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Esculturas de Hielo - David B. Silva

 Creí que lo había olvidado.
Desde entonces, la primavera, el verano y el otoño han venido y se han marchado, y supongo que me resultó fácil engañarme y creer que el pasado era, por fin, algo que pertenecía a los fríos e imposibles días del ayer. Ojos que no ven, corazón que no siente. Pero las cosas inconclusas tienen la manía de revolotear alrededor de nuestra vida hasta que ya no podemos pasarlas por alto. Supongo que ésa fue la razón que me hizo revelar el carrete. Supongo que ésa fue la razón por la que no me sorprendió la fotografía que siempre supe que estaría allí.
El ayer jamás abandona nuestra alma. Simplemente, finge haberse marchado hasta que está listo para regresar...


En verano, Eagle Peak era una suave nube blanca colgada en el centro del universo, en algún punto entre el cielo y la tierra. Si inhalabas aquel aire, te helaba el alma. Si formabas un cuenco con tus manos y bebías el agua de su lago, te recordaba cuán vivo estabas. 

Cada soplo era el aroma de pino recién cortado; cada mirada, un brillante arco iris cargado de flores alpinas. Esa sensación de vida estival es lo que he intentado recordar de Eagle Peak. Aunque, al parecer, lo que no logro olvidar es el invierno.

El invierno es una estación fría y extraña, de sueños oscuros e hibernaciones. De suave nieve que flota desde el cielo hasta la tierra, como blancas mariposas de leche, que transforma, de ese modo tan engañoso, los tuétanos en hielo y el verano en un vago recuerdo. Como un hechizo. Deja que te arrulle hasta dormirte, y te conducirá a la muerte. Toca sus afilados carámbanos –colgados como estalactitas de los árboles y rocas, a veces goteando y a veces no–, y, antes de que te des
cuenta, el diáfano hielo se teñirá con el rojo de tu sangre.

La madre naturaleza en el colmo de su perversidad, eso es el invierno.

Cuando instalamos por primera vez el campamento en Eagle Peak fue a finales del verano del ochenta, un año en que no hubo otoño. En septiembre, un día, todo cielo azul y camisetas; al día siguiente, todo nublado, gris y abrigos de piel con capucha. Aquel mismo año, de hecho hacía unos pocos meses, el Monte St. Helens había hecho erupción, y lanzado al cielo una nube de cenizas que penetró en la atmósfera a más de veinte kilómetros de altura. Y los meteorólogos anunciaron entonces que las cenizas podrían ejercer una influencia significativa en las pautas climatológicas. Algo así como un invierno nuclear localizado; eso fue lo que pronosticaron para algunas partes del país.

Pero ¿quién escucha a los meteorólogos?
«Escalinata al Cielo.» Así llamábamos a nuestra pequeña comunidad de Eagle Peak. Un tanto esotérico y onanista de nuestra parte, pero los artistas somos así. Nos reunió una subvención del gobierno. Había que interpretar las cuatro estaciones a través de distintos medios artísticos. (Por desgracia, no fue Frankie Valli y Las cuatro estaciones. Por aquel entonces, mi perspectiva de las hojas muertas y los fríos aguaceros primaverales.) En el mejor de los casos, aquélla fue una empresa nebulosa, pero con tal de que el gobierno estuviera conforme con pagar las facturas, todos nos mostramos deseosos de llevar el proyecto adelante.

Instalamos nuestra pequeña «Escalinata» en un valle: hacia el norte, un despeñadero de roca nos protegía de los vientos que solían barrer el parque; y, hacia el sur, se extendía un sendero en el que esperábamos que el sol nos mantuviera calientes durante aquellos fríos días de enero, cuando los cielos estaban despejados.

El grupo lo componíamos doce en total; era la primera vez que nos veíamos y todos nos dedicábamos a distintas facetas del quehacer artístico: tallado de madera, marroquinería, aceites, escultura, arte dramático, escenografía, fotografía... Yo era el Hemingway del grupo. Se suponía que en nuestros trabajos debíamos introducir los recursos naturales en la medida de lo posible. Con bayas, tallos y piedras calizas hacíamos pinturas; el cuero lo obteníamos de la piel de los animales, y la madera
para las tallas la conseguíamos de los árboles recién caídos...
La creatividad desenfrenada, podríamos decir.

En mi calidad de escritor solitario, sospecho que mi presencia en la «Escalinata» no tenía otro fin que el de dejar constancia escrita de la experiencia. La subvención no era demasiado explícita en lo que a resultados obtenidos se refería. En cuanto a mis vagas intenciones (que desde entonces he abandonado), abrigaba las más altas esperanzas de reunir material para un libro sobre el folclor y la mística, los cuales pensé que, a la larga, llegarían a desempeñar un papel en nuestra experiencia de retorno a la naturaleza.

Imagino que abandoné esas intenciones cuando ya no fui capaz de entender con exactitud qué ocurría en la «Escalinata».

Desde el primer día, dos de nosotros nos unimos y formamos la pareja de intrusos. Margo McKennen, una fotógrafa, iba cargada de grados de apertura útiles, velocidades de obturador, objetivos gran angular y zooms. En cierto modo, los dos éramos más observadores que creadores, y a veces he pensado que esa leve distinción fue la que nos mantuvo a una cierta distancia del resto del grupo. 

En la escala social artística. Margo y yo estábamos con un pie en el último peldaño y otro en el aire. Creo que deberíamos haber tenido una regla no escrita (como es natural, no podía estar escrita) que estipulase que cuanto más te ensuciabas las manos en el proceso creativo de la obra de arte, más alto era el puesto que ocupabas en la escala. Margo y yo nos esforzábamos por mantenernos a bordo.

La primera vez que vi a Margo, siempre estaba ocupada con su cámara, registrando esto y aquello con su característico zumbido, y una energía nerviosa que jamás parecía satisfecha. En ciertos aspectos, yo imaginaba que la cámara era una extensión de Margo. Veía el mundo –en toda su fealdad y todo su esplendor– a través de un obturador abierto, casi como si tuviera miedo de dejar la cámara por temor a perderse algo que debía plasmar en las fotos.

