INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta observar. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta observar. Mostrar todas las entradas

Viento - Eraclio Zepeda

El Matías estaba con el aburrimiento prendido de los labios. El mal tiempo había llegado quince días atrás, y desde entonces, no había dejado de caer esa agüita tonta y desesperante que pone de mal humor a los hombres y a los animales. Los cerros se habían perdido desde dos semanas antes en una neblina espesa venida de quién sabe dónde.

—Vientooo. .. Vientooo...

Sentado a la puerta de su jacal veía pasar a las bestias que se hundían hasta la barriga en el lodo del camino; los arrieros, con el coraje bajándoles junto con el agua que resbalaba de los sombreros, veían a Matías impasible en su observación del cielo, del tiempo, de los trabajos, de las lluvias, de los vuelos húmedos y nerviosos de las grandes aves carniceras.

Nada era demasiado importante para que Matías abandonara su oficio de observador del agua. Ya no aguantaba esto de tener que pasarse metido adentro de la casa, aguardando a que el día menos pensado el sol alumbrara estos campos de Solosuchiapa, y el calorcito ahuyentara la humedad que todo impregna. El gusto que da, durante el primer día de sol, salir a la montaña para gozar las gruesas bocanadas de vaho que se elevan desde los troncos derribados o desde los montones de enredadera podrida; ese gusto ya hacía tiempo que no se disfrutaba por estos lados.

—Vientooo... Vientooo...

Matías llamaba al viento del Sur para que se llevara al temporal para allá, para el rumbo de Pichucalco. El viento, que todo puede hacer, mover los guanacastes más pesados, avisar al venado que el tigre o la escopeta se encuentra cerca, el viento que sanea los campos cuando hay mortandad y que también mete ceguera de agua en los ojos de los enfermos, el viento que ayuda a las mujeres embarazadas ciñéndoles el vestido al vientre, ese viento que todo lo puede, también va a llevarse al chipi chipi.

—Vientooo. .. Vientooo...

Matías llevaba toda la mañana gritándole al tiempo. Su pequeña figura, recia y morena, se destacaba a un lado de la puerta de su jacal junto a las matas de perejil que sembró la Martina, su mujer, antes de morirse. Matías no tenía edad. Desde siempre había estado igual. 

Desde siempre había vivido allí, con su misma casa y su mismo alboroto en los cabellos. Los más viejos lo recordaban de la misma manera: con su calzón blanco, de manta de tres pesos metro, manchado con pringas de plátano macho. Don Rosendo Juárez, el que vio cuando pusieron la campana de la iglesia de Solosuchiapa, cuenta que el Matías tiene la misma facha con que lo conoció. Hasta los tres dedos que le faltan en la mano izquierda ya los había perdido en aquella época.

Matías nunca ha tenido patrón. Siempre se mandó él solo. Desde antes que asomara la trompa de Amado Gutiérrez, dando libertad a los peones, en el año trece, ya el Matías era dueño de sus diez hectáreas. Ni don Rosendo Juárez se acuerda cómo fue que se plantó en estas tierras, situadas entre El Horcón y La Malinche.

—Vientooo. .. Vientooo...

Matías nunca tuvo prisa. Si era necesario esperar quince años para comprar la dinamita suficiente para volar las piedras que estorbaban el camino, Matías no se desesperaba. Aguardó tres años para recoger el cadáver de su hijo Quinto, que le mataron en la montaña. Cuando le avisaron, se fue a donde había caído. Lo vio acabando de morir, fresco aún, hasta calientito de la nuca todavía; pero allí lo dejó. 

No lo quiso enterrar  sino hasta tres años después, el día en que, para vengarlo, le metió los veintisiete machetazos del culto a Pancho García que fue quien madrugó al pobre Quinto. Fueron veintisiete machetazos porque esos son los días que tiene la luna llena, y porque esa era la edad del hijo Quinto, y por que a veintisiete leguas, montaña adentro, está el templo de San Miguelito. 

Tres años esperó para vengar al hijo. Tres años después fue cuando se encontró con el asesino. Hasta ese día enterró al pobre Quinto y entonces sí le prendió sus velas, y le quemó copal, y su mujer, la Martina, rezó el rosario, y él le tocó la guitarra y le cantó las golondrinas y regaló a los invitados, dos garrafones de comiteco.

Así era el Matías; nunca tuvo prisa. y ahora ya tenía toda la mañana llamando al viento del Sur para que se llevara el aguacero.

—Vientooo. .. Vientooo...

Las mujeres de Solosuchiapa le tenían rencor al Matías; también le tenían miedo. No porque les dijera cosas al oído, ni porque les tocara las nalgas, sino porque su nagual —decía él mismo—, era la nauyaca, mala culebra que se aparece lista para dar el piquete. Porque decía eso, y porque no llamaba a San Isidro Labrador para que el mal tiempo se acabara, como hace todo cristiano de razón y de juicio.

 

San Isidro Labrador

quita el agua y pon el sol.

 

Así cantaban las mujeres para que se acabara el Norte.

—Pa qué diablos —decía siempre el Matías cuando las escuchaba—. El San Isidro caso es que puede sacar el Norte; caso lo puede correr al chipi chipi. El San Isidro no es siquiera su dueño de él mismo; no se manda solo. Su mozo de Dios es que es el San Isidro. Como lo vas a creer vos, mujer, que lo va a ganar el viento. El viento es culebra. La culebra no tiene dueño, no tiene patrón. No hay en todo el tierra quien pueda regañarla. Es culebra. 

Yo, ¿mirálo caso lo tengo jefe, pues? ¡Porque soy culebra! Ese es mi nagual. El viento es también culebra. ¿Ya no te acordás pues, de cuando cayó la culebra de agua en la mina y que rompió cuanto hay? Primero vino el aironazo; después vino el culebra. Negra se miraba la choricera cuando bajó dando vueltas. Era culebra, esa. La mera culebra del viento que asoma cada que un quetzal se muere de melancolía.

Las mujeres le oían con miedo, pero al momento reanudaban el canto:

San Isidro Labrador,

quita el agua y pon el sol.

 

—¡Ja bestia, pa ser terca mujer! —Regañaba el Matías— al viento sólo se le puede ganar dándole más viento. A la culebra sólo se le mata dándole culebra. Por eso es que se mata pegándole con una tu varita; porque tiene facha de culebra la varita, si no, caso vas a creer que muriera. Yo, mirálo, solo lo voy a morir cuando lo busque la culebra que lo mamó las chichis de mi nana cuando nací. Noche de luna es que tiene que ser, pa que me haga su efecto; pa que me haga enjundia. De otro modo ¡dónde vas a creer que yo me muera!

 

San Isidro Labrador..

quita el agua y pon el sol.

 

—No seas necia, boba. Al viento llamálo, no al San Isidro Labrador que es su mozo de Dios.

Así decía siempre el Matías cuando encontraba gente buscando el fin del chipi chipi.

—Vientooo... Vientooo...

El Matías tenía la misma facha de siempre; el mismo aspecto. No cambiaba. Pero en el fondo, él se sentía ya viejo de los brazos.

—Medio día me cuesta tirarlo un palo de mulato, cuando que hace un año, ¡Adió!, apenas cuando murió la Martina todavía, yo podía tirar la docena en media tarea.

—Vientooo... Vientooo...

El norte aumentaba de intensidad. Se dejó venir un aire que desgajó gruesas ramas frente a la casa del Matías. Pero no fue el viento Sur, el que trae paz, el que trae sol, el que trae música; el que llegó fue el viento del Norte, el viento que trae la muerte, que trae el catarro, que trae la fiebre, que trae los rezos del velorio.

Matías frunció las cejas y se dio un manotazo en las rodillas. Antes, con media hora de llamar al viento, este se aparecía por el rumbo del peñón, abriendo un camino claro entre las nubes negras y llevándose el mal tiempo para Pichucalco. Pero ahora no quería acudir al llamado de Matías.

— Tará enojada la nana culebra que ni caso lo hace del Matías. Sólo eso me faltaba: que la nana culebra me mande también al carajo.

—Vientooo. .. Vientooo...

—El viento nace de la boca de la nana culebra. De allí es que nace. Esa es su mera casa: la boca de la nana culebra. Ella está allá por el camino de Santa Fe. Ese es su nido. Desde allá sopla cuando se lo digo. Quien sabe qué es que le pasa ahora que no quere hacer caso de su hijo Matías. ¡Tan güeno que es él! —y esbozaba una ancha sonrisa al expresar esto—. ¡Tan güeno que es él!

Matías era hijo de la nana culebra. Todo lo indicaba. Ese era el nagual que le había tocado en las señas del patio el día que nació. Además se veía muy claro en su saliva que se mantenía sólida en las hojas que ladean las veredas; se echaba de ver en sus brazos cascarudos y escamosos, en su cara, de rasgados ojos, que se proyecta hacia delante como nauyaca apuntando a los flancos de un caballo. También era fama que podía acercarse a cualquier lugar sin hacer ruido para nada.

—Es que lo arrastro el pié como la nana, sin ruidear —decía.

