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El medallón - Karl Edward Wagner

Se trataba de un pequeño medallón de oro, de finales de la época victoriana, con forma de corazón, los típicos adornos de la época y una pesada cadenilla de oro. Formaba parte de un lote de joyas heredadas por el que Pandora había pujado con éxito. Estaba muy satisfecha de su compra, a pesar de que la puja había sido muy elevada. Por lo general, le iba bien en sus viajes de compras.

Pandora Smythe (había decidido volver a utilizar su apellido de soltera) era la propietaria y encargada de una tienda de antigüedades de Pine Hill, Carolina del Norte, una aburrida ciudad universitaria invadida por las nuevas urbanizaciones, los yuppies que empleaban las numerosas oficinas del lugar y los jubilados que venían del norte. 

Pandora era de origen británico y no podía quejarse de los recién llegados, ya que les encantaba gastarse el dinero en muebles antiguos para adornar sus nuevas casas adosadas, las cuales habían sido construidas allí donde un año antes no había más que árboles.

Su tienda se llamaba La Caja de Pandora, como no podía ser de otra manera. Tenía mucho movimiento, por lo que Pandora había contratado a tres dependientes, uno de los cuales le acompañaba en sus viajes de compras. Pandora Smythe tenía la tez color melocotón con nata, las facciones angulosas pero bonitas y los ojos verdes. Era rubia y bastante alta; salía a correr todos los días para conservar el buen tipo y frisaba los treinta años. Sus dos vicios eran las novelas románticas y llorar cuando veía antiguos dramones en blanco y negro en cintas de vídeo alquiladas.

Le hubiera gustado ser Bette Davis, pero en realidad era una inteligente mujer de negocios que sólo había cometido en su vida dos equivocaciones dignas de mención: casarse con Matthew McKee (con quien había convivido casi un año entero a pesar de la falta de amor, sus flirteos en público y los maltratos a los que la sometía cuando se emborrachaba) y comprarse un medallón.

Había sido un buen día en la tienda. Doreen y Mavis se las habían arreglado muy bien y Derrick se había encargado del empaquetamiento y entrega de los artículos subastados más grandes: unos enormes muebles victorianos de calidad y unas excelentes piezas rústicas que serían cargadas en la parte trasera de unas camionetas Volvo antes de que acabase la semana. 

Pandora llevó a la trastienda el joyero, reprendiéndose porque había pagado demasiado por él. Pero había sido inevitable, porque el desgraciado de Stuart Reading también había mostrado gran interés por el lote. Probablemente habría costado más si las joyas se hubieran vendido por separado, pero cuando lo habían sacado a subasta todavía quedaba mucho día por delante y, además, la mayoría de las piezas eran de bisutería y su valor intrínseco era inferior al que tenían como antigüedades.

—¡Oh! ¡Me encantan estos pendientes de jade! —exclamó Mavis a Pandora, que estaba ordenando su tesoro sobre el escritorio.

—Pues resta el precio de tu salario —Pandora les echó una ojeada—. Cuestan cincuenta dólares. Son de fines de siglo. Y no son de jade, sino de jaspe verde.

—Entonces te doy treinta dólares.

—Cuarenta. Eso es oro.

—Te olvidas del descuento para los empleados. Treinta dólares. Los tengo en efectivo.

—Hecho —Pandora entregó los pendientes a Mavis. Podría habérselos vendido fácilmente a un cliente por cincuenta dólares, pero tenía simpatía por sus empleados y por Mavis en concreto. Además, el lote incluía piezas que podían proporcionarle ganancias más considerables de las que creía. Si se lo dijera a Stuart Reading, se moriría de rabia.

—Aquí tienes —Mavis había ido rápidamente a coger su cartera.

—Es una venta. Ponlo en la caja —Pandora estaba separando los artículos que pudieran requerir la tasación de un joyero profesional. De éstos había unos cuantos.

—Mira. Este me gusta —Pandora cogió el medallón de oro. Tenía una inscripción en latín que rezaba: Face quidlibet voles.

Mavis lo examinó.

—Época victoriana tardía. De oro. Tuyo por sólo doscientos dólares.

—Ya lo he comprado, Mavis —Pandora estaba forcejeando con la cadenilla de oro—. Échame una mano con el cierre.

Mavis se colocó detrás de ella y le puso la cadenilla al cuello.

—¿Vas a quedártelo tú?

—Creo que lo llevaré unos días. ¿Qué te parece?

—Pues que necesitas una falda de lana que le vaya a juego.

Pandora se miró en un espejo antiguo y se arregló el pelo.

—Me gusta. Creo que voy a llevarlo durante una temporada. Como has dicho, podríamos pedir doscientos dólares por él. Es de oro macizo. Fíjate qué trabajo más exquisito.

Mavis miró el escote de Pandora.

—No sé qué significa la inscripción: Face no sé qué voles… ¿Haz no sé qué por dar una vuelta…? Qué tontería.

Pandora observó su imagen en el espejo con detenimiento.

—Es el problema que tiene el oro: se nota que lo han usado mucho. Y, en cuanto a la inscripción, la última vez que leí algo en latín fue cuando iba al instituto.

—Vamos a abrirlo a ver qué hay dentro —Mavis forcejeó con el fiador—. Seguro que contiene un mechón de pelo o un retrato antiguo —volvió a intentarlo—. Mierda, no se abre.

—Deja de tirar —protestó Pandora—. Ya lo haré cuando llegue a casa.

Pandora se duchó tranquilamente, se enfundó un albornoz y una toalla en la cabeza, preparó una pequeña tetera, puso leche, dos azucarillos y un poco de limón en su taza, encendió la televisión, se hizo un ovillo en su sofá favorito, se arrebujó con un edredón de pluma de oca y esperó a que se le secara el pelo. Lo tenía demasiado lacio para su gusto, por lo que prefería no usar el secador. La televisión era aburrida, pero el té estaba sabroso. 

Empezó a manipular el fiador del medallón de oro; no había conseguido abrir el cierre de la cadena antes de ducharse, pero el agua caliente había solucionado el problema. El fiador se abrió de golpe, pero dentro no había nada. Pandora frunció el entrecejo. Sintiéndose cansada por el viaje de compras, poco a poco se quedó dormida.

Llevaba un uniforme de gimnasia del colegio. Dos monjas estaban cogiéndola de los brazos y ella estaba inclinada sobre un escritorio. Una tercera monja le había levantado la falda y le había bajado bruscamente su decorosa braga de algodón blanco. Sostenía una regla de madera. Las otras chicas de la clase la miraban con miedo y expectación.

—Te han visto toqueteándote —dijo la monja.

—¡Soy una mujer de negocios adulta! ¿Quién demonios es usted?

—No has hecho más que empeorar las cosas —la monja le dio un reglazo en el trasero. Pandora soltó un grito de dolor y entonces los golpes empezaron a lloverle encima. Pandora se echó a llorar. Sus compañeras de clase rieron disimuladamente. La monja siguió azotándole el trasero, cada vez más enrojecido. Pandora gritaba y trataba de soltarse de las otras dos religiosas, que la sujetaban fuertemente. La azotaina continuó.

De pronto, Pandora sintió la oleada de un orgasmo. Se irguió conteniendo la respiración y estuvo a punto de volcar la taza de té. La terminó y observó que el medallón estaba cerrado. Debía de haberlo cerrado ella misma mientras dormía. Era la última vez que bebía un té cargado antes de irse a la cama. Se quitó la toalla de la cabeza y se sacudió el pelo. Qué sueño más extraño… Ella nunca había ido a una escuela católica. Sus padres pertenecían a la Iglesia anglicana y ella era una humanista secular, tal como se decía ahora en la jerga políticamente correcta.

Le dolía el trasero. Cuando se miró en el espejo, comprobó que tenía moratones.

A la mañana siguiente no vio nada que le llamara la atención cuando se miró en el espejo. Pandora restó importancia al asunto y lo atribuyó a las arrugas del albornoz y a su imaginación calenturienta. Dejó que sus empleados se ocuparan de la tienda mientras ella ojeaba los anuncios por palabras y los avisos de las próximas subastas. 

Doreen consiguió vender con facilidad por setecientos dólares la mesa de duramen de pino, que estaba mal restaurada y había sido comprada por una décima parte del precio de venta. Pandora empezó a sentirse mejor, pero, aun así, volvió a casa temprano. Se acordó de una película de James Bond que había visto e imaginó que Doreen y Mavis eran Bambi y Thumper, y Derrick era James Bond. Podía dejar la tienda en sus manos.

Se puso un camisón rosa estilo jovencita ingenua (tenía debilidad por la ropa de los años cincuenta), se hizo un ovillo en la cama y se puso a leer Deseo ardiente de enamorada, de David Drake, su escritor favorito de novela romántica. Involuntariamente, jugueteó con el medallón y la tapa se abrió.

Pandora llevaba un sujetador blanco con copa en pico y medias con liguero. Su vestido de noche debía de estar en algún lugar del asiento trasero de su coche, un Chevrolet del cincuenta y seis. Ella estaba de rodillas sobre la hierba del cementerio.

Biff y Jerry tenían prisa, ya que la policía estaba patrullando aquella zona en busca de adolescentes que iban allí para experimentar sensaciones fuertes. Acababan de bajarse los vaqueros y los calzoncillos. Se encontraban al lado del coche y Pandora les estaba haciendo una mamada a los dos al mismo tiempo.

No podía meterse las dos pollas en la boca por completo, por lo que les chupaba los capullos y los lamía rápidamente por turnos mientras se las meneaba y se masturbaba frotándose la vagina. Como a ninguno se le había ocurrido comprar condones, les había dicho que tenía la regla.

—¡Dios mío! ¡Sí! ¡Sí! ¡Sí…! —estaba gritando Biff.

—¡Cállate ya, mamón! ¡Vas a conseguir que la policía nos coja con el culo al aire!

Pandora no dijo nada y siguió haciendo el ruido que se produce cuando se sorbe y chupa algo. No podía cerrar los labios sobre las dos pollas y la saliva se le escurría por la barbilla hasta el sujetador.

Jerry soltó un gruñido y Biff repitió:

—¡Dios mío!

El semen de los dos inundó la boca de Pandora a más velocidad de la que ella podía tragarlo y le regó la cara. Ella engulló el pegajoso y salado chorro, chupando las dos pollas mientras estas iban perdiendo rigidez y sin dejar en ningún momento de frotarse la vagina. Tuvo el orgasmo justo en el momento en que conseguía que las dos pollas fláccidas llegaran al fondo de su garganta.

Pandora se incorporó en la cama repentinamente y con la novela todavía cogida entre las manos. Nunca había subido a un Chevrolet del cincuenta y seis. Tenía las mejillas y la barbilla cubiertas de saliva. Se las limpió con un pañuelo de papel y entonces se dio cuenta de que sabía a semen. Era semen.

El medallón se había cerrado.

Al día siguiente Pandora no hizo nada útil en la tienda y volvió a casa a la hora de comer aduciendo que tenía síntomas de gripe. Sus empleados se mostraron comprensivos, ya que no tenía buen aspecto. Mavis le telefoneó para recordarle que el sábado había una subasta a la que Pandora y Derrick pensaban acudir y añadió que Stuart Reading había llamado.

Pandora le contestó que Stuart Reading podía irse al cuerno y luego decidió tomar una ducha caliente. Quizá fuera cierto que tenía la gripe.

