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Viaje circular - Émile Zola

Hace ocho días que Luciano Bérard y Hortensia Larivière están casados. La madre de la novia, viuda del señor Larivière, que posee, desde hace treinta años, un comercio de juguetes y bisutería en la calle de la Chaussée d'Antin, es una mujer seca y angulosa, de carácter despótico, que no pudo negar la mano de su hija a Luciano, único heredero de un quincallero del barrio; pero que tiene intenciones de vigilar, constantemente y muy de cerca, al nuevo matrimonio. 

En el contrato, la señora Larivière ha cedido a su hija la tienda completa, reservándose apenas una habitación de su casa, pero en realidad es ella misma quien continúa dirigiéndolo todo con pretexto de poner a sus hijos al corriente de la venta.

Estamos en el mes de agosto; el calor es intenso y los negocios van mal. La señora Larivière tiene un carácter más agrio que nunca; no tolera que Luciano descuide sus quehaceres, al lado de Hortensia, ni un solo minuto. Un día que los sorprendió abrazándose en la tienda, dos semanas después de la boda, hubo un escándalo en la casa. 

Acordándose de que ella no permitió nunca a su difunto esposo la menor familiaridad en el almacén, decía a sus hijos que sólo con mucha seriedad y con mucha compostura podía lograrse una clientela y una fortuna.

—Yo, al menos —repetía— no conseguí sino de esa manera la fama de mi establecimiento...

Luciano, pues, no queriendo aún enojarse, se contenta con enviar a su mitad besos furtivos cada vez que su buena suegra vuelve las espaldas.

Un día, sin embargo, se toma la libertad de recordar en alta voz que sus familias les han prometido el dinero necesario para hacer un viaje de novios y pasar la luna de miel en santa calma.

A lo cual contesta la señora Larivière, apretando sus labios delgadísimos:

—Pues bien, váyanse a pasar un día al bosque de Vincennes.

Ante tal respuesta los jóvenes esposos se miran consternados; y Hortensia comienza a encontrar verdaderamente ridícula a su madre. No pudiendo estar juntos sino durante la noche, tienen que guardar el mayor silencio, so pena de que la señora Larivière venga, al menor ruido, a preguntarles si están enfermos. Y cuando aun no están callados a media noche, les grita:

—Mejor sería que se durmieran ¡caramba! para no quedarse, mañana también, dormidos sobre el mostrador.

No siendo ya tolerable aquella manera de vivir, Luciano habla, por segunda vez, del viaje soñado y cita los nombres de los comerciantes del barrio que hacen paseos de varios días, mientras sus padres o sus empleados cuidan de sus tiendas:

—El vendedor de guantes de la esquina de la rue Lafayette, por ejemplo, está en Dieppe; el cuchillero de la rue San Nicolás acaba de irse a Luchón; el joyero del bulevar fue a Suiza con su mujer... Ahora todo el que tiene algún dinero se permite un mes de vacaciones.

Pero la señora Larivière grita de mal humor:

—Es la muerte del comercio, caballero, compréndalo usted. El ojo del amo engorda el ganado. En tiempo de mi difunto marido, nosotros no íbamos a Vincennes sino una vez al año, el lunes de Pascua... y siempre gozamos de muy buena salud, gracias a Dios... ¿Quieren que les diga una cosa? Pues bien, ustedes echarán a perder la casa con sus deseos de recorrer el mundo. ¡Sí, la casa está ya echada a perder!

—Sin embargo —se atreve Hortensia a responder—, me parece que antes de casarnos se nos había prometido un viaje de novios. Acuérdate, mamá, de que tú misma habías consentido en ello.

—Puede ser —dice la señora Larivière— pero eso fue antes de la boda, y las madres tenemos la costumbre de ofrecer en tal ocasión una multitud de necedades... Ahora es necesario ser formales...

Luciano sale de la casa para evitar una querella. Un deseo feroz de estrangular a su suegra lo tortura. Pero al volver, después de dos horas de ausencia, su fisonomía y su carácter están cambiados. Su manera de hablar con la madre de su mujer es dulce y aún algo sonriente y maliciosa. Por la noche, la primera pregunta que dirige a su esposa es:

—¿Conoces Normandía?

Hortensia responde:

—Bien sabes que no; lo único que conozco es Vincennes; ¡lo único!...

Al día siguiente un acontecimiento inesperado conmueve la tienda de juguetes y bisutería de la señora Larivière. El padre de Luciano —el señor Bernard como le dicen en el barrio, donde se le considera como a buen vividor, franco y honrado en los negocios— viene a visitar a sus hijos. Y después de un rato de conversación, dice:

—Me parece que a ustedes les agradará mi propósito de acompañarlos a almorzar —palabras que produjeron mal efecto en el ánimo de su consuegra.

Pero la verdadera sorpresa estaba reservada para los postres. Apenas servido el café, el señor Bernard exclama:

—También traigo en los bolsillos un regalo para los chicos.

Y sacó triunfalmente dos billetes del camino de hierro.

—¿Qué es eso? —pregunta en tono angustioso la señora Larivière.

El padre de Luciano responde:

—¿Esto? Pues esto son dos billetes de primera clase para hacer un viaje circular por Normandía... Vaya, hijos míos, un mes de alegría, un mes al aire libre... Estoy seguro de que van a volver frescos como un par de rosas.

La madre de Hortensia está pálida, aterrada; y aunque deseosa de protestar, se calla y se muerde los labios. La perspectiva de una disputa con el señor Bernard, que decía siempre la última palabra, le da miedo.

Pero lo que más la atemoriza son las últimas palabras del quincallero que, hablando fuerte:

—Es preciso preparar las maletas —dice—. El viaje es para esta misma noche. Yo los conduciré a la estación ahora mismo. Hasta que no los vea en camino, no he de estar contento...

—Está bien —declara ella con una rabia sorda—; ¡llévense a mi hija!... Así estaré más contenta, después de todo, puesto que ellos no se darán besos en la tienda y yo podré velar por el honor de nuestra casa.

Al fin el matrimonio está ya en la estación de San Lázaro acompañado del suegro que apenas les dio el tiempo necesario para meter algo de ropa blanca y unos cuantos trajes en el fondo de un baúl y que, al despedirse, los besa en las mejillas y les recomienda mirarlo todo para divertirlo, al regreso, con el relato de sus impresiones.

Luciano y Hortensia se precipitan sobre los andenes buscando un compartimiento desocupado que, al fin de muchas vueltas, encuentran por su buena fortuna, y en el cual toman asiento preparándose a pasar bien la noche. Al cabo de algunos minutos, sin embargo, un caballero viejo viene a echar por tierra sus castillos en el aire, tomando, frente a ellos, una plaza desde la cual su mirada severa examina con atención los menores movimientos de los novios.

El tren se pone en marcha. Hortensia vuelve la cabeza, desolada, afectando interés por el paisaje; pero, en realidad, sus ojos húmedos ni siquiera ponen atención en los árboles. Luciano busca un medio ingenioso para desembarazarse del viejo, no encontrando sino expedientes demasiado enérgicos. 

Al fin se calma esperando que su compañero los abandonará en Nantes o en Vernón, pero sus esperanzas se desvanecen al mirar que va hasta Le Havre. Entonces, desesperado, se decide a tomar entre las suyas la mano de su mujer. Después de todo, siendo casados, bien pueden manifestarse su ternura. 

La mirada del viejo se hace cada momento más severa y es tan evidente que desaprueba en absoluto aquellas muestras de afecto, que la pobre Hortensia se ruboriza y retira la mano.

El resto del viaje transcurrió en medio del más profundo silencio, hasta que, dichosamente, el tren llegó a Roán.

Al salir de París, Luciano había comprado una Guía, en donde pudo escoger el hotel que mejor le pareció, creyendo poderse encontrar muy bien en él. En la mesa redonda apenas les es posible cambiar una palabra delante de toda aquella gente que no deja de mirarlos. 

Luego se deciden a meterse en la cama desde muy temprano, esperando poder estar en ella más contentos que en el camino de hierro y en el comedor; pero los muros del cuarto son tan delgados, que ninguno de los vecinos podía hacer un movimiento que no fuese oído por ellos, por lo cual no se atreven ni a toser...

—Visitemos la ciudad —dice Luciano al levantarse— y sigamos de prisa nuestro camino hacia Le Havre.

Luego comienzan su paseo sin poderse sentar un solo momento durante el día. Miran la catedral donde un cicerone les enseña la torre de Beurre que fue construida con los productos de una contribución que el clero había impuesto sobre las mantecas del lugar; miran el antiguo palacio de los duques de Normandía; las viejas iglesias convertidas en graneros; el cementerio monumental... lo miran todo, como en cumplimiento de un deber, sin encontrar ninguna alegría en la contemplación de tanto edificio histórico. Hortensia, sobre todo, se aburre soberanamente, cansándose de tal manera que al día siguiente se queda dormida en el tren.

Al llegar al Havre, también encuentran contrariedades. Las camas del hotel son tan estrechas que el posadero se ve obligado a darles un cuarto con dos lechos. Hortensia se pone a llorar creyéndose insultada. Luciano la consuela jurándole que no se detendrán allí sino el tiempo necesario para ver la ciudad.

Sus viajes locos, a través de los edificios, continúan al día siguiente.

Después de abandonar Le Havre, se detienen algunos días en cada villa importante marcada en el itinerario. Visitan Honfleur, Pont l'Evêque, Caen, Bayeux, Cherbourg, etc., y llenándose la cabeza con una infinidad de calles y de monumentos, confundiendo las iglesias, atontados por la sucesión rápida de horizontes, no llegan a encontrar el interés buscado. 

En todas partes les ha sido imposible hallar un rincón pacífico y dichoso para acariciarse lejos de los oídos indiscretos. Al fin ya no miran nada, siguiendo su viaje como una obligación molesta de la cual no encuentran manera de deshacerse.

Una tarde Luciano deja escapar, en Cherbourg, estas palabras:

—Creo que estaríamos menos tristes al lado de tu madre!...

Al día siguiente, caminando en dirección de Grandville, Luciano comienza a mirar la campiña a través de las ventanillas, con verdadera furia. De repente el tren se detiene en una estación insignificante cuyo nombre, dicho en alta voz por un empleado del ferrocarril, ni siquiera llega a sus oídos, y cuyo aspecto adorable hace exclamar a Luciano:

—Bajemos, bajemos de prisa.

—Pero esta estación no está en la Guía —dice Hortensia, espantada.

—¡La Guía! ¡la Guía! —responde el marido—. ¡Ya vas a ver lo que voy a hacer con ella!... Venga, ¡bajemos de prisa!

—Pero ¿y los equipajes?

—Los equipajes me importan poco.

Y cuando Hortensia hubo bajado, el tren se puso de nuevo en marcha, dejándolos en una hondonada verde y fresca.

Al salir de la pequeña estación, los dos enamorados se encuentran en pleno campo... Ningún ruido turba el gran silencio de la Naturaleza, a no ser el canto de los pájaros y el murmullo de un arroyuelo...

La primera ocupación de Luciano consiste en arrojar su Guía en medio de un estanque.

Después... la calma y la libertad sonríen ante sus ojos encantados...

La dueña de una posada que se encuentra a trescientos pasos de la estación, les proporciona un cuarto amplio, encalado, con paredes de un metro de espesor, pero cuyo aspecto primaveral alegra la vista. Por lo demás, ni un solo pasajero, ni un solo testigo indiscreto; nada más que las gallinas que miran curiosamente.

—Puesto que nuestros billetes son aún válidos para ocho días —dice Luciano— pasemos aquí una buena semana.

Y realmente, ¡buena semana fue!

Perdiéndose entre los senderos floridos e internándose en el bosque hasta llegar a las faldas de una colina, pasan alegremente los días, escondidos en el fondo de los matorrales que abrigan, complacientes, sus amores. 

A veces siguen al arroyuelo en su curso, corriendo como estudiantes escapados; Hortensia se quita los botines para tomar baños de pies, mientras Luciano la hace exhalar gritos de susto besándole bruscamente la nuca...

Hasta la falta de ropa blanca y el estado de desnudez en que se encuentran, es causa para ellos de contento. Esa especie de abandono en un desierto donde nadie los supone, les encanta. Un día es necesario que Hortensia pida prestadas algunas prendas interiores a la dueña, y la tela grosera de las camisas, que le pica la piel, no la hace sino reír. 

Su cuarto es tan alegre que desde las ocho de la noche, hora en que la campiña oscura y silenciosa ya no los atrae, se encierran en él con verdadero placer, recomendando siempre que nadie vaya a despertarlos. A veces el mismo Luciano baja a la cocina para buscar el almuerzo, compuesto de huevos y de chuletas, sin permitir que nadie le ayude a subir sus provisiones. Y esos almuerzos exquisitos comidos al borde de la cama, en donde las caricias y los besos son más numerosos que los bocados de pan, se prolongan siempre hasta muy tarde...

El séptimo día, sin embargo, llega al fin; y los pobres enamorados se admiran y se entristecen al ver lo de prisa que han vivido, decidiéndose a partir sin averiguar siquiera el nombre de ese país, propicio como ninguno a sus amores, en el cual han obtenido un cuarterón de luna de miel...

Sus equipajes los esperan en París desde hace una semana.

Cuando el señor Bernard los interroga, Luciano y Hortensia responden embrolladamente, diciendo que han visto el mar en Caen y la torre de Beurre en el Havre.

—Pero ¡qué demonios! —exclama el quincallero— ustedes no me hablan de Cherburgo... ¡ni del Arsenal!

—Ah —responde Luciano— el arsenal es muy pequeño y además tiene pocos árboles.

Entonces la señora Larivière, siempre seca, siempre agria, alza los hombros y murmura:

—Lo que es así no vale la pena hacer viajes... ¡Ni siquiera conocen los monumentos!... Vamos, Hortensia, basta de locuras y al mostrador otra vez...

El huevo de cristal - H. G. Wells

     Hasta hace un año, cerca de Seven Dials había una tienda pequeña y de aspecto mugriento sobre la cual, deteriorado por el tiempo, un letrero amarillo anunciaba: «C. Cave, Naturalista y Anticuario». 

El contenido de su escaparate era curiosamente variado. Comprendía algunos colmillos de elefante y un juego incompleto de ajedrez, abalorios y armas, un estuche con ojos, dos calaveras de tigre y una humana, varios monos disecados y comidos por las polillas (uno sostenía una lámpara), un bargueño anticuado, un huevo de avestruz cubierto de huevos de mosca, aparejos de pesca y una pecera vacía extraordinariamente sucia. En el momento en que empieza la historia había también un bloque de cristal de roca, tallado en forma de huevo y brillantemente pulimentado.

Y aquello era lo que estaban mirando dos personas, de pie frente al escaparate, una de ellas un clérigo alto y delgado, la otra un joven de barba negra, tez morena y vestuario discreto. El joven moreno gesticulaba con vehemencia mientras hablaba, y parecía ansioso de que su compañero adquiriera el artículo.

