INICIO

Mostrando entradas con la etiqueta huevo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta huevo. Mostrar todas las entradas

Peligro - Sara María Larrabure

A toda carrera salí hacia el campo. Había un lugar donde no me encontraría. Era un escondrijo que me había tardado largo tiempo hallarlo.

Quedaba en una huerta, o lo que quedaba de lo que antes fuera una huerta. Nadie se  ocupaba ahora de hacer crecer en ella plantas verdes, pegadas a la tierra, alineadas correctamente; solo algunas matas de fresas ocupaban un minúsculo rincón del gran terreno. En el resto, las hierbas espurias, los matorrales salvajes, habíanla cubierto casi en su totalidad. 

En partes existían claros en los que emergía algún árbol y para llegar a estos yo tenía que arrastrarme por entre el matorral, siguiendo un túnel sombrío, pero perfecto; una obra de ingeniería hecha tal vez por un conejo o una vizcacha. 

El túnel no seguía una línea derecha, se retorcía sinuosamente hasta que llegaba al claro cuyo centro era el árbol. Luego había que buscarlo nuevamente, ya que la entrada se hallaba disimulada, pero yo la distinguía porque la cubrían matas sospechosas. No lo había recorrido todavía en toda su extensión, solo una parte y esta me había costado una paciente labor de días, quizás meses. 

Mis excursiones eran sigilosas, secretas, y cuando volvía de ellas me costaban reprimendas pues mi aspecto era desastroso: arañazos en la cara, brazos, piernas y el traje desgarrado. Pero no importaba, me había obstinado en recorrerlo y descubrir su secreto, tal vez conduciría a un país encantado donde no hubiese castigos ni exigencias. 

Lo que yo más temía era algún encuentro con algo monstruoso que podía ser desde una serpiente hasta el dragón guardián de ese otro mundo misterioso.

Mi carrera se detuvo ante el matorral. Si entraba a rastras en el túnel, mi traje nuevo se rasgaría, pero podía con cuidado remangarlo en la cintura y meterlo en el calzón asegurándolo con el elástico; la parte del corpiño se ensuciaría, pero podía sacudirlo más tarde. 

De todos modos, tal vez no volvería más, me quedaría en ese nuevo mundo al que, sin lugar a dudas, debía conducir el túnel. Tenía que ser un mundo bueno, en el que todos me querrían y sería bienvenida. La entrada del túnel se me aparecía tentadora, era, además, «mi túnel», yo lo había descubierto y ya lo quería, era un túnel bueno. 

El problema eran los zapatos, eran los más nuevos que tenía: me descalcé, introduje la falda en el calzón y me escabullí en el matorral de plantas parduscas y verde sucio. 

El piso estaba cubierto de pastos suaves que defendían imperfectamente de la humedad del suelo. Un olor dulce, de vegetación corrompiéndose, invadía la estrecha bóveda que había sido agrandada por mis anteriores incursiones. Me sentía enorme para la angosta galería y avanzaba cautelosamente, mirando, deteniéndome, investigando dónde ponía las manos y las rodillas. Un silencio completo me rodeaba.

El tener las piernas pegadas al suelo me daba la impresión de estar más segura. No importaba que estuviera la hierba húmeda; para mí la humedad era parte de mí misma, de todo lo que me rodeaba, fuera y dentro de mí.

El primer tramo era fácil. No tuve sino que levantar mis planas rodillas y depositarlas quedamente. Mis pobres rodillas ardían de tanto haber sido sobadas; habían sido demasiado castigadas. Nada importaba ya, el país estaba cerca.

El túnel viraba a la derecha, un corto paso, luego una hendidura en el terreno, quizá una brecha, un corto salto y al otro lado. Entonces venía la parte más difícil, era muy angosta
y tendía más y más a estrecharse. El traje se había deslizado hasta toparme las rodillas. Me detuve para volverlo a colocar dentro del calzón.

Era pavoroso fijarse en otra cosa que no fuese mi derredor, y odié el traje, odié el calzón, odiaba todo lo que me obstaculizara en mi designio. Ir hacia la aventura, no importaba qué fuera. Tratar, tratar, tratar.

¡Qué túnel!, casi no valía la pena. Aquí tantas ramas. Una me hirió en el brazo desgarrándome parte de la manga. La pobre manga soportaba ahora la sangre. Pero peor el traje desgarrado: no se podía reemplazar. Así se decía allá, acá nadie preguntaba. Esto es lo real: mi túnel y nadie más.

Las hierbas se hacían más tupidas, el pasaje más angosto, las plantas, yo creo, se cerraban. Lo importante era estar alerta. Alerta con los ojos, los oídos, el tacto. El peligro se podía esconder debajo del lecho de hojas húmedas sobre las que yo gateaba, o detrás del espeso matorral que se extendía a ambos lados del pasaje y arriba. Mis movimientos eran cautos, me detenía a cada avance escudriñando delante mío. Lo desagradable era mirar atrás, pues entonces tenía que volver la cabeza y perder de vista lo que me esperaba delante.

De pronto me hallé contemplando hojas verdes y a través de ellas un claro. En este, al centro, crecía un árbol de tronco angosto algo retorcido. Desde mi posición no podía distinguir la copa del árbol. Un temblor nervioso me paralizó: algo se había movido, algo subrepticio que se arrastraba y luego silencio. 

Agucé mis oídos esperando más que ver, oír de dónde venía. La sangre se deslizaba como un hilillo desde la manga desgarrada, cerca del hombro, por el brazo hasta mi mano derecha, plana contra el suelo y rojo azulácea por la posición y la inmovilidad. 

De nuevo repitióse el ruido. Esta vez sin temor ni interrupciones, aunque diferente del primero que había escuchado. Era monótono, como si alguien rastrillara golpeando levemente en la tierra. ¿Alguien trabajaba un jardín en un sitio tan abandonado?

Me froté la mano sucia contra el traje antes de separar las ramas frescas. El roce sonó como un vendaval en la quietud del lugar y a este le respondió un violento, furioso rasqueteo seguido por un batir de alas que se alejaron en el espacio. Nada más sino silencio nuevamente.

Al retirar las ramas tuve delante de mí una visión perfecta del espacio abierto que rodeaba al árbol. No era muy grande, lo suficiente para que una persona le diera vuelta cómodamente,
y el matorral se retiraba haciéndole cerco. La luz del día hería la vista si se paraba una y miraba al cielo. 

Di un brinco y emergí del matorral. Tenía que enfrentarme con lo que allí había y de pie lo podría hacer mejor que en mi torpe postura a rastras. Junto al árbol, a unos tres metros míos, yacía un bulto alargado, unos insectos pequeñísimos, en gran número, le zumbaban encima; era lo único que se movía. 

Un animal muerto, ¿qué otra cosa podía ser? Yo nunca había visto nada muerto, pero lo había oído contar. Siempre tenían los ojos abiertos como desorbitados y la lengua colgando, el cuerpo tieso como un mármol y no oían, no veían, ni tenían miedo (los que miraban al muerto sí tenían miedo), así se quedaban para siempre, muy tiesos e inmóviles.

Me acerqué. Ahí en el suelo no había nada tieso, solo un cuerpo tan chato y flaco que parecía de papel. En un extremo de este, en donde arrancaba el largo rabo, se podían ver los intestinos que se estremecían. La cabeza yacía tendida de lado con las dos grandes orejas muy juntas, pero el único ojo no estaba abierto, era un hueco, y la lengua no pendía del hocico pues este estaba cerrado. 

