos instantes. Después, enrolló de nuevo el mapa y lo dejó en la funda.
—¿Y bien? ¿Cómo se llama el lugar?
—No puedo decirlo. No aparece.
—¡Ajá!
—Sabes que este no será el primer error que hemos descubierto en el mapa. El cartógrafo olvidó el lugar o no había oído hablar de él. O la población es nueva.
—¿Dilvish...?
—¿Sí?
—¿Te ofrezco consejo a menudo?
—Frecuentemente.
—¿Suelo equivocarme?
—Podría citar casos.
—No me gusta la idea de pasar la noche en un lugar que aparece un momento y desaparece al siguiente.
—¡Absurdo! Era simplemente el ángulo de visión, o una ilusión causada por la lejanía.
—Soy suspicaz...
—Por naturaleza, lo sé. Y yo tengo hambre. Pescado fresco cogido en uno de esos ríos, asado con hierbas...
Black bufó y dejó escapar un jirón de humo, y avanzó.
—De pronto tu estómago es un gran problema.
—También podría haber mujeres.
—¡Puf!
La senda que subía colina arriba hacia la ciudad no era amplia, y la puerta de entrada permanecía abierta. Dilvish se detuvo ante ella, pero nadie le dio el alto. Prestó atención. Los únicos ruidos eran los del viento y los pájaros.
—Adelante —dijo, y Black le llevó al otro lado de la puerta.
Las calles se extendían a derecha e izquierda, siguiendo los ángulos del muro. El camino donde se hallaba Dilvish se prolongaba en línea recta y terminaba en las casas de lo que quizá fuera una plaza. Todas las calles estaban empedradas y bien conservadas. Los edificios eran principalmente de piedra y ladrillo, limpios y de rectos ángulos. Al recorrer la calle que seguía en línea recta, Dilvish notó que ni había ni fluían desechos en la zanja lateral.
—Un lugar silencioso —dijo Black.
—Sí.
Al cabo de quizá cien pasos, Dilvish tiró de las riendas y desmontó. Entró en la tienda que estaba a su izquierda. Un instante después salió.
—¿Qué hay?
—Nada. Está vacía. Ninguna mercancía. Ni una estaca por mobiliario.
Cruzó la calle y entró en otra casa. Salió meneando la cabeza.
—Lo mismo —dijo mientras montaba de nuevo.
—¿Nos vamos? Ya sabes lo que pienso.
—Antes echemos un vistazo a la plaza. Hasta ahora no hay indicios de violencia. Podría ser algún día de fiesta.
Los cascos de Black resonaron en los adoquines.
—Una fiesta bastante muerta, en ese caso.
Siguieron avanzando, inspeccionando callejones, galerías y patios. No había actividad visible, ninguna persona en los alrededores. Por fin llegaron a la plaza. Había puestos vacíos a ambos lados, una fuentecilla que no echaba agua en el centro y una gran estatua de dos peces cerca de una esquina. Dilvish se detuvo y contempló el viejo símbolo. El pez de arriba se dirigía a la izquierda, el de abajo hacia la derecha. Dilvish se encogió de hombros.
—Tenía razón —dijo—. Vamos a...
El aire se estremeció con un solo tañido, de una campana que oscilaba en una elevada torre, a la izquierda.
—Qué extraño...
Un joven, de pelo rubio y rubicundas mejillas, con una alechugada camisa blanca, calzón verde, espada corta y un enorme braguero, salió de detrás de la estatua, sonrió y quedó inmóvil con una mano en la cadera.
—¿Extraño? —dijo—. Sí, lo es. Pero será más extraño lo que estáis a punto de contemplar, viajero. ¡Observad!
Hizo un gesto, recorriendo la calle con la mano, el mismo momento en que sonaba de nuevo la campana.