Mientras ellos permanecían allí, el señor Cave entró en su tienda, su barba todavía oscilando con el pan y la mantequilla de su té. Cuando vio a estos hombres y al objeto de su atención, su semblante se desmoronó. Miró culpablemente por encima de su hombro, y con suavidad cerró la puerta. 

Era un anciano pequeño, de cara pálida y extraños ojos de un azul acuoso; su pelo era de color gris sucio, y llevaba una raída levita azul, un viejo sombrero de copa y unas zapatillas afelpadas con el tacón muy gastado. Se quedó mirando a los dos hombres mientras éstos hablaban. El clérigo buscó en el bolsillo de su pantalón, examinó un puñado de dinero y enseñó los dientes con una sonrisa de satisfacción. El señor Cave pareció aún más deprimido cuando ellos entraron en la tienda.

El clérigo, sin ceremonia alguna, preguntó el precio del huevo de cristal. El señor Cave lanzó una mirada nerviosa hacia la puerta que daba a la trastienda y dijo que cinco libras. El clérigo protestó, tanto hacia su compañero como hacia el señor Cave, diciendo que el precio era alto —en efecto, era mucho más de lo que el señor Cave tenía intención de pedir cuando puso a la venta el artículo—, y siguió un intento de regateo. El señor Cave se dirigió hacia la puerta y la mantuvo abierta:

—Cinco libras es mi precio —dijo, como si quisiera ahorrarse las molestias de una inútil discusión.

Mientras tanto, la parte superior del rostro de una mujer había aparecido por encima de la cortinilla en el panel superior de cristal de la puerta que daba a la trastienda y miraba curiosamente a los dos clientes.

—Cinco libras es mi precio —dijo el señor Cave, con un estremecimiento en su voz.

Hasta entonces el joven moreno había permanecido como espectador, observando vivamente al señor Cave. Ahora habló.

—Dale cinco libras —dijo.

El clérigo le miró para ver si hablaba en serio, y, cuando volvió a mirar al señor Cave, vio que la cara del anciano estaba pálida.

—Es mucho dinero —dijo el clérigo y, rebuscando en su bolsillo, empezó a contar sus recursos.

Tenía poco más de treinta chelines, y recurrió a su compañero, con quien parecía mantener una relación de considerable confianza. Esto dio al señor Cave la ocasión de ordenar sus pensamientos, y empezó a explicar de forma agitada que el cristal, en cierto modo, no estaba a la venta. 

Sus dos clientes se quedaron lógicamente sorprendidos, e inquirieron por qué no había pensado en ello antes de empezar a regatear. El señor Cave se mostró confundido, pero persistió en su historia, que el cristal no estaba a la venta aquella tarde, que ya había aparecido un posible comprador. Los dos, interpretando aquello como un intento de aumentar aún más el precio, hicieron como si fueran a abandonar la tienda. Pero, en ese instante, la puerta de la trastienda se abrió y apareció la propietaria del flequillo oscuro y ojos pequeños.

Era una mujer corpulenta, de facciones toscas, más joven y mucho más gruesa que el señor Cave; andaba con pesadez y su cara estaba sonrojada.

—Ese cristal está a la venta —dijo—. Y cinco libras es bastante buen precio por él. No sé en qué estás pensando, Cave. ¡No aceptar la oferta del caballero!

El señor Cave, enormemente turbado por la interrupción, la miró colérico por encima de los espejuelos y, sin excesiva convicción, hizo valer su derecho a tratar sus negocios a su manera. Y empezó un altercado. Los dos clientes contemplaban la escena con interés y cierta diversión, ayudando, en ocasiones, a la señora Cave con sugerencias. El señor Cave insistió en una historia confusa e imposible acerca de que habían preguntado por el cristal aquella mañana, y su agitación se hizo penosa. Pero siguió en sus trece con extraordinaria determinación.

Fue el joven oriental quien terminó con la curiosa controversia. Propuso que volverían al cabo de dos días a fin de dar una justa oportunidad al pretendido cliente.

—Y entonces volveremos a insistir —dijo el clérigo—. Cinco libras.

La señora Cave se vio obligada a pedir disculpas por su marido, explicando que él, a veces, «era un poco raro», y nada más salir los dos clientes, la pareja reanudó con toda libertad la discusión del incidente en todos sus matices.

La señora Cave habló a su marido con extraordinaria franqueza. El pobre hombrecillo, temblando de emoción, enredado entre sus historias, sostuvo por una parte que tenía otro cliente en perspectiva, y por otra que el cristal valía honestamente por lo menos diez guineas.

—¿Pues por qué has pedido cinco libras? —dijo su esposa.

—¡Deja que lleve mis asuntos a mi manera! —dijo el señor Cave.

Con el señor Cave vivían una hijastra y un hijastro, y aquella noche, en la cena, volvió a discutirse la transacción. Ninguno de ellos tenía en gran estima los métodos comerciales del señor Cave, y este comportamiento les parecía el colmo de la necedad.

—Yo diría que con anterioridad se ha negado a vender ese cristal —dijo el hijastro, un desgarbado patán de dieciocho

—¡Pero son cinco libras! —dijo la hijastra, una polémica joven de veintiséis años.

Las respuestas del señor Cave eran calamitosas; sólo conseguía farfullar débiles afirmaciones de que él era quien mejor conocía sus negocios. Ellos le impulsaron a que abandonara su cena medio consumida para que cerrara la tienda por la noche, y salió con las orejas ardientes y lágrimas de vejación detrás de sus lentes. «¿Por qué había dejado tanto tiempo el cristal en el escaparate? ¡Había sido una insensatez!» Ése era el problema encerrado en su mente. Por algún rato no consiguió descubrir la forma de evitar la venta.

Después de cenar, su hijastra y su hijastro se animaron mutuamente y salieron, y su esposa se retiró arriba para reflexionar acerca de los aspectos comerciales del cristal, tomando un poco de azúcar y limón en agua caliente. El señor Cave entró en la tienda y permaneció allí hasta tarde, pretextando hacer unas ornamentaciones doradas para unas peceras, pero en realidad con un íntimo propósito que se explicará mejor más adelante.

Al día siguiente, la señora Cave descubrió que el cristal había sido retirado del escaparate, y que se encontraba detrás de unos libros de segunda mano que trataban de la pesca con caña. Ella volvió a situarlo en la posición más visible. Pero no volvió a discutir al respecto, ya que una jaqueca de tipo nervioso la alejó de la polémica. El señor Cave siempre estaba lejos de ella. El día transcurrió desapaciblemente. El señor Cave estaba, si eso era posible, más abstraído de lo normal, y al mismo tiempo desacostumbradamente irritable. Por la tarde, mientras su esposa dormía su acostumbrada siesta, volvió a retirar el cristal del escaparate.

Al día siguiente, el señor Cave tenía que efectuar la entrega de una partida de pequeños tiburones a una de las escuelas de medicina donde se necesitaban para disección. En su ausencia, la mente de la señora Cave retornó al tema del cristal, y a los métodos más adecuados de gastar la ganancia de cinco libras. Ya había ideado unos métodos muy agradables —entre otros, un vestido de seda verde para ella y un viaje a Richmond—, cuando el repiqueteo de la campanilla de la puerta principal la condujo a la tienda. 

El cliente era un profesor que venía a quejarse por no haberle enviado ciertas ranas que había solicitado para el día anterior. La señora Cave no aprobaba esta rama científica del negocio del señor Cave, y el caballero, que había entrado con aspecto más bien agresivo, se retiró después de un breve intercambio de palabras, totalmente civilizadas en lo que a él concernía. Entonces la mirada de la señora Cave se volvió con naturalidad hacia el escaparate; la visión del cristal era la garantía de las cinco libras y de sus sueños. ¡Cuál no sería su sorpresa al descubrir que éste había desaparecido!

Se acercó al lugar detrás del mostrador donde lo había descubierto el día anterior. No estaba allí, e inmediatamente empezó una ansiosa búsqueda por la tienda.

Cuando el señor Cave regresó de sus asuntos con los pequeños tiburones, a eso de las dos menos cuarto, halló la tienda algo desordenada, y a su esposa, extremadamente encolerizada y de rodillas detrás del mostrador, registrando entre sus útiles de taxidermista. Su rostro inflamado y colérico surgió por encima del mostrador. Mientras la discordante campanilla anunciaba el regreso de su marido a quien ella acusó inmediatamente de «haberlo escondido».

—¿Escondido qué? —preguntó el señor Cave.

—¡El cristal!

Entonces, el señor Cave, aparentemente muy sorprendido, se precipitó hacia el escaparate.

—¿No está aquí? ¡Santo cielo! ¿Qué ha sido de él?

Justo entonces, el hijastro del señor Cave, que había llegado a casa uno o dos minutos antes que el señor Cave, entró en la tienda desde la habitación interior, blasfemando con entera libertad. Trabajaba de aprendiz con un comerciante de muebles de segunda mano calle abajo, pero efectuaba sus comidas en casa y estaba lógicamente irritado al no encontrar la comida a punto.

Pero cuando se enteró de la pérdida del cristal, olvidó su comida, y su ira se desvió de su madre a su padrastro. Su primera idea, lógicamente, fue que él lo había escondido. Pero el señor Cave negó resueltamente todo conocimiento de cuál había sido su suerte —proporcionando espontáneamente su declaración jurada al respecto— e ingeniándoselas para llegar al punto de acusar primero a su esposa, y luego a su hijastro, de haberlo cogido con vistas a una venta privada.

Así empezó una discusión sumamente mordaz y emotiva, que finalizó con la señora Cave en un estado de nervios muy peculiar, entre histérica y frenética, y haciendo que por la tarde el hijastro llegara con media hora de retraso al establecimiento de muebles. El señor Cave se refugió de las emociones de su esposa en la tienda.

Por la noche, con menos pasión y con espíritu crítico, se reanudó el tema ante la presencia de la hijastra. La cena transcurrió tristemente y culminó en una escena penosa. El señor Cave cayó por fin en una enorme desesperación y salió dando un violento portazo. El resto de la familia, tras discutir su comportamiento con la libertad que su ausencia garantizaba, registró la casa desde la buhardilla hasta el sótano, con la esperanza de hallar el cristal.

Al día siguiente, los dos clientes aparecieron de nuevo. La señora Cave los recibió casi con lágrimas. Dejó entrever que nadie podía imaginar cuánto había tenido que soportar ella por culpa de Cave en las distintas épocas de su peregrinaje matrimonial. También les ofreció un informe alterado de la desaparición. El clérigo y el oriental rieron en silencio entre sí y dijeron que aquello era absolutamente extraordinario.

Como la señora Cave parecía dispuesta a proporcionarles la historia completa de su vida, hicieron ademán de irse de la tienda. Por consiguiente, la señora Cave, que aún no había perdido las esperanzas, solicitó la dirección del clérigo, para, si conseguía algo de Cave, poder comunicárselo. La dirección fue debidamente proporcionada, pero, al parecer, luego se extravió. La señora Cave no consiguió recordar nada al respecto.

Al anochecer de aquel día, los Cave parecían haber agotado todas sus emociones, y el señor Cave, que había estado fuera por la tarde, cenó en un lóbrego aislamiento que contrastaba agradablemente con la apasionada controversia de los días anteriores. Durante algún tiempo las relaciones fueron muy tirantes en la casa de los Cave, pero ni el cristal ni el cliente reaparecieron.

Bien, hablando claro, deberíamos reconocer que el señor Cave era un embustero. Él sabía perfectamente bien dónde se hallaba el cristal. Estaba en el aposento del señor Jacoby Wace, profesor ayudante en el hospital de St. Catherine, en Westbourne Street. Se encontraba sobre el aparador, parcialmente cubierto por una tela de terciopelo negro y junto a una garrafa de whisky americano. Y es del señor Wace, precisamente, de quien proceden los detalles en los cuales se basa esta narración. 

Cave había trasladado el objeto al hospital oculto en el saco de los pequeños tiburones, y, una vez allí, había convencido al joven investigador para que se lo guardara. El señor Wace se había mostrado un tanto indeciso. Su relación con el señor Cave era algo peculiar. Le gustaban los sujetos extraños, y en más de una ocasión había invitado al anciano a fumar y a beber en sus aposentos, y a desarrollar su curiosa visión de la vida en general y de su esposa en particular. 

El señor Wace también se había encontrado a veces con la señora Cave cuando el señor Cave no estaba en casa para atenderle. Estaba enterado de las constantes interferencias a las que Cave se veía sometido, y, después de sopesar imparcialmente la historia, decidió dar refugio al cristal.

El señor Cave prometió explicarle con más detalle, en otra ocasión, las razones de su extraordinaria afición por el cristal, pero le dijo claramente que veía visiones en su interior. Aquella misma noche volvió a visitar al señor Wace.

Le narró una complicada historia. Dijo que el cristal había llegado a su poder junto con otras cosas sueltas, en la liquidación de las mercancías de otro comerciante de curiosidades, y que al desconocer cuál podría ser su valor, lo había marcado en diez chelines. Había permanecido en su poder, con ese precio, durante algunos meses, y ya pensaba en «reducir la cifra» cuando hizo un descubrimiento extraordinario.

En aquella época gozaba de muy mala salud —hay que tener presente que, a lo largo de toda esta experiencia, su condición física estaba muy decaída—, estaba considerablemente angustiado con motivo de la negligencia, incluso de los explícitos malos tratos, que recibía de su esposa y de sus hijastros. 

Su esposa era vanidosa, extravagante e insensible, y sentía una afición creciente por la bebida cuando estaba a solas; su hijastra era ruin y astuta; y su hijastro había concebido una violenta aversión hacia él, y no perdía ocasión para demostrárselo. Las exigencias de su negocio eran altamente pesadas para él, y el señor Wace no cree que estuviera totalmente libre de algún exceso ocasional. 

Había empezado su vida en una posición confortable. Era un hombre bastante instruido, y padeció sin interrupción durante semanas, de melancolía e insomnio. Temiendo molestar a su familia, cuando sus reflexiones se volvían intolerables, se deslizaba en silencio fuera de la cama para no despertar a su esposa, y vagaba por la casa. Y una mañana, de últimos de agosto, a eso de las tres de la madrugada, el azar dirigió sus pasos hacia la tienda.

La sucia tiendecilla estaba impenetrablemente oscura excepto en un punto, donde percibió un inusual destello de luz. Al acercarse a él, descubrió que se trataba del huevo de cristal, que se hallaba en el rincón del mostrador que daba al escaparate. Un tenue rayo de luz penetraba por una rendija de la persiana, chocaba contra el objeto, y parecía como si fuera a rellenar todo su interior.