Matías estaba ya desesperado con el mal tiempo. ¡Para qué diablos tenía que llover en época en que no hay siembras! El agua, entonces, no sirve más que para echar a perder los caminos y para pudrir las raíces de los árboles jóvenes, y para encerrar a los cristianos adentro de sus casas para estarse bebiendo trago o jugando solitarios con las barajas viejas.

—Vientooo. .. Vientooo...

El viento Sur tenía que venir de por el rumbo de Santa Fe. Esto es cosa sabida. De por el rumbo que queda a la izquierda del crepúsculo. De por el rumbo en que el Gobierno está abriendo una carretera. (Por el rumbo de Tapilula están ya las máquinas trabajando, abriendo la montaña, rompiendo las selvas vírgenes, rellenando los pantanos. El primer carro llegó a Rayón hace un mes y hubo cohete y marimba. Para la primavera estarán por las tierras del Martín, llevándose la quietud de siempre con el ruido de las máquinas.)

—Vientooo. .. Vientooo...

El Matías no estaba conforme:

—Puro robar es que es el ingeñero. Ese viene a mi casa. Ta bueno que venga; ¡qué le hace! Pero luego está gritando, quiere mandar, también. Quiere tierra pa que pase el tractor. ¡Pa qué diablo quiero camino yo!  Sólo pa que venga el soldado, el gobierno que pide paga.  Y el ingeñero se queda aquí. Va a querer el rancho, va a querer el casa. ¡Lo que no va a querer es un machetazo que va a llevar! ¿Y a mí? Ese no le hace; que me coma el chucho; que me jimben a la cárcel. Ese tá bueno, van a decir.

—Ansina jué cuando hicieron el camino de la mina. Va a haber de todo, me dijeron. Va a haber chamba, va a haber camión. Si pues, camión hubo... pero camión que trajo el soldado pa matar gente aquí en Solosuchiapa.

—¿Y el ingeñero? .. ese es peor.

Matías, en mucho tiempo, no pudo ir a la mina. Había orden de aprehensión para él. Fue por la trompada aquella que le dio al Ingeniero Jefe de Caminos.

Desde que llegó el ingeniero, quiso contratar Matías para que él le mostrara el terreno para localizar el trazo de la carretera.

—Sólo que lo digás que no sos patrón, es que te voy a acompañar. Sólo así es que voy a ir. Pero no lo estés creyendo que sos mi patrón— le aclaró antes de aceptar el empleo.

—Aceptado Matías. Tu eres el que mejor conoce estos rumbos. Necesito que me acompañes. Y desde luego, tu te mandas solo.

—Acordáte pues, ingeñero.

Así fue como Matías estuvo trabajando en el camino. Le dieron dinero adelantado, a cuenta de su sueldo, que él dejó a la Martina, su mujer, y otro poco que él gastó en trago. Así fue como entró a trabajar al camino.

Más de un mes, Matías acompañó al ingeniero. Hasta aquella noche en que hicieron campamento frente a la finca "La Punta" y empezó a soplar un viento muy fuerte.

—Son los Contra—alisios. .. —dijo el ingeniero.

—Es el Sur. Ese es que es. —replicó Matías.

El ingeniero sonrió y trató de continuar:

—Los Contra—alisios se forman por corriente de aire caliente venida desde el Golfo de México que se encuentra. . .

—Calláte vos, burro. Ingeñero pendejo. Ese no es el que decís. Ese que sopla es el Sur; ¡cómo no lo voy a saber! Es el Sur que nace en el boca del culebra madre. Esa que está por el rumbo de Santa Fe, echada sobre la montaña. Ese que toma viento desde tierra caliente, desde Cinco Cerros, desde Tonalá, desde el mar; desde allá es que lo mete en su cola  y lo viene a sacar por el boca cuando yo lo estoy queriendo, cuando yo le grito a mi nana. Ese es el viento, burro, ingeñero pendejo.

El ingeniero quiso levantarse pero el Matías le dio un golpe en la cara que le hizo caer de espaldas, con las piernas dobladas, en la misma posición que si estuviera hincado.

El Matías agarró camino y no volvió nunca por allí. Se le buscó con orden de aprehensión por los sueldos adelantados. Pero del Matías nunca se vieron las huellas.

Todavía al perderse en la noche, gritó:

—Huyaaa... andá a hacer bobo a tu nana, ingeñero. . .

Matías no aceptaba más verdad que la que le contó su tata, entre trago y trago de pozol, durante los descansos del trabajo.

Vientooo... Vientooo...

Incansable gritaba al mal tiempo; a la nana culebra; a la madre nauyaca. Al viento Sur que limpia de inmundicias la montaña.

—Quién sabe qué maldá es que hice. Quién sabe qué es que dejé de hacer: ya no me quere hacer caso el viento.

—Vientooo. .. Vientooo...

—No he bebido trago; tiene ya cinco días que no bebo trago. ¿Por qué no me va a hacer caso?.. Por que toy viejo ya... ¡carajo!

El Matías no comprendía lo que pasaba.

—Ya son como las dos de la tarde y entodavía no llega el Sur. Y eso que desde que amaneció le estoy aquí grita y grita. . .

Estaba triste. ¿Qué sucede que la nana lo olvida? Eso de sentirse viejo, de sentirse débil, se le empezó a meter por los ojos al Matías.

—Si ya no sirvo pa traer al viento ¿pa qué voy a servir? Ni pa correr por el monte, ni pa levantar una casa, ni pa mercar la sal en Solosuchiapa.

—Vientooo... Vientooo...

—Yo soy el dueño de todo esto. Soy el mero dueño del viento. ¿Por qué pues no va a hacer caso ahora?

Matías se sintió golpeado. Una angustia empezó a agarrársele de los pulmones y le llenó el pecho de tristeza. Matías se sintió solo.

—Ya no hay mujer. Ya el hijo Quinto se quedó quieto bajo el tierra también. Y los otros hijos se murieron chiquitíos de fiebre que les pegó. Sólo yo es que resulté cuerudo. A mi naiden pudo acabarme. Pero ya las siento viejas las piernas. Y el viento que ni caso me hace. . .

—Vientooo... Vientooo...

El camino se perdía en el lodazal. Sólo se escuchaba el ruido largo que producían las bestias al sacar las patas de los agujeros que hacían en el fango. Y el agua cayendo monótonamente en los ojos de todos los hombres y todos los animales del rumbo de Solosuchiapa.

De repente apareció don Manuel Pineda, dueño de la finca "Santa Fe". Venía montado en su mula negra, de paso firme y hermosa estampa. Venía cubierto con una capa de hule de esas que hacen en Teapa, y el gran sombrero charro.

—Buenas tardes Matías... —gritó.

—Idáy pues. .. cómo es que estás vos... –contestó sin levantar la vista.

—¿Estás triste, Matías...?

— Toy. .. poquito. Cómo no voy a estarlo triste. ¿Cómo es que no estás triste vos? .. Vos decís que nunca estás triste. ¡Saber si es cierto!

—No ahora, Matías.

—¡Ja bestia! ¿Tas contento porque sos rico? ¿Así lo vas a decir? ¿Porque tenés finca? ¿Porque tenés cien hectáreas? Pues yo, oílo bien, soy dueño de todo el mundo. Hasta donde alcanza la vista, hasta donde llega el pie, ese es mío. Todo el mundo es que es mi propiedad. ¿Ya lo oíste bien? Y mirálo; yo soy dueño también de los animales que hay por acá. De todo el animalero soy el dueño. Al tigre, oílo, al tigre lo encuentro en el cerro, lo masco mi bobo—tabaco, lo hago pelota con el saliva, lo escupo al tigre, lo pepeno de la oreja, lo monto y me jimbo a recorrer mis tierras. ¿Así soy yo. .. lo viste?

Don Manuel reanudó el camino; le dijo adiós con la mano.

—Andá con la protección del tapir que amanece –le gritó en tzeltal Matías.

El camino quedó solo nuevamente. Ya no hay viajeros, ya no hay bestias. Ya no hay nada. Sólo el lodo y la lluvia. Sólo la voz del Matías.

—Vientooo... Vientooo...

La pena le golpeaba los ojos al Matías. De pronto, de golpe, le dolieron los años, todos los pasos, todos los pleitos; toda su vida le salió de un trancazo del recuerdo y se le fue a meter en las coyunturas.

—Y en día de mal tiempo. .. Eso es lo peor. Viejo toy ya.

—Vientooo... Vientooo...

—y el maldecido que ni caso me hace ya.

Matías recordó su nombre, su fama, su lugar en Solosuchiapa.

Allá nadie desconoce a Matías. Saben que es libre, que es bravo, que es diablo, que es decidido, que es fuerte. Cuando toma aguardiente se cierran todas las puertas de Solosuchiapa.

—Anda bebiendo trago el Matías —dicen.

