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El ataúd en el mar - Eddy C. Bertin

A Marc Dolan le agradó Spring Cottage apenas la vio. Aquella casita de campo, recién pintada de blanco, con sus grandes ventanas, parecía estar dibujada en el mismo cielo, ya que estaba edificada sobre una de las dunas más altas. No encontró mucha oposición al regatear con la señora Berens, la propietaria, sobre el alquiler de una de sus mejores habitaciones. 

La temporada turística aún no había empezado, y ella se alegró de haber encontrado un huésped unos meses antes de que comenzara la estación veraniega y llegasen los extranjeros de los países vecinos. 

Marc Dolan sabía que al llegar aquella época, la paz y la tranquilidad se esfumarían: la playa de marfil se vería hollada por millares de sudorosos pies, arrastrándose con dificultad por la ardiente arena como estúpidos cangrejos. 

La playa se cubriría de cuerpos obesos, feos y blancuzcos, el color de las cosas muertas, y el estruendo de los transistores y los chillidos de los niños violarían el silencio que él tanto adoraba. La estación veraniega no había sido hecha para él ya que, como artista, Marc necesitaba desesperadamente descanso y soledad.

Alquiló un taxi para ir a recoger sus maletas, que había dejado en la estación cuando llegó, y luego se instaló en su confortable habitación. Esta se hallaba situada en el primer piso, y su ventana era tan alta y tan ancha como su pared exterior. Un butacón de colosales dimensiones se hallaba frente a dicha ventana, con su alto respaldo vuelto hacia la puerta. 

Durante los primeros instantes, Marc tuvo la impresión de que aquel gigantesco sillón giraría de repente y alguien se levantaría de él diciéndole «hola». La señora Berens le dijo que aquel butacón había estado siempre en el ático, pero que al anterior inquilino le agradaba tanto la espléndida panorámica sobre el mar y la playa, que él mismo trasladó el tosco sillón a su habitación. 

Marc estaba plenamente de acuerdo con el gusto de aquel señor: mirar a través de aquella ventana era como si uno estuviera en las mismas dunas, pisando la blanca arena y la pura espuma de las ondas. Y más allá de aquella espuma abrazándose con el mar, una masa enorme de agua gris, aparentemente sin vida, pero moviéndose con lentitud como bajo la influencia de un laborioso respirar, se veían unos cuantos barquitos de blancas velas triangulares arrastrados hacia el lejano horizonte.

Marc retiró el pesado reloj y los candelabros vacíos que estaban sobre el manto de la chimenea, y colocó en su lugar sus propios libros de pintura. Luego descolgó un grabado del siglo XIX y colgó en aquella pared una copia hecha por él de un cuadro famoso de Turner. Después puso en el armario sus escasas pertenencias. 

Marc no era rico. De vez en cuando, vendía uno o dos de sus cuadros, y había hecho dos exposiciones de su trabajo pictórico, una en Gantes y otra en Bruselas; mas por lo general, la suerte estaba en contra de él. Quizá la culpa la tuviese su propio trabajo, pues sabía que no era lo suficientemente moderno. 

Marc no podía comprender el arte pop, y mucho menos aquella forma de pintar con pies y manos, e incluso con el propio cuerpo, revolcándose primero en pintura fresca y luego sobre el lienzo virgen. A él le agradaba pintar lo que realmente veía, poder mirar después su propia obra y ser capaz de distinguir lo que representaba, y no algo parecido a esas visiones imaginarias propias de una intoxicación de LSD. 

Los resultados de su obstinada búsqueda del estilo antiguo podían condensarse en un baúl lleno de pinturas que no pudo vender. Suaves rostros sombreados, ensoñadoras campiñas en colores de otoño, rugientes tormentas en el mar, lagos de plata a la luz de la luna... Nadie quería nada de eso. Pero él continuaba, con tenacidad de acero, convencido de que algún día reconocerían su talento.

Marc acostumbraba pasar unas semanas junto al mar, en especial durante aquel período comprendido entre el último invierno y la temprana primavera, cuando las costas eran azotadas por vientos tormentosos y los turistas amantes del sol aún continuaban en sus países, temblando de frío junto a sus chimeneas. 

Durante aquel período interestacional, en que el mar era puro y libre y la expectante playa estaba llena de esperanzas, Marc se encontraba en condiciones de captar la pureza que tanto amaba reproducir en sus lienzos.

El primer día no hizo nada en especial. Se limitó a dar un corto paseo por las dunas, con los ojos semicerrados para evitar aquella arena que un viento juguetón levantaba del suelo. Cuando el crepúsculo estrechaba entre sus brazos la hermosa playa, se dirigió al pueblo más cercano y compró algunas bebidas, pero regresó de inmediato a casa, a través de las desiertas calles.

En aquella época del año, casi todas las tiendas aún estaban cerradas, y sólo permanecían abiertos dos o tres cafés. Una vez en su habitación, encendió el fuego en la chimenea, y luego escogió un libro, para leer en la cama, de su autor favorito: Edgar Allan Poe. Al fin se decidió por El cuervo

A la mañana siguiente, cogió sus elementos de trabajo, se sentó en el colosal butacón y se puso a contemplar el mar. Había una atmósfera muy especial de serenidad en aquella masa acuosa y gris, que Marc dejó penetrar hasta el fondo de su alma. Se relajó total y completamente, por primera vez durante tantos meses permitiendo que la paz y la calma entrasen a través de los poros en su piel, como si fuera el primer calorcillo de una temprana mañana de sol, que aún conservara algo de la frialdad de la noche anterior. 

No pintó nada aquel día, y se limitó a descansar, buscando el ambiente adecuado. A la mañana siguiente, fue a dar un paseo por la playa, antes de que saliera el sol, saboreando el escalofrío de la noche sobre sus mejillas y el aguijón de una fría brisa en sus ojos, mientras sus pies iban dejando huellas sobre la arena mojada de la orilla. Después de cenar, volvió a sentarse en el colosal butacón, y dejó que la profunda calma de la noche rodara sobre él en perezosas ondas de silencio.

Llevaba viviendo más de una semana en aquella casita de campo, cuando tuvo una pesadilla por primera vez. Esa noche, no vio nada de excepcional en su sueño. Había comido más bien tarde, y en su soledad había bebido una botella entera de vino barato pero pesado. Por ello no era nada extraño que sintiera deseos de irse a la cama antes de lo acostumbrado. 

Pero le costó mucho dormirse, ya que la cama parecía moverse de un lado a otro, como un barco durante una tormenta. La parte del lecho en que reposaban sus pies se levantaba cada vez más, y entonces, de repente, hacía un movimiento lateral, como si hubiera alcanzado la cresta de una gigantesca ola, para luego descender cada vez más bajo, cada vez con más rapidez. 

Se agarró firmemente con ambas manos a los lados de la pequeña cama, pero la impresión de estar a bordo de un yate pequeño era continua. Un espantoso viento empezó a rugir en sus oídos, con agudo y doloroso silbido, y a continuación sintió la espuma mojándole la cara. Su boca estaba ardiente, y en sus labios sintió el sabor de la sal del mar. Estaba sediento, muy sediento. 

El continuo balanceo, subidas y bajadas del barco le hizo sentirse mal, y su estómago empezó a removerse, pero no podía vomitar. Había una obscuridad absoluta, pero algunas veces tenía la impresión de ver el pequeño centelleo de una estrella lejana, muy por encima de él, antes de que una nueva ola cayese sobre él, dejándolo como un abrigo mojado y viscoso.

Con un movimiento instintivo, extendió sus manos para detener la siguiente ola, pero se topó con algo situado a unos cinco centímetros por encima de él. Una cosa dura y firme. Sus dedos palparon aquella dura superficie a ambos lados, y de repente encontró allí un obstáculo, que no podía mover. 

Trató de levantarse, mas de inmediato se dio un porrazo en la cabeza. Pero, por todos los santos, ¿dónde se encontraba? De repente se dio cuenta de que aquélla no era su cama en la que estaba acostado, y con esta impresión se despertó al fin. 

La habitación estaba a oscuras, y fuera rugía espantosamente un viento huracanado. La cama aún hizo unos movimientos desagradables, y se sintió muy enfermo, pero al final pudo moverse otra vez con libertad. 

El resto de aquella noche estuvo exento de sueños, pero por la mañana, al despertar, sintió un horrible dolor de cabeza que no pudo aliviar, a pesar de haber tomado varias aspirinas. Aquel día fue incapaz de sostener un pincel, pero se hizo la firme resolución de empezar a pintar al día siguiente.

Por la tarde, se acomodó en el sillón, y se puso a contemplar el mar con ojos soñolientos. Qué serena parecía, como una mujer dormida, infinitamente serena y pacífica, y, no obstante, plena de vida oculta. Una gaviota pasó por encima de él, semejante a un pequeño aeroplano blanco, dejando a su paso su solitario grito. 

Allá a lo lejos, en el horizonte, había un barco pequeño, tan pequeño que parecía que podía cogerse entre dos dedos. Qué hermoso sería sentarse allí y dejar que la vida pasara, como una lejana y neblinosa nube de lluvia; ser uno con el reposo y la paz, parte de aquella trinidad de playa, mar y cielo.

Sin darse cuenta, el sueño se apoderó de él, y el mar lo envolvió con sus olas tormentosas, acunándolo en su espantoso movimiento. Pero ante su sorpresa, ahora sabía que aquello no era real, que era parte de una pesadilla. Sabía que estaba soñando, con una certeza absoluta, pero ni siquiera intentó despertarse. 

Se sintió curioso y extrañamente indiferente al mismo tiempo, como si aquello no le afectase. Sin embargo, tenía una impresión de seguridad, sabiendo que todo era irreal, que podía despertarse en cualquier momento que desease. No era más que un mero espectador en todo aquello: ¿por qué, pues, no iba a contemplarlo todo?