Al señor Cave se le ocurrió que aquello no coincidía con las leyes de la óptica tal y como él las había entendido en su época juvenil. Podía comprender que los rayos fueran refractados por el cristal hacia un foco en su interior, pero esta difusión no coincidía con sus conocimientos de física. Se acercó más al cristal, escudriñando su interior y la superficie con un momentáneo renacimiento de la curiosidad científica que en su juventud había determinado la elección de su profesión. 

Se sorprendió al comprobar que la luz no era constante, sino que oscilaba dentro de la sustancia del huevo, como si aquel objeto fuera una esfera hueca con algún vapor luminoso. Desplazándose para obtener diferentes puntos de vista, de pronto comprobó que se había colocado entre el rayo y el cristal, y que sin embargo, éste continuaba siendo luminoso. Grandemente sorprendido, lo alejó del rayo de luz y lo trasladó a la parte más oscura de la tienda. Continuó brillando durante cuatro o cinco minutos, y luego se fue debilitando lentamente hasta apagarse. Lo situó bajo la débil luz del día y su luminosidad reapareció casi inmediatamente.

Por lo menos hasta ese punto el señor Wace pudo comprobar la extraordinaria historia del señor Cave. Él mismo había colocado repetidas veces el cristal ante un rayo de luz (cuyo diámetro debía de ser inferior a un milímetro). Y dentro de la perfecta oscuridad, la que puede proporcionar una envoltura de terciopelo, el cristal parecía, sin lugar a dudas, débilmente fosforescente. Sin embargo, parecía que la luminosidad era de una clase excepcional, que no resultaba igualmente visible a todos los ojos; el señor Harbinger —cuyo nombre resultará familiar al lector científico en relación con el Instituto Pasteur— era totalmente incapaz de ver ninguna luz. Y la capacidad del propio señor Wace para apreciarla era muy inferior en comparación con la del señor Cave. Incluso con el señor Cave, la intensidad variaba considerablemente: su visión era mucho más vivida durante los estados de extrema debilidad y fatiga.

Desde el primer momento, esta luz en el cristal había ejercido una curiosa fascinación sobre el señor Cave. Y dice más de su alma solitaria el hecho de que no contara a ningún ser humano sus curiosas observaciones, que lo que diría un volumen de escritos patéticos. 

Parecía estar viviendo en una atmósfera de tan mezquino resentimiento que de haber admitido la existencia de un goce hubiera corrido el riesgo de perderlo. Averiguó que a medida que avanzaba el alba, y aumentaba la difusión de la luz, según todas las apariencias el cristal dejaba de ser luminoso. Y durante algún tiempo fue incapaz de ver nada dentro, excepto por la noche, en los rincones oscuros de la tienda.

Pero se le ocurrió utilizar una vieja tela de terciopelo que usaba como fondo para una colección de minerales, y doblando el paño, y cubriéndose con él la cabeza y las manos, era capaz de ver el movimiento luminoso en el interior del cristal incluso durante el día. Tomaba muchas precauciones a fin de no ser descubierto por su esposa, y practicaba esta ocupación sólo por las tardes, mientras ella dormía arriba, y además lo hacía disimuladamente en un hueco debajo del mostrador. Y un día, dándole vueltas al cristal entre las manos, vio algo. Apareció y desapareció como un destello, pero le dio la impresión de que el objeto le había desvelado, por un instante, la visión de un país inmenso y extraño; y, al girarlo otra vez, justo cuando la luz se desvanecía, volvió a tener la misma visión.

Bien, resultaría tedioso e innecesario exponer todas las fases del descubrimiento del señor Cave a partir de este punto. Basta con decir que el efecto fue éste: inclinando el cristal en un ángulo de 137 grados en dirección al rayo luminoso, se conseguía una clara y uniforme imagen de un paisaje inmenso y peculiar. No era nada que se pareciera a un sueño; producía una definida impresión de realidad, y cuanto mejor era la luz, más real y sólido parecía. 

Se trataba de una imagen en movimiento: es decir, cienos objetos se movían en él, pero lentamente y de forma ordenada como las cosas reales, y, a medida que iba cambiando la dirección de la iluminación y de la visión del paisaje, también cambiaba. En verdad debía de ser como mirar una escena a través de un cristal ovalado, haciéndolo girar a fin de obtener diferentes facetas.

Las manifestaciones del señor Cave, me aseguró el señor Wace, eran extremadamente exactas, y totalmente exentas de esa cualidad emotiva que contamina las impresiones alucinatorias. Pero hay que recordar que todos los esfuerzos del señor Wace para ver cualquier claridad similar en la lánguida opalescencia del cristal resultaron totalmente infructuosos, por mucho que lo intentara. La diferencia en la intensidad de las impresiones recibidas por los dos hombres era muy grande, y es bastante probable que lo que para el señor Cave era una visión, no fuera más que una confusa nebulosidad para el señor Wace.

La visión, tal como la describía el señor Cave, era invariablemente la de una extensa llanura, y siempre le parecía estar contemplándola desde una considerable altura, como desde una torre o un mástil. Al este y al oeste la llanura limitaba a una distancia remota con unos enormes riscos de color rojizo, que le recordaban unos que había visto en algún cuadro; aunque el señor Wace fue incapaz de averiguar de qué cuadro se trataba. Estos riscos iban de norte a sur —podía saber los puntos de la brújula por las estrellas que eran visibles durante la noche—, y se alejaban en una perspectiva casi ilimitada, desvaneciéndose en la calina de la distancia antes de unirse. 

Él se hallaba más cerca de los riscos orientales, y durante su primera visión el sol se levantaba por encima de ellos. Negras contra la luz del sol, y pálidas contra sus sombras, se distinguían multitud de formas elevándose, que el señor Cave consideró que eran pájaros. Una larga fila de edificios se extendía debajo de él; como si los estuviera mirando desde lo alto; y a medida que se acercaban al margen borroso y refractado de la imagen perdían su nitidez. También había árboles curiosos de forma y de color, un verde como de musgo y un gris exquisito, junto a un ancho canal resplandeciente. Y algo de gran tamaño y color brillante voló cruzando el cuadro. Pero la primera vez que el señor Cave vio estas imágenes, las vio como si fueran relámpagos; sus manos temblaban, su cabeza se movía y la visión iba y venía y crecía, difuminándose. Y al principio tuvo enormes dificultades para volver a encontrar la imagen una vez perdida su dirección.

La siguiente visión clara, que se presentó una semana después de la primera, sin haberse otorgado en este intervalo más que unas ojeadas atormentadas y cierta experiencia útil, le mostró el valle en toda su extensión. La visión era diferente, pero él tenía la curiosa convicción, que sus observaciones posteriores confirmaron totalmente, de que estaba mirando aquel extraño mundo exactamente desde el mismo sitio, a pesar de que mirara en una dirección diferente. 

La larga fachada del gran edificio, cuyo tejado había visto antes desde lo alto, retrocedía ahora en la perspectiva. Reconoció el tejado. En el centro de la fachada había una terraza de sólidas proporciones y extraordinaria longitud, y en medio de ésta, a determinados intervalos, se elevaban unos enormes aunque elegantes mástiles, los cuales sostenían pequeños objetos brillantes que reflejaban el ocaso del sol. 

La importancia de estos pequeños objetos no se le ocurrió al señor Cave hasta algún tiempo después, cuando describía la escena al señor Wace. La terraza estaba suspendida sobre un soto cubierto por la más exuberante y atractiva vegetación, y más allá un extenso prado sobre el cual reposaban ciertas anchas criaturas parecidas a los escarabajos, pero muchísimo más grandes. Más allá aún, había un terraplén ricamente decorado con piedras rosáceas. Y más allá de éste, bordeada de malezas rojizas, y recorriendo el valle en paralelo exacto con los lejanos riscos, había una extensión de agua que semejaba un espejo. 

El aire parecía repleto de escuadrillas de grandes pájaros que maniobraban en curvas majestuosas; y al otro lado del río había gran cantidad de espléndidos edificios de aspecto multicolor, que brillaban por su tracería y ornamentación metálicas, en medio de un bosque de árboles parecidos al musgo y al liquen. Y, de pronto, algo cruzó repentinamente la visión, como el ondular de un ventilador o el batir de las alas, y una cara, o más bien la parte superior de una cara con ojos muy grandes, apareció como si estuviera muy cerca de la suya propia, como si se encontrara al otro lado del cristal.

El señor Cave se quedó tan asombrado y tan impresionado por la absoluta realidad de aquellos ojos, que se retiró del cristal para examinarlo por detrás. Estaba tan absorto en la contemplación del cristal, que se sorprendió al encontrarse entre la fría oscuridad de su tiendecilla, con su familiar olor a alcohol metílico, a moho y podredumbre. Y mientras observaba a su alrededor, el resplandor del cristal se fue apagando hasta desaparecer.

Tales fueron las primeras impresiones generales del señor Cave. La historia es curiosamente directa y detallada. Desde el comienzo, cuando el valle había aparecido momentáneamente ante sus sentidos, su imaginación quedó extrañamente afectada, y a medida que empezaba a apreciar los detalles de la escena que contemplaba, su asombro fue aumentando hasta convertirse en pasión. 

Distraído e indiferente, se ocupaba de su negocio pensando sólo en el momento en que podría volver a su observación. Y entonces, unas semanas después de su primera visión del valle, aparecieron los dos clientes cuya oferta produjo gran tensión y excitación, y el cristal escapó por muy poco a su venta, como ya he explicado.

Mientras el objeto fue sólo un secreto del señor Cave, se quedó en una simple maravilla, algo hacia lo cual acercarse en secreto y atisbar, igual que un niño podía atisbar un jardín prohibido. Pero, aunque sea un investigador científico joven, el señor Wace posee una mente especialmente lúcida e ilativa. En cuanto el cristal y el relato llegaron a él y, viendo con sus propios ojos la fosforescencia, se persuadió de que existían realmente ciertas pruebas en cuanto a las afirmaciones del señor Cave, y procedió a analizar la cuestión sistemáticamente.

El señor Cave sólo deseaba deleitar sus ojos con el mundo fantástico que veía, y cada noche, desde las ocho y media hasta las diez y media, acudía allí, y a veces, en ausencia del señor Wace, también iba durante el día. Y los domingos por la tarde también. 

Desde el primer momento el señor Wace tomó copiosas notas, y fue debido a su método científico que se aprobó la relación entre la dirección por la que entraba el rayo inicial en el cristal y la orientación de la imagen. Y tapando el cristal con una caja perforada, con una pequeña abertura para recibir el rayo incitador, y cambiando las cortinas opacas de holanda negra, mejoraron extraordinariamente las condiciones de la observación; así, al cabo de poco tiempo lograron examinar el valle en cualquier dirección que ellos desearan.

Así, despejado el camino, podemos dar una breve relación de este mundo visionario que aparecía en el interior del cristal. En todas las ocasiones era el señor Cave quien lo veía, y el método de trabajo era invariable: él contemplaba el cristal e informaba de cuanto veía, mientras el señor Wace (que al ser estudiante de ciencias había aprendido el ardid de escribir a oscuras) escribía una breve reseña de la información. Cuando el cristal se apagaba, lo introducían en su caja, en la posición adecuada, y encendían la luz eléctrica. El señor Wace hacía preguntas, y sugería observaciones para aclarar puntos difíciles. En realidad, nada podía resultar menos visionario y más prosaico.

La atención del señor Cave había sido captada rápidamente por las criaturas en forma de pájaro que había visto con tal abundancia en sus primeras visiones. Su primera impresión pronto fue corregida, y durante un tiempo consideró que bien podían representar una especie de murciélago diurno. Luego pensó, lo cual resultó bastante grotesco, que podían ser querubines. 

Sus cabezas eran redondas y curiosamente humanas, y fueron los ojos de uno de ellos los que le sobrecogieron en su segunda observación. Tenían anchas alas plateadas, desprovistas de plumas, pero que centelleaban con la misma brillantez que un pez recién cogido, y con la misma sutil gama de colores. Y el señor Wace supo que estas alas no parecían apoyarse en el plano de un ala de pájaro o de un murciélago, sino en unas costillas curvadas que irradiaban del cuerpo. (Una especie de ala de mariposa con costillas curvadas parece expresar mejor su apariencia.) El cuerpo era pequeño, pero equipado con dos racimos de órganos prensiles, como los tentáculos, justo debajo de la boca. 

Por muy increíble que le pareciera al señor Cave, al final se persuadió irremisiblemente de que estas criaturas eran las propietarias de los grandes edificios casi humanos y del magnífico jardín que hacía tan espléndido el amplio valle. Y el señor Cave percibió que los edificios, entre otras peculiaridades, no tenían puertas, sino que era por las grandes ventanas circulares, que se abrían libremente, por donde entraban y salían las criaturas. Se posaban sobre sus tentáculos, plegaban sus alas casi a la pequeñez de una caña y saltaban al interior. 

Pero entre ellas había una multitud de criaturas de alas más pequeñas, como grandes libélulas, polillas y escarabajos voladores, y por el césped de brillante colorido, unos escarabajos se arrastraban perezosamente de un lado a otro. Y todavía más, en los terraplenes y en las terrazas se veían unas criaturas de gran cabeza similares a las moscas de mayor tamaño, pero sin alas, que brincaban atareadas sobre su maraña de tentáculos en forma de mano.

Ya se ha hecho alusión a los brillantes objetos sobre los mástiles que se levantaban por encima de la terraza del edificio más cercano. El señor Cave, tras mirar fijamente a uno de estos mástiles en un día especialmente claro, cayó en la cuenta de que el objeto brillante que allí se encontraba era un cristal exactamente igual que el que él estaba atisbando. Y una inspección todavía más minuciosa le convenció de que cada uno, aproximadamente unos veinte, sostenía un objeto similar.

De vez en cuando, una de las grandes criaturas voladoras revoloteaba hasta uno de ellos y, tras plegar sus alas y enrollar parte de los tentáculos en el mástil, miraba fijamente el cristal durante un rato —a veces durante más de quince minutos—. Y una serie de observaciones, realizadas por sugerencia del señor Wace, persuadieron a los dos observadores de que, por lo que se refería a este mundo visionario, el cristal que estaban escudriñando se hallaba efectivamente en la cúspide del último mástil situado en la terraza, y que por lo menos en una ocasión, uno de estos habitantes de otro mundo había mirado al señor Cave a la cara mientras efectuaba observaciones. Eso por lo que respecta a los hechos esenciales de esta historia realmente singular.

A menos que lo descartemos todo como una ingeniosa invención del señor Wace, debemos creer una de estos dos cosas: o bien el cristal del señor Cave se hallaba en dos mundos a la vez, y mientras se movía en uno permanecía estacionario en el otro, lo cual parece del todo absurdo; o bien mantenía una peculiar relación con otro cristal exactamente igual en este otro mundo, de modo que lo que veía en el interior del que se hallaba en este mundo resultaba, bajo condiciones adecuadas, visible para un observador en el correspondiente cristal del otro mundo; y viceversa. 