Dilvish volvió la cabeza y quedó sin aliento. Con tanto silencio como los gatos, las casas empezaron a moverse alrededor de la plaza. Dieron vueltas, avanzaron, retrocedieron. Cambiaron su orden, cambiaron de posición con respecto al resto de edificios como si ejecutaran una danza ridícula y ciclópea. La campana sonó otra vez, y otra vez, mientras Dilvish observaba.
—¿Qué clase de brujería es esta? —inquirió por fin al joven.
—Lo que veis —fue la réplica—. Brujería, ciertamente... y en curso de cambiar la disposición de la ciudad hasta que adopte la forma de un laberinto a vuestro alrededor.
Dilvish meneó la cabeza con el acompañamiento de otro tañido.
—Me impresiona la exhibición —dijo—. Pero ¿cuál es su finalidad?
—Podéis decir que es un juego —repuso el joven—. Cuando la campana deje de tocar, varios tañidos más, el laberinto estará dispuesto. Dispondréis de una hora hasta que vuelva a sonar. Si por entonces no habéis encontrado la salida de la ciudad y estáis lejos de aquí, la nueva disposición de los edificios os aplastará.
—¿Y por qué este juego? —preguntó Dilvish, esperando otro tañido hasta que oyó la réplica.
—Eso no lo sabréis nunca, Botas Elfas, tanto si ganáis como si perdéis, porque sois únicamente un elemento del juego. Pero también estoy encargado de advertiros que quizá sufráis ataques en diversos puntos de cualquier ruta que elijáis.
Los edificios siguieron danzando con el sonido de la campana.
—No me interesa este juego —dijo Dilvish, y sacó la espada—. Y tengo intención de divertirme con otro. Acabo de elegirte para que me conduzcas fuera de aquí. Niégate, y perderás la compañía de tu cabeza.
El joven sonrió y, con la mano izquierda levantada, agarró un puñado de su cabello mientras sacaba su espada con la otra mano. Blandió el arma en lo alto y la dejó caer con un rápido y duro golpe sobre su cuello. La espada atravesó la carne.
Su mano izquierda se alzó, sosteniendo la partida cabeza, que todavía sonreía, sobre sus hombros. La campana sonó de nuevo. Los labios se movieron.
—¿Creías que te enfrentabas a mortales, forastero?
Dilvish frunció el ceño.
—Entiendo —dijo—. Muy bien. Enfréntate a él, Black.
—Con mucho gusto —replicó Black, y las llamas bailaron en su boca y llenaron las cuencas de sus ojos mientras se encabritaba coincidiendo con otro tañido.
El semblante de la partida cabeza mostró repentina sorpresa mientras el ambiente cobraba un rasgo eléctrico. Los cascos de Black se lanzaron hacia adelante, cayeron en un movimiento impropio de un caballo y golpearon a la silueta acompañados por un infernal tronido que apagó el siguiente campanazo. Un chillido escapó de la criatura antes de que se esfumara en una oleada de fuego.
La campana sonó dos veces más mientras Black recuperaba la estabilidad, y montura y jinete contemplaron los chamuscados adoquines. Luego hubo silencio. Las casas habían dejado de moverse.
—De acuerdo —dijo Dilvish, por fin—. Ya me lo advertiste. Gracias por tu acción.
Black avanzó acto seguido en círculo, y pudieron ver la nueva disposición de las calles que salían de la plaza.
—¿Alguna preferencia? —inquirió Black.
—Probemos por ahí —dijo Dilvish, señalando un callejón lateral a la izquierda.
—Perfectamente —dijo Black—. A propósito, he visto mejores ejecuciones de ese truco.
—¿Sí?
—Te lo explicaré en otra ocasión.
Avanzaron por el empedrado. Nada se movía alrededor.
La calle era estrecha y corta. Las casas se apiñaban a ambos lados de Dilvish. Hubo un abrupto giro hacia la derecha, luego hacia la izquierda.
—¡Psst! ¡Por aquí! —sonó una voz a la izquierda.
—La primera emboscada —murmuró Dilvish.