–Parpadea una sola vez y un pedazo del mundo pasará ante tus ojos sin que tú te apercibas – solía decirme–. Parpadea dos veces..., y ya no te quedará nada por ver.
La primera vez que me largó aquella frase, pensé que se refería a ser uno de los que no participan en la vida. Pero ahora, cuando pienso en la tristeza que en ocasiones oscurecía su mirada en momentos como aquellos, me pregunto si acaso no estaría advirtiéndome sobre la ceguera de la muerte.
«Parpadea dos veces..., y ya no te quedará nada por ver.»

El dieciséis de septiembre, el primer copo de nieve cayó tembloroso de lo alto y se disolvió en el suelo de Eagle Peak. Después, otro copo salió susurrando del cielo, y otro más, y otro... En cuestión de nada, dejaron de disolverse al besar la tierra.

Dos días más tarde, un guardabosques del parque, vestido con su chaqueta amarilla y despidiendo nubecillas de aire caliente por la boca, subió por el sendero en su vehículo para la nieve. Iban a cerrar el parque (medida reservada, normalmente, para después del fin de semana del Día de Acción de Gracias) y quiso saber si había alguna... «petición de último momento», para expresarlo con sus mismas palabras. 

Recuerdo los esfuerzos del hombre por entrar en calor: daba palmadas y pateaba la nieve como si fuese un enorme alce que intentara poner al descubierto el esqueleto de un arbusto
oculto en la tierra. Y sus palabras ocultaban un cierto tonillo muy mal disimulado. «¡Si serán tontos! –nos decía–. Este no es sitio para estar. Y menos este invierno. Mira que quedarse aquí...»

El cierre oficial del parque se produjo el veinte de septiembre de mil novecientos ochenta. Y así comenzó el invierno más largo que he vivido jamás.

Durante aquellos primeros días invernales. Margo y yo fuimos unos observadores imparciales, vigilábamos a nuestros compañeros artistas al tiempo que observábamos, con curiosidad, el extraño clima. A Margo le fascinaba el tremendo frío de la primera tormenta de nieve. Y supongo que eso fue lo que me resultó tan atractivo en ella, su maravillosa curiosidad infantil, que la impulsaba a meter el dedo aquí o allá y a esperar el resultado.

Juntos –porque al cabo de un tiempo nos volvimos casi inseparables–, observamos cómo nuestros secuaces artísticos perdían su anonimato para convertirse en personas reales, enteras y excéntricas, con algo de Jekyll y Hyde en según qué faceta de sus personalidades. Durante aquellos primeros días invernales, cuando Margo y yo nos manteníamos en los límites de la experiencia de la «Escalinata», a nuestras anchas para tomar notas –visuales y escritas–, fue la época en la que más disfruté.

De todo el grupo, Billy Dayton, nuestro escultor residente, resultó el más extraño. Era un hombre de su época, un hijo perdido de los sesenta. Llevaba el cabello largo, recogido en una cola de caballo sujeta con una tira de piel de conejo. Una barba poblada, con bastantes toques de gris, le ocultaba el rostro y le daba aspecto de tener más edad. Y sus ojos eran tan negros como la noche sin luna.

Lo conocí un día de finales del verano, a un kilómetro del campamento. Estaba arrodillado junto a la base de una monolítica losa de piedra volcánica, tallándola con un cincel de granito.

–¿Qué es? –pregunté con inocencia, pues desconocía la respuesta.

–La revolución de la naturaleza –respondió.
Y lo hizo con una voz suave y frágil, el tipo de voz que hace creíble cada frase proferida, incluso aunque nos conste que es una tontería. Así era Billy Dayton: siempre decía tonterías que sonaban a verdad revelada. Al menos, así era como yo lo veía por aquel entonces. Ahora..., bueno, ahora no
estoy seguro. Quizá no fueran tonterías.

–Es un título sugerente –comenté.
Entonces se acercó Margo, que captaba con el «clic» de su cámara todo aquello que se interpusiera ante su objetivo. Cuando vio el monolito de Billy, le sacó cuatro o cinco fotos, y luego se detuvo, aferrando la cámara con las manos.

–¿Qué es? –le preguntó.

–La revolución de la naturaleza –contesté.
No se echó a reír, o, al menos, no en voz alta. Pero algo debió de mosquear a Dayton, porque se volvió sobre las rodillas y le miró a los ojos, como si estuviera leyéndole el pensamiento. Recuerdo que, durante un momento, creí que sus ojos ardían como el mercurio líquido. Entonces Margo se echó a temblar, y noté que algo en su interior se marchitaba, de la misma forma que se marchita la alegría de un niño cuando un adulto entra en su habitación.

–Vámonos –me dijo ella mientras me agarraba del brazo. Tenía la mano helada, como si su cuerpo se hubiera quedado exangüe.
La seguí, y Billy volvió a su «revolución». Cuando nos hubimos alejado lo suficiente para que no nos oyera, le pregunté a Margo por qué había huido tan de repente.

–Es un presentimiento –repuso.
Después, volvió a levantar la cámara y «clic» aquí, «clic» allá, comenzó a fotografiar árboles.
Aquélla fue la primera vez que me di cuenta de que la cámara de Margo no era sólo una ventana al mundo, sino también su personal manera de excluir las cosas que no deseaba ver.
Ojos (objetivo) que no ven, corazón que no siente.
A medida que las noches se fueron haciendo más frías, la «Escalinata» se dividió en grupos cada vez más reducidos, cada uno de ellos con un interés específico. 

En una tienda se producía el gran debate «arte versus artesanía, el alma de la creatividad». En otra, se compartían recetas de pintura de bayas y se hablaba de los diez grandes usos de la piedra volcánica. En la nuestra. Margo y yo –antes extraños y ahora amigos– compartíamos pequeños retales protegidos de nosotros mismos.

Una de aquellas noches frías, ella estaba envuelta en un cálido saco de dormir y la luz titilante del fuego reflejaba su brillo en sus ojos.

–La perspectiva es el mejor don que podemos ofrecerle al mundo. Allá fuera, tú ves la desolación de un duro invierno; sin embargo, yo veo castillos de hielo y hadas de nieve. Contemplamos el mismo paisaje, pero lo vemos diferente. Esa perspectiva, la tuya que es única para ti y la mía que es única para mí, es el mejor don que podemos ofrecerle al mundo.
Creí comprenderlo.