Una ducha era justo lo que necesitaba: caliente, con mucho vapor y relajante para los músculos. Mientras se secaba, rozó el medallón con los dedos y este se abrió con un chasquido.

Pandora se encontraba en un vestuario de hombres lleno de vapor y solo llevaba puesto un suspensorio blanco y elástico, pero no tenía ningún bulto en la entrepierna, a diferencia de las demás personas que había en el vestuario, musculosos hombres empapados en sudor y que lucían abultados suspensorios.

Uno de ellos le pegó en el trasero con una toalla enrollada y Pandora profirió un grito.

—Si quieres jugar a fútbol con los chicos, tendrás que inclinarte.

La obligaron a ponerse de rodillas sobre un banco de gimnasio y, al cabo de unos segundos, notó que una polla enjabonada le presionaba el ano. Pandora soltó un chillido cuando el capullo la penetró y la polla se coló brutalmente hasta los testículos. El hombre empezó a embestirla violentamente, acicateado por los gritos de ánimo de los demás. Pandora contuvo la respiración y consiguió soportar el dolor. Al cabo de unos minutos, notó que la polla se ponía tirante, se calentaba aún más y descargaba un chorro de semen en su recto.

La segunda penetración no fue tan dolorosa y el hombre se corrió rápidamente después de unas cuantas acometidas apresuradas. La tercera polla era gorda y larga; el hombre la folló por el culo lentamente mientras los demás le gritaban que se diera prisa. El cuarto hombre parecía que no iba a acabar nunca de correrse. El quinto entró y salió de su trasero en un momento. El sexto se lo tomó con calma e hizo una pausa para beberse una cerveza. Para cuando le tocó al séptimo, Pandora ya tenía el ano dolorido y ensangrentado, pero el hombre la excitó mediante un masaje en la vagina. El octavo hizo lo mismo y jugó con su clítoris. Con el noveno, Pandora tuvo por fin un orgasmo.

Despertó tumbada en su cama sintiendo un dolor horroroso en el trasero. El medallón estaba cerrado. Se dirigió al retrete con urgencia, pese a que apenas podía andar. Cuando se sentó, vio que echaba un poco de sangre y una gran cantidad de semen. Luego, mientras se limpiaba, se quitó el suspensorio. Ella nunca había tenido un suspensorio.

Pandora telefoneó a su terapeuta y obtuvo hora para el día siguiente. La doctora Rosalind Walden le había prestado un gran apoyo durante los aciagos meses de su fracasado matrimonio y Pandora pensaba que le ayudaría a comprender las pesadillas que había tenido, si es que habían sido realmente pesadillas.

La doctora Walden era una morena con buen tipo, el pelo bastante corto y de aproximadamente la misma altura que ella. Más que una psiquiatra, parecía una profesional de éxito. Aquel día llevaba un conjunto holgado de hilo en tonos oscuros y medias negras. Pandora se sentía cómoda con ella y, agradecida, se dejó caer en el sillón.

Al cabo de un rato, la doctora Walden dijo:

—De modo que piensas que estos sueños guardan relación con este medallón antiguo. ¿Por qué no te deshaces de él, pues?

—Creo que disfruto con las fantasías —contestó Pandora.

—Estás recuperándote de un matrimonio disfuncional durante el cual tu marido te maltrató tanto física como sexualmente. Creo que puede haber una parte de ti que disfruta siendo la víctima. Es preciso que exploremos estas necesidades reprimidas. Pero antes vamos a echar un vistazo al medallón.

La doctora Walden se inclinó sobre ella y empezó a forcejear con el fiador. A Pandora le resultó agradable el roce de sus manos sobre su pecho.

—No consigo abrirlo.

—Permíteme.

Pandora abrió el medallón. Rosalind acercó la cabeza y la besó suavemente en los labios. A continuación, sus lenguas se entrelazaron. Jadeante, Rosalind dejó de besarla y se volvió para quitarse las bragas. Pandora se sorprendió al ver que llevaba un liguero negro. Rosalind arrojó las bragas negras de encaje al suelo y rápidamente se sentó a horcajadas sobre la cara de Pandora. Luego se levantó la falda y miró a Pandora a los ojos.

—Quieres lamerme el coño. Tú sabes que quieres lamerme el coño. ¡Dime que quieres lamerme el coño! —Rosalind se había afeitado la entrepierna para ponerse un tanga. Le olía a almizcle y a perfume suave, y tenía los labios hinchados y separados.

—Quiero lamerte el coño.

—¡Dilo más alto! ¡Dentro de un momento ya no podrás pedírmelo!

—¡Sí! —gritó Pandora—. ¡Quiero lamerte el coño!

Rosalind descendió sobre su cara, haciéndola callar con su mordaza de carne. Con la falda levantada a la altura del pecho, observó la cara de Pandora mientras se mecía adelante y atrás sobre su lengua, se estrujaba los senos y daba empellones con el clítoris contra su nariz.

Casi sin poder respirar, Pandora consiguió lametear rápidamente el clítoris de Rosalind y su vagina. Tenía el coño salado y al mismo tiempo dulce por las secreciones. La excitaba. Entonces notó que a ella también se le humedecía la vagina. Rosalind se corrió en su boca, medio asfixiándola. Tras una breve convulsión extática, Rosalind empezó a moverse con más vigor. Pandora tenía la vagina cada vez más caliente y húmeda. Trató de masturbarse, pero las piernas de Rosalind le inmovilizaban los brazos y no pudo meterse la mano bajo la falda. El segundo orgasmo de Rosalind fue lo bastante violento como para provocarle a ella otro.

Pandora se incorporó repentinamente en el sillón. El medallón estaba cerrado y la doctora Walden tomaba notas.

—Las fantasías sexuales reprimidas son comunes en todas las personas y no es nada raro que los pacientes incluyan a sus terapeutas en ellas… Oh, ¿quieres un café? Te has quedado dormida durante un momento.

—Estoy bien.

—¿Estás segura de que puedes conducir? Te recetaré algo que te ayudará a dormir por la noche. Lo más probable es que las preocupaciones laborales y la tensión de los viajes sean la causa de la aparición de estas fantasías sexuales en la fase de sueño profundo. Prueba esto durante una semana. Si te va bien, te haré otra receta. En caso contrario, quizá sea necesario considerar la posibilidad de un antidepresivo. De todas maneras, no dudes en llamarme en cualquier momento.

—Gracias —Pandora cogió su bolso, que estaba en el suelo junto al sillón. A su lado había unas bragas negras de encaje. Rápidamente, mientras la doctora Walden le hacía la receta, las cogió y las metió en el bolso.

Derrick Sloane llamó a la puerta de su casa a las seis de la mañana. Pandora se puso el albornoz y le hizo pasar. Derrick parecía desconcertado.

—Quedamos en que vendría a eso de las seis y no has dicho nada, así que aquí me tienes, a la hora exacta. ¿Te encuentras bien? La gripe puede ser muy molesta. Si quieres quedarte en casa hasta que te recuperes, puedo ir a despertar a Mavis y decirle a Doreen que se ocupe de la tienda mientras nosotros vamos a la subasta.

—No. Es que mi psicóloga me ha dado unas pastillas para dormir. Me visto en un momento. ¿Te importaría poner la cafetera?

—No sabía que fueras al psiquiatra.

Derrick ya sabía manejarse en su cocina y estaba esperándole con una taza cuando acabó de vestirse.

—Gracias. Esto me sentará bien. No puedo perderme esta subasta.

Derrick preparaba el café mejor que Pandora. Era más alto que ella y muy fornido, tenía veintitantos años y era un buen conocedor de antigüedades. Era la persona perfecta para levantar y cargar piezas pesadas en las subastas y para moverlas en la tienda. Poseía una belleza misteriosa, y a Pandora le gustaba bastante, aunque sospechaba que era homosexual. Fuera como fuese, no le había hecho ninguna insinuación a ella o a las empleadas de la tienda, y eso que Mavis era una preciosidad.

Hacía una luminosa mañana de primavera y Pandora se sentía mejor gracias al café. Se había puesto unos vaqueros desteñidos, unas Reebok desgastadas y una camiseta de manga corta que abogaba por la salvación de las ballenas. Derrick llevaba unas Docker negras, una camiseta de Graceland y una chaqueta ligera de cuero negro. Le daría calor en cuanto el sol ascendiera. Pandora echó un vistazo a su reloj. Llevaban cierto retraso, pero llegarían a tiempo de ver la exposición de los artículos.

Derrick condujo velozmente. Pandora contempló con admiración sus hombros. Consiguieron llegar a la exposición previa a la subasta con tiempo de sobra. Se trataba de una granja de finales del siglo XIX de la que sus herederos querían deshacerse junto con todos sus bienes. Pandora sabía a ciencia cierta que la casa era un tesoro.

Stuart Reading se encontraba allí, naturalmente, conversando con los demás tratantes. Discretamente, se puso al lado de Pandora. Era un hombre de sesenta y pico años, calvo y barrigudo, que apestaba a tabaco.

—¿Ya has echado un vistazo a ese lote de joyas de la herencia Beale? Ya veo que llevas puesto su medallón.

—¿El medallón de quién?

—El de Tilda Beale. Si pujé menos que tú por el lote fue sólo porque estaba interesado en unas pocas piezas. Puedo ofrecerte un precio muy bueno por ellas. Por los pendientes de jaspe, por ejemplo.

—Eran de jade y ya están vendidos.

—Eran de crisólito, para ser exactos. ¿Todavía tienes el collar de cornalina y sanguinaria? ¿Y los pendientes a juego? Vamos, ofréceme un buen precio y no pujaré contra ti por esa cama de laca roja en la que has puesto los ojos. Ya tengo un comprador para ellos, de modo que podrás quedarte la cama sin necesidad de sobrepujarme y los dos saldremos ganando.

Reading miró el medallón y lo cogió del pecho de Pandora ante el desagrado de esta.

Face quidlibet voles. «Haz lo que quieras». Aleister Crowley. ¿Dónde demonios adquiriría esto? Lo llevaba siempre. Probablemente era la divisa de la familia. ¿Has pensado en venderlo?

—Los pendientes y el collar están a la venta, por supuesto, pero el medallón no. ¿Qué sabes de Tilda Beale?

—Deberías hacer tus deberes, querida, si deseas permanecer a flote en este negocio. Era una recatada solterona que jamás tuvo un pensamiento impuro. Una matriarca de nuestra Iglesia —Reading pertenecía a la Iglesia Baptista del Sur—. Falleció a los ciento tres años. Era una mujer maravillosa. Una mujer de las que hay pocas.

—¿No tenía pensamientos impuros?

—Si tuvo alguno, lo cual me extrañaría muchísimo, lo mantuvo guardado en su corazón. Mira, están a punto de empezar. ¿Hacemos un trato o no?

Lo hicieron, y Derrick y Pandora se llevaron triunfalmente la cama de laca roja.

Cuando descargaron la cama y el resto de las compras de Pandora, Derrick sugirió que fueran a su casa a beber la botella de champán que tenía guardada desde que su equipo había perdido la Super Bowl. Pandora se sentía animada por el éxito obtenido en la subasta y por haber vendido el collar y los pendientes a Stuart Reading a un precio desorbitado. Su comprador debía de ser tonto.

—¡Estupendo! —exclamó. ¿Estaba Derrick haciéndole una insinuación? Quizá se había formado una idea equivocada de él.