Hasta ahora, ignoramos realmente de qué forma dos cristales pueden entrar en relación, pero hoy en día sabemos lo suficiente como para comprender que el hecho no es del todo imposible. Esta relación entre los dos cristales fue una suposición que se le ocurrió al señor Wace, y a mí al menos me parece extremadamente creíble...

¿Y dónde estaba ese otro mundo? Al respecto, la vivaz inteligencia del señor Wace también arrojó luz rápidamente. Después de ponerse al sol, el cielo se oscureció con rapidez, el crepúsculo fue un breve intervalo, y las estrellas brillaron. Podían reconocerse las mismas que nosotros vemos, agrupadas en las mismas constelaciones. El señor Cave reconoció la Osa, las Pléyades, Aldebarán y Sirio: por tanto, el otro mundo debía de encontrarse en algún lugar del sistema solar y, como máximo, sólo a unos centenares de millones de kilómetros del nuestro. Siguiendo esta pista, el señor Wace aprendió que el cielo de medianoche era de un azul más oscuro incluso que el de nuestro cielo invernal, y que el Sol parecía un poco más pequeño... ¡Y que había dos lunas pequeñas!, «iguales que nuestra Luna, pero más pequeñas, con diferentes marcas», una de las cuales se movía con tanta rapidez que su movimiento resultaba claramente visible si se la observaba. Estas lunas nunca se elevaban al cielo, sino que se desvanecían mientras iban surgiendo: es decir, cada vez que daban la vuelta se eclipsaban porque estaban muy cerca de su planeta primario. Y todo esto responde completamente, aunque el señor Cave no lo supiera, a lo que deben de ser las condiciones de Marte.

Por tanto, parece una conclusión sumamente plausible que al atisbar en el interior de este cristal, lo que el señor Cave realmente viera fuese el planeta Marte y sus habitantes. Y, en el caso de que así fuera, entonces la estrella vespertina que resplandecía con toda brillantez en el cielo de aquella distante visión era nada menos que nuestra familiar Tierra.

Durante algún tiempo, los marcianos, si es que eran marcianos, no parecieron enterarse de la inspección del señor Cave. Una o dos veces se acercaron a atisbar, y se marcharon en seguida a algún otro mástil, como si la visión no fuera satisfactoria. Durante este tiempo, el señor Cave pudo contemplar la situación de este pueblo alado sin ser molestado por su atención, y, aunque el informe es necesariamente vago y fragmentario, no por ello resulta menos sugestivo.

Imaginad la impresión que de la humanidad obtendría un observador marciano, el cual, tras un difícil proceso de preparación y con considerable fatiga de los ojos, lograra observar Londres desde la aguja de la iglesia de St. Martin durante intervalos, como mucho, de tres o cuatro minutos. El señor Cave fue incapaz de averiguar si los marcianos alados eran los mismos que brincaban por los terraplenes y las terrazas, y si estos últimos podían volar a voluntad. 

Varias veces vio bípedos torpes, que recordaban vagamente a los monos, blancos y parcialmente translúcidos, alimentándose entre algunos de los árboles de liquen, y en una ocasión vio que un grupo de éstos huía ante el acoso de uno de los marcianos saltadores de cabeza redonda. Uno de éstos atrapó a uno con sus tentáculos, y entonces la imagen se desvaneció repentinamente, dejando al señor Cave completamente impotente en la oscuridad. 

En otra ocasión, una cosa enorme, de la que el señor Cave pensó en un principio que era un insecto gigante, apareció avanzando con extraordinaria rapidez por el terraplén junto al canal. Mientras se acercaba, el señor Cave percibió que era un mecanismo de metal brillante y de extraordinaria complejidad. Y luego, cuando volvió a mirar, ya estaba fuera de su vista.

Al cabo de algún tiempo, el señor Wace pretendió atraer la atención de los marcianos, y la siguiente vez que los extraños ojos de uno de ellos aparecieron cerca del cristal, el señor Cave gritó y saltó a un lado, e inmediatamente encendieron la luz y empezaron a gesticular de forma sugestiva para hacer señales. Pero cuando el señor Cave volvió a examinar el cristal, el marciano había desaparecido.

Hasta aquí habían progresado estas observaciones a principios de noviembre, y entonces el señor Cave, notando que las sospechas de su familia sobre el cristal se habían calmado, empezó a llevarlo con él de una parte a otra, a fin de consolarse como había hecho en ocasiones anteriores, de día y de noche, con lo que se había convertido rápidamente en el acontecimiento más real de su existencia.

En diciembre, el trabajo del señor Wace fue en aumento debido a la inminencia de un examen, las sesiones tuvieron que suspenderse de mala gana durante una semana, y durante diez u once días —no está muy seguro de cuántos— no volvió a ver a Cave. Entonces, ansioso por reanudar las investigaciones, y aliviada la tensión de sus trabajos estacionales, se dirigió a Seven Dials. En la esquina notó unos postigos delante del escaparate de una pajarería y luego otros ante el de un zapatero remendón. La tienda del señor Cave estaba cerrada.

Llamó y le abrió la puerta el hijastro, vestido de negro. Éste llamó en seguida a la señora Cave, quien, según el señor Wace pudo observar, vestía un traje de luto barato pero amplio e imponente. Sin demasiada sorpresa, el señor Wace se enteró de que el señor Cave había muerto y ya había sido enterrado. 

Ella estaba llorando, y su voz era profunda. Acababa de regresar de Highgate. Su mente parecía preocupada por su propio futuro y por los honorables detalles de las exequias, pero el señor Wace pudo por fin conocer los detalles de la muerte de Cave. Le habían encontrado muerto en la tienda por la mañana temprano, al día siguiente de su última visita al señor Wace, y el cristal había quedado atrapado entre sus manos frías como la piedra. Su rostro sonreía, dijo la señora Cave, y el paño de terciopelo negro de los minerales yacía a sus pies en el suelo. Debía de llevar ya muerto cinco o seis horas cuando lo encontraron.

Esto produjo una gran conmoción en el señor Wace, que empezó a reprocharse amargamente por haber descuidado los evidentes síntomas de la mala salud del anciano. Pero su principal preocupación era el cristal. Abordó el tema con precaución, pues conocía las peculiaridades de la señora Cave. Se quedó sin habla al saber que había sido vendido.

El primer impulso de la señora Cave, tras subir el cuerpo de Cave al dormitorio, había sido escribir al clérigo chiflado que había ofrecido cinco libras por el cristal, para informarle de su recuperación; pero, tras una violenta búsqueda a la que se sumó la hija, se convencieron de que habían perdido su dirección. 

Como carecían de los medios requeridos para llorar y enterrar a Cave con el primoroso estilo que exige la dignidad de un habitante de Seven Dials, habían recurrido a un amigo anticuario de Great Portland Street. Él había accedido amablemente a hacerse cargo de parte de la mercancía según tasación. Él mismo efectuó la tasación, y el huevo de cristal fue incluido en uno de los lotes. 

El señor Wace, tras manifestar las frases de condolencia, un tanto improvisadas tal vez, corrió de inmediato a Great Portland Street. Pero allí se enteró de que el huevo de cristal ya había sido vendido a un hombre alto y moreno vestido de gris.

Y aquí terminan bruscamente los hechos materiales de esta curiosa historia que, al menos para mí, resulta muy sugestiva. El comerciante de Great Portland Street no sabía quién era el hombre alto y vestido de gris; no le había observado con la suficiente atención para describirlo con detalle. Ni siquiera sabía qué dirección había tomado esta persona después de abandonar la tienda. 

Durante algún tiempo el señor Wace permaneció en la tienda, poniendo a prueba la paciencia del comerciante con preguntas desesperadas, dando libre curso a su propia exasperación. Por fin, comprendiendo bruscamente que todo el asunto se le había escapado de las manos, que se había desvanecido como una visión nocturna, regresó a sus habitaciones, un poco sorprendido de encontrar las notas que había tomado, aún tangibles y visibles sobre su desordenada mesa.

Su disgusto y su decepción fueron naturalmente muy grandes. Realizó una segunda visita (igualmente infructuosa) al comerciante de Great Portland Street, y recurrió a los anuncios en aquellos periódicos que tenían más probabilidades de caer en manos de un coleccionista de artículos raros.

También escribió cartas a The Daily Chronicle y a Nature, pero ambas publicaciones, sospechando que se trataba de una broma, le pidieron que reconsiderara su acción antes de imprimir, y le advirtieron que aquella historia tan extraña, lamentablemente sin pruebas que la sustentaran, podía poner en peligro su reputación como investigador. Por otra parte, las obligaciones de su propio trabajo eran perentorias. 

Así, al cabo de un mes, salvo por algún recordatorio ocasional a ciertos anticuarios, tuvo que abandonar de mala gana la búsqueda del huevo de cristal, que a partir de ese día permanece en algún lugar desconocido. Sin embargo, él me ha dicho, y yo lo creo firmemente, que de vez en cuando tiene arrebatos de celo en los que abandona sus más urgentes ocupaciones y vuelve a iniciar la búsqueda.

Que permanezca o no perdido para siempre, con su material y su propio origen, son cosas sobre las que se puede especular en todo momento. Si el actual propietario es un coleccionista, cabría esperar que las indagaciones del señor Wace hubieran llegado a sus oídos a través de los anticuarios. Ya que había sido capaz de descubrir al clérigo y al «oriental» del señor Cave, que no eran sino el reverendo James Parker y el joven príncipe de Bosso-Kuni, en Java. Les estoy muy agradecido por determinados pormenores. 

El interés del príncipe no se debía más que a una simple curiosidad... y extravagancia. Se había mostrado tan ansioso de comprar porque Cave era extrañamente reacio a vender. 

También es muy posible que el comprador en segunda instancia fuera simplemente un comprador ocasional, y no un coleccionista, y que el huevo de cristal se encuentre en estos momentos, posiblemente, a menos de un kilómetro de distancia, decorando un salón o sirviendo de pisapapeles, sin que se conozcan sus extraordinarias propiedades. Y, por lo tanto, se debe en parte a la idea de dicha posibilidad que yo haya dado a esta narración una forma que le dará la oportunidad de ser leída por el normal consumidor de ficción.

Mis propias ideas en esta materia son prácticamente idénticas a las del señor Wace. Estoy convencido de que el cristal en lo alto del mástil en Marte y el huevo de cristal del señor Cave se hallan en alguna clase de relación física, pero que de momento resulta inexplicable, y ambos creemos, además, que el cristal terrestre debió de ser enviado aquí desde allí — posiblemente en fecha remota— con el fin de ofrecer a los marcianos una visión próxima de nuestras costumbres. Es muy posible que los que aparecen en los cristales de otros mástiles también se encuentren en nuestro globo. Ninguna teoría de las alucinaciones alcanza a explicar los hechos.

Tellero Bo - Theodore Sturgeon

     Nunca había visto esa tienda, y yo vivía en la misma manzana, al doblar la esquina. Incluso puedo darles las señas, si las quieren. «Tellero Bo», entre las calles Veinte y Veintiuna, en la Décima Avenida de Nueva York. Podrán encontrarla si la buscan. Además, tal vez valga la pena el rato que pierdan.

Pero harán mejor no yendo.

«Tellero Bo». Me atrajo. Era una tiendecilla con un letrero deteriorado por la intemperie, colgado de un saliente de hierro, un letrero que crujía melancólicamente con el viento de finales de otoño. Pasé junto a la tienda, pensando en el anillo de compromiso que llevaba en el bolsillo y que acababa de devolverme Audrey, y mi mente estaba muy alejada de cualquier tienducha. Estaba pensando que Audrey podría haber usado un término más amable que «inútil» al describirme. Y que su retorcida observación de que yo era «un incompetente psicópata constitucional» era tan impertinente como espectacular. Ella debía de haberlo leído en alguna parte, compensada como estaba esa observación por «¡Y yo no me casaría contigo aunque fueras el último hombre de la Tierra!», que es una frase notablemente gastada.

—¡Tellero Bo! —murmuré, y luego me detuve, preguntándome dónde había visto esas curiosas sílabas con las que me expresaba.

Las había visto en el letrero, claro, y habían atraído mi atención. «¿Qué puede ser esa tienda?», me pregunté. Yo mismo repliqué prontamente: «Ni idea. Vuelve y echa un vistazo». Y eso hice, desande la acera este de la Décima Avenida, pensando qué clase de hombre sería el propietario de un establecimiento así y a qué negocio se dedicaba. El segundo punto me lo aclaró un letrero del escaparate, simplemente oscurecido por el polvo y las cenizas de aparentes siglos, que decía:

 

VENDEMOS BOTELLAS

 

Había otra línea con letras más pequeñas. Froté el incrustado vidrio con la manga y finalmente logré ver:

 

Esto mismo:

Con cosas dentro.

VENDEMOS BOTELLAS Con cosas dentro.

 

Bien, por supuesto, entré. A veces hay cosas deliciosas dentro de las botellas, y tal como me encontraba yo, podía soportar algo que fuera un poco delicioso.

—¡Ciérrela! —chilló una voz cuando empujé la puerta.

La voz provenía de un reluciente huevo que flotaba detrás del mostrador. Al observarlo vi que no era un huevo, sino la calva cabeza de un viejo aferrado al borde del mostrador, con su flacucho cuerpo empujado por la suave corriente que se colaba por la abierta puerta, como si estuviera hecho de burbujas. Un poco sorprendido, cerré la puerta con el tacón. El viejo cayó de bruces al instante, y se puso trabajosamente en pie, sonriendo.

—Ah, me alegra verle otra vez —dijo con áspero tono.

Creo que también sus cuerdas bucales estaban oxidadas. Todo lo que había allí lo estaba. Cuando se cerró la puerta me sentí como si estuviera dentro de un gran cerebro oxidado que acababa de cerrar los ojos. Oh, sí, había bastante luz. Pero no se trataba de la luz de la lámpara, ni de luz diurna. Era... igual que la luz reflejada por las mejillas de gente pálida. No puedo decir que me gustara mucho.

—¿Por qué dice «otra vez» —pregunté irritado—. Usted no me ha visto nunca.

—Le he visto al entrar. Caí, me levanté y le vi otra vez —se evadió el viejo, y rebosaba de alegría—. ¿Qué puedo hacer por usted?

—Oh —dije yo—. Bien, he visto su letrero. ¿Qué tiene en una botella que me pueda gustar?

—¿Qué desea?

—¿Qué tiene?

El viejo inició un aflautado cántico. Todavía lo recuerdo, palabra por palabra.

 

Por medio billete, un poco de suerte

o una botella de buena estrella

o un frasco de alegría, o Myrna Loy

para almorzar con excelente ternera.

 

Sírvase un vaso de esta vieja jarra

y nunca con la lluvia se mojará.

