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Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 3)

Reena sacó prenda tras prenda de su guardarropa. Su habitación estaba llena de vestidos y capas, embozos y sombreros, abrigos y botas, prendas interiores y guantes. Yacían en la cama, en todas las sillas y en dos banquetas de la pared.

Tras menear la cabeza, Reena describió un lento círculo para examinar el conjunto. En la segunda vuelta, retiró una prenda de los montones y la plegó sobre su brazo izquierdo. Luego cogió una gruesa bufanda de piel de un gancho. Entregó ambas cosas al hombre alto, cetrino y silencioso que estaba de pie junto a la puerta. El arrugadísimo rostro del hombre parecía el del criado que había servido la cena: inexpresivo, de vagos ojos.

El criado recogió las prendas y las plegó. Reena le dio un segundo vestido, un sombrero, unos calzones y ropa interior. Guantes... El hombre recogió dos gruesas mantas que Reena sacó de un estante. Más calzones... Él metió todo en una especie de talego de lona.

—Lleva este... y otro vacío —dijo Reena, y se dirigió hacia la puerta.

Cruzó el umbral y atravesó el pasillo hasta una escalera, que empezó a bajar. El siervo la siguió, sosteniendo el saco junto al cuello con una mano, delante de él. Llevaba otro saco, plegado, bajo el otro brazo, que pendía rígidamente a su costado.

Reena avanzó por diversos pasillos hasta una espaciosa cocina vacía, donde el fuego seguía ardiendo sin llama en un hogar. El viento producía silbidos en la chimenea. Reena pasó junto al enorme tajadero y se dirigió hacia la habitación auxiliar de la cocina, a la izquierda. Examinó los estantes, recipientes y cajones, deteniéndose solo para mascar un bizcocho mientras miraba.

—Dame el saco —dijo—. No, ese no. El vacío.

Desplegó el saco y comenzó a llenarlo... con carnes secas, trozos de queso, botellas de vino, hogazas de pan. Hizo una pausa, examinó de nuevo las existencias, añadió luego un saquito de té y otro de azúcar. Metió también una olla pequeña y algunos cubiertos.

—Llévate este también —dijo por fin, dando media vuelta y saliendo de la despensa.

Avanzó con más precaución, con el siervo pisándole los talones en silencio, un saco en ambas manos. Reena se detuvo y aguzó el oído en rincones y escaleras antes de proseguir. Pero lo único que escuchó fueron los chillidos que sonaban muy arriba.

Finalmente llegó a una larga y estrecha escalera que bajaba y desaparecía en las tinieblas.

—Aguarda —dijo en voz baja, y alzó ambas manos, las ahuecó ante sus labios, sopló suavemente y las contempló.

Una chispita apareció en sus palmas, se apagó, brotó de nuevo mientras Reena musitaba suaves palabras. Separó las manos sin dejar de mover los labios. La minúscula luz quedó suspendida en el aire ante ella, agrandándose, aumentando su brillo. Era blancoazulada y alcanzaba la intensidad de varias velas.

Reena pronunció una última palabra y la luz empezó a moverse, desplazándose hacia abajo por la escalera. La joven la siguió. El criado fue detrás. Durante largo rato estuvieron bajando. La escalera descendía en espiral sin término visible. La luz parecía guiarlos. Las paredes cobraron humedad, frialdad, enorme frialdad, y las heladas figuras acabaron cubriéndose de una fina pátina. Reena se tapó más con la capa. Los minutos iban pasando.

Por fin llegaron a un rellano. Distantes paredes eran apenas visibles en la negrura más allá de la luz. Reena se dirigió hacia la izquierda y la luz se desplazó para precederla. Atravesaron un largo corredor ligeramente inclinado hacia abajo y, al cabo de un rato, llegaron a otra escalera, en un lugar donde las paredes se ensanchaban a ambos lados y el rocoso techo mantuvo su nivel hasta que desapareció durante el descenso.

Las dimensiones de la cámara en la que entraron no eran discernibles. Parecía más una caverna que una habitación. El suelo era menos regular que en cualquier otro punto anterior y, con mucho, era el lugar más frío que habían recorrido. Con la capa totalmente cerrada, las manos bajo ella, Reena entró en la cámara y se desplazó en diagonal hacia la derecha.

Finalmente apareció un gran trineo en forma de caja, con un ceroso trapo colgado de la punta del patín izquierdo. Se hallaba cerca del muro, en la entrada de un túnel donde bramaba un helado viento. La luz quedó encima, suspendida. Reena se detuvo y se volvió hacia el siervo.

—Ponlos ahí —dijo señalando—, en la parte delantera.

Suspiró mientras el criado obedecía, y después se inclinó y cubrió los sacos con una piel blanca que estaba plegada en el asiento del vehículo.

—Muy bien —dijo dando media vuelta—. Será mejor que regresemos.

Apuntó en la dirección por donde habían venido y la luz flotante se movió para seguir la indicación de su dedo.

En la habitación circular de la parte superior de la torre más elevada, Ridley pasaba las páginas de uno de los grandes libros. El viento bramaba como un fantasma por encima del inclinado techo, que de vez en cuando vibraba con la fuerza del aire. La misma torre tenía una oscilación apenas perceptible.

Ridley murmuró algo mientras tocaba la encuadernación de cuero, recorriendo con sus ojos las hojas color crema. No lucía ya la cadena con el anillo. El adorno descansaba en ese momento encima de una pequeña cómoda junto a la pared próxima a la puerta; un alto espejo situado encima reflejaba su imagen, con la piedra brillando pálidamente.

Sin dejar de murmurar, Ridley pasó una hoja, luego otra, y se detuvo. Cerró los ojos un momento y se volvió, dejando el libro en el atril. Se situó en el centro exacto de la habitación y permaneció allí largo rato, en el centro de un diagrama rojo dibujado en el suelo. Prosiguió murmurando. De pronto dio media vuelta y se acercó a la cómoda. Cogió el anillo y la cadena. Desató la segunda y retiró el primero.

Sosteniendo el anillo entre el pulgar y el índice de la mano derecha, extendió el índice de la otra mano y rápidamente deslizó el anillo en ese dedo. Lo sacó casi de inmediato y respiró profundamente. Contempló su reflejo en el espejo. Se apresuró a ponerse de nuevo el anillo, se detuvo unos segundos, lo retiró con más lentitud.

Dio vueltas al anillo y lo examinó. La piedra parecía brillar un poco más. Se lo puso una vez más, se lo quitó, se detuvo, se lo puso, se lo quitó, se lo puso, se detuvo, se lo quitó, volvió a ponérselo, hizo una pausa más larga, empezó a quitárselo con lentitud, se lo puso otra vez...

De haber mirado el espejo, Ridley habría reparado en que cada manipulación del anillo provocaba un rápido cambio de expresión en su semblante. El joven pasó por ciclos de asombro y placer, temor y satisfacción mientras el anillo entraba y salía en su dedo. Se lo quitó otra vez y lo dejó encima de la cómoda. Se frotó el dedo. Se contempló en el espejo, bajó los ojos, miró fijamente las profundidades de la piedra. Se humedeció los labios.

Dio media vuelta, dio varios pasos sobre el dibujo, se detuvo. Se volvió y contempló el anillo. Volvió y lo cogió, y lo sopesó en la palma de su mano derecha. Volvió a ponérselo en el dedo y siguió luciéndolo, todavía aferrándolo fuertemente con los dedos de la otra mano. En esta ocasión apretó los dientes y arrugó la frente.

En ese momento el espejo se empañó y una nueva imagen empezó a tomar forma en el cristal. Roca y nieve... Cierto tipo de movimiento... Un hombre... El hombre se arrastraba por la nieve... No. ¡Las manos del hombre buscaban asideros! ¡Avanzaba hacia arriba, no hacia adelante! ¡Estaba trepando, no arrastrándose!

La imagen se hizo más clara. Mientras el hombre subía y localizaba otro apoyo para los pies, Ridley vio las botas verdes. Acto seguido... Ridley dio una brusca orden. Hubo un efecto en lontananza. El hombre empequeñeció, la faz de la escarpa se amplió y se elevó. Allí, por encima del escalador, se alzaba el castillo, aquel castillo con la luz brillante en la ventana de la torre más elevada.