Pero Marc no yacía con comodidad; debajo de él sentía frío y una gran humedad, y le dolían los hombros. Trató de frotarlos y moverse luego. Había suficiente espacio a su derecha e izquierda, pero no el suficiente como para girar, ni para llevarse las manos a la cara. Aquel movimiento oscilatorio casi le ponía enfermo, aunque empezó a acostumbrarse a él. ¡Si al menos supiera sobre qué estaba acostado...!

Entonces, de repente, llegó a saberlo. Todas las paredes alrededor suyo eran de madera, ¿acaso no lo eran? Ello explicaba su imposibilidad de moverse más de unos centímetros a su izquierda y derecha. Luego había aquella espantosa obscuridad. 

Estaba en un ataúd. 

Estaba muerto y encerrado en un ataúd, en algún sitio de un barco o flotando en el mar. El espanto y el shock le hicieron abrir los ojos, volviendo de nuevo al sillón donde se había sentado, poniéndose a contemplar aquel mar gris y aquella serena playa que las sombras de la noche iban cubriendo poco a poco.

Aquella tarde, a la luz de la lámpara de su habitación, hizo algunos bosquejos, pero ninguno le agradó, por lo que los tiró a la papelera y, descontento consigo mismo, decidió irse a la cama. De un modo inevitable, la maldita pesadilla acudió a él apenas hubo cerrado los ojos, pero ya se había acostumbrado a ella y no sentía ningún espanto. 

Después de todo, sabía que estaba soñando, y que podía despertarse en cualquier momento que lo deseara. Pero no quería despertarse, aún no. Trató de pensar con lógica. Una situación realmente fantástica, saber que uno se halla en medio de un sueño y tratar de razonar sobre el mismo. 

El ataúd en el que estaba encerrado no podía estar en un barco, ya que no se oía ningún ruido, excepto el ulular del viento. Además, daba espantosos tumbos, cosa que no sucedería si estuviera en un lugar seguro en un barco. De modo que la única solución era que iba a la deriva en el mar. 

No sentía ningún dolor bajo los efectos de aquellos tumbos, aunque su cabeza chocó más de una vez contra las paredes de madera. Pero, después de todo, ¿cómo iba a sentir dolor estando en un sueño? Sentía una impresión serena de seguridad, como si en el ataúd se encontrase igual que en casa, balanceado con suavidad por las ondas del mar.

La vida y la realidad parecían estar desprovistas de todo estorbo, de cualquier molestia, y se hallaba a placer en esta situación. En un momento determinado, pensó: «Ahora debo realmente despertarme», y entonces el sueño se alejaba de él como una neblina, para ser sustituida por la plena luz del día que le bañaba en una hermosa y radiante claridad.

Al fin se decidió a pintar. Necesitó una mañana entera para lograr los colores exactos que buscaba, y a mediados de la tarde empezó a trazar en el lienzo los primeros y confusos trazos. Pero, sin poder evitarlo, su mirada se dirigía furtivamente hacia el exterior, al mar. 

Su enorme masa gris le producía un sentimiento fútil e impotente: ¿por qué estaba tratando de crear algo allí, cuando sólo necesitaba sentarse en aquel gran sillón e intentar comprender lo que en realidad deseaba plasmar en el lienzo? Pero todo era en vano. Marc sabía que nunca lograría pintar lo que en el fondo de su alma ansiaba, y que lo único que podía hacer era intentarlo. Con una tenacidad férrea, continuó pintando, pero su mente se hallaba lejos, muy lejos en el mar, concentrada en aquel mecedor ataúd.

Las fantasías de su pesadilla fueron interrumpidas por unos golpes en su puerta; era la señora Berens, que venía a decirle que el café estaba listo. Entró en la habitación, y cuando vio lo que Marc había pintado, exclamó sorprendida:

—¡Ah!, no me dijo que conocía usted a mister Morgan.

—¿Quién? —respondió Marc, sin comprender lo que la señora decía.

Luego siguió la mirada de la señora Berens hacia su lienzo, y a su mano, que aún sostía el pincel. En el fondo gris brillante del cuadro, ahora había un rostro, trazado de prisa, siguiendo aquellas líneas fuertes que él siempre utilizaba; el rostro de un hombre de mediana edad, con una pequeña barba, ojos fríos y afilados, y un cráneo casi calvo. Era el rostro de una persona completamente extraña para él.

—¿Quién? ¿A quién dice usted que conozco? —volvió a preguntar Marc a la señora Berens.

—Pues a mister Morgan, a Charles Morgan —respondió la señora Berens—. El hombre cuyo rostro ha pintado usted en el lienzo, ahí. Seguramente usted sabrá que fue el ocupante de esta habitación antes que usted. ¿No es así?

—Pero..., pero... bueno, quiero decir..., yo sé que... —balbuceó Marc.

—Sin duda alguna tiene que ser usted un admirador de su obra —continuó la señora Berens su interrumpido monólogo—, al haber venido especialmente aquí, a trabajar donde él lo hizo. Oh, no puede usted negarlo, míster Dolan, pues sé muy bien cuán sensibles son los artistas, y cómo gustan de buscar el adecuado ambiente para su labor pictórica. 

Mister Charles Morgan era también así. Siempre se sentaba aquí, en ese enorme sillón, contemplando el mar. Algunas veces sólo pintaba un cuadro durante varios meses, y siempre era sobre el mar. Solía decir que sólo aquí uno podría sentirse realmente uno con el mar, que esta casita de campo parecía haber sido construida en un foco de mar, y que aquí se sentía realmente libre y en paz.

Mientras tomaba el café, la señora Berens le contó más cosas sobre el anterior huésped de aquella habitación, cuyo rostro Marc había pintado durante el sueño que tuvo en el día, y al que ahora recordaba. Un pintor de aquella época, de cierto renombre, especializado en pinturas marinas, y que había desaparecido de repente para la gente, ya que la pintura moderna tendía al arte pop. La señora Berens le contó que había vivido allí durante varios años, antes de que mister Morgan decidiera emprender un largo viaje.

Marc se fue a la cama con cierta impresión misteriosa. Un ataúd en sus sueños, el rostro de un extraño en su lienzo. ¿Cuál era la causa de todo aquel misterio?..., si es que había uno.

Como siempre, la pesadilla volvió, pero el ambiente había cambiado; había una sensación espantosa de inquietud en él. Parecía como si la paz hubiera absorbido todo, deseando algo a cambio; había algo de famélico alrededor suyo, como si tuviera algo que el sueño apetecía y deseara de él, y se despertó con el rostro bañado del sudor del miedo. Cuando se levantó, sus pies parecían de hielo, y además estaban mojados. 

Su cama también estaba húmeda, como asimismo parte del suelo. Mojó el dedo en aquel líquido y lo paladeó. Era sal. Pero recibió la impresión más grande cuando encendió la luz y contempló sus pinturas. El fondo de las mismas había sido alterado; había algo en aquel color gris que él pintara, una indescriptible sensación de movimiento, de grandes olas encrespadas, y una aureola de amenaza, todo ello conseguido con unos cuantos trazos de hábil pincel. 

Y en aquel monótono gris, había sido dibujada una caja rectangular con fuertes líneas blancas. No había ninguna cruz en aquella caja, ni cerradura alguna en sus lados; sólo el horrible significado de lo que representaba: un ataúd. Marc puso un papel sobre la pintura, de forma que no pudiera verla.

¿Qué cosas tan extrañas eran aquéllas? ¿Qué era lo que allí estaba ocurriendo? Seguramente habría empezado a padecer de sonambulismo; no había otra explicación, aunque él nunca en su vida había tenido esa enfermedad nerviosa. Iría a ver al médico, y le pediría un somnífero lo bastante fuerte como para no volver a padecer la espantosa pesadilla. No tenía más remedio que obrar así, no podía seguir de aquella forma. Pero no iría aquel día a ver al médico, pues no se encontraba en condiciones para ello. Quizá iría mañana.

Fue a dar un corto paseo por la playa, y por la tarde volvió a sentarse en el colosal sillón, incapaz de trabajar. La musa no acudía a su mente, y en un arranque de desesperación tiró sus pinceles y pinturas a un rincón. Una indescriptible sensación de peligro flotaba en el aire; la playa parecía extraña y ajena a él. 

Su pensamiento voló otra vez al ataúd que flotaba en el mar, al rostro extraño que había pintado, el cual, sin duda alguna, había sido hecho por otra persona. ¿Qué era lo que le sucedía? No podía concentrarse en nada, su mente no hacía más que interrogarse constantemente a sí misma. 

Tan pronto como empezó a razonar sobre aquel extraño suceso, una enorme rueda comenzó a girar en algún sitio de su cerebro, desgarrando sus pensamientos y convirtiéndolos en un espantoso caos. Y siempre estaba el mar, delante de sus ojos, gris e infinito, y en cierto modo llamándole, como si el mundo se detuviera para existir sólo allí; nada más que el mar, y la blanca y virgen arena de la playa, donde sólo sus pies habían dejado huellas, enseguida borradas por el poderoso viento. 

El silencio de aquella tarde le ahogaba, y luego dio paso al silencio de la noche; pero a pesar de todo, volvió a sentarse en el colosal sillón, luchando contra el caos existente en su mente. Una tormenta se estaba acercando, el viento se hizo más fuerte, y negras nubes empezaban a obscurecer el cielo de aquella noche. En la lontananza, los relámpagos arrojaban su fuego a través del plomizo cielo.

—...Y ha dibujado el rostro de mister Morgan —le decía la señora Berens a uno de sus pocos amigos, que había venido a hacerle una breve visita y a tomar una taza de café con ella—, ya sabe usted a quién me refiero, aquel pintor que estuvo viviendo aquí hasta el año pasado, aquel del que tanto le hablé a usted, que amaba tanto el mar, y que nunca quería ver a nadie.