Volvió la cabeza y sacó la espada.
Un hombrecillo de oscuros ojos y agradable sonrisa, con el largo pelo cano recogido en un moño alto, las manos alzadas a la altura de los hombros y con las vacías palmas abiertas, les observaba desde un umbral. Vestía ropa gris muy raída.
—No temas —musitó rápidamente—. Quiero ayudarte. No es un truco.
Dilvish no bajó la espada.
—¿Quién eres?
—Del otro bando —fue la réplica.
—¿Qué quieres decir?
—Esto es un juego, tanto si te gusta como si no —dijo el hombrecillo—. Entre dos jugadores. El otro bando quiere que tú mueras aquí. El mío solo ganará si huyes. El otro bando es el responsable de la ciudad. Yo soy responsable de burlarlo.
—¿Cómo sé que dices la verdad? ¿Cómo puedo distinguir ambos bandos?
El desconocido contempló la pechera de su camisa y arrugó la frente.
—¿Puedo bajar una mano?
—Adelante.
Bajó la mano derecha y alisó la holgada prenda que cubría su pecho. Con ello se vio el emblema de un pez que nadaba hacia la derecha. El hombrecillo lo señaló.
—El del pez que nada hacia la derecha —dijo— es el que quiere verte a salvo lejos de aquí. Ahora comprueba mis palabras. Dos esquinas más, y será mejor que te prepares para un ataque desde lo alto.
Dicho esto, el hombrecillo se apoyó en la puerta, que cedió. La cerró después de entrar, y Dilvish oyó bajar una barra.
—Vamos —dijo a Black.
No había ruidos aparte de los cascos de Black al doblar la primera esquina. Dilvish siguió cabalgando con la espada desenvainada y los ojos escrutando cualquier abertura.
La segunda esquina continuaba con un arco. Dilvish fue más despacio y lo examinó antes de proseguir. Pasaron bajo el arco y continuaron por la callejuela. Una puerta con enrejado permitía ver un pequeño patio. Dilvish miró abajo y arriba pero no vio nada.
Luego escuchó el ruido de metal arañando piedra en lo alto. Miró hacia arriba.
—¡Black! ¡Black! —gritó.
Su montura invirtió su movimiento sin volverse, rápidamente, mientras una catarata de humeante aceite caía y salpicaba las piedras delante. Dilvish solo vislumbró las siluetas en el tejado de la derecha.
Hubo un terrorífico estruendo que produjo ecos y reverberó alrededor. Al volver la cabeza, Dilvish vio que habían arrojado una enorme puerta con barras desde el arco. El charco de burbujeante aceite siguió creciendo, extendiéndose hacia Black.
—No podré mantenerme en pie ahí —dijo Black.
—¡Esa puerta, a la derecha! ¡Embístela!
Black se volvió y chocó contra la puerta enrejada. La puerta quedó rota, pasaron por el hueco y llegaron a un pequeño patio enlosado con una fuentecilla seca en el centro y una puerta de madera en el extremo opuesto.
—¡Es un engaño! —sonó una voz en lo alto y a la izquierda—. ¿Te advirtieron?
Dilvish miró hacia arriba.
Allí, en un pequeño balcón de un tercer piso, había un hombre de aspecto muy similar al informante de Dilvish, aunque su cabello estaba atado con una cinta azul y en su pechera estaba el emblema de un pez que nadaba hacia la izquierda. En sus manos llevaba una ballesta, que alzó para apuntar a Dilvish.
Dilvish se deslizó hacia la derecha de Black y se acurrucó. Oyó que el dardo golpeaba el metálico costado de su montura.
—¡Por la otra puerta antes de que pueda cargarla otra vez! ¡Yo iré detrás!
Black salió como una flecha, ni siquiera se detuvo al golpear la puerta. Dilvish corrió detrás.
—¡Engaño! ¡Engaño! —resonó el grito.
La nueva calle discurría en ambas direcciones.