Tras lanzar una maldición, Ridley arrancó el anillo de su dedo. La imagen desapareció al instante, para ser sustituida por la colérica expresión de Ridley.

—¡No! —gritó, corriendo hacia la puerta y abriéndola—. ¡No!

Abrió la puerta de par en par y bajó como una flecha la escalera de caracol.

Dilvish descansó un rato, espalda y piernas apoyadas en los lados de la chimenea de roca, los guantes en su regazo. Sopló sobre sus manos, se las frotó. La grieta acababa a corta distancia por encima de su cabeza. No habría más descansos hasta que llegara a la cumbre, y luego... ¿quién podía decirlo?

Algunos copos de nieve flotaban alrededor. Dilvish escrutó el oscuro cielo, como había hecho regularmente, previendo el retorno de la criatura voladora, pero no vio nada. La idea de que la criatura le atrapara en posición vulnerable le producía considerable preocupación. Siguió frotándose las manos hasta notar picor, hasta percibir que recuperaban un poco de calor. Después se puso los guantes para conservar esa calidez. Echó atrás la cabeza tanto como pudo y miró hacia arriba. Había recorrido dos terceras partes del ascenso por la faz vertical.

Buscó y localizó nuevos asideros para las manos. Escuchó los latidos de su corazón, momentáneamente normales otra vez. Poco a poco, cautelosamente, Dilvish siguió subiendo con los brazos extendidos. Un último impulso hacia arriba. Tras salir de la chimenea, Dilvish se agarró a un saliente y subió un poco más. Sus pies encontraron un punto de apoyo y extendió de nuevo una mano.

Se preguntó si Black habría descubierto un buen camino para bajar. Pensó en su última comida, fría y seca, que estuvo a punto de congelar su lengua. Recordó mejores alimentos en tiempos pasados y notó que la boca se le hacía agua. Llegó a un lugar resbaladizo, lo pasó. Le extrañó la extraña sensación que había tenido antes, como si alguien estuviera vigilándole. 

Había escudriñado el cielo apresuradamente, pero la criatura voladora no estaba por allí. Tras situarse en una gruesa proyección rocosa, sonrió al comprobar que el muro de piedra se inclinaba hacia adentro. Encontró un punto de apoyo para los pies y trepó.

Avanzó con más rapidez a partir de entonces, y al poco tiempo topó con un abrupto borde que quizá fuera el fin de la escalada. Ascendió penosamente hacia el reborde mientras la pendiente se intensificaba y meditó sus movimientos una vez llegara a la cima. Trepó cada vez más deprisa, y por fin la pendiente se suavizó y pudo avanzar agachado. 

Cerca de lo que le pareció la cumbre, trepó más pausadamente hasta quedar tendido a poco menos de dos metros del borde. Aguzó el oído unos instantes, pero no había ruidos aparte del viento.

Con sumo cuidado, los guantes en los dientes, Dilvish sacó el cinto con la espada por encima del brazo y el hombro, y de la cabeza. Desató el cinto y lo bajó. Compuso su ropa, se colocó después el cinto en la cintura. Avanzó con gran lentitud ante la proximidad del borde. 

Cuando por fin alzó la cabeza sobre la roca, sus ojos se llenaron del blanco fulgor del castillo, erguido cual obra de pastelero no demasiado lejos. Pasaron varios minutos mientras Dilvish examinaba el lugar. Nada se movía aparte de la nieve. Buscó una puerta lateral, una ventana baja, cualquier entrada indirecta... Cuando creyó haber encontrado lo que buscaba, trepó al saliente y prosiguió su avance.

Meg estaba cantando a las bailarinas ratas. Las antorchas tremolaban. La humedad corría por las paredes. La bruja tranquilizó a los animales con migas de pan. Las acarició, las rascó y se rió entre dientes.

Hubo otro fuerte golpe en la puerta central. En esta ocasión la madera se astilló cerca de las bisagras.

—Mmeg... ¡Mmeg!...

Y el gran ojo apareció de nuevo detrás de las rejas. Meg levantó la cabeza, observó los húmedos y azulados ojos. Una preocupada expresión asomó en su semblante.

—¿Sí?... —dijo en voz baja.

—¡Meg!

Hubo otro estrépito. La puerta se estremeció. Aparecieron grietas en los bordes.

—¡Meg!

Otro golpe. La puerta crujió y sobresalió del marco; las rajas se ensancharon. Meg agitó la cabeza.

—¿Sí? —dijo en voz más alta, con cierta excitación en su tono.

Las ratas saltaron de su regazo, de sus hombros, de sus rodillas y huyeron precipitadamente por la paja. El siguiente golpe arrancó la puerta de sus goznes, empujándola casi medio metro hacia afuera. 

Una manaza cadavérica, más bien una garra, apareció en el borde con una cadena colgando de un puño metálico alrededor de la muñeca que resonó al golpear la pared, la puerta...

—¿Meg?

La bruja se puso en pie, dejando caer el pan restante que llevaba en el chal. Un negro torbellino de peludos cuerpos se agitó alrededor de las migas, y los chillidos apagaron la réplica de la bruja, que se abrió paso entre las ratas. Otro empujón abrió más la puerta. 

Una cabeza blanca, gigantesca y calva, con una zanahoria colgante por nariz, se asomó por el borde. El cuello era tan grueso que parecía prolongarse hasta los extremos de los anchos hombros. Los brazos eran tan grandes como muslos, la piel albina y con manchones de grasa. Apartó la puerta con un hombro y salió, con la espalda inclinada en un ángulo anormal, la cabeza echada hacia adelante, moviendo unas piernas como columnas. Vestía los jirones de una camisa y los desgarrados restos de unos calzones que, igual que su propietario, habían perdido por completo el color. Los ojos azules, que parpadearon y se humedecieron con la luz de las antorchas, se centraron en Meg.

—¿Mack?... —dijo la bruja.

—¿Meg?...

—¡Mack!

—¡Meg!

La bruja corrió a abrazar al cuarto de tonelada de níveos músculos, con los ojos también húmedos mientras él lograba estrecharla con suavidad. Ambos se hablaron con tiernos murmullos. Finalmente, la bruja le agarró el enorme brazo con su manita.

—Ven. Ven, Mack —le dijo—. Comida para ti. Calor. Estarás libre. Ven.

Le condujo hacia la salida de la cámara, olvidando a sus preciosas ratas. 

Ignorado, el criado de apergaminada piel se movía en los aposentos de Reena con silenciosos pies, recogiendo las esparcidas prendas y volviéndolas a poner en cajones y armarios. Reena estaba sentada ante el tocador, peinándose. Al terminar de poner en orden la habitación, el criado se acercó y se paró junto a la joven. Reena alzó la cabeza, miró alrededor.

—Muy bien —dijo—. No tengo más necesidad de ti. Puedes volver a tu ataúd.

La silueta de la oscura librea dio media vuelta y se fue. Reena se levantó y cogió una palangana de debajo de la cama. Tras llevarla a la mesita de noche, añadió agua de una jarra azul que estaba allí. Volvió al tocador, cogió una de las velas que había cerca del espejo y la colocó a la izquierda de la palangana. Luego se agachó y contempló la húmeda superficie. Las imágenes corrían en el agua... Mientras Reena observaba, fluyeron hasta unirse, se separaron, se combinaron...

El hombre estaba cerca de la cumbre. Reena se estremeció ligeramente al verlo detenerse para quitarse el cinto que llevaba al hombro y atárselo con la espada a la cintura. Lo vio trepar más, hasta el mismo borde. 

Lo vio examinar el castillo largo rato. Después, el desconocido subió y avanzó por la nieve... ¿Adónde iba? ¿Dónde buscaría una entrada? ...Hacia el norte y acercándose, hacia las ventanas del sombrío almacén de la parte trasera. ¡Naturalmente! La nieve estaba amontonada a más altura allí y muy endurecida. El hombre podía alcanzar el alféizar y encaramarse desde allí.

Solo precisaría unos momentos para abrir un agujero cerca del cerrojo con el puño de su arma, meter una mano y abrirlo. Después, varios largos minutos con la espada para astillar el hielo incrustado en el marco. Más tiempo para abrir la ventana. Otros segundos más para localizar la juntura de los postigos interiores, para introducir la hoja entre ambos, levantarla y soltar el pestillo... Luego se hallaría desorientado en una oscura habitación llena de objetos en desorden. 