—Sí, recuerdo que usted me hablaba mucho de él; nunca le vi, pues jamás quería salir de su habitación, ¿no es así? Era un hombre muy sensible. ¿Qué le ocurrió? ¿Se ahogó?

—No, no exactamente. Adoraba el mar, pero nunca se acercaba a él, sentía cierta aprensión a ello. Siempre decía que el mar quería apoderarse de él, y por ello prefería contemplarlo desde su sillón, a través de la ventana. Ni siquiera fue nunca a dar un paseo por la playa o por las dunas. Tiempo después fue a una gran exposición de pinturas en una famosa galería de arte de Londres, y allí murió de un modo repentino.

—Pero yo creía que...

—Pero nunca fue sepultado. Trajeron su cuerpo a este lugar en un barco pequeño, pero se desató una imprevista tormenta y nunca llegó a nuestro puerto. Estuvieron buscando restos del naufragio, pero ni siquiera encontraron un pedazo de madera de su ataúd...

En aquellos instantes, la lluvia azotaba los cristales de las ventanas y ocultaba todo bajo una espesa cortina de agua. El mar era un animal desencadenado, una gigantesca ameba hambrienta, con largos tentáculos de espuma. Los relámpagos formaban lenguas de fuego en la ardiente obscuridad. 

Se acabó la paz, la tranquilidad, todo; Marc estaba en el infierno, un infierno de gritos y de movimiento, que se balanceaba y subía, cada vez que venía una ola, arriba y abajo, cayendo, deslizándose, sumergiéndose. La habitación, el sillón, la ventana, todo había desaparecido como sombras de las fantasías de un sueño. 

Para Marc, la única realidad era aquella dura madera encima y debajo de él, el estruendo de las olas al chocar contra los lados del ataúd, el crujido de la torturada madera, el ulular del viento en el exterior, el desenfrenado tumulto del mar enloquecido. Y en medio de aquellos horrendos ruidos, había algo más, algo que desgarró sus oídos cual afiladas y sangrientas garras, algo que pronunciaba su nombre, pidiendo algo para sí, clamando algo de él.

Instintivamente, luchó contra aquel algo misterioso, pero su resistencia fue débil. Una vez que la tormenta hubiera pasado, volvería de nuevo la paz y la calma, pensó Marc; pero los gritos seguían, desgarrando su mente con la caótica y férrea rueda de recuerdos fragmentarios de sueños y realidad. «Quiero despertarme —gritó—. ¡Dios mío, debo despertarme. ¡¡¡Debo despertarme!!!»

Pero no se despertó, no podía despertarse; allí estaban las despiadadas paredes del ataúd, y ese algo desconocido y amenazador, que se sobreponía a su mente, arrancándole cuerpo y pensamiento.

Entonces dejó de luchar, y sintió que su mente y su cuerpo fluían, como si sólo fueran protoplasma, sumergiéndose en el mar, y al mismo tiempo que sentía un sabor de sal húmeda en la boca, llegó un prolongado y obscuro reposo, y, por fin, la paz, una paz absoluta...

—¿Qué es ESTO? —gritó la señora Berens. Algo cayó del techo, dejando unas manchas verduscas y húmedas sobre el mantel de su mesa. Había un penetrante olor de mar en la habitación, y cayeron gotas de arriba, a través de las pequeñas grietas del techo—. ¿Pero qué está haciendo ese hombre allá arriba, en su habitación? —exclamó la señora Berens.

Sorprendida y muy enojada, subió de prisa las escaleras, seguida de su amigo. Al llegar a la habitación de su huésped, la señora Berens dudó un poco, pues no se oía el menor ruido dentro de la estancia de Marc, y nadie contestó a sus llamadas. 

Luego abrió la puerta con resolución, y se vio mojada por una ola de aire salino. Sus preciosas paredes pintadas, el suelo, los muebles, incluso el techo, toda la habitación estaba humedecida de agua de mar. Pequeños fragmentos de alga colgaban de las lámparas y de los cuadros en las paredes, y unos cangrejos se escabulleron deslizándose por el suelo. Un pescado solitario agonizaba dando sus últimas convulsiones, con sus rojas agallas cual sangrientas bocas desdentadas. Al pintor no se le veía por ningún lado, pero el alto sillón estaba ligeramente inclinado.

—Pero bueno, ¿es que se ha propuesto usted...? —empezó a decir la señora Berens, mientras se dirigía hacia el sillón.

Mas no pudo acabar la frase, porque entonces vio AQUELLO que estaba sentado en el sillón, contemplando el mar tormentoso con una vaga sonrisa en lo que había quedado de su rostro. No pudo reconocer sus facciones, ya que no quedaba lo suficiente de ellas, pero antes de caer al suelo sin conocimiento, la señora Berens identificó el gran anillo de oro en una de las manos del esqueleto, con las iniciales «C M» grabadas en él.

Charles Morgan había hecho un viaje muy largo, pero al fin había encontrado el camino de regreso a casa.

Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 2)

El último grito cesó con una apagada nota. Ridley se puso de pie y cruzó el salón hasta una ventana. Frotó el empañado vidrio con la palma de la mano, con un rápido movimiento circular. Acercó la cara a la parte que había limpiado, conteniendo el aliento.

—¿Qué ves? —le preguntó por fin Reena.

—Nieve —murmuró Ridley—, hielo...

—¿Nada más?

—Mi reflejo —respondió el joven, colérico, apartándose de la ventana.

Paseó de un lado a otro. Al pasar junto al rostro del espejo, los espectrales labios se movieron.

—Ha llegado la hora —dijo el espejo.

Ridley replicó con una obscenidad. Continuó paseando, las manos aferradas a la espalda.

—¿Crees que Meg vio realmente algo abajo? —preguntó.

—Sí. Hasta el espejo ha cambiado su tonada.

—¿Qué piensas que es?

—Un hombre con una extraña montura.

—Tal vez no venga hacia aquí. Quizá va de camino a otro sitio.

Reena rió en silencio.

—De camino a la taberna más próxima para echar unos tragos —dijo ella.

—¡Muy bien! ¡Muy bien! ¡No pienso con claridad! ¡Estoy nervioso! Supongamos, solo supongamos, que él no llega aquí. Solo es un hombre.

—Con una espada. ¿Cuándo fue la última vez que tuviste una en tus manos?

Ridley se humedeció los labios.

—Y él debe ser bastante fuerte —dijo Reena— para haber llegado tan lejos cruzando estas inmensidades.

—Están los criados. Me obedecen. Puesto que ya están muertos, él tendrá problemas para matarlos.

—Ese será el resultado más lógico. Por otra parte, los criados son algo más lentos y torpes que la gente normal... y es posible despedazarlos.

—No haces mucho para animarme, ¿sabes?

—Trato de ser realista. Si afuera hay un hombre con botas elfas, tiene una posibilidad de llegar aquí. Si es de raza fuerte y maneja bien la espada, tiene la posibilidad de cumplir la misión para la que fue enviado.

—¿Y tú seguirás burlándote y lamentándote cuando él me rebane la cabeza? ¡Recuerda que la tuya también rodará!

Reena sonrió.

—No soy responsable en modo alguno de lo que sucedió.

—¿Realmente crees que él lo verá de esa forma? ¿Que se tomará la molestia de verlo así?

Reena apartó la mirada.

—Tuviste una oportunidad —dijo muy despacio— de ser uno de los grandes. Pero no quisiste seguir los cursos normales del desarrollo. Ansiabas poder. Precipitaste las cosas. Corriste lejos. Creaste una situación doblemente peligrosa. Pudiste explicar el cierre como un experimento que no resultó. Pudiste disculparte. Él se habría irritado, pero lo habría aceptado. Pero ahora, sin poder remediar lo que hiciste, ni hacer mucho en otro sentido, todo sea dicho, ahora él se enterará de lo que pasó. Sabrá que intentaste multiplicar tu poder hasta el punto incluso de desafiarle. Ya sabes cuál ha de ser su respuesta en estas circunstancias. Casi simpatizo con él. Si yo fuera él, tendría que hacer lo mismo: destruirte antes de que dominaras al otro. Te has convertido en un hombre sumamente peligroso.

—¡Pero si estoy impotente! ¡No puedo hacer una maldita cosa! ¡Ni siquiera hacer callar a ese simple espejo! —gritó Ridley, señalando el rostro que acababa de hablar otra vez—. ¡En este estado no constituyo amenaza para nadie!

—Aparte de que le has importunado al impedirle el acceso a una de sus fortalezas —dijo Reena—, él tendrá que considerar la posibilidad de que tú continúes aprovechándote... Es decir, que si tú te haces con el control del otro, serás uno de los magos más poderosos del mundo. Siendo su aprendiz... perdón, su exaprendiz, que al parecer ha usurpado una parte de su dominio, solo puede pasar una cosa: un duelo mágico en el que tú tienes una posibilidad de acabar con él. Ya que ese duelo aún no ha comenzado, él debe suponer que no estás preparado... o que estás recurriendo a cierto juego de espera. Por eso ha enviado un vengador humano, antes de correr el riesgo de que tú hayas transformado este lugar en alguna especie de trampa mágica.

—Todo pudo ser un simple accidente. Él también tendría que considerar esa posibilidad...

—En las circunstancias actuales, ¿correrías tú el riesgo de suponer eso y aguardar? Ya conoces la respuesta. Enviarías un asesino.

—He sido un buen siervo. Le he cuidado este lugar...

—Asegúrate de pedirle misericordia por eso la próxima vez que lo veas.

Ridley se detuvo y se frotó las manos.

—Tal vez tú podrías seducirlo. Eres muy atractiva...

Reena sonrió de nuevo.

—Me acostaría con él en un iceberg y no me quejaría —dijo—. Si eso nos sacara del apuro, le ofrecería el mejor paseo a caballo de su larga vida. Pero un mago como ese...

—No él. El vengador.

—Ah.

Reena enrojeció de pronto. Luego meneó la cabeza.

