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Torre de Hielo - Roger Zelazny (Parte 3)

Reena sacó prenda tras prenda de su guardarropa. Su habitación estaba llena de vestidos y capas, embozos y sombreros, abrigos y botas, prendas interiores y guantes. Yacían en la cama, en todas las sillas y en dos banquetas de la pared.

Tras menear la cabeza, Reena describió un lento círculo para examinar el conjunto. En la segunda vuelta, retiró una prenda de los montones y la plegó sobre su brazo izquierdo. Luego cogió una gruesa bufanda de piel de un gancho. Entregó ambas cosas al hombre alto, cetrino y silencioso que estaba de pie junto a la puerta. El arrugadísimo rostro del hombre parecía el del criado que había servido la cena: inexpresivo, de vagos ojos.

El criado recogió las prendas y las plegó. Reena le dio un segundo vestido, un sombrero, unos calzones y ropa interior. Guantes... El hombre recogió dos gruesas mantas que Reena sacó de un estante. Más calzones... Él metió todo en una especie de talego de lona.

—Lleva este... y otro vacío —dijo Reena, y se dirigió hacia la puerta.

Cruzó el umbral y atravesó el pasillo hasta una escalera, que empezó a bajar. El siervo la siguió, sosteniendo el saco junto al cuello con una mano, delante de él. Llevaba otro saco, plegado, bajo el otro brazo, que pendía rígidamente a su costado.

Reena avanzó por diversos pasillos hasta una espaciosa cocina vacía, donde el fuego seguía ardiendo sin llama en un hogar. El viento producía silbidos en la chimenea. Reena pasó junto al enorme tajadero y se dirigió hacia la habitación auxiliar de la cocina, a la izquierda. Examinó los estantes, recipientes y cajones, deteniéndose solo para mascar un bizcocho mientras miraba.

—Dame el saco —dijo—. No, ese no. El vacío.

Desplegó el saco y comenzó a llenarlo... con carnes secas, trozos de queso, botellas de vino, hogazas de pan. Hizo una pausa, examinó de nuevo las existencias, añadió luego un saquito de té y otro de azúcar. Metió también una olla pequeña y algunos cubiertos.

—Llévate este también —dijo por fin, dando media vuelta y saliendo de la despensa.

Avanzó con más precaución, con el siervo pisándole los talones en silencio, un saco en ambas manos. Reena se detuvo y aguzó el oído en rincones y escaleras antes de proseguir. Pero lo único que escuchó fueron los chillidos que sonaban muy arriba.

Finalmente llegó a una larga y estrecha escalera que bajaba y desaparecía en las tinieblas.

—Aguarda —dijo en voz baja, y alzó ambas manos, las ahuecó ante sus labios, sopló suavemente y las contempló.

Una chispita apareció en sus palmas, se apagó, brotó de nuevo mientras Reena musitaba suaves palabras. Separó las manos sin dejar de mover los labios. La minúscula luz quedó suspendida en el aire ante ella, agrandándose, aumentando su brillo. Era blancoazulada y alcanzaba la intensidad de varias velas.

Reena pronunció una última palabra y la luz empezó a moverse, desplazándose hacia abajo por la escalera. La joven la siguió. El criado fue detrás. Durante largo rato estuvieron bajando. La escalera descendía en espiral sin término visible. La luz parecía guiarlos. Las paredes cobraron humedad, frialdad, enorme frialdad, y las heladas figuras acabaron cubriéndose de una fina pátina. Reena se tapó más con la capa. Los minutos iban pasando.

Por fin llegaron a un rellano. Distantes paredes eran apenas visibles en la negrura más allá de la luz. Reena se dirigió hacia la izquierda y la luz se desplazó para precederla. Atravesaron un largo corredor ligeramente inclinado hacia abajo y, al cabo de un rato, llegaron a otra escalera, en un lugar donde las paredes se ensanchaban a ambos lados y el rocoso techo mantuvo su nivel hasta que desapareció durante el descenso.

Las dimensiones de la cámara en la que entraron no eran discernibles. Parecía más una caverna que una habitación. El suelo era menos regular que en cualquier otro punto anterior y, con mucho, era el lugar más frío que habían recorrido. Con la capa totalmente cerrada, las manos bajo ella, Reena entró en la cámara y se desplazó en diagonal hacia la derecha.

Finalmente apareció un gran trineo en forma de caja, con un ceroso trapo colgado de la punta del patín izquierdo. Se hallaba cerca del muro, en la entrada de un túnel donde bramaba un helado viento. La luz quedó encima, suspendida. Reena se detuvo y se volvió hacia el siervo.

—Ponlos ahí —dijo señalando—, en la parte delantera.

Suspiró mientras el criado obedecía, y después se inclinó y cubrió los sacos con una piel blanca que estaba plegada en el asiento del vehículo.

—Muy bien —dijo dando media vuelta—. Será mejor que regresemos.

Apuntó en la dirección por donde habían venido y la luz flotante se movió para seguir la indicación de su dedo.

En la habitación circular de la parte superior de la torre más elevada, Ridley pasaba las páginas de uno de los grandes libros. El viento bramaba como un fantasma por encima del inclinado techo, que de vez en cuando vibraba con la fuerza del aire. La misma torre tenía una oscilación apenas perceptible.

Ridley murmuró algo mientras tocaba la encuadernación de cuero, recorriendo con sus ojos las hojas color crema. No lucía ya la cadena con el anillo. El adorno descansaba en ese momento encima de una pequeña cómoda junto a la pared próxima a la puerta; un alto espejo situado encima reflejaba su imagen, con la piedra brillando pálidamente.

Sin dejar de murmurar, Ridley pasó una hoja, luego otra, y se detuvo. Cerró los ojos un momento y se volvió, dejando el libro en el atril. Se situó en el centro exacto de la habitación y permaneció allí largo rato, en el centro de un diagrama rojo dibujado en el suelo. Prosiguió murmurando. De pronto dio media vuelta y se acercó a la cómoda. Cogió el anillo y la cadena. Desató la segunda y retiró el primero.

Sosteniendo el anillo entre el pulgar y el índice de la mano derecha, extendió el índice de la otra mano y rápidamente deslizó el anillo en ese dedo. Lo sacó casi de inmediato y respiró profundamente. Contempló su reflejo en el espejo. Se apresuró a ponerse de nuevo el anillo, se detuvo unos segundos, lo retiró con más lentitud.