Tardaría varios minutos más en superar esa situación... Reena sopló suavemente sobre la superficie del agua y la imagen desapareció entre escarceos. Tras coger la vela, la llevó al tocador, la dejó en el mismo sitio. Volvió a poner la palangana en su posición anterior. Se sentó ante el espejo y cogió un pequeño cepillo y una cajita metálica para añadir un toque de color a sus labios.

Ridley despertó a un criado y lo condujo arriba, para recorrer el pasillo que llevaba a la habitación de donde procedían los gritos. Tras detenerse ante la puerta, buscó la llave adecuada en el aro que llevaba al cinto y la abrió.

—¡Por fin! —sonó la voz del interior—. ¡Por favor! Ya...

—¡Cierra la boca! —dijo Ridley, y se volvió. Cogió del brazo al criado y lo condujo hacia la puerta abierta del pasillo. Empujó al criado para meterle en las sombras de la habitación.

—Ponte a un lado —le ordenó—. Quédate ahí. —Siguió guiándolo—. Ahí... donde no pueda verte nadie que pase cerca, pero donde puedas vigilar a ese. Ahora coge esta llave y escucha con atención. Si viene alguien a investigar estos gritos, debes estar preparado. En cuanto él quiera abrir esa puerta, sales rápidamente por detrás de él, le das un golpe y lo encierras... ¡Pega fuerte! Luego cierras la puerta con llave sin perder un instante. Después puedes volver a tu ataúd.

Ridley lo dejó solo, salió al corredor, vaciló un instante y se alejó en dirección al comedor.

—La hora ha llegado —anunció el rostro del espejo, en el mismo momento que entraba el joven.

Ridley se acercó al cristal, contempló la torva cara. Cogió el anillo y se lo puso.

—¡Silencio! —dijo—. Has cumplido tu misión. ¡Vete ya!

El rostro desapareció cuando sus labios empezaban a formar de nuevo las familiares palabras, y Ridley contempló su sombrío reflejo rodeado por el elegante marco. Sonrió vanidosamente, después su semblante cobró seriedad. Sus ojos se entrecerraron, su imagen osciló. El espejo se empañó y se aclaró. Ridley vio al hombre de las botas verdes de pie en el borde de una ventana, astillando el hielo...

Empezó a dar vueltas al anillo. Lo fue volviendo poco a poco, sin cesar, mordiéndose el labio mientras tanto. Luego, bruscamente, lo arrancó de su dedo y suspiró. La presuntuosa sonrisa volvió a su reflejado semblante. Ridley dio media vuelta y cruzó la sala. Pasó por un panel corredizo, se metió por una trampa en el suelo y bajó una escalerilla. Avanzando con rapidez, por todos los atajos que conocía, se dirigió una vez más a la habitación de los siervos.

 

(CONTINUARÁ...) 

Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 2)

El último grito cesó con una apagada nota. Ridley se puso de pie y cruzó el salón hasta una ventana. Frotó el empañado vidrio con la palma de la mano, con un rápido movimiento circular. Acercó la cara a la parte que había limpiado, conteniendo el aliento.

—¿Qué ves? —le preguntó por fin Reena.

—Nieve —murmuró Ridley—, hielo...

—¿Nada más?

—Mi reflejo —respondió el joven, colérico, apartándose de la ventana.

Paseó de un lado a otro. Al pasar junto al rostro del espejo, los espectrales labios se movieron.

—Ha llegado la hora —dijo el espejo.

Ridley replicó con una obscenidad. Continuó paseando, las manos aferradas a la espalda.

—¿Crees que Meg vio realmente algo abajo? —preguntó.

—Sí. Hasta el espejo ha cambiado su tonada.

—¿Qué piensas que es?

—Un hombre con una extraña montura.

—Tal vez no venga hacia aquí. Quizá va de camino a otro sitio.

Reena rió en silencio.

—De camino a la taberna más próxima para echar unos tragos —dijo ella.

—¡Muy bien! ¡Muy bien! ¡No pienso con claridad! ¡Estoy nervioso! Supongamos, solo supongamos, que él no llega aquí. Solo es un hombre.

—Con una espada. ¿Cuándo fue la última vez que tuviste una en tus manos?

Ridley se humedeció los labios.

—Y él debe ser bastante fuerte —dijo Reena— para haber llegado tan lejos cruzando estas inmensidades.

—Están los criados. Me obedecen. Puesto que ya están muertos, él tendrá problemas para matarlos.

—Ese será el resultado más lógico. Por otra parte, los criados son algo más lentos y torpes que la gente normal... y es posible despedazarlos.

—No haces mucho para animarme, ¿sabes?

—Trato de ser realista. Si afuera hay un hombre con botas elfas, tiene una posibilidad de llegar aquí. Si es de raza fuerte y maneja bien la espada, tiene la posibilidad de cumplir la misión para la que fue enviado.

—¿Y tú seguirás burlándote y lamentándote cuando él me rebane la cabeza? ¡Recuerda que la tuya también rodará!

Reena sonrió.

—No soy responsable en modo alguno de lo que sucedió.

—¿Realmente crees que él lo verá de esa forma? ¿Que se tomará la molestia de verlo así?

Reena apartó la mirada.

—Tuviste una oportunidad —dijo muy despacio— de ser uno de los grandes. Pero no quisiste seguir los cursos normales del desarrollo. Ansiabas poder. Precipitaste las cosas. Corriste lejos. Creaste una situación doblemente peligrosa. Pudiste explicar el cierre como un experimento que no resultó. Pudiste disculparte. Él se habría irritado, pero lo habría aceptado. Pero ahora, sin poder remediar lo que hiciste, ni hacer mucho en otro sentido, todo sea dicho, ahora él se enterará de lo que pasó. Sabrá que intentaste multiplicar tu poder hasta el punto incluso de desafiarle. Ya sabes cuál ha de ser su respuesta en estas circunstancias. Casi simpatizo con él. Si yo fuera él, tendría que hacer lo mismo: destruirte antes de que dominaras al otro. Te has convertido en un hombre sumamente peligroso.

—¡Pero si estoy impotente! ¡No puedo hacer una maldita cosa! ¡Ni siquiera hacer callar a ese simple espejo! —gritó Ridley, señalando el rostro que acababa de hablar otra vez—. ¡En este estado no constituyo amenaza para nadie!

—Aparte de que le has importunado al impedirle el acceso a una de sus fortalezas —dijo Reena—, él tendrá que considerar la posibilidad de que tú continúes aprovechándote... Es decir, que si tú te haces con el control del otro, serás uno de los magos más poderosos del mundo. Siendo su aprendiz... perdón, su exaprendiz, que al parecer ha usurpado una parte de su dominio, solo puede pasar una cosa: un duelo mágico en el que tú tienes una posibilidad de acabar con él. Ya que ese duelo aún no ha comenzado, él debe suponer que no estás preparado... o que estás recurriendo a cierto juego de espera. Por eso ha enviado un vengador humano, antes de correr el riesgo de que tú hayas transformado este lugar en alguna especie de trampa mágica.

—Todo pudo ser un simple accidente. Él también tendría que considerar esa posibilidad...

—En las circunstancias actuales, ¿correrías tú el riesgo de suponer eso y aguardar? Ya conoces la respuesta. Enviarías un asesino.

—He sido un buen siervo. Le he cuidado este lugar...

—Asegúrate de pedirle misericordia por eso la próxima vez que lo veas.

Ridley se detuvo y se frotó las manos.

—Tal vez tú podrías seducirlo. Eres muy atractiva...

Reena sonrió de nuevo.

—Me acostaría con él en un iceberg y no me quejaría —dijo—. Si eso nos sacara del apuro, le ofrecería el mejor paseo a caballo de su larga vida. Pero un mago como ese...

—No él. El vengador.

—Ah.

Reena enrojeció de pronto. Luego meneó la cabeza.