–Toma. por ejemplo, la misma idea para un relato –dije–, y dásela a cincuenta escritores distintos; obtendrás cincuenta historias distintas. Cada una con su personalidad propia. Cada una tan individual como su autor.

–¡Sí! –gritó entusiasmada, como el maestro con su mejor alumno–. ¿Y de dónde sacaremos nuestras perspectivas únicas, tú la tuya y yo la mía?

–¡Del pasado y del presente! De las delicias de nuestra infancia y de las pesadillas de nuestra adolescencia. De quedarnos mirando el espejo mientras hacemos muecas. De crecer tan de prisa que nunca dejamos de sentir que seguimos siendo niños.

¡Y de los aromas que percibimos! –exclamó ella. Se apoyó en un codo y comenzó a pronunciar las palabras con la misma rapidez con que se le ocurrían–. Y de los sonidos que oímos, y de las cosas ásperas y suaves, redondas y cuadradas que tocamos. ¡De lo que nos hace felices y de lo que nos entristece! De nuestras creencias sobre el mundo y el universo: del nacimiento y de la muerte; de las promesas y las mentiras. ¡De todo eso!

Entonces, inspiró hondo, contuvo la respiración, me sonrió y luego soltó el aire en forma de blanca nube que llenó la tienda. Había dicho mucho más de lo que en aquel momento yo logré advertir. Porque creo que eso era lo que le ocurría a Dayton. Poseía una perspectiva propia, y, en cierta forma, esa perspectiva había quedado en libertad.

–Quiero que veas esto –me dijo Margo uno de los últimos días de enero.
El sol brillaba sobre Eagle Peak y la nieve blanca resultaba casi cegadora cuando ella tiró de mí para que la acompañara.

–Es la belleza exhibida en toda su fealdad –añadió.

–Eso es una contradicción. Tendrá que ver con Dayton –dije.

–¿Con quién si no?

–¿Otra revolución?

–Algo por el estilo, supongo. –Se detuvo para sacar unas cuantas fotos a las huellas de unos ciervos en la nieve–. Adivina qué ha hecho esta vez. Di la cosa más increíble y descabellada que se te ocurra.

–Ha construido su propia escalinata al cielo –repuse. Margo bajó la cámara y me dirigió una sonrisa de lo más extraña, como si estuviera reflexionando acerca de aquella posibilidad.

–No lo sé –repuso en voz baja. Luego, volvió a subir la cámara y agregó–: Inténtalo de nuevo.

–Me doy por vencido. Ese tipo es demasiado imprevisible, incluso para la imaginación de un escritor.
–Está esculpiendo en hielo.

–¿Esculpiendo qué?
–Un autorretrato.
Había tres esculturas cinceladas en el hielo; cada una de ellas difería ligeramente de la anterior; pero de un modo no demasiado sutil que todavía ahora me cuesta describir. Algo así como una especie de progresión; lo primero que acudió a mi mente fue joven, anciano, más anciano. 

La primera ofrecía un extraordinario parecido con Dayton. La segunda era algo menos reconocible, y la tercera, estilo Picasso, aunque más suave, y de cortes y líneas menos agudas. Quizá el término «digresión» sea el que mejor defina a las tres, dado que cada una aparecía menos nítida, más oblicua que la que tenía a su izquierda.

–¿Es eso un autorretrato? –inquirí.
La obra ofrecía una extraña sensación de desproporción, algo que parecía decir: «Cuanto más sabio se vuelve el hombre, más autodestructivo es». Así era Dayton, sabio y autodestructivo.

–¿Qué otra cosa podría ser? –me contestó Margo.
Aquel invierno, Dayton nos condenó a todos, cada uno de nosotros se convirtió en imagen de sus estatuas de hielo en tres digresiones diferentes: nacimiento, vida, muerte, como si el aliento de esta última hubiera ido marchitando el hielo poco a poco. Esculpió, recortó y dio forma a cada una de las estatuas de las doce personas del grupo. 

La de Sally, a dos mil cien metros de altitud, cerca del lago Eagle. La de Hampton, a dos mil doscientos cincuenta, cerca del paso Goat Head. Las de los demás estaban en sitios ocultos que jamás logramos encontrar.

Al concluir la escultura de la última imagen, a mediados de abril, cuando la nieve de las elevaciones menores comenzaba a derretirse, Dayton desapareció en el interior de su tienda y no volvió a salir. Entonces lo ignorábamos, pero la «revolución» se había puesto en marcha.

Y llegó a finales de abril. El sol tenía un brillo casi estival en los cielos del sur. Lentamente, el deshielo primaveral fue dando vida a un sinnúmero de arroyuelos, manantiales, fuentes, que fueron esculpiendo profundamente las laderas de las montañas, lo que dio un nuevo aspecto a la anatomía topográfica.

Por fin Eagle Peak renacía después de su larga invernada. Yo, por mi parte, me sentía impaciente por que llegase el día en que pudiera lanzar un suspiro sin ver que mi aliento se transformaba ante mí en un hongo blanco en el aire frío.

Con la misma intensidad que me sentía víctima de la naturaleza, sospecho que Dayton se creía su mesías. Quizá fuera eso, el mensajero de la madre Naturaleza. Habían pasado dos semanas desde que le viéramos asomar la nariz por entre los pliegues de su tienda, de modo que Margo –azuzada en su inquieta curiosidad– me convenció para que nos asomáramos a echar un vistazo.

–No es momento para sacar fotos –susurré. Nos encontrábamos ante la tienda de Dayton; Margo tenía ambas manos sobre la cámara, y yo, posadas sobre los pliegues de la abertura.

–Sólo una –me dijo con los ojos brillantes–. Anda.
Entonces, aparté los pliegues de entrada a la tienda.
Y Margo disparó dos o tres fotos.
Los dos nos quedamos en silencio durante un larguísimo instante: la cámara de Margo bajó, atónita, hasta su costado (panorama que jamás olvidaré, porque era la primera vez que la veía enfrentarse cara a cara con algo horrendo sin que intentara ocultarse tras el objetivo de una cámara).