Dio vueltas al anillo y lo examinó. La piedra parecía brillar un poco más. Se lo puso una vez más, se lo quitó, se detuvo, se lo puso, se lo quitó, se lo puso, se detuvo, se lo quitó, volvió a ponérselo, hizo una pausa más larga, empezó a quitárselo con lentitud, se lo puso otra vez...

De haber mirado el espejo, Ridley habría reparado en que cada manipulación del anillo provocaba un rápido cambio de expresión en su semblante. El joven pasó por ciclos de asombro y placer, temor y satisfacción mientras el anillo entraba y salía en su dedo. Se lo quitó otra vez y lo dejó encima de la cómoda. Se frotó el dedo. Se contempló en el espejo, bajó los ojos, miró fijamente las profundidades de la piedra. Se humedeció los labios.

Dio media vuelta, dio varios pasos sobre el dibujo, se detuvo. Se volvió y contempló el anillo. Volvió y lo cogió, y lo sopesó en la palma de su mano derecha. Volvió a ponérselo en el dedo y siguió luciéndolo, todavía aferrándolo fuertemente con los dedos de la otra mano. En esta ocasión apretó los dientes y arrugó la frente.

En ese momento el espejo se empañó y una nueva imagen empezó a tomar forma en el cristal. Roca y nieve... Cierto tipo de movimiento... Un hombre... El hombre se arrastraba por la nieve... No. ¡Las manos del hombre buscaban asideros! ¡Avanzaba hacia arriba, no hacia adelante! ¡Estaba trepando, no arrastrándose!

La imagen se hizo más clara. Mientras el hombre subía y localizaba otro apoyo para los pies, Ridley vio las botas verdes. Acto seguido... Ridley dio una brusca orden. Hubo un efecto en lontananza. El hombre empequeñeció, la faz de la escarpa se amplió y se elevó. Allí, por encima del escalador, se alzaba el castillo, aquel castillo con la luz brillante en la ventana de la torre más elevada.

Tras lanzar una maldición, Ridley arrancó el anillo de su dedo. La imagen desapareció al instante, para ser sustituida por la colérica expresión de Ridley.

—¡No! —gritó, corriendo hacia la puerta y abriéndola—. ¡No!

Abrió la puerta de par en par y bajó como una flecha la escalera de caracol.

Dilvish descansó un rato, espalda y piernas apoyadas en los lados de la chimenea de roca, los guantes en su regazo. Sopló sobre sus manos, se las frotó. La grieta acababa a corta distancia por encima de su cabeza. No habría más descansos hasta que llegara a la cumbre, y luego... ¿quién podía decirlo?

Algunos copos de nieve flotaban alrededor. Dilvish escrutó el oscuro cielo, como había hecho regularmente, previendo el retorno de la criatura voladora, pero no vio nada. La idea de que la criatura le atrapara en posición vulnerable le producía considerable preocupación. Siguió frotándose las manos hasta notar picor, hasta percibir que recuperaban un poco de calor. Después se puso los guantes para conservar esa calidez. Echó atrás la cabeza tanto como pudo y miró hacia arriba. Había recorrido dos terceras partes del ascenso por la faz vertical.

Buscó y localizó nuevos asideros para las manos. Escuchó los latidos de su corazón, momentáneamente normales otra vez. Poco a poco, cautelosamente, Dilvish siguió subiendo con los brazos extendidos. Un último impulso hacia arriba. Tras salir de la chimenea, Dilvish se agarró a un saliente y subió un poco más. Sus pies encontraron un punto de apoyo y extendió de nuevo una mano.

Se preguntó si Black habría descubierto un buen camino para bajar. Pensó en su última comida, fría y seca, que estuvo a punto de congelar su lengua. Recordó mejores alimentos en tiempos pasados y notó que la boca se le hacía agua. Llegó a un lugar resbaladizo, lo pasó. Le extrañó la extraña sensación que había tenido antes, como si alguien estuviera vigilándole. 

Había escudriñado el cielo apresuradamente, pero la criatura voladora no estaba por allí. Tras situarse en una gruesa proyección rocosa, sonrió al comprobar que el muro de piedra se inclinaba hacia adentro. Encontró un punto de apoyo para los pies y trepó.

Avanzó con más rapidez a partir de entonces, y al poco tiempo topó con un abrupto borde que quizá fuera el fin de la escalada. Ascendió penosamente hacia el reborde mientras la pendiente se intensificaba y meditó sus movimientos una vez llegara a la cima. Trepó cada vez más deprisa, y por fin la pendiente se suavizó y pudo avanzar agachado. 

Cerca de lo que le pareció la cumbre, trepó más pausadamente hasta quedar tendido a poco menos de dos metros del borde. Aguzó el oído unos instantes, pero no había ruidos aparte del viento.

Con sumo cuidado, los guantes en los dientes, Dilvish sacó el cinto con la espada por encima del brazo y el hombro, y de la cabeza. Desató el cinto y lo bajó. Compuso su ropa, se colocó después el cinto en la cintura. Avanzó con gran lentitud ante la proximidad del borde. 

Cuando por fin alzó la cabeza sobre la roca, sus ojos se llenaron del blanco fulgor del castillo, erguido cual obra de pastelero no demasiado lejos. Pasaron varios minutos mientras Dilvish examinaba el lugar. Nada se movía aparte de la nieve. Buscó una puerta lateral, una ventana baja, cualquier entrada indirecta... Cuando creyó haber encontrado lo que buscaba, trepó al saliente y prosiguió su avance.

Meg estaba cantando a las bailarinas ratas. Las antorchas tremolaban. La humedad corría por las paredes. La bruja tranquilizó a los animales con migas de pan. Las acarició, las rascó y se rió entre dientes.

Hubo otro fuerte golpe en la puerta central. En esta ocasión la madera se astilló cerca de las bisagras.

—Mmeg... ¡Mmeg!...

Y el gran ojo apareció de nuevo detrás de las rejas. Meg levantó la cabeza, observó los húmedos y azulados ojos. Una preocupada expresión asomó en su semblante.

—¿Sí?... —dijo en voz baja.

—¡Meg!

Hubo otro estrépito. La puerta se estremeció. Aparecieron grietas en los bordes.