—No puedo creer que alguien que ha viajado tanto se deje disuadir de sus propósitos por un poco de coqueteo, aunque sea con alguien de mis reconocidos encantos. Por no hablar de la idea del castigo a su fracaso. No. Te desvías otra vez del problema real. Solo hay una salida para ti, y ya sabes cuál es.

Ridley bajó los ojos, manoseó el anillo de la cadena.

—El otro... —dijo—. Si controlara al otro, todos nuestros problemas terminarían...

Miró fijamente el anillo como si estuviera hipnotizado.

—Exacto —replicó Reena—. Esa es la única posibilidad real.

—Pero ya conoces mis temores...

—Sí. También son los míos.

—Si no da resultado... ¡si el otro me controla a mí!

—Bien, de cualquier forma estás condenado. Recuerda: un camino es seguro. El otro... ese camino ofrece todavía una posibilidad.

—Sí —dijo Ridley, que seguía sin mirar a la joven—. ¡Pero tú no conoces el horror de eso!

—Puedo suponerlo.

—¡Pero no tienes que sufrirlo!

—Tampoco he creado yo esta situación.

Ridley le lanzó una feroz mirada.

—Estoy harto de oírte alegar inocencia simplemente porque el otro no es tu creación. ¡Al principio hablé contigo y te expliqué todo cuanto pretendía hacer! ¿Intentaste disuadirme? ¡No! ¡Viste las ganancias que nos aguardaban! ¡Me apoyaste para hacerlo!

Reena se tapó la boca con las puntas de los dedos y bostezó delicadamente.

—Hermano —dijo—, supongo que tienes razón. Pero eso no cambia nada, ¿verdad? Nada de lo que hay que hacer...

Ridley hizo rechinar los dientes y se volvió de espaldas.

—No lo haré. ¡No puedo!

—Tal vez pienses de otra forma cuando él llame a la puerta.

—Tenemos infinidad de métodos para enfrentarnos a un solo hombre... ¡aunque sea un espadachín experto!

—¿Pero no lo entiendes? Aunque triunfaras, solo estarías posponiendo la decisión, no resolviendo el problema.

—Necesito ese tiempo. Tal vez imagine una forma de obtener una pequeña ventaja sobre el otro.

Las facciones de Reena se suavizaron.

—¿Realmente crees eso?

—Todo es posible, supongo...

La joven suspiró y se levantó. Se acercó a Ridley.

—Ridley, estás engañándote —dijo—. Jamás serás más fuerte que ahora.

—¡No es cierto! —exclamó él. Continuó yendo de un lado a otro—. ¡No es cierto!

Otro grito sonó en el pasillo. El espejo repitió su mensaje.

—¡Hazlo callar! ¡Tenemos que hacerle callar! ¡Después me preocuparé del otro!

Dio media vuelta y salió impetuosamente del salón. Reena bajó la mano que había alzado hacia Ridley y volvió a la mesa para acabar el vino. El hogar seguía dando quejidos.

Black completó el hechizo. Jinete y montura permanecieron inmóviles un rato.

—¿Ya está? —preguntó finalmente Dilvish.

—Ya está. Ahora estás protegido hasta el segundo nivel.

—No me siento distinto.

—Así debes sentirte.

—¿Debo hacer algo especial para solicitar su defensa si surge la necesidad?

—No, es totalmente automático. Pero que eso no te impida ejercitar la precaución normal respecto a cosas mágicas. Cualquier método tiene puntos débiles. Pero esto es lo mejor que podía hacer yo en el escaso tiempo disponible.

Dilvish asintió y miró la torre de hielo. Black levantó la cabeza y también la observó.

—Supongo que todos los preliminares están resueltos —dijo Dilvish.

—Eso parece. ¿Estás listo?

—Sí.

Black inició el avance. Mirando hacia abajo, Dilvish observó que los cascos parecían de mayor tamaño, más lisos. Quiso hacer la correspondiente pregunta al respecto, pero el viento sopló con más fuerza conforme Black cobraba velocidad y el guerrero decidió economizar su aliento. La nieve le produjo picor en mejillas y manos. Entrecerró los ojos y se inclinó más hacia adelante.

Todavía en terreno plano, el paso de Black fue aumentando poco a poco, y su casco despidió un sonido casi como de campana al golpear una piedra. Pronto avanzó más velozmente que cualquier caballo. A ambos lados, todo se convirtió en una nívea mancha. Dilvish trató de no mirar al frente para proteger sus ojos y su cara. Se agarró con fuerza y pensó en el rumbo que había seguido.

Había escapado del mismo Infierno tras dos siglos de tormento. Muchos humanos que había conocido ya habían muerto y el mundo estaba algo cambiado. Pero el que le había desterrado, condenándole al hacer tal cosa, seguía vivo: el viejo mago Jelerak. 

En los meses siguientes a su regreso, Dilvish buscó a ese ser, una vez libre de la exigencia de una vieja obligación ante los muros de Portaroy. En ese momento, pensó Dilvish, solo vivía para vengarse. Y aquella torre, aquella torre de hielo, una de las siete fortalezas de Jelerak, era el punto más próximo a su enemigo al que había llegado.

Del Infierno se había llevado una colección de Frases Atroces, hechizos de mortífera potencia, tan mortíferos que el que los pronunciaba podía correr un riesgo tan grande como la víctima si su ejecución era ligeramente menos que perfecta. Dilvish solo había usado una Frase Atroz desde su regreso, consiguiendo arrasar una ciudad entera. Su escalofrío fue provocado por el recuerdo de aquel día en la cumbre de la colina, no por las heladas ráfagas que le asaltaban.

Un cambio de equilibrio le indicó que Black había llegado a la pendiente e iniciado el ascenso. El viento producía un ruido atronador. Dilvish bajó la cabeza para protegerse de la persistente caída de hielo. Notó el rápido crujido de los cascos de Black, un sonido constante, todos los movimientos extraordinariamente potentes. Si Black resbalaba, Dilvish sabía que todo habría acabado... Adiós otra vez, mundo... Y Jelerak seguiría impune...

Conforme la reluciente superficie volaba bajo él, Dilvish se esforzó en apartar de su mente los pensamientos en Jelerak, muerte y venganza. Mientras escuchaba el viento y los crujidos del hielo, sus pensamientos se libraron del presente, flotaron sobre los días de infortunio, los días de campañas y viajes, y se posaron en una húmeda mañana estival en los bosques de la lejana Tierra Elfa. 

Él iba de caza cerca del castillo de Mirata. El sol era enorme y dorado, las brisas frescas y, por todas partes... verdor. Dilvish casi olió la tierra, notó la textura de la corteza de los árboles... ¿Volvería a conocer eso alguna vez, tal como había hecho en otro tiempo?

Un grito inarticulado escapó de su garganta, lanzado contra el viento, el destino y la tarea que se había asignado. Dilvish maldijo y se agarró más fuertemente con las piernas; su equilibrio se había alterado otra vez y Dilvish comprendió que la subida era más empinada.

Los cascos de Black golpeaban el suelo quizás un poco más lentamente. Las manos, los pies y la cara de Dilvish estaban entumeciéndose. Se preguntó cuánto habrían ascendido. Se aventuró a mirar al frente, pero solo vio velocísima nieve. «Hemos recorrido un gran trecho», decidió. ¿Dónde estaría el final?

Evocó sus recuerdos de la montaña vista desde abajo, trató de juzgar su posición. Seguramente estarían cerca del punto medio. Quizás, incluso lo habían pasado... Contó los latidos de su corazón, contó las veces que caían los cascos de Black. Sí, al parecer la enorme bestia estaba yendo más despacio... Se arriesgó de nuevo a mirar al frente. 

En esta ocasión tuvo un fugacísimo vislumbre de la imponente cuesta alzada y extendida ante él, centelleando en el atardecer, escarpada, cristalina. La montaña ocultaba buena parte del cielo, por lo que Dilvish dedujo que debían estar cerca.

Black continuó avanzando más despacio. El rugiente viento bajó su voz. La nieve golpeó a Dilvish con fuerza ligeramente disminuida. Dilvish miró hacia atrás por encima del hombro. Vio la gran pendiente extendida detrás, reluciente como los mosaicos de los baños de Ankyra. Hacia abajo, hacia abajo y hacia atrás... Habían recorrido una gran distancia.

Black iba más despacio. Dilvish escuchó tanto como vio el crujir de nieve y hielo aplastados bajo los cascos. Se soltó un poco, se echó ligeramente hacia atrás, levantó la cabeza. Allí estaba el último trecho hacia la torre, que relucía oscuramente, mucho más cerca ya.

De pronto, el viento cesó. El monolito debía estar bloqueándolo, decidió Dilvish. La nieve flotaba con mucha más suavidad. El paso de Black se había transformado en un mediogalope, aunque se esforzaba con no menos diligencia que hasta entonces. El viaje por el túnel cubierto de blanco estaba próximo a su fin.

Dilvish varió de nuevo su posición para examinar mejor la elevada escarpa. En este lugar, su superficie se había convertido en un conjunto de texturas. Con el aleteo de las sombras, Dilvish distinguió prominencias, grietas. Roca desnuda sobresalía en numerosos lugares. Rápidamente Dilvish recorrió posibles caminos hacia la cumbre.

Black iba más despacio todavía, casi paseando, pero ya estaban cerca del lugar donde empezaba la escarpadura más abrupta. Dilvish miró alrededor en busca de un punto donde parar.

—¿Qué te parece ese borde de la derecha, Black? —preguntó.

—No es gran cosa —fue la réplica—. Pero vamos hacia allí. La parte más arriesgada será llegar a la roca. No te sueltes aún.

Dilvish se agarró fuertemente mientras Black salvaba cien metros, cien más.

—Desde aquí parece más ancho que desde abajo —observó.