Derrick tenía varias botellas de champán. Con ayuda de un poco de queso Brie y unas galletas Ritz acabaron la primera rápidamente. Derrick no dejaba de excusarse y, cuando dijo que se le habían acabado la mantequilla de cacahuetes y el Velveeta, los dos prorrumpieron en carcajadas.

—¿Qué opinas de este medallón? —dijo Pandora, que ya había bebido una copa de más.

—¿Todavía lo llevas? Seguro que tiene dentro la fotografía de una mujer y un mechón de pelo. Lo vi en la subasta junto con el resto del lote la semana pasada.

—Pero está vacío.

—¿De veras? Bueno, da igual. Vamos a echar un vistazo —Derrick forcejeó con el fiador.

—Déjame a mí —dijo Pandora. El medallón se abrió.

Antes de que acabaran de darse el primer beso, Derrick ya estaba quitándole la camiseta. Ella le quitó a él la suya. Pandora llevaba sujetador, de modo que se lo quitó, tras lo cual también le quitó los vaqueros. Ella lo imitó. No tuvieron que quitarse muchas cosas más para quedar desnudos.

—¿Te importa si te ato? —preguntó Derrick.

—¿Cómo? —Pandora estaba medio aturdida por el champán.

—No es más que un juego inofensivo, pero resulta de lo más excitante. Así conseguiré que alcances una nueva cima de la pasión.

Parecía una mala frase sacada de una de sus novelas románticas, pero Pandora estaba dispuesta a todo. Derrick había empezado a empalmarse, y Pandora comprendió que se había equivocado al considerarlo homosexual. A poco que ella le ayudara, podría llegar a medirle unos veinticinco centímetros.

—Claro que no me importa.

Derrick abrió un cajón lleno de cuerdas y artilugios. Pandora puso las manos a la espalda y él se las ató.

—Ahora vamos a ver cuánto puedes acercar los codos.

—¡Me haces daño! —gimió ella cuando Derrick le ató los brazos brutalmente con otra cuerda.

A continuación cogió otra y se la ató a la altura de los senos, apretándoselos cruelmente.

—Ya te acostumbrarás —dijo él. Le había ceñido la cintura con otra cuerda y, tras darle varias vueltas, se la había pasado varias veces por la vagina y el trasero, tirando de ella fuertemente—. Ya se te está humedeciendo el coño. Ahora entra en la habitación y túmbate en la cama.

Derrick le ató a continuación tobillos y rodillas. Luego la puso boca abajo, le ató las muñecas con los tobillos y los juntó tirando del nudo. Pandora tenía ahora los tobillos asidos con las manos y sentía un poco de dolor. Tenía la espalda arqueada y los senos dirigidos hacia arriba. Aquello no era ningún juego, pero ya era demasiado tarde.

—Pero ¿cómo vas a follarme de este modo?

—Por la garganta, encanto. Abre bien la boca, zorra, si quieres que luego te desate.

Derrick, que estaba al lado de la cama y la había cogido por el pelo, introdujo de pronto la enorme polla erecta hasta el fondo de su garganta. Pandora trató de abarcarla con la boca y pensó en una película que había visto sobre un tal señor Rabolargo o algo parecido. Estaba totalmente indefensa. Aunque quizá fuera todo una broma.

Derrick estaba excitado y se corrió muy rápidamente, llenando su boca con chorros de semen. Le agarró la cabeza y le golpeó la cara una y otra vez contra su entrepierna, gritándole obscenidades. Cuando ella le hubo chupado hasta la última gota de semen, él se apartó de su boca. Pandora estaba muy dolorida a causa de la brutal forma en que la había atado Derrick.

—Creo que este juego ya ha durado bastante. Desátame, por favor.

—Pues yo creo que hablas demasiado —Derrick estaba rebuscando en el montón de ropa. Dobló esmeradamente sus bragas y luego se las metió en la boca por la parte de la entrepierna, que estaba sucia, y se lo ató fuertemente con el sujetador.

—De este modo no se te saldrá el semen mientras planeo lo que voy a hacer el resto de la tarde.

Pandora se balanceaba de atrás adelante sobre la cama, impotente e incapaz de nada excepto gruñir apagadamente.

Derrick la puso de lado, le rodeó con otra larga cuerda por encima de los senos y luego le hizo un fuerte torniquete en cada uno de ellos. Estos no tardaron en inflamarse a causa de la constricción. Derrick, que parecía satisfecho por el efecto que producían sus abultados y enrojecidos senos, cogió unas pinzas para la ropa y se las puso en los pezones. Pandora profirió unos sonidos ahogados por la mordaza.

Derrick la observó retorcerse mientras se fumaba un cigarrillo. Entonces se levantó y lo apagó sobre el trasero de Pandora, cuyos gritos se perdieron en la mordaza formada por las bragas y el sujetador. Derrick encendió otro cigarrillo.

—¿Te gusta, zorra? Ahora vamos a probar otro juego.

Derrick trajo una vela de la mesa del comedor, la encendió y empezó a verter cera caliente sobre los torturados senos de Pandora, quien profirió enloquecidamente unos sonidos amortiguados por la mordaza. Su dolor excitó a Derrick, que se empalmó rápidamente y empezó a frotarse la polla contra sus senos y su cara mientras dejaba que la cera cayera gota a gota sobre los rojos e hinchados senos.

—Creo que voy a correrme por tu nariz para ver si puedes respirar semen —Pandora le miró con expresión suplicante. Ya tenía dificultades para respirar a causa de la mordaza.

—Tal vez luego. Vamos a ver si te gusta esto —Derrick eyaculó sobre sus doloridos senos y a continuación vertió cera caliente sobre el semen—. ¿Qué está más caliente, puta? He pensado que te gustaría. Ahora vamos a probar esto.

Derrick la puso boca abajo y le encajó violentamente el cabo de vela encendida entre las nalgas.

—Si permaneces quieta y no protestas porque la cera caliente se te escurre por el culo y el chocho, puede que apague la vela antes de que se consuma del todo.

Aplastó el cigarrillo sobre su otra nalga, encendió otro y se sentó para mirarla. Luego sacó de un cajón un cuchillo largo y probó el filo. Pandora sentía un dolor espantoso pero aun así retorció el cuerpo para restregarse el clítoris mientras la cera caliente caía gota a gota por la raja de su trasero. La vela seguía consumiéndose y la llama le quemaba ahora las muñecas. No tardaría en quemarle las nalgas. Pandora se retorció con más fuerza, restregándose el clítoris con la cuerda. La llama llegó a su trasero.

Le costó muchísimo alcanzar el orgasmo, pero lo consiguió. El medallón estaba cerrado.

De pronto, Pandora se levantó del sillón de Derrick tambaleándose.

—Espero que te guste la infusión de hierbas. Ésta es una de mis favoritas. Ya verás cómo te espabila. Llevas una hora dormida. No deberías mezclar las subastas con la gripe.

Derrick tenía puesto un chándal. Puso la bandeja del té en la mesa que había al lado del sillón y empezó a servirlo.

—A todo esto, te presento a mi amigo Denny. Ha llegado cuando estabas en el reino de los sueños.

Denny era un joven guapo, rubio y musculoso que debía de haber cumplido los veinte hacía poco. La saludó con la mano e hizo los típicos comentarios graciosos al tiempo que aceptaba la taza de infusión. Luego dijo:

—Derrick me ha dicho que no habéis parado desde las seis de la mañana. No me extraña que te hayas quedado dormida.

—El vaso de Chablis ha contribuido a ello —dijo Derrick antes de beber un trago de infusión—. Y además, por muy liberadas que estén las mujeres, no deberías haber insistido en ayudarme a levantar los muebles. Cuando acabemos, te llevaremos a casa. Realmente necesitas tomarte unos días libres de la tienda. Nosotros podemos ocuparnos de ella. Estamos preocupados por ti. La gripe puede ser mucho peor que un simple resfriado.

Derrick y Denny llevaron a Pandora a casa. Ella les dio las gracias, cerró la puerta con llave, se desnudó, se quitó la cera que todavía tenía pegada a los senos, se tomó una pastilla y se tendió sobre la cama.

Como era domingo, se quedó en la cama hasta la tarde. A los pocos minutos de levantarse estaba andando por la casa con paso inseguro, enfundada en su albornoz y revolviendo una mezcla de café, azúcar y brandy con la que iba a tomarse una aspirina. Después de esto se tomó un brandy solo y luego se aposentó en su sillón favorito.

Debía de tener la gripe. Le dolían las articulaciones como si la hubieran inmovilizado con cuerdas. Entre la gripe, el peso que había levantado, el exceso de trabajo… Bueno, el lunes por la mañana estaría como una rosa. Aunque también podía tomarse un día libre como le había sugerido Derrick. Probablemente había hecho el ridículo desmayándose como lo había hecho. Necesitaba tomar más vitaminas y hacer más ejercicio. Y nada de beber champán. ¿O Chablis?

No habían bebido champán. Derrick había ido a su casa sólo para recoger el correo y dar de comer al gato, y ella había tenido que hacer una llamada. ¿Que había bebido un vaso de Chablis…? Quizá. ¿Un desvanecimiento? A saber… Había cogido la gripe y trabajaba en exceso. Tenía los nervios crispados.

Fue al lavabo y se sentó cuidadosamente en el retrete porque el trasero le dolía mucho. Luego de deponer se sintió mucho mejor. Entonces vio el cabo de una vela flotar en la taza.

Tiró de la cadena y salió apresuradamente del cuarto de baño sin parar de gritar.

—¡Zorra! ¡Zorra! ¡Eres una jodida zorra baptista! ¡Una mojigata de mierda! —Pandora irrumpió tambaleándose en su dormitorio y tiró de la cadena de oro del medallón—. ¡Zorra! ¡Zorra! Conque guardaste todas tus fantasías sexuales en tu corazón, ¿eh? ¡Eres una zorra! ¡Una zorra de mierda! ¡Te vas a enterar!

Pandora no consiguió abrir el fiador. Tras varios intentos, rompió la cadena, irritándose el cuello al hacerlo. Arrojó la cadena y el medallón al suelo y este se abrió de golpe. Empezó a pisotearlo con el pie desnudo, pero no era más que un medallón con un mechón de pelo y el retrato de una joven de otro siglo. Pandora se sentó en la cama y se cubrió la cara con las manos.

—No eres tú, sino yo. Tengo los nervios crispados. No puedo seguir reprimiendo mis fantasías. Ni siquiera quiero hacerlo. No quiero ser como tú.

Pandora se lavó el rasguño del cuello y, al mirarse en el espejo, contempló con admiración el corazón rojo que tenía tatuado sobre el seno izquierdo. Lo había borrado de su mente, pero ahora se acordaba de aquella ocasión en que, tras beber unas copas, había pasado por delante de un establecimiento donde hacían tatuajes. 

Se acordaba de la determinación que había sentido y de la sensación de la aguja al penetrar en su piel. Se preguntó qué otras cosas no recordaba de las que le habían ocurrido durante sus desvanecimientos y a partir de qué momento habían comenzado sus fantasías. La última paliza que le había propinado su marido le había obligado a permanecer tres días en el hospital.

Se estaba haciendo tarde, pero los bares de solteros estaban abiertos y seguramente con un ambiente muy interesante. Pandora eligió su vestimenta cuidadosamente y al final se puso medias con liguero, bragas, un sujetador que le realzaba los senos, un ajustado vestido de tubo y zapatos con tacones de aguja, todo negro. Gracias al acentuado escote y al atrevido sujetador, podía lucir el tatuaje en forma de corazón. 