Lo único tieso eran los bigotes largos, tersos y brillantes, que partían de la abertura diminuta pegada a la línea fina y corta —en forma de v de vaca— que formaba el hociquito. 

Era una vizcacha muerta. Por primera vez veía yo a la vizcacha y la encontraba muerta. Muerta cruelmente sabe Dios por quién. ¿Es que este mundo también sería cruel? Quizás en torno mío se agazapaba el que había matado a la vizcacha de los tiernos bigotitos y la había dejado así abierta.

Ahora tenía que hallar la otra entrada del túnel. Hasta donde había llegado conocía el recorrido, lo que venía era la verdadera aventura, llena de peligros, pero tal vez algo bueno me esperaría al final. ¿Y el animal que había matado a la vizcacha?, ¿sería una serpiente o algún monstruo?, ¿y si me mataba a mí también? No, a mí no me mataría porque yo no podía morir, yo había nacido para la vida y esta todavía no había venido; viene cuando uno llega a hacer algo y yo no había hecho nada todavía. 

Recogí un palo seco y duro del suelo y me sentí con coraje nuevo para proseguir mi expedición. ¿El traje?, ¿el mundo de allá?, qué importaban. Nunca más regresaría. Quizás me esperaba lo que debía hacer, quizás ya estaba creciendo y pronto, antes de lo que yo creía, llegaría a ser muy grande. Me enderecé cuanto pude e inspeccioné el tupido matorral.

Allá, a mi derecha, las ramas crecían menos fuertes. Apenas ocultaban a los largos tallos que se cimbraban detrás formando la hendidura del túnel. Las separé y comprobé no haberme equivocado, salvo que el pasaje era mucho más estrecho y bajo. Lo mismo había pasado con el que yo acababa de recorrer y con mi cuerpo lo había agrandado.

Era como una puerta pequeñita, una puerta abierta hacia un pasaje sin nadie, nadie sino yo. Y también era trabajoso retirar la vegetación que lo cubría. La parte alta se hacía compacta al espesarse; los pastos silvestres habían ido cediendo a medida que crecían, doblándose, enredándose. Encima y por entre ellos, las innumerables trepadoras, sin control ni intención, formaban una maleza tupida, pero no imposible de abrir. 

Una y otra vez mi mano derecha empujó lo verde y mi izquierda palpó. Era bien oscuro allí dentro, y tan solo que provocaba ser siempre un habitante de esas regiones. Tan solitario, tan libre, que sin duda debía conducir a alguna parte.

Comencé a ascender. Mis manos ya no palpaban grama húmeda, sino piedras que las hicieron sangrar. Tenía que estar próxima al final de mi aventura. ¡Estaba tan fatigada! Las piedras rodaban a medida que yo trepaba, ¿por qué se siente tanto sueño cuando estamos por llegar? 

Ya el traje no tenía importancia. Tampoco la sangre. Ese estaba muy roto de modo que sería mejor que lo usara para limpiarme. Me senté. La oscuridad se volvía densa y yo estaba muy sucia. A mi lado observé una especie de lecho en el que se ensanchaba el pasaje. Un descanso de seguro preparado para los expedicionarios. 

Dudé si echarme pues resultaba bastante pequeño para mí. Me arrimé hasta el fondo. Sí, encogiéndome entraría, por lo demás era mi habitual posición para dormir; solamente las piernas sobresalían. Estas gentes debían ser sumamente pequeñas o esperarían visitantes más chicos que yo. 

En último caso yo las convencería, les diría que no les iba a hacer daño hablándoles que no era feo que fuese yo tan grande, insistiría que... bueno que... yo quería ir adonde ellos. ¿Y si eran malos? Si no fueran malos no hubiesen matado a la vizcacha. 

¿De dónde venía ese ruido? La luz apenas se colaba por entre las ramas. El ruido se repitió como un rastreo sobre la tierra. Mi mano palpó una cosa ovalada, ligera, y la apreté. Sentí un líquido pegajoso que me empapó los dedos. Claro que era un huevo, ¡como si yo no conociera lo que es un huevo! Vaya, era un amigo, una gallina seguramente. 

La verdad es que si estaba rodeada por una gallina entonces no había aventura. Se repetía lo de siempre: me había metido en la casa ajena y pronto me cogerían. A correr, pero ¿adónde?, ¿de regreso? No, eso no, nunca más. Seguiría adelante. Yo les explicaría; si se explica a los extraños siempre comprenden.

Me incorporé y seguí trepando. Otra vez el ruido rastreador de la gallina. Ojalá no se diera cuenta de su huevo. Las gallinas son estúpidas y miedosas. Quizás era la misma que había batido sus alas cuando salí al claro en el que encontré a la vizcacha muerta. Pero eso quedaba muy lejos. 

El túnel iba volviéndose tan angosto que tuve que echarme boca abajo, pues las ramas eran tan fuertes que ya no podía separarlas. Ahora estaba segura de que ese mundo albergaba
a gentes sumamente pequeñas. Ojalá me pudieran ver en mi totalidad. Es cierto que si me daban la vuelta me podrían ver hasta los pies. Mis pies, mis pies sangraban. La culpa la tenían
las piedras. 

Otra vez la gallina. Son asustadizas y persistentes. ¿Por qué no iba donde sus huevos a sentarse a hacer pollos? ¿Y si era su único huevo el que yo había roto? Siendo uno solo no tenía por qué molestarse tanto. Aunque un huevo debe ser muy importante para una gallina. Mañana pondrá otro y se olvidará. Las gentes se llevan sus huevos y las gallinas no se molestan.

Esta vez el ruido viene muy cerca de mí. Ninguna gallina camina así. Además, las gallinas hacen «clú clú». Esto no es gallina. Esto es otra cosa. 

Frente a mí se extendía el túnel tan estrecho y tan bajo que mi cabeza apenas podía pasar por él, pero yo sé que por donde pasa la cabeza pasa el resto del cuerpo; ya lo había experimentado muchas veces. 

La dificultad era el no poder moverme con rapidez. Las uñas mochas no ayudaban, ¿para qué me comería las uñas? Felizmente no podía ser un monstruo. Los monstruos son enormes y lanzan fuego por los ojos y por la boca, y no había nada chamuscado en ese túnel.

Esta vez lo sentí. Vino después del ruido. Sobre mi pierna izquierda. Pasó cuando la tenía quieta porque trataba de ver frente a mí en medio de la casi completa oscuridad. Se deslizó
con un toque leve un cuerpo resbaloso y se fue. 

No podía ser una culebra. Las culebras no existen sino en la imaginación, cuando no se puede dormir y se les ve enroscarse. No se había enroscado, luego no había nada que temer. 

Seguí adelante. Tenía que estar cerca. Me arrastré sin descanso mientras la noche se hundía en la maleza. La oscuridad no hizo que me perdiera. No tenía sino que seguir el mismo camino y las hierbas se habían ido separando más y más hasta dejarme pasar en cuclillas. Aquello que se había deslizado por mi pierna se había ido. Dicen que los animales salvajes le temen al hombre. Lo que fuera, no era «mi monstruo», era algún animal curioso. 

Estaba tan cansada que la cara me dolía, lo mismo que las rodillas, las manos, las piernas.