Lo que quedaba de Dayton yacía en el suelo, oculto, en parte, bajo unas ropas y aquella tira de piel de conejo que siempre utilizaba para atarse el cabello. Toqué aquella pila con el pie y oí el entrechocar fantasmal de hueso contra hueso, noté entonces que una sustancia gelatinosa se escurría un poco más de la pila: tuve que hacer un esfuerzo para no vomitar.
Dayton, el mesías, había entregado su mensaje. En la madre Naturaleza, algo había perdido el equilibrio.

«Escalinata al Cielo» se deshizo al día siguiente, en parte por lo ocurrido a Dayton, en parte porque los largos meses de invierno habían acabado por cobrar su tributo a nuestro estado de ánimo colectivo. Incluso ante la inminencia de la primavera, se nos había vuelto a todos demasiado sencillo ver las cosas eternamente frías, congeladas y sin esperanza.

Sally y Hampton partieron a la mañana siguiente, temprano, rumbo a Mount St. Helens. Algunos de los otros se marcharon a casa; otros se dirigieron al sur, donde el clima era más benigno; los demás se escabulleron del campamento sin despedirse siquiera; Margo y yo nos quedamos.

Supongo que sentíamos curiosidad. Quizá fuera esa misma curiosidad la que nos había diferenciado del resto del grupo desde el principio. Creo que Margo se sentía responsable, en parte, por lo ocurrido a Dayton, aunque ambos tratábamos de considerar aquello como un desafortunado giro de la naturaleza; algo así como la combustión espontánea, algo que era mejor no investigar demasiado. 

No obstante, ella insistió en seguir sacando fotos hasta que aquello tuviera algún sentido, a través de los ojos de su cámara. En cuanto a mí, bueno, yo quería escribir algo más sobre Dayton y hasta qué punto se diferenciaba del resto de nosotros, sobre cómo hubieran sido las cosas en la «Escalinata» si hubiésemos intentado comprenderle mejor.
Ambos nos sentimos obligados a permanecer un poco más en Eagle Peak.

El veintiuno de mayo pasé allí mi último día.
Sentado en el suelo, con la espalda apoyada contra una piedra, tomaba un poco el sol y anotaba ideas sueltas en mi libreta. No lograba desechar la idea de que, de alguna manera. Dayton, Mount St. Helens y las esculturas de hielo estaban relacionadas entre sí de un modo extraño y malévolo,
que había sido la causa de la muerte del escultor.

En ese momento. Margo apareció en la entrada de un pequeño valle, abierto a un sendero estrecho que ascendía hacia la cima de Eagle Peak, a tres mil seiscientos metros de altitud. La cámara descansaba contra su costado. Su paso era vacilante y recuerdo que mi primer pensamiento fue que debía haber intentado escalar la montaña hasta la cima. Bajo el sol del mediodía, todo el cuerpo le brillaba; su cabello, húmedo, se le pegaba a la frente, y tanto su rostro como sus brazos y sus piernas ofrecían un aspecto vivo que reflejaba la luz del sol. Tenía los ojos vidriosos, como de hielo, puros al igual que las ágatas cristalinas con las que de niño yo solía jugar a canicas.

–¿Margo?
Hice que se apoyara contra una piedra y descansara; me arrodillé a su lado y, por primera vez, noté que la cabeza le sangraba.

–Dios mío, ¿qué ha ocurrido? –pregunté.
Me entregó un carrete de fotos (su mano estaba fría como un arroyo de montaña a principios de mayo); luego, otro y otro más. Y cuando trató de sonreírme, me ofreció un triste gesto que no logró mantener.

– Tú sigues allí arriba –susurró–. No pude llegar hasta ti, pero estás allí.
Le aparté el cabello del sitio por el que sangraba, y donde debía haber estado la oreja, vi un agujero de color rojo oscuro.

–Oh, Margo...

–Encontré mi escultura de hielo –me dijo entre jadeos, en tanto luchaba por respirar–. Pensé que si la rompía...

–¿La estatua que hizo Dayton de ti? Asintió
–Y la tuya también. Trescientos metros más arriba. Cerca de la cima.
Se produjo un largo silencio durante el cual ambos contuvimos la respiración.

–Me muero –dijo. Fue una manifestación tan inocente y honesta como una de sus fotografías–. Y no puedo hacer nada para evitarlo. Se acurrucó contra mí.

–Te quiero –susurré y la atraje hacia mí.
La sentí blanda, demasiado blanda, como una almohada muy usada o un globo que pierde aire.
Tenía la piel húmeda, fría y resbaladiza al tacto; en algunos aspectos parecía de cera; en otros, de hielo. Supe, entonces, que iba a perderla.
La mantuve abrazada hasta que el sol se puso, hasta que no logré ver más en la oscuridad, porque quería recordar su aspecto antes de que la carne comenzara a desprendérsele de los brazos, de las piernas, del rostro; antes de que el tejido, los músculos y los cartílagos se convirtieran en aquella especie de gelatina que comenzó a formar pequeños charcos debajo de ella. 

Y cuando desde lo alto me llegó la luz de una luna pálida y distante, escuché el seco entrechocar de sus huesos y noté que
lo poco que restaba de su silueta se derretía bajo mis brazos, del mismo modo que el resto de su escultura se derretía bajo el sol de mayo, en la montaña, a seiscientos metros de altura...

Afuera llueve.
He dejado las ventanas abiertas y apagado la calefacción, y. aun así, no puedo dejar de sentirme terriblemente acalorado en este día invernal. Sé lo que me está ocurriendo, aunque el saberlo no lo haga menos doloroso, ni menos terrible.
En la fotografía, tomada desde cierta distancia, veo la imagen esculpida de mí mismo, sentada, orgulloso, a unos cientos de metros de la cima de Eagle Peak. Lo bastante alejada de la cima como para que el sol de tres estaciones la caliente, lo bastante cercana como para, de algún modo, resistir la descongelación.
En las últimas horas de la tarde de un día nublado, me siento como si fuera un carámbano, húmedo al tacto, y goteando un poco por aquí y otro poco por allá, pero agradecido como nunca de que el frío de la noche llegue por fin.