Cuando llega a Solosuchiapa, siempre mata una culebra, nauyaca, en el camino y entra al pueblo con el cadáver de la víbora rodeándole el cuello. La cola cuelga por su brazo izquierdo, la cabeza queda para el lado derecho. Así debe ser la cola del lado de la zurda, de la noche, de lo malo, de la herida en los muñones de la mano. Así debe ser la cabeza del lado de la derecha, de la sabiduría, de la luz, de la bondad, de lo completo. Sobre el morral queda la cabeza.

Así es como llega siempre al pueblo el Matías. Las mujeres le ven con temor.

—¿Por qué es que lo tenés miedo, bruta? ¿Caso sos doncella, pues? Sólo a las doncellas es que le hace daño el culebra. Este es mi nagual. Es mi hermanita, mi hijita. Dormíte, chula —dice el Matías, y acaricia la cabeza de la culebra, muerta—. Dormíte pues chulita; aquí te voy a meter en el morral. —y hace entrar a la culebra en el morral ante el temor de todos.

Así es el Matías.

—Vientooo. .. Vientooo...

Matías nunca tiene prisa. Pero el dolor le llena la  boca de un sabor amargo, y quisiera que el viento Sur, viniera rapidito. Le duele la cabeza y está triste, triste porque el viento no llega nunca.

—Vientooo. .. Vientooo...

Cuando quisieron llevarle en la leva, Matías perdió en la montaña el pelotón que le buscaba. Los dejó allá extraviados; y cuando se fueron separando él los mató a uno por uno.

—Pa qué me iban a llevar pues. Caso soy yo su mula pa que me echen a rodar tierras. Caso soy matón yo. Soldado. .. primero que me pique el culebra en noche de luna.

—Vientooo... Vientooo...

En todo el día, Matías no se movió de la puerta de su jacal. Ahí se estuvo, en su puesto, en su lugar, viendo al cielo, a las nubes negras, a la lluvia, cara al Norte y la esperanza al Sur.

—Vientooo. .. Vientooo...

Ya no había arroz en la casa del Matías. El frijol también se acabó. Y el maíz no aguanta dos días más. Esa es su provisión. No hay nada. Sólo las hojitas de cilantro que sembró la Martina el último día que vivió.

—Pa cuando tengás retortijón —le dijo, y empezó a morirse.

—Vientooo... Vientooo...

Todavía hace veinte días fue a Solosuchiapa. Iba a pedir fiado el Matías en la tienda del Gregorio. Gregorio es rico; tiene más de cuarenta mulas para el acarreo de las mercancías, tiene su rancho de café, tiene radio para oír las noticias de México en la noche; tiene mucho miedo del Matías.

—Güenas noches, Gregorio. ¿Cómo tá tu corazón?

—¡Ah! . .. ¿Qué hubo Matías. Cómo estás. Qué es lo que querés?

—¿Te acordás de aquel tus tres pesos que me diste de frijol hace un mes?

—Sí, claro. ¿Qué......lo vas a pagar?

—Onde vas a creer, bobo. Caso soy rico yo. Caso coseché ya. Caso tenga paga enterrada como tenés vos.

—Pues ya es tiempo que pagués...

—Ya es tiempo... Ya es tiempo de aguas, es que debés decir. Vos tás creyendo que el Matías es pesudo, que es rico. Caso soy ladrón como vos. Caso tengo tienda pa robar la gente. Yo lo siembro la tierra, lo saco el maíz, no lo envuelvo en papel ni lo estoy pesando por poquitíos de balanza igual que las mujeres, como vos lo hacés. Vos tenés paga porque robás. Yo soy hombre honrado; de ley, como los nombran.

—Pero es que ya es tiempo que pagués. . .

—¡la bestia! Sólo eso lo sabés decir. Así también lo andaba diciendo el Serafín Angeles. Pero tanto lo anduvo diciendo que también quedó muerto, sin cabeza, en el camino a Ixhuatán. Porque tenía tienda y robaba mucho. Porque quiso robarme un peso jué que murió.

Ahí velo vos. También te podés morir. También podés quedar en el camino.

—Bueno pues, qué es lo que querés. . .

—Ah! ya lo cambiaste el plática... ¡bueno! Mirálo bien: ese tres pesos que te debo ya lo voy a pagar. ¿Seguro que lo voy a pagar viste? Pero ahora prestáme otros tres pesos de frijol y arroz. Prestámelos y voy a estar contento. . .

— Tomálos, pues.

—Así es como yo me gusta, Gregorio. .. —y entre risas se fue de regreso a su casa el Matías.

Esto fue hace ya veinte días y el arroz y el frijol ya se terminó.

—Pero manque me muera de hambre no voy, hasta que se quite el Norte. ..

—Vientooo... Vientooo...

La lluvia aumentó. El viento empezó a sonar más fuerte y los monos gritaron de miedo y frío desde los árboles.

— Llorá, hermano...

Sólo el grito de los monos acompañó al Matías.

—Vientooo... Vientooo...

Ya no hay cantos de pava, ni de paloma, ni de zenzontle, ni de cardenal. Ya no hay saltos de venado, ni de conejo, ni de tepezcuintle. Ya no hay peleas de potros. Ya no hay nada; sólo el viento.

—Como pa quedarse muerto.

Matías se estuvo en silencio hasta que oyó el ruido del café hirviendo. Quiso levantarse pero no le dio la fuerza. La reuma se le encajó en la rodilla. Mejor se estuvo quieto y contempló, sin pensar en nada, cómo el café rebasaba el jarro y apagaba las brasas del rescoldo. Un ruido como de culebra de cascabel se elevó con el humo. Las brasas corrieron ojitos de conejo por los leños. Después siguió el silencio.

—Que se apague todo de un jalón. Que se apague el lumbre, el sueño, el risa, el guitarra. ¡El Matías que se apague! ¿Pa qué diablos voy a probar todo ésto si ni el Sur llega ni el Norte se va?

—Vientooo. .. Vientooo...

—Ya cayó la noche igual que un caballo muerto. Ni cuenta se da uno. Sigue el viento de agua, el tiempo de agua, el ruido de agua, el golpe de agua. No viene el Sur, no sirvo pa nada. Toy viejo.

—Vientooo... Vientooo...

Ya a esas horas no se ve el camino., ni los árboles, ni las matitas de perejil que sembró la Martina.

Sólo se oye el mal tiempo, el temporal, el Norte.

—Vientooo... Vientooo...

La voz del Matías se estuvo haciendo débil desde la tarde. Tosía a cada rato. Le dolía la garganta. Ya a estas horas, ocho de la noche, sus gritos no los hubiera oído nadie, aunque estuviera a tres pasos.

—Vientooo... Vientooo...

Y el agua que caía y caía. Empezó a colarse por el techo de palmas del jacal.

—Vientooo... Vientooo...

Apenas si abría los labios. Eso era todo. No se oía nada.

—Vientooo. .. Vientooo...

Oyó un ruidito a su derecha y descubrió el grueso de una nauyaca enroscada, lista para el mordisco, para el dolor, para la muerte; los ojitos fijos, la lengua partida, moviéndose hasta causar mareos.

—Ya vinistes, hermanita. ¿Por qué me querés llevar? Ahora que no hay luna. Sólo con luna es que me podés llevar. Que me puedo morir. ¿A qué vinistes, hermanita?

La fina cabeza triangular inició un vaivén con dirección a la cara del Matías. La lengua se hizo más rápida en su movimiento. Una leve tronazón de escamas resultó del cuerpo de la nauyaca.

—Refrescáte hermanita. Andá a decirle a la nana que ya termine el Norte. A yo no me hace caso. Todo el día, desde que calculé la amanecida le he estado gritando al viento. Andá a decirle vos, hermanita, que su hijo Matías quere ya salir, quere ir al pueblo, ya no se quere mojar. Andá a contarle cómo está de fiero el mundo con este lodazal y este frío que se mete en las orejas. Andá a decirle hermanita, que Matías está grita que grita. Andá a preguntarle por qué ya no le hacen caso al Matías.

La mano, recia y morena, la mano derecha de Matías, la mano buena, la completa fue acercándose a la cabeza de la víbora.

—No me oís, esperáte; te voy a acariciar ¿por qué tás enojada? Calmáte.

La mano siguió acercándose. Los ojos de la nauyaca se pusieron rojos de la rabia.

—Esperáte, hermanita...

Rápida, la cabeza se echó al frente, los curvos colmillos se hincaron en la mano del Matías.

— Jija de tu madre.

El dolor fue como de quemada. Sintió que la mano le ardía y se inflamaba enormemente. Ahí entre el índice y el pulgar, en el mero "pellejito del chiflido" como él decía, estaba la doble herida del veneno.

—¿Por qué me mordiste, hermanita? Yo te iba a acariciar. ¿Pero acaso te olvidaste que a mí no me podés matar? Sólo que fuera noche de luna podés fregarme. Y eso, yo queriendo.

La nauyaca volvió a enroscarse Y preparó el cuello nuevamente. Los ojos, pequeños dardos, y la lengua con movimientos lentos, primero, y muy rápidos después.

—Mordéme otra. .. pa que veás. Pa que te des cuenta que al Matías no lo podés fregar. . .

Y acercó la mano, hasta casi rozar la cabeza triangular.