—Sí. Y también más alto. Agárrate bien. Si resbalamos aquí, hay un largo trecho hasta abajo.

El paso de Black se aceleró un poco con la cercanía del saliente que se alzaba casi hasta la altura de un hombre en la ladera. Estaba encajado ligeramente en la faz de la escarpa. Black saltó. Sus cascos traseros golpearon una prominencia de medio metro, una desnuda arruga de helada roca que se extendía horizontalmente por debajo del saliente. El impulso le permitió continuar. La prominencia se partió y destrozó, pero las patas delanteras de Black ya estaban en el rocoso zócalo y las traseras se enderezaron con un suave brinco. Black se debatió en el saliente y encontró un punto de apoyo.

—¿Estás bien? —preguntó Black.

—Sí —dijo Dilvish.

Volvieron simultáneamente la cabeza, despacio, y contemplaron las olas de blanco levantadas por el viento, nubes de humo que atravesaban el rutilante paraje. Dilvish extendió la mano y dio unas palmadas en el lomo de Black.

—Bien hecho —dijo—. En algunos momentos he estado un poco preocupado.

—¿Piensas que has sido el único?

—No. ¿Podremos bajar otra vez?

Black hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—Pero tendremos que hacerlo con bastante más lentitud que el ascenso. Es posible que hasta tengas que caminar junto a mí, agarrado. Ya veremos. Este saliente parece prolongarse un poco hacia la montaña. Lo examinaré mientras te dedicas a tus asuntos. Quizás haya un camino de descenso algo mejor. Será más fácil averiguarlo desde aquí.

—De acuerdo —dijo Dilvish, y desmontó por el lado más próximo a la faz de la montaña.

Se quitó los guantes y se frotó las manos, sopló encima de ellas, se las metió bajo las axilas unos instantes.

—¿Has determinado el lugar para tu escalada?

—A la izquierda. —Dilvish señaló el lugar con la cabeza—. Esa grieta llega casi hasta arriba, y es bastante irregular a ambos lados.

—Parece una buena elección. ¿Cómo llegarás hasta allí?

—Comenzaré a subir por aquí. Estos agarraderos parecen bastante buenos. Llegaré a esa grieta después de la primera raja, esa tan grande.

Dilvish se quitó el cinto con la espada y se lo echó al hombro. Se frotó de nuevo las manos, se puso los guantes después.

—Será mejor que me ponga en marcha —dijo—. Gracias, Black. Ya nos veremos.

—Buen detalle que calces esas botas elfas —dijo Black—. Si tropiezas, sabes que caerás de pie... al final.

Dilvish soltó una risotada y extendió la mano hacia el primer agarradero.

Vistiendo un oscuro vestido, envuelta en un mantón verde, la bruja se hallaba sentada en una banqueta en el rincón del recinto subterráneo. Las antorchas llameaban y despedían humo en los dos huecos de la pared, fundiendo las porciones superiores y laterales del barniz de hielo que cubría paredes y techo. Una lamparilla de aceite ardía cerca de sus pies en la roca cubierta de paja del suelo. La bruja canturreó mientras acariciaba una de las hogazas de pan que llevaba en su manto.

Frente a ella había tres pesadas puertas de madera, cerradas con barras de oxidado metal, con ventanillas de rejas en lo alto. Tenues ruidos de movimiento brotaban de la del centro, pero la bruja no les prestaba atención. El agua que goteaba del irregular techo de piedra por encima de las antorchas había formado charcos que se extendían por la hierba y perdían sus lindes. El ruido del goteo acompañaba de forma sincopada el canturreo de la bruja.

—Mis pequeñas, mis preciosas —cantaba—. Venid, Meg. Venid con mamá Meg.

Hubo ruido de fuga precipitada en la paja, en el oscuro rincón próximo a la puerta de la izquierda. Apresuradamente la bruja partió un trozo de pan y lo echó en esa dirección. Hubo nuevos crujidos y suaves movimientos. La bruja hizo un gesto de aprobación, se meció en su asiento y sonrió.

En algún punto, tal vez detrás de la puerta central, hubo un tenue gemido. La bruja ladeó la cabeza un instante, pero después solo hubo silencio.

Lanzó otra miga de pan al mismo rincón. Los ruidos que siguieron fueron más rápidos, más pronunciados. La paja se alzó y descendió. La bruja echó otro trozo, frunció los labios y pronunció un suave ruido de gorjeo. Lanzó más pan.

—Mis pequeñas —cantó de nuevo, mientras una decena de ratas se aproximaban, saltaban sobre el pan, lo partían y lo tragaban. Más animales salieron de las partes oscuras y se unieron a los primeros para luchar por la comida. Se produjeron aislados chillidos con aumentada frecuencia, que poco a poco convergieron en un coro.

La bruja rió entre dientes. Lanzó más pan, más cerca. Treinta o cuarenta ratas se pelearon por las migas.

Tras la puerta central hubo un resonar de cadenas, seguido por otro gemido. Pero la atención de la bruja se centraba en sus pequeñas. Se inclinó hacia adelante y cambió la lamparilla a una posición próxima a la pared de la derecha. Partió otro trozo de pan y dispersó las migas por el suelo ante sus pies.

Numerosos cuerpecillos hicieron susurrar la paja al acercarse. Los chillidos cobraron más fuerza. Hubo un fuerte resonar de cadenas, un gemido mucho más potente. Algo se movió dentro de la celda y chocó contra la puerta, que se agitó, y otro gemido se alzó sobre los ruidos de las ratas.

La bruja volvió la cabeza en esa dirección, arrugando un poco la frente. El siguiente golpe en la puerta produjo un retumbo. Durante un segundo, algo similar a un ojo enorme pareció atisbar por las rejas. El gemido sonó otra vez, casi formando palabras:

—¡Meg!... ¡Meg!...

La bruja se incorporó en la silla y miró fijamente la puerta de la celda. El siguiente estrépito, el más fuerte hasta entonces, hizo resonar violentamente la puerta. Las ratas estaban ya frotando las piernas de la bruja, levantadas sobre sus patas traseras, danzando. La bruja extendió la mano para acariciar a una, a otra... Les dio de comer en sus manos.

Del interior de la celda brotó de nuevo el gemido, esta vez formando extraños sonidos:

—Mmmmegg... Mmeg...

La bruja levantó la cabeza una vez más y miró en esa dirección. Hizo ademán de levantarse. En ese instante, empero, una rata saltó a su regazo. Otro animal trepó por su espalda y se posó en su hombro derecho.

—Preciosas... —dijo ella, frotando su mejilla con una y acariciando a la otra—. Preciosas...

Hubo un ruido como de una cadena partiéndose, seguido por un terrorífico golpe en la puerta. Sin embargo, la bruja no prestó atención, porque sus preciosas ratas estaban bailando y jugando para ella...

 

(CONTINUARÁ...) 

Una ciudad dividida - Roger Zelazny

La primavera se abría paso, tortuosa y lentamente, en el País del Norte; avanzaba y retrocedía por turnos, y al final del día conservaba parte de sus conquistas. La nieve aún yacía abundante en los picos más altos, pero durante el día se fundía en las zonas inferiores, los campos quedaban húmedos, y los arroyos se hinchaban y corrían velozmente. 

Ya se veía nuevo verde en los valles, y en días despejados como aquel, el sol secaba las sendas y el ambiente se calentaba hasta el punto de ser agradable al mediodía. El viajero del extraño caballo negro, que acababa de liberar de nuevo Portaroy tras convocar a sus espectrales legiones, se detuvo en una rocosa elevación y señaló hacia el norte.

—Black —dijo—. Esa colina... a media legua de aquí. ¿No has visto algo peculiar en la cima hace un momento?

Su montura volvió su metálica cabeza y observó.

—No. Tampoco ahora. ¿Qué parecía?

—El perfil de algunas casas. Han desaparecido.

—Tal vez fuera el reflejo del sol en el hielo.

—Tal vez.

Siguieron avanzando, descendieron la pendiente y continuaron. En la siguiente colina que subieron, minutos después, hicieron una nueva pausa y miraron en aquella dirección.

—¡Allí! —dijo el jinete que raramente sonreía, sonriente.

Black meneó la cabeza.

—Ahora lo veo. Parece el muro de una ciudad...

—Quizá disfrutemos allí de una buena comida... y de un baño. Y esta noche de una cama de verdad. Vamos, apresurémonos.

—Mira tus mapas, por favor. Siento curiosidad por saber cómo se llama el lugar.

—Eso lo sabremos muy pronto. ¡Vamos!

—Compláceme, en consideración a los viejos tiempos.

El jinete guardó silencio y luego metió la mano en la bolsa. Buscó algo hasta encontrar un pequeño pergamino que sacó de su funda, lo desenrolló y lo sostuvo ante él.

—Hum —dijo al cabo de unos instantes. Después, enrolló de nuevo el mapa y lo dejó en la funda.

—¿Y bien? ¿Cómo se llama el lugar?

—No puedo decirlo. No aparece.

—¡Ajá!

—Sabes que este no será el primer error que hemos descubierto en el mapa. El cartógrafo olvidó el lugar o no había oído hablar de él. O la población es nueva.

—¿Dilvish...?

—¿Sí?

—¿Te ofrezco consejo a menudo?

—Frecuentemente.

—¿Suelo equivocarme?

—Podría citar casos.

—No me gusta la idea de pasar la noche en un lugar que aparece un momento y desaparece al siguiente.

—¡Absurdo! Era simplemente el ángulo de visión, o una ilusión causada por la lejanía.

—Soy suspicaz...

—Por naturaleza, lo sé. Y yo tengo hambre. Pescado fresco cogido en uno de esos ríos, asado con hierbas...

Black bufó y dejó escapar un jirón de humo, y avanzó.

—De pronto tu estómago es un gran problema.

—También podría haber mujeres.

—¡Puf!