—No puedo creer que alguien que ha viajado tanto se deje disuadir de sus propósitos por un poco de coqueteo, aunque sea con alguien de mis reconocidos encantos. Por no hablar de la idea del castigo a su fracaso. No. Te desvías otra vez del problema real. Solo hay una salida para ti, y ya sabes cuál es.

Ridley bajó los ojos, manoseó el anillo de la cadena.

—El otro... —dijo—. Si controlara al otro, todos nuestros problemas terminarían...

Miró fijamente el anillo como si estuviera hipnotizado.

—Exacto —replicó Reena—. Esa es la única posibilidad real.

—Pero ya conoces mis temores...

—Sí. También son los míos.

—Si no da resultado... ¡si el otro me controla a mí!

—Bien, de cualquier forma estás condenado. Recuerda: un camino es seguro. El otro... ese camino ofrece todavía una posibilidad.

—Sí —dijo Ridley, que seguía sin mirar a la joven—. ¡Pero tú no conoces el horror de eso!

—Puedo suponerlo.

—¡Pero no tienes que sufrirlo!

—Tampoco he creado yo esta situación.

Ridley le lanzó una feroz mirada.

—Estoy harto de oírte alegar inocencia simplemente porque el otro no es tu creación. ¡Al principio hablé contigo y te expliqué todo cuanto pretendía hacer! ¿Intentaste disuadirme? ¡No! ¡Viste las ganancias que nos aguardaban! ¡Me apoyaste para hacerlo!

Reena se tapó la boca con las puntas de los dedos y bostezó delicadamente.

—Hermano —dijo—, supongo que tienes razón. Pero eso no cambia nada, ¿verdad? Nada de lo que hay que hacer...

Ridley hizo rechinar los dientes y se volvió de espaldas.

—No lo haré. ¡No puedo!

—Tal vez pienses de otra forma cuando él llame a la puerta.

—Tenemos infinidad de métodos para enfrentarnos a un solo hombre... ¡aunque sea un espadachín experto!

—¿Pero no lo entiendes? Aunque triunfaras, solo estarías posponiendo la decisión, no resolviendo el problema.

—Necesito ese tiempo. Tal vez imagine una forma de obtener una pequeña ventaja sobre el otro.

Las facciones de Reena se suavizaron.

—¿Realmente crees eso?

—Todo es posible, supongo...

La joven suspiró y se levantó. Se acercó a Ridley.

—Ridley, estás engañándote —dijo—. Jamás serás más fuerte que ahora.

—¡No es cierto! —exclamó él. Continuó yendo de un lado a otro—. ¡No es cierto!

Otro grito sonó en el pasillo. El espejo repitió su mensaje.

—¡Hazlo callar! ¡Tenemos que hacerle callar! ¡Después me preocuparé del otro!

Dio media vuelta y salió impetuosamente del salón. Reena bajó la mano que había alzado hacia Ridley y volvió a la mesa para acabar el vino. El hogar seguía dando quejidos.

Black completó el hechizo. Jinete y montura permanecieron inmóviles un rato.

—¿Ya está? —preguntó finalmente Dilvish.

—Ya está. Ahora estás protegido hasta el segundo nivel.

—No me siento distinto.

—Así debes sentirte.

—¿Debo hacer algo especial para solicitar su defensa si surge la necesidad?

—No, es totalmente automático. Pero que eso no te impida ejercitar la precaución normal respecto a cosas mágicas. Cualquier método tiene puntos débiles. Pero esto es lo mejor que podía hacer yo en el escaso tiempo disponible.

Dilvish asintió y miró la torre de hielo. Black levantó la cabeza y también la observó.

—Supongo que todos los preliminares están resueltos —dijo Dilvish.

—Eso parece. ¿Estás listo?

—Sí.

Black inició el avance. Mirando hacia abajo, Dilvish observó que los cascos parecían de mayor tamaño, más lisos. Quiso hacer la correspondiente pregunta al respecto, pero el viento sopló con más fuerza conforme Black cobraba velocidad y el guerrero decidió economizar su aliento. La nieve le produjo picor en mejillas y manos. Entrecerró los ojos y se inclinó más hacia adelante.

Todavía en terreno plano, el paso de Black fue aumentando poco a poco, y su casco despidió un sonido casi como de campana al golpear una piedra. Pronto avanzó más velozmente que cualquier caballo. A ambos lados, todo se convirtió en una nívea mancha. Dilvish trató de no mirar al frente para proteger sus ojos y su cara. Se agarró con fuerza y pensó en el rumbo que había seguido.

Había escapado del mismo Infierno tras dos siglos de tormento. Muchos humanos que había conocido ya habían muerto y el mundo estaba algo cambiado. Pero el que le había desterrado, condenándole al hacer tal cosa, seguía vivo: el viejo mago Jelerak. 

En los meses siguientes a su regreso, Dilvish buscó a ese ser, una vez libre de la exigencia de una vieja obligación ante los muros de Portaroy. En ese momento, pensó Dilvish, solo vivía para vengarse. Y aquella torre, aquella torre de hielo, una de las siete fortalezas de Jelerak, era el punto más próximo a su enemigo al que había llegado.

Del Infierno se había llevado una colección de Frases Atroces, hechizos de mortífera potencia, tan mortíferos que el que los pronunciaba podía correr un riesgo tan grande como la víctima si su ejecución era ligeramente menos que perfecta. Dilvish solo había usado una Frase Atroz desde su regreso, consiguiendo arrasar una ciudad entera. Su escalofrío fue provocado por el recuerdo de aquel día en la cumbre de la colina, no por las heladas ráfagas que le asaltaban.

Un cambio de equilibrio le indicó que Black había llegado a la pendiente e iniciado el ascenso. El viento producía un ruido atronador. Dilvish bajó la cabeza para protegerse de la persistente caída de hielo. Notó el rápido crujido de los cascos de Black, un sonido constante, todos los movimientos extraordinariamente potentes. Si Black resbalaba, Dilvish sabía que todo habría acabado... Adiós otra vez, mundo... Y Jelerak seguiría impune...

Conforme la reluciente superficie volaba bajo él, Dilvish se esforzó en apartar de su mente los pensamientos en Jelerak, muerte y venganza. Mientras escuchaba el viento y los crujidos del hielo, sus pensamientos se libraron del presente, flotaron sobre los días de infortunio, los días de campañas y viajes, y se posaron en una húmeda mañana estival en los bosques de la lejana Tierra Elfa. 

Él iba de caza cerca del castillo de Mirata. El sol era enorme y dorado, las brisas frescas y, por todas partes... verdor. Dilvish casi olió la tierra, notó la textura de la corteza de los árboles... ¿Volvería a conocer eso alguna vez, tal como había hecho en otro tiempo?

Un grito inarticulado escapó de su garganta, lanzado contra el viento, el destino y la tarea que se había asignado. Dilvish maldijo y se agarró más fuertemente con las piernas; su equilibrio se había alterado otra vez y Dilvish comprendió que la subida era más empinada.

Los cascos de Black golpeaban el suelo quizás un poco más lentamente. Las manos, los pies y la cara de Dilvish estaban entumeciéndose. Se preguntó cuánto habrían ascendido. Se aventuró a mirar al frente, pero solo vio velocísima nieve. «Hemos recorrido un gran trecho», decidió. ¿Dónde estaría el final?

Evocó sus recuerdos de la montaña vista desde abajo, trató de juzgar su posición. Seguramente estarían cerca del punto medio. Quizás, incluso lo habían pasado... Contó los latidos de su corazón, contó las veces que caían los cascos de Black. Sí, al parecer la enorme bestia estaba yendo más despacio... Se arriesgó de nuevo a mirar al frente. 

En esta ocasión tuvo un fugacísimo vislumbre de la imponente cuesta alzada y extendida ante él, centelleando en el atardecer, escarpada, cristalina. La montaña ocultaba buena parte del cielo, por lo que Dilvish dedujo que debían estar cerca.

Black continuó avanzando más despacio. El rugiente viento bajó su voz. La nieve golpeó a Dilvish con fuerza ligeramente disminuida. Dilvish miró hacia atrás por encima del hombro. Vio la gran pendiente extendida detrás, reluciente como los mosaicos de los baños de Ankyra. Hacia abajo, hacia abajo y hacia atrás... Habían recorrido una gran distancia.