Uno, dos, tres, mordidas rápidas.

El dolor aumentó, pero Matías no quitó la mano, agarró la nauyaca y la sacó de la casa.

—Andáte ya, hermanita. No sea que te vayás a morir.

Andá a avisar a la nana que digo yo que lo quite su mal tiempo.

El dolor era enorme cuando regresó al sitio en que estuvo todo el día, al lado de la puerta y a la derecha de las matitas de perejil.

—Vientooo... Vientooo...

La noche siguió lluviosa y negra.

—Vientooo... Vientooo...

A las diez de la noche empezaron a castañearle los dientes y a sentir que el ardor se le había metido en todo el cuerpo.

—Vientooo... Vientooo...

No quiso tomar las semillas de contraveneno.

—¿Pa qué? Si yo no puedo morir en noche obscura. Sólo que estuviera ya muy viejo es que me moría. Y si lo estoy ya viejo, mejor ni lo tomo la semilla.

Los ojos le quemaban detrás de los párpados. Si los cerraba veía rojo, como si estuviera amaneciendo.

—Vientooo. .. Vientooo...

Movió los pies y vio que una huella de sangre quedaba marcada en el piso.

—Ya lo estoy sudando la sangre. Capaz que toy viejo. . .

—Vientooo. .. Vientooo...

Estaba hinchado; ya los ojos se le perdían en la inflamación del rostro.

—Vientooo... Vientooo...

Un dolor de huesos rotos le partió la espalda. Sin embargo, no se quejó.

—Vientooo. .. Vientooo...

Estaba seguro el Matías que no se podía morir.

—Noche cerrada es seña que el Matías lo tiene la protección —había dicho siempre.

—Vientooo. .. Vientooo...

Era incapaz de mover las piernas y los brazos. Un gran dolor se lo impedía. Empezó a orinarse y no se pudo contener. Estaba empapado en sangre.

—Vientooo...Vientooo...

Los retortijones le cerraban el estómago. Pensó en los perejiles pero no pudo moverse; y ni siquiera había fuego... También pensó en la Martina.

De pronto sintió que el viento era contrario. Que los árboles se movían al contrario.

—¡Viento Sur! —quiso gritar, pero ya su voz venía del fondo de un pozo negro.

—Vientooo. .. Vientooo...

Ya sólo pensaba las palabras; no podía mover los labios.

El Sur pegó de lleno. La lluvia disminuyó y el temporal agarró camino para Pichucalco.

—Viento... No podía dejar de oírme la nana —pensaba como en sueños el Matías.

El cielo se limpió. El viento ya era fresco. El frío desapareció.

—Viento. ..

Se abrió un boquete en las nubes y un claro asomó por ellas.

—La luna...

Fue noche de luna la noche del picotazo de la víbora. La noche de la muerte y del fin del mal tiempo. La noche que asomó el viento Sur era noche de luna.

—Viento.. .

El Sur empujó a las nubes hasta más atrás del peñón. El cielo estaba azul y la luna alumbraba los cerros y los grandes árboles.

Matías sintió que el corazón le estallaba. Se puso morado y casi no respiraba. Ya no sentía nada. Quiso tocarse el pecho pero fue incapaz de mover el brazo.

— Viento ...

Matías se fue cayendo del lado derecho, del lado del Sur, del lado de la luz, del lado de la mano buena, del lado del perejil que le dejó su mujer para que lo ayudara.

—Viento. ..

Con la luna en la cara, Matías se fue quedando muerto.

—Vientooo...

El huevo de cristal - H. G. Wells

     Hasta hace un año, cerca de Seven Dials había una tienda pequeña y de aspecto mugriento sobre la cual, deteriorado por el tiempo, un letrero amarillo anunciaba: «C. Cave, Naturalista y Anticuario». 

El contenido de su escaparate era curiosamente variado. Comprendía algunos colmillos de elefante y un juego incompleto de ajedrez, abalorios y armas, un estuche con ojos, dos calaveras de tigre y una humana, varios monos disecados y comidos por las polillas (uno sostenía una lámpara), un bargueño anticuado, un huevo de avestruz cubierto de huevos de mosca, aparejos de pesca y una pecera vacía extraordinariamente sucia. En el momento en que empieza la historia había también un bloque de cristal de roca, tallado en forma de huevo y brillantemente pulimentado.

Y aquello era lo que estaban mirando dos personas, de pie frente al escaparate, una de ellas un clérigo alto y delgado, la otra un joven de barba negra, tez morena y vestuario discreto. El joven moreno gesticulaba con vehemencia mientras hablaba, y parecía ansioso de que su compañero adquiriera el artículo.

Mientras ellos permanecían allí, el señor Cave entró en su tienda, su barba todavía oscilando con el pan y la mantequilla de su té. Cuando vio a estos hombres y al objeto de su atención, su semblante se desmoronó. Miró culpablemente por encima de su hombro, y con suavidad cerró la puerta. 

Era un anciano pequeño, de cara pálida y extraños ojos de un azul acuoso; su pelo era de color gris sucio, y llevaba una raída levita azul, un viejo sombrero de copa y unas zapatillas afelpadas con el tacón muy gastado. Se quedó mirando a los dos hombres mientras éstos hablaban. El clérigo buscó en el bolsillo de su pantalón, examinó un puñado de dinero y enseñó los dientes con una sonrisa de satisfacción. El señor Cave pareció aún más deprimido cuando ellos entraron en la tienda.

El clérigo, sin ceremonia alguna, preguntó el precio del huevo de cristal. El señor Cave lanzó una mirada nerviosa hacia la puerta que daba a la trastienda y dijo que cinco libras. El clérigo protestó, tanto hacia su compañero como hacia el señor Cave, diciendo que el precio era alto —en efecto, era mucho más de lo que el señor Cave tenía intención de pedir cuando puso a la venta el artículo—, y siguió un intento de regateo. El señor Cave se dirigió hacia la puerta y la mantuvo abierta:

—Cinco libras es mi precio —dijo, como si quisiera ahorrarse las molestias de una inútil discusión.

Mientras tanto, la parte superior del rostro de una mujer había aparecido por encima de la cortinilla en el panel superior de cristal de la puerta que daba a la trastienda y miraba curiosamente a los dos clientes.

—Cinco libras es mi precio —dijo el señor Cave, con un estremecimiento en su voz.

Hasta entonces el joven moreno había permanecido como espectador, observando vivamente al señor Cave. Ahora habló.

—Dale cinco libras —dijo.

El clérigo le miró para ver si hablaba en serio, y, cuando volvió a mirar al señor Cave, vio que la cara del anciano estaba pálida.

—Es mucho dinero —dijo el clérigo y, rebuscando en su bolsillo, empezó a contar sus recursos.

Tenía poco más de treinta chelines, y recurrió a su compañero, con quien parecía mantener una relación de considerable confianza. Esto dio al señor Cave la ocasión de ordenar sus pensamientos, y empezó a explicar de forma agitada que el cristal, en cierto modo, no estaba a la venta. 

Sus dos clientes se quedaron lógicamente sorprendidos, e inquirieron por qué no había pensado en ello antes de empezar a regatear. El señor Cave se mostró confundido, pero persistió en su historia, que el cristal no estaba a la venta aquella tarde, que ya había aparecido un posible comprador. Los dos, interpretando aquello como un intento de aumentar aún más el precio, hicieron como si fueran a abandonar la tienda. Pero, en ese instante, la puerta de la trastienda se abrió y apareció la propietaria del flequillo oscuro y ojos pequeños.

Era una mujer corpulenta, de facciones toscas, más joven y mucho más gruesa que el señor Cave; andaba con pesadez y su cara estaba sonrojada.

—Ese cristal está a la venta —dijo—. Y cinco libras es bastante buen precio por él. No sé en qué estás pensando, Cave. ¡No aceptar la oferta del caballero!

El señor Cave, enormemente turbado por la interrupción, la miró colérico por encima de los espejuelos y, sin excesiva convicción, hizo valer su derecho a tratar sus negocios a su manera. Y empezó un altercado. Los dos clientes contemplaban la escena con interés y cierta diversión, ayudando, en ocasiones, a la señora Cave con sugerencias. El señor Cave insistió en una historia confusa e imposible acerca de que habían preguntado por el cristal aquella mañana, y su agitación se hizo penosa. Pero siguió en sus trece con extraordinaria determinación.

Fue el joven oriental quien terminó con la curiosa controversia. Propuso que volverían al cabo de dos días a fin de dar una justa oportunidad al pretendido cliente.

—Y entonces volveremos a insistir —dijo el clérigo—. Cinco libras.

La señora Cave se vio obligada a pedir disculpas por su marido, explicando que él, a veces, «era un poco raro», y nada más salir los dos clientes, la pareja reanudó con toda libertad la discusión del incidente en todos sus matices.

La señora Cave habló a su marido con extraordinaria franqueza. El pobre hombrecillo, temblando de emoción, enredado entre sus historias, sostuvo por una parte que tenía otro cliente en perspectiva, y por otra que el cristal valía honestamente por lo menos diez guineas.