—A la derecha —dijo Dilvish mientras montaba.
Black galopó en esa dirección. Llegó a una bifurcación. Cogieron el camino de la izquierda, que iba ligeramente cuesta arriba.
—Quizá valga la pena arriesgarse a subir al tejado de una casa alta —dijo Dilvish—. Es posible que pueda ver la salida.
—No es necesario —sonó una voz familiar a la derecha—. Yo puedo ahorrarte tiempo y esfuerzo. Ya has encontrado un atajo... por ahí. No está muy lejos.
Dilvish miró al primer hombre a los ojos, el del moño, con el emblema del pez mirando a la derecha. Estaba en una ventana baja, a solo un brazo de distancia.
—Pero debes apresurarte. Él ya está llevando sus fuerzas a la entrada. Si llega primero, todo habrá terminado.
—Podría haberse limitado a vigilarla desde el principio y aguardar.
—No está permitido. No puede empezar allí. Coge la siguiente a la derecha, la siguiente a la izquierda y dos veces más a la derecha. Pasarás por un callejón y saldrás a un gran patio. La salida estará a la izquierda y abierta. ¡Apresúrate!
Dilvish saludó y Black partió al galope, doblando a la derecha en la siguiente esquina.
—¿Crees en él? —preguntó Black.
Dilvish se alzó de hombros.
—Debo intentarlo o correr un terrible riesgo.
—¿A qué te refieres?
—Usar la magia más potente que conozco.
—¿Una de las Frases Atroces que aprendiste en el Infierno, para el día que encuentres a tu enemigo?
—Exacto. Una de las doce sirve para arrasar una ciudad.
Black giró a la izquierda, con precaución, y continuó.
—¿Qué efecto crees que tendría contra una construcción tan mágica como esta?
—En cuanto a poder bruto, la magia terrenal no puede igualarla...
—Pero no hay avisos. No tendrás una segunda oportunidad si cometes un error.
—No hace falta que me lo digas.
Black se detuvo en la siguiente esquina, atisbó el otro lado, continuó.
—Si él ha dicho la verdad, casi hemos llegado —musitó—. Esperemos haber superado al otro jugador. Y la próxima vez, ¡confía más en tus mapas!
—De acuerdo. Ahí está la esquina. Con cuidado ahora...
Doblaron la última esquina. Había un largo callejón iluminado en el extremo opuesto.
—Hasta ahora parece que él ha dicho la verdad —murmuró Black, yendo más despacio para suavizar el sonido de sus cascos.
Se detuvieron al llegar al final del callejón, y contemplaron un patio.
El hombre que habían dejado en el balcón se hallaba en el centro del patio, sonriéndoles. En su mano derecha empuñaba el asta de una lanza.
—Me has hecho correr —dijo—. Pero mi camino era más corto... como puedes ver. —Miró a la derecha—. Ahí está la puerta.
Levantó la lanza y golpeó el suelo tres veces con ella. De inmediato, las losas que lo rodeaban se alzaron igual que trampas y diversos personajes salieron del suelo. Quizás había dos decenas de hombres. Todos blandían lanzas. Todos levantaron la mano izquierda, se agarraron el cabello y alzaron su cabeza por encima de los hombros. Todos rieron entonces, volvieron a colocarse la cabeza, agarraron las lanzas con ambas manos y avanzaron por el patio.
—¡Black! —dijo Dilvish—. ¡Nunca lo conseguiremos!
Huyeron por el callejón y giraron a la izquierda. Oyeron detrás a los lanceros.
—Había otras calles que daban a ese patio —dijo Dilvish—. Si pudiéramos dar la vuelta...
—Otra calle...
—¡A la izquierda!
Black obedeció.
—Otra.
—¡Derecha!
La calle acababa en una plaza en un cruce, con una fuente en el centro. De pronto, varios lanceros llegaron por la izquierda y por el frente. Detrás seguía oyéndose el ruido de la persecución.