Botellas de sonrisas y para ganar carreras

y lociones con las que los dolores calmará.

 

Botellas de duendes y frescos gorgojos

de un marque ningún hombre ha visto

y la savia de la siringa de Pan

y un elixir con que el miedo disipo.

 

Con el cuerno en polvo de un unicornio

podrá conseguir buena compañía,

magníficas influencias, un buen empleo...

¡A precio de ganga, hoy es su día!

 

—¡Alto, un momento! —espeté—. ¿Pretende decir que vende sangre de dragón, tinta de la pluma del fraile Bacon y todo ese galimatías?

El viejo asintió rápidamente y una sonrisa llenó su increíble cara.

—¿Artículos genuinos? —proseguí.

Él continuó asintiendo. Le miré un momento.

—¿Pretende seguir así, con los dientes fuera de la boca y su pelada cara delante de mí, diciéndome que hoy y ahora, en esta ciudad y a plena luz del día, vende esa basura? ¿Y espera que yo... yo, un instruido intelectual...?

—Usted es muy estúpido, y doblemente pomposo —dijo serenamente el viejo.

Le miré ferozmente y alargué la mano hacia el pomo de la puerta..., y ahí me quedé paralizado. Y lo digo en serio. Porque el viejo sacó de pronto un viejo pulverizador y me roció dos veces cuando yo daba media vuelta. Y que me muera si no digo la verdad, ¡no podía moverme! Podía maldecir, eso sí, y vaya si lo hice.

El propietario saltó el mostrador y corrió hacia mí. Debía de haber estado de pie sobre una caja, porque vi que apenas medía un metro de estatura. Se agarró a los faldones de mi frac, trepó por mi espalda y se deslizó por mi brazo, que estaba extendido hacia la puerta. Se sentó en mi muñeca, hizo oscilar sus pies y se rió de mí. Por lo que yo notaba, el viejo no pesaba absolutamente nada.

Cuando agoté mi irreverencia (me enorgullezco de no repetir jamás una frase insultante), el viejo dijo:

—¿Prueba eso algo para usted, mi engreído y tonto amigo? Eso era el aceite esencial del cabello de las Gorgonas. Y hasta que no le dé un antídoto, ¡permanecerá aquí a partir de ahora hasta dentro de una semana, hasta el máximo martes!

—¡Sáqueme de aquí —rugí— o le soplaré tan fuerte que perderá los sesos por los poros de los pies!

El viejo se echó a reír.

Traté de librarme otra vez y no pude. Parecía que mi epidermis se había convertido en acero al carbono. Empecé a maldecir de nuevo, pero desistí por desesperación.

—Tiene un alto concepto de su persona —dijo el propietario de Tellero Bo—. ¡Mírese! Vaya, yo no lo contrataría para que me lavara el escaparate. Usted espera casarse con una mujer acostumbrada al mínimo bienestar animal y después se disgusta porque ella le rechaza. ¿Por qué le rechaza ella? Porque usted jamás conseguirá un empleo. Usted es un inútil. Un holgazán. Je, je! Y tiene el descaro de ir por ahí poniendo a la gente en su sitio. Bien, si yo estuviera en su situación pediría educadamente que me soltaran y luego comprobaría si alguna persona de esta tienda tiene la bondad de venderme una botella llena de algo que sirva de ayuda.

Jamás me excuso con nadie, nunca doy un paso atrás y no acepto una sola patraña de simples comerciantes. Pero este caso era distinto. Jamás me habían petrificado, ni me habían echado en cara tantas verdades irritantes. Me calmé.

—Vale, vale, suélteme pues. Compraré algo.

—Su tono es malhumorado —dijo muy complacido mientras caía suavemente al suelo y preparaba su pulverizador—. Tiene que decir, «Por favor, se lo suplico».

—Se lo suplico —dije, casi asfixiado por la humillación.

El viejo volvió al mostrador y regresó con unos polvos envueltos que me dio a oler. A los pocos instantes empecé a sudar, y mis extremidades perdieron la rigidez con tanta rapidez que estuve a punto de caer. Habría estado tumbado de espaldas si el viejo no me hubiera llevado solícitamente hasta una silla. Mientras la fuerza volvía poco a poco a mis conmocionados tejidos, pensé que podía aplastar la nariz de aquel diablillo por haberme hecho esa jugarreta. Pero un algo extraño me detuvo..., extraño porque nunca había tenido esa experiencia. Era simplemente la idea de que, en cuanto saliera de la tienda, estaría de acuerdo con el viejo por tener tan pobre opinión de mi persona.

Él no estaba preocupado. Tras frotarse las manos animadamente, volvió a sus estantes.

—Bien, veamos... ¿Qué será lo mejor para usted, me pregunto? Hum... Éxito es algo que no puede justificar. ¿Dinero? No sabe cómo gastarlo. ¿Un buen empleo? No está capacitado para ninguno.

Volvió sus apacibles ojos hacia mí y meneó la cabeza.

—Triste caso. Qué pena, qué pena.

Yo no sabía dónde meterme.

—¿Una compañera perfecta? Nanay. Usted es demasiado estúpido para reconocer la perfección, demasiado vanidoso para apreciarla. No creo que yo pueda... ¡Espere!

Cogió rápidamente cuatro o cinco botellas y potes de la infinidad de estanterías y desapareció en alguna parte de los oscuros escondrijos de la tienda. De inmediato oí ruido de violenta actividad. Tintineos y suaves estrépitos. Agitar de líquidos. El rápido y susurrante chirrido de un mortero y su mano. El fangoso sonido de un líquido añadido a un ingrediente seco sin dejar de revolverlo. Y por fin, tras un silencio bastante prolongado, el gorgoteo de un líquido al entrar en una botella a través de un embudo con filtro. El propietario de la tienda reapareció con aire de triunfo con una pequeña botella sin etiqueta.

—¡Esto servirá! —dijo muy alegre.

—¿Para qué?

—¡Hombre, para curarle!

—Curar... —Mi pomposa actitud, como decía Audrey, se había recuperado mientras el viejo preparaba la mezcla—. ¿Por qué habla de curar? ¡No tengo nada!

—Mi querido niñito —dijo ofensivamente el propietario—. Algo debe tener, ciertamente. ¿Es feliz? ¿Alguna vez ha sido feliz? No. Bien, yo arreglaré todo eso. Es decir, le ofrezco el punto de partida que usted precisa. Como cualquier otra cura, requiere su cooperación.

»Va por mal camino, joven amigo. Padece lo que en la profesión se denomina metempsicosis retrogresiva del ego en su forma más maligna. Incapacitado constitucional para tener un empleo. Sociófago total. No me gusta. Usted no gusta a nadie.

—¿Q-qué pretende hacer? —tartamudeé, con la sensación de hallarme en una zona sometida a intenso bombardeo.

El viejo me tendió la botella.

—Vuelva a casa. Métase solo en una habitación, cuanto más pequeña mejor. Beba esto, en la misma botella. Aguarde acontecimientos. Eso es todo.

—Pero..., ¿de qué me servirá eso?

—A usted de nada. Será de gran utilidad para su persona. Tanta utilidad como usted quiera. Pero escúcheme bien. Mientras lo use para mejorar, todo irá bien. Úselo para satisfacer sus deseos, como base para alardear, o para vengarse, y sufrirá enormemente. Recuérdelo.

—Pero ¿qué es esto? ¿Cómo...?

—Estoy vendiéndole un talento. Usted no tiene ninguno ahora. Cuando descubra qué clase de talento es, dependerá de usted usarlo en provecho propio. Ahora, váyase. Continúa sin gustarme.

—¿Qué le debo? —murmuré, totalmente derrotado.

—La botella contiene el precio. Usted no pagará un centavo a menos que no siga mis instrucciones. Ahora va a marcharse..., ¿o debo destapar una botella de jinn? Y no me refiero a ginebra...

—Me iré —dije. Había visto algo que se agitaba en las profundidades de un garrafón, en un extremo del mostrador, y no me gustaba un pelo—. Adiós.

—Osadi —contestó él.

Salí, seguí la Décima Avenida, me metí por la calle Veinte y en ningún momento volví la vista atrás. Y por muchas razones me arrepiento ahora de no haberlo hecho, porque había algo muy extraño, sin duda alguna, en Tellero Bo, en aquella tienda.

No me calmé hasta que volví a casa. Pero en cuanto tuve una taza de café italiano en el estómago me sentí mejor. Finalmente, me mostré escéptico respecto al incidente. En realidad sentía la tentación de burlarme. Pero curiosamente no quería burlarme en voz demasiado alta. Observé la botella con cierto desdén, y el vidrio tenía un algo que parecía devolverme la mirada. La olí y la tiré detrás de unos viejos sombreros, en el estante superior del armario, y luego me senté para relajarme. Puse los pies en el pomo de la puerta y me deslicé en el sillón hasta quedar apoyado en los omoplatos. Y como afirma el viejo dicho, «A veces me acomodo y pienso, y a veces sólo me acomodo». Lo primero es bastante fácil, y es lo que incluso un perfecto haragán debe hacer antes de llegar al segundo y más dichoso estado. Cuesta años de práctica relajarse lo suficiente para llegar a ese «sólo me acomodo». Yo lo hago desde hace tiempo.

Pero cuando estaba a punto de introducirme en el estado vegetal, algo me irritó. Me esforcé en ignorarlo. Manifesté una inhumana falta de curiosidad, pero la irritación persistió. Una ligera presión en el codo, en el punto donde tocaba el brazo del sillón. Me vi en el desagradable aprieto de tener que concentrarme en ello; y sabiendo que concentrarme en algo era lo menos deseable posible. Desistí finalmente, y tras un profundo suspiro abrí los ojos y eché un vistazo.

Era la botella.

Me restregué los ojos y volví a mirar, pero la botella continuaba allí. La puerta del armario estaba abierta tal como yo la había dejado, y el estante quedaba casi encima de mí. Debía de haberse caído. Creyendo que si la maldita botella estaba en el suelo no podría caer más, la aparté del brazo del sillón con mi codo.

Rebotó. Rebotó con una precisión tan asombrosa que cayó exactamente en el mismo punto de partida: en el brazo del sillón, junto a mi codo. Sorprendido, la empujé violentamente. En esta ocasión la empujé con fuerza suficiente para lanzarla contra la pared, donde rebotó. De ahí fue al estante de la mesita y acabó en el brazo del sillón..., acogedoramente apoyada en mi hombro. Agitado por los rebotes, el tapón saltó y quedó en mi regazo. Y así quedé yo, respirando las emanaciones agridulces de su contenido, sintiéndome infernalmente asustado y ridículo.

Cogí la botella y la olí. Había olido lo mismo en alguna otra parte... ¿Dónde?... Ah..., oh, sí, el rimel que usan las chinas de los cabarets baratos de San Francisco. El líquido era oscuro, negro ahumado. Lo probé cautelosamente. No era malo. Si no era alcohólico, el viejo de la tienda había descubierto un maldito sustituto del alcohol, muy bueno. Con el segundo sorbo me gustó y con el tercero disfruté y no hubo cuarto porque por entonces la botellita estaba vacía. Entonces fue cuando recordé qué era aquel ingrediente oscuro de olor tan curioso. Una hierba usada por los orientales para ver seres sobrenaturales. ¡Necia superstición!

Y luego el líquido que me había tomado, cálido y agradable en mi estómago, se transformó en producto efervescente. Después creo que se hinchó. Traté de incorporarme y no pude. La habitación pareció desintegrarse y lanzar contra mí sus pedazos, y me desmayé.

Nunca despierten como desperté yo. Por su bien, tengan cuidado con estas cosas. No les deseo que salgan de un mal sueño, miren alrededor y vean cosas revoloteando, flotando, volando, reptando y arrastrándose junto a ustedes; abultadas criaturas sangrando, diáfanos seres sin patas, pizcas y fragmentos de pálida anatomía humana. Terrorífico. Una mano humana flotando a pocos centímetros de mi nariz; y con mi jadeo de sorpresa se alejó de mí, con los dedos agitándose con el removido aire de mi aliento. Algo con venas y bulboso saltó desde debajo del sillón y rodó por el suelo. Oí un golpecito, y al levantar la cabeza vi unas fauces no unidas a cara alguna con los dientes rechinando. Creo que perdí la calma y grité un poco. Sé que volví a perder el conocimiento.

Cuando desperté de nuevo (quizás fue horas después, porque era de día y tanto el despertador como el reloj de pulsera se habían parado) las cosas habían mejorado ligeramente. Oh, sí, había algunos horrores. Pero curiosamente ya no me preocupaban tanto. Estaba prácticamente convencido de haberme vuelto loco. Y puesto que tenía esa convicción, ¿por qué preocuparse? No lo sé, debió de ser uno de los ingredientes de la botella el que me calmó. Sentí curiosidad y excitación, y nada más. Miré la habitación, y casi me gustó lo que vi.

¡Las paredes eran verdes! El descolorido papel de la pared se había transformado en algo pasmosamente bello. Las paredes estaban cubiertas de musgo, eso parecía; pero jamás un musgo así había crecido para que lo vieran unos ojos de hombre. Era alargado y espeso, y tenía un ligero movimiento perpetuo, no el movimiento provocado por una brisa, sino el del crecimiento. Fascinado, me acerqué y lo miré atentamente. Crecía, sí, con la rápida magia que conduce de la espora a la vesícula de aire, de ahí a la raíz y nueva formación de esporas. Y la veloz magia del desarrollo era una simple parte del mágico conjunto, porque jamás ha existido ese color verde. Extendí la mano para tocar y acariciar la pared, pero sólo noté el papel. Mas cuando apreté los dedos, sentí el ligero contacto en la palma de mi mano, el peso de veinte rayos de sol, la blanda elasticidad de una oscuridad negra como el azabache en un lugar cerrado. La sensación fue de exquisito éxtasis, y nunca he sido más feliz que en aquel momento.

Alrededor de los zócalos había menudos y níveos hongos, y el suelo era de hierba. En la parte de la puerta del armario que tenía las bisagras se alzaba una maraña de enredaderas en flor, y los pétalos tenían coloridos indescriptibles. Me sentí como si hubiera estado ciego hasta entonces, y también sordo, porque pude oír los susurros de unos nebulosos insectos rojos entre las hojas y el constante murmullo del crecimiento. Me rodeaba por completo un mundo nuevo y maravilloso, tan delicado que el viento levantado por mis movimientos arrancaba pétalos de las flores, un mundo tan real y natural que desafiaba su propia incredibilidad. Anonadado, di vueltas y más vueltas, corrí de pared en pared, miré debajo de mis viejos muebles, en mis viejos libros. Y en todas partes encontré cosas nuevas y más prodigiosamente hermosas. Mientras estaba tumbado observando los brotes de la cama, donde había anidado una colonia de lagartos brillantes como joyas, oí los sollozos.