Ahora recordaba que al comprar aquellas prendas no había experimentado ninguna vergüenza: se había sentido descarada y había sonreído a la dependienta de una manera que había puesto nerviosa a la joven. Aquélla era la primera vez que Pandora se ponía el conjunto, o al menos eso pensaba ella.

Se maquilló con cuidado y se cepilló el pelo mientras se preguntaba qué podía hacer a continuación. Vio una pequeña mancha parecida a una postilla en el dobladillo del vestido y la limpió. Quizá debería ponerse el vestido rojo en lugar de aquél.

La doctora Walden le había dicho que podía llamar en cualquier momento. Cuando saliera del bar de solteros, quizá. Podía preguntarle su opinión. Pero daba igual si lo hacía aquella noche u otra.

Abrió un cajón y dejó caer la navaja en su bolso de lentejuelas negro. Frunciendo el ceño, la sacó y apretó el botón del resorte: el mecanismo, bien engrasado, funcionaba, y la hoja estaba afilada y limpia. Volvió a meter la navaja en el bolso. Recordaba que la había encontrado en una caja de curiosidades comprada en una subasta. Como el medallón. También recordaba que le había limpiado la sangre antes de guardarla en el cajón por última vez. ¿O se trataba sólo de otra fantasía? El cuchillo era auténtico.

Con Derrick posiblemente resultaría divertido, así que lo dejaría para más tarde. ¿Y Mavis? Mavis sería algo delicioso… Ya no volvería a ser la víctima.

Viaje circular - Émile Zola

Hace ocho días que Luciano Bérard y Hortensia Larivière están casados. La madre de la novia, viuda del señor Larivière, que posee, desde hace treinta años, un comercio de juguetes y bisutería en la calle de la Chaussée d'Antin, es una mujer seca y angulosa, de carácter despótico, que no pudo negar la mano de su hija a Luciano, único heredero de un quincallero del barrio; pero que tiene intenciones de vigilar, constantemente y muy de cerca, al nuevo matrimonio. 

En el contrato, la señora Larivière ha cedido a su hija la tienda completa, reservándose apenas una habitación de su casa, pero en realidad es ella misma quien continúa dirigiéndolo todo con pretexto de poner a sus hijos al corriente de la venta.

Estamos en el mes de agosto; el calor es intenso y los negocios van mal. La señora Larivière tiene un carácter más agrio que nunca; no tolera que Luciano descuide sus quehaceres, al lado de Hortensia, ni un solo minuto. Un día que los sorprendió abrazándose en la tienda, dos semanas después de la boda, hubo un escándalo en la casa. 

Acordándose de que ella no permitió nunca a su difunto esposo la menor familiaridad en el almacén, decía a sus hijos que sólo con mucha seriedad y con mucha compostura podía lograrse una clientela y una fortuna.

—Yo, al menos —repetía— no conseguí sino de esa manera la fama de mi establecimiento...

Luciano, pues, no queriendo aún enojarse, se contenta con enviar a su mitad besos furtivos cada vez que su buena suegra vuelve las espaldas.

Un día, sin embargo, se toma la libertad de recordar en alta voz que sus familias les han prometido el dinero necesario para hacer un viaje de novios y pasar la luna de miel en santa calma.

A lo cual contesta la señora Larivière, apretando sus labios delgadísimos:

—Pues bien, váyanse a pasar un día al bosque de Vincennes.

Ante tal respuesta los jóvenes esposos se miran consternados; y Hortensia comienza a encontrar verdaderamente ridícula a su madre. No pudiendo estar juntos sino durante la noche, tienen que guardar el mayor silencio, so pena de que la señora Larivière venga, al menor ruido, a preguntarles si están enfermos. Y cuando aun no están callados a media noche, les grita:

—Mejor sería que se durmieran ¡caramba! para no quedarse, mañana también, dormidos sobre el mostrador.

No siendo ya tolerable aquella manera de vivir, Luciano habla, por segunda vez, del viaje soñado y cita los nombres de los comerciantes del barrio que hacen paseos de varios días, mientras sus padres o sus empleados cuidan de sus tiendas:

—El vendedor de guantes de la esquina de la rue Lafayette, por ejemplo, está en Dieppe; el cuchillero de la rue San Nicolás acaba de irse a Luchón; el joyero del bulevar fue a Suiza con su mujer... Ahora todo el que tiene algún dinero se permite un mes de vacaciones.

Pero la señora Larivière grita de mal humor:

—Es la muerte del comercio, caballero, compréndalo usted. El ojo del amo engorda el ganado. En tiempo de mi difunto marido, nosotros no íbamos a Vincennes sino una vez al año, el lunes de Pascua... y siempre gozamos de muy buena salud, gracias a Dios... ¿Quieren que les diga una cosa? Pues bien, ustedes echarán a perder la casa con sus deseos de recorrer el mundo. ¡Sí, la casa está ya echada a perder!

—Sin embargo —se atreve Hortensia a responder—, me parece que antes de casarnos se nos había prometido un viaje de novios. Acuérdate, mamá, de que tú misma habías consentido en ello.

—Puede ser —dice la señora Larivière— pero eso fue antes de la boda, y las madres tenemos la costumbre de ofrecer en tal ocasión una multitud de necedades... Ahora es necesario ser formales...

Luciano sale de la casa para evitar una querella. Un deseo feroz de estrangular a su suegra lo tortura. Pero al volver, después de dos horas de ausencia, su fisonomía y su carácter están cambiados. Su manera de hablar con la madre de su mujer es dulce y aún algo sonriente y maliciosa. Por la noche, la primera pregunta que dirige a su esposa es:

—¿Conoces Normandía?

Hortensia responde:

—Bien sabes que no; lo único que conozco es Vincennes; ¡lo único!...

Al día siguiente un acontecimiento inesperado conmueve la tienda de juguetes y bisutería de la señora Larivière. El padre de Luciano —el señor Bernard como le dicen en el barrio, donde se le considera como a buen vividor, franco y honrado en los negocios— viene a visitar a sus hijos. Y después de un rato de conversación, dice:

—Me parece que a ustedes les agradará mi propósito de acompañarlos a almorzar —palabras que produjeron mal efecto en el ánimo de su consuegra.

Pero la verdadera sorpresa estaba reservada para los postres. Apenas servido el café, el señor Bernard exclama:

—También traigo en los bolsillos un regalo para los chicos.

Y sacó triunfalmente dos billetes del camino de hierro.

—¿Qué es eso? —pregunta en tono angustioso la señora Larivière.

El padre de Luciano responde:

—¿Esto? Pues esto son dos billetes de primera clase para hacer un viaje circular por Normandía... Vaya, hijos míos, un mes de alegría, un mes al aire libre... Estoy seguro de que van a volver frescos como un par de rosas.

La madre de Hortensia está pálida, aterrada; y aunque deseosa de protestar, se calla y se muerde los labios. La perspectiva de una disputa con el señor Bernard, que decía siempre la última palabra, le da miedo.

Pero lo que más la atemoriza son las últimas palabras del quincallero que, hablando fuerte:

—Es preciso preparar las maletas —dice—. El viaje es para esta misma noche. Yo los conduciré a la estación ahora mismo. Hasta que no los vea en camino, no he de estar contento...

—Está bien —declara ella con una rabia sorda—; ¡llévense a mi hija!... Así estaré más contenta, después de todo, puesto que ellos no se darán besos en la tienda y yo podré velar por el honor de nuestra casa.

Al fin el matrimonio está ya en la estación de San Lázaro acompañado del suegro que apenas les dio el tiempo necesario para meter algo de ropa blanca y unos cuantos trajes en el fondo de un baúl y que, al despedirse, los besa en las mejillas y les recomienda mirarlo todo para divertirlo, al regreso, con el relato de sus impresiones.

Luciano y Hortensia se precipitan sobre los andenes buscando un compartimiento desocupado que, al fin de muchas vueltas, encuentran por su buena fortuna, y en el cual toman asiento preparándose a pasar bien la noche. Al cabo de algunos minutos, sin embargo, un caballero viejo viene a echar por tierra sus castillos en el aire, tomando, frente a ellos, una plaza desde la cual su mirada severa examina con atención los menores movimientos de los novios.

El tren se pone en marcha. Hortensia vuelve la cabeza, desolada, afectando interés por el paisaje; pero, en realidad, sus ojos húmedos ni siquiera ponen atención en los árboles. Luciano busca un medio ingenioso para desembarazarse del viejo, no encontrando sino expedientes demasiado enérgicos. 

Al fin se calma esperando que su compañero los abandonará en Nantes o en Vernón, pero sus esperanzas se desvanecen al mirar que va hasta Le Havre. Entonces, desesperado, se decide a tomar entre las suyas la mano de su mujer. Después de todo, siendo casados, bien pueden manifestarse su ternura. 

La mirada del viejo se hace cada momento más severa y es tan evidente que desaprueba en absoluto aquellas muestras de afecto, que la pobre Hortensia se ruboriza y retira la mano.

El resto del viaje transcurrió en medio del más profundo silencio, hasta que, dichosamente, el tren llegó a Roán.

Al salir de París, Luciano había comprado una Guía, en donde pudo escoger el hotel que mejor le pareció, creyendo poderse encontrar muy bien en él. En la mesa redonda apenas les es posible cambiar una palabra delante de toda aquella gente que no deja de mirarlos. 

Luego se deciden a meterse en la cama desde muy temprano, esperando poder estar en ella más contentos que en el camino de hierro y en el comedor; pero los muros del cuarto son tan delgados, que ninguno de los vecinos podía hacer un movimiento que no fuese oído por ellos, por lo cual no se atreven ni a toser...

—Visitemos la ciudad —dice Luciano al levantarse— y sigamos de prisa nuestro camino hacia Le Havre.

Luego comienzan su paseo sin poderse sentar un solo momento durante el día. Miran la catedral donde un cicerone les enseña la torre de Beurre que fue construida con los productos de una contribución que el clero había impuesto sobre las mantecas del lugar; miran el antiguo palacio de los duques de Normandía; las viejas iglesias convertidas en graneros; el cementerio monumental... lo miran todo, como en cumplimiento de un deber, sin encontrar ninguna alegría en la contemplación de tanto edificio histórico. Hortensia, sobre todo, se aburre soberanamente, cansándose de tal manera que al día siguiente se queda dormida en el tren.

Al llegar al Havre, también encuentran contrariedades. Las camas del hotel son tan estrechas que el posadero se ve obligado a darles un cuarto con dos lechos. Hortensia se pone a llorar creyéndose insultada. Luciano la consuela jurándole que no se detendrán allí sino el tiempo necesario para ver la ciudad.

Sus viajes locos, a través de los edificios, continúan al día siguiente.

Después de abandonar Le Havre, se detienen algunos días en cada villa importante marcada en el itinerario. Visitan Honfleur, Pont l'Evêque, Caen, Bayeux, Cherbourg, etc., y llenándose la cabeza con una infinidad de calles y de monumentos, confundiendo las iglesias, atontados por la sucesión rápida de horizontes, no llegan a encontrar el interés buscado. 

En todas partes les ha sido imposible hallar un rincón pacífico y dichoso para acariciarse lejos de los oídos indiscretos. Al fin ya no miran nada, siguiendo su viaje como una obligación molesta de la cual no encuentran manera de deshacerse.