Black fue hacia la derecha y siguió en esa dirección tras un breve trecho. Calle arriba, una puerta cayó y les cerró el paso. Doblaron a la izquierda y entraron en una larga zona de arcos que bordeaba un jardín.
—¡Métete por el jardín! —sonó una voz detrás de una hilera de matorrales—. ¡Hay una puerta allí! —El otro hombrecillo se levantó y señaló—. Luego, recuerda, dos veces a la izquierda y una a la derecha, dos veces a la izquierda y una a la derecha... ¡Todo el camino así!
Los cascos de Black destrozaron el jardín cuando se dirigió hacia la puerta. Después se encabritó y se detuvo, en el mismo momento que un tañido de campana vibraba en el aire.
—Oh, oh —dijo el hombrecillo del moño.
Una casa, a la izquierda, giró noventa grados, se estabilizó y se deslizó calle abajo. Una cerca de piedra se alejó rápidamente. Una torre avanzó poco a poco. El segundo hombrecillo llegó a la zona y se situó junto al otro. Estaba risueño. El primero, no.
—¿Ha llegado el momento? —preguntó Black mientras una vivienda pasaba velozmente al lado y cruzaba un arco que se dirigía hacia ellos.
—Me temo que sí —dijo Dilvish. Se irguió y alzó ambos brazos por encima de la cabeza—. Mabra, brahoring Mabra...
Descendió un intenso viento, que contenía un gemido. Formó remolinos que solamente afectaron a Dilvish con un escalofrío, y una humeante neblina brotó de las casas.
Mientras Dilvish seguía hablando, se inició un ruido de destrozo y astillamiento, seguido a los pocos instantes por el estruendo de la mampostería que se derrumbaba. En alguna parte, un campanario se tambaleó y se desplomó; un último y estridente retumbo brotó de la campana al caer y destrozarse sobre una tienda o residencia que corría velozmente.
El suelo tembló cuando el gemido se convirtió en un aullido ensordecedor. Las casas desaparecieron en sus mantos de niebla. Luego hubo un crujido como de cien árboles hendidos por rayos, y el viento cesó con la misma brusquedad con que había comenzado.
Dilvish y Black se hallaban en la cumbre de una colina bañada por el sol. Alrededor de ellos no quedaba rastro de la ciudad.
—Felicidades —dijo Black—. Muy bien ejecutado.
—Y yo debo añadir mi felicitación —sonó una voz familiar detrás del jinete.
Tras volver la cabeza, Dilvish vio al hombrecillo del moño, cuyo pez nadaba hacia la derecha.
—Mis más sinceras disculpas —prosiguió—. No tenía la menor idea de que habíamos atrapado a un hermano mago. Ha sido una Frase Atroz, ¿no es cierto? Nunca había visto una ejecutada.
—Sí, lo era.
—Por fortuna llegué rápidamente cerca de la zona protegida. Mi hermano, claro está, ha tenido que desaparecer con su ciudad. Deseo darte las gracias por eso... Muchas gracias.
—Ahora me gustaría una explicación —dijo Dilvish— de lo que ha pasado. ¿No conocíais mejores formas de diversión?
—¡Ah, buen caballero! —dijo el hombrecillo, apretándose las manos—. ¿No lo has deducido del parecido? Éramos gemelos... una situación muy desgraciada siendo ambos practicantes de las artes más sutiles. El poder está repartido. Cada uno tenía la mitad de fuerza que podía tener si...
—Empiezo a comprender —dijo Dilvish—, un poco.
—Sí. Recurrimos a duelos, pero estábamos muy igualados. Por eso, en vez de compartir una debilidad, llegamos a un acuerdo. Uno de nosotros pasaría diez años exiliado en un limbo astral mientras el otro disfrutaba de pleno poder aquí. Al final de dicho tiempo, jugaríamos a este juego para determinar quién pasaría los siguientes diez años en la tierra. Uno de los dos erigiría la ciudad, el otro apoyaría al campeón que se enfrentara al laberinto. Yo estaba bastante deprimido cuando atraje al campeón esta vez, porque la ciudad solía vencer siempre. Pero tú has sido mi buena suerte, caballero. Debimos sospechar algo al ver tu montura. ¡Pero quién podía sospechar una Frase Atroz! Aprender eso debió de ser un infierno.