Black iba más despacio. Dilvish escuchó tanto como vio el crujir de nieve y hielo aplastados bajo los cascos. Se soltó un poco, se echó ligeramente hacia atrás, levantó la cabeza. Allí estaba el último trecho hacia la torre, que relucía oscuramente, mucho más cerca ya.

De pronto, el viento cesó. El monolito debía estar bloqueándolo, decidió Dilvish. La nieve flotaba con mucha más suavidad. El paso de Black se había transformado en un mediogalope, aunque se esforzaba con no menos diligencia que hasta entonces. El viaje por el túnel cubierto de blanco estaba próximo a su fin.

Dilvish varió de nuevo su posición para examinar mejor la elevada escarpa. En este lugar, su superficie se había convertido en un conjunto de texturas. Con el aleteo de las sombras, Dilvish distinguió prominencias, grietas. Roca desnuda sobresalía en numerosos lugares. Rápidamente Dilvish recorrió posibles caminos hacia la cumbre.

Black iba más despacio todavía, casi paseando, pero ya estaban cerca del lugar donde empezaba la escarpadura más abrupta. Dilvish miró alrededor en busca de un punto donde parar.

—¿Qué te parece ese borde de la derecha, Black? —preguntó.

—No es gran cosa —fue la réplica—. Pero vamos hacia allí. La parte más arriesgada será llegar a la roca. No te sueltes aún.

Dilvish se agarró fuertemente mientras Black salvaba cien metros, cien más.

—Desde aquí parece más ancho que desde abajo —observó.

—Sí. Y también más alto. Agárrate bien. Si resbalamos aquí, hay un largo trecho hasta abajo.

El paso de Black se aceleró un poco con la cercanía del saliente que se alzaba casi hasta la altura de un hombre en la ladera. Estaba encajado ligeramente en la faz de la escarpa. Black saltó. Sus cascos traseros golpearon una prominencia de medio metro, una desnuda arruga de helada roca que se extendía horizontalmente por debajo del saliente. El impulso le permitió continuar. La prominencia se partió y destrozó, pero las patas delanteras de Black ya estaban en el rocoso zócalo y las traseras se enderezaron con un suave brinco. Black se debatió en el saliente y encontró un punto de apoyo.

—¿Estás bien? —preguntó Black.

—Sí —dijo Dilvish.

Volvieron simultáneamente la cabeza, despacio, y contemplaron las olas de blanco levantadas por el viento, nubes de humo que atravesaban el rutilante paraje. Dilvish extendió la mano y dio unas palmadas en el lomo de Black.

—Bien hecho —dijo—. En algunos momentos he estado un poco preocupado.

—¿Piensas que has sido el único?

—No. ¿Podremos bajar otra vez?

Black hizo un gesto afirmativo con la cabeza.

—Pero tendremos que hacerlo con bastante más lentitud que el ascenso. Es posible que hasta tengas que caminar junto a mí, agarrado. Ya veremos. Este saliente parece prolongarse un poco hacia la montaña. Lo examinaré mientras te dedicas a tus asuntos. Quizás haya un camino de descenso algo mejor. Será más fácil averiguarlo desde aquí.

—De acuerdo —dijo Dilvish, y desmontó por el lado más próximo a la faz de la montaña.

Se quitó los guantes y se frotó las manos, sopló encima de ellas, se las metió bajo las axilas unos instantes.

—¿Has determinado el lugar para tu escalada?

—A la izquierda. —Dilvish señaló el lugar con la cabeza—. Esa grieta llega casi hasta arriba, y es bastante irregular a ambos lados.

—Parece una buena elección. ¿Cómo llegarás hasta allí?

—Comenzaré a subir por aquí. Estos agarraderos parecen bastante buenos. Llegaré a esa grieta después de la primera raja, esa tan grande.

Dilvish se quitó el cinto con la espada y se lo echó al hombro. Se frotó de nuevo las manos, se puso los guantes después.

—Será mejor que me ponga en marcha —dijo—. Gracias, Black. Ya nos veremos.

—Buen detalle que calces esas botas elfas —dijo Black—. Si tropiezas, sabes que caerás de pie... al final.

Dilvish soltó una risotada y extendió la mano hacia el primer agarradero.

Vistiendo un oscuro vestido, envuelta en un mantón verde, la bruja se hallaba sentada en una banqueta en el rincón del recinto subterráneo. Las antorchas llameaban y despedían humo en los dos huecos de la pared, fundiendo las porciones superiores y laterales del barniz de hielo que cubría paredes y techo. Una lamparilla de aceite ardía cerca de sus pies en la roca cubierta de paja del suelo. La bruja canturreó mientras acariciaba una de las hogazas de pan que llevaba en su manto.

Frente a ella había tres pesadas puertas de madera, cerradas con barras de oxidado metal, con ventanillas de rejas en lo alto. Tenues ruidos de movimiento brotaban de la del centro, pero la bruja no les prestaba atención. El agua que goteaba del irregular techo de piedra por encima de las antorchas había formado charcos que se extendían por la hierba y perdían sus lindes. El ruido del goteo acompañaba de forma sincopada el canturreo de la bruja.

—Mis pequeñas, mis preciosas —cantaba—. Venid, Meg. Venid con mamá Meg.

Hubo ruido de fuga precipitada en la paja, en el oscuro rincón próximo a la puerta de la izquierda. Apresuradamente la bruja partió un trozo de pan y lo echó en esa dirección. Hubo nuevos crujidos y suaves movimientos. La bruja hizo un gesto de aprobación, se meció en su asiento y sonrió.

En algún punto, tal vez detrás de la puerta central, hubo un tenue gemido. La bruja ladeó la cabeza un instante, pero después solo hubo silencio.

Lanzó otra miga de pan al mismo rincón. Los ruidos que siguieron fueron más rápidos, más pronunciados. La paja se alzó y descendió. La bruja echó otro trozo, frunció los labios y pronunció un suave ruido de gorjeo. Lanzó más pan.

—Mis pequeñas —cantó de nuevo, mientras una decena de ratas se aproximaban, saltaban sobre el pan, lo partían y lo tragaban. Más animales salieron de las partes oscuras y se unieron a los primeros para luchar por la comida. Se produjeron aislados chillidos con aumentada frecuencia, que poco a poco convergieron en un coro.

La bruja rió entre dientes. Lanzó más pan, más cerca. Treinta o cuarenta ratas se pelearon por las migas.

Tras la puerta central hubo un resonar de cadenas, seguido por otro gemido. Pero la atención de la bruja se centraba en sus pequeñas. Se inclinó hacia adelante y cambió la lamparilla a una posición próxima a la pared de la derecha. Partió otro trozo de pan y dispersó las migas por el suelo ante sus pies.

Numerosos cuerpecillos hicieron susurrar la paja al acercarse. Los chillidos cobraron más fuerza. Hubo un fuerte resonar de cadenas, un gemido mucho más potente. Algo se movió dentro de la celda y chocó contra la puerta, que se agitó, y otro gemido se alzó sobre los ruidos de las ratas.

La bruja volvió la cabeza en esa dirección, arrugando un poco la frente. El siguiente golpe en la puerta produjo un retumbo. Durante un segundo, algo similar a un ojo enorme pareció atisbar por las rejas. El gemido sonó otra vez, casi formando palabras:

—¡Meg!... ¡Meg!...

La bruja se incorporó en la silla y miró fijamente la puerta de la celda. El siguiente estrépito, el más fuerte hasta entonces, hizo resonar violentamente la puerta. Las ratas estaban ya frotando las piernas de la bruja, levantadas sobre sus patas traseras, danzando. La bruja extendió la mano para acariciar a una, a otra... Les dio de comer en sus manos.

Del interior de la celda brotó de nuevo el gemido, esta vez formando extraños sonidos:

—Mmmmegg... Mmeg...

La bruja levantó la cabeza una vez más y miró en esa dirección. Hizo ademán de levantarse. En ese instante, empero, una rata saltó a su regazo. Otro animal trepó por su espalda y se posó en su hombro derecho.

—Preciosas... —dijo ella, frotando su mejilla con una y acariciando a la otra—. Preciosas...

Hubo un ruido como de una cadena partiéndose, seguido por un terrorífico golpe en la puerta. Sin embargo, la bruja no prestó atención, porque sus preciosas ratas estaban bailando y jugando para ella...