El monstruo se encontró con la gallina y la pulverizó con su aliento de fuego. Yo quise  decirle que la gallina estaba allí porque, por un descuido mío, se le había roto un huevo, pero él me miró con ojos inyectados y extendió una de sus patas que tenía uñas de garra y me alisó el cabello desgreñado. Tenía brazo de hombre y garras de fiera, sin embargo, su caricia era tan dulce que yo le dejé hacer sin protestar.

Levanté la cabeza. No vi sino sus ojos idiotas e insensibles de reptil, más arriba de mi cabeza, a pocos centímetros de mi frente. Permanecí hipnotizada con la cabeza ligeramente levantada sobre la tierra donde yacía tendida. Mis manos, ¿dónde estaban mis manos? Ahora no las sentía, las había perdido. 

Los ojos sin pestañas no parpadeaban; en la penumbra permanecían suspendidos sin contornos. El silencio me había encajonado: los gritos de las lechuzas y el viento barriendo los campos me llegaban sordamente. 

Un aliento fétido cayó sobre mi cara. Eso jadeaba. Sus pupilas hacia arriba dejaban una distancia protuberante y blanca en la parte baja del globo del ojo. No parecían verme y, sin embargo, yo sabía que me observaban. 

Las pupilas desaparecieron, pero ahí estaban esperando sin moverse. El aliento fétido se hizo menos soportable. Mis músculos comenzaron a existir, tuve conciencia de mi mano izquierda debajo de mi cuerpo, la derecha crispada sobre la tierra, arañándola, pidiéndole ayuda. 

Fue un movimiento instintivo y brutal. Los ojos volvieron a emerger de la penumbra cuando el puñado de tierra se escapó de mi mano cayendo certero sobre ellos. Un bulto enorme me aplastó, buscándome, estrujándome, mientras me debatía tratando de escurrirme. 

Sus miembros buscaban mis miembros tratando de definirme. El aliento fétido mareaba, me pedía que me abandonase. Hallé una piedra y golpeé, golpeé donde encontraba resistencia hasta que oí el jadeo aminorarse. Seguí golpeando contra algo duro, seguí aun cuando el líquido tibio se deslizó por mis manos, seguí golpeando hasta que no oí ya nada más sino los nítidos chillidos de las lechuzas triunfantes, apaciguando al viento. 

Retrocedí. Me encontré de nuevo en el espacio donde se alzaba el árbol ahora transparente contra la luna en el cielo. El bulto de la vizcacha era apenas una sombra junto al tronco. En una mano todavía sostenía la piedra, la otra estaba cerrada guardando un secreto áspero. 

La luz fría y blanca me mostró unas manos húmedas con manchas de tierra mojada. Levanté mi mano izquierda y la abrí: en el hueco de la palma un pedazo de piel sanguinolenta se sostenía pertinaz a unos mechones lacios y negros que se incrustaban entre mis uñas rotas, violentamente criminales.

El huevo de cristal - H. G. Wells

     Hasta hace un año, cerca de Seven Dials había una tienda pequeña y de aspecto mugriento sobre la cual, deteriorado por el tiempo, un letrero amarillo anunciaba: «C. Cave, Naturalista y Anticuario». 

El contenido de su escaparate era curiosamente variado. Comprendía algunos colmillos de elefante y un juego incompleto de ajedrez, abalorios y armas, un estuche con ojos, dos calaveras de tigre y una humana, varios monos disecados y comidos por las polillas (uno sostenía una lámpara), un bargueño anticuado, un huevo de avestruz cubierto de huevos de mosca, aparejos de pesca y una pecera vacía extraordinariamente sucia. En el momento en que empieza la historia había también un bloque de cristal de roca, tallado en forma de huevo y brillantemente pulimentado.

Y aquello era lo que estaban mirando dos personas, de pie frente al escaparate, una de ellas un clérigo alto y delgado, la otra un joven de barba negra, tez morena y vestuario discreto. El joven moreno gesticulaba con vehemencia mientras hablaba, y parecía ansioso de que su compañero adquiriera el artículo.

Mientras ellos permanecían allí, el señor Cave entró en su tienda, su barba todavía oscilando con el pan y la mantequilla de su té. Cuando vio a estos hombres y al objeto de su atención, su semblante se desmoronó. Miró culpablemente por encima de su hombro, y con suavidad cerró la puerta. 

Era un anciano pequeño, de cara pálida y extraños ojos de un azul acuoso; su pelo era de color gris sucio, y llevaba una raída levita azul, un viejo sombrero de copa y unas zapatillas afelpadas con el tacón muy gastado. Se quedó mirando a los dos hombres mientras éstos hablaban. El clérigo buscó en el bolsillo de su pantalón, examinó un puñado de dinero y enseñó los dientes con una sonrisa de satisfacción. El señor Cave pareció aún más deprimido cuando ellos entraron en la tienda.

El clérigo, sin ceremonia alguna, preguntó el precio del huevo de cristal. El señor Cave lanzó una mirada nerviosa hacia la puerta que daba a la trastienda y dijo que cinco libras. El clérigo protestó, tanto hacia su compañero como hacia el señor Cave, diciendo que el precio era alto —en efecto, era mucho más de lo que el señor Cave tenía intención de pedir cuando puso a la venta el artículo—, y siguió un intento de regateo. El señor Cave se dirigió hacia la puerta y la mantuvo abierta:

—Cinco libras es mi precio —dijo, como si quisiera ahorrarse las molestias de una inútil discusión.

Mientras tanto, la parte superior del rostro de una mujer había aparecido por encima de la cortinilla en el panel superior de cristal de la puerta que daba a la trastienda y miraba curiosamente a los dos clientes.

—Cinco libras es mi precio —dijo el señor Cave, con un estremecimiento en su voz.

Hasta entonces el joven moreno había permanecido como espectador, observando vivamente al señor Cave. Ahora habló.

—Dale cinco libras —dijo.

El clérigo le miró para ver si hablaba en serio, y, cuando volvió a mirar al señor Cave, vio que la cara del anciano estaba pálida.

—Es mucho dinero —dijo el clérigo y, rebuscando en su bolsillo, empezó a contar sus recursos.

Tenía poco más de treinta chelines, y recurrió a su compañero, con quien parecía mantener una relación de considerable confianza. Esto dio al señor Cave la ocasión de ordenar sus pensamientos, y empezó a explicar de forma agitada que el cristal, en cierto modo, no estaba a la venta. 

Sus dos clientes se quedaron lógicamente sorprendidos, e inquirieron por qué no había pensado en ello antes de empezar a regatear. El señor Cave se mostró confundido, pero persistió en su historia, que el cristal no estaba a la venta aquella tarde, que ya había aparecido un posible comprador. Los dos, interpretando aquello como un intento de aumentar aún más el precio, hicieron como si fueran a abandonar la tienda. Pero, en ese instante, la puerta de la trastienda se abrió y apareció la propietaria del flequillo oscuro y ojos pequeños.

Era una mujer corpulenta, de facciones toscas, más joven y mucho más gruesa que el señor Cave; andaba con pesadez y su cara estaba sonrojada.

—Ese cristal está a la venta —dijo—. Y cinco libras es bastante buen precio por él. No sé en qué estás pensando, Cave. ¡No aceptar la oferta del caballero!

El señor Cave, enormemente turbado por la interrupción, la miró colérico por encima de los espejuelos y, sin excesiva convicción, hizo valer su derecho a tratar sus negocios a su manera. Y empezó un altercado. Los dos clientes contemplaban la escena con interés y cierta diversión, ayudando, en ocasiones, a la señora Cave con sugerencias. El señor Cave insistió en una historia confusa e imposible acerca de que habían preguntado por el cristal aquella mañana, y su agitación se hizo penosa. Pero siguió en sus trece con extraordinaria determinación.