La senda que subía colina arriba hacia la ciudad no era amplia, y la puerta de entrada permanecía abierta. Dilvish se detuvo ante ella, pero nadie le dio el alto. Prestó atención. Los únicos ruidos eran los del viento y los pájaros.

—Adelante —dijo, y Black le llevó al otro lado de la puerta.

Las calles se extendían a derecha e izquierda, siguiendo los ángulos del muro. El camino donde se hallaba Dilvish se prolongaba en línea recta y terminaba en las casas de lo que quizá fuera una plaza. Todas las calles estaban empedradas y bien conservadas. Los edificios eran principalmente de piedra y ladrillo, limpios y de rectos ángulos. Al recorrer la calle que seguía en línea recta, Dilvish notó que ni había ni fluían desechos en la zanja lateral.

—Un lugar silencioso —dijo Black.

—Sí.

Al cabo de quizá cien pasos, Dilvish tiró de las riendas y desmontó. Entró en la tienda que estaba a su izquierda. Un instante después salió.

—¿Qué hay?

—Nada. Está vacía. Ninguna mercancía. Ni una estaca por mobiliario.

Cruzó la calle y entró en otra casa. Salió meneando la cabeza.

—Lo mismo —dijo mientras montaba de nuevo.

—¿Nos vamos? Ya sabes lo que pienso.

—Antes echemos un vistazo a la plaza. Hasta ahora no hay indicios de violencia. Podría ser algún día de fiesta.

Los cascos de Black resonaron en los adoquines.

—Una fiesta bastante muerta, en ese caso.

Siguieron avanzando, inspeccionando callejones, galerías y patios. No había actividad visible, ninguna persona en los alrededores. Por fin llegaron a la plaza. Había puestos vacíos a ambos lados, una fuentecilla que no echaba agua en el centro y una gran estatua de dos peces cerca de una esquina. Dilvish se detuvo y contempló el viejo símbolo. El pez de arriba se dirigía a la izquierda, el de abajo hacia la derecha. Dilvish se encogió de hombros.

—Tenía razón —dijo—. Vamos a...

El aire se estremeció con un solo tañido, de una campana que oscilaba en una elevada torre, a la izquierda.

—Qué extraño...

Un joven, de pelo rubio y rubicundas mejillas, con una alechugada camisa blanca, calzón verde, espada corta y un enorme braguero, salió de detrás de la estatua, sonrió y quedó inmóvil con una mano en la cadera.

—¿Extraño? —dijo—. Sí, lo es. Pero será más extraño lo que estáis a punto de contemplar, viajero. ¡Observad!

Hizo un gesto, recorriendo la calle con la mano, el mismo momento en que sonaba de nuevo la campana.

Dilvish volvió la cabeza y quedó sin aliento. Con tanto silencio como los gatos, las casas empezaron a moverse alrededor de la plaza. Dieron vueltas, avanzaron, retrocedieron. Cambiaron su orden, cambiaron de posición con respecto al resto de edificios como si ejecutaran una danza ridícula y ciclópea. La campana sonó otra vez, y otra vez, mientras Dilvish observaba.

—¿Qué clase de brujería es esta? —inquirió por fin al joven.

—Lo que veis —fue la réplica—. Brujería, ciertamente... y en curso de cambiar la disposición de la ciudad hasta que adopte la forma de un laberinto a vuestro alrededor.

Dilvish meneó la cabeza con el acompañamiento de otro tañido.

—Me impresiona la exhibición —dijo—. Pero ¿cuál es su finalidad?

—Podéis decir que es un juego —repuso el joven—. Cuando la campana deje de tocar, varios tañidos más, el laberinto estará dispuesto. Dispondréis de una hora hasta que vuelva a sonar. Si por entonces no habéis encontrado la salida de la ciudad y estáis lejos de aquí, la nueva disposición de los edificios os aplastará.

—¿Y por qué este juego? —preguntó Dilvish, esperando otro tañido hasta que oyó la réplica.

—Eso no lo sabréis nunca, Botas Elfas, tanto si ganáis como si perdéis, porque sois únicamente un elemento del juego. Pero también estoy encargado de advertiros que quizá sufráis ataques en diversos puntos de cualquier ruta que elijáis.

Los edificios siguieron danzando con el sonido de la campana.

—No me interesa este juego —dijo Dilvish, y sacó la espada—. Y tengo intención de divertirme con otro. Acabo de elegirte para que me conduzcas fuera de aquí. Niégate, y perderás la compañía de tu cabeza.

El joven sonrió y, con la mano izquierda levantada, agarró un puñado de su cabello mientras sacaba su espada con la otra mano. Blandió el arma en lo alto y la dejó caer con un rápido y duro golpe sobre su cuello. La espada atravesó la carne.

Su mano izquierda se alzó, sosteniendo la partida cabeza, que todavía sonreía, sobre sus hombros. La campana sonó de nuevo. Los labios se movieron.

—¿Creías que te enfrentabas a mortales, forastero?

Dilvish frunció el ceño.

—Entiendo —dijo—. Muy bien. Enfréntate a él, Black.

—Con mucho gusto —replicó Black, y las llamas bailaron en su boca y llenaron las cuencas de sus ojos mientras se encabritaba coincidiendo con otro tañido.

El semblante de la partida cabeza mostró repentina sorpresa mientras el ambiente cobraba un rasgo eléctrico. Los cascos de Black se lanzaron hacia adelante, cayeron en un movimiento impropio de un caballo y golpearon a la silueta acompañados por un infernal tronido que apagó el siguiente campanazo. Un chillido escapó de la criatura antes de que se esfumara en una oleada de fuego.

La campana sonó dos veces más mientras Black recuperaba la estabilidad, y montura y jinete contemplaron los chamuscados adoquines. Luego hubo silencio. Las casas habían dejado de moverse.

—De acuerdo —dijo Dilvish, por fin—. Ya me lo advertiste. Gracias por tu acción.

Black avanzó acto seguido en círculo, y pudieron ver la nueva disposición de las calles que salían de la plaza.

—¿Alguna preferencia? —inquirió Black.

—Probemos por ahí —dijo Dilvish, señalando un callejón lateral a la izquierda.

—Perfectamente —dijo Black—. A propósito, he visto mejores ejecuciones de ese truco.

—¿Sí?

—Te lo explicaré en otra ocasión.

Avanzaron por el empedrado. Nada se movía alrededor.

La calle era estrecha y corta. Las casas se apiñaban a ambos lados de Dilvish. Hubo un abrupto giro hacia la derecha, luego hacia la izquierda.

—¡Psst! ¡Por aquí! —sonó una voz a la izquierda.

—La primera emboscada —murmuró Dilvish.

Volvió la cabeza y sacó la espada.

Un hombrecillo de oscuros ojos y agradable sonrisa, con el largo pelo cano recogido en un moño alto, las manos alzadas a la altura de los hombros y con las vacías palmas abiertas, les observaba desde un umbral. Vestía ropa gris muy raída.

—No temas —musitó rápidamente—. Quiero ayudarte. No es un truco.

Dilvish no bajó la espada.

—¿Quién eres?

—Del otro bando —fue la réplica.

—¿Qué quieres decir?

—Esto es un juego, tanto si te gusta como si no —dijo el hombrecillo—. Entre dos jugadores. El otro bando quiere que tú mueras aquí. El mío solo ganará si huyes. El otro bando es el responsable de la ciudad. Yo soy responsable de burlarlo.

—¿Cómo sé que dices la verdad? ¿Cómo puedo distinguir ambos bandos?

El desconocido contempló la pechera de su camisa y arrugó la frente.

—¿Puedo bajar una mano?

—Adelante.

Bajó la mano derecha y alisó la holgada prenda que cubría su pecho. Con ello se vio el emblema de un pez que nadaba hacia la derecha. El hombrecillo lo señaló.

—El del pez que nada hacia la derecha —dijo— es el que quiere verte a salvo lejos de aquí. Ahora comprueba mis palabras. Dos esquinas más, y será mejor que te prepares para un ataque desde lo alto.

Dicho esto, el hombrecillo se apoyó en la puerta, que cedió. La cerró después de entrar, y Dilvish oyó bajar una barra.

—Vamos —dijo a Black.

No había ruidos aparte de los cascos de Black al doblar la primera esquina. Dilvish siguió cabalgando con la espada desenvainada y los ojos escrutando cualquier abertura.

La segunda esquina continuaba con un arco. Dilvish fue más despacio y lo examinó antes de proseguir. Pasaron bajo el arco y continuaron por la callejuela. Una puerta con enrejado permitía ver un pequeño patio. Dilvish miró abajo y arriba pero no vio nada.

Luego escuchó el ruido de metal arañando piedra en lo alto. Miró hacia arriba.

—¡Black! ¡Black! —gritó.

Su montura invirtió su movimiento sin volverse, rápidamente, mientras una catarata de humeante aceite caía y salpicaba las piedras delante. Dilvish solo vislumbró las siluetas en el tejado de la derecha.

Hubo un terrorífico estruendo que produjo ecos y reverberó alrededor. Al volver la cabeza, Dilvish vio que habían arrojado una enorme puerta con barras desde el arco. El charco de burbujeante aceite siguió creciendo, extendiéndose hacia Black.

—No podré mantenerme en pie ahí —dijo Black.

—¡Esa puerta, a la derecha! ¡Embístela!

Black se volvió y chocó contra la puerta enrejada. La puerta quedó rota, pasaron por el hueco y llegaron a un pequeño patio enlosado con una fuentecilla seca en el centro y una puerta de madera en el extremo opuesto.

—¡Es un engaño! —sonó una voz en lo alto y a la izquierda—. ¿Te advirtieron?

Dilvish miró hacia arriba.

Allí, en un pequeño balcón de un tercer piso, había un hombre de aspecto muy similar al informante de Dilvish, aunque su cabello estaba atado con una cinta azul y en su pechera estaba el emblema de un pez que nadaba hacia la izquierda. En sus manos llevaba una ballesta, que alzó para apuntar a Dilvish.