—¿Pues por qué has pedido cinco libras? —dijo su esposa.

—¡Deja que lleve mis asuntos a mi manera! —dijo el señor Cave.

Con el señor Cave vivían una hijastra y un hijastro, y aquella noche, en la cena, volvió a discutirse la transacción. Ninguno de ellos tenía en gran estima los métodos comerciales del señor Cave, y este comportamiento les parecía el colmo de la necedad.

—Yo diría que con anterioridad se ha negado a vender ese cristal —dijo el hijastro, un desgarbado patán de dieciocho

—¡Pero son cinco libras! —dijo la hijastra, una polémica joven de veintiséis años.

Las respuestas del señor Cave eran calamitosas; sólo conseguía farfullar débiles afirmaciones de que él era quien mejor conocía sus negocios. Ellos le impulsaron a que abandonara su cena medio consumida para que cerrara la tienda por la noche, y salió con las orejas ardientes y lágrimas de vejación detrás de sus lentes. «¿Por qué había dejado tanto tiempo el cristal en el escaparate? ¡Había sido una insensatez!» Ése era el problema encerrado en su mente. Por algún rato no consiguió descubrir la forma de evitar la venta.

Después de cenar, su hijastra y su hijastro se animaron mutuamente y salieron, y su esposa se retiró arriba para reflexionar acerca de los aspectos comerciales del cristal, tomando un poco de azúcar y limón en agua caliente. El señor Cave entró en la tienda y permaneció allí hasta tarde, pretextando hacer unas ornamentaciones doradas para unas peceras, pero en realidad con un íntimo propósito que se explicará mejor más adelante.

Al día siguiente, la señora Cave descubrió que el cristal había sido retirado del escaparate, y que se encontraba detrás de unos libros de segunda mano que trataban de la pesca con caña. Ella volvió a situarlo en la posición más visible. Pero no volvió a discutir al respecto, ya que una jaqueca de tipo nervioso la alejó de la polémica. El señor Cave siempre estaba lejos de ella. El día transcurrió desapaciblemente. El señor Cave estaba, si eso era posible, más abstraído de lo normal, y al mismo tiempo desacostumbradamente irritable. Por la tarde, mientras su esposa dormía su acostumbrada siesta, volvió a retirar el cristal del escaparate.

Al día siguiente, el señor Cave tenía que efectuar la entrega de una partida de pequeños tiburones a una de las escuelas de medicina donde se necesitaban para disección. En su ausencia, la mente de la señora Cave retornó al tema del cristal, y a los métodos más adecuados de gastar la ganancia de cinco libras. Ya había ideado unos métodos muy agradables —entre otros, un vestido de seda verde para ella y un viaje a Richmond—, cuando el repiqueteo de la campanilla de la puerta principal la condujo a la tienda. 

El cliente era un profesor que venía a quejarse por no haberle enviado ciertas ranas que había solicitado para el día anterior. La señora Cave no aprobaba esta rama científica del negocio del señor Cave, y el caballero, que había entrado con aspecto más bien agresivo, se retiró después de un breve intercambio de palabras, totalmente civilizadas en lo que a él concernía. Entonces la mirada de la señora Cave se volvió con naturalidad hacia el escaparate; la visión del cristal era la garantía de las cinco libras y de sus sueños. ¡Cuál no sería su sorpresa al descubrir que éste había desaparecido!

Se acercó al lugar detrás del mostrador donde lo había descubierto el día anterior. No estaba allí, e inmediatamente empezó una ansiosa búsqueda por la tienda.

Cuando el señor Cave regresó de sus asuntos con los pequeños tiburones, a eso de las dos menos cuarto, halló la tienda algo desordenada, y a su esposa, extremadamente encolerizada y de rodillas detrás del mostrador, registrando entre sus útiles de taxidermista. Su rostro inflamado y colérico surgió por encima del mostrador. Mientras la discordante campanilla anunciaba el regreso de su marido a quien ella acusó inmediatamente de «haberlo escondido».

—¿Escondido qué? —preguntó el señor Cave.

—¡El cristal!

Entonces, el señor Cave, aparentemente muy sorprendido, se precipitó hacia el escaparate.

—¿No está aquí? ¡Santo cielo! ¿Qué ha sido de él?

Justo entonces, el hijastro del señor Cave, que había llegado a casa uno o dos minutos antes que el señor Cave, entró en la tienda desde la habitación interior, blasfemando con entera libertad. Trabajaba de aprendiz con un comerciante de muebles de segunda mano calle abajo, pero efectuaba sus comidas en casa y estaba lógicamente irritado al no encontrar la comida a punto.

Pero cuando se enteró de la pérdida del cristal, olvidó su comida, y su ira se desvió de su madre a su padrastro. Su primera idea, lógicamente, fue que él lo había escondido. Pero el señor Cave negó resueltamente todo conocimiento de cuál había sido su suerte —proporcionando espontáneamente su declaración jurada al respecto— e ingeniándoselas para llegar al punto de acusar primero a su esposa, y luego a su hijastro, de haberlo cogido con vistas a una venta privada.

Así empezó una discusión sumamente mordaz y emotiva, que finalizó con la señora Cave en un estado de nervios muy peculiar, entre histérica y frenética, y haciendo que por la tarde el hijastro llegara con media hora de retraso al establecimiento de muebles. El señor Cave se refugió de las emociones de su esposa en la tienda.

Por la noche, con menos pasión y con espíritu crítico, se reanudó el tema ante la presencia de la hijastra. La cena transcurrió tristemente y culminó en una escena penosa. El señor Cave cayó por fin en una enorme desesperación y salió dando un violento portazo. El resto de la familia, tras discutir su comportamiento con la libertad que su ausencia garantizaba, registró la casa desde la buhardilla hasta el sótano, con la esperanza de hallar el cristal.

Al día siguiente, los dos clientes aparecieron de nuevo. La señora Cave los recibió casi con lágrimas. Dejó entrever que nadie podía imaginar cuánto había tenido que soportar ella por culpa de Cave en las distintas épocas de su peregrinaje matrimonial. También les ofreció un informe alterado de la desaparición. El clérigo y el oriental rieron en silencio entre sí y dijeron que aquello era absolutamente extraordinario.

Como la señora Cave parecía dispuesta a proporcionarles la historia completa de su vida, hicieron ademán de irse de la tienda. Por consiguiente, la señora Cave, que aún no había perdido las esperanzas, solicitó la dirección del clérigo, para, si conseguía algo de Cave, poder comunicárselo. La dirección fue debidamente proporcionada, pero, al parecer, luego se extravió. La señora Cave no consiguió recordar nada al respecto.

Al anochecer de aquel día, los Cave parecían haber agotado todas sus emociones, y el señor Cave, que había estado fuera por la tarde, cenó en un lóbrego aislamiento que contrastaba agradablemente con la apasionada controversia de los días anteriores. Durante algún tiempo las relaciones fueron muy tirantes en la casa de los Cave, pero ni el cristal ni el cliente reaparecieron.

Bien, hablando claro, deberíamos reconocer que el señor Cave era un embustero. Él sabía perfectamente bien dónde se hallaba el cristal. Estaba en el aposento del señor Jacoby Wace, profesor ayudante en el hospital de St. Catherine, en Westbourne Street. Se encontraba sobre el aparador, parcialmente cubierto por una tela de terciopelo negro y junto a una garrafa de whisky americano. Y es del señor Wace, precisamente, de quien proceden los detalles en los cuales se basa esta narración. 

Cave había trasladado el objeto al hospital oculto en el saco de los pequeños tiburones, y, una vez allí, había convencido al joven investigador para que se lo guardara. El señor Wace se había mostrado un tanto indeciso. Su relación con el señor Cave era algo peculiar. Le gustaban los sujetos extraños, y en más de una ocasión había invitado al anciano a fumar y a beber en sus aposentos, y a desarrollar su curiosa visión de la vida en general y de su esposa en particular. 

El señor Wace también se había encontrado a veces con la señora Cave cuando el señor Cave no estaba en casa para atenderle. Estaba enterado de las constantes interferencias a las que Cave se veía sometido, y, después de sopesar imparcialmente la historia, decidió dar refugio al cristal.

El señor Cave prometió explicarle con más detalle, en otra ocasión, las razones de su extraordinaria afición por el cristal, pero le dijo claramente que veía visiones en su interior. Aquella misma noche volvió a visitar al señor Wace.

Le narró una complicada historia. Dijo que el cristal había llegado a su poder junto con otras cosas sueltas, en la liquidación de las mercancías de otro comerciante de curiosidades, y que al desconocer cuál podría ser su valor, lo había marcado en diez chelines. Había permanecido en su poder, con ese precio, durante algunos meses, y ya pensaba en «reducir la cifra» cuando hizo un descubrimiento extraordinario.

En aquella época gozaba de muy mala salud —hay que tener presente que, a lo largo de toda esta experiencia, su condición física estaba muy decaída—, estaba considerablemente angustiado con motivo de la negligencia, incluso de los explícitos malos tratos, que recibía de su esposa y de sus hijastros. 