Era un llanto joven y quejumbroso, y no tenía derecho a estar en mi habitación, donde abundaba la felicidad. Me levanté y miré alrededor, y allí, en un rincón, estaba la translúcida silueta de una niña. Estaba apoyada en la pared. Sus delgadas piernas estaban cruzadas ante ella, sostenía tristemente en una mano la pata de un deshilachado elefante de trapo y con la otra mano ocultaba sus lloros. Su cabello era largo y oscuro, y le caía por encima de cara y hombros.

—¿Qué pasa, pequeña? —pregunté—. Odio oír llorar a un niño de esa forma.

La niña interrumpió un sollozo y se apartó el pelo de los ojos, y miró más allá de donde yo estaba, toda ella era espanto, piel olivácea e hinchados ojazos de color lila.

—¡Oh! —chilló.

—¿Qué pasa? —repetí—. ¿Por qué lloras?

La niña apretó el elefante contra su pecho en un gesto defensivo.

—¿Dónde estás? —gimoteó.

—Delante mismo de ti -—dije sorprendido—. ¿No me ves?

Ella sacudió la cabeza.

—Estoy asustada. ¿Quién eres?

—No pienso hacerte daño. Te he oído llorar y quería ver si podía ayudarte. ¿No puedes verme?

—No —musitó la pequeña—. ¿Eres un ángel?

Me eché a reír.

—¡Naturalmente que no!

Me acerqué y le puse una mano en el hombro. La mano atravesó su cuerpo y la niña se sobresaltó y se encogió, y dio un grito.

—Lo siento —me apresuré a decir—. No pretendía... ¿No puedes verme? Yo te veo.

Ella sacudió la cabeza otra vez.

—Creo que eres un fantasma—me dijo.

—¡No me digas! —repuse—. ¿Y quién eres tú?

—Soy Ginny —dijo la pequeña—. Tengo que estar aquí, y no puedo jugar con nadie.

Parpadeó, y barrunté más lágrimas.

—¿De dónde has venido? —pregunté.

—Vine aquí con mi madre —dijo ella—. Hemos vivido en muchísimas pensiones como esta. Mi madre fregaba suelos en oficinas. Pero aquí es donde me puse tan enferma. Estuve enferma mucho tiempo. Entonces un día me levanté de la cama y llegué aquí, pero cuando miré atrás yo seguía en la cama. Fue muy raro. Vinieron unos hombres y pusieron a la Ginny que estaba en la cama en una camilla y se la llevaron, a mí, fuera. Al cabo de un rato mamá también se fue. Ella lloró mucho antes de irse, y cuando la llamé no me oyó. Ella no ha vuelto, y yo tengo que estar aquí.

—¿Por qué?

—Oh, tengo que estar. No..., no sé por qué. Tengo..., tengo que estar aquí.

—¿Y qué haces?

—Estoy aquí y pienso cosas. Una señora vivía aquí, y tenía un niña igual que yo. Las dos jugábamos juntas hasta que la señora nos vio un día. La señora se puso escandalosa. Dijo a su hija que estaba poseída. La niña me gritó: «¡Ginny! ¡Ginny! ¡Dile a mamá que estás aquí!». Y yo lo intenté, pero la señora no me veía. Luego la señora se asustó y cogió a su hija y lloró y yo sentí pena. Me vine corriendo aquí y me escondí y pasaron unos días y la otra niña me olvidó, creo. Se fueron —terminó la pequeña con patética conclusión.

Me impresioné.

—¿Qué será de ti, Ginny?

—No lo sé —dijo ella, y su voz reflejaba preocupación—. Supongo que me quedaré aquí y esperaré que vuelva mi mamá. Llevo mucho tiempo aquí. Y creo que me lo merezco.

—¿Por qué, guapa?

Ella se miró los zapatos con aire culpable.

—Me sentí muy mal cuando estaba enferma, y no lo aguantaba. Me levanté de la cama antes de tiempo. Tenía que haberme quedado acostada. Por eso me fui. Pero mamá volverá, ya lo verás.

—Naturalmente que volverá —murmuré. Tenía un nudo en la garganta—. Tómatelo con calma, pequeña. Cuando quieras hablar con alguien, grita. Yo hablaré contigo siempre que esté por aquí.

Ella sonrió, y fue muy bonito ver esa sonrisa. ¡Qué mala pasada para una niña! Cogí mi sombrero y salí.

Afuera las cosas estaban igual que en la habitación. Los corredores y las alfombrillas llenas de polvo de la escalera tenían nuevos recubrimientos de brillante y casi intangible follaje. Ya no había oscuridad, porque todas las hojas tenían una pálida luz propia. De tanto en tanto vi cosas no tan bonitas. Había un ser que se reía tontamente e iba de un lado a otro en el rellano del tercer piso. Era un poco borroso, pero se parecía mucho a Erogan Cabeza de Barril, un pobre diablo irlandés que cometió un robo en un almacén hacía cosa de un año y tuvo la mala suerte de matarse con su pistola. No lo lamenté.

En el primer piso, en el escalón inferior, vi dos jóvenes sentados. La chica apoyaba la cabeza en el hombro de su compañero, y él la abrazaba, y vi la barandilla a través de sus cuerpos. Me detuve para escuchar. Sus voces eran tenues, y parecían venir de muy lejos.

—Hay una sola salida—dijo él.

—¡No hables así, Tommy!

—¿Qué otra cosa podemos hacer? Hace tres años que te amo, y todavía no podemos casarnos. Sin dinero, sin esperanza..., nada. Sue, si lo hacemos, sé que siempre estaremos juntos. Siempre y siempre...

Al cabo de largo rato ella contestó:

—De acuerdo, Tommy. Consigue una pistola, como has dicho.

—De pronto la chica se apretó al joven—. Oh, Tommy, ¿estás seguro de que siempre estaremos juntos como ahora?

—Siempre —musitó él, y la besó—. Como ahora.

Luego hubo un prolongado silencio y ninguno de los dos se movió. De repente los vi otra vez como al principio.

—Hay una sola salida—dijo él.

—¡No hables así, Tommy!

—¿Qué otra cosa podemos hacer? Hace tres años que te amo...

La conversación continuó así, una y otra vez.

Me sentía muy mal. Salí a la calle.

La verdad empezaba a traslucirse en mi cabeza. El hombre de la tienda lo había denominado «talento». Yo no podía estar loco, ¿no? No me sentía como un loco. La poción de la botella había abierto mis ojos a un nuevo mundo. ¿Qué mundo era aquel?

Un mundo poblado de espíritus. Allí estaban, los fantasmas de los cuentos, los aparecidos regulares, pobres almas condenadas..., todos los accesorios de una fantasía sobrenatural, incluso la vegetación que crecía en ella. Eso era perfectamente lógico: árboles, pájaros, hongos, flores... Un mundo fantasma en un mundo tal como lo conocemos, y un mundo tal como lo conocemos debe tener vegetación. Sí, yo veía a los fantasmas. ¡Pero ellos no podían verme!

Muy bien. ¿Qué podía sacar en claro? No podía hablar ni escribir de ello porque nadie me creería. Y además, tenía esta noticia en exclusiva, por lo que yo sabía. ¿Por qué dar una tajada a mucha otra gente?

Pero ¿qué tajada?

No, a menos que pudiera recibir ayuda de alguna parte, no había porcentaje alguno para mí que yo viera. Y entonces, seis días después de tomar aquel trago, recordé el único lugar donde podía recibir ayuda.

¡Tellero Bo!

Me hallaba en la Sexta Avenida en ese momento, tratando de encontrar algo barato que pudiera gustar a Ginny. La niña no podía tocar nada que yo le comprara, pero disfrutaba mirando cosas: libros con grabados y similares. Tras comprarle un librito con fotografías de trenes a partir del «De Witt Clinton», le pregunté qué trenes se parecían a los que ella había visto, y así averigüé aproximadamente cuánto tiempo llevaba allí la pequeña. Casi dieciocho años. En fin, tuve la brillante idea y me dirigí hacia la Décima Avenida y Tellero Bo. Iba a preguntar al viejo, él me respondería. Y cuando llegué a la Calle Veintiuna me detuve y miré fijamente el panorama. Ante mí tenía una lisa pared. En toda esa parte de la manzana no había gente. No había ni rastro de una tienda.

Permanecí allí dos minutos largos sin atreverme a pensar. Luego me dirigí hacia la Calle Veinte y seguí por la Veintiuna. Después regresé. Ninguna tienda. Había terminado sin respuesta a mi pregunta: ¿qué iba a hacer yo con ese «talento» ?

Estaba hablando con Ginny una tarde sobre esto y lo de más allá cuando una pierna humana, de la rodilla hacia abajo, completa y abultada, pasó flotando entre los dos. Retrocedí de espanto, pero Ginny empujó suavemente la pierna con una mano. La pierna se inclinó con el contacto y se dirigió hacia la ventana, un poco abierta por la parte inferior. La pierna flotó hacia la rendija y fue succionada como una nube de humo de cigarrillo, volviendo a formarse al otro lado. Rebotó un momento en el vidrio y se alejó como un globo.

—¡Santo cielo! —dije jadeando—. ¿Qué era eso?

Ginny se echó a reír.

—Oh, una de las Cosas que siempre están volando por aquí. ¿Te has asustado? Yo me asustaba también, pero he visto tantas que ya no me preocupo. Por eso no me tocan.

—Pero, en nombre de todas esas cosas desagradables, ¿qué son esas Cosas?

—Partes. —Ginny era toda ella infantil savoir faire.

—¿Partes de qué?

—De gente, tonto. Es una clase de juego, creo yo. Mira, si alguien se hace daño y pierde algo..., un dedo, una oreja o algo..., bueno, la oreja..., la parte de dentro, quiero decir, como yo que estaba dentro de la Ginny que se llevaron de aquí... Bueno, pues esa parte regresa al último lugar donde ha vivido la persona que era su propietaria. Luego vuelve al lugar anterior a ése, y siempre así. No va muy de prisa. Después, cuando sucede algo a una persona entera, la parte de dentro va en busca del resto de ella. Recoge trozo por trocito... ¡Mira!

La pequeña extendió sus diáfanos dedos pulgar e índice y cogió un trozo de telaraña en el aire.

Me agaché y observé atentamente. Era un fragmento de semitransparente piel humana, acanalada y verticilada.

—Alguien debió de hacerse un corte en un dedo —dijo Ginny con suma naturalidad— mientras vivía en esta habitación. Cuando a alguien le pasa algo... ¡Ya lo ves! La persona volverá a buscarlo.

—¡Cielo santo! —exclamé—. ¿Y esto le pasa a todo el mundo?

—No lo sé. Alguna gente tiene que quedarse donde está... como yo. Pero creo que si no has hecho nada para merecer estar quieto en un sitio, tienes que ir por todas partes buscando lo que perdiste.

Había pensado en cosas más agradables durante mi vida.

Durante varios días observé un fantasma gris que revoloteaba de parte a parte del bloque. Siempre estaba en la calle, nunca dentro. Gimoteaba constantemente. Era, o había sido, un hombrecillo inofensivo, de esa clase de hombres que llevan bombín y cuello muy almidonado. Él no me prestó atención; ningún fantasma se fijaba en mí, porque al parecer yo era invisible para ellos. Pero le veía tan a menudo que a los pocos días comprendí que iba a echarle de menos si se iba. Decidí charlar con él en cuanto volviera a verle.

Salí de la casa una mañana y paseé unos minutos delante de los escalones de entrada. Sí, a través de los restos flotantes de mi nuevo, sobrenatural y coexistente mundo llegó la fina silueta del espectro observado por mí, su cara de conejo retorcida, sus ojos hundidos y tristes, su frac y su chaleco a rayas, inmaculadas. Fui tras él.

—¡Eh! —grité.

Él se sobresaltó violentamente y habría echado a correr, estoy seguro, de haber sabido de donde provenía mi voz.

—Cálmese, amigo —le dije—. No quiero hacerle daño.

—¿Quién es usted?

—No me conocería aunque se lo dijese —repuse—. Bueno, deje de temblar y hábleme de usted.

Se sacó su cara de espectro con un espectral pañuelo, y después manoseó nerviosamente un mondadientes de oro.

—¡Válgame Dios! —dijo—. Nadie ha hablado conmigo desde hace años. No estoy en mis cabales, comprenda.

—Entiendo —dije—. Bueno, tómelo con calma. Por casualidad le he visto vagar por aquí últimamente. Sentía curiosidad. ¿Busca a alguien?

—Oh, no —contestó. Puesto que tenía la oportunidad de hablar de sus problemas, el espectro olvidó su miedo a la misteriosa voz de ninguna parte que había trabado conversación con él—. Estoy buscando mi casa.

—Hum —dije yo—. ¿Hace mucho tiempo que busca?

—Oh, sí. —Su nariz se agitó—. Salí a trabajar una mañana hace mucho tiempo, y al bajar del transbordador me detuve un momento para mirar las obras del ferrocarril elevado tan novedoso que estaban construyendo cerca. De pronto hubo un ruido muy fuerte... ¡Dios mío! Fue terrible... y lo siguiente que supe es que yo estaba al otro lado de la acera, ¡mirando a un hombre idéntico a mí! Había caído una viga y... ¡Dios mío! —Se enjugó el sudor otra vez—. Desde entonces he estado buscando. No encuentro a alguien que sepa dónde vivía yo, y no entiendo por qué hay cosas flotando por todas partes, y jamás pensé que llegaría un día en que la hierba creciera en la parte baja de Broadway... Oh, es terrible.

El espectro se echó a llorar.

Sentí pena por él. Era fácil saber qué había pasado. ¡La conmoción fue tan fuerte que hasta el espíritu de aquel hombre sufría amnesia! Pobre diablillo... Hasta que estuviera íntegro, no encontraría descanso. El tema me interesó. ¿Podía reaccionar un fantasma con los usuales remedios de la amnesia? Si era así, ¿qué sería de él después?

—¿Dice que bajó de un transbordador?

—Sí.

—En ese caso usted debía de vivir en la isla... ¡En Staten Island, al otro lado de la bahía!

—¿Lo cree realmente? —Miró fijamente a través de mi cuerpo, atónito y esperanzado.

—¡Naturalmente! Dígame, ¿le parecería bien que le acompañara? Es posible que entre los dos localicemos su casa.

—¡Oh, eso sería espléndido! Pero... ¡Oh, Dios mío! ¿Qué dirá mi esposa?

Sonreí.

—Ella querrá saber dónde ha estado usted. En fin, ella se alegrará de verle, supongo. Vamos, pongámonos en marcha.