Fue el joven oriental quien terminó con la curiosa controversia. Propuso que volverían al cabo de dos días a fin de dar una justa oportunidad al pretendido cliente.

—Y entonces volveremos a insistir —dijo el clérigo—. Cinco libras.

La señora Cave se vio obligada a pedir disculpas por su marido, explicando que él, a veces, «era un poco raro», y nada más salir los dos clientes, la pareja reanudó con toda libertad la discusión del incidente en todos sus matices.

La señora Cave habló a su marido con extraordinaria franqueza. El pobre hombrecillo, temblando de emoción, enredado entre sus historias, sostuvo por una parte que tenía otro cliente en perspectiva, y por otra que el cristal valía honestamente por lo menos diez guineas.

—¿Pues por qué has pedido cinco libras? —dijo su esposa.

—¡Deja que lleve mis asuntos a mi manera! —dijo el señor Cave.

Con el señor Cave vivían una hijastra y un hijastro, y aquella noche, en la cena, volvió a discutirse la transacción. Ninguno de ellos tenía en gran estima los métodos comerciales del señor Cave, y este comportamiento les parecía el colmo de la necedad.

—Yo diría que con anterioridad se ha negado a vender ese cristal —dijo el hijastro, un desgarbado patán de dieciocho

—¡Pero son cinco libras! —dijo la hijastra, una polémica joven de veintiséis años.

Las respuestas del señor Cave eran calamitosas; sólo conseguía farfullar débiles afirmaciones de que él era quien mejor conocía sus negocios. Ellos le impulsaron a que abandonara su cena medio consumida para que cerrara la tienda por la noche, y salió con las orejas ardientes y lágrimas de vejación detrás de sus lentes. «¿Por qué había dejado tanto tiempo el cristal en el escaparate? ¡Había sido una insensatez!» Ése era el problema encerrado en su mente. Por algún rato no consiguió descubrir la forma de evitar la venta.

Después de cenar, su hijastra y su hijastro se animaron mutuamente y salieron, y su esposa se retiró arriba para reflexionar acerca de los aspectos comerciales del cristal, tomando un poco de azúcar y limón en agua caliente. El señor Cave entró en la tienda y permaneció allí hasta tarde, pretextando hacer unas ornamentaciones doradas para unas peceras, pero en realidad con un íntimo propósito que se explicará mejor más adelante.

Al día siguiente, la señora Cave descubrió que el cristal había sido retirado del escaparate, y que se encontraba detrás de unos libros de segunda mano que trataban de la pesca con caña. Ella volvió a situarlo en la posición más visible. Pero no volvió a discutir al respecto, ya que una jaqueca de tipo nervioso la alejó de la polémica. El señor Cave siempre estaba lejos de ella. El día transcurrió desapaciblemente. El señor Cave estaba, si eso era posible, más abstraído de lo normal, y al mismo tiempo desacostumbradamente irritable. Por la tarde, mientras su esposa dormía su acostumbrada siesta, volvió a retirar el cristal del escaparate.

Al día siguiente, el señor Cave tenía que efectuar la entrega de una partida de pequeños tiburones a una de las escuelas de medicina donde se necesitaban para disección. En su ausencia, la mente de la señora Cave retornó al tema del cristal, y a los métodos más adecuados de gastar la ganancia de cinco libras. Ya había ideado unos métodos muy agradables —entre otros, un vestido de seda verde para ella y un viaje a Richmond—, cuando el repiqueteo de la campanilla de la puerta principal la condujo a la tienda. 

El cliente era un profesor que venía a quejarse por no haberle enviado ciertas ranas que había solicitado para el día anterior. La señora Cave no aprobaba esta rama científica del negocio del señor Cave, y el caballero, que había entrado con aspecto más bien agresivo, se retiró después de un breve intercambio de palabras, totalmente civilizadas en lo que a él concernía. Entonces la mirada de la señora Cave se volvió con naturalidad hacia el escaparate; la visión del cristal era la garantía de las cinco libras y de sus sueños. ¡Cuál no sería su sorpresa al descubrir que éste había desaparecido!

Se acercó al lugar detrás del mostrador donde lo había descubierto el día anterior. No estaba allí, e inmediatamente empezó una ansiosa búsqueda por la tienda.

Cuando el señor Cave regresó de sus asuntos con los pequeños tiburones, a eso de las dos menos cuarto, halló la tienda algo desordenada, y a su esposa, extremadamente encolerizada y de rodillas detrás del mostrador, registrando entre sus útiles de taxidermista. Su rostro inflamado y colérico surgió por encima del mostrador. Mientras la discordante campanilla anunciaba el regreso de su marido a quien ella acusó inmediatamente de «haberlo escondido».

—¿Escondido qué? —preguntó el señor Cave.

—¡El cristal!

Entonces, el señor Cave, aparentemente muy sorprendido, se precipitó hacia el escaparate.

—¿No está aquí? ¡Santo cielo! ¿Qué ha sido de él?

Justo entonces, el hijastro del señor Cave, que había llegado a casa uno o dos minutos antes que el señor Cave, entró en la tienda desde la habitación interior, blasfemando con entera libertad. Trabajaba de aprendiz con un comerciante de muebles de segunda mano calle abajo, pero efectuaba sus comidas en casa y estaba lógicamente irritado al no encontrar la comida a punto.

Pero cuando se enteró de la pérdida del cristal, olvidó su comida, y su ira se desvió de su madre a su padrastro. Su primera idea, lógicamente, fue que él lo había escondido. Pero el señor Cave negó resueltamente todo conocimiento de cuál había sido su suerte —proporcionando espontáneamente su declaración jurada al respecto— e ingeniándoselas para llegar al punto de acusar primero a su esposa, y luego a su hijastro, de haberlo cogido con vistas a una venta privada.

Así empezó una discusión sumamente mordaz y emotiva, que finalizó con la señora Cave en un estado de nervios muy peculiar, entre histérica y frenética, y haciendo que por la tarde el hijastro llegara con media hora de retraso al establecimiento de muebles. El señor Cave se refugió de las emociones de su esposa en la tienda.

Por la noche, con menos pasión y con espíritu crítico, se reanudó el tema ante la presencia de la hijastra. La cena transcurrió tristemente y culminó en una escena penosa. El señor Cave cayó por fin en una enorme desesperación y salió dando un violento portazo. El resto de la familia, tras discutir su comportamiento con la libertad que su ausencia garantizaba, registró la casa desde la buhardilla hasta el sótano, con la esperanza de hallar el cristal.

Al día siguiente, los dos clientes aparecieron de nuevo. La señora Cave los recibió casi con lágrimas. Dejó entrever que nadie podía imaginar cuánto había tenido que soportar ella por culpa de Cave en las distintas épocas de su peregrinaje matrimonial. También les ofreció un informe alterado de la desaparición. El clérigo y el oriental rieron en silencio entre sí y dijeron que aquello era absolutamente extraordinario.

Como la señora Cave parecía dispuesta a proporcionarles la historia completa de su vida, hicieron ademán de irse de la tienda. Por consiguiente, la señora Cave, que aún no había perdido las esperanzas, solicitó la dirección del clérigo, para, si conseguía algo de Cave, poder comunicárselo. La dirección fue debidamente proporcionada, pero, al parecer, luego se extravió. La señora Cave no consiguió recordar nada al respecto.