—¡Meg!

Otro golpe. La puerta crujió y sobresalió del marco; las rajas se ensancharon. Meg agitó la cabeza.

—¿Sí? —dijo en voz más alta, con cierta excitación en su tono.

Las ratas saltaron de su regazo, de sus hombros, de sus rodillas y huyeron precipitadamente por la paja. El siguiente golpe arrancó la puerta de sus goznes, empujándola casi medio metro hacia afuera. 

Una manaza cadavérica, más bien una garra, apareció en el borde con una cadena colgando de un puño metálico alrededor de la muñeca que resonó al golpear la pared, la puerta...

—¿Meg?

La bruja se puso en pie, dejando caer el pan restante que llevaba en el chal. Un negro torbellino de peludos cuerpos se agitó alrededor de las migas, y los chillidos apagaron la réplica de la bruja, que se abrió paso entre las ratas. Otro empujón abrió más la puerta. 

Una cabeza blanca, gigantesca y calva, con una zanahoria colgante por nariz, se asomó por el borde. El cuello era tan grueso que parecía prolongarse hasta los extremos de los anchos hombros. Los brazos eran tan grandes como muslos, la piel albina y con manchones de grasa. Apartó la puerta con un hombro y salió, con la espalda inclinada en un ángulo anormal, la cabeza echada hacia adelante, moviendo unas piernas como columnas. Vestía los jirones de una camisa y los desgarrados restos de unos calzones que, igual que su propietario, habían perdido por completo el color. Los ojos azules, que parpadearon y se humedecieron con la luz de las antorchas, se centraron en Meg.

—¿Mack?... —dijo la bruja.

—¿Meg?...

—¡Mack!

—¡Meg!

La bruja corrió a abrazar al cuarto de tonelada de níveos músculos, con los ojos también húmedos mientras él lograba estrecharla con suavidad. Ambos se hablaron con tiernos murmullos. Finalmente, la bruja le agarró el enorme brazo con su manita.

—Ven. Ven, Mack —le dijo—. Comida para ti. Calor. Estarás libre. Ven.

Le condujo hacia la salida de la cámara, olvidando a sus preciosas ratas. 

Ignorado, el criado de apergaminada piel se movía en los aposentos de Reena con silenciosos pies, recogiendo las esparcidas prendas y volviéndolas a poner en cajones y armarios. Reena estaba sentada ante el tocador, peinándose. Al terminar de poner en orden la habitación, el criado se acercó y se paró junto a la joven. Reena alzó la cabeza, miró alrededor.

—Muy bien —dijo—. No tengo más necesidad de ti. Puedes volver a tu ataúd.

La silueta de la oscura librea dio media vuelta y se fue. Reena se levantó y cogió una palangana de debajo de la cama. Tras llevarla a la mesita de noche, añadió agua de una jarra azul que estaba allí. Volvió al tocador, cogió una de las velas que había cerca del espejo y la colocó a la izquierda de la palangana. Luego se agachó y contempló la húmeda superficie. Las imágenes corrían en el agua... Mientras Reena observaba, fluyeron hasta unirse, se separaron, se combinaron...

El hombre estaba cerca de la cumbre. Reena se estremeció ligeramente al verlo detenerse para quitarse el cinto que llevaba al hombro y atárselo con la espada a la cintura. Lo vio trepar más, hasta el mismo borde. 

Lo vio examinar el castillo largo rato. Después, el desconocido subió y avanzó por la nieve... ¿Adónde iba? ¿Dónde buscaría una entrada? ...Hacia el norte y acercándose, hacia las ventanas del sombrío almacén de la parte trasera. ¡Naturalmente! La nieve estaba amontonada a más altura allí y muy endurecida. El hombre podía alcanzar el alféizar y encaramarse desde allí.

Solo precisaría unos momentos para abrir un agujero cerca del cerrojo con el puño de su arma, meter una mano y abrirlo. Después, varios largos minutos con la espada para astillar el hielo incrustado en el marco. Más tiempo para abrir la ventana. Otros segundos más para localizar la juntura de los postigos interiores, para introducir la hoja entre ambos, levantarla y soltar el pestillo... Luego se hallaría desorientado en una oscura habitación llena de objetos en desorden. 

Tardaría varios minutos más en superar esa situación... Reena sopló suavemente sobre la superficie del agua y la imagen desapareció entre escarceos. Tras coger la vela, la llevó al tocador, la dejó en el mismo sitio. Volvió a poner la palangana en su posición anterior. Se sentó ante el espejo y cogió un pequeño cepillo y una cajita metálica para añadir un toque de color a sus labios.

Ridley despertó a un criado y lo condujo arriba, para recorrer el pasillo que llevaba a la habitación de donde procedían los gritos. Tras detenerse ante la puerta, buscó la llave adecuada en el aro que llevaba al cinto y la abrió.

—¡Por fin! —sonó la voz del interior—. ¡Por favor! Ya...

—¡Cierra la boca! —dijo Ridley, y se volvió. Cogió del brazo al criado y lo condujo hacia la puerta abierta del pasillo. Empujó al criado para meterle en las sombras de la habitación.

—Ponte a un lado —le ordenó—. Quédate ahí. —Siguió guiándolo—. Ahí... donde no pueda verte nadie que pase cerca, pero donde puedas vigilar a ese. Ahora coge esta llave y escucha con atención. Si viene alguien a investigar estos gritos, debes estar preparado. En cuanto él quiera abrir esa puerta, sales rápidamente por detrás de él, le das un golpe y lo encierras... ¡Pega fuerte! Luego cierras la puerta con llave sin perder un instante. Después puedes volver a tu ataúd.

Ridley lo dejó solo, salió al corredor, vaciló un instante y se alejó en dirección al comedor.

—La hora ha llegado —anunció el rostro del espejo, en el mismo momento que entraba el joven.

Ridley se acercó al cristal, contempló la torva cara. Cogió el anillo y se lo puso.

—¡Silencio! —dijo—. Has cumplido tu misión. ¡Vete ya!

El rostro desapareció cuando sus labios empezaban a formar de nuevo las familiares palabras, y Ridley contempló su sombrío reflejo rodeado por el elegante marco. Sonrió vanidosamente, después su semblante cobró seriedad. Sus ojos se entrecerraron, su imagen osciló. El espejo se empañó y se aclaró. Ridley vio al hombre de las botas verdes de pie en el borde de una ventana, astillando el hielo...