El Centinela - Arthur C. Clarke

    La próxima vez que vea la luna llena en lo alto, hacia el Sur, mire con atención a su reborde a mano derecha y deje a su ojo viajar hacia arriba a lo largo de la curva del disco. Alrededor de las dos del reloj, observará un círculo pequeño y oscuro. Cualquiera con una visión normal lo encontrará con bastante facilidad. Se trata de la gran llanura amurallada, una de las mejores de la Luna y que se conoce como Mare Crisium, el Mar de las Crisis. De unos quinientos kilómetros de diámetro, y casi rodeada por completo por un anillo de magníficas montañas, no había sido nunca explorada hasta que entramos en ella a finales del verano de 1996.

Nuestra expedición era bastante importante. Teníamos dos pesados cargueros que habían traído en vuelo nuestros suministros y equipo desde la base lunar principal situada en el Mare Serenitatis, a unos ochocientos kilómetros de allí. Había también tres pequeños cohetes previstos para transportes de escaso radio de acción sobre aquellas regiones que nuestros vehículos de superficie no pudieran cruzar. Por suerte, la mayor parte del Mare Crisium es completamente llana. No existen ninguna de las grandes grietas tan frecuentes y peligrosas en otras partes, y son muy pocos los cráteres o montañas de cualquier tamaño. Por lo que sabíamos, nuestros poderosos tractores oruga no tendrían la menor dificultad en llevarnos adonde quisiésemos.

Yo era geólogo, o mejor dicho selenólogo, si desea ser pedante, al mando del grupo de exploración de la zona sur del Mare. Habíamos recorrido ya, en una semana, unos ciento cincuenta kilómetros, bordeando las faldas de las montañas a lo largo de la orilla de lo que en un tiempo fue un mar, unos mil millones de años atrás. Cuando la vida se iniciaba en la Tierra, aquí ya se hallaba moribunda. Las aguas se retiraban de los flancos de aquellos estupendos riscos, hacia el vacío corazón de la Luna. Por el territorio que cruzábamos, aquel océano sin mareas había tenido un día más de treinta kilómetros de profundidad, y ahora el único vestigio de humedad era la escarcha que a veces se encontraba en cavernas en las que la ardiente luz del sol no penetraba jamás.

Habíamos empezado nuestro viaje a primera hora del lento amanecer lunar, y faltaba todavía una semana, según el tiempo de la Tierra, para que cayese la noche. Media docena de veces al día debíamos abandonar nuestros vehículos y salir con los trajes espaciales en busca de minerales interesantes, o a colocar marcas que sirviesen de guía a futuros viajeros. Se trataba de una rutina monótona. No existe nada peligroso, ni siquiera excitante, en una exploración lunar. Podíamos vivir con toda comodidad durante un mes en nuestros tractores presurizados y, si nos enfrentábamos con algún problema, siempre podíamos recurrir a la radio para pedir ayuda y esperar hasta que cualquier nave espacial acudiese a rescatarnos.

Acabo de decir que no hay nada excitante en la exploración lunar; pero, naturalmente, eso no es cierto. Uno puede llegar a cansarse de aquellas increíbles montañas, mucho más escarpadas que las de la Tierra. Mientras rodeábamos los cabos y promontorios de aquel mar desaparecido, no sabíamos jamás qué nuevos esplendores se nos revelarían. Toda la curva sur del Mare Crisium forma un vasto delta donde, en un tiempo, una serie de ríos se abrieron camino hacia el océano, alimentados tal vez por las lluvias torrenciales que debieron batir las montañas en la breve era volcánica cuando la Luna era joven. Cada uno de aquellos antiguos valles era una invitación, desafiándonos a trepar por ellos hacia las desconocidas tierras altas que se hallaban más allá. Pero teníamos que cubrir aún unos ciento cincuenta kilómetros y sólo podíamos mirar con deseo aquellas alturas que otros escalarían.

A bordo del tractor, conservábamos el horario de la Tierra. Y, a las 22.00 en punto, teníamos que enviar el mensaje de radio a la Base y cerrar el contacto por ese día. Afuera, las rocas arderían aún bajo un sol casi vertical; sin embargo, para nosotros, sería de noche hasta que despertásemos de nuevo ocho horas después. Luego, uno de los que estábamos allí prepararía el desayuno, se escucharía un gran ronroneo de máquinas de afeitar eléctricas y alguno conectaría la radio de onda corta emitida desde la Tierra. Asimismo, cuando el olor de las salchichas fritas comenzase a llenar la cabina, resultaría difícil creer que no nos hallábamos de regreso en nuestro propio mundo. Hasta tal punto era todo tan normal y hogareño, si dejábamos de lado la sensación de haber disminuido de peso y la poco natural lentitud con que caían los objetos.

Me tocaba a mí preparar el desayuno en el rincón de la cabina principal, que hacía las veces de cocina. Después de tantos años, puedo recordar aquel momento de una forma muy vívida, puesto que en la radio acababan de tocar una de mis melodías favoritas, la antigua tonada galesa de David en la Roca Blanca. Nuestro conductor ya estaba fuera, con su traje espacial, inspeccionando nuestras bandas oruga. Mi ayudante, Louis Garnett, se encontraba delante, en la posición de control, realizando algunas anotaciones en el Diario del día anterior.

Mientras me hallaba de pie al lado de la sartén, aguardando, como cualquier ama de casa terrestre, a que se dorasen las salchichas, dejé que mi mirada errase ociosa por las paredes de la montaña que cubrían todo el horizonte sur y se extendían, hasta perderse de vista, hacia el Este y el Oeste, por debajo de la curva de la Luna. Parecían estar a sólo unos tres kilómetros del tractor; sin embargo, yo sabía que la más cercana se hallaba a treinta kilómetros. Naturalmente, en la Luna no se pierden los detalles con la distancia, pues no existe ninguna de las casi imperceptibles neblinas que, en la Tierra, tamizan y a veces desfiguran las cosas lejanas.