—Lo fue.
—Naturalmente estoy en deuda contigo, y ahora tengo pleno poder... o casi pleno. ¿Hay alguna forma en que pueda serte útil?
—Sí —dijo Dilvish.
—Di cuál.
—Estoy buscando a un hombre... no, a un mago. Si tienes conocimiento de su paradero, quiero saberlo. Mencionarle aquí es arriesgado, porque es posible que su atención se haya visto atraída por estos actos recientes de poder. Su fuerza es potentísima, y muy siniestra. ¿Sabes de quién hablo?
—No... no estoy seguro.
Dilvish suspiró.
—Muy bien.
Desmontó y, con la punta de la espada, escribió la palabra Jelerak en la tierra.
El menudo mago se puso pálido y se frotó las manos otra vez.
—¡Oh, buen caballero! ¡Buscas tu muerte!
—No, la suya —dijo Dilvish, borrando el nombre con la punta de una bota—. ¿Puedes ayudarme?
El otro hombre tragó saliva.
—Que yo sepa, él tiene siete castillos en diferentes lugares del mundo. Están defendidos de forma distinta. Él utiliza siervos humanos e inhumanos. Se rumorea que él puede ir rápidamente de una a otra de estas fortalezas. ¿Cómo es que no conoces estos detalles?
—He estado lejos algún tiempo. Ten paciencia conmigo. ¿Dónde están situados esos castillos?
—Creo saber quién eres —dijo el mago. Se arrodilló y trazó rayas en el suelo con su dedo.
Dilvish se agachó junto a él y observó cómo iba cobrando forma el mapa.
—...Éste es el del confín del mundo, que sólo he visto en visiones. Aquí está la Fortaleza Roja... Hay otro muy al sur...
Dilvish grabó las posiciones en su memoria conforme aparecían ante él.
—...El más cercano parece ser pues el que llamas la Torre de Hielo —dijo Dilvish—. A cien leguas al noreste de aquí. He oído rumores de ese lugar. He estado buscándolo.
—Acepta mi consejo, Libertador —dijo el hombrecillo mientras se ponía en pie—. No...
La ciudad se alzaba de nuevo alrededor, pero alterada. Empezaba en un punto más bajo y se extendía colina abajo hasta el límite de la visión.
—¿No habrás... eh... invocado la ciudad para hacer una bromita, no? —preguntó el mago.
—No.
—Temía que dijeras eso. Ha aparecido con un silencio espantoso, ¿no es cierto?
—Sí.
—Mucho más extensa, además. Strodd y yo jamás habríamos podido construirla así. ¿Y ahora qué? ¿Crees que él quiere que entremos?
Una oscura mole apareció en lo alto del cielo.
—Yo entraría gustosamente, si él estuviera aguardándome dentro.
—¡No digas eso, amigo! ¡Mira!
Igual que lentos rayos, capas de fuego cayeron del cielo, en silencio, sobre la nueva ciudad. Al cabo de unos momentos las casas ardieron. Se olía a humo. Las cenizas flotaban en el aire. Dilvish y el mago no tardaron en verse rodeados por un gigantesco muro de fuego, y oleadas de calor cayeron sobre ellos.
—Una ejecución magnífica —observó el mago, enjugándose la frente con la manga—. Voy a decirte mi nombre, Strodd, en un acto de suma generosidad por mi parte, ya que quizás estemos sentenciados a muerte, de todas formas... y creo que ya he adivinado el tuyo. ¿No es cierto?
—Diría que sí.
Las llamas comenzaron a extinguirse. No había ciudad bajo ellas.