Empezó a dar vueltas al anillo. Lo fue volviendo poco a poco, sin cesar, mordiéndose el labio mientras tanto. Luego, bruscamente, lo arrancó de su dedo y suspiró. La presuntuosa sonrisa volvió a su reflejado semblante. Ridley dio media vuelta y cruzó la sala. Pasó por un panel corredizo, se metió por una trampa en el suelo y bajó una escalerilla. Avanzando con rapidez, por todos los atajos que conocía, se dirigió una vez más a la habitación de los siervos.

 

(CONTINUARÁ...) 

Viento - Eraclio Zepeda

El Matías estaba con el aburrimiento prendido de los labios. El mal tiempo había llegado quince días atrás, y desde entonces, no había dejado de caer esa agüita tonta y desesperante que pone de mal humor a los hombres y a los animales. Los cerros se habían perdido desde dos semanas antes en una neblina espesa venida de quién sabe dónde.

—Vientooo. .. Vientooo...

Sentado a la puerta de su jacal veía pasar a las bestias que se hundían hasta la barriga en el lodo del camino; los arrieros, con el coraje bajándoles junto con el agua que resbalaba de los sombreros, veían a Matías impasible en su observación del cielo, del tiempo, de los trabajos, de las lluvias, de los vuelos húmedos y nerviosos de las grandes aves carniceras.

Nada era demasiado importante para que Matías abandonara su oficio de observador del agua. Ya no aguantaba esto de tener que pasarse metido adentro de la casa, aguardando a que el día menos pensado el sol alumbrara estos campos de Solosuchiapa, y el calorcito ahuyentara la humedad que todo impregna. El gusto que da, durante el primer día de sol, salir a la montaña para gozar las gruesas bocanadas de vaho que se elevan desde los troncos derribados o desde los montones de enredadera podrida; ese gusto ya hacía tiempo que no se disfrutaba por estos lados.

—Vientooo... Vientooo...

Matías llamaba al viento del Sur para que se llevara al temporal para allá, para el rumbo de Pichucalco. El viento, que todo puede hacer, mover los guanacastes más pesados, avisar al venado que el tigre o la escopeta se encuentra cerca, el viento que sanea los campos cuando hay mortandad y que también mete ceguera de agua en los ojos de los enfermos, el viento que ayuda a las mujeres embarazadas ciñéndoles el vestido al vientre, ese viento que todo lo puede, también va a llevarse al chipi chipi.

—Vientooo. .. Vientooo...

Matías llevaba toda la mañana gritándole al tiempo. Su pequeña figura, recia y morena, se destacaba a un lado de la puerta de su jacal junto a las matas de perejil que sembró la Martina, su mujer, antes de morirse. Matías no tenía edad. Desde siempre había estado igual. 

Desde siempre había vivido allí, con su misma casa y su mismo alboroto en los cabellos. Los más viejos lo recordaban de la misma manera: con su calzón blanco, de manta de tres pesos metro, manchado con pringas de plátano macho. Don Rosendo Juárez, el que vio cuando pusieron la campana de la iglesia de Solosuchiapa, cuenta que el Matías tiene la misma facha con que lo conoció. Hasta los tres dedos que le faltan en la mano izquierda ya los había perdido en aquella época.

Matías nunca ha tenido patrón. Siempre se mandó él solo. Desde antes que asomara la trompa de Amado Gutiérrez, dando libertad a los peones, en el año trece, ya el Matías era dueño de sus diez hectáreas. Ni don Rosendo Juárez se acuerda cómo fue que se plantó en estas tierras, situadas entre El Horcón y La Malinche.

—Vientooo. .. Vientooo...

Matías nunca tuvo prisa. Si era necesario esperar quince años para comprar la dinamita suficiente para volar las piedras que estorbaban el camino, Matías no se desesperaba. Aguardó tres años para recoger el cadáver de su hijo Quinto, que le mataron en la montaña. Cuando le avisaron, se fue a donde había caído. Lo vio acabando de morir, fresco aún, hasta calientito de la nuca todavía; pero allí lo dejó. 

No lo quiso enterrar  sino hasta tres años después, el día en que, para vengarlo, le metió los veintisiete machetazos del culto a Pancho García que fue quien madrugó al pobre Quinto. Fueron veintisiete machetazos porque esos son los días que tiene la luna llena, y porque esa era la edad del hijo Quinto, y por que a veintisiete leguas, montaña adentro, está el templo de San Miguelito. 

Tres años esperó para vengar al hijo. Tres años después fue cuando se encontró con el asesino. Hasta ese día enterró al pobre Quinto y entonces sí le prendió sus velas, y le quemó copal, y su mujer, la Martina, rezó el rosario, y él le tocó la guitarra y le cantó las golondrinas y regaló a los invitados, dos garrafones de comiteco.

Así era el Matías; nunca tuvo prisa. y ahora ya tenía toda la mañana llamando al viento del Sur para que se llevara el aguacero.

—Vientooo. .. Vientooo...

Las mujeres de Solosuchiapa le tenían rencor al Matías; también le tenían miedo. No porque les dijera cosas al oído, ni porque les tocara las nalgas, sino porque su nagual —decía él mismo—, era la nauyaca, mala culebra que se aparece lista para dar el piquete. Porque decía eso, y porque no llamaba a San Isidro Labrador para que el mal tiempo se acabara, como hace todo cristiano de razón y de juicio.

 

San Isidro Labrador

quita el agua y pon el sol.

 

Así cantaban las mujeres para que se acabara el Norte.

—Pa qué diablos —decía siempre el Matías cuando las escuchaba—. El San Isidro caso es que puede sacar el Norte; caso lo puede correr al chipi chipi. El San Isidro no es siquiera su dueño de él mismo; no se manda solo. Su mozo de Dios es que es el San Isidro. Como lo vas a creer vos, mujer, que lo va a ganar el viento. El viento es culebra. La culebra no tiene dueño, no tiene patrón. No hay en todo el tierra quien pueda regañarla. Es culebra. 