Su esposa era vanidosa, extravagante e insensible, y sentía una afición creciente por la bebida cuando estaba a solas; su hijastra era ruin y astuta; y su hijastro había concebido una violenta aversión hacia él, y no perdía ocasión para demostrárselo. Las exigencias de su negocio eran altamente pesadas para él, y el señor Wace no cree que estuviera totalmente libre de algún exceso ocasional. 

Había empezado su vida en una posición confortable. Era un hombre bastante instruido, y padeció sin interrupción durante semanas, de melancolía e insomnio. Temiendo molestar a su familia, cuando sus reflexiones se volvían intolerables, se deslizaba en silencio fuera de la cama para no despertar a su esposa, y vagaba por la casa. Y una mañana, de últimos de agosto, a eso de las tres de la madrugada, el azar dirigió sus pasos hacia la tienda.

La sucia tiendecilla estaba impenetrablemente oscura excepto en un punto, donde percibió un inusual destello de luz. Al acercarse a él, descubrió que se trataba del huevo de cristal, que se hallaba en el rincón del mostrador que daba al escaparate. Un tenue rayo de luz penetraba por una rendija de la persiana, chocaba contra el objeto, y parecía como si fuera a rellenar todo su interior.

Al señor Cave se le ocurrió que aquello no coincidía con las leyes de la óptica tal y como él las había entendido en su época juvenil. Podía comprender que los rayos fueran refractados por el cristal hacia un foco en su interior, pero esta difusión no coincidía con sus conocimientos de física. Se acercó más al cristal, escudriñando su interior y la superficie con un momentáneo renacimiento de la curiosidad científica que en su juventud había determinado la elección de su profesión. 

Se sorprendió al comprobar que la luz no era constante, sino que oscilaba dentro de la sustancia del huevo, como si aquel objeto fuera una esfera hueca con algún vapor luminoso. Desplazándose para obtener diferentes puntos de vista, de pronto comprobó que se había colocado entre el rayo y el cristal, y que sin embargo, éste continuaba siendo luminoso. Grandemente sorprendido, lo alejó del rayo de luz y lo trasladó a la parte más oscura de la tienda. Continuó brillando durante cuatro o cinco minutos, y luego se fue debilitando lentamente hasta apagarse. Lo situó bajo la débil luz del día y su luminosidad reapareció casi inmediatamente.

Por lo menos hasta ese punto el señor Wace pudo comprobar la extraordinaria historia del señor Cave. Él mismo había colocado repetidas veces el cristal ante un rayo de luz (cuyo diámetro debía de ser inferior a un milímetro). Y dentro de la perfecta oscuridad, la que puede proporcionar una envoltura de terciopelo, el cristal parecía, sin lugar a dudas, débilmente fosforescente. Sin embargo, parecía que la luminosidad era de una clase excepcional, que no resultaba igualmente visible a todos los ojos; el señor Harbinger —cuyo nombre resultará familiar al lector científico en relación con el Instituto Pasteur— era totalmente incapaz de ver ninguna luz. Y la capacidad del propio señor Wace para apreciarla era muy inferior en comparación con la del señor Cave. Incluso con el señor Cave, la intensidad variaba considerablemente: su visión era mucho más vivida durante los estados de extrema debilidad y fatiga.

Desde el primer momento, esta luz en el cristal había ejercido una curiosa fascinación sobre el señor Cave. Y dice más de su alma solitaria el hecho de que no contara a ningún ser humano sus curiosas observaciones, que lo que diría un volumen de escritos patéticos. 

Parecía estar viviendo en una atmósfera de tan mezquino resentimiento que de haber admitido la existencia de un goce hubiera corrido el riesgo de perderlo. Averiguó que a medida que avanzaba el alba, y aumentaba la difusión de la luz, según todas las apariencias el cristal dejaba de ser luminoso. Y durante algún tiempo fue incapaz de ver nada dentro, excepto por la noche, en los rincones oscuros de la tienda.

Pero se le ocurrió utilizar una vieja tela de terciopelo que usaba como fondo para una colección de minerales, y doblando el paño, y cubriéndose con él la cabeza y las manos, era capaz de ver el movimiento luminoso en el interior del cristal incluso durante el día. Tomaba muchas precauciones a fin de no ser descubierto por su esposa, y practicaba esta ocupación sólo por las tardes, mientras ella dormía arriba, y además lo hacía disimuladamente en un hueco debajo del mostrador. Y un día, dándole vueltas al cristal entre las manos, vio algo. Apareció y desapareció como un destello, pero le dio la impresión de que el objeto le había desvelado, por un instante, la visión de un país inmenso y extraño; y, al girarlo otra vez, justo cuando la luz se desvanecía, volvió a tener la misma visión.

Bien, resultaría tedioso e innecesario exponer todas las fases del descubrimiento del señor Cave a partir de este punto. Basta con decir que el efecto fue éste: inclinando el cristal en un ángulo de 137 grados en dirección al rayo luminoso, se conseguía una clara y uniforme imagen de un paisaje inmenso y peculiar. No era nada que se pareciera a un sueño; producía una definida impresión de realidad, y cuanto mejor era la luz, más real y sólido parecía. 

Se trataba de una imagen en movimiento: es decir, cienos objetos se movían en él, pero lentamente y de forma ordenada como las cosas reales, y, a medida que iba cambiando la dirección de la iluminación y de la visión del paisaje, también cambiaba. En verdad debía de ser como mirar una escena a través de un cristal ovalado, haciéndolo girar a fin de obtener diferentes facetas.

Las manifestaciones del señor Cave, me aseguró el señor Wace, eran extremadamente exactas, y totalmente exentas de esa cualidad emotiva que contamina las impresiones alucinatorias. Pero hay que recordar que todos los esfuerzos del señor Wace para ver cualquier claridad similar en la lánguida opalescencia del cristal resultaron totalmente infructuosos, por mucho que lo intentara. La diferencia en la intensidad de las impresiones recibidas por los dos hombres era muy grande, y es bastante probable que lo que para el señor Cave era una visión, no fuera más que una confusa nebulosidad para el señor Wace.

La visión, tal como la describía el señor Cave, era invariablemente la de una extensa llanura, y siempre le parecía estar contemplándola desde una considerable altura, como desde una torre o un mástil. Al este y al oeste la llanura limitaba a una distancia remota con unos enormes riscos de color rojizo, que le recordaban unos que había visto en algún cuadro; aunque el señor Wace fue incapaz de averiguar de qué cuadro se trataba. Estos riscos iban de norte a sur —podía saber los puntos de la brújula por las estrellas que eran visibles durante la noche—, y se alejaban en una perspectiva casi ilimitada, desvaneciéndose en la calina de la distancia antes de unirse. 

Él se hallaba más cerca de los riscos orientales, y durante su primera visión el sol se levantaba por encima de ellos. Negras contra la luz del sol, y pálidas contra sus sombras, se distinguían multitud de formas elevándose, que el señor Cave consideró que eran pájaros. Una larga fila de edificios se extendía debajo de él; como si los estuviera mirando desde lo alto; y a medida que se acercaban al margen borroso y refractado de la imagen perdían su nitidez. También había árboles curiosos de forma y de color, un verde como de musgo y un gris exquisito, junto a un ancho canal resplandeciente. Y algo de gran tamaño y color brillante voló cruzando el cuadro. Pero la primera vez que el señor Cave vio estas imágenes, las vio como si fueran relámpagos; sus manos temblaban, su cabeza se movía y la visión iba y venía y crecía, difuminándose. Y al principio tuvo enormes dificultades para volver a encontrar la imagen una vez perdida su dirección.

La siguiente visión clara, que se presentó una semana después de la primera, sin haberse otorgado en este intervalo más que unas ojeadas atormentadas y cierta experiencia útil, le mostró el valle en toda su extensión. La visión era diferente, pero él tenía la curiosa convicción, que sus observaciones posteriores confirmaron totalmente, de que estaba mirando aquel extraño mundo exactamente desde el mismo sitio, a pesar de que mirara en una dirección diferente. 

La larga fachada del gran edificio, cuyo tejado había visto antes desde lo alto, retrocedía ahora en la perspectiva. Reconoció el tejado. En el centro de la fachada había una terraza de sólidas proporciones y extraordinaria longitud, y en medio de ésta, a determinados intervalos, se elevaban unos enormes aunque elegantes mástiles, los cuales sostenían pequeños objetos brillantes que reflejaban el ocaso del sol. 

La importancia de estos pequeños objetos no se le ocurrió al señor Cave hasta algún tiempo después, cuando describía la escena al señor Wace. La terraza estaba suspendida sobre un soto cubierto por la más exuberante y atractiva vegetación, y más allá un extenso prado sobre el cual reposaban ciertas anchas criaturas parecidas a los escarabajos, pero muchísimo más grandes. Más allá aún, había un terraplén ricamente decorado con piedras rosáceas. Y más allá de éste, bordeada de malezas rojizas, y recorriendo el valle en paralelo exacto con los lejanos riscos, había una extensión de agua que semejaba un espejo. 