 

(CONTINUARÁ...) 

Esculturas de Hielo - David B. Silva

 Creí que lo había olvidado.
Desde entonces, la primavera, el verano y el otoño han venido y se han marchado, y supongo que me resultó fácil engañarme y creer que el pasado era, por fin, algo que pertenecía a los fríos e imposibles días del ayer. Ojos que no ven, corazón que no siente. Pero las cosas inconclusas tienen la manía de revolotear alrededor de nuestra vida hasta que ya no podemos pasarlas por alto. Supongo que ésa fue la razón que me hizo revelar el carrete. Supongo que ésa fue la razón por la que no me sorprendió la fotografía que siempre supe que estaría allí.
El ayer jamás abandona nuestra alma. Simplemente, finge haberse marchado hasta que está listo para regresar...


En verano, Eagle Peak era una suave nube blanca colgada en el centro del universo, en algún punto entre el cielo y la tierra. Si inhalabas aquel aire, te helaba el alma. Si formabas un cuenco con tus manos y bebías el agua de su lago, te recordaba cuán vivo estabas. 

Cada soplo era el aroma de pino recién cortado; cada mirada, un brillante arco iris cargado de flores alpinas. Esa sensación de vida estival es lo que he intentado recordar de Eagle Peak. Aunque, al parecer, lo que no logro olvidar es el invierno.

El invierno es una estación fría y extraña, de sueños oscuros e hibernaciones. De suave nieve que flota desde el cielo hasta la tierra, como blancas mariposas de leche, que transforma, de ese modo tan engañoso, los tuétanos en hielo y el verano en un vago recuerdo. Como un hechizo. Deja que te arrulle hasta dormirte, y te conducirá a la muerte. Toca sus afilados carámbanos –colgados como estalactitas de los árboles y rocas, a veces goteando y a veces no–, y, antes de que te des
cuenta, el diáfano hielo se teñirá con el rojo de tu sangre.

La madre naturaleza en el colmo de su perversidad, eso es el invierno.

Cuando instalamos por primera vez el campamento en Eagle Peak fue a finales del verano del ochenta, un año en que no hubo otoño. En septiembre, un día, todo cielo azul y camisetas; al día siguiente, todo nublado, gris y abrigos de piel con capucha. Aquel mismo año, de hecho hacía unos pocos meses, el Monte St. Helens había hecho erupción, y lanzado al cielo una nube de cenizas que penetró en la atmósfera a más de veinte kilómetros de altura. Y los meteorólogos anunciaron entonces que las cenizas podrían ejercer una influencia significativa en las pautas climatológicas. Algo así como un invierno nuclear localizado; eso fue lo que pronosticaron para algunas partes del país.

Pero ¿quién escucha a los meteorólogos?
«Escalinata al Cielo.» Así llamábamos a nuestra pequeña comunidad de Eagle Peak. Un tanto esotérico y onanista de nuestra parte, pero los artistas somos así. Nos reunió una subvención del gobierno. Había que interpretar las cuatro estaciones a través de distintos medios artísticos. (Por desgracia, no fue Frankie Valli y Las cuatro estaciones. Por aquel entonces, mi perspectiva de las hojas muertas y los fríos aguaceros primaverales.) En el mejor de los casos, aquélla fue una empresa nebulosa, pero con tal de que el gobierno estuviera conforme con pagar las facturas, todos nos mostramos deseosos de llevar el proyecto adelante.

Instalamos nuestra pequeña «Escalinata» en un valle: hacia el norte, un despeñadero de roca nos protegía de los vientos que solían barrer el parque; y, hacia el sur, se extendía un sendero en el que esperábamos que el sol nos mantuviera calientes durante aquellos fríos días de enero, cuando los cielos estaban despejados.

El grupo lo componíamos doce en total; era la primera vez que nos veíamos y todos nos dedicábamos a distintas facetas del quehacer artístico: tallado de madera, marroquinería, aceites, escultura, arte dramático, escenografía, fotografía... Yo era el Hemingway del grupo. Se suponía que en nuestros trabajos debíamos introducir los recursos naturales en la medida de lo posible. Con bayas, tallos y piedras calizas hacíamos pinturas; el cuero lo obteníamos de la piel de los animales, y la madera
para las tallas la conseguíamos de los árboles recién caídos...
La creatividad desenfrenada, podríamos decir.

En mi calidad de escritor solitario, sospecho que mi presencia en la «Escalinata» no tenía otro fin que el de dejar constancia escrita de la experiencia. La subvención no era demasiado explícita en lo que a resultados obtenidos se refería. En cuanto a mis vagas intenciones (que desde entonces he abandonado), abrigaba las más altas esperanzas de reunir material para un libro sobre el folclor y la mística, los cuales pensé que, a la larga, llegarían a desempeñar un papel en nuestra experiencia de retorno a la naturaleza.

Imagino que abandoné esas intenciones cuando ya no fui capaz de entender con exactitud qué ocurría en la «Escalinata».

Desde el primer día, dos de nosotros nos unimos y formamos la pareja de intrusos. Margo McKennen, una fotógrafa, iba cargada de grados de apertura útiles, velocidades de obturador, objetivos gran angular y zooms. En cierto modo, los dos éramos más observadores que creadores, y a veces he pensado que esa leve distinción fue la que nos mantuvo a una cierta distancia del resto del grupo. 

En la escala social artística. Margo y yo estábamos con un pie en el último peldaño y otro en el aire. Creo que deberíamos haber tenido una regla no escrita (como es natural, no podía estar escrita) que estipulase que cuanto más te ensuciabas las manos en el proceso creativo de la obra de arte, más alto era el puesto que ocupabas en la escala. Margo y yo nos esforzábamos por mantenernos a bordo.

La primera vez que vi a Margo, siempre estaba ocupada con su cámara, registrando esto y aquello con su característico zumbido, y una energía nerviosa que jamás parecía satisfecha. En ciertos aspectos, yo imaginaba que la cámara era una extensión de Margo. Veía el mundo –en toda su fealdad y todo su esplendor– a través de un obturador abierto, casi como si tuviera miedo de dejar la cámara por temor a perderse algo que debía plasmar en las fotos.

–Parpadea una sola vez y un pedazo del mundo pasará ante tus ojos sin que tú te apercibas – solía decirme–. Parpadea dos veces..., y ya no te quedará nada por ver.
La primera vez que me largó aquella frase, pensé que se refería a ser uno de los que no participan en la vida. Pero ahora, cuando pienso en la tristeza que en ocasiones oscurecía su mirada en momentos como aquellos, me pregunto si acaso no estaría advirtiéndome sobre la ceguera de la muerte.
«Parpadea dos veces..., y ya no te quedará nada por ver.»

El dieciséis de septiembre, el primer copo de nieve cayó tembloroso de lo alto y se disolvió en el suelo de Eagle Peak. Después, otro copo salió susurrando del cielo, y otro más, y otro... En cuestión de nada, dejaron de disolverse al besar la tierra.

Dos días más tarde, un guardabosques del parque, vestido con su chaqueta amarilla y despidiendo nubecillas de aire caliente por la boca, subió por el sendero en su vehículo para la nieve. Iban a cerrar el parque (medida reservada, normalmente, para después del fin de semana del Día de Acción de Gracias) y quiso saber si había alguna... «petición de último momento», para expresarlo con sus mismas palabras. 

Recuerdo los esfuerzos del hombre por entrar en calor: daba palmadas y pateaba la nieve como si fuese un enorme alce que intentara poner al descubierto el esqueleto de un arbusto
oculto en la tierra. Y sus palabras ocultaban un cierto tonillo muy mal disimulado. «¡Si serán tontos! –nos decía–. Este no es sitio para estar. Y menos este invierno. Mira que quedarse aquí...»

El cierre oficial del parque se produjo el veinte de septiembre de mil novecientos ochenta. Y así comenzó el invierno más largo que he vivido jamás.

Durante aquellos primeros días invernales. Margo y yo fuimos unos observadores imparciales, vigilábamos a nuestros compañeros artistas al tiempo que observábamos, con curiosidad, el extraño clima. A Margo le fascinaba el tremendo frío de la primera tormenta de nieve. Y supongo que eso fue lo que me resultó tan atractivo en ella, su maravillosa curiosidad infantil, que la impulsaba a meter el dedo aquí o allá y a esperar el resultado.