Yo, ¿mirálo caso lo tengo jefe, pues? ¡Porque soy culebra! Ese es mi nagual. El viento es también culebra. ¿Ya no te acordás pues, de cuando cayó la culebra de agua en la mina y que rompió cuanto hay? Primero vino el aironazo; después vino el culebra. Negra se miraba la choricera cuando bajó dando vueltas. Era culebra, esa. La mera culebra del viento que asoma cada que un quetzal se muere de melancolía.

Las mujeres le oían con miedo, pero al momento reanudaban el canto:

San Isidro Labrador,

quita el agua y pon el sol.

 

—¡Ja bestia, pa ser terca mujer! —Regañaba el Matías— al viento sólo se le puede ganar dándole más viento. A la culebra sólo se le mata dándole culebra. Por eso es que se mata pegándole con una tu varita; porque tiene facha de culebra la varita, si no, caso vas a creer que muriera. Yo, mirálo, solo lo voy a morir cuando lo busque la culebra que lo mamó las chichis de mi nana cuando nací. Noche de luna es que tiene que ser, pa que me haga su efecto; pa que me haga enjundia. De otro modo ¡dónde vas a creer que yo me muera!

 

San Isidro Labrador..

quita el agua y pon el sol.

 

—No seas necia, boba. Al viento llamálo, no al San Isidro Labrador que es su mozo de Dios.

Así decía siempre el Matías cuando encontraba gente buscando el fin del chipi chipi.

—Vientooo... Vientooo...

El Matías tenía la misma facha de siempre; el mismo aspecto. No cambiaba. Pero en el fondo, él se sentía ya viejo de los brazos.

—Medio día me cuesta tirarlo un palo de mulato, cuando que hace un año, ¡Adió!, apenas cuando murió la Martina todavía, yo podía tirar la docena en media tarea.

—Vientooo... Vientooo...

El norte aumentaba de intensidad. Se dejó venir un aire que desgajó gruesas ramas frente a la casa del Matías. Pero no fue el viento Sur, el que trae paz, el que trae sol, el que trae música; el que llegó fue el viento del Norte, el viento que trae la muerte, que trae el catarro, que trae la fiebre, que trae los rezos del velorio.

Matías frunció las cejas y se dio un manotazo en las rodillas. Antes, con media hora de llamar al viento, este se aparecía por el rumbo del peñón, abriendo un camino claro entre las nubes negras y llevándose el mal tiempo para Pichucalco. Pero ahora no quería acudir al llamado de Matías.

— Tará enojada la nana culebra que ni caso lo hace del Matías. Sólo eso me faltaba: que la nana culebra me mande también al carajo.

—Vientooo. .. Vientooo...

—El viento nace de la boca de la nana culebra. De allí es que nace. Esa es su mera casa: la boca de la nana culebra. Ella está allá por el camino de Santa Fe. Ese es su nido. Desde allá sopla cuando se lo digo. Quien sabe qué es que le pasa ahora que no quere hacer caso de su hijo Matías. ¡Tan güeno que es él! —y esbozaba una ancha sonrisa al expresar esto—. ¡Tan güeno que es él!

Matías era hijo de la nana culebra. Todo lo indicaba. Ese era el nagual que le había tocado en las señas del patio el día que nació. Además se veía muy claro en su saliva que se mantenía sólida en las hojas que ladean las veredas; se echaba de ver en sus brazos cascarudos y escamosos, en su cara, de rasgados ojos, que se proyecta hacia delante como nauyaca apuntando a los flancos de un caballo. También era fama que podía acercarse a cualquier lugar sin hacer ruido para nada.

—Es que lo arrastro el pié como la nana, sin ruidear —decía.

Matías estaba ya desesperado con el mal tiempo. ¡Para qué diablos tenía que llover en época en que no hay siembras! El agua, entonces, no sirve más que para echar a perder los caminos y para pudrir las raíces de los árboles jóvenes, y para encerrar a los cristianos adentro de sus casas para estarse bebiendo trago o jugando solitarios con las barajas viejas.

—Vientooo. .. Vientooo...

El viento Sur tenía que venir de por el rumbo de Santa Fe. Esto es cosa sabida. De por el rumbo que queda a la izquierda del crepúsculo. De por el rumbo en que el Gobierno está abriendo una carretera. (Por el rumbo de Tapilula están ya las máquinas trabajando, abriendo la montaña, rompiendo las selvas vírgenes, rellenando los pantanos. El primer carro llegó a Rayón hace un mes y hubo cohete y marimba. Para la primavera estarán por las tierras del Martín, llevándose la quietud de siempre con el ruido de las máquinas.)

—Vientooo. .. Vientooo...

El Matías no estaba conforme:

—Puro robar es que es el ingeñero. Ese viene a mi casa. Ta bueno que venga; ¡qué le hace! Pero luego está gritando, quiere mandar, también. Quiere tierra pa que pase el tractor. ¡Pa qué diablo quiero camino yo!  Sólo pa que venga el soldado, el gobierno que pide paga.  Y el ingeñero se queda aquí. Va a querer el rancho, va a querer el casa. ¡Lo que no va a querer es un machetazo que va a llevar! ¿Y a mí? Ese no le hace; que me coma el chucho; que me jimben a la cárcel. Ese tá bueno, van a decir.

—Ansina jué cuando hicieron el camino de la mina. Va a haber de todo, me dijeron. Va a haber chamba, va a haber camión. Si pues, camión hubo... pero camión que trajo el soldado pa matar gente aquí en Solosuchiapa.

—¿Y el ingeñero? .. ese es peor.

Matías, en mucho tiempo, no pudo ir a la mina. Había orden de aprehensión para él. Fue por la trompada aquella que le dio al Ingeniero Jefe de Caminos.

Desde que llegó el ingeniero, quiso contratar Matías para que él le mostrara el terreno para localizar el trazo de la carretera.

—Sólo que lo digás que no sos patrón, es que te voy a acompañar. Sólo así es que voy a ir. Pero no lo estés creyendo que sos mi patrón— le aclaró antes de aceptar el empleo.

—Aceptado Matías. Tu eres el que mejor conoce estos rumbos. Necesito que me acompañes. Y desde luego, tu te mandas solo.

—Acordáte pues, ingeñero.

Así fue como Matías estuvo trabajando en el camino. Le dieron dinero adelantado, a cuenta de su sueldo, que él dejó a la Martina, su mujer, y otro poco que él gastó en trago. Así fue como entró a trabajar al camino.