Al anochecer de aquel día, los Cave parecían haber agotado todas sus emociones, y el señor Cave, que había estado fuera por la tarde, cenó en un lóbrego aislamiento que contrastaba agradablemente con la apasionada controversia de los días anteriores. Durante algún tiempo las relaciones fueron muy tirantes en la casa de los Cave, pero ni el cristal ni el cliente reaparecieron.

Bien, hablando claro, deberíamos reconocer que el señor Cave era un embustero. Él sabía perfectamente bien dónde se hallaba el cristal. Estaba en el aposento del señor Jacoby Wace, profesor ayudante en el hospital de St. Catherine, en Westbourne Street. Se encontraba sobre el aparador, parcialmente cubierto por una tela de terciopelo negro y junto a una garrafa de whisky americano. Y es del señor Wace, precisamente, de quien proceden los detalles en los cuales se basa esta narración. 

Cave había trasladado el objeto al hospital oculto en el saco de los pequeños tiburones, y, una vez allí, había convencido al joven investigador para que se lo guardara. El señor Wace se había mostrado un tanto indeciso. Su relación con el señor Cave era algo peculiar. Le gustaban los sujetos extraños, y en más de una ocasión había invitado al anciano a fumar y a beber en sus aposentos, y a desarrollar su curiosa visión de la vida en general y de su esposa en particular. 

El señor Wace también se había encontrado a veces con la señora Cave cuando el señor Cave no estaba en casa para atenderle. Estaba enterado de las constantes interferencias a las que Cave se veía sometido, y, después de sopesar imparcialmente la historia, decidió dar refugio al cristal.

El señor Cave prometió explicarle con más detalle, en otra ocasión, las razones de su extraordinaria afición por el cristal, pero le dijo claramente que veía visiones en su interior. Aquella misma noche volvió a visitar al señor Wace.

Le narró una complicada historia. Dijo que el cristal había llegado a su poder junto con otras cosas sueltas, en la liquidación de las mercancías de otro comerciante de curiosidades, y que al desconocer cuál podría ser su valor, lo había marcado en diez chelines. Había permanecido en su poder, con ese precio, durante algunos meses, y ya pensaba en «reducir la cifra» cuando hizo un descubrimiento extraordinario.

En aquella época gozaba de muy mala salud —hay que tener presente que, a lo largo de toda esta experiencia, su condición física estaba muy decaída—, estaba considerablemente angustiado con motivo de la negligencia, incluso de los explícitos malos tratos, que recibía de su esposa y de sus hijastros. 

Su esposa era vanidosa, extravagante e insensible, y sentía una afición creciente por la bebida cuando estaba a solas; su hijastra era ruin y astuta; y su hijastro había concebido una violenta aversión hacia él, y no perdía ocasión para demostrárselo. Las exigencias de su negocio eran altamente pesadas para él, y el señor Wace no cree que estuviera totalmente libre de algún exceso ocasional. 

Había empezado su vida en una posición confortable. Era un hombre bastante instruido, y padeció sin interrupción durante semanas, de melancolía e insomnio. Temiendo molestar a su familia, cuando sus reflexiones se volvían intolerables, se deslizaba en silencio fuera de la cama para no despertar a su esposa, y vagaba por la casa. Y una mañana, de últimos de agosto, a eso de las tres de la madrugada, el azar dirigió sus pasos hacia la tienda.

La sucia tiendecilla estaba impenetrablemente oscura excepto en un punto, donde percibió un inusual destello de luz. Al acercarse a él, descubrió que se trataba del huevo de cristal, que se hallaba en el rincón del mostrador que daba al escaparate. Un tenue rayo de luz penetraba por una rendija de la persiana, chocaba contra el objeto, y parecía como si fuera a rellenar todo su interior.

Al señor Cave se le ocurrió que aquello no coincidía con las leyes de la óptica tal y como él las había entendido en su época juvenil. Podía comprender que los rayos fueran refractados por el cristal hacia un foco en su interior, pero esta difusión no coincidía con sus conocimientos de física. Se acercó más al cristal, escudriñando su interior y la superficie con un momentáneo renacimiento de la curiosidad científica que en su juventud había determinado la elección de su profesión. 

Se sorprendió al comprobar que la luz no era constante, sino que oscilaba dentro de la sustancia del huevo, como si aquel objeto fuera una esfera hueca con algún vapor luminoso. Desplazándose para obtener diferentes puntos de vista, de pronto comprobó que se había colocado entre el rayo y el cristal, y que sin embargo, éste continuaba siendo luminoso. Grandemente sorprendido, lo alejó del rayo de luz y lo trasladó a la parte más oscura de la tienda. Continuó brillando durante cuatro o cinco minutos, y luego se fue debilitando lentamente hasta apagarse. Lo situó bajo la débil luz del día y su luminosidad reapareció casi inmediatamente.

Por lo menos hasta ese punto el señor Wace pudo comprobar la extraordinaria historia del señor Cave. Él mismo había colocado repetidas veces el cristal ante un rayo de luz (cuyo diámetro debía de ser inferior a un milímetro). Y dentro de la perfecta oscuridad, la que puede proporcionar una envoltura de terciopelo, el cristal parecía, sin lugar a dudas, débilmente fosforescente. Sin embargo, parecía que la luminosidad era de una clase excepcional, que no resultaba igualmente visible a todos los ojos; el señor Harbinger —cuyo nombre resultará familiar al lector científico en relación con el Instituto Pasteur— era totalmente incapaz de ver ninguna luz. Y la capacidad del propio señor Wace para apreciarla era muy inferior en comparación con la del señor Cave. Incluso con el señor Cave, la intensidad variaba considerablemente: su visión era mucho más vivida durante los estados de extrema debilidad y fatiga.

Desde el primer momento, esta luz en el cristal había ejercido una curiosa fascinación sobre el señor Cave. Y dice más de su alma solitaria el hecho de que no contara a ningún ser humano sus curiosas observaciones, que lo que diría un volumen de escritos patéticos. 

Parecía estar viviendo en una atmósfera de tan mezquino resentimiento que de haber admitido la existencia de un goce hubiera corrido el riesgo de perderlo. Averiguó que a medida que avanzaba el alba, y aumentaba la difusión de la luz, según todas las apariencias el cristal dejaba de ser luminoso. Y durante algún tiempo fue incapaz de ver nada dentro, excepto por la noche, en los rincones oscuros de la tienda.

Pero se le ocurrió utilizar una vieja tela de terciopelo que usaba como fondo para una colección de minerales, y doblando el paño, y cubriéndose con él la cabeza y las manos, era capaz de ver el movimiento luminoso en el interior del cristal incluso durante el día. Tomaba muchas precauciones a fin de no ser descubierto por su esposa, y practicaba esta ocupación sólo por las tardes, mientras ella dormía arriba, y además lo hacía disimuladamente en un hueco debajo del mostrador. Y un día, dándole vueltas al cristal entre las manos, vio algo. Apareció y desapareció como un destello, pero le dio la impresión de que el objeto le había desvelado, por un instante, la visión de un país inmenso y extraño; y, al girarlo otra vez, justo cuando la luz se desvanecía, volvió a tener la misma visión.

Bien, resultaría tedioso e innecesario exponer todas las fases del descubrimiento del señor Cave a partir de este punto. Basta con decir que el efecto fue éste: inclinando el cristal en un ángulo de 137 grados en dirección al rayo luminoso, se conseguía una clara y uniforme imagen de un paisaje inmenso y peculiar. No era nada que se pareciera a un sueño; producía una definida impresión de realidad, y cuanto mejor era la luz, más real y sólido parecía. 