El aire parecía repleto de escuadrillas de grandes pájaros que maniobraban en curvas majestuosas; y al otro lado del río había gran cantidad de espléndidos edificios de aspecto multicolor, que brillaban por su tracería y ornamentación metálicas, en medio de un bosque de árboles parecidos al musgo y al liquen. Y, de pronto, algo cruzó repentinamente la visión, como el ondular de un ventilador o el batir de las alas, y una cara, o más bien la parte superior de una cara con ojos muy grandes, apareció como si estuviera muy cerca de la suya propia, como si se encontrara al otro lado del cristal.

El señor Cave se quedó tan asombrado y tan impresionado por la absoluta realidad de aquellos ojos, que se retiró del cristal para examinarlo por detrás. Estaba tan absorto en la contemplación del cristal, que se sorprendió al encontrarse entre la fría oscuridad de su tiendecilla, con su familiar olor a alcohol metílico, a moho y podredumbre. Y mientras observaba a su alrededor, el resplandor del cristal se fue apagando hasta desaparecer.

Tales fueron las primeras impresiones generales del señor Cave. La historia es curiosamente directa y detallada. Desde el comienzo, cuando el valle había aparecido momentáneamente ante sus sentidos, su imaginación quedó extrañamente afectada, y a medida que empezaba a apreciar los detalles de la escena que contemplaba, su asombro fue aumentando hasta convertirse en pasión. 

Distraído e indiferente, se ocupaba de su negocio pensando sólo en el momento en que podría volver a su observación. Y entonces, unas semanas después de su primera visión del valle, aparecieron los dos clientes cuya oferta produjo gran tensión y excitación, y el cristal escapó por muy poco a su venta, como ya he explicado.

Mientras el objeto fue sólo un secreto del señor Cave, se quedó en una simple maravilla, algo hacia lo cual acercarse en secreto y atisbar, igual que un niño podía atisbar un jardín prohibido. Pero, aunque sea un investigador científico joven, el señor Wace posee una mente especialmente lúcida e ilativa. En cuanto el cristal y el relato llegaron a él y, viendo con sus propios ojos la fosforescencia, se persuadió de que existían realmente ciertas pruebas en cuanto a las afirmaciones del señor Cave, y procedió a analizar la cuestión sistemáticamente.

El señor Cave sólo deseaba deleitar sus ojos con el mundo fantástico que veía, y cada noche, desde las ocho y media hasta las diez y media, acudía allí, y a veces, en ausencia del señor Wace, también iba durante el día. Y los domingos por la tarde también. 

Desde el primer momento el señor Wace tomó copiosas notas, y fue debido a su método científico que se aprobó la relación entre la dirección por la que entraba el rayo inicial en el cristal y la orientación de la imagen. Y tapando el cristal con una caja perforada, con una pequeña abertura para recibir el rayo incitador, y cambiando las cortinas opacas de holanda negra, mejoraron extraordinariamente las condiciones de la observación; así, al cabo de poco tiempo lograron examinar el valle en cualquier dirección que ellos desearan.

Así, despejado el camino, podemos dar una breve relación de este mundo visionario que aparecía en el interior del cristal. En todas las ocasiones era el señor Cave quien lo veía, y el método de trabajo era invariable: él contemplaba el cristal e informaba de cuanto veía, mientras el señor Wace (que al ser estudiante de ciencias había aprendido el ardid de escribir a oscuras) escribía una breve reseña de la información. Cuando el cristal se apagaba, lo introducían en su caja, en la posición adecuada, y encendían la luz eléctrica. El señor Wace hacía preguntas, y sugería observaciones para aclarar puntos difíciles. En realidad, nada podía resultar menos visionario y más prosaico.

La atención del señor Cave había sido captada rápidamente por las criaturas en forma de pájaro que había visto con tal abundancia en sus primeras visiones. Su primera impresión pronto fue corregida, y durante un tiempo consideró que bien podían representar una especie de murciélago diurno. Luego pensó, lo cual resultó bastante grotesco, que podían ser querubines. 

Sus cabezas eran redondas y curiosamente humanas, y fueron los ojos de uno de ellos los que le sobrecogieron en su segunda observación. Tenían anchas alas plateadas, desprovistas de plumas, pero que centelleaban con la misma brillantez que un pez recién cogido, y con la misma sutil gama de colores. Y el señor Wace supo que estas alas no parecían apoyarse en el plano de un ala de pájaro o de un murciélago, sino en unas costillas curvadas que irradiaban del cuerpo. (Una especie de ala de mariposa con costillas curvadas parece expresar mejor su apariencia.) El cuerpo era pequeño, pero equipado con dos racimos de órganos prensiles, como los tentáculos, justo debajo de la boca. 

Por muy increíble que le pareciera al señor Cave, al final se persuadió irremisiblemente de que estas criaturas eran las propietarias de los grandes edificios casi humanos y del magnífico jardín que hacía tan espléndido el amplio valle. Y el señor Cave percibió que los edificios, entre otras peculiaridades, no tenían puertas, sino que era por las grandes ventanas circulares, que se abrían libremente, por donde entraban y salían las criaturas. Se posaban sobre sus tentáculos, plegaban sus alas casi a la pequeñez de una caña y saltaban al interior. 

Pero entre ellas había una multitud de criaturas de alas más pequeñas, como grandes libélulas, polillas y escarabajos voladores, y por el césped de brillante colorido, unos escarabajos se arrastraban perezosamente de un lado a otro. Y todavía más, en los terraplenes y en las terrazas se veían unas criaturas de gran cabeza similares a las moscas de mayor tamaño, pero sin alas, que brincaban atareadas sobre su maraña de tentáculos en forma de mano.

Ya se ha hecho alusión a los brillantes objetos sobre los mástiles que se levantaban por encima de la terraza del edificio más cercano. El señor Cave, tras mirar fijamente a uno de estos mástiles en un día especialmente claro, cayó en la cuenta de que el objeto brillante que allí se encontraba era un cristal exactamente igual que el que él estaba atisbando. Y una inspección todavía más minuciosa le convenció de que cada uno, aproximadamente unos veinte, sostenía un objeto similar.

De vez en cuando, una de las grandes criaturas voladoras revoloteaba hasta uno de ellos y, tras plegar sus alas y enrollar parte de los tentáculos en el mástil, miraba fijamente el cristal durante un rato —a veces durante más de quince minutos—. Y una serie de observaciones, realizadas por sugerencia del señor Wace, persuadieron a los dos observadores de que, por lo que se refería a este mundo visionario, el cristal que estaban escudriñando se hallaba efectivamente en la cúspide del último mástil situado en la terraza, y que por lo menos en una ocasión, uno de estos habitantes de otro mundo había mirado al señor Cave a la cara mientras efectuaba observaciones. Eso por lo que respecta a los hechos esenciales de esta historia realmente singular.

A menos que lo descartemos todo como una ingeniosa invención del señor Wace, debemos creer una de estos dos cosas: o bien el cristal del señor Cave se hallaba en dos mundos a la vez, y mientras se movía en uno permanecía estacionario en el otro, lo cual parece del todo absurdo; o bien mantenía una peculiar relación con otro cristal exactamente igual en este otro mundo, de modo que lo que veía en el interior del que se hallaba en este mundo resultaba, bajo condiciones adecuadas, visible para un observador en el correspondiente cristal del otro mundo; y viceversa. 

Hasta ahora, ignoramos realmente de qué forma dos cristales pueden entrar en relación, pero hoy en día sabemos lo suficiente como para comprender que el hecho no es del todo imposible. Esta relación entre los dos cristales fue una suposición que se le ocurrió al señor Wace, y a mí al menos me parece extremadamente creíble...

¿Y dónde estaba ese otro mundo? Al respecto, la vivaz inteligencia del señor Wace también arrojó luz rápidamente. Después de ponerse al sol, el cielo se oscureció con rapidez, el crepúsculo fue un breve intervalo, y las estrellas brillaron. Podían reconocerse las mismas que nosotros vemos, agrupadas en las mismas constelaciones. El señor Cave reconoció la Osa, las Pléyades, Aldebarán y Sirio: por tanto, el otro mundo debía de encontrarse en algún lugar del sistema solar y, como máximo, sólo a unos centenares de millones de kilómetros del nuestro. Siguiendo esta pista, el señor Wace aprendió que el cielo de medianoche era de un azul más oscuro incluso que el de nuestro cielo invernal, y que el Sol parecía un poco más pequeño... ¡Y que había dos lunas pequeñas!, «iguales que nuestra Luna, pero más pequeñas, con diferentes marcas», una de las cuales se movía con tanta rapidez que su movimiento resultaba claramente visible si se la observaba. Estas lunas nunca se elevaban al cielo, sino que se desvanecían mientras iban surgiendo: es decir, cada vez que daban la vuelta se eclipsaban porque estaban muy cerca de su planeta primario. Y todo esto responde completamente, aunque el señor Cave no lo supiera, a lo que deben de ser las condiciones de Marte.