—Sí, una ejecución magnífica —comentó Strodd—. Creo que la exhibición está prácticamente terminada, pero me extraña que él no se haya limitado a desviar el fuego hacia nosotros.
Black se echó a reír, con una risa áspera, metálica.
—Hay motivos —dijo.
El fuego fluctuó y desapareció, dejando la soleada colina exactamente igual que hacía un rato.
—Bien, ya está —dijo Strodd—. De pronto estoy ansioso por emprender un largo viaje, por motivos de salud. Uno se debilita un poco con tanto errar por limbos astrales. Sigo debiéndote algo, pero temo la compañía que puedas tener. Preferiría que recurrieras a mí para pequeños problemas, y no para esa gran aventura que temo vas a correr... ¿Me entiendes?
—Lo recordaré —dijo Dilvish, risueño. Montó a Black y volvió la cabeza hacia el noreste.
Strodd se sobresaltó.
—Temía que irías por ahí —dijo—. Bien, de todas formas, buena suerte para ti.
—Y para ti.
Dilvish lanzó un saludo al hombrecillo antes de alejarse.
—¿La Torre de Hielo? —dijo Black.
—La Torre de Hielo.
Cuando Dilvish volvió la cabeza, la cumbre de la colina estaba vacía.
Todo ese día, cruzando el campo de hielo, el jinete del pulido animal negro no se enteró de que lo perseguían. Había vislumbrado la gran forma blanca que corría a medio galope muy lejos, entre la nieve arrastrada por el viento. Luego, con la luz de la luna chispeando en las tersas y níveas sombras y con un viento helado que barría las montañas y la oscurecida llanura, el jinete oyó el primer aullido de su perseguidor.
Pero las montañas ya estaban muy cerca. En algún lugar de la base, quizás habría un hueco, una cueva, un refugio fortificado... un lugar donde poder descansar con roca detrás y al lado, una hoguera delante y la espada en las rodillas.
El aullido se repitió. La gran montura negra avanzó con más lentitud. Enormes rocas yacían dispersas, primero delante, luego a los lados... El jinete prosiguió entre las rocas, con los ojos examinando los taludes en busca de indicios de una posible abertura.
—Allí, delante —sonó la baja voz, debajo y por delante del jinete. Había hablado el animal.
—Sí, la veo. ¿Cabremos?
—En caso contrario, la agrandaré. Es peligroso seguir buscando. Quizá no haya más.
—Cierto.
Se detuvieron ante la boca. El hombre desmontó, y sus botas verdes no hicieron ruido en la nieve. Su negra montura, similar a un caballo, fue la primera en entrar.
—Es más espaciosa de lo que parece, vacía y seca. Entra.
El hombre entró en la cueva, agachando la cabeza bajo el borde exterior. Se arrodilló y buscó leña a tientas.
—Unas ramitas, una rama, hojas...
Hizo un montón y se sentó. El animal seguía detrás. El jinete se quitó la espada y la dejó cerca.
Hubo otro aullido, mucho más cerca.
—Ojalá ese maldito lobo blanco tenga el valor suficiente para atacar. No podré dormir hasta que hayamos resuelto nuestras diferencias —dijo el hombre tras encontrar su pedernal—. Todo el día ha estado acechándonos, siguiéndonos, observando, aguardando...
—Creo que es a mí al que más teme —dijo la oscura silueta—. Presiente que no soy natural, y que te protegeré.
—Yo también tendría miedo de ti —dijo el hombre, riendo.
—Pero tu inteligencia es humana. ¿Y la suya?
—¿Qué quieres decir?
—Nada. De verdad. No lo sé. Come. Descansa. Yo te protegeré.
Las hojas ardieron bajo la lluvia de chispas, despidieron humo.
—Si se arriesga a las llamas, salta rápidamente y me atrapa, podría arrastrarme fuera de aquí... hasta alguna capa de nieve donde alguien de tu peso no podría caminar bien. Así lo haría yo.