Dilvish se deslizó hacia la derecha de Black y se acurrucó. Oyó que el dardo golpeaba el metálico costado de su montura.

—¡Por la otra puerta antes de que pueda cargarla otra vez! ¡Yo iré detrás!

Black salió como una flecha, ni siquiera se detuvo al golpear la puerta. Dilvish corrió detrás.

—¡Engaño! ¡Engaño! —resonó el grito.

La nueva calle discurría en ambas direcciones.

—A la derecha —dijo Dilvish mientras montaba.

Black galopó en esa dirección. Llegó a una bifurcación. Cogieron el camino de la izquierda, que iba ligeramente cuesta arriba.

—Quizá valga la pena arriesgarse a subir al tejado de una casa alta —dijo Dilvish—. Es posible que pueda ver la salida.

—No es necesario —sonó una voz familiar a la derecha—. Yo puedo ahorrarte tiempo y esfuerzo. Ya has encontrado un atajo... por ahí. No está muy lejos.

Dilvish miró al primer hombre a los ojos, el del moño, con el emblema del pez mirando a la derecha. Estaba en una ventana baja, a solo un brazo de distancia.

—Pero debes apresurarte. Él ya está llevando sus fuerzas a la entrada. Si llega primero, todo habrá terminado.

—Podría haberse limitado a vigilarla desde el principio y aguardar.

—No está permitido. No puede empezar allí. Coge la siguiente a la derecha, la siguiente a la izquierda y dos veces más a la derecha. Pasarás por un callejón y saldrás a un gran patio. La salida estará a la izquierda y abierta. ¡Apresúrate!

Dilvish saludó y Black partió al galope, doblando a la derecha en la siguiente esquina.

—¿Crees en él? —preguntó Black.

Dilvish se alzó de hombros.

—Debo intentarlo o correr un terrible riesgo.

—¿A qué te refieres?

—Usar la magia más potente que conozco.

—¿Una de las Frases Atroces que aprendiste en el Infierno, para el día que encuentres a tu enemigo?

—Exacto. Una de las doce sirve para arrasar una ciudad.

Black giró a la izquierda, con precaución, y continuó.

—¿Qué efecto crees que tendría contra una construcción tan mágica como esta?

—En cuanto a poder bruto, la magia terrenal no puede igualarla...

—Pero no hay avisos. No tendrás una segunda oportunidad si cometes un error.

—No hace falta que me lo digas.

Black se detuvo en la siguiente esquina, atisbó el otro lado, continuó.

—Si él ha dicho la verdad, casi hemos llegado —musitó—. Esperemos haber superado al otro jugador. Y la próxima vez, ¡confía más en tus mapas!

—De acuerdo. Ahí está la esquina. Con cuidado ahora...

Doblaron la última esquina. Había un largo callejón iluminado en el extremo opuesto.

—Hasta ahora parece que él ha dicho la verdad —murmuró Black, yendo más despacio para suavizar el sonido de sus cascos.

Se detuvieron al llegar al final del callejón, y contemplaron un patio.

El hombre que habían dejado en el balcón se hallaba en el centro del patio, sonriéndoles. En su mano derecha empuñaba el asta de una lanza.

—Me has hecho correr —dijo—. Pero mi camino era más corto... como puedes ver. —Miró a la derecha—. Ahí está la puerta.

Levantó la lanza y golpeó el suelo tres veces con ella. De inmediato, las losas que lo rodeaban se alzaron igual que trampas y diversos personajes salieron del suelo. Quizás había dos decenas de hombres. Todos blandían lanzas. Todos levantaron la mano izquierda, se agarraron el cabello y alzaron su cabeza por encima de los hombros. Todos rieron entonces, volvieron a colocarse la cabeza, agarraron las lanzas con ambas manos y avanzaron por el patio.

—¡Black! —dijo Dilvish—. ¡Nunca lo conseguiremos!

Huyeron por el callejón y giraron a la izquierda. Oyeron detrás a los lanceros.

—Había otras calles que daban a ese patio —dijo Dilvish—. Si pudiéramos dar la vuelta...

—Otra calle...

—¡A la izquierda!

Black obedeció.

—Otra.

—¡Derecha!

La calle acababa en una plaza en un cruce, con una fuente en el centro. De pronto, varios lanceros llegaron por la izquierda y por el frente. Detrás seguía oyéndose el ruido de la persecución.

Black fue hacia la derecha y siguió en esa dirección tras un breve trecho. Calle arriba, una puerta cayó y les cerró el paso. Doblaron a la izquierda y entraron en una larga zona de arcos que bordeaba un jardín.

—¡Métete por el jardín! —sonó una voz detrás de una hilera de matorrales—. ¡Hay una puerta allí! —El otro hombrecillo se levantó y señaló—. Luego, recuerda, dos veces a la izquierda y una a la derecha, dos veces a la izquierda y una a la derecha... ¡Todo el camino así!

Los cascos de Black destrozaron el jardín cuando se dirigió hacia la puerta. Después se encabritó y se detuvo, en el mismo momento que un tañido de campana vibraba en el aire.

—Oh, oh —dijo el hombrecillo del moño.

Una casa, a la izquierda, giró noventa grados, se estabilizó y se deslizó calle abajo. Una cerca de piedra se alejó rápidamente. Una torre avanzó poco a poco. El segundo hombrecillo llegó a la zona y se situó junto al otro. Estaba risueño. El primero, no.

—¿Ha llegado el momento? —preguntó Black mientras una vivienda pasaba velozmente al lado y cruzaba un arco que se dirigía hacia ellos.

—Me temo que sí —dijo Dilvish. Se irguió y alzó ambos brazos por encima de la cabeza—. Mabra, brahoring Mabra...

Descendió un intenso viento, que contenía un gemido. Formó remolinos que solamente afectaron a Dilvish con un escalofrío, y una humeante neblina brotó de las casas.

Mientras Dilvish seguía hablando, se inició un ruido de destrozo y astillamiento, seguido a los pocos instantes por el estruendo de la mampostería que se derrumbaba. En alguna parte, un campanario se tambaleó y se desplomó; un último y estridente retumbo brotó de la campana al caer y destrozarse sobre una tienda o residencia que corría velozmente.

El suelo tembló cuando el gemido se convirtió en un aullido ensordecedor. Las casas desaparecieron en sus mantos de niebla. Luego hubo un crujido como de cien árboles hendidos por rayos, y el viento cesó con la misma brusquedad con que había comenzado.

Dilvish y Black se hallaban en la cumbre de una colina bañada por el sol. Alrededor de ellos no quedaba rastro de la ciudad.

—Felicidades —dijo Black—. Muy bien ejecutado.

—Y yo debo añadir mi felicitación —sonó una voz familiar detrás del jinete.

Tras volver la cabeza, Dilvish vio al hombrecillo del moño, cuyo pez nadaba hacia la derecha.

—Mis más sinceras disculpas —prosiguió—. No tenía la menor idea de que habíamos atrapado a un hermano mago. Ha sido una Frase Atroz, ¿no es cierto? Nunca había visto una ejecutada.

—Sí, lo era.

—Por fortuna llegué rápidamente cerca de la zona protegida. Mi hermano, claro está, ha tenido que desaparecer con su ciudad. Deseo darte las gracias por eso... Muchas gracias.

—Ahora me gustaría una explicación —dijo Dilvish— de lo que ha pasado. ¿No conocíais mejores formas de diversión?

—¡Ah, buen caballero! —dijo el hombrecillo, apretándose las manos—. ¿No lo has deducido del parecido? Éramos gemelos... una situación muy desgraciada siendo ambos practicantes de las artes más sutiles. El poder está repartido. Cada uno tenía la mitad de fuerza que podía tener si...

—Empiezo a comprender —dijo Dilvish—, un poco.

—Sí. Recurrimos a duelos, pero estábamos muy igualados. Por eso, en vez de compartir una debilidad, llegamos a un acuerdo. Uno de nosotros pasaría diez años exiliado en un limbo astral mientras el otro disfrutaba de pleno poder aquí. Al final de dicho tiempo, jugaríamos a este juego para determinar quién pasaría los siguientes diez años en la tierra. Uno de los dos erigiría la ciudad, el otro apoyaría al campeón que se enfrentara al laberinto. Yo estaba bastante deprimido cuando atraje al campeón esta vez, porque la ciudad solía vencer siempre. Pero tú has sido mi buena suerte, caballero. Debimos sospechar algo al ver tu montura. ¡Pero quién podía sospechar una Frase Atroz! Aprender eso debió de ser un infierno.

—Lo fue.

—Naturalmente estoy en deuda contigo, y ahora tengo pleno poder... o casi pleno. ¿Hay alguna forma en que pueda serte útil?

—Sí —dijo Dilvish.

—Di cuál.

—Estoy buscando a un hombre... no, a un mago. Si tienes conocimiento de su paradero, quiero saberlo. Mencionarle aquí es arriesgado, porque es posible que su atención se haya visto atraída por estos actos recientes de poder. Su fuerza es potentísima, y muy siniestra. ¿Sabes de quién hablo?

—No... no estoy seguro.

Dilvish suspiró.

—Muy bien.

Desmontó y, con la punta de la espada, escribió la palabra Jelerak en la tierra.

El menudo mago se puso pálido y se frotó las manos otra vez.

—¡Oh, buen caballero! ¡Buscas tu muerte!

—No, la suya —dijo Dilvish, borrando el nombre con la punta de una bota—. ¿Puedes ayudarme?

El otro hombre tragó saliva.

—Que yo sepa, él tiene siete castillos en diferentes lugares del mundo. Están defendidos de forma distinta. Él utiliza siervos humanos e inhumanos. Se rumorea que él puede ir rápidamente de una a otra de estas fortalezas. ¿Cómo es que no conoces estos detalles?