Una tarde Luciano deja escapar, en Cherbourg, estas palabras:

—Creo que estaríamos menos tristes al lado de tu madre!...

Al día siguiente, caminando en dirección de Grandville, Luciano comienza a mirar la campiña a través de las ventanillas, con verdadera furia. De repente el tren se detiene en una estación insignificante cuyo nombre, dicho en alta voz por un empleado del ferrocarril, ni siquiera llega a sus oídos, y cuyo aspecto adorable hace exclamar a Luciano:

—Bajemos, bajemos de prisa.

—Pero esta estación no está en la Guía —dice Hortensia, espantada.

—¡La Guía! ¡la Guía! —responde el marido—. ¡Ya vas a ver lo que voy a hacer con ella!... Venga, ¡bajemos de prisa!

—Pero ¿y los equipajes?

—Los equipajes me importan poco.

Y cuando Hortensia hubo bajado, el tren se puso de nuevo en marcha, dejándolos en una hondonada verde y fresca.

Al salir de la pequeña estación, los dos enamorados se encuentran en pleno campo... Ningún ruido turba el gran silencio de la Naturaleza, a no ser el canto de los pájaros y el murmullo de un arroyuelo...

La primera ocupación de Luciano consiste en arrojar su Guía en medio de un estanque.

Después... la calma y la libertad sonríen ante sus ojos encantados...

La dueña de una posada que se encuentra a trescientos pasos de la estación, les proporciona un cuarto amplio, encalado, con paredes de un metro de espesor, pero cuyo aspecto primaveral alegra la vista. Por lo demás, ni un solo pasajero, ni un solo testigo indiscreto; nada más que las gallinas que miran curiosamente.

—Puesto que nuestros billetes son aún válidos para ocho días —dice Luciano— pasemos aquí una buena semana.

Y realmente, ¡buena semana fue!

Perdiéndose entre los senderos floridos e internándose en el bosque hasta llegar a las faldas de una colina, pasan alegremente los días, escondidos en el fondo de los matorrales que abrigan, complacientes, sus amores. 

A veces siguen al arroyuelo en su curso, corriendo como estudiantes escapados; Hortensia se quita los botines para tomar baños de pies, mientras Luciano la hace exhalar gritos de susto besándole bruscamente la nuca...

Hasta la falta de ropa blanca y el estado de desnudez en que se encuentran, es causa para ellos de contento. Esa especie de abandono en un desierto donde nadie los supone, les encanta. Un día es necesario que Hortensia pida prestadas algunas prendas interiores a la dueña, y la tela grosera de las camisas, que le pica la piel, no la hace sino reír. 

Su cuarto es tan alegre que desde las ocho de la noche, hora en que la campiña oscura y silenciosa ya no los atrae, se encierran en él con verdadero placer, recomendando siempre que nadie vaya a despertarlos. A veces el mismo Luciano baja a la cocina para buscar el almuerzo, compuesto de huevos y de chuletas, sin permitir que nadie le ayude a subir sus provisiones. Y esos almuerzos exquisitos comidos al borde de la cama, en donde las caricias y los besos son más numerosos que los bocados de pan, se prolongan siempre hasta muy tarde...

El séptimo día, sin embargo, llega al fin; y los pobres enamorados se admiran y se entristecen al ver lo de prisa que han vivido, decidiéndose a partir sin averiguar siquiera el nombre de ese país, propicio como ninguno a sus amores, en el cual han obtenido un cuarterón de luna de miel...

Sus equipajes los esperan en París desde hace una semana.

Cuando el señor Bernard los interroga, Luciano y Hortensia responden embrolladamente, diciendo que han visto el mar en Caen y la torre de Beurre en el Havre.

—Pero ¡qué demonios! —exclama el quincallero— ustedes no me hablan de Cherburgo... ¡ni del Arsenal!

—Ah —responde Luciano— el arsenal es muy pequeño y además tiene pocos árboles.

Entonces la señora Larivière, siempre seca, siempre agria, alza los hombros y murmura:

—Lo que es así no vale la pena hacer viajes... ¡Ni siquiera conocen los monumentos!... Vamos, Hortensia, basta de locuras y al mostrador otra vez...

El huevo de cristal - H. G. Wells

     Hasta hace un año, cerca de Seven Dials había una tienda pequeña y de aspecto mugriento sobre la cual, deteriorado por el tiempo, un letrero amarillo anunciaba: «C. Cave, Naturalista y Anticuario». 

El contenido de su escaparate era curiosamente variado. Comprendía algunos colmillos de elefante y un juego incompleto de ajedrez, abalorios y armas, un estuche con ojos, dos calaveras de tigre y una humana, varios monos disecados y comidos por las polillas (uno sostenía una lámpara), un bargueño anticuado, un huevo de avestruz cubierto de huevos de mosca, aparejos de pesca y una pecera vacía extraordinariamente sucia. En el momento en que empieza la historia había también un bloque de cristal de roca, tallado en forma de huevo y brillantemente pulimentado.

Y aquello era lo que estaban mirando dos personas, de pie frente al escaparate, una de ellas un clérigo alto y delgado, la otra un joven de barba negra, tez morena y vestuario discreto. El joven moreno gesticulaba con vehemencia mientras hablaba, y parecía ansioso de que su compañero adquiriera el artículo.

Mientras ellos permanecían allí, el señor Cave entró en su tienda, su barba todavía oscilando con el pan y la mantequilla de su té. Cuando vio a estos hombres y al objeto de su atención, su semblante se desmoronó. Miró culpablemente por encima de su hombro, y con suavidad cerró la puerta. 

Era un anciano pequeño, de cara pálida y extraños ojos de un azul acuoso; su pelo era de color gris sucio, y llevaba una raída levita azul, un viejo sombrero de copa y unas zapatillas afelpadas con el tacón muy gastado. Se quedó mirando a los dos hombres mientras éstos hablaban. El clérigo buscó en el bolsillo de su pantalón, examinó un puñado de dinero y enseñó los dientes con una sonrisa de satisfacción. El señor Cave pareció aún más deprimido cuando ellos entraron en la tienda.

El clérigo, sin ceremonia alguna, preguntó el precio del huevo de cristal. El señor Cave lanzó una mirada nerviosa hacia la puerta que daba a la trastienda y dijo que cinco libras. El clérigo protestó, tanto hacia su compañero como hacia el señor Cave, diciendo que el precio era alto —en efecto, era mucho más de lo que el señor Cave tenía intención de pedir cuando puso a la venta el artículo—, y siguió un intento de regateo. El señor Cave se dirigió hacia la puerta y la mantuvo abierta:

—Cinco libras es mi precio —dijo, como si quisiera ahorrarse las molestias de una inútil discusión.

Mientras tanto, la parte superior del rostro de una mujer había aparecido por encima de la cortinilla en el panel superior de cristal de la puerta que daba a la trastienda y miraba curiosamente a los dos clientes.

—Cinco libras es mi precio —dijo el señor Cave, con un estremecimiento en su voz.

Hasta entonces el joven moreno había permanecido como espectador, observando vivamente al señor Cave. Ahora habló.

—Dale cinco libras —dijo.

El clérigo le miró para ver si hablaba en serio, y, cuando volvió a mirar al señor Cave, vio que la cara del anciano estaba pálida.

—Es mucho dinero —dijo el clérigo y, rebuscando en su bolsillo, empezó a contar sus recursos.

Tenía poco más de treinta chelines, y recurrió a su compañero, con quien parecía mantener una relación de considerable confianza. Esto dio al señor Cave la ocasión de ordenar sus pensamientos, y empezó a explicar de forma agitada que el cristal, en cierto modo, no estaba a la venta. 

Sus dos clientes se quedaron lógicamente sorprendidos, e inquirieron por qué no había pensado en ello antes de empezar a regatear. El señor Cave se mostró confundido, pero persistió en su historia, que el cristal no estaba a la venta aquella tarde, que ya había aparecido un posible comprador. Los dos, interpretando aquello como un intento de aumentar aún más el precio, hicieron como si fueran a abandonar la tienda. Pero, en ese instante, la puerta de la trastienda se abrió y apareció la propietaria del flequillo oscuro y ojos pequeños.

Era una mujer corpulenta, de facciones toscas, más joven y mucho más gruesa que el señor Cave; andaba con pesadez y su cara estaba sonrojada.

—Ese cristal está a la venta —dijo—. Y cinco libras es bastante buen precio por él. No sé en qué estás pensando, Cave. ¡No aceptar la oferta del caballero!

El señor Cave, enormemente turbado por la interrupción, la miró colérico por encima de los espejuelos y, sin excesiva convicción, hizo valer su derecho a tratar sus negocios a su manera. Y empezó un altercado. Los dos clientes contemplaban la escena con interés y cierta diversión, ayudando, en ocasiones, a la señora Cave con sugerencias. El señor Cave insistió en una historia confusa e imposible acerca de que habían preguntado por el cristal aquella mañana, y su agitación se hizo penosa. Pero siguió en sus trece con extraordinaria determinación.

Fue el joven oriental quien terminó con la curiosa controversia. Propuso que volverían al cabo de dos días a fin de dar una justa oportunidad al pretendido cliente.

—Y entonces volveremos a insistir —dijo el clérigo—. Cinco libras.

La señora Cave se vio obligada a pedir disculpas por su marido, explicando que él, a veces, «era un poco raro», y nada más salir los dos clientes, la pareja reanudó con toda libertad la discusión del incidente en todos sus matices.

La señora Cave habló a su marido con extraordinaria franqueza. El pobre hombrecillo, temblando de emoción, enredado entre sus historias, sostuvo por una parte que tenía otro cliente en perspectiva, y por otra que el cristal valía honestamente por lo menos diez guineas.

—¿Pues por qué has pedido cinco libras? —dijo su esposa.

—¡Deja que lleve mis asuntos a mi manera! —dijo el señor Cave.

Con el señor Cave vivían una hijastra y un hijastro, y aquella noche, en la cena, volvió a discutirse la transacción. Ninguno de ellos tenía en gran estima los métodos comerciales del señor Cave, y este comportamiento les parecía el colmo de la necedad.

—Yo diría que con anterioridad se ha negado a vender ese cristal —dijo el hijastro, un desgarbado patán de dieciocho

—¡Pero son cinco libras! —dijo la hijastra, una polémica joven de veintiséis años.

Las respuestas del señor Cave eran calamitosas; sólo conseguía farfullar débiles afirmaciones de que él era quien mejor conocía sus negocios. Ellos le impulsaron a que abandonara su cena medio consumida para que cerrara la tienda por la noche, y salió con las orejas ardientes y lágrimas de vejación detrás de sus lentes. «¿Por qué había dejado tanto tiempo el cristal en el escaparate? ¡Había sido una insensatez!» Ése era el problema encerrado en su mente. Por algún rato no consiguió descubrir la forma de evitar la venta.

Después de cenar, su hijastra y su hijastro se animaron mutuamente y salieron, y su esposa se retiró arriba para reflexionar acerca de los aspectos comerciales del cristal, tomando un poco de azúcar y limón en agua caliente. El señor Cave entró en la tienda y permaneció allí hasta tarde, pretextando hacer unas ornamentaciones doradas para unas peceras, pero en realidad con un íntimo propósito que se explicará mejor más adelante.