Aquellas montañas tenían tres mil metros de altura, y ascendían abruptamente desde la llanura, como si unas eras atrás alguna erupción subterránea las hubiese lanzado hacia el cielo a través de la fundida corteza. Incluso la base de la más cercana quedaba oculta por la curvadísima superficie de la llanura, ya que la Luna es un mundo muy pequeño y, desde donde yo me encontraba, el horizonte se hallaba a sólo unos tres kilómetros.

Alcé los ojos hacia los picos a los que no había ascendido jamás ningún hombre, unas cumbres que, antes del principio de la vida terrestre, habían contemplado los océanos en retirada hundiéndose sombríamente en sus tumbas y llevándose consigo la esperanza y la promesa del mañana de un mundo. La luz solar se estrellaba contra las cumbres con un resplandor que hacía daño a la vista; aunque, sólo un poco por encima de ellas, las estrellas alumbraban con firmeza en un cielo más negro que en cualquier noche invernal de la Tierra.

Estaba ya volviéndome, cuando mi ojo captó un reflejo metálico en lo alto de la arista de un gran promontorio que se proyectaba hacia el mar, unos cincuenta kilómetros hacia el Oeste. Se trataba de un punto de luz impreciso, como si una estrella hubiese sido arrancada del cielo por uno de aquellos crueles picos, y me imaginé que alguna pulida superficie rocosa captaba la luz solar y hacía las veces de un heliógrafo directamente hacia mis ojos. Cosas de este tipo no eran raras. 

A veces, cuando la Luna se encuentra en su segundo cuarto, los observadores de la Tierra ven las grandes cordilleras del Oceanus Procellarum arder con una iridiscencia de un azul blanquecino, pues la luz del Sol destella desde sus faldas y salta de nuevo de un mundo a otro. No obstante, tuve curiosidad por saber qué clase de roca podía brillar allí con tanta intensidad. Subí a la torre de observación e hice girar hacia el Oeste nuestro telescopio de diez centímetros, vi lo suficiente como para quedar tentado. 

Muy claro y nítido en el campo de visión, los picos de la montaña parecían encontrarse a menos de un kilómetro; Pero aquello que atrapaba la luz solar era demasiado pequeño para ser captado. Sin embargo, parecía poseer una simetría elusiva, Y la cumbre sobre la que descansaba era curiosamente plana. Contemplé aquel resplandeciente enigma, forzando durante un buen rato mis ojos hacia el espacio, hasta que un olor a quemado procedente de la cocina me dijo que nuestras salchichas para el desayuno habían efectuado en vano un viaje de más de cuatrocientos mil kilómetros.

Toda aquella mañana, estuvimos discutiendo durante nuestro recorrido a través del Mare Crisium, mientras las montañas orientales se alzaban cada vez más hacia el cielo. Incluso cuando buscábamos nuestros trajes espaciales, la discusión continuó por radio. Era del todo seguro, argumentaban mis compañeros, que jamás se había visto ninguna forma de vida inteligente en la Luna. Las únicas cosas vivientes que hubieran podido existir allí eran algunas plantas primitivas y sus un poco menos degenerados antepasados. Sabía todo aquello lo mismo que cualquiera; sin embargo, hay ocasiones en las que un científico no debe tener miedo a hacer un poco el ridículo.

- Escuchadme - les dije al fin -. Voy a ir allí, aunque sólo sea para quedarme tranquilo. Esa montaña tiene menos de cuatro mil metros de altura; es decir, sólo setecientos según la gravedad terrestre, y puedo hacer el recorrido a lo sumo en veinte horas. Siempre he deseado, por otra parte, escalar esas montañas, y esto me proporciona una excusa excelente.

- Si no te rompes el cuello - respondió Garnett -, te convertirás en el hazmerreír de la expedición cuando regresemos a la Base. Y, a partir de ahora, esa montaña empezara a llamarse la Locura de Wilson.

- No me romperé el cuello - repliqué con firmeza -. ¿Quién fue el primer hombre que trepó a Pico Helicón?

- ¿Pero no eras bastante más joven en aquella época? - preguntó Louis en tono amable.

- Eso - repliqué con suma dignidad - es una razón tan buena como cualquier otra para desear ir.

Aquella noche nos acostamos temprano, tras llevar el tractor hasta un kilómetro del promontorio. Garnett vendría conmigo por la mañana. Era un buen alpinista y me había acompañado con frecuencia en hazañas de aquel tipo. Nuestro conductor quedó muy complacido de que lo dejáramos al mando de la máquina.

A primera vista, aquellos acantilados parecían por completo inescalables; sin embargo, para cualquiera que tenga una cabeza firme que aguante las alturas, es fácil trepar en un mundo donde todos los pesos son sólo de una sexta parte de su valor normal. El peligro auténtico en el montañismo lunar radica en la excesiva confianza. Una caída de doscientos metros en la Luna, te puede matar exactamente igual que una de treinta en la Tierra.

Hicimos nuestra primera parada en una amplia repisa a unos mil trescientos metros por encima de la llanura. La ascensión no había sido difícil; pero tenía los miembros un poco envarados a causa del desacostumbrado esfuerzo, y me alegró poder descansar. Aún veíamos el tractor como un pequeño insecto metálico, muy alejado al pie del acantilado, e informamos de nuestro avance al conductor antes de comenzar la siguiente etapa de ascensión.

En el interior de nuestros trajes reinaba un confortable frescor, puesto que las unidades de refrigeración luchaban contra el implacable sol y eliminaban el calor corporal de nuestro esfuerzo. Apenas nos hablábamos, excepto para pasarnos instrucciones acerca de la ascensión y para discutir el mejor plan de subida. 

No sabía lo que pensaba Garnett. Probablemente, que aquélla era la aventura más descabellada en la que jamás se había embarcado. Yo estaba más que a medias de acuerdo con él; pero la alegría de la ascensión, saber que ningún hombre había hollado aquel camino antes y el entusiasmo que proporcionaba el paisaje al ampliarse cada vez más ante nosotros, me iba concediendo toda la recompensa que anhelaba.