Le di un empujón en dirección al metro y eché a andar junto a él. De vez en cuando algún transeúnte me lanzaba una mirada por caminar con una mano extendida ante mí y hablar solo. Eso no me preocupó demasiado, porque los habitantes del mundo del espectro chillaban y se reían tontamente cuando le veían hacer prácticamente lo mismo. Entre todos los seres humanos, sólo yo era invisible para los fantasmas, y el fantasmilla del bombín se sonrojó de vergüenza hasta tal punto que creí que iba a reventar.

Saltamos a un metro (una nueva experiencia para él, deduje) y nos dirigimos a South Ferry. La red de metros de Nueva York es un lugar muy desagradable para una persona dotada como yo. Todos los seres que disfrutan acechando en la oscuridad están ahí, y abundan los restos despedazados de hombres. A partir de aquel día usé el autobús.

Subimos a un transbordador sin más demora. El fantasmilla gris lo pasó muy bien en el viaje. Me hizo preguntas sobre los barcos del puerto y sus banderas, y se maravilló al ver la escasez de embarcaciones a vela. Hizo un gesto despectivo tras observar la Estatua de la Libertad; la última vez que la había visto, explicó, todavía tenía el color original, bronceado oro, antes de perder la pátina. Gracias a esto determiné que el espectro debía de haber nacido poco antes de 1880: ¡debía de llevar más de sesenta años buscando su casa!

Bajamos en la isla, y a partir de aquí dejé que el fantasma tomara la iniciativa. Al llegar a la cima de Fort HUÍ, él dijo de repente:

—Me llamo John Quigg. ¡Vivo en el 45 de la Cuarta Avenida!

Jamás he visto a una persona tan contenta como el espectro con su descubrimiento. Y a partir de aquí todo fue fácil. Él dobló a la izquierda por segunda vez, siguió recto dos manzanas y tomó la calle de la derecha. Observé (él no) que esa calle se llamaba «Winter Avenue». Y recordé vagamente que las calles de aquel barrio habían sido numeradas hacía años.

El espectro caminó animadamente colina arriba hasta que de pronto se detuvo y volvió la cabeza, vacilante.

—Y digo yo, ¿todavía está conmigo? —preguntó.

—Todavía aquí—dije.

—Ahora estoy bien. No puedo expresarle cuánto aprecio lo que ha hecho. ¿Hay algo que pueda hacer por usted?

Medité.

—Difícilmente. Somos de distintas épocas, ¿sabe? Las cosas cambian.

El fantasma observó, no sin cierto aire patético, el nuevo bloque de pisos de la esquina y asintió.

—Creo saber lo que me pasó —dijo en voz baja—. Pero supongo que no hay problema... Hice testamento, y los chicos eran mayores. —Suspiró—. Pero de no haber sido por usted aún estaría vagando por todo Manhattan. Veamos... ¡Ah! ¡Venga conmigo!

De pronto echó a correr. Le seguí tan de prisa como pude. Casi en la cima de la colina había un enorme caserón con tejas de madera, con una estúpida cúpula y totalmente falto de pintura. Estaba sucio y derruido, y al verlo la cara del hombrecito se crispó tristemente. Tragó saliva, se metió por una brecha de la cerca y se acercó al caserón. Tras buscar por todas partes de la crecida hierba, localizó una piedra muy hundida en la maleza.

—Aquí es —dijo—. Excave debajo de la piedra. No hay mención de esto en mi testamento, aparte de una pequeña asignación para pagar el alquiler de la caja. Sí, una caja de seguridad, y la llave y los poderes legales están debajo de esa piedra. Yo la oculté —se rió nerviosamente— una noche, para que no la viera mi esposa, y no tuve oportunidad alguna de explicárselo. Puede quedarse con cualquier cosa que le sirva.

Se volvió hacia la casa, irguió los hombros y marchó hacia la puerta lateral, que se abrió de golpe para dejarle pasar con una apropiada ráfaga de viento. Agucé el oído un instante y después sonreí al escuchar la diatriba que estalló. El viejo Quigg tuvo que aguantar una bronca de padre y muy señor mío por parte de su esposa, ¡que había estado esperándole más de sesenta años! Fue un amargo torrente de insultos, aunque..., bien, ella debía de amarle. La mujer no podía abandonar la casa hasta estar «completa», suponiendo que la teoría de Ginny fuera correcta, y en realidad no podía estar completa hasta que su marido regresara al hogar. El caso me divirtió. ¡La pareja iba a estar bien a partir de ahora!

Encontré una vieja palanca en el camino de entrada y acometí la tierra que rodeaba la piedra. Me costó bastante y me magullé las manos, pero al cabo de un rato arranqué la piedra y pude excavar. Cierto, había una grasienta bolsa de seda debajo. La saqué y con sumo cuidado desaté las cuerdas. Dentro había una llave y una carta dirigida a un banco neoyorquino; la carta sólo hablaba del «portador» y autorizaba al uso de la llave. Me eché a reír. El sumiso y apacible John Quigg, estaba seguro, había puesto aparte unos «ahorros». Con un plan de esa clase, un hombre podía poner pies en polvorosa sin dejar rastro. ¡El muy sinvergüenza! Jamás sabré qué tenía debajo de la manga aquel hombrecillo, pero apuesto a que estaba implicada una mujer. ¡Y que incluso la mencionaría en su testamento! Ah, bien..., ¡yo le reprendería!

No me costó mucho encontrar el banco. Tuve ciertas dificultades para llegar a las cajas de seguridad, porque perdieron mucho tiempo buscando la mía en los viejos archivos. Pero finalmente se aclaró el papeleo, y fui orgulloso poseedor de poco menos de ocho mil dólares en billetes pequeños... ¡y ni uno solo descolorido!

Bien, a partir de aquel momento me establecí bien. ¿Qué hice? Primero compré ropa y a continuación empecé a preocuparme de mí mismo. Fui por todas partes y acabé conociendo mucha gente, y cuantos más individuos conocía tanto más me iba dando cuenta de que eran unos bobos supersticiosos. No podía culpar a nadie por esquivar una escalera donde se agazapaba un genuino basilisco, naturalmente, pero, ¡qué demonios, ni debajo de una escalera entre mil hay bestias! En fin, mi pregunta estaba respondida. Gasté dos mil dólares en un elegante despacho con cortinas y tenue luz indirecta, instalé un teléfono y puse un sencillo letrerito en la puerta: Consejero Psíquico. Y, vaya, me fue muy bien.

Mis clientes eran en su mayoría de las capas altas, porque yo cobraba caro. En general no era difícil ponerse en contacto con los parientes de un muerto, que era lo que ellos deseaban usualmente. Casi todos los fantasmas están locos por ponerse en contacto con este mundo, ésa es la verdad. Ésa es una de las razones de que prácticamente cualquier persona pueda ser médium si pone en ello el suficiente empeño. Dios sabe que no cuesta mucho ponerse en contacto con el espíritu medio. Algunos, por supuesto, no eran asequibles. Si un hombre lleva una vida bastante recta, y estira la pata sin dejar cabos sueltos, queda libre. Nunca averigüé adonde van esos espíritus libres. Lo único que supe es que era imposible ponerse en contacto con ellos. Pero la gran mayoría de individuos debe volver y atar esos cabos sueltos después de la muerte: corregir algún errorcillo aquí, ayudar a cierta persona a la que habían molestado, lavar algunos trapos sucios... De ahí viene la misma suerte, creo. No se consigue algo con nada.

Si tienes buena suerte, es porque así lo dispone alguien que te hizo una cochinada en el pasado, o que se portó mal con tu padre, con tu abuelo o con tu tío abuelo Julius. Todo se arregla a la larga, y hasta que no se arregla, una pobre alma vaga por la tierra intentando hacer algo al respecto. Media humanidad va por ahí refunfuñando por su mala suerte. ¡Si usted y usted y usted supieran tan sólo cuántos poderes están implorando la oportunidad de ayudarles si ustedes lo consienten! Y si lo consienten, contribuirán a despejar la confusión en que ellos convirtieron sus vidas aquí, y les darán libertad para ir al lugar adonde van cuando han arreglado todo. La próxima vez que usted se halle en un aprieto, márchese a cualquier parte, solo, y abra su mente a estas criaturas. Ellos intervendrán y le llevarán por el buen camino, si usted consigue renunciar a su presunción y a su errónea confianza en su propio juicio.

Tenía un par de espectrales secuaces para hacer recados. El primero, un ex asesino llamado Rachuba el Tuerto era la aparición más rápida que he conocido cuando se trataba de localizar a un anhelado antepasado. Y luego estaba el profesor Grafe, un profesor de ciencias sociales con cara de rana que había malversado un fondo de caridad antes de caer en el Hudson cuando trataba de huir. Era capaz de rastrear las genealogías más tortuosas en sólo unos segundos, y deducir el paradero más probable del espíritu de un pariente desaparecido. Esta pareja era la única fuerza laboral que yo podía usar, y aunque cada vez que ayudaban a uno de mis clientes se acercaban más a la libertad, ambos estaban tan enmarañados con sus desordenadas vidas que yo estaba seguro de contar con sus servicios durante años.

¿Pero creen que iba a estar satisfecho haciendo dinero mano sobre mano sin luchar realmente por conseguirlo? Oh, no. No yo. No, yo tenía que divertirme de lo lindo. Tenía que meditar los acontecimientos de los últimos meses, y tenía que ponerme dramático con aquella estrafalaria de Audrey, que en realidad no era digna de mi preocupación. No bastaba haber demostrado a Audrey que estaba equivocada al decir que yo nunca valdría nada. Y no estaba contento cuando pensaba en la pandilla. Tenía que demostrarles quién era yo.

Incluso recordé lo que me dijo el hombrecillo de Tellero Bo sobre el uso de mi «talento» para alardear o vengarme. Pero supuse que yo aventajaba a todo el mundo. Engreído, eso era yo. Bien, podía mandar a uno de mis espectrales secuaces en un momento dado y averiguar con exactitud qué había hecho alguien hacía tres horas, cualquier día. Con la sombra del profesor junto a mí, podía anular cualquier afirmación improbable y ofrecer razones lógicas e inmediatas por hacer tal cosa. Nadie podía decirme nada, y yo podía vencer en discusión a cualquiera, maniobrar mejor, ser más listo. Yo era todo un tipo. Me puse a pensar: «¿Qué utilidad tiene estar tan bien si la pandilla del West Side no sabe ni una palabra?». Y: «¡Chico, ese imbécil que es Risueño Sam reventaría si me viera flotar por Broadway con mi nuevo coche de seis mil dólares!». Y: «¡Pensar en el tiempo y las lágrimas que perdí con una boba como Audrey!». En otras palabras, estaba tropezando con un complejo de inferioridad. Actué como un tonto de remate, y lo era. Fui al West Side.

Era un frígida noche de finales de invierno. Me había afanado para vestirme y limpiar el coche, de forma que los dos estuviéramos brillantes y relucientes y deslumbráramos a más de un par de ojos. Qué pena que no abrillantara un poco mi cerebro.

Llegué al salón de billar de Casey, poniendo cuidado en hacerlo demasiado de prisa, y me concentré en los chirridos de las llantas y el estremecedor rugido del motor de veinticuatro cilindros antes de quitar el contacto. No me apresuré a salir del coche, además. Me recosté y encendí un puro de medio dólar. Luego me arreglé el sombrero de forma que quedara ladeado y toqué la bocina, obligándola a tocar «Tuxedo Junction» durante cuarenta y ocho segundos. Después miré hacia la sala de billar.

Bien, durante un instante me arrepentí de haber ido, si aquel era el efecto que mi vuelta al redil iba a causar. Y a parar de ese momento me olvidé de todo excepto de cómo iba a salir de allí.

Había dos figuras agazapadas en la reluciente entrada del salón de billar. El local se hallaba en una esquina de una callejuela, tan corta que el ayuntamiento había recurrido al salón de billar, una vieja institución, para el suministro de luz. Tras observar atentamente reconocí una de las recortadas siluetas como la de Risueño Sam. Y el otro era Fred Bellew. Ellos sólo me miraron, no se movieron, no dijeron nada.

—¡Eh, pequeños! —dije, y en ese momento noté que a lo largo de las oscurecidas paredes que flanqueaban la brillante entrada estaban todos ellos: la horda entera. Aquello no me gustó nada.

—Hola—dijo tranquilamente Fred.

Sabía que a él no iba a gustarle mi exhibición. No esperaba que a ninguno de ellos le gustara, por supuesto, pero el disgusto de Fred derivaba de su aversión y el de los otros de su resentimiento, y por primera vez me sentí un poco despreciable. Salí de mi cochazo y les dejé echar una ojeada a mi elegante plumaje.

—¡Vaya bombón! —se burló Sam, y lo dijo muy claramente.

Otros contuvieron la risa.

—¡Fiu-fiu! —fue el agudo sonido que brotó de la oscuridad del local.

Me acerqué a Sam y sonreí. No tenía ganas de hacerlo.

—Hace tanto tiempo que no te veo que había olvidado lo sinvergüenza que eres —dije—. ¿Qué tal?

—Voy tirando —repuso él, y añadió ofensivamente—: Todavía trabajo para ganarme la vida.

El murmullo que recorrió el gentío me indicó que el acto más inteligente posible era meterme en mi reluciente automóvil nuevo y poner pies en polvorosa. Me quedé.

—Muy listo, ¿eh? —dije débilmente.

Habían estado bebiendo, observé. Todos. De pronto me encontraba en apuros. Sam se metió las manos en los bolsillos y me miró despectivamente. Era el único hombre bajito que podía hacerme eso.

—Será mejor que vuelvas con tus bolas de cristal, farsante —dijo tras un tenso silencio—. Nos gustan los tipos que sudan. Y hasta nos gustan los tipos que se dedican a estafar, si lo hacen porque son más listos o más duros que el prójimo. Pero suerte y palique no bastan. ¡Largo!

Miré alrededor, impotente. Estaba consiguiendo lo que había buscado. De todas formas, ¿qué esperaba yo? ¿Que aquellos tipos se apelotonaran junto a mí y me estrecharan la mano por actuar así?

Apenas se movieron, pero de pronto todos me rodearon. Si yo no pensaba algo rápidamente, me lincharían. Y cuando aquella pandilla atacaba a alguien, lo hacía simplemente bien. Respiré profundamente.

—No estoy pidiéndote nada, Sam. Nada. Eso significa consejo, ¿comprendes?

—¿Has encontrado la horma de tu zapato? —dijo, colérico—. Tú y tus tonterías. Hemos oído hablar de ti. ¡Embaucando a viudas por cincuenta dólares la consulta para que hablen con sus «queridos muertos»! ¡Investigador psi-ki-ko! ¡Vaya carrera! ¡Venga, lárgate!

Tenía algo adonde agarrarme en ese momento.

—Un farsante, ¿en? Apuesto lo que quieras a que te presento un fantasma que te pondría los pelos de punta, si es que tienes el valor suficiente para ir adonde yo te diga.