Más de un mes, Matías acompañó al ingeniero. Hasta aquella noche en que hicieron campamento frente a la finca "La Punta" y empezó a soplar un viento muy fuerte.

—Son los Contra—alisios. .. —dijo el ingeniero.

—Es el Sur. Ese es que es. —replicó Matías.

El ingeniero sonrió y trató de continuar:

—Los Contra—alisios se forman por corriente de aire caliente venida desde el Golfo de México que se encuentra. . .

—Calláte vos, burro. Ingeñero pendejo. Ese no es el que decís. Ese que sopla es el Sur; ¡cómo no lo voy a saber! Es el Sur que nace en el boca del culebra madre. Esa que está por el rumbo de Santa Fe, echada sobre la montaña. Ese que toma viento desde tierra caliente, desde Cinco Cerros, desde Tonalá, desde el mar; desde allá es que lo mete en su cola  y lo viene a sacar por el boca cuando yo lo estoy queriendo, cuando yo le grito a mi nana. Ese es el viento, burro, ingeñero pendejo.

El ingeniero quiso levantarse pero el Matías le dio un golpe en la cara que le hizo caer de espaldas, con las piernas dobladas, en la misma posición que si estuviera hincado.

El Matías agarró camino y no volvió nunca por allí. Se le buscó con orden de aprehensión por los sueldos adelantados. Pero del Matías nunca se vieron las huellas.

Todavía al perderse en la noche, gritó:

—Huyaaa... andá a hacer bobo a tu nana, ingeñero. . .

Matías no aceptaba más verdad que la que le contó su tata, entre trago y trago de pozol, durante los descansos del trabajo.

Vientooo... Vientooo...

Incansable gritaba al mal tiempo; a la nana culebra; a la madre nauyaca. Al viento Sur que limpia de inmundicias la montaña.

—Quién sabe qué maldá es que hice. Quién sabe qué es que dejé de hacer: ya no me quere hacer caso el viento.

—Vientooo. .. Vientooo...

—No he bebido trago; tiene ya cinco días que no bebo trago. ¿Por qué no me va a hacer caso?.. Por que toy viejo ya... ¡carajo!

El Matías no comprendía lo que pasaba.

—Ya son como las dos de la tarde y entodavía no llega el Sur. Y eso que desde que amaneció le estoy aquí grita y grita. . .

Estaba triste. ¿Qué sucede que la nana lo olvida? Eso de sentirse viejo, de sentirse débil, se le empezó a meter por los ojos al Matías.

—Si ya no sirvo pa traer al viento ¿pa qué voy a servir? Ni pa correr por el monte, ni pa levantar una casa, ni pa mercar la sal en Solosuchiapa.

—Vientooo... Vientooo...

—Yo soy el dueño de todo esto. Soy el mero dueño del viento. ¿Por qué pues no va a hacer caso ahora?

Matías se sintió golpeado. Una angustia empezó a agarrársele de los pulmones y le llenó el pecho de tristeza. Matías se sintió solo.

—Ya no hay mujer. Ya el hijo Quinto se quedó quieto bajo el tierra también. Y los otros hijos se murieron chiquitíos de fiebre que les pegó. Sólo yo es que resulté cuerudo. A mi naiden pudo acabarme. Pero ya las siento viejas las piernas. Y el viento que ni caso me hace. . .

—Vientooo... Vientooo...

El camino se perdía en el lodazal. Sólo se escuchaba el ruido largo que producían las bestias al sacar las patas de los agujeros que hacían en el fango. Y el agua cayendo monótonamente en los ojos de todos los hombres y todos los animales del rumbo de Solosuchiapa.

De repente apareció don Manuel Pineda, dueño de la finca "Santa Fe". Venía montado en su mula negra, de paso firme y hermosa estampa. Venía cubierto con una capa de hule de esas que hacen en Teapa, y el gran sombrero charro.

—Buenas tardes Matías... —gritó.

—Idáy pues. .. cómo es que estás vos... –contestó sin levantar la vista.

—¿Estás triste, Matías...?

— Toy. .. poquito. Cómo no voy a estarlo triste. ¿Cómo es que no estás triste vos? .. Vos decís que nunca estás triste. ¡Saber si es cierto!

—No ahora, Matías.

—¡Ja bestia! ¿Tas contento porque sos rico? ¿Así lo vas a decir? ¿Porque tenés finca? ¿Porque tenés cien hectáreas? Pues yo, oílo bien, soy dueño de todo el mundo. Hasta donde alcanza la vista, hasta donde llega el pie, ese es mío. Todo el mundo es que es mi propiedad. ¿Ya lo oíste bien? Y mirálo; yo soy dueño también de los animales que hay por acá. De todo el animalero soy el dueño. Al tigre, oílo, al tigre lo encuentro en el cerro, lo masco mi bobo—tabaco, lo hago pelota con el saliva, lo escupo al tigre, lo pepeno de la oreja, lo monto y me jimbo a recorrer mis tierras. ¿Así soy yo. .. lo viste?

Don Manuel reanudó el camino; le dijo adiós con la mano.

—Andá con la protección del tapir que amanece –le gritó en tzeltal Matías.

El camino quedó solo nuevamente. Ya no hay viajeros, ya no hay bestias. Ya no hay nada. Sólo el lodo y la lluvia. Sólo la voz del Matías.

—Vientooo... Vientooo...

La pena le golpeaba los ojos al Matías. De pronto, de golpe, le dolieron los años, todos los pasos, todos los pleitos; toda su vida le salió de un trancazo del recuerdo y se le fue a meter en las coyunturas.

—Y en día de mal tiempo. .. Eso es lo peor. Viejo toy ya.

—Vientooo... Vientooo...

—y el maldecido que ni caso me hace ya.

Matías recordó su nombre, su fama, su lugar en Solosuchiapa.

Allá nadie desconoce a Matías. Saben que es libre, que es bravo, que es diablo, que es decidido, que es fuerte. Cuando toma aguardiente se cierran todas las puertas de Solosuchiapa.

—Anda bebiendo trago el Matías —dicen.