Se trataba de una imagen en movimiento: es decir, cienos objetos se movían en él, pero lentamente y de forma ordenada como las cosas reales, y, a medida que iba cambiando la dirección de la iluminación y de la visión del paisaje, también cambiaba. En verdad debía de ser como mirar una escena a través de un cristal ovalado, haciéndolo girar a fin de obtener diferentes facetas.

Las manifestaciones del señor Cave, me aseguró el señor Wace, eran extremadamente exactas, y totalmente exentas de esa cualidad emotiva que contamina las impresiones alucinatorias. Pero hay que recordar que todos los esfuerzos del señor Wace para ver cualquier claridad similar en la lánguida opalescencia del cristal resultaron totalmente infructuosos, por mucho que lo intentara. La diferencia en la intensidad de las impresiones recibidas por los dos hombres era muy grande, y es bastante probable que lo que para el señor Cave era una visión, no fuera más que una confusa nebulosidad para el señor Wace.

La visión, tal como la describía el señor Cave, era invariablemente la de una extensa llanura, y siempre le parecía estar contemplándola desde una considerable altura, como desde una torre o un mástil. Al este y al oeste la llanura limitaba a una distancia remota con unos enormes riscos de color rojizo, que le recordaban unos que había visto en algún cuadro; aunque el señor Wace fue incapaz de averiguar de qué cuadro se trataba. Estos riscos iban de norte a sur —podía saber los puntos de la brújula por las estrellas que eran visibles durante la noche—, y se alejaban en una perspectiva casi ilimitada, desvaneciéndose en la calina de la distancia antes de unirse. 

Él se hallaba más cerca de los riscos orientales, y durante su primera visión el sol se levantaba por encima de ellos. Negras contra la luz del sol, y pálidas contra sus sombras, se distinguían multitud de formas elevándose, que el señor Cave consideró que eran pájaros. Una larga fila de edificios se extendía debajo de él; como si los estuviera mirando desde lo alto; y a medida que se acercaban al margen borroso y refractado de la imagen perdían su nitidez. También había árboles curiosos de forma y de color, un verde como de musgo y un gris exquisito, junto a un ancho canal resplandeciente. Y algo de gran tamaño y color brillante voló cruzando el cuadro. Pero la primera vez que el señor Cave vio estas imágenes, las vio como si fueran relámpagos; sus manos temblaban, su cabeza se movía y la visión iba y venía y crecía, difuminándose. Y al principio tuvo enormes dificultades para volver a encontrar la imagen una vez perdida su dirección.

La siguiente visión clara, que se presentó una semana después de la primera, sin haberse otorgado en este intervalo más que unas ojeadas atormentadas y cierta experiencia útil, le mostró el valle en toda su extensión. La visión era diferente, pero él tenía la curiosa convicción, que sus observaciones posteriores confirmaron totalmente, de que estaba mirando aquel extraño mundo exactamente desde el mismo sitio, a pesar de que mirara en una dirección diferente. 

La larga fachada del gran edificio, cuyo tejado había visto antes desde lo alto, retrocedía ahora en la perspectiva. Reconoció el tejado. En el centro de la fachada había una terraza de sólidas proporciones y extraordinaria longitud, y en medio de ésta, a determinados intervalos, se elevaban unos enormes aunque elegantes mástiles, los cuales sostenían pequeños objetos brillantes que reflejaban el ocaso del sol. 

La importancia de estos pequeños objetos no se le ocurrió al señor Cave hasta algún tiempo después, cuando describía la escena al señor Wace. La terraza estaba suspendida sobre un soto cubierto por la más exuberante y atractiva vegetación, y más allá un extenso prado sobre el cual reposaban ciertas anchas criaturas parecidas a los escarabajos, pero muchísimo más grandes. Más allá aún, había un terraplén ricamente decorado con piedras rosáceas. Y más allá de éste, bordeada de malezas rojizas, y recorriendo el valle en paralelo exacto con los lejanos riscos, había una extensión de agua que semejaba un espejo. 

El aire parecía repleto de escuadrillas de grandes pájaros que maniobraban en curvas majestuosas; y al otro lado del río había gran cantidad de espléndidos edificios de aspecto multicolor, que brillaban por su tracería y ornamentación metálicas, en medio de un bosque de árboles parecidos al musgo y al liquen. Y, de pronto, algo cruzó repentinamente la visión, como el ondular de un ventilador o el batir de las alas, y una cara, o más bien la parte superior de una cara con ojos muy grandes, apareció como si estuviera muy cerca de la suya propia, como si se encontrara al otro lado del cristal.

El señor Cave se quedó tan asombrado y tan impresionado por la absoluta realidad de aquellos ojos, que se retiró del cristal para examinarlo por detrás. Estaba tan absorto en la contemplación del cristal, que se sorprendió al encontrarse entre la fría oscuridad de su tiendecilla, con su familiar olor a alcohol metílico, a moho y podredumbre. Y mientras observaba a su alrededor, el resplandor del cristal se fue apagando hasta desaparecer.

Tales fueron las primeras impresiones generales del señor Cave. La historia es curiosamente directa y detallada. Desde el comienzo, cuando el valle había aparecido momentáneamente ante sus sentidos, su imaginación quedó extrañamente afectada, y a medida que empezaba a apreciar los detalles de la escena que contemplaba, su asombro fue aumentando hasta convertirse en pasión. 

Distraído e indiferente, se ocupaba de su negocio pensando sólo en el momento en que podría volver a su observación. Y entonces, unas semanas después de su primera visión del valle, aparecieron los dos clientes cuya oferta produjo gran tensión y excitación, y el cristal escapó por muy poco a su venta, como ya he explicado.

Mientras el objeto fue sólo un secreto del señor Cave, se quedó en una simple maravilla, algo hacia lo cual acercarse en secreto y atisbar, igual que un niño podía atisbar un jardín prohibido. Pero, aunque sea un investigador científico joven, el señor Wace posee una mente especialmente lúcida e ilativa. En cuanto el cristal y el relato llegaron a él y, viendo con sus propios ojos la fosforescencia, se persuadió de que existían realmente ciertas pruebas en cuanto a las afirmaciones del señor Cave, y procedió a analizar la cuestión sistemáticamente.

El señor Cave sólo deseaba deleitar sus ojos con el mundo fantástico que veía, y cada noche, desde las ocho y media hasta las diez y media, acudía allí, y a veces, en ausencia del señor Wace, también iba durante el día. Y los domingos por la tarde también. 

Desde el primer momento el señor Wace tomó copiosas notas, y fue debido a su método científico que se aprobó la relación entre la dirección por la que entraba el rayo inicial en el cristal y la orientación de la imagen. Y tapando el cristal con una caja perforada, con una pequeña abertura para recibir el rayo incitador, y cambiando las cortinas opacas de holanda negra, mejoraron extraordinariamente las condiciones de la observación; así, al cabo de poco tiempo lograron examinar el valle en cualquier dirección que ellos desearan.

Así, despejado el camino, podemos dar una breve relación de este mundo visionario que aparecía en el interior del cristal. En todas las ocasiones era el señor Cave quien lo veía, y el método de trabajo era invariable: él contemplaba el cristal e informaba de cuanto veía, mientras el señor Wace (que al ser estudiante de ciencias había aprendido el ardid de escribir a oscuras) escribía una breve reseña de la información. Cuando el cristal se apagaba, lo introducían en su caja, en la posición adecuada, y encendían la luz eléctrica. El señor Wace hacía preguntas, y sugería observaciones para aclarar puntos difíciles. En realidad, nada podía resultar menos visionario y más prosaico.