—He estado lejos algún tiempo. Ten paciencia conmigo. ¿Dónde están situados esos castillos?

—Creo saber quién eres —dijo el mago. Se arrodilló y trazó rayas en el suelo con su dedo.

Dilvish se agachó junto a él y observó cómo iba cobrando forma el mapa.

—...Éste es el del confín del mundo, que sólo he visto en visiones. Aquí está la Fortaleza Roja... Hay otro muy al sur...

Dilvish grabó las posiciones en su memoria conforme aparecían ante él.

—...El más cercano parece ser pues el que llamas la Torre de Hielo —dijo Dilvish—. A cien leguas al noreste de aquí. He oído rumores de ese lugar. He estado buscándolo.

—Acepta mi consejo, Libertador —dijo el hombrecillo mientras se ponía en pie—. No...

La ciudad se alzaba de nuevo alrededor, pero alterada. Empezaba en un punto más bajo y se extendía colina abajo hasta el límite de la visión.

—¿No habrás... eh... invocado la ciudad para hacer una bromita, no? —preguntó el mago.

—No.

—Temía que dijeras eso. Ha aparecido con un silencio espantoso, ¿no es cierto?

—Sí.

—Mucho más extensa, además. Strodd y yo jamás habríamos podido construirla así. ¿Y ahora qué? ¿Crees que él quiere que entremos?

Una oscura mole apareció en lo alto del cielo.

—Yo entraría gustosamente, si él estuviera aguardándome dentro.

—¡No digas eso, amigo! ¡Mira!

Igual que lentos rayos, capas de fuego cayeron del cielo, en silencio, sobre la nueva ciudad. Al cabo de unos momentos las casas ardieron. Se olía a humo. Las cenizas flotaban en el aire. Dilvish y el mago no tardaron en verse rodeados por un gigantesco muro de fuego, y oleadas de calor cayeron sobre ellos.

—Una ejecución magnífica —observó el mago, enjugándose la frente con la manga—. Voy a decirte mi nombre, Strodd, en un acto de suma generosidad por mi parte, ya que quizás estemos sentenciados a muerte, de todas formas... y creo que ya he adivinado el tuyo. ¿No es cierto?

—Diría que sí.

Las llamas comenzaron a extinguirse. No había ciudad bajo ellas.

—Sí, una ejecución magnífica —comentó Strodd—. Creo que la exhibición está prácticamente terminada, pero me extraña que él no se haya limitado a desviar el fuego hacia nosotros.

Black se echó a reír, con una risa áspera, metálica.

—Hay motivos —dijo.

El fuego fluctuó y desapareció, dejando la soleada colina exactamente igual que hacía un rato.

—Bien, ya está —dijo Strodd—. De pronto estoy ansioso por emprender un largo viaje, por motivos de salud. Uno se debilita un poco con tanto errar por limbos astrales. Sigo debiéndote algo, pero temo la compañía que puedas tener. Preferiría que recurrieras a mí para pequeños problemas, y no para esa gran aventura que temo vas a correr... ¿Me entiendes?

—Lo recordaré —dijo Dilvish, risueño. Montó a Black y volvió la cabeza hacia el noreste.

Strodd se sobresaltó.

—Temía que irías por ahí —dijo—. Bien, de todas formas, buena suerte para ti.

—Y para ti.

Dilvish lanzó un saludo al hombrecillo antes de alejarse.

—¿La Torre de Hielo? —dijo Black.

—La Torre de Hielo.

Cuando Dilvish volvió la cabeza, la cumbre de la colina estaba vacía.

Todo ese día, cruzando el campo de hielo, el jinete del pulido animal negro no se enteró de que lo perseguían. Había vislumbrado la gran forma blanca que corría a medio galope muy lejos, entre la nieve arrastrada por el viento. Luego, con la luz de la luna chispeando en las tersas y níveas sombras y con un viento helado que barría las montañas y la oscurecida llanura, el jinete oyó el primer aullido de su perseguidor.

Pero las montañas ya estaban muy cerca. En algún lugar de la base, quizás habría un hueco, una cueva, un refugio fortificado... un lugar donde poder descansar con roca detrás y al lado, una hoguera delante y la espada en las rodillas.

El aullido se repitió. La gran montura negra avanzó con más lentitud. Enormes rocas yacían dispersas, primero delante, luego a los lados... El jinete prosiguió entre las rocas, con los ojos examinando los taludes en busca de indicios de una posible abertura.

—Allí, delante —sonó la baja voz, debajo y por delante del jinete. Había hablado el animal.

—Sí, la veo. ¿Cabremos?

—En caso contrario, la agrandaré. Es peligroso seguir buscando. Quizá no haya más.

—Cierto.

Se detuvieron ante la boca. El hombre desmontó, y sus botas verdes no hicieron ruido en la nieve. Su negra montura, similar a un caballo, fue la primera en entrar.

—Es más espaciosa de lo que parece, vacía y seca. Entra.

El hombre entró en la cueva, agachando la cabeza bajo el borde exterior. Se arrodilló y buscó leña a tientas.

—Unas ramitas, una rama, hojas...

Hizo un montón y se sentó. El animal seguía detrás. El jinete se quitó la espada y la dejó cerca.

Hubo otro aullido, mucho más cerca.

—Ojalá ese maldito lobo blanco tenga el valor suficiente para atacar. No podré dormir hasta que hayamos resuelto nuestras diferencias —dijo el hombre tras encontrar su pedernal—. Todo el día ha estado acechándonos, siguiéndonos, observando, aguardando...

—Creo que es a mí al que más teme —dijo la oscura silueta—. Presiente que no soy natural, y que te protegeré.

—Yo también tendría miedo de ti —dijo el hombre, riendo.

—Pero tu inteligencia es humana. ¿Y la suya?

—¿Qué quieres decir?

—Nada. De verdad. No lo sé. Come. Descansa. Yo te protegeré.

Las hojas ardieron bajo la lluvia de chispas, despidieron humo.

—Si se arriesga a las llamas, salta rápidamente y me atrapa, podría arrastrarme fuera de aquí... hasta alguna capa de nieve donde alguien de tu peso no podría caminar bien. Así lo haría yo.

—Ahora estás concediéndole demasiada sabiduría.

El hombre echó más leña, sacó sus provisiones.

—Lo veo moverse, entre las rocas. Tiene hambre, pero piensa esperar... el momento oportuno.

El jinete desenvainó su espada.

—¿Hay alguna forma especial de conocer a una bestia espectral? —preguntó.

—No, salvo si ves que cambia de forma, o la oyes hablar.

—¡Eh, ahí fuera! —gritó de pronto el hombre—. ¿Hacemos un trato? Compartiré mis provisiones contigo y te irás. ¿De acuerdo?

Sólo el viento respondió.

El jinete cogió un trozo de carne, lo espetó y lo calentó. Luego lo partió por la mitad y dejó un trozo a un lado.

—Están siendo bastante ridículos —dijo su compañero.

El hombre se encogió de hombros y empezó a comer. Fundió nieve para tener agua, la mezcló con un poco de vino, bebió.

Pasó una hora. El jinete estaba sentado envuelto en su capa y en una manta plegada, echando al fuego las últimas ramas.

En el exterior, la nívea silueta se aproximó. El hombre vio el reflejo del fuego en aquellos ojos por primera vez, pasando hacia la izquierda y hacia un punto invisible para su negro compañero. No dijo nada. Observó. Los ojos pasaron más cerca... grandes, amarillos.

Por fin los ojos se detuvieron, a poca altura, al otro lado del borde de la boca de la cueva.

—¡La carne! —sonó un jadeante susurro.

El jinete puso una mano en la pata delantera de su compañero, indicándole que permaneciera quieto. Con la otra mano, cogió el trozo de carne y lo lanzó fuera. La carne desapareció de inmediato, y el hombre escuchó el ruido de la bestia al masticar.

—¿Eso es todo? —sonó la voz al cabo de un rato.

—La mitad de mi ración, tal como prometí —musitó el jinete.

—Estoy muy hambriento. Temo que deberé comerte también. Lo lamento.

—Lo sé. Y también yo lo lamento, pero lo que me queda debe servirme de alimento hasta llegar a la Torre de Hielo. Además, tendré que matarte si tratas de capturarme.

—¿La Torre de Hielo? Morirás allí y habrás desperdiciado las provisiones. Habrás desperdiciado la misma carne de tu cuerpo. El amo de ese lugar te matará. ¿No lo sabías?

—No, si yo lo mato antes.

La bestia blanca jadeó unos instantes.

—Estoy tan hambriento... —repitió—. Dentro de poco tendré que intentar capturarte. Algunas cosas son peores que la muerte.

—Lo sé.

—¿Puedes decirme tu nombre?

—Dilvish.

—Creo haber oído ese nombre, hace tiempo...

—Es posible.

—Si él no te mata... ¡Mírame! También yo, una vez, traté de matarlo. También yo fui hombre en otro tiempo.

—No conozco el hechizo capaz de liberarte.

—Demasiado tarde. Ya no me preocupa eso. Sólo la comida.

Hubo un sonido de babeo, seguido por una brusca aspiración. El hombre dispuso la espada en su mano y aguardó.

—Recuerdo haber oído hablar de un tal Dilvish hace tiempo, llamado el Libertador —se oyeron las lentas palabras—. Era fuerte.

Silencio.

—Yo soy ese Dilvish.

Silencio.

—Deja que me acerque un poco más... ¡Y tus botas son verdes!

La blanca silueta retrocedió. Los ojos amarillos miraron los del jinete y permanecieron inmóviles.

—Tengo hambre, siempre tengo hambre.

—Lo sé.

—Sólo conozco un ser que sea más fuerte. Tú también lo conoces. Adiós.

—Adiós.

Los ojos desaparecieron. La sombría forma se alejó de la cueva. Más tarde Dilvish oyó un aullido a lo lejos. Luego, silencio.