Cuando llega a Solosuchiapa, siempre mata una culebra, nauyaca, en el camino y entra al pueblo con el cadáver de la víbora rodeándole el cuello. La cola cuelga por su brazo izquierdo, la cabeza queda para el lado derecho. Así debe ser la cola del lado de la zurda, de la noche, de lo malo, de la herida en los muñones de la mano. Así debe ser la cabeza del lado de la derecha, de la sabiduría, de la luz, de la bondad, de lo completo. Sobre el morral queda la cabeza.

Así es como llega siempre al pueblo el Matías. Las mujeres le ven con temor.

—¿Por qué es que lo tenés miedo, bruta? ¿Caso sos doncella, pues? Sólo a las doncellas es que le hace daño el culebra. Este es mi nagual. Es mi hermanita, mi hijita. Dormíte, chula —dice el Matías, y acaricia la cabeza de la culebra, muerta—. Dormíte pues chulita; aquí te voy a meter en el morral. —y hace entrar a la culebra en el morral ante el temor de todos.

Así es el Matías.

—Vientooo. .. Vientooo...

Matías nunca tiene prisa. Pero el dolor le llena la  boca de un sabor amargo, y quisiera que el viento Sur, viniera rapidito. Le duele la cabeza y está triste, triste porque el viento no llega nunca.

—Vientooo. .. Vientooo...

Cuando quisieron llevarle en la leva, Matías perdió en la montaña el pelotón que le buscaba. Los dejó allá extraviados; y cuando se fueron separando él los mató a uno por uno.

—Pa qué me iban a llevar pues. Caso soy yo su mula pa que me echen a rodar tierras. Caso soy matón yo. Soldado. .. primero que me pique el culebra en noche de luna.

—Vientooo... Vientooo...

En todo el día, Matías no se movió de la puerta de su jacal. Ahí se estuvo, en su puesto, en su lugar, viendo al cielo, a las nubes negras, a la lluvia, cara al Norte y la esperanza al Sur.

—Vientooo. .. Vientooo...

Ya no había arroz en la casa del Matías. El frijol también se acabó. Y el maíz no aguanta dos días más. Esa es su provisión. No hay nada. Sólo las hojitas de cilantro que sembró la Martina el último día que vivió.

—Pa cuando tengás retortijón —le dijo, y empezó a morirse.

—Vientooo... Vientooo...

Todavía hace veinte días fue a Solosuchiapa. Iba a pedir fiado el Matías en la tienda del Gregorio. Gregorio es rico; tiene más de cuarenta mulas para el acarreo de las mercancías, tiene su rancho de café, tiene radio para oír las noticias de México en la noche; tiene mucho miedo del Matías.

—Güenas noches, Gregorio. ¿Cómo tá tu corazón?

—¡Ah! . .. ¿Qué hubo Matías. Cómo estás. Qué es lo que querés?

—¿Te acordás de aquel tus tres pesos que me diste de frijol hace un mes?

—Sí, claro. ¿Qué......lo vas a pagar?

—Onde vas a creer, bobo. Caso soy rico yo. Caso coseché ya. Caso tenga paga enterrada como tenés vos.

—Pues ya es tiempo que pagués...

—Ya es tiempo... Ya es tiempo de aguas, es que debés decir. Vos tás creyendo que el Matías es pesudo, que es rico. Caso soy ladrón como vos. Caso tengo tienda pa robar la gente. Yo lo siembro la tierra, lo saco el maíz, no lo envuelvo en papel ni lo estoy pesando por poquitíos de balanza igual que las mujeres, como vos lo hacés. Vos tenés paga porque robás. Yo soy hombre honrado; de ley, como los nombran.

—Pero es que ya es tiempo que pagués. . .

—¡la bestia! Sólo eso lo sabés decir. Así también lo andaba diciendo el Serafín Angeles. Pero tanto lo anduvo diciendo que también quedó muerto, sin cabeza, en el camino a Ixhuatán. Porque tenía tienda y robaba mucho. Porque quiso robarme un peso jué que murió.

Ahí velo vos. También te podés morir. También podés quedar en el camino.

—Bueno pues, qué es lo que querés. . .

—Ah! ya lo cambiaste el plática... ¡bueno! Mirálo bien: ese tres pesos que te debo ya lo voy a pagar. ¿Seguro que lo voy a pagar viste? Pero ahora prestáme otros tres pesos de frijol y arroz. Prestámelos y voy a estar contento. . .

— Tomálos, pues.

—Así es como yo me gusta, Gregorio. .. —y entre risas se fue de regreso a su casa el Matías.

Esto fue hace ya veinte días y el arroz y el frijol ya se terminó.

—Pero manque me muera de hambre no voy, hasta que se quite el Norte. ..

—Vientooo... Vientooo...

La lluvia aumentó. El viento empezó a sonar más fuerte y los monos gritaron de miedo y frío desde los árboles.

— Llorá, hermano...

Sólo el grito de los monos acompañó al Matías.

—Vientooo... Vientooo...

Ya no hay cantos de pava, ni de paloma, ni de zenzontle, ni de cardenal. Ya no hay saltos de venado, ni de conejo, ni de tepezcuintle. Ya no hay peleas de potros. Ya no hay nada; sólo el viento.

—Como pa quedarse muerto.

Matías se estuvo en silencio hasta que oyó el ruido del café hirviendo. Quiso levantarse pero no le dio la fuerza. La reuma se le encajó en la rodilla. Mejor se estuvo quieto y contempló, sin pensar en nada, cómo el café rebasaba el jarro y apagaba las brasas del rescoldo. Un ruido como de culebra de cascabel se elevó con el humo. Las brasas corrieron ojitos de conejo por los leños. Después siguió el silencio.

—Que se apague todo de un jalón. Que se apague el lumbre, el sueño, el risa, el guitarra. ¡El Matías que se apague! ¿Pa qué diablos voy a probar todo ésto si ni el Sur llega ni el Norte se va?

—Vientooo. .. Vientooo...

—Ya cayó la noche igual que un caballo muerto. Ni cuenta se da uno. Sigue el viento de agua, el tiempo de agua, el ruido de agua, el golpe de agua. No viene el Sur, no sirvo pa nada. Toy viejo.

—Vientooo... Vientooo...

Ya a esas horas no se ve el camino., ni los árboles, ni las matitas de perejil que sembró la Martina.

Sólo se oye el mal tiempo, el temporal, el Norte.

—Vientooo... Vientooo...