—¿Ah, sí? Vaya chiste. ¡Escuchadlo, pandilla! —Se echó a reír. Luego siguió mirándome y siguió hablando por una comisura de sus labios—. Muy bien, tú lo has querido. Venga, ricachón. Acepto la apuesta. Fred será depositario de las apuestas. ¿Qué te parece diez de tus piojosos billetes por cada uno de los míos? Toma, Fred... guarda estos diez dólares.

—Te ofrezco veinte contra uno —dije casi histéricamente—. Y te llevaré a un lugar donde te toparás con el fantasma más vulgar y más vil de que hayas tenido noticia.

Los presentes rugieron. Sam rió con ellos, pero no trató de echarse atrás. Con cualquier miembro de aquella pandilla, una apuesta era una apuesta. Él me había provocado, había establecido las apuestas y estaba obligado. Yo me limité a asentir y puse doscientos dólares en la mano de Fred Bellew. Éste y Sam subieron al coche, y en el momento de la partida el Risueño sacó la cabeza y agitó la mano.

—¡Os veré en el infierno, chicos! —dijo— ¡Voy a evocar un fantasma y uno de los dos matará del susto al otro!

Toqué la bocina para no oír los vítores y burras de la acera y salí de allí. Di la vuelta y me dirigí fuera del centro.

—¿Adonde? —preguntó Fred al cabo de un rato.

—No te vayas —dije, sin saber adonde.

Debe de haber algún sitio no lejos de aquí donde pueda encontrar un espectro adecuado, pensé, uno que haga desistir a Sam y me reconcilie con los chicos. Abrí el compartimento del tablero y dejé salir a Ikey. Ikey era un diablillo un poco torcido que se pilló la cola entre dos planchas de acero cuando montaba en el coche, y tenía que estar allí hasta que redujeran a chatarra el vehículo.

—Hola, Ike —musité.

El diablillo me miró. El resplandor de la luz del compartimento se reflejó rojamente en sus brillantes ojillos.

—Llama al profesor, por favor. No quiero llamarlo a gritos porque esos primos del asiento trasero me oirían. No podrán oírte a ti.

—De acuerdo, jefe —dijo él.

Y tras llevarse los dedos a los labios, emitió un agudo chillido capaz de helar la sangre.

Eran las letras de identificación del profe, por así decirlo. El viejo voló por delante del coche, dio media vuelta y se deslizó junto a mí por la ventanilla, que yo había abierto un poco.

—Dios mío —dijo jadeante—. Ojalá no me hubiera citado en un lugar que viaja con tan alto grado de celeridad. Me agoté para darle alcance.

—No me venga con ésas, profesor —musité—. Usted puede alcanzar a un avión estratosférico si se lo propone. Escuche, tengo un tipo ahí detrás que quiere que un fantasma le dé un buen susto. ¿Sabe de alguno por aquí cerca?

El profesor se puso sus espectrales quevedos.

—Vaya, sí. ¿Recuerda que le hablé de la casa Wolfmeyer?

—¡Santo cielo!... Él es francamente malo.

—Servirá para su objetivo admirablemente. Pero no me pida que le acompañe. Ninguno de nosotros se relaciona con Wolfmeyer. Y por el amor de Dios, tenga cuidado.

—Supongo que podré arreglármelas. ¿Dónde está eso?

El profesor me dio instrucciones concretas, me deseó buenas noches y se fue. Yo quedé un poco sorprendido. El profesor viajaba conmigo muchas veces, y nunca le había visto rechazar una oportunidad de ver nuevos escenarios. Resté importancia al detalle y proseguí mi camino. Creo que fui así de tonto.

Salí de la ciudad y continué por el campo hasta cierta vieja granja. Wolfmeyer, alemán de Pennsylvania, se había ahorcado allí. Había sido, y era, un tipo vicioso. En vez de portarse bien, era un rebelde. Wolfmeyer sabía perfectamente que, a menos que hiciera mucho bien para compensar el mal que había causado, permanecería donde estaba el resto de la eternidad. Eso no parecía preocuparle mucho. Su carácter hosco lo había convertido en un fantasma francamente malo. Ocho personas habían muerto en esa casa desde que el viejo se pudrió en la cuerda. Tres eran inquilinos que habían alquilado la casa, otros tres vagabundos y los dos restantes investigadores psíquicos. Todos se ahorcaron. Así actuaba Wolfmeyer. Creo que disfrutaba realmente siendo un espectro. En cualquier caso era muy concienzudo en su trabajo.

Yo no quería causar daño alguno a Risueño Sam. Sólo deseaba darle una lección. ¡Y lean lo que sucedió!

Llegamos a la casa poco antes de la medianoche. Nadie había hablado demasiado, aparte de que yo hablé a Fred y Sam de Wolfmeyer, y expliqué con bastante claridad qué se podía esperar de él. Los dos se rieron mucho, así que me callé y seguí conduciendo. El siguiente fragmento de conversación provino de Fred, que determinó las condiciones de la apuesta. Para ganar, Sam debía permanecer en la casa hasta el amanecer. No debía pedir ayuda, no podía salir. Debía llevar un rollo de cuerda, hacer un lazo en un extremo y atar el otro en la «Viga de Wolfmeyer», es decir, la gran viga de madera de roble en la que el viejo se había ahorcado (y otras ocho personas tras él). Eso era aumentar la tentación para que Wolfmeyer se ocupara de Risueño Sam, y fue idea mía. Yo debía entrar con Sam, para vigilarle en caso de que el juego fuera demasiado peligroso. Fred se quedaría en el coche a cien metros de distancia, en la carretera, y aguardaría.

Aparqué el automóvil a la distancia acordada y Sam y yo salimos. Sam llevaba al hombro la cuerda, con el lazo hecho ya. Fred se había apagado notablemente, y su expresión era de suma seriedad.

—Creo que no me gusta esto —dijo él mientras miraba la casa, que parecía dar la espalda a la carretera, un ser maligno sumido en sus pensamientos.

—¿Y bien, Sam? —dije yo—. ¿Quieres dejarlo ahora y dar por terminada la apuesta?

Sam siguió la dirección de la mirada de Fred. El aspecto del lugar era deprimente sin duda, y el alcohol que había bebido el Risueño se había disipado. Sam pensó un momento, luego se encogió de hombros y sonrió. Tuve que admirar a aquella rata.

—¡Demonios, seguiré hasta el final! No podrás engañarme con el escenario, farsante.

—¡No creo que sea un farsante, Sam! —gritó sorprendentemente Fred.

La resistencia aumentó la terquedad de Sam, aunque deduje por su expresión que el tipo no era tan tonto.

—Vamos, farsante —dijo él, y se alejó de la carretera.

Entramos en la casa por la puerta de una bodega, cuyo suelo ascendía hasta una ventana del primer piso. Saqué una linterna e iluminé el camino hasta la viga. Sólo era una de las muchas que se complacían en convertir el sonido de nuestros pasos en risueños susurros que recorrían habitaciones y pasillos y no se apagaban nunca. Bajo la famosa viga de madera, el suelo estaba manchado de sangre.

Ayudé a Sam a colocar la cuerda, y luego apagué la linterna. La situación debió de ser difícil para él a partir de entonces. A mí no me preocupaba, porque podía ver cualquier cosa que se acercara antes de que se echara sobre mí, y además, ningún fantasma podía verme. Y no sólo eso. Para mí, paredes, suelos y techos estaban iluminados por el fosforescente resplandor de múltiples tonalidades de las omnipresentes placas espectrales. Dado su sobrenatural efecto, deseé que Sam pudiera ver los espectrales mohos alimentándose vorazmente con la sangre que había bajo la viga.

Sam respiraba ya con dificultad, pero yo sabía que era preciso algo más que oscuridad y silencio para fastidiarle. Sam tendría que estar solo, y entonces recibiría una visita o algo parecido.

—Adiós, chico —dije yo mientras le daba una palmada en el hombro.

Di media vuelta y salí de la habitación.

Me preocupé de que me oyera salir de la casa y luego volví a entrar en silencio. Era sin lugar a dudas el lugar más abandonado que he visto. Incluso los fantasmas lo evitaban, a excepción, como es lógico, de Wolfmeyer. Sólo había exuberante vegetación, invisible para todos excepto para mí, y el profundo silencio con los murmullos de la respiración de Sam. Al cabo de diez minutos supe con certeza que Risueño Sam tenía más valor que el que yo le atribuía. Había que asustarle. Él no podía asustarse, ni se asustaría, por las buenas.

Me acurruqué en las paredes de una habitación contigua y me puse cómodo. Supuse que Wolfmeyer aparecería pronto. Y confiaba ardientemente en poder detener al fantasma antes de que fuera demasiado lejos. Absurdo que el juego fuera algo más que una buena lección para un sabelotodo. Yo me sentía muy complacido, y estaba totalmente desprevenido para lo que sucedió.

Estaba mirando la puerta opuesta cuando noté que desde hacía algunos segundos había allí un palidísimo fulgor. El brillo aumentó mientras yo lo observaba, aumentó y fluctuó con suavidad. Era verde, ese verde de las cosas mohosas y putrefactas. E iba acompañado de un hedor sutilmente inquietante. El olor de carne tan muerta que ha dejado de ser olorosa. Era sumamente horrible, y yo, francamente, me asusté tanto que perdí los estribos. Pasaron unos instantes antes de que la consoladora idea de mi invulnerabilidad volviera a mi mente, y me acurruqué más cerca de la pared y observé.

Y apareció Wolfmeyer.

El suyo era el espectro de un hombre viejo, muy viejo. Llevaba una suelta e inmunda vestidura, y sus desnudos brazos, extendidos ante él, eran largos y fuertes. Su cabeza, con el enmarañado cabello y la barba, temblaba sobre un cuello roto y destrozado igual que la hoja de un cuchillo recién clavado en blanda madera. Sus lentos pasos al cruzar la habitación prolongaban el temblor de la cabeza. Sus ojos estaban encendidos; eran rojos, con llamas de color verde oscuro enterradas en ellos. Sus dientes caninos se habían alargado hasta formar romos colmillos amarillentos, columnas que soportaban su torcida sonrisa. El pútrido fulgor verde era un horrendo halo que le rodeaba. Wolfmeyer era un ser brillante y diabólico.

Pasó junto a mí totalmente inconsciente de mi presencia y se detuvo ante la puerta de la habitación donde Sam aguardaba junto a la cuerda. Permaneció en el umbral, con las garras extendidas, y el temblor de su cabeza fue cesando poco a poco. Miró fijamente a Sam y de pronto abrió su boca y aulló. Fue un sonido apagado y siniestro, como surgido de la garganta de un lejano perro, y aunque yo no podía ver el interior de la habitación, supe que Sam había vuelto la cabeza bruscamente y estaba contemplando al espíritu. Wolfmeyer alzó un poco los brazos, pareció tambalearse, y después entró en la habitación.

Arranqué mi cuerpo del pavoroso terror que me dominaba y me puse en pie. Si no actuaba rápido...

Tras acercarme a la puerta de puntillas, me detuve el tiempo suficiente para ver que Wolfmeyer agitaba erráticamente los brazos por encima de su cabeza. El movimiento alborotó su rúnica y su silueta vibró verdosamente. Vi que Sam estaba de pie, con los ojos desorbitados, tambaleándose hacia atrás, hacia la cuerda. Se Agarró el cuello, abrió la boca y no emitió sonido alguno. Su cabeza se inclinó, su cuello se dobló, su crispada cara miró al techo mientras sus piernas huían del fantasma, hacia el lazo ya preparado. Y en ese momento me puse junto a un hombro de Wolfmeyer, apoyé los labios en su oreja y dije:

—¡Buuuu!

Casi me eché a reír. Wolfmeyer chilló, dio un salto de tres metros y, sin detenerse para mirar alrededor, huyó apresuradamente de la habitación, con tanta prisa que sólo era una mancha. ¡Un espectro francamente asustado!

Al mismo tiempo Risueño Sam se irguió, con expresión relajada y aliviada, y se sentó junto a la cuerda produciendo un sordo ruido. Fue casi la mejor visión que jamás he deseado ver. Quedó sentado, con la cara empapada de frío sudor, las manos entre las rodillas, la mirada fija en sus pies.

—¡Eso te enseñará! —exclamé muy alegre, y me acerqué a él—. ¡Paga, escoria, y me da igual que te mueras de hambre por esta semana!

Sam no se movía. Supuse que estaba muy conmocionado.

—¡Vamos! —dije—. ¡Recóbrate, hombre! ¿No has visto bastante? Ese tipo viejo puede volver en cualquier momento. ¡De pie!

Sam no se movió.

—¡Sam!

No se movió.

—¡Sam!

Le cogí de los hombros. Sam cayó de costado y permaneció inmóvil. Estaba bien muerto.

No hice nada y durante un rato no abrí la boca. Luego me arrodillé junto a él.

—Eh, Sam —dije desesperanzado—. Sam... ¡Basta ya, hombre!

Al cabo de un minuto me levanté lentamente y me dirigí hacia la puerta. Había dado tres pasos cuando me detuve. ¡Pasaba algo raro! Me froté los ojos. Sí... ¡cada vez había más oscuridad! La vaga luminiscencia de enredaderas y flores del mundo fantasma se apagaba, desaparecía, desaparecía...

¡Pero eso no había pasado antes!

No importaba, pensé desesperado. Está sucediendo ahora, sí. ¡Tengo que salir de aquí!

¿Lo ven? Ya lo ven. Fue el líquido, el maldito líquido de Tellero Bo. ¡El efecto estaba disipándose! Al morir Sam, el líquido... ¡el líquido dejó de producirme efecto! ¿Era eso lo que tenía que pagar por la botella? ¿Era eso lo que iba a pasar si usaba la poción para vengarme?

La luz casi se había extinguido... y acabó extinguiéndose. No podía ver nada aparte de una puerta. ¿Por qué podía ver la puerta? ¿Qué era aquella luz de color verde claro que llenaba el polvoriento marco?

¡Wolfmeyer! ¡Tengo que salir de aquí!

Ya no podía ver a los fantasmas. Ellos me veían a mí. Eché a correr. Crucé como un rayo la oscura habitación y choqué con la pared opuesta. Me aparté dando tumbos, con sangre entre los dedos que me llevé bruscamente a la cara. Corrí de nuevo. Otra pared me aporreó. ¿Dónde estaba la otra puerta? Seguí corriendo, y de nuevo topé con pared. Chillé y continué corriendo. Tropecé con el cadáver de Sam. Mi cabeza se introdujo en el lazo. La cuerda apretó mi gaznate y mi cuello se partió con un doloroso crunch. Forcejeé medio minuto, y finalmente quedé colgado.

Bien muerto, yo. Wolfmeyer no dejó de reír.

Fred nos encontró por la mañana. Se llevó nuestros cadáveres en el coche. Ahora tengo que permanecer aquí y vagar por este maldito caserón. Yo y Wolfmeyer.