La atención del señor Cave había sido captada rápidamente por las criaturas en forma de pájaro que había visto con tal abundancia en sus primeras visiones. Su primera impresión pronto fue corregida, y durante un tiempo consideró que bien podían representar una especie de murciélago diurno. Luego pensó, lo cual resultó bastante grotesco, que podían ser querubines. 

Sus cabezas eran redondas y curiosamente humanas, y fueron los ojos de uno de ellos los que le sobrecogieron en su segunda observación. Tenían anchas alas plateadas, desprovistas de plumas, pero que centelleaban con la misma brillantez que un pez recién cogido, y con la misma sutil gama de colores. Y el señor Wace supo que estas alas no parecían apoyarse en el plano de un ala de pájaro o de un murciélago, sino en unas costillas curvadas que irradiaban del cuerpo. (Una especie de ala de mariposa con costillas curvadas parece expresar mejor su apariencia.) El cuerpo era pequeño, pero equipado con dos racimos de órganos prensiles, como los tentáculos, justo debajo de la boca. 

Por muy increíble que le pareciera al señor Cave, al final se persuadió irremisiblemente de que estas criaturas eran las propietarias de los grandes edificios casi humanos y del magnífico jardín que hacía tan espléndido el amplio valle. Y el señor Cave percibió que los edificios, entre otras peculiaridades, no tenían puertas, sino que era por las grandes ventanas circulares, que se abrían libremente, por donde entraban y salían las criaturas. Se posaban sobre sus tentáculos, plegaban sus alas casi a la pequeñez de una caña y saltaban al interior. 

Pero entre ellas había una multitud de criaturas de alas más pequeñas, como grandes libélulas, polillas y escarabajos voladores, y por el césped de brillante colorido, unos escarabajos se arrastraban perezosamente de un lado a otro. Y todavía más, en los terraplenes y en las terrazas se veían unas criaturas de gran cabeza similares a las moscas de mayor tamaño, pero sin alas, que brincaban atareadas sobre su maraña de tentáculos en forma de mano.

Ya se ha hecho alusión a los brillantes objetos sobre los mástiles que se levantaban por encima de la terraza del edificio más cercano. El señor Cave, tras mirar fijamente a uno de estos mástiles en un día especialmente claro, cayó en la cuenta de que el objeto brillante que allí se encontraba era un cristal exactamente igual que el que él estaba atisbando. Y una inspección todavía más minuciosa le convenció de que cada uno, aproximadamente unos veinte, sostenía un objeto similar.

De vez en cuando, una de las grandes criaturas voladoras revoloteaba hasta uno de ellos y, tras plegar sus alas y enrollar parte de los tentáculos en el mástil, miraba fijamente el cristal durante un rato —a veces durante más de quince minutos—. Y una serie de observaciones, realizadas por sugerencia del señor Wace, persuadieron a los dos observadores de que, por lo que se refería a este mundo visionario, el cristal que estaban escudriñando se hallaba efectivamente en la cúspide del último mástil situado en la terraza, y que por lo menos en una ocasión, uno de estos habitantes de otro mundo había mirado al señor Cave a la cara mientras efectuaba observaciones. Eso por lo que respecta a los hechos esenciales de esta historia realmente singular.

A menos que lo descartemos todo como una ingeniosa invención del señor Wace, debemos creer una de estos dos cosas: o bien el cristal del señor Cave se hallaba en dos mundos a la vez, y mientras se movía en uno permanecía estacionario en el otro, lo cual parece del todo absurdo; o bien mantenía una peculiar relación con otro cristal exactamente igual en este otro mundo, de modo que lo que veía en el interior del que se hallaba en este mundo resultaba, bajo condiciones adecuadas, visible para un observador en el correspondiente cristal del otro mundo; y viceversa. 

Hasta ahora, ignoramos realmente de qué forma dos cristales pueden entrar en relación, pero hoy en día sabemos lo suficiente como para comprender que el hecho no es del todo imposible. Esta relación entre los dos cristales fue una suposición que se le ocurrió al señor Wace, y a mí al menos me parece extremadamente creíble...

¿Y dónde estaba ese otro mundo? Al respecto, la vivaz inteligencia del señor Wace también arrojó luz rápidamente. Después de ponerse al sol, el cielo se oscureció con rapidez, el crepúsculo fue un breve intervalo, y las estrellas brillaron. Podían reconocerse las mismas que nosotros vemos, agrupadas en las mismas constelaciones. El señor Cave reconoció la Osa, las Pléyades, Aldebarán y Sirio: por tanto, el otro mundo debía de encontrarse en algún lugar del sistema solar y, como máximo, sólo a unos centenares de millones de kilómetros del nuestro. Siguiendo esta pista, el señor Wace aprendió que el cielo de medianoche era de un azul más oscuro incluso que el de nuestro cielo invernal, y que el Sol parecía un poco más pequeño... ¡Y que había dos lunas pequeñas!, «iguales que nuestra Luna, pero más pequeñas, con diferentes marcas», una de las cuales se movía con tanta rapidez que su movimiento resultaba claramente visible si se la observaba. Estas lunas nunca se elevaban al cielo, sino que se desvanecían mientras iban surgiendo: es decir, cada vez que daban la vuelta se eclipsaban porque estaban muy cerca de su planeta primario. Y todo esto responde completamente, aunque el señor Cave no lo supiera, a lo que deben de ser las condiciones de Marte.

Por tanto, parece una conclusión sumamente plausible que al atisbar en el interior de este cristal, lo que el señor Cave realmente viera fuese el planeta Marte y sus habitantes. Y, en el caso de que así fuera, entonces la estrella vespertina que resplandecía con toda brillantez en el cielo de aquella distante visión era nada menos que nuestra familiar Tierra.

Durante algún tiempo, los marcianos, si es que eran marcianos, no parecieron enterarse de la inspección del señor Cave. Una o dos veces se acercaron a atisbar, y se marcharon en seguida a algún otro mástil, como si la visión no fuera satisfactoria. Durante este tiempo, el señor Cave pudo contemplar la situación de este pueblo alado sin ser molestado por su atención, y, aunque el informe es necesariamente vago y fragmentario, no por ello resulta menos sugestivo.

Imaginad la impresión que de la humanidad obtendría un observador marciano, el cual, tras un difícil proceso de preparación y con considerable fatiga de los ojos, lograra observar Londres desde la aguja de la iglesia de St. Martin durante intervalos, como mucho, de tres o cuatro minutos. El señor Cave fue incapaz de averiguar si los marcianos alados eran los mismos que brincaban por los terraplenes y las terrazas, y si estos últimos podían volar a voluntad. 

Varias veces vio bípedos torpes, que recordaban vagamente a los monos, blancos y parcialmente translúcidos, alimentándose entre algunos de los árboles de liquen, y en una ocasión vio que un grupo de éstos huía ante el acoso de uno de los marcianos saltadores de cabeza redonda. Uno de éstos atrapó a uno con sus tentáculos, y entonces la imagen se desvaneció repentinamente, dejando al señor Cave completamente impotente en la oscuridad. 