La voz del Matías se estuvo haciendo débil desde la tarde. Tosía a cada rato. Le dolía la garganta. Ya a estas horas, ocho de la noche, sus gritos no los hubiera oído nadie, aunque estuviera a tres pasos.

—Vientooo... Vientooo...

Y el agua que caía y caía. Empezó a colarse por el techo de palmas del jacal.

—Vientooo... Vientooo...

Apenas si abría los labios. Eso era todo. No se oía nada.

—Vientooo. .. Vientooo...

Oyó un ruidito a su derecha y descubrió el grueso de una nauyaca enroscada, lista para el mordisco, para el dolor, para la muerte; los ojitos fijos, la lengua partida, moviéndose hasta causar mareos.

—Ya vinistes, hermanita. ¿Por qué me querés llevar? Ahora que no hay luna. Sólo con luna es que me podés llevar. Que me puedo morir. ¿A qué vinistes, hermanita?

La fina cabeza triangular inició un vaivén con dirección a la cara del Matías. La lengua se hizo más rápida en su movimiento. Una leve tronazón de escamas resultó del cuerpo de la nauyaca.

—Refrescáte hermanita. Andá a decirle a la nana que ya termine el Norte. A yo no me hace caso. Todo el día, desde que calculé la amanecida le he estado gritando al viento. Andá a decirle vos, hermanita, que su hijo Matías quere ya salir, quere ir al pueblo, ya no se quere mojar. Andá a contarle cómo está de fiero el mundo con este lodazal y este frío que se mete en las orejas. Andá a decirle hermanita, que Matías está grita que grita. Andá a preguntarle por qué ya no le hacen caso al Matías.

La mano, recia y morena, la mano derecha de Matías, la mano buena, la completa fue acercándose a la cabeza de la víbora.

—No me oís, esperáte; te voy a acariciar ¿por qué tás enojada? Calmáte.

La mano siguió acercándose. Los ojos de la nauyaca se pusieron rojos de la rabia.

—Esperáte, hermanita...

Rápida, la cabeza se echó al frente, los curvos colmillos se hincaron en la mano del Matías.

— Jija de tu madre.

El dolor fue como de quemada. Sintió que la mano le ardía y se inflamaba enormemente. Ahí entre el índice y el pulgar, en el mero "pellejito del chiflido" como él decía, estaba la doble herida del veneno.

—¿Por qué me mordiste, hermanita? Yo te iba a acariciar. ¿Pero acaso te olvidaste que a mí no me podés matar? Sólo que fuera noche de luna podés fregarme. Y eso, yo queriendo.

La nauyaca volvió a enroscarse Y preparó el cuello nuevamente. Los ojos, pequeños dardos, y la lengua con movimientos lentos, primero, y muy rápidos después.

—Mordéme otra. .. pa que veás. Pa que te des cuenta que al Matías no lo podés fregar. . .

Y acercó la mano, hasta casi rozar la cabeza triangular.

Uno, dos, tres, mordidas rápidas.

El dolor aumentó, pero Matías no quitó la mano, agarró la nauyaca y la sacó de la casa.

—Andáte ya, hermanita. No sea que te vayás a morir.

Andá a avisar a la nana que digo yo que lo quite su mal tiempo.

El dolor era enorme cuando regresó al sitio en que estuvo todo el día, al lado de la puerta y a la derecha de las matitas de perejil.

—Vientooo... Vientooo...

La noche siguió lluviosa y negra.

—Vientooo... Vientooo...

A las diez de la noche empezaron a castañearle los dientes y a sentir que el ardor se le había metido en todo el cuerpo.

—Vientooo... Vientooo...

No quiso tomar las semillas de contraveneno.

—¿Pa qué? Si yo no puedo morir en noche obscura. Sólo que estuviera ya muy viejo es que me moría. Y si lo estoy ya viejo, mejor ni lo tomo la semilla.

Los ojos le quemaban detrás de los párpados. Si los cerraba veía rojo, como si estuviera amaneciendo.

—Vientooo. .. Vientooo...

Movió los pies y vio que una huella de sangre quedaba marcada en el piso.

—Ya lo estoy sudando la sangre. Capaz que toy viejo. . .

—Vientooo. .. Vientooo...

Estaba hinchado; ya los ojos se le perdían en la inflamación del rostro.

—Vientooo... Vientooo...

Un dolor de huesos rotos le partió la espalda. Sin embargo, no se quejó.

—Vientooo. .. Vientooo...

Estaba seguro el Matías que no se podía morir.

—Noche cerrada es seña que el Matías lo tiene la protección —había dicho siempre.

—Vientooo. .. Vientooo...

Era incapaz de mover las piernas y los brazos. Un gran dolor se lo impedía. Empezó a orinarse y no se pudo contener. Estaba empapado en sangre.

—Vientooo...Vientooo...

Los retortijones le cerraban el estómago. Pensó en los perejiles pero no pudo moverse; y ni siquiera había fuego... También pensó en la Martina.

De pronto sintió que el viento era contrario. Que los árboles se movían al contrario.

—¡Viento Sur! —quiso gritar, pero ya su voz venía del fondo de un pozo negro.

—Vientooo. .. Vientooo...

Ya sólo pensaba las palabras; no podía mover los labios.

El Sur pegó de lleno. La lluvia disminuyó y el temporal agarró camino para Pichucalco.

—Viento... No podía dejar de oírme la nana —pensaba como en sueños el Matías.

El cielo se limpió. El viento ya era fresco. El frío desapareció.

—Viento. ..

Se abrió un boquete en las nubes y un claro asomó por ellas.

—La luna...

Fue noche de luna la noche del picotazo de la víbora. La noche de la muerte y del fin del mal tiempo. La noche que asomó el viento Sur era noche de luna.

—Viento.. .

El Sur empujó a las nubes hasta más atrás del peñón. El cielo estaba azul y la luna alumbraba los cerros y los grandes árboles.

Matías sintió que el corazón le estallaba. Se puso morado y casi no respiraba. Ya no sentía nada. Quiso tocarse el pecho pero fue incapaz de mover el brazo.

— Viento ...

Matías se fue cayendo del lado derecho, del lado del Sur, del lado de la luz, del lado de la mano buena, del lado del perejil que le dejó su mujer para que lo ayudara.

—Viento. ..

Con la luna en la cara, Matías se fue quedando muerto.

—Vientooo...