—Ahora estás concediéndole demasiada sabiduría.
El hombre echó más leña, sacó sus provisiones.
—Lo veo moverse, entre las rocas. Tiene hambre, pero piensa esperar... el momento oportuno.
El jinete desenvainó su espada.
—¿Hay alguna forma especial de conocer a una bestia espectral? —preguntó.
—No, salvo si ves que cambia de forma, o la oyes hablar.
—¡Eh, ahí fuera! —gritó de pronto el hombre—. ¿Hacemos un trato? Compartiré mis provisiones contigo y te irás. ¿De acuerdo?
Sólo el viento respondió.
El jinete cogió un trozo de carne, lo espetó y lo calentó. Luego lo partió por la mitad y dejó un trozo a un lado.
—Están siendo bastante ridículos —dijo su compañero.
El hombre se encogió de hombros y empezó a comer. Fundió nieve para tener agua, la mezcló con un poco de vino, bebió.
Pasó una hora. El jinete estaba sentado envuelto en su capa y en una manta plegada, echando al fuego las últimas ramas.
En el exterior, la nívea silueta se aproximó. El hombre vio el reflejo del fuego en aquellos ojos por primera vez, pasando hacia la izquierda y hacia un punto invisible para su negro compañero. No dijo nada. Observó. Los ojos pasaron más cerca... grandes, amarillos.
Por fin los ojos se detuvieron, a poca altura, al otro lado del borde de la boca de la cueva.
—¡La carne! —sonó un jadeante susurro.
El jinete puso una mano en la pata delantera de su compañero, indicándole que permaneciera quieto. Con la otra mano, cogió el trozo de carne y lo lanzó fuera. La carne desapareció de inmediato, y el hombre escuchó el ruido de la bestia al masticar.
—¿Eso es todo? —sonó la voz al cabo de un rato.
—La mitad de mi ración, tal como prometí —musitó el jinete.
—Estoy muy hambriento. Temo que deberé comerte también. Lo lamento.
—Lo sé. Y también yo lo lamento, pero lo que me queda debe servirme de alimento hasta llegar a la Torre de Hielo. Además, tendré que matarte si tratas de capturarme.
—¿La Torre de Hielo? Morirás allí y habrás desperdiciado las provisiones. Habrás desperdiciado la misma carne de tu cuerpo. El amo de ese lugar te matará. ¿No lo sabías?
—No, si yo lo mato antes.
La bestia blanca jadeó unos instantes.
—Estoy tan hambriento... —repitió—. Dentro de poco tendré que intentar capturarte. Algunas cosas son peores que la muerte.
—Lo sé.
—¿Puedes decirme tu nombre?
—Dilvish.
—Creo haber oído ese nombre, hace tiempo...
—Es posible.
—Si él no te mata... ¡Mírame! También yo, una vez, traté de matarlo. También yo fui hombre en otro tiempo.
—No conozco el hechizo capaz de liberarte.
—Demasiado tarde. Ya no me preocupa eso. Sólo la comida.
Hubo un sonido de babeo, seguido por una brusca aspiración. El hombre dispuso la espada en su mano y aguardó.
—Recuerdo haber oído hablar de un tal Dilvish hace tiempo, llamado el Libertador —se oyeron las lentas palabras—. Era fuerte.
Silencio.
—Yo soy ese Dilvish.
Silencio.
—Deja que me acerque un poco más... ¡Y tus botas son verdes!
La blanca silueta retrocedió. Los ojos amarillos miraron los del jinete y permanecieron inmóviles.
—Tengo hambre, siempre tengo hambre.
—Lo sé.
—Sólo conozco un ser que sea más fuerte. Tú también lo conoces. Adiós.
—Adiós.
Los ojos desaparecieron. La sombría forma se alejó de la cueva. Más tarde Dilvish oyó un aullido a lo lejos. Luego, silencio.