Al día siguiente, la señora Cave descubrió que el cristal había sido retirado del escaparate, y que se encontraba detrás de unos libros de segunda mano que trataban de la pesca con caña. Ella volvió a situarlo en la posición más visible. Pero no volvió a discutir al respecto, ya que una jaqueca de tipo nervioso la alejó de la polémica. El señor Cave siempre estaba lejos de ella. El día transcurrió desapaciblemente. El señor Cave estaba, si eso era posible, más abstraído de lo normal, y al mismo tiempo desacostumbradamente irritable. Por la tarde, mientras su esposa dormía su acostumbrada siesta, volvió a retirar el cristal del escaparate.

Al día siguiente, el señor Cave tenía que efectuar la entrega de una partida de pequeños tiburones a una de las escuelas de medicina donde se necesitaban para disección. En su ausencia, la mente de la señora Cave retornó al tema del cristal, y a los métodos más adecuados de gastar la ganancia de cinco libras. Ya había ideado unos métodos muy agradables —entre otros, un vestido de seda verde para ella y un viaje a Richmond—, cuando el repiqueteo de la campanilla de la puerta principal la condujo a la tienda. 

El cliente era un profesor que venía a quejarse por no haberle enviado ciertas ranas que había solicitado para el día anterior. La señora Cave no aprobaba esta rama científica del negocio del señor Cave, y el caballero, que había entrado con aspecto más bien agresivo, se retiró después de un breve intercambio de palabras, totalmente civilizadas en lo que a él concernía. Entonces la mirada de la señora Cave se volvió con naturalidad hacia el escaparate; la visión del cristal era la garantía de las cinco libras y de sus sueños. ¡Cuál no sería su sorpresa al descubrir que éste había desaparecido!

Se acercó al lugar detrás del mostrador donde lo había descubierto el día anterior. No estaba allí, e inmediatamente empezó una ansiosa búsqueda por la tienda.

Cuando el señor Cave regresó de sus asuntos con los pequeños tiburones, a eso de las dos menos cuarto, halló la tienda algo desordenada, y a su esposa, extremadamente encolerizada y de rodillas detrás del mostrador, registrando entre sus útiles de taxidermista. Su rostro inflamado y colérico surgió por encima del mostrador. Mientras la discordante campanilla anunciaba el regreso de su marido a quien ella acusó inmediatamente de «haberlo escondido».

—¿Escondido qué? —preguntó el señor Cave.

—¡El cristal!

Entonces, el señor Cave, aparentemente muy sorprendido, se precipitó hacia el escaparate.

—¿No está aquí? ¡Santo cielo! ¿Qué ha sido de él?

Justo entonces, el hijastro del señor Cave, que había llegado a casa uno o dos minutos antes que el señor Cave, entró en la tienda desde la habitación interior, blasfemando con entera libertad. Trabajaba de aprendiz con un comerciante de muebles de segunda mano calle abajo, pero efectuaba sus comidas en casa y estaba lógicamente irritado al no encontrar la comida a punto.

Pero cuando se enteró de la pérdida del cristal, olvidó su comida, y su ira se desvió de su madre a su padrastro. Su primera idea, lógicamente, fue que él lo había escondido. Pero el señor Cave negó resueltamente todo conocimiento de cuál había sido su suerte —proporcionando espontáneamente su declaración jurada al respecto— e ingeniándoselas para llegar al punto de acusar primero a su esposa, y luego a su hijastro, de haberlo cogido con vistas a una venta privada.

Así empezó una discusión sumamente mordaz y emotiva, que finalizó con la señora Cave en un estado de nervios muy peculiar, entre histérica y frenética, y haciendo que por la tarde el hijastro llegara con media hora de retraso al establecimiento de muebles. El señor Cave se refugió de las emociones de su esposa en la tienda.

Por la noche, con menos pasión y con espíritu crítico, se reanudó el tema ante la presencia de la hijastra. La cena transcurrió tristemente y culminó en una escena penosa. El señor Cave cayó por fin en una enorme desesperación y salió dando un violento portazo. El resto de la familia, tras discutir su comportamiento con la libertad que su ausencia garantizaba, registró la casa desde la buhardilla hasta el sótano, con la esperanza de hallar el cristal.

Al día siguiente, los dos clientes aparecieron de nuevo. La señora Cave los recibió casi con lágrimas. Dejó entrever que nadie podía imaginar cuánto había tenido que soportar ella por culpa de Cave en las distintas épocas de su peregrinaje matrimonial. También les ofreció un informe alterado de la desaparición. El clérigo y el oriental rieron en silencio entre sí y dijeron que aquello era absolutamente extraordinario.

Como la señora Cave parecía dispuesta a proporcionarles la historia completa de su vida, hicieron ademán de irse de la tienda. Por consiguiente, la señora Cave, que aún no había perdido las esperanzas, solicitó la dirección del clérigo, para, si conseguía algo de Cave, poder comunicárselo. La dirección fue debidamente proporcionada, pero, al parecer, luego se extravió. La señora Cave no consiguió recordar nada al respecto.

Al anochecer de aquel día, los Cave parecían haber agotado todas sus emociones, y el señor Cave, que había estado fuera por la tarde, cenó en un lóbrego aislamiento que contrastaba agradablemente con la apasionada controversia de los días anteriores. Durante algún tiempo las relaciones fueron muy tirantes en la casa de los Cave, pero ni el cristal ni el cliente reaparecieron.

Bien, hablando claro, deberíamos reconocer que el señor Cave era un embustero. Él sabía perfectamente bien dónde se hallaba el cristal. Estaba en el aposento del señor Jacoby Wace, profesor ayudante en el hospital de St. Catherine, en Westbourne Street. Se encontraba sobre el aparador, parcialmente cubierto por una tela de terciopelo negro y junto a una garrafa de whisky americano. Y es del señor Wace, precisamente, de quien proceden los detalles en los cuales se basa esta narración. 

Cave había trasladado el objeto al hospital oculto en el saco de los pequeños tiburones, y, una vez allí, había convencido al joven investigador para que se lo guardara. El señor Wace se había mostrado un tanto indeciso. Su relación con el señor Cave era algo peculiar. Le gustaban los sujetos extraños, y en más de una ocasión había invitado al anciano a fumar y a beber en sus aposentos, y a desarrollar su curiosa visión de la vida en general y de su esposa en particular. 

El señor Wace también se había encontrado a veces con la señora Cave cuando el señor Cave no estaba en casa para atenderle. Estaba enterado de las constantes interferencias a las que Cave se veía sometido, y, después de sopesar imparcialmente la historia, decidió dar refugio al cristal.

El señor Cave prometió explicarle con más detalle, en otra ocasión, las razones de su extraordinaria afición por el cristal, pero le dijo claramente que veía visiones en su interior. Aquella misma noche volvió a visitar al señor Wace.

Le narró una complicada historia. Dijo que el cristal había llegado a su poder junto con otras cosas sueltas, en la liquidación de las mercancías de otro comerciante de curiosidades, y que al desconocer cuál podría ser su valor, lo había marcado en diez chelines. Había permanecido en su poder, con ese precio, durante algunos meses, y ya pensaba en «reducir la cifra» cuando hizo un descubrimiento extraordinario.

En aquella época gozaba de muy mala salud —hay que tener presente que, a lo largo de toda esta experiencia, su condición física estaba muy decaída—, estaba considerablemente angustiado con motivo de la negligencia, incluso de los explícitos malos tratos, que recibía de su esposa y de sus hijastros. 

Su esposa era vanidosa, extravagante e insensible, y sentía una afición creciente por la bebida cuando estaba a solas; su hijastra era ruin y astuta; y su hijastro había concebido una violenta aversión hacia él, y no perdía ocasión para demostrárselo. Las exigencias de su negocio eran altamente pesadas para él, y el señor Wace no cree que estuviera totalmente libre de algún exceso ocasional. 

Había empezado su vida en una posición confortable. Era un hombre bastante instruido, y padeció sin interrupción durante semanas, de melancolía e insomnio. Temiendo molestar a su familia, cuando sus reflexiones se volvían intolerables, se deslizaba en silencio fuera de la cama para no despertar a su esposa, y vagaba por la casa. Y una mañana, de últimos de agosto, a eso de las tres de la madrugada, el azar dirigió sus pasos hacia la tienda.

La sucia tiendecilla estaba impenetrablemente oscura excepto en un punto, donde percibió un inusual destello de luz. Al acercarse a él, descubrió que se trataba del huevo de cristal, que se hallaba en el rincón del mostrador que daba al escaparate. Un tenue rayo de luz penetraba por una rendija de la persiana, chocaba contra el objeto, y parecía como si fuera a rellenar todo su interior.

Al señor Cave se le ocurrió que aquello no coincidía con las leyes de la óptica tal y como él las había entendido en su época juvenil. Podía comprender que los rayos fueran refractados por el cristal hacia un foco en su interior, pero esta difusión no coincidía con sus conocimientos de física. Se acercó más al cristal, escudriñando su interior y la superficie con un momentáneo renacimiento de la curiosidad científica que en su juventud había determinado la elección de su profesión. 

Se sorprendió al comprobar que la luz no era constante, sino que oscilaba dentro de la sustancia del huevo, como si aquel objeto fuera una esfera hueca con algún vapor luminoso. Desplazándose para obtener diferentes puntos de vista, de pronto comprobó que se había colocado entre el rayo y el cristal, y que sin embargo, éste continuaba siendo luminoso. Grandemente sorprendido, lo alejó del rayo de luz y lo trasladó a la parte más oscura de la tienda. Continuó brillando durante cuatro o cinco minutos, y luego se fue debilitando lentamente hasta apagarse. Lo situó bajo la débil luz del día y su luminosidad reapareció casi inmediatamente.

Por lo menos hasta ese punto el señor Wace pudo comprobar la extraordinaria historia del señor Cave. Él mismo había colocado repetidas veces el cristal ante un rayo de luz (cuyo diámetro debía de ser inferior a un milímetro). Y dentro de la perfecta oscuridad, la que puede proporcionar una envoltura de terciopelo, el cristal parecía, sin lugar a dudas, débilmente fosforescente. Sin embargo, parecía que la luminosidad era de una clase excepcional, que no resultaba igualmente visible a todos los ojos; el señor Harbinger —cuyo nombre resultará familiar al lector científico en relación con el Instituto Pasteur— era totalmente incapaz de ver ninguna luz. Y la capacidad del propio señor Wace para apreciarla era muy inferior en comparación con la del señor Cave. Incluso con el señor Cave, la intensidad variaba considerablemente: su visión era mucho más vivida durante los estados de extrema debilidad y fatiga.

Desde el primer momento, esta luz en el cristal había ejercido una curiosa fascinación sobre el señor Cave. Y dice más de su alma solitaria el hecho de que no contara a ningún ser humano sus curiosas observaciones, que lo que diría un volumen de escritos patéticos. 

Parecía estar viviendo en una atmósfera de tan mezquino resentimiento que de haber admitido la existencia de un goce hubiera corrido el riesgo de perderlo. Averiguó que a medida que avanzaba el alba, y aumentaba la difusión de la luz, según todas las apariencias el cristal dejaba de ser luminoso. Y durante algún tiempo fue incapaz de ver nada dentro, excepto por la noche, en los rincones oscuros de la tienda.