Juntos –porque al cabo de un tiempo nos volvimos casi inseparables–, observamos cómo nuestros secuaces artísticos perdían su anonimato para convertirse en personas reales, enteras y excéntricas, con algo de Jekyll y Hyde en según qué faceta de sus personalidades. Durante aquellos primeros días invernales, cuando Margo y yo nos manteníamos en los límites de la experiencia de la «Escalinata», a nuestras anchas para tomar notas –visuales y escritas–, fue la época en la que más disfruté.

De todo el grupo, Billy Dayton, nuestro escultor residente, resultó el más extraño. Era un hombre de su época, un hijo perdido de los sesenta. Llevaba el cabello largo, recogido en una cola de caballo sujeta con una tira de piel de conejo. Una barba poblada, con bastantes toques de gris, le ocultaba el rostro y le daba aspecto de tener más edad. Y sus ojos eran tan negros como la noche sin luna.

Lo conocí un día de finales del verano, a un kilómetro del campamento. Estaba arrodillado junto a la base de una monolítica losa de piedra volcánica, tallándola con un cincel de granito.

–¿Qué es? –pregunté con inocencia, pues desconocía la respuesta.

–La revolución de la naturaleza –respondió.
Y lo hizo con una voz suave y frágil, el tipo de voz que hace creíble cada frase proferida, incluso aunque nos conste que es una tontería. Así era Billy Dayton: siempre decía tonterías que sonaban a verdad revelada. Al menos, así era como yo lo veía por aquel entonces. Ahora..., bueno, ahora no
estoy seguro. Quizá no fueran tonterías.

–Es un título sugerente –comenté.
Entonces se acercó Margo, que captaba con el «clic» de su cámara todo aquello que se interpusiera ante su objetivo. Cuando vio el monolito de Billy, le sacó cuatro o cinco fotos, y luego se detuvo, aferrando la cámara con las manos.

–¿Qué es? –le preguntó.

–La revolución de la naturaleza –contesté.
No se echó a reír, o, al menos, no en voz alta. Pero algo debió de mosquear a Dayton, porque se volvió sobre las rodillas y le miró a los ojos, como si estuviera leyéndole el pensamiento. Recuerdo que, durante un momento, creí que sus ojos ardían como el mercurio líquido. Entonces Margo se echó a temblar, y noté que algo en su interior se marchitaba, de la misma forma que se marchita la alegría de un niño cuando un adulto entra en su habitación.

–Vámonos –me dijo ella mientras me agarraba del brazo. Tenía la mano helada, como si su cuerpo se hubiera quedado exangüe.
La seguí, y Billy volvió a su «revolución». Cuando nos hubimos alejado lo suficiente para que no nos oyera, le pregunté a Margo por qué había huido tan de repente.

–Es un presentimiento –repuso.
Después, volvió a levantar la cámara y «clic» aquí, «clic» allá, comenzó a fotografiar árboles.
Aquélla fue la primera vez que me di cuenta de que la cámara de Margo no era sólo una ventana al mundo, sino también su personal manera de excluir las cosas que no deseaba ver.
Ojos (objetivo) que no ven, corazón que no siente.
A medida que las noches se fueron haciendo más frías, la «Escalinata» se dividió en grupos cada vez más reducidos, cada uno de ellos con un interés específico. 

En una tienda se producía el gran debate «arte versus artesanía, el alma de la creatividad». En otra, se compartían recetas de pintura de bayas y se hablaba de los diez grandes usos de la piedra volcánica. En la nuestra. Margo y yo –antes extraños y ahora amigos– compartíamos pequeños retales protegidos de nosotros mismos.

Una de aquellas noches frías, ella estaba envuelta en un cálido saco de dormir y la luz titilante del fuego reflejaba su brillo en sus ojos.

–La perspectiva es el mejor don que podemos ofrecerle al mundo. Allá fuera, tú ves la desolación de un duro invierno; sin embargo, yo veo castillos de hielo y hadas de nieve. Contemplamos el mismo paisaje, pero lo vemos diferente. Esa perspectiva, la tuya que es única para ti y la mía que es única para mí, es el mejor don que podemos ofrecerle al mundo.
Creí comprenderlo.

–Toma. por ejemplo, la misma idea para un relato –dije–, y dásela a cincuenta escritores distintos; obtendrás cincuenta historias distintas. Cada una con su personalidad propia. Cada una tan individual como su autor.

–¡Sí! –gritó entusiasmada, como el maestro con su mejor alumno–. ¿Y de dónde sacaremos nuestras perspectivas únicas, tú la tuya y yo la mía?

–¡Del pasado y del presente! De las delicias de nuestra infancia y de las pesadillas de nuestra adolescencia. De quedarnos mirando el espejo mientras hacemos muecas. De crecer tan de prisa que nunca dejamos de sentir que seguimos siendo niños.

¡Y de los aromas que percibimos! –exclamó ella. Se apoyó en un codo y comenzó a pronunciar las palabras con la misma rapidez con que se le ocurrían–. Y de los sonidos que oímos, y de las cosas ásperas y suaves, redondas y cuadradas que tocamos. ¡De lo que nos hace felices y de lo que nos entristece! De nuestras creencias sobre el mundo y el universo: del nacimiento y de la muerte; de las promesas y las mentiras. ¡De todo eso!

Entonces, inspiró hondo, contuvo la respiración, me sonrió y luego soltó el aire en forma de blanca nube que llenó la tienda. Había dicho mucho más de lo que en aquel momento yo logré advertir. Porque creo que eso era lo que le ocurría a Dayton. Poseía una perspectiva propia, y, en cierta forma, esa perspectiva había quedado en libertad.

–Quiero que veas esto –me dijo Margo uno de los últimos días de enero.
El sol brillaba sobre Eagle Peak y la nieve blanca resultaba casi cegadora cuando ella tiró de mí para que la acompañara.

–Es la belleza exhibida en toda su fealdad –añadió.

–Eso es una contradicción. Tendrá que ver con Dayton –dije.

–¿Con quién si no?

–¿Otra revolución?

–Algo por el estilo, supongo. –Se detuvo para sacar unas cuantas fotos a las huellas de unos ciervos en la nieve–. Adivina qué ha hecho esta vez. Di la cosa más increíble y descabellada que se te ocurra.

–Ha construido su propia escalinata al cielo –repuse. Margo bajó la cámara y me dirigió una sonrisa de lo más extraña, como si estuviera reflexionando acerca de aquella posibilidad.

–No lo sé –repuso en voz baja. Luego, volvió a subir la cámara y agregó–: Inténtalo de nuevo.

–Me doy por vencido. Ese tipo es demasiado imprevisible, incluso para la imaginación de un escritor.
–Está esculpiendo en hielo.

–¿Esculpiendo qué?
–Un autorretrato.
Había tres esculturas cinceladas en el hielo; cada una de ellas difería ligeramente de la anterior; pero de un modo no demasiado sutil que todavía ahora me cuesta describir. Algo así como una especie de progresión; lo primero que acudió a mi mente fue joven, anciano, más anciano. 

La primera ofrecía un extraordinario parecido con Dayton. La segunda era algo menos reconocible, y la tercera, estilo Picasso, aunque más suave, y de cortes y líneas menos agudas. Quizá el término «digresión» sea el que mejor defina a las tres, dado que cada una aparecía menos nítida, más oblicua que la que tenía a su izquierda.

–¿Es eso un autorretrato? –inquirí.
La obra ofrecía una extraña sensación de desproporción, algo que parecía decir: «Cuanto más sabio se vuelve el hombre, más autodestructivo es». Así era Dayton, sabio y autodestructivo.

–¿Qué otra cosa podría ser? –me contestó Margo.
Aquel invierno, Dayton nos condenó a todos, cada uno de nosotros se convirtió en imagen de sus estatuas de hielo en tres digresiones diferentes: nacimiento, vida, muerte, como si el aliento de esta última hubiera ido marchitando el hielo poco a poco. Esculpió, recortó y dio forma a cada una de las estatuas de las doce personas del grupo. 