Por tanto, parece una conclusión sumamente plausible que al atisbar en el interior de este cristal, lo que el señor Cave realmente viera fuese el planeta Marte y sus habitantes. Y, en el caso de que así fuera, entonces la estrella vespertina que resplandecía con toda brillantez en el cielo de aquella distante visión era nada menos que nuestra familiar Tierra.

Durante algún tiempo, los marcianos, si es que eran marcianos, no parecieron enterarse de la inspección del señor Cave. Una o dos veces se acercaron a atisbar, y se marcharon en seguida a algún otro mástil, como si la visión no fuera satisfactoria. Durante este tiempo, el señor Cave pudo contemplar la situación de este pueblo alado sin ser molestado por su atención, y, aunque el informe es necesariamente vago y fragmentario, no por ello resulta menos sugestivo.

Imaginad la impresión que de la humanidad obtendría un observador marciano, el cual, tras un difícil proceso de preparación y con considerable fatiga de los ojos, lograra observar Londres desde la aguja de la iglesia de St. Martin durante intervalos, como mucho, de tres o cuatro minutos. El señor Cave fue incapaz de averiguar si los marcianos alados eran los mismos que brincaban por los terraplenes y las terrazas, y si estos últimos podían volar a voluntad. 

Varias veces vio bípedos torpes, que recordaban vagamente a los monos, blancos y parcialmente translúcidos, alimentándose entre algunos de los árboles de liquen, y en una ocasión vio que un grupo de éstos huía ante el acoso de uno de los marcianos saltadores de cabeza redonda. Uno de éstos atrapó a uno con sus tentáculos, y entonces la imagen se desvaneció repentinamente, dejando al señor Cave completamente impotente en la oscuridad. 

En otra ocasión, una cosa enorme, de la que el señor Cave pensó en un principio que era un insecto gigante, apareció avanzando con extraordinaria rapidez por el terraplén junto al canal. Mientras se acercaba, el señor Cave percibió que era un mecanismo de metal brillante y de extraordinaria complejidad. Y luego, cuando volvió a mirar, ya estaba fuera de su vista.

Al cabo de algún tiempo, el señor Wace pretendió atraer la atención de los marcianos, y la siguiente vez que los extraños ojos de uno de ellos aparecieron cerca del cristal, el señor Cave gritó y saltó a un lado, e inmediatamente encendieron la luz y empezaron a gesticular de forma sugestiva para hacer señales. Pero cuando el señor Cave volvió a examinar el cristal, el marciano había desaparecido.

Hasta aquí habían progresado estas observaciones a principios de noviembre, y entonces el señor Cave, notando que las sospechas de su familia sobre el cristal se habían calmado, empezó a llevarlo con él de una parte a otra, a fin de consolarse como había hecho en ocasiones anteriores, de día y de noche, con lo que se había convertido rápidamente en el acontecimiento más real de su existencia.

En diciembre, el trabajo del señor Wace fue en aumento debido a la inminencia de un examen, las sesiones tuvieron que suspenderse de mala gana durante una semana, y durante diez u once días —no está muy seguro de cuántos— no volvió a ver a Cave. Entonces, ansioso por reanudar las investigaciones, y aliviada la tensión de sus trabajos estacionales, se dirigió a Seven Dials. En la esquina notó unos postigos delante del escaparate de una pajarería y luego otros ante el de un zapatero remendón. La tienda del señor Cave estaba cerrada.

Llamó y le abrió la puerta el hijastro, vestido de negro. Éste llamó en seguida a la señora Cave, quien, según el señor Wace pudo observar, vestía un traje de luto barato pero amplio e imponente. Sin demasiada sorpresa, el señor Wace se enteró de que el señor Cave había muerto y ya había sido enterrado. 

Ella estaba llorando, y su voz era profunda. Acababa de regresar de Highgate. Su mente parecía preocupada por su propio futuro y por los honorables detalles de las exequias, pero el señor Wace pudo por fin conocer los detalles de la muerte de Cave. Le habían encontrado muerto en la tienda por la mañana temprano, al día siguiente de su última visita al señor Wace, y el cristal había quedado atrapado entre sus manos frías como la piedra. Su rostro sonreía, dijo la señora Cave, y el paño de terciopelo negro de los minerales yacía a sus pies en el suelo. Debía de llevar ya muerto cinco o seis horas cuando lo encontraron.

Esto produjo una gran conmoción en el señor Wace, que empezó a reprocharse amargamente por haber descuidado los evidentes síntomas de la mala salud del anciano. Pero su principal preocupación era el cristal. Abordó el tema con precaución, pues conocía las peculiaridades de la señora Cave. Se quedó sin habla al saber que había sido vendido.

El primer impulso de la señora Cave, tras subir el cuerpo de Cave al dormitorio, había sido escribir al clérigo chiflado que había ofrecido cinco libras por el cristal, para informarle de su recuperación; pero, tras una violenta búsqueda a la que se sumó la hija, se convencieron de que habían perdido su dirección. 

Como carecían de los medios requeridos para llorar y enterrar a Cave con el primoroso estilo que exige la dignidad de un habitante de Seven Dials, habían recurrido a un amigo anticuario de Great Portland Street. Él había accedido amablemente a hacerse cargo de parte de la mercancía según tasación. Él mismo efectuó la tasación, y el huevo de cristal fue incluido en uno de los lotes. 

El señor Wace, tras manifestar las frases de condolencia, un tanto improvisadas tal vez, corrió de inmediato a Great Portland Street. Pero allí se enteró de que el huevo de cristal ya había sido vendido a un hombre alto y moreno vestido de gris.

Y aquí terminan bruscamente los hechos materiales de esta curiosa historia que, al menos para mí, resulta muy sugestiva. El comerciante de Great Portland Street no sabía quién era el hombre alto y vestido de gris; no le había observado con la suficiente atención para describirlo con detalle. Ni siquiera sabía qué dirección había tomado esta persona después de abandonar la tienda. 

Durante algún tiempo el señor Wace permaneció en la tienda, poniendo a prueba la paciencia del comerciante con preguntas desesperadas, dando libre curso a su propia exasperación. Por fin, comprendiendo bruscamente que todo el asunto se le había escapado de las manos, que se había desvanecido como una visión nocturna, regresó a sus habitaciones, un poco sorprendido de encontrar las notas que había tomado, aún tangibles y visibles sobre su desordenada mesa.

Su disgusto y su decepción fueron naturalmente muy grandes. Realizó una segunda visita (igualmente infructuosa) al comerciante de Great Portland Street, y recurrió a los anuncios en aquellos periódicos que tenían más probabilidades de caer en manos de un coleccionista de artículos raros.

También escribió cartas a The Daily Chronicle y a Nature, pero ambas publicaciones, sospechando que se trataba de una broma, le pidieron que reconsiderara su acción antes de imprimir, y le advirtieron que aquella historia tan extraña, lamentablemente sin pruebas que la sustentaran, podía poner en peligro su reputación como investigador. Por otra parte, las obligaciones de su propio trabajo eran perentorias. 

Así, al cabo de un mes, salvo por algún recordatorio ocasional a ciertos anticuarios, tuvo que abandonar de mala gana la búsqueda del huevo de cristal, que a partir de ese día permanece en algún lugar desconocido. Sin embargo, él me ha dicho, y yo lo creo firmemente, que de vez en cuando tiene arrebatos de celo en los que abandona sus más urgentes ocupaciones y vuelve a iniciar la búsqueda.

Que permanezca o no perdido para siempre, con su material y su propio origen, son cosas sobre las que se puede especular en todo momento. Si el actual propietario es un coleccionista, cabría esperar que las indagaciones del señor Wace hubieran llegado a sus oídos a través de los anticuarios. Ya que había sido capaz de descubrir al clérigo y al «oriental» del señor Cave, que no eran sino el reverendo James Parker y el joven príncipe de Bosso-Kuni, en Java. Les estoy muy agradecido por determinados pormenores. 

El interés del príncipe no se debía más que a una simple curiosidad... y extravagancia. Se había mostrado tan ansioso de comprar porque Cave era extrañamente reacio a vender. 

También es muy posible que el comprador en segunda instancia fuera simplemente un comprador ocasional, y no un coleccionista, y que el huevo de cristal se encuentre en estos momentos, posiblemente, a menos de un kilómetro de distancia, decorando un salón o sirviendo de pisapapeles, sin que se conozcan sus extraordinarias propiedades. Y, por lo tanto, se debe en parte a la idea de dicha posibilidad que yo haya dado a esta narración una forma que le dará la oportunidad de ser leída por el normal consumidor de ficción.

Mis propias ideas en esta materia son prácticamente idénticas a las del señor Wace. Estoy convencido de que el cristal en lo alto del mástil en Marte y el huevo de cristal del señor Cave se hallan en alguna clase de relación física, pero que de momento resulta inexplicable, y ambos creemos, además, que el cristal terrestre debió de ser enviado aquí desde allí — posiblemente en fecha remota— con el fin de ofrecer a los marcianos una visión próxima de nuestras costumbres. Es muy posible que los que aparecen en los cristales de otros mástiles también se encuentren en nuestro globo. Ninguna teoría de las alucinaciones alcanza a explicar los hechos.