En otra ocasión, una cosa enorme, de la que el señor Cave pensó en un principio que era un insecto gigante, apareció avanzando con extraordinaria rapidez por el terraplén junto al canal. Mientras se acercaba, el señor Cave percibió que era un mecanismo de metal brillante y de extraordinaria complejidad. Y luego, cuando volvió a mirar, ya estaba fuera de su vista.

Al cabo de algún tiempo, el señor Wace pretendió atraer la atención de los marcianos, y la siguiente vez que los extraños ojos de uno de ellos aparecieron cerca del cristal, el señor Cave gritó y saltó a un lado, e inmediatamente encendieron la luz y empezaron a gesticular de forma sugestiva para hacer señales. Pero cuando el señor Cave volvió a examinar el cristal, el marciano había desaparecido.

Hasta aquí habían progresado estas observaciones a principios de noviembre, y entonces el señor Cave, notando que las sospechas de su familia sobre el cristal se habían calmado, empezó a llevarlo con él de una parte a otra, a fin de consolarse como había hecho en ocasiones anteriores, de día y de noche, con lo que se había convertido rápidamente en el acontecimiento más real de su existencia.

En diciembre, el trabajo del señor Wace fue en aumento debido a la inminencia de un examen, las sesiones tuvieron que suspenderse de mala gana durante una semana, y durante diez u once días —no está muy seguro de cuántos— no volvió a ver a Cave. Entonces, ansioso por reanudar las investigaciones, y aliviada la tensión de sus trabajos estacionales, se dirigió a Seven Dials. En la esquina notó unos postigos delante del escaparate de una pajarería y luego otros ante el de un zapatero remendón. La tienda del señor Cave estaba cerrada.

Llamó y le abrió la puerta el hijastro, vestido de negro. Éste llamó en seguida a la señora Cave, quien, según el señor Wace pudo observar, vestía un traje de luto barato pero amplio e imponente. Sin demasiada sorpresa, el señor Wace se enteró de que el señor Cave había muerto y ya había sido enterrado. 

Ella estaba llorando, y su voz era profunda. Acababa de regresar de Highgate. Su mente parecía preocupada por su propio futuro y por los honorables detalles de las exequias, pero el señor Wace pudo por fin conocer los detalles de la muerte de Cave. Le habían encontrado muerto en la tienda por la mañana temprano, al día siguiente de su última visita al señor Wace, y el cristal había quedado atrapado entre sus manos frías como la piedra. Su rostro sonreía, dijo la señora Cave, y el paño de terciopelo negro de los minerales yacía a sus pies en el suelo. Debía de llevar ya muerto cinco o seis horas cuando lo encontraron.

Esto produjo una gran conmoción en el señor Wace, que empezó a reprocharse amargamente por haber descuidado los evidentes síntomas de la mala salud del anciano. Pero su principal preocupación era el cristal. Abordó el tema con precaución, pues conocía las peculiaridades de la señora Cave. Se quedó sin habla al saber que había sido vendido.

El primer impulso de la señora Cave, tras subir el cuerpo de Cave al dormitorio, había sido escribir al clérigo chiflado que había ofrecido cinco libras por el cristal, para informarle de su recuperación; pero, tras una violenta búsqueda a la que se sumó la hija, se convencieron de que habían perdido su dirección. 

Como carecían de los medios requeridos para llorar y enterrar a Cave con el primoroso estilo que exige la dignidad de un habitante de Seven Dials, habían recurrido a un amigo anticuario de Great Portland Street. Él había accedido amablemente a hacerse cargo de parte de la mercancía según tasación. Él mismo efectuó la tasación, y el huevo de cristal fue incluido en uno de los lotes. 

El señor Wace, tras manifestar las frases de condolencia, un tanto improvisadas tal vez, corrió de inmediato a Great Portland Street. Pero allí se enteró de que el huevo de cristal ya había sido vendido a un hombre alto y moreno vestido de gris.

Y aquí terminan bruscamente los hechos materiales de esta curiosa historia que, al menos para mí, resulta muy sugestiva. El comerciante de Great Portland Street no sabía quién era el hombre alto y vestido de gris; no le había observado con la suficiente atención para describirlo con detalle. Ni siquiera sabía qué dirección había tomado esta persona después de abandonar la tienda. 

Durante algún tiempo el señor Wace permaneció en la tienda, poniendo a prueba la paciencia del comerciante con preguntas desesperadas, dando libre curso a su propia exasperación. Por fin, comprendiendo bruscamente que todo el asunto se le había escapado de las manos, que se había desvanecido como una visión nocturna, regresó a sus habitaciones, un poco sorprendido de encontrar las notas que había tomado, aún tangibles y visibles sobre su desordenada mesa.

Su disgusto y su decepción fueron naturalmente muy grandes. Realizó una segunda visita (igualmente infructuosa) al comerciante de Great Portland Street, y recurrió a los anuncios en aquellos periódicos que tenían más probabilidades de caer en manos de un coleccionista de artículos raros.

También escribió cartas a The Daily Chronicle y a Nature, pero ambas publicaciones, sospechando que se trataba de una broma, le pidieron que reconsiderara su acción antes de imprimir, y le advirtieron que aquella historia tan extraña, lamentablemente sin pruebas que la sustentaran, podía poner en peligro su reputación como investigador. Por otra parte, las obligaciones de su propio trabajo eran perentorias. 

Así, al cabo de un mes, salvo por algún recordatorio ocasional a ciertos anticuarios, tuvo que abandonar de mala gana la búsqueda del huevo de cristal, que a partir de ese día permanece en algún lugar desconocido. Sin embargo, él me ha dicho, y yo lo creo firmemente, que de vez en cuando tiene arrebatos de celo en los que abandona sus más urgentes ocupaciones y vuelve a iniciar la búsqueda.

Que permanezca o no perdido para siempre, con su material y su propio origen, son cosas sobre las que se puede especular en todo momento. Si el actual propietario es un coleccionista, cabría esperar que las indagaciones del señor Wace hubieran llegado a sus oídos a través de los anticuarios. Ya que había sido capaz de descubrir al clérigo y al «oriental» del señor Cave, que no eran sino el reverendo James Parker y el joven príncipe de Bosso-Kuni, en Java. Les estoy muy agradecido por determinados pormenores. 

El interés del príncipe no se debía más que a una simple curiosidad... y extravagancia. Se había mostrado tan ansioso de comprar porque Cave era extrañamente reacio a vender. 

También es muy posible que el comprador en segunda instancia fuera simplemente un comprador ocasional, y no un coleccionista, y que el huevo de cristal se encuentre en estos momentos, posiblemente, a menos de un kilómetro de distancia, decorando un salón o sirviendo de pisapapeles, sin que se conozcan sus extraordinarias propiedades. Y, por lo tanto, se debe en parte a la idea de dicha posibilidad que yo haya dado a esta narración una forma que le dará la oportunidad de ser leída por el normal consumidor de ficción.

Mis propias ideas en esta materia son prácticamente idénticas a las del señor Wace. Estoy convencido de que el cristal en lo alto del mástil en Marte y el huevo de cristal del señor Cave se hallan en alguna clase de relación física, pero que de momento resulta inexplicable, y ambos creemos, además, que el cristal terrestre debió de ser enviado aquí desde allí — posiblemente en fecha remota— con el fin de ofrecer a los marcianos una visión próxima de nuestras costumbres. Es muy posible que los que aparecen en los cristales de otros mástiles también se encuentren en nuestro globo. Ninguna teoría de las alucinaciones alcanza a explicar los hechos.