La de Sally, a dos mil cien metros de altitud, cerca del lago Eagle. La de Hampton, a dos mil doscientos cincuenta, cerca del paso Goat Head. Las de los demás estaban en sitios ocultos que jamás logramos encontrar.

Al concluir la escultura de la última imagen, a mediados de abril, cuando la nieve de las elevaciones menores comenzaba a derretirse, Dayton desapareció en el interior de su tienda y no volvió a salir. Entonces lo ignorábamos, pero la «revolución» se había puesto en marcha.

Y llegó a finales de abril. El sol tenía un brillo casi estival en los cielos del sur. Lentamente, el deshielo primaveral fue dando vida a un sinnúmero de arroyuelos, manantiales, fuentes, que fueron esculpiendo profundamente las laderas de las montañas, lo que dio un nuevo aspecto a la anatomía topográfica.

Por fin Eagle Peak renacía después de su larga invernada. Yo, por mi parte, me sentía impaciente por que llegase el día en que pudiera lanzar un suspiro sin ver que mi aliento se transformaba ante mí en un hongo blanco en el aire frío.

Con la misma intensidad que me sentía víctima de la naturaleza, sospecho que Dayton se creía su mesías. Quizá fuera eso, el mensajero de la madre Naturaleza. Habían pasado dos semanas desde que le viéramos asomar la nariz por entre los pliegues de su tienda, de modo que Margo –azuzada en su inquieta curiosidad– me convenció para que nos asomáramos a echar un vistazo.

–No es momento para sacar fotos –susurré. Nos encontrábamos ante la tienda de Dayton; Margo tenía ambas manos sobre la cámara, y yo, posadas sobre los pliegues de la abertura.

–Sólo una –me dijo con los ojos brillantes–. Anda.
Entonces, aparté los pliegues de entrada a la tienda.
Y Margo disparó dos o tres fotos.
Los dos nos quedamos en silencio durante un larguísimo instante: la cámara de Margo bajó, atónita, hasta su costado (panorama que jamás olvidaré, porque era la primera vez que la veía enfrentarse cara a cara con algo horrendo sin que intentara ocultarse tras el objetivo de una cámara).

Lo que quedaba de Dayton yacía en el suelo, oculto, en parte, bajo unas ropas y aquella tira de piel de conejo que siempre utilizaba para atarse el cabello. Toqué aquella pila con el pie y oí el entrechocar fantasmal de hueso contra hueso, noté entonces que una sustancia gelatinosa se escurría un poco más de la pila: tuve que hacer un esfuerzo para no vomitar.
Dayton, el mesías, había entregado su mensaje. En la madre Naturaleza, algo había perdido el equilibrio.

«Escalinata al Cielo» se deshizo al día siguiente, en parte por lo ocurrido a Dayton, en parte porque los largos meses de invierno habían acabado por cobrar su tributo a nuestro estado de ánimo colectivo. Incluso ante la inminencia de la primavera, se nos había vuelto a todos demasiado sencillo ver las cosas eternamente frías, congeladas y sin esperanza.

Sally y Hampton partieron a la mañana siguiente, temprano, rumbo a Mount St. Helens. Algunos de los otros se marcharon a casa; otros se dirigieron al sur, donde el clima era más benigno; los demás se escabulleron del campamento sin despedirse siquiera; Margo y yo nos quedamos.

Supongo que sentíamos curiosidad. Quizá fuera esa misma curiosidad la que nos había diferenciado del resto del grupo desde el principio. Creo que Margo se sentía responsable, en parte, por lo ocurrido a Dayton, aunque ambos tratábamos de considerar aquello como un desafortunado giro de la naturaleza; algo así como la combustión espontánea, algo que era mejor no investigar demasiado. 

No obstante, ella insistió en seguir sacando fotos hasta que aquello tuviera algún sentido, a través de los ojos de su cámara. En cuanto a mí, bueno, yo quería escribir algo más sobre Dayton y hasta qué punto se diferenciaba del resto de nosotros, sobre cómo hubieran sido las cosas en la «Escalinata» si hubiésemos intentado comprenderle mejor.
Ambos nos sentimos obligados a permanecer un poco más en Eagle Peak.

El veintiuno de mayo pasé allí mi último día.
Sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra una piedra, tomaba un poco el sol y anotaba ideas sueltas en mi libreta. No lograba desechar la idea de que, de alguna manera. Dayton, Mount St. Helens y las esculturas de hielo estaban relacionadas entre sí de un modo extraño y malévolo,
que había sido la causa de la muerte del escultor.

En ese momento. Margo apareció en la entrada de un pequeño valle, abierto a un sendero estrecho que ascendía hacia la cima de Eagle Peak, a tres mil seiscientos metros de altitud. La cámara descansaba contra su costado. Su paso era vacilante y recuerdo que mi primer pensamiento fue que debía haber intentado escalar la montaña hasta la cima. Bajo el sol del mediodía, todo el cuerpo le brillaba; su cabello, húmedo, se le pegaba a la frente, y tanto su rostro como sus brazos y sus piernas ofrecían un aspecto vivo que reflejaba la luz del sol. Tenía los ojos vidriosos, como de hielo, puros al igual que las ágatas cristalinas con las que de niño yo solía jugar a canicas.

–¿Margo?
Hice que se apoyara contra una piedra y descansara; me arrodillé a su lado y, por primera vez, noté que la cabeza le sangraba.

–Dios mío, ¿qué ha ocurrido? –pregunté.
Me entregó un carrete de fotos (su mano estaba fría como un arroyo de montaña a principios de mayo); luego, otro y otro más. Y cuando trató de sonreírme, me ofreció un triste gesto que no logró mantener.

– Tú sigues allí arriba –susurró–. No pude llegar hasta ti, pero estás allí.
Le aparté el cabello del sitio por el que sangraba, y donde debía haber estado la oreja, vi un agujero de color rojo oscuro.

–Oh, Margo...

–Encontré mi escultura de hielo –me dijo entre jadeos, en tanto luchaba por respirar–. Pensé que si la rompía...

–¿La estatua que hizo Dayton de ti? Asintió
–Y la tuya también. Trescientos metros más arriba. Cerca de la cima.
Se produjo un largo silencio durante el cual ambos contuvimos la respiración.

–Me muero –dijo. Fue una manifestación tan inocente y honesta como una de sus fotografías–. Y no puedo hacer nada para evitarlo. Se acurrucó contra mí.

–Te quiero –susurré y la atraje hacia mí.
La sentí blanda, demasiado blanda, como una almohada muy usada o un globo que pierde aire.
Tenía la piel húmeda, fría y resbaladiza al tacto; en algunos aspectos parecía de cera; en otros, de hielo. Supe, entonces, que iba a perderla.
La mantuve abrazada hasta que el sol se puso, hasta que no logré ver más en la oscuridad, porque quería recordar su aspecto antes de que la carne comenzara a desprendérsele de los brazos, de las piernas, del rostro; antes de que el tejido, los músculos y los cartílagos se convirtieran en aquella especie de gelatina que comenzó a formar pequeños charcos debajo de ella. 

Y cuando desde lo alto me llegó la luz de una luna pálida y distante, escuché el seco entrechocar de sus huesos y noté que
lo poco que restaba de su silueta se derretía bajo mis brazos, del mismo modo que el resto de su escultura se derretía bajo el sol de mayo, en la montaña, a seiscientos metros de altura...

Afuera llueve.
He dejado las ventanas abiertas y apagado la calefacción, y. aun así, no puedo dejar de sentirme terriblemente acalorado en este día invernal. Sé lo que me está ocurriendo, aunque el saberlo no lo haga menos doloroso, ni menos terrible.
En la fotografía, tomada desde cierta distancia, veo la imagen esculpida de mí mismo, sentada, orgulloso, a unos cientos de metros de la cima de Eagle Peak. Lo bastante alejada de la cima como para que el sol de tres estaciones la caliente, lo bastante cercana como para, de algún modo, resistir la descongelación.
En las últimas horas de la tarde de un día nublado, me siento como si fuera un carámbano, húmedo al tacto, y goteando un poco por aquí y otro poco por allá, pero agradecido como nunca de que el frío de la noche llegue por fin.