Pero se le ocurrió utilizar una vieja tela de terciopelo que usaba como fondo para una colección de minerales, y doblando el paño, y cubriéndose con él la cabeza y las manos, era capaz de ver el movimiento luminoso en el interior del cristal incluso durante el día. Tomaba muchas precauciones a fin de no ser descubierto por su esposa, y practicaba esta ocupación sólo por las tardes, mientras ella dormía arriba, y además lo hacía disimuladamente en un hueco debajo del mostrador. Y un día, dándole vueltas al cristal entre las manos, vio algo. Apareció y desapareció como un destello, pero le dio la impresión de que el objeto le había desvelado, por un instante, la visión de un país inmenso y extraño; y, al girarlo otra vez, justo cuando la luz se desvanecía, volvió a tener la misma visión.

Bien, resultaría tedioso e innecesario exponer todas las fases del descubrimiento del señor Cave a partir de este punto. Basta con decir que el efecto fue éste: inclinando el cristal en un ángulo de 137 grados en dirección al rayo luminoso, se conseguía una clara y uniforme imagen de un paisaje inmenso y peculiar. No era nada que se pareciera a un sueño; producía una definida impresión de realidad, y cuanto mejor era la luz, más real y sólido parecía. 

Se trataba de una imagen en movimiento: es decir, cienos objetos se movían en él, pero lentamente y de forma ordenada como las cosas reales, y, a medida que iba cambiando la dirección de la iluminación y de la visión del paisaje, también cambiaba. En verdad debía de ser como mirar una escena a través de un cristal ovalado, haciéndolo girar a fin de obtener diferentes facetas.

Las manifestaciones del señor Cave, me aseguró el señor Wace, eran extremadamente exactas, y totalmente exentas de esa cualidad emotiva que contamina las impresiones alucinatorias. Pero hay que recordar que todos los esfuerzos del señor Wace para ver cualquier claridad similar en la lánguida opalescencia del cristal resultaron totalmente infructuosos, por mucho que lo intentara. La diferencia en la intensidad de las impresiones recibidas por los dos hombres era muy grande, y es bastante probable que lo que para el señor Cave era una visión, no fuera más que una confusa nebulosidad para el señor Wace.

La visión, tal como la describía el señor Cave, era invariablemente la de una extensa llanura, y siempre le parecía estar contemplándola desde una considerable altura, como desde una torre o un mástil. Al este y al oeste la llanura limitaba a una distancia remota con unos enormes riscos de color rojizo, que le recordaban unos que había visto en algún cuadro; aunque el señor Wace fue incapaz de averiguar de qué cuadro se trataba. Estos riscos iban de norte a sur —podía saber los puntos de la brújula por las estrellas que eran visibles durante la noche—, y se alejaban en una perspectiva casi ilimitada, desvaneciéndose en la calina de la distancia antes de unirse. 

Él se hallaba más cerca de los riscos orientales, y durante su primera visión el sol se levantaba por encima de ellos. Negras contra la luz del sol, y pálidas contra sus sombras, se distinguían multitud de formas elevándose, que el señor Cave consideró que eran pájaros. Una larga fila de edificios se extendía debajo de él; como si los estuviera mirando desde lo alto; y a medida que se acercaban al margen borroso y refractado de la imagen perdían su nitidez. También había árboles curiosos de forma y de color, un verde como de musgo y un gris exquisito, junto a un ancho canal resplandeciente. Y algo de gran tamaño y color brillante voló cruzando el cuadro. Pero la primera vez que el señor Cave vio estas imágenes, las vio como si fueran relámpagos; sus manos temblaban, su cabeza se movía y la visión iba y venía y crecía, difuminándose. Y al principio tuvo enormes dificultades para volver a encontrar la imagen una vez perdida su dirección.

La siguiente visión clara, que se presentó una semana después de la primera, sin haberse otorgado en este intervalo más que unas ojeadas atormentadas y cierta experiencia útil, le mostró el valle en toda su extensión. La visión era diferente, pero él tenía la curiosa convicción, que sus observaciones posteriores confirmaron totalmente, de que estaba mirando aquel extraño mundo exactamente desde el mismo sitio, a pesar de que mirara en una dirección diferente. 

La larga fachada del gran edificio, cuyo tejado había visto antes desde lo alto, retrocedía ahora en la perspectiva. Reconoció el tejado. En el centro de la fachada había una terraza de sólidas proporciones y extraordinaria longitud, y en medio de ésta, a determinados intervalos, se elevaban unos enormes aunque elegantes mástiles, los cuales sostenían pequeños objetos brillantes que reflejaban el ocaso del sol. 

La importancia de estos pequeños objetos no se le ocurrió al señor Cave hasta algún tiempo después, cuando describía la escena al señor Wace. La terraza estaba suspendida sobre un soto cubierto por la más exuberante y atractiva vegetación, y más allá un extenso prado sobre el cual reposaban ciertas anchas criaturas parecidas a los escarabajos, pero muchísimo más grandes. Más allá aún, había un terraplén ricamente decorado con piedras rosáceas. Y más allá de éste, bordeada de malezas rojizas, y recorriendo el valle en paralelo exacto con los lejanos riscos, había una extensión de agua que semejaba un espejo. 

El aire parecía repleto de escuadrillas de grandes pájaros que maniobraban en curvas majestuosas; y al otro lado del río había gran cantidad de espléndidos edificios de aspecto multicolor, que brillaban por su tracería y ornamentación metálicas, en medio de un bosque de árboles parecidos al musgo y al liquen. Y, de pronto, algo cruzó repentinamente la visión, como el ondular de un ventilador o el batir de las alas, y una cara, o más bien la parte superior de una cara con ojos muy grandes, apareció como si estuviera muy cerca de la suya propia, como si se encontrara al otro lado del cristal.

El señor Cave se quedó tan asombrado y tan impresionado por la absoluta realidad de aquellos ojos, que se retiró del cristal para examinarlo por detrás. Estaba tan absorto en la contemplación del cristal, que se sorprendió al encontrarse entre la fría oscuridad de su tiendecilla, con su familiar olor a alcohol metílico, a moho y podredumbre. Y mientras observaba a su alrededor, el resplandor del cristal se fue apagando hasta desaparecer.

Tales fueron las primeras impresiones generales del señor Cave. La historia es curiosamente directa y detallada. Desde el comienzo, cuando el valle había aparecido momentáneamente ante sus sentidos, su imaginación quedó extrañamente afectada, y a medida que empezaba a apreciar los detalles de la escena que contemplaba, su asombro fue aumentando hasta convertirse en pasión. 

Distraído e indiferente, se ocupaba de su negocio pensando sólo en el momento en que podría volver a su observación. Y entonces, unas semanas después de su primera visión del valle, aparecieron los dos clientes cuya oferta produjo gran tensión y excitación, y el cristal escapó por muy poco a su venta, como ya he explicado.

Mientras el objeto fue sólo un secreto del señor Cave, se quedó en una simple maravilla, algo hacia lo cual acercarse en secreto y atisbar, igual que un niño podía atisbar un jardín prohibido. Pero, aunque sea un investigador científico joven, el señor Wace posee una mente especialmente lúcida e ilativa. En cuanto el cristal y el relato llegaron a él y, viendo con sus propios ojos la fosforescencia, se persuadió de que existían realmente ciertas pruebas en cuanto a las afirmaciones del señor Cave, y procedió a analizar la cuestión sistemáticamente.

El señor Cave sólo deseaba deleitar sus ojos con el mundo fantástico que veía, y cada noche, desde las ocho y media hasta las diez y media, acudía allí, y a veces, en ausencia del señor Wace, también iba durante el día. Y los domingos por la tarde también. 

Desde el primer momento el señor Wace tomó copiosas notas, y fue debido a su método científico que se aprobó la relación entre la dirección por la que entraba el rayo inicial en el cristal y la orientación de la imagen. Y tapando el cristal con una caja perforada, con una pequeña abertura para recibir el rayo incitador, y cambiando las cortinas opacas de holanda negra, mejoraron extraordinariamente las condiciones de la observación; así, al cabo de poco tiempo lograron examinar el valle en cualquier dirección que ellos desearan.

Así, despejado el camino, podemos dar una breve relación de este mundo visionario que aparecía en el interior del cristal. En todas las ocasiones era el señor Cave quien lo veía, y el método de trabajo era invariable: él contemplaba el cristal e informaba de cuanto veía, mientras el señor Wace (que al ser estudiante de ciencias había aprendido el ardid de escribir a oscuras) escribía una breve reseña de la información. Cuando el cristal se apagaba, lo introducían en su caja, en la posición adecuada, y encendían la luz eléctrica. El señor Wace hacía preguntas, y sugería observaciones para aclarar puntos difíciles. En realidad, nada podía resultar menos visionario y más prosaico.

La atención del señor Cave había sido captada rápidamente por las criaturas en forma de pájaro que había visto con tal abundancia en sus primeras visiones. Su primera impresión pronto fue corregida, y durante un tiempo consideró que bien podían representar una especie de murciélago diurno. Luego pensó, lo cual resultó bastante grotesco, que podían ser querubines. 

Sus cabezas eran redondas y curiosamente humanas, y fueron los ojos de uno de ellos los que le sobrecogieron en su segunda observación. Tenían anchas alas plateadas, desprovistas de plumas, pero que centelleaban con la misma brillantez que un pez recién cogido, y con la misma sutil gama de colores. Y el señor Wace supo que estas alas no parecían apoyarse en el plano de un ala de pájaro o de un murciélago, sino en unas costillas curvadas que irradiaban del cuerpo. (Una especie de ala de mariposa con costillas curvadas parece expresar mejor su apariencia.) El cuerpo era pequeño, pero equipado con dos racimos de órganos prensiles, como los tentáculos, justo debajo de la boca. 

Por muy increíble que le pareciera al señor Cave, al final se persuadió irremisiblemente de que estas criaturas eran las propietarias de los grandes edificios casi humanos y del magnífico jardín que hacía tan espléndido el amplio valle. Y el señor Cave percibió que los edificios, entre otras peculiaridades, no tenían puertas, sino que era por las grandes ventanas circulares, que se abrían libremente, por donde entraban y salían las criaturas. Se posaban sobre sus tentáculos, plegaban sus alas casi a la pequeñez de una caña y saltaban al interior. 

Pero entre ellas había una multitud de criaturas de alas más pequeñas, como grandes libélulas, polillas y escarabajos voladores, y por el césped de brillante colorido, unos escarabajos se arrastraban perezosamente de un lado a otro. Y todavía más, en los terraplenes y en las terrazas se veían unas criaturas de gran cabeza similares a las moscas de mayor tamaño, pero sin alas, que brincaban atareadas sobre su maraña de tentáculos en forma de mano.

Ya se ha hecho alusión a los brillantes objetos sobre los mástiles que se levantaban por encima de la terraza del edificio más cercano. El señor Cave, tras mirar fijamente a uno de estos mástiles en un día especialmente claro, cayó en la cuenta de que el objeto brillante que allí se encontraba era un cristal exactamente igual que el que él estaba atisbando. Y una inspección todavía más minuciosa le convenció de que cada uno, aproximadamente unos veinte, sostenía un objeto similar.

De vez en cuando, una de las grandes criaturas voladoras revoloteaba hasta uno de ellos y, tras plegar sus alas y enrollar parte de los tentáculos en el mástil, miraba fijamente el cristal durante un rato —a veces durante más de quince minutos—. Y una serie de observaciones, realizadas por sugerencia del señor Wace, persuadieron a los dos observadores de que, por lo que se refería a este mundo visionario, el cristal que estaban escudriñando se hallaba efectivamente en la cúspide del último mástil situado en la terraza, y que por lo menos en una ocasión, uno de estos habitantes de otro mundo había mirado al señor Cave a la cara mientras efectuaba observaciones. Eso por lo que respecta a los hechos esenciales de esta historia realmente singular.