No creo haber sentido una particular excitación al ver delante de nosotros la pared de roca que había inspeccionado por primera vez con el telescopio desde una distancia de cincuenta kilómetros. Se elevaba a unos veinte metros por encima de nuestras cabezas; y allí, en la meseta, se encontraría la cosa que me había llevado hasta ese lugar por aquellos desolados parajes. Seguramente no se trataría más que de una roca astillada muchísimos años atrás por la caída de un meteorito, y que conservaba sus planos de escisión aún frescos y brillantes en aquella quietud incorruptible e inmutable.

No había en la parte delantera de la roca ningún lugar donde asirse con las manos, y tendríamos que emplear un garfio. Mis cansados brazos parecieron recuperar nueva fuerza al hacer girar sobre mi cabeza el ancla metálica tridentada y lanzarla en la dirección de las estrellas. La primera vez no agarró y cayó con lentitud al tirar de la cuerda. Al tercer intento, los dientes se clavaron con firmeza, y el peso de los dos juntos ya no fue capaz de arrancarlos.

Garnett me miró con ansiedad. Me pareció que quería ser el primero, pero le sonreí desde el cristal de mi casco y meneé la cabeza. Muy despacio, tomándome tiempo, emprendí la ascensión final.

Incluso con mi traje espacial, aquí sólo pesaba unos veinte kilos. Me izaba con una mano tras otra, sin preocuparme de emplear los pies. Al llegar al borde, hice una pausa y una seña a mi compañero, tras lo cual acabé de subir por el filo. Me puse de pie y miré ante mí.

Deben comprender que, hasta este momento, había estado convencido casi por completo de que allí no habría nada extraño o fuera de lo corriente. Casi. Pero no por completo. Aquella tentadora duda era la que me había impulsado a seguir adelante. Pues ahora ya no había duda; pero el misterio sólo acababa de comenzar.

Me hallaba de pie en una meseta como de unos treinta metros de diámetro. En un tiempo había sido lisa por completo (demasiado lisa para ser natural); pero las caídas de meteoritos habían marcado y perforado su superficie a través de inmensurables eones. Lo habían aplanado para soportar una estructura reluciente y más o menos piramidal, que doblaba en altura a un hombre, y que se hallaba empotrada en la roca como una joya gigantesca y de múltiples facetas.

Probablemente, en aquellos primeros segundos, ninguna emoción llenó en absoluto mi mente. Luego, sentí una euforia inmensa y una alegría extraña e inexpresable. En realidad, amaba a la Luna, y ahora supe que el moho rastrero de Aristarco y Erastóstenes no había sido la única vida que albergó durante su juventud. El viejo y desacreditado sueño de los primeros exploradores era cierto. A fin de cuentas, había existido una civilización lunar, y yo era el primero que la había encontrado. Haber llegado tal vez con un centenar de millones de años de retraso no me turbaba lo más mínimo. Era suficiente haber podido llegar.

Mi mente empezó a funcionar con normalidad, para analizar y plantear preguntas. ¿Se trataba de un edificio, un santuario, o algo para lo que mi idioma carecía de denominación? Si era un edificio, ¿por qué lo habían construido en un lugar tan poco accesible? Me pregunté si aquello sería un templo, y me imaginé a los adeptos de alguna extraña fe clamando a sus dioses para que los salvasen mientras la vida de la Luna refluía junto con los agonizantes océanos; y apelando en vano a sus deidades...

Avancé una docena de pasos para examinar aquello desde más cerca. Pero un sentido de precaución me contuvo de aproximarme demasiado. Sabía un poco de arqueología, y traté de deducir el nivel cultural de la civilización que había limado aquella montaña y alzado aquellas superficies relucientes de espejo que aún me deslumbraban los ojos.

Pensé que los egipcios podrían haber hecho algo así, si sus obreros hubiesen poseído algunos materiales más extraños que los empleados por aquellos arquitectos mucho más antiguos. Por lo reducido de aquella cosa, no se me ocurrió que pudiera estar contemplando la obra de una raza mucho más avanzada que la mía. La idea de que en la Luna hubiese habido inteligencia era demasiado tremenda para captarla, y mi orgullo no me permitía dar el último y humillante salto.

Luego, me percaté de algo que me produjo un escalofrío en la nuca, una cosa tan trivial y tan inocente que muchos jamás se habrían fijado en ello. Ya he explicado que la meseta presentaba las cicatrices producidas por los meteoritos; pero estaba también revestida de unos centímetros de polvo cósmico, algo que siempre se filtra a la superficie de cualquier mundo donde no hay vientos que lo perturben. Sin embargo, el polvo y las cicatrices terminaban de pronto en un amplio círculo que rodeaba la pequeña pirámide, como si una pared invisible la protegiera de las inclemencias del tiempo y del lento pero incesante bombardeo desde el espacio.

Algo gritaba en mis auriculares, y me di cuenta de que Garnett me había estado llamando desde hacía rato. Anduve vacilante hasta el borde del risco y le hice señales para que se reuniera conmigo, pues no confiaba en mí lo suficiente para expresarlo con palabras. Luego, regresé hacia el círculo en el polvo. Recogí un fragmento de roca astillada y lo lancé con suavidad contra el brillante enigma. Si el guijarro se hubiese desvanecido en aquella invisible barrera no me hubiera sorprendido; pero pareció alcanzar una superficie semiesférica Y suave, y se deslizó blandamente hasta el suelo.

Supe que estaba mirando algo que no podía compararse con la antigüedad de mi propia raza. No era un edificio, sino una máquina, y que se protegía con unas fuerzas que habían desafiado a la eternidad. Aquellas fuerzas, fuesen las que fuesen, operaban todavía, y tal vez me había acercado ya demasiado. Pensé en todas las radiaciones que el hombre había atrapado y domesticado durante el siglo pasado. Según mis conocimientos, podía muy bien hallarme condenado de forma irrevocable, como si hubiese penetrado, sin llevar protección, en el aura mortífera de una pila atómica.

Recuerdo que entonces me volví hacia Garnett, que se había reunido conmigo y que se hallaba de pie e inmóvil a mi lado. Parecía como olvidado de mí. No quise molestarle y me dirigí al borde del acantilado en un esfuerzo por ordenar mis pensamientos. Allá, debajo de mí, yacía el Mare Crisium (precisamente el Mar de las Crisis), extraño y raro para la mayoría de los hombres; pero familiar y tranquilizador para mí. 