A menos que lo descartemos todo como una ingeniosa invención del señor Wace, debemos creer una de estos dos cosas: o bien el cristal del señor Cave se hallaba en dos mundos a la vez, y mientras se movía en uno permanecía estacionario en el otro, lo cual parece del todo absurdo; o bien mantenía una peculiar relación con otro cristal exactamente igual en este otro mundo, de modo que lo que veía en el interior del que se hallaba en este mundo resultaba, bajo condiciones adecuadas, visible para un observador en el correspondiente cristal del otro mundo; y viceversa. 

Hasta ahora, ignoramos realmente de qué forma dos cristales pueden entrar en relación, pero hoy en día sabemos lo suficiente como para comprender que el hecho no es del todo imposible. Esta relación entre los dos cristales fue una suposición que se le ocurrió al señor Wace, y a mí al menos me parece extremadamente creíble...

¿Y dónde estaba ese otro mundo? Al respecto, la vivaz inteligencia del señor Wace también arrojó luz rápidamente. Después de ponerse al sol, el cielo se oscureció con rapidez, el crepúsculo fue un breve intervalo, y las estrellas brillaron. Podían reconocerse las mismas que nosotros vemos, agrupadas en las mismas constelaciones. El señor Cave reconoció la Osa, las Pléyades, Aldebarán y Sirio: por tanto, el otro mundo debía de encontrarse en algún lugar del sistema solar y, como máximo, sólo a unos centenares de millones de kilómetros del nuestro. Siguiendo esta pista, el señor Wace aprendió que el cielo de medianoche era de un azul más oscuro incluso que el de nuestro cielo invernal, y que el Sol parecía un poco más pequeño... ¡Y que había dos lunas pequeñas!, «iguales que nuestra Luna, pero más pequeñas, con diferentes marcas», una de las cuales se movía con tanta rapidez que su movimiento resultaba claramente visible si se la observaba. Estas lunas nunca se elevaban al cielo, sino que se desvanecían mientras iban surgiendo: es decir, cada vez que daban la vuelta se eclipsaban porque estaban muy cerca de su planeta primario. Y todo esto responde completamente, aunque el señor Cave no lo supiera, a lo que deben de ser las condiciones de Marte.

Por tanto, parece una conclusión sumamente plausible que al atisbar en el interior de este cristal, lo que el señor Cave realmente viera fuese el planeta Marte y sus habitantes. Y, en el caso de que así fuera, entonces la estrella vespertina que resplandecía con toda brillantez en el cielo de aquella distante visión era nada menos que nuestra familiar Tierra.

Durante algún tiempo, los marcianos, si es que eran marcianos, no parecieron enterarse de la inspección del señor Cave. Una o dos veces se acercaron a atisbar, y se marcharon en seguida a algún otro mástil, como si la visión no fuera satisfactoria. Durante este tiempo, el señor Cave pudo contemplar la situación de este pueblo alado sin ser molestado por su atención, y, aunque el informe es necesariamente vago y fragmentario, no por ello resulta menos sugestivo.

Imaginad la impresión que de la humanidad obtendría un observador marciano, el cual, tras un difícil proceso de preparación y con considerable fatiga de los ojos, lograra observar Londres desde la aguja de la iglesia de St. Martin durante intervalos, como mucho, de tres o cuatro minutos. El señor Cave fue incapaz de averiguar si los marcianos alados eran los mismos que brincaban por los terraplenes y las terrazas, y si estos últimos podían volar a voluntad. 

Varias veces vio bípedos torpes, que recordaban vagamente a los monos, blancos y parcialmente translúcidos, alimentándose entre algunos de los árboles de liquen, y en una ocasión vio que un grupo de éstos huía ante el acoso de uno de los marcianos saltadores de cabeza redonda. Uno de éstos atrapó a uno con sus tentáculos, y entonces la imagen se desvaneció repentinamente, dejando al señor Cave completamente impotente en la oscuridad. 

En otra ocasión, una cosa enorme, de la que el señor Cave pensó en un principio que era un insecto gigante, apareció avanzando con extraordinaria rapidez por el terraplén junto al canal. Mientras se acercaba, el señor Cave percibió que era un mecanismo de metal brillante y de extraordinaria complejidad. Y luego, cuando volvió a mirar, ya estaba fuera de su vista.

Al cabo de algún tiempo, el señor Wace pretendió atraer la atención de los marcianos, y la siguiente vez que los extraños ojos de uno de ellos aparecieron cerca del cristal, el señor Cave gritó y saltó a un lado, e inmediatamente encendieron la luz y empezaron a gesticular de forma sugestiva para hacer señales. Pero cuando el señor Cave volvió a examinar el cristal, el marciano había desaparecido.

Hasta aquí habían progresado estas observaciones a principios de noviembre, y entonces el señor Cave, notando que las sospechas de su familia sobre el cristal se habían calmado, empezó a llevarlo con él de una parte a otra, a fin de consolarse como había hecho en ocasiones anteriores, de día y de noche, con lo que se había convertido rápidamente en el acontecimiento más real de su existencia.

En diciembre, el trabajo del señor Wace fue en aumento debido a la inminencia de un examen, las sesiones tuvieron que suspenderse de mala gana durante una semana, y durante diez u once días —no está muy seguro de cuántos— no volvió a ver a Cave. Entonces, ansioso por reanudar las investigaciones, y aliviada la tensión de sus trabajos estacionales, se dirigió a Seven Dials. En la esquina notó unos postigos delante del escaparate de una pajarería y luego otros ante el de un zapatero remendón. La tienda del señor Cave estaba cerrada.

Llamó y le abrió la puerta el hijastro, vestido de negro. Éste llamó en seguida a la señora Cave, quien, según el señor Wace pudo observar, vestía un traje de luto barato pero amplio e imponente. Sin demasiada sorpresa, el señor Wace se enteró de que el señor Cave había muerto y ya había sido enterrado. 

Ella estaba llorando, y su voz era profunda. Acababa de regresar de Highgate. Su mente parecía preocupada por su propio futuro y por los honorables detalles de las exequias, pero el señor Wace pudo por fin conocer los detalles de la muerte de Cave. Le habían encontrado muerto en la tienda por la mañana temprano, al día siguiente de su última visita al señor Wace, y el cristal había quedado atrapado entre sus manos frías como la piedra. Su rostro sonreía, dijo la señora Cave, y el paño de terciopelo negro de los minerales yacía a sus pies en el suelo. Debía de llevar ya muerto cinco o seis horas cuando lo encontraron.

Esto produjo una gran conmoción en el señor Wace, que empezó a reprocharse amargamente por haber descuidado los evidentes síntomas de la mala salud del anciano. Pero su principal preocupación era el cristal. Abordó el tema con precaución, pues conocía las peculiaridades de la señora Cave. Se quedó sin habla al saber que había sido vendido.

El primer impulso de la señora Cave, tras subir el cuerpo de Cave al dormitorio, había sido escribir al clérigo chiflado que había ofrecido cinco libras por el cristal, para informarle de su recuperación; pero, tras una violenta búsqueda a la que se sumó la hija, se convencieron de que habían perdido su dirección. 

Como carecían de los medios requeridos para llorar y enterrar a Cave con el primoroso estilo que exige la dignidad de un habitante de Seven Dials, habían recurrido a un amigo anticuario de Great Portland Street. Él había accedido amablemente a hacerse cargo de parte de la mercancía según tasación. Él mismo efectuó la tasación, y el huevo de cristal fue incluido en uno de los lotes. 

El señor Wace, tras manifestar las frases de condolencia, un tanto improvisadas tal vez, corrió de inmediato a Great Portland Street. Pero allí se enteró de que el huevo de cristal ya había sido vendido a un hombre alto y moreno vestido de gris.

Y aquí terminan bruscamente los hechos materiales de esta curiosa historia que, al menos para mí, resulta muy sugestiva. El comerciante de Great Portland Street no sabía quién era el hombre alto y vestido de gris; no le había observado con la suficiente atención para describirlo con detalle. Ni siquiera sabía qué dirección había tomado esta persona después de abandonar la tienda. 

Durante algún tiempo el señor Wace permaneció en la tienda, poniendo a prueba la paciencia del comerciante con preguntas desesperadas, dando libre curso a su propia exasperación. Por fin, comprendiendo bruscamente que todo el asunto se le había escapado de las manos, que se había desvanecido como una visión nocturna, regresó a sus habitaciones, un poco sorprendido de encontrar las notas que había tomado, aún tangibles y visibles sobre su desordenada mesa.

Su disgusto y su decepción fueron naturalmente muy grandes. Realizó una segunda visita (igualmente infructuosa) al comerciante de Great Portland Street, y recurrió a los anuncios en aquellos periódicos que tenían más probabilidades de caer en manos de un coleccionista de artículos raros.

También escribió cartas a The Daily Chronicle y a Nature, pero ambas publicaciones, sospechando que se trataba de una broma, le pidieron que reconsiderara su acción antes de imprimir, y le advirtieron que aquella historia tan extraña, lamentablemente sin pruebas que la sustentaran, podía poner en peligro su reputación como investigador. Por otra parte, las obligaciones de su propio trabajo eran perentorias. 

Así, al cabo de un mes, salvo por algún recordatorio ocasional a ciertos anticuarios, tuvo que abandonar de mala gana la búsqueda del huevo de cristal, que a partir de ese día permanece en algún lugar desconocido. Sin embargo, él me ha dicho, y yo lo creo firmemente, que de vez en cuando tiene arrebatos de celo en los que abandona sus más urgentes ocupaciones y vuelve a iniciar la búsqueda.

Que permanezca o no perdido para siempre, con su material y su propio origen, son cosas sobre las que se puede especular en todo momento. Si el actual propietario es un coleccionista, cabría esperar que las indagaciones del señor Wace hubieran llegado a sus oídos a través de los anticuarios. Ya que había sido capaz de descubrir al clérigo y al «oriental» del señor Cave, que no eran sino el reverendo James Parker y el joven príncipe de Bosso-Kuni, en Java. Les estoy muy agradecido por determinados pormenores. 

El interés del príncipe no se debía más que a una simple curiosidad... y extravagancia. Se había mostrado tan ansioso de comprar porque Cave era extrañamente reacio a vender. 

También es muy posible que el comprador en segunda instancia fuera simplemente un comprador ocasional, y no un coleccionista, y que el huevo de cristal se encuentre en estos momentos, posiblemente, a menos de un kilómetro de distancia, decorando un salón o sirviendo de pisapapeles, sin que se conozcan sus extraordinarias propiedades. Y, por lo tanto, se debe en parte a la idea de dicha posibilidad que yo haya dado a esta narración una forma que le dará la oportunidad de ser leída por el normal consumidor de ficción.

Mis propias ideas en esta materia son prácticamente idénticas a las del señor Wace. Estoy convencido de que el cristal en lo alto del mástil en Marte y el huevo de cristal del señor Cave se hallan en alguna clase de relación física, pero que de momento resulta inexplicable, y ambos creemos, además, que el cristal terrestre debió de ser enviado aquí desde allí — posiblemente en fecha remota— con el fin de ofrecer a los marcianos una visión próxima de nuestras costumbres. Es muy posible que los que aparecen en los cristales de otros mástiles también se encuentren en nuestro globo. Ninguna teoría de las alucinaciones alcanza a explicar los hechos.