Alcé los ojos hacia el creciente de la Tierra, que yacía entre su cuna de estrellas, y me pregunté qué habían cubierto sus nubes cuando aquellos desconocidos constructores finalizaron su tarea. ¿Se encontraba en la selva llena de vapores del Carbonífero, en la desolada costa sobre la cual habían trepado los primeros anfibios para conquistar la tierra, o más temprano aún, en la larga soledad que precedió a la llegada de la vida?

No me preguntéis por qué no adiviné antes la verdad, esa verdad que ahora me parece tan obvia. En la primera excitación de mi descubrimiento, di por supuesto, sin ponerlo en tela de juicio, que aquella aparición cristalina la había construido alguna raza perteneciente al pasado remoto de la Luna. Pero, de repente, y con una fuerza abrumadora, tuve la convicción de que se trataba de alguien tan ajeno a la Luna como yo mismo.

Durante veinte años no había encontrado la menor traza de vida excepto algunas plantas degeneradas. Ninguna civilización lunar, cualquiera que hubiese sido su destino, podía haber dejado algo más que un simple testimonio de su existencia.

Miré de nuevo la reluciente pirámide, y me pareció más remota que cualquier otra cosa que tuviera algo que ver con la Luna. De pronto, me estremecí con una loca e histérica risa, producto de la excitación y del esfuerzo. Me había imaginado que aquella pequeña pirámide me hablaba y me decía:

- Lo siento, pero yo también soy un extraño aquí.

Hemos tardado veinte años en quebrantar ese invisible escudo para llegar a la máquina que se encontraba dentro de aquellas paredes cristalinas. Lo que no podíamos entender, lo rompimos al fin con la fuerza salvaje de la energía atómica, y ahora he visto los fragmentos de aquella cosa hermosa y resplandeciente que encontré en lo alto de la montaña.

No tienen el menor sentido. El mecanismo, si es que se trataba de algún mecanismo, de la pirámide pertenece a una tecnología que se encuentra mucho más allá de nuestro horizonte, tal vez sea la tecnología propia de las fuerzas parafísicas.

El misterio nos obsesiona mucho más ahora que se ha llegado a los otros planetas y que sabemos que sólo la Tierra ha sido el hogar de la vida inteligente en nuestro Universo. Tampoco ninguna civilización perdida de nuestro propio mundo ha podido construir esa máquina, puesto que el grosor del polvo espacial que había sobre la meseta nos permitió calcular su edad. Se depositó encima de la montaña antes de que la vida emergiera de los océanos de la Tierra.

Cuando nuestro mundo tenía la mitad de su edad actual, «algo» procedente de las estrellas, pasó a través del Sistema solar, dejó aquella señal de su paso y siguió su camino. Hasta que la destruimos, esa máquina siguió cumpliendo la misión de sus constructores. En cuanto a cuál era esa misión, he aquí lo que conjeturo:

Hay cerca de cien mil millones de estrellas que giran en el círculo de la Vía Láctea, y hace mucho tiempo otras razas en los mundos de otros soles debieron haber alcanzado y superado las alturas que nosotros hemos alcanzado ahora. Pensad en esas civilizaciones, muy alejadas en el tiempo, en el mortecino resplandor que siguió a la Creación, dueños de un Universo tan joven que la vida sólo había llegado a unos cuantos mundos.

Debieron hallarse en una soledad que no podemos imaginar, la soledad de los dioses que miran a través del infinito y que no encuentran a nadie con quien compartir sus pensamientos.

Debieron haber estado buscando en los cúmulos de estrellas, lo mismo que nosotros hemos buscado en los planetas. En todas partes existirían mundos; pero vacíos o poblados de cosas sin mente que se arrastraban. Así era nuestra propia Tierra, con el humo de los grandes volcanes manchando todavía los cielos, cuando la primera nave de los pueblos del amanecer se deslizó desde los abismos de más allá de Plutón. Pasó los helados mundos exteriores, sabiendo que la vida no podría desempeñar ningún papel en sus destinos. Se detuvo entre los planetas interiores, calentándose con el Sol y aguardando a que comenzasen sus historias.

Aquellos vagabundos debieron mirar hacia la Tierra, que giraba a salvo en la estrecha zona entre el fuego y el hielo, y debieron pensar que era la favorita de los hijos del Sol. En un futuro distante, habría allí inteligencia; pero tenían aún incontables estrellas ante ellos, y tal vez no volviesen nunca más por este camino.

Dejaron, pues, un centinela, uno de los millones que habían esparcido a través del Universo, para que vigilase todos los mundos en los que había una promesa de vida. Era un faro que, a través de todas las edades, ha estado señalando en silencio el hecho de que nadie lo había descubierto todavía.

Tal vez entenderéis ahora por qué la pirámide de cristal se alzó sobre la Luna en lugar de alzarse sobre la Tierra. Sus constructores no se preocupaban de las razas que aún se esforzaban desde su estado salvaje. De nuestra civilización sólo podía interesarles que demostrásemos aptitud para sobrevivir, para cruzar el espacio y escapar de la Tierra, nuestra cuna. Este es el desafío al que todas las razas inteligentes deben hacer frente más tarde o más temprano. Se trata de un reto doble, porque depende a su vez de la conquista de la energía atómica y de la última elección entre la vida y la muerte.

Una vez hubiésemos superado aquella crisis, sólo sería cuestión de tiempo que encontrásemos la pirámide y la abriésemos. Ahora, sus señales han cesado, y aquellos cuyo deber sea ése volverán sus mentes hacia la Tierra. Tal vez deseen ayudar a nuestra joven civilización. Pero deben ser ya viejos, muy viejos, y los ancianos sienten muchas veces unos celos enfermizos de los jóvenes.

Ahora ya no puedo mirar hacia la Vía Láctea sin preguntarme desde cuál de aquellas compactas nubes de estrellas vendrán los emisarios. Si me perdonáis un lugar común muy socorrido, diré que hemos roto el cristal de la alarma contra incendios y lo único que tenemos que hacer es aguardar.

Pero no creo que debamos